Cosas de Rubios - Claire Reed
Cosas de Rubios - Claire Reed
Claire Reed
1
Hay muchos momentos en la vida en los que quieres darte una bofetada a ti
misma por no haber hecho algo por lo que estás pagando las consecuencias.
Bien, pues yo había olvidado coger una toalla antes de meterme en la
ducha, como cada día.
A estas alturas una podría pensar que ya no tenía sentido seguir
molestándome por mi propia naturaleza olvidadiza, pero de verdad que me
frustraba esa parte de mí.
—¡Nina! —grité, apagando el agua para que se me escuchara bien—. ¡Una
toalla, por favor!
La única respuesta fue un gruñido, de esos que se sueltan cuando alguien te
pide un favor a gritos a las siete de la mañana. En menos de un minuto mi
eficiente hermana melliza abría la puerta del baño y, a continuación, me
lanzaba una toalla a la cara.
—Deja de pegar estos gritos cada mañana, que vas a acabar con mi salud
mental —me pidió, desesperada.
—No es mi culpa que hayas decidido que esta era una buena hora para
volver de fiesta —repliqué, encogiéndome de hombros, y ella rodó los ojos
antes de salir del cuarto de baño.
Pese a haber nacido a la vez —bueno, técnicamente yo había nacido
diecisiete minutos antes—, Nina y yo éramos completamente diferentes.
Ella era morena, con los ojos claros, muy fiestera, pero a la vez muy
ordenada y responsable, y en menos de un mes se iba a París a estudiar
Derecho. Yo rubia, de ojos marrones. No marrón miel, ni marrón “verdoso”,
ni ese marrón que algunas personas defienden tener que supuestamente se
vuelve verde cuando le da el sol, no: marrón caca. Y, en cuanto al orden y la
responsabilidad… bueno, dejémoslo en que no nos parecíamos demasiado.
Creo que lo único que teníamos en común era la afición por la fiesta.
Ese mismo día empezaba la carrera de mis sueños: Bellas Artes. Aunque
estaba muerta de sueño —despertarme a las siete después de casi tres meses
levantándome a partir de las diez era doloroso—, también estaba
emocionada. Llevaba tiempo soñando con estudiar esa carrera, desde que
era pequeña. Siempre había sido la típica que no prestaba atención en clase
por estar dibujando y, aunque eso me había supuesto muchos regaños,
también me había ayudado a definir mi vocación.
Tras secarme, enrollé la toalla en mi cuerpo y salí del cuarto de baño para ir
hacia mi habitación. Lo primero que hice una vez dentro fue desnudarme y
abrir el armario. Entonces suspiré.
Nunca sabía qué ponerme, y si a eso le sumas el hecho de que mi armario
parecía haber pasado una guerra, la cosa se ponía aún peor. Las bragas
mezcladas con los calcetines y los pañuelos; sudaderas, camisetas y
pantalones tirados de cualquier manera en los cajones… y ya os podréis
imaginar cómo estaba el resto de la habitación. Era un maldito caos, pero
era mi caos, y en cierto modo tenía su encanto… aunque al parecer eso era
solo para mí, no para el resto del mundo.
—Por Dios, Ariadna, este lugar es una pocilga —se quejó mi madre,
escandalizada. Ya decía yo que tardaba en aparecer. Ahora venía ese
momento en el que me decía que cualquier día iba a tirar toda mi mierda—.
Un día llegarás a casa, te encontrarás con que lo he tirado todo a la basura,
y no podrás decirme nada.
—Mamá, me gustaría vestirme. Es mi primer día de Universidad, y no
quiero ir desnuda —le pedí, cerrando los ojos y armándome de paciencia.
—Pues ordena tu armario —masculló antes de salir del cuarto, haciendo
resonar sus tacones contra el suelo.
Al final, tras casi diez minutos intentando elegir mi ropa, terminé
hartándome y eligiendo cualquier cosa, como siempre. Un vestido ligero de
color amarillo mostaza y mis Vans negras. Me peiné rápidamente, y
consideré secarme el pelo pero no le vi mucho sentido teniendo en cuenta
que en la calle hacía un calor insoportable y se me iba a secar en menos de
una hora. Saqué el delineador de uno de los cajones del cuarto de baño, y
me dispuse a pintar la parte superior de mi ojo.
—¡Ariadna, vas a llegar tarde! —gritó mi madre, exasperada, haciendo que
se me moviera la mano y me quedara la raya como si me la hubiera pintado
un chimpancé.
Genial. A volver a empezar, y encima con presión.
Cuando por fin terminé me di cuenta de que, efectivamente, iba a llegar
tarde, así que cogí mi mochila, metí un plátano dentro rápidamente, me
despedí de mis padres —Nina probablemente ya estaría inconsciente en su
cama— y salí de casa.
Ah, cómo echaba de menos el metro de Barcelona. Todos apretados como
sardinas, el típico imbécil que no sabe que existen los auriculares y nos
obliga a escuchar a todos su mierda de música, el olor a sudor esparcido por
todo el vagón, y los nervios por ser el primer día de universidad.
—Si necesita reggaeton dale, sigue bailando mami no pare… —empezó a
cantar el imbécil sin auriculares, y respiré hondo.
Tuve que calmarme a mí misma para evitar gritarle que no necesitaba
reggaeton, sino que se comprara unos malditos auriculares, porque no
quería empezar el día con mal pie.
Genial. Nervios, mal humor, y más nervios.
Suspiré, intentando calmarme, y por suerte a los pocos segundos anunciaron
el nombre de mi parada en los altavoces. Cuando llegamos y pude salir del
agobiante metro, subí las escaleras lo más rápido posible, y ya en la calle
empecé a caminar. Cinco minutos más tarde estaba ante la facultad de
Bellas Artes, y ponerme playlists de música relajante no me había servido
para nada.
Técnicamente, al ser el primer día, solo nos iban a hacer una explicación
básica de cómo iría el curso y la carrera en general en la sala de
conferencias. Gracias a la jornada de puertas abiertas a la que, superando mi
vagancia, había asistido meses atrás, sabía dónde estaba ese lugar.
Llegar a la sala me tomó poco tiempo, pero ya estaba todo el mundo ahí, y
apenas quedaban sitios. Me senté en el primero que encontré, entre una
chica de pelo castaño y una pelirroja, y saqué mi libreta para tomar apuntes.
Diez minutos después del inicio de la charla acepté que no iba a tomar
apuntes ni a prestar atención.
—Menudo rollo —murmuró la chica pelirroja.
—Y que lo digas —contesté.
Así que dediqué la hora y media que duró la presentación a hacer amigas.
Las dos chicas que había a mi lado resultaron ser muy simpáticas. La
pelirroja se llamaba Natalia, y la de pelo castaño Marian.
—Hay chicos con buena pinta por aquí, aunque no demasiados —comentó
Marian, examinando la sala con la mirada.
—Es lo que tienen las carreras de artes, no hay muchos chicos. Ellos tienen
que estudiar cosas más importantes para salvar el mundo —dije con
sarcasmo, y ambas rieron—. Hay un chico moreno por ahí abajo que tiene
un polvo.
—O varios —asintió Marian, mirando al chico en cuestión.
Piel bronceada, el pelo oscuro perfectamente cortado, y… ¿ha sonreído?
Genial, apuntemos “sonrisa sexy” en la lista.
—Muchos —murmuré.
—Aunque el rubio que está a su lado tampoco está mal.
Vaya, estaba fijándome tanto en ese chico que apenas había visto el pelo
rubio algo largo y recogido en un pequeño moño despreocupado de su lado.
Parecía que no se había molestado ni en arreglarse el pelo, pero eso le daba
un aire relajado. Además, el chico tenía un qué, un algo, que era atractivo.
Tras terminar la inútil charla, el coordinador del curso nos dejó ir. Natalia,
Marian y yo decidimos ir a tomar algo a la cafetería de enfrente, pero a
medio camino nos paró una chica.
—¡Hola! Estáis en mi curso, ¿no? —nos preguntó.
—Sí, eso creo —afirmé, porque me sonaba haberla visto en la presentación.
—¿Sabéis dónde está el departamento de coordinación? Hay un error en mi
matrícula y quiero cambiarlo.
—Yo sé dónde es, si quieres te acompaño —contestó Natalia.
Al final la terminamos acompañando todas. Nos contó que se llamaba
Silvia, y había venido desde Valencia para estudiar aquí, alquilando un piso
con varias personas más.
Esa mañana volví a casa con una sonrisa en la cara. La verdad es que, aún
considerándome una persona sociable, no esperaba conocer a tres chicas
con las que me llevara tan bien en mi primer día, pero tuve suerte. Además,
ya le había echado el ojo a varios chicos, cosa que siempre iba bien.
—Así que Leo, ¿eh? —dijo Patri con una sonrisa pícara, acomodándose en
el banco en el que estábamos sentadas—. Suena a chico sexy, ya me lo
presentarás.
—Si lo que quieres es un trío olvídate, yo no me meto contigo en la cama
—bromeé, y ella rio.
Me gustaba estar con Patri porque había confianza y se podía hablar con
ella de cualquier cosa sin que se pensara que eras una pervertida ni nada de
eso —cosa que pasaba con mucha gente—.
—Entonces… ¿proyecto de novio? —me preguntó.
—Puede. —Me encogí de hombros—. A lo mejor.
—Ah, ¡eso es un sí! —Sonrió— ¿Él te gusta?
—Claro que me gusta —dije, como si fuera lo más obvio del mundo, y
decidí cambiar de tema—. Y tú, ¿qué? ¿Dani ya te ha cansado?
Dani era un chico que había ido con nosotras a clase en secundaria, y Patri
se acostaba con él de vez en cuando. La verdad es que no había mucho más
que decir sobre él.
—Bueno, vi que estábamos empezando a actuar como si fuéramos una
pareja o algo así —explicó—. Me di cuenta de que empezaba a verlo con
otros ojos, supongo que me asusté, y…
—Y lo mandaste a la mierda —terminé por ella.
—Básicamente.
—¡Siempre haces lo mismo! ¿Por qué lo haces? —cuestioné.
—No lo sé. —Se encogió de hombros—. Supongo que no quiero que el
estar con alguien acabe con mi libertad, además de que todo termina, así
que ¿para qué pasarlo mal?
—Esa filosofía es una mierda —contesté con honestidad—. Tener una
pareja no es el fin de la libertad, y si lo es, es que no deberías estar con esa
persona. Y de lo de no hacerlo porque va a terminar de todos modos y lo
vas a pasar mal ya ni hablemos, para eso enciérrate en tu casa toda la vida,
y así nunca sufrirás.
—Y me lo dice la que ha tenido mil novios —contraatacó, levantando una
ceja.
—No necesito haber tenido novios para saber eso —repliqué.
La verdad era que, fuera de los típicos “novios” de primaria, yo nunca había
estado en una relación seria. Había estado con algunos chicos
esporádicamente y con otros de rollo, pero nunca saliendo como algo serio.
No era que me asustara la idea, simplemente no se había dado la ocasión y
tampoco había sentido la necesidad de forzarlo, como esas personas que se
pasan la vida quejándose de que no tienen pareja y luego se conforman con
lo primero que encuentran.
—Ya se nos ha ido —escuché decir a Patri, y chasqueó sus dedos a pocos
centímetros de mi cara—. ¡Vuelve!
—Qué pesada eres. —Rodé los ojos y ella rio antes de mirar la hora en el
móvil.
—Tengo que irme —dijo—. He quedado con un chico guapísimo de Tinder,
y tengo que arreglarme.
—Esto de Tinder es un poco triste.
—Es una herramienta maravillosa para encontrar a tíos para follar una vez y
luego no volver a hablar con ellos —contestó.
—También es verdad. —Asentí con la cabeza distraídamente—. Aunque ve
con cuidado porque hay mucho loco por ahí.
—Tranquila, todavía recuerdo muchas llaves de cuando hacía karate.
—Pero si lo dejaste a los seis años.
—Tengo buena memoria, Ariadna —dijo, levantando un dedo—. Bueno,
nos vemos… ¿La semana que viene?
—Cuando te vaya bien —contesté—. Ya me dirás algo.
—Vale, pues nos vemos. —Dejó un beso en mi mejilla y se apartó para
mirarme con una sonrisa malévola—. Y dile a Leo que deje de marcarte el
cuello, que parece que te haya atacado un vampiro.
Me llevé los dedos al cuello inconscientemente y ella se echó a reír.
—¿Se ven mucho? —pregunté.
—Es en lo primero que me he fijado cuando te he visto.
—Mierda —dije, pensando en mis padres. Como lo vieran se iba a armar
una buena en casa.
—Buena suerte —me dijo, riendo, y se fue, dejándome sola en el banco.
La verdad era que no tenía demasiadas ganas de ir a casa, y menos cuando
acababa de saber que tenía todo el cuello marcado, así que me levanté y
decidí dar una vuelta. Estaba cerca del Arco de Triunfo, así que fui hacia
allí. Sí, estaba lleno de turistas haciéndose fotos con el monumento, pero al
menos era divertido verlos, y además había hombres haciendo burbujas
gigantes y el parque de la Ciutadella al lado, así que no sonaba tan mal.
Me puse los auriculares con mi lista de música favorita y fui caminando por
el largo paseo hasta que llegué donde el imponente monumento se
encontraba. Pasé por debajo y me reí al ver a un grupo de japoneses
haciéndose fotos con caras estúpidas. Parecía un photocall con tanta gente
por ahí, pero algo me llamó la atención. Vi a un chico fotografiando de lejos
a las personas que se fotografiaban, y me pareció genial. Me pareció
todavía más genial cuando distinguí su cabello rubio recogido en un moño.
Me acerqué a él con una sonrisa, y cuando se dio cuenta de que iba hacia él,
apartó la cámara de su cara.
—Mira a quién tenemos por aquí —dijo, con una sonrisa que mostraba sus
dientes y marcaba sus hoyuelos.
Esa sonrisa debería declararse patrimonio de la humanidad.
—¿Haciéndole fotos a los guiris? —pregunté con curiosidad.
—Hoy no tenía modelo y, como los turistas me hacen gracia, he decidido
tomarlos a ellos y sus poses ridículas como tema —contestó.
Me eché a reír, y Gabriel empezó a enseñarme todas las fotos que había
estado haciendo. La verdad es que él realmente tenía talento en ello, y el
tema tan extraño que había elegido lo había sabido plasmar con genialidad.
En esa última semana había hablado con él algunas veces, y la verdad era
que me caía genial. Era un chico con una forma de ver el mundo bastante
peculiar, y eso me gustaba.
—¿Tú qué haces por aquí? —me preguntó—. ¿Huir del vampiro que ha
atacado tu cuello?
Reí y negué con la cabeza. Me lo quedé mirando, y me di cuenta de que su
cuello también estaba marcado, aunque esas marcas eran de hace unos días
y no se notaban tanto.
—Al parecer a ti te atacó hace poco, también —contesté, y sonrió con
picardía.
—No me molestan ese tipo de vampiros —dijo, y no pude evitar
imaginarme cómo se los habrían hecho.
Ponerlo a él en mi mente en una cama, desnudo, sudado, con el pelo
despeinado y los labios hinchados me hizo notar un cosquilleo de placer.
Eso ya era de enferma sexual.
Vi que Gabriel abría el bolsillo pequeño de su mochila y sacó papel de liar,
boquillas, un grinder y un paquete de tabaco de liar. Vaya, así que el rubio
fumaba, pero… ¿y el grinder? Entonces vi que dentro del paquete de tabaco
había una pequeña bolsa con un cogollo verde dentro, y sonreí.
Gabriel lió un porro y, cuando lo terminó, lo encendió.
—¿Quieres? —me preguntó, tras darle una primera calada, y asentí con una
sonrisa.
Me lo pasó y fumé una calada, a lo que él me miró con la cabeza ladeada,
como si me estuviera analizando.
—¿Qué pasa? —cuestioné, riendo.
—¿Quieres hacerme de modelo hoy? —preguntó, y me sonrojé un poco.
—¿De modelo?
—Sí. —Asintió con la cabeza— Eres muy… fotografiable, y con el cigarro
en la boca aún más.
—¿Fotografiable? —Reí—. ¿No será fotogénica?
—No es lo mismo… Es que no sé cómo explicarlo.
—Tranquilo, entiendo a qué te refieres.
Así que la siguiente media hora consistió en Gabriel haciendo fotos de mi
rostro y de mis labios, haciéndome fumar de una u otra manera, y cuando el
porro se hubo extinguido me siguió tomando fotos mientras hablábamos.
—Han quedado genial —dijo cuando ya estábamos volviendo a casa—. Sí
que eres fotogénica, sí. Tendré que usarte de modelo más a menudo.
—Mientras luego me pases las fotos, a mí me parece perfecto. —Sonreí.
Ahora tenía un fotógrafo personal, y encima gratis.
5
Era un viernes por la mañana, a segunda hora, y al terminar esa clase por fin
podría empezar el fin de semana. Además, se suponía que ese sábado iba a
ser especial, porque haríamos la fiesta de despedida de Nina con sus
amigos. Sonará a mala hermana, pero no tenía ganas de aguantarlos.
Pese a ser mellizas, Nina y yo nunca habíamos tenido las mismas
amistades. Directamente, Nina era muchísimo más popular que yo. Hubo
una época en la que yo también lo era, pero entonces empecé a tener vida
sexual, me cayó el título de “zorra”, y mis amistades se redujeron
básicamente a dos: Patri y Alex. Tampoco necesitaba a nadie más, porque a
veces cuando te cae un título que los demás consideran malo y se te
empieza a dejar de lado, consigues distinguir entre amigos de verdad y
personas que no merecen la pena. Incluso había tenido problemas con Nina
porque había seguido relacionándose con gente que me insultaba
abiertamente y, de hecho, ese era un tema que nunca habíamos llegado a
solucionar.
—Hola, aterriza —me dijo Natalia, hablando en voz baja, e hice un
movimiento de cabeza, volviendo a la realidad—. Hace cinco minutos que
ha terminado la clase y este hombre sigue hablando.
—Al menos lo explica con pasión. —Me encogí de hombros al ver al
profesor hablando de lo mucho que Delacroix había aportado al mundo.
Natalia rio por lo bajo y el profesor miró el reloj de su muñeca antes de
poner cara de sorpresa.
—¡Vaya! Ya es la hora, ¡qué rápido ha pasado! —dijo con una sonrisa—. La
semana que viene empezaremos un proyecto sobre el Romanticismo, así
que podéis ir mirando artistas o temas de ese movimiento que os interesen.
Hubo un asentimiento general con la cabeza y empezamos a recoger
nuestras cosas. Natalia se fue a hablar con una chica italiana, Anna, que al
parecer se había mudado a Barcelona para estudiar aquí. No hablaba
demasiado español, aunque al ser su lengua parecida a la nuestra nos
conseguíamos entender, pero era simpática, y a Natalia parecía gustarle.
Me quedé con Silvia, quien había notado que lleva varios días mirando
mucho a Marc. La gente debía considerarme una especie de acosadora, pero
me gustaba fijarme en lo que hacían los demás. No con ningún propósito de
espiar, sino porque me parecía interesante. Parecía que las hormonas de
todo el mundo estaban revolucionadas —y las mías no eran una excepción
—, así que era divertido intentar adivinar a quién le gustaba quién.
Cuando ya lo tuve todo metido en la mochila, la cargué en mi espalda y salí
de la clase con Silvia, encontrándonos a Marian por el camino.
—Madre mía, menudo aburrimiento —dijo en cuanto empezamos a
caminar hacia la cafetería—. Que sí, que Delacroix está muy bien, pero no
da para tres horas. Este hombre se emociona y se va por las ramas.
La verdad es que en tres horas habíamos recibido una larga lección sobre
Delacroix, su vida, su obra, sus amigos y sus dramas amorosos. Se entendía
la queja de Marian, y en parte tenía razón, pero yo prefería tener un
profesor apasionado por lo que explicaba a uno que pasara de todo y se
dedicara a leer diapositivas.
Mientras tomábamos un café en el bar más cercano a la universidad, Natalia
y Anna se nos unieron. Al poco rato llegó Leo con otro chico al que apenas
conocía, y por último apareció Gabriel con varios libros que parecían
cogidos de la biblioteca. Se sentó a mi lado, de modo que quedé sentada
entre él y Leo, y dejó la pila de libros sobre la mesa.
—¿Fotografía analógica? —le pregunté, leyendo el título de uno de ellos—.
Pero si pensaba que ya eras todo un experto en ese tema.
Él sonrió.
—Quiero aprender a revelar las fotos por mí mismo —me explicó—.
Normalmente me lo hacen en una tienda, pero ya que tenemos taller de
fotografía en la uni, habrá que aprovecharlo.
—Suena interesante —contesté—. Puede que yo también me pase por el
taller algún día. Por cierto, ¿ya tienes las fotos del otro día? Tengo ganas de
verlas.
—Las tengo que pasar al ordenador, y las que te hice con la analógica
quiero intentar revelarlas yo, aunque puede que tarde un poco —dijo,
rascándose la nuca con una media sonrisa—, pero en cuanto las tenga te las
enseño.
En ese momento noté el brazo de Leo deslizándose por mis hombros para
quedarse allí. No le di demasiada importancia, aunque no era partidaria de
las muestras de afecto en público, básicamente porque me parecían una
forma algo estúpida de marcar territorio y porque la gente podía sentirse
incómoda, pero se lo permití.
Gabriel no se perdió ese gesto. Levantó las cejas, más divertido que
sorprendido, y giró la cabeza como si no hubiera visto nada para ponerse a
hablar con Anna. Escuché cómo él empezó a hablar en italiano, aunque, por
lo que pude entender, tenía un nivel muy básico, y Anna parecía
entusiasmada por poder hablar en su idioma con alguien.
—¿Quieres cenar esta noche? —me preguntó Leo, distrayéndome de mi
sutil espionaje.
—Planeaba hacerlo, sí —bromeé.
—Tonta —dijo, riendo—. Me refiero a si quieres ir a cenar conmigo. Yo
invito.
—Suena muy bien —respondí—, pero puedo pagar mi propia comida.
Él soltó una carcajada y apartó su mano de mi hombro para apoyar el codo
en la silla y mirarme, sin dejar de sonreír.
—Está bien, niña rica —contestó en tono de broma—. ¿Quieres ir a un
italiano buenísimo que hay cerca de mi casa?
—Pues no te diré que no —asentí—. ¿Tengo que ir vestida de gala? Puedo
ponerme una tiara de oro, ya sabes, como soy rica…
La verdad es que en mi familia nunca había faltado el dinero. ¿Que éramos
ricos? Pues no —y lo de la tiara de oro era broma, claro está, no me habría
puesto eso ni aunque me lo hubiera podido permitir—, pero que mis padres
fueran abogados nos había permitido vivir una vida desahogada, en lo que a
dinero se refería.
Leo volvió a reír.
—No, no hace falta.
Cuando me fui del bar, poco después, Gabriel se despidió con una sonrisa
divertida. Parecía que descubrir que había algo entre Leo y yo le había
hecho gracia. Para el resto no era ninguna novedad, al fin y al cabo nos
habían visto besándonos —con mucha intensidad, debo decir— en esa
fiesta, y ya había pasado casi un mes desde eso.
Llegué a casa con el tiempo justo para comer, descansar veinte minutos e
irme a la clase de Francés. La verdad es que cada vez me daba más pereza
ir, porque me quitaba horas para hacer vida social —hacer clases un viernes
por la tarde debería ser ilegal—, aunque el idioma me gustaba. El principal
problema era que mis padres no me permitirían dejar de ir, al menos no
hasta que me sacara el certificado. A Nina no le decían nada porque se iba a
estudiar a París, así que seguramente iba a volver con un francés impecable.
Dos horas más tarde estaba en casa, mirando el montón de ropa que había
sacado del armario y que ahora yacía sobre mi cama. Tenía los brazos
cruzados, y mi dedo índice repiqueteaba contra mi brazo mientras pensaba
en qué ponerme. Como casi cada día.
Suspiré, incapaz de decidirme. Salí de mi habitación y, antes de que mi
mano pudiera coger el pomo de la puerta de la de Nina, ella la abrió.
—Ni se te ocurra venir a decirme que tienes una crisis de vestuario —me
advirtió, adivinando mis intenciones—. Voy a ser una buena hermana y te
voy a ayudar a elegir, pero deja mi ropa en paz.
Me lo pensé durante un par de segundos.
—Vale, me sirve.
Así que Nina se metió en mi habitación y empecé a probarme cosas. Me
puse unos pantalones tejanos con un top amarillo, y entonces soltó la
pregunta.
—¿A dónde vas?
—He quedado para cenar —respondí, mientras me giraba hacia varios lados
para ver cómo me quedaba—. ¿Este top no es muy… amarillo?
—Es amarillo mostaza, Ari. Es muy veraniego y te queda bien, como todo
—contestó, sentada en la silla de mi escritorio—. ¿Con quién has quedado?
—Con un chico —dije, quitándome los pantalones para probarme otra cosa.
Vi, a través del espejo, cómo levantaba las cejas.
—¿Un chico? —inquirió—. ¿De la uni?
—Sí —contesté, mirando el montón de ropa.
Nina permaneció en silencio mientras me probaba un vestido negro de
tirantes, corto. En cuanto lo tuve puesto, volvió a hablar.
—¿Te gusta?
—Bueno, es muy básico, pero el negro pega bien con todo…
—El chico, Ari —dijo, aguantándose la risa—. Te hablo del chico.
Me rasqué el brazo.
—Sí —respondí, bajando la voz porque, aunque estábamos solas en casa,
nunca me sentía segura hablando de estas cosas en voz alta, al menos no en
casa—. Es guapo, y folla bien.
—¿Ya te lo has tirado? —exclamó, sorprendida—. Sí que vas rápido, chica,
si apenas llevas un mes en la uni.
—Llevo más de un mes —la corregí—. Y, ¿qué quieres que te diga? La vida
es corta.
—Ya lo veo, ya —murmuró, y me giré hacia ella.
—Si tienes algún comentario no hace falta que te lo guardes —espeté con
fastidio.
—No tengo nada que decir. —Se encogió de hombros—. Pero esto de cenar
con el chico suena muy serio. ¿Estás segura de que es lo que quieres?
—Igual ya me toca tomarme a algún tío en serio —respondí—. Nunca he
tenido novio, puede ser una experiencia interesante.
—Entonces, ¿quieres que sea tu novio?
—No lo sé —contesté—. ¿Qué te parece el vestido?
Ella suspiró, dándose cuenta de que estaba intentando cambiar de tema.
—Lo que tú has dicho: es negro, pega con todo —repitió mis palabras—. Es
bonito, ligero y cómodo. Yo me pondría eso.
—Sí, probablemente sí —murmuré, más para mí misma que para ella.
Se levantó de la silla y empezó a caminar hacia la puerta.
—Crisis de vestuario resuelta —dijo, pero se giró una última vez antes de
irse—. Ve con cuidado, Ari. No seas impulsiva.
Rodé los ojos y agradecí que no dijera nada más antes de salir de mi
habitación. Esa era Nina: la que siempre lo sabía todo. A veces me ponía de
los nervios con esa actitud suya.
Llegué al restaurante italiano cinco minutos tarde. Leo ya estaba allí, pero
no me recriminó nada porque, al parecer, él también acababa de llegar.
El sitio no parecía barato, aunque tampoco carísimo. La verdad es que a mí
con con cualquier cosa me habría servido, no me hacía falta ir a un sitio así
haciendo poco más de un mes que nos conocíamos y habiendo tenido sexo
unas cinco veces, pero si el plan implicaba comida yo siempre me apuntaba.
—Entonces, ¿mañana sales de fiesta? —me preguntó cuando ya estábamos
sentados y acabábamos de pedir.
—Sí —asentí—. No tengo ganas, pero es lo que hay que hacer por las
hermanas. Nina se va a estudiar fuera, y como es su fiesta de despedida
tengo que estar ahí.
—¿A dónde se va?
—A París —contesté, apoyando la mejilla en mi mano—. Estaré bastante
sola en casa sin ella.
—Yo puedo venir a animarte cuando quieras. —Me dio una sonrisa de esas
suyas, y no pude evitar adoptar el mismo gesto.
—¿Tú no tienes hermanas o hermanos? —le pregunté.
—Tengo una hermana, pero hace tiempo que vive con su novio —contestó
—. La veo más bien poco. Nunca hemos sido muy cercanos porque tiene
siete años más que yo, pero nos llevamos bien.
—Siete años —murmuré, asombrada.
—¿Tu hermana es más pequeña que tú?
—Sí —asentí—. Una hora más pequeña.
—¿Una hora? —Levantó las cejas—. ¿Sois gemelas? Eso es sexy.
—Mellizas —la corregí—. Y elimina esas fantasías de tu cabeza. Como
comprenderás, no quiero tener nada que ver con mi hermana, sexualmente
hablando.
Él se echó a reír.
—Cálmate, mujer, que era una broma.
—Ya lo sé —contesté para intentar relajar el ambiente.
No me hacían ninguna gracia las bromas sobre eso, porque me lo habían
dicho miles de veces. A algunas personas les excitaba, y a mí me daba asco.
Incluso cuando éramos más pequeñas teníamos que aguantar este tipo de
comentarios de mal gusto.
La comida llegó a los pocos minutos y yo, que tenía hambre desde hacía
horas, empecé a comérmela con ansias, aunque intentando no parecer
desesperada.
—Para tener tanta clase y estar tan delgadita comes un montón —dijo,
viendo que mi plato era bastante grande.
—Me gusta comer. —Me encogí de hombros.
Él empezó a comer tranquilamente, y lo noté algo nervioso. Me miraba de
vez en cuando, y estaba pensando en empezar a hablar de cualquier cosa
para que no hubiera tensión en el ambiente cuando él se me adelantó.
—Ari —me llamó y lo miré, desviando la atención de mi vaso de agua—.
Hay algo que quiero decirte.
Dejé el vaso en la mesa y asentí con la cabeza.
—Dime —lo insté a continuar.
—Sé que no hace demasiado que nos conocemos —dijo, algo nervioso—.
Pero me gustas mucho, y creo que podríamos ser algo más.
—¿Algo más? —Le di una media sonrisa, sabiendo a qué se refería pero
queriendo jugar un poco.
—Como una pareja, ya sabes —concretó—. Mira, voy a ir al grano: Ari,
¿quieres ser mi novia?
Mi media sonrisa se completó y me mordí el labio. Esto me gustaba. Me
gustaba mucho. Leo era un chico genial —y ni hablemos de cómo era en la
cama—. Y no, yo nunca había tenido un novio, pero la idea no me
disgustaba en absoluto.
—Me lo pensaré —contesté.
—Ari, va, que hablo en serio —dijo, rodando los ojos, exasperado.
Reí, divertida con la situación, y luego adopté la expresión más seria que
pude.
—Está bien —cedí, dejando las bromas a un lado—. Me encantaría ser tu
novia.
Leo sonrió, y cogió mi mano por encima de la mesa.
La cosa iba bien: primer año de universidad, primer novio. Eso prometía…
O, al menos, lo hizo durante un tiempo.
6
El viernes había llegado, y salí de la ducha corriendo porque, cómo no, iba
con el tiempo justo.
—¡Ariadna, la ropa! —me reprendió mi madre, pasando por mi lado con
una pila de camisetas perfectamente dobladas, preparadas para meter en la
maleta, ya que a la mañana siguiente se iban a la casa que tenía mi tía en la
montaña, a dos horas de Barcelona.
Ya se podrían haber ido esa tarde, para que así la casa estuviera libre y yo
pudiera traer a Leo a dormir después de la fiesta, pero no.
—¡Me has visto desnuda mil veces! —respondí, sin bajar mi ritmo
frenético, y ni siquiera esperé a que contestara antes de cerrar la puerta de
mi habitación.
Me quité la toalla que me había enroscado en la cabeza, y me miré al espejo
de cuerpo completo que tenía en la habitación.
—Bueno… y ahora, ¿qué? —me pregunté a mí misma.
Mi primer paso fue entrar en la habitación de Nina para ver si podía robar
algo. Seguíamos sin hablarnos, pero tampoco se iba a enterar si le cogía
ropa —ya me encargaría de bloquearla de mis historias de Instagram
durante la noche—, así que no pasaba nada. Solté un gruñido cuando, tras
estar unos minutos examinando su armario, me di cuenta de que se había
llevado toda la ropa de verano.
Iba a tener que desenterrar de mi armario prendas que sabía que tenía pero
que llevaba mucho tiempo sin encontrar —porque tampoco es que las
hubiera buscado, era ver la montaña de ropa en el armario y perder todas las
ganas de buscar nada—.
Volví a mi habitación, abrí el armario y empecé a sacar prenda tras prenda.
Al cabo de un buen rato, cuando una gran parte del montón de ropa del
armario se había trasladado a mi cama, encontré el top que buscaba y
sonreí.
Terminé de vestirme a las nueve. Teniendo en cuenta que todavía me faltaba
maquillarme y peinarme, y que había quedado a las nueve y media en casa
de Natalia para cenar con ella, Marian y Silvia, tenía pinta de que no iba a
llegar. Cenar en su casa era algo contraproducente porque mi casa quedaba
mucho más cerca del sitio al que íbamos a ir, pero como mis padres estaban
en casa, no podíamos cenar ahí. Habíamos decidido probar un club que
habían inaugurado apenas tres meses atrás, y por suerte quedaba a cinco
minutos de mi casa, así que no iba a tener problemas para volver.
Al final pasé de maquillarme y salí de casa para coger el autobús, que me
iba mejor que el metro para ir a casa de Natalia. Tenía veinte minutos de
viaje, así que saqué el móvil para viciarme un rato a un juego nuevo que me
había descargado, pero me encontré con un mensaje de Nina.
Nina: Hola, ex-compañera de útero
Sonreí al leerlo, pero decidí hacerme la difícil y tardar un poco en contestar,
porque así de paso igual se le ocurría no sé, disculparse.
Nina: Mira, he estado pensando y me he dado cuenta de que nos peleamos
por una tontería (como siempre). Llevo días queriendo hablarte, y te echo
de menos.
Me molestó que se refiriera al motivo de nuestra pelea como “una tontería”,
porque para mí no lo era, pero se lo concedí porque me alegraba de que por
fin me hubiera hablado, y porque sabía que a Nina le costaba pedir perdón.
De todos modos, me apetecía hablar con ella y que me contara cosas de
París, así que presioné el botón de videollamada y estuve hablando con ella
durante el resto del trayecto en autobús.
Colgué justo antes de bajarme del bus, y pasé rápidamente por el
supermercado para comprar vino. Llegué a casa de Natalia a las nueve y
cuarenta, que era una hora aceptable, y más teniendo en cuenta que Silvia
todavía no había llegado. Solo estábamos Marian, Natalia y yo en la casa,
porque Anna al final no había podido venir, y los chicos iban a venir más
tarde.
Silvia llegó casi a las diez, cuando la cena ya estaba lista. Nos metimos un
poco con ella por tardona —y mira que yo no era nadie para hablar—, y
cenamos entre risas, cotilleos y bastante vino.
A las once llamaron al timbre, y cuando Natalia fue a abrir entraron Marc,
Leo y, para mi sorpresa, Gabriel. Saludé a Leo con un beso, le di un abrazo
a Marc y, por último, me dirigí al rubio.
—Pero mira quién ha decidido venir —comenté con una sonrisa.
—A veces me da por sorprender —contestó, divertido.
—¿Has cancelado tus planes por nosotros? Qué considerado —dije,
llevándome una mano al pecho como si estuviera emocionada.
Gabriel rio.
—He terminado antes de lo que esperaba —respondió.
—Vamos, que has echado un polvo rápido y te has ido —bromeó Marc, y
por la cara que puso Gabriel pude ver que tenía toda la razón—. Ostia, que
he acertado. ¡Soy adivino! No sabía que tenías novia.
—Es que no tengo —contestó él.
—¡Míralo, menudo ligón! —gritó Marc mientras yo los escuchaba con
interés, porque toda esa información me parecía de lo más interesante.
—No va por ahí, el tema —respondió Gabriel, en el mismo tono divertido
que había mantenido durante toda la conversación.
—Va, no te hagas el misterioso, ahora nos lo tienes que contar todo —dijo
Marian, dándole un codazo sugerente a Gabriel.
—No seáis cotillas —se quejó el rubio—. Creo que esta noche elijo ser
misterioso, como dices tú.
