Medico A Palos
Medico A Palos
PERSONAJES
DON JERÓNIMO
DOÑA PAULA
LEANDRO
ANDREA
BARTOLO
MARTINA
GINÉS
LUCAS
La escena representa en el primer acto un bosque, y en los dos siguientes una sala de casa particular: con puerta en el
foro, y otras dos a los lados. La acción empieza a las once de la mañana, y se acaba a las cuatro de la tarde.
Acto I
Escena I
BARTOLO, MARTINA.
BARTOLO: ¡Válgate Dios y qué duro está este tronco! El hacha se mueve toda, y él no se parte... (Corta leña de un árbol
inmediato al foro; deja después el hacha arrimada al tronco, se adelanta hacia el proscenio, siéntase en un
peñasco, saca piedra y eslabón, enciende un cigarro y se pone a fumar.) ¡Mucho trabajo es este!... Y como hoy aprieta
el calor, me fatigo, y me rindo, y no puedo más... Dejémoslo, y será lo mejor, que ahí se quedará para cuando vuelva.
Ahora vendrá bien un rato de descanso y un cigarrillo, que esta triste vida, otro la ha de heredar... Allí viene mi mujer.
¿Qué traerá de bueno?
MARTINA: (Sale por el lado derecho del teatro.) Holgazán, ¿qué haces ahí sentado, fumando, sin trabajar? ¿Sabes que
tienes que acabar de partir esa leña y llevarla a casa, y ya es cerca de medio día?
MARTINA: Levántate.
MARTINA: ¡Hombre sin vergüenza, sin atender a sus obligaciones! ¡Desdichada de mí!
BARTOLO: ¡Ay, qué trabajo es tener mujer! Bien dice Séneca, que la mejor es peor que un demonio.
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MARTINA: Miren qué hombre tan hábil para traer autoridades de Séneca.
BARTOLO: ¿Si soy hábil? A ver, búscame un leñador que sepa lo que yo, ni que haya servido seis años a un médico
latino, ni que haya estudiado el quis vel qui, quæ, quod vel quid y más adelante, como yo lo estudié.
BARTOLO: Mira mujer, que me vas enfadando. (Se levanta camina hacia el foro, coge un palo del suelo y vuelve.)
MARTINA: Infame.
BARTOLO: Éste es el único medio de que calles... Vaya: hagamos la paz. Dame esa mano.
MARTINA: No quiero.
BARTOLO: Malas mis manos que han sido causa de enfadar a mi esposa... Vaya, ven: dame un abrazo. (Tira el palo a
un lado y la abraza.)
BARTOLO: Vaya, si se muere por mí la pobrecita... Perdóname. Entre dos que se quieren, diez o doce garrotazos más
o menos, no valen nada... Voy hacia el barranquito, que ya tengo allí una porción de raíces; haré una carguilla, y mañana
con la burra la llevaremos a Miraflores. (Hace que se va y vuelve.) Oyes, y dentro de poco hay feria en Buytrago; si voy
allá, y tengo dinero, y me acuerdo, y me quieres mucho, te he de comprar una peineta de concha con sus piedras
azules. (Toma el hacha y unas alforjas, y se va por el monte adelante.
MARTINA: Anda, que tú me las pagarás... Verdad es que una mujer siempre tiene en su mano el modo de vengarse
de su marido; pero es un castigo muy delicado para este bribón, y yo quisiera otro, otro que él sintiera más, aunque a mí
no me agradase tanto.
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Escena II
GINÉS: ¿Qué quieres, amigo Lucas? Es fuerza obedecer a nuestro amo; además que la salud de su hija a todos nos
interesa... Es una señorita tan afable, tan alegre, tan guapa... vaya, todo se lo merece.
LUCAS: Pero, hombre, fuerte cosa es que los médicos que han ido a visitarla no hayan descubierto su enfermedad.
LUCAS: Veremos si este médico de Miraflores acierta con ello... Como no hayamos equivocado la senda...
MARTINA: (Aparte, hasta que repara en los dos, y les hace cortesía. Pues ello es preciso, que los golpes que acaba de
darme los tengo en el corazón. Yo puedo olvidarlos... Pero, señores, perdonen ustedes que no los había visto, porque
estaba distraída.
