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Cosas de Rubios - Claire Reed

Ariadna, una joven rubia y olvidadiza, comienza su primer día en la universidad de Bellas Artes, enfrentándose a su desorganización y nerviosismo. A lo largo del día, establece nuevas amistades y se siente atraída por varios chicos, incluyendo a Leo, un atractivo compañero de clase. La historia destaca las diferencias entre Ariadna y su hermana melliza Nina, así como las experiencias y desafíos de la vida universitaria.

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Cosas de Rubios - Claire Reed

Ariadna, una joven rubia y olvidadiza, comienza su primer día en la universidad de Bellas Artes, enfrentándose a su desorganización y nerviosismo. A lo largo del día, establece nuevas amistades y se siente atraída por varios chicos, incluyendo a Leo, un atractivo compañero de clase. La historia destaca las diferencias entre Ariadna y su hermana melliza Nina, así como las experiencias y desafíos de la vida universitaria.

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Cosas de rubios

Claire Reed
1
Hay muchos momentos en la vida en los que quieres darte una bofetada a ti
misma por no haber hecho algo por lo que estás pagando las consecuencias.
Bien, pues yo había olvidado coger una toalla antes de meterme en la
ducha, como cada día.
A estas alturas una podría pensar que ya no tenía sentido seguir
molestándome por mi propia naturaleza olvidadiza, pero de verdad que me
frustraba esa parte de mí.
—¡Nina! —grité, apagando el agua para que se me escuchara bien—. ¡Una
toalla, por favor!
La única respuesta fue un gruñido, de esos que se sueltan cuando alguien te
pide un favor a gritos a las siete de la mañana. En menos de un minuto mi
eficiente hermana melliza abría la puerta del baño y, a continuación, me
lanzaba una toalla a la cara.
—Deja de pegar estos gritos cada mañana, que vas a acabar con mi salud
mental —me pidió, desesperada.
—No es mi culpa que hayas decidido que esta era una buena hora para
volver de fiesta —repliqué, encogiéndome de hombros, y ella rodó los ojos
antes de salir del cuarto de baño.
Pese a haber nacido a la vez —bueno, técnicamente yo había nacido
diecisiete minutos antes—, Nina y yo éramos completamente diferentes.
Ella era morena, con los ojos claros, muy fiestera, pero a la vez muy
ordenada y responsable, y en menos de un mes se iba a París a estudiar
Derecho. Yo rubia, de ojos marrones. No marrón miel, ni marrón “verdoso”,
ni ese marrón que algunas personas defienden tener que supuestamente se
vuelve verde cuando le da el sol, no: marrón caca. Y, en cuanto al orden y la
responsabilidad… bueno, dejémoslo en que no nos parecíamos demasiado.
Creo que lo único que teníamos en común era la afición por la fiesta.
Ese mismo día empezaba la carrera de mis sueños: Bellas Artes. Aunque
estaba muerta de sueño —despertarme a las siete después de casi tres meses
levantándome a partir de las diez era doloroso—, también estaba
emocionada. Llevaba tiempo soñando con estudiar esa carrera, desde que
era pequeña. Siempre había sido la típica que no prestaba atención en clase
por estar dibujando y, aunque eso me había supuesto muchos regaños,
también me había ayudado a definir mi vocación.
Tras secarme, enrollé la toalla en mi cuerpo y salí del cuarto de baño para ir
hacia mi habitación. Lo primero que hice una vez dentro fue desnudarme y
abrir el armario. Entonces suspiré.
Nunca sabía qué ponerme, y si a eso le sumas el hecho de que mi armario
parecía haber pasado una guerra, la cosa se ponía aún peor. Las bragas
mezcladas con los calcetines y los pañuelos; sudaderas, camisetas y
pantalones tirados de cualquier manera en los cajones… y ya os podréis
imaginar cómo estaba el resto de la habitación. Era un maldito caos, pero
era mi caos, y en cierto modo tenía su encanto… aunque al parecer eso era
solo para mí, no para el resto del mundo.
—Por Dios, Ariadna, este lugar es una pocilga —se quejó mi madre,
escandalizada. Ya decía yo que tardaba en aparecer. Ahora venía ese
momento en el que me decía que cualquier día iba a tirar toda mi mierda—.
Un día llegarás a casa, te encontrarás con que lo he tirado todo a la basura,
y no podrás decirme nada.
—Mamá, me gustaría vestirme. Es mi primer día de Universidad, y no
quiero ir desnuda —le pedí, cerrando los ojos y armándome de paciencia.
—Pues ordena tu armario —masculló antes de salir del cuarto, haciendo
resonar sus tacones contra el suelo.
Al final, tras casi diez minutos intentando elegir mi ropa, terminé
hartándome y eligiendo cualquier cosa, como siempre. Un vestido ligero de
color amarillo mostaza y mis Vans negras. Me peiné rápidamente, y
consideré secarme el pelo pero no le vi mucho sentido teniendo en cuenta
que en la calle hacía un calor insoportable y se me iba a secar en menos de
una hora. Saqué el delineador de uno de los cajones del cuarto de baño, y
me dispuse a pintar la parte superior de mi ojo.
—¡Ariadna, vas a llegar tarde! —gritó mi madre, exasperada, haciendo que
se me moviera la mano y me quedara la raya como si me la hubiera pintado
un chimpancé.
Genial. A volver a empezar, y encima con presión.
Cuando por fin terminé me di cuenta de que, efectivamente, iba a llegar
tarde, así que cogí mi mochila, metí un plátano dentro rápidamente, me
despedí de mis padres —Nina probablemente ya estaría inconsciente en su
cama— y salí de casa.
Ah, cómo echaba de menos el metro de Barcelona. Todos apretados como
sardinas, el típico imbécil que no sabe que existen los auriculares y nos
obliga a escuchar a todos su mierda de música, el olor a sudor esparcido por
todo el vagón, y los nervios por ser el primer día de universidad.
—Si necesita reggaeton dale, sigue bailando mami no pare… —empezó a
cantar el imbécil sin auriculares, y respiré hondo.
Tuve que calmarme a mí misma para evitar gritarle que no necesitaba
reggaeton, sino que se comprara unos malditos auriculares, porque no
quería empezar el día con mal pie.
Genial. Nervios, mal humor, y más nervios.
Suspiré, intentando calmarme, y por suerte a los pocos segundos anunciaron
el nombre de mi parada en los altavoces. Cuando llegamos y pude salir del
agobiante metro, subí las escaleras lo más rápido posible, y ya en la calle
empecé a caminar. Cinco minutos más tarde estaba ante la facultad de
Bellas Artes, y ponerme playlists de música relajante no me había servido
para nada.
Técnicamente, al ser el primer día, solo nos iban a hacer una explicación
básica de cómo iría el curso y la carrera en general en la sala de
conferencias. Gracias a la jornada de puertas abiertas a la que, superando mi
vagancia, había asistido meses atrás, sabía dónde estaba ese lugar.
Llegar a la sala me tomó poco tiempo, pero ya estaba todo el mundo ahí, y
apenas quedaban sitios. Me senté en el primero que encontré, entre una
chica de pelo castaño y una pelirroja, y saqué mi libreta para tomar apuntes.
Diez minutos después del inicio de la charla acepté que no iba a tomar
apuntes ni a prestar atención.
—Menudo rollo —murmuró la chica pelirroja.
—Y que lo digas —contesté.
Así que dediqué la hora y media que duró la presentación a hacer amigas.
Las dos chicas que había a mi lado resultaron ser muy simpáticas. La
pelirroja se llamaba Natalia, y la de pelo castaño Marian.
—Hay chicos con buena pinta por aquí, aunque no demasiados —comentó
Marian, examinando la sala con la mirada.
—Es lo que tienen las carreras de artes, no hay muchos chicos. Ellos tienen
que estudiar cosas más importantes para salvar el mundo —dije con
sarcasmo, y ambas rieron—. Hay un chico moreno por ahí abajo que tiene
un polvo.
—O varios —asintió Marian, mirando al chico en cuestión.
Piel bronceada, el pelo oscuro perfectamente cortado, y… ¿ha sonreído?
Genial, apuntemos “sonrisa sexy” en la lista.
—Muchos —murmuré.
—Aunque el rubio que está a su lado tampoco está mal.
Vaya, estaba fijándome tanto en ese chico que apenas había visto el pelo
rubio algo largo y recogido en un pequeño moño despreocupado de su lado.
Parecía que no se había molestado ni en arreglarse el pelo, pero eso le daba
un aire relajado. Además, el chico tenía un qué, un algo, que era atractivo.
Tras terminar la inútil charla, el coordinador del curso nos dejó ir. Natalia,
Marian y yo decidimos ir a tomar algo a la cafetería de enfrente, pero a
medio camino nos paró una chica.
—¡Hola! Estáis en mi curso, ¿no? —nos preguntó.
—Sí, eso creo —afirmé, porque me sonaba haberla visto en la presentación.
—¿Sabéis dónde está el departamento de coordinación? Hay un error en mi
matrícula y quiero cambiarlo.
—Yo sé dónde es, si quieres te acompaño —contestó Natalia.
Al final la terminamos acompañando todas. Nos contó que se llamaba
Silvia, y había venido desde Valencia para estudiar aquí, alquilando un piso
con varias personas más.
Esa mañana volví a casa con una sonrisa en la cara. La verdad es que, aún
considerándome una persona sociable, no esperaba conocer a tres chicas
con las que me llevara tan bien en mi primer día, pero tuve suerte. Además,
ya le había echado el ojo a varios chicos, cosa que siempre iba bien.

Por la tarde, entré en el gimnasio con mi fuerza de voluntad como un fuerte


y potente motor dentro de mí. Se había acabado ser una vaga. Ya de por sí
tenía una constitución delgada, pero quería tonificar mi cuerpo, fortalecer
mis piernas y ganar algo de resistencia. Desde que había dejado de jugar a
tenis hacía más de tres años no había vuelto a hacer deporte, y quería
recuperar esa costumbre.
Tras cambiarme en el vestuario, fui a la sala de máquinas y me subí en la
cinta de correr. Me puse los auriculares y empecé a buscar listas de
canciones motivacionales en Spotify cuando una voz me distrajo.
—Tú vas a mi clase, ¿no? —preguntó la profunda voz masculina.
Me giré hacia donde se escuchaba la voz y me encontré con el chico guapo
que había visto en la charla. El moreno caliente.
—Oh, sí. —Sonreí—. Soy Ari.
—Leo —dijo justo antes de acercarse a mí para darme dos besos, y al
separarse me miró—. ¿Cómo es posible que en los meses que llevo en este
gimnasio no me haya fijado en ti?
Mi sonrisa se ensanchó.
—Es mi primer día —dije—. Y me iría genial que alguien me enseñara
cómo funcionan algunas máquinas.
—Cuenta conmigo. —Me guiñó un ojo y se puso en la cinta de correr de mi
lado para poder seguir hablando.
Al terminar toda la sesión, cada uno se fue a su vestuario. Me esperó en la
salida, y caminamos juntos un rato hasta que yo tuve que girar por otra calle
para irme a mi casa.
—¿Irás a la cena de la semana que viene? —me preguntó.
—¿Qué cena? —Levanté una ceja.
—La de inauguración del curso —explicó—. Han creado un grupo de
WhatsApp con la gente de clase para hacer una cena la semana que viene, y
luego salir de fiesta los que quieran.
—Oh, a mí no me han metido.
—Una chica nos ha pedido el número a los pocos que no hemos salido
huyendo nada más terminar la presentación —contestó, y reí—. Dame tu
número y te meto en el grupo.
—Vale, genial.
Sin perder ni un segundo, sacó el móvil, abrió el marcador y me lo pasó
para que pudiera poner mi número. Lo hice, guardé mi contacto y se lo
devolví.
—Ariadna Dalmau —leyó mi nombre con una sonrisa.
Presionó en la pantalla y mi móvil empezó a vibrar. Lo saqué para ver que
me había hecho una llamada perdida.
—¿Cómo debería guardarte? —pregunté.
—Leo Martín —respondió.
Lo guardé, y me despedí de él antes de irme a casa.
Parecía que mi sequía sexual tenía los días contados.
2

—Esta primera clase la dedicaremos a teoría sobre la representación del


cuerpo humano, con varios referentes, y luego plantearemos el primer
ejercicio —nos explicó el profesor de dibujo y asentí con la cabeza, sentada
en el suelo.
Comenzó con la explicación teórica y tomé apuntes con entusiasmo.
Empezó introduciéndonos la visión del cuerpo en las primeras obras de arte
conocidas de la humanidad y luego fue pasando por pintores como Manet,
Schiele, Picasso, Botero… Ya los había estudiado a todos en bachillerato
mil veces, pero al enfocar la clase en el cuerpo estaba aprendiendo muchas
cosas nuevas.
Alguien tocó mi hombro y giré la cabeza distraídamente, aún atenta a lo que
decía el profesor —siendo consciente de que mi atención solía durar más
bien poco—, para encontrarme con el chico rubio del que Marian había
hablado el día anterior.
—¿Tienes un boli? —preguntó en un susurro.
Solo pude asentir con la cabeza.
El día de la presentación apenas me había parado a fijarme en él, pero la
verdad es que, además de atractivo, era interesante. Y creo que su atractivo
se debía a eso, de hecho. No era guapo como el “guapo” que entra en el
cánon de belleza, por decirlo de alguna forma, era exótico. Mandíbula
marcada, ojos marrones, la nariz y parte de sus mejillas manchadas de
pequeñas pecas marrones, labios carnosos, y el pelo rubio un poco largo y
recogido de cualquier manera en un moño del que sobresalían algunos
mechones ondulados.
Intentando no quedarme mirándolo demasiado rato para que no se diera
cuenta, abrí mi pequeño estuche amarillo y busqué.
—Solo tengo un lápiz —le dije al ver que el único boli que tenía era el que
yo estaba usando.
—Me sirve. —Sonrió, dejando entrever sus dientes.
Hoyuelos. Sonrisa con hoyuelos.
Le di mi lápiz y, después de que me diera las gracias, me giré para volver a
escuchar y tomar apuntes, pero mi atención parecía haber desaparecido.
Ni dos minutos más tarde estaba dibujando en mi libreta. Sí, me interesaba
mucho Picasso y su representación del cuerpo femenino en Las señoritas de
la calle de Avinyó, pero ya lo había estudiado en bachillerato, y en ese
momento dibujar la ventana del aula me parecía una idea mucho más
atractiva.
—Y es por eso que Kandinsky mandó a la mierda la pintura figurativa y se
pasó a lo abstracto —concluyó el profesor casi una hora más tarde—. Os
soltaría un rollo sobre cuarenta artistas más, pero ahora mismo solo me
interesa que veamos hasta aquí, y además para eso ya existe la asignatura de
Historia del Arte. Vayamos a lo que nos interesa: el ejercicio de hoy.
El ejercicio planteado para empezar el bloque del cuerpo consistía, cómo
no, en la representación del cuerpo.
—Para hacerlo, en la próxima clase traeremos a una modelo mujer, y en la
siguiente a un modelo hombre —comentó.
—¿La modelo estará desnuda? —preguntó Leo con una sonrisa, y el
profesor rodó los ojos.
—Sí, ambos estarán desnudos.
—Creo que disfrutaré la próxima clase —contestó Leo, y una gran parte de
la clase rio.
—Me alegro —murmuró el profesor sarcásticamente—. Malditos
adolescentes pubertos.
Solté una carcajada al escucharlo, y cuando dio el ejercicio por empezado
cogí mis cosas y me levanté. Fui a dejarlas encima de la única mesa vacía
que quedaba —para poder ver bien la pantalla había tenido que sentarme
más adelante, en el suelo—, que era bastante grande, y a mi lado se sentó
Silvia. El chico rubio ocupó uno de los extremos de la mesa, y Marian se
sentó a su lado. Le di una sonrisa de complicidad, recordando que ella había
dicho que le parecía atractivo, y ella me la devolvió.
Saqué mi bloc, mis lápices de dibujo y mis acuarelas y empecé a dibujar
según mis propias concepciones del cuerpo, sin modelos ni imágenes dadas
tal y como nos había pedido el profesor, pero a los pocos minutos alguien se
sentó a mi lado.
—Buenos días, Ariadna Dalmau —dijo Leo, y lo miré con una sonrisa,
distrayéndome momentáneamente de mi trabajo.
—Hola, Leo Martín —saludé de vuelta.
El día anterior, ni una hora después de nuestro encuentro en el gimnasio,
Leo me había mandado un mensaje y habíamos estado hablando —y no
precisamente del clima—.
—¿Te apetece quedar esta tarde? —propuso en voz baja para que no nos
escucharan los de la mesa—. Podemos ir al gimnasio… o a mi casa.
—Esta tarde tengo Francés —contesté mientras dibujaba—, pero mañana
me toca gimnasio.
—Chica ocupada, ¿eh? —dijo, divertido—. Nos vemos mañana en el
gimnasio, entonces.
Sonreí y seguí a lo mío. Abrí la caja de acuarelas que había comprado hacía
poco porque la que llevaba un año usando se había perdido por algún rincón
de mi habitación, y me puse a colorear el esbozo de una chica desnuda.
—Dibujas muy bien —comentó Silvia, mirando mi creación.
—Gracias —contesté con una sonrisa.
—Me gustaría probar con carboncillo, pero esto es una locura, es muy
sucio. ¿Tú sabes usarlo? —me preguntó, sacando su caja de carboncillos.
Yo realmente tampoco lo había probado, aunque sí cosas parecidas, así que
ella me dejó uno de los suyos y empezamos a probarlo juntas, cada una en
su bloc pero mirándonos mutuamente.
Seguimos charlando y dibujando, y en un momento levanté la mirada para
ver a Marian hablando con el chico rubio. Él de repente apartó la mirada y
la fijó en mí. Al ver que yo también lo estaba mirando sonrió, y le devolví
el gesto antes de volver a lo que estaba haciendo.
—¿Vendrás a la cena de la semana que viene? —le pregunté a Silvia
mientras salíamos del edificio, a la hora de comer.
—¿La de la tal Claudia? Seguramente sí, ¿y tú?
—Supongo —contesté—. Tiene buena pinta, y así conocemos al resto de la
clase.
En el grupo de WhatsApp al que Leo me había añadido el día anterior se
estaba hablando de organizar una cena de clase organizada en la casa de una
chica llamada Claudia, a la que conocía solo de vista, que al parecer tenía
una casa enorme donde cabíamos todos.
Fuimos juntas hasta el metro, donde teníamos que coger líneas diferentes, y
allí nos despedimos.
Al llegar a casa lo primero que hice fue dejar el bolso en mi habitación. Me
quité los pantalones cortos tejanos y los cambié por unos de chándal, mucho
más cómodos. Tenía hambre, mucha, y Nina había salido a comer por ahí
así que no tenía nada preparado. Mis padres nunca comían en casa, así que
estaba sola.
Tras preparar mi plato estrella —macarrones con tomate, comida gourmet
— me lo serví en un bol y me senté delante del portátil para comer. Me puse
una serie malísima que me tenía muy enganchada, y no desconecté de ella
hasta que mi móvil vibró varias veces y despegué la vista de la pantalla.
Tenía dos mensajes, uno de Silvia y otro de Leo.
Silvia: ari, te has quedado mi estuche, mala mujer.
Miré dentro de mi bolso y comprobé que, efectivamente, el estuche negro
de Silvia estaba allí.
Ari: ups, no me he dado cuenta… o sí, quería robártelo en realidad ;)
Abrí el de Leo y sonreí al ver una foto suya en el gimnasio.
Leo: el gimnasio es bastante más aburrido sin ti.
Me hacía gracia lo lanzado que era este chico, nos habíamos conocido el día
anterior y ya incluso me mandaba fotos en el gimnasio. ¿Me mandaría fotos
desnudo algún día? Ojalá.
Ugh, maldita sequía sexual. Tenía que ponerle remedio lo antes posible.
Aprovechando que estaba sola en casa y bastante caliente, y que todavía
tenía un par de horas hasta tener que irme a Francés, se me ocurrió una
genial idea y sonreí para mis adentros. Lo primero que hice fue cerrar la
puerta. Sí, estaba sola, pero el miedo a que mis padres pudieran llegar a
entrar y verme era demasiado grande —no, no eran muy abiertos en esto del
sexo—. Luego me desnudé completamente, notando el poco aire fresco que
había acariciar mi piel. Me eché en la cama, abrí las piernas y mis dedos
índice y corazón acariciaron mi clítoris mientras pensaba en Leo, hasta
llevarme al éxtasis.
3

—¡Nina! —grité, golpeando la puerta de su habitación.


—Ariadna, por Dios, ¿qué te he dicho sobre ir desnuda por la casa? —me
regañó mi madre—. Tápate.
—Pero si sois mi familia —repliqué, poniendo una mano sobre mi cadera
desnuda, y abrí la puerta de la habitación de mi hermana ante su falta de
respuesta.
Entré, cerrando la puerta detrás de mí, y la vi sentada en la silla de delante
de su escritorio, mirando vídeos en YouTube.
—¿Te he dado permiso para entrar? —preguntó, con una ceja levantada.
—No, pero no contestabas y he creído que te habías desmayado o algo.
—Qué considerada. —Rodó los ojos—. ¿Qué quieres?
—Tengo una crisis de vestuario. —Suspiré, echándome en su cama.
—¿No tienes ni unas bragas que ponerte? —preguntó, mirando a mi cuerpo
desnudo.
Ignoré su pregunta y suspiré otra vez.
—Es injusto, ¡tú tienes mucha más ropa que yo! —me quejé.
—Tú tienes ropa —apuntó—, pero tienes el armario tan hecho un asco que
es normal que no encuentres nada.
—Ya te pareces a mamá —gruñí, abrazando mis piernas sobre su cama.
—Esto ya es de peli porno —dijo—. Vístete, exhibicionista.
—Déjame esos pantalones negros tan geniales.
—Pero si son largos —me recordó.
—Ya, pero salgo por la noche. Además, esos pantalones no dan calor.
Al final me los terminó prestando —probablemente para que la dejara en
paz— y me los puse con un top corto blanco de tirantes. Eran unos
pantalones de tela anchos por las piernas, pero me hacían un culo fantástico.
Me calcé unas botas negras que había comprado unos meses atrás, recogí
mi largo pelo rubio en una trenza y, tras maquillarme un poco los ojos y los
labios y coger mi bolso, salí por la puerta.
—¿Dónde está este lugar? —murmuré para mí misma, mirando el mapa de
mi móvil como si estuviera en chino.
—Yo me pregunto lo mismo —dijo una voz femenina a mi lado y me giré,
sobresaltada, para encontrarme con Silvia.
—¿Cuándo has aparecido? —pregunté—. ¿Eres un ninja?
Ella rió y empezamos a buscar el lugar juntas. No es que fuéramos tontas y
no pudiéramos leer el mapa, era solo que estábamos en una zona de
Barcelona en la que nunca antes habíamos estado —Pedralbes, el barrio de
los ricos, ni más ni menos—, y entre que no había nadie a quien preguntarle
y que la ubicación de mi móvil iba fatal, no había quien se orientara. Aún
así, conseguimos seguir el camino más o menos, y terminamos en una
rotonda diez minutos más tarde, mirando qué salida seguir.
—No hemos nacido para la orientación. —Suspiró Silvia.
—Tercera salida —dijo Leo, viniendo por detrás, y sonreímos al verlo—.
Tenéis cara de perdidas.
—¡El salvador! —exclamé, y me abracé a su cuerpo de forma exagerada,
haciéndolo reír.
—¿Cómo piensas recompensármelo? —susurró en mi oído con voz ronca.
Me separé y le miré levantando una ceja.
—Yo no hago nada para recompensar a nadie.
—Vale, tigresa. —Rio.
Empecé a caminar por el camino correcto mientras Leo y Silvia se
saludaban. En la semana de clases que llevábamos habíamos estado
hablando mucho, Leo y yo, y de muchas, muchas cosas.
Llegamos a la cena solo quince minutos tarde, y fuimos recibidos por
Claudia, la dueña de la casa —bueno, los dueños eran sus padres, pero ya
nos entendemos—. Ella miró el reloj en su muñeca y sonrió.
—¡Ari llegando solo quince minutos tarde! Todo un récord —dijo, y nos
echamos a reír.
En una semana había llegado tarde a clase casi cada día. Es una de esas
cosas que no puedes remediar por más que lo intentes.

La cena fue muy bien. Genial, de hecho. No estábamos todos porque


ponernos de acuerdo en un día que le fuera bien a todo el mundo habría sido
imposible, pero me dio rabia que no estuviera Gabriel, el chico rubio que
me había pedido el lápiz —lápiz que aún no me había devuelto, por cierto
—. Había descubierto su nombre a través de Marian, que hablaba con él de
vez en cuando.
Estuvimos charlando y comiendo una mezcla de cosas que habíamos traído
cada uno —pizza, tortilla de patatas, patatas fritas, y todas esas cosas que se
traen para estas ocasiones—. Pude hablar con mucha gente a la que no
conocía y vi que eran muy simpáticos. Entre ellos, conocimos a un chico
llamado Marc, y creo que él y Silvia congeniaron porque estuvieron
hablando un buen rato.
Después de cenar decidimos salir todos de fiesta a la sala Apolo. Me costó
doce euros la entrada y eso dolió un poco, pero estaba segura de que iba a
merecer la pena.
—Hay sitios en los que nosotras habríamos entrado gratis —se quejó una
chica, Diana.
—Ya, pero ¿no te parece raro que sean solo las chicas las que pasen gratis?
—cuestionó Natalia.
—No tiene nada de malo —contestó Diana—. Por un privilegio que
tenemos, habrá que aprovecharlo.
—No es un privilegio, es una estrategia bastante denigrante —explicó la
pelirroja—. Las chicas entran gratis, pero tienen que ir con tacones y “bien
vestidas”. —Hizo comillas con los dedos— Así, como está lleno de chicas
guapas y supuestamente “fáciles”, esto se vuelve como una zona de caza
para los chicos, que pagan más por entrar.
Diana se quedó pensando unos segundos.
—Yo la verdad es que prefiero pagar doce euros que ser tratada como un
trozo de carne —añadí.
—Nunca lo había visto así —dijo Diana, asintiendo con la cabeza—, pero
tenéis razón.
Natalia sonrió, y entramos en el club. Ese día hacían una fiesta de dubstep y
drum & bass, así que el ambiente ya estaba muy animado pese a ser solo las
doce y media. La gente saltaba y bailaba al ritmo de la enérgica música. Me
gustaba el ambiente. Me gustaba este lugar porque ponían música más
alternativa, no la típica comercial y el reggaeton que, pese a que me
gustaba, ya me tenía un poco harta.
Ya habíamos bebido algo en casa de Claudia, pero como mi entrada incluía
consumición, me pedí un cubata bien cargado. Silvia se pidió lo mismo que
yo y fuimos a bailar con Marian y Natalia, que se estaban reservando la
consumición para más tarde.
El grupo se había dispersado un poco, algo que ya me esperaba. Habíamos
salido doce personas, y ahora solo estaba con tres más. Los iríamos
encontrando a medida que fueran pasando las horas, supuse.
Al poco rato llegó Marc con Diana, que se puso a hablar con Natalia. Silvia
y Marc también empezaron una conversación y Marian y yo decidimos
dejar a las dos potenciales parejas solas para no molestar. Acompañé a
Marian a por su consumición y empezamos a bailar otra vez.
Un rato más tarde, Marian había ligado con un chico y yo estaba bailando
con Natalia y Diana al ritmo de la música de Pendulum. Fue entonces
cuando noté unas manos en mis caderas. Me giré, preparada para decirle a
quien fuera que no estaba interesada, pero entonces vi que era Leo. Le
sonreí con picardía, me mordí el labio y, sin dejarle decir nada, le besé.
Escuché la risa de Natalia y me centré en el beso. Era caliente, jodidamente
caliente. Sus manos estaban por toda la parte superior de mi cuerpo,
tocando mi espalda, mis caderas, rozando mi culo, hasta que finalmente
encontraron mi cintura y se quedaron ahí. Acaricié su lengua con la mía y
enredé mis dedos en su pelo oscuro. Tiré suavemente de él y Leo gimió,
cosa que envió una sensación de hormigueo directamente a mi entrepierna.
Me separé de él, mordiendo su labio y soltándolo lentamente. Leo sonrió y
acarició mi hombro, para acercarse a mi oído.
—Eres más atrevida de lo que pensaba, Ariadna —dijo, subiendo el tono de
voz para que lo oyera por encima de la fuerte música.
—No sabes nada de mí —le recordé con una sonrisa malévola.
—No, pero pretendo conocerte muy a fondo, créeme —dijo, y reí.
La cosa acabó con los pantalones de Nina encima de la tapa del inodoro,
conmigo completamente desnuda de cintura para abajo, mi espalda contra la
pared del baño y mis piernas rodeando la cintura de Leo mientras él
embestía dentro de mí con necesidad. Intenté controlar mis gemidos para
que no se nos escuchara demasiado —aunque el sonido de la música, que se
escuchaba con fuerza incluso dentro del baño, ayudaba a ello—, y Leo me
besó para acallar también los suyos. Tras moverse con rapidez se paró un
momento, cosa que aproveché para separarme de él y poner mis pies en el
suelo. Él me miró con una ceja levantada, pero su expresión volvió a ser de
excitación cuando le senté encima del inodoro, apartando mis pantalones
para tirarlos al suelo sin preocuparme por ello.
—Decididamente quiero conocerte más, Ari —dijo Leo cuando me senté en
sus piernas, cerca de las rodillas, y cogí su miembro entre mis manos.
—¿Ah, sí? —pregunté, incitándolo a seguir hablando.
—Mhm —dijo, y gimió cuando mi pulgar acarició la punta de su pene por
encima del preservativo—. E-eres buena en esto.
—Lo soy —asentí—. Se me da muy, muy bien.
Leo decidió pasar un poco a la acción y subió mi top para encontrarse
directamente con mis pechos, ya que había decidido no ponerme sujetador.
Se los quedó mirando y se mordió el labio.
—¿Piensas hacer algo? —pregunté, levantando una ceja, para provocarlo.
Él me miró a los ojos, excitado, y su boca encontró uno de mis rosados
pezones. Mordió suavemente y gemí, notando la necesidad acumulándose
en mi punto más sensible.
Me levanté brevemente y volví a introducirlo dentro de mí, pero esa vez fui
yo la que se movía mientras Leo seguía jugando con su lengua y dientes en
mis pechos. Bajé una mano a mi clítoris para estimulármelo, pero al poco
rato desistí y seguí moviéndome, empezando a dar pequeños botes encima
de él cuanto más al borde del orgasmo me sentía. Pasaron pocos minutos
hasta que Leo dejó mis pechos y empezó a gemir, acabando dentro del
preservativo.
Me levanté cuando terminó, y le di una sonrisa antes de empezar a vestirme
de nuevo.
Realmente me había hecho falta hacer algo como eso.
4
—Oh —gemí cuando el cuerpo sudado de Leo volvió a moverse encima de
mí, haciendo que llegara más profundo y tocara un punto dentro de mí que
me hizo gritar.
Tenía que controlar mis gritos, y era muy complicado. No era fácil cuando
tu vecina era una sesentona que no tenía nada mejor que hacer que espiar lo
que hacen los demás y luego contárselo a sus madres.
Los labios de Leo se pegaron a mi cuello y succionaron sin piedad. Quería
pararlo porque como mis padres vieran una marca iban a matarme, pero ni
siquiera podía pensar con claridad. Me sentía en el límite, como si estuviera
a punto de estallar en un increíble orgasmo, pero por algún motivo este no
llegaba. Le pedí a Leo que me lo hiciera más fuerte y él obedeció,
haciéndolo más intenso y rápido. Bajé una mano por mi torso, por el hueco
entre nuestros cuerpos, hasta llegar a mi punto más sensible, y lo estimulé.
El placer aumentó, pero seguía sin poder estallar.
Entonces Leo gimió y soltó un gruñido, corriéndose dentro del preservativo.
Se separó y noté el aire sobre mi piel. Hacía un calor horrible para estar a
finales de septiembre, pero tras una sesión de sexo como esa cualquier cosa
parecía fría.
Leo dejó un beso corto en mis labios y sonreí. Había pasado una semana
desde que nos habíamos liado en Apolo, y ya estábamos así otra vez. Nos
habíamos saltado clase ese día para ir a mi casa, donde estábamos en ese
momento, y la verdad era que me asustaba que mis padres pudieran venir,
pero lo dudaba ya que ambos estaban siempre muy ocupados. Nina había
quedado con no sé quién, la verdad es que ahora que quedaba poco para que
se fuera a París estaba aprovechando para quedar con mucha gente.
Había otro tema que me preocupaba. Yo había descubierto lo que era un
orgasmo solo unos pocos meses atrás, y lo había descubierto por mí misma,
tocándome. Aún así, era incapaz de llegar cuando estaba teniendo sexo con
alguien, y por si fuera poco constantemente tenía la sensación de que iba a
correrme, lo que se traducía en un placer muy intenso que no llegaba a
estallar, pero ese orgasmo nunca llegaba. Me había pasado con un chico con
el que me había liado en verano, y ahora me pasaba con Leo. Era muy
frustrante.
Eso no significaba que no disfrutara del sexo, en absoluto —si no lo
disfrutara no lo haría—, me encantaba, y lo que acababa de hacer con Leo
había sido increíble.
—Luego iré al gimnasio —dijo Leo, aún echado a mi lado en la cama y con
la cabeza apoyada en su mano—. ¿Vienes y nos vemos en el baño de
minusválidos?
—He quedado con una amiga —contesté, declinando su oferta.
—Va —insistió, empezando a besar mi cuello—, queda con ella mañana por
la tarde.
—Mañana tengo Francés —respondí.
—Bueno, tú te lo pierdes, entonces —dijo, separándose de mi cuello y
fingiendo tristeza.
Volví a besarlo brevemente y me levanté de la cama.
—Voy a darme una ducha. ¿Vienes? —propuse, y él sonrió.
—No puedo, he quedado con una amiga —contestó con malicia.
—Pues pásatelo bien. —Me encogí de hombros y me fui a la ducha con una
sonrisa triunfal.
Leo terminó uniéndose a la ducha pero no fue a más, y se fue al poco rato.
Yo comí sola, y me eché una siesta antes de salir a la calle para verme con
Patri, que había sido mi mejor amiga desde primaria.

—Así que Leo, ¿eh? —dijo Patri con una sonrisa pícara, acomodándose en
el banco en el que estábamos sentadas—. Suena a chico sexy, ya me lo
presentarás.
—Si lo que quieres es un trío olvídate, yo no me meto contigo en la cama
—bromeé, y ella rio.
Me gustaba estar con Patri porque había confianza y se podía hablar con
ella de cualquier cosa sin que se pensara que eras una pervertida ni nada de
eso —cosa que pasaba con mucha gente—.
—Entonces… ¿proyecto de novio? —me preguntó.
—Puede. —Me encogí de hombros—. A lo mejor.
—Ah, ¡eso es un sí! —Sonrió— ¿Él te gusta?
—Claro que me gusta —dije, como si fuera lo más obvio del mundo, y
decidí cambiar de tema—. Y tú, ¿qué? ¿Dani ya te ha cansado?
Dani era un chico que había ido con nosotras a clase en secundaria, y Patri
se acostaba con él de vez en cuando. La verdad es que no había mucho más
que decir sobre él.
—Bueno, vi que estábamos empezando a actuar como si fuéramos una
pareja o algo así —explicó—. Me di cuenta de que empezaba a verlo con
otros ojos, supongo que me asusté, y…
—Y lo mandaste a la mierda —terminé por ella.
—Básicamente.
—¡Siempre haces lo mismo! ¿Por qué lo haces? —cuestioné.
—No lo sé. —Se encogió de hombros—. Supongo que no quiero que el
estar con alguien acabe con mi libertad, además de que todo termina, así
que ¿para qué pasarlo mal?
—Esa filosofía es una mierda —contesté con honestidad—. Tener una
pareja no es el fin de la libertad, y si lo es, es que no deberías estar con esa
persona. Y de lo de no hacerlo porque va a terminar de todos modos y lo
vas a pasar mal ya ni hablemos, para eso enciérrate en tu casa toda la vida,
y así nunca sufrirás.
—Y me lo dice la que ha tenido mil novios —contraatacó, levantando una
ceja.
—No necesito haber tenido novios para saber eso —repliqué.
La verdad era que, fuera de los típicos “novios” de primaria, yo nunca había
estado en una relación seria. Había estado con algunos chicos
esporádicamente y con otros de rollo, pero nunca saliendo como algo serio.
No era que me asustara la idea, simplemente no se había dado la ocasión y
tampoco había sentido la necesidad de forzarlo, como esas personas que se
pasan la vida quejándose de que no tienen pareja y luego se conforman con
lo primero que encuentran.
—Ya se nos ha ido —escuché decir a Patri, y chasqueó sus dedos a pocos
centímetros de mi cara—. ¡Vuelve!
—Qué pesada eres. —Rodé los ojos y ella rio antes de mirar la hora en el
móvil.
—Tengo que irme —dijo—. He quedado con un chico guapísimo de Tinder,
y tengo que arreglarme.
—Esto de Tinder es un poco triste.
—Es una herramienta maravillosa para encontrar a tíos para follar una vez y
luego no volver a hablar con ellos —contestó.
—También es verdad. —Asentí con la cabeza distraídamente—. Aunque ve
con cuidado porque hay mucho loco por ahí.
—Tranquila, todavía recuerdo muchas llaves de cuando hacía karate.
—Pero si lo dejaste a los seis años.
—Tengo buena memoria, Ariadna —dijo, levantando un dedo—. Bueno,
nos vemos… ¿La semana que viene?
—Cuando te vaya bien —contesté—. Ya me dirás algo.
—Vale, pues nos vemos. —Dejó un beso en mi mejilla y se apartó para
mirarme con una sonrisa malévola—. Y dile a Leo que deje de marcarte el
cuello, que parece que te haya atacado un vampiro.
Me llevé los dedos al cuello inconscientemente y ella se echó a reír.
—¿Se ven mucho? —pregunté.
—Es en lo primero que me he fijado cuando te he visto.
—Mierda —dije, pensando en mis padres. Como lo vieran se iba a armar
una buena en casa.
—Buena suerte —me dijo, riendo, y se fue, dejándome sola en el banco.
La verdad era que no tenía demasiadas ganas de ir a casa, y menos cuando
acababa de saber que tenía todo el cuello marcado, así que me levanté y
decidí dar una vuelta. Estaba cerca del Arco de Triunfo, así que fui hacia
allí. Sí, estaba lleno de turistas haciéndose fotos con el monumento, pero al
menos era divertido verlos, y además había hombres haciendo burbujas
gigantes y el parque de la Ciutadella al lado, así que no sonaba tan mal.
Me puse los auriculares con mi lista de música favorita y fui caminando por
el largo paseo hasta que llegué donde el imponente monumento se
encontraba. Pasé por debajo y me reí al ver a un grupo de japoneses
haciéndose fotos con caras estúpidas. Parecía un photocall con tanta gente
por ahí, pero algo me llamó la atención. Vi a un chico fotografiando de lejos
a las personas que se fotografiaban, y me pareció genial. Me pareció
todavía más genial cuando distinguí su cabello rubio recogido en un moño.
Me acerqué a él con una sonrisa, y cuando se dio cuenta de que iba hacia él,
apartó la cámara de su cara.
—Mira a quién tenemos por aquí —dijo, con una sonrisa que mostraba sus
dientes y marcaba sus hoyuelos.
Esa sonrisa debería declararse patrimonio de la humanidad.
—¿Haciéndole fotos a los guiris? —pregunté con curiosidad.
—Hoy no tenía modelo y, como los turistas me hacen gracia, he decidido
tomarlos a ellos y sus poses ridículas como tema —contestó.
Me eché a reír, y Gabriel empezó a enseñarme todas las fotos que había
estado haciendo. La verdad es que él realmente tenía talento en ello, y el
tema tan extraño que había elegido lo había sabido plasmar con genialidad.
En esa última semana había hablado con él algunas veces, y la verdad era
que me caía genial. Era un chico con una forma de ver el mundo bastante
peculiar, y eso me gustaba.
—¿Tú qué haces por aquí? —me preguntó—. ¿Huir del vampiro que ha
atacado tu cuello?
Reí y negué con la cabeza. Me lo quedé mirando, y me di cuenta de que su
cuello también estaba marcado, aunque esas marcas eran de hace unos días
y no se notaban tanto.
—Al parecer a ti te atacó hace poco, también —contesté, y sonrió con
picardía.
—No me molestan ese tipo de vampiros —dijo, y no pude evitar
imaginarme cómo se los habrían hecho.
Ponerlo a él en mi mente en una cama, desnudo, sudado, con el pelo
despeinado y los labios hinchados me hizo notar un cosquilleo de placer.
Eso ya era de enferma sexual.
Vi que Gabriel abría el bolsillo pequeño de su mochila y sacó papel de liar,
boquillas, un grinder y un paquete de tabaco de liar. Vaya, así que el rubio
fumaba, pero… ¿y el grinder? Entonces vi que dentro del paquete de tabaco
había una pequeña bolsa con un cogollo verde dentro, y sonreí.
Gabriel lió un porro y, cuando lo terminó, lo encendió.
—¿Quieres? —me preguntó, tras darle una primera calada, y asentí con una
sonrisa.
Me lo pasó y fumé una calada, a lo que él me miró con la cabeza ladeada,
como si me estuviera analizando.
—¿Qué pasa? —cuestioné, riendo.
—¿Quieres hacerme de modelo hoy? —preguntó, y me sonrojé un poco.
—¿De modelo?
—Sí. —Asintió con la cabeza— Eres muy… fotografiable, y con el cigarro
en la boca aún más.
—¿Fotografiable? —Reí—. ¿No será fotogénica?
—No es lo mismo… Es que no sé cómo explicarlo.
—Tranquilo, entiendo a qué te refieres.
Así que la siguiente media hora consistió en Gabriel haciendo fotos de mi
rostro y de mis labios, haciéndome fumar de una u otra manera, y cuando el
porro se hubo extinguido me siguió tomando fotos mientras hablábamos.
—Han quedado genial —dijo cuando ya estábamos volviendo a casa—. Sí
que eres fotogénica, sí. Tendré que usarte de modelo más a menudo.
—Mientras luego me pases las fotos, a mí me parece perfecto. —Sonreí.
Ahora tenía un fotógrafo personal, y encima gratis.
5

Era un viernes por la mañana, a segunda hora, y al terminar esa clase por fin
podría empezar el fin de semana. Además, se suponía que ese sábado iba a
ser especial, porque haríamos la fiesta de despedida de Nina con sus
amigos. Sonará a mala hermana, pero no tenía ganas de aguantarlos.
Pese a ser mellizas, Nina y yo nunca habíamos tenido las mismas
amistades. Directamente, Nina era muchísimo más popular que yo. Hubo
una época en la que yo también lo era, pero entonces empecé a tener vida
sexual, me cayó el título de “zorra”, y mis amistades se redujeron
básicamente a dos: Patri y Alex. Tampoco necesitaba a nadie más, porque a
veces cuando te cae un título que los demás consideran malo y se te
empieza a dejar de lado, consigues distinguir entre amigos de verdad y
personas que no merecen la pena. Incluso había tenido problemas con Nina
porque había seguido relacionándose con gente que me insultaba
abiertamente y, de hecho, ese era un tema que nunca habíamos llegado a
solucionar.
—Hola, aterriza —me dijo Natalia, hablando en voz baja, e hice un
movimiento de cabeza, volviendo a la realidad—. Hace cinco minutos que
ha terminado la clase y este hombre sigue hablando.
—Al menos lo explica con pasión. —Me encogí de hombros al ver al
profesor hablando de lo mucho que Delacroix había aportado al mundo.
Natalia rio por lo bajo y el profesor miró el reloj de su muñeca antes de
poner cara de sorpresa.
—¡Vaya! Ya es la hora, ¡qué rápido ha pasado! —dijo con una sonrisa—. La
semana que viene empezaremos un proyecto sobre el Romanticismo, así
que podéis ir mirando artistas o temas de ese movimiento que os interesen.
Hubo un asentimiento general con la cabeza y empezamos a recoger
nuestras cosas. Natalia se fue a hablar con una chica italiana, Anna, que al
parecer se había mudado a Barcelona para estudiar aquí. No hablaba
demasiado español, aunque al ser su lengua parecida a la nuestra nos
conseguíamos entender, pero era simpática, y a Natalia parecía gustarle.
Me quedé con Silvia, quien había notado que lleva varios días mirando
mucho a Marc. La gente debía considerarme una especie de acosadora, pero
me gustaba fijarme en lo que hacían los demás. No con ningún propósito de
espiar, sino porque me parecía interesante. Parecía que las hormonas de
todo el mundo estaban revolucionadas —y las mías no eran una excepción
—, así que era divertido intentar adivinar a quién le gustaba quién.
Cuando ya lo tuve todo metido en la mochila, la cargué en mi espalda y salí
de la clase con Silvia, encontrándonos a Marian por el camino.
—Madre mía, menudo aburrimiento —dijo en cuanto empezamos a
caminar hacia la cafetería—. Que sí, que Delacroix está muy bien, pero no
da para tres horas. Este hombre se emociona y se va por las ramas.
La verdad es que en tres horas habíamos recibido una larga lección sobre
Delacroix, su vida, su obra, sus amigos y sus dramas amorosos. Se entendía
la queja de Marian, y en parte tenía razón, pero yo prefería tener un
profesor apasionado por lo que explicaba a uno que pasara de todo y se
dedicara a leer diapositivas.
Mientras tomábamos un café en el bar más cercano a la universidad, Natalia
y Anna se nos unieron. Al poco rato llegó Leo con otro chico al que apenas
conocía, y por último apareció Gabriel con varios libros que parecían
cogidos de la biblioteca. Se sentó a mi lado, de modo que quedé sentada
entre él y Leo, y dejó la pila de libros sobre la mesa.
—¿Fotografía analógica? —le pregunté, leyendo el título de uno de ellos—.
Pero si pensaba que ya eras todo un experto en ese tema.
Él sonrió.
—Quiero aprender a revelar las fotos por mí mismo —me explicó—.
Normalmente me lo hacen en una tienda, pero ya que tenemos taller de
fotografía en la uni, habrá que aprovecharlo.
—Suena interesante —contesté—. Puede que yo también me pase por el
taller algún día. Por cierto, ¿ya tienes las fotos del otro día? Tengo ganas de
verlas.
—Las tengo que pasar al ordenador, y las que te hice con la analógica
quiero intentar revelarlas yo, aunque puede que tarde un poco —dijo,
rascándose la nuca con una media sonrisa—, pero en cuanto las tenga te las
enseño.
En ese momento noté el brazo de Leo deslizándose por mis hombros para
quedarse allí. No le di demasiada importancia, aunque no era partidaria de
las muestras de afecto en público, básicamente porque me parecían una
forma algo estúpida de marcar territorio y porque la gente podía sentirse
incómoda, pero se lo permití.
Gabriel no se perdió ese gesto. Levantó las cejas, más divertido que
sorprendido, y giró la cabeza como si no hubiera visto nada para ponerse a
hablar con Anna. Escuché cómo él empezó a hablar en italiano, aunque, por
lo que pude entender, tenía un nivel muy básico, y Anna parecía
entusiasmada por poder hablar en su idioma con alguien.
—¿Quieres cenar esta noche? —me preguntó Leo, distrayéndome de mi
sutil espionaje.
—Planeaba hacerlo, sí —bromeé.
—Tonta —dijo, riendo—. Me refiero a si quieres ir a cenar conmigo. Yo
invito.
—Suena muy bien —respondí—, pero puedo pagar mi propia comida.
Él soltó una carcajada y apartó su mano de mi hombro para apoyar el codo
en la silla y mirarme, sin dejar de sonreír.
—Está bien, niña rica —contestó en tono de broma—. ¿Quieres ir a un
italiano buenísimo que hay cerca de mi casa?
—Pues no te diré que no —asentí—. ¿Tengo que ir vestida de gala? Puedo
ponerme una tiara de oro, ya sabes, como soy rica…
La verdad es que en mi familia nunca había faltado el dinero. ¿Que éramos
ricos? Pues no —y lo de la tiara de oro era broma, claro está, no me habría
puesto eso ni aunque me lo hubiera podido permitir—, pero que mis padres
fueran abogados nos había permitido vivir una vida desahogada, en lo que a
dinero se refería.
Leo volvió a reír.
—No, no hace falta.
Cuando me fui del bar, poco después, Gabriel se despidió con una sonrisa
divertida. Parecía que descubrir que había algo entre Leo y yo le había
hecho gracia. Para el resto no era ninguna novedad, al fin y al cabo nos
habían visto besándonos —con mucha intensidad, debo decir— en esa
fiesta, y ya había pasado casi un mes desde eso.
Llegué a casa con el tiempo justo para comer, descansar veinte minutos e
irme a la clase de Francés. La verdad es que cada vez me daba más pereza
ir, porque me quitaba horas para hacer vida social —hacer clases un viernes
por la tarde debería ser ilegal—, aunque el idioma me gustaba. El principal
problema era que mis padres no me permitirían dejar de ir, al menos no
hasta que me sacara el certificado. A Nina no le decían nada porque se iba a
estudiar a París, así que seguramente iba a volver con un francés impecable.
Dos horas más tarde estaba en casa, mirando el montón de ropa que había
sacado del armario y que ahora yacía sobre mi cama. Tenía los brazos
cruzados, y mi dedo índice repiqueteaba contra mi brazo mientras pensaba
en qué ponerme. Como casi cada día.
Suspiré, incapaz de decidirme. Salí de mi habitación y, antes de que mi
mano pudiera coger el pomo de la puerta de la de Nina, ella la abrió.
—Ni se te ocurra venir a decirme que tienes una crisis de vestuario —me
advirtió, adivinando mis intenciones—. Voy a ser una buena hermana y te
voy a ayudar a elegir, pero deja mi ropa en paz.
Me lo pensé durante un par de segundos.
—Vale, me sirve.
Así que Nina se metió en mi habitación y empecé a probarme cosas. Me
puse unos pantalones tejanos con un top amarillo, y entonces soltó la
pregunta.
—¿A dónde vas?
—He quedado para cenar —respondí, mientras me giraba hacia varios lados
para ver cómo me quedaba—. ¿Este top no es muy… amarillo?
—Es amarillo mostaza, Ari. Es muy veraniego y te queda bien, como todo
—contestó, sentada en la silla de mi escritorio—. ¿Con quién has quedado?
—Con un chico —dije, quitándome los pantalones para probarme otra cosa.
Vi, a través del espejo, cómo levantaba las cejas.
—¿Un chico? —inquirió—. ¿De la uni?
—Sí —contesté, mirando el montón de ropa.
Nina permaneció en silencio mientras me probaba un vestido negro de
tirantes, corto. En cuanto lo tuve puesto, volvió a hablar.
—¿Te gusta?
—Bueno, es muy básico, pero el negro pega bien con todo…
—El chico, Ari —dijo, aguantándose la risa—. Te hablo del chico.
Me rasqué el brazo.
—Sí —respondí, bajando la voz porque, aunque estábamos solas en casa,
nunca me sentía segura hablando de estas cosas en voz alta, al menos no en
casa—. Es guapo, y folla bien.
—¿Ya te lo has tirado? —exclamó, sorprendida—. Sí que vas rápido, chica,
si apenas llevas un mes en la uni.
—Llevo más de un mes —la corregí—. Y, ¿qué quieres que te diga? La vida
es corta.
—Ya lo veo, ya —murmuró, y me giré hacia ella.
—Si tienes algún comentario no hace falta que te lo guardes —espeté con
fastidio.
—No tengo nada que decir. —Se encogió de hombros—. Pero esto de cenar
con el chico suena muy serio. ¿Estás segura de que es lo que quieres?
—Igual ya me toca tomarme a algún tío en serio —respondí—. Nunca he
tenido novio, puede ser una experiencia interesante.
—Entonces, ¿quieres que sea tu novio?
—No lo sé —contesté—. ¿Qué te parece el vestido?
Ella suspiró, dándose cuenta de que estaba intentando cambiar de tema.
—Lo que tú has dicho: es negro, pega con todo —repitió mis palabras—. Es
bonito, ligero y cómodo. Yo me pondría eso.
—Sí, probablemente sí —murmuré, más para mí misma que para ella.
Se levantó de la silla y empezó a caminar hacia la puerta.
—Crisis de vestuario resuelta —dijo, pero se giró una última vez antes de
irse—. Ve con cuidado, Ari. No seas impulsiva.
Rodé los ojos y agradecí que no dijera nada más antes de salir de mi
habitación. Esa era Nina: la que siempre lo sabía todo. A veces me ponía de
los nervios con esa actitud suya.
Llegué al restaurante italiano cinco minutos tarde. Leo ya estaba allí, pero
no me recriminó nada porque, al parecer, él también acababa de llegar.
El sitio no parecía barato, aunque tampoco carísimo. La verdad es que a mí
con con cualquier cosa me habría servido, no me hacía falta ir a un sitio así
haciendo poco más de un mes que nos conocíamos y habiendo tenido sexo
unas cinco veces, pero si el plan implicaba comida yo siempre me apuntaba.
—Entonces, ¿mañana sales de fiesta? —me preguntó cuando ya estábamos
sentados y acabábamos de pedir.
—Sí —asentí—. No tengo ganas, pero es lo que hay que hacer por las
hermanas. Nina se va a estudiar fuera, y como es su fiesta de despedida
tengo que estar ahí.
—¿A dónde se va?
—A París —contesté, apoyando la mejilla en mi mano—. Estaré bastante
sola en casa sin ella.
—Yo puedo venir a animarte cuando quieras. —Me dio una sonrisa de esas
suyas, y no pude evitar adoptar el mismo gesto.
—¿Tú no tienes hermanas o hermanos? —le pregunté.
—Tengo una hermana, pero hace tiempo que vive con su novio —contestó
—. La veo más bien poco. Nunca hemos sido muy cercanos porque tiene
siete años más que yo, pero nos llevamos bien.
—Siete años —murmuré, asombrada.
—¿Tu hermana es más pequeña que tú?
—Sí —asentí—. Una hora más pequeña.
—¿Una hora? —Levantó las cejas—. ¿Sois gemelas? Eso es sexy.
—Mellizas —la corregí—. Y elimina esas fantasías de tu cabeza. Como
comprenderás, no quiero tener nada que ver con mi hermana, sexualmente
hablando.
Él se echó a reír.
—Cálmate, mujer, que era una broma.
—Ya lo sé —contesté para intentar relajar el ambiente.
No me hacían ninguna gracia las bromas sobre eso, porque me lo habían
dicho miles de veces. A algunas personas les excitaba, y a mí me daba asco.
Incluso cuando éramos más pequeñas teníamos que aguantar este tipo de
comentarios de mal gusto.
La comida llegó a los pocos minutos y yo, que tenía hambre desde hacía
horas, empecé a comérmela con ansias, aunque intentando no parecer
desesperada.
—Para tener tanta clase y estar tan delgadita comes un montón —dijo,
viendo que mi plato era bastante grande.
—Me gusta comer. —Me encogí de hombros.
Él empezó a comer tranquilamente, y lo noté algo nervioso. Me miraba de
vez en cuando, y estaba pensando en empezar a hablar de cualquier cosa
para que no hubiera tensión en el ambiente cuando él se me adelantó.
—Ari —me llamó y lo miré, desviando la atención de mi vaso de agua—.
Hay algo que quiero decirte.
Dejé el vaso en la mesa y asentí con la cabeza.
—Dime —lo insté a continuar.
—Sé que no hace demasiado que nos conocemos —dijo, algo nervioso—.
Pero me gustas mucho, y creo que podríamos ser algo más.
—¿Algo más? —Le di una media sonrisa, sabiendo a qué se refería pero
queriendo jugar un poco.
—Como una pareja, ya sabes —concretó—. Mira, voy a ir al grano: Ari,
¿quieres ser mi novia?
Mi media sonrisa se completó y me mordí el labio. Esto me gustaba. Me
gustaba mucho. Leo era un chico genial —y ni hablemos de cómo era en la
cama—. Y no, yo nunca había tenido un novio, pero la idea no me
disgustaba en absoluto.
—Me lo pensaré —contesté.
—Ari, va, que hablo en serio —dijo, rodando los ojos, exasperado.
Reí, divertida con la situación, y luego adopté la expresión más seria que
pude.
—Está bien —cedí, dejando las bromas a un lado—. Me encantaría ser tu
novia.
Leo sonrió, y cogió mi mano por encima de la mesa.
La cosa iba bien: primer año de universidad, primer novio. Eso prometía…
O, al menos, lo hizo durante un tiempo.
6

Nina se subió al avión con destino a París enfadada conmigo.