—Qué chico tan aburrido —dije, negando con la cabeza como si estuviera
muy indignada, y Gabriel solo me dio una sonrisa.
Hubo más intentos por parte de Marc y Marian de sacarle más información,
pero fueron inútiles, así que nos concentramos en lo que veníamos a hacer:
prepararnos para la fiesta. Los chicos habían traído ron y ginebra junto con
otras bebidas para mezclarlo, pero a mí no me apetecía demasiado, así que
me ceñí al vino que habíamos estado tomando durante la cena.
Salimos de casa cerca de las doce, y tuvimos que coger el bus nocturno para
poder ir hasta allí. Marc quería coger un taxi, pero Natalia lo riñó porque
decía que el autobús era una opción mil veces más ecológica, y consiguió
que cediera a usar el transporte público.
Llegamos a la discoteca a las doce y media pasadas, dándonos prisa porque
a partir de la una se pagaba para entrar. Lo bueno de que fuera un local
nuevo era eso, que como acababan de abrir necesitaban clientes y hacían
ofertas como la entrada gratis hasta la una.
—¿A qué hora te irás? —me preguntó Leo mientras hacíamos cola para
entrar.
—Pues no lo sé, acabamos de llegar —contesté—. ¿Por?
—Yo no me iré muy tarde, que mañana vienen mi hermana y su novio a
comer —me explicó—. Podrías quedarte a dormir en casa, y mañana
comemos con ellos.
Agradecí que estuviéramos en una zona oscura, porque eso reducía
considerablemente las posibilidades de que Leo viera la expresión de
pánico que estaba segura de que llevaba pintada por toda la cara.
—¿Con tus padres y tu hermana? —pregunté, sin estar segura de si lo había
entendido bien.
—Y Enzo, el novio de mi hermana —añadió.
—No es… ¿No es un poco pronto? —pregunté con cuidado, porque apenas
llevábamos una semana oficialmente juntos y me parecía precipitado, pero
tampoco quería que se lo tomara mal.
—¿Por qué iba a ser pronto? —Se encogió de hombros.
—Bueno, solo llevamos una… —empecé, pero por suerte fui interrumpida
por Marian, que me rodeó el hombro con el brazo y me atrajo hacia ella.
—A ver, tortolitos, no os pongáis en plan pareja marginada —nos riñó,
aunque se notaba que lo decía en broma.
—Uy, ¿qué es ese olor? —Hice como que olía el aire—. Creo que es la
envidia.
Marian estalló en carcajadas y me empujó.
—Capulla —me insultó con cariño—. Para que lo sepas, yo soy una firme
defensora de la soltería, y más a nuestra edad.
—Sí, sí, claro —le dijo Leo, fingiendo un tono de condescendencia
mientras le palmeaba el hombro.
—Ahora entiendo por qué estáis juntos: los dos sois malísimos. —Marian
negó con la cabeza, como si nuestra actitud le pareciera fatal.
Le lancé un beso y ella hizo como si lo cogiera con las manos y se lo llevara
a la boca. Me reí, y no fue hasta que Gabriel nos avisó que vimos que ya
podíamos entrar en el club.
Leo se fue con los chicos, mientras Silvia y Natalia hablaban entre ellas,
completamente en su mundo, así que yo me quedé con Marian, detrás del
resto del grupo, mientras entrábamos en el local.
—Entonces, ¿tienes algún objetivo? —le pregunté a Marian, con una
curiosidad morbosa.
Ella hizo una mueca.
—Pues a Gabriel no le diría que no porque está para comérselo, aunque
pasa de mí y me da que te hace más caso a ti —comentó, y solté una
carcajada porque pensaba que estaba bromeando—. Marc tampoco está
mal.
—¿”Marc tampoco está mal”? —repetí sus palabras en tono interrogativo,
mirándola con las cejas levantadas.
—Vale, Marc está muy bien —admitió—, pero creo que a Silvia también le
gusta, y no quiero malos rollos con ella.
—O sea que Marc te gusta —dije, porque es lo que había conseguido
extraer de sus palabras.
Marian se sonrojó un poco.
—Sí —contestó, y luego levantó un dedo—. Pero ni se te ocurra decírselo,
ni a Marc ni a nadie.
—Su secreto está a salvo conmigo, señorita —le aseguré, y ella sonrió.
—Gracias —me dijo, dándome un apretón en la mano antes de abrir las
puertas de la sala principal, en la que los demás ya habían entrado, y el
fuerte sonido de la música se sobrepuso a cualquier intento de seguir la
conversación.
Nos fuimos directas a la barra, donde estaba el resto del grupo empezando a
pedir sus bebidas. Yo me pedí un ron cola, que era una apuesta segura
porque sabía que no me iba a sentar mal.
Entre bebidas, risas y bailes, las horas pasaron volando. Estaba bailando
con Leo, después de darnos el lote de una forma muy poco sutil —aunque
habíamos tenido la consideración de alejarnos del grupo—, cuando sacó el
móvil de su bolsillo y chasqueó la lengua.
—Son casi las cuatro —me dijo—. Creo que iré tirando ya. ¿Vas a venir?
—Me quiero quedar un rato más —contesté, mirando a mis amigas, que
seguían dándolo todo en la pista de baile… Las que estaban ahí, al menos,
porque solo veía a Marian y Natalia.
—Como quieras. —Se encogió de hombros, y sé que no terminó de hacerle
gracia porque se separó de golpe, pero no iba a cambiar mis planes de esa
noche porque él quisiera que conociera a su familia—. Nos vemos el lunes,
entonces. Dile a los demás que me he ido.
Ni siquiera me dio un beso de despedida, simplemente se giró y se fue.
Solté un gemido de frustración porque, aunque me encantaba todo de él, esa
tendencia suya a coger rabietas a veces me sacaba de quicio.
No quise darle más vueltas, así que me fui con Marian y Natalia, que me
recibieron con un abrazo muy efusivo.
—¡Te hemos echado de menos! —gritó Natalia, como si llevara diez años
en el extranjero.
—Pero ha sido interesante ver cómo Leo y tú os comíais la boca —añadió
Marian, haciéndonos reír—. Muy ilustrativo, sí. Creo que solo me falta
veros follar… Podríamos hacer un trío, ahora que lo pienso.
—Ya te gustaría —le dije, pellizcándole la mejilla, y ella soltó un grito.
—¡Que me arrancas la cara, bruta! —se quejó.
—¿Dónde están los demás? —pregunté.
—A Gabriel lo he visto por última vez hablando con una chica —contestó
Natalia—. Marc y Silvia… Pues ni idea de dónde se han metido, la verdad.
—Pues menudo panorama —dije—. Pero tampoco los necesitamos. Creo
que me pediré otro cubata, ¿alguien se apunta?
—Yo —respondió Marian, y Natalia simplemente levantó la mano para
indicar que también venía.
Fuimos hasta la barra y las tres nos pedimos otro ron cola, porque íbamos a
lo mismo. Era el segundo que me pedía, y la verdad es que iba muy bien.
Solo había tenido una mala experiencia con el alcohol, y eso que llevaba
saliendo desde los dieciséis, pero en general sabía controlarme con la
bebida. El camarero nos los preparó y los dejó en la barra. En un arrebato
de generosidad, Marian decidió invitarnos a esa ronda, y brindamos por ella
antes de dar el primer trago. Sonreí al notar el sabor dulce de la cola
contrastándose con el fuerte pero sutil toque del ron en mi boca.
Dejé el cubata en la barra y me giré, apoyando mis manos en la superficie
de madera para mirar a mis amigas, que se habían puesto delante de mí.
Iba a decir algo cuando Gabriel entró en mi campo de visión, solo y
mirando a todos lados de una forma distraída, como si estuviera
examinando la sala pero sin prestar demasiada atención. Entonces nuestras
miradas se encontraron y me regaló una de esas sonrisas irresistibles antes
de acercarse a nosotras.
—Por fin os encuentro —dijo en cuanto estuvo a nuestro lado.
—Te hemos dejado tranquilo, que se te veía ocupado con la chica pelirroja
de antes —comentó Marian, divertida.
—¿La chica…? Oh, la pelirroja —respondió—. Hemos hablado un rato y
me he ido. Luego me ha parado una chica para preguntarme si era rubio
natural o teñido.
—¿Eres rubio teñido? —le preguntó Natalia, y él se rió.
—No, no lo soy.
—Entonces, ¿no has tenido suerte esta noche? —inquirió Marian.
—No he venido para liarme con nadie —contestó él tranquilamente—. No
es mi estilo.
—¿No follas en la primera cita? —cuestioné, divertida.
—No follo con gente a la que acabo de conocer —contestó, usando mi
mismo tono jocoso, pero se notaba que lo decía en serio—. Que no me
parece mal que los demás lo hagan, para nada, pero no es lo mío.
—Respetable. —Asentí con la cabeza, aunque no pensaba igual que él.
Yo sabía separar entre los polvos sin significado y el sexo con sentimientos,
y ambas cosas me gustaban. La segunda más, claro está, pero de vez en
cuando echar un polvo rápido con alguien a quien no iba a ver más no le
sentaba mal a mi cuerpo.
De todos modos, eso era algo muy subjetivo; cada persona era un mundo, y
entendía perfectamente que lo que a mí me gustaba no tenía por qué
gustarle a los demás. Marian y Natalia se pusieron a hablar sobre algo, y
Gabriel me miró. Su vista se desvió hacia detrás de mí, concretamente a mi
cubata, y alargó la mano para cogerlo.
—Uy, ¿a qué sabe? —preguntó antes de darle un largo trago.
—¡Oye! —me quejé, aunque mi sonrisa me delataba—. Pídete uno, si tanto
te gusta.
—Es que cuando es de los demás sabe mejor —contestó, y solté una
carcajada.
—No tienes remedio.
Justo en ese momento, alguien pasó por el lado de Gabriel a toda prisa, le
dio un golpe en el brazo y pude ver casi a cámara lenta cómo mi cubata caía
al suelo antes de romperse en pedazos.
—¡Joder! —exclamó él, sorprendido.
—Ale, ya me he quedado sin —dije, aunque tampoco le di demasiada
importancia.
—Te pido otro —contestó Gabriel, y antes de que pudiera decirle que no
hacía falta, él ya estaba en la barra.
Sonreí para mí misma mientras escuchaba a Gabriel avisar de que había
cristales en el suelo y pedirme otro ron cola —aunque no se pidió nada para
él, así que me daba a mí que iba a robarme más bebida—. Estaba mirando a
la pista de baile distraídamente cuando vi a Marc y a Silvia liándose como
si no hubiera un mañana.
—Vaya —murmuré.
No pude evitar desviar la mirada, de la forma más sutil que pude, hacia
Marian, y me di cuenta de que ella también lo había visto. Los estaba
mirando, y la expresión alegre que había llevado toda la noche había caído,
pero se recompuso rápidamente y me miró con una sonrisa.
—¿Gabriel ya te está compensando las pérdidas? —me preguntó como si
nada, y asentí con la cabeza.
—¿Todo bien? —inquirí, y su sonrisa se ensanchó, cosa que me permitió
ver que la estaba forzando.
—Todo genial —contestó.
Decidí no preguntarle nada más, porque estaba claro que no quería hablar
del tema, y noté cómo Gabriel se giraba a mi lado antes de encontrarme un
cubata en la cara.
—Para usted —me dijo, y sonreí antes de cogerlo.
—Muchas gracias, caballero. —Hice una reverencia que casi consigue que
el vaso que llevaba en la mano se uniera al otro hecho pedazos en el suelo,
y Gabriel rio.
—Ve con cuidado, que si lo rompes tú no te pido otro más —bromeó, y
cuando levantó la mirada debió de ver a Silvia y Marc, porque se le
levantaron las cejas.
—Vaya, estos no pierden el tiempo —comentó.
—Pues no, parece que no —respondí.
Escuché a Gabriel suspirar, y noté cómo se apoyaba contra la barra. Me giré
hacia él y lo vi con los ojos cerrados.
—No te duermas —lo pinché, dándole un codazo.
Él abrió los ojos y soltó una pequeña carcajada.
—Estoy un poco mareado —murmuró, tan sutilmente que apenas pude
oírlo, y me fijé en que estaba algo pálido—. Y es muy raro porque tampoco
he bebido tanto… Aunque igual es el ron cola lo que me ha sentado mal.
—¿Has cenado antes de venir? —le pregunté, y negó con la cabeza—. Pues
igual es por eso. Beber con el estómago vacío es una idea malísima, y más
si mezclas bebidas. ¿Te quieres sentar?
—Estoy bien así —respondió, y una de sus manos se posó en mi antebrazo
—. No te preocupes, no es tan grave. Además, antes me he fumado un porro
con Marc, así que tiene todo el sentido del mundo.
—Hay un super veinticuatro horas aquí cerca, ¿quieres que vayamos a
comprar algo para comer? —le propuse.
—Pues no es mala idea, pero tú quédate aquí, ya voy yo —respondió.
Me acerqué más a él para que las demás no me oyeran.
—Estaba empezando a aburrirme de todos modos, así que una salida no me
vendrá mal —le comenté—. ¿Vamos?
Él sonrió.
—Venga, va.
Le expliqué rápidamente a las chicas lo que estaba ocurriendo y, con
Gabriel, emprendí el camino hacia la salida.
—¿Tienes ganas de vomitar? —le pregunté mientras esquivábamos a la
multitud bailante para intentar llegar a la salida.
—No —respondió—. Solo estoy un poco tonto.
—Define “un poco tonto”. —Reí—. No estarás caliente, ¿verdad? Igual te
replanteas lo de no follar con gente a la que acabas de conocer.
Gabriel solo sonrió en silencio, pensativo, y cuando conseguimos salir del
tumulto, se apoyó contra una pared y me miró.
—Honestamente, la única persona que me pone en esta sala eres tú, y tengo
claro que no ocurrirá —dijo, y noté mi pulso acelerarse vertiginosamente.
No podía decirme eso, no cuando yo estaba con Leo, y mucho menos
cuando él estaba tan atractivo, con las mejillas sonrojadas y revolviéndose
el pelo con la mano. Gabriel suspiró y miró hacia el techo—. Mira, no me
hagas caso, que no sé ni lo que digo.
Pero ya lo había dicho, y sabía que no se me iba a olvidar fácilmente. El
cacao mental que tenía con respecto a Gabriel solo hizo que intensificarse, y
suspiré.
—No puedes decirme estas cosas —me quejé, intentando que saliera en un
tono de broma para que no supiera que me lo había tomado en serio, pero
creo que no lo conseguí porque él no sonrió.
—Lo siento —se disculpó—. Ya te lo he dicho, no me hagas caso.
No dejé de darle vueltas mientras salíamos del club, en completo silencio, y
caminábamos hacia el supermercado. Gabriel se compró unas galletas y yo
aproveché para comprar una chocolatina, porque me apetecía algo dulce.
Salimos de nuevo a la calle, e iba a proponer que nos sentáramos en un
banco que vi a lo lejos, pero Gabriel se me adelantó sentándose en el
bordillo de la entrada de un local cerrado que había justo al lado del
supermercado. Empezó a comer galletas y soltó un gemido de placer al
probar la primera, antes de que una sonrisa de satisfacción se instalara en su
cara.
—Es lo mejor que he probado en mi vida —dijo, y se me escapó una
carcajada.
—Lo dudo mucho —contesté, viendo que eran unas galletas de chocolate
normales y corrientes.
—Bueno, no le diría que no a unos pad thai como los del otro día, pero esto
no está nada mal —murmuró, aún sonriente.
Me senté a su lado y me comí la chocolatina que había comprado, cosa que
solo me dio más hambre, y terminé robándole varias galletas a Gabriel, que
se quejaba con indignación fingida cada vez que le cogía una. Sus palabras
dentro del club parecían haberse evaporado, porque todo volvía a fluir con
normalidad entre nosotros, pero no paraban de repetirse en mi cabeza.
En una situación normal probablemente lo habría dejado pasar, pero el
alcohol me hacía querer tomar riesgos y, a pesar de que sabía que la verdad
me iba a hacer mal, se lo pregunté de todos modos.
—¿Iba en serio lo que has dicho antes?
Él dejó de masticar y me miró, girando la cabeza lentamente hacia mí.
—¿Mm?
—Lo de que te pongo —murmuré.
Él se rascó el cuello, haciendo una mueca como si no supiera si contestar
con honestidad o no, pero parece que se decidió por lo primero.
—Desde que te pedí el lápiz —contestó—. Pero se me pasará. No quiero
que te sientas incómoda conmigo, ni nada de eso. Puedo separar la amistad
de la atracción muy fácilmente.
—No me siento incómoda —dije—, para nada. Yo…
Él respiró hondo antes de interrumpirme.
—Creo que lo mejor sería que no volvamos a hablar de esto —comentó—.
Por el bien de los dos. Mañana podemos hacer como que habíamos bebido
mucho y dijimos cosas que no queríamos decir, y ya está.
Y me parecía un plan de mierda, pero asentí con la cabeza porque Gabriel
tenía razón. Eso no era bueno para ninguno de los dos, y empezaba a
sentirme muy mal por Leo, porque me gustaba de verdad, pero Gabriel cada
vez estaba más metido en mi cabeza.
Lo mejor sería hacer como si nada, y limitar lo mío con Gabriel a una
amistad sin segundas intenciones.
—Me voy a ir —dijo Gabriel tras unos minutos de silencio—. Estoy
cansado, pero me encuentro mucho mejor. Gracias por acompañarme.
—De nada. —Le di una sonrisa más fingida de lo que me gustaría admitir, y
él apenas se paró a volverme a mirar antes de girarse e irse.
Volví al interior y pasé apenas media hora más con Marian y Natalia, puesto
que, al parecer, Marc y Silvia se habían ido juntos. Eran las seis de la
mañana cuando salí de la discoteca, y me fui directa a casa para caer
fulminada en la cama, cansada después de tantas horas despierta.
Esa noche, soñé con Gabriel. No recuerdo qué fue exactamente, pero me
desperté con la respiración agitada.
9
El sábado por la tarde, justo después de despertarme, comí en el sofá. Mis
padres nunca me dejaban hacerlo, y era por eso que me hacía especialmente
feliz poder tomarme esa libertad cuando no estaban.
Estaba mirando una serie a la que me había enganchado hacía poco
mientras comía con hambre la pasta con tomate que me había preparado.
Tenía una tarrina de helado esperándome en el congelador, así que el día
prometía.
Mi móvil, tirado de cualquier manera a mi lado, se iluminó varias veces —
me había hecho a mí misma el favor de quitar la vibración, porque me ponía
de los nervios— y vi que había recibido un mensaje de Leo. Levanté una
ceja con interés, y cogí el teléfono para ver qué decía.
Leo: Hola
Leo: Nos vemos?
Sonreí, y empecé a escribir una respuesta.
Una hora más tarde, el timbre de mi casa estaba sonando, y ni siquiera me
molesté en ponerme algo encima de los pantalones cortos de deporte y el
top que llevaba puesto —mi ropa para ir cómoda por casa—, porque ya
sabía bien quién era. Abrí la puerta de abajo y escuché sus pasos subiendo
por las escaleras hasta mi puerta. Al verme, sonrió con picardía, y fue a
entrar pero apoyé uno de mis pies contra la pared, para que mi pierna le
impidiera el paso.
—Creo que tenemos una conversación pendiente antes de ir a hacer lo que
estás pensando —le dije, cruzándome de brazos.
—¿Una conversación? —preguntó, confundido.
Ladeé la cabeza y lo miré con las cejas levantadas.
—¿No crees que haya nada que tengamos que hablar? —insistí—. Como,
no sé, tu comportamiento de ayer, y el hecho de que a veces te da por
enfadarte e irte de los sitios.
Leo suspiró y apartó la mirada, porque sabía perfectamente de qué le estaba
hablando.
—Mira, lo siento —empezó, y bajé el pie de la pared porque me parecía un
buen comienzo—. A veces me pongo así, pero luego se me pasa. Es solo
que… Me da la sensación de que no te tomas lo nuestro en serio, y con esto
de Gabriel…
—¿Gabriel? —inquirí.
—A Gabriel le gustas, estoy seguro. Y, a veces, cuando prefieres quedar con
él antes que conmigo… No sé, me pongo celoso.
—No me interesa Gabriel —mentí, aunque lo coloqué en mi lista de
mentiras piadosas porque, aunque el rubio sí me interesaba, no pensaba
hacer nada al respecto y él tampoco, como había quedado más que claro en
nuestra conversación de hacía apenas unas horas—, y tengo derecho a tener
amigos y hacer planes con ellos. Es algo que seguiré haciendo, Leo, aunque
no prefiero quedar con él antes que contigo. Nunca te he cancelado ningún
plan por él ni por nadie, así que dudo que lo haya preferido en ningún
momento.
Leo volvió a suspirar.
—Es que veo cómo te mira, y me pongo paranoico —murmuró, y luego
recuperó su tono de voz habitual—. Mira, la última novia que tuve, y la
única que he tenido a parte de ti, de hecho, me puso los cuernos. Yo ya
sospechaba, porque veía que iban muy juntos, pero ella me decía que no
tenían nada… No quiero desconfiar, pero no puedo evitarlo. Aun así, lo
intentaré por ti, te lo prometo.
Sonreí, satisfecha. Entendía cómo se sentía, aunque no me hubiera pasado
exactamente lo mismo. Una mala experiencia podía marcar tu forma de ser
en el futuro, y eso lo sabía bien. Me gustaba que lo hubiera compartido
conmigo, y que me hubiera prometido que intentaría confiar, porque sentía
que habíamos dado un paso importante en la relación.
—Puedes pasar —le dije finalmente, y él me devolvió la sonrisa.
La conversación terminó ahí, porque él puso sus labios sobre los míos y nos
fuimos a mi cama, donde media hora más tarde respiré hondo, sudada y sin
haber podido llegar todavía al orgasmo, pero sintiéndome mucho mejor. Le
dije a Leo que quería salir, y eso hicimos. Corría una brisa agradable por la
calle Muntaner cuando cerramos la puerta de mi edificio detrás de nosotros,
y el sol era agradable sobre mi piel pero no llegaba a quemar, porque había
algunas nubes esparcidas por el cielo que hacían de lo que quedaba del
calor veraniego algo mucho más ameno.
Cogí su mano con suavidad y empezamos a caminar calle abajo mientras
hablábamos de tonterías. Ese día me sentía feliz, despreocupada, aunque
unas horas atrás mi cabeza hubiera estado sembrada de dudas. En ese
momento, no me importaba.
—¿Quieres conocer a mi hermana? —le propuse mientras buscábamos un
sitio donde tomar algo.
Él me miró con una ceja levantada, pero pronto sonrió y asintió con la
cabeza.
—¿No vive en París? —preguntó.
—Sí, pero para eso se inventaron las videollamadas —respondí.
Nos sentamos en un bar que tenía buena pinta, en la terraza, y llamé a Nina
mientras esperaba a que nos trajeran las bebidas. La pillé de resaca, justo
como estaba yo —aunque me encontraba mucho mejor desde que había
comido—, y pude presentarle a Leo. Congeniaron rápidamente, y estuvimos
hablando durante un buen rato, hasta que uno de los compañeros de piso de
Nina entró y le propuso salir a comer.
—Vaya, vaya —comenté, con una mirada sugerente, cuando dicho
compañero salió de su habitación—. Es guapo.
—Y no tiene ningún interés por las mujeres —aclaró—. No hay nadie que
me interese en esta ciudad, por ahora.
—Mmm —murmuré—. Qué aburrimiento.
—Hay más cosas en la vida, Ariadna —rebatió—. Igual algún día te das
cuenta.
—No lo creo —bromeé, y ella sonrió.
No tardamos en despedirnos de ella, y terminé la llamada. Leo parecía
contento mientras cambiábamos de tema y le contaba todos los detalles
sobre el lío entre Silvia y Marc —aunque omití el hecho de que a Marian
también le gustaba nuestro amigo, porque una servidora no rompía sus
promesas—.
La idea para esa tarde era ir al gimnasio, pero al final decidimos quedarnos
en casa, donde Leo se quedó a dormir y pasamos un fin de semana tranquilo
y sin preocupaciones.
Al día siguiente, salí del examen de Historia del Arte sintiéndome bastante
optimista con respecto a la nota que iba a sacar. Estudiar en grupo había
sido una buena idea, y estaba muy satisfecha. Los nervios por el examen ya
habían desaparecido, pero ahora estaba sintiendo otro tipo de nervios, y
tenían mucho que ver con el hecho de que en pocas horas iba a estar en casa
de Gabriel, a solas con él.
Nos quedaba una clase antes de salir, y la pasé mirando por la ventana.
Debería haber estado prestando atención, porque teníamos que entregar un
proyecto la semana siguiente de esa misma asignatura, pero después de
haber estado tan liada entre trabajos y exámenes, me sentía más distraída de
lo normal. Mi mano parecía dibujar sola con el bolígrafo sobre el papel,
hasta que Silvia me dio un codazo y volví a la realidad.
Me giré hacia ella como si acabara de despertar, y me dedicó una pequeña
sonrisa antes de deslizar el papel donde había estado tomando apuntes. Le
di las gracias en un murmuro y empecé a copiar lo que ponía en su hoja.
Terminamos la clase a las dos de la tarde, y Gabriel vino a buscarme a mi
mesa.
—¿Nos vamos? —preguntó y, aunque estaba sonriendo, pude notar que
también estaba un poco nervioso, lo que me hizo sentir reconfortada.
—Sí —contesté, acompañando mi respuesta con un asentimiento de cabeza,
y terminé de recoger mis cosas para irme con él.
No tenía ni idea de dónde vivía, así que me dediqué a seguirlo hacia la boca
del metro mientras hablábamos del examen de Historia del Arte y de los
trabajos que teníamos para la semana siguiente. Nos subimos en el metro,
donde nos sentamos uno delante del otro, y seguimos hablando hasta que
Gabriel se levantó justo antes de llegar a la parada del Clot. Nos bajamos, y
apenas tuvimos que caminar cinco minutos hasta que se paró delante de un
portal y sacó las llaves.
La casa de Gabriel era pequeña, pero desprendía calidez. Estaba decorada
de una forma sencilla pero moderna, con algún que otro cuadro colgado,
además de varias fotografías en las paredes y estanterías. Las paredes eran
blancas, lo que le daba aún más luz a la estancia, y no pude evitar curiosear
mirando las fotos. Sonreí al ver la foto que Gabriel me había enseñado
meses atrás, después del revelado en el taller de fotografía, en la que salía
su madre. Recordé cuando me había dicho que estaba seguro de que su
madre la colgaría cuando se la enseñara, y quise reír al ver que así había
sido. Había otras fotos en las que salía ella, y una en la que se la veía más
joven, con un niño rubio a su lado al que reconocí como Gabriel, aunque no
tendría más de cinco años.
—Eras muy mono —comenté, sin despegar la mirada de la foto.
—Y lo sigo siendo —respondió, haciéndome reír.
—Además de humilde —murmuré, y casi pude escuchar cómo sonreía—.
¿No tienes hermanos?
—No —contestó—. Solo somos mi madre y yo.
—¿Tu madre no está?
—Volverá en un par de horas —dijo—. ¿Quieres comer algo? No sé hacer
pad thai, pero seguro que puedo cocinar algo que te guste.
—Oh, no lo dudo —respondí, y me regañé mentalmente al darme cuenta de
que ese tono sugerente me había salido de una forma casi automática.
Gabriel rio y se puso manos a la obra. Cocinó fideos con una variedad
bastante curiosa de ingredientes que me hizo dudar de si sabía lo que estaba
haciendo, pero cuando los probé pude ver que estaba buenísimo.
Terminamos de comer, fregamos los platos y nos fuimos hacia su
habitación. Cuando abrió la puerta, me encontré con un cuarto ordenado,
con un estilo decorativo muy similar al del resto de la casa: minimalista,
pero con todo lo necesario. Tenía una cama doble, un armario y un mueble
con estanterías llenas de libros, aunque en algunas había cámaras viejas y
libretas. Al lado de dicho mueble estaba el escritorio, que rompía un poco
con el orden de la habitación, pues había papeles, lápices y fotografías
esparcidas por encima. Gabriel lo apartó todo a un lado y sacó el portátil de
su mochila para ponerlo encima de la mesa. Se fue al salón sin decir nada, y
volvió con una silla, que puso al lado de la suya. Me senté, y no pude evitar
fijarme en el montón de fotografías que Gabriel había apartado.
—¿Puedo? —le pregunté, señalando las fotos.
—Claro.
Las cogí y empecé a mirarlas, con curiosidad. Algunas de ellas eran las que
había revelado ese día conmigo en el taller, pero también había otras
nuevas. Vi la foto de la chica misteriosa en la que me había fijado la otra
vez, y luego vi más fotos de esa chica.
—¿Quién es? —no pude evitar preguntar, porque cada vez me intrigaba
más.
Él desvió la atención del ordenador y miró la foto.
—Oh, es Anya —contestó—, una amiga.
Me quedé mirando la foto, en la que la chica salía sentada en su cama.
—Parece más que eso —comenté.
—Bueno, nos acostamos de vez en cuando —respondió—, pero no somos
nada más. Nos llevamos muy bien, pero no funcionaríamos como pareja.
—¿Y eso? —inquirí.
—Me atrae, pero no la quiero de esa forma —dijo—, y ella a mí tampoco.
Nos lo pasamos genial, pero yo ahora mismo no quiero tener pareja.
—Interesante —murmuré, dejando las fotos en su sitio.
Él sonrió y nos pusimos manos a la obra con el trabajo. Al principio no nos
aclarábamos, pero al poco rato empezamos a sacar información y a redactar,
así que el tiempo pasó volando hasta que escuchamos unas llaves en la
puerta principal, antes de que esta se abriera.
—¡Hola! —exclamó una voz en la entrada, y escuchamos unos pasos
acercándose hasta que alguien abrió la puerta de la habitación.
—Mamá… —empezó Gabriel, pero ella puso cara de pánico y cerró la
puerta de golpe, quedándose fuera.
—¡Perdón! —se disculpó, y fruncí el ceño, sin entender nada.
—Mamá, estamos haciendo un trabajo, puedes pasar —dijo Gabriel,
aguantándose la risa.
La puerta se volvió a abrir, y esta vez pude fijarme en su madre. Era tal y
como la recordaba de la fotografía, aunque se había cortado el pelo rubio.
Tenía unos ojos verdes preciosos, y su forma de vestir combinaba
perfectamente con la de la casa: sencilla, pero a la moda.
—Es que soy una madre moderna, aunque Gabriel diga que no, y yo respeto
su intimidad sexual —me aseguró, llevándose una mano a la cintura.
—Decir que eres una madre moderna es muy poco moderno —apuntó su
hijo, y ella lo miró con un desdén fingido.
—Tener hijos para esto… —murmuró, y luego volvió a dirigirse a mí—.
Soy Victoria, por cierto.
—Ari —contesté con una sonrisa, que ella me devolvió.
—¿Queréis merendar? —nos preguntó.
—Acabamos de comer —respondió Gabriel—. Bueno, hace una hora o así.
En un rato igual merendamos algo.
—He traído croissants de esos que te gustan, los de la panadería del lado de
mi trabajo —comentó ella—. En fin, os dejo hacer el trabajo y me voy a ver
la serie esa de los vikingos. ¡Que vaya bien!
Apenas tuvimos tiempo de contestar porque salió de la habitación, esta vez
cerrando la puerta con cuidado.
—Tu madre es muy guay —le dije con honestidad, y Gabriel soltó una
carcajada—. Es verdad. Ojalá mi madre fuera así.
—¿No te llevas bien con tu madre? —inquirió.
—Depende del día. —Me encogí de hombros.
Me daba mucha curiosidad saber qué era de su padre, pero no sentía que
tuviéramos la confianza suficiente como para preguntarle eso, porque podía
haber una historia desagradable detrás y quizás no quería contármela.
Él parece que opinaba algo parecido con respecto al tema de mi relación
con mi madre, porque no preguntó más y seguimos haciendo el trabajo.
Una hora más tarde yo estaba mirando la pantalla del ordenador con poca
esperanza, y Gabriel tenía la cara apoyada en la mesa.
—¿De qué me va a servir saber cómo se vestían en la prehistoria? —
preguntó al aire, frustrado—. Que sí, que es muy interesante, pero no veo
qué va a aportar a mi carrera.
—Yo tampoco consigo verlo. —Suspiré—. Pero hay que acabar esto.
—No, si ya lo sé —respondió, y se quedó callado unos segundos antes de
continuar—. ¿Quieres merendar?
—Pues no te diré que no —contesté.
Salimos de su habitación y nos encontramos a su madre durmiendo en el
sofá, con la serie de vikingos que había mencionado todavía
reproduciéndose en la pantalla de la televisión. Gabriel sonrió al verla, y
nos fuimos a la cocina intentando no hacer ruido.
Las pastas que había traído su madre estaban en una bolsa en la encimera, y
Gabriel las sacó para ponerlas sobre dos platos.
—Creo que hay zumo en la nevera —murmuró, y fui a abrirla pero parece
que él pensó lo mismo y su mano terminó sobre la mía.
Apenas fue una caricia, porque Gabriel apartó la mano rápidamente, pero
fue suficiente para mandar un escalofrío de adrenalina por todo mi cuerpo.
A veces incluso me costaba comprender cómo era posible que solo su tacto
me provocara todo eso, pero me daba la sensación, por sus reacciones, de
que él sentía algo parecido. Y eso no era bueno en absoluto.
Merendamos en silencio, cada uno con su mente en un lado diferente —
aunque puede que estuviéramos pensando en lo mismo—, y recobramos
energías para poder terminar el trabajo. Salí de casa de Gabriel a las ocho,
aún notando la tensión que se había creado entre nosotros por un simple
roce, y emprendí el camino hacia casa sin poder parar de pensar.
11
Cuando Gabriel y yo entregamos el trabajo por fin pude respirar, aliviada.
Era el último proyecto que nos quedaba después de dos horribles semanas
llenas de trabajos y exámenes.
—Esta noche salimos de fiesta, que toca celebrar —sentenció Marian, y
Natalia soltó un grito de alegría.
—Sobra decir que me apunto —dijo la pelirroja.
—Nosotros también —contestó Silvia, refiriéndose a ella y a Marc, que
estaban sentados uno al lado del otro en la mesa del bar.
—Apuntadme a mí también —murmuró Gabriel distraídamente, mientras
escribía algo en su móvil.
—Yo necesito dormir mil años, así que creo que lo dejaré para la próxima
—dije con honestidad, porque llevaba mucha falta de sueño acumulada y
necesitaba descansar.
—Jo, Ari, no seas aguafiestas —se quejó Marian.
—Cuando pienso en salir de fiesta me imagino a mí misma dormida en el
suelo de la pista de baile, así que me parece que mi subconsciente me está
diciendo que me toca quedarme en casa y dormir —expliqué—. Además,
creo que podréis sobrevivir una noche sin mí.
—No creo que podamos —dijo Natalia, fingiendo quitarse una lágrima.
—Qué chica tan aburrida —bromeó Gabriel, apartando la vista de su móvil
para darme una sonrisa divertida.
Solté una carcajada y le di un golpe en el hombro que lo hizo reír a él
también. En ese momento vi a Leo caminando hacia nuestra mesa mientras
hablaba con una chica de nuestra clase, Paula. Lo saludé con la mano,
sonriendo, y él apenas me dio un gesto de cabeza antes de seguir hablando
con la chica. Levanté una ceja, con curiosidad, e iba a decirle algo cuando
Marian se me adelantó.
—¡Leo! —exclamó al verlo—. Esta noche salimos. Ari es una aburrida y
dice que no va a venir, pero ¿tú te apuntas?
—¡Claro! —contestó él, tan entusiasmado que se me hizo extraño. Luego se
dirigió a la chica que seguía a su lado—. Paula, ¿tú también vendrás?
—Me encantaría. —Ella sonrió y Leo la imitó.
Me pareció raro que no me insistiera para que fuera a la fiesta, pero lo dejé
correr cuando Natalia se puso a enseñarme sus últimos dibujos. Leo se
despidió de la chica y se sentó en el otro lado de la mesa antes de pedirse un
café.
No nos dijimos nada en un buen rato, aunque hablábamos con los demás,
pero cuando tuvimos que irnos de nuevo hacia clase me acerqué a él.
—Oye, ¿quieres cenar conmigo esta noche? —le propuse.
—No puedo, tengo esto de la fiesta. —Se encogió de hombros.
