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Batalla de Wad-Rás: 33 de marzo de 1860

El documento describe la Batalla de Wad-Rás, destacando el esfuerzo de las tropas españolas bajo el mando del general Prim para mantener posiciones contra las fuerzas moras. A pesar de las desventajas, la llegada de refuerzos del tercer cuerpo de ejército permitió a los españoles contraatacar y rechazar a los moros, aunque con un alto costo en bajas. La situación se tornó crítica, pero la valentía y cohesión de las tropas fueron fundamentales para enfrentar el desafío.

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Batalla de Wad-Rás: 33 de marzo de 1860

El documento describe la Batalla de Wad-Rás, destacando el esfuerzo de las tropas españolas bajo el mando del general Prim para mantener posiciones contra las fuerzas moras. A pesar de las desventajas, la llegada de refuerzos del tercer cuerpo de ejército permitió a los españoles contraatacar y rechazar a los moros, aunque con un alto costo en bajas. La situación se tornó crítica, pero la valentía y cohesión de las tropas fueron fundamentales para enfrentar el desafío.

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WÚMS. $.'> Y 9.

° ^ AÑO I ^

EUROPA : J
ÁFRIGA
Precios de 8tt«cripci6B
ASO gKll«8TRR TBIMRSTBB
[Link] Marruecos 15pesetas. 8pesetas. s'pesetas. Nümero sneltO: DOS PESETAS
Ooinea espafiola 17 — 9 — 6 —
Extranjero 17 francos. lOfi-ancos. 7francos.

BATALLA DE WAD-RÁS
( 3 3 D E MARZO DE 1 8 6 0 )

(Continuación.)

El supremo esfuerzo hecho por las tropas de la segunda división del se-
gundo cuerpo de ejército para conservar las posiciones que á costa de tanta
sangre y oon tanto denuedo habían conquistado en las laderas de la sierra de
Benisider, y reconquistar el disputado aduar de Amsal, esfuerzo en el Onal se
había llegado al extremo de que el general Prim se viera en la precisión de
dar á los coraceros un empleo táctico tan ajeno á las fi^ultades de la caba-
llería, no alejó de ella.s el inminente peligro en que estíilban desde que su pro-
nunciado é impetuoso avance las distanciara dé las del tercer y primer cuer-
pos de ejército, de verse envueltas y atacadas por un flanco y retaguardia
al mismo tiempo que seguían luchando safiudamente con las numerosas fuer-
zas enemigas que se habían replegado al segundo aduar, y en éste y en las
alturas inmediatas á éste resistían con firmeza el empuje de los cristianos,
dispuestas i pronta y vigorosa reacción ofensiva. Muy al contrarió,.la inmi-
nencia se convirtió en inmediata realidad: la caballería mora y numerosos
grupos de moros á pie empezaron á descender de la sierra al llano, corriéndo-
se por elflianooizquierdo de las tropas del general Prim, oon el evidente pro-
pósito de interponerse entre éstas y las del primer y tercer cuerpos de ejér-
cito y efectuar el temible movimiento y arrollador ataque envolventes. Si no
se evitaban con el pronto envío y oportuna llegada de refuerzos sufioienteB,
la situación de los soldados de Prim sería más crítica aún que lo mucho que
ya lo había sido momentos antes; pues, extenuados de fatiga por lo penoso de
la marohft inicial, por lo rudo, continuo y píolongado de su incesante pelear
én un cómbate que había empezado á las nueve de la mañana, y eran ya más
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de las dos de la tarde; abrumados por el peso de su equipo y de las ocho ra-
ciones que llevaban en sus mochilas; muy escasos de municiones; mermado
su número por las muchas bajas que habían tenido, y acometidos en feroz
embestida en su frente, flanco y retaguardia por la enardecida morisma, las
condiciones eii que iban á jugarse él todo por el todo en aquel período decisi-
vo de la batalla eran todas desventajosas, excepto las de disciplina y cohesión,
y más que éstas, la del sublime denuedo que comunicaba á sus ánimos, natu-
ralmente esforzados, el temple heroico de su caudillo.
Cuando amagaba tan pavorosa tromba humana á la segunda división del
segundo cuerpo de ejército, poniéndole en trance apuradísimo por el cúmulo
de circunstancias adversas y condiciones desventajosas para él en que iba á
empeñarse el combate decisivo, cuyo éxito, no ya incierto y dudoso se pre-
sentaba, sino que parecía iba á serle fatalmente contrario, era la siguiente la
situación del ejército. A vanguardia, batiéndose en las faldas de la sierra de
Beaider ó Benisider, se hallaban oon el general Prim la segunda división del
segundo cuerpo, excepción hecha del regimiento de la Princesa; la brigada de
coraceros y dos escuadrones de lanceros, la mayor parte de la artillería de
montaña y las baterías de cohetes á la Congréve. Al avanzar y pasar el río
Buceja dichas fuerzas, el primer cuerpo había resultado en segunda línea, y
se reconcentró junto al aduar de Sansie, en unos montes que dominan el valle
de Wad-Rás, y, apoyándole inmediatamente, se situó en la falda de dichos
montes que da al aduar la primera división del segundo cuerpo. Iniciador de
la batalla el primer cuerpo, había extremado sus energías hasta su máxima
tensión en la lucha desigual sostenida oon fuerzas enemigas superiores en
número á las suyas, para contrarrestar y rechazar sus arremetidas y desalo-
jarlas de posiciones ventajosas conquistadas mediante repetidos ataques á la
bayoneta, y sus soldados se hallaban fatigadísimos, tanto ó má^ que los del
segundo cuerpo.
Oon la bajada de la caballería al llano había felizmente coincidido la lle-
gada del tercer cuerpo al río Buceja. Venía á apoyar y reforzar en el frente
de combate al segundo. Su comandante en jefe, el general Bos de Olano, ha-
bía destacado á vanguardia un batallón, que cruzó el puente, avanzó por la
margen derecha del río, y desplegó guerrillas para cubrir y proteger el paso
de todo el cuerpo de ejército por el puente.
Los tercios vascongados de Guipúzcoa y Vizcaya y la segunda división del
cuerpo dé reserva, conducidos por el general Bíos, continuaban la marcha de
flanqueo por la derecha del ejército que al amanecer habían emprendido,
cuyo objeto era: evitar é impedir que fuerzas del enemigo se corriesen por las
estribaciones de Sierra Bermeja, cubriéndose oon las ásperas sinuosidades y
escabrosidades de éstas, para caer sobre el ejército en marcha por su flanco
derecho y retaguardia y cortar sus comunicaciones coa Tetuán; arrojar de
esas estribaciones á cuantos moros se opusiesen ó viniesen á oponerse á la
ejecución de la penosa, difícil y arriesgada nianiobra de las tropas del general
Ríos, y terminar aquélla con un cambio de frente á la izquierda, mediante el
cual éstas envolviesen á las huestes de Muley-el-Abbas por su derecha y ejer-
- tó7 -

ci«sen una acción amenazadora hacia el valle de Wad-Rás y camino del Fon-
dak. Siempre á retaguardia, y bastante distanciada de los cuerpos de ejército
tercero y primero, la primera división del de reserva caminaba lentamente,
gnardando las oomtinioaoioues del ejército con Tetuán.
Desde las alturas de Sausie, donde se había situado con su cuartel general
y escolta, porque desde ellas dominaba todo el campo de batalla, el general en
jefe observaba el desarrollo del combate, a fin do adoptar oportunamente las
disposiciones que su admirable don de hacerse cargo de la situación en los mo-
mentos más críticos le sugiriera. [Link] preciso conocer la de las tropas del
general Bíos, y no desperdiciar ni un instante én cnanto se presentaran á la
vista, porque de su contacto con las del primer cuerpo dependía la ejecución
de la acción común y combinada de todo el ejército, que había de darle la
victoria.
Lo extenso del frente de (combate de los moros, que puede decirse que em-
pezaba en la desembocadura del río Martín y continuaba por la margen dere-
cha de éste, la sierra de Benisider y el valle de Wad-Rás, para terminar en
las montañas de Sierra Bermeja, habí» ocasionado que los esfuerzos délas tro-
pas españolas, aunque simultáneos muchos de ellos, fuesen aislados, y, por
tanto, sin conjunto que los hiciese decisivos. Con la llegada del tercer cuerpo
a l a s márgenes del Buceja, la batalla, hastia entonces desconocida, iba á va-
riar de aspecto. El ejército cristiano, desparramado para hacer frente así á
los amagos como á las arremetidas y resistencias de los moros en una exten*
sión de más de veinticinco kilóiiietros, ahora se oonceritraría sobre las alturas
de Wad-Rás y monte de Benisider, donde, por donlinar el camino natural que
da. acceso al desfiladero del Fondak, se hallaba el punto llave del campo de
batalla. Por lo pronto, tuvo ya el general en jefe tropas de qué disjjoner para
enviarlas inUaediatamente al urgente socorro de la segunda división del se-
gundo cuerpo de ejército, que, con su decidido empeño de desalojar del aduar de
Benider ó Benisider y monte del mismo nombre ál ^onsidéra,ble niimero de
moros en ellos reconcentrados, había elevado la violencia y furia de la ince-
sante lucha al más alio grado de intensidad, justamente cuando grandes gru-
pos de caballería mora y de moros á pie descendían al llano, pura envolverla
y atacarla por su flanco derecho y retaguardia.
Ouando esto sucedía, acababa de atravesar el puente de Buceja el general
Ros de Olano, con tres batallones de la primera división, una brigada d é l a
segunda, una batería de montaña y otra rodada, yendo las restantes tropas del
tercer cuerpo, con los generales Turón y Quesada, hacíala derecha, para ocu-
par posiciones dominantes frente al vallé de 'Wad-Rás, por disposición del
general en jefe, que al mismo tiempo ordenó que el general D. Enrique
O'Donnell, comandante en jefe de la segunda división del segundo cuerpo,
con nnal brigada improvisada, puee la formaban el regimiento de Castilla, que
no pertenecía á su división, y el regimiento de Borbóh, que era del primer
cuerpo de ejército, desde unos cerr-oá situados á la derecha del aduar de Sán-
ale, á que había ido Qon ambos regimientos á proteger el avance de las tropas
del general Ríos, descendiera al, llano, en el que por esta parte había baétante
oaballeria mora á ambas márgenes del Buceja, pasase éste agua abajo y cerca
de su confluencia con el "Watí-Rás, y ocupase posiciones á la derecha de las
tropas de los generales Turón y Qaesada, en el gran recodo que forma el Wad-
Bás antes de unirse al Buceja.
Había el general Eos de Olano ido cubriendo el llano de la margen dere-
cha del Buceja, á la salida del puente, con los batallones que habían quedado
á sus inmediatas órdenes, formados en columna; había dispuesto que desple-
gasen guerrillas á vanguardia,, y había distribuido y situado su artillería en
ambas alas y hecho que rompiese el fuego contra el enemigo, para preparar
el avance de todas sus tropas; y se disponía á atacar de revés á la caballería
mora, cuando recibió orden del general en jefe de que á toda prisa enviara
de refuerzo al general Prim tres de sus batallones4 En cumplimiento de orden
tan apremiante, el general Ros de Olano destacó de su cuerpo de ejército los
batallones de cazadores de Ciudad Rodrigó y Baza y el segundo del regi-
miento de Albuera, que, conducidos por el general Cervino, jefe de la brigada
á que los tres pertenecían, al paso ligero y en línea recta, en cuanto lo per-
mitían los accidentes del terreno, recorrieron la distancia que mediaba entre
el sitio de su última y reciente formación y las primeras estribaciones de las
montañas de •Wad-Rás, donde hicieron alto, para recibir órdenes del general
Prim, que allí estaba con el jefe de Estado Mayor del ejército, general Gar-
cía, enviado hacía muy poco por el general O'Donnell con instrucciones para
el valeroso caudillo del segundo cuerpo. La llegada de los tres batallones del
tercero no pudo ser más oportuna, pues ocurrió en el momento mismo de re-
basar la caballería mora por el flanco derecho el frente de combate de las
tropas de Prim, quien, sin dejarles más instantes de reposo que los necesarios
para tomar aliento después de su vertiginosa carrera, los mandó que salieran
con igual rapidez al encuentro de los grupos de moros de á pie y de á caba-
llo que bajaban como una tromba de las alturas. Al continuar su interrum-
pido avance, lo efectuaron con arroUador ímpetu, yendo el batallón de Ciudad
Rodrigo, con el brigadier Pino, por la derecha de su frente, sobre la izquierda
del de los moros; el de Albuera, por la izquierda, con el brigadier Alaminos;
y el de Baza, con el general Cervino, que fué el que dictó estas últimas dispo-
siciones para el combate, por el centro.
Hubo el batallón de cazadores de Ciudad Rodrigo de adelantarse á loa
otros dos, y chocó rudamente con la caballería mora. El choque fué terrible:
los moros se arrojaron sobre el batallón como fieras; su empuje crecía, y su
número se multiplicaba por instantes. Salían de los peñascos, detrás de los
cuales estaban ocultos para hftcer fuego, nueyos grupos de moros, y descen-
dían de las alturas como torrente devastador. Al fuego á quemarropa con
que empezaron la sañuda lucha moros y cristianos pusieron término los bra-
vos cazadores con irresistible carga á la bayoneta, qiie desconcertó al enemi-
go desde luego y le puso en fuga.
Triunfaron las bayonetas españolas de las gumías y espingardas moras.
El batallón de Ciudad Rodrigo había rechazado y ahuyentado á los moros;
pero ¡á costa de cuánta sangre! Su valeroso jefe, D. Ángel Cos-Gayón, que
en los primeros momentos del choque había sufrido una fuerte contusión, sin
que por esto dejase el mando de sus valientes soldados, cayó poco después
gravemente herido, y al mismo tiempo que él, diez y seis jefes y oficiales y
más de la tercera parte de la tropa, según el Diario de un testigo de la gue-
rra de África; setenta y seis hombres, según testimonios oficiales, quedaron
fuera de combate, muertos ó heridos. Tuvoqne encargarse del mando del ba-
tallón el comandante de Estado Mayor D. Pedro Esteban.
Triunfo tan glorioso como sangriento pudo ser efímero ó ineficaz, porque
los moros tardaron poco en rehacerse, y en mayor número, y con igual ó ma-
yor furia que antea, se arrojaron otra vez sobre el mermado batallón, que,
no obstante conservar sus soldados toda su entereza y valor, estaba muy
quebrantado por las muchas bajas sufridas y por haberse quedado casi por
completo sin oficiales, y en tales condiciones cabía la posibilidad de qtie stx
resistencia fuera un sacrificio heroico, pero luctuoso. Evitaron esta triste
contingencia los batallones de Baza y Albuera, recorriendo velozmente él es-
pacio que les había el de Ciudad Rodrigo ganado en delantera por orden su-
perior, y acudiendo denodadamente en su auxilio.
El general Cervino había previsto esta reacción ofensiva del enemigo
con fuerzas tan superiores en número á todas las suyas, y, temeroso del
efecto que podía causar en el batallón de Ciudad Rodrigo, precipitó la mar-
cha de los de Baza y Albuera, y avanzó velozmente con aquél desplegado en
línea á la izquierda del de Ciudad Rodrigo, y llevando en reserva, detrás del
ala izquierda de Baza, al de Albuera.
Enlazados ya Ciudad Rodrigo, Baza y Albuera, las tropas del general
Cervino resultaban en condiciones de resistir y arrostrar victoriosamente á
los moros, que impetuosamente se les venían encima. Baza y la compañía de
cabeza de Ciudad Rodrigo los recibieron con nutridas descargas de fusilería;
mas no satisfecho el general Cervino con el daño causado por el fuego de sus
soldados al enemigo, ni con quebrantar de tal modo el ímpetu de éste, se lanzó
con los tres batallones contra los moros en furioso ataque á la bayoneta, con-
tinuando en línea el de Baza; á su derecha, formando martillo con él, la
exigua columna á que quedara reducido el de Ciudad Rodrigo, y el de Al-
buera en reserva. En el ala derecha de Baza iba su primer jefe, el coronel
Novella, y e n l a izquierda, s» comandante D. José Águila y Pardiñas.
Detuvo y rechazó á los moros el violento empuje de los bravos cazadores
de Ciudad Rodrigo y Baza y soldados de Albuera, que se hartaron de herir y
matar con sus aceradas bayonetas. Ante el combinado esfuerzo de los tres
batallones, no tan sólo fué ahuyentado el enemigo, cesó en su ofensiva y de-
sistió de renovarla, sino que fué arrojado de las estribaciones de la sierra á
qtie se acogió, y en las que trató de probar fortuna en la resistencia, ya que
no la había tenido en la acometida.
Al atacar de frente Ciudad Rodrigo y Baza las culminantes alturas en
que los moros fugitivos hicieron su última resistencia, el comandante Águila
fué el primero que subió á ellas á pie, y seguido por algunos oficiales y corto
número de soldados, pues la mucha fatiga obligó á los más á ascender lenta-
mente por tan ásperas escabrosidades. La completa dispersión y ya no inte-
rrumpida fuga de los moros en dirección al desfiladero del Fondak la produjo
el batallón de Albnera al rebasar al de Baza por la izquierda de éste y coro-
nar una altura que dominaba las estribaciones y faldas de la sierra, en que
los moros, batidos por los tres batallones, intentaron rehacerse otra" vez y pro-
longar la lucha.
Había fracasado el movimiento envolvente con que la caballería mora ha-
bía puesto en tan grave riesgo á las tropas del general Prim, y con ser tan
positivo, benefioiotfo y transcendental este éxito conseguido por Ciudad Ro-
drigo, Baza y Albuera, todavía le hizo maypr el haber logrado, con el com-
bate sostenido, ganar tiempo para que todas las demás tropas del tercer cuer-
po, y los cuatro batallones conducidos por el general D. Enrique O'Donneli,
lo tuvieran para combinar la acción táctica con la segunda división del segun-
do cuerpo, y los tercios de Guipúzcoa y Vizcaya y la segunda división del
cuerpo, para terminar la maniobra que tan eficazmente había de contribuir á
asegurar la victoria de las armas españolas.
Para hacer el flanqueo que había de cubrir por su derecha al ejército en
su marcha, se antioipó á éste en emprenderla el general Ríos, que llevaba á
sus órdenes tres batallones de infantería de línea, uno de cazadores, otro de
infantería de Marina, los tercios vascongados, dos escuadrones de lanceros de
Villaviciofia y una batería de montaña. Estas tropas se dirigieron á los mon-
tes de Samsa y Sadina, y marcharon al principio desembarazadamente, sin
encontrar moros á su paso, y, por tanto, sin tener que venOer resistencia
alguna del enemigo; pero como andaban por fuera de camino, y el terreno era
muy quebrado y montuoso, para trepar á la cumbre de los cerros y montes,
salvar los barrancos y cruzar los regatos y torrentes que dé lo alto de Sie-
rra Bermeja descendían al Guad-el^Jelá-, hubieron de invertir bastante tiem-
po, y esto hizo que su marcha fuera penosa y lenta. Sin haber tenido que su-
perar más dificultades que las que les presentaban los obstáculos naturales del
terreno, y yendo en su avance de posición en posición, dominaron los montes
de Samsa; dejando á su derecha el aduar, descendieron al rio del mismo nom-
bre, le pasaron, y al subir la vanguardia por la vertiente opuesta, en que se
alzan los montes de Sadina, chocó con grupos numerosos de marroquíes.
Eran las avanzadas de las considerables fuerzas que el califa Muley-el-Abbas,
en su propósito de envolver por ambas alas al ejército cristiano, pero más
principalmente por la derecha, aprovechando las favorables condiciones que
para efectuarlo le brindaban los montes de Samsa, enviaba para apoderarse
de éstos, y para que, descendiendo desde su cumbre por las vertientes que dan
a l j e l ú , cayeran sobre la retaguardia del ejército español.
En cnanto los moros se percataron de que los españoles habían emprendi-
do la marcha hacia el Fondak, se apresuraron á intentar el moviiniento en-
volvente que esperaban les diese la victoria; pero la pericia del general O'Don-
nell, que había adivinado el plan del enemigo, contrarrestó y anuló el movi-
njiento preparado por éste para atacar la retaguardia de su ejército, con el
de flanqueo que mandó efectuar á las tropas del general Ríos, y cuyo prinoi-
- 441 H.

