TLATELOLCO
1968
LA TRAGEDIA QUE MARCÓ A MÉXICO
EL 2 DE OCTUBRE
DANIEL CISNEROS
ELECTROMECANICA 5° A
CIENCIA, TECNOLOGIA,
SOCIEDAD Y VALORES
Introducción
La Matanza de Tlatelolco, acontecida el 2 de octubre de 1968, es uno de los episodios más
sombríos y controvertidos en la historia contemporánea de México. En la Plaza de las Tres
Culturas, ubicada en el barrio de Tlatelolco, la protesta estudiantil pacífica fue disuelta
brutalmente por fuerzas militares y policiales, resultando en la muerte de cientos de
personas, aunque el número exacto de víctimas sigue siendo un tema de debate. Este
evento se produjo en el contexto de un México que se preparaba para ser sede de los
Juegos Olímpicos de 1968, mientras el movimiento estudiantil demandaba reformas
democráticas y protestaba contra la represión gubernamental. La matanza dejó una marca
indeleble en la historia del país y representa un ejemplo claro de la desconexión entre las
demandas sociales y el uso autoritario del poder estatal.
A lo largo de este trabajo se explorarán los antecedentes que llevaron a esta tragedia, los
eventos del 2 de octubre, las reacciones sociales y gubernamentales inmediatas, las
consecuencias políticas y culturales de largo plazo, así como una reflexión final sobre cómo
este evento puede ser analizado desde la perspectiva de "Ciencia, tecnología, sociedad y
valores".
1. El contexto político y social de 1968
Durante la década de los años 60, México se encontraba en una etapa de aparente
estabilidad política y crecimiento económico, bajo el control del Partido Revolucionario
Institucional (PRI), que había gobernado el país desde 1929. El llamado "Milagro Mexicano"
trajo consigo un desarrollo económico sostenido, aunque las desigualdades sociales
persistían, especialmente entre las clases trabajadoras y campesinas. El autoritarismo del
PRI, sin embargo, se expresaba a través de un control casi absoluto de las instituciones y
los medios de comunicación, la cooptación de opositores políticos, y una represión
sistemática de cualquier disidencia.
En 1968, México, al igual que otros países del mundo, fue testigo de una creciente
movilización social, especialmente entre los jóvenes universitarios. El movimiento
estudiantil mexicano se unió a una ola global de protestas por los derechos civiles, en
países como Estados Unidos y Francia, y demandaba en México un mayor espacio de
participación democrática, el fin de la represión policial y la mejora de las condiciones
educativas y sociales. El movimiento fue catalizado por enfrentamientos entre estudiantes y
las fuerzas de seguridad en julio de 1968, que culminaron con la intervención del ejército en
las universidades y el uso de la violencia para acallar las protestas. Uno de los principales
detonantes de las movilizaciones fue la intervención de la policía en un pleito entre
estudiantes de dos escuelas, que resultó en la represión violenta de los manifestantes.
2. La escalada del conflicto
A lo largo del verano y el otoño de 1968, el conflicto entre los estudiantes y el gobierno de
Gustavo Díaz Ordaz se intensificó de manera significativa. Lo que comenzó como un
movimiento estudiantil en demanda de mayores libertades civiles y la eliminación de
prácticas autoritarias, fue ganando terreno y atrayendo a sectores cada vez más amplios de
la sociedad. Las marchas multitudinarias que recorrieron la Ciudad de México durante esos
meses lograron captar la atención y simpatía no solo de los estudiantes, sino también de
intelectuales, profesores, trabajadores y una parte de la clase media. Estas
manifestaciones públicas comenzaron a representar una creciente insatisfacción con el
régimen, que había mantenido un control férreo sobre la vida política del país durante
décadas.
