TIEMPO NO PREVISTO
DAVID CAÑEDO MESINAS
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I. LA CARNE TEMPRANA
Todo duerme como estos relojes que alguna vez murieron.
Relojes partidos con cara de niño selvático…
Del niño sin derrumbes que conocí una vez
y sin clavos de sudor en las pestañas.
Niño sin apéndices de cangrejo en vez de cabellos impuros
sin palmeras torcidas en lo más profundo de la nariz
sin calvicie ni moños enterrados con dolor sobre su lengua.
No le pertenece al polvo. Ni a la juventud sin polvo.
Polvo que resopla en este manantial de orejas.
No le pertenece a esa enorme multitud de madres que ya no son felices.
Le pertenece a las horas
al silbido
al cadáver ahorcado sobre una corbata de nucas
al que abre las dos puertas sonriendo y se mete una mano entera en la boca
como desesperado.
Como sabiendo que será un águila quien le degüelle el alma.
Y sus dedos entonces cobran vida de serpiente y se escurren como besos rojizos en el interior de la
carne. La carne cada vez menos pura.
Cada vez más sinfónicamente triste.
Carne de pellejo de pájaro sin libertad.
Carne tierna. Sin vórtices de flor en vez de dos ojeras picoteadas.
Todos se bañaron con polen.
Los gigantescos filósofos añadieron cocodrilos al amor.
Rieron entonces los otros
y dejaron de llorar tijeras
y dejaron de tenerles miedo.
Prepararon un glorioso festín de esqueletos y se fueron a bailar encima de trapos mojados
cuando llovió sin parar.
La hierba se convirtió en pequeños niños transparentes.
Celebraron durante años…
Hasta que un día murieron de terror al descubrir que se amaban demasiado.
Salieron del sótano y cazaron avispas en los instantes más ridículos de la soledad.
Con un arrancado aguijón se taparon las edades
y las jaulas repletas de vacío se volvieron locas.
—¡Cuánta belleza la de un grano minúsculo de mostaza!—
Uno de ellos llevaba puesto un péndulo en lugar de corazón y una de ellas se le abalanzó encima y
en vez de ojos tenía dos cristalizadas focas con epilepsia.
El uno murió quinientas veces y después fue enterrado en la penumbra de quinientos ríos con
elegante adoración y delicadeza.
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La una se sentó hasta adelante en su funeral
y devoró todos los pañuelos del mundo…
Una… A veces pensaba que las uñas eran planetas.
Se comía los planetas sin querer e intentaba condenarse a sí misma a la horca.
Pero una no puede juzgarse si no tiene una soga repleta de ácaros.
Una no puede morir si no tiene cuatro árboles secos
que formen una cruz en su patio trasero.
Nos abrazamos con los peines de plástico y sentimos al petróleo recorrer nuestras canas.
Llevábamos sentados largos días de amanecer estático
y la llamada telefónica del sol
nos hizo levantar los pies y dejar que fluyera una parálisis forzada.
Ayer nos levantamos los cables
sin rodillas
con las fosas orquidales desnudas
y la escasa voluntad de nuestras vértebras oculta.
Porque parecemos espadas que granizan
y parecemos un solo equilibrista cubierto de diminutos elefantes.
Hoy nos amamos tanto que decidimos cortarnos las mejillas y partir.
A medida que avanzábamos por un sembradío morado
de nuestros ombligos botaron quinientas máquinas de escribir
y de nuestros cuellos saltó un largo collar de carne que peinaba el suelo.
Todo se iluminaba como una horrenda flor.
Y fue hermosa la vida y su botón de instantes.
Anoche nos tomamos de las arterias con unas tijeras
y nos lo perdonamos todo…
Cuánto lloramos que los ríos huyeron montados en enormes hurracas rojizas.
Cuánto se deshicieron nuestras reídas bocas
que incluso las montañas huyeron blancas de la vergüenza.
Ayer sólo fuimos dos novios con la manía exaltada de mordernos el hambre.