MARTINA: Sí señor. (Señalando adentro, por el lado derecho.) ¿Ve usted aquellas tapias caídas junto a aquel
noguerón? Pues todo derecho.
GINÉS: ¿No hay allí un famoso médico que ha sido médico de una vizconde sita, y catedrático, y examinador, y es
académico, y todas las enfermedades las cura en griego?
MARTINA: ¡Ay! Sí señor. Curaba en griego; pero hace dos días que se ha muerto en español, y ya está el pobrecito
debajo de tierra. Lo que usted oye. ¿Y para quién le iban ustedes a buscar?
LUCAS: Para una señorita que vive ahí cerca, en esa casa de campo junto al río.
MARTINA: ¡Ah, sí! La hija de Don Jerónimo. ¡Válgame Dios! Pues, ¿qué tiene?
LUCAS: ¿Qué sé yo? Un mal que nadie le entiende del cual ha venido a perder el habla.
MARTINA: ¡Qué lástima! Pues... (Aparte, con expresión de complacencia.) ¡Ay qué idea me ocurre! Pues mire usted,
aquí tenemos el hombre más sabio del mundo, que hace prodigios en esos males desesperados.
MARTINA: Sí señor.
MARINA: No señor. Es un hombre extravagante y lunático, va vestido como un pobre batán; hace empeño en parecer
ignorante y rústico, y no quiere manifestar el talento maravilloso que Dios le dio. La manía de este hombre es la más
particular que se ha visto. No confesará su capacidad, a menos que no les muelan el cuerpo a palos; y así les aviso a
ustedes, que, si no lo hacen, no conseguirán su intento. Si le ven que está obstinado en negar, tome cada uno un buen
garrote, y zurra, que él confesará. Nosotros cuando le necesitamos nos valemos de esta industria, y siempre nos ha
salido bien.
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GINÉS: ¡Qué extraña locura!
MARTINA: Don Bartolo. Fácilmente le conocerán ustedes. Él es un hombre de corta estatura, morenillo, de mediana
edad, ojos azules, nariz larga, vestido de paño burdo, con un sombrerillo redondo.
MARTINA: ¿Curas dice usted? Milagros se pueden llamar. Habrá dos meses que murió en Lozoya una pobre mujer, ya
iban a enterrarla, y quiso Dios que este hombre estuviese por casualidad en una calle, por donde pasaba el entierro. Se
acercó, examinó a la difunta, la echó en la boca una gota de yo no sé qué, y la muerta se levantó tan alegre, cantando el
frondoso.
MARTINA: Allí debajo de aquel árbol hallarán ustedes cuantos palos necesiten.
LUCAS: ¿Sí? Voy por un par de ellas. (Coge el palo que dejó en el suelo BARTOLO, va hacia el foro y coge otro, vuelve,
y se le da a GINÉS.)
GINÉS: ¡Fuerte cosa es, que haya de ser preciso valerse de este medio!
MARTINA: Y si no, todo será inútil. (Hace que se va, y vuelve.) ¡Ah!, otra cosa: cuiden ustedes de que no se les
escape, porque corre como una gacela, y si se les va adelante, no le vuelven a ver en su vida. (Mirando hacia dentro a la
parte del foro.) Pero, me parece que viene. Sí, aquél es. Yo me voy, háblenle ustedes, y si no quiere hacer bondad,
menudito en él. Adiós señores.
Escena III
GINÉS, LUCAS.
LUCAS: Fortuna ha sido haber hallado a esa mujer. Pero, ¿no ves qué traza de médico aquella?
GINÉS: Ya lo veo... Mira, retirémonos uno a un lado, y otro a otro, para que no se nos pueda escapar. Hemos de
tratarle con la mayor cortesía del mundo. ¿Lo entiendes?
LUCAS: Sí.
GINÉS: Pues, apartémonos, que ya llega. (Ocúltense a los dos lados del teatro.)
Escena IV
BARTOLO: ¿Y qué?
BARTOLO: Si así es, yo me llamo don Bartolo. (se quita el sombrero y le deja a un lado.)
BARTOLO: (Aparte.) Parecen Arlequines, que todo se les vuelve cortesías y movimientos.
GINÉS: Pues, señor, venimos a implorar su auxilio de usted, para una cosa muy importante.