Ante la creciente popularidad del movimiento y su capacidad para movilizar a diversos
sectores sociales, el gobierno endureció su postura. La respuesta fue una escalada de
represión, con la utilización de fuerzas policiales, el ejército y los medios de comunicación,
que estaban controlados por el Estado. Estos medios, lejos de reflejar las demandas
legítimas de los estudiantes, se dedicaron a desacreditarlos, presentándolos como
agitadores radicales o incluso como instrumentos de potencias extranjeras. Este enfoque
propagandístico tenía un fuerte componente en el contexto de la Guerra Fría, en el que
cualquier movimiento de protesta era fácilmente asociado con influencias comunistas o
revolucionarias, lo que buscaba justificar la represión ante la opinión pública.
La tensión alcanzó un punto crítico cuando el ejército tomó la decisión de ocupar la Ciudad
Universitaria de la UNAM y el Casco de Santo Tomás del IPN, dos de los principales
bastiones del movimiento estudiantil. Estas acciones militares, lejos de disuadir a los
estudiantes, los motivaron a continuar con sus demandas y organizar nuevas protestas. La
convocatoria para una manifestación pacífica el 2 de octubre en la Plaza de las Tres
Culturas, en Tlatelolco, fue la culminación de meses de lucha, pero también se convertiría
en uno de los eventos más trágicos en la historia contemporánea de México.
3. El 2 de octubre: la tragedia de Tlatelolco
La tarde del 2 de octubre de 1968, la Plaza de las Tres Culturas en Tlatelolco se convirtió
en el escenario de una de las represiones más violentas y trágicas de la historia
contemporánea de México. A pesar de la tensa situación política que se vivía en esos
meses, la manifestación convocada por los estudiantes fue organizada como un acto
pacífico, y miles de personas, incluidos jóvenes, familias y trabajadores, se congregaron en
la plaza para escuchar a los líderes estudiantiles que, desde los balcones de los edificios
circundantes, dirigían sus discursos y compartían sus demandas.
La atmósfera, aunque expectante, se mantenía en calma. Sin embargo, al caer la noche, la
situación dio un giro devastador cuando el ejército y la policía, bajo órdenes del gobierno de
Gustavo Díaz Ordaz, comenzaron a cercar la plaza de manera sigilosa, preparando un
ataque coordinado.
Los testimonios de sobrevivientes y documentos desclasificados con el paso de los años
sugieren que el ataque fue cuidadosamente orquestado. Se ha señalado que los primeros
disparos provinieron de francotiradores posicionados en los edificios cercanos,
presuntamente pertenecientes al Batallón Olimpia, una unidad paramilitar infiltrada en la
manifestación con la misión de desatar el caos. Estos disparos sembraron el pánico entre
los manifestantes, quienes, confundidos y aterrados, intentaron escapar en todas
direcciones. Lo que siguió fue una verdadera masacre: el ejército, armado con rifles y
tanques ligeros, abrió fuego de manera indiscriminada contra la multitud. Las balas volaban
en todas direcciones, y la plaza, que hasta minutos antes había sido escenario de protesta
pacífica, se transformó en un campo de muerte.
Aunque el gobierno rápidamente minimizó los hechos y las cifras oficiales hablaron de una
veintena de muertos, investigaciones independientes, periodistas, y activistas que
documentaron la tragedia han señalado que el número real de víctimas podría haber sido
de varios cientos. Muchos cuerpos nunca fueron recuperados, y numerosos manifestantes
fueron arrestados, torturados o desaparecidos en los días posteriores. Las familias de las
víctimas quedaron sumidas en la incertidumbre, sin información clara sobre el destino de
sus seres queridos. A pesar de la brutalidad del ataque y del dolor que causó en la
sociedad mexicana, el gobierno intentó imponer un manto de silencio sobre la masacre.
Utilizando los medios de comunicación controlados por el Estado, se construyó una
narrativa oficial que responsabilizaba a los propios manifestantes del caos, argumentando
que habían sido infiltrados por agitadores violentos. La represión del 2 de octubre fue
rápidamente negada o minimizada por el régimen, que buscaba proteger la imagen del país
a nivel internacional, especialmente con los Juegos Olímpicos a punto de inaugurarse en la
Ciudad de México.
