Hijos
Hijos
hogar dividido, que completa la trilogía en que Pearl S. Buck nos presenta la historia
de la familia de Wang, el campesino. El conjunto de estas tres novelas integra una de
las creaciones literarias más considerables de nuestros días. No es solamente la
historia de Wang y de sus hijos, sino la historia contemporánea de un inmenso y
misterioso país, y de la vida de un grupo humano cuyos perfiles mantienen la fuerza
que le prestó una civilización milenaria y llena de interés para los occidentales. El
misterio de la China, por tanto tiempo sin descifrar, comienza a ser reflejado ante la
mirada del Occidente por la creación de esta eximia novelista norteamericana.
Desde los días cercanos en que la novela titulada La Buena Tierra fue agraciada con
el premio Pulitzer, traducida a varios idiomas y llevada a la pantalla en una excelente
versión cinematográfica, el nombre de Pearl S. Buck quedó consagrado entre las
primeras figuras de las letras contemporáneas. Más tarde, la concesión del Premio
Nobel de Literatura afianzó decisivamente aquella consagración.
Hoy ofrecemos a nuestros lectores la obra de esta admirable novelista, Hijos, que es
una visión de la misteriosa tierra oriental, un cuadro de vida y de contrastes
apasionados, sacado con vivacidad extraordinaria, y ofrecido con fuertes rasgos
humanos, de las inmensas y doloridas extensiones de la China inmemorial, sometida
hoy a inquietudes dolorosas y profundas. Pearl S. Buck presenta en esta obra,
realizada con la perfección de una madurez literaria, ambientes, personajes y sucesos
que ella conoce a maravilla, dado a que esta escritora norteamericana pasó su niñez y
juventud en la China, saliendo de ella sólo por breves temporadas.
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Pearl S. Buck
Hijos
Trilogía La familia Wang - 2
ePub r2.3
Titivillus 16.10.2024
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Título original: Sons
Pearl S. Buck, 1933
Traducción: Carmen Manzola
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I
Junto a su lecho estaba el ataúd que sus hijos le habían comprado y puesto allí
para consolarle. Era una gigantesca caja, trabajada de un gran árbol de palo-hacha[1]
y llenaba casi por completo el pequeño cuarto, de tal modo que todos los que
entraban o salían tenían que dar un rodeo. El ataúd costó casi seiscientas piezas de
plata, pero ni siquiera Wang el Segundo había refunfuñado, aun cuando el dinero
pasara tan lentamente a través de sus dedos, que rara vez salía de ellos la misma
cantidad que recogieron. No, sus hijos no habían regateado la plata, pues Wang Lung
estaba orgullosísimo de su hermoso ataúd, y de tiempo en tiempo, cuando se sentía
capaz, extendía su débil mano amarilla para tocar la negra y pulida madera. Dentro
había una caja, cepillada hasta lograr una suavidad tal, que semejaba raso amarillo, y
una encajaba en la otra como el alma de un hombre en su cuerpo. Era un ataúd que
daría placer a cualquiera.
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A pesar de todo esto, Wang Lung no pasó a la muerte tan fácilmente como su
anciano padre. Verdad es que el alma se había dispuesto a huir ya varias veces; pero
siempre que ello ocurría, su viejo cuerpo robusto se rebelaba, y Wang Lung, quedaba
aterrado ante la violencia de la lucha entre ambos. Siempre tuvo más cuerpo que
alma, y en su tiempo fue un mozo fornido y vigoroso, de modo que no podía dejar
partir a su cuerpo fácilmente. Así, al sentir que su alma se escapaba, le invadía el
temor y emitía gritos inarticulados con voz ronca y entrecortada, como un niño.
Cada vez que esto sucedía, su joven concubina Flor de Peral, quien permanecía
día y noche junto a él, le cogía la vieja mano con la suya lozana, y sus dos hijos
apresurábanse a consolarlo describiéndole el funeral que le darían, y repetían una y
otra vez todo lo que se proponían hacer. El hijo mayor inclinaba su gran cuerpo,
enfundado en raso, hacia el arrugado moribundo y le gritaba al oído:
—Habrá una procesión de más de una milla de largo y estaremos todos ahí
llorándote: tus esposas, como es decoroso, bañadas en lágrimas; y tus hijos, y los
hijos de tus hijos, ataviados con el blanco cáñamo del dolor; y todos los aldeanos y
los inquilinos de tus tierras. ¡Encabezará el desfile el carruaje de tu alma, que
encerrará un retrato tuyo que encargamos a un artista; en seguida irá tu espléndido
ataúd, dentro del cual descansarás como un emperador, vestido con los nuevos
ropajes que te aguardan; y hemos alquilado, además, paños bordados de escarlata y
oro para cubrir tu féretro durante su paso por las calles de la ciudad!
Así gritaba, hasta que su rostro se ponía rojo y le faltaba el aliento, pues era muy
gordo, y como se enderezara para respirar con más holgura, proseguía el cuento el
hijo segundo de Wang Lung. Era éste un hombrecillo amarillento y ladino, que
hablaba a través de la nariz y que decía a su padre:
—Vendrán también los sacerdotes, quienes conducirán, con sus cánticos, tu alma
al paraíso, y los llorones alquilados y los portadores de las cosas que hemos
preparado para que uses cuando te hayas convertido en una sombra. Estos últimos
llevarán túnicas de color rojo y amarillo. Han sido erigidas en el gran vestíbulo dos
casas de papel y junco: una imita a ésta y la otra a la mansión de la ciudad. Contienen
muebles, servidores y esclavos, un carruaje con su caballo y todo cuanto puedas
necesitar. Están tan bien hechas, con papel de todos colores, que cuando las hayamos
quemado ante tu sepultura y enviado en tu seguimiento, juraría que no habrá mejor
sombra que la tuya. ¡Todas estas cosas serán conducidas en la procesión, para que la
gente las vea! ¡Oremos para que el día de los funerales sea un hermoso día!
Entonces, el anciano, lleno de regocijo, murmuraba:
—¡Supongo… que toda la ciudad… asistirá!
—¡Por cierto que sí! —gritaba el hijo mayor, haciendo un amplio ademán con su
mano, grande, suave y pálida—. ¡A ambos lados de la calle se agolpará la gente, pues
funeral como éste no se ha visto desde que la gran casa de Hwang estaba en su
apogeo!
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—¡Ah! —decía Wang Lung, sintiéndose tan consolado que olvidaba la muerte
una vez más, y caía en uno de sus sueños ligeros y repentinos.
Pero esto no podía seguir indefinidamente así, y, cuando apuntaba la aurora del
sexto día de la agonía de Wang Lung, todo terminó. Ambos hijos, que no estaban
acostumbrados a las privaciones inherentes a esta casa estrecha, donde sólo vivieran
en su juventud, fatigados de esta espera y exhaustos, se habían ido a acostar al recinto
que su padre hizo construir hacía largo tiempo, en la época en que tomó su primera
concubina, Loto. Después de advertir a Flor de Peral que les avisara si, bruscamente,
empezaba otra vez la agonía de su padre, se habían marchado al caer la noche. Allí,
sobre el lecho que otrora pareciera tan hermoso a Wang Lung y en el cual había
amado tan apasionadamente, yacía ahora el hijo mayor, quejándose de su dureza e
incomodidad y también de que el cuarto estuviera a obscuras en plena primavera.
Pero, una vez acostado, durmió ruidosa y pesadamente, con entrecortada respiración.
En cuanto a Wang el Segundo, se tendió en un pequeño lecho de bambú que había
junto a una de las paredes y allí durmió con sueño ligero y suave como el de un gato.
Sólo Flor de Peral no cerró los ojos. Permaneció la noche entera silenciosa e
inmóvil sobre un pequeño piso de bambú, tan bajo, que su rostro quedaba cerca de la
cara del viejo, cuya seca mano estrechaba entre las suyas suaves. Era tan joven como
para ser hija de Wang Lung, y, sin embargo, no lo parecía, dada la extraña expresión
de paciencia que ostentaba su semblante, y todo cuanto hacía llevaba el sello de la
paciencia más perfecta, cualidad de que la juventud carece. Así, continuaba junto al
anciano, que tan bondadoso fuera para con ella, que, de todos cuantos conoció, más
se asemejara a un padre. Flor de Peral no lloraba. Hora, tras hora, conservaba la
mirada fija en el moribundo rostro, mientras Wang Lung dormía con un sueño tan
tranquilo y casi tan profundo como la muerte misma.
Repentinamente, en esa hora en que la noche ostenta toda su negrura y está a
punto de nacer la aurora, Wang Lung abrió los ojos, sintiéndose tan débil, que creyó a
su alma ya fuera del cuerpo. Desviando un poco la vista, vio allí, sentada, a su Flor de
Peral. Sintióse tan débil, que comenzó a invadirle el miedo y dijo, en un murmullo,
detenida la respiración y castañeteando los dientes:
—Niña, ¿es esto la muerte?
Ella conoció su terror y dijo tranquilamente, con su voz natural:
—No, no, mi señor. Estás mejor. ¡No te estás muriendo!
—¿Estás… segura? —susurró él, tranquilizado por la naturalidad de la voz de ella
y fijando sus ojos vidriosos en el semblante de Flor de Peral.
Ésta, entonces, viendo lo que venía, sintió latir con fuerza su corazón, e
inclinándose sobre él, dijo con la misma voz suave habitual:
—¿Te engañé acaso alguna vez, amo mío? Ve por ti mismo cómo tu mano, que
tengo entre las mías, está tibia y fuerte. Creo que mejoras por momentos. ¡Estás tan
bien, mi señor! Nada tienes que temer…, nada. Estás mejor… Estás mejor…
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Y así continuó tranquilizándole, repitiéndole una y otra vez que estaba bien y sin
dejar de estrecharle la mano. Él le sonreía, sus ojos cada vez más vagos y fijos,
espesándose los labios, haciendo esfuerzos por oír la voz tranquila de la muchacha.
Cuando ella vio que llegaban los últimos instantes, se aproximó más aún y, alzando la
voz, repitió:
—¡Estás mejor! ¡Estás mejor! ¡No es la muerte, mi señor! ¡No es la muerte!
Así endulzó la agonía del anciano, quien murió concentrando los últimos latidos
de su corazón en el sonido de su voz. Pero no murió en paz. No; si bien murió
aliviado y consolado, al escaparse el alma, su cuerpo sofocado dio un gran salto,
como de ira, y sus brazos y piernas se levantaron con tanta fuerza que su mano
huesuda golpeó a Flor de Peral, que estaba inclinada sobre él. La golpeó en pleno
rostro con tal violencia, que ella se llevó la mano a la mejilla, murmurando:
—¡El único golpe que me diste, mi señor!
Pero él no dio respuesta alguna. La muchacha, mirándole, vio que yacía de
soslayo, y en ese instante Wang Lung dejó escapar su último suspiro y quedó
inmóvil. Ella entonces enderezó las piernas del viejo, tocándole suave y
delicadamente, y puso en orden los cobertores. Con sus tiernos dedos cerró los ojos
que no la veían ya y contempló la sonrisa que apareciera en sus labios cuando ella le
dijo que no se moría.
Hecho esto, su deber era llamar a los hijos de Wang Lung. Pero se sentó de nuevo
en el taburete. Bien sabía que su deber era llamarles, pero sólo cogió la mano que la
golpeara e inclinando la cabeza sobre ella derramó unas pocas lágrimas silenciosas,
ahora que se hallaba sola. Era el suyo un corazón extraño, de naturaleza triste, y
nunca podía llorar a sus anchas como las demás mujeres, porque las lágrimas no le
traían consuelo… Así, pues, no permaneció allí mucho rato, sino que pronto acudió a
llamar a los dos hermanos, a quienes dijo:
—No necesitáis apresuraros, pues ya ha muerto.
Pero ellos respondieron al llamado[2], presurosos; el mayor, con su ropa interior
de seda toda arrugada y los cabellos en desorden, y dirigiéndose inmediatamente al
cuarto de su padre. Allí estaba como lo dejara Flor de Peral, y los dos hijos le miraron
como si jamás le hubieran visto, como si le temiesen. En seguida dijo el mayor, en un
murmullo, como si hubiese algún extraño en la habitación:
—¿Tuvo una muerte tranquila o murió con dificultad?
Y Flor de Peral respondió, con su quieta voz:
—Murió sin darse cuenta.
Y el hijo segundo:
—No parece sino que durmiera, en vez de estar muerto.
Una vez que los dos hijos hubieron mirado a su padre por un rato, pareció
invadirles un temor vago y confuso, viéndole yacer tan indefenso bajo sus miradas, y
Flor de Peral, adivinándolo, dijo con suavidad:
—Queda tanto que hacer por él todavía.
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Los dos hombres, sobresaltados, se alegraron de que se les recordaran
nuevamente las cosas de la vida. El mayor arregló su túnica apresuradamente, se pasó
la mano por el rostro y dijo con voz ronca:
—Cierto, cierto; debemos preocuparnos de sus funerales.
Y de prisa salieron, satisfechos de dejar esa casa en que su padre yacía muerto.
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II
PUES bien: antes de morir, Wang Lung ordenó un día a sus hijos que se dejara su
cadáver, dentro del ataúd, en la casa de barro, hasta ser enterrado en su suelo. Pero
cuando sus hijos llegaron a este punto en los preparativos del funeral, les pareció en
extremo fastidioso el ir y venir tan lejos de su casa en la ciudad, y al pensar en los
cuarenta y nueve días que habrían de pasar antes del entierro, resolvieron que no
podían obedecer a su difunto padre. Y a la verdad, esto les creaba toda suerte de
dificultades; pues quejábanse los sacerdotes del templo de ir tan lejos a cantar, y hasta
los hombres llamados para lavar el cuerpo de Wang Lung, vestirlo con sus atavíos de
seda, encerrarle dentro del ataúd y sellar éste, pidieron doble precio; tanto que Wang
el Segundo quedó horrorizado.
Ambos hermanos se miraron entonces por encima del ataúd en que yacía el
anciano y el mismo pensamiento cruzó por la mente de los dos: que el difunto no
hablaría. Así, pues, llamaron a los inquilinos, ordenándoles conducir a Wang Lung a
los aposentos que fueron suyos en la casa de la ciudad; y Flor de Peral, aun cuando
trató de oponerse, nada logró conseguir. Viendo que sus palabras eran inútiles, dijo,
sosegadamente:
—No creí que la pobre tonta y yo volveríamos jamás a esa casa de la ciudad; pero
si él va, debemos acompañarle.
Y cogiendo a la tonta, que era la hija mayor de Wang Lung, mujer ya de edad y,
sin embargo, la misma criatura idiota de siempre, siguieron ambas tras el féretro de
Wang Lung por el camino. La tonta no cesó de reír, porque el día era de primavera,
hermoso y tibio, y el sol brillaba tanto.
Así retornó una vez más Flor de Peral al recinto en que otrora viviera con Wang
Lung, y fue allí donde la condujo éste cierto día, cuando, a pesar de su edad, su
sangre corría robusta y libremente y se hallaba solo en la gran casa. Pero los
aposentos se hallaban ahora en silencio y en toda la vasta mansión colgaban rotos los
signos de papel rojo, para señalar así la presencia de la muerte. También en señal del
duelo habíase pegado papel blanco sobre las grandes verjas que daban a la calle. Y
Flor de Peral vivía y dormía junto al muerto.
Un día, mientras aguardaba de esta guisa junto al féretro de Wang Lung, una
sirvienta llegóse a la puerta del recinto. Por su mediación, Loto, la primera concubina
del anciano, avisaba que vendría a presentar sus respetos a su difunto amo. Era deber
de Flor de Peral responder con palabras corteses y así lo hizo, bien que odiara a Loto,
antigua señora suya, y levantándose a mover aquí y allá los cirios que ardían en
derredor del ataúd, aguardó.
Por primera vez veía Flor de Peral a Loto desde aquel día en que ésta supo la
decisión de Wang Lung y le mandó decir que era su deseo no ver más a Flor de Peral,
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pues le irritaba que hubiera llevado a sus aposentos a una muchacha que había sido
esclava de la concubina desde la niñez. Tan celosa y enfadada estaba, que fingió en
adelante no saber si Flor de Peral había muerto o si vivía. Pero era curiosa, en verdad,
y, muerto Wang Lung, dijo a Cucú[3], su servidora:
—Ya que ha muerto el anciano, no hay entre ella y yo motivo de disputa. Iré a ver
cómo está.
Y llena de curiosidad salió de sus habitaciones, apoyada en sus esclavas, lo
bastante temprano para que hubieran llegado a cantar los sacerdotes.
Entró a la habitación donde aguardaba Flor de Peral; llevaba consigo, por
decencia, bujías e incienso, y ordenó a una de sus esclavas que los encendiera ante el
ataúd. Pero, mientras la esclava ponía manos a la obra, Loto no pudo apartar la vista
de Flor de Peral, contemplándola ávidamente para percibir su cambio y la edad que
representaba. Sí; aun cuando Loto llevaba los blancos zapatos del duelo en sus pies y
vestiduras de luto, su rostro no se hallaba enlutado, y gritó a Flor de Peral:
—No has cambiado: eres la misma mujer pálida e insignificante de siempre y, en
verdad, no sabría decir qué vio él en ti…
Y el que Flor de Peral fuera tan pequeña, descolorida y falta de audaz belleza le
agradó muchísimo.
Flor de Peral permaneció junto al féretro, inclinada la cabeza y en silencio; pero
tal era el aborrecimiento que llenaba su corazón, que se asustó y se humilló al darse
cuenta de que podía ser tan malvada y odiar así a su antigua ama. Pero Loto no era de
las que podían mantener fija su errabunda mente ni siquiera en el odio, y, después de
haber contemplado a Flor de Peral, murmuró, volviendo la vista hacia el ataúd:
—¡Buen montón de plata habrán pagado sus hijos por eso!
Y se levantó pesadamente a tocar la madera para evaluarla.
Pero Flor de Peral no pudo soportar su vil contacto sobre el objeto que cuidaba
con tanta ternura, y gritó, súbita y bruscamente:
—¡No lo toques! —llevando las pequeñas manos empuñadas a su pecho y
mordiéndose el labio inferior.
Ante esto, Loto rió, exclamando:
—¡Vaya! ¿Todavía guardas esos sentimientos hacia él?
Y volvió a reír con fácil sarcasmo. En seguida se sentó a observar cómo las bujías
ardían y chisporroteaban. Como se cansara pronto de esto, se levantó dispuesta a
marcharse. Empero, al mirar en todas direcciones, movida por la curiosidad, vio a la
pobre tonta sentada allí, en un sitio que iluminaba el sol, y exclamó:
—¡Cómo! ¿Vive aún eso?
Al oír estas palabras, Flor de Peral acudió junto a la tonta, y su aborrecimiento fue
tal que apenas podía soportarlo. Justo con marcharse Loto, buscó un paño con el que
frotó una y otra vez el ataúd en el sitio donde Loto pusiera su mano, y dio un
pastelillo a la tonta, que ésta recibió alegremente, ya que era un obsequio inesperado,
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y que devoró entre exclamaciones de alegría. Flor de Peral la observó tristemente por
un instante, diciendo, al fin:
—Eres lo único que me resta del único ser que fue bondadoso para conmigo o que
vio en mí algo más que una esclava.
Pero la tonta no hizo sino continuar comiendo, pues ni hablaba ni comprendía
cosa alguna de lo que le decían.
De este modo pasó Flor de Peral los días que faltaban hasta el funeral, durante los
cuales reinó el silencio en los aposentos, a excepción de las horas en que cantaban los
sacerdotes, pues ni los hijos de Wang Lung se acercaban a su cadáver si no era para
cumplir con algún deber. Todos los habitantes de esa casa se encontraban algo
inquietos y temerosos de los espíritus terrenos que posee un difunto, y Wang Lung
había sido un hombre asaz fuerte y vigoroso, no siendo de esperar que esos siete
espíritus lo abandonasen tan fácilmente. Y no lo abandonaron, pues la casa parecía
llena de ruidos extraños, nunca oídos, y las sirvientas quejábanse de que vientos
helados soplaban sobre ellas durante la noche, alborotándoles el cabello, o de que
escucharon traviesos tamborileos en sus celosías, o de que un tiesto fue derribado de
manos de una cocinera o un jarro de manos de una esclava, cuando se aprestaba a
servir.
Cuando los hijos y sus esposas supieron estos comentarios, fingieron burlarse de
tal necedad e ignorancia, pero no estaban tampoco a sus anchas, y como Loto oyera
también las habladurías, exclamó:
—¡Siempre fue un viejo testarudo!
Pero Cucú replicó:
—¡Deja que los muertos hagan su voluntad y habla bien de ellos hasta que estén
bajo tierra!
Sólo Flor de Peral no temía y continuaba viviendo con Wang Lung, muerto, como
lo hiciera durante su vida. Sólo al ver llegar a los sacerdotes de amarillas túnicas se
levantó y pasó a su cuarto, donde sentada se puso a escuchar los cánticos fúnebres y
el lento toque de los tambores.
Poco a poco fueron quedando libres los siete espíritus terrenos del muerto y cada
séptimo día el sacerdote principal se presentaba ante los hijos de Wang Lung,
diciendo:
—Ha salido de él otro espíritu.
Y los hijos le recompensaban una y otra vez con plata.
Así pasó el tiempo, siete veces siete días, y se hizo más cercano el designado para
el funeral.
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comida matinal, a fin de que no se entretuviesen y perdieran un solo detalle de todo lo
que iba a verse. Los hombres, en sus campos, dieron fin a la labranza por el día, y, en
las tiendas, los aprendices deliberaron acerca del mejor modo de ver pasar la
procesión de este funeral. Todos, en efecto, en la comarca, conocían a Wang Lung y
sabían que, siendo otrora un hombre pobre, un labrador como cualquiera, se había
enriquecido, fundado una casa y dejado a sus hijos ricos. Los pobres ansiaban
presenciar el funeral, pues era motivo de reflexión el que un hombre tan pobre como
ellos hubiese muerto rico, y lo era también de secreta esperanza. Los ricos deseaban
ver el espectáculo sabiendo que los hijos de Wang Lung heredaban una fortuna y que,
por consiguiente, todos los opulentos debían presentar sus respetos al gran difunto.
Pero en la casa de Wang Lung reinaban el alboroto y la confusión, ya que no es
cosa fácil preparar un funeral tan grande, y Wang el Mayor se hallaba aturdido con
todo lo que debía hacer, pues, siendo el jefe de la casa, era su obligación preverlo
todo, encargarse de centenares de personas, de que todos tuvieran luto adecuado a su
condición y alquilar las sillas para las damas y los niños. Aturdido estaba y, sin
embargo, a la vez orgulloso de su importancia, de que todos acudiesen a él
preguntando a voces qué debían hacer en éste y este otro caso. Tanta era su agitación,
que el sudor le corría por la cara como si fuera pleno verano. Como sus ojos inquietos
cayeran sobre su segundo hermano, que se mantenía en calma, su serenidad irritó a
Wang el Mayor, quien gritó:
—¡Todo lo dejas en mis manos y ni siquiera eres capaz de cuidar de que tu mujer
y tus hijos se vistan y aparezcan con semblante grave!
A esto, Wang el Segundo replicó con secreta burla y muy suavemente:
—¿Cómo podemos hacer algo, si sólo te complace aquello que haces tú mismo?
Bien sabemos yo y mi esposa que únicamente así quedaréis satisfechos tú y la madre
de tus hijos, y es nuestro deseo complaceros ante todo.
Así, hasta en el funeral de Wang Lung sus hijos riñeron. Con todo, esto se debía
en parte a que ambos se hallaban preocupados por la ausencia del tercer hermano y
cada cual culpaba al otro por su tardanza: pensaba el mayor que su hermano segundo
no había dado al mensajero el dinero suficiente para un viaje tal vez largo; y el
segundo achacaba la demora a que el mensajero había partido con uno o dos días de
retraso.
No había más que un ser tranquilo ese día en la gran casa, y era Flor de Peral. El
grado de luto de sus atavíos era sólo menor al de los de Loto y estaba sentada,
inmóvil, aguardando junto a Wang Lung. Habíase levantado temprano, vistiendo
también de luto a la tonta, aun cuando esta pobre criatura no tenía noción de todo
cuanto sucedía, reía continuamente y, asombrada por sus extrañas vestiduras, trató de
quitárselas. Flor de Peral le dio entonces un pastelillo y su pedazo de trapo rojo,
apaciguándola de este modo.
En cuanto a Loto, nunca como hoy se la viera tan alborotada, pues no podía
ocupar su acostumbrada silla de manos, dado su actual volumen. Probó una y otra,
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quejándose de que ninguna serviría y que no sabía por qué las hacían hoy tan
estrechas; y lloró, fuera de sí, al pensar que no iba a poder participar en la procesión
de hombre tan grande como su marido. Al ver vestida de luto a la tonta, concentró en
ella su ira y se quejó a gritos ante Wang el Mayor:
—¡Cómo! ¿Ha de ir eso también?
Y arguyó que debía exceptuarse a la tonta de tomar parte en tan gran día.
Pero Flor de Peral dijo, con voz suave y decidida:
—¡No! Mi señor me ordenó no abandonar jamás a esta pobre hija suya, y tal fue
la orden que me dio. A nadie ha de molestar, pues me obedece y está acostumbrada
conmigo y yo la tranquilizaré.
Wang el Mayor dejó pasar el asunto, pues tenía tanto que hacer y no ignoraba que
había centenares de personas aguardando que comenzase el día. Viendo su ansiedad,
los portadores de las sillas se aprovecharon para exigir más dinero de lo justo, y los
hombres que conducían el ataúd se quejaron de que era tan pesado y tan lejana la
sepultura de la familia. Inquilinos y ociosos de la ciudad se agolparon en los patios,
presenciándolo todo. A todo ello se agregaba otra cosa: que la esposa de Wang el
Mayor le reprendía continuamente, quejándose de que las cosas no estaban bien
dirigidas, de modo que Wang el Mayor se vio obligado a correr de aquí para allá y
transpiró cómo hacía mucho no lo hacía, y aun cuando gritó hasta quedar ronco,
nadie le prestó mucha atención.
Nadie sabe si de esta manera hubieran dado término al funeral o no; ello fue que
sucedió lo más oportuno, es decir, que llegó Wang el Tercero, del Sur. Llegó en el
último instante, y todos le contemplaron para ver cómo estaba, pues había
permanecido diez años alejado de su casa y no le veían desde aquel día en que Wang
Lung escogiera a Flor de Peral. No. Habíase marchado ese día, poseído de la más
extraña de las pasiones, y nunca volvió a su hogar. Se fue siendo un muchacho alto,
colérico e indómito, las negras cejas casi juntas sobre sus ojos, y se marchó odiando a
su padre. Ahora volvía hecho hombre, el más alto de los tres hermanos, y tan
cambiado que, a no ser por sus dos negras cejas fruncidas como siempre y por la
mueca airada de su boca, no lo hubieran reconocido.
Llegó a grandes zancadas a la verja, vestido de soldado, pero tampoco con el traje
de un simple soldado. La casaca y los pantalones eran de hermoso paño obscuro;
había botones dorados en su casaca y colgaba una espada de su cinturón de cuero.
Tras él caminaban cuatro soldados con fusiles al hombro, todos hombres de buena
presencia, excepto uno que tenía el labio hendido, si bien éste también era robusto y
fuerte como el que más.
Conforme atravesaron todos la gran verja, el silencio sucedió a la confusión y al
ruido y todos los rostros se volvieron a mirar a este Wang el Tercero. Todos
permanecieron en silencio, ya que parecía tan fiero y tan habituado al mando.
Atravesó con firme paso la multitud de inquilinos, sacerdotes y ociosos que se
apretujaban por doquiera para ver todo cuanto había por ver, y dijo, en voz alta:
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—¿Dónde están mis hermanos?
No faltó quién corriera en busca de los dos hermanos para decirles que el tercero
había llegado, y así éstos salieron, sin saber cómo recibirle: si respetuosamente, o
como al hijo menor fugitivo. Pero, viendo de tal modo ataviado a su tercer hermano y
a los cuatro fieros soldados inmóviles tras él, se mostraron inmediatamente corteses.
Luciendo tanta cortesía como hubieran tenido para con un extraño, inclináronse,
suspirando hondamente por lo triste de la ocasión. En seguida Wang el Tercero se
inclinó también profundamente ante sus hermanos mayores y, mirando a derecha e
izquierda, dijo:
—¿Dónde está mi padre?
Entonces ambos hermanos le condujeron al patio interior, donde yacía Wang
Lung en su ataúd, bajo los rojos cobertores bordados en oro; y Wang el Tercero
ordenó a sus soldados permanecer en el patio y penetró solo en el recinto. Al oír Flor
de Peral el sonido de los zapatos de cuero sobre las piedras, dio una rápida mirada
para ver quién venía, y al verlo, volvióse rápidamente de cara a la pared,
permaneciendo de esta manera.
Pero si Wang el Tercero la vio o la reconoció, no dio señales de ello. Inclinóse
ante el féretro y pidió los vestidos de cáñamo que le habían sido preparados, si bien al
ponérselos advirtió que eran demasiado cortos para él, ya que sus hermanos nunca
creyeron que estuviese tan alto. Con todo, vistió los atavíos, encendió dos bujías
nuevas que había traído y pidió que trajeran carnes frescas, para ser puestas como
sacrificio ante el ataúd de su padre.
Una vez que todo estuvo pronto, se inclinó tres veces hasta el suelo ante su padre
y exclamó, con gran decoro: «¡Ah, padre mío!». Pero Flor de Peral continuó con el
rostro vuelto a la pared y no se volvió siquiera una vez para ver lo que ocurría.
Terminado su deber, Wang el Tercero se alzó y dijo, con tono breve, como era su
costumbre:
—¡Vamos, pues, si todo está pronto!
Y ocurrió entonces la cosa más extraña: que donde hubiera tanta confusión y
ruido, y hombres gritándose aquí y acullá entre sí, reinaba ahora el silencio y todos se
hallaban dispuestos a obedecer. No parecía sino que la presencia misma de Wang el
Tercero y sus cuatro soldados era el poder, pues cuando los portadores de las sillas
comenzaron con las quejas, que antes hicieron en tono tan insolente a Wang el
Mayor, su voz se tornó suplicante y suave y sus palabras razonables. Aun así, Wang
el Tercero frunció las cejas y les miró fijamente, hasta que las voces se debilitaron y
murieron. Cuando les dijo: «¡Ejecutad vuestro trabajo y seréis tratados con justicia en
esta casa!», los portadores quedaron silenciosos y se dirigieron hacía sus sillas como
si hubiera alguna magia oculta en los soldados y los fusiles.
Cada cual ocupó su lugar y por fin fue sacado a los patios el gran ataúd.
Rodeóselo con cuerdas de cáñamo y a través de éstas deslizáronse traviesas del
tamaño de árboles jóvenes y los portadores pusieron sus hombros bajo las traviesas.
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No faltaba tampoco la silla destinada al espíritu de Wang Lung y en ella habían
puesto ciertos objetos de su propiedad: la pipa que fumó por muchos años, uno de sus
atavíos y el retrato que había pintado un artista especialmente alquilado para ello
cuando Wang Lung cayó enfermo, ya que antes no se había mandado hacer ninguno.
Verdad que el retrato no se parecía a Wang Lung y representaba sólo a un sabio
cualquiera, pero aun así el artista se había esmerado en su obra y pintó grandes
mostachos, cejas y muchas arrugas, como tienen a veces los ancianos.
Así, pues, la procesión se puso en movimiento y las mujeres dieron comienzo a
sus sollozos y gemidos, siendo Loto la que más alto se lamentaba. Alborotóse el
cabello y llevó un pañuelo blanco nuevo a sus ojos, a uno y a otro alternativamente,
gritando, con hondos sollozos:
—¡Ah, el que era mi sustento se ha ido; se ha ido!
Y en todas las calles la gente se apretujaba para ver pasar a Wang Lung por última
vez, y cuando vieron a Loto, murmuraron, aprobando:
—Es una mujer muy respetuosa y llora a un buen hombre.
Algunos se maravillaban de ver a una dama tan gruesa y voluminosa llorar con
tales clamores, y decían:
—¡Cuán rico debió ser él para poder permitirse el lujo de que ella comiera hasta
alcanzar tal volumen!
Y envidiaban los bienes de Wang Lung.
En cuanto a las esposas de los hijos de Wang Lung, cada cual lloraba de acuerdo
con su naturaleza. La esposa de Wang el Mayor lloraba decentemente, no más de lo
debido, tocándose los ojos de vez en cuando con el pañuelo, ya que no era
conveniente que llorase igual que Loto. La concubina de su esposo, que era una
muchacha gordezuela y bonita, casada hacía cerca de un año, miraba a esta dama,
llorando cada vez que ella lo hacía. Pero la esposa campesina de Wang el Segundo se
olvidó de llorar, pues era la primera vez que se veía conducida así en hombros por las
calles de la ciudad y no lloraba a fin de contemplar los centenares de rostros de
hombres y mujeres que se apretaban junto a las murallas o en los umbrales de las
puertas, y si alguna vez se acordó de ponerse las manos en los ojos, al atisbar entre
los dedos lo olvidó de nuevo.
Pues bien, desde antiguos tiempos se ha dicho que a todas las mujeres que lloran
se las puede dividir en tres categorías. Hay las que alzan la voz y dejan caer las
lágrimas, lo cual puede llamarse llorar; hay las que dejan escapar agudos lamentos,
pero cuyas lágrimas no corren, y esto puede llamarse gemir; y hay aquéllas cuyas
lágrimas corren, pero de cuyas bocas no se escapa un sonido, y de quienes se dice que
sollozan. Entre todas las mujeres que seguían a Wang Lung en su ataúd: sus esposas,
las esposas de sus hijos, sus sirvientas, sus esclavas y sus plañideras alquiladas, había
sólo una que sollozaba, y ésta era Flor de Peral. Sentada iba en su silla y había
corrido la cortina de manera que nadie pudiera verla, y allí sollozaba silenciosamente,
sin un ruido. Aun cuando hubo terminado el gigantesco funeral y Wang Lung durmió
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por fin en su tierra, cubierto de ella; cuando las casas, sirvientes y animales de papel
y caña se hallaban convertidos en cenizas; cuando había sido ya encendido el
incienso; cuando los hijos hubieron dado término a sus homenajes y reverencias y las
plañideras se habían lamentado y recibido su paga; cuando todo había terminado y la
tierra cubría la nueva sepultura, entonces, cuando ya nadie lloraba porque, habiendo
terminado todo, llorar no tenía objeto, aun entonces sollozaba silenciosamente Flor de
Peral.
No quiso ella volver a la casa de la ciudad. Se fue a la casa de tierra, y cuando
Wang el Mayor la instó a retornar con ellos a la casa de la ciudad, para que viviese en
compañía de la familia, al menos hasta que hubiera sido dividida la herencia, Flor de
Peral sacudió la cabeza diciendo.
—No; aquí es donde viví con él durante más tiempo; aquí es donde más feliz he
sido, y además me dejó al cuidado de la pobre tonta. Ella será una molestia para la
Primera Dama, la cual tampoco me tiene afecto; de manera que ambas nos
quedaremos aquí, en la vieja casa de mi señor. No debéis preocuparos por nosotras.
Cuando algo necesite, os lo pediré, pero es muy poco lo que necesito; estaremos
seguras aquí con el viejo inquilino y su esposa, y así podré cuidar a vuestra hermana,
cumpliendo el mandato de mi señor.
—Sea, si tal es tu deseo —dijo Wang el Mayor, como de mala gana.
Y empero se sentía contento, pues su esposa había dicho que un ser como la tonta
no debía vivir en los recintos, especialmente donde había mujeres encinta; y muerto
Wang Lung, Loto podía tal vez mostrarse más cruel que en vida de él y ser así motivo
de disturbios. Dejó, pues, a Flor de Peral que hiciera su voluntad, y ésta, tomando a la
tonta de la mano, la condujo a esa casa de tierra donde alimentara a Wang Lung. Allí
vivió, cuidando de la tonta y sin aventurarse más lejos que a la tumba de Wang Lung.
Sí: en lo sucesivo fue ella la única en acudir junto a Wang Lung, pues si Loto lo
hizo, fue solamente en las contadas ocasiones en que una viuda digna debe visitar la
sepultura del esposo, y entonces tuvo buen cuidado de escoger aquellas horas en que
había gente, para que ésta viese cuán respetuosa era. Pero Flor de Peral iba frecuente
y secretamente, cuando quiera que su corazón se henchía y se sentía solitaria.
Cuidaba de que nadie hubiera en las cercanías, escogiendo ya los momentos en que
todos se encerraban en sus casas para dormir, ya aquéllos en que se hallaban
ocupados labrando los campos. En tales ocasiones se encaminaba hacia la tumba de
Wang Lung, llevando consigo a la tonta.
Pero no gemía en voz alta allí. No. Apoyaba la cabeza sobre el sepulcro y, si
sollozaba a veces un poco, el único ruido que hacía era un murmullo de vez en
cuando:
—¡Ah, señor y padre mío, el único padre que tuve!
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III
PUES bien, aun cuando este poderoso y anciano labrador había muerto y ocupaba
su sepulcro, no podía olvidársele, y quedaban los tres años de luto que los hijos deben
guardar por su padre. El hijo mayor de Wang Lung, ahora cabeza de la familia, cuidó
asiduamente de que todo se hiciera con decencia, como era debido, preguntando a su
esposa cuando no se hallaba seguro de algo, pues Wang el Mayor había sido un
campesino en su niñez y había crecido en medio de campos y aldeas antes de que su
padre, por una feliz casualidad y su propia inteligencia, se hiciera lo bastante rico
para comprarles a todos esta gran casa de la ciudad. Cuando secretamente acudía
junto a su esposa en busca de consejo, ésta respondía con frialdad, como si le
despreciase un poco por su ignorancia, aun cuando respondía cuidadosamente, pues
le preocupaba el que no hubiera en esta casa motivo de vergüenza para ella.
—Si la tablilla donde por el momento vive su alma se coloca en el gran vestíbulo,
que se prepare el alimento del sacrificio y se ponga en escudillas ante ella y que todo
nuestro luto se haga de este modo…
Y le decía cómo debía ser todo. Wang el Mayor escuchaba y salía después a dar
las órdenes, como si emanasen de él. Así fueron dispuestas para todos las vestiduras
del segundo luto y se compró la tela y fueron alquilados sastres. Por espacio de cien
días los tres hijos debían llevar zapatos blancos; más tarde podían usarlos de un color
gris pálido o de algún otro tono desvaído. Pero ni los hijos de Wang Lung ni sus
esposas debían vestir traje alguno de seda hasta que pasasen los tres años y la tablilla
definitiva que serviría de lugar de descanso para el alma de Wang Lung fuese hecha,
inscrita y puesta en su sitio, entre las tablillas de su padre y de su abuelo.
Así dio sus órdenes Wang el Mayor y fueron preparados según ellas los trajes de
luto para cada uno de los hombres, mujeres y nietos. Su voz resonaba sonora y
señorial ahora cada vez que hablaba, pues era el jefe de esta casa y ocupaba, de
derecho, el más alto sitial en cualquiera habitación en que se reuniese con sus
hermanos. Ambos escuchaban, el segundo con su pequeña boca torcida, como si riese
interiormente, ya que siempre se consideraba secretamente más sabio y más sensato
que su hermano mayor, porque era a su hijo segundo a quien Wang confiara en vida
la administración de sus tierras, y sólo él conocía el número de los inquilinos y el
monto del dinero que podía esperarse cada estación de los campos, y este
conocimiento le daba poder sobre sus hermanos, al menos según su opinión. Pero
Wang el Tercero escuchó las órdenes de su hermano mayor como las oye aquél que
ha aprendido a tomar órdenes cuando es necesario, empero sin poner el corazón en
ello y como ansioso de escapar.
La verdad era que cada uno de estos tres hermanos ansiaba ver llegar el momento
en que la herencia se dividiera, habiendo convenido en que así debía hacerse, pues
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cada cual abrigaba un propósito para el que necesitaba lo suyo, y ni Wang el Segundo
ni Wang el Tercero hubieran consentido dejar totalmente las tierras en poder de su
hermano mayor. Cada cual ansiaba el momento por un motivo distinto: el mayor,
porque deseaba saber cuánto le correspondería y si ello sería o no suficiente para el
mantenimiento de su casa, de sus dos esposas, de sus numerosos hijos y de los
placeres secretos que no podía negarse. Deseábalo el segundo porque tenía grandes
mercados de trigo, había entregado cantidades de dinero en préstamo y quería su
herencia libre, de modo que pudiera ampliar sus negocios y ganar más dinero. En
cuanto al hermano tercero, era éste tan extraño y silencioso, que nadie conocía sus
deseos y aquél su sombrío rostro jamás revelaba cosa alguna. Pero se hallaba
intranquilo y podía verse al menos que deseaba marcharse, aun cuando de lo que
haría con su herencia nadie sabía y nadie se atrevía a inquirir. Era el menor de los
tres, pero todos le temían, y tanto sirvientes como doncellas acudían con doble
prontitud cuando él llamaba, demorándose, por el contrario, más que nunca en
obedecer al llamado de Wang el Mayor, no obstante su voz sonora y señorial.
Pues bien: Wang Lung había sido el último de su generación en perecer, con tanta
fuerza se apegara a la vida, y no quedaba nadie de su tiempo, a excepción de uno de
sus primos, ruin soldado vagabundo, cuyo paradero ignoraban los hermanos, siendo
sólo un capitán insignificante de una horda errante, mitad soldado y más que mitad
ladrón, siguiendo siempre al general que más pagaba o robando solo si ello le sentaba
mejor. Los tres hermanos se alegraban grandemente de ignorar dónde se hallaba este
primo de su padre, y lo preferían a cualquiera noticia que no fuera la de su muerte.
Pero, dado que no tenían otro pariente de más edad, la ley les ordenaba rogar a
algún varón digno entre sus vecinos que viniese a dividir la herencia ante una
asamblea de buenos y honrados ciudadanos. Y como discutieran una tarde respecto
de quién sería el elegido, Wang el Segundo dijo:
—Nadie hay, hermano mayor, más cercano a nosotros y más digno de confianza
que Liu, el comerciante en granos que guió mi aprendizaje como empleado y cuya
hija es tu esposa. Pidámosle a él que divida nuestra herencia, ya que es un hombre
considerado justo por todos y lo bastante rico como para no codiciarla para sí.
Al oír esto, Wang el Mayor se sintió secretamente descontento por no haber sido
el primero en pensarlo y respondió pesadamente:
—Quisiera que no fueras tan rápido en el hablar, hermano, porque estaba a punto
de proponer que invitásemos para ello al padre de la madre de mis hijos. Pero, ya que
lo has dicho, sea: a él escogeremos. Empero, estaba yo a punto de decirlo; eres
demasiado pronto y hablas fuera de tu sitio en la familia.
Junto con dirigir esta reprimenda, el hermano mayor miró fijamente a Wang el
Segundo, respirando fuertemente, con sus gruesos labios fruncidos, y Wang el
Segundo abrió la boca como para reír, pero no lo hizo. Entonces Wang el Mayor
apartó apresuradamente la mirada y dijo a su hermano menor:
—Y a ti, ¿qué te parece, pequeño hermano menor?
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Pero Wang el Tercero alzó la vista, altanero y soñador, como era su hábito, y
respondió:
—¡A mí me da lo mismo! Pero, lo que hagáis, hacedlo pronto.
Wang el Mayor se levantó entonces, como para darse prisa, bien que desde que
alcanzara su edad madura le era imposible apresurarse sin confusión, y aun cuando
caminaba con rapidez, siempre sus pies y sus manos parecían demasiados para él.
Pero el asunto quedó finalmente arreglado, y Liu consintió, pues siempre había
respetado a Wang Lung, a quien tuvo por hombre hábil y astuto. Los hermanos
invitaron a aquéllos de sus vecinos que ocupaban una posición lo bastante alta para
ellos y asimismo a ciertos ricos habitantes de la ciudad, todos los cuales se reunieron,
el día designado, en el gran vestíbulo de la casa de Wang Lung, donde cada cual tomó
sitio según su rango.
Entonces Wang el Segundo, cuando Liu el comerciante le pidió la lista de las
tierras y dineros por dividir, se levantó y puso el papel en que todo se hallaba escrito
en manos de Wang el Mayor, y Wang el Mayor diólo a Liu el comerciante, y Liu lo
recibió. Primeramente procedió a abrirlo y, colocándose sobre la nariz sus grandes
anteojos de bronce, leyó para sí en voz baja la cantidad, y todos aguardaron en
silencio. En seguida la leyó nuevamente en voz alta, de modo que todos supiesen que
Wang Lung, a su muerte, fuera señor de inmenso número de acres de tierra, en todo
más de ochocientos. Rara vez habíase oído en esas comarcas que hubiere tanta
riqueza en posesión de un hombre o de una familia aún, y, seguramente, nunca desde
los tiempos del apogeo de la familia del gran Hwang. Wang el Segundo lo sabía todo
y no pareció sorprendido, pero los demás no pudieron menos de demostrar su pasmo,
por más que se esforzasen en conservar el semblante impasible y tranquilo, por
dignidad. Sólo Wang el Tercero no demostró interés y permaneció sentado como
siempre, como si su pensamiento estuviera lejos y aguardase con impaciencia el
momento en que todo hubiera terminado, para marcharse a dónde se encontraba su
corazón.
Además de toda esta tierra, poseía Wang Lung las dos casas: la casa situada en
medio de los campos, y esta gran casa de la ciudad, que comprara al moribundo señor
de la casa de Hwang, cuando la familia cayó en decadencia y los hijos se separaron.
Y, además de casas y tierras, había sumas de dinero prestado aquí y allá y otras en el
negocio de los granos, y sacos de dinero ocultos e improductivos, de manera que el
dinero mismo llegaba a la mitad del valor de las tierras.
Pero había ciertas pretensiones por resolver antes de que pudiera ser dividida toda
esta herencia entre los hermanos y, además de ciertas pequeñas demandas a unos
pocos inquilinos y a algunos comerciantes, quedaban como principales aquéllas de
las dos concubinas que Wang Lung había tomado durante su vida: Loto, a quien
escogiera en una casa de té por su belleza, por su pasión y para la satisfacción de su
madurez cuando su esposa campesina se hizo insípida para su carne; y Flor de Peral,
quien fuera esclava en su propia casa antes de que la tomase para consuelo de su
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vejez. Estas dos había, y ninguna era esposa legítima, sino solamente concubinas, y
no es posible hacer grandes reproches a una concubina sí, no siendo demasiado vieja
a la muerte de su amo, busca uno nuevo. No obstante, los tres hermanos sabían que si
éstas no deseaban marcharse, era preciso vestirlas y alimentarlas, y asimismo, que
tenían derecho de permanecer en la casa de la familia mientras viviesen. Loto, en
verdad, no podía buscar otro hombre, tan vieja y gorda se había puesto, y así
permanecería contentísima en sus cómodos recintos. Así fue cómo, al llamarla por su
nombre el comerciante Liu, se alzó de su sitio cercano a la puerta, y, apoyándose en
dos esclavas, mientras se enjugaba los ojos con la manga, dijo, en voz muy pesarosa:
—Ah, el que me alimentaba ya no vive; ¿cómo puedo pensar en otro y a dónde
puedo marchar? Estoy vieja ya y no necesito sino muy poco para alimentarme,
vestirme y tener algo de vino y tabaco con qué aliviar mi triste corazón. ¡Los hijos de
mi señor son generosos!
Entonces el comerciante Liu, hombre tan bondadoso que creía buenos a todos los
demás, la miró con cariño, sin recordar quién era, ni si la había visto alguna vez, y
sólo que era la esposa de un buen hombre. Dijo, con respeto:
—Hablas bien y decorosamente, pues el que se ha ido era un amo bondadoso, y
así lo he oído de boca de todos. Bien; decretaré entonces lo siguiente: debes recibir
veinte piezas de plata al mes; puedes vivir en tus recintos, puedes conservar tus
sirvientes y esclavas y tus alimentos, y, además, algunas piezas de tela anualmente.
Pero Loto, al oír esto —y escuchaba de modo de no perder una palabra—, miró a
cada uno de los hijos, se retorció lastimosamente las manos, dejó escapar un
penetrante gemido, y dijo:
—¿Sólo veinte? Cómo, ¿sólo veinte? Apenas si bastará para comprar mis
confituras que necesito, porque tengo muy poco apetito y jamás he comido alimentos
ordinarios.
Ante esto, el viejo comerciante se quitó los anteojos, la contempló sorprendido y
dijo, severamente:
—Veinte piezas al mes es más de lo que muchas familias tienen. La mitad de esa
suma sería considerada generosa en la mayoría de las casas —¡y no en casas pobres a
la muerte del amo!
Entonces Loto comenzó a llorar, ahora sin pretensiones, y lloraba por Wang Lung,
como nunca lo hiciera antes, exclamando, a la vez:
—¡Ojalá que nunca me hubieras dejado, mi señor! ¡Estoy desamparada, y tú has
marchado a lejanos lugares y no me puedes salvar!
Ahora bien: la esposa de Wang el Mayor contemplaba la escena tras una cortina e
hizo señas a su esposo de que tal comportamiento era indecente ante todas aquellas
gentes de importancia, y era tal su agonía que, por más que Wang el Mayor,
arrellanado en su silla, trataba de no verla, no lo conseguía. Finalmente, se levantó
éste y gritó, en voz alta, dominando el estrépito que producía Loto:
—¡Señor, concédele un poco más para que podamos seguir adelante!
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Pero Wang el Segundo no pudo soportar esto y se levantó de su sitio,
exclamando:
—Sí ha de ser más, que lo dé mi hermano mayor de su parte, pues es verdad que
veinte piezas son suficientes y más que suficientes, aun para su juego.
Así dijo, pues Loto, a la par que envejecía, había adquirido pasión por el juego, y
cuando quiera que no se hallaba comiendo o durmiendo, se entregaba al juego. Pero
la esposa de Wang el Mayor se puso más indignada todavía e hizo violentas señas a
su esposo de que debía negarse a esto, y aun llegó a murmurar:
—No; debe darse su parte a las esposas antes de que sea dividida la herencia. Ella
no es más para nosotros que para los demás hermanos.
Así se produjo una baraúnda, y el viejo y pacífico comerciante miraba
consternado a uno y otro hermano, y Loto no cesaba por un instante de alborotar, de
modo que a todos los hombres distraía esta confusión. Hubiera seguido por mucho
más tiempo, de no haberse levantado de pronto Wang el Tercero, quien golpeó con su
grueso zapato de cuero sobre las baldosas, gritando:
—¡Yo lo daré! ¿Qué importa un poco de plata? ¡Estoy aburrido de esto!
Esto pareció a todos una buena solución, y la esposa de Wang el Mayor dijo:
—Él lo puede hacer, ya que es un hombre soltero. No tiene hijos en quienes
pensar, como nosotros.
Y Wang el Segundo sonrió y se encogió levemente de hombros, con su secreta
sonrisa, como quien dice para sí: «¡Vaya, es asunto que no me concierne si hay
hombres tan necios como para no defender lo que es suyo!».
Pero el viejo comerciante se alegró mucho; suspiró, sacó el pañuelo y se enjugó el
rostro, pues vivía en una casa tranquila y no se hallaba acostumbrado a mujeres como
Loto. En cuanto a ésta, por su voluntad hubiera seguido por un rato más con su
alboroto; pero había algo tan fiero en este hijo tercero de Wang Lung, que lo pensó
mejor y calló, satisfecha de sí misma, y aun cuando procuró conservar en la boca y en
el rostro una expresión de pesar, pronto lo olvidó: comenzó a mirar a todos los
hombres libremente, a coger pepitas de sandía de un plato que sostenía una sirviente
y a partirlas entre sus dientes, que eran blancos y fuertes a despecho de su edad. Y
sentíase a sus anchas.
Así fue decidido el caso de Loto. En seguida el viejo comerciante miró en
derredor, diciendo:
—¿Dónde está la segunda concubina? Veo su nombre escrito aquí.
Ésta era Flor de Peral, y ninguno habíase preocupado de si se hallaba o no
presente, y ahora fue buscada en todo el gran vestíbulo y fueron enviadas esclavas a
los recintos de las mujeres, pero sin encontrarla en parte alguna de la casa. Entonces
Wang el Mayor recordó que había olvidado por completo convocarla, y envió por ella
apresuradamente. Aguardáronla durante cerca de una hora, hasta que pudo venir, y
bebieron té y se pasearon. Finalmente, llegó con una doncella a la puerta del
vestíbulo. Pero al mirar dentro y ver a todos los hombres, se negó a entrar; y al ver a
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ese soldado volvió al patio, y, por fin, el viejo comerciante salió a hablar con ella. La
miró con bondad, y no de lleno, a fin de no asustarla; y viendo cuán joven era, una
jovencita todavía, muy pálida y hermosa, dijo:
—Eres aún tan joven, que nadie podría reprocharte el que tu vida no haya
concluido, y hay plata suficiente para darte una buena suma de modo de que vuelvas
a tu hogar y te cases con un buen hombre u obres como te parezca.
Pero ella, que no estaba preparada para tales palabras, creyó que se la enviaba a
alguna parte; no comprendió, y exclamó, con voz temblorosa y débil de terror:
—¡Oh señor!: no tengo hogar y a nadie tengo, excepto la tonta de mi difunto
señor. Él la dejó a mi cuidado, y no tenemos dónde ir. ¡Oh señor! Yo creí que
podríamos continuar viviendo en la casa de barro. Comemos muy poco, necesitamos
sólo vestidos de algodón, pues ahora que ha muerto mi señor no volveré a usar seda
mientras viva y no molestaré a nadie de la gran casa.
El viejo comerciante volvió entonces al vestíbulo y preguntó al hermano mayor:
—¿Quién es esa tonta de que habla?
Y Wang el Mayor, respondió, indeciso:
—Es una pobrecilla, una hermana nuestra, que desde su niñez nunca fue normal,
y mis padres no la dejaron morirse de hambre o sufrir para apresurar su muerte, como
hacen algunos con estas criaturas, y así ha vívido hasta hoy. Mi padre ordenó a esta
mujer que cuidara de ella, y si no ha de casarse otra vez, que se le dé algo de plata y
se le conceda lo que desea, pues es muy dócil y es verdad que no molestará a nadie.
Ante esto, Loto exclamó, súbitamente:
—Sí; pero no necesita mucho, porque nunca fue otra cosa que una esclava en esta
misma casa, acostumbrada a los manjares más ordinarios, hasta que mi viejo señor se
dejó atrapar en su vejez por su blanco rostro, y, sin duda, que ella también hizo por
engatusarlo. En cuanto a la tonta, ¡mientras más pronto muera, mejor!
Esto gritó Loto, y al oírlo Wang el Tercero, fijó sobre ella tan terrible mirada, que
la hizo temblar y apartar la cabeza de los negros ojos de él. Entonces el soldado gritó:
—¡Qué se conceda a ésta, lo mismo que a la otra y yo lo daré!
Pero Loto protestó, y, bien que no atreviéndose a hacerlo en voz alta, musitó:
—¡No es equitativo que se trate en igual forma al viejo y al joven; y siendo mi
propia esclava!
Así murmuró, pareciendo que reanudaría su estrépito, de modo que el
comerciante, al verlo, dijo muy de prisa:
—Cierto, cierto. Así, decreto veinticinco piezas a la concubina mayor, y veinte a
la más joven.
Y salió, diciendo a Flor de Peral:
—Vuelve a tu casa y queda en paz, porque puedes hacer lo que quieras y recibirás
veinte piezas de plata cada mes.
Flor de Peral le dio las gracias lindamente, y de todo corazón, y tembló su
pequeña boca pálida. Temblaba porque había ignorado cuál iba a ser su destino y era
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un alivio el saber que podía seguir viviendo como hasta ahora, en seguridad.
Terminadas, pues, estas demandas y hecha la decisión, el resto no era difícil. El
comerciante continuó y estaba a punto de dividir equitativamente tierra, casas y plata
en cuatro partes, para dar dos a Wang el Mayor, como jefe de la casa, y una a cada
uno de los hermanos restantes, cuando, súbitamente, dejó oír su voz el tercer
hermano:
—¡No me deis casas ni tierras! Bastante tuve de la tierra cuando muchacho,
cuando mi padre quería hacer de mí un labrador. No soy casado. ¿Qué haría con una
casa? ¡Dadme mi parte en plata, hermanos míos, o, si tengo que recibir casa y tierra,
comprádmelas, hermanos míos, y dadme plata!
Los dos hermanos mayores quedaron atónitos al oír esto, pues, ¿quién oyó jamás
de un hombre que quisiera su herencia entera en plata, que se escapa tan fácilmente,
sin dejar rastros; de un hombre que se negara a recibir casas y tierras, cuya posesión
dura siempre? El hermano mayor dijo, gravemente:
—Pero, hermano mío: ningún hombre bueno en el mundo entero deja transcurrir
su vida sin casarse, y, tarde o temprano, nosotros te buscaremos mujer, ya que nos
corresponde tal deber, muerto nuestro padre, y entonces si querrás casa y tierra.
Entonces el hermano segundo dijo, claramente:
—Hagas lo que quieras con tu parte de tierras, no te la compraremos, ya que en
más de una familia ha habido dificultades porque uno de los hermanos toma su
herencia en plata, la gasta toda y vuelve en seguida quejándose, diciendo que se le ha
despojado de tierras y herencia; y la plata ya no existe, de modo que no hay pruebas
de que fue entregada, salvo un pedazo de papel que cualquiera pudo escribir, o meras
palabras, y éstas no constituyen prueba. No, y si el hombre mismo no lo hace, lo
harán sus hijos y los hijos de sus hijos, y ello significa lucha por generaciones. Digo
que la tierra debe ser dividida. Si lo deseas, administraré tus tierras para ti y te
enviaré la plata que proporcionen todos los años, pero no recibirás tu herencia en
plata.
Pues bien: la sabiduría que estas palabras encerraban fue por todos comprendida,
de modo que por más que el soldado murmurara de nuevo: «¡No quiero casa ni
tierra!», nadie le prestó atención esta vez, excepto el viejo comerciante, quien
inquirió, lleno de curiosidad:
—¿Qué harías con tanta plata?
A esto el soldado respondió con voz agria:
—¡Tengo una causa!
Pero nadie comprendió lo que quería decir, y tras una pausa, el viejo comerciante
dispuso que la plata y las tierras serían divididas y que si él no deseaba participación
en esta hermosa casa de la ciudad, podía recibir la vieja casa de barro en los campos,
que poco valía en verdad, ya que estaba hecha de la tierra de los campos con sólo el
costo de un poco de trabajo. Decretó, además, que los dos hermanos mayores debían
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guardar cierta suma dispuesta para el matrimonio de Wang el Tercero, como era
obligación de los hermanos mayores para con el menor, si el padre había muerto.
Wang el Tercero permaneció sentado en silencio, escuchando todo esto, y cuando
por fin se llegó a una decisión y todo fue dividido equitativamente y de acuerdo con
la ley, entonces los hijos de Wang Lung dieron una fiesta a los que vinieron a
escuchar la división, sin alegrarse no obstante ni vestirse de seda, pues no había
pasado aún el tiempo de su luto.
Así fueron divididos esos campos en que Wang Lung había visto transcurrir su
vida entera, y la tierra perteneció desde ahora a sus hijos y no ya a él, excepto la
pequeña porción en que yacía, y esto era todo cuanto poseía. No obstante, desde su
pequeño y secreto lugar, la arcilla de su sangre y de sus huesos se derritió y fluyó
para mezclarse con las profundidades de la tierra; sus hijos podían hacer cuánto
quisiesen con la superficie, pero él yacía en lo más profundo y conservaba aún su
porción, y nadie podía quitársela.
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IV
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El soldado replicó con extraño apresuramiento:
—Tiene que cuidar de esa tonta, también.
Y pareció que iba a decir algo más, pero no lo dijo, y mientras sus soldados
juntaban sus efectos personales en un atado, se mostró en extremo intranquilo. Tan
inquieto se hallaba, que llegó hasta la puerta de la ciudad para mirar él sitio donde se
extendieran las tierras de su padre, donde se erguía esa casa de barro que ahora le
pertenecía por más que no la quisiese, y murmuró:
—Podría ir a visitarla siquiera una vez, ya que me pertenece.
Pero respiró de nuevo profundamente, sacudió la cabeza y volvió a la casa de la
ciudad. Una vez allí marchó guiando sus cuatro hombres, y se marchó con rapidez,
contento de irse, como si su viejo padre conservara aún algún poder sobre él; y era
hombre que no podía soportar poder alguno sobre sí.
Del mismo modo ansiaban los otros dos hijos verse libres de su padre. El mayor
anhelaba ver llegado el momento en que hubieran pasado los tres años de luto y
pudiera guardar la tablilla del anciano en el pequeño desván sobre el vestíbulo, donde
se guardaban las demás tablillas, porque, mientras permaneciese allí, no parecía sino
que Wang Lung continuara vigilando a estos sus hijos. Sí; allí permanecía su espíritu,
sentado en la tablilla, vigilando a sus hijos, y el hijo mayor anhelaba estar libre para
vivir para sus placeres y gastar el dinero de su padre en lo que quisiese. Pero mientras
la tablilla permaneciese allí, no podía llevarse la mano al cinto y buscar placer, pues
debían transcurrir estos años de luto, durante los cuales no es digno que un hombre se
ponga alegre. Así, sobre este ocioso, cuya mente se hallaba siempre concentrada en
placeres secretos, continuaba ejerciendo su poder el anciano.
En cuanto al hijo segundo, también tenía éste sus planes, y deseaba convertir en
dinero algunos de los campos, pues tenía un proyecto para ampliar su negocio de
granos, y así comprar algunos de los mercados de Liu el comerciante, que se hacía
viejo, cuyo hijo era un erudito y no gustaba de las tiendas de su padre. Con negocio
tan vasto, Wang el Segundo podría enviar trigo fuera de la región y aun a países
extranjeros cercanos. Pero no es, con mucho, decoroso dedicarse a tan grandes
empresas durante el luto, y, así, Wang el Segundo sólo podía tener paciencia,
aguardar y hablar poco, salvo para decir a su hermano, como al pasar:
—Cuando hayan pasado estos días de luto, ¿qué harás con tus tierras?
¿Venderlas…, o qué?
Y el hermano mayor replicó con aparente descuido:
—Bueno; no lo he pensado aún; pero supongo que debo guardar lo suficiente para
alimentarnos, ya que no tengo oficio como tú, y a mi edad no puedo pensar en
comenzar.
—Pero la tierra será un estorbo para ti —dijo su hermano—. Si eres terrateniente,
debes visitar a los inquilinos, ir personalmente a pesar el grano, y hay muchas otras
cosas de que debe preocuparse un terrateniente si quiere ganarse la vida. En cuanto a
mí, las hice por mi padre, pero no puedo hacerlas por ti, ya que tengo ahora mis
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propios negocios. Venderé toda la tierra, excepto la de más alta calidad; invertiré la
plata a gran interés, y veremos quién se hace rico más rápidamente, si tú o yo.
Wang el Mayor escuchó estas palabras con la mayor envidia, pues no ignoraba
que necesitaría mucho dinero, más del que poseía, y dijo débilmente:
—Veremos; puede que venda más tierra de lo que creía y ponga el dinero a interés
con el tuyo, pero eso lo veremos.
Empero, sin darse cuenta, bajaban la voz cuando hablaban de vender la tierra,
como si temiesen ser oídos por el anciano que yacía en la tierra.
Así aguardaban estos dos, con impaciencia, que llegase el término de los tres
años. Y Loto también aguardaba, sin dejar de gruñir, pues no era conveniente que se
vistiera de seda en esos tres años y debía llevar fielmente su luto, y se quejaba de
estar cansada de las prendas de algodón y no poder ir a fiestas o alegrarse con sus
amigas, a no ser secretamente. Pues Loto, llegada su vejez, había comenzado a
celebrar francachelas con unas cinco o seis damas pertenecientes a casas
acomodadas, y estas damas acudían en sus sillas de manos de una casa a otra para
jugar, festejarse y murmurar. Ninguna de ellas tenía preocupaciones ni
responsabilidades, ahora que no podían ya tener hijos, y si vivían sus respectivos
señores, habíanse dedicado a mujeres más jóvenes.
Entre estas viejas señoras, Loto se quejaba a menudo de Wang Lung, diciendo:
—Di a ese hombre lo mejor de mi juventud, y Cucú puede deciros cuán grande
era mi belleza, para que veáis que es verdad, y yo se la di toda. Viví en su vieja casa
de barro sin ver nunca la ciudad, hasta que se hizo lo bastante rico para comprar esta
casa y avecindarse aquí. Y no me quejé, no; pronta estaba siempre para darle placer,
y, sin embargo, ello no le bastaba. En cuanto vio que estaba vieja, tomó para sí a una
de mis esclavas, una pobre muchacha pálida, a quien conservaba por lástima, ya que,
siendo tan débil, me servía de muy poco, y ahora que él ha muerto, tengo sólo estas
mezquinas piezas de plata por mis cuidados.
Entonces una u otra de las señoras la compadecía y todas fingían ignorar que Loto
había sido sólo una cantante sacada de una casa de té, y una exclamaba:
—¡Ah, así son todos los hombres! Tan pronto como ha desaparecido nuestra
belleza, buscan otra, a pesar de haber usado de esa belleza despreocupadamente hasta
que la perdemos. ¡Así son todos!
Y convenían en estos dos puntos: que los hombres son malvados y egoístas, y que
eran ellas, de todas las mujeres, las más dignas de compasión, por haberse sacrificado
enteramente; y una vez de acuerdo en esto, una vez que cada cual dejaba demostrado
que su señor había sido peor, se entregaban con delicia a sus comidas, y más tarde,
con celo, al juego, y así pasaba Loto su vida. Y, correspondiendo por derecho a la
sirvienta las ganancias de su ama, o al menos parte de ellas, Cucú la impelía con
gusto a llevar esa vida.
Pero, aun así, Loto anhelaba ver llegado el día en que terminase su luto, para
quitarse los vestidos de algodón, llevar nuevamente seda y olvidar que Wang Lung
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había vivido. Sí: salvo aquellas ocasiones en que por decencia debía ir a llorar a la
tumba de él, o cuando la familia se congregaba a fin de quemar papel e incienso a su
sombra, no pensaba nunca en Wang Lung, excepto al ponerse esos vestidos de luto en
las mañanas o quitárselos por las noches, y deseaba con ansias librarse de ellos, a fin
de no pensar en él más.
Sólo Flor de Peral no tenía prisa y acudía como siempre a llorar a la tumba en la
tierra. Cuando nadie había en las cercanías que la viese, ella iba a llorarlo a la tumba.
Pues bien: mientras ambos hermanos aguardaban, era su deber continuar viviendo
juntos en esta gran casa; ellos, sus esposas y sus hijos, y tal cosa no era fácil a causa
de la hostilidad que existía entre ambas esposas. Las mujeres de Wang el Mayor y
Wang el Segundo se aborrecían tan cordialmente, que volvían locos con ello a los dos
hombres, pues les era imposible guardar su ira para sí, y cada cual la vertía en los
oídos de su marido cuando se hallaban solos.
La mujer de Wang el Mayor decíale con sus maneras pomposas:
—Es extraño que no pueda recibir el respeto que me es debido en esta casa a que
me trajiste. Creí que habría de soportarlo mientras el anciano vivía, ya que era
persona tan tosca e ignorante que vergüenza me dio el que mis hijos vieran lo que les
había correspondido por abuelo. Empero, lo soporté porque era mi deber. Pero ahora
ha muerto, y tú eres el jefe de la familia, y si él no consiguió ver lo que es la esposa
de tu hermano y cómo me trata, y no lo vio por ser tan ignorante y zafio, tú eres ahora
la cabeza y lo ves, y no obstante nada haces para mostrar su lugar a esa mujer. Cada
día que pasa sigo siendo un cero a la izquierda para ella, una campesina basta, y,
como si fuera poco, irreligiosa también.
Entonces Wang el Mayor, quejándose para sus adentros, decía con toda la
paciencia que le era dable reunir:
—¿Qué es lo que te dice?
—No me refiero sólo a lo que me dice —replicaba la dama con su tono helado; y
cuando hablaba no se movían sus labios, ni la voz bajaba o subía de tono—. Está en
lo que es y en lo que hace. Cuando entro en alguna habitación en que ella se
encuentra, finge estar entregada a alguna tarea que no puede abandonar, y es además
tan roja y habla tan alto, que no puedo soportar el oírla, ni siquiera el verla pasar.
—Bueno; pero no puedo yo decir a mi hermano: «Tu esposa es demasiado roja y
habla demasiado alto, y la madre de mis hijos no la tolera» —replicó Wang el Mayor,
sacudiendo la cabeza y buscando su pipa en el cinto, bajo la túnica. Sintiendo que
había dicho algo que valía la pena, se atrevió a sonreír un poquito.
Pues bien, esta dama no era de las que responden prontamente, y verdad era que
la mayor parte de las veces no conseguía responder con la rapidez deseada, y una de
las razones porque odiaba a su cuñada, era que ésta poseía una lengua aguda e
ingeniosa, bien que vulgar, y antes que la mujer de la ciudad pudiera terminar la frase
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que comenzó con lentitud y dignidad, la esposa campesina había, con algún guiño de
sus ojos y alguna palabra intercalada, reducido a la impotencia a aquélla, haciéndola
parecer absurda, tanto que, al oírlo, los sirvientes que se encontraban cerca veíanse
obligados a volverse para disimular sus sonrisas. Pero, a veces, una doncella joven se
volvía demasiado tarde y le brotaba la risa con un gran chillido antes que pudiera
ahogarla, y entonces otras también se echaban a reír, y la mujer de la ciudad quedaba
tan enfadada que sentía odiar a la campesina con todo el corazón. Así, al decir eso
Wang el Mayor, ella quedóselo mirando para ver si también pretendía burlarse, y allí
estaba en la silla de caña que tenía para su comodidad, sonriendo con su fofa sonrisa.
Ella se enderezó, sentándose tiesa y helada sobre la silla de madera que siempre
escogía; bajó los párpados, frunció la boca hasta hacerla muy pequeña, y dijo:
—¡Sé muy bien que tú también me desprecias, mi señor! Desde que trajiste a casa
a esa criatura vulgar me has despreciado, y desearía no haber abandonado jamás la
casa de mi padre. Sí, y quisiera poder consagrarme a los dioses y entrar de monja en
alguna parte, si no fuese por mis hijos. Yo me di a la tarea de construir tu casa, hasta
hacer de ella algo más que la casa de un campesino, pero no me lo agradeces.
Junto con decir esto, se enjugó los ojos cuidadosamente con sus mangas;
levantóse y se dirigió a su cuarto, donde pronto la hubo de oír Wang el Mayor
recitando en alta voz una plegaría budista, pues esta dama, en los últimos años, había
recurrido a monjas y sacerdotes y llegado a ser muy escrupulosa en cuanto a sus
deberes para con los dioses, y pasaba mucho tiempo en plegarias y cantos, y las
monjas venían a menudo a enseñarle. Hacía asimismo alarde de ser capaz de comer
muy poca carne, si bien no había tomado los votos estrictos, y hacía todo esto en la
casa de un rico, donde no es necesaria tal adoración, que los pobres deben dedicar a
los dioses por su seguridad.
Ahora, pues, como siempre cuando se hallaba iracunda, la mujer comenzó a orar
en voz alta desde su cuarto, y al oírla, Wang el Mayor se frotó tristemente la cabeza
con una de sus manos y suspiró, pues verdad era que su esposa jamás le perdonó el
haber hecho entrar una segunda mujer en su casa, una muchacha sencilla y bonita que
viera un día en la calle, junto a la puerta de un pobre. Hallábase sentada en un pisito
junto a una cuba, lavando vestidos, y tan joven y hermosa era que la miró dos y tres
veces al pasar, y pasó una y otra vez. Su padre mostróse por demás contento de
entregarla en manos de un hombre rico y de tan buena presencia, y Wang el Mayor le
pagó con largueza. Pero tan simple era, que a veces se maravillaba de haberla ansiado
tanto, pues, en su gran simpleza, temía grandemente a su ama, y a veces, cuando
Wang el Mayor la llamaba para que acudiera a su cuarto durante la noche, ella bajaba
la cabeza balbuceando:
—Pero ¿me lo permitirá mi ama esta noche?
Y a veces, al ver cuán tímida era, Wang el Mayor montaba en cólera y juraba que
tomaría una moza buena, robusta y de mal genio, que no temiera a su esposa como
todos ellos. Pero a veces pensaba para sí que tal vez fuera mejor de esa manera, ya
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que al menos gozaba de paz entre sus dos mujeres, y la más joven obedecía
abyectamente a su ama, y no se atrevía siquiera a mirarlo si ella estaba presente.
No obstante, si bien esto satisfacía a la dama, jamás cesaba con todo de reprochar
a Wang el Mayor: primero, que hubiera tomado a otra mujer; segundo, que aun
siéndole preciso hacerlo, hubiera tomado tan poca cosa. En cuanto a Wang el Mayor,
soportaba buenamente a su esposa y aún amaba a la muchacha a veces por su
hermosa cara infantil, pareciendo amarla más cuando quiera que su esposa hablaba
contra ella, de modo que se las compuso, mediante cautela y ardides, para conservar a
la jovencita. Acostumbraba a responder, cuando ella temía visitarle:
—Puedes venir libremente, pues ella está demasiado cansada para que la moleste
yo esta noche.
Verdad que su esposa era Mujer de temperamento frío, y se alegró cuando
hubieron terminado sus días de fecundidad. Entonces, Wang el Mayor le concedió el
respeto debido, cumpliendo todos sus deseos durante el día, y lo propio hizo la joven,
pero ésta venía a él por las noches, y de este modo consiguió tener paz con sus dos
esposas en la casa.
Aun así, la disputa con la cuñada no era de las que se resuelven fácilmente, y la
mujer de Wang el Segundo estaba también con su esposo, al cual dijo:
—Estoy hastiada de esa mujer de cara blanca que es la esposa de tu hermano, y si
no haces algo para separar nuestros recintos de los suyos, tomaré mi venganza uno de
estos días, y hablaré en voz alta contra ella en las calles, lo cual la hará morir de
vergüenza, pues es tan pulida y quiere que una se incline y la salude profundamente
cada vez que entra. ¡Soy tanto como ella, y más, y me alegro de no ser como ella y de
que tú no seas como ese gran tonto, aunque es el hermano mayor!
Wang el Segundo y su mujer se entendían a la perfección. Él era pequeño,
amarillo y tranquilo, y gustaba de ella por ser rubicunda, grande y tener un corazón
lozano y fuerte; porque apenas si gastaba dinero, era astuta y buena esposa, y aun
cuando su padre fuera un labrador, y no estaba por consiguiente habituada a la buena
vida, ahora que podía tenerla, no se desesperaba por ella, como lo hubieran hecho
otras mujeres. Por preferencia, comía manjares ordinarios y prefería asimismo los
vestidos de algodón a los de seda, teniendo como únicos defectos una lengua
demasiado dispuesta a la murmuración y que le gustaba charlar con las sirvientas.
Verdad era que jamás podría llamársele dama, pues le agradaba lavar, frotar y
trabajar con sus propias manos. No obstante, siendo así, no necesitaba de tantos
sirvientes y conservaba sólo una o dos doncellas campesinas, a las cuales trataba
como amigas, y ésta era otra acusación que esgrimía en contra suya su cuñada, es
decir, que no pudiera tratar decorosamente a una sirvienta, sino mirarlas a todas como
sus iguales y afrentar así a la familia. En efecto, las sirvientas comentaban con otras
sirvientas, y la esposa mayor había oído a las doncellas de casa de su cuñada jactarse
de su ama e insistir en cuánto más generosa era que la otra, y cómo les daba restos de
golosinas y pedazos de tela para zapatos cuando se hallaba de ese humor.
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Verdad era que la dama se mostraba exigente con sus servidoras, pero así lo era
con todos, sin exceptuarse a sí misma, y nunca se presentaba como la otra, que corría
a todas partes con vestidos descoloridos y viejos, el cabello en desorden y los zapatos
manchados y con los tacones torcidos, aunque sus pies no fueran tampoco muy
chicos. Tampoco la dama había dado el pecho a sus hijos como la esposa campesina,
que los amamantaba doquiera se encontrase, sentada o de pie, con él pecho
enteramente descubierto.
En realidad, la mayor querella que entre ambas mediaba tenía por causa este
amamantamiento público, y la disputa indujo por fin a los hermanos a buscar modo
de apaciguarlas. Ocurrió cierto día que, siendo el natalicio de cierto dios que tenía un
templo en la ciudad, la dama llegó a la verja a ocupar su silla, ya que se dirigía a
hacer una ofrenda. Junto con llegar a la calle, vio a la esposa campesina en la puerta,
con el pecho totalmente al descubierto, como una esclava, amamantando a su hijo
más pequeño, mientras hablaba a un vendedor a quien había comprado pescado para
el almuerzo de ese día.
Era un espectáculo horrible y vulgar, y la dama no pudo tolerarlo. Comenzó a
reprochar con acritud a su cuñada, comenzando así:
—En verdad, es vergonzoso ver a quien debiera ser señora de una gran casa,
haciendo algo que apenas si toleraría yo en una de mis esclavas.
Pero su lengua lenta y parsimoniosa no podía igualar a la de la otra, y la
campesina gritó:
—¿Quién ignora que es menester amamantar a los niños? ¡No me avergüenzo de
tener hijos a quienes amamantar, y dos pechos con que amamantarlos!
Y, en vez de abotonarse decentemente la casaca, levantó triunfalmente a su hijo,
poniéndolo a mamar de su otro seno. Al oír su sonora voz, comenzó a reunirse un
grupo de gente a fin de presenciar la riña, y salieron mujeres de sus cocinas y sus
habitaciones, enjugándose las manos al correr, mientras los labradores que a la sazón
pasaban depositaban sus cestos en el suelo para gozar de la disputa.
Pero cuando vio la dama estas caras tostadas y vulgares, no pudo soportarlo y
despachó la silla de manos por ese día, retornando a sus recintos, perdido todo su
placer. La esposa campesina jamás había conocido tales remilgos, pues siempre vio
que se amamantaba a los niños donde sus madres se encontrasen en esos momentos,
ya que nadie puede predecir si llorará o no un niño, y el pecho es el único medio para
apaciguarlo. Así, lejos de marcharse, se puso a denostar a su cuñada de manera tan
divertida, que la muchedumbre reunida reía a mandíbula batiente.
Entonces, una esclava de la señora, que se quedara a oír por curiosidad, acudió a
su presencia y le contó, punto por punto, todo lo que había dicho la esposa
campesina. Murmuró:
—Señora: dice que eres tan alta e importante que tu esposo pasa temiendo por su
vida y no se atreve siquiera a hacer el amor a su pequeña concubina, a menos de que
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tú des autorización, y, en ese caso, sólo por el tiempo que tú digas. ¡Toda la multitud
rió al oír esto!
La señora se puso pálida ante estas palabras y cayó sentada bruscamente en una
silla que había junto a la mesa en la habitación principal, donde quedó aguardando.
La esclava corrió fuera; volvió de nuevo, y dijo, con la respiración entrecortada:
—Ahora está diciendo que te preocupas más de sacerdotes y monjas que de tus
propios hijos, y que bien se sabe que esos sacerdotes practican males secretos.
Ante tanta vileza, la dama se levantó, sin poder soportar más, y dijo a la esclava
que ordenara al portero presentarse ante ella inmediatamente. Ésta salió corriendo,
contenta y excitada, pues no todos los días había una alharaca semejante, y regresó
con el portero. Era un labrador viejo y gruñón que antes había trabajado las tierras de
Wang Lung; y como era tan viejo y leal y como no tenía hijo que lo alimentara en su
vejez, habíasele permitido cuidar de las puertas. Temeroso como todos, presentóse
ante la dama, saludando y balanceando la cabeza, hasta que ella dijo, con su
acostumbrado tono majestuoso:
—Puesto que mi señor está en su casa de té e ignora este indecoroso
comportamiento y puesto que su hermano tampoco está aquí para controlar su casa,
yo debo cumplir con mi deber y no toleraré que gente de tan baja condición se
permita curiosear en nuestra casa. Y tú estás aquí para cerrar las puertas. Y si mi
cuñada queda afuera déjala afuera, y si pregunta quién ordenó que cerrara las puertas,
dile que yo fui quien lo hice, y que tú estás aquí para obedecerme.
El viejo se inclinó de nuevo, y, sin decir palabra, hizo lo que se le había ordenado.
La mujer campesina estaba todavía allí, divirtiéndose en grande; pero en ese
momento la multitud empezó a reírse de ella, pues, sin que lo notara, las puertas se
cerraron silenciosamente, hasta dejar sólo una rendija. Entonces, el anciano portero
aplicó los labios a la rendija, murmurando roncamente:
—¡Eh! ¡Señora!
Volvióse entonces y vio lo que había sucedido; precipitadamente empujó las
puertas, y con el niño aún colgado del seno, chillando, interpeló al viejo:
—¿Quién te dijo que me dieras con la puerta en las narices, perro viejo?
Y el anciano contestó humildemente:
—La dama me ordenó cerrar, porque no quiere tal estrépito en la puerta de su
casa. Pero yo te llamé para comunicártelo.
—¿Acaso son suyas las puertas, y debo yo quedar fuera de mi propia casa?
Y chillando, la mujer campesina lanzóse hacia el recinto de su cuñada.
Pero la dama había previsto esto, y se había retirado a sus habitaciones privadas;
atrancó la puerta, y empezó sus oraciones; y aunque la campesina chilló y golpeó en
la puerta, no obtuvo contestación. Todo lo que oyó fue el uniforme y monótono
zumbido de las plegarias.
Naturalmente, ambos hermanos oyeron esa noche misma el altercado de labios de
sus propias esposas, y cuando a la mañana siguiente se encontraron en la calle,
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camino de la casa de té, se miraron desabridamente, y el segundo hermano dijo, con
torcida sonrisa:
—Nuestras mujeres conseguirán enemistarnos, y nosotros no podemos ser
enemigos. Mejor será separarlas. Quédate tú con el recinto que ocupas, y la puerta
que da a la calle principal será la vuestra. Yo seguiré en mis patios, y haré abrir una
puerta en la calle del lado; así nuestras vidas continuarán en paz. Y si alguna vez
nuestro tercer hermano vuelve al hogar, puede disponer de los patios donde nuestro
padre vivió; y si la primera concubina ha muerto puede agregar también los de ella.
Ahora bien, la noche pasada, la mujer de Wang el Mayor le había repetido,
palabra por palabra, lo que había sucedido; y tanto lo había presionado, que juró no
ser ahora moderado ni complaciente; no, esta vez procedería como el amo debía
hacerlo cuando el ama ha sido ultrajada de esa manera por alguien inferior que le
debe respeto. Por eso, cuando oyó lo que su hermano decía, recordó las exigencias de
su mujer, y débilmente reprochó:
—Pero tu mujer procedió muy mal en hablar a la mía como lo hizo, en presencia
de gente inferior, y no es posible dejar pasar esto tan fácilmente. Insisto en que debías
golpearla una o dos veces.
Entonces Wang el Segundo, entornando sus agudos ojillos, dijo, tratando de
engatusar a su hermano:
—Nosotros somos hombres, hermano, y sabemos cuán ignorantes y simples son
las mujeres, aun las mejores de ellas. Los hombres no deben inmiscuirse en asuntos
de mujeres; nosotros, hombres, nos entendemos mutuamente, mi hermano mayor. Es
verdad que mi mujer procedió como una tonta, pero es sólo una campesina y nada
más. Repite esto a tu mujer y transmítele las excusas de la mía. Las excusas nada
cuestan. Separemos, pues, nuestras mujeres y nuestros hijos, y tendremos paz,
hermano mío; nosotros podemos vernos en la casa de té para discutir los negocios
que tenemos juntos, y en el hogar vivir separados.
—Pero, pero —dijo Wang el Mayor, tartamudeando, pues no podía pensar tan
rápida y fácilmente.
Pero como Wang el Segundo era inteligente, comprendió que su hermano no
sabía cómo dar satisfacción a su mujer, y dijo con prontitud:
—Hermano mío, puedes decir esto a tu mujer: «He separado la casa de mi
hermano de la nuestra, y nunca más seremos molestados. Así los he castigado».
El hermano mayor quedó complacido, y, riendo, dijo, mientras restregaba sus
gruesas y pálidas manos:
—¡Eso es! ¡Eso es!
Y Wang el Segundo agregó:
—Hoy mismo llamaré albañiles.
Así, cada cual satisfizo a su mujer. El menor dijo a la suya:
—Ya no serás molestada por esa gazmoña y orgullosa mujer. Dije a mi hermano
que no viviría bajo el mismo techo que ella. No, seré amo en mi propia casa y nos
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separaremos. Yo no estaré bajo el puño de él, ni tú a disposición de ella.
Y el mayor presentóse ante su mujer, y dijo con su poderosa voz:
—Ya he arreglado esto, y ellos han sido castigados. Puedes tranquilizar tu
corazón. Dije a mi hermano: «Serás separado de mi casa, tú y tu mujer y tus hijos;
nosotros nos quedaremos con los patios que dan a la puerta principal, y tú deberás
abrir una pequeña puerta en el camino que da hacia el Este, y tu mujer no deberá
molestar a la mía otra vez. Si uno de los tuyos desea amamantar sus niños en la
puerta de su casa, como los puercos en la calle, no será entonces un oprobio para
nosotros». Esto es lo que he hecho, madre de mis hijos. Descansa tranquila, pues no
verás a esa mujer nunca más.
Así, cada hombre satisfizo a su mujer, y así cada mujer se creyó triunfadora sobre
la otra vencida. Ambos hermanos, unidos como nunca lo habían sido, se creyeron
hombres de talento y entendidos en mujeres. Se mostraban muy complacidos de sí
mismos y de su respectivo hermano, y suspiraban porque el luto terminase pronto y
establecer entonces un día para encontrarse en la casa de té y planear la venta de los
terrenos que deseaban vender.
En medio de estas variadas esperas transcurrieron los tres años del luto impuesto
por la muerte de Wang Lung. Se escogió un día en el almanaque cuya letra era
adecuada para tal ceremonia, y Wang el Mayor preparó los ritos de la cesación del
luto. Conversó con su mujer, y ella una vez más supo lo que era conveniente hacer.
Se lo dijo y así lo hizo él.
Los hijos y las mujeres de los hijos, y todo aquél que estuvo cerca de Wang Lung
y que había llevado luto esos tres años, vistiéronse de alegres sedas, y las mujeres
añadieron un discreto ribete rojo. Entonces encima de estos vestidos pusiéronse los de
cáñamo que habían usado y salieron fuera de la puerta principal como era costumbre;
allí había hecho un montón simbólico de monedas de oro y plata; y los sacerdotes
estaban listos y encendieron el papel. Entonces, a la luz de las llamas, aquellos que
habían llevado luto por Wang Lung sacáronselo haciendo ostentación de los alegres
vestidos que llevaban debajo.
Una vez verificados los ritos entraron a la casa y mutuamente se congratularon,
pues los días de dolor habían terminado; inclináronse ante la nueva tablilla hecha para
Wang Lung, pues la vieja había sido quemada, y colocaron vino y alimentos
aderezados delante. Esta nueva tablilla debería ser permanente, y, como tal, había
sido hecha de una madera muy fina y resistente, colocada dentro de un cofrecito de
madera para protegerla. Cuando estuvo hecha y barnizada con el más costoso barniz
negro, los hijos de Wang Lung buscaron al hombre más letrado de la ciudad para que
grabara en ella el nombre y el espíritu de Wang Lung.
No había nadie más letrado que el hijo del viejo y erudito partidario de Confucio
que, cuando eran niños, había sido su profesor; un hombre que en su juventud había
llegado hasta los exámenes imperiales. Verdad era que había fracasado, pero a pesar
de ello era más letrado que los que no habían hecho nada, y había transmitido toda su
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sabiduría a su hijo, quien era también un erudito. Cuando se le pidió que llevase a
cabo tan honrosa tarea, marchó balanceando sus vestidos al andar con los pies hacia
fuera, como era costumbre entre los eruditos, y con los anteojos sobre la punta de la
nariz. Una vez allí se sentó delante de la tablilla después de haber saludado tantas
veces como era de rigor, y entonces, arremangándose sus largas mangas y
enarbolando un pincel de pelo de camello, fino y aguzado, empezó a escribir. El
pincel, el tintero y la tinta, todo era nuevo, pues así debía ser en tal ocasión. Cuando
llegó a la última parte de la inscripción se detuvo un momento antes de terminar y
esperó con los ojos cerrados y meditabundo como si quisiera aprisionar el espíritu
mismo de Wang Lung en el último toque de la última palabra.
Y después de haber meditado llegó a esta conclusión: «Wang Lung, cuyas
riquezas de cuerpo y alma fueron de la tierra». Cuando pensó en ello creyó que había
cogido la esencia del ser de Wang Lung, intentando retener su alma misma; untó de
rojo su pincel y trazó el último rasgo sobre la tablilla.
Wang el Mayor tomó entonces la tablilla de su padre y cuidadosamente la llevó
con ambas manos; todos juntos colocaron la tablilla en el desván superior donde se
guardaban las otras de los dos viejos labradores que en vida fueron el padre y el
abuelo de Wang Lung. En esa casa, de ricos estaban sus tablillas y nunca mientras
vivieron soñaron tenerlas semejantes; y si alguna vez pensaron en lo que sucedería
después de su muerte, supusieron a lo más que sus nombres serían escritos sobre un
pedazo de papel por algún muchacho un tanto ilustrado, y pegado sobre la pared de
tierra de la casa de campo hasta que se gastara con el tiempo. Pero cuando Wang
Lung se trasladó a su casa de la ciudad llevaba tablillas para sus dos antepasados,
como si hubiesen vivido allí, aunque se ignoraba si sus espíritus moraban en esta
nueva vivienda.
Añadióse entonces la tablilla de Wang Lung, y cuando sus hijos hubieron hecho
todo lo que era posible hacer, cerraron la puerta y fuéronse contentos en el fondo de
sus corazones.
Era ahora llegada la ocasión para invitar huéspedes y festejarlos alegremente;
Loto púsose vestidos de brillante seda azul floreada, demasiado brillante para una
criatura tan vieja y tan enorme; pero nadie se lo hizo ver, porque la conocían. Y en
medio de los festejos se sonreían entre sí, bebiendo vino; Wang el Mayor brindaba
una y otra vez, pues gustaba de las reuniones alegres:
—¡Bebed hasta el fondo de vuestras copas! ¡Dejad el fondo a la vista!
Y tanto bebió que el rojo del vino encendió sus ojos y mejillas: entonces su mujer,
que estaba aparte con las mujeres en otro patio y que oyó que estaba casi ebrio, envió
a su sirviente a decirle: «No es posible estar ebrio en una fiesta como ésta». Esto le
sirvió de advertencia.
Hasta Wang el Segundo estaba animado ese día, y no regateó nada. Aprovechó
para hablar en secreto con algunos de sus huéspedes, por si deseaban comprar
algunas tierras, e hizo correr la voz de que tenía buenas tierras para enajenar. Así
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transcurrió el día, y ambos hermanos quedaron satisfechos, pues habían roto la
amarra que los ataba al anciano que yacía bajo tierra.
Hubo sólo una que no participó en la fiesta. Flor de Peral se excusó diciendo:
«Aquélla a quien cuido está menos bien que de costumbre; ruego me excusen». Y
como nadie la echaba de menos, Wang el Mayor le envió a decir que estaba
dispensada de asistir a la fiesta. Ella fue la única que no se quitó el luto ese día, ni los
zapatos blancos que usaba ni el cordón blanco con que ataba su pelo. Ni tampoco
quitó a la tonta estos signos de tristeza. Mientras los otros se festejaban, ella hizo lo
que más gustaba de hacer: tomó a la tonta de la mano y con ella encaminóse a la
tumba de Wang Lung. Entonces, mientras la tonta jugaba, contenta de estar cerca de
la única persona que se preocupaba de ella, Flor de Peral se sentó y contempló las
tierras que se extendían hasta donde alcanzaba su vista, divididas en pequeños
campos verdegueantes que calzaban entre sí. Aquí y allá una mancha azul se movía:
era un labrador que se inclinaba sobre su trigo de primavera. Así también Wang Lung
se había inclinado sobre el fruto de su tierra cuando tenía que trabajarla para sí. Flor
de Peral recordaba cómo en su vejez él revivía aquellos años de antes que ella naciera
y cuánto gustaba hablar de aquella época en que acostumbraba a arar y sembrar sus
tierras.
Así pasó el tiempo y así pasó el día para la familia de Wang Lung. Pero el tercer
hijo no regresó al hogar ni siquiera ese día. Permaneció allí donde estaba, siguiendo
su propia vida aparte de la de los demás.
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V
ASÍ como en primavera las ramas de un árbol añoso salen fuera del tronco y se
extienden y se alejan de este tronco, separadas unas de otras, aunque su raíz sea la
misma, así sucedió con los tres hijos de Wang Lung. El más fuerte y el más testarudo
de los tres fue Wang el Tercero, el hijo más joven de Wang Lung, soldado en una
provincia del Sur.
El día que Wang el Tercero recibió la noticia de la grave enfermedad de su padre
encontrábase en las afueras de la ciudad, frente a un templo donde el general vivía;
había allí un solar eriazo[4] que le servía para entrenar a sus soldados y enseñarles
táctica y tretas guerreras. En ello estaba cuando el mensajero de sus hermanos,
corriendo y sin resuello por la importancia del mensaje que traía, jadeó con voz
entrecortada:
—Amo mío y tercer señor, tu padre, el anciano señor, yace moribundo.
Desde el día en que en un acceso de ira Wang el Tercero había huido de su hogar,
no había tenido noticias de su padre. Éste, en los límites de la vejez, había sacado del
recinto de su hijo a cierta joven sirvienta que había sido criada en la casa; Wang el
Tercero no había comprendido que amaba a Flor de Peral hasta que oyó lo que su
padre había hecho. Todo el día meditó sobre lo ocurrido, y tan oprimido se sentía al
meditar sobre ello, que llegada la noche se precipitó como un torbellino en la pieza
donde su padre hallábase con la sirvienta. Sí, se precipitó dentro de la pieza
resguardada de la caldeada obscuridad de una noche de verano; allí estaba ella
sentada, pálida y tranquila; y sólo entonces comprendió con certeza que podía haberla
amado. Una ola de ira incontenible surgió en él. Comprendió que si permanecía allí
esa ola crecería hasta hacer estallar su corazón; esa misma noche huyó de casa de su
padre, y como siempre había deseado aventuras y llegar a ser un héroe bajo algún
estandarte de guerra, tomó el dinero que poseía, encaminóse hacia el Sur, lo más lejos
posible, y se alistó bajo las órdenes de un famoso general insurrecto. Wang el Tercero
era alto y fuerte, de rostro joven, moreno y fiero, labios severos apretados sobre
dientes grandes y blancos; fijóse el general en él, y quiso tenerlo cerca de su persona;
así ascendió Wang el Tercero más rápidamente que otros. En parte fue gracias a su
carácter silencioso e inmutable, tan raro en un joven, y a su temperamento bravo e
impetuoso, que no tenía miedo de matar ni de ser muerto; entre los asalariados pocos
había tan valientes como él. Además, había una o dos guerras, y durante la guerra los
soldados pueden ascender rápidamente; y así sucedió con Wang el Tercero, pues
muchos de sus superiores fueron muertos o removidos; de grado en grado fue
subiendo, y cuando partió a casa de su padre ocupaba el cargo de capitán.
Al oír Wang el Tercero lo expuesto por el mensajero, despachó a sus hombres y se
encaminó hacia el campo seguido a cierta distancia por el mensajero. Era un día de
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temprana primavera, uno de esos días en que Wang Lung gustaba agitarse, tomar su
azada y revolver la tierra entre sus hileras de trigo. Nadie habría visto allí signos de
nueva vida, pero su mirada percibía el cambio, la maduración, la promesa de una
nueva cosecha que brotaría de la tierra. Él estaba muerto, y Wang el Tercero no podía
imaginar la muerte en un día semejante. Porque, a su manera, Wang el Tercero sentía
también la primavera. Mientras su padre inquieto salía a visitar sus tierras, Wang el
Tercero sentía crecer dentro de sí otra inquietud; cada primavera lo encontraba
madurando el mismo plan: abandonar al general, emprender una guerra por cuenta
propia, acompañado de hombres que quisieran alistarse bajo su estandarte. Cada
primavera creía conseguirlo, pensaba que debía hacerlo, y año tras año planeaba
cómo llevarlo a cabo; tanto crecieron su sueño y ambición, que esa primavera se
había jurado abandonar la vida que llevaba bajo el mando del viejo general y
emprender la suya propia.
La verdad era que Wang el Tercero era muy severo para con el anciano general.
Cuando se alistó bajo el estandarte que servía, el general encabezaba una rebelión
contra un inicuo gobernante; y como todavía era joven, hablaba de la excelencia de
una revolución y de cómo todos los hombres valientes debían luchar por una causa
justa: de voz poderosa y convincente, las palabras deslizábanse fácilmente de sus
labios; tenía la virtud de emocionar a sus hombres más que a sí mismo, aun cuando
los que lo escuchaban no se dieran cuenta de ello.
Cuando Wang el Tercero oyó por vez primera estas hermosas palabras, se sintió
conmovido, pues era sencillo de corazón; se prometió permanecer al lado de un
general tal y luchar por una causa que entusiasmaba su ardiente corazón.
Extrañóse, sin embargo, cuando, triunfante de la rebelión, el general regresó de la
guerra y escogió esa fértil llanura para vivir; el hombre que había sido un héroe en las
guerras deleitábase ahora en las vulgaridades que hacía, y Wang el Tercero no podía
perdonarle que así se olvidara de sí mismo. Se sentía estafado o defraudado por algo
o por alguien, sin distinguir con precisión la causa. En medio de esta amargura nació
el pensamiento de separarse del general, a quien en la guerra había servido de
corazón, y continuar solo su camino.
Pues en esos años el poder había abandonado al anciano general, quien en medio
de la ociosidad no salía de sus tierras para emprender nuevas guerras. Estaba obeso,
comía ricos alimentos y bebía vinos fuertes de otros países, de ésos que corroen el
vientre; y no hablaba de guerras, sino de cómo su cocinera había hecho tal salsa para
un pescado cogido mar afuera y de cómo esa cocinera podía sazonar un plato digno
de un rey; y cuando estaba ahíto entregábase a su pasión favorita: las mujeres. Poseía
más de cincuenta, y le placían de todas clases; tenía una extraña mujer de piel
blanquísima, ojos dorados y pelo como cáñamo, que había comprado en alguna parte.
Pero le tenía miedo, porque había en ella tanto descontento que se estaba
emponzoñando con su amargura. Y en su extraña lengua refunfuñaba como si
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quisiera lanzar un hechizo. Pero hasta esto divertía al anciano general, resultándole
motivo de orgullo tenerla entre sus mujeres.
Bajo tal general los capitanes tornábanse débiles y negligentes; jaraneaban,
bebían y vivían haciendo caso omiso del pueblo, y el pueblo odiaba cordialmente al
general y a sus hombres. Pero la impaciencia y la inquietud producidas por la
inacción cundían entre el muchacho y los valientes. Y cuando Wang el Tercero
ascendió sobre ellos, y vivió su sencilla vida sin siquiera mirar a las mujeres, esos
jóvenes volviéronse hacia él uno después de otro, primero un pequeño grupo, luego
casi la totalidad, y decían entre ellos:
—¿Acaso puede ser éste nuestro guía?
Y esperanzados volvían hacia él sus miradas.
Había sólo una cosa que hacía despertar de su sueño a Wang el Tercero: no tenía
dinero. Desde que había abandonado la casa de su padre no recibía sino la miserable
paga que le entregaba el general al final de cada mes; y a menudo no recibía ni
siquiera eso, pues a veces el general no tenía lo suficiente para pagar a sus hombres;
el dinero lo necesitaba para sí; y cincuenta mujeres en casa de un hombre tórnanse
rapaces y gustan rivalizar en alhajas y adornos, y en todo lo que con lágrimas y
coqueterías pueden arrancar a un anciano que es al mismo tiempo su señor.
Por eso Wang el Tercero creía que nunca haría lo que esperaba sino
convirtiéndose por un tiempo en salteador y sus hombres en una banda de
salteadores, como muchos lo habían hecho; y cuando hubiera robado hasta tener lo
suficiente, esperaría que se presentase una guerra ventajosa y entraría en
negociaciones con algún ejército provincial u otro de cualquier parte, y pediría ser
perdonado y recibido en la provincia nuevamente.
Pero le repugnaba convertirse en ladrón; su padre había sido un hombre honesto,
y un hombre así no cae fácilmente en robos durante ninguna hambruna ni guerra; y
Wang el Tercero podría haber luchado algunos años todavía esperando una
oportunidad, pues ahora tanto había cavilado que había adquirido la certeza de que el
cielo mismo había marcado su destino, tal tomó él lo soñara, y sólo tenía que esperar
que su hora llegara y que él pudiera aprovecharla.
