EN LAS NUBES.
qxp 29/12/06 15:00 Página 3
En las nubes
EN LAS NUBES.qxp 29/12/06 15:00 Página 4
EN LAS NUBES.qxp 29/12/06 15:00 Página 5
Ian McEwan
En las nubes
Traducción de Juan Gabriel López Guix
EDITORIAL ANAGRAMA
BARCELONA
EN LAS NUBES.qxp 29/12/06 15:00 Página 6
Título de la edición original:
The Daydreamer
Jonathan Cape
Londres, 1994
Diseño de la colección:
Julio Vivas
Ilustración: «Io + gatto», foto de Wanda Wulz, 1932, Archivos Alinari,
Florencia
© Ian McEwan, 1994
© EDITORIAL ANAGRAMA, S. A., 2007
Pedró de la Creu, 58
08034 Barcelona
ISBN: 978-84-339-7118-0
Depósito Legal: B. 1998-2007
Printed in Spain
Liberdúplex, S. L. U., ctra. BV 2249, km 7,4 - Polígono Torrentfondo
08791 Sant Llorenç d’Hortons
EN LAS NUBES.qxp 29/12/06 15:00 Página 7
A Polly, Alice, William y Gregory,
con agradecimiento
EN LAS NUBES.qxp 29/12/06 15:00 Página 8
EN LAS NUBES.qxp 29/12/06 15:00 Página 9
Deseo decir de formas ya mudadas en nuevos cuerpos.
OVIDIO, Las metamorfosis, Libro primero
EN LAS NUBES.qxp 29/12/06 15:00 Página 10
EN LAS NUBES.qxp 29/12/06 15:00 Página 11
PETER FORTUNE
Cuando Peter Fortune tenía diez años, algu-
nos adultos le decían a veces que era un niño «di-
fícil». Nunca comprendió lo que querían decir.
Él no se consideraba en absoluto difícil. No es-
trellaba las botellas de leche contra el muro del
jardín, ni se echaba salsa de tomate en la cabeza
y fingía que sangraba, ni le golpeaba los tobillos
a la abuela con la espada, aunque de vez en cuan-
do se le ocurrieran esas ideas. A excepción de to-
das las verduras menos las patatas, el pescado, los
huevos y el queso, comía de todo. No era más
ruidoso, sucio o tonto que ninguna de las perso-
nas que conocía. Su nombre era fácil de pronun-
ciar y deletrear. Su cara, pálida y pecosa, era bas-
tante fácil de recordar. Iba a la escuela todos los
días como los demás niños y nunca armó dema-
siado escándalo por eso. Con su hermana no era
más insoportable de lo que ella lo era con él.
11
EN LAS NUBES.qxp 29/12/06 15:00 Página 12
Nunca la policía llamó a la puerta con intención
de detenerlo. Nunca unos médicos vestidos de
blanco quisieron llevárselo al manicomio. En
opinión de Peter, él era de lo más fácil. ¿Qué te-
nía de difícil?
Peter lo comprendió por fin cuando ya hacía
años que era adulto. Creían que era difícil por lo
callado que era. Eso parecía preocupar a la gente.
El otro problema era que le gustaba estar solo. No
siempre, claro. Ni siquiera todos los días. Pero la
mayoría de los días le gustaba quedarse a solas
durante una hora en algún sitio, en su habitación
o en el parque. Le gustaba estar solo y pensar en
sus cosas.
Ahora bien, a los adultos les gusta creer que
saben lo que pasa por la cabeza de un niño de
diez años. Y es imposible saber lo que alguien está
pensando si esa persona no lo cuenta. La gente
veía a Peter tumbado de espaldas alguna tarde de
verano, mascando una brizna de hierba y miran-
do el cielo. «¡Peter, Peter! ¿En qué estás pensan-
do?», le gritaban. Y Peter se incorporaba sobresal-
tado. «Oh, en nada. En nada.» Los adultos sabían
que algo ocurría en el interior de esa cabeza, pero
no podían oírlo, ni verlo ni sentirlo. No podían
decirle a Peter que parara porque no sabían lo que
estaba haciendo. Habría podido estar incendian-
do la escuela, tirando a su hermana a los cocodri-
12
EN LAS NUBES.qxp 29/12/06 15:00 Página 13
los o huyendo en globo, pero lo único que veían
era un niño mirando el cielo azul sin pestañear,
un niño que no oía cuando lo llamaban por su
nombre.