—Puedes cenar conmigo y luego ir a la fiesta —sugerí.
—Ya, pero es que lo más probable es que propongan ir a cenar todos juntos,
así que prefiero no hacer planes, por si acaso.
Sentí la tentación de levantar una ceja de nuevo, pero conseguí reprimirla.
—Como quieras —me limité a decir antes de entrar en el aula.
Al final decidí quedar para cenar con Patri y Alex, mis amigos del instituto,
porque llevaba tiempo sin verlos, y nos fuimos a un restaurante de nuestro
barrio. Pese a que los tres vivíamos muy cerca, no nos veíamos demasiado,
porque nos costaba encontrar días que nos fueran bien a todos, así que había
sido prácticamente un milagro que, cuando había propuesto la cena con tan
poca antelación, los dos hubieran aceptado. A Patri sí que la veía de vez en
cuando, pero esa noche debía de hacer unos tres meses que no veía a Alex.
—¿Me has echado de menos? —me preguntó en cuanto me vio, y corrí a
abrazarlo.
—Ya te vale, mira que desaparecer de esta manera —le recriminé—.
¿Tienes a alguien que te mantenga ocupado?
—Pues la verdad es que no, a no ser que te refieras a mis profesores —
respondió con una media sonrisa—. Llevo tanto tiempo sin follar que creo
que volveré a ser virgen.
—Define “poco tiempo”. —Hice comillas con los dedos mientras rodaba
los ojos.
—Casi un año —contestó, y abrí la boca con sorpresa, porque no me lo
esperaba. A ver, que el chico no era el rey de los ligues, pero estaba cerca—.
Y, ¿sabéis qué? Que no me está yendo nada mal. Tomarme un descanso de
los hombres me está sentando muy bien.
—Lo veo complicado, teniendo en cuenta que tú mismo eres un hombre —
rebatió Patri, y él le dio un golpe en el brazo mientras ella reía.
Así que cenamos entre cotilleos y charlas banales, pero que había echado
mucho de menos. Estaba cansada, sí, pero tenía muchas ganas de estar con
ellos. Hacia las diez y media salimos del restaurante y, aunque propusieron
ir a tomar algo, decliné su oferta antes de irme a casa. Le mandé un mensaje
a Leo por el camino preguntándole cómo iba la cena, pero cuando me fui a
dormir todavía no me había contestado.
La mañana siguiente pasó con tanta lentitud que temí que hubiera habido
una ruptura en el espacio-tiempo y el mundo se fuera a acabar, pero en el
fondo solo era que estaba nerviosa. Me dediqué a hablar con Natalia
durante casi toda la primera clase, y en la segunda me senté al lado de
Gabriel, pero parecía distraído y no me dio demasiada conversación.
Leo, por otro lado, estaba muy contento. Había evitado expresamente
sentarme a su lado porque no quería hablar del tema de la cena, ya que
sabía que solo me pondría más nerviosa, pero al terminar la última clase se
acercó a mí con una sonrisa.
—Oye, que mis padres no llegan a casa hasta las siete, así que estoy solo —
dijo—. ¿Quieres venir?
Así que terminé en su casa, porque me parecía una forma fantástica de
aliviar el estrés. Aunque nunca me había preocupado antes, cuando
entramos me empezó a inquietar la idea de que sus padres pudieran llegar
antes de lo previsto y nos pillaran así, sacándonos la ropa, o directamente
haciéndolo en cualquier sitio.
Las preocupaciones se esfumaron cuando Leo dejó un mordisco suave en
mi cuello que me hizo gemir. Me concentré en lo que estábamos haciendo y
le quité la camiseta. Terminamos desnudos en su habitación, y cuando
estaba moviéndome encima de él, dándonos placer a ambos mientras mi
mano acariciaba mi clítoris, empecé a sentir el familiar cosquilleo entre mis
piernas que a esas alturas ya asociaba con la frustración, porque siempre me
quedaba a las puertas del orgasmo, sin poder llegar —excepto cuando me
tocaba yo sola en casa—. Leo gemía debajo de mí mientras acariciaba mi
cuerpo, y empecé a moverme más rápido, a la vez que las caricias de mi
mano en mi zona más sensible se intensificaban. Sentía que iba a llegar en
cualquier momento, pero la experiencia me decía que no iba a ocurrir. Cerré
los ojos e intenté dejarme llevar, para ver si conseguía llegar de una vez… y
me dejé llevar demasiado.
Tanto, que, sin querer, la imagen de cierto rubio se coló en mi cabeza. En
mi imaginación, Gabriel era el que estaba debajo de mí, sudado, con el pelo
alborotado y las mejillas sonrojadas. Me miraba con los ojos entrecerrados
por el placer, y cuando sustituía mis dedos en mi clítoris por los suyos, noté
como si todo se rompiera y llegué al orgasmo entre gritos.
Leo me siguió casi de inmediato, y cuando me levanté, muda, me miró con
una sonrisa.
—Parece que hemos solucionado tu problema con los orgasmos —comentó,
orgulloso, y yo solo le devolví una sonrisa forzada, aunque creo que no lo
notó porque seguía pareciendo satisfecho.
Empecé a agobiarme aún más y me fui al cuarto de baño. Me miré al
espejo, y respiré hondo. Se me había ido de las manos. El orgasmo había
sido maravilloso, claro está, pero no podía compensar la culpa que sentía en
ese momento.
Sobra decir que la cena fue muy incómoda para mí, pero por un motivo
muy distinto al que había pensado. No solo por la culpa, sino también
porque no podía de parar de darle vueltas al pensamiento que había
empezado el problema, y eso solo me hacía sentir aún más culpable.
Aun así, me las arreglé para dar una buena impresión, al menos desde mi
punto de vista. Los padres de Leo eran agradables, aunque su hermana era
algo más seria. Contesté a todas sus preguntas, no pedí alcohol en el
restaurante, y conseguí ocultar el hecho de que estaba teniendo una crisis
por dentro por haberme dado cuenta de que mi atracción por Gabriel, pese a
mis esfuerzos, solo había ido en aumento.
Cuando salimos del restaurante, Leo se ofreció a acompañarme a la parada
de metro más cercana. Me despedí de sus padres con una sonrisa, que esta
vez sí que fue natural, y cuando nos alejamos por fin pude respirar hondo.
—No has estado mal —comentó Leo, y lo miré con una ceja levantada—,
aunque podrías haberles dado más conversación.
—¿Qué es esto, una evaluación? —pregunté, sin poder evitar sentirme
molesta.
—No, mujer —respondió, aunque seguía sin convencerme—. Es solo que
son mis padres, y para mí es importante que quedes bien con ellos.
—He hecho lo que he podido —murmuré, intentando no enfadarme.
Leo decidió no seguir con la conversación, cosa que agradecí, pero el resto
del camino hacia la entrada del metro lo hicimos sumidos en un silencio
cada vez más tenso. Podía notar que no estaba contento, y casi me dieron
ganas de invitarlo a cenar con mis padres otro día, para que supiera por lo
que había tenido que pasar, además de que mis padres eran mucho peores
que los suyos. Descarté la idea de inmediato, porque lo último que quería
era juntar a Leo con mis padres. No tenía ganas de aguantar críticas sobre
nuestra relación.
En cuanto llegamos, me despedí de él con un beso, y me murmuró un
escueto “adiós” antes de irse.
Llegué a casa todavía más nerviosa, porque durante el viaje en metro no
había parado de darle vueltas a todo el asunto de Gabriel, y necesitaba
consejo con urgencia. Mis padres estaban ya en la cama, y fui directamente
a la habitación de Nina. Abrí la puerta, y ella se sobresaltó, sentada en su
cama con el ordenador delante.
—Se supone que hay que llamar a la puerta antes de entrar —me reprochó,
pero yo no tenía tiempo para eso y me senté delante de ella.
—Tengo un problema —le dije, y ella levantó las cejas.
—Un momento —me pidió, y miró a la pantalla de su ordenador antes de
ponerse a hablar en francés—. Te llamo luego, que ha venido mi hermana.
—¿Quién es? —pregunté antes de que pudiera colgar, porque una servidora
era muy cotilla y necesitaba saber con quién hablaba su hermana.
Nina suspiró, le pidió a la persona que esperara, y me hizo un gesto con la
mano para que fuera a su lado. Cuando me senté con ella, pude ver a un
chico que parecía ser un poco mayor que nosotras, con la piel oscura y el
pelo negro. Me miraba con curiosidad, y decidí poner en práctica mis años
estudiando francés.
—Hola —le dije—. Soy Ari.
—Hola Ari, soy Adil —se presentó con una sonrisa—. Hablo un poco de
español, pero muy mal.
—Yo hablo algo de francés, creo que nos podremos entender —reí.
—Está a punto de terminar la carrera de Psicología, así que igual puede
ayudarte con el problema que sea que tienes —comentó Nina.
—Uy, voy a tener que ser sexualmente explícita —le advertí.
—Nunca ha sido un problema para ti —contestó ella, y solté una carcajada.
Adil me miraba con diversión cuando volví la vista a la pantalla.
—¿Es normal pensar en otra persona cuando estás teniendo sexo con tu
pareja? —le pregunté, y Nina me miró con interés.
—Es normal —contestó Adil—. Es imposible que tu pareja sea la única
que te atraiga sexualmente, y a veces el cerebro nos puede jugar malas
pasadas.
—Ya, pero… —empecé, sin saber cómo decirlo y temiendo lo que estaba a
punto de admitir—. No es solo a veces. Llevo mucho tiempo pensando en
esta otra persona.
—Mmm… —murmuró él, pensativo—. ¿Es alguien cercano a ti?
Me quedé muda unos segundos, porque no me gustaba dar tantos detalles…
Pero, ¿qué importaba? Si Adil vivía en París —o eso suponía—, y Nina era
mi hermana.
—Va a mi clase —contesté—, y a él también le atraigo. Lo hablamos un día
que habíamos bebido y decidimos que no haríamos nada al respecto. No
quiero hacerle daño a mi novio.
—Claro. —Él asintió con la cabeza—. Yo creo que lo que tienes que hacer
es planteártelo. Intentar descubrir qué quieres hacer con este chico, el que
no es tu novio, y tomar una decisión. A veces cuanto más te obsesionas con
un tema, menos posible es que le encuentres una solución. Si no haces nada
al respecto, esa obsesión solo crecerá. Si te paras a pensar en ello
detenidamente, de la forma más fría que puedas, puede que sepas lo que
tienes que hacer.
—¿No se supone que debes decirme tú lo que tengo que hacer? —pregunté.
Adil soltó una carcajada, divertido, antes de contestar.
—La terapia no funciona así. Yo te doy herramientas para que puedas
tomar decisiones, pero eres tú la que debe aplicarlas y encontrar la
solución que más te convenga.
—Vaya… —murmuré—. Qué interesante. Le daré vueltas a esto. Gracias,
Adil.
Nos despedimos de él, y cuando Nina colgó ambas nos miramos a la vez
con interés.
—Así que fantaseas con otro —dijo ella, casi al mismo tiempo que yo
hablé.
—Así que Adil, ¿eh?
—Nos lo estamos tomando con calma —contestó—. Y ahora enséñame una
foto de ese chico rubio.
—Se llama Gabriel —dije, y me puse a buscar su contacto en WhatsApp
para poder enseñarle la foto de perfil. Pero, mientras lo hacía, quise indagar
más—. ¿Cuánto tiempo llevas viéndote con Adil, y por qué yo no sabía
nada?
—Apenas hace un mes que nos liamos, y si no sabes nada es porque todavía
no sé a dónde nos va a llevar esto.
Asentí con la cabeza, centrando mi atención en el móvil hasta que encontré
lo que buscaba.
—Mira. —Le enseñé la foto de Gabriel.
—Joder —comentó ella, levantando las cejas—. Ahora entiendo tu dilema.
Está para comérselo.
—Y encima es el tío más guay del universo —me quejé—. Así no se puede.
Tendré que esforzarme en buscarle defectos.
—No estoy segura de que esa sea la estrategia más efectiva —rebatió, y
gruñí antes de echarme en su cama.
—El mundo no es justo —murmuré.
Nina rio y se echó a mi lado. Empezamos a hablar, me lo contó todo sobre
Adil, y sentí que estábamos teniendo uno de esos momentos de conexión
que eran tan intermitentes entre nosotras. Había épocas en las que nos
llevábamos genial, y otras en las que había hostilidad, pero en ese momento
me sentí bien, en confianza y contenta por poder compartir mis problemas
con ella.
14
No vi a Leo durante el resto del fin de semana, con la excusa de que quería
pasar tiempo con mi hermana, cosa que no era del todo cierta, porque
llevaba con la mujer desde que habíamos nacido y se iba a quedar hasta que
terminaran las vacaciones de Navidad, para las que a mí solo me quedaban
un par de días.
Seguía molesta con él por haberme hecho sentir como si estuviera en un
examen al conocer a sus padres, y conmigo misma por mis sentimientos
encontrados con respecto a Gabriel. No había conseguido ver el problema
de una forma objetiva, como Adil me había sugerido, pero confiaba en que
podría darle vueltas al asunto durante las vacaciones.
El lunes salí más de una hora tarde de casa porque me había quedado
dormida, y di la primera clase por perdida así que me senté en el bar más
cercano a la facultad, donde sabía que irían mis amigos al terminar, y me
dediqué a avanzar algunos de los trabajos que teníamos para después de
vacaciones en mi portátil.
Leo me mandó varios mensajes preguntándome dónde estaba, y no los vi
hasta media hora más tarde, cuando le contesté explicándole lo que había
pasado. Después, abrí Instagram para distraerme un poco y vi que Natalia
había subido un story con Gabriel, en el que aparecían los dos con cara de
estar aburridísimos. Respiré hondo al ver su foto, algo que no era
demasiado habitual porque él no usaba demasiado su Instagram, y recé para
poder ser capaz de actuar con normalidad cuando lo viera. Me daba un poco
de vergüenza verlo después de lo del viernes, aunque él no supiera nada —
ni lo fuera a saber nunca—.
—Que las vacaciones empiezan el miércoles, no hoy, empanada —se burló
Natalia en cuanto se sentó en la mesa, una hora más tarde, seguida por
Marian y Marc.
—Dudo que hayan explicado nada demasiado interesante en clase —
respondí, sin desviar la atención de la pantalla del ordenador, donde seguía
escribiendo la introducción de un trabajo.
—Pues no, la verdad —dijo Marc.
—¿Dónde están los demás? —pregunté.
—¿Es que nuestra presencia no te sirve? —Marian fingió un puchero—.
Gabriel no se sabe dónde está, para variar, aunque lleva unos días bastante
raro. Supongo que ya sabes que Silvia se ha ido a Valencia para ver a su
familia y ha pasado de venir estos dos días a clase. Ah, y tu churri ha dado
una excusa cualquiera para no venir al bar y tampoco sabemos dónde está.
¿Os habéis peleado?
—No —respondí, negando con la cabeza, y omití contarles que no
estábamos en los mejores términos, porque sabía lo que me iban a decir y
no me apetecía escucharlo.
Cerré el portátil y nos pedimos algo para desayunar. El tema de
conversación predominante fueron los trabajos que teníamos para
vacaciones. Natalia se quejó de que las llamaran “vacaciones” y nos
pusieran tres trabajos y cuatro exámenes para la vuelta, y yo estaba de
acuerdo en que eso era una mierda, pero no tenía pinta de ir a cambiar.
Al cuarto de hora apareció Leo, dio un saludo general y se sentó a mi lado
como si nada. Me dio un beso que me dejó un poco descolocada al
principio, pero luego supuse que era la única de los dos que se sentía tensa
por lo del viernes. Así que, pese a que sentía que me merecía una disculpa
suya, decidí intentar relajarme y dejarlo pasar.
Poco después fuimos a la facultad para la siguiente y última clase del día.
Gabriel llegó tarde, y por su expresión pude deducir que algo no iba bien.
Parecía preocupado, y fue a sentarse en uno de los asientos del fondo, al
lado de Marian.
Lo fui mirando de reojo de vez en cuando durante la clase, intrigada, y noté
que se pasó casi todas las tres horas hablando con Marian. Mi curiosidad
fue creciendo hasta el final de la clase, cuando me acerqué a ellos.
—¿Todo bien? —le pregunté, ya no solo por curiosidad, sino porque me
preocupaba por él.
Abrió la boca para contestar, pero Marian se le adelantó.
—Tiene problemas de chicas, necesitamos tu opinión.
—No hace falta —me aseguró él, y luego suspiró—. Bueno, supongo que
una segunda opinión no me vendría mal.
Cogí una silla cualquiera mientras la clase se iba vaciando, y me senté
delante de ellos.
—¿Qué ha pasado? —inquirí.
Gabriel se rascó el cuello, inquieto, antes de hablar.
—Creo que te hablé de Anya, ¿no? —me preguntó, y asentí con la cabeza
—. Pues yo pensaba que ella tampoco quería nada más, pero el otro día me
dijo que se estaba enamorando de mí, y yo me quedé a cuadros, como un
imbécil. Pero es que joder, no notaba que ella quisiera nada serio conmigo,
pensaba que estábamos en la misma línea. Durante el descanso he quedado
con ella, porque no estudia lejos, y le he dicho que no siento lo mismo… Y
ahora me siento como un gilipollas, pero es que no me interesa tener pareja.
Estoy muy bien así, aunque ahora haya perdido una amiga.
—Vaya —murmuré, asombrada, porque Gabriel nunca antes había sido tan
abierto con su vida privada—. Y, ¿estás seguro de que no sientes nada más?
—No. —Suspiró—. Supongo que se me da bien separar el sexo del amor.
Y en ese momento no lo sabía, pero eso terminaría siendo algo que marcaría
mi relación con Gabriel. Entonces solo le dije que había hecho lo correcto,
aunque fuera una mierda. Pensé en el hecho de que yo tuviera que estar
reprimiendo mi atracción por él por el bien de mi relación con Leo, porque
a veces hay que hacer sacrificios al tomar las decisiones correctas.
15
Las vacaciones de Navidad pasaron volando, porque estuve la mayor parte
del tiempo estudiando para los exámenes y terminando los trabajos para la
universidad. Cuando quise darme cuenta, ya era enero y estaba entrando en
clase otra vez.
Aunque había estado la mayor parte de las fiestas estudiando, también había
tenido tiempo para ver a mis amigos —de fuera de la universidad ese grupo
se resumía en Patri y Alex, a decir verdad—, y había quedado un par de
veces para estudiar con los de clase. Leo también había estado en nuestras
sesiones de estudio, pero Gabriel parecía desaparecido. No había sabido
nada de él en todas las vacaciones, pero tampoco me preocupaba porque él
era así, y en el fondo quizás era mejor para mí.
Tal y como Adil me había aconsejado, había intentado con todas mis
fuerzas ver la situación de una forma objetiva, pero eso solo me había
llevado a darme cuenta de cosas que no me eran agradables.
Esa sensación se había intensificado cuando había tenido un altercado con
Leo porque me había propuesto pasar el Fin de Año con él y su familia, y le
había dicho que no de la forma más amable posible, porque me negaba a
volver a ponerme en una situación en la que me sentía observada bajo lupa,
aunque está claro que eso no fue lo que le dije. Simplemente le había dicho
que quería pasarlo con mi familia, y cuando la palabra “niña de papá” había
salido en la discusión, había tenido que invocar toda mi paciencia para no
mandarlo a la mierda. Yo no era una niña de papá, de hecho la relación con
mis padres era muy complicada y él lo sabía, así que su comentario
estúpido me había molestado mucho.
Ni siquiera había salido de fiesta para celebrar el nuevo año, porque con el
estrés de los trabajos y exámenes no me había sentido con ánimos.
Pese a tenerme de los nervios, la época de exámenes pasó con relativa
rapidez. Volví a ver a Gabriel y, aunque todavía notaba un subidón de
adrenalina cada vez que lo veía, no fue tan fuerte como esperaba. Las cosas
entre nosotros fluían como siempre, y con Leo volví a estar bien al poco
tiempo.
A finales de enero, poco antes de terminar los exámenes, Claudia, la chica
de nuestra clase que tenía una casa enorme en Pedralbes, propuso hacer una
fiesta de fin de exámenes el fin de semana siguiente. De mi grupo de
amigos nos apuntamos todos, porque necesitábamos un respiro, pero no me
imaginaba que me iba a llevar justo lo contrario.
El sábado en cuestión, me estaba preparando en mi casa después de
haberme pasado casi todo el día recuperando horas de sueño y acumulando
algunas de más para poder aguantar durante la noche. Silvia me mandó un
mensaje avisándome de que estaban en mi calle y murmuré un “mierda”
antes de empezar a coger todo lo que necesitaba —que venían a ser una
botella de ron y mi chaqueta—. Me despedí de mis padres rápidamente, salí
de casa y bajé corriendo las escaleras hasta el portal.
Uno de los eventos principales de la noche era el hecho de que Natalia, que
apenas llevaba dos semanas con el carné de conducir, nos iba a llevar en el
coche que sus padres le habían prestado a la fiesta. Anna, con la que tenía
una extraña relación, no sé si romántica o solo sexual, nos había dicho que
conducía fatal y yo, lejos de estar asustada, iba preparada para reír durante
un buen rato.
—Bienvenida al coche de la muerte —me dijo Anna, sentada en el asiento
del copiloto, cuando me subí.
Leo estaba sentado en el asiento trasero del medio, y me dio un beso antes
de que pudiera saludar al resto. Al otro lado estaba Silvia, que rodó los ojos
cuando nos besamos y le levanté una ceja porque ella, a la que había visto
comerse la boca con Marc unas cuantas veces, no era la más indicada para
hablar.
—Entonces, ¿cuántos semáforos se ha saltado? —pregunté, y Natalia rio
con sarcasmo.
—Ninguno —contestó—. Soy una conductora excelente.
—Bueno, tampoco hace falta exagerar —comentó Silvia—. No te has
saltado ningún semáforo, pero porque te hemos gritado “semáforo” dos
veces, que si no te los habrías saltado.
—Y, ¿dónde están los demás? —inquirí cuando Natalia arrancó.
—Marc y Gabriel vienen en metro —respondió Silvia—, y creo que Marian
va con ellos, pero no estoy segura.
Nos metimos por la Diagonal, y pude notar cómo Natalia se ponía algo
nerviosa, cosa que tenía todo el sentido del mundo porque esa calle era un
descontrol, y complicada de entender.
—Ánimos, que casi llegamos a la rotonda —le dije con algo de maldad, y
me miró por el retrovisor como si me quisiera matar.
La rotonda de Francesc Macià era una pesadilla para los conductores
novatos. Yo nunca había conducido por ahí, más que nada porque no tenía
el carné, pero Patri había hecho las prácticas ahí y decía que era el
mismísimo infierno. Muchos carriles, muchos coches y varias salidas que
confundían.
Cuando por fin divisamos la rotonda, Natalia agarró el volante con fuerza, y
bajó considerablemente la velocidad cuando llegamos. Estuvo parada
delante durante un buen rato y, cuando vio la oportunidad, entró. Lo hizo
todavía con la velocidad baja, y un imbécil que venía detrás empezó a
pitarle como un poseso.
—Este gilipollas me está poniendo de los nervios —dijo Natalia, al ver que
el tío no paraba.
Aguanté dos pitidos más antes de bajar la ventanilla, mirarlo con toda mi
cara de mala leche, y gritarle.
—¡¿Que no ves la “L”?! —exclamé, mirando hacia atrás, pero como
parecía no escucharme me limité a señalar hacia donde estaba la “L” que
indicaba que mi amiga era una conductora novata, y cuando no paró de
pitar fui incapaz de resistir el impulso de enseñarle mi dedo corazón.
—¡Eso, defiende el castillo! —me animó Anna, aplaudiendo.
Por fin salimos de la rotonda, y Natalia liberó un suspiro de alivio.
—Si has sobrevivido esto, puedes sobrevivir lo que sea —le dijo Silvia, y
ella le dio una pequeña sonrisa—. Y no veas, Ari, con tu fiera interior. He
decidido que no me pelearé nunca contigo.
—Ha sido bastante sexy —comentó Leo.
—No lo he hecho por ser sexy —rebatí, y debo admitir que seguía un poco
cabreada por el incidente.
Él frunció el ceño, apartó la mirada de mí y negó con la cabeza para sí
mismo.
Llegamos a la calle de Claudia quince minutos más tarde. Tuvimos que dar
varias vueltas hasta encontrar una calle en la que se pudiera aparcar, y luego
caminamos hacia nuestro destino. La imponente casa —o mansión, casi—
parecía fácil de reconocer pero, en una calle donde todo era lujo, no pude
evitar quedarme mirando cada casa que íbamos pasando.
—Lo que daría por vivir aquí —suspiró Silvia, tan fascinada como yo por
las casas—. Y no solo por lo bonito que es, sino porque tiene que ser
tranquilísimo. En mi casa se escuchan ambulancias cada diez minutos, y los
fines de semana está todo lleno de borrachos gritando en la calle.
Yo no podía quejarme de mi ubicación porque la calle Muntaner no estaba
nada mal, pero también tenía el problema del ruido de forma constante, y
más teniendo en cuenta que era una de las calles más concurridas de la
zona.
Nos abrió la puerta un chico de nuestra clase con el que yo apenas había
hablado, pero nos recibió con una sonrisa. Dentro había comida, aunque
Silvia y Anna habían traído más porque la idea era que trajéramos cosas por
grupos. Leo, Natalia y yo habíamos traído bebida, así que no nos iba a faltar
de nada.
El ambiente era alegre, la música era del tipo que me habría hecho bailar
toda la noche en una discoteca, y la gente estaba repartida por el enorme
salón, comiendo, hablando y bebiendo. Sonreí al ver el panorama. La noche
prometía.
Igual éramos unas quince personas de clase —lo cual representaba algo más
de la mitad, porque el curso estaba dividido en tres clases y no llegábamos a
treinta por grupo—, y había más gente a la que no conocía y que suponía
que eran amigos de Claudia.
Marc vino hacia nosotros, nos saludó uno por uno con un abrazo y le dio un
beso a Silvia antes de que dejáramos nuestras cosas en la mesa. Reconocí a
Gabriel y Marian sentados juntos, en uno de los sofás, mirando algo en el
móvil de ella entre risas. Me quedé mirando al chico rubio, medio echado
en el sofá y con las cejas levantadas por la diversión, ajeno a mi presencia.
Ni siquiera se había vestido de una forma especial —yo tampoco, a decir
verdad, porque había optado por unos tejanos algo anchos verdes que hacía
poco que tenía y un top blanco, además de la chaqueta porque hacía un frío
horrible—, pero estaba tan guapo que tuve que tomarme unos segundos
para relajarme antes de ir hacia ellos.
—¿Vídeos de perritos? —les pregunté cuando estuve delante.
—No, es que me he hecho Tinder —contestó Marian—, y hay cada perfil
que es para ponerlo en un programa de comedia. Mira este: “quiero a una
mujer que me respete, que obedezca, que sepa cocinar y que sea fiel”.
Básicamente quiere una esclava, este idiota. Ah, y antes hemos visto a uno
que decía abiertísimamente que le gustaba beber pis.
Arrugué la nariz, asqueada, pero no pude evitar reír.
—Obviamente, a este le doy que no —dijo, deslizando su dedo índice hacia
la izquierda en la pantalla del móvil.
—Uy, aquí sale una pareja —comentó Gabriel, viendo el siguiente perfil, y
me senté al lado de Marian para cotillear.
—Ah, sí —murmuró ella—. Es que puse que también buscaba chicas,
porque la verdad es que me atraen bastante, y hay muchos perfiles de chicas
buscando otras chicas para hacer un trío con su novio.
—Y, ¿no te interesa? —le pregunté.
—No lo sé —contestó—. Podría estar bien probarlo. Les voy a dar like, va,
a ver qué me dicen.
Estuvimos un buen rato jugando con el Tinder de Marian, hasta que el
hambre me pudo y me fui a buscar algo para comer. Terminé comiendo
tortilla de patata mientras Leo me preparaba un cubata de ron cola. Me lo
tendió, y le di las gracias con un beso antes de dar un trago.
—Le ha salido una bebida excelente, señor coctelero —le dije con una
sonrisa.
—Me alegra que le guste, milady —contestó antes de besarme otra vez.
Estuvimos comiendo, bebiendo y bailando durante un buen rato. Cuando
quise darme cuenta, ya llevábamos dos horas en la casa y el alcohol me
estaba empezando a subir, y mira que tampoco había bebido tanto. Supongo
que era porque llevaba semanas sin tomar un solo trago, así que mi cuerpo
se había desacostumbrado.
Eran alrededor de las once cuando salió la propuesta. Estaba con Natalia,
Leo y Anna cuando Claudia se nos acercó.
—Unos cuantos vamos a jugar a la botella —nos dijo—. ¿Os apuntáis?
—¿A la botella? —pregunté, con una ceja levantada, no porque no supiera
de qué hablaba, sino porque no me lo esperaba, aunque la idea me parecía
más que sugerente.
Solo había un problema…
—Claro. Por mí, sí —dijo Leo, y esta vez levanté las dos cejas, porque no
me lo esperaba. Él me miró—. ¿Te parece bien? Son solo algunos besos, no
significan nada.
—Bueno, vale —contesté, con algo de miedo de que fuera una pregunta
trampa, pero el alcohol en mi cuerpo consiguió enterrar ese sentimiento.
Ahí fue cuando la noche se empezó a descontrolar.
16
Para mi sorpresa, no éramos muchas las personas que queríamos jugar a la
botella, aunque lo preferí, porque tampoco me apetecía morrearme con mil
personas. Debía haber unas treinta personas en la fiesta, o incluso más, pero
solo ocho jugamos a la botella: varias personas a las que no conocía,
Claudia, Marian, Leo y yo.
Justo cuando ya estábamos sentados, algunos en los dos sofás que había,
uno delante del otro, y otros en el suelo, Gabriel pasó por nuestro lado.
—Va, únete, aburrido —le dijo Marian, y él soltó una carcajada.
Me dedicó una mirada rápida, y luego volvió a mirar a nuestra amiga.
—Venga, va.
Marian soltó un grito de alegría y le dio un pequeño aplauso mientras él se
sentaba a su lado. No pude evitar mirar a Leo, y por su expresión vi que no
estaba muy contento con que Gabriel se nos hubiera unido. Empecé a
ponerme nerviosa, pero no de una forma negativa. Era expectación porque,
aunque supiera que iba a traer problemas, una parte de mí deseaba que,
cuando hiciera girar la botella, esta terminara señalando a Gabriel.
—Bueno, ¿quién empieza? —preguntó Claudia, y se paró a pensarlo unos
segundos—. La persona que tenga más edad del grupo. Yo tengo dieciocho,
así que no creo que me toque a mí.
Así fue como descubrí que tanto Gabriel como Marian tenían un año más
que yo. Aun así, no eran los mayores, porque había una chica que tenía
veinte, y fue ella la que hizo girar la botella vacía de cerveza por primera
vez, dando el juego por empezado.
Nos quedamos en silencio, mirando el objeto de cristal dando vueltas, hasta
que su boca se quedó quieta apuntando a Marian.
—¿Es un pico, o algo más? —preguntó la chica.
—Yo haría picos, al menos para empezar —sugirió otro chico al que no
conocía, pero que estaba bastante segura de que se llamaba Joan.
Estuvimos todos de acuerdo, y Natalia se besó con la chica entre aplausos.
Durante la siguiente hora, hubo un poco de todo. Prácticamente nos
besamos todos con todos —incluso Leo con Gabriel, aunque no le pusieron
demasiado entusiasmo—, pero en ningún momento me tocó con el rubio…
Hasta que pasó.
Fui yo la que giró la botella, y cuando la boca apuntó a Gabriel, mi corazón
dio un salto. Él me sonrió, y fue todo lo que necesité para empezar a
acercarme a él, hasta que Leo me interrumpió.
—Ari no juega.
Me giré hacia él, con una ceja levantada, y vi que me miraba con seriedad.
—¿Cómo que no juego? —pregunté, porque no estaba segura de haberlo
escuchado bien.
—Que se acabó el juego para nosotros —contestó.
Ya decía yo que la noche estaba yendo demasiado bien.
—Me da a mí que no —repuse.
Así que pasé de él y sus rabietas completamente, y seguí acercándome a
Gabriel hasta que estuve delante de él. Me miró, y pude ver la duda
brillando en sus ojos. Le di una pequeña sonrisa, intentando transmitirle que
no pasaba nada y, cuando su mirada se fijó en mis labios, pareció relajarse.
—¿Puedo? —le pregunté en un murmuro, porque solo quería que lo
escuchara él.
Él asintió lentamente con la cabeza. Puse una de mis manos en su mejilla,
notando la ya conocida electricidad entre nosotros, y me incliné para juntar
mis labios con los suyos. Apenas fue una caricia, una leve presión, pero fue
suficiente para mandar una ola de adrenalina por mis venas.
Cuando me separé y volví a la realidad, Gabriel me miró con una expresión
que no supe descifrar, y tampoco tuve demasiado tiempo para fijarme en
ella porque escuché a Leo levantarse e irse, enfadado.
—Y a este, ¿qué le pasa? —preguntó Marian.
—Ni idea —contesté, aunque lo sabía perfectamente, pero su forma de
darme órdenes como si tuviera algún tipo de poder sobre mí me había
molestado, y no iba a perseguirlo para pedirle perdón, porque era él quien
se debía disculpar—. Ya se le pasará.
Empezaba a estar harta de tener que pensar “ya se le pasará” cada vez que
le daba una de sus rabietas porque, honestamente, tenía cosas mejores que
hacer que estar esperando a que se calmara constantemente. Así que, por
una vez, decidí dejar de preocuparme por él. Estábamos celebrando que
habían terminado los exámenes, y quería pasármelo bien con mis amigos.
El juego de la botella terminó ahí, así que fui a buscar al resto de mis
amigos, que estaban todos juntos charlando en el jardín mientras Anna
fumaba. Me senté con ellos, cubata en mano, y nos dedicamos a hablar de
tonterías. Gabriel y Marian también se unieron, y al principio fue incómodo
estar delante del rubio después de lo que acababa de pasar, de todo lo que
me había hecho sentir con un beso tan corto, pero pronto ya estábamos
hablando y bromeando con normalidad.
Por una vez, ni siquiera me preocupaba dónde estaría Leo, cómo se estaría
sintiendo o si estaría muy enfadado conmigo, y esa sensación me traía
mucha paz, aunque me sintiera mal al admitirlo.
No había pasado ni una hora cuando Claudia salió al jardín y, en cuanto me
vio, vino hacia mí.
—Ari, me han dicho que Leo te está buscando —contesta—. Está en el piso
de arriba.
—Y, ¿no puede venir él? —inquirí.
—Ni idea. —Claudia se encogió de hombros—. Me lo ha dicho un amigo,
se ve que se lo ha encontrado arriba y le ha pedido que te diga que subas.
Fruncí el ceño, sin entender qué diablos quería y por qué tenía que ser yo la
que fuera a buscarlo, pero respiré hondo y decidí hacer lo que decía, ya por
curiosidad más que por otra cosa.
Cuando entré de nuevo en la casa, no me pasó inadvertida la mirada de
diversión que me dio un chico que estaba ahí, al lado de la puerta. Lo había
visto unas horas antes, al llegar a la fiesta, pero no lo conocía. Volví a
fruncir el ceño, sin entender a qué venía eso, pero la verdad es que al poco
rato me olvidé del tema —probablemente porque iba bastante borracha y no
me pareció importante—.
Subí las escaleras, pensando en qué podía ser lo que quería Leo y
preparándome mentalmente, porque era muy probable que buscara discutir.
En el piso de arriba había poca gente. Vi a una chica de nuestra clase salir
del baño, antes de saludarme con alegría, y a dos chicos enrollándose al
final del pasillo. Al no ver a nadie más en el pasillo, paré a Marta, la chica
de mi clase, antes de que bajara.
—Oye, Marta, ¿has visto a Leo? —le pregunté.
Ella tuvo que pararse a pensarlo unos segundos porque, a juzgar por el rojo
intenso de sus mejillas y su postura algo inestable, había bebido bastante.
—Lo he visto antes entrando ahí. —Señaló una de las puertas del pasillo, y
apoyó una mano en mi hombro—. No sabía que lo habíais dejado. Lo
siento.
Levanté una ceja, sin comprender a qué se refería, pero no pude preguntarle
más porque empezó a bajar las escaleras, caminando con cuidado y
sujetándose en la barandilla.