Para un hombre de temperamento fogoso como Wang el Tercero había algo que le
hacía casi imposible la espera. Su alma había empezado a aborrecer esa región sureña
donde vivía, y suspiraba por salir de allí hacia su Norte deseado. Era hombre del
Norte, y allí había días en que apenas podía tragar los interminables platos de arroz
blanco apetecidos por los sureños; anhelaba enterrar sus agudos y blancos dientes en
un pan ázimo de trigo envuelto en tallos de ajo. Forzaba la voz para hacerla más
ronca y gruesa, porque aborrecía profundamente las suaves y untuosas cortesías de
esos hombres del Sur, tan pulidos, qué forzosamente debían ser falsos y tramposos,
pues, no es natural ser siempre benévolo; además, esos hombres tan avisados[5],
debían tener los corazones vacíos. A menudo los miraba con ceño duro, porque
anhelaba estar en su propia región, donde los hombres son altos como los hombres
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deben serlo y no pigmeos como los sureños, y donde el discurso es escaso y llano, y
los corazones, rectos y decididos. Y como Wang el Tercero era de carácter arrebatado,
los hombres le temían; temían sus cejas ceñudas, su mentón voluntarioso y sus
blancos y largos dientes; pusiéronle por apodo Wang el Tigre.
A menudo en la noche, en su pequeña pieza, Wang el Tigre se revolvía en su
angosto y duro lecho en busca de un plan y un camino para realizar su sueño. Sabía
que si su anciano padre moría recibiría su herencia. Pero su padre no quería morir, y
rechinando los dientes, Wang el Tigre maldecía a veces en la noche.
«El viejo malogrará mi juventud; y si no muere pronto, será demasiado tarde para
realizar mis sueños de grandeza. ¡Cuán perverso puede ser un anciano cuando no
quiere morir!».
Por fin esa primavera se decidió a ir al sitio donde, a pesar de lo desagradable que
le era, había resuelto dedicarse al robo más bien que esperar; y apenas lo había
resuelto cuando llegó la noticia de la grave enfermedad de su padre. Ahora, poseedor
de estas noticias, regresó a través de los campos con el corazón henchido latiendo
dentro del pecho, porque el camino que se presentaba ante él era limpio y llano; y era
tan alentador no tener necesidad de robar, que habría gritado si no hubiera sido un
hombre silencioso por naturaleza. Sobre todos los demás primaba este pensamiento:
no había habido error en su destino, y con su herencia tendría todo lo que necesitare;
el cielo lo había protegido. Sí, sobre todos los demás primaba este pensamiento:
ahora podía dar el primer paso sobre el sendero ascendente y sin fin de su futuro,
pues tenía ciega fe en su destino. Pero nadie observó el júbilo en su fiero e inmutable
rostro. Había heredado de su madre los ojos resueltos, el mentón voluntarioso y su
mirada firme como la roca, de cuya substancia su carne había sido hecha. No dijo
nada, sin embargo; fuese a su pieza y se preparó para el largo viaje hacia el Norte,
designando de entre los que mandaba a cuatro hombres leales para que lo
acompañasen. Finiquitado que hubo estos escasos preparativos, se encaminó hacia la
enorme y vieja casa de la ciudad que el general había tomado para sí, y envió a un
guardia para que lo anunciara, y el guardia regresó diciendo que podía entrar. Wang el
Tigre ordenó entonces a sus hombres que lo esperasen en la puerta, dirigiéndose él a
la pieza donde el anciano general terminaba su merienda de mediodía.
El viejo se inclinaba sobre su comida, en tanto que dos de sus mujeres
permanecían de pie para servirlo. No se había lavado ni afeitado y llevaba la casaca
abierta y desabotonada, porque ahora que estaba viejo no gustaba lavarse ni afeitarse;
descuidado en su apariencia, recordaba lo que había sido cuando joven, un trabajador
vulgar y común, que en vez de trabajar se dio al robo, abandonándolo después al
enrolarse en una guerra. Pero era un viejo alegre y festivo, descuidado en el decir, que
siempre recibía con agrado a Wang el Tigre, y lo respetaba, porque llevaba a cabo
cosas que él, con la indolencia de su vejez, era incapaz de hacer.
Por eso cuando Wang el Tigre entró y dijo:
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—Alguien llegó hoy diciendo que mi padre está moribundo y que mis hermanos
me esperan para sepultarlo. El viejo general se inclinó cortésmente y contestó:
—Ve, hijo mío, haz tu deber para con tu padre y vuelve a mi lado. —Entonces
hurgué en su faja y sacó un puñado de monedas diciendo—: Aquí tienes esta dádiva y
no la escatimes en tu viaje.
Se echó para atrás en la silla, y de pronto chilló que tenía algo metido entre los
dientes; una de sus esposas se quitó entonces del pelo un largo y delgado alfiler de
plata con el que hurgó en la boca, olvidándose de Wang el Tigre.
Wang el Tigre regresó, pues, a casa de su padre, y a pesar de la impaciencia que
lo devoraba, esperó hasta que la herencia estuvo dividida y pudo partir otra vez. Pero
no podía llevar a cabo su proyecto hasta que los años del luto hubiesen transcurrido.
Era un hombre escrupuloso y, en consecuencia, esperó. Pero ahora la espera era fácil,
pues su sueño por fin se convertía en realidad. Entre tanto economizaba dinero,
perfeccionando sus métodos guerreros, y escogía y observaba a los hombres que
deberían seguirlo.
Desde que tenía lo necesario no pensó más en su padre sino como la rama puede
hacerlo del tronco de donde ha nacido. Sólo así lo recordaba, pues era hombre de
pensamientos profundos y limitados; en su mente había sólo espacio para una cosa, y
en su corazón, para una sola persona. Y ésta era ahora él mismo, y no tenía otro
ensueño que el suyo propio.
Pero este ensueño era ahora más complejo. Los días en que ocioso recorría los
patios de sus hermanos vio algo que éstos tenían y de que él carecía; y sintió envidia
de ello. No envidiaba ni sus mujeres, ni sus casas, ni sus comodidades, ni la
prosperidad de que gozaban, ni los saludos de la gente. No, envidiaba únicamente una
cosa: los hijos que tenían. Contemplaba a esos muchachos mientras jugaban, reñían y
gritaban, y por primera vez en su vida pensó que deseaba tener un hijo propio. Sí,
para un guerrero habría sido una gran cosa tener un hijo, porque sólo la propia sangre
es absolutamente leal.
Pero después de haber cavilado en ello durante un tiempo alejó de sí tal
pensamiento, pues no era entonces el momento de detenerse por una mujer. Sentía
aversión por las mujeres, y pensaba que siempre serían un obstáculo en el comienzo
de su carrera. No deseaba tampoco una mujer cualquiera, sino una esposa, porque si
tomaba mujer con la esperanza de tener un hijo, querría un verdadero hijo de una
verdadera mujer. Abandonó, pues, esa ilusión por un tiempo, sepultándola en el fondo
de su corazón, y se absorbió en la meditación del futuro.
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VI
MIENTRAS Wang el Tigre preparaba por fin su partida hacia el Sur, Wang el
Segundo dijo cierto día a su hermano mayor:
—Si estás libre mañana en la mañana, acompáñame a la casa de té de la calle de
las Piedras Rojas y conversaremos sobre dos puntos.
Cuando Wang el Mayor oyó esto se extrañó, porque sabía que debían hablar sobre
tierras, pero no sobre otro asunto, y dijo:
—Iré, seguramente, pero ¿sobre qué otra cosa vamos a hablar?
—He recibido una extraña carta de nuestro tercer hermano —replicó Wang el
Segundo—. Nos hace una oferta por los hijos que tengamos disponibles, pues está
empeñado en una gran empresa y necesita hombres de su propia sangre, ya que no
tiene hijos propios.
—¡Nuestros hijos! —repitió Wang el Mayor, con la boca abierta por la extrañeza
y los ojos clavados en su hermano.
Wang el Segundo sacudió la cabeza:
—Yo no sé qué piensa hacer con ellos —dijo—, pero ve mañana y
conversaremos.
E hizo ademán de continuar su camino, pues había detenido a su hermano en la
calle, cuando se dirigía a su mercado de granos.
Pero Wang el Mayor no podía despachar cosa alguna tan rápidamente, y siempre
tenía tiempo disponible para cualquier asunto que se presentase de improviso. Dijo,
pues, echándoselas de gracioso, ahora que había entrado en posesión de sus bienes:
—No es difícil para un hombre tener hijos propios. Debemos buscarle mujer,
hermano.
Y entornó los ojos socarronamente, como si hubiese dicho una agudeza. Pero
Wang el Segundo sonrió imperceptiblemente, y contestó con su modo helado:
—No todos somos como tú, tan complaciente con las mujeres, hermano mayor.
Y empezó a caminar mientras hablaba, pues no quería que Wang el Mayor
reanudara su interrumpida conversación en medio de la calle, donde la gente que
pasaba podía oír e iniciar algún chisme.
A la mañana siguiente ambos hermanos se juntaran en la casa de té; encontraron
mesa en un rincón desde donde podían mirar hacía afuera y ver todo lo que pudiera
ser visto, pero donde nadie podría oír lo que se dirían; Wang el Mayor se sentó en el
sitio de adentro, que le correspondía por derecho propio: Llamó entonces al sirviente
de la casa, le ordenó tal y cual plato, algunos panes dulces y calientes, carnes livianas
y saladas, que los hombres acostumbran a comer en la mañana para entonar el
estómago, y un jarro de vino caliente y otras carnes que los hombres comen para
hacer bajar el vino, de modo que su calor no pueda subir y emborracharlos tan
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temprano; y pidió todo lo que su imaginación le sugirió, pues era hombre aficionado
a la buena comida. Wang el Segundo escuchaba suspirando de angustia, pues no sabía
si debía o no pagar la parte que le correspondía en todo aquello; por fin dijo
bruscamente:
—Sí todas estas carnes y alimentos son para mí, no las deseo, hermano. Soy
hombre sobrio, de muy poco apetito en la mañana.
Pero Wang el Mayor dijo con pomposa liberalidad:
—Eres mi huésped y no tienes que preocuparte, pues yo he de pagar.
Así tranquilizó a su hermano, y cuando trajeron la comida Wang el Segundo
comió lo más que pudo, como debe hacerlo todo huésped. Y además, aunque muy
rico, no podía dejar de aprovechar semejante oportunidad, especialmente si no tenía
que desembolsar dinero. Le era insoportable que la gente regalase a sus sirvientes los
vestidos usados y las cosas inservibles; secretamente las llevaba donde un prendero[6]
que le daba plata en cambio. Por eso ahora debía hartarse lo más posible, aunque era
hombre sobrio, de escasa barriga. Se forzaba y comía lo que podía para no tener
hambre en un día o dos, aunque no necesitaba hacer eso tampoco.
Con todo, así lo hizo esa mañana, y en tanto comían no hablaban; y mientras
esperaban que el sirviente trajera un nuevo plato permanecían en silencio mirando lo
que sucedía en la pieza, porque el estómago rechaza los alimentos si se discute
cualquier negocio mientras se come.
Aunque ellos lo ignorasen, se encontraban en la misma casa de té donde su padre
Wang Lung había ido una vez y encontrado a Loto, la cantante que después fue su
concubina. Para Wang Lung fue ése un sitio maravilloso, una casa mágica y hermosa,
con sus grabados de lindas mujeres pintados en seda colgando de los muros. Pero
para estos dos hijos suyos era un lugar cualquiera y nunca soñaron lo que fue para su
padre, ni con cuánta timidez entró ahí, avergonzado de su condición de labrador en
medio de hombres de la ciudad. No, los dos hijos sentados ahí con sus vestidos de
seda observábanlo todo con desenvoltura, y los comensales no ignoraban quiénes
eran, y presurosos se incorporaban para saludarlos si los hermanos miraban hacia
donde se encontraban, y los sirvientes se daban prisa en atenderlos, y el dueño de
casa en persona, con el sirviente que llevaba los jarros con vino caliente, se acercó y
dijo:
—Este vino es de jarros recién abiertos, y yo con mis propias manos he roto los
sellos de arcilla.
Y preguntó una y otra vez si los habían atendido bien.
Y allí, con esos hijos de Wang Lung, aunque en un rincón lejano, todavía colgaba
aquel rollo de seda sobre el cual Loto estaba pintada, una niña delgada con un capullo
de loto en su pequeña mano. Antaño, Wang Lung lo había contemplado con el
corazón palpitante dentro del pecho y la mente como un torbellino; pero ahora él
había partido, y Loto era lo que era, y el rollo colgaba allí, tiznado con el humo y
manchado con suciedades de moscas; y nadie lo miraba ni pensaba en preguntar:
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«¿Quién es esa belleza que cuelga escondida en el rincón?». No; y esos hombres que
eran hijos de Wang Lung nunca soñaron que era Loto, ni que alguna vez pudo
asemejarse a esa pintura.
Ahora estaban sentados allí, respetados por todos y comiendo; y aunque Wang el
Segundo hizo lo posible por hartarse, no pudo competir con su hermano mayor.
Porque cuando Wang el Segundo había comido más de lo que podía, Wang el Mayor
lo hacía aún con apetito, y bebía vino pasándose la lengua por sus gruesos labios para
saborear el gustillo, y comía de nuevo hasta que el sudor cubrió su rostro como si
hubiera sido untado de aceite.
Entonces el sirviente trajo toallas empapadas en agua caliente y estrujadas, y los
dos hombres en jugaron sus cabezas y cuellos, brazos y manos, y el sirviente retiró
las carnes que no habían comido y los restos de vino, recogió los huesos y la comida
de la mesa, y trajo té verde y fresco; y entonces los dos hombres estuvieron en
condiciones de conversar.
Era mediodía y la casa estaba repleta de hombres que, como ellos, habían huido
de sus hogares para comer en paz, lejos de sus mujeres y chiquillos, y después de
haber comido, conversar con amigos, beber el té juntos e imponerse de las últimas
noticias. Porque para ningún hombre hay paz en su casa, donde las mujeres llaman y
gritan y los niños chillan y lloran, pues así son por naturaleza. Esta casa, en cambio,
era un sitio apacible, donde sólo se oía el monótono rumor de las voces de los
hombres. En medio de esta quietud Wang el Segundo sacó una carta de su estrecho
pecho, y abriéndola la colocó sobre la mesa delante de su hermano.
Wang el Mayor la tomó, aclaró la garganta carraspeando con fuerza y empezó a
leer pronunciando las letras para sí a medida que leía. Después de los saludos de
rigor, Wang el Tigre, en términos concisos y rasgos osadamente marcados sobre el
papel, escribía:
Enviadme hasta la última onza de plata que podáis, pues la necesito. Os la
devolveré con un subido interés el día que termine lo que pienso emprender. si tenéis
hijos de más de diecisiete años, enviádmelos también. Los levantaré tan alto como
jamás lo soñasteis, porque necesito hombres de mi propia sangre, en quienes poder
confiar en mi gran empresa. Enviadme la plata y enviadme vuestros hijos, ya que no
los tengo propios.
Wang el Mayor leía estas palabras y miraba a su hermano, y su hermano lo
miraba a él. Entonces Wang el Mayor dijo pensativo:
—¿Te dijo alguna vez lo que hacía, además de pertenecer a un ejército sureño, al
mando de un general? Es extraño que no nos diga para qué desea a nuestros hijos.
Los hombres no tenemos hijos para lanzarlos así a cualquier aventura desconocida.
Sentáronse un momento en silencio y bebieron té; sin duda ambos pensaban que
era algo descabellado enviar hijos fuera, no sabiendo a qué; pero ambos también
recordaban las palabras «los levantaré hasta muy alto» y decíanse que ya que tenían
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uno o dos hijos de la edad requerida podían tentar la aventura. Wang el Segundo dijo
prudentemente:
—Tú tienes hijos que han pasado de los diecisiete.
Y Wang el Mayor contestó:
—Sí, tengo dos hijos de más de diecisiete, que hasta ahora han crecido
despreocupadamente en casa, pues aún no había pensado qué hacer con ellos. El
mayor no puede ir, pues será mi sucesor, pero si puedo enviar al segundo.
Entonces Wang el Segundo dijo:
—Mi hijo mayor es una niña, pero el segundo, que es hombre, puede ir, ya que tu
hijo mayor permanece en el hogar para continuar nuestro nombre.
Sentados meditaban acerca de sus hijos, pensando en los bienes que tenían y en lo
gravosas que sus vidas serían para ellos. Wang el Mayor había tenido seis hijos de su
esposa, de los cuales dos habían muerto en la infancia, y uno de su concubina; pero
ésta debía dar a luz otra vez dentro de uno o dos meses; todos sus hijos eran sanos,
excepto el tercer hombre, a quien una esclava había botado[7] cuando tenía solamente
unos meses; el espinazo creció torcido, y la cabeza, demasiado grande para los
hombros, parecía enterrada en la joroba como una cabeza de tortuga en su caparazón.
Wang el Mayor había consultado varios doctores y hasta había prometido un vestido
a cierta divinidad del templo si se dignaba sanar a su hijo, aunque habitualmente no
creía en tales cosas. Pero todo fue inútil, pues el niño tendría que llevar su carga hasta
que muriera. Y el único placer que su padre sacaba de ello era ver a la divinidad sin
su vestido, ya que no había querido escuchar su súplica.
En cuanto a Wang el Segundo, tenía cinco hijos por todo, tres de los cuales eran
hombres, y la mayor y la menor, mujeres. Pero su mujer estaba todavía en la flor de la
juventud e indudablemente la serie de sus hijos no había terminado, pues era una
mujer robusta que podría parir hasta su edad madura.
Era, pues, verdad que no tenía importancia enviar uno o dos afuera, y así lo
comprendieron los hermanos después de haber pensado en ello. Por fin Wang el
Segundo levantó los ojos y dijo:
—¿Qué debo contestar a nuestro hermano?
El hermano mayor vacilaba, pues no era hombre capaz de decidir nada por sí
solo, acostumbrado desde hacía años a hacer lo que su esposa le dijera; así lo
comprendió Wang el Segundo y dijo ladinamente:
—¿Diré que enviaremos un hijo cada uno y el dinero de que podamos disponer?
Y Wang el Mayor, contento, respondió:
—¡Eso es!, hermano mío, hagámoslo así. Después de todo enviaré a mi hijo con
alegría, pues mi casa parece a veces atestada de rapaces que berrean y de muchachos
que se querellan; no hay un momento de paz. Yo enviaré a mi hijo segundo y tú al
mayor, y si algo sucede aquí, estará el mayor de los míos para continuar nuestro
nombre.
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Así quedó, pues, decidido, y ambos volvieron a beber té. Y cuando hubieron
descansado hablaron de las tierras que podían vender. Y allí, mientras sentados
cuchicheaban, recordaron cierto día que por primera vez hablaron de vender la tierra,
de pie en un potrero[8] cercano a la casa de barro; su padre Wang Lung, que era
entonces un anciano, se arrastró fuera de la casa para oír lo que decían, y cuando oyó
decir «vender la tierra», gritó furioso: «¡Haraganes y malvados!, ¿vender la tierra?».
Y tal era su ira, que habría caído de bruces si ellos no lo hubieran sostenido; y
balbuceaba una y otra vez: «¡No, no, nunca venderemos la tierra!». Y para
tranquilizarlo, pues era demasiado viejo para soportar contratiempos, prometieron
que nunca la venderían. Y mientras prometían se sonrieron por encima de la vacilante
cabeza del anciano, previendo ya entonces que algún día realizarían su proyecto.
A pesar de su ansiedad por juntar rápidamente su dinero, el recuerdo de la escena
era tan vívido en ellos que no pudieron hablar con tanta soltura como lo habían
creído; y por otra parte el corazón les aconsejaba proceder con cautela, pues el viejo
podía tener razón después de todo; cada cual resolvió entonces, para sí, no vender
todo inmediatamente. Podían venir malos días, y si los negocios fracasaban, tendrían
siempre tierras suficientes para vivir. Porque en épocas como aquélla no había día
seguro; podía estallar una guerra o un jefe de bandidos apoderarse de la región, por
un tiempo, u otra calamidad cualquiera. Vacilaban, pues, entre las ansias de percibir
el interés producido por la venta de las tierras y su temor por el futuro. Por esto
cuando Wang el Segundo dijo:
—¿Qué tierras quieres vender?
Wang el Mayor replicó con prudencia rara en él:
—Después de todo, no tengo negocios como los tuyos y nada puedo hacer
excepto ser un terrateniente, por lo tanto venderé sólo lo necesario para disponer de
dinero.
Entonces Wang el Segundo dijo:
—Visitemos nuestras tierras para apreciar cuántas tenemos y en qué estado se
encuentran, aun las más distantes, pues nuestro anciano padre codiciaba tanto la
tierra, que en su edad madura, durante un año de hambruna, compró lo que le
ofrecieron; tenemos, pues, tierras en toda la región y algunos campos de menor
tamaño. Si deseas ser terrateniente, conserva las tierras que están cerca para poder
controlarlas mejor.
Como esto pareciera razonable a ambos, se levantaron después que Wang el
Mayor hubo pagado lo que habían comido y los vinos y algo más para el sirviente
que los atendió. Cuando salieron, algunos comensales se levantaron para saludarlos y
para que los demás supieran que tenían relaciones con esos grandes hombres de la
ciudad. Wang el Mayor contestaba a todos amablemente y sonreía, pues gustaba de
ese homenaje; Wang el Segundo avanzaba con los ojos entornados moviendo
imperceptiblemente la cabeza y sin mirar a nadie, como si temiese que si manifestaba
demasiada amistad alguien se permitiera pedirle dinero.
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Los dos hermanos visitaron, pues, sus tierras, y el menor acortó sus pasos para
igualar su marcha a la del mayor, que era gordo y pesado y poco acostumbrado a
caminar. En las puertas de la ciudad se sintió fatigado y llamaron entonces a dos
hombres que allí estaban con sus asnos ensillados para alquilar, y montándose a
horcajadas en las bestias, salieron de la ciudad.
Durante todo el día recorrieron sus tierras deteniéndose sólo en una posada para la
comida de mediodía; y visitaron los más apartados campos, examinando
detenidamente la tierra y lo que los arrendatarios hacían. Y los arrendatarios
mostrábanse humildes y temerosos, pues éstos eran ahora sus nuevos amos, y Wang
el Segundo determinó cuáles eran los campos que se deberían vender. Toda la tierra
que correspondía al tercer hermano sería vendida, excepto el terreno que rodeaba la
casa de barro. Pero de común acuerdo ambos hermanos se abstuvieron de acercarse a
la casa y a la loma donde, bajo un dátil, yacía su padre.
Al caer la tarde regresaron a la ciudad sobre las fatigadas bestias y en la puerta
desmontaron y pagaron a los hombres el precio que habían convenido. Los hombres
también estaban fatigados, habían corrido tras las bestias todo el día y pidieron un
sobreprecio, pues sus zapatos estaban totalmente estropeados. Wang el Mayor se los
habría dado, pero Wang el Segundo no quiso y dijo:
—No, les he pagado lo convenido y nada tengo que hacer yo con vuestros
zapatos.
Y se alejó sin prestar atención a las reclamaciones de los hombres. Llegaron a su
propia casa, y al separarse se miraron como hombres que tienen un secreto en común,
y Wang el Segundo dijo:
—Sí así lo deseas, enviaremos nuestros hijos de aquí en siete días y yo mismo
vendré a buscarlos.
Wang el Mayor aprobó con la cabeza y penosamente se encaminó hacia su propia
puerta, porque nunca en su vida había tenido un día de trabajo como aquél, y pensó
para sí que la vida de un hacendado era muy dura.
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VII
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tan pequeño que casi no soportaba la carne; y cuando oyó a su hermano decir aquello,
estaba fuera de sí de miedo y no sabía qué hacer. No podía creerlo, y pasó en vela la
noche entera sin decidirse a hacer nada sino esperar que su padre lo llamara; y por
eso se dejó caer ante su padre, pidiendo gracia.
Pero cuando Wang el Mayor vio a su hijo arrodillado e implorante montó en
cólera, pues cuando se sentía seguro de su poder era un hombre obstinado e irascible,
y gritó, golpeando las baldosas con el pie:
—Irás, porque es una oportunidad que no podemos perder, y tu primo irá también
y debéis estar contentos de ir. Cuando yo era joven habría deseado tener una
oportunidad semejante, pero no la tuve. No, me enviaron al Sur inútilmente y todavía
por poco tiempo, pues mi madre murió y mi padre me ordenó regresar al hogar. Y
nunca soñé en desobedecerle; no, no podría haberlo hecho. No tuve la suerte de llegar
a ser alguien ayudado por un tío que ocupara una elevada posición.
Y Wang el Mayor suspiró de pronto, porque pensó que si se le hubiera presentado
la misma oportunidad de su hijo habría triunfado; y qué aire tan noble habría sido el
suyo con su brillante casaca de soldado, montado en un corpulento caballo de guerra.
Así imaginaba a los generales; y se vio a sí mismo grande y admirable como debían
ser los generales. Suspiró de nuevo y, mirando a su desgraciado hijo, añadió:
—Verdad es que habría preferido mandar otro hijo en tu lugar, pero ninguno tiene
la edad suficiente; el mayor no puede abandonar el hogar, pues es mi heredero y el
que debe continuar mi nombre; tu hermano menor es jorobado, y la que sigue, mujer.
Tú debes ir, pues, y todo tu llanto es inútil, porque ésa es mi voluntad. —Levantóse y
salió de la pieza para no ser molestado otra vez por ese hijo suyo.
El hijo de Wang el Segundo no se parecía a éste. Era un muchacho alegre y
turbulento que había tenido viruelas a los tres años; su madre le inyectó con el pulgar,
dentro de la nariz, el virus de un grano enorme para ponerlo a salvo de la enfermedad,
y como conservó las marcas toda su vida, todos, aun sus propios padres, lo llamaban
el «Apestado». Cuando Wang el Segundo lo llamó y le dijo: «Haz un lío con tu ropa,
pues mañana partimos hacia el Sur, para entregarte a tu tío soldado», corrió dichoso,
dando cabriolas, pues siempre estaba pronto para ver cosas nuevas y jactarse después
de lo que había visto.
Pero su madre, que atizaba unos carbones en un hornillo en la puerta de la cocina
y que no había oído hablar del asunto, gritó a su manera habitual:
—¿Para qué gastan la plata en ir al Sur?
Wang el Segundo se lo explicó entonces, y ella escuchaba sin abandonar su tarea
y sin perder de vista a una sirvienta que limpiaba una gallina, pues temía que hurtara
el hígado o los huevos que la gallina no alcanzó a poner. Por lo tanto, no oyó sino la
última parte de lo que su marido dijo:
—Debemos correr el riesgo, pues habla de hacer subir al muchacho; además,
tenemos otros hijos que meter en los negocios, y éste es el único que tiene la edad
requerida; mi hermano manda uno también.
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Cuando la mujer oyó estas últimas palabras se concretó al asunto diciendo con
prontitud:
—Bueno, si los hijos de él van a ocupar una gran posición, nosotros también
debemos enviar los nuestros, pues si no durante toda mi vida tendré que oír decir a mi
cuñada que su hijo es un héroe militar. Verdad es que este hijo nuestro debe dedicarse
a algo; está ya crecido y no piensa sino en divertirse. Y dices con razón; los otros
pueden atender el mercado.
Al día siguiente Wang el Segundo partió con los dos mancebos, llevando cada
cual sus prendas de vestir; el hijo de Wang el Mayor las llevaba en una caja de cuero
de cerdo; tenía aún los ojos enrojecidos por el llanto, y se quedaba rezagado para ver
si el sirviente que lo acompañaba la llevaba con la parte superior hacia arriba, de
modo que los libros que iban dentro no se desordenasen. El hijo de Wang el Segundo
no poseía libros y en un pañuelo de algodón atado a su espalda llevaba sus escasos
vestidos. Corría por el camino comentando a gritos todo lo que veía. Era una radiante
mañana de primavera y las calles de la ciudad estaban atestadas con los primeros
productos de la tierra, que todos compraban o vendían. Para el muchacho era un buen
año y un alegre día, pues empezaban un viaje que nunca había hecho antes, y su
madre le había preparado esa mañana un plato por él apetecido, lo que justificaba su
alegría. Pero el otro muchacho caminaba correctamente y en silencio, con la cabeza
inclinada, sin mirar casi a su primo y de cuando en cuando humedecía sus pálidos
labios como si estuviesen resecos.
Así avanzaba Wang el Segundo con los dos mancebos mientras meditaba en sus
propios asuntos, pues nunca prestaba atención a los niños. Y así llegaron al Norte de
la ciudad, donde debían subir al carro de fuego; y Wang el Segundo pagó y subieron.
Y entonces el hijo de Wang el Mayor se sintió muy avergonzado, pues su tío había
comprado los asientos más baratos que pudo, pensando que era suficiente para los
muchachos, y el joven comprendió entonces que él con su elegante vestido de seda
azul tendría que sentarse en compañía de gente del pueblo que trascendía a ajo y
cuyas inmundas ropas de algodón olían a pobrezas; pero no se atrevió a quejarse,
pues temía el secreto desprecio de su tío; se limitó, pues, a colocar su caja de cuero de
chancho[9] entre él y el vulgar labrador que le tocó por vecino, mirando
lastimosamente al sirviente que se alejaba.
Pero Wang el Segundo y su hijo parecían a sus anchas; Wang el Segundo habíase
puesto esa mañana un vestido de algodón, pues creía que era mejor no presentarse
demasiado elegante ante su hermano, por miedo de parecer más rico de lo que
deseaba. En cuanto a su hijo, no poseía aún ningún vestido de seda, y los de algodón
que usaba, anchos y largos para poderlos arreglar, eran cosidos por su madre. Wang el
Segundo contempló a su sobrino y dijo con su modo helado:
—No es bueno viajar hoy día con ropas tan finas como las que llevas. Mejor sería
que te quitaras tu vestido de seda y doblado lo guardaras en tu caja; puedes quedarte
con tus ropas interiores y ahorrar el mejor.
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El muchacho refunfuñó entonces:
—Tengo otros mejores que éste, que es el que uso todos los días en casa.
Empero no se atrevió a desobedecer, se levantó e hizo lo que su tío le ordenara.
Así viajaron durante todo el día, y Wang el Segundo contemplaba los potreros y
las ciudades por donde pasaban, avaluando todo lo que veía; y su hijo gritaba ante
cada cosa nueva, suspirando por paladear los frescos panecillos que los vendedores
ofrecían cuando se detenían, pero su padre no se lo permitió. El otro muchacho,
pálido y temeroso, enfermo con el movimiento del carro, dejó caer la cabeza encima
de su caja de cuero de chancho y no habló durante todo el día. No pudo probar
ningún alimento.
Después navegaron dos días en un buque pequeño y atestado, y llegaron por fin a
la ciudad donde debían encontrar aquél a quien buscaban; y cuando desembarcaron y
se encontraron en tierra nuevamente, Wang el Segundo alquiló dos rikshas[10], colocó
a los muchachos en uno y ocupó el otro. El hombre que arrastraba el riksha de los
muchachos se quejó amargamente de su doble carga, pero Wang el Segundo le
explicó que no eran hombres todavía, y uno de ellos, pálido y delgado y más liviano
que de costumbre a causa de los vómitos; y después de muchos regateos prometió
pagar un poco más, pero no tanto como podría haber costado otro vehículo. Y los
rikshas partieron en dirección de la calle y de la casa que Wang el Segundo les
indicó; y cuando se detuvieron sacó de su pecho la carta y comparó las letras escritas
encima de la puerta con las de la carta, y ambas eran iguales.
Descendió de su riksha y ordenó a los muchachos que hiciesen lo mismo, y
después de haber regateado nuevamente con los portadores porque el sitio no era tan
distante como habían dicho, les pagó un poco menos que el precio convenido. Tomó
entonces la caja de un extremo y los muchachos del otro y así pasaron a través de la
inmensa puerta a cada lado de la cual había dos leones de piedra.
Pero al lado de uno de los leones había un soldado que gritó:
—¿Creen que se puede pasar a través de esta puerta cuando mejor les parezca?
Y quitándose el fusil del hombro golpeó con la culata las piedras; y su mirar era
tan fiero y rudo que los tres permanecían atónitos; el hijo de Wang el Mayor empezó
a temblar, y hasta el Apestado pareció temeroso, pues nunca había visto un fusil tan
de cerca.
Entonces Wang el Segundo se apresuró a sacar la carta de su hermano y,
pasándosela al soldado para que la viese, dijo:
—Nosotros somos los que esa carta menciona y ella es la prueba.
Pero el soldado no sabía leer, y llamó entonces a otro soldado que después de
haberlos contemplado durante un rato y oído toda la historia tomó la carta. Pero
tampoco pudo leer, y después de darle vueltas entre las manos la llevó hacia adentro.
Después de mucho rato volvió y, señalando la casa con el pulgar, dijo:
—Es verdad, son parientes del capitán y hay que hacerlos entrar.
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Tomaron la caja otra vez y entraron, dejando atrás los leones, mientras el hombre
del fusil los miraba con malos ojos como si todavía dudara. No obstante, siguieron al
otro soldado al través de diez patios o algo así, todos ellos atestados de soldados
ociosos que comían y bebían, mientras otros sentados al sol medio desnudos sacaban
piojos de sus ropas y los demás dormían roncando. Así llegaron hasta una casa
interior donde, en la pieza central, hallábase Wang el Tigre. Vestido de ropas obscuras
de material bueno y tosco, abrochado con botones de bronce con un signo estampado
encima, los esperaba sentado al lado de una mesa.
Cuando vio a sus parientes se levantó prestamente y gritó a los soldados que le
servían que trajesen vino y carnes; entonces ambos hermanos se saludaron, y Wang el
Segundo ordenó a los muchachos que hicieran lo mismo, y todos se sentaron en
conformidad con su rango, Wang el Segundo en el sitio principal, después Wang el
Tigre y los dos muchachos en seguida. Entonces el sirviente trajo el vino, y mientras
bebían Wang el Tigre miró a los muchachos y dijo con su acostumbrado tono áspero:
—Ese rubicundo parece bastante fuerte, pero no estoy seguro de la inteligencia
que se oculta tras ese rostro marcado por la viruela. Parece un payaso. Espero que no
sea un payaso, hermano mayor, pues no soy aficionado a la risa. ¿Es tuyo? Tiene un
ligero parecido con su madre. Y en cuanto al otro, ¿es eso lo mejor que mi hermano
mayor puede hacer?
Al oír esto el pálido muchacho inclinó aún más la cabeza; un escalofrío de sudor,
que furtivamente se enjugó con la mano, cubría su labio superior. Pero Wang el Tigre
continuaba con sus ojos negros y duros clavados en ellos hasta que el muchacho
manchado, que siempre era tan listo, no supo dónde mirar y movía los pies y se
comía las uñas. Entonces Wang el Segundo dijo como excusa:
—Cierto es que son dos infelices muchachos, hermano mío, y estamos muy
apenados por no tener nada mejor con que pagar tu bondad. Pero el hijo mayor de mi
hermano mayor debe quedarse en el hogar para continuar nuestro nombre y el otro
que sigue es jorobado; y este manchado es el mayor de los míos y la que sigue es
mujer; son, pues, por ahora, los dos mejores que tenemos.
Entonces, Wang el Tigre, después de enterarse de quiénes eran, llamó a un
soldado para que condujera a los muchachos a la pieza del lado y les llevase allí la
comida; y allí debían esperar que él los llamase. El soldado los guió entonces, pero el
hijo de Wang el Mayor lanzaba lastimeras miradas a su tío, y Wang el Tigre, que lo
vio vacilante, preguntó:
—¿Por qué tardas?
El muchacho se detuvo y dijo tímidamente:
—¿Puedo llevarme mi caja?
Wang el Tigre miró entonces y vio al lado de la puerta la hermosa caja de cuero
de chancho y dijo con cierto matiz de desprecio:
—Llévatela, pero no te servirá de mucho, pues tendrás que quitarte esas ropas y
ponerte las buenas y fuertes que usan los soldados. Los hombres no pueden pelear
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con vestidos de seda.
El muchacho enrojeció de vergüenza, salió sin decir una palabra y ambos
hermanos quedaron solos.
Por un largo rato Wang el Tigre permaneció sentado en silencio, pues nunca
pensó que había que hablar por cortesía; entonces Wang el Segundo preguntó:
—¿En qué piensas tan abstraído? ¿Es acaso en nuestros hijos?
Y Wang el Tigre contestó pausadamente:
—No; pienso cuán alentador debe ser para hombres de mi edad ver a sus hijos
crecer en torno de ellos.
—Tú también podrías tenerlos si te hubieras casado temprano —contestó Wang el
Segundo, sonriendo imperceptiblemente—. Pero como durante tanto tiempo
ignoramos dónde estabas, mi padre no pudo casarte como, seguramente, lo hubiese
hecho. Pero mi hermano y yo lo haremos con mucho gusto y pronto está el dinero que
necesites para ello.
Pero resueltamente Wang el Tigre alejó de sí tal idea y dijo:
—No, seguramente, te parecerá curioso, pero me repugnan las mujeres. Es
extraño, pero nunca he visto a una mujer —y se interrumpió, pues el sirviente llegaba
con la comida y los hermanos guardaron silencio.
Después que hubieron comido, y cuando el té estuvo sobre la mesa, Wang el
Segundo creyó que era llegado el momento de preguntar qué es lo que Wang el Tigre
pensaba hacer con los muchachos y el dinero; pero mientras cavilaba sobre cómo
iniciar una conversación ventajosa, Wang el Tigre dijo de pronto:
—Somos hermanos y nos entendemos como hermanos. Cuento contigo.
Wang el Segundo bebió un sorbo de té y contestó suave y prudentemente:
—Puedes contar conmigo puesto que somos hermanos, pero me gustaría saber
cuál es tu plan y qué es lo que me corresponde a mi hacer.
Wang el Tigre se inclinó entonces hacia adelante y dijo en un murmullo; y las
palabras se atropellaban al salir de sus labios y la respiración era como un viento
caliente que soplaba en el oído de Wang el Segundo:
—Cuento con hombres leales, un ciento y más, y todos están hastiados del
general. Yo también estoy hastiado y suspiro por vivir en mi propia región y no
volver a ver a estos pigmeos sureños. Sí, cuento con hombres leales que a la menor
señal partirán conmigo en el profundo silencio de la noche. Marcharemos hacia el
lejano Norte, donde se alzan las montañas, para atrincherarnos y hacer una guerra o
revolución si el viejo general nos persigue. Pero no podrá moverse; está tan viejo y
no piensa sino en sus mujeres, en su comida y en sus vinos; además, entre mis
valientes se cuentan sus hombres mejores y más fuertes, no hombres del Sur, sino de
las más fieras y bravas tribus.
Pero Wang el Segundo siempre había sido un hombre de paz, un mercader, que
aunque sabía que había guerras en alguna parte, no tenía nada que ver con las guerras,
salvo en una oportunidad en que, en una revolución, los soldados acuartelaron en casa
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de su padre; y no sabía ni cómo empiezan ni se financian las guerras, salvo que
cuando la guerra está cerca, los precios de los granos suben, y cuando lejana, bajan.
Nunca había estado tan cerca de una guerra como ahora, puesto que la guerra estaba
en su propia familia. Con la boca abierta y los ojos espantados, susurró quedamente:
—¿Pero qué puedo hacer en esto yo, que soy un hombre de paz?
—¡Esto! —respondió Wang el Tigre, y su voz fue como el rechinar de un hierro
sobre otro hierro—. Necesito mucho dinero, todo el mío y el que tú me prestes al
menor interés posible, hasta que pueda establecerme definitivamente.
—¿Y qué garantías me das? —dijo Wang el Segundo, sin respiración.
—¡Esto! —repitió Wang el Tigre otra vez—. Me prestarás todo lo que yo necesite
y todo lo que dé la tierra hasta que pueda reunir un poderoso ejército y establecerme
en alguna de nuestras regiones del Norte, convirtiéndome en señor de todo el
territorio. Y cuando sea amo conquistaré nuevas tierras y seré más y más grande con
cada nueva guerra que emprenda, hasta…
Se detuvo y pareció mirar hacia un tiempo lejano, hacia una región distante, como
si los viera con claridad ante él, mientras Wang el Segundo esperaba, hasta que no
pudo esperar más:
—¿Y entonces? —dijo.
Wang el Tigre se levantó de pronto:
—¡Hasta que no haya nadie tan grande como yo en toda la nación! —dijo, y
ahora su susurro pareció más bien un grito.
—¿Qué serás entonces? —preguntó Wang el Segundo, asombrado.
—¡Seré lo que quiero ser! —gritó Wang el Tigre. Y sus espesas cejas
levantáronse de pronto encima de sus ojos y golpeó la mesa con la palma de la mano;
ambos hermanos se miraron de hito en hito.
Todo esto era lo más extraño que Wang el Segundo había oído. No era hombre de
grandes ensueños y su única aspiración era sentarse en la noche con su libro de
cuentas y comprobar las ganancias del año y planear un método seguro para
aumentarlas el venidero. Ahora, sin embargo, contemplaba a este hermano suyo y lo
veía alto y moreno, con los ojos brillantes como los de un tigre, y esas cejas negras y
rectas, que parecían estandartes sobre sus ojos. Fuera de sí miraba a Wang el
Segundo, y éste tenía miedo y no se atrevía a decir nada para desbaratar sus planes,
pues había tal destello de locura en los ojos del hombre y tal poder de convicción, que
hasta Wang el Segundo sintió en su encogido corazón el poder de ese hombre, su
hermano. Pero siempre prudente, pues no podía olvidar su hábito de prudencia, tosió
ásperamente y dijo con su vocecilla:
—Pero ¿qué sacaré yo de todo eso y qué garantías si envío mi dinero?
Y Wang el Tigre contestó con majestad, fijando los ojos en su hermano:
—¿Crees que me olvidaré de quién soy cuando haya alcanzado lo que deseo?
¿Crees que olvidaré que son ustedes mis hermanos y vuestros hijos los hijos de mis
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hermanos? ¿Cuándo has oído que un guerrero poderoso no levante con él a su casa y
a los suyos? ¿Nada significa para ti ser hermano de un rey?
Y miró a su hermano en los ojos; Wang el Segundo, a medias convencido, pues
era el cuento más extraño que nunca oyera, dijo con su tono razonable:
—Pues bien, te daré lo que te pertenece y te prestaré lo que pueda economizar,
pues, indudablemente, hay muchos que no llegan tan alto como lo pensaron. Tendrás,
por lo menos, lo que te pertenece.
Lanzaron destellos los ojos de Wang el Tigre; se sentó y con los labios apretados
dijo:
—Eres prudente, hermano.
Su voz era tan áspera y helada que Wang el Segundo, asustado, dijo como para,
excusarse:
—Tengo una familia y muchos niños aún pequeños, y la madre de mis hijos es
todavía joven y fecunda. Tú no te has casado aún y no sabes lo que es tener estas
cargas que para todo dependen del oro; y la comida y la ropa suben de día en día.
Wang el Tigre se encogió de hombros y, alejándose, dijo como con negligencia:
—Ya lo sé, pero escúchame. Cada mes enviaré a mi hombre de confianza, al que
reconocerás por el labio leporino. Le entregarás todo el dinero que pueda acarrear.
Vende mis tierras lo más pronto y lo mejor que puedas, pues necesitaré unas mil
monedas de plata al mes.
—¡Mil! —exclamó Wang el Segundo, con la voz quebrada y los ojos dilatados
por la sorpresa—. ¿Y en qué las piensas gastar?
—Tengo cien hombres a quienes debo alimentar y vestir; tengo que proveerme de
armas. Tendré que comprar fusiles antes de aumentar mi ejército, si es que no consigo
apoderarme antes de ellos —dijo Wang el Tigre, hablando con rapidez. De pronto se
interrumpió furibundo—: ¡No tienes por qué preguntarme esto y lo de más allá! —
rugió, golpeando la mesa de nuevo—. Yo sé lo que debo hacer y tengo que conseguir
la plata necesaria hasta que logre convertirme en amo de un territorio. Entonces, si
quiero, pondré impuestos al pueblo. Pero ahora necesito mucho, mucho dinero. Si me
ayudas, tendrás una recompensa. Si me engañas, puedo olvidarme de que eres de mi
propia sangre.
Al decir esto acercó su rostro al de su hermano, y Wang el Segundo, al ver esos
ojos escondidos tras la visera espesa y negra de sus cejas, se echó hacia atrás y,
carraspeando, contestó:
—Por supuesto, lo haré así. Soy tu hermano. ¿Cuándo piensas empezar?
—¿Cuándo puedes vender mi parte de tierras? —preguntó Wang el Tigre.
—La cosecha de trigo será dentro de pocos meses —contestó Wang el Segundo
pausadamente, meditando mientras hablaba, pues estaba ofuscado con todo lo que
había oído.
—Entonces los hombres tendrán dinero —contestó Wang el Tigre—, y puedes
vender una parte antes de sembrar el arroz.
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Todo esto era verdad, y Wang el Segundo no se atrevió a contradecir a su extraño
hermano, pues le tenía miedo; pero comprendió que debía realizar el negocio de
alguna manera. Se levantó, pues, y dijo:
—Si tanta prisa tienes, debo regresar inmediatamente y ver qué puedo hacer, pues
las cosechas se agotan rápidamente y los hombres se sentirán pobres otra vez y
recargados de trabajo con toda la tierra que tienen que plantar, y más tierras les
parecerá demasiado.
Quería salir lo antes posible de ese sitio, donde había hombres tan feroces y
fusiles y armas de guerra por doquier. Entró solamente a la pieza del lado, donde su
hermano había enviado a los muchachos; estaban sentados sobre un banco, delante de
una mesa pequeña y sin pintar, sobre la que estaba la comida. Eran los restos de las
viandas que Wang el Tigre había presentado a su hermano, juzgándolas suficientes
para los muchachos; el hijo de Wang el Segundo engullía gustoso con la escudilla
pegada a los labios. Pero el otro muchacho, melindroso y acostumbrado a algo mejor
que las sobras de los demás, picoteaba con los palillos un poco de arroz y no probó
nada de lo demás. Wang el Segundo sintió entonces un extraño desasosiego en dejar
allí a esos muchachos, especialmente al suyo, y pensó si no sería un riesgo
demasiado, aventurado el que hacía correr a su hijo. Pero ya había empezado y no
podía deshacer lo empezado; se limitó, pues, a decir:
—Regreso, y lo único que os ordeno es obedecer a vuestro tío en todo lo que os
mande, pues ahora sois suyos y es un hombre irritable e impulsivo, que no os tolerará
nada. Pero si sois obedientes y hacéis lo que os ordene, podréis subir hasta donde
nunca lo soñasteis. Vuestro tío tiene su destino escrito.
Dio media vuelta y salió, pues no podía dejar de sentir pena al separarse de su
hijo, mucho más de lo que había creído; y para tranquilizarse se dijo para sí:
«No todos los muchachos tienen una oportunidad semejante. Después de todo no
será un soldado vulgar, sino un oficial, si la cosa tiene éxito».
Y en bien de su hijo decidió hacer lo que pudiera para que tuviese éxito. Pero el
pálido muchacho hijo de Wang el Mayor empezó a llorar cuando vio que su tío se iba;
entonces éste apresuró el paso. Pero el ruido de este llanto lo perseguía y corriendo
llegó a la puerta donde estaban los leones.
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VIII
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hermano mayor corriendo desenfrenada, sintió envidia, y su misma cautela lo hizo
codicioso, y pensó para sí:
«Debo tener cuidado, no sea que casualmente haya algo de verdad en lo que
sueña mi hermano menor. No debo, pues, alejarme mucho y estar pronto en compartir
sus triunfos».
Dijo, pues, en alta voz:
—Bien, pero yo debo proporcionar el dinero, y sin mí no puede hacer nada. Debe
recibir lo que necesita hasta que pueda establecerse, y cómo obtendré tanto, no lo sé
aún. Después de todo, yo no soy hombre muy rico, y ni siquiera rico me creen los
potentados de la riqueza. Los primeros meses puedo procurarme el dinero vendiendo
sus tierras y después venderemos otras tú y yo. Pero ¿qué haremos si no ha triunfado
entonces?
—Lo ayudaré, lo ayudaré —dijo el mayor, apresuradamente, pues no podía
soportar la idea de que alguien hiciera más que él por su hermano menor.
Los dos hombres se levantaron entonces movidos por su ansia común, y Wang el
Segundo dijo:
—Vamos otra vez a visitar las tierras y ahora venderemos.
Y cuando los dos hermanos salieron al campo, recordaron a Flor de Peral, y no se
acercaron a la casa de barro. Montaron sobre dos burros que, con otros muchos, se
encontraban en la puerta de la ciudad para ser alquilados por sus dueños, y de ese
modo caminaron por los angostos senderos entre los campos; y los muchachos
conductores de los burros corrieron detrás de ellos, golpeándolos en el anca, gritando
para apurarlos, y así caminaron hacia el Norte, lejos de casa y de ese pedazo de tierra.
La bestia de Wang el Segundo avanzaba de buenas ganas, pero la otra se tambaleaba
sobre sus delicadas patas, bajo el peso inmenso de Wang el Mayor, que engordaba
más y más cada mes; y era cosa cierta que dentro de diez años o algo así sería una
maravilla en la ciudad y en el campo, pues ahora que sólo bordeaba los cuarenta y
cinco años tenía esa cintura y esas mejillas colgantes, gruesas como nalgas. Debían,
pues, esperar a la recargada bestia, pero, a pesar de ello, visitaron todos los inquilinos
cuyas tierras habían sido destinadas previamente a la venta. Y Wang el Segundo
preguntó a cada hombre si deseaba comprar la tierra que trabajaba y cuándo podría
pagarla.
Como Wang el Tigre deseaba dinero, decidieron adjudicarle la más grande
extensión de tierra y la más alejada de la ciudad, vigilada hasta ahora por un solo
labrador, un buen hombre que había prosperado después de haber empezado como
humilde trabajador en la tierra de Wang Lung; se había casado con una esclava que
no pertenecía a la casa de la ciudad, una mujer fuerte, honrada y silenciosa, que
trabajaba sin cejar, a la par que criaba sus hijos, y forzaba a su marido a trabajar más
de lo que hubiera hecho si hubiese estado solo. Habían prosperado, y año tras año
arrendaban más tierras, hasta que reunieron tantos acres, que se vieron obligados a
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pagar hombres que los ayudasen a cultivarlos. Pero ellos también trabajaban, pues era
una pareja económica y ahorrativa…
A este hombre se dirigieron los dos hermanos, y Wang el Mayor le dijo:
—Tenemos más tierras de las que deseamos y necesitamos dinero para emprender
otros negocios; si quieres comprar los terrenos que cultivas, te los venderemos.
Entonces el labrador, con sus ojos redondos y bovinos desmesuradamente
abiertos, el labio colgante, dijo siseando y escupiendo mientras hablaba, pues así era
su «modo» y no podía dejar de hacerlo:
—Nunca pensé que vuestra casa quisiese vender tierras viendo cuán apegado era
a la tierra vuestro anciano padre.
Wang el Mayor estiró los labios, y con mucha gravedad dijo:
—Por su amor a la tierra soportamos ahora una carga demasiado pesada.
Debemos cuidar de sus dos concubinas y ninguna de ellas es nuestra madre. La más
vieja gusta de la comida fina y los vinos buenos y tiene que jugar todos los días,
aunque no es lo bastante despierta para ganar siempre. El dinero producido por la
tierra tarda a veces mucho y depende de los caprichos del cielo. Una casa como la
nuestra tiene que gastar con generosidad, porque sería indigno de los hijos de nuestro
padre que nuestra familia pareciera inferior en categoría y más pobre que cuando él
vivía. Debemos, pues, deshacernos de algunas de nuestras tierras para nuestra
subsistencia.
Pero Wang el Segundo, inquieto, carraspeaba y fruncía el cerio, mientras su
hermano decía su ponderado discurso; su hermano era un tonto que no comprendía
que si uno demuestra interés en vender sus bienes, los precios bajan. Se apresuró,
pues, en decir:
—Pero hay muchos que se interesan por nuestras tierras, pues es muy sabido que
las tierras que mi padre compró son muy buenas, las mejores de la región. Si no
deseas comprar la tierra que arriendas, dínoslo inmediatamente, porque hay otros que
están esperando.
El desdentado labrador amaba la tierra que labraba, la conocía palmo a palmo,
sabía la inclinación de tal potrero, las zanjas que había que cavar en aquél para
asegurar la cosecha. Cuántas veces había abonado la tierra no sólo con los
excrementos de sus animales y los de su familia, sino con los desperdicios de la
ciudad, que en cubos traía desde esa larga distancia. Muchas veces se levantó con el
alba para hacer esto. Ahora pensaba en esas hediondas cargas y en el trabajo que le
habían significado; sería una cosa estúpida que todo eso pasara a otras manos. Dijo,
pues, vacilante:
—Bueno, no había pensado que podría ser propietario de la tierra todavía. Creía
que tal vez en tiempos de mi hijo podría estar en venta. Pero si ahora lo está, pensaré
lo que puedo hacer y contestaré mañana cuando lo haya pensado. Pero ¿cuál es el
precio?
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Los dos hermanos se miraron mutuamente, y entonces Wang el Segundo dijo
antes de que su hermano mayor pudiese hablar, porque temía que pidiera muy barato:
—El precio es justo y razonable: cincuenta monedas de plata por un terreno de un
sexto de un acre.
Era un precio elevado y demasiado por una tierra tan alejada de la ciudad; todos
sabían que nadie lo pagaría, pero en todo caso era un comienzo de negocio.
Dijo el labrador:
—No puedo pagar ese precio, pobre como soy; pero mañana os contestaré,
después de haberlo pensado.
Entonces Wang el Mayor, ansioso por el dinero, dijo:
—Un poco más o menos no entorpecerá el negocio.
Wang el Segundo le echó una mirada furibunda, y dándole un tirón de la manga
para que no dijese más tonterías, lo arrastró hacia él. Pero el labrador corrió tras ellos
gritando:
—Iré mañana, después que lo haya pensado.
Eso fue lo que dijo para salvar su amor propio, mas la verdad era que tenía que
consultar a su mujer, pero no habría sido propio de un hombre decir que tomaba el
parecer a su mujer.
Al día siguiente, después que en la noche la hubo consultado, dirigióse a la
ciudad, donde vivían los dos hermanos, y allí discutió y negoció con ellos; negoció
como Wang Lung lo había hecho en esa misma casa por la tierra que esa casa poseía,
una casa ahora separada y dispersa, de la cual quedaban sólo esos ladrillos y piedras.
Convinieron por fin un precio, un tercio menos de lo que Wang el Segundo había
dicho, pero muy ventajoso aún; el labrador estaba contento, pues su mujer lo había
autorizado para aceptar ese precio, si no podía conseguir la tierra por menos. Cuando
la tierra estuvo vendida, dijo el labrador:
—¿Cómo deseáis el dinero obtenido, en plata o en granos?
Y Wang el Segundo dijo prontamente:
—La mitad en plata y la mitad en granos.
Dijo esto pensando que si tomaba el grano podría venderlo en un tiempo más y
sacar un poco de plata extra, sin por eso robar a su hermano, pues sería una ganancia
debida a su propio trabajo. Pero el labrador contestó:
—No puedo reunir tanto dinero. Os daré ahora una tercera parte en dinero y una
tercera parte en granos, y el último tercio durante la cosecha.
Entonces Wang el Mayor, sentado con ellos en el gran hall de la casa, hizo girar
sus ojos a su manera señorial, golpeó el suelo con los pies y, agitándose en la silla,
dijo:
—Pero tú no puedes saber cómo estarán los cielos el año próximo y cómo
vendrán las lluvias. ¿Cómo sabremos lo que podamos tener?
Pero el labrador, humilde en presencia de esos ricos hombres de la ciudad, que
eran al mismo tiempo sus señores, chupándose los dientes antes de hablar, dijo
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pacientemente:
—Nosotros los campesinos siempre estamos a merced del cielo, y si no queréis
correr el riesgo, debéis conservar la tierra para mayor seguridad.
Finalmente, quedaron de acuerdo, y al tercer día el labrador trajo el dinero, no
todo de una vez, sino en tres porciones, envueltas en una tela azul, escondida dentro
del pecho. Cada vez sacó la plata pausadamente y su rostro se contrajo de dolor; y
colocó el dinero sobre la mesa, como si lo hiciera con pena; y así era en verdad, pues
con ese dinero se iban tantos años de su vida, tantas libras de su carne, la fortaleza de
sus nervios. Había reunido todas las pequeñas ganancias que tenía escondidas y había
pedido prestado; y esto sólo llevando una vida amarga y frugal. Pero los dos
hermanos no veían sino el dinero, y cuando hubieron estampado el sello sobre el
recibo y cuando el labrador, suspirando, húbose ido, Wang el Mayor gritó
entusiasmado:
—¡Y los labradores siempre formando alharaca y quejándose de lo poco que
tienen y de lo difícil que es la vida! Pero cualquiera de nosotros quisiera ganar el
dinero como este hombre lo ha conseguido, y no creo que con mucho trabajo. Si
cultivando la tierra pueden acumular de esa manera, urgiré a mis arrendatarios.
Apartó sus largas mangas de seda, restregando sus pálidas manos; tomó la plata y
la dejó resbalar al través de sus dedos gordos, con hoyuelos en las coyunturas, como
los de las mujeres. Pero Wang el Segundo tomó el dinero, en tanto que Wang el
Mayor lo miraba molesto, y lo contó con rapidez y destreza, separándolo en decenas,
aunque ya había sido contado. Lo envolvió diestramente en hojas de papel, como lo
hacen los dependientes, mientras Wang el Mayor lo contemplaba molesto, porque el
dinero se iba; dijo, por fin, anhelante:
—¿Debemos enviárselo todo?
—Sí —contestó Wang el Segundo, con frialdad, al ver la codicia de su hermano
—. Debemos enviarlo ahora o su intento fracasará. Y venderé el grano y el dinero
estará pronto cuando venga su hombre de confianza.
Pero no dijo a su hermano que pensaba revender el grano; y Wang el Mayor,
ignorante de esas artimañas de los comerciantes, se limitó a suspirar al ver que el
dinero se iba. Cuando su hermano hubo partido, se sentó un instante, sintiéndose
melancólico y tan pobre como si le hubiesen robado.
Flor de Peral pudo no haber oído nunca esto y lo que después sucedió; Wang el
Segundo era ladino y nunca aludía a nada de lo que hacía ni aun cuando le entregaba
la asignación en plata que le correspondía. Todos los meses apartaba para ella
veinticinco monedas, como le había ordenado Wang el Tigre; y la primera vez que lo
hizo dijo ella con su dulce voz:
—¿De dónde salen esas cinco, cuando sólo veinte me corresponden? Y ni siquiera
necesitaría tanto si no fuera por esta pobre niña de mi señor. Pero nunca oí hablar de
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esas otras cinco.
A lo que Wang el Segundo replicó:
—Tómalo, porque así lo ordenó mi hermano menor; él te lo da de lo que le
corresponde.
Cuando Flor de Peral oyó esto, con manos temblorosas apartó con rapidez cinco
monedas, como si temiera que pudiesen quemarla, y dijo:
—No lo recibiré; no, no recibiré sino lo que me corresponde.
Wang el Segundo pensó primero que debía convencerla; pero después recordó el
riesgo que corría prestando dinero para el proyecto de su hermano y todas las
molestias que se daba, por las que no recibía pago alguno, y las posibilidades de que
el proyecto fracasase. Cuando hubo recordado todo esto, amontonó el dinero que ella
había dejado a un lado y cuidadosamente se lo metió debajo del vestido, diciendo con
su vocecilla tranquila:
—Bien, mejor es así, ya que la otra concubina, que es mayor, tiene otro tanto;
creo que debes recibir un poco menos. Se lo diré a mi hermano.
Pero viendo su manera de ser, se abstuvo de decir que la casa en que vivía
pertenecía a ese tercer hermano, pues a todos convenía que ella viviera allí con la
tonta. Se fue y nunca hablaba con Flor de Peral, y salvo en encuentros ocasionales,
por uno u otro motivo, pues Flor de Peral no visitaba a la familia en la casa de la
ciudad. A veces, es verdad, vio a Wang el Mayor, cuando cambiaba la estación, en la
primavera, cuando salía para medir la semilla a sus arrendatarios, como un
terrateniente debe hacerlo, quien adoptaba una actitud orgullosa e importante
mientras un sirviente pagado por él la medía. Y en ciertas ocasiones visitaba las
tierras antes de la cosecha, para avaluar el rinde[11] posible y así saber cuándo sus
arrendatarios lo engañaban al quejarse de esto y de aquello y del mal año y de lo poco
que había llovido.
Salió, pues, algunas veces al año, sudoroso y de mal genio por el trabajo; y si veía
a Flor de Peral, la saludaba con un gruñido, y aunque ella le contestaba
correctamente, trataba de no hablar con él, pues estaba henchido de orgullo y tenía un
modo solapado de mirar a las mujeres.
No obstante, al verlo ir y venir suponía que la tierra seguía como siempre y que
Wang el Segundo vigilaba sus tierras y las de su tercer hermano, y nadie pensó
decirle nada a ella. No era fácil, además, charlar con ella, pues, a pesar de ser amable,
tenía un modo distante y taciturno, excepto con los niños, y la gente la temía por ello.
No tenía amistad alguna, salvo con unas monjas, con quienes había trabado
conocimiento y que vivían en un convento no lejos de allí, una casa tranquila,
construida de ladrillos grises, detrás de un verde saucedal. Contenta recibía a esas
monjas, cuando iban a enseñarle sus pacientes doctrinas y las escuchaba y pensaba en
ellas cuando se habían ido suspirando por saber lo bastante para rogar por el alma de
Wang Lung.
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Podía, pues, haber ignorado siempre la venta de la tierra; pero el mismo año en
que el labrador compró la primera parcela de tierra, el pequeño jorobado, hijo de
Wang el Mayor, seguía a su padre a cierta distancia cuando salió éste a ver las
cosechas de sus campos.
Ahora bien, este muchacho era el más curioso de los muchachos; no se parecía a
ninguno de los niños de los patios de la gran casa. Desde el día de su nacimiento su
madre le tenía antipatía por alguna razón desconocida para todos, tal vez porque era
menos rollizo y menos agradable de mirar que los otros niños, o tal vez porque estaba
hastiada de partos y hastiada de él, aun antes de que naciera. En razón de ésta
antipatía, lo entregó a una esclava para que lo amamantara, y esta mujer tampoco lo
quería, pues él había sido la causa de que enviaran lejos a su propio hijo; y decía que
tenía una mirada demasiado avispada para su edad, lo que daba un aire maligno a su
cara de niño; agregaba que intencionadamente la mordía mientras mamaba; y una vez
que se encontraba sentada con él a la sombra de un árbol, chillando lo dejó caer sobre
las baldosas del patio, y cuando acudieron a imponerse de lo que sucedía, dijo que la
había mordido hasta hacerla sangrar, y mostró un pecho que en realidad sangraba.
Desde entonces creció jorobado y pareció que toda la fuerza del crecimiento se
había localizado en la joroba que llevaba en la espalda; todos, incluso sus padres, lo
llamaban el Jorobado. Viendo que era un pobre infeliz y que había otros hijos sanos,
no se molestaron en enseñarle; no tenía que aprender sus letras ni hacer nada; huía de
la vista de los hombres, en especial de los niños, quienes se burlaban cruelmente a
causa de su defecto. Vagaba por las calles o salía al campo solo, cojeando al andar y
con su carga a cuestas.
El día de la cosecha, sin ser visto, había seguido a su padre hasta la casa de barro,
pues conocía el mal humor de éste cuando tenía que visitar la tierra. Pero Wang el
Mayor continuó hasta los potreros, y el jorobado se sentó en la puerta de la casa para
ver quién había allí.
La única persona que entonces estaba era la pobre tonta de Wang Lung, sentada al
sol como siempre lo hacía; era ahora una mujer de cerca de cuarenta años, entrada en
carnes, con listas[12] blancas en el pelo; pero continuaba siendo la misma desgraciada
niña que hacía gestos y doblaba un trozo de género; el jorobado la miraba con
extrañeza, pues nunca la había visto antes, y a su modo malicioso empezó a burlarse
y a hacer gestos también; y bajo sus mismas narices castañeteó tan fuerte los dedos
que la infeliz chilló asustada.
Entonces Flor de Peral salió fuera para ver qué sucedía, y cuando el muchacho la
vio, cojeando corrió a ocultarse entre las puntiagudas sombras de un bosquecillo de
bambúes, y desde allí atisbaba como una bestezuela salvaje. Pero Flor de Peral vio
quién era, y sonriéndole con su triste sonrisa, sacó de su regazo un pan dulce, de los
que siempre llevaba consigo para engañar a la tonta, cuando, por un repentino
capricho, se negaba a obedecer. Tendió, pues, el pan al jorobado, quien, después de
mirarla, se deslizó afuera y se lo metió entero dentro de la boca. Entonces, halagando
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al muchacho, lo condujo hasta un banco que había en la puerta, y cuando lo vio
sentado con la espalda torcida y su rostro enjuto y cansado por el enorme peso que
llevaba y sus ojos tan profundos y apenados, no supo si era hombre o niño, no supo
sino que era débil; estiró un brazo y, rodeando su curvado cuerpo, dijo con voz suave
y compasiva:
—Dime, hermanito, si eres el hijo del hijo de mi señor o no, pues he oído decir
que tenía uno como tú.
Entonces el chico se desprendió de su brazo con mal humor, y haciendo un
movimiento afirmativo, quiso irse. Pero ella lo engatusó dándole un nuevo pan, y
sonriendo dijo:
—Me parece que la expresión de tu boca tiene un aire con la de mi señor muerto.
Ahora yace allí bajo aquel dátil. Lo echo tan profundamente de menos que desearía
que vinieras a menudo, pues tienes algo de él.
Era la primera vez que el jorobado oía decir una cosa semejante, que alguien
deseaba su presencia; estaba acostumbrado, aunque era hijo de un hombre rico, a que
sus hermanos lo alejaran de su lado, y que hasta los mismos sirvientes lo descuidaran
y lo sirvieran el último, pues sabían que su madre no se preocupaba de él. La
contemplaba ahora lastimeramente, sus labios empezaron a temblar, y de pronto, sin
saber por qué, rompió a llorar, diciendo en medio de sus sollozos:
—Me gustaría que no me hicieran llorar, aunque no sé por qué lloro.
Entonces, Flor de Peral lo apaciguó, rodeando su nudosa espalda con su brazo; y
aunque no podía expresarlo, el muchacho sintió que era la caricia más dulce que
había recibido y se sintió consolado sin saber por qué ni cómo. Pero Flor de Peral no
lo compadeció mucho tiempo; lo miró como si tuviera la espalda recta y fuerte, como
los demás muchachos; y después de este día el jorobado fue a menudo a la casa de
barro, pues nadie se preocupaba de dónde estaba ni qué era lo que hacía. Día tras día
fue, hasta que sintió su alma atada a la de Flor de Peral. Fue hábil para tratarle, como
si necesitara de su ayuda para cuidar de la pobre tonta; y como nadie nunca había
creído que el chiquillo pudiese prestar ayuda ninguna, se hizo más tranquilo y amable
y perdió mucho de su mal espíritu en los meses que siguieron.
Si no hubiera sido por este niño, Flor de Peral nunca habría sabido que la tierra
había sido vendida, y el muchacho ni siquiera comprendió que lo había dicho, pues
charlaba sobre lo primero que se le pasaba por la mente, y así fue cómo un día contó:
—Tengo un hermano que será un gran soldado. Algún día mi tío será un gran
general, y mi hermano está con él para aprender a ser soldado. Mi tío llegará a ser
rey, y mi hermano será su capitán principal, pues así le oí decir a mi madre.
Flor de Peral, que estaba sentada en el banco, cerca de la puerta, con la mirada
perdida en la lejanía, cuando el muchacho dijo eso preguntó, con su tranquila voz:
—¿Es tu tío tan poderoso entonces? —Se detuvo un instante y continuó—: Pero
preferiría que no fuese soldado, pues es un oficio muy cruel.
Pero el muchacho exclamó, vanagloriándose:
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—Sí, será el más grande de todos los generales; yo creo que ser un valiente
soldado, un héroe, es la cosa más maravillosa que un hombre puede soñar. Y todos
subiremos junto con él. Todos los meses llega un hombre grande, de labio leporino,
en busca de la plata que mi padre y mi primer tío envían a mi tío soldado, hasta que
logre lo que se propone. Pero algún día recibiremos todo el dinero otra vez, porque
así lo ha dicho mi padre a mi madre.
Cuando oyó esto Flor de Peral, la asaltó una duda, y después de reflexionar un
instante, dijo, como si fuese un asunto de poca importancia, como si preguntara por
curiosidad:
—¿Y de dónde sale tanto dinero? ¿Lo saca tu primer tío de su tienda?
Y el muchacho contestó inocentemente, orgulloso de sus conocimientos:
—No, vende la tierra que fue de mi abuelo, y casi todos los días los labradores
llegan a casa y sacan del pecho un rollo donde está la plata envuelta, y brilla como
estrellas cuando cae encima de la mesa en la pieza de mi padre. Lo he visto muchas
veces, pues, como soy tan insignificante, no les importa que esté ahí.
Flor de Peral se levantó tan rápidamente, que el chiquillo la miró asombrado, pues
de costumbre era suave de maneras; se reprimió entonces, y dijo con su tono habitual:
—Acabo de recordar que tengo algo que hacer. ¿Quieres cuidar un momento a la
pobre tonta? No hay nadie en quien confíe tanto como en ti.
El muchacho estaba orgulloso de hacer esto por ella, y olvidó lo que había
contado; se sentó, teniendo un trozo de la chaqueta de la tonta en su mano, mientras
Flor de Peral se alistaba para salir. Así lo vio Flor de Peral cuando, después de
haberse puesto un abrigo obscuro, salió apresuradamente a través del campo. De lejos
se volvió para mirarlos, y sintió su corazón henchido y una sonrisa triste y tierna
curvó sus labios. Y apresuró el paso, pues si bien miraba con cariño a los únicos que
ahora amara, había tal ira en su corazón, que debía darle salida, y si su ira era, como
siempre, tranquila, era también una ira inflexible; y no podría descansar hasta haber
encontrado a los hermanos y averiguar qué habían hecho en verdad con las buenas
tierras que recibieron de su padre, sobre todo la tierra que les había ordenado
conservar para las generaciones venideras.
Apresuróse a través de los campos por los angostos senderos; estaba sola y no se
veía a nadie en esos atajos, salvo allá, en la lejanía, la silueta de un hombre, con su
traje azul de trabajo, encorvado sobre la tierra. Al ver esto, sus ojos se llenaron de
lágrimas, como a menudo le sucedía ahora; recordaba a Wang Lung caminando por
esos mismos senderos; recordaba que tanto amaba la tierra, que a veces se detenía,
agarraba un puñado y la hacía correr por entre sus dedos; y nunca la arrendaba por
más de un año, porque quería conservarla para sí, y ahora sus hijos la vendían.
Pues aunque Wang Lung hubiese muerto, continuaba viviendo para Flor de Peral,
y su alma siempre revoloteaba por esos campos y, sin duda alguna, sabía que habían
sido vendidos. Sí, cada vez que una brisa golpeaba de pronto su rostro, o que un
remolino de viento giraba a lo largo del camino, esos vientos que otros temen, pues
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creen que son almas errantes que pasan, Flor de Peral levantaba el rostro y sonreía,
pues creía que podía ser el alma del anciano, que había sido como un padre para ella,
más querido que el padre que la vendió a él.
Con el sentimiento de su presencia, apresuróse a través de los campos; los veía
hermosos y fértiles, pues no había habido hambre esos últimos cinco años; en los
potreros, cuidados y fecundos, ondulaba el trigo ya grande, pero todavía demasiado
verde para la cosecha. Entonces un viento suave se levantó de entre el trigo
haciéndolo ondular, como si una mano lo hubiese sacudido; sonrióse preguntándose
qué viento sería, y se detuvo hasta que el viento desapareció entre el trigo, dejándolo
inmóvil.
Cuando llegó a la puerta de la ciudad, donde los vendedores extendían su fruta,
inclinó la cabeza y mantuvo los ojos bajos y ni una sola vez los levantó para
encontrarse con la mirada de alguien. Nadie se fijó en ella tampoco, porque era
pequeña y delgada y no tan joven como antaño lo fue; envuelta en su vestido obscuro
y con el rostro sin polvos ni pintura, no llamaba la atención de los hombres más que
las otras mujeres. Si alguien hubiese mirado su pálido y tranquilo rostro, no hubiese
soñado que una ira legítima la quemaba y que avanzaba inclinada bajo un amargo
reproche, valiente, sin embargo.
Cuando llegó a la gran puerta de la casa, entró sin llamar para anunciar su venida.
El viejo portero cabeceaba sentado en el umbral, con la boca abierta, enseñando los
únicos tres dientes que, separados, había conservado; le dio una mirada cuando entró,
pero la reconoció y continuó cabeceando. Se dirigió a casa de Wang el Mayor,
porque, aunque lo aborrecía de corazón, tenía más esperanzas de conmoverlo que al
ambicioso Wang el Segundo. Sabía, además, que Wang el Mayor era rara vez
deliberadamente despiadado, y sabía que si bien era un necio, tenía un corazón
bondadoso y desprendido, cuando esto no le causaba mayores molestias. Pero temía
la fría mirada del segundo hijo.
Entró a los primeros patios, donde una esclava, hermosa y ociosa muchacha,
trataba de llamar la atención de un sirviente que allí esperaba algo; Flor de Peral dijo
a la esclava, con su cortesía acostumbrada:
—Muchacha, di a tu ama que he venido y si puede recibirme.
Cuando murió Wang Lung, la esposa de Wang el Mayor había demostrado cierta
amistad a Flor de Peral, mucho más amistad de la que nunca tuvo para con Loto,
porque Loto era tan ordinaria y tan libre para hablar, y Flor de Peral nunca hablaba en
esos términos. Aun en los últimos tiempos, cuando se habían encontrado en alguna
ceremonia familiar, la dama acostumbraba decir a Flor de Peral:
—Después de todo, tú y yo estamos más cerca una de otra que de esos otros,
porque nuestros corazones son más refinados y nobles.
Y ahora último le había dicho:
—Ven algunas veces a conversar conmigo sobre lo que las monjas y sacerdotes
dicen de los dioses. Tú y yo somos las únicas devotas en la casa.
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Dijo eso, pues había oído que Flor de Peral escuchaba los consejos de las monjas
que vivían en el convento no lejos de la casa de barro. Flor de Peral preguntó, pues,
por ella, y la linda esclava volvió pronto; y mientras miraba furtivamente para ver si
aún estaba ahí el sirviente, dijo:
—Mi ama dice que entres y la esperes en la sala grande; que ella irá no bien
termine la serie de oraciones que ha hecho voto de recitar todas las mañanas.
Flor de Peral entró y se sentó en una silla lateral de la gran sala.
Sucedió que ese mismo día Wang el Mayor se había levantado muy tarde, pues la
noche anterior había asistido a una fiesta en una elegante posada de la ciudad. Había
sido una espléndida fiesta, regada con los mejores vinos; detrás de la silla de cada
huésped se tenía una hermosa muchacha alquilada para que le escanciara el vino y
cantara y charlara e hiciera todo lo que el huésped, para el que había sido designada,
pudiera desear. Wang el Mayor había comido extremadamente y bebido más de lo de
costumbre; la muchacha, la más encantadora y balbuciente doncella, de no más de
diecisiete años, era tan diestra en el arte de la coquetería, que más bien parecía una
mujer habituada a los hombres durante diez años o más. Pero Wang el Mayor había
bebido tanto, que ni aun esa mañana recordaba nada de lo sucedido la noche anterior;
entró a la sala sonriendo, bostezando y estirándose sin distinguir nada ni a nadie. La
verdad era que sus ojos estaban ciegos para ver nada esa mañana, pues en su interior
sonreía y recordaba a la muchachita cuando había introducido sus dedos finos y
helados bajo su casaca, contra el cuello, para atormentarlo. Al pensar en ello se dijo
que preguntaría a su amigo, el anfitrión de la noche pasada, quién era la chica, a qué
casa pública pertenecía, y la buscaría y vería quién era.
Bostezando ruidosamente estiró los brazos por encima de la cabeza, se golpeó los
muslos para acabar de despertar, y a pasos lentos entró en la sala, vestido solamente
con su ropa interior de seda y los pies calzados con zapatillas de seda. Su mirada cayó
de pronto sobre Flor de Peral. Allí estaba ella, derecha y tranquila como una sombra,
con su vestido gris, temblorosa, pues aborrecía tanto a ese hombre. Tuvo tal asombro
al verla allí, que repentinamente dejó caer los brazos, interrumpiendo su interminable
bostezo. Convencido entonces de que era ella en realidad, tosió molesto y dijo con
bastante amabilidad:
—No sabía que hubiera nadie aquí. ¿Sabe mi esposa que estás aquí?
—Sí, ya lo sabe —contestó Flor de Peral, mientras saludaba.
Vacilante, pensó para sí: «Tal vez es mejor hablar ahora y exponer con claridad lo
que tengo que decir». Y empezó a hablar ligero y más ligero de lo que acostumbraba,
y las palabras se atropellaron entre sus labios:
—He venido a ver al Amo Mayor. Estoy tan angustiada. No puedo creerlo. Mi
señor decía: «No se debe vender la tierra». Y tú la estás vendiendo. ¡Sí, sé que la
estás vendiendo!
Flor de Peral sintió que el rubor subía hasta sus mejillas, y tal ira la poseyó, que
apenas pudo contener las lágrimas. Se mordió los labios y, levantando los ojos, miró a
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Wang el Mayor; y aunque tanto le repugnaba, lo hizo por respeto a Wang Lung; no
pudo, sin embargo, dejar de notar cuán gordo, amarillo y repugnante era el cuello del
hombre que se veía por la desabotonada casaca, y las bolsas de carne que colgaban
bajo sus ojos, y los labios salientes, gruesos y pálidos. Cuando él vio esos ojos que lo
miraban fijamente, se sintió confundido, pues temía la ira de las mujeres; se dio
vuelta entonces e hizo como si por respeto debiera abotonarse la casaca. Dijo
apresuradamente por encima de un hombro:
—Pero ése es un cuento estúpido; debes haber soñado.
Entonces Flor de Peral continuó con más violencia de la que en su vida había
empleado:
—¡No, no sueño! Sé la verdad de labios de alguien que no miente —no quiso
decir de dónde lo había sabido por miedo de que el hombre golpeara al pobre
jorobado, pero continuó—: Estoy maravillada de que los hijos de mi señor hayan
desobedecido así. Aunque débil y despreciable, debo hablar: mi señor se vengará. No
está tan lejos como crees; su alma aún revolotea sobre su tierra; y cuando vea que ya
no existe, buscará los medios de vengarse de unos hijos que no supieron obedecer a
su padre.
Dijo esto de tal manera, sus ojos se veían tan enormes y graves, su voz era tan fría
y tenue, que un vago temor se apoderó de Wang el Mayor. Por lo demás, era un
hombre fácilmente asustadizo, a pesar de su enorme cuerpo. Nadie habría podido
persuadirlo de ir solo a través de los campos durante la noche, y secretamente creía
en todos los cuentos sobre espíritus; se rió no obstante con risa falsa y estrepitosa, y
dijo apresuradamente a Flor de Peral:
—Ha sido vendida solamente una pequeña parte, una pequeña parte de lo que
pertenece a mi hermano menor; un soldado necesita dinero y no tierras. Te prometo
que nada más será vendido.
Flor de Peral abrió entonces la boca para hablar, pero entró en ese instante la
esposa de Wang el Mayor; venía quejosa y molesta con su señor, pues había oído que
había regresado ebrio y hablando de una muchacha que había conocido. Lo divisó
entonces y le dio una mirada rencorosa; él se apresuró a sonreír y a saludar con
negligencia, como si nada hubiese sucedido, mientras atisbaba por lo bajo; se sintió
contento de que Flor de Peral estuviese allí, porque su esposa era demasiado
orgullosa para decir lo que pensaba en presencia de terceros. Y hablando con
verbosidad y formando gran alboroto, se acercó a la mesa para ver si la tetera del té
estaba caliente y dijo:
—He aquí a la madre de mis hijos. ¿Estará el té bastante caliente? Yo no he
comido todavía e iba saliendo para la casa de té para tomar un sorbo allí. No quiero
interrumpirlas. Sé que las mujeres siempre tienen cosas que hablar que los hombres
no debemos oír.
Y con risa falsa y estrepitosa, e inquieto bajo el altivo silencio de su mujer y las
heladas miradas que le echaba, saludó y salió tan apresuradamente, que sus carnes
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fláccidas temblaban sobre su cuerpo.
Durante todo el rato que estuvo allí, la dama no dijo nada y permaneció sentada
en la punta de la silla, y esperó que hubiese partido antes de apoyarse en el respaldo.
Con su vestido de seda azul grisáceo y el pelo enrollado y brillante con aceite,
aunque era sólo mediodía, hora en que la mayoría de las señoras están en cama y
perezosamente sacan fuera una mano para beber su primera taza de té, parecía una
gran señora.
Cuando vio que su señor había partido, lanzó un suspiro y dijo solemnemente:
—Nadie sabe lo que mi vida es con este hombre. Le di mi juventud y mi belleza y
nunca me he quejado, y aunque a menudo he tenido mucho que soportar, aun después
que tuve tres hijos, aun después que tomó para sí una mujer del pueblo, una
muchacha que podría haber alquilado para sirvienta. No, soporté todo lo que quiso
hacer, aunque no estoy acostumbrada a las insólitas maneras que ha adoptado.
Suspiró, y Flor de Peral comprendió que, a pesar de su disimulo, estaba
verdaderamente triste; dijo, pues, para distraerla:
—Todos sabemos cuán buena mujer eres; y oí decir a las monjas que aprendes los
buenos ritos más rápidamente que todas las hermanas legas que han enseñado.
—¿Dicen eso? —exclamó muy complacida.
Y empezó a hablar de las oraciones que recitaba y cuántas veces al día, y cómo a
veces se sentía tentada de hacer el voto de no comer más carne y de cuán importante
es para nosotros, mortales, pensar gravemente en el futuro, ya que sólo hay cielo e
infierno para eterno descanso de las almas, hasta que el amargo ciclo de la vida
empiece otra vez, y los buenos tengan su recompensa y los malos la suya también.
Así continuó parloteando, mientras Flor de Peral la escuchaba a medías, pensando
si debería creer lo que el hombre había dicho cuando prometió no vender más tierras;
y le era difícil creer que pudiera ser verdad. Y de pronto se sintió muy cansada, y en
un instante en que la dama, silenciosa, bebía su té, se levantó y dijo amablemente:
—Señora, no sé qué te dice tu señor de sus negocios, pero si alguna vez le puedes
recordar lo último que su padre le ordenó, que la tierra no fuese vendida, te rogaría
que lo hicieses. Mi amo trabajó durante toda su vida para reunir esas tierras para que
los hijos de cien generaciones descansaran sobre sólidas bases y, seguramente, no
está bien que en esta generación sean vendidas. Ayúdame, señora.
Naturalmente, la dama ignoraba qué cantidad de tierra había sido vendida; pero
como pretendía saberlo todo, dijo con seguridad:
—No abrigues temor alguno, pues no permitiré que mi señor haga nada
indecoroso. Si algo de tierra ha sido vendida, ha sido solamente el pedazo más
distante, perteneciente al tercer hermano; pues tiene el proyecto de ser un general y
de colocarnos a todos en una elevada posición; y, por consiguiente, necesita más
dinero que tierras.
Al oír confirmar lo que ya había oído, Flor de Peral se sintió más tranquilizada,
pues pensó que debía ser verdad; se despidió reconfortada y, saludando, dijo sus
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adioses con su modo suave y deferente para con la dama, a quien dejaba complacida,
y contenta para consigo misma. Y Flor de Peral volvió a la casa de barro.
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IX
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Todos estos soldados eran los mejores y los más fuertes que habían combatido
bajo el mando del anciano general, los más valientes y atrevidos, los más crueles y
experimentados entre los soldados jóvenes que tenía. Muy pocos eran del Sur; casi
todos pertenecían a las poco civilizadas provincias del interior, donde los hombres
son osados y se burlan de la ley y no temen negociar con la muerte. Tales hombres se
sintieron naturalmente cautivados por las orgullosas miradas y el cuerpo alto y
erguido de Wang el Tigre; admiraban sus silencios y sus cóleras repentinas; lo
admiraban sobre todo porque no tenían nada que respetar en el viejo general, tan
obeso que ni siquiera podía trepar a su caballo sino ayudado por dos hombres. Nada
había, pues, para entusiasmar a esos hombres jóvenes, quienes estaban prontos a
abandonarlo y partir en pos de un nuevo héroe.
Cada hombre con su fusil y su caballo, si lo tenía, levantóse a la señal convenida
en el silencio de la noche; cuando cada hombre sintiese tres ligeros golpes en la
mejilla derecha, debía levantarse inmediatamente y guardar las municiones en su
cartuchera y tomar su fusil y su caballo, o continuar a pie si no lo tenía, hasta cierto
sitio en un pequeño valle sobre la cima de una montaña, a cinco millas de distancia.
Había allí un antiguo templo, sólo habitado por un anciano ermitaño un tanto
trastornado que vivía entre las ruinas; y a pesar de lo mezquino del refugio, bastaba
para ponerlos a cubierto en tanto que Wang el Tigre pudiera formar un ejército y
conducirlos al sitio que escogiera.
Wang el Tigre había preparado todo; algunos días antes había enviado a su
hombre de confianza y a su sobrino el Apestado, quienes habían dispuesto grandes
jarros de vino, cerdos vivos, aves y aun tres bueyes gordos encerrados en una celda
vacía, donde antaño algún sacerdote había alojado. Wang el Tigre había comprado
esos animales a algunos campesinos de los alrededores; era un hombre honrado que
pagaba lo que tomaba, no como ciertos soldados, que se apoderan de los bienes de los
pobres sin pagar. No, su hombre de confianza pagó todo a su justo precio y los
anímales fueron arreados hacia el templo en lo alto de la montaña y el Apestado
quedó allí para vigilarlos.
El hombre de confianza había llevado también tres grandes calderas de hierro,
que transportó una a una sobre la cabeza hasta lo alto de la montaña, colocándolas
sobre unos pequeños hornos que construyó con algunos ladrillos viejos del templo en
ruinas. Pero no compró otras cosas, porque Wang el Tigre no tenía intenciones de
permanecer allí mucho tiempo, sino de partir lo más pronto posible hacia el Norte en
busca de algún refugio donde estaría al abrigo del anciano general. No pretendía
tampoco acercarse a la capital del Norte por temor de verse obligado a entrar
demasiado pronto en lucha con los soldados del Estado, que a veces eran enviados
contra tales señores de la guerra o contra quienes, como Wang el Tigre, tenían
intenciones de convertirse en tales. No obstante, no temía ni uno ni otro de esos dos
peligros, pues la cólera del viejo general era de corta duración, y en cuanto al Estado,
era ésa una época en que una dinastía acababa de morir sin que una nueva hubiera
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ocupado su lugar; el Estado, pues, era débil, los ladrones florecían y los señores de la
guerra luchaban ardientemente por conquistar el primer lugar, sin que nada ni nadie
se lo impidiera.
A ese templo se dirigió Wang el Tigre en aquella noche obscura, acompañado del
pálido hijo de Wang el Mayor. A menudo pensaba qué haría con ese tímido y timorato
muchacho. El otro, el Apestado, feliz con la aventura, había partido alegremente a
ejecutar lo que se le había ordenado; pero éste se ocultaba a las miradas de todos, y
cuando Wang el Tigre, con voz tonante, le ordenó que lo siguiera, se deslizó tiritando
detrás de su tío; y cuando Wang el Tigre, iluminándolo con su antorcha, lo vio
inundado de sudor, gritó con desprecio:
—¿Cómo puedes estar sudando si no haces nada?
Pero no se detuvo para oír la respuesta. A grandes zancadas se hundió en la noche
seguido por los pasos vacilantes del muchacho.
Llegado a lo alto de la montaña, al desfiladero que conducía al templo en ruinas,
Wang el Tigre se sentó sobre una roca y envió al muchacho al templo para que
ayudase en los preparativos de la comida. Permaneció allí solo en espera de los que
esa noche vendrían, como lo habían prometido, a alistarse bajo su bandera. Fueron
llegando en grupos de dos y solos, y de ocho y diez, y Wang el Tigre se regocijaba al
verlos, diciéndoles:
—¡Ah, vinieron!
Y en voz alta:
—¡Nobles y buenos camaradas!
Cada vez que oía los pasos de los que venían a reunírsele, subiendo las gradas de
piedra del sendero que llevaba al templo, soplaba sobre la llama de la antorcha
encendida que tenía en la mano y proyectaba su luz sobre los rostros; y exultaba al
ver entre los que llegaban a tal o cual valiente que conocía. Así se reunieron los cien,
y Wang el Tigre los contó; y cuando hubieron llegado todos los que debían ir, dio
orden de matar los bueyes y las aves y los cerdos también. Entonces los hombres
animosamente empezaron la tarea, pues no habían comido buena carne desde hacía
muchos días. Algunos caldearon los hornos hasta hacerlos rugir, otros fueron en
busca de agua hasta un torrente que corría allí cerca y los demás mataron los
animales, los descueraron[13] y los cortaron en trozos. Y cuando hubieron desplumado
las aves, las ensartaron en varillas de madera que los hombres habían cortado en las
ramas de los árboles, y enteras las asaron delante del fuego.
Cuando todo estuvo pronto, se sirvió el festín sobre la terraza de piedra que había
delante del templo, una terraza en ruinas, donde las malas hierbas habían separado las
piedras. En el centro había una urna enorme de hierro, más alta que un hombre, que,
enmohecida, se deshacía en un polvillo rojo. Había amanecido y el sol iluminó con su
claridad a los hombres que, hambrientos por el aire frío de la montaña, se apretujaban
ávidos y sonrientes en torno de la comida humeante. Y cada cual comió y se hartó, y
todos manifestaban su gozo porque creían que días nuevos y mejores empezarían
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para ellos bajo aquel nuevo jefe joven y valiente, que los conduciría a nuevas tierras,
donde tendrían comida y mujeres y toda la abundancia que necesita un hombre
vigoroso.
Cuando hubieron satisfecho su primera hambre, y antes de que empezaran a
comer de nuevo, rompieron los sellos de arcilla de los jarros de vino, y cada hombre
llenó el tazón que llevaba; y bebían y reían y gritaban y se exhortaban a beber a la
salud de tal o cual y sobre todo a la del nuevo jefe.
Oculto en la sombra del bosquecillo de bambúes, el pobre ermitaño, boquiabierto,
los contemplaba con estupor, diciéndose para sí que seguramente eran demonios.
Abría los ojos al verlos comer y beber de tan buenas ganas y se le hacía agua la boca
cuando los vio despresar las carnes humeantes. Pero no se atrevía a acercarse, pues
ignoraba quiénes eran esos demonios que llegaban de improviso a ese tranquilo valle,
donde había vivido solo desde hacía treinta años, cultivando un pedacito de terreno
para alimentarse. Y mientras los miraba, uno de los soldados, atosigado de comida y
amodorrado por el vino, tiró lejos el hueso de un muslo de buey, que cayó al borde
del matorral. Entonces el ermitaño alargó la mano y, apoderándose de él, lo atrajo sin
ruido hacia la obscuridad y lo chupó y lo mordisqueó temblando, pues no había
comido carne durante todos esos años y había olvidado el sabor exquisito que tenía.
Y no podía dejar de chupar el hueso con manifestaciones de contento, aunque
arrepentido en su interior, pues sabía que para él era pecado.
Cuando hubieron comido todo lo que podían y cuando el patio estuvo atestado de
restos, Wang el Tigre se levantó de un brinco y saltó sobre una enorme y vieja tortuga
de piedra que había a un lado de la terraza un poco en alto, al pie de un añoso enebro.
Esta tortuga había indicado antaño el sitio de una tumba famosa y entonces llevaba
sobre el dorso una tablilla de piedra en que se exaltaban las virtudes del difunto; pero
el árbol, en su indómito crecimiento, la había echado hacia un lado, hasta que terminó
por caer; y desde entonces, quebrada en dos, yacía sobre el suelo con sus caracteres
borrados por el viento y la lluvia, en tanto que el árbol continuaba en su desarrollo.
Sobre esta tortuga saltó Wang el Tigre, e irguiéndose contempló a sus hombres.
Permanecía de pie, con una mano puesta orgullosamente sobre la empuñadura de su
sable y un pie hacia adelante, sobre la cabeza de la tortuga; y los consideraba con
arrogancia, con las cejas negras y fruncidas, con sus ojos agudos y centelleantes. Y
mientras contemplaba a esos hombres que le pertenecían, sentía que su corazón se
henchía más y más dentro de su pecho, hasta hacerlo creer que su cuerpo podía
estallar; se dijo para sí: «Son mis hombres… y han jurado seguirme. Ha llegado mi
hora».
Y en alta voz, con voz orgullosa que corrió al través de esos bosques silenciosos y
resonó en los patios en ruinas del templo, exclamó:
—Queridos hermanos, esto es lo que soy. Soy humilde como vosotros. Mi padre
cultivó la tierra y yo soy un hombre de la tierra. Pero había para mi otro destino fuera
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del cultivo de los campos. Huí cuando no era sino un muchachuelo y me uní con los
soldados de la revolución bajo las órdenes del anciano general.
—Queridos hermanos. Al comienzo soñé con nobles guerras contra un gobierno
corrompido, pues, según el viejo general, eso eran sus guerras. Pero su victoria fue
demasiado fácil y se convirtió en lo que ustedes conocen; y no podía continuar
sirviendo bajo un jefe tal. Entonces, viendo que la revolución que dirigía no tenía el
resultado por mi soñado, y viendo que los tiempos están corrompidos y que cada cual
combate para sí mismo, he creído que mi destino me ordenaba dirigirme a todos los
valientes que estaban cansados de servir bajo el anciano general sin ser pagados, y
servirles de guía hasta conquistar un sitio que será nuestro, libre de corrupción. No
necesito deciros que no existen gobiernos honorables y que el pueblo gime bajo las
crueldades y las opresiones de aquellos que deberían tratarlo como los padres tratan a
sus hijos. Esto sucedía ya en los antiguos tiempos, hace quinientos años, cuando
honrados y valientes muchachos se coligaban entre sí para castigar al rico y proteger
al pobre. Eso es lo que nosotros haremos. Os invito, valientes y queridos camaradas,
a seguirme donde voy. Juremos vivir y morir juntos.
Erguido, les decía esto con su voz poderosa y profunda, la mirada brillante
clavada aquí y allá sobre los hombres, que agazapados se habían sentado sobre las
piedras delante de él; las cejas, ora fruncidas, ora levantadas como banderas
desplegadas, alumbraban la expresión cambiante de su rostro. Cuando hubo
terminado de hablar, todos los hombres se pusieron de pie y una aclamación inmensa
se levantó de entre la muchedumbre:
—¡Lo juramos! ¡Viva mil y mil años nuestro capitán!
Entonces un hombre que era más atrevido que los otros gritó con voz estridente:
—¡Digo que parece un tigre con sus cejas negras!
Y eso parecía en efecto; alto y esbelto, de movimientos flexibles, aguzado de
mentón y de pómulos altos y salientes, ojos brillantes y alertas, y encima de ellos,
ensombreciéndolos, sus largas y negras cejas cuando fruncía el ceño; los ojos
parecían espiar brillando desde el fondo de una caverna. Cuando levantaba las cejas,
los ojos parecían saltar de debajo de ellas y todo su rostro se dilataba como un tigre
que se abalanza.
Entonces todos los hombres rieron orgullosamente y, repitiendo el grito,
vitorearon:
—¡El Tigre! ¡El tigre de cejas negras!
En cuanto al pobre ermitaño, atontado, no sabía qué hacer al oír esas
aclamaciones de tigres que llenaban el valle. Había en verdad tigres que rondaban en
esas montañas y los temía más que a nada. Cuando oyó esas aclamaciones, miró aquí
y allá entre el matorral y corrió al fondo del templo a esconderse en el miserable
cuarto donde dormía; atrancó la puerta con una barra, se metió a la cama, se tapó
hasta la cabeza con un harapienta frazada y permaneció allí tiritando y llorando,
arrepentido de haber comido carne.
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Pues bien, Wang el Tigre tenía también toda la prudencia del tigre, y sabía que su
aventura empezaba apenas y que tenía que pensar en lo que le esperaba. Dejó que sus
hombres durmieran un poco a fin de que se disiparan los vapores del vino; y mientras
dormían llamó a tres de sus hombres, a quienes sabía prácticos en artimañas, y los
hizo disfrazarse. A uno le ordenó desvestirse, a excepción de su pantalón
despedazado, y embadurnarse el rostro con barro y tierra como un mendigo e ir a
mendigar en las aldeas vecinas de la ciudad donde acampaba el viejo general; y debía
escuchar y ver lo que pudiera y tratar de descubrir si el general se aprontaba o no a
perseguirlos. A los otros dos les ordenó ir a un mercado de la ciudad y comprar donde
un prendero un traje de campesino, con sus canastos y pértiga, y comprar también
productos agrícolas y llevarlos a la ciudad y pasearse para oír lo que decía la gente y
si se hablaba de lo que había sucedido y de lo que podría suceder ahora que los
mejores hombres del viejo general lo habían abandonado. En la entrada del
desfiladero Wang el Tigre apostó a su hombre de confianza de labio leporino para
vigilar y escrutar el campo con su aguda mirada; y si en alguna parte veía
movimientos de más de algunos hombres, debía correr al instante y prevenir a su
capitán.
Cuando esos hombres hubieron partido y los demás dormido la borrachera, Wang
el Tigre tomó nota de lo que poseía. Escribió sobre un papel con un pincel el número
de sus hombres y cuántos fusiles tenía y cuántas municiones y en qué consistían los
vestidos de sus hombres, y si los zapatos eran buenos para una marcha prolongada o
no. Ordenó a sus hombres desfilar delante de él y miró a cada uno atentamente;
comprobó que había, sin contar a los dos muchachos, ciento ocho hombres enérgicos,
de los cuales ni uno solo era viejo y sólo algunos estaban enfermos, fuera de la
enfermedad a los ojos, o de la sarna u otras pequeñas cosas parecidas que cualquiera
puede tener y que no deben ser contadas como enfermedad. A medida que pasaban
lentamente delante de él, abrían los ojos admirados a la vista de los caracteres que
trazaba sobre el papel, pues no más de dos o tres de entre ellos sabían leer o escribir;
y más que nunca Wang el Tigre les inspiró un respetuoso terror, pues, además del arte
de las armas, poseía también esa sabiduría de saber trazar caracteres con el pincel
sobre un trozo de papel y, al mirarlos después, descubrir su significado.
Y Wang el Tigre vio que, además de sus hombres, contaba con ciento veintidós
fusiles y que cada hombre tenía su cartuchera llena de municiones; y además de esto
poseía dieciocho cajones de cartuchos, que había sacado en secreto de los almacenes
del general, donde tenía libre acceso. Uno por uno había enviado esos cajones con su
hombre de confianza, que los había llevado colocándolos en el templo detrás del
viejo Buda decrépito, pues allí el techo estaba mejor y el Buda los protegía de las
lluvias que entraban por los huecos de las puertas.
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En cuanto a vestidos, los soldados tenían los que usaban, suficientes hasta que
llegasen los vientos del invierno; y cada hombre poseía, además, su frazada, en la que
se envolvía para dormir.
Wang el Tigre quedó satisfecho de todo lo que tenía; quedaba, además, bastante
comida para alimentarlos durante tres días más. Hizo, pues, el proyecto de partir de
noche, lo más pronto posible, a sus territorios del Norte. Aunque no hubiera detestado
esas regiones del Sur, habríase encaminado a otro sitio, porque el viejo general era
tan indolente que, desde hacía diez años y más, no se había movido de ese sitio; vivía
estrujando a los habitantes con impuestos que les era casi imposible pagar y
arrebatándoles parte de sus cosechas. El pueblo estaba, pues, reducido a la miseria y
nada podía ya dar; y por esto Wang el Tigre debía salir en busca de nuevas tierras.
No tenía, pues, intenciones de presentar batalla al viejo general, para asegurarse la
posesión de esa región recargada de impuestos; proyectaba irse a las regiones vecinas
de su país natal, pues allí en el Noroeste, había montañas donde podría refugiarse con
sus hombres; y si era perseguido demasiado de cerca, podía refugiarse en las partes
más inaccesibles, donde las montañas son desoladas y sus habitantes salvajes, y
donde los señores de la guerra se aventuran raras veces, salvo en momentos en que se
ven obligados al retiro y al bandolerismo. No que pensara en el retiro ahora; no;
Wang el Tigre creía que tenía el camino libre ante sí y que debía avanzar sin temor
hasta conquistarse un renombre en el país; y no ponía límites definidos a su futura
grandeza.
En ese momento, los tres hombres que había enviado volvieron y uno dijo:
—En todas partes se sabe que el antiguo enjambre de abejas se ha dividido, y
todos tienen miedo porque dicen que han sido estrujados hasta la última gota y que el
país no puede alimentar dos hordas.