Ni siquiera me había abrazado en el aeropuerto, al despedirnos, y solo me
había dedicado una sonrisa forzada. Sabía que su intención era hacerme
sentir culpable pero, por una vez, no lo había conseguido.
Mi relación con mi hermana melliza era, por lo general, muy buena,
excepto por algo que podía parecer de poca importancia, pero abría un
abismo entre nosotras. Confiábamos la una en la otra para la gran mayoría
de las cosas, nos apoyábamos mutuamente y sabía que podía contar con
ella, pero había algo en lo que nunca coincidiríamos: sus amigos.
El sábado por la noche, dos horas antes de que empezara su fiesta de
despedida —que no era en mi casa, por suerte, sino en una conocida
discoteca de la ciudad—, le había comunicado que no tenía intención de ir.
Le había estado dando vueltas, y me había dado cuenta de que no merecía la
pena exponerme a vivir una experiencia desagradable solo para complacer a
mi hermana, y mucho menos teniendo en cuenta que ella nunca lo habría
hecho por mí. Está claro que eso último no se lo había dicho, porque me
consideraba una persona emocionalmente inteligente, pero lo pensaba de
verdad.
Nina se había puesto hecha una furia, como si fuera lo peor que le había
hecho en la vida —al parecer, incluso peor que cuando le había estampado
la cabeza contra un armario a los ocho años—. Yo me había ahorrado las
explicaciones porque ya hacía tiempo que debería conocer mis motivos, y si
había decidido no verlos, ya no era mi problema.
¿El resumen de la historia? Sus amigos eran los mayores imbéciles del
universo. No todos, claro está, pero un grupito de cuatro de ellos se había
aliado para intentar joderme la vida en secundaria, y casi lo habían
conseguido. A los dieciséis años, me había enrollado con uno de ellos, y
cuando no había querido hacer nada más, se empezaron a inventar rumores
sobre mí. Que si le había practicado sexo oral a uno de ellos —porque
sabían perfectamente que a quien iban a juzgar por tener relaciones era a
mí, y no al otro implicado en esta situación que nunca había ocurrido—,
que si había participado en una orgía… La cosa se había extendido hasta el
punto en que media clase estaba implicada, e incluso un compañero —que
no era amigo de Nina, por suerte, porque como lo viera otra vez le iba a
partir la cara— se había puesto a gritar en medio del recreo, delante de todo
el instituto, diciendo que, por cinco euros, quien quisiera podía acostarse
conmigo. “Ari es una zorra y seguro que lo disfruta”, había dicho. Ningún
profesor me había ofrecido ayuda en ningún momento, y solo había contado
con el apoyo de mis dos únicos amigos, Patri y Alex.
Nina había intercedido por mí en varias ocasiones, pero nunca cuando sus
amigos estaban implicados. En casa, la situación no había sido mejor,
porque mis padres habían llegado a la conclusión de que, si me estaba
pasando eso, era porque me lo había buscado.
Y no me había tirado un año yendo a terapia, intentando aprender a llevar la
situación, para luego tener que aguantar a esa panda de imbéciles una vez
más. Así que me negué a ir, me comí el enfado de Nina y la bronca de mi
madre por “dejar tirada a mi hermana”, y me pasé toda la noche mirando
Sex Education, que tenía exactamente el tipo de energía que necesitaba
porque, si la gente de mi clase hubiera tenido algún tipo de educación
sexual, mi paso por el instituto habría sido de lo más tranquilo. Algunos de
ellos solo eran imbéciles, por eso, y contra eso poco se podía hacer.
Pese a no sentirme culpable, no pude evitar levantarme algo desanimada ese
lunes por la mañana. El domingo, después de dejar a Nina en el aeropuerto,
había visto a Leo y habíamos hablado del tema, así que sabía que podría
hablar con él al llegar a la universidad. Lo complicado iba a ser sobrevivir
al desayuno.
—Qué triste que tu hermana haya tenido que irse enfadada, hija, de verdad
—me reprochó mi madre, entrando en la cocina.
Cerré los ojos, obligándome a centrarme en beber del café en silencio,
porque como abriera la boca íbamos a tener un drama de buena mañana, y
ese día no me apetecía.
—Parece que ahora le preocupan más otras cosas, como el novio ese que se
ha echado —comentó mi padre, que tenía la vista centrada en el periódico
de ese día, pero yo sabía perfectamente que no estaba leyendo, sino
esperando la reacción.
Si bien mi madre era más predecible —todo le parecía mal, básicamente,
así que siempre sabía qué esperar de ella—, mi padre solo daba su opinión
de vez en cuando. Y había elegido esa mañana para unirse a la fiesta de
joderme el día desde primera hora.
—¿No decíais que tenía que centrarme y encontrar a un chico decente? —
gruñí, sin poder callarme más—. Pues ahí lo tenéis. Y si Nina está enfadada,
es problema suyo.
Me dije a mí misma “no contestes a nada más”. Me obligué a
prometérmelo. ¿Sabéis eso que le dicen a la gente cuando la detienen?
“Todo lo que diga podrá ser usado en su contra”. Pues así era en mi casa.
Un comentario aparentemente insignificante podía desatar la tercera guerra
mundial… y, esa mañana, yo no tenía ganas.
—Ya veremos si es decente o no, está claro que eso no eres capaz de verlo
tú… —empezó mi madre justo cuando di un último sorbo al café.
Me levanté de la mesa sin decir nada, metí la taza en el lavaplatos y salí de
la cocina lo más rápido que pude. Escuché a mis padres discutir algo
cuando entré en mi habitación, pero no le presté demasiada atención
porque, a esas alturas, ya sabía que estaría mejor sin saber lo que decían.
Salí con el tiempo justo y caminé los pocos minutos que separaban mi casa
de la parada de metro a paso ligero. Me subí en el vagón que sabía que iba
menos lleno —aunque iba lleno de todos modos—, y emprendí el viaje de
todos los días hacia la universidad.
De camino a la universidad, reconocí una cabellera rubia que me hizo
sonreír. Gabriel caminaba a paso tranquilo, con los auriculares puestos,
como si no quedaran tres minutos para empezar la primera clase. Aceleré el
paso y, cuando estaba a su lado, le toqué el brazo con un dedo. Lejos de
sobresaltarse, Gabriel giró la cabeza y me miró con una media sonrisa que
automáticamente animó mi lunes de mierda.
—Buenos días —me saludó.
—Vamos tarde —le dije, y él miró la hora en su móvil como si no se
hubiera parado a comprobarla hasta entonces.
—Pues tienes razón.
Solté una carcajada y empecé a caminar con él hacia el edificio de la
facultad, que ya se podía distinguir a lo lejos.
—Oye, he conseguido convencer a la profesora encargada del taller de
fotografía para que me haga un tour y me enseñe a revelar los carretes —me
contó—. He quedado con ella después de comer, a las tres. ¿Te apuntas?
Mi plan para esa tarde era ir al gimnasio con Leo, pero no habíamos
quedado hasta las siete, así que me daba tiempo de sobra. Siempre me había
llamado la atención la fotografía analógica, así que la idea sonaba genial. El
hecho de que Gabriel me pareciera atractivo no tenía nada que ver, no.
Conseguimos entrar en clase a las ocho y siete minutos, y dado que el
profesor de dibujo todavía estaba intentando entenderse con el proyector, no
nos llevamos ninguna mirada de reproche —aunque, por lo poco que lo
conocía, el señor tampoco tenía pinta de preocuparse demasiado por si la
gente llegaba a la hora o no—.
Me encontré con la mirada de Leo, que tenía una ceja levantada, y le di una
sonrisa antes de ponerme a examinar la clase en busca de un sitio libre.
Encontré uno al lado de Marian, así que fui a sentarme allí.
—Qué bien montado lo tienes —me susurró ella en cuanto me senté—. ¿Te
vas turnando entre Leo y Gabriel?
Me reí, intentando no llamar demasiado la atención al hacerlo, y negué con
la cabeza, divertida.
Durante el transcurso de la clase, me di cuenta de que iba a tenerlo
complicado para concentrarme, porque los sentimientos negativos por todo
el tema de Nina volvieron a aparecer. Me planteé mandarle un mensaje, ni
que fuera preguntándole cómo estaba, porque no habíamos hablado después
de la fría despedida en el aeropuerto. Aun así, mi orgullo fue más fuerte y
decidí no hacerlo. No era yo la que tenía que disculparse, ni iba a ser la
primera en hablarle. Ya se daría cuenta de lo tonta que estaba siendo cuando
se le pasara el berrinche.
—¿Cómo es que has venido con Gabriel? —fue lo primero que me
preguntó Leo cuando se me acercó, al terminar la clase.
—Buenos días a ti también —respondí—. Me lo he encontrado por el
camino.
Él solo hizo una mueca, como si le pareciera extraño que la gente se
encontrara por la calle. Yo no tenía ganas de aguantar las neuras de nadie
más porque ya había llenado mi cupo semanal —y mira que solo estábamos
a lunes—, así que decidí ignorarlo. Por suerte, él eligió ese momento para
cambiar de tema.
—¿Qué tal con tu hermana? —me preguntó mientras yo terminaba de
recoger las cosas de mi mesa.
Así que procedí a explicarle la pequeña bronca que había tenido con mis
padres esa mañana, y que seguía sin hablar con Nina porque no me daba la
gana ser la que intentaba arreglar las cosas cuando no me había equivocado
yo.
—¿No podéis arreglarlo por telepatía? —bromeó, y rodé los ojos pero no
pude evitar soltar una carcajada.
—Ojalá —respondí, divertida, y nos fuimos escaleras abajo para
encontrarnos con el resto en la cafetería de siempre.
Tomamos un café y desayunamos con Marian, Marc, Natalia y Silvia.
Gabriel estaba en paradero desconocido, porque a menudo le daba por
evaporarse e ir a la suya. Al cabo de un rato se nos unió Anna, la chica
italiana, y vi cómo Natalia se puso tensa de repente. Uy, ahí estaba pasando
algo. Ya le preguntaría luego.
Nos quedaba la clase de Historia del Arte antes de ir a comer, pero Marc ya
dejó claro que no tenía intención de ir. Vivía cerca, y nos invitó a jugar a la
play en su casa, pero solo Marian aceptó. Leo se lo estuvo pensando un
buen rato, pero al final decidió pasar.
—¿Quieres venir a comer a mi casa? —me ofreció—. Luego podemos
echarnos una siesta antes de ir al gimnasio.
—A las tres voy al taller de foto —le dije antes de dar un pequeño sorbo a
mi café para ver si ya no quemaba.
—¿Al taller de foto? —inquirió.
—Gabriel ha convencido a la profe del taller para que nos enseñe a usar el
laboratorio —expliqué.
—Oh, Gabriel —murmuró.
—Sí —respondí distraídamente, centrada en soplar en mi café para que
dejara de quemar como si fuera lava en una taza.
—Vale —dijo antes de levantarse e irse de nuevo hacia la facultad.
Lo miré mientras se iba, con una ceja levantada y sin comprender qué
mosca le había picado. Me encogí de hombros, y empecé a tomarme el café.
—Se ha dejado el café —apuntó Silvia—. ¿Va a volver?
—No tengo ni idea —respondí con honestidad.
Si tenía algún problema, ya me lo haría saber. Yo no iba a estar
rompiéndome la cabeza para adivinar qué le pasaba. Esperaba que no
tuviera nada que ver con el hecho de que fuera al taller con Gabriel, aunque
tenía toda la pinta. No entendía la hostilidad que sentía Leo hacia el rubio,
pero tenía claro que no iba a dejar de hacer lo que quería porque él tuviera
celos —o lo que fuera que le pasaba—.
—Oye —dijo Natalia en un momento de la conversación, que había seguido
de forma amena, dejando el berrinche de Leo en el olvido—, ¿queréis salir
este viernes? Hace muchísimo que no salgo.
—Pero si saliste hace nada —rebatió Silvia, divertida.
—Hace dos semanas —puntualizó ella—. Eso es un montón de tiempo.
Solté una carcajada y Silvia se echó a reír. Anna miraba a Natalia con una
sonrisa, con la tensión entre ellas ya evaporada, y Marian dio una palmada.
—¡Decidido! —proclamó—. Este viernes hay fiesta. Os quiero ver a todos
ahí.
—Yo me apunto —dije, levantando la mano.
Al final se apuntaron todos, y me pusieron de deberes decírselo a Leo y
Gabriel. Entre tanta charla, tuvimos que apurar el café para salir casi
corriendo hacia clase. Marc y Marian se despidieron para irse a jugar, y en
el último momento Silvia decidió unirse a ellos.
—Uy, ya les ha fastidiado el polvo —murmuró Natalia cuando se fueron
—¿Marc y Marian están liados? —pregunté.
—No creo —contestó—, pero me da que a Marian le mola.
—Yo creo que a Silvia le gusta Marc —apuntó Anna.
—Eso suena a problemas. —Hice una mueca, y ellas rieron.
—Ya veremos cómo evoluciona la cosa —dijo Natalia antes de que
entráramos al edificio.
7
Leo no me habló durante la primera mitad de la clase de Historia del Arte, y
eso que estaba sentado bastante cerca de mí, pero parece que las
explicaciones del profesor sobre la dramática muerte de Basquiat le
hicieron reflexionar o algo así, porque en cuanto tuvimos un descanso vino
a hablar conmigo como si no hubiera pasado nada. No quise reclamarle una
disculpa ni sacar el tema de lo que había pasado apenas dos horas antes
porque ese día no tenía ganas de más conflictos, pero no estaba contenta
con su forma de actuar.
La clase terminó a las dos —dos y diez, realmente, porque el profesor
tendía a emocionarse tanto que no miraba el reloj—, lo que significa que
Gabriel y yo teníamos casi una hora para matar. Me despedí de Leo
rápidamente, asegurándole que nos veríamos a las siete, y me encontré con
Gabriel en el pasillo.
—Mexicano —me propuso cuando pensábamos en qué comer.
—Me sienta fatal —respondí, y él hizo un puchero, como si acabara de
arruinar el mejor plan del mundo—. ¡De verdad! Si me como un solo taco,
estaré con dolor de barriga hasta mañana.
—Igual la salsa roja esa que les echas no es ketchup, precisamente —
bromeó, y solté una carcajada.
—Tonto —murmuré, divertida—. La verdad es que no conozco demasiados
lugares para comer aquí cerca.
—Pues muy mal. —Negó con la cabeza, fingiendo indignación—. Lo
primero que hice al empezar la uni fue explorar los sitios para comer. Tengo
un ranking, y todo. El mexicano estaba el primero.
Me eché a reír, y empecé a bajar las escaleras de camino a la salida.
—¿Cuál está en el segundo puesto? —inquirí.
—Comida tailandesa —contestó—. ¿La has probado?
—Una vez, y me gustó mucho —respondí—. Creo que ya tenemos plan.
—¡Bien! —exclamó para sí mismo, y volví a reír.
Así que fuimos al tailandés, que quedaba a apenas cinco minutos de la
universidad, y nos pedimos unos pad thai para llevar, porque en el local
había pocas mesas y estaban todas ocupadas. Terminamos comiéndolos
sentados en el primer banco que encontramos.
—¡Está buenísimo! —dije, porque estaba incluso más bueno que la anterior
vez que lo había probado.
—El mejor tailandés del barrio —contestó él, asintiendo con la cabeza—. A
veces me dan ganas de pedirle matrimonio a la señora que los prepara, pero
sería un poco raro.
—Probablemente. —Reí, y luego recordé lo que había hablado con los
demás durante el desayuno—. Oh, por cierto, con Natalia y los demás
decíamos de salir este viernes. ¿Te apuntas?
—Creo que he quedado este viernes —respondió, y debo admitir que me
sentí un poco decepcionada, porque la otra vez que habíamos salido de
fiesta Gabriel tampoco había venido—, pero tampoco es seguro, así que ya
os diré. ¿A dónde quieren ir?
—Pues no tengo ni idea, pero seguramente acabemos en Apolo, porque a
todos nos gusta.
—A mí también me gusta Apolo —murmuró, centrado en mezclar sus
fideos con los palillos, y luego se rio—. ¿Sabías que tuve que verme un
tutorial de YouTube para aprender a usar estas cosas? Al principio siempre
me hacía un lío.
Me eché a reír, porque la imagen mental de Gabriel trabajando su técnica
con los palillos delante del ordenador era de lo más graciosa.
—Qué mono —lo pinché con un tono burlón, y él solo sonrió, haciendo que
los hoyuelos en sus mejillas se marcaran.
—Monísimo.
Terminamos de comer en silencio —porque había hambre, no nos vamos a
engañar—, y a las tres menos diez nos levantamos para ir hacia la
universidad. El taller de fotografía estaba en el cuarto piso, el más alto del
edificio, así que con el poco tiempo que teníamos nos salía más a cuenta
subir en ascensor.
Las puertas del ascensor se cerraron detrás de nosotros y me apoyé contra la
pared. Saqué el móvil para contestar a un mensaje que Patri me había
mandado hacía un rato, contándome sus dramas con Dani, el chico con el
que se acostaba de vez en cuando y al que había dejado de ver al darse
cuenta de que empezaba a sentir más. Yo la animaba a que se dejara llevar y
volviera a hablarle, pero ella era muy tozuda.
Escuché que Gabriel soltaba un pequeño gemido y desvié la mirada
lentamente hacia el espejo del ascensor para encontrármelo desperezándose,
estirando los brazos de modo en que se le levantó un poco la camiseta y
pude ver un trozo de su abdomen, con una fina línea de vello bajando desde
su ombligo hasta el cinturón. Subí la vista hasta su cara y, justo en ese
momento, Gabriel también me miró. Aparté la mirada rápidamente y casi
pude escuchar cómo él sonreía.
Iba a decir algo, pero el ascensor paró y se abrieron las puertas. Gabriel se
quedó quieto, dejándome pasar delante de él, y cuando salimos podía notar
su mirada en mí, desde atrás. Sonreí, notando esa tensión que a veces se
creaba entre nosotros, pero que se alivió un poco en cuanto entramos en el
aula.
Al principio no vimos a nadie, pero las cortinas de la habitación oscura se
abrieron y salió una chica que tendría nuestra edad, pero que no iba a
nuestro curso.
—Hola —nos saludó, mirándonos con curiosidad—. ¿Buscáis a Helena?
—Habíamos quedado con ella a las tres —contestó Gabriel.
—Oh, habrá ido a por un café —murmuró la chica, mirando a todos lados
del aula, seguramente buscando a la profesora—. ¿Os iba a enseñar el
taller? Me ha comentado algo así antes.
—Sí —respondió el rubio.
—Pues si queréis os lo enseño yo mientras llega, porque a veces se distrae
por ahí y tarda en volver —nos propuso—. Estoy en tercero, y llevo
viniendo al taller desde primero. Es casi mi segunda casa, así que me lo
conozco bien.
—Genial —respondí con una sonrisa, y Gabriel asintió con la cabeza.
La chica, que resultó llamarse Candela, nos guió por el taller mientras nos
explicaba qué había: un plató, la habitación oscura, una zona de secado de
las fotografías… Era un aula pequeña, pero tenía de todo. Gabriel hacía
preguntas a menudo, y yo lo escrutaba todo con curiosidad.
De repente se escuchó la puerta, y nos giramos para ver a una mujer de
mediana edad, con el pelo rizado recogido de cualquier manera en un moño,
y con un vaso de café en la mano.
—Oh, ¡hola! —nos saludó al vernos—. Tú debes de ser Gabriel. Disculpa,
es que me he encontrado a Juan, el de Historia del Arte, en la cafetera, y nos
hemos tirado no sé cuánto rato discutiendo sobre Moholy-Nagy. Candela,
¿te crees que me ha dicho que la serie de los fotogramas no fue idea suya,
sino de un tío ruso del que no había escuchado hablar en mi vida? Este está
iluminado.
Candela se echó a reír, y yo tampoco pude evitar hacerlo al imaginarme al
profesor de Historia del Arte, tan apasionado y tan fan de las teorías
conspiratorias en el arte, discutiendo con esa mujer. Iluminado era una
buena palabra para describirlo, sí.
—Bueno, ¿quién quiere revelar fotos? —nos preguntó, dando una palmada
con entusiasmo.
Pasamos la siguiente hora y media entre explicaciones de la profesora e
intentos de revelado. Gabriel tenía un carrete terminado, así que en cuanto
tuvimos los negativos, nos pusimos manos a la obra. Solo podíamos revelar
en blanco y negro, y lo hacíamos poco a poco para no equivocarnos. Sonreí
al ver una de las fotos que me había hecho a mí, semanas atrás, cuando nos
habíamos encontrado por la calle. En la misma tira, vi fotos de otra chica,
en un ambiente más íntimo, sentada en la cama y con una gran sonrisa. Era
guapa, y mucho; con rasgos asiáticos, y un brillante pelo oscuro que le
llegaba hasta los hombros. No pude evitar sentir una mezcla extraña entre
los celos y la curiosidad pero, aunque tenía ganas, no le pregunté nada a
Gabriel, porque no era asunto mío. Colgué las fotos de la chica en la zona
de secado cuando estuvieron listas, y Gabriel se acercó para tocar las
imágenes en las que salía yo.
—Pues no se te da nada mal eso de hacer de modelo —comentó con una
sonrisa.
—La próxima sesión te la cobraré —bromeé.
—Qué mala —se quejó, divertido.
La profesora tenía que irse, así que a las cinco dimos la lección por
terminada. Dejamos la última tanda de fotos secándose, y le di una rápida
mirada a las de la chica misteriosa antes de salir del aula.
—¿Una birra? —me propuso Gabriel mientras bajábamos las escaleras.
Me paré a pensarlo unos instantes porque había quedado con Leo a las siete,
pero todavía me quedaban dos horas, así que ¿por qué no?
—Claro —contesté.
Nos fuimos al mismo bar en el que solíamos desayunar y hacer cervezas
con los demás cuando acabábamos tarde, y nos sentamos en la primera
mesa libre que encontramos. Pedimos una cerveza para cada uno mientras
mirábamos las fotos que Gabriel se había podido llevar, las primeras que
habíamos revelado.
—Esta es muy bonita —murmuré. Salía una mujer de unos cuarenta o
cincuenta años, rubia, con el pelo recogido en una cola y mirando
distraídamente por la ventana. Solo una parte de su cara estaba iluminada
por el sol, lo justo para hacer brillar sus ojos, que parecían de un color claro
—. ¿Es tu madre?
Él cogió la foto y sonrió al verla.
—Sí —contestó—. Ya verás como, cuando le enseñe la foto, se la
enmarcará y la pondrá por ahí. Si es que amor propio no le falta.
—Es muy guapa —dije, asombrada, aunque teniendo en cuenta lo guapo
que era él, tampoco era tan raro.
—De tal palo tal astilla —respondió Gabriel, y me eché a reír.
—Pues también es verdad —contesté, usando un tono bromista aunque lo
decía honestamente.
Fui a coger otra de las fotos, que habíamos dejado en medio de la mesa, y
parece que Gabriel tuvo la misma idea porque mi mano fue a parar encima
de la suya. La aparté rápidamente, como si su piel quemara, pero con ese
leve roce de mis dedos con el dorso de su mano tuve suficiente para
empezar a ponerme nerviosa, y mira que no solían pasarme estas cosas,
porque estaba más que acostumbrada a tratar con chicos.
Pensé que Gabriel haría alguna broma o se reiría, pero cuando lo miré vi
que tenía la vista apartada, mirando al suelo. Le dio un trago a su cerveza
sin decir nada, y volvió a dejar la copa con cuidado encima de la mesa. Se
creó un silencio tenso que duró varios segundos —aunque pareció mucho
más— mientras los dos pensábamos en qué decir, y fue él el que lo rompió.
—Entonces, ¿podré contar contigo como modelo otro día? —preguntó,
rascándose el cuello.
—Claro —contesté con una sonrisa, y él me la devolvió.
Seguimos hablando de las fotos como si no hubiera pasado nada, y cuando
quise darme cuenta ya eran las seis y media. Solté una maldición por lo bajo
y empecé a recoger, guardando mi móvil en el bolsillo y sacando la cartera.
—Tengo que irme —le dije a Gabriel, que me estaba tirando una mirada
interrogativa—. He quedado en media hora, y tengo que pasar por casa a
buscar las cosas para el gimnasio.
—¿Gimnasio después de la cerveza? Buena suerte. —Rió.
—Podría hacer una sesión de dos horas habiéndome bebido dos cubatas —
le aseguré, con una sonrisa de superioridad.
—Ya lo probaremos algún día, a ver si es verdad —contestó él, divertido.
Me despedí de él y salí prácticamente corriendo hacia mi casa. Cogí el
metro y volví a soltar un taco al ver que quedaban siete minutos para que
pasara. ¿Desde cuándo pasaban tan pocos metros a esa hora?
Al final, conseguí llegar al gimnasio a las siete y cuarto. Leo me estaba
esperando, sentado en el banco del lado de la puerta, y pensaba que estaría
enfadado, pero cuando llegué me recibió con una sonrisa.
—Eres una tardona —me dijo, pasando una mano por mi cabeza para
despeinarme antes de acercarse para darme un beso.
—Lo siento —contesté—. Pero ya sabías a lo que te enfrentabas cuando
empezaste a salir conmigo.
Él se rió, y entramos en el edificio. Nos separamos para ir cada uno a su
vestuario, y yo no pude evitar dedicarle un último pensamiento a la chica
misteriosa de las fotos de Gabriel antes de terminar de cambiarme y salir
hacia la sala de máquinas.
8

El viernes había llegado, y salí de la ducha corriendo porque, cómo no, iba
con el tiempo justo.
—¡Ariadna, la ropa! —me reprendió mi madre, pasando por mi lado con
una pila de camisetas perfectamente dobladas, preparadas para meter en la
maleta, ya que a la mañana siguiente se iban a la casa que tenía mi tía en la
montaña, a dos horas de Barcelona.
Ya se podrían haber ido esa tarde, para que así la casa estuviera libre y yo
pudiera traer a Leo a dormir después de la fiesta, pero no.
—¡Me has visto desnuda mil veces! —respondí, sin bajar mi ritmo
frenético, y ni siquiera esperé a que contestara antes de cerrar la puerta de
mi habitación.
Me quité la toalla que me había enroscado en la cabeza, y me miré al espejo
de cuerpo completo que tenía en la habitación.
—Bueno… y ahora, ¿qué? —me pregunté a mí misma.
Mi primer paso fue entrar en la habitación de Nina para ver si podía robar
algo. Seguíamos sin hablarnos, pero tampoco se iba a enterar si le cogía
ropa —ya me encargaría de bloquearla de mis historias de Instagram
durante la noche—, así que no pasaba nada. Solté un gruñido cuando, tras
estar unos minutos examinando su armario, me di cuenta de que se había
llevado toda la ropa de verano.
Iba a tener que desenterrar de mi armario prendas que sabía que tenía pero
que llevaba mucho tiempo sin encontrar —porque tampoco es que las
hubiera buscado, era ver la montaña de ropa en el armario y perder todas las
ganas de buscar nada—.
Volví a mi habitación, abrí el armario y empecé a sacar prenda tras prenda.
Al cabo de un buen rato, cuando una gran parte del montón de ropa del
armario se había trasladado a mi cama, encontré el top que buscaba y
sonreí.
Terminé de vestirme a las nueve. Teniendo en cuenta que todavía me faltaba
maquillarme y peinarme, y que había quedado a las nueve y media en casa
de Natalia para cenar con ella, Marian y Silvia, tenía pinta de que no iba a
llegar. Cenar en su casa era algo contraproducente porque mi casa quedaba
mucho más cerca del sitio al que íbamos a ir, pero como mis padres estaban
en casa, no podíamos cenar ahí. Habíamos decidido probar un club que
habían inaugurado apenas tres meses atrás, y por suerte quedaba a cinco
minutos de mi casa, así que no iba a tener problemas para volver.
Al final pasé de maquillarme y salí de casa para coger el autobús, que me
iba mejor que el metro para ir a casa de Natalia. Tenía veinte minutos de
viaje, así que saqué el móvil para viciarme un rato a un juego nuevo que me
había descargado, pero me encontré con un mensaje de Nina.
Nina: Hola, ex-compañera de útero
Sonreí al leerlo, pero decidí hacerme la difícil y tardar un poco en contestar,
porque así de paso igual se le ocurría no sé, disculparse.
Nina: Mira, he estado pensando y me he dado cuenta de que nos peleamos
por una tontería (como siempre). Llevo días queriendo hablarte, y te echo
de menos.
Me molestó que se refiriera al motivo de nuestra pelea como “una tontería”,
porque para mí no lo era, pero se lo concedí porque me alegraba de que por
fin me hubiera hablado, y porque sabía que a Nina le costaba pedir perdón.
De todos modos, me apetecía hablar con ella y que me contara cosas de
París, así que presioné el botón de videollamada y estuve hablando con ella
durante el resto del trayecto en autobús.
Colgué justo antes de bajarme del bus, y pasé rápidamente por el
supermercado para comprar vino. Llegué a casa de Natalia a las nueve y
cuarenta, que era una hora aceptable, y más teniendo en cuenta que Silvia
todavía no había llegado. Solo estábamos Marian, Natalia y yo en la casa,
porque Anna al final no había podido venir, y los chicos iban a venir más
tarde.
Silvia llegó casi a las diez, cuando la cena ya estaba lista. Nos metimos un
poco con ella por tardona —y mira que yo no era nadie para hablar—, y
cenamos entre risas, cotilleos y bastante vino.
A las once llamaron al timbre, y cuando Natalia fue a abrir entraron Marc,
Leo y, para mi sorpresa, Gabriel. Saludé a Leo con un beso, le di un abrazo
a Marc y, por último, me dirigí al rubio.
—Pero mira quién ha decidido venir —comenté con una sonrisa.
—A veces me da por sorprender —contestó, divertido.
—¿Has cancelado tus planes por nosotros? Qué considerado —dije,
llevándome una mano al pecho como si estuviera emocionada.
Gabriel rio.
—He terminado antes de lo que esperaba —respondió.
—Vamos, que has echado un polvo rápido y te has ido —bromeó Marc, y
por la cara que puso Gabriel pude ver que tenía toda la razón—. Ostia, que
he acertado. ¡Soy adivino! No sabía que tenías novia.
—Es que no tengo —contestó él.
—¡Míralo, menudo ligón! —gritó Marc mientras yo los escuchaba con
interés, porque toda esa información me parecía de lo más interesante.
—No va por ahí, el tema —respondió Gabriel, en el mismo tono divertido
que había mantenido durante toda la conversación.
—Va, no te hagas el misterioso, ahora nos lo tienes que contar todo —dijo
Marian, dándole un codazo sugerente a Gabriel.
—No seáis cotillas —se quejó el rubio—. Creo que esta noche elijo ser
misterioso, como dices tú.
—Qué chico tan aburrido —dije, negando con la cabeza como si estuviera
muy indignada, y Gabriel solo me dio una sonrisa.
Hubo más intentos por parte de Marc y Marian de sacarle más información,
pero fueron inútiles, así que nos concentramos en lo que veníamos a hacer:
prepararnos para la fiesta. Los chicos habían traído ron y ginebra junto con
otras bebidas para mezclarlo, pero a mí no me apetecía demasiado, así que
me ceñí al vino que habíamos estado tomando durante la cena.
Salimos de casa cerca de las doce, y tuvimos que coger el bus nocturno para
poder ir hasta allí. Marc quería coger un taxi, pero Natalia lo riñó porque
decía que el autobús era una opción mil veces más ecológica, y consiguió
que cediera a usar el transporte público.
Llegamos a la discoteca a las doce y media pasadas, dándonos prisa porque
a partir de la una se pagaba para entrar. Lo bueno de que fuera un local
nuevo era eso, que como acababan de abrir necesitaban clientes y hacían
ofertas como la entrada gratis hasta la una.
—¿A qué hora te irás? —me preguntó Leo mientras hacíamos cola para
entrar.
—Pues no lo sé, acabamos de llegar —contesté—. ¿Por?
—Yo no me iré muy tarde, que mañana vienen mi hermana y su novio a
comer —me explicó—. Podrías quedarte a dormir en casa, y mañana
comemos con ellos.
Agradecí que estuviéramos en una zona oscura, porque eso reducía
considerablemente las posibilidades de que Leo viera la expresión de
pánico que estaba segura de que llevaba pintada por toda la cara.
—¿Con tus padres y tu hermana? —pregunté, sin estar segura de si lo había
entendido bien.
—Y Enzo, el novio de mi hermana —añadió.
—No es… ¿No es un poco pronto? —pregunté con cuidado, porque apenas
llevábamos una semana oficialmente juntos y me parecía precipitado, pero
tampoco quería que se lo tomara mal.
—¿Por qué iba a ser pronto? —Se encogió de hombros.
—Bueno, solo llevamos una… —empecé, pero por suerte fui interrumpida
por Marian, que me rodeó el hombro con el brazo y me atrajo hacia ella.
—A ver, tortolitos, no os pongáis en plan pareja marginada —nos riñó,
aunque se notaba que lo decía en broma.
—Uy, ¿qué es ese olor? —Hice como que olía el aire—. Creo que es la
envidia.
Marian estalló en carcajadas y me empujó.
—Capulla —me insultó con cariño—. Para que lo sepas, yo soy una firme
defensora de la soltería, y más a nuestra edad.
—Sí, sí, claro —le dijo Leo, fingiendo un tono de condescendencia
mientras le palmeaba el hombro.
—Ahora entiendo por qué estáis juntos: los dos sois malísimos. —Marian
negó con la cabeza, como si nuestra actitud le pareciera fatal.
Le lancé un beso y ella hizo como si lo cogiera con las manos y se lo llevara
a la boca. Me reí, y no fue hasta que Gabriel nos avisó que vimos que ya
podíamos entrar en el club.
Leo se fue con los chicos, mientras Silvia y Natalia hablaban entre ellas,
completamente en su mundo, así que yo me quedé con Marian, detrás del
resto del grupo, mientras entrábamos en el local.
—Entonces, ¿tienes algún objetivo? —le pregunté a Marian, con una
curiosidad morbosa.
Ella hizo una mueca.
—Pues a Gabriel no le diría que no porque está para comérselo, aunque
pasa de mí y me da que te hace más caso a ti —comentó, y solté una
carcajada porque pensaba que estaba bromeando—. Marc tampoco está
mal.
—¿”Marc tampoco está mal”? —repetí sus palabras en tono interrogativo,
mirándola con las cejas levantadas.
—Vale, Marc está muy bien —admitió—, pero creo que a Silvia también le
gusta, y no quiero malos rollos con ella.
—O sea que Marc te gusta —dije, porque es lo que había conseguido
extraer de sus palabras.
Marian se sonrojó un poco.
—Sí —contestó, y luego levantó un dedo—. Pero ni se te ocurra decírselo,
ni a Marc ni a nadie.
—Su secreto está a salvo conmigo, señorita —le aseguré, y ella sonrió.
—Gracias —me dijo, dándome un apretón en la mano antes de abrir las
puertas de la sala principal, en la que los demás ya habían entrado, y el
fuerte sonido de la música se sobrepuso a cualquier intento de seguir la
conversación.
Nos fuimos directas a la barra, donde estaba el resto del grupo empezando a
pedir sus bebidas. Yo me pedí un ron cola, que era una apuesta segura
porque sabía que no me iba a sentar mal.
Entre bebidas, risas y bailes, las horas pasaron volando. Estaba bailando
con Leo, después de darnos el lote de una forma muy poco sutil —aunque
habíamos tenido la consideración de alejarnos del grupo—, cuando sacó el
móvil de su bolsillo y chasqueó la lengua.
—Son casi las cuatro —me dijo—. Creo que iré tirando ya. ¿Vas a venir?
—Me quiero quedar un rato más —contesté, mirando a mis amigas, que
seguían dándolo todo en la pista de baile… Las que estaban ahí, al menos,
porque solo veía a Marian y Natalia.
—Como quieras. —Se encogió de hombros, y sé que no terminó de hacerle
gracia porque se separó de golpe, pero no iba a cambiar mis planes de esa
noche porque él quisiera que conociera a su familia—. Nos vemos el lunes,
entonces. Dile a los demás que me he ido.
Ni siquiera me dio un beso de despedida, simplemente se giró y se fue.
Solté un gemido de frustración porque, aunque me encantaba todo de él, esa
tendencia suya a coger rabietas a veces me sacaba de quicio.
No quise darle más vueltas, así que me fui con Marian y Natalia, que me
recibieron con un abrazo muy efusivo.
—¡Te hemos echado de menos! —gritó Natalia, como si llevara diez años
en el extranjero.
—Pero ha sido interesante ver cómo Leo y tú os comíais la boca —añadió
Marian, haciéndonos reír—. Muy ilustrativo, sí. Creo que solo me falta
veros follar… Podríamos hacer un trío, ahora que lo pienso.
—Ya te gustaría —le dije, pellizcándole la mejilla, y ella soltó un grito.
—¡Que me arrancas la cara, bruta! —se quejó.
—¿Dónde están los demás? —pregunté.
—A Gabriel lo he visto por última vez hablando con una chica —contestó
Natalia—. Marc y Silvia… Pues ni idea de dónde se han metido, la verdad.
—Pues menudo panorama —dije—. Pero tampoco los necesitamos. Creo
que me pediré otro cubata, ¿alguien se apunta?
—Yo —respondió Marian, y Natalia simplemente levantó la mano para
indicar que también venía.
Fuimos hasta la barra y las tres nos pedimos otro ron cola, porque íbamos a
lo mismo. Era el segundo que me pedía, y la verdad es que iba muy bien.
Solo había tenido una mala experiencia con el alcohol, y eso que llevaba
saliendo desde los dieciséis, pero en general sabía controlarme con la
bebida. El camarero nos los preparó y los dejó en la barra. En un arrebato
de generosidad, Marian decidió invitarnos a esa ronda, y brindamos por ella
antes de dar el primer trago. Sonreí al notar el sabor dulce de la cola
contrastándose con el fuerte pero sutil toque del ron en mi boca.
Dejé el cubata en la barra y me giré, apoyando mis manos en la superficie
de madera para mirar a mis amigas, que se habían puesto delante de mí.
Iba a decir algo cuando Gabriel entró en mi campo de visión, solo y
mirando a todos lados de una forma distraída, como si estuviera
examinando la sala pero sin prestar demasiada atención. Entonces nuestras
miradas se encontraron y me regaló una de esas sonrisas irresistibles antes
de acercarse a nosotras.
—Por fin os encuentro —dijo en cuanto estuvo a nuestro lado.
—Te hemos dejado tranquilo, que se te veía ocupado con la chica pelirroja
de antes —comentó Marian, divertida.
—¿La chica…? Oh, la pelirroja —respondió—. Hemos hablado un rato y
me he ido. Luego me ha parado una chica para preguntarme si era rubio
natural o teñido.
—¿Eres rubio teñido? —le preguntó Natalia, y él se rió.
—No, no lo soy.
—Entonces, ¿no has tenido suerte esta noche? —inquirió Marian.
—No he venido para liarme con nadie —contestó él tranquilamente—. No
es mi estilo.
—¿No follas en la primera cita? —cuestioné, divertida.
—No follo con gente a la que acabo de conocer —contestó, usando mi
mismo tono jocoso, pero se notaba que lo decía en serio—. Que no me
parece mal que los demás lo hagan, para nada, pero no es lo mío.
—Respetable. —Asentí con la cabeza, aunque no pensaba igual que él.
Yo sabía separar entre los polvos sin significado y el sexo con sentimientos,
y ambas cosas me gustaban. La segunda más, claro está, pero de vez en
cuando echar un polvo rápido con alguien a quien no iba a ver más no le
sentaba mal a mi cuerpo.
De todos modos, eso era algo muy subjetivo; cada persona era un mundo, y
entendía perfectamente que lo que a mí me gustaba no tenía por qué
gustarle a los demás. Marian y Natalia se pusieron a hablar sobre algo, y
Gabriel me miró. Su vista se desvió hacia detrás de mí, concretamente a mi
cubata, y alargó la mano para cogerlo.
—Uy, ¿a qué sabe? —preguntó antes de darle un largo trago.
—¡Oye! —me quejé, aunque mi sonrisa me delataba—. Pídete uno, si tanto
te gusta.
—Es que cuando es de los demás sabe mejor —contestó, y solté una
carcajada.
—No tienes remedio.
Justo en ese momento, alguien pasó por el lado de Gabriel a toda prisa, le
dio un golpe en el brazo y pude ver casi a cámara lenta cómo mi cubata caía
al suelo antes de romperse en pedazos.
—¡Joder! —exclamó él, sorprendido.
—Ale, ya me he quedado sin —dije, aunque tampoco le di demasiada
importancia.
—Te pido otro —contestó Gabriel, y antes de que pudiera decirle que no
hacía falta, él ya estaba en la barra.
Sonreí para mí misma mientras escuchaba a Gabriel avisar de que había
cristales en el suelo y pedirme otro ron cola —aunque no se pidió nada para
él, así que me daba a mí que iba a robarme más bebida—. Estaba mirando a
la pista de baile distraídamente cuando vi a Marc y a Silvia liándose como
si no hubiera un mañana.
—Vaya —murmuré.
No pude evitar desviar la mirada, de la forma más sutil que pude, hacia
Marian, y me di cuenta de que ella también lo había visto. Los estaba
mirando, y la expresión alegre que había llevado toda la noche había caído,
pero se recompuso rápidamente y me miró con una sonrisa.
—¿Gabriel ya te está compensando las pérdidas? —me preguntó como si
nada, y asentí con la cabeza.
—¿Todo bien? —inquirí, y su sonrisa se ensanchó, cosa que me permitió
ver que la estaba forzando.
—Todo genial —contestó.
Decidí no preguntarle nada más, porque estaba claro que no quería hablar
del tema, y noté cómo Gabriel se giraba a mi lado antes de encontrarme un
cubata en la cara.
—Para usted —me dijo, y sonreí antes de cogerlo.
—Muchas gracias, caballero. —Hice una reverencia que casi consigue que
el vaso que llevaba en la mano se uniera al otro hecho pedazos en el suelo,
y Gabriel rio.
—Ve con cuidado, que si lo rompes tú no te pido otro más —bromeó, y
cuando levantó la mirada debió de ver a Silvia y Marc, porque se le
levantaron las cejas.
—Vaya, estos no pierden el tiempo —comentó.
—Pues no, parece que no —respondí.
Escuché a Gabriel suspirar, y noté cómo se apoyaba contra la barra. Me giré
hacia él y lo vi con los ojos cerrados.
—No te duermas —lo pinché, dándole un codazo.
Él abrió los ojos y soltó una pequeña carcajada.
—Estoy un poco mareado —murmuró, tan sutilmente que apenas pude
oírlo, y me fijé en que estaba algo pálido—. Y es muy raro porque tampoco
he bebido tanto… Aunque igual es el ron cola lo que me ha sentado mal.
—¿Has cenado antes de venir? —le pregunté, y negó con la cabeza—. Pues
igual es por eso. Beber con el estómago vacío es una idea malísima, y más
si mezclas bebidas. ¿Te quieres sentar?
—Estoy bien así —respondió, y una de sus manos se posó en mi antebrazo
—. No te preocupes, no es tan grave. Además, antes me he fumado un porro
con Marc, así que tiene todo el sentido del mundo.
—Hay un super veinticuatro horas aquí cerca, ¿quieres que vayamos a
comprar algo para comer? —le propuse.
—Pues no es mala idea, pero tú quédate aquí, ya voy yo —respondió.
Me acerqué más a él para que las demás no me oyeran.
—Estaba empezando a aburrirme de todos modos, así que una salida no me
vendrá mal —le comenté—. ¿Vamos?
Él sonrió.
—Venga, va.
Le expliqué rápidamente a las chicas lo que estaba ocurriendo y, con
Gabriel, emprendí el camino hacia la salida.
—¿Tienes ganas de vomitar? —le pregunté mientras esquivábamos a la
multitud bailante para intentar llegar a la salida.
—No —respondió—. Solo estoy un poco tonto.
—Define “un poco tonto”. —Reí—. No estarás caliente, ¿verdad? Igual te
replanteas lo de no follar con gente a la que acabas de conocer.
Gabriel solo sonrió en silencio, pensativo, y cuando conseguimos salir del
tumulto, se apoyó contra una pared y me miró.
—Honestamente, la única persona que me pone en esta sala eres tú, y tengo
claro que no ocurrirá —dijo, y noté mi pulso acelerarse vertiginosamente.
No podía decirme eso, no cuando yo estaba con Leo, y mucho menos
cuando él estaba tan atractivo, con las mejillas sonrojadas y revolviéndose
el pelo con la mano. Gabriel suspiró y miró hacia el techo—. Mira, no me
hagas caso, que no sé ni lo que digo.
Pero ya lo había dicho, y sabía que no se me iba a olvidar fácilmente. El
cacao mental que tenía con respecto a Gabriel solo hizo que intensificarse, y
suspiré.
—No puedes decirme estas cosas —me quejé, intentando que saliera en un
tono de broma para que no supiera que me lo había tomado en serio, pero
creo que no lo conseguí porque él no sonrió.
—Lo siento —se disculpó—. Ya te lo he dicho, no me hagas caso.
No dejé de darle vueltas mientras salíamos del club, en completo silencio, y
caminábamos hacia el supermercado. Gabriel se compró unas galletas y yo
aproveché para comprar una chocolatina, porque me apetecía algo dulce.
Salimos de nuevo a la calle, e iba a proponer que nos sentáramos en un
banco que vi a lo lejos, pero Gabriel se me adelantó sentándose en el
bordillo de la entrada de un local cerrado que había justo al lado del
supermercado. Empezó a comer galletas y soltó un gemido de placer al
probar la primera, antes de que una sonrisa de satisfacción se instalara en su
cara.
—Es lo mejor que he probado en mi vida —dijo, y se me escapó una
carcajada.
—Lo dudo mucho —contesté, viendo que eran unas galletas de chocolate
normales y corrientes.
—Bueno, no le diría que no a unos pad thai como los del otro día, pero esto
no está nada mal —murmuró, aún sonriente.
Me senté a su lado y me comí la chocolatina que había comprado, cosa que
solo me dio más hambre, y terminé robándole varias galletas a Gabriel, que
se quejaba con indignación fingida cada vez que le cogía una. Sus palabras
dentro del club parecían haberse evaporado, porque todo volvía a fluir con
normalidad entre nosotros, pero no paraban de repetirse en mi cabeza.
En una situación normal probablemente lo habría dejado pasar, pero el
alcohol me hacía querer tomar riesgos y, a pesar de que sabía que la verdad
me iba a hacer mal, se lo pregunté de todos modos.
—¿Iba en serio lo que has dicho antes?
Él dejó de masticar y me miró, girando la cabeza lentamente hacia mí.
—¿Mm?
—Lo de que te pongo —murmuré.
Él se rascó el cuello, haciendo una mueca como si no supiera si contestar
con honestidad o no, pero parece que se decidió por lo primero.
—Desde que te pedí el lápiz —contestó—. Pero se me pasará. No quiero
que te sientas incómoda conmigo, ni nada de eso. Puedo separar la amistad
de la atracción muy fácilmente.
—No me siento incómoda —dije—, para nada. Yo…
Él respiró hondo antes de interrumpirme.
—Creo que lo mejor sería que no volvamos a hablar de esto —comentó—.
Por el bien de los dos. Mañana podemos hacer como que habíamos bebido
mucho y dijimos cosas que no queríamos decir, y ya está.
Y me parecía un plan de mierda, pero asentí con la cabeza porque Gabriel
tenía razón. Eso no era bueno para ninguno de los dos, y empezaba a
sentirme muy mal por Leo, porque me gustaba de verdad, pero Gabriel cada
vez estaba más metido en mi cabeza.

Lo mejor sería hacer como si nada, y limitar lo mío con Gabriel a una
amistad sin segundas intenciones.
—Me voy a ir —dijo Gabriel tras unos minutos de silencio—. Estoy
cansado, pero me encuentro mucho mejor. Gracias por acompañarme.
—De nada. —Le di una sonrisa más fingida de lo que me gustaría admitir, y
él apenas se paró a volverme a mirar antes de girarse e irse.
Volví al interior y pasé apenas media hora más con Marian y Natalia, puesto
que, al parecer, Marc y Silvia se habían ido juntos. Eran las seis de la
mañana cuando salí de la discoteca, y me fui directa a casa para caer
fulminada en la cama, cansada después de tantas horas despierta.
Esa noche, soñé con Gabriel. No recuerdo qué fue exactamente, pero me
desperté con la respiración agitada.
9
El sábado por la tarde, justo después de despertarme, comí en el sofá. Mis
padres nunca me dejaban hacerlo, y era por eso que me hacía especialmente
feliz poder tomarme esa libertad cuando no estaban.
Estaba mirando una serie a la que me había enganchado hacía poco
mientras comía con hambre la pasta con tomate que me había preparado.
Tenía una tarrina de helado esperándome en el congelador, así que el día
prometía.
Mi móvil, tirado de cualquier manera a mi lado, se iluminó varias veces —
me había hecho a mí misma el favor de quitar la vibración, porque me ponía
de los nervios— y vi que había recibido un mensaje de Leo. Levanté una
ceja con interés, y cogí el teléfono para ver qué decía.
Leo: Hola
Leo: Nos vemos?
Sonreí, y empecé a escribir una respuesta.
Una hora más tarde, el timbre de mi casa estaba sonando, y ni siquiera me
molesté en ponerme algo encima de los pantalones cortos de deporte y el
top que llevaba puesto —mi ropa para ir cómoda por casa—, porque ya
sabía bien quién era. Abrí la puerta de abajo y escuché sus pasos subiendo
por las escaleras hasta mi puerta. Al verme, sonrió con picardía, y fue a
entrar pero apoyé uno de mis pies contra la pared, para que mi pierna le
impidiera el paso.
—Creo que tenemos una conversación pendiente antes de ir a hacer lo que
estás pensando —le dije, cruzándome de brazos.
—¿Una conversación? —preguntó, confundido.
Ladeé la cabeza y lo miré con las cejas levantadas.
—¿No crees que haya nada que tengamos que hablar? —insistí—. Como,
no sé, tu comportamiento de ayer, y el hecho de que a veces te da por
enfadarte e irte de los sitios.
Leo suspiró y apartó la mirada, porque sabía perfectamente de qué le estaba
hablando.
—Mira, lo siento —empezó, y bajé el pie de la pared porque me parecía un
buen comienzo—. A veces me pongo así, pero luego se me pasa. Es solo
que… Me da la sensación de que no te tomas lo nuestro en serio, y con esto
de Gabriel…
—¿Gabriel? —inquirí.
—A Gabriel le gustas, estoy seguro. Y, a veces, cuando prefieres quedar con
él antes que conmigo… No sé, me pongo celoso.
—No me interesa Gabriel —mentí, aunque lo coloqué en mi lista de
mentiras piadosas porque, aunque el rubio sí me interesaba, no pensaba
hacer nada al respecto y él tampoco, como había quedado más que claro en
nuestra conversación de hacía apenas unas horas—, y tengo derecho a tener
amigos y hacer planes con ellos. Es algo que seguiré haciendo, Leo, aunque
no prefiero quedar con él antes que contigo. Nunca te he cancelado ningún
plan por él ni por nadie, así que dudo que lo haya preferido en ningún
momento.
Leo volvió a suspirar.
—Es que veo cómo te mira, y me pongo paranoico —murmuró, y luego
recuperó su tono de voz habitual—. Mira, la última novia que tuve, y la
única que he tenido a parte de ti, de hecho, me puso los cuernos. Yo ya
sospechaba, porque veía que iban muy juntos, pero ella me decía que no
tenían nada… No quiero desconfiar, pero no puedo evitarlo. Aun así, lo
intentaré por ti, te lo prometo.
Sonreí, satisfecha. Entendía cómo se sentía, aunque no me hubiera pasado
exactamente lo mismo. Una mala experiencia podía marcar tu forma de ser
en el futuro, y eso lo sabía bien. Me gustaba que lo hubiera compartido
conmigo, y que me hubiera prometido que intentaría confiar, porque sentía
que habíamos dado un paso importante en la relación.
—Puedes pasar —le dije finalmente, y él me devolvió la sonrisa.
La conversación terminó ahí, porque él puso sus labios sobre los míos y nos
fuimos a mi cama, donde media hora más tarde respiré hondo, sudada y sin
haber podido llegar todavía al orgasmo, pero sintiéndome mucho mejor. Le
dije a Leo que quería salir, y eso hicimos. Corría una brisa agradable por la
calle Muntaner cuando cerramos la puerta de mi edificio detrás de nosotros,
y el sol era agradable sobre mi piel pero no llegaba a quemar, porque había
algunas nubes esparcidas por el cielo que hacían de lo que quedaba del
calor veraniego algo mucho más ameno.
Cogí su mano con suavidad y empezamos a caminar calle abajo mientras
hablábamos de tonterías. Ese día me sentía feliz, despreocupada, aunque
unas horas atrás mi cabeza hubiera estado sembrada de dudas. En ese
momento, no me importaba.
—¿Quieres conocer a mi hermana? —le propuse mientras buscábamos un
sitio donde tomar algo.
Él me miró con una ceja levantada, pero pronto sonrió y asintió con la
cabeza.
—¿No vive en París? —preguntó.
—Sí, pero para eso se inventaron las videollamadas —respondí.
Nos sentamos en un bar que tenía buena pinta, en la terraza, y llamé a Nina
mientras esperaba a que nos trajeran las bebidas. La pillé de resaca, justo
como estaba yo —aunque me encontraba mucho mejor desde que había
comido—, y pude presentarle a Leo. Congeniaron rápidamente, y estuvimos
hablando durante un buen rato, hasta que uno de los compañeros de piso de
Nina entró y le propuso salir a comer.
—Vaya, vaya —comenté, con una mirada sugerente, cuando dicho
compañero salió de su habitación—. Es guapo.
—Y no tiene ningún interés por las mujeres —aclaró—. No hay nadie que
me interese en esta ciudad, por ahora.
—Mmm —murmuré—. Qué aburrimiento.
—Hay más cosas en la vida, Ariadna —rebatió—. Igual algún día te das
cuenta.
—No lo creo —bromeé, y ella sonrió.
No tardamos en despedirnos de ella, y terminé la llamada. Leo parecía
contento mientras cambiábamos de tema y le contaba todos los detalles
sobre el lío entre Silvia y Marc —aunque omití el hecho de que a Marian
también le gustaba nuestro amigo, porque una servidora no rompía sus
promesas—.
La idea para esa tarde era ir al gimnasio, pero al final decidimos quedarnos
en casa, donde Leo se quedó a dormir y pasamos un fin de semana tranquilo
y sin preocupaciones.

El lunes por la mañana, llegué a la universidad con tiempo de sobra, algo


que no ocurría a menudo. Fui de las primeras en entrar en clase, y me
encontré a Silvia mirándome como si fuera un fantasma.
—¿Ari llegando a la hora? —Se miró la muñeca, aunque no llevaba ningún
reloj—. Tengo que estar soñando.
—Calla, tonta —me reí, dándole un golpe suave en el hombro—. De vez en
cuando ocurren milagros como este.
—Ya veo, ya —murmuró, divertida.
La siguiente persona en cruzar la puerta fue Gabriel, pocos minutos más
tarde, y cuando nuestras miradas se encontraron su expresión se mantuvo
neutra durante unos segundos, como si estuviera pensando en cómo
reaccionar, pero luego sonrió y se acercó a nosotras.
—Buenos días —nos saludó, y se sentó delante de nosotras.
Podría haberse sentado a mi lado, porque había sitio, pero eligió no hacerlo,
y fue ahí cuando me di cuenta de que estaba intentando mantener las
distancias. Suspiré de la forma más sutil que pude, consiguiendo que nadie
se diera cuenta, pero en el fondo sabía que era lo mejor.
El siguiente en llegar fue Marc, y por cómo le sonrió a Silvia pude ver que
lo de estos dos no había sido un lío de una noche.
—Tú tienes muchas cosas que contarme —le murmuré a mi amiga, y ella se
rio.
La clase ya estaba casi llena cuando Leo entró. Me saludó con un beso
rápido, porque detrás de él venía el profesor, y se sentó al lado de Gabriel.
Pensaba que habría tensión entre ellos dos, pero pronto se pusieron a hablar
como si nada, y me sentí aliviada. Parecía que la situación podría funcionar.
O, al menos, eso pensaba.
10
—Esta. —Le mostré la imagen de un cuadro a Natalia en la pantalla de mi
ordenador, y ella asintió con la cabeza.
—La balsa de la Medusa. Pintada por Théodore Géricault entre 1818 y
1819. Es una pintura al óleo, perteneciente al Romanticismo. La obra
representa a varios náufragos de la fragata Medusa, que avistan un barco en
el horizonte y hacen señales para que los recojan. En la parte inferior de la
obra…
Siguió recitando los apuntes que previamente habíamos estudiado mientras
Anna, Marian y yo la escuchábamos. Cuando terminó, me tocó a mí, así que
me enseñó una imagen aleatoria de entre las muchas obras que nos
teníamos que estudiar, que resultó ser El caminante sobre el mar de nubes,
de Friedrich. Como era una obra que me gustaba, me la sabía bien, y poder
dar toda la información alivió un poco la ansiedad que me daba el examen
de Historia del Arte que teníamos al día siguiente.
Estábamos en casa de Anna, que vivía con dos compañeros de piso que
también estaban de exámenes —aunque de otras carreras—, así que en el
piso se respiraba un ambiente de estudio que nos era muy necesario. Silvia
se había ido a estudiar a casa de Marc, aunque estudiar quizás sea decir
mucho, porque desde que estaban juntos no paraban de darle al tema.
A las nueve decidimos dejarlo estar, porque ya había quedado claro que nos
lo sabíamos muy bien, y nos pusimos a preparar la cena.
—Si sobrevivo al estrés de esta semana, ya podré vivir tranquila para
siempre —dijo Natalia mientras cenábamos.
—Y que lo digas —respondí—. Yo todavía tengo que terminar el trabajo de
Antropología.
—Oh, el trabajo de Antropología —repitió Marian con un tono de voz
sugerente, y rodé los ojos.
—¿Qué le pasa al trabajo? —pregunté, aunque sabía de sobra qué era lo que
tanta gracia le hacía.
—¿Vas a terminarlo en casa de Gabriel? —cuestionó, mirándome con
diversión.
—Sí —contesté, y su sonrisa se ensanchó.
La profesora de Antropología y Sociología del Arte había asignado las
parejas para el trabajo aleatoriamente, y a mí me había tocado con Gabriel,
cosa que a Marian le hacía mucha gracia.
Leo no había comentado nada al respecto, porque la verdad es que el tema
de sus celos de Gabriel ya parecía bastante superado, así que los dos meses
y medio que ya llevábamos juntos habían sido muy tranquilos.
Mi relación con Gabriel seguía igual que siempre. Como habíamos
prometido esa noche de fiesta, no habíamos vuelto a sacar el tema de
nuestra atracción mutua. Pensaba que eso serviría para que lo que sentía por
él se evaporara, pero no había sido así. De todos modos, tampoco tenía
intención de hacer nada al respecto, y menos teniendo en cuenta lo bien que
estaba con Leo.
Marian, por eso, no estaba de acuerdo.
—Acabaréis liados —aseguró—, lo estoy viendo.
—Pero si estoy con Leo —le recordé—, y no veo a Gabriel de esa manera.
No va a ocurrir, Marian, supéralo.
Ella hizo una mueca de protesta, como si le pareciera mal que no quisiera
ponerle los cuernos a Leo con Gabriel, o dejarlo por él, y yo solo me reí,
porque cuando se ponía así me parecía muy graciosa.

Al día siguiente, salí del examen de Historia del Arte sintiéndome bastante
optimista con respecto a la nota que iba a sacar. Estudiar en grupo había
sido una buena idea, y estaba muy satisfecha. Los nervios por el examen ya
habían desaparecido, pero ahora estaba sintiendo otro tipo de nervios, y
tenían mucho que ver con el hecho de que en pocas horas iba a estar en casa
de Gabriel, a solas con él.
Nos quedaba una clase antes de salir, y la pasé mirando por la ventana.
Debería haber estado prestando atención, porque teníamos que entregar un
proyecto la semana siguiente de esa misma asignatura, pero después de
haber estado tan liada entre trabajos y exámenes, me sentía más distraída de
lo normal. Mi mano parecía dibujar sola con el bolígrafo sobre el papel,
hasta que Silvia me dio un codazo y volví a la realidad.
Me giré hacia ella como si acabara de despertar, y me dedicó una pequeña
sonrisa antes de deslizar el papel donde había estado tomando apuntes. Le
di las gracias en un murmuro y empecé a copiar lo que ponía en su hoja.
Terminamos la clase a las dos de la tarde, y Gabriel vino a buscarme a mi
mesa.
—¿Nos vamos? —preguntó y, aunque estaba sonriendo, pude notar que
también estaba un poco nervioso, lo que me hizo sentir reconfortada.
—Sí —contesté, acompañando mi respuesta con un asentimiento de cabeza,
y terminé de recoger mis cosas para irme con él.
No tenía ni idea de dónde vivía, así que me dediqué a seguirlo hacia la boca
del metro mientras hablábamos del examen de Historia del Arte y de los
trabajos que teníamos para la semana siguiente. Nos subimos en el metro,
donde nos sentamos uno delante del otro, y seguimos hablando hasta que
Gabriel se levantó justo antes de llegar a la parada del Clot. Nos bajamos, y
apenas tuvimos que caminar cinco minutos hasta que se paró delante de un
portal y sacó las llaves.
La casa de Gabriel era pequeña, pero desprendía calidez. Estaba decorada
de una forma sencilla pero moderna, con algún que otro cuadro colgado,
además de varias fotografías en las paredes y estanterías. Las paredes eran
blancas, lo que le daba aún más luz a la estancia, y no pude evitar curiosear
mirando las fotos. Sonreí al ver la foto que Gabriel me había enseñado
meses atrás, después del revelado en el taller de fotografía, en la que salía
su madre. Recordé cuando me había dicho que estaba seguro de que su
madre la colgaría cuando se la enseñara, y quise reír al ver que así había
sido. Había otras fotos en las que salía ella, y una en la que se la veía más
joven, con un niño rubio a su lado al que reconocí como Gabriel, aunque no
tendría más de cinco años.
—Eras muy mono —comenté, sin despegar la mirada de la foto.
—Y lo sigo siendo —respondió, haciéndome reír.
—Además de humilde —murmuré, y casi pude escuchar cómo sonreía—.
¿No tienes hermanos?
—No —contestó—. Solo somos mi madre y yo.
—¿Tu madre no está?
—Volverá en un par de horas —dijo—. ¿Quieres comer algo? No sé hacer
pad thai, pero seguro que puedo cocinar algo que te guste.
—Oh, no lo dudo —respondí, y me regañé mentalmente al darme cuenta de
que ese tono sugerente me había salido de una forma casi automática.
Gabriel rio y se puso manos a la obra. Cocinó fideos con una variedad
bastante curiosa de ingredientes que me hizo dudar de si sabía lo que estaba
haciendo, pero cuando los probé pude ver que estaba buenísimo.
Terminamos de comer, fregamos los platos y nos fuimos hacia su
habitación. Cuando abrió la puerta, me encontré con un cuarto ordenado,
con un estilo decorativo muy similar al del resto de la casa: minimalista,
pero con todo lo necesario. Tenía una cama doble, un armario y un mueble
con estanterías llenas de libros, aunque en algunas había cámaras viejas y
libretas. Al lado de dicho mueble estaba el escritorio, que rompía un poco
con el orden de la habitación, pues había papeles, lápices y fotografías
esparcidas por encima. Gabriel lo apartó todo a un lado y sacó el portátil de
su mochila para ponerlo encima de la mesa. Se fue al salón sin decir nada, y
volvió con una silla, que puso al lado de la suya. Me senté, y no pude evitar
fijarme en el montón de fotografías que Gabriel había apartado.
—¿Puedo? —le pregunté, señalando las fotos.
—Claro.
Las cogí y empecé a mirarlas, con curiosidad. Algunas de ellas eran las que
había revelado ese día conmigo en el taller, pero también había otras
nuevas. Vi la foto de la chica misteriosa en la que me había fijado la otra
vez, y luego vi más fotos de esa chica.
—¿Quién es? —no pude evitar preguntar, porque cada vez me intrigaba
más.
Él desvió la atención del ordenador y miró la foto.
—Oh, es Anya —contestó—, una amiga.
Me quedé mirando la foto, en la que la chica salía sentada en su cama.
—Parece más que eso —comenté.
—Bueno, nos acostamos de vez en cuando —respondió—, pero no somos
nada más. Nos llevamos muy bien, pero no funcionaríamos como pareja.
—¿Y eso? —inquirí.
—Me atrae, pero no la quiero de esa forma —dijo—, y ella a mí tampoco.
Nos lo pasamos genial, pero yo ahora mismo no quiero tener pareja.
—Interesante —murmuré, dejando las fotos en su sitio.
Él sonrió y nos pusimos manos a la obra con el trabajo. Al principio no nos
aclarábamos, pero al poco rato empezamos a sacar información y a redactar,
así que el tiempo pasó volando hasta que escuchamos unas llaves en la
puerta principal, antes de que esta se abriera.
—¡Hola! —exclamó una voz en la entrada, y escuchamos unos pasos
acercándose hasta que alguien abrió la puerta de la habitación.
—Mamá… —empezó Gabriel, pero ella puso cara de pánico y cerró la
puerta de golpe, quedándose fuera.
—¡Perdón! —se disculpó, y fruncí el ceño, sin entender nada.
—Mamá, estamos haciendo un trabajo, puedes pasar —dijo Gabriel,
aguantándose la risa.
La puerta se volvió a abrir, y esta vez pude fijarme en su madre. Era tal y
como la recordaba de la fotografía, aunque se había cortado el pelo rubio.
Tenía unos ojos verdes preciosos, y su forma de vestir combinaba
perfectamente con la de la casa: sencilla, pero a la moda.
—Es que soy una madre moderna, aunque Gabriel diga que no, y yo respeto
su intimidad sexual —me aseguró, llevándose una mano a la cintura.
—Decir que eres una madre moderna es muy poco moderno —apuntó su
hijo, y ella lo miró con un desdén fingido.
—Tener hijos para esto… —murmuró, y luego volvió a dirigirse a mí—.
Soy Victoria, por cierto.
—Ari —contesté con una sonrisa, que ella me devolvió.
—¿Queréis merendar? —nos preguntó.
—Acabamos de comer —respondió Gabriel—. Bueno, hace una hora o así.
En un rato igual merendamos algo.
—He traído croissants de esos que te gustan, los de la panadería del lado de
mi trabajo —comentó ella—. En fin, os dejo hacer el trabajo y me voy a ver
la serie esa de los vikingos. ¡Que vaya bien!
Apenas tuvimos tiempo de contestar porque salió de la habitación, esta vez
cerrando la puerta con cuidado.
—Tu madre es muy guay —le dije con honestidad, y Gabriel soltó una
carcajada—. Es verdad. Ojalá mi madre fuera así.
—¿No te llevas bien con tu madre? —inquirió.
—Depende del día. —Me encogí de hombros.
Me daba mucha curiosidad saber qué era de su padre, pero no sentía que
tuviéramos la confianza suficiente como para preguntarle eso, porque podía
haber una historia desagradable detrás y quizás no quería contármela.
Él parece que opinaba algo parecido con respecto al tema de mi relación
con mi madre, porque no preguntó más y seguimos haciendo el trabajo.
Una hora más tarde yo estaba mirando la pantalla del ordenador con poca
esperanza, y Gabriel tenía la cara apoyada en la mesa.
—¿De qué me va a servir saber cómo se vestían en la prehistoria? —
preguntó al aire, frustrado—. Que sí, que es muy interesante, pero no veo
qué va a aportar a mi carrera.
—Yo tampoco consigo verlo. —Suspiré—. Pero hay que acabar esto.
—No, si ya lo sé —respondió, y se quedó callado unos segundos antes de
continuar—. ¿Quieres merendar?
—Pues no te diré que no —contesté.
Salimos de su habitación y nos encontramos a su madre durmiendo en el
sofá, con la serie de vikingos que había mencionado todavía
reproduciéndose en la pantalla de la televisión. Gabriel sonrió al verla, y
nos fuimos a la cocina intentando no hacer ruido.
Las pastas que había traído su madre estaban en una bolsa en la encimera, y
Gabriel las sacó para ponerlas sobre dos platos.
—Creo que hay zumo en la nevera —murmuró, y fui a abrirla pero parece
que él pensó lo mismo y su mano terminó sobre la mía.
Apenas fue una caricia, porque Gabriel apartó la mano rápidamente, pero
fue suficiente para mandar un escalofrío de adrenalina por todo mi cuerpo.
A veces incluso me costaba comprender cómo era posible que solo su tacto
me provocara todo eso, pero me daba la sensación, por sus reacciones, de
que él sentía algo parecido. Y eso no era bueno en absoluto.
Merendamos en silencio, cada uno con su mente en un lado diferente —
aunque puede que estuviéramos pensando en lo mismo—, y recobramos
energías para poder terminar el trabajo. Salí de casa de Gabriel a las ocho,
aún notando la tensión que se había creado entre nosotros por un simple
roce, y emprendí el camino hacia casa sin poder parar de pensar.
11
Cuando Gabriel y yo entregamos el trabajo por fin pude respirar, aliviada.
Era el último proyecto que nos quedaba después de dos horribles semanas
llenas de trabajos y exámenes.
—Esta noche salimos de fiesta, que toca celebrar —sentenció Marian, y
Natalia soltó un grito de alegría.
—Sobra decir que me apunto —dijo la pelirroja.
—Nosotros también —contestó Silvia, refiriéndose a ella y a Marc, que
estaban sentados uno al lado del otro en la mesa del bar.
—Apuntadme a mí también —murmuró Gabriel distraídamente, mientras
escribía algo en su móvil.
—Yo necesito dormir mil años, así que creo que lo dejaré para la próxima
—dije con honestidad, porque llevaba mucha falta de sueño acumulada y
necesitaba descansar.
—Jo, Ari, no seas aguafiestas —se quejó Marian.
—Cuando pienso en salir de fiesta me imagino a mí misma dormida en el
suelo de la pista de baile, así que me parece que mi subconsciente me está
diciendo que me toca quedarme en casa y dormir —expliqué—. Además,
creo que podréis sobrevivir una noche sin mí.
—No creo que podamos —dijo Natalia, fingiendo quitarse una lágrima.
—Qué chica tan aburrida —bromeó Gabriel, apartando la vista de su móvil
para darme una sonrisa divertida.
Solté una carcajada y le di un golpe en el hombro que lo hizo reír a él
también. En ese momento vi a Leo caminando hacia nuestra mesa mientras
hablaba con una chica de nuestra clase, Paula. Lo saludé con la mano,
sonriendo, y él apenas me dio un gesto de cabeza antes de seguir hablando
con la chica. Levanté una ceja, con curiosidad, e iba a decirle algo cuando
Marian se me adelantó.
—¡Leo! —exclamó al verlo—. Esta noche salimos. Ari es una aburrida y
dice que no va a venir, pero ¿tú te apuntas?
—¡Claro! —contestó él, tan entusiasmado que se me hizo extraño. Luego se
dirigió a la chica que seguía a su lado—. Paula, ¿tú también vendrás?
—Me encantaría. —Ella sonrió y Leo la imitó.
Me pareció raro que no me insistiera para que fuera a la fiesta, pero lo dejé
correr cuando Natalia se puso a enseñarme sus últimos dibujos. Leo se
despidió de la chica y se sentó en el otro lado de la mesa antes de pedirse un
café.
No nos dijimos nada en un buen rato, aunque hablábamos con los demás,
pero cuando tuvimos que irnos de nuevo hacia clase me acerqué a él.
—Oye, ¿quieres cenar conmigo esta noche? —le propuse.
—No puedo, tengo esto de la fiesta. —Se encogió de hombros.
—Puedes cenar conmigo y luego ir a la fiesta —sugerí.
—Ya, pero es que lo más probable es que propongan ir a cenar todos juntos,
así que prefiero no hacer planes, por si acaso.
Sentí la tentación de levantar una ceja de nuevo, pero conseguí reprimirla.
—Como quieras —me limité a decir antes de entrar en el aula.
Al final decidí quedar para cenar con Patri y Alex, mis amigos del instituto,
porque llevaba tiempo sin verlos, y nos fuimos a un restaurante de nuestro
barrio. Pese a que los tres vivíamos muy cerca, no nos veíamos demasiado,
porque nos costaba encontrar días que nos fueran bien a todos, así que había
sido prácticamente un milagro que, cuando había propuesto la cena con tan
poca antelación, los dos hubieran aceptado. A Patri sí que la veía de vez en
cuando, pero esa noche debía de hacer unos tres meses que no veía a Alex.
—¿Me has echado de menos? —me preguntó en cuanto me vio, y corrí a
abrazarlo.
—Ya te vale, mira que desaparecer de esta manera —le recriminé—.
¿Tienes a alguien que te mantenga ocupado?
—Pues la verdad es que no, a no ser que te refieras a mis profesores —
respondió con una media sonrisa—. Llevo tanto tiempo sin follar que creo
que volveré a ser virgen.
—Define “poco tiempo”. —Hice comillas con los dedos mientras rodaba
los ojos.
—Casi un año —contestó, y abrí la boca con sorpresa, porque no me lo
esperaba. A ver, que el chico no era el rey de los ligues, pero estaba cerca—.
Y, ¿sabéis qué? Que no me está yendo nada mal. Tomarme un descanso de
los hombres me está sentando muy bien.
—Lo veo complicado, teniendo en cuenta que tú mismo eres un hombre —
rebatió Patri, y él le dio un golpe en el brazo mientras ella reía.
Así que cenamos entre cotilleos y charlas banales, pero que había echado
mucho de menos. Estaba cansada, sí, pero tenía muchas ganas de estar con
ellos. Hacia las diez y media salimos del restaurante y, aunque propusieron
ir a tomar algo, decliné su oferta antes de irme a casa. Le mandé un mensaje
a Leo por el camino preguntándole cómo iba la cena, pero cuando me fui a
dormir todavía no me había contestado.