Me invadió una sensación extraña, como si algo no fuera bien. Me acerqué
a la puerta que Marta me había indicado, con algo de miedo, y puse la mano
en el pomo antes de respirar hondo y abrir.
No sé si fue el alcohol, la sorpresa o la poca luz que había en la habitación
pero, al principio, no comprendí lo que estaba ocurriendo. Había dos
cuerpos semidesnudos y abrazados en la cama, besándose, moviéndose el
uno contra el otro. Estaba a punto de disculparme y salir de la habitación
cuando reconocí el rostro de Leo en uno de esos cuerpos.
Había una chica debajo de él, llevando solo unas bragas, y Leo estaba sin
camiseta. Pararon lo que estaban haciendo, y él me miró. Me quedé parada,
estática, y abrí la boca para decir algo, pero no me salían las palabras.
—Así aprenderás a dejar de ser tan zorra —me dijo Leo, y empecé a sentir
ganas de vomitar.
No dije nada. Salí de la habitación lo más rápido que pude, cerré la puerta
con un fuerte golpe, como si no quisiera que se volviera a abrir nunca más,
y me apoyé contra la madera para intentar procesar todo lo que había
pasado.
Las náuseas aumentaron cuando recordé lo que acababa de ver, repitiéndolo
en mi cabeza sin parar mientras sentía que me ahogaba. La culpa se instaló
en mi cabeza y casi consiguió dominarla, porque no podía parar de pensar
en que yo había provocado esa situación, besando a Gabriel cuando Leo
había dejado claro que no quería que ocurriera.
Pero de repente un sentimiento se superpuso a todos los demás: la rabia.
Una rabia tan visceral y tan intensa que, por un momento, me dio incluso
miedo.
Y esa rabia no solo venía de lo que acababa de ocurrir, no, venía de hacía
meses. Era la rabia que había apartado en cada una de las rabietas de Leo,
cada vez que se ponía celoso, cada vez que tenía un comportamiento de
mierda conmigo. Es como si no me hubiera dado cuenta de que esa rabia se
había estado acumulando, hasta que salió toda de golpe.
Bajé las escaleras con paso decidido. El chico de antes seguía sonriendo con
diversión, sin dejar de mirarme, y al darme cuenta de que se estaba
burlando de mí porque sabía lo que estaba ocurriendo en el piso de arriba, y
que probablemente había sido él quien había avisado a Claudia, me sentí
tentada a descargar mi rabia contra él, pero lo descarté rápidamente. No
merecía la pena.
El sonido de la música, el ruido de las charlas, las risas, la gente bailando…
Empecé a agobiarme. Todo el dolor, la tristeza y la rabia se instalaron en mi
pecho, creando una presión desagradable y que amenazaba con cortarme la
respiración. Así que me fui. Caminé hacia la puerta de la casa, y me pareció
escuchar a alguien llamándome, pero no me giré. Seguí caminando, abrí la
puerta principal y salí al exterior. Inspiré con fuerza, notando el aire frío de
finales de enero inundar mis fosas nasales, mis pulmones, trayendo consigo
un poco de alivio.
Caminé hacia la calle, y me senté en el bordillo de la acera. Seguí
respirando hondo, y cuando quise darme cuenta estaba llorando. Todo lo
que estaba sintiendo salió a trompicones, y enterré mi cara entre mis manos.
Me concentré en respirar, pero no podía parar de pensar en lo que había
visto.
¿Cómo había podido hacerme algo así? No solo el acto en sí, y encima
después de todos sus celos injustificados, sino encima haciendo que yo lo
viera, porque quería hacerme daño. Se suponía que me quería, y me había
hecho esto.
La puerta de la casa se abrió, y me sequé las lágrimas antes de ver a Natalia
caminando hacia mí.
—¿Qué ha pasado? —me preguntó—. ¿Ha sido Leo? Joder, claro que ha
sido Leo. Lo voy a matar.
—Lo voy a matar yo antes —contesté, con la voz ronca.
—¿Qué cojones ha hecho? —insistió, sentándose a mi lado.
—Se estaba liando con otra —respondí—. O estaban follando, yo qué sé. Y
ha tenido los cojones de decirme que eso me pasa por ser tan zorra. Yo. O
sea, la zorra en esta historia soy yo. ¿De qué coño va? ¿Quién se ha creído
que es?
—¡¿Qué?! —exclamó, alucinada—. Pero menudo gilipollas. Es que lo
mato, te lo juro.
—Tendría que haberos hecho caso. Tenías razón, Natalia: este tío es una
mierda. O un tóxico, como lo llamaste tú. ¿Quién le hace eso a una persona
a la que dice querer? Qué puto asco.
—Oye, que no es culpa tuya —dijo ella—. Es difícil darse cuenta de que
una persona es tóxica cuando es tu pareja y la quieres, o te gusta mucho, o
lo que sea. Desde fuera, todo se suele ver con más claridad.
—Ya, pero me siento como una imbécil —contesté—. Si en el fondo me
daba cuenta, pero he necesitado esta bofetada monumental para aceptarlo.
Y, ¿sabes? Ni siquiera me duele tanto que se haya liado con otra. Lo que me
jode es que lo haya hecho expresamente para hacerme daño.
—Eso es de estar enfermo —coincidió ella—. Mira que he visto a gente
haciendo cosas turbias, eh, pero este idiota se lleva la palma.
La puerta se volvió a abrir, y vimos a Gabriel saliendo de ella. Caminó
hacia nosotras con paso relajado, pero se podía ver la preocupación en su
cara.
—¿Todo bien? —preguntó, aunque era evidente que no.
Me quedé callada, y Natalia me miró.
—¿Se lo quieres decir? —me preguntó en un susurro, y asentí con la
cabeza.
—Leo se ha liado con una chica —le conté al rubio, que levantó las cejas,
sorprendido—. Y me ha soltado que eso me pasa por ser tan zorra, o una
zorra… Ya ni me acuerdo de lo que ha dicho.
Gabriel se pasó las dos manos por la cabeza, y cerró los ojos.
—Joder —murmuró—. Será gilipollas.
—Lo es —concordó Natalia.
El rubio se arrodilló delante de mí, y apoyó una de sus manos en mi rodilla.
Y esta vez no sentí esa electricidad de siempre, porque estaba tan saturada
de sentimientos que uno más apenas se notaba.
—¿Cómo estás? —me preguntó—. Dentro de lo malo, digo.
—Tengo ganas de matarlo —respondí—, de gritar, y de romper algo…
Pero, por raro que suene, empiezo a sentirme como si me hubiera quitado
un peso de encima.
Él asintió con la cabeza varias veces, como si supiera de qué le hablaba, y
me hizo otra pregunta.
—¿Qué quieres hacer?
—¿En general, o ahora? —inquirí.
—Ahora —contestó.
—Irme. No quiero ir a casa ahora mismo, pero quiero… Quiero caminar.
Daré una vuelta y, cuando me canse, me iré a casa.
—Vamos contigo —dijo.
—Eso es —añadió Natalia—. No vamos a dejar que te vayas sola a las dos
de la mañana, y mucho menos con lo sensible que estás.
—No estoy sensible —me defendí.
—Estar cabreada también es estar sensible —apuntó, y tuve que darle la
razón.
—Tienes que conducir el coche de vuelta y llevar a los demás —le dije a
Natalia, y ella soltó un gruñido.
—Mierda, es verdad.
—Voy yo con ella —le dijo Gabriel—. Tú quédate, y pégale unos cuantos
gritos al imbécil de Leo, si quieres.
—Qué va, me da que la fiesta para mí ha terminado —murmuró—.
Intentaré convencer a los demás de irnos. Y como vea a Leo le pego una
paliza, ya os lo digo.
—Pasa de él —contesté—. Es lo mejor que puedes hacer. Yo haré lo mismo.
—Suerte que la semana que viene no hay clase y no tendrás que verlo —
dijo ella.
—Pues sí. Además, el lunes me voy a París a ver a mi hermana unos días, y
me irá bien para desconectar.
Entré un momento a la casa para coger mi chaqueta y mi bolsa. Me despedí
de Natalia antes de salir y, en cuanto estuve fuera, miré a Gabriel.
—No hace falta que vengas conmigo. Puedo coger un taxi, o algo así. No
quiero que tengas que irte de la fiesta por mí.
—Has dicho que querías caminar, y caminaremos —me aseguró—. Tú no
me dejaste solo cuando me encontré mal esa noche que salimos, y yo no te
dejaré sola ahora. Además, de todos modos, ya me estaba cansando de esta
fiesta.
—Gracias. —Le di una pequeña sonrisa, y él me la devolvió.
—Venga, vamos.
17
Empezamos a caminar en silencio por las desiertas calles de Pedralbes.
Dejé que mi atención se volviera a perder en las casas de la zona, algunas
de ellas con diseños enrevesados y lujos innecesarios, al lado de otras más
sencillas pero que no debían de ser baratas en absoluto. Escuché música, a
lo lejos, haciendo eco por las calles, y supuse que alguien estaría haciendo
una fiesta, igual que nosotros.
—¿Quieres hablar del tema? —me preguntó Gabriel al cabo de un buen
rato, cuando ya estábamos en una zona del barrio un poco más urbana,
donde predominaban los bloques de pisos en vez de las casas.
—No —contesté, negando con la cabeza—. No hay mucho que hablar, y no
quiero pensar más en eso. Ya le he dedicado demasiado tiempo a las
gilipolleces de Leo en los últimos meses. Estoy harta. Quiero olvidarme de
que existe, al menos durante un rato.
—Pues no me parece mal —asintió.
—Cuéntame algo, lo que sea —le pedí, y luego recordé lo que había
hablado con él y con Marian poco antes de las vacaciones—. ¿Cómo
terminó el tema de la chica esa, Anya?
Él se rascó la nuca.
—Oh, volvimos a hablar y decidimos ser solo amigos, pero la verdad es que
no ha funcionado. Me da pena que hayamos acabado así, porque es una tía
genial y la conozco desde hace años, pero tampoco puedo hacerle nada. —
Se quedó callado unos segundos, pensativo, y luego me miró—. Oye, ¿has
estado alguna vez en los jardines del Palacio de Pedralbes?
—No —contesté—. ¿Por?
—¿Quieres ir?
Saqué el móvil y le di una rápida mirada a la hora. Vi que tenía mensajes,
pero ni siquiera me paré a mirar de quién eran antes de volver a guardar el
móvil en mi bolsillo.
—Son las dos y media de la mañana —le dije—. Me da a mí que estará
cerrado.
Una sonrisa enigmática se dibujó en sus labios.
—Nunca está cerrado si sabes por dónde entrar.
Levanté una ceja, con curiosidad, pero él no dijo nada más hasta que, diez
minutos más tarde, llegamos a los jardines. Estaban cerrados por un muro
de piedra, no muy alto pero lo suficiente como para que no se pudiera subir,
y no tenía ni idea de cómo Gabriel pretendía saltarlo, porque era
prácticamente imposible.
Lo vi mirar el muro con atención, y luego giró hacia la derecha. La luz de
las farolas apenas llegaba a iluminar la zona, así que sacó el móvil y puso la
linterna mientras seguía merodeando. Se metió entre unos arbustos, y
enfocó la estructura de piedra con la linterna.
—Aquí está —dijo de repente, sonriendo para sí mismo.
Me acerqué, y pude ver un bloque de piedra en el suelo. Era lo
suficientemente alto como para que se pudiera usar como escalón, y no
parecía estar ahí de forma arbitraria. Me sorprendió pensar en quién podría
tener tanta fuerza para llevar una piedra tan grande como esa hasta allí, pero
no tuve tiempo para darle muchas vueltas porque Gabriel se subió encima y,
con un rápido movimiento, saltó hacia el muro y desapareció detrás de él.
Lo seguí, algo dudosa y, tras haberme subido, salté al lado de otros
arbustos, que daban a uno de los caminos que formaban parte de los
jardines.
—Voilà —dijo él, levantando los brazos—. Misión cumplida.
—¿Cómo puede haber esa piedra enorme al lado de la valla sin que se
hayan dado cuenta? —pregunté, intrigada—. Y, ¿no hay vigilantes?
—Esta piedra lleva, como mínimo, tres años aquí —me contó—. No la
quitan porque o no se han dado cuenta porque está bien escondida, o les
supone demasiado trabajo. Y sí que hay cámaras de seguridad, pero solo en
la zona más cercana al palacio, así que no deberíamos tener ningún
problema mientras no nos acerquemos allí.
—Pareces todo un profesional de entrar en lugares prohibidos.
—Tengo mis métodos. —Se encogió de hombros—. Y claro que soy un
profesional. ¿Has visto Prison Break? La escribí yo.
Me eché a reír, negando con la cabeza.
—En Prison Break se escapan de la cárcel, no entran —le recordé.
—Si sabes entrar, sabes salir —argumentó.
Volví a reír antes de empezar a caminar por los jardines. Gabriel me siguió
sin mediar palabra, y dimos una buena vuelta, intentando no acercarnos
demasiado al palacio. En un momento dado, nos encontramos con una zona
llena de bancos, y fui a sentarme a uno de ellos. Rebusqué en mi bolsa,
recordando que tenía algo muy interesante en ella, y Gabriel se sentó a mi
lado mientras me miraba con curiosidad.
—¿Vas a sacar una pistola? —inquirió.
—Ya puedes empezar a correr —bromeé.
Por fin noté el tacto metálico en mis dedos, y cogí la lata para sacarla.
—Bebida de lichi —leyó lo que ponía en el recipiente—. ¿Eso está bueno?
—No tengo ni idea —contesté—. Lo he visto en el super cuando he ido a
comprar el ron, y me ha dado curiosidad. Quería probar a mezclarlo, pero
en cuanto hemos llegado a la fiesta me he olvidado de su existencia.
—¿Lleva alcohol?
—Creo que no.
Así que lo probamos. A mí me encantó y Gabriel opinó que estaba
asqueroso, pero eso no le impidió beberse más de la mitad de la lata —lo
que me llevó a deducir que estaba mintiendo—. Mientras bebíamos, Gabriel
sacó un cigarro y nos lo fumamos mientras hablábamos de los últimos
viajes que habíamos hecho. Él se había ido a Noruega con su madre el
verano pasado, y me estuvo contando sobre ello. Mi curiosidad iba
aumentando a medida que me hablaba, hasta que al final no pude contener
más la pregunta que ya me había hecho tiempo antes.
—Oye, y ¿qué hay de tu padre?
Cuando me miró con seriedad, pensé que la había cagado al preguntarle
eso. Quizás no teníamos suficiente confianza para que le hiciera esas
preguntas, porque podía ser un tema delicado. Estaba a punto de
disculparme cuando, seguramente al ver mi expresión de pánico, soltó una
carcajada.
—No tengo padre —me dijo—. Nunca he tenido.
Levanté una ceja.
—¿Se fue? —inquirí.
—No, es que no sé quién es, y mi madre tampoco lo sabe —contestó—.
Soy adoptado. Mi madre me adoptó cuando tenía apenas un año, así que
tampoco recuerdo nada de antes.
—Oh —murmuré—. Vaya. O sea, ¿tu madre te adoptó sola?
—Sí. —Asintió con la cabeza.
—Qué curioso.
—Quería tener hijos, pero no tenía pareja. —Gabriel se encogió de hombros
—. Y dice que pasaba de la inseminación artificial, porque no quería
quedarse embarazada. No es que tuviera problemas de fertilidad ni nada.
—Ya, a mí también me daría mucha pereza quedarme embarazada —dije, y
él rio—. No me quiero ni imaginar lo que tuvo que pasar mi madre al estar
embarazada de mellizas. He visto fotos, y su barriga parecía ir a explotar en
cualquier momento.
—Vaya, no sabía que tu hermana y tú erais mellizas —comentó—. Sabía
que tenías una hermana porque había visto fotos en Instagram y porque creo
que alguna vez me has hablado de ella, pero no que habíais nacido a la vez.
¿Quién es la mayor?
—Yo —respondí—. Por diecisiete minutos.
—Joder, tu hermana se dio prisa después de verte salir, ¿o qué? —bromeó,
y me eché a reír. Luego, me tendió el cigarro a medio fumar—. ¿Quieres?
Se lo cogí sin decir nada y lo llevé a mis labios. Me di cuenta de que estaba
apagado, y le hice un gesto para que me pasara el mechero. Lo acercó al
cigarro que seguía entre mis labios y lo encendió para darme fuego. Al
retirarse, rozó mi cara sin querer con el dorso de su mano, y la apartó
rápidamente. Sonreí, y di una larga calada. Retuve dentro el humo unos
segundos y luego lo expulsé hacia la fría noche. Miré a Gabriel, que tenía la
atención perdida en el cielo nocturno, aunque apenas se veían unas pocas
estrellas.
—Gracias por venir conmigo —le dije, y se giró hacia mí.
—Para eso están los amigos, ¿no? —Me dio una media sonrisa, pero luego
suspiró—. No te merecías lo que te ha hecho ese imbécil. Joder, no se lo
merece nadie.
—Ya —musité.
Se quedó callado unos segundos, antes de carraspear y volver a hablar.
—¿Lo ha hecho porque nos hemos besado? —me preguntó, y cuando vio
que no le contestaba negó con la cabeza para sí mismo—. Lo siento, sé que
has dicho que no querías hablar del tema…
—Lo ha hecho porque es gilipollas —lo interrumpí—. Estábamos jugando a
la botella y nos ha tocado besarnos. Él me había propuesto jugar, así que no
sé qué se esperaba. Tú y yo no hemos hecho nada malo. Si es incapaz de
controlar los ataques de celos que le dan, no es nuestro problema.
—Ya —contestó—. Si está claro que la culpa solo la tiene él, pero yo qué
sé, me he rayado un poco.
—Yo también, pero no he tardado ni diez minutos en darme cuenta de que
la culpa no había sido mía. —Suspiré—. ¿Qué hacemos, vamos?
Él sacó el móvil para mirar la hora.
—Sí, ya tocaría —respondió.
Me froté la cara con las manos, y solté un gruñido de frustración.
—No quiero ir a casa —me quejé—. No quiero tener que enfrentarme a mis
padres mañana a primera hora, porque me despertarán temprano para
molestarme, y seguro que tienen algún argumento para empezar una pelea.
Seguramente esta vez vuelva a tocar el “sales mucho de fiesta y estás
descontrolada”, y mira que llevo meses sin salir.
—Puedes quedarte en mi casa, si quieres —sugirió, y lo miré con las cejas
levantadas—. Te puedo dejar mi cama, y yo dormiré en el sofá.
—No voy a dejar que duermas en el sofá —le dije—. Puedo dormir yo ahí.
—Mi sofá es muy cómodo —repuso—, y sería un poco raro que, cuando mi
madre se levante, te viera a ti durmiendo en el salón.
Bueno, ahí llevaba razón.
Así que acepté su oferta, y encontramos otra zona del muro con una piedra
en la parte interior —quien fuera que había montado ese sistema lo había
hecho muy bien—. Saltamos de nuevo al exterior, y caminamos hacia la
parada del autobús nocturno más cercana, que por suerte apenas quedaba a
un par de minutos de allí.
El bus tardó lo suyo en llegar, pero en cuanto nos subimos y nos sentamos,
no hablamos en todo el trayecto. Me tocó el asiento al lado de la ventana y
me dediqué a mirar cómo circulábamos por la ciudad, que se había
convertido en un desierto de luces, sin apenas coches en una de las avenidas
en las que, durante el día, más tráfico había. Gabriel estaba a mi lado,
mirando a la ventana contraria aunque le quedaba algo lejos, y no
mediamos palabra. Solo se escuchaban el sonido de los movimientos del
bus y la conversación entre dos chicas que estaban en la parte trasera, pero
no les presté demasiada atención.
Cuando pasamos por Francesc Macià, la plaza en la que horas antes había
tenido un altercado con el conductor que no paraba de pitar a Natalia, no
pude evitar sonreír. Pero luego me empezó a temblar el labio, porque sentía
que nuestro grupo de amigos se había arruinado un poco con lo que había
ocurrido, pese a que todavía no conociera la postura de la mayoría de ellos,
y porque todos esos buenos recuerdos ahora estaban manchados por la
presencia de Leo.
Gabriel notó que estaba a punto de quebrarme, y pasó un brazo por mis
hombros para acercarme a él. Apoyé la cabeza en su pecho y cerré los ojos.
Pensaba que su abrazo solo me daría más ganas de llorar, pero me relajó de
una manera que no pude explicar. Y ni siquiera sentía los nervios que solía
provocarme su cercanía, esta vez era todo lo contrario.
Tuvimos que bajarnos en el centro y coger otro autobús para ir hasta su
casa, y en cuanto llegamos y toqué su cama, me quedé dormida.
18
Desperté con la cabeza enterrada en una almohada que era demasiado
cómoda como para ser la mía, y en una habitación llena de una luz que me
obligó a cerrar los ojos tan pronto como los había abierto.
Si quitamos el hecho de que no estaba en mi habitación, parecía una
mañana como cualquier otra… hasta que todo lo que había pasado la noche
anterior volvió a mi cabeza. Una sensación nada agradable se instaló en mi
pecho y me incorporé, abriendo los ojos y comprobando que estaba en la
habitación de Gabriel. No había bebido mucho la noche anterior, así que el
único rastro que quedaba del alcohol era un sutil dolor de cabeza, pero tenía
demasiado en lo que pensar como para que me molestara.
En la mesilla había un reloj —sonará típico, pero yo solo lo había visto en
las películas— que marcaba las once y media de la mañana. Teniendo en
cuenta que habíamos llegado casi a las cinco, tampoco había dormido
demasiado.
Escuché ruidos en algún lugar de la casa, pero decidí quedarme en la cama
un poco más. Cerré los ojos e intenté volver a dormirme, pero tras un buen
rato intentándolo me resigné al hecho de que no iba a conseguirlo.
Salí de la habitación poco después, llevando la misma ropa que la noche
anterior, que era con lo que había dormido. Me metí en el baño rápidamente
y conseguí encontrar un desodorante. Me lo eché, y me lavé la cara con el
jabón de manos. Luego recordé que, como mi plan para esa noche había
sido dormir en casa de Leo, me había llevado un cepillo de dientes, así que
volví a la habitación, lo cogí, y de vuelta en el baño me lavé los dientes.
Cuando hube terminado, respiré hondo, notando un poco de alivio al
sentirme limpia. Salí del cuarto de baño hacia el salón, y vi que Gabriel
seguía durmiendo en el sofá. Estaba tapado de cualquier manera, con una
pierna fuera y llevando solo unos pantalones de chándal. Debía habérselos
puesto cuando yo ya estaba dormida, porque no lo recordaba. No llevaba
camiseta, así que su torso estaba al descubierto, y debo admitir que me
quedé más rato del normal mirándolo. Su piel parecía suave, y mis dedos se
estiraron de una forma casi involuntaria, como si necesitaran tocarla.
Un ruido en la cocina robó mi atención y aparté la mirada, quedándome
quieta, de pie, en medio del salón. Supuse que sería su madre, y me daba un
poco de vergüenza ir a hablar con ella, pero a la vez pensé que era raro que
estuviera en su casa y ni siquiera la saludara, así que fui hacia la cocina.
Abrí la puerta, y vi a la madre de Gabriel sentada en una de las sillas de la
pequeña mesa que tenían en la cocina. Había un libro en su mano y una taza
de café en la mesa, delante de ella. Levantó la mirada, y me sonrió.
—Buenos días —me saludó con entusiasmo—. ¿Cómo has dormido?
—Muy bien, gracias. —Sonreí.
—¿Quieres un café?
—No diré que no —contesté.
Así que me enseñó a usar la máquina de café, que era diferente a la que
había en mi casa. Por lo que me contó, al despertarse había hablado con
Gabriel, que ya le había comentado que yo estaba durmiendo en su
habitación, y luego él había vuelto a dormirse.
—Duerme como un oso, este hijo mío —comentó, divertida, mientras se
volvía a sentar.
Estuve hablando con ella durante un buen rato. Me contó que era psicóloga,
y yo le hablé un poco de mi vida, de mi hermana, y de que al día siguiente
me iba a París a verla. Cerca de la una, me dijo que había quedado para
comer, y no tardó en irse.
Empecé a plantearme irme yo también, porque ya era tarde y Gabriel no
parecía ir a despertar pronto, pero cuando estaba recogiendo mis cosas en su
habitación escuché que se levantaba del sofá.
Había dejado la puerta abierta, así que solo me hizo falta inclinarme hacia
atrás para ver cómo se desperezaba, estirando su cuerpo mientras estaba de
pie y liberando un pequeño gruñido. Me quedé mirando cómo su abdomen,
sutil pero claramente marcado, se contraía, y cuando bajó los brazos mi
vista se centró en sus bíceps. Aparté la mirada, temiendo que me pillara
mirándolo, y hablé.
—Buenos días —le dije, y él sonrió al verme.
—¿Cómo estás? —preguntó, empezando a caminar hacia mí.
—Bien —respondí—. He estado tomando café con tu madre, pero hace un
rato se ha ido a comer fuera.
—Ah, sí, ha quedado con Juliana —comentó, aunque más para sí mismo.
—¿Juliana? —inquirí.
—Es su novia —contestó él—. Estuvieron saliendo durante cinco años
cuando yo era pequeño, lo dejaron, y ahora hará unos meses que se
reencontraron y parece que están volviendo a intentarlo.
—Jo, qué bonito —murmuré.
—Pues sí —asintió—. Me alegra que esté tan contenta. Oye, ¿te vas ya? Te
iba a proponer ir a comer algo fuera.
Me lo quedé mirando durante unos segundos, y él levantó las cejas,
esperando a que dijera algo.
—Gabriel, no hace falta que me hagas de niñera —le aseguré.
—¿Eso significa que ya puedo dejar de hacer como que me caes bien? —
Fingió un suspiro de alivio—. Qué bien.
—Eres tontísimo —le dije, empujándolo suavemente, y él se echó a reír.
—Tú sí que eres tonta —contestó, sin dejar de sonreír—. Si te estoy
proponiendo ir a comer es porque me lo paso bien contigo, no porque haya
alguna especie de fuerza superior que me esté obligando.
—Vale, vale —respondí.
Si había algo que no me gustaba, era que la gente sintiera lástima por mí.
Después de lo que había ocurrido la noche anterior, me sentía vulnerable, y
no quería que Gabriel estuviera haciendo eso porque le daba pena, aunque
ya me había dejado claro que no era así.
Gabriel entró a cambiarse en su habitación, y yo fui a sentarme al sofá.
Cogí mi móvil, que seguía dentro de mi bolsa, y respiré hondo antes de
presionar el botón de encender. Llevaba horas apagado, desde que había ido
al parque con Gabriel, porque no quería leer ningún mensaje ni recibir
llamadas. Aun así, tenía que avisar a mis padres de que no comería en casa,
así que esperé a que el móvil se encendiera, introduje el código, y
empezaron a llegar mensajes y avisos de llamadas perdidas por todos lados.
Tenía diez llamadas perdidas de Leo, varios mensajes suyos, y mensajes de
mis amigos preguntándome cómo estaba, por lo que deducía que Natalia se
lo había contado. Respondí a mis amigos, asegurándoles que estaba bien —
aunque no estaba segura de cómo de cierto era eso—, y me tomé unos
segundos para prepararme antes de abrir el chat con Leo.
Leo (01:52): Ya te has ido con Gabriel?? Pues sí que has tardado
Leo (01:52): Ni diez minutos
Leo (01:58): Habértelo follado a él antes que a mí, y así nos habríamos
ahorrado toda esta mierda
Leo (02:03): Pero bien que has dejado a tu ejército para insultarme
Leo (02:03): Haznos un favor a todos y pídele a Natalia que se relaje,
porque es una pesada de mierda
Noté cómo empezaba a hervirme la sangre a medida que iba leyendo, y tuve
que armarme de paciencia para llegar hasta el final, hasta los mensajes que
me había mandado hacía poco.
Leo (12:23): Joder
Leo (12:23): Lo siento muchísimo
Leo (12:24): Soy un gilipollas
Leo (12:25): Te juro que no quería que pasara. Te lo prometo. No sé en qué
cojones estaba pensando. Lo siento muchísimo, Ari. Había bebido un
montón y no me sentó bien que te besaras con Gabriel, pero eso no justifica
lo que hice. Ya sabes que el tema de Gabriel y tú es sensible para mí, y me
sentó mal. Lo siento.
Leo (12:26): Sé que no me lo merezco, pero perdóname, por favor.
Leo (12:32): ¿Podemos vernos?
Tuve que reprimir una carcajada al leer toda esa mierda, aunque no puedo
negar que me dolió. Desde que me había hecho eso, no había parado de
darle vueltas, y me había dado cuenta de lo manipulador que era, y de todas
las cosas que le había perdonado. No iba a dar marcha atrás, así que
bloqueé su contacto y, tras mandarle un mensaje a mi madre para avisarla
de que no iría a comer, dejé el móvil de nuevo en la bolsa.
—Ya estoy —dijo Gabriel, saliendo de su habitación—. ¿Vamos?
Me llevó a un japonés que no quedaba lejos de su casa, y pedimos un poco
de sushi junto con algunos entrantes. La tensión entre nosotros, que el día
anterior parecía haber desaparecido, volvía a estar ahí, como si anticipara
que, tarde o temprano, pasaría algo, pero eso no me impidió pasar un muy
buen rato con él. Hablamos, comimos, y nos reímos mucho en ese
restaurante.
Llegué a casa pasadas las cinco, sintiéndome mucho más animada. Mi
móvil volvía a estar apagado, porque había estado recibiendo más llamadas
de Leo, que obviamente no había contestado, y no quería pensar en ese
tema, al menos no en ese momento. Estaba ilusionada por empezar a
preparar mis maletas para París. El avión salía el lunes por la mañana, así
que no tenía mucho tiempo.
—A buenas horas —gruñó mi padre en cuanto crucé la puerta de mi casa, y
tuve que contenerme para no respirar hondo.
Que me recibieran de mal humor no era inusual, pero solía significar que
habían discutido y estaban de mal humor, así que sabía de sobra que lo
mejor era no darles más motivos para enfadarse contestándoles mal.
—Hola —los saludé con tranquilidad, y mi intención era escabullirme
rápidamente hacia mi habitación, pero parece ser que mi madre tenía otros
planes.
—¿Qué tal la fiesta? —preguntó, con aparente desinterés.
—Bien —me limité a contestar, aunque era una mentira enorme, y di un
paso más hacia mi lugar seguro, pero el interrogatorio siguió.
—¿Cómo va con Leo? —Si se tratara de otra persona podría haber pensado
que me había leído la mente y sabía que había pasado algo, pero no era una
pregunta poco habitual en mi madre… Y me daba la sensación de que no
era precisamente porque se preocupara por mi relación, sino porque creía
que no podía aguantar demasiado tiempo saliendo con una persona, y por
una vez llevaba razón.
—Ya no estamos juntos —contesté entre dientes, porque sentía que era una
victoria para ella.
Mi padre levantó las cejas.
—¿Cómo es eso? —inquirió, y tampoco me creí su falso tono de
preocupación.
—Es complicado —murmuré, y seguí caminando hacia mi habitación
esperando que no hubiera más preguntas, pero parece ser que no era mi día
de suerte.
—Entonces, ¿dónde has dormido? —preguntó mi madre.
Cogí aire antes de contestar, porque sabía que venía un sermón, pero no me
daba la gana mentirles solo para mejorar la imagen que tenían de mí,
porque sabía que eso no ocurriría nunca.
—En casa de un amigo.
Mi madre resopló, y cerré los ojos.
—Pues no me extraña que Leo te haya dejado, Ariadna, si vas por ahí
actuando como una cualquiera —espetó, y esta vez sí que me fui a mi
habitación sin querer escuchar ni una palabra más, aunque no pude evitar
oír lo último que dijo—. Por Dios, si es que pasas de uno a otro con una
rapidez que no es normal.
Mis padres eran personas crueles. Sobre todo mi madre. Tenían sus
momentos buenos, sí, pero los malos los superaban con creces. No entendía
por qué habían decidido tener hijos si no estaban hechos para comprender a
otros seres humanos, pero el tema era que lo habían hecho y yo estaba ahí,
teniendo que aguantar toda esa mierda. No, nunca me había faltado de nada,
si hablamos de cosas materiales y derechos básicos, pero eso no es todo lo
que una persona necesita para poder crecer bien.
Nina lo tenía más fácil, no se llevaba ni la mitad de comentarios mordaces,
pero era únicamente porque tenía una obsesión casi enfermiza con
contentarlos. Ellos lo sabían, y les parecía bien. No me extrañaba que
hubiera huido de esa casa para irse a estudiar a París, aunque se lo hubiera
vendido a mis padres como una oportunidad para perfeccionar su francés.
Ella era la hija perfecta, y yo la que era un desastre.
Me negué a llorar, una vez estuve sentada en mi cama, pero mi parte más
emocional no estuvo de acuerdo con esa negativa, y las lágrimas empezaron
a salir de mis ojos. Enterré la cara entre mis manos y lo dejé salir todo, toda
la mierda que se había estado acumulando en mi interior desde la noche
pasada.
19
La lluvia caía sobre la pista de aterrizaje del aeropuerto Charles de Gaulle
cuando llegué a París. No tuve que esperar para recoger el equipaje, porque
solo llevaba una maleta que había podido llevar en la cabina, y una pequeña
mochila que usaba para llevar cosas esenciales.
Cogí el tren, tal y como había planeado, hasta una parada de metro en el
centro de la ciudad que me llevaría al distrito XIII de la ciudad, donde vivía
mi hermana. Me habría gustado bajar y darme una vuelta, porque odiaba
estar bajo tierra tanto tiempo, pero había quedado con Nina que llegaría a su
apartamento para comer.
—Tienes cara de no haber dormido en diez años —fue lo primero que me
dijo al abrirme la puerta.
—Gracias —contesté con una sonrisa forzada, y ella rio.
—Venga, va. —Se apartó de la puerta, dejándome entrar—. Deja tus cosas
en mi habitación, que salimos a comer fuera.
Así que dejé mis maletas en su habitación, y salimos de nuevo a la calle. Ni
siquiera se paró a enseñarme su piso —aunque ya lo había visto antes por
videollamada, pero no era lo mismo— ni a presentarme a sus compañeras
de piso, pero de camino a donde fuera que me estaba llevando a comer me
contó que estaban fuera cuando yo había llegado.
Me llevó a un restaurante discreto pero encantador. Parecía sacado de las
típicas películas parisinas, pero era mucho más tranquilo y barato de lo que
aparentaba. Entramos y, después de estar un buen rato revisando la carta,
tanto que Nina se desesperó varias veces, elegí pedir una croque-monsieur,
porque ya que estaba en París, tocaba probar cosas nuevas.
—Ponme al día —me dijo justo después de que nos trajeran las bebidas—.
¿Cómo va todo? ¿Qué tal con Leo?
Dio un sorbo al agua que se había pedido.
—Se folló a una chica el sábado por la noche, en una fiesta, y lo hizo
expresamente para que yo lo viera —respondí, y Nina empezó a toser,
dejando el vaso de agua en la mesa con un golpe.
—¿Qué? —me preguntó, con lágrimas en los ojos de haberse atragantado, y
me habría reído, pero al recordar lo de Leo se me habían quitado las ganas
—. Pero, ¿era algún tipo de juego sexual? En plan, ¿tú lo aprobaste?
—No.
—¡¿Qué es, imbécil?! —exclamó, y la señora mayor que había unas mesas
más allá se giró para mirarla con una ceja levantada.
—Es una de mis muchas teorías, sí —asentí.
—Y, ¿qué hiciste?
—Irme a llorar —contesté con tranquilidad—. Pero fueron unos tres
minutos. Luego me entró un ataque de rabia, quise matarlo, me fui a dar una
vuelta con Gabriel, nos colamos en los jardines de Pedralbes, y dormí en su
casa. Luego, al día siguiente, volví a casa y nuestra querida progenitora
básicamente me llamó zorra.
Nina se quedó callada unos segundos, seguramente procesando la
información, con las cejas levantadas. De nuevo, estaba muy graciosa, y
esta vez no reprimí la carcajada. Igual parecía que había perdido la cabeza,
riendo después de contarle todo eso, pero a esas alturas me daba igual.
—¿Usó la palabra “zorra”? —preguntó, intrigada.
—No. Creo que dijo “una cualquiera”, o algo así, y justificó que Leo me
hubiera dejado porque, según ella, salto de un tío a otro muy rápidamente.