pió fué la primera maniobra de la batalla. El combate de Sadina vino á coin-


cidir con el paso del Buoeja por las tropas del general Prim y la reconcen-
tración del primer cuerpo de ejército «n los cerros de Sansie.
M avistarse en las faldas de los montes de Sadina la extrema vanguardia
de la columna española de flanqueo y los primeros grupos de la numerosa
hueste marroquí que venía en demanda de los montes de Samsa, una y otra
rompieron el fuego, que duró poco, pues, deseosos de apoderarse de estos mon-
tes y su aduar los marroquíes, y de los de Sadina los españoles, no tardaron
en acometerse mutuamente, llegando al combate cuerpo acuerpo. Partióla
iniciativa de los españoles, y era natural que así sucediese, porque, entablada!
la lucha cuando su vanguardia empezaba la ascensión á los montes de Sadi-
na, y los marroquíes llegaban á la cresta de éstos, las ventajas del terreno re-
sultaban á favor de los marroquíes. Era preciso que desaparecieran, y, para
conseguirlo, convenía á los edpafioles aprovechar su momentánea superioridad
numérica, á que habían llegado solamente á los montes los grupos de moros
qae primero habían emprendido la marcha desde el valle y los montes de Wad-
Eás, y los que más veloüraente había» recorrido la distancia qne media entre
éstos y los de Sadina; pero la mayor parte de la hueste mora, que venia con
el propósito de envolver á todo el ejército cristiano por retaguardia, cubría
aún en su marcha el camino que tenía que recorrer. Urgía á las tropas del ge-
neral Kíos ganar la cumbre de los montes antes de que tuviesen que habérselas
con toda aquélla. El batallón de cazadores de Tarifa y los tercios va'sconga-
dos de Guipúzcoa y Vizcaya, conducidos por el general Latorre, atacaron á
los moros que se les vinieron encima. El choque fué violentísimo, pero breve.
Nuestros soldados rechazaron á los moros, los arrollaron, y lograron ganar la
cumbre de los montes de Sadina.
Los moros fugitivos, contenidos por los que desde el valle de Wad-Rás
iban llegando á reforzarlos, se rehicieron, y todos juntos, sumando ya un nú-
mero bastante mayor que el de los soldados del general Bíos, y persistiendo
en sus propósitos de situarse á retaguardia del ejército, por lo pronto intenta-
ron envolver por ambas «las á la columna de flanqueo y la atacaron vigorosa-
mente por su frente y flanco derechos.
A oponerse al movimiento envolvente intentado por los moros, contra-
rrestarlo y, cuando lo hubieran heolio fracasar, efectuarlo ellos á su vez sobre
la izquierda enemiga, en cumplimiento de orden del general Ríos, avanzaron
por la derecha y cargaron á la bayoneta á los marroquíes un batallón del
regimiento de Bailen y el sexto de infantería de Marina, conducidos por el
brigadier Lesea y apoyados inmediatamente por las restantes fuerzas de la
brigada á que aquéllos pertenecían y que éste mandaba. Mientras Unto,
el batallón de cazadores de Tarifa y los tercios vascongados, que a las Órde-
nes del general Latorre habían de sostener el combate por el frente, tn-
yieron que empezar por atacar vigorosamente y ahuyentar á fuerzas ene-
migas que trataban-de interponerse entre el primer cuerpo de ejército y las
tropas del general Eíos^ de las que fué el primer éxito, en esta segunda fase
del combate de Sadina, impedir, tanto por la derecha como por la izquierda,
- 442 -

el movimiento envolvente, intentado por el enemigo con más energía y fuer-


zas sobre aquella ala que sobre ésta.
Muy rudo este segundo combate desde su principio, pronto se hizo general
en toda la línea, y de momento en momento más reñido, porque incesante-
mente iban llegando á reforzar á los que ya estaban empeñados en la san-
grienta lucha por haber llegado primero al sitio en que ésta tenía lugar, los
muchos moros que cuando ocurrió el primer choque, en las faldas de los mon-
tes de Sadina, entre las vanguardias de la columna española de flanqueo y la
hueste marroquí que había partido del valle de Wad-Rás, estaban recorriendo
la distancia que media entre aquéllos y ésta.
Los nuevos, continuos y crecidos refuerzos que recibían, reanimaban el ya
de suyo belicoso espíritu de los marroquíes, que repetían, uno tras otro, furio-
sos ataques á los españoles con tal ardimiento é ímpetu, que muchas veces lle-
garon á mezclarse en grupos é individualmente con los batallones de la colum-
na del general Eíos, empeñando terribles combates cuerpo á cuerpo. La cohe-
sión, disciplina y táctica y el valor colectivo se sobrepusieron al número y al
valor individual. Para vencer la obstinada resistencia del enemigo, el gene-
ral Ríos combinó un ataque de frente de Tarifa y los tercios vascongados con
uno de flanco sobre la izquierda enemiga, efectuado por la brigada Lesea.
Esta, que ya había hecho fracasar el movimiento envolvente intentado por los
moros sobre la derecha nuestra, á su vez inició uno sobre la izquierda de los
moros, que amenazó resueltamente en vigoroso ataque, al mismo tiempo que
los vascongados y cazadores de Tarifa sostenían el combate, ganando terreno
al frente en mesurado pero tenaz ataque. Tan bien dirigido ataque combi-
nado obligó á los moros á ceder, retirándose al aduar de Sadina y alturas
próximas á éste, donde hicieron un último esfuerzo para contener el vigoroso
empuje de los soldados dts Ríos; pero les fué imposible resistir el ataque ge-
neral de que les hicieron objeto éstos, que se apoderaron del aduar y le incen-
diaron, arrojaron de todas las posiciones en que trató de hacerse fuerte el ene-
migo, que huyó á la desbandada «n todas direcciones.
Después de la completa derrota de los moros en el combate de Sadina, la
columna española de flanqueo, para terminar éste, no tuvo otra vez que ven-
cer más obstáculos que los naturales del terreno; y por ser el que la faltaba
recorrer tan quebrado y montuoso como el recorrido, no pudo descender á la
margen derecha del fiuceja inmediatamente. Antes de llegar á las vertientes
de los montes de Sadina que dan directamente al río, hizo un cambio de frente
á la izquierda y descendió de los montes frente al flanco derecho de las posi-
ciones que ocupaba el primer cuerpo de ejército, á cuya derecha se situó, en
inmediato contacto con él, y vino de este modo á formar en segunda línea,
cubriendo las comunicaciones del ejército con Tetuán.
El cambio de frente con que terminaron el flanqueo las tropas del general
Ríos, según las prevenciones hechas a éste por el general en jefe, debía tener
por objeto principal acabar de envolver al enemigo por sú flanco izquierdo y
rechazarlo hacia el centro. Tal efecto sé hubiera obtenido seguramente con
positivo resaltado de continuar aún los moros en las márgenes del río Buceja;
- 443 -rr

pero la forzosa lentitud con que había tenido que marchar la columna de flan-
queo, y la detención á que se había visto obligada para batir en Sadina el ala
izquierda del enemigo, habían dado tiempo á que la decisión é intrepidez de
las tropas del general Prim hubieran arrojado ya á los moros de las márgenes
del Bucejia, arrollándolos hasta las faldas de la sierra de Benider. Pero si tan
preciso efecto no se consiguió, porque estaba conseguido ya, otros muchos no
menos importantes produjo el feliz éxito del flanqueo efectuado por las tropas
del general Bios. Gracias á él se había llegado á establecer entre todos los
cuerpos de ejército completo é intimo enlace, que permitió efectuar una acción
común y decisiva sobre el monte de Benider ó Benisíder y alturas y valle de
Wad-Rás, en que habían concentrado sus esfuerzos de resistencia y acumu-
lado sus fuerzas los marroquíes. Gracias á él pudo el ejército avanzar resuel-
tamente en el momento decisivo, para desalojar á los marroquíes de las últi-
mas posiciones por ellos ocupadas y defendidas, y para apoderarse del punto
llave del cajnpo de batalla, sin correr ya el más mínimo riesgo de ver envuel-
tos y atacados su flanco derecho y su retaguardia, y cortadas sus Comunica-
ciones. Gracias á él habían sido batidas, derrotadas y alejadas del campo de
batalla en completa fuga las fuerzas del ala izquierda enemiga. Y gracias á
él pudo el general en jefe disponer la concentración final de fuerzas para el
ataque general y decisivo al enemigo.
En cuanto se hubo verificado el contacto entre las tropas del general Bíos
y las del general Eohagüe, el general en jefe dio con toda claridad y preci-
sión sus instrnccipnes, tanto á los comandantes de cuerpo de ejército como á
cuantos generales, por las vicisitudes y el desarrollo de la lucha, habían re-
sultado mandando fuerzas que tenían que maniobrar con relativa indepenv
dencia, aunque sin menoscabo del conjunto armónico de todas las maniobras
que habían de constituir la importante operación que se iba á ejecutar.
Sin vacilación ninguna se cumplimentaron las órdenes del general en jefe,
ejecutando todos los movimientos y maniobras del plan por él dictado con
cuanta precisión y regularidad permitía el terreno, que no era llano y estaba
cortado por barrancos, ríos y arroyos no siempre vadeables. Para apoyar como
reserva el avance del tercer cuerpo de ejército, el primero se corrió por las
crestas de los cerros de Sansie y fué á pasar el Buceja por el puente. Asegu-
rarían las oomunioaciones del ejércitp con Tetuán, escalonados en dos lineas,
cuatro batallones del tercer cuerpo, los tercios vascongados y las dos divisio-
nes del de reserva, opnstituyendo la primera línea las tropas que con el gene-
i-al Ríos habían efectuado el flanqueo del ejército por su derecha, y loa cuatro
batallones del tercer cuerpo; y la segunda línea, la primera división del cuer-
po de reserva, mandada por el general Mac-Kenna, que estrechó la distancia
que la separaba de las anteriores fuerzas, aproximándose á los cerros de
Sansie.
Decidido el general en jefe á tomar personalmente parte eti la que iba á
ser operación final de la batalla, vadeó el Buceja con su cuartel general y su
escolta, y fué á situarse á la izquierda y algo á vanguardia de la posición en
que se l^allaba el general Quesada, OQU tres [Link] del tercer cuerpo. No
- 444 -

tardaron en incorporársele el batallón de cazadores de Barcelona, que for-


maba parte de la segunda división del tercer cuerpo; una compañía de artille-
ría de montaña, dos del regimiento montado y dos escuadrones.
Adoptadas todas las disposiciones y terminados todos los preparativos para
la operación, simultáneamente se dio principio á ésta. El general fen jefe, con
su cuartel general y su escolta y las tropas que acababan de incorporársele;
el general Quesada, con los tres batallones de su división que habían quedado
á sus inmediatas órdenes; y el general Ros de OlanO, con todas las otras fuer-
zas de su cuerpo de ejéi'oito que se encontraban en el llano de la margen de-
recha del Buceja, avanzaron resueltamente por el centro, sufriendo sin dete-
nerse el vivísimo fuego que sobre todo su frente rompieron los marroquíes.
Por la derecha, los regimientos de Castilla y Borbón y una batería de mon-
taña, mandados circunstancialmente por el general D. Enrique O'Donnell,
habían descendido de los elevados cerros de Sansie, desde los cuales prote-
gieron, con el primer cuerpo de ejército, la bajada de las tropas del general
Ríos á las' orillas del Buceja, y, dispuestos siempre á rechazar las probables
cargas de la caballería marroquí, que pululaba por el llano on ambas márge-
nes del río, hasta llegar á su cauce y pasarle con el agua á la rodilla, habían
avanzado por el llano, en escalonados cuadros, bajóla protección del fuegOde
los cañones de montaña, que, yendo en el intervalo de los batallones centrales,
lanzaban con certera puntería explosivas granadas contra las apiñadas banda-
das de jinetes moros. Cuando llegaron á la altura de los batallones del general
Quesada, continuaron su avance con la misma ó mayor decisión qtí« hasta en-
tonces, y le concertaron con el de estos batallonei' y el de todas las tropas qtie
el general en jefe y el general Ros de Glano conducían al ataque general, con-
centrado sobre las alturas dominantes y margen de la derecha del W a d E á s , al
mismo tiempo que por la izquierda las tropas del general Prim, que no habían
cesado de luchar ni un instante desde que auxiliaron al primer cuerpo dé ejér-
cito en las orillas del Jelú y del Btioéja y forzaron el paso de este río, recru-
decían su furibunda acometividad para arrojar del aduar y totalmente del
monte de [Link] enemigo, ayudadas con igual ardimiento y arrojo porlos
batallones de Ciudad Rodrigo, Baza y Álbuera, y el regimiento de Córdoba,
que los había reforzado. Flanqueando por la derecha á las tropas áé Prim as-
cendían estos cinco batallones por lomas cubiertas de espeso bosque y de hor-
das marroquíes.
Era ya la caída de la tarde cuando miles de soldados, electrizados por el
más férvido entusiasmo, ebrios de anior patrio, á los ecos del paso de ataque
tocado por las músicas y bandas de cornetas y tambores, que se confundían
con sus estruendosos vivas á España y á la Reina, concentraban sus esfuerzos
en combinado ataque general contra las alturas en que los marroquíes extre-
maban su última resistencia.
No fué yá dudosa la tiotoria, que hubo de inclinarse fatalmente á favor de
tropas en que la cohesión centuplicaba el esfuerzo individual, y en contra de
huestes valerosas que se batían sin orden ni concierto, con mengua de su acre-
ditado arrojo y vigor personal. El aduar de Benider y el monte del mismo
- 446 —

nombre cayeron definitivamente en poder de los soldados de Prim, y los sol-


dados de O'Bonnell y Bes de Olano arrojaron de las alturas y del valle de
Wad-Eás al enemigo, que se retiró amedrenta3o, después de levantar su cam-
pamento, en dirección al desfiladero del Fondak. Aún fueron capaces de una
enérgica y vigorosa reacción, é hicieron un último y desesperado esfuerzo de
resistencia. Fué inútil: ante el coordinado empuje y concertado arranque de
compactas columnas de batallón formadas por soldados enardMidos por la lu-
cha ventajosa y el entusiasmo creciente, huyeron desalentados del campo de
batalla.
Cuando se dispararon los últimos tiros y, ahuyentado elenemigp, los espa-
ñoles se dispusieron á acampar, eran más de las cinco de la tarde; y como á
las dos y media de la mañana habían abatido las tiendas de sus campamentos
de los alrededores de Tetuán, y, hecho» los preparativos para la jornada, á las
cuatro y media habían forma,,do y esperaron en correcta formación á que la
niebla, que hizo aplazar la marcha, se didipara; á las ocho habían emprendido
ésta, en cuanto aquélla se hubo disipado; y á las nueve habían empezado á lu-
char con el enemigo, y desde ese instante, maniobrando y marchando ó com-
batiendo, ó marchando y combatiendo á la vez, no se dieron momento de re-
poso, y tanto para rechazar las agresiones de los moros cuanto para agredir-
les, emplearon el arma blanca con preferencia al fuego; y para arrojar al ene-
migo de sus posiciones, en sus ataques á la bayoneta, hubieron de trepar & las
cumbres de colinas, cerros, montes y montañas, llevando siempre sobre ellos,
asi en las marehas cual en los combates, todo su equipo con dotaciones extra-
ordinarias de cartuchos y raciones para ocho días, no es necesario encarecer
hasta qué punto habían tenido que extremar sus esfuerzos físicos para sopor-
tar tantísima fatiga y para vencer los obstáoiüos que á sus marchas, mani-
obras y combates opuso la naturaleza del terreno, en general bastante quebra-
do, por excepción llano, con frecuencia abrupto, cruzado por regatos, torren-
teras y ríos, y sin comer en todo el trayecto de unos veinticinco kilómetros
que hubieron de recorrer desde las inmediaciones de Tetuán hasta la entrada
del desfiladero del Fondak. Pocas veces se habrá puesto á prueba la resistencia
de ningún soldado del mundo á la fatiga como se puso la del soldado español
en la ruda y penosa jornada del 23 de marzo de 1860. Y hay que tener en
cuenta, á mayor abundamiento, que en el continuo marchar y combatir de ese
día, nuestros soldados no dispusieron de tiempo alguno para hacer sus ran-
chos, y caminaron y lucharon sin comer, y apenas sin beber, con lo que hasta
rebasaron loa límites de su proverbial sobriedad.
Que la jornada fué tan sangrienta como ruda y penosa, lo dicen las bajas
que tuvieron los combatientes. Fueron las de nuestro ejército 1.311, entre
muertos, heridos y contusos: muertos, un jefe, seis oficiales y 130 indivic|uos
de tropa; heridos, 11 jefes, 90 oficiales y 856 de tropa; y contusos, un jefe,
cuatro oficiales y 213 de tropa. No es posible fijar las de los marroquíes, ni
aun prudencialmente apreciar cuántas pudieron ser, por falta absoluta (}e
datos oficiales. Tan sólo se puede afirmar que fueron muchas, y conjeturar
que muchas más que las nuestras; pues si bien es cierto que cuando en acción
- 446 —

ofensiva, para vencer al enemigo y arrojarle de fuertes posiciones, se emplea


casi exclusivamente el ataque á la bayoneta, tiene el vencedor que lamentar
más bajas que el vencido; aun teniendo en cuenta, como ahora también, por
lamentables y censurables deficiencias en la instrucción del tiro, que el efecto
del fuego de fusilería de nuestros infantes puede considerarse casi nulo; y aun
descontando que el de nuestra artillería, teniendo por objetivo un enemigo
que se batía disperso, á la desbandada, y aprovechando para ocultarse los
accidentes del terreno, no pudo ser tan eficaz como si hubiera tenido por
blanco masas compactas de combatientes, y que en tales condiciones los pro-
yectiles lanzados por los cafione» matan, según el dicho de los moros, más
tierra que hombres; es un hecho comprobado por el testimonio de propios y
extraños, siendo éstos los oficiales extranjeros que presenciaron la batalla y
concurrieron á ella, que el efecto material de los disparos hechos én la mar-
gen derecha del Buoeja por las baterías de montaña que llevaba el general
Prim, y, sobre todo, los de la batería de cohetes á la Congréve, igualó al
moral, que fué grandísimo, hay fundamento más que suficiente para suponer
que, sumadas las bajas causadas por nuestra artillería á las hechas al arma
blanca por nuestros infantes y jinetes, superaron en mucho las de los moros
á las nuestras.
Para que la batalla de Wad-Bás fuese tan ruda y sangrienta, necesaria-
mente hubo de ser muy reñida; y sí en ella dieron nuestros soldados tan seña-
ladas pruebas de resistencia á las fatigas y penalidades, no las dieron meno-
res de valor. Y de no darlas uo hubieran vencido, porque tuvieron que ha-
bérselas con fuerzas enemigas que superaban á las suyas en número;: recha-
zar sus fieras y sañudas acometidas y arrollarlas en el llano, y desalojarlas
con arriesgados y mortíferos ataques á la bayoneta, én cerros y montes, de
fuertes posiciones, defendidas conmucha mayor bravura, tenacidad y fiere-
za que las muy grandes con que en todos los combates, acciones y batallas
anteriores habían lachado los marroquíes, que siempre «se lanzaban á pelear
con ciego heroísmo», según la gráfica frase del entonces coronel y después
general alemán Goeben, testigo presencial de la acción de Samsa y de la bata-
lla de Wad-Rás.
En ésta todos los cuerpos de ejército y todas las armas se batieron con
extraordinario valor y entusiasta ardimiento. La caballería dio cargas afor-
tunadas, y algunas de ellas casi imposibles; la artillería marchó ¿ la altura
de las tropas más avanzadas, y emplazó sus cañones de montaña en riscos
que parecían inaccesibles, y batidos por los disparos dé las espingardas ma-
rroquíes; y los bravos soldaditos de infantería treparon como gamos por veri-
cuetos, rocas y montes, y electrizados por el toque de ataque, con cuanta ve-
locidad les permitía' el mucho peso que llevaban & cuestas, las escabrosida-
des del terreno y la rápida inclinación de las pendientes, sufriendo á pecho
descubierto y á corta distancia el fuego certero de los moros, ganaron las al-
turas, de las que desalojaron con arranque impetuoso á sus fieros enemigos,
obligándoles á abandonarlas, sangrientamente escarmentados.
Hubo regimientos y batallones, como fueron los de Navarra, Toledo, Ohi-
-» 4*7 —

claaa, León, Alba de Tormes y los voluntarios catalanes, y una compailía de


ingenieros del segando cuerpo; los de Ciudad Bodrigo, Bax» y Albuera, del
tercero, y Granada, del primero, que, habiéndose llegaáo á ver en momentos
críticos seriamente comprometidos á consecuencia de los incidentes y vicisi-
tudes de lucha tan feroz y encarnizada, elevaron su valor á las regiones dei
más glorioso y sobretinmano heroísmo. En disciplina, solidez y cohesión ra-
yaron las tropas españolas á la altura de las mejores del mundo en todos los
tiempos de la Éistoria.
Para juzgar téouioameute la acción táctica de las tropas españolas y la
dirección de éstas por el general en jefe y comandantes de los cuerpos de
ejército en las distintas fases de la batalla, se puede apreciar en su desarrollo
cuatro períodos muy desiguales en tiempo, que puntualiza con gran acierto
el Atlas de la guerra publicado por el Depósito de la G-uerra, y en el que es-
tán reunidos y expuestos en texto, planos y vistas panorámicas elementos
bastantes para escribir una concienzuda historia de nuestra brillante y glo-
riosa campaña de 1859-60 en Marruecos.
Los movimientos y maniobras del ejército en la hora escasa (de ocho á
nueve de la mañana) en que éste avanzó en dirección al desfiladero de Fon-
dak sin encontrar fuerzas enemigas, están comprendidos en el primer perío-
do. Marchó el ejército en dos columnas: la de flanqueo, que fué la menor y la
primera en emprender el movimiento, se dirigió por la derecha del frente de
marcha á ganar las estribaciones de Sierra Bermeja y caminar por ellas, cu-
briendo el fiaiioo derecho de la principal en su marcha por la margen izquier-
da del Guad-el-Jelú.
La marcha de la columna de flanqueo fué muy lenta y penosa, por lo muy
quebrado y áspero del terreno que ésta tuvo que recorrer, é igualmente fué
muy pequeña la velocidad de marcha de la oolumna principal, por la nu-
merosa impedimenta que llevaba y porque los ingenieros hubieron de ir
arreglando el camino según las tropas iban avanzando. Aunque no hubiera
habido estos motivos de lentitud, no hubiera podido apresurar lo más mínimo
su marcha la oolumna principal, para no adelantarse á la columna de flan-
queo, con lo que ésta hubiera resultado completamente ineficaz é inútil. Por
esta razón, aunque los trabajos de los ingenieros, en vez de hacerlos en plena
marcha, los hubieran hecho antes, en los días transcurridos desde el 11 de
marzo, en que se dio la acción de Samsa, hasta el 23, como en son de censura
ha dicho el coronel Goeben en sus Cartas dd viaje y permanencia en Espa-
ña, y del Ejército español, la marcha no hubiera sido mucho más rápida.
Además, partidario el general O'Bonnell de que se hiciera la paz, y estando,
á petioíón del Sultán de Marrueoos, en tratos para conseguirla, tratos que
quedaron rotos en 21 de marzo, los trabajos que hubieran hecho los ingenie-
ros para arreglar el camino al Fondak después de la acción de Santoa y antes
de la jornada del 23, hubiesen despertado la suspicacia de los marroquíes,
excitado en ellos animosidad hostil, y dado motivó á que los kabileños de los
aduares inmediatos se hubieran lanzado á la lucha justamente cuando se tra-
bajaba para evitar que continuase la que hasta entonces se venía sosteniendo,
— 448 —