Y el que se disfrazó de mendigo dijo:
—He rondado en torno de nuestro antiguo campamento; me había embadurnado
el rostro con barros y bosta, tanto que nadie podía reconocerme, y he mirado y
escuchado mientras fingía pedir limosna. Todos los hombres están en movimiento y
el viejo general chilla y vocifera, y ordena esto y aquello, y suspende las órdenes y da
unas contrarias; todo es confusión, y de rabia tiene el rostro rojo e hinchado. Me
atreví a tanto que me acerqué para verlo y lo oí gritar: «Nunca creí que ese diablo de
cejas negras pudiera hacerme tan mala jugada; tenía tanta confianza en él. Y después
la gente dice que los norteños son más honrados que nosotros. Me gustaría tener a
tiro de fusil a ese maldito ladrón e hijo de ladrón». Y cada dos o tres palabras gritaba
a sus hombres que tomen las armas y que nos persigan y nos presenten batalla.
El hombre se calló riendo burlonamente. Era el mismo muchacho que le gustaba
divertirse a su manera chillona. Continuó con voz cada vez más alta y fuerte,
haciendo gestos bajo su máscara de barro:
—Pero no vi moverse ni un solo soldado.
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Entonces Wang el Tigre tuvo una ligera sonrisa y comprendió que nada tenía que
temer, pues esos hombres no estaban pagados desde hacía más de un año y sólo
permanecían allí porque comían sin tener que trabajar. Pero para combatir exigirían
ser pagados primero, y Wang el Tigre sabía que, llegado el momento, el general
rehusaría pagarles; y entonces, en uno o dos días, su cólera disminuiría, se encogería
de hombros y volvería a sus mujeres; y sus soldados volverían a dormir al sol y se
despertarían sólo para comer y volver a dormir.
Wang el Tigre comprendió, pues, que no tenía nada que temer y resueltamente
volvió el rostro hacia el Norte.
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X
DURANTE tres días Wang el Tigre permitió a sus hombres festejarse; comieron
hasta hartarse y apuraron hasta las heces los jarros de vino. Cuando hubieron comido
como no lo habían hecho desde hacía meses y estuvieron ahítos de comida, y cuando
hubieron dormido hasta que no pudieron dormir más, se levantaron fuertes,
pendencieros y apasionados. Pues bien, todos esos años Wang el Tigre había vivido
entre soldados y había aprendido a conocer los hombres y sabía cómo manejar a los
individuos robustos, vulgares e ignorantes, cómo aprovechar las disposiciones de
cada cual y alardear de libertad manteniéndolos, en lo posible, dentro de los límites
de su propia voluntad. Así, pues, cuando oyó que los hombres entablaban disputas
amenazándose mutuamente por fruslerías, y cuando vio que algunos empezaban a
soñar con mujeres, comprendió que había llegado la hora de comenzar una tarea más
ardua.
Saltó una vez más sobre la vieja tortuga, cruzó los brazos sobre el pecho y
exclamó:
—Esta noche, cuando el sol se haya ocultado tras la llanura al pie de la montaña,
partiremos hacia nuestras tierras. Que cada cual se preocupe de sí mismo, y si desea
aún volver donde el viejo general para comer y dormir sin hacer nada, que regrese
hoy mismo; no lo mataré. Pero si después de haberse puesto en camino conmigo hoy
día falta a la promesa que hemos jurado, lo mataré con mi espada.
Al decir estas últimas palabras, Wang el Tigre sacó su espada con tanta prontitud
como brota el relámpago de la nube, blandiéndola delante de los atentos soldados;
éstos, alarmados, cayeron unos sobre otros, mirándose aterrorizados. Wang el Tigre
permanecía en espera contemplándolos; y mientras esperaba, cinco de los más viejos
se miraron dubitativamente y miraron la brillante espada que blandía aún en su mano;
luego, sin decir una palabra, se levantaron y bajaron la montaña y no se les volvió a
ver. Wang el Tigre los siguió con la mirada apoyado sobre su espada inmóvil y
brillante, y dijo:
—¿Hay algún otro?
Hubo gran silencio entre los hombres y nadie se movió durante un momento.
Luego, una silueta débil y encorvada se separó de la multitud, deslizándose
apresuradamente. Era el hijo de Wang el Mayor. Cuando Wang el Tigre lo vio, rugió:
—¡Tú no, idiota! ¡Tú no eres libre, tu padre te dio a mí!
Y mientras hablaba envainó su espada, murmurando con desprecio:
—No quisiera hundir esta buena hoja en una sangre tan pálida. No, te azotaré
como se azota a un niño.
Y esperó que el muchacho, con la cabeza inclinada como de costumbre, hubiera
recuperado su lugar.
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Entonces continuó con su tono acostumbrado:
—Esto marcha, pues. Vigilad vuestros fusiles, atad sólidamente vuestros zapatos
y ceñid vuestro cinturón, pues esta noche hacemos una larga etapa. Dormiremos
durante el día y caminaremos de noche para que la gente no sepa que atravesamos el
campo. Pero cada vez que lleguemos al territorio de un señor de la guerra, os diré su
nombre, y si alguien os pregunta quiénes somos, contestaréis: «Somos una banda
errante que ha venido a reunirse con el amo de estas regiones».
Así, pues, cuando el sol se ocultó y quedaba aún un poco de luz del día y las
estrellas empezaban a aparecer, sin luna, los hombres se hundieron en el desfiladero,
cada cual con su cartuchera, un atado a la espalda y el fusil en la mano. Pero Wang el
Tigre había hecho entregar los fusiles suplementarios a los hombres que conocía y en
quienes podía confiar, pues había muchos entre estos hombres a quienes no había
probado aún y prefería perder un hombre y no un fusil. Los que tenían caballos los
condujeron de las riendas hasta el pie de la montaña. Llegado allí, antes de tomar la
ruta hacia el Norte, Wang el Tigre se detuvo y dijo con su voz ruda:
—Nadie debe detenerse, salvo cuando yo lo ordene, y no haremos alto
prolongado hasta la hora del crepúsculo en una aldea que yo escogeré. Allí podréis
comer y beber, que yo pagaré.
Y saltó sobre su caballo, un animal alazán, fuerte e infatigable, de huesos grandes
y crines largas y crespas, proveniente de las llanuras de Mongolia. Y era necesario
que así fuese, pues aquella noche Wang el Tigre llevaba bajo la montura numerosas
libras de plata; y lo que no podía llevar lo había entregado a su hombre de confianza
y algunos otros de menor categoría, de modo que si uno de ellos cedía a una
tentación, que bien puede asaltar a cualquiera, no habría perdido gran cosa. Pero a
pesar de la fuerza de su animal, Wang el Tigre no lo dejó desarrollar toda su marcha.
No, en el fondo era compasivo y moderó el paso del caballo en consideración a sus
hombres que no tenían caballos y que debían ir a pie. A cada lado de él cabalgaban
también sus dos sobrinos, a quienes había comprado asnos, y las cortas patas de estos
animales no podían rivalizar con el tranco de su caballo. Una treintena de sus
hombres iba montada y los demás a pie; Wang el Tigre separó a sus caballeros del
resto, poniendo la mitad adelante, la otra mitad atrás y los de infantería en medio.
Avanzaron así en la noche silenciosa, milla tras milla, deteniéndose a ratos
cuando Wang el Tigre gritaba que podían descansar un instante y volviendo a partir
en cuanto lo ordenaba. Y sus hombres lo seguían sin quejarse, pues esperaban mucho
de él. Wang el Tigre también estaba contento de ellos y se prometía que, si no lo
traicionaban, él tampoco los traicionaría, y más tarde, cuando se hubiera convertido
en gran personaje, ascendería a cada uno de esos soldados que primero lo habían
acompañado; y al ver que confiaban en él como niños, Wang el Tigre sentía su
corazón henchido de ternura para con aquellos hombres; se enternecía así en secreto,
y cuando se recostaba sobre un terreno pastoso bajo los enebros plantados en torno de
las tumbas, los dejaba descansar un rato más largo.
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Marcharon durante más de veinte noches y durante el día descansaban en las
aldeas designadas por Wang el Tigre. Pero antes de llegar a una aldea se informaban
sobre quién era el señor del territorio, y si alguien preguntaba quiénes eran esa banda
de hombres y hacia dónde se dirigían, Wang el Tigre tenía la respuesta pronta.
En cada aldea, pues, cuando la gente los veía llegar, lanzaban grandes
exclamaciones, ignorando cuánto tiempo permanecerían allí esos soldados errantes,
preguntándose qué comerían y qué mujeres podrían desear. Pero en esos primeros
días Wang el Tigre tenía elevados proyectos y mantenía a raya a sus hombres, tanto
más cuanto que su extraña frigidez respecto de las mujeres lo hacía irritarse al ver a
otros hombres enardecidos; les decía:
—No somos ladrones ni bandidos y yo no soy jefe de ladrones. No, me abriré un
camino mejor que éste hacia la grandeza y venceremos por la pericia de las armas y
por medios honrados y no agobiando al pueblo. Debéis comprar todo lo que
necesitaréis y yo pagaré. Recibiréis vuestro sueldo todos los meses. No tocaréis mujer
alguna, salvo las que lo acepten de buen grado, pues su oficio es recibir hombres por
dinero, y solamente cuando os veáis obligados a ello. Y tened cuidado con las que se
ofrecen por poco dinero, pues tienen a veces una inmunda enfermedad que propagan
en torno de ellas. Pero si llego a saber que uno de mis hombres ha tomado
ilegalmente una virtuosa esposa o una joven virgen, lo mataré sin darle siquiera
tiempo para decir lo que ha hecho.
Cuando Wang el Tigre hablaba así cada uno de sus hombres se detenía para
escucharlo y para reflexionar, pues veían brillar sus ojos bajo las cejas y comprendían
que, a pesar de su buen corazón, su capitán no temería matar un hombre. Los jóvenes
comentaban con admiración, pues en aquel entonces Wang el Tigre era para ellos un
héroe, y decían en voz alta: «El Tigre, el Tigre de cejas negras». Así, pues, avanzaban
o se detenían según él lo ordenaba, y cada hombre obedecía a Wang el Tigre u
ocultaba cuidadosamente su desobediencia en caso contrario.
Por numerosas razones Wang el Tigre había decidido establecerse en regiones no
muy alejadas de la propia; allí estaría cerca de sus hermanos y tendría asegurada la
renta que le entregarían por un cierto tiempo, hasta que pudiera establecer impuestos,
evitando el peligro de que los ladrones robasen en el camino el dinero que le
enviaban. Además, si de improviso se presentaba algún rotundo fracaso, como puede
sucederle a todo hombre que el cielo abandona, le sería posible desaparecer entre sus
conciudadanos, pues su familia era tan rica y honorable, que estaría en seguridad
entre ella. Por esto se dirigió sin vacilar a la ciudad donde vivían sus hermanos.
Pero la víspera del día en que divisaron los muros de la ciudad, Wang el Tigre se
irritó contra sus hombres, pues caminaban de malas ganas, y durante la noche,
cuando les ordenó que reanudaran la marcha, lo hicieron con toda calma y oyó que
algunos murmuraban y se quejaban, y uno decía:
—Hay cosas mejores que la gloria y me pregunto si hemos hecho bien en seguir a
un hombre irascible y orgulloso como éste.
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Y otro dijo:
—Es mejor tener tiempo suficiente para dormir y no verse obligado a inutilizar
las piernas hasta las rodillas, aunque tuviésemos menos comida.
En verdad los hombres estaban fatigados, pues no estaban acostumbrados a
caminar continuadamente; desde hacía muchos años el anciano general había llevado
una vida tan regalada, que su relajamiento se había transmitido a sus hombres. Y
sabiendo lo ignorantes que eran, Wang el Tigre los maldecía en su corazón, porque
ahora que se acercaban a sus tierras del Norte empezaban a quejarse.
Olvidaba que mientras él se felicitaba de llegar al Norte y poder comprar pan
duro y sentir el fuerte olor a ajo, sus hombres continuaban desconociendo esas cosas.
Una noche que descansaban bajo un enebro, díjole su hombre de confianza:
—Creo llegado el momento en que debemos dejarlos descansar tres días o más y
darles un festín y una gratificación suplementaria.
Wang el Tigre se levantó de un salto, exclamando:
—Muéstrame cuál es el hombre que habla de quedarse rezagado, y le meteré un
bala por la espalda.
Pero el hombre con el labio leporino le llevó aparte y le dijo, para calmarlo:
—No, mi capitán, no hables de ese modo. No te dejes llevar de la ira. En el fondo
esos soldados son como niños y mostrarán una energía de la que no los crees capaces
si tienen la perspectiva de divertirse, aunque no sea sino una pequeña recompensa, un
plato de carne o una jarra de vino nuevo o un día libre para dedicarlo al juego. Son
sencillos, fáciles de contentar y prontos a entristecerse. Los ojos de sus mentes no
están abiertos como los tuyos, y son incapaces de ver lo que hay más allá de un día.
Mientras el hombre de confianza hablaba así, permaneció en el camino iluminado
por la luna, pues había ahora luna llena; y era algo horrible verlo en medio de esa
claridad. Pero Wang el Tigre lo había probado ya muchas veces y conocía su corazón
sincero y sensible; no vio, pues, su labio leporino, sino su rostro moreno y bueno y
sus ojos humildes y fieles, y le creyó. Sí, Wang el Tigre confiaba en ese hombre
aunque ignoraba quién era, pues el hombre nunca hablaba de él y cuando lo urgían
demasiado contestaba:
—Soy nativo de una región muy lejana; y tan lejos está, que si te digo el nombre
no sabrás qué nombre es.
Se rumoreaba no obstante que había cometido un crimen. Decíase que había
tenido una hermosa mujer, una muchacha que, no pudiendo soportarlo, había tomado
un amante; el hombre los encontró juntos, mató a ambos y huyó. Si era o no verdad,
nadie lo sabía, pero el hombre se había apegado a Wang el Tigre sin otra razón, al
principio, de que el joven era hermoso y fiero y porque esta hermosura constituía una
maravilla para el horrible y desgraciado muchacho. Y Wang el Tigre sintió el amor de
ese hombre y lo apreció en su justo mérito, pues el hombre lo seguía, no por razones
monetarias o de posición, sino a causa de su extraño cariño que no pedía nada en
cambio, sino estar cerca de él. Confiaba, pues, en la lealtad del hombre y siempre
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prestaba atención a lo que decía. Comprendió que el hombre tenía ahora razón, y
acercándose a sus hombres, que, fatigados, descansaban en silencio a la sombra de
los enebros, les dijo con mayor benevolencia que la acostumbrada:
—Queridos hermanos, estamos al lado de la ciudad, al lado de la aldea en que
nací, y conozco todos los caminos y senderos. Habéis sido valientes e infatigables
durante estos penosos días y noches; merecéis ahora una recompensa. Os llevaré a las
aldeas de los alrededores de mi propio villorrio, pero no allí mismo, pues toda esa
gente nos conoce y no quisiera ofenderla. Haré comprar ganado y cerdos y los
mataremos, y patos y gansos asados, y comeréis hasta hartaros. También tendréis
vino, y el mejor vino se hace en esta zona; es un vino espirituoso y claro, cuyos
vapores se disipan con facilidad. Y cada hombre tendrá tres monedas de plata como
recompensa.
Entonces los hombres, contentos, se levantaron riendo, y con el fusil a la espalda
caminaron esa misma noche hasta la ciudad y más allá de la ciudad, y Wang el Tigre
los condujo a los caseríos situados allende el suyo propio. Allí hizo alto, escogió
cuatro caseríos y acuarteló a sus hombres en ellos. Pero no lo hizo con arrogancia
como lo hacen los señores de la guerra. No; en la madrugada, cuando el humo
empezaba a salir por las entreabiertas puertas, al encender fuego para la primera
comida, hizo buscar a los jefes de las aldeas y les dijo cortésmente:
—Pagaré en dinero todo lo que consumamos, y ninguno de mis hombres mirará a
una mujer que no esté libre. Tienes que alojar a veinticinco hombres.
Pero, a pesar de toda su amabilidad, los ancianos de la aldea se manifestaban
inquietos, pues ya muchas veces habían oído promesas semejantes de otros señores
de la guerra que después no les habían pagado nada; miraban, pues, con el rabillo del
ojo a Wang el Tigre, acariciándose la barba y hablando en voz baja en la puerta de sus
casas; terminaron por pedir a Wang el Tigre un gaje de su buena fe.
Entonces Wang el Tigre sacó dinero con generosidad, pues eran conciudadanos
suyos, y lo dejó en prenda en manos del jefe de cada aldea y dijo a cada uno de sus
hombres antes de dejarlos:
—No debéis olvidar que estas personas eran amigos de mi padre, y que estáis
aquí en mi propia tierra. Hablad con cortesía y no toméis nada sin pagar, y si
cualquiera de vosotros mira a una mujer que no sea pública, lo mataré.
Viendo cuán fiero era, sus hombres prometieron lo que quiso, con repetidos y
sólidos juramentos, que recaerían sobre sí mismos si faltaban a lo prometido. Luego,
cuando todos estuvieron alojados y la comida lista, y cuando hubieron pagado dinero
suficiente para trocar en sonrisas las malévolas miradas de los campesinos, cuando
todo estuvo terminado, miró a sus dos sobrinos, y les dijo con rudo buen humor, pues
le era agradable estar en su propia tierra:
—Bien, muchachos, juraría que vuestros padres estarán contentos de veros, y
durante estos siete días descansaré yo también, pues la guerra nos espera.
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Y dirigió su caballo hacía el Sur y pasó delante de la casa de barro, sin detenerse,
y sus dos sobrinos lo seguían sobre sus asnos. Llegaron así a la ciudad, y,
franqueando las viejas puertas, llegaron a la casa. Y por primera vez, desde hacía
meses, una pálida sonrisa iluminó el rostro del hijo de Wang el Mayor, quien, con
cierta prisa, se dirigió hacia su hogar.
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XI
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bebía té, y Wang el Mayor, sentado al lado de una mesa, bebía vino. Entró con pasos
amanerados y mucha modestia y los ojos bajos, inclinándose y sonriendo tontamente,
sin mirar siquiera a los hombres. Pero cuando Wang el Mayor la vio llegar, se
enjugó[14] rápidamente el rostro y llenó un tazón de té, en vez del vino que mantenía
caliente en un jarro de estaño. Entró con aire doliente y vacilando sobre sus diminutos
pies; se sentó sobre un asiento inferior al que le correspondía, aunque Wang el Tigre,
que se había levantado, le hiciese signos de sentarse más arriba. Pero la dama le dijo
con su suave vocecilla, como lo hacía esos días, a menos que se olvidara o estuviese
enojada:
—No; conozco mi lugar, cuñado, no soy sino una débil e indigna mujer. Si alguna
vez lo olvido, mi señor se encarga de recordármelo, ya que tiene tantas mujeres
mejores y más dignas que yo.
Al decir esto echó una ojeada a Wang el Mayor, quien se sintió desfallecer y
murmuró con débil voz:
—Vamos, señora, ¿cuándo, yo…?
Y empezó a recordar si recientemente había hecho algo especial de que ella
hubiera oído hablar en perjuicio de él. En verdad, había encontrado y solicitado a la
cantante joven y bonita que tanto le gustó una noche de fiesta, y había empezado a
visitarla, pagándole una suma dada, y tenía intenciones de instalarla en alguna parte
de la ciudad, con una subvención, como lo hacen los hombres cuando no quieren
agregar a sus patios la molestia de una nueva mujer, pero la desean lo bastante para
mantenerla por un tiempo, al menos. Pero aún no había realizado esto último, pues la
madre de la muchacha vivía, y era una vieja y ávida bruja que no se contentaba con el
precio que Wang el Mayor ofrecía por su hija. Creía, pues, que su esposa no podía
haber oído hablar de una cosa no realizada aún; se enjugó de nuevo el rostro con la
manga, volviendo los ojos a otra parte, y bebió su té apresuradamente a grandes y
ruidosos sorbos.
Pero la dama no pensaba en él ahora, y continuó, sin fijarse en sus rezongos:
—Me he dicho que, humilde e indigna mujer como soy, no dejo de ser por eso la
madre de mi hijo, y he querido agradecerte lo que has hecho por nuestro indigno hijo;
aunque mis agradecimientos no tengan valor para alguien como tú, es para mí un
placer hacer lo que debo, y así lo hago, a pesar de todas las cargas y de todas las
faltas que tengo que soportar.
Echó una nueva ojeada a su señor, y éste se rascó la cabeza, y mirándola
estúpidamente se cubrió otra vez de sudor, pues no sabía qué continuaría diciendo, y,
como además era obeso, sudaba por cualquier cosa. Pero ella dijo:
—Te presento, pues, mis agradecimientos, cuñado, y, aunque indignos, brotan de
un corazón puro. En cuanto a mi hijo, te diré que si hay un joven digno de tu
benevolencia, es éste, el mejor y el más suave de los muchachos; y qué talento tiene.
Soy su madre, y aunque dicen que las madres ven siempre el buen lado de sus hijos,
no dejaré de repetir que te hemos dado el mejor hijo que tenemos mi señor y yo.
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Durante este tiempo, Wang el Tigre la contemplaba como lo hacía cuando alguien
hablaba, y no se sabía si oía o no lo que se decía, salvo cuando llegaba su respuesta; y
brotó, entonces, descortés y brutal:
—Sí es así, cuñada, me siento apenado por mi hermano y por ti. Es el muchacho
más débil y tímido que nunca viera, y su hiel no es más grande que la de una gallina
blanca. Siento que no me hayáis dado vuestro hijo mayor. Es un joven enérgico, a
quien hubiera podido adiestrar y convertirlo en alguien, obediente sólo a mi persona.
Pero vuestro segundo hijo no hace sino lloriquear, tanto, que siempre creo que llevo
conmigo un mirlo acuático. No hay para qué enseñarlo, porque no tiene ninguna
disposición; no hay, pues, nada que hacer con él. No; los dos hijos de mis hermanos
me desilusionan. El vuestro es suave y tímido y tiene el cerebro lavado con sus
lágrimas, y el otro muchacho, bueno y enérgico y suficientemente rudo para nuestra
vida, es irreflexivo y sólo gusta divertirse; es un payaso, y no creo que un payaso
pueda subir muy alto. Es una desgracia no tener un propio hijo, a quien poder
emplear, ahora que lo necesito.
Lo que la dama hubiera podido contestar a tal discurso nadie lo sabe; pero Wang
el Mayor temblaba, pues comprendía que nadie nunca había hablado así a su esposa,
y una oleada de sangre le subió al rostro y abrió la boca para contestar con acerba
respuesta. Pero antes de que hubiese podido decir una palabra, su hijo mayor salió de
pronto de atrás de una cortina, donde, oculto, escuchaba, y exclamó con ardor:
—¡Déjame ir, madre!, ¡quiero ir!
Y permanecía allí, impaciente y hermoso en su juventud, mirando vivamente uno
y otro rostro. Llevaba un vestido de un azul encendido, del color de las plumas del
pavo real, como gustan de llevar los jóvenes, y zapatos de cuero, de fabricación
extranjera, y un anillo de jade en su mano, y los cabellos cortados a la moda más
reciente y tirados hacia atrás con aceite perfumado. Era pálido como los jóvenes de
casa rica, que nunca se ven obligados a cultivar la tierra ni a tostarse al sol, y sus
manos eran suaves como las de una mujer, pero, a pesar de ello, había algo de
enérgico en su apostura; a pesar del lujo y de su palidez, tenía la mirada viva y
ardiente. Y no se movía con languidez, cuando olvidaba que la moda entre los
jóvenes era parecer lánguidos y hastiados de todo. No; sabía mostrarse como ahora,
lleno de la llama del deseo.
Pero su madre le gritó:
—Es la mayor estupidez que nunca he oído, pues eres el hijo mayor y el jefe de la
casa, después de tu padre. ¿Cómo podría, pues, permitirte ir a la guerra y quizás hasta
a una batalla dónde podrían matarte? Nada hemos descuidado para ti; fuiste a todas
las escuelas de la ciudad, y los eruditos te enseñaron, y te mimábamos tanto, que no
quisimos enviarte al Sur a una escuela. ¿Cómo podríamos dejarte ir a la guerra? —y
viendo que Wang el Mayor permanecía sentado y silencioso, meneando la cabeza,
continuó con sequedad—: Señor mío, ¿también debo tomar yo sola esta pesada
carga?
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Wang el Mayor dijo entonces débilmente:
—Tu madre tiene razón, hijo. Siempre tiene razón, y no podemos hacerte correr
semejante riesgo.
Pero el muchacho, aunque tuviese diecinueve años, empezó a golpear con el pie y
a llorar, y golpeaba la cabeza contra la puerta, exclamando:
—¡Me envenenaré si no puedo hacer lo que deseo!
Entonces sus padres se levantaron enloquecidos, y la dama gritó por la
entreabierta puerta que era preciso buscar al sirviente del joven señor; y cuando éste,
aterrorizado, hubo llegado, le ordenó:
—Llévate al niño a alguna parte, para jugar y distraerlo, y trata de hacer
desaparecer su cólera.
Y Wang el Mayor se apresuró a sacar del cinto un puñado de dinero, y forzando a
su hijo para que lo tomara, dijo:
—Toma, hijo mío, cómprate lo que te guste, o empléalo en el juego o en lo que
desees.
Al principio el joven rehusó el dinero, manifestando que no quería tal consuelo;
pero el sirviente lo tranquilizó y le suplicó tanto, que al cabo de un momento el
muchacho tomó el dinero como si lo hiciera de malas ganas, y, sin dejar de gritar que
quería irse con su tío, se dejó conducir fuera.
Cuando todo hubo terminado, la dama se dejó caer sobre una silla, y dando un
suspiro desolado balbuceó:
—Siempre ha sido así; no sabemos qué hacer con él, es mucho más difícil de
educar que el que te hemos dado.
Wang el Tigre había permanecido sentado, mirando lo que sucedía; dijo ahora:
—Es más difícil educar cuando hay una voluntad que cuando no la hay. Yo podría
hacer algo por este muchacho, si lo tuviera en mi poder; toda esta tempestad proviene
de que no ha sido educado.
Pero la dama estaba demasiado molesta para soportar más, y no pudo tolerar que
alguien dijera que sus hijos no estaban educados. Se levantó, pues, y con su aire
majestuoso, dijo saludando:
—Seguramente tendréis mucho que deciros —y salió.
—Entonces Wang el Tigre miró a su hermano mayor con severa piedad, y
guardaron silencio durante unos instantes; Wang el Mayor empezó a beber vino otra
vez, aunque sin placer ahora y con el rostro melancólico. Por fin, cosa rara en él, dijo
pensativamente, dando un profundo suspiro:
—Hay algo que es para mí un enigma; y es éste: que una mujer en su juventud
pueda ser tan delicada y dócil a la voluntad de un hombre, y que con la edad se
convierta en otra persona, odiosa y atormentadora y desprovista de toda razón, hasta
hacer enloquecer a un hombre. A veces me juro a mí mismo que no tendré trato con
ninguna mujer, pues mi segunda mujer aprenderá de la primera, ya que todas son
iguales. —Y miró a su hermano con curiosa envidia, y con los ojos apenados, como
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un niño, continuó tristemente—: Tú eres dichoso, y más dichoso que yo; estás libre
de las mujeres y libre de la tierra. Yo estoy dos veces atado. Estoy atado por esta
maldita tierra que mi padre me dejó. Si no me preocupo de ella, no da nada, pues
estos malditos campesinos son todos unos ladrones, coligados contra el propietario,
por justo y bueno que sea. Y en cuanto a mi administrador, ¿quién ha oído hablar de
un administrador honrado?
Torció la boca con gesto dolorido, y suspirando de nuevo, contempló a su
hermano y dijo:
—Sí, tú eres dichoso. No posees tierras ni estás ligado a ninguna mujer.
Y Wang el Tigre replicó con desprecio:
—No tengo relaciones con mujer alguna.
Y se sintió contento cuando hubieron transcurrido los cuatro días y pudo ir a los
patios de Wang el Segundo.
Cuando Wang el Tigre llegó a casa de su segundo hermano, no pudo dejar de
asombrarse de la diferencia que existía entre ambas, y cuánto buen humor reinaba en
la última, a pesar de las disputas y peleas entre los niños. Pero el centro de esta
alegría y buen humor era la campesina mujer de Wang el Segundo. Era una ruidosa y
exuberante mujer, y todas las veces que hablaba, su voz, alta y sonora, resonaba en
toda la casa. Y aunque perdía la paciencia muchas veces al día y golpeaba la cabeza
de un niño contra la de otro, con sus mangas eternamente levantadas hasta el codo, o
propinaba en la mejilla de aquél una palmada tan estruendosa que en la casa sólo se
oían gritos y chillidos de la mañana a la noche, y aun cuando cada sirviente gritaba
tanto como su ama, esto no le impedía ser buena a su modo, y cuando pasaba un niño
lo tomaba y hundía su nariz en su cuello gordezuelo. Y si un niño le pedía algunos
centavos, para comprar a un vendedor ambulante un caramelo, alguna golosina
caliente u otra cosa cualquiera a las que son aficionados los niños, aunque hubiera
podido ahorrar ese dinero, nunca dejaba de hundir la mano en su seno y sacar el
dinero solicitado. En medio de esa casa ruidosa y apasionada, Wang el Segundo
circulaba sereno y tranquilo, preocupado de sus planes secretos, siempre contento con
todo y viviendo en perfecta armonía con su mujer.
Por vez primera en esos días Wang el Tigre abandonó por un tiempo sus
proyectos de gloria, y, mientras sus hombres se festejaban y descansaban, vivía en la
casa de su hermano, en la que había algo que le gustaba. Comprendía por qué su
sobrino, el Apestado, salía de esa casa feliz y sonriente, y por qué el otro era siempre
tímido y medroso; sentía el contento que reinaba entre Wang el Segundo y su mujer,
y el contento de los niños, aunque a menudo no hubiesen sido lavados y que ningún
servidor se ocupara de ellos, salvo para hacerlos comer en el día y acostarlos en una u
otra cama en la noche. Pero todos los niños se manifestaban contentos, y Wang el
Tigre los seguía con la mirada, con una extraña emoción en el corazón. Había un
chicuelo de cinco años, por el que Wang el Tigre se interesaba en particular; era
lindo, gordezuelo, y cuando Wang el Tigre, que trataba de conquistárselo, le tendía
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vacilante una mano o cuando le ofrecía una moneda, el pequeño, gravemente, se
metía los dedos a la boca, y viendo la expresión sombría de Wang el Tigre, huía
sacudiendo la cabeza. Y Wang el Tigre, aunque trataba de sonreír y ocultar su
decepción, se sentía tan apenado por ese rechazo, como si el pequeño hubiese sido un
hombre.
Así esperó Wang el Tigre que los siete días hubiesen pasado, y su insólita
ociosidad lo tornaba más pensativo que de costumbre; y viendo esas dos casas llenas
de niños, sintió con mayor intensidad que nunca el no tener un hijo asociado a él. Y
pensaba también en las mujeres, pues era la primera vez que alojaba en una casa
donde había esposas y sirvientas y esclavas que corrían de aquí allá; y a veces sentía
una dulce emoción cuando veía a una esbelta muchacha, que le daba la espalda,
ocupada en algún quehacer; y recordaba que antaño, cuando él era un muchacho, así
había visto a Flor de Peral en esos mismos patios. Pero cuando la muchacha se volvía
y veía su rostro, experimentaba la misma turbación que entonces; la verdad era que
las fuentes vivas de su juventud recibieron tan recio golpe, que la vista sola del rostro
de una mujer lo hacía alejarse, mientras sentía que su corazón se detenía dentro del
pecho.
Su ociosidad y aquella ligera emoción que sentía lo tenían nervioso y agitado; una
tarde pensó que debía presentar sus respetos a Loto, pues en los patios de Loto era
donde con mayor frecuencia veía a Flor de Peral en aquellos lejanos días, y sentía el
secreto deseo de volver a ver las piezas y el patio. Fue, pues, donde Loto, después de
haber enviado a un sirviente anunciando su visita. Loto se levantó de la mesa donde,
sentada, jugaba con unas amigas, las ancianas señoras de otras casas. Pero él no
permaneció allí mucho tiempo No; paseó la mirada por la pieza y recordó; y entonces
sintió haber ido, se levantó, e inquieto de nuevo, decidió irse. Pero Loto no
comprendía sus pensativas miradas y exclamó:
—Quédate, pues tengo jarabe de jengibre en un jarro, raíces de loto confitadas y
de esas cosas que gustan a los jóvenes. No he olvidado aún cómo son los jóvenes;
aunque estoy vieja y gorda, recuerdo perfectamente cómo son todos.
Y colocando una mano sobre su brazo, se rió, con su risa grosera, mientras lo
miraba de soslayo. Entonces él comprendió que la detestaba; se inclinó, presentó otra
vez sus excusas y se fue a toda prisa. Pero oía la risa chillona de las viejas, mientras
continuaban jugando, y esta risa lo persiguió a través de los patios.
Y mientras se alejaba, el recuerdo aumentaba su excitación; y para reconfortarse
se dijo que su vida estaba ahora lejos de allí, que era preciso ponerse nuevamente en
camino; y no bien hubiera cumplido con el deber de visitar la tumba de su padre antes
de emprender su aventura, no tendría sino que abandonar para siempre esos patios.
A la mañana siguiente, al sexto día, dijo a Wang el Segundo:
—No permaneceré aquí sino el tiempo necesario para quemar un poco de
incienso en la tumba de mi padre, pues, si no, mis hombres se pondrán desanimados y
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flojos y tenemos aún un largo camino que recorrer. ¿Qué tienes que decirme del
dinero que necesito?
Y Wang el Segundo contestó:
—Nada, sino que te entregaré todos los meses lo que hemos convenido.
Pero Wang el Tigre exclamó, impaciente:
—Ten la seguridad de que algún día te devolveré todo lo que me has prestado.
Ahora voy a la tumba de mi padre. Preocúpate tú de que los dos muchachos estén
prontos para partir conmigo, y que no estén borrachos o sobrealimentados, pues
salimos al apuntar el día.
Y se alejó, sintiendo casi tener que llevar al hijo de Wang el Mayor, pero sin saber
cómo rehusar, por temor de producir envidias. Y al irse tomó un poco de incienso que
guardaban en la casa y se dirigió a la tumba de su padre.
Pues bien, estos dos, el padre y el hijo, habían estado muy distanciados cuando
vivían juntos; la infancia de Wang el Tigre había sido muy amarga, pues su padre le
decía que debía permanecer en la tierra, y Wang el Tigre había crecido odiando la
tierra. La odiaba ahora y odiaba la casa de barro; y, aunque había sido el hogar de su
niñez, no la amaba, porque para él había sido una prisión, de la cual nunca creyó
libertarse. No se acercó, pues, a ella; dio una vuelta, y atravesando un bosquecillo de
árboles, llegó al montículo donde estaban cavadas las tumbas de la familia.
Cuando se acercaba con paso rápido oyó un ruido ahogado, como si alguien
llorara, y al oírlo se preguntó quién podía llorar sobre esa tumba, pues sabía que Loto
estaba jugando y no podía estar allí. Suavizó su marcha y, acercándose, miró a través
de los árboles. Era el espectáculo más extraño que nunca hubiera visto. Flor de Peral,
con la cabeza inclinada sobre la tumba de su padre, en cuclillas sobre el pasto,
llorando como lloran las mujeres cuando creen que no hay nadie en los alrededores y
que pueden llorar sin ser consoladas. No lejos de ella estaba sentada su hermana, la
tonta, a quien no había visto desde hacía años, y que tenía ahora los cabellos casi
blancos y el rostro marchito y apergaminado; estaba sentada bajo los rayos del sol de
otoño y jugaba con un trozo de género rojo, doblándolo y desdoblándolo, mientras
sonreía al verlo tan rojo a la luz del sol. Y dócilmente, sentado a su lado como un
niño a quien se le ha ordenado hacer algo que le gusta, hallábase un chico enfermo y
jorobado. Miraba apenado a la llorosa mujer, listo para llorar también por amor hacia
ella.
Wang el Tigre permaneció allí, inmóvil por la sorpresa, escuchando a Flor de
Peral lamentarse con su suavidad acostumbrada, como si las lágrimas brotasen desde
lo más profundo de su ser; y de pronto él no pudo soportar esto. No; toda su cólera
cayó una vez más sobre su padre y no se contuvo. Botó el incienso, dio media vuelta
y se alejó con paso rápido, respirando penosamente y exhalando profundos suspiros,
aun cuando no se daba cuenta de ello.
Se lanzó a través del campo, con la sola idea que debía abandonar ese sitio, esa
tierra —esa mujer— y dedicarse a sus propios asuntos. Regresó bajo el fuerte sol de
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otoño que caía claro y brillante sobre los campos, pero no veía nada ni apreciaba su
belleza.
Al alba estaba en pie y montado sobre su caballo alazán. El caballo relinchaba y
se encabritaba con el aire helado, y sus herraduras golpeaban el pavimento de la calle;
el Apestado, bien alimentado con todo lo que había comido en su colación matinal,
había montado sobre su asno, y ambos partieron a casa de Wang el Mayor en busca
del otro muchacho. Pero no bien llegaron, un sirviente salió precipitadamente de la
puerta, y mientras corría gritaba:
—¡Esto es algo del demonio! ¡Qué maldición sobre esta casa!
Y siguió corriendo.
Entonces Wang el Tigre sintió que la impaciencia lo dominaba y gritó:
—¿De qué maldición hablan? La única maldición es que el sol está encima del
horizonte y yo aún no he partido.
Pero el hombre no se volvió. Entonces Wang el Tigre, maldiciendo, gritó al
Apestado:
—Ese maldito muchacho de tu primo es sólo una carga para mí, y nunca será otra
cosa. Anda en su busca y dile que venga, o que no partirá conmigo.
El Apestado se dejó caer de su pequeño y viejo asno y entró corriendo; Wang el
Tigre descendió entonces lentamente de su caballo, se dirigió a la puerta y dio las
riendas al portero. Pero antes de que tuviera tiempo de ir más lejos, el muchacho
había vuelto a salir, más blanco que un espectro y jadeando, como si hubiese dado
corriendo una vuelta a los muros de la ciudad. Balbuceó, mientras tomaba aliento:
—No vendrá ya más, ha muerto ahorcado.
—¿Qué es lo que dices, monicaco[15]? —gritó Wang el Tigre, lanzándose a la
casa de su hermano.
Había, en efecto, gran conmoción; hombres, mujeres y sirvientes estaban,
reunidos en el patio, en torno de algo; y por encima del bullicio y de las
exclamaciones se oían los gritos desesperados de una mujer: era la madre del
muchacho. Wang el Tigre empujó a la gente, y en el centro de la muchedumbre divisó
a Wang el Mayor. Con el rostro amarillo como una vieja candela y convulsionado por
los sollozos, tenía en sus brazos el cuerpo de su segundo hijo. El muchacho yacía
muerto en el patio, bajo el hermoso cielo matinal, y su cabeza caía hacia atrás, sobre
el brazo de su padre. Se había ahorcado con su cinturón de la viga de la pieza que
ocupaba con su hermano mayor; y el hermano mayor no había sabido nada, hasta que
despertó en la mañana, pues dormía profundamente después de haber bebido
demasiado en una orgía la noche precedente. Cuando se despertó y vio oscilar la
delgada silueta, creyó primero que se trataba de algún vestido, y se preguntó por qué
colgaba de allí; pero, cuando hubo mirado de más cerca, empezó a gritar y despertó a
toda la casa.
Entonces, Wang el Tigre, cuando alguien le hubo contado la historia, con extraña
emoción contempló al muchacho muerto, y durante un momento sintió piedad por él
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como nunca mientras vivía. Veíase tan pequeño y delgado ahora que estaba muerto.
Wang el Mayor levantó los ojos, y divisando a su hermano, balbuceó:
—Nunca pensé que este muchacho prefiriera la muerte antes que acompañarte.
Debes haberlo tratado muy mal para que te aborreciera hasta este punto. Es una suerte
que seas mi hermano, o si no, si no…
—No, hermano —dijo Wang el Tigre con gran dulzura—, no lo he tratado mal.
Tenía un asno, cuando otros más viejos que él iban a pie. Yo nunca tampoco hubiera
creído que era tan valiente como para morir. Habría podido hacer algo de él si hubiera
sabido que tenía el valor de morir.
Permaneció allí, con la mirada fija. Pero el tumulto empezó de pronto, cuando el
servidor que había salido corriendo llegó acompañado de un geomántico y de
sacerdotes provistos de tambores y de todos los que deben ir con motivo de una
muerte tan enojosa; Wang el Tigre aprovechó el tumulto para irse y esperar sólo en
una pieza. Pero, cuando hubo esperado y hecho todo lo que podía hacer como
hermano en una casa tan apesadumbrada, montó a caballo y partió. Y a medida que
avanzaba se sentía cada vez más triste; para darse ánimos, empezó a recordar que
nunca había pegado o maltratado en ninguna forma al muchacho, y que nadie habría
podido imaginarse que estaba tan desesperado como para quitarse la vida; Wang el
Tigre se repetía que así lo habría decretado el cielo, y que ningún hombre habría
podido impedir este acontecimiento, pues la vida de cada cual depende del cielo. Así,
se obligaba a olvidar al pálido muchacho y el aspecto que tenía cuando su cabeza
descansaba sobre el hombro de su padre; Wang el Tigre se dijo para sí:
«Tal vez ni los hijos son una bendición».
Cuando se sintió más tranquilo, ordenó cordialmente al Apestado:
—¡Adelante, muchacho; tenemos mucho camino delante de nosotros!
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XII
WANG el Tigre azotó a su caballo con la huasca de cuero trenzado que llevaba, y
el animal partió como si tuviera alas. Era el día indicado para empezar una aventura
tal como la de Wang el Tigre; las nubes cubrían el cielo, y el viento, mordaz, helado y
recio, inclinaba los árboles, arrancaba las últimas hojas de las ramas y agitaba el
polvo en los caminos, remolineando sobre las cosechadas tierras. Parecida al viento,
levantóse en el corazón de Wang el Tigre una gran indiferencia, e hizo el propósito de
evitar la casa de barro y a Flor de Peral, diciéndose para sus adentros: «El pasado ha
terminado; no debo pensar sino en mi grandeza y en mi gloría».
El día empezaba; el sol, enorme y resplandeciente, levantóse por encima de los
campos; Wang el Tigre lo miró sin pestañear, y le pareció que el cielo mismo sellaba
ese día en que empezaba su grandeza, pues grandeza era su destino.
Temprano, llegaron a los villorrios donde acuartelaban sus hombres, y su hombre
de confianza, saliendo a su encuentro, le dijo:
—Es una suerte, capitán, que hayáis venido, porque los hombres, descansados y
bien alimentados, desean mayor libertad.
—Reúneles después de la comida de mediodía, y nos pondremos en marcha para
estar mañana a medio camino de nuestras propias tierras.
Pues bien, durante esos días que Wang el Tigre había pasado en casa de Wang el
Segundo, había reflexionado mucho sobre las tierras que elegiría para su propio
dominio, y había hablado de ello con su hermano, que era prudente y avisado, y
ambos convinieron en que las tierras que estaban más allá de los límites de la
provincia vecina eran las mejores que se pudieran encontrar. Esas regiones estaban lo
bastante alejadas de las de Wang el Tigre para que en caso de cruel necesidad no se
viese obligado a estrujar a sus propios conciudadanos y, al mismo tiempo, lo bastante
cerca para que si era vencido en una guerra pudiera refugiarse entre los suyos, y
llevar con facilidad y sin mayores riesgos el dinero que se le debía enviar hasta que
estuviera establecido del todo. En cuanto a las tierras, eran reputadas por excelentes y
el hambre no llegaba allí a menudo; una parte de las tierras era alta, y otra baja, y
había montañas que podrían servir de asilo y refugio. Había, además, un camino que
servía de paso a los viajeros entre el Norte y Sur, y estos viajeros tendrían que pagar
una contribución por el derecho de pasar por ese camino. Había también dos o tres
grandes ciudades y otra más pequeña, de modo que Wang el Tigre no dependería
totalmente de la población que cultivaba la tierra. Esas tierras tenían también otra
cualidad: proporcionaban a los mercados el mejor vino y la población no era pobre.
Todas estas ventajas no tenían sino un solo inconveniente: había ya en esa región
un señor de la guerra a quien Wang el Tigre debería echar si quería prosperar, pues no
había ninguna región lo bastante rica para mantener a dos señores a la vez. Ahora
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bien, ¿quién era ese señor y con qué fuerzas contaba? Eran éstas cosas que Wang el
Tigre ignoraba, pues su hermano no pudo decirle nada seguro, sino que lo llamaban el
Leopardo, porque tenía una frente extraña echada hacia atrás y la cabeza como la de
los leopardos, y gobernaba a la población con dureza, de modo que todo el mundo lo
odiaba.
Wang el Tigre decidió, pues, visitar esas tierras en secreto y no en temerario
orden de batalla. Debía entrar furtivamente, dividiendo su tropa en pequeños grupos,
de modo que no parecieran más peligrosos que los grupos de soldados desertores, y
buscaría algún asilo en una montaña y desde allí exploraría el país con sus hombres
de confianza, para darse cuenta con qué señor de la guerra tenía que combatir y a
guíen debía quitar las tierras que el destino le había reservado.
Lo hizo como lo había proyectado. Cuando sus hombres estuvieron reunidos a la
salida de la aldea, y cuando cada hombre hubo comido y se hubo calentado bebiendo
vino, para premunirse contra los helados vientos que luchaban contra el calor del sol
que subía, y cuando todo estuvo pagado, preguntó a los aldeanos:
—¿Hicieron algo mis hombres en vuestras casas que no debieran?
Y los oyó contestar con diligencia:
—No, nada hicieron y desearíamos que todos los soldados fuesen como los
vuestros.
Entonces Wang el Tigre, tranquilo, llevó a sus hombres más allá de las aldeas, y
habiéndolos reunidos les habló de las tierras hacia donde quería conducirlos,
diciéndoles:
—Son las mejores tierras que pudiéramos encontrar, y solamente tenemos que
combatir contra un señor de la guerra. Hay allí, además, el vino más espirituoso que
nunca habéis probado.
Cuando los hombres oyeron eso lanzaron exclamaciones de gozo, gritando:
—Llévanos, capitán; hemos suspirado por tierras como ésas.
Entonces Wang el Tigre contestó, sonriendo, con su severa sonrisa:
—No es tan fácil como creéis, pues debemos saber primero la fuerza del señor
que los gobierna. si sus hombres son demasiado numerosos para nosotros, deberemos
buscar los medios de ganarlos a nuestra causa separándolos de la de él, y cada uno de
vosotros debe convertirse en un espía para ver y para oír. Y nadie debe saber por qué
hemos llegado, o estamos perdidos. Yo en persona iré a ver dónde podremos
establecer nuestro campamento y mi fiel hombre de confianza se detendrá en la
frontera, en un villorrio llamado el Valle de la Paz. Permanecerá allí en una posada de
que he oído hablar, la última de la calle, de la que pende una bandera al lado afuera
de la puerta. Os esperará allí para daros el nombre del sitio que fijaré cómo lugar de
reunión. Ahora vais a dispersaros en grupos de tres, cinco y siete, para pasearas como
si fueseis desertores fugitivos; y si alguien os pregunta adónde vais, preguntadle
vosotros dónde está el Leopardo, pues vais a reuniros con él. Daré a cada cual tres
monedas de plata para comer hasta que nos volvamos a encontrar. Pero os advierto
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una cosa: si llego a saber que alguno de vosotros ha perjudicado a un pobre o mirado
a una mujer que le está vedada, no preguntaré quién fue, sino que mataré dos
hombres por cada culpable.
Luego, un hombre preguntó:
—Entonces, capitán, ¿nunca nos será permitido hacer las cosas que hacen los
soldados?
Y Wang el Tigre respondió:
—Cuando os dé la orden seréis libres. Pero aún no habéis combatido por mí;
¿creéis que os daré las recompensas de la batalla antes que haya habido batalla?
El hombre guardó silencio, asustado, porque conocía el irascible humor de Wang
el Tigre y la prontitud con que usaba su espada; no era tampoco hombre que se dejara
ablandar con una salida ingeniosa o una frase ocurrente, oportunamente dicha. Pero
también se le conocía por hombre justo, y los soldados que lo seguían comprendían
perfectamente lo que les estaba o no permitido. Verdad era que aún no habían
combatido, y de buen grado esperarían si eran alimentados, alojados y pagados.
Entonces Wang el Tigre les pagó con la reserva que tenía y los miró alejarse,
dispersos en pequeños grupos; y acompañado del Apestado, montado sobre su asno, y
del hombre de confianza, del labio leporino, montado sobre un mulo, que Wang el
Tigre le había comprado en la aldea, partieron solos hacia el Noroeste.
Cuando Wang el Tigre llegó a los límites de la región de que había oído hablar,
hizo trepar a su caballo sobre la alta y monumental tumba de un rico que allí se
encontraba, y desde ese observatorio echó una ojeada sobre el país. Era la tierra más
hermosa que nunca viera; se extendía ante él ondulando en pequeñas colinas bajas y
en anchos valles, donde verdeaban ya los primeros retoños del trigo de invierno. Al
Noroeste, las colinas se elevaban bruscamente y se convertían en montañas llenas de
escolleras recortadas sobre el brillante cielo del día. Las casas de los habitantes de
esas tierras estaban dispersas en pequeñas aldeas o villorrios, buenas casas de barro
bien mantenidas, muchas de las cuales tenían techos nuevos hechos con la paja de la
cosecha de ese año. Había también unas pocas casas de ladrillos y tejas. En cada patio
delantero había montones de paja y se oía el distante cacareo de las gallinas que
acababan de poner, y de vez en cuando el viento le traía trozos de una canción que
cantaba un campesino mientras cultivaba la tierra. Era una tierra hermosa, y su
corazón palpitó dentro del pecho al verla tan hermosa. Pero no tenía intenciones de ir
vestido con traje de soldado y montado sobre su caballo alazán, y que el rumor de
guerra se propagara demasiado pronto entre la población; por un camino extraviado
se dirigieron hacia las montañas, donde podría ocultarse con sus hombres y reconocer
la fuerza del enemigo antes que nadie sospechara siquiera que había llegado.
Al pie de la pequeña montaña donde se hallaba la tumba, y otras muchas tumbas,
estaba la aldea de que había hablado a sus hombres; contaba con una sola calle, y
Wang el Tigre entró en ella seguido por los dos hombres. Era la hora en que los
labradores vuelven a sus propios caseríos, y la casa de té de la aldea estaba atestada
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de campesinos que bebían té o comían tallarines hechos con harina de trigo o
alforfón[16]. Tenían los canastos vacíos apilados en el patio, al lado de ellos, para
llevarlos al mercado cuando hubieran comido; y levantando la cabeza asombrados,
cuando oyeron el ruido de los cascos de los animales, contemplaban con la boca
abierta a Wang el Tigre que pasaba. Los miró él también para ver qué clase de
hombres eran, y se sintió contento de verlos tan guapos y fuertes, y morenos y
cordiales y bien alimentados, y se dijo para sí que había acertado al escoger esas
tierras que podían engendrar hombres como ésos. Pero, fuera de estas miradas,
continuó su camino con desacostumbrada modestia, como alguien que pasa a través
de un sitio para dirigirse a un lugar lejano.
Al final de la calle estaba la cantina de que había oído hablar; ordenó a los dos
hombres que le esperasen afuera y, atando su caballo, desmontó, apartó la cortina que
cubría la puerta y entró en la posada. No se veía a nadie en las pocas mesas que había
para huéspedes; Wang el Tigre se sentó y golpeó la mesa con la mano. Un muchacho
llegó corriendo y, al ver la fiereza del rostro del hombre, llamó a su padre, quien era
el dueño de la tienda; y el hombre llegó y limpió la mesa con su delantal, y dijo
cortésmente:
—Mi huésped y señor, ¿qué vino deseas?
—¿Cuál tienes? —preguntó Wang el Tigre.
El cantinero replicó:
—Tenemos vino nuevo hecho de sorgo; es el mejor vino que se conoce en el
mundo entero; lo bebe hasta el emperador en la capital.
Wang el Tigre sonrió con cierto desprecio y dijo:
—¿No habéis oído en esta pequeña aldea que ahora no tenemos emperador?
El terror invadió el rostro del hombre mientras contestaba en un murmullo:
—No; no he oído eso. ¿Cuándo murió? ¿O ha sido derrocado? ¿Quién es entonces
el nuevo emperador?
Y Wang el Tigre se extrañó de que hubiera un hombre tan ignorante como ése, y
replicó, con ligero desprecio:
—No tenemos emperador.
—Entonces, ¿quién nos gobierna? —dijo el hombre, consternado, como si de
improviso cayese sobre él un nuevo desastre.
—Es un tiempo de lucha —dijo Wang el Tigre—. Hay muchos gobernantes, pero
no se sabe cuál ocupará el puesto más elevado. En tiempos como éste cualquier
hombre puede pretender alcanzar la gloria.
Al decir esto la ambición lo hizo exclamar para sí: «¿Y por qué no podría ser yo
ése?». Pero no dijo nada en alta voz; se sentó y esperó el vino al lado de la
descolorida mesa.
Cuando el hombre que había ido en busca del vino volvió, parecía mucho más
turbado, y dijo a Wang el Tigre:
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—Es una desgracia no tener emperador, es como tener un cuerpo sin cabeza, y
esto acarreará violentas acciones en todas partes y no tenemos a nadie que nos guíe.
Es una triste cosa la que me habéis dicho, mi señor, y preferiría no haberla oído, pues
no la podré olvidar. A pesar de lo humilde que soy, no puedo olvidar, y aunque
nuestra aldea es tranquila, no habrá ahora un día seguro.
Y con los ojos bajos el hombre vació el vino tibio en un tazón. Pero Wang el
Tigre no contestó, porque sus pensamientos divergían de los de ese humilde hombre;
para él era una felicidad que corrieran los tiempos que corrían. Tomó el vino y lo
vació de un trago. Sintió que corría por su sangre, fuerte y ardiente, y que subía hasta
sus mejillas y su cabeza. No bebió más, pero pagó ése y otro tazón que llevó afuera a
su hombre de confianza. El hombre se manifestó muy agradecido, y tornando el tazón
con ambas manos bebió lo mejor que podía, como un perro cuando paladea algo,
echando hacia atrás la cabeza, pues el labio superior le era de muy poca utilidad,
dividido como estaba.
Entonces Wang el Tigre volvió a la cantina y dijo al dueño:
—¿Y quién los gobierna en esta región?
El hombre miró a uno y otro lado, pero como no había nadie contestó, bajando la
voz:
—Un jefe de ladrones llamado Leopardo. Es el hombre más encarnizado y cruel
que existe. Cada uno de nosotros debe pagarle una contribución, o cae sobre nosotros
con sus hombres como una bandada de cuervos y nos deja limpios. Todos deseamos
desembarazarnos de él.
—Pero ¿no hay nadie aquí que compita con él? —preguntó Wang el Tigre, y se
sentó como si la cosa no tuviera ninguna importancia para él. Y para parecer más
despreocupado, agregó—: Tráeme una taza de té verde, bien simple. Parece que el
vino me hubiera quemado la garganta.
Mientras el hombre buscaba el té, respondió a Wang el Tigre:
—No; nadie compite con él, mi huésped y señor. Nos habríamos quejado de él a
nuestros superiores si hubiera algún objeto en hacerlo. Una vez fuimos a la corte del
distrito, pues el más alto magistrado de la región vive allí. Le expusimos nuestro caso
y le pedimos que enviara soldados y que pidiera soldados prestados, pues así unidos
podrían libertarnos de este hombre que nos oprime. Pero aquellos soldados eran los
hombres más crueles que es posible imaginar, vivían en nuestras casas, tomaban a
nuestras hijas, comían lo que gustaban y nunca nos pagaban; esto llegó a ser una
carga que no pudimos soportar. No; y además eran tan cobardes que arrancaron[17] al
solo olor de la batalla, y los ladrones se pusieron más y más arrogantes. Entonces
imploramos al magistrado que se llevara sus soldados, lo que por fin hizo. Pero
muchos de los soldados se enrolaron junto con los bandidos, dando por excusa el que
no habían sido pagados desde hacía mucho tiempo y que necesitaban comer; y
estuvimos mucho peor que antes, porque un soldado tiene un fusil que lleva
dondequiera que vaya. Y como si esto no fuera bastante, el magistrado que vive en el
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distrito envió a sus recolectores y nos puso un enorme impuesto sobre los hombres y
sobre las tierras; e hizo lo mismo con los dueños de tiendas, porque dijo que el Estado
había gastado tanto en protegernos, que justo era que ahora pagáramos. Nosotros bien
sabíamos que él y su pipa de opio constituían el Estado, y desde entonces no hemos
vuelto a solicitar ayuda, prefiriendo pagar más y más al Leopardo y tenerlo así atado.
Esto es soportable mientras no haya hambre, pero hemos tenido tantos años buenos,
que seguramente el cielo nos enviará uno malo pronto; y debe de haber muchos años
malos almacenados para nosotros. Entonces no sé qué haremos.
Todo esto oía atentamente Wang el Tigre, mientras bebía su té. Preguntó
entonces:
—¿Dónde vive ese Leopardo?
Entonces el dueño de la tienda tomó a Wang el Tigre de la manga y lo condujo a
una pequeña ventana al Este de la tienda y señaló con el dedo pulgar, diciendo:
—Allí hay una montaña con dos crestas, llamada la Montaña del Doble Dragón.
Entre esas dos crestas hay una llanura y en esa llanura está la cueva del ladrón.
Esto era lo que Wang el Tigre deseaba saber, y afectando la mayor negligencia
dijo descuidadamente, acariciándose la recia barba con la mano:
—Bien, entonces me alejaré de esa montaña y caminaré hacia el Norte, hacia mi
propio hogar. Aquí está el dinero que te debo. En cuanto al vino, es el más claro y
fuerte que he conocido.
Entonces Wang el Tigre salió y montando en su caballo, otra vez seguido de los
dos hombres, caminó hasta que ya no hubo más aldeas delante. Cabalgó a través de
las cimas de las montañas y de solitarios parajes, aunque en realidad nunca estaba
muy alejado de los hombres, pues el sitio era bien cultivado y lleno de aldeas y
caseríos. Pero mantenía los ojos fijos en la montaña de dos crestas y guiaba su
caballo hacia el Sur de ella, hacia otra montaña baja que divisaba y que en parte
estaba cubierta de pinos.
Todo el día caminó en silencio, porque nadie hablaba si Wang el Tigre no lo hacía
primero, aunque hubiera cosas importantes que decir. De repente el muchacho
empezó a cantar en voz baja, pues el silencio lo fatigaba, pero Wang el Tigre lo hizo
callar con severidad, porque no estaba de humor para soportar ningún ruido alegre.
Al caer la tarde, pero antes de la puesta del sol, llegaron al pie de la boscosa
montaña hacia la cual habían cabalgado durante horas; Wang el Tigre desmontó de su
fatigado caballo y empezó a trepar una primitiva escalera de piedra que conducía a la
cima. Subió la escalera seguido de sus dos compañeros, cuyas monturas tropezaban
entre las piedras; a medida que subían, la montaña se hacía más y más salvaje, los
precipicios cortaban el camino, y los torrentes brotaban aquí y allá, entre las rocas y
los árboles, y la maleza crecía tupida y gruesa. El musgo que cubría las piedras era
suave, pero no tenía señales de pasos humanos, salvo en el medio, como si una o dos
personas hubiesen transitado por allí. Cuando el sol se hubo ocultado habían llegado
al término de ese sendero montañoso, que remataba en un templo construido de
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piedra bruta, apoyado contra el acantilado de modo que éste venía a ser su pared
posterior. Divisaban el templo casi oculto por los árboles, pues sus viejas y rojas
paredes resplandecían a la luz del sol poniente. No era sino un pequeño templo viejo
y ruinoso, cuyas puertas estaban cerradas.
Wang el Tigre trepó hasta allí y durante un momento permaneció con el oído
pegado a la puerta cerrada. No oyendo nada, empezó a golpear con el mango de su
huasca de cuero, y como nadie saliera golpeó violentamente, con cólera. Por fin la
puerta se abrió y apareció el rostro rapado y afeitado de un sacerdote. Wang el Tigre
dijo:
—Necesitamos un asilo para la noche.
Y su voz resonó dura, seca y cortante en ese apacible lugar.
El sacerdote abrió entonces un poco más la puerta y dijo con voz aflautada:
—¿No hay posadas y casas de té en las aldeas? No somos sino una pobre
comunidad formada por unos cuantos hombres que hemos abandonado el mundo y no
disponemos sino de una miserable comida sin carne y no bebemos sino agua.
Y sus rodillas chocaban una con otra cuando miraba a Wang el Tigre.
Pero Wang el Tigre se introdujo por fuerza entre los dos batientes de la puerta y
gritó al muchacho y al hombre de confianza:
—Éste es el sitio que buscamos.
Entró, pues, sin contemplaciones de ninguna clase para con los sacerdotes.
Penetró hasta el templo pasando por la gran sala donde estaban los dioses, que, como
el templo, eran viejos; el barniz dorado caía sobre sus cuerpos de arcilla. Pero Wang
el Tigre no les concedió ni siquiera una mirada. Entró en las casas laterales del fondo,
donde se alojaban, y escogió para sí una pieza pequeña y mejor conservada que las
otras y que había sido aseada no hacía mucho tiempo. Allí se quitó el sable, y su
hombre de confianza, curioseando aquí y allá, encontró algo que comer y beber,
aunque no fuese sino arroz y repollo.
Pero esa noche, cuando Wang el Tigre se acostó en la pieza que había escogido,
oyó salir de la sala donde se encontraban los dioses un profundo suspiro y se levantó
para saber qué era. Los cinco viejos sacerdotes del templo estaban allí, con dos
pequeños acólitos, hijos de campesinos que les habían dejado en agradecimiento de
alguna súplica concedida. De rodillas, todos dirigían sus lamentaciones al Buda que,
sentado sobre su barriga, presidía en la sala, solicitando amparo. La llama de una
antorcha vacilaba con el viento de la noche y a la luz incierta de la llama los siete
personajes de rodillas rezaban en voz alta. Wang el Tigre permaneció un instante
escuchándolos y comprendió que pedían al dios que los protegiese de él, diciendo:
—Protégenos; protégenos contra los ladrones.
Al oír esto, Wang el Tigre empezó a vociferar, y al oírlo los sacerdotes, se
levantaron de un salto y en su precipitación tropezaron, enredándose en sus vestidos,
con excepción de un anciano, que era el abad de ese templo. Se echó de bruces al
suelo, creyendo llegada su última hora. Pero Wang el Tigre le gritó:
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—No les haré daño alguno, viejos imbéciles. Mira, tengo dinero de sobra. ¿Por
qué tendríais miedo de mí?
Y mientras hablaba abrió la bolsa que pendía de su cintura y les mostró el dinero
que la llenaba; había allí más dinero que el que nunca habían visto. Continuó:
—Además de ésta, poseo mucho más dinero; no deseo sino un asilo por poco
tiempo, como cualquier hombre, en caso de apuro, puede solicitar de un templo.
La vista del dinero reconfortó a los sacerdotes; se miraron entre sí y dijeron:
—Debe ser algún capitán que ha muerto a un hombre que no debiera haber
muerto o que ha perdido el favor de su general y debe ocultarse durante un tiempo.
Hemos oído hablar de un caso así.
Wang el Tigre los dejó creer lo que quisiesen. Sonrió con su sonrisa sin alegría y
volvió a acostarse.
A la mañana siguiente, al alba, Wang el Tigre se levantó y salió del templo. Era
una mañana brumosa y las nubes llenaban el valle ocultando esa cima de montaña.
No obstante el frescor del aire le recordó que el invierno se acercaba y que tenía
mucho que hacer antes de la llegada de las nieves, pues sus hombres dependían de él
para la comida y el abrigo contra el frío. Volvió a entrar al templo y se dirigió a la
cocina, donde dormían su hombre de confianza y el muchacho. Dormían cubiertos
con paja, y la respiración del hombre silbaba a través de su labio cortado. Dormían
profundamente, aunque ya uno de los acólitos empezaba a llenar de paja la boca de
un horno de ladrillos, y de debajo de la cubierta de madera de la caldera de hierro
colocada sobre los ladrillos brotaban burbujas de vapor. Al ver a Wang el Tigre, el
acólito, presuroso, se ocultó.
Pero Wang el Tigre no se ocupó de él. Llamó a su hombre de confianza,
sacudiéndolo rudamente, le ordenó levantarse y comer y marchar después hacia la
posada, pues algunos de sus hombres podían llegar esa mañana. Entonces el hombre
de confianza se levantó atontado por el sueño y se frotó el rostro con las manos,
bostezando espantosamente. Por fin se puso los vestidos, metió un tazón dentro de la
caldera hirviente y bebió con avidez caldo de sorgo, preparado por el acólito, después
de lo cual se alejó y empezó a descender la montaña; su silueta, vista de espaldas y no
de frente, parecía la de un sólido muchacho, y Wang el Tigre, que le seguía con la
mirada, lo apreció por su fidelidad.
Y como esperaba aquel día reunir a sus hombres en ese paraje solitario, hizo el
plan de lo que debería hacer; decidió escoger cuatro hombres de confianza, a quienes
podría consultar y que le servirían de auxiliares. Reservó ciertos trabajos para
determinado número de hombres, unos para espías, otros para ir en busca de la
comida, aquéllos para el combustible y los demás para cocinar, ajustar y limpiar las
armas, y a cada cual su parte en la vida en común. Y pensó que debía mantener una
disciplina inflexible sobre todos, recompensándolos únicamente cuando lo
merecieran. Debía organizarlo todo bajo su mando absoluto y disponer de la vida y de
la muerte.
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Además de esto, decidió consagrar todos los días algunas horas para ejercitar a
sus hombres en la táctica guerrera, para que estuviesen prontos cuando llegara el
tiempo de lucha. No se atrevía a gastar cartuchos para estos ejercicios, pues no tenía
muchos más de los necesarios. Pero estaba decidido a enseñarles lo que pudiera.
Esperó, pues, impaciente sobre aquella tranquila cima de montaña; antes de caer
la tarde cincuenta y más hombres se le habían reunido y en la noche del día siguiente
otros cincuenta más. Los pocos que faltaban no aparecieron y se creyó que habían
desertado. Wang el Tigre esperó aún dos días, pero no se presentaron y se sintió
molesto, no a causa de los hombres, sino porque con cada uno de ellos había perdido
un fusil y un cinturón con cartuchos. Cuando los ancianos sacerdotes vieron esa
horda de hombres reunidos en su tranquilo templo, se sintieron perdidos y no sabían
qué hacer. Entonces Wang el Tigre los reconfortó diciéndoles:
—Todo se os pagará y no tenéis por qué temer.
Pero el anciano abad contestó con su voz aflautada, pues era muy viejo y la carne
que cubría sus huesos estaba disecada y apergaminada por la edad:
—No solamente tememos no ser indemnizados; pero hay cosas que no se pueden
pagar con dinero. Este templo era un lugar tranquilo que se llamaba el Templo de la
Santa Paz. Nuestra comunidad ha vivido aquí separada del mundo desde hace años.
Ahora está ocupado por vuestros hombres, hambrientos y ardientes, y la tranquilidad
ha desaparecido con su llegada. Se atropellan en la sala donde se encuentran los
dioses, escupen en todas partes y en todas partes permanecen de pie, aun delante de
los dioses, y son groseros y rudos en todo lo que hacen.
Entonces Wang el Tigre respondió:
—Para ti es más fácil cambiar de sitio a los dioses que para mi cambiar las
costumbres de mis hombres, pues son soldados. Llévate a los dioses a la sala más
alejada y les diré que ese sitio les está vedado. Entonces tendremos paz.
Así lo hizo el viejo abad y los sacerdotes transportaron a los dioses sobre sus
pedestales, excepto al Buda dorado que, como era demasiado grande, temieron que se
cayese y se hiciera pedazos, lo que acarrearía la maldición sobre todos ellos. Los
soldados alojaron, pues, con él en la sala, y los sacerdotes le cubrieron el rostro con
un pedazo de tela para que no los viera y no se sintiera ofendido por los pecados que
no podían evitar de cometer.
Entonces Wang el Tigre designó de entre sus hombres a los tres que quería hacer
sus auxiliares. Llamó primero a su hombre de confianza y después de él a los otros
dos, uno llamado el Gavilán, porque tenía en medio de su delgado rostro una nariz
curiosamente ganchuda y la boca delgada y caída, y otro llamado el Matador de
Cerdos. El Matador de Cerdos era grande, gordo y rojizo, de rostro achatado y rasgos
aplastados como si una mano lo hubiera hundido al hacerlo. Era un muchacho
valiente que había sido matador de cerdos; pero también había muerto a un vecino en
una riña, y a menudo lo deploraba, diciendo: «Si hubiera estado comiendo mi arroz y
hubiera tenido sólo los palillos en mis manos, probablemente no lo hubiera muerto.
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Pero se querelló conmigo cuando tenía el cuchillo en la mano, y el objeto pareció
lanzarse por sí solo». Pero el hombre había muerto de la herida y el Matador de
Cerdos había tenido que huir para escapar a los tribunales. Tenía una extraña pericia:
a pesar de su grosería y vulgaridad tenía la mano rápida y ligera, tanto que con un par
de palillos para comer cortaba en dos las moscas al vuelo; y muchas veces sus
compañeros, para divertirse, le pedían que lo hiciera y se ahogaban de la risa al verlo.
Con la misma precisión podía acuchillar a un hombre y extraerle la sangre con
rapidez y limpieza.
Estos tres individuos eran hombres astutos, aunque no supieran leer ni escribir.
Pero para una vida como la que llevaban no tenían necesidad de aprender en los
libros, y nunca pensaron que tal instrucción pudiera servirles de algo. Cuando los
hubo escogido, Wang, el Tigre los hizo ir a su pieza y les dijo:
—Os consideraré, a los tres, como mis hombres de confianza; deberéis vigilar a
los demás y ver si alguno me traiciona o no ejecuta lo que le ha sido ordenado…
Estad ciertos de que recibiréis una recompensa el día que logre lo que ambiciono.
Hizo salir en seguida al Gavilán y al Matador de Cerdos y permaneció con su fiel
hombre de confianza. Le dijo con gran severidad:
—Tú deberás vigilar a esos dos y cerciorarte de si me guardan fidelidad.
Volvió a reunir a los tres y continuó:
—Y mataré a cualquiera cuya fidelidad pueda ser puesta en duda. Lo mataré tan
pronto que no tendrá siquiera tiempo para terminar la respiración comenzada.
Entonces el hombre de confianza contestó, tranquilamente:
—Nada tienes que temer de mí, mi capitán. Tu mano derecha podría traicionarte
antes que yo.
Entonces los otros dos juraron con presteza, y el Gavilán dijo, en voz más alta que
los demás:
—¿Podría olvidar que me tomaste de simple soldado y que ya he subido de
grado?
Dijo así, pues tenía sus propias esperanzas.
Los tres se inclinaron delante de Wang el Tigre, en testimonio de humildad y
fidelidad; entonces Wang el Tigre escogió algunos hombres hábiles y astutos y los
envió a todo al país para que se informaran respecto del enemigo. Les ordenó:
—Daos prisa en descubrir lo que podáis, de modo que podamos instalarnos antes
de los grandes fríos. Averiguad cuántos hombres siguen al Leopardo, y si os
encontráis con algunos habladles para saber si se dejarían o no comprar. Compraré a
todos los que pueda, porque vuestras existencias son más preciosas para mí que el
dinero; y no desperdiciaré ni una sola vida si puedo comprar un hombre en su lugar.
Los tres hombres se quitaron entonces sus uniformes de soldados y pusíéronse sus
viejas y raídas ropas interiores, y Wang el Tigre les dio el dinero que pudieran
necesitar para comprar vestidos corrientes. Bajaron, pues, la montaña y se repartieron
en las aldeas, y visitaron a los prenderos para comprar los vestidos usados que los
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campesinos dejan por algunos centavos y que nunca recuperan, pues no tienen dinero
para ello.
Vestidos así, los tres hombres visitaron toda la región. Se pasearon por las
posadas donde la gente juega para pasar el tiempo y se detuvieron en los almacenes
del camino y en todas partes escucharon atentos. Luego volvieron y contaron a Wang
el Tigre todo lo que habían visto.
Wang el Tigre supo así que toda la gente de esas tierras odiaba y temía al
Leopardo, pues cada año les exigía más, y a veces en persona saqueaba sus casas y
sus campos. La excusa que daba era que cada año aumentaba la horda de hombres
que debía alimentar para proteger a la población de otros bandidos, y que se le debía
pagar por eso. Cierto era que su banda aumentaba cada año, pues todos los maleantes
de la región que no querían trabajar y todos los que habían cometido algún crimen se
refugiaban en la cueva de la Montaña del Doble Dragón, enrolándose bajo la bandera
del Leopardo. si eran fuertes y valientes, eran bien recibidos, y si eran débiles y
cobardes, los dejaban para que sirvieran a los demás. Llegaban hasta mujeres,
mujeres atrevidas, cuyos maridos habían muerto y a quienes no preocupaba su
reputación; y algunos hombres llegaban acompañados de sus mujeres; y otras
quedaban cautivas para que sirvieran de recreo a los hombres. Y era verdad que el
Leopardo mantenía alejados de la región a los demás jefes de bandas.
Pero, a pesar de esto, la gente lo odiaba y no estaba dispuesta a darle lo que
pidiera. Pero, lo quisieran o no, debían darlo, pues no tenían armas. En otros tiempos
habrían podido defenderse con sus azadones, sus guadañas o sus cuchillos u otras
herramientas parecidas, pero ahora que los ladrones contaban con fusiles de
fabricación extranjera, esas armas no les habrían servido de nada; lo mismo que el
valor y la cólera tampoco les servían contra esos instrumentos mortíferos de tan largo
alcance.
Cuando Wang el Tigre preguntó a sus espías cuántos hombres seguían al
Leopardo, recibió extrañas respuestas, pues unos afirmaban que habían oído hablar de
quinientos; otros de dos o tres mil; no pudo averiguar la cifra exacta, pero si que eran
mucho más numerosos que los hombres con que contaba. Esto le dio mucho que
pensar, y comprendió que debía emplear la astucia y reservar sus fusiles hasta la
batalla decisiva y aun evitarla si era posible. Reflexionaba, pues, mientras escuchaba
lo que sus espías le decían y los dejaba hablar libremente, porque sabía que un
hombre ignorante dice más cuando no se da cuenta de ello. Y el hombre que se las
daba de gracioso, el mismo que llamaba a su capitán el Tigre de las cejas negras, dijo,
ahuecando la voz:
—En cuanto a mí, soy tan temerario que continué mi camino hasta la gran ciudad
donde reside el gobierno de todo este distrito, y allí escuché y comprendí que también
tienen miedo. Todos los años, los días de fiesta, el Leopardo exige que los
comerciantes le entreguen una cantidad de dinero y, en caso contrario, amenaza con
atacar la ciudad. Y yo dije al hombre que me lo contaba (un vendedor de embutidos
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de chancho, los mejores que nunca había comido; tienen aquí cerdos maravillosos, mi
capitán, los aliñan con ajo; estaría muy contento si nos quedásemos aquí): «¿Por qué,
pues, el magistrado no envía a sus soldados para luchar contra ese ladrón y preservar
así a la población?». Y el fabricante de embutidos, que es buen hombre, me dio un
pedazo de embutido gratis, me contestó: «Nuestro magistrado no piensa sino en su
opio y tiene miedo hasta de su sombra, y el general que mantiene para dirigir su
ejército nunca ha ido a la guerra, no sabe siquiera sostener un fusil; es un hombrecillo
que siempre está furioso y agitado, a quien sólo le interesa saber si su sopa está bien
preparada. En cuanto al magistrado, quisiera que vieras los guardias que mantiene a
su lado; y cada día les paga más, de miedo que se vuelvan contra él o se dejen
comprar por alguien; y bota el dinero como se derrama el té inservible de una tetera
fría. Y, a pesar de todo, se estremece y tiembla si se pronuncia siquiera el nombre del
Leopardo, y gime por verse libre de él, y no mueve un dedo para conseguirlo, y todos
los años entrega más al Leopardo para mantenerlo tranquilo». Esto es lo que me
refirió el vendedor, y como ya había terminado de comer mis embutidos y como veía
que no pensaba darme más si no pagaba extra, me fui a conversar con un mendigo
que, sentado al sol, en un rincón entre dos murallas, quitaba los piojos de sus
vestidos. Era un viejo filósofo que pasa su vida mendigando en las calles de la
ciudad. El viejo era tan hábil que arrancaba de una dentellada la cabeza a los piojos y
las mascaba. Creo que estaba bien alimentado con todos los piojos que tenía. Y
cuando hubimos conversado de muchas cosas, me dijo que el magistrado parecía
dispuesto a hacer algo ese año, pues sus superiores habían oído decir que dejaba que
un ladrón reinara en estas regiones y que, como había muchas personas que
codiciaban su lugar, pensaban acusarlo delante del tribunal por no cumplir con su
deber; y si es despedido hay una docena que se disputarán su lugar, porque estas
tierras son buenas y proporcionan entradas. Y todo el mundo está desolado, pues se
dicen: «Bueno, hemos alimentado a este viejo lobo, y ahora que no está tan ansioso,
llegará uno nuevo y famélico a quien tendremos que alimentar desde el comienzo».
Wang el Tigre dejó, pues, que sus hombres hablaran como lo hacen los hombres
ignorantes: contaron todo, lo que habían visto y oído, burlándose y riéndose, pues
tenían grandes esperanzas y fe en su capitán, y cada cual estaba bien alimentado y
contento de la tierra y de las aldeas que había atravesado. Pues, a pesar de que la
población tenía que alimentar a esas dos sanguijuelas, el Leopardo y el prefecto,
como las tierras eran muy buenas, les quedaba lo bastante para alimentarse bien. Y
Wang el Tigre los dejó hablar y, si mucho dijeron sin valor alguno, soltaron a veces
algo que necesitaba saber y pudo conocer el trigo por la paja, pues era mucho más
inteligente que ellos.
Cuando el muchacho terminó de charlar, Wang el Tigre reflexionó profundamente
sobre lo último que había dicho: «Que el magistrado temía perder su puesto». Le
pareció que ése era el nudo de toda la aventura y que mediante ese débil anciano le
sería posible apoderarse del poder. Mientras más escuchaba a sus hombres más
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seguro estaba de que el Leopardo no era tan fuerte como lo había creído; y al cabo de
un momento tomó la resolución de enviar a un espía hasta las fortalezas mismas de la
cueva de los bandidos para ver qué hombres había allí y con qué fuerza contaba el
Leopardo.
Echó una mirada sobre sus hombres, que, en cuclillas, comían la comida de la
tarde: un pedazo de pan duro y caldo de cereales; durante unos momentos no supo
por quién decidirse, pues ninguno le parecía lo bastante hábil e inteligente. Luego su
mirada se fijó en su sobrino, que engullía con avidez, con las mejillas hinchadas por
la comida. Wang el Tigre se contentó con dirigirse a su pieza y el muchacho lo siguió
como era su deber hacerlo; y después de haberle ordenado que cerrara la puerta y que
se acercara le dijo:
—¿Eres lo bastante valiente para llevar a cabo algo que te explicaré?
Y el muchacho, masticando aún su enorme bocado, respondió resueltamente:
—Haz la prueba, tío, y verás.
Wang el Tigre continuó:
—Haré la prueba. Tomarás una honda como la que los muchachos emplean para
matar los pájaros, y al caer la tarde deberás haber llegado a esa montaña de doble
cima; dirás que perdiste el camino y que tienes miedo a los animales feroces de la
montaña, y llorarás en la puerta del refugio. Cuando hayas conseguido entrar, dirás
que eres hijo de un campesino del valle de allá lejos, y que fuiste a la montaña en
busca de pájaros, que no te diste cuenta de que la noche caía tan pronto y que,
perdido, solicitas abrigo durante la noche. Si no te dejan entrar, pídeles al menos un
guía que te conduzca hasta el desfiladero y emplea bien tus ojos. Mira todo: cómo es
el Leopardo, con cuántos hombres y cuántos fusiles cuenta, y me lo dirás todo. ¿Serás
tan valiente como para esto?
Wang el Tigre lo miró con sus dos ojos negros y vio el rostro rubicundo del
muchacho ponerse tan pálido, que las señales de la viruela parecían cicatrices sobre la
piel, pero con voz bastante firme, aunque un poco jadeante, respondió:
—Sabré hacer eso.
—Nunca te he pedido nada —contestó Wang el Tigre con severidad—, pero tu
talento de payaso podrá servirte ahora. Si caes en un lazo o no empleas tu ingenio o te
traicionas, la culpa será tuya. Pero eres oportuno y a veces pareces más tonto de lo
que eres, por esto te he escogido. Te bastará desempeñar el papel de un muchacho
ingenuo y medio tonto, y saldrás del paso. si te cogen, ¿serás lo bastante valiente para
morir en silencio?
Entonces el rojo del valor subió hasta el rostro del muchacho. Firme y resuelto se
irguió, ataviado con sus burdos vestidos de algodón, y dijo:
—¡Pruébame, capitán!
Entonces Wang el Tigre, contento, le dijo:
—Valiente muchacho, si sales bien del paso, serás digno de ascender de grado.
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Y sonrió mirando al muchacho, y su corazón, que se conmovía tan difícilmente,
salvo cuando montaba en cólera, se emocionó ahora, pero no por temor del riesgo que
corría el muchacho, pues no lo amaba; se sintió invadido por una vaga aspiración y
deseó más que nunca tener un hijo propio; no como ese muchacho, sino un hijo suyo,
fuerte, leal y grave.
Ordenó, pues, al muchacho que se pusiera los vestidos que usan los hijos de los
campesinos, con una toalla atada a la cintura y viejos zapatos usados, pues tenía un
largo camino que recorrer y rocas que trepar. El muchacho se fabricó una honda
como la que tienen todos los chicos, con una rama de árbol, y cuando estuvo lista
descendió la montaña con paso rápido y desapareció en los bosques.
Durante los dos días que siguieron a su marcha, Wang el Tigre organizó a sus
hombres como lo había proyectado, distribuyendo la tarea entre todos, de modo que
nadie permaneciese ocioso. Envió separadamente al campo a sus hombres de
confianza para comprar víveres, y compraron carne y trigo en pequeñas cantidades, a
fin de que nadie se imaginara que compraban para cíen hombres.
Cuando llegó la tarde del segundo día, Wang el Tigre salió y miró hacia la
escalera de piedra, por si venía el muchacho. En el fondo de su corazón temía por el
muchacho, y cuando lo imaginaba tal vez muerto en medio de torturas sentía
compasión y extraños remordimientos; y al ver que la noche caía y que la luna
aparecía, miró hacia la Montaña del Doble Dragón, y se dijo para sí: «Quizás habría
debido enviar a cualquiera de los otros hombres y no al hijo de mi hermano. si muere
en medio de torturas, ¿qué diré a mi hermano? Y, no obstante, no podía fiarme sino
de mi propia sangre».
Vigiló hasta que los hombres estuvieron dormidos y que la luna, desprendiéndose
de las montañas, subió hasta el firmamento, pero el muchacho no volvía. Por fin el
aire se hizo tan frío que Wang el Tigre regresó. Tenía el corazón apesarado, pues se
daba cuenta de algo que no había comprendido antes: si el muchacho no volvía le
haría falta, pues era alegre y engañador y nunca estaba de mal genio.
Pasada la medianoche, mientras acostado esperaba, oyó golpear discretamente en
la puerta y, levantándose, abrió. Cuando Wang el Tigre hubo retirado la barra de
madera vio aparecer al muchacho agotado por la fatiga, pero siempre de buen humor.
Entró cojeando, con el pantalón desgarrado desde la cadera y la pierna cubierta de
sangre seca.
—Ya estoy de vuelta, tío —dijo con voz extenuada.
Y Wang el Tigre rió con su risa imprevista y muda, como era su costumbre
cuando estaba contento, y dijo:
—¿Qué te hiciste en la cadera?
Pero el muchacho contestó, despreocupadamente:
—No es nada.
Entonces Wang el Tigre, que estaba muy contento, hizo una de las raras bromas
de su vida, y dijo:
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—Supongo que el Leopardo no te habrá rasguñado. El muchacho soltó entonces
una carcajada, pues comprendía que su tío lo había dicho por divertirse, y, sentándose
en la grada del templo, contestó:
—No; no fue él. Me caí sobre unas zarzas, pues el musgo está húmedo y
resbaladizo. Pero me muero de hambre, tío.
—Entra, pues, y come —respondió Wang el Tigre—; come y bebe, y duerme
antes de contarme tu historia.
Y dijo al muchacho que entrara a la sala y se sentara, y con voz tonante ordenó a
un soldado que llevara de comer y de beber al muchacho. Pero al oír ruido, todos los
hombres se despertaron y llegaron en tropel al patio iluminado por la luna llena, y
todos querían oírle contar lo que había visto. Entonces Wang el Tigre, viendo que,
después de haber comido y bebido, el muchacho, dándoselas de importante y
excitado por el éxito de su aventura no pensaba dormir, y viendo que el alba estaba
próxima, le dijo:
—Cuéntanos todo ahora, y después irás a dormir.
El muchacho se sentó, pues, en el altar, delante del Buda con el rostro tapado, y
empezó:
—Bien. Caminé y caminé, pues esa montaña es dos veces más alta que ésta y el
refugio está en la cima, en un valle rodeado como una bola, que bien quisiera que
fuera para nosotros cuando nos apoderemos de la región. Tienen allí casas como en
una aldea. E hice lo que me dijiste, tío. Al caer la noche, cojeando y llorando, golpeé
en la puerta; llevaba mis pájaros muertos en mi pecho, y algunos de estos pájaros de
esa montaña son muy curiosos y de brillante plumaje. Uno tenía las plumas doradas
como el oro, era tan lindo que aún lo tengo aquí —y, al hablar, sacó de su pecho un
pájaro amarillo, muerto, que más bien parecía un puñado de oro blando.
Wang el Tigre tenía prisa por oír el relato del chiquillo y se irritó por ésa niñería
del pájaro muerto, pero se contuvo y dejó que continuara su historia a su manera; éste
cuidadosamente puso el pájaro sobre el altar, a su lado, y miró sucesivamente los
rostros de los hombres que lo escuchaban alumbrados por la antorcha que Wang el
Tigre había hecho encender y colocar entre la ceniza del incensario del altar. El
muchacho continuó:
—Pues bien; cuando oyeron golpear en la puerta sentí pasos en el interior, pero
sólo abrieron un poco para ver quién era. Y yo lloraba lastimosamente y decía:
«Estoy muy lejos de mi casa; he caminado mucho y llegó la noche y tengo miedo de
las fieras de los bosques. Dejadme entrar a este templo». Entonces el que había
abierto la puerta la cerró y corrió a consultar a alguien, mientras yo continuaba
llorando y lamentándome lo más lastimosamente que podía.
Y el muchacho empezó a lamentarse para enseñarles cómo lo había hecho, y se
ahogaban de risa, gritándole:
—El mono; el demonio apestado.
El muchacho contrajo el rostro con una mueca de gozo, y continuó:
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—Por fin me dejaron entrar, y me hice lo más tonto que pude; después de haber
comido pan de trigo y una taza de caldo, fingí estar muy asustado al comprender
dónde me hallaba y empecé a gritar: «Quiero volver a mi casa. Tengo miedo, porque
sois ladrones y tengo miedo al Leopardo», y corrí hacia la puerta intentando salir, y
dije: «Después de todo, prefiero estar entre los animales salvajes».
—Entonces empezaron a reír al verme tan ingenuo y me tranquilizaron,
diciéndome: «¿Crees que le haremos daño a un muchacho? Espera hasta mañana en
la mañana y podrás irte en paz». Al cabo de un momento cesé de llorar y fingí estar
más tranquilo, y entonces me preguntaron de dónde venía, y yo les dije el nombre de
una aldea que está al otro lado de la montaña. Entonces me preguntaron qué había
oído decir de ellos, y yo les respondí que había oído decir que eran hombres heroicos
y que su jefe no era un hombre, sino el cuerpo de un hombre con cabeza de Leopardo,
y dije: «Me gustaría verlo, aunque me daría mucho miedo». Todos se rieron de mí, y
uno dijo: «Acércate, y lo verás», y me condujo a una ventana y miré hacia el interior
donde había antorchas encendidas, y allí estaba el jefe, sentado. Es, en realidad, un
individuo raro y monstruoso; parece efectivamente un leopardo, y estaba bebiendo en
compañía de una mujer. Ella también parecía una salvaje, y juntos bebían vino de una
escudilla. Él bebía primero y después ella.
—¿Cuántos hombres había allí y cuántos fusiles? —preguntó Wang el Tigre.
—¡Oh, muchos hombres, tío! —contestó el chiquillo, apresuradamente—. Tres
veces el número nuestro de combatientes y muchos sirvientes; hay mujeres y
chiquillos que corren por todas partes y muchachos como yo. Pregunté a uno de ellos
quién era su padre, y me dijo que no lo sabía, pues no tienen padres separados, sino
madres. Y esto también es extraño. Todos los combatientes tienen fusiles, pero los
sirvientes sólo tienen azadas y cuchillos y otros útiles rústicos. Pero arriba de los
acantilados que rodean su guarida tienen apilados montones de rocas redondas para
lanzarlas contra aquéllos que los ataquen, pues hay solamente un desfiladero que
conduce hasta el refugio, todo lo demás está lleno de precipicios y siempre mantienen
guardias en el desfiladero. Cuando pasé por allí el guardia roncaba; habría podido
apoderarme de su fusil, pero no lo hice, a pesar de la tentación, porque habría
comprendido que yo no era lo que parecía.
—¿Los combatientes parecen fuertes y valientes? —preguntó Wang el Tigre.
—Bastante valientes —contestó el muchacho—. Algunos son grandes y otros
pequeños, y después de haber comido conversaban entre sí, sin fijarse en mí, que
estaba con los muchachos; los oí quejarse del Leopardo, porque no quería compartir
con ellos el producto de los saqueos, de acuerdo con la ley que tienen; decían que se
dejaba demasiado para él, que se mostraba ávido de todas las mujeres hermosas y que
no las dejaba para los otros hombres sino hasta hastiarse de ellas. No comparte como
los hermanos deben compartir, se cree un gran personaje, aunque es de modesto
nacimiento, pues no sabe leer ni escribir, y todos están hartos con su grandeza.
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Esto gustó mucho a Wang el Tigre y reflexionó en ello mientras el muchacho
continuaba hablando de esto y de aquello, de lo que había comido, jactándose de su
malicia. Wang el Tigre soñaba, forjando sus planes, pues comprendía que el
muchacho había dicho todo lo que sabía y no hacía sino repetir buscando un último
detalle que mantuviera latente la atención y la admiración de los hombres. Entonces
Wang el Tigre se levantó y dijo al muchacho que fuera a dormir en seguida; y ordenó
a sus hombres que se pusieran al trabajo, pues había llegado la aurora y la llama
vacilante de la antorcha palidecía a la luz del sol naciente.
Dirigióse entonces a su pieza, llamó a sus hombres de confianza y les dijo:
—He reflexionado y creo que podemos llevar a cabo la aventura sin perder ni un
hombre ni un fusil; debemos evitar la batalla, puesto que los del refugio son tanto
más numerosos que nosotros. Cuando se mata un ciempiés se le aplasta la cabeza y
entonces sus cien patas enloquecidas corren de aquí para allá, atropellándose unas
contra otras, y no pueden hacer daño. Nosotros también mataremos la venenosa
cabeza de esa banda de ladrones.
Estupefactos ante tanta osadía, los hombres lo contemplaban, asombrados, y el
Matador de Cerdos dijo, con su voz ruda y grosera.
—Está muy bien, capitán; pero antes de cortarle la cabeza tenemos que atrapar al
ciempiés.
—Eso es lo que haré —contestó Wang el Tigre—; y éste es mi plan. Tenéis que
ayudarme. Nos vestiremos elegantemente, pomposamente, como lo hacen los héroes,
e iremos donde el magistrado de esta región y le diremos que somos valientes y
errantes soldados y que solicitamos enrolarnos a su servicio como guardias privados,
y nos comprometeremos a matar al Leopardo en su lugar. Ahora, como teme perder
su puesto, estará deseoso de nuestra ayuda. He aquí mi plan. Le diré que simule una
tregua con los ladrones y que invite al Leopardo y a sus principales oficiales a un
gran festín. Entonces, llegado el momento, que podrá indicárnoslo dejando caer por
ejemplo una copa de vino, vosotros y yo saldríamos de nuestro escondrijo y
mataríamos a los ladrones. Yo tendría dispersos a mis hombres en toda la ciudad y
ellos se dejarían caer sobre los ladrones de menos categoría que rehusaran unirse a mi
bandera. Así mataremos la cabeza del ciempiés sin que sea muy difícil hacerlo.
Los tres hombres comprendieron que la cosa era factible y profundamente
admirados se apresuraron en consentir. Después de haber conversado sobre los
medios de llevarlo a cabo, Wang el Tigre los despidió e hizo reunir a los hombres en
la sala del templo. Comisionó a sus hombres de confianza para que viesen si los
sacerdotes no estaban por allí cerca y pudieran oír, y luego expuso su plan a los
hombres reunidos. Cuando lo hubieron oído, gritaron:
—Muy bien. Muy bien. ¡Ah, el Tigre de las cejas negras!
Y Wang el Tigre los oía de pie detrás del dios cubierto y, aunque no decía nada,
orgulloso y solitario, se sentía invadido por un gozo tan profundo de su poder, que
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bajó los ojos y permaneció allí, meditabundo en medio de sus hombres. Cuando
estuvieron tranquilos en espera de lo que les diría, agregó:
—Comeréis y beberéis bien, y vestíos entonces de soldados, pero lo más
vulgarmente posible; tomad vuestros fusiles y repartíos por la ciudad, pero no muy
lejos de la corte del magistrado. Cuando oigáis mi penetrante silbido, acudiréis. Pero
esperad hasta que yo llame.
Y volviéndose hacia su hombre de confianza, agregó:
—Paga a cada hombre cinco monedas de plata para vino y alojamiento y el
alimento que necesitare.
Y todos los hombres se manifestaron contentos. Wang el Tigre llamó entonces a
sus tres hombres de confianza, y después de haberse vestido convenientemente
ocultaron entre sus vestiduras espadas cortas y tomando sus fusiles partieron juntos.
Los sacerdotes se alegraron grandemente al ver partir a esos salvajes muchachos.
Pero Wang el Tigre, que vio su alegría, les dijo:
—No os alegréis tan pronto, pues podemos volver. Pero quizás encontremos un
sitio mejor.
Sin embargo, les pagó bien y, además de lo que les debía, entregó una suma al
abad, diciéndole:
—Arreglad vuestros techos, refaccionad la casa y compraos cada cual un vestido
nuevo.
Los sacerdotes estaban locos de alegría ante tanta generosidad, y el viejo abad
dijo, un tanto avergonzado:
—Eres un buen hombre, después de todo, y rogaré a los dioses por ti; pues, ¿de
qué otra manera puedo agradecerte?
A lo que contestó Wang el Tigre:
—No; no te molestes en rogar a los dioses, pues nunca he tenido fe en ellos. Pero
si alguna vez oyes hablar de uno llamado el Tigre, exprésate bien de él y di que el
Tigre te trató con miramientos.
El anciano abad, atónito, tartamudeó que así lo haría. Y partió llevando la plata en
sus manos, preciosamente abrazada contra su pecho.
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XIII
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y frutas. Y habló con las corteses palabras con que se habla a un huésped, y Wang el
Tigre le respondió con la menor cortesía posible. Terminados estos formulismos, dijo
con nitidez:
—Hemos sabido por vuestros superiores, honorable señor, que las bandas de
ladrones no te dejan en paz, y hemos venido a ofrecerte nuestros valientes brazos y
nuestra pericia para ayudarte a desembarazarte de ellos.
Durante todo ese tiempo el anciano magistrado, atónito, no había cesado de
temblar. Al oír esto contestó, con voz quebrada y temblorosa:
—Es verdad lo que dices, y como yo no soy un hombre de armas, sino un erudito,
no sé cómo habérmelas con hombres así. Es verdad que tengo un general a sueldo,
pero no le gustan las batallas, y además el Estado le paga aunque no haga nada. Y las
gentes de esta región son tan caprichosas y tan tontas que no sabemos si en una
batalla no se pondrían de parte de los ladrones contra el Estado, pues están
indignados por un insignificante impuesto legal. Pero ¿quién eres, cuáles son tus
honorables nombres de familia y dónde residían tus antepasados?
Pero Wang el Tigre se limitó a decir:
—Somos valientes soldados errantes que ofrecemos nuestros brazos donde tienen
necesidad de ellos. Hemos sabido que esta tierra está infestada por una peste de
bandidos, y si quieres tomarnos a tu servicio tenemos ya formado un plan.
Nadie habría podido decir sí, en tiempos ordinarios, el anciano magistrado habría
escuchado o no a unos desconocidos; pero entonces temía que le arrebataran su
empleo, no tenía hijo alguno y, a su edad, ninguna esperanza de encontrar otra
manera de ganarse la vida. Tenía una anciana esposa y un tropel de parientes que
vivían todos a su costa; y, ayudados por su vejez impotente, sus enemigos
mostrábanse fuertes y ávidos. Despidió, pues, a sus guardias y prestó atento oído a los
proyectos de Wang el Tigre, pues se aferraba a todo lo que pudiera librarlo de sus
preocupaciones. Wang el Tigre le expuso entonces su plan y, cuando lo hubo oído,
ávidamente se asió de él. Sólo temía que los ladrones, si no daban muerte al
Leopardo, tomaran cruel revancha. Pero cuando Wang el Tigre vio que el anciano
tenía miedo dijo, despreocupadamente:
—Puedo matar al Leopardo tan fácilmente como a un gato, y le cortaré la cabeza
y dejaré correr su sangre; y mi mano no vacilará. Lo juro.
Y el viejo magistrado, meditabundo, se dijo que él ya era viejo, y sus soldados,
débiles y cobardes; y que no habría otra oportunidad como ésta. Respondió:
—No veo otro camino.
Llamó entonces a sus servidores y les ordenó que trajesen alimentos y vinos y que
preparasen un festín, tratando a Wang el Tigre y a sus hombres de confianza como a
huéspedes de honor. Wang el Tigre planeó, pues, detenidamente con el anciano
magistrado todos los detalles del proyecto, y en los días que siguieron se hizo como
lo habían pensado.
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El magistrado envió emisarios a la cueva de los ladrones con orden de decir que,
como estaba ya muy viejo, abandonaba su puesto, y que otro ocuparía su lugar. Pero
antes de partir deseaba tener la seguridad de que no dejaba tras sí ningún enemigo; y
si el Leopardo y sus jefes tuviesen a bien ir a comer con ellos, los recomendaría al
nuevo magistrado. Los ladrones al oír esto desconfiaron, pero Wang el Tigre había
dicho al magistrado que hiciera correr el rumor de su próxima partida. Los ladrones
se informaron, pues, entre la gente del pueblo y oyeron la misma historia. Creyeron
entonces y pensaron que sería una gran cosa si el nuevo magistrado, influenciado a
favor de ellos, les pagara las sumas que pidieran, evitándose así una batalla.
Aceptaron la tregua que el anciano magistrado les proponía, diciéndole que irían una
noche que no hubiera luna.
Sucedió que ese mismo día cayó la lluvia y la noche era obscura, con neblina y
viento; pero los ladrones mantuvieron su palabra y llegaron ataviados con sus
mejores vestidos, con sus armas afiladas y brillantes, y cada hombre llevaba además
en la mano su espada desenvainada y centelleante. Los patios estaban llenos con los
guardias que habían traído y algunos permanecieron afuera en las calles delante de la
entrada para precaverse en caso de una traición. Pero el anciano magistrado
desempeñaba muy bien su papel, y si sus viejas rodillas ajadas temblaban bajo su
vestido, su rostro era tranquilo y cortés. Ordenó a sus hombres que dejaran a un lado
las armas, y cuando los ladrones no vieron otras armas que las de ellos se sintieron
tranquilizados.
El anciano magistrado había hecho preparar por sus propios cocineros un
excelente festín y este festín debía ser servido para los jefes en la sala más retirada, y
los guardias de los ladrones debían comer en los patios. Cuando todo estuvo pronto,
el magistrado condujo a los jefes a la sala del festín, señalando el sitio de honor al
Leopardo; éste, después de muchas cortesías y rechazos, lo aceptó, y el anciano
magistrado se sentó en el del huésped. Pero había tenido la precaución de hacerlo
colocar cerca de una puerta, pues una vez que hubiera botado[18] su copa de vino a
guisa de señal pensaba escapar y esconderse hasta que todo hubiese terminado.
Comenzó, pues, el festín; el Leopardo al principio bebió con moderación,
mientras lanzaba furibundas miradas a los jefes que bebían con demasiada facilidad.