Su boca se abrió. Se volvió a cerrar, y luego se abrió de nuevo.
—A veces me pregunto si nos han criado unos psicópatas. —Suspiró,
negando con la cabeza—. Y, ¿cómo te sientes? En general, con todo lo que
pasó. Y no creas que no he escuchado lo que has dicho de Gabriel, lo estoy
guardando para luego.
Me rasqué el hombro, cambiando de posición en la silla para estar más
cómoda.
—¿Es raro que no me sienta tan mal? —le pregunté—. O sea, lo de mamá
me sentó como el culo, pero intento no darle muchas vueltas, porque sé de
sobra que nunca cambiará. Me refiero a lo de Leo. Casi me da un patatús
cuando pasó todo eso, pero supongo que era porque me chocó
encontrármelo ahí dándole al tema, y me dolió que lo hiciera solo para
hacerme daño, pero es que me da la sensación que no me siento como se
supone que debería sentirse una persona a la que le han puesto los cuernos.
—¿Se lo devolviste? —inquirió, y levanté una ceja, porque no entendía a
qué se refería—. Que si te liaste con Gabriel para vengarte.
Fruncí el ceño.
—No. No voy a liarme con Gabriel solo para vengarme de un gilipollas. No
pasó nada, dormí en su cama pero él durmió en el sofá.
—Oh —murmuró—. Y, ¿qué harás? ¿Has hablado con Leo?
—No —respondí—. Todavía no sé qué decirle. He pensado en muchos
escenarios en mi cabeza, pero casi todos acaban en violencia, así que quiero
esperar a calmarme un poco. Es como que solo estoy enfadada con él por
haberme hecho daño, pero no siento que se me haya roto el corazón, ni nada
de eso.
—¿Lo querías?
Me quedé muda, intentando buscar una respuesta a esa pregunta, que
desencadenó muchas más en mi cabeza.
—No —contesté—. Claro que no. Ahora que lo pienso, ni siquiera sé si me
gustaba de verdad. Creo que solo quería tener novio.
—¿Cómo que solo querías tener novio?
—Pues eso. Nunca había tenido novio, y sentía que necesitaba tener uno —
intenté explicar, porque yo tampoco lo entendía muy bien—. Ya sé que es
una chorrada, pero… yo qué sé, supongo que es lo que creía que me tocaba.
—Yo creo que tienes demasiada prisa —comentó—. Es como que lo
quieres todo ya, y a veces cuando piensas así, fuerzas cosas que no
ocurrirían de una forma natural. Sea como sea, suerte que te has librado de
ese imbécil.
La conversación se interrumpió porque nos trajeron la comida, y yo tenía
tanta hambre que solo pude concentrarme en comer. Noté a mi hermana
pensativa durante toda la comida, pero no pregunté nada, porque sabía que
debía esperar a que ella me lo contara, si quería.
—Ari —dijo finalmente, cuando yo ya estaba mirando la carta de los
postres. La miré, instándola a continuar, y suspiró—. Hace tiempo que
quiero decírtelo. Lo siento mucho. Siento lo que pasó en el instituto. Eres
mi hermana, y no debería haber dejado que te trataran así. Alejarme de
Sebas y los demás me ha ayudado a darme cuenta de que ni siquiera eran
buenos amigos, y no entiendo cómo pude dejarte de lado por ellos. Lo
siento.
—No pasa nada —mentí—. Ya hace tiempo de eso.
—No quiero que pienses que soy como nuestros padres —siguió, como si
no me hubiera escuchado—. Es decir, puede que pensara como ellos antes,
porque nos educaron así, pero hace tiempo que me he dado cuenta de que lo
que piensan es basura. Puedes liarte y follar con quien quieras, y nadie tiene
derecho a cuestionar lo que haces o a insultarte por ello. Así que sí, quiero
pedirte perdón por ser una imbécil, y por no haberte defendido.
Tragué saliva. Mi mirada estaba centrada en un punto de la mesa, y
carraspeé antes de hablar.
—Vale —murmuré, intentando que mi voz no se rompiera—. Voy al baño.
Me levanté y me fui al cuarto de baño lo más rápido que pude, sin ni
siquiera pararme a mirar qué cara se le había quedado a mi hermana. Cerré
la puerta detrás de mí y apoyé mis dos manos en el mármol del lavabo y me
miré al espejo. Respiré hondo varias veces, intentando no llorar, porque
llevaba años necesitando una disculpa de mi hermana, y no había sabido
cuánto hasta ese momento.
La puerta apenas tardó un minuto en volver a abrirse, y Nina me abrazó en
cuanto estuvo dentro.
—Eres una pesada —intenté bromear para quitarle seriedad al asunto, pero
ella se separó y me dedicó una mirada que me dio a entender que no se
creía mi actuación.
—¿Sabes? Creo que nos irá bien pasar unos días juntas, por aquí —me dijo
—. Visitar París, bien lejos de nuestros padres, tú y yo solas.
—¿No vas a presentarme a Adil? —Levanté las cejas varias veces, dándole
una mirada sugerente, y ella rio.
—Te voy a permitir este cambio de tema —me dijo—. Y sí. Si quieres, te lo
puedo presentar hoy mismo.
Así que pasamos esa misma tarde con Adil, comiendo crèpes —sí, me había
propuesto alimentarme únicamente de comida muy francesa en ese viaje—
y riendo mientras él bromeaba con intentar psicoanalizarme. Era un tipo
encantador, y parecía que conectaba muy bien con mi hermana.
—Os doy mi bendición —le dije a Nina cuando llegamos a su piso, casi a la
hora de cenar.
—Vaya, gracias. —Hizo un gesto de agradecimiento, juntando las palmas
de sus manos y haciendo una reverencia muy japonesa, con una buena dosis
de sarcasmo, y reí.
—¿Se lo vas a decir a papá y mamá? —le pregunté, y me miró como si
hubiera dicho una estupidez enorme.
—Claro que no.
Fruncí el ceño.
—¿Por qué no? —inquirí.
—Vamos a ver, Ariadna —me dijo, poniendo una mano en mi hombro
como si estuviera a punto de darme una lección vital—. Ya sé que la lista de
cosas no muy agradables que son nuestros padres es larguísima, pero una de
ellas es que son conservadores a matar, y no son precisamente muy
tolerantes con otras religiones y culturas. Adil es musulmán, y es turco.
—Oh —musité—. Pues tienes razón. No lo había ni pensado.
—Tú tienes el cerebro un poco apagado, eh —comentó.
Por la noche, después de haber cenado con sus compañeros de piso, nos
fuimos a dar una vuelta. Terminamos tomando algo en un bar, porque Nina
no tenía clase hasta el día siguiente a las once, así que podía irse a dormir
tarde. Después de dos mojitos —había intentado tomar un cóctel francés
para ceñirme a mi plan, pero estaba malísimo así que me había rendido—,
estábamos riéndonos como tontas de vete a saber qué, cuando Nina volvió
al ataque con sus preguntas.
—Entonces, ahora que Leo ya no está en medio... ¿qué hay de Gabriel? —
me preguntó antes de dar un trago a su tercer mojito.
—Mmm, Gabriel —saboreé su nombre en mis labios, y sonreí con picardía
—. Cada día me cuesta más resistirme.
—¿Por qué tienes que resistirte?
—¿No se supone que hay que pasar un luto después de dejarlo con alguien,
antes de liarte con otro? —pregunté.
Nina se me quedó mirando.
—No.
—Vaya. —Me rasqué la mejilla—. Yo pensaba que sí.
—A ver, no es obligatorio. —Se encogió de hombros—. Yo recomiendo
tomarse un tiempo si era una persona a la que querías y lo estás pasando
mal por la ruptura, porque el dolor puede llevar a tomar decisiones de
mierda o a engancharse al primero que pase, pero en tu caso te diré que a la
mierda el luto.
—Estás empezando a hablar como una psicóloga —apunté—. ¿Los
conocimientos de psicología se transmiten sexualmente? Debe de haber
sido Adil.
Me tiró una de las hojas de menta de su bebida, riendo, y solté un quejido
antes de quitármela de la camiseta.
—Tonta —bromeó—. Pero ahora en serio: si Gabriel te gusta, te pone o lo
que sea, ¿por qué no ir a por él? Tampoco es que busques una relación seria,
¿no?
—¿Después de cómo ha salido la última? —Solté una carcajada—. Ni de
coña.
—Pues no veo dónde está el problema. Ya no necesitas resistirte a él. Ahora
te puedes dejar llevar sin sentirte culpable.
20
Inspiré con fuerza, con la vista clavada en mi imagen en el espejo. Dejé
salir el aire poco a poco, notando cómo escapaba de mis pulmones, y pasé
una mano por mi pelo. No me sentía lista para afrontar lo que estaba por
venir, pero tampoco tenía más remedio, así que salí del cuarto de baño de la
facultad y caminé por el pasillo desierto hasta vislumbrar la puerta del aula
en la que tenía clase.
Había tenido la suerte de no encontrarme con nadie al entrar —lo que pasa
cuando llegas más de media hora tarde—, pero igual había sido peor,
porque ahora tendría que entrar en una clase que ya había empezado, y toda
la atención iría hacia mí.
No quise darle más vueltas y abrí la puerta. Le di una mirada de disculpa a
la profesora —la de siempre—, y ni siquiera me miró mal porque supongo
que ya esperaba que llegara tarde. Igual tenía que esforzarme un poco más
en estar en clase a la hora… pero mejor dejarlo para el curso siguiente.
Noté varias miradas sobre mí, y miré a Leo de reojo muy rápidamente, para
ver que su atención estaba clavada en mí con intensidad. Luego examiné la
clase y vi que Gabriel estaba sentado en el fondo, solo —seguramente
porque también había llegado tarde—, así que fui a sentarme con él.
En las pequeñas vacaciones que habíamos tenido, entre los días en París y
los que había pasado en casa, me había puesto dos objetivos. El primero,
que al volver a clases hablaría con Leo, de la forma más correcta posible y
sin gritarle —aunque se lo merecía—, para poder cerrar ese desagradable
capítulo. El segundo, que iba a acostarme con Gabriel. No sabía cuándo ni
cómo, pero sabía que quería hacerlo. Hasta ese entonces me había estado
reprimiendo por una persona que ni siquiera merecía la pena, y ya había
perdido demasiado tiempo negando mi atracción por el rubio.
—¿Qué tal París? —me preguntó en un susurro en cuanto me senté a su
lado.
—Llena de franceses —susurré de vuelta, y sonrió.
—Esa respuesta ha sonado como algo que diría mi abuelo —bromeó, y le di
un empujón en el hombro, con la mala suerte de que calculé mal la fuerza y
casi lo tiro de la silla.
No llegó a caerse, pero hizo el ruido suficiente como para que media clase
se girara hacia nosotros, incluyendo a Leo y a la profesora. Se formó un
silencio, durante el que tuve que reunir todas mis fuerzas para no empezar a
reír, y cuando la profesora volvió a su explicación, la mayoría de la gente
volvió a girarse… excepto Leo, que nos miraba como si nos pudiera
atravesar con los ojos.
Incapaz de resistirme, levanté la barbilla en un gesto de desafío, y él se giró
de nuevo.
—¿Habéis hablado? —susurró Gabriel.
Negué con la cabeza.
—Todavía no.
No me preguntó nada más, y nuestra atención se centró en lo que decía la
profesora. Aunque ya habíamos tenido una materia con ella en el semestre
anterior, esta asignatura era nueva, así que me iba a tocar esforzarme. Mis
notas del semestre anterior —las que ya nos habían dado, al menos— no
habían sido malas, pero sentía que podía hacerlo mucho mejor.
Al salir de clase, todos mis amigos se fueron al bar para aprovechar el
descanso de media hora que teníamos antes de la siguiente clase, como
siempre. Yo me entretuve un poco más, porque tenía que ir a secretaría a
preguntar una cosa sobre mis asignaturas, y fue cuando estaba yendo hacia
la salida de la facultad que Leo aprovechó para acercarse. Tenía cara de no
haber dormido, y por un segundo casi sentí lástima por él, pero luego
recordé lo que me había hecho y se me pasó tan rápido como había venido.
—Tenemos que hablar —dijo.
—Sí, estaría bien. —Me crucé de brazos y lo miré—. Adelante, habla.
Él suspiró y miró al suelo, como si estuviera ensayando lo que iba a decir.
Pasó casi un minuto y yo ya estaba a punto de irme, pero entonces habló.
—Lo siento mucho —empezó—. Ya sé que lo he dicho mil veces, pero es la
verdad. La lié, y no sé cómo arreglarlo. No quiero perderte, y no quise
hacerte daño, pero estaba borracho y no pensaba con claridad. Me puse
celoso porque te besaste con Gabriel, y ya sabes que es un tema que me
duele porque…
Ahí fue cuando lo interrumpí.
—Como vuelvas a poner la excusa de que te pusieron los cuernos y ya no
confías en nadie, te prometo que me voy, y no volverás a tener la
oportunidad de explicarte —le aseguré.
Tragó saliva.
—Pero es que es la verdad...
—Pues mira, ahora eres tú la persona que le ha puesto los cuernos a
alguien, ¿estás orgulloso? —estallé, cansada de su discurso de mierda—.
Ahora eres tú el que ha hecho que me vaya a costar confiar en los demás.
Pero, ¿sabes qué? Que yo lo intentaré, y si tengo problemas para confiar en
alguien no pondré la excusa de que un gilipollas con el que salía se tiró a
otra delante de mí, porque ese es mi problema, y no el de la persona con la
que esté. Y no sé qué dices de que quieres arreglarlo, si ya no hay nada que
arreglar, y de que no quieres perderme, teniendo en cuenta que ya me has
perdido.
—Pero… —intentó hablar, pero yo ya había tenido suficiente.
—”Pero” nada —espeté—. Se acabó, Leo. La cagaste a lo grande, e igual
deberías pararte a pensar en qué cojones te pasa por la cabeza en vez de ir
poniendo excusas.
No le dejé decir nada más, y me fui. No sabía ni cómo había podido pensar
que esa conversación tenía alguna posibilidad de salir bien, y estaba
molesta, mucho. Decidí irme a dar una vuelta para calmarme, en vez de ir al
bar, porque no tenía ganas de contestar a las preguntas que caerían si me
presentaba allí con cara de pocos amigos.
Volví justo a tiempo para la clase de dibujo. Seguía cabreada, pero el paseo
me había ido bien para despejarme. Me senté en una de las dos mesas largas
que había en el aula de dibujo, al lado de Marian, que sacaba sus lápices
distraídamente.
—Anda, la desaparecida —dijo en cuanto reparó en mi presencia—. ¿Cómo
es que no has venido al bar?
—Me he ido a dar una vuelta —contesté. Di una rápida mirada al aula para
ver si Leo estaba allí y, cuando vi que no, probablemente porque le habría
dado otra de sus rabietas después de nuestra conversación, continué—. Leo
ha venido a hablarme y he terminado mandándolo a la mierda, así que
necesitaba caminar un rato.
—Menudo imbécil —murmuró.
Delante de nosotras estaban Natalia y Gabriel, que hablaban sobre algo
mientras la pelirroja garabateaba en su libreta. El rubio levantó la mirada y
me dio una pequeña sonrisa, que le devolví.
—Buenos días —dijo el profesor, entrando en el aula y tirando su mochila
encima de la mesa—. Siento llegar tarde, es que la impresora se ha vuelto a
estropear y tenía que imprimir el enunciado del ejercicio que empezaremos
este semestre.
Dicho esto, sacó dos montones de hojas, y puso uno de ellos en cada mesa
para que fuéramos cogiendo uno para cada alumno. Alargué la mano para
coger un papel, sin reparar en que Gabriel había hecho lo mismo y, cuando
nuestras manos se rozaron, volví a sentirlo.
Esa sensación de adrenalina recorriendo todo mi cuerpo, esa anticipación
que solía sentir cuando lo tocaba, había vuelto.
21
—Esto es una mierda —murmuré para mí misma mientras revisaba todo lo
que había estado haciendo durante las últimas dos horas.
Hojas y hojas de bocetos, la gran mayoría inacabados, que había hecho
usando imágenes de internet como referente. El profesor de dibujo me había
comentado, un par de días atrás, que me faltaba trabajo sobre el bloque del
cuerpo, así que eso es lo que estaba intentando hacer ese día. Había
empezado en la biblioteca, pero me había cansado y había trasladado mis
intentos de dibujar algo decente a la azotea de la facultad, esperando que el
buen día que hacía me inspirara un poco, cosa que no había funcionado en
absoluto.
Levanté la vista. No había ni una sola nube en el cielo y, pese al frío que
había hecho en los días anteriores —nada raro si tenemos en cuenta que
estábamos a mediados de marzo—, el sol daba un calor agradable y hacía
brillar la ciudad, que podía ver casi al completo al estar en la parte más alta
del edificio.
Respiré hondo y volví a intentarlo de nuevo, con una imagen de un cuerpo
masculino semidesnudo abierta en mi portátil. Plasmé las líneas del cuerpo
en el papel y, al terminar, volví a sentirme frustrada. Sí, había conseguido
un dibujo que se parecía mucho a la fotografía, pero ¿de qué me servía eso?
¿Qué gracia tenía? No quería estar copiando imágenes, quería crear las mías
propias, así que quizás usar una fotografía como referente no era la mejor
idea.
—No pareces muy contenta —comentó una voz a mi lado, y levanté la
cabeza para encontrarme a Gabriel mirando mi dibujo—. Pero está genial.
—¿Me estás siguiendo?
—Te puse un chip localizador en el zapato hace tiempo —respondió con
una sonrisa, y reí—. Llevo tres horas encerrado en el taller de foto, y casi se
me estaba olvidando de qué color es el cielo. Pero, en serio, no entiendo por
qué llevas esa cara, si el dibujo es muy bueno.
—Ya, pero para dibujar esto, casi que prefiero imprimir la foto y pegarla en
el cuaderno —contesté—. No tiene nada de especial. Le falta vida, le falta
gracia.
—Igual si pruebas con un vídeo se te abren más posibilidades —sugirió,
sentándose a mi lado, en el suelo.
Arrugué la nariz, poco convencida con la idea.
—No estoy segura —murmuré—. Cuando traían modelos a clase me salía
mucho mejor.
—Pues vas a necesitar un modelo.
Lo miré, con las cejas levantadas, y vi que me sonreía con diversión.
—¿Soy yo, o te estás ofreciendo para hacer ese trabajo?
—Es posible —contestó en un tono sugerente.
—¿Tiene usted experiencia como modelo? —pregunté, cruzándome de
brazos como si le estuviera haciendo una entrevista de trabajo.
—No, pero tengo experiencia estando desnudo.
Solté una carcajada.
—No sería desnudez completa.
—¿No? —preguntó, llevándose una mano al pecho—. Ah, pues ya no me
interesa.
—Y, ¿por qué iba a interesarte tanto estar desnudo conmigo? —Levanté una
ceja, con una sonrisa pícara.
Su única respuesta fue una carcajada, y se echó hacia atrás, apoyándose
contra la pared con los ojos cerrados. El sol iluminaba su cara, y hacía una
pequeña sombra en sus hoyuelos. Igual sí que me iría bien tenerlo como
modelo, porque parecía estar hecho para ser dibujado.
Cuando volvió a abrir los ojos, su mirada se encontró con la mía. Nos
quedamos callados, sin apartar la mirada como solíamos tener que hacer.
Estaba debatiéndome entre apartarme, decir algo para romper la tensión o
acercarme y besarlo de una vez, pero fue Silvia la que tomó la decisión por
mí al salir a la azotea abriendo la puerta como una bruta, con tanta fuerza
que el pomo rebotó contra la pared.
Me aparté de golpe, y Gabriel hizo lo mismo. Él carraspeó, y yo miré a
nuestra amiga, que nos miraba con una ceja levantada.
—Venga, va, que si le das un poco más fuerte igual rompes la pared —
bromeé.
—Haré como que no he visto nada —dijo.
—Y, ¿qué has visto, exactamente? —inquirí, divertida.
—¿Yo? —Se señaló a sí misma con el dedo índice, haciéndose la
confundida—. Nada de nada.
Gabriel y yo nos echamos a reír, pero no le dimos más importancia. No creo
que Silvia acabara de darse cuenta de la tensión extraña que había entre
nosotros, y menos teniendo en cuenta que Marian bromeaba sobre ello a
menudo.
—Y, ¿qué haces aquí? —le pregunté a mi amiga—. ¿Es que hoy os ha dado
a todos por perseguirme?
—Así de irresistible eres. —Me guiñó un ojo—. Pero he venido porque
Natalia me ha dicho que estabas en la azotea, y necesito consejo. Ya me va
bien que Gabriel esté aquí.
—¿Consejo? —Levanté una ceja.
Ella se sentó delante de nosotros.
—Este finde Marc y yo cumplimos cinco meses —empezó—. Quería
regalarle algo, pero por el poco tiempo que llevamos me parecía un poco
exagerado… así que he pensado que igual innovar en la cama podría estar
bien.
La miré con interés, instándola a continuar.
—Y nada, eso es todo —dijo—. No sé qué hacer. Se aceptan sugerencias.
—Podéis probar a hacerlo en otra pose que no sea el misionero —bromeé, y
ella rodó los ojos.
—Va, en serio.
—¿Habéis probado con juguetes? —pregunté, y ella hizo una mueca—.
¿No te molan? Hmm… Bueno, es que yo tampoco tengo mucha experiencia
en esto de innovar. He repetido pocas veces con el mismo tío, si no
contamos a Leo.
Ya hacía casi dos meses desde que había ocurrido lo de la fiesta con Leo,
así que hablaba de ello abiertamente, pero la verdad es que nuestra vida
sexual tampoco había sido nada extraordinario. Hablando de él, apenas
aparecía por clase, y creo que era porque por fin se había dado cuenta de
que esa carrera no era lo suyo, algo que yo ya había notado antes. Entre eso,
y el hecho de que la gente del grupo ya no lo quería ni ver por lo que había
pasado en la fiesta, tenía toda la pinta de que pronto ya no vendría más.
—Pero si estuvisteis bastante tiempo juntos —comentó ella.
—Si fueron como tres meses —le recordé—. ¿Y si pruebas con esposas?
Hay tíos a los que les gusta que los aten.
—No sé si a Marc le haría mucha gracia —respondió.
—Aceite —sugirió Gabriel, y las dos nos giramos hacia él.
—¿Aceite? —preguntó Silvia.
—Compra uno de esos aceites que venden en las sex shops, o un aceite
corporal de tiendas de cosmética —propuso él—. Hay algunos que huelen
muy bien, y sirven para muchas cosas.
—¿Le importaría a usted entrar en detalles? —pregunté, divertida.
Gabriel me sonrió antes de continuar.
—Podéis haceros masajes, o simplemente acariciaros —prosiguió—. Va
genial para disfrutar del cuerpo de la otra persona sin necesidad de que haya
contacto sexual directo. Y, para follar… Bueno, solo te diré que es una
pasada.
La imagen mental de Gabriel dándole al tema con el aceite envuelto me
encendió por completo, y tuve que resistir la tentación de mirarlo, porque
me habría puesto peor.
—Puede que pruebe eso —murmuró Silvia, dándole vueltas a la idea—.
Suena guay.
—Lo es —afirmó el rubio.
—Gracias —contestó ella, sonriendo—. Oye, ¿a qué hora era lo de Natalia
esta noche? Que lo dijo hace unos días y ya se me ha olvidado.
—Creo que a las nueve —respondí.
Esa noche, aprovechando que era viernes, íbamos a celebrar el cumpleaños
de Natalia, que había sido un par de días atrás, en su casa. Sus padres no
estaban, y el plan era cenar todos juntos, tomar algo y pasarlo bien en
general. Igual salíamos a alguna discoteca, pero a mí el plan de estar en su
casa me convencía más. En el último mes habíamos estado saliendo
bastante, y me apetecía algo más tranquilo.
A las nueve y cuarto —porque una nunca iba a superar sus problemas con la
puntualidad— estaba llamando al interfono de Natalia. Silvia me regañó por
la tardanza a través del telefonillo, y cuando me abrió subí los tres pisos
hasta su puerta, que estaba entreabierta.
—¡Aquí llega la tardona! —gritó Natalia, dándome un aplauso, e hice una
reverencia.
—Lo mejor para lo último, ya sabes —bromeé.
—De hecho, “lo último” es Marian, que todavía no ha aparecido —comentó
mientras yo dejaba una botella de ron en la nevera.
—Pero lo mejor sigo siendo yo —respondí en cuanto salí y fui hacia la
mesa.
—Oye, dame un poco de tu autoestima —dijo Silvia, y me reí.
Había tres sillas libres, pero me senté al lado de Gabriel, que se giró hacia
mí.
—Hola —me saludó con una sonrisa.
—Buenas noches —contesté con un refinamiento fingido, y soltó una
carcajada con voz grave que mandó un cosquilleo por todo mi cuerpo.
Debo admitir que esa noche iba algo encendida.
Marian llegó a los pocos minutos, y empezamos a cenar. Estábamos los de
siempre, excepto Leo, además de dos compañeros de clase con los que nos
habíamos empezado a llevar mucho en los últimos meses.
Después de pasarnos un buen rato comiendo y criticando todas las
asignaturas de la carrera —no se salvó ni una—, pusimos música y nos
trasladamos al salón. Conseguí sentarme en el sofá, mientras que algunos
tuvieron que ponerse en el suelo. Yo tenía un cubata en la mano desde hacía
poco, y la mayoría estaban tomando lo mismo, excepto Gabriel y Anna, que
se habían decidido por tomar cerveza. Sacamos un pastel que Anna había
preparado y Natalia sopló las velas en forma de diecinueve.
—¡Vamos a jugar a la botella! —propuso Marian cuando ya íbamos por el
segundo cubata y no quedaba ni rastro del pastel.
—Ni hablar —contesté, porque teniendo en cuenta cómo había salido la
última vez, iba a tardar un tiempo en volver a querer jugar.
—¿No tienes ganas de darme otro besito? —preguntó, haciendo un puchero
mientras se abrazaba a mí.
—Si tantas ganas tienes, solo tienes que pedirlo —dije, y me acerqué a ella
como si la fuera a besar, pero en el último momento cambié de dirección y
le mordí la mejilla, haciéndola gritar.
—¡Eres una bruta! —exclamó, dándome golpes en el pecho mientras yo me
moría de risa. Se frotó la zona donde la había mordido, y reemplazó su ceño
fruncido por una sonrisa antes de volver a hablar—. Yo sé a quién sí habrías
besado sin pensártelo dos veces.
—Ya estamos otra vez. —Rodé los ojos, pero no pude evitar sonreír con
diversión.
Ella soltó una risita malvada y se apartó de mí antes de ponerse a hablar con
Silvia de vete a saber qué. Miré a Gabriel, que me miraba con curiosidad, y
me dio una media sonrisa que le devolví.
Algo más tarde, Marc salió a fumar al balcón y decidí unirme a él,
sentándome en el suelo del balcón. Estuvimos hablando durante un buen
rato, y me sentí tentada a preguntarle sobre Marian porque, aunque no había
vuelto a hablar del tema con ella, me daba la sensación de que Marc le
seguía gustando. Aun así, no tardé en darme cuenta de que era una mala
idea, porque tampoco quería causar problemas entre ellos y Silvia. Cuando
el cigarro de Marc ya estaba en las últimas, se abrió la puerta del balcón y
apareció Gabriel.
—Qué calor hace ahí dentro —comentó antes de sentarse a mi lado, porque
la única silla del balcón estaba ocupada por Marc.
—Eso es que has bebido mucho —bromeé.
—Si solo voy por la tercera birra —respondió—. Me da a mí que tú has
bebido más.
—No me he acabado el segundo cubata —dije, encogiéndome de hombros.
—Creo que os haré un favor y os dejaré solos —murmuró Marc, y nos
guiñó un ojo antes de dejar la colilla en el cenicero de la mesa y entrar de
nuevo en el piso.
—Qué obsesionados están. —Reí, pero esta vez Gabriel no rio conmigo.
Se quedó callado, mirando al horizonte, y quise decir algo más pero parecía
pensativo, así que lo dejé hacer.
—Igual sería hora de parar —murmuró tras un largo silencio, y fruncí el
ceño.
—¿Parar de qué? —inquirí.
Él se giró para mirarme. De repente fui todavía más consciente de lo cerca
que estaba, de su rodilla rozando la mía y de nuestros hombros a escasos
centímetros de distancia.
—De fingir que no está pasando nada entre nosotros —contestó—. Nuestra
relación siempre ha sido así, Ari: bailamos uno alrededor del otro, sin
atrevernos a acercarnos por miedo a lo que pueda pasar.
—Y, ¿qué podría pasar? —pregunté en un murmuro, con ese sentimiento de
anticipación que me causaba su cercanía más intenso que nunca.
—No lo sabremos hasta que lo probemos, ¿no?
Y no quise esperar más. Ya llevaba demasiado tiempo esperando, y ni
siquiera sabía por qué. Me acerqué a él poco a poco, estudiando su
reacción, y cuando vi que su rostro también se acercaba al mío, acorté la
poca distancia que quedaba entre nuestros labios y lo besé.
Y fue como una explosión dentro de mí.
No tuvo nada que ver con ese beso que nos habíamos dado jugando a la
botella. Ese día yo había estado tensa, llena de inseguridad porque mi
entonces novio estaba al lado, pero en ese momento, a solas con él en el
balcón, sin nadie que nos viera, me dejé llevar. Mis manos fueron a su nuca
y acaricié su pelo mientras colaba mi lengua en su boca. Él puso una mano
en mi mejilla, se separó y me mordió el labio, haciéndome gemir.
—Joder —murmuró, mirándome con deseo—. Ven aquí.
Me cogió de la cintura y tiró de mí hacia él. Separé las piernas y me senté
en su regazo antes de volver a besarlo. Sus manos viajaron por mi cintura
hasta mi culo, y me pegó aún más contra él. Esta vez fui yo la que mordió
su labio, y él el que gimió. Bajé mis besos hacia su cuello, dejando otro
mordisco, y cuando lo escuché suspirar de placer estuve a punto de olvidar
que estábamos en un balcón que daba a la calle y que nuestros amigos
estaban a apenas unos metros de distancia.
El sonido de alguien acercándose al balcón me hizo reaccionar, y me aparté
rápidamente de Gabriel, con la respiración agitada. Anna apareció por la
puerta, y nos saludó distraídamente antes de apoyarse en la barandilla y
encenderse un cigarro. Miré a Gabriel, que apoyó la cabeza en la pared y
cerró los ojos antes de respirar hondo, seguramente odiando a Anna tanto
como yo, y mira que era una chica genial.
Cuando volvió a abrirlos y me miró, no pude evitar reírme, sintiéndome en
las nubes, y él sonrió.
22
Sus manos agarraban mi cintura con fuerza cuando me empujó contra la
pared. Las mías fueron a su espalda, apretándolo más contra mí, mientras
presionaba sus labios contra los míos. Abrí la boca para gemir por el leve
dolor que sentí por el impacto de mi espalda con la dura pared, y él
aprovechó para sumar la lengua al arriesgado juego que estaba teniendo
lugar en el laboratorio de fotografía, iluminados solo por la luz de seguridad
roja.
Llevaba días esperando ese momento. Volver a sentir su boca, sus manos
que no podían dejar de tocarme, y esa adrenalina que recorría todo mi
cuerpo.
Apenas tres horas antes, no tenía ni idea de que iba a ocurrir algo así.
Estaba en el bar jugando cartas con Natalia mientras nos comíamos un
bocadillo. Le había enseñado los dibujos que había hecho para trabajar el
bloque del cuerpo, ese que tenía que trabajar más, y contándole mis dudas
con respecto a lo que había dibujado. Había pasado todo el fin de semana
haciendo dibujos y dibujos, pero seguía sin convencerme. Ella me había
dado el mismo consejo: necesitaba un modelo. Incluso bromeó diciendo que
podría pedírselo a Gabriel, y tuve que morderme la lengua.
No es que no tuviera ganas de contarle lo que había pasado con Gabriel en
su fiesta, porque las tenía, pero había algo en ese secretismo, en el que no lo
supiera nadie, que lo hacía todo aún más divertido y excitante. Ese lunes
todavía no había hablado con él más allá de un saludo, aunque habíamos
tenido dos clases juntos, pero no sentía que hubiera habido ningún tipo de
tensión negativa… solo la tensión de siempre, pero intensificada. Y no sabía
si iba a aguantar toda la semana sin saltarle encima, la verdad.
—Por cierto, ¿sabes algo de Leo? —me preguntó justo después de haberme
pegado una paliza en un juego que le había enseñado su abuela y que yo
claramente no dominaba, por no decir que se me daba fatal.
—No —contesté distraídamente, mientras barajaba las cartas.
—La semana pasada apenas vino a clase, y hoy no ha venido.
—Se habrá hartado de la carrera. —Me encogí de hombros.
Ella se quedó en silencio unos segundos antes de volver a hablar.
—¿No has vuelto a hablar con él desde que lo dejasteis?
Levanté la vista, encontrándome con la pelirroja mirándome con curiosidad.
—No —dije, dejando el mazo de cartas en la mesa—. No quiero saber nada
más de él. Es un gilipollas, y su vida me da igual.
—Pues también es verdad. —Asintió con la cabeza, y sonreí.
La verdad es que ya apenas pensaba en Leo. Lo que me había hecho había
sido horrible, sí, pero que hubiera dejado de estar en mi vida no me había
afectado demasiado. De hecho, ahora que no tenía que darle explicaciones a
nadie, que no tenía que estar yendo con cuidado constantemente para que
no se enfadara, me sentía mucho más libre.
Una mochila salió volando hasta caer encima de la silla que había a mi lado,
y me giré para ver a Marian —que seguramente era la lanzadora— y a
Gabriel caminando hacia nosotras.
—Buenas tardes, señoras —nos saludó ella.
—¿Señoras? Pero si somos más jóvenes que tú —le recordé, porque tanto
ella como Gabriel tenían un año más que nosotras, y desde que lo había
descubierto se lo recordaba cada vez que podía, para molestar.
—Ni que fueran cuarenta años de diferencia —se quejó ella antes de volver
a coger la mochila que había tirado y sentarse en la silla.
Gabriel se sentó en el lado opuesto de la mesa lentamente, como si tuviera
todo el tiempo del mundo. Ya habíamos acabado las clases por ese día y no
teníamos trabajos ni exámenes, porque todavía nos quedaban más de dos
meses para terminar el curso. Es por eso que nos podíamos permitir estar
perdiendo el tiempo en el bar. Esa tarde yo no tenía Francés, y había dejado
de ir al gimnasio al dejarlo con Leo, tanto por no encontrármelo como
porque me estaba empezando a dar pereza ir, así que tenía tiempo.
—¿De dónde venís? —les preguntó Natalia.
—Este se ha ido a comprar una cámara, y lo he acompañado. —Marian
señaló a Gabriel—. Se ha dejado un pastón en una cámara que igual tiene
tres millones de años.
—No sabía yo que eras rico —bromeé, mirando al rubio.
—Hay tantas cosas que no sabéis de mí... —Levantó las cejas varias veces.
—¿De qué vas, de misterioso? —preguntó Marian.
—Es exactamente lo que soy. —Murmuró con diversión antes de sacar una
cámara diferente a la que usaba habitualmente, por lo que asumí que era la
que se acababa de comprar. Se la llevó a la cara, y me apuntó con el
objetivo—. Sonríe, Ariadna.
Adopté la expresión más seria que fui capaz de poner, y Gabriel soltó una
carcajada antes de apretar el disparador.
—Guapísima —comentó, en tono de broma.
—Como siempre. —Sonreí.
—Bueno, dejad de tiraros la caña y enséñame esos dibujos que te tienen tan
rayada —me dijo Marian.
—Era más como que Ari se tiraba la caña a sí misma —comentó Natalia.
Reí y abrí la carpeta con mis dibujos, que seguía sobre la mesa desde que se
los había enseñado a Natalia. Le estuve enseñando lo que había hecho
mientras Gabriel nos iba haciendo fotos. En un momento se fue a dar una
vuelta para hacer fotos, y apenas tardó quince minutos en volver.
—¿Quieres desgastar la cámara el primer día, o qué? —inquirió Marian
cuando el rubio volvió a sentarse con nosotras.