A la mañana siguiente me levanté tarde, pero seguía sintiéndome algo


cansada. El estrés de los trabajos y exámenes me había llevado a dormir
muy mal en las noches anteriores, así que decidí que dedicaría ese día a
hacer el vago. Estaba sola en casa, como casi todos los fines de semana,
porque mis padres solían irse a la casa que teníamos en la costa, o a la casa
de mi tía en la montaña.
Me preparé algo para comer, porque era pasada la una, y mientras el arroz
se cocía abrí Instagram. Las primeras historias que me salieron eran de mi
grupo de amigos de la universidad —excepto de Gabriel, cómo no, porque
parecía tener su cuenta de Instagram de decoración, ya que apenas subía
nada— y de Leo. Las suyas fueron las primeras que vi, y me hicieron
fruncir el ceño. En la gran mayoría salía con Paula, pasándole un brazo por
los hombros, e incluso con emoticonos de corazón en algunas.
No sabría explicar cómo me sentí. ¿Que si estaba celosa? Sí, supongo que
un poco sí. Pero había algo que me olía muy extraño de todo eso, como si
no terminara de creérmelo. Me parecía raro que hubiera cambiado su
actitud hacia mí en solo un día, y que de repente estuviera interesado en otra
chica.
—Ay, Leo —murmuré, negando con la cabeza—. ¿Qué estás haciendo?
12
El lunes llegué a clase de mal humor. Leo no había contestado a ninguno de
mis mensajes, y había vuelto a subir historias en Instagram con Paula el
domingo, porque al parecer habían quedado. Podría haberme puesto celosa,
pero es que todo parecía demasiado rápido como para que fuera creíble.
Así que en cuanto entré en el aula y lo vi sentado mirando algo en su móvil,
me acerqué a él con decisión.
—¿Qué está pasando? —le pregunté sin ni siquiera saludarlo, y él me miró
con una ceja levantada.
—¿Qué está pasando, de qué? —Decidió que hacerse el tonto era una buena
idea en esa situación, y tuve que reunir la poca paciencia que tenía para no
enfadarme.
—No lo sé. —Me encogí de hombros y lo miré como si nada—. Igual tiene
algo que ver con el hecho de que no has contestado a ninguno de mis
mensajes, el viernes apenas me dirigiste la palabra, y te has dedicado a subir
fotos con Paula, con la que ni siquiera sabía que te llevabas bien, todo el fin
de semana.
—No me has mandado tantos mensajes —apuntó, y cerré los ojos
brevemente para recordarme a mí misma que estaba en clase y no quería
que nadie me viera cabreada.
—Porque tengo una dignidad, y no voy a seguir mandándote mensajes si no
me contestas —respondí—. ¿Qué estás intentando, Leo?
—¿Estás celosa? —me preguntó, levantando las cejas, y lo miré como si
fuera idiota.
—No estoy celosa —contesté con honestidad—. Lo que pasa es que no
entiendo por qué te estás comportando así.
—No entiendo a qué te refieres.
Ahí sí que solté una carcajada amarga y decidí que ya me había cansado de
esa conversación. Me alejé de él y fui hacia la salida de la clase, pero me
cogió por el brazo antes de que pudiera irme.
—Estaba intentando ponerte celosa —confesó, y fruncí el ceño—, pero veo
que no ha funcionado. Es como si ni siquiera te importara lo nuestro.
Dicho esto, fue él el que se fue del aula, dejándome perpleja porque no
entendía en qué momento se había girado la tortilla de esta forma. Miré a
una de las filas de mesas y vi a Gabriel mirándome con una expresión que
no pude descifrar. Suspiré, y me fui al baño para intentar recomponerme
antes de empezar la clase.
Leo no apareció en todo el día, y no contestó cuando le mandé un mensaje
preguntándole qué le pasaba. Necesitaba que me explicara a qué había
venido eso de querer ponerme celosa, pero no parecía dispuesto a colaborar.
—Es que no lo entiendo —sentencié en el bar, horas más tarde, después de
haberle explicado mi problema a Natalia, Silvia y Marian.
—Honestamente, yo creo que Leo va subiendo su nivel de toxicidad cada
día que pasa —respondió Natalia.
—Tampoco es eso —me defendí, porque debo admitir que me lo tomé un
poco como un ataque—. Hace un tiempo estuvo celoso de Gabriel, pero ya
lo tiene superado.
—Pues me da a mí que no —dijo Marian antes de tomar un trago de su
refresco—. No sé, no me parece una actitud normal.
—A ver, Leo es un buen chico —apuntó Silvia, que parecía estar del lado
de mi novio—. Todos tenemos nuestras cosas, y no me parece tan grave.
Eso sí, creo que deberías hablarlo con él.
—Su última novia le puso los cuernos —expliqué—, y yo creo que eso es lo
que le hace ser tan inseguro en este tema.
Natalia me miró con precaución antes de hablar.
—Eso no justifica nada, Ari.
Suspiré, porque por un lado sentía que tenía razón, pero por el otro sabía
que ella no conocía a Leo tan bien como yo. Una traición de ese tipo podía
joder tu confianza con mucha facilidad, y lo entendía aunque nunca me
hubiera ocurrido.
—Lo siento, pero yo estoy de acuerdo con Natalia —dijo Marian—. Todos
tenemos nuestras inseguridades, pero eso no justifica que le hagamos daño
a los demás.
—No me hace daño —contesté—. No es tan grave. Lo hablaré con él, y lo
superaremos. Por cierto, ¿alguien se ha enterado de qué va el trabajo de
Dibujo? Porque creo que no he terminado de pillarlo.
Silvia empezó a explicarme lo que ella había entendido, pero pude ver que
Natalia seguía guardándose cosas que quería decir con respecto a Leo, y no
le pregunté porque no quería seguir con ese tema de conversación. Pensé
que habría estado mejor sin haber sacado ese tema en primer lugar, porque
no me sentía cómoda sabiendo que a dos de mis amigas no les gustaba mi
relación.
Nos quedaban solo quince minutos hasta que empezara la última clase del
día cuando Gabriel se sentó a mi lado. Natalia se había ido con Anna hacía
un rato, así que solo quedábamos Marian, Silvia y yo cuando él se unió.
Pidió un café antes de empezar a rebuscar en su mochila, y sacó una tableta
de chocolate con naranja antes de tendérmela.
—La he visto en el super cuando he ido a comprarme el desayuno y he
pensado en ti —dijo, y sonreí al recordar que, días atrás, le había
comentado que me gustaba.
—Gracias —contesté antes de guardármela en el bolso, porque desde que
había pasado lo de Leo tenía el estómago cerrado por los nervios.
Él me dio una sonrisa reconfortante y supe que lo había hecho para
animarme, aunque no hubiera comentado nada sobre lo que había visto esa
mañana, cuando Leo y yo nos habíamos peleado prácticamente delante de
él.
Empezaron a hablar de lo que había pasado el viernes anterior, cuando
habían salido de fiesta. Aunque Leo también hubiera estado ahí, no
hablaron de él en ningún momento, solo me contaron las anécdotas
divertidas de la noche, como cuando Natalia casi se había caído por las
escaleras, o cuando habían vuelto a parar a Gabriel para preguntarle si era
rubio teñido —no entendía que se lo preguntaran tanto, porque no parecía
teñido en absoluto—.
Me hicieron reír un buen rato, hasta que nos dimos cuenta de que
llegábamos tarde a clase. Recogimos nuestras cosas rápidamente y
caminamos hacia la facultad mientras Gabriel y Marian seguían
rememorando momentos “icónicos” —según ellos— de la noche del
viernes.
Llegué a clase sintiéndome mucho más tranquila, y me senté al lado de
Gabriel. Él tomaba apuntes como si nada, distrayéndose de vez en cuando
para hacer dibujos en una esquina de la libreta, y a veces lo pillaba
mirándome con sutileza, lo que me hacía tener que reprimir una sonrisa.
—Así que cuando su mujer, Camille, murió, Monet decidió que se había
cansado de pintar personas y se obsesionó con captar la luz de diferentes
horas del día —sentenció el profesor dos horas más tarde, dejando la tiza
sobre la mesa con un golpe contundente, tanto que me extrañó que no se
partiera en dos—. Sabremos más sobre su dramática vida en la próxima
clase. Ahora corred libres, chavales.
—A sus órdenes —murmuró Gabriel, recogiendo sus cosas de la mesa,
antes de levantarse. Luego me miró—. ¿Quieres ir a tomar algo?
—No te diré que no. —Le di una sonrisa de lado, y se giró hacia Marian y
Natalia, que estaban sentadas detrás de nosotros—. ¿Birra?
Al final se unieron ellas dos, Silvia, Anna y Marc, así que terminamos
siendo bastante gente en la mesa del bar. Íbamos por la segunda ronda
cuando la pantalla de mi móvil, que estaba encima de la mesa, se iluminó
con un mensaje de Leo.
Leo: ¿Podemos hablar?
Respiré hondo, pensándolo durante unos segundos y, aunque me lo estaba
pasando muy bien en el bar, creía que tocaba hablar las cosas.
Quedé con él en una cafetería cercana, porque tanto su casa como la mía
estaban ocupadas, y me dirigí hacia allí tras terminarme la cerveza y
despedirme del grupo. Cuando llegué, Leo ya estaba sentado, y me dio una
pequeña sonrisa al verme, lo que me hizo saber que no venía con la
intención de seguir peleando.
—Hola —lo saludé, sin dejar ver ningún tipo de emoción, cuando me senté
delante de él.
Leo carraspeó y se rascó el cuello antes de hablar.
—Lo siento mucho, Ari —empezó—. No quería decir ninguna de las cosas
que he dicho. Estaba enfadado. Y también siento lo de este fin de semana,
me he portado como un crío y me arrepiento. A veces me cabreo y no
pienso en lo que hago. Ya sé que no es excusa, pero no puedo evitarlo.
Llevo todo el día dándole vueltas a esto. Me da miedo que no te tomes lo
nuestro tan en serio como yo, y por eso actúo así.
Me lo quedé mirando durante varios segundos. No porque esperara que
dijera algo más, sino porque las palabras de Natalia no paraban de repetirse
en mi cabeza. «Eso no justifica nada, Ari». Quería ponerme firme y decirle
que no iba a tolerar que ocurriera otra vez, pero en el fondo sabía que no era
cierto y, por encima de todo, no tenía ganas de pelearme más.
Así que lo perdoné. Acepté sus disculpas, y también le confirmé que iría a
la cena con sus padres y su hermana ese viernes, ya que me lo había
propuesto hacía unos días. Me daba algo de miedo conocerlos, pero quería
demostrarle que sí me tomaba nuestra relación en serio. Además, el jueves
por la tarde Nina volvía de París para pasar las Navidades en casa, así que
podría ayudarme a prepararme. Ella había tenido un novio en el instituto y
había conocido a sus padres, así que sabría qué hacer.
Comí con él en la cafetería, porque era tarde y estaba muerta de hambre.
Cuando llegué a casa y por fin pude echarme en la cama, me di cuenta de
que tenía un mensaje de Gabriel que no había visto.
Gabriel: ¿Todo bien?
Sonreí al leerlo, alejándome por un momento del malestar y el nerviosismo
que sentía, y contesté.
Ari: Todo bien. Gracias por preocuparte :)
Dejé el móvil en la mesilla de noche, después de comprobar que eran las
cuatro de la tarde. Todavía me quedaban dos horas hasta tener que ir a
Francés, y decidí que ir un rato al gimnasio me iría bien para aliviar los
nervios. Había algo que me inquietaba, y muy en el fondo sabía
perfectamente lo que era, pero no quería admitirlo.
13
—No hay ninguna fórmula mágica para gustarle a los padres de tu pareja —
me dijo Nina, tirando abajo todas mis ilusiones—. Solo sé tú misma.
—Ese es el consejo más típico que existe —me quejé.
—Y, ¿qué quieres que te diga? —preguntó, exasperada, pero luego pareció
pensárselo mejor—. Bueno, algunos trucos sí que te puedo dar, basándome
en lo que te conozco, que viene a ser mucho: no te bebas la botella de vino
entera…
—Eso solo pasó una vez —la interrumpí—, y fue porque el banquete de la
boda estaba siendo aburridísimo.
—Tenías dieciséis años, no llego a estar yo para salvarte el culo y mamá te
habría asesinado —me recordó—. Pero a lo que iba: no bebas demasiado,
usa toda esa educación en la mesa que nuestros fantásticos padres nos
dieron casi con agresividad…
—Todavía me duele el codo cuando recuerdo los golpes que nos daban con
el tenedor por poner el codo encima de la mesa —suspiré.
—… Y vístete como una persona normal —terminó.
—Ya me visto como una persona normal —me defendí.
—Cuando viniste a buscarme al aeropuerto llevabas una falda de leopardo.
—Porque estoy protestando contra la discriminación al estampado de
leopardo.
—No es verdad —dijo—. Te gusta el estampado de leopardo.
—Me parece lo más, nunca lo he negado —apunté—. Pero sí, lo entiendo,
llevaré ropa simple y aburrida. Déjame ver tu armario.
—Deja mi armario en paz.
Así que tuve que rebuscar en el fondo del montón de ropa de mi armario,
donde estaba la ropa aburrida que no usaba casi nunca. Como la cena era al
día siguiente, tuve tiempo de ponerla en la lavadora, y mi padre me pilló en
el acto.
—¿Estás poniendo una lavadora? —preguntó, sorprendido—. ¿Acaso está
cerca el apocalipsis?
Omití decirle que las bromas no tenían gracia si usaba un vocabulario tan
formal, y asentí con la cabeza.
—He puesto muchas lavadoras en mi vida —le aseguré, y levantó una ceja.
—Muy bien, no voy a interrumpirte —contestó, pero no se movió ni dejó de
mirarme.
Estaba intentando ver si sabía poner la lavadora… Y no tenía ni idea. La
parte de abrir la puerta y meter la ropa era bastante intuitiva, pero a partir de
ahí no tenía ni idea de qué hacer. Me quedé mirando los millones de
botones con programas diferentes, intentando aparentar seriedad, pero al
final solté un gruñido.
—¿Qué programa tengo que poner? —le pregunté a mi padre, que me miró
con una sonrisa de satisfacción antes de enmascararla rápidamente con una
mueca de desaprobación.
—No me puedo creer que tengas dieciocho años y no sepas poner una
lavadora —dijo, inclinándose para poner el programa, y rodé los ojos sin
que me viera antes de que me pegara una chapa de diez minutos sobre los
diferentes programas y sus usos.
Me fui a dormir todavía inquieta. No solo por el hecho de que al día
siguiente tendría que intentar dar una buena impresión a los padres de Leo,
sino porque sentía que ese acto hacía la relación mucho más formal, más
seria… y eso me daba un poco de miedo.

La mañana siguiente pasó con tanta lentitud que temí que hubiera habido
una ruptura en el espacio-tiempo y el mundo se fuera a acabar, pero en el
fondo solo era que estaba nerviosa. Me dediqué a hablar con Natalia
durante casi toda la primera clase, y en la segunda me senté al lado de
Gabriel, pero parecía distraído y no me dio demasiada conversación.
Leo, por otro lado, estaba muy contento. Había evitado expresamente
sentarme a su lado porque no quería hablar del tema de la cena, ya que
sabía que solo me pondría más nerviosa, pero al terminar la última clase se
acercó a mí con una sonrisa.
—Oye, que mis padres no llegan a casa hasta las siete, así que estoy solo —
dijo—. ¿Quieres venir?
Así que terminé en su casa, porque me parecía una forma fantástica de
aliviar el estrés. Aunque nunca me había preocupado antes, cuando
entramos me empezó a inquietar la idea de que sus padres pudieran llegar
antes de lo previsto y nos pillaran así, sacándonos la ropa, o directamente
haciéndolo en cualquier sitio.
Las preocupaciones se esfumaron cuando Leo dejó un mordisco suave en
mi cuello que me hizo gemir. Me concentré en lo que estábamos haciendo y
le quité la camiseta. Terminamos desnudos en su habitación, y cuando
estaba moviéndome encima de él, dándonos placer a ambos mientras mi
mano acariciaba mi clítoris, empecé a sentir el familiar cosquilleo entre mis
piernas que a esas alturas ya asociaba con la frustración, porque siempre me
quedaba a las puertas del orgasmo, sin poder llegar —excepto cuando me
tocaba yo sola en casa—. Leo gemía debajo de mí mientras acariciaba mi
cuerpo, y empecé a moverme más rápido, a la vez que las caricias de mi
mano en mi zona más sensible se intensificaban. Sentía que iba a llegar en
cualquier momento, pero la experiencia me decía que no iba a ocurrir. Cerré
los ojos e intenté dejarme llevar, para ver si conseguía llegar de una vez… y
me dejé llevar demasiado.
Tanto, que, sin querer, la imagen de cierto rubio se coló en mi cabeza. En
mi imaginación, Gabriel era el que estaba debajo de mí, sudado, con el pelo
alborotado y las mejillas sonrojadas. Me miraba con los ojos entrecerrados
por el placer, y cuando sustituía mis dedos en mi clítoris por los suyos, noté
como si todo se rompiera y llegué al orgasmo entre gritos.
Leo me siguió casi de inmediato, y cuando me levanté, muda, me miró con
una sonrisa.
—Parece que hemos solucionado tu problema con los orgasmos —comentó,
orgulloso, y yo solo le devolví una sonrisa forzada, aunque creo que no lo
notó porque seguía pareciendo satisfecho.
Empecé a agobiarme aún más y me fui al cuarto de baño. Me miré al
espejo, y respiré hondo. Se me había ido de las manos. El orgasmo había
sido maravilloso, claro está, pero no podía compensar la culpa que sentía en
ese momento.
Sobra decir que la cena fue muy incómoda para mí, pero por un motivo
muy distinto al que había pensado. No solo por la culpa, sino también
porque no podía de parar de darle vueltas al pensamiento que había
empezado el problema, y eso solo me hacía sentir aún más culpable.
Aun así, me las arreglé para dar una buena impresión, al menos desde mi
punto de vista. Los padres de Leo eran agradables, aunque su hermana era
algo más seria. Contesté a todas sus preguntas, no pedí alcohol en el
restaurante, y conseguí ocultar el hecho de que estaba teniendo una crisis
por dentro por haberme dado cuenta de que mi atracción por Gabriel, pese a
mis esfuerzos, solo había ido en aumento.
Cuando salimos del restaurante, Leo se ofreció a acompañarme a la parada
de metro más cercana. Me despedí de sus padres con una sonrisa, que esta
vez sí que fue natural, y cuando nos alejamos por fin pude respirar hondo.
—No has estado mal —comentó Leo, y lo miré con una ceja levantada—,
aunque podrías haberles dado más conversación.
—¿Qué es esto, una evaluación? —pregunté, sin poder evitar sentirme
molesta.
—No, mujer —respondió, aunque seguía sin convencerme—. Es solo que
son mis padres, y para mí es importante que quedes bien con ellos.
—He hecho lo que he podido —murmuré, intentando no enfadarme.
Leo decidió no seguir con la conversación, cosa que agradecí, pero el resto
del camino hacia la entrada del metro lo hicimos sumidos en un silencio
cada vez más tenso. Podía notar que no estaba contento, y casi me dieron
ganas de invitarlo a cenar con mis padres otro día, para que supiera por lo
que había tenido que pasar, además de que mis padres eran mucho peores
que los suyos. Descarté la idea de inmediato, porque lo último que quería
era juntar a Leo con mis padres. No tenía ganas de aguantar críticas sobre
nuestra relación.
En cuanto llegamos, me despedí de él con un beso, y me murmuró un
escueto “adiós” antes de irse.
Llegué a casa todavía más nerviosa, porque durante el viaje en metro no
había parado de darle vueltas a todo el asunto de Gabriel, y necesitaba
consejo con urgencia. Mis padres estaban ya en la cama, y fui directamente
a la habitación de Nina. Abrí la puerta, y ella se sobresaltó, sentada en su
cama con el ordenador delante.
—Se supone que hay que llamar a la puerta antes de entrar —me reprochó,
pero yo no tenía tiempo para eso y me senté delante de ella.
—Tengo un problema —le dije, y ella levantó las cejas.
—Un momento —me pidió, y miró a la pantalla de su ordenador antes de
ponerse a hablar en francés—. Te llamo luego, que ha venido mi hermana.
—¿Quién es? —pregunté antes de que pudiera colgar, porque una servidora
era muy cotilla y necesitaba saber con quién hablaba su hermana.
Nina suspiró, le pidió a la persona que esperara, y me hizo un gesto con la
mano para que fuera a su lado. Cuando me senté con ella, pude ver a un
chico que parecía ser un poco mayor que nosotras, con la piel oscura y el
pelo negro. Me miraba con curiosidad, y decidí poner en práctica mis años
estudiando francés.
—Hola —le dije—. Soy Ari.
—Hola Ari, soy Adil —se presentó con una sonrisa—. Hablo un poco de
español, pero muy mal.
—Yo hablo algo de francés, creo que nos podremos entender —reí.
—Está a punto de terminar la carrera de Psicología, así que igual puede
ayudarte con el problema que sea que tienes —comentó Nina.
—Uy, voy a tener que ser sexualmente explícita —le advertí.
—Nunca ha sido un problema para ti —contestó ella, y solté una carcajada.
Adil me miraba con diversión cuando volví la vista a la pantalla.
—¿Es normal pensar en otra persona cuando estás teniendo sexo con tu
pareja? —le pregunté, y Nina me miró con interés.
—Es normal —contestó Adil—. Es imposible que tu pareja sea la única
que te atraiga sexualmente, y a veces el cerebro nos puede jugar malas
pasadas.
—Ya, pero… —empecé, sin saber cómo decirlo y temiendo lo que estaba a
punto de admitir—. No es solo a veces. Llevo mucho tiempo pensando en
esta otra persona.
—Mmm… —murmuró él, pensativo—. ¿Es alguien cercano a ti?
Me quedé muda unos segundos, porque no me gustaba dar tantos detalles…
Pero, ¿qué importaba? Si Adil vivía en París —o eso suponía—, y Nina era
mi hermana.
—Va a mi clase —contesté—, y a él también le atraigo. Lo hablamos un día
que habíamos bebido y decidimos que no haríamos nada al respecto. No
quiero hacerle daño a mi novio.
—Claro. —Él asintió con la cabeza—. Yo creo que lo que tienes que hacer
es planteártelo. Intentar descubrir qué quieres hacer con este chico, el que
no es tu novio, y tomar una decisión. A veces cuanto más te obsesionas con
un tema, menos posible es que le encuentres una solución. Si no haces nada
al respecto, esa obsesión solo crecerá. Si te paras a pensar en ello
detenidamente, de la forma más fría que puedas, puede que sepas lo que
tienes que hacer.
—¿No se supone que debes decirme tú lo que tengo que hacer? —pregunté.
Adil soltó una carcajada, divertido, antes de contestar.
—La terapia no funciona así. Yo te doy herramientas para que puedas
tomar decisiones, pero eres tú la que debe aplicarlas y encontrar la
solución que más te convenga.
—Vaya… —murmuré—. Qué interesante. Le daré vueltas a esto. Gracias,
Adil.
Nos despedimos de él, y cuando Nina colgó ambas nos miramos a la vez
con interés.
—Así que fantaseas con otro —dijo ella, casi al mismo tiempo que yo
hablé.
—Así que Adil, ¿eh?
—Nos lo estamos tomando con calma —contestó—. Y ahora enséñame una
foto de ese chico rubio.
—Se llama Gabriel —dije, y me puse a buscar su contacto en WhatsApp
para poder enseñarle la foto de perfil. Pero, mientras lo hacía, quise indagar
más—. ¿Cuánto tiempo llevas viéndote con Adil, y por qué yo no sabía
nada?
—Apenas hace un mes que nos liamos, y si no sabes nada es porque todavía
no sé a dónde nos va a llevar esto.
Asentí con la cabeza, centrando mi atención en el móvil hasta que encontré
lo que buscaba.
—Mira. —Le enseñé la foto de Gabriel.
—Joder —comentó ella, levantando las cejas—. Ahora entiendo tu dilema.
Está para comérselo.
—Y encima es el tío más guay del universo —me quejé—. Así no se puede.
Tendré que esforzarme en buscarle defectos.
—No estoy segura de que esa sea la estrategia más efectiva —rebatió, y
gruñí antes de echarme en su cama.
—El mundo no es justo —murmuré.
Nina rio y se echó a mi lado. Empezamos a hablar, me lo contó todo sobre
Adil, y sentí que estábamos teniendo uno de esos momentos de conexión
que eran tan intermitentes entre nosotras. Había épocas en las que nos
llevábamos genial, y otras en las que había hostilidad, pero en ese momento
me sentí bien, en confianza y contenta por poder compartir mis problemas
con ella.
14
No vi a Leo durante el resto del fin de semana, con la excusa de que quería
pasar tiempo con mi hermana, cosa que no era del todo cierta, porque
llevaba con la mujer desde que habíamos nacido y se iba a quedar hasta que
terminaran las vacaciones de Navidad, para las que a mí solo me quedaban
un par de días.
Seguía molesta con él por haberme hecho sentir como si estuviera en un
examen al conocer a sus padres, y conmigo misma por mis sentimientos
encontrados con respecto a Gabriel. No había conseguido ver el problema
de una forma objetiva, como Adil me había sugerido, pero confiaba en que
podría darle vueltas al asunto durante las vacaciones.
El lunes salí más de una hora tarde de casa porque me había quedado
dormida, y di la primera clase por perdida así que me senté en el bar más
cercano a la facultad, donde sabía que irían mis amigos al terminar, y me
dediqué a avanzar algunos de los trabajos que teníamos para después de
vacaciones en mi portátil.
Leo me mandó varios mensajes preguntándome dónde estaba, y no los vi
hasta media hora más tarde, cuando le contesté explicándole lo que había
pasado. Después, abrí Instagram para distraerme un poco y vi que Natalia
había subido un story con Gabriel, en el que aparecían los dos con cara de
estar aburridísimos. Respiré hondo al ver su foto, algo que no era
demasiado habitual porque él no usaba demasiado su Instagram, y recé para
poder ser capaz de actuar con normalidad cuando lo viera. Me daba un poco
de vergüenza verlo después de lo del viernes, aunque él no supiera nada —
ni lo fuera a saber nunca—.
—Que las vacaciones empiezan el miércoles, no hoy, empanada —se burló
Natalia en cuanto se sentó en la mesa, una hora más tarde, seguida por
Marian y Marc.
—Dudo que hayan explicado nada demasiado interesante en clase —
respondí, sin desviar la atención de la pantalla del ordenador, donde seguía
escribiendo la introducción de un trabajo.
—Pues no, la verdad —dijo Marc.
—¿Dónde están los demás? —pregunté.
—¿Es que nuestra presencia no te sirve? —Marian fingió un puchero—.
Gabriel no se sabe dónde está, para variar, aunque lleva unos días bastante
raro. Supongo que ya sabes que Silvia se ha ido a Valencia para ver a su
familia y ha pasado de venir estos dos días a clase. Ah, y tu churri ha dado
una excusa cualquiera para no venir al bar y tampoco sabemos dónde está.
¿Os habéis peleado?
—No —respondí, negando con la cabeza, y omití contarles que no
estábamos en los mejores términos, porque sabía lo que me iban a decir y
no me apetecía escucharlo.
Cerré el portátil y nos pedimos algo para desayunar. El tema de
conversación predominante fueron los trabajos que teníamos para
vacaciones. Natalia se quejó de que las llamaran “vacaciones” y nos
pusieran tres trabajos y cuatro exámenes para la vuelta, y yo estaba de
acuerdo en que eso era una mierda, pero no tenía pinta de ir a cambiar.
Al cuarto de hora apareció Leo, dio un saludo general y se sentó a mi lado
como si nada. Me dio un beso que me dejó un poco descolocada al
principio, pero luego supuse que era la única de los dos que se sentía tensa
por lo del viernes. Así que, pese a que sentía que me merecía una disculpa
suya, decidí intentar relajarme y dejarlo pasar.
Poco después fuimos a la facultad para la siguiente y última clase del día.
Gabriel llegó tarde, y por su expresión pude deducir que algo no iba bien.
Parecía preocupado, y fue a sentarse en uno de los asientos del fondo, al
lado de Marian.
Lo fui mirando de reojo de vez en cuando durante la clase, intrigada, y noté
que se pasó casi todas las tres horas hablando con Marian. Mi curiosidad
fue creciendo hasta el final de la clase, cuando me acerqué a ellos.
—¿Todo bien? —le pregunté, ya no solo por curiosidad, sino porque me
preocupaba por él.
Abrió la boca para contestar, pero Marian se le adelantó.
—Tiene problemas de chicas, necesitamos tu opinión.
—No hace falta —me aseguró él, y luego suspiró—. Bueno, supongo que
una segunda opinión no me vendría mal.
Cogí una silla cualquiera mientras la clase se iba vaciando, y me senté
delante de ellos.
—¿Qué ha pasado? —inquirí.
Gabriel se rascó el cuello, inquieto, antes de hablar.
—Creo que te hablé de Anya, ¿no? —me preguntó, y asentí con la cabeza
—. Pues yo pensaba que ella tampoco quería nada más, pero el otro día me
dijo que se estaba enamorando de mí, y yo me quedé a cuadros, como un
imbécil. Pero es que joder, no notaba que ella quisiera nada serio conmigo,
pensaba que estábamos en la misma línea. Durante el descanso he quedado
con ella, porque no estudia lejos, y le he dicho que no siento lo mismo… Y
ahora me siento como un gilipollas, pero es que no me interesa tener pareja.
Estoy muy bien así, aunque ahora haya perdido una amiga.
—Vaya —murmuré, asombrada, porque Gabriel nunca antes había sido tan
abierto con su vida privada—. Y, ¿estás seguro de que no sientes nada más?
—No. —Suspiró—. Supongo que se me da bien separar el sexo del amor.
Y en ese momento no lo sabía, pero eso terminaría siendo algo que marcaría
mi relación con Gabriel. Entonces solo le dije que había hecho lo correcto,
aunque fuera una mierda. Pensé en el hecho de que yo tuviera que estar
reprimiendo mi atracción por él por el bien de mi relación con Leo, porque
a veces hay que hacer sacrificios al tomar las decisiones correctas.
15
Las vacaciones de Navidad pasaron volando, porque estuve la mayor parte
del tiempo estudiando para los exámenes y terminando los trabajos para la
universidad. Cuando quise darme cuenta, ya era enero y estaba entrando en
clase otra vez.
Aunque había estado la mayor parte de las fiestas estudiando, también había
tenido tiempo para ver a mis amigos —de fuera de la universidad ese grupo
se resumía en Patri y Alex, a decir verdad—, y había quedado un par de
veces para estudiar con los de clase. Leo también había estado en nuestras
sesiones de estudio, pero Gabriel parecía desaparecido. No había sabido
nada de él en todas las vacaciones, pero tampoco me preocupaba porque él
era así, y en el fondo quizás era mejor para mí.
Tal y como Adil me había aconsejado, había intentado con todas mis
fuerzas ver la situación de una forma objetiva, pero eso solo me había
llevado a darme cuenta de cosas que no me eran agradables.
Esa sensación se había intensificado cuando había tenido un altercado con
Leo porque me había propuesto pasar el Fin de Año con él y su familia, y le
había dicho que no de la forma más amable posible, porque me negaba a
volver a ponerme en una situación en la que me sentía observada bajo lupa,
aunque está claro que eso no fue lo que le dije. Simplemente le había dicho
que quería pasarlo con mi familia, y cuando la palabra “niña de papá” había
salido en la discusión, había tenido que invocar toda mi paciencia para no
mandarlo a la mierda. Yo no era una niña de papá, de hecho la relación con
mis padres era muy complicada y él lo sabía, así que su comentario
estúpido me había molestado mucho.
Ni siquiera había salido de fiesta para celebrar el nuevo año, porque con el
estrés de los trabajos y exámenes no me había sentido con ánimos.
Pese a tenerme de los nervios, la época de exámenes pasó con relativa
rapidez. Volví a ver a Gabriel y, aunque todavía notaba un subidón de
adrenalina cada vez que lo veía, no fue tan fuerte como esperaba. Las cosas
entre nosotros fluían como siempre, y con Leo volví a estar bien al poco
tiempo.
A finales de enero, poco antes de terminar los exámenes, Claudia, la chica
de nuestra clase que tenía una casa enorme en Pedralbes, propuso hacer una
fiesta de fin de exámenes el fin de semana siguiente. De mi grupo de
amigos nos apuntamos todos, porque necesitábamos un respiro, pero no me
imaginaba que me iba a llevar justo lo contrario.
El sábado en cuestión, me estaba preparando en mi casa después de
haberme pasado casi todo el día recuperando horas de sueño y acumulando
algunas de más para poder aguantar durante la noche. Silvia me mandó un
mensaje avisándome de que estaban en mi calle y murmuré un “mierda”
antes de empezar a coger todo lo que necesitaba —que venían a ser una
botella de ron y mi chaqueta—. Me despedí de mis padres rápidamente, salí
de casa y bajé corriendo las escaleras hasta el portal.
Uno de los eventos principales de la noche era el hecho de que Natalia, que
apenas llevaba dos semanas con el carné de conducir, nos iba a llevar en el
coche que sus padres le habían prestado a la fiesta. Anna, con la que tenía
una extraña relación, no sé si romántica o solo sexual, nos había dicho que
conducía fatal y yo, lejos de estar asustada, iba preparada para reír durante
un buen rato.
—Bienvenida al coche de la muerte —me dijo Anna, sentada en el asiento
del copiloto, cuando me subí.
Leo estaba sentado en el asiento trasero del medio, y me dio un beso antes
de que pudiera saludar al resto. Al otro lado estaba Silvia, que rodó los ojos
cuando nos besamos y le levanté una ceja porque ella, a la que había visto
comerse la boca con Marc unas cuantas veces, no era la más indicada para
hablar.
—Entonces, ¿cuántos semáforos se ha saltado? —pregunté, y Natalia rio
con sarcasmo.
—Ninguno —contestó—. Soy una conductora excelente.
—Bueno, tampoco hace falta exagerar —comentó Silvia—. No te has
saltado ningún semáforo, pero porque te hemos gritado “semáforo” dos
veces, que si no te los habrías saltado.
—Y, ¿dónde están los demás? —inquirí cuando Natalia arrancó.
—Marc y Gabriel vienen en metro —respondió Silvia—, y creo que Marian
va con ellos, pero no estoy segura.
Nos metimos por la Diagonal, y pude notar cómo Natalia se ponía algo
nerviosa, cosa que tenía todo el sentido del mundo porque esa calle era un
descontrol, y complicada de entender.
—Ánimos, que casi llegamos a la rotonda —le dije con algo de maldad, y
me miró por el retrovisor como si me quisiera matar.
La rotonda de Francesc Macià era una pesadilla para los conductores
novatos. Yo nunca había conducido por ahí, más que nada porque no tenía
el carné, pero Patri había hecho las prácticas ahí y decía que era el
mismísimo infierno. Muchos carriles, muchos coches y varias salidas que
confundían.
Cuando por fin divisamos la rotonda, Natalia agarró el volante con fuerza, y
bajó considerablemente la velocidad cuando llegamos. Estuvo parada
delante durante un buen rato y, cuando vio la oportunidad, entró. Lo hizo
todavía con la velocidad baja, y un imbécil que venía detrás empezó a
pitarle como un poseso.
—Este gilipollas me está poniendo de los nervios —dijo Natalia, al ver que
el tío no paraba.
Aguanté dos pitidos más antes de bajar la ventanilla, mirarlo con toda mi
cara de mala leche, y gritarle.
—¡¿Que no ves la “L”?! —exclamé, mirando hacia atrás, pero como
parecía no escucharme me limité a señalar hacia donde estaba la “L” que
indicaba que mi amiga era una conductora novata, y cuando no paró de
pitar fui incapaz de resistir el impulso de enseñarle mi dedo corazón.
—¡Eso, defiende el castillo! —me animó Anna, aplaudiendo.
Por fin salimos de la rotonda, y Natalia liberó un suspiro de alivio.
—Si has sobrevivido esto, puedes sobrevivir lo que sea —le dijo Silvia, y
ella le dio una pequeña sonrisa—. Y no veas, Ari, con tu fiera interior. He
decidido que no me pelearé nunca contigo.
—Ha sido bastante sexy —comentó Leo.
—No lo he hecho por ser sexy —rebatí, y debo admitir que seguía un poco
cabreada por el incidente.
Él frunció el ceño, apartó la mirada de mí y negó con la cabeza para sí
mismo.
Llegamos a la calle de Claudia quince minutos más tarde. Tuvimos que dar
varias vueltas hasta encontrar una calle en la que se pudiera aparcar, y luego
caminamos hacia nuestro destino. La imponente casa —o mansión, casi—
parecía fácil de reconocer pero, en una calle donde todo era lujo, no pude
evitar quedarme mirando cada casa que íbamos pasando.
—Lo que daría por vivir aquí —suspiró Silvia, tan fascinada como yo por
las casas—. Y no solo por lo bonito que es, sino porque tiene que ser
tranquilísimo. En mi casa se escuchan ambulancias cada diez minutos, y los
fines de semana está todo lleno de borrachos gritando en la calle.
Yo no podía quejarme de mi ubicación porque la calle Muntaner no estaba
nada mal, pero también tenía el problema del ruido de forma constante, y
más teniendo en cuenta que era una de las calles más concurridas de la
zona.
Nos abrió la puerta un chico de nuestra clase con el que yo apenas había
hablado, pero nos recibió con una sonrisa. Dentro había comida, aunque
Silvia y Anna habían traído más porque la idea era que trajéramos cosas por
grupos. Leo, Natalia y yo habíamos traído bebida, así que no nos iba a faltar
de nada.
El ambiente era alegre, la música era del tipo que me habría hecho bailar
toda la noche en una discoteca, y la gente estaba repartida por el enorme
salón, comiendo, hablando y bebiendo. Sonreí al ver el panorama. La noche
prometía.
Igual éramos unas quince personas de clase —lo cual representaba algo más
de la mitad, porque el curso estaba dividido en tres clases y no llegábamos a
treinta por grupo—, y había más gente a la que no conocía y que suponía
que eran amigos de Claudia.
Marc vino hacia nosotros, nos saludó uno por uno con un abrazo y le dio un
beso a Silvia antes de que dejáramos nuestras cosas en la mesa. Reconocí a
Gabriel y Marian sentados juntos, en uno de los sofás, mirando algo en el
móvil de ella entre risas. Me quedé mirando al chico rubio, medio echado
en el sofá y con las cejas levantadas por la diversión, ajeno a mi presencia.
Ni siquiera se había vestido de una forma especial —yo tampoco, a decir
verdad, porque había optado por unos tejanos algo anchos verdes que hacía
poco que tenía y un top blanco, además de la chaqueta porque hacía un frío
horrible—, pero estaba tan guapo que tuve que tomarme unos segundos
para relajarme antes de ir hacia ellos.
—¿Vídeos de perritos? —les pregunté cuando estuve delante.
—No, es que me he hecho Tinder —contestó Marian—, y hay cada perfil
que es para ponerlo en un programa de comedia. Mira este: “quiero a una
mujer que me respete, que obedezca, que sepa cocinar y que sea fiel”.
Básicamente quiere una esclava, este idiota. Ah, y antes hemos visto a uno
que decía abiertísimamente que le gustaba beber pis.
Arrugué la nariz, asqueada, pero no pude evitar reír.
—Obviamente, a este le doy que no —dijo, deslizando su dedo índice hacia
la izquierda en la pantalla del móvil.
—Uy, aquí sale una pareja —comentó Gabriel, viendo el siguiente perfil, y
me senté al lado de Marian para cotillear.
—Ah, sí —murmuró ella—. Es que puse que también buscaba chicas,
porque la verdad es que me atraen bastante, y hay muchos perfiles de chicas
buscando otras chicas para hacer un trío con su novio.
—Y, ¿no te interesa? —le pregunté.
—No lo sé —contestó—. Podría estar bien probarlo. Les voy a dar like, va,
a ver qué me dicen.
Estuvimos un buen rato jugando con el Tinder de Marian, hasta que el
hambre me pudo y me fui a buscar algo para comer. Terminé comiendo
tortilla de patata mientras Leo me preparaba un cubata de ron cola. Me lo
tendió, y le di las gracias con un beso antes de dar un trago.
—Le ha salido una bebida excelente, señor coctelero —le dije con una
sonrisa.
—Me alegra que le guste, milady —contestó antes de besarme otra vez.
Estuvimos comiendo, bebiendo y bailando durante un buen rato. Cuando
quise darme cuenta, ya llevábamos dos horas en la casa y el alcohol me
estaba empezando a subir, y mira que tampoco había bebido tanto. Supongo
que era porque llevaba semanas sin tomar un solo trago, así que mi cuerpo
se había desacostumbrado.
Eran alrededor de las once cuando salió la propuesta. Estaba con Natalia,
Leo y Anna cuando Claudia se nos acercó.
—Unos cuantos vamos a jugar a la botella —nos dijo—. ¿Os apuntáis?
—¿A la botella? —pregunté, con una ceja levantada, no porque no supiera
de qué hablaba, sino porque no me lo esperaba, aunque la idea me parecía
más que sugerente.
Solo había un problema…
—Claro. Por mí, sí —dijo Leo, y esta vez levanté las dos cejas, porque no
me lo esperaba. Él me miró—. ¿Te parece bien? Son solo algunos besos, no
significan nada.
—Bueno, vale —contesté, con algo de miedo de que fuera una pregunta
trampa, pero el alcohol en mi cuerpo consiguió enterrar ese sentimiento.
Ahí fue cuando la noche se empezó a descontrolar.
16
Para mi sorpresa, no éramos muchas las personas que queríamos jugar a la
botella, aunque lo preferí, porque tampoco me apetecía morrearme con mil
personas. Debía haber unas treinta personas en la fiesta, o incluso más, pero
solo ocho jugamos a la botella: varias personas a las que no conocía,
Claudia, Marian, Leo y yo.
Justo cuando ya estábamos sentados, algunos en los dos sofás que había,
uno delante del otro, y otros en el suelo, Gabriel pasó por nuestro lado.
—Va, únete, aburrido —le dijo Marian, y él soltó una carcajada.
Me dedicó una mirada rápida, y luego volvió a mirar a nuestra amiga.
—Venga, va.
Marian soltó un grito de alegría y le dio un pequeño aplauso mientras él se
sentaba a su lado. No pude evitar mirar a Leo, y por su expresión vi que no
estaba muy contento con que Gabriel se nos hubiera unido. Empecé a
ponerme nerviosa, pero no de una forma negativa. Era expectación porque,
aunque supiera que iba a traer problemas, una parte de mí deseaba que,
cuando hiciera girar la botella, esta terminara señalando a Gabriel.
—Bueno, ¿quién empieza? —preguntó Claudia, y se paró a pensarlo unos
segundos—. La persona que tenga más edad del grupo. Yo tengo dieciocho,
así que no creo que me toque a mí.
Así fue como descubrí que tanto Gabriel como Marian tenían un año más
que yo. Aun así, no eran los mayores, porque había una chica que tenía
veinte, y fue ella la que hizo girar la botella vacía de cerveza por primera
vez, dando el juego por empezado.
Nos quedamos en silencio, mirando el objeto de cristal dando vueltas, hasta
que su boca se quedó quieta apuntando a Marian.
—¿Es un pico, o algo más? —preguntó la chica.
—Yo haría picos, al menos para empezar —sugirió otro chico al que no
conocía, pero que estaba bastante segura de que se llamaba Joan.
Estuvimos todos de acuerdo, y Natalia se besó con la chica entre aplausos.
Durante la siguiente hora, hubo un poco de todo. Prácticamente nos
besamos todos con todos —incluso Leo con Gabriel, aunque no le pusieron
demasiado entusiasmo—, pero en ningún momento me tocó con el rubio…
Hasta que pasó.
Fui yo la que giró la botella, y cuando la boca apuntó a Gabriel, mi corazón
dio un salto. Él me sonrió, y fue todo lo que necesité para empezar a
acercarme a él, hasta que Leo me interrumpió.
—Ari no juega.
Me giré hacia él, con una ceja levantada, y vi que me miraba con seriedad.
—¿Cómo que no juego? —pregunté, porque no estaba segura de haberlo
escuchado bien.
—Que se acabó el juego para nosotros —contestó.
Ya decía yo que la noche estaba yendo demasiado bien.
—Me da a mí que no —repuse.
Así que pasé de él y sus rabietas completamente, y seguí acercándome a
Gabriel hasta que estuve delante de él. Me miró, y pude ver la duda
brillando en sus ojos. Le di una pequeña sonrisa, intentando transmitirle que
no pasaba nada y, cuando su mirada se fijó en mis labios, pareció relajarse.
—¿Puedo? —le pregunté en un murmuro, porque solo quería que lo
escuchara él.
Él asintió lentamente con la cabeza. Puse una de mis manos en su mejilla,
notando la ya conocida electricidad entre nosotros, y me incliné para juntar
mis labios con los suyos. Apenas fue una caricia, una leve presión, pero fue
suficiente para mandar una ola de adrenalina por mis venas.
Cuando me separé y volví a la realidad, Gabriel me miró con una expresión
que no supe descifrar, y tampoco tuve demasiado tiempo para fijarme en
ella porque escuché a Leo levantarse e irse, enfadado.
—Y a este, ¿qué le pasa? —preguntó Marian.
—Ni idea —contesté, aunque lo sabía perfectamente, pero su forma de
darme órdenes como si tuviera algún tipo de poder sobre mí me había
molestado, y no iba a perseguirlo para pedirle perdón, porque era él quien
se debía disculpar—. Ya se le pasará.
Empezaba a estar harta de tener que pensar “ya se le pasará” cada vez que
le daba una de sus rabietas porque, honestamente, tenía cosas mejores que
hacer que estar esperando a que se calmara constantemente. Así que, por
una vez, decidí dejar de preocuparme por él. Estábamos celebrando que
habían terminado los exámenes, y quería pasármelo bien con mis amigos.
El juego de la botella terminó ahí, así que fui a buscar al resto de mis
amigos, que estaban todos juntos charlando en el jardín mientras Anna
fumaba. Me senté con ellos, cubata en mano, y nos dedicamos a hablar de
tonterías. Gabriel y Marian también se unieron, y al principio fue incómodo
estar delante del rubio después de lo que acababa de pasar, de todo lo que
me había hecho sentir con un beso tan corto, pero pronto ya estábamos
hablando y bromeando con normalidad.
Por una vez, ni siquiera me preocupaba dónde estaría Leo, cómo se estaría
sintiendo o si estaría muy enfadado conmigo, y esa sensación me traía
mucha paz, aunque me sintiera mal al admitirlo.
No había pasado ni una hora cuando Claudia salió al jardín y, en cuanto me
vio, vino hacia mí.
—Ari, me han dicho que Leo te está buscando —contesta—. Está en el piso
de arriba.
—Y, ¿no puede venir él? —inquirí.
—Ni idea. —Claudia se encogió de hombros—. Me lo ha dicho un amigo,
se ve que se lo ha encontrado arriba y le ha pedido que te diga que subas.
Fruncí el ceño, sin entender qué diablos quería y por qué tenía que ser yo la
que fuera a buscarlo, pero respiré hondo y decidí hacer lo que decía, ya por
curiosidad más que por otra cosa.
Cuando entré de nuevo en la casa, no me pasó inadvertida la mirada de
diversión que me dio un chico que estaba ahí, al lado de la puerta. Lo había
visto unas horas antes, al llegar a la fiesta, pero no lo conocía. Volví a
fruncir el ceño, sin entender a qué venía eso, pero la verdad es que al poco
rato me olvidé del tema —probablemente porque iba bastante borracha y no
me pareció importante—.
Subí las escaleras, pensando en qué podía ser lo que quería Leo y
preparándome mentalmente, porque era muy probable que buscara discutir.
En el piso de arriba había poca gente. Vi a una chica de nuestra clase salir
del baño, antes de saludarme con alegría, y a dos chicos enrollándose al
final del pasillo. Al no ver a nadie más en el pasillo, paré a Marta, la chica
de mi clase, antes de que bajara.
—Oye, Marta, ¿has visto a Leo? —le pregunté.
Ella tuvo que pararse a pensarlo unos segundos porque, a juzgar por el rojo
intenso de sus mejillas y su postura algo inestable, había bebido bastante.
—Lo he visto antes entrando ahí. —Señaló una de las puertas del pasillo, y
apoyó una mano en mi hombro—. No sabía que lo habíais dejado. Lo
siento.
Levanté una ceja, sin comprender a qué se refería, pero no pude preguntarle
más porque empezó a bajar las escaleras, caminando con cuidado y
sujetándose en la barandilla.
Me invadió una sensación extraña, como si algo no fuera bien. Me acerqué
a la puerta que Marta me había indicado, con algo de miedo, y puse la mano
en el pomo antes de respirar hondo y abrir.
No sé si fue el alcohol, la sorpresa o la poca luz que había en la habitación
pero, al principio, no comprendí lo que estaba ocurriendo. Había dos
cuerpos semidesnudos y abrazados en la cama, besándose, moviéndose el
uno contra el otro. Estaba a punto de disculparme y salir de la habitación
cuando reconocí el rostro de Leo en uno de esos cuerpos.
Había una chica debajo de él, llevando solo unas bragas, y Leo estaba sin
camiseta. Pararon lo que estaban haciendo, y él me miró. Me quedé parada,
estática, y abrí la boca para decir algo, pero no me salían las palabras.
—Así aprenderás a dejar de ser tan zorra —me dijo Leo, y empecé a sentir
ganas de vomitar.
No dije nada. Salí de la habitación lo más rápido que pude, cerré la puerta
con un fuerte golpe, como si no quisiera que se volviera a abrir nunca más,
y me apoyé contra la madera para intentar procesar todo lo que había
pasado.
Las náuseas aumentaron cuando recordé lo que acababa de ver, repitiéndolo
en mi cabeza sin parar mientras sentía que me ahogaba. La culpa se instaló
en mi cabeza y casi consiguió dominarla, porque no podía parar de pensar
en que yo había provocado esa situación, besando a Gabriel cuando Leo
había dejado claro que no quería que ocurriera.
Pero de repente un sentimiento se superpuso a todos los demás: la rabia.
Una rabia tan visceral y tan intensa que, por un momento, me dio incluso
miedo.
Y esa rabia no solo venía de lo que acababa de ocurrir, no, venía de hacía
meses. Era la rabia que había apartado en cada una de las rabietas de Leo,
cada vez que se ponía celoso, cada vez que tenía un comportamiento de
mierda conmigo. Es como si no me hubiera dado cuenta de que esa rabia se
había estado acumulando, hasta que salió toda de golpe.
Bajé las escaleras con paso decidido. El chico de antes seguía sonriendo con
diversión, sin dejar de mirarme, y al darme cuenta de que se estaba
burlando de mí porque sabía lo que estaba ocurriendo en el piso de arriba, y
que probablemente había sido él quien había avisado a Claudia, me sentí
tentada a descargar mi rabia contra él, pero lo descarté rápidamente. No
merecía la pena.
El sonido de la música, el ruido de las charlas, las risas, la gente bailando…
Empecé a agobiarme. Todo el dolor, la tristeza y la rabia se instalaron en mi
pecho, creando una presión desagradable y que amenazaba con cortarme la
respiración. Así que me fui. Caminé hacia la puerta de la casa, y me pareció
escuchar a alguien llamándome, pero no me giré. Seguí caminando, abrí la
puerta principal y salí al exterior. Inspiré con fuerza, notando el aire frío de
finales de enero inundar mis fosas nasales, mis pulmones, trayendo consigo
un poco de alivio.
Caminé hacia la calle, y me senté en el bordillo de la acera. Seguí
respirando hondo, y cuando quise darme cuenta estaba llorando. Todo lo
que estaba sintiendo salió a trompicones, y enterré mi cara entre mis manos.
Me concentré en respirar, pero no podía parar de pensar en lo que había
visto.
¿Cómo había podido hacerme algo así? No solo el acto en sí, y encima
después de todos sus celos injustificados, sino encima haciendo que yo lo
viera, porque quería hacerme daño. Se suponía que me quería, y me había
hecho esto.
La puerta de la casa se abrió, y me sequé las lágrimas antes de ver a Natalia
caminando hacia mí.
—¿Qué ha pasado? —me preguntó—. ¿Ha sido Leo? Joder, claro que ha
sido Leo. Lo voy a matar.
—Lo voy a matar yo antes —contesté, con la voz ronca.
—¿Qué cojones ha hecho? —insistió, sentándose a mi lado.
—Se estaba liando con otra —respondí—. O estaban follando, yo qué sé. Y
ha tenido los cojones de decirme que eso me pasa por ser tan zorra. Yo. O
sea, la zorra en esta historia soy yo. ¿De qué coño va? ¿Quién se ha creído
que es?
—¡¿Qué?! —exclamó, alucinada—. Pero menudo gilipollas. Es que lo
mato, te lo juro.
—Tendría que haberos hecho caso. Tenías razón, Natalia: este tío es una
mierda. O un tóxico, como lo llamaste tú. ¿Quién le hace eso a una persona
a la que dice querer? Qué puto asco.
—Oye, que no es culpa tuya —dijo ella—. Es difícil darse cuenta de que
una persona es tóxica cuando es tu pareja y la quieres, o te gusta mucho, o
lo que sea. Desde fuera, todo se suele ver con más claridad.
—Ya, pero me siento como una imbécil —contesté—. Si en el fondo me
daba cuenta, pero he necesitado esta bofetada monumental para aceptarlo.
Y, ¿sabes? Ni siquiera me duele tanto que se haya liado con otra. Lo que me
jode es que lo haya hecho expresamente para hacerme daño.
—Eso es de estar enfermo —coincidió ella—. Mira que he visto a gente
haciendo cosas turbias, eh, pero este idiota se lleva la palma.
La puerta se volvió a abrir, y vimos a Gabriel saliendo de ella. Caminó
hacia nosotras con paso relajado, pero se podía ver la preocupación en su
cara.
—¿Todo bien? —preguntó, aunque era evidente que no.
Me quedé callada, y Natalia me miró.
—¿Se lo quieres decir? —me preguntó en un susurro, y asentí con la
cabeza.
—Leo se ha liado con una chica —le conté al rubio, que levantó las cejas,
sorprendido—. Y me ha soltado que eso me pasa por ser tan zorra, o una
zorra… Ya ni me acuerdo de lo que ha dicho.
Gabriel se pasó las dos manos por la cabeza, y cerró los ojos.
—Joder —murmuró—. Será gilipollas.
—Lo es —concordó Natalia.
El rubio se arrodilló delante de mí, y apoyó una de sus manos en mi rodilla.
Y esta vez no sentí esa electricidad de siempre, porque estaba tan saturada
de sentimientos que uno más apenas se notaba.
—¿Cómo estás? —me preguntó—. Dentro de lo malo, digo.
—Tengo ganas de matarlo —respondí—, de gritar, y de romper algo…
Pero, por raro que suene, empiezo a sentirme como si me hubiera quitado
un peso de encima.
Él asintió con la cabeza varias veces, como si supiera de qué le hablaba, y
me hizo otra pregunta.
—¿Qué quieres hacer?
—¿En general, o ahora? —inquirí.
—Ahora —contestó.
—Irme. No quiero ir a casa ahora mismo, pero quiero… Quiero caminar.
Daré una vuelta y, cuando me canse, me iré a casa.
—Vamos contigo —dijo.
—Eso es —añadió Natalia—. No vamos a dejar que te vayas sola a las dos
de la mañana, y mucho menos con lo sensible que estás.
—No estoy sensible —me defendí.
—Estar cabreada también es estar sensible —apuntó, y tuve que darle la
razón.
—Tienes que conducir el coche de vuelta y llevar a los demás —le dije a
Natalia, y ella soltó un gruñido.
—Mierda, es verdad.
—Voy yo con ella —le dijo Gabriel—. Tú quédate, y pégale unos cuantos
gritos al imbécil de Leo, si quieres.
—Qué va, me da que la fiesta para mí ha terminado —murmuró—.
Intentaré convencer a los demás de irnos. Y como vea a Leo le pego una
paliza, ya os lo digo.
—Pasa de él —contesté—. Es lo mejor que puedes hacer. Yo haré lo mismo.
—Suerte que la semana que viene no hay clase y no tendrás que verlo —
dijo ella.
—Pues sí. Además, el lunes me voy a París a ver a mi hermana unos días, y
me irá bien para desconectar.
Entré un momento a la casa para coger mi chaqueta y mi bolsa. Me despedí
de Natalia antes de salir y, en cuanto estuve fuera, miré a Gabriel.
—No hace falta que vengas conmigo. Puedo coger un taxi, o algo así. No
quiero que tengas que irte de la fiesta por mí.
—Has dicho que querías caminar, y caminaremos —me aseguró—. Tú no
me dejaste solo cuando me encontré mal esa noche que salimos, y yo no te
dejaré sola ahora. Además, de todos modos, ya me estaba cansando de esta
fiesta.
—Gracias. —Le di una pequeña sonrisa, y él me la devolvió.
—Venga, vamos.
17
Empezamos a caminar en silencio por las desiertas calles de Pedralbes.
Dejé que mi atención se volviera a perder en las casas de la zona, algunas
de ellas con diseños enrevesados y lujos innecesarios, al lado de otras más
sencillas pero que no debían de ser baratas en absoluto. Escuché música, a
lo lejos, haciendo eco por las calles, y supuse que alguien estaría haciendo
una fiesta, igual que nosotros.
—¿Quieres hablar del tema? —me preguntó Gabriel al cabo de un buen
rato, cuando ya estábamos en una zona del barrio un poco más urbana,
donde predominaban los bloques de pisos en vez de las casas.
—No —contesté, negando con la cabeza—. No hay mucho que hablar, y no
quiero pensar más en eso. Ya le he dedicado demasiado tiempo a las
gilipolleces de Leo en los últimos meses. Estoy harta. Quiero olvidarme de
que existe, al menos durante un rato.
—Pues no me parece mal —asintió.
—Cuéntame algo, lo que sea —le pedí, y luego recordé lo que había
hablado con él y con Marian poco antes de las vacaciones—. ¿Cómo
terminó el tema de la chica esa, Anya?
Él se rascó la nuca.
—Oh, volvimos a hablar y decidimos ser solo amigos, pero la verdad es que
no ha funcionado. Me da pena que hayamos acabado así, porque es una tía
genial y la conozco desde hace años, pero tampoco puedo hacerle nada. —
Se quedó callado unos segundos, pensativo, y luego me miró—. Oye, ¿has
estado alguna vez en los jardines del Palacio de Pedralbes?
—No —contesté—. ¿Por?
—¿Quieres ir?
Saqué el móvil y le di una rápida mirada a la hora. Vi que tenía mensajes,
pero ni siquiera me paré a mirar de quién eran antes de volver a guardar el
móvil en mi bolsillo.
—Son las dos y media de la mañana —le dije—. Me da a mí que estará
cerrado.
Una sonrisa enigmática se dibujó en sus labios.
—Nunca está cerrado si sabes por dónde entrar.
Levanté una ceja, con curiosidad, pero él no dijo nada más hasta que, diez
minutos más tarde, llegamos a los jardines. Estaban cerrados por un muro
de piedra, no muy alto pero lo suficiente como para que no se pudiera subir,
y no tenía ni idea de cómo Gabriel pretendía saltarlo, porque era
prácticamente imposible.
Lo vi mirar el muro con atención, y luego giró hacia la derecha. La luz de
las farolas apenas llegaba a iluminar la zona, así que sacó el móvil y puso la
linterna mientras seguía merodeando. Se metió entre unos arbustos, y
enfocó la estructura de piedra con la linterna.
—Aquí está —dijo de repente, sonriendo para sí mismo.
Me acerqué, y pude ver un bloque de piedra en el suelo. Era lo
suficientemente alto como para que se pudiera usar como escalón, y no
parecía estar ahí de forma arbitraria. Me sorprendió pensar en quién podría
tener tanta fuerza para llevar una piedra tan grande como esa hasta allí, pero
no tuve tiempo para darle muchas vueltas porque Gabriel se subió encima y,
con un rápido movimiento, saltó hacia el muro y desapareció detrás de él.
Lo seguí, algo dudosa y, tras haberme subido, salté al lado de otros
arbustos, que daban a uno de los caminos que formaban parte de los
jardines.
—Voilà —dijo él, levantando los brazos—. Misión cumplida.
—¿Cómo puede haber esa piedra enorme al lado de la valla sin que se
hayan dado cuenta? —pregunté, intrigada—. Y, ¿no hay vigilantes?
—Esta piedra lleva, como mínimo, tres años aquí —me contó—. No la
quitan porque o no se han dado cuenta porque está bien escondida, o les
supone demasiado trabajo. Y sí que hay cámaras de seguridad, pero solo en
la zona más cercana al palacio, así que no deberíamos tener ningún
problema mientras no nos acerquemos allí.
—Pareces todo un profesional de entrar en lugares prohibidos.
—Tengo mis métodos. —Se encogió de hombros—. Y claro que soy un
profesional. ¿Has visto Prison Break? La escribí yo.
Me eché a reír, negando con la cabeza.
—En Prison Break se escapan de la cárcel, no entran —le recordé.
—Si sabes entrar, sabes salir —argumentó.
Volví a reír antes de empezar a caminar por los jardines. Gabriel me siguió
sin mediar palabra, y dimos una buena vuelta, intentando no acercarnos
demasiado al palacio. En un momento dado, nos encontramos con una zona
llena de bancos, y fui a sentarme a uno de ellos. Rebusqué en mi bolsa,
recordando que tenía algo muy interesante en ella, y Gabriel se sentó a mi
lado mientras me miraba con curiosidad.
—¿Vas a sacar una pistola? —inquirió.
—Ya puedes empezar a correr —bromeé.
Por fin noté el tacto metálico en mis dedos, y cogí la lata para sacarla.
—Bebida de lichi —leyó lo que ponía en el recipiente—. ¿Eso está bueno?
—No tengo ni idea —contesté—. Lo he visto en el super cuando he ido a
comprar el ron, y me ha dado curiosidad. Quería probar a mezclarlo, pero
en cuanto hemos llegado a la fiesta me he olvidado de su existencia.
—¿Lleva alcohol?
—Creo que no.
Así que lo probamos. A mí me encantó y Gabriel opinó que estaba
asqueroso, pero eso no le impidió beberse más de la mitad de la lata —lo
que me llevó a deducir que estaba mintiendo—. Mientras bebíamos, Gabriel
sacó un cigarro y nos lo fumamos mientras hablábamos de los últimos
viajes que habíamos hecho. Él se había ido a Noruega con su madre el
verano pasado, y me estuvo contando sobre ello. Mi curiosidad iba
aumentando a medida que me hablaba, hasta que al final no pude contener
más la pregunta que ya me había hecho tiempo antes.
—Oye, y ¿qué hay de tu padre?
Cuando me miró con seriedad, pensé que la había cagado al preguntarle
eso. Quizás no teníamos suficiente confianza para que le hiciera esas
preguntas, porque podía ser un tema delicado. Estaba a punto de
disculparme cuando, seguramente al ver mi expresión de pánico, soltó una
carcajada.
—No tengo padre —me dijo—. Nunca he tenido.
Levanté una ceja.
—¿Se fue? —inquirí.
—No, es que no sé quién es, y mi madre tampoco lo sabe —contestó—.
Soy adoptado. Mi madre me adoptó cuando tenía apenas un año, así que
tampoco recuerdo nada de antes.
—Oh —murmuré—. Vaya. O sea, ¿tu madre te adoptó sola?
—Sí. —Asintió con la cabeza.
—Qué curioso.
—Quería tener hijos, pero no tenía pareja. —Gabriel se encogió de hombros
—. Y dice que pasaba de la inseminación artificial, porque no quería
quedarse embarazada. No es que tuviera problemas de fertilidad ni nada.
—Ya, a mí también me daría mucha pereza quedarme embarazada —dije, y
él rio—. No me quiero ni imaginar lo que tuvo que pasar mi madre al estar
embarazada de mellizas. He visto fotos, y su barriga parecía ir a explotar en
cualquier momento.
—Vaya, no sabía que tu hermana y tú erais mellizas —comentó—. Sabía
que tenías una hermana porque había visto fotos en Instagram y porque creo
que alguna vez me has hablado de ella, pero no que habíais nacido a la vez.
¿Quién es la mayor?
—Yo —respondí—. Por diecisiete minutos.
—Joder, tu hermana se dio prisa después de verte salir, ¿o qué? —bromeó,
y me eché a reír. Luego, me tendió el cigarro a medio fumar—. ¿Quieres?
Se lo cogí sin decir nada y lo llevé a mis labios. Me di cuenta de que estaba
apagado, y le hice un gesto para que me pasara el mechero. Lo acercó al
cigarro que seguía entre mis labios y lo encendió para darme fuego. Al
retirarse, rozó mi cara sin querer con el dorso de su mano, y la apartó
rápidamente. Sonreí, y di una larga calada. Retuve dentro el humo unos
segundos y luego lo expulsé hacia la fría noche. Miré a Gabriel, que tenía la
atención perdida en el cielo nocturno, aunque apenas se veían unas pocas
estrellas.
—Gracias por venir conmigo —le dije, y se giró hacia mí.
—Para eso están los amigos, ¿no? —Me dio una media sonrisa, pero luego
suspiró—. No te merecías lo que te ha hecho ese imbécil. Joder, no se lo
merece nadie.
—Ya —musité.
Se quedó callado unos segundos, antes de carraspear y volver a hablar.
—¿Lo ha hecho porque nos hemos besado? —me preguntó, y cuando vio
que no le contestaba negó con la cabeza para sí mismo—. Lo siento, sé que
has dicho que no querías hablar del tema…
—Lo ha hecho porque es gilipollas —lo interrumpí—. Estábamos jugando a
la botella y nos ha tocado besarnos. Él me había propuesto jugar, así que no
sé qué se esperaba. Tú y yo no hemos hecho nada malo. Si es incapaz de
controlar los ataques de celos que le dan, no es nuestro problema.
—Ya —contestó—. Si está claro que la culpa solo la tiene él, pero yo qué
sé, me he rayado un poco.
—Yo también, pero no he tardado ni diez minutos en darme cuenta de que
la culpa no había sido mía. —Suspiré—. ¿Qué hacemos, vamos?
Él sacó el móvil para mirar la hora.
—Sí, ya tocaría —respondió.
Me froté la cara con las manos, y solté un gruñido de frustración.
—No quiero ir a casa —me quejé—. No quiero tener que enfrentarme a mis
padres mañana a primera hora, porque me despertarán temprano para
molestarme, y seguro que tienen algún argumento para empezar una pelea.
Seguramente esta vez vuelva a tocar el “sales mucho de fiesta y estás
descontrolada”, y mira que llevo meses sin salir.
—Puedes quedarte en mi casa, si quieres —sugirió, y lo miré con las cejas
levantadas—. Te puedo dejar mi cama, y yo dormiré en el sofá.
—No voy a dejar que duermas en el sofá —le dije—. Puedo dormir yo ahí.
—Mi sofá es muy cómodo —repuso—, y sería un poco raro que, cuando mi
madre se levante, te viera a ti durmiendo en el salón.
Bueno, ahí llevaba razón.
Así que acepté su oferta, y encontramos otra zona del muro con una piedra
en la parte interior —quien fuera que había montado ese sistema lo había
hecho muy bien—. Saltamos de nuevo al exterior, y caminamos hacia la
parada del autobús nocturno más cercana, que por suerte apenas quedaba a
un par de minutos de allí.
El bus tardó lo suyo en llegar, pero en cuanto nos subimos y nos sentamos,
no hablamos en todo el trayecto. Me tocó el asiento al lado de la ventana y
me dediqué a mirar cómo circulábamos por la ciudad, que se había
convertido en un desierto de luces, sin apenas coches en una de las avenidas
en las que, durante el día, más tráfico había. Gabriel estaba a mi lado,
mirando a la ventana contraria aunque le quedaba algo lejos, y no
mediamos palabra. Solo se escuchaban el sonido de los movimientos del
bus y la conversación entre dos chicas que estaban en la parte trasera, pero
no les presté demasiada atención.
Cuando pasamos por Francesc Macià, la plaza en la que horas antes había
tenido un altercado con el conductor que no paraba de pitar a Natalia, no
pude evitar sonreír. Pero luego me empezó a temblar el labio, porque sentía
que nuestro grupo de amigos se había arruinado un poco con lo que había
ocurrido, pese a que todavía no conociera la postura de la mayoría de ellos,
y porque todos esos buenos recuerdos ahora estaban manchados por la
presencia de Leo.
Gabriel notó que estaba a punto de quebrarme, y pasó un brazo por mis
hombros para acercarme a él. Apoyé la cabeza en su pecho y cerré los ojos.
Pensaba que su abrazo solo me daría más ganas de llorar, pero me relajó de
una manera que no pude explicar. Y ni siquiera sentía los nervios que solía
provocarme su cercanía, esta vez era todo lo contrario.
Tuvimos que bajarnos en el centro y coger otro autobús para ir hasta su
casa, y en cuanto llegamos y toqué su cama, me quedé dormida.
18
Desperté con la cabeza enterrada en una almohada que era demasiado
cómoda como para ser la mía, y en una habitación llena de una luz que me
obligó a cerrar los ojos tan pronto como los había abierto.
Si quitamos el hecho de que no estaba en mi habitación, parecía una
mañana como cualquier otra… hasta que todo lo que había pasado la noche
anterior volvió a mi cabeza. Una sensación nada agradable se instaló en mi
pecho y me incorporé, abriendo los ojos y comprobando que estaba en la
habitación de Gabriel. No había bebido mucho la noche anterior, así que el
único rastro que quedaba del alcohol era un sutil dolor de cabeza, pero tenía
demasiado en lo que pensar como para que me molestara.
En la mesilla había un reloj —sonará típico, pero yo solo lo había visto en
las películas— que marcaba las once y media de la mañana. Teniendo en
cuenta que habíamos llegado casi a las cinco, tampoco había dormido
demasiado.
Escuché ruidos en algún lugar de la casa, pero decidí quedarme en la cama
un poco más. Cerré los ojos e intenté volver a dormirme, pero tras un buen
rato intentándolo me resigné al hecho de que no iba a conseguirlo.
Salí de la habitación poco después, llevando la misma ropa que la noche
anterior, que era con lo que había dormido. Me metí en el baño rápidamente
y conseguí encontrar un desodorante. Me lo eché, y me lavé la cara con el
jabón de manos. Luego recordé que, como mi plan para esa noche había
sido dormir en casa de Leo, me había llevado un cepillo de dientes, así que
volví a la habitación, lo cogí, y de vuelta en el baño me lavé los dientes.
Cuando hube terminado, respiré hondo, notando un poco de alivio al
sentirme limpia. Salí del cuarto de baño hacia el salón, y vi que Gabriel
seguía durmiendo en el sofá. Estaba tapado de cualquier manera, con una
pierna fuera y llevando solo unos pantalones de chándal. Debía habérselos
puesto cuando yo ya estaba dormida, porque no lo recordaba. No llevaba
camiseta, así que su torso estaba al descubierto, y debo admitir que me
quedé más rato del normal mirándolo. Su piel parecía suave, y mis dedos se
estiraron de una forma casi involuntaria, como si necesitaran tocarla.
Un ruido en la cocina robó mi atención y aparté la mirada, quedándome
quieta, de pie, en medio del salón. Supuse que sería su madre, y me daba un
poco de vergüenza ir a hablar con ella, pero a la vez pensé que era raro que
estuviera en su casa y ni siquiera la saludara, así que fui hacia la cocina.
Abrí la puerta, y vi a la madre de Gabriel sentada en una de las sillas de la
pequeña mesa que tenían en la cocina. Había un libro en su mano y una taza
de café en la mesa, delante de ella. Levantó la mirada, y me sonrió.
—Buenos días —me saludó con entusiasmo—. ¿Cómo has dormido?
—Muy bien, gracias. —Sonreí.
—¿Quieres un café?
—No diré que no —contesté.
Así que me enseñó a usar la máquina de café, que era diferente a la que
había en mi casa. Por lo que me contó, al despertarse había hablado con
Gabriel, que ya le había comentado que yo estaba durmiendo en su
habitación, y luego él había vuelto a dormirse.
—Duerme como un oso, este hijo mío —comentó, divertida, mientras se
volvía a sentar.
Estuve hablando con ella durante un buen rato. Me contó que era psicóloga,
y yo le hablé un poco de mi vida, de mi hermana, y de que al día siguiente
me iba a París a verla. Cerca de la una, me dijo que había quedado para
comer, y no tardó en irse.
Empecé a plantearme irme yo también, porque ya era tarde y Gabriel no
parecía ir a despertar pronto, pero cuando estaba recogiendo mis cosas en su
habitación escuché que se levantaba del sofá.
Había dejado la puerta abierta, así que solo me hizo falta inclinarme hacia
atrás para ver cómo se desperezaba, estirando su cuerpo mientras estaba de
pie y liberando un pequeño gruñido. Me quedé mirando cómo su abdomen,
sutil pero claramente marcado, se contraía, y cuando bajó los brazos mi
vista se centró en sus bíceps. Aparté la mirada, temiendo que me pillara
mirándolo, y hablé.
—Buenos días —le dije, y él sonrió al verme.
—¿Cómo estás? —preguntó, empezando a caminar hacia mí.
—Bien —respondí—. He estado tomando café con tu madre, pero hace un
rato se ha ido a comer fuera.
—Ah, sí, ha quedado con Juliana —comentó, aunque más para sí mismo.
—¿Juliana? —inquirí.
—Es su novia —contestó él—. Estuvieron saliendo durante cinco años
cuando yo era pequeño, lo dejaron, y ahora hará unos meses que se
reencontraron y parece que están volviendo a intentarlo.
—Jo, qué bonito —murmuré.
—Pues sí —asintió—. Me alegra que esté tan contenta. Oye, ¿te vas ya? Te
iba a proponer ir a comer algo fuera.
Me lo quedé mirando durante unos segundos, y él levantó las cejas,
esperando a que dijera algo.
—Gabriel, no hace falta que me hagas de niñera —le aseguré.
—¿Eso significa que ya puedo dejar de hacer como que me caes bien? —
Fingió un suspiro de alivio—. Qué bien.
—Eres tontísimo —le dije, empujándolo suavemente, y él se echó a reír.
—Tú sí que eres tonta —contestó, sin dejar de sonreír—. Si te estoy
proponiendo ir a comer es porque me lo paso bien contigo, no porque haya
alguna especie de fuerza superior que me esté obligando.
—Vale, vale —respondí.
Si había algo que no me gustaba, era que la gente sintiera lástima por mí.
Después de lo que había ocurrido la noche anterior, me sentía vulnerable, y
no quería que Gabriel estuviera haciendo eso porque le daba pena, aunque
ya me había dejado claro que no era así.
Gabriel entró a cambiarse en su habitación, y yo fui a sentarme al sofá.
Cogí mi móvil, que seguía dentro de mi bolsa, y respiré hondo antes de
presionar el botón de encender. Llevaba horas apagado, desde que había ido
al parque con Gabriel, porque no quería leer ningún mensaje ni recibir
llamadas. Aun así, tenía que avisar a mis padres de que no comería en casa,
así que esperé a que el móvil se encendiera, introduje el código, y
empezaron a llegar mensajes y avisos de llamadas perdidas por todos lados.
Tenía diez llamadas perdidas de Leo, varios mensajes suyos, y mensajes de
mis amigos preguntándome cómo estaba, por lo que deducía que Natalia se
lo había contado. Respondí a mis amigos, asegurándoles que estaba bien —
aunque no estaba segura de cómo de cierto era eso—, y me tomé unos
segundos para prepararme antes de abrir el chat con Leo.
Leo (01:52): Ya te has ido con Gabriel?? Pues sí que has tardado
Leo (01:52): Ni diez minutos
Leo (01:58): Habértelo follado a él antes que a mí, y así nos habríamos
ahorrado toda esta mierda
Leo (02:03): Pero bien que has dejado a tu ejército para insultarme
Leo (02:03): Haznos un favor a todos y pídele a Natalia que se relaje,
porque es una pesada de mierda
Noté cómo empezaba a hervirme la sangre a medida que iba leyendo, y tuve
que armarme de paciencia para llegar hasta el final, hasta los mensajes que
me había mandado hacía poco.
Leo (12:23): Joder
Leo (12:23): Lo siento muchísimo
Leo (12:24): Soy un gilipollas
Leo (12:25): Te juro que no quería que pasara. Te lo prometo. No sé en qué
cojones estaba pensando. Lo siento muchísimo, Ari. Había bebido un
montón y no me sentó bien que te besaras con Gabriel, pero eso no justifica
lo que hice. Ya sabes que el tema de Gabriel y tú es sensible para mí, y me
sentó mal. Lo siento.
Leo (12:26): Sé que no me lo merezco, pero perdóname, por favor.
Leo (12:32): ¿Podemos vernos?
Tuve que reprimir una carcajada al leer toda esa mierda, aunque no puedo
negar que me dolió. Desde que me había hecho eso, no había parado de
darle vueltas, y me había dado cuenta de lo manipulador que era, y de todas
las cosas que le había perdonado. No iba a dar marcha atrás, así que
bloqueé su contacto y, tras mandarle un mensaje a mi madre para avisarla
de que no iría a comer, dejé el móvil de nuevo en la bolsa.
—Ya estoy —dijo Gabriel, saliendo de su habitación—. ¿Vamos?
Me llevó a un japonés que no quedaba lejos de su casa, y pedimos un poco
de sushi junto con algunos entrantes. La tensión entre nosotros, que el día
anterior parecía haber desaparecido, volvía a estar ahí, como si anticipara
que, tarde o temprano, pasaría algo, pero eso no me impidió pasar un muy
buen rato con él. Hablamos, comimos, y nos reímos mucho en ese
restaurante.
Llegué a casa pasadas las cinco, sintiéndome mucho más animada. Mi
móvil volvía a estar apagado, porque había estado recibiendo más llamadas
de Leo, que obviamente no había contestado, y no quería pensar en ese
tema, al menos no en ese momento. Estaba ilusionada por empezar a
preparar mis maletas para París. El avión salía el lunes por la mañana, así
que no tenía mucho tiempo.
—A buenas horas —gruñó mi padre en cuanto crucé la puerta de mi casa, y
tuve que contenerme para no respirar hondo.
Que me recibieran de mal humor no era inusual, pero solía significar que
habían discutido y estaban de mal humor, así que sabía de sobra que lo
mejor era no darles más motivos para enfadarse contestándoles mal.
—Hola —los saludé con tranquilidad, y mi intención era escabullirme
rápidamente hacia mi habitación, pero parece ser que mi madre tenía otros
planes.
—¿Qué tal la fiesta? —preguntó, con aparente desinterés.
—Bien —me limité a contestar, aunque era una mentira enorme, y di un
paso más hacia mi lugar seguro, pero el interrogatorio siguió.
—¿Cómo va con Leo? —Si se tratara de otra persona podría haber pensado
que me había leído la mente y sabía que había pasado algo, pero no era una
pregunta poco habitual en mi madre… Y me daba la sensación de que no
era precisamente porque se preocupara por mi relación, sino porque creía
que no podía aguantar demasiado tiempo saliendo con una persona, y por
una vez llevaba razón.
—Ya no estamos juntos —contesté entre dientes, porque sentía que era una
victoria para ella.
Mi padre levantó las cejas.
—¿Cómo es eso? —inquirió, y tampoco me creí su falso tono de
preocupación.
—Es complicado —murmuré, y seguí caminando hacia mi habitación
esperando que no hubiera más preguntas, pero parece ser que no era mi día
de suerte.
—Entonces, ¿dónde has dormido? —preguntó mi madre.
Cogí aire antes de contestar, porque sabía que venía un sermón, pero no me
daba la gana mentirles solo para mejorar la imagen que tenían de mí,
porque sabía que eso no ocurriría nunca.
—En casa de un amigo.
Mi madre resopló, y cerré los ojos.
—Pues no me extraña que Leo te haya dejado, Ariadna, si vas por ahí
actuando como una cualquiera —espetó, y esta vez sí que me fui a mi
habitación sin querer escuchar ni una palabra más, aunque no pude evitar
oír lo último que dijo—. Por Dios, si es que pasas de uno a otro con una
rapidez que no es normal.
Mis padres eran personas crueles. Sobre todo mi madre. Tenían sus
momentos buenos, sí, pero los malos los superaban con creces. No entendía
por qué habían decidido tener hijos si no estaban hechos para comprender a
otros seres humanos, pero el tema era que lo habían hecho y yo estaba ahí,
teniendo que aguantar toda esa mierda. No, nunca me había faltado de nada,
si hablamos de cosas materiales y derechos básicos, pero eso no es todo lo
que una persona necesita para poder crecer bien.
Nina lo tenía más fácil, no se llevaba ni la mitad de comentarios mordaces,
pero era únicamente porque tenía una obsesión casi enfermiza con
contentarlos. Ellos lo sabían, y les parecía bien. No me extrañaba que
hubiera huido de esa casa para irse a estudiar a París, aunque se lo hubiera
vendido a mis padres como una oportunidad para perfeccionar su francés.
Ella era la hija perfecta, y yo la que era un desastre.
Me negué a llorar, una vez estuve sentada en mi cama, pero mi parte más
emocional no estuvo de acuerdo con esa negativa, y las lágrimas empezaron
a salir de mis ojos. Enterré la cara entre mis manos y lo dejé salir todo, toda
la mierda que se había estado acumulando en mi interior desde la noche
pasada.
19
La lluvia caía sobre la pista de aterrizaje del aeropuerto Charles de Gaulle
cuando llegué a París. No tuve que esperar para recoger el equipaje, porque
solo llevaba una maleta que había podido llevar en la cabina, y una pequeña
mochila que usaba para llevar cosas esenciales.
Cogí el tren, tal y como había planeado, hasta una parada de metro en el
centro de la ciudad que me llevaría al distrito XIII de la ciudad, donde vivía
mi hermana. Me habría gustado bajar y darme una vuelta, porque odiaba
estar bajo tierra tanto tiempo, pero había quedado con Nina que llegaría a su
apartamento para comer.
—Tienes cara de no haber dormido en diez años —fue lo primero que me
dijo al abrirme la puerta.
—Gracias —contesté con una sonrisa forzada, y ella rio.
—Venga, va. —Se apartó de la puerta, dejándome entrar—. Deja tus cosas
en mi habitación, que salimos a comer fuera.
Así que dejé mis maletas en su habitación, y salimos de nuevo a la calle. Ni
siquiera se paró a enseñarme su piso —aunque ya lo había visto antes por
videollamada, pero no era lo mismo— ni a presentarme a sus compañeras
de piso, pero de camino a donde fuera que me estaba llevando a comer me
contó que estaban fuera cuando yo había llegado.
Me llevó a un restaurante discreto pero encantador. Parecía sacado de las
típicas películas parisinas, pero era mucho más tranquilo y barato de lo que
aparentaba. Entramos y, después de estar un buen rato revisando la carta,
tanto que Nina se desesperó varias veces, elegí pedir una croque-monsieur,
porque ya que estaba en París, tocaba probar cosas nuevas.
—Ponme al día —me dijo justo después de que nos trajeran las bebidas—.
¿Cómo va todo? ¿Qué tal con Leo?
Dio un sorbo al agua que se había pedido.
—Se folló a una chica el sábado por la noche, en una fiesta, y lo hizo
expresamente para que yo lo viera —respondí, y Nina empezó a toser,
dejando el vaso de agua en la mesa con un golpe.
—¿Qué? —me preguntó, con lágrimas en los ojos de haberse atragantado, y
me habría reído, pero al recordar lo de Leo se me habían quitado las ganas
—. Pero, ¿era algún tipo de juego sexual? En plan, ¿tú lo aprobaste?
—No.
—¡¿Qué es, imbécil?! —exclamó, y la señora mayor que había unas mesas
más allá se giró para mirarla con una ceja levantada.
—Es una de mis muchas teorías, sí —asentí.
—Y, ¿qué hiciste?
—Irme a llorar —contesté con tranquilidad—. Pero fueron unos tres
minutos. Luego me entró un ataque de rabia, quise matarlo, me fui a dar una
vuelta con Gabriel, nos colamos en los jardines de Pedralbes, y dormí en su
casa. Luego, al día siguiente, volví a casa y nuestra querida progenitora
básicamente me llamó zorra.
Nina se quedó callada unos segundos, seguramente procesando la
información, con las cejas levantadas. De nuevo, estaba muy graciosa, y
esta vez no reprimí la carcajada. Igual parecía que había perdido la cabeza,
riendo después de contarle todo eso, pero a esas alturas me daba igual.
—¿Usó la palabra “zorra”? —preguntó, intrigada.
—No. Creo que dijo “una cualquiera”, o algo así, y justificó que Leo me
hubiera dejado porque, según ella, salto de un tío a otro muy rápidamente.
Su boca se abrió. Se volvió a cerrar, y luego se abrió de nuevo.
—A veces me pregunto si nos han criado unos psicópatas. —Suspiró,
negando con la cabeza—. Y, ¿cómo te sientes? En general, con todo lo que
pasó. Y no creas que no he escuchado lo que has dicho de Gabriel, lo estoy
guardando para luego.
Me rasqué el hombro, cambiando de posición en la silla para estar más
cómoda.
—¿Es raro que no me sienta tan mal? —le pregunté—. O sea, lo de mamá
me sentó como el culo, pero intento no darle muchas vueltas, porque sé de
sobra que nunca cambiará. Me refiero a lo de Leo. Casi me da un patatús
cuando pasó todo eso, pero supongo que era porque me chocó
encontrármelo ahí dándole al tema, y me dolió que lo hiciera solo para
hacerme daño, pero es que me da la sensación que no me siento como se
supone que debería sentirse una persona a la que le han puesto los cuernos.
—¿Se lo devolviste? —inquirió, y levanté una ceja, porque no entendía a
qué se refería—. Que si te liaste con Gabriel para vengarte.
Fruncí el ceño.
—No. No voy a liarme con Gabriel solo para vengarme de un gilipollas. No
pasó nada, dormí en su cama pero él durmió en el sofá.
—Oh —murmuró—. Y, ¿qué harás? ¿Has hablado con Leo?
—No —respondí—. Todavía no sé qué decirle. He pensado en muchos
escenarios en mi cabeza, pero casi todos acaban en violencia, así que quiero
esperar a calmarme un poco. Es como que solo estoy enfadada con él por
haberme hecho daño, pero no siento que se me haya roto el corazón, ni nada
de eso.
—¿Lo querías?
Me quedé muda, intentando buscar una respuesta a esa pregunta, que
desencadenó muchas más en mi cabeza.
—No —contesté—. Claro que no. Ahora que lo pienso, ni siquiera sé si me
gustaba de verdad. Creo que solo quería tener novio.
—¿Cómo que solo querías tener novio?
—Pues eso. Nunca había tenido novio, y sentía que necesitaba tener uno —
intenté explicar, porque yo tampoco lo entendía muy bien—. Ya sé que es
una chorrada, pero… yo qué sé, supongo que es lo que creía que me tocaba.
—Yo creo que tienes demasiada prisa —comentó—. Es como que lo
quieres todo ya, y a veces cuando piensas así, fuerzas cosas que no
ocurrirían de una forma natural. Sea como sea, suerte que te has librado de
ese imbécil.
La conversación se interrumpió porque nos trajeron la comida, y yo tenía
tanta hambre que solo pude concentrarme en comer. Noté a mi hermana
pensativa durante toda la comida, pero no pregunté nada, porque sabía que
debía esperar a que ella me lo contara, si quería.
—Ari —dijo finalmente, cuando yo ya estaba mirando la carta de los
postres. La miré, instándola a continuar, y suspiró—. Hace tiempo que
quiero decírtelo. Lo siento mucho. Siento lo que pasó en el instituto. Eres
mi hermana, y no debería haber dejado que te trataran así. Alejarme de
Sebas y los demás me ha ayudado a darme cuenta de que ni siquiera eran
buenos amigos, y no entiendo cómo pude dejarte de lado por ellos. Lo
siento.
—No pasa nada —mentí—. Ya hace tiempo de eso.
—No quiero que pienses que soy como nuestros padres —siguió, como si
no me hubiera escuchado—. Es decir, puede que pensara como ellos antes,
porque nos educaron así, pero hace tiempo que me he dado cuenta de que lo
que piensan es basura. Puedes liarte y follar con quien quieras, y nadie tiene
derecho a cuestionar lo que haces o a insultarte por ello. Así que sí, quiero
pedirte perdón por ser una imbécil, y por no haberte defendido.
Tragué saliva. Mi mirada estaba centrada en un punto de la mesa, y
carraspeé antes de hablar.
—Vale —murmuré, intentando que mi voz no se rompiera—. Voy al baño.
Me levanté y me fui al cuarto de baño lo más rápido que pude, sin ni
siquiera pararme a mirar qué cara se le había quedado a mi hermana. Cerré
la puerta detrás de mí y apoyé mis dos manos en el mármol del lavabo y me
miré al espejo. Respiré hondo varias veces, intentando no llorar, porque
llevaba años necesitando una disculpa de mi hermana, y no había sabido
cuánto hasta ese momento.
La puerta apenas tardó un minuto en volver a abrirse, y Nina me abrazó en
cuanto estuvo dentro.
—Eres una pesada —intenté bromear para quitarle seriedad al asunto, pero
ella se separó y me dedicó una mirada que me dio a entender que no se
creía mi actuación.
—¿Sabes? Creo que nos irá bien pasar unos días juntas, por aquí —me dijo
—. Visitar París, bien lejos de nuestros padres, tú y yo solas.
—¿No vas a presentarme a Adil? —Levanté las cejas varias veces, dándole
una mirada sugerente, y ella rio.
—Te voy a permitir este cambio de tema —me dijo—. Y sí. Si quieres, te lo
puedo presentar hoy mismo.
Así que pasamos esa misma tarde con Adil, comiendo crèpes —sí, me había
propuesto alimentarme únicamente de comida muy francesa en ese viaje—
y riendo mientras él bromeaba con intentar psicoanalizarme. Era un tipo
encantador, y parecía que conectaba muy bien con mi hermana.
—Os doy mi bendición —le dije a Nina cuando llegamos a su piso, casi a la
hora de cenar.
—Vaya, gracias. —Hizo un gesto de agradecimiento, juntando las palmas
de sus manos y haciendo una reverencia muy japonesa, con una buena dosis
de sarcasmo, y reí.
—¿Se lo vas a decir a papá y mamá? —le pregunté, y me miró como si
hubiera dicho una estupidez enorme.
—Claro que no.
Fruncí el ceño.
—¿Por qué no? —inquirí.
—Vamos a ver, Ariadna —me dijo, poniendo una mano en mi hombro
como si estuviera a punto de darme una lección vital—. Ya sé que la lista de
cosas no muy agradables que son nuestros padres es larguísima, pero una de
ellas es que son conservadores a matar, y no son precisamente muy
tolerantes con otras religiones y culturas. Adil es musulmán, y es turco.
—Oh —musité—. Pues tienes razón. No lo había ni pensado.
—Tú tienes el cerebro un poco apagado, eh —comentó.