En cuanto al orden de marcha de la columna principal, envío de una co-


lumna de flanqueo ¿ los montes de Samsa y Sadina, que evitaM el riesgo de
que fuerzas enemigas, ocultándose en las fragosidades y asperezas de aqué-
llos, viniesen á envolver y atacar por la derecha y retaguardia al ejército en
marcha, y á la composición de esa columna con fuerzas suñoiéntes- (ocho ba^
tallones de infantería, dos escuadrones de lanceros y una batería de mon-
taña) para que luchase con ventaja al encontrarse con los marroquíes que in-
tentaran tal movimiento envolvente, son indiscutibles los elogios que merece
el general en jefe del ejército espaftol.
La acción táctica de las tropas españolas en el segundo periodo de la ba-
talla comprende: el encuentro de su vanguardia con los grupos avanzados de
la hueste marroquí que viene á cerrarlas el paso al Foudak; el paso de fuer-
zas del primer cuerpo á la margen derecha del Buoeja, agua arriba y cerca
de la afluencia de este río al Guad-el-Jelií, para oponerse á las enemigas, que
si desde la derecha del Jelü empiezan á molestar en su marcha á la columna
principal, desde la del Buoeja y acentuado recodo que ésta forma al afluir á
aquél, en mucho mayor número y más seriamente amenazan el flanco izquier-
do del ejército; la toma, en reflida lucha, de posiciones al frente por el resto
de la tropa del primer cuerpo; el firme apoyo que el segundo viene á dar
á éste, avanzando por el centro y dé'stacando batallones de la brigada Hedi-
ger á la derecha del Buoeja en eficaz auxilio de los del primero que en ella se
baten; el esfuerzo triunfador del tercer cuerpo para repeler y hacer repasar
el Jelú á bandas de marroquíes que le pasaron para caer sobre la impedi-
menta é intentar apoderarse de ella; continuación de la marcha del tercer
cuerpo, que hubo de interrumpirla para hacer fracasar la intentona de los
moros, dejando un espacio considerable de distancia entre él y los cuerpos de
ejército primero y segundo; continuación del flanqueo por la columna del
general Bíos, que gana, sin resistencia enemiga, las cumbres de los montes
de Samsa; y avance de la división del general Mao-Eenna cubriendo la reta-
guardia y escoltando el convoy.
Fnacisco Martín Arráe.
General de brlgMt.
(Se continuará.)

i:=3 1=3 C=3

LOS ESTUDIOS ÁRABES EN ESPAÑA


El renacimiento délos estudios árabes en España data de Gáyanos, quien, con su monu-
mental traducción de las Analecta de Almaocari, tuvo la gloria de ser el primero que abría
un camino nuevo & las investigaciones españolas. Su gran colección de manuscritos árabes,
propiedad boy de la Academia de la Historia, y los tesoros amontonados en El Escorial, en
Toledo y en las ciudades andaluzas, so tardaron en aguijonear la laboriosidad de nuestros
eruditos y provocar la creación de una escuela de arabistas españoles.
- 449 —

Granada y Zaragoza han sido los dos centros naturales en que se han desarrollado los
estudios arábigos, y Madrid, como capital, ha recibido el tributo de ambas escuelas.
A la cabeza do la aragonesa figura el ilustre y venerable D. rranoisco Codera, con quién
se formaron D. Julián Ribera, profesor primero de Árabe en Zaragoza, y hoy de Historia
de las civilizaciones judía y musulmana en Madrid; D. Miguel Asín, sucesor de Codera en
la cátedra de la universidad Central, linico, pero competentísimo cultivador de los estudios
de filosofía árabe en nuestra Patria; D. Mariano G-aspar Remiro, profesor de Árabe de Grana-
da, historiador de Murcia musulmana; y Linares, catedrático de Árabe vulgar en Barcelona,
En la escuela andaluza figuran D. Francisco Javier Simonet, profesor de Granada, edi-
tor de A Ijatib y autor de la Hinfória de los woírfrafie*, entre otros trabajos importantes;
D. Leopoldo Egnílaz, que nos dejó un buen Glosario de voces espctñolas derivadas del ára-
be; D. Eduardo Saavedra, distinguido polígrafo que ha ilustrado la geografía árabe; Ama-
dor de los Ríos y Almagro Cárdenas, epigrafistas de Sevilla y Granada, respectivamente.
Á la esencia aragonesa podrían afiliarse el valenciano Pons, investigador de documentos
mozárabes; Vives, arqueólogo de Mahón; Alemany, profesor de griego y arabista distin-
guido. Sin pertenecer á ninguna detestas dos familias, han trabajado en el árabe Fernández
y GoQzález, rector de la Central; el P» Lazcano, bibliotecario de El Escorial, y Villalta, in-
térpi:ete del Consulado de Tánger.
Las principales obras de esta falange de arabistas, además de las ya citadas, son la
Biblioteca Arábico-hispana, dirigida, por D. Francisco Codera y D. Julián Ribera, que des-
de 1882 á 1892 publicó diez volúmenes de textos árabes sobre filología, historia, geografía,
literatura y numismática; y la Colección de estudios árabes, que, gracias á la colaboración
de D.: Julián Ribera, D. Mariano Paño, D. Miguel Asín, D. Francisco Pons, D. Mariano
Gaspar y el infatigable <7odera, ha llegado ya al séptimo tomo.
Tales son; á grandes rasgos, los principales trabajos de los arabistas españoles: el cam-
po de explotación, los manuscritos, los textos, los monunientos que la España árabe les
ofrece son copiosísimos; pero es imposible que saquen de ellos todo el partido que se piidie-
ra esperar mientras el Gobierno los abandone á sus propias fuerzas y el pueblo los deje ais-
lados, mirando esta clase de estudios como una materia de valor intelectual mediocre y de
ninguna utilidad práctica.
El Estado ha concedido algunas clases á los mejores arabistas; pero deja sin titular dos
de las cuatro cátedras oficiales,-y las acumula hace años, so pretexto de economías, á otros
° profesores de Letras, aunque sepan poco ó nada de árabe.
Hasé acusado á nuestros cónsules, intéirpretes, médicos, exploradores, etc., de no estar
suficientemente preparados para cumplir su misión africana; ningún explorador nuestro
pUed« parangonarse con-Segonzac; nadie ha estudiado la religión musulmana como Doutté,
ó los. dialectos bereberes como Rene Básset; pero ¿cómo y dónde se iban á iniciar en estas
cuestiones? El ilnstre Codera propuso la creación de una Escuela de estudios árabes y del Is-
lam africano, en la cual, bajo la dirección de nuestros arabistas más acreditados: Asín, Ri-
bera, Ga6>par Remiro, Villalta, se fórmase una generación de jóvenes escogidos que. pudie-
sen emprender la conquista científica de Marruecos; aprobóse el proyecto en la Cámara,
sólo fftfta>ba la consignación en los presupuestos, sobrevino una crisis, y la creación de la
Esctaela'de estudios árabes fué aplazada si'ne(2ie.
,Mp^or dipho, no fué aplazada: creóse la Escuela con los reglamentos de Codera y Ribe-
ra; pero la crearon los franceses. «Francia—dice Cabaton—, que tiene L'École de Langues
oriéntales y L*Ecole dé Léttres de Alger, conocidas en toda Europa; exploradores, cónsu-
les, int'érpreteS,'ingenieros, oficiales formados en Argelia y que conocen admirablemente
las lenguas y costumbres del África del Norte, creyó qué todo eso era poco, y apresni:óse á
reeíUaar la idea dsl sabio Codera creando la Mission seientiflque du Maroc, con el doblé fin
científico y práctico de emprender un amplio y metódico estudio de la civilización marroquí,
para que su conocimiento completo iuese, no sólo la gloria y la alegría del sabio, sino tam-
Dién la' feéundk escuela en la que sé.aprendiese á edificar el porvenir» (1).

(1) Sevu»,in Moni* Mutulman, marzo de 1909.


- 450 -

Sin embargo, á pesar de que el atrugglefor Ufe obliga á los españoles á buttoar en los
estudios el medio de ganarse el pan, y de que el Gobierno no protege como debiera la inves-
tigación de la cultura árabehispana, los arabistas españoles son tan nnmeroaos, proporcio
nalmente, como los franceses; y si el fruto de sus trabajos no es tan notable como el de
nuestros vecinos, hay que atribuirlo á que ninguno de ellos, sin el concurso oficial, puede
permitirle el lujo de editar obras árabes, de costosísima publicación, que reunieren Iftrgoe
años de trabajo absorbente, y que después sólo pueden ser apreciadas en un reducido círculo
.de sabios. No citemos más que un ejemplo elocuentísimo: después de una preparación de
treinta años, y de haber logrado fama universal entre los orientalistas, el Sr. Codera em-
prendió la publicación de su Biblioteca Aráhico-hispana; diez años consagró á editar los
nueve volúmenes de que se compone, venciendo montañas de diñoultades, y, al ño, doscien-
tos ejemplares... bastaron para satisfacer las necesidades de toda la Europa sabia.
La paralización de las publicaciones árabes no prueba, por tanto, que se haya extin-
guido el culto de los estudio? de árabe clásico en España. ITn núcleo de jóvenes animosos se
agrupa alrededor de los ya escasos veteranos de la ciencia arábiga, y trabaja con fe, deseo-
so de continuar las gloriosas tradiciones de sus ms<>stros y de hacer la historia de los ára-
bes españoles sin que tengamos que deberla á ext' «njeros como Dozy ó Tornberg.
En prueba de ello, vamos á publicar las dos últimas tesis doctorales de árabe clásieo
presentadas por dos jóvenes arabistas que trabajan bajo la dirección de los maestros Code-
ra y Asín. Ambas demuestran que sus autores poseen el árabe clásico, pues la monografía
del Sr. Huici que hoy publicamos ea un estudio del poeta moralista Abu-el-Atahiya, hecho
exclusivamente sobre las fuentes árabes, que ha valido á sn autor el prendió extraordinario
del doctorado de Letras en el curso último; y el. trabajo del Sr. Alarcón, ^ue pubUoacemos
en el número próximo, es un examen crítico del valor histórico de M-Istiqm y la traduc-
ción al castellano de la parte en que su autor expone la guerra híspano-marroquí de 1869,
documento interasantísimo por contener los únicos datos de origen marroquí que poseemos
acerca de Ifl campaña de África.

ABÜ-[Link] Y SU DIVÁN

BSTUDIO CRÍTICO DB POBSSA. A R A B B


Ho hace más de un silo oayó en, mis manos on libro de poeBÍas á m b ^ re*
oientemente editado en Béiruut (Siria), cuyo título es: La» florea á* emqúitíio
perfume en el diván de Abu-el-Atahiya, meado de las n4rraciones dd NamM
y de los libros de los mejúres literatos árabes, como IsfatiOni, el MuJbarrtut,
Ibn abd rdbbihi, d Mashudi, d Mauardi, d Gagali y otro».
Leí algunas de sus poesías; todas respiraban la más austera moralidad, y
de un cabo á otro no trataban más que de la vanidad de la vida, de las des-
graoiás humanas, de las vibisítudes de la fortuna, y, sobre todo, de la muerte.
Diriase que el poeta había ido á inspirarse en un claustro de San Bruno, y
que los versos escapaban de su pluma como aves nocturnas asustadas por el
fatídico «morir habernos» de los monjes cartujos.
Tuve luego cuiriosidad de conocer al santón-poeta que había puesto su lira
al unísono con la trompeta del juicio, y, aunque Acostumbrado á ver á los hom-
bres poner en contradicción sus ideas con su vida práctica, no pude menos 3e
asombrarme al descubrir que aquel Juan Bautista del Parnaso musulmán era
un cortesano envilecido, galán de las concubinas del Mahdi, mendigo sin pu-
- 461 -

dor, amigo de herejes maniqueos, loco, llamado Atahiya por sus extravagan-
cias de todos los días, y hombre el más avaro de su tiempo.
Sus poesías me parecieron máis vulgares y monótonas que los batanes qui-
jotescos—y no podía ser otra cosa, siendo poesía árabe y del tiempo de los
abasidas—; pero la figura det apicarado moralista me interesó vivamente: leí
con heroica paciencia más de cuatrocientas composiciones líricas de plúmbeo
pesimismo musulmán, reuní todos los datos que pude sobre la poco edificante
vida del príncipe de los poetas morales del Oriente mahometano, y me decidí
á murmurar de él en castellano y á traducir varias poesías suyas, para que se
viese con un nuevo ejemplo hasta dónde llega la decantada imaginación árabe
y su arrebatador lirismo.

Vocacién poética de Abn-el-At#jiiya

Abu-el-abbas-el Saffah había conseguido exterminar á la familia omeya,


y se ocupaba en apagar rebeliones y deshacerse de los generales que le ha-
bían elevado al Trono, cuando nació Abu Tsjaq Ismail ibn el Qasim-ibn
suaid-ibn Kisan, el Anazi, y luego, por adopción, el Aini, conocido por Abu-
el-Atahiya, el aflo 130 de la Hégira (747 de Jesucristo), en Aín el tamar, püé-
blecito del Hejaz, en las cercanías de Medina.
Su familia procedía de Anza, y el bisabuelo de nuestro poeta, Sisan, nació
en Ain el tamar. Dícese que cuando Jaled ibn ualid arrasó á Aín el tamar,
Kisan era un niflo huérfano, al cuidado de una parienta suya, Anzita, y que
Jaled lo hizo prisionero con los otros muchachos de su pueblo, y los envió á
Abu-Beker. Hallábase el Oálifa, cuando llegaron, en compaflía de Zbad-ibn-
raf ati el Anzi, y comenzó á preguntar á los niflos acerca de su procedencia:
cada uno le contaba lo que podía saber de su pueblo y familia; llególe el turno
á Eisan, y fué el único afortunado entre aquellas infelices criaturas, porque,
al oírle decir que era de Anza, Ibad, como buen árabe, interesóse por su con-
tribu, consiguió fácilmente que el Califa, su amigo, se lo regalase, y al punto
le dio libertad.
Era, pues, Atahiya descendiente de una familia bedníhá de pura raza, á
quien la terrible espada de Jaled, que de la manera más bári||ra reducía á la
nueva fe á los árabes apóstatas, había arruinado y dispersado'.
. Alqasem, padre del poeta, fué un pobre sangrador en Ifárja, y por eso
Atahiya dice en sus versos á los que le echaban en oaí'á;|[á bajeza de su
linaje: ^ •' ;• • ••;....«":,.
«¿Acaso no es la piedad la verdadera gloria y el verdadero honor, mien-
tras que tu amor á las cosas de éste mundo es pobreza y deshonra? No es
mengua de tm hombre piadoso, si su piedad es verdadera, el que sea tejedor
ó sangrador.»
Abfi-el?Atahiya, deseoso de tentar fortuna, fué á establecerse en Cufa du-
rante el reinado de Almansnr, no sabemos en qué aflo; casi seguramente antes
de la fundación de Bagdad (766 á 768).
- 462 -

... Las letras árabes hacían rápidos progresos bajo la decidida protección, dé
Almansur: nacía la filología musulmana con Sivaueih y Jalid en Basora, y él
Kisai en Oufa; «I Asmai se dedicaba á explicar y coleccionar los cantos y le-
yendas del viejo tiempo. Ibn Mokaffa traducía dol persa él famoso Kalüa uá
Dimna. Abu Huzeil el Allaf se daba á especulaciones filosóficas sobre .el libre
albedrío; se traducía la lógica de Aristóteles. Ibn Isjaq esoribía la primera
biografía del Profeta, y Abu Hanifa, en Bagdad, y Malik, en Medina, funda-
ban sus célebres sistemas de Derecho.
Mas Abu-el-Atahiya permaneció extraño á este movimiento científico; al
establecerse en Cufa, muy joven, no sabía más que cualquier beduino de su
tribu, y antes de que se despertara su talento poético fué un pobre alfarero;
al compás de su torno comenzó á hacer versos, y pronto se vio visitado por los
literatos de Cufa, quienes se apresuraban á copiar en los cascotes esparcidos
por el taller los versos que le oían declamar. Llegó luego á tener algunos es-
clavos negros en común con su hermano Zeid, les hacían trabajar en un horno,
y cuando reunían bastantes cacharros, los entregaban á un criado llamado
Abu-ibad el yazidi, del barrio de los alfareros en Oufa, y éste los vendía en
su nombre.
Otra tradición sostiene que no él, sino sólo su hermano se había dedicado
á la cerámica, y que, preguntado un día sobre el particular, respondió:
—Yo soy alfarero de rimas, y mi hermano, de arcilla.
El hacer una frase ingeniosa debió de ser el único fundamento de esta tra-
dición.
Poco á poco fué dejando su alfarería y dedicándose á hacer versos; distin-
guióse entre los cufltas, sobre todo por su extrema fecundidad; usaba de gran
variedad de rimas; tenía ideas bonitas, elocución fácil, mucha agudeza y
extraordinaria soltura de versificación,'y, como era de temer,'deahí mismo
nacía el que fuese prosaico y desaliñado. Los versos de Abu-el-Atahiya son
como los patios de los palacios reales, en los cuales se encuentran piedras pre-
ciosas, oró, tierra, cascos dé vasijas y huesos de dátiles.

El poeta cortesano ,^ , .,..


Al verse poeta, decidió Abu-el-Atahiya irse á la nueva corte de Bagdad, y
en ella se estableció, en compañía del célebre músico Ibrahim de Mosul; pero
nadie hizo caso de él; vióse pronto reducido á la-miseria, y se trasladó á H i r a ,
donde logró darse á conocer, hasta merecer ser llamado por el Mahdi'á «ra
porte. , , ,. ,:., • •,•-;,.,„,, ,',•,,
Nada podemos presentar entre los versos de Abu-el-Atahiya como perte-
neciente á esta primera época; los literatos árabes que á retazos y sólo por vía
de erudición nos han conservado sus poesías, no se han cuidado<de distingqir
en él épocas ni maneras^vy la actual redacción de suidiván, dÍBpue;sto por
orden alfabétioq de rimas, es lo más á propósito para barajar todas sus opm-
posioiones. , ' ; ' • ' ' - , v :' '••
- 463 -