Pero el vino era el mejor de toda la región, y los platos, ingeniosamente sazonados
para dar sed a los hombres, platos que los ladrones, acostumbrados a su grosera
comida, nunca habían gustado. Por fin su reserva se esfumó y comieron y bebieron
inmoderadamente y los guardias hicieron lo mismo en los patios, tanto más cuanto
que no eran tan razonables como sus jefes.
Entretanto, Wang el Tigre y sus hombres de confianza acechaban detrás de una
cortina que rodeaba una ventana con celosías, cerca de la puerta por donde debían
precipitarse a la pieza. Cada uno llevaba el sable desenvainado y listo, y en espera de
la señal. Cuando el festín había durado tres horas por lo menos, y el vino corría a
torrentes y los servidores presurosos acudían aquí y allá, y cuando los ladrones
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estaban embotados por la carne y el vino que habían ingerido, el anciano magistrado
empezó a temblar, y con el rostro como la cera, dijo:
—El más extraño de los dolores ha golpeado mi corazón.
Apresuradamente levantó su copa con vino, pero la mano le temblaba de tal modo
que la delicada porcelana cayó sobre las losas; con paso vacilante se dirigió hacia la
puerta y salió.
Entonces, antes de que hubiesen tenido tiempo de lanzar siquiera una
exclamación de sorpresa, Wang el Tigre hizo oír su silbido llamando a sus hombres, y
todos se abalanzaron por la puerta sobre los jefes de los ladrones y cada hombre de
confianza saltó sobre el que Wang el Tigre les había señalado previamente, pues
Wang el Tigre se reservaba matar al Leopardo.
Los servidores habían recibido la orden de que cuando oyeran el llamado cerraran
todas las puertas. Cuando el Leopardo vio este manejo se lanzó hacia la puerta por
donde había salido el anciano magistrado, pero Wang el Tigre saltó sobre él y le
sujetó los brazos. El Leopardo, que no tenía sino un sable corto que había
desenvainado al saltar, se sintió impotente. Cada hombre se arrojó, pues, sobre su
enemigo y en la sala sólo se oían gritos y blasfemias y gente que luchaba; ninguno de
los hombres de confianza miró para ver qué hacían los demás antes de haber matado
al que le había sido designado. Pero como era fácil matar a muchos de los ladrones,
pues estaban muy bebidos, cuando cada cual hubo muerto a su enemigo, fue en busca
de Wang el Tigre para ver cómo se desempeñaba y ayudarlo.
El Leopardo no era en manera alguna un enemigo despreciable; aunque a medias
borracho, era tan rápido en acometer y en defenderse, que Wang el Tigre no lograba
terminar con él de un sablazo. Pero rehusó ayuda, pues quería para sí la gloria de
vencer al Leopardo. Y cuando vio con qué valentía aquel hombre se defendía con la
única y miserable arma que había conseguido, se sintió lleno de admiración, como
todo hombre valiente en presencia de un enemigo que es también valiente, y sintió
tener que matar a un hombre así. Pero debía hacerlo; acorraló, pues, al Leopardo en
un rincón con su sable centelleante y el hombre, ahíto de comida y demasiado ebrio,
no pudo desplegar sus medios de defensa. Además la situación del Leopardo era
desesperada, pues había aprendido por sí solo todo lo que sabía, en tanto que Wang el
Tigre había sido instruido en un ejército y conocía la táctica de las armas y toda
suerte de pases y de tretas. Llegó un momento en que el Leopardo no fue capaz de
defenderse tan rápidamente, y Wang el Tigre hundió su sable en las tripas de su
adversario, y le retorció con fuerza hasta que sangre y agua brotaron a un tiempo. Y
cuando el Leopardo, moribundo, cayó, lanzó a Wang el Tigre una mirada tan feroz,
que éste no la debía olvidar mientras viviera. Y aquel hombre parecía en efecto un
leopardo, pues no tenía los ojos negros como la mayoría de los mortales, sino pálidos
y amarillos como el ámbar. Cuando Wang el Tigre lo vio por fin inmóvil y muerto,
con sus grandes ojos amarillos abiertos y fijos, se dijo para sí que era un verdadero
leopardo, pues además de sus ojos tenía el cráneo ancho de arriba y echado hacia
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atrás, en forma curiosa y bestial. Los hombres de confianza se reunieron entonces
para felicitar a su capitán, pero Wang el Tigre, que tenía aún su espada ensangrentada
y miraba fijamente al muerto, no pareció oírlos y dijo, con tristeza:
—Siento haberlo tenido que matar, pues era un hombre valiente y fiero, que tenía
en los ojos la mirada de un héroe.
Y mientras contemplaba tristemente la tarea que se había visto obligado a
ejecutar, el Matador de Cerdos dijo que el corazón del Leopardo no estaba todavía
frío; y antes que nadie se diera cuenta de lo que pensaba hacer, había alargado la
mano y tomando una escudilla de la mesa, con la habilidad delicada que caracterizaba
su grosera mano, hizo un corte en el seno izquierdo del Leopardo, y abrió las
costillas, y el corazón del Leopardo saltó del corte, y el Matador de Cerdos lo recogió
en la escudilla. En realidad, el corazón no estaba todavía frío y palpitó una o dos
veces. El Matador de Cerdos tendió la escudilla a Wang el Tigre, exclamando, en voz
alta y regocijada:
—Tómalo y cómelo, capitán, pues antiguamente se decía que el corazón de un
enemigo valiente comido aún caliente hace el corazón dos veces valiente:
Pero Wang el Tigre rehusó. Se volvió hacia un lado y dijo, con altivez:
—No lo necesito.
Y su mirada cayó sobre el piso, cerca del sitio en que el Leopardo había estado
festejándose, y vio brillar su sable. Lo recogió. Era un hermoso sable de acero, como
no se hacen hoy día, tan aguzado que habría podido pinchar una pelota de seda, y tan
bien templado que habría podido cortar en dos una nube. Wang el Tigre lo probó
sobre el vestido del ladrón que allí estaba y antes de que hubiera apoyado siquiera la
hoja penetró hasta el hueso del hombre. Y Wang el Tigre dijo:
—Tomaré para mí solamente este sable. Nunca he visto un sable como éste.
Oyó entonces un ruido ahogado. Era el Apestado que al ver la acción del Matador
de Cerdos había empezado a vomitar. Y Wang el Tigre, al verlo, dijo con
benevolencia, pues sabía que era la primera vez que el muchacho veía matar
hombres:
—Has hecho bien en no enfermarte antes de ahora. Ve al patio a respirar aire
fresco.
Pero el muchacho rehusó porfiadamente, y Wang el Tigre, contento, dijo:
—Si yo soy un Tigre, tú bien puedes ser su cachorro.
Y el muchacho, feliz, sonrió y sus dientes brillaron en la palidez enfermiza de su
rostro.
Cuando Wang el Tigre hubo realizado lo que había prometido hacer, salió a los
patios para ver qué habían hecho sus hombres con los ladrones de menor categoría.
Era una noche nebulosa y sombría y las siluetas de los hombres apenas se destacaban
en medio de la obscuridad. Les ordenó entonces que encendieran antorchas y vio que
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solamente algunos enemigos yacían muertos; esto lo llenó de contento, pues les había
advertido que no mataran a tontas y a locas para dejarles la oportunidad, si eran
valientes, de cambiar de bandera.
Pero la tarea de Wang el Tigre no había terminado aún. Estaba resuelto a asaltar la
guarida de los ladrones ahora que estaba debilitada y antes de que los ladrones
tuviesen tiempo de llevar refuerzos. Ni siquiera vio al anciano magistrado; se
contentó con mandarle decir:
—No reclamaré recompensa alguna hasta haber destruido ese nido de avispas.
Y llamando a sus hombres partieron a través de la obscuridad de la noche hacia la
Montaña del Doble Dragón.
No obstante, los hombres no lo seguían de buenas ganas, pues habían combatido
toda esa noche y tenían que caminar unas tres millas o más, y quizás pelear de nuevo;
y muchos habían creído que les sería permitido saquear la ciudad en recompensa de
la victoria. Se quejaron, pues, diciendo:
—Hemos combatido y hemos arriesgado nuestra vida por ti, y no nos has dejado
tomar botín alguno. Nunca habíamos servido bajo un amo tan duro, pues nunca
hemos oído que los soldados debieran combatir sin recibir su botín; y ni siquiera
hemos tocado a una muchacha y a pesar de ello no nos das más libertad.
Al principio Wang el Tigre no quiso contestar, pero cuando vio que muchos
murmuraban entre sí, no pudo contenerse y comprendió que debía mostrarse duro y
cruel si no quería que lo traicionasen. Se volvió hacia ellos con aire amenazador, hizo
silbar en el aire su hermoso sable y rugió:
—Maté al Leopardo y sin misericordia mataré a cualquiera de vosotros. ¿No
tenéis, pues, inteligencia? ¿Cómo podríamos saquear la ciudad que esperamos llegue
a ser nuestra sin echarnos encima, desde la primera noche, el odio de la población?
Basta ya de estúpidas palabras. Cuando lleguemos a la guarida podréis saquearlo y
tomarlo todo, pero no forzar contra su voluntad a ninguna mujer.
Entonces los hombres, dominados, dijeron:
—Pero, capitán, no hacíamos sino embromar.
Y uno agregó un tanto admirado:
—Capitán, no era yo quien me quejaba; pero si saqueamos el refugio; ¿dónde
habitaremos entonces?
Wang el Tigre contestó con rudeza, pues aún estaba encolerizado:
—No somos una banda de ladrones ni yo soy un vulgar jefe de ladrones. Y tengo
un plan mucho mejor si estáis dispuestos a confiar en mí. Ese refugio será quemado
hasta sus bases y la maldición de los ladrones desaparecerá de este país, de manera
que la gente nada tenga que temer.
Entonces los soldados, aun sus hombres de confianza, se manifestaron más
extrañados que nunca, y uno dijo, hablando por boca de todos:
—¿Qué seremos entonces?
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—Seremos guerreros, no ladrones —respondió Wang el Tigre, duramente—.
Viviremos en la ciudad y en los patios del magistrado; formaremos su ejército
particular y no tendremos por qué temer a nadie, pues estaremos bajo la protección
del Estado.
Entonces los hombres guardaron silencio, abismados ante el talento de su jefe, y
su mal humor se disipó como por encanto. Llenos de confianza en su capitán, reían
mientras subían las gradas que conducían al refugio. En torno de ellos las nubes
formaban espirales y las antorchas humeaban entre la fría neblina. Llegaron de pronto
a la entrada del desfiladero. El guardia que estaba allí, aterrorizado, fue incapaz de
correr, y uno de los hombres lo atravesó con su espada, sin darle tiempo para hablar.
Wang el Tigre vio esto, pero no reconvino esta vez al hombre, pues no había muerto
sino a uno; pero comprendía que un capitán debía ser severo con seres tan ignorantes
y salvajes, que podían rebelarse y hacerlo pedazos. Dejó, pues, al guardia muerto y
continuaron avanzando hasta las puertas del refugio.
Este refugio era en efecto semejante a una ciudad; tenía un muro de roca
recubierto con arcilla y cal, lo que lo hacía muy sólido, y una puerta de dos batientes
asegurados con barras de fierro embutidas en la muralla. Wang el Tigre golpeó en la
puerta, pero estaban cerradas con llave, y nadie contestó. Cuando después de golpear
de nuevo tampoco obtuvo respuesta, comprendió que habían sabido lo que había
sucedido a su jefe. Quizás algunos de los ladrones habían venido a advertirlos o
quizás todos habían huido del refugio y se habían atrincherado en las casas
preparándose para el ataque.
Entonces Wang el Tigre ordenó a sus hombres que fabricasen nuevas antorchas
con las hierbas secas del otoño y encendiéndolas hicieron un agujero en una de las
puertas, y cuando estuvo bastante grande, un hombre se deslizó por él y desatrancó
las puertas. Todos entraron entonces con Wang el Tigre a la cabeza. Pero el refugio
parecía muerto. Wang el Tigre se detuvo para escuchar y no se oía ruido alguno.
Entonces ordenó que los hombres avivasen el fuego de sus antorchas e incendiasen
las casas. Todos se apresuraron a ejecutar la orden, lanzando agudos chillidos
mientras los techos de paja empezaban a quemarse. Cuando todo el refugio empezó a
arder, la gente salía de las casas como las hormigas de un hormiguero. Hombres,
mujeres y niños salían como torrentes corriendo enloquecidos, y los hombres de
Wang el Tigre los mataban mientras corrían, hasta que éste les ordenó que los dejaran
escapar; entonces les permitió entrar a las casas y apoderarse de sus bienes.
Así, pues, los hombres de Wang el Tigre se precipitaron hacia las casas en que no
había mucho fuego y empezaron a sacar piezas de seda, restos de telas, vestidos y
todo lo que podían acarrear. Algunos encontraron oro y plata; y otros, jarros de vino y
víveres, y empezaron a comer y a beber con glotonería; y algunos, en su avidez,
murieron entre las llamas que ellos mismos encendieron. Entonces Wang el Tigre,
viendo cuán infantiles eran, envió a sus hombres de confianza para que impidieran
que murieran muchos.
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Wang el Tigre permaneció aparte vigilándolo todo, acompañado del hijo de su
hermano, pues no quiso que el muchacho tomara parte en el saqueo. Le dijo:
—No, muchacho; nosotros no somos ladrones. Tú eres de mi propia sangre, y
nosotros no robamos. Ésos son hombres vulgares e ignorantes, y de vez en cuando
debo dejarlos proceder a su gusto, pues si no me servirían con fidelidad y más vale
darles libertad aquí. Los empleo como instrumentos; son los medios con que cuento
para llegar a la grandeza. Pero tú no eres como ellos.
Así, pues, retuvo al muchacho a su lado, lo que fue una suerte, pues sucedió algo
curiosísimo. Mientras Wang el Tigre permanecía apoyado sobre su fusil
contemplando las casas incendiadas donde el fuego empezaba a humear bajo la
ceniza, el muchacho lanzó un grito. Wang el Tigre se volvió y vio que un sable caía
sobre su cabeza. Levantó entonces el suyo al encuentro de la hoja, que se deslizó a lo
largo del pulido sable y cayó sobre su mano, haciéndole una ligera herida, rebotando
después sobre el piso.
Pero Wang el Tigre saltó en medio de la obscuridad más pronto que un tigre y
apoderándose de alguien lo arrastró a la luz de los incendios. Era una mujer.
Permaneció allí confundido, teniéndola aún cogida de un brazo, y el muchacho
exclamó:
—Es la mujer que vi bebiendo con el Leopardo.
Pero antes que Wang el Tigre hubiese dicho una palabra la mujer empezó a
retorcerse tratando de escapar, pero cuando vio que estaba sólidamente sujeta echó la
cabeza hacia atrás y escupió a los ojos de Wang el Tigre. Nunca cosa tal le había
sucedido hasta entonces, y era algo tan asqueroso y tan innoble que levantando la
mano la golpeó en la mejilla como se hace con un niño voluntarioso; y la marca de
sus dedos quedó estampada en rojo sobre la mejilla; le gritó:
—Esto es para ti, tigresa.
Dijo esto sin pensar en lo que decía, y ella le contestó, con perfidia:
—¡Quisiera haberte muerto, maldito! ¡Estaba segura de matarte!
Él respondió con severidad, manteniéndola con firmeza:
—Ya sé que esperabas conseguirlo y si no hubiera sido por mi muchacho
apestado estaría ahora muerto con el cráneo abierto.
Y llamó a sus hombres para que trajesen un cordel de alguna parte y ataran a la
mujer contra un árbol, cerca de la puerta, mientras resolvía qué hacer con ella.
La ataron, pues, sólidamente, y tanto se debatió que los cordeles se hundieron en
la carne sin lograr por eso soltar las amarras; y mientras se debatía los maldecía a
todos, en particular a Wang el Tigre, con injurias tan numerosas e innobles como
nunca habían oído en parte alguna. Wang el Tigre no cesó de vigilarla mientras sus
hombres la agarrotaban, y cuando éstos hubieron vuelto a sus quehaceres empezó a
pasearse delante de ella y cada vez que pasaba la miraba. Cada vez la miraba más
detenidamente y con mayor extrañeza. La veía joven, de rostro hermoso, duro y
vivaz, labios delgados y rojos, frente alta y lisa y ojos penetrantes que
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relampagueaban de cólera. Sí, ese rostro era hermoso, aun ahora contorsionado por el
odio; y cada vez que pasaba delante, ella, mirándolo fijamente, lo escupía.
Pero él no le hacía caso. Se limitaba a contemplarla en silencio y, después de un
rato, cuando el alba reemplazaba a la noche, rendida y adolorida, como la habían
atado tan sólidamente, no pudo soportar más; ya no lanzaba injurias, se contentaba
con escupir, pero al cabo de un momento, tanto fue su sufrimiento, que dejó también
de escupir. Dijo, por fin, jadeante, humedeciéndose los labios:
—Suéltame un poco, sufro demasiado.
Pero Wang el Tigre no le hizo caso y sonrió con dureza, pues creía que era un
ardid. Ella le suplicó cada vez que se acercaba, pero él no contestó. Por fin en una de
sus vueltas la vio muda, con la cabeza colgando. Pero no se acercó a ella, pues no
quería recibir escupos; creyó que fingía un desmayo. Pero cuando hubo pasado
muchas veces sin que se moviera envió al muchacho, y el muchacho, tomándola del
mentón, le levantó el rostro y comprobó que realmente estaba desvanecida.
Entonces Wang el Tigre se acercó y mirándola de cerca vio que era más hermosa
aún de lo que la había visto a la incierta y vacilante luz de los expirantes incendios.
No tenía más de veinticinco años y no parecía ser una mujer vulgar, hija de algún
campesino; no podía imaginarse quién era, cómo había llegado allí y dónde el
Leopardo había encontrado una mujer así. Gritó a un soldado para que cortara las
ligaduras y la hizo atar, pero no tan reciamente y sin fijarla contra el árbol. Ordenó
que la tendieran en el suelo, y no volvió en sí hasta que empezó el día y el sol disipó
las brumas matinales.
A esa hora Wang el Tigre llamó a sus hombres y les dijo:
—Ha llegado la hora. Tenemos algo mejor que hacer.
Los hombres, poco a poco, cesaron en sus querellas a propósito del botín y se
reunieron a su llamado. Con voz fuerte e imperiosa y el fusil pronto a disparar contra
los que no quisieran obedecer, dijo:
—Reúnan todas las municiones y todos los fusiles que hay aquí, pues me
pertenecen. Ésa será mi parte.
Cuando lo hubieron hecho, Wang el Tigre contó los fusiles: había ciento veinte
fusiles y una buena provisión de municiones. Pero algunos de los fusiles eran viejos y
mohosos y de escaso valor y de un modelo antiguo, difícil de manejar; los apartó para
deshacerse de ellos cuando hubiera conseguido mejores.
Entonces, en medio del refugio humeante y en ruinas, los hombres hicieron
atados el botín, y Wang el Tigre volvió a contar los fusiles que habían encontrado y
los entregó a sus hombres más dignos de confianza. Finalmente se volvió hacia la
mujer atada. Había vuelto en sí y yacía en el suelo con los ojos abiertos. Cuando
Wang el Tigre la miró, ella le contestó con una mirada de ira, rudamente; dijo
entonces Wang el Tigre.
—¿Quién eres y dónde está tu casa para enviarte a ella?
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Pero no contestó ni una palabra. Se limitó a escupir por toda respuesta; su rostro
parecía el de una gata furiosa. Wang el Tigre, exasperado, gritó a dos de sus hombres:
—Pasad un palo por entre sus ligaduras, llevadla a casa del magistrado y metedla
a la cárcel. Tal vez entonces dirá quién es.
Los hombres obedecieron: con brutalidad pasaron el palo por entre los cordeles y
colocando cada extremo sobre sus hombros la llevaron como una carga oscilante.
Cuando todo estuvo pronto, el sol se había separado de la montaña. Wang el Tigre, a
la cabeza de sus hombres, descendió por el desfiladero. Del refugio salía todavía una
ligera nube de humo, pero Wang el Tigre no se volvió ni una sola vez para mirarlo.
Así avanzaron, a través del campo, por el camino que llevaba a la ciudad. Al ver
ese extraño cortejo, muchos lo miraban con el rabillo del ojo, en particular a la mujer
que colgaba del palo con la cabeza caída y el rostro pálido como ceniza. Toda la
gente se extrañaba, pero nadie se atrevía a preguntar qué había sucedido, por temor
de verse envuelto en alguna disputa. Tenían miedo, y cada cual, con los párpados
bajos, después de haber echado una ojeada, partía a sus quehaceres. Era mediodía y el
sol bañaba los campos cuando Wang el Tigre y sus hombres llegaron a la puerta de la
ciudad.
Pero cuando hubieron entrado en la obscuridad del pasaje de los muros de la
ciudad, su hombre de confianza, de labio leporino, se acercó a él y, llevándolo detrás
de un árbol que allí había, le dijo, con la voz silbante a causa de la importancia de lo
que tenía que decir:
—Debo deciros algo, mi capitán. Más vale no tener nada que hacer con esta
mujer. Tiene rostro de zorro y ojos de zorro, y las mujeres así son mitad mujer y
mitad zorro, y malvadas hechiceras. Déjame darle una puñalada y terminemos con
ella.
Wang el Tigre, que a menudo había oído hablar de lo que son capaces de hacer las
mujeres así, lanzó una carcajada y dijo, con temeridad:
—No tengo miedo ni de los hombres ni de los espíritus, y ésta no es sino una
mujer.
Y apartándose del hombre se puso a la cabeza del cortejo.
Pero su hombre de confianza lo siguió refunfuñando para sí: «Pero esta mujer es
más mala que un hombre y más pérfida que una mujer».
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XIV
CUANDO Wang el Tigre llegó a los patios donde la noche precedente había
llevado a cabo tal hazaña y cuando sus hombres, con paso inseguro, pues estaban
muy fatigados, se le hubieron reunido, encontraron los patios limpios como antes lo
habían estado. Los muertos habían sido retirados y la sangre lavada. Guardias y
sirvientes ocupaban sus puestos, y cuando Wang el Tigre franqueó la puerta y avanzó
con tanta arrogancia como un rey, atemorizados se apresuraron a hacerle una
reverencia.
Pero él, erguido y altivo, el rostro orgulloso, avanzaba a largos pasos a través de
los patios y salas. Sabía ahora que tenía a toda la región en el puño de su mano.
Volviéndose hacia el guardia que ahí estaba, le gritó:
—Toma esa mujer agarrotada y métela en alguna de las prisiones. Vigílala y
preocúpate de que sea alimentada, pero que no la maltraten, pues es mi prisionera, y
cuando me plazca decidiré el castigo que merece.
Se detuvo entonces y siguió con la mirada a los hombres que la llevaban colgada
del palo. Estaba agotada y tenía el rostro más blanco que la cera. Sus labios mismos,
antes tan rojos, estaban ahora blancos y sus ojos se destacaban en medio de su palidez
más negros que la tinta, y jadeaba al respirar. Pero no cesaba de volver sus fieros ojos
hacia Wang el Tigre, y cuando vio que la miraba, torció el rostro en un gesto de furor,
pero su boca estaba seca. Y Wang el Tigre, asombrado, pues nunca había visto una
mujer así, se preguntaba qué haría con ella, y no era posible ponerla en libertad, pues,
encolerizada como estaba, tomaría venganza.
Pero dejó el asunto para más tarde y se presentó delante del anciano magistrado.
Éste lo había estado esperando desde el alba y, ataviado con su mejor traje, había
ordenado preparar una exquisita comida. Cuando vio entrar a Wang el Tigre se sintió
grandemente turbado, porque aunque estaba agradecido por lo que éste había hecho,
sabía no obstante que un hombre así no servía a nadie sin motivo y temía que la
recompensa exigida por Wang el Tigre fuera una carga más pesada que la impuesta
por el Leopardo.
Esperó, pues, presa de mortal angustia, y cuando le anunciaron que Wang el Tigre
había llegado y cuando lo vio entrar con pasos acompasados como corresponde a un
héroe, el anciano magistrado, inquieto y atemorizado, no sabía qué hacer con sus
manos y pies, los que, sin que se diera cuenta de ello, se movían y temblaban como si
tuviesen vida independiente. Pero invitó a sentarse a Wang el Tigre y éste contestó
con las respuestas obligadas por la cortesía. Terminados estos cumplidos y después
que Wang el Tigre se hubo inclinado varías veces, pero no profundamente, y que el
anciano magistrado hubo ordenado que llevasen té, vinos y alimentos, se sentaron y
conversaron de cosas sin importancia. Pero llegó el momento en que fue imposible
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evitar por más tiempo hablar de lo sucedido. Después de haber mirado a derecha e
izquierda, excepto hacia donde Wang el Tigre se encontraba, el anciano magistrado
abrió la boca para hablar. Pero Wang el Tigre se abstuvo de prestarle ayuda, pues
estaba seguro de su fuerza y conocía los temores del anciano magistrado; se contentó
con mirar fijamente al nervioso anciano, pues sabía que así lo atemorizaba, y esto,
dada su malicia, constituía para él un placer. Finalmente el anciano magistrado
empezó con vocecilla aflautada, floja y balbuciente:
—No dudes que nunca olvidaré lo que hiciste por mí la noche pasada, y que
nunca podré agradecerte el haberme libertado del azote que sufrí durante años y haber
afianzado la paz de mi vejez. ¿Y qué puedo decirte a ti, que me diste la libertad, y
cómo recompensarte a ti que eres para mí más que un hijo? ¿Y cómo recompensar a
tus valientes soldados? Pídeme lo que quieras, aunque sea mi empleo mismo, y te lo
concederé.
Y esperó, tembloroso, mordiéndose el dedo índice. Wang el Tigre permaneció
sentado tranquilo, esperando que el anciano magistrado hubiera terminado. Replicó
entonces, ponderadamente:
—No pido nada. Desde mi juventud he combatido contra los hombres malos y
perversos, y lo que hice fue para librar a la población de un azote.
Y guardó silencio de nuevo. Y el anciano magistrado habló a su vez:
—Tienes el corazón de un héroe de la antigüedad; no creía que existiesen en
nuestros días. Pero no podría cerrar los ojos en paz ni siquiera después de muerto si
no pudiera agradecerte de cualquier manera.
Hablaron así alternativamente, y en cada réplica, emitida con todas las reglas de
la cortesía, se acercaban más al asunto que los preocupaba. Finalmente Wang el Tigre
dio a entender en palabras veladas que estaba resuelto a recibir en sus filas a todos los
hombres del Leopardo que quisieran cambiar de bandera. Entonces el viejo
magistrado, lleno de espanto, se apoyó en los brazos del sillón esculpido, y de pie
exclamó:
—¿Quieres entonces reemplazarlo como jefe de ladrones?
Y se dijo que en tal caso estaba perdido, pues aquel extraño individuo de cejas
negras que le había llegado de quién sabe dónde tenía aspecto más feroz y era más
hábil que el mismo Leopardo. Después de todo, el Leopardo era ya conocido y sabían
cuánto exigía. Y al pensar en esto el anciano magistrado empezó a gemir en voz alta,
sin darse cabal cuenta de que lo hacía. Pero Wang el Tigre habló con rudeza,
diciendo:
—No tienes por qué temer. No tengo intenciones de convertirme en ladrón. Mi
padre era un hombre honrado que poseía tierras y de él recibí mi patrimonio. Yo no
necesito robar nada. Además, mis dos hermanos son personas ricas y distinguidas. Si
yo logro abrirme un futuro camino hacia la grandeza, será por mi pericia en la guerra
y no por viles astucias como las que emplean los ladrones. No; ésta es la recompensa
que espero de ti. Déjame permanecer aquí con mis hombres y nómbrame general en
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jefe del ejército. Figuraremos como parte de tu escolta y te protegeré contra los
ladrones y protegeré también a la población. Tú deberás alimentarnos y entregarnos
las entradas que nos correspondan, concediéndonos además la protección del Estado.
El anciano magistrado escuchaba todo esto con espanto, y dijo, con voz débil:
—Pero ¿qué haré con el general que ya tengo? No creas que abandonará tan
fácilmente su puesto.
A lo que Wang el Tigre contestó, con valentía:
—Arreglaremos esto mediante un combate, como se acostumbra entre gentes de
honor, y si él vence me retiraré dejándole mis hombres y mis fusiles. Si yo gano,
deberá irse dejándome los suyos.
Entonces el magistrado, gimiendo y suspirando, pues era un erudito, un
continuador de los sabios y un amante de la paz, envió en busca de su general. Al
cabo de un momento se presentó un pomposo hombrecillo de vientre saliente, de
barba escasa y cejas peinadas hacia arriba, con uniforme de guerra extranjero,
dándoselas de fiero y valiente. Arrastraba un largo sable y golpeaba los pies con
fuerza a cada paso que daba. Se inclinó tratando de parecer feroz.
Entonces, jadeante y transpirando, el anciano magistrado le hizo comprender de
qué se trataba, mientras Wang el Tigre, sentado, con la mirada ausente, parecía pensar
en otra cosa. Por fin el anciano magistrado guardó silencio e inclinó la cabeza,
diciéndose para sí que entre esos dos no tardaría en morir; siempre había creído a su
general hombre valiente, pues se arrebataba con facilidad, pero la ira de Wang el
Tigre, más pronta y concentrada, estaba retratada en su fisonomía.
Pues bien; el pequeño general, de vientre saliente, quedó bastante molesto con lo
que acababa de oír, y tomando el sable con su mano gordezuela pareció pronto a
lanzarse contra Wang el Tigre. Pero éste vio el gesto antes casi de que lo hubiese
hecho, aunque en ese momento pareciera mirar la terraza de peonías del patio, y
levantando el labio superior y dejando al descubierto sus blancos dientes y enarcando
sus espesas cejas se cruzó de brazos. Miró tan fija y severamente al pobre general,
que el hombrecillo, cambiando de parecer, se tragó su cólera como mejor pudo.
Como no era tonto, comprendió que su carrera había terminado, pues no se atrevía a
medirse con Wang el Tigre. Dijo, por fin, al anciano magistrado:
—Hace tiempo que pienso que debería volver a casa de mi padre, pues soy hijo
único, y está ya muy anciano. Nunca he podido hacerlo, porque los deberes que
desempeñaba en esta honorable corte eran arduos y continuados. Además de este
deber filial, me aqueja una enfermedad al vientre que me afecta de tiempo en tiempo.
Tú no ignoras, señor, esta enfermedad y sabes que, a pesar del deseo que tenía de
hacerlo, me ha impedido castigar, durante todos estos años, a esos ladrones. Ahora
me retiro contento a mi aldea natal para cumplir con mi deber para con mi padre y
para cuidar de mi enfermedad, siempre en aumento.
Dijo y saludó con terquedad; el anciano magistrado, levantándose, saludó a su
vez, y dijo:
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—Serás recompensado como mereces por estos años de fíeles servicios.
Y el magistrado, pesaroso, vio partir al pequeño general; suspirando se dijo que
después de todo había sido un guerrero muy cómodo y que, si bien no había
aniquilado a los ladrones, no era molesto tenerlo en casa, salvo cuando se dejaba
arrastrar por la ira a propósito de cualquiera insignificancia sobre la comida o la
bebida; pero ésos eran asuntos fáciles de arreglar. Y entonces el anciano magistrado
lanzó una furtiva mirada a Wang el Tigre y se sintió molesto, porque éste era joven,
de aspecto feroz y parecía tener carácter. Pero se limitó a decir en su tranquilo tono:
—Ahora tienes la recompensa que pedías Cuando el anciano general haya partido
puedes llamar a tus soldados. Pero hay otra cosa. ¿Qué diré yo a mis superiores
cuando sepan que he cambiado de general, y sobre todo cuando el anciano general
presente quejas en mí contra?
Pero Wang el Tigre era inteligente y contestó al punto:
—Todo esto se convertirá en gloría para ti. Diles que alquilaste a un valiente que
suprimió a los ladrones, y que lo retuviste a él y a sus hombres para que te sirvieran
de guardia privada. Forzaremos entonces al general —y yo te ayudaré— a que
escriba una carta pidiendo autorización para retirarse, nombrándome a mí en su lugar;
y entonces tendrás la gloria de haberme alquilado y de haber, mediante mi ayuda,
aniquilado a los ladrones.
Aunque apesadumbrado, el anciano magistrado vio que el plan no era malo y se
manifestó más contento, aunque temía a Wang el Tigre y temía su barbarie si un día
se volvía contra él. Pero Wang el Tigre le dejó con su temor, pues eso le convenía, y
sonrió con su helada sonrisa.
Wang el Tigre se instaló en los patios, pues el invierno llegaba del Norte. Estaba
contento con lo que había hecho; sus hombres estaban vestidos y alimentados, y
como las entradas empezaban a llegar podría comprarles vestidos de invierno y nadie
tendría frío ni hambre.
Cuando hubo llegado el invierno y todo estuvo arreglado, y cuando los días se
sucedían con monótona continuidad, Wang el Tigre recordó en un momento de
ociosidad a la mujer que tenía presa. Sonrió al pensar en ella y dijo al guardia de la
puerta:
—Ve y saca de la prisión a la mujer que envié hace sesenta días o algo así. La
había olvidado y aún no he determinado el castigo que le infligiré, pues trató de
matarme. —Sonrió en silencio y continuó—: Apostaría a que ahora está domada.
Esperó, pues, sintiendo curiosidad por saber hasta qué punto estaría domada.
Estaba sentado solo en su sala particular y a su lado tenía un brasero lleno de brasas
ardientes. Afuera el patio estaba cubierto de nieve que caía en gruesos copos; cubría
de una capa espesa las ramas de los árboles, pues aquel día no había habido viento,
sino un frío agudo y helado por la humedad de la nieve que caía. Pero Wang el Tigre
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esperaba sin hacer nada, calentándose al lado del brasero, envuelto en un vestido de
piel de oveja; y una piel de tigre colgaba del respaldo de su sillón, para preservarlo de
las corrientes de aire.
Había transcurrido casi una hora cuando oyó un tumulto en el patio, y miró
entonces hacia la puerta. El guardia llegaba con la prisionera, ayudado por otros dos.
A pesar de eso, se debatía cómo podía de las cuerdas que la ataban. Pero los guardias
la introdujeron por fuerza en la pieza, y la nieve entró en la sala con ella. Cuando por
fin, lograron mantenerla quieta sólidamente delante de Wang el Tigre, el guardia dijo,
excusándose:
—General, perdóname por haber tardado tanto en obedecer tus órdenes. Pero a
cada paso hemos tenido que luchar con esta hechicera. Se había acostado desnuda en
el lecho de su prisión, y por decencia no podíamos entrar, pues somos hombres
respetables, casados y padres de familia; las otras mujeres de la prisión tuvieron que
obligarla a vestirse. Las mordía, las rasguñaba y se resistía, pero por fin lograron
cubrirla lo bastante para que pudiésemos entrar y arrastrarla afuera. Está loca, tiene
que estar loca. Nunca habíamos visto una mujer así. En la prisión hay algunos que
dicen que no es mujer, sino un zorro transformado en mujer por un diabólico designio
de los demonios.
Pero la mujer, al oír esto, de una sacudida echó hacia atrás su cabellera suelta. La
había cortado hacía tiempo, pero ahora le llegaba casi hasta los hombros. Chilló:
—No estoy loca, a menos que sea de odio contra él.
Y lanzando una maldición levantó la barbilla hacia Wang el Tigre y le lanzó un
escupo. Y habría caído sobre él si éste no se hubiera echado hacia atrás y si los
guardias, al ver su intención, no la hubieran alejado de un tirón; el escupo cayó,
silbando, sobre los carbones ardientes del brasero. El guardia, estupefacto, repitió
convencido:
—Ya ves que está loca, mi general.
Pero Wang el Tigre no dijo nada. Se limitó a fijar sus ojos en la extraña criatura y
a oír lo que decía, pues aun cuando lanzaba maldiciones no era el lenguaje de una
mujer vulgar e ignorante. La miró atentamente y vio que era delgada, reducida ahora
a una flacura excesiva, pero no por eso menos hermosa y altiva, y que en nada se
parecía a una vulgar campesina. Tenía, sin embargo, pies grandes, como si nunca
hubiesen sido apretados, y eso no era costumbre en esas regiones para una mujer de
buena familia. No comprendía nada en medio de todas estas contradicciones, y se
limitaba a contemplarla, examinando sus hermosas cejas negras arqueadas encima de
sus furibundos ojos, y sus labios delgados que dejaban al descubierto sus dientes
blancos y unidos; y comprendió que era la mujer más hermosa que nunca viera. Sí,
aun con su rostro pálido y adelgazado e iracundo, era hermosa. Dijo por fin,
lentamente:
—Nunca te había conocido. ¿Por qué me aborreces?
Y la mujer, apasionada, contestó con voz clara y penetrante:
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—Mataste a mi señor, y no descansaré hasta que lo haya vengado. Aunque me
mates, no cerraré los ojos hasta que lo haya vengado.
Al oír esto, el guardia, lleno de horror, levantó el sable y gritó escandalizado:
—¿A quién estás hablando, bruja?
Y la habría golpeado en la boca con la hoja del sable si Wang el Tigre no le
hubiera indicado que no había que tocarla. Wang el Tigre dijo entonces con su voz
tranquila:
—¿Era el Leopardo tu amo?
Y ella exclamó con la misma penetrante y apasionada voz:
—¡Sí!
Entonces Wang el Tigre, inclinado con negligencia hacia adelante, dijo, tranquilo
y despreciativo:
—Yo lo maté. Ahora tienes un nuevo amo, y ese amo soy yo.
Al oír esto, la mujer dio un paso hacia adelante como si hubiese querido arrojarse
sobre él, pero los dos guardias la sujetaron vigilados por Wang el Tigre. Y cuando de
nuevo la tuvieron atada sin poder moverse, el sudor corría de su frente, y jadeando y
sollozante se obstinaba en fijar sus iracundos ojos sobre Wang el Tigre. Entonces él
encontró sus ojos y la miró fijamente, y ella, desafiante, contestó su mirada como si
no le temiera y como si hubiera resuelto hacerle bajar los ojos. Pero Wang el Tigre se
limitaba a mirarla inflexiblemente, sin cólera aparente, con grande y tranquila
paciencia.
La mujer resistió durante largo rato, pero por fin, mientras él, impasible, seguía
mirándola, ella bajó los párpados, lanzó un grito, y volviéndose dijo a los guardias:
—Llevadme a la prisión.
Y no quiso mirarlo otra vez.
Entonces Wang el Tigre, sonriendo con su sonrisa triste, le dijo:
—Ya ves, te había dicho que tenías un nuevo amo.
Pero no contestó nada. Agotada, entreabrió los labios jadeando. Finalmente
ordenó a los guardias que la llevaran, y se dejó conducir sin resistencia, contenta de
alejarse de él.
Entonces Wang el Tigre sintió curiosidad por saber quién era y cómo había
llegado a la cueva de los ladrones. Así pues, cuando el guardia volvió moviendo la
cabeza y diciendo: «He tenido muchos salvajes entre mis manos, pero nunca como
esa tigresa», Wang el Tigre le dijo:
—Di al jefe de la prisión que deseo saber quién es y por qué estaba en el refugio.
—No quiere contestar a ninguna pregunta —dijo el guardia—. No habla nada. Al
principio rehusaba también comer, y ahora devora, no como si tuviera hambre, sino
como si comiera para fortificarse y llevar a cabo algo que se propone. Las mujeres
son curiosas y han ensayado todos los medios para hacerla hablar, pero todo ha sido
inútil. Es tan orgullosa y obstinada, que creo que ni la tortura la haría hablar. ¿Le
aplicamos tortura, mi general?
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Wang el Tigre pensó durante un momento, y, apretando los dientes, terminó por
contestar:
—Si no hay otro medio, apliquemos tortura. Debe obedecerme. Pero no debes
torturarla hasta que muera. —Y después de un momento agregó—: Y que no le
quiebren ningún hueso ni le lastimen la piel.
Al final del día el guardia volvió una vez más para hacer su informe, y dijo
consternado:
—Mi general, no es posible obligar a hablar a esta mujer si la torturamos tan
suavemente como para no romperle los huesos y ni echar a perder su piel. Se burla de
nosotros.
Entonces Wang el Tigre lo miró sombríamente y dijo:
—Déjala por el momento. Y dale carne y vino para comer y para beber.
Y relegó el asunto en su memoria hasta que hubiera pensado qué hacer con ella.
Luego, mientras esperaba que le viniese una idea, Wang el Tigre envió a su fiel
hombre de confianza hacia el Sur, a su antigua morada, y le ordenó contar a sus
hermanos todo lo que le había sucedido y el triunfo que había logrado sin perder casi
ningún hombre, y cómo se había atrincherado en esa región. No obstante advirtió al
hombre diciendo:
—No debes ponderar demasiado lo que he hecho, pues esta pequeña plaza y este
pequeño distrito no son sino el primer paso hacía la alta montaña de gloria que se
yergue ante mí; y no debes hacer creer a mis hermanos que he llegado hasta donde
deseo llegar, pues vendrán y me implorarán que ayude a tal o a cuál de sus hijos, y
estoy harto de sus hijos, a pesar de que no tengo el hijo que desearía tener. Cuéntales
lo menos posible de mi triunfo, y cuéntaselo de modo que me envíen los fondos que
aún necesito, pues tengo cinco mil hombres que alimentar y equipar, y comen como
lobos. Pero diles que ya he comenzado y que continuaré hasta tener la provincia
entera bajo mi mando, y después de ésta, otras provincias. No hay barreras en mi
camino.
Todo esto prometió hacer el hombre de confianza, y vestido como un pobre
peregrino que va a hacer sus devociones a algún templo lejano, partió hacia el Sur.
Wang el Tigre empezó entonces a organizar a sus hombres; y era verdad que tenía
derecho a sentirse orgulloso de lo que había hecho. Estaba establecido
honorablemente, y no como un vulgar jefe de ladrones, en la propia corte del
magistrado y como parte del gobierno de la región. Y en todas partes su fama
circulaba a través de la región, y en todas partes se hablaba de Wang el Tigre, y
cuando abría listas de enrolamiento para cualquiera que quisiera combatir bajo sus
órdenes, los hombres acudían en tropel. Pero los escogía cuidadosamente, separaba a
los viejos y a los ineptos y a los que parecían de constitución débil, o medio ciegos o
imbéciles, y los despedía lo mismo que a los soldados del Estado que no parecían
capaces o fuertes, pues muchos de ellos habían entrado al ejército sólo para comer.
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Así Wang el Tigre se formó un poderoso ejército de cerca de ocho mil hombres, todos
jóvenes y robustos y aptos para la guerra.
Tomó a los cien que tenía al principio, salvo los que habían muerto en el
encuentro con los ladrones o que perecieron en el incendio del refugio, y los ascendió
a sargentos o capitanes. Y cuando esto estuvo hecho, Wang el Tigre se guardó bien,
como otros seguramente lo hubieran hecho en su lugar, de permanecer en la ociosidad
y en el bienestar, comiendo y bebiendo. No; los obligaba a levantarse temprano, aun
en invierno, y ejercitaba a sus hombres y les enseñaba todas las astucias de la guerra
y de la batalla, y la manera de fingir un ataque y de preparar una emboscada, y el arte
de la retirada sin dejar pérdidas. Les enseñaba todo lo que su mente le sugería, pues
no tenía intenciones de permanecer en ese pequeño distrito del anciano magistrado.
No, sus sueños crecían, y él los dejaba en plena libertad.
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XV
LOS dos hermanos mayores de Wang el Tigre habían estado esperando con gran
impaciencia noticias de su aventura, pero cada hermano lo demostraba a su manera.
Wang el Mayor, desde que su hijo se había ahorcado, pretendía no preocuparse de su
hermano, y lloraba a su hijo cada vez que pensaba en él. Su mujer también lo hacía,
pero sus lamentos encontraban cierto alivio en las quejas que formulaba contra su
marido; a menudo decía:
—Desde el principio dije que no debía ir. Desde el principio dije que era una
torpeza para una familia como la nuestra enviar a un hijo para que fuera soldado. Es
una vida baja y vulgar.
Al principio Wang el Mayor había sido lo bastante estúpido para contestarle:
—Ignoraba que te oponías a su partida; creí que la deseabas con tanta mayor
razón cuanto que no empezaría su carrera de simple soldado; mi hermano lo
ascendería a medida que él ascendiera.
Pero la dama, pareciendo olvidar lo que había dicho, exclamó con vehemencia:
—Tú nunca sabes lo que yo digo, pues siempre estás pensando en otra cosa:
alguna mujer o algo por el estilo. Dije claramente y a menudo que no debía haber ido,
porque, ¿quién es tu hermano, sino un soldado vulgar? Si me hubieras escuchado,
nuestro hijo viviría; y era nuestro mejor hijo y con disposiciones para llegar a ser un
letrado. Pero nunca he sido escuchada, ni en mi propia casa.
Suspiró con el rostro dolorido, y Wang el Mayor no sabía dónde mirar; estaba
molesto, pues él mismo había desencadenado esta tormenta sobre su persona, y no
contestó ni una sola palabra, con la esperanza de que su cólera se aplacara así más
pronto. La verdad era que, desde que su hijo había muerto, la dama continuamente se
quejaba diciendo que, después de todo, había sido el mejor de sus hijos, aun cuando
en vida lo regañaba a menudo y pensaba que su hijo mayor era mucho mejor. Pero
ahora el mayor no la satisfacía en nada y el muerto le parecía mejor. Quedaba el
tercero, el jorobado, pero nunca se inquietaba por él desde que se había ido a vivir
con Flor de Peral; y decía, si alguien preguntaba por él:
—Es un poco débil y el aire del campo le prueba bien.
A veces, para no verse obligada a dar las gracias a Flor de Peral, le enviaba
algunos regalos, un pote de porcelana floreado o un resto de tela barata de media
seda, de hermosa apariencia y color llamativo, que Flor de Peral nunca usaba. Pero
Flor de Peral siempre lo agradecía graciosamente, cualquiera que fuese el obsequio, y
le enviaba en cambio huevos frescos o algún producto de la tierra. Entonces tomaba
la tela y se la daba a la tonta o le hacía una alegre casaca o zapatos para contentarla, y
daba el pote al jorobado, si le gustaba, o a la mujer del campesino que vivía en la casa
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de barro, si ésta prefería la porcelana floreada de la ciudad a su propia loza azul y
blanca.
Entre tanto, Wang el Segundo esperaba a su manera recibir noticias de su
hermano menor, mientras secretamente se informaba aquí y allá; había oído decir que
un jefe de ladrones del Norte había sido muerto por uno joven y valiente, pero no
sabía si era verdad o si el joven y valiente era su hermano. Esperó, pues, ahorrando
dinero, mientras llegaba el hombre de confianza y vendió las tierras de Wang el Tigre
cuando lo podía hacer con prudencia, colocando este dinero a un subido interés; y si
negoció con ese dinero no se lo dijo a nadie, pues lo consideraba justo pago por las
molestias que su hermano le ocasionaba, sin perjudicar por esto a aquél, pues nadie
habría servido con más interés los negocios de Wang el Tigre. Pero cuando el hombre
del labio leporino se detuvo en el umbral de la puerta, Wang el Segundo, ansioso por
oír la historia, reflejando en su rostro desacostumbrada vehemencia, hizo entrar al
hombre de confianza a su propia pieza y le sirvió té; entonces el hombre de confianza
dijo lo que tenía que decir y Wang el Segundo escuchó hasta el final sin despegar los
labios.
El hombre de confianza terminó diciendo, como se lo había ordenado Wang el
Tigre:
—Tu hermano y mi general dice que no debemos precipitarnos y suponer que ha
llegado a la cima de la montaña, pues éste es sólo su primer paso; domina ahora en un
pequeño distrito, pero sueña con hacerlo en la provincia.
Wang el Segundo dio un respiro y preguntó:
—¿Pero lo crees bastante seguro como para arriesgar mi dinero?
Entonces el hombre de confianza respondió:
—Tu hermano es un hombre muy inteligente y muchos hombres se habrían
contentado con establecerse en el refugio de los ladrones y merodear en la región.
Pero tu hermano es demasiado avisado para eso y sabe que un ladrón tiene que ser
respetado antes de convertirse en rey; con tal fin ha buscado apoyo en el Estado. Si
bien es cierto que sólo se trata de un pequeño distrito, pertenece al Estado y es
general del Estado, y cuando llegue la primavera y se trabe en batalla con otros
señores de la guerra o encuentre motivos de querella con alguien, entonces se
presentará con autoridad y no como un rebelde.
Esta precaución fue muy del agrado de Wang el Segundo, y, como era cerca de
mediodía, dijo con más atención de la habitual:
—Ven y come y bebe con nosotros si crees que puedes soportar nuestra vulgar
comida —y salió con el hombre y lo sentó en la mesa familiar.
Cuando la mujer de Wang el Segundo vio al hombre de confianza, le dio la
bienvenida a gritos, como era su costumbre, diciendo:
—¿Qué noticias traes de mi hijito el Apestado?
El hombre de confianza, poniéndose entonces de pie, dijo que su hijo se hallaba y
se comportaba muy bien y que el general seguramente pensaba ascenderlo, pues
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siempre lo tenía a su lado. Pero antes de que pudiera continuar, la mujer le gritó que
se sentara dejándose de cortesías. Hízolo, y entonces pensó contarle la aventura del
muchacho en la cueva de los ladrones, y cuán avisado era y cuán mañosamente había
llevado a cabo su hazaña. Pero se contuvo, pues sabía que las mujeres son muy
extrañas, de temperamento incierto, y las madres sobre todo, pues ven espantos y
daños en todo lo que se refiere a sus hijos, aun cuando no haya motivo para
suponerlo. Se contentó con guardar silencio cuando hubo dicho lo suficiente para
alegrarla.
Pocos minutos después había olvidado sus preguntas, pues estaba ocupada en
muchas cosas y se movía de aquí para allá trayendo y quitando de la mesa diferentes
platos, con un niño colgado del pecho, mientras trabajaba. El chiquillo mamaba
tranquilamente mientras ella con su brazo libre sacaba alimentos para el huésped,
para su marido y para los gritones y hambrientos chiquillos que no comían en la
mesa, sino que permanecían de pie en la puerta o en la calle con sus escudillas y
palillos; y cuando las escudillas quedaban vacías entraban corriendo en demanda de
nuevo arroz y verduras y carnes.
Después de terminada la comida y después de haber bebido el té, Wang el
Segundo condujo al hombre de confianza hasta la puerta de la casa de Wang el Mayor
y allí le ordenó que esperara hasta que él llamara a su hermano y pudieran ir a una
casa de té para conversar. Dijo al hombre que no se mostrara, por miedo a que la
dama lo viera, y entonces se verían obligados a entrar y oír su charla durante un rato.
Y al decir esto Wang el Segundo pasó a través de uno o dos patios hasta las piezas de
su hermano mayor y allí lo encontró profundamente dormido al lado de un brasero
lleno de carbones encendidos, roncando después de su comida de mediodía.
Pero cuando Wang el Mayor sintió sobre su brazo el ligero toque de su hermano
se levantó dando un bufido, amodorrado aún por el sueño, comprendiendo sólo
después de qué se trataba; tomó entonces los vestidos de piel que había dejado a un
lado y siguió a su hermano suavemente para no ser oído. Nadie lo vio salir, excepto
su linda concubina, quien asomó la cabeza fuera de su puerta para ver quién pasaba, y
Wang el Mayor le hizo con la mano un gesto de silencio y ella lo dejó ir, pues, si bien
se manifestaba tímida y medrosa delante de la dama, en el fondo era una criatura
suave y cariñosa, que seguramente diría que no lo había visto si alguien se lo
preguntaba.
Se encaminaron juntos a la casa de té y allí el hombre de confianza contó su
historia otra vez; Wang el Mayor se lamentaba en su corazón por carecer de otro hijo
que entregar a su hermano menor y envidiaba la suerte de Wang el Segundo, cuyo
hijo se desempeñaba tan bien. Pero por entonces se guardó todo para sí y habló
amablemente con el hombre y convino en todo lo que dijo su hermano respecto del
dinero que debían enviar, esperando llegar de nuevo a su casa.
De pronto sintió que su corazón rebosaba de envidia y salió en busca de su hijo
mayor. El muchacho estaba en su pieza de ocioso, recostado en su cama encortinada,
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leyendo un disoluto y lascivo cuento llamado Las tres hermosas mujeres; cuando vio
a su padre se sobresaltó y escondió el libro bajo el vestido, pero su padre estaba tan
preocupado que no se fijó en lo que hacía; empezó a hablar de prisa:
—Hijo, ¿deseas siempre ir al lado de tu tío y llegar a ocupar un puesto de
importancia?
Pero el muchacho había pasado ya ese momento de su vida y ahora bostezaba
delicadamente, y su boca linda y roja parecía la de una niña cuando la abría; mirando
a su padre y sonriendo con desgano repuso:
—¿Fui alguna vez tan tonto como para querer ser soldado?
—Pero no serás un soldado —dijo su padre con ansiedad—. Desde el comienzo
estarás muy por encima de un soldado, al lado de tu tío.
Y bajando la voz, agregó instando a su hijo:
—Tu tío es un general y se ha establecido por su cuenta gracias a la estratagema
más hábil que nunca había oído, y lo peor ha pasado ya.
Pero el muchacho movió la cabeza voluntariosamente, y Wang el Mayor, a
medias enojado y a medias esperanzado, miró a su hijo que yacía en la cama. En ese
momento un destello de luz iluminó a ese hombre y vio a su hijo tal como era: un
mancebo melindroso, molesto y ocioso, sin ninguna ambición, salvo para divertirse; y
su único temor era no estar tan bien vestido o menos a la moda que los otros jóvenes
que conocía. Wang el Mayor miró a su hijo tendido sobre los cojines de seda de su
cama, vestido enteramente de seda hasta en su ropa interior, con zapatos de raso, con
el cutis aceitado y perfumado y el pelo también perfumado y alisado con algún aceite
extranjero. Porque el mancebo procuraba que su cuerpo fuera totalmente hermoso y
estaba a punto de reverenciarse por su suavidad y belleza; y se sentía recompensado
cuando los que se divertían con él en las casas de juego o en los teatros lo alababan
por ello. Sí, como todos lo podían comprobar, era un joven señor de una casa rica y
nadie habría imaginado que su abuelo había sido Wang Lung el labrador, un hombre
del campo. En ese instante Wang el Mayor vio por primera vez a su hijo mayor y,
aunque era un hombre con la mente embrollada y confundida con muchas
pequeñeces, se sintió asustado por su hijo y exclamó con voz aguda muy diferente de
su acostumbrado tono ondulante:
—¡Tengo miedo por ti, hijo mío! Temo que no tengas buen fin.
Y exclamó con más severidad que la que nunca había demostrado a su hijo:
—Debes buscar cualquier medio de ganarte la vida y no envejecer aquí en ociosos
placeres.
Y deseó, con una especie de temor que ni él mismo entendía, haber sabido
aprovechar el momento de ambición del muchacho. Pero era demasiado tarde; el
momento había pasado.
Cuando el joven oyó el inusitado sonido de la voz de su padre, exclamó, entre
asustado y petulante, sentándose de pronto en la cama:
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—¿Dónde está mi madre? Iré y preguntaré a mi madre si quiere que vaya o no, y
veré si está tan ansiosa por verse libre de mí.
Pero Wang el Mayor, al oír esto, volvió nuevamente en sí, y dijo apresurada y
tranquilamente:
—Bien, bueno; harás lo que te parezca, puesto que eres mi hijo mayor.
Y la nube lo envolvió de nuevo: el momento lúcido había pasado. Suspiró y pensó
que era verdad que los jóvenes señores no podían ser como los demás muchachos; y
para sí se dijo que la mujer de su hermano era una mujer vulgar, y que sin duda el
Apestado era poco más que un sirviente para su tío. Así se consolaba vagamente
Wang el Mayor al salir de la pieza de su hijo. Entre tanto, el muchacho se tendió de
nuevo sobre su almohadón de seda, con las manos cruzadas detrás de la cabeza,
sonriendo con su indolente sonrisa; y después de un momento buscó el libro que
había escondido, y, sacándolo, empezó a leer con el ardor de antes, pues era un libro
perverso y sabroso que un amigo le había recomendado.
Pero Wang el Mayor no podía olvidar su vago desaliento, pues por primera vez su
vida no le parecía tan buena, como siempre lo había creído. Sintió un gran
decaimiento cuando vio partir al hombre de confianza, con su mochila de peregrino,
su cinturón y su atado atestado de dinero, tanto que apenas podía cargarlo sobre la
espalda; y como no se le ocurría qué podía hacer Wang el Tigre por él ahora, pensó
que su vida carecía de objeto, pues no tenía hijo que pudiera alcanzar la gloria; no
tenía nada, sino esa tierra que aborrecía, pero de la que no se atrevía a desprenderse
en su totalidad. Hasta su mujer se dio cuenta de su desaliento; desesperado, entonces
le comunicó algunas de sus inquietudes, pues ella lo había enseñado tan bien, que en
lo profundo de su corazón la creía más inteligente que él, aunque lo hubiera negado
rotundamente si alguno se lo hubiera preguntado. Pero en esta ocasión no encontró
ayuda en ella, pues cuando trató de demostrarle lo grande que era ahora su hermano
menor, ella, riendo con risa aguda y despreciativa, dijo:
—Un general de un distrito no es un poderoso señor de la guerra, mi pobre viejo,
y eres un tonto en estar tan envidioso de él. Cuando sea señor de la guerra en la
provincia, entonces habrá llegado el momento de enviar a nuestro hijo menor, o quizá
el menor de los tuyos, que ahora está mamando en el seno de otra.
Entonces Wang el Mayor se sentó en silencio, y durante un tiempo no visitó con
el mismo deleite los sitios de placer y ni siquiera charlaba con sus numerosos amigos,
lo que constituía antes su mayor alegría. No; permanecía solo, aunque había sido
hombre que le gustaba ir donde la gente se movía de aquí para allá, aunque no fuese
sino el bullicio de la casa, las sirvientas altercando con algún vendedor, y los niños
llorando o peleando en el acostumbrado alboroto del diario vivir. Había preferido eso
a estar sentado solo.
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Pero ahora permanecía solo, pues se sentía desgraciado; por vez primera pensó
que ya no era tan joven como antes y que los años se le venían encima
repentinamente; le parecía que no había encontrado en la vida lo bueno que podía
haber encontrado y que no era tan poderoso como podía haberlo sido. La principal de
todas estas vagas desdichas, y ésta no era vaga, era la tierra que había recibido de su
padre. Era una verdadera maldición, pues era su único medio de subsistencia y tenía
que preocuparse de ella o no comer él ni sus hijos ni sus esposas ni sus sirvientes. A
veces creía que pesaba algún hechizo sobre esa tierra; siempre era época de siembra,
o época de abonar la tierra, o época de cosecha, y tenía que estar allí de pie bajo el
ardiente sol y medir el grano, o época de cobrar sus arriendos; toda la odiada sucesión
de labores de la tierra que le obligaban a trabajar cuando por naturaleza era perezoso
y gran señor. Sí, aunque tenía un empleado, era tan desconfiado, que se sentía
enfermo a la sola idea de que el empleado se enriqueciera a sus expensas; y aunque
aborrecía hacerlo, en cada estación se arrastraba penosamente hasta el sitio desde
donde podía vigilar lo que se hacía.
A veces se sentaba en su pieza y a veces al pie de un árbol en el patio delantero,
bajo el tibio sol del invierno, y gemía al pensar que tenía que vigilar, año tras año, y
que los ladrones que le arrendaban la tierra no le pagarían nada. Sí, siempre se
estaban quejando: «¡Ah!, este año hemos tenido muchos aguaceros», y «Nunca
habíamos tenido una sequía igual», o «Éste es año de langostas»; y ellos y su
empleado tenían cientos de artimañas para con el terrateniente, y, cansado de luchar
contra todos, culpaba y aborrecía a la tierra. Suspiraba porque llegase el día que
Wang el Tigre fuese lo bastante poderoso para que su hermano mayor no tuviese que
salir durante el frío y el calor; suspiraba porque llegase el día en que pudiera decir:
«Soy hermano de Wang el Tigre», y que esto bastara. Al principio le había parecido
muy bien cuando la gente lo llamaba Wang el Terrateniente, pues ése era su nombre
ahora; y le había parecido un nombre honorable hasta ese momento.
La verdad era que Wang el Terrateniente encontraba esto muy duro, porque,
mientras su padre, Wang Lung, había vivido, había recibido dinero suficiente para sus
gastos sin que nada le costara conseguirlo.
Pero después que la herencia había sido dividida trabajaba más de lo que nunca lo
hiciera, y, a pesar de todo este trabajo, al que no estaba acostumbrado, no tenía la
plata que necesitaba, y sus hijos y sus mujeres nunca parecían preocuparse de lo que
él trabajaba.
No; sus hijos tenían que usar ropa de la más fina y gruesas pieles en el invierno, y
delicadas y ligeras para adornar sus vestidos en primavera y otoño, toda suerte de
sedas para cada estación, y habría sido un golpe capaz de destrozar sus corazones si
se hubiesen visto obligados a usar una casaca un poco más larga o un poco más ancha
que lo que se llevaba en esa estación, pues lo que más temían era la burla de sus
compañeros, los petimetres de la ciudad. Así había sucedido con el hijo mayor, y el
cuarto hijo estaba aprendiendo lo mismo. Aunque no tenía sino trece años debía
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llevar los vestidos cortados así y asá, y un anillo en el dedo, y el pelo perfumado y
aceitado y necesitaba una muchacha para servirlo y un sirviente para acompañarlo
fuera de casa; y como era el preferido de la madre y temía que los malos espíritus le
hiciesen daño, usaba un aro de oro en una oreja; así los dioses, engañados, creerían
que era una niña inservible.
En cuanto a su mujer, nunca podía persuadirla de que había menos plata que
antes; y si le decía cuando ella solicitaba una suma de dinero: «No tengo ahora para
darte eso; puedo darte solamente cincuenta monedas», ella exclamaba: «Pero si lo
había prometido al templo para un nuevo techo para el dios tal, y si no lo doy perderé
mi dignidad. Pero estoy cierta de que tienes, pues gastas el dinero, como si fuera
agua, en el juego y con todas esas vulgares mujeres que mantienes; yo soy la única en
esta casa que me preocupo de las cosas del alma y de los dioses Quizá algún día tenga
que implorar para que salga tu alma del infierno, y te pesará si no tengo dinero
entonces».
Wang el Terrateniente se veía entonces forzado a buscar un medio para encontrar
el dinero, aunque aborrecía ver que sus buenas monedas pasaban a las manos de los
remilgados y tenebrosos sacerdotes, a quienes odiaba y en quienes no creía y de
quienes había oído ciertos vergonzosos rumores. Naturalmente, no estaba seguro de
que no supiesen algo de magia, y aunque pretendía no creer en los dioses sino como
en fantasías propias de mujeres, temía que tuviesen cierto poder.
La verdad era que su mujer estaba ahora en gran intimidad con los dioses, los
templos y esta suerte de cosas; su piedad era cada día mayor; pasaba muchas horas
yendo de uno a otro dios; y para ella el placer más grande era entrar al templo,
inclinada en medio de sus sirvientes, como acostumbraba a hacerlo una gran señora,
para visitar a los sacerdotes; a veces el abad salía a saludarla. Y, obsequioso y
halagador, le repetía una y otra vez que era la favorita de los dioses, una especie de
monja lega que estaba muy cerca del Camino.
Cuando así le hablaban, ella sonreía y bajaba los ojos, como desaprobando lo que
oía; y a veces, sin que se diera cuenta cabal de lo que hacía, prometía al sacerdote
esto y lo de más allá y una suma de dinero mayor de la que deseaba dar. Pero los
sacerdotes no descuidaban alabarla como lo merecía, y colocaron su nombre en
muchos sitios, como un ejemplo para las personas devotas; y hasta un templo la
representó en una enseña de madera pintada de rojo con letras doradas que
significaban cuán devota y cuán buena imitadora de los dioses era esa dama. La
enseña colgaba de una pequeña sala del templo, donde mucha gente podía verla.
Después de esto, tornóse más orgullosa, más piadosa y devota en sus miradas, y
estudiaba la manera de sentarse siempre en actitud reposada, con sus manos
enlazadas; y a menudo llegaba con el rosario colgando y murmurando oraciones,
mientras los otros chismeaban o hablaban de cosas inútiles. Y como era tan piadosa,
era muy dura con su marido, y exigía todo el dinero que necesitaba para conservar la
fama que tenía.
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Cuando la joven mujer de Wang el Terrateniente vio lo que recibía la dama, quiso
también tener su parte, no para los dioses, aunque la muchacha aprendía a charlar
sobre ellos para contentar a la dama, sino por el dinero mismo. Y Wang el
Terrateniente no comprendía qué hacía con él, pues no se vestía con sedas finas y
floreadas, ni compraba objetos de oro para su atavío y peinado. Pero el dinero se le
terminaba pronto también, y Wang el Terrateniente no se quejaba por miedo de que la
muchacha se presentase llorando ante la dama, y ésta le reprochara su conducta,
diciéndole que si había tomado otra mujer, debía pagarle. Porque estas dos mujeres,
que se comprendían de extraña y fría manera, estaban siempre de acuerdo contra el
marido cuando deseaban algo para ellas.
Un día Wang el Terrateniente supo la verdad: vio a su joven mujer salir por una
puerta lateral, y sacando algo del seno entregárselo a alguien que estaba allí; y Wang
el Terrateniente vio entonces que el hombre era el padre de la muchacha. Se dijo con
amargura:
«De modo que estoy alimentando a este bellaco y a toda la familia seguramente».
Y se fue a su pieza y suspiró con amargura, pues se sentía incapaz de remediar nada.
Pero con todo, si ella prefería dar lo que recibía a su padre en vez de gastarlo en
golosinas y ropas o en cosas del agrado de las mujeres, tenía razón, aunque una mujer
debe siempre pensar primero en la casa de su marido. Pero el marido, que no se creía
con fuerzas para luchar contra ella, dejó pasar la cosa. En realidad, Wang el
Terrateniente se sentía aniquilado, pues no podía controlar sus deseos, aunque
honradamente, y por primera vez en su vida, cuando estaba cerca de los cincuenta,
trataba de gastar menos dinero en el amor de las mujeres. Pero aún tenía sus
debilidades y no podía soportar que le creyesen mezquino cuando había elegido a
alguna.
Además de estas dos mujeres, había establecido a la cantante en otra parte de la
ciudad. Pero era ésta una linda sanguijuela que, aunque no tenía con ella relaciones
de ninguna clase, lo mantenía atado con la amenaza de matarse y de amarlo más que
nada en el mundo; y lloraba afirmada contra su pecho y hundía sus afilados dedos
entre la gordura de su cuello y se asía de él, y él no sabía qué hacer con ella.
Vivía con ella su vieja madre, una mala bruja que a su vez chillaba:
—¿Cómo puedes abandonar a mi hija, que te lo dio todo? ¿Cómo podría vivir
ahora que ha estado alejada del teatro todos los años que ha estado contigo, ahora que
perdió la voz y que otras tomaron su lugar? No; la defenderé, y si la abandonas, me
quejaré a los tribunales.
Esto era lo que asustaba a Wang el Terrateniente, porque temía la burla de la
ciudad si llegaban a saber todas las obscenidades que ella desembucharía en los
tribunales contra él; entonces echaba mano de toda la plata que podía procurarse.
Cuando las dos mujeres lo veían asustado se ponían de acuerdo y aprovechaban todas
las ocasiones que podían para amenazar y llorar, sabiendo que cuando lo hacían él
pagaría sin reparo. Y lo más extraño de todo era que, a pesar de tantos desagrados,
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aquel gordo y débil hombre no podía liberarse de sus deseos, y en una fiesta
cualquiera daba dinero a una cantante que acababa de conocer, aun cuando al volver a
su casa y recapacitar al día siguiente en lo que había hecho gemía de su locura y
maldecía de su repugnante corazón. Pero ahora, reflexionando durante esas semanas
de desaliento, quedó asustado de su falta de vigor; ya ni siquiera comía como de
costumbre; y cuando vio que su apetito disminuía temió morir pronto y se dijo que
tenía que zafarse de alguna de sus preocupaciones. Decidió entonces vender una gran
parte de sus tierras y vivir con ese dinero, gastándolo todo si fuese preciso, aunque
sus hijos tuvieran que preocuparse de sí mismos, si no quedaba lo bastante para el
sostenimiento de sus vidas. Y de pronto pensó que era una cosa inútil privarse de todo
para dejar a los que vinieran después. Se levantó entonces con decisión, y saliendo en
busca de su segundo hermano, le dijo:
—No estoy hecho para los trabajos de un terrateniente, pues soy un hombre de la
ciudad, un hombre acostumbrado al ocio. No, no puedo hacerlo con mi volumen
siempre en aumento; y los años se van entre las siembras y las cosechas, y si continúo
así, cualquier día me caeré muerto con el calor o el frío. Nunca he vivido con gente
vulgar que me engañe, a pesar de mis tierras y de mi trabajo. Ahora te pido esto.
Trata con mi empleado y vende una buena mitad de mis tierras, y entrégame el dinero
que necesito; y el que no necesito me lo pondrás a interés, para verme libre de esas
malditas tierras. La otra mitad la conservaré para dejarla a mis hijos. No hay uno solo
de mis hijos que me ayude en mi trabajo, y cuando a veces digo al mayor que me
substituya y vaya a visitar los campos, siempre tiene alguna cita inevitable con algún
amigo, o dolor de cabeza; y si continuamos así, terminaremos muriéndonos de
hambre. Sólo los arrendatarios se hacen ricos con las tierras.
Wang el Segundo miró a su hermano al oír esto y, aunque despreciándolo en el
fondo de su corazón, dijo suavemente:
—Soy tu hermano y no te cobraré comisión alguna por la venta; la comprará el
que ofrezca mejor precio. Pero tienes que fijar el precio más bajo de cada lote.
Pero Wang el Terrateniente, que sentía ansías de terminar de una vez con la tierra,
dijo, apresuradamente:
—Eres mi hermano; vende como mejor te parezca. ¿No puedo confiar en mi
propio hermano?
Se fue entonces de excelente humor, porque se veía libre de la mitad de su carga y
podía hacer lo que le pareciera y esperar que el dinero llegara a sus manos, como
suspiraba desde hacía tiempo. Pero no comunicó a su mujer lo que había hecho, pues
podía reprocharle el que se hubiera entregado en otras manos y decir que si deseaba
vender debía haberlo hecho él mismo entre los hombres ricos con quienes iba a
fiestas y con quienes parecía en tan íntima amistad; y Wang el Terrateniente no
deseaba esto, pues, a pesar de toda su jactancia, creía más en el talento de su hermano
que en el suyo propio. Y después de haber hecho esto se sintió renacer con nuevo
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ardor, y pudo comer como antes, y su vida le pareció satisfactoria, pensando que
había otros con mayores preocupaciones que él.
Y Wang el Segundo se manifestó más contento que nunca, porque tenía ahora
todo entre sus manos. Decidió comprar para sí la mejor parte de las tierras de su
hermano. Verdad era que pagaba un buen precio por ella, pues no era un hombre
deshonesto, como la gente suponía; y hasta dijo a su hermano que compraría un
pedazo de la mejor tierra para que quedase en la familia. Pero Wang el Terrateniente
no supo cuánta tierra compró, porque Wang el Segundo le hizo firmar los recibos
cuando estaba algo bebido, y no se preocupó qué nombre decía en ellos; dichoso por
el alcohol que había ingerido, le parecía que su hermano era un hombre excelente,
digno de toda confianza. Quizá no habría consentido de tan buenas ganas si hubiese
sabido cuánta parte de sus tierras pasaba a poder de Wang el Segundo; pero éste dio
gran importancia a los pequeños lotes de tierras más pobres, que vendió a los
arrendatarios o a los que deseaban comprar.
Y de este modo Wang el Segundo vendió muchos campos. Pero en su tiempo
Wang Lung había sido muy avisado y casi todo lo que había comprado habían sido
buenas tierras; y cuando todo el negocio quedó terminado Wang el Segundo tenía en
su poder, para sus hijos, las mejores y más escogidas de las tierras de su padre,
porque también había comprado la mejor de la herencia de su hermano menor. Con
toda esta tierra podía entonces abastecer sus propios mercados de granos e
incrementar el oro y la plata de sus almacenes; y tan grande fue su poder en la ciudad
y en la región, que la gente lo llamaba Wang el Mercader.
Pero, excepto para el que lo sabía, nadie habría pensado que ese hombre pequeño
y enjuto era tan rico, porque Wang el Mercader seguía comiendo la vulgar y escasa
comida de todos los días, y no tomó una nueva mujer como muchos hombres ricos lo
hacen para mostrar su riqueza, y siguió usando el mismo modelo de túnica de seda
color azul pizarra que siempre había usado. No agregó nuevos muebles ni adornos en
su casa, y en sus patios no había flores ni cosas inútiles, y lo que antes había habido,
ahora no existía, pues su mujer, que era muy económica, criaba bandadas de aves que
corrían y entraban a las piezas, para recoger los restos de comida que los niños
dejaban caer al suelo, y salían a los patios y arrancaban las hierbas y las hojas verdes,
de modo que los patios estaban pelados, salvo unos pocos y viejos pinos que aún
vivían; y la tierra se ponía dura y compacta.
Tampoco permitía Wang el Mercader que sus hijos fuesen pródigos ni ociosos.
No; se preocupó de cada uno, y todos tuvieron algunos años de estudios para
aprender a leer y escribir y contar cuidadosamente sobre el ábaco. Pero no les dejó
allí mucho tiempo, para que de ningún modo llegasen a ser letrados, pues los letrados
no trabajan en nada; planeó aprendizajes para cada uno, puesto que con el tiempo
debían ayudarle en sus negocios.
Al Apestado lo consideraba como hijo de su hermano menor, al segundo decidió
hacerlo su ayudante en el campo y los otros empezarían cuando tuvieran doce años.
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En la casa de barro continuaba viviendo Flor de Peral con los dos niños, y cada
día de su vida se asemejaba al anterior, y ella no deseaba sino que siempre fuese así.
No se apesadumbraba ya por la tierra, pues si no veía al mayor, veía al segundo de los
hijos de su señor muerto salir antes de las cosechas para apreciar el rendimiento del
grano y después para pesar la semilla.
Y también oyó decir que Wang el Mercader, como era hombre de la ciudad, era
aún más esquilmador[19] como terrateniente que su hermano, porque sabía lo que
podía rendir un potrero aun en verde; y no escapaba a su aguda mirada si un labrador
ponía el pie sobre la balanza para inclinarla hacia un lado o si echaba agua al arroz o
al trigo, para hacerlo engrosar. Los años que había pasado en el mercado de granos le
habían enseñado todas las argucias del campesino para engañar al mercader y al
hombre de la ciudad, pues son enemigos por naturaleza. Y si Flor de Peral preguntaba
por qué nadie lo veía enojado cuando descubría un engaño así, la respuesta, llena de
admiración, era siempre la misma: nunca se enojaba. No; era sólo implacable y
tranquilo y más inteligente que cualquiera de ellos; en todos esos campos no lo
conocían sino por «El que siempre gana en cualquier negocio».
Era un hombre despreciado y odiado; todos los campesinos lo aborrecían con toda
su alma. Pero no sólo no lo preocupaba esto, sino que se sintió halagado de que lo
llamaran así; lo supo porque la furiosa mujer de un inquilino se lo gritó acompañado
de maldiciones, cuando él la sorprendió metiendo una enorme piedra en el centro de
una canasta llena de grano lista para ser pesada.
Más de una vez la mujer de un inquilino lo maldijo, porque la lengua viperina de
una mujer es más atrevida que la de cualquier hombre; y si un hombre era descubierto
en un engaño, se mostraba sombrío y avergonzado, pero si era una mujer, lo maldecía
y gritaba tras él:
—¿Cómo es posible que en una generación olvides lo que tu padre y tu madre se
afanaron por la tierra al igual que nosotros, y como nosotros pasaron hambre, que así
nos trituras la sangre y los huesos?
Wang el Terrateniente, cuando los pobres estaban demasiado amargados, se había
asustado, porque sabía que el rico puede temer al pobre que parece paciente y
humilde, pero puede convertirse en atrevido despiadado si decide aniquilar a aquéllos
que odia. Pero Wang el Mercader no temía nada ni aun después que Flor de Peral, que
lo vio un día pasar, le hubo dicho:
—Estaría muy contenta, hijo de mi señor, si pudieras ser un poco menos exigente
con los pobres. El trabajo es muy duro y muchos son tan ignorantes que parecen
niños. Me hace daño oír las cosas que dicen sobre los hijos de mi señor.
Pero Wang el Mercader se contentó con reír y continuó su camino. Nada le
importaba lo que dijesen si recibía los beneficios. Era el poder y no temía nada,
porque se sentía seguro en medio de sus bienes.
Página 141
XVI
EL invierno era muy largo y muy frío en esas regiones, y en la época de los
vientos helados y la furia de las nieves, Wang el Tigre debía permanecer en los patios
del magistrado cumpliendo la función que era ahora la suya, mientras llegaba la
primavera. Seguro de su poder, exigía sin cesar al magistrado nuevos impuestos para
sus ocho mil soldados. Sí, aun había exigido que se pusiera un impuesto sobre la
tierra, llamado el impuesto de la protección del pueblo por el ejército del Estado, pero
estos soldados eran en realidad el ejército particular de Wang el Tigre y él los instruía
y los ejercitaba preparándolos para acrecentar su poder cuando hubiese llegado el
momento oportuno. Cada campesino pagaba algo por el campo que poseía. Y como
ya no existían ladrones y su refugio había sido incendiado y el Leopardo no era de
temer, la gente del pueblo no se cansaba de alabar a Wang el Tigre, y todos estaban
prontos a pagarle, aunque no sabían hasta dónde llegarían sus exigencias.
Existían también otros impuestos que Wang el Tigre había hecho establecer,
valiéndose del magistrado, sobre las tiendas y mercados; y todo viajero que pasaba
por la ciudad, camino obligado entre el Norte y el Sur, pagaba impuesto, y todo
mercader sobre las mercaderías que transportaba para su comercio, y de este modo el
dinero aumentaba constante y secretamente las reservas de Wang el Tigre. Vigilaba
también que este dinero no pasara por demasiadas manos, pues es sabido que nadie
suelta con tanta facilidad el dinero recibido. Sus propios hombres de confianza debían
vigilar la recaudación de este dinero, y aun cuando estos hombres hablasen a todo el
mundo suavemente como les había sido ordenado, tenían poder sobre todo aquél que
sorprendiesen tomando más de lo que le correspondía; y por otro lado había advertido
a sus hombres de confianza que si lo engañaban, él en persona los castigaría. Más que
otro cualquiera estaba al abrigo de la traición, porque todos lo temían creyéndolo un
hombre despiadado. Pero no ignoraban que también era justo y que nunca daba
muerte a alguien sin motivo o por simple pasatiempo.
No obstante, mientras esperaba que el invierno hubiese terminado, Wang el Tigre
se irritaba a pesar de su triunfo, pues no estaba acostumbrado a la vida que llevaba en
los patios del magistrado. No, no había nadie a quien pudiese llamar amigo, pues no
deseaba intimar con cualquiera persona, sabiendo que mientras fuese temido podría
conservar su posición con mayor facilidad; además era alguien que, por naturaleza,
no gustaba de las fiestas y la camaradería; vivía sólo acompañado de su sobrino el
Apestado, a quien siempre mantenía a su lado, por si necesitaba algo, y de su fiel
hombre de labio leporino, que era su jefe de guardias.
La verdad era que el anciano magistrado estaba tan viejo y tan aficionado a su
pipa de opio, que todo estaba desorganizado, los patios llenos de grupos rivales, de
subordinados y de parientes de los subordinados que buscaban un medio de vivir con
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facilidad. Continuamente había disputas, venganzas y querellas. Pero si éstas llegaban
a oídos del anciano magistrado, éste recurría a su opio y pensaba en otra cosa, pues
bien sabía que era incapaz de poner orden. Vivía sólo con su anciana esposa en un
patio interior y no aparecía sino en raras ocasiones. Pero trataba aún de cumplir con
sus deberes de funcionario del Estado y cada día de audiencia se levantaba al alba, se
vestía con su traje oficial y se dirigía a la sala de audiencia, donde subía al estrado y,
sentándose en su sillón, escuchaba los diferentes casos.
El pobre hombre se desempeñaba lo mejor que podía, pues en el fondo era bueno
y benévolo y creía hacer justicia a los que se presentaban allí; pero lo que ignoraba
era que para llegar hasta allí había que pagar hasta al portero que cuidaba la entrada,
de modo que todo aquel que no contaba con dinero suficiente para distribuir a chicos
y grandes no podía siquiera pretender llegar a la sala de audiencia; y los consejeros
que se hallaban en presencia del magistrado habían también recibido cada cual su
parte. Y el anciano magistrado estaba tan viejo, que a veces no entendía el asunto y
tenía vergüenza de decir que no había comprendido, o bien dormitaba cuando la
sesión estaba por terminarse y no oía lo que se decía y no se atrevía a hacer repetir
por temor de que lo creyeran incapaz. Por esto recurría siempre a sus consejeros, que
no dejaban de halagarlo, y cuando decían: «Ah, este hombre es malo, aquél tiene la
razón», el viejo se apresuraba en aprobarlos diciendo: «Eso es lo que pensaba, eso es
lo que pensaba»; y cuando exclamaban: «Éste debe ser apaleado por insubordinado»,
el anciano magistrado balbuceaba: «Sí, sí, que le den la paliza».
Pues bien, durante estos días de ocio, Wang el Tigre iba a menudo a la sala de
audiencia para ver y oír y para pasar el tiempo; se sentaba a un lado y su sobrino y
sus hombres de confianza formaban guardia en torno de él. Entonces veía y oía toda
esa injusticia. Al principio se decía que eran cosas sin importancia, pues al fin y al
cabo él era un señor de la guerra y esos asuntos civiles no le incumbían; que debía
dedicarse a sus soldados, vigilando que no participaran en esa vida ociosa y relajada
de la casa del magistrado; y a veces al ver tanta injusticia en la sala de audiencia salía
furioso y obligaba a sus soldados a hacer marchas forzadas y ejercicios guerreros,
cualquiera que fuese el tiempo, y así aliviaba su corazón de la presión de su ira.
Pero como era hombre de corazón justo, por fin no pudo soportar más tanta
injusticia y aumentó aún su ira contra algunos de los consejeros, especialmente contra
el jefe de ellos. Comprendió, sí, que era inútil decir nada al anciano y débil
magistrado. Pero después de haber escuchado muchos casos y visto la injusticia en la
mayoría de ellos, lleno de ira contenida se decía a veces:
«Si la primavera no llega pronto, mataré a alguien, aun contra mi voluntad».
Los consejeros no lo amaban, porque se había asegurado tan buenas rentas, y se
burlaban de él, porque era malcriado y estaba muy por debajo de ellos en educación y
cultura.
La ira de Wang el Tigre estalló el día que menos lo pensaba por una causa
cualquiera, así como una recia tempestad empieza por una tenue brisa y un puñado de
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transparentes nubes.
La víspera de año nuevo, cuando los hombres salen a cobrar sus deudas y cuando
los deudores se esconden, hasta que llegue el año nuevo y las deudas no puedan ser
entonces cobradas, el anciano magistrado celebraba su último día de audiencia en su
sillón del estrado. Ese día Wang el Tigre se había sentido muy inquieto a causa de su
ociosidad. No quería jugar para que sus soldados no lo viesen y se sintieran
autorizados a imitarlo, y no le gustaba leer, porque las novelas y cuentos que hablan
sólo de ilusiones y de bajos amores debilitan al hombre, y no era lo bastante letrado
para leer a los viejos filósofos. Y como estaba desvelado, se levantó y, acompañado
de su escolta, se sentó en la sala de audiencia para ver quién iría ese día. Pero se
sentía impaciente por la llegada de la primavera, especialmente porque, como los
últimos diez días habían sido muy fríos y de lluvia constante, sus hombres
reclamaban si los sacaba de sus cuarteles.
Pensaba que su vida era la más monótona de las vidas, que a nadie le importaba si
vivía o si se moría; permaneció en su sitio acostumbrado, sin escuchar, mirando con
fijeza delante de él. Presentóse entonces un hombre rico, al que conocía por haberlo
visto allí antes. Era un usurero de la ciudad, un hombre gordo y meloso, de manos
amarillas y suaves, que al hablar movía con cierta maldad graciosa y que
continuamente arremangaba sus largas mangas de seda antes de accionar. Muchas
veces Wang el Tigre había contemplado esas manos tan pequeñas y suaves, de uñas
largas y afiladas, aun cuando no hubiese oído lo que el hombre decía.
Pero ese día el usurero llegó con un pobre labrador que parecía enfermo de susto
y que se dejó caer ante el magistrado, con el rostro pegado al suelo, y permaneció allí
sin hablar implorando clemencia. Entonces el usurero explicó el caso: había prestado
una suma de dinero al labrador, con hipoteca de su tierra. Esto había sucedido hacía
dos años, y ahora el dinero prestado, con los intereses, sobrepasaba el valor de la
tierra.
—Y a pesar de esto —exclamó el usurero con voz llena, untuosa e ingrata,
echando hacia atrás las mangas y accionando con sus suaves manos—, a pesar de
esto, honorable magistrado, no quiere moverse de su tierra.
Y el hombre paseó su mirada indignada contra el perverso labrador.
Pero el labrador no decía nada. Continuaba arrodillado con el rostro oculto entre
sus dos manos entrelazadas. Por fin el anciano magistrado le preguntó:
—¿Por qué pediste prestado, y por qué no pagas?
Entonces el labrador, levantando los ojos, los fijó en las patas del sillón del
magistrado y continuó de rodillas diciendo con ansiedad:
—Señor, soy un hombre pobre y vulgar, y no sé hablar como tú, honorable señor.
Soy un infeliz y nunca he hablado con alguien de tan elevada posición, a no ser con el
jefe de nuestra aldea; y como soy tan pobre, no tengo a nadie que lo haga por mí.
El magistrado dijo entonces, con bastante suavidad:
—No tienes por qué temer, habla.
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Entonces el labrador abrió la boca una o dos veces sin emitir ningún sonido y
luego empezó a hablar con los ojos bajos y el cuerpo convulso entre sus harapos que
dejaban al descubierto el algodón del entreforro como la gastada lana de una oveja.
Llevaba los pies metidos en zapatos tejidos de caña, que se caían casi a pedazos, de
modo que sus dedos recios y callosos se afirmaban sobre el húmedo suelo de piedra.
Pero no parecía sentir nada y empezó con débil voz:
—Señor, yo tenía un pequeño campo heredado de mis padres. Es una tierra muy
pobre, que nunca ha bastado para alimentarnos a todos. Pero mis padres murieron
temprano y quedé sólo con mi mujer, y si pasarnos hambre, no tuvo mayor
importancia; pero nació un hijo, y, después de unos años, una hija. Mientras fueron
pequeños fue más o menos soportable. Pero crecieron, y tenemos que alimentar al
hijo, y su mujer tiene un niño. Piense, señor, que la tierra no bastaba para mí y mi
mujer, y ahora somos tantos. La niña era demasiado joven para casarse y tuve que
alimentarla de alguna manera. Hace dos años tuve la suerte de desposarla con un
viejo que vive cerca de nuestra aldea, porque su esposa había muerto y necesitaba de
alguien que cuidase de su casa. Pero tenía que darle un vestido de novia. Como no
tenía nada, pedí prestado un poco de dinero, solamente diez monedas de plata, que
para muchos hombres no son nada, pero para mí mucho más de lo que tenía. Lo pedí
prestado a este usurero. En menos de un año las diez monedas se han convertido en
veinte y en dos años en cuarenta. Señor, ¿cómo puede el dinero, que no tiene vida,
crecer así? No tengo sino mi tierra; él dice que debo irme, pero ¿dónde iré?
Cuando el hombre hubo terminado, permaneció en silencio. Wang el Tigre lo
miró y no pudo separar sus ojos de los pies del hombre. El rostro de palidez cetrina
dejaba ver bien a las claras que nunca había comido hasta llenarse desde que había
nacido. Pero sus pies eran toda una historia. Había elocuencia en esos pies desnudos,
anudados y callosos, en los dedos, en las plantas semejantes al cuero reseco de un
carabao. Al mirar esos pies, Wang el Tigre sintió que algo se agitaba en él. No
obstante, esperó oír lo que diría el anciano magistrado.
El usurero era un hombre muy conocido en la ciudad, que a menudo había
asistido a fiestas con el magistrado y que contaba con todo el tribunal, porque en
todos sus juicios, y tenía muchos, pagaba a grandes y chicos. El magistrado titubeaba,
aunque se conocía que estaba emocionado. Por fin se volvió hacia su consejero
mayor, un hombre de casi su edad, pero fuerte y erguido para sus años, de rostro
suave y hermoso, aunque sus escasas patillas y barba fuesen blancas.
El magistrado preguntó a este hombre:
—¿Qué dices, hermano?
El hombre se alisó su blanca barba y dijo pausadamente, como si pesara la justicia
de sus palabras, aun cuando el recuerdo del dinero quemaba aun sus palmas:
—No se puede negar que el labrador pidió plata prestada y que no la ha devuelto,
y el dinero prestado tiene que pagar intereses de acuerdo con la ley. El usurero vive
de sus préstamos, como el labrador de sus tierras. Si el labrador arrienda sus tierras y
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no recibe dinero, se quejará y su queja será justa. Esto es lo que el usurero ha hecho.
Es justo, pues, que se le pague su deuda.
El anciano magistrado lo escuchó atentamente, aprobando con la cabeza de vez en
cuando. Pero de súbito el labrador levantó los ojos por primera vez y miró ofuscado a
los presentes. Wang el Tigre no vio ni su rostro ni su mirada. Solamente vio los dos
pies desnudos entrelazados con angustia y no pudo soportar más. Una cólera inmensa
lo hizo ponerse de pie. Se golpeó las manos y rugió con su sonora voz:
—Digo que este pobre hombre tendrá su tierra.
Cuando en la sala se oyó el rugido que salió del pecho de Wang el Tigre, la gente
se volvió hacia él, y los hombres de confianza que lo acompañaban se abalanzaron y
permanecieron con sus fusiles apuntados; al verlos, todos retrocedieron y guardaron
silencio. Pero la ira de Wang el Tigre se había desatado y no habría podido
contenerse; señalando con el dedo al usurero, gritó con su recia voz manteniendo las
cejas ora arriba, ora abajo, casi encima de los ojos:
—Una y otra vez he visto aquí a este gordo y repugnante bicho trayendo historias
parecidas a ésta, después de haber engrasado el camino con plata de arriba abajo.
Estoy harto de él. Fuera con él.
Y volviéndose a su escolta gritó:
—Síganlo con sus fusiles.
Cuando el pueblo oyó esto, creyó que Wang el Tigre se había vuelto
repentinamente loco y cada cual arrancó para salvar su vida. Y el que más ligero lo
hizo fue el obeso usurero, quien llegó a la puerta a la cabeza de todos y pasó a través,
dando un chillido como una rata que logra escapar. Pero era tan rápido y conocía tan
bien los recodos de las callejuelas, que aunque los hombres de confianza le
persiguieron no lo pudieron encontrar; y después de haber corrido, se miraron
confusos y jadeantes y regresaron en medio del alboroto que habían producido en las
calles.
Cuando llegaron al tribunal había gran conmoción, porque Wang el Tigre, viendo
lo que sucedía, con temeridad ordenó a sus soldados:
—Despejadme los patios de estos malditos gusanos chupadores y de sus
inmundas mujeres y chiquillos.
Y los soldados lo hicieron con deleite, y la gente salió de la casa como ratas de un
incendio. En menos de una hora no quedaba un alma, excepto Wang el Tigre y sus
hombres, y en los patios del magistrado, él con su esposa y sus escasos sirvientes.
Wang el Tigre ordenó que a éstos no los tocasen.
Cuando Wang el Tigre hubo hecho esto, movido por uno de esos accesos de ira
que a veces había tenido en su vida, se dirigió a sus piezas, se sentó al lado de una
mesa, inclinándose y respirando fatigosamente durante un momento. Y sirviéndose
té, lo bebió lentamente. Después de un rato comprendió que los acontecimientos del
día le señalaban una pauta que debía llevar a cabo de alguna manera.
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Y mientras más pensaba en ello, menos sentía lo que había hecho, pues su
corazón, libre de desalientos y de melancolía, se sentía ligero y temerario; y cuando
su hombre de confianza se presentó preguntando lo que necesitaba, y cuando su
sobrino le trajo un jarro de vino, exclamó como riéndose con su risa silenciosa:
—Bien, por lo menos me he desembarazado de un nido de serpientes.
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Pero Wang el Tigre volvió los ojos y respondió con lentitud:
—Es sólo una mujer. —Se detuvo y continuó—: En todo caso quiero volver a
verla y entonces sabré qué hacer con ella.
El hombre de confianza pareció decepcionado con la respuesta, pero silencioso se
retiró. Mientras se alejaba, Wang el Tigre le gritó que la llevara a la sala de audiencia,
donde la esperaría.
Se dirigió, pues, a la sala de justicia y subió al estrado; movido por extraña
vanidad, se sentó en el sillón del anciano magistrado, pensando que era grato que la
mujer lo viese allí, sobre el sitial esculpido, más alto que los demás asientos; y nadie
se lo podía impedir, pues el anciano magistrado, enfermo, no salía de sus habitaciones
particulares. Wang el Tigre se sentó allí, erguido y altivo, con rostro impasible y fiero,
como sienta a un héroe.
Llegó por fin entre dos guardias, vestida con una sencilla blusa de algodón y con
un pantalón de un género burdo, de un azul desteñido. Había comido bien y tenía el
cuerpo lleno, conservando, sin embargo, su esbeltez; era bonita, aunque tenía las
facciones demasiado acentuadas, y se veía hermosa en medio de su arrogancia. Entró
con paso firme y tranquilo, y se detuvo delante de Wang el Tigre, muda y en espera.
La miró con extrañeza, pues no esperaba un cambio tan radical, y dijo a los
guardias:
—¿Por qué está ahora tranquila, cuando antes era una loca?
Moviendo la cabeza, respondieron:
—No lo sabemos; pero la última vez que salió de aquí parecía débil y abatida
como si un genio malo hubiera abandonado su cuerpo, y desde entonces ha
continuado así.
—¿Por qué no me lo habían dicho? —preguntó Wang el Tigre en voz baja—. La
habría puesto en libertad.
Los guardias, asombrados, dijeron como excusa:
—Señor, ¿cómo podíamos adivinar que nuestro general se preocupaba de lo que
le sucediera? Esperábamos tus órdenes.
Wang el Tigre estuvo entonces a punto de gritarles: «Sí, me preocupa», pero logró
retener las palabras, pues, ¿cómo decirlas delante de los guardias y delante de esa
mujer?
—Desátenla —gritó de pronto.
Sin decir una palabra, soltaron las amarras y quedó en libertad. Todos esperaban
ver lo que haría, y Wang el Tigre también. Mas ella permaneció sin moverse, como si
continuara atada. Entonces Wang el Tigre la interpeló con sequedad:
—Eres libre, puedes irte donde te plazca.
Pero ella contestó:
—¿Dónde quieres que vaya, si no tengo morada en parte alguna?
Y al decir esto, levantó la cabeza y miró a Wang el Tigre con aparente sencillez.
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Al ver esta mirada, la fuente sellada de Wang el Tigre se desbordó; la pasión que
agitaba su sangre lo hacía temblar bajo su uniforme de soldado. Ahora fue él quien
bajó los ojos ante ella. Era ahora más fuerte que él. Se respiraba en la pieza la
atmósfera de esa pasión tanto tiempo contenida; los hombres, molestos, se miraban
entre sí. Wang el Tigre recordó de pronto su presencia y gritó:
—Idos todos, y no os mováis de delante de la puerta.
Salieron apenados, pues comprendían lo que sucedía a su general. Salieron y
esperaron en el umbral.
Cuando en la sala no quedó nadie, sino ellos dos, Wang el Tigre se inclinó sobre
su sillón esculpido y dijo con voz dura y ronca:
—Mujer, estás libre. Escoge dónde quieres ir y te haré conducir allí.
Y ella contestó con sencillez, sin asomos de atrevimiento, mirándolo en los ojos:
—Ya he escogido. Estoy atada a ti para siempre.
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Pero cuando el hombre de confianza transmitió su mensaje a Wang el Mercader,
éste salió de su acostumbrada calma y lo miró fijamente; encontrábase en su mercado
de granos sentado en un rincón, detrás de los contadores, sacando cuentas. Dijo con
precipitación, con la pluma en el aire:
—Pero ¿cómo puedo retirar de dónde lo tengo colocado, en tan poco tiempo,
tanto dinero? Mi hermano debía haberme anunciado sus esponsales con uno o dos
años de anticipación. Tal prisa no es decente en un matrimonio.
Pero como Wang el Tigre conocía a su hermano y sabía lo poco dispuesto que era
a entregar dinero, había advertido a su hombre de confianza:
—Sí mi hermano te demora, tienes que presionarlo y decirle con toda claridad
que tendré el dinero, aunque tenga que ir a buscarlo en persona. Llevaré a cabo mi
propósito tres días después de tu vuelta y no debes tardar más de cinco. Debemos
apresurarnos, pues cualquier día tenemos que luchar contra algún ejército, sobre todo
ahora que el gobernador provincial ha sabido lo que he hecho en este distrito. Sin
duda, enviará hombres, y no puede haber fiestas y nupcias en medio de una batalla.
Verdad era que la violencia que había empleado Wang el Tigre debía haberse
sabido en los tribunales superiores y podía, por lo tanto, ser castigado. Pero había una
verdad más profunda que ésta: Wang el Tigre estaba tan deseoso de esa mujer, que no
podía ya esperar más y comprendía que era un pobre guerrero si antes no la había
poseído. Por esto había urgido[20] a su hombre de confianza, diciendo:
—Sé que el mercader de mi hermano gemirá y dirá que no puede retirar el dinero
de donde lo tiene. No tienes que hacerle caso. Dile que aún conservo mi espada, y la
afilada y rápida que quité al Leopardo cuando lo maté.
Pero el hombre de confianza guardó esta amenaza como último resorte y no la
usó sino cuando Wang el Mercader, buscando un nuevo motivo de demora, dijo que
era una vergüenza para ellos ese matrimonio con una mujer que no tenía familia ni
hogar y que tal vez había sido una gorrona, como muchas de esas mujeres. Pero el
hombre de confianza no le dijo que había sido sacada del refugio de los ladrones. No,
aunque estuviese tentado de decirlo y tentado de deshacerse de la mujer por todos los
medios posibles; conocía lo bastante a Wang el Tigre para saber que conseguiría lo
que quisiera, y empleó entonces la amenaza.
Entonces Wang el Mercader tuvo que ceder y entregar el dinero que pudo; y se
sintió muy deprimido, pues se había visto obligado a entregar de pronto ese dinero,
perdiendo los intereses; tristemente se dirigió donde su hermano, y dijo:
—Nuestro hermano ha exigido ahora la suma que teníamos destinada a su
matrimonio; se casa con una gorrona o algo por el estilo, de quien no sabemos nada.
Se parece más a ti que a mí, después de todo.
Wang el Terrateniente se rascó la cabeza, pensando una respuesta; y, partidario de
la paz, dijo:
—Es extraño, pues siempre creí que nos consultaría a nosotros cuando lo
necesitara y cuando estuviese establecido, ya que nuestro padre está muerto y que
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nosotros debemos reemplazarlo. Sí, hasta había pensado en una o dos muchachas.
Y se dijo que seguramente habría sabido escoger mujer mejor que otro cualquiera,
puesto que sabía tanto respecto de mujeres y conocía, a lo menos de oídas, a las
mejores doncellas de la ciudad.
Pero Wang el Mercader, irritado por la exigencia de Wang el Tigre, dijo,
burlándose:
—Seguramente estás pensando en una o dos mujeres. Pero eso no me importa. El
asunto es saber cuánto puedes dar de las mil monedas que necesita, pues no tengo esa
suma en efectivo para entregar así de pronto.
Wang el Terrateniente miró fijamente a su hermano, y sentándose con las manos
sobre las rodillas dijo roncamente:
—Sabes lo que tengo. Nunca tengo plata disponible. Vende de nuevo otro pedazo
de mis tierras.
Wang el Mercader lanzó un gemido, pues no era buena época para vender antes
de año nuevo y había contado con las cosechas de trigo plantadas en los campos. Pero
de vuelta a su tienda y después de haber consultado su ábaco, apreciando ganancias y
pérdidas, llegó a la conclusión de que le convenía más vender tierras que retirar el
dinero perdiendo los intereses; ofreció, pues, en venta un hermoso potrero y muchos
llegaron a comprarlo. Lo vendió por mil monedas y un poco más, pero entregó al
hombre de confianza solamente novecientas monedas y retuvo el resto por miedo de
que Wang el Tigre exigiera más.