—No, pero quiero terminar este carrete, porque en un rato iré al laboratorio
de foto y así puedo ver cómo quedan las fotos con esta cámara —explicó él
—. ¿Queréis venir?
—Yo creo que paso —dijo Natalia justo antes de bostezar y echarse hacia
atrás en la silla—. Estoy hecha una basura.
—Yo me apunto —comenté, haciéndome la distraída, con la mirada fija en
mis dibujos.
Marian se quedó callada unos segundos. La miré, me miró, y luego miró a
Gabriel. Una sutil sonrisa divertida se dibujó en sus labios antes de que los
abriera para hablar.
—A mí no me da tiempo —dijo—. Haced vosotros.
Así que media hora más tarde, cuando Gabriel ya había terminado el
carrete, decidimos ir hacia el taller. Hicimos el camino en silencio. No
podía parar de darle vueltas a lo que había pasado el viernes anterior. Lo
miré cuando estábamos en el ascensor, y parecía pensativo. Sentía esa
expectación más fuerte que nunca, tanto que daba la sensación de que nos
íbamos a terminar ahogando en ese ascensor, de lo cargado que estaba el
ambiente.
Las puertas se abrieron, y fue como volver a la realidad de golpe. Salí hacia
el pasillo rápidamente, y Gabriel lo hizo con más calma, mirándome.
Necesitaba decir algo, porque cada segundo que pasábamos en silencio se
hacía más raro.
—¿Marian lo sabe? —pregunté casi sin pensar, y él levantó una ceja.
—¿Si sabe el qué?
—Lo que… —carraspeé—. Lo que pasó el viernes.
—No. —Acompañó su respuesta con un leve movimiento de cabeza.
—Oh, como antes nos ha mirado raro…
—Yo creo que sigue obsesionada con que hay algo entre nosotros… y tiene
toda la razón, pero no le he dicho nada.
—Oh, ¿tiene razón? —repuse, divertida.
—Lo del viernes decididamente fue algo —contestó él, con una media
sonrisa.
—Qué interesante…
—Interesante también es una buena forma de describirlo, sí —murmuró, sin
dejar de sonreír.
Solté una carcajada y seguimos caminando hacia el laboratorio en silencio.
Cuando entramos, nos encontramos a Helena, la profesora encargada del
taller de fotografía, rebuscando en unos cajones. Paró lo que estaba
haciendo en cuanto cerramos la puerta detrás de nosotros, y nos miró.
—Ay, hola, Gabriel —lo saludó, como si acabara de volver a la realidad, y
luego se dirigió a mí—. Tú eras… No me lo digas. Ana… ¿Adriana?
—Ariadna. —Sonreí—. Casi.
Helena era una persona curiosa. Siempre llevaba ropa ancha, que parecía de
lo más cómoda, y el pelo recogido en un característico moño descuidado,
del que sobresalían varios mechones. Sus ojos eran de un color marrón
oscuro, pero solía dar la sensación de que eran más claros, igual por la
profundidad de su mirada. Siempre parecía estar en otro sitio, mentalmente
hablando, pero era muy simpática, y se notaba que le gustaba lo que hacía.
—Ariadna, sí —contestó, riendo—. Tengo una reunión con el departamento
de fotografía, así que no sé cuándo volveré. Candela tampoco está, cosa rara
porque prácticamente vive aquí, así que en cuanto consiga encontrar los
papeles que estoy buscando, tenéis el taller para vosotros solos. Ya sabéis
cómo funciona todo, así que no creo que me necesitéis.
En realidad yo solo había estado una vez en el taller y no me acordaba de
casi nada, pero Gabriel venía a menudo, así que yo tampoco creía que
fuéramos a necesitar a Helena… y estaba encantada de saber que se iba. No
porque no me cayera bien, porque la mujer era genial, pero supongo que ya
entendéis a qué me refiero.
Tardó poco en encontrar lo que buscaba, y se despidió con rapidez antes de
desaparecer por la puerta. El taller quedó en silencio, y miré a Gabriel justo
antes de que él hablara.
—¿No te has planteado nunca comprarte una cámara analógica? —me
preguntó.
—No creo que tenga ojo para la fotografía —contesté, desviando mi
atención hacia las fotos de otros alumnos que había colgadas por el taller,
secándose—, pero me gusta revelar las fotos. Es divertido. Además, creo
que se podrían hacer cosas muy guays con la técnica de revelado. No sé,
mezclarlo con ilustración, poner capas encima del papel fotosensible para
que queden dibujos superpuestos a las fotos…
—Se puede hacer, sí —murmuró, seguramente dándole vueltas a la idea
mientras se apoyaba en una de las mesas—. Creo que hay láminas de estas
de plástico…
—Acetato.
—Eso.
—Podemos probar con eso… ¿Sabes dónde están?
Y Gabriel no tenía ni idea, así que me puse a rebuscar en los cajones. En la
gran mayoría solo había montones y montones de negativos, supongo que
de gente que se los había dejado por ahí, y me pregunté cómo podían hacer
eso.
Yo no solía hacer fotos, y menos con cámaras analógicas, pero recordaba
cuando era pequeña y, de vacaciones, mi tía Elvira siempre nos hacía fotos
con su cámara. En ese momento las cámaras digitales eran algo
relativamente nuevo y caro, así que usaba esa cámara de color gris y negro,
que no sabía ni qué marca era pero siempre me venía a la cabeza cuando
alguien mencionaba las analógicas. Esas fotos que hacía luego habían
pasado a estar en álbumes en mi casa, que miraba de vez en cuando con
Nina para reírnos, o cuando tenía un mal día y quería ver algo que me
hiciera recordar buenos momentos. Por eso me costaba entender que
alguien pudiera desprenderse de sus fotos tan fácilmente. Para mí, llevaban
consigo miles de recuerdos, aunque probablemente esos negativos fueran de
fotos que se habían hecho poco tiempo atrás.
—Aterriza. —La voz de Gabriel a pocos centímetros de mi oído me
sobresaltó, y él se echó a reír—. Te has quedado como un minuto entero
empanada mirando este cajón. ¿Has encontrado fotos sugerentes?
—No. —Negué con la cabeza, sonriendo—. Estaba pensando.
Cerré el cajón y, cuando fui a abrir el siguiente, la mano de Gabriel se
encontró con la mía, algo que me estaba dando cuenta de que tenían
tendencia a hacer, como si se atrajeran involuntariamente... pero, esta vez,
ninguno de los dos se apartó. Giré la cara hacia él, y me lo encontré tan, tan
cerca, que me fue imposible resistirme.
Eran pasadas las once cuando Gabriel se quedó dormido. Yo estaba echada
a su lado, físicamente agotada pero sin conseguir pegar ojo. Me levanté, tras
llevar un buen rato en vela, y fui al comedor. Ese fin de semana Amanda,
mi compañera con gato, se había quedado, aunque por suerte estaba fuera
cenando con sus amigos, porque como hubiera escuchado el ruido que
habíamos estado haciendo Gabriel y yo, me habría muerto de la vergüenza.
Kiwi estaba en el salón, durmiendo en una pose extraña y digna de un
contorsionista, pero en cuanto pasé por su lado para ir al balcón, se giró y
saltó del sofá para venir conmigo.
Teníamos una red puesta por encima de la barandilla del balcón, que no
quedaba demasiado bien a nivel estético, pero cumplía con su función de
evitar que Kiwi se lanzara al vacío, así que tampoco me quejaba de su
presencia. También había conseguido quitarle al gato la tentación de colarse
en casa de la vecina por el balcón, como Amanda me había contado que
había hecho una vez, poco después de que ella llegara al piso.
Me senté en una de las sillas del balcón y Kiwi se puso encima de la otra,
que estaba justo a mi lado y le ofrecía una ubicación inmejorable para
pedirme mimos. Acaricié al gato mientras miraba distraídamente a la
ciudad. Era un sábado por la noche, por lo que pese a ser tan tarde había
mucha gente. Había un grupo de amigas riendo, y me entraron ganas de
llamar a las mías para poder salir por ahí, pero la verdad era que estaba
cansada y no habría aguantado nada. Al ser finales de mayo, empezaba a
hacer calor, por lo que me apetecía mucho más salir a la calle, pero a la vez
me cansaba más rápido.
La noche anterior habíamos tenido una pequeña fiesta en el piso. Éramos
mis compañeros —Amanda, Lina y Dídac—, algunos amigos suyos, e
incluso Marian se había apuntado un rato. Lo curioso de esa noche había
sido que uno de los amigos de Dídac, un tal Edgar, había estado tirándome
la caña de una forma nada sutil, y yo no había sentido nada. Era un chaval
guapo, fuerte, simpático, y en cualquier otro momento de mi vida
seguramente me habría liado con él, pero por algún motivo el rubio no
paraba de aparecer en mi cabeza. Y sabía que no debía pillarme por él, que
el tema iba a acabar mal, pero no podía evitar ir cayendo cada vez más.
Suspiré, apoyando la cabeza en el respaldo de la silla. Kiwi debió de
tomárselo como una invitación para saltar a mi regazo, porque es lo que
hizo. Volví a acariciarlo y empecé a notar mis párpados muy pesados, así
que cogí al gato en brazos para entrar de nuevo en el piso. Lo dejé en el
sofá y fui hasta mi habitación. Miré a Gabriel, que dormía tranquilamente,
ajeno a todos mis pensamientos, y respiré hondo antes de echarme a su lado
para dormir.
A la mañana siguiente, Gabriel se despertó antes que yo. Cuando abrí los
ojos, estaba terminando de vestirse, y la mochila con sus cosas ya estaba
preparada encima de la silla de mi escritorio.
—¿No te quedas ni a desayunar? —le pregunté, todavía medio dormida.
—No puedo —respondió, negando con la cabeza.
Pensaba que iba a añadir algo más, pero no fue así. Se abrochó los
pantalones y apartó su mochila de la silla para sentarse y empezar a ponerse
los calcetines.
—Oh, vale —murmuré, fingiendo desinterés.
En cuanto estuvo listo, se despidió rápidamente para irse, dejándome sola
con el gato, que era el único ser despierto en ese piso un domingo a las
nueve de la mañana, y con el montón de dudas que tenía, que no parecían
tener intención de evaporarse de forma natural, como habría deseado que
hicieran.
Salí del trabajo pasadas las diez, después de haber estado ocho horas
saludando e informando enérgicamente a las personas que iban pasando por
el mostrador de la entrada del gimnasio, pese a que estaba muy cansada. Lo
único que me apetecía era llegar a casa, encerrarme en mi habitación y
dormir, aunque antes de poder hacer esto último iba a tener que invertir un
buen rato en terminar algunas de las ilustraciones que quería presentar para
la beca.
Aun así, parece que mis compañeros de piso tenían otro plan, porque ya
pude escuchar la música y las voces dentro de casa incluso antes de abrir la
puerta. Respiré hondo, sin tener ningún tipo de ganas de socializar, y entré
en el piso.
—¡Pero si es la rubia desaparecida! —exclamó Dídac antes de venir a
abrazarme.
—¿No podéis estar ni un fin de semana sin mí? —bromeé, intentando sonar
animada, aunque lo que realmente me hubiera gustado decir es “estoy
agotada, ya hablaremos mañana, cuando mi cerebro vuelva a funcionar con
normalidad”.
—Se hace difícil, no te lo negaré —contestó, haciéndose el afligido.
Cuando crucé del recibidor al salón, vi que había incluso más gente de la
que pensaba. Tampoco eran tantos, igual diez en total, pero había tenido la
esperanza de que fuera solo una cena de Dídac con un par de amigos suyos
y pensaran irse después de cenar, aunque estaba claro que no iba a ser así.
Reconocí a amigos tanto de Dídac como de Amanda, y Lina no parecía
estar por ningún lado, lo que me llevó a recordar que me había comentado
que no iba a estar en todo el mes, porque volvía al pueblo de sus padres.
Saludé a toda la gente que había repartida entre la mesa del comedor y el
sofá. Ya conocía a la mayoría, ya que habían estado en alguna que otra
fiesta que habíamos hecho en el piso. Era por eso que sabía que esa noche
iba a ser larga, y no tenía ganas de fiesta, solo quería dormir.
—Estoy muerta —le dije a Amanda, que llevaba a Kiwi en sus brazos,
cuando me la encontré en la entrada del pasillo que daba a las habitaciones
—. ¿Podéis intentar no hacer mucho ruido?
—Claro —contestó, pero tenía mis dudas de que lo fueran a cumplir.
Le di una sonrisa cansada y me fui a mi habitación, que por suerte no
quedaba justo al lado del salón. Cerré la puerta detrás de mí y respiré
hondo. El caballete en una de las esquinas de la habitación parecía estar
mirándome, esperanzado, y sabía que me tocaba trabajar un buen rato antes
de poder irme a dormir.
Lo intenté, de verdad que lo intenté, pero estaban haciendo demasiado
ruido. Salí un par de veces a pedirles que bajaran el volumen, porque
aunque fuera julio era un lunes, pero no sirvió de nada porque al cabo de
cinco minutos volvían a estar igual. No me podía concentrar. Llegó un
punto en el que estaba tan frustrada que tuve que hacer un esfuerzo enorme
para no ir al salón y ponerme a gritar como una histérica. Intenté ponerme
música, pero los golpes y saltos que daban se notaban igual, porque las
paredes y el suelo parecían vibrar.
Hacia la una de la mañana desistí, porque la presión que tenía en el pecho
fruto del agobio estaba empezando a darme problemas para respirar. Decidí
ir a dar una vuelta, porque igual así conseguía despejarme un poco, pero
entonces escuché ruidos por el pasillo, y la puerta de mi habitación se abrió
de golpe. Uno de los amigos de Dídac, Edgar, que había intentado algo
conmigo la última vez que habíamos hecho una fiesta en casa, apareció por
la puerta con un cubata en la mano.
—Uy, esto no es el baño —murmuró.
Levanté una ceja. Como si supiera perfectamente dónde estaba el baño,
teniendo en cuenta que había estado varias veces en el piso.
—El baño está al final del pasillo —comenté, sin hacerle demasiado caso.
—Oh, vale —contestó, y pensaba que se iría, pero siguió hablando—.
¿Cómo es que no te unes a la fiesta?
—Estoy cansada, y tengo trabajo que hacer —respondí con sequedad.
No me gustaba hablar así, pero en mi defensa diré que llevaba más de dos
horas intentando trabajar y no había podido por culpa del ruido que estaban
haciendo con su estúpida fiesta, así que estaba de bastante mal humor.
—Vale, vale —dijo, levantando las manos como pidiendo que me calmara,
pero al parecer había olvidado que llevaba un cubata en la mano, porque
con el gesto el contenido del vaso cayó… justo encima de algunos de mis
proyectos.
Y ahí sí que estallé.
—Pero, ¡¿qué haces?! —grité, levantándome del taburete de golpe y
corriendo hacia los proyectos.
—Joder, lo siento.
Siguió hablando, pero ni siquiera escuché el resto de su disculpa,
justificación o lo que fuera que estuviera diciendo, porque solo podía pensar
en el proyecto sobre el que había caído la bebida. Era el proyecto sobre el
cuerpo en el que había dibujado a Gabriel desnudo.
—Mierda, mierda… —murmuré para mí misma mientras intentaba separar
las hojas.
Una de las hojas se rompió en mis manos cuando intenté separarla, y sentí
como si mi corazón dejara de latir de golpe. Esa era mi ilustración favorita,
la que había hecho cuando él solo llevaba la ropa interior, justo antes de que
lo hiciéramos por primera vez. Los ojos se me llenaron de lágrimas, pero
me concentré en intentar salvar el resto.
—Bueno, al menos solo han sido algunos dibujos… —empezó Edgar, y lo
miré con la que estaba segura de que era una expresión que daba incluso
miedo.
—Fuera de aquí.
—Oye, no hace falta que te pongas así…
—¡He dicho fuera! —grité, al borde del llanto, y él se fue tan rápido que
habría sido gracioso si no hubiera estado tan enfadada.
Cerré la puerta y me dediqué a colgar los dibujos mojados en las cuerdas
que tenía para poner a secar las pinturas mientras aguantaba las ganas de
llorar. Algunos de ellos se podían salvar, pero la mayoría estaban
prácticamente rotos, o la tinta se había difuminado.
Con la respiración agitada y un nudo en la garganta, empecé a recordar el
día en que hice esos dibujos con Gabriel como modelo, lo contenta que
estuve después, al terminar los detalles, las veces que iba con él a la azotea
de la facultad, el chocolate con naranja, el pad thai… esos dibujos, de
alguna forma, eran todo lo que me quedaba de él, de los buenos recuerdos,
y ahora Gabriel no estaba, y esos dibujos tampoco.
Me senté en la cama, escondí la cara entre mis manos y me permití llorar
libremente, sacarme algo de ansiedad de encima… pero la maldita música
seguía sonando a todo volumen, y ni siquiera podía permitirme llorar con
tranquilidad. Cogí el móvil del escritorio y le mandé un mensaje a Marian.
Ari: ¿Estás despierta?
No tenía ninguna esperanza de que lo estuviera, teniendo en cuenta que
llevaba una semana de fiesta y, ahora que estaba en casa, seguramente
estaría recuperando horas de sueño. Es por eso que me sorprendí cuando vi
que pasaba de estar desconectada a estar en línea.
Marian: Pues claro
Marian: Dormir es para débiles
Marian: ¿Qué pasa? ¿Todo bien?
Suspiré antes de contestar.
Ari: No, están haciendo una fiesta en el piso y no puedo dormir
Ari: Además de que un imbécil se ha cargado mis dibujos, creo que voy a
matar a alguien
No respondió con un mensaje, optó por llamarme directamente. Le resumí
lo que había pasado, y me dijo que podía ir a dormir a su casa. Era una hora
de mierda para coger cualquier tipo de transporte público, e ir caminando
no era una buena opción en absoluto, pero necesitaba dormir con urgencia y
estaba segura de que en ese piso no podría hacerlo, así que acepté su oferta
y decidí pedir un taxi.
Cogí ropa de recambio, las llaves y la cartera, cerré mi habitación con llave
para evitar más desgracias, y pasé por el salón sin ni siquiera despedirme de
nadie antes de salir por la puerta.
Llegué a casa de Marian pasadas las dos de la mañana, pero ella ni siquiera
parecía tener sueño. Sus padres estaban separados y vivía con su padre, que
al parecer tenía un sueño tan profundo que no teníamos ni que preocuparnos
por despertarlo, así que pudimos salir al balcón a charlar.
—Me he pegado una siesta de cuatro horas en cuanto hemos llegado, y
ahora ya no puedo dormir —me contó cuando le pregunté qué hacía
despierta a esas horas—. Estaba viendo Gossip Girl.
—Pero, ¿cuántas veces la has visto ya? —inquirí con una sonrisa divertida.
—Que yo recuerde, cuatro, pero puede que hayan sido más.
—Estás enferma.
—Estoy enamorada de Nate Archibald, que es diferente.
—¿No estás enamorada de Chuck Bass? —Levanté una ceja—. Todo el
mundo que la ve se enamora de él.
—Lo estaba hace años, pero la última vez que la vi me di cuenta de que era
un tío super tóxico. Es horrible esto de ver series viejas con una perspectiva
nueva, te arruina muchos personajes.
—Pues sí —murmuré, con la mirada perdida en las vistas que había desde
el balcón.
Y no es que fueran maravillosas, ni que se viera toda Barcelona, pero había
algo en las calles de mi ciudad que siempre había encontrado relajante.
—¿Me vas a explicar qué ha pasado exactamente? —me preguntó de
repente, y me giré hacia ella.
Respiré hondo.
—Es una tontería, en realidad…
—A ver, no lo es —me contradijo—, yo también me hubiera cabreado si
mis compañeros de piso hubieran decidido montar una fiesta sin previo
aviso, y encima un lunes, cuando tú trabajas entre semana.
—Ya, pero eso no es lo que más me ha enfadado —respondí—. Los dibujos
que ese tío se ha cargado… Eran los que hice usando a Gabriel como
modelo. Eran especiales para mí, supongo, y ahora ya no están. Solo se han
salvado tres o cuatro, y tenía más de diez. Incluso mi favorito se ha roto.
—Joder —dijo, pasando un brazo por mis hombros para acercarme a ella—.
Lo siento mucho. Tiene que haber sido difícil
—Igual no ha sido algo tan malo… Al fin y al cabo, tengo que dejarlo ir.
Quizás era una forma del mundo de decirme que me toca pasar página.
—¿No habéis hablado todavía? —me preguntó, y negué con la cabeza—.
Deberíais hacerlo, Ari.
—Él mismo dijo que no había nada que hablar.
—Porque es un cabezón, igual que tú.
—Da igual —respondí—. Quiero pasar lo que queda de verano tranquila,
sin tener que preocuparme por él. No sé ni qué haré, pero quiero pasarlo
bien y poder desconectar.
—Mi tía abuela Ingrid vive en el norte, en la montaña —comentó—. Es una
señora muy guay, hace unas galletas estupendas y siempre me está pidiendo
que la vaya a ver. Podemos irnos unos días tú y yo, si quieres. ¿Te van a dar
vacaciones en el trabajo?
—¿Vacaciones? —Levanté una ceja—. ¿Qué es eso, se come?
Ella se echó a reír.
—Pues un fin de semana, entonces.
—No me parece mal, no. Pero ahora quiero que me expliques qué está
pasando con Marc exactamente.
Marian suspiró.
—No lo sé —respondió—. Estuvimos hablando hace unos días, en el
camping, cuando todos dormían. Supongo que el alcohol nos puso sinceros.
Me dijo que se sentía atraído por mí, pero que no pensaba hacer nada al
respecto, y yo le dije que me pasaba lo mismo. Quedamos en que nos
olvidaríamos del tema, y la verdad es que pensaba que me costaría mucho,
pero no está siendo tan difícil. Al fin y al cabo, para mí el bienestar de
Silvia va mil veces por delante de mis sentimientos raros por Marc, y
también hay que decir que Nil ha ayudado.
—Así que Nil, ¿eh? —Sonreí—. Suerte que no era nada serio.
—Es que vive lejos —se quejó.
—Girona está a una hora en coche.
—Coche que no tengo —puntualizó.
—Pero él sí —contesté—, y también tienes el tren. Tú lo que estás haciendo
es ponerte excusas. Te mereces ser feliz y tener una relación en la que te
sientas cómoda, Marian.
—Es que no dejo de pensar… —Carraspeó—. No dejo de pensar en que no
me lo merezco, porque pillarte por el novio de una amiga es muy feo.
—No puedes controlar lo que sientes. Si te hubieras liado con él sería otro
tema, y eso sí que sería muy feo, pero no lo has hecho. Has puesto a Silvia
por delante, aunque te duela, y eso dice mucho de ti. Eres una tía muy guay,
y muy buena persona.
—Que me vas a hacer llorar, idiota —dijo, dándome un codazo, y me reí.
Nos fuimos a su habitación y nos pusimos a preparar un colchón hinchable,
que hacía un ruido de los mil demonios, pero ella me aseguró que su padre
tenía un sueño muy profundo.
Cuando estuvo todo listo, Marian se echó en su cama y yo en la hinchable.
Cerré los ojos, intentando quedarme dormida, pero al estar de nuevo en
silencio el agobio volvió. Cada vez que pensaba en mi dibujo favorito, ese
en el que salían el torso desnudo y la cara de Gabriel, roto por culpa de un
cubata, notaba un pinchazo en el pecho.
Aun así, el agotamiento fue más fuerte, porque ni siquiera me di cuenta
cuando me quedé dormida.
38
—Ya empezamos —gruñí para mí misma, poniendo las cosas en la mochila
a la máxima velocidad que mi cuerpo podía alcanzar—. Otra vez con lo
mismo…
Era el primer día de clases, y tenía toda la pinta de que iba a llegar tarde,
para variar. Mi época de llegar temprano a clase apenas había durado unas
semanas antes del final del anterior curso, y de verdad había pensado que
podría empezar el nuevo curso con buen pie, pero parecía que mi naturaleza
impuntual se había vuelto a imponer.
Salí de casa casi corriendo, con la mochila colgada del hombro de cualquier
manera. Hice un sprint hasta la parada del metro, y entré dentro cuando las
puertas se estaban cerrando. Me apoyé contra la pared, porque no quedaba
ni un solo asiento libre, y suspiré.
—Ya te vale, Ariadna —murmuré—. Siempre estás igual.
Un señor mayor me miró con una ceja levantada, y pude ver cómo sus
labios se curvaban sutilmente en una sonrisa. Bueno, al menos mis
estupideces le habían alegrado la mañana a alguien.
No sé si fue un milagro, obra de una deidad o una mera coincidencia, pero
conseguí llegar a clase antes que el profesor. La mayoría de la gente ya
estaba allí —excepto Natalia, pero tampoco me sorprendía demasiado—, y
fui a sentarme con Marian y Anna. Silvia estaba con otra chica de clase, y
su novio estaba con Gabriel. Intercambiamos una mirada rápida antes de
que yo me sentara, pero no dijimos nada, ni siquiera hubo un intento de
sonrisa o saludo.
No habíamos hablado en todo el verano. Marian, al final, se había cansado
de insistir en que hablara con él. Aun así, había tenido un buen verano,
dentro de lo que cabe teniendo en cuenta que lo había pasado trabajando.
Había ido un fin de semana con Marian a casa de su tía abuela Ingrid, que
resulta que sí hacía unas galletas deliciosas, y nos lo habíamos pasado
genial. También había ido bastante a la playa, alguna que otra mañana, y
había estado trabajando como una loca durante unos días para poder
entregar los proyectos para la beca. Todavía no había recibido respuesta,
aunque decían que se anunciaría a los beneficiarios a principios de enero, lo
que me tenía de los nervios.
—¿Has visto el grupo de WhatsApp? —me preguntó Anna en cuanto me
senté.
—¿Cuál? —pregunté, distraída, mientras sacaba la libreta y el estuche de la
mochila.
—El de clase.
—Ah, no.
—Hay una fiesta este viernes, en casa de Claudia.
Hice una mueca. La última fiesta en casa de Claudia había terminado
conmigo llorando, con los impulsos homicidas al máximo, porque Leo se
había enrollado con una chica en mi cara. No sabía si me apetecía
demasiado.
—¿Quién va? —pregunté.
—Pues casi todo el mundo, menos esta mujer. —Señaló a Marian.
—¿No vienes? —Hice un puchero.
—Vas a tener que sobrevivir sin mí, querida. —Se llevó una mano al pecho,
fingiendo aflicción—. Este viernes me voy a Girona a ver a Nil.
—O sea, ¿me estás abandonando por un polvo?
—Efectivamente.
Me eché a reír, y quería preguntar más, tanto sobre la fiesta como sobre
cómo le iba a Marian con Nil —aunque ya lo sabía bastante bien, porque
hablábamos prácticamente a diario y me tenía muy actualizada, pero lo de
irse a Girona parecía una decisión de ese mismo día—, pero entró el
profesor en el aula, y se hizo un silencio sepulcral. Al mirar en el horario ya
había visto que teníamos un profesor nuevo, que no nos había dado clase el
curso pasado, pero lo que no ponía en los documentos del curso era que ese
profesor era guapísimo.
—Creo que me acabo de enamorar —susurró Marian, y tuve que reprimir
una carcajada, porque se habría notado mucho al estar todo el mundo
callado.
Parecía que estábamos ante un caso colectivo del síndrome de Stendhal, ese
en el que te dan palpitaciones, te sube el ritmo cardíaco y te quedas
pasmado al ver algo extremadamente bello.
El momento se rompió cuando Natalia entró en clase, intentando hacerlo en
silencio, con cara de pánico. El profesor le dio una mirada de reproche —no
entiendo por qué, si él también había llegado tarde— mientras ella iba a
sentarse en el primer sitio libre que encontró. En cuanto nuestra amiga
pelirroja estuvo sentada, el profesor dio una palmada.
—Bueno, creo que ya estamos todos —comentó, pero entonces se abrió la
puerta y entró otro compañero de clase—... pues parece que estaba
equivocado.
El compañero parecía querer que la tierra lo tragara y lo escupiera en la otra
punta del mundo, lejos de la severa mirada del profesor. En cuanto localizó
un asiento libre, se desplazó hasta él a la velocidad de la luz.
El profesor empezó a hablar como si nada, introduciendo la asignatura, y yo
dividí mi atención entre tomar apuntes y observar las caras que seguían
teniendo algunas personas de la clase, como si estuvieran ante el mismísimo
Adonis.
—Decidido, dejo a Nil y lo intento con el profe —sentenció Marian al final
de la clase, cuando el profesor, que se había presentado como Oriol, ya se
había ido.
—Pero si tampoco es tan guapo —respondió Anna.
—A ti no te gustan los hombres, no puedes opinar —rebatió, y Anna sonrió.
—Como usted diga.
—Además de que es ilegal liarse con un profe —añadí.
—¿Es ilegal? —preguntó Marian, frunciendo el ceño.
—Al menos en la normativa de la universidad, está prohibido —contesté—.
No iríais a la cárcel ni a juicio, pero os expulsarían.
—¿Por qué la vida es tan injusta? —se quejó ella.
—A ver, tiene todo el sentido del mundo —dijo Anna—. Primero, porque si
te lías con un profesor que te está dando clase, puede subirte la nota, y eso
está prohibido. Y, además, te estás liando con alguien que, quieras o no, está
en una posición de poder sobre ti. Puede haber abusos muy fácilmente.
—No me expliques los motivos lógicos, Anna; tengo ganas de quejarme —
gruñó Marian.
—¿Vais a ir a la fiesta? —nos interrumpió una voz de repente, y nos
giramos para ver a Silvia apoyándose en mi mesa.
—Yo sí —respondió Anna—. Marian no, porque se va a ver al churri, y Ari
creo que no lo sabe.
—Seguramente sí —admití, porque tampoco quería quedarme en casa solo
porque la última fiesta en ese lugar hubiera salido mal.
—Así me gusta. —Nos mostró las palmas, y Anna y yo le chocamos una
mano cada una—. Tú muy mal, Marian. Parece que nos estés sustituyendo
por un pene.
—Es que es exactamente lo que estoy haciendo, no me escondo —
respondió ella, tan tranquila, y nos echamos a reír.
El día se me hizo bastante ameno, sobre todo porque, al ser el primer día,
solo había presentaciones de asignaturas, y terminamos saliendo antes de
casi todas las clases. Fui a desayunar con los de siempre, Gabriel incluido,
aunque mantuvimos nuestra dinámica de no dirigirnos la palabra. Sabía que
esa situación tenía que acabarse, y pronto, pero llegados a ese punto ya no
sabía cómo solucionarlo.
Al terminar la última clase, decidí irme al taller de pintura. Marian me
acompañó, porque me estaba contando sus planes para el fin de semana con
Nil, hasta que le dio por cambiar de tema.
—A ver si este viernes el alcohol os hace un favor a Gabriel y a ti, y habláis
de una vez —comentó como quien no quiere la cosa.
—Pues mira, por una vez te doy la razón.
Ella se giró hacia mí de golpe, llevándose una mano al pecho con sorpresa.
—¡¿Ariadna Dalmau me está dando la razón en algo?! —exclamó—. Me va
a dar algo. Creo que me está aumentando el ritmo cardíaco. Noto sudores,
creo que me voy a desmayar…
—Cállate ya —le pedí, riendo.
Ella también se echó a reír y me abrazó.
—Dejad de ser unos imbéciles —me dijo, aunque sonaba como una súplica
—. Hablando se entiende la gente.
—Que sí, mujer.
Se fue al poco rato, dejándome sola en el taller. La profesora no tardó en
aparecer con un vaso de café en la mano, y parecía contenta de verme.
Estuvimos hablando de la beca y de los proyectos que quería llevar a cabo
durante el curso, hasta que decidí ponerme a dibujar.
Me senté durante un buen rato delante de la hoja en blanco, sin saber muy
bien qué hacer, ni por dónde empezar. Entonces desvié la mirada hacia el
escenario que había en el aula, aquel en el que Gabriel había posado para mí
meses atrás, y fue como si mi mano empezara a dibujar sola. Las líneas que
iba trazando adquirían con rapidez la forma de un abdomen, unos hombros,
un cuello… no llegué a dibujar la cara; primero, porque habría sido un poco
raro y, segundo, porque no lo creía necesario.
Fue como el disparo de salida. Después de dibujar ese torso, cambié de
papel y empecé a dibujar un cuerpo femenino, sacado de mi imaginación, y
fueron viniendo más cuerpos, más caras de gente que no conocía, o que
igual había visto por la calle y me había quedado con su rostro en la cabeza.
Cerré los ojos, sintiendo por fin cómo todo volvía a fluir dentro de mí, y
cómo por fin era capaz de transmitirlo al papel, algo que me había estado
costando en las últimas semanas.
El viernes salí a las diez de trabajar, como todos los días, y Natalia ya me
estaba esperando con el coche delante del gimnasio. En teoría habíamos
quedado a las diez en casa de Claudia, pero íbamos a llegar a y media,
porque yo no podía salir antes.
En el coche también estaban Anna y Silvia. Marc y Gabriel, al parecer,
habían decidido ir en metro, así que los veríamos en la fiesta.
—Oye, Ari —dijo Sílvia mientras Natalia conducía por las abarrotadas
calles de Barcelona—. Me he fijado en que Gabriel y tú ya apenas habláis.
Lo noté cuando fuimos al camping y pensé que igual estaba paranoica, pero
he visto que esta semana habéis estado igual. ¿Os habéis peleado?
Me sentí tentada a contárselo todo, porque Marian era la única que estaba al
corriente de lo que habíamos tenido Gabriel y yo, además de que odiaba
mentirle a mis amigas, pero lo último que necesitaba en ese momento eran
más conversaciones sobre ese tema.
—No sé, supongo que ya no nos llevamos tanto como antes. —Me encogí
de hombros, como si no fuera nada—. Cosas que pasan.
Ella frunció el ceño, lo que me hizo ver que no estaba muy convencida con
mi respuesta, pero afortunadamente no preguntó nada más.
Mi móvil vibró en mi bolsillo y lo saqué para ver un mensaje de mi jefe que
me hizo suspirar, porque me preguntaba si podía cubrir el turno de una
compañera enferma al día siguiente, sábado, que era uno de mis dos días
libres, por la tarde. No tenía nada de ganas de hacerlo, porque empezaría a
las dos de la tarde y lo más probable era que fuera a tener resaca, pero el
dinero no me iría mal, así que acepté.
—Oh, no —dijo Natalia de repente—. Estamos acercándonos a la rotonda
de la muerte.
Levanté la vista del móvil y vi que, efectivamente, estábamos a punto de
entrar en la rotonda de Francesc Macià.
—Tú puedes, Nati —le dijo Anna, que ocupaba el asiento del copiloto, y le
dio un apretón reconfortante en la pierna—. Una rotonda demoníaca no
podrá contigo.
—¿Es ilegal hacer un cambio de sentido en medio de una de las calles más
transitadas de la ciudad para esquivar una rotonda? —preguntó la pelirroja,
y no supe hasta qué punto estaba bromeando, pero me reí de todos modos.
—Me gustaría pasar la noche bailando en el pedazo de casa de Claudia, no
en comisaría ni en el hospital, así que no, Natalia, no puedes hacerlo —
respondí, y ella hizo un puchero.
—Tú siempre cortándome las alas, Ariadna —se quejó, y volví a reír.
Por suerte, esta vez nuestro paso por la rotonda terminó sin incidentes, y
Natalia suspiró con alivio cuando volvimos a incorporarnos en la calle
principal. Seguimos recto, y en la siguiente rotonda empezamos a subir
hasta el barrio más caro de la ciudad, donde Claudia vivía. Justo antes de
desviarnos, vi un cartel que indicaba que estábamos al lado del Palacio de
Pedralbes, donde había ido con Gabriel la noche de la fatídica fiesta.
Empecé a ponerme nerviosa, porque ya asociaba esa casa con el drama y,
teniendo en cuenta la situación en la que estaba con Gabriel, esa noche
podía pasar cualquier cosa.
Apenas diez minutos más tarde ya estábamos aparcando, y salí del coche
poniéndome el jersey, porque estábamos a mediados de septiembre y
empezaba a refrescar por las noches.
Fue Marc quien nos abrió la puerta de la casa, con un vaso de cerveza en la
mano. Saludó a Silvia con un beso entusiasta, lo que nos hizo ver que no era
el primer vaso que se tomaba, y cuando Natalia carraspeó se apartó para
dejarnos entrar.