Llamado á la corte por el Mahdi, y recibido como poeta palaciego después


de haber recitado una elegante qasida llena de ampulosos elogios del Califa,
entra Abu-el-Atahiya en su segunda época, en su vida de poeta cortesano, pa-
rásito adulador de cuatro Sultanes: el Mahdi, el Hadi, Harun-el-Raohid y Al-
mamun; de todos ellos fué muy gustado, y con todos ellos tuvo muchas peripe-
cias y aventuras; su gran flexibilidad de carácter y la necesidad que de él se
tenía para alegrar con sus discreteos las orgías de palacio, le libraron de ser
saoriñcado á las negras veleidades de aquellos monstruos. Tenemos pruebas
de ello.
Llevaba ya Abu-el-Atahiya bastante tiempo en la corte del Mahdi, gozan-
do de sus liberalidades y dándose á conocer por sus excentricidades, cuando
eii mala hora conoció áUtbata, esclava del Sultán; urdió con ella una intriga
y hasta se atrevió á cantarla en sus versos, por lo que, irritado el Mahdi, lo
mandó encarcelar. Abuel-Atahiya comprendió al punto la gravedad dé su si-
tuación, y escribió humildemente estos versos al Califa:
«Oh Rey, en quien todos confían; los mayores hombres se dejan llevar de la
pasión: juzgas que he dado un mal paso; mas no por eso creas que me lanzaré
•a cometer un acto reprobable, porque un hombre como yo no se pone á ser
denigrado. Perdóname y serás perdonado el día del juicio, cuando el infierno
desborde sus fuegos.»
El Mahdi se compadeció, y mandó ponerle en libertad. Salió de la cárcel,
según dice Aba Habba ibn Muhammad, con un mal de ojos que le molestaba
mucho; y como un día, al ir á visitar á un médico para darse colirio, le dije-
sen sus amigos quQ aquel mal duraba demasiado, improvisó los siguientes
versos:
' «¡ Ay de mí, ay de mí! ¿Es que no había medio de libertarse de tantos lazos
y de tantas calamidades? ¡Ay de mi ojo, que el llorar le hace daño y la suavi-
dad del colirio no le hace bien!»
Mas pronto curado de su dolencia, y vuelto á la amistad del Califa, dióse á
nuevas locuras; tanto, que el Mahdi le dijo un día:
—-Tá eres un hombre extravagante, un «atahiya».
Y con esto se le dio tin apodo que prevaleció solare su nombre propio y el
apellido de su familia, y por el cual fué conocido en todo el mundo.
Por eso Ualiba ibn el Habba, satirizándole, le dice:
«Era conocido entre nosotros por Abu Isaac, y por este nombre se le lla-
maba en todas partes; mas ahora se lé llama el loco «Atahiya» por sus extra-
vagancias. ¡Yaya un apodo más bien puesto! Dios te ha dado con esto una
barba de la cual no te podrás deshacer con el filo de la mejor navaja.»
' Pronto se le acusó dé Zindiq, esto es, áe impío, de maniqueo, de perte-
necer á la secta de los filósofosj qrte no creían en la resurrección, y para ello
se tomaba pie de sus mismos versos, que trataban casi exclusivamente de la
muerte, sin mentar el juicio y la vida futura.
Los rauis árabes dicen que tal acusación es una calumnia infundada, por-
que en muchas de sus poesías habla claramente de la otra vida y de la cuenta
que al Juez supremo hemos de dar; pero estas composiciones son ya de los
— 454 -

tiempos del Baohid, y no de los del Mahdi y el Hadi, ó sea de su juventud,


porque, como dice el Agani, aunque con frases veladas y muy de pasada:
«Hubo quien consiguió, halagando sus pasiones, atraerlo á la sociedad de
los poetas locos y descreídos, aunque luego llegó á tener serias desavenencias
con ellos; separóse, por fin, de su compañía, maldiciendo sus error^es; mostró
ua arrepentimiento más ó menos sincero, y se dio al ascetismo.
»É iluminó Dios su corazón y le inspiró el pensamiento de la muerte y el
juicio, y se dio á poner en verso cuanto aprendió de los sabios acerca de la
auna y otras buenas doctrinas; sus poesías sobre el ascetismo no tienen igual,
porque están tomadas de los libros de la religión, de la surta y de las senten-
cias que corren en boca del pueblo.»
Así se forinó el primero y el más célebre de los poetas morales del isla-
mismo, y no es creíble la cantidad de versos parenétioos que á su imitación
se escribieron.
Como los poetas de la chahiliye tenían por absolutamente indispensable el
encabezar 9us qaaidas con la descripción de las gracias de una amada más ó
menos real, así los corrompidos poetas del tiempo de los abasidas y sus suce-
sores dieron en creer que no podían alcanzar renombre de verdaderos poetas
si no filosofaban 8a,nchopanoescamente sobre laei miserias del duni$.
Bada la escuela á que había pertenecido, y su carácter, no pudo menos de
ser tenida por sospechosa su conversión, y más de una vez sus enemigos le
trataron de impío, hipócrita y solapado.
Ibrahiin-ibn-el-Mahdi se lo dice en sus sátiras con toda crudeza;
«Aunque el Bestino te haya acordado un plazo, ¡oh Atahiya!, la muerte
no es olvidadiza, como lo es tu corazón. ¡Besgraciado del viejo cuya esperanza
destruye la impotencia aún antes que la muerte! Te has hecho el abogado de
este mundo, y lo lloras y cantas sus males, sin preocuparte de la resurrección.
La vida es dulce y la muerte amarga, y la casa es casa de gloria y magnifi-
cencia. Elige para tu alma uno de los caminos que tienes ante ti, y no seas con
ella necio, porque tú eres muy distraído, y no te fascine el que se diga: «Ha-
»bla bien, es muy elocuente y su sátira es temible.» Beforma la maldad de tus
pensamientos íntimos, que tú solo conoces, y teme la cuenta de Bios, porque
veo que aparentas ascetismo, y se puede creer que también en todo lo demás
eres un hipócrita.»
Abu-Nauas, el poeta báquico de Harun-elrRachid, fué un día á visitar á
Abu-el-Atahiya después de su conversión, y como éste le reprendiese porque
se dedicaba á la música y frecuentaba las reuniones mundanas, contestóle
Abu-Nauas:
—¿Acaso quieres, ¡oh Atahiya!, que deje estos alegres pasatiempos? ¿Acaso
quieres que sea ante el pueblo un falso asceta engaftador?
Levantóse de un salto Atahiya, y di jóle:
—¡Maldígate DiósJ
Pero Abu-Kauas echóse á reir¿
- 466 -

El poeta penitente
Pero no eran sólo los deslices de su juventud los que hacían sospechosa la
sinceridad de nuestro poeta: en sus mismas demostraciones de austeridad era
tan cómodo y aparatoso, que más parecía buscar la popularidad que no el reino
de los cielos. Véanse algunas pruebas:
Cuenta Mujarraq—según dice el Agani—que Abu-el-Atahiya fué un día
á verle, y le dijo:
«—Quiero hacer mis provisiones para la eternidad, si tienes á bien el acce-
der á mis ruegos. ¿Cuándo estarás desocupado?
• —Cuando tú q u i e r a s ^ e contesté.
» —Temo que no me cumplas tu palabra.
»—¡Vive Dios, que aunqu'e me llame el Califa no te dejaré burlado!
»—Pues, entonces, mañana.
»—Bueno^le dije; y me despedí de él.
»A1 día siguiente, muy de mañana, un criado suyo vino á buscarme y me
llevó á su casa, que estaba muy limpia y muy bien amueblada.
•Hablamos un rato, y luego Abu-el-Atahiya mandó servir la comida, y he
aquí el curioso menú que fué servido, según dice el mismo Mujarraq:
•Pusiéronnos un pan blanquísimo, entremeses, vinagre y sal, y enseguida
presentaron un cabrito asado: comimos de él cuanto nos vino en talante. Luego
hizo traer pescado frito, y comimos hasta saciarnos; después, dulces: los comi-
mos, y nos lavamos las manos; por fin nos ofrecieron frutas, perfumes y vinos
de variasclases.
» - E l i g e el que más te guste—me dijo.
• Elegí, y bebí. Entonces llenó Atahiya su copa, y me dijo:
• '^Cántame aquel verso mío: «Ojalá que volviese la juventud, para que le
•contase lo que ha hecho en mí la vejez.»
•Se lo canté, y él vació su copa mientras lloraba el más copioso llanto. De
allí á poco volvió á decirme:
»—Cántame aquel verso mío: «A quien no tiene ningún recurso, nada mejor
•le queda que la paciencia. •
•Sé lo canté, volvió á llenar su copa, lloró con la misma fuerza y naturali-
dad que antes, y me dijo otra vesí:
•-^•Cántame ahora aquello: «Amigo mío, ¿por qué no cesas de hacerme
•daño? ¿Por qué eres para mí como uno de los males inevitables del Destino?»
•Dile gusto, y asi continuamos: él pidiéndome toda clase de cantos, y yo
ejecutándoselos con letra de sus poesías; y á cada aire nuevo, lloraba y bebía
con la misma fuerza. Por fin, ya 'al anochecer, me dijo:
••^Quiero que aguardes hasta que veas lo que hago.
•Me senté, llamó í su hijo y á sus criados, é hizo pedazos con grande estré-
pito todas las copas y botellas que había sobre la mesa.^
En seguida mandó traer cnanto vino tenía en Oása, que no debía de ser poco,
y aquello fué la batalla de los cueros; dióse con gran furia á verter vino afiejo
— 466 -

y á desbaratar vasijas y á llorar al mismo tiempo, hasta que quedó la casa


inundada y los toneles desvencijados.
Así desahogó su enojo contra el licor prohibido, después de haberse pasa-
do el día haciendo libaciones. Terminada la faena, que no fué corta, desnudóse
sus vestidos, se lavó, se vistió una túnica de lana blanca, y abrazando á Mu^^
jarraq y llorando, le dijo: - -
«—Adiós, querido mío y alegría mía entre todos los hombros; adiós para
siempre.
«De nuevo le interrumpió el llanto, y acabó por decirme::
»—Esta es la última vez que te veo antes de romper mi amistad con el. mundo.
»Yo creí que aquello era una de sus locuras y botaratadas ordinarias; me
despedí, puesj aparentando seriedad, y no volví á verle eri mucho tiempo.
Como éramos amigos, volví a acordarme de él, y quise saber de su vida: fui á
su casa, le pedí que me dejase verle, y al punto me [Link]ó.
»Entré, y he aquí que había echado mano de dos cestos de los que se usan
para la cogienda de dátiles, y, agujereando uno de ellos, se lo había pasado
por la cabeza y las manos para que hiciese oficio de camisa; el otro, agujereado
del mismo modo, se lo pasó por las piernas é guisa dé zaragüelles.»
Al verle con aquel sambenito olvidóse de todo Mujarraq, y le dijo, después
de haberse muerto de risa:
«—Así te dé Dios dos adarmes de sentido común. ¿Qué es lo que,veo?
¿Quién te ha dicho que jamás ningún profeta, ni anacoreta, ni compaftero de
Mahoma, ni aun ningún loco hiciese tal cosa? Quítate ese caparazón, y no
hagas dislates.»
»Por el momento pareció avergonzarse; pero poco después supe que se
había hecho curandero. Dióse á poner ventosas á huérfanos y mendigos, y,
como es natural, llamó esto poderosamente la atención,, por tratarse del
poeta favorito de Harun-el-Bachid; como muchos le. preguntasen por qué
hacía aquello, contestó devotamente: - ;
»-^Lo hago para humillar á mi, alma tanto cuanto el mundo la ha ensal-
zado; la humillo para que olvide el orgullo y gane al mismo tiempo la eterna
gloria.»

El moralista avaro

Con una piedad tan ¿u¿ génerig sáibía Abu-el-Atahiya amalgamar una ava-
ricia tartuñana y una dureza de cor&zón inquebrantable. Las finéodotas sobre
el particular forman casi la mitad de lo que sobré Abu-el-Atahiya saíbemos,
algunas de ellas en extremo típicas. • ,
Cuenta un tal Zamama—según se lee en la biografía que precede á la
edición de Beirout—que entró xin día con varios amigos á visitar á Abu-el-
Atahiya, y halláronlo comiendo pan á áecas; y como. los demás se extrañasen
y saliesen diciendo que nunca habían visto tal coaaj Zamama les aseguró
que él le había visto hacer como que comía, si» to'naar.úada. ,
-, m -
c, :—¿OfJmo* puede ser eso?—le preguntaron todos.
—Muy sencillo. Un día estaba en cuclillas, ooft un plato dé leche cuajada
eiitre las piernas y un pedazo de" pan seco eñ la mano, y con gran seriedad
fidetía el pan én el laban y se lo pasaba juntó á la bOca sin probar bocado.
Yo le dije:
—Parece qué quieres alimentarte sin comer; pero te será uia poco difícil.
Y él continuó imperturbable. Esto podría ser una de sus farsas inofensi*
Vas; pero hay heóhús positivos que demuestran su mal corazón. ,
Cuenta Ibn-Aisa el Hazani que Abu-el-Atahiya tenía un vecino tíitiy pobre
y desgraciado, astrosamente-vestido, que recogía huesos de dátiles. Todos los
días, mañana y tarde, pasaba por la puerta de Abu-el-Atahiya, y éste pro-
rrumpía enternecido al verle pasar, de modo que todo el mundo lo oyese:
-^Líbralo de las necesidades-en-que sé vé, pobre viejó'desgraóiado y bara-
ptento. Dios ¿lío, ayddale, hkzle bien, bendícelo, éto., etc.
' Y el piadoso ásoéta tuvo corazón para continuar así durante veinte años,
hasta que níurió el vi«jo) sin daHe-un Solo dV-hem, ni un cíáne^.-^nada qué no
fuese bueiías palabras y sarcásticás jaculatorias.
Oatisáfáo ya un día de perpetuas letanías, le dije:
—Mucho pides á Dios por ese mendigo, y mucho te compadeces de sü pC
breza; Jr, sin embargo, todavía no le has dado la primera limosna.
•* Y el muy JBQoarrón contestó: .
—Temó que sé aóostúinbre i mis limosnas, y la limosna es el último bene-
ficio que puede hatíer-ufe Servidor de Diosj y oomój por otra parte, en la ora-
ción hay tantos bienes... •- '
Tenía Abuiel-Atisihiya un esclavó' negro de miembros hercúleos, alto como
la pala de un horno, y, oon todo, sólo compraba; para él dos panecillos cada día.
• «El désgrábiado-^dice Muliainmad Ibn áisá el jazimii—vino una vez á ver-
me, y mé dijo desesperado:
• —Vive Dios que me muero de hambre.
• «—Pues¿qué té'pasa?
» —Que trabajo como un forzado todo el día, y, con todo, ese hombre no me
pasa sino dos' panéóilíos sebos, -sin condimento alguno. Por favor te pido que
le hables para que me dé siquiera un poco más de pan, y Dios te lo pagará.
»Yo se lo prometí; pero luego se me olvidó. Uña vez que yo estaba sentado
con él poeta, pasó afité nosotros el esclavo y mé hizo unas señas tan tristes,
quejándose de mí tardanza, que me causó vergüenza, y al punto dije á Abu-
el-Atahiya:
»—¿Cuánto pasas á este criado cada día?
»—Dos panes—contestó.
»—^Es imposible que le bastea. '
»-^A quien no le basta lo pooo^replicó sentenciosamente—, no le bastará
lo mucho, y'el que sigue á una pasión perefcerá; este criado forma parte de mi
familia, y si no lo acostumbro á la templanza y sobriedad, me arruinará y
arruinará á todos los míoiá. '.
»Tal filosofía era irrefutable. -' '
- 468 T-

»Murió después el negro, y mandó enterrarlo con las ropas mis raídas qne
tenía. Yo le dije indignado:
»^—jPor Diosl A un criado viejo que tanto te ha servido, y á quien tanto
debes, ¿lo entierras Con una mortaja tan mugrienta, cuando por sólo un diñar
podrías hacerle unos funerales decentes?
»—El va á la corrupoión—replicó Abu-el-Atahiya—, y un vivo es más
digno de un traje nuevo que no un muerto.
•Viendo que siempre encontraba razones para paliar su repugnante avari-
cia, le respondí:
»—-Así Dios te guarde: has sabido acostumbrarlo á la sobriedad en vida y
en muerte.»
Y éste era el hombre que hacía composiciones como ésta;
«El vivir con quietud en este mundo no lo consiente el tiempo á nadie.
Con Su voz elocuente nos anuncia que vivimos en una morada de corrupción.
Morada mala, en la qne no dura para el hombre ni el placer ni el dolor. No
vemos 6n ella á nadie que no tenga que sufrir desgracias. Es digno de admi*
ración cuánto se han engañado las generaciones que nos han precedido. Han
amontonado riquezas para otros, y han fabricado palacios que no habían de
liabitar.
»Lo abandonaron todo, después de haberse odiado mutuamente por su pose-
sión. Todo hombre, al morir, no goza de sus bienes masque lo qufi vale tu mor-
títja, y no le queda de sus ñquezoé más que el recuerdo de sus buenas obras.»
Sin embargo, no siempre sos estoicas excusas quedaban sin réplica; á pro>
pósito del penúltimo verso de la anterior composición, le pasó una cómica
aventura en la que, si su avaricia Se sostuvo incólume, por lo menos su fama
y talento quedaron muy malparados.
Cuenta el Agani que un mendigo de-ingenio paróse un día ante Abu-el-
Atahiya, á la sazón en que éste departía con sus vecinos á la puerta de su
casa, y le pidió limosna. Abu-el-Atahiya le contestó con un «Dios te ampa-
re»; el pobre repitió la petición, y Abu-el-Atahiya las buenas palabras hasta
la tercera vez. Enojado entonces el mendigo, le dijo:
—¿No es tuyo aquel verso: «Todo hombre, al morir, no goza de sus bie-
nes más de lo que vale la mortaja»?
—Sí—contestó Abu-el-Atahiya.
-^Pues qué—argüyó irónicamente el mendigo—, ¿quieres gastar toda tu
hacienda en tu entierro?
—No—respondió el poeta.
—¡Voto á Dios! ¿En cuánto aprecias tus funerales?
—En cinco dinares.
^ L u e g o ¿eso es lo que de toda tu fortuna has de gozar?
•: •^Sí.: . ;
—Pues, entonces, hazme de loque de eso te sobra una limosna de un
dirhem.
Y Abu-el^Atahiya tuvo el cinismo de contestar:
—N6 puedo, porque sería quitarlo á mis funerales.
El mendigo, como una sanguijuela, que no suelta la presa hasta saciarse
de sangre, le salió al paso con la más serena lógica:
—Entonces no tienes más que pagar por adelantado uno ó dos quilates si-
quiera, de los cinco dinares de tus exequias, y gastarlos ep mí.
—¿Cómo?—dijo extrañado el avaro.
—Del modo más obvio. Por abrir una fosa se suele pagar tres dirhemea-
Bueno; pues dame uno sólo, y yo me comprometo á ser tu sepulturero cuando
mueras, y oon eso ganas dos dirheme»... Que Dios no te los tome en cuenta, y
si no abro tu sepultira lo devolveré á tus herederos, ó si no,.lo devolverá un
fiador que yo te presentaré.
Acorralado de aquella manera Abu-el-Atahiya, llegó á avergonzarse; des*
pachólo con una maldición, y se irritó terribleme&te; oon lo cual toda la con-
currencia rióse de él en sus ojos, y el mendigo [Link].
Cuando Abu-el-Atahiya recobró la calma, tuvo huüior de decir que por la
imprudencia de mendigos como aquél no podía dar limosna á nadie. iQué des-
gracia'la suyal *
Es curioso ver á un asceta, que no canta sino el desprecio del mundo, me-
talizarse y endurecerse como un diamante ante las desgracias más fáciles de
remediar; pero aún es más extraño verle entrampado, deudor impenitente que
elude por todos los medios la acción de sus acreedores y se vale de su talento
poético para burlar apremios demasiado urgentes,
Un comerciante de la puerta del Collar, en Cufa, había dado al fiado á
Abu-el-Atahiya unas prendas de vestir, y el poeta, á pesar de recibir con fre-
cuencia soberbios donativos en palacio, hízose el desmemoriado.
Un día, distraído, acertó á pasar ante el establecimiento de su acreedor, y
éste, viéndole, dijo á uno de sus dependientes, joven de hermosa presencia:
—Ahí va Abu-el-Atahiya; alcánzalo, y no lo dejes hasta cobrar lo que nos
debe.
Dio el mancebo con él á la entrada del puente, y, cogiendo por las riendas
al asnillo que montaba Abu-el-Atahiya, lo detuvo y dijo al poeta que era pre-
ciso pagar los vestidos que llevaba.
Entonces Abu-el-Atahiya trabó de él por el brazo, y todos los que pasaban
por el püeüte se fueron arremolioandp alrededor de ellos.
Cuando el avaro marrullero vid bastante gente reunida, y al joven algo
turbado, improvisó con énfasis estos versos:
—Vive Dios, jóvein, que prefiero tu cara á tus hechos; si tus hechos fuesen
como tu cara, me fiaría de ti.
Biéronse los paseantes, y el joven, rojo como la grana, soltó las riendas
del jumento, y volvióse á la tienda de su amo, dioiéndole:
—Me has enviado á un diablo que ha reunido en torno mío á todos los
ociosos; me ha dicho unos versos que me han sonrojado, y me ha hecho huir.
Pero ¿es que Abu-el-Atahiya seria uno de esos poetas famélicos cuyo tipo
es vulgar en todas las literaturas europeas?
Nada de eso; era el poeta favorito de Harun-el-Sachid y los Bannecidas,
cuyas liberalidades han eternizado La$tnil ¡/una noche». Él Califa le había
— 460 —

asignado una pensión anual de [Link] dirhemes,'6in contar los regalos y pre-
mios extraordinarios, que á veces eran fabulosos.
Cuenta Ibn-el-Mahdi que Rachid envió al Majraohi á Mosul A cobrar los
tributos, y que éste volvió coa sumas considerables, después de haber pagado
todos los gastos de la Administración, y las depositó en la tesorería del Ba-
chid. El Califa, sin enterarse siquiera de á cuánto ascendía aquella cantidad,
mandó entregarla inmediatamente á una de SQs favoritas. Los cortesanos se
hicieron lengaas de tanta generosidad, y hubo qnien se lo contó al bueno de
Abu-el-Atahiya. Al oirlo quedó fuera de sí; y al preguntarle qué le pasaba,
contestó:
-^¡Vive el cielo! ¡Esa suma enorme se ha de entregar á una esclava, y mi
mano no ha de tocar un quilate!...
Al momento púsose á hilvanar un ampuloso panegírico, y á los pocos días
presentóse con él á Rachid y se lo declamó:
-^Dios te ha dado todo el mundo—decía—, y te lo ha sometido; pero tá nó
sabes sino despreciar todo lo que está en tu poder; porque nadie estima los
bienes de este mundo en tan poco como los estimas tú.
Fadl-el-Barmecida le interrumpió diciendo:
—Príncipe de los Creyentes, ningún Califa ha sido alabado Con más razón
que tú ahora.
Rachid, por toda respuesta, dijo al visir:
— D a l e veinte mil dirime*.
A la mañana siguiente Abu-el-Atahiya se presentó en el palacio de Fadl,
y le ofreció estos versos:
—Si buscas un amigo, escógelo como Fadl. El sabe estimar el mes pequeño
agradecimiento, y hace grandes favores como si fueran pequeños. Cierto estoy
que á ninguna parte puede volver los ojos sin encontrar huellas de su gene-
rosidad.
Páld, conmovido, le dijo:
—*Si pudieta igualarme con el Califa, te daría lo que él te ha dado; pero
yo voy á darte más.
Y mandó eátregarle la misma suma que Rachiá, y luego 6.000 dirhemea
más. Y no era sólo el Califa y sus grandes visires: los gobernadores de pro-
vincia pagaban también con una lluvia de oro cuatro alabanzas hiperbólicas
de Abu-el-Atahiya.
Un día recitó al Emir Amru-Ibn-el-Ala estos versos:
—No temo al tiempo y sus borrascas cuando me acojo á la protección del
Emir. Si pudieran los hombres, le ofrecerían, por honrarle, sus caras, para
sandalias de sus pies. Hasta que tú naciste no se había visto tal generoBÍ>
dad, ¡oh Amru!; y si un día mueres, ella morirá contigo. La muerte se<í[uejará
de ti, porque no le dejas más que campos esquilmados y las cenizas del fes-
tín; pero, en cambio, cuando venga á nosotros, vendrá vacía y se retirará
cargada.
Y así Continúa su qagida, de fácil versiiOaóión, bieft trabada y sencilla de
estilo, al decir de las críticas árabes. Amru, envanecido con tan desatentados
- 461 -

elogios, le dio en el acto 70.000 dv'hemes. Los poetas del séquito dé Amru se
picaron en lo vivo y dijeron:
—Estamos nosotros á la puerta del Emir tantos años ha, y entre; todos
juntos no hemos recibido esa suma; y llega ése, y se la lleva por unos cuantos
versos,-..',;.• ''••>',••,
Amru les explicó de este modo sos preferenci&s por Abu^el-Atahiya:
—Vosotros andáis alrededor de un asunto sin desfloratlo apenas, y cuándo
entráis en él lo hacéis mal, después de haber gastado cincuenta versos en ce-
lebrar á vuestra amada; de modo que sólo alabáis á uno cuando ya se ha ido
toda la gracia y la frescura de la gasida, Pero Abu el-Atahiya entra en se-
guida' en materia y me ala^ba, sin divagar mucho sobre las gracias de su
aniad». • ?
; Esta alabanza es peor que la más acerba crítica: ser corto y ceñirse al
asunto. «No son ésas las dos klas con que se sube al Helicón.»