Por la noche, después de haber cenado con sus compañeros de piso, nos
fuimos a dar una vuelta. Terminamos tomando algo en un bar, porque Nina
no tenía clase hasta el día siguiente a las once, así que podía irse a dormir
tarde. Después de dos mojitos —había intentado tomar un cóctel francés
para ceñirme a mi plan, pero estaba malísimo así que me había rendido—,
estábamos riéndonos como tontas de vete a saber qué, cuando Nina volvió
al ataque con sus preguntas.
—Entonces, ahora que Leo ya no está en medio... ¿qué hay de Gabriel? —
me preguntó antes de dar un trago a su tercer mojito.
—Mmm, Gabriel —saboreé su nombre en mis labios, y sonreí con picardía
—. Cada día me cuesta más resistirme.
—¿Por qué tienes que resistirte?
—¿No se supone que hay que pasar un luto después de dejarlo con alguien,
antes de liarte con otro? —pregunté.
Nina se me quedó mirando.
—No.
—Vaya. —Me rasqué la mejilla—. Yo pensaba que sí.
—A ver, no es obligatorio. —Se encogió de hombros—. Yo recomiendo
tomarse un tiempo si era una persona a la que querías y lo estás pasando
mal por la ruptura, porque el dolor puede llevar a tomar decisiones de
mierda o a engancharse al primero que pase, pero en tu caso te diré que a la
mierda el luto.
—Estás empezando a hablar como una psicóloga —apunté—. ¿Los
conocimientos de psicología se transmiten sexualmente? Debe de haber
sido Adil.
Me tiró una de las hojas de menta de su bebida, riendo, y solté un quejido
antes de quitármela de la camiseta.
—Tonta —bromeó—. Pero ahora en serio: si Gabriel te gusta, te pone o lo
que sea, ¿por qué no ir a por él? Tampoco es que busques una relación seria,
¿no?
—¿Después de cómo ha salido la última? —Solté una carcajada—. Ni de
coña.
—Pues no veo dónde está el problema. Ya no necesitas resistirte a él. Ahora
te puedes dejar llevar sin sentirte culpable.
20
Inspiré con fuerza, con la vista clavada en mi imagen en el espejo. Dejé
salir el aire poco a poco, notando cómo escapaba de mis pulmones, y pasé
una mano por mi pelo. No me sentía lista para afrontar lo que estaba por
venir, pero tampoco tenía más remedio, así que salí del cuarto de baño de la
facultad y caminé por el pasillo desierto hasta vislumbrar la puerta del aula
en la que tenía clase.
Había tenido la suerte de no encontrarme con nadie al entrar —lo que pasa
cuando llegas más de media hora tarde—, pero igual había sido peor,
porque ahora tendría que entrar en una clase que ya había empezado, y toda
la atención iría hacia mí.
No quise darle más vueltas y abrí la puerta. Le di una mirada de disculpa a
la profesora —la de siempre—, y ni siquiera me miró mal porque supongo
que ya esperaba que llegara tarde. Igual tenía que esforzarme un poco más
en estar en clase a la hora… pero mejor dejarlo para el curso siguiente.
Noté varias miradas sobre mí, y miré a Leo de reojo muy rápidamente, para
ver que su atención estaba clavada en mí con intensidad. Luego examiné la
clase y vi que Gabriel estaba sentado en el fondo, solo —seguramente
porque también había llegado tarde—, así que fui a sentarme con él.
En las pequeñas vacaciones que habíamos tenido, entre los días en París y
los que había pasado en casa, me había puesto dos objetivos. El primero,
que al volver a clases hablaría con Leo, de la forma más correcta posible y
sin gritarle —aunque se lo merecía—, para poder cerrar ese desagradable
capítulo. El segundo, que iba a acostarme con Gabriel. No sabía cuándo ni
cómo, pero sabía que quería hacerlo. Hasta ese entonces me había estado
reprimiendo por una persona que ni siquiera merecía la pena, y ya había
perdido demasiado tiempo negando mi atracción por el rubio.
—¿Qué tal París? —me preguntó en un susurro en cuanto me senté a su
lado.
—Llena de franceses —susurré de vuelta, y sonrió.
—Esa respuesta ha sonado como algo que diría mi abuelo —bromeó, y le di
un empujón en el hombro, con la mala suerte de que calculé mal la fuerza y
casi lo tiro de la silla.
No llegó a caerse, pero hizo el ruido suficiente como para que media clase
se girara hacia nosotros, incluyendo a Leo y a la profesora. Se formó un
silencio, durante el que tuve que reunir todas mis fuerzas para no empezar a
reír, y cuando la profesora volvió a su explicación, la mayoría de la gente
volvió a girarse… excepto Leo, que nos miraba como si nos pudiera
atravesar con los ojos.
Incapaz de resistirme, levanté la barbilla en un gesto de desafío, y él se giró
de nuevo.
—¿Habéis hablado? —susurró Gabriel.
Negué con la cabeza.
—Todavía no.
No me preguntó nada más, y nuestra atención se centró en lo que decía la
profesora. Aunque ya habíamos tenido una materia con ella en el semestre
anterior, esta asignatura era nueva, así que me iba a tocar esforzarme. Mis
notas del semestre anterior —las que ya nos habían dado, al menos— no
habían sido malas, pero sentía que podía hacerlo mucho mejor.
Al salir de clase, todos mis amigos se fueron al bar para aprovechar el
descanso de media hora que teníamos antes de la siguiente clase, como
siempre. Yo me entretuve un poco más, porque tenía que ir a secretaría a
preguntar una cosa sobre mis asignaturas, y fue cuando estaba yendo hacia
la salida de la facultad que Leo aprovechó para acercarse. Tenía cara de no
haber dormido, y por un segundo casi sentí lástima por él, pero luego
recordé lo que me había hecho y se me pasó tan rápido como había venido.
—Tenemos que hablar —dijo.
—Sí, estaría bien. —Me crucé de brazos y lo miré—. Adelante, habla.
Él suspiró y miró al suelo, como si estuviera ensayando lo que iba a decir.
Pasó casi un minuto y yo ya estaba a punto de irme, pero entonces habló.
—Lo siento mucho —empezó—. Ya sé que lo he dicho mil veces, pero es la
verdad. La lié, y no sé cómo arreglarlo. No quiero perderte, y no quise
hacerte daño, pero estaba borracho y no pensaba con claridad. Me puse
celoso porque te besaste con Gabriel, y ya sabes que es un tema que me
duele porque…
Ahí fue cuando lo interrumpí.
—Como vuelvas a poner la excusa de que te pusieron los cuernos y ya no
confías en nadie, te prometo que me voy, y no volverás a tener la
oportunidad de explicarte —le aseguré.
Tragó saliva.
—Pero es que es la verdad...
—Pues mira, ahora eres tú la persona que le ha puesto los cuernos a
alguien, ¿estás orgulloso? —estallé, cansada de su discurso de mierda—.
Ahora eres tú el que ha hecho que me vaya a costar confiar en los demás.
Pero, ¿sabes qué? Que yo lo intentaré, y si tengo problemas para confiar en
alguien no pondré la excusa de que un gilipollas con el que salía se tiró a
otra delante de mí, porque ese es mi problema, y no el de la persona con la
que esté. Y no sé qué dices de que quieres arreglarlo, si ya no hay nada que
arreglar, y de que no quieres perderme, teniendo en cuenta que ya me has
perdido.
—Pero… —intentó hablar, pero yo ya había tenido suficiente.
—”Pero” nada —espeté—. Se acabó, Leo. La cagaste a lo grande, e igual
deberías pararte a pensar en qué cojones te pasa por la cabeza en vez de ir
poniendo excusas.
No le dejé decir nada más, y me fui. No sabía ni cómo había podido pensar
que esa conversación tenía alguna posibilidad de salir bien, y estaba
molesta, mucho. Decidí irme a dar una vuelta para calmarme, en vez de ir al
bar, porque no tenía ganas de contestar a las preguntas que caerían si me
presentaba allí con cara de pocos amigos.
Volví justo a tiempo para la clase de dibujo. Seguía cabreada, pero el paseo
me había ido bien para despejarme. Me senté en una de las dos mesas largas
que había en el aula de dibujo, al lado de Marian, que sacaba sus lápices
distraídamente.
—Anda, la desaparecida —dijo en cuanto reparó en mi presencia—. ¿Cómo
es que no has venido al bar?
—Me he ido a dar una vuelta —contesté. Di una rápida mirada al aula para
ver si Leo estaba allí y, cuando vi que no, probablemente porque le habría
dado otra de sus rabietas después de nuestra conversación, continué—. Leo
ha venido a hablarme y he terminado mandándolo a la mierda, así que
necesitaba caminar un rato.
—Menudo imbécil —murmuró.
Delante de nosotras estaban Natalia y Gabriel, que hablaban sobre algo
mientras la pelirroja garabateaba en su libreta. El rubio levantó la mirada y
me dio una pequeña sonrisa, que le devolví.
—Buenos días —dijo el profesor, entrando en el aula y tirando su mochila
encima de la mesa—. Siento llegar tarde, es que la impresora se ha vuelto a
estropear y tenía que imprimir el enunciado del ejercicio que empezaremos
este semestre.
Dicho esto, sacó dos montones de hojas, y puso uno de ellos en cada mesa
para que fuéramos cogiendo uno para cada alumno. Alargué la mano para
coger un papel, sin reparar en que Gabriel había hecho lo mismo y, cuando
nuestras manos se rozaron, volví a sentirlo.
Esa sensación de adrenalina recorriendo todo mi cuerpo, esa anticipación
que solía sentir cuando lo tocaba, había vuelto.
21
—Esto es una mierda —murmuré para mí misma mientras revisaba todo lo
que había estado haciendo durante las últimas dos horas.
Hojas y hojas de bocetos, la gran mayoría inacabados, que había hecho
usando imágenes de internet como referente. El profesor de dibujo me había
comentado, un par de días atrás, que me faltaba trabajo sobre el bloque del
cuerpo, así que eso es lo que estaba intentando hacer ese día. Había
empezado en la biblioteca, pero me había cansado y había trasladado mis
intentos de dibujar algo decente a la azotea de la facultad, esperando que el
buen día que hacía me inspirara un poco, cosa que no había funcionado en
absoluto.
Levanté la vista. No había ni una sola nube en el cielo y, pese al frío que
había hecho en los días anteriores —nada raro si tenemos en cuenta que
estábamos a mediados de marzo—, el sol daba un calor agradable y hacía
brillar la ciudad, que podía ver casi al completo al estar en la parte más alta
del edificio.
Respiré hondo y volví a intentarlo de nuevo, con una imagen de un cuerpo
masculino semidesnudo abierta en mi portátil. Plasmé las líneas del cuerpo
en el papel y, al terminar, volví a sentirme frustrada. Sí, había conseguido
un dibujo que se parecía mucho a la fotografía, pero ¿de qué me servía eso?
¿Qué gracia tenía? No quería estar copiando imágenes, quería crear las mías
propias, así que quizás usar una fotografía como referente no era la mejor
idea.
—No pareces muy contenta —comentó una voz a mi lado, y levanté la
cabeza para encontrarme a Gabriel mirando mi dibujo—. Pero está genial.
—¿Me estás siguiendo?
—Te puse un chip localizador en el zapato hace tiempo —respondió con
una sonrisa, y reí—. Llevo tres horas encerrado en el taller de foto, y casi se
me estaba olvidando de qué color es el cielo. Pero, en serio, no entiendo por
qué llevas esa cara, si el dibujo es muy bueno.
—Ya, pero para dibujar esto, casi que prefiero imprimir la foto y pegarla en
el cuaderno —contesté—. No tiene nada de especial. Le falta vida, le falta
gracia.
—Igual si pruebas con un vídeo se te abren más posibilidades —sugirió,
sentándose a mi lado, en el suelo.
Arrugué la nariz, poco convencida con la idea.
—No estoy segura —murmuré—. Cuando traían modelos a clase me salía
mucho mejor.
—Pues vas a necesitar un modelo.
Lo miré, con las cejas levantadas, y vi que me sonreía con diversión.
—¿Soy yo, o te estás ofreciendo para hacer ese trabajo?
—Es posible —contestó en un tono sugerente.
—¿Tiene usted experiencia como modelo? —pregunté, cruzándome de
brazos como si le estuviera haciendo una entrevista de trabajo.
—No, pero tengo experiencia estando desnudo.
Solté una carcajada.
—No sería desnudez completa.
—¿No? —preguntó, llevándose una mano al pecho—. Ah, pues ya no me
interesa.
—Y, ¿por qué iba a interesarte tanto estar desnudo conmigo? —Levanté una
ceja, con una sonrisa pícara.
Su única respuesta fue una carcajada, y se echó hacia atrás, apoyándose
contra la pared con los ojos cerrados. El sol iluminaba su cara, y hacía una
pequeña sombra en sus hoyuelos. Igual sí que me iría bien tenerlo como
modelo, porque parecía estar hecho para ser dibujado.
Cuando volvió a abrir los ojos, su mirada se encontró con la mía. Nos
quedamos callados, sin apartar la mirada como solíamos tener que hacer.
Estaba debatiéndome entre apartarme, decir algo para romper la tensión o
acercarme y besarlo de una vez, pero fue Silvia la que tomó la decisión por
mí al salir a la azotea abriendo la puerta como una bruta, con tanta fuerza
que el pomo rebotó contra la pared.
Me aparté de golpe, y Gabriel hizo lo mismo. Él carraspeó, y yo miré a
nuestra amiga, que nos miraba con una ceja levantada.
—Venga, va, que si le das un poco más fuerte igual rompes la pared —
bromeé.
—Haré como que no he visto nada —dijo.
—Y, ¿qué has visto, exactamente? —inquirí, divertida.
—¿Yo? —Se señaló a sí misma con el dedo índice, haciéndose la
confundida—. Nada de nada.
Gabriel y yo nos echamos a reír, pero no le dimos más importancia. No creo
que Silvia acabara de darse cuenta de la tensión extraña que había entre
nosotros, y menos teniendo en cuenta que Marian bromeaba sobre ello a
menudo.
—Y, ¿qué haces aquí? —le pregunté a mi amiga—. ¿Es que hoy os ha dado
a todos por perseguirme?
—Así de irresistible eres. —Me guiñó un ojo—. Pero he venido porque
Natalia me ha dicho que estabas en la azotea, y necesito consejo. Ya me va
bien que Gabriel esté aquí.
—¿Consejo? —Levanté una ceja.
Ella se sentó delante de nosotros.
—Este finde Marc y yo cumplimos cinco meses —empezó—. Quería
regalarle algo, pero por el poco tiempo que llevamos me parecía un poco
exagerado… así que he pensado que igual innovar en la cama podría estar
bien.
La miré con interés, instándola a continuar.
—Y nada, eso es todo —dijo—. No sé qué hacer. Se aceptan sugerencias.
—Podéis probar a hacerlo en otra pose que no sea el misionero —bromeé, y
ella rodó los ojos.
—Va, en serio.
—¿Habéis probado con juguetes? —pregunté, y ella hizo una mueca—.
¿No te molan? Hmm… Bueno, es que yo tampoco tengo mucha experiencia
en esto de innovar. He repetido pocas veces con el mismo tío, si no
contamos a Leo.
Ya hacía casi dos meses desde que había ocurrido lo de la fiesta con Leo,
así que hablaba de ello abiertamente, pero la verdad es que nuestra vida
sexual tampoco había sido nada extraordinario. Hablando de él, apenas
aparecía por clase, y creo que era porque por fin se había dado cuenta de
que esa carrera no era lo suyo, algo que yo ya había notado antes. Entre eso,
y el hecho de que la gente del grupo ya no lo quería ni ver por lo que había
pasado en la fiesta, tenía toda la pinta de que pronto ya no vendría más.
—Pero si estuvisteis bastante tiempo juntos —comentó ella.
—Si fueron como tres meses —le recordé—. ¿Y si pruebas con esposas?
Hay tíos a los que les gusta que los aten.
—No sé si a Marc le haría mucha gracia —respondió.
—Aceite —sugirió Gabriel, y las dos nos giramos hacia él.
—¿Aceite? —preguntó Silvia.
—Compra uno de esos aceites que venden en las sex shops, o un aceite
corporal de tiendas de cosmética —propuso él—. Hay algunos que huelen
muy bien, y sirven para muchas cosas.
—¿Le importaría a usted entrar en detalles? —pregunté, divertida.
Gabriel me sonrió antes de continuar.
—Podéis haceros masajes, o simplemente acariciaros —prosiguió—. Va
genial para disfrutar del cuerpo de la otra persona sin necesidad de que haya
contacto sexual directo. Y, para follar… Bueno, solo te diré que es una
pasada.
La imagen mental de Gabriel dándole al tema con el aceite envuelto me
encendió por completo, y tuve que resistir la tentación de mirarlo, porque
me habría puesto peor.
—Puede que pruebe eso —murmuró Silvia, dándole vueltas a la idea—.
Suena guay.
—Lo es —afirmó el rubio.
—Gracias —contestó ella, sonriendo—. Oye, ¿a qué hora era lo de Natalia
esta noche? Que lo dijo hace unos días y ya se me ha olvidado.
—Creo que a las nueve —respondí.
Esa noche, aprovechando que era viernes, íbamos a celebrar el cumpleaños
de Natalia, que había sido un par de días atrás, en su casa. Sus padres no
estaban, y el plan era cenar todos juntos, tomar algo y pasarlo bien en
general. Igual salíamos a alguna discoteca, pero a mí el plan de estar en su
casa me convencía más. En el último mes habíamos estado saliendo
bastante, y me apetecía algo más tranquilo.

A las nueve y cuarto —porque una nunca iba a superar sus problemas con la
puntualidad— estaba llamando al interfono de Natalia. Silvia me regañó por
la tardanza a través del telefonillo, y cuando me abrió subí los tres pisos
hasta su puerta, que estaba entreabierta.
—¡Aquí llega la tardona! —gritó Natalia, dándome un aplauso, e hice una
reverencia.
—Lo mejor para lo último, ya sabes —bromeé.
—De hecho, “lo último” es Marian, que todavía no ha aparecido —comentó
mientras yo dejaba una botella de ron en la nevera.
—Pero lo mejor sigo siendo yo —respondí en cuanto salí y fui hacia la
mesa.
—Oye, dame un poco de tu autoestima —dijo Silvia, y me reí.
Había tres sillas libres, pero me senté al lado de Gabriel, que se giró hacia
mí.
—Hola —me saludó con una sonrisa.
—Buenas noches —contesté con un refinamiento fingido, y soltó una
carcajada con voz grave que mandó un cosquilleo por todo mi cuerpo.
Debo admitir que esa noche iba algo encendida.
Marian llegó a los pocos minutos, y empezamos a cenar. Estábamos los de
siempre, excepto Leo, además de dos compañeros de clase con los que nos
habíamos empezado a llevar mucho en los últimos meses.
Después de pasarnos un buen rato comiendo y criticando todas las
asignaturas de la carrera —no se salvó ni una—, pusimos música y nos
trasladamos al salón. Conseguí sentarme en el sofá, mientras que algunos
tuvieron que ponerse en el suelo. Yo tenía un cubata en la mano desde hacía
poco, y la mayoría estaban tomando lo mismo, excepto Gabriel y Anna, que
se habían decidido por tomar cerveza. Sacamos un pastel que Anna había
preparado y Natalia sopló las velas en forma de diecinueve.
—¡Vamos a jugar a la botella! —propuso Marian cuando ya íbamos por el
segundo cubata y no quedaba ni rastro del pastel.
—Ni hablar —contesté, porque teniendo en cuenta cómo había salido la
última vez, iba a tardar un tiempo en volver a querer jugar.
—¿No tienes ganas de darme otro besito? —preguntó, haciendo un puchero
mientras se abrazaba a mí.
—Si tantas ganas tienes, solo tienes que pedirlo —dije, y me acerqué a ella
como si la fuera a besar, pero en el último momento cambié de dirección y
le mordí la mejilla, haciéndola gritar.
—¡Eres una bruta! —exclamó, dándome golpes en el pecho mientras yo me
moría de risa. Se frotó la zona donde la había mordido, y reemplazó su ceño
fruncido por una sonrisa antes de volver a hablar—. Yo sé a quién sí habrías
besado sin pensártelo dos veces.
—Ya estamos otra vez. —Rodé los ojos, pero no pude evitar sonreír con
diversión.
Ella soltó una risita malvada y se apartó de mí antes de ponerse a hablar con
Silvia de vete a saber qué. Miré a Gabriel, que me miraba con curiosidad, y
me dio una media sonrisa que le devolví.
Algo más tarde, Marc salió a fumar al balcón y decidí unirme a él,
sentándome en el suelo del balcón. Estuvimos hablando durante un buen
rato, y me sentí tentada a preguntarle sobre Marian porque, aunque no había
vuelto a hablar del tema con ella, me daba la sensación de que Marc le
seguía gustando. Aun así, no tardé en darme cuenta de que era una mala
idea, porque tampoco quería causar problemas entre ellos y Silvia. Cuando
el cigarro de Marc ya estaba en las últimas, se abrió la puerta del balcón y
apareció Gabriel.
—Qué calor hace ahí dentro —comentó antes de sentarse a mi lado, porque
la única silla del balcón estaba ocupada por Marc.
—Eso es que has bebido mucho —bromeé.
—Si solo voy por la tercera birra —respondió—. Me da a mí que tú has
bebido más.
—No me he acabado el segundo cubata —dije, encogiéndome de hombros.
—Creo que os haré un favor y os dejaré solos —murmuró Marc, y nos
guiñó un ojo antes de dejar la colilla en el cenicero de la mesa y entrar de
nuevo en el piso.
—Qué obsesionados están. —Reí, pero esta vez Gabriel no rio conmigo.
Se quedó callado, mirando al horizonte, y quise decir algo más pero parecía
pensativo, así que lo dejé hacer.
—Igual sería hora de parar —murmuró tras un largo silencio, y fruncí el
ceño.
—¿Parar de qué? —inquirí.
Él se giró para mirarme. De repente fui todavía más consciente de lo cerca
que estaba, de su rodilla rozando la mía y de nuestros hombros a escasos
centímetros de distancia.
—De fingir que no está pasando nada entre nosotros —contestó—. Nuestra
relación siempre ha sido así, Ari: bailamos uno alrededor del otro, sin
atrevernos a acercarnos por miedo a lo que pueda pasar.
—Y, ¿qué podría pasar? —pregunté en un murmuro, con ese sentimiento de
anticipación que me causaba su cercanía más intenso que nunca.
—No lo sabremos hasta que lo probemos, ¿no?
Y no quise esperar más. Ya llevaba demasiado tiempo esperando, y ni
siquiera sabía por qué. Me acerqué a él poco a poco, estudiando su
reacción, y cuando vi que su rostro también se acercaba al mío, acorté la
poca distancia que quedaba entre nuestros labios y lo besé.
Y fue como una explosión dentro de mí.
No tuvo nada que ver con ese beso que nos habíamos dado jugando a la
botella. Ese día yo había estado tensa, llena de inseguridad porque mi
entonces novio estaba al lado, pero en ese momento, a solas con él en el
balcón, sin nadie que nos viera, me dejé llevar. Mis manos fueron a su nuca
y acaricié su pelo mientras colaba mi lengua en su boca. Él puso una mano
en mi mejilla, se separó y me mordió el labio, haciéndome gemir.
—Joder —murmuró, mirándome con deseo—. Ven aquí.
Me cogió de la cintura y tiró de mí hacia él. Separé las piernas y me senté
en su regazo antes de volver a besarlo. Sus manos viajaron por mi cintura
hasta mi culo, y me pegó aún más contra él. Esta vez fui yo la que mordió
su labio, y él el que gimió. Bajé mis besos hacia su cuello, dejando otro
mordisco, y cuando lo escuché suspirar de placer estuve a punto de olvidar
que estábamos en un balcón que daba a la calle y que nuestros amigos
estaban a apenas unos metros de distancia.
El sonido de alguien acercándose al balcón me hizo reaccionar, y me aparté
rápidamente de Gabriel, con la respiración agitada. Anna apareció por la
puerta, y nos saludó distraídamente antes de apoyarse en la barandilla y
encenderse un cigarro. Miré a Gabriel, que apoyó la cabeza en la pared y
cerró los ojos antes de respirar hondo, seguramente odiando a Anna tanto
como yo, y mira que era una chica genial.
Cuando volvió a abrirlos y me miró, no pude evitar reírme, sintiéndome en
las nubes, y él sonrió.
22
Sus manos agarraban mi cintura con fuerza cuando me empujó contra la
pared. Las mías fueron a su espalda, apretándolo más contra mí, mientras
presionaba sus labios contra los míos. Abrí la boca para gemir por el leve
dolor que sentí por el impacto de mi espalda con la dura pared, y él
aprovechó para sumar la lengua al arriesgado juego que estaba teniendo
lugar en el laboratorio de fotografía, iluminados solo por la luz de seguridad
roja.
Llevaba días esperando ese momento. Volver a sentir su boca, sus manos
que no podían dejar de tocarme, y esa adrenalina que recorría todo mi
cuerpo.

Apenas tres horas antes, no tenía ni idea de que iba a ocurrir algo así.
Estaba en el bar jugando cartas con Natalia mientras nos comíamos un
bocadillo. Le había enseñado los dibujos que había hecho para trabajar el
bloque del cuerpo, ese que tenía que trabajar más, y contándole mis dudas
con respecto a lo que había dibujado. Había pasado todo el fin de semana
haciendo dibujos y dibujos, pero seguía sin convencerme. Ella me había
dado el mismo consejo: necesitaba un modelo. Incluso bromeó diciendo que
podría pedírselo a Gabriel, y tuve que morderme la lengua.
No es que no tuviera ganas de contarle lo que había pasado con Gabriel en
su fiesta, porque las tenía, pero había algo en ese secretismo, en el que no lo
supiera nadie, que lo hacía todo aún más divertido y excitante. Ese lunes
todavía no había hablado con él más allá de un saludo, aunque habíamos
tenido dos clases juntos, pero no sentía que hubiera habido ningún tipo de
tensión negativa… solo la tensión de siempre, pero intensificada. Y no sabía
si iba a aguantar toda la semana sin saltarle encima, la verdad.
—Por cierto, ¿sabes algo de Leo? —me preguntó justo después de haberme
pegado una paliza en un juego que le había enseñado su abuela y que yo
claramente no dominaba, por no decir que se me daba fatal.
—No —contesté distraídamente, mientras barajaba las cartas.
—La semana pasada apenas vino a clase, y hoy no ha venido.
—Se habrá hartado de la carrera. —Me encogí de hombros.
Ella se quedó en silencio unos segundos antes de volver a hablar.
—¿No has vuelto a hablar con él desde que lo dejasteis?
Levanté la vista, encontrándome con la pelirroja mirándome con curiosidad.
—No —dije, dejando el mazo de cartas en la mesa—. No quiero saber nada
más de él. Es un gilipollas, y su vida me da igual.
—Pues también es verdad. —Asintió con la cabeza, y sonreí.
La verdad es que ya apenas pensaba en Leo. Lo que me había hecho había
sido horrible, sí, pero que hubiera dejado de estar en mi vida no me había
afectado demasiado. De hecho, ahora que no tenía que darle explicaciones a
nadie, que no tenía que estar yendo con cuidado constantemente para que
no se enfadara, me sentía mucho más libre.
Una mochila salió volando hasta caer encima de la silla que había a mi lado,
y me giré para ver a Marian —que seguramente era la lanzadora— y a
Gabriel caminando hacia nosotras.
—Buenas tardes, señoras —nos saludó ella.
—¿Señoras? Pero si somos más jóvenes que tú —le recordé, porque tanto
ella como Gabriel tenían un año más que nosotras, y desde que lo había
descubierto se lo recordaba cada vez que podía, para molestar.
—Ni que fueran cuarenta años de diferencia —se quejó ella antes de volver
a coger la mochila que había tirado y sentarse en la silla.
Gabriel se sentó en el lado opuesto de la mesa lentamente, como si tuviera
todo el tiempo del mundo. Ya habíamos acabado las clases por ese día y no
teníamos trabajos ni exámenes, porque todavía nos quedaban más de dos
meses para terminar el curso. Es por eso que nos podíamos permitir estar
perdiendo el tiempo en el bar. Esa tarde yo no tenía Francés, y había dejado
de ir al gimnasio al dejarlo con Leo, tanto por no encontrármelo como
porque me estaba empezando a dar pereza ir, así que tenía tiempo.
—¿De dónde venís? —les preguntó Natalia.
—Este se ha ido a comprar una cámara, y lo he acompañado. —Marian
señaló a Gabriel—. Se ha dejado un pastón en una cámara que igual tiene
tres millones de años.
—No sabía yo que eras rico —bromeé, mirando al rubio.
—Hay tantas cosas que no sabéis de mí... —Levantó las cejas varias veces.
—¿De qué vas, de misterioso? —preguntó Marian.
—Es exactamente lo que soy. —Murmuró con diversión antes de sacar una
cámara diferente a la que usaba habitualmente, por lo que asumí que era la
que se acababa de comprar. Se la llevó a la cara, y me apuntó con el
objetivo—. Sonríe, Ariadna.
Adopté la expresión más seria que fui capaz de poner, y Gabriel soltó una
carcajada antes de apretar el disparador.
—Guapísima —comentó, en tono de broma.
—Como siempre. —Sonreí.
—Bueno, dejad de tiraros la caña y enséñame esos dibujos que te tienen tan
rayada —me dijo Marian.
—Era más como que Ari se tiraba la caña a sí misma —comentó Natalia.
Reí y abrí la carpeta con mis dibujos, que seguía sobre la mesa desde que se
los había enseñado a Natalia. Le estuve enseñando lo que había hecho
mientras Gabriel nos iba haciendo fotos. En un momento se fue a dar una
vuelta para hacer fotos, y apenas tardó quince minutos en volver.
—¿Quieres desgastar la cámara el primer día, o qué? —inquirió Marian
cuando el rubio volvió a sentarse con nosotras.
—No, pero quiero terminar este carrete, porque en un rato iré al laboratorio
de foto y así puedo ver cómo quedan las fotos con esta cámara —explicó él
—. ¿Queréis venir?
—Yo creo que paso —dijo Natalia justo antes de bostezar y echarse hacia
atrás en la silla—. Estoy hecha una basura.
—Yo me apunto —comenté, haciéndome la distraída, con la mirada fija en
mis dibujos.
Marian se quedó callada unos segundos. La miré, me miró, y luego miró a
Gabriel. Una sutil sonrisa divertida se dibujó en sus labios antes de que los
abriera para hablar.
—A mí no me da tiempo —dijo—. Haced vosotros.
Así que media hora más tarde, cuando Gabriel ya había terminado el
carrete, decidimos ir hacia el taller. Hicimos el camino en silencio. No
podía parar de darle vueltas a lo que había pasado el viernes anterior. Lo
miré cuando estábamos en el ascensor, y parecía pensativo. Sentía esa
expectación más fuerte que nunca, tanto que daba la sensación de que nos
íbamos a terminar ahogando en ese ascensor, de lo cargado que estaba el
ambiente.
Las puertas se abrieron, y fue como volver a la realidad de golpe. Salí hacia
el pasillo rápidamente, y Gabriel lo hizo con más calma, mirándome.
Necesitaba decir algo, porque cada segundo que pasábamos en silencio se
hacía más raro.
—¿Marian lo sabe? —pregunté casi sin pensar, y él levantó una ceja.
—¿Si sabe el qué?
—Lo que… —carraspeé—. Lo que pasó el viernes.
—No. —Acompañó su respuesta con un leve movimiento de cabeza.
—Oh, como antes nos ha mirado raro…
—Yo creo que sigue obsesionada con que hay algo entre nosotros… y tiene
toda la razón, pero no le he dicho nada.
—Oh, ¿tiene razón? —repuse, divertida.
—Lo del viernes decididamente fue algo —contestó él, con una media
sonrisa.
—Qué interesante…
—Interesante también es una buena forma de describirlo, sí —murmuró, sin
dejar de sonreír.
Solté una carcajada y seguimos caminando hacia el laboratorio en silencio.
Cuando entramos, nos encontramos a Helena, la profesora encargada del
taller de fotografía, rebuscando en unos cajones. Paró lo que estaba
haciendo en cuanto cerramos la puerta detrás de nosotros, y nos miró.
—Ay, hola, Gabriel —lo saludó, como si acabara de volver a la realidad, y
luego se dirigió a mí—. Tú eras… No me lo digas. Ana… ¿Adriana?
—Ariadna. —Sonreí—. Casi.
Helena era una persona curiosa. Siempre llevaba ropa ancha, que parecía de
lo más cómoda, y el pelo recogido en un característico moño descuidado,
del que sobresalían varios mechones. Sus ojos eran de un color marrón
oscuro, pero solía dar la sensación de que eran más claros, igual por la
profundidad de su mirada. Siempre parecía estar en otro sitio, mentalmente
hablando, pero era muy simpática, y se notaba que le gustaba lo que hacía.
—Ariadna, sí —contestó, riendo—. Tengo una reunión con el departamento
de fotografía, así que no sé cuándo volveré. Candela tampoco está, cosa rara
porque prácticamente vive aquí, así que en cuanto consiga encontrar los
papeles que estoy buscando, tenéis el taller para vosotros solos. Ya sabéis
cómo funciona todo, así que no creo que me necesitéis.
En realidad yo solo había estado una vez en el taller y no me acordaba de
casi nada, pero Gabriel venía a menudo, así que yo tampoco creía que
fuéramos a necesitar a Helena… y estaba encantada de saber que se iba. No
porque no me cayera bien, porque la mujer era genial, pero supongo que ya
entendéis a qué me refiero.
Tardó poco en encontrar lo que buscaba, y se despidió con rapidez antes de
desaparecer por la puerta. El taller quedó en silencio, y miré a Gabriel justo
antes de que él hablara.
—¿No te has planteado nunca comprarte una cámara analógica? —me
preguntó.
—No creo que tenga ojo para la fotografía —contesté, desviando mi
atención hacia las fotos de otros alumnos que había colgadas por el taller,
secándose—, pero me gusta revelar las fotos. Es divertido. Además, creo
que se podrían hacer cosas muy guays con la técnica de revelado. No sé,
mezclarlo con ilustración, poner capas encima del papel fotosensible para
que queden dibujos superpuestos a las fotos…
—Se puede hacer, sí —murmuró, seguramente dándole vueltas a la idea
mientras se apoyaba en una de las mesas—. Creo que hay láminas de estas
de plástico…
—Acetato.
—Eso.
—Podemos probar con eso… ¿Sabes dónde están?
Y Gabriel no tenía ni idea, así que me puse a rebuscar en los cajones. En la
gran mayoría solo había montones y montones de negativos, supongo que
de gente que se los había dejado por ahí, y me pregunté cómo podían hacer
eso.
Yo no solía hacer fotos, y menos con cámaras analógicas, pero recordaba
cuando era pequeña y, de vacaciones, mi tía Elvira siempre nos hacía fotos
con su cámara. En ese momento las cámaras digitales eran algo
relativamente nuevo y caro, así que usaba esa cámara de color gris y negro,
que no sabía ni qué marca era pero siempre me venía a la cabeza cuando
alguien mencionaba las analógicas. Esas fotos que hacía luego habían
pasado a estar en álbumes en mi casa, que miraba de vez en cuando con
Nina para reírnos, o cuando tenía un mal día y quería ver algo que me
hiciera recordar buenos momentos. Por eso me costaba entender que
alguien pudiera desprenderse de sus fotos tan fácilmente. Para mí, llevaban
consigo miles de recuerdos, aunque probablemente esos negativos fueran de
fotos que se habían hecho poco tiempo atrás.
—Aterriza. —La voz de Gabriel a pocos centímetros de mi oído me
sobresaltó, y él se echó a reír—. Te has quedado como un minuto entero
empanada mirando este cajón. ¿Has encontrado fotos sugerentes?
—No. —Negué con la cabeza, sonriendo—. Estaba pensando.
Cerré el cajón y, cuando fui a abrir el siguiente, la mano de Gabriel se
encontró con la mía, algo que me estaba dando cuenta de que tenían
tendencia a hacer, como si se atrajeran involuntariamente... pero, esta vez,
ninguno de los dos se apartó. Giré la cara hacia él, y me lo encontré tan, tan
cerca, que me fue imposible resistirme.