Hoy dos parásitos nos empujan a un barranco de guillotinas
y dos felices gaviotas con los puños machucados por ventanas de iglesia
navegan en nuestros pulmones quemados de placer.
Quemados se escaparon
con sus caras de reloj infinito entre el atardecer sin piernas.
Cuántos navegantes quemados de acero.
Niños de perlado rostro retraído.
Sin sanguijuelas como es natural.
Sin artritis en las eufóricas juventudes artísticas
y sin polillas
y sin barrotes de cárcel
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y sin calendarios tibios repletos de escarcha.
Cuánto venenoso placer recorre las plazas públicas hoy martes veintinueve de no sé qué
eternidad…
Hoy hay una cebra de dolor en los tejados abiertos
y hay un urgente hospital sin ancianas
y un temeroso artista
febrilmente teje a lo lejos
montado en una raquítica fuente y sonríe.
Lloran las atropelladas palomas.
Lloran los sitios. Las estatuas.
Los huevos del invierno que abandonaron sus mandíbulas
como si fuesen navajas adentro de los chocolates…
Cuanto amor vestido de catacumba borracha de girasoles.
Cuanto circo y cuanta embalsamada pandilla de avestruces.
Un pequeño escarabajo ebrio, por ejemplo,
ayer me pidió dos pedazos de bandera.
Pero después de amarrarlo a la fuerza le expliqué que los carros han dejado en nuestro mundo
una neblina perfecta de dolor.
Ambos lloramos abrazados e hicimos el amor como hormigas.
Hicimos añicos el humor del aire.
Nos lanzamos desde un puente hasta quedarnos sin la capacidad de permanecer húmedos.
Nos mordimos las pantorrillas y huimos uno del otro sin mirar atrás.
Pero un espejo es la patada que dan los abismos cuando se fosilizan.
Y pareció que nuestros cuellos se traicionaban
y nos vimos huir de prisa montados en una larga aguja de inconsistente llanto.
Pero el llanto
el llanto que es tan negro
el verdadero llanto
pulverizado y henchido de asfixiados camellos sin anteojos
el llanto que parece una encorvada perla
y que parece sudor anaranjado y grata manada de caimanes.
…Es llanto que te hace soñar y que arroja pequeños embriones sin madre a tus brazos.
Es el ruido mojado que te anuncia que eres el fin.
Simplemente porque eres el profetizado fin.
El fin que hace saltar la luz como una muerte.
El fin descalzo como un húmedo pétalo de acacia.
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II. EL RUMOR DE LO LEJANAMENTE NUEVO
Eres… Tú eres…
La última página que nadie logra ver
porque uno no quiere enterarse que al final todos mueren sonriendo
y con un despechado manojo de petunias
y un traje de ausencia que toda la tierra presiente
y muere con un diente enterrado en el abdomen
y con una navaja y un colibrí y un equilibrista agotado y un trozo de seda y una orquesta de larvas
y un director de orquesta que es sonámbulo
y una larga descomposición con un mantel a cuadros para sentarse a dialogar cordialmente
y poder dejar al fin las cosas en orden.
Y porque hablando se entienden los ajenos
yo que sólo soy gente y tú que desconoces el pronombre común
nos hemos sentido siempre como tachados relojes.
Desde niños cuando robábamos los cerillos de las cocinas
y nos metíamos en la catedral de las cenizas y mirábamos a los perros agónicos enloquecer
y a las santas selváticas con cara de cristo ciego
las oíamos deshacerse de sus talones desheredados
con un espantado alivio;
y enredarse pequeños látigos en sus piernas
para quedarse embarazadas de un boleto al paraíso
y que morían finalmente en una congelada tina
repleta de mohosos crustáceos de supermercado.
Pero eres al fin…
Todos nos dormidos inadvertidamente ahora.
Ahora que claramente vemos
el resultado de los cansancios de nuestra infancia.
Todos usamos paréntesis tejidos…
Salimos a las calles vestidos de tinta barata y presumimos durante un rato
en los parques cubiertos de música y de gatos salvajes que muerden.