Pero el hombre de confianza era un muchacho sencillo y recordó que su amo le
había dicho que no se demorara por cien monedas más o menos y partió, pues, con
las que tenía. Y Wang el Mercader se apresuró a poner a interés el resto, reconfortado
de haber podido salvar siquiera ésas.
Hubo sólo una cosa enojosa en la transacción: una o dos partes de la tierra
vendida no estaban lejos de la casa de barro, y Flor de Peral estaba en ese momento
en la era, frente a la casa. Cuando vio a los hombres amontonados al lado del campo,
miró haciéndose sombra con la mano, y comprendió lo que sucedía. Presurosa, se
acercó a Wang el Mercader y, apartándolo de los otros, dijo, abriendo los ojos:
—¿Otra vez vendes la tierra?
Pero Wang el Mercader, que tenía otros motivos por qué preocuparse, se contentó
con decir, bruscamente:
—Mi hermano menor se casa, y sólo vendiendo un pedazo podemos entregarle la
suma que por derecho le corresponde en tal caso.
Entonces Flor de Peral se volvió y no dijo nada más. Regresó pausadamente hacia
su casa, y desde este día su vida fue aún más limitada; cuando no tenía que cuidar de
los niños, como continuaba llamándolos, pasaba el tiempo escuchando atentamente a
las monjas que iban a visitarla y les rogaba que lo hicieran todos los días. Sí, aun en
la mañana, cuando es mala suerte ver a una monja, tanto que muchos escupen si se
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atraviesa en su camino antes de mediodía, pues es mal presagio, Flor de Peral
siempre les daba la bienvenida.
Hizo el voto de no comer más carne durante su vida, lo que no le fue muy duro,
pues, medrosa, nunca había gozado de la vida.
Era como alguien que en las noches cálidas de verano cerrara las celosías para
que las polillas no entrasen y se quemasen en las llamas de la bujía, y creía que de ese
modo se precavía contra la vida. Lo que más rogaba era que la tonta muriera antes
que ella, para no verse obligada a usar el paquete de veneno blanco que Wang Lung
le había dejado en caso de necesidad.
Se instruía por medio de estas monjas, y hasta tarde, en la noche, continuaba
rezando con el rosario de cuentas de fragante madera, siempre enrollado en la
muñeca. Ésa era su vida.
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Y aun cuando Wang el Mercader se contentó con sonreír, después de haberlo
pensado un momento comprendió que era una precaución muy útil. Escribió, pues, en
un papel, diciendo que Wang el Tercero, llamado el Tigre, no pertenecía a la casa, e
hizo firmar antes a su hermano mayor, y entonces lo hizo él y lo llevó al tribunal del
magistrado y pagó cierta suma para que fuese sellado secretamente. Tomó entonces la
escritura y la guardó en lugar seguro, donde nadie pudiera encontrarla.
Los dos hermanos se sintieron entonces en seguridad; y cuando en la mañana se
encontraron en la casa de té, Wang el Terrateniente dijo:
—¿Por qué no vamos y nos divertimos, si estamos ahora en seguridad?
Pero mientras reflexionaban sobre ello, pues no eran hombres que emprendieran
un viaje con facilidad, de boca en boca corrió la noticia de que el gobernador de la
provincia había sabido, con inmensa cólera, que un advenedizo, mitad ladrón, mitad
soldado desertor de un anciano general del Sur, se había apoderado del gobierno de
uno de los distritos, y pensaba enviar un ejército para capturarlo. Este gobernador era
responsable ante sus superiores, y si fracasaba, sería censurado.
Cuando el rumor llegó hasta la casa de té, Wang el Terrateniente y Wang el
Mercader se pusieron de acuerdo con prontitud; permanecieron en sus casas durante
algún tiempo, contentos de no haberse jactado de la posición de su hermano,
pensando, reconfortados, en el papel firmado y sellado en el tribunal. Si alguien
hablaba de su tercer hermano delante de ellos, Wang el Terrateniente decía en voz
alta:
—Siempre ha sido indómito y desertor.
Y Wang el Mercader, frunciendo el cejo, decía:
—Dejadlo hacer lo que quiera, pues es apenas nuestro hermano y nada de cuanto
haga nos concierne.
Wang el Tigre estaba en medio de su festín matrimonial cuando este rumor llegó
hasta él; había habido fiestas durante tres días en los patios del tribunal; había hecho
matar vacas, cerdos y aves, ordenando pagar cada animal. Aunque era tan poderoso
que habría podido tomar lo que hubiese querido sin pagar nada y sin que nadie
hubiese protestado, como era hombre justo, ordenó pagar.
Esta justicia le valió los elogios de la gente del pueblo, y cada uno decía a su
vecino:
—Podría haber algunos mucho peores que este señor de la guerra, que ejerce su
autoridad sobre nosotros. Es lo suficientemente fuerte para mantener alejados a los
ladrones y, fuera de los impuestos, nunca nos roba. No creo que se pueda pedir más
bajo la bóveda celeste.
Pero aun en ese tiempo no se declaraban abiertamente partidarios de él, porque
también habían oído el rumor y esperaban ver si saldría o no victorioso, pues si era
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derrotado les podrían reprochar haberse mostrado leales con él. Pero si ganaba,
entonces se declararían sus partidarios.
No obstante, habían dejado que Wang el Tigre tomase lo que necesitaba para el
festín, aunque fuese una pesada carga tener que alimentar a tanta gente de una vez; y
Wang el Tigre quería que en esa acción todo fuese de lo mejor, y lo mejor de lo mejor
para él y su esposa y sus hombres de confianza y las mujeres que se ocupaban de su
esposa.
Eran éstas unas diez que vivían en los patios de la mujer del carcelero, gente
inofensiva, que no le preocupaba saber quiénes eran sus superiores y que, al día
siguiente de un derrocamiento, vuelven a sus puestos, pronta a jurar fidelidad a quien
cuide de alimentarlas. Y Wang el Tigre, de acuerdo con la costumbre, quiso que esas
mujeres estuviesen al lado de la desposada, a quien no se acercó durante los días que
precedieron a la boda. No, aunque a veces, en la noche, le fuese imposible dormir
pensando en ella, preguntándose quién era, ardiendo de amor por ella. Pero más
fuerte que este amor era el sentimiento de hacer de ella la madre de sus hijos; y le
parecía que el deber para con ese hijo lo obligaba a ser cuidadoso en todo lo que
hiciese.
Muy diferente era de Flor de Peral, y a causa de esta primera imagen de mujer
siempre había creído que amaría a todas las mujeres suaves y pálidas. Pero ahora se
decía orgullosamente que no le preocupaba saber quién ni cómo con tal de poseerla,
ligándola a su vida por medio de un hijo.
Durante esos días nadie se le acercó, pues sus hombres de confianza comprendían
que estaba por entero entregado a su deseo. Pero se consultaron en secreto, pues
también habían oído el rumor, y trataron por todos los medios de apresurar la boda,
de modo que todo estuviese terminado y su jefe apaciguado, vuelto en sí, pronto a
conducirlos adelante cuando el caso se presentase.
Más rápidamente, pues, de lo que Wang el Tigre lo hubiese esperado, las fiestas
estuvieron listas; la mujer del carcelero sirvió de testigo a la desposada y abrió los
patios para que entrasen todos aquellos que deseaban asistir al festín. Pero los
hombres y mujeres de la ciudad fueron escasos, porque tenían miedo. Los
vagabundos y la gente sin hogar, que no tenían nada que perder, asistieron al
matrimonio, comieron agradecidos y contemplaron a su gusto a la joven desposada.
Pero cuando fueron a buscar al anciano magistrado para colocarlo en un sitio de
honor, como había recomendado hacerlo Wang el Tigre, éste mandó decir que sentía
no poder asistir, pues estaba enfermo y le era imposible levantarse. En cuanto a Wang
el Tigre, procedió como en sueños; no sabía lo que hacía, le parecía que las horas del
día avanzaban tan lentamente, que le era un sufrimiento esperar. Creía que cada vez
que respiraba tardaba una hora en hacerlo y que el sol nunca llegaría hasta el centro
del firmamento, y que después de haber llegado, permanecería allí para siempre. Le
era imposible estar contento, como los hombres lo están el día de sus bodas, pues
nunca había sido alegre, y permanecía silencioso, como siempre, y no había nadie
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que bromeara a su costa. Bebió mucho vino durante todo el día, pero no pudo comer
nada y se sentía tan ahíto como si hubiese hecho una copiosa comida.
En los patios del festín los hombres y las mujeres y la multitud de andrajosos y
los perros de las calles llegaron a montones, para festejarse y comerse los huesos
dejados, mientras en su pieza Wang el Tigre permanecía silencioso y sonriente,
perdido en un ensueño; así transcurrió el día y llegó por fin la noche.
Entonces, cuando las mujeres hubieron preparado a la novia para el lecho, entró él
en la pieza, y allí estaba ella. Era la primera mujer que conocía. Sí, era algo extraño e
increíble que un hombre de más de treinta años, soldado y fugitivo de la casa de su
padre desde los dieciocho años, nunca se hubiera acercado a una mujer; tan recio
había sido el golpe que selló su corazón.
Pero la fuente corría ahora libremente y nada podría secarla otra vez. Al ver a esa
mujer sentada sobre el lecho aspiró el aire con fuerza, y entonces ella, levantando los
ojos, lo miró de lleno en el rostro.
Fue él hacia ella y la encontró silenciosa pero apasionada sobre el lecho nupcial;
desde aquel momento la amó con ardor, y como nunca había conocido a otra, la
encontró sin defecto.
En medio de la noche se volvió hacia ella y le dijo, en un murmullo ahogado:
—No sé tan sólo quién eres…
Y ella, tranquila, contestó.
—¿Qué importa, puesto que estoy aquí? Pero un día te lo he de decir.
Él no insistió, contento por entonces, pues ni uno ni otro eran gente vulgar, y sus
vidas no se parecían a las que ordinariamente se llevan.
Pero los hombres de confianza no dejaron sino la noche a Wang el Tigre. Al día
siguiente, al alba, lo esperaban delante de la puerta y lo vieron salir tranquilo y
descansado de su cámara nupcial. El hombre del labio leporino dijo, inclinándose:
—No te lo quisimos decir ayer, pues era un día de alegría, pero hemos oído
rumores provenientes del Norte. El gobernador de la provincia, sabedor de que te has
apoderado del gobierno, dirige una expedición en tu contra.
Y el Gavilán dijo a su vez:
—Oí decir a un mendigo, que venía de esos lados, que por el camino avanzaban
diez mil hombres.
Y el Matador de Cerdos agregó lo que sabía, balbuceando, por la prisa que ponía
en hablar:
—Yo…, yo también he oído decir eso…; cuando fui al mercado para ver cómo
ataban en esta ciudad a los cerdos, un carnicero me lo explicó.
Pero Wang el Tigre, suavizado y satisfecho por primera vez, no podía decidirse a
pensar en la guerra. Dijo, con su leve sonrisa:
—Puedo confiar en mis hombres. Decidles que vengan.
Y se sentó para beber té, antes de comer, en una mesa, al lado de la ventana. Era
ya pleno día, y de pronto pensó que había una noche después de cada día. Parecía
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comprenderlo por primera vez, pues las otras noches de su vida habían sido tan
insignificantes en comparación de esta noche única.
Pero la mujer, oculta por una cortina, observaba por una abertura, y oyó lo que
decían los hombres de confianza, y vio cuán desconcertados estaban al ver a su jefe
sumido en sus agradables e íntimos pensamientos. Cuando Wang el Tigre se levantó y
salió de la pieza para ir al comedor, ella, con voz clara, llamó al hombre del labio
leporino y le dijo:
—Dime todo lo que has oído.
Le repugnaba contar a una mujer algo que no le incumbía, pero ella, viendo que
empezaba con rodeos, como si no supiera nada, le ordenó, imperiosamente:
—No trates de hacerte el tonto conmigo, que he visto sangre, lucha y batallas
durante cinco años, desde que fui grande. Cuéntame todo.
Entonces, sorprendido e intimidado ante esos ojos atrevidos, fijos en él y no
velados, como están casi siempre los de las mujeres, en particular los de las recién
casadas, que deben estar sumamente avergonzadas, como si hubiese sido un hombre,
le contó lo que habían temido y el peligro que los amenazaba con la llegada de
soldados más numerosos que ellos, si tenían que batirse, no contando sino con
hombres que hasta entonces no habían sido probados. Entonces ella lo despachó,
ordenándole que llamara a Wang el Tigre.
Acudió a su llamada con más prontitud que la que nunca había mostrado y
sonriendo con más dulzura que la que nadie le conociera. Ella se sentó sobre el lecho
y él se sentó a su lado, y tomando el extremo de la manga empezó a jugar con ella. Se
sentía intimidado por su presencia y mantenía los ojos bajos, sonriendo:
Pero ella empezó a hablar rápidamente, con su voz clara y aguda:
—No soy yo mujer que entorpezca tu camino, si hay que librar batalla y dicen
que un ejército avanza en contra tuya.
—¿Quién te dijo eso? —contestó—. No me moveré hasta dentro de tres días. Me
he concedido tres días.
—¿Y si se acercan demasiado en tres días?
—Un ejército no puede avanzar doscientas millas en tres días.
—¿Cómo puedes saber qué día se pusieron en camino?
—La noticia no habría podido llegar a la capital de la provincia en tan poco
tiempo.
—Habría podido —dijo ella, vivamente.
Cosa extraña: esos dos seres, un hombre y una mujer, eran capaces de permanecer
sentados hablando de temas extraños al amor, aun cuando Wang el Tigre se sentía tan
unido a ella como lo había estado la noche precedente. Estaba extrañado de que una
mujer pudiese razonar así, pues antes nunca había conversado con una mujer y
siempre había creído que eran niños con cuerpos de mujeres, y una de las razones
porque las temía era que ignoraba lo que sabían y lo que él podría decirles. Ni aun
con una mujer pagada le era posible abalanzarse sobre ella como lo hace un simple
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soldado, y su desconfianza de las mujeres provenía en gran parte del temor de no
saber qué conversar con ellas. Y he aquí que ahora conversaba con ésta con más
soltura que si hubiese sido un hombre; la escuchó atentamente cuando continuó:
—Tienes menos hombres que el ejército provincial, y cuando un guerrero
comprueba que su ejército es menor que el de su enemigo debe emplear la astucia.
Entonces él rió con su risa muda, y dijo, con su tono áspero:
—Esto lo sé perfectamente, y si no tú no serías mía ahora.
Al oír esto ella bajó rápidamente los ojos, como si quisiese ocultar un sentimiento
que éstos pudiesen traicionar, y mordiéndose el labio inferior respondió:
—La estratagema más fácil es matar a un hombre, pero hay que atraparlo antes.
No servirá ahora la misma estratagema.
Entonces Wang el Tigre contestó, con orgullo:
—Opondré mis hombres a los tres veces más numerosos soldados del Estado. Los
he ejercitado e instruido durante todo el invierno y robustecido por medio del boxeo,
de la esgrima y la carrera; ninguno de ellos tiene miedo de morir. Además, es sabido
que los soldados del Estado nunca dejan de pasarse al lado del más fuerte y sin duda
los soldados de esta provincia no están mejor pagados que otros.
Entonces ella dijo, con cierta impaciencia, retirando la manga de entre sus dedos:
—Pero no tienes ningún plan. Escúchame. He formado un plan mientras
conversábamos. Utiliza al anciano magistrado como rehén.
Hablaba con tanta sangre fría y tanta seriedad, que Wang el Tigre la escuchaba
atentamente, extrañado de hacerlo, pues no era hombre que oyera consejos de nadie,
juzgándose capaz de hacer frente a cualquiera situación. Pero la escuchó atentamente,
y ella dijo:
—Lleva a tus soldados y llévalo a él también y explícale lo que debe decir.
Envíalo al encuentro del general provincial con un hombre de confianza a cada lado,
que oirán lo que diga; y si no dice lo que le ordenaste, que le hundan sus sables en las
entrañas, y ésa será la señal de batalla. Pero no tiene más hígados que un pollo y dirá
lo que tú quieras. Que diga que nada ha sido hecho sin su consentimiento; que el
rumor de un levantamiento proviene de que su anciano general fue quién se rebeló y
que si no hubiera sido por ti los sellos del Estado habrían sido robados y él habría
estado a punto de perder la vida.
Esta estratagema pareció excelente a Wang el Tigre, quien escuchó a su mujer sin
separar los ojos de su rostro. Vio todo el plan desarrollado ante él y, levantándose, rió
silencioso al comprender lo que ella valía; salió para ejecutar lo que había dicho y
ella lo siguió. Ordenó entonces a su hombre de confianza que fuera en busca del
anciano magistrado y lo llevara a la sala de audiencia. Entonces la mujer tuvo el
capricho de sentarse allí con su marido y de hacer comparecer al magistrado, y Wang
el Tigre consintió de buenas ganas, porque ambos conseguirían asustar más aún al
anciano. Se instalaron, pues, en el estrado: Wang el Tigre en el sillón esculpido, y su
mujer en otro, al lado.
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Pronto llegó el viejo magistrado, bamboleante, entre dos soldados y con sus
ropajes mal puestos. Paseó por la sala una mirada medio demente y no vio ni un solo
rostro conocido. Hasta sus sirvientes volvieron los ojos a otra parte y con un pretexto
cualquiera abandonaron la sala. No había en torno de los muros de la sala sino rostros
de soldados armados de fusil y adictos a Wang el Tigre. Entonces, con los labios
temblorosos y morados y la boca entreabierta, levantó los ojos y vio a Wang el Tigre
sentado, con las cejas bajas, y con aspecto fiero y asesino, y a su lado una extraña
mujer a quien el anciano magistrado no había visto ni conocido; y ni siquiera
concebía de dónde podía salir una mujer así. Permaneció tembloroso e intimidado y
próximo a expirar; semejante aventura pondría fin a su vida, a la vida de un hombre
de paz que en su tiempo había sido estudiante de Confucio.
Entonces Wang el Tigre le dijo, con su tono brutal y seco:
—Estás entre mis manos, y debes obedecer mis órdenes si quieres seguir viviendo
aquí. Mañana salimos al encuentro del ejército provincial y tú nos acompañarás.
Cuando avistemos el ejército, tú, con dos de mis hombres de confianza, saldrás al
encuentro del general y le dirás que me escogiste por tu señor de la guerra, porque te
salvé de un levantamiento dentro de tu propio tribunal, y que permanezco aquí
porque así es tu voluntad. Mis dos hombres de confianza se hallarán ahí para oír lo
que dices; si te equívocas en una sola palabra, habrá llegado tu última hora y habrá
sido tu última palabra. Pero si hablas como te lo indico podrás volver aquí y ocupar
nuevamente tu sitio sobre este estrado, y nadie tendrá que saber a quién pertenece el
poder en este tribunal, pues no tengo la intención de continuar toda mi vida siendo un
infeliz magistrado y tampoco quiero que otro ocupe tu lugar mientras tú hagas lo que
te ordeno.
El débil anciano no podía hacer otra cosa que consentir en todo, y dijo, gimiendo:
—Me tienes cogido en la punta de tu lanza. Sea como tú dices. Soy viejo y no
tengo hijo, ¿qué me importa la vida?
Y se alejó gimiendo y arrastrando los pies hacia su recinto particular, donde lo
esperaba su anciana esposa, quien nunca salía de él. Era verdad que no tenían hijos,
pues los que nacieron habían muerto antes de hablar.
Nadie podría haber asegurado si el plan forjado por Wang el Tigre hubiera tenido
éxito o no, pero el destino nuevamente se encargó de ayudarlo. Era entonces plena
primavera y los sauces echaban brotes, y los duraznos[21], sus tempranas flores;
mientras los campesinos se despojaban de sus trajes de invierno y trabajaban con la
espalda desnuda en los campos, gozando con la suave brisa y el agradable calor del
sol sobre sus poros obstruidos, los señores de la guerra también despertaron y la
inquietud de la primavera se apoderó de toda la región. Y los señores de la guerra
despertaron pendencieros y belicosos, los antiguos agravios se reavivaron, las
desavenencias se agudizaron y cada cual ambicionaba conseguir algo nuevo para sí
mientras durara la fresca primavera.
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Pues bien; la sede principal del gobierno de la nación estaba en ese entonces en
manos de un hombre débil e indolente y muchos señores de la guerra miraban con
envidia ese puesto, pensando que no sería difícil llegar hasta él. Muchos contaban con
los que se encontraban en el camino, y algunos se unieron y consultaron sobre el
modo de apoderarse del poder de la nación y derrocar a ese hombre inestable e
ignorante, colocado allí por otros, y de cómo podrían ellos colocar al que sirviera sus
propios intereses.
Entre estos señores de la guerra, Wang el Tigre era uno de los menos poderosos y
apenas conocido entre los grandes; a veces los soldados, en algunas reuniones o
banquetes, solían hablar de él, diciendo:
—¿Habéis oído hablar de ese capitán que se separó de su anciano general y se
instaló en tal o cual provincia? Dicen que es muy valiente y lo llaman Wang el Tigre,
a causa de sus arrebatos, de su aspecto feroz y de sus dos cejas negras.
De este modo, el principal señor de la guerra de la provincia en que estaba Wang
el Tigre había oído hablar de él y de cómo Wang el Tigre había derrotado al
Leopardo, y él había aprobado la hazaña. Pues bien, este señor de la guerra era uno de
los principales señores de la guerra en toda la nación, y uno de los que pretendían
derrocar al débil gobernante si podían, y ocupar su lugar, o, al menos, colocar a un
hombre que le fuese adicto, de modo que las entradas de la nación llegasen a sus
propias manos.
Durante esta primavera, pues, cuando la efervescencia cundió en todas partes,
florecieron extrañas flores de ambición. Hubo proclamas pegadas sobre las puertas de
las ciudades y sobre las murallas y en todos los sitios por donde pasa gente, y estas
proclamas eran enviadas por el señor de la guerra de esa provincia. Decía en ellas
que, puesto que el gobernante era tan malo y el pueblo se hallaba tan oprimido, le era
imposible seguir soportando tales crímenes. Aunque débil y necio, debía tratar de
salvar al pueblo. Y habiendo escrito esto se preparó para la guerra.
El pueblo, que casi no sabía leer ni escribir, ignoró que tenía este salvador; pero
se quejaba amargamente, porque nuevos impuestos habían caído sobre sus tierras y
sus cosechas y sus carretas, y en las ciudades, sobre las tiendas y las mercaderías.
Pero cuando los oían lamentarse, los enviados del señor de la guerra les decían:
—¡Qué ingratos sois en no querer pagar para vuestra propia salvación! ¿Y quién
pagaría entonces a los soldados que combatirán por vosotros asegurando vuestra
tranquilidad?
Así, pues, de malas ganas la gente pagaba, pues temía, si no lo hacía, la cólera del
señor que los mandaba o del nuevo señor que podía conquistarlos y devorarlos con
impuestos, orgulloso y voraz con su triunfo.
Habiéndose resuelto a esta guerra, el señor de la provincia deseaba unirse con
todos los pequeños generales y capitanes; cuando oyó hablar del levantamiento hecho
por Wang el Tigre, dijo al gobernador civil de la provincia:
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—No trates con demasiado rigor a ese general llamado Wang el Tigre, pues he
sabido que es un hombre fiero y valiente, y necesito gente como él bajo mi bandera.
Quizás la nación entera se dividirá esta primavera, y si no es este año será el próximo,
y los señores del Norte se declararán en contra de los del Sur. Trata, pues, a este
hombre con consideraciones.
Pues bien, aunque se dice que los señores de la guerra deben estar sometidos a los
gobernadores civiles del pueblo, es algo sabido y demostrado que el poder efectivo lo
tiene el hombre armado. ¿Cómo un hombre sin armas podría, aun cuando estuviese
en su derecho, oponerse a un hombre de guerra de la misma región que él que tiene
soldados a sus órdenes?
Así ayudó el destino a Wang el Tigre esa primavera. Cuando llegaron los ejércitos
del Estado, enviados contra él, Wang el Tigre salió a su encuentro, mandando primero
en su palanquín al anciano magistrado, después de haber emboscado a varios de sus
hombres para el caso de una traición. Cuando llegaron a presencia del ejército, el
anciano magistrado descendió de su palanquín y vacilando entre el polvo del camino
avanzó vestido con su traje de ceremonia, apoyado en dos hombres de confianza. El
general enviado por el Estado salió a su encuentro y una vez terminados los ritos de
obligada cortesía el anciano dijo, con voz vacilante:
—Estás equivocado, mi señor. Wang el Tigre no es un ladrón, sino mi propio
capitán y nuevo general que protege mi tribunal y me ha salvado de un levantamiento
de mi propia escolta.
Aunque el general no creyó esto, pues sabía la verdad por sus propios espías, y
aunque nadie lo creyera, existía empero la orden de tratar con miramientos a Wang el
Tigre y de no perder ni un solo hombre por una disputa tan pequeña, pues se
necesitaba de todos los fusiles para la guerra que se preparaba. Cuando hubo oído lo
dicho por el magistrado se contentó con amonestarlo ligeramente, diciendo:
—Debías habérmelo advertido antes, pues me habrías ahorrado el gasto de traer
hasta aquí un ejército para castigar a un rebelde que no existía. Deberás pagar una
multa de diez mil monedas de plata por haber ocasionado este gasto inútil.
Cuando Wang el Tigre oyó que todo se limitaba a una multa, regocijado condujo a
sus hombres en triunfo. E impuso a su vez un impuesto suplementario sobre la sal de
la ciudad y en menos de dos veces treinta días reunió las diez mil monedas y algo
más, pues la ciudad tenía mucha sal que se exportaba a otros sitios, y aun a otros
países, según muchos.
Wang el Tigre se sintió entonces más seguro que nunca de su poder sin haber
perdido ni un solo hombre. Comprendió que el honor de la victoria correspondía a su
mujer, y la honró por su talento.
Pero aún ignoraba quién era. El amor lo satisfacía por completo, aun cuando a
veces se preguntaba cuál podía ser su historia; pero si se lo preguntaba ella se
disculpaba diciendo:
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—Es una larga historia; algún día de invierno que no haya guerra te la contaré.
Ahora es primavera y tiempo de batallas y no de conversaciones ociosas.
Y cambiaba de tema con la mirada brillante y dura.
Entonces Wang el Tigre comprendió que la mujer tenía razón, pues en toda la
región se decía que aquella primavera tendría lugar, entre los señores de la guerra,
una guerra como no había habido desde hacía diez años; y todos estaban consternados
porque no sabían qué nuevas penurias les acarrearía la guerra. Pero, a pesar de todo,
quedaba la tierra que cultivar y la cultivaban, Y en las ciudades los mercaderes tenían
sus tiendas, pues es preciso que los hombres vivan y que los niños coman. La gente
continuaba, pues, viviendo, y si se quejaban al presentir el azote, no por eso
abandonaban el trabajo en la espera de lo que pudiese llegar.
En esa región todo el mundo tenía los ojos puestos en Wang el Tigre, pues su
poder sobre ellos era entonces cosa establecida y nadie ignoraba que los impuestos
pasaban por sus manos. Aunque el anciano magistrado permaneciese allí como
representante del Estado, era ya una imagen del pasado y todo era decidido por Wang
el Tigre. Sí; Wang el Tigre se sentaba a la derecha del magistrado en la sala de
audiencia y llegado el momento del fallo éste se dirigía a él; y el dinero que se
acostumbraba pagar a los consejeros iba a parar a manos de Wang el Tigre y de sus
hombres de confianza. Pero, a pesar de ello, Wang el Tigre no había cambiado, pues
continuaba despojando a los ricos, y si un pobre llegaba y él lo sabía lo dejaba hablar
con toda libertad. Había muchos pobres que cantaban sus alabanzas. Pero aquella
primavera todos se volvían hacia él, pues sabían que si tomaba parte en la gran guerra
tendrían que pagar los soldados y los fusiles que necesitara.
Wang el Tigre había reflexionado sobre el asunto sólo con su mujer y sus
hombres de confianza, pero permanecía indeciso sobre la determinación que le
convendría tomar. Entretanto, el señor de la guerra de esa provincia había enviado
órdenes a todos los generales y capitanes y señores de la guerra independientes,
concebidas en estos términos: «Enrolaos bajo mis banderas, pues ha llegado la hora
en que todos podamos subir uno o dos tramos en la marea de la guerra».
Pero Wang el Tigre no sabía si debía contestar a este llamado, porque aún no
lograba entrever qué partido ganaría. Si arriesgaba su fama con el partido perdedor,
esto significaría su retroceso o quizás su ruina, pues había ascendido recientemente
de grado. Así, pues, inquieto, después de reflexionar envió a sus espías para que
viesen y oyesen, tratando de descubrir qué partido sería vencedor. Les advirtió que
durante su ausencia diferiría tomar resolución alguna, esperando que la guerra
estuviese casi terminada y la victoria evidente, y entonces se apresuraría a declararse
y de ese modo no tendría sino que dejarse llevar con los otros sobre la cresta de la
creciente ola, sin perder ni un hombre ni un fusil. Envió, pues, a sus espías y esperó.
En la noche conversaba de esto con su mujer, pues su amor y su ambición estaban
asociados en forma curiosa; y cuando había saciado su sed de amor, se acostaba
cómodamente y charlaba con ella como nunca antes lo había hecho con nadie. Le
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confiaba todos sus planes y siempre terminaba sus sueños con estas palabras: «Así lo
haré, y cuando me des un hijo será él el significado de todo esto».
Pero ella nunca contestaba a este anhelo, y cuando él insistía sobre el tema,
nerviosa, hablaba de cualquiera vulgaridad cotidiana, preguntando de pronto:
«¿Tienes los planes listos para la última batalla?». Y a menudo decía: «La astucia es
el arte de la guerra y la mejor batalla es la última cuando la victoria es pronta y
segura».
Y Wang el Tigre no notaba en ella frialdad alguna, tanto era su ardor.
Durante toda esa primavera esperó, pues, aun cuando en tiempos normales la
espera lo contrariara; y tampoco habría podido soportarlo ahora si no hubiese tenido
allí a esa mujer. Llegaron el verano y la cosecha del trigo, y en los valles el ruido de
los mayales[22] resonaba todo el día bajo la paz del sol quemante. En los potreros
donde había crecido el trigo, el sorgo[23] se desarrolló y, en tanto que Wang el Tigre
esperaba, las guerras surgían de todas partes, y en el Sur y en el Norte se unían entre
sí los generales. Deseaba que los generales del Sur no ganaran, pues le repugnaba
tener que unirse otra vez con esos hombrecillos morenos y desmirriados. Tanto le
repugnaba, que a veces se decía que en tal caso buscaría refugio en las montañas en
espera de una nueva guerra.
Mas no esperaba en completa ociosidad. Ejercitaba a sus hombres con nuevo celo
y acrecentaba su ejército enrolando a algunos muchachos que lo deseaban; y por
encima de los nuevos reclutas puso a los antiguos soldados y su ejército aumentó
hasta diez mil hombres; y para pagar estos gastos aumentó los impuestos sobre el
vino, la sal y a los comerciantes viajeros.
Su única preocupación era no tener bastantes fusiles, y comprendió que debía, o
bien procurarse fusiles por medio de la astucia, o bien vencer a un capitán vecino y
apoderarse de sus fusiles y municiones. Esta escasez provenía de que los fusiles eran
de fabricación extranjera y era difícil procurárselos; y Wang el Tigre no había
pensado en esto cuando escogió para sí una región del interior. No tenía puerto
costero bajo su dominación y los otros puertos estaban tan bien custodiados que no
había esperanza alguna de entrar fusiles. Además no conocía ninguna lengua
extranjera y no tenía a su lado a nadie que la conociera, y, por lo tanto, ningún medio
de tratar con los comerciantes extranjeros; le parecía que después de todo tendría que
librar una pequeña batalla en alguna parte, porque muchos de sus hombres carecían
de fusil. Una noche dijo esto a su mujer, quien manifestó de pronto súbito interés,
aunque a menudo ahora se mostraba distraída. Cuando hubo meditado sobre el asunto
no tardó en decir:
—Pero yo creía que me habías dicho que uno de tus hermanos era comerciante.
—Eso es, en efecto —contestó Wang el Tigre—; pero es comerciante en granos y
no en fusiles.
—¡Pero tú no ves nada! —le gritó ella, con su tono agudo e impaciente—. Si es
comerciante y trafica con los puertos costeros, puede comprar fusiles y pasarlos entre
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sus mercaderías de uno u otro modo; no sé cómo, pero debe haber un medio.
Wang el Tigre reflexionó sobre esto y pensó que esa mujer era la más inteligente
de las mujeres. Al día siguiente llamó a su sobrino, que había crecido mucho durante
ese último año y a quien siempre tenía a su lado para que le prestara pequeños
servicios, y le dijo:
—Ve donde tu padre y finge haber ido a tu casa para una simple visita, y cuando
estés solo con él explícale que necesito tres mil fusiles, y que estoy muy afligido,
pues no los tengo. Los hombres brotan por todas partes, pero los fusiles no. Explícale
qué como comerciante que trafica con la costa puede encontrar un medio de
procurármelos. Te envío porque nadie debe saber esto, y tú eres de mi propia sangre.
El muchacho, contento de partir, prometió guardar el secreto, orgulloso de su
misión. Wang el Tigre seguía esperando y recibiendo hombres bajo su bandera, los
escogía cuidadosamente y probaba a cada uno para saber si temía o no morir.
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XVIII
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su persona. Pero el Apestado, haciendo una mueca, le sacó la lengua y entró a su
casa.
Nada había cambiado en el patio de su morada. Era la hora del almuerzo y la
puerta de la casa estaba abierta. Vio a su padre sentado solo delante de la mesa,
mientras los niños corrían por todas partes, comiendo, y su madre, de pie delante de
la puerta, con la escudilla pegada a los labios y empujando la comida con los palillos,
a la par que masticaba, charlaba con una vecina, que había ido a pedirle algo
prestado, a propósito de un pescado salado que, a pesar de estar colgado de una viga
del techo, el gato se había robado la noche anterior. Cuando vio a su hijo exclamó:
—Llegas a tiempo para comer, no podrías haber elegido mejor momento.
Y renovó su interrumpida charla.
El muchacho le dirigió una sonrisa y entró a la pieza. Su padre, sorprendido, le
hizo una venía con la cabeza y él lo llamó por su nombre, como era costumbre, y
tomando una escudilla y un par de palillos la llenó con la comida que estaba sobre la
mesa y se sentó de través sobre una silla que estaba a un lado, como los hijos deben
hacerlo si están en presencia de sus mayores.
Cuando hubo comido, el padre se vertió con bastante parsimonia un poco de té en
su escudilla del arroz, pues era económico en todo, y mientras bebía hasta el final a
pequeños sorbos, preguntó a su hijo:
—¿Traes algún mensaje?
Y el hijo respondió:
—Sí, traigo, pero no puedo decírtelo aquí.
Dijo esto porque sus hermanos y hermanas se apretujaban en torno de él,
contemplándolo en silencio, pues para ellos era un extraño al que escuchaban con
avidez.
La madre también se acercó para volver a llenar su escudilla, pues tenía muy buen
apetito, y seguía comiendo mucho rato después que su marido había partido;
contempló también a su hijo, y dijo:
—Has crecido no menos de diez pulgadas. ¿Y por qué llevas esa casaca hecha
pedazos? ¿No te da tu tío otra mejor? ¿Qué te da de comer para hacerte crecer así?
Apostaría que buena carne y buen vino.
Y el muchacho, sonriendo, respondió:
—Tengo buena ropa, pero no me la he puesto ahora, y comemos carne todos los
días.
Al oír esto, Wang el Mercader, asombrado, exclamó, con súbito interés:
—¡Cómo! ¿Todos los días da mi hermano carne a sus soldados?
El muchacho se apresuró en contestar:
—De costumbre, no; pero ahora sí, porque los está preparando para una guerra y
los quiere arrojados y valientes. Pero yo como carne siempre, porque no vivo con los
soldados; comemos lo que mi tío y su mujer dejan en sus escudillas, yo y sus
hombres de confianza.
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La madre dijo entonces, ávidamente:
—Háblame de su mujer. Es muy extraño que no nos haya convidado a sus bodas.
—Nos convidó —respondió, presuroso, Wang el Mercader, comprendiendo que
no era fácil poner término a esa conversación—. Sí, nos convidó, pero yo contesté
que no iríamos. Habría costado un montón de dinero, y tú habrías necesitado nuevos
vestidos si hubieras ido.
A lo que la mujer contestó, con energía y en voz alta:
—Eres un viejo avaro; yo nunca voy a parte alguna.
Pero Wang el Mercader, carraspeando, dijo a su hijo:
—Vamos; aquí no se puede estar en paz.
Y levantándose apartó a sus hijos sin brusquedad y salió seguido por su hijo
mayor.
Precediendo a su hijo llegó hasta una pequeña casa de té a la que no iba a menudo
y escogió una mesa en un rincón tranquilo. Pero la casa estaba casi vacía; era una
hora en que no abundaban los clientes, pues los labradores, después de haber vendido
sus cargas, habían regresado a sus casas y los clientes de la ciudad no habían llegado
aún para la charla de la tarde. Tranquilos por fin, el hijo de Wang el Mercader le
explicó su misión.
Wang el Mercader escuchó atentamente sin despegar los labios hasta que su hijo
hubo terminado y sin que se moviera un músculo de su rostro. Puesto en su lugar,
Wang el Terrateniente habría abierto tamaños ojos jurando que era algo imposible de
realizar; pero Wang el Mercader había llegado a ser tan rico que nada era imposible;
y si vacilaba era porque quería estar seguro de que el negocio le reportaría beneficios.
Tenía el dinero colocado en todas partes y la gente siempre le pedía prestado. Tenía
dinero colocado hasta en los templos budistas como préstamos a los sacerdotes, con
garantía sobre los terrenos de esos templos, pues en aquel entonces el mundo no era
devoto como antes, y solamente las mujeres, y generalmente las viejas, estaban
dispuestas a reverenciar a los dioses, y muchos templos eran ahora pobres. También
había colocado dinero en los navíos fluviales y marítimos y en los ferrocarriles, y una
fuerte suma en un lupanar[24] de la ciudad, aunque él nunca lo frecuentaba; y su
hermano mayor nunca habría imaginado, cuando iba a jugar a esa casa abierta uno o
dos años antes, que era la casa de su propio hermano. Pero era un negocio que daba
mucho, y Wang el Mercader contaba con la naturaleza del hombre.
De este modo su dinero circulaba por cien secretos canales, y si de pronto hubiera
querido recogerlo, miles de personas habrían sufrido. A pesar de ello no comía más ni
mejor que antes y se abstenía de jugar, como lo hace todo hombre que tiene más de lo
que necesita para comer y vestirse, y no permitía que sus hijos usaran vestidos de
seda; nadie, viendo cómo vivía, habría supuesto cuán rico era. Por lo tanto, podía
pensar sin ofuscarse, como lo hubiera hecho Wang el Terrateniente, en tres mil fusiles
de fabricación extranjera. si alguien hubiera encontrado a los hermanos juntos en la
calle, habría dicho que el rico era Wang el Terrateniente al verlo tan monstruosamente
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obeso y gastando su dinero con tanta facilidad, ataviado de seda y raso y pieles, y
todos sus hijos vestidos de seda, excepto el jorobado, que vivía con Flor de Peral y
apaciblemente llegaba a la edad de un hombre olvidado día tras día.
Así, pues, después de reflexionar un momento, Wang el Mercader dijo por fin:
—¿Te dijo mi hermano qué garantía me daría por la compra de los fusiles?
Necesito una buena garantía, pues la ley prohíbe comprar armas.
Y el muchacho contestó:
—Me dijo: «Di a mi hermano que tome como garantía toda la tierra que le dejé, si
no cree en mi palabra, hasta cuando yo tenga el dinero suficiente para pagar esos
fusiles. Por mi mano pasan todas las entradas de la región, pero no puedo entregar
una suma tan enorme de una vez sin que mis hombres sufran privaciones».
—No quiero más tierras —dijo Wang el Mercader, reflexionando—. Este año ha
sido malo, hemos estado próximos a una hambruna y la tierra está barata. Todo lo que
le queda no será suficiente. El costo de su matrimonio ha comido gran parte de sus
tierras.
Entonces el muchacho, con los ojillos negros y brillantes, dijo, con seriedad:
—Es verdad que mi tío es un grande hombre. Si supieras cómo lo temen. Pero
también es un hombre bueno que no mata por el gusto de matar. Hasta el gobernador
de la provincia lo teme. Nada lo asusta, no; pues, ¿quién se habría atrevido a casarse
con una mujer que dicen que es mitad mujer y mitad zorro? Si tú le proporcionas esos
fusiles, tendrá más poder aún.
Las palabras de un hijo no logran convencer a un padre, mas había mucho de
verdad en ellas; pero lo que más decidió a Wang el Mercader fue el tener un hermano
que fuese un poderoso señor de la guerra. Si sonaba la hora de una guerra, como se
rumoreaba en todas partes, y si la guerra llegaba hasta allí —¿y quién podría asegurar
hasta dónde llegaría?—, sus bienes podrían ser confiscados o saqueados, si no por los
soldados enemigos, por los pobres sin escrúpulos. Pero Wang el Mercader no tenía
ahora la mayor parte de su fortuna en tierras, y las que poseía casi no tenían valor
comparadas con sus tiendas y su negocio de préstamos, y en una época en que los
hombres pueden libremente despojar a otro de sus bienes, una fortuna de esa
naturaleza podía desaparecer tan rápidamente que en pocos días un hombre rico se
convertiría en uno pobre si no contara con algún poder secreto para ayudarlo y
protegerlo en un caso imprevisto como ése.
Pensaba, pues, que esos fusiles podrían un día servirle de protección, reflexionaba
sobre la manera de comprarlos y hacerlos entrar clandestinamente. Podía hacerlo,
pues poseía ahora dos navíos que transportaban arroz a un país vecino. Esto era
contrario a la ley y tenía que hacerlo en secreto, pero le reportaba un gran beneficio, a
pesar de tener que sobornar a los gobernadores, quienes eran tan poco estrictos que si
los pagaban bien cerraban los ojos sobre los dos pequeños navíos, que conservaba
pequeños adrede, y descargaban su cólera y el peso de la ley sobre los barcos
extranjeros o sobre los que no les pagaban nada.
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Y Wang el Mercader recordó que sus dos navíos regresaban a veces del país
vecino descargados o semicargados con géneros de algodón o chucherías; pensó que
fácilmente podría hacer entrar fraudulentamente los fusiles extranjeros entre esas
mercaderías; y si era sorprendido podría distribuir dinero aquí y allá y dar a los dos
capitanes algo que les cerrara la boca. Sí, podría hacer eso. Y luego, después de haber
mirado si no había nadie allí cerca, ni clientes ni sirvientes oficiosos, habló entre
dientes, sin mover los labios y muy suavemente:
—Puedo hacer llegar los fusiles a la costa y hasta cierto punto donde el ferrocarril
pasa más cerca de mi hermano; pero ¿cómo hacerlo llegar hasta él cuando hay más de
un día de camino por un país desierto y sin otro medio de comunicación que a lomo
de animal?
Y como Wang el Tigre no había dicho nada sobre esto al muchacho, éste se
contentó con rascarse la cabeza, y mirando a su padre, dijo:
—Debo volver y preguntárselo.
Y Wang el Mercader prosiguió:
—Dile que meteré los fusiles entre mercaderías de otra especie, marcadas con
otro nombre, y que los haré llegar hasta un sitio convenido y que él deberá
transportarlos de allí, de algún modo.
El muchacho, portador de esta respuesta, partió al día siguiente en busca de su tío.
Pero esa noche durmió en su casa, y su madre le hizo un plato que le gustaba, una
hogaza de pan rellena con ajo y carne de cerdo, un plato muy delicado. Comió lo que
más pudo y el resto lo metió en el pecho para comer en el camino. Entonces, montado
sobre su asno, tomó el camino que lo llevaba hacia Wang el Tigre.
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de confianza le decían; y todos trataban de alabarlo diciendo que nadie se atrevería a
enfrentársele. Pero un día llegaron venidos del Este dos hermanos, dos labradores que
traían una maleta de fibra de cáñamo. No quisieron abrir la maleta delante de nadie y
a todas las preguntas contestaban con resolución.
—Esta maleta es para el general.
Y suponiendo que traían un obsequio para Wang el Tigre, los guardias los dejaron
entrar a través de las puertas y llegaron hasta la sala de audiencia, donde éste, como
de costumbre, se hallaba. Cuando los dos hermanos hubieron hecho las reverencias
de rigor, sin decir una palabra abrieron la maleta de fibra y sacaron dos pares de
manos, uno de una mujer vieja, duras y curtidas por el trabajo, con la piel rasgada y
reseca, y otro de un hombre anciano con la palma callosa por el mango del arado. Los
dos hermanos suspendieron las manos por los muñones en los que la sangre estaba
negra y seca. Entonces el mayor de los hermanos, un hombre formal, de edad
madura, de rostro cuadrado y honesto, dijo:
—Éstas son las manos de nuestros ancianos padres, que yacen ahora muertos.
Hace dos días, los ladrones merodearon en nuestra aldea y cuando nuestro anciano
padre les gritó que no tenía nada le cortaron las manos, y cuando mi madre
valientemente los maldijo, se las cortaron también. Nosotros estábamos en los
campos, pero nuestras mujeres escaparon gritando, y entonces nosotros acudimos con
nuestras horquetas. Pero los ladrones se habían ido, pues no eran muy numerosos,
sólo unos ocho o diez, y nuestros padres eran viejos. Nadie en la aldea se atrevió a
auxiliarlos por temor de represalias. Señor, nosotros te pagamos un subido impuesto,
además del que pagamos al Estado sobre la tierra y la sal, y sobre lo que compramos
y vendemos, para ser protegidos de los ladrones. ¿Qué piensas hacer?
Y mostraron las encallecidas y yertas manos de sus ancianos padres.
Wang el Tigre no se manifestó enojado, como muchos lo hubieran hecho en su
lugar al oír tan atrevido discurso. No; estaba asombrado y furioso, no porque los
campesinos se hubieran atrevido a dirigirse a él, sino porque tal cosa sucediera en
esas regiones. Llamó a sus capitanes, que fueron llegando a medida que los
encontraban, hasta que hubo unos cincuenta en la sala.
Entonces Wang el Tigre levantó las manos sin vida que desamparadas yacían
sobre las losas del piso, y mostrándoselas les dijo:
—Éstas son las manos de dos pobres labradores que fueron saqueados y robados
en el día, mientras sus hijos trabajaban en los campos. ¿Quién sale primero a
combatir contra estos merodeadores?
Los capitanes se miraron excitados por el espectáculo y por la idea de que los
ladrones se atrevían a robar en tierras que les pertenecían, y decían:
—¿Dejaremos que esto continúe en esta tierra dónde tenemos el primer derecho?
¿Dejaremos crecer a estos malditos ladrones en nuestras propias tierras?
Y exclamaron en voz alta:
—¡Iremos a combatir contra ellos!
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Wang el Tigre, volviéndose entonces hacia los dos hermanos, dijo:
—Volved a vuestros hogares en paz y confianza. Mañana saldrán éstos, y yo no
descansaré hasta saber quién es el jefe de estos ladrones, y entonces tendrá que
habérselas conmigo, como el Leopardo.
A lo que el hermano menor dijo:
—Señor, creemos que todavía no hay jefe alguno; vagan en pequeñas bandas
separadas que no tienen de común sino el nombre y buscan un hombre poderoso que
los guíe.
—Si es así —respondió Wang el Tigre—, será fácil dispersarlos.
—Pero no extirparlos —dijo el hermano mayor, bruscamente.
Los dos hermanos permanecieron allí como si tuvieran algo más que decir y no
supieran cómo decirlo; y después de un momento, impaciente porque no se iban,
Wang el Tigre comprendió que desconfiaban de él; dijo entonces, enojado:
—¿Dudáis de que sea bastante fuerte, yo que maté al Leopardo, un poderoso
ladrón que vivió a costa de vosotros durante más de veinte años?
Ambos hermanos se miraron, y el mayor, tragando saliva, dijo pausadamente:
—No, señor, no es eso. Pero tenemos algo que decirte en privado.
Entonces Wang el Tigre se volvió a sus capitanes, que aún permanecían allí, y les
ordenó que salieran a preparar a sus hombres. Y cuando todos hubieron salido,
excepto uno o dos que siempre permanecían a su lado, el hermano mayor cayó de
rodillas con el rostro pegado en tierra, y, golpeando tres veces la cabeza contra las
baldosas, dijo:
—No te enojes, señor. Somos pobres, y cuando pedimos un favor, es que no nos
queda otra cosa que hacer, pues no tenemos dinero para pagar sobornos que aseguren
su realización.
Wang el Tigre respondió sorprendido:
—¿Qué significa eso? No pido dinero si se trata de algo que puedo hacer.
El hombre contestó humildemente:
—Cuando veníamos para acá, los aldeanos trataron de disuadirnos, porque decían
que si llegaban los soldados serían peores que los ladrones, ya que exigen mucho
más, y nosotros somos gente pobre que debemos trabajar para comer. Los ladrones
llegan y se van, pero los soldados viven en nuestras casas y miran a nuestras mujeres,
y se comen todo lo que guardamos para el invierno y no nos atrevemos a oponernos
porque tienen armas. Señor, si tus soldados son así, no los envíes entonces;
sufriremos lo que debamos sufrir.
Wang el Tigre, furioso cuando oyó esto, se levantó y gritó a sus capitanes que se
presentaran, y cuando fueron llegando en grupos de dos y de tres, con el rostro
congestionado y las cejas bajas, rugió:
—Esta región que gobierno es lo bastante pequeña para que los hombres puedan
ir y regresar al tercer día; y así lo tendréis que hacer. Cada hombre no debe estar lejos
durante más de tres días, y si alguno trata de abusar de la gente, lo mataré. si alguno
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vence a los ladrones y los hace huir, lo recompensaré con dinero, alimentos y vino,
pues no soy jefe de ladrones ni tengo banda de ladrones.
Y miró fijamente a los capitanes de una manera tan feroz; que todos se
apresuraron a prometer lo que deseaba.
Así procedió Wang el Tigre y despidió a los hermanos, tranquilizados; ellos
tomaron las manos de sus padres y reverentemente las colocaron en la maleta de fibra
de cáñamo para poder enterrarlas con el resto de los cuerpos, y regresaron a su aldea
alabando a Wang el Tigre.
Pero cuando Wang el Tigre hubo despedido a los hermanos y reflexionado sobre
lo que había prometido, se sintió consternado al ver hasta dónde lo había arrastrado
su buen corazón; meditabundo, se sentó en su pieza, pues no estaba dispuesto a
perder a sus hombres y fusiles en un encuentro con ladrones. Comprendía también
que debía haber en su ejército, como los hay en todos, algunos ociosos que
permanecían allí en espera de un puesto mejor y que seducidos por los ladrones
podían partir llevándose sus fusiles. Aunque tarde, se dio cuenta de que se había
dejado impresionar por la prenda que traían los hermanos.
Y, mientras estaba sentado allí, llegó un mensajero con una carta de su hermano
Wang el Mercader. Wang el Tigre rompió el sobre, sacó la carta y la leyó. En palabras
ambiguas e indirectas, su hermano le decía que los fusiles habían llegado y que serían
llevados a cierto lugar, un día fijo, y que iban ocultos en sacos de trigo importado
para fabricar harina en los grandes molinos del Norte.
Wang el Tigre se sintió más perplejo que nunca, pues tenía que recoger los fusiles
y sus hombres estaban dispersos por todo el país en persecución de los ladrones.
Sentado echaba maldiciones, cuando entró la mujer que amaba. Caminaba con una
gracia y languidez inusitadas, pues era pleno verano; llevaba sólo una blusa y un
pantalón de seda blancos y había desabotonado su blusa, dejando al descubierto su
cuello suave y redondeado, más pálido que el rostro.
A pesar de sus maldiciones y hastío, Wang el Tigre se sintió cogido y retenido a la
vista del hermoso pecho. Tuvo deseos de hundir los dedos en ese cuello pálido y
esperó que ella se acercase. Se sentó ella al lado de la mesa y le dijo, mirando la carta
que aún estaba allí:
—¿Ha habido alguna dificultad que tienes esa cara tan sombría y enojada? —
Esperó un instante y, riéndose con risa aguda, continuó—: Espero que no sea así,
pues temería que me mataras con esas miradas que ahora tienes.
Wang el Tigre le tendió la carta sin decir una palabra, con los ojos fijos en su
garganta desnuda y en la piel satinada que se perdía entre sus pechos. Había llegado a
tal punto con esta mujer, que bastó ese instante para que le contara todo. Tomó ella la
carta y la leyó, y él se sintió orgulloso de que supiera leer, juzgándola por sobre toda
belleza cuando, inclinada sobre la carta, la leía moviendo sus labios delgados y
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pronunciados. Llevaba el cabello liso y aceitado, atado con una redecilla de seda
negra, y de sus orejas colgaban anillos de oro.
Después de haber leído la carta la metió en el sobre y la colocó sobre la mesa.
Wang el Tigre la miraba sin despegar los ojos de sus manos ligeras, finas y prontas;
dijo por fin:
—No sé cómo ir a buscar esos sacos de trigo. Debo conseguirlos por astucia o por
fuerza.
—No es difícil —dijo la mujer, con calma—. Fuerza y astucia son cosas fáciles.
He ideado un plan mientras leía la carta. No tienes sino que enviar una parte de tus
hombres como si fuesen ladrones, los ladrones de que la gente habla todos los días,
que fingirán robar el trigo, y, ¿quién puede saber que tú tienes algo que hacer con
ellos?
Wang el Tigre al oírla decir esto rió con su risa muda, y, atrayéndola hacia sí, pues
estaban solos en la pieza, satisfizo su deseo de acariciar con sus rudas manos la carne
suave; dijo:
—Nunca ha habido una mujer tan inteligente como tú. Qué bendición fue el día
que maté al Leopardo.
Y después de haber satisfecho su deseo salió y llamó al Gavilán para decirle:
—Los fusiles que necesitamos están en un sitio a treinta millas de aquí, en el
cruce de los ferrocarriles. Están en sacos de trigo como para ser enviados a los
molinos del Norte. Toma quinientos hombres, y armaos y vestíos como una banda de
ladrones y apoderaos de esos sacos, fingiendo llevarlos a un refugio cualquiera. Pero
en un sitio vecino deberás tener listos carretas y asnos, y traerás aquí los sacos y lo
demás.
El Gavilán era un hombre hábil que confiaba en su cabeza y en su astucia, en
tanto que el Matador de Cerdos confiaba en sus dos puños enormes como cuencos de
barro; una hazaña así era de su agrado y, contento, se inclinó. Wang el Tigre dijo aún:
—Te recompensaré cuando los fusiles estén aquí y cada hombre recibirá una
recompensa proporcionada a lo que haya hecho.
Cuando hubo hecho esto, Wang el Tigre volvió a su pieza. La mujer se había ido,
pero él se sentó en su sillón de madera esculpida, que tenía un cojín de caña trenzada;
a causa del calor, desató su cinturón y el cuello de su túnica y permaneció
descansando y pensando en el pecho de la mujer, maravillado de que la carne pudiese
ser tan suave y la piel tan lisa.
No se fijó en que la carta de su hermano había desaparecido, pues la mujer la
había tomado y hundido entre sus pechos, tan adentro, que sus manos no alcanzaron a
tocarla.
Cuando hacía medio día que el Gavilán había partido, Wang el Tigre, antes de
acostarse, salió a tomar el fresco de la noche y se paseó por el patio hasta cerca de
una puerta lateral que daba a la calle, una calle por donde pasaba poca gente y
solamente durante el día. Y mientras caminaba oyó el chillido de un grillo. Al
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principio no prestó atención, porque estaba preocupado por otras cosas. Pero el grillo
volvió a cantar, y entonces lo oyó y se dijo que no era la estación de los grillos;
entonces, por simple curiosidad, miró para ver dónde se ocultaba el insecto. Llegó a
la puerta y, cuando miraba hacia afuera, vio la silueta informe de alguien que se
ocultaba detrás de esta puerta. Con la mano en su espada avanzó un paso y vio
entonces el rostro marcado y pálido de su sobrino. El muchacho susurró, jadeante:
—No hagas ruido, tío. No digas a tu dama que estoy aquí. Pero sal a la calle en
cuanto puedas y nos encontraremos en la primera encrucijada. Tengo algo que
decirte, que no puede esperar.
El muchacho desapareció entonces como una sombra, pero Wang el Tigre no
quiso esperar y, siguiendo en pos de la sombra, llegó primero a la cita. Luego vio
llegar a su sobrino deslizándose a lo largo de los muros; y le preguntó, entonces,
extrañado:
—¿Qué te pasa, que te arrastras como un perro apaleado?
Y el muchacho murmuró:
—Chist, he sido enviado a un sitio lejos de aquí por tu dama, y es tan lista que no
sería raro que me vigilara; dijo que me mataría si te lo repetía y no es la primera vez
que me amenaza.
Cuando Wang el Tigre oyó esto se sintió demasiado asombrado para hablar.
Tomando al muchacho lo levantó casi en el aire y lo arrastró hasta una callejuela
vecina, ordenándole entonces que hablara. El muchacho, con la boca pegada al oído
de Wang el Tigre, susurró:
—Tu esposa me envió con esta carta para alguien, pero no sé para quién, pues no
la he abierto. Me preguntó si sabía leer, y yo de contesté que no, pues había sido
educado en el campo, y entonces me dio esta carta, ordenándome que la entregara a
un hombre que estaría hoy en la noche en la casa de té en el barrio Norte; y me dio
una moneda de plata por el mandado.
Metió la mano en el pecho y sacó una carta que Wang el Tigre tomó sin despegar
los labios. Siempre mudo, avanzó por el camino hasta una callejuela donde un viejo
había abierto una solitaria tiendecilla, en la que vendía agua caliente, y allí, a la luz
vacilante de una lámpara de aceite de fréjoles que colgaba de un clavo en la muralla,
Wang el Tigre abrió la carta y leyó. Y a medida que leía se percataba de la existencia
de un complot. Ella —su mujer— había hablado a alguien de sus fusiles. Sí, era claro
que se había entendido con alguien para traicionarlo, y en su carta ordenaba una
última recomendación:
«Cuando tengáis los fusiles y estéis reunidos, iré a juntarme con vosotros».
Cuando Wang el Tigre leyó esto creyó que la tierra se hundía bajo sus pies y que
el cielo se desplomaba aplastándolo. Había adorado a esa mujer con tanto fervor, que
nunca hubiera imaginado que podía traicionarlo. Había olvidado las advertencias de
su hombre de confianza y no veía el aire consternado de ese hombre; amaba a la
mujer de tal manera que no tenía sino un deseo: que le diera un hijo. Con qué ardor le
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preguntaba si había concebido o no. La había amado tanto que no podía creer que su
corazón no le correspondiera. En aquel instante había estado esperando reunirse con
su amada, esperando que llegase la noche. Ahora comprendía que ella nunca lo había
amado. Era capaz de complotar en el preciso momento en que él estaba en vísperas
de dar un paso decisivo en la guerra. Era capaz de complotar y de permanecer
acostada en su lecho toda la noche y fingir pena, cuando él la interrogaba sobre el
hijo. Lo embargó de pronto tal ira, que no podía casi respirar. Su antigua cólera lo
dominó por completo. Su corazón latía resonando en sus oídos, sus ojos se
obscurecían y sus cejas se contraían hasta hacerle daño.
Su sobrino lo había seguido y permanecía delante de la puerta, pero Wang el
Tigre lo hizo a un lado sin decir una palabra, sin darse cuenta siquiera de que, en la
violencia de su cólera, lanzaba al muchacho sobre las filudas[25] piedras del camino.
Regresó a sus patios impulsado por la cólera, y mientras avanzaba desenvainó su
espada, la hermosa espada del Leopardo, y la limpió sobre su pierna.
Se fue a la pieza donde la mujer reposaba sobre el lecho, con las cortinas corridas
a causa del calor. Descansaba allí, y la luz de la luna de aquella noche, levantándose
por encima del muro del patio, daba de lleno sobre su cuerpo. Estaba desnuda sobre
el lecho, con las manos colgando, una de ellas medio abierta sobre el borde de la
cama.
Pero Wang el Tigre no esperó. Aunque comprendía que era tan hermosa como
una estatua de alabastro bajo la luz de la luna y que bajo su ira se ocultaba un dolor
peor que la muerte, no se detuvo. Recordaba sólo que lo había engañado y que había
querido traicionarlo, y en su furor levantó la espada y sin vacilar la hundió en su
pecho. Retorció la hoja y la sacó, limpiándola sobre la colcha de seda.
De los labios de la mujer no salió sino un sonido inarticulado, pues la sangre la
ahogó y él no entendió lo que decía: cuando su espada penetró en su pecho, sus
brazos y piernas se encogieron y abrió los ojos desmesuradamente. Luego, murió.
Pero Wang el Tigre no quería pensar en lo que había hecho. Salió al patio dando
zancadas y llamó a sus hombres, y en medio de su ira dio sus órdenes con voz dura y
firme. Sin perder un minuto, era preciso acudir en auxilio del Gavilán, para tratar de
coger los fusiles antes que los ladrones. Tomó consigo a todos los hombres restantes,
salvo a doscientos que dejó al mando de su fiel hombre de confianza, elevado a grado
de capitán.
Al franquear la puerta vio al viejo que la custodiaba bostezando atontado por este
insólito tumulto, y le gritó mientras pasaba por su lado, a caballo:
—Hay algo en mi dormitorio. Ve y sácalo fuera, y échalo a un canal o a alguna
charca. Preocúpate de eso antes que regrese.
Y Wang el Tigre se alejó altivo y orgulloso. Pero su corazón secretamente
destilaba sangre en sus entrañas y en vano meditaba y avivaba la llama de su cólera,
pues su corazón seguía sangrando. Y, sin detenerse, empezó de pronto a gemir,
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aunque nadie lo oía en medio del sordo estruendo del galope de los caballos entre el
polvo del camino. Ni siquiera él mismo se daba cuenta de que gemía sin cesar.
Todo el país recorrió Wang el Tigre con sus hombres en busca del Gavilán; había
transcurrido la noche y el sol del día caía a plomo sobre ellos, pues era un día sin
viento. Pero Wang el Tigre no quería que sus hombres descansasen porque la
preocupación le impedía descansar; y, al caer la noche, en el camino que va de Norte
a Sur, encontró al Gavilán a la cabeza de su destacamento de infantería. Al principio
Wang el Tigre no estaba seguro de si eran o no sus propios hombres, pues el Gavilán
había cumplido sus órdenes y los soldados iban vestidos con harapos y con un trapo
amarillo alrededor de sus cabezas.
Pero al fin Wang el Tigre vio que eran sus propios hombres. Desmontó de su
caballo alazán y, sentándose debajo de un dátil que crecía al lado del camino, esperó
que el Gavilán se acercara. Mientras más esperaba más temía que su ira se disipara y
se esforzaba por recordar, con furioso dolor, cuán grande había sido su decepción.
Pero el secreto de su dolor y de su ira era que, aunque la mujer hubiese muerto,
continuaba amándola; aunque estaba contento de haberle dado muerte, suspiraba por
ella con pasión.
Cuando el Gavilán se acercó, rugió con los ojos apenas levantados, escondidos
casi bajo sus cejas:
—Apostaría a que no tienes los fusiles.
Pero el Gavilán, que tenía la lengua pronta y era de humor vivo y orgulloso,
contestó con calor y sin palabras de cortesía:
—¿Cómo podía yo saber que los ladrones estaban al tanto sobre los fusiles?
Habían sido informados por algún espía y llegaron antes que nosotros. ¿Qué podía
hacer yo?
Y mientras hablaba arrojó el fusil al suelo y se cruzó de brazos con insolencia,
para demostrar que no se dejaría aplastar.
Entonces, Wang el Tigre se levantó lentamente del pasto y se apoyó contra el
escamoso tronco del dátil, desabrochó su cinturón y lo ató más apretado antes de
hablar. Por fin dijo, con inmenso cansancio y gran amargura:
—Veo que todos mis buenos fusiles han desaparecido. Tendré que combatir con
los ladrones para recuperarlos. Pues bien, si tenemos que pelear, pelearemos. —Se
sacudió con impaciencia, escupió y continuó con nuevo vigor—: Salgamos en su
busca, y si la mitad de vosotros muere en la refriega, tanto peor, moriréis, yo no
puedo evitarlo. Necesito mis fusiles, y si un fusil me cuesta diez hombres o más,
tanto peor; encontraré diez hombres por cada fusil y el fusil bien los vale.
Y montando sobre su caballo sujetó con violencia al animal, encabritado porque
le impedían comer el suculento pasto que allí había. El Gavilán lo contemplaba, sin
moverse, con aire pensativo, y terminó por decir:
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—Yo sé dónde están los ladrones. Están reunidos en el antiguo refugio, y
apostaría que tienen allá los fusiles. No sé quién es el jefe, pero estos últimos días han
dejado a los campesinos en paz: deben haberse reunido para elegir un jefe.
Wang el Tigre sabía quién debía ser el jefe, pero sin decir nada se contentó con
dar la orden de avanzar contra el refugio, diciendo:
—Iremos allá y dispararéis sobre ellos. Cuando el fuego haya cesado
parlamentaré, y cada hombre que traiga un fusil, podrá enrolarse en mis filas. Por
cada fusil que trajereis recibiréis una moneda de plata.
Y montó de nuevo en su caballo.
Otra vez escaló los senderos del sinuoso valle que llegaba a la montaña de la
doble cima y seguido por sus hombres, vestidos con harapos. Los campesinos que
trabajaban en los campos levantaban los ojos extrañados y los soldados les gritaban:
—Vamos a pelear contra los ladrones.
Y los campesinos a veces replicaban con calor:
—Buena hazaña.
Pero muchos no decían nada, y miraban agriamente a los soldados atravesar sus
campos de trigos, de repollos y de melones, pues no creían que nada bueno pudiera
venirles de los soldados, tan cansados estaban de ellos.
Una vez más Wang el Tigre subió por el sendero de la montaña de doble cima,
donde el desfiladero se pierde entre los acantilados; desmontó y llevó su caballo de la
brida, y todos los hombres que iban montados lo imitaron. Pero no se preocupaba de
ellos. Caminó como si estuviera solo, con el cuerpo inclinado hacia la montaña,
recordando a la mujer y la locura con que la había amado; y tanto la amaba aún, que
lloraba y las lágrimas le impedían ver el musgo de las gradas. Pero no se arrepentía
de haberla matado. No; a pesar de su amor comprendía que una mujer así, capaz de
engañarlo con tanta perfección cuando acogía su pasión con sonrisas y franqueza, no
podía ser sincera sino estando muerta; murmuró para sí: «Después de todo, era mitad
mujer y mitad zorro».
Condujo entonces a sus hombres resueltamente hasta lo alto de la montaña y,
cuando estuvo cerca del término del desfiladero, envió al Gavilán con cincuenta
hombres para que viesen qué sucedía en el refugio, mientras él esperaba a la sombra
de un bosque de pinos, porque el sol era demasiado ardiente. En menos de una hora el
Gavilán estaba de vuelta y presentó su informe:
—No están preparados, pues tratan de reconstruir el refugio.
—¿Viste si tenían un jefe? —preguntó Wang el Tigre.
—No, no vi jefe alguno —contestó el Gavilán—. Me acerqué tanto, que alcancé a
oír lo que decían. Son ignorantes e inexpertos en el robo, el desfiladero no está
custodiado y ellos están disputando por las casas menos destruidas.
Eran éstas buenas noticias. Wang el Tigre dio una orden a sus hombres y subió el
desfiladero corriendo. Mientras corría lanzaba gritos y ordenó a sus hombres que se
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precipitaran dentro del refugio y que cada uno matara a lo menos un bandido, y que
luego se detuvieran para que él pudiera parlamentar.
Así lo hicieron, y Wang el Tigre permaneció a un lado y sus hombres se
precipitaron en el refugio y dispararon todos de una vez; los ladrones caían,
contorsionándose y lanzando imprecaciones, mientras morían o yacían moribundos.
En realidad, no estaban preparados, no pensaban sino en sus casas y en su instalación.
Debía haber de tres a cinco mil reunidos en el refugio; como hormigas en un
hormiguero, todos se ocupaban de levantar las paredes de barro y en acarrear vigas y
paja para cubrir los techos, haciendo proyectos de futuras grandezas. Cuando se
vieron sorprendidos, todos abandonaron su tarea y empezaron a correr de aquí para
allá, enloquecidos, y Wang el Tigre comprendió que no había nadie que los guiara,
que aún no tenían un jefe determinado. Por primera vez, un pálido rayo de luz penetró
en el corazón de Wang el Tigre, pues sabía quién debía poner orden allí; comprendió
que tarde o temprano habría tenido que reñir con la mujer que amaba y más valía
haberla muerto como lo había hecho.
Cuando pensó en esto, su antigua creencia en su destino se despertó en él, y,
llamando a sus hombres con voz de mando, gritó a los ladrones sobrevivientes:
—Soy Wang el Tigre, que gobierna esta región, y no soportará ladrones. No tengo
miedo de matar ni de morir. Mataré hasta el último si creéis que podéis uniros en mi
contra. Esto no impide que sea un hombre clemente, y dejaré el camino libre a
aquéllos de vosotros que sean honrados. Vuelvo ahora a mi campamento en el
distrito. Durante los próximos tres días admitiré en mis filas a todo hombre que se
presente con un fusil, y si lleva dos, recibirá una gratificación en dinero por el fusil
sobrante.
Después de haber dicho esto llamó secamente a sus hombres y todos en tropel
bajaron por el desfiladero. Pero tuvo buen cuidado de hacer volver a algunos, para
que custodiaran con sus fusiles el camino, por temor de que un ladrón, más atrevido
que los otros, les disparara por la espalda. Pero la verdad es que estos ladrones eran
gente muy ignorante. Habían entrado al complot animados por la mujer que había
sido del Leopardo y se habían apresurado en apoderarse de los fusiles, pero muy
pocos sabían manejarlos, salvo los soldados desertores; y no se atrevieron a disparar
contra Wang el Tigre por temor de que esto equivaliera a retorcer los bigotes a un
tigre que, furioso, se abalanzaría entonces sobre ellos, destruyéndolos.
Había completo silencio en la montaña y ningún ruido salía del refugio; sólo se
oían el viento que agitaba los pinos y el canto de algún pájaro. Condujo a sus
hombres por el desfiladero y a través de los campos, y los soldados decían a todos los
campesinos que encontraban:
—Tres días más y los ladrones se habrán ido.
Muchos de los labradores se mostraban contentos y agradecidos, pero muchos
eran precavidos en sus miradas y en sus palabras, y esperaban ver qué les exigiría
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Wang el Tigre, pues nunca habían oído decir que un señor de la guerra hiciera nada
por una región sin pedir mucho en cambio.
Wang el Tigre regresó entonces a su recinto y dio a cada uno de sus soldados una
gratificación en monedas de plata y ordenó vino de bastante buena clase para cada
hombre, lo suficiente para reconfortarlo, pero no para emborracharlo. Y les dio
también unos platos de alimentos especiales. Después esperó que transcurrieran los
tres días.
Uno por uno o en grupos de dos, o cinco o diez empezaron a llegar los ladrones
de todas partes, llevando sus fusiles consigo. Era raro que un hombre llevara dos,
porque si había encontrado más de uno, iba entonces acompañado de un amigo o de
un hermano, pues muchos de esos hombres estaban faltos de alimento y contentos de
encontrar un servicio asegurado bajo un jefe cualquiera.
Wang el Tigre ordenó recibir en su ejército a todo hombre válido y no demasiado
viejo, y a los que rechazaba tomábales el fusil dándoles dinero en cambio. Pero a los
que recibía daba comida y buenos vestidos.
Cuando los tres días hubieron pasado, concedió otros tres días de gracia, y
después de éstos, otros tres más: y los hombres llegaban día tras día, tanto que los
patios y los campamentos estuvieron repletos y Wang el Tigre se vio obligado a alojar
sus hombres en las casas de la ciudad. A veces un padre de familia llegaba a quejarse
de que su casa estaba atestada de gente, y su familia relegada a una o dos piezas. Si
era joven y presuntuoso en sus quejas, Wang el Tigre lo amenazaba, diciendo:
—¿Puedes remediarlo? ¿No? Sopórtalo entonces. ¿O prefieres tener ladrones que
te despojen de todo?
Pero si el que se quejaba era un anciano que se expresaba cortésmente, entonces
Wang el Tigre le daba dinero o un regalo cualquiera, diciéndole:
—No es sino por un tiempo, pues luego partiré a la guerra. No siempre me
contentaré con este pequeño distrito por capital.
Y decía en todas partes y a todos, y lo decía con feroz amargura, pues él no tenía
mujer y se irritaba pensando en que un hombre estuviese con una mujer:
—Si uno de mis soldados mira una mujer que le está vedada, hacédmelo saber y
morirá.
Y alojó en las casas más próximas a los nuevos soldados, amenazándolos con
vehemencia si osaban mirar a una mujer honesta.
A cada soldado pagó también lo que le había prometido. Sí; aunque estuviera
escaso de plata, pues cerca de cuatro mil hombres provenientes de los ladrones se
habían unido a él, y contaba solamente con dos mil y poco más de los tres mil fusiles
que su hermano le había comprado, pagó a todos y todos quedaron contentos. Pero
sabía que no siempre podría hacer esto, a menos de encontrar algún nuevo impuesto,
pues ahora había tenido que sacar de sus reservas secretas; y es éste un procedimiento
peligroso para un señor de la guerra, pues si llega a ser derrotado y tiene que retirarse
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a alguna parte durante un tiempo, no tendrá con qué alimentar a sus hombres. Y
Wang el Tigre empezó a cavilar sobre un nuevo impuesto.
En ese tiempo los espías que Wang el Tigre había enviado empezaron a llegar,
pues el verano iba a terminar; todos traían las mismas noticias; los generales del Sur
habían sido rechazados una vez más y los del Norte quedaban victoriosos. No dudó
de esto Wang el Tigre, por cuanto durante las últimas semanas no había sido
presionado como antes por el general de la provincia para que enviara sus tropas a
combatir a su favor.
Wang el Tigre se apresuró, pues, a enviar a su sobrino y a su fiel hombre de
confianza portadores de una carta a la capital de la provincia, una carta cortés en la
que manifestaba su pesar por haber tenido que combatir durante tanto tiempo a los
ladrones del país, pero que ahora estaba pronto a unir sus fuerzas al Norte contra el
Sur, y envió presentes.
Pero su destino lo ayudó de nuevo: el mismo día en que los dos mensajeros
llegaban a la capital con la carta se pactaba una tregua y los rebeldes partían hacia el
Sur, para rehacerse, y los ejércitos del Norte recibían como botín los tres días
establecidos de saqueo como recompensa por su victoria. Así, pues, cuando el general
de la provincia recibió el testimonio de fidelidad de Wang el Tigre, le contestó
cortésmente aceptando y agregando que la guerra estaba terminada, pues había
llegado el otoño, pero que, sin duda, habría nuevas guerras y que la primavera
volvería y que Wang el Tigre debía estar pronto para entonces.
Ésta fue la respuesta que los dos mensajeros trajeron a Wang el Tigre; y se sintió
contento, pues sabía que su nombre figuraría entre los de los generales victoriosos, y
no había perdido ni un hombre ni un fusil y su gran ejército permanecía intacto.
Página 181
XX
LOS dorados vientos del otoño soplaron sobre la tierra una vez más, los
labradores recogieron sus cosechas, la luna llena colgó una vez más del firmamento,
y el pueblo se regocijaba con la llegada de la fiesta de mediados de otoño y se
apresuraba a dar gracias a los dioses por estos beneficios, pues no había alcanzado a
haber hambruna, sino una cosecha escasa, los ladrones habían desaparecido y la
guerra no había llegado cerca de la región.
Y Wang el Tigre consideró su posición y lo mucho que había llevado a cabo; en
suma, el año había sido mejor que el último. Sí, ahora tenía veinte mil soldados a sus
órdenes, acuartelados en la ciudad y en los suburbios, y cerca de doce mil fusiles.
Además, era conocido y estimado entre los señores de la guerra, pues el débil e
incapaz gobernante a quien la guerra aun conservaba en su puesto, había enviado una
proclama agradeciendo a todos esos generales que lo habían ayudado, en tanto que
los generales del Sur habían tratado de poner fin a su gobierno; y el nombre de Wang
el Tigre estaba entre los de aquéllos a quienes daba las gracias y confería títulos.
Verdad era que el título otorgado a Wang el Tigre no era muy alto, pero en todo caso
era un título, y todo esto sin haber participado en una batalla o perdido un fusil.
Había sólo una dificultad: durante el tiempo de la fiesta, cuando todos debían
arreglar sus cuentas, Wang el Mercader le envió una carta diciendo que debía
mandarle el dinero de los fusiles, pues otros a su vez exigían sus pagos. Entonces
Wang el Tigre discutió con su hermano y envió a un hombre diciéndole que no
pagaría por el total de los fusiles, pues había perdido muchos; y por medio del
mensajero, transmitió:
«Debías haber advertido a tus agentes que no entregaran los fusiles al primero que
se presentase».
A lo que Wang el Mercader contestó, con razón:
«¿Pero cómo podía yo pensar que el que llevaba mi propia carta y usaba tu
nombre como señal no era de tus hombres?».
A esto nada podía contestar Wang el Tigre; pero podía emplear el poder de sus
ejércitos como argumento, y respondió indignado:
«Pagaré la mitad de la pérdida y nada más, y si no aceptas no pagaré nada, pues
no necesito ahora hacer lo que no deseo».
Y Wang el Mercader, que era hombre prudente y lleno de filosofía, cuando no
podía remediar una cosa, convenía en ella, y recibió esa mitad con gusto; aumentó en
cambio el precio de ciertos arriendos y subió el interés de los préstamos a los que
sabían que estaban obligados a aceptarlo. Y así no sufrió perjuicio alguno. Pero Wang
el Tigre no sabía de dónde sacar la suma que tenía que pagar, porque necesitaba tanto
dinero para costear su numeroso ejército, que aunque un río de plata corriera por
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entre sus manos, todos los meses y todos los días, todo se esfumaría. Llamó a sus
hombres de confianza a su pieza y les dijo:
—¿Hay alguna otra entrada que podamos obtener?
Entonces los hombres de confianza se rascaron la cabeza para hacer trabajar su
cerebro y se miraron entre sí, pero no se les ocurría nada. El del labio leporino dijo:
—Si ponemos demasiados impuestos sobre los alimentos y mercaderías que el
pueblo necesita a diario, pueden rebelarse contra nosotros.
Wang el Tigre sabía que esto era verdad, pues siempre el pueblo había procedido
así cuando, demasiado estrujado, tenía que rebelarse o morir de hambre; y aun
cuando Wang el Tigre estaba bien atrincherado en esa región, no era lo bastante
poderoso para descuidarse por completo del pueblo. Debía pensar, por lo tanto, en
algo nuevo; pensó entonces en la industria principal de la ciudad, y acordó poner un
impuesto de una a dos monedas de cobre sobre cada jarro de vino hecho en esa
región.
Los jarros de vino de esa ciudad eran famosos, hechos de fina arcilla y vidriados
de un color azul; los cerraban, después de verter en ellos el vino, con un sello hecho
de la misma arcilla y marcado con un signo; y este signo era conocido en todas partes
como serial de buen vino en buenos jarros. Cuando Wang el Tigre pensó en esto se
dio una palmada en la pierna y gritó a sus hombres:
—Los fabricantes de jarros se hacen cada día más ricos; ¿por qué no habrían de
compartir los impuestos con los demás?
Todos los hombres de confianza convinieron en que era una buena idea, y Wang
el Tigre impuso la contribución ese mismo día. Lo hizo cortésmente, y envió un
recado a los jefes del negocio, diciéndoles que los protegía, porque protegía los
campos de sorgo de cuya caña sacaban el vino, y que si no fuera así no habría vino
para sus jarros; y agregaba que necesitaba dinero para proteger los campos, y que sus
soldados tenían que ser alimentados, armados y pagados. Pero bajo toda esta cortesía
estaban las resplandecientes armas de sus soldados; y aunque los fabricantes de
jarros, indignados, se reunieron secretamente buscando medios de rebelarse,
comprendieron al fin que no podían negarse, porque Wang el Tigre podía hacer lo que
deseara, y que en todo caso había otros en peores condiciones que ellos.
Consintieron, pues, y Wang el Tigre envió a sus hombres de confianza para que
tasaran cuánta era la producción de jarros; y todos los meses una buena suma de
dinero era entregada a Wang el Tigre, y pudo así, al cabo de tres meses, pagar su
deuda a Wang el Mercader. Entonces, ya que los fabricantes estaban acostumbrados
al impuesto, Wang el Tigre continuó recibiéndolo sin decir que la necesidad no era
ahora tan urgente como lo había sido. Naturalmente, necesitaba todo lo que pudiera
conseguir, pues tenía aún un largo camino que recorrer hasta conseguir lo que
ambicionaba; e inquieto, se ocupaba de muchas cosas. Entonces, cuando vio que ya
no podía sacar más al pueblo y tenerlo contento al mismo tiempo, se dijo que era
demasiado poderoso para tan pequeña región, y que durante la próxima primavera
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debía acrecentar los dominios que ahora tenía, pues esta región era tan pequeña que,
si llegaba una hambruna grande, como el cielo en su crueldad puede enviarla, estaría
arruinado. El destino hasta ahora lo había protegido, pues no había habido hambre
desde que llegó allí, solamente pequeñas dificultades en ése y aquel lugar.
Llegó el invierno, y como no podía pensar en guerra, Wang el Tigre se atrincheró
como mejor pudo. Mientras las lluvias y los vientos no fueron muy recios y la nieve
escasa, hizo ejercitarse a sus hombres diariamente. Él mismo se adiestraba lo mejor
que podía, y de este modo enseñaba a los demás. Se preocupaba especialmente de la
provisión de fusiles. Todos los meses los hacía contar en su presencia, y había dicho a
sus hombres que si alguna vez, al comparar la suma con su cuenta, faltaba alguno,
mataría a uno, dos o tres hombres para conservar la proporción. Nadie se atrevía a
desobedecerle. Lo temían más que nunca, porque todos sabían que había matado
hasta a la mujer que amaba. Todos, pues, temían su cólera y temblaban de miedo si lo
veían juntar sus negras cejas.
El invierno glacial bajó del Norte, y durante esos días sombríos Wang el Tigre no
podía salir ni obligar a sus hombres a salir; tuvo por fin que encarar lo que sabía que
le esperaba y contra lo cual había luchado por impedirlo. Estaba ocioso y estaba solo.
Habría deseado ser como los otros hombres, que recurren al juego y al vino, a los
festines y a las mujeres para olvidar las preocupaciones que pueden tener. Pero Wang
el Tigre no era así. Estaba acostumbrado a una comida sencilla, y la idea sólo de una
mujer cualquiera le repugnaba. Una o dos veces había tratado de jugar, pero no tenía
genio para ello. No era diestro con los dados ni sabía aprovechar la suerte; y cuando
perdía se indignaba, hacía ademán de sacar su espada, y los que jugaban con él,
alarmados al ver sus cejas contraídas y la boca torcida en un rictus amargo, se
apresuraban a dejarlo ganar. Pero esto también fatigaba a Wang el Tigre, que
terminaba por exclamar:
—Éste es un juego idiota, como siempre lo he dicho.
Y partía furioso, porque no había encontrado ni distracción ni alivio.
Peor que el día era la noche, que fatalmente debía llegar; la detestaba más que el
día, pues dormía solo, y fatalmente debía dormir solo. Pues bien, esta soledad del día
y de la noche no era conveniente para un hombre como Wang el Tigre, que tenía un
corazón triste y amargado, que no veía la alegría como otros la ven, aunque tengan
que soportar grandes penalidades; y el sueño solitario tampoco era conveniente,
porque poseía un cuerpo robusto y exigente. No tenía, sin embargo, a nadie a quien
pudiese tomar como amigo:
Verdad era que el magistrado vivía aún en uno de los patios laterales con su
anciana esposa, que se moría ahora de consunción, y que era a su modo un
bondadoso y erudito anciano. Pero estaba tan poco habituado a hombres como Wang
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el Tigre, que cada vez que éste le dirigía la palabra, asustado, cruzaba las manos y
decía de prisa:
—Sí, honorable; sí, señor.
Después de un momento esto fatigaba a Wang el Tigre, que lanzaba al anciano
erudito una mirada tan temible que éste poníase color de tierra, y partía a sus patios
en cuanto se atrevía a hacerlo, con su vestido desteñido colgando de su cuerpo viejo y
descarnado.
No obstante, Wang el Tigre contenía su impaciencia, pues era hombre justo y
sabía que el anciano magistrado hacia lo que más podía; a menudo entonces lo
despachaba ligero, antes que su cólera, demasiado violenta, lo impulsara a hacer daño
al anciano, y que su mano se anticipara a su deseo.
Allí estaban también sus hombres de confianza, tres buenos y leales guerreros. El
Gavilán era ciertamente un buen guerrero, superior a miles de soldados por su
inteligencia y astucia, pero era un hombre ignorante que sólo hablaba del modo de
llevar un arma y de manejar los puños, de dar una pateadura al enemigo antes que
pudiera recobrarse y de las diferentes estratagemas de la guerra; y cuando había
repetido una y otra vez y contado cómo había hecho esto y aquello, en tal o cual
batalla, Wang el Tigre se sentía cansado, aun cuando continuaba reconociendo su
méritos.
El Matador de Cerdos, con sus puños grandes y ágiles y su enorme cuerpo que
podía lanzar contra una puerta y derribarla, era un compañero tartamudo y pesado
para una noche de invierno. Quedaba el hombre del labio leporino, un alma sincera
aunque no buen guerrero, más apto para ser portador de un mensaje; y su siseo y la
saliva que lanzaba al hablar no podían ser del agrado de nadie. No podía tampoco
Wang el Tigre conversar con su sobrino, que pertenecía a una generación posterior, ni
podía tampoco rebajarse a jaranear con sus soldados, pues sabía que si un jefe
procede así, y sus soldados lo ven débil y borracho, el día de la batalla no le tendrán
respeto ni acatarán sus órdenes; por esto, Wang el Tigre siempre se preocupaba de
presentarse delante de sus hombres vestido con su uniforme de guerra y armado con
el sable que ahora amaba y odiaba, pues lo había usado en aquella ocasión. Tenía una
hoja tan afilada que no habría otra semejante en el mundo entero, y acostumbraba a
sacarla, y mirándola pensaba que podía atravesar una nube y cortarla en dos.
El pecho de la mujer había sido tan suave como una nube y la hoja lo dividió en
dos esa noche. Pero aunque Wang el Tigre hubiese tenido amigos durante el día, era
inevitable que al término de cada día llegase la noche, y entonces forzosamente tenía
que permanecer solo, descansando solo sobre el lecho, y en invierno las noches son
largas y obscuras.
Durante esas largas noches en que Wang el Tigre debía permanecer acostado solo,
se levantaba y encendía una bujía ahusada[26] y leía los viejos libros que había amado
en su adolescencia y que le habían dado el gusto por el oficio de soldado, la historia
de los tres reinos y de los ladrones que vivían a orillas del lago, y leía muchas
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historias como éstas. Pero no podía leer sin cesar. La bujía se gastaba hasta la punta
de su mecha de caña, y, muerto de frío, tenía por fin que acostarse solo en la noche
negra y amarga.
Aunque todas las noches retardara la hora, ésta siempre llegaba y con ella el
recuerdo de la mujer que había amado. Pero a pesar de toda su tristeza no deseaba
que reviviera, pues sabía, y se lo repetía sin cesar, que nunca habría podido confiar en
ella; y la dulzura de su amor había residido en la entera confianza que en ella tenía.
No, muerta podía confiar en ella, pero si hubiese estado viva y si él le hubiese
impedido que continuara traicionándolo y la hubiese perdonado, siempre la habría
temido. El temor lo habría alejado y no habría podido consagrar a la causa sino una
parte de su corazón, y nunca habría logrado llegar a ser poderoso.
Así se lo repetía esa noche. Reflexionaba dolorosamente diciéndose que el
Leopardo, un hombre ignorante, colocado un poco más encima que los ladrones de su
banda, había conseguido el amor de esa mujer, que no era una mujer vulgar; y aunque
el Leopardo estuviese muerto, ella permanecía unida a él, y a pesar del amor que le
tuvo en vida, seguía unida al muerto.
Porque Wang el Tigre no podía creer que nunca lo hubiera amado. Una y otra vez
se decía con ira cuán franca y apasionada se había mostrado sobre ese mismo lecho
donde ahora yacía. No podía creer que se podía manifestar pasión donde no había
amor; y cada día se sentía más desdichado y débil y comprendía que, a pesar de su
orgullo y situación, había sido menos que el Leopardo, a quien había matado, porque
su vida toda, que dependía del amor de esa mujer, había sido menos para ella que la
memoria del muerto. No podía entender esto, pero sentía que era así.
Y sintiéndose menos que el hombre en quién pensaba, veía su vida ante sí larga y
sin sentido, y dudaba de llegar jamás al poder; y si llegaba a conseguirlo, no le sería
de ninguna utilidad, puesto que no tenía hijo que disfrutara de su grandeza y todo
moriría cuando él muriera, y todo lo que poseía pasaría a otros. No amaba lo bastante
ni a sus hermanos ni a los hijos de sus hermanos para luchar por ellos mediante la
guerra y la astucia. Y en su pieza negra y silenciosa se lamentaba para sí, y en voz
alta gemía:
«Cuando la maté, maté a dos; el otro era el hijo que hubiera podido tener de ella».
Entonces la recordaba de nuevo y la veía como cuando yacía muerta, con su
hermoso y robusto pecho atravesado y chorreante de sangre brillante. No podía
soportarlo cuando así la recordaba; le era imposible permanecer acostado sobre su
lecho, a pesar de que lo había hecho lavar y pintar de nuevo y que las manchas de
sangre hubiesen desaparecido, que la almohada fuese nueva, y que nadie nunca le
hubiera recordado lo que allí había sucedido y que ni siquiera supiera dónde habían
echado el cadáver. Se levantaba y, envolviéndose en su colcha, permanecía sentado,
entumido e infeliz, hasta que la aurora pálida y helada aparecía a través de las
persianas.
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Así transcurrían las noches de invierno, una después de otra, y al fin Wang el
Tigre se dijo que esto no podía continuar, pues estas noches tristes y solitarias lo
convertían en menos que un hombre, vaciándolo de su ambición. Se asustaba de sí
mismo al ver que nada le parecía bien y que se irritaba contra todos los que se le
acercaban. Se irritaba a menudo contra su sobrino y se decía con amargura:
«Esto es lo mejor que tengo, este mono burlón y marcado, hijo de un
comerciante; esto es lo más parecido que tengo a mi propio hijo».
Cuando creyó que iba a volverse loco tuvo un cambio brusco, y una noche
comprendió que la mujer, aunque muerta, causaría su pérdida con tanta certeza como
si hubiese estado viva y libre de ejecutar sus proyectos… Y de pronto se sintió más
fuerte y se hizo la ilusión de hablar al fantasma de la mujer, desafiándolo:
«¿No puede cualquiera mujer tener hijos, y no es un hijo lo que yo deseo por
sobre cualquiera mujer? Quiero tener un hijo, y tomaré una, dos o tres mujeres hasta
que tenga un hijo. He sido un necio, siempre he estado atado a una mujer; primero a
una mujer a la que ni siquiera conocía sino al través de las escasas palabras que un
hombre habla con una esclava en la casa de su padre, y he continuado dolorido por
esta mujer por espacio de diez años; y ahora ésta que maté. ¿Nunca me veré libre de
ella tampoco, y estaré apesadumbrado otros diez años, hasta que, viejo, sea incapaz
de engendrar un hijo? No; seré como son otros hombres, conservaré mi libertad como
otros hombres la conservan, y tomaré mujer y la dejaré cuando mejor me plazca.»…
Ese día llamó a su fiel hombre de confianza, lo hizo entrar a su pieza y le dijo:
—Necesito una mujer, no importa qué clase de mujer, con tal que sea decente. Ve
a decir a mis hermanos que mi mujer ha muerto y que les ruego me busquen alguna,
pues yo estoy ocupado con las guerras que se anuncian para esta primavera y no
quiero desviar mis pensamientos de las guerras.
El hombre de confianza, contento, partió a cumplir su misión, pues había visto,
con mirada inquieta, cuánto sufría su general; y como adivinaba la causa, comprendía
que ése sería un buen remedio.
En cuanto a Wang el Tigre, no podía sino esperar para ver lo que el tiempo le
traería y lo que sus dos hermanos harían por él; y mientras esperaba forjaba el plan de
sus guerras, meditando sobre el modo de aumentar su poder. Y trataba de agotar su
organismo para lograr dormir durante la noche.
Página 187
XXI
POR caminos extraviados, por temor de que notaran su labio leporino y que se
extrañaran de sus frecuentes viajes, el hombre de confianza se dirigió a la ciudad y de
allí a la casa grande donde vivían los hermanos Wang. Preguntó por Wang el
Mercader, y le dijeron que a esa hora estaba en su casa de comercio, y allí se dirigió
entonces para transmitirle el mensaje. Wang el Mercader estaba sentado en su
escritorio, una pieza pequeña y sombría que daba al mercado, calculando sobre un
ábaco los beneficios que le había reportado el cargamento de trigo de un navío.
Levantó los ojos y oyó el relato del hombre de confianza, y después que le hubo oído,
abriendo sus ojillos desmesuradamente y frunciendo su boca de avaro, dijo
asombrado:
—Ahora me sería más fácil proporcionarle dinero que una mujer. ¿Cómo puedo
yo saber a quién dirigirme para conseguirle una mujer? Es una lástima que haya
perdido la que tenía.
El hombre de confianza, sentado de lado en una silla baja para manifestar que
conocía su lugar, respondió con humildad:
—Todo lo que pido, hermano de mi señor, es que le encuentres una mujer que no
moleste a nuestro general y que no se haga amar por él. Tiene un corazón
extraordinariamente afectuoso y se apega a un ser hasta la locura. Así amó a esa
mujer que murió, y aunque varios meses han transcurrido no ha podido olvidarla, y
semejante constancia no es buena para la salud de un hombre.
—¿Cómo murió? —preguntó Wang el Mercader, con curiosidad.
Pero el hombre de confianza era fiel y discreto, y estando a punto de hablar se
detuvo, porque comprendía que, cuando no se pertenece al ejército y no se está al
corriente de las costumbres guerreras, no se tienen las mismas ideas sobre el matar y
el morir como los soldados cuyo oficio es ése, si es que no pueden salvarse mediante
la astucia. Contestó por esto sencillamente:
—Murió de un brusco golpe de sangre.
Y Wang el Mercader se contentó con esta respuesta.
Entonces despidió al hombre de confianza, no sin haber ordenado a un sirviente
que lo llevara a una posada y que le hiciera servir cerdo con arroz; y después de su
partida permaneció pensativo y se dijo:
«Me parece que en esta ocasión mi hermano mayor sabrá más que yo, pues si en
algo entiende, es en mujeres, y yo, ¿qué mujer conozco fuera de la que tengo?».
Se levantó entonces y salió en busca de su hermano; descolgó de un clavo que
había en la pared su túnica de seda gris, que usaba cuando salía, sacándose la que
llevaba en la casa de comercio para no gastar la otra, y se dirigió a casa de su
hermano, preguntando al portero si su amo estaba en casa ese día. El portero quiso
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hacerlo entrar, pero Wang el Mercader prefirió esperar, y entonces el portero entró y
preguntó a una esclava, y ésta contestó que estaba en cierta casa de juego. A ella se
dirigió Wang el Mercader, escogiendo delicadamente su camino, como un gato que
anduviera sobre guijarros, porque había nevado durante la noche y el día era tan
helado que aún quedaba nieve y sólo había un pequeño sendero en el medio, hecho
por los vendedores y por aquellos que tenían que salir para ganarse la vida, o por los
que, como su hermano, lo hacían por placer.
Llegó a la casa de juego y preguntó a un empleado, y supo que su hermano estaba
detrás de tal puerta, y entonces Wang el Mercader la abrió y encontró a Wang el
Terrateniente jugando con algunos amigos en una pequeña pieza caldeada con un
brasero con carbones encendidos.
Cuando Wang el Terrateniente vio la cabeza de su hermano por la entreabierta
puerta sintió un secreto contento de ser interrumpido y llamado afuera, pues, como
había aprendido a jugar tarde en la vida, no era perito en el juego. Wang Lung, el
padre, no habría permitido que un hijo suyo jugara en las casas de juego de la ciudad.
Pero el hijo mayor de Wang el Terrateniente era bastante diestro y capaz, porque
había jugado toda su vida, y hasta el hijo segundo se había ganado un montón de
plata en los juegos en que participaba.
Por eso cuando Wang el Terrateniente vio aparecer la cabeza de su hermano,
levantándose prontamente, dijo a sus amigos:
—No puedo continuar jugando, pues mi hermano me necesita para algo —y
tomando su abrigo de pieles que se había quitado por el excesivo calor de la pieza
salió afuera, donde lo esperaba Wang el Mercader.
Pero no confesó que estaba contento de que hubiese llegado en ese momento,
pues era muy orgulloso para decir que perdía al juego, ya que un hombre inteligente
siempre debe ganar. Se limitó, pues, a preguntar:
—¿Tienes algo que decirme?
Wang el Mercader contestó con su parquedad acostumbrada:
—Vamos donde podamos conversar, si es que hay un sitio para ello en esta casa.
Entonces Wang el Terrateniente lo condujo a un sitio donde había mesas para
beber té; y escogiendo una mesa solitaria, un tanto retirada de las demás, sentáronse
allí; Wang el Mercader permaneció silencioso, mientras Wang el Terrateniente pedía
té y vino, y luego, viendo la hora que era, él también pidió carnes y algunos platos de
comida. El mozo se alejó por fin y Wang el Mercader empezó sin preámbulos:
—Nuestro hermano menor desea una mujer, pues la suya murió y ha recurrido a
nosotros. He creído que es esto algo que tú puedes arreglar mejor que yo.
Wang el Mercader dijo esto frunciendo los labios con una discreta sonrisa. Pero
Wang el Terrateniente no la vio. Empezó a reír con las mejillas temblorosas; dijo:
—Sí en algo entiendo es en estas cosas; tienes mucha razón, pero no hay que
decirlo delante de mi esposa.
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Rió mirando a su hermano con el rabillo del ojo, como lo hacen los hombres
cuando hablan de estos asuntos. Pero Wang el Mercader no quiso continuar la broma
y esperó. Wang el Terrateniente se calmó por fin y continuó:
—Esto llega en un buen momento, pues he estado preocupado de las jóvenes
casaderas de la ciudad, buscando mujer para mi propio hijo, y conozco a todas las
muchachas aceptables. Tengo el proyecto de desposar al mayor de mis hijos con una
señorita de diecinueve años, hija del hermano menor del prefecto, una buena y
honesta muchacha, y la madre de mi hijo ha visto ya algunas muestras de sus
bordados y trabajos manuales. No es bonita, pero es honesta. La única dificultad es
que mi hijo tiene la estúpida idea de elegir él mismo esposa; ha oído hablar de esta
nueva moda que existe en el Sur.
«Pero yo le repito que aquí no es costumbre hacer esas cosas y que, además,
puede escoger otras que le gusten. En cuanto al jorobado, será sacerdote, pues su
madre desea tener uno en la familia, y sería una lástima malgastar así un hijo con la
espalda derecha».
Pero Wang el Mercader no se interesaba por todas estas historias de familia, pues,
naturalmente, sabía que los hijos deben casarse tarde o temprano, y los suyos también
lo harían, pero no perdía el tiempo en esas cosas, estimando que era ése un deber de
la mujer; y confiaba enteramente en su esposa, contentándose con advertirle que las
jóvenes que introdujera en la casa debían ser virtuosas, fuertes y buenas trabajadoras.
Interrumpió, pues, a su hermano con impaciencia, diciendo:
—Pero de las jóvenes que has visto, ¿hay alguna que pudiera convenir a nuestro
hermano y estarán los padres dispuestos a verla entrar a una casa para casarse con un
hombre que ya ha sido casado?
Pero Wang el Terrateniente no quería apresurarse en una tarea tan delicada como
ésta, y recordó todos los nombres de las muchachas y lo que había oído decir de ellas.
Luego contestó:
—Hay una excelente señorita que no es demasiado joven, hija de un erudito que
ha hecho de ella una especie de sabía, pues como no tiene hijo necesita enseñarle a
alguien lo que sabe. Es lo que hoy se llama una mujer moderna, mujeres ilustradas
que no se comprimen los pies; y como esto es algo original, su matrimonio se ha ido
retardando, pues los hombres no se han atrevido a tomar una mujer así para madre de
sus hijos, por temor de que sobrevengan molestias; he oído decir que hay muchas
como ésta en el Sur; pero como nosotros vivimos en una ciudad pequeña y antigua,
los hombres no comprenden a esta clase de mujeres. Va sola por la calle; yo una vez
la vi, caminando con aire digno sin mirar hacía ningún lado. A pesar de toda su
ciencia no es tan fea como fuera de temer, y si no es muy joven, no pasará en todo
caso de veinticinco o veintiséis años. ¿Crees que a mi hermano le gustará una mujer
así, una mujer distinta de las demás?