Lo besé, y él apenas tardó en reaccionar. Su mano libre, la que no seguía


tocando la mía, viajó hasta mi nuca, y me acercó más a él con suavidad.
Abrí la boca, invitándolo a profundizar el beso, y Gabriel no perdió tiempo,
colando su lengua para encontrarse con la mía. Aparté mi mano de la suya y
lo rodeé con los brazos, acercándolo más a mí, hasta que su cuerpo estaba
presionado contra el mío, y yo estaba apoyada contra la cajonera.
No sé cuánto pasó hasta que Gabriel se separó de golpe, haciéndome
levantar una ceja, y sonrió antes de cogerme de la mano.
—Ven.
Me llevó al cuarto oscuro, donde se revelaban las fotos, que estaba
iluminado solo por la luz de seguridad roja que no amenazaba con exponer
el papel fotosensible. Sus manos agarraban mi cintura con fuerza cuando
me empujó contra la pared. Las mías fueron a su espalda, apretándolo más
contra mí, mientras presionaba sus labios contra los míos. Abrí la boca para
gemir por el leve dolor que sentí por el impacto de mi espalda con la dura
pared, y él aprovechó para sumar la lengua otra vez a ese arriesgado juego,
porque en cualquier momento podía entrar alguien al taller, aunque era
menos probable que nos pillaran si estábamos en esa habitación.
Llevaba días esperando ese momento. Volver a sentir su boca, sus manos
que no podían dejar de tocarme, y esa adrenalina que recorría todo mi
cuerpo. Fue él quien decidió atreverse a llevarlo un poco más allá, cuando
sus manos fueron a mi culo y lo apretó, para luego darme un pequeño azote
que me hizo gemir otra vez.
Mordí su labio inferior, y noté su sonrisa en mi boca. Me separé y bajé mis
besos a su cuello mientras mis manos se aventuraban un poco más abajo.
Las deslicé su torso, cubierto por la ropa y, sin ningún tipo de pudor,
acaricié el bulto que empezaba a formarse entre sus piernas. Esta vez fue
Gabriel el que gimió, presionándose más contra mí, e iba a ir más lejos
cuando escuchamos la puerta del taller abrirse.
Nos separamos de golpe, interrumpidos de nuevo pero con una sonrisa en la
cara, y Candela, la chica que solía estar en el laboratorio, entró en el cuarto
oscuro. Nos saludó con entusiasmo, y estoy segura de que Gabriel
agradeció la poca luz, porque no se podía ver que estaba excitado.
Helena tampoco tardó en volver, así que nos dedicamos a revelar fotos y
hacer pruebas con el acetato y algunos dibujos durante el resto de la tarde.
Eran cerca de las ocho cuando mi móvil vibró en mi bolsillo. Salí del cuarto
oscuro, para evitar que la luz del móvil dañara el papel fotosensible, y
tragué saliva cuando leí el mensaje que acababa de recibir.
Mamá: Ven a casa ahora mismo.
23
Llegué a casa con una sensación horrible que me exprimía las entrañas. Ni
siquiera sabía qué estaba ocurriendo, pero ese mensaje de mi madre me
había asustado, y así es como estaba, de pie delante de la puerta de mi
edificio, notando los latidos de mi corazón incluso en el cuello. No me daba
miedo que fuera algo muy serio; al fin y al cabo, ya hacía un par de años
que me había quedado definitivamente sin abuelos, y solo tenía dos tías,
hermanas de mi madre, a las que les iba todo bien. Tampoco me preocupaba
por Nina y, aunque podía ser que le hubiera pasado algo a alguien, me daba
la sensación de que no era eso.
Aunque no entendía su forma de pensar, sabía leer a mi madre. Ese mensaje
no era de preocupación, estaba enfadada. Y eso nunca era bueno.
Los gritos se escuchaban desde el rellano cuando subí las escaleras que
llevaban a la puerta del piso en el que había vivido toda la vida. No
conseguía entender lo que decían, pero por el tono entre ambos no era una
pelea convencional, como las de casi todos los días. Era algo peor.
Respiré hondo antes de colocar la llave en la ranura y abrir la puerta. Mis
padres se quedaron en silencio de golpe, mirándome, y en cuanto cerré la
puerta detrás de mí mi madre caminó hacia mí con una expresión que me
hizo querer salir corriendo.
—Tú lo sabías, ¿verdad? —preguntó con rabia, y fruncí el ceño de forma
involuntaria—. No me mires así, Ariadna, que la tendremos aún más gorda.
Tú sabías lo de tu hermana y el tipo ese, ¿no es cierto?
Mis ganas de huir de allí aumentaron de una forma vertiginosa.
—El… ¿el tipo ese? —inquirí, aunque sabía perfectamente a qué se refería.
—El árabe —espetó.
Quise decirle que, técnicamente, Turquía —de donde era Adil— no era un
país árabe, pero solo habría servido para cabrearla más, y no quería
jugármela.
—Ah, sí —murmuré, sin atreverme a usar su nombre porque quizás no lo
sabían, y eran capaces de investigarlo.
—Y, ¿cuándo pensabas decírnoslo? —increpó.
Tragué saliva.
—No es algo que tuviera que contaros yo. Es la vida de Nina, ella decide si
os lo dice o no.
Pude ver que la había cagado, porque su expresión se torció aún más, con
tanta rabia en ella que incluso temí que fuera a hacerme daño.
—Cuando te enteras de que tu hermana está haciendo una tontería así, nos
lo tienes que decir —gruñó mi padre, acercándose a nosotras—. ¿Lo
entiendes? Que si no la frenamos a tiempo, en dos días la tenemos yendo en
burka por la calle. ¿No te das cuenta de lo grave que es esto?
Y me cabreé. Nunca les seguía el rollo cuando empezaban a discutir porque
no merecía la pena y siempre salía perdiendo, pero que se metieran en la
vida de mi hermana de esta manera, y que hablaran así de un chico que era
mil veces más amable que ellos, me hizo explotar.
—No, si grave, lo es —dije, mirándolos de frente—. Es grave que seáis así.
¿Os parece normal ir diciendo estas cosas y quedaros tan anchos? ¿Acaso
os ha hecho algo este chico? Pero si me cae mejor que vosotros. Y es que ni
siquiera tiene que gustaros: es una persona, y se merece respeto como todo
el mundo.
—¡Ariadna, no tolero que nos hables así! —gritó mi padre, y tuve que
reprimir el impulso de reír, porque eso empezaba a ser surrealista.
—Ah, sí, el típico discurso de los jóvenes de hoy en día. —Mi madre soltó
una carcajada sarcástica—. “Todos somos iguales”, “hay que respetar a todo
el mundo”. Os falta mucho por vivir, no tenéis ni idea de nada.
—Creo que los que no tenéis ni idea sois vosotros —rebatí, y pude ver que
se enfadó aún más, pero a esas alturas ya me daba igual—. ¿Habéis
conocido a alguna persona de fuera de vuestra cultura alguna vez? Porque
me da a mí que no. Y explícame por qué está tan equivocado nuestro
“discurso”. —Hice comillas con los dedos—. ¿No nos merecemos todos el
mismo respeto? Lo digo porque había un señor con un bigote extraño, el
siglo pasado, que opinaba igual.
—No, si ahora nos va a comparar con Hitler —murmuró ella, escandalizada
—. Solo digo que la forma de hacer de este chico está muy lejos de los
valores que queremos para tu hermana.
—Que yo sepa, tiene casi diecinueve años, no cinco. Es mayorcita como
para que la estéis intentando educar, por suerte, porque vuestros valores no
son precisamente maravillosos.
—Te la estás jugando —me advirtió mi padre.
—Pues muy bien —contesté.
—Tú no sabes nada de cómo funciona este mundo —continuó mi madre—.
¿No has visto todo lo que hay por ahí? Por Dios, Ariadna, mira las noticias
algún día. Son unos machistas.
—Porque vosotros sois eminencias del feminismo, sí —se me escapó
cuando recordé todas las veces que me habían llamado “fácil”, “fresca” y
cosas así relacionadas con mi forma de vivir la sexualidad—. El mundo
entero es machista, Rosa, y vuestra forma de pensar, también.
—Oh, ahora no soy “mamá”, soy “Rosa” de repente —se quejó.
—Es que de padres cada vez os queda menos —respondí sin ningún tipo de
pudor—. ¿Qué clase de padres juzgan al novio de su hija sin ni siquiera
conocerlo? ¿Qué clase de padres insultan a su hija por tener una vida
sexual?
—Lo hacemos por tu bien, aunque no sepas apreciarlo —puntualizó ella—.
¿Cómo crees que te ve la gente, comportándote como una cualquiera y
yéndote con el primero que pasa? Así no te vas a ganar el respeto de nadie.
—Es que si alguien va a respetarme menos por lo que decida hacer con mi
vida, que no le hace daño a nadie, entonces no quiero su respeto para nada.
—¿No quieres nuestro respeto? —inquirió mi padre.
—Ya hace tiempo que sé que nunca lo tendré, porque sois unos padres de
mierda.
Y, de golpe, se hizo el silencio.
Mi madre parecía horrorizada, y mi padre parecía cabrearse más por cada
segundo que pasaba. Cuando ella habló de nuevo, le temblaba la voz de
rabia.
—Te lo hemos dado todo. Te hemos dado un techo, te hemos criado, y
nunca te ha faltado de nada —dijo, señalándome con el dedo, y mira que
hacía años que me habían enseñado que eso era de mala educación.
También me hizo gracia el “nunca te ha faltado de nada”, porque una
persona no solo necesita cosas materiales, también cariño, y eso no lo había
tenido nunca—. Eres una desagradecida. Ahora te vas a tener que buscar la
vida, Ariadna, y así quizás empezarás a apreciar todo lo que hacemos por ti.
No quiero verte más en mi casa. Fuera, ahora mismo.
—Rosa… —empezó mi padre, seguramente intentando frenarla, porque
estaba yendo muy lejos.
—¡Ni “Rosa” ni nada! —gritó ella—. A esta mocosa no le paso ni una más.
Fuera de mi casa. Me da igual si te vas a vivir a la calle, a casa de alguno de
tus mil novios, o a un maldito prostíbulo. Yo esto no lo tolero más.
—Vale. —Me encogí de hombros como si no fuera nada, porque estaba tan
enfadada que ni siquiera me afectaba su retorcido castigo.
—Ariadna… —me llamó mi padre, con voz suplicante, porque seguramente
quería que le pidiera perdón a mi madre para que me dejara quedarme, pero
no le hice caso.
Me fui a mi habitación, saqué una mochila de montaña que no había usado
en años pero que curiosamente estaba encima del montón de ropa —ni
siquiera me molesté en buscarle un sentido, porque no solía tenerlo—, y
empecé a meter las primeras prendas de ropa que encontré tiradas por ahí.
Cogí lo básico, porque estaba segura de que mi madre terminaría
retractándose, me puse la mochila en los hombros y me fui de esa pesadilla
de casa sin que ninguno de mis padres me dijera nada más.
Estaba harta. Harta de su forma de ser, de las peleas constantes, de su
machismo, de su racismo. Había intentado justificarlos en mi cabeza
durante demasiados años, pero es que esos comentarios no tenían
justificación alguna.
En cuanto me encontré de pie en la calle, con una mochila llena de ropa y
otra con mis cosas de la universidad, fue cuando empecé a caer en que no
tenía a dónde ir. Pero eso estaba en el segundo puesto de mi lista de
preocupaciones, la primera era mi hermana, así que saqué el móvil del
bolsillo de mi chaqueta y la llamé.
No tardó en contestar, hecha un manojo de nervios.
—¿Ari? —preguntó con una voz débil, como si no le hubiera aparecido mi
nombre en la pantalla—. ¿Estás bien?
—Eso debería preguntártelo yo.
—Mamá me acaba de mandar un mensaje diciendo que “he conseguido
que te echen de casa” —explicó, preocupada—. Lo siento muchísimo. ¿A
dónde vas a ir? Igual si le pides perdón se lo piensa dos veces y te deja
quedarte en casa…
—Yo ahí no vuelvo.
—No seas tozuda, que cuando te enfadas eres muy impulsiva —me riñó—.
¿Qué vas a hacer, dormir en la calle?
—Conozco a gente.
—Pero si no tienes dinero para compartir piso, y tampoco es plan que te
metas en casa de nadie.
—Estaba pensando en Elvira —comenté—, como algo temporal. No le
importará que me quede unos días, mientras busco piso y trabajo. Tengo
ahorros, así que con un trabajo de media jornada podré ir tirando.
Elvira era la hermana menor de mi madre, pero eran tan diferentes que no
entendía cómo podían haber salido del mismo sitio, y estaba segura de que
me acogería. Tampoco tenía mucha simpatía hacia mi madre, así que
entendería la situación.
—No exageres. No vas a estar tanto tiempo fuera. A mamá se le pasará
dentro de nada.
—Llevo exactamente cinco minutos fuera de casa y, aunque no tengo ni
idea de qué voy a hacer con mi vida, ya estoy sintiendo alivio porque no
tengo que volver a esa casa de locos —aclaré—. ¿No decías que te sientes
más libre desde que estás en París? Pues igual yo también necesito irme.
—Tienes dieciocho años —me recordó.
—Diecinueve en un mes. Hay gente que se va incluso antes de casa.
—Bueno, tú misma —cedió, aunque solo de forma aparente, porque yo
sabía de sobra que ella pensaba que se me pasaría, haría las paces con
nuestra madre, y volvería a casa en algún momento.
Nina era la melliza racional, y yo la impulsiva. Ella siempre buscaba
mantener la paz y que todo el mundo estuviera contento, pero es que el
problema con mis padres no tenía solución. Disculparme con mi madre
habría sido como ponerle una tirita a una presa que está a punto de reventar,
y yo ya estaba cansada de estar intentando arreglar algo que hacía tiempo
que no funcionaba.
Así que me presenté donde vivía Elvira, mi tía, que por suerte estaba en
casa. Estaba en un barrio muy alejado del de mis padres, lo que era un
alivio porque me permitiría cambiar de aires, y me di cuenta de que Gabriel
no vivía lejos, y Marian tampoco.
—Te juro que nunca entenderé a tu madre —me dijo mi tía cuando le conté
lo que había pasado—. Quédate el tiempo que quieras, te prepararé la
habitación de invitados.
Elvira nunca se había casado, ni había tenido hijos. Siempre decía que no le
interesaba. Vivía con Panceta, su perro, una mezcla de labrador con alguna
otra raza desconocida que tenía seis años y estaba completamente loco, pero
era muy cariñoso.
Así que ya me teníais tratando de dejar mis cosas en la habitación mientras
Panceta intentaba saltarme encima, tirarme al suelo, o darme un lametazo
en la cara —no tengo claro cuál era su objetivo, pero el tema es que estaba
como loco por mi presencia—.
En la habitación de invitados había varios marcos con fotografías, la
mayoría de paisajes. Me los quedé mirando con curiosidad en cuanto mi
equipaje estuvo encima de la cama y Panceta se hubo calmado. Había varias
de campos iluminados por el sol, y me paré a ver una en la que aparecía una
cala que reconocí fácilmente, porque solíamos ir en verano con mis padres
y Elvira… Antes de que mi madre y ella se pelearan, y dejáramos de hacer
cosas todos juntos.
—Oh, ¿te acuerdas de este sitio? —me preguntó Elvira, acercándose a mí.
—Claro. —Sonreí—. Nina y yo nos lo pasábamos genial. Oye, ¿ya no
haces fotos?
—De vez en cuando. —Se encogió de hombros—. Ahora ya no tengo tanto
tiempo ni tantas ganas como antes, pero a veces me inspiro y me da por
hacer fotos.
—Últimamente he estado yendo mucho al taller de fotografía de mi
universidad —le comenté.
—¿También te gusta hacer fotos?
—No tengo ojo para la fotografía, pero me gusta revelarlas y experimentar
con ellas. Tengo un amigo que las hace, y me deja probar cosas con los
negativos —le expliqué—. Esta tarde hemos ido, de hecho.
—¿Algo que deba saber sobre ese amigo? —inquirió, con una sonrisa
divertida, y me di cuenta de que había sido muy obvia sacando a Gabriel en
la conversación cuando no pintaba demasiado.
—Es mi amigo, y puede que algo más… No lo sé, la verdad. Hace poco que
lo dejé con un idiota con el que estaba saliendo, y tampoco quiero meterme
en otra relación, y supongo que él tampoco.
—¿Te gusta?
—Sí —respondí—, pero es complicado.
—Si algo he aprendido en todos estos años, es que las cosas normalmente
no son ni la mitad de complicadas de lo que parecen, pero nos
obsesionamos con ellas y les añadimos dificultades.
Me la quedé mirando unos segundos.
—Ah, ¿ya está? —pregunté, porque pensaba que diría algo más.
—Sí. Te lo he dejado ahí para que pienses en ello, que tampoco soy
terapeuta.
—De hecho, sí que lo eres —le recordé, y ella rio, divertida.
—¿Qué clase de psicóloga sería si te dijera la solución a todos tus
problemas? Mi trabajo es hacerte reflexionar.
—¿Tendré que pagarte por la sesión? —bromeé.
—Este consejo te lo regalo, es gratis.
Era tarde, pero yo todavía no había cenado y por lo visto ella tampoco, así
que nos pedimos unas pizzas y cenamos viendo una serie de Netflix que
tenía buena pinta, con Panceta dormido en el suelo. Pese a todo lo que había
pasado y la mezcla de sentimientos que había dentro de mí, no podía evitar
notarme mucho más relajada, como si toda la tensión que solía sentir a esas
horas hubiera desaparecido, y no pude evitar relacionarlo con el hecho de
que estaba lejos de casa de mis padres. No sabía lo que iba a hacer a partir
de entonces, pero tenía claro, al menos en ese momento, que volver con mis
padres no era una opción viable para mi salud mental.
24
Ni siquiera llevaba una semana entera lejos de mis padres, y ya estaba
notando mejoras en prácticamente todos los aspectos de mi vida. Mi única
interacción con ellos había sido un escueto “sí” de respuesta cuando mi
padre me había mandado un mensaje preguntándome si estaba bien. Por lo
demás, silencio absoluto… y lo agradecía.
Había empezado a frecuentar el taller de pintura de la facultad por las
tardes, porque no solía haber mucha gente y tenía mucho espacio para poder
dibujar y pintar con tranquilidad. Además, la profesora que se encargaba del
taller solía estar por ahí, así que me hacía comentarios y sugerencias sobre
lo que iba haciendo.
Ese viernes, estaba añadiendo color a uno de los esbozos que había hecho,
para ver si me ayudaba a desbloquearme. Había notado una mejora en mis
dibujos desde que iba al taller prácticamente cada día, pero el tema del
cuerpo se me seguía resistiendo, y la profesora estaba de acuerdo conmigo
en que a mis dibujos les faltaba vida.
Llevaba los auriculares puestos, pero eso no evitó que escuchara la puerta
abrirse de golpe, y me giré para ver a Marian entrando con Gabriel.
—¡Ahora Ari es del barrio! —exclamó ella, entusiasmada—. Podemos
enseñarte todos los lugares icónicos: el contenedor de basura que lleva tres
años quemado y nadie se ha llevado, el bar donde se pasa la droga, el árbol
que intentaron cortar antes de que yo naciera pero no salió bien y lleva
desde entonces aguantándose con cinta adhesiva… Es un sitio maravilloso.
Arte en estado puro.
Me eché a reír, porque ya había tenido el placer de ver el árbol del que
hablaba, y la verdad es que era de las cosas más cutres que había visto en
mi vida. Marian se sentó en un taburete que había al lado del caballete
donde estaba trabajando, y Gabriel se apoyó en una de las mesas.
—Podéis apuntaros a mis paseos con Panceta.
—Voy a asumir que Panceta es un perro, pero por el nombre podría ser
cualquier cosa —dijo Gabriel.
—Es un perro —confirmé.
—Y, ¿cómo se le ocurrió llamarlo Panceta? —preguntó Marian, intrigada.
—Pues no tengo ni idea, y no sé si lo quiero saber.
—Ahora quiero conocer a tu tía, parece la persona más guay del universo
—dijo ella.
—Lo es. —Sonreí.
—Y, ¿cómo va esto? —me preguntó Gabriel, mirando el dibujo que tenía
puesto en el caballete.
—Pues regular, la verdad —respondí—. Sigo con el mismo problema con
los dibujos de cuerpos, necesitaré a alguien que pose para mí.
—¿Estás buscando modelo? Si necesitas a una mujer, yo me desnudo para ti
cuando quieras —dijo, levantando los brazos y dando una vuelta sobre sí
misma, como si me estuviera enseñando su cuerpo—. Y si lo que te hace
falta es un maromo, seguro que Gabriel se ofrece.
—De hecho, ya me he ofrecido —comentó él—, pero me da que Ari no
quiere verme desnudo.
—Oh, ya lo creo que sí —contesté, y ambos rieron. Gabriel se mordió el
labio, y tuve que contenerme para no decir nada más así de poco sutil—.
Aunque insisto en que no tendrías que estar desnudo del todo, así que igual
no te interesa.
—Yo acato tus órdenes.
Sonreí.
—Perfecto, entonces.
—Madre mía, con la tensión sexual. —Marian hizo como que se abanicaba
con la mano—. Follad de una vez.
—Ahora mismo —bromeé.
—¿Puedo mirar?
—Me da a mí que no —contestó Gabriel, divertido.
Ella hizo un puchero, pero pronto se le olvidó el tema —por suerte— y
empezó a cotillear mis dibujos. Gabriel aprovechó para acercarse a mí,
haciendo como que miraba el dibujo en el que estaba trabajando, pero
pronto me di cuenta de que su intención era otra.
—Puedo venir a posar cuando quieras —murmuró, vigilando que Marian no
lo escuchara—. No suele haber mucha gente por aquí, ¿no?
—No —respondí, sin poder evitar pensar en todas las posibilidades que ese
taller nos podía ofrecer—. Y, cuanto más tarde sea, menos gente hay. Hacia
las siete acostumbro a estar sola.
—Podemos quedar a las siete, entonces —dijo, y vi cómo una sutil sonrisa
se dibujaba en sus labios.
—Podemos quedar a las siete —afirmé—. ¿Te va bien mañana?
—Mañana me va perfecto —contestó en un murmuro, pero no impidió que
notara que su voz era algo más grave de lo normal, algo que sabía que le
pasaba cuando una cosa le interesaba mucho.
—¿De qué habláis? —preguntó Marian, de cuya existencia casi me había
olvidado durante unos segundos.
—De nada —contestó Gabriel, apartándose lentamente de mí y mirando a
nuestra amiga—. Son cosas de rubios.
—¿Ahora me vais a discriminar por mi color de pelo? —dijo, fingiendo
indignación mientras se tocaba el pelo castaño oscuro—. Al final me voy a
tener que teñir.
—En nuestro club solo entran rubios naturales, lo siento —respondí.
Marian rodó los ojos, y nosotros sonreímos.
No tardaron en marcharse, porque ya eran pasadas las seis y querían irse a
casa, así que me quedé sola. Estuve pintando un poco más, pero no tardé en
cansarme, así que me senté en la mesa, saqué el portátil, y me puse con lo
que llevaba días haciendo: buscar trabajo.
Como había asumido que mis padres ya no me pagarían las clases de
francés, tenía las tardes libres, así que podía buscarme algo de media
jornada para ganar algo de dinero y poder buscar un piso compartido. Mi tía
había insistido en que podía quedarme todo el tiempo que quisiera, pero
tampoco quería estar meses en su casa, además de que un trabajo no me iría
mal para espabilarme.
La mayoría de ofertas eran una porquería, aunque ya me lo esperaba:
empleos para los que pedían saber prácticamente de todo pero pagaban una
miseria, otros con horarios imposibles… Era consciente de que no
encontraría un trabajo maravilloso que me llenara, porque todavía tenía
mucho que aprender, pero quería encontrar algo que al menos fuera decente.
Apliqué para un par de trabajos, uno de recepcionista y otro de cajera, pero
tampoco tenía demasiadas esperanzas de que me fueran a llamar.
Aunque lo enfocara con pesimismo, era gratificante sentir que estaba algo
más cerca de ser independiente, de hacer mi vida sin depender de mis
padres y sin tener que aguantar sus chantajes emocionales. Nina todavía
pensaba que iba a terminar volviendo a casa, pero yo cada vez tenía más
claro que no iba a ser así. Y, si ella sabía lo que era mejor para sí misma,
tampoco volvería a casa de mis padres… pero eso ya estaba en sus manos.
Mi hermana seguía muy afectada por la discusión que había tenido con
ellos. Al parecer, los había llamado para contárselo —le costaba mucho
guardar secretos y le sobraba optimismo—, pensando que igual no
reaccionarían tan mal, pero la respuesta había sido incluso peor de lo que se
esperaba. Ella siempre había estado obsesionada con complacerlos y, de
hecho, ese había sido su primer acto de rebeldía. No estaba acostumbrada a
llevarles la contraria, pero ya se le pasaría el miedo. Lo que estaba claro era
que ella tampoco podía seguir viviendo así.
25
A las siete y cuarto de la mañana, antes de salir de casa, saqué a Panceta a
pasear. Mi tía había insistido en que no era necesario que lo sacara yo por
las mañanas, que ya podía hacerlo ella, pero sentía la necesidad de
contribuir a este tipo de cosas, así que no le hacía ni caso y lo sacaba yo.
Además, no me iba mal para despejarme antes de ir a clase.
En cuanto volvimos, le puse el desayuno al perro, que movía la cola con
impaciencia mientras miraba cómo llenaba su comedero. Elvira apareció en
la cocina con la bata puesta, rascándose la nuca, justo cuando estaba lista
para irme. Ella empezaba a trabajar a las nueve, así que todavía tenía
tiempo para tomarse un café y desayunar tranquilamente, mientras que yo
solía llevarme algo en la mochila y comérmelo por el camino.
En los pocos días que llevaba viviendo con mi tía —desde el lunes, y solo
estábamos a viernes— había conseguido llegar a la hora todas las mañanas.
No era tan ilusa como para creer que iba a adoptar la puntualidad como
costumbre, porque el llegar tarde ya era prácticamente parte de mi
personalidad, pero me hacía sentir bien.
Faltaban dos minutos para las ocho cuando entré en clase. Natalia estaba
medio dormida sobre la mesa, sin ni siquiera intentar disimularlo, pero era
algo normal así que tampoco le dije nada. Según ella, era una noctámbula, e
irse a dormir temprano nunca había sido lo suyo, así que a primera hora
solía estar hecha un asco.
Silvia y Marc estaban en la última fila, hablando entre ellos y acariciándose
las manos como si estuvieran solos en el aula. Empezaba a ser un poco
molesto, porque a veces estabas con ellos y se ponían a hacer manitas. Me
ponía de los nervios. Hay gente que no sabe separar sus momentos íntimos
de los que comparte con sus amigos, y ellos eran ese tipo de personas.
Me senté con Marian, que era la única que no estaba ni a punto de entrar en
la fase REM ni atontada con su pareja, así que entre mis amigas, era la
opción más viable. Gabriel llegó justo con la profesora, y detrás de ellos
entró Leo.
Vaya.
La verdad es que no esperaba volver a verlo por clase. Había asumido que
se había rendido con la carrera, pero esa mañana parecía una persona nueva,
con su cara llena de energía contrastando con la que había llevado las
últimas veces que lo había visto, cuando parecía un muerto andante.
No nos engañaremos: estaba mejor pensando que no volvería más, pero
tampoco podía hacerle nada, ni echarlo de la carrera…. así que me iba a
tocar pasar de él.
Ni siquiera me miró antes de sentarse dos filas delante de mí. Gabriel, en
cambio, me dio una sonrisa cómplice que me hizo volver a lo que llevaba
horas pensando: habíamos quedado esa tarde para que posara para mí. Y,
por la forma en que me miró, estaba claro que él tenía las mismas
intenciones que yo.
Apenas pude concentrarme durante la primera hora, entre mis pensamientos
poco puros y el hecho de que Marian estaba aburrida y nos dedicamos a
dibujar idioteces en la hoja de apuntes. La segunda hora fue aún peor,
porque nos habíamos ido a almorzar justo antes y estaba que me caía del
sueño. Al menos era clase de dibujo, y no un tocho teórico de tres horas
como la clase anterior, pero entre el sueño y mi bloqueo con esa asignatura,
no fui demasiado productiva. Leo me miraba de reojo de vez en cuando, lo
que me ponía un poco nerviosa, porque tenía la sensación de que en
cualquier momento iba a acercarse para soltarme uno de sus rollos sobre lo
mucho que lo sentía y lo mal que lo había pasado en la vida, pero
afortunadamente no ocurrió.
—Has mejorado mucho —apuntó el profesor de dibujo cuando vio lo que
estaba haciendo, pero yo no estaba de acuerdo con él—. Se nota que te has
puesto las pilas.
—Le sigue faltando algo —murmuré, y él se llevó las manos a las caderas.
—¿Qué crees que le falta, exactamente?
—Vida.
Él soltó una pequeña carcajada, pero no como si se riera de mí, más bien
como si entendiera a qué me estaba refiriendo.
—Así que tenemos a una perfeccionista —comentó.
—Con depende de qué cosas, sí.
—¿Has probado a usar un modelo?
No pude evitar que mi mirada se desviara brevemente hacia Gabriel.
—Esta tarde lo haré —respondí—. La semana que viene tendré dibujos
mucho mejores.
Él se quedó callado unos segundos antes de volver a hablar.
—Da gusto tener a gente en clase que se lo tome tan en serio.
No pude evitar sonreír, orgullosa de mí misma aunque fuera consciente de
que ese perfeccionismo a veces no me permitía ver con claridad y solo
hacía que estresarme, porque nunca estaba satisfecha con mis resultados. Al
menos solo era así con el dibujo, que era lo que realmente me gustaba,
porque en el resto de asignaturas me conformaba con aprobar.
Al salir de clase, fui a comer a casa de mi tía. Eran las dos, y no había
quedado con Gabriel hasta las siete, aunque planeaba ir antes al taller para
poder ir haciendo pruebas de color con el acrílico, porque me sentía con
ganas de usarlo.
Elvira había ido a comer con una amiga suya, así que solo estábamos
Panceta y yo en casa. Lo saqué de paseo, comí algunas sobras que había
dejado el día anterior en la nevera, y me eché media hora en el sofá. A las
cinco ya estaba de vuelta en la facultad, sentada en el taburete que usaba
habitualmente, mirando el lienzo en blanco que había delante de mí con una
ceja levantada, como si esperara que me viniera alguna especie de
inspiración divina.
Apenas había un par de personas en el taller, concentradas en su trabajo, al
igual que la profesora, que iba entrando y saliendo del aula sin prestarnos
demasiada atención, aunque normalmente estaba bastante por nosotros.
—Ari, hoy me tengo que ir antes —me dijo hacia las seis, cuando solo
quedábamos dos alumnos en el taller—. Tengo médico con mi hija, así que
en media hora me tendré que ir. Te dejo las llaves encima de mi mesa, cierra
y dáselas al conserje cuando salgas. Supongo que ya sabes que la facultad
cierra a las nueve y media, que te veo capaz de quedarte aquí hasta mañana.
Reí, y negué con la cabeza, aunque por dentro estaba dando saltos de
alegría porque eso significaba que, oficialmente, tenía el taller para mí sola
hasta la hora de cerrar… Eso si el chico que estaba pintando un cuadro
enorme se iba, claro.
—Tranquila, por ahora no estoy tan obsesionada.
—Es fácil obsesionarse con estas cosas —me advirtió, y asentí con la
cabeza antes de que ella se despidiera y se fuera.
Eran casi las siete cuando el chico del cuadro colosal decidió que ya había
maltratado suficiente sus brazos intentando llegar a la parte de arriba del
lienzo y empezó a recoger. Respiré, aliviada, porque parecía que esa tarde
todo se había puesto a mi favor para poder estar a solas con Gabriel.
Además, tenía las llaves, lo que significaba que podía cerrar la puerta para
que nadie nos molestara.
Empecé a recoger los varios tubos de acrílico que había ido dejando por el
suelo sin quitarme los auriculares, escuchando una lista de música de
relajación que había encontrado pocos días antes. Movía el cuerpo
lentamente, al ritmo de la música, de una forma sutil y casi sin darme
cuenta, cuando noté una mano en mi cadera. Pegué un bote, sobresaltada, y
cuando me giré vi a Gabriel reírse.
Me quité los auriculares y lo empujé por los hombros.
—Que casi me matas del susto, hombre —me quejé.
—Ese “casi” es importante. ¿Me desnudo ya?
—Qué impaciente.
Él solo me dio una sonrisa. Había una parte del aula en la que había una
especie de tarima, puesta allí especialmente para que los modelos pudieran
posar, así que le indiqué que se sentara allí. Puse el caballete delante
mientras Gabriel se ponía cómodo sobre el taburete. Puse una tabla de
madera, porque iba a trabajar sobre papel, y no sobre lienzo, y pegué la hoja
con cinta adhesiva.
Empecé a dibujar mientras él se dedicaba a mirar alrededor del aula,
intentando quedarse quieto, pero no tardó ni cinco minutos en volver a
hablar.
—Me aburro.
—Eres el peor modelo del mundo.
—Pues soy el único que tienes, así que me vas a tener que aguantar.
—Qué remedio… —murmuré mientras volvía mi atención al dibujo.
Hice varios esbozos rápidos, que fui dejando sobre la mesa a medida que
los terminaba.
—Ahora necesitaré que te quites la camiseta —le pedí.
—Uy, no sé, hace un poco de frío…
—Pero si te estás muriendo de ganas.
Él se echó a reír y obedeció, sacándose la camiseta azul que llevaba antes
de dejarla en el suelo de cualquier manera. No pude evitar quedarme
mirándolo durante unos segundos, sin ningún tipo de disimulo. Ya lo había
visto sin camiseta tiempo atrás, cuando me quedé a dormir en su casa y me
lo encontré durmiendo en el sofá solo en pantalones, pero aun así me sentía
fascinada. No diría que estaba especialmente musculado, pero su torso
estaba definido. Los abdominales se marcaban pero sin exagerar, y tenía
algunas pecas repartidas por su piel. Se movió, haciendo que sus músculos
se flexionaran, y tampoco me perdí cómo se le marcó la vena en uno de los
brazos cuando lo hizo.
Pensé que iba a soltar algún comentario ingenioso, pero no dijo nada. Se
quedó callado, mirándome con curiosidad, y tuve que hacer un esfuerzo
enorme para devolver la atención a lo que tenía que hacer. Me centré en la
parte superior de su cuerpo, en las líneas que lo formaban, y mi trazo se
aceleró cuando él hizo un movimiento para desperezarse, estirando sus
brazos hacia arriba. Estaba empezando a notar cómo todo fluía, y por fin
sentía que todo era correcto, que esos dibujos, pese a solo ser esbozos por el
momento, tenían más vida que todos los que había hecho hasta entonces.
Iba a pedirle que se deshiciera de los pantalones, pero entonces recordé que
estábamos en un aula de la facultad y podía entrar alguien en cualquier
momento, así que me levanté, ante la mirada interrogante de Gabriel, fui a
coger las llaves, que seguían sobre la mesa de la profesora, y cerré la puerta
de modo en que nadie podría abrirla.
—Bien pensado —comentó él, aunque su tono no denotaba que estuviera
bromeando.
—No creo que quieras que nadie te vea en calzoncillos —respondí.
—Me da bastante igual, si te digo la verdad… Entonces, ¿me quito los
pantalones?
—Por favor. —Sonreí, y él me devolvió el gesto.
Estuve dibujándolo mientras se los quitaba, centrándome en cómo su
cuerpo se doblaba y sus músculos se flexionaban. Lo hizo poco a poco,
seguramente teniendo en cuenta que yo estaba dibujando, y los dejó al lado
de la camiseta, en el suelo. Se quitó los calcetines y se incorporó un poco,
hasta que su espalda quedó recta. Una sutil V se dibujaba desde sus caderas
hacia el interior de sus calzoncillos, y tuve que volver a hacer un esfuerzo
para concentrarme en lo que estaba dibujando.
—¿Quieres que me siga moviendo, o me quedo quieto?
—Quieto —murmuré, concentrada en añadirle sombras al dibujo.
—A sus órdenes.
Terminé varios esbozos, y me levanté para esparcirlos todos por la mesa y
mirarlos con atención. Decidí ponerles color, pero opté por las acuarelas
porque el acrílico iba a tardar demasiado en secarse. Cogí el estuche y un
par de pinceles pequeños, porque no quería hacer dibujos demasiado
grandes, ya que sería más difícil pintarlos con las acuarelas.
—Sácame guapo, eh —dijo él, que estaba visiblemente aburrido.
—Tampoco es muy complicado —contesté sin pensarlo demasiado, y casi
pude escuchar cómo sonreía.
—Siempre recordaré este día como el día en que Ari me tiró un piropo.
—Pero si seguro que te he dicho cosas así de bonitas antes —respondí,
divertida—. Shakespeare no es nadie a mi lado.
Él soltó una carcajada, y yo sonreí antes de volver al trabajo.
Cuando quise darme cuenta, había pasado casi una hora, y la mesa estaba
llena de esbozos y algunos dibujos más elaborados. Habíamos probado
diferentes poses, y la verdad es que cada vez estaba más satisfecha con los
resultados… y con las vistas que tenía, que podía tocar si solo caminaba
unos metros, algo de lo que cada vez tenía más ganas. El ambiente se había
ido cargando de tensión sexual, hasta el punto en el que sentía que si no
dejaba de hacer el tonto y me levantaba, iba a estallar.
Así que lo hice. Me levanté del taburete y caminé hacia él, con su mirada
clavada en mis movimientos. Subí al escenario y me senté justo delante de
él. Toqué su tobillo, y fui subiendo la mano, acariciando su piel. Noté cómo
se tensaba, y tuve que reprimir una sonrisa para mantener mi expresión
seria. Llegué a sus calzoncillos, y subí, evitando expresamente la zona del
centro, hasta meter la punta de mi dedo índice en el elástico.
—Voy a necesitar que te quites esto —murmuré.
Él tardó unos segundos, pero empezó a quitárselos poco a poco, sin dejar de
mirarme. Los bajó por sus piernas, dejándome ver esa parte de su cuerpo
que llevaba tiempo queriendo descubrir, donde se estaba empezando a
formar una erección. Se sacó ese último trozo de tela que había en su
cuerpo y lo tiró hacia atrás, sin ni siquiera mirar a dónde iba a parar. Hubo
un breve silencio antes de que él hablara.
—Vas a tener que volver al caballete, ¿no?
Hice como que me lo pensaba.
—Creo que, esta vez, voy a pasar.
Me puse de rodillas delante de él, y llevé una mano a su nuca, invitándolo a
bajar la cabeza para poder besarlo. Empecé a hacerlo poco a poco,
saboreando sus labios y dejándole probar mi lengua de vez en cuando, pero
pronto nos estábamos devorando con ansias. Llevé una de mis manos a su
polla y, cuando noté que ya estaba dura, sonreí en sus labios. Me aparté para
besar su cuello, su pecho, su abdomen, su ombligo… Gabriel gimió cuando
dejé un beso húmedo en la punta de su miembro, y una de sus manos se
enredó en mi pelo en lo que pareció casi un acto reflejo.
Abrí la boca y lo introduje dentro, hasta llegar al fondo. Él volvió a gemir y
su agarre en mi pelo aumentó, haciéndome un poco de daño, cosa que solo
hizo que calentarme más. Empecé a subir y bajar mis labios por su longitud,
poco a poco al principio, pero no tardé en aumentar la velocidad. Gabriel
gruñó cuando empecé a ir más rápido, y a los pocos minutos tiró de mi pelo
con suavidad para indicarme que me apartara. Lo hice, y lo miré.
—Es un poco injusto que yo esté desnudo y tú todavía lleves toda la ropa
puesta.
Sonreí antes de levantarme. Me saqué el jersey, tomándome mi tiempo
mientras su mirada permanecía fija en mí. No llevaba sujetador, así que la
parte superior de mi cuerpo quedó desnuda en cuanto me deshice de la
camiseta. Llevó su mano a mi espalda y me acercó a él para darme un corto
beso antes de llevar su boca directamente a uno de mis pezones. Gemí
cuando noté su lengua caliente jugando con él, y me apreté contra su boca
de forma involuntaria, buscando más. Su otra mano pellizcó el otro pezón,
provocando un calor casi insoportable entre mis piernas, y empecé a
quitarme los pantalones mientras él seguía dándome placer con su boca.
Ni siquiera me quité las bragas antes de sentarme encima de él, cuando mis
pantalones ya estaban en el suelo, y volví a besarlo. Jugué con su lengua
mientras mis manos no paraban de acariciar su cuerpo, y empecé a
moverme para rozar su polla con mi centro. Él se cogió el miembro con la
mano y frotó la punta contra mi entrada, todavía cubierta por la tela de mis
bragas.
—Condón —murmuró, más para sí mismo que para mí, y se inclinó hacia el
suelo para buscar sus pantalones.
Tuvo que estirarse hacia atrás para cogerlos pero, en cuanto lo hizo, apenas
tardó un par de segundos en encontrar lo que buscaba. Sacó el paquete
metálico del bolsillo de sus pantalones y yo me levanté para poder
ponérselo.
—Alguien ha venido preparado —comenté, divertida, y él sonrió.
—Algo me decía que hoy terminaría pasando esto.
Cogí el paquete de su mano y lo abrí para coger el preservativo y
desenrollarlo por su longitud. Me deshice de mis bragas rápidamente y no
perdí más tiempo. Me senté, introduciéndolo dentro de mí, y ambos
gemimos cuando llegué hasta abajo. Me sujetó de las caderas con las manos
y empecé a moverme lentamente, notando cómo entraba y salía de mí.
Cerré los ojos y dejé que la sensación me invadiera. Cuando los volví a
abrir, Gabriel me miraba con la boca entreabierta. Su expresión de placer
fue todo lo que necesité para aumentar el ritmo, tanto que pronto tuve que
taparme la boca con una mano porque mis gemidos empezaban a ser
demasiado altos.
De repente, él me pasó un brazo por la cintura y se levantó, llevándome
consigo. Me tumbó en el suelo con delicadeza, para no hacerme daño, pero
en cuanto se colocó encima de mí, empezó a embestirme con fuerza. Mordí
su hombro, intentando no gritar, y él gruñó mientras seguía entrando y
saliendo con rapidez. Estuvimos así durante varios minutos, hasta que lo
empujé hacia atrás y me puse yo encima, retomando el control. Lo besé
para acallar nuestros gemidos y pronto él empezó a embestir hacia arriba,
indicando que estaba a punto, hasta que noté cómo su polla se contraía y se
empezaba a correr, apretando mi culo con fuerza hacia él.
Pero al parecer no estaba del todo satisfecho, porque me volvió a tumbar y
metió su cabeza entre mis piernas. Yo no podía estarme quieta del placer
que me estaba dando con su lengua, y estaba a punto de llegar cuando
alguien intentó abrir la puerta. Gabriel paró, y nos miramos.
—No me jodas —susurré.
El ser inoportuno que estaba fuera pareció no entender que el aula estaba
cerrada, porque volvió a intentar abrir la puerta. Gabriel me dio una sonrisa
malévola antes de volver a lo que estaba haciendo, y me volví a tapar la
boca para no gemir, porque seguro que nos escucharían. La persona llamó a
la puerta mientras yo empezaba a mover mis caderas hacia la boca del
rubio, buscando la liberación, y tuve que morderme la mano cuando llegué
al orgasmo.
Gabriel se tumbó a mi lado, con una sonrisa en la cara. Su cuerpo brillaba
por el sudor, y cuando miré hacia el mío vi que estaba igual. Me giré hacia
él y lo besé, empezando a notar cómo mi cuerpo se relajaba. La persona de
fuera del aula desistió y se fue.
—Eso no ha estado nada mal —comenté.
—¿Nada mal? —Levantó una ceja—. Si casi te arrancas la mano cuando te
has corrido.
Me eché a reír y él pasó su brazo por mi nuca, atrayéndome hacia él para
abrazarme. Dejé un beso en su pecho y cerré los ojos, sintiéndome en el
cielo.
26
—Mierda —mascullé cuando uno de los rollos de papel que llevaba cayó al
suelo.
Tuve que agacharme poco a poco para recogerlo, porque estaba segura de
que, como se me cayera algo más, iba a gritar de frustración.
Eso de hacer muchas cosas a la vez nunca había sido lo mío, así que no
comprendía cómo había podido pensar que llevar cuatro rollos de papel
para pintar debajo de los brazos, varias brochas en el bolsillo trasero del
pantalón y los tubos de pintura en las manos iba a salir bien.
—Eres un desastre —escuché que decía Natalia antes de que se agachara
rápidamente para coger lo que se me había caído—. ¿A quién se le ocurre ir
así de cargada? Haber hecho más viajes, mujer.
—Es que voy con el tiempo justo —me defendí—. Tengo que dejar todo
esto en el taller, y luego ir a mirar una habitación.
—¿Ya estás mirando pisos? Pero si todavía no has encontrado trabajo.
—Ya, pero esta habitación estará disponible a partir de mediados de mayo y
me gusta mucho, así que tendré tiempo para buscar un trabajo. Además,
mañana tengo una entrevista.
—¿De qué? —inquirió.
—De recepcionista en un gimnasio.
Ella hizo un gesto de aprobación con la cabeza mientras me quitaba algunas
de las muchas cosas que llevaba encima para ayudarme. Las subimos hasta
el taller de pintura y, aunque iba casi a diario, siempre que entraba y veía el
escenario, no podía evitar recordar lo que había pasado allí hacía ya casi
dos semanas.
Había estado muy ocupada desde entonces, tanto buscando trabajo como
creando un montón de material para las evaluaciones de dibujo, aunque
todavía quedaba más de un mes para eso. Aun así, el profesor estaba
contento conmigo, y decía que había progresado mucho, algo que yo
también había notado. Con Gabriel no había pasado demasiado tiempo, a
parte de algún beso furtivo cuando nos encontrábamos a solas, y tenía ganas
de estar con él, pero estaba tan liada que el tiempo me había pasado
volando.
Dejé las cosas en la zona que solía ocupar, asegurándome de guardarme el
sitio porque, aunque solía venir poca gente al taller, esos últimos días se
había empezado a llenar. Cómo se notaba que quedaba poco para la época
de entregas.
Me despedí de Natalia, que había decidido quedarse en el taller para
avanzar un poco en sus dibujos, y fui hacia la dirección que el propietario
del piso que iba a ver me había mandado. La ubicación era ideal, porque
quedaba a apenas diez minutos a pie de la facultad, lo que significaba que
ya no tendría que ir apretada como una sardina en el metro cada mañana.
El piso no era demasiado grande, pero la habitación en la que estaba
interesada tenía una cama doble y entraba mucha luz por la ventana, así que
ya me iba bien. Si me lo quedaba, lo tendría que compartir con dos chicas,
un chico y un gato. Debo decir que lo del gato le sumaba muchos puntos al
piso. Al parecer era de una de las chicas, pero campaba a sus anchas por las
zonas comunes.
Era el segundo piso que visitaba —había ido a ver uno un par de días antes,
pero no me había convencido—, pero me gustó mucho. No era barato —no
existían habitaciones a precios razonables en Barcelona—, pero entraba
dentro de lo que tenía planeado gastar, y mira que todavía no tenía trabajo,
pero había calculado lo que podría cobrar con un trabajo a media jornada, y
salía a cuenta.
Así que, pese a no tener ni idea de si iba a encontrar trabajo, le dije que sí al
propietario. Tenía ahorros, aunque no quería gastarlos, así que a una mala
podría tirar de allí durante un tiempo. Todavía quedaba más de un mes para
que la habitación estuviera disponible, así que tenía tiempo.
Volví a la facultad con las energías renovadas. Cuando estaba entrando por
la puerta, saqué el móvil para ver la hora, pero un mensaje llamó mi
atención. Era de mi madre. Solo ponía “Puedes volver a casa, si quieres”.
Solté una carcajada, negué con la cabeza para mí misma, sin poder creerme
lo que acababa de leer, y guardé el móvil de nuevo en mi bolsillo.
No tenía ninguna intención de volver. Desde que ya no estaba en esa casa,
hacía ya casi tres semanas, pese a haber estado muy ocupada, estaba en un
estado de relajación que no había sido capaz de experimentar antes. Ya no
tenía miedo de qué iba a encontrarme al llegar a casa, no me iba a dormir
enfadada por la discusión de turno que hubiera habido esa noche, y no tenía
que vigilar todo lo que hacía y decía, porque ya nadie me reprochaba nada.
Había sido como una limpieza de malas energías, así que supongo que
debía darle las gracias a mi madre por haberme echado de malas maneras,
porque me había cambiado la vida.
Subí de nuevo hacia el taller de pintura, donde pude contar seis personas, lo
que era todo un récord. La profesora, Rosa —sí, se llamaba como mi madre,
pero no se parecían en nada— se acercó a mí en cuanto me senté delante del
caballete.
—¿Cómo lo llevas? —me preguntó—. ¿Qué vas a hacer hoy?
—Pues todavía no lo sé —murmuré, rascándome un hombro—. Creo que
seguiré trabajando sobre el cuerpo.
Ella se quedó callada, pensativa, mientras miraba los dibujos que
sobresalían de mi carpeta en la mesa de mi lado. Empecé a poner el papel
en el caballete, y ella tardó varios minutos en volver a hablar.
—¿Has pensado en presentarte a alguna beca?
Levanté las cejas.
—¿Una beca?
Ella asintió con la cabeza.
—Natalia me ha comentado que estás buscando trabajo, así que quizás no
tengas mucho tiempo, pero podrías probar a presentarte a alguna beca. De
hecho, hay una muy interesante que abre convocatoria la semana que viene.
—Y, ¿qué ganas con las becas?
—Depende de la beca —respondió—. La que abre la semana que viene, por
ejemplo, ofrece tres mil euros y la posibilidad de exponer en una galería
bastante buena. Sería una buena oportunidad para que puedas desarrollar
más tu trabajo, y para que te asesoren profesionales.
—¿Cuál es la pega?
—¿La pega? —inquirió ella.
—Algo malo tiene que tener —expliqué—. ¿Les tendré que vender el alma?
Rosa rio.
—No, no tienes que venderles el alma. —Negó con la cabeza, divertida—.
Tienes que mostrarles tu proceso cada cierto tiempo, y si tus obras se
venden, se llevan una comisión bastante alta.
—Pues no suena mal —murmuré, dándole vueltas al tema—. Pero, ¿tú
crees que les van a interesar mis dibujos?
—En apenas un mes tienes un dominio del acrílico que mucha gente tarda
meses en tener —comentó—. Además, se nota que has trabajado
obsesivamente el tema del cuerpo, porque también has progresado
muchísimo, y estás empezando a crear un estilo propio. Yo que tú trabajaría
en ello durante un mes más, porque la convocatoria cierra a finales de junio,
y luego haría una selección para mandársela. Entiendo que si vas a empezar
a trabajar puede ser un poco complicado, pero yo no desperdiciaría la
oportunidad. Inténtalo. Creo que tienes muchas posibilidades de que te den
la beca.
No pude evitar sonreír con timidez, aunque ese no era un rasgo habitual en
mí, pero es que no estaba acostumbrada a los piropos hacia mis habilidades
artísticas.
—Gracias.
Ella solo me devolvió la sonrisa antes de irse hacia su mesa.
Paradójicamente, el saber que tenía un objetivo nuevo para mis dibujos hizo
que me bloqueara. Tiré varias hojas de papel que contenían dibujos
descartados durante la primera hora, incapaz de sacar algo satisfactorio, y a
las siete estaba sentada en el taburete, mirando a la hoja de papel en blanco
con odio, cuando me vino una idea a la cabeza.
Me levanté y fui hacia la mesa de la profesora con decisión. Ella levantó la
vista en cuanto me escuchó acercarme, mirándome por encima de sus gafas,
y me paré delante de ella.
—En los dibujos que mande para la beca, ¿puede haber colaboraciones? —
le pregunté.
—Supongo que sí —contestó—. Te he mandado las bases por mail.
—Gracias. —Sonreí, antes de salir por la puerta del aula ante su expresión
confusa.
No tenía ni idea de si Gabriel estaría en el taller de foto, pero estaba
demasiado energizada por lo que se me acababa de ocurrir como para
pararme a mandarle un mensaje y esperar su respuesta, así que me dirigí
hacia el piso de arriba.
El pasillo estaba desierto, algo normal teniendo en cuenta que la mayoría de
la gente estaba o bien en clase —los que hacían el turno de tardes—, en la
biblioteca, en su casa o en los talleres.
Caminé hacia la puerta del taller de fotografía y, en cuanto la divisé, alguien
me tocó el brazo y di un salto, sorprendida.
Gabriel se echó a reír y me giré hacia él antes de pasarme una mano por la
cara, intentando recuperarme del susto.
—Tienes una costumbre horrible de darme semi infartos —lo regañé, pero
eso solo lo hizo sonreír más.
—¿Me vas a castigar?
—Podría, sí —respondí, recuperando la compostura y llevándome las
manos a las caderas, como si estuviera pensando en una buena forma de
castigarlo.
—Ya sabes que yo no me quejaré.
—Pues entonces no tiene gracia.
Lejos de contestarme, tiró de mí hasta que estuve pegada a su cuerpo, y me
besó. Nos podía ver cualquier persona, aunque estábamos en el último piso
y no se oía ni un alma, pero eso solo le añadía diversión a nuestro juego.
Lo que no me esperaba era que Leo apareciera por la puerta que daba a las
escaleras y se quedara de pie, congelado, mirándonos.
Me separé de Gabriel de forma instintiva y el rubio carraspeó, notablemente
incómodo con la situación que acababa de crearse. Leo cambió la expresión
con rapidez, pasando de la sorpresa a una sonrisa que no me gustó nada.
Soltó una carcajada y se fue, como si no hubiera pasado nada… pero me
dejó una mala sensación en el cuerpo. Me esperaba gritos, un drama, una
discusión, cualquier cosa, pero no esa reacción.
—Eso ha sido… ¿raro? —preguntó Gabriel.
—Rarísimo —coincidí.
Conseguí bloquear esa mala sensación para contarle a Gabriel por qué había
subido a verlo —e hizo un puchero cuando le aclaré que no había ido a
enrollarme con él en los baños—. Le comenté que quería seguir con lo que
habíamos estado probando unas semanas atrás de combinar la fotografía
con ilustración y pintura, y a él le pareció bien. Estuvimos mirando las
fotografías que había revelado por si podía empezar a hacer pruebas con
alguna, y seleccioné varias pero tuve que dejar la experimentación para otro
día porque ya era muy tarde.
Me robó otro beso antes de irme, lo que me dejó sonriendo como una tonta
en todo el camino de vuelta a casa, y cuando llegué preparé la cena, cené
con Elvira, saqué a Panceta y terminé cayendo rendida en la cama.
No eran ni las once cuando empecé a quedarme dormida, y escuché cómo
mi móvil vibraba varias veces sobre la mesita de noche, indicando que
estaba recibiendo mensajes, pero no le hice demasiado caso porque no me
sentía capaz de alargar la mano para cogerlo. Fue cuando las vibraciones se
volvieron más constantes, lo que significaba que alguien me estaba
llamando, que decidí hacer el gesto para coger el aparato. Vi que era Silvia,
lo que me extrañó porque no solía llamarme, y presioné el botón verde
antes de llevarme el móvil a la oreja.
—¿Sí? —dije, esforzándome por no hablar arrastrando las palabras.
—¿Has visto lo de Instagram? —preguntó, notablemente nerviosa.
—¿El qué?
—Tía, abre el Instagram —insistió.
—Voy, voy —balbuceé.
Aparté el móvil de mi oreja y lo puse en altavoz para poder hablar con
Silvia mientras entraba en Instagram. Me salió una notificación de que
alguien me había etiquetado en una foto, y cuando vi la imagen en cuestión,
se me pasó el sueño de golpe.
Era yo, desnuda, echada en la cama de mi habitación en casa de mis padres.
Me incorporé, sin comprender qué diablos estaba pasando. Era un usuario
que no reconocía, con números y letras aleatorias de nombre. No tenía
imagen de perfil, y la única foto que tenía colgada era la mía. Estaba claro
que era un perfil falso, y fue entonces cuando lo supe.
Había sido Leo.
27
Salí al balcón, con una repentina necesidad de que me diera el aire. Me
senté en una de las sillas que había allí y me dediqué a mirar la foto de
nuevo, intentando comprender cómo y, sobre todo cuándo, me había hecho
esa foto, porque me costaba recordarlo. Entonces me vino a la cabeza. Un
día, habíamos tomado un par de copas y estábamos teniendo sexo y riendo,
cuando él sacó el móvil y me hizo una foto. Yo me había reído, porque
confiaba en él, pero le había pedido que la borrara, algo que claramente no
había hecho.
Y me daba rabia, porque en esa foto yo salía desnuda y riendo, estando en
la cama con una persona a quien no creía capaz de hacerme daño, y ahora
cualquier persona con acceso a Internet podía verla. Eso me llevaba a la
pregunta que más me hacía comerme la cabeza: ¿por qué?
¿Qué necesidad había tenido Leo de hacer eso? Era evidente que había sido
él, porque era el que tenía la foto —aunque ahora empezaba a dudar de que
no se la hubiera mandado a nadie—, y porque era demasiada coincidencia
que la foto hubiera sido publicada justo el día en que me había pillado
besándome con Gabriel. Pero es que yo nunca le haría algo así a nadie,
aunque me hubiera hecho mucho daño, ni se me pasaría por la cabeza…
aunque estaba claro que ese chaval seguía un proceso mental que yo era
incapaz de comprender. Y tampoco es que quisiera comprenderlo. No quería
saber cómo pensaba una persona que era capaz de hacer eso, porque yo no
era así en absoluto.
Había tantas cosas en mi cabeza que apenas podía concentrarme en una
sola, y las preocupaciones parecieron acumularse en mi pecho y mi
garganta, creando tapones que me impedían respirar con normalidad.
Bloqueé la pantalla del móvil, intentando alejar la imagen de mi vista, pero
es que ya estaba incrustada en mi cabeza. Enterré la cabeza entre mis manos
e intenté respirar hondo para calmarme y ser capaz de decidir qué hacer a
continuación, pero no podía.
Escuché la puerta corredera del balcón abrirse, y me giré para ver a Elvira
mirándome con una ceja levantada. Panceta iba detrás de ella, siempre fiel a
su compañera, y también me miraba con curiosidad.
—¿Va todo bien? —inquirió mi tía.
—Sí, sí, todo b… —empecé, pero un sollozo que no me esperaba me
impidió seguir hablando, y tuve que mirar a un punto fijo de la mesa para
no echarme a llorar.
—Está claro que no —murmuró antes de sentarse delante de mí—.
¿Quieres hablar de ello?
Inhalé con fuerza y solté el aire poco a poco, como la psicóloga a la que
había acudido hasta apenas un año atrás me había enseñado a hacer cuando
tenía ansiedad, y asentí lentamente con la cabeza. No tenía ni idea de qué
hacer, y sabía que Elvira podía ayudarme y no me iba a juzgar. De repente
me vinieron mis padres a la cabeza, el cómo reaccionarían si vieran esa
foto, y empecé a marearme porque estaba claro que ellos no eran como mi
tía. Necesitaba que esa foto desapareciera.
—Hay una foto mía en Instagram —empecé, y cuando mi voz salió ronca
carraspeé para continuar—. Salgo desnuda. Estoy bastante segura de que la
ha subido mi ex.
Elvira cerró los ojos, se masajeó las sienes, y mi ansiedad se incrementó
porque pensé que me iba a regañar.
—Ni una carrera y años de experiencia como psicóloga me han preparado
para entender por qué los hombres hacen estas cosas —dijo, negando con la
cabeza, y luego se serenó antes de mirarme—. Hay protocolos para
denunciar estas cosas. No solo en Instagram para que lo borren, también a
nivel penal. ¿Es lo que quieres hacer?
—Lo único que quiero es que borren la foto —murmuré, pero luego lo
pensé bien. Estaba harta de ese cabrón, y si la única consecuencia de sus
actos era que borraran la foto, no tardaría en volver a hacerlo. De repente,
me invadió una rabia enorme, incluso más fuerte que la que había sentido
cuando me había encontrado a ese energúmeno enrollándose con otra, y
golpeé la mesa con mi puño, haciendo que mi tía se sobresaltara y que
Panceta se acercara a mí con entusiasmo, como si se pensara que iba a jugar
con él. Entonces volví a hablar—. No. Quiero que pague por lo que ha
hecho. Quiero que no se atreva a volver a hacerlo, ni conmigo ni con
ninguna chica más.
Elvira asintió con la cabeza.
—Pues manos a la obra.
En ese momento mi móvil sonó, y leí el nombre de Marian en la pantalla.
Había estado hablando con Silvia poco antes, y Natalia me había escrito una
retahíla de insultos dirigidos a Leo antes de preguntarme si estaba bien y si
quería que me llamara, a lo que le había contestado que no hacía falta.
Cogí el móvil y deslizé el pulgar por el botón verde antes de llevarlo a mi
oreja.
—Tía, acabo de verlo, estoy flipando —me dijo sin ni siquiera darme las
buenas noches—. ¿Estás bien? ¿Cómo te sientes? ¿Lo quieres matar?
Porque yo sí, y conozco a un par de personas del barrio que son amigos de
mi padre y podrían darle un susto…
—No hará falta. —Reí, aunque por dentro estaba hecha un desastre, porque
las ocurrencias de Marian siempre conseguían sacarme una sonrisa—.
Estoy… No sé cómo estoy. Lo quiero matar, pero con mi tía estamos
hablando de denunciarlo.
—Eso, eso, denúncialo —empezó, animada, pero luego se calló unos
segundos antes de volver a hablar—. ¿Cómo se denuncia eso?
—No lo sé, ahora me lo explicará mi tía, que creo que sabe cómo se hace.
—Miré a Elvira, que volvió a asentir con la cabeza.
—Pues te dejo para que hables con ella —contestó Marian—. Si necesitas
cualquier cosa llámame, aunque sean las cinco de la mañana. O sea, no me
llames a las cinco para preguntarme si tenemos deberes ni nada de eso
porque te mataré, pero si te sientes mal puedes llamarme cuando quieras,
ya lo sabes.
Solté una carcajada.
—Gracias —le dije con honestidad—. Eres la mejor.
—Eso dicen, y yo estoy bastante de acuerdo —bromeó, haciéndome volver
a reír—. Nos vemos mañana… Si quieres venir a clase, claro está. Nadie te
va a culpar si no quieres venir.
—Ya veré si voy —contesté, porque todavía no había pensado en eso, en
que al día siguiente tendría que entrar en una clase llena de gente que
probablemente habría visto la foto.
Colgué antes de volver a dejar el móvil encima de la mesa, y miré a mi tía.
Ella se levantó sin decir nada, entró de nuevo en el salón, y volvió a salir
poco después con su portátil.
—No hace mucho a una chica a la que trato le pasó algo parecido —me
comentó, levantando la pantalla del ordenador para pulsar el botón de
encendido—. Ella llevó el procedimiento a cabo con abogados, pero hay
unos primeros pasos que se deben seguir. Necesitamos capturas de pantalla,
y poder demostrar de alguna forma que ha sido él. Si él es el único que tenía
la foto, es más fácil de demostrar, pero teniendo en cuenta que ha
demostrado ser un gilipollas integral, igual se la pasó a alguien.
Hice un gesto de asentimiento con la cabeza, intentando buscar maneras de
demostrar que había sido Leo, pero tenía demasiadas cosas en la cabeza
como para centrarme en una sola.
Elvira pareció ver que estaba teniendo problemas para pensar, porque
volvió a hablar.
—Mira, haremos una cosa: vamos a entrar en la web del Gobierno que te
ayuda a denunciar estas cosas, y nos lo vamos a leer bien para que nos
quede claro —sugirió—. ¿Te parece bien?
—Vale —murmuré.
Ella llevó una de sus manos a la mía, que estaba sobre la mesa, y dejó una
caricia en mi piel con su pulgar.
—Todo saldrá bien —me aseguró—. El mundo está lleno de gente de
mierda, pero cada vez hay más recursos para que paguen por lo que hacen.
No te voy a decir que la justicia es una maravilla, porque no lo es, pero nos
encargaremos de que este imbécil no se vaya de rositas.
—Pero… —empecé, y tuve que respirar hondo antes de seguir hablando
para no ponerme a llorar—. ¿Cómo ha podido hacerme esto? Es que yo
nunca le haría algo así a nadie, en la vida…
—Lo sé, Ariadna, lo sé —dijo, volviendo a acariciar el dorso de mi mano
con su pulgar—. A mí a veces también me cuesta entender por qué la gente
hace estas cosas, y mira que es mi trabajo. El mundo es así: hay gente
egoísta, gente sin empatía, gente que está vacía por dentro, gente que
disfruta haciéndole daño a los demás, y también gente que está en un mal
momento de su vida o está confundida y su forma de reaccionar es haciendo
daño. No sé cuál de todos estos es tu ex, pero no te ofusques intentando
comprenderlo. Lo que sí te recomendaría, Ari, y no solo por lo que acaba de
pasar, sino por todo en general, incluyendo lo de tus padres, es que busques
ayuda. Yo no podría hacerte de terapeuta porque sería muy difícil para mí
ser objetiva teniendo en cuenta que eres mi sobrina, pero tengo compañeras
fantásticas que podrían ayudarte.
—No tengo dinero para eso —murmuré—. Ya he aceptado una habitación
para mudarme en apenas un mes, y tengo que buscar trabajo…
—No te preocupes por el dinero.
—Ni hablar. —Negué con la cabeza—. Ya suficiente estás haciendo por mí
dejando que me quede en tu casa sin pagar nada, no voy a dejar que
además…
—Ariadna Dalmau, escúchame bien —me interrumpió, con seriedad pero
sin apartar su mano de la mía—. Eres mi sobrina, y estoy aquí para todo lo
que necesites. Has tenido muy mala suerte con los padres que te han tocado,
y sé que fuiste a terapia y la tuviste que pagar tú con los pocos ahorros que
tenías porque tus padres no creen en estas cosas. No es justo, y no pienso
quedarme de brazos cruzados mirando cómo te hundes cuando te podría
estar ayudando. La salud mental es muy importante, y hay que cuidarla.
Vivo sola, mis únicos gastos son los míos y los de Panceta, y no me
representa ningún esfuerzo ayudarte en este sentido. Así que ahora vas a
dejar de ser tan tozuda, vas a aceptar que te dé el teléfono de alguna de mis
compañeras para que concertéis una cita, y vamos a ponernos a leer la
página del Gobierno que trata la difusión no autorizada de imágenes
sexuales.
Solo pude asentir con la cabeza, abrumada por todo lo que me había dicho,
y ella abrió la página web mencionada para ponerse a leerla conmigo.
Una hora más tarde, después de haber mandado capturas de pantalla, datos,
explicaciones y no sé cuántas cosas más, habíamos tramitado la denuncia, a
parte de haber denunciado la publicación en Instagram. Había conseguido
obtener algunas de las letras del mail con el que se había creado el usuario
falso que había subido la foto, con la opción de “he olvidado mi
contraseña”, y coincidían con las del correo electrónico de Leo.
Me eché en la cama a la una y cuarto de la mañana, mentalmente agotada,
pero no podía dormir. No paraba de entrar en Instagram para ver si ya
habían eliminado la foto. No fue hasta pasadas las dos de la mañana que la
foto desapareció de la plataforma. Me sorprendió la rapidez, pero lo
agradecí porque por fin pude quedarme dormida.

A la mañana siguiente, me despertó el sonido de la alarma que tenía


programada para las siete menos cuarto. Solté un gruñido, removiéndome
en la cama y queriendo dormir más, pero en cuanto el recuerdo de todo lo
que había pasado la noche anterior apareció con claridad en mi cabeza, me
desperté de golpe. La ansiedad me invadió de repente y me incorporé,
intentando hacer los ejercicios de respiración que ya conocía. Conseguí
calmarme un poco, y me levanté de la cama. Escuché ruidos por la casa,
indicando que Elvira ya estaba despierta, algo inusual teniendo en cuenta
que solía levantarse poco antes de que yo saliera de casa.
Panceta me recibió con alegría en cuanto abrí la puerta de mi habitación,
con la toalla en el hombro para irme a la ducha. Acaricié su barriga, a lo que
él respondió tumbándose en el suelo boca arriba para que pudiera
acariciarlo mejor.
—Buenos días, guapo —le dije, en un intento por hacer como que esa era
una mañana normal, aunque no lo era ni de lejos, porque ni siquiera sabía si
iba a ir a clase.
Elvira cantaba en voz baja una canción que reconocí pero no supe nombrar,
y decidí que la saludaría luego, después de la ducha.
El agua caliente cayó sobre mi cabeza y consiguió que mi tenso cuerpo se
relajara un poco. Noté cómo mis extremidades se desentumecían y cerré los
ojos, disfrutando de la sensación. Mi cabeza seguía hecha un lío, pero
empecé a pensar con más claridad, y fue entonces cuando tomé la decisión
de que iba a ir a clase. Quedaban pocas semanas para terminar el curso, y
no iba a estar perdiendo clases solo porque un imbécil resentido hubiera
querido hacerme daño. Y si a la gente de clase le parecía mal o divertido lo
que habían visto, entonces el problema era suyo. Yo no tenía por qué estar
escondiéndome. Además, teniendo en cuenta lo cobarde que era Leo, no iba
a tener que enfrentarme a él porque no estaría en clase.
Quedaba la posibilidad de que me diera un bajón en clase, pero sabía que
mis amigas estarían ahí para ayudarme, y que podía volver a casa si quería.
Salí de la ducha sintiéndome muy segura de mí misma, aunque era
consciente de que la sensación duraría poco. Fui a mi habitación, seguida
por Panceta, y me vestí con lo primero que encontré. Me habría gustado
salir de casa en pijama, pero me obligué a ponerme unos tejanos, un top con
estampado de zebra que me gustaba mucho, y la chaqueta verde que me
había encantado en cuanto la había visto y que Elvira me había dicho que
me regalaba, porque llevaba años sin usarla. No me maquillaba todos los
días, pero esa mañana quise hacerme la raya del ojo. Había estado mirando
tutoriales por internet sobre las nuevas tendencias para maquillarse los ojos,
así que quise aplicar alguna de las cosas que había aprendido. Entré en la
cocina, saludé a mi tía, que sonrió al verme tan animada, pero no dudó en
preguntarme si estaba bien. Respondí afirmativamente, me tomé un café y
un plátano, y a las siete y media ya tenía los dientes lavados y estaba
saliendo de casa.
Mi fuerza de voluntad empezó a flaquear mientras bajaba las escaleras
hacia la puerta principal del edificio, porque todas las inseguridades se
arremolinaron de golpe dentro de mí, y sentí la tentación de volver a casa
corriendo, o de ponerme una chaqueta menos llamativa para que nadie se
fijara en mí en clase, pero me obligué a seguir caminando. Quería que, al
menos, me diera el aire, y si seguía sintiéndome mal ya subiría a casa.
Al abrir la puerta, me encontré con Marian en medio de un gran bostezo, y
Gabriel apoyado en un árbol mirando a nuestra amiga con diversión. Silvia
y Marc entraron en mi campo de visión pocos segundos después.
—Uy, buenos días —me saludó Marian como si nada en cuanto terminó de
bostezar.
Fruncí el ceño, confundida.
—¿Qué hacéis aquí?
—Pues ir contigo a clase —contestó Marc, como si fuera evidente.
—No sabíamos si querrías ir a clase, pero hemos dicho “vamos a esperarla
abajo, por si acaso” —dijo Silvia.
Mi labio inferior empezó a temblar mientras los miraba a todos.
—Acabo de invertir diez minutos de mi vida en hacerme un eyeliner
complicadísimo, y ahora vais a hacer que lo arruine —balbuceé, intentando
contener las lágrimas.
Ellos estallaron en carcajadas, y Marian me abrazó con fuerza. Ahí sí que
empecé a llorar como una tonta. Gabriel me miró con una sonrisa antes de
unirse al abrazo, y Silvia y Marc también se unieron.
—¡Falto yo! —gritó Natalia, corriendo hacia nosotros para tirarse contra el
abrazo grupal.
—¡Eres una bruta! —gritó Marian.
—¡Y una tardona! —añadió Silvia.
—No soy una morning person —se excusó la pelirroja.
—Y ahora encima va de inglesa —murmuró Marian, y me reí entre
lágrimas.
—Sois los mejores —dije cuando empezamos a separarnos.
—Tampoco hace falta que nos hagas la pelota, eh —bromeó Natalia.
Empezamos a caminar hacia la parada del metro entre bromas y risas,
dándole una sensación de normalidad a esa inusual mañana. En un
momento del camino Gabriel y yo nos quedamos un poco atrás, y él sacó
algo de la mochila antes de tendérmelo.
—Gracias. —Sonreí antes de coger la tableta de chocolate con naranja, ese
que él sabía que me gustaba.
—He pasado por el súper, lo he visto, y he pensado en ti —bromeó,
haciendo referencia a la anterior vez que me había regalado una tableta de
ese chocolate.
—¿A las siete de la mañana? —inquirí, divertida, y él sonrió.
Su expresión se volvió algo más seria mientras yo abría el paquete.
—¿Cómo te sientes? —me preguntó, con la preocupación presente en su
tono.
Lo miré.
—Ahora, mucho mejor —contesté con honestidad, porque en ese momento
ya apenas podía pensar en el imbécil de Leo, solo en lo geniales que eran
mis amigos.
—Dudo que Leo venga a clase, así que me da que nos perderemos la lucha
a muerte que empezaría Natalia contra él —comentó, haciéndome sonreír
—. Sería gracioso, por eso. Podríamos montar un ring de boxeo, y todo.
—Eso es algo que me gustaría ver, sí.
Cuando salimos del metro y empezamos a caminar los pocos minutos que
nos separaban de la facultad, mi ansiedad fue creciendo, pero me obligué a
respirar hondo. Me forcé a pensar en que las personas de mi clase eran
estudiantes de universidad, se suponía que tenían más edad y madurez que
todos los niñatos que se habían metido conmigo en el instituto. Que quizás
ni siquiera era cierto, pero quería creerlo.
Sentí las miradas sobre mí en cuanto entré en clase, pero no hubo ningún
comentario. Estaba segura de que habrían visto la foto, porque el muy
desgraciado se había dedicado a seguir a toda la gente de nuestra clase con
la cuenta en la que había subido la foto, pero nadie dijo nada. De hecho, la
atención general apenas estuvo unos segundos centrada en mí, y luego cada
uno siguió a lo suyo, hablando entre ellos o sacando las cosas de la mochila,
como cada mañana. Se notaba que había personas que se estaban
esforzando por no mirarme, pero lo agradecí.
Gabriel me dio una mirada interrogante, y asentí con la cabeza para
indicarle que estaba todo bien. Me senté en la primera mesa que vi libre al
lado de la ventana, y Marian se sentó a mi lado. Me dediqué a arrancarme
las puntas de las uñas por los nervios mientras escuchaba, como si fuera
algo muy lejano, a la profesora entrando en clase. Miré a la docente, pero al
parecer no tenía ni idea de lo que había pasado, porque se dedicó a sacar sus
cosas del bolso de una forma muy poco apasionada. Llevaba desde esa
mañana sintiéndome paranoica, como si todos me estuvieran mirando, y
como si cada persona con la que me cruzaba hubiera visto esa foto.
Ya apenas me quedaban uñas cuando Marian me llamó.
—Ari —dijo en un murmuro cuando la profesora ya había empezado a
hablar, y giré la cabeza para mirarla.
—Dime.
—¿Qué le dice una foca a otra?
Levanté una ceja.
—¿Qué?
—I love you, mother foca —respondió, y tuve que taparme la boca para
reprimir la carcajada que me había causado la idiotez que acababa de soltar.
—Eso será una foca a su madre, ¿no? —pregunté en el tono de voz más
bajo que pude, intentando aguantarme las ganas de reír.
—Ah, sí, es verdad —contestó Marian—. Bueno, como este chiste me ha
salido rana, te cuento otro.
—Ni hablar.
—Lo voy a hacer igual. —Se encogió de hombros, divertida—. ¿Tú sabes
por qué los patos no tienen amigos?
—Por favor, no me digas que es porque son muy antipáticos.
Ella apretó los puños y me miró con el ceño fruncido.
—¡¿Es que te has leído la misma página de chistes malos que yo?! —me
recriminó en una especie de grito susurrado.
Estaba muriéndome de la risa sin intentar hacer ruido cuando la pantalla de
mi móvil, que había dejado encima de la mesa, se iluminó con un mensaje
nuevo, de un número que no tenía guardado. Fruncí el ceño y desbloqueé la
pantalla, antes de empezar a leer algo que no me esperaba, pero que me iba
a ayudar mucho en los siguientes días.
28
Número desconocido: Hey, Ari, no sé si me recuerdas. Soy Pedro, el amigo
de Leo. Nos conocimos en una cena en su casa hace unos meses. No sé si te
has enterado, supongo que sí, pero ayer Leo subió una foto tuya a
Instagram. La pasó antes por el grupo donde estamos todos, y aunque tanto
yo como Jordi (creo que también lo conoces) le dijimos que dejara de hacer
el gilipollas, la subió igual. El caso es que tengo pantallazos de lo que nos
dijo por el grupo, y si estás pensando en denunciarlo, te los puedo pasar.
Estoy hasta los cojones de sus mierdas, y yo no quiero ser amigo de una
persona que hace estas cosas. Así que si necesitas ayuda con las capturas
de pantalla o cualquier otra cosa, aquí estoy.
Terminé de leer el mensaje con las cejas tan levantadas que temí que me se
me fueran a quedar las arrugas en la frente de forma permanente. No me
esperaba algo así para nada, y menos viniendo de uno de sus amigos. Debo
decir que lo poco que recordaba de Pedro era que parecía no encajar
demasiado con el resto, y alguna vez que había caído una broma machista
los únicos que nos habíamos quejado habíamos sido él y yo. Supongo que,
como bien decía, estaba harto de sus mierdas.
—¿Todo bien? —me preguntó Marian, seguramente al ver mi expresión. No
contesté, solo le di mi móvil, y ella leyó lo que ponía en el mensaje con
interés. Cuando terminó, dejó el móvil sobre la mesa y me miró—. Bueno,
debo decir que he recuperado un poco la fe en la humanidad.
—Yo sigo flipando —admití.
—Eso es bueno, ¿no? O sea, ahora tendrás pruebas.
—Sí, supongo que es algo bueno.
No sabía muy bien qué contestar a su mensaje, así que decidí esperarme a
que terminara la clase. El tiempo pareció ralentizarse —incluso más de lo
normal—, y cuando por fin fueron las once y la profesora terminó de hablar,
cogí el móvil de nuevo para contestar a su mensaje. Le di las gracias, y le
dije que me iría genial que me pasara las capturas de pantalla. No sabía si
estaba lista para leer lo que ese imbécil habría dicho de mí en el grupo de
sus amigos, pero estaba segura de que esas capturas me iban a ayudar a
demostrar que había sido él.
Presioné el botón de “enviar” y bloqueé el móvil rápidamente antes de
guardarlo en el bolsillo de mi chaqueta, que estaba en el respaldo de la silla.
Me la puse, cogí la mochila, y me levanté.
—¿Vamos a…? —empecé a proponerle a Marian, pero entonces vi a la
coordinadora del grado en la puerta del aula, mirándome fijamente.
Levanté las cejas, sin dejar de mirar a la mujer, y me hizo un sutil gesto de
cabeza que me dejó saber que quería que fuera con ella.
—¿A…? —inquirió Marian, pero siguió mi mirada y vio lo que estaba
ocurriendo.
—Haced sin mí —le dije—. Mándame un mensaje diciéndome dónde
estáis.
—Vale.
Caminé hacia la coordinadora, que intentaba hacer como que no me estaba
mirando, y cuando estuve a su lado se dirigió a mí por primera vez.
—Eres Ariadna, ¿verdad? —preguntó, y asentí con la cabeza—. ¿Te
importaría venir a mi despacho un momento? Hay algo que quiero comentar
contigo.
Volví a asentir, y ella me dio una pequeña sonrisa antes de empezar a
caminar hacia su despacho. Noté algunas miradas sobre mí, las de mis
compañeros de clase que estaban saliendo del aula y que probablemente,
como yo, ya tenían una idea sobre lo que estaba ocurriendo. Tenía que ver
con lo de la foto, estaba casi segura.
Al llegar a su despacho, me encontré con la directora de la facultad sentada
en una de las sillas que había delante del escritorio. Fruncí el ceño, sin
entender muy bien cuál era el propósito de esa reunión.
—¿Ariadna Dalmau? —preguntó la directora.
—Sí, soy yo.
—Siéntate, por favor. —Hizo un gesto de mano hacia la silla que había a su
lado, y fui a sentarme mientras la coordinadora se colocaba en la silla del
otro lado del escritorio—. Nos han comentado que ha habido un problema
con una foto.
—Sí —murmuré, empezando a ponerme nerviosa.
—Y la persona que supuestamente ha subido esta foto sin tu consentimiento
es un alumno de esta facultad.
Me limité a asentir con la cabeza.
—Ariadna, no tienes que estar nerviosa —me aseguró la coordinadora,
mirándome con una sonrisa amable—. Desgraciadamente, este no es el
primer caso parecido que tenemos aquí, y nuestra respuesta contra estos
casos siempre es contundente. No podemos hacer nada sin pruebas, pero en
caso de que las haya, el alumno será expulsado. Aquí no toleramos este tipo
de comportamientos.
Saqué mi móvil, ante la mirada perpleja de las dos mujeres, y vi que Pedro
me había mandado varias imágenes. Justo a tiempo. Abrí la conversación, y
pude ver que se trataba de varias capturas de pantalla del chat de grupo de
Leo y sus amigos. Lo que leí me hizo querer vomitar.
Leo: Queréis ver algo gracioso???
Oriol: Define “gracioso”, por favor, que la última vez que me contaste un
chiste casi me pongo a llorar
Leo: Idiota
Leo: Os acordáis de mi ex?
Jordi: Como para no acordarnos, si te pasas el día hablando de ella
Leo: Tú sí que eres gracioso
Leo: Pues la tía va muy de santa y tal, seguro que cuando la conocisteis os
parecía una pava normal y muy correcta
Leo: Pero hoy me la he encontrado liándose con un tío, con el que seguro
que me ponía los cuernos, en medio de la uni, y mira que hace nada que lo
dejamos
Leo: Es que mirad esto, por favor, no sé cómo una tía así puede parecer tan
inocente
Leo: *Foto*
Oriol: Joooooder tío, qué tetas
Oriol: Cómo pudiste dejar escapar a una tía así???
Juan: Ua, acabo de llegar y ya estoy viendo cosas que me gustan
Juan: Está incluso más buena de lo que parecía
Leo: Calma, eh, que estás hablando de mi ex
Leo: Pero sí que está buena, sí. Una lástima que sea una zorra.
Leo: Me pregunto qué pasaría si todo el mundo viera esta foto. Seguro que
dejarían de verla como la tía respetable que hace ver que es
Pedro: Leo, qué cojones es esto???
Oriol: No te gusta? Bueno, siempre he pensado que eras un poco gay
jajajajaja
Pedro: ?????
Pedro: Qué coño haces pasando esto por aquí???
Jordi: Joder Leo, te has pasado
Jordi: Cómo crees que se sentiría la pobre chavala si supiera que vas
pasando esto? Además de que es ilegal