BARTOLO: ¿Y qué pretenden ustedes? Vamos, que si es cosa que dependa de mí, haré lo que pueda.
GINÉS: No extrañe usted que vengamos en su busca. Los hombres eminentes siempre son buscados y solicitados, y
como nosotros nos hallamos noticiosos del sobresaliente talento de usted, y de su...
BARTOLO: Es verdad; como que soy el hombre que se conoce para cortar leña. No la daré menos de a dos reales la
carga.
GINÉS: ¡Un sujeto como usted ha de ocuparse en ejercicios tan groseros! ¡Un hombre tan sabio! ¡Tan insigne médico!
¿No ha de comunicar al mundo los talentos de que le ha dotado la naturaleza?
BARTOLO: Usted será el médico y toda su generación, que yo en mi vida lo he sido. (Aparte.) Borrachos están.
BARTOLO: ¡Qué disparate! (Aparte.) ¿No digo que están bebidos?, yo no soy médico, ni lo he pensado jamás.
BARTOLO: Pues, digo a ustedes, que no soy médico. (Se levanta, quiere irse, ellos lo estorban y se le
acercan, disponiéndose para apalearle.)
GINÉS: ¿No?
BARTOLO: No señor.
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LUCAS: ¿Conque no?
GINÉS: Pues, amigo, con su buena licencia de usted, tendremos que valernos del remedio consabido... Lucas.
LUCAS: Éste. (Denle de palos; cogiéndole siempre las vueltas, para que no se escape.)
BARTOLO: ¡Ay!, ¡ay!, ¡ay!... (Quitándose el sombrero.) Basta, que yo soy médico, y todo lo que ustedes quieran.
GINÉS: Pues, bien, ¿para qué nos obliga usted a esta violencia?
BARTOLO: El trabajo es para mí que los llevo... Pero, señores, vamos claros. ¿Qué es esto? ¿Es una humorada, o
están ustedes locos?
BARTOLO: ¡Ay!, ¡ay! ¡Pobre de mí! (Pénese de rodillas, juntando las manos, en ademán de súplica.) Sí que soy
médico. Sí señor.
BARTOLO: Sí señor, y cirujano de estuche, y saludador, y albéitar, y sepulturero, y todo cuanto hay que ser.
GINÉS: (La levantan cariñosamente entre los dos.) Me alegro de verle a usted tan razonable.
BARTOLO: (Aparte. ¡Maldita sea vuestra alma!) ¿Si seré yo médico, y no habré reparado en ello?
GINÉS: ¡No hay que arrepentirse! A usted se le pagará muy bien su asistencia y quedará contento.
BARTOLO: Pero, hablando ahora en paz, ¿es cierto que soy médico?
GINÉS: Certísimo.
BARTOLO: ¿Seguro?
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BARTOLO: (Con ironía.) ¡Válgame Dios!
GINÉS: Conque, buen ánimo, señor doctor. Se trata de asistir a una señorita muy rica, que vive en esa quinta cerca
del molino. Usted estará allí, y comido y bebido, y regalado como cuerpo de rey, y le traerán las mejores comidas.
BARTOLO: Pues, señor, vamos allá. ¿Comida, y qué sé yo cuánto dinero?... Vamos allá.
BARTOLO: No, poco a poco. (LUCAS recoge las alforjas y el hacha. BARTOLO le quita la bota y se la guarda debajo
del brazo.) La bota conmigo.
BARTOLO: No importa, venga... Me darán bien de comer y de beber... (Apartándose a un lado, medita y habla entre
sí. Después con ellos.) La pulsaré, la recetaré algo... La mato seguramente... Si no quiero ser médico me volverán a
sacudir el bulto, y si lo soy, me le sacudirán también... Pero, díganme ustedes. ¿Les parece que este traje rústico será
propio de un hombre tan sapientísimo como yo?
GINÉS: No hay que afligirse. Antes de presentarle a usted, le vestiremos con mucha decencia.
BARTOLO: (Aparte.) Si a lo menos pudiese acordarme de aquellos textos, de aquellas palabrotas que les decía ni amo
a los enfermos..., saldría del apuro.
LUCAS: ¿Será cosa de que otra vez?... (En ademán de volverle a pegar.)