En cuanto a lo de estar solo, eso tampoco les
gustaba demasiado a los adultos. Ni siquiera les
gusta que otros adultos estén solos. Cuando te
juntas con otros, la gente ve lo que estás hacien-
do. Estás haciendo lo que ellos están haciendo.
Peter tenía ideas diferentes. Juntarse con los de-
más estaba muy bien, en su momento. Pero sin
exagerar. En realidad, pensaba, si la gente dedi-
cara menos tiempo a juntarse y a hacer que los
demás se juntaran y dedicara un poco más de
tiempo al día a recordar quiénes eran o quiénes
podrían ser, el mundo sería un lugar mucho más
feliz y quizá nunca habría guerras.
En la escuela, dejaba a menudo su cuerpo
sentado en el pupitre mientras su mente se perdía
en las nubes. Incluso en casa, tener la cabeza en
las nubes lo metía a veces en líos. Una Navidad,
el padre de Peter, Thomas Fortune, estaba col-
gando adornos en la sala. Era algo que odiaba.
Siempre lo ponía de mal humor. Había decidido
colocar serpentinas en un rincón. Pues bien, en
ese rincón había un sillón y en el sillón, sin hacer
nada en concreto, estaba Peter.
–No te muevas, Peter –dijo Thomas Fortu-
13
EN LAS NUBES.qxp 29/12/06 15:00 Página 14
ne–. Voy a subirme al respaldo del sillón para col-
gar esto ahí arriba.
–Muy bien –dijo Peter–. Adelante.
Thomas Fortune se subió al sillón, y Peter si-
guió sumido en sus pensamientos. Parecía que no
estuviera haciendo nada, pero en realidad estaba
muy ocupado. Estaba inventando un divertido
sistema para bajar a toda prisa de una montaña
utilizando una percha y un cable tensado entre
dos pinos. Siguió pensando en ese problema
mientras su padre permanecía de pie en lo alto
del sillón, haciendo grandes esfuerzos y soltando
bufidos en su intento de llegar hasta el techo.
¿Cómo podría uno deslizarse, se preguntó Peter,
sin chocar contra el árbol en el que estaba ama-
rrado el cable?
Fue quizá el aire de la montaña lo que le hizo
recordar que tenía hambre. En la cocina había un
paquete de galletas de chocolate sin abrir. Era una
lástima seguir despreciándolas. Al levantarse, oyó
un tremendo estrépito a su espalda. Peter se dio la
vuelta a tiempo para ver a su padre cayendo de ca-
beza en el hueco que había entre el sillón y el rin-
cón. Luego Thomas Fortune reapareció, de nuevo
con la cabeza por delante y un aspecto de parecer
dispuesto a cortar a Peter en trocitos. En el otro
extremo de la habitación, la madre de Peter se tapó
la boca con una mano para contener la risa.
14
EN LAS NUBES.qxp 29/12/06 15:00 Página 15
–Oh, papá, lo siento –dijo Peter–. Me había
olvidado de que estabas ahí.
Poco después de su décimo cumpleaños, se le
encomendó la tarea de llevar al colegio a su her-
mana de siete años, Kate. Peter y Kate iban a la
misma escuela. Estaba a un cuarto de hora an-
dando o un corto trayecto en autobús. Hasta ese
momento, habían acudido caminando con su pa-
dre, que los dejaba camino del trabajo; pero se
consideró entonces que los niños eran ya lo bas-
tante mayores como para ir solos en autobús, y
Peter sería el responsable.
La escuela estaba sólo a dos paradas de su
casa, pero, por la forma en que sus padres no de-
jaban de hablar del tema, podría haberse pensado
que Peter llevaba a Kate al polo norte. Se le daban
instrucciones la víspera. Cuando se despertaba te-
nía que volver a oírlas. Luego sus padres las repe-
tían de nuevo durante el desayuno. Cuando los
niños estaban a punto de salir a la calle, su madre,
Viola Fortune, repasaba las reglas por última vez.
Todos deben de creer que soy tonto, pensaba Pe-
ter. A lo mejor lo soy. Tenía que llevar a Kate de
la mano todo el rato. Tenían que sentarse en el
piso de abajo del autobús, con Kate junto a la
ventana. No tenían que entablar conversación
15
EN LAS NUBES.qxp 29/12/06 15:00 Página 16
con chiflados ni granujas. Peter tenía que decirle
al conductor el nombre de su parada en voz alta,
sin olvidar añadir «gracias». Tenía que mantener
la vista fija en el camino.
Peter le repetía otra vez todo esto a su madre
y partía hacia la parada de autobús con su her-
mana. Iban cogidos de la mano todo el camino.