Aventuras palaciegas
Digno de estudio sería el poder seguir á Abu-el-Alahiya en sus relaciones
con los cuatro Califas sucesores del fundador de la dinastía abasida, deslin-
dar la parte que tomó éti las horrendas tragedias desarrolladas en el palacio
de Bagdad, y ver cómo pudo librarse en tan larga vida de las caricias de aque-
llos tigres; pero los tradicionistas musulmanes sólo nos han conservado anéc-
dotas fragmentarias,'y lo único qne podemos hacer es disponerlas metódica-
mente para poner de relieve al asceta en su vida de cortesano.
' Gon el Mahdi, sucesor de Almanzbr, no fué el poeta muy afortunado: ya
hemos visto que estuvo á punto de perder la vista por sus intrigas con una
esclava del Califa, languideció largos meses en ñn calabozo infecto, y salió de
él con la vista casi perdida. Volvió a l a s buenas gracias del Soberano; pero
siempre el Mahdi lo trató con cierto despego, y más de una vez montó en có-
lera y despidió de sí bruscamente al descomedido improvisador.
Salió un día de caza el Mahdi, y Abn-el-Atahiya se hallaba en su séquito.
Con las peripecias del ojeo dispersáronse los cortesanos, y el Califa llegó solo
con el poeta á la orilla de un río á la sazón en que el cielo se encapotaba sú-
bitamente y caían gruesas gotas, precursoras de una tormenta de estío. En-
contraron en el paso del río un barquero, y le pidieron que los orientase en sn
camino'. Echándoles ^n oar« su imprudencia al aventurarse por aquellas fra-
gosidades, I09 transbordó y condujo á su miserable choza. El Califa tiritaba de
frío; el rudo marino lo acostó en su lecho, 16 cubrió con su capa aguadera, y el
Mahdi concilio el sueño un poco. Abu-el-Atahiya contemplaba maliciosamente
la cara lujuriosa del viejo Califa destacándose en aquel mugriento lecho.
Acudieron por fin las, esclavas del Mahdi, y antes que éste despertara, el bar-
quero, despavorido al conocer á quien había tratado con tan pesada y franca
descortesía, se dio á huir por las breñas. El Mahdi, regocijado del término de
sn aye-uttjré, ptdió á Abü'el-Atahiya que lo satirizase por su imprevisión y su
- 462 —

oiega pasión por la caza. El poeta no se hizo esperar, y al momento soltó este
fogonazo á su señor:
—{Oh tú que vistes seda y púrpura, qué cosa más fea es un viejo durmien-
do! ¡Ouántos que se oreeii poderosos han dormido en el tugurio de un pesoadorl
El Mahdi se enojó, maldijo al desvergonzado vate, y montó á cab&llo incon--
íínéníí; Nada más sabemos de sus relaciones con este Califa.
En 785 sucedía al Mahdi su hijo mayor Muza, llamado el Hadi, y Abu el-
Atahiya, que por su adhesión áBachid, hermano dé Muza, se había atraído
las iras del Príncipe heredero, tuvo que ocultarse. Pero luego le envió un bi-
llete con estos vetaos:
«¿Es que no encontraremos para con el Califa un protector que nos defien-
da y aparte de nosotros los males que nos amenazan? Muza me atemoriza
aun sin haberme conocido; pero es que Muza será más poderoso que su cle-
mencia.»
El Hadi le envió el aman, ordenó darle cierta suma, y en adelante no cesó
de honrarle mientras vivió, que sólo fué un año.
Y aquí tropezamos con una nueva extravagancia de Abn-el-Atahiya: por
su afición á Baohid se había atraído las iras del Hadi. Muere éste asesinado,
sabe al trono Baohid, pide al poeta que celebre su exaltación y le haga versos
erótioosj y Abu-el-Atahiya contesta:
—-No haré una sola rima después que ha muerto Muza el Hadi.
El Califa, furioso, lo encarceló y mandó luego á Ibrahim de Mosul que le
•cantase, y contestó:
—No cantaré una nota después de la muerte del Hadi.
Sin más, pasó á ocupar otro calabozo.
Poco después fijó Baohid su residencia en Baqqata, mandó hacer una hoya
profunda, y puso en ella al cantor y al poeta, separados por un muro.
—Ahí estaréis—les dijo—hasta que tú cantes y tú hagas versos.
Abu-el-Atahiya sufrió por algún tiempo. ¿Es que quería protestar contra
el asesinato del Hadi, ordenado por su madre y su hermano?
Un día estaba Baohid banqueteando con Giafar-el-Barmeoida, y una es-
clava les cantó una pieza que les gustó extraordinariamente; mas la letra era
de un solo verso, y Baohid exclamó: ,
—Hacia falta que tuviera otro verso para que durase más el canto y gozá-
semos mejor de su armonía.
Giafar le sugirió:
—Hay un medio fácil de conseguirlo: envía á decir á Abu-el-Atahiya que
nos haga un segundo verso, ya que tanta facilidad poética tiene.
— N o querrá respondernos—dijo Baohid—, pues está en una dura prisión,
y nosotros en un alegre festín.
Pero como el Barmecida insistiese, escribióle pidiéndole aquel senoillo
favor.
Abu-el-Atahiya envió, no sólo un verso, sino dos; pero de la más triste
ironía:
«No está el desgraciado para ocuparse de fruslerías cuando el alma se le
arranca y se le separa el cuerpo. Me piden una cosa bien extraña. Se quiere
que haga una oanoión alegre en la mansión del dolor.»
Baohid, al leer los versos, se los pasó á Giafar. Éste quiso que se hiciese
venir á Abu-el-Atahiya para obligarle á hacer el verso deseado; pero Raohid
se opuso: había jurado que no le sacaría de su hoya hasta que le versifícase
algo. Todavía se resistió algunos días; pero, al ña, dijo á Ibrahim:
—¿Hasta cuándo resistiremos al Califa? ¡I}a! Voy á componer algo que tú
cantes.
Y escribió con gran siooeridadr
«Cierto. Harnn es el conjunto de todos los bienes, y ha desaparecido todo
el mal desde el día en que nació.»
Y se reconcilió con el Califa. .
Durante Un año Abu-el-Atahiya vivió agasajado y tranquilo; hasta hizo
Baohid que le acompáñase eii su peregrinación á la Meca.
Mas, poco después de volver de la Arabia, Bachid retiróse á B^qfita: pa-
recía aquejado de una enfermedad; no comía ni bebía.
Mandó llamar al prefecto de policía de Bagdad, y, al prejsentarse éste,
le dijo:
—Si el botón dé mi camisa supiese por qué te he mandado llamar, ail punto
lo arrojaría en el Eufrates.
La Corte estaba alarmada. Al amanecer del sábado 28 de marso de 803
se «upo que el gran visir Gf^iafar-el-Barmecida había sido degollado, que todos
los miembros de su familia estaban presos, y que sus bienes habían sido con-
fiscados. Los cortesanos se helaron de terror. Abu-el-Atahiya hisso más: mani-
festó su indignaoiÓQ, vistióse de lana, dióseá la penitencia, y dejó de asistir
á las fiestas palatinas y de hacer versos eróticos.
Baohid, qué conocía al incorruptible asceta, lo eohó en prisión é hizo ^ue
fuera tratado con rigor.
«Apenas se cerró tras mí la puerta del calaboao—dice—, caí en la estupe-
íaoeíón propia de un hombre de mi carácter en tales circunstancias; mas, fijáii-
dome luego en mi alrededor, vi á un hombre sentado en el ángulo de la prisión
y encadenado; púsome á mirarle con fijeza, y él me recitó estos versos:
«He he acostumbrado á lo amargo de la paciencia hasta que se me ha hecho
«€i^e«ijt^én la féolettcia he encontrado la mejor consolación. Yo no sé cómo
>6t desesperar dé los hombres me ha llevado á pensar jen Dios.»
»—Bepíteme, así Dios te guarde, esos dos versos—le dije coa viveza.
•"—Por vida tuya, Abu-el-Atahiya—me respondió severamente—, que eres
muy mal edooado y muy poco discreto Has entrado eti la prisión en que yo
estoy, y ni me has saludado como se saluda á un musulmán, ni me has hecho
una pregunta digna de un hombre bien nacido, ni te has compadecido de mi
como debe hacerlo un desgraciado con otro; mas apenas has oído un par dé
versos, cuando, Ueyado de tu pasión por la poesía, no has podido contenerte
sin pedirme que te los repitiera, y ni siquiera te has cuidado antes de ofré»
oerme tus excusas por tal demanda.
»Yo le respondí;
— 464 — í

»•—Hermano, mí triste situación m'e había ofu-soado; no lo lleves, pues, á


/ mal, y ten la bondad de perdonarme.
f •»—Más razones tengo,ycii-ríespondió él—para estar aturdido y contuso,
porque tú has sido enoaroelado para obligarte á componer versos; tu facilidad
y talento poético son bien notorioé, y apenas hagas una poesía'serás puesto
en libertad; pero yo he sido jireso por no descubrir á Aisa-ben-Zaid^ á^uiaij-se
busca para la muerte;- seré ajusticiado en su lugar, pero no le deJsepbriré
jamás; verás cómo antes de una hora vienen por mí y me llevan al cada,Í8o.
¿Quién, pues, de los dos tiene derecho á estar más abatido? , '
»—Tú, sin duda—le respondí—; que Dios te sal ve.y te premie; sí hubiera
sabido que te hallabas en ese estado, no te hubiei'a repetido tai pregunta.
• Entonces él, gentilmente, me repitió los dois Versos hasta que los aprendí
dé memoria, y me dijo que era u n a r n i g o particular de Aisá-ben-Zaid.y de su
hijo Ahmed. No t a r d a m o s én oir el ruido de los cerrojos que. sé desdórrían:
entonces él se levantó, se ablucionó.con agua que tenía en una jarra,;y [Link]
un vestido limpio. , • < ;, . .
• E n t r ó el carcelero, acompañado de soldados con antorchas, [Link] sacaron
á los dos. E l fué presentado antes que yo á Rachid; se le pidió que descubrie-
se á Ahmed-ibn-yazid, y resporidióí í' 1
»—No me preguntéis acerca de ese h o m b r e , Príncipe de. los Cresyentes,
porque, aunque lo tuviera debajo de esta túnica,.'no lo d e s c u b r i r í a . .
• Rachid, sin conmoverse ante tal fidelidad; mañdÓ.brutalmeníte'decapitarlo
en la ihisma sala deltrono.
»Hízose asi, y entonces dijo á Abu-el-Atahiya; . ! , ,
»-^Oreó que con esto te habrás desengafiado. ' . -; • ••'•'• ^
»—¡Oh Ismael! ¡Aun por encima de lo que he visto se dejan seducir las
almas!—fué la respuesta del poeta. ^.:: > f ,:•';'
,_.Yolvedlo á la cárcel—dijo Rachid.» . ' . - . . •: • rv
Y Abu-el-Atahiya nos asegura que desde entonces tomó por norma 8e su
vidft aquellos dos versos aprendidos en la prisión, y que é'l les'agregó-este
tercero: • , : • , ; • Ó;- .' •••(:.:( •<
«Si no recibo del mundo todo lo que me desagrada, soy demasiaídio exi(^
gente al quejarme del mundo.»
Ouán fríamente se ajustó á esta forma', no hay para qué decirlo;, Rachid
tardaba mucho en ponerlo en libertad; mas no por éso le dispensaba de Hacer
.versos. ' , • '-:.• •' •"' ••'.> Í', •'•,
. Era el Califa aficionadísimo á los-cantos de los gondoleros éñ sos paseos
vespertinos por el Eufrates, y al oír las monótonas oatitilenas al éompás de
los remos, se abandonaba á esa suave melancolía característica del alma níu-
sulmaíia. SÓlo faltaba que la letra de aquéllas seDci lias barcarolas no fueseel
árabe vulgar y corrompido de los pescadores mesopoÉamios.^ i >

Ambrosio HuicK

(8e continuará,) • •' ! •


— 465 —

A R C H I V O S MARROQUÍE^S ^^í
HISTORIA CRÍTICA
OB LA

GUERRA DE ÁFRICA EN 1859-60


Escrita en francés por A. Joly, de la Misión científica de Marruecos,
y traducida al español por A. Hulcl.

OAPÍTUIiO IV
MARCHA DEL EJÉRCITO ESPAÑOL DESDE CEUTA
HASTA RÍO MARTÍN
1. La otenalra.—9. El campo de operaciouet enlre Oeata y Blo Uartin.—3. Batalla de los CastlUeJoi.—4. Faso de Río
Uannel y de Uonte Negrin.—6. El ejército «n Rio Azmlr.—6, Paso de Cabo Negro.—7. Desembarco de la división
Blot.—8, La primera parte de la campalla, jozgada por los inarroqnies.

1.—La olcüii^nú
AI terminar diciembre todavía el ejército expedicionario se encontraba
bajo los maros de Ceuta. Aquel estacionamiento de dos meses persuadía á los
'marroqttíes de que los espafioles eran impotentes para invadir su territorio, y
los hacía cada vez mas audaces. En tanto las enfermedades causaban numero-
sas víctimas, y él cólera se recrudecía con violencia. De prolongarse más, la
situación podía llegar á ser comprometida (2); >la Ofiinión pública comenzaba
á impacientarse, y las tropas deseaban ardientemente emprender el avance.
Pero la lentitud con que se procedió en el envío de soldados hasta mediados
de diciembre, y de material de guerra en el resto del mes, imposibilitaban el
toinar la ofensiva.
A ñu de afio la encuadra seguía reconcentrada en la bahía de Algeoiras.
Bl servíoió de transportes acababa de organizarse con una treintena de .va-
pores de eabotaje fletados por el Gobierno para remediar la insiifioienoia de
,flu'Marina.'•
El plan, poco definido todavía, de la oampafia había hecho que se exagera-
se la importancia del material de guerra: ya en el capítulo precedente hemos
visto que el 30 de dioieiñbre se embarcaba en Cádiz el parque de sitio. Lavi-

(1) PBbUcaeMn de M iUaíin científica de Marruecos, tomo Vil. Los capítulos publicados en el nimérp anterior pue-
den verse en el tomo Y, núm. 3. •> (París, Ernest Leroux.)
<S) <Lot refaerios reunidos en Algeoiras aguardan la orJén de embarcarse. Los tercits vascongados se emliarcarán
en los paerios d^l Korté. OlM barcos de la escuadra de Cuba han recibido ord«n de venir i engrosar 1» flota de Ent«*
pa.» (Oermond de Lavigáe, enero de 1860.)
- 466 -

g'ne escribía entonces: «Parece que no va destinado á Tetuán, en cuyO CílsO


sería intitil; se snpoiio que servirá para otra empresa más seria.»
Pero por fin, con la llegada del año nuevo, O'Donnell so creyó en condi-
ciones de poder tomar la ofensiva. Las provisiones de boca y g u e r r a abunda-
ban en los ahiiaccnos do OeuLa, el camino do Tetwán estaba bastante adolan-

Cro((iiis (l(í conjunto del toati'o do la li'uorra


Uisiiaiio-marroquí lie 1Í!5ÍM)0. Escala: V400ÜÜ0

tado, y después de un período tan largo,do lluvias se confiaba en que el buen


tiempo permitiría á la escuadra apoyar desdo la costa las operaciones de las
tropas, y proveerlas do víveres y municiones, pues apenas perdiesen de vista
el Serrallo ya no habría que contar con recibir de Ceuta el menor auxilio.

2.—El campo de operaciones eiiti'e Ceuta y Río Martín.

L a naturaleza del terreno que el ejército había de recorrer para llegar á la


desembocadura de Río Martín hacía presentir las más graves dificultades. E n
efecto: desde Ceuta hasta el valle de Tetuán el macizo de montañas del An-
yera, que va do Norte á Sur, no deja, entre sus líltimas estribaciones y la mar,
- 407 -

sino una estrecha faja de terreno, en g r a n parte arenoso; una esj^ecie de llano
costero cortado de marismas. Las colinas que unen al macizo principal, la
montaña del Cabo Negro, separan esta llanura de la de Tetuán, cerrándola
completamente por el Sur. La sierra que va de una á otra ciudad es áspera y
roqueña, y su topografía era entonces desconocida de los españoles (1).
Por consiguiente, el único camino, ó, mejor dicho, la única senda que une
á Ceuta con Tetuán serpentea á lo largo de la plaj'a hasta el aduar El-
Mdiq (2), al pie de Cabo Negro. E l terreno es completamente llano, poro
ofrece dos pasos difíciles para un ejército: las lagunas do Eío Manuel y las
marismas de Río Azrair. A lo largo de las primeras el camino sigue la estre-
cha lengua de tierra que separa sus aguas estancadas de las olas del mar; por
fortuna, la arena, siempre húmeda, ofrece bastante resistencia 'para que
hombres, caballos y aun bestias de carga puedan atravesarla sin peligro de
hundirse en ella.
E l paso del río Azmir es más difícil, pues ha}' que hacerlo á través de ma-
rismas cuya profundidad puede ser peligrosa con las mareas altas y en la es-
tación de las lluvias.
Pasado El-Mdiq el terreno se levanta y el piso se consolida; pero el carmi-
no queda dominado á derecha é izquierda por las alturas de Cabo Negro, y
por un ramal que se desprende de la sierra de Anyera. H a y adornas que tener
en cuenta que en la época de lluvias todas las partes bajas de la llanura que-
dan inundadas, ó, por lo menos, se transforman en lodazales, que ha,con la mar-
cha muy penosa.
Si el camino, excepción hecha de los sitios indicados más arriba, no ofrece
verdadero peligro para los viajeros en tiomijo ordinario, no sucede lo mismo
con un ejército en marcha observado por el enemigo.
No sólo la distancia que en general separa el pie de las montañas del mar
es muy pequeña, sino que, además, varios contrafuertes avanzan casi hasta
la playa, dejando sólo un paso estrecho. Los flancos de las primeras estriba-
ciones de la sierra son fácilmente accesibles; pero, en cambio, dividen la lla-
nura en una serie de compartimientos separados por grandes masas de rocas,
como en Monte Verde ó Monte Negróii; en el fondo de estos compartimientos
desembocan estrechos barrancos y profundas torrenteras, que so prestan á
ocultar grandes grupos enemigos sin que nada denote su presencia. La pen-
diciito de las montañas se marca bruscamente en general, y está cubierta de
maleza. No hay duda que ésto, como el de los alrededores de Ceuta, era el
terreno ideal para los marroquíes, el más adecuado que pudieran soñar p a r a su
manera especial de combatir. Muchos do los nombres geográficos de esta re-
gión, como Los Castillejos, La Condesa, liío Manuel, Río Martín, etc., que
nada tienen de árabe, se deben á las colonias portuguesas y españolas de los
siglos X V I y X V I I (3).

(1) Durante la guerra el Estmio Mayor Central levantó los planos ile la región explorada. 101 Atltis lus da por par-
tes al Vsmioo y al V^miuo- De 61 hemos tomado nuestros ero(iiiis.
Í2) Mdiii (el paso angosto, el desfiladero).
(3) Los nombres árabes do accidentes geográficos del teatro de la guerra lian sido desfigurados por los autores
•-áGá-

' li.—Batalla de los Castillejos (1.° de enero de 1860).

