Martina
Emilia Pardo Bazán
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Texto núm. 5273
Título: Martina
Autor: Emilia Pardo Bazán
Etiquetas: Cuento
Editor: Edu Robsy
Fecha de creación: 27 de octubre de 2020
Fecha de modificación: 27 de octubre de 2020
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Martina
Hija única de cariñosos padres, que la habían criado con blandura, sin un
regaño ni un castigo, Martina fue la alegría del honrado hogar donde nació
y creció. Cuando se puso de largo, la gente empezó a decir que era bonita,
y la madre, llena de inocente vanidad, se esmeró en componerla y
adornarla para que resaltase su hermosura virginal y fresca. En el teatro,
en los bailes, en el paseo de las tardes de invierno y de las veraniegas
noches, Martina, vestida al pico de la moda y con atavíos siempre finos y
graciosos, gustaba y rayaba en primera línea entre las señoritas de
Marineda. Se alababa también su juicio, su viveza, su agrado, que no era
coquetismo, y su alegría, tan natural como el canto en las aves. Una
atmósfera de simpatía dulcificaba su vivir. Creía que todos eran buenos,
porque todos le hablaban con benevolencia en los ojos y mieles en la
boca. Se sentía feliz, pero se prometía para lo futuro dichas mayores, más
ricas y profundas, que debían empezar el día en que se enamorase.
Ninguno de los caballeretes que revoloteaban en torno de Martina,
atraídos por la juventud y la buena cara, unidas a no despreciable
hacienda, mereció que la muchacha fijase en él las grandes y rientes
pupilas arriba de un minuto. Y en ese minuto, más que las prendas y
seducciones del caballerete, solía ver Martina sus defectillos,
chanceándose luego acerca de ellos con las amigas. Chanzas inofensivas,
en que las vírgenes, con malicioso candor, hacen la anatomía de sus
pretendientes, obedeciendo a ese instinto de hostilidad burlona que
caracteriza el primer período de la juventud.
Así pasaron tres o cuatro inviernos; en Marineda empezó a susurrarse que
Martina era delicada de gusto, que picaba alto y que encontrar su media
naranja le sería difícil.
Sin embargo, al aparecer en la ciudad el capitán de Artillería Lorenzo
Mendoza, conocióse que Martina había recibido plomo en el ala. Lorenzo
Mendoza venía de Madrid: era apuesto, cortés, reservado, serio, más bien
un poco triste, aunque en sociedad se esforzaba por parecer ameno y
expansivo; su vestir y modales revelaban el hábito de un trato escogido y
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de un respeto a sí mismo que no degeneraba en fatuidad ni en afectación;
sin que presumiese de buen mozo, era en extremo simpática su cara
morena, de oscura barba y facciones expresivas. Con todo esto, hay más
de lo necesario para sorber el seso a una niña provinciana, hasta sin
pretenderlo, como,—en efecto, no lo pretendía Mendoza al principio. Las
bromas de los compañeros, la fama de «picar alto» de Martina y también
su atractivos y gracias, su belleza en plena florescencia entonces
impulsaron a Mendoza a acercársele, a preferir su conversación y, poco a
poco, a cortejarla.
El pintor que quisiese trazar una personificación de la dicha, pudo tomar a
Martina por modelo en aquella época deliciosa en que creía sentir que su
sangre circulaba como río de néctar y su corazón se iluminaba como
ardiente rubí en la perpetua fiesta de sus esperanzas divinas.
Al ocupar Lorenzo la silla libre al lado de la muchacha, ésta se ponía
alternativamente roja y pálida; sus oídos zumbaban, brillaban sus ojos,
enfriábanse sus manos de emoción; y a las primeras palabras del capitán,
un gozo embriagador fijaba en la boca de Martina una sonrisa como de
éxtasis.
Rara vez dejan de provocar envidia estas felicidades, y más cuando no se
ocultan, como no ocultaba la suya Martina, que no veía razón para
esconder un sentimiento puro y legítimo. Si no fue la envidia, fue la
curiosidad la que escudriñó el pasado de Mendoza, como se registra una
casa para encontrar un arma oculta y herir con ella. Y averiguose sin gran
esfuerzo —porque casi todo se sabe, aunque se sepa truncado y sin
ilación lógica que Mendoza, al venirse, había cortado una de esas historias
pasionales, borrascosas, largas, complicadas; un imposible adorado y
funesto, de esos lazos que obligan a huir a los confines del mundo y que,
elásticos a medida de la ausencia, no siempre se rompen por mucho que
se estiren. Con la falta de penetración que caracteriza al vulgo, opinaban
los curiosos de Marineda que Mendoza habría olvidado inmediatamente a
su tirana, la cual, sobre costarle desazones y amarguras sin cuento, ni era
niña ni hermosa. Al lado de aquel capullo, de aquella Martina cándida y
radiante como un amanecer y que llevaba en sus lindas manos un caudal,
¿qué podía echar de menos el bizarro capitán de Artillería?