En realidad, eso no le importaba porque lo cierto
era que Kate le gustaba. Lo único que deseaba era
que ninguno de sus amigos lo viera de la mano de
una niña. El autobús llegaba. Subían y se sen-
taban en el piso de abajo. Era ridículo estar allí
sentados con las manos cogidas y, además, había
algunos niños del colegio, de modo que se solta-
ban. Peter se sentía orgulloso. Podía hacerse car-
go de su hermana en cualquier lugar. Kate podía
confiar en él. En el caso de que estuvieran solos
en un desfiladero y se encontraran con una ma-
nada de lobos hambrientos, Peter sabría exacta-
mente qué debería hacer. Con cuidado para no
hacer ningún movimiento brusco, se iría movien-
do con Kate hasta tocar con la espalda alguna
gran roca. De ese modo, los lobos no podrían ro-
dearlos.
A continuación, saca del bolsillo dos cosas
importantes que no ha olvidado llevar consigo: la
navaja y una caja de cerillas. Saca la navaja de la
funda y la deja en la hierba, a punto por si los lo-
16
EN LAS NUBES.qxp 29/12/06 15:00 Página 17
bos atacan. Ya se acercan. Están tan hambrientos
que babean, gruñen y aúllan. Kate llora, pero él
no puede consolarla. Sabe que tiene que concen-
trarse en su plan. Justo a sus pies hay algunas ho-
jas y ramitas secas. Rápida y hábilmente, Peter
forma con ellas un pequeño montón. Los lobos se
acercan poco a poco. No puede fallar. Sólo queda
una cerilla en la caja. Pueden oler el aliento de los
lobos: un terrible hedor a carne podrida. Peter se
inclina, ahueca la mano y enciende la cerilla. Hay
una ráfaga de viento, la llama parpadea, pero Pe-
ter logra mantenerla encendida cerca del mon-
tón, el fuego prende, primero una hoja, luego
otra, luego el extremo de una ramita, y el peque-
ño montón no tarda en arder. Reúne más hojas,
ramitas y palos más grandes. Kate ha comprendi-
do la idea y lo ayuda. Los lobos retroceden. A los
animales salvajes les aterroriza el fuego. Las llamas
se elevan cada vez a mayor altura, y el viento em-
puja el humo hacia sus babeantes fauces. Enton-
ces Peter coge la navaja y...
¡Absurdo! Era perdiéndose en las nubes de
esa manera como corría el riesgo de saltarse la
parada. El autobús se había detenido. Los niños
de su escuela ya estaban bajando. Peter se incor-
poró de golpe y logró saltar a la acera en el pre-
ciso instante en que el autobús se ponía de nue-
vo en marcha. Llevaba andados más de cincuenta
17
EN LAS NUBES.qxp 29/12/06 15:00 Página 18
metros por la calle cuando se dio cuenta de que
había olvidado algo. ¿La cartera? ¡No! ¡Su herma-
na! La había salvado de los lobos y la había dejado
allí sentada. Durante un instante no supo reac-
cionar. Se quedó contemplando cómo se alejaba
el autobús.
–Vuelve –murmuró–. Vuelve.
Uno de los niños de su escuela se acercó y le
dio un golpe en la espalda.
–Eh, ¿qué pasa? ¿Has visto un fantasma?
La voz de Peter pareció provenir de muy le-
jos.
–Oh, nada, nada. Me he dejado una cosa en
el autobús.
Y echó a correr. El autobús estaba ya a unos
cuatrocientos metros y empezaba a frenar para la
siguiente parada. Peter aceleró. Iba tan deprisa
que, si hubiera levantado los brazos, seguramente
habría podido despegar. Entonces habría sobre-
volado la copa de los árboles y... ¡Pero no! No iba
a empezar de nuevo a perderse en las nubes. Iba a
traer de vuelta a su hermana. En ese momento
debía de estar gritando presa del terror.
Algunos pasajeros se habían bajado, y el au-
tobús volvía a alejarse. Peter estaba más cerca que
antes. El autobús avanzaba lentamente detrás de
un camión. Si lograba seguir corriendo y olvidar-
se del terrible dolor que sentía en las piernas y el
18
EN LAS NUBES.qxp 29/12/06 15:00 Página 19
pecho, lo alcanzaría. Cuando llegara a la altura de
la parada, el autobús no estaría a más de cien me-
tros. «Más deprisa, más deprisa», se dijo.
Estaba llegando a la parada, cuando alguien
le gritó:
–¡Eh, Peter, Peter!