BARTOLO: ¡Qué! No soñar. Sino que estaba pensando en el plan curativo... ¡Pobrecito Bartolo! Vamos. (Los dos le
cogen en medio y se van con él por la izquierda del teatro.)
Acto II
Escena I
GINÉS: Sólo que es algo estrambótico y lunático, y amigo de burlarse de todo el mundo.
DON JERÓNIMO: Me dejan aturdido con eso. Ya tengo impaciencia de verlo. Ve por él Ginés. Que venga, que venga
presto.
Escena II
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ANDREA: Porque Doña Paulita no necesita médicos, sino marido, marido. ¿Le parece a usted que ha de curarse con
porquerías, que no sé cómo no ha perdido ya el estómago? No señor, con un buen marido sanará perfectamente.
ANDREA: (Aparte. Allí le duele...) Y despedir médicos y boticarios, y tirar todas esas remedios y brebajes por la
ventana, y llamar al novio; que ése la pondrá buena.
DON JERÓNIMO: ¿A qué novio, impertinente? ¿En dónde está ese novio?
ANDREA: ¡Qué presto se le olvidan a usted las cosas! ¿Pues qué, no sabe usted que Leandro la quiere, que la adora, y
ella le corresponde? ¿No lo sabe usted?
ANDREA: Su tío, que es muy rico, que es muy amigo de usted, que quiere mucho a su sobrino, y que no tiene otro
heredero, suplirá esa falta. Con el dote que usted dará a su ama, y con lo que...
LUCAS: ¡Que siempre has de dar en eso, Andrea! Calla, el amo no necesita de tus consejos para hacer lo que quiera.
No te metas, que, al fin y al cabo, el señor es el padre de su hija, y su hija es hija, y su padre es el señor, no tiene
remedio.
Escena III
Salen por la derecha GINÉS y BARTOLO, éste, vestido con casaca antigua, sombrero de tres picos, y bastón.
GINÉS: Aquí tiene usted, señor Don Jerónimo, al estupendo médico, al doctor infalible, al pasmo del mundo.
DON JERÓNIMO: Me alegro mucho de ver a usted y de conocerle, señor doctor. (Se hacen cortesías uno a otro, con el
sombrero en la mano.)
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BARTOLO: ¿No?
BARTOLO: ¿No? Pues ahora verás lo que te pasa. (Arremete hacia él con el bastón levantado, en ademán de darle de
palos. Huye DON JERÓNIMO; los criados se ponen de por medio, y detienen a BARTOLO.)
BARTOLO: Yo te haré que seas médico a palos, que así se gradúan en esta tierra.
DON JERÓNIMO: Sí, pero exagera un poco… bastante. No, no ha sido nada... (Aparte. ¡Maldita sea tu casta!) Pues,
señor, vamos al asunto. (Saca la caja, se la presenta a BARTOLO y él toma un polvo con afectada gravedad.) Yo tengo
una hija muy mala...
BARTOLO: Digo que me alegro de que su hija de usted necesite de mi ciencia; y ojalá que usted, y toda su familia,
estuviesen a las puertas de la muerte, para emplearme en su asistencia y alivio.
DON JERÓNIMO: Viva usted mil años, que yo le estimo su buen deseo.
BARTOLO: ¡Paulita! ¡Lindo nombre para curarse!... Y esta doncella, ¿quién es?
BARTOLO: ¡Oiga!
DON JERÓNIMO: Sí señor... Voy a hacer que salga aquí la chica para que usted la vea.
Escena IV
BARTOLO: (Se acerca a ANDREA, con ademanes y gestos expresivos.) ¿Conque usted es mujer de este?
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BARTOLO: ¡Y qué frescota es! Y que... Regocijo da el verla... ¡Hermosa boca tiene!... ¡Ay! ¡Qué dientes tan blancos, tan
igualitos, y qué risa tan graciosa!... ¡Pues los ojos! En mi vida he visto un par de ojos más habladores, ni más traviesos.
LUCAS: (Aparte. ¡Habrá demonio de hombre!) Vaya, señor doctor, cambie usted de conversación, porque no me
gustan esa forma de tratarla. ¿Delante de mí se pone usted a seducir a mi mujer? Yo no sé cómo no cojo un palo y le...
(Mirando por el teatro si hay algún palo. BARTOLO le detiene.)
