HADES.
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Hades es el cuarto hijo de Cronos y Rea y el mayor de los varones;
Homero nos dice que los tres hermanos (Hades, Poseidón y Zeus)
echaron a suertes el dominio de las tres partes del universo:
«tocáronle a Hades las tinieblas sombrías», pero la tierra y el alto
Olimpo son propiedad común. Hesíodo dice que tras el final de la
Titanomaquia los dioses vencedores, por indicación de Gea,
animaron a Zeus para que fuera el soberano de los dioses olímpicos,
y al primogénito de los Cronidas lo denomina como «Hades, señor
de los muertos que habitan bajo la tierra. Jerónimo, dando una
versión racionalizante como una excepción, dice que Aidoneo era, en
cambio, rey de los molosos.
El término «hades» en la teología cristiana (y en el Nuevo
Testamento) es paralelo al concepto espiritual hebreo sheol
"receptáculo de las almas", muy diferente al concepto material heb.
kever, ‘tumba’ o ‘pozo de suciedad’. Sheol (en el Tanakh hebreo
antiguo) o Hades (en el NT griego koiné) aludiría entonces a la
morada de los muertos, i. e., nefesh (psyches) de las personas sin
cuerpos materiales. El concepto cristiano latino eclesiástico de
infierno toma su traducción equivalente del griego Hades y del
hebreo Sheol, el cual se dividía en 2 departamentos antes de la
llegada de Jesucristo: Seno de Abraham y Lugar de Tormento. Así
también, se hace mención al Tártaro, una parte profunda y sombría
del Hades usada como mazmorra de tormento y sufrimiento de los
ángeles caídos.
El reino de Hades
En los antiguos mitos griegos, el reino de Hades es la neblinosa y
sombría morada de los muertos (también llamada Érebo), a la que
iban todos los mortales. La filosofía griega posterior introdujo la idea
de que los mortales eran juzgados tras su muerte y se los
recompensaba o maldecía. Muy pocos mortales podrían abandonar
este reino una vez que habían entrado, con la excepción de los
héroes Heracles, Teseo y Orfeo. Incluso Odiseo en su nekyia llama a
las sombras de los difuntos, en lugar de descender hasta ellos.
Había varias secciones en el Érebo, incluyendo el Elíseo, los campos
de asfódelos y el Tártaro. Los mitógrafos griegos no son totalmente
consistentes sobre la geografía del más allá. Un mito completamente
opuesto sobre la otra vida concierne al jardín de las Hespérides, con
frecuencia identificado con las islas de los Bienaventurados, donde
podían morar los héroes bendecidos. En la mitología romana, la
entrada al Inframundo localizada en el Averno, un cráter cercano a
Cumas, fue la ruta usada por Eneas para descender al reino de los
muertos. Por sinécdoque, «Averno» puede usarse como referencia a
todo el inframundo. Los Inferi Dii eran los dioses romanos del
inframundo. Para los helenos, los fallecidos entraban al inframundo
cruzando el río Aqueronte, porteados por Caronte, quien cobraba
por el pasaje un óbolo, una pequeña moneda que ponían en la boca
del difunto sus piadosos familiares.
Los griegos ofrecían libaciones propiciatorias para evitar que los
difuntos volviesen al mundo superior a «perseguir» a quienes no les
habían dado un funeral adecuado.
Los cinco ríos del reino de Hades y su significado simbólico eran el
Aqueronte («corriente del dolor»), el Cocito («corriente del
lamento»), el Piriflegetonte (del fuego), el Lete (del olvido) y el
Estigia (del odio), el río sobre el que incluso los dioses juraban y en el
que Aquiles fue sumergido para hacerlo invencible, sujetado por el
talón que quedó sin sumergir, y donde Narciso fue condenado a
contemplar su amado reflejo, que se desvanecía cada vez que este
rozaba su superficie. La primera región del Hades comprendía los
campos de asfódelos, descritos en la Odisea, donde las almas de los
héroes vagaban abatidas entre espíritus menores, que gorjeaban a
su alrededor como murciélagos. Solo libaciones de sangre que les
eran ofrecidas en el mundo de los vivos podían despertarlos durante
un tiempo a las sensaciones de humanidad.
Más allá quedaba el Érebo, que podía tomarse como un eufemismo
para el Hades, cuyo nombre era temido. Había en él dos lagos: el de
Lete, a donde las almas comunes acudían para borrar todos sus
recuerdos, y el de Mnemósine (‘memoria’), de donde los iniciados en
los Misterios preferían beber. Siendo este concepto del olvido de
vidas pasadas, equivalente a que podemos encontrar en la mitología
China, en el rol que cumple el personaje de Meng Po.