A lo que Wang el Mercader respondió con reserva:
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—¿Pero crees que será una buena dueña de casa, útil para él? Él sabe leer y
escribir tan bien como mucha gente, y si no supiera, podría alquilar un erudito que lo
hiciera en su lugar. No veo para qué puede necesitar tanta ciencia en una esposa.
Y Wang el Terrateniente, que no había dejado de comer del alimento que tenía en
su escudilla, se detuvo con la cuchara de porcelana llena de sopa a medio camino de
su boca, respondiendo con viveza:
—También puede alquilar una sirvienta para que lo sirva; pero no es esto lo que
hace de una mujer una buena esposa. Lo principal es que se adapte al antojo del
hombre, especialmente en este caso, en que mi hermano no buscará otra mujer.
Pero esto era desagradable para Wang el Mercader; escogió, pues, delicadamente
de un azafate[27] lleno de palomas estofadas con castañas, clavando los palillos entre
los huesos para encontrar el pedacito que más gustaba saborear, y dijo:
—Yo más bien preferiría una mujer cuidadosa de la casa, que tuviera niños y que
supiera ahorrar dinero.
Súbitamente entonces Wang el Terrateniente se encolerizó en la forma que
acostumbraba a hacerlo desde su niñez, y su rostro grande y lleno se tornó violáceo;
Wang el Mercader comprendió que nunca estarían de acuerdo en esto, y como no
quería perder su tiempo, pues las mujeres son sólo, mujeres, y como cualquiera puede
servir para el propósito final del hombre, dijo rápidamente:
—Pues bien, nuestro hermano no es pobre y no tenemos sino que escogerle dos
mujeres. Escoge tú la que creas mejor y le casaremos con ésa primero, y un poco
después le enviaremos la que yo escogeré; y si prefiere a alguna, él tendrá que
entenderse con ellas; pero dos mujeres no están de más para un hombre de su
posición.
Quedaron, pues, de acuerdo y Wang el Terrateniente se sintió contento de que la
elegida por él fuese la esposa, aunque, al reflexionar sobre ello, se dijo que ese
privilegio le era debido, pues, después de todo, él era el mayor y el jefe de la familia.
Se separaron amistosamente, y Wang el Terrateniente, bullicioso, partió a ejecutar su
parte, y Wang el Mercader regresó a su casa para hablar con su mujer.
Cuando llegó allí, ella estaba en la puerta, de pie sobre la vereda, cubierta de
nieve, con las manos envueltas en el delantal para calentárselas; pero a cada momento
las sacaba para tentar los buches de las aves que un vendedor le ofrecía. La nieve
había encarecido las aves, pues éstas no encontraban qué comer, y la dama quería
agregar una o dos gallinas a su reserva. Cuando Wang el Mercader se acercó ella no
levantó los ojos, sino que continuó examinando las gallinas. Pero Wang el Mercader
le dijo, al pasar para entrar a la casa:
—Termina de una vez y ven.
Entonces se apresuró en escoger dos gallinas, después de haber disputado a
propósito del peso de la balanza; y cuando por fin estuvieron de acuerdo en el precio,
entró a la casa, y, tirando las gallinas sobre una silla, se sentó de lado para escuchar lo
que su marido tenía que decirle. Éste empezó con su tono seco y lacónico:
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—Mi hermano menor desea una esposa, pues la suya ha muerto súbitamente. Yo
no entiendo nada en mujeres, pero tú desde hace dos años has tenido ocasión de
buscar mujeres para nuestros hijos. ¿Hay alguna que podamos enviar allá?
Su mujer contestó prontamente, pues le encantaban todas las conversaciones
sobre nacimientos, muertes y matrimonios:
—Hay una joven excelente que vive en la casa próxima a la mía, en mi propia
aldea, y tanto me gusta que a menudo he sentido que no sea lo bastante joven para
nuestro hijo mayor. Es una joven de carácter agradable y muy ahorrativa; no tiene
ningún defecto, a no ser los dientes negros a consecuencia de un gusano que los royó
cuando era chica, y ahora se le caen algunos. Pero tiene vergüenza de esto y mantiene
los labios cerrados para ocultarlos, de modo que no se le ven mucho, y por este
mismo motivo habla poco y en voz baja. Su padre no es pobre, posee algunas tierras
y estará feliz de casarla bien, puesto que ya ha pasado un poco la edad para ello.
Entonces Wang el Mercader la interrumpió secamente:
—Si no habla mucho podría servir. Preocúpate de ello, y después de las bodas la
enviaremos.
Y dijo a su mujer que dos mujeres serían enviadas; a lo que ella contestó en voz
alta:
—Lo siento mucho por él, pues una de ellas será escogida por tu hermano, quien
no conoce nada fuera de las prostitutas; y si deja que su mujer se mezcle en ello,
escogerá algo así como una religiosa, pues he oído que está tan chiflada con los
sacerdotes y monjas, que querría que toda la casa estuviera rezando y haciendo
mojigangas. Me parece que basta con ir al templo cuando hay algún enfermo con
fiebre, o si una mujer no tiene hijos, o algo por el estilo, pues yo creo que los dioses
deben ser como nosotros; y las personas que más amamos no son las que pasan
importunándonos y pidiéndonos esto y lo de más allá.
Y escupió en el suelo y lo frotó con el pie; y olvidando a las gallinas retrocedió y
las aplastó[28], y éstas empezaron a cacarear con todas sus fuerzas, tanto que Wang el
Mercader se levantó, gritando impaciente:
—¡Nunca he visto una casa como ésta! ¿Tendremos que soportar las gallinas en
todas partes?
Y mientras ella alargaba el brazo para sacar las gallinas, explicando que ahora las
había pagado menos caras que de costumbre, él la interrumpió, diciendo:
—Bueno, bueno, debo regresar a mis mercados. Preocúpate de la cosa, y de aquí
en dos meses llamaremos a la joven. Pero no te olvides de ninguno de los gastos,
pues la ley me exige que paguemos de nuevo por el matrimonio de nuestro hermano.
El asunto fue arreglado así, ambas jóvenes quedaron desposadas y los contratos
redactados, y Wang el Mercader anotó cuidadosamente los gastos en sus libros de
contabilidad y el día del matrimonio fue fijado para dentro de un mes.
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Pues bien, este día caía próximo al del fin del año, y Wang el Tigre, cuando se lo
hubieron comunicado, se apresuró a dirigirse a casa de sus hermanos para casarse por
segunda vez. No tenía gran entusiasmo, pero como estaba decidido a hacerlo alejó de
su mente todo pensamiento vacilante y dio instrucciones a los tres hombres de
confianza, a quienes designó para vigilar en su lugar, además de su sobrino, quien
debía avisarle si sobrevenía cualquiera dificultad en su ausencia.
Cuando hubo tomado estas disposiciones hizo el simulacro de pedir al anciano
magistrado permiso para ausentarse durante cinco días, y seis días más para el viaje
de ida y vuelta, y el anciano magistrado se apresuró en dar su consentimiento. Wang
el Tigre tuvo la precaución de decirle que dejaba allí su ejército y sus hombres de
confianza, por temor de que hubiera en su ausencia algún intento de rebelión.
Entonces, vistiéndose con su uniforme y llevando enrollado sobre la silla el otro de
mejor clase que tenía, se dirigió hacia el Sur, hacia su país, llevando sólo una pequeña
escolta de cincuenta hombres armados, pues era hombre de un valor tal, que no
quería, como lo hacen muchos señores de la guerra, rodearse de centenares de
guardias.
A través de los campos invernales cabalgó Wang el Tigre, deteniéndose en la
noche en las posadas de las aldeas y continuando al día siguiente su camino sobre las
rutas heladas. No había todavía ningún indicio de la primavera, la tierra se extendía
gris y áspera, y las casas de arcilla gris y recubiertas de paja parecían confundirse con
la tierra. Hasta la gente, mordida por los vientos y el polvo del invierno septentrional,
tenía el mismo color gris; y Wang el Tigre no sintió ninguna alegría durante los tres
días que cabalgó hacia la casa de su padre.
Cuando hubo llegado se dirigió a casa de su hermano mayor, puesto que allí debía
casarse, y después de haber saludado brevemente a sus parientes, dijo de pronto que
antes de casarse quería cumplir con el deber de presentar sus respetos a la tumba de
su padre. Todos aprobaron esto, en particular la esposa de Wang el Terrateniente,
pues consideraba que era lo que debía hacer, ya que había estado tanto tiempo
ausente cuando la familia presentaba sus respetos a los muertos.
Pero Wang el Tigre, que conocía su deber y que cuando podía cumplía con él,
ahora lo puso en práctica en parte, porque estaba inquieto y cansado, aunque no sabía
por qué lo estaba. Pero no podía soportar permanecer de ocioso en casa de su
hermano, ni el placer almibarado que su hermano demostraba con motivo de la
próxima boda; y, oprimido, necesitaba cualquiera excusa para salir y alejarse de todos
ellos, pues esa casa no parecía su hogar.
Envió, pues, a un soldado a comprar el papel moneda y el incienso y todas las
cosas útiles para el muerto, y con ellas salió fuera de la ciudad, seguido por el
hombre, ambos con los fusiles a la espalda. Se sintió un tanto reconfortado al ver
cómo la gente lo miraba en la calle, y, aunque avanzaba con el rostro rígido, como si
no oyera ni viera nada, oyó no obstante cuando sus soldados decían, con rudeza:
—¡Paso al general, paso a nuestro amo!
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Y vio también cómo la gente del pueblo se apartaba apegándose a las murallas y a
las entradas de las casas; se sintió reconfortado al ver que lo consideraban tan
poderoso y se mantuvo erguido en medio de su fausto y dominio.
De este modo llegó hasta las tumbas que estaban bajo el dátil, convertido ahora en
un árbol nudoso, aunque cuando Wang Lung había escogido ese sitio para su eterno
reposo era un árbol flexible y nuevo. Ahora otros dátiles habían crecido allí, y Wang
el Tigre, después de haber desmontado por respeto, aunque todavía había un largo
trecho que recorrer, avanzó pausadamente hacia aquellos árboles mientras uno de los
soldados sujetaba el caballo alazán; así, llegó hasta la tumba de su padre. Allí hizo
tres reverencias, y los soldados que llevaban el papel moneda y el incienso se
acercaron y prepararon la mayor cantidad sobre la tumba de Wang Lung y el resto lo
repartieron sobre la tumba del padre de Wang Lung, sobre la del hermano de Wang
Lung, y la parte más pequeña sobre la de O-lan, a quien Wang el Tigre recordaba
confusamente.
Entonces se acercó de nuevo con su manera calmada y majestuosa y, encendiendo
el incienso y el papel, se arrodilló y golpeó la cabeza repetidas veces delante de las
tumbas, y cuando hubo terminado permaneció inmóvil y meditabundo mientras el
fuego convertía en chispas el papel de oro y plata y el incienso ardía fragante y acre
en el aire invernal del día. No había sol ni viento, era un día desapacible y gris, quizás
precursor de nieve, y el humo tenue y tibio del incienso formaba volutas en el aire
helado. Los soldados esperaban en completo silencio mientras su general se
comunicaba con su padre; por fin Wang el Tigre se volvió, avanzó hacia su caballo,
montó en él y regresó por el mismo camino que había ido.
Pero mientras meditaba no había pensado en su padre, Wang Lung. Pensaba en sí
mismo, diciéndose que cuando yaciera muerto allí no habría nadie que le hiciera
reverencias como un hijo debe hacerlas a su padre; y reflexionando sobre ello, le
pareció que hacía bien en casarse; entonces, con la esperanza de este hijo, sintió que
disminuía la tristeza que embargaba su alma.
El camino que había tornado Wang el Tigre para dirigirse a la tumba pasaba al
lado de la casa de barro, próximo al patio delantero que servía de era; el bullicio de
los soldados despertó al jorobado, que dormirá allí con Flor de Peral; el chico salió
cojeando lo más ligero que podía y quedóse allí mirando extrañado. Como no conocía
a Wang el Tigre e ignoraba que fuese su tío, se contentó con permanecer a la orilla
del camino, mirándolo con extrañeza. Tenía cerca de dieciséis años, pero conservaba
el tamaño de un niño de seis o siete, y la joroba le llegaba ahora hasta más arriba de
la cabeza, formando una especie de capucha. Al verlo, Wang el Tigre, sorprendido, le
preguntó, deteniendo su caballo:
—¿Quién eres, que vives en mi casa de barro?
Entonces el muchacho le reconoció, pues había oído decir que tenía un tío que era
general y a menudo pensaba en él, preguntándose cómo sería. Exclamó, anhelante:
—¿Eres mi tío?
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Entonces Wang lo recordó y dijo pausadamente, contemplando el rostro levantado
del niño:
—Sí, he oído que mi hermano tenía un muchacho como tú. Es curioso, pues todos
somos derechos y fuertes y mi padre era así también: un anciano erguido y fuerte, aun
en su vejez.
Entonces el muchacho contestó sencillamente, como si fuera algo a que estaba
acostumbrado desde largo tiempo; y mientras lo decía contemplaba con avidez a los
soldados y al caballo alazán:
—Me dejaron caer.
Entonces alargó la mano hacia el fusil de Wang el Tigre y levantando el rostro
envejecido y sus ojillos pequeños, tristes y hundidos, dijo ansiosamente:
—Nunca he tenido en mi mano uno de esos fusiles extranjeros y me gustaría tener
éste durante un momento.
Cuando estiró la mano, una mano seca y arrugada como la de un anciano, Wang
el Tigre se sintió lleno de compasión por el pobre niño enfermo y le pasó el fusil para
que lo tomara y lo mirase. Y mientras esperaba que el muchacho hubiera satisfecho
su deseo alguien apareció en la puerta. Era Flor de Peral. Wang el Tigre la reconoció
al instante, pues no había cambiado mucho, salvo que ahora era más delgada que
antaño y que su rostro, siempre pálido y ovalado, estaba cubierto de una red de finas
arrugas que se dibujaban imperceptiblemente sobre la pálida piel. Pero sus cabellos
seguían siendo tan lisos y tan negros como antes. Entonces Wang el Tigre se inclinó
con rigidez y profundamente, pero sin desmontar de su caballo, y. Flor de Peral le
hizo un pequeño saludo, y se alejaba rápidamente cuando Wang el Tigre la llamó:
—¿Vive todavía la tonta y está bien?
Flor de Peral contestó, con su dulce vocecilla:
—Está muy bien.
Wang el Tigre preguntó otra vez:
—¿Recibes todos los meses lo que te corresponde?
Ella contestó de nuevo con la misma voz:
—Muchas gracias, recibo lo que me corresponde.
Y mantenía la cabeza baja mientras hablaba, mirando la tierra trillada de la era; y
después de haber respondido se alejó con prontitud mientras él permaneció
contemplando el marco vacío de la puerta.
Dijo entonces, de pronto, al muchacho:
—¿Por qué usa un vestido que la hace parecer una monja? —pues había visto que
el vestido de Flor de Peral estaba cruzado en el pecho como los de las monjas.
El muchacho contestó, sin pensar casi en lo que decía, pues estaba absorto en la
contemplación del fusil:
—Cuando la tonta muera entrará al convento que hay aquí cerca y se hará monja.
Ya no come carne y sabe muchas oraciones de memoria, es una religiosa laica. Pero
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no quiere retirarse del mundo ni cortarse los cabellos hasta después de la muerte de la
tonta, pues mi abuelo se la confió.
Wang el Tigre oyó esto y sintió un vago sufrimiento; después de un momento de
silencio dijo, con compasión, al jorobado:
—¿Y qué harás tú, entonces, mi pobre jorobado?
Y el muchacho respondió:
—Cuando entre al convento me haré sacerdote en el templo, pues como soy tan
joven y debo vivir todavía mucho tiempo, no puede esperar que yo muera también.
Pero siendo sacerdote recibiré alimento, y si estoy enfermo, cosa que me sucede a
menudo a causa de esto que llevo conmigo, podrá ir a cuidarme, puesto que somos
parientes.
El muchacho dijo esto despreocupadamente. Luego su voz cambió y casi
sollozando, levantando los ojos hacia Wang el Tigre, exclamó:
—Sí, seré sacerdote; pero cuánto habría deseado tener la espalda derecha, sería
entonces soldado, si tú hubieras querido aceptarme.
Había tal fuego en sus ojos obscuros y hundidos que Wang el Tigre, emocionado,
le contestó con pena, pues en el fondo era un hombre compasivo:
—Te habría aceptado de buenas ganas, mi pobrecito, pero conformado como eres,
¿qué otra cosa puedes ser sino sacerdote?
El muchacho sacó su cabeza de su extraordinario alvéolo y dijo en voz baja:
—Ya sé.
Sin agregar una palabra más, devolvió el fusil a Wang el Tigre y se alejó
cojeando, para entrar a la casa. Y Wang el Tigre continuó su camino hacia su
matrimonio.
Fue éste un extraño matrimonio. No tenía ahora la prisa ardiente que la primera
vez y le era igual que fuese de día o de noche. Durante la ceremonia permaneció
silencioso y digno como de costumbre, a no ser que la ira lo dominara. Pero ahora el
amor y la ira parecían para siempre alejados de su corazón muerto y la figura de la
desposada vestida de rojo era como una figura vaga y lejana con la que no tenía nada
que hacer. Lo mismo sentía respecto de los invitados de sus hermanos, de sus mujeres
e hijos, y de la obesa Loto apoyada sobre Cucú. Pero la miró, sin embargo, una vez,
pues a causa de la gordura jadeaba al respirar, y Wang el Tigre oía esta respiración
penosa y entrecortada, mientras saludaba a sus hermanos mayores, a los testigos de su
mujer, a los invitados y a todos los que debía saludar en la ceremonia.
Cuando sirvieron el banquete de la boda apenas tocó los platos, y cuando Wang el
Terrateniente empezó a hacer bromas, ya que debía haber alegría hasta durante las
segundas nupcias de un hombre, y cuando un invitado reía, su risa expiraba en los
labios ante la grave mirada de Wang el Tigre. No habló una palabra durante su
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comida de bodas; cuando llevaron el vino tomó con avidez el vaso, como si tuviera
sed, pero lo rechazó y dijo únicamente, con tono rudo:
—Si hubiera sabido que el vino no sería mejor, habría traído un jarro de mi propia
región.
Terminados los días de las bodas, montó sobre su caballo alazán y partió, sin
siquiera volverse para mirar a su esposa y a la sirvienta que iban detrás de él en una
carreta, con las cortinas bajas, tirada por mulas. Se alejó sobre su caballo
aparentemente tan solitario como cuando había llegado, seguido de sus soldados y del
carro que con ruido sordo avanzaba tras él. Así Wang el Tigre llevó a su esposa a su
propia región, y un mes o dos después, cuando llegó la segunda mujer conducida por
su padre, también la recibió, puesto que le era indiferente tener una o dos.
Así llegó y pasó el año nuevo con sus fiestas, y la primavera empezó a agitarse en
la tierra, aunque ningún indicio se veía aún, ni siquiera una hoja en los árboles. Pero
la nieve no permanecía ya en el camino, sino que se fundía con el repentino calor de
un viento tibio que a intervalos soplaba del Sur; las plantas de trigo en los campos,
aunque todavía no crecían, tomaban un color verde nuevo, y en todas partes los
labradores se sacudían de su pereza del invierno, miraban sus azadones y sus
rastrillos y daban de comer a los bueyes para prepararlos para el trabajo. En los
caminos la maleza empezó a echar brotes, y los chiquillos vagaban por todas partes
provistos de cuchillos; y si no tenían cuchillos aguzaban y adelgazaban pedacitos de
madera para sacar la substancia verde y comérsela.
También los señores de la guerra se agitaban en sus cuarteles de invierno, los
soldados estiraban sus bien alimentados cuerpos, y cansados de sus disputas, de sus
juegos y de la ociosidad obligada de la ciudad, se agitaban pensando cuál sería su
suerte en la nueva guerra de la primavera, y cada soldado soñaba y esperaba que su
superior muriera dejándole su lugar.
También Wang el Tigre pensaba en lo que haría. Sí, tenía un plan, un buen plan, y
podía consagrarse por entero a él, puesto que su carcomido amor había muerto. Y si
no había muerto, estaba enterrado en alguna parte y, cuando se sentía inquieto al
recordarlo, visitaba a una de sus dos esposas, y si su cuerpo se quedaba atrás, bebía
vino para animarlo.
Y como era un hombre justo, no demostraba preferencia a ninguna de sus dos
mujeres, aunque fuesen muy distintas: la una ilustrada y pulcra, de maneras sencillas
y agradables, y la otra, un poco descuidada, pero virtuosa y de buen corazón. Su
mayor defecto eran sus dientes negros y el mal aliento que despedía al acercarse
mucho a ella. Pero aun así Wang el Tigre se sentía dichoso entre esas dos mujeres que
no peleaban entre sí. Seguramente su sentimiento de la justicia ayudaba a ello, pues
con cuidado escrupuloso las visitaba a cada una por turno, ya que, a decir verdad,
eran para él iguales y semejantes a nada.
Ya no le era necesario estar solo, sino si lo deseaba. Pero nunca se familiarizó con
ninguna de las dos mujeres, siempre entró a sus patios con aire altivo y con un
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propósito determinado, y nunca charló con ellas con la misma franqueza que tuvo con
la muerta y nunca se entregó sin reservas.
A veces reflexionaba sobre la diferencia de sentimientos que un hombre puede
sentir respecto de las mujeres, y se decía amargamente que la muerta nunca había
sido verdaderamente franca con él, ni siquiera cuando se mostraba tan libre como una
ramera, pues nunca dejó de acariciar en su corazón la idea de la venganza. Cuando
pensaba en esto, Wang el Tigre sellaba de nuevo su corazón y calmaba su carne con
sus dos mujeres. Pero la esperanza de que seguramente una de las dos terminaría por
darle un hijo iluminaba su ambición. Con esta esperanza, Wang el Tigre alimentaba
una vez más sus sueños de gloría y se decía que ese año y durante esa primavera
participaría en una gran guerra, para adquirir mayor poder y nuevos y vastos
territorios; y creía la victoria segura.
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—Sí, pero no es probable que un sitio así no tenga un señor de la guerra. ¿Quién
es?
Entonces el hombre de confianza citó el nombre de alguien que antes había sido
jefe de ladrones, y que el año anterior se había declarado contra el Sur. Cuando oyó
ese nombre, Wang el Tigre decidió avanzar contra ese jefe de ladrones; recordó
entonces que odiaba a la gente del Sur, que había encontrado insípidos su desabrido
arroz y sus alimentos picantes; y pensando en los detestados años de su juventud,
exclamó:
—Es el sitio y el hombre que necesitamos, pues así acrecentaré mis dominios, y
esta hazaña me será tomada en cuenta en las guerras generales.
La cosa quedó, pues, decidida. Wang el Tigre llamó a un sirviente para que trajera
vino, y todos bebieron, y dio orden de prevenir a los soldados, quienes debían estar
prontos a partir, pues se pondrían en camino hacia las nuevas tierras no bien llegaran
los primeros espías con noticias del posible curso de la guerra durante ese año. Luego
los hombres de confianza se levantaron para despedirse y ejecutar las órdenes
recibidas, pero el Gavilán se quedó después que los demás hubieron partido y se
inclinó hacia Wang el Tigre para hablarle al oído. Su voz era ronca y su aliento
caliente rozaba la mejilla de Wang el Tigre.
—Será necesario conceder a los soldados los días acostumbrados de saqueo, pues
murmuran y se quejan de que son manejados con demasiada estrictez y de que no
tienen bajo tus banderas los mismos privilegios que con los otros señores de la
guerra. Si no les concedes el derecho a saqueo, no pelearán.
Entonces Wang el Tigre se mordió el bigote tieso y negro que ahora usaba, y dijo
de malas ganas, pues sabía que el Gavilán tenía razón:
—Bien, diles que cuando hayamos triunfado tendrán los tres días, pero nada más.
El Gavilán se retiró muy contento, pero Wang el Tigre permaneció pensativo,
pues la verdad era que aborrecía el saqueo de la población; pero no veía el medio de
prohibirlo, ya que los soldados rehusaban arriesgar su vida y pelear sin ésa
recompensa. Así, pues, habiéndola concedido, se sintió molesto durante un momento,
pues no podía dejar de imaginar el cuadro de sufrimientos de esa gente, y se
reprochaba de ser un hombre demasiado suave para el oficio que había escogido.
Tratando de endurecer su corazón, se decía que después de todo los ricos serían los
que más perderían, puesto que los pobres no poseen nada que tenga valor, y los ricos
bien pueden soportar eso. Pero tenía vergüenza de ser tan débil; por nada habría
querido que uno de sus hombres supiese que le repugnaba ver sufrir, por temor de ser
despreciado.
Los espías fueron llegando uno después de otro, y cada cual presentaba un
informe a su general: decían que, aunque la guerra no había empezado todavía, los
señores del Norte y del Sur compraban armas en los países extranjeros, y que la
guerra sería inevitable, pues en todas partes se aumentaban y reforzaban los ejércitos.
Cuando Wang el Tigre supo esto decidió empezar sin tardanza la guerra por cuenta
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propia, y ese mismo día ordenó a sus hombres reunirse en un campo en las afueras de
la ciudad, pues eran tan numerosos que no podían juntarse adentro; se dirigió allí
montado sobre su caballo alazán, escoltado por sus guardias de corps y llevando a su
derecha a su sobrino montado, no sobre un asno, sino sobre un buen caballo, pues
Wang el Tigre así lo deseaba. Wang el Tigre levantaba la cabeza con aire orgulloso, y
todos los hombres lo contemplaban en silencio, pues en realidad, por su apostura, era
un soberbio guerrero, de aquellos que no se ven muchos en el mundo; y sus espesas
cejas y el bigote que ahora llevaba lo hacían parecer de más de cuarenta años.
Permaneció inmóvil para dejarse contemplar un rato, y de pronto interpeló a sus
hombres con voz vibrante:
—Soldados y héroes. De mañana en seis días caminaremos hacia el Sureste para
conquistar esa región. Es un país rico y fértil, contiguo al río y al mar, y lo que gane
lo compartiré con vosotros. Os dividiréis en dos cuerpos, bajo las órdenes de mis
hombres de confianza. El Gavilán os conducirá hacia el Este, y el Matador de Cerdos
hacia el Oeste. Yo, con cinco mil hombres escogidos, os esperaré en el Norte, y
cuando hubiereis atacado a ambos lados, aislando la ciudad que está en medio, yo
intervendré para aplastar la última resistencia. Hay allí un señor de la guerra, pero es
un vulgar ladrón, y ya sé cómo vosotros, mis buenos muchachos, acostumbráis a
tratar a los ladrones.
Luego agregó de muy malas ganas, aunque se esforzara por mostrarse duro.
—Si salís victoriosos, tendréis libertad en esa ciudad durante tres días. Pero al
cabo del cuarto día toda libertad cesará. Aquel que no contestare al llamado de las
cornetas que haré como señal, lo mataré. No tengo miedo de matar ni de morir. Éstas
son mis órdenes. Las habéis oído.
Entonces los hombres lo aclamaron con alegría, y en cuanto Wang el Tigre se
hubo alejado, todos, ansiosos, deseaban ponerse en camino, y revisaban sus armas,
las limpiaban, las afilaban y contaban los cartuchos que tenían. En esa ocasión
muchos hombres comerciaron con los cartuchos que tenían; los que eran débiles y se
dejaban seducir por el vino o por una visita a una mujer, entregaban cartuchos para
conseguir el objeto de sus deseos. Al amanecer del sexto día Wang el Tigre condujo
su poderoso ejército fuera de la ciudad. A pesar de lo grande que parecía, había
dejado una parte en la ciudad; fue a visitar al magistrado, que no se levantaba a causa
de su debilidad, y le explicó que dejaba un ejército para protegerlo a él y a su corte.
El magistrado le agradeció con su voz débil, aunque bien sabía que el ejército
permanecía allí para vigilarlo. Como era un puesto difícil, el hombre del labio
leporino había sido designado jefe, pues los soldados estaban descontentos de
quedarse allí; Wang el Tigre se vio obligado a prometerles una gratificación
suplementaria en dinero si se portaban bien y custodiaban fielmente la ciudad, y que
en la próxima guerra ellos serían los que irían. Así quedaron contentos o, en todo
caso, menos descontentos.
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Luego, a la cabeza de su ejército partió Wang el Tigre, e hizo correr la voz de que
iba a combatir contra un nuevo enemigo que llegaba del Sur para invadirlos; los
habitantes, asustados y deseosos de agradarle, y el gremio de los comerciantes le
dieron una suma como obsequio, y muchos ciudadanos acompañaron al ejército hasta
la salida de la ciudad y permanecieron allí para ver ondear la bandera de Wang el
Tigre y presenciar la muerte de un cerdo, que se ofrecía como sacrificio para obtener
que la suerte favoreciera esa guerra.
Terminada la ceremonia, Wang el Tigre se puso en camino. Contaba para hacer la
guerra no sólo con sus hombres y sus armas, sino con una gruesa suma de dinero,
pues era un general demasiado hábil para arrojarse de inmediato en la batalla;
parlamentaría primero, mientras pensaba qué uso podría dársele al dinero, y si éste
era inútil al principio, podría servir, por ejemplo, para comprar a un hombre
importante que abriera las puertas de la ciudad.
Era mediados de primavera, y el trigo en los campo tenía dos pies de altura o más
y estaba a punto de formarse en espigas. Wang el Tigre, mientras cabalgaba, paseaba
su mirada por esa tierra verdegueante. Se sentía orgulloso de su belleza y de su
fertilidad, pues estaba bajo su dominio, y la amaba como un rey puede amar su reino.
Pero como era un hombre razonable, mientras contemplaba esa belleza buscaba en su
mente un nuevo sitio donde poder fijar nuevos impuestos para mantener el enorme
ejército que ahora tenía y para aumentar su reserva privada.
Así salió de su propia región, y cuando hubo llegado lo bastante lejos hacia el Sur
para encontrar bosques de granados con las ramas cubiertas de hojas pequeñas color
de fuego, comprendió que eran tierras nuevas. Miraba a todos lados y por todas partes
veía campos fértiles y cuidados, animales bien alimentados y niños gordos, y se
alegraba por ello. Pero cuando pasaba con sus hombres los campesinos que
trabajaban la tierra levantaban los ojos y fruncían las cejas al verlos, y las mujeres,
que un momento antes charlaban y reían juntas, tornábanse silenciosas y pálidas y los
seguían con la mirada, y muchas madres tapaban con sus manos los ojos de sus niños.
Y si los soldados entonaban alguna canción guerrera, como a menudo lo hacían al
marchar, entonces los hombres que trabajaban en los campos los maldecían al oírlos
turbar la paz reinante. Hasta los perros se lanzaban furiosos fuera de las ciudades para
morder a esos desconocidos, pero cuando veían cuán numerosos eran, retrocedían
desconcertados, con la cola entre las piernas. A cada momento un buey, asustado por
todo ese ruido, se escapaba de donde estaba amarrado, y si estaba enyugado,
arrastraba el yugo, el arado y al labrador detrás. Entonces los soldados lanzaban
risotadas, pero Wang el Tigre cortésmente se detenía hasta que el hombre hubiera
recuperado su animal.
En las ciudades y en las aldeas la gente, consternada, enmudecía cuando los
soldados entraban por las puertas riendo y atropellándose, y pidiendo a gritos té, vino,
pan y carne, y los almaceneros ponían mala cara detrás de sus mostradores, porque
temían que les quitaran las mercaderías sin pagarles; había algunos que bajaban las
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puertas de madera de sus tiendas, como si hubiese llegado la noche. Pero Wang el
Tigre había dado desde el comienzo orden de no tomar nada sin pagar, distribuyendo
dinero a sus hombres para que comprasen lo necesario para comer y beber. Pero
sabía, no obstante, que el mejor general es incapaz de manejar miles y miles de
hombres sin principios, y aunque había dicho a sus capitanes que los haría
responsables de cualquier desorden, sabía que forzosamente ocurrirían muchos, y
todo lo que podía hacer era gritar: «¡Sí llego a saber eso, te mataré!». Y esperaba que
con esto los hombres se tranquilizarían, y él no trataba de saber qué había sucedido.
Pero Wang el Tigre imaginó un medio de contener a sus hombres hasta cierto
punto. Cuando llegaban a una ciudad los hacía detenerse en una aldea y, acompañado
de algunos centenares, salía en busca del comerciante más rico del lugar. Cuando lo
encontraba le pedía que juntara a todos los otros comerciantes y los esperaba en la
tienda del más rico. Cuando todos estaban allí, asustados y atentos, Wang el Tigre,
también atento, les decía:
—No creáis que he venido a extorsionaros y a tomar más de lo que debo. Es
cierto que tengo muchos miles de hombres en la aldea, pero bastará que me
entreguéis una suma suficiente para mis gastos durante esta parte del camino y
conduciré a mis hombres más lejos y sólo pasaremos aquí la noche.
Entonces los comerciantes, pálidos y asustados, hacían avanzar al que hacía de
jefe y éste balbuceaba una suma, pero Wang el Tigre sabía que era la más baja que
podía enunciar, y sonriendo fríamente bajaba las cejas y decía:
—Veo que tenéis hermosas tiendas, mercados de granos y de aceite, sederías y
géneros, y veo que vuestros conciudadanos están bien vestidos y bien alimentados, y
que vuestras calles son hermosas. ¿Y diréis que vuestra ciudad es tan pequeña y
pobre como eso? Vergüenza debía daros proponer suma semejante.
Así, cortésmente, los forzaba a elevar la suma y nunca los amenazaba con
brutalidad como lo hacen ciertos señores de la guerra, y no decía que dejaría a sus
soldados en libertad en la ciudad si no le daban esto y aquello. No; Wang el Tigre no
empleaba sino medios legítimos, pues se decía que esa gente debía vivir también y
que no se podía pedirles más de lo que razonablemente podían dar. Al final de
cuentas, como fruto de su cortesía, obtenía lo que pedía, y los comerciantes se
mostraban contentos de desembarazarse de él y de su horda con tanta facilidad.
De este modo Wang el Tigre avanzó con sus hombres hacia el Sureste, donde
estaba el mar, y cada vez que se detenía en una ciudad recibía una suma de dinero que
los comerciantes le entregaban; partía al alba y éstos quedaban contentos. Pero en las
aldeas y en los caseríos pobres Wang el Tigre no pedía sino un poco de comida y
tomaba la menor cantidad posible.
Durante siete días y siete noches Wang el Tigre condujo a sus hombres, y al cabo
de esos siete días había aumentado el dinero que llevaba gracias a las sumas
recibidas, y sus hombres, bien alimentados, mostrábanse bien dispuestos y llenos de
esperanza. Al término de los siete días estaba a menos de un día de marcha de la
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ciudad de la que había proyectado apoderarse, en el corazón mismo de esa región;
avanzó entonces a caballo hasta una pequeña colina desde donde podía divisarla. Allá
lejos, la ciudad se extendía como un tesoro encerrado por su muralla y engastado en
los campos verdes y ondulantes; Wang el Tigre sintió latir apresurado su corazón
dentro del pecho al verla tan hermosa y bajo un cielo tan bello. Allá corría el río
como lo había oído decir, y la puerta Sur de la ciudad llegaba al río, de modo que la
ciudad parecía una joya suspendida de una cadena de plata. Apresuradamente Wang
el Tigre envió a sus mensajeros a esa ciudad custodiada por mil hombres, declarando
al señor de la guerra que ocupaba la ciudad que Wang el Tigre había llegado del
Norte para librar la población de un ladrón, y que si el ladrón no quería retirarse
pacíficamente mediante una suma dada, entonces Wang el Tigre se vería obligado a
avanzar contra la ciudad con sus decenas de miles y miles de hombres valientes y
armados.
Pues bien, el señor de la guerra de este lugar era un valiente y antiguo ladrón, tan
siniestramente negro y espantoso, que la gente lo llamaba, comparándolo con el dios
negro que se encuentra a la entrada de los templos para servirles de guardián. Liu el
portero. Cuando hubo oído el insolente mensaje que Wang el Tigre le había enviado
entró en una cólera tan espantosa, que mugía de ira, sin poder articular ni una sola
palabra; cuando pudo hacerlo, dijo a sus mensajeros:
—Id a decir a tu amo que puede pelear si así lo desea. ¿Quién puede temerlo?
Nunca he oído hablar de ese perro que se hace llamar Wang el Tigre.
Los mensajeros volvieron, pues, y repitieron textualmente sus palabras a Wang el
Tigre. Éste a su vez se indignó, secretamente herido de que ese señor de la guerra
dijera que no había oído pronunciar jamás el nombre de Wang el Tigre, y se
preguntaba si en realidad no era tan conocido como él lo creía. Pero rechinando los
dientes dirigió un discurso a sus hombres, y ese mismo día avanzaron contra la
ciudad, estableciendo sus campamentos en torno de ella. Pero las puertas estaban
cerradas de tal modo que no podían entrar. Wang el Tigre ordenó a sus hombres que
permanecieran acampados hasta el alba e hizo levantar una hilera de tiendas
alrededor del foso de la ciudad a fin de que los hombres pudieran vigilar lo que hacía
el enemigo y le llevaran noticias.
Llegada la aurora, Wang el Tigre se levantó y despertando a sus guardias hizo
llamar a todos los hombres al son de cornetas y tambores. Cuando estuvieron
reunidos, Wang el Tigre les ordenó que estuviesen prontos para la batalla cuando él lo
ordenara, aunque fuera preciso esperar un mes o dos. Luego, acompañado de sus
guardias, se dirigió a una colina situada al Este de la ciudad, donde había una antigua
pagoda[29]; subió hasta allí, dejando a sus hombres abajo para que vigilasen y para
aterrorizar a algunos ancianos monjes que estaban en el templo vecino; vio entonces
que a pesar de la poca extensión de la ciudad, que no debía contar con más de
cincuenta mil almas, las casas eran bien construidas, con los techos de tejas negras
puestas unas sobre otras, como las escamas de un pescado. Bajó, pues, y reuniéndose
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con sus hombres los llevó al otro lado del foso, pero una lluvia de balas brotó de
arriba del muro, y Wang el Tigre tuvo que retirarse precipitadamente. No le quedaba
sino que esperar; se reunió con sus capitanes, quienes le aconsejaron poner sitio a la
ciudad, pues un sitio es más seguro que una batalla, puesto que la gente tiene que
comer. Esto parecía bien a Wang el Tigre, pues muchos de sus hombres podrían ser
muertos si atacaban ahora la ciudad; las puertas eran firmes y las vigas tan bien
unidas con planchas de hierro, que Wang el Tigre no sabía cómo vencer. Además, si
mantenían las puertas bloqueadas para impedir que entrara alimento, al cabo de un
mes o dos el enemigo, debilitado, debería necesariamente someterse, en tanto que si
peleaban ahora, el enemigo estaría fuerte y bien alimentado, y no podría asegurarse
de qué lado estaría la victoria. Así pensó Wang el Tigre, y le pareció preferible
esperar el momento en que podría presentar batalla estando seguro de la victoria.
Ordenó en consecuencia, a sus soldados que vigilaran todo el muro de la ciudad,
pero que se mantuviesen lo bastante alejados para que las balas, sin tocarlos, cayeran
inútiles en el foso. Los soldados rodearon, pues, la muralla, y nadie podía entrar ni
salir; todos se alimentaban con los productos de la tierra vecina, y comían las aves,
las legumbres, la fruta y el trigo que tenían los campesinos; y como pagaban algo por
lo que tomaban, los campesinos no se unieron contra ellos, y el ejército de Wang el
Tigre estaba bien provisto. Llegó el verano y la cosecha fue hermosa y abundante,
pues en esa región el año había sido ni muy seco ni muy lluvioso, aunque se decía
que en el Oeste, detrás de las montañas, no había caído lluvia y que el hambre se
dejaba sentir. Cuando Wang el Tigre oyó esto se dijo que el destino seguía
protegiéndolo, pues aquí había abundancia.
Así transcurrió un mes, y Wang el Tigre esperaba día tras día en su tienda, y nadie
salía de la ciudad bloqueada. Después de otros veinte días de espera sus hombres y él
se sentían invadidos por la ira, pero el enemigo permanecía siempre invisible, y en
cuanto alguien atravesaba el foso las balas empezaban a llover desde los muros de la
ciudad. Wang el Tigre, sumamente extrañado, decía:
—¿Qué puede quedarles para comer que todavía tienen fuerzas para sostener el
fusil?
Y el Gavilán, que estaba allí, escupió como signo de admiración ante un enemigo
tan valiente; y después de haberse limpiado la boca dijo:
—Deben haberse comido los perros, los gatos y todos los animales, y hasta los
ratones que hayan atrapado en sus casas.
Así pasaban los días y no veían huellas de vida en la sitiada ciudad, hasta el final
del segundo mes. Entonces Wang el Tigre, que había salido una mañana, como lo
hacía todos los días, para ver si se había producido algún cambio, vio agitarse una
bandera blanca encima de la puerta del Norte, donde él estaba acampado. Con gran
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prisa y agitación ordenó a sus hombres que levantaran bandera blanca, seguro de que
el fin había llegado.
Entonces la puerta Norte se abrió un poco, lo justo para dejar pasar un hombre, y
luego se volvió a cerrar con ruido de fierros. Del otro lado del foso donde estaba su
campamento, Wang el Tigre acechaba jadeante; vio avanzar lentamente a un joven
llevando una bandera blanca en la punta de un palo de bambú. Entonces gritó a sus
hombres que se pusieran en fila, y él se colocó detrás de ellos en espera del
parlamentario. Cuando hubo llegado lo bastante cerca para ser oído exclamó:
—He venido a hacer proposiciones de paz; os pagaremos una suma y todo lo que
poseemos si aceptáis retiraros en paz.
Entonces Wang el Tigre rió con su risa muda y dijo burlándose:
—¿Crees que hemos venido de tan lejos por sólo el dinero? Puedo conseguirlo en
mis propias regiones. No: es preciso que vuestro señor de la guerra se entregue, pues
necesito esta ciudad y esta región para que forme parte de la mía.
Entonces el joven se apoyó sobre el palo y lanzando a Wang el Tigre una mirada
de angustia, imploró:
—Tened piedad y llevaos vuestros hombres.
Y se dejó caer con el rostro pegado al suelo delante de Wang el Tigre.
Pero Wang el Tigre sentía que la cólera le invadía como siempre cuando
encontraba oposición; irritado, gritó:
—No me retiraré hasta que esta tierra sea mía.
Entonces el joven se levantó, y, echando hacia atrás la cabeza con orgullo, dijo:
—Quedaos, pues, y pasad vuestra vida aquí si queréis; podremos soportarlo.
Y sin agregar una palabra se volvió hacia la puerta.
Entonces Wang el Tigre sintió que su antigua cólera lo invadía y se dijo que era
sorprendente que el enemigo pudiera enviar a un mensajero tan descortés, que ni
siquiera había cumplido con ninguna de las ceremonias de cortesía; y mientras más
pensaba en ello más aumentaba su cólera, y de pronto, antes de que se hubiera dado
cuenta, furioso, gritó a un soldado:
—Toma tu fusil y dispara contra ese hombre.
El soldado obedeció y disparó tan certeramente que el joven cayó con el rostro
contra el suelo, sobre el estrecho puente que cruzaba el foso y su bandera cayó a la
corriente y el palo perezoso quedó flotando sobre la superficie, cuyas aguas barrosas
ensuciaban la blancura de la bandera. Wang el Tigre ordenó entonces a sus hombres
que fueran en busca del joven; así lo hicieron, de prisa y temerosos de que un disparo
llegara desde la muralla, pero no se oyó ninguno.
Wang el Tigre, extrañado, se preguntaba qué podía significar tal silencio; pero se
extrañó aún más cuando vio al joven cubierto ya por la palidez de la muerte, pues este
hombre no parecía haber pasado hambre. No; cuando hubo ordenado que le quitaran
los vestidos para ver su carne, el hombre apareció no gordo, pero si lo bastante lleno
para ver que había comido durante ese tiempo.
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Desanimado entonces al verlo, exclamó:
—Sí este muchacho está gordo, ¿qué pueden comer que les permite resistir contra
mí?
Y maldiciendo, dijo:
—¡Bah!, yo también puedo pasarme la vida en este sitio.
Como estaba tan furioso, desde ese día ordenó a sus soldados que tomaran lo que
necesitaran sin mayores preocupaciones; y cuando los veía apoderarse de los víveres
y de las mercaderías de la gente de los suburbios que rodeaban la ciudad o de los
campesinos que había dispersos aquí y allá, no se los impedía como antes lo hubiera
hecho; y cuando un labrador se quejaba o cuando alguien, bajo juramento, acusaba a
un soldado de haberse introducido en una casa particular y de haber hecho lo que no
debía, Wang el Tigre respondía, con enfado:
—Sois todos un lote de malditos; creo que secretamente enviáis víveres a esa
ciudad, pues, si no, ¿de qué se alimentan?
Pero los labradores juraban una y otra vez que no lo hacían y a veces uno de ellos
contestaba, con tristeza:
—¿Qué nos importa qué señor nos gobierne? ¿Creéis que amamos a ese viejo
ladrón que nos ha tenido hambrientos con sus impuestos? Señor, si nos tratarais con
piedad e impidierais que vuestros hombres nos hiciesen daño, preferiríamos teneros
en su lugar.
Pero Wang el Tigre tornábase más áspero a medida que el verano avanzaba.
Maldecía del calor y de los miles de moscas que se desarrollaban entre los montones
de suciedades que numerosos soldados hacen necesariamente, y de los mosquitos que
salían de las aguas detenidas del foso, y pensaba con irritación en la ciudad donde
estaban sus propios patios y donde sus dos mujeres lo esperaban, y la cólera le
impedía ser bueno como antes, sus hombres tornábanse insubordinados y no hacía
nada por evitarlo.
Durante el tiempo de los grandes calores, una noche ardiente, en que brillaba la
luna, Wang el Tigre salió de su tienda en busca de frescor, pues no podía dormir. Se
hizo acompañar solamente por su guardia de corps, que bostezando y medio dormido,
lo seguía mientras se paseaba de aquí para allá. Wang el Tigre contemplaba como
siempre las murallas de la ciudad que altas y negras se alzaban bajo la luz de la luna y
que le parecían inexpugnables. Mientras las contemplaba sintió renacer su cólera,
aunque a decir verdad su cólera no disminuía ahora, y se juró hacer pagar caro a los
hombres, a las mujeres y aun a los niños los desagrados de esa guerra que había
emprendido. En ese momento vio, sobre la obscuridad del muro, moverse una
mancha más obscura que avanzaba hacia abajo. Se detuvo, mirándola fijamente. Al
principio no podía creer que la había visto, pero a fuerza de mirar terminó por
cerciorarse de que algo pequeño y obscuro caminaba como un cangrejo entre las
yedras y los arbustos secos, pegado a la muralla. Por fin comprendió que era un
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hombre. El hombre llegó hasta el suelo, y a la luz de la luna, Wang el Tigre vio que
traía un trapo blanco.
Entonces ordenó a un hombre que saliera a su encuentro con una bandera blanca
y que le trajera al individuo mientras él esperaba, forzando la mirada para tratar de
ver quién era ese hombre. Cuando hubo llegado al lado de Wang el Tigre, se arrojó al
suelo golpeando la cabeza en demanda de piedad. Pero Wang el Tigre rugió:
—¡Ponedlo de pie para que lo vea!
Dos soldados se adelantaron para levantar al hombre, y Wang el Tigre lo miró; y a
medida que lo miraba era tal su ira, que sentía como un nudo en la garganta, pues ese
hombre no estaba tampoco hambriento. No; estaba delgado, pálido, pero no muerto
de hambre. Wang el Tigre vociferó:
—¿Has venido para entregar la ciudad?
Y el hombre respondió:
—No; el jefe no quiere rendirse, pues cuenta aún con víveres y los que
dependemos de él recibimos alimentos todos los días. El pueblo se muere de hambre,
es verdad, pero esto no nos importa, ya que podemos resistir aún, mientras llegan
refuerzos del Sur, pues en secreto bajamos a un hombre por encima de la muralla.
Entonces Wang el Tigre, intranquilo y conteniendo como mejor podía su cólera,
replicó con indecisión:
—¿Para qué has venido si no es para entregar la ciudad?
Y el hombre dijo, con aire sombrío:
—He venido por mi propia cuenta. El general bajo las órdenes del cual sirvo se ha
portado muy mal conmigo. Sí, es un individuo grosero, inculto y sin educación, y yo
soy de sangre noble. Mi padre era un erudito y estoy habituado a la cortesía. Este
general me hizo avergonzarme en presencia de mis propios soldados. Un hombre
puede perdonar mucho, pero no puede perdonar un insulto que lo afecta no solamente
a él, sino a sus antepasados, a quienes ahora representa; y los antepasados de él eran,
si es que alguna vez los tuvo, gente que los míos habrían podido tomar de sirvientes.
—Pero ¿qué te hizo? —preguntó Wang el Tigre, extrañado de esta aventura.
El hombre respondió con sombrío furor:
—Me humilló burlándose del modo como sostenía mi fusil, cuando en esto
estriba mi mayor habilidad; puedo apuntar sin fallar nunca.
Entonces una luz empezó a brillar para Wang el Tigre, pues sabía que la burla y la
humillación son capaces de engendrar en el corazón del hombre el odio más feroz,
aun contra un amigo, y sabía que un hombre es capaz de cualquier cosa para vengarse
de quien lo haya humillado, sobre todo si es orgulloso como ese hombre parecía
serlo. Wang el Tigre le preguntó entonces, sin rodeos:
—¿Cuál es tu precio?
El hombre miró entonces a su alrededor, y viendo a los soldados de la guardia de
corps de Wang el Tigre que escuchaban con la boca abierta, se inclinó y dijo en un
susurro:
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—Llévame a tu tienda, donde podré hablar con libertad.
Entonces Wang el Tigre entró a su tienda y ordenó que introdujeran allí al
hombre, dejando adentro cinco o seis soldados para que lo protegiesen de una posible
traición. Pero Wang el Tigre comprobó que no tenía ninguna idea de traición, sino de
venganza, cuando el hombre le dijo:
—Siento tal ira y odio que estoy dispuesto a volver a pasar el muro y a abrirte la
puerta. No te pido sino que nos admitas bajo tu bandera a mí y a algunos hombres
que tengo bajo mis órdenes, y que nos protejas, porque si el ladrón no muere, como
es mi más encarnizado enemigo, puede hacerme buscar y matar.
Pero Wang el Tigre no quiso aceptar una ayuda tan generosa sin dar nada en
cambio y dijo entonces, mirando de frente al hombre que estaba de pie entre dos
soldados:
—Eres un hombre digno y de corazón, pues no has podido tolerar un insulto.
Estoy contento de tener a mi lado a un hombre de corazón y a un valiente. Vuelve y
di a tus camaradas y a los soldados que tomaré bajo mis banderas a todos los que se
rindan, con sus fusiles, y que no haré matar a ninguno. Tú serás capitán de mi ejército
y te daré doscientas monedas de plata y cinco monedas a cada hombre provisto de
fusil.
Entonces el rostro contraído del hombre se iluminó y exclamó con entusiasmo:
—Eres el general que he buscado toda mi vida; te abriré la puerta en el instante en
que el sol llegue al cenit en este mismo día que empieza ahora.
El hombre dio medía vuelta con brusquedad y regresó a la ciudad; Wang el Tigre,
levantándose, salió de su tienda para seguir con la mirada al hombre, mientras trepaba
como un mono con agilidad y pericia por la muralla, ayudándose de las raíces y los
arbustos nudosos, hasta que desapareció detrás de la muralla.
Entonces el sol se levantó como una orla de cobre rojo en el horizonte de los
campos; Wang el Tigre ordenó a sus hombres que se prepararan sin hacer ruido, por
temor de que el enemigo sospechara el nuevo plan. Pero muchos de los hombres no
ignoraban ya que alguien había salido de la ciudad y durante la noche se habían
preparado sin encender ni una antorcha. Y, además, la luz de la luna había sido tan
brillante que más parecía un sol pálido, y los hombres veían con la suficiente claridad
para distinguir si los gatillos estaban bajos y para pasar un cordón por el ojete de un
zapato. Cuando apareció el sol, todos los hombres estaban en su puesto, y Wang el
Tigre dio orden de distribuirles carne y vino para darles valor, y así, alimentados y
fortificados, esperaron el redoble de tambor que debía lanzarlos hacia adelante.
Cuando el sol estuvo alto y en todo su brillo, hiriendo con un calor sin viento la
llanura donde se extendía la ciudad, Wang el Tigre lanzó un grito desde el sitio donde
estaba y los hombres se reunieron, como les había sido ordenado, en seis largas filas,
lanzando gritos, y el clamor se propagó como un eco. Y gritando, cada cual tomó sus
armas, un fusil y un cuchillo, y se lanzaron hacia adelante.
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Algunos cruzaron el foso por el puente, pero la mayoría lo atravesaron corriendo,
pues era poco profundo, y chorreantes escalaron la orilla opuesta y allí se
amontonaron contra el muro de la ciudad, agrupándose delante de la puerta que daba
al Norte. Pero los capitanes impidieron que Wang el Tigre permaneciera muy cerca
del frente, pues ignoraban si en el último momento el hombre mantendría su palabra
y si no habría traición. No obstante, Wang el Tigre tenía confianza en ese hombre,
pues sabía que la venganza es la clase de odio más seguro.
Así esperaron, pero ningún ruido salía de la ciudad y no se disparaba ni un tiro
sobre el muro de ella. Y cuando el sol llegó al cenit, Wang el Tigre, envarado por la
espera, vio abrirse la enorme puerta de hierro y alguien se inclinó y asomó la cabeza
en tanto que una raya de luz aparecía en lo alto de la puerta. Lanzó entonces un
llamado y los soldados se lanzaron hacia adelante, y Wang el Tigre con ellos, y
abalanzándose contra la puerta, que se abrió de par en par, se repartieron por las
calles de la ciudad, como el agua de un dique que revienta; el sitio estaba terminado.
Sin perder ni un momento Wang el Tigre ordenó que lo condujeran al palacio
donde vivía el jefe de ladrones, y rugiendo dijo a sus hombres que no estarían libres
hasta no haber encontrado al antiguo jefe. Entonces éstos, impulsados por su avidez,
lo arrastraron hasta el palacio, interrogando con brutalidad en el camino a todo
hombre aterrorizado que encontraban. Pero cuando Wang el Tigre hizo su entrada en
los patios, con gran acompañamiento de tambores y trompetas, éstos estaban vacíos,
pues el jefe de los ladrones había huido. No se sabe cómo había sabido la traición,
pero mientras los hombres de Wang el Tigre penetraban como un torrente por la
puerta del Norte, el antiguo ladrón y sus fieles partidarios escapaban por la del Sur
huyendo a través del campo. Al oír esto de boca de los soldados que no lo habían
acompañado, Wang el Tigre se precipitó hacia el muro Sur de la ciudad, pero sólo
divisó en la lejanía una fugitiva nube de polvo. Permaneció indeciso preguntándose si
debía perseguirlo o no; pero, si había obtenido cuanto deseaba, es decir, la ciudad y la
llave de esa región, ¿qué significaban un ladrón y unos pocos hombres?
Bajó entonces y entró al palacio desierto, donde los numerosos soldados del
enemigo que quedaban allí le presentaron homenaje implorando su protección. Se
sintió contento al ver su número, pues mientras estaba en la sala principal se
presentaron en grupos de diez y de veinte; pero eran los hombres más flacos y más
deshechos que había visto, salvo durante los años de hambruna. Mas tenían armas, y
cuando se arrodillaban delante de él y estiraban sus manos en señal de sumisión,
Wang el Tigre los aceptaba y ordenaba que les dieran de comer hasta saciarse y que a
todos se les distribuyeran cinco monedas de plata. Y cuando el hombre que había
traicionado al jefe de los ladrones entró a la cabeza de su compañía, Wang el Tigre le
dio en persona las doscientas monedas de plata que le había prometido, y ordenando
que trajeran un uniforme de capitán lo entregó también al hombre. De este modo
recordó Wang el Tigre lo que el hombre había hecho por él y lo recompensó
recibiéndolo en sus filas.
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Cuando todo estuvo terminado, Wang el Tigre comprendió que debía cumplir la
promesa hecha a sus hombres, pues los había sujetado durante tanto tiempo que ya
rehusaban dejarse manejar de allí en adelante. Les dio, entonces, completa libertad,
sintiendo tener que hacerlo. Cosa curiosa, ahora que tenía lo que deseaba, su cólera
contra la población había desaparecido y le repugnaba hacerla sufrir. Pero tenía que
mantener la palabra dada a sus hombres; después de haberles concedido libertad
durante tres días, se encerró en el palacio, haciendo cerrar las puertas, y permaneció
allí sólo con sus guardias de corps. Pero estos doscientos o trescientos hombres
estaban impacientes y reclamaban su turno y, por fin, Wang el Tigre se vio obligado a
dejarlos salir y a llamar otros en su lugar; y cuando éstos llegaron con los ojos rojos
de lujuria y los rostros sombríos e inflamados, Wang el Tigre apartó la mirada para no
pensar en lo que estaba sucediendo en la ciudad. Cuando su sobrino, al que siempre
conservaba a su lado, quiso salir para ver qué pasaba afuera, Wang el Tigre estalló,
feliz de tener en quién desahogar su ira:
—¿También mi propia sangre quiere salir como esos hombres groseros y
vulgares?
Y no permitió que el muchacho se moviera de su lado y lo tuvo constantemente
ocupado enviándolo a buscar esto o aquello para comer o beber, o lo que necesitaba
para su atavío, y cuando oía algunos gritos debilitados que llegaban hasta los patios a
pesar de las ventanas cerradas, Wang el Tigre se mostraba más déspota y más enojado
que nunca con su sobrino, tanto, que el muchacho, sudoroso a causa del mal humor
de su tío, no se atrevió a contestarle ni una sola palabra.
La verdad era que Wang el Tigre no era cruel sino cuando estaba encolerizado, lo
que ciertamente es una debilidad en un señor de la guerra, cuyo único medio para
alcanzar la gloria es la muerte; Wang el Tigre sabía que su debilidad estribaba en no
poder matar a sangre fría y despreocupación o por servir una causa. Y consideraba
una debilidad ser incapaz de conservar su cólera contra los habitantes de la ciudad,
diciéndose que debía aborrecerlos a causa de su estúpida porfía y porque no se les
había ocurrido un medio de abrirle las puertas. No obstante, cuando sus soldados,
avergonzados, llegaron pidiendo comida, les gritó con mezcla de ira y de lástima:
—¡Cómo! ¿Debo daros de comer aun cuando habéis saqueado la ciudad?
A lo que ellos respondieron:
—No hay un puñado de trigo en toda la ciudad y no podemos comer oro, plata y
sedas. De esto hay en todas partes, pero no se ven alimentos de ninguna clase, pues
los campesinos tienen miedo de traer sus productos.
Y Wang el Tigre sufría y estaba triste, pues veía que era verdad lo que decían sus
hombres; se vio obligado a darles de comer aunque al hacerlo chillara con voz
tempestuosa. Y oyó a un grosero individuo exclamar, con vulgaridad:
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—Sí, y las mozas están tan flacas que más bien parecen aves desplumadas; no se
saca ningún placer de ellas.
Entonces Wang el Tigre se dijo que la vida era una carga insoportable; se encerró
en su pieza y allí permaneció suspirando y gimiendo hasta que logró fortalecer y
endurecer su ánimo. Pensó en las hermosas tierras con que había acrecentado sus
dominios, doblando casi el territorio que tenía en su poder; se dijo que después de
todo ése era su oficio y la única manera de llegar a ser un gran señor de la guerra; y al
recordar a las dos mujeres que tenía, una de las cuales seguramente le daría un hijo,
exclamó para sí:
—¿No podré soportar durante tres días lo que otros se ven obligados a soportar
siempre?
De este modo endureció su corazón durante los tres días y mantuvo su promesa.
Pero al alba del cuarto día se levantó de su lecho de insomnio y ordenó hacer sonar
las trompetas, pues ésa era la señal para que los soldados cesaran en el saqueo y
regresaran a sus puestos. Y como esa mañana parecía más feroz y más sombrío que
de costumbre y continuamente enarcaba las cejas, nadie se atrevió a desobedecer.
No, ni uno solo. Y cuando Wang el Tigre, dando zancadas, salió por la puerta que
había estado sólidamente cerrada durante esos tres días, oyó un débil llanto en una
callejuela vecina; como ahora estaba muy sensible a estos llantos, volvió sus pasos
hacía allí para ver qué sucedía vio a un soldado de los suyos camino de regreso a las
filas; pero en ese momento había visto a una anciana mujer llevando en un dedo un
delgado anillo de oro, una cosa pequeña y sin valor, porque la mujer era sólo una
mujer de trabajo y no podía poseer nada de valor. Pero el soldado, vencido por el
súbito deseo de ese último resto de oro, retorció la mano de la mujer, que gritó
gimiendo:
—Ha estado en mi mano desde hace treinta años, ¿cómo podría desprenderme de
él ahora?
Pero el soldado tenía tanta prisa, pues continuaban sonando las trompetas, que allí
mismo, ante los ojos de Wang el Tigre, el hombre sacó su cuchillo y cortó con
maestría el dedo de la anciana mujer; y su sangre, pobre y escasa, tuvo aún fuerzas
para brotar en un débil flujo. Entonces Wang el Tigre, lanzando una maldición, se
abalanzó sobre el soldado que en su prisa no lo había visto, y sacando su afilada hoja
la enterró en el cuerpo del hombre. Sí, aunque era uno de sus hombres, Wang el Tigre
procedió así indignado al ver a esa desventurada y hambrienta criatura tratada como
lo había sido delante de sus mismos ojos. El soldado cayó sin lanzar ni un suspiro y
un chorro de sangre grueso y rojo brotó de su herida. La anciana mujer, aterrorizada
al ver tanto rigor, aunque fuera para ampararla, envolvió su dolorido muñón en su
viejo delantal y huyó a esconderse a alguna parte donde Wang el Tigre no la viera.
Limpió entonces su sable en la casaca del soldado y se alejó por temor de
arrepentirse de lo que había hecho, aun cuando ya era inútil, pues el hombre había
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muerto. Permaneció sólo un momento para ordenar a uno de sus guardias que
recogieran el fusil del muerto.
Entonces, Wang el Tigre salió de la ciudad y quedó enormemente sorprendido al
no ver sino algunos miserables habitantes, que se arrastraban dificultosamente fuera
de sus casas y agotados se sentaban sobre los bancos de los umbrales, demasiado
débiles hasta para levantar la cabeza, cuando Wang el Tigre, dando grandes zancadas,
bajo el claro sol del otoño, llegó escoltado, por sus guardias con armas brillantes y
sonoras. Y tan insensibles y envarados se veían, que más bien parecían muertos.
Wang el Tigre se sentía invadido por una vergüenza y un asombro extraordinarios,
que le impedían detenerse a conversar con ninguno; mantenía la cabeza erguida y
afectaba no ver a las personas sino mirar las tiendas. Había en estas tiendas muchas
mercaderías, tantas como Wang el Tigre nunca había visto, pues la ciudad estaba
sobre un río del Sur, y el río desembocaba en el mar, lo que permitía traer esas
mercaderías. Vio muchas curiosidades extranjeras, pero ahora estaban arregladas con
cuidado y cubiertas de polvo, como si nadie hubiera comprado nada desde hacía largo
tiempo.
Pero dos cosas no se veían en la ciudad: en ninguna parte se vendían alimentos, el
mercado estaba vacío y silencioso y en las calles no había vendedores ambulantes que
prestan actividad a las ciudades. Tampoco se veían niños. Al principio no había
notado cuán tranquilas parecían las calles, pero cuando se dio cuenta de ello
comprendió que faltaban las voces y las risas bulliciosas de los niños, que de
costumbre llenan las casas, y sus locas carreras a través de las calles. Y, de pronto, le
fue insoportable seguir mirando los sombríos e insensibles rostros de los hombres y
mujeres que quedaban. No había ido más allá de lo que cualquier señor de la guerra,
y no podía imputársele esto como un crimen, pues no tenía otro medio para lograr sus
fines.
Pero Wang el Tigre era, en realidad, un hombre demasiado compasivo para su
oficio; dio media vuelta, regresó a sus patios, pues no podía contemplar esa ciudad
que ahora le pertenecía, y, abatido y de mal humor, injuriaba a los soldados y les
gritaba qué se apartaran de su camino, porque no podía soportar oír sus risotadas
satisfechas ni ver sus ojos brillantes de lujuria saciada; miraba con rabia los anillos de
oro que ahora llevaban, los relojes extranjeros que habían prendido en sus ropas y
todos los demás objetos de que se habían apoderado. Sí, vio anillos de oro hasta entre
sus hombres de confianza, uno de oro entre las manos brutales del Gavilán y uno de
jade en el pulgar del Matador de Cerdos; y este dedo era tan grueso y tan rudo, que el
anillo se había detenido en la falange y no pasó más allá. Al ver todo esto, Wang el
Tigre se sintió más que nunca alejado de esos hombres, se dijo que eran individuos
viles y bestiales, y que estaba irremediablemente solo. Se sentó en su pieza de pésimo
humor y, si alguien se le acercaba, se encolerizaba aunque fuera por la causa más
insignificante.
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Pero después que hubo permanecido así uno o dos días, y que sus soldados
atemorizados se calmaron un tanto, Wang el Tigre endureció otra vez su ánimo,
repitiéndose que eran éstas costumbres guerreras y que, ya que el cielo lo había
predestinado para esa vida, debía terminar lo que había comenzado. Se levantó, se
lavó, pues había pasado esos tres días sin lavarse ni afeitarse, se vistió con ropas
limpias y envió un mensajero al magistrado de la ciudad, ordenándole que viniera a
presentarle sus respetos. Se dirigió, entonces, a la sala de recepción del palacio y allí
esperó la llegada de ese hombre.
Al cabo de una o dos horas llegó el magistrado apoyado sobre dos hombres,
pálido como un cadáver. Pero por el saludo que le dirigió y por sus modales
distinguidos, Wang el Tigre comprendió que era un hombre bien nacido y un erudito.
Se levantó, pues, e inclinándose a su vez, invitó al magistrado a que se sentara. Luego
se sentó a su vez, sin dejar de contemplar a su visitante con sorpresa, pues el rostro y
las manos del magistrado eran del color más extraño y espantoso que había visto,
color de hígado seco, y tan flaco que parecía no tener sino la piel y los huesos.
Entonces Wang el Tigre exclamó, en medio de su sorpresa:
—Cómo, ¿tampoco has comido?
Y el hombre contestó con sencillez:
—No, he hecho lo mismo que mis conciudadanos, y no es ésta la primera vez.
—Pero el hombre que fue para acordar una tregua estaba bien alimentado —
respondió Wang el Tigre.
—Sí; pero lo habían alimentado especialmente desde el principio —contestó el
magistrado—, para que, si rehusabas conceder una tregua, creyeras que teníamos
víveres guardados y que podíamos resistir mucho tiempo aún.
Entonces Wang el Tigre no pudo dejar de aprobar tan buena estratagema y, con
extrañeza y admiración, exclamó:
—Pero el capitán que salió también estaba bien alimentado.
El magistrado contestó, sencillamente:
—Los soldados comían mejor que los demás. Pero el pueblo se moría de hambre
y han muerto centenares de personas. Todos los débiles, los viejos y los jóvenes han
muerto.
Wang el Tigre exhaló un suspiro, diciendo:
—Es verdad que no veo niños en ninguna parte. —Y contemplando un momento
al magistrado, se esforzó en decir lo que debía decir—: Demuéstrame tu sumisión
ahora, pues he adquirido el derecho de ocupar el lugar de ese otro señor de la guerra
que era vuestro jefe y el jefe de toda la región. Ahora yo soy el jefe, y pienso añadir
este país al que ya tengo en el Norte. Por mis manos deberán pasar ahora todas las
rentas, y, además, exigiré todos los meses una suma fija y una parte de las entradas.
Agregó unas palabras corteses, pues no carecía de cortesía. El magistrado
respondió con voz débil y hueca, mostrando al mover sus labios resecos unos dientes
que parecían demasiado grandes y demasiado blancos para su boca encogida:
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—Estamos en tu poder. Dadnos solamente un mes o dos para reponernos. —
Esperó un instante, y agregó con gran amargura—: ¿Qué nos importa quién nos
gobierne, con tal que tengamos paz, podamos continuar nuestros negocios, ganarnos
la vida y alimentar a nuestros hijos? Te juro que yo y mis conciudadanos estamos
dispuestos a pagarte lo que sea razonable, con la condición de que seas lo bastante
fuerte para alejar a los demás señores de la guerra y dejarnos vivir en seguridad
durante esta generación.
Era todo cuanto Wang el Tigre deseaba saber. Su compasivo corazón sufría al oír
la débil y jadeante voz del anciano; gritó, pues, a sus soldados:
—¡Traed comida y vino y dádselos a él y a sus hombres!
Y cuando lo hubieron hecho, llamó a sus hombres de confianza y ordenó de
nuevo:
—Id y recorred el campo acompañados de soldados, para obligar a los
campesinos que vengan a la ciudad con sus granos y sus productos, a fin de que el
pueblo pueda comprar lo que necesita para comer y rehacerse después de esta guerra
cruel.
Así demostró Wang el Tigre su justicia al pueblo; el magistrado le dio las gracias,
y aquél se sintió conmovido por su gratitud. Comprendió entonces cuán educado era
el magistrado, pues, a pesar de estar muerto de hambre, se contentaba con mirar la
comida servida en una mesa delante de él, apretando estrechamente sus manos
cruzadas y temblorosas en espera de las fórmulas usuales de cortesía que debían
cambiarse entre un invitado y su huésped y de que Wang el Tigre se hubiese sentado
en el sitio de honor. Entonces el pobre hombre se abalanzó sobre la comida, y como
Wang el Tigre viese que trataba de reprimirse, compasivo, terminó por pretextar un
asunto que lo llamaba afuera. Salió entonces, dejando que el hombre comiera solo,
pues sus subordinados lo hacían separadamente; y después oyó decir a sus extrañados
soldados que no había habido necesidad de lavar los platos y vasos, pues los
hombres, hambrientos, los habían lamido.
Entonces Wang el Tigre sintió un dulce placer al ver los mercados de la ciudad
llenos otra vez, y los víveres expuestos en las canastas de los vendedores alineadas a
la orilla de las calles y sobre los mostradores, y le parecía que hombres y mujeres
engordaban de día en día, y que los rostros perdían ese tinte pálido para recobrar los
colores claros y dorados de la salud. Durante todo el invierno Wang el Tigre
permaneció en la ciudad disponiendo de las rentas y reorganizando los negocios; y
experimentó una gran dicha cuando vio que nacían nuevos niños y que las madres los
amamantaban. Se sentía conmovido por un profundo sentimiento que no comprendía;
le asaltó el deseo de regresar a su casa, y por primera vez se preguntó qué sería de sus
dos mujeres. Proyectó entonces volver a su propia casa al fin del año.
Pues bien, cuando Wang el Tigre hubo terminado el sitio de la ciudad, los espías
que mantenía en otras partes del país habían regresado, diciendo que una gran guerra
se libraba entre el Norte y el Sur, y que el Norte había ganado otra vez. Entonces
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Wang el Tigre se apresuró a enviar un grupo de hombres portadores de regalos de
plata y de sedas y de una carta que escribió al general de la provincia. Esta carta,
escrita por él mismo, lo hacía sentirse orgulloso de su ciencia, pues son pocos los
señores de la guerra que saben hacerlo; estampó encima el sello rojo que ahora
poseía. En la carta explicaba que había combatido a favor del Norte contra un general
del Sur, a quien había derrotado, apoderándose de la región comprendida entre el río
y el Norte.
El general le envió una encomiástica respuesta, alabándolo por sus triunfos; le
confería en premio un nuevo y hermoso título, pidiéndole solamente una pequeña
suma anual para la manutención del ejército provincial. Entonces Wang el Tigre, que
no se sentía aún lo bastante fuerte para rehusar, prometió la suma, y quedó de este
modo reconocido por el Estado.
Como se acercaba el final del año, Wang el Tigre reconsideró su posición; se
encontró con que había doblado sus territorios; y salvo las partes montañosas y
estériles, las tierras cultivables, buenas y fértiles, producían a la vez trigo y arroz y,
además de esto, sal y aceite de cacahuetes, ajonjolí[30] y fréjoles. Tenía libre acceso al
mar y podría importar lo que necesitare sin tener que recurrir a su hermano Wang el
Mercader cuando quisiera armas de fuego.
Wang el Tigre tenía grandes deseos de poseer cañones extranjeros, pues entre las
numerosas cosas dejadas por el antiguo jefe de ladrones, figuraban dos enormes y
curiosas armas de fuego que Wang el Tigre nunca había visto. Eran de un hierro
excelente, liso y sin agujeros de ninguna especie, y tan bien pulidos que parecían
forjados por el herrero más hábil. Y tanto pesaban que para levantarlos se necesitaban
veinte hombres que desplegaran toda su fuerza.
Estos cañones excitaban la curiosidad de Wang el Tigre; deseaba saber cómo se
disparaba con ellos, pero nadie podía complacerlo, y, además, no se habían
encontrado balas. Pero al fin descubrieron en un viejo almacén dos bolas redondas de
hierro, y Wang el Tigre pensó que podían ser para los grandes cañones. Hizo entonces
sacar al aire libre uno de los cañones y lo instaló en una plaza, delante de un antiguo
templo que tenía detrás un terreno eriazo. Al principio nadie quería presentarse para
ensayar el cañón, pero Wang el Tigre ofreció una buena recompensa en plata, y, por
fin, el capitán que había traicionado a la ciudad se presentó, esperando conquistar la
recompensa y la buena voluntad de su jefe. Como había visto disparar cañones,
preparó todo lo necesario, y, con habilidad, ató una antorcha en la punta de un palo
largo y encendió así el cañón desde lejos. Cuando vieron salir humo, todos los
asistentes huyeron lejos y esperaron; el cañón lanzó su descarga: la tierra se
estremeció, los cielos rugieron y el humo y el fuego brotaban de la boca del cañón;
Wang el Tigre sintió que su corazón, atemorizado, se detenía; pero cuando todo hubo
terminado miraron hacia el templo y no quedaba de él sino un montón de
polvorientas ruinas. Entonces Wang el Tigre se rió con su risa muda; y al contemplar
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ese magnífico juguete que era al mismo tiempo una arma de guerra tan excelente,
poseído de un acceso de dicha, exclamó:
—Sí hubiera tenido un cañón como éste no habría habido sitio, pues habría
volado las puertas de la ciudad.
Y, después de haber reflexionado, preguntó al capitán:
—¿Por qué tu antiguo jefe no lo empleó contra nosotros?
A lo que el capitán respondió:
—No pensamos en ello. Estos dos cañones pertenecían a un señor de la guerra a
quien serví antaño; el jefe los trajo aquí, pero nunca los habíamos usado, y no
sabíamos que estas balas estaban allí, ni siquiera nos acordábamos de estos cañones,
pues habían permanecido tanto tiempo en el patio de entrada.
Pero Wang el Tigre guardó como un tesoro estos cañones, para los cuales pensaba
comprar balas; los hizo transportar y colocar en un sitio donde pudiera verlos a
menudo.
Cuando hubo pensado en todo lo que había hecho, Wang el Tigre, contento
consigo mismo, preparó su retorno al hogar. Dejó en esa ciudad un ejército numeroso,
mandado por sus antiguos hombres, y se llevó consigo a los más recientes y al nuevo
capitán. Después de madura reflexión, dejó como jefes de la región a dos hombres en
quienes podía confiar: al Gavilán y a su sobrino, que era ahora un hombre fuerte, no
muy alto, pero rechoncho y robusto, nada mal parecido, excepto su rostro marcado,
que seguiría siendo así aun cuando muriera de viejo. Wang el Tigre pensó que ambos
hacían una buena pareja de jefes, pues el Apestado era demasiado joven para tomar el
mando solo, y el Gavilán no le inspiraba plena confianza. Así, pues, dejó a los dos y
dijo en secreto al Apestado:
—Sí crees que medita alguna traición, envíame un mensajero que tenga alas de
día y de noche.
El muchacho prometió hacerlo así, con los ojos brillantes de dicha por verse en un
puesto tan alto y solo; Wang el Tigre pudo irse tranquilo, pues un hombre puede
confiar en su propia sangre. Habiendo tomado sus disposiciones y velado por la
seguridad interior, Wang el Tigre regresó victorioso a su hogar. En cuanto a los
habitantes de la ciudad, empezaron resueltamente a construir lo que había sido
destruido. Una vez más proveyeron sus almacenes y pusieron en marcha sus negocios
de géneros de algodón y de seda, y compraban, vendían y no hablaban sino de esta
renovación, pues lo que había pasado, pasado estaba; el cielo impone a todos su
destino.
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XXIII
WANG el Tigre se apresuró a llegar a su casa, diciéndose que era para cerciorarse
de si su ejército estaba en calma, como lo había dejado. Y creía que era ésta la razón
principal, pues ni él mismo sabía que se apresuraba por una causa mucho más íntima,
es decir, para ver si le había nacido un hijo o no. Había estado alejado de su casa
cerca de diez meses en un año, y aunque dos veces había recibido cartas de su esposa
ilustrada, eran éstas tan correctas y tan llenas de fórmulas respetuosas, que el papel
estaba lleno de estas expresiones y poco decía de importancia, sino que todo
marchaba bien.
Pero cuando avanzó triunfalmente por sus patios privados comprendió que el
cielo velaba siempre por él y que su feliz destino seguía siendo el mismo; allí, en el
patio lleno de sol, donde brilla el sol del Sur y no hay viento, estaban sentadas sus dos
esposas, cada una con un niño, y cada uno de los niños estaba vestido de rojo de la
cabeza a los pies, y sobre sus pequeñas cabezas vacilantes, unos bonetes rojos
abiertos. La mujer ignorante había cosido sobre el bonete de su pequeño una hilera de
Budas dorados; pero la mujer ilustrada, como era tan ilustrada que no creía en esos
fetiches de la buena suerte, había bordado flores sobre el del suyo. Fuera de esto, no
se veía diferencia alguna entre ambos, y Wang el Tigre los contemplaba estupefacto,
pues no esperaba haber encontrado dos. Balbuceaba:
—¡Cómo, cómo!…
Entonces la mujer ilustrada se levantó, pues era pronta y graciosa en su
conversación y hablaba agradablemente, con voz siempre igual, intercalando una
expresión escogida o algún verso de algún antiguo poema clásico, y mientras hablaba
mostraba sus dientes blancos y brillantes; dijo, sonriente:
—Éstos son los niños que hemos hecho mientras estabas ausente. Son fuertes y
sanos de la cabeza a los pies.
Y tendió el suyo a Wang el Tigre, para que lo viera. Pero la otra mujer, que no
pudo resistir al deseo de poner en evidencia que el suyo era un niño, pues el de la
mujer ilustrada había sido niña, se levantó también y se apresuró en decir, aunque
raras veces hablara a causa de sus dientes negros y de los huecos donde los había
perdido, con los labios cerrados:
—El mío es un niño, señor; el otro es una niña.
Pero Wang el Tigre no contestó nada. Era incapaz de hablar, pues no había
previsto todo el efecto que le produciría el sentir que un ser creado por él le
pertenecía tanto como ése. Durante unos instantes permaneció mudo de sorpresa,
contemplando las dos encantadoras criaturas que parecían no verle. Lo miraban
plácidamente, como si siempre hubiera estado allí, como un árbol cualquiera o una
parte del mundo. Arrugaban los ojos bajo la luz del sol, y el chico estornudó con tal
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estruendo para su tamaño, que Wang el Tigre quedó aún más sorprendido al oír
semejante acceso salir de tan pequeño cuerpo. Pero la chica se contentaba con abrir la
boca, como una gata bostezando, mientras su padre la contemplaba. Nunca había
tenido un niño entre sus brazos, y tampoco se atrevía a tocar a ésos. No sabía qué
decir a esas dos mujeres en tal momento, ya que su conversación siempre había
girado alrededor de asuntos guerreros. Se limitó, pues, a sonreír con cierta fijeza,
mientras los soldados que lo acompañaban lanzaban gritos de admiración y de júbilo
ante el hijo de su general; y cuando oyó estas aclamaciones, experimentó tal placer,
que murmuró:
—Bueno, no es raro que las mujeres engendren hijos.
Y, demasiado dichoso, se retiró apresuradamente a su recinto particular.
Allí se lavó, comió y cambió sus toscos vestidos guerreros por una túnica de seda,
de un azul obscuro. Cuando hubo terminado, la tarde había llegado. Wang el Tigre se
sentó entonces cerca del brasero, pues la noche se anunciaba tranquila y helada,
reflexionando sobre todo lo acontecido.
Le parecía que el destino lo había favorecido en todo y de tal manera que no
había ahora nada a que no pudiera pretender. Tenía un hijo; su ambición, un sentido;
lo que hacía, un objetivo. Y con el corazón henchido de felicidad olvidó todas las
amarguras de la soledad porque había pasado y en el silencio de la pieza exclamó de
pronto:
—Haré de este hijo mío un verdadero guerrero.
Y levantándose, dichoso, se dio una palmada en la pierna.
Empezó a pasearse por la pieza, sonriendo sin darse cuenta, pensando que era
algo reconfortante tener un hijo propio y que de ahora en adelante no tenía que
depender de los hijos de sus hermanos, pues tenía un hijo que continuaría su vida
después de él, acrecentando sus dominios guerreros. Luego, lo asaltó el pensamiento
de que también tenía una hija. Quedó un instante pensativo, de pie delante de la
persiana de la ventana, manoseándose la barba, reflexionando sobre qué haría con
ella, pues era una mujer después de todo; se dijo, no sin alguna duda:
«Supongo que cuando llegue el momento podré casarla con algún guerrero
valiente; es todo lo que podré hacer con ella».
Desde ese día Wang el Tigre vio un nuevo objetivo en sus dos mujeres, pues se
imaginaba que nacerían de ellas otros hijos, hijos fieles y leales que no lo
traicionarían nunca como podía hacerlo otro que no tuviera su propia sangre. Y no
usó ya de esas mujeres para aliviar su corazón y su carne. Su corazón se había
liberado al mirar a su hijo y de su carne esperaba ver nacer otros hijos, soldados
valientes que estarían a su lado secundándolo cuando estuviera viejo y débil. Así,
pues, visitaba con regularidad a ambas esposas, no más a una que a otra, a pesar de la
lucha amable y secreta que había entre ambas para conquistar sus favores; y estaba
muy contento de cada una de ellas, pues no buscaba a su lado sino una misma cosa y
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no esperaba más de la una que de la otra. Ahora que tenía un hijo no le importaba no
amar a ninguna mujer.
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hermano mayor, con toda clase de cortesías, que él, sus mujeres, sus hijos y sus
sirvientes frían para la fiesta. Los dos hermanos, Wang el Terrateniente y Wang el
Mercader, contestaron a esto con corteses palabras de bienvenida.
Cuando todo estuvo pronto, Wang el Tigre montó en su caballo alazán y partió a
la cabeza de su escolta. Pero ahora debía ir a paso lento, pues iba el carro tirado por
mulas, donde iban las dos mujeres, y otro para las sirvientas. Wang el Tigre avanzaba
despacio y se sentía orgulloso de hacerlo por una causa así. Nunca, como en esa
primavera, en que brotaban los sauces y se abrían las flores de los duraznos, nunca
había encontrado tan hermosas y tan prósperas sus tierras. Y al contemplar el tenue
matiz verde y rosado de los valles y de las colinas, al ver el color moreno de la tierra
húmeda, recordó de pronto a su padre, y cuánto amaba, en cada primavera, arrancar
una rama de sauce y otra de durazno en flor y llevarlas y colocarlas sobre la puerta de
la casa de barro; y al pensar en su padre y en su nuevo hijo, Wang el Tigre sintió que
había ocupado su sitio en la larga línea de la vida y que nunca estaría ya solo ni
separado de ella como lo había estado. Por primera vez perdonó de corazón a su
padre el mal que le había causado siendo él un muchacho. No supo siquiera que había
perdonado. Sólo supo que la amargura que sentía desde su niñez se desprendía y se
alejaba impulsada por un viento saludable; y por fin se sintió en paz consigo mismo.
Así llegó en triunfo a casa de su padre, no como el hijo y el hermano menor, sino
como un hombre con derechos propios, por lo que había llevado a cabo y por el hijo
que había engendrado. Y todos comprendían su hazaña; sus hermanos le dieron la
bienvenida y lo felicitaron calurosamente, como si fuera un huésped, y las mujeres de
sus hermanos competían en sus saludos verbosos y prontos.
La verdad era que la dama de Wang el Terrateniente y la mujer de Wang el
Mercader habían disputado acerca de dónde se alojarían Wang el Tigre y su familia.
La dama sostenía, como cosa indicada, que debía ir a su casa, porque ahora que
empezaba a ser conocida la fama de Wang el Tigre, pensaba que era honroso tenerlo
de huésped, y decía:
—Es propio que venga aquí, pues nosotros le escogimos mujer, una dama
ilustrada y encantadora, y no podría estar con la mujer de tu hermano, que es tan
ignorante. Déjala que se lleve a la otra mujer si lo desea, pero nosotros debemos
quedarnos con nuestro hermano y su dama. Puede sentirse atraído por uno de
nuestros hijos y hacernos entonces algún favor. En todo caso, no se verá sometido a
sus insinuaciones y deseos.
Pero la mujer de Wang el Mercader le decía a menudo e inoportunamente, pues
no quería abandonar sus deseos:
—¿Cómo sabrá la mujer de nuestro hermano dar de comer a tanta gente cuando
sólo alimenta a sacerdotes y monjas con esas insípidas verduras?
Llegaron a tal punto las cosas, que ambas mujeres disputaban cara a cara sobre el
asunto; viendo entonces tantas idas y venidas, oyendo las disputas que cada vez se
hacían más agrias, que el día de la fiesta se acercaba y que nada había sido decidido,
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pues cada mujer, por orgullo, no cedía en nada, los dos maridos se reunieron en su
acostumbrado sitio de citas, en la casa de té, pues, como de costumbre, estaban
unidos por el enemigo común de sus mujeres. Allí se consultaron ambos, y Wang el
Mercader, que ya había hecho su plan, dijo:
—Que sea como tú dices, pero ¿qué te parece que pusiéramos a nuestro hermano
y a su séquito en los patios que nuestro padre dejó vacíos? Es verdad que pertenecen
a su mujer, Loto, pero como está muy vieja ahora, y dedicada al juego, no los usa
nunca; en tal caso podríamos dividir los gastos entre ambos y emplear esta razón
como argumento entre nuestras dos mujeres, recuperando la tranquilidad otra vez.
Wang el Terrateniente habría deseado poner en práctica alguna idea propia, pero a
medida que envejecía su gordura se hacía monstruosa; tornábase cada día más
perezoso, el sueño lo aquejaba la mayor parte del día y hacía cualquiera cosa por
evitarse una molestia. Este plan le pareció, pues, bueno; y aunque deseaba
conquistarse el favor de su hermano menor, no lo habría deseado con tanto ardor si su
segundo hermano no lo anhelara más que él. En su indolencia creciente no le gustaba
ya recibir huéspedes; ahora prefería no tener en su casa a personas con quienes había
que ser siempre cortés, cosa por demás fatigosa. Convino en ello, sin embargo, y cada
hombre regresó a su casa y expuso el plan a su respectiva mujer. Era un buen arreglo
para todos, y cada mujer creyó que ella había salido vencedora, y determinó en
secreto parecer ser ella la única responsable de la comodidad de los huéspedes; pero
en el fondo todos estaban contentos, porque el inmenso costo de los vinos, de las
fiestas y las gratificaciones para los sirvientes, hombres y mujeres, había sido
dividido en dos.
Entonces los viejos patios en que Wang Lung había vivido la última parte de su
edad madura fueron barridos y amoblados[31]. Verdad era que Loto nunca entraba allí,
y sólo las sirvientas se sentaban de vez en cuando. Loto era ahora una mujer obesa y
anciana, y Cucú, su única compañera, excepto sus esclavas, pues, a medida que
envejecía, los ojos de Loto se habían cubierto de nubes y ni siquiera veía cuando
tiraba los dados ni los números en ninguno de los juegos de azar que le gustaban. Una
después de otra todas las viejas arrugadas que acostumbraban a visitarla habían
muerto o estaban imposibilitadas de levantarse, y solamente Loto continuaba
viviendo, sola con las que la servían. Trataba muy mal a sus esclavas, y a medida que
sus ojos fallaban, su lengua se hacía más aguda, tanto que los hermanos tenían que
pagar grandes sueldos a sus sirvientas para que soportaran sus insultos. Y de las
esclavas que quisieron irse y que no las dejaron, dos de ellas prefirieron matarse; una,
tragándose sus modestos pendientes de vidrio; y la otra, ahorcándose de una viga, en
una de las cocinas donde trabajaba, antes que soportar las crueldades de Loto. Pues
Loto no se limitaba a esgrimir la lengua con rudeza, gritando tales palabras que ni las
sirvientas podían oírlas, sino que las pellizcaba con crueldad. Sus dedos viejos y
gordos, tan inútiles en la belleza que aún conservaban, cuando toda otra belleza había
huido de ella, esos dedos podían pellizcar y oprimir el brazo de una muchacha hasta
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que la sangre corriera por la piel, y cuando esto no la satisfacía, sacaba los carbones
encendidos de su pipa y los apretaba contra las tiernas carnes. No había nadie a quien
no tratara de este modo, excepto a Cucú, a quien temía, y de quién se servía para todo
lo que hacía.
Cucú era lo que siempre había sido. Estaba ahora muy vieja y cada día más flaca,
seca y marchita, pero conservaba en su viejo esqueleto la misma fuerza que había
tenido en su juventud. Sus ojos eran agudos y su lengua desagradable, y su rostro,
aunque arrugado, se conservaba aún rojo. Era ambiciosa, como siempre lo había sido,
y si amparaba a su ama de la rapiña de las demás sirvientas, era para robar lo más que
podía a Loto. Ahora que los ojos de ésta estaban empañados, Cucú se apoderaba de
todo lo que le gustaba, aumentando su haber, y como Loto era tan vieja, olvidaba qué
alhajas tenía, qué vestidos de pieles y qué túnicas de raso y de seda, y no sabía lo que
tomaba Cucú. Si de pronto recordaba algo y lo pedía a gritos, Cucú trataba de
distraerla, y si Loto se negaba a olvidar, Cucú sacaba el objeto de sus propias cajas y
se lo entregaba. Pero cuando después de manosearlo Loto lo olvidaba otra vez, Cucú
lo tomaba y lo guardaba de nuevo.
Ni las esclavas ni las sirvientas se atrevían a quejarse, pues Cucú era, en realidad,
la verdadera ama, y aun los hermanos confiaban en ella, pues sabían que nadie podría
reemplazarla, y no se atrevían a enemistarse con ella. Cuando Cucú decía que Loto le
había dado esto o aquello los sirvientes guardaban silencio, pues comprendían que si
se quejaban, Cucú, que era tan cruel y mala, podía poner veneno dentro de una
escudilla de comida; y a veces se alababa de la pericia que tenía como envenenadora,
para mantenerlas asustadas. Loto, a medida que enceguecía, confiaba en Cucú para
todo, y ahora, a causa del enorme peso de su carne, no se movía, a no ser de su cama
hasta el sillón de madera negra, esculpido, donde se sentaba un momento después de
mediodía, antes de volver de nuevo a la cama. Y aun para esto necesitaba de cuatro
esclavas o más, pues aquellos hermosos piececitos que fueron antaño el placer y el
orgullo de Wang Lung, no eran sino muñones bajo el enorme y monstruoso cuerpo
que en otros tiempos fue delgado como un bambú, y apasionadamente deseado por
Wang Lung.
Un día Loto oyó la conmoción que había en los patios cercanos a los suyos, y
cuando le hubieron dicho que Wang el Tigre llegaba con sus mujeres y sus hijos para
pasar el día de fiesta y honrar la tumba de su padre con sus hermanos, dijo, con
petulancia:
—No pienso soportar rapaces aquí. Siempre los he aborrecido.
Era verdad, pues no había tenido hijos, y siempre había manifestado un odio
extraño por los niños pequeños, y especialmente cuando pasó la época en que podía
dar tales frutos. Entonces Wang el Terrateniente, que había ido allí con su hermano, la
apaciguó, diciendo:
—No, no; abriremos la otra puerta y así no tendrán necesidad de llegar hasta aquí.
Loto exclamó de nuevo, con su modo quejoso:
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—El hijo que llega, ¿fue el que se fijó en esa pálida esclava que una vez tuve y
que huyó, porque el tonto y anciano de mi señor la tomó para sí?
Los dos hermanos se miraron estupefactos al oír una historia para ellos
desconocida, y Wang el Mercader dijo con prisa, pues Loto era ahora muy libre y
obscena cuando hablaba de sus años mozos, tanto qué ninguno de los dos hermanos
permitía que sus niños se acercaran a ella, porque no distinguía la decencia de la
indecencia, y toda su antigua vida salía bullendo a la superficie de sus labios.
—No sabemos nada de eso. Nuestro hermano es ahora un famoso señor de la
guerra y no tolerará oír tal historia en contra de su honor.
Pero cuando Loto oyó esto rió y, escupiendo en el suelo, gritó:
—Vosotros los hombres estáis siempre hablando de vuestro honor, pero nosotras
las mujeres sabemos de qué pobre material es hecho ese honor.
Y oyendo que Cucú se reía también, exclamó:
—¿Eh, Cucú?
Y Cucú, que nunca estaba lejos, contestó con una carcajada que más bien parecía
un agudo cacareo; pues estaba contenta de ver a esos dos hombres maduros, cada uno
importante a su manera, puestos en tal aprieto. En cuanto a los dos hermanos, se
apresuraron a retirarse para dirigir a los sirvientes en todo lo que fuese necesario
hacer.
Cuando todo estuvo listo, Wang el Tigre llegó con su gente y fijó su residencia
durante esos días en los patios en que su padre había vivido. Estaban ahora vacíos y
limpios, por fin, de toda presencia, excepto de la suya y de la de sus hijos, y olvidó
que alguien había vivido allí, salvo él y su hijo.
Entonces llegó la fiesta de la primavera y toda la casa tomó parte en ella; cada
cual dejó a un lado sus rencores, y aun las mujeres de los dos hermanos mayores se
mostraron corteses entre sí. Y todo transcurrió correctamente y de la manera que
debía transcurrir.
Dos días antes de la fiesta era el aniversario del nacimiento de Wang Lung.
Dondequiera que estuviera ese día tendría noventa años, y como todos los hijos se
hallaban reunidos decidieron cumplir con su deber filial; y Wang el Tigre, que desde
que tenía un hijo había olvidado la ira que sintió antaño contra su padre, se mostraba
ansioso por tomar el sitio que le correspondía en la sucesión de padre e hijo.
El día del cumpleaños de Wang Lung sus hijos invitaban antes a numerosos
huéspedes y preparaban una gran fiesta, tal como la habrían hecho ahora si su padre
estuviese aún entre ellos; y todos se manifestaban contentos, se congratulaban entre sí
y había toda suerte de guisos, como es propio en una fiesta de cumpleaños. Ahora
rindieron homenaje y honor a la tablilla de Wang Lung en el día de su nacimiento.
El mismo día Wang el Terrateniente alquiló algunos sacerdotes y no escatimó
dinero, pues cada hijo contribuyó con lo que le correspondía; y los sacerdotes
cantaron todos sus cantos para que el espíritu de Wang Lung reposara en paz y dicha
en los felices recintos donde ahora estaba, adornaron la sala con sus sagrados
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emblemas y signos, y durante medio día no se oyó en los patios sino el sonido de sus
cantos y el monótono ruido de los palillos de madera sobre sus tambores de madera.
Todo esto hicieron los hijos de Wang Lung en su memoria. Además,
acompañados de sus mujeres y de sus hijos, se dirigieron al sitio donde estaban las
tumbas de sus antepasados; y los hijos de Wang Lung vieron que cada tumba estaba
arreglada y cubierta con un montón de tierra fresca, y sobre cada montón había tiras
de papel blanco cortadas con destreza y agitadas por la suave brisa primaveral de ese
día. Y los hijos de Wang Lung se inclinaron hasta tocar la tierra delante de su tumba y
el que se manifestaba más orgulloso de todos era Wang el Tigre, pues iba
acompañado de su hermoso hijo, a quien también hizo inclinar la cabeza; como
nunca, se sintió unido a sus padres y a sus hermanos por el lazo que creaba este hijo.
Cuando regresaban a sus casas vieron a todo lo largo del camino donde había
tumbas de padres y de abuelos, hijos que hacían lo que ellos habían hecho por Wang
Lung ese día, pues era un día conmemorativo. Wang el Terrateniente se sentía más
conmovido que de costumbre, y dijo:
—Hagamos esto con más regularidad que los años pasados, pues sólo nos quedan
diez años; nuestro padre cumplirá entonces cíen años y nacerá en otro cuerpo, y no
podremos festejar este día, pues su nacimiento será desconocido para nosotros.
Y Wang el Tigre, al que la paternidad había puesto grave, dijo:
—Sí, debemos hacer esto por él si queremos que nuestros hijos lo hagan por
nosotros cuando estemos donde él está ahora.
Y se dirigieron a sus casas, graves y en silencio, sintiendo el parentesco que los
unía más estrecho que lo que nunca lo habían sentido.
Terminados estos deberes, todos se dedicaron a la alegría de la fiesta, y cuando
hubo llegado la tarde de ese día, el aire estaba extraordinariamente tibio y suave y
una luna pequeña y delgada colgaba del firmamento, clara y pálida como el ámbar.
Esa noche todos se reunieron en los patios donde vivía Loto, pues ese día,
repentinamente quejosa, había dicho:
—Soy una mujer solitaria; nunca vienen a acompañarme, como si no perteneciera
a esta casa.
Y empezó a suspirar y a llorar; Cucú se lo dijo a los hermanos y éstos cedieron a
sus ruegos, porque ese día sentían sus corazones inesperadamente tiernos para con su
padre y todo lo que le había pertenecido. Entonces, en vez de reunirse en los patios de
Wang el Terrateniente, donde su dama quería festejar a la familia, se reunieron en los
patios donde vivía Loto. Era un patio grande y hermoso, plantado con granados
traídos del Sur, y en el centro había una laguna pequeña y octagonal donde se
reflejaba la luna nueva. Allí comieron pasteles y bebieron vino y los niños se
divertían con el reflejo de la luna y corrían, ocultándose entre las sombras, y salían de
nuevo en busca de un pastel o de un sorbo de vino. Todos se atiborraron con los
exquisitos bocados y pasteles propios de una fiesta así, algunos rellenos con carne de
cerdo picada y otros, excelentes, con azúcar morena. Había tanto que hasta las
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esclavas comieron lo que quisieron, y las sirvientas hurtaban y comían detrás de las
puertas o cuando se alejaban con el pretexto de ir a buscar más vino. Y nadie echó de
menos lo que hurtaban, y si los agudos ojos de las señoras lo notaron, por lo menos
no dijeron nada para que ningún reproche echara a perder la noche.
Cuando hubieron comido y bebido, el hijo mayor de Wang el Terrateniente, que
era un buen músico, tocó la flauta, y su segundo hermano, un muchacho con dedos
ágiles y delicados, el arpa, cuyas cuerdas golpeaba suavemente con dos delgados
palillos de bambú; tocaron antiguas canciones a la primavera y cantaron un lamento o
dos a la luna de una doncella muerta. Cuando tocaban juntos, su madre, orgullosa, los
alababa a menudo y exclamaba en alta voz, cuando terminaban una canción:
—Toquen algo más, pues es hermoso tocar bajo la luz de la luna nueva.
Y se sentía orgullosa de su encantadora y grácil apariencia.
Pero la esposa de Wang el Mercader, cuyos hijos habían aprendido sencillamente
y que ignoraban tocar ningún instrumento, bostezaba y hablaba en voz alta al uno o al
otro, pero en particular a la mujer que había escogido para Wang el Tigre. Se dedicó a
ella, desatendiendo a la mujer ilustrada; apenas miraba a la hija de Wang el Tigre, y
todo era sonrisas y alabanzas para el hijo, tanto que se podría haber pensado que a
ella se le debía el que hubiese sido varón.
Pero nada se dijo abiertamente, aunque la dama lanzaba miradas de descontento a
su cuñada y ésta, a pesar de que las veía, se divertía haciendo creer que no. Pero
nadie más parecía verlas, y entonces Wang el Terrateniente se levantó y ordenó a los
sirvientes que trajeran mesas para la fiesta de la noche y que las colocaran en los
patios; y así lo hicieron éstos. Entonces cada cual empezó a comer la verdadera
comida y los sirvientes trajeron platos exquisitos, unos después de otros, pues Wang
el Terrateniente se había sobrepasado al ordenarla. Había muchos platos de los que
Wang el Mercader y Wang el Tigre nunca habían oído hablar, tales como lenguas de
patos escabechadas con especias, patas de pato descueradas[32] y otros muchos que
halagaban el paladar más refinado.