BARTOLO: Hombre, por Dios, ten caridad. ¿Cuántas veces me han de examinar de médico?
ANDREA: Yo reviento de risa. (Encaminándose a recibir a DOÑA PAULA, que sale por la puerta de la
izquierda, con DON JERÓNIMO y GINÉS.)
Escena V
DON JERÓNIMO: Anímate, hija mía, que yo confío en la sabiduría portentosa de este señor, que brevemente recobrarás
tu salud. Ésta es la niña, señor doctor. Hola, arrimad sillas. (Traen sillas los criados. DOÑA PAULA se sienta en una
poltrona, entre BARTOLO y su padre. Los criados detrás, en pie.)
BARTOLO: Ya se guardará muy bien. ¿Pues qué, no hay más que morirse sin licencia del médico? No señor, no se
morirá... Vean ustedes aquí una enferma que tiene un semblante, capaz de hacer perder la cabeza al hombre más
tétrico del mundo. Yo, con todos mis aforismos, le aseguro a usted... ¡Bonita cara tiene!
BARTOLO: ¡Bueno! ¡Gran señal! ¡Gran señal! Cuando el médico hace reír a las enfermas es linda cosa... Y bien, ¿qué la
duele a usted?
BARTOLO: Ba, ba, ba, ba. ¿Qué lengua es ésa? Yo no entiendo palabra.
DON JERÓNIMO: Pues ése es su mal. Ha venido a quedarse muda, sin que se pueda saber la causa. Vea usted qué
desconsuelo para mí.
BARTOLO: ¡Qué bobería! Al contrario, una mujer que no habla es un tesoro. La mía no padece esta enfermedad, y si la
tuviese, yo me guardaría muy bien de curarla. ¿Come bien?
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BARTOLO: ¡Malo!... ¿Y la cabeza la duele?
BARTOLO: ¿No? ¡Malo!... Venga el pulso... Pues, amigo, este pulso indica... ¡Claro! Está claro.
BARTOLO: Se puede y se debe hacer... El pulso... (Tomando el pulso a DOÑA PAULA.) Aristóteles, en sus protocolos,
habló de este caso con mucho acierto.
BARTOLO: Cosas divinas... La otra... (La toma el pulso en la otra mano, y la observa la lengua.) A ver la lengüecita...
¡Ay, qué monería!... Digo... ¿Entiende usted el latín?
BARTOLO: No importa. Dijo: Bonus bona bonum, uncias duas, mascula sunt maribus, honora medicum, acinax
acinacis, est modus in rebus. Amarylida sylvas. Que quiere decir que esta falta de coagulación en la lengua la causan
ciertos humores que nosotros llamamos humores... acres, proclives, espontáneos, y corrumpentes. Porque, como los
vapores que se elevan de la región... ¿Están ustedes?
BARTOLO: De la región lumbar, pasando desde el lado izquierdo donde está el hígado, al derecho en que está el
corazón, ocupan todo el duodeno y parte del cráneo; de aquí es, según la doctrina de Ausias March y de Calepino
(aunque yo llevo la contraria) que la malignidad de dichos vapores... ¿Me explico?
BARTOLO: Pues, como digo; supeditando dichos vapores las carúnculas y el epidermis, necesariamente impiden que
el tímpano comunique al metacarpo los sucos gástricos. Doceo, doces, docere, docui, doctum, ars longa, vita brevis:
templum, templi: augusta vindelicorum, et reliqua... ¿Qué tal? ¿He dicho algo?
DON JERÓNIMO: Creo que dijo usted que el corazón está al lado derecho y el hígado al izquierdo; y en verdad que es
todo lo contrario.
BARTOLO: ¡Hombre ignorantísimo, sobre toda la ignorancia de los ignorantes! ¿Ahora me sale usted con esas
vejeces? Sí señor, antiguamente así sucedía; pero ya lo hemos arreglado de otra manera.
BARTOLO: Ya está usted perdonado. Usted no sabe latín, y, por consiguiente, está dispensado de tener sentido
común.
DON JERÓNIMO: ¿Y qué le parece a usted que deberemos hacer con la enferma?
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BARTOLO. -Primeramente, harán ustedes que se acueste, luego se la darán unas buenas friegas... Bien que eso yo
mismo lo haré... Y después, tomará de media en media hora, una gran sopa en vino.