En el antepatio del palacio de Hades y Perséfone se sentaban los tres
jueces del Inframundo: Minos, Radamantis y Éaco.
El dios mayor del inframundo
La diosa Perséfone, esposa de Hades.
En la mitología griega, Hades (el ‘invisible’), el dios del inframundo,
era uno de los hijos de los Titanes Cronos y Rea. Tenía tres
hermanas, Deméter, Hestia y Hera, así como dos hermanos, Zeus (el
menor de todos) y Poseidón. Juntos constituían los seis dioses
olímpicos originales.
Al hacerse adulto, Zeus logró obligar a su padre a que regurgitase a
sus hermanos. Tras ser liberados, los jóvenes dioses, junto a los
aliados que lograron reunir, desafiaron el poder de los dioses
mayores en la Titanomaquia, una guerra divina. Zeus, Poseidón y
Hades recibieron armas de los tres Cíclopes como ayuda para la
guerra: Zeus los truenos, Poseidón el tridente y Hades un casco de
invisibilidad. La guerra duró diez años y terminó con la victoria de los
dioses jóvenes. Después de esta victoria, según un pasaje famoso de
la Ilíada, Hades y sus dos hermanos menores, Poseidón y Zeus,
echaron a suertes los reinos a gobernar. Zeus se quedó con el cielo,
Poseidón con los mares y Hades recibió el inframundo, el reino
invisible al que los muertos van tras dejar el mundo, así como todas
las cosas bajo tierra. Fue así como los tres hermanos se convirtieron
en los dioses supremos de la cultura griega. Hades obtuvo su
consorte definitiva y reina, Perséfone, raptándola, teniendo el
concepto del rapto varias interpretaciones simbólicas, en una
historia que conectaba los antiguos misterios eleusinos con el
panteón olímpico en un mito fundacional del reino de los muertos.
Hades reinaba sobre los muertos, con la ayuda de otros sobre los
que tenía completa autoridad. Prohibió estrictamente a sus súbditos
abandonar sus dominios y se enfurecía bastante cuando alguien lo
intentaba, o si alguien trataba de robar almas de su reino. Era
igualmente terrible para quien intentaba engañar a la muerte o
cruzarla, como descubrieron desgraciadamente Sísifo y Pirítoo.
Aparte de Heracles, las únicas personas vivas que se aventuraron en
el Inframundo fueron todas héroes: Odiseo, Eneas (acompañado por
la Sibila), Orfeo, Teseo y, en un romance posterior, Psique. Ninguno
de ellos estuvo especialmente satisfecho con lo que presenciaron en
el reino de los muertos. En particular, el héroe griego Aquiles, a
quien Odiseo conjuró con una libación de sangre, que dijo: «No me
hables con dulzura de la muerte, glorioso Odiseo. Preferiría servir
como mercenario a otro antes que ser el señor de los muertos que
han perecido.
Culto
Hades, dios de los muertos, era un personaje temible para aquellos
que aún vivían. Sin prisa por encontrarse con él, eran reticentes a
prestar juramentos en su nombre. Para muchos, simplemente decir
la palabra «Hades» ya era espantoso, por lo que se buscaron
eufemismos que usar. Dado que los minerales preciosos venían de
las profundidades de la tierra (es decir, del «inframundo» gobernado
por Hades), se consideraba que tenía también el control de estos, y
se referían a él como Πλουτων Plouton (relacionado con ‘riqueza’),
de donde procede su nombre romano, Plutón.
Aunque era un olímpico, pasaba la mayor parte del tiempo en su
oscuro reino. Formidable en la batalla, demostró su ferocidad en la
famosa Titanomaquia, la batalla de los olímpicos contra los titanes,
que entronizó a Zeus. Temido y odiado, Hades personificaba la
inexorable finalidad de la muerte: «¿Por qué odiamos a Hades más
que a cualquier dios, si no es por ser tan adamantino e inflexible?»,
se preguntaba retóricamente Agamenón.
Cuando los griegos apaciguaban a Hades, golpeaban sus manos
contra el suelo para asegurarse de que pudiera oírles. La sangre de
todos los sacrificios ctónicos, incluyendo los dedicados a Hades,
goteaba a un pozo o grieta en el suelo. La persona que ofrecía los
sacrificios tenía que apartar su cara.