Sin embargo, las imágenes y testimonios de aquellos días quedaron grabados en la
memoria colectiva, y el 2 de octubre se convirtió en un símbolo de la lucha por la justicia, la
verdad y la libertad en México. A pesar de la brutalidad del ataque y del dolor que causó en
la sociedad mexicana, el gobierno intentó imponer un manto de silencio sobre la masacre.
Utilizando los medios de comunicación controlados por el Estado, se construyó una
narrativa oficial que responsabilizaba a los propios manifestantes del caos, argumentando
que habían sido infiltrados por agitadores violentos.
La represión del 2 de octubre fue rápidamente negada o minimizada por el régimen, que
buscaba proteger la imagen del país a nivel internacional, especialmente con los Juegos
Olímpicos a punto de inaugurarse en la Ciudad de México. Sin embargo, las imágenes y
testimonios de aquellos días quedaron grabados en la memoria colectiva, y el 2 de octubre
se convirtió en un símbolo de la lucha por la justicia, la verdad y la libertad en México.
4. Reacción y encubrimiento gubernamental
Inmediatamente después de la masacre de Tlatelolco, el gobierno de Gustavo Díaz Ordaz
se movilizó para minimizar la gravedad de los hechos y controlar el flujo de información. A
través de los medios de comunicación masivos, que estaban mayoritariamente bajo control
estatal o alineados con el régimen, se difundieron versiones distorsionadas que culpaban a
los propios estudiantes de haber iniciado los actos de violencia. El gobierno presentó la
represión como una respuesta necesaria para mantener el orden público, alegando que los
manifestantes habían sido infiltrados por radicales armados que buscaban desestabilizar al
país. Esta narrativa buscaba desacreditar al movimiento estudiantil y justificar el uso de la
fuerza, con el objetivo principal de proteger la imagen de México a nivel internacional, en
vísperas de los Juegos Olímpicos que se inaugurarían el 12 de octubre de ese mismo año,
apenas diez días después de la tragedia.
El evento olímpico, una oportunidad clave para que el gobierno de Díaz Ordaz mostrara a
México como un país moderno, estable y en pleno desarrollo, fue un factor decisivo en la
estrategia de encubrimiento. Cualquier imagen de caos o desorden social podría haber
empañado la celebración y la reputación del país frente a la comunidad internacional. Así,
se dio prioridad a la propaganda oficial, que silenció o minimizó el alcance real de la
masacre. Las portadas de los periódicos nacionales, en lugar de reflejar la gravedad de los
sucesos, dedicaron su atención a temas deportivos y preparativos olímpicos, mientras que
las protestas, el luto y el clamor por justicia fueron relegados a un segundo plano o
directamente omitidos.
Sin embargo, a pesar de los esfuerzos del gobierno por controlar la narrativa, algunas
imágenes y testimonios lograron filtrarse fuera de las fronteras mexicanas. Estos
documentos gráficos y relatos conmocionaron a la opinión pública internacional, generando
condenas de organizaciones de derechos humanos y de diversos sectores críticos.
No obstante, las reacciones oficiales de otros gobiernos fueron limitadas, en parte por el
contexto de la Guerra Fría, que hacía que muchos países prefirieran no intervenir o
condenar directamente a un aliado estratégico como México. Además, el aparato de control
mediático y diplomático del gobierno mexicano logró contener, al menos en el corto plazo,
las consecuencias políticas a nivel internacional.
Dentro del país, la situación fue mucho más tensa. Las familias de las víctimas —tanto de
los asesinados como de los desaparecidos— vivieron una mezcla de dolor e indignación.