BARTOLO: ¡Ay, amigo, y qué falta le hace a usted un poco de ortografía! La sopa en vino es buena para hacerla hablar.
Porque en el pan y en el vino, empapado el uno en el otro, hay una virtud simpática que simpatiza y absorbe el tejido
celular, y la piamáter, y hace hablar a los mudos.
BARTOLO: ¿Pues no ha visto usted, pobre hombre?, ¿no ha visto usted como a los loros les dan pan mojado en
vino?
BARTOLO: ¿Y no hablan los loros? Pues para que hablen se les da, y para que hable se lo daremos también a Doña
Paulita, y dentro de muy poco hablará más que siete papagayos.
DON JERÓNIMO: Algún ángel le ha traído a usted a mi casa, señor doctor; vamos, hijita que ya querrás descansar... Al
instante vuelvo señor don... ¿Cómo es su gracia de usted?
BARTOLO: Yo sudo... En mi vida me he visto más apurado... ¡Si es imposible que esto pare en bien, imposible!... Veré
si ahora, que todos andan por allá dentro, puedo... Y si no, mal estamos... En las espaldas siento una desazón que no me
deja... Y no es por los palos recibidos; sino por los que aún me falta que recibir. (se Van por la parte del lado derecho.
Acto III
Escena I
LEANDRO: Diré a usted. Yo estoy enamorado de Doña Paulita, ella me quiere; pero su padre no me permite que la
vea... Estoy desesperado, y vengo a suplicarle a usted, que me proporcione una ocasión, un pretexto para hablarla
y...Pues, señor, esa niña vive infeliz. Se ha fingido enferma; han venido varios médicos a visitarla, la han recetado
cuántas pócimas hay en la botica; ella no toma ninguna, como es fácil de presumir, y por último hostigada de sus visitas,
de sus consultas y de sus preguntas impertinentes, se ha hecho la muda, pero no lo está.
LEANDRO: Sí señor.
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BARTOLO: ¿El padre le conoce a usted?
LEANDRO: No señor, personalmente no me conoce. Ginés no me conoce, porque hace muy poco tiempo que entró
en la casa. Andrea está en el secreto; su marido, si no lo sabe, a lo menos lo sospecha y calla, y puedo contar con uno y
con otro.
BARTOLO: Pues, bien, yo haré que hoy mismo quede usted quede casado con Doña Paulita.
BARTOLO: ¿No le he dicho a usted que sí? Le casaré a usted con ella, con su padre, y con toda su parentela... Yo diré
que es usted... boticario.
BARTOLO: No le dé a usted cuidado, que lo mismo me sucede a mí. Tanta medicina sé yo como un perro de aguas.
BARTOLO: No, por cierto. Ellos me han examinado de un modo particular; pero, con examen y todo, la verdad es que
no soy lo que dicen. Ahora, lo que importa es que usted esté por ahí inmediato, que yo le llamaré a su tiempo.
LEANDRO: Bien está, y espero que usted... (Se van por la puerta de la derecha.)
Escena III
ANDREA: Señor médico, me parece que la enferma le quiere dejar a usted desairado, porque...
BARTOLO: Como no me desaires tú, niña de mis ojos, lo demás importa seis maravedís, y como yo te cure a ti, más
que se muera todo el género humano. (Sale por la derecha LUCAS; va acercándose detrás de BARTOLO y escucha.)
BARTOLO: Pues, mira, lo mejor será curar a tu marido... ¡Qué bruto es, y qué celoso tan impertinente!
BARTOLO: ¿Y por qué ha de ser hacienda de aquel, este cuerpecito gracioso? (Se encamina a ella con los brazos
abiertos, en ademán de abrazarla. ANDREA se va retirando, LUCAS agachándose, pasa por debajo del brazo derecho
de BARTOLO, vuélvese de cara hacia él, y quedan abrazados los dos. ANDREA se va riendo, por la puerta del lado
izquierdo.)
LUCAS: Vete tú de ahí... Con malicia o sin ella, le he de abrir a usted la cabeza de un trancazo, si vuelve a alzar los ojos
para mirarla. ¿Lo entiende usted?