De todos los que aquella noche comieron y bebieron hasta hartarse ninguno lo
hizo en la cantidad que Loto; y mientras más comía más conmovida se sentía con la
diversión. Estaba sentada en su sillón esculpido y una esclava le ponía algo de cada
azafate en su plato, pero a veces quería sacar por sí misma, y entonces la esclava
guiaba su mano y ella hundía su cuchara de porcelana en el azafate y, llevándola con
mano temblorosa hasta su boca, sorbía haciendo mucho ruido. Comió carnes y de
todos los platos, pues conservaba los dientes fuertes y sanos aún.
Y a medida que se iba alegrando dejaba a ratos de comer para contar un cuento
lascivo y soez, que hacía reír a los muchachos, aun cuando no se atrevían a
demostrarlo delante de sus mayores. Pero ella, animada por sus carcajadas, contaba
otros cuentos. Hasta Wang el Terrateniente podía apenas conservar la seriedad, salvo
cuando miraba a su dama, sentada allí seria y rígida. Pero la vulgar mujer de Wang el
Mercader lanzaba risotadas más y más fuertes cuando veía que su cuñada no se reía.
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Hasta la segunda mujer de Wang el Terrateniente fruncía los labios y, aunque no se
reía porque su dama no lo hacía, fingía tener que levantar una manga para ocultarse
detrás de ella.
Pero Loto habló con tanta libertad cuando oyó reír a los hombres, que por respeto
a la decencia tuvieron que hacerla callar; los dos hermanos mayores la atiborraron
con vino para que le diera sueño, pues temían que dijera algo lujurioso respecto de
Wang el Tigre y que éste se encolerizara. Porque a causa de la lengua de Loto no
habían urgido a Flor de Peral para que acudiera a la fiesta familiar; y cuando ella
contestó con el mensajero que enviaron que no podía abandonar sus obligaciones, la
dejaron en paz, estimando que era mejor no despertar los recuerdos de Loto.
Así transcurrió la noche y llegó la medianoche; la luna estaba ahora en medio del
cielo y algunas nubes ligeras que apuntaron aquí y allá parecían mecer la luna a
través del espacio. Los niños dormían en el regazo de sus madres, pues los menores
de cada familia buscaban aún los pechos de sus madres, excepto la menor de la dama
de Wang el Terrateniente, que era ahora una orgullosa y delgada niña de trece años
que había sido desposada no hacía mucho tiempo. Pero la segunda mujer de Wang el
Terrateniente era una madre amante y tenía a dos en sus brazos, uno, una niña de un
año y un poco más, y el otro, un recién nacido de poco más de un mes, pues Wang el
Terrateniente todavía la deseaba. En cuanto a las mujeres de Wang el Tigre, cada una
tenía al suyo; y el niño dormía con su pequeña cabeza hundida en el brazo de su
madre, y como la luna daba de lleno en su rostro, Wang el Tigre miraba a menudo el
rostro pequeño y dormido.
Pero pasada la medianoche la alegría decayó y los hijos de Wang el Terrateniente
se fueron uno después de otro, porque los esperaban otras diversiones y se sentían
fatigados de estar tanto rato entre sus parientes mayores. Partieron
despreocupadamente, y el hijo segundo de Wang el Mercader los miraba con envidia,
pero no se atrevía a imitarlos, pues temía a su padre. Los sirvientes también estaban
fatigados y suspiraban por el descanso, y alejándose un poco, apoyados contra los
marcos de las puertas, bostezaban con ganas, diciendo entre sí:
—Sus hijos se levantan al amanecer y tenemos que atenderlos, y los mayores se
divierten hasta pasada medianoche y también tenemos que atenderlos. ¿Nunca, pues,
nos dejarán dormir?
Por fin se separaron, pero no antes de que Wang el Terrateniente estuviese ebrio;
su dama llamó a sus sirvientes, y él, apoyado sobre ellos, se fue a la cama. Hasta
Wang el Tigre estaba más bebido que lo que nunca había estado, pero pudo llegar
hasta sus propios patios. Sólo Wang el Mercader se mantenía tan fresco y pulcro
como de costumbre, y en su rostro arrugado y amarillento apenas se notaba un ligero
cambio; ni siquiera estaba colorado, pues era de los que se ponen pálidos a medida
que beben.
Pero ninguno de ellos había comido y bebido tanto como Loto, a pesar de que
bordeaba los setenta y ocho años. Entre la medianoche y el amanecer se quejaba
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inquieta, pues el vino que había ingerido la acaloraba como si tuviera fiebre y todos
los guisos con aceite que había comido pesaban en su estómago como piedras. Se
volvía para uno y otro lado sobre su almohada y pedía esto y lo de más allá, pero
nada la aliviaba. De pronto dio un ronco alarido y Cucú corrió a su lado; y cuando
oyó que Cucú llamaba de afuera, refunfuñó algo entre dientes y, agitando piernas y
manos, permaneció de pronto tranquila. Entonces su rostro gordo y viejo tornóse
púrpura, y su cuerpo, rígido y envarado, y comenzó a respirar de prisa en
entrecortados accesos que se oían en el patio del lado. Wang el Tigre la habría oído si
no hubiese estado a medías ebrio y por lo tanto con el sueño más pesado que de
costumbre.
Pero la esposa ilustrada tenía el sueño ligero y oyendo los quejidos se levantó
para ver qué sucedía. Tenía algunos conocimientos de medicina enseñados por su
padre, quien era un físico; corrió la cortina y la luz de la aurora iluminó el rostro
espantoso de Loto. Entonces la mujer ilustrada gritó, asustada:
—Ha llegado el final de la anciana señora si no conseguimos purgarla de sus
vinos y carnes.
Pidió agua caliente y jengibre y todas las medicinas que conocía, y las ensayó
todas. Pero todas fueron inútiles, porque Loto estaba sorda a todas las súplicas y tenía
los dientes tan apretados que aunque por fuerza separaron sus labios amoratados, no
pudieron separar los dientes. Era extraño que en un cuerpo tan gastado como aquél
los dientes permanecieran sanos y blancos; y ahora eran su perdición, pues si hubiera
habido un agujero en alguna parte donde faltara un diente podrían haberle hecho
ingerir las medicinas de alguna manera, y Cucú podría hasta haber tomado una
buchada[33] y habérsela echado con sus labios. Pero los dientes sanos y completos
estaban herméticamente cerrados.
Durante la mitad del día Loto continuó respirando y roncando, y de pronto, sin
saber que su fin había llegado, murió. El rojo de su rostro desapareció, tornándose
pálida y amarilla como la cera. Con esta muerte terminó la época de las fiestas.
Entonces los dos hermanos mayores salieron en busca de un ataúd; pero se vieron
obligados a dejarla donde estaba un día o más, pues el ataúd tenía que ser dos veces
del tamaño de los corrientes y no se encontró ninguno hecho que tuviese el ancho
suficiente.
Y mientras esperaban, Cucú lloraba de corazón a esa criatura que había atendido
durante todos esos años. Sí, la sentía de verdad, aunque recogía todo lo que podía de
las cosas pertenecientes a Loto, abriendo ésta y la otra caja y sacando todo lo de
valor; envió sus reservas fuera, haciéndolas sacar por una puerta secreta, de modo
que, cuando Loto fue colocada en el ataúd, las que la servían se asombraron de que
apenas tuviera un vestido para ser enterrada, y pensaban qué habría sido de la suma
de dinero que tenía como viuda de Wang Lung, puesto que no había jugado durante
los últimos años. A pesar de sus robos Cucú sintió a Loto y derramó algunas escasas
lágrimas, que si bien fueron pocas, fueron en todo caso las únicas que derramó por
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alguien; y cuando llenaron el ataúd con cal, pues el cuerpo de Loto empezaba a
descomponerse, y cuando la tapa fue sellada y llevado hacia el templo donde debería
permanecer hasta que se escogiera un día para el entierro, Cucú caminó detrás del
ataúd, apresurándose para verlo hasta que lo colocaron en una pieza vacía del templo
entre otros muchos ataúdes. Entonces partió a alguna parte de su propiedad y no
volvió más a la casa de los Wang; pero sintió a Loto de verdad y lo más de corazón
que era capaz.
Antes de que los diez días designados por Wang el Tigre hubiesen transcurrido se
sentía cansado de sus hermanos y de sus hijos, y la hora de estrecho parentesco que
habían sentido en la fiesta había terminado. Pasaba entonces los días fuera, viendo las
idas y venidas de los hijos de sus hermanos; le parecía que eran unos pobres
muchachos que no prometían nada bueno. Los dos hijos menores de Wang el
Mercader no aspiraban sino a ser empleados y no tenían mayor ambición que flojear
sobre el mostrador y charlar y reír con los demás empleados si su padre no estaba allí
para verlos; y hasta el menor, que contaba apenas con doce años, era aprendiz en uno
de los mercados y pasaba todos los momentos disponibles lanzando al aire centavos
en compañía de los pilluelos, en la calle vecina del mercado donde se reunían para
esperarlo; y como era el hijo del amo, ninguno se atrevía a decir nada contra él ni
rehusar un puñado de monedas si exigía que las sacaran de la gaveta[34] de la tienda;
pero todos miraban con mirada aguda hacia fuera para ver si el padre del muchacho
llegaba mientras éste corría a ocupar nuevamente su puesto. Wang el Tigre vio
también que éste su hermano estaba tan absorto en acaparar dinero, que ni siquiera
veía a sus hijos ni pensaba que un día podrían gastar lo que con tanta ansía había
juntado, ni que sólo soportaban esos modestos empleos en espera de su muerte, que
los dejaría libres de trabajar.
Wang el Tigre veía a los hijos de su hermano mayor tan remilgados y petimetres,
que exigían que todo lo que los tocara fuese suave y fino, seda fresca en verano y
abrigadoras y suaves pieles en invierno. No se alimentaban con comidas fuertes como
todo hombre joven debe hacerlo, sino que siempre se quejaban de que estaban muy
dulces o que estaban agrias o muy saladas, y alejaban un plato después de otro, y las
esclavas tenían que correr de aquí para allá a causa de ellos.
Con ira comprobó todo esto Wang el Tigre. Una noche en que se paseaba solo en
el patio que había sido de su padre, oyó la falsa risa de una mujer. De pronto una
chica, que era hija de una sirvienta, pasó corriendo al través de la puerta del patio y
cuando lo vio, asustada y jadeante, se detuvo tratando de escabullirse; pero él la tomó
del brazo y exclamó:
—¿Qué mujer reía?
La chica se encogió aterrorizada al ver sus ojos relampagueantes, pero como él la
tenía apretada no pudo zafarse; bajando los ojos, balbuceó:
—El joven señor tiene a mi hermana a su lado.
Entonces Wang el Tigre preguntó con severidad:
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—¿Dónde?
La chica señaló la parte posterior de un patio vecino, una pieza vacía que Loto
había usado como granero, pero ahora estaba cerrada con un candado. Wang el Tigre
soltó entonces el brazo de la chica, que se escabulló como un conejo, y dirigiéndose
al sitio señalado por ella vio el candado abierto y las puertas separadas como el
espacio de un pie, de modo que un cuerpo delgado y joven podía pasar por ahí.
Permaneció en la obscuridad escuchando y oyó la risa de la mujer y una voz que
susurraba algunas palabras que no alcanzó a oír, pero sentía la respiración jadeante
del hombre. Entonces su antigua repugnancia contra el amor lo llenó por entero y
estuvo a punto de golpear en la puerta, pero pensó con desprecio:
«¿Qué me importa que todavía suceda una cosa así en esta misma casa?».
Y regresó fatigado y asqueado hacia sus patios. Pero aun en medio de su disgusto
un extraño poder lo mantenía inquieto; se paseó por el patio esperando que apareciera
la luna. Pronto vio salir de la pieza vacía a una esclava joven que se deslizó por la
entreabierta puerta, alisándose el pelo; a la luz de la luna la vio sonreír mirando a su
alrededor; y silenciosa y de prisa cruzó el patio embaldosado y vacío que había sido
de Loto, con los pies metidos en sus zapatos de género. Se detuvo sólo un instante
bajo el granado para apretar su desceñido cinturón.
Después de un momento en que Wang el Tigre permaneció inmóvil, mientras su
corazón latía dentro del pecho con cierto disgusto, que no carecía de dulzura, vio a un
joven que llegaba a pasos lentos, y él, imitándole como si estuviera afuera sólo para
contemplar la noche, le dijo de pronto:
—¿Quién va?
Contestó una voz de timbre perezoso y agradable:
—Soy yo, tío.
Wang el Tigre vio que era el hijo mayor de su hermano mayor; y tanto odiaba la
lujuria que sintió deseos de abalanzarse sobre el muchacho, sobre todo porque era de
su misma sangre. Pero mantuvo afirmadas con fuerza sus manos en las caderas,
porque bien comprendía que no podía matar al hijo de su hermano, y tan bien conocía
su genio que sabía que si se dejaba arrastrar por la cólera no podría después
detenerse, aunque lo deseara. Se limitó, pues, a dar un resoplido y a ciegas volvió a
su pieza refunfuñando:
—Debo abandonar estos patios donde uno de mis hermanos es un avaro y el otro
un libertino. No puedo respirar este aire, pues soy un guerrero y un hombre libre y no
sé mantener atada la ira que ruge en mí como saben hacerlo los hombres que viven
así con mujeres, metidos en estos patios.
Y de pronto deseó con vehemencia que se le presentara la necesidad de matar a
alguien y de derramar sangre y libertar de ese modo su corazón de la carga que lo
abrumaba y la cual no podía comprender.
Para calmarse se esforzó por pensar en su hijito; se deslizó hasta la pieza donde el
niño dormía junto a su madre y lo contempló un instante. La mujer dormía con sueño
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pesado como las campesinas y su aliento era tan pestilente, que cuando Wang el Tigre
se inclinó sobre su hijo, de buenas ganas le habría tapado con la mano las ventanillas
de la nariz. El niño dormía tranquilo y quieto; al mirar su rostro dormido y grave,
Wang el Tigre prometió que no sería como ninguno de ésos. No, ese niño llevaría una
vida dura desde su niñez para llegar a ser un gran soldado, y le enseñaría todas las
tretas guerreras, convirtiéndolo en un hombre.
Al día siguiente Wang el Tigre, con sus dos mujeres, sus hijos y todos los que
habían venido con él, se despidieron después de haber festejado juntos su amistad y
parentesco. Pero a pesar de la fiesta de despedida, Wang el Tigre se sintió más alejado
que nunca de sus hermanos; contemplaba a su hermano mayor, soñoliento y
tranquilo, hundido entre sus carnes, cuyos ojos sólo se iluminaban cuando oía algo
libidinoso, y a su segundo hermano, con el rostro enjuto y los ojos menos francos a
medida que envejecía. Eran hombres ciegos, sordos y mudos, que no veían lo que
eran ni lo que habían hecho de sus hijos.
Pero no dijo nada. Se sentó silencioso, con el corazón henchido de orgullo al
pensar en su hijo y en el hombre que llegaría a ser.
Se despidieron, saludándose ceremoniosamente entre sí, con amabilidad y
cortesía; y los hermanos mayores, sus esposas, los sirvientes y las doncellas salieron
hasta la calle, despidiéndoles con miles de buenos deseos. Pero Wang el Tigre se dijo
que no volvería tan pronto a casa de su padre.
Con gran contento, pues, Wang el Tigre regresó a sus propias tierras; y encontró
que estas tierras eran las mejores que había visto, y el pueblo vigoroso, y su casa un
hogar; todos los hombres le dieron la bienvenida, disparando cohetes a su llegada,
con sonrisas acogedoras, y cuando desmontó de su caballo alazán unos soldados que
custodiaban los patios se precipitaron para coger la brida que había dejado a un lado;
Wang el Tigre se sintió contento al verlos proceder así.
Mientras la primavera avanzaba convirtiéndose en un temprano verano, Wang el
Tigre perfeccionaba y ejercitaba a sus hombres día tras día. Envió de nuevo a sus
espías y a algunos de sus hombres para que se cercioraran de cómo estaban sus
nuevas tierras, y a sus hombres de confianza para que le trajesen las rentas de todas
partes, acompañados de guardias armados, que custodiarían la traída del tesoro, pues
en esos días era mucho más de lo que un hombre podía traer en un saco, sobre su
espalda, como lo había hecho antes.
Pero durante las tardes, cuando el día terminaba, se sentaba solo en su patio, en
medio de la tibia noche de primavera; y en esos momentos, cuando los corazones de
los hombres anhelan algún amor, además del que ya conocen, Wang el Tigre pensaba
en su hijo. Hacía traer al niño a menudo, aunque no sabía cómo jugar con ningún
niño, ni aun con su hijo. Ordenaba a la nodriza que se sentara donde él pudiera ver al
niño y contemplaba cada movimiento que hacía o cualquiera expresión pasajera que
cruzaba por su rostro. Cuando el niño aprendió a caminar, Wang el Tigre apenas
podía contener su contento, y cuando durante la tarde estaba solo y nadie lo veía,
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tomaba el cinturón que la nodriza ataba a la cintura del chico y caminaba de aquí para
allá, mientras el niño se tambaleaba jadeante del lazo del cinturón.
Sí alguien hubiera preguntado a Wang el Tigre en qué pensaba mientras
contemplaba a su hijo, se habría visto en apuros para contestar, pues lo ignoraba él
mismo. Sólo se sentía invadido por sueños de gloria y poder, y a veces, en medio de
esta plenitud del espíritu, reflexionaba que en esos tiempos un hombre que tuviera
poder suficiente, a quien los hombres temieran, podía aspirar a cualquier poder, pues
no había emperador ni dinastía en ese entonces, y cualquiera podía luchar y hasta
forjar los acontecimientos. Y al pensar en esto, Wang el Tigre se decía para sí:
«¡Y este hombre soy yo!»…
Sucedió algo extraño a propósito de este amor que Wang el Tigre demostraba a su
hijo. Su esposa ilustrada, que había oído que se hacía llevar al niño todos los días,
vistió a su hija con trajes nuevos y llamativos y la llevó, fresca y sonrosada, con
pulseras de plata en sus muñecas y cintas rojas en el pelo, a presencia del padre. Pero
Wang el Tigre, no sabiendo qué decir, volvió los ojos a un lado; entonces la madre
dijo, con su agradable voz:
—Esta niña nuestra solicita humildemente tu atención también; no es un punto
menos fuerte y hermosa que tu hijo.
Wang el Tigre se sintió turbado al ver el valor de la mujer, pues en realidad no la
conocía, salvo en la obscuridad de las noches en que le tocaba su turno; se limitó a
decir, con amabilidad:
—Es muy hermosa para ser una niña.
Pero la madre no se sintió satisfecha con esto, pues apenas había mirado a la niña;
dijo, presionándolo:
—No, marido mío; por lo menos mírala, pues no es una niña corriente. Caminó
tres meses antes que el niño, y charla como si tuviera cuatro años en vez de dos y
medio. He venido a pedirte que, como un favor hacia mí, le des a ella tu ciencia y
compartas tus bienes con ella, como lo haces con tu hijo.
A lo que Wang el Tigre contestó, atónito:
—¿Cómo podré hacer de una niña un soldado?
Con su modo resuelto y agradable, la madre contestó:
—Si no un soldado, por lo menos se le puede enseñar alguna habilidad en una
escuela, pues hay muchas ahora, marido mío.
De pronto, Wang el Tigre se dio cuenta de que lo llamaba por un nombre que
nadie nunca empleaba, pues no le decía «mi señor», como las demás mujeres
acostumbraban a hacerlo; embarazado y confuso, miró a la chica[35], porque no sabía
qué decir. Entonces vio que en realidad era ésta una chica tentadora, gorda y redonda,
con una boca pequeña y roja, que sólo sabía sonreír, y ojos negros y grandes y manos
gordezuelas, con uñas perfectas. Se fijó en ellas, porque la madre las había teñido de
rojo, como a veces se hace con los niños muy queridos. Los pies de la chica estaban
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cubiertos con zapatillas de seda roja y cabían ambos en una mano de su madre.
Cuando ella lo vio contemplando a la niña, dijo con amabilidad:
—No quise ceñir sus pies; enviémosla a una escuela y hagamos de ella una mujer
fuera de lo corriente, como hay muchas en estos tiempos.
—¿Pero quién querrá casarse con una joven así? —interrogó Wang el Tigre,
atónito.
A lo que la madre replicó con tranquilidad:
—Una joven así puede casarse con quien lo desee, me parece…
Wang el Tigre reflexionó sobre esto y miró a la mujer. Nunca lo había hecho hasta
entonces, juzgando suficiente que sirviera para sus propósitos. Pero ahora, al mirarla
por primera vez, se dio cuenta de que tenía un rostro inteligente y bondadoso y un
modo que la hacía parecer capaz de llevar a cabo lo que quisiera; y cuando la miró,
ella no tuvo miedo y le devolvió la mirada sin falsas sonrisas ni estirando la boca
como cualquiera otra esposa lo hubiera hecho. Y dijo para sí, un tanto pensativo:
«Esta mujer es más inteligente de lo que pensaba; no la había visto bien antes».
Y en voz alta, levantándose mientras hablaba, dijo con cortesía:
—Cuando llegue el momento, no te diré que no, si te parece que es conveniente
hacerlo.
Y ella, que siempre había sido tan tranquila y que había vivido contenta, lejos o
cerca de Wang el Tigre, al ver esta nueva cortesía del hombre, se sintió conmovida de
extraña manera. Sus mejillas se tiñeron de rojo y lo contempló ansiosa y en silencio,
con rendido anhelo en la mirada. Pero Wang el Tigre, al notar el cambio
experimentado por ella, sintió su antigua repulsión contra las mujeres; sin articular
una sola palabra se volvió, murmurando entre dientes que había olvidado que tenía
algo que hacer a esa hora y, agitado, se fue de prisa, pues no le gustaba que ella lo
mirara de ese modo.
Y de esta manera, cuando la madre enviaba a una esclava con la niña a la misma
hora en que él pedía que le trajeran a su hijo, Wang el Tigre no despedía a la niña. Al
principio temió que la madre volviera y convirtiera en hábito la charla con él, pero
cuando vio que no lo hacía, dejaba a la chica ahí y la miraba fijamente, pues su sexo
lo hacía proceder con cautela, aunque ella era sólo una chica que se bamboleaba de
aquí para allá. En todo caso, había sido un triunfo lograr que la mirara a menudo y
que se riera con su risa silenciosa ante sus arrebatos y sus medias palabras. Su hijo
era grande y grave, poco inclinado a reír, pero la chica era pequeña, viva y alegre y
sus ojos siempre buscaban los de su padre; y si no la miraba abusaba entonces de su
hermano y le arrebataba, lo que impedía que él no fijara la atención en ella. Sin darse
cuenta, Wang el Tigre llegó a prestarle cierta atención y la reconocía como hija suya
si la veía cuando una esclava, en medio de una multitud, la levantaba sobre una
puerta para ver lo que sucedía en la calle; y a veces hasta se detenía para tocarle la
mano y ver el brillo de sus ojos cuando le sonreía, y cuando ella le había sonreído así,
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al llegar a su casa no se sentía ya solo, sino como un hombre entre los suyos, mujeres
y niños.
Página 234
XXIV
WANG el Tigre siempre tenía la idea de que debía acrecentar sus dominios y
situación en favor de su hijo, y así se lo repetía a menudo, tratando de imaginar cómo
lo llevaría a cabo, dónde podría empezar para conquistar por fin la victoria en una
guerra cualquiera, avanzando al Sur del río que pasaba por sus territorios y
apoderándose de uno o dos distritos vecinos, durante un año de hambruna, cuando la
gente está atormentada por la sequía o la inundación. Pero sucedió que durante
algunos años no hubo guerra general, y que, unos después de otros, hombres débiles e
incapaces se sucedieron en el poder gubernativo; y si bien no estaba asegurada la paz,
tampoco había estallidos de guerra ni ocasiones propicias como para que un señor de
la guerra pudiera aprovecharlas sin arriesgarse demasiado.
Además, Wang el Tigre se decía que ya no podía dedicar por entero su corazón y
su ambición al deseo de llegar a ser más, pues ahora tenía un hijo cuya educación
requería atención constante en el presente y para el futuro; quedaban aún la
vigilancia, el entrenamiento de los soldados y el manejo de los asuntos del Estado,
pues hasta entonces no había sido reemplazado el anciano magistrado. Una o dos
veces habían propuesto un nombre a Wang el Tigre, pero éste se había apresurado a
rechazarlo, pues le convenía estar solo; y ahora que su hijo había salido de la infancia
para entrar a la adolescencia, se decía que si lograba engañar al Estado con falsas
promesas durante unos años más, le convendría ser entonces magistrado, pues,
demasiado viejo para continuar siendo guerrero, su hijo ocuparía su lugar a la cabeza
del ejército. Pero guardaba el secreto de este plan, pues era demasiado pronto para
darlo a conocer. El niño no tenía sino seis años. Pero Wang el Tigre manifestaba tanta
prisa por verlo convertido en un hombre, que a veces pensaba que los años no
pasaban nunca; y al mirar a su hijo, no veía al niño que en realidad era, sino al joven,
al guerrero que hubiera querido que fuese; y, sin darse cuenta, forzaba al chico en
muchas cosas. Cuando su hijo no tenía sino seis años, Wang el Tigre lo sacó del lado
de su madre y de los patios de las mujeres, para hacerlo vivir en su compañía, en sus
patios particulares. Tomó esta medida sobre todo para que el niño no se afeminara
con las caricias, las conversaciones y las costumbres de las mujeres, y en parte
porque anhelaba hacer de él su constante compañero. Al principio el niño se mostró
tímido con su padre y vagaba de allí para acá con ojos asustados; y cuando Wang el
Tigre, haciendo un gran esfuerzo, avanzaba la mano para atraer al niño, éste se ponía
rígido y soportaba con dificultad el contacto de su padre; Wang el Tigre, que sentía el
miedo del niño, suspiraba por conquistárselo, pero permanecía mudo, pues no
encontraba las palabras justas, y entonces dejaba que el niño se fuera. Al principio
había tenido el propósito de cortar completamente las relaciones del niño con su
madre y con toda otra mujer, ya que no tenía sino soldados para servirlo; pero
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comprendió que una separación tan radical no sería soportable para el corazoncito
frágil de un niño. Éste no se quejaba nunca. Era un muchachito grave y taciturno, que
soportaba pacientemente todo lo que debía, pero que nunca estaba alegre. Permanecía
al lado de su padre, si su padre se lo ordenaba, y respetuosamente se ponía de pie
cuando su padre entraba a la pieza en que estaba, y estudiaba sus libros con el
anciano preceptor que todos los días venía a instruirle, pero nunca hablaba más de lo
que debía.
Una tarde, durante la comida, Wang el Tigre lo observaba como de costumbre; el
muchacho, sintiendo que su padre lo vigilaba, inclinaba la cabeza lo más que podía
sobre su plato y fingía comer, pero era incapaz de tragar un bocado. Entonces Wang
el Tigre se indignó, pues en realidad había hecho por ese niño todo lo que es dable
imaginar; ese mismo día había pasado revista a sus ejércitos, llevándolo sentado
delante de él en la silla y su corazón se henchía de orgullo mientras los hombres lo
aclamaban llamándolo pequeño general. El chico había sonreído con desgano
inclinando la cabeza, hasta que Wang el Tigre lo obligó a levantarla, diciéndole:
—Mantén la cabeza alta; ésos son tus hombres, tus soldados, hijo mío. Algún día
tendrás que conducirlos a la guerra.
Obligado de ese modo por su padre, el niño había levantado la cabeza, pero tenía
las mejillas rojas, y al inclinarse Wang el Tigre vio que, en vez de mirar a los
hombres, miraba los campos lejanos más allá del terreno donde maniobraban los
ejércitos. Y cuando Wang el Tigre le preguntó qué veía, designó con el dedo, en un
campo vecino, a un rapazuelo desnudo y quemado por el sol, que montado sobre el
lomo de un carabao[36] contemplaba el espectáculo de los soldados; dijo:
—Me gustaría ser ese niño, montado sobre el lomo del carabao.
Descontento de un deseo tan vulgar y bajo, Wang el Tigre contestó con sequedad:
—Bien, pero creo que mi hijo podría aspirar a algo más que a ser un vaquero.
Y con rudeza obligó al pequeño a mirar al ejército, a ver los movimientos de los
soldados y cómo mantenían los fusiles para cargarlos. El chico hizo dócilmente lo
que le ordenaba su padre y cesó de mirar al pequeño pastor. Pero Wang el Tigre había
quedado preocupado con el deseo de su hijo, y ahora, mientras lo miraba, lo veía
bajar la cabeza más y más, sin poder tragar un bocado, pues estaba a punto de llorar.
Temeroso de que el niño estuviese enfermo, se acercó a él y exclamó, tomándole una
mano:
—¿Tienes fiebre, o algo?
Pero la manita estaba fría y húmeda, y el chico sacudió negativamente la cabeza;
rehusó contestar, a pesar de la insistencia de Wang el Tigre, quien terminó por llamar
a su fiel hombre de confianza para que le ayudara a vencer la resistencia del niño.
Cuando llegó el hombre; Wang el Tigre, inquieto y temeroso, y también un tanto
enojado por la obstinación del chico, le gritó:
—¡Llévate a ese tonto fuera y trata de descubrir qué tiene!
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El chico, desesperado, había empezado a sollozar, con la cabeza oculta entre los
brazos; Wang el Tigre, con el rostro contraído y sobándose la barba, lo contemplaba
furioso y próximo también a romper en llanto. Entonces el hombre de confianza
levantó al niño en sus brazos y lo llevó fuera; entre tanto, Wang el Tigre esperaba
angustiado, contemplando el plato intacto del niño. Cuando el hombre apareció sin él,
Wang el Tigre rugió:
—Habla y cuéntame todo.
Vacilante, el hombre respondió:
—No está enfermo, pero no puede comer porque se siente demasiado solo. Nunca
había vívido solo hasta ahora, sin la compañía de otros niños; suspira por reunirse con
su madre y sus hermanas.
—Pero a su edad no puede pasar el día jugando con mujeres —contestó Wang el
Tigre, fuera de sí, arrancándose los pelos de la barba y moviéndose inquieto en el
asiento.
—No —respondió con calma el hombre de confianza, que conocía el genio de su
amo y no le temía—, pero podría ir de vez en cuando a ver a su madre, o su hermana
podría venir a jugar con él, pues aún no son sino dos niños; la separación se haría
entonces con más facilidad, sin correr el riesgo de que el niño se enferme.
Wang el Tigre permaneció silencioso un momento. Sentía unos celos más feroces
que los que nunca había conocido desde que la mujer que había matado volvía a
torturarlo, haciéndolo comprender que había amado más al ladrón difunto. Pero ahora
sentía celos porque su hijo no lo amaba exclusivamente y aspiraba a otras compañías
que la de su padre, y porque, a pesar de que cifraba su dicha y su orgullo en su hijo,
éste no se contentaba con este cariño y no lo apreciaba, deseando la compañía de una
mujer. Wang el Tigre se dijo con violencia que detestaba a todas las mujeres; se
levantó entonces y, en un arrebato, dijo al hombre de confianza:
—¡Que se vaya pues, si es tan débil! ¿Qué me importa lo que haga, si al fin será
un hijo como los que tienen mis hermanos?
Pero el hombre de confianza contestó con suavidad:
—Mi general, te olvidas que no es sino un niño.
Wang el Tigre se volvió a sentar, suspiró y dijo:
—Bueno, ¿no te dije que puede ir?
Desde entonces, cada cinco días el chico fue a los patios de su madre, y cada vez
que lo hacía, Wang el Tigre se quedaba mordisqueando los pelos de la barba, hasta la
vuelta del niño; y entonces le acosaba a preguntas sobre lo que había visto y oído. Le
preguntaba:
—¿Qué hacen allá?
Y el niño siempre contestaba, sorprendido de la cólera que leía en los ojos de su
padre:
—Nada, padre mío…
Pero Wang el Tigre insistía, exclamando:
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—¿Juegan, cosen o qué hacen? Las mujeres no pasan sin hacer nada, o entonces
charlan, y esto es hacer algo.
Entonces el niño, contrayendo las cejas, daba una respuesta lenta y penosa:
—Mi madre estaba cortando una blusa para mi hermana menor, en un género
rojo, floreado; y mi hermana mayor, cuya madre no es la mía, me leyó en un libro,
para mostrarme que sabía leer. A ella la quiero más que a mis demás hermanas,
porque comprende cuando le hablo y no se ríe como las otras. Tiene ojos grandes y
cuando se peina los cabellos le llegan más abajo de la cintura. Pero nunca lee durante
mucho rato. Es inquieta y le gusta charlar.
Esta respuesta agradaba a Wang el Tigre y contestaba con placer:
—Todas las mujeres son así; charlan a propósito de nada.
Fueron éstos unos celos extraños, que lo alejaban más y más de las demás
personas de su casa; ya casi no visitaba a ninguna de sus mujeres. A medida que el
tiempo pasaba, parecía que este niño sería su único hijo, pues la mujer ilustrada de
Wang el Tigre no había tenido más hijos, fuera de la niña, y la mujer ignorante había
tenido otras dos mujeres con dos años de intervalo; y sucedió que, fuera ya que la
sangre de Wang el Tigre se hubiese enfriado y que no deseara a las mujeres, o que el
amor de su hijo le satisficiera, terminó por no ir más a los patios de sus mujeres.
Además, cuando su hijo dormía con él en la pieza, sentía un extraño pudor, que le
habría impedido levantarse y salir durante la noche para visitar a alguna de sus
mujeres. No, con el tiempo, Wang el Tigre no procedió como muchos señores de la
guerra, que ricos y poderosos llenan sus patios de fiestas y de mujeres. Su tesoro lo
gastaba en fusiles y en más fusiles, excepto la suma fija que reservaba y que no
cesaba de aumentar, en previsión del momento en que podría sucederle una
desgracia; y llevaba una vida severa y solitaria, excepto la compañía de su hija.
A veces, y era la única mujer que llegaba hasta sus patios, Wang el Tigre llevaba a
su hija mayor para que jugara con el niño. Las dos o tres primeras veces la madre la
llevó y se sentaba allí unos momentos. Pero Wang el Tigre se sentía molesto, pues
comprendía que esa mujer tenía algo que reprocharle o que deseaba obtener de él
alguna cosa, y no adivinaba lo que podía ser. Por esto se levantaba y se alejaba con
algunas palabras de excusa. Con el tiempo pareció que ella dejó de esperar algo de él
y ya no la vio más; una esclava traía a la chica las raras veces que venía a jugar.
Pero al cabo de un año o dos, la chica misma dejó de venir y la madre mandó
decir que era preciso ponerla en la escuela para que se instruyese. A Wang el Tigre le
pareció muy bien la idea, porque le molestaba ver a la niña en los austeros patios en
que vivía, porque siempre usaba una blusa demasiado clara y porque adornaba sus
cabellos con flores rojas de granado o de jazmín blanco perfumado, o con un manojo
de flores de mía[37]; Wang el Tigre, que detestaba los perfumes, no podía soportar
estas flores, a causa de su fragancia suave y penetrante. Era también demasiado
alegre, caprichosa y voluntariosa; tenía todos los defectos que aborrecía en la mujer;
y sobre todo aborrecía la dicha que iluminaba los ojos de su hijo y la sonrisa que
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dilataba sus labios cuando llegaba su hermana. Ella sola tenía el don de ponerlo
alegre y de hacerlo correr con ella en el patio.
Wang el Tigre amó entonces con amor exclusivo a su hijo, excluyendo de su
corazón a la niña. El débil cariño que sintió hacía ella cuando pequeña había
desaparecido ahora que se había convertido en una esbelta niña, próxima a
transformarse en mujer; cuando su madre se preparó para enviarla lejos, contento dio
el dinero sin regatear, pues sabía que su hijo sería ahora para él solo.
Y antes de que su hijo tuviese tiempo de sentirse sólo de nuevo, llenó su vida de
numerosas ocupaciones. Le dijo:
—Hijo, somos hombres, y ahora dejarás de ir a los patios de tu madre, fuera de
las horas en que debes presentarle tus respetos, pues es muy fácil malgastar sin darse
cuenta la vida entre mujeres, aun cuando sea con una madre o una hermana, pues a
pesar de todo no son sino mujeres, y por lo tanto ignorantes y necias. Te enseñaré
todas las sutilezas que debe saber un soldado, tanto las antiguas como las modernas.
Mis hombres de confianza podrán enseñarte las antiguas: el Matador de Cerdos, a
servirte de tus puños y de tus pies, y el del labio leporino, a manejar la espada y el
palo. Y para que aprendas los nuevos métodos de que he oído hablar, pero que nunca
he visto, envié a un emisario a la costa, para que contratara un nuevo preceptor, que
los ha aprendido en otros países y conoce toda suerte de armas y de medios de
combate usados en el extranjero. Te instruirá a ti primero, y el tiempo que le sobre lo
consagrará a instruir al ejército.
El niño no contestó nada, pero permanecía de pie, como siempre que su padre
hablaba, escuchando sus palabras en completo silencio. Wang el Tigre, que miraba
con ternura el rostro del niño, no veía en él ningún indicio de lo que sentía. Esperó un
momento, pero como el niño sólo dijo: «¿Puedo irme?», Wang el Tigre hizo un
movimiento afirmativo y suspiró sin saber por qué.
De este modo Wang el Tigre educaba y corregía a su hijo y vigilaba que cada hora
de la existencia del niño, fuera de las empleadas en comer y dormir, estuviese
ocupada por una u otra lección. Obligaba al chico a levantarse temprano y a practicar
ejercicios de guerra con sus hombres de confianza, y cuando terminaba de comer su
primera comida, pasaba la mañana con sus libros; y cuando había comido por
segunda vez, el joven y nuevo preceptor lo acaparaba durante la tarde, enseñándole
toda suerte de cosas.
Este nuevo preceptor era un joven distinto a los que Wang el Tigre conocía.
Usaba uniforme de guerrero occidental y anteojos, y tenía un cuerpo recto, erguido y
ágil. Sabía correr, saltar y hacer esgrima; sabía disparar con todas las armas de fuego
extranjeras. Unas, mientras las tenía en las manos, estallaban lanzando llamas, y
otras, al apretar un gatillo, como en los fusiles, y varias de otras clases. Wang el Tigre
permanecía sentado a su lado cuando su hijo aprendía estos medios bélicos, y aunque
no lo confesara, aprendía muchas cosas que nunca había visto ni oído, y se daba
cuenta de la ingenuidad que había demostrado al sentirse orgulloso de esos dos
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antiguos cañones, los únicos que poseía. Sí, comprendía que sabía muy poco respecto
de la guerra, y que había más que aprender que lo que nunca se imaginó. A menudo
se quedaba en la noche conversando con el nuevo preceptor de su hijo, y aprendía
toda clase de ingeniosas maneras de matar: la muerte enviada desde el aire, que se
deja caer sobre los hombres; la muerte que se oculta en las entrañas del mar y que
surge de pronto, y la muerte que llega hasta muchas millas más lejos de lo que la
vista del hombre puede alcanzar y que cae y explota sobre el enemigo. Wang el Tigre
escuchaba esto maravillado, y decía:
—Veo que la gente de otros países es hábil en el arte de matar, y yo lo ignoraba.
Reflexionando sobre todo esto, dijo un día al preceptor:
—Poseo un rico territorio donde no hay hambres totales más de una vez cada diez
o quince años, y tengo un poco de dinero ahorrado. Veo ahora que he estado
demasiado satisfecho con mis hombres, y que si mi hijo aprende todos estos nuevos
métodos guerreros, necesita también un ejército instruido en estas cosas. Compraré
algunas de esas máquinas que ahora emplean para la guerra en los países extranjeros
y tú instruirás a mis hombres y organizarás un ejército adecuado para mi hijo cuando
llegue su hora.
El joven tuvo su habitual y rápida sonrisa y respondió con espontaneidad:
—He tratado de enseñar a tus hombres, pero la enojosa verdad es que no son sino
un montón de soldados dispersos y andrajosos, a quienes sólo gusta comer y beber. Si
les compras nuevas máquinas y les fijas las horas en que deberán aprender a usarlas,
veré si es posible formarlos.
Wang el Tigre, descontento de tanta franqueza, pues había consagrado muchos
días de su vida a instruir a sus hombres, contestó con rudeza:
—Debes enseñar primero a mi hijo.
—Le enseñaré hasta que tenga quince años —contestó el preceptor—, y entonces,
si permites que dé un consejo a un personaje tan encumbrado como tú, te diré que es
necesario enviarlo al Sur, a una escuela de guerra.
—¡Cómo! ¿Puede aprenderse la guerra en una escuela? —preguntó, sorprendido,
Wang el Tigre.
—Existen tales escuelas —replicó el preceptor—, y los que salen de allí son
capitanes en el ejército del Estado.
Pero Wang el Tigre contestó con altivez:
—Mi hijo no necesita salir en busca de un puestecillo de capitán en el ejército del
Estado, pues tiene ya un ejército propio.
Y después de un instante, continuó:
—Además, no creo que nada bueno puede salir del Sur. Yo, en mi juventud, serví
bajo las órdenes de un general sureño, que era un ocioso y un libertino, y sus
soldados, caricaturas de hambres.
El preceptor, viendo que Wang el Tigre estaba molesto, sonrió, despidiéndose, y
Wang el Tigre permaneció pensando en su hijo. Le parecía que había hecho por ese
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hijo todo lo que podía hacer. E interrogaba su corazón para recordar su juventud; y de
pronto recordó que una vez había deseado poseer un caballo propio. Al día siguiente
compró, pues, a un mercader de caballos que conocía, un caballo negro, un hermoso
animal de las llanuras de Mongolia.
Y llamó entonces a su hijo para ver la sorpresa que experimentaría, y le mostró el
caballo negro que estaba en el patio, con una silla nueva de cuero rojo y unas riendas
rojas, claveteadas de cobre, y el groom[38] que sujetaba al caballo y cuya única
ocupación era cuidarlo; Wang el Tigre se dijo con orgullo que era un caballo como él
nunca soñó tenerlo en su juventud, juzgándolo casi demasiado hermoso para ser vivo;
y miró a su hijo con ansiedad para sorprender la dicha que debía reflejarse en sus ojos
y en su sonrisa.
Pero el muchacho, sin abandonar su gravedad, miró el caballo y dijo con su
acostumbrada frialdad:
—Gracias, padre.
Y Wang el Tigre esperó, pero ninguna luz iluminó los ojos del muchacho, que,
lejos de abalanzarse hacia el caballo y montarlo, sólo parecía esperar el permiso para
retirarse.
Entonces Wang el Tigre se alejó furioso, decepcionado; se encerró en su pieza y,
tomándose la cabeza con las manos, pensaba en su hijo con cólera y con la amargura
de un amor mal recompensado. Pero después de unos instantes de tristeza, endureció
su corazón, según su costumbre, y se dijo con obstinación:
«¿Qué más puede desear? Tiene todo lo que yo soñé a su edad un más de lo que
soñé. ¿Qué no habría dado yo por tener un preceptor tan instruido como el suyo, por
tener un hermoso fusil extranjero, y ahora un caballo brioso con silla y riendas rojas y
un látigo con mango de plata?».
Así se consolaba Wang el Tigre; recomendó al preceptor del joven que no
economizara enseñanza alguna respecto de su hijo, y que no se preocupara de los
desfallecimientos que el chico pudiera tener, pues son ésos inconvenientes comunes a
todos los adolescentes que están creciendo y de los cuales no hay que preocuparse.
Pero en la noche, cuando Wang el Tigre despertaba y no podía volver a dormir y
oía en la pieza vecina la tranquila respiración de su hijo, se sentía invadido por una
dolorosa ternura, repitiéndose una y otra vez.
«Debo hacer más aún por él. Debo pensar en algo más que hacer por él».
De este modo empleó Wang el Tigre estos años, velando sobre su hijo; y tan
absorto estaba, que habría llegado a viejo sin saberlo si no hubiese sucedido algo que
lo sacó de su gran cariño, animándolo a empezar una nueva guerra, cumpliendo así su
destino.
Sucedió un día de primavera, cuando su hijo tenía cerca de diez años, pues ahora
Wang el Tigre medía los años por su hijo, en que él estaba sentado bajo el granado en
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flor con el niño. Éste había quedado extasiado ante las hojas nuevas, color llama, del
árbol, y exclamó de pronto:
—Estas pequeñas y encendidas hojitas son para mí más hermosas que la flor
abierta.
Wang el Tigre las estaba contemplando esmeradamente para ver qué veía en ellas
su hijo, cuando se oyó una gran conmoción en las puertas, y alguien llegó corriendo a
decir a Wang el Tigre que un jinete se acercaba. Pero antes de que el hombre hubiese
alcanzado a abrir la boca, Wang el Tigre vio a su sobrino, el Apestado, avanzar
tambaleándose, derrengado y fatigado por su prolongada marcha a caballo, durante
día y noche; el polvo del camino llenaba las marcas de su rostro, produciendo un
extraño efecto. Las palabras llegaban despacio Wang el Tigre, quien, dominando su
cólera, permaneció mirando al muchacho mientras éste decía con sonidos
entrecortados:
—He venido en un caballo rápido como el viento, caminando día y noche, a
decirle que el Gavilán trata de separarse de ti, mantiene el ejército por su cuenta y
está en relaciones con el antiguo jefe de los ladrones, quien durante estos años ha
estado anhelando venganza. He sabido que ha retenido dinero de las entradas de estos
últimos meses y temo que con mucho éxito, pero he esperado estar seguro por temor
de producir una falsa alarma y de que el Gavilán, ofendido, me mate secretamente.
Todas estas palabras caían de los labios del hombre mientras Wang el Tigre, con
los ojos hundidos en la frente y sus negras cejas contraídas, sentía que su antigua
cólera se apoderaba de él; rugió:
—¡Ese maldito perro y ladrón lo ascendí de vulgar soldado! ¡Todo me lo debe y
se vuelve contra mí, perro de mala ralea!
Y sintiendo su buena y combativa ira aumentar de momento en momento, Wang
el Tigre se olvidó de su hijo y a grandes zancadas se dirigió a los patios interiores,
donde vivían sus capitanes, sus hombres de confianza y algunos de sus soldados, y
ordenó, con voz estentórea, que cinco mil hombres se preparasen para seguirlo en esa
misma mañana; y pidió su caballo y su sable de hoja afilada y delgada.
Todos estos patios, que habían estado tranquilos y quietos durante la primavera,
parecían ahora una bulliciosa sala de apuestas; y en los patios de las mujeres, los
niños y las esclavas atisbaban con asustados rostros, espantados ante tanta algazara de
armas y de guerra; y hasta los caballos estaban excitados y caracoleaban haciendo
sonar sus cascos sobre las baldosas de los patios.
Cuando Wang el Tigre vio que se ejecutaban sus órdenes, volviéndose hacia el
fatigado mensajero, le dijo:
—Ve, come, bebe y descansa. Te has portado bien y por esto te ascenderé aún
más. Bien sé que muchos jóvenes se habrían unido con los rebeldes, pues esto es
propio de los corazones jóvenes, pero te has acordado de los lazos de sangre que nos
unen. Ten la certeza de que te ascenderé.
Entonces el joven miró hacia todos lados y dijo:
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—Pero, tío, ¿matarás al Gavilán? Entrará en sospechas cuando te vea llegar, pues
yo le dije que estaba un poco enfermo y que me iba al lado de mi madre durante un
tiempo.
Entonces Wang el Tigre prometió con sonora y ruidosa voz:
—No necesitas pedírmelo, pues puliré mi espada sobre su carne.
Y el joven se fue muy contento.
A marchas forzadas Wang el Tigre condujo a sus hombres de confianza y a sus
soldados hacia el nuevo territorio, dejando en casa a aquellos que habían ingresado a
sus filas en la ciudad sitiada y al capitán que había traicionado al jefe de los ladrones,
por temor de que lo traicionase a su vez. Prometió a sus hombres que también
podrían saquear la ciudad y un mes extra de sueldo; avanzaron, pues, alegres y bien
dispuestos.
Tan bien lo hicieron, que antes de que el Gavilán se diera cuenta del peligro, oyó
decir que Wang el Tigre llegaba sobre él. La verdad era que el Gavilán ignoraba cuán
astuto y hábil en estratagemas era el sobrino de Wang el Tigre, pues era en apariencia
un muchacho tan alegre, de hablar tan tranquilo y de rostro tan ingenuo, salvo cuando
bromeaba o hacía payasadas entre los soldados, que el Gavilán pensaba que todo lo
que hacía no tenía importancia. Se sintió muy contento cuando el muchacho se quejó
de cierto dolor al hígado, diciendo que debía irse a su casa al lado de su madre; pensó
que había llegado el momento de proclamar abiertamente la rebelión, descubriendo
quiénes le eran adictos y haciendo morir a los otros. A los hombres que se rebelaran
con él les prometería el libre saqueo de la ciudad.
Durante esos días, sin embargo, el Gavilán se había fortificado, haciendo llevar
alimentos a la ciudad, pues conocía bien el temperamento de Wang el Tigre, quien no
quedaría en paz hasta dejar las cosas en su lugar; con gran terror, pues, el pueblo
empezó a prepararse nuevamente para un sitio. Aun el mismo día en que Wang el
Tigre llegó a las puertas de la ciudad, vio a algunos labradores avanzando por el
camino con sus cargas de combustibles colgadas de los palos que llevaban
atravesados sobre los hombros, burros y mulas con bultos de cereales sobre el lomo,
y hombres con canastos de aves graznadoras; o que arreaban un rebaño de ganado, o
que llevaban cerdos atados sobre palos, con las patas para arriba y la cabeza
colgando, que chillaban furiosos, como si sintieran de cerca la muerte.
Wang el Tigre apretó los dientes al ver esto, pues comprendía que, si no hubiera
sabido a tiempo el complot, el sitio habría sido muy difícil con todos esos víveres
dentro de la ciudad; el Gavilán era mucho más temible que el necio jefe de ladrones,
pues era inteligente y feroz, y dueño, además, de las dos armas de guerra extranjeras,
podía servirse de ellas, disparándolas contra los sitiadores. Cuando Wang el Tigre
pensó en la gran equivocación que había cometido, la cólera que le embargaba teñía
de rojo sus mejillas y hacía tiritar su barba. Dejó que su ira subiera a su grado
máximo y, lanzando entonces su caballo hacía adelante, gritó a sus hombres que
avanzaran hacia los patios donde había acampado el Gavilán.
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Entretanto, algunos habían corrido a decir al Gavilán que estaba perdido, pues
Wang el Tigre avanzaba sobre la ciudad; el Gavilán, desesperado, sintió que el cielo
se abría sobre su cabeza. Vaciló un momento, pensando en si debía hacer frente al
mal momento mediante alguna estratagema, o si escaparía, pues no tenía la menor
esperanza de que sus hombres se atrevieran a apoyarle en vista del numeroso ejército
de Wang el Tigre. Comprendió que estaba solo. Ese momento de vacilación lo perdió;
Wang el Tigre llegaba galopando a través de las puertas y gritando que era preciso
coger al Gavilán para matarlo y, volviéndose en la silla, ordenó a sus hombres que se
abalanzaran a través de los patios.
Entonces el Gavilán, seguro de que había llegado su fin, corrió a esconderse.
Aunque era un hombre valiente, se escondió entre un montón de paja que había en
una de las cocinas. Pero ¿qué esperanzas podía tener de librarse de las hordas que,
afanosas, le buscaban, esperanzadas con las promesas de recompensas?
Tampoco esperaba el Gavilán que si uno de sus partidarios veía dónde estaba
escondido guardara silencio. Permaneció en su sitio y, aunque escondido, no
temblaba, pues era un hombre valiente.
Pero fatalmente debían encontrarlo, pues los soldados corrían por todas partes,
ansiosos por obtener una recompensa; las puertas delanteras, traseras y la pequeña de
escape estaban custodiadas, y las paredes de los patios eran muy altas. El Gavilán fue,
pues, hallado por un puñado de hombres que vieron una punta de su casaca azul entre
el pasto; salieron fuera y cerraron la puerta; ayudados entonces por otros hombres,
algo así como unos cincuenta; entraron con precaución, pues no sabían qué armas
podía tener él Gavilán; pero éste estaba desarmado; no tenía sino una daga corta y
pequeña, inútil contra tantos. Cayeron sobre él, asiéndolo de los brazos, y lo
condujeron a presencia de su general.
El Gavilán marchaba con el gesto hosco, los ojos espantados y con el cabello y
las ropas cubiertos de paja. Lo condujeron a la sala grande, donde Wang el Tigre
esperaba con su espada entre las rodillas, semejante a una serpiente de plata, angosta
y brillante. Miró con fijeza al Gavilán, diciendo con rudeza:
—¡De modo que me has traicionado, tú, a quien ascendí de vulgar soldado a lo
que ahora eras!
El Gavilán contestó con voz sombría y sin separar los ojos del brillante objeto que
había sobre las rodillas de Wang el Tigre:
—Tú me enseñaste la manera de rebelarme contra un general; ¿y quién eras tú,
sino un hijo fugitivo, y quién te ascendió, sino el anciano general?
Wang el Tigre no pudo soportar respuesta tan grosera y gritó a los amontonados
soldados que permanecían allí tratando de ver qué sucedía:
—Pensé que hundiría mi espada al través de su cuerpo, pero es una muerte
demasiado limpia para él. Tomadlo y cortad su carne en tiras, como se hace con los
criminales demasiado perversos, con los hijos desnaturalizados y con los traidores
contra el Estado.
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Pero el Gavilán, viendo que su fin había llegado, y antes de que nadie pudiera
detenerle, sacó de su pecho su daga y la hundió, retorciéndola, en su barriga; se
tambaleó un instante y, mirando a Wang el Tigre, dijo, con su modo rudo y temerario:
—No temo morir. Dentro de veinte años habré nacido en otro cuerpo y seré
nuevamente un héroe.
Y cayó con la daga aún hundida en sus entrañas.
Wang el Tigre, al mirar lo que tan rápidamente había sucedido, sintió que su ira
disminuía. Había sido defraudado en su venganza, y hasta sentía remordimientos por
su ira, pues había perdido un hombre valiente. Permaneció silencioso durante un
momento, y dijo, por fin, en voz baja:
—Vosotros, los de la derecha y de la izquierda, tomad el cuerpo y enterradlo en
alguna parte, pues era hombre soltero. No sé dónde tenía padre o hijo o algún hogar.
Y después de un instante, agregó:
—Sabía que era valiente, pero no tanto como esto. Ponedlo dentro de un buen
ataúd.
Y Wang el Tigre se sentó apesarado, y el pesar suavizó su corazón; impidió
durante un tiempo que sus hombres saquearan la ciudad, como se lo había prometido.
Entre tanto llegaron los comerciantes de la ciudad, solicitando una audiencia; y
cuando les permitió exponer sus deseos, se acercaron, y con cortesía y mucho dinero
le imploraron que no diera libertad a sus hombres dentro de la ciudad, diciendo que el
pueblo era presa del pánico. Y como entonces se sentía dispuesto a la clemencia,
tomó el dinero y prometió entregarlo a sus hombres en vez de botín; y los
comerciantes, agradecidos, se fueron alabando a un señor de la guerra tan
misericordioso como ése.
Pero Wang el Tigre tuvo verdadera dificultad en contentar a sus soldados; se vio
obligado a pagar a cada uno una buena suma en plata y ordenar fiestas y vinos para
que abandonaran su aire sombrío, hacer un llamado a su lealtad para con él y
prometer una más amplía oportunidad en otra guerra futura, para que volvieran a ser
los de antes y cesaran en sus desengañadas maldiciones. Y antes de que el asunto
estuviese por fin liquidado y los hombres satisfechos, Wang el Tigre tuvo que enviar
otras dos veces a pedir más dinero a los comerciantes.
Una vez más Wang el Tigre se preparó para retornar al hogar; suspiraba por ver a
su hijo, al que abandonó con tal prisa, que apenas tuvo tiempo de formar un plan para
esos días de ausencia. Ahora dejó a su hombre de confianza, con los soldados, para
que custodiaran la ciudad hasta que su sobrino pudiese regresar, llevándose consigo a
los hombres del Gavilán y dejando en su lugar a algunos otros experimentados y
seguros, que había traído para que lo acompañasen. Y como medida de precaución, se
llevó los dos cañones de fabricación extranjera, pues vio que el Gavilán había llevado
a un herrero de la ciudad para que hiciera balas y que tenía pólvora para hacerlos
funcionar. Se los llevó, pues, para estar seguro de que en el futuro no serían
empleados en contra de él.
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Cuando Wang el Tigre, de regreso a su casa, pasó por las calles de la ciudad, el
pueblo bajaba los ojos cargados de odio, pues debían pagar un nuevo impuesto para
integrar la enorme suma que había necesitado para recompensar a sus soldados y
pagar los gastos de su propia expedición. Pero Wang el Tigre hizo como que no veía
esas miradas, y endureciendo su corazón, se dijo que esa gente debía pagar de buenas
ganas si quería paz, pues, si no hubiera acudido, habrían sufrido mucho más entre las
manos del Gavilán y sus hombres, pues éste era un hombre cruel, acostumbrado
desde su niñez a las guerras y para quien hombres y mujeres eran cosas de poca
importancia. La verdad era que Wang el Tigre encontraba que ese pueblo era injusto
para con él, que había acudido en marchas forzadas y penosas para salvarlos; se dijo
para sí con mal humor: «No sienten gratitud por nada y yo soy demasiado blando de
corazón».
Endureció su ánimo con tales pensamientos y nunca volvió a ser tan bondadoso
con la gente del pueblo como una vez lo fue. Estrechó aún más su corazón y no
reemplazó al Gavilán, pues se dijo con tristeza que no podía confiar en nadie, sino en
los de su propia sangre; y en medio de esta tristeza, pensó que su único apoyo sería su
amado hijo; se dijo, pues, dándose ánimos: «Tengo a mi hijo y él nunca me fallará».
Apresuró entonces la marcha de su caballo, anhelando volver a ver a su hijo.
Entretanto el sobrino de Wang el Tigre esperó hasta que oyó decir que el Gavilán
había muerto; entonces, dichoso y contento, se fue a su casa para pasar unos días en
ella y a todo el mundo contó lo valiente y astuto que había sido, tanto más avisado
que el Gavilán, aun cuando éste era un inteligente y experimentado guerrero y lo
bastante mayor, para pertenecer a otra generación. De este modo se alababa en todas
partes, y sus hermanos y hermanas permanecían a su lado, encantados de oírlo,
mientras su madre exclamaba:
—Cuando todavía amamantaba a este niño, comprendí que no era un niño
corriente, pues tiraba con tanta fuerza de mis pechos.
Pero Wang el Mercader, que escuchaba sonriendo imperceptiblemente, si se sintió
orgulloso de su hijo, no lo manifestó, limitándose a decir:
—No obstante, es bueno recordar que, de los treinta y seis caminos para salir de
apuros, el mejor de todos es arrancar.
Y agregó:
—Una buena estratagema es mejor que una buena arma.
Y la estratagema de su hijo era lo que más le gustaba.
Pero cuando el muchacho apestado fue a saludar a su tío Wang el Terrateniente y
a su dama, y contó allí su valeroso comportamiento, Wang el Terrateniente se sintió
extraordinariamente celoso. Sentía celos por su hijo muerto y por esos otros dos hijos,
a quienes admiraba por sus modales y apariencias señoriales, aunque vagamente
temía que hubiera en ellos algo malo. De modo que, aunque parecía cortés cuando el
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hijo de su hermano contaba su hazaña, prestaba poca atención, y mientras el
muchacho hablaba con su modo precipitado, el tío salió fuera para pedir su té, su pipa
y su vestido de pieles, pues ahora que el sol se había ocultado, a pesar de ser
primavera, refrescaba mucho. En cuanto a la dama, inclinaba la cabeza hacia su
sobrino lo estrictamente necesario para no faltar a la urbanidad, y tomando un
bordado, parecía absorta en igualar la seda con la del modelo, bostezando a menudo y
ruidosamente, preguntando a su señor éste y aquel otro asunto relativo a la casa o
sobre los arrendatarios de las tierras que aún conservaban. Al fin el muchacho
comprendió que estaba cansada, e interrumpiendo su charla, se fue un tanto
desanimado. Y antes de que hubiese tenido tiempo de alejarse, oyó a la dama que
decía en alta voz:
—Estoy dichosa de no tener ningún hijo soldado. Es una vida vulgar que hace a
los muchachos vulgares y rudos.
Wang el Terrateniente contestó con indiferencia:
—Hum, creo que voy a ir un rato a la casa de té.
El muchacho, que no podía saber que la pareja pensaba en el hijo muerto, se
sintió con el corazón oprimido hasta que llegó a la puerta. Pero allí estaba la segunda
mujer de Wang el Terrateniente, con su último niño en los brazos. Había estado
escuchando la hazaña del muchacho y, sin ser vista, había salido antes que él; díjole
con prontitud:
—Para mí es una espléndida y heroica hazaña.
Y el muchacho regresó donde su madre, reconfortado.
Tres veces diez días pasó el sobrino de Wang el Tigre en su casa, pues su madre
escogió esa oportunidad para casarlo con la muchacha con quien lo había desposado
algunos años antes. Esta niña era hija de un vecino, un tejedor de sedas, pero no un
tejedor cualquiera que se alquila como otros. No, el padre de la muchacha tenía
telares propios y veinte aprendices, fabricaba piezas de raso de distintos colores y de
sedas floreadas, y como no había muchos que se dedicaran a este comercio en la
ciudad, le iba muy bien. La muchacha también entendía el negocio y podía, si la
primavera era tardía, criar los huevos de los gusanos de seda contra su carne tibia,
hasta que se convirtieran en gusanos, y podía alimentar a estos gusanos como debían
ser alimentados para que se desarrollaran sobre hojas de morera que los aprendices
juntaban, y sabía cómo ovillar la seda de los capullos. Poseía todas estas habilidades,
raras en la ciudad, pues la familia había llegado durante la generación anterior de
otras partes. Verdad era que el hombre con quién debía casarse no aprovecharía estas
habilidades; pero la mujer de Wang el Mercader comprendía que una muchacha con
tales conocimientos tenía que ser trabajadora y económica.
En cuanto al muchacho, poco le importaba lo que su mujer supiera hacer, pero le
agradaba estar casado, pues se acercaba ya a los veinticuatro años y el deseo de la
mujer a menudo lo agitaba; no le disgustaba que la joven fuese limpia, de mediana
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belleza y que no pareciera tener mucho carácter; en suma, se sentía complacido de
que fuera así.
Cuando la boda estuvo terminada, una boda corriente, sin gran pompa, regresó a
la ciudad que Wang el Tigre le había señalado, llevando consigo a su mujer.
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XXV
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quienes les sería posible amar. Cuando Wang el Terrateniente pensó en todas las
jóvenes casaderas antes de elegir una para su hijo mayor, este hijo se mostró rebelde
al asunto; encolerizado, dijo que él mismo escogería una esposa.
Al oír esto, Wang el Terrateniente y su dama se sintieron escandalizados y por vez
primera estuvieron de acuerdo sobre una cosa; la esposa dijo a su hijo,
impetuosamente:
—¿Y cómo una señorita decente permitiría dejarse ver por ti y hablar con ella
para que sepas si la amas o no? ¿Quiénes más capaces de elegirla que tus padres, que
te hicieron y que conocen todas tus tendencias de espíritu y de carácter?
Pero el joven persistía en su oposición con violencia. Levantando sus largas
mangas de seda sobre sus manos blancas y suaves y echando hacia atrás sus cabellos
negros, exclamó, a su vez:
—Ni tú ni mi padre conocéis nada fuera de las viejas y abandonadas costumbres,
y no sabéis que en el Sur toda la gente rica e instruida deja que sus hijos elijan por sí
mismos.
Y cuando vio que su padre y su madre se miraban y que aquél se enjugaba la
frente con la manga y que su madre fruncía los labios, exclamó de nuevo:
—Pues bien, desposadme, y me iré de aquí y no me veréis nunca más.
Esta amenaza asustó desmesuradamente a los padres, y Wang el Terrateniente se
apresuró en decir:
—Dinos quién es la joven a quien amas y veremos si el asunto se puede arreglar.
La verdad era que el muchacho no había encontrado aún a la joven que amaba y a
quien deseara hacer su esposa, pues las mujeres que había conocido eran de esas que
se compran con facilidad, y no quería confesar que no había encontrado a una joven a
quien pudiese amar verdaderamente; se limitó, pues, a fruncir sus labios rojos,
contemplándose enojado las hermosas uñas de sus manos; pero tenía un aspecto tan
violento y tan voluntarioso, que en aquella ocasión, y en todas las que volvieron a
hablar sobre el asunto, terminaban por tranquilizarlo, diciendo una y otra vez:
«Bueno, dejemos esto por ahora». Dos veces, en efecto, Wang el Terrateniente se vio
obligado a rescindir el convenio que había empezado a negociar respecto de una
joven, porque cuando el muchacho oía hablar de ello, juraba que se colgaría de una
viga, como su hermano lo había hecho, y esta amenaza aterrorizaba hasta tal punto a
sus padres, que cedían cada vez.
Sin embargo, a medida que el tiempo pasaba, Wang el Terrateniente y su dama
ansiaban cada vez más ver a su hijo casado, pues era el hijo mayor y el principal
heredero, y sus hijos, debían ser los principales de sus nietos. Wang el Terrateniente
sabía que el muchacho iba a tal o cual casa de té y que pasaba su juventud aquí y allá;
y aunque sabía que así son todos los jóvenes que no tienen necesidad de trabajar para
comer y vestirse, como había pasado ya la edad de las pasiones, se inquietaba mucho
respecto de éste su hijo, temiendo, en compañía de su mujer, que si no se casaba
luego terminaría por tomar como mujer a una joven de cualquier casa de té, de esas
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que se pueden tomar como concubinas, pero que sería vergonzoso tener como mujer.
Pero el muchacho, si le hacían ver sus temores, repetía que en nuestros días los
jóvenes y las muchachas estaban libres de la tutela de sus padres, que eran libres e
iguales y otras necedades por el estilo, tanto, que sus padres se veían reducidos a
guardar silencio, pues el muchacho tenía la lengua tan pronta que no sabían qué
contestar; aprendieron, pues, a callarse no bien daba libre curso a su descontento,
fulminando con la mirada a los dos viejos esposos; y a cada instante echaba hacia
atrás sus negros y largos cabellos, alisándolos con su mano suave y blanca. Pero
después de estos discursos y cuando se había ido, pues nunca permanecía mucho rato
allí, la esposa miraba al marido con aire de reproche, diciéndole:
—Tú, con tus costumbres libertinas, le has enseñado estas cosas, y a ejemplo de
su padre ha aprendido a contentarse con esas mujeres-flores, en vez de una honesta
esposa.
Y sintiéndose ultrajada, se enjugaba los ojos con la manga de su vestido. En
cuanto a Wang el Terrateniente, inquieto, pues sabía que este comienzo apacible
amenazaba terminar en una gran tempestad, pues la dama, a medida que envejecía, se
hacía más virtuosa y de mal carácter, se levantaba ligero para irse, diciendo con tono
sumiso:
—Sabes que ya voy entrando en años y que no me comporto como antes y que
trato de seguir tus consejos. Si encuentras un medio de sacarnos de este atolladero, te
prometo hacer lo que digas.
Pero la dama era en verdad incapaz de encontrar ningún medio para hacer
obedecer a su turbulento hijo; y Wang el Terrateniente, que veía que la irritación la
dominaba, se apresuraba a salir de la casa. Y cuando un día que pasaba por los patios
vio a su otra mujer sentada al sol amamantando un niño, le dijo, de prisa:
—Entra a buscar algo para tu ama, porque pronto va a encolerizarse. Llévale su té
o uno de sus libros de oraciones y dile que un sacerdote dijo esto o aquello de ella o
cualquier cosa por el estilo.
La mujer se levantó dócilmente y se alejó con el niño entre los brazos, y mientras
salía a la calle, Wang el Terrateniente bendecía la hora en que había encontrado su
segunda mujer, pues si hubiese estado solo con su dama habría tenido mucho que
padecer. Pero esta segunda mujer, a medida que pasaban los años, era cada vez más
suave y tranquila, con gran contento de Wang el Terrateniente, pues a menudo las
mujeres de un mismo señor pasan la vida en peleas, sobre todo si una de ellas o
ambas aman a su señor.
Pero esta segunda mujer consolaba a Wang el Terrateniente de mil maneras y
hacía cosas que ni las sirvientas querían hacer, pues, como los sirvientes sabían quién
tenía autoridad en la casa, cuando gritaba llamando a alguno, ya fuese hombre o
mujer, éste exclamaba: «Sí; ya voy», pero se demoraba en ir o sencillamente no iba, y
si Wang el Terrateniente se enojaba, el sirviente daba como pretexto: «El ama me
había ordenado esto o lo de más allá», y lo reducía a silencio.
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Pero su segunda mujer lo ayudaba en silencio y ella era quien lo consolaba.
Cuando volvía de algunas de sus tierras, cansado y hastiado, se preocupaba de que
encontrase el té bien caliente en la tetera, o, si era verano, que hubiese un melón
fresco en el pozo, y se sentaba a su lado y lo abanicaba mientras comía, y salía en
busca de agua para refrescarle los pies y le traía medias limpias y zapatillas. A ella
confiaba él sus agravios y sus rencores; y el principal de estos agravios era el que
tenía contra sus labradores. Le decía:
—Y hoy esa vieja desdentada, madre del arrendatario del pedazo de tierra del
Oeste, echó agua en el canasto de grano que el empleado pesaba, y éste es un idiota o
un canalla, o le pagan para que no vea. Pero yo vi que la balanza daba un salto.
Al oír esto, ella contestaba:
—No creo que roben mucho; tú eres tan inteligente, el más inteligente de todos
los hombres ilustrados que conozco.
Le confiaba también su amargura contra el hijo rebelde, y ella le tranquilizaba; y
en ese momento en que se alejaba por la calle proyectaba contarle que su esposa lo
vituperaba con crueldad; y se complacía pensando en la respuesta que ella habría de
decirle, como en repetidas ocasiones: «Para mi eres el mejor de los hombres, no pido
otro mejor; te juro que mi señora no sabe lo que son los hombres y cuánto mejor eres
tú que todos ellos». Cansado y hastiado por su hijo y su esposa, y por las molestias
que le ocasionaba el poco de tierra que aún poseía y que no se atrevía a vender, Wang
el Terrateniente se asía a su segunda mujer y pensaba que de todas las mujeres que
había conocido ésta era la única que le era agradable. Y se decía: «Es la única de
todas las que alimento que me conoce realmente».
Y ese día sentía el corazón saturado de amargura contra su hijo, pues había
causado nuevas molestias a su padre.
Sucedió que ese día, mientras Wang el Terrateniente se paseaba por las calles
reflexionando, su hijo, por su parte, fue a casa de un amigo, y allí por casualidad
encontró a la joven susceptible de gustarle. El amigo del muchacho era hijo del
comisario de policía de esa ciudad, y el hijo de Wang el Terrateniente a menudo
jugaba con él juegos de azar, de preferencia que con cualquier otro, pues como esos
juegos eran contrarios a la nueva ley que acababan de establecer, si sobrevenían
molestias, el hijo del comisario de policía podría escapar y sus amigos también,
puesto que su padre era un hombre de tal importancia en la ciudad. Ese día el hijo de
Wang el Terrateniente pensaba jugar un momento para aliviar su cólera y las
molestias causadas por sus padres. Se dirigió, pues, a casa de su amigo.
Cuando le abrieron la puerta dio su nombre a la sirvienta y esperó en la sala de los
visitantes, meditabundo e irritado por tantas molestias. De pronto se abrió una puerta
interior y entró sola una hermosa joven. Sí ella y él hubiesen sido jóvenes corrientes,
ella habría tenido que cubrirse el rostro con la manga y retirarse prontamente. Pero no
hizo nada de eso. Miró con tranquilidad al hijo de Wang el Terrateniente en pleno
rostro, sin timidez alguna, pero tampoco con coquetería; y al encontrarse con esa
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mirada tranquila y directa, los ojos del muchacho fueron los que primero se bajaron.
Vio, como todo el mundo podría haberlo visto, que, a pesar de su atrevimiento, era
una muchacha honesta, adicta a las nuevas ideas. Llevaba los cabellos cortos, los pies
no estaban comprimidos, y un vestido largo y recto, como el que usan las muchachas
de esta nueva época; y como la primavera estaba por terminar, el vestido era de una
seda suave, color de ansarón.
A pesar de lo que decía, la verdad era que el hijo de Wang el Terrateniente tenía
pocas ocasiones de encontrar de esa clase de muchachas con quienes deseaba casarse.
Cuando no estaba dedicado a jugar o a divertirse o a hacer ejercicio en alguna parte,
pasaba los días leyendo historias de amor. No leía las antiguas leyendas, sino las
recientes novelas que hablan de amores libres entre hombre y mujer; y soñaba con
muchachas bien nacidas que, sin ser cortesanas, no fueran, sin embargo, tímidas ni
reservadas delante de los hombres, sino como los hombres son delante de los
hombres. No obstante, no conocía a ninguna, pues hasta entonces una libertad así
existía más bien en los libros que en la realidad. Pero en ese momento le pareció que
había encontrado la que buscaba; sintió el corazón abrasado por la joven de aspecto
frío y atrevido, pues su corazón era como un fuego preparado que no esperaba sino la
antorcha que lo encendiera.
Ese solo instante le bastó para amar a esa muchacha con un amor tan fuerte que,
deslumbrado, cuando entró su amigo balbuceó, con los labios secos y el corazón
palpitante:
—¿Quién es esa joven que acaba de pasar?
Su amigo respondió, con descuido:
—Es mi hermana, que está en una escuela en una ciudad extranjera de la costa, y
que ha vuelto a casa para pasar las vacaciones de primavera.
El hijo de Wang el Terrateniente, desfalleciente, se limitó a preguntar:
—¿No es casada, pues?
El hermano, riendo, contestó:
—No; es una muchacha muy voluntariosa; siempre está disputando al respecto
con mis padres, pues no quiere admitir a ningún hombre sino el que ella escogerá.
El hijo de Wang el Terrateniente oyó esta respuesta como un sediento a quien
presentan una copa de vino; no dijo nada más y partió a jugar. Pero mientras jugaba
estaba distraído, pues sentía que las llamas envolvían su corazón y que el fuego lo
quemaba. Pronto se excusó y regresó a su casa, encerrándose con llave en su pieza.
Allí, solo, se sintió ligado a esa joven por toda suerte, de lazos. Y se dijo que era una
vergüenza que ella, como él, también tuviera que sufrir con la tiranía de sus padres;
se prometió entonces rehusar unirse a ella sino por los medios libres que hombres y
mujeres usan en tiempos libres. No quería ningún intermediario, ni los padres ni aun
su amigo, el hermano. Luego, con prisa, afiebrado, sacó de su biblioteca los libros
que había leído, consultándolos, para ver qué género de cartas esos héroes escribían a
sus amadas; y escribió una carta análoga.
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Sí; escribió a la joven y firmó con su nombre, empezando la carta con las
fórmulas corrientes de cortesía. Pero decía también que él era un espíritu libre,
semejante al de ella; que era para él como la luz del sol, el matiz de una peonía, la
música de la flauta, y que en un instante le había arrebatado el corazón sacándoselo
del pecho. Y cuando hubo terminado la misiva, la envió con su sirviente personal, y
después de haberla enviado esperó la respuesta en su casa, con tal ansiedad, que sus
padres no comprendían qué podía tener. Cuando el sirviente regresó diciendo que la
respuesta llegaría después, el muchacho se vio obligado a esperar, maldiciendo de la
espera, molestando a todo el mundo en la casa, pegando a sus hermanos y hermanas,
sin piedad, en cuanto se le acercaban, y echando pestes contra los sirvientes, tanto,
que la concubina de su padre, a pesar de su buen carácter, exclamó:
—Te portas como un perro rabioso.
Y se llevó a sus niños fuera de su alcance. Pero al cabo de tres días un mensajero
trajo una carta al joven, que pasaba los días en los alrededores de la puerta principal;
apoderándose entonces de ella, corrió a su pieza, donde desgarró la carta en su prisa
por abrirla. Juntó los dos pedazos y empezó a leerla. La joven manejaba el pincel con
gran soltura y talento; después de haber trazado las fórmulas usuales de cortesía y
algunas frases para justificar su osadía, decía: «Yo también soy un espíritu libre, y mis
padres no conseguirán obligarme a nada».
De este modo dejaba entrever con delicadeza su preferencia por él, y el muchacho
se sintió transportado de placer.
Así, pues, había comenzado la aventura; pero como no les bastaba cambiar
numerosas cartas, sino que necesitaban verse de alguna manera, se encontraron una o
dos veces en la puerta trasera de la casa de la muchacha. Ambos tenían miedo,
aunque ambos se lo ocultaban mutuamente; y después de tales encuentros y de las
numerosas cartas cambiadas, a fuerza de propinas dadas a los sirvientes, en las que
ocultaban su nombre, ese amor se hizo cada vez más ardiente; y como nunca el
hombre ni la mujer han podido prescindir de algo que deseen de verdad, así les
sucedió a ellos. Al tercer encuentro, el joven dijo, con pasión:
—No puedo esperar; tengo que casarme contigo, y así se lo diré a mi padre.
A lo que la muchacha contestó, con vehemencia:
—Y yo diré al mío que me envenenaré si no puedo ser tuya.
Lo dijeron, pues, a sus respectivos padres; y en tanto que Wang el Terrateniente,
feliz de ver que el capricho de su hijo se manifestaba por una joven de tan buena
casa, empezaba inmediatamente a hacer negociaciones para el matrimonio, el padre
de la muchacha se negó, rehusando dejar que su hija se casara con el joven. Como era
comisario de policía y tenía espías en todas partes, sabía más que los demás respecto
del muchacho. Dijo a su hija:
—¡Cómo! ¿Ese inútil petimetre que pasa su vida en todas las casas de mala fama?
Y ordenó a sus servidores que encerraran a su hija bajo llave en sus patios
personales, hasta su regreso a la escuela; y cuando ella, furiosa, se precipitó a su
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pieza para conversar con él y rogarle que diera su consentimiento, él rehusó
escucharla. Era un hombre reposado, y mientras ella exponía sus argumentos, él
tarareaba una canción, hojeando un libro, y cuando la joven, fuera de sí, dijo cosas
impropias de una muchacha, volviéndose hacia ella, le dijo:
—Siempre he creído que habría debido dejarte en casa y no enviarte a la escuela.
Esto es lo que aprenden en esas escuelas, que echan a perder a las niñas de ahora, y si
tuviera que empezar de nuevo, te dejaría ignorante, pero decente, como tu madre, lo
que me permitiría casarte temprano con un buen hombre. Sí; y todavía es tiempo de
hacerlo —rugió tan repentinamente, que la muchacha vaciló, asustada.
Entonces ambos jóvenes se escribieron hermosas y desesperadas cartas, y los
sirvientes se enriquecían con su liberalidad, y corrían de una a otra casa. Pero el
muchacho languidecía en la suya y no salía ni para ir a jugar ni para hacer ejercicios.
Sus padres no sabían qué hacer. Wang el Terrateniente, secretamente y por caminos
tortuosos, hizo llegar una suma de dinero al comisario de policía; y aunque éste era
hombre que aceptaba de buenas ganas un donativo así, esta vez se negó, causando la
desesperación de todos. En cuanto al muchacho, rehusaba comer, amenazando
ahorcarse; Wang el Terrateniente estaba completamente desmoralizado.
Pues bien, un día en que el muchacho se paseaba cerca de la puerta trasera de la
casa en que su amada vivía, vio que la puerta se abría y que la sirvienta que de
ordinario le traía las cartas de la joven le hacía señas para que entrase. Arrastrado por
su anhelo, se acercó desfalleciente de temor, y detrás de la puerta encontró a su
amada llena de resolución y resuelta a llevar a cabo sus proyectos. Pero ahora que se
encontraban frente a frente, las palabras no llegaban con tanta facilidad como cuando
las escribían sobre el papel, y además el muchacho tenía miedo de ser descubierto
donde no tenía ningún pretexto para estar. Pero como la muchacha era voluntariosa e
instruida, y quería satisfacer sus deseos, dijo:
—No pienso tomar en cuenta lo que digan los viejos. Huyamos juntos a alguna
parte, y cuando lo sepan, por simple pudor nos dejarán casarnos. Sé que mi padre me
adora, pues soy su única hija, y mi madre murió; y tú eres el hijo mayor de tu padre.
Pero antes de que el muchacho pudiese ponerse a tono con la pasión de ella,
apareció de pronto en la puerta de la casa que daba al patio el comisario de policía,
pues una sirvienta que no quería a la doncella de la joven la había denunciado por
venganza. El comisario gritó a su gente:
—Amarrad a ese hombre y metedlo a la cárcel, pues ha robado el honor de mi
hija.
Era una desgraciada circunstancia para el hijo de Wang el Terrateniente que el
padre de su amada fuese comisario de policía, y libre de hacer encarcelar a quien
quisiera, pues otro hombre no habría tenido semejante poder, viéndose obligado a
pagar dinero para conseguir ese objeto. Pero con la orden del comisario sus
empleados llevaron al muchacho a la cárcel, mientras la joven, dando agudos gritos,
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se asía del brazo del muchacho, diciendo que no se casaría con nadie que no fuese él,
y que se tragaría sus anillos.
Pero su padre, el reposado anciano, dirigiéndose a sus sirvientas les dijo:
—Vigiladla y no la dejéis sola; y si por casualidad hace lo que dice, vosotros
seréis responsables de su muerte.
Y se alejó como si no oyera los gritos y lamentos de su hija; y las sirvientas, que
temían al comisario, no se atrevieron a abandonarla, y la muchacha se vio obligada de
este modo a seguir viviendo.
El jefe de policía envió entonces a prevenir a Wang el Terrateniente de que su hijo
estaba en la cárcel, porque había atentado contra el honor de su hija, y después de
haberle enviado este mensaje se sentó en la sala, esperando. Entretanto, toda la casa
de Wang el Terrateniente estaba en la mayor confusión, y éste, desesperado, no sabía
qué hacer. Envió inmediatamente como obsequio toda la plata que tenía en ese
momento, y vistiéndose con su traje más hermoso fue en persona donde el comisario
de policía para presentarle sus excusas. Pero el hombre no estaba de humor para
arreglar la cosa con tanta facilidad. Mandó decir al visitante que el exceso de
molestias lo tenía enfermo y que no podía recibir a nadie; y cuando le llevaron el
dinero lo devolvió, diciendo que Wang el Terrateniente se había equivocado respecto
de su manera de ser y que no era de aquéllos a quienes tientan esos procedimientos.
Entonces Wang el Terrateniente se volvió, suspirando, a su casa; comprendía que
la suma había sido demasiado pequeña, y como entonces estaba escaso de dinero,
pues no se había cosechado aún el trigo, comprendió que debía pedir ayuda a su
hermano. Sufría también al pensar que su hijo estaba en la cárcel y tenía que enviarle
comida y ropa de cama para que a lo menos no sufriera tanto. Una vez que hubo
hecho esto y que mandó llamar a Wang el Mercader, se sentó en la pieza a esperarlo;
y su dama, en medio de su angustia, olvidó todo decoro y entró a la pieza donde
estaba sentado con la cabeza entre las manos, poniendo por testigo a éste o aquel dios
de todo lo que tenía que sufrir en esa casa.
Pero Wang el Terrateniente no parecía conmoverse con los gritos y reproches de
su esposa, pues estaba demasiado asustado al ver que su hijo continuaba en poder del
comisario de policía. Wang el Mercader entró en ese momento con rostro sereno,
como si ignorase lo que había sucedido, a pesar de que la historia se supiera ya en
todas partes, que los sirvientes la comentaban y que su propia mujer se la hubiese
contado con lujo de detalles, diciendo, con gran contento:
—Bien sabía que no saldría nada bueno de los hijos de esa mujer, y sobre todo de
un padre libidinoso.
Pero en ese momento Wang el Mercader se sentó y escuchó la historia contada
por el padre y la madre del muchacho. Atenuaron mucho su culpabilidad, y Wang el
Mercader tomó un aire muy serio, como si creyera realmente en la inocencia del
joven y no pensara sino en un medio hábil de ponerlo en libertad. Bien comprendía
que su hermano mayor deseaba pedirle prestada una gruesa suma de dinero y buscaba
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cómo evitar este pedido. Cuando hubieron contado la historia y la esposa hubo
llorado copiosamente, dijo:
—Es verdad que el dinero es muy útil cuando hay que tratar algún asunto con
funcionarios, pero hay algo mejor aún: la fuerza de las armas. Antes, de gastar lo que
tenemos debemos solicitar la ayuda de nuestro hermano, que es ahora un poderoso
general, para que interponga su influencia ante la corte provincial, para que de allí
envíen una orden a nuestro magistrado, quien a su vez ordenará al comisario de
policía que ponga en libertad a tu hijo. Entonces tal vez será oportuno emplear un
poco de dinero por aquí y por allá para sostener la causa.
A todos pareció éste un plan excelente, y Wang el Terrateniente se extrañó de no
haber pensado en él; ese mismo día envió a un mensajero a Wang el Tigre, y así fue
cómo éste supo el asunto.
Pues bien, Wang el Tigre, además del deber que tenía de ayudar a sus hermanos,
comprendió que era una excelente oportunidad para ensayar su poder y su influencia.
Escribió, pues, al general de la provincia una carta humilde, apropiada a las
circunstancias, preparó regalos y envió todo con su hombre de confianza,
acompañado de un guardia para preservarlo de los ladrones. Cuando el general hubo
recibido los regalos y leído la carta, reflexionó un momento y le pareció que si hacía
ese favor a Wang el Tigre éste se vería en la obligación de prestarle su apoyo en caso
de una guerra; además, era un medio poco costoso de conseguir su favor el hacer salir
de la cárcel a un joven; y en cuanto al comisario de policía, poco le importaba un
personaje tan insignificante de una insignificante ciudad. Envió, pues, el escrito que
le pedía Wang el Tigre y advirtió después al gobernador de la provincia; éste envió
una orden imperativa al magistrado del departamento, quien a su vez transmitió,
imperativamente, la orden al magistrado de la ciudad donde residían los Wang.
Wang el Mercader se mostró más hábil que nunca. Repartió dinero de modo que
todo hombre que interviniera en el asunto se juzgara suficientemente recompensado,
pero no como para despertar en ellos un espíritu de investigación que los hiciera
mirar más de una vez la fuente de donde procedía tanto dinero. En su oportunidad, el
comisario de policía recibió la orden imperativa. Wang el Terrateniente y Wang el
Mercader esperaban ansiosamente el momento en que llegaría, pues sabían que el
hombre no soportaría una humillación pública; no bien supieron que había llegado
fueron a visitarle, llevando gruesas sumas de dinero, y con muchas excusas le rogaron
que los escuchara, fingiendo ignorar que todo se debía a órdenes superiores. Le
hicieron grandes reverencias, invocando su piedad, hasta que terminó por aceptar el
dinero con negligencia, como alguien que concede una gracia. Luego ordenó poner
en libertad al muchacho, y después de haberlo reprendido lo envió a su casa.
En cuanto a los dos hermanos, ofrecieron un festín al comisario de policía; y el
asunto quedó así terminado, pues el muchacho estaba de nuevo en libertad y su amor
se había tranquilizado un tanto en la prisión.
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Pero la muchacha se manifestaba más obstinada que nunca, y se quejó de nuevo a
su padre. Ahora estaba mejor dispuesto y comprendía que la familia Wang era muy
poderosa: uno de ellos, un gran señor de la guerra, y otro, un comerciante acaudalado.
Envió un intermediario a Wang el Terrateniente, diciéndole:
—Casemos a estos muchachos y sellemos nuestra nueva amistad.
Se concertaron entonces los esponsales y las nupcias el primer día favorable que
se encontró, y Wang el Terrateniente y su dama, consolados, se sentían llenos de
felicidad. En cuanto al novio, aunque un poco deslumbrado de este repentino
resultado, sentía no obstante volver su antiguo ardor y la joven se manifestaba
triunfante y dichosa.
Pero para Wang el Tigre todo el asunto no tenía mayor importancia, excepto en
esto: sabía que era un hombre influyente en la provincia, que el general lo
consideraba como tal y que deseaba conciliarse su favor; se sintió con el corazón
henchido de orgullo. Cuando todo estuvo terminado había empezado el verano; Wang
el Tigre se dijo que, puesto que había estado tan ocupado y que el año estaba tan
avanzado, pospondría la guerra para el año siguiente. Se resignó con tanta mayor
facilidad cuanto que sus espías habían vuelto diciendo que se hablaba de una guerra
en el Sur, pero que no se sabía qué guerra era ni quién era el jefe. Cuando Wang el
Tigre oyó eso comprendió el valor que tenía su ejército para el general provincial y
por qué éste trataba de conquistar su favor. Esperó, pues, otra primavera para ver qué
sucedería.
Y como siempre lo hacía, pasaba su vida con su hijo. El muchacho cumplía con
gravedad sus deberes, y Wang el Tigre se complacía siguiendo con la mirada el
silencioso modo de proceder del muchacho. A menudo contemplaba a su hijo, y
amaba su rostro serio, mitad de niño y mitad de hombre. Cuando contemplaba et
rostro de su hijo inclinado sobre algún libro o sobre su trabajo, quedaba sorprendido
de la expresión extrañamente familiar que encontraba en las mejillas cuadradas del
muchacho o en la firmeza de su boca. No era ésta hermosa, pero firme y decidida
para un hombre tan joven.
Y una tarde Wang el Tigre comprendió que su hijo había heredado esa expresión
de su abuela, la madre de Wang el Tigre. Sí; comprendió que era ésa la expresión de
su madre, aunque no la recordaba con nitidez, sino sobre su lecho de muerte, y que el
rostro rosado del niño fuera muy diferente del pálido de la muerta. Pero más que
cualquier recuerdo preciso, un sentimiento le decía que su hijo tenía los modales
lentos y silenciosos de su madre, y que la gravedad de ésta estaba retratada en los
labios y ojos de su hijo. Cuando Wang el Tigre vio en su hijo esta vaga expresión
familiar, le pareció que lo amaba aún más profundamente, y que, por una razón que
no comprendía, estaba ligado a él en forma más estrecha aún.
Página 258
XXVI
EL hijo de Wang el Tigre era ahora un muchacho así: cumplía fielmente todos sus
deberes, hacía todo lo que se le ordenaba hacer; trataba de imitar las estratagemas y
las actividades guerreras que sus profesores ejecutaban delante de él, montaba a
caballo bastante bien, aunque no con tanta soltura como Wang el Tigre. Pero hacía
todo esto como si no sintiera en ello ningún placer, como si se forzara ante una
obligación. Cuando Wang el Tigre preguntaba al preceptor si hacía progresos, éste
contestaba, vacilante:
—No podría decir que no hace progresos, porque siempre ejecuta las cosas
exactamente como se le explican, pero nunca pasa de allí. Es como si no pusiera en
ello su corazón.
Esta respuesta causó gran turbación a Wang el Tigre, pues le había parecido ya
que su hijo desconocía la buena y santa cólera, que nunca se había enojado y que no
había en él ni odio ni ambición por nada, sino que cumplía con paciencia y exactitud
todo lo que se le ordenaba. Y Wang el Tigre sabía que un guerrero no podía ser así.
No; un guerrero debe tener más ánimo, cólera, obstinación y pasión, y se apenaba
preguntándose cómo cambiar el carácter de su hijo.
Un día estaba sentado en el patio, cerca del muchacho, y lo miraba mientras
disparaba a un blanco, bajo la dirección de su preceptor; y aunque el adolescente
permaneciera tranquilo y no vacilara en apretar el gatillo a la voz de orden, le parecía,
sin embargo, que veía contraerse el rostro de su hijo como si tratara de endurecer su
corazón para poder ejecutar lo que debía. Entonces Wang el Tigre, dirigiéndose a él,
le dijo:
—Hijo, pon algo de ti mismo si quieres complacerme.
El muchacho, con la pistola aún humeante en la mano, lanzó una rápida mirada a
su padre. Una extraña expresión pasó por sus ojos y abrió los labios como para decir
algo. Pero allí estaba Wang el Tigre, con rostro poco amable, y al ver sus espesas y
negras cejas y su boca de gesto duro bajo su barba negra, aunque no tenía intenciones
de hacerlo, el muchacho volvió de nuevo la mirada, lanzó un suspiro y respondió, con
tono resignado:
—Sí, padre.
Entonces Wang el Tigre miró a su hijo con cierta compasión, pues a pesar de su
aspecto rudo tenía el corazón tierno, pero no sabía hacer oír la voz del corazón.
Suspiró y siguió contemplando en silencio la lección hasta el final. Entonces el
muchacho lanzó a su padre una mirada indecisa, y preguntó:
—¿Puedo irme ahora, padre?
Wang el Tigre a menudo había visto que el joven se iba a alguna parte solo, no
sabía dónde; lo único que sabía era que el guardia a quien había designado para que
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lo acompañase cumplía, seguramente, con sus órdenes. Pero esa tarde, Wang el Tigre
miró a su hijo y, viendo que había dejado de ser un niño, se hizo interiormente la
pregunta de si el muchacho iba o no adonde no debía. Mordido por repentinos celos,
le preguntó, con la voz más suave que pudo:
—Pero ¿dónde vas, hijo mío?
El muchacho vaciló, inclinó la cabeza y terminó por contestar a medías, asustado:
—A ninguna parte, padre. Pero me gusta salir fuera de los muros de la ciudad y
pasearme por el campo.
Si el joven le hubiera contestado que iba a algún lugar de diversión no se habría
sentido más desconcertado. Dijo, con asombro:
—Pero ¿qué hay allí que pueda interesar a un soldado?
Y el muchacho, sin levantar los ojos, manoseando su cinturón de cuero, contestó,
con voz baja, con su acostumbrado tono resignado:
—Nada; pero es tranquilizador y agradable ver el campo ahora que los árboles
frutales están en flor, y me gusta conversar a veces con algún campesino para que me
explique cómo se cultiva la tierra.
Wang el Tigre, atónito, se sentía incapaz de comprender a su hijo; se dijo que
tenía un hijo bastante extraño para llegar a ser un señor de la guerra. Él, desde su
juventud, había odiado los trabajos del campo y el trabajo de los campesinos; y de
pronto, con más ira de la que tenía intención de demostrar, pues se sentía
decepcionado sin saber por qué, exclamó:
—Haz lo que quieras. ¿Qué me importa?
Y permaneció sentado tristemente, pues su hijo había partido rápido, como un
pájaro a quien devuelven la libertad, lejos de su padre.
Wang el Tigre permaneció sumido en una penosa meditación, aunque no sabía por
qué su corazón estaba tan triste. Por fin se encolerizó consigo mismo, diciéndose que
debía estar contento de tener a ese hijo que no era un libertino y que hacía lo que se le
ordenaba; y una vez más dejó de preocuparse del asunto.
Durante esos años se oyeron rumores de que un gran descontento que existía en
alguna parte se transformaba en guerra; y los espías de Wang el Tigre llegaron
contando historias sobre los jóvenes y muchachas de las escuelas del Sur que estaban
en guerra, y otras historias de vulgares campesinos que también hacían la guerra;
nunca antes se había oído hablar de tales cosas, porque tales cosas son oficio de los
señores de la guerra y nada tienen de común con el pueblo. Pero cuando Wang el
Tigre, atónito, preguntaba por qué peleaban y por qué causa, sus espías decían que lo
ignoraban; Wang el Tigre pensaba entonces que debía ser una u otra escuela donde un
profesor hubiera cometido una injusticia, o si se trataba de la gente del pueblo, debía
ser a causa de algún magistrado demasiado canalla y que la gente, no pudiendo
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soportarlo más, se levantaba contra él para matarlo, poniendo así fin a una situación
insostenible.
Pero mientras veía qué desarrollo tomaba esta nueva guerra y el modo cómo
podría adaptarse a ella, Wang el Tigre no empezaba guerra alguna por cuenta propia.
No; conservaba sus rentas intactas y seguía comprando las máquinas de guerra que
deseaba. Ya no tenía necesidad de pedir ayuda a su hermano Wang el Mercader, pues
poseía ahora un puerto propio en la desembocadura del río, y fletaba navíos y entraba
fraudulentamente armas de los países extranjeros. Y si había algunas personas que lo
sabían, guardaban silencio, porque no ignoraban que era un general de su partido y
que cada fusil que poseía sería un fusil para ellos en la lucha que no tardaría en llegar,
puesto que la paz no puede durar eternamente en parte alguna.
Por todos estos medios, Wang el Tigre aumentaba sus fuerzas en espera de que su
hijo creciera; cumplió entonces catorce años.
Pues bien, durante estos quince o más años que Wang el Tigre había sido un gran
señor de la guerra, la suerte lo había favorecido en muchas formas, principalmente en
que no había habido hambre total en sus territorios. Había habido, sí, hambres
parciales en éste u otro lugar, como necesariamente tiene que haber bajo un cielo
despiadado, pero no había habido en todas las regiones a la vez, de modo que si una
parte estaba hambrienta no tenía necesidad de urgirla demasiado, pues aumentaba
entonces los impuestos en otra región donde la gente no lo estaba, o, en todo caso, no
tanto. Esto lo hacía con placer, pues era un hombre justo a quien no gustaba arrebatar
lo poco que tenían unos pobres hambrientos y moribundos, como lo hacen muchos
señores de la guerra. El pueblo le estaba agradecido por esto, y lo alababa, y muchos
decían en la región:
—Hemos visto peores señores de la guerra que Wang el Tigre, y, puesto que
necesariamente deben existir tales señores, es una suerte que tengamos éste, que
solamente nos hace pagar la manutención de sus soldados y que no es aficionado a las
fiestas, a las mujeres y a otras cosas que muchos de tales hombres aman.
La verdad era que Wang el Tigre trataba de ser lo más justo posible con los
pobres. Hasta aquel día ningún nuevo magistrado había llegado a ocupar el puesto del
antiguo. Se había nombrado a uno, pero éste, al saber qué clase de hombre era Wang
el Tigre, había retardado su venida, diciendo que su padre era ya anciano y que tenía
que esperar que muriese para enterrarlo y poder fijar la fecha de su llegada. Así, pues,
entre tanto, Wang el Tigre administraba justicia en el tribunal y escuchaba a las
personas que se presentaban, y en más de una ocasión defendió a un pobre contra un
rico o un usurero. Wang el Tigre no temía a los ricos, y no vacilaba en encarcelarlos
si no pagaban lo que él deseaba; sucedió, pues, que en esa ciudad los propietarios y
los usureros detestaban a Wang el Tigre y preferían ir lejos para no tener que someter
un proceso ante su tribunal. Pero éste, que se sentía fuerte, no se preocupaba de sus
odios; pagaba a sus soldados con regularidad y, si a veces se mostraba muy duro con
algún soldado que cometía una licencia demasiado grande, no dejaba por eso de
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pagarle su sueldo mensual, cosa que no hacen muchos señores de la guerra, que se
ven obligados a saquear las ciudades para conservar a los hombres a su lado. Pero
Wang el Tigre no se veía obligado a empezar guerras a causa de sus soldados y podía
diferirla el tiempo que quisiese, pues su situación entre el pueblo y entre sus tropas
era espléndida y estaba perfectamente asegurada.
Pero por bien establecidos que estén los hombres, siempre tienen que contar con
un cielo adverso, y éste fue el caso de Wang el Tigre. Durante el año en que su hijo
cumplía catorce años y cuando se preparaba para enviarle a la escuela de guerra, una
terrible hambruna invadió todo el territorio de Wang el Tigre, extendiéndose de uno a
otro extremo como una terrible epidemia. Sucedió que las acostumbradas lluvias de
primavera cayeron como siempre en su tiempo, pero cuando llegó la época de que
debieran cesar, continuaron cayendo, días y días, y semanas y semanas, y duraron
hasta mediados del verano, tanto, que el trigo se pudrió en los campos, ahogándose en
el agua, y todos esos hermosos campos no eran sino pantanos de barro. El río, que de
costumbre tenía poca corriente, se precipitó, rugiente e inmenso, saliéndose de su
lecho de arcilla; se estrelló contra los diques interiores, los hundió, y continuó su
camino barriendo todo a su paso hasta ir a vaciar su agua barrosa al mar, tanto, que
las aguas claras y verdes de éste estaban sucias en una milla de extensión mar afuera.
La gente vivía al principio en sus casas, levantando sus mesas y sus camas sobre
planchas para mantenerlas fuera del agua. Pero cuando ésta llegó a los techos de las
casas y las murallas de tierra se cayeron, vivieron en barcas o en bateas, aferrándose
de los pocos diques o montículos que todavía asomaban sobre el agua, o bien se
subían a los árboles y allí quedaban suspendidos. Pero no sólo la gente hacia esto,
sino los animales salvajes y las serpientes de los campos los imitaban, y esas
serpientes, trepaban en montones a los árboles, colgando como guirnaldas de las
ramas y sin temor ante los hombres se deslizaban arrastrándose para vivir en medio
de ellos, tanto, que éstos no sabían a qué tener miedo, si al agua o a las serpientes.