Muchas de estas familias fueron silenciadas, perseguidas o intimidadas por las autoridades,
que buscaron evitar que se alzaran voces exigiendo justicia. En lugar de respuestas,
encontraron represión y una profunda sensación de impunidad. Las instituciones del
Estado, lejos de investigar los hechos o reconocer su responsabilidad, mantuvieron una
postura de negación o de indiferencia, lo que profundizó la desconfianza de la población
hacia el gobierno y las fuerzas del orden.
Por décadas, la masacre de Tlatelolco permaneció como un tema tabú en México. Las
pocas personas que intentaban hablar del tema o investigar los hechos enfrentaban
obstáculos oficiales y el riesgo de represalias. No fue hasta la década de 1990, con la
apertura democrática y los cambios en la estructura política del país, que empezaron a
desclasificarse documentos oficiales que confirmaron lo que muchos sospechaban: la
represión había sido planeada y ejecutada de manera premeditada, coordinada por las más
altas esferas del gobierno. Estos documentos revelaron la implicación directa del ejército, la
policía y las fuerzas paramilitares en la matanza, así como los esfuerzos deliberados por
encubrir la verdad, lo que reafirmó la naturaleza sistemática de la represión y la
responsabilidad del Estado en uno de los episodios más oscuros de la historia
contemporánea de México.
5. Impacto político y social
Aunque el gobierno del PRI continuó en el poder por varias décadas más, los eventos de
1968 marcaron un punto de inflexión en la política mexicana. La confianza en el gobierno
se erosionó significativamente, especialmente entre los jóvenes y los sectores intelectuales
que habían apoyado al movimiento estudiantil. Si bien el PRI mantuvo su hegemonía, la
matanza de Tlatelolco sembró las semillas de la crítica que eventualmente conduciría a la
apertura política y a la alternancia de partidos en el poder, que se materializó en el año
2000 con la victoria de Vicente Fox.
En términos sociales, la masacre de Tlatelolco se convirtió en un símbolo de la lucha contra
el autoritarismo y la represión. Año tras año, el 2 de octubre se conmemora con marchas y
actos en todo el país, recordando a las víctimas y exigiendo justicia, que aún hoy sigue
siendo esquiva. A nivel cultural, el evento ha sido abordado en múltiples formas de
expresión artística: desde la literatura y el cine, hasta la música y el teatro, reflejando el
dolor, la indignación y la memoria colectiva que permanece viva en la sociedad mexicana.
6. La relación entre el poder y la tecnología
La Matanza de Tlatelolco también expone cómo el poder puede instrumentalizar la
tecnología para controlar a la sociedad. Durante el conflicto de 1968, el gobierno mexicano
empleó tecnologías de comunicación, control y vigilancia como herramientas clave para
reprimir el movimiento estudiantil. Los medios de comunicación masivos, controlados por el
Estado, se convirtieron en instrumentos para difundir desinformación, manipular la opinión
pública y desacreditar a los estudiantes, presentándolos como enemigos del orden. A su
vez, el ejército y la policía utilizaron tecnologías avanzadas de inteligencia, logística y
vigilancia para ejecutar de manera precisa la operación represiva del 2 de octubre.
Este uso de la tecnología con fines autoritarios demuestra que, sin una ética social y
valores democráticos, el desarrollo tecnológico puede ser utilizado para fortalecer la
represión. En lugar de fomentar el diálogo o empoderar a la ciudadanía, en 1968 la
tecnología fue empleada para restringir libertades y sofocar demandas legítimas de justicia
y democracia. El acceso limitado de la sociedad civil a canales de información
independientes y la capacidad del Estado para controlar el flujo de noticias consolidaron la
versión oficial, lo que agravó la desconfianza en las instituciones y dejó a la población sin
herramientas para cuestionar al poder.