Leo: Pues ya sabremos cómo se sentirá, porque la acabo de subir a


Instagram
Leo: Y me la suda que sea ilegal, tampoco me va a denunciar, seguro que ni
se atreve. Va de tía dura, pero en realidad es una cagada.
Pedro: Tú eres gilipollas
Pedro: De verdad
Pedro: Estoy harto de tus mierdas
*Has abandonado el grupo*
La directora apartó la vista del móvil, con una expresión de repulsión que la
coordinadora compartía. Respiré hondo, intentando alejar la vergüenza que
sentía por el hecho de que ellas dos hubieran visto la foto y lo que decían
esos imbéciles sobre mí, porque no era culpa mía. Era algo que me estaba
costando aceptar, pero no tenía por qué sentirme avergonzada por las
acciones de otras personas.
—Creo que con esto tenemos más que suficiente —murmuró la directora.
—No creo que tampoco le afecte mucho, porque ya hace tiempo que pasa
de venir a clase —comenté.
—¿Has pensado en denunciarlo? —me preguntó la coordinadora.
—Estoy en ello —respondí—. Mi tía me está ayudando.
Estuvimos hablando unos minutos más, en los que me aseguraron que si
necesitaba cualquier cosa podía hablar con ellas, y yo les di las gracias
antes de levantarme e irme. Al salir, vi que tenía un mensaje de Marian
avisándome de que estaban en el bar de siempre, pero no tenía ganas de ir
con ellos. En vez de eso, decidí subir a la azotea.
Era la media hora libre que teníamos entre clase y clase todos los alumnos
del grado, así que no me sorprendí al encontrarme a un par de personas ahí
arriba, aunque me habría esperado a más gente. Me senté en el suelo,
apoyando mi espalda en una de las paredes, y saqué el chocolate con
naranja que me había regalado Gabriel esa mañana para empezar a
comérmelo.
No podía parar de darle vueltas a la conversación que acababa de leer, y
cuando me empezó a doler la cabeza de tanto pensar, decidí sacar mi
portátil para ponerme a revisar el portfolio que había empezado el día
anterior, antes de que toda esa locura de la foto hubiera empezado. Todavía
me quedaba bastante para tener que presentar la solicitud de la beca, pero
quería tenerlo todo listo lo antes posible para que no hubiera contratiempos.
Era una procrastinadora nata, pero esa beca me interesaba mucho, y no
quería echar a perder la oportunidad.
Empecé a revisar mis trabajos —de los que tenía fotos en el ordenador, al
menos— para seleccionar los que más me interesaba mostrar, y me encontré
con las pruebas que había estado haciendo con Gabriel, mezclando
fotografía con dibujo y pintura. Sonreí, y saqué el móvil para mandarle un
breve pero claro mensaje al rubio.
Ari: Azotea.
Apenas quedaban diez minutos de descanso, pero luego teníamos clase de
dibujo y al profesor le daba bastante igual a qué hora llegáramos. Seguí
dedicándome a revisar trabajos hasta que, unos cinco minutos más tarde,
escuché que la puerta de la azotea se abría. Sonreí, sin ni siquiera girarme
para comprobar quién era. Como no fuera Gabriel, se iba a pensar que era
una psicópata, sonriendo sola en medio de la azotea.
—Me siento tentado a hacerte el saludo militar, porque ese mensaje sonaba
como una orden —comentó, divertido, y me giré hacia él.
Llevaba una de las manos abierta delante de él, intentando proteger sus ojos
del sol, que empezaba a brillar con fuerza, y solo pude pensar en lo guapo
que estaba. De repente ya no había espacio en mi mente para pensar en Leo
ni en sus idioteces, porque cuando Gabriel entraba en escena, sentía una
calma repentina. Era algo que me pasaba con pocas personas, y no me
costaba entender por qué el rubio era una de ellas: era divertido,
espontáneo, y se preocupaba por los demás. Puede que no siempre de una
forma directa, a veces expresaba su preocupación regalando tabletas de
chocolate con naranja, pero eso solo lo hacía más único.
—¿Tengo pinta de sargento? —inquirí, sonriendo.
—Cuando pones cara de mala leche un poco, sí.
Me eché a reír, y él se sentó a mi lado.
—¿Qué haces?
—Estoy seleccionando algunos de mis trabajos para lo de la beca —le
expliqué, aunque no me hizo falta profundizar porque ya se lo había
comentado el día anterior.
Empecé a pasar las fotos que tenía de mis cuadros, y de repente Gabriel
señaló una de ellas.
—Este me gusta —dijo, y solté una carcajada—. El modelo parece un tipo
interesante.
—Lo es —asentí, mirando el cuadro en el que salía Gabriel, desnudo de
cintura para arriba—, aunque tiene un ego colosal.
—Se quiere a sí mismo —rebatió él con tono jocoso—. ¿No se supone que
hay que quererse a uno mismo? Lo leí en una taza el otro día.
—Hay tazas que dicen cosas muy raras. Mi hermana tiene una en la que
pone “Hoy será un gran día”. ¿Cómo va a saber una taza que la persona va a
tener un gran día? Igual tiene un día de mierda.
Pensé en mi hermana durante un momento. Todavía no le había comentado
nada de lo que había ocurrido, pero en ese momento no tenía ganas de
pensar en ello, así que ya la llamaría por la noche.
—El autoengaño es un arma muy potente, supongo —contestó Gabriel.
—¿Te engañas a ti mismo a menudo?
—Bueno, hace unos meses me dedicaba a intentar convencerme de que no
tenía ninguna posibilidad con una chica que me gustaba, aunque en el fondo
notaba que ella también quería, y al final terminó saliendo bien.
—¿Te gustaba? —Levanté una ceja.
—Me sigue gustando, de hecho, pero no me da mucha bola últimamente.
—Igual ha estado ocupada —contesté—, o está esperando a que tú le des
bola.
—Creo que probaré a invitarla a cenar. Sé que le gusta el pad thai.
—Es posible que le guste mucho, sí.
—Quizás pueda hacer un hueco en su agenda este viernes por la noche para
ir a cenar pad thai conmigo.
—Tendrá que mirar en su apretada agenda, pero seguro que tiene un hueco
para ti.
Gabriel miró la fecha en mi portátil.
—Es miércoles —comentó—. Me va a costar esperar hasta el viernes.
—Igual ella quiere darte un adelanto —respondí antes de girarme y besarlo.
No tardó ni medio segundo en reaccionar, moviendo sus labios contra los
míos. Noté su sonrisa en mis labios y no pude evitar hacer lo mismo,
dándole acceso a su lengua a mi boca. Llevé una de mis manos a su pelo
para enredar mis dedos en él. Gabriel acariciaba mi mejilla con suavidad,
sin ningún tipo de prisa pese a que llegábamos tarde a clase. Se separó, y
apoyó la frente en mi hombro.
—Sabes a chocolate con naranja —murmuró, divertido.
—Empezaré a pensar que me lo das expresamente porque te gusta el sabor.
Él solo rio, y al poco rato nos separamos para ir a clase.
29
—Es una cita, tampoco es plan de ir en chándal —me dijo Nina mientras
yo me iba probando cosas que sacaba del montón de ropa que había encima
de mi cama.
—No es una cita —aclaré—, y podría ir en chándal perfectamente, aunque
lo fuera. Pero tú tranquila, que no iré en chándal.
—Capaz te veo —murmuró, y sonreí—. Oye, ¿seguro que estás bien?
—Que sí, mujer. No voy a dejar de hacer mi vida porque un imbécil haya
querido amargármela. De hecho, se la ha amargado a él mismo, porque le
va a caer una gorda. De momento se ha quedado sin uni.
—Se lo tiene bien merecido.
—Pues sí —contesté distraídamente mientras me ponía unas medias negras.
Saqué una falda lila que me había comprado a principios de año y me la
puse.
—Ay, es monísima —comentó mi hermana—. ¿Es nueva?
—Más o menos.
Completé el atuendo con una camiseta blanca y una chaqueta negra.
—Estás genial —me halagó—. Seguro que la cita irá muy bien.
—Que no es una cita, pesada.
—Te ha invitado a cenar un viernes por la noche. A mí esto me huele a cita.
—Llámalo como quieras. Cenaremos pad thai y, teniendo cuenta mi poco
dominio de los palillos, mi camiseta acabará llena de salsa. Luego nos
iremos cada uno para su casa.
—Pero si acabarás en su casa.
—Ojalá, pero lo más probable es que esté su madre, y tampoco es plan de
ponerme a darle al tema con su madre por ahí, y menos teniendo en cuenta
que silenciosa no soy, precisamente.
—No necesitaba esa información. —Hizo una mueca de asco.
—Pues no haber preguntado.
—Por cierto, ¿no tenías una entrevista de trabajo el miércoles? —me
preguntó.
—Sí, de recepcionista en un gimnasio. No fue mal, pero me dijeron el típico
“ya te llamaremos”, que normalmente significa “no te vamos a llamar”.
Nina hizo una mueca.
—Vaya. ¿Has mandado el currículum a más sitios?
—A unos cuantos, y tengo otra entrevista de dependienta en una tienda de
ropa la semana que viene —contesté—. Oye, ¿has hablado con mamá? O
con papá.
Su expresión perdió la diversión para volverse más seria.
—Hace ya unos días que no hablo con ellos, porque cada vez que les digo
algo terminamos discutiendo —comentó, esforzándose por hacer como que
no le importaba, sin recordar que la podía leer como un libro abierto—. La
verdad es que me siento más… ¿libre? desde que no hablo con ellos. Es
como que estoy mucho más tranquila.
—Por fin se ha dado cuenta —murmuré para mí misma, pero con un tono lo
suficientemente alto como para que ella lo escuchara.
—Es que me sabe mal —empezó—. Son nuestros padres, nos lo han dado
todo, y tampoco se merecen que sus hijas no les hablen.
—Son un par de racistas y machistas —espeté—. Además de que se creen
que nuestras vidas les pertenecen, o algo así. Y no nos han dado nada que
no sea material o un derecho humano básico, en plan comida, techo, y esas
cosas. Tú haz tu vida, Nina, no dejes que sean ellos los que dicten lo que
haces y lo que dejas de hacer. Por cierto, ¿qué tal con Adil?
Me empezó a hablar de cómo iba la cosa con el que ya era oficialmente su
pareja. Se la veía ilusionada, y me encantaba ver a mi hermana así. Por
muchas diferencias que hubiéramos tenido, su felicidad siempre iba a ser
importante para mí.
Me hice la raya del ojo, practicando la técnica que había aprendido hacía
poco, y sonreí al ver que me había quedado muy bien. Ya hacía tiempo que
me había resignado al hecho de que nunca me iba a quedar igual en los dos
ojos, pero aun así estaba satisfecha.
—Como ese chico no te pida matrimonio con lo guapa que vas, habrá que
llevarlo al psicólogo.
—Nena, yo siempre voy guapísima —rebatí, divertida—. Y, hablando de
psicólogos, voy a ir a una. Elvira me pasó el contacto de una de sus
compañeras.
—Eso es genial. Por fin has dejado de ser una tozuda, que ya era hora.
¿Cuándo tienes la primera visita?
Decidí no hacer ningún comentario sobre lo de que era una tozuda, porque
en el fondo sabía que era verdad.
—El lunes que viene. Tendría que buscarme un novio psicólogo, como tú,
así al menos me saldrían las sesiones gratis.
—Créeme, no quieres un novio psicólogo. A veces le estoy contando
cualquier cosa y me mira de una forma que me hace pensar “ya me está
psicoanalizando”.
Me reí, empezando a guardar las cosas que necesitaba en mi bolso. Luego
procedí a volver a poner toda la ropa que había sacado en el armario, prenda
por prenda, doblando bien lo que iba en los cajones y colgando los vestidos
y chaquetas en los percheros. Nina se quedó muda, y cuando miré a la
pantalla vi que tenía una expresión de asombro que pocas veces le había
visto.
—¿Qué pasa? —Levanté una ceja.
—Estás… Estás ordenando la ropa.
Miré el vestido que tenía en la mano.
—Sí. ¿Y?
—Es la primera vez en mi vida que te veo hacerlo.
—Estoy intentando ser ordenada. —Me encogí de hombros—. Ya no solo
por mí, que también, sino por Elvira. Es su casa, y no quiero tenerla
desordenada.
Charlamos un poco más antes de que colgara. Ya lo tenía todo listo, e iba
con el tiempo justo, pero podía llegar a la hora. Salí de la casa, que estaba
vacía porque Elvira también había salido a cenar fuera y se había llevado a
Panceta.
Esta vez habíamos decidido ir a un restaurante de comida tailandesa que
Gabriel conocía en el barrio, así que me quedaba mucho más cerca que al
que habíamos ido la otra vez. Apenas tuve que caminar quince minutos
hasta que vi el cartel del local. El rubio ya estaba al lado, apoyado en la
pared, con la atención centrada en su móvil.
—¿Por qué cuando llego a la hora tienes que haber llegado tú antes? —le
pregunté, con tono incriminatorio, acercándome a él.
Él levantó la vista de la pantalla y sonrió.
—Tendrás que empezar a llegar antes de la hora para ganarme.
—Suficiente me cuesta llegar a la hora, así que creo que te regalo la victoria
—bromeé, y él rio.
Cuando estuve delante de él, me quedé quieta, pensando en qué se suponía
que tenía que hacer. ¿Dos besos? ¿Un beso? ¿Un abrazo? Gabriel parecía
tener las mismas dudas que yo, así que decidí dejar de hacer el tonto y
abrazarlo.
Entramos en el restaurante. Tenía una decoración sencilla pero moderna,
alejada de lo que una se podría esperar de un tailandés. Nos sentamos en la
primera mesa que vimos, porque al parecer no hacía falta reserva y tampoco
había tanta gente en el restaurante. Estuvimos estudiando la carta en
silencio, y ni siquiera sé para qué, porque los dos terminamos pidiendo pad
thai.
—Mira que te dije que iba a cenar pad thai con la chica que me gusta, pero
al final he terminado viniendo contigo. Qué cosas —bromeó, y le tiré uno
de mis palillos.
—Pues si quieres me voy, y llamas a la chica que te gusta.
—No te vayas, la llamo primero, a ver si quiere venir, que tampoco quiero
quedarme aquí solo —dijo, sacando su móvil y presionando varias teclas
antes de llevarlo a su oreja. Mi móvil empezó a vibrar encima de la mesa—.
Vaya, pero si la que me gusta eres tú.
—Eres tontísimo. —Reí, y Gabriel me dio una ancha sonrisa antes de que
fuéramos interrumpidos por el camarero, que traía nuestras bebidas.
La comida no tardó en llegar, y nos la tomamos hablando de mil cosas
diferentes. Cuando quise darme cuenta, ya llevábamos dos horas ahí, y eran
las once de la noche. Era viernes, así que me daba igual llegar tarde a casa,
pero al parecer Gabriel tenía otros planes.
—Mi madre no está en casa —comentó como quien no quiere la cosa.
—Oh.
Él levantó las cejas.
—¿Quieres que tomemos algo en mi casa? También podemos ver una peli,
si quieres. Acabo de dar el salto a la vida moderna y me he suscrito a
Netflix, así que hay como ochenta millones de pelis que podemos ver.
—¿Me estás proponiendo un plan de Netflix and chill?
Lo mejor de ese tipo de planes era que no solía haber ni Netflix ni chill,
solo sexo, y era exactamente lo que me apetecía hacer esa noche.
Gabriel sonrió.
—Te lo estoy proponiendo, sí.
Como era de esperar, ni media hora más tarde estábamos enrollándonos en
su cama. Ni siquiera habíamos fingido que íbamos a poner Netflix, nos
habíamos ido directamente a su habitación.
—Llevo toda la cena pensando en esto —admití, y noté la sonrisa de
Gabriel en mi boca cuando me volvió a besar.
—Es posible que yo haya estado pensando en lo mismo —murmuró antes
de pasar bajar sus labios a mi cuello.
Me puse encima de él, con una pierna a cada lado de su cuerpo, y me quité
el jersey. Llevó sus manos a mi cintura en cuanto hube sacado la prenda por
mi cabeza. De repente su expresión cambió, y el deseo fue sustituido por
otro sentimiento.
—¿Estás segura? —preguntó, mirándome con preocupación.
—¿De qué? —Levanté una ceja.
—De que quieres hacerlo.
—Claro. ¿Por qué no iba a estar segura? Hemos hecho esto antes.
—Ya, pero con todo lo que ha pasado, tampoco quiero que te sientas
presionada…
No lo dejé continuar.
—Oye, me niego a que lo que ha pasado afecte a mi vida hasta este punto.
Leo solo consiguió quitarme las ganas de follar cuando estaba con él —dije,
y Gabriel estalló en carcajadas.
Se incorporó para acercarse a mí y apartó un mechón de pelo de mi cara, sin
dejar de sonreír.
—Eres cruel, cuando quieres —murmuró a escasos centímetros de mi boca
—, pero hay que reconocer que ese tío se lo merece.
Sonreí antes de besarlo. Esta vez no nos tomamos tanto tiempo como la
primera. La ropa desapareció rápidamente, y cuando quise darme cuenta ya
me estaba moviendo encima de él mientras los dos gemíamos. Sus manos
acariciaban todo mi cuerpo, parándose de vez en cuando a darle atención a
las zonas que él sabía que me gustaba que me tocara.
Él llegó primero y, como la otra vez, llevó su boca entre mis piernas hasta
que me deshice en un orgasmo arrollador. Se echó a mi lado, sudado y con
la respiración agitada, y sonrió.
—¿Quieres ver una peli? —propuso.
—Dame dos minutos para recordar cómo se respira —le pedí, y se echó a
reír.
Acabamos mirando una película en su portátil, porque no teníamos ganas de
salir de la cama, y apenas llegué a ver la primera media hora, porque me
quedé dormida.
A la mañana siguiente, pocos minutos después de despertar, ya estaba
echada boca abajo en la cama, llevando la camiseta que Gabriel me había
dejado para dormir levantada, mientras él embestía desde atrás. Era una
posición que me gustaba mucho, y tuve que morder la almohada para
intentar controlar mis gritos.
Al terminar, él dejó un beso en mi hombro. Había conseguido tener un
orgasmo sin necesidad de sexo oral, cosa que no era frecuente, aunque mis
dedos en mi clítoris habían ayudado mucho. Quería darme una ducha, pero
dudaba que a su madre le quedara mucho para llegar, y no quería que nos
encontrara duchándonos, aunque, como ella decía, fuera “una madre
moderna”. Así que me vestí con la ropa que había usado el día anterior, y
Gabriel solo se puso unos pantalones de chándal antes de ir al baño.
Mientras esperaba a que él saliera para despedirme, no pude evitar curiosear
entre las fotos que había encima de su mesa. Varias de ellas eran nuevas, y
en una salía yo, lo que me hizo sonreír, pero luego encontré la de Anya, la
chica con la que Gabriel solía verse, y me entró una sensación extraña en el
cuerpo.
No eran celos, en absoluto, solo la certeza de que, si no iba con cuidado, me
terminaría pasando lo mismo que a esa chica.
30
Mi vista estaba enfocada en la ventana del despacho, que tenía varios tiestos
con flores en la parte exterior, aunque no conseguía verlas bien porque
había una cortina dentro. Podría parecer que estaba distraída, pero estaba
pensando. Nada más sentarme en la silla de delante de su escritorio, la
psicóloga me había dicho “dime, ¿qué es lo que ocurre?”, y me había
quedado en blanco. Estaba intentando pensar en qué contestar a su
pregunta, y terminé diciendo lo primero que me pasó por la cabeza.
—Supongo que estoy aquí porque mi ex es un imbécil —dije, y ella levantó
las cejas antes de asentir varias veces con la cabeza y ponerse a apuntar
algo.
No conseguía ver lo que estaba anotando en el papel, que parecía colocado
estratégicamente para que los pacientes no pudieran leerlo, y me entraron
ganas de reír al imaginar un “su ex es un imbécil” en los apuntes, pero tuve
que obligarme a concentrarme.
—¿Qué te hace decir que es un imbécil? —inquirió, animándome a
continuar.
Pensé en Leo, en nuestra relación, en sus celos, en la foto… Y me di cuenta
de que eso no era todo.
—En realidad no estoy aquí por mi ex —admití—. Supongo que es solo una
parte del problema.
Y se lo conté todo. Le conté el acoso al que me había visto sometida en el
instituto, la brecha que eso había abierto entre mi hermana y yo, la nefasta
relación que tenía con mis padres, la tormentosa relación con Leo, lo de la
foto… Omití a Gabriel, porque ya me parecía mucho todo lo que le había
contado, y en ese momento lo mío con el rubio no me suponía ningún
problema, aunque me diera la sensación de que iba a terminar mal.
Se lo expliqué de forma desordenada, porque cuando sacaba un tema me
acordaba de otro, así que la línea temporal de mis problemas estaba un poco
distorsionada, pero a ella no parecía importarle.
Durante gran parte de la hora, la psicóloga solo se dedicó a escucharme,
anotar en el papel, y hacerme preguntas de vez en cuando para que
concretara en alguna de las cosas que le contaba. Era la primera visita, así
que tampoco esperaba que me solucionara la vida en una hora, y sabía que
la terapia tomaba mucho más tiempo que eso.
Salí a las cinco de la tarde. El único plan que tenía ese día era cenar con
Patri, pero todavía quedaban cuatro horas para eso, así que decidí irme al
taller de pintura. Decidí coger el bus en vez del metro, porque hacía un día
muy bueno comparado con el fin de semana, en el que no había parado de
llover, y quería disfrutar del sol.
Nada más bajar del bus, mi móvil empezó a vibrar. Lo saqué del bolsillo de
mi chaqueta y vi que era un número desconocido. En cualquier otra ocasión
no habría contestado, pero esa mañana había tenido una entrevista de
trabajo —me había tenido que saltar una hora de clase para poder ir—, y
estaba esperando noticias.
—¿Diga? —pregunté al contestar la llamada.
—¿Ariadna Dalmau? —me preguntó una voz masculina y grave.
—Sí, soy yo.
—Llamo del gimnasio Olimpia —me explicó, y levanté las cejas,
sorprendida—. La semana pasada tuviste una entrevista con nosotros, y te
llamaba para comentarte que te hemos seleccionado. ¿Sigues interesada en
el trabajo?
—Sí, claro que sí —contesté, intentando ocultar mi entusiasmo.
—Muy bien. Pasa mañana por aquí, a las seis, y hablamos de las
condiciones, horarios y demás.
—Genial. Muchas gracias.
Se despidió con un escueto “hasta mañana”, y terminé la llamada con una
sonrisa en la cara. De verdad que pensaba que no iban a decirme nada más,
porque había sido mi primera entrevista y no tenía ninguna experiencia en
ese tipo de trabajo —ni en ninguno, en realidad—, así que me podía
considerar afortunada.
Llegué al taller muy animada, aunque era consciente de que el trabajo me
iba a robar muchas de las horas que solía invertir en pintar, pero me hacía
sentir tranquila porque por fin iba a tener un poco de estabilidad económica,
y me iba a poder permitir el piso al que me tenía que mudar en menos de un
mes.
Saludé a la profesora y a otro alumno que no sabía ni cómo se llamaba, pero
que solía estar por ahí, y empecé a organizar mis cosas alrededor del
caballete. Estuve trabajando durante más de dos horas. La poca gente que
quedaba en el taller, incluyendo la profesora, se fueron yendo, y a las siete y
media estaba completamente sola.
Estaba pintando los últimos trazos del cuadro cuando la puerta del taller se
abrió. Me giré para ver quién era, y noté una presión en el pecho cuando
reconocí a la persona que estaba caminando hacia mí.
—¿Qué haces aquí? —pregunté, sin intentar ocultar el enfado en mi voz.
Leo se quedó quieto donde estaba y me miró.
—Tenemos que hablar —dijo, con la inseguridad marcada en su voz, pero
no quise caer en su trampa.
—No tenemos que hablar de nada —espeté—, y hasta donde yo sé, estás
expulsado, así que no puedes estar aquí.
—Es un edificio público. No se me puede prohibir la entrada.
Solté una carcajada amarga.
—¿No has hecho suficiente? No quiero verte, ni hablar contigo de nada. No
me interesa lo que tengas que decir.
Leo tragó saliva.
—Lo siento, Ari. Lo que hice fue una estupidez. Estaba dolido por lo tuyo
con Gabriel, y sé que no debería haber actuado así. Lo siento muchísimo.
—¿Una estupidez? —pregunté, incrédula—. Esa “estupidez” podría
haberme amargado la existencia, si no fuera porque la gente de nuestra
clase tiene más neuronas que tú y no les dio por meterse conmigo por lo de
la foto. Tuviste mucho tiempo para darte cuenta de lo que estabas haciendo,
mientras creabas la cuenta y seguías a toda la jodida clase, así que no me
vengas con excusas de mierda.
Puso la espalda recta, adoptando una pose intimidante y abandonando su
actitud de perrito arrepentido.
—No es para tanto —dijo, y me sentí tentada a tirarle el taburete vacío que
había al lado del que estaba usando para sentarme—. Tampoco ha sido tan
grave. Con la de gente que te debe de haber visto desnuda, tampoco creo
que nadie se haya sorprendido demasiado. No hacía falta que me
denunciaras, te has pasado de exagerada.
—Oh, así que por eso has venido. —Sonreí al adivinar sus intenciones—.
Vas por muy buen camino para que quite la denuncia. Sigue así, hombre.
—Lo mío era una broma, Ari; una denuncia no lo es.
—No, creo que ha quedado claro que voy muy en serio con la denuncia. Y
menudas bromas de mierda haces, si para ti subir una foto desnuda de una
persona que ni siquiera te dio su consentimiento para sacarla es una
tontería.
La denuncia ya estaba oficialmente puesta, estaba en contacto con una
abogada que me ayudaría si había complicaciones, y no tenía ninguna
intención de quitarla.
Leo rodó los ojos.
—Tampoco es para tanto —repitió—. Que parece que hoy en día ya no se
puede hacer nada sin que se te tire todo el mundo encima o sin que sea un
delito.
—Es que es un delito, y con razón. Mira, esta conversación no nos va a
llevar a ningún lado, así que hazme un favor y háztelo también a ti mismo,
y vete. Tengo un cuadro que terminar.
—¿Te follaste a Gabriel estando conmigo?
Ahí sí que no pude reprimir el gruñido exasperado que salió de mi boca.
—No, Leo, no hice nada con él. Tengo sentido de la decencia, al contrario
que tú. Y ahora vete de una vez. Esta conversación ha terminado. No voy a
contestarte más.
Pareció entender que iba en serio, y se fue, no sin echarme una mirada de
desprecio antes de salir por la puerta. Todo el buen humor que había
acumulado durante el día se había evaporado nada más verlo, y me
enfadaba todavía más que fuera así. Estaba harta de que lo que ese imbécil
hiciera o dejara de hacer afectara a mi estado de ánimo.
Ni siquiera conseguí terminar el cuadro. Lo dejé en el suelo, apoyado contra
la pared junto con los cuadros de otros alumnos, que los habían dejado allí
para que se secaran.
Cuando salí del taller, todavía estaba intentando calmarme. Sabía que
Gabriel estaba en el taller de fotografía porque me lo había dicho hacía unas
horas, y cuando se quedaba lo hacía hasta tarde. Me sentí tentada a llamarlo
para vernos, enrollarnos o incluso tener sexo en cualquier rincón escondido
para poder quitarme ese mal humor de encima, pero lo descarté
rápidamente por dos razones: no quería sentir que lo estaba usando para
desahogarme, y tampoco quería que se pensara que iba demasiado detrás de
él. Apenas hacía dos días que nos habíamos acostado por última vez, e igual
tocaba descansar un poco. Además, había quedado con Patri en una hora.
Así que me fui a coger el metro. Llegué a mi antiguo barrio, donde vivían
mis padres y Patri, y fui hacia el restaurante en el que habíamos quedado
dando una vuelta más larga de lo habitual para hacer tiempo, porque todavía
tenía quince minutos.
Conseguí relajarme cenando con mi amiga, escuchando sus aventuras, la
mayoría de ellas relacionadas con el sexo. Le hablé de Gabriel, y me sentó
bien poder hacerlo con alguien que no fuera mi hermana, que era la única
que sabía de nuestra relación.
Esa noche, contra todo pronóstico, conseguí dormir bastante bien, después
de haber bloqueado a Leo de todos lados para que no pudiera ponerse en
contacto conmigo, algo que debería haber hecho tiempo atrás.
31
—¡Adiós, Ari!
Me despedí con la mano de mi compañero de trabajo antes de salir del
gimnasio. Llevaba la chaqueta puesta, pero me la tuve que quitar porque ya
empezaba a hacer calor, incluso siendo las diez de la noche.
Trabajar de seis de la tarde a diez de la noche, y más teniendo en cuenta que
me levantaba a las siete para ir a clase, era agotador, pero estaba empezando
a acostumbrarme después de un mes trabajando en el gimnasio.
En ese tiempo, habían cambiado muchas cosas en mi vida, pero estaba tan
ocupada que apenas había tenido tiempo para pensar en ello. Iba a clase de
ocho de la mañana a dos de la tarde, comía de un tupper en la facultad, y
luego me pasaba un par de horas pintando en el taller antes de tener que
irme a trabajar.
El cambio más importante, sin embargo, era que ya llevaba cerca de una
semana viviendo en el piso nuevo. Por suerte, quedaba bastante cerca de mi
trabajo, así que podía llegar a casa a una hora razonable. Ese viernes todos
mis compañeros de piso, que eran de otros pueblos y ciudades, se iban a ver
a sus familias, así que iba a estar sola y, aunque me llevaba muy bien con
ellos, lo agradecía. Un poco de silencio en el piso no me iba a sentar nada
mal.
Me encontré a Amanda, una de mis compañeras, saliendo por el portal justo
cuando yo llegaba. Iba cargada con una maleta y el transportín que contenía
a Kiwi, su gato. La ayudé a llevar el transportín hasta su coche, que estaba
aparcado en una zona de carga y descarga que había en la calle del lado, y
me despedí de ella y de Kiwi antes de que se fueran.
Subí al piso y, al encontrármelo en silencio, respiré hondo, aliviada. Estaba
muy cansada, y al día siguiente, sábado, había invitado a mis amigos a
cenar en el piso, pero antes de eso tenía que hacer algo que no me apetecía
en lo más mínimo. Cené algo rápido y me quedé dormida viendo una serie
en mi ordenador.
Me desperté a las diez, sin ganas de salir de la cama, y menos teniendo en
cuenta lo que tenía que hacer, pero me obligué a levantarme. Me preparé un
café, cogí una magdalena y me lo tomé todo sentada en el balcón, mirando
a la calle pero sin prestar demasiada atención a lo que pasaba.
Estaba empezando a agobiarme, así que llamé a Nina.
—No puedo hacerlo —fue lo primero que dije en cuanto su imagen
apareció en la pantalla.
Iba en pijama, y estaba sentada en el sofá de su apartamento.
—¿El qué? —inquirió, con una ceja levantada.
—Ir a buscar mis cosas.
Ella suspiró.
—En algún momento tendrás que hacerlo —me recordó.
—Ya lo sé… Pero es que hoy no me apetece.
—No te apetecerá nunca.
—Ya, también es verdad —murmuré.
—No creo que sea tan horrible. Son nuestros padres, no Hitler.
—Ah, ahora recuerdo que comparé a mamá con Hitler la última vez que
hablé con ella. Qué ganas de repetir una conversación así. Creo que paso de
ir.
—Ari, ve. Igual ni siquiera están en casa. Se van fuera muchos fines de
semana.
—Y, ¿qué hago si están?
—Saludar, y decirles que vienes a recoger tus cosas —contestó, como si
fuera muy fácil—. Además, será que no has aguantado conversaciones
incómodas con ellos. Ya deberías ser una experta en eso.
Solté un gruñido, porque tenía razón. Retrasar ese momento solo haría que
fuera todavía más incómodo, y ya era hora de que los viera. Hacía casi dos
meses que no hablaba con ellos.
Hablamos un poco más, y tuvo que dejarme porque Adil estaba en su casa y
querían salir a desayunar fuera. Terminé la llamada igual de nerviosa, pero
sabiendo que no tenía más remedio que ir a casa de mis padres.
Así que cogí el autobús, porque el metro solo me habría agobiado más, e
hice el trayecto de veinte minutos que me separaba de la casa donde me
había criado. Llevaba varias bolsas para poner mis cosas, y practiqué lo que
iba a decir en mi cabeza unas doscientas veces, pero en el fondo sabía que
cuando estuviera allí me saldría algo diferente.
El bus me dejó a apenas cinco minutos de mi destino. Al llegar al portal
tuve que respirar hondo varias veces antes de sacar las llaves y abrirlo. Subí
por las escaleras en vez de usar el ascensor, y cuando por fin estuve delante
de la puerta decidí dejar de comerme la cabeza y abrir.
Cerré la puerta detrás de mí cuando estuve en el recibidor y, al caminar
hasta el salón, vi que mi padre me miraba, sentado en el sofá, con el
periódico abierto delante.
—No sabía que venías.
Me rasqué la nuca.
—Ya… Vengo a buscar mis cosas —contesté.
Él levantó las cejas.
—¿Vas a quedarte en casa de Elvira de forma permanente?
—No. Estoy compartiendo piso.
—Y, ¿cómo lo pagas?
—Pues trabajando —respondí, con algo más de sequedad de la que
pretendía, pero es que su tono incrédulo, como si no me viera capaz de
conseguir dinero por mí misma, me había molestado.
—¿Dónde trabajas? —inquirió.
—De recepcionista en un gimnasio —dije, sin querer especificar en qué
gimnasio era, porque lo veía capaz de plantarse allí.
—¿Recepcionista? —preguntó, frunciendo el ceño, y decidí interrumpirlo
antes de que empezara con su discurso de que ellos no me habían pagado
una buena escuela para que hubiera terminado en un trabajo tan “simple”.
—Sí. Tengo prisa, así que cogeré mis cosas y me iré.
—Tu madre está fuera —dijo—. Ha salido con unas amigas, pero le habría
hecho gracia verte. Deberías haber avisado.
Tuve que reprimir una carcajada ante ese “le habría hecho gracia verte”,
porque eso venía a significar “le habría hecho gracia estar aquí para
mofarse de todas tus decisiones”. En vez de eso, me fui hacia mi habitación.
Empecé a meter las cosas que quería llevarme en las bolsas: ropa, algún que
otro libro, aunque no leía demasiado, marcos con fotos, recuerdos que tenía
colgados en las paredes o metidos en cajones…
Había llenado dos bolsas cuando mi padre abrió la puerta de la habitación.
—Escucha… —empezó, algo nervioso, y me alivió saber que no era la
única que se sentía así—. Sé que pasaron muchas cosas entre nosotros, y no
te pediré que vuelvas a vivir aquí porque sé que no quieres, y me alegra que
seas más independiente, pero… ven a vernos de vez en cuando. Sé que
muchas veces terminamos discutiendo, pero me esforzaré para que no sea
así. Tu madre y tú también tendréis que poner de vuestra parte, claro está,
pero yo creo que puede funcionar.
Me quedé callada unos segundos, planteándome si era una buena idea, y me
di cuenta de que no quería vivir en esa tensión constante de no hablarme
con mis padres y estar evitándolos. Sí, su forma de ver el mundo difería
mucho de la mía, pero mientras consiguiéramos apartar ciertos temas, igual
podía funcionar.
—Vendré —respondí, y él asintió con la cabeza antes de volver al salón.
Terminé de recoger todo lo que quería llevarme, que ocupaba cuatro bolsas
de las grandes, y salí de la habitación.
—¿Necesitas que te ayude a llevarlo? —se ofreció, y me esforcé por sonreír
con amabilidad.
—No, no hace falta —respondí—, pero gracias.
Me despedí de él con un sencillo “adiós”, que él me devolvió, y salí de casa
sintiéndome algo desconcertada. No había salido tan mal como esperaba.

Estuve una buena parte de la tarde organizando mi nueva habitación. Puse


todo lo que me había llevado de casa de mis padres en las estanterías y
cajones. Había comprado algunas cosas días atrás, como una lámpara para
la mesita de noche y un par de plantas, todo para empezar a sentir esa
habitación como algo mío, y poco a poco lo iba consiguiendo. Los primeros
días en ese piso habían sido raros, me sentía desubicada y la habitación se
me hacía extraña, pero cada vez me sentía más a gusto.
A las ocho —tarde, como siempre— empecé a prepararlo todo para la cena.
Tenían que venir a las nueve, así que bajé corriendo al supermercado que
por suerte había a pocos minutos del piso, y compré ingredientes y bebida.
Estaba segura de que traerían más bebida, pero compré cerveza y vino por
si acaso.
Lo subí todo a casa, puse las bebidas en la nevera, y empecé a cocinar. Se
me había metido en la cabeza que quería hacer lasaña de espinacas, una
receta que me había enseñado mi abuela hacía años, poco antes de dejarnos.
Conseguí tenerlo todo listo para meter en el horno a las nueve menos cinco
y, justo cuando acababa de poner la bandeja dentro, sonó el timbre.
—¡Qué bien huele! —exclamó Natalia, entusiasmada, en cuanto le abrí la
puerta—. ¿Qué hay para cenar? Me muero de hambre.
—Lasaña de espinacas —contesté, y ella soltó un grito de alegría.
Detrás de ella aparecieron Silvia y Marc que, como había intuido,
aparecieron con otra botella de vino blanco, y pocos minutos más tarde
llegaron Patri y Alex, mis amigos del instituto. Los presenté a los demás, y
nos sentamos en la mesa del comedor para ir poniéndonos al día y tomando
algo.
Estaba contándole a Patri y Natalia lo rara que había sido mi visita a casa de
mis padres cuando el timbre sonó de nuevo. Fui a abrir, y me encontré a
Marian y Gabriel haciendo una pose extraña, como si fueran superhéroes,
cada uno con una botella de cerveza de litro en la mano.
—¡Aquí el comando especial del mejor barrio del mundo! —exclamó
Marian, y solté una carcajada. Adoptó una pose normal, y me miró con
indignación fingida, negando con la cabeza—. Me ha dolido mucho que te
hayas ido del barrio. Ni siquiera tuve la oportunidad de enseñarte el bar
donde se pasa la droga.
—Y, ¿para qué va a querer ver eso? —cuestionó Gabriel, divertido.
—Porque es un lugar mítico —repuso ella.
—Creo que ya sé cuál es —dije—. Un día estaba paseando a Panceta y vi
tres coches de la policía parados delante de un bar en la rambla esa que hay
cerca de la parada de metro.
—Ah, sí, ahí es. Pero no te creas tú que la policía va allí a hacer
detenciones, no, que ellos también están metidos en el negocio —contestó,
riendo con maldad.
Entraron en casa y dejaron las botellas en la nevera. Ya habían dos botellas
de cerveza abiertas en la mesa, así que Marian fue a servirse, y en pocos
minutos ya se estaba haciendo amiga de Patri. Gabriel no tardó en ponerse a
hablar con Alex y, teniendo en cuenta que todos mis amigos ya estaban
cómodos y ocupados, fui a encargarme de la lasaña.
Por lo visto quedó incluso mejor de lo que esperaba, porque varias personas
repitieron, y luego simplemente nos dedicamos a hablar, beber y escuchar
música. Como me había temido, la bebida no fue suficiente, así que Gabriel
y Marc bajaron al supermercado de abajo, que por suerte abría hasta tarde, a
comprar más cerveza.
Yo había previsto una velada tranquila, pero debería haber sabido que, con
mis amigos, eso era imposible. A la una y media de la mañana, tenía a Alex,
Silvia y Gabriel jugando a las cartas, con dinero encima de la mesa, pero al
poco rato lo dejaron para ver a Marian y Marc haciendo una batalla de rap,
con una base puesta en el ordenador, que estaba conectado a la tele. Era una
de esas competiciones en las que te dan una palabra y tienes que rapear a
partir de ella, y la verdad es que, aunque me estaba muriendo de risa —
especialmente cuando Marc rimó “dinastía” con “mi tía”—, no se les daba
nada mal.
Terminamos todos aplaudiendo como locos, con silbidos y gritos incluidos,
y por mi cabeza pasó que igual a los vecinos no les iba a hacer mucha
gracia, pero era sábado, y teniendo en cuenta lo pasados que íbamos todos,
dudaba que fuéramos a aguantar mucho más.
Mientras Patri se unía a la batalla de gallos, fui a mi habitación a buscar un
jersey, porque teníamos la puerta del balcón abierta —Natalia y Marc salían
a fumar de vez en cuando—, y estaba empezando a refrescar.
Estaba poniéndome el jersey color mostaza que había encontrado por mi
armario cuando me giré y vi a Gabriel cruzando el pasillo.
—Psst —lo llamé, y él se giró hacia mi puerta entreabierta, asustado.
—Joder, que casi me da un infarto —se quejó, y reí.
Gabriel se acercó a mi puerta y apoyó su hombro en el marco.
—¿No vas a unirte a las batallas de gallos? —le pregunté, divertida, y él
sonrió antes de negar con la cabeza.
—Los destrozaría, y tampoco es plan de tener a mis amigos frustrados
porque nunca conseguirán superarme —bromeó.
—Oh, sí, seguro.
Me acerqué a él, lo cogí de la nuca y tiré su cuerpo hacia el mío con
suavidad. Ajusté la puerta y uní nuestros labios. Él envolvió mi cintura con
sus brazos y me pegó más a él, profundizando el beso. Su espalda chocó
contra la pared mientras yo acariciaba su pelo y mi lengua jugaba con la
suya.
—Ay, mi madre —escuchamos de repente, y nos separamos de golpe para
ver a Marian en la puerta de la habitación.
Debería haberla cerrado del todo.
—Hola —la saludé como si nada, sin saber muy bien qué decir, y a Gabriel
se le escapó la risa.
—Esto no me lo esperaba —murmuró ella—. Es decir, sí me lo esperaba
porque se os notaba la tensión sexual desde Japón, pero pensaba que seguía
sin resolver. ¿Cuánto tiempo lleváis así? ¿Estáis saliendo?
Gabriel soltó una carcajada, como si lo que estaba diciendo le pareciera de
lo más surrealista y gracioso, y lo miré con una ceja levantada.
—Qué va —contestó él y, aunque era la verdad, el tono con el que lo dijo
me provocó un pinchazo muy feo en el pecho.
Conseguimos que, pese a que Marian era muy cotilla y quería saber todos
los detalles de lo que hacíamos juntos, el interrogatorio fuera breve. Gabriel
no tardó en irse, y parecía incómodo desde que nuestra amiga nos había
pillado. Que tampoco me parecía tan grave, y teniendo en cuenta la actitud
despreocupada del rubio, nunca habría dicho que actuaría así, pero supongo
que tampoco lo conocía tanto como pensaba.
La gente se fue retirando, y a las tres de la mañana solo quedábamos Marian
y yo, sentadas en el sofá con el último vaso de cerveza que nos habíamos
servido.
—Entonces… —empezó, y cerré los ojos porque ya había tardado en sacar
el tema—. ¿Lo de Gabriel y tú solo es sexo?
—Sí —afirmé, intentando convencernos tanto a ella como a mí misma, pero
terminé suspirando—. Creo que sí. No estoy segura.
—¿Te gusta?
—Claro que me gusta, pero es complicado. No quiero meterme en otra
relación, y menos teniendo en cuenta lo desastrosa que fue la última, y
Gabriel no quiere saber nada de relaciones serias.
—¿Eso te lo ha dicho él? —inquirió, frunciendo el ceño.
—Nos lo dijo ese día que nos contó lo de Anya.
—Ah, la chica esa que se le había declarado… Es verdad, dijo que no le
interesaba tener una relación. Aunque igual era con Anya. Tú no eres esa
chica. Igual sí quiere tener algo más contigo.
Negué con la cabeza.
—No sería una buena idea.
—Pero si sois compatibles en prácticamente todo.
—Sí, y también en el hecho de que ahora mismo no buscamos nada serio.
—Suspiré—. Es como… es como que no quiero salir con él, porque no
quiero una relación, pero a la vez se me hace difícil considerarlo como un
amigo con derechos cualquiera. He tenido amigos así antes, y me sentía de
otra forma. Me daban más igual.
Ella se calló unos segundos, pensativa.
—Díselo. Háblalo con él —me propuso—. Es fácil hablar con Gabriel.
—No lo sé… Es que no quiero cagarla y perder lo que tenemos.
—¿Tan bien folla? —preguntó, divertida.
—Pues sí, la verdad es que sí —contesté, y Marian se echó a reír.
Era tarde y no quería que Marian volviera a casa sola, así que le ofrecí
dormir en mi casa. Lina, una de mis compañeros de piso, me había dicho
que, mientras lavara las sábanas, podía dejar que durmiera otra gente en su
habitación, y se la ofrecí a Marian, pero terminó quedándose dormida en el
sofá.
Yo me fui a la cama, con una sensación extraña en el estómago. Era como
una mezcla entre ansiedad e inquietud, porque no saber lo que pasaba por la
cabeza de Gabriel me hacía sentir insegura en cuanto a nuestra relación.
32
Mi mano se movió, temblorosa, intentando dibujar una línea lo más recta
posible en el grueso papel. Noté un escalofrío que hizo que mi mano
cobrara vida propia, y la línea se fue hacia la derecha sin que yo pudiera
hacer nada para detenerla.
—Tiene que ser recta. —La grave voz de Gabriel erizó el vello de mi nuca.
—Odio el dibujo técnico —me quejé, porque no entendía ni por qué
teníamos que hacerlo en una carrera artística, aunque fuera para una
asignatura que requería diseñar objetos—, y así no se puede.
—¿Cómo no se puede? —preguntó él, posando los labios en mi cuello, y
pude notar que estaba sonriendo.
—Así —dije, poniendo una mano entre mis piernas, donde su miembro
estaba enterrado profundamente.
—¿Así? —Dio un golpe de caderas hacia arriba y gemí, apretando el lápiz
con fuerza.
Doblé los dedos de mi mano, que seguía entre mis piernas, hasta que solo
quedaron dos de ellos extendidos, y los llevé a mi clítoris para empezar a
tocarme, pero Gabriel me agarró de la muñeca y quitó mi mano de ahí.
—Quiero correrme —sollocé, con tono suplicante, porque ya llevaba
mucho rato con ganas, pero él no estaba dispuesto a ceder.
—Ya sabes lo que tienes que hacer —me recordó, y eché la cabeza hacia
atrás, apoyándola en su hombro, para moverla en un gesto de asentimiento.
—Te odio.
—¿Ah, sí?
Volvió a mover las caderas y estuve a punto de echarme a llorar, porque el
placer era demasiado y no podía estallar, no me dejaba. Estaba sentada
encima de él, intentando hacer el maldito dibujo de una botella, y
llevábamos más de media hora así.
—Por favor —supliqué, sin preocuparme por lo desesperada que pudiera
sonar.
—La línea —me recordó, e intenté centrarme en el dibujo.
Tuve que cambiar el papel, porque el anterior ya no tenía arreglo, y empecé
de nuevo. Cogí la regla para hacer la línea, porque quería acabar lo antes
posible, y esta vez Gabriel me lo permitió. Hice las dos líneas de los
laterales, las curvaturas en las partes inferior y superior, y finalmente
dibujé, intentando controlar el temblor en mi mano, el tapón de la botella.
—Ya está —dije, aliviada—. Ya he terminado.
—Mmm, a ver… —murmuró él, apoyando la barbilla en mi hombro para
poder ver el dibujo, y sabía que estaba tardando expresamente para hacerme
enloquecer, pero saberlo no me ayudaba a llevarlo mejor.
Estaba a punto de gritar de frustración cuando empezó a moverse, entrando
y saliendo de mí, y mis gemidos se mezclaron con sollozos.
—Oh, joder, sí —jadeé.
Se levantó, cogiéndome por la cintura, y apoyé mis manos en el escritorio
de mi habitación mientras él apartaba la silla de una patada. Agradecí que
no hubiera nadie en el piso a esas horas, porque nos habrían escuchado
seguro, ya no solo por mis gritos y los gemidos de Gabriel, sino también
porque me lo estaba haciendo tan fuerte que nuestra piel hacía ruido al
chocar.
Llegué al orgasmo llorando de placer. Mis brazos flaquearon, y Gabriel
tuvo que poner una mano en la zona superior de mi pecho para evitar que
me diera de morros contra la mesa. Sus embestidas empezaron a
descoordinarse, y llevé una de mis manos a su culo para que me diera más
porque, aunque acababa de correrme, todavía lo quería más fuerte, y el
rubio pronto soltó un gruñido y noté cómo su polla se contraía dentro de mí
mientras se vaciaba dentro del preservativo.
Salió de mi interior, con la respiración agitada, y me giré, aún apoyada en la
mesa, para mirarlo.
—Te odio —murmuré, agotada—, pero ha sido el mejor orgasmo de mi
vida.
Él rio, con las mejillas sonrojadas y el pecho sudado, antes de sentarse en
mi cama.
—Cuanto más te lo aguantas, más lo disfrutas luego.
—Pues aún tendrás razón, y todo.
—Yo siempre tengo razón —dijo, con una sonrisa traviesa.

Eran pasadas las once cuando Gabriel se quedó dormido. Yo estaba echada
a su lado, físicamente agotada pero sin conseguir pegar ojo. Me levanté, tras
llevar un buen rato en vela, y fui al comedor. Ese fin de semana Amanda,
mi compañera con gato, se había quedado, aunque por suerte estaba fuera
cenando con sus amigos, porque como hubiera escuchado el ruido que
habíamos estado haciendo Gabriel y yo, me habría muerto de la vergüenza.
Kiwi estaba en el salón, durmiendo en una pose extraña y digna de un
contorsionista, pero en cuanto pasé por su lado para ir al balcón, se giró y
saltó del sofá para venir conmigo.
Teníamos una red puesta por encima de la barandilla del balcón, que no
quedaba demasiado bien a nivel estético, pero cumplía con su función de
evitar que Kiwi se lanzara al vacío, así que tampoco me quejaba de su
presencia. También había conseguido quitarle al gato la tentación de colarse
en casa de la vecina por el balcón, como Amanda me había contado que
había hecho una vez, poco después de que ella llegara al piso.
Me senté en una de las sillas del balcón y Kiwi se puso encima de la otra,
que estaba justo a mi lado y le ofrecía una ubicación inmejorable para
pedirme mimos. Acaricié al gato mientras miraba distraídamente a la
ciudad. Era un sábado por la noche, por lo que pese a ser tan tarde había
mucha gente. Había un grupo de amigas riendo, y me entraron ganas de
llamar a las mías para poder salir por ahí, pero la verdad era que estaba
cansada y no habría aguantado nada. Al ser finales de mayo, empezaba a
hacer calor, por lo que me apetecía mucho más salir a la calle, pero a la vez
me cansaba más rápido.
La noche anterior habíamos tenido una pequeña fiesta en el piso. Éramos
mis compañeros —Amanda, Lina y Dídac—, algunos amigos suyos, e
incluso Marian se había apuntado un rato. Lo curioso de esa noche había
sido que uno de los amigos de Dídac, un tal Edgar, había estado tirándome
la caña de una forma nada sutil, y yo no había sentido nada. Era un chaval
guapo, fuerte, simpático, y en cualquier otro momento de mi vida
seguramente me habría liado con él, pero por algún motivo el rubio no
paraba de aparecer en mi cabeza. Y sabía que no debía pillarme por él, que
el tema iba a acabar mal, pero no podía evitar ir cayendo cada vez más.
Suspiré, apoyando la cabeza en el respaldo de la silla. Kiwi debió de
tomárselo como una invitación para saltar a mi regazo, porque es lo que
hizo. Volví a acariciarlo y empecé a notar mis párpados muy pesados, así
que cogí al gato en brazos para entrar de nuevo en el piso. Lo dejé en el
sofá y fui hasta mi habitación. Miré a Gabriel, que dormía tranquilamente,
ajeno a todos mis pensamientos, y respiré hondo antes de echarme a su lado
para dormir.
A la mañana siguiente, Gabriel se despertó antes que yo. Cuando abrí los
ojos, estaba terminando de vestirse, y la mochila con sus cosas ya estaba
preparada encima de la silla de mi escritorio.
—¿No te quedas ni a desayunar? —le pregunté, todavía medio dormida.
—No puedo —respondió, negando con la cabeza.
Pensaba que iba a añadir algo más, pero no fue así. Se abrochó los
pantalones y apartó su mochila de la silla para sentarse y empezar a ponerse
los calcetines.
—Oh, vale —murmuré, fingiendo desinterés.
En cuanto estuvo listo, se despidió rápidamente para irse, dejándome sola
con el gato, que era el único ser despierto en ese piso un domingo a las
nueve de la mañana, y con el montón de dudas que tenía, que no parecían
tener intención de evaporarse de forma natural, como habría deseado que
hicieran.

