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Cuento - La Flor

La historia narra la vida de Lira, una flor pequeña y tímida que vive en la sombra de un árbol, anhelando la luz del sol. Tras un encuentro con una mariposa llamada Azura, Lira aprende que debe buscar su propia luz, lo que la lleva a crecer y florecer a pesar de las limitaciones. Finalmente, Lira descubre que la verdadera magia está en encontrar la luz incluso en los lugares más inesperados.

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Cuento - La Flor

La historia narra la vida de Lira, una flor pequeña y tímida que vive en la sombra de un árbol, anhelando la luz del sol. Tras un encuentro con una mariposa llamada Azura, Lira aprende que debe buscar su propia luz, lo que la lleva a crecer y florecer a pesar de las limitaciones. Finalmente, Lira descubre que la verdadera magia está en encontrar la luz incluso en los lugares más inesperados.

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La flor que soñaba con el sol

Había una vez, en un rincón olvidado de un jardín antiguo, una flor pequeña y tímida llamada Lira.
Su tallo era delgado y sus pétalos de un azul pálido, casi transparente, como si el cielo mismo se
hubiera teñido de su color. Lira vivía en una sombra profunda, bajo la copa de un árbol que,
aunque hermoso, le impedía ver el mundo más allá de sus hojas.

Desde que había brotado, Lira se había sentido diferente. No como las otras flores del jardín, que
se alzaban altas y orgullosas hacia el sol. Las margaritas, los lirios, las rosas… todas ellos se
balanceaban hacia el cielo con sus pétalos brillantes, absorbiendo cada rayo de luz que la vida les
ofrecía. En cambio, Lira solo veía la luz filtrada por las hojas del árbol, una luz suave que nunca la
calentaba del todo.

—¿Por qué no puedo estar al sol como las demás? —se preguntaba Lira todos los días, mirando a
sus compañeras que se mecían al viento con la calidez del sol acariciándolas.

Su vida, aunque tranquila, no la llenaba de alegría. En las noches, cuando la luna se alzaba sobre el
jardín, Lira soñaba con ser una flor que pudiera extender sus pétalos hacia el sol, sentir el calor en
su centro y crecer más fuerte. Pero cada mañana, al abrir sus ojos, veía solo la sombra, y aunque lo
intentaba, nunca lograba alcanzar la luz.

Un día, mientras Lira se lamentaba por su destino, una mariposa que pasaba por allí, llamada
Azura, se posó sobre su tallo y la miró con ojos llenos de sabiduría.

—¿Por qué estás tan triste, pequeña flor? —preguntó Azura, batiendo sus alas con suavidad.

—No puedo crecer como las demás flores —respondió Lira con una voz apagada—. Vivo en la
sombra. No conozco el sol, y siempre he soñado con su luz, pero aquí estoy, atrapada bajo la
sombra del árbol.

Azura sonrió suavemente y, con un susurro casi imperceptible, dijo:

—No todos los soles son iguales, Lira. Algunas flores necesitan solo un poco de luz para brillar.
Pero otras, como tú, necesitan aprender a encontrar su propio camino hacia el sol. El sol está en
todas partes, pero a veces está escondido en los lugares más inesperados.

Lira, desconcertada, intentó entender las palabras de la mariposa. Azura le dio una última mirada
antes de volar hacia el cielo, dejando atrás una estela de colores brillantes.

Esa noche, Lira no pudo dormir. Las palabras de Azura revoloteaban en su mente como un enigma
sin resolver. "El sol está en todas partes", pensaba, "pero está en los lugares más inesperados...
¿Cómo encontrarlo?"

Al amanecer, Lira despertó con una nueva determinación. Sabía que no podía esperar más a que el
sol llegara a ella; tendría que buscarlo por sí misma. Por primera vez, levantó su tallo, más alto de
lo que jamás había logrado, y estiró sus pétalos azules hacia la luz que se filtraba a través de las
hojas del árbol. No era la luz completa, pero era un comienzo.

Pasaron los días, y Lira empezó a notar algo extraño. Aunque la sombra del árbol seguía
cubriéndola, poco a poco la luz que alcanzaba sus pétalos se volvía más cálida. Su color azul
comenzó a intensificarse, y sus raíces, que antes parecían débiles, empezaron a expandirse con
más fuerza en la tierra. Lira no entendía del todo cómo sucedía, pero sentía que algo dentro de
ella estaba cambiando.

Una mañana, cuando el sol aún no había alcanzado el jardín, Lira se dio cuenta de que algo mágico
había ocurrido: un rayo de sol había atravesado la copa del árbol, justo en el momento en que ella
había levantado sus pétalos al máximo. Era un sol tenue, suave, pero tan cálido y reconfortante
que, por fin, Lira sintió que su alma florecía.

El sol no la había olvidado, pensó, y quizás nunca lo hizo. Era que, tal vez, Lira necesitaba
aprender a ver la luz de una manera diferente. El sol no siempre era un rayo directo que iluminaba
con fuerza, sino que a veces se escondía entre sombras y obstáculos, esperando que alguien lo
buscara, lo encontrara y lo recibiera con gratitud.

Desde entonces, Lira vivió en el jardín con una nueva paz. No creció tan alta como las otras flores,
ni tuvo la misma apariencia brillante que ellas. Pero algo en su ser, algo profundo, se había
transformado. Lira había aprendido que, a veces, no es necesario ser el más grande o el más
brillante para encontrar la luz. A veces, la verdadera magia está en saber buscarla, incluso cuando
parece estar oculta.

Y cada día, al abrir sus pétalos hacia la luz suave que se colaba entre las hojas del árbol, Lira
sonreía, feliz de saber que no necesitaba más para sentirse completa. El sol, al final, siempre
había estado allí, solo que ella tenía que aprender a verlo con otros ojos.

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