Escena IV
BARTOLO: ¡Bueno, eso es bueno! Señal de que el remedio va obrando. No hay que afligirse. Aunque la vea usted
agonizando, no hay que afligirse, que aquí estoy yo... (Llama, encarándose a la puerta del lado derecho.) Digo, Don
Casimiro, Don Casimiro.
BARTOLO: Un excelente didascálico... Boticario que llaman ustedes... Eminente profesor... Le he mandado venir para
que disponga una cataplasma de todas flores, emolientes, astringentes, dialécticas, pirotécnicas y narcóticas, que será
necesario aplicar a la enferma.
Escena V
DOÑA PAULA, ANDREA, GINÉS, salen por la puerta de la izquierda. DON JERÓNIMO, BARTOLO, LEANDRO, LUCAS
DON JERÓNIMO: ¿Qué? (Volviéndose hacia donde está su hija.) ¿Si será ilusión mía?... ¿Ha hablado, Andrea?
DON JERÓNIMO: ¡Bendito sea Dios! ¡Hija mía! (Abraza a DOÑA PAULA, y vuelve lleno de alegría hacia BARTOLO, el
cual se pasea lleno de satisfacción.) ¡Médico admirable! Conque Paulita, hija, ya puedes hablar, ¿es verdad? (Vuelve a
hablar con su hija, y la trae de la mano.) Vaya, di alguna cosa.
GINÉS: (Aparte a LUCAS.) Aquí me parece que hay gato encerrado... ¿Eh?
DOÑA PAULA: Sí padre mío, he recobrado el habla para decirle a usted que amo a Leandro, y que quiero casarme con
él. De nada servirá cuanto usted me diga. Yo quiero casarme con un hombre que me idolatra. Si usted me quiere bien,
concédame su permiso, sin excusas ni dilaciones.
DOÑA PAULA: Dentro de poco será muy rico. Bien lo sabe usted. Y sobre todo, sarna con gusto no pica.
DON JERÓNIMO: ¡Qué es lo que me pasa! (Moviéndose de un lado a otro, agitado y colérico. DOÑA PAULA se retira
hacia el foro, y habla con LEANDRO y ANDREA.) Señor doctor, hágame usted el gusto de volvérmela a poner muda.
BARTOLO: Eso no puede ser. Lo que yo haré solamente para servirle a usted, será ponerle sordo para que no la oiga.
No hay que irritarse, que todo se echará a perder. Lo que importa es distraerla y divertirla. Déjela usted que vaya a coger
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un rato el aire por el jardín, y verá usted como poco a poco se la olvida ese demonio de Leandro... Vaya usted a
acompañarla, don Casimiro, y cuide usted no pise alguna mala yerba.
Escena VI
BARTOLO: Ésa es resulta necesaria del mal que ha estado padeciendo hasta ahora. La última idea que ella tenía cuando
enmudeció, fue sin duda la de su casamiento con ese tunante de Alejandro, o Leandro; o como se llama. Cogiola el
accidente, quedáronse trasconejadas una gran porción de palabras, y hasta que todas las vacíe y se desahogue, no hay
que esperar que se tranquilice, ni hable con juicio.
Escena VII
LUCAS, ANDREA, GINÉS, van saliendo todos tres por la puerta del foro. DON JERÓNIMO, BARTOLO
DON JERÓNIMO: ¿Qué dices? ¡Pobre de mí! ¿Y vosotros, brutos, habéis dejado que un hombre solo os burle de esa
manera?
LUCAS: No, no estaba solo, que estaba con una pistola. El demonio que se acercase.
BARTOLO: (Aparte lleno de miedo.) Me parece que ya no puede tardar la tercera paliza.
DON JERÓNIMO: Este bribón, que ha sido su alcahuete... Al instante buscadme una cuerda.
LUCAS: Sí, sí, ya sé dónde está. Voy por ella. (Se van por la izquierda, y vuelve al instante, con una soga muy larga.)
DON JERÓNIMO: Me la has de pagar... Pero, ¿hacia dónde se fueron? ¡Válgame Dios!
ANDREA: Yo creo que se habrán ido par la huerta del jardín que sale al campo.
DON JERÓNIMO: Pues inmediatamente atadme bien de pies y manos al doctor; aquí en esta silla... (BARTOLO quiere
huir, y LUCAS y GINÉS le detienen.) Pero, me le habéis de ensogar bien fuerte.