Mientras que el primer cuerpo quedaba en el Serrallo para defender el


campo atrincherado y la plaza, todas las demás tropas debían ponerse en ca-
mino el 1.° de enero de 1860.
A las seis de la mafiana Prim, con la división de reserva, salía en direc-
ción á los Castillejos, con orden de ocupar las alturas que dominan por la de-
recha el camino do Tetuán, y dejar así el paso libre á todo el ejército. Dos
escuadrones de húsares de la Princesa y dos baterías de montafla se habían
destacado para acompañarle.
O'Donhell, con su Estado Mayor, seguía á la vanguardia; iba en pos el
grueso de las tropas, formado por el segundo cuerpo, al mando del general
Zabala, y formaba la retaguardia la primera brigada de la segunda división
del segundo cuerpo. El tercer cuerpo, con Ros de Olano, debía salir al primer
aviso.
Desde el mar los vapores Piles y Panhope, las goletas Ceresy Veloz y
cuatro lanchas cañoneras, á las órdenes del capitán de fragata Miguel Lobo,
debían apoyar la marcha de las tropas. La artillería de campaña y la artille-
ría á caballo habían recibido orden de abandonar el campamento y de formar
entre las dos divisiones del tercer cuerpo. Como se preveía que la jornada no
se pasaría sin incidentes, se dispuso que el término do la primera etapa sería
el llano de los Castillejos, y que én él se acamparía al atardecer.
Al ponerse Prim en marcha el general Echagtle envió algunas fuerzas del
priiner cuerpo á la descubierta por las alturas de la Casa dd Renegado, para
observar á un grupo de marroquíes que por allí acababa de aparecer. Al mis-
mo tiempo Prim procuraba á toda prisa ocupar las posiciones más favorables.
Pero eran ya las ocho de la mañana, y llegó tarde. La,s alturas que debía
ocupar estaban coronadas de enemigos, y tuvo que mandar al primer batallón
del Príncipe y á los cazadores de Vergara desalojarlas, en combinación con
los fuegos de la escuadra. Al mismo tiempo varias compañías de Cuenca y
una del Disciplinario se establecieron á la derecha, entre unas rocas, y de tal
manera inquietaron al enemigo, qne le obligaron á una pronta retirada.
Los marroquíes, que tenían su campamento en el llano de los Castillejos,
á unos trescientos metros del mar, se retiraron entonces hacia la Gasa del Mo-
rabito, El general en jefe mandó atacarlos en su nueva posición para desde
ella apoyarla derecha del ejército, que avanzaba entre la Casa y la playa,
é hizo que el general Serrano se estableciese con su brigada y una batería de
montaña detrás de las compañías de Cuenca y del Disciplinario para amena-
zar por aquel lado la izquierda del enemigo, mientras que los batallones del

europeos al transcribirlos. Hay qne tener en cuenta que los espadóles daban á los nombres árabes una pronunciacUn
más d menos exacta, pero espaltola al fln, y qne luego los cronistas extranjeros torturaron de nuevo la ortografía de la
palabra árabe, por querer simplificar, {, sencillamente, por nó haber oohiprendldo la pronunoiaciin espaSoIa. Los
autores árabes, como Es-Selaoi, han desfigurado también los nombres espafioies: asi, O'Donnell se llamft Araánil en
«IXtUqtá.
Príncipe y Vergara, sostenidos por Luchana, atacaban de frente la posición.
En reserva seguirían á esta primera línea los batallones de artillería é inge-
nieros, y la escuadrilla apoyaría este movimiento barriendo con sus proyecti-
les la Casa y una parte del' llano. Los barcos, no sólo rompieron el fuego al
mismo tiempo que Príncipe y Vorgara cargaban á la bayoneta, sino que, ade-
más, mandaron á tierra un destacamento de infantería de Marina, que acudió
al asalto de la Casa entre las aclamaciones del ejército. El enemigo, cediendo
al ímpetu del ataque, evacuó la posición batiéndose en retirada, y los dos es-
cuadrones de húsares dieron una carga para desbaratar los grupos que comen-
zaban á reorganizarse en el llano.
Mas esto no bastaba para desembarazar el paso de los Castillejos. El ene-
migo había, como de costumbre, cedido al número; pero esperaba una ocasión
propicia para renovar el ataque. Grandes refuerzos de infantería llegaron en
su auxilio por las vertientes de la sierra que dominan la Casa del Morabito,
con intención de recobrar las^ posiciones perdidas, y la caballería entró en el
llauo por la angostura del río Castillejos. Los españoles respondieron á este
movimiento con dos contra-ataques. Por un lado los escuadrones de húsares
cargaron sobre la caballería mora, y la dispersaron sin resistencia; pero, con-
tra todas las reglas de la prudencia, se dejaron arrastrar por su ciego ardor:
persiguiendo á los jinetes marroquíes, que huían con toda intención, se metie-
ron en la angostura y vinieron á dar en el campamento enemigo, cuya exis-
tencia ni siquiera sospechaban.
Un increíble pánico se apoderó de los que lo defendían; pero los húsares
habían caído en él lazo que él enemigo les había preparado. La entrada del
campamento estaba protegida por un triple foso cubierto de hierbas y ramaje,
y toda la primera sección de húsares, arrastrada por el ímpetu de la carga,
desapareció en la primera zanja. La segunda sección pudo salvar el obstácu-
lo, y, lanzándose á brida suelta sobre las tiendas enemigas, batióse á pistoleta-
zos y cuchilladas, y se apoderó de mil objetos curiosos; entonces fué cuando
él cabo Pedro Mur arrebató una bandera, matando al moro que la defendía.
Pero el enemigo volvió pronto de su sorpresa: mientras que unos, espaciados
por los flancos del desfiladero, ocultos en la maleza, fusilaban casi á boca de
jarro á los imprudentes hús&res, otros, en gran número, bajaban de las cum-
bres á recobrar su campo. Lft retirada era en extremo difícil, sin fuerza algu-
na de infantería que los protegiese; pero era necesaria, si no querían sucumbir
todos en aquellas horcas caudinas. Su energía, y la arrebatada furia con que
áe defendieron, dio lugar á escenas patéticas. En el momento en que el desor-
den era mayor el capitán Valledor cayó desarzonado, y fué herido de una pu-
ñalada: por fortuna, antes de rematarlo los moros entraron en disputa sobre
quién había de quedarse con sus despojos; un pelotón de húsares intervino,
acuchilló al grupo y salvó al herido. Más lejos cayó otro oficial: los marro-
quíes ée precipitaron sobre él, y en un abrir y cerrar de ojos le cortaron la ca-
beza. Por fin, tras esfuerzos inauditos, los dos escuadrones, gracias á la agili-
dad y resistencia de sus caballos, lograron desembarazarse y salir del barran-
co para rehacerse en eí llano. Ocho quedaron en el desfiladero, los dos coman-
dantas estaban heridos, dos oiiciales habían muerto, y sólo cuatro quedaban
sanos y salvos.
Mientras que los húsares, traspasando las instnicciones recibidas, se me-
tían en el avispero del que con t a n t a dificultad habían de salir, el general
P r i m , por su parte, so veía no menos comprometido para resistir al enemigo,
que, rehecho en las alturas que dominan la Casa del Morabito, se mostraba
tanto más audaz cuanto más asegurada tenía la retirada. Era imprescindible
desalojarlo, y P r i m fué encargado de hacerlo. Púsose en ¡u'imera línea, a l a

Gasfcillojos. Escala: '/jooono


A, batiUlii. ilul I." lie 0)ieri> ilc ISJO (C'iistiik'JüS), -lí, cuiiil)iit(j del J (ie ciici'ii de IHÍil). —x, (•iiiii|]ii iiuiri-ui|ii¡
en la batalla di! los Ciistükijos. — x', oaiii|)o iiiari'0(|iii en la acción deN de enero.—!, cuaitel general
(1." de enero).—'J-ü, reserva del primer eueriJO el i de enero.—i-G, sejíundo cuerpo del í al 4 de, enei'O.
7-8, artillería del 1 al 'I de enero. -U, artillería del 1 al 2 de enero.—lU, ealialleria déla al .'i de eucru.
II, enartel general del íi al ii de enero.—l'J i;i, tercer cuerpo del 2 al i! do enero.—11-15, artilleiía del L'
al 3 de enero.—111, reserva el 4 de enero.—10', sognndo cuerpo del 4 al b de enero.—17, tercer cuerpo
del J al 5 de enero.-]8, cal)alle]la del 1 al ,5 de enere.—lí)-20 21, artillería.—22, reserva el ii de enero.
23, caballería.—24, reserva el C de enero.—a."), cuartel general del 4 al .5 de enero.

cabeza do Vorgara, Príncipe y Luuhana, é hizo que lo siguiesen como reserva


y apoyo la artillería y los ingenieros de su división, mientras el general Gar-
cía recibía orden de atacar el campamento enemigo. Antes de que so dispu-
siese á cumplirla ya Príncipe había ocupado las primeras alturas; el enemigo,
creyendo que esta maniobra iba dirigida contra su campamento, y envalento-
nado con la llegada de nuevos refuerzos y con el éxito de su estratagema con-
tra los húsares, opuso una resistencia heroica, y á las tres de la tarde llegó
hasta tomar la ofensiva con obstinado ardor. A u n q u e sostenidos por las fuer-
zas que los seguían, los batallones de P r i m se encontraban en gran peligro;
Príncipe sobre todo, que quedaba aislado en una colina, sin que fuera posible
socorrerlo ni él pudiera retirarse. Este momento y el de la carga de los húsa-
res fueron los dos más omocionantes del combate. P r i m había perdido ya mu-
cha gente; sus tropas, fatigadas de luchar desde el amanecer, sin haber comido
ni descansado, no podían resistir más la furia de los marroquíes, que recibían
continuamente tropas de refresco. Por otra p a r t e , Príncipe seguía aislado.
No sabiendo qué partido tomar, y perdiendo, probablemente, la serenidad,
•• ; . - 4 7 1 - •

Prim se dirigió á sus artilleros y les mandó avanzar en orden abierto para
contener al enemigo mientras su infantería cobraba aliento. Los artilleros
avanzaron, mandados por el coronel Berroeta, eu una formación tan nueva
para ellos; poro, recibidos con un fuego nutridísimo, tuvieron que replegarse,
volviendo instintivamente al orden cerrado, al que su instrucción los había
habituado, y perdiendo así mucha gente.
P o r fortuna, O'Donnoll so apercibió del tra\ice en que estaba su división
de reserva, y destacó del segando cuerpo el regimiento de Córdoba, á las ór-
denes del brigadier Ángulo. A la llegada de este refuerzo inesperado P r i m se
pone á su cabeza, manda dejar en tierra las mochilas, y da una vigorosa carga
para libertar á Príncipe, que ha rechazado tres veces el alud de enemigos que
se le ochaba encima. ¡Inútiles esfuerzos! Córdoba tiene que ceder, y, acosado
por los marroquíes, abandona sus mochilas. Entonces Prim, sudoroso, deshe-
cho por la fatiga, rugiendo do dolor, se abalanza sobro la bandera del regi-
miento, y poniéndose á la cabeza de sus tropas, les g r i t a : «¡Soldados! Vosotros
podéis abandonar esas mochilas, que son vuestras; pero no podéis abandoiiiir
esta bandera, que es de la P a t r i a . ¿Permitiréis qno el estandarte de España
caiga en poder de los moros? ¿Dejaréis morir solo á vuestro general?»
Rodeado do su corneta do órdenes y de catorce hombres ospoloa á su caba-
llo, gritando: «¡Adelanto, muchachos!» L a mitad de su reducida escolta cao á
los primeros pasos; pero la bandera ondea sobre la cabeza del general. Córdo-
ba so precipita en pos do él, y se t r a b a un combato furioso: los acentos do las
cornetas, que tocan ataque, se sobreponen á los gritos de los moribundos; los
ayudantes del general caen heridos á su lado; pero la bandera española sigue
notando en medio de un torbellino de fuego y humo, Los cadáveres españoles
se amontonan sobre los del enemigo... (1).
La rápida intervención del general Zabala salvó á las tropas de P r i m y
decidió el éxito de la batalla. León, Arapiles, Saboya y Simancas llegaron á
sostener á aquellos héroes, que no podían materialmente resistir un momento
más; poro para llegar hasta allí tuvo el conde de Paredes que atravesar una
cañada en que los moros se habíau emboscado, y dos veces cargó á la cabeza
de su Estado Mayor, persuadido de que las tropas de P r i m habían hoclio un
esfuerzo sobrehumano y de que á todo trance había que socorrerlas. Su llega-
da fué oportunísima y permitió al conde de E e u s fortificarse en la última
posición ganada al onomigo. E n t r e t a n t o el general García, que había tenido
que ceder dos de sus batallones al general Zabala, recibió contraorden, y en
vez de atacar al campamento enemigo, embistió con las tropas que le queda-
ban su naneo izquierdo, y contribuyó eficazmente con este golpe decisivo al
triunfo final.
Los marroquíes se retiraron por fin lentamente, disparando desde lejos
tiros sueltos; pero tuvieron que abandonar sus muertos en las alturas tan fiera-
mente disputadas de la Cai^a del Morabito.
O'Donnell dirigió la acción con una sangre fría que no lo abandonó sino

(1) Iriarte: op. oít., páginas ÍO-41.


— 472 —

al ver que los batallones do P r i m cedían al enemigo. Lans^óso entonces en aque-


lla dirección sin advertir á su Estado Mayor, gritando: <'¡A la bayoneta! ¡A
olios, á ellos; que los refuercen!» Tin batallón pasaba por allí: O'Donnell lo
arrastró consigo; pero al llegar al pió do la colina P r i m salió á i-ecibirlo, di-
ciéndole que todo estaba concluido, y que sn deber ora dirigir la acción, y no
exponer su persona.
Las tropas ])erraanecieron en las posiciones ganadas hasta que los ingenie-
ros levanlaron nini ligera fortificación, que sirvió do cani])anicnto á la división
do P r i m . Los demás cuerpos acamparon en los puestos que ocupaban.
P r i m recibió en premio del valor tan temerario c o n q u e contribuyó a l a
victoria el título de marqués do los Castillejos. Los espailoles no hicieron, más
que cinco prisioneros, á pesar de haber sido ésta una de las batallas más im-
portantes de la campaña: sus pérdidas fueron '20 oficiales y 63 soldados muer-
tos; 68 oficiales y 481 soldados heridos.
El coronel Borroeta, desesperado por el descalabro do sus artilleros, so pegó
un tiro al entrar en su tienda; y el general Zabala, después do haber pasado
diez lloras á caballo y haberse expuesto hasta la temeridad, sufrió al descabal-
gar un ataque de parálisis fulminante, cayendo en brazos de sus ayudantes,
el conde de Corres y el duque de Ahumada (1).
Los informes españoles elevan á 20.000 el número de enemigos; las fuentes
marroquíes sólo especifican—dice Sohlagintweit (2)—que Muley-el-Abbas en
persona dirigió la acción; sin embargo, más tardo, un prisionero hecho en la
batalla dijo á Iriarto que Muley-el-Abbas no había aparecido todavía en el toa-
tro de la g u e r r a . Los marroquíes levantaron el campo durante la noche, y á la
mañana siguiente se jiodían aún ver los senderos y angosturas de la sierra cru-
zados por caravanas de nudas y caniollos que transportaban la impedinunita
y los heridos.
El 2 y el 3 do enero completóse la defensa del campamento con,fortifica-
ciones ligeras, se practicó un gran reconocimiento, y se hicieron todos los pre-
parativos necesarios para continuar la marclia.
E l 3, sogiin los datos oficiales, se interrumpieron por completo las comuni-
caciones por tierra con el cuerpo del general Echagüo, aunque la distancia
que sei)ara á Río Castillejos del redncto dol Principo Alfonso no es más que
de 3.600 metros; prueba de que la dominación de los españoles en el Serrallo
era bien precaria, y de que su victoria no había producido grandes efectos (3).

4.—Paso de liío 3[aiiuel y de Monte Negi'óii (4-(» de enero de 18<)0).

El 4 de enero |)or la mañana abandonó el ejército sus posiciones para se-


guir avanzando. E l terreno que había de recorrer se extiende desde las ruinas
de los Castillejos hasta las últimas estribaciones de Monto Negrón, á lo largo

(1) Iriftrte, pú!?. 47. Alarcrtii, I, píg. 149.


(2) Op. c¡t„ pág. 28G.
(.1) Sclilagiiitwcil: op. eit., pág. 28ü.
_ 473 - •••

de la costa. El piimor día, después do haber andado cinco ó sois kilouiotros


por un llano arenoso, siguiendo la playa, había qne pasar entro el mar y las
lagunas de Eío Manuel. Más adelante, por el Sur y el Sudoeste, comenzaban
en suave pendiente las primeras ondulaciones montañosas que cierran la estre-
cha y larga llanura, uniendo á Monte Ncgrón con la sierra de [Link].
Después do las lagunas se desconocía la naturaleza del obstáculo presentado
por Monte Negrón, (jue de lejos parece llegar hasta el mar. Pero pronto so vio
(|ue una estrecha banda de arena corre por su base desde Río Manuel hasta Río
Azmir, en una extensión de diez kilómetros, y que, aunque cortada por varios

Ccltta Sísalii

P a s o (Us Monte Nu!;'róii. Esi;ala: '/moom

1-2-;), soguiidii ciiei'po (O de enero).-4-.'), tercer cuerpo.-6-7, cahalleria.-8-9, iirtillci'ia.—10, reser-


va del (i al 7 de eiiero.-ll, cuartel t'eneral elG de enero,-12, cuartel Reiieral del 7 al 14 de enero. •
líi, seRunili) cuerpo.-14, tercer cuerpo, —1."), i-eserva.-Ki, artillería.—17, nal)aller¡a.—-'l, coinl)ate
del li de oiero,—^r, coml)ates del a, 10 y 12 de enero.—iJ,campo uiarroiiui,

arroyos, era lo bastante ancha y segura para aventurarse por ella. Al pie de
la montaña se extiende una serie do colinas de suave pendiente; pero como es-
taban cubiertas de maleza, no se juzgaba prudente aventurarse en ellas, sobre
todo con los bagajes y la artillería, pues los marroquíes podían tirotear á man-
salva al ejército sin descubrirse ni comprometerse. E n atención á estas cir-
cunstancias, se tomaron desdo la víspera toda clase de precauciones, y las tro-
])as avanzaron en este orden:
Un cuerpo de ejército, la artillería de campaña, la montada y la caballería
seguían la playa; el otro cuerpo (1), con la artillería de montaña, cubría la
marcha por el flanco derecho, avanzando por brigadas en columnas de bata-
llón. Un escuadrón de Albuora y dos compañías desplegadas en guerrillas for-
maban la extrema derecha, y la división de reserva cerraba la marcha á reta-
guardia.
El ejército llegó sin ser hostilizado hasta las lagunas de Eío Manuel, y es-
tableció su campamento sobre la orilla izquierda, junto á la playa, en las Al-

(1) Es imposible salier de qué cuerpo se traía, pues Sclilagiiitwcit, por conrusióii ft por error de imprenta, llama á
los dos segundo cuerpo.
; -'474 - .

turas de la Condesa; desde el Oeste se percibían las tieadasde los marroquíes,


á 1.200 metros del mar.
A la derecha del campo español había una hondonada cubierta do maleza,
que se extendía hasta muy lejos de la playa, y que fué ocupada por algunas
oompaftías para cubrir el campamentci por aquel lado y prevenir las sorpresas
á que se prestaba la espesura de los matorrales.
Hasta el mediodía sólo se oyeron algunos tiros en las avanzadas; pero á
las tres de la tarde apareció un gran tropel de marroquíes—unos dos mil—á
caballo y á pie en las colinas del lado acá del río. tJna batería contuvo el ím-
petu del enemigo y sembró el desorden con sus granadas, sobre todo entre la
caballería, que era [Link]: las guerrillas aprovecharon la ocasión para
dar una carga á la bayoneta sostenidas por la reserva, y el enemigo se retiró,
sin que ocurriese incidente alguno en toda la noche.
Mientras así se tiroteaban las avanzadas, el general García hizo un reco-
nocimiento á lo largo de la playa, sin ser apenas molestado, y volvió con la
convicción de que el paso de Monte Negrón era mucho más fácil de lo que se
había creído al principio (1). Los españoles tuvieron este día cinco muertos
y 19 heridos.
El 5 de enero permanecieron las tropas en sus posiciones, excepto la divi-
sión de reserva, que se trasladó^ un puesto más avanzado. El general Zabala,
enfermo, retiróse á Ceuta, y el general José de Orozco fué nombrado interi-
namente en su lugar. El 6 de enero reanudóse la marcha; pero antes los inge-
nieros tuvieron que hacer varios trabajos ligeros en las lagunas para que las
tropas pudiesen llegar á la lengua de arena que las separa del mar. El ge-
neral García debía cubrir la marcha, que de un momento á otro podía hacerse
peligrosa, y el general Ros de Okno distraería al enemigo con un falso ata-
que hasta que todo el ejército hubiese pasado. Antes de la salida del sol, á las
cuatro de la mañana, el general García pudo ganar con el segundo cuerpo,
tres baterías de montaña y dos escuadrones, las alturas próximas á Monte Ne-
grón, al norte del Uad-Nefsa—arroyo costero al sur de Eío Manuel—, sin que
se apercibiese el enemigo, con lo cual el paso del ejército quedó asegui'ado.
Los marroquíes esperaban un ataque por el monte, pues no creían que los
españoles se decidiesen á aventurarse por la lengua de arena. Su desilusión
fué brusca; y aunque al comprender la naturaleza del movimiento operado
intentaron impedirlo, lo hicieron sin vigor, pues quedaban en muy mala pos-
tura y eirá demasiado tarde para obrar con eficacia.
Si bajaban directamente contra las tropas en marcha, dejaban que el ge-
neral García les cortase la retirada hacia la sierra; si se volvían contra él, se
les escapaba el grueso del ejército. Limitáronse, pues, á molestar á las fuer-
zas de Bos de Olano, que les hicieron frente hasta el anochecer; éstas, cuando
recibieron aviso de que todas las tropas habían franqueado el paso difícil, se
retiraron en buen orden y sin peligro alguno, pues el resto del ejército las
apoyaba: los marroquíes lo comprendieron perfectamente, y no pusieron más

(1) SchláglntireU: op. clt., pig. 388. Triarte, páginas 53-53.