Así y todo, almas caritativas se deleitaron en enterar de la historia vieja al
padre de Martina, seguros de que él, solícito e inquieto, a su hija se lo
había de contar. No se equivocaban; una noche, en el paseo del terraplén,
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a la hora en que la salitrosa brisa del mar refresca el rostro y vigoriza el
ánimo, y en que la música militar, sonora y vibrante, cubre la voz y sólo
permite el cuchicheo íntimo y dulce de los enamorados, Martina preguntó
lealmente y Lorenzo contestó turbado y sombrío… ¿Quién se lo había
dicho?… Tonterías. Eran cosas pasadas, bien pasadas; muertas y bien
muertas. Mendoza no comprendía ni por qué las recordaba nadie, ni a
santo de qué las sacaba a relucir Martina… Y ella, alzando los ojos llenos
de lágrimas y relucientes de pasión, sonriendo de aquel modo extático
suyo, olvidando el lugar donde se encontraban, murmuró hondamente:
—No me he de casar con otro sino contigo, y me parece justo saber si hay
algo que lo estorbe.
Conmovido, sin darse cuenta de lo que hacía, Mendoza se inclinó y
buscando disimuladamente la mano de la muchacha y estrechándola con
apretón furtivo entre el remolino de los paseantes, que encubre tales
expansiones, le murmuró al oído:
—Pues no hay nada… . y por mí que sea prontito… ¡Te quiero!
Al acabar la frase Mendoza, Martina se volvió hacia su padre, que venía
detrás, exclamando:
—No estoy bien… Llévame a sentarme… ¡El brazo!
Pronto se repuso, porque la alegría puede trastornar, pero hace daño rara
vez; y de allí a dos semanas, la boda de Martina y de Mendoza era noticia
oficial, y se sabía el encargo del equipo y galas, y se discutía el mobiliario
y alojamiento de los novios.
Se fijó la ceremonia para fines de septiembre. ¿Qué falta hacía esperar?
El amor que está en sazón debe cogerse como la fruta madura. Iban
llegando cajones con ropa blanca, trajes de seda, capotitas, estuches de
joyas. En la sala de los padres de Martina servía de escaparate ancha
mesa; amigas y amigos venían, contemplaban, aprobaban censuraban y
salían contentos, displicentes o taciturnos, según su carácter más o menos
generoso. Martina, todas las mañanas arrancaba triunfalmente una hoja
del calendario, cortado ya por la fecha de la boda. ¡Qué pocas hojas faltan!
¡Diez… . ocho… . una semanita no más! Este domingo es el último de
soltera… . cuatro días… Mañana… Sí, mañana; a las ocho; ahí están el
vestido blanco, los guantes blancos, el abanico, el azahar que llegó de
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Valencia y que embalsama el ambiente. Lorenzo venía por la noches a
hacer tertulia a su novia y se mostraba galán, aunque siempre grave.
La víspera de la boda, Martina le esperaba, como de costumbre, en el
gabinetillo. La madre, que vigilaba sus coloquios, no creyó que aquella
noche fuese preciso hacer centinela: ocupada en quehaceres múltiples,
dejó sola a su hija. Y Martina, en vez de alegrarse, sintió de pronto una
pena agobiadora, inmensa, una desolación sin límites, un miedo horrible a
algo que no se explicaba ni se fundaba en nada racional. Tardaba ya
Mendoza. Sonó la campanilla y, por instinto, Martina se lanzó a la
escalera. El criado le presentó una carta que acababa de traer «el
asistente del señorito». ¡Una carta! Las piernas de Martina parecían de
algodón; creyó que nunca podría andar el trecho que separaba la antesala
del gabinete. Se acercó a la lámpara, rompió el sobre, leyó… Antes que
sus ojos la había leído su corazón, fiel zahorí.
Aquellas excusas, aquellas forzadas frases de cariño, aquella mentiras con
que se pretendía paliar la infame deserción, las presentía Martina desde
una hora antes. Y los motivos de la repentina marcha bien sabía Martina
que no eran los que fingía la carta, sino otros, que no podían decirse; pero
que explicaban a la vez el viaje y la continua tristeza, invencible,
misteriosa, de su futuro… Llamábale otra vez el abismo; resucitaba lo que
sin duda no había muerto. Martina cayó desplomada en el sofá; no lloraba,
gemía bajito, como quien reprime la queja de mortal dolor. Sin embargo, la
misma violencia del golpe, la indignación —mil sentimientos confusos— la
impulsaron a levantarse, tomar un fósforo, pegar fuego a la carta, abrir la
ventana y echar a volar las cenizas, cual si temiera que la delatasen.
Buscando luego a sus padres, les declaró con voz firme y serena que
había renunciado por su gusto y deliberadamente, a casarse con Lorenzo
Mendoza, al cual no volverían a ver más, porque salía aquella noche en el
tren correo hacia Madrid.
Poseían los padres de Martina una casa de campo no muy distante de la
ciudad, y en ella se ocultaron con su hija para dejar disiparse la primera
polvareda de la deshecha boda. Allí pasaron el invierno; Martina parecía
contenta. Le hablaron de viajes a la corte, al extranjero; rechazó la idea
con disgusto. Vino la primavera, y ya no pensaron en dejar la residencia
campestre. Al acercarse el otro invierno preguntaron a Martina, y pidió, por
favor, encarecidamente, un año más de soledad.