—Adelante, señoritas —dijo, haciendo una reverencia.
De forma inconsciente, en cuanto estuve dentro escaneé la multitud de
gente en busca de Gabriel, pero no lo vi hasta segundos más tarde, cuando
salió del cuarto de baño. Su mirada se encontró con la mía y la apartó, lo
que me hizo querer gruñir de frustración. Aun así, hice como si nada y fui a
dejar lo que habíamos traído en la cocina.
Dos horas más tarde, estaba bailando con Anna y Marc en el jardín. Silvia,
Natalia y Gabriel se estaban bañando en la piscina con más gente de la
clase. Yo había pasado de unirme a la idea porque, siendo lo poco previsora
que soy, había olvidado que había una piscina y la posibilidad de bañarse, y
había elegido ese día para llevar unas bragas de encaje que transparentaban
mucho, así que no tenía demasiadas ganas de quitarme la ropa.
Le di un sorbo a mi mojito antes de acercarme a Natalia, que se había
sentado en el bordillo de la piscina. Me descalcé antes de sentarme a su
lado, metiendo los pies en el agua. Dejé el vaso a mi lado, y pasé un brazo
por los hombros de la pelirroja.
—¿Ya te has cansado de nadar? —le pregunté.
—¿Y tú de bailar?
Sonreí.
—Llevo como una hora sin parar, ya no podía más.
Nos quedamos calladas, observando a la gente hablar y reír, tanto dentro
como fuera de la piscina. Corría un viento algo fresco, pero no se podía
decir que hiciera frío, era una sensación agradable. El jardín era grande y
seríamos unas treinta personas en la fiesta, la mayoría de las cuales
estábamos ocupando el jardín. La piscina era larga, Natalia y yo estábamos
sentadas en el bordillo de la parte honda mientras que el resto de gente
estaba en la parte poco profunda, así que no tenía que preocuparme por que
me mojaran. Estaba contenta de estar allí y, por una vez, la presencia de
Gabriel no me hacía sentir tensa. No había bebido tanto como para que se
me hubiera olvidado toda nuestra historia, no era eso, simplemente creo que
estaba empezando a normalizar esa situación, algo que tampoco me parecía
bueno.
—¿Qué hay entre Gabriel y tú? —me preguntó Natalia de repente—. O,
mejor dicho: ¿qué hubo?
Me giré hacia ella con las cejas levantadas, porque me había tomado por
sorpresa.
—¿Entre Gabriel y yo? —decidí intentar hacerme la tonta, pero por la
mirada que me dio, no salió demasiado bien.
—No he dicho nada antes, cuando Silvia ha sacado el tema, porque sabía
que te cerrarías en banda, pero se os nota —respondió—. Hace meses que
se os nota. Antes eran las miradas cómplices, como si supierais algo que el
resto no, pero ahora solo os miráis cuando el otro no se da cuenta, y os
evitáis a toda costa. Anna y Silvia también lo notan, o sea que no es que yo
esté loca… Y algo me dice que Marian lo sabe. Intenté hablar del tema con
ella, para ver si sabía algo, y se puso nerviosísima, me dijo que no sabía de
qué le hablaba. Más o menos como te has puesto tú cuando te lo he
preguntado. No sabéis mentir.
Me habría indignado, pero es que tenía toda la razón del mundo, así que
solo pude echarme a reír.
—Es complicado —dije, adoptando una actitud algo más seria—. Pasaron
cosas entre nosotros, sí, pero no salió bien.
—¿Por qué no salió bien?
—Pues… —empecé a pensar en los motivos, pero no tardé en recordar que
no había ninguno—. No sabría decirte muy bien por qué, la verdad.
Ella me miró con el ceño fruncido, esperando a que continuara.
—¿Eso es todo? —preguntó antes de rodar los ojos—. Ari, que nos
conocemos de hace tiempo, puedes hablarme de tus sentimientos y no me
meteré contigo.
Solté un suspiro.
—Está bien —cedí—. Puede que me pillara por él, y Gabriel no quería nada
serio.
—¿Eso te lo dijo él?
—Es la sensación que me daba. —Me encogí de hombros.
—Y… ¿os peleasteis?
—No.
—¿Tuvisteis una conversación fea?
—No.
—¿Decidisteis dejarlo así de la nada?
—Eh… no.
—¿Habéis hablado, al menos? —Abrí la boca para contestar, pero sabía que
venía una reprimenda, así que la volví a cerrar, y Natalia continuó—. Oh,
por favor, no me digas que ni siquiera habéis hablado.
—¡No es tan fácil! —me quejé—. ¿Qué quieres que haga, que me acerque a
él y le diga “mira, Gabriel, siento haberme portado como una cría, pero es
que me pillé de ti como una idiota y me cuesta reconocer estas cosas”?
—Pues no estaría mal, no.
—Además, Gabriel tiene novia —añadí.
—¿Gabriel tiene novia? —Natalia levantó una ceja—. ¿Desde cuándo?
—Desde verano, supongo.
—Pues a mí no me ha dicho nada, y mira que he hablado con él.
—Ya sabes que es muy reservado con su vida privada.
—Sí, pero no sé si hasta este punto… —empezó, pero entonces me vibró el
móvil y lo saqué para ver un mensaje de Marian que me hizo querer gritar
de frustración.
Marian: Habla con Gabriel. Ni siquiera estoy ahí, pero sé que no te habrás
atrevido, y él tampoco.
Así que le di un largo trago a mi mojito y me levanté, ante la mirada
perpleja de Natalia. Ya estaba harta de esa situación de mierda, y era hora
de hablar. Me daba igual si a Gabriel le parecía, como me había dicho en
verano, que no había nada que hablar: yo sí tenía cosas que decir, y me iba a
escuchar.
Caminé por la piscina hasta la zona donde estaba Gabriel, hablando con un
compañero de clase y, en cuanto su mirada encontró la mía, le hice un
movimiento de cabeza señalando una zona apartada del jardín. Él frunció el
ceño y volví a hacer el gesto. Pensaba que pasaría de mí, pero se excusó con
el chico con el que estaba hablando y salió de la piscina.
Caminamos a una distancia prudencial el uno del otro hacia la zona que le
había indicado, que tenía menos luz que el resto del jardín y no había nadie,
lo que era ideal para hablar.
Él se paró delante de un banco, pero se quedó de pie. Me miró, expectante,
y tuve que hacer un buen esfuerzo para dejar de mirar su torso mojado y
ponerme seria.
—Tenemos que hablar —comenté, porque era la única manera que se me
ocurría de empezar la conversación. Gabriel se limitó a asentir con la
cabeza, mientras me seguía mirando, y esperé unos segundos para ver si
decía algo, pero como no tenía pinta decidí seguir yo, aunque estaba tan
nerviosa que no sabía ni cómo expresar lo que sentía—. Se me dan muy mal
estas cosas… No sé por dónde empezar.
Pensé que me daría una contestación seca, como a las que nos teníamos
acostumbrados el uno al otro en las últimas semanas, pero suspiró.
—Yo tampoco sé por dónde empezar —admitió—, pero creo que estamos
siendo unos imbéciles.
—Tú fuiste el que empezó con los comentarios hirientes —me defendí de
forma instintiva, y quise darme una bofetada a mí misma en cuanto me di
cuenta de que acababa de empezar una discusión.
—¿Qué comentarios hirientes? —preguntó él—. Yo nunca te he dicho nada
fuera de lugar.
—Pero tratabas lo nuestro como si no fuera nada —dije, y sacudí la cabeza,
dándome cuenta de que estaba siendo patética—... Porque igual no era nada
para ti. Mira, da igual, lo entiendo. Nunca nos prometimos nada, pero me
tomé mal que yo sintiera más por ti que tú por mí, y eso no es culpa tuya.
Siento haberme puesto así, pero solo quiero que nos olvidemos de lo que
pasó y volvamos a llevarnos bien.
Él se pasó las manos por la cara, exasperado, y lo miré con las cejas
levantadas.
—Esto es alucinante —gruñó.
—¡Ya te he dicho que lo siento! —exclamé—. Me cuesta la vida pedir
perdón, Gabriel, así que hazme un favor y acepta mis disculpas, porque
estoy a punto de ponerme nerviosa de verdad. Además, ¡tú también tendrías
que disculparte! Dejaste de hablarme de la nada, empezaste a salir con
Anya…
—Y tú empezaste a estar con chicos de Tinder y también dejaste de
hablarme —puntualizó.
—¡Pero no era algo tan serio como una relación de pareja! —aclaré—.
Además, estaba asustada. Estaba empezando a sentir demasiadas cosas por
ti, me asusté…
—Ari, no estoy con Anya.
—... y cuando me asusto, hago estupideces, porque soy así. Lo estoy
tratando de arreglar con la psicóloga… —seguí hablando, hasta que procesé
lo que me acababa de decir—. Espera, ¿qué?
—Que no estoy con ella.
—¿Lo habéis dejado?
—Nunca he estado con ella. —Se calló unos instantes, y suspiró—. Yo
también hago estupideces cuando estoy asustado. Vi que habías asumido
que estaba con Anya… que, por cierto, no sé de dónde lo has sacado, y
cuando me preguntaste cómo me iba con ella me dije “¿sabes qué? Si eso es
lo que quiere creer, que lo crea”.
—Pero subió un story, y salías sin camiseta… —murmuré, todavía pasmada
ante su confesión.
—¿Desde cuándo es eso prueba de que estás saliendo con alguien? —
Levantó una ceja—. Quedé con ella, estábamos en su casa en plena ola de
calor, y me quité la camiseta porque estaba sudando mucho. Había más
gente, no estábamos solos.
—Pero ella solo subió una foto contigo… —proseguí, aunque me estaba
empezando a entrar una vergüenza horrible porque me sentía una auténtica
stalker.
—Supongo que porque le gusto —contestó tan tranquilamente—. No quiero
sonar cruel, pero no es mi culpa cómo otra persona me vea. A ella le gusto,
ella a mí no. Me cae genial, la quiero mucho, pero no me gusta de esa
manera. Además, hay que reconocer que estoy muy guapo sin camiseta.
Se me escapó una carcajada, y me crucé de brazos.
—¡No me hagas reír! —me quejé—. Estamos discutiendo.
—No estamos discutiendo, estamos hablando las cosas.
—Pero si eres tú el que está enfadado, que antes me has dicho “esto es
alucinante” con cara de mala leche —Intenté imitar su voz sin mucho éxito,
consiguiendo únicamente que Gabriel sonriera, divertido.
—Lo que me parece alucinante es que en tantos meses no te hayas dado
cuenta de lo mucho que me gustas —respondió, y parpadeé varias veces.
—¿Te gusto? —inquirí, porque no estaba segura de si lo había escuchado
bien.
—No solo me gustas, Ari, de hecho…
No pudo terminar la frase porque apareció Marc, no sé muy bien de dónde,
con otro chico de clase.
—¡Llevo siglos buscándoos! —exclamó, llevándose las manos a las
caderas, y luego sonrió con maldad—. No os estaríais liando, ¿no?
—¡Hay partido de fútbol! —dijo el otro chico, Oliver, dando una palmada
con entusiasmo—. Solo faltáis vosotros dos, así que venga, tirando.
—¿Partido de fútbol? —Levanté una ceja.
—Se ve que en la caseta había dos porterías guardadas, y como este jardín
es enorme, tenemos zona de sobra para hacer un partido —explicó Marc—.
Venga, vamos.
Al parecer no tenían ni la más mínima idea de que acababan de interrumpir
una conversación importante, porque Marc cogió a Gabriel —que gruñó,
pero se dejó hacer— del brazo para arrastrarlo hacia la zona donde iban a
hacer el partido, y Oliver me miró con una sonrisa.
—Está bien —murmuré, en contra de mi voluntad, porque nos habían
cortado la conversación en un momento crucial, y necesitaba saber qué más
tenía que decir el rubio.
39
Desperté con los músculos entumecidos, un dolor de cabeza martilleante y
en una habitación que no reconocía. Tardé varios segundos en recordar que
me había quedado a dormir en casa de Claudia, después de que el partido de
fútbol hubiera terminado a las cinco de la mañana y no me hubiera visto
con fuerzas de ir para casa. A mi lado, en la enorme cama doble, estaba
Natalia, emitiendo unos ronquidos suaves que me hicieron sonreír.
Estiré las extremidades, intentando deshacerme de la sensación de pesadez,
y gemí al notar mis músculos reactivarse.
Entonces me dio por mirar al móvil, y salté de la cama. Las doce y media.
Ese día entraba a trabajar a las dos para cubrir una baja, y tenía que ir a
casa, ducharme, cambiarme y, si quería sobrevivir, comer algo.
Agradecí no encontrarme demasiado mal por la resaca, que solo se había
manifestado con dolor de cabeza —había hecho bien en no beber
demasiado durante la fiesta— y, tras buscar mi ropa por el suelo y
ponérmela, salí prácticamente corriendo de la casa. No había nadie en el
salón, así que no me molesté en intentar buscar a alguien para despedirme,
me fui a toda velocidad hacia la parada de bus más cercana, por donde creía
recordar que pasaba uno que llevaba al centro, y de allí podía coger otro
hacia mi casa.
Estaba en el bus cuando, al haberme librado de las prisas y el estrés, toda la
conversación que había tenido con Gabriel horas atrás volvió a mi cabeza.
Mi intención había sido jugar el dichoso partido de fútbol —tengo que
reconocer que me lo había pasado bien, por eso— y retomar la
conversación con él, pero el partido se había alargado y yo había terminado
tan cansada que solo podía pensar en ir a dormir. No sabía si él también se
había quedado a dormir o se había ido a casa, porque cuando yo me había
ido a la cama Gabriel seguía en el jardín.
Me sentí tentada a dejarlo pasar y esperar a que fuera él quien me dijera
algo, pero no tardé en darme cuenta de que tenía que romper esa dinámica.
Para arreglar las cosas, iba a hacer falta un esfuerzo de mi parte… también
tengo que admitir que lo último que me había dicho esa madrugada me
había dejado de los nervios, y necesitaba saber más. Así que decidí dejar de
comerme la cabeza y mandarle un mensaje.
Ari: Tenemos que hablar
Ari: Ahora no porque tengo que ir a trabajar hasta las diez, pero si quieres
quedamos después… o mañana, como te vaya mejor
Ni siquiera recibió mis mensajes, por lo que asumí que estaría durmiendo.
Me cambié de autobús en el centro, y veinte minutos más tarde estaba en mi
piso. Me di la ducha más rápida de mi vida, me vestí con el uniforme del
trabajo, que venía a ser unos pantalones de chándal negros y una camiseta
blanca —gajes del oficio de recepcionista de gimnasio, podía ir en ropa
cómoda—, y después de comerme unos macarrones a toda velocidad, salí
de casa.
Gabriel seguía sin contestar cuando entré a trabajar. Tenía que dejar el
móvil en la taquilla donde dejábamos nuestras cosas, así que decidí
apagarlo, para evitar la tentación de ir escabulléndome del trabajo para
mirarlo, y empezó mi jornada laboral.
El último cliente salió a las diez menos cinco. Le di las buenas noches con
una sonrisa y cerré todas las pestañas del ordenador antes de apagarlo.
Recogí los papeles, bolígrafos y objetos varios que tenía por el mostrador, y
respiré hondo, aliviada. Las ocho horas se me habían hecho mucho más
largas de lo normal, y mira que, sorprendentemente, no estaba tan cansada
como cabría esperar, porque realmente había dormido bastante en casa de
Claudia.
—¡Adiós, Ari! —se despidió Álvaro, uno de los entrenadores personales
que salía del vestuario masculino, tras haberse cambiado, y por la ropa que
llevaba tenía toda la pinta de que se iba de fiesta.
—Adiós, ¡pásalo bien! —respondí.
—No te quepa duda. —Me guiñó un ojo, y sonreí.
Me fui despidiendo de la gente que salía de la zona de vestuarios mientras
yo entraba y, en cuanto cogí mi bolsa, me apresuré a sacar el móvil para
encenderlo. Salí del gimnasio mientras se encendía y, una vez estuve fuera,
introduje el pin con ansias.
—Uno te viene a buscar para hacer una escena bien romántica, y vas tú y
sales tan empanada con el móvil que ni siquiera me ves —comentó alguien
delante de mí, y cuando levanté la cabeza vi a Gabriel sonriendo con
diversión.
Llevaba una camisa azul marino de manga corta, con dos botones
desabrochados, y tenía cara de haber dormido bastante poco, pero me
entraron unas ganas horribles de saltarle encima y comerle la boca… claro
que, antes que nada, había que hablar. Malditas formalidades que me
impedían besarlo en ese mismo momento.
—Te faltan las flores y la limusina para hacer una escena romántica —
bromeé.
—El presupuesto solo me daba para pagar el billete de metro hasta aquí —
respondió, y solté una carcajada.
—Lo tomaremos como un romance moderno y realista, entonces.
Gabriel rio, y se acercó a mí.
—¿Quieres cenar pad thai?
—Esa es la propuesta más sexy que me han hecho en mucho tiempo —
respondí, mordiéndome el labio a modo de broma, pero el deseo que vi en
sus ojos cuando lo hice tenía pinta de ir muy en serio.
Apartó la mirada de mi boca y se aclaró la garganta antes de volver a hablar.
—Pues vamos, entonces.
Asentí con la cabeza y empezamos a caminar hacia donde fuera que me
estaba llevando. Yo me limité a seguirlo, en silencio, pensando en qué decir,
y fue él quien rompió el hielo.
—Quiero aclarar que lo del pad thai solo lo como cuando estoy contigo, no
es que mi alimentación se base exclusivamente en eso —comentó, y me
eché a reír.
—Y yo que pensaba que solo comías tailandés.
—Por sorprendente que pueda parecer, no. —Sonrió.
—¿Adónde me llevas? —inquirí.
—Según Google Maps, hay un tailandés por aquí, a unos cinco minutos —
dijo, mirando el mapa en su móvil—. No lo he probado, pero tiene buena
pinta.
—Me voy a tener que fiar. —Liberé un suspiro dramático, y Gabriel volvió
a sonreír.
Cada vez que sonreía aumentaban mis ganas de comerle la boca, y no
paraba de hacerlo, así que estaba empezando a sufrir.
Llegamos al restaurante poco después. Por suerte, había sitio de sobra, así
que pudimos sentarnos al fondo del restaurante, lejos del resto de gente que
estaba cenando, para poder hablar tranquilamente.
Hice como que miraba la carta que nos acababa de traer el camarero, pero
podía notar a Gabriel mirándome, y parecía divertido, seguramente porque
era consciente de que yo solo estaba haciendo ver que leía. Al final, terminé
rodando los ojos y dejando la carta sobre la mesa.
—Habrá que pedir antes de ponernos a hablar, ¿no? —sugerí.
—Pero si sabes que te pedirás los únicos pad thai que hay en la carta y un
agua con gas —contestó—. Siempre pides lo mismo.
Me quedé callada unos segundos antes de hablar.
—Pues mira tú por dónde, me iba a pedir una Coca-Cola —repliqué,
aunque era una mentira enorme, porque mi intención hasta ese entonces
había sido, efectivamente, pedirme un agua con gas.
Así que terminé pidiendo una Coca-Cola que no quería solo para no darle la
razón, junto con un bol de pad thai para cada uno y un agua para Gabriel.
—Creo que tenemos que hablar sobre lo de ayer —comenté en cuanto el
camarero se fue, tras habernos tomado nota.
—Para eso estamos aquí, ¿no? —Sonrió.
—Deja de reírte de mí, pesado —me quejé—. Te estoy intentando decir que
nos quedó una conversación pendiente.
—Yo creo que fui muy claro al decir que me gustas, y mucho.
—Pero si pensaba que no querías nada serio conmigo.
—Y yo pensaba que tú no querías nada serio conmigo —respondió.
—¿Por qué?
—Acababas de salir de una relación con un imbécil —me recordó.
—Y tú dijiste que no querías una relación —insistí.
—No quería una relación con nadie en ese momento, es verdad —contestó,
acomodándose en la silla—. Pero todo cambió cuando empecé a estar
contigo.
—¿A estar conmigo? —me reí, divertida por su elección de palabras.
—A follar contigo. —Volvió a sonreír.
—Esa palabra me gusta más. —Me mordí el labio y él volvió a enfocar su
mirada en mi boca, lo que me hizo querer saltarle encima… para variar—.
Entonces, ¿estás diciendo que quieres estar conmigo?
—Si tú quieres, claro que sí… Pero deberíamos aprender a comunicarnos.
—Estaría bien, sí… Igual deberíamos ir poco a poco. No quiero que la
caguemos por ir con prisas.
—¿Sabemos ir poco a poco? —Levantó una ceja.
—Aprenderemos.
Ni dos horas más tarde, cuando se suponía que teníamos que despedirnos e
irnos a casa, estábamos comiéndonos la boca en un callejón. Mis manos
viajaban por su pelo, mientras que las suyas no se cortaban al tocarme el
culo y la cintura.
—Esto no es ir poco a poco —comenté entre beso y beso.
Noté la sonrisa de Gabriel en mis labios.
—Me da igual —respondió antes de meterme la lengua en la boca.
Con ganas de llevarlo aún más allá, bajé una mano hacia el bulto que ya
llevaba un rato formado en sus pantalones, y presioné suavemente. Él
gimió, sin dejar de besarme, y sus manos apretaron mi culo con fuerza. Me
movió hasta meterme en la entrada de un portal. Eran pasadas las doce de la
noche y en ese callejón no había nadie, aunque podía pasar alguien en
cualquier momento, y eso solo hacía que me calentara más.
Sus besos bajaron a mi cuello en cuanto me tuvo apoyada contra la pared
del portal. Empecé a desabrochar sus pantalones casi con desesperación,
queriendo sentirlo después de tanto tiempo.
Le saqué la polla, que ya estaba dura y lista para mí, sin contemplaciones.
Él giró la cabeza para ver si venía alguien y, cuando volvió la mirada a mí,
me arrodillé delante de él. Me la metí en la boca y pude escucharlo suspirar.
Una de sus manos se enredó en mi pelo y acompañó los movimientos de mi
cabeza mientras le daba placer con la boca. Me dediqué a él un buen rato,
hasta que noté que se ponía incluso más dura de lo que ya estaba, lo que
indicaba que se estaba a punto de correr.
—Oh mierda, mierda —dijo justo antes de apartarse de golpe, y lo miré con
una ceja levantada.
Estaba a punto de decirle que ya debería saber que no me importaba que
terminara en mi boca, cuando escuché unos pasos acercándose a donde
estábamos. Gabriel se subió los pantalones rápidamente y yo me levanté,
intentando hacer como si nada.
Pasó un señor de la edad de mis padres, que nos dio una mirada sospechosa,
pero no dijo nada porque tampoco nos había pillado.
En cuanto los pasos del señor se alejaron, no pude evitar estallar en
carcajadas, y Gabriel rio conmigo antes de abrazarme. Escondió la cara en
mi cuello y dejó un beso en mi piel antes de hablar.
—Mi madre está en casa —murmuró, frustrado.
—Te diría de ir a mi piso, pero mis compañeros han montado otra fiesta —
respondí con fastidio.
Gabriel se separó del abrazo y se apoyó contra la pared de atrás.
—¿Y no has querido irte a la fiesta con ellos? Me lo podrías haber dicho, y
habríamos ido a cenar otro día.
—Estoy un poco harta de sus fiestas.
—¿Y eso?
Suspiré.
—Siempre están igual —contesté—. Una fiesta al mes estaría bien, pero es
que es cada fin de semana, viernes y sábado, e incluso algunos días entre
semana también montan fiestas. La mayoría de ellos tienen clases por la
tarde o empiezan como a las diez de la mañana, así que no tienen que
madrugar y les da igual irse a dormir tarde o hacer ruido. Yo me levanto a
las siete de la mañana, y hay días en los que no puedo con mi vida porque
no me han dejado dormir.
—¿Has probado a hablarlo con ellos?
—Sí, y me piden perdón, pero al cabo de dos días están igual. El otro día
incluso me lié a gritos con ellos a las dos de la mañana, y creo que ahora
soy la amargada oficial del piso.
—Qué pereza.
—Creo que me tendré que cambiar de piso —admití—. Hace un tiempo
hicieron una fiesta, un tío entró en mi habitación y se le cayó el cubata
encima de mis dibujos. De los que había hecho teniéndote como modelo.
Me cabreé tanto que casi lo apuñalo.
Él pasó un brazo por mis hombros, acercándome a él, y dejó un beso en mi
cabeza.
—Ya sabes que puedo posar para ti cuando quieras —me dijo, y cerré los
ojos, sintiéndome repentinamente relajada, no sé si por su tono de voz, por
su olor, o por su cercanía en general—. Te dije que se me daba bien estar
desnudo.
—Sí que se te da bien, sí —respondí, sonriendo—. Pero no me digas estas
cosas ahora, que nos hemos quedado a medias.
Él rio y se apartó un poco para poder mirarme.
—Quiero estar contigo de verdad. Y no por el sexo, que también, pero
porque me gustas mucho.
—Tú también me gustas mucho —respondí, acariciando su mejilla—. Y
tengo miedo, porque no quiero que esto salga mal, pero supongo que si no
lo intentamos nunca lo sabremos, ¿no?
—Yo también tenía miedo pero, ¿sabes qué? A la mierda el miedo. Llevo
pillado por ti desde que te pedí el lápiz el primer día de clases, sería un
imbécil si dejara pasar la oportunidad de estar contigo.
—Lápiz que, por cierto, todavía no me has devuelto —observé, tratando de
ignorar el hecho de que mi corazón había empezado a latir más rápido con
sus palabras.
—¿No me lo vas a regalar? —Hizo un puchero.
—Me lo pensaré —contesté antes de volver a besarlo.
Esa noche, volví a casa con una sonrisa en la cara por primera vez en
mucho tiempo. Poco me importaba la fiesta de mis compañeros de piso, o
cualquier otro problema que pudiera tener en ese momento. Todo parecía
estar volviendo a su sitio, y en el fondo me sentía un poco —muy— tonta
por haber estado tanto tiempo evitando hablar las cosas con Gabriel, pero el
dejar de ser tan testaruda era algo en lo que tenía que trabajar para que las
cosas con el rubio pudieran funcionar.
40
—”Ya he superado a Gabriel” —dijo Marian, haciendo una pésima
imitación de mi voz.
—”Ya no nos llevamos tanto como antes, cosas que pasan” —prosiguió
Silvia, poniendo voz de pito, y rodé los ojos.
—Basta ya —gruñí, pero no me hicieron ni caso.
—Yo creo que os lleváis bastante bien, teniendo en cuenta la comida de
morros que he presenciado esta mañana —añadió Anna.
Está bien, puede que nos hubieran pillado besándonos en la azotea pocas
horas antes, pero en mi defensa diré que no esperaba que fueran a aparecer
justo en ese momento.
—”Oh sí, Gabriel, dame más” —gimió Marian, haciendo movimientos
sexuales sobre la silla del bar.
—Oye, que yo no he dicho eso en ningún momento —me quejé.
—No, pero seguro que lo estabas pensando. —Natalia sonrió.
—¿Soy el único que no sabía nada sobre estos dos? —preguntó Marc.
—Sí —contestaron todas las chicas a la vez, y ahí sí que no pude evitar
echarme a reír.
La mesa entera se sumió en un silencio nada sutil en cuanto vieron a
Gabriel de lejos. Él se acercó con una ceja levantada —seguramente porque
todos lo estaban mirando—, y se sentó sin cambiar la expresión.
—¿Estabais hablando mal de mí, y por eso me miráis así? —inquirió.
—Te miramos porque eres muy guapo —bromeó Marian, y luego se tapó la
boca—. Oh, no, ahora ya no puedo decirte estas cosas, que tienes novia.
—Admitir lo evidente no es un crimen —respondió él, divertido.
—¿No le vas a dar un beso? —le preguntó Natalia, con una sonrisa
morbosa.
—Lleváis media hora molestándome porque nos habéis visto besarnos una
vez, así que habéis perdido ese privilegio —contesté, y Marian se cruzó de
brazos, haciéndose la enfadada.
No fue fácil conseguir que dejaran el tema, pero terminaron por cansarse de
meterse con nosotros y la conversación empezó a girar en torno al profesor
guapo. Marian estaba perdidamente enamorada de él, y poco le importaba
que fuera un tío bastante borde.
La gente se empezó a ir poco a poco, hasta que solo quedamos Marian,
Anna, Gabriel y yo, que decidimos comer en el bar. Anna entraba a trabajar
en poco rato, así que le iba mejor eso que pasar por casa, y yo estaba
disfrutando del día libre que me habían dado por haber cubierto el turno del
sábado. Mi plan era ir al taller de pintura, y Gabriel quería ir al de foto, así
que nos volveríamos a encontrar al salir.
Marian estuvo conmigo un rato en el taller de pintura, mirando lo que
dibujaba y haciendo un par de bocetos antes de declarar que se había
aburrido e irse. En el aula había un par de alumnos pintando, y la profesora
miraba algo en su portátil, sentada en el escritorio que le pertenecía como
encargada del taller.
Pasé algo más de una hora haciendo esbozos que no terminaban de
convencerme. Cuando saqué la última hoja que había pegado en el
caballete, solté un suspiro. Estaba bloqueada pero, por suerte, conocía un
buen remedio para eso.
Me levanté, recogí mis cosas —planeaba volver más tarde, pero no quería
que nadie me robara nada— y me despedí de la profesora antes de salir del
aula. Subí dos pisos por las escaleras, hasta llegar al taller de fotografía.
La puerta estaba entreabierta, así que no me molesté en llamar y entré. Vi a
Candela organizando uno de los cajones donde guardaban los negativos, y
me acerqué a ella.
—Hola, Ari —me saludó, levantando la mirada hacia mí con una sonrisa—.
¿Vas a quedarte?
—Un rato, sí. ¿Por?
—Gabriel ha ido a imprimir no sé qué y, teniendo en cuenta cómo es, vete a
saber cuándo vuelve —me explicó—. Tengo que llevar una cámara a
limpiar a una tienda de fotografía, y no quiero dejar el taller solo.
—Ah, pues me quedo yo a esperar que Gabriel vuelva, no te preocupes —
respondí, con una sonrisa amable, aunque por dentro estaba teniendo ideas
nada puras.
—Genial, ¡gracias!
Se levantó, dejando el cajón a medio ordenar, cogió una bolsa en la que
asumí que estaba la cámara que me había comentado, y rebuscó por las
mesas hasta encontrar su bolso. Se despidió rápidamente y se fue,
dejándome sola en el taller.
Saqué el móvil del bolsillo de mi pantalón, planteándome mandarle un
mensaje a Gabriel, pero decidí que ya aparecería, y me dediqué a dar
vueltas por el taller. Había muchas fotos colgadas, secándose, y sonreí al
reconocer a mis amigos en ellas. Eran fotos de cuando estuvieron de
acampada, la mayoría de ellas en la playa, excepto por algunas en las que
salía Marc en la parcela con sus fideos precocinados, enseñándolos con
orgullo, como si fuera un chef de renombre.
Entonces me fijé en una de las fotos, que no había visto al principio porque
estaba en la segunda fila. Nos reconocí a Marian y a mí, sentadas en una
roca en la playa, el día en que yo había llegado al sitio donde estaban
acampando. Me sorprendió, porque en esa época yo pensaba que Gabriel
había estado enfadado conmigo, pero esa foto era tan amable y tan bonita,
que me parecía imposible que la hubiera tomado alguien con sentimientos
negativos hacia mí. La luz era espectacular, parecía acariciar nuestras pieles
mientras hablábamos, ajenas a que teníamos un espectador.
—Es mi favorita —escuché la voz de Gabriel muy cerca de mí y me giré de
golpe, sobresaltada, para verlo mirándome con una sonrisa divertida—.
Debo admitir que me sentí un poco acosador al hacerla, pero es que la luz
era impresionante.
—La luz y yo —apunté.
—Y luego soy yo el que tiene un ego desmesurado.
Me reí, y rodeé sus hombros con mis brazos.
—Ahora te puedo saludar como se debe sin tener a todos esos cotillas
mirando —dije antes de besarlo.
Noté su sonrisa en mi boca justo antes de que me devolviera el beso. Lamió
mis labios, pidiéndome permiso para profundizarlo, y abrí la boca para
dejar paso a su lengua. Llevó sus manos a mi cintura, y las mías fueron a su
pelo para acariciarlo.
Entonces hizo un movimiento brusco para ponerme contra la pared, pero le
dio un golpe a las cuerdas de donde colgaban las fotografías y algunas se
cayeron. Se separó, con expresión de fastidio, y se arrodilló en el suelo para
recogerlas. Sonrió al ver una de ellas, y me la tendió para que la viera.
—Parece que me vayas a pedir matrimonio.
Él me miró con seriedad, y carraspeó antes de hablar.
—Ariadna Dalmau, estos tres días que llevo saliendo contigo han sido los
mejores de mi vida —dijo, y me eché a reír—. No tengo anillo porque soy
fotógrafo, lo que significa que es muy poco probable que pueda llegar a
permitirme un anillo a no ser que ahorre durante diez años, pero ¿quieres
casarte conmigo?
—Podrías haber traído un fideo de pad thai como anillo.
—Mierda, no lo había pensado. —Chasqueó la lengua—. Qué desastre de
pedida. No lo vuelvo a intentar nunca más.
—Con lo caras que son las bodas, podríamos irnos a dar la vuelta al mundo.
—Me lo apunto. —Sonrió antes de levantarse del suelo y volver a colgar las
fotos en su sitio. Luego descolgó la que iba a enseñarme en un principio—.
Mira, te quería enseñar esta.
No me había dado tiempo a verla cuando había estado mirando las fotos
minutos antes, pero era una en la que salía el culo de Marc en la playa en
primer plano, y el susodicho tenía la cara girada hacia la cámara, con una
sonrisa de satisfacción.
—Está muy orgulloso de su culo —comenté, divertida.
—Le va pidiendo a todo el mundo que se lo toque —añadió Gabriel, y reí
porque era cierto—. Siendo como es Silvia, uno pensaría que se tomaría
estas cosas mal, pero el otro día ella también me animó a que le tocara el
culo a su novio.
—Igual quieren hacer un trío contigo, y te intentan convencer con el culo de
Marc.
Él frunció el ceño, aunque no parecía disgustado, sino pensativo.
—No me follaría a Marc ni a Silvia, somos demasiado amigos.
—¿Te acostarías con un tío? —inquirí, con curiosidad.
—Claro, ¿por qué no? —Se encogió de hombros—. Siempre me ha dado
curiosidad. O sea, ahora que estoy contigo no, porque creo que quedamos
en estar solo nosotros dos… Porque quedamos así, ¿no?
—No lo concretamos, pero yo asumía que sí —respondí, divertida por su
expresión confusa.
—Vale, vale. —Asintió con la cabeza.
—¿Quieres tener una relación abierta? —sugerí, aunque no era lo que yo
deseaba, pero quería saber su opinión.
—Uf, no —contestó, pero luego me miró con precaución—. No es por
nada, entiendo y respeto a la gente que tiene relaciones abiertas, pero no son
para mí. Si tú quieres eso lo podemos hablar pero, por mí, no.
—No es lo que yo quiero, tampoco. Solo quería saber qué opinabas.
—Vale, aclarado —dijo antes de acercarse más a mí—. Ahora bésame, que
nos hemos quedado a medias.
—Bésame tú —rebatí, solo por el placer de llevarle la contraria.
—Qué tozuda eres —gruñó antes de presionar sus labios contra los míos.
Sonreí antes de morderle el labio, haciendo que gimiera. Besé su mejilla, su
mentón, hasta llegar al cuello, donde empecé a dejar besos húmedos y
pequeños mordiscos. La respiración de Gabriel se aceleró, y apretó su
agarre en mi cintura.
—¿A qué hora ha dicho Candela que volvía? —preguntó.
—No lo ha dicho —respondí, interrumpiendo mi atención en su cuello
durante apenas un par de segundos antes de volver a lo que estaba haciendo,
pero luego recordé algo—. ¿Helena no está?
Ya me había parecido extraño no ver a la profesora encargada del taller allí,
pero había olvidado preguntar por ella.
—Está de baja porque la tenían que operar de la pierna. Candela es la que
se encarga del taller hasta que vuelva.
—Mmm… Interesante —ronroneé, bajando las manos por su torso hasta
llegar a su cinturón.
—Aquí no —murmuró, separándose para cogerme de la mano y llevarme
hacia la primera cortina de entrada del laboratorio de revelado.