•-,475 -

empefio en perseguirlos del que habían mostrado al atacarlos. Así, el paso de


las lagunas, que al principio había inspirado los más vivos temores, se llevó
á cabo sin que el ejército perdiese un soló hombre (1). El mismo día algunas
lanchas cañoneras se acercaron á la desembocadura de Eío Martín; el enemi-
go les disparó dos cañonazos bastante bien dirigidos: la escuadra, que las se-
guía, le respondió; pero arreció el viento, y tuvo que retirarse.
El ejército acampó en la orilla derecha de Río Manuel, muy cerca de lais
lagunas, pero en un terreno más elevado. Llamóse á este campamento Posi-
ción de las lagunas. Los marroquíes lo conocen por JSÍ-Jfíttideg (2), en atención
á las ruinas de una caravanera que se encuentra allí cerca. El 7 por la maña-
na, á las seis y media, reanudóse el avance. El tercer cuerpo formaba la van-
guardia, dividido en cuatro columnas paralelas que cubrían la marcha del
ejército; su segunda división protegía el flanco derecho. 'V'ivaqueóse al pie dé
Monte Negrón, junto al río Azmir.

5.—El ejército en Rio Azmir (7-13 de enero de 1880) (3).

El tiempo había estado bueno desde que se ioició la ofensiva. El mar, tran-
quilo, permitía á la escuadra mantenerse en constante comunicación con las
tropas, aprovisionándolas de víveres y municiones, y recogiendo sus heridos
y enfermos para transportarlos ¿ Ceuta. Pero el cielo comenzó el día 7 á mos-
trarse amenazador, y á las cinco de la tarde una tempestad furiosa se desen-
cadenó siíbitahieutei La escuadra tuvo que levar anclas é ir á refugiarse en
Ceuta, Málaga y Algeciras. Antes de escapar al temporal pudo solamente des-
embarcar víveres para un día y 169 pacas de heno, á fuerza de pasamanos y
andaribeles. Pronto no quedó á la vista más que el Vulcano, un vapor y dos
chalanas.
El levante soplaba con una violencia inaudita, y en la misma rada de Ceuta
varios barcos sufrieron grandes averías. Ninguno podía comunicar con los
diques para aprovisionarse; mushos agotaron sus víveres, y los que aún in-.
tentaron proveer al ejército tuvieron que renunciar á ello y hacerse á la mar
inmediatamente. Sólo en un momento de relativa calma el almirante en per^
sona pudo, corriendo los mayores peligros y dando pruebas de una abnega-
ción sin límites, desembarcar una cantidad insignificante de provisiones. En
cambio, otra embarcación perdió en una tentativa análoga su cargamento de
sáfeos de avena y pacas de heno, y dos marinos que le arrebataron las olas; la
goleta Rosalía se estrelló contra la costa, y el vapor Santa Itübél natifragó (4).

(]) Este paso era uno de los qne más preocapaba á los generales españoles (vlde AlarcAn, I, pág. 160), y fué preciso,
i pesar de la habilidad con qne se ejecuto, emp1¿»r eu lil casi tuda la Jornada del 6 d« enero.
(3) Hemos Identificado El-Fnideq con las Lagunas bajo late de ciertas toformacLones indígenas. Sin embargo, hay
qnlen nos hace notar qne este nombre de Fnideq se da mis bien & los Castillejos. Los croquis del ^tlas i» la guerra
soto marcMi al pie da Monte NrgrAn, por la parte norte, la Choza dt laMora; pero el mapa de Sbhlagtntireit se&ala
en el mismo sitio una caravanera CHiUfe, itoravanen, Írsr6<r0e^.
(3) Sch1agtn(veit,pig. 289. Iri»rt«,Kif siguientes. AlnroOn, I, I$0-176.
(1) Del comportamiento de la Harina durante estos dias se puede Josgar por estas lineas de un despacho del alml-
-476-
El ejército se encontraba en una situación muy crítica: interrumpidas las
comunioaoiones con Ceuta y con la escuadra, aislado en un país enemigo sal-
vaje é inexplorado, y sufriendo los horrores del temporal. El 6 apenas tenía
víveres bastantes para tres días, y la tormenta no comenzó á calmarse hasta
el 9, y auu ese día el estado del mar hacía imposible todo desembarco. La no-
che precedente del 8 al 9 un huracán furioso se desencadenó; la lluvia trans'
formó el campamento en un lago, y apenas quedó una tienda en pie ni uii pal-
mo de tierra seco. El 9 por la mañana cedió algo el viento; pero todavía no se
podía esperar ningííñ socorro de la escuadra, y la caballería no tenía ya una
paca de heno ni una raoióü de avena.
Todos estaban consternados, y la inquietud más viva reinaba en los cora-
zones, pues nadie ignoraba que con frecuencia tempestades como aquélla
duran en el Estrecho semanas enteras.
Las raciones se habían agotado: no se disponía más que de galleta mojada
en un agua corrompida. Generales, oficiales y soldados, puestos á régimen, se
ceñían cada día más el ointurón del sable; y entretanto, ni un barco á la vista.
Las pobres muías, faltas de heno y avena, roían sus bastes, y no tenían ya
ni la hierba rala que se había encontrado hasta entonces. Los caballos caían
muerto^, y O'Donnell, desesperado, encargó á Prim que formase á toda su di-
visión y con toda la impedimenta fuese á Ceuta á aprovisionarse en los alma^
cenes de la plaza.
Así se iba á repasar, con un material enorme y embarazoso, aquellas cin-
co leguas que tanta sangre habían costado. Prim, ídolo de sus soldados, tenía
la más absoluta confianza en ellos; pero la turba heterogénea de muleteros y
bagajeros sería un estorbo en caso de ataque, y sin su material, que podían
muy bien abandonar, era imposible traer al ejército la cantidad de víveres que
necesitaba. Reuniendo entonces á todos ellos, les dijo, en pocas palabras, que
el ejército entero ponía en ellos su salvación, y que á todos se les confería ipso
/Vicio la dignidad dé soldados.
El jefe de los acemileros, catalán de cepa, viejo arriero de barba gris, agre-
gó á estas hermosas frases una arenga, más enérgica que elocuente, en la que
prodigó las interjecciones más fuertes de la lengua castellana, y amenazó con
las más graves penas á todo el que no cumpliese con su deber.
El conde dé Reus se despedía de O'Donnell, y todo el ejército rodeaba á los
que eran su última esperanza, cuándo se oyó un clamor en una colina en la que
había un puesto de soldados. Como náufragos abandonados en una isla desier-
ta, gritaban: «¡una velaí ¡Una vela!» En efecto; á pesar del viento contrario,
y de la tempestad, que aún duraba, un barco había doblado la punta de Ceu-
ta, y dentro de algunas horas se podría comunicar con él.
El viento, sin cambiar de dirección, cedía poco á poco, y detrás del primer
barco la animosa escuadrilla luchaba á toda máquina contra un mar de fondo
por adelantar en una hora el momento de reunirse con el ejército.

ranto Horrcrn! «He Ido al campamento i las tres Se la tarde. La itiaroj» ta era muy inerte; el primer bote ha volcado
«niiijne sin consecnenclas; pero be podido llegar i tierra «ano jr sitlvo.» (O. de Lavlgne, pig. 77)
£1 general Prim suspendió la orden de partida, y al cabo de pocas horas,
á costa de esfuerzos increíbles y de la vida de varios marineros, una barca
avanzaba hacia la playa y tendía un cable á los soldados, metidos en el agua
hastai la cintura. Dos veces volcó la lancha, y dos veces se vio á aquellos po-
bres marinos Inohar contra las olas y dejarse varar en la arena sin soltar el
cable. Por fin se llenó de sacos de avena, de pacas de heno y de cajas de ga-
lleta y conservas un lanohón plano de los que se usan en el desembarco de tro-
pas, y cuatro hombres solamente montaron en él para dirigirlo. Xios soldados
desde la playa se aferraban al cable, cediendo al flujo y reflujo del mar, has-
ta que, aprovechando un momento en que la ola se retiraba, encallaron el lan-
chón en la arena. -
El agua de mar había averiado las provisiones: el heno estaba mojado, la
avena nadaba en el fondo de la barca; pero nadie entonces se preocupaba por
tan poca cosa. El viento cedió cada vez más, y las operaciones de desembarco
continuaron durante toda la npche (1).
Los soldados llamaron á esta playa d campamento dd hambre {2). £1 ejér-
cito se había salvado; sólo había perdido algunos caballos, muertos de hambre,
y algunas muías.

6.—Combates de Rio Azmir (8-13 de enero de 1860).


El enemigo no supo aprovechar como hubiera podido una circunstancia
tan favorable para él. El día 8 se presentó por grupos en las alturas del Oes-
te, cerca del segando cuerpo, mandado desde la víspera por el general Prim;
, pero atacó tibiamente, y algunos cañonazos, una carga á la bayoneta de las
guerrillas reforzadas y otra de tres ó cuatro batallones bastaron para conte-
nerlo, lios batallones de Castilla y Toledo y los cazadores de Alba de Tormes
y Chiclana tomaron parte en este encuentro de avanzadas.
Las pérdidas no fueron grandes: no hubo más que un muerto y 30 heridos,
de los cuales dos eran oficiales.
El ejército marroquí seguía entretanto al de los españoles, avanzando pa-
ralelo á él desde los Castillejos, y acampando en los valles formados por los
oontrafuertes de Anje^a.
El 10 de enero, ala una de la tarde, el enemigo apareció en Monte Ne-
grón, y su núQieró creció rápidamente hasta cubrir todas las laderas; luego,
abandonando las cumbres, bajó como para atacar el campamento español, que
se apoyaba á la izquierda en el río Azmir, y por detrás, en el mar. Las avan-
zadas trabaron un vivo tiroteo.
Prim envió el primer batallón de Saboya y otro de Córdoba á ocupar la
colina más próxima al campamento, que se extendía casi paralela al mar. Con-
siguieron éstas fuerzas llegar antes que el enemigo, y, apoyándose por la iz-

U) Irlart^ pAgtnM 61'«S.


(2) AlarcAn, i, pág. 175.
• • - 4 7 8 —• • '

quierda en los ribazos del río Azmir, rompieron el fuego. Al mismo tiempo el
general en jefe hizo avanzar sobre el Irente del campo, que era el punto más
vulnerable y el más atacado, 34: piezas de artillería—18 de montaña, i2 de ar-
tillería montada y cuatro de sitio—para barrer las vertientes, de la sierra, cu-
biertas de marroquíes, ün batallón de Castilla debía adelantarse hasta la se-
gunda línea de colinas. Después de varios ataques á las guerrillas, los marro-
quíes dieron muestras de ceder, y el batallón de Castilla aprovechó la oportu-
nidad para dar una carga á la bayoneta,, tan enérgica, que hizo retirarse al
enemigo hasta la tercera línea de colinas, de la cual también lo desalojó apo-
yado por las guerrillas de Saboya y Córdoba, seguidas de sus reservas.
Mientras estas fuerzas del segundo cuerpo, mandadas por el general Oroz-
co, desembarazaban así el ala izquierda, el general Enrique O'Donnell, con la
segunda división del segundo cuerpo, formaba eu primera línea por la dere-
cha con el primer batallón de Toledo, dejando en reserva el segundo del mis-
mo regimiento; pero la reserva no tardó en pasar á la primera línea cuando
el fuego se hizo general, y fué reemplazada en su puesto por los cazadores de
Chiclana, mientras que más atrás se escalonaba un batallón de Kavarra.
£¡1 enemigo seguida recibiendo refuerzos, y las fuerzas avanzadas del ala
derecha comenzaban á verse en mala postura. Prim, entonces, mandó dar una
carga general y ¿oncéntrioa de las dos alas, á la bayoneta, y los marroquíes
etuprendierbn la huida, aunque no sin resistencia, sobretodo ¿.la derecha.
El regimientb de 'íoíedo, que era eímás alejado, tuvo que tomar cinco veces
á la bayoneta la misma colina, y dos veces formó el cuadro para defenderse
de la nube de caballos qué lo envolvía; el regimiento de Castilla fué llamado
al orden. La artillería apoyó la carga mientras pudo hacerlo sin peligro pa^a
las tropas que avanzaban.
Para prevenir un contra-ataque, dos escuadrones de lanceros y una bate"
ría de montaña fueron destacados á las avanzadas; la batería tenía orden de
continuar cañoneando lentamente el terreno. Al atardecer los batallones que
habían ganado las alturas se replegaron hacia el campamento, seguidos de los
lanceros y la artillería.
El 10 por la noche la flot», después de haber aprovisionado como pudo al
ejército y haber desembarcado 150 pacas de heno comprimido para las acémi-
las, sin pienso hacía cuarenta y ocho horas, se vio de nuevo obligada por la
tempestad á retirarse á Ceuta y Algeciras para ponerse al abrigo y reparar
«US averías. El mal tiempo duró hasta el 13 inclusive, con cortos intervalos;
la Marina snfrió mucho con tan recios temporales. Además de las pérdidas ya
señaladas del buque de guerra Santa Isabd y de la goleta Rosalía, tuvo tres
marineros ahogados; nueve cañoneras, cuatro transportes y casi todas las
lanchas empleadas en el desembarco de víveres habían quedado maltratados;
varias chalanas se habían estrellado, y dos bergantines quedaron desarbolados.
• El l l de enero el ejército acampó en las mismas posiciones, sin ser inquie-
tado, pero sin poder avanzar á causa del mal tiempo.
El 12 al mediodía el enemigo apareció en las mismas colínas que el día 10.
Prim recibió orden de ocupar inmediatamente la primera serie de altozanos,
- m-
y ¿1 confió su ejecución á los cazadores de Arapiles y Simancas, dejando en
reserva el resto de la división al pie de las colinas. La artillería adoptó casi
las mismas disposiciones que el día 10, colocando frente al centro, y un poco
á la izquierda, 24 piezas en batería.
Las tropas enemigas se extendían ¿ lo lejos, rebasando la línea del segun-
do cuerpo hasta delante del tercero. El general en jefe envió por aquel lado
para proteger el ala izquierda á los cazadores de Llerena; el ala derecha
quedó cubierta por cuatro compañías de Cuenca (reserva).
Prim cayó bruscamente sobre el enemigo á la cabeza de la división Enri-
que O'Donnell, y desbarató su ala derecha; luego, sostenido por la brigada
Hedíger y la división Orozoo, hizo lo mismo con el centro. El enemigo se
mantuvo durante esta acción casi Completamente á la defensiva, y, contra
costumbre, no molestó á las tropas cuando éstas se retiraron á las siete y
media de la tarde.
El encuentro fué poco sangriento. Los españoles tuvieron un muerto y 91
heridos; los marroquíes sufrieron pérdidas más graves, sobre las cuales tene-
mos datos más precisos que de ordinario, pues abandonaron casi todos sus
muertos y heridos, cosa pocas veces vista hasta entonces; contáronse 47 muer-
tos en el campo de batalla, y fueron recogidos cuatro heridos.
El 12 por la tarde las tropas españolas acamparon en la siguiente forma:
Primera linea.—Extrema izquierda: cazadores de Llerena.
Centro: cazadores de Arapiles y Siniancas, un batallón de Saboya, y
detrás, apoyando á los cazadores, un batallón de Castilla y otro de Córdoba.
Extrema derecha: un batallón de la Princesa y los cazadores de Alba de
Termes.
iScjranda Zínco.—Segunda división del segundo cuerpo; una batería de
montaña.
Reserva,—-Pestacameutos del tercer cuerpo; caballería, artillería y bagajes.
El día 13 se consagró á hacer viable á la artillería é impedimenta el paso
del río Azmir. A las ocho de la noche los ingenieros comenzaron la construc-
ción de una calzada á través de los cenagales, en dirección á la torre y el
aduar de El-Mdiq, situado en la orilla opuesta. Pero como se disponía de
malos materiales—hiniestas, ramaje y arena—, el trabajo fué muy difícil. Un
destacamento de infantería de Marina, llegado al campamento el día 10, echó
un puente de barcas sobre el río propiamente dicho.
£1 brigadier Cervino, encargado de proteger los trabajos con Albuera y
Ciudad Rodrigo, dispuso sus fuerzas en doble cadena de tiradores, parte junto
al lecho del rió, parte sobre los ribazos, alrededor de los ingenieros, que traba-
jaron toda la noche con el mayor silencio posible. Al amanecer el trabajo
principal estaba terminado; el enemigo molestó muy poco á los trabajadores:
sin duda, temía despertar á los genios malos de la noche, y la superstición le
impidió moverse mientras duró la obscuridad. Muchas veces había pasado lo
mismo en Argelia, dico Schlagintweit.
480 -

7.-Píiso de Cubo Ncgi'o (14 tic enero (le 1S()0) (1).

E l terreno que se extiende desde el sitio en que el ejército había acampado


hasta la vega do Tetuán os una reproducción del ya recorrido entre los Casti-
llejos y Monte Negrón. La distancia ora menor quizá; pero las dificultades
parecían mayores.
E l río Azrair, bajando del A n y o r a y Monto Negrón, atraviesa esta llanura,
como ol río Manuel la anterior, y, como él, forma lagunas y aguazales antes de

iS?^ \
*\"»Í:S

Cabo Nes'ro. Escala:'/lODooü


1, cuartel general el 14 ile enero.—2, artilleria el 14 de enero.-'2', del 14 al 1(1 de enero.
3, caballcria el 14 de enero.—4, reserva el 14 de enero, -tí, segundo cuerpo del 14 al 17
do enero.—C, tercer eueriio del 14 al 17 de enero. La brigada (i' i)[Link] al (1" el día Ih.
7, cuartel general del ti al 17 de enero.—8, caballería el I,") de enero.—10, eaiíalleria
el IG de enero.-11, artillería el IG de enero (2.° regimiento nnnitado).--ll', artillería
á caballo (reserva).—12, media brigada del segundo cuerpo el IG de enero.

desembocar en el Mediterráneo. Sólo que aquí no hay un paso seco y continuo


entre el mar y las lagunas: la barra presenta una bocana que la artillería y la
impedimenta no pueden esguazar en tiempo de lluvias ó durante la pleamar.
El llano bajo y arenoso llamado Bu-Zagal, que atraviesa ol río, está res-
guardado contra el mar por dunas bajas de suave ondulación.
Por otra parte, Cabo Negro no deja, como Monte Negrón, un paso entre su
pie y el mar, sino que viene á terminar en altos acantilados, sobro los cuales
se alza una vieja torre. Al Sur, por el lado de la vega de Tetuán, un arroyo,
el Uad-Alila, corre pegado á la montana, y antes de desembocar en la rada .se

(1) Selilagintweit, pág. 207. Alarcóu, I, pág. 210.