Peter no tuvo fuerzas para girar la cabeza.
–No puedo pararme –jadeó, e intentó seguir
corriendo.
–¡Peter! ¡Para! ¡Soy yo! ¡Kate!
Echándose las manos al pecho, se derrumbó
a los pies de su hermana.
–Cuidado con esa caca de perro –dijo Kate
con calma mientras contemplaba cómo su her-
mano luchaba por recobrar el aliento–. Venga,
vamos ya. Es mejor que volvamos o llegaremos
tarde. Más vale que me des la mano para que no
te metas en ningún lío.
Se dirigieron a la escuela juntos, y Kate pro-
metió muy amablemente –a cambio del dinero
semanal de Peter– no decir nada de lo que había
pasado cuando regresaran a casa.
El problema de tener la cabeza en las nubes y
no ser muy locuaz es que los maestros, sobre todo
los que no te conocen mucho, probablemente
piensen que eres bastante tonto. O, si no tonto,
19
EN LAS NUBES.qxp 29/12/06 15:00 Página 20
al menos aburrido. Nadie es capaz de ver las in-
creíbles cosas que pasan por tu cabeza. Una maes-
tra que viera a Peter mirando por la ventana o
contemplando la hoja en blanco que tenía sobre
el pupitre podía pensar que se aburría o que esta-
ba atascado buscando una solución. Pero la ver-
dad era muy diferente.
Por ejemplo, una mañana había un examen
de matemáticas en la clase de Peter. Los niños te-
nían que sumar algunos números bastante altos
en sólo veinte minutos. Casi nada más empezar la
primera suma, en la que había que sumar tres mi-
llones quinientos mil doscientos noventa y cinco
y otro número casi igual de alto, Peter se encon-
tró pensando en el número más alto del mundo.
Había leído la semana anterior algo sobre un nú-
mero con el maravilloso nombre de gúgol. Un
gúgol equivalía a diez multiplicado cien veces por
diez. Un uno con cien ceros. E incluso había otra
palabra mejor, una auténtica belleza: el gugol-
plex. Un gugolplex equivalía a diez multiplicado
gúgol veces por diez. ¡Vaya número!
Peter dejó vagar su mente por ese fantástico
tamaño. Los ceros se perseguían por el espacio
como si fueran burbujas. Su padre le había dicho
que los astrónomos calculaban que el número to-
tal de átomos de todos los millones de estrellas
que podían ver con sus telescopios gigantes era de
20
EN LAS NUBES.qxp 29/12/06 15:00 Página 21
uno con noventa y ocho ceros. Todos los átomos
del universo juntos no sumaban ni siquiera un
solo gúgol. Y un gúgol era una insignificancia en
comparación con un gugolplex. Si le pidieras a al-
guien un gúgol de caramelos de chocolate, no ha-
bría en el universo suficientes átomos para fabri-
carlos.
Peter apoyó la cabeza en una mano y suspiró.
En ese preciso momento, la maestra dio una pal-
mada. Habían pasado los veinte minutos. Lo úni-
co que Peter había hecho era escribir la primera
cifra de la primera suma. Todos los demás habían
acabado. La maestra había estado contemplando
cómo Peter se quedaba mirando su página, no es-
cribía nada y suspiraba.
Poco después lo pusieron con un grupo de
niños con grandes dificultades para sumar inclu-
so los números más bajos, como cuatro y seis. Pe-
ter no tardó en aburrirse y se le hizo aún más di-
fícil prestar atención. Los maestros empezaron a
pensar que era pésimo en matemáticas, incluso en
ese grupo especial. ¿Qué iban a hacer con él?
Por supuesto, los padres de Peter y su herma-
na Kate sabían que Peter no era tonto, vago ni
aburrido, y había maestros en la escuela que lle-
garon a darse cuenta de que en su cabeza pasaban
todo tipo de cosas interesantes. Y el propio Peter
aprendió, al hacerse mayor, que, puesto que la
21
EN LAS NUBES.qxp 29/12/06 15:00 Página 22
gente no sabe lo que te pasa por la cabeza, lo me-
jor que puede hacerse, si quieres que te compren-
dan, es decirlo. De modo que empezó a escribir
algunas de las cosas que le pasaban cuando estaba
mirando por la ventana o tumbado en el suelo
mirando el cielo. Cuando se hizo adulto se con-
virtió en inventor, escritor de cuentos y llevó una
vida feliz. En este libro encontrarás algunas de las
extrañas aventuras que sucedieron en la cabeza de
Peter, escritas exactamente tal como sucedieron.
22