La misma escena se repitió al siguiente; los padres empezaron a
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impacientarse; les parecía que ya era hora de que su hija volviese al
mundo y se le buscase otro novio formal y auténtico, que borrase de su
memoria lo pasado. Mas en esto aconteció que enfermaron los viejos, y
con distancia de pocos días se los llevó el sepulcro: al padre, una fiebre
reumática, y a la madre, un inveterado padecimiento del corazón. Martina,
sola ya, de luto riguroso, negose a recibir pésames, a admitir consuelos de
amigas, y se encerró más que nunca entre las paredes de su tapia y entre
los árboles de su solitaria finca. Corrió algún tiempo. En Marineda ya
apenas se hablaba de Martina. Los más la creían maniática. No la trataba
nadie.
***
Una tarde resonó el aldabón de la portalada con los golpes que daba un
jinete, que regía un caballejo castaño. El hortelano salió a abrir, y contestó
la frase sacramental: la señora no estaba, y, además, no acostumbraba
recibir visitas.
—Dígale usted —objetó el jinete apeándose— ¡que es don Lorenzo
Mendoza!… Puede ser que entonces…
A los diez minutos volvía el hortelano con respuesta negativa, terminante.
Mendoza bajó la cabeza e hizo ademán de volver a montar. De pronto,
como si variase de parecer y obedeciese a una inspiración súbita,
arrollando al hortelano, cruzó la puerta, se metió patio adentro, subió una
escalera exterior tapizada de madreselvas, que daba acceso a la casa, y
entró en una sala oscura, de vidriera entornada, silenciosa. Oyó un grito de
mujer; fue derecho a donde sonaba y estrechó a Martina en los brazos. No
hubo palabras; todo se expresó con halagos, inarticulados sones, caricias
insensatas por parte de él; primero, rechazadas, débilmente, y pagadas,
luego. Después vinieron las excusas, los ruegos, las explicaciones que
Mendoza dio casi de rodillas y ella oyó trémula, desfallecida, reclinada la
cabeza en el hombro del suplicante. Y siguieron las promesas, los
juramentos, las protestas de enmienda y lealtad, los plazos de ventura que
Mendoza desarrollaba risueño, enclavijando sus dedos en los de Martina,
que no oponían resistencia. La noche caía; la luna llena se alzaba blanca y
apacible; la madreselvas exhalaban su balsámico aroma. Los antiguos
novios eran ya amantes; la primavera se trocaba en estío, y el enajenado
Mendoza no echó de ver que Martina, en medio de su delirio, a veces
gemía muy bajo, como quien reprime la queja de mortal dolor, como había
gemido años antes al recibir la carta de despedida.
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A la mañana siguiente, cuando despertó Mendoza, no vio a Martina… , la
llamó a voces y no contestó nadie. Por fin acudieron los criados; sabían
que su ama se había marchado tempranito, pero ignoraban adónde.
En Marineda se supo sin asombro, a la semana siguiente, que Martina
vivía reclusa, como «señora de piso», en un convento de Compostela. Lo
que nunca se divulgó fue que hubiera adoptado tal resolución para evitar el
sonrojo de sentirse morir de felicidad cerca de «aquel» que un día la
engañó y vendió.
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Emilia Pardo Bazán
Emilia Pardo Bazán (La Coruña, 16 de septiembre de 1851-Madrid, 12 de
mayo de 1921), condesa de Pardo Bazán, fue una noble y aristócrata
novelista, periodista, ensayista, crítica literaria, poeta, dramaturga,
traductora, editora, catedrática y conferenciante española introductora del
naturalismo en España. Fue una precursora en sus ideas acerca de los
derechos de las mujeres y el feminismo. Reivindicó la instrucción de las
mujeres como algo fundamental y dedicó una parte importante de su
actuación pública a defenderlo. Entre su obra literaria una de las más
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conocidas es la novela Los Pazos de Ulloa (1886).
Pardo Bazán fue una abanderada de los derechos de las mujeres y dedicó
su vida a defenderlos tanto en su trayectoria vital como en su obra literaria.
En todas sus obras incorporó sus ideas acerca de la modernización de la
sociedad española, sobre la necesidad de la educación femenina y sobre
el acceso de las mujeres a todos los derechos y oportunidades que tenían
los hombres.
Su cuidada educación y sus viajes por Europa le facilitaron el desarrollo de
su interés por la cuestión femenina. En 1882 participó en un congreso
pedagógico de la Institución Libre de Enseñanza celebrado en Madrid
criticando abiertamente en su intervención la educación que las españolas
recibían considerándola una "doma" a través de la cual se les transmitían
los valores de pasividad, obediencia y sumisión a sus maridos. También
reclamó para las mujeres el derecho a acceder a todos los niveles
educativos, a ejercer cualquier profesión, a su felicidad y a su dignidad.
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