Sus pertenencias identificativas incluían un famoso casco, que le
dieron los Cíclopes y que hacía invisible a cualquiera que lo llevase.
Se sabía que a veces Hades prestaba su casco de invisibilidad tanto a
dioses como a hombres (como a Perseo). Su carro oscuro, tirado por
cuatro caballos negros como el carbón, siempre resultaba
impresionante y pavoroso. Sus otros atributos ordinarios eran el
narciso y el ciprés, la Llave del Hades y Cerbero, el perro de múltiples
cabezas. Se sentaba en un trono de ébano.
El filósofo Heráclito, unificando opuestos, declaró que Hades y
Dioniso, la misma esencia de la vida indestructible (zoë), eran el
mismo dios. Entre otros datos, Kerényi señala que la afligida diosa
Deméter rehusaba beber vino, que es el don de Dioniso, tras el rapto
de Perséfone, debido a esta asociación, y sugiere que Hades puede
de hecho haber sido un «seudónimo».
Representaciones artísticas
En el arte clásico, Hades es representado rara vez, salvo en cuanto al
rapto de Perséfone.
Perséfone
Fuente de Proserpina en Poznan (Polonia), esculpida por Augustin
Schöps.
La consorte de Hades era Perséfone, representada por los griegos
como la hermosa hija de Deméter.
Perséfone no se sometió a Hades voluntariamente, sino que fue
raptada por este mientras recolectaba flores en la llanura de Nisa —
de dudosa localización— o en un valle próximo a la ciudad de Enna.
Hades abrió un agujero en el suelo para llevarse a Perséfone sin que
Deméter se diese cuenta. Según el Himno homérico a Deméter, Zeus
fue cómplice del rapto.
Después, Hades convenció a su sobrina de que sería un gran esposo
y que ella sería reina del inframundo, la joven Perséfone se alegró al
oír esto y accedió a comer los granos de granada que le ofreció su
nuevo esposo. En protesta por este acto, Deméter lanzó una
maldición sobre la tierra que produjo una gran hambruna, y aunque
los dioses fueron uno por uno a pedirle que la levantase para que la
humanidad dejase de sufrir, ella aseguraba que la tierra
permanecería estéril hasta que volviese a ver a su hija. Por fin
intervino Zeus, quien a través de Hermes pidió a Hades que
devolviese a Perséfone.
Deméter preguntó a Perséfone a su regreso a la luz y el aire: "¿No
habrás probado bocado mientras estabas abajo? Porque si aún no lo
has hecho podrás vivir con nosotros, pero si algo comiste, tendrás
que volver allí, pasarás los inviernos en la tierra profunda y al llegar
el calor y la tierra esté verde con nosotros vendrás a reunirte de
nuevo.
Esto la ató a Hades y al Inframundo, para gran consternación de
Deméter. Según algunas versiones del mito, Perséfone fue cómplice
del ardid, tras haberse enamorado de Hades y querer permanecer
junto a él. Zeus propuso un compromiso, al que accedieron todas las
partes: Perséfone pasaría la mitad del año con su marido. Es durante
esta época cuando el invierno cae sobre la tierra, «una expresión de
tristeza y luto».
Cíane se opuso a Hades, dios del inframundo, durante el rapto de
Perséfone. Al resultar inútil su empeño, cayó en un mar de lágrimas,
terminando por disolverse, y originó un manantial y Hades,
encolerizado, la transformó en un lago de color azul intenso.
Descendencia
El matrimonio entre Hades y Perséfone es considerado estéril y
ninguna fuente mitográfica le asigna descendencia de manera
explícita. Los órficos, apartándose de la tradición común, dicen que
las «renombradas Euménides, con benévola voluntad, son las castas
hijas del gran Zeus Ctonio y de Perséfone».
Pudiera interpretarse Zeus Ctonio («infernal») como una advocación
de Hades, o bien estaría haciendo alusión a la tradición en la que
Zeus yace incestuosamente con su hija. Otros explicitan que las
Euménides eran nueve e hijas de Hades y Core.
En la Suda se imagina a Hades como padre de Macaria, sin
especificar quién era la madre. Por otra parte, en uno de los
fragmentos del Sísifo de Esquilo se asocia a Zagreo con Hades, pero
no se indica si se refiere a Zagreo como hijo o como un epíteto de
Hades. Melínoe, solo descrita en uno de los himnos órficos, era hija
de Perséfone y Zeus; éste había adoptado la forma de Hades para
yacer con su propia hija.