Cruzamos las dos cortinas, asegurándonos de dejarlas bien cerradas, porque
si se colaba luz exterior y había papel fotosensible dentro —que era lo más
probable— se arruinaría todo, y Candela nos cortaría la cabeza. La luz roja
del laboratorio nos recibió en cuanto la segunda cortina estuvo bien cerrada,
y Gabriel me dio una sonrisa antes de guiarme hacia una mesa que había al
fondo de la sala, lejos de todos los líquidos químicos necesarios para revelar
las fotos.
Me senté en la mesa, abriendo las piernas en una invitación silenciosa para
que se pusiera entre ellas. Lo hizo justo antes de volver a besarme. Sus
manos acariciaron mis piernas desnudas, y pararon justo donde empezaba
mi falda.
—Cada vez que te veo llevando falda me entran ganas de levantártela y
follarte en cualquier lugar —murmuró, a milímetros de mis labios.
Respondí mordiéndole el labio inferior, con algo más de fuerza de lo
normal, y él gimió, clavando las uñas en mi pierna. Aflojó la presión de su
mano, y la subió hasta llegar a la parte más alta de mis muslos, casi tocando
mi ropa interior. Noté mi pulso acelerarse y fue como si todas las
sensaciones de mi cuerpo se acumularan en mi punto más sensible, y eso
que ni siquiera lo había tocado.
Mi lengua seguía jugando con la suya cuando, tras lo que parecieron horas,
su pulgar acarició mi clítoris por encima de las bragas, haciendo que todo
mi cuerpo diera una sacudida.
—No aguanto más —dije, separándome de él para empezar a desabrochar
sus pantalones—. Lo quiero ya.
—Espera —musitó antes de dar media vuelta hacia la salida del laboratorio.
Me quedé ahí, abierta de piernas y con una ceja levantada, hasta que lo vi
entrar de nuevo. Había poca luz en el taller —aunque no me quejaba,
porque esa luz roja le daba un toque más erótico a todo—, pero aun así
pude distinguir el paquete cuadrado en su mano. El preservativo. Ni me
había acordado.
Seguramente él tenía tan pocas ganas de andarse con rodeos como yo,
porque en cuanto estuvo delante de mí me dio un corto beso, se bajó los
pantalones y se puso el preservativo. Por suerte, la mesa era alta —parecía
estar hecha para follar, la verdad—, así que solo tuvo que apartarme las
bragas para empezar a introducirse poco a poco dentro de mí.
Pasé las manos por debajo de su camiseta, acariciando su torso mientras
notaba cómo entraba, centímetro a centímetro. Mi boca se abrió, queriendo
gemir con fuerza, pero sabía que si me pasaba nos podrían escuchar desde
el pasillo, además de que Candela podía llegar en cualquier momento.
—Oh, joder —susurró Gabriel—. Llevaba meses muriéndome de ganas de
volver a estar dentro de ti.
—Más fuerte —le pedí, y me obedeció de inmediato. Mordí suavemente
uno de sus brazos para tapar mis gemidos, y eso solo pareció calentarlo
más, porque fue incluso más rápido—. Dios, sí, así. No pares.
Me bajó el top, dejando mis pechos al aire, y bajó la cabeza, parando sus
embestidas durante un momento, para lamerlos. Clavé mis uñas en su culo,
incitándolo a continuar, y volvió a besarme antes de retomar sus
movimientos.
—Prométeme que no volveremos a ser tan imbéciles —le pedí.
—Nunca más —respondió—. Te he echado tanto de menos…
—Y yo a ti —murmuré entre jadeos—. Te mentí, Gabriel.
—¿Qué? —preguntó, bajando el ritmo de sus embestidas, y lo miré a los
ojos.
—No solo me gustas —admití—. Te quiero. Ni siquiera sé desde cuándo,
pero te quiero. No te lo había dicho porque pensaba que era muy pronto y te
asustarías…
Estampó sus labios contra los míos, sin dejarme continuar, y empezó a
hacérmelo tan fuerte que mi espalda chocaba contra la pared. Su boca calló
mis gritos, y cuando estaba a punto de llorar de placer, paró.
—Ponte encima —me pidió, separándose—. Quiero ver cómo te mueves.
Sonreí, aunque esperaba una respuesta a lo que acababa de decirle. No
planeaba confesárselo tan pronto, pese a que era algo que llevaba tiempo
sintiendo, pero la intensidad del sexo había hecho que se me escapara, y
ahora me sentía nerviosa porque no me había contestado.
Él se apartó para dejarme bajar de la mesa, y ocupó mi lugar. Tuvo que
ayudarme a subirme, porque la mesa estaba alta, y me dejé caer sobre su
miembro en cuanto lo tuve bien colocado. Ambos gemimos y empecé a
moverme, lentamente al principio, pero fui subiendo de velocidad. Sus
manos acariciaban todas las partes que estaban expuestas de mi cuerpo,
besaba mis pechos, mi cuello, mis labios de vez en cuando…
—Eres preciosa —dijo, apoyándose en la pared para mirarme—. Eres
preciosa, y me tienes enamorado como un idiota. Joder, Ari, te quiero…
Empecé a hacerlo más rápido porque me notaba cada vez más cerca, la
presión se acumulaba en mi zona más sensible y cada vez me costaba más
reprimir mis gemidos.
—Estoy a punto de llegar —jadeé.
—Córrete. Córrete para mí.
Y eso hice. Me tapé la boca con una mano para que no se escucharan mis
gritos, pero Gabriel me la quitó y la sustituyó por la suya. Mis movimientos
empezaron a descoordinarse pero él empezó a embestir hacia arriba,
prolongando mi orgasmo, hasta que noté cómo se contraía y se corría él
también, gimiendo en mi oído.
Me quedé abrazada a él al terminar. Acariciaba mi espalda mientras dejaba
algún que otro beso en mi cara y mi cuello, intentando recuperar la
respiración.
Pudimos estar así pocos minutos, porque escuchamos la puerta del taller
abrirse y nos separamos a toda velocidad. Gabriel se deshizo del condón,
tapándolo con un trozo del papel higiénico que por suerte había en el
laboratorio, antes de subirse los pantalones. Yo solo tuve que ponerme las
bragas y el top bien, y para cuando Candela entró en el laboratorio ya
estábamos en posición de revelar fotos, yo delante de la ampliadora y él
metiendo un trozo de papel de foto que se había encontrado por ahí en uno
de los líquidos.
—Así me gusta, que trabajéis —comentó Candela, ajena a todo lo que
acababa de pasar, antes de ponerse a cortar un negativo que tenía en una de
las mesas.
Giré la cabeza sutilmente hacia el rubio, que también me estaba mirando, y
sonreímos.
41
Inspiré con fuerza antes de soltar el aire lentamente por la boca, una técnica
que me había enseñado la psicóloga para controlar la ansiedad, pero en ese
momento no me estaba sirviendo de mucho.
—Eres una dramática, entra de una vez —la voz de Nina a través del móvil
me devolvió a la realidad.
—Me estoy preparando mentalmente —rebatí.
—Llevas diez minutos “preparándote mentalmente”, déjate de tonterías y
hazlo.
—No me presiones.
—Por Dios, Ariadna, me estás poniendo de los nervios incluso a mí —
gruñó, frustrada.
—Vale, vale, ya voy.
Introduje el nombre de usuario y la contraseña que me habían mandado por
mail un mes atrás. Presioné en “Entrar” y busqué la lista final de
beneficiarios de la beca, que habían subido hacía cinco minutos.
—¿Qué pone? —preguntó Nina.
—Ahora me estás poniendo nerviosa tú a mí —mascullé—. Se acaba de
descargar el PDF.
Abrí el archivo. La lista no era larga, apenas había diez nombres, y no me
costó encontrar “Ariadna Dalmau” entre ellos.
Me quedé parada unos segundos.
—¿Te la han dado? —insistió mi hermana.
La ignoré. Tuve que releer toda la información del archivo un par de veces,
para ver que no me estaba equivocando. No tenía pinta, el título decía
claramente “Beneficiarios de la Beca de Artes”.
—Sí —murmuré.
—¿Qué?
—Que me la han dado —respondí, todavía procesándolo, y luego la miré—.
Nina, ¡me han dado la beca!
Mi hermana soltó un grito de emoción.
—¡Lo sabía! —exclamó, entusiasmada—. ¿Ves como nadie te miente
cuando te dice que eres muy buena? ¡Eres la mejor!
—Tampoco te vengas arriba. —Reí.
—Cállate, déjame alegrarme por ti —me cortó, irritada, antes de recuperar
su tono entusiasta—. ¡Cuando vuelva lo celebramos!
—Pero si quedan meses —apunté.
—Da igual, no seas aguafiestas.
Terminamos la llamada poco después, lo que me permitió sentarme en el
sofá y asimilar lo que había pasado. Me habían dado la beca. Apenas me lo
podía creer.
Lo primero que hice fue llamar a Gabriel para darle la noticia. Me felicitó
mil veces, igual de contento que mi hermana, y me propuso ir a cenar esa
noche para celebrarlo. Luego lo dije por el grupo de mis amigos, y entre
felicitaciones Marian dijo que teníamos que ir a cenar esa noche.
Así que lo que iba a ser una cita de celebración se convirtió en una cena con
amigos, pero no me molestó en absoluto, y a Gabriel tampoco. El rubio se
dedicó a acariciar mi mano durante gran parte de la cena, y me miraba con
un orgullo que me hizo saber que estaba donde siempre había querido estar:
rodeada de gente que me quería de verdad.
42
—¡Mierda! —grité, apartando el pincel del lienzo.
Varias personas se giraron hacia mí, pero solo Carol se acercó.
—¿Qué te pasa ya? —preguntó.
—Acabo de joder el cuadro —murmuré, enfurruñada—. Me he pasado
poniendo pintura y míralo, chorrea por todos lados.
Igual “por todos lados” era una exageración, teniendo en cuenta que apenas
había una gota que se había deslizado casi hasta el final del cuadro, pero en
mi defensa diré que estaba muy frustrada.
Milagrosamente, con la ayuda de Carol conseguí arreglarlo, no sé ni cómo.
Era lo que más agradecía de estar en un taller con más gente. Sí, en el de
pintura de la uni también había más estudiantes, pero la dinámica era
diferente. Ahí estaba con más personas a las que les habían dado la beca,
nos animaban a colaborar entre nosotros, y estaba aprendiendo mucho.
—Mira, si ha venido tu novio el guapo —dijo Carol un buen rato después, y
me giré hacia la puerta para ver a Gabriel caminando hacia mí.
Miré la hora en mi móvil. Uy.
—Lo sien… —empecé.
—Ari, ya contábamos con que perderías la noción del tiempo y llegarías
tarde —me interrumpió, divertido—. He venido para sacarte del trance.
En exactamente trece minutos habíamos quedado con nuestros amigos en
casa de Marian para cenar. Teniendo en cuenta que mi atuendo consistía en
una camiseta blanca con más manchas de pintura que un cuadro de Pollock
y unos pantalones negros anchos a los que poco les quedaba para ir a
conjunto con la camiseta, tendría que pasar por casa a cambiarme, y una
ducha tampoco me iba a ir mal.
En resumen: que íbamos a llegar, como mínimo, una hora tarde.
Hacía ya un mes que tenía acceso al taller, y no había parado de dibujar y
pintar en ese tiempo. Combinarlo con los estudios había sido algo
complicado, y por suerte gracias al dinero de la beca, que me iba a dar para
sobrevivir unos meses, había podido dejar el trabajo, porque sino habría
terminado desquiciada.
Lo recogí todo corriendo y salimos del taller para ir hacia mi casa, que por
suerte quedaba relativamente cerca. Me duché a toda velocidad, me
maquillé un poco, y me puse un vestido que hizo que a Gabriel de repente
le cambiara la cara.
—Tenemos que salir ya —le recordé, porque ya veía sus intenciones.
Suspiró, afligido, y en veinte minutos conseguimos estar en casa de Marian.
Se metieron conmigo un buen rato por tardona, pero no estaban enfadados.
Cenamos, jugamos al mus y, siguiendo el plan inicial, hacia las doce nos
fuimos a una discoteca cercana. Yo me limité a tomarme una cerveza,
porque al día siguiente quería ir al taller, y Gabriel tampoco bebió
demasiado, cosa que no se podía decir del resto de nuestros amigos.
—¡Estamos rulay! —gritaba Marian a la media hora, cuando empezó a
sonar una conocida canción—. ¡Empezó el verano, fueeeeego!
—Marian, estamos en febrero —le recordé, pero me mandó a callar con un
siseo.
Silvia y Marc estaban en su mundo, bailando juntos, y Natalia al parecer
estaba haciendo amigas por ahí, porque no la veíamos demasiado. Gabriel
se lo miraba todo como si fuera una película —o un documental de
naturaleza, mejor dicho—, y yo me lo estaba pasando bien pero a la vez
estaba muy cansada.
Gabriel se me acercó y bajó la cabeza para que pudiera escucharlo bien.
—Deja de darle vueltas a los cuadros —me dijo—. Te puedo escuchar
pensando desde aquí.
—Es que mañana quiero acabar uno…
—Estamos de fiesta —me interrumpió—. Les daremos una hora de margen
para que luego no se quejen de que no pasamos tiempo con ellos, y luego
haremos una bomba de humo.
—Me parece buena idea —respondí, y él aprovechó para dejarme un beso
en el cuello, que luego vino seguido de otro—. ¿Todo bien?
—Voy cachondísimo.
Reí.
—Hoy no puedes excusarte con el alcohol.
—Hoy puedo excusarme con tu vestido.
—Ahora entiendo que tengas tantas ganas de hacer una bomba de humo.
Él solo soltó un “mhmm”, besando mi mandíbula.
—¡Aquí porno no! —gritó Marian.
Gabriel no se apartó, solo giró la cabeza hacia nuestra amiga y, aunque no le
veía la cara, estaba segura de que la expresión no era amable.
—Déjame en paz —le dijo, y volvió a esconder la cara en mi cuello,
haciéndome reír.
Natalia reapareció al poco rato, lo que nos daba vía libre para huir porque
así ya no dejábamos a Marian sola, pero nos quedamos un rato más. Gabriel
se tomó otra cerveza y yo una Coca-Cola para evitar quedarme dormida ahí
en medio.
Cerca de las dos de la mañana nos decantamos por no hacer una bomba de
humo, ya que Marian nos lo habría recordado hasta la muerte, y dijimos que
nos íbamos a casa. Marc y Silvia ya se habían reintegrado en el grupo, y se
quejaron todos, pero no les hicimos demasiado caso. La verdad es que,
aunque llevaba años siendo una persona muy fiestera, desde que estaba en
el taller apenas tenía energía ni ganas para salir, y no me parecía mal. Los
fines de semana sin resaca se apreciaban mucho.
Salimos de la discoteca cogidos de la mano, y cogimos el bus nocturno para
ir hacia mi casa. Llegamos a las dos y media, porque pasaban muy pocos
buses y habíamos tenido que esperar. Sorprendentemente, no había ninguna
fiesta en el piso; de hecho, parecía que no había nadie. Solo estaba Kiwi
durmiendo en el sofá, lo que me indicaba que su dueña no estaba, porque
sino estaría durmiendo con ella.
Fuimos a mi habitación y encendí la lámpara que me había comprado hace
poco, y que emitía una luz que me encantaba. Me quedé mirando a Gabriel,
que se estaba quitando los zapatos, y se me ocurrió algo.
—¿Te puedo dibujar? —pregunté.
Él levantó la cabeza.
—¿Ahora? —Asentí, y se lo pensó unos segundos—. Venga, vale.
Cogí mi bloc de dibujo, el estuche con los lápices y el taburete que usaba
cuando pintaba en el caballete. Gabriel se quitó la camiseta y se sentó en la
cama sin que yo le dijera nada.
—¿Quién te ha pedido que te quites la camiseta? —Levanté una ceja,
divertida.
—No hace falta que me lo digas, ya sé que solo me quieres por mi cuerpo
—respondió, haciéndose el dolido, y solté una carcajada.
Empecé a dibujar desde el taburete, pero pronto me noté incómoda y me
senté en el otro extremo de la cama. Descarté el dibujo anterior y me centré
en el nuevo punto de vista. La luz era increíble, haciendo un contraste
precioso entre sombras y zonas iluminadas en el cuerpo de Gabriel, así que
cogí las acuarelas, que por suerte no tenía muy lejos, para añadir algo de
color.
Él no decía nada; ni un comentario juguetón, ni una sonrisa divertida, nada.
Solo me miraba con lo que parecía ser curiosidad, como si me estuviera
estudiando más que yo a él, como si me estuviera dibujando en su mente.
No me sentí incómoda ni juzgada, porque sabía que me quería. Todavía me
costaba no sentirme abrumada por esa sensación, pero lo llevaba mucho
mejor.
Gabriel estiró el cuerpo de repente, e iba a pedirle que no se moviera
cuando una de sus manos acarició levemente el sutil bulto de su pantalón.
—¿Sigues cachondo?
—Lo estoy todavía más que antes —suspiró—. Así sentada se te ven un
poco las bragas.
Alargó la mano para tocarlas, pero le di una palmada y la retiró.
—Estate quieto —le ordené, y soltó un quejido.
—Esto es una tortura.
—La vida es así.
Empecé a dibujar más poco a poco con el único objetivo de alargar su
sufrimiento, y él era consciente de ello. Llené tres hojas más de esbozos,
algunos pintados con acuarela, y otros simplemente trazados a lápiz, antes
de dejar el bloc en mi mesita de noche.
—El otro día fui al super y vi algo que me recordó a ti —dije,
levantándome.
—¿Chocolate con naranja? —inquirió.
—No. —Reí—. Esto te va a gustar más.
Me acerqué a un cajón, lo abrí y saqué un bote de plástico alargado. Me giré
hacia Gabriel con el bote en la mano.
—Aceite. —Sonrió—. ¿Me vas a hacer un masaje?
—Más o menos —murmuré.
Me acerqué a él, me subí a la cama y me senté sobre sus rodillas. Él tenía
las piernas completamente estiradas, y su espalda reposaba contra la pared.
Se quedó quieto, esperando mi próximo movimiento, y abrí el bote antes de
verter aceite sobre la palma de mi mano. Dejé el recipiente cerrado a mi
lado, sobre la cama, y me froté las manos para tener aceite en ambas.
Empecé por los hombros. Su cuerpo se sacudió ligeramente cuando mis
manos lo tocaron, pero no se movió más. Notaba su intensa mirada sobre
mí, pero hice como si nada y empecé a bajar las caricias por su piel,
dejándola brillante. Llegué al borde de sus pantalones, y masajeé la piel de
encima.
—Te voy a manchar los pantalones.
—Me da igual —respondió con la voz ronca.
Desabroché el botón del pantalón y lo bajé sin ninguna prisa, arrastrando
también los calzoncillos. Gabriel levantó un poco los muslos para que
pudiera bajarlos bien, y cuando se los saqué quedó completamente desnudo
delante de mí.
Me puse más aceite en las manos y empecé a masajear sus piernas, por
encima de la rodilla. Fui subiendo, pero volvía a bajar cada vez que llegaba
a su polla, ya endurecida. Lo escuché tragar saliva, pero siguió sin decir
nada. Cuando por fin decidí empezar a masajear donde más lo necesitaba,
Gabriel gimió. Subí y bajé la mano lentamente, esparciendo el aceite por
toda la longitud.
—Déjame tocarte —pidió—. Necesito tocarte.
—Todavía no.
Suspiró, y cerró los ojos.
—Como sigas así voy a durar dos segundos.
—Aguanta —susurré.
—Qué fácil es decirlo —contestó—. Tú no eres la que está…
Apreté en el tronco y lo que iba a decir se interrumpió con un gemido. Me
acerqué a él y lo besé. Me respondió con desesperación, por lo que el beso
no fue casto en absoluto. Fue húmedo, ansioso y hambriento. Yo lo seguía
tocando, pero de repente me apartó la mano.
—Para —suplicó—. Estoy a punto de correrme.
Sonreí y me aparté de él, con las rodillas todavía sobre la cama. Me levanté
el vestido bajo su atenta mirada, y aparté las bragas a un lado. Me incliné
hacia la mesita de noche para coger un condón del cajón.
—Gracias a Dios —murmuró.
Abrí el paquete, saqué el preservativo y lo desenrollé por su longitud. No lo
hice esperar más: situé la punta en mi entrada, y empecé a bajar. Sus manos
fueron a mi cintura, y me bajó de golpe. Grité, y esta vez fue él quien
sonrió. Decidí que le concedería esa pequeña victoria, principalmente
porque yo también estaba que no podía más. Empecé a moverme y Gabriel
llevó la mano a mi nuca para acercarme a él y besarme.
—Eres increíble —susurró entre besos—. Joder, me pones muchísimo. Voy
a durar una mierda.
—Córrete —le dije, y él jadeó.
Seguí moviéndome, y pronto sus ojos se cerraron y se dejó ir con un largo
gemido. Me levanté, con la respiración entrecortada, pero poco me duró la
tranquilidad.
—No hemos terminado —gruñó, y cuando quise darme cuenta estaba
girada y tendida en la cama, con la espalda sobre las sábanas.
Tiró el preservativo al suelo y se puso aceite en las manos. Me levantó más
el vestido y se acercó para besarme a la vez que su mano encontró mi monte
de venus. Acarició, masajeó y, cuando su dedo índice se presionó contra mi
clítoris, gemí en su boca. Paró un segundo para bajarme el escote del
vestido y llevó la boca a uno de mis pechos a la vez que volvía a tocar mi
punto más sensible. Apenas necesitó un par de minutos para hacerme llegar
al orgasmo, y se echó encima de mí.
—¿Ves? Te dije que el aceite era una buena idea —comentó, y reí.
43
—Esto ha sido una muy mala idea —murmuré, nerviosa, y miré a Gabriel
—. Todavía estamos a tiempo de decir que no vamos.
—No va a ser tan horrible —me aseguró él, aunque no tenía ni idea.
—Son mis padres, hay un ochenta por ciento de probabilidades de que sea
horrible.
—Nos aferraremos a ese veinte por ciento restante, entonces. —Su mano
encontró la mía y dejó una caricia reconfortante—. Si no quieres no vamos,
claro está, pero quiero que sepas que por mí no hay problema.
—Ojalá fueran como tu madre y Juliana.
Cenábamos con su madre y Juliana, su novia, que se había mudado con
ellos, bastante a menudo. Con ellas era muy fácil estar, la conversación fluía
de forma natural y me hacían sentir muy cómoda. Por mí, nos habríamos
quedado tal y como estábamos, sin que él conociera a mis padres, pero ya
llevábamos siete meses juntos y a mis padres les hacía ilusión. Los había
visto alguna que otra vez desde que me había ido de casa, y se notaba que
estaban haciendo un esfuerzo, pero una cosa era eso y otra presentarles a mi
novio.
Además, esa noche no íbamos a estar los cuatro solos. Era Semana Santa, lo
que significaba que Nina estaba aquí, y Adil había venido a pasar unos días.
Se quedaban en un hotel, por lo que Adil todavía no había conocido a mis
padres, lo iba a hacer esa noche. A mí me parecía una idea de mierda, pero
Nina pensaba que podía salir bien, y Adil estaba dispuesto a intentarlo.
Nos encontramos con la pareja una calle antes de llegar al restaurante en el
que habíamos quedado con nuestros padres. No me hizo falta presentarles a
Gabriel, porque se habían conocido un par de días antes. Adil llevaba una
caja de algo que no supe reconocer en las manos, y me la quedé mirando
después de saludarlos.
—¿Turkish Delight? —pregunté, leyendo lo que ponía en la caja,
acompañado de una imagen de una especie de cubitos blancos.
—Son delicias turcas —me dijo él—. Un dulce muy típico de Turquía.
—¿Lo puedo probar? —pedí, aunque sentía que me podría comer la caja
entera, de lo nerviosa que estaba.
—Son para tus padres —contestó, con una sonrisa divertida.
—Ya le está entrando la gula de ansiedad —comentó Nina.
—¿No estás nerviosa? —le pregunté al verla tan tranquila.
—Llevo meses preparando el terreno, creo que saldrá bien.
—Eso espero… —murmuré, y decidí callarme porque tampoco quería
asustar a Adil.
Caminamos hacia el restaurante los cuatro juntos. Pese a que llegábamos
con cinco minutos de antelación, estaba segura de que mis padres ya
estaban dentro, así que entramos, dijimos el nombre de mi padre y un
amable camarero nos llevó hasta la mesa. El decorado del restaurante
gritaba lujo por todos lados, y me entró la duda de si mis padres tenían la
intención de pagar la cena, o si iba a tener que pagar yo lo mío y sobrevivir
comiendo legumbres lo que quedaba de mes.
Distinguí el pelo grisáceo con entradas de mi padre y la cabellera rubia de
mi madre —lo único en lo que nos parecíamos, y eso que ella era teñida—.
Ambos leían la carta con las gafas puestas y la misma expresión de
concentración en la cara, lo que me habría parecido cómico de no haber
estado tan nerviosa.
A la que nos vieron, se levantaron para saludarnos a todos. Examiné sus
rostros para ver alguna mueca, algún gesto que delatara que estaban
insatisfechos, pero no vi nada. No me malinterpretéis, estaba muy orgullosa
de estar con Gabriel, pero ellos le encontraban pegas a todo y no tenía ganas
de que él se sintiera incómodo.
Adil les dio las delicias turcas y papá parecía interesado de verdad en
probarlas —aunque hay que decir que era muy fan de la comida, el señor—.
Estuvieron haciéndole preguntas sobre prácticamente toda su vida, desde su
carrera, a su familia y su país. Descubrí que Adil se había ido de Turquía
con su familia a los siete años, que habían vivido brevemente en Berlín, y
luego se habían mudado a París. También descubrí que tenía cuatro
hermanos. Mi madre asentía, con curiosidad, y luego se giró hacia Gabriel.
—Y dime, Gabriel, ¿tienes hermanos? —preguntó, y tuve que reprimir el
impulso de rodar los ojos porque ya sabía que ahí empezaba el
interrogatorio.
—No, soy hijo único —contestó él—. Solo somos mi madre y yo.
—Oh, vaya… —murmuró, y supe que no sería capaz de aguantarse las
ganas de preguntar más, cosa que me confirmó apenas dos segundos más
tarde—. ¿Y tu padre? Ay, disculpa, puede que sea una pregunta incómoda.
—No, para nada. —Gabriel rio—. Nunca he tenido padre. Mi madre no
tenía pareja y quería tener hijos, así que me adoptó ella sola.
—¿Nunca se casó?
—No, pero ahora tiene pareja desde hace unos meses. Ya estuvo con ella
cuando yo era pequeño, y parece que ahora lo están volviendo a intentar.
Me entraron ganas de reír al ver la cara de mis padres, porque les debía de
estar explotando la cabeza. Tenían en la mesa a un chico de otra cultura,
cosa que siempre les había costado de asimilar, y a otro con una familia
monoparental encabezada por una madre lesbiana. Aun así, al ver que el
rostro de mi padre adoptó una sonrisa, sentí un deje de orgullo que nunca
había sentido con respecto a ellos porque, por primera vez, vi que se
estaban esforzando por ser mejores personas.
El resto de la cena fue bastante bien. No diré que nos pasamos el rato riendo
y disfrutando, pero no estuvo mal. Hablamos, nos contamos cosas, y
descubrí cosas de mis padres que ni siquiera yo sabía, como que mi madre
había vivido un par de años en el pueblo de mis abuelos, o que mi padre
siempre había querido ser ingeniero, aunque hubiera terminado de abogado.
Era, probablemente, la primera conversación normal que tenía con mis
padres, y debo decir que era agradable poder hablar así con ellos, tan
despreocupadamente.
Mientras esperábamos el postre, decidí dar la noticia. Igual para ellos no era
nada, pero yo me sentía muy orgullosa de mí misma, y lo quería compartir.
—En enero me dieron una beca —expliqué—. Me han dado una
subvención económica y un taller para pintar, además de que haré una
exposición.
—Eso es fantástico, Ariadna —contestó mi madre con una sonrisa.
Hacía ya tres meses que me habían dado la beca, pero no había visto a mis
padres desde entonces, porque había estado muy ocupada intentando
combinar la universidad, el trabajo y el taller, así que no se lo había podido
decir antes.
Las cosas en el taller iban bien: estaba dibujando mucho, y tenía libertad
para experimentar. En una semana tenía que mandar mis avances y, por una
vez, no estaba nerviosa.
Me estuvieron preguntando sobre la beca, y sobre lo que quería hacer con
mi vida —que no lo tenía demasiado claro, a decir verdad— durante el
postre.
Al terminar la cena —que pagaron mis padres, por suerte— nos despedimos
de ellos, y nos fuimos con Nina y Adil a tomar algo. Adil no bebía alcohol,
así que se ciñó a los refrescos —era muy fan del Nestea, al parecer—
mientras que Gabriel, mi hermana y yo tomamos cerveza. Fui
psicoanalizada varias veces, nos reímos mucho, me cargué una copa de
cerveza de una patada en la mesa al tener un ataque de risa, me disculpé mil
veces con el camarero, y salí de allí muy contenta, cogida de la mano de
Gabriel.
—Pues no ha estado tan mal, al final —me dijo él mientras nos dirigíamos a
la parada del metro—. No entiendo por qué estabas tan nerviosa, si tus
padres son agradables.
—En mi defensa diré que no conoces la versión de mis padres de hace unos
meses. Se nota que se están esforzando. Parece que están yendo a terapia, y
mira que siempre habían dicho que esas cosas eran una tontería.
Gabriel solo rio, y al llegar a la boca del metro decidimos que queríamos ir
a pie, aunque estábamos a casi una hora de mi piso. Paramos por el camino
a tomarnos una cerveza más, y llegamos a mi piso pasada la medianoche.
Ya estaba empezando a buscar otros pisos a los que mudarme, porque mis
compañeros seguían igual de inaguantables con las fiestas, y planeaba estar
fuera de allí en un mes. Aun así, ese fin de semana se habían ido todos a
visitar a sus padres, así que Gabriel y yo podríamos estar tranquilos.
Terminamos la noche abrazados en mi cama, desnudos y sudados. Mi
cabeza reposaba en su pecho, lo que me permitía notar los latidos de su
corazón, y sonreí.
—¿De qué te ríes? —preguntó Gabriel.
—¿Cómo sabes que me estoy riendo?
—Lo he notado en la piel.
—Eres muy raro, eh —bromeé—. Y no me estoy riendo, solo estoy
contenta.
—¿Y eso?
—¿Por qué no iba a estarlo? Estoy aquí, en la cama, contigo, y la cena con
mis padres no ha sido un desastre absoluto.
Él dejó un beso en mi cabeza.
—Quién nos iba a decir que terminaríamos juntos, ¿eh?
—Yo lo tenía bastante claro —respondí—. No sabía cómo ni cuándo, pero
sabía que acabaría contigo.
—Yo pensaba que seguiría siendo algo imposible… O sea, cuando estabas
con Leo, y todo eso.
—Ni me hables de ese —gruñí, y Gabriel se echó a reír.
—La vida da muchas vueltas —murmuró—. Qué cosas.
—Cosas interesantes, al menos.
—Cosas de rubios —respondió, y no pude verlo, pero estaba segura de que
estaba sonriendo.
Epílogo
Saco el marco de fotos de la caja antes de ponerlo en la estantería. Suspiro,
aliviada, y llevo las manos a mi cintura con satisfacción. Por fin hemos
terminado.
—Es el retrato familiar más adorable que he visto en mi vida —comenta
Marian.
—Es que somos adorables.
En la foto salimos Gabriel, Pepe —nuestro gato— y yo. El animal, que
parece haber sentido que lo llamaban cuando ha escuchado la palabra
“adorable”, salta encima de la estantería y se pasea con curiosidad, todavía
explorando su nuevo hogar.
—Ha quedado muy bien —comenta mi amiga, y asiento con la cabeza—.
Tengo que irme, que esta noche ceno con los padres de Nil.
—Claro, tranquila —le digo—. Pásatelo bien, y gracias por ayudarme.
Me da una sonrisa antes de empezar a coger sus cosas, y aprovecha para
llevarse dos de las cajas que hemos usado en la mudanza para tirarlas. Se
despide rápidamente y se va, dejándome sola con Pepe. Cojo al gato y me
siento con él en el sofá.
Marian es la única de mis amigas de la universidad a la que veo a menudo.
De Anna hace tiempo que no sé nada, desde que acabamos la carrera hace
algo más de un año. Natalia dejó la carrera por la mitad y se dedicó a viajar,
creo que ahora está en Tailandia. Silvia y Marc lo dejaron —cosa que yo ya
me esperaba—, y los veo muy poco pese a que seguimos viviendo en la
misma ciudad.
En cuanto a Leo… Hace unos tres años que hubo un juicio por lo de la foto,
tuvo que pagar una multa y una indemnización para mí, aunque a esas
alturas lo único que quería era no saber nada más de él, pero por suerte
después de eso no lo volví a ver más.
Escucho un sonido distante, como si alguien estuviera rascando metal, e
inmediatamente sé que es Gabriel, que todavía no se ha acostumbrado a
meter la llave en la cerradura. Pepe salta de la estantería y va corriendo
hacia la puerta, por donde aparece el rubio.
—Hola, guapo —le dice a nuestro gato, cogiéndolo en brazos—. ¿Ari te ha
tratado bien?
—Oye, que yo siempre lo trato como un rey —me defiendo.
—Eso no es lo que él me cuenta —bromea, y ruedo los ojos antes de
levantarme para darle un beso.
Gabriel sonríe en mi boca y, cuando se aparta, deja las bolsas que lleva en la
estantería que hemos reservado para sus herramientas de fotografía.
—¿Qué tal la sesión? —pregunto—. Hoy tocaba la de los perritos, ¿no?
Nos sentamos en el sofá y se dedica a explicarme cómo ha ido su día. Hoy
ha estado fotografiando los perros de una protectora para un calendario
solidario. Esta sesión, en concreto, la ha hecho sin cobrar, pero hace
bastantes proyectos remunerados y, sumando lo que gana entre eso y su
trabajo en una tienda de fotografía, no le va nada mal.
Yo probé vendiendo mis cuadros en galerías de arte, pero era un trabajo que
me tomaba mucho tiempo y tampoco ganaba tanto, así que me pasé a la
ilustración digital y trabajo como freelance, a cuenta propia, para empresas
y publicaciones que me piden ilustraciones.
Pedimos pad thai a modo de celebración, porque hoy oficialmente hemos
terminado la mudanza a nuestro nuevo piso. Ya habíamos estado viviendo
juntos antes, durante casi un año, pero ese piso era demasiado caro y nos
tuvimos que mudar a este, que es algo más grande y más barato, aunque
esté más lejos del centro.
Cenamos, nos ponemos una peli, y Gabriel se queda dormido encima de mí
a los quince minutos, como ya sospechaba que pasaría. Acaricio su pelo, sin
hacerle caso a la película, y sonrío cuando veo, dentro de una taza que
hemos dejado al lado de la televisión, el lápiz que le presté a Gabriel la
primera vez que hablamos, hace ya cinco años. Hemos tenido nuestros
problemas, como todo el mundo, pero nos entendemos muy bien, y la
verdad es que hemos trabajado mucho en mejorar nuestra comunicación.
Con mi familia tenemos una relación cordial, pero con la suya me siento
una más. Juliana ya es oficialmente parte de la familia, porque se casó con
la madre de Gabriel el año pasado. Mis padres siguen como siempre, Nina
lo dejó con Adil hará un par de años, y ahora vive en Roma con su nueva
pareja.
Las cosas han cambiado mucho, pero para mejor, y no me imagino un lugar
mejor en el que estar que en este pequeño piso, echada en el sofá, con
Gabriel dormido encima y un gato ronroneante a mis pies.
Agradecimientos
Como siempre, quiero empezar dando las gracias a mis lectoras de Wattpad.
La primera versión de este libro fue de las primeras historias que subí a la
plataforma, y tuvo una muy buena acogida desde el principio. Muchas
gracias por los votos, los comentarios y los mensajes, que me motivaron
para seguir escribiendo.
A Myre (@wristofink) por ilustrar y diseñar la maravillosa portada de este
libro.
A mi familia, por el apoyo incondicional.
A ti, que estás leyendo este libro, ya sea por primera vez o porque lo leíste
antes en Wattpad.
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