Todos cultivamos enfermos en nuestras mansiones grises
y llevamos siempre una pipa con forma de barco en los labios.
Masticamos los popotes de las tlapalerías para después descubrir que son martillos…
Ahora vamos juntos y agarrados…
Ala con aleta y aleta con manubrio.
Tomándonos de las cabezas
pues sus botellas a nuestros pies vierten su suero de vidrios.
Hombres con los ojos rotos
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y flores inflamadas en lugar de corazones
y libélulas de látex colgando de sus cinturas…
Mujeres carentes de frenético encanto
y de dulzura y de fino polvillo con aroma a escultura…
Niños tuertos relamiéndose los ombligos hasta quedar
desabridamente exhaustos
y hasta quedar finamente cubiertos
de una blanca ceniza tóxica…
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III. EL TIEMPO NO PREVISTO
Nada crece.
Un niño es inmediatamente anciano.
Todos carecemos en fin de silbidos.
En fin. Pues ahora es el fin.
En fin
pues esta es la tierra diminuta del castigo…
Simplemente cierras los brazos armoniosos.
Duermes maravillosamente medio siglo y besas las tablas…
Tus labios huelen a piedra.
Lánzate los huesos que no han sido amados.
Lánzate de pies a cabeza y deja tan sólo colgando un pedazo de soga
y un conjunto de débiles pergaminos sin eco.
Déjalos colgando desde el cielo y huye.
Desde el final de una torre de cielo.
Luego parte sin fin hacia el principio.
Hacia el final del vacío.
Al principio finalmente hueco.
Vacío por fin.
Vacío…
Una hermosa inmovilidad
te apresa los perforados ojos.
No carece de belleza
aquello que resulta puramente inexpresivo…
Tus ojos amordazados como frutas ya no vibran.
—Granadas desbordantes de tornillos y gusanos—
Ahora vendrás obedeciendo voces de remota arquitectura…
Cierra las dos ventanas
que a lo lejos
parecen dos puertas
que a lo lejos
parecían ser dos relojes ancianos
con cara de túnel y con cara de fruta y con cara de reloj sin magnetismo.
Y cierra los dos relojes
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que a lo lejos
parecían ser dos viejitos que cerraban dos puertas
y que masticaban sus dos manos automáticamente
y que parecían ser dos niños con afán de vuelo
y que parecían ser dos manzanas predecibles y ser dos duraznos blancos sin rumor de cáscara.
Vente tan sólo con un puñado
de nieve quemada entre los dedos abiertos
del hambre…
Hace oscuridad y desolación oscuramente tibia.
Sopla un leve cartílago de viento en los cementerios…
Llega enumerando todos los elementos químicos
a viva voz
uno por uno.
Camina pesadamente
con un bostezo frenético.
Vente y que tus ojos no se den la vuelta
en el profundo estómago del pensamiento
para que no vean tu espalda herirse de huida…
Vente como un rezo.
Como un hijo que nace en los espejos de la enfermedad intratable.
Entra por fin
con silencioso concierto.
Entra sin extravagancia
sin espinas ni orquídeas ni telescopios ni lápidas ni catedrales.
Túmbate en el último escalón de tu llegada…
Eres el fin finísimo.
Pisas este piso de triturados anónimos sin pisada.
Pisas esta lengua y esta larga lengua larguísima
y eres el último fin que ha de quedarse inmóvil.
Eres aquel que duerme como una espora o un pulpo.
Como una luna penúltima;
árbol sin saliva y de viriles ramas blancas.
Negra daga destrozada de caos mudo
de un cósmico derrame craneal.
Piel de oxidado barro de esqueleto muriente de carne conmovidamente blanda.
…Eres sólo el diminuto espectro convaleciente:
el aferrado murmullo ininteligible.
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Tan sólo la tos
el final
la púa
la caspa
la aceituna
la bombilla
el golpe
el balazo
la astilla
el cabello
el monosílabo aliento de flama
la puntualizada aguja
el burdo balazo de muerte
la serena demostración del polvo
el retazo de probable radiación esparcida
el denso armazón total que se deshace.