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GINÉS: Pierda usted cuidado. Vamos, señor don Bartolo. (Le hacen sentar en la silla poltrona, y le atan a ella, dando
muchas vueltas a la soga.)
DON JERÓNIMO: Voy a buscar aquella bribona... Voy a hacer que avisen a la justicia, y mañana sin falta ninguna, este
pícaro médico ha de morir ahorcado... Andrea, corre hija, asómate a la ventana del comedor, y mira si los descubres por
el campo. Yo veré si los del molino me dan alguna razón. Y vosotros, no perdáis de vista a ese perro. (Se va DON
JERÓNIMO por la derecha y ANDREA por la izquierda. LUCAS y GINÉS siguen atando a BARTOLO.)
Escena VIII
LUCAS: ¿Y no sabes que el amiguito éste, había dado en la gracia de decir chicoleos a mi mujer?
GINÉS: Perfectamente.
LUCAS: ¡Calle, que está usted por acá! ¿Pues qué buen aire la trae a usted por esta casa?
MARTINA: El deseo de saber de mi pobre marido. ¿Qué han hecho ustedes de él?
GINÉS: Aun por eso nos ponderaba tanto las habilidades del doctor.
MARTINA: ¿Y no te ha de dar vergüenza de morir delante de tanta gente? ¿Pero, por qué te ahorcan, pobrecito, por
qué?
BARTOLO: Ése es cuento largo. Porque acabo de hacer una curación asombrosa, y en vez de hacerme protomédico,
han resuelto colgarme.
Escena X
DOÑA PAULA, LEANDRO, salen los dos. DON JERÓNIMO, BARTOLO; ANDREA, LUCAS, GINÉS, MARTINA
LEANDRO: (Se arrodillan a los pies de DON JERÓNIMO.) Esto es enmendar un desacierto. Habíamos pensado irnos a
Buytrago y desposarnos allí, con la seguridad que tengo de que mi tío no desaprueba este matrimonio; pero lo hemos
reflexionado mejor. No quiero que se diga que yo me he llevado robada a su hija de usted; que esto no sería decoroso ni
a su honor, ni al mío. Quiero que usted me la conceda con libre voluntad, quiero recibirla de su mano. Aquí la tiene
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usted, dispuesta a hacer lo que usted la mande; pera le advierto, que si no la casa conmigo, su sentimiento será bastante
a quitarla la vida; y si usted nos otorga la merced que ambos le pedimos, no hay que hablar de dote.
DOÑA PAULA: Me quiere mucho Leandro para no pensar con la generosidad que debe. Su amor es a mí, no a su
dinero de usted.
DON JERÓNIMO: (Alterándose.) Su dinero de usted, su dinero de usted. ¿Qué dinero tengo yo, parlera? ¿No he dicho
ya que estoy muy atrasado? No puedo dar nada, no hay que cansarse.
LEANDRO: Pero bien, señor, si por eso mismo se le dice a usted que no le pediremos nada.
LEANDRO: ¡Ay! No señor, muy achacoso. Aquel humor de las piernas le molesta mucho, y nos tememos que de un día
a otro...
DON JERÓNIMO: Vaya, vamos, ¿qué le hemos de hacer! Con que... (Hace que se levanten, y los abraza. Uno y otro le
besan la mano.) Vaya, concedido, y venga un par de abrazos.
LEANDRO: ¿Pues quién le ha puesto a usted así, médico insigne? (Desatan los criados a BARTOLO.)
DOÑA PAULA: Vamos, que todo se acabó, y nosotros sabremos agradecerle a usted el favor que nos ha hecho.
MARTINA: ¡Marido mío! (Se abrazan MARTINA y BARTOLO.) Sea enhorabuena que ya no te ahorcan. Mira, trátame
bien, que a mí me debes la borla de doctor que te dieron en el monte.
DON JERÓNIMO: Y yo, porque estos lo dijeron, lo creí también, y admiraba cuanto decía como si fuese un oráculo.
LEANDRO: Así va el mundo. Muchos adquieren opinión de doctos, no por lo que efectivamente saben, sino por el
concepto que forma de ellos la ignorancia de los demás
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