Con el tiempo, la evolución tecnológica ha permitido una mayor democratización del acceso
a la información, especialmente con la aparición de internet y las redes sociales. Sin
embargo, el caso de Tlatelolco sigue siendo un recordatorio de los peligros inherentes al
uso de la tecnología cuando está monopolizada por el poder. Si bien hoy existen más
mecanismos para vigilar a los gobiernos y denunciar abusos, el control de la información
sigue siendo un campo de batalla en el que las nuevas tecnologías pueden tanto abrir
espacios de libertad como ser utilizadas para manipular y reprimir a las sociedades. Esto
plantea la necesidad de un uso ético y responsable de las tecnologías, guiado por
principios democráticos y derechos humanos.
El caso de Tlatelolco resalta también cómo la tecnología puede moldear la memoria
histórica. Durante años, la narrativa oficial impuesta por el gobierno, respaldada por los
medios controlados, fue la única versión accesible para gran parte de la población. Sin
embargo, con el paso del tiempo y la aparición de nuevas tecnologías de comunicación,
como el internet y la digitalización de archivos, las voces silenciadas por décadas
comenzaron a emerger. Documentos desclasificados, testimonios de sobrevivientes y
pruebas audiovisuales de los hechos han permitido reconstruir la verdad detrás de la
represión, dando lugar a una memoria colectiva más justa y plural. Esto demuestra que la
tecnología, además de ser utilizada para la opresión, puede también servir como una
herramienta poderosa para la resistencia y la reivindicación histórica.
Conclusión:
En conclusión, la Matanza de Tlatelolco de 1968 constituye un punto de inflexión en la
historia contemporánea de México y un ejemplo doloroso de cómo el poder autoritario
puede utilizar la fuerza y la tecnología para acallar las voces de aquellos que demandan
justicia y cambios sociales. Este episodio nos muestra las profundas tensiones entre una
juventud que aspiraba a un país más libre y democrático, y un régimen que prioriza la
estabilidad y el control a través de la represión. El saldo de aquella trágica noche fue la
muerte de cientos de personas, pero también dejó una herida abierta en la conciencia
colectiva de México, cuyo eco resuena hasta nuestros días.
Desde la perspectiva de "Ciencia, Tecnología, Sociedad y Valores", este evento pone en
primer plano el papel que juega la tecnología en los sistemas de poder. Durante el conflicto
de 1968, el gobierno mexicano se apoyó en los medios de comunicación controlados para
difundir desinformación, desacreditar al movimiento estudiantil y presentar la represión
como un acto necesario para preservar el orden público. La tecnología, en manos del
poder, fue instrumentalizada para manipular la narrativa pública y ocultar la magnitud de la
masacre. Esto ilustra cómo el desarrollo tecnológico, sin una base sólida de valores éticos y
sociales, puede convertirse en una herramienta para oprimir y controlar a la ciudadanía en
lugar de empoderarla.
Además, la tragedia de Tlatelolco evidenció cómo las fuerzas militares y policiales utilizaron
tecnologías de inteligencia y vigilancia para coordinar una operación represiva precisa y
letal. El uso de estas tecnologías, al servicio de un gobierno autoritario, muestra los riesgos
inherentes cuando las herramientas avanzadas de control social no están reguladas o
supervisadas por principios democráticos. La falta de acceso a información independiente y
la monopolización de los medios por parte del Estado profundizaron el miedo y la
desconfianza de la sociedad hacia sus instituciones, limitando la capacidad de la
ciudadanía para cuestionar y exigir rendición de cuentas.
A lo largo de las décadas, la sociedad mexicana ha luchado por mantener viva la memoria
de los hechos del 2 de octubre, en un intento de buscar justicia para las víctimas y
reconocer la responsabilidad del Estado. Esta memoria histórica ha sido preservada en la
cultura, el arte y la literatura, convirtiéndose en un símbolo de la resistencia contra la
represión y la injusticia. Cada año, las marchas conmemorativas del 2 de octubre no solo
recuerdan a las víctimas, sino que también mantienen vigente la lucha por los derechos
humanos, la libertad de expresión y la democracia.