Nina estaba comiéndose un plato de espaguetis cuando aceptó mi


videollamada. Parecía estar distraída con algo que estaban dando en la
televisión, y me planteé colgar, porque de todos modos sentía que estaba
siendo una exagerada. Estaba a punto de hacerlo cuando Kiwi saltó a mi
lado y puso la cara delante de la cámara. Nina se giró y levantó una ceja.
—Vaya, pero si es Kiwi, el gato más guapo de la zona —comentó, hablando
por primera vez desde que había contestado, y luego me miró—. Hola, Ari.
Perdona, es que estaban a punto de decir quién es el asesino.
—¿Todavía quedan series policíacas en el catálogo de Netflix que no hayas
visto? —pregunté, sorprendida.
—Cada vez menos —murmuró antes de coger el mando de la televisión y
pausar la serie—. ¿Qué te cuentas?
—Pues no mucho —mentí, pero porque antes de empezar a soltarle el rollo
con todos mis problemas, quería saber cómo estaba ella—. Y tú, ¿qué tal?
—No me puedo quejar. —Se encogió de hombros—. Aunque me pasa algo
raro: es como que no quiero volver a Barcelona por las vacaciones, pero a
la vez sí. O sea, no quiero volver a entrar en la dinámica de vivir con
nuestros padres, y menos después de todo lo que ha pasado, pero quiero
verte a ti, a la familia y a mis amigos.
—Pues ven menos tiempo, y así también puedes pasar una parte de las
vacaciones en París.
—Ya, pero te veré muy poco. ¿No querrías venir a París conmigo unas
semanas?
—Trabajo —suspiré, porque realmente me habría hecho mucha ilusión ir
con ella.
—Es verdad, menuda mierda —murmuró, y luego me lanzó una mirada
inquisitiva—. Pero vayamos al grano: ¿qué te pasa? Te noto preocupada.
—No, si aún será verdad que podemos percibir cómo se siente la otra —
dije, aunque no debería de estar tan sorprendida, teniendo en cuenta que nos
conocíamos muy bien.
Nina sonrió, divertida.
—¿Me lo vas a contar, o no?
Respiré hondo antes de contestar.
—Es por Gabriel.
—¿El rubio guapo? Me lo temía.
—¿Tan predecible soy? —Levanté una ceja.
—No, pero te conozco, y normalmente no le dedicas tanto espacio en tus
pensamientos a los tíos con los que te enrollas, pero a este sí, lo que me
dice que es algo más.
—No sé qué me pasa con él. —Suspiré—. Ni siquiera me sentía así con
Leo.
—Creo que había quedado claro que lo de Leo había sido una relación sin
pies ni cabeza desde el principio, y que solo habías estado con él porque
sentías que te tocaba tener novio.
Fruncí el ceño.
—Tienes que dejar de pasar tanto tiempo con Adil, se te está pegando lo de
psicoanalizar a la gente.
—No me cambies de tema —dijo, levantando el dedo índice—. Háblame de
Gabriel.
—Creo que me gusta —murmuré—. Bueno, sé que me gusta. El tema es
que no sé hasta qué punto, y que él no parece interesado en mí.
—¿Lo has hablado con él?
—¿Estás loca? —Solté una carcajada—. Claro que no.
Ella se me quedó mirando unos segundos, perpleja.
—¿Por qué te parece tan mala idea? La comunicación es importante.
—Mi ego no podría soportar que me dijera que no quiere nada conmigo…
Además, con sus acciones ya ha quedado claro. No creo que haga falta tener
una conversación, solo tengo que aprender a eliminar estos sentimientos
raros que tengo hacia él.
—¿Sin dejar de follártelo? —inquirió, con una ceja levantada—. No lo veo
posible.
—¿Por qué no?
—Madre mía, Ari, qué espesa estás hoy. —Negó con la cabeza, exasperada
—. ¿Tú crees que podrás dejar de sentir cosas con él mientras os seguís
acostando de vez en cuando?
Pues era una idea de mierda, efectivamente. Me la había planteado no por
su viabilidad, sino porque habría sido genial que funcionara, pero era poco
realista.
—No —contesté a regañadientes.
—Si quieres dejar de sentir cosas por él, lo mejor es dejar de verlo —dijo,
aunque yo lo sabía perfectamente, pero que no lo quería aceptar—.
Distánciate, y así podrás ver las cosas de una forma más objetiva. Ahora
vienen las vacaciones, ya no tendrás que verlo en clase. Yo sigo pensando
que deberías hablarlo con él, pero si no quieres, y pretendes olvidarlo, lo
mejor es que te alejes.
Seguimos hablando un buen rato más, de cosas sin importancia que no
hacían trabajar tanto a mi cabeza. Nina iba a venir en dos semanas, así que
al menos podría pasar tiempo con ella y despejarme un poco.
Cuando colgué, me quedé un buen rato echada en el sofá, pensando que,
aunque no me apetecía alejarme del rubio, lo más probable era que fuera
una buena idea. En las últimas semanas él había tenido una actitud algo
distante, y no podía evitar sentir que era porque se estaba dando cuenta de
que yo no veía lo nuestro como simple sexo.
33
—Oh, por Dios —gimió Amanda—. Creo que me voy a morir.
—¿Se puede denunciar a la Madre Naturaleza por intento de homicidio? —
preguntó Dídac, abanicándose con la mano—. Yo creo que el planeta se está
intentando deshacer de la humanidad, y lo entiendo.
—Oye, que Kiwi es un gato inocente de todo pecado y también está
sufriendo —replicó Amanda, y desvié la mirada para mirar al pobre animal
echado en el suelo.
—Yo lo que no entiendo es qué hemos hecho en esta vida para merecer que
se nos estropeara el aire acondicionado dos días antes de que empezara la
ola de calor —murmuré, abatida.
Abrí la aplicación del tiempo en mi móvil y sentí la necesidad de gruñir de
frustración cuando vi que ya habíamos alcanzado los 37ºC. De repente, se
escuchó el sonido de una llave en la cerradura de la puerta del piso y los
tres nos incorporamos, esperanzados.
—Aquí ha llegado vuestra salvadora —fue lo primero que dijo Lina al
entrar con una caja en la que se veía la foto de un ventilador.
Conectamos el aparato con desesperación y, cuando empezó a emitir aire
frío, los cuatro suspiramos, aliviados. Creo que incluso pude escuchar a
Kiwi suspirar.
—Una ola de calor no podrá con nosotros —aseguró Lina.
—Mala hierba nunca muere —bromeó Dídac.
El mes de junio había empezado con temperaturas incluso más bajas de lo
normal, pero la tranquilidad había terminado a mediados de ese mismo mes,
cuando los termómetros habían dejado de bajar de los treinta grados. El aire
acondicionado había elegido ese mes para dejar de funcionar, y estábamos
intentando conseguir que el propietario del piso se diera prisa en arreglarlo.
Cuando sonó el timbre, yo seguía tumbada en el sofá, disfrutando del aire.
Amanda y Dídac habían salido, y Lina estaba estudiando para sus exámenes
finales, que hacía más tarde que el resto, en la mesa del comedor. Ni
siquiera necesité descolgar el interfono, porque ya sabía quién era, así que
presioné el botón que abría la puerta de abajo directamente. Nina estaba en
la puerta del piso pocos minutos más tarde.
—Solo a ti se te ocurre mudarte a un tercer piso sin ascensor —se quejó.
—A mí, a mis compañeros de piso, y a los vecinos de la otra puerta —
puntualicé—. No es tan horrible, y se hace ejercicio.
—Lo que tú digas —masculló antes de entrar en el recibidor.
Saludó a Lina, le dio unos mimos a Kiwi, y nos dedicamos a preparar algo
rápido para cenar. Esa noche, en un par de horas, habíamos quedado con
mis amigos de la universidad para salir. Hacía ya un par de semanas que no
los veía, desde que habíamos salido para celebrar que habían terminado las
clases. Era el mismo tiempo que llevaba sin ver a Gabriel, y esa noche no
había pasado nada entre nosotros. Por algún motivo, parecía que me hubiera
leído el pensamiento la última vez que habíamos estado juntos, en mi piso.
Lo mejor era que nos alejáramos, para que nadie saliera herido.
Mientras cenábamos, cada una mirando a su móvil, entré en Instagram. Una
de las primeras historias que me salió era la de Gabriel, y levanté una ceja
porque él apenas subía nada. Presioné sobre el círculo con su foto, y
enseguida se me formó un nudo en la garganta por lo que vi. Había
compartido una historia que Anya, su ex follamiga, o lo que fuera, había
subido de ellos dos juntos. Había otra chica en la imagen, pero apenas le
presté atención.
Y, como buena masoquista que soy, entré en el perfil de Anya.
Era guapa, y mucho. Tenía un pelo negro larguísimo y muy liso, junto con
un rostro fino y unos ojos marrones. Al principio había pensado que era de
algún país del este asiático, por sus rasgos faciales, y al parecer no había
estado tan equivocada, porque Gabriel me había comentado que era de
Rusia, pero de la parte más oriental. Me había parecido curioso, porque una
se imagina a los rusos como lo son en la parte occidental del país, pero
olvida que una gran parte de Rusia está en Asia.
Vi que tenía muchos seguidores, más de seis mil, así que tampoco iba a
notar si miraba sus historias, y decidí hacerlo. Mala idea. Después de la
imagen que había subido con Gabriel, había una del susodicho sentado en
un sofá, solo con ella, sin camiseta. Llevaba un vaso con un refresco en la
mano, y parecía estar relajado.
Entonces me di cuenta de que igual no era que Gabriel hubiera decidido que
era mejor que nos alejáramos, simplemente había vuelto a lo que tenía con
Anya y había pasado de mí. Joder, quizá incluso estuvieran saliendo,
teniendo en cuenta que ella tenía sentimientos por él. Joder, joder.
Y me dolió mucho más de lo que quería admitir, así que bloqueé el móvil y
lo dejé en la mesa con más fuerza de la que esperaba, lo que hizo que Nina
me mirara con el ceño fruncido.
—Ahora entiendo por qué llevas la pantalla del móvil siempre rota —
comentó antes de volver a pinchar de la ensalada de pasta que quedaba en
su plato—. Eres una bruta.
Si había notado que estaba contrariada —cosa probable, porque podía
leerme como a un libro abierto—, no hizo ningún comentario, y lo agradecí.
Salimos de casa a las once para ir hacia la discoteca donde habíamos
quedado con los demás.
—¡Eh, no os parecéis en nada! —exclamó Marc, cruzándose de brazos con
una indignación muy bien fingida, en cuanto nos vio llegar—. He sido
engañado.
—Te he dicho como noventa veces que somos mellizas, no gemelas —le
dije antes de darle una colleja, que era muy suave pero hizo que se pusiera a
gritar como si lo hubiera apuñalado—. Madre mía, no hay quien te aguante.
—Silvia me aguanta muy bien —rebatió, y la mencionada me miró con una
expresión de pánico que me hizo reír.
Presenté a mi hermana a todos los presentes, que venían a ser Marc, Silvia,
Natalia y Marian, y entramos en el club. Estaba pidiendo la bebida cuando
Marian se me acercó.
—Oye, ¿sabes algo de Gabriel? —me preguntó, y sentí un pinchazo en el
pecho—. Hace unos días que ni siquiera contesta a los mensajes del grupo.
—No sé nada.
—¿Nada de nada?
—No.
—Pero… ¿va todo bien entre vosotros? —insistió.
—Ya no va nada entre nosotros, al parecer. —Forcé una sonrisa y cogí las
bebidas que la camarera había dejado sobre la barra—. Pero bueno, es
mejor así.
—¿Os habéis peleado?
—No.
—Entonces, ¿qué ha pasado?
Respiré hondo, porque me estaba empezando a agobiar, y di un largo trago
a mi bebida.
—No lo sé —contesté con honestidad—. Dejamos de hablarnos, y tiene
pinta de que ahora ha vuelto con Anya.
Eso era algo que no había planeado decirle, porque expresarlo en voz alta
era reconocer que me dolía, pero ya estaba hecho, así que me limité a
esperar su reacción, que tardó unos segundos en llegar.
—¿Ha vuelto con Anya? —murmuró, pensativa—. Joder, ahora que lo
pienso, el otro día le propuse ir a tomar algo y me dijo que no podía, que
estaba con una amiga. Igual era Anya… ¿Tú crees que están saliendo?
—No tengo ni idea —contesté, ansiosa por terminar esa conversación.
Ella suspiró y apoyó la cabeza en mi hombro.
—Lo siento, Ari —dijo, y la miré con una ceja levantada—. Él te gusta,
¿no?
Solté una carcajada, como si lo que me había dicho fuera una estupidez
enorme.
—No, mujer —me obligué a decir—. Me lo pasaba bien con él, pero eso es
todo.
Ella pareció no escucharme, o igual es que no se había creído mi mentira en
ningún momento.
—Es difícil cuando la persona que te gusta elige estar con otra —continuó,
y cuando me fijé vi que estaba mirando a Marc y Silvia, que bailaban en la
pista—. Que no tienen ninguna culpa, pero duele igual.
Estuve mirando a la pareja bailando durante un buen rato, perdida en mi
mundo, pero al poco tiempo sacudí la cabeza, decidida.
—No vamos a convertirnos en unas amargadas, Marian —le dije, en un
repentino subidón de energía que me dio—. Esta noche nos vamos a olvidar
de todas esas mierdas. Se acabó eso de preocuparse por gente que no se
preocupa por nosotras.
Ella miró como si acabara de revelarle la verdad sobre el sentido de la vida,
y asintió con la cabeza con entusiasmo.
—Tienes razón, tía.
Así que fuimos con nuestros amigos, animadas como si la conversación
anterior no hubiera existido, y nos dedicamos a beber y bailar hasta que nos
dolían las piernas. Marian reconoció a uno de los muchos chicos con los
que había hablado en Tinder y terminó enrollándose con él. Vi la mirada en
los ojos de Marc cuando la vio con ese chico, y por el dolor que mostraba,
supe que algo ahí iba a terminar mal. No esa noche, pero algún día.
Yo, por mi parte, decidí usar las armas de seducción que ya creía tener
olvidadas. Nina había congeniado con Natalia y parecían ser amigas de toda
la vida, así que no me preocupó desaparecer entre la multitud —habiendo
avisado, claro, porque no tenía ganas de que nadie me lo reprochara—.
Estuve moviéndome por la pista y parándome de vez en cuando para bailar,
hasta que lo vi. Un chico alto, de pelo oscuro y corto. Él no tardó en verme,
y cuando sonrió, supe que ya estaba hecho.
Estuvimos hablando durante unos minutos, y apenas recuerdo de qué, hasta
que pasamos a devorarnos la boca. Y cualquiera podría pensar que me sentí
mal por volver a lo mismo de siempre, pero no fue así en absoluto. Me sentí
genial. Volvía a ser yo, la Ari que no se preocupaba por los sentimientos, la
que disfrutaba del momento. La Ari que se había perdido por intentar tener
una relación con un idiota que se pensaba que podía controlarla, por haber
creído que ser mayor de edad significaba tener que sentar la cabeza. La Ari
libre había vuelto, y era justo lo que necesitaba en ese momento.
34
Me estaba subiendo un tirante del vestido cuando salí a la calle. El calor de
julio me recibió como una bofetada e hice una mueca de asco, harta de esas
temperaturas. Tenía unos veinte minutos de camino hasta casa, y estaba
pensando en llamar a alguien para hacer mi trayecto más ajeno cuando
Marian pareció leerme la mente y su nombre apareció en la pantalla de mi
móvil.
Sonreí antes de contestar a la videollamada.
—¿Tanto te estás aburriendo que necesitas llamarme para que te entretenga?
Escuché su risa al otro lado de la línea.
—Las vacaciones no son lo mismo sin mi Ari —respondió ella—. ¿Vienes
mañana, no?
—Sí —asentí—. A las nueve y media de la mañana me tendréis ahí.
Marian, Silvia, Marc, Natalia, Anna y Gabriel se habían ido una semana de
camping a la costa. Yo, como trabajaba entre semana, no había podido ir,
pero me uniría a ellos el fin de semana, desde el sábado hasta el lunes por la
mañana.
—Ahora pasemos a lo importante: ¿qué haces vestida de fiesta un viernes a
las once de la mañana? —inquirió.
Miré mi atuendo, como si no fuera consciente de que llevaba un vestido
corto, unas sandalias con algo de plataforma y el bolso que siempre usaba
para salir.
—Ayer fui de copas con un chico al que conocí en Tinder —le expliqué—.
He dormido en su casa.
—¡Ah! ¿El tío de los ojos verdes?
—No, otro.
—Joder, tía. ¿Cómo lo haces? A mí Tinder no me ha funcionado tan bien.
—Hay que ir al grano. —Me encogí de hombros, pese a que no podía
verme.
—Tendrás que hacerme una masterclass.
—Cuando quieras. —Sonreí—. ¿Cómo va por ahí?
—Pues bien. Estamos esperando a que Gabriel y Marc se despierten, y nos
iremos a la playa… Si es que se despiertan algún día.
—¿Mucha fiesta ayer?
—No tanta como otros días, pero creo que ya tenemos cansancio
acumulado —contestó.
—Mañana os quiero con energía, eh —dije, señalándola con un dedo—.
Que yo no quiero llegar y encontraros a todos tirados por ahí.
—Se hará lo que se pueda.
No hablamos mucho más hasta que colgué, y abrí Spotify para ponerme
música. Podría haber cogido un bus o el metro, pero decidí ir caminando
hasta casa para serenarme un poco. El día anterior tampoco había bebido
mucho, pero había dormido poco —que no me quejaba, porque eso
significaba que había habido mucho sexo— y estaba cansada.
En cuanto llegué a mi piso, me di una ducha y me puse ropa cómoda. Entré
en mi habitación, saqué los tubos de pintura del cajón y me instalé en la
zona de mi cuarto que había preparado para pintar. Tampoco daba para
mucho, porque la habitación era pequeña, pero me cabía el caballete y una
pequeña mesita para dejar el material, y con eso ya tenía suficiente.
Quedaba poco más de una semana para que cerrara el plazo de entregas de
proyectos para la beca, y me estaba empezando a estresar. Sí, tenía trabajos
de sobra para presentar, pero quería presentar algo extraordinario, y no
conseguía inspirarme.
Miré en una de las estanterías en las que guardaba los proyectos, y vi el que
había empezado con Gabriel. Se me revolvió el estómago al verlo. Era una
muy buena idea: mezclar sus fotos con mis ilustraciones. Eran fotos hechas
y reveladas por Gabriel, que yo había ilustrado por encima. Iba a usar las
pocas que habíamos llegado a terminar para la beca, pero nos habíamos
quedado a medias.
Llevaba semanas sin hablar con él. Había conseguido enterrar un poco el
sentimiento que me provocaba su ausencia a base de estar con otros chicos,
pero seguía pensando en él a menudo. No nos confundamos, no estaba
viéndome con otros solo por él, el motivo principal era que era verano y
quería pasármelo bien, pero también me ayudaba a no pensar tanto en el
rubio.
Estaba nerviosa porque lo vería al día siguiente después de mucho tiempo
sin verlo, pero iba a estar bien. Eso era lo que no dejaba de repetirme: lo
veré, y no pasará nada, no será tan grave. Me moría de curiosidad por saber
si seguía estando con Anya, y estaba segura de que Marian lo sabía, pero no
quería decirme nada, y era consciente de que lo hacía por mi bien.
Intenté pintar, pero sin éxito, y solo me sirvió para frustrarme. Terminé
echada en la cama mirando al techo y esperando que me viniera algún tipo
de inspiración divina que, evidentemente, no llegó. Luego comí, y me fui a
trabajar.
Salí del trabajo cuatro horas más tarde sintiéndome agotada, pero había
quedado con Patri y Alex, así que me iba a tocar hacer un esfuerzo. Fui
hasta mi antiguo barrio, teniendo que combinar dos autobuses, y caminé
hasta el bar en el que solíamos vernos.
Alex ya estaba allí, mirando a su móvil, con tres cervezas encima de la
mesa. Se levantó para abrazarme en cuanto me vio, y luego nos sentamos.
Patri tardó unos minutos más en llegar, pero podíamos decir con orgullo que
todos habíamos sido bastante puntuales, lo que era todo un logro para
nosotros.
—Bienvenida al barrio de nuevo, señorita Dalmau —dijo Patri en cuanto se
sentó, haciéndome una reverencia.
—En realidad vine ayer. Tuve una cena con mis padres y Nina.
—¿Tu hermana sigue por aquí? —inquirió Alex, y asentí con la cabeza—.
Y, ¿qué tal con tus padres? ¿Volaron platos, cubiertos? ¿Hubo mucha
sangre?
—Como en una peli de Tarantino —bromeé—. Estuvo bien. Mi madre se
esforzó en no hacerme comentarios de mierda, y yo me esforcé en no saltar
a la mínima. Mi padre y Nina estaban temblando de miedo al principio,
pero luego vieron que no había peligro.
—Entonces, ¿ahora os lleváis bien? —preguntó Patri.
—No, pero mejor que antes. Creo que vivir separados nos ha ido muy bien.
No vamos a ser mejores amigos, pero parece que podremos tolerarnos
algunas horas al mes para cenar.
—Eso está bien —murmuró Alex, asintiendo con la cabeza mientras se
liaba un cigarro, pero luego recordó algo y me miró con el ceño fruncido—.
Espera, ¿tú ayer por la noche no estabas teniendo sexo salvaje con el tío ese
de Tinder, el de los ojos verdes?
—No era el de los ojos verdes —puntualicé, sin entender muy bien por qué
todo el mundo se pensaba que solo me veía con el de ojos verdes—. Era
otro. Y sí, después de la cena estaba un poco tensa, aunque no hubiera
pasado nada malo, y le dije de quedar a uno de Tinder. Tomamos unas copas
y luego nos fuimos a su casa.
—Pues ni tan mal, oye —dijo Patri, asintiendo con la cabeza con interés.
Apenas estuve un par de horas con ellos antes de irme a casa. Tenía que
prepararme la mochila para ir al camping al día siguiente, y ni siquiera
había empezado. Además, tenía que coger el tren a las ocho de la mañana
hasta Salou, donde estaba el camping. No era un pueblo que me gustara
mucho porque había demasiado turismo, pero era donde acampar salía
mejor de precio, y al menos había mucha fiesta.
Me fui a dormir agotada, con la maleta hecha y varias alarmas puestas para
el día siguiente.
35
Me costó no quedarme dormida durante el trayecto en tren. Era una hora y
media de camino, pero al menos tenía unas buenas vistas del mar desde la
ventana.
Estaba algo nerviosa por ver a Gabriel, porque no sabía cómo iba a actuar
conmigo, ni cómo actuaría yo con él. No quería que hubiera tensiones
negativas entre nosotros, pero estaba claro que no iba a ser todo como
siempre. Ni siquiera terminaba de entender por qué habíamos dejado de
hablar, por qué él había dejado de mandarme mensajes y había vuelto con
Anya sin decirme nada. No iba a quitarme toda la culpa porque yo también
la tenía en parte, ni siquiera había intentado hablarlo con él, pero es que el
orgullo me podía.
La estación de tren de Salou se compartía con la del parque de atracciones
más grande de la zona, así que Natalia tenía que pasar a buscarme en coche
para llevarme hasta el camping. Tuve que esperar un rato desde que bajé del
tren, porque la susodicha se había dormido y había salido tarde, pero a los
quince minutos ya la tenía ahí junto con Marian, que parecía que llevara
diez años sin verme de lo emocionada que estaba.
—¡Tía, te he echado mucho de menos! —exclamó, haciendo una maniobra
muy extraña para poder abrazarme desde el asiento del copiloto, estando yo
sentada detrás.
—No hagas eso cuando esté conduciendo, que aún tendremos un accidente
—la regañó Natalia, y ella rodó los ojos.
—Pero si ahora eres una reina de la conducción —bromeé—. ¿Recuerdas el
día en Francesc Macià? No te había visto tan estresada en la vida.
Nunca iba a olvidar ese día, que parecía muy lejano pero que había sido ese
mismo año, en el que me había subido en el coche de Natalia poco después
de que se hubiera sacado el carné de conducir y nos habíamos metido por la
peor rotonda de Barcelona.
—Ni me lo recuerdes —murmuró, haciendo una mueca de horror.
Natalia arrancó, e hicimos un trayecto que apenas duró diez minutos
mientras Marian me contaba con entusiasmo todos los planes que tenía para
esos dos días que iba a estar con ellos, que básicamente se resumían en ir a
la playa y salir de fiesta.
—Hemos descubierto una cala en la que apenas hay gente —dijo cuando ya
estábamos entrando en el camping—. O sea, hay gente, pero nada
comparado con el resto de playas de por aquí. Hay que caminar un poco,
pero está genial.
Nuestra amiga pelirroja aparcó en el primer sitio que encontró, y bajamos
del coche mientras Marian seguía hablando. Cogí mi mochila del maletero
antes de empezar a caminar, siguiendo a mis dos amigas, hacia donde
estaban las tiendas.
Al llegar, vi que la demacración estaba bastante presente en el ambiente,
pero era mejor de lo que me había esperado. Marc y Silvia estaban sentados
en dos de las varias sillas de pesca que había colocadas en círculo en una
zona que quedaba entre las tiendas, Anna leía un libro, metida en su tienda
pero con la cremallera delantera abierta… y Gabriel no estaba por ningún
lado.
—Qué temprano os habéis levantado —observé, acercándome a ellos con
una sonrisa.
—¡Ari! —exclamó Silvia, contenta, y se levantó para abrazarme.
—Hemos querido aprovechar el día, ya que venías tú —contestó Marc, que
levantó los brazos, todavía sentado, como señal para que fuera a abrazarlo.
Anna también se incorporó para venir con el resto. Seguía teniendo la duda
sobre dónde estaba Gabriel, pero no quería preguntarlo, así que me dediqué
a hablar con ellos sobre lo que había estado haciendo en los últimos días,
además de escuchar sus historias de fiesta durante esa semana.
—Voy a despertar al oso —dijo Marian cuando decidimos que iríamos a la
playa, y se fue hacia una de las tiendas.
Abrió la cremallera y metió la cabeza dentro antes de ponerse a hablar, pero
no conseguí escuchar lo que decían. Ella soltó un gruñido antes de apartarse
y cerrar la cremallera de nuevo. Caminó hacia nosotros negando con la
cabeza, como si estuviera indignada, aunque tampoco parecía tomárselo
muy en serio.
—Dice que está cansado, que ya vendrá cuando se despierte.
No creo que hiciera un buen trabajo ocultando la expresión de desconcierto
que adoptó mi rostro, porque Marian se encogió de hombros sutilmente,
mirándome, como queriendo decir “yo tampoco lo entiendo, chica”. Aun
así, le di una sonrisa, que era más para mí que para ella, porque quería que
fuera un buen fin de semana, y no tenía ninguna intención de dejar que nada
lo estropeara.
Dejé mi mochila en el maletero del coche de Marc, donde los demás tenían
el equipaje. Solían dejarlo ahí cuando iban a salir para evitar que nadie les
robara, ya que solían usar el coche de Natalia para moverse por la zona. Ese
día no nos hacía falta el coche, porque la cala a la que queríamos ir quedaba
relativamente cerca. Caminamos unos diez minutos hasta la zona de la
costa, y luego nos metimos entre rocas y peñascos durante unos quince
minutos más para llegar a la cala. Había gente, sí, pero tal y como Marian
había prometido, era mucha menos que en las playas más accesibles.
Nos instalamos al lado de unas rocas, plantamos las dos sombrillas que
llevábamos y Marc abrió la neverita portátil que llevaba para sacar algunas
cervezas. Rechacé la que me ofreció, porque empezar a beber a las diez de
la mañana me parecía una pésima idea —aunque, al parecer, para él y
Natalia no lo era—.
—Solo de veros, me entran ganas de vomitar —dijo Marian, haciendo una
mueca de asco.
—No aguantas nada —bromeó Natalia antes de dar el primer trago a su
cerveza.
—Pero si todavía tengo resaca —se quejó ella.
—Esto es como las agujetas, que se curan haciendo deporte: la resaca se
cura bebiendo más —explicó Marc, como si le estuviera dando una lección
de vida.
—No sé yo si esa teoría es muy sana, eh —rebatí, divertida.
—Es verano, Ari, y el verano está para hacer estas cosas —contestó él.
Me reí mientras extendía mi toalla, y Marc se puso a discutir con Marian
sobre los beneficios del alcohol. Los miré, entretenida, cuando me ponía la
crema solar. Marian apenas me había vuelto a hablar del asunto extraño
entre ella y Marc, seguramente porque sabía que era un caso perdido y no
quería hacerse más daño, pero a mí me seguía intrigando. Estaba claro que
no quería que pasara nada entre ellos, y sabía que no pasaría porque Marian
nunca le haría eso a Silvia —aunque a veces la gente te puede sorprender
—, pero me preocupaba cómo se estaría sintiendo ella.
Decidí no darle más vueltas al tema, y fui la primera que se metió en el
agua. Estuve nadando un buen rato, disfrutando del agua fresca envolviendo
mi cuerpo. Cuando volvía hacia la orilla, decidí irme a una roca que había
al lado de la playa, pero algo aislada y rodeada por agua. Me senté ahí y
cerré los ojos, sintiendo el sol sobre mi piel mojada, con el relajante sonido
del mar de fondo.
Estaba a punto de quedarme dormida cuando escuché a alguien intentar
subir por la roca, y abrí los ojos para encontrarme a Marian haciendo
ademán de subir, pero fallando estrepitosamente, lo que hizo que se cayera
al agua. Sonreí, y ella me miró con odio fingido antes de volver a intentarlo
y, esta vez, conseguirlo.
—No he nacido para ser escaladora —dijo mientras se sentaba a mi lado.
—Está claro que no.
—Oye, yo puedo admitirlo, pero que lo digas tú es feo.
—Pero si casi te matas intentando subir. —Sonreí.
Ella negó con la cabeza, haciéndose la indignada, antes de que se le
escapara una carcajada. Apoyó la espalda en la roca que teníamos detrás,
adoptando una pose muy parecida a la mía, y suspiró.
—Pues sí que se está bien aquí —comentó.
—Me podría quedar en esta roca todo el día.
—Mhm —murmuró, cerrando los ojos, pero parece ser que poco le duró lo
de intentar relajarse, porque apenas dos segundos más tarde ya estaba
volviendo a hablar—. Qué rara la actitud de Gabriel, ¿no?
Esta vez la que suspiró fui yo. Ya me olía que Marian no iba a tardar en
sacar ese tema, así que tampoco me sorprendió demasiado.
—Pues sí —me limité a contestar.
—Pero, ¿ha pasado algo más entre vosotros? —insistió—. ¿Os habéis
peleado, o algo así?
—No —respondí, negando suavemente con la cabeza, con la mirada
perdida en el mar—. Llevamos semanas sin hablar. De hecho, no hemos
quedado desde la última vez que follamos, y hará casi dos meses de eso. En
los últimos días de clase tampoco hablamos demasiado, y desde que
empezaron las vacaciones no sé nada de él.
—¿Por qué? No lo entiendo.
—Yo tampoco. Solo sé que las últimas veces él tenía una actitud muy
esquiva conmigo, y yo no quería hacerme más daño, porque estaba viendo
que me iba a llevar una bofetada de realidad brutal, así que decidí
apartarme.
—¿No lo echas de menos? —preguntó.
Me quedé callada unos segundos, porque no estaba segura de qué contestar,
pero era Marian, y siempre nos lo contábamos todo, así que no tenía sentido
hacerme la dura delante de ella.
—Sí —respondí—, pero es mejor así.
—¿No te has planteado que igual él te empezó a esquivar por el mismo
motivo que tú? —inquirió—. Es decir, igual se estaba empezando a pillar y
quiso alejarse para no pasarlo mal.
Solté una carcajada.
—Lo dudo mucho.
Pero, en cuanto le di un par de vueltas a su pregunta, empecé a pensar que,
quizás, Marian sabía más de lo que me estaba diciendo. Quise
preguntárselo, pero dudaba que fuera a decirme nada, porque Gabriel y ella
eran muy amigos, y no iba a traicionar su confianza.
—Y, ¿qué tal con Marc? —le pregunté, más por interés que por querer
cambiar de tema, aunque también era el caso.
Ella se encogió de hombros.
—Pues tan amigos, como siempre —contestó, quitándole importancia al
asunto.
—¿No has encontrado algún tío decente por aquí?
Ella se giró hacia mí y me miró con una ceja levantada.
—Lo único que hay en este lugar son ingleses borrachos y señores que
deben de tener la edad de mi padre.
—Yo apenas llevo unas horas aquí y ya he visto varios chicos guapos —
apunté—. Creo que te quejas por vicio.
—Bueno, ayer de fiesta conocí a un chico de Girona que no estaba nada mal
—murmuró, como si le molestara admitir que le había interesado alguien.
—¿Tienes su número?
—Tengo su Instagram.
—Pues invítalo a salir con nosotros esta noche —sugerí, y ella respiró
hondo.
—No lo sé…
—Marian, haz lo que quieras, pero no dejes que el hecho de que Marc esté
aquí te impida pasártelo bien. Si no quieres liarte con nadie no pasa nada,
pero si te apetece, no dejes de hacerlo por otra persona, que además tiene
pareja.
Ella volvió a suspirar, y me miró.
—¿Por qué siempre sabes qué decir?
Reí antes de abrazarla.
—Porque soy la mejor consejera del universo.
—Tampoco te flipes, eh —dijo, y reí con más fuerza—. Vaya, mira quién ha
despertado de su letargo.
Me giré hacia la playa y vi una figura que conocía muy bien. Gabriel estaba
ahí, sacándose la camiseta, y me quedé mirándolo como una idiota durante
un buen rato.
—Se te está cayendo la baba —murmuró Marian, divertida, y le di un
empujón suave antes de apartar la mirada.
—Calla, pesada.
—A ver, que no te culpo, no voy a negarte que está buenísimo —comentó,
y levanté una ceja—. ¿Qué? Tengo ojos en la cara. No voy a intentar hacer
nada con él, mujer, que yo no me lío con los que le gustan a mis amigas, y
además somos demasiado amigos, sería muy raro.
—Gabriel no me gusta.
Marian rodó los ojos.
—Pero si me lo has admitido hace como dos minutos, ahora no me vayas de
tipa dura.
—Puede que me guste un poco.
—Estás pilladísima. —Rio, divertida, y rodé los ojos, pero tuve que darle la
razón en mi cabeza.
No me había dado cuenta de lo mucho que había echado de menos a
Gabriel hasta que lo había visto en la playa —y, encima, sin camiseta—.
Volví mi vista hacia él y nuestras miradas se encontraron, pero él la apartó
rápidamente. Suspiré.
—Parecemos dos desgraciadas, suspirando todo el rato —dijo Marian, y
solté una carcajada.
—Pues de eso nada —respondí, negando con la cabeza—, aquí hemos
venido a pasarlo bien.
Estuvimos un buen rato más en esa roca, haciendo planes para esa noche,
hasta que Natalia empezó a llamarnos a gritos, diciendo que éramos unas
“antisociales” y que volviéramos con ellos. Gabriel estaba en el agua
cuando volvimos a la orilla, y no nos llegamos a cruzar.
—El término correcto, para tu información, es “asocial”, porque
“antisocial” es una persona que odia a los demás —le dije a mi amiga
pelirroja cuando ya estábamos otra vez en la playa—. Lo que vendría a ser
un sociópata, vamos.
—Ya se me está poniendo listilla —gruñó ella por lo bajo, pero la pude
escuchar perfectamente.
—Me he visto Criminal Minds entera, soy prácticamente una experta en
criminología —bromeé.
—Claro, ¿por qué estudiar una carrera, cuando puedes ver una serie? —
contestó Marian, divertida.
—Oye, que tiene dieciséis temporadas, yo creo que se tarda más en ver todo
eso que en terminar una carrera —rebatí, y se echaron a reír.
—Tú, rubio de bote, todavía no le has dicho nada a nuestra invitada especial
—dijo Natalia, mirando hacia el mar, sin darse cuenta de que estaba a punto
de crear una situación muy tensa.
Me giré para encontrarme a Gabriel saliendo del mar. Se estaba pasando
una mano por el pelo, y decenas de gotas de agua bajaban por su cuerpo,
acariciando su abdomen, sus brazos, sus piernas. Ni siquiera intenté
disimular que lo estaba mirando, así como tampoco me esforcé en ocultar
las ganas que tenía de tirarme encima suyo cuando lo miré. Nuestras
miradas se encontraron, y supe que él tenía las mismas ganas de tocarme
que yo a él, pero por desgracia ya no era tan fácil, y me quedó claro cuando
Gabriel apartó la mirada de golpe.
—Hola, Ari —me saludó, volviendo a mirarme brevemente pero con una
sonrisa forzada.
—Hola —contesté, intentando sonar lo más alegre posible.
Pensaba que alguien diría algo, que notarían la tensión que acababa de
crearse entre el rubio y yo, pero por suerte Marian salió a nuestro rescate
cambiando de tema.
—Le decía antes a Ari que estaría guay ir a la fiesta a la que nos invitaron
ayer —comentó—. Creo que era en el club que hay al lado de la playa
principal.
—Ah, podría estar bien —asintió Silvia, repentinamente entusiasmada—.
El sitio tiene buena pinta.
—Pues ya tenemos plan. —Marian sonrió.
No pude evitar que mi atención se desviara hacia Gabriel, que miraba a
nuestra amiga asintiendo con la cabeza, señal de que estaba de acuerdo con
el plan. Las pocas veces que había salido de fiesta con el rubio, habíamos
terminado teniendo conversaciones mucho más honestas que cuando
estábamos sobrios y, esa vez, me daba un poco de miedo pensar en qué
podría terminar pasando esa noche.
36
—Se te va a caer —advertí a Silvia por enésima vez, y ella me miró con
fastidio.
—Que voy bien, te digo —insistió, pero yo no terminaba de ver claro cómo
iba a llevar las dos cajas de doce botellas de cerveza en los brazos.
—Ya podrías haber pedido una bolsa —murmuró Marian.
—Oye, que el planeta se está muriendo, no voy a pedir una bolsa de
plástico cuando puedo llevarlo yo —replicó.
En realidad ninguna de nosotras habíamos pedido una bolsa de plástico,
porque Natalia había tenido la buena idea de traer algunas de tela —según
ella, siempre llevaba como mínimo tres encima cuando se iba de viaje—,
pero dos de ellas las tenía yo, con varias botellas dentro, y Marian tenía la
otra, además de llevar otra caja de cerveza en la mano.
Llegamos a la parcela donde teníamos las tiendas, y Silvia suspiró de alivio
—aunque más que un suspiro parecía un grito—. Gabriel, Marc y Anna se
estaban encargando de hacer la cena, que consistía en tostadas con queso y
aguacate, y fideos precocinados que estaban preparando con un fogón
portátil que habían traído.
—¿Cómo va la cena gourmet? —preguntó Natalia, que acababa de bajarse
del coche después de haber ido a buscar hielo a la gasolinera más cercana,
ya que en el supermercado del camping no quedaba.
—A Gabriel se le ha caído la mitad de la salsa al suelo, así que regular —
comentó Marc, agachado delante del fogón, y el rubio rodó los ojos.
—Se me ha caído solo un poco, no la mitad, exagerado.
En lo que llevábamos de día, Gabriel y yo apenas nos habíamos dirigido la
palabra. Era consciente de que estábamos haciendo el imbécil, pero ser yo
la que hiciera un ofrecimiento de paz atacaba seriamente a mi orgullo,
porque era él quien había empezado con esa actitud seca hacia mí.
El plan de esa noche era cenar todos juntos en el camping, empezar a beber,
y luego irnos hacia la fiesta. Teníamos una buena media hora de camino
hasta la discoteca en la que se celebraba, pero ir en coche habría significado
que dos personas tenían que dejar de beber, y esas dos personas serían
obligatoriamente Natalia y Marc, los únicos con permiso de conducir, cosa
que tampoco era justa.
—A ver cuándo os sacáis el carné, panda de vagos —se quejó este último,
tirándole un fideo crudo que les había quedado por ahí a Silvia.
—¿Para qué? Si tengo un novio con coche, no necesito más —bromeó ella,
y me eché a reír.
—Hay que ser independiente, Silvia —le recriminó Anna, y ella rodó los
ojos.
—Que ya lo sé, pesada. Era una broma.
—Yo daría lo que fuera porque alguien me llevara a los sitios, sea mi pareja
o no —suspiró Marian—. Conducir no es lo mío, a mí me gusta que me
lleven.
—Pues móntatelo igual de bien que Ari. ¿Alguno de tus chicos Tinder tiene
coche? Seguro que sí —me preguntó Natalia, que parecía tener una
inclinación involuntaria por hacer comentarios con el poder de crear un
ambiente muy incómodo entre Gabriel y yo.
Miré al rubio involuntariamente y él me apartó la mirada, siguiendo la
dinámica en la que llevábamos todo el día, pero con una expresión incluso
más seria.
—Que yo sepa, no —respondí—. No me gusta subirme en el coche de gente
a la que conozco poco.
—Pero con alguno te habrás visto más veces y tendrás más confianza, ¿no?
—inquirió Silvia.
—La verdad es que no. —Negué con la cabeza—. Creo que el máximo de
veces que me he visto con el mismo tío han sido dos.
—Y, ¿no has encontrado a nadie con quien tengas una buena conexión? —
preguntó ella.
Tuve que reprimir mis ganas de soltar un gruñido por su insistencia, porque
quería acabar con ese tema lo antes posible.
—No —mentí, porque realmente sí lo había encontrado, era el chico rubio
que estaba sentado a escasos metros de mí, comiendo fideos con un
desinterés bastante bien fingido, pero él no sentía lo mismo por mí—. No
me interesa encontrar nada así por ahora. Necesito un descanso después de
lo de Leo, y además tampoco me apetece tener pareja o algo serio.
—Ahí te veo, disfrutando de la soltería —dijo Marian, abogando a mi favor,
porque seguramente se dio cuenta de que estaba siendo una conversación
incómoda para mí.
Y no era porque sintiera que era menos por acostarme con quien quisiera,
sino porque, incluso sin estar en los mejores términos, me parecía feo estar
hablando de mis ligues delante de alguien con quien había tenido algo que
ni siquiera sabíamos por qué había acabado.
Por suerte, cambiaron de tema al poco rato y se pusieron a hablar de cosas
que ni siquiera recuerdo, porque estaba distraída con la tensión que seguía
sintiendo entre Gabriel y yo. Estuve así hasta que terminamos de cenar,
pero a la que me puse a preparar mojitos con Marian, volví a centrarme.
—¿Todo bien? —me preguntó mi amiga en cuanto nos quedamos solas.
Asentí con la cabeza.
—No ha sido muy cómodo, pero es lo que hay —contesté.
—Yo creo que deberíais hablar —dijo, intentando machacar la menta con
una cuchara que nos habían dejado los de la parcela vecina.
—No voy a ser yo la que le vaya detrás para hablar —respondí, y Marian
rodó los ojos.
—Los dos sois unos cabezones inaguantables —gruñó.
Levanté una ceja, extrañada.
—¿Has hablado de esto con él?
—Pues claro que lo hemos hablado, mujer. —Se llevó las manos a la
cintura, como si le pareciera indignante que dudara de ello. Abrí la boca
para preguntar, pero ella se me adelantó—. No, no te diré nada de lo que he
hablado con él, que te veo venir. Si tenéis un problema, lo solucionáis
vosotros dos, que ya sois adultos.
—Tú sí que eres inaguantable —mascullé, aunque sabía que tenía razón.
—Pues llevas mucho tiempo aguantándome sin que nadie te obligue, eh. —
Sonrió, y solté una carcajada antes de empezar a poner hielo en los vasos.
Quería empezar la noche con calma, así que me cargué poco el mojito. Los
demás, excepto Anna, parecían tener la intención de mantener su nivel de
consumo alcohólico de esa semana —que deduje que era bastante elevado
—, así que cargamos más el resto y los fuimos repartiendo.
Me acerqué al grupo con dos vasos de mojito en la mano. Le di uno a
Marian, y el otro inevitablemente era para Gabriel. Me acerqué a él sin
mirarlo, y extendí el brazo para darle el vaso. Él lo cogió, y nuestros dedos
se rozaron apenas medio segundo. Aparté la mano de golpe, notando con
frustración ese subidón de adrenalina de mierda que siempre me provocaba,
y el vaso cayó al suelo
—Mierda —murmuré—. Ahora traigo otro.
Me fui de ahí como si hubiera visto un fantasma antes de que él pudiera
decir nada, y por suerte Marian se encargó de traerle otro al rubio.
A la hora, ya había gente en su segunda ronda de mojitos, aunque Marc,
Natalia y Gabriel habían decidido pasarse a la cerveza. Nos costó, pero a las
once y media conseguimos levantarnos para empezar a ir hacia la discoteca.
Estuve caminando con Marian y Silvia la mayor parte del trayecto, y
consiguieron que me olvidara de la incómoda tensión que sentía con sus
bromas. Mientras hablaba con ellas no pude evitar pensar en si Silvia sería
consciente de que Marian sentía cosas por su novio. Ellas también estaban
en una situación incómoda —Marian, al menos, seguro—, y aun así podían
pasárselo bien, así que yo no iba a ser menos.
—¡Marian! —escuché en cuanto llegamos a la puerta de la discoteca.
La susodicha se giró, y vi a un chico alto, de pelo castaño, acercándose a
ella. Mi amiga sonrió y levanté las cejas con interés.
—Nil —dijo antes de saludarlo con dos besos—. ¿Listo para la fiesta?
El tal Nil asintió con la cabeza.
—Más listo que nunca. —Sonrió, y tengo que admitir que, si ya era guapo
de por sí, cuando sonreía lo parecía todavía más.
Lo que sí que noté fue un marcado acento en su habla, así que en cuanto se
fue a buscar a sus amigos, miré a Marian con diversión.
—Así que es el chico de Girona que “no estaba mal” —afirmé, y ella rodó
los ojos, porque ya veía a dónde iba la conversación.
—Vale, está buenísimo —admitió—, pero en un par de días él volverá a
Girona y yo a Barcelona.
—¿Y no puedes pasártelo bien con él estos dos días y luego quedarte con el
bonito recuerdo? —inquirí.
—No lo sé, porque soy tan tonta que me pillo de la gente que menos me
conviene. —Suspiró—. Ojalá pudiera ser como tú.
—¿Como yo?
—Sí, ya sabes, poder liarme con gente y que luego me den igual.
—A mí también me va eso de pillarme por los menos indicados, eh, no sé
de qué hablas —respondí—. Si no mira a Leo, que era un imbécil, y a
Gabriel, que sabía desde el minuto uno que él no quería nada serio y aun así
me pillé.
Ella se calló unos segundos antes de hablar.
—Pues también es verdad. Al final resultará que sí somos unas
desgraciadas.
Me eché a reír, y Marc empezó a meternos prisa para entrar. El grupo de
Nil, que era principalmente de chicos excepto por dos chicas —ni siquiera
recuerdo la mayoría de los nombres— se nos terminó uniendo.
Parece que, con una copa, a Marian se le olvidaron sus dudas con respecto a
Nil, porque empezaron a bailar, y al poco rato se estaban enrollando. Sonreí
al verlos, pero en cuanto desvié la mirada de nuevo hacia mi grupo de
amigos, que estaban bailando cerca de mí, vi que Marc los observaba con
una expresión que no supe descifrar, pero que no era precisamente
agradable. Iba a acercarme a él, porque creí que teníamos que hablar del
tema, pero entonces Silvia, ajena a todo lo que estaba ocurriendo, rodeó sus
hombros con los brazos y se abrazó a él. Marc le dio una última mirada a
Marian antes de devolverle el abrazo a su novia.
Habiendo perdido mi objetivo, busqué a Natalia con la mirada, porque me
apetecía bailar con ella, y fue cuando vi a Gabriel hablando con una de las
chicas del grupo de Nil. Ella estaba claramente intentando ligar con él, y el
rubio sonreía, pero mantenía las distancias, como siempre que lo había visto
con chicas de fiesta. Sabía que él no se interesaba por gente a la que
acababa de conocer, y dudaba mucho que lo estuviera haciendo
expresamente para darme celos —al fin y al cabo, tenía todo el derecho del
mundo a hablar con quien quisiera—, pero noté cómo aumentaba la presión
en mi pecho.
No sabía si eran celos, pero luego pensé que quizás, sencillamente, era que
echaba de menos poder interactuar así con él, sin tensiones, sin malas caras,
sin cosas por decir. Que se riera conmigo y nos olvidáramos de que
estábamos enfadados sin ni siquiera saber por qué… Pero, para variar, el
orgullo fue más fuerte, y decidí pasar de él en cuanto encontré a Natalia y
me puse a bailar con ella.
Uno de los amigos de Nil —no recuerdo su nombre— empezó a hablarme
cuando fui a la barra a pedir otra bebida. Era simpático, y estuve charlando
con él un buen rato. La verdad es que esa noche no tenía ninguna intención
de estar con nadie, porque me lo quería pasar bien con mis amigas, pero al
parecer él no pensaba lo mismo, porque al cabo de un rato se me lanzó.
Apenas nuestros labios se rozaron me aparté, y le dije amablemente que no
me interesaba. Se lo tomó bien —como debería ser—, pero mi atención se
alejó completamente de él cuando vi a Gabriel caminar hacia la salida con
cara de pocos amigos.
Como el alcohol me hacía creer que todo lo que pasaba por mi cabeza era
una buenísima idea, decidí ir tras él. Ya estaba imaginando la conversación
que íbamos a tener en mi cabeza, en la que por fin los dos aprendíamos a
comunicarnos como seres humanos normales, pero en cuanto salí todo tomó
un rumbo diferente.
Gabriel estaba fumando, apoyado contra la pared, mirando a su móvil con
atención. La expresión contrariada que llevaba cuando lo había visto salir
ya no estaba, e incluso lo vi sonreír antes de contestar un mensaje. Me di
cuenta de que probablemente estuviera hablando con Anya, y debería
haberme ido en ese momento, pero tuve la estúpida idea de hablar.
—¿Qué tal con Anya? —le pregunté, y él se sobresaltó antes de mirarme.
Y volvió la expresión hostil.
—Muy bien —respondió, y su atención se fue de nuevo a su móvil,
seguramente intentando no hacerme caso, pero parece que no fue capaz,
porque volvió a mirarme—. ¿Qué tal con los chicos de Tinder?
Apreté los labios antes de fingir una sonrisa.
—Fantásticamente.
—Me alegro —respondió, sin dejar de mirarme.
—Yo también me alegro, la verdad —contesté, porque una servidora
siempre tenía que tener la última palabra.
—Pues poco más hay que hablar —me devolvió la sonrisa, pero sin
esforzarse en ocultar que la estaba fingiendo, y se guardó el móvil en el
bolsillo antes de pasar por mi lado sin ni siquiera mirarme y entrar de nuevo
en la discoteca.
—Esto ha salido muy bien —murmuré para mí misma antes de liberar un
gruñido de frustración.
Teníamos que dejar de hacer el idiota. El único problema era que, a esas
alturas, todo era tan estúpido que no sabía cómo iba a solucionarlo sin sentir
que me estaba hiriendo el orgullo… Y menos teniendo en cuenta que me
acababa de confirmar que estaba con Anya. Me dolió, me dolió mucho, pero
quizás era un paso necesario para matar ese deje de esperanza que seguía
teniendo dentro, ese que me decía que entre Gabriel y yo las cosas
acabarían saliendo bien, y podríamos estar juntos. Estaba claro que eso ya
no era una opción.
37
Había estado muy equivocada al pensar que las cosas entre Gabriel y yo no
podían estar más tensas, porque pasamos de las malas miradas a
directamente no mirarnos. Por suerte, conseguí pasar el siguiente día y
medio que nos quedaba en el camping evitándolo sin problema, y me lo
pasé bastante bien con mis amigas.
Tanta suerte tuvimos, que ni siquiera tuvimos que ir en el mismo coche en
el viaje de vuelta. Yo fui con Natalia, y él con Marc. Durante el trayecto,
Marian se dedicó a mandarme mensajes por WhatsApp diciéndome que
debería hablar las cosas con Gabriel, y yo ni siquiera me molesté en
contestarle, porque ya había quedado claro que no había nada más que
hablar, como el rubio mismo había dicho.
Me dejaron cerca de mi piso hacia la una de la tarde. Tuve que comprar
algo rápido para comer e irme directamente al trabajo, porque había
prometido cubrir el turno de un compañero que estaba de vacaciones esa
semana —el doble de horas de trabajo, pero también el doble de dinero—, y
entraba a trabajar a las dos. No me iba muy bien trabajar de más justamente
esa semana, porque el viernes se cerraba el plazo de entrega de proyectos
para la beca, pero el dinero extra me permitiría ir mucho más relajada a
nivel económico, así que me iba a tocar pasar una semana muy estresante.

Salí del trabajo pasadas las diez, después de haber estado ocho horas
saludando e informando enérgicamente a las personas que iban pasando por
el mostrador de la entrada del gimnasio, pese a que estaba muy cansada. Lo
único que me apetecía era llegar a casa, encerrarme en mi habitación y
dormir, aunque antes de poder hacer esto último iba a tener que invertir un
buen rato en terminar algunas de las ilustraciones que quería presentar para
la beca.
Aun así, parece que mis compañeros de piso tenían otro plan, porque ya
pude escuchar la música y las voces dentro de casa incluso antes de abrir la
puerta. Respiré hondo, sin tener ningún tipo de ganas de socializar, y entré
en el piso.
—¡Pero si es la rubia desaparecida! —exclamó Dídac antes de venir a
abrazarme.
—¿No podéis estar ni un fin de semana sin mí? —bromeé, intentando sonar
animada, aunque lo que realmente me hubiera gustado decir es “estoy
agotada, ya hablaremos mañana, cuando mi cerebro vuelva a funcionar con
normalidad”.
—Se hace difícil, no te lo negaré —contestó, haciéndose el afligido.
Cuando crucé del recibidor al salón, vi que había incluso más gente de la
que pensaba. Tampoco eran tantos, igual diez en total, pero había tenido la
esperanza de que fuera solo una cena de Dídac con un par de amigos suyos
y pensaran irse después de cenar, aunque estaba claro que no iba a ser así.
Reconocí a amigos tanto de Dídac como de Amanda, y Lina no parecía
estar por ningún lado, lo que me llevó a recordar que me había comentado
que no iba a estar en todo el mes, porque volvía al pueblo de sus padres.
Saludé a toda la gente que había repartida entre la mesa del comedor y el
sofá. Ya conocía a la mayoría, ya que habían estado en alguna que otra
fiesta que habíamos hecho en el piso. Era por eso que sabía que esa noche
iba a ser larga, y no tenía ganas de fiesta, solo quería dormir.
—Estoy muerta —le dije a Amanda, que llevaba a Kiwi en sus brazos,
cuando me la encontré en la entrada del pasillo que daba a las habitaciones
—. ¿Podéis intentar no hacer mucho ruido?
—Claro —contestó, pero tenía mis dudas de que lo fueran a cumplir.
Le di una sonrisa cansada y me fui a mi habitación, que por suerte no
quedaba justo al lado del salón. Cerré la puerta detrás de mí y respiré
hondo. El caballete en una de las esquinas de la habitación parecía estar
mirándome, esperanzado, y sabía que me tocaba trabajar un buen rato antes
de poder irme a dormir.
Lo intenté, de verdad que lo intenté, pero estaban haciendo demasiado
ruido. Salí un par de veces a pedirles que bajaran el volumen, porque
aunque fuera julio era un lunes, pero no sirvió de nada porque al cabo de
cinco minutos volvían a estar igual. No me podía concentrar. Llegó un
punto en el que estaba tan frustrada que tuve que hacer un esfuerzo enorme
para no ir al salón y ponerme a gritar como una histérica. Intenté ponerme
música, pero los golpes y saltos que daban se notaban igual, porque las
paredes y el suelo parecían vibrar.
Hacia la una de la mañana desistí, porque la presión que tenía en el pecho
fruto del agobio estaba empezando a darme problemas para respirar. Decidí
ir a dar una vuelta, porque igual así conseguía despejarme un poco, pero
entonces escuché ruidos por el pasillo, y la puerta de mi habitación se abrió
de golpe. Uno de los amigos de Dídac, Edgar, que había intentado algo
conmigo la última vez que habíamos hecho una fiesta en casa, apareció por
la puerta con un cubata en la mano.
—Uy, esto no es el baño —murmuró.
Levanté una ceja. Como si supiera perfectamente dónde estaba el baño,
teniendo en cuenta que había estado varias veces en el piso.
—El baño está al final del pasillo —comenté, sin hacerle demasiado caso.
—Oh, vale —contestó, y pensaba que se iría, pero siguió hablando—.
¿Cómo es que no te unes a la fiesta?
—Estoy cansada, y tengo trabajo que hacer —respondí con sequedad.
No me gustaba hablar así, pero en mi defensa diré que llevaba más de dos
horas intentando trabajar y no había podido por culpa del ruido que estaban
haciendo con su estúpida fiesta, así que estaba de bastante mal humor.
—Vale, vale —dijo, levantando las manos como pidiendo que me calmara,
pero al parecer había olvidado que llevaba un cubata en la mano, porque
con el gesto el contenido del vaso cayó… justo encima de algunos de mis
proyectos.
Y ahí sí que estallé.
—Pero, ¡¿qué haces?! —grité, levantándome del taburete de golpe y
corriendo hacia los proyectos.
—Joder, lo siento.
Siguió hablando, pero ni siquiera escuché el resto de su disculpa,
justificación o lo que fuera que estuviera diciendo, porque solo podía pensar
en el proyecto sobre el que había caído la bebida. Era el proyecto sobre el
cuerpo en el que había dibujado a Gabriel desnudo.
—Mierda, mierda… —murmuré para mí misma mientras intentaba separar
las hojas.
Una de las hojas se rompió en mis manos cuando intenté separarla, y sentí
como si mi corazón dejara de latir de golpe. Esa era mi ilustración favorita,
la que había hecho cuando él solo llevaba la ropa interior, justo antes de que
lo hiciéramos por primera vez. Los ojos se me llenaron de lágrimas, pero
me concentré en intentar salvar el resto.
—Bueno, al menos solo han sido algunos dibujos… —empezó Edgar, y lo
miré con la que estaba segura de que era una expresión que daba incluso
miedo.
—Fuera de aquí.
—Oye, no hace falta que te pongas así…
—¡He dicho fuera! —grité, al borde del llanto, y él se fue tan rápido que
habría sido gracioso si no hubiera estado tan enfadada.
Cerré la puerta y me dediqué a colgar los dibujos mojados en las cuerdas
que tenía para poner a secar las pinturas mientras aguantaba las ganas de
llorar. Algunos de ellos se podían salvar, pero la mayoría estaban
prácticamente rotos, o la tinta se había difuminado.
Con la respiración agitada y un nudo en la garganta, empecé a recordar el
día en que hice esos dibujos con Gabriel como modelo, lo contenta que
estuve después, al terminar los detalles, las veces que iba con él a la azotea
de la facultad, el chocolate con naranja, el pad thai… esos dibujos, de
alguna forma, eran todo lo que me quedaba de él, de los buenos recuerdos,
y ahora Gabriel no estaba, y esos dibujos tampoco.
Me senté en la cama, escondí la cara entre mis manos y me permití llorar
libremente, sacarme algo de ansiedad de encima… pero la maldita música
seguía sonando a todo volumen, y ni siquiera podía permitirme llorar con
tranquilidad. Cogí el móvil del escritorio y le mandé un mensaje a Marian.
Ari: ¿Estás despierta?
No tenía ninguna esperanza de que lo estuviera, teniendo en cuenta que
llevaba una semana de fiesta y, ahora que estaba en casa, seguramente
estaría recuperando horas de sueño. Es por eso que me sorprendí cuando vi
que pasaba de estar desconectada a estar en línea.
Marian: Pues claro
Marian: Dormir es para débiles
Marian: ¿Qué pasa? ¿Todo bien?
Suspiré antes de contestar.
Ari: No, están haciendo una fiesta en el piso y no puedo dormir
Ari: Además de que un imbécil se ha cargado mis dibujos, creo que voy a
matar a alguien
No respondió con un mensaje, optó por llamarme directamente. Le resumí
lo que había pasado, y me dijo que podía ir a dormir a su casa. Era una hora
de mierda para coger cualquier tipo de transporte público, e ir caminando
no era una buena opción en absoluto, pero necesitaba dormir con urgencia y
estaba segura de que en ese piso no podría hacerlo, así que acepté su oferta
y decidí pedir un taxi.
Cogí ropa de recambio, las llaves y la cartera, cerré mi habitación con llave
para evitar más desgracias, y pasé por el salón sin ni siquiera despedirme de
nadie antes de salir por la puerta.
Llegué a casa de Marian pasadas las dos de la mañana, pero ella ni siquiera
parecía tener sueño. Sus padres estaban separados y vivía con su padre, que
al parecer tenía un sueño tan profundo que no teníamos ni que preocuparnos
por despertarlo, así que pudimos salir al balcón a charlar.
—Me he pegado una siesta de cuatro horas en cuanto hemos llegado, y
ahora ya no puedo dormir —me contó cuando le pregunté qué hacía
despierta a esas horas—. Estaba viendo Gossip Girl.
—Pero, ¿cuántas veces la has visto ya? —inquirí con una sonrisa divertida.
—Que yo recuerde, cuatro, pero puede que hayan sido más.
—Estás enferma.
—Estoy enamorada de Nate Archibald, que es diferente.
—¿No estás enamorada de Chuck Bass? —Levanté una ceja—. Todo el
mundo que la ve se enamora de él.
—Lo estaba hace años, pero la última vez que la vi me di cuenta de que era
un tío super tóxico. Es horrible esto de ver series viejas con una perspectiva
nueva, te arruina muchos personajes.
—Pues sí —murmuré, con la mirada perdida en las vistas que había desde
el balcón.
Y no es que fueran maravillosas, ni que se viera toda Barcelona, pero había
algo en las calles de mi ciudad que siempre había encontrado relajante.
—¿Me vas a explicar qué ha pasado exactamente? —me preguntó de
repente, y me giré hacia ella.
Respiré hondo.
—Es una tontería, en realidad…
—A ver, no lo es —me contradijo—, yo también me hubiera cabreado si
mis compañeros de piso hubieran decidido montar una fiesta sin previo
aviso, y encima un lunes, cuando tú trabajas entre semana.
—Ya, pero eso no es lo que más me ha enfadado —respondí—. Los dibujos
que ese tío se ha cargado… Eran los que hice usando a Gabriel como
modelo. Eran especiales para mí, supongo, y ahora ya no están. Solo se han
salvado tres o cuatro, y tenía más de diez. Incluso mi favorito se ha roto.
—Joder —dijo, pasando un brazo por mis hombros para acercarme a ella—.
Lo siento mucho. Tiene que haber sido difícil
—Igual no ha sido algo tan malo… Al fin y al cabo, tengo que dejarlo ir.
Quizás era una forma del mundo de decirme que me toca pasar página.
—¿No habéis hablado todavía? —me preguntó, y negué con la cabeza—.
Deberíais hacerlo, Ari.
—Él mismo dijo que no había nada que hablar.
—Porque es un cabezón, igual que tú.
—Da igual —respondí—. Quiero pasar lo que queda de verano tranquila,
sin tener que preocuparme por él. No sé ni qué haré, pero quiero pasarlo
bien y poder desconectar.
—Mi tía abuela Ingrid vive en el norte, en la montaña —comentó—. Es una
señora muy guay, hace unas galletas estupendas y siempre me está pidiendo
que la vaya a ver. Podemos irnos unos días tú y yo, si quieres. ¿Te van a dar
vacaciones en el trabajo?
—¿Vacaciones? —Levanté una ceja—. ¿Qué es eso, se come?
Ella se echó a reír.
—Pues un fin de semana, entonces.
—No me parece mal, no. Pero ahora quiero que me expliques qué está
pasando con Marc exactamente.
Marian suspiró.
—No lo sé —respondió—. Estuvimos hablando hace unos días, en el
camping, cuando todos dormían. Supongo que el alcohol nos puso sinceros.
Me dijo que se sentía atraído por mí, pero que no pensaba hacer nada al
respecto, y yo le dije que me pasaba lo mismo. Quedamos en que nos
olvidaríamos del tema, y la verdad es que pensaba que me costaría mucho,
pero no está siendo tan difícil. Al fin y al cabo, para mí el bienestar de
Silvia va mil veces por delante de mis sentimientos raros por Marc, y
también hay que decir que Nil ha ayudado.
—Así que Nil, ¿eh? —Sonreí—. Suerte que no era nada serio.
—Es que vive lejos —se quejó.
—Girona está a una hora en coche.
—Coche que no tengo —puntualizó.
—Pero él sí —contesté—, y también tienes el tren. Tú lo que estás haciendo
es ponerte excusas. Te mereces ser feliz y tener una relación en la que te
sientas cómoda, Marian.
—Es que no dejo de pensar… —Carraspeó—. No dejo de pensar en que no
me lo merezco, porque pillarte por el novio de una amiga es muy feo.
—No puedes controlar lo que sientes. Si te hubieras liado con él sería otro
tema, y eso sí que sería muy feo, pero no lo has hecho. Has puesto a Silvia
por delante, aunque te duela, y eso dice mucho de ti. Eres una tía muy guay,
y muy buena persona.
—Que me vas a hacer llorar, idiota —dijo, dándome un codazo, y me reí.
Nos fuimos a su habitación y nos pusimos a preparar un colchón hinchable,
que hacía un ruido de los mil demonios, pero ella me aseguró que su padre
tenía un sueño muy profundo.
Cuando estuvo todo listo, Marian se echó en su cama y yo en la hinchable.
Cerré los ojos, intentando quedarme dormida, pero al estar de nuevo en
silencio el agobio volvió. Cada vez que pensaba en mi dibujo favorito, ese
en el que salían el torso desnudo y la cara de Gabriel, roto por culpa de un
cubata, notaba un pinchazo en el pecho.
Aun así, el agotamiento fue más fuerte, porque ni siquiera me di cuenta
cuando me quedé dormida.
38
—Ya empezamos —gruñí para mí misma, poniendo las cosas en la mochila
a la máxima velocidad que mi cuerpo podía alcanzar—. Otra vez con lo
mismo…
Era el primer día de clases, y tenía toda la pinta de que iba a llegar tarde,
para variar. Mi época de llegar temprano a clase apenas había durado unas
semanas antes del final del anterior curso, y de verdad había pensado que
podría empezar el nuevo curso con buen pie, pero parecía que mi naturaleza
impuntual se había vuelto a imponer.
Salí de casa casi corriendo, con la mochila colgada del hombro de cualquier
manera. Hice un sprint hasta la parada del metro, y entré dentro cuando las
puertas se estaban cerrando. Me apoyé contra la pared, porque no quedaba
ni un solo asiento libre, y suspiré.
—Ya te vale, Ariadna —murmuré—. Siempre estás igual.
Un señor mayor me miró con una ceja levantada, y pude ver cómo sus
labios se curvaban sutilmente en una sonrisa. Bueno, al menos mis
estupideces le habían alegrado la mañana a alguien.
No sé si fue un milagro, obra de una deidad o una mera coincidencia, pero
conseguí llegar a clase antes que el profesor. La mayoría de la gente ya
estaba allí —excepto Natalia, pero tampoco me sorprendía demasiado—, y
fui a sentarme con Marian y Anna. Silvia estaba con otra chica de clase, y
su novio estaba con Gabriel. Intercambiamos una mirada rápida antes de
que yo me sentara, pero no dijimos nada, ni siquiera hubo un intento de
sonrisa o saludo.
No habíamos hablado en todo el verano. Marian, al final, se había cansado
de insistir en que hablara con él. Aun así, había tenido un buen verano,
dentro de lo que cabe teniendo en cuenta que lo había pasado trabajando.
Había ido un fin de semana con Marian a casa de su tía abuela Ingrid, que
resulta que sí hacía unas galletas deliciosas, y nos lo habíamos pasado
genial. También había ido bastante a la playa, alguna que otra mañana, y
había estado trabajando como una loca durante unos días para poder
entregar los proyectos para la beca. Todavía no había recibido respuesta,
aunque decían que se anunciaría a los beneficiarios a principios de enero, lo
que me tenía de los nervios.
—¿Has visto el grupo de WhatsApp? —me preguntó Anna en cuanto me
senté.
—¿Cuál? —pregunté, distraída, mientras sacaba la libreta y el estuche de la
mochila.
—El de clase.
—Ah, no.
—Hay una fiesta este viernes, en casa de Claudia.
Hice una mueca. La última fiesta en casa de Claudia había terminado
conmigo llorando, con los impulsos homicidas al máximo, porque Leo se
había enrollado con una chica en mi cara. No sabía si me apetecía
demasiado.
—¿Quién va? —pregunté.
—Pues casi todo el mundo, menos esta mujer. —Señaló a Marian.
—¿No vienes? —Hice un puchero.
—Vas a tener que sobrevivir sin mí, querida. —Se llevó una mano al pecho,
fingiendo aflicción—. Este viernes me voy a Girona a ver a Nil.
—O sea, ¿me estás abandonando por un polvo?
—Efectivamente.
Me eché a reír, y quería preguntar más, tanto sobre la fiesta como sobre
cómo le iba a Marian con Nil —aunque ya lo sabía bastante bien, porque
hablábamos prácticamente a diario y me tenía muy actualizada, pero lo de
irse a Girona parecía una decisión de ese mismo día—, pero entró el
profesor en el aula, y se hizo un silencio sepulcral. Al mirar en el horario ya
había visto que teníamos un profesor nuevo, que no nos había dado clase el
curso pasado, pero lo que no ponía en los documentos del curso era que ese
profesor era guapísimo.
—Creo que me acabo de enamorar —susurró Marian, y tuve que reprimir
una carcajada, porque se habría notado mucho al estar todo el mundo
callado.
Parecía que estábamos ante un caso colectivo del síndrome de Stendhal, ese
en el que te dan palpitaciones, te sube el ritmo cardíaco y te quedas
pasmado al ver algo extremadamente bello.
El momento se rompió cuando Natalia entró en clase, intentando hacerlo en
silencio, con cara de pánico. El profesor le dio una mirada de reproche —no
entiendo por qué, si él también había llegado tarde— mientras ella iba a
sentarse en el primer sitio libre que encontró. En cuanto nuestra amiga
pelirroja estuvo sentada, el profesor dio una palmada.
—Bueno, creo que ya estamos todos —comentó, pero entonces se abrió la
puerta y entró otro compañero de clase—... pues parece que estaba
equivocado.
El compañero parecía querer que la tierra lo tragara y lo escupiera en la otra
punta del mundo, lejos de la severa mirada del profesor. En cuanto localizó
un asiento libre, se desplazó hasta él a la velocidad de la luz.
El profesor empezó a hablar como si nada, introduciendo la asignatura, y yo
dividí mi atención entre tomar apuntes y observar las caras que seguían
teniendo algunas personas de la clase, como si estuvieran ante el mismísimo
Adonis.
—Decidido, dejo a Nil y lo intento con el profe —sentenció Marian al final
de la clase, cuando el profesor, que se había presentado como Oriol, ya se
había ido.
—Pero si tampoco es tan guapo —respondió Anna.
—A ti no te gustan los hombres, no puedes opinar —rebatió, y Anna sonrió.
—Como usted diga.
—Además de que es ilegal liarse con un profe —añadí.
—¿Es ilegal? —preguntó Marian, frunciendo el ceño.
—Al menos en la normativa de la universidad, está prohibido —contesté—.
No iríais a la cárcel ni a juicio, pero os expulsarían.
—¿Por qué la vida es tan injusta? —se quejó ella.
—A ver, tiene todo el sentido del mundo —dijo Anna—. Primero, porque si
te lías con un profesor que te está dando clase, puede subirte la nota, y eso
está prohibido. Y, además, te estás liando con alguien que, quieras o no, está
en una posición de poder sobre ti. Puede haber abusos muy fácilmente.
—No me expliques los motivos lógicos, Anna; tengo ganas de quejarme —
gruñó Marian.
—¿Vais a ir a la fiesta? —nos interrumpió una voz de repente, y nos
giramos para ver a Silvia apoyándose en mi mesa.
—Yo sí —respondió Anna—. Marian no, porque se va a ver al churri, y Ari
creo que no lo sabe.
—Seguramente sí —admití, porque tampoco quería quedarme en casa solo
porque la última fiesta en ese lugar hubiera salido mal.
—Así me gusta. —Nos mostró las palmas, y Anna y yo le chocamos una
mano cada una—. Tú muy mal, Marian. Parece que nos estés sustituyendo
por un pene.
—Es que es exactamente lo que estoy haciendo, no me escondo —
respondió ella, tan tranquila, y nos echamos a reír.
El día se me hizo bastante ameno, sobre todo porque, al ser el primer día,
solo había presentaciones de asignaturas, y terminamos saliendo antes de
casi todas las clases. Fui a desayunar con los de siempre, Gabriel incluido,
aunque mantuvimos nuestra dinámica de no dirigirnos la palabra. Sabía que
esa situación tenía que acabarse, y pronto, pero llegados a ese punto ya no
sabía cómo solucionarlo.
Al terminar la última clase, decidí irme al taller de pintura. Marian me
acompañó, porque me estaba contando sus planes para el fin de semana con
Nil, hasta que le dio por cambiar de tema.
—A ver si este viernes el alcohol os hace un favor a Gabriel y a ti, y habláis
de una vez —comentó como quien no quiere la cosa.
—Pues mira, por una vez te doy la razón.
Ella se giró hacia mí de golpe, llevándose una mano al pecho con sorpresa.
—¡¿Ariadna Dalmau me está dando la razón en algo?! —exclamó—. Me va
a dar algo. Creo que me está aumentando el ritmo cardíaco. Noto sudores,
creo que me voy a desmayar…
—Cállate ya —le pedí, riendo.
Ella también se echó a reír y me abrazó.
—Dejad de ser unos imbéciles —me dijo, aunque sonaba como una súplica
—. Hablando se entiende la gente.
—Que sí, mujer.
Se fue al poco rato, dejándome sola en el taller. La profesora no tardó en
aparecer con un vaso de café en la mano, y parecía contenta de verme.
Estuvimos hablando de la beca y de los proyectos que quería llevar a cabo
durante el curso, hasta que decidí ponerme a dibujar.
Me senté durante un buen rato delante de la hoja en blanco, sin saber muy
bien qué hacer, ni por dónde empezar. Entonces desvié la mirada hacia el
escenario que había en el aula, aquel en el que Gabriel había posado para mí
meses atrás, y fue como si mi mano empezara a dibujar sola. Las líneas que
iba trazando adquirían con rapidez la forma de un abdomen, unos hombros,
un cuello… no llegué a dibujar la cara; primero, porque habría sido un poco
raro y, segundo, porque no lo creía necesario.
Fue como el disparo de salida. Después de dibujar ese torso, cambié de
papel y empecé a dibujar un cuerpo femenino, sacado de mi imaginación, y
fueron viniendo más cuerpos, más caras de gente que no conocía, o que
igual había visto por la calle y me había quedado con su rostro en la cabeza.
Cerré los ojos, sintiendo por fin cómo todo volvía a fluir dentro de mí, y
cómo por fin era capaz de transmitirlo al papel, algo que me había estado
costando en las últimas semanas.