Pero a medida que los días pasaban y que el agua no bajaba, los invadió un terror
mucho mayor aún: el de morir de hambre.
Era ésta una penosa prueba para Wang el Tigre, desconocida hasta entonces para
él. Estaba en peor situación que cualquier otro hombre, porque éstos no tienen sino
que alimentar a su propia familia, en tanto que él tenía que satisfacer las necesidades
de una inmensa horda, compuesta únicamente de gente ignorante, quejosa, y que sólo
se manifestaban contentos si estaban bien pagados y alimentados, y que permanecían
leales mientras recibían lo que estimaban que se les debía. Las rentas cesaron en una
y otra parte, y como las aguas no habían bajado durante todo el verano, cuando llegó
el otoño no hubo cosecha; tampoco ese invierno hubo rentas, excepto las del opio,
cuyo contrabando se hacía en esas costas, y aun esta entrada estaba muy disminuida,
pues que, como la gente no podía comprarlo, los contrabandistas lo llevaban a otras
partes. Hasta las entradas sobre la sal cesaron, porque las aguas inundaron las minas
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de sal, y los alfareros tampoco hacían jarros de vino, puesto que ese año no hubo
cosecha nueva.
Wang el Tigre se sentía angustiado, y por primera vez después de tantos años que
era señor de la guerra y que ejercía su autoridad en esos territorios, el último mes de
ese año le fue imposible pagar a sus hombres. Cuando vio lo que sucedería
comprendió que, para salvarse, debía ser severo y no demostrar lástima, porque
podían tomarla por debilidad. Llamó, no obstante, a sus capitanes y les dijo con voz
ruda, como si hubiesen hecho algo malo y que estuviese enojado con ellos:
—Durante todos estos meses habéis sido alimentados mientras otros se morían de
hambre y habéis recibido vuestro sueldo como de costumbre. Ahora vuestro sueldo se
reducirá a la comida solamente, pues no tengo plata ni entradas, mientras duren estos
tiempos. No; y dentro de uno o dos meses no tendré tampoco dinero para alimentaros,
y tendré que pedir prestada una fuerte suma en alguna parte, para que no os muráis de
hambre y para que yo y mi hijo no nos muramos juntos con vosotros.
Wang el Tigre hablaba con el ceño duro y mirando fijamente a sus hombres por
debajo de sus cejas, tironeándose la barba con rabia; pero en realidad quería ver qué
harían sus capitanes. Hubo algunos rostros disgustados, pero, cuando en silencio se
hubieron ido, los espías que siempre Wang el Tigre mantenía entre ellos volvieron
diciendo:
—Dicen que no emprenderán guerra alguna hasta que se les pague lo que se les
debe.
Cuando hubo oído lo que el espía le decía al oído, Wang el Tigre, melancólico, se
sentó en la sala pensando en cuán ingratos son los corazones de los hombres;
hombres a quienes había alimentado bien durante todos esos meses mientras el
pueblo, hambriento, se moría. Una o dos veces se había dicho que debía sacar algo
del dinero que tenía reservado para pagar los gastos sí, vencido en una guerra, se veía
obligado a tomar un retiro forzoso; pero ahora se dijo con ira que sus hombres se
morirían de hambre antes que él se robara a sí mismo y a su hijo. Pero el hambre no
cesaba. En toda la región el agua permanecía estacionaría y los hombres se morían de
hambre, y como no había ningún sitio seco en qué enterrarlos, los cuerpos flotaban
arrastrados por las aguas. Había muchos cuerpos de niños, porque los hombres se
desesperaban por el llanto incesante de estos niños hambrientos, incapaces de
comprender por qué no se les daba comida, y en medio de la obscuridad de la noche,
algunos padres los lanzaban al agua; unos lo hacían por compasión con sus hijos,
pues era una muerte dulce y corta, pero otros porque tenían muy poco alimento en
reserva y no querían compartirlo con nadie; y cuando quedaban dos de una familia,
cada cual pensaba para sí cuál sería el de mayor resistencia.
Durante el Año Nuevo, y nadie recordó que era una fiesta, Wang el Tigre dio a
sus hombres la mitad de la ración acostumbrada y en su casa no se comió carne, sino
granos descompuestos y otros alimentos por el estilo. Un día en que, sentado en su
pieza, pensaba en la triste situación en que se encontraba, tal vez abandonado por el
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destino, llegó un hombre acompañado del guardia que de noche y de día permanecía
fuera de la puerta, y le dijo:
—Hay seis hombres de tu propio ejército que vienen en representación de los
demás, y que desean verte. Dicen que tienen algo que decirte.
Wang el Tigre, entonces, saliendo de su melancolía, lo miró con mirada aguda, y
preguntó:
—¿Están armados?
A lo que el guardia replicó:
—No les veo arma alguna, pero ¿quién puede ver el corazón de un hombre?
El hijo de Wang el Tigre estaba en ese momento sentado en la pieza, delante de
un pequeño escritorio de su propiedad, absorto en un libro que estudiaba con
atención. Wang el Tigre lo miró, pensando enviarlo a otra parte. El muchacho se
levantó en ese instante como si quisiera irse. Pero cuando Wang el Tigre vio que lo
hacía de tan buenas ganas, endureció su corazón, diciéndose para sí que su hijo debía
aprender cómo manejar a hombres rebeldes, y le gritó:
—¡Quédate!
Y el muchacho se sentó con lentitud como si no supiera para qué lo dejaban ahí.
Pero Wang el Tigre, volviéndose al guardia, le dijo:
—Llama a toda mi escolta para que permanezca a mi lado con sus fusiles listos y
haz entrar también a los seis hombres.
Entonces se sentó en un antiguo sillón que tenía una piel de tigre sobre el respaldo
para evitar el frío, y que antiguamente había pertenecido al magistrado. Allí se sentó
Wang el Tigre, manoseándose la barba, y sus guardias se colocaron a su derecha e
izquierda.
Los seis hombres entraron; eran jóvenes atrevidos y osados como son en general
los jóvenes. Entraron con respeto cuando vieron a su general sentado allí con sus
guardias en torno de él y las puntas de los fusiles que brillaban sobre su cabeza; y el
que había sido designado para hablar se inclinó con cortesía, y dijo:
—Misericordioso señor. Hemos sido elegidos por nuestros camaradas para pedirte
un poco más de comida. No comemos lo suficiente. No pedimos ahora nuestros
sueldos atrasados, pues vemos que los tiempos son muy duros. Pero no comemos lo
bastante, y día a día es mayor nuestra debilidad, y somos soldados, y lo único con que
contamos para este oficio es nuestro cuerpo. Por esto hemos venido para que
procedas con justicia.
Wang el Tigre sabía cuán ignorantes eran esos hombres, quienes siempre debían
estar atemorizados para que obedecieran a su jefe, Sacudió su barba con furia,
tratando de que su ira llegase a su grado máximo. Recordó todas las bondades que
había tenido para con ellos, el poco trabajo que las guerras les habían ocasionado y
cómo les había permitido saquear la ciudad después del sitio, en contra de su
voluntad; cómo siempre les había pagado y vestido, y que él era un buen hombre, ni
codicioso ni exagerado en sus deseos, como son muchos hombres; y al recordar todo
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esto sintió que su buena cólera empezaba a invadirle, al ver además que esos hombres
no podían soportar su desgracia con él cuando ésa era la voluntad del cielo y no la
suya; y mientras más pensaba en esto, más aumentaba su cólera. Cuando comprendió
que había llegado el momento de usar de su fuerza, rugió:
—¿Habéis venido a tirar los bigotes del tigre? ¿Los he dejado morirse de hambre?
¿Los he dejado alguna vez morirse de hambre? He hecho mis planes, y pronto llegará
alimento de tierras extranjeras. Pero no, vosotros sois rebeldes, no confiáis en mí.
Y como demostración de su cólera rugió, dirigiéndose a sus guardias:
—Matadme a estos seis rebeldes.
Entonces los seis hombres cayeron de rodillas, implorando piedad, pero Wang el
Tigre no se atrevía a concederles gracia. No; por la seguridad de su hijo, de él mismo
y de toda su casa; y por el pueblo de la región, quien volvería a merodear si él perdía
su fuerza sobre sus hombres, no se atrevía a perdonarlos. Gritó:
—Disparad los de la derecha y los de la izquierda.
Entonces los guardias dispararon y toda la sala se llenó con el ruido y el humo, y
cuando éste se hubo disipado, los seis hombres yacían en el suelo, muertos. Wang el
Tigre se levantó al instante y ordenó:
—Llevadlos ahora a aquéllos que los enviaron y decidles que ésa es mi respuesta.
Pero antes de que los guardias empezaran a levantar los cuerpos de los hombres,
sucedió algo extraño. El hijo de Wang el Tigre, que de ordinario era un muchacho
reposado que parecía no ver lo que sucedía a su rededor, se levantó enloquecido,
tanto como su padre nunca lo había visto, y se inclinó sobre uno de los jóvenes
contemplándolo fijamente; y fue así de uno a otro, tocándolos ligeramente, mirando
con ojos espantados sus piernas lacias; gritó entonces a su padre, mirándolo de frente,
sin saber lo que hacía:
—¡Los has matado; todos están muertos! A éste le conocía; era mi amigo.
Y miró a su padre con ojos tan desesperados, que Wang el Tigre se sintió
repentinamente asustado por la mirada de su hijo, y dijo, bajando los ojos, como para
justificarse:
—Me vi obligado a ello, pues, si no, habrían amotinado a los demás, se habrían
rebelado y nos habrían muerto a todos nosotros.
Pero el muchacho, ahogado, murmuró:
—Sólo pidieron pan.
Y de pronto empezó a sollozar y salió de la pieza, mientras su padre lo miraba
estupefacto.
Los guardias salieron a cumplir las órdenes recibidas, y cuando Wang el Tigre
quedó solo, pues despidió hasta a los dos hombres que estaban con él noche y día, se
tomó la cabeza entre las manos y así permaneció una o dos horas, deseando no haber
dado muerte a los hombres. Cuando no pudo soportar esta inquietud, gritó, diciendo
que llamaran a su hijo; después de un instante el muchacho entró pausadamente, con
la cabeza inclinada y los párpados entornados. Wang el Tigre le dijo que se acercara,
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y cuando lo hubo hecho, tomó entre las suyas una de las manos fuertes y delgadas del
muchacho y la acarició como nunca lo había hecho antes, diciendo en voz baja:
—Lo hice por ti.
Pero el muchacho no contestó. Impasible, soportaba las caricias de su padre en
silencio, hasta que Wang el Tigre dejó que se fuera, porque no sabía qué decir a su
hijo o cómo hacerle comprender su amor. Wang el Tigre, con el corazón henchido de
amargura, se sentía el más abandonado de los hombres, y sufrió por ello uno o dos
días. Entonces endureció nuevamente su corazón, pensando que debía hacer algo para
que su hijo pudiera olvidar. Sí; le compraría un reloj de fabricación extranjera o un
fusil nuevo o algo por el estilo, para obligar al muchacho a ser con él como antes lo
había sido. De este modo, Wang el Tigre endurecía su corazón y se daba ánimos.
No obstante, la venida de esos seis hombres hacía ver a Wang el Tigre los
lamentables aprietos a que los malos tiempos lo habían reducido, pues comprendía
que tenía que encontrar alimentos si deseaba que su ejército le siguiera siendo fiel.
Había mentido cuando les había dicho que llegarían alimentos de otras partes;
ahora veía que debía ir a alguna parte y encontrar ese alimento. Una vez más pensó
en su hermano Wang el Mercader, diciéndose que en tales momentos los hermanos
deben ayudarse; decidió, pues, ir a ver cómo marchaban las cosas en casa de su padre
y qué ayuda podría obtener de ella.
Hizo, pues, decir a sus hombres que salía en busca de víveres y de dinero para
ellos, prometiéndoles la abundancia; y cuando todos estuvieron alegres ante tal
expectativa, y, reconfortados, le prometieron nuevamente fidelidad, escogió a los
mejores guardias para que velaran sobre su casa y ordenó a los suyos que se
prepararan para el viaje. El día que había fijado hizo traer botes y se embarcó con su
hijo, sus soldados y sus caballos en ellos, y así pasaron las aguas de la inundación
hasta llegar a la parte del camino donde algunos diques resistían aún; y allí montaron
a caballo, dirigiéndose a la ciudad donde vivían los hermanos de Wang el Tigre.
Sobre estos diques angostos los caballos avanzaban al paso, pues el agua se
extendía a uno y otro lado, semejante a un mar, y los diques estaban atestados de una
enorme muchedumbre de gente. Y no solamente de gente, sino de ratones, de
serpientes y de animales salvajes, que luchaban con la gente por ocupar el terreno,
olvidando sus temores y tratando, con sus débiles fuerzas, de ganar al adversario.
Pero el único signo de vida que daban estas personas era cuando, encolerizadas un
instante en vista de la afluencia de animales, se veían obligados a golpearlos con
asco. Pero a veces durante largos períodos ni siquiera luchaban, las serpientes se
enrollaban y se arrastraban por todas partes, y la gente permanecía sumida en su
estupor.
Por estos diques, Wang el Tigre avanzaba, y a menudo tenía que utilizar a sus
guardias armados, pues, si no, esa gente se habría abalanzado sobre él. Aun así, a
cada instante un hombre o una mujer se levantaba, enlazándose a las patas del
caballo, en el silencio de la desesperación, pero con el destello de una última
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esperanza. Y Wang el Tigre, compadecido, sujetaba a su caballo para no aplastarle.
Esperaba que uno de sus guardias tomara a la infeliz criatura y la dejara allí, mientras
él seguía su camino sin volver la cabeza. A veces el hombre permanecía tendido allí
donde le habían dejado, pero otras, lanzando un aullido salvaje, se arrojaba de un
salto al agua, poniendo fin a su tormento.
Durante todo el trayecto el muchacho cabalgó al lado de su padre, sin despegar
los labios, y Wang el Tigre, viéndole tan absorto, temía dirigirle la palabra. El joven
llevaba el rostro inclinado, salvo a ratos, cuando lanzaba una furtiva mirada a la gente
hambrienta, y tal era la expresión de terror reflejada en su semblante, que Wang el
Tigre no pudo dominarse y le dijo por fin:
—No son sino gente del pueblo, que está habituada a esto cada cierto número de
años; hay decenas de miles de éstos, y al cabo de cuatro o cinco años no se nota ya la
desaparición de los que mueren. Se reproducen como el arroz.
Entonces el muchacho dijo bruscamente, con la voz variable de un pájaro que
cambia pluma; y tan emocionado estaba y temeroso de llorar delante de su padre, que
parecía más bien un chillido agudo:
—A pesar de todo, me parece que es tan duro para ellos morir como si fueran
gobernadores y hombres como nosotros.
Y mientras hablaba trataba de dar firmeza a su boca, pero ante un espectáculo tan
espantoso, sus labios continuaban temblando, a pesar de todos sus esfuerzos.
A Wang el Tigre le hubiera gustado responder alguna frase consoladora, pero
estaba estupefacto de lo que había dicho su hijo. Nunca había creído que esa gente
pudiera sufrir como él habría sufrido, puesto que los hombres han nacido como han
nacido, y que uno no puede tomar el sitio del otro. Y no le gustaba lo que su hijo
había dicho, pues era algo demasiado suave para un señor de la guerra, quien no
puede detenerse por mera simpatía hacia otro hombre a quien aquejan tales males. Se
sintió incapaz de pensar en algo consolador, pues era verdad que nadie podía
encontrar nada que comer durante esos días, excepto los cuervos, que revoloteaban
sin cesar, describiendo grandes círculos encima de las aguas; todo lo que dijo fue:
—Todos somos iguales bajo la despiadada voluntad del cielo.
Después de lo cual dejó tranquilo a su hijo. Viendo las ideas que tenía el
muchacho, no le preguntó nada más.
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XXVII
DURANTE el curso del viaje, a menudo Wang el Tigre sintió haber llevado a su
hijo. Pero en realidad no se habría atrevido a dejarlo, por miedo de que entre sus
hombres hubiese algunos con malas intenciones a causa de la muerte de los seis
jóvenes. Pero si temía la muerte de su hijo, temía también llevarlo a casa de sus
hermanos. Temía la inutilidad de los jóvenes de allí, temía el grosero amor al dinero,
propio de los comerciantes. Ordenó, pues, al preceptor de su hijo, a quien había
traído, y a su hombre de confianza, que no abandonaran ni un momento a su joven
señor, y, además de ellos, escogió diez soldados antiguos en el oficio para que
permanecieran día y noche al lado de su hijo, previniendo a éste que tendría que
estudiar sus libros como lo hacía en su casa. Pero no se atrevió a decirle: «Hijo mío,
no debes ir donde hay mujeres», porque no sabía si el muchacho había o no pensado
en esas cosas. Durante todos esos años en que Wang el Tigre había tenido a su hijo en
sus patios personales, no había habido allí mujeres ni sirvientas, ni esclavas ni
cortesanas, y el muchacho no sabía nada de las mujeres, pues no conocía a ninguna
fuera de su madre y de sus hermanas; y durante los últimos años, en las raras visitas
de respeto que hacía a su madre, Wang el Tigre no lo dejaba ir solo, sino acompañado
por una guardia.
Por todos estos medios había protegido a su hijo, y ahora tenía celos de este hijo,
como otros hombres los tienen de las mujeres a quienes aman.
Pero, a pesar de sus secretos temores, fue un momento muy dulce para Wang el
Tigre cuando llegó a caballo delante de la gran puerta de su hermano, con su hijo
cabalgando a su lado. Había tenido la fantasía de hacer cortar por sus sastres y
costureros el traje de su hijo exactamente igual al suyo: una túnica de paño
extranjero, con los mismos botones dorados y las mismas charreteras, y un gorro
igual al de Wang el Tigre, con una insignia encima. Y para festejar el decimocuarto
aniversario del nacimiento del muchacho, Wang el Tigre había enviado a un hombre
para que trajera dos caballos exactamente iguales, uno un poco más pequeño que el
otro, pero ambos robustos, de pelaje obscuro y rojizo, y de ojos blancos e inquietos.
Para Wang el Tigre era como una suave música oír a la gente que en la calle se
detenía para ver pasar los soldados:
—Mirad al anciano señor de la guerra y al pequeño señor de la guerra, tan iguales
como los dientes delanteros en la boca de un hombre.
Así llegaron hasta la gran puerta de Wang el Terrateniente, y el joven desmontó
de su caballo al mismo tiempo que su padre, llevó la mano a la empuñadura de su
espada al mismo tiempo que él, y gravemente se colocó a su lado, sin pensar siquiera
que en todo procedía como su padre. En cuanto a Wang el Tigre, cuando hubo
entrado a casa de sus hermanos y que éstos y sus hijos se presentaron para darles la
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bienvenida, paseó la mirada sobre todos ellos, saboreando las ojeadas de admiración
que concedían a su hijo, como un hombre sediento saborea su vino. En los días que
siguieron, mientras permanecía en esa casa, examinó a los hijos de sus hermanos casi
sin darse cuenta, deseoso de adquirir la certeza de que su propio hijo era mucho
mejor que ellos y deseoso de sentirse reconfortado únicamente por su hijo.
Y Wang el Tigre encontró muchos motivos para sentirse reconfortado. El hijo
mayor de Wang el Terrateniente estaba ahora casado, aunque no tenía hijos aún, y
vivía en la misma casa que Wang el Terrateniente y su dama. Este hijo se parecía
cada día más a su padre, echaba un poco de barriga y su hermoso cuerpo se cubría de
una capa de grasa. Tenía también el mismo aire cansado, aunque, a decir verdad,
tenía motivos para estarlo, pues su esposa no vivía en buena armonía con su madre; la
dama era impertinente y gritaba a su marido cuando éste, a solas, trataba de
aconsejarla:
—¡Cómo! ¿Tengo que ser la sirvienta de esa vieja orgullosa? ¿No sabe que las
mujeres de hoy día somos libres y que no estamos ya al servicio de nuestras suegras?
Y tampoco tenía temor a la dama, y cuando ésta le decía, con su majestad pasada
de moda:
—Cuando yo era joven, estaba al servicio de mi suegra, como era mi deber
estarlo, y le llevaba el té en la mañana y me inclinaba ante ella, como me habían
enseñado a hacerlo.
La nuera echaba hacia atrás sus cabellos cortados y, golpeando el suelo con sus
hermosos pies, que no habían sido apretados, decía:
—Pero nosotras, las mujeres de hoy día, no nos inclinamos ante nadie.
Tales discusiones ocasionaban al joven marido frecuentes molestias, y ya no tenía
la posibilidad de recurrir, para consolarse, a sus antiguas distracciones, pues su mujer
lo vigilaba y conocía todas las casas de placer; y era tan osada, que no temía seguirlo
a la calle gritando que ella también iría, y que ahora las mujeres no se quedaban
encerradas en sus casas, puesto que los hombres y las mujeres eran iguales; y con
tales exclamaciones era tanto lo que se reía la gente en la calle, que, por simple
pudor, el marido renunció a sus antiguas distracciones, pues la creía lo bastante
atrevida para seguirlo a todas partes. Esta joven era tan celosa, que quería terminar
con las costumbres y los deseos que su marido podía tener. No le permitía ni siquiera
echar una ojeada a una hermosa esclava, y si tenía la desgracia de acercarse a un
lupanar con algunos amigos, a su vuelta nunca dejaba de recibirlo con gritos y
llantos, formando un verdadero escándalo en la casa. Un día un amigo a quien se
quejaba le dio este consejo:
—Amenázala con una concubina; es muy humillante para una mujer.
Pero cuando el hombre trató de hacer esto, su mujer, lejos de sentirse humillada,
empezó a vociferar, y sus ojos redondos lo fulminaron con una mirada:
—En una época como ésta nosotras las mujeres rehusamos soportar semejantes
cosas.
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Y antes de que imaginara lo que pensaba hacer, saltó sobre él con las manos
extendidas y lo arañó sobre ambas mejillas, como una gata, dejando en ellas cuatro
rasguños profundos y rojos; y como todo el mundo comprendió de dónde procedían,
le fue imposible, por pudor, moverse de su casa durante cinco días y más. No se
atrevió ya a exponer a su mujer a una abierta vergüenza, pues era amigo de su
hermano y su padre era comisario de policía y tenía mucho poder en la ciudad.
A pesar de todo, durante la noche volvía a amarla, pues sabía apegarse a él con
suavidad y engatusarlo, simulando con tanta maestría el arrepentimiento, que la
amaba entonces con todo su corazón y se calmaba oyendo su conversación.
Siempre le repetía que debía pedir dinero a su padre para ir a pasar algún tiempo,
los dos solos, en algún puerto de la costa, viviendo allí entre sus iguales y según las
nuevas costumbres. Y sacando sus hermosos brazos, zalamera, se colgaba de él, o se
encolerizaba y empezaba a llorar; rehusaba levantarse de la cama y comer, hasta que
de mil maneras fatigaba a su marido y conseguía lo que deseaba. Pero cuando habló
con su padre, éste lo miró con sus cansados ojos y le dijo:
—¿Dónde encontraré la suma que dices? No puedo hacer esto.
Y después de un momento se hundía nuevamente en la soñolienta indolencia en
que pasaba ahora su vida y repetía una y otra vez:
—Un hombre debe tolerar a las mujeres, pues aun las mejores de entre ellas están
llenas de rivalidades y pretensiones. Letradas o ignorantes, todas son iguales; pero las
letradas son peores, pues no tienen temor a nada. Deja que las mujeres gobiernen la
casa, como siempre lo he dicho, y trata de buscar paz en cualquiera otra parte. Así
debes hacerlo.
Pero la mujer no encontraba que el asunto era tan fácil de arreglar y obligaba a su
marido a que insistiera una y otra vez con su padre; y, finalmente, para conseguir
tranquilidad, Wang el Terrateniente prometió que buscaría algún medio para hacerlo,
aunque sabía que el único que le quedaba era vender un poco de la tierra que poseía.
En cuanto a la muchacha, cuando recibió esta medía promesa, no hizo sino hablar de
su próxima partida y tomó las disposiciones necesarias para el viaje, y tanto habló de
los numerosos medios que había para divertirse en la costa, de lo elegantes que eran
las mujeres, del vestido nuevo que ella compraría, de su abrigo de pieles, y de que
todos los vestidos que tenía no eran sino miserables harapos, suficientes sólo para un
sitio rústico como ése, que con toda esa charla excitó también en su marido el deseo
de partir y ver todas esas maravillas de que hablaba.
Ahora bien, el hijo menor de Wang el Terrateniente había tratado de seguir los
pasos de su hermano, y el único temor que tenía era no conseguir todo lo que
conseguía su hermano mayor. Sentía una secreta y profunda admiración por su
cuñada, y se dijo que cuando su hermano partiera de la casa formaría tanto alboroto,
que sus padres, fatigados, lo dejarían al fin seguirlo y ver la ciudad donde había tantas
hermosas y modernas damas, como su cuñada. Pero era lo bastante avisado para no
decir nada de su plan hasta que su hermano hubiera partido; y pasaba el día de ocioso
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entre la casa y la ciudad, despreciativo con todo lo que tenía y veía, pues ahora sabía
que había ciudades hermosísimas en la costa, llenas de cosas nuevas y de gente
educada, que conocía todas las costumbres extranjeras. Y hasta miraba al hijo de
Wang el Tigre sin concederle mayor importancia, y Wang el Tigre, que sorprendió
esta mirada, odiaba al muchacho.
Pero en casa de Wang el Mercader los jóvenes eran en apariencia más modestos,
y cuando en la tarde regresaban de sus ocupaciones, se sentaban en sus asientos
laterales y contemplaban a su tío y a su primo, y Wang el Tigre se sentía halagado
ante las miradas que esos comerciantes lanzaban a su hijo, contemplando el pequeño
sable dorado que a veces sacaba de su vaina y lo dejaba sobre las rodillas, para que
los niños lo mirasen y lo tocasen con los dedos.
En tales ocasiones, Wang el Tigre se sentía halagado por su hijo, y olvidaba que el
muchacho había estado muy frío con él. Se sentía feliz viendo cuando el joven se
levantaba prontamente y sin afectación para saludar a su padre o a su tío si entraban a
la pieza, como se lo había enseñado su preceptor, y volvía a sentarse con gran
educación cuando sus mayores habían ocupado sus asientos. Y Wang el Tigre se
acariciaba la barba y sentía que amaba a su hijo más que nunca, dichoso al ver cuánto
más alto era que esos dependientes que su hermano tenía por hijos, y cuánto más dura
era su carne y cuánto más erguido su cuerpo y no lánguido e inclinado y pálido como
los de sus primos.
Durante todo el tiempo que Wang el Tigre permaneció en casa de sus hermanos,
veló cuidadosamente por su hijo. Cuando se sentaba a su lado en las fiestas, él mismo
se preocupaba del vino que tomaba, y cuando el sirviente le había llenado la copa tres
veces, no dejaba que lo hiciera nuevamente. Y si los muchachos, sus primos, le
gritaban que fuera aquí y allá para jugar, Wang el Tigre lo enviaba acompañado de su
tutor, del hombre de confianza y de los diez antiguos soldados. Todas las noches
Wang el Tigre daba alguna excusa y no quedaba en paz hasta que iba a a la pieza de
su hijo y veía al muchacho acostado en su cama solo, excepto el guardia encargado
de cuidarlo.
En la casa de su padre sus dos hermanos continuaban viviendo con tanta holgura
como si no hubiera hambre en la tierra, como si las aguas no hubieran invadido los
campos de las cosechas y como si nadie tuviera hambre en parte alguna.
A pesar de esto, Wang el Terrateniente y Wang el Mercader sabían perfectamente
lo que pasaba fuera de su tranquila morada, y cuando Wang el Tigre les hubo
expuesto sus dificultades y cuando terminó por decir: «Debéis salvarme de este
peligro por vuestro propio interés, porque gracias a mi conserváis vuestra seguridad»,
comprendían muy bien que decía la verdad.
Pues también había gente hambrienta fuera de la ciudad y muchos de ellos
aborrecían a ambos hermanos. Aborrecían a Wang el Terrateniente, porque aún
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poseía tierras, y los que la trabajaban tenían que compartir con él, que no se daba el
menor trabajo, el fruto amargo de la tierra; y les parecía, cuando se habían agachado
sobre la tierra bajo el frío o el calor, bajo la lluvia o el sol, que la tierra y sus frutos
les pertenecían. Les parecía demasiado duro, en tiempo de la cosecha, dar la mitad de
ese fruto a alguien que había permanecido tranquilamente en una casa de la ciudad,
esperando esta entrega, y que aún en tiempos de hambruna tuviera que recibir su
parte.
Era verdad que durante esos años en que Wang el Mayor había sido propietario, y
mientras vendía la tierra, tampoco había sido un propietario acomodaticio. No; a
pesar de su carácter débil y suave, maldecía y peleaba con todos y su odio por la
tierra se descargaba sobre la gente que la cultivaba para él; y los odiaba no sólo a
causa de la tierra, sino porque a menudo se veía urgido de dinero para cubrir los
gastos de su casa y los suyos propios, sintiéndose doblemente amargado, porque creía
que los arrendatarios se quedaban intencionadamente con lo que le correspondía y
que había recibido de su padre. Esto llegó hasta tal punto, que, cuando los labradores
lo veían llegar, levantaban los ojos al cielo, murmurando:
—Seguramente lloverá puesto que los demonios han salido.
Y a menudo lo insultaban, diciendo:
—No eres un buen hijo de tu padre, que era un hombre compasivo aun en su
vejez, cuando ya era rico; siempre recordaba que había sufrido como nosotros y
nunca nos urgía para el arriendo ni nos reclamaba el grano en tiempo de hambruna.
Pero tú nunca has sufrido y la compasión no ha nacido en tu corazón.
Y durante ese año el odio se había manifestado abiertamente; en la noche, cuando
la gran puerta estaba cerrada, algunos golpeaban sobre ella y se acostaban sobre las
gradas, gimiendo:
—Nos morimos de hambre y tú tienes todavía arroz para comer y arroz para hacer
vino.
Y otros, hasta en pleno día, al pasar por delante de la puerta, gritaban:
—¡Oh, si pudiéramos matar a estos ricos y recuperar lo que nos han robado!
Al comienzo los dos hermanos no daban mayor importancia al asunto, pero
habían terminado por alquilar algunos soldados de la ciudad para que montaran
guardia delante de la puerta principal y alejaran de allí a todo el que no tuviera
legítimo derecho de llegar hasta ella. Y en la ciudad y en el campo, a medida que el
año avanzaba, había muchos ricos a quienes los ladrones, numerosos y audaces como
en todas las malas épocas, robaban y despojaban de sus bienes. Pero los dos hijos de
Wang Lung estaban en relativa seguridad, porque el comisario de policía y jefe de los
soldados de la ciudad había casado a su hija dentro de la casa, y porque Wang el
Tigre era señor de la guerra en una región no muy lejana de allí. Por esto era que
delante de la casa de los Wang la gente no se atrevía sino a lamentarse y a maldecir.
Tampoco se habían atrevido a robar en la casa de barro, perteneciente a esta
familia tan odiada. No; la casa de barro se levantaba aún sobre su montículo de tierra,
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al abrigo de las aguas que se retiraban lentamente, y en ella Flor de Peral, con sus dos
protegidos, pasó con relativa tranquilidad ese cruel invierno. Esto era porque Flor de
Peral era muy conocida por su caridad y todos sabían que mendigaba provisiones en
casa de los Wang; y muchos llegaban hasta su puerta en sus barcas o bateas y ella les
daba comida. En una ocasión Wang el Mercader había llegado hasta allá y le había
dicho:
—En tiempos tan peligrosos como éste debías ir a la ciudad y vivir en la gran
casa.
Pero Flor de Peral había contestado con su tranquilidad habitual:
—No, no puedo. No tengo miedo, y hay otros que cuentan conmigo para vivir.
Pero, a medida que el frío del invierno aumentaba, sentía miedo, pues había
personas tan desesperadas por el hambre y por el viento feroz que soplaba sobre las
heladas aguas donde aún vivían sobre las barcas y sobre las copas de los árboles, y
estaban tan indignados porque Flor de Peral alimentaba aún a la tonta y al jorobado,
que decían hasta delante de ella, con las manos llenas aún con los regalos que
acababan de recibir:
—¿Es posible alimentar a estos dos cuando hombres fuertes y sanos, a quienes
quedan uno o dos niños, se están muriendo de hambre?
Estos murmullos, cada vez más frecuentes y proferidos en voz más alta, asustaron
a Flor de Peral, quien empezó a preguntarse si no debería llevar a sus dos protegidos
a la ciudad para impedir que los mataran a causa de lo que comían y sin que ella
pudiera defenderlos; pero la pobre tonta, que tenía más de cincuenta y dos años, pero
que seguía siendo la misma y atrasada niña, murió en la forma repentina y rápida
general entre esos pobres seres. Un día en que había comido, y que, como de
costumbre, jugaba con su pedazo de tela, salió fuera de la puerta y avanzó hasta el
agua, sin pensar que era agua y no la tierra firme en que se sentaba de costumbre;
Flor de Peral corrió en su busca, pero la tonta, empapada, tiritaba con el baño de agua
helada. Sufrió un enfriamiento, a pesar de toda la solicitud de Flor de Peral, y al cabo
de algunas horas había muerto con tanta facilidad como había vivido, sin voluntad
para nada.
Entonces Flor de Peral envió a alguien a la ciudad para que transmitieran la
noticia a Wang el Terrateniente y para que éste enviara el ataúd; y como Wang el
Tigre estaba allí, los tres hermanos llegaron juntos, y Wang el Tigre llevó a su hijo
consigo. Permanecieron allí para ver colocar dentro del ataúd a la pobre tonta, que
por primera vez en su vida reposaba tranquila y grave, con una dignidad que sólo la
muerte pudo darle. Y Flor de Peral, sinceramente apenada, se sintió un tanto
reconfortada al ver el aire que había tomado su niña, y dijo, con su habitual tono de
voz tranquilo y susurrante:
—La muerte la ha sanado, haciéndola, por fin, sensata. Es ahora semejante a
cualquiera de nosotros.
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Pero los hermanos no le hicieron funerales, en vista de lo que había sido, y Wang
el Tigre dejó a su hijo en la casa de barro, mientras él, en barca, acompañado de sus
hermanos, de Flor de Peral, de la mujer del labrador y de un campesino, llegaba hasta
el otro montículo, donde estaban las tumbas de la familia; allí, en un sitio más bajo,
pero siempre dentro del recinto de tierra, enterraron a la tonta.
Cuando todo estuvo terminado, y de vuelta a la casa de barro se preparaban para
volver a la ciudad, Wang el Tigre miró a Flor de Peral, y hablándole por primera vez,
le dijo, con su tono frío y tranquilo:
—¿Qué harás ahora, señora?
Flor de Peral levantó la cabeza, y por primera vez en su vida se atrevió a mirarlo
de frente, sabiendo que tenía entonces los cabellos blancos y el rostro enjuto y
arrugado. Contestó:
—Hace mucho tiempo que he dicho que cuando esta niña mía muriese entraría al
convento que está aquí cerca y donde las monjas me esperan. Hace años que vivo
cerca de ellas y ya he pronunciado votos; las monjas me conocen y seré feliz entre
ellas.
Luego, volviéndose hacia Wang el Terrateniente, continuó:
—Tú y tu esposa habéis dispuesto ya de la suerte de este vuestro hijo; su templo
está cerca del mío, de modo que podré cuidarlo, ahora que estoy tan vieja, tanto como
para ser su madre, cada vez que esté enfermo o afiebrado como a menudo le sucede.
Los sacerdotes y las monjas van juntos al oficio de la mañana y de la tarde; lo veré,
pues, dos veces al día, aunque no nos podamos hablar.
Entonces los tres hermanos miraron al jorobado, que se colgaba de Flor de Peral,
y que parecía abandonado ahora que no estaba la tonta, a la que a menudo cuidaba
con Flor de Peral. Era ahora un hombre, y sonrió con dolorosa sonrisa cuando vio que
lo miraban. Wang el Tigre se sintió conmovido al ver a su hijo tan grande y tan fuerte,
que oía estupefacto estas cosas, de las cuales nunca había oído hablar antes; cuando
vio que éste sonreía al jorobado, dijo con benevolencia a este último:
—Te deseo todo el bien posible, pobre muchacho; y si hubieses sido capaz te
habría tomado de buenas ganas como tomé a tu primo y habría hecho por ti lo que he
hecho por él. Pero, puesto que el destino ha decidido de otra manera, agregaré algo a
la dote que debes entregar al templo, y a la tuya también, señora, porque el dinero
procura a todos un mejor lugar, y me permito decir que cosa igual sucede en los
templos.
Pero Flor de Peral contestó suavemente, pero con tono firme:
—No aceptaré nada para mí, pues no necesito nada; las monjas me conocen y yo
las conozco, y todo lo que poseo les pertenecerá cuando una mi suerte a la de ellas.
Pero, para el muchacho, aceptaré algo, pues lo necesita.
Por medio de esta última frase dirigía un discreto reproche a Wang el
Terrateniente, pues la suma que había dado cuando decidieron consagrar a su hijo a
esa vida era demasiado mezquina; pero si comprendió el reproche, no se dio por
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aludido, contentándose con sentarse en espera de sus hermanos, pues, como era tan
obeso, le era penoso estar de pie. Pero Wang el Tigre seguía contemplando al
jorobado, y le dijo de nuevo:
—¿Y tú prefieres ir al templo que a cualquiera otra parte?
El muchacho apartó su mirada de su robusto primo, a quien devoraba con los
ojos, e inclinando la cabeza, miró su cuerpo deforme, de corta estatura, y respondió
con lentitud:
—Sí, puesto que no puedo ser de otra manera de la que soy.
Y después de una pausa, continuó:
—Tal vez un vestido sacerdotal ocultará mi joroba.
Volvió nuevamente los ojos hacia su primo, y de pronto pareció que le era
intolerable mirarlo por más tiempo; bajó los ojos y salió con rapidez de la pieza.
Esa noche, cuando Wang el Tigre estuvo de regreso en casa de sus hermanos, y
cuando entró a la pieza de su hijo, encontró a éste despierto y agitado; preguntóle:
—Padre, ¿también esa casa pertenecía a mi abuelo?
Y Wang el Tigre respondió, sorprendido:
—Sí; yo viví en ella cuando joven, hasta el día en que fundó ésta y nos trajo a
todos a ella.
Entonces el joven, levantando los ojos y con la cabeza apoyada sobre las manos
cruzadas detrás de la nuca, miró ávidamente a su padre y dijo, con entusiasmo:
—Me gusta esa casa. Me gustaría vivir en una casa así, situada entre los campos,
como esa casa de barro, pero tranquila como ésta, en medio de árboles y de bueyes.
Pero Wang el Tigre contestó con una impaciencia injustificada, puesto que su
hijo, después de todo, no había dicho nada malo:
—No sabes lo que dices. Yo lo sé, pues he vívido allí cuando era adolescente, y
era una vida odiosa, de ignorante, y cada hora del día aspiraba a irme de allí.
Pero el muchacho repitió, con extraña obstinación:
—Me gustaría; sé que me gustaría.
Dijo estas palabras con tanto ardor, que Wang el Tigre, sintiendo que la cólera lo
invadía, se levantó y se fue. Pero su hijo permaneció acostado y esa noche soñó que
la casa de barro era su hogar y que vivía allí en medio de los potreros.
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tiempos de escasez, la anciana mujer tomaba lo poco que tenía y esperaba en la
puerta que Flor de Peral saliese, vestida como ahora lo estaba, con un hábito gris, y le
decía en un murmullo:
—Tengo un huevo fresco puesto por la única gallina que aún me queda; es para ti.
Y metiendo la mano en el seno, sacaba un huevo pequeño y ocultándolo con la
mano trataba de ponerlo entre las de Flor de Peral; y para convencerla, le decía:
—Cómelo, ama. Te juro que no habrá muchas religiosas que se privarían de él a
pesar de sus votos, y yo muchas veces he visto a sacerdotes comer carne y beber
vino. Quédate aquí, donde nadie te verá, y cómetelo fresco; estás tan pálida.
Pero Flor de Peral rehusaba. No; ya había hecho votos definitivos y, sacudiendo
su cabeza afeitada bajo su gorro gris, rechazaba con dulzura las manos de la anciana
mujer, diciendo:
—No; tú debes comerlo, pues lo necesitas más que yo; aunque tuviera permiso
para hacerlo, no lo haría, pues estoy bien alimentada para mis necesidades. Pero
aunque no estuviese bien alimentada, no podría comerlo, porque ya hice mis votos.
A pesar de todo la anciana mujer no estaba satisfecha y por fuerza deslizaba el
huevo en el seno de Flor de Peral, en el sitio en que el vestido se cruzaba sobre el
pecho, y luego, presurosa, volvía a su batea y sonriente y contenta se alejaba para que
Flor de Peral no pudiera alcanzarla. Pero ésta, antes de que hubiese transcurrido
media hora, había dado el huevo a una pobre desgraciada, muerta de hambre, que se
había arrastrado desde la orilla del agua hasta la puerta del templo.
Era una madre que daba de mamar a un niño famélico el pedazo de piel arrugado
y marchito que en un tiempo fue un pecho redondo y firme; y mostrándolo, pedía
algo a Flor de Peral, quien había acudido a su débil llamado:
—Mira mis pechos. Antes eran redondos y llenos, y este niño era tan gordo como
un dios.
Y contemplaba a la débil y moribunda criatura que en vano pegaba los labios a la
fuente ya seca. Entonces Flor de Peral, sacando de su seno el huevo, lo dio a la mujer,
feliz por tener algo tan bueno que poder dar.
Y por tales senderos de paz continuó su vida Flor de Peral, y Wang el Tigre no la
volvió a ver más.
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Poseía más dinero que el que nunca había tenido, pues, a medida que el grano
salía para las casas de los ricos y de los mercados, la plata afluía a sus manos; ese año
Wang el Mercader se sentía agobiado con tanto dinero y no sabía qué hacer con él
para guardarlo en seguridad. Como era comerciante, no quería más tierras, pero los
hombres que en aquel tiempo pedían dinero prestado no podían dar otras garantías
que la tierra que poseían bajo las aguas. Aceptó el riesgo, pero a un subido interés,
poniendo fuertes hipotecas sobre las cosechas del futuro, tanto, que cuando las aguas
se hubieron retirado de las tierras parecía que toda la cosecha de toda la región iría a
parar a los graneros de Wang el Mercader. Pero nadie sabía cuán rico era, pues
mantenía aún a sus hijos urgidos de dinero y se hacía el pobre delante de cada uno de
ellos, y aun los tenía empleados en sus tiendas y mercados, de modo que no había
uno solo de sus hijos, fuera del mayor, que había dado a Wang el Tigre, que no
suspirara porque llegara el día en que su padre muriera y poder dejar entonces la
tienda o el mercado y gastar algo en divertirse y en buenos trajes, que Wang el
Mercader les impedía ahora usar.
No sólo eran sus hijos quienes odiaban tal servidumbre; había algunos labradores
de la región, entre ellos el desdentado, que había comprado una gran parte de la tierra
de Wang Lung cuando éste había muerto, y ahora que la tierra permanecía casi toda
sumergida bajo el agua estaba hambriento y veía a sus hijos casi muertos de hambre;
pero prefería esto antes que pedir prestado a Wang el Mercader; y esperó que la tierra
surgiera de debajo del agua, y mientras esperaba tomó a su progenie y partió hacia
alguna ciudad del Sur, prefiriendo esta vida a que Wang el Mercader tuviera derechos
sobre su tierra.
Pero Wang el Mercader era a su modo bastante recto, pues a todo aquél que le
pedía dinero prestado decía que no debía esperar conseguir dinero o comprar grano
en tiempos de escasez a los mismos precios que de costumbre, porque, ¿cuál sería
entonces el beneficio del comerciante? Pero no pedía más que lo que él encontraba
justo, según su conciencia.
Pero, como era inteligente, comprendía que los hombres no piensan en la justicia
en tales tiempos, y que era fuertemente odiado, y se decía que Wang el Tigre
representaba una gran ayuda por el solo hecho de ser señor de la guerra. Prometió,
pues, grandes cantidades de grano a Wang el Tigre y le envió una fuerte suma a un no
muy alto interés, no más de un veinte por ciento o algo así por moneda de plata.
Cuando sellaron el negocio en la casa de té, Wang el Terrateniente, que estaba
también allí, suspiró y dijo:
—Hermanito, quisiera ser tan rico como el comerciante de nuestro hermano, pero
la verdad es que estoy cada vez más pobre. Yo no tengo un buen oficio como él,
solamente un poco de dinero prestado y las pocas tierras que me quedan de todos los
campos de mi padre. Es una suerte para todos nosotros tener un hermano rico en la
familia.
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Al oír esto, Wang el Mercader no pudo reprimir una desabrida sonrisa y replicó
sin ambages, pues no tenía ninguna gracia de lenguaje ni ningún espíritu de cortesía:
—Sí tengo un poco más, es porque he trabajado, porque he mantenido a mis hijos
en los mercados y porque no usan sedas, y porque yo no tengo sino una sola mujer.
Pero Wang el Terrateniente, aunque no era tan vivo de genio como antes lo fuera,
no quiso admitir unas apreciaciones tan claras como éstas, pues comprendía que su
hermano le reprochaba haber vendido una gran parte de las tierras que le quedaban
para que sus hijos fuesen a la costa como lo deseaban. Después de haber permanecido
un instante indignado, terminó por decir en alta voz:
—Bien, pero un padre debe alimentar a sus hijos, y yo quiero demasiado a mis
hijos para hacerlos pasar su hermosa juventud detrás de un mostrador cualquiera.
Amando a los nietos de mi padre, ¿podré dejarlos morir de hambre? Tengo el deber
de alimentar a mis hijos, pero tal vez no sé cumplir con mi deber cuando mantengo a
mis hijos en el rango que deben ocupar los hijos de un señor.
No pudo decir más, pues una tos ronca y constante, que lo incomodaba desde
hacía años, le desgarraba en aquel momento el pecho. Forzosamente silencioso,
permaneció henchido de cólera, con los ojos hundidos en sus mejillas grasosas,
mientras el cuello se le teñía lentamente de rojo. Una leve sonrisa arrugó las mejillas
delgadas y arrugadas de Wang el Mercader, pues veía que su hermano había
comprendido el reproche y que no tenía necesidad de agregar nada más.
Cuando el negocio estuvo finiquitado, Wang el Mercader quiso hacerlo por
escrito. Al oír esto, Wang el Tigre exclamó:
—¡Cómo!, ¿no somos hermanos?
Y Wang el Mercader respondió a manera de excusa:
—Es a causa de mi memoria; la tengo tan mala ahora.
Pero tendió el pincel a Wang el Tigre, y éste tuvo que tomarlo y poner su nombre
al pie del contrato. Wang el Segundo continuó todavía sonriente:
—¿Tienes por casualidad tu sello?
Y Wang el Tigre tuvo que sacar de su cinturón el sello con su nombre grabado
sobre piedra y apoyarlo sobre el papel para que Wang el Mercader consintiese en
tomar la hoja, que entonces dobló y metió cuidadosamente en la bolsa de su cinturón.
Wang el Tigre, al ver esto, aunque había obtenido lo que deseaba, se dijo indignado
que costara lo que costase agrandaría aún sus territorios, sintiendo haber dejado pasar
esos años como lo había hecho, causa de que hubiera caído nuevamente bajo la
dependencia de su hermano.
Pero, por el momento, los hombres de Wang el Tigre estaban a salvo; llamó
entonces a su hijo y a sus guardias para que estuviesen prontos a partir. La primavera
estaba ya bastante avanzada, las tierras se secaban rápidamente y en todas partes la
gente estaba impaciente por tener nuevas semillas para sembrar en sus tierras; todos
trataban de olvidar el invierno y a todos los muertos, y de nuevo, llenos de
esperanzas, miraban hacia la nueva primavera.
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También Wang el Tigre, que experimentaba un deseo de cosas nuevas, se despidió
de sus hermanos. Entonces éstos le ofrecieron una fiesta de despedida, y después de
la fiesta Wang el Tigre se dirigió a la pieza donde guardaban las tablillas de los
antepasados, para quemar allí un poco de incienso. Iba acompañado de su hijo, y
mientras el humo espeso y aromático subía en espirales, Wang el Tigre hizo sus
acostumbradas reverencias a su padre y a los padres de sus padres, y ordenó a su hijo
que se inclinara también. Al contemplar la arrogante figura de su hijo inclinado,
Wang el Tigre se sintió poseído de un orgullo dulce y fuerte. Le parecía que los
espíritus de sus antepasados muertos se juntaban para ver de cerca a ese hermoso
descendiente de la raza; y comprendió que había cumplido con su deber familiar.
Cuando todo estuvo terminado y el incienso consumido hasta la ceniza en la urna,
Wang el Tigre montó a caballo, su hijo lo imitó, y acompañados de sus guardias,
volvieron por terrenos secos hacia sus propias regiones.
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XXVIII
EN la primavera del año en que el hijo de Wang el Tigre tuvo quince años, el
preceptor, a quien éste había contratado para que enseñara a su hijo, se acercó a él en
el patio y le dijo:
—Mi general, ya he enseñado al joven general, tu hijo, todo lo que puedo; ahora
debe ir a una escuela de guerra, donde tendrá compañeros con quienes marchar,
luchar y ejercitarse para la guerra.
Aunque bien sabía que ese día debía llegar, Wang el Tigre tuvo la impresión de
que una docena de años habían pasado, rápidos como un soplo. Mandó llamar a su
hijo, y de pronto, sintiéndose viejo y cansado, se sentó en un banco de piedra que
estaba bajo el enebro, en espera de que éste llegara. Cuando el muchacho apareció en
la puerta que comunicaba ambos patios, avanzando con su paso lento y medido,
Wang el Tigre volvió a contemplarlo. El muchacho era de elevada estatura, casi tanto
como la de un hombre; su rostro mostraba rasgos más pronunciados y mantenía
constantemente los labios unidos y apretados. Era el rostro de un hombre más bien
que el de un niño. Y mientras miraba a este hijo único, recordaba con una especie de
extrañeza que antaño había estado impaciente por ver crecer a ese hijo y verlo
convertido en hombre, y que su infancia le había parecido interminable. Ahora más
bien creía que había pasado de un salto y sin transición ninguna de su niñez a su
nuevo estado de hombre. Suspiró entonces, diciéndose para sí:
«Me gustaría que esa escuela no estuviera en el Sur. No quisiera que tuviese que
ir a aprender en medio de esos sureños». Y en voz alta dijo al preceptor, que
permanecía allí, tironeándose los pelos de la barba:
—¿Estás seguro de que es mejor enviarlo a esa escuela?
El preceptor movió afirmativamente la cabeza. Wang el Tigre miró a su hijo con
pesar y preguntó, finalmente, al muchacho:
—Y tú, hijo mío, ¿quieres ir?
Pues bien, era muy raro que Wang el Tigre preguntara a su hijo lo que le gustaba,
pues él sabía lo que convenía a su hijo; pero tenía una vaga esperanza de que, si el
muchacho rehusaba, podría entonces darse una excusa y no enviarlo.
Pero el muchacho, que había estado mirando atentamente una mancha de
azucenas blancas que crecían bajo el enebro, levantó vivamente la cabeza y dijo:
—Sí fuera posible ir a otra escuela, me gustaría más.
Esta respuesta no fue del agrado de Wang el Tigre. Bajó las cejas, se tiró la barba
y dijo con aspereza:
—Veamos, ¿a qué escuela podrías ir si no fuera a una escuela de guerra, y para
qué te servirían entonces los libros que has estudiado si no has de ser un señor de la
guerra?
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El muchacho contestó tímidamente y en voz baja:
—He oído decir que ahora hay escuelas donde se aprende a cultivar la tierra y
todo lo relacionado con ella.
Pero Wang el Tigre, que nunca había oído hablar de tales escuelas, quedó
estupefacto al oír semejante tontería, y rugió de pronto:
—¡Pero esto es una estupidez, aun si es verdad que existen tales escuelas!
¿Quieres hacerme creer que en nuestra época cada campesino debe aprender a
cultivar, a sembrar y a cosechar? Yo recuerdo perfectamente que nuestro padre tenía
costumbre de decir que no hay necesidad de aprender a cultivar, pues no hay sino que
mirar lo que hace el vecino.
Y agregó con voz dura y fría:
—Pero ¿qué tiene que ver esto contigo o conmigo? Somos señores de la guerra, y
tú debes ir a una escuela de guerra o no ir a ninguna escuela y quedarte aquí para
hacerte cargo de mi ejército.
Su hijo suspiró, retrocedió un tanto, como siempre lo hacía cuando su padre
gritaba, y dijo con calma y con extraña resignación:
—Iré, pues, a una escuela de guerra.
Había aún en esta misma resignación algo que molestaba a Wang el Tigre. Miró
tristemente a su hijo, tironeándose los bigotes, apenado porque éste no se expresara
francamente, aunque sabía que montaría en cólera si llegaba a saber lo que el
muchacho le ocultaba; dijo, pues:
—Haz tus preparativos, pues mañana debes partir.
El joven saludó cómo había aprendido a hacerlo, y se retiró sin agregar ni una
sola palabra más.
Pero en la noche, cuando estuvo solo en su pieza, Wang el Tigre empezó a pensar
en su hijo que se iba tan lejos de él. Una especie de terror lo invadió al pensar en lo
que podría acontecer a su hijo en países donde los hombres son engañadores y
traidores; ordenó entonces a su guardia que llamara a su fiel hombre de confianza.
Cuando éste llegó, Wang el Tigre se volvió para mirar el espantoso y abnegado
rostro, y dijo suplicante, no como un amo a su servidor:
—Este hijo mío, mi único hijo, partirá mañana para ir a una escuela de guerra, y
aunque su preceptor lo acompaña, ¿cómo podría yo saber lo que hay en el corazón de
un hombre que ha pasado tantos años en un país extranjero? Tiene los ojos ocultos
detrás de sus anteojos y sus labios detrás de sus bigotes, y me hace el efecto de un
desconocido cuando pienso que mi hijo debe confiarse enteramente a él. Irás, pues,
con mi hijo, porque a ti te conozco y no hay nadie a quien conozca tan bien como a ti,
que has permanecido a mi lado desde cuando era pobre y solitario y tú eras lo que
eres ahora que soy rico y poderoso. Mi hijo es el bien mayor que poseo. Velarás sobre
él en mi lugar.
Entonces sucedió algo extraño; cuando Wang, el Tigre hubo dicho esto, el hombre
del labio leporino empezó a hablar con voz fuerte y con tanta ansiedad, que las
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palabras pasaban silbando entre sus dientes:
—Mi general, por esta vez no te obedeceré, pues pienso permanecer a tu lado. Si
el joven general debe partir, escogeré a cincuenta hombres, no muy jóvenes, y les
explicaré sus deberes para con él, pero yo me quedaré donde tú estés. No sabes cuán
necesario te es conservar a tu lado un hombre adicto, pues en un ejército tan grande
como el tuyo siempre hay descontentos, rivalidades, hombres violentos y hombres
que hablan con entusiasmo de tal o cual general; y circulan, además, extraños
rumores sobre una guerra que estaría incubándose en el Sur.
A lo que Wang el Tigre contestó, con obstinación:
—Te estimas en más de lo que vales. ¿No me queda el Matador de Cerdos?
Entonces el hombre del labio leporino, con aire despreciativo y contorsionando el
rostro en forma espantosa, contestó:
—¡Ése, ese imbécil! Sí, es capaz de matar moscas al vuelo, y si se le ordena que
golpee, y cuándo, puede hacerlo con sus enormes puños, pero no tiene cabeza sino
para ver lo que se le ha ordenado mirar.
A pesar de las reiteradas órdenes de Wang el Tigre no cejó en su resolución, y éste
soportó su osadía como nunca habría soportado semejante desobediencia a ningún
otro. Por último, el hombre del labio leporino repitió una y otra vez:
—Bien, no me queda sino arrojarme sobre mi espada; aquí tengo mi sable y mi
garganta.
Al final no hubo más remedio que ceder ante lo que este hombre pretendía; y
cuando vio que Wang el Tigre cedía, feliz olvidó que un momento antes había
hablado de morir. La misma noche se puso en busca de los cincuenta hombres, los
arrancó a su sueño, maldiciéndolos mientras permanecían allí asombrados,
bostezando y tiritando en el patio, bajo el aire frío de la primavera. Les gritó a través
de su labio hendido:
—Sí una muela duele a nuestro joven general, vuestra será la culpa; vuestra única
ocupación será acompañarlo dondequiera que vaya, velar sobre él y protegerle. En la
noche deberéis acostaros en torno de su lecho, y durante el día no deberéis confiar en
nadie ni escuchar a nadie, ni siquiera a él. Si os dice que no os necesita para nada y
que lo incomodáis, deberéis contestarle: «Estamos a las órdenes del anciano general,
vuestro padre. Él nos paga y no debemos escuchar sino a él». Sí, debéis protegerlo
contra sí mismo.
Y volvió a injuriar a los cincuenta hombres para asustarlos y hacerles comprender
toda la gravedad de su deber. Para terminar, agregó:
—Pero si procedéis bien, recibiréis una buena recompensa, pues no hay un
corazón más generoso que el de vuestro general, y yo mismo le hablaré en vuestro
favor.
Entonces a una sola voz prometieron, pues sabían que ese hombre de confianza
era más íntimo con el general que cualquiera otro, excepto su hijo; y, a decir verdad,
estaban muy contentos de ir a otras regiones y ver cosas nuevas.
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Cuando llegó la mañana, Wang el Tigre se levantó de su lecho de insomnio para
presenciar la partida de su hijo. Lo acompañó durante una parte del camino, porque
no podía separarse de él. Era, a pesar de todo, una pequeña tregua, un retardo ante lo
inevitable. Cuando hubo cabalgado un momento al lado de su hijo, tiró las riendas de
su caballo y dijo con brusquedad:
—Hijo, desde tiempos remotos se ha dicho que aunque un hombre acompañase a
su amigo durante tres mil millas, la separación llegaría de todos modos; así nos
sucedería a ti y a mí. Adiós.
Se mantuvo entonces erguido sobre su caballo, para recibir los saludos de su hijo,
y permaneció allí mirando al muchacho montar nuevamente a caballo y partir al trote,
acompañado de sus cincuenta hombres y de su preceptor. Cuando Wang el Tigre iba
de regreso a su desierta casa, no volvió ni una sola vez la cabeza para mirar a su hijo.
Tres días se concedió Wang el Tigre para su dolor, y durante ellos no pudo hacer
nada ni pensar en proyecto alguno hasta que el último de los hombres a quienes había
enviado como mensajeros hubiese llegado para relatarle lo sucedido. Cada ciertas
horas iban llegando, de los diferentes sitios escalonados en el camino, y cada cual
traía su informe: uno dijo:
—Está muy bien, quizás más contento que de costumbre. Dos veces bajó del
caballo, entró a un campo donde había un labrador y conversó con él.
—¿Y qué podía decir a un ser semejante? —preguntó Wang el Tigre, estupefacto.
Y el hombre respondió, tratando de reunir sus recuerdos:
—Le preguntó qué semilla sembraba y quiso ver el grano y la manera de uncir los
bueyes al arado, y sus hombres se reían al verlo, pero él no se preocupaba por ello y
miraba resueltamente al buey y cómo estaba uncido.
Wang el Tigre, asombrado, dijo:
—No sé por qué un señor de la guerra se preocupa de ver cómo se uncen los
bueyes o qué semilla se debe sembrar.
Y después de una pausa continuó:
—¿No tienes nada más que decirme?
El hombre respondió, después de un momento de reflexión:
—Durante la noche se detuvo en una posada y comió con apetito pan, carne, arroz
tierno y pescado, y no bebió sino un vaso de vino. Entonces me vine para traerte estas
noticias.
Luego llegó otro y después otro, trayendo noticias sobre la salud de su hijo y
sobre lo que comía y bebía. Los informes continuaron llegando hasta el día en que el
muchacho llegó al sitio donde debía embarcarse para bajar por el río hasta llegar al
mar. Entonces Wang el Tigre se vio reducido a esperar la llegada de una carta, pues
los mensajeros no podían ir más lejos.
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Wang el Tigre no sabía realmente si podría soportar la inquietud que le causaba la
ausencia de su hijo, pero dos cosas lo distrajeron, impidiéndole profundizar sus
propios recuerdos. Los espías que estaban en el Sur llegaron con extrañas noticias,
diciendo:
—Hemos oído que una guerra muy curiosa se está incubando en el Sur; es una
guerra proveniente de una especie de revolución y no una guerra como las de
costumbre entre los señores de la guerra.
Entonces Wang el Tigre, que esos días estaba de mal humor, contestó con
desprecio:
—No es ninguna novedad. Cuando yo estaba joven oí hablar de una revolución
semejante y fui a luchar por ella, creyendo que hacía una gran hazaña. Pero después
de todo no fue sino una simple guerra, y mientras los señores de la guerra se unían
por un tiempo en contra de la dinastía, cuando hubieron conseguido la victoria final y
derrocado el trono, se separaron, tratando, cada cual de salir más ganancioso que el
otro.
Sin embargo, todos los espías llegaban con las mismas noticias y siempre
respondían:
—No; no; es una nueva especie de guerra. La llaman una guerra del pueblo, una
guerra para la gente de clase inferior.
—¿Y cómo podría la gente del pueblo hacer una guerra? —contestaba Wang el
Tigre en alta voz, levantando sus negras cejas ante sus estúpidos espías—. ¿Tienen
fusiles o piensan hacer la guerra con palos y bastones, y azadones y guadañas?
Y lanzaba a sus espías miradas tan fulminantes, que éstos, desconcertados, se
miraban entre sí. Por fin uno de ellos dijo con humildad:
—Pero nosotros no hacemos sino repetir lo que hemos oído.
Entonces Wang el Tigre los perdonó y dijo con tono majestuoso:
—Es verdad, ése es vuestro deber, pero habéis oído absurdos.
Y los despidió. No obstante, no les perdonaba del todo lo que habían dicho y se
repetía que debía vigilar la marcha de esa guerra para ver en qué consistía en
realidad.
Pero antes que pudiera dedicarse a ello en sus propias regiones sobrevino otro
asunto que excluyó de él toda otra idea.
El verano se acercaba, y, como nada hay tan cambiante como el firmamento que
sirve de techo a los hombres, era un verano espléndido, mezclado con lluvias y sol, y
las aguas se retiraban dejando la tierra fertilizada; en todas partes donde los hombres
lograban encontrar semillas, bastaba que las arrojaran a la tierra, tibia y palpitante,
humeante bajo los rayos del sol, y la vida surgía de la tierra y la cosecha prometía
alimento en abundancia para todos.
… Pero mientras esperaban la cosecha había aún muchos hombres hambrientos, y
ese año los ladrones se repartieron de nuevo en las regiones de Wang el Tigre. Sí, aun
en las regiones donde mantenía su numeroso ejército, bien alimentado y pagado,
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había hombres tan desesperados que se atrevieron a unirse en bandas de ladrones y
desafiarlo, y cuando enviaba a sus soldados para que los combatiesen no los
encontraban. Parecían una banda de fantasmas, pues los espías de Wang el Tigre
acudían a decirle:
—Ayer los ladrones estaban en el Norte y quemaron la aldea de la familia Ching.
O decían:
—Hace tres días, una banda de ladrones asaltó a los comerciantes, los mató a
todos llevándose sus mercaderías de opio y de sedas.
Entonces Wang el Tigre, encolerizado al oír tales excesos y porque se veía
privado de los impuestos que había puesto a los comerciantes, de los que tenía gran
necesidad para poder pagar a Wang el Mercader, sintió deseos de matar a alguien.
Salió entonces al patio y gritó a sus capitanes que enviaran a sus soldados en grupos
repartidos por toda la región y que dijeran que por cada cabeza de ladrón que le
trajeran daría como recompensa una moneda de plata.
Pero a pesar de esto, cuando sus soldados estimulados por la recompensa trataron
de apoderarse de los ladrones, no encontraron a nadie. La verdad era que la mayoría
de los ladrones eran campesinos que no operaban sino cuando no eran perseguidos.
Pero si veían que los soldados salían en su busca empezaban a cavar los campos y
hacían a los soldados el triste relato de lo que habían sufrido de parte de tal o cual
banda, y contaban proezas de todas las bandas excepto de la de ellos, pues de ésta
nunca hacían mención; y si alguien la nombraba, decían que ignoraban por completo
la existencia de una banda como ésa y que nunca la habían oído nombrar. Pero a
causa de la recompensa prometida por Wang el Tigre, y porque muchos de esos
hombres eran ávidos, mataban al primero que encontraban y llevaban la cabeza
diciendo que era la de un ladrón, y, como nadie podía sostener lo contrario, recibían
la recompensa. Hubo así muchos inocentes muertos, pero nadie se atrevía a quejarse,
pues sabían que Wang el Tigre enviaba a sus hombres para una causa buena y justa, y
si se quejaban podían incurrir en la ira de algún soldado y atraer su atención,
recordándole que el autor de la queja tenía también una cabeza.
Pero un día de pleno verano, cuando la caña de sorgo estaba bien alta, más alta
que un hombre de pie, los ladrones, como un brusco incendio, se repartieron por
todas partes, y Wang el Tigre sintió tal indignación, que él en persona salió en busca
de los ladrones, cosa que no había hecho desde hacía muchos años. Pero había oído
hablar de una pequeña banda de una aldea, pues sus espías habían visto que durante
el día los campesinos eran labradores y durante la noche, ladrones. Las tierras de esa
región eran muy bajas y la aldea estaba situada en una hondonada y los campesinos
no habían podido sembrar tan pronto como los demás, de modo que aun no tenían
nada para comer.
Cuando Wang el Tigre supo con certeza cuán malos eran estos hombres y cómo
durante la noche iban a otras aldeas y despojaban a la gente de sus víveres y mataban
a los que resistían, se sintió invadido por la cólera. Partió hacia esa aldea con sus
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tropas, dándoles orden de cercarla, sin dejarle ninguna salida por donde alguien
pudiera escapar. Luego, con otros soldados recorrió al galope la aldea y se apoderó de
todos los hombres jóvenes y viejos, que sumaban en total ciento setenta y tres.
Cuando todos estuvieron atados con cuerdas, Wang el Tigre dio orden de llevarlos a
cierta era[39] de tierra que estaba en la parte delantera de la casa del jefe de la aldea y
allí desde lo alto de su caballo lanzó una mirada fulminante a esos miserables. Los
unos lloraban y temblaban, los otros estaban color de tierra, pero otros, que habían
conocido ya la desesperación, permanecían sombríos e intrépidos. Sólo los ancianos
de edad avanzada aceptaban con resignación su destino.
Pero cuando Wang el Tigre vio que los tenía a todos en su poder, sintió que su
cólera disminuía. Ya no sabía matar como antes; no; se sentía más débil desde que
había hecho matar a los seis hombres y había visto la mirada de su hijo. Y para
ocultar esta debilidad bajó sus cejas, frunció los labios y gritó a los aldeanos:
—Hasta el último de vosotros merece la muerte. ¿No me conocíais desde hace
tantos años, no sabíais que no admito ladrones en mis tierras? No obstante, soy
hombre compasivo. Quiero acordarme de vuestros ancianos padres y de vuestros
pequeños hijos, y por esta vez no os haré matar. No; pero la próxima vez que os
atreviereis a desobedecerme, robando nuevamente, moriréis sin compasión.
Dirigiéndose entonces a sus hombres, que rodeaban a los aldeanos, les dijo:
—Sacad los cuchillos de vuestros cinturones y cortadles solamente las orejas,
para que recuerden lo que he dicho este día.
Entonces los soldados de Wang el Tigre dieron un paso adelante, afilaron sus
cuchillos sobre las suelas de sus zapatos y, después de haber cortado las orejas de los
ladrones, las amontonaron en el suelo delante de Wang el Tigre. Y Wang el Tigre
miró a los ladrones, sobre cuyas mejillas corría un río de sangre, y les dijo:
—Que estas orejas os sirvan de recuerdo.
Y partió al galope. Y mientras se alejaba, su corazón le decía que tal vez debía
haber hecho matar a esos ladrones para terminar de una vez y limpiar para siempre
esas regiones, pues esa muerte hubiera servido de advertencia a los demás; se dijo
que quizá ahora que envejecía su corazón se ablandaba y se hacía compasivo. Pero se
consoló diciéndose:
«Por consideración a mi hijo he perdonado estas vidas, y un día le recordaré que
por consideración para con él me abstuve de matar a ciento setenta y tres hombres, y
esto lo llenará de contento».
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XXIX
ASÍ ocupó Wang el Tigre los meses que su hijo lo dejó solitario en la casa vacía.
Cuando hubo derrotado una vez más a los ladrones de su región y cuando llegaron las
cosechas, que fueron para él de gran ayuda, pues la gente tenía nuevamente comida,
tomó una parte de su ejército y durante el otoño, cuando los vientos no estaban
demasiado fríos y el sol no calentaba en exceso, recorrió una vez más todas sus
tierras para tener todo en orden cuando llegara su hijo, pues Wang el Tigre tenía el
proyecto de poner en manos de su hijo el generalato de esas regiones y su poderoso
ejército, no dejándose para él sino una pequeña guardia. Tendría entonces cincuenta y
cinco años, y su hijo, veinte, y sería ya un hombre. Haciendo estos hermosos sueños,
Wang el Tigre recorría sus tierras, y se imaginaba al hijo de su hijo, mientras sus ojos
veían los campesinos y las tierras, avaluando las entradas y las promesas de una
buena cosecha. Ahora que el hambre había desaparecido, las tierras rendían bastante,
aunque la tierra y la gente mostraban aún las huellas de esos dos años de hambre: la
tierra, porque las cosechas estaban aún retrasadas, y la gente, porque aun se veían
muchas mejillas hundidas, y porque había muy pocos ancianos y muy pocos jóvenes.
Pero la vida había reanudado su curso, y Wang el Tigre, reconfortado cuando veía
mujeres encinta, se decía para sí:
«Puede ser que el cielo haya enviado el hambre para señalarme nuevamente mi
destino; he descansado demasiado estos últimos años, contentándome con lo que
tenía. Bien puede ser que el hambre haya sido enviada para incitar mis deseos de
grandeza, teniendo un hijo como el que tengo para que herede todo lo que realice y
gane».
Pues, aunque Wang el Tigre era más inteligente que lo que su padre lo había sido
en su época, y no creía en un dios de la tierra, creía, no obstante, en el destino y en el
cielo, y estaba seguro de que en todo lo que le aconteciera no entraba para nada el
factor suerte, tanto en la vida como en la muerte, sino que cada vida y cada muerte
venían ya totalmente planeadas desde el cielo.
En el noveno mes del año que terminaba cabalgó, acompañado de sus dichosos
soldados; y en todas partes la gente le daba la bienvenida, pues sabían que era un
hombre poderoso que los había gobernado durante largo tiempo y con justicia; lo
recibían con caras sonrientes, si se detenía en la ciudad, y los jefes de la ciudad o de
la aldea organizaban fiestas en su honor. Solamente los campesinos no se mostraban
corteses, y más de algún labrador, cuando veía a los soldados, volvía la espalda al
camino y trabajaba encarnizadamente sus tierras; y cuando habían pasado, escupía
una y otra vez para libertar su corazón del odio. Y si un soldado, indignado,
preguntaba por qué escupía, el labrador, con acento de estúpida inocencia, contestaba:
—A causa del polvo que me llenó la boca al paso de los caballos.
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Pero Wang el Tigre no necesitaba preocuparse de ningún hombre de la ciudad ni
del campo.
Durante el curso del viaje llegó a la ciudad que antaño había sitiado y donde su
sobrino el Apestado gobernaba en su lugar desde hacía muchos años. Wang el Tigre
envió a algunos mensajeros anunciando su llegada, mirando, entre tanto, atentamente,
a derecha e izquierda para ver cómo marchaba la ciudad bajo las órdenes de su
sobrino.
Éste ya no era joven; era ahora un hombre que tenía uno o dos hijos de la hija de
un tejedor de sedas, a quien había tomado por esposa. Cuando supo la llegada de su
tío y que ya estaba a las puertas de la ciudad, se sintió consternado. La verdad era que
el hombre vivía desde hacía años en medio de una tranquilidad tan profunda, que casi
había olvidado que era soldado. Seguía siendo de carácter alegre, ávido de placer y
novedades, y le gustaba la vida que allí llevaba, pues, como tenía autoridad, todo el
mundo se mostraba cortés con él. No tenía gran trabajo, excepto el de percibir las
entradas. Durante los últimos años, como había engordado mucho, había dejado de
usar el uniforme de soldado, reemplazándolo por vestidos más cómodos, tomando así
el aspecto de un comerciante enriquecido. Era, en efecto, muy amigo con los
comerciantes de la ciudad, y cuando éstos le entregaban los impuestos que debían
pagar a Wang el Tigre, él hacía también sus pequeños beneficios, según la costumbre
de los comerciantes; y a veces usaba del nombre de su tío para establecer un pequeño
impuesto sobre alguna cosa nueva. Y si los comerciantes lo sabían, no lo censuraban
por ello, pues pensaban que cualquiera de ellos habría hecho otro tanto, y sentían
aprecio por el Apestado, y a veces le hacían regalos, pues comprendían que éste
podía decir lo que quisiera en los informes que enviaba a su tío, atrayendo sobre ellos
muchos perjuicios e incomodidades.
De este modo el Apestado continuaba su alegre vida y su mujer le seguía
gustando; y como no era hombre libidinoso, no abandonaba a menudo su propio
lecho, excepto algunas noches, cuando algún amigo daba una fiesta más grande que
las acostumbradas, en las que, por agasajo especial, alquilaba a hermosas muchachas
para una parte de la noche. Siempre era invitado a tales fiestas a causa de la posición
que ocupaba en la ciudad y porque era un payaso ocurrente, que hacía reír a los
hombres, especialmente si estaban algo bebidos.
Cuando supo la llegada de su tío, ordenó a su mujer que de prisa sacase el
uniforme de soldado del cofre donde lo había guardado, e hizo poner en fila a sus
soldados, que más bien parecían sirvientes que soldados. Pero cuando metió las
piernas en el traje, pensó maravillado cómo había podido soportar algo tan tieso y
duro. El vientre también estaba más desarrollado que cuando era joven, y como la
casaca se negaba a juntar, se vio obligado a amarrar un ancho cinturón para ocultar
este percance. Así vestido y con los soldados alineados lo mejor que podían, esperó la
llegada de Wang el Tigre.
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En pocos días Wang el Tigre se dio cuenta de lo que había pasado,
comprendiendo el significado de las grandes fiestas ofrecidas en su honor por los
comerciantes y por el magistrado mismo. Veía que su sobrino transpiraba bajo el
uniforme de soldado; un día en que el sol quemaba y que éste, acalorado, se había
sacado la casaca, sonrió con risa sarcástica al ver que bajo el ancho cinturón ésta no
ajustaba. Y Wang el Tigre se dijo para sí:
«Me siento dichoso de tener un hijo que es un verdadero señor, y no como este
hijo de mi hermano, que no es sino un comerciante».
Y demostró indiferencia para con su sobrino, y sin alabarlo, le dijo con frialdad:
—Los soldados que tienes a tus órdenes no saben siquiera cómo tener el fusil.
Necesitas, sin duda alguna, una nueva guerra. ¿Por qué no sales con ellos la próxima
primavera para habituarlos nuevamente a la guerra?
El sobrino empezó entonces a balbucear alguna explicación, pues, aunque no era
cobarde, y habría sido un buen soldado si su vida hubiese estado orientada hacia ese
lado, no era hombre capaz de hacerse temer de los soldados y amaba demasiado la
buena vida. Cuando Wang el Tigre vio su malestar, rió con su risa muda, y golpeando
el sable con la mano, exclamó:
—Bien, sobrino, puesto que llevas tan buena vida y que la ciudad es tan rica,
podemos aumentar los impuestos. He tenido que hacer grandes gastos para que mi
hijo pudiese ir al Sur, y pienso aumentar mis dominios mientras él está lejos.
Sacrifícate, pues, un poco y dobla los impuestos que me corresponden:
Pues bien, el sobrino había convenido secretamente con los comerciantes que si el
tío quería aumentar los impuestos, diría que los tiempos habían sido duros y que la
miseria era grande, y si lograba persuadir a su tío, recibiría una buena suma como
recompensa. Empezó, pues, tímidamente a poner en práctica el plan convenido, pero
Wang el Tigre, imperturbable ante sus quejas, terminó por gritar con rudeza:
—Comprendo lo que ha pasado aquí, y hay otros medios de trabajar en mí contra
que el empleado por el Gavilán, pero el remedio es el mismo.
Entonces, con aspecto lamentable a causa del dinero que dejaba de ganar, el
sobrino informó a los comerciantes y éstos enviaron a Wang el Tigre sus quejas,
diciendo:
—Tu impuesto no es el único. Tenemos también que pagar el impuesto de la
ciudad y el impuesto del Estado, y el tuyo es el más alto de todos; casi no sacamos
beneficio alguno del negocio.
Pero Wang el Tigre vio que había llegado la hora de mostrar su espada, y dijo sin
ambages, después de las palabras corteses empleadas hasta entonces:
—Sí, pero yo tengo la fuerza y tomaré lo que no se me da cuando lo pido con
cortesía.
Por tales medios, Wang el Tigre castigó a su sobrino, y por tales medios aseguró
su poder sobre la ciudad y sobre todas sus regiones.
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Cuando todo quedó arreglado, volvió a su casa para esperar allí el término del
invierno, y envió nuevamente a sus espías en busca de noticias, en tanto que él hacía
proyectos para el futuro. Soñaba hacer grandes conquistas durante la primavera,
pensando que, aunque de edad, podría, quizá, apoderarse de toda la provincia para su
hijo.
Sí, durante todo ese largo invierno, Wang el Tigre continuó acariciando esos
sueños. Fue un invierno de los más solitarios, tan solitario que a menudo iba a los
patios de las mujeres. Pero no encontraba nada allí, pues su mujer ignorante vivía
sola con sus hijas, y Wang el Tigre no sabía de qué hablarle; no hacía, pues, sino
permanecer triste y solitario al lado de ellas, considerándolas apenas suyas. A veces
pensaba qué sería de su mujer ilustrada, que no había vuelto a la casa desde hacía
muchos años, pues continuaba viviendo al lado de su hija, quien estaba en una
escuela. En una ocasión había enviado a Wang el Tigre una fotografía de ella y de la
joven; Wang el Tigre las había contemplado un instante. La muchacha era bonita;
tenía un airecillo impertinente y miraba atrevidamente con sus ojos negros, medio
ocultos bajo sus cabellos cortos, pero no lograba sentirla suya. Comprendía que debía
ser una de esas jóvenes alegres y conversadoras que hay ahora, y delante de las cuales
no sabía qué decir. Luego miró a su mujer ilustrada. Nunca la había conocido; no, ni
siquiera cuando la visitaba en la noche. La miró con mayor atención que a su hija, y
la figura del retrato contestó a su mirada; y volvió a sentir el mismo malestar que
sentía de costumbre en su presencia, como si ella hubiera tenido algo que decirle y
que él no hubiese querido escuchar, como si ella le hiciera un pedido que él no podía
satisfacer. Y se dijo para sí, quitando el retrato para no verla:
«Un hombre no tiene tiempo para estas cosas. He estado demasiado ocupado. No
he tenido tiempo que dedicar a las mujeres».
Y pensó que había hecho bien en no acercarse siquiera a sus mujeres durante esos
años. En realidad, nunca las había amado.
Pero las horas más solitarias eran cuando permanecía solo delante de su brasero.
Durante el día trabajaba en esto o aquello, pero las noches llegaban inevitablemente,
negras y tristes, como las de tiempos pasados. En esos momentos, sintiéndose viejo,
dudaba de sí y hasta dudaba de si en la primavera sería capaz de hacer alguna nueva y
gran conquista. Con la mirada perdida en las brasas sonreía con dolorosa sonrisa, y,
tironeándose la barba, se decía con tristeza:
«Quizá ningún hombre logra realizar todo lo que se había propuesto»; y después
de un instante, continuaba: «Supongo que un hombre, cuando su hijo ha nacido, hace
durante su vida proyectos como para tres generaciones».
Pero el anciano hombre de confianza, del labio leporino, velaba sobre su amo, y
cuando lo veía meditabundo delante del brasero y sin ganas de ocuparse de los
soldados durante el día, tanto que los dejaba ociosos y en libertad de hacer lo que
quisiesen, entonces el hombre de confianza entraba en la pieza sin mayor ceremonia,
llevando un jarro de vino caliente y carnes saladas para excitar la sed, y de mil
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maneras halagaba a su amo, hasta conseguir distraerlo. Wang el Tigre salía entonces
de su ensimismamiento. Bebía un poco y después otro poco más, y, contento
entonces, podía dormir. Y pensaba antes de dormirse:
«Bah, tengo un hijo, y lo que yo no pueda hacer durante mi vida, lo hará él».
Durante aquel invierno, sin darse cuenta, Wang el Tigre empezó a beber vino en
tanta cantidad como nunca, antes lo había hecho: y el hombre de confianza se sentía
feliz de que así lo hiciera, pues quería mucho a su señor. Si a veces Wang el Tigre
rechazaba el jarro, el hombre insistía:
—Bebe, mi general; pues cada hombre debe tener un pequeño consuelo cuando
llega a viejo, y alguna pequeña felicidad; tú eres demasiado duro contigo mismo.
Para darle gusto y para demostrarle su estimación Wang el Tigre bebía. Y a pesar
de la soledad de ese invierno, lograba dormir, pues se sentía aliviado cuando había
bebido, y ponía toda su fe en su hijo, olvidando los disentimientos que había entre
ambos. Durante aquella época nunca pensó Wang el Tigre que los sueños de su hijo
bien podían no ser los suyos, y sólo vivía en la espera de la primavera.
Pero una noche, antes de la llegada de la primavera, en que Wang el Tigre estaba
en su pieza medio dormido, mientras su vino se enfriaba sobre una pequeña mesa, al
alcance de su mano, con el sable colocado al lado del jarro de vino, se oyó en medio
del silencio de la noche invernal un tumulto de caballos y soldados que entraban al
patio y se detenían. Wang el Tigre se levantó a medías, con los brazos afirmados
sobre el sillón, no sabiendo de quién podían ser esos soldados, y preguntándose si no
soñaba. Pero antes que pudiera hacer ningún movimiento, alguien entró
precipitadamente en la pieza, y exclamó alegremente:
—El pequeño general, tu hijo, ha llegado.
Wang el Tigre, a causa del frío, había bebido mucho aquella noche, y le costó
mucho volver en sí. Se pasó la mano sobre la boca y murmuró:
—En mi sueño pensaba que era algún enemigo.
Y esforzándose por despertar del todo se puso de pie y se dirigió al patio de
entrada. Éste estaba totalmente iluminado por la luz de las antorchas, y en medio de
esta claridad divisó a su hijo. El muchacho había desmontado de su caballo y
permanecía allí, esperando. Al ver a su padre se inclinó, lanzándole una mirada más
bien hostil. Wang el Tigre, a quien el frío hacía tiritar, se envolvió en su túnica y
vacilante preguntó a su hijo:
—¿Dónde está tu preceptor? ¿Por qué estás aquí, hijo mío?
A lo que el muchacho contestó, casi sin mover los labios:
—Nos disgustamos. Me separé de él.
Entonces Wang el Tigre, saliendo de su extrañeza, comprendió que había habido
algún incidente enojoso, del que no convenía hablar delante de todos esos soldados
que se amontonaban alrededor de ellos, tal vez ansiosos por escuchar una disputa.
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Dio media vuelta entonces, ordenando a su hijo que lo siguiera. Entraron juntos a la
pieza de Wang el Tigre, y éste hizo salir a todo el mundo, quedándose solo con su
hijo. Pero no se sentó. No; permaneció de pie, y su hijo lo imitó, y Wang el Tigre
miró a su hijo de la cabeza a los pies, como si nunca hubiera visto a ese joven que era
su hijo. Por fin dijo, lentamente:
—¿Qué extraño traje es ése que traes?
Entonces el hijo, levantando la cabeza, contestó con voz tranquila y empecinada:
—Es el uniforme del nuevo ejército revolucionario.
Y pasando la lengua por los labios, permaneció en espera delante de su padre.
En aquel momento Wang el Tigre comprendió lo que su hijo había hecho y lo que
era ahora; comprendió que ése era el uniforme del ejército del Sur en la nueva guerra
de que había oído hablar, y exclamó:
—¡Es el ejército de mí enemigo!
Y se sentó entonces bruscamente, porque el aire se atajaba en su garganta,
impidiéndole respirar. Permaneció allí sintiendo que lo invadía su vieja cólera
asesina, como no le había sucedido desde que había matado a la antigua mujer del
Leopardo. Y empuñando su espada de hoja delgada y afilada que había quedado
sobre la mesa, rugió con su antigua voz:
—¡Eres mí enemigo; debería matarte, hijo mío!
Y empezó a jadear penosamente, porque ahora la cólera había sido tan repentina,
que se sentía enfermo, y tragaba y tragaba saliva sin darse cuenta.
Pero el muchacho no se dejaba ahora intimidar como antes, cuando había sido
niño. No, permaneció de pie, tranquilo y obstinado, y levantando las manos abrió su
túnica, dejando al descubierto su pecho sin vellos. Cuando volvió a hablar, lo hizo
con profunda amargura:
—Sabía que querrías matarme. Es tu solo y único remedio.
Y fijando sus ojos en el rostro de su padre, continuó, sin cólera alguna:
—Mátame, pues.
Y esperó con el rostro sereno y duro, iluminado por la luz de las bujías.
Pero Wang el Tigre era incapaz de matar a su hijo. No; en vano se decía que
estaba en su derecho, en vano se decía que cualquier hombre con entera justicia
puede matar a un hijo rebelde; a pesar de todo, fue incapaz de hacerlo. Arrojó su
espada al suelo y, cubriéndose la boca con la mano para ocultar los labios, murmuró:
—Soy demasiado débil; siempre soy demasiado débil; después de todo, soy
demasiado débil para ser un señor de la guerra.
Entonces el muchacho, que veía a su padre de pie, con la boca oculta con la mano
y el sable en el suelo, se cubrió el pecho y tomó la palabra con voz tranquila y
razonable, como si tratara de convencer a un anciano:
—Padre, creo que no comprendes. Ningún hombre viejo puede comprender. No
os representáis la nación en su conjunto, no veis cuán débil y desgraciada es.
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Pero Wang el Tigre empezó a reír. Contra su costumbre, trataba de reírse fuerte, y
dijo, finalmente, en voz alta, sin retirar, no obstante, la mano de la boca:
—¿Te figuras acaso que antes nadie había hablado de esta manera? Cuando yo era
joven…, vosotros los jóvenes creéis que sois los únicos…
Y volvió a reír con esa risa extraña y forzada que su hijo nunca había oído. Esto
lo aguijoneó, como si hubiera sido una arma extraña, despertando en él una cólera
que su padre tampoco había visto nunca. Exclamó de pronto:
—¡No somos los mismos! ¿Sabes cómo te llamamos? Eres un rebelde, un jefe de
ladrones. Si mis camaradas te conocieran te llamarían traidor; pero ni siquiera saben
tu nombre; ¡un insignificante señor de la guerra de un pequeño distrito!
Así habló el hijo de Wang el Tigre, que había sido paciente durante toda su vida.
Después miró a su padre y sintió vergüenza. Guardó silencio, mientras su cuello se
teñía de rojo, y, bajando los ojos, empezó lentamente a desabotonar su cinturón de
cuero y lo dejó caer al suelo, donde los cartuchos sonaron. Y no dijo ni una sola
palabra más.
Pero Wang el Tigre no contestó nada. Sentado en el sillón, permaneció inmóvil,
con la boca siempre cubierta con la mano. Las palabras de su hijo habían penetrado
en su cerebro y sentía en él el reflujo de una fuerza que lo abandonaba para siempre.
Continuaba oyendo en su corazón las palabras de su hijo. Sí, no era sino un
insignificante señor de la guerra; sí, un pequeño señor de la guerra de un pequeño
distrito. Entonces murmuró, hablando detrás de la mano, sin convicción ninguna,
como si lo hiciera por una vieja costumbre:
—Pero nunca he sido un jefe de ladrones.
Su hijo, realmente avergonzado entonces, replicó de prisa:
—No, no, no.
Y, como para disimular su vergüenza, continuó:
—Padre mío, debo decírtelo: tengo que esconderme mientras mi ejército trata de
ganar la victoria. Mi preceptor me había instruido desde hacía años y contaba
conmigo. Era mi capitán; no me perdonará haberte elegido a ti, mi padre.
La voz del muchacho se interrumpió y lanzó a su padre una rápida ojeada; y había
ternura en esta mirada.
Pero Wang el Tigre no contestó. Era como si no hubiese oído. El muchacho
continuó entonces hablando, y de vez en cuando miraba a su padre, como solicitando
algo:
—Podría ocultarme en la vieja casa de barro. Podría ir allá. Si me buscaran allí y
me encontraran no verían sino a un vulgar campesino y no al hijo de un señor de la
guerra.
Y el muchacho esbozó una pequeña sonrisa, como si esperara engatusar a su
padre con su tímida chanza.
Pero Wang el Tigre siguió silencioso. No comprendía el significado de las
palabras de su hijo cuando decía: «Te he escogido a ti; mi padre». No; Wang el Tigre
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permanecía mudo, sintiendo que lo invadía la amargura de toda su vida. Salió en
aquel momento de su ensueño como un hombre que hubiese caminado durante largo
rato en medio de la neblina y miró a su hijo, y vio en su lugar a un hombre que no
conocía. Sí, Wang el Tigre había soñado con un hijo y modelado su visión conforme a
su sueño, y he aquí que no conocía a su hijo que tenía delante. ¡Un vulgar labrador!
Wang el Tigre miraba y veía a su hijo, y a medida que lo miraba, se sentía invadido
por un antiguo y conocido desamparo. Era el mismo desamparo que había sentido en
su juventud, cuando la casa de barro era su prisión. Una vez más su padre, ese
anciano enterrado, alargaba su mano terrosa y la colocaba sobre su hijo.
Y Wang el Tigre, lanzando una ojeada a su propio hijo, murmuró detrás de su
mano, como para sí:
—Qué hijo para un señor de la guerra.
De pronto comprendió que aun su mano era incapaz de detener el temblor de sus
labios. Sentía la irresistible necesidad de llorar. Y lo habría hecho, si en ese instante
su fiel hombre de confianza no hubiese entrado llevando consigo un jarro de vino, de
vino caliente, humeante y perfumado.
El anciano hombre de confianza miró a su amo como siempre que entraba a la
pieza, y lo que vio entonces lo hizo correr hacia él con la ligereza de que era capaz; y
echó vino en el vaso vacío que estaba sobre la mesa.
Entonces Wang el Tigre retiró la mano de su boca. Tomó ávidamente el vaso, y
llevándolo a los labios, bebió largamente. Era bueno, caliente, muy bueno. Dejó el
vaso y murmuró:
—Más.
Y no lloró.
FIN
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PEARL SYDENSTRICKER BUCK (Hillsboro, 1892 - Danby, 1973). Novelista
estadounidense y Premio Nobel de Literatura en 1938, que pasó la mayor parte de su
vida en China y cuya obra, influida por las sagas y la cultura oriental, buscaba educar
a sus lectores. Recibió el premio Nobel en 1938. Hija de unos misioneros
presbiterianos, vivió en Asia hasta 1933.
Su primera novela fue Viento del este, viento del oeste (1930), a la que siguió La
buena tierra (1931), ambientada en la China de la década de 1920 y que tuvo gran
éxito de crítica, recibiendo por ella el premio Pulitzer. Es un relato epopéyico de
grandes relieves y detalles vívidos acerca de las costumbres chinas; está considerada,
en esa vertiente, como una de las obras maestras del siglo.
La buena tierra forma la primera parte de una trilogía completada con Hijos (1932) y
Una casa dividida (1935), que desarrollarían el tema costumbrista chino a través de
sus tres arquetipos sociales: el campesino, el guerrero y el estudiante. Por la trilogía
desfilan comerciantes, revolucionarios, cortesanas y campesinos, que configuran un
ambiente variopinto alrededor de la familia Wang Lung. Se narra la laboriosa
ascensión de la familia hasta su declive final, desde los problemas del ahorro
económico y las tierras hasta la aparición de la riqueza y de conductas y sentimientos
burgueses.
En 1934 publicó La madre, y en 1942 La estirpe del dragón, otra epopeya al estilo de
La buena tierra donde apoyó la lucha de los chinos contra el imperialismo japonés, en
un relato que parte de una familia campesina que vive cerca de Nankín. También
Página 295
escribió numerosos cuentos, reunidos bajo el título La primera esposa, que describen
las grandes transformaciones en la vida de su país de residencia. Los temas
fundamentales de los cuentos fueron la contradicción entre la China tradicional y la
nueva generación, y el mundo enérgico de los jóvenes revolucionarios comunistas.
En 1938 publicó su primera novela ambientada en Estados Unidos, Este altivo
corazón, a la que le siguió Otros dioses (1940), también con escenario
norteamericano, donde trata el tema del culto de los héroes y el papel de las masas en
este sentido: el personaje central es un individuo vulgar que por azar del destino
comienza a encarnar los valores americanos hasta llegar a la cima.
A través de su libro de ensayos Of Men and Women (1941) continuó explorando la
vida norteamericana. El estilo narrativo de Pearl S. Buck, al contrario de la corriente
experimentalista de la época, encarnada en James Joyce o Virginia Wolf, es directo,
sencillo, pero a la vez con resonancias bíblicas y épicas por la mirada universal que
tiende hacia sus temas y personajes, así como por la compasión y el deseo de instruir
que subyace a un relato lineal de los acontecimientos.
Entre sus obras posteriores cabe mencionar Los Kennedy (1970) y China tal y como
yo la veo, de ese mismo año. Escribió más de 85 libros, que incluyen también teatro,
poesía, guiones cinematográficos y literatura para niños.
Página 296
Notas
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[1]También llamado «carpe» (Carpinus betulus), son pequeños árboles de madera
dura del género Carpinus, aunque algunos botánicos ellos agrupados con los
avellanos (Corylus) y lúpulo carpes (Ostrya). Las 30-40 especies se encuentran en
gran parte de las regiones templadas del hemisferio norte, con el mayor número de
especies en el este de Asia, en particular China. (N. del Editor) <<
Página 298
[2] llamamiento, reclamo. (N. del Editor) <<
Página 299
[3]Personaje que en el libro «La buena tierra» (primer volumen de la trilogía), otro
traductor lo escribe como «Cuckoo», tal como figura en el original de lengua inglesa.
(N. del Editor) <<
Página 300
[4]
eriazo o erial: Dicho de una tierra o de un campo: Sin cultivar ni labrar. (N. del
Editor) <<
Página 301
[5] avisado: prudente, discreto, sagaz, listo. (N. del Editor) <<
Página 302
[6]prendero: Persona que tiene por oficio comprar y vender prendas, joyas o muebles
usados. (N. del Editor) <<
Página 303
[7] botar: Echar fuera, despedir (aquí con el significado de parir). (N. del Editor) <<
Página 304
[8] potrero: lugar destinado a la cría y pasto de ganado caballar. (N. del Editor) <<
Página 305
[9] Cerdo, puerco. (N. del Editor) <<
Página 306
[10]Supongo se refiere a «rickshaw», vehículo ligero de dos ruedas que se desplaza
por tracción humana, bien a pie o a pedales. Muy popular en países como China,
Japón o India. (N. del Editor) <<
Página 307
[11] rendimiento. (N. del Editor) <<
Página 308
[12] mechas, rayas. (N. del Editor) <<
Página 309
[13] desollar, despellejar. (N. del Editor) <<
Página 310
[14] secar; limpiar la humedad que echa de sí el cuerpo. (N. del Editor) <<
Página 311
[15] Persona débil, de poco carácter o importancia. (N. del Editor) <<
Página 312
[16] El alforfón o trigo sarraceno (Fagopyrum esculentum) es una planta anual
herbácea de la familia de las Polygonaceas cultivada por sus granos para su consumo
humano y animal. Se considera popularmente un cereal, aunque realmente no lo sea;
ya que, aunque posee características similares, no pertenece a la familia de las
gramíneas sino a las poligonáceas. Es originario del Asia Central. Aunque se ha
cultivado también tradicionalmente en muchos países, hoy en día los principales
países productores son también los mayores consumidores. China produce el 55% del
total mundial, seguido por Rusia (20%), Ucrania (15%) y Polonia (3%). (N. del
Editor) <<
Página 313
[17] marcharse de prisa. (N. del Editor) <<
Página 314
[18] botar: Arrojar o echar fuera con violencia una cosa. (N. del Editor) <<
Página 315
[19] esquilmar: coger el fruto de la tierra o el ganado. (N. del Editor) <<
Página 316
[20] urgir: apremiar; instar. (N. del Editor) <<
Página 317
[21] duraznos: melocotones. (N. del Editor) <<
Página 318
[22] El mayal, manal o malle, es un instrumento tradicional agrícola utilizado para la
trilla de cereales. Está compuesto por dos bastones unidos por correajes o cadenas;
generalmente, el bastón más largo y delgado sirve de mango, y el más corto y grueso
se usa como maza para golpear la parva (montón de cereales recién segados) o las
legumbres. En España se utilizó poco, sobre todo en las zonas del norte y en áreas
montañosas, ya que en el resto se prefería el trillo. Aunque los agricultores más
modestos, jornaleros y espigadores, que no tenían tierra propia (o no podían costearse
el uso del trillo y el alquiler de las eras), usaban el mayal, casi siempre a la misma
puerta de su vivienda1 En los siglos XVII y XVIII, en España el mayal no tenía muy
buena consideración: «otros trillan con baſtón, o mangal, que llama el Portugués, el
cual es el más pobre trillar de todos». (N. del Editor) <<
Página 319
[23]El sorgo (Sorghum spp.) es un género de unas 20 especies de gramíneas1
oriundas de las regiones tropicales y subtropicales de África oriental. Se cultivan en
su zona de origen, Europa, América y Asia como cereal para consumo humano,
animal, en la producción de forrajes, y para la elaboración de bebidas alcohólicas y
escobas. Su resistencia a la sequía y el calor lo hace un cultivo importante en regiones
áridas, y es uno de los cultivos alimentarios más importantes del mundo. (N. del
Editor) <<
Página 320
[24] lupanar: prostíbulo, burdel. (N. del Editor) <<
Página 321
[25] filudas: afiladas. (N. del Editor) <<
Página 322
[26] ahusada: forma de huso (cónico). (N. del Editor) <<
Página 323
[27]azafate: canastillo, bandeja o fuente con borde de poca altura, tejidos de mimbres
o hechos de paja, oro, plata, latón, loza u otras materias. (N. del Editor) <<
Página 324
[28] Creo que la traducción quedaría mejor con «pisó». (N. del Editor) <<
Página 325
[29] Pagoda es el edificio de varios niveles común en varios países asiáticos, entre
otros China, Vietnam, Japón, Tailandia y Corea. La mayoría de las pagodas se
construyeron con fines religiosos, principalmente como parte del budismo, por lo cual
se localizan cerca o dentro de templos budistas. (N. del Editor) <<
Página 326
[30]El sésamo o ajonjolí (Sesamum indicum L.), cuya semilla es el ajonjolí, es una
planta cultivada por sus semillas ricas en aceite, que se emplean en gastronomía,
como en el pan para hamburguesas. También es usado para hacer dulces. (N. del
Editor) <<
Página 327
[31] amoblar: amueblar. (N. del Editor) <<
Página 328
[32] descuerada: sin piel. (N. del Editor) <<
Página 329
[33] buchada: sorbo, trago. (N. del Editor) <<
Página 330
[34] gaveta: mueble que tiene uno o varios de estos cajones. (N. del Editor) <<
Página 331
[35]En vez de «chica», creo que hubiese quedado mejor «niña; pequeña». (N. del
Editor) <<
Página 332
[36]El carabao, kalabaw en tagalo, o búfalo de agua (Bubalus bubalis carabanesis) es
una subespecie doméstica del búfalo asiático (Bubalus bubalis). Animal típico de
Filipinas, es el animal símbolo del país. (N. del Editor) <<
Página 333
[37]En el original ingles pone «cassia flowers». La Cassia fistula, conocido como el
árbol de lluvia de oro, es una planta con flores en la familia Fabaceae. La especie es
originaria del subcontinente indio y de las regiones adyacentes del sudeste de Asia.
Es el árbol nacional de Tailandia, y su flor es la flor nacional de Tailandia. Es un muy
popular planta ornamental y también se utiliza en la medicina herbal. (N. del Editor)
<<
Página 334
[38] groom: mozo de cuadra. (N. del Editor) <<
Página 335
[39]era: trozo pequeño de tierra destinado al cultivo de flores u hortalizas. (N. del
Editor) <<
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