El viernes salí a las diez de trabajar, como todos los días, y Natalia ya me
estaba esperando con el coche delante del gimnasio. En teoría habíamos
quedado a las diez en casa de Claudia, pero íbamos a llegar a y media,
porque yo no podía salir antes.
En el coche también estaban Anna y Silvia. Marc y Gabriel, al parecer,
habían decidido ir en metro, así que los veríamos en la fiesta.
—Oye, Ari —dijo Sílvia mientras Natalia conducía por las abarrotadas
calles de Barcelona—. Me he fijado en que Gabriel y tú ya apenas habláis.
Lo noté cuando fuimos al camping y pensé que igual estaba paranoica, pero
he visto que esta semana habéis estado igual. ¿Os habéis peleado?
Me sentí tentada a contárselo todo, porque Marian era la única que estaba al
corriente de lo que habíamos tenido Gabriel y yo, además de que odiaba
mentirle a mis amigas, pero lo último que necesitaba en ese momento eran
más conversaciones sobre ese tema.
—No sé, supongo que ya no nos llevamos tanto como antes. —Me encogí
de hombros, como si no fuera nada—. Cosas que pasan.
Ella frunció el ceño, lo que me hizo ver que no estaba muy convencida con
mi respuesta, pero afortunadamente no preguntó nada más.
Mi móvil vibró en mi bolsillo y lo saqué para ver un mensaje de mi jefe que
me hizo suspirar, porque me preguntaba si podía cubrir el turno de una
compañera enferma al día siguiente, sábado, que era uno de mis dos días
libres, por la tarde. No tenía nada de ganas de hacerlo, porque empezaría a
las dos de la tarde y lo más probable era que fuera a tener resaca, pero el
dinero no me iría mal, así que acepté.
—Oh, no —dijo Natalia de repente—. Estamos acercándonos a la rotonda
de la muerte.
Levanté la vista del móvil y vi que, efectivamente, estábamos a punto de
entrar en la rotonda de Francesc Macià.
—Tú puedes, Nati —le dijo Anna, que ocupaba el asiento del copiloto, y le
dio un apretón reconfortante en la pierna—. Una rotonda demoníaca no
podrá contigo.
—¿Es ilegal hacer un cambio de sentido en medio de una de las calles más
transitadas de la ciudad para esquivar una rotonda? —preguntó la pelirroja,
y no supe hasta qué punto estaba bromeando, pero me reí de todos modos.
—Me gustaría pasar la noche bailando en el pedazo de casa de Claudia, no
en comisaría ni en el hospital, así que no, Natalia, no puedes hacerlo —
respondí, y ella hizo un puchero.
—Tú siempre cortándome las alas, Ariadna —se quejó, y volví a reír.
Por suerte, esta vez nuestro paso por la rotonda terminó sin incidentes, y
Natalia suspiró con alivio cuando volvimos a incorporarnos en la calle
principal. Seguimos recto, y en la siguiente rotonda empezamos a subir
hasta el barrio más caro de la ciudad, donde Claudia vivía. Justo antes de
desviarnos, vi un cartel que indicaba que estábamos al lado del Palacio de
Pedralbes, donde había ido con Gabriel la noche de la fatídica fiesta.
Empecé a ponerme nerviosa, porque ya asociaba esa casa con el drama y,
teniendo en cuenta la situación en la que estaba con Gabriel, esa noche
podía pasar cualquier cosa.
Apenas diez minutos más tarde ya estábamos aparcando, y salí del coche
poniéndome el jersey, porque estábamos a mediados de septiembre y
empezaba a refrescar por las noches.
Fue Marc quien nos abrió la puerta de la casa, con un vaso de cerveza en la
mano. Saludó a Silvia con un beso entusiasta, lo que nos hizo ver que no era
el primer vaso que se tomaba, y cuando Natalia carraspeó se apartó para
dejarnos entrar.
—Adelante, señoritas —dijo, haciendo una reverencia.
De forma inconsciente, en cuanto estuve dentro escaneé la multitud de
gente en busca de Gabriel, pero no lo vi hasta segundos más tarde, cuando
salió del cuarto de baño. Su mirada se encontró con la mía y la apartó, lo
que me hizo querer gruñir de frustración. Aun así, hice como si nada y fui a
dejar lo que habíamos traído en la cocina.
Dos horas más tarde, estaba bailando con Anna y Marc en el jardín. Silvia,
Natalia y Gabriel se estaban bañando en la piscina con más gente de la
clase. Yo había pasado de unirme a la idea porque, siendo lo poco previsora
que soy, había olvidado que había una piscina y la posibilidad de bañarse, y
había elegido ese día para llevar unas bragas de encaje que transparentaban
mucho, así que no tenía demasiadas ganas de quitarme la ropa.
Le di un sorbo a mi mojito antes de acercarme a Natalia, que se había
sentado en el bordillo de la piscina. Me descalcé antes de sentarme a su
lado, metiendo los pies en el agua. Dejé el vaso a mi lado, y pasé un brazo
por los hombros de la pelirroja.
—¿Ya te has cansado de nadar? —le pregunté.
—¿Y tú de bailar?
Sonreí.
—Llevo como una hora sin parar, ya no podía más.
Nos quedamos calladas, observando a la gente hablar y reír, tanto dentro
como fuera de la piscina. Corría un viento algo fresco, pero no se podía
decir que hiciera frío, era una sensación agradable. El jardín era grande y
seríamos unas treinta personas en la fiesta, la mayoría de las cuales
estábamos ocupando el jardín. La piscina era larga, Natalia y yo estábamos
sentadas en el bordillo de la parte honda mientras que el resto de gente
estaba en la parte poco profunda, así que no tenía que preocuparme por que
me mojaran. Estaba contenta de estar allí y, por una vez, la presencia de
Gabriel no me hacía sentir tensa. No había bebido tanto como para que se
me hubiera olvidado toda nuestra historia, no era eso, simplemente creo que
estaba empezando a normalizar esa situación, algo que tampoco me parecía
bueno.
—¿Qué hay entre Gabriel y tú? —me preguntó Natalia de repente—. O,
mejor dicho: ¿qué hubo?
Me giré hacia ella con las cejas levantadas, porque me había tomado por
sorpresa.
—¿Entre Gabriel y yo? —decidí intentar hacerme la tonta, pero por la
mirada que me dio, no salió demasiado bien.
—No he dicho nada antes, cuando Silvia ha sacado el tema, porque sabía
que te cerrarías en banda, pero se os nota —respondió—. Hace meses que
se os nota. Antes eran las miradas cómplices, como si supierais algo que el
resto no, pero ahora solo os miráis cuando el otro no se da cuenta, y os
evitáis a toda costa. Anna y Silvia también lo notan, o sea que no es que yo
esté loca… Y algo me dice que Marian lo sabe. Intenté hablar del tema con
ella, para ver si sabía algo, y se puso nerviosísima, me dijo que no sabía de
qué le hablaba. Más o menos como te has puesto tú cuando te lo he
preguntado. No sabéis mentir.
Me habría indignado, pero es que tenía toda la razón del mundo, así que
solo pude echarme a reír.
—Es complicado —dije, adoptando una actitud algo más seria—. Pasaron
cosas entre nosotros, sí, pero no salió bien.
—¿Por qué no salió bien?
—Pues… —empecé a pensar en los motivos, pero no tardé en recordar que
no había ninguno—. No sabría decirte muy bien por qué, la verdad.
Ella me miró con el ceño fruncido, esperando a que continuara.
—¿Eso es todo? —preguntó antes de rodar los ojos—. Ari, que nos
conocemos de hace tiempo, puedes hablarme de tus sentimientos y no me
meteré contigo.
Solté un suspiro.
—Está bien —cedí—. Puede que me pillara por él, y Gabriel no quería nada
serio.
—¿Eso te lo dijo él?
—Es la sensación que me daba. —Me encogí de hombros.
—Y… ¿os peleasteis?
—No.
—¿Tuvisteis una conversación fea?
—No.
—¿Decidisteis dejarlo así de la nada?
—Eh… no.
—¿Habéis hablado, al menos? —Abrí la boca para contestar, pero sabía que
venía una reprimenda, así que la volví a cerrar, y Natalia continuó—. Oh,
por favor, no me digas que ni siquiera habéis hablado.
—¡No es tan fácil! —me quejé—. ¿Qué quieres que haga, que me acerque a
él y le diga “mira, Gabriel, siento haberme portado como una cría, pero es
que me pillé de ti como una idiota y me cuesta reconocer estas cosas”?
—Pues no estaría mal, no.
—Además, Gabriel tiene novia —añadí.
—¿Gabriel tiene novia? —Natalia levantó una ceja—. ¿Desde cuándo?
—Desde verano, supongo.
—Pues a mí no me ha dicho nada, y mira que he hablado con él.
—Ya sabes que es muy reservado con su vida privada.
—Sí, pero no sé si hasta este punto… —empezó, pero entonces me vibró el
móvil y lo saqué para ver un mensaje de Marian que me hizo querer gritar
de frustración.
Marian: Habla con Gabriel. Ni siquiera estoy ahí, pero sé que no te habrás
atrevido, y él tampoco.
Así que le di un largo trago a mi mojito y me levanté, ante la mirada
perpleja de Natalia. Ya estaba harta de esa situación de mierda, y era hora
de hablar. Me daba igual si a Gabriel le parecía, como me había dicho en
verano, que no había nada que hablar: yo sí tenía cosas que decir, y me iba a
escuchar.
Caminé por la piscina hasta la zona donde estaba Gabriel, hablando con un
compañero de clase y, en cuanto su mirada encontró la mía, le hice un
movimiento de cabeza señalando una zona apartada del jardín. Él frunció el
ceño y volví a hacer el gesto. Pensaba que pasaría de mí, pero se excusó con
el chico con el que estaba hablando y salió de la piscina.
Caminamos a una distancia prudencial el uno del otro hacia la zona que le
había indicado, que tenía menos luz que el resto del jardín y no había nadie,
lo que era ideal para hablar.
Él se paró delante de un banco, pero se quedó de pie. Me miró, expectante,
y tuve que hacer un buen esfuerzo para dejar de mirar su torso mojado y
ponerme seria.
—Tenemos que hablar —comenté, porque era la única manera que se me
ocurría de empezar la conversación. Gabriel se limitó a asentir con la
cabeza, mientras me seguía mirando, y esperé unos segundos para ver si
decía algo, pero como no tenía pinta decidí seguir yo, aunque estaba tan
nerviosa que no sabía ni cómo expresar lo que sentía—. Se me dan muy mal
estas cosas… No sé por dónde empezar.
Pensé que me daría una contestación seca, como a las que nos teníamos
acostumbrados el uno al otro en las últimas semanas, pero suspiró.
—Yo tampoco sé por dónde empezar —admitió—, pero creo que estamos
siendo unos imbéciles.
—Tú fuiste el que empezó con los comentarios hirientes —me defendí de
forma instintiva, y quise darme una bofetada a mí misma en cuanto me di
cuenta de que acababa de empezar una discusión.
—¿Qué comentarios hirientes? —preguntó él—. Yo nunca te he dicho nada
fuera de lugar.
—Pero tratabas lo nuestro como si no fuera nada —dije, y sacudí la cabeza,
dándome cuenta de que estaba siendo patética—... Porque igual no era nada
para ti. Mira, da igual, lo entiendo. Nunca nos prometimos nada, pero me
tomé mal que yo sintiera más por ti que tú por mí, y eso no es culpa tuya.
Siento haberme puesto así, pero solo quiero que nos olvidemos de lo que
pasó y volvamos a llevarnos bien.
Él se pasó las manos por la cara, exasperado, y lo miré con las cejas
levantadas.
—Esto es alucinante —gruñó.
—¡Ya te he dicho que lo siento! —exclamé—. Me cuesta la vida pedir
perdón, Gabriel, así que hazme un favor y acepta mis disculpas, porque
estoy a punto de ponerme nerviosa de verdad. Además, ¡tú también tendrías
que disculparte! Dejaste de hablarme de la nada, empezaste a salir con
Anya…
—Y tú empezaste a estar con chicos de Tinder y también dejaste de
hablarme —puntualizó.
—¡Pero no era algo tan serio como una relación de pareja! —aclaré—.
Además, estaba asustada. Estaba empezando a sentir demasiadas cosas por
ti, me asusté…
—Ari, no estoy con Anya.
—... y cuando me asusto, hago estupideces, porque soy así. Lo estoy
tratando de arreglar con la psicóloga… —seguí hablando, hasta que procesé
lo que me acababa de decir—. Espera, ¿qué?
—Que no estoy con ella.
—¿Lo habéis dejado?
—Nunca he estado con ella. —Se calló unos instantes, y suspiró—. Yo
también hago estupideces cuando estoy asustado. Vi que habías asumido
que estaba con Anya… que, por cierto, no sé de dónde lo has sacado, y
cuando me preguntaste cómo me iba con ella me dije “¿sabes qué? Si eso es
lo que quiere creer, que lo crea”.
—Pero subió un story, y salías sin camiseta… —murmuré, todavía pasmada
ante su confesión.
—¿Desde cuándo es eso prueba de que estás saliendo con alguien? —
Levantó una ceja—. Quedé con ella, estábamos en su casa en plena ola de
calor, y me quité la camiseta porque estaba sudando mucho. Había más
gente, no estábamos solos.
—Pero ella solo subió una foto contigo… —proseguí, aunque me estaba
empezando a entrar una vergüenza horrible porque me sentía una auténtica
stalker.
—Supongo que porque le gusto —contestó tan tranquilamente—. No quiero
sonar cruel, pero no es mi culpa cómo otra persona me vea. A ella le gusto,
ella a mí no. Me cae genial, la quiero mucho, pero no me gusta de esa
manera. Además, hay que reconocer que estoy muy guapo sin camiseta.
Se me escapó una carcajada, y me crucé de brazos.
—¡No me hagas reír! —me quejé—. Estamos discutiendo.
—No estamos discutiendo, estamos hablando las cosas.
—Pero si eres tú el que está enfadado, que antes me has dicho “esto es
alucinante” con cara de mala leche —Intenté imitar su voz sin mucho éxito,
consiguiendo únicamente que Gabriel sonriera, divertido.
—Lo que me parece alucinante es que en tantos meses no te hayas dado
cuenta de lo mucho que me gustas —respondió, y parpadeé varias veces.
—¿Te gusto? —inquirí, porque no estaba segura de si lo había escuchado
bien.
—No solo me gustas, Ari, de hecho…
No pudo terminar la frase porque apareció Marc, no sé muy bien de dónde,
con otro chico de clase.
—¡Llevo siglos buscándoos! —exclamó, llevándose las manos a las
caderas, y luego sonrió con maldad—. No os estaríais liando, ¿no?
—¡Hay partido de fútbol! —dijo el otro chico, Oliver, dando una palmada
con entusiasmo—. Solo faltáis vosotros dos, así que venga, tirando.
—¿Partido de fútbol? —Levanté una ceja.
—Se ve que en la caseta había dos porterías guardadas, y como este jardín
es enorme, tenemos zona de sobra para hacer un partido —explicó Marc—.
Venga, vamos.
Al parecer no tenían ni la más mínima idea de que acababan de interrumpir
una conversación importante, porque Marc cogió a Gabriel —que gruñó,
pero se dejó hacer— del brazo para arrastrarlo hacia la zona donde iban a
hacer el partido, y Oliver me miró con una sonrisa.
—Está bien —murmuré, en contra de mi voluntad, porque nos habían
cortado la conversación en un momento crucial, y necesitaba saber qué más
tenía que decir el rubio.
39
Desperté con los músculos entumecidos, un dolor de cabeza martilleante y
en una habitación que no reconocía. Tardé varios segundos en recordar que
me había quedado a dormir en casa de Claudia, después de que el partido de
fútbol hubiera terminado a las cinco de la mañana y no me hubiera visto
con fuerzas de ir para casa. A mi lado, en la enorme cama doble, estaba
Natalia, emitiendo unos ronquidos suaves que me hicieron sonreír.
Estiré las extremidades, intentando deshacerme de la sensación de pesadez,
y gemí al notar mis músculos reactivarse.
Entonces me dio por mirar al móvil, y salté de la cama. Las doce y media.
Ese día entraba a trabajar a las dos para cubrir una baja, y tenía que ir a
casa, ducharme, cambiarme y, si quería sobrevivir, comer algo.
Agradecí no encontrarme demasiado mal por la resaca, que solo se había
manifestado con dolor de cabeza —había hecho bien en no beber
demasiado durante la fiesta— y, tras buscar mi ropa por el suelo y
ponérmela, salí prácticamente corriendo de la casa. No había nadie en el
salón, así que no me molesté en intentar buscar a alguien para despedirme,
me fui a toda velocidad hacia la parada de bus más cercana, por donde creía
recordar que pasaba uno que llevaba al centro, y de allí podía coger otro
hacia mi casa.
Estaba en el bus cuando, al haberme librado de las prisas y el estrés, toda la
conversación que había tenido con Gabriel horas atrás volvió a mi cabeza.
Mi intención había sido jugar el dichoso partido de fútbol —tengo que
reconocer que me lo había pasado bien, por eso— y retomar la
conversación con él, pero el partido se había alargado y yo había terminado
tan cansada que solo podía pensar en ir a dormir. No sabía si él también se
había quedado a dormir o se había ido a casa, porque cuando yo me había
ido a la cama Gabriel seguía en el jardín.
Me sentí tentada a dejarlo pasar y esperar a que fuera él quien me dijera
algo, pero no tardé en darme cuenta de que tenía que romper esa dinámica.
Para arreglar las cosas, iba a hacer falta un esfuerzo de mi parte… también
tengo que admitir que lo último que me había dicho esa madrugada me
había dejado de los nervios, y necesitaba saber más. Así que decidí dejar de
comerme la cabeza y mandarle un mensaje.
Ari: Tenemos que hablar
Ari: Ahora no porque tengo que ir a trabajar hasta las diez, pero si quieres
quedamos después… o mañana, como te vaya mejor
Ni siquiera recibió mis mensajes, por lo que asumí que estaría durmiendo.
Me cambié de autobús en el centro, y veinte minutos más tarde estaba en mi
piso. Me di la ducha más rápida de mi vida, me vestí con el uniforme del
trabajo, que venía a ser unos pantalones de chándal negros y una camiseta
blanca —gajes del oficio de recepcionista de gimnasio, podía ir en ropa
cómoda—, y después de comerme unos macarrones a toda velocidad, salí
de casa.
Gabriel seguía sin contestar cuando entré a trabajar. Tenía que dejar el
móvil en la taquilla donde dejábamos nuestras cosas, así que decidí
apagarlo, para evitar la tentación de ir escabulléndome del trabajo para
mirarlo, y empezó mi jornada laboral.

El último cliente salió a las diez menos cinco. Le di las buenas noches con
una sonrisa y cerré todas las pestañas del ordenador antes de apagarlo.
Recogí los papeles, bolígrafos y objetos varios que tenía por el mostrador, y
respiré hondo, aliviada. Las ocho horas se me habían hecho mucho más
largas de lo normal, y mira que, sorprendentemente, no estaba tan cansada
como cabría esperar, porque realmente había dormido bastante en casa de
Claudia.
—¡Adiós, Ari! —se despidió Álvaro, uno de los entrenadores personales
que salía del vestuario masculino, tras haberse cambiado, y por la ropa que
llevaba tenía toda la pinta de que se iba de fiesta.
—Adiós, ¡pásalo bien! —respondí.
—No te quepa duda. —Me guiñó un ojo, y sonreí.
Me fui despidiendo de la gente que salía de la zona de vestuarios mientras
yo entraba y, en cuanto cogí mi bolsa, me apresuré a sacar el móvil para
encenderlo. Salí del gimnasio mientras se encendía y, una vez estuve fuera,
introduje el pin con ansias.
—Uno te viene a buscar para hacer una escena bien romántica, y vas tú y
sales tan empanada con el móvil que ni siquiera me ves —comentó alguien
delante de mí, y cuando levanté la cabeza vi a Gabriel sonriendo con
diversión.
Llevaba una camisa azul marino de manga corta, con dos botones
desabrochados, y tenía cara de haber dormido bastante poco, pero me
entraron unas ganas horribles de saltarle encima y comerle la boca… claro
que, antes que nada, había que hablar. Malditas formalidades que me
impedían besarlo en ese mismo momento.
—Te faltan las flores y la limusina para hacer una escena romántica —
bromeé.
—El presupuesto solo me daba para pagar el billete de metro hasta aquí —
respondió, y solté una carcajada.
—Lo tomaremos como un romance moderno y realista, entonces.
Gabriel rio, y se acercó a mí.
—¿Quieres cenar pad thai?
—Esa es la propuesta más sexy que me han hecho en mucho tiempo —
respondí, mordiéndome el labio a modo de broma, pero el deseo que vi en
sus ojos cuando lo hice tenía pinta de ir muy en serio.
Apartó la mirada de mi boca y se aclaró la garganta antes de volver a hablar.
—Pues vamos, entonces.
Asentí con la cabeza y empezamos a caminar hacia donde fuera que me
estaba llevando. Yo me limité a seguirlo, en silencio, pensando en qué decir,
y fue él quien rompió el hielo.
—Quiero aclarar que lo del pad thai solo lo como cuando estoy contigo, no
es que mi alimentación se base exclusivamente en eso —comentó, y me
eché a reír.
—Y yo que pensaba que solo comías tailandés.
—Por sorprendente que pueda parecer, no. —Sonrió.
—¿Adónde me llevas? —inquirí.
—Según Google Maps, hay un tailandés por aquí, a unos cinco minutos —
dijo, mirando el mapa en su móvil—. No lo he probado, pero tiene buena
pinta.
—Me voy a tener que fiar. —Liberé un suspiro dramático, y Gabriel volvió
a sonreír.
Cada vez que sonreía aumentaban mis ganas de comerle la boca, y no
paraba de hacerlo, así que estaba empezando a sufrir.
Llegamos al restaurante poco después. Por suerte, había sitio de sobra, así
que pudimos sentarnos al fondo del restaurante, lejos del resto de gente que
estaba cenando, para poder hablar tranquilamente.
Hice como que miraba la carta que nos acababa de traer el camarero, pero
podía notar a Gabriel mirándome, y parecía divertido, seguramente porque
era consciente de que yo solo estaba haciendo ver que leía. Al final, terminé
rodando los ojos y dejando la carta sobre la mesa.
—Habrá que pedir antes de ponernos a hablar, ¿no? —sugerí.
—Pero si sabes que te pedirás los únicos pad thai que hay en la carta y un
agua con gas —contestó—. Siempre pides lo mismo.
Me quedé callada unos segundos antes de hablar.
—Pues mira tú por dónde, me iba a pedir una Coca-Cola —repliqué,
aunque era una mentira enorme, porque mi intención hasta ese entonces
había sido, efectivamente, pedirme un agua con gas.
Así que terminé pidiendo una Coca-Cola que no quería solo para no darle la
razón, junto con un bol de pad thai para cada uno y un agua para Gabriel.
—Creo que tenemos que hablar sobre lo de ayer —comenté en cuanto el
camarero se fue, tras habernos tomado nota.
—Para eso estamos aquí, ¿no? —Sonrió.
—Deja de reírte de mí, pesado —me quejé—. Te estoy intentando decir que
nos quedó una conversación pendiente.
—Yo creo que fui muy claro al decir que me gustas, y mucho.
—Pero si pensaba que no querías nada serio conmigo.
—Y yo pensaba que tú no querías nada serio conmigo —respondió.
—¿Por qué?
—Acababas de salir de una relación con un imbécil —me recordó.
—Y tú dijiste que no querías una relación —insistí.
—No quería una relación con nadie en ese momento, es verdad —contestó,
acomodándose en la silla—. Pero todo cambió cuando empecé a estar
contigo.
—¿A estar conmigo? —me reí, divertida por su elección de palabras.
—A follar contigo. —Volvió a sonreír.
—Esa palabra me gusta más. —Me mordí el labio y él volvió a enfocar su
mirada en mi boca, lo que me hizo querer saltarle encima… para variar—.
Entonces, ¿estás diciendo que quieres estar conmigo?
—Si tú quieres, claro que sí… Pero deberíamos aprender a comunicarnos.
—Estaría bien, sí… Igual deberíamos ir poco a poco. No quiero que la
caguemos por ir con prisas.
—¿Sabemos ir poco a poco? —Levantó una ceja.
—Aprenderemos.
Ni dos horas más tarde, cuando se suponía que teníamos que despedirnos e
irnos a casa, estábamos comiéndonos la boca en un callejón. Mis manos
viajaban por su pelo, mientras que las suyas no se cortaban al tocarme el
culo y la cintura.
—Esto no es ir poco a poco —comenté entre beso y beso.
Noté la sonrisa de Gabriel en mis labios.
—Me da igual —respondió antes de meterme la lengua en la boca.
Con ganas de llevarlo aún más allá, bajé una mano hacia el bulto que ya
llevaba un rato formado en sus pantalones, y presioné suavemente. Él
gimió, sin dejar de besarme, y sus manos apretaron mi culo con fuerza. Me
movió hasta meterme en la entrada de un portal. Eran pasadas las doce de la
noche y en ese callejón no había nadie, aunque podía pasar alguien en
cualquier momento, y eso solo hacía que me calentara más.
Sus besos bajaron a mi cuello en cuanto me tuvo apoyada contra la pared
del portal. Empecé a desabrochar sus pantalones casi con desesperación,
queriendo sentirlo después de tanto tiempo.
Le saqué la polla, que ya estaba dura y lista para mí, sin contemplaciones.
Él giró la cabeza para ver si venía alguien y, cuando volvió la mirada a mí,
me arrodillé delante de él. Me la metí en la boca y pude escucharlo suspirar.
Una de sus manos se enredó en mi pelo y acompañó los movimientos de mi
cabeza mientras le daba placer con la boca. Me dediqué a él un buen rato,
hasta que noté que se ponía incluso más dura de lo que ya estaba, lo que
indicaba que se estaba a punto de correr.
—Oh mierda, mierda —dijo justo antes de apartarse de golpe, y lo miré con
una ceja levantada.
Estaba a punto de decirle que ya debería saber que no me importaba que
terminara en mi boca, cuando escuché unos pasos acercándose a donde
estábamos. Gabriel se subió los pantalones rápidamente y yo me levanté,
intentando hacer como si nada.
Pasó un señor de la edad de mis padres, que nos dio una mirada sospechosa,
pero no dijo nada porque tampoco nos había pillado.
En cuanto los pasos del señor se alejaron, no pude evitar estallar en
carcajadas, y Gabriel rio conmigo antes de abrazarme. Escondió la cara en
mi cuello y dejó un beso en mi piel antes de hablar.
—Mi madre está en casa —murmuró, frustrado.
—Te diría de ir a mi piso, pero mis compañeros han montado otra fiesta —
respondí con fastidio.
Gabriel se separó del abrazo y se apoyó contra la pared de atrás.
—¿Y no has querido irte a la fiesta con ellos? Me lo podrías haber dicho, y
habríamos ido a cenar otro día.
—Estoy un poco harta de sus fiestas.
—¿Y eso?
Suspiré.
—Siempre están igual —contesté—. Una fiesta al mes estaría bien, pero es
que es cada fin de semana, viernes y sábado, e incluso algunos días entre
semana también montan fiestas. La mayoría de ellos tienen clases por la
tarde o empiezan como a las diez de la mañana, así que no tienen que
madrugar y les da igual irse a dormir tarde o hacer ruido. Yo me levanto a
las siete de la mañana, y hay días en los que no puedo con mi vida porque
no me han dejado dormir.
—¿Has probado a hablarlo con ellos?
—Sí, y me piden perdón, pero al cabo de dos días están igual. El otro día
incluso me lié a gritos con ellos a las dos de la mañana, y creo que ahora
soy la amargada oficial del piso.
—Qué pereza.
—Creo que me tendré que cambiar de piso —admití—. Hace un tiempo
hicieron una fiesta, un tío entró en mi habitación y se le cayó el cubata
encima de mis dibujos. De los que había hecho teniéndote como modelo.
Me cabreé tanto que casi lo apuñalo.
Él pasó un brazo por mis hombros, acercándome a él, y dejó un beso en mi
cabeza.
—Ya sabes que puedo posar para ti cuando quieras —me dijo, y cerré los
ojos, sintiéndome repentinamente relajada, no sé si por su tono de voz, por
su olor, o por su cercanía en general—. Te dije que se me daba bien estar
desnudo.
—Sí que se te da bien, sí —respondí, sonriendo—. Pero no me digas estas
cosas ahora, que nos hemos quedado a medias.
Él rio y se apartó un poco para poder mirarme.
—Quiero estar contigo de verdad. Y no por el sexo, que también, pero
porque me gustas mucho.
—Tú también me gustas mucho —respondí, acariciando su mejilla—. Y
tengo miedo, porque no quiero que esto salga mal, pero supongo que si no
lo intentamos nunca lo sabremos, ¿no?
—Yo también tenía miedo pero, ¿sabes qué? A la mierda el miedo. Llevo
pillado por ti desde que te pedí el lápiz el primer día de clases, sería un
imbécil si dejara pasar la oportunidad de estar contigo.
—Lápiz que, por cierto, todavía no me has devuelto —observé, tratando de
ignorar el hecho de que mi corazón había empezado a latir más rápido con
sus palabras.
—¿No me lo vas a regalar? —Hizo un puchero.
—Me lo pensaré —contesté antes de volver a besarlo.
Esa noche, volví a casa con una sonrisa en la cara por primera vez en
mucho tiempo. Poco me importaba la fiesta de mis compañeros de piso, o
cualquier otro problema que pudiera tener en ese momento. Todo parecía
estar volviendo a su sitio, y en el fondo me sentía un poco —muy— tonta
por haber estado tanto tiempo evitando hablar las cosas con Gabriel, pero el
dejar de ser tan testaruda era algo en lo que tenía que trabajar para que las
cosas con el rubio pudieran funcionar.
40
—”Ya he superado a Gabriel” —dijo Marian, haciendo una pésima
imitación de mi voz.
—”Ya no nos llevamos tanto como antes, cosas que pasan” —prosiguió
Silvia, poniendo voz de pito, y rodé los ojos.
—Basta ya —gruñí, pero no me hicieron ni caso.
—Yo creo que os lleváis bastante bien, teniendo en cuenta la comida de
morros que he presenciado esta mañana —añadió Anna.
Está bien, puede que nos hubieran pillado besándonos en la azotea pocas
horas antes, pero en mi defensa diré que no esperaba que fueran a aparecer
justo en ese momento.
—”Oh sí, Gabriel, dame más” —gimió Marian, haciendo movimientos
sexuales sobre la silla del bar.
—Oye, que yo no he dicho eso en ningún momento —me quejé.
—No, pero seguro que lo estabas pensando. —Natalia sonrió.
—¿Soy el único que no sabía nada sobre estos dos? —preguntó Marc.
—Sí —contestaron todas las chicas a la vez, y ahí sí que no pude evitar
echarme a reír.
La mesa entera se sumió en un silencio nada sutil en cuanto vieron a
Gabriel de lejos. Él se acercó con una ceja levantada —seguramente porque
todos lo estaban mirando—, y se sentó sin cambiar la expresión.
—¿Estabais hablando mal de mí, y por eso me miráis así? —inquirió.
—Te miramos porque eres muy guapo —bromeó Marian, y luego se tapó la
boca—. Oh, no, ahora ya no puedo decirte estas cosas, que tienes novia.
—Admitir lo evidente no es un crimen —respondió él, divertido.
—¿No le vas a dar un beso? —le preguntó Natalia, con una sonrisa
morbosa.
—Lleváis media hora molestándome porque nos habéis visto besarnos una
vez, así que habéis perdido ese privilegio —contesté, y Marian se cruzó de
brazos, haciéndose la enfadada.
No fue fácil conseguir que dejaran el tema, pero terminaron por cansarse de
meterse con nosotros y la conversación empezó a girar en torno al profesor
guapo. Marian estaba perdidamente enamorada de él, y poco le importaba
que fuera un tío bastante borde.
La gente se empezó a ir poco a poco, hasta que solo quedamos Marian,
Anna, Gabriel y yo, que decidimos comer en el bar. Anna entraba a trabajar
en poco rato, así que le iba mejor eso que pasar por casa, y yo estaba
disfrutando del día libre que me habían dado por haber cubierto el turno del
sábado. Mi plan era ir al taller de pintura, y Gabriel quería ir al de foto, así
que nos volveríamos a encontrar al salir.
Marian estuvo conmigo un rato en el taller de pintura, mirando lo que
dibujaba y haciendo un par de bocetos antes de declarar que se había
aburrido e irse. En el aula había un par de alumnos pintando, y la profesora
miraba algo en su portátil, sentada en el escritorio que le pertenecía como
encargada del taller.
Pasé algo más de una hora haciendo esbozos que no terminaban de
convencerme. Cuando saqué la última hoja que había pegado en el
caballete, solté un suspiro. Estaba bloqueada pero, por suerte, conocía un
buen remedio para eso.
Me levanté, recogí mis cosas —planeaba volver más tarde, pero no quería
que nadie me robara nada— y me despedí de la profesora antes de salir del
aula. Subí dos pisos por las escaleras, hasta llegar al taller de fotografía.
La puerta estaba entreabierta, así que no me molesté en llamar y entré. Vi a
Candela organizando uno de los cajones donde guardaban los negativos, y
me acerqué a ella.
—Hola, Ari —me saludó, levantando la mirada hacia mí con una sonrisa—.
¿Vas a quedarte?
—Un rato, sí. ¿Por?
—Gabriel ha ido a imprimir no sé qué y, teniendo en cuenta cómo es, vete a
saber cuándo vuelve —me explicó—. Tengo que llevar una cámara a
limpiar a una tienda de fotografía, y no quiero dejar el taller solo.
—Ah, pues me quedo yo a esperar que Gabriel vuelva, no te preocupes —
respondí, con una sonrisa amable, aunque por dentro estaba teniendo ideas
nada puras.
—Genial, ¡gracias!
Se levantó, dejando el cajón a medio ordenar, cogió una bolsa en la que
asumí que estaba la cámara que me había comentado, y rebuscó por las
mesas hasta encontrar su bolso. Se despidió rápidamente y se fue,
dejándome sola en el taller.
Saqué el móvil del bolsillo de mi pantalón, planteándome mandarle un
mensaje a Gabriel, pero decidí que ya aparecería, y me dediqué a dar
vueltas por el taller. Había muchas fotos colgadas, secándose, y sonreí al
reconocer a mis amigos en ellas. Eran fotos de cuando estuvieron de
acampada, la mayoría de ellas en la playa, excepto por algunas en las que
salía Marc en la parcela con sus fideos precocinados, enseñándolos con
orgullo, como si fuera un chef de renombre.
Entonces me fijé en una de las fotos, que no había visto al principio porque
estaba en la segunda fila. Nos reconocí a Marian y a mí, sentadas en una
roca en la playa, el día en que yo había llegado al sitio donde estaban
acampando. Me sorprendió, porque en esa época yo pensaba que Gabriel
había estado enfadado conmigo, pero esa foto era tan amable y tan bonita,
que me parecía imposible que la hubiera tomado alguien con sentimientos
negativos hacia mí. La luz era espectacular, parecía acariciar nuestras pieles
mientras hablábamos, ajenas a que teníamos un espectador.
—Es mi favorita —escuché la voz de Gabriel muy cerca de mí y me giré de
golpe, sobresaltada, para verlo mirándome con una sonrisa divertida—.
Debo admitir que me sentí un poco acosador al hacerla, pero es que la luz
era impresionante.
—La luz y yo —apunté.
—Y luego soy yo el que tiene un ego desmesurado.
Me reí, y rodeé sus hombros con mis brazos.
—Ahora te puedo saludar como se debe sin tener a todos esos cotillas
mirando —dije antes de besarlo.
Noté su sonrisa en mi boca justo antes de que me devolviera el beso. Lamió
mis labios, pidiéndome permiso para profundizarlo, y abrí la boca para
dejar paso a su lengua. Llevó sus manos a mi cintura, y las mías fueron a su
pelo para acariciarlo.
Entonces hizo un movimiento brusco para ponerme contra la pared, pero le
dio un golpe a las cuerdas de donde colgaban las fotografías y algunas se
cayeron. Se separó, con expresión de fastidio, y se arrodilló en el suelo para
recogerlas. Sonrió al ver una de ellas, y me la tendió para que la viera.
—Parece que me vayas a pedir matrimonio.
Él me miró con seriedad, y carraspeó antes de hablar.
—Ariadna Dalmau, estos tres días que llevo saliendo contigo han sido los
mejores de mi vida —dijo, y me eché a reír—. No tengo anillo porque soy
fotógrafo, lo que significa que es muy poco probable que pueda llegar a
permitirme un anillo a no ser que ahorre durante diez años, pero ¿quieres
casarte conmigo?
—Podrías haber traído un fideo de pad thai como anillo.
—Mierda, no lo había pensado. —Chasqueó la lengua—. Qué desastre de
pedida. No lo vuelvo a intentar nunca más.
—Con lo caras que son las bodas, podríamos irnos a dar la vuelta al mundo.
—Me lo apunto. —Sonrió antes de levantarse del suelo y volver a colgar las
fotos en su sitio. Luego descolgó la que iba a enseñarme en un principio—.
Mira, te quería enseñar esta.
No me había dado tiempo a verla cuando había estado mirando las fotos
minutos antes, pero era una en la que salía el culo de Marc en la playa en
primer plano, y el susodicho tenía la cara girada hacia la cámara, con una
sonrisa de satisfacción.
—Está muy orgulloso de su culo —comenté, divertida.
—Le va pidiendo a todo el mundo que se lo toque —añadió Gabriel, y reí
porque era cierto—. Siendo como es Silvia, uno pensaría que se tomaría
estas cosas mal, pero el otro día ella también me animó a que le tocara el
culo a su novio.
—Igual quieren hacer un trío contigo, y te intentan convencer con el culo de
Marc.
Él frunció el ceño, aunque no parecía disgustado, sino pensativo.
—No me follaría a Marc ni a Silvia, somos demasiado amigos.
—¿Te acostarías con un tío? —inquirí, con curiosidad.
—Claro, ¿por qué no? —Se encogió de hombros—. Siempre me ha dado
curiosidad. O sea, ahora que estoy contigo no, porque creo que quedamos
en estar solo nosotros dos… Porque quedamos así, ¿no?
—No lo concretamos, pero yo asumía que sí —respondí, divertida por su
expresión confusa.
—Vale, vale. —Asintió con la cabeza.
—¿Quieres tener una relación abierta? —sugerí, aunque no era lo que yo
deseaba, pero quería saber su opinión.
—Uf, no —contestó, pero luego me miró con precaución—. No es por
nada, entiendo y respeto a la gente que tiene relaciones abiertas, pero no son
para mí. Si tú quieres eso lo podemos hablar pero, por mí, no.
—No es lo que yo quiero, tampoco. Solo quería saber qué opinabas.
—Vale, aclarado —dijo antes de acercarse más a mí—. Ahora bésame, que
nos hemos quedado a medias.
—Bésame tú —rebatí, solo por el placer de llevarle la contraria.
—Qué tozuda eres —gruñó antes de presionar sus labios contra los míos.
Sonreí antes de morderle el labio, haciendo que gimiera. Besé su mejilla, su
mentón, hasta llegar al cuello, donde empecé a dejar besos húmedos y
pequeños mordiscos. La respiración de Gabriel se aceleró, y apretó su
agarre en mi cintura.
—¿A qué hora ha dicho Candela que volvía? —preguntó.
—No lo ha dicho —respondí, interrumpiendo mi atención en su cuello
durante apenas un par de segundos antes de volver a lo que estaba haciendo,
pero luego recordé algo—. ¿Helena no está?
Ya me había parecido extraño no ver a la profesora encargada del taller allí,
pero había olvidado preguntar por ella.
—Está de baja porque la tenían que operar de la pierna. Candela es la que
se encarga del taller hasta que vuelva.
—Mmm… Interesante —ronroneé, bajando las manos por su torso hasta
llegar a su cinturón.
—Aquí no —murmuró, separándose para cogerme de la mano y llevarme
hacia la primera cortina de entrada del laboratorio de revelado.
Cruzamos las dos cortinas, asegurándonos de dejarlas bien cerradas, porque
si se colaba luz exterior y había papel fotosensible dentro —que era lo más
probable— se arruinaría todo, y Candela nos cortaría la cabeza. La luz roja
del laboratorio nos recibió en cuanto la segunda cortina estuvo bien cerrada,
y Gabriel me dio una sonrisa antes de guiarme hacia una mesa que había al
fondo de la sala, lejos de todos los líquidos químicos necesarios para revelar
las fotos.
Me senté en la mesa, abriendo las piernas en una invitación silenciosa para
que se pusiera entre ellas. Lo hizo justo antes de volver a besarme. Sus
manos acariciaron mis piernas desnudas, y pararon justo donde empezaba
mi falda.
—Cada vez que te veo llevando falda me entran ganas de levantártela y
follarte en cualquier lugar —murmuró, a milímetros de mis labios.
Respondí mordiéndole el labio inferior, con algo más de fuerza de lo
normal, y él gimió, clavando las uñas en mi pierna. Aflojó la presión de su
mano, y la subió hasta llegar a la parte más alta de mis muslos, casi tocando
mi ropa interior. Noté mi pulso acelerarse y fue como si todas las
sensaciones de mi cuerpo se acumularan en mi punto más sensible, y eso
que ni siquiera lo había tocado.
Mi lengua seguía jugando con la suya cuando, tras lo que parecieron horas,
su pulgar acarició mi clítoris por encima de las bragas, haciendo que todo
mi cuerpo diera una sacudida.
—No aguanto más —dije, separándome de él para empezar a desabrochar
sus pantalones—. Lo quiero ya.
—Espera —musitó antes de dar media vuelta hacia la salida del laboratorio.
Me quedé ahí, abierta de piernas y con una ceja levantada, hasta que lo vi
entrar de nuevo. Había poca luz en el taller —aunque no me quejaba,
porque esa luz roja le daba un toque más erótico a todo—, pero aun así
pude distinguir el paquete cuadrado en su mano. El preservativo. Ni me
había acordado.
Seguramente él tenía tan pocas ganas de andarse con rodeos como yo,
porque en cuanto estuvo delante de mí me dio un corto beso, se bajó los
pantalones y se puso el preservativo. Por suerte, la mesa era alta —parecía
estar hecha para follar, la verdad—, así que solo tuvo que apartarme las
bragas para empezar a introducirse poco a poco dentro de mí.
Pasé las manos por debajo de su camiseta, acariciando su torso mientras
notaba cómo entraba, centímetro a centímetro. Mi boca se abrió, queriendo
gemir con fuerza, pero sabía que si me pasaba nos podrían escuchar desde
el pasillo, además de que Candela podía llegar en cualquier momento.
—Oh, joder —susurró Gabriel—. Llevaba meses muriéndome de ganas de
volver a estar dentro de ti.
—Más fuerte —le pedí, y me obedeció de inmediato. Mordí suavemente
uno de sus brazos para tapar mis gemidos, y eso solo pareció calentarlo
más, porque fue incluso más rápido—. Dios, sí, así. No pares.
Me bajó el top, dejando mis pechos al aire, y bajó la cabeza, parando sus
embestidas durante un momento, para lamerlos. Clavé mis uñas en su culo,
incitándolo a continuar, y volvió a besarme antes de retomar sus
movimientos.
—Prométeme que no volveremos a ser tan imbéciles —le pedí.
—Nunca más —respondió—. Te he echado tanto de menos…
—Y yo a ti —murmuré entre jadeos—. Te mentí, Gabriel.
—¿Qué? —preguntó, bajando el ritmo de sus embestidas, y lo miré a los
ojos.
—No solo me gustas —admití—. Te quiero. Ni siquiera sé desde cuándo,
pero te quiero. No te lo había dicho porque pensaba que era muy pronto y te
asustarías…
Estampó sus labios contra los míos, sin dejarme continuar, y empezó a
hacérmelo tan fuerte que mi espalda chocaba contra la pared. Su boca calló
mis gritos, y cuando estaba a punto de llorar de placer, paró.
—Ponte encima —me pidió, separándose—. Quiero ver cómo te mueves.
Sonreí, aunque esperaba una respuesta a lo que acababa de decirle. No
planeaba confesárselo tan pronto, pese a que era algo que llevaba tiempo
sintiendo, pero la intensidad del sexo había hecho que se me escapara, y
ahora me sentía nerviosa porque no me había contestado.
Él se apartó para dejarme bajar de la mesa, y ocupó mi lugar. Tuvo que
ayudarme a subirme, porque la mesa estaba alta, y me dejé caer sobre su
miembro en cuanto lo tuve bien colocado. Ambos gemimos y empecé a
moverme, lentamente al principio, pero fui subiendo de velocidad. Sus
manos acariciaban todas las partes que estaban expuestas de mi cuerpo,
besaba mis pechos, mi cuello, mis labios de vez en cuando…
—Eres preciosa —dijo, apoyándose en la pared para mirarme—. Eres
preciosa, y me tienes enamorado como un idiota. Joder, Ari, te quiero…
Empecé a hacerlo más rápido porque me notaba cada vez más cerca, la
presión se acumulaba en mi zona más sensible y cada vez me costaba más
reprimir mis gemidos.
—Estoy a punto de llegar —jadeé.
—Córrete. Córrete para mí.
Y eso hice. Me tapé la boca con una mano para que no se escucharan mis
gritos, pero Gabriel me la quitó y la sustituyó por la suya. Mis movimientos
empezaron a descoordinarse pero él empezó a embestir hacia arriba,
prolongando mi orgasmo, hasta que noté cómo se contraía y se corría él
también, gimiendo en mi oído.
Me quedé abrazada a él al terminar. Acariciaba mi espalda mientras dejaba
algún que otro beso en mi cara y mi cuello, intentando recuperar la
respiración.
Pudimos estar así pocos minutos, porque escuchamos la puerta del taller
abrirse y nos separamos a toda velocidad. Gabriel se deshizo del condón,
tapándolo con un trozo del papel higiénico que por suerte había en el
laboratorio, antes de subirse los pantalones. Yo solo tuve que ponerme las
bragas y el top bien, y para cuando Candela entró en el laboratorio ya
estábamos en posición de revelar fotos, yo delante de la ampliadora y él
metiendo un trozo de papel de foto que se había encontrado por ahí en uno
de los líquidos.
—Así me gusta, que trabajéis —comentó Candela, ajena a todo lo que
acababa de pasar, antes de ponerse a cortar un negativo que tenía en una de
las mesas.
Giré la cabeza sutilmente hacia el rubio, que también me estaba mirando, y
sonreímos.
41
Inspiré con fuerza antes de soltar el aire lentamente por la boca, una técnica
que me había enseñado la psicóloga para controlar la ansiedad, pero en ese
momento no me estaba sirviendo de mucho.
—Eres una dramática, entra de una vez —la voz de Nina a través del móvil
me devolvió a la realidad.
—Me estoy preparando mentalmente —rebatí.
—Llevas diez minutos “preparándote mentalmente”, déjate de tonterías y
hazlo.
—No me presiones.
—Por Dios, Ariadna, me estás poniendo de los nervios incluso a mí —
gruñó, frustrada.
—Vale, vale, ya voy.
Introduje el nombre de usuario y la contraseña que me habían mandado por
mail un mes atrás. Presioné en “Entrar” y busqué la lista final de
beneficiarios de la beca, que habían subido hacía cinco minutos.
—¿Qué pone? —preguntó Nina.
—Ahora me estás poniendo nerviosa tú a mí —mascullé—. Se acaba de
descargar el PDF.
Abrí el archivo. La lista no era larga, apenas había diez nombres, y no me
costó encontrar “Ariadna Dalmau” entre ellos.
Me quedé parada unos segundos.
—¿Te la han dado? —insistió mi hermana.
La ignoré. Tuve que releer toda la información del archivo un par de veces,
para ver que no me estaba equivocando. No tenía pinta, el título decía
claramente “Beneficiarios de la Beca de Artes”.
—Sí —murmuré.
—¿Qué?
—Que me la han dado —respondí, todavía procesándolo, y luego la miré—.
Nina, ¡me han dado la beca!
Mi hermana soltó un grito de emoción.
—¡Lo sabía! —exclamó, entusiasmada—. ¿Ves como nadie te miente
cuando te dice que eres muy buena? ¡Eres la mejor!
—Tampoco te vengas arriba. —Reí.
—Cállate, déjame alegrarme por ti —me cortó, irritada, antes de recuperar
su tono entusiasta—. ¡Cuando vuelva lo celebramos!
—Pero si quedan meses —apunté.
—Da igual, no seas aguafiestas.
Terminamos la llamada poco después, lo que me permitió sentarme en el
sofá y asimilar lo que había pasado. Me habían dado la beca. Apenas me lo
podía creer.
Lo primero que hice fue llamar a Gabriel para darle la noticia. Me felicitó
mil veces, igual de contento que mi hermana, y me propuso ir a cenar esa
noche para celebrarlo. Luego lo dije por el grupo de mis amigos, y entre
felicitaciones Marian dijo que teníamos que ir a cenar esa noche.
Así que lo que iba a ser una cita de celebración se convirtió en una cena con
amigos, pero no me molestó en absoluto, y a Gabriel tampoco. El rubio se
dedicó a acariciar mi mano durante gran parte de la cena, y me miraba con
un orgullo que me hizo saber que estaba donde siempre había querido estar:
rodeada de gente que me quería de verdad.
42
—¡Mierda! —grité, apartando el pincel del lienzo.
Varias personas se giraron hacia mí, pero solo Carol se acercó.
—¿Qué te pasa ya? —preguntó.
—Acabo de joder el cuadro —murmuré, enfurruñada—. Me he pasado
poniendo pintura y míralo, chorrea por todos lados.
Igual “por todos lados” era una exageración, teniendo en cuenta que apenas
había una gota que se había deslizado casi hasta el final del cuadro, pero en
mi defensa diré que estaba muy frustrada.
Milagrosamente, con la ayuda de Carol conseguí arreglarlo, no sé ni cómo.
Era lo que más agradecía de estar en un taller con más gente. Sí, en el de
pintura de la uni también había más estudiantes, pero la dinámica era
diferente. Ahí estaba con más personas a las que les habían dado la beca,
nos animaban a colaborar entre nosotros, y estaba aprendiendo mucho.
—Mira, si ha venido tu novio el guapo —dijo Carol un buen rato después, y
me giré hacia la puerta para ver a Gabriel caminando hacia mí.
Miré la hora en mi móvil. Uy.
—Lo sien… —empecé.
—Ari, ya contábamos con que perderías la noción del tiempo y llegarías
tarde —me interrumpió, divertido—. He venido para sacarte del trance.
En exactamente trece minutos habíamos quedado con nuestros amigos en
casa de Marian para cenar. Teniendo en cuenta que mi atuendo consistía en
una camiseta blanca con más manchas de pintura que un cuadro de Pollock
y unos pantalones negros anchos a los que poco les quedaba para ir a
conjunto con la camiseta, tendría que pasar por casa a cambiarme, y una
ducha tampoco me iba a ir mal.
En resumen: que íbamos a llegar, como mínimo, una hora tarde.
Hacía ya un mes que tenía acceso al taller, y no había parado de dibujar y
pintar en ese tiempo. Combinarlo con los estudios había sido algo
complicado, y por suerte gracias al dinero de la beca, que me iba a dar para
sobrevivir unos meses, había podido dejar el trabajo, porque sino habría
terminado desquiciada.
Lo recogí todo corriendo y salimos del taller para ir hacia mi casa, que por
suerte quedaba relativamente cerca. Me duché a toda velocidad, me
maquillé un poco, y me puse un vestido que hizo que a Gabriel de repente
le cambiara la cara.
—Tenemos que salir ya —le recordé, porque ya veía sus intenciones.
Suspiró, afligido, y en veinte minutos conseguimos estar en casa de Marian.
Se metieron conmigo un buen rato por tardona, pero no estaban enfadados.
Cenamos, jugamos al mus y, siguiendo el plan inicial, hacia las doce nos
fuimos a una discoteca cercana. Yo me limité a tomarme una cerveza,
porque al día siguiente quería ir al taller, y Gabriel tampoco bebió
demasiado, cosa que no se podía decir del resto de nuestros amigos.
—¡Estamos rulay! —gritaba Marian a la media hora, cuando empezó a
sonar una conocida canción—. ¡Empezó el verano, fueeeeego!
—Marian, estamos en febrero —le recordé, pero me mandó a callar con un
siseo.
Silvia y Marc estaban en su mundo, bailando juntos, y Natalia al parecer
estaba haciendo amigas por ahí, porque no la veíamos demasiado. Gabriel
se lo miraba todo como si fuera una película —o un documental de
naturaleza, mejor dicho—, y yo me lo estaba pasando bien pero a la vez
estaba muy cansada.
Gabriel se me acercó y bajó la cabeza para que pudiera escucharlo bien.
—Deja de darle vueltas a los cuadros —me dijo—. Te puedo escuchar
pensando desde aquí.
—Es que mañana quiero acabar uno…
—Estamos de fiesta —me interrumpió—. Les daremos una hora de margen
para que luego no se quejen de que no pasamos tiempo con ellos, y luego
haremos una bomba de humo.
—Me parece buena idea —respondí, y él aprovechó para dejarme un beso
en el cuello, que luego vino seguido de otro—. ¿Todo bien?
—Voy cachondísimo.
Reí.
—Hoy no puedes excusarte con el alcohol.
—Hoy puedo excusarme con tu vestido.
—Ahora entiendo que tengas tantas ganas de hacer una bomba de humo.
Él solo soltó un “mhmm”, besando mi mandíbula.
—¡Aquí porno no! —gritó Marian.
Gabriel no se apartó, solo giró la cabeza hacia nuestra amiga y, aunque no le
veía la cara, estaba segura de que la expresión no era amable.
—Déjame en paz —le dijo, y volvió a esconder la cara en mi cuello,
haciéndome reír.
Natalia reapareció al poco rato, lo que nos daba vía libre para huir porque
así ya no dejábamos a Marian sola, pero nos quedamos un rato más. Gabriel
se tomó otra cerveza y yo una Coca-Cola para evitar quedarme dormida ahí
en medio.
Cerca de las dos de la mañana nos decantamos por no hacer una bomba de
humo, ya que Marian nos lo habría recordado hasta la muerte, y dijimos que
nos íbamos a casa. Marc y Silvia ya se habían reintegrado en el grupo, y se
quejaron todos, pero no les hicimos demasiado caso. La verdad es que,
aunque llevaba años siendo una persona muy fiestera, desde que estaba en
el taller apenas tenía energía ni ganas para salir, y no me parecía mal. Los
fines de semana sin resaca se apreciaban mucho.
Salimos de la discoteca cogidos de la mano, y cogimos el bus nocturno para
ir hacia mi casa. Llegamos a las dos y media, porque pasaban muy pocos
buses y habíamos tenido que esperar. Sorprendentemente, no había ninguna
fiesta en el piso; de hecho, parecía que no había nadie. Solo estaba Kiwi
durmiendo en el sofá, lo que me indicaba que su dueña no estaba, porque
sino estaría durmiendo con ella.
Fuimos a mi habitación y encendí la lámpara que me había comprado hace
poco, y que emitía una luz que me encantaba. Me quedé mirando a Gabriel,
que se estaba quitando los zapatos, y se me ocurrió algo.
—¿Te puedo dibujar? —pregunté.
Él levantó la cabeza.
—¿Ahora? —Asentí, y se lo pensó unos segundos—. Venga, vale.
Cogí mi bloc de dibujo, el estuche con los lápices y el taburete que usaba
cuando pintaba en el caballete. Gabriel se quitó la camiseta y se sentó en la
cama sin que yo le dijera nada.
—¿Quién te ha pedido que te quites la camiseta? —Levanté una ceja,
divertida.
—No hace falta que me lo digas, ya sé que solo me quieres por mi cuerpo
—respondió, haciéndose el dolido, y solté una carcajada.
Empecé a dibujar desde el taburete, pero pronto me noté incómoda y me
senté en el otro extremo de la cama. Descarté el dibujo anterior y me centré
en el nuevo punto de vista. La luz era increíble, haciendo un contraste
precioso entre sombras y zonas iluminadas en el cuerpo de Gabriel, así que
cogí las acuarelas, que por suerte no tenía muy lejos, para añadir algo de
color.
Él no decía nada; ni un comentario juguetón, ni una sonrisa divertida, nada.
Solo me miraba con lo que parecía ser curiosidad, como si me estuviera
estudiando más que yo a él, como si me estuviera dibujando en su mente.
No me sentí incómoda ni juzgada, porque sabía que me quería. Todavía me
costaba no sentirme abrumada por esa sensación, pero lo llevaba mucho
mejor.
Gabriel estiró el cuerpo de repente, e iba a pedirle que no se moviera
cuando una de sus manos acarició levemente el sutil bulto de su pantalón.
—¿Sigues cachondo?
—Lo estoy todavía más que antes —suspiró—. Así sentada se te ven un
poco las bragas.
Alargó la mano para tocarlas, pero le di una palmada y la retiró.
—Estate quieto —le ordené, y soltó un quejido.
—Esto es una tortura.
—La vida es así.
Empecé a dibujar más poco a poco con el único objetivo de alargar su
sufrimiento, y él era consciente de ello. Llené tres hojas más de esbozos,
algunos pintados con acuarela, y otros simplemente trazados a lápiz, antes
de dejar el bloc en mi mesita de noche.
—El otro día fui al super y vi algo que me recordó a ti —dije,
levantándome.
—¿Chocolate con naranja? —inquirió.
—No. —Reí—. Esto te va a gustar más.
Me acerqué a un cajón, lo abrí y saqué un bote de plástico alargado. Me giré
hacia Gabriel con el bote en la mano.
—Aceite. —Sonrió—. ¿Me vas a hacer un masaje?
—Más o menos —murmuré.
Me acerqué a él, me subí a la cama y me senté sobre sus rodillas. Él tenía
las piernas completamente estiradas, y su espalda reposaba contra la pared.
Se quedó quieto, esperando mi próximo movimiento, y abrí el bote antes de
verter aceite sobre la palma de mi mano. Dejé el recipiente cerrado a mi
lado, sobre la cama, y me froté las manos para tener aceite en ambas.
Empecé por los hombros. Su cuerpo se sacudió ligeramente cuando mis
manos lo tocaron, pero no se movió más. Notaba su intensa mirada sobre
mí, pero hice como si nada y empecé a bajar las caricias por su piel,
dejándola brillante. Llegué al borde de sus pantalones, y masajeé la piel de
encima.
—Te voy a manchar los pantalones.
—Me da igual —respondió con la voz ronca.
Desabroché el botón del pantalón y lo bajé sin ninguna prisa, arrastrando
también los calzoncillos. Gabriel levantó un poco los muslos para que
pudiera bajarlos bien, y cuando se los saqué quedó completamente desnudo
delante de mí.
Me puse más aceite en las manos y empecé a masajear sus piernas, por
encima de la rodilla. Fui subiendo, pero volvía a bajar cada vez que llegaba
a su polla, ya endurecida. Lo escuché tragar saliva, pero siguió sin decir
nada. Cuando por fin decidí empezar a masajear donde más lo necesitaba,
Gabriel gimió. Subí y bajé la mano lentamente, esparciendo el aceite por
toda la longitud.
—Déjame tocarte —pidió—. Necesito tocarte.
—Todavía no.
Suspiró, y cerró los ojos.
—Como sigas así voy a durar dos segundos.
—Aguanta —susurré.
—Qué fácil es decirlo —contestó—. Tú no eres la que está…
Apreté en el tronco y lo que iba a decir se interrumpió con un gemido. Me
acerqué a él y lo besé. Me respondió con desesperación, por lo que el beso
no fue casto en absoluto. Fue húmedo, ansioso y hambriento. Yo lo seguía
tocando, pero de repente me apartó la mano.
—Para —suplicó—. Estoy a punto de correrme.
Sonreí y me aparté de él, con las rodillas todavía sobre la cama. Me levanté
el vestido bajo su atenta mirada, y aparté las bragas a un lado. Me incliné
hacia la mesita de noche para coger un condón del cajón.
—Gracias a Dios —murmuró.
Abrí el paquete, saqué el preservativo y lo desenrollé por su longitud. No lo
hice esperar más: situé la punta en mi entrada, y empecé a bajar. Sus manos
fueron a mi cintura, y me bajó de golpe. Grité, y esta vez fue él quien
sonrió. Decidí que le concedería esa pequeña victoria, principalmente
porque yo también estaba que no podía más. Empecé a moverme y Gabriel
llevó la mano a mi nuca para acercarme a él y besarme.
—Eres increíble —susurró entre besos—. Joder, me pones muchísimo. Voy
a durar una mierda.
—Córrete —le dije, y él jadeó.
Seguí moviéndome, y pronto sus ojos se cerraron y se dejó ir con un largo
gemido. Me levanté, con la respiración entrecortada, pero poco me duró la
tranquilidad.
—No hemos terminado —gruñó, y cuando quise darme cuenta estaba
girada y tendida en la cama, con la espalda sobre las sábanas.
Tiró el preservativo al suelo y se puso aceite en las manos. Me levantó más
el vestido y se acercó para besarme a la vez que su mano encontró mi monte
de venus. Acarició, masajeó y, cuando su dedo índice se presionó contra mi
clítoris, gemí en su boca. Paró un segundo para bajarme el escote del
vestido y llevó la boca a uno de mis pechos a la vez que volvía a tocar mi
punto más sensible. Apenas necesitó un par de minutos para hacerme llegar
al orgasmo, y se echó encima de mí.
—¿Ves? Te dije que el aceite era una buena idea —comentó, y reí.
43
—Esto ha sido una muy mala idea —murmuré, nerviosa, y miré a Gabriel
—. Todavía estamos a tiempo de decir que no vamos.
—No va a ser tan horrible —me aseguró él, aunque no tenía ni idea.
—Son mis padres, hay un ochenta por ciento de probabilidades de que sea
horrible.
—Nos aferraremos a ese veinte por ciento restante, entonces. —Su mano
encontró la mía y dejó una caricia reconfortante—. Si no quieres no vamos,
claro está, pero quiero que sepas que por mí no hay problema.
—Ojalá fueran como tu madre y Juliana.
Cenábamos con su madre y Juliana, su novia, que se había mudado con
ellos, bastante a menudo. Con ellas era muy fácil estar, la conversación fluía
de forma natural y me hacían sentir muy cómoda. Por mí, nos habríamos
quedado tal y como estábamos, sin que él conociera a mis padres, pero ya
llevábamos siete meses juntos y a mis padres les hacía ilusión. Los había
visto alguna que otra vez desde que me había ido de casa, y se notaba que
estaban haciendo un esfuerzo, pero una cosa era eso y otra presentarles a mi
novio.
Además, esa noche no íbamos a estar los cuatro solos. Era Semana Santa, lo
que significaba que Nina estaba aquí, y Adil había venido a pasar unos días.
Se quedaban en un hotel, por lo que Adil todavía no había conocido a mis
padres, lo iba a hacer esa noche. A mí me parecía una idea de mierda, pero
Nina pensaba que podía salir bien, y Adil estaba dispuesto a intentarlo.
Nos encontramos con la pareja una calle antes de llegar al restaurante en el
que habíamos quedado con nuestros padres. No me hizo falta presentarles a
Gabriel, porque se habían conocido un par de días antes. Adil llevaba una
caja de algo que no supe reconocer en las manos, y me la quedé mirando
después de saludarlos.
—¿Turkish Delight? —pregunté, leyendo lo que ponía en la caja,
acompañado de una imagen de una especie de cubitos blancos.
—Son delicias turcas —me dijo él—. Un dulce muy típico de Turquía.
—¿Lo puedo probar? —pedí, aunque sentía que me podría comer la caja
entera, de lo nerviosa que estaba.
—Son para tus padres —contestó, con una sonrisa divertida.
—Ya le está entrando la gula de ansiedad —comentó Nina.
—¿No estás nerviosa? —le pregunté al verla tan tranquila.
—Llevo meses preparando el terreno, creo que saldrá bien.
—Eso espero… —murmuré, y decidí callarme porque tampoco quería
asustar a Adil.
Caminamos hacia el restaurante los cuatro juntos. Pese a que llegábamos
con cinco minutos de antelación, estaba segura de que mis padres ya
estaban dentro, así que entramos, dijimos el nombre de mi padre y un
amable camarero nos llevó hasta la mesa. El decorado del restaurante
gritaba lujo por todos lados, y me entró la duda de si mis padres tenían la
intención de pagar la cena, o si iba a tener que pagar yo lo mío y sobrevivir
comiendo legumbres lo que quedaba de mes.
Distinguí el pelo grisáceo con entradas de mi padre y la cabellera rubia de
mi madre —lo único en lo que nos parecíamos, y eso que ella era teñida—.
Ambos leían la carta con las gafas puestas y la misma expresión de
concentración en la cara, lo que me habría parecido cómico de no haber
estado tan nerviosa.
A la que nos vieron, se levantaron para saludarnos a todos. Examiné sus
rostros para ver alguna mueca, algún gesto que delatara que estaban
insatisfechos, pero no vi nada. No me malinterpretéis, estaba muy orgullosa
de estar con Gabriel, pero ellos le encontraban pegas a todo y no tenía ganas
de que él se sintiera incómodo.
Adil les dio las delicias turcas y papá parecía interesado de verdad en
probarlas —aunque hay que decir que era muy fan de la comida, el señor—.
Estuvieron haciéndole preguntas sobre prácticamente toda su vida, desde su
carrera, a su familia y su país. Descubrí que Adil se había ido de Turquía
con su familia a los siete años, que habían vivido brevemente en Berlín, y
luego se habían mudado a París. También descubrí que tenía cuatro
hermanos. Mi madre asentía, con curiosidad, y luego se giró hacia Gabriel.
—Y dime, Gabriel, ¿tienes hermanos? —preguntó, y tuve que reprimir el
impulso de rodar los ojos porque ya sabía que ahí empezaba el
interrogatorio.
—No, soy hijo único —contestó él—. Solo somos mi madre y yo.
—Oh, vaya… —murmuró, y supe que no sería capaz de aguantarse las
ganas de preguntar más, cosa que me confirmó apenas dos segundos más
tarde—. ¿Y tu padre? Ay, disculpa, puede que sea una pregunta incómoda.
—No, para nada. —Gabriel rio—. Nunca he tenido padre. Mi madre no
tenía pareja y quería tener hijos, así que me adoptó ella sola.
—¿Nunca se casó?
—No, pero ahora tiene pareja desde hace unos meses. Ya estuvo con ella
cuando yo era pequeño, y parece que ahora lo están volviendo a intentar.
Me entraron ganas de reír al ver la cara de mis padres, porque les debía de
estar explotando la cabeza. Tenían en la mesa a un chico de otra cultura,
cosa que siempre les había costado de asimilar, y a otro con una familia
monoparental encabezada por una madre lesbiana. Aun así, al ver que el
rostro de mi padre adoptó una sonrisa, sentí un deje de orgullo que nunca
había sentido con respecto a ellos porque, por primera vez, vi que se
estaban esforzando por ser mejores personas.
El resto de la cena fue bastante bien. No diré que nos pasamos el rato riendo
y disfrutando, pero no estuvo mal. Hablamos, nos contamos cosas, y
descubrí cosas de mis padres que ni siquiera yo sabía, como que mi madre
había vivido un par de años en el pueblo de mis abuelos, o que mi padre
siempre había querido ser ingeniero, aunque hubiera terminado de abogado.
Era, probablemente, la primera conversación normal que tenía con mis
padres, y debo decir que era agradable poder hablar así con ellos, tan
despreocupadamente.
Mientras esperábamos el postre, decidí dar la noticia. Igual para ellos no era
nada, pero yo me sentía muy orgullosa de mí misma, y lo quería compartir.
—En enero me dieron una beca —expliqué—. Me han dado una
subvención económica y un taller para pintar, además de que haré una
exposición.
—Eso es fantástico, Ariadna —contestó mi madre con una sonrisa.
Hacía ya tres meses que me habían dado la beca, pero no había visto a mis
padres desde entonces, porque había estado muy ocupada intentando
combinar la universidad, el trabajo y el taller, así que no se lo había podido
decir antes.
Las cosas en el taller iban bien: estaba dibujando mucho, y tenía libertad
para experimentar. En una semana tenía que mandar mis avances y, por una
vez, no estaba nerviosa.
Me estuvieron preguntando sobre la beca, y sobre lo que quería hacer con
mi vida —que no lo tenía demasiado claro, a decir verdad— durante el
postre.
Al terminar la cena —que pagaron mis padres, por suerte— nos despedimos
de ellos, y nos fuimos con Nina y Adil a tomar algo. Adil no bebía alcohol,
así que se ciñó a los refrescos —era muy fan del Nestea, al parecer—
mientras que Gabriel, mi hermana y yo tomamos cerveza. Fui
psicoanalizada varias veces, nos reímos mucho, me cargué una copa de
cerveza de una patada en la mesa al tener un ataque de risa, me disculpé mil
veces con el camarero, y salí de allí muy contenta, cogida de la mano de
Gabriel.
—Pues no ha estado tan mal, al final —me dijo él mientras nos dirigíamos a
la parada del metro—. No entiendo por qué estabas tan nerviosa, si tus
padres son agradables.
—En mi defensa diré que no conoces la versión de mis padres de hace unos
meses. Se nota que se están esforzando. Parece que están yendo a terapia, y
mira que siempre habían dicho que esas cosas eran una tontería.
Gabriel solo rio, y al llegar a la boca del metro decidimos que queríamos ir
a pie, aunque estábamos a casi una hora de mi piso. Paramos por el camino
a tomarnos una cerveza más, y llegamos a mi piso pasada la medianoche.
Ya estaba empezando a buscar otros pisos a los que mudarme, porque mis
compañeros seguían igual de inaguantables con las fiestas, y planeaba estar
fuera de allí en un mes. Aun así, ese fin de semana se habían ido todos a
visitar a sus padres, así que Gabriel y yo podríamos estar tranquilos.
Terminamos la noche abrazados en mi cama, desnudos y sudados. Mi
cabeza reposaba en su pecho, lo que me permitía notar los latidos de su
corazón, y sonreí.
—¿De qué te ríes? —preguntó Gabriel.
—¿Cómo sabes que me estoy riendo?
—Lo he notado en la piel.
—Eres muy raro, eh —bromeé—. Y no me estoy riendo, solo estoy
contenta.
—¿Y eso?
—¿Por qué no iba a estarlo? Estoy aquí, en la cama, contigo, y la cena con
mis padres no ha sido un desastre absoluto.
Él dejó un beso en mi cabeza.
—Quién nos iba a decir que terminaríamos juntos, ¿eh?
—Yo lo tenía bastante claro —respondí—. No sabía cómo ni cuándo, pero
sabía que acabaría contigo.
—Yo pensaba que seguiría siendo algo imposible… O sea, cuando estabas
con Leo, y todo eso.
—Ni me hables de ese —gruñí, y Gabriel se echó a reír.
—La vida da muchas vueltas —murmuró—. Qué cosas.
—Cosas interesantes, al menos.
—Cosas de rubios —respondió, y no pude verlo, pero estaba segura de que
estaba sonriendo.
Epílogo
Saco el marco de fotos de la caja antes de ponerlo en la estantería. Suspiro,
aliviada, y llevo las manos a mi cintura con satisfacción. Por fin hemos
terminado.
—Es el retrato familiar más adorable que he visto en mi vida —comenta
Marian.
—Es que somos adorables.
En la foto salimos Gabriel, Pepe —nuestro gato— y yo. El animal, que
parece haber sentido que lo llamaban cuando ha escuchado la palabra
“adorable”, salta encima de la estantería y se pasea con curiosidad, todavía
explorando su nuevo hogar.
—Ha quedado muy bien —comenta mi amiga, y asiento con la cabeza—.
Tengo que irme, que esta noche ceno con los padres de Nil.
—Claro, tranquila —le digo—. Pásatelo bien, y gracias por ayudarme.
Me da una sonrisa antes de empezar a coger sus cosas, y aprovecha para
llevarse dos de las cajas que hemos usado en la mudanza para tirarlas. Se
despide rápidamente y se va, dejándome sola con Pepe. Cojo al gato y me
siento con él en el sofá.
Marian es la única de mis amigas de la universidad a la que veo a menudo.
De Anna hace tiempo que no sé nada, desde que acabamos la carrera hace
algo más de un año. Natalia dejó la carrera por la mitad y se dedicó a viajar,
creo que ahora está en Tailandia. Silvia y Marc lo dejaron —cosa que yo ya
me esperaba—, y los veo muy poco pese a que seguimos viviendo en la
misma ciudad.
En cuanto a Leo… Hace unos tres años que hubo un juicio por lo de la foto,
tuvo que pagar una multa y una indemnización para mí, aunque a esas
alturas lo único que quería era no saber nada más de él, pero por suerte
después de eso no lo volví a ver más.
Escucho un sonido distante, como si alguien estuviera rascando metal, e
inmediatamente sé que es Gabriel, que todavía no se ha acostumbrado a
meter la llave en la cerradura. Pepe salta de la estantería y va corriendo
hacia la puerta, por donde aparece el rubio.
—Hola, guapo —le dice a nuestro gato, cogiéndolo en brazos—. ¿Ari te ha
tratado bien?
—Oye, que yo siempre lo trato como un rey —me defiendo.
—Eso no es lo que él me cuenta —bromea, y ruedo los ojos antes de
levantarme para darle un beso.
Gabriel sonríe en mi boca y, cuando se aparta, deja las bolsas que lleva en la
estantería que hemos reservado para sus herramientas de fotografía.
—¿Qué tal la sesión? —pregunto—. Hoy tocaba la de los perritos, ¿no?
Nos sentamos en el sofá y se dedica a explicarme cómo ha ido su día. Hoy
ha estado fotografiando los perros de una protectora para un calendario
solidario. Esta sesión, en concreto, la ha hecho sin cobrar, pero hace
bastantes proyectos remunerados y, sumando lo que gana entre eso y su
trabajo en una tienda de fotografía, no le va nada mal.
Yo probé vendiendo mis cuadros en galerías de arte, pero era un trabajo que
me tomaba mucho tiempo y tampoco ganaba tanto, así que me pasé a la
ilustración digital y trabajo como freelance, a cuenta propia, para empresas
y publicaciones que me piden ilustraciones.
Pedimos pad thai a modo de celebración, porque hoy oficialmente hemos
terminado la mudanza a nuestro nuevo piso. Ya habíamos estado viviendo
juntos antes, durante casi un año, pero ese piso era demasiado caro y nos
tuvimos que mudar a este, que es algo más grande y más barato, aunque
esté más lejos del centro.
Cenamos, nos ponemos una peli, y Gabriel se queda dormido encima de mí
a los quince minutos, como ya sospechaba que pasaría. Acaricio su pelo, sin
hacerle caso a la película, y sonrío cuando veo, dentro de una taza que
hemos dejado al lado de la televisión, el lápiz que le presté a Gabriel la
primera vez que hablamos, hace ya cinco años. Hemos tenido nuestros
problemas, como todo el mundo, pero nos entendemos muy bien, y la
verdad es que hemos trabajado mucho en mejorar nuestra comunicación.
Con mi familia tenemos una relación cordial, pero con la suya me siento
una más. Juliana ya es oficialmente parte de la familia, porque se casó con
la madre de Gabriel el año pasado. Mis padres siguen como siempre, Nina
lo dejó con Adil hará un par de años, y ahora vive en Roma con su nueva
pareja.
Las cosas han cambiado mucho, pero para mejor, y no me imagino un lugar
mejor en el que estar que en este pequeño piso, echada en el sofá, con
Gabriel dormido encima y un gato ronroneante a mis pies.
Agradecimientos
Como siempre, quiero empezar dando las gracias a mis lectoras de Wattpad.
La primera versión de este libro fue de las primeras historias que subí a la
plataforma, y tuvo una muy buena acogida desde el principio. Muchas
gracias por los votos, los comentarios y los mensajes, que me motivaron
para seguir escribiendo.
A Myre (@wristofink) por ilustrar y diseñar la maravillosa portada de este
libro.
A mi familia, por el apoyo incondicional.
A ti, que estás leyendo este libro, ya sea por primera vez o porque lo leíste
antes en Wattpad.
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