• - 481 -

extiende en ciénagas y marismas saladas. Otro arroyuelo aún más. pequeño


corre al Norte y termina también en un pantano do corta extensión y sopara-
do de la playa por una ancha lengua de tierra.
E n t r e el cabo y las vertientes escarpadas del Anyera corro una serie do
colinas rojizas, cortadas por barrancos que cierran completamente al Nordeste
la llanura en cuyo fondo se asienta T e t u á n , E n tiempo, de paz su paso no
ofrece diñcnltades; poro sus mil repliegues y torrenteras dan en tiempo de
guerra toda clase de ventajas á un enemigo que combate por pequeños gru-
pos, por guerrillas más ó menos aisladas, y dificulta al mismo tiempo las ope-
raciones regulares de un ejército bien organizado. Finalmente, como los con-
trafuertes de Anyera y la montaña del cabo dominan el desfiladero á corta
distancia, Cabo Negro tiene nna importancia estratégica de primer orden para
todo ejército que va de Ceuta á Tetuán: es, puede decirse, la llave do esta
última ciudad.
E l 14 de enero el general en jefe salió en la vanguardia con. el segundo
cuerpo, en dirección á la g a r g a n t a de Cabo Negro. Antes del alba levantó su
campo, y pasó sin incidentes el puente de barcas á la desembocadura de ü í o
Azmir. La división Orozco (segundo cuerpo), con una sección de ingenieros
y una batería do montaña, avanzó en columna contra las primeras colinas,
y las ocupó sin oposición por parte del enemigo.
L a segunda división—Enrique O'Donnell—siguió el movimiento, formada
también en columna; pero la maleza, de 00 oeutimotros de altura; el suelo
rocalloso, que se desmenuzaba bajo los pies, diñcultaban la marcha, y los arbus-
tos, densos, espinosos y entrelazados, retardaban mucho el avance de las tro-
pas. Guando el segundo cuerpo comenzaba á ganar las últimas cumbres a])a-
'reció el enemigo é inquietó seriamente á los españoles, que continuaron
subiendo, aunque lentamente, siempre en dirección al Sur, hasta el punto
culminante desde donde se descubría el valle do Tetuán; entonces hicieron
alto las tropas.
Las posiciones que ocupaban, ganadas en una serie de reencuentros par-
ciales de poca importancia, formaban un arco de círculo muy abierto, orien-
tado de Este á Oeste; el orden en que las tropas se hallaban distribuidas era
el siguiente: A la extrema izquierda, apoyados en la torre de Cabo Negro,
los cazadores de Pignoras; luego, el segundo batallón de Castilla y el primero
de Córdoba; una batería de montaña que cañoneaba las trincheras, en las que
se habían reunido gran número de moros para impedir el avance; el primer ba-
tallón do Saboya y el segundo de Córdoba. E n la extrema derecha, los caza-
dores de Arapilos y Simancas y el primer batalh'm de Castilla.
Los marroquíes se mantenían á distancia, y, ocultos en los repliegues del
terreno, amenazaban el centro y la derecha: advertido de ello O'Donnell, re-
forzó la segunda división del segundo cuerpo con la tercera batería de montaña
y la brigada Cervino; al mismo tiempo mandó al tercer cuerpo que, dividido
en dos columnas, avanzase hacia las colinas subiendo por la derecha. Toma-
das estas disposiciones preliminares, y cerca ya las tropas del enemigo, el ge-
neral en Jefe hizo dar una carga general á la bayoneta, en la que, á pesar de
• 4 , ... ,
lo escabroso del terreno, tomaron parte dos escuadrones de lanceros de Villa-
viciosa y uno de húsares de la Princesa: las tropas coronaron las alturas al
primer empuje.
Donde más resistió el enemigo fuá á la derecha; pues mientras por la iz-
quierda temía versé cortado del resto de los suyos y arrojado al .mar, por la
derecha, al contrario, tenía la retirada asegurada: así que defendióse tenaz-
mente, aunque no fué comparable su resistencia con el encarnizamiento que
mostró en los Castillejos,
Perb los marroquíes, si no supieron defender las alturas del cabo, com-
prendieron, por lo menos, su importancia y se empeñaron en defender la ver-
tiente sur, después de haber perdido la del norte y las cumbres. Loco intento,
pues ya la artillería española montaba sus baterías sobre las crestas, los caza-
dores de l'igTieras con cuatro compañías de Córdoba reanudaban el avance
cargando á la bayoneta, y la caballería se agrupaba en lá garganta del cabo
para bajar á la llanura y barrerla definitivamente en nna sola carga. Esta
parte del combate ha sido bien descrita por Iriarte (1):
«Todas las fuerzas marroquíes, retiñidas en Va llanura, se espaciaban arro-
gantemente bástala playa vecina, mientras dos fuertes pelotones se agrupa-
ban en dos colinas perfectamente aisladas, pero al alcance de la artillería.
»Hubo un momento en que aquellos hombres, que se habían dejado arreba-
tar tan importantes posiciones, manifestaron como una suprema decisión de
recobrarlas, y se vio á infantes y caballos lanzarse al ataque añilando fe-
rozmente.
»E1 Estado Mayor asistía á este espectáculo desde la falda d« una colina, á
cuyo pie cuatro escuadrones y cinoa regimientos, mandados por Prim, estaban
dispuestos á sostener el choque é impedir al enemigo t'ecuperar las alturas de
las que había sido desalojado. ,
»La caballería, que por ñá encuentra un llano en que poder maniobrar li-
bremente, carga con ímpetu formidable, mientras que la infantería, al s«>n
del clarín, desbarata al enemigo, sin dejarle dar Un paso adelante. O'Donnell,
viendo la precisión con que se lleva á cabo la maniobra, se une á los batallo-
nes, aclamándolos á los gritos de ¡Viva la infantería!
»-Pero las dos colinas aisladas en la llanura seguían coronadas de tropas
que parecían dispuestas á defenderlas. Lo que entonces sucedió prueba bien
cuánto puede la desconfianza cuando se apodera de hombres tan valientes
como los marroquíes. En una de las colinas se habían reunido hasta quinien-
tos infantes, y á su pie más dé doscientos jinetes describían curvas incesan-
tes. El general en jefe, que estaba bastante cerca, mandó á su escolta desalo-
jar al enemigo de aquella posición. Yióse entonces al capitán Q-oncález reco-
rrer las filas de aquel centenar de hombres, dioiéndoles: «¡Muchachos, á tomar
»el reducto!» Y jlot cien valientes, con la bayoneta calada, lanzáronse á la ca-
rrera ^ desaparecieron en medio de una espesa humareda, para reaparecer en
la cumbre de la colina. Al mismo tiempo Bos de Olano lanzaba á Albuera

(1) Oji. tslt., pátrlnas l í y 79.


- 488 —

sobre la otra altura, y los moros se dispersaban por la llanura, corriéndose


hacia su derecha para reunirse con el grueso del ejército.»
Las pérdidas de los espatloles fueron bastante elevadas—dice Schlagint-
weit—: 24 soldados y un oficial muertos; 30 oficiales, 363 soldados y ocho ca-
ballos heridos. Ko se tienen datos ciertos sobre las bajas de los marroquíes:
sólo se sapo más tarde que este día Muley-el-Abbas perdió su caballo á algu-
nos cientos de pasos de los españoles, y que para no caer prisionero tuvo que
retirarse á pie á su campamento (1).
Después del combate el general Ros de Olano tuvo que encargarse del ser-
vicio de avanzadas, que correspondía al segundo cuerpo, para permitirle des-
cansar, pues era el que había llevado todo el peso del combate. El ejército
acampó esta noche en las alturas de Cabo Negro, y en ellas permaneció todo
el día 16.

8.—Desembarco de la división Ríos (16 de enero de 1860) (2).

El 15 por la tarde los centinelas avisaron la Uegadat de la escuadra que


traía la división de refuerzo, esperada hacía varios días, y que debía desembar-
car junto á la desembocadura de Bío Martín. El general O'DonneU, por me-
dio del telégrafo de banderas, convino con el jefe de la escuadra, contralmi-
rante José María BitStiUo, en que el desembarco se haría el 16 por la mañana,
y la iota se alejó de tierra para ponerse al abrigo.
El 16, á las seis y media de la mañana, conforme á lo convenido, reapa-
reció ei contralmirante Búsfcillo, con gran número de barcos de guerra y trans-
portes, un poco al sur de Cíabo Negro. Como se ignoraba todavía si las defen-
sas de ^ 0 Martín estaban ó no ocupadas por los marroquíes, creyóse pruden-
te enviar primero á tierra un oentenar^e soldados de infantería de Marina, á
las órdenes del capitán de fragata José Polo de Bernabé, con encargo de re-
conocerlas. Tomáronse además las medidas necesarias para hacer .que á este
pequeño destacamento siguiese, si fuera necesario, la dotación de los barcos
perdidos Bosalia y Santa Isabd, más 50 hombres del navio de linea Isabd II.
Pero la torre y la batería de Bío Martín habían sido abandonadas, y el capi-
tán Bernabé hizo afilia la bandera española en la torre, dando así al con-
tralxa^niette la seiillísperada para empezar el desembarco de tropas,
D u r a n t e esta primera fase de la operación O'Donnell se mantuvo á la
expectativa, para obrar según lo dictasen las circunstancias; mas, at>enas reci-
bió aviso de que los soldados de la división Eíos empezaban á desembarcar,
mandó á una de las avanzadas ir á reúnírseles, sostenida por una sección de
artillería» El ejército se entregaba á la más efusiva alegría, y durante toda la
mañana, á pesar de los miled de moros que maniobraban en la llanura, toda

(1) IrlaTt«![Link].,piK.8S8.
(S) Schlaglotírett: op. cU., pág. SOO. Alarcón, I, paginan 3S6 y ilgnlentes.
la atención de las tropas espafiolas era para los nuevos compañeros de
armas.
Sin embargo, había que tomar medidas contra la invasión, que se extendía
por la vega.
Los marroquíes, sorprendidos con la llegada de la escuadra, habían comen-
zado muy temprano sus evoluciones. Vióseles primero agitarse bajo los muros
de Tetuán y en lá parte noroeste de la vega, para concentrarse junto & la torre
Jeleli, que era donde tenían su campamento. Poco á poco se fueron acercando,
pero sin atacar todavía; entonces el general en jefe hizo á sus tropas adoptar
el siguiente orden: En el ala derecha, la artillería montada y el tercero de
montaña. En el centro, destacado sobre los últimos cerros, junto á la llanura,
el segundo dé campaña, con doce callones en batería. Cuatro batallones de la
primera brigada de la división de reserva, al mando del general Rtibín, pro-
tegían á la artillería, y más atrás, la división de caballería, con el general Ga-
liano, formaba la reserva del centro. La infantería quedaba en segunda
línea.
Los marroquíes, al ver á Icfs españoles formarse en orden de batalla, co-
menzaron á avanzar por grupos sueltos; pero O'Donnell mandó inmediata-
mente romper el fuego, y retrocedieron sin resistir apenas.
Iriarte, que vio la acción desde la colina frontera á la torre de Jeleli, don-
de se hallaba con el Estado Mayor, cuenta sus pormenores con bastante exac-
titud (1):
«Se habían recogido—dice—todas las tiendas, y las tropas de los generales
Ros de Glano y Prim estaban preparadas á nuestra izquierda. A nuestros
pies, en la llanura, los lanceros y la división de reserva se habían escalona-
do alrededor de la artillería, ocultando la Vista de sus piezas. t
»La caballería se compondría de 1.600 á 1.800 hombres; el terreno y la dis-
tribución de las tropas era tal, que desde lo alto de la colina nos parecía que
asistíamos á una gran parada. A una señal, toda aquella masa de hombres se
puso en movimiento, perfectamente alineada. Él terreno era propicio á la ca-
ballería; pero Ion moros no avanzaban sino con mucha prudencia. Los lance-
ros hicieron alto al cabo de diez minutos; los marroquíes se replegaban, aco-
metían, lanzábanse al galope para retroceder de nuevo; á veces los más auda-
ces salían de sus filas y venían á disparar sus espingardas á cien metros del
escuadrón.
»La caballería española siguió adelante, y los moros, cada vez más atrevi-
dos, avanzaron desordenados. Entonces, con una exactitud y una rapidez ad-
mirables. Jos escuadrones hicieron un movimiento de conversión, de modo que
los dos jinetes que formaban el céntimo de la línea de combate quedaron & la
cabeza de las filas. Los artilleros hicieron todavía avanzar un poco más sus
piezas, oyóse una detonación formidable, y una lluvia de granadas .vino á es-
tallar en medio de las ñlas enemigas. Los lanceros seguían avanzando á de-
recha ó izquierda, mientras que la infantería se desplegaba en guerrillas.

(1) Iriarte: op. ctt., piglnas Si, 83 y 8i.


- 485^

»Las cargas de la caballería, unidas al terrible efecto de las granadas, sem-


braron el espanto entre los moros, y á partir de aquel momento la derrota fué
completa; algunos fugitivos, pasando de la torre de Jeleli, no se detuvieron
hasta los jardines mismos de Tetuán.
»Fué la huida tan precipitada, que si la artillería hubiese podido seguir
avanzando sin encontrar pantanos, y si los cuerpos de ejército que nos rodea-
ban hubiesen continuado el ataque preparados á todo evento, hubiésemos po-
dido llegar hasta los muros de Tetuán.
»0'Donnell, regocijado con el triunfo de la artillería y la fuga del enemigo,
dio orden á un ayudante de hacer avanzar una batería de cohetes, que acabó
de aterrorizar á los moros. El silbido particular de estos proyectiles y su
avance extraordinario hicieron tal impresión á los marroquíes, que los llama-
ban serpientes de fuego... Pero era preciso abandonar aquellas alturas para ir
á acampar en la playa, donde nuestras acémilas y bagajes nos aguardaban
desde las seis de la mañana. ^
»Una contraorden, motivada, á lo que creo, por los trabajos que los ingenie-
ros habían de ejecutar para el paso de la artillería, hizo á nuestra impedi-
menta volver al mismo sitio en que habíamos acampado la noche anterior. Al
cabo de seis horas de espera, bajo una lluvia torrencial, que el general en jefe
y su Estado Mayor soportaron como el último soldado, aparecieron las prime-
ras filas de muías cargadas con las tiendas. Nos moríamos de hambre y de
frío, estábamos empapados hasta los huesos, y en tanto los soldados, insensi-
bles, cantaban como si el sol les besase con sus primeros rayos.»
Mientras las tropas de O'Donnelí sostenían esta acción, las tropas del ge-
neral Eiíos desembarcaban en la playa. A las ocho comenzó el desembarco,
entre la desembocadura del río Alila y Cabo Negro, bajo las órdenes del capi-
tán de fragata Manuel de la Bigada. A las diez y cuarto todo estaba termina-
do, y la división de refuerzo se había unido al grueso del ejército. Conforme
al decreto de 17 de septiembre, la división Ríos se componía de 12 batallones,
un escuadrón y una batería de cohetes, con un total de 6.000 hombres. Para
las cinco de la tarde se desembarcó la impedimenta y gran cantidad de
víveres.
La jornada no había costado una gota de sangre á los españoles, y, sin em-
bargo, por SQS resnltados podía contarse entre las más importantes de la cam-
paña. Después de una marcha llena de fatigas y peligros, el ejército había
vuelto á ponerse en contacto con la escuadra, y se habían recibido refuerzos
de consideración. En Fuerte Martín se habían cogido al enemigo una bande-
ra, siete cañones de á 24, y de BOO á 1.000 proyectiles. Más tarde, en la bate-
ría rasante al norte del fuerte, se encontraron tres cureñas, y luego sus caño-
nes, enterrados precipitadamente un poco más lejos, con una treintena de
balas de distintos calibres (1). El ejército entreveía el término de sus fatigas,
la tempestad había pasado, el cólera cedía; en cambio, la confianza del solda-

(1) [Link] eaoribe qne Be encontraron también en los almiioeneBdélaAdnanábotellai vaciaBde clutm-
pagn».
_ 486 -

do en sus jefes y en sí mismo había crecido; y, en fin, las nuevas de la Patria


traídas por la división Eíos fortificaban el espíritu del soldado.
Pero el Instado Mayor no se hacía ilusiones sobre las dificultades que le
quedaban por vencer. El ejército había empleado diez y seis días y había sos-
tenido 15 combates para avanzar 40 kilómetros: no se podía, por tanto, pre-
ver el porvenir; sin embargo, se esperaba tener un tiempo menos' duro; el te-
rreno hasta Tetuán era más accesible, y la flota, anclada en la desembocadura
de Eío Martín, aseguraba las comunicaciones con España.
El 17 de enero (1) el ejército, protegido por el segundo cuerpo, se acercó
á Bío Martín y acampó entre la Aduana y el fuerte. Los ingenieros empren-
dieron en seguida los trabajos ordinarios de fortificación; el principal consis-
tió en un reducto llamado de la Estrella, á 1.500 metros al oeste del campa-
mento, unido a la Aduana por una trinchera. Se fortificó la Aduana y Fuerte
Martín, armándolos con los cañones cogidos al enemigo, y protegiéndolos con
una línea de trincheras hechas de toneles y cajas rellenas de tierra; en sus
' aspilleras colocáronse ocho ó diez cañones.
El ejército acampó en este orden: Vanguardia, división Bíos, apoyada á
su izquierda en la Aduana y en un pequeño reducto. Tercer cuerpo (Eos de
Olano) y segundo (Prim), en segunda línea: el primero á la derecha, y el se-
gundo á la izquierda. División de caballería y de artillería, más cerca del
fuerte: la artillería cubría la derecha del campo. En Fuerte Martín, un desta-
camento de infantería de Marina. Junto al fuerte, el cuartel general. El cam-
pamento tenía por defensas: á la izquierda, el río; detrás, el mar; delante, la
Aduana y las trincheras contiguas.

9.—La primei'H parte de la campaña, juzgada poi> los marroquies.

Difícil es precisar con exactitud lo ocurrido en el campo marroquí duran-


te esta primera parte de la campaña; reuniendo todos los informes que po-
seemos, se llega á las siguientes conclusiones generales (2):
Ya hemos visto (cap. II, § 8) que Muley-el-Abbas había instalado su cara-
niento en el Fondaq antes de la llegada de los españoles, y, que apenas éstos
desembarcaron, entró en escena con sus tropas.
«Estableció su cuartel general en El-Biut,enAnyera—dice Es-Selaui (3)—.
Los montañeses se reunieron en número de 5.000, y las escaramuzas comen-
zaron 9n seguida; luego, al cabo de diez ó quince días, trasladó sii campo á
Bu-Xeddan, porque el arrojó demostrado por los españoles le hizo concebir
algún temor.» '
Lo cual quiere decir, sin duda, que este nuevo campamento se eficontraba

(1) Bohlaglntirelt! op. oit., pig. 801, Irlarte: op. ctt-, páginas98-99. ÁlarcAn: op. clt.,T,piglna8947yBfgaienteB,859
jrslgatMtteí.
(9) Entre la gente' del país no liemos podido recoger ningún dato digno de crédito. Sns tradiciones sobre la campa-
liaBOUmny v.\gas, y estin adulteradas por un falso amor propio. Al qne les pregnnta sobre los'sucesoff lo ntutten &1
Iitiqía, que es para ellos el tummum, de la ciencia bistdrioa.
(^ ftiiftó, IV, pág. 9U.
- m -^
más lejos de Ceuta que £I-Biut, y mejor protegido contra ios ataques del
enemigo.
«Las escaramuzas continuaron por espacio de quince días, y siempre tenía
el enemigo doble número de muertos que los musulmanes—dice Es-Selaui—,
porque su modo de combatir consistía en avanaar en filas ordenadas, mien-
tras que el combate por parte de los musulmanes se llevaba ¿ c a b o acome-
tiendo y huyendo, debido á lo cual necesariamente habían de morir mayor
número de enemigos que de musulmanes. Sólo que éstos no lo podían atacar
en su campamento, ni arrojarlo de él, porque se había fortificado allí mismo
con reductos y trincheras» (1).
Las escaramuzas duraron aún otros quince días, según «1 autor árabe.
Este período corresponde al empleado por las tropas de O'Donnell en recon-
centrarse y acampar en el Serrallo; pero fué de cuarenta días, y no de trein-
ta, que son los qvie &l Iiitiqsa señala, entre el campamento de El-Biut y el de
Bu-Keddan. No hay que extrañarse de ello, ni atribuirle importancia, pues
los autores árabes desconocen con frecuencia el valor del tiempo, como ten-
dremos ocasión de confirmarlo luego con un nuevo y ooncluyente ejemplo.
Es-Selaui, ai terminar la relación que precede, señala un gran combate,
que no puede ser sino el de los Castillejos.
Mientras que las escaramuzas se repetían á diario, los marroquíes, incier-
tos al principio sobre el objetivo del ejército invasor, acabaron por adquirir
casi la evidencia de que, conforme ¿ los rumores propalados, se dirigiría á
Tetuán. Sus muchos espías, que, disfrazados de pastores, mendigos y dervi-
ches, penetraban hasta en las lineas enemigas bajo diversos pretextos, les in-
formaban acerca de las intenciones de los españoles (2).
«Muley-el-Abbas entró en Tetuán el 22 de diciembre, y se le hizo una re-
cepción entusiasta. Las autoridades y el pueblo salieron á recibirlo, la alca-
zaba lo saludó con 21 cañonazos, como á Príncipe imperial, y los judíos fue^
ron encerrados en el Mellah.
«Delante de él entraron 20 músicos tocando tambores y trompetas; des-
pués venía el Príncipe, montado en un caballo alazán ricamente enjaezado,
y seguido de tres caballos de mano, que conducían del diestro tres esclavos
negros. Dos jóvenes jinetes cabalgaban'cerca de él, cada uno á un lado, qui-
tándole las moscas oon pañuelos de seda, mientras que la gente delpueblo
—asi los grandes domo los pequeños—le besaba las rodillas con veneración y
respeto. Era la primera vez que el Emir entraba en Tetuán, y todo el mundo
lo miraba con avidez, pues goza de mucho más partido que su hermano el
Emperador, por sus virtudes, su arrojo y su modestia. Muley-el-Abbas ten-
drá treinta y cinco años: es alto, un poco grueso, sumamente elegante y de
color pálido muy obscuro. A diferencia de su hermano Sidi Mohammed, tiene
la barba fina, corta y suave. Vestía un jaique verde muy rico, bonete colora-
do, turbante blanco y botas amarillas. No llevaba armas sobre su cuerpo.

(1) üttqta, IV, i>ig, 811. Damos en todas las oitat del iMitta la traducción upafiola qa« de esta parta de Gs-Selanl
ha hecho el Sr. AlaroAn (N.) en SD tesis dootoral.^C.y. d<l T.;
(3) Alarc4E,I,pig.801.
- 488 -

Acompañábanle, como escolta, hasta mil caballos, que llenaron la plaza com-
pletamente; pero el resto del ejército que traía consigo, consistente en diez
mil infantes y otros mil caballos, pasó por fuera de la ciudad, y estuvo acam-
pado cerca de Cabo Negro las pocas horas que el Príncipe permaneció en la
ciudad. Este conferenció largamente con el gobernador, reconoció las bate-
rías del Martín y los fuertes de la ciudad, visitó las mezquitas una por una,
orando devotamente en todas ellas, y se marchó, al fin, entre los aplausos y
aclamaciones de los pacíficos habitantes de Tetuán.
»Tres días después 300 heridos entraban en la ciudad con un temporal es-
pantoso, y por ellos se supo que al amanecer del día de Navidad Muley-el-
Abbas había intentado sorprender el campamento español; pero que no lo ha-
bía conseguido» (i).
«Pocos días después pasó por Tetuán un alcaide muy poderoso de tierra de
Fez, llamado Ben-Auda, con otros 1.600 hombres de infantería y de caba-
llería» (2).
¿Iba á tomar parte en la batalla de los Castillejos?
Veamos ahora lo que en la narración del Istiqsa podría aplicarse á esta
batalla y á sus consecuencias: «Después el enemigo se reunió, preparó su ca-
ballería é infantería, y se dirigió contra los musulmanes, atacándolos con toda
su fuerza y todo su empuje; pero ellos lo tuvieron á raya, resistieron brava-
mente el choque, y lo pusieron en fuga. Como no le salió bien aquello, se juntó
una noche, sin que se apercibiesen los musulmanes, y se marchó embarcado
para acampar después en el sitio que se llamó el Fnideq, porque hubo allí un
Fondaq en otro tiempo» (8).
No hay para qué hacer notar la fantasía que preside á la narración de es-
tos hechos; veamos cómo continúa el mismo autor:
«El enemigo, en su marcha, no se apartaba de la costa, para que fuesen
protegiendo su retaguardia los barcos de la escuadra. Mediaba entre el Fnideq
y el campamento enemigo como hora y media de distancia, por lo cual la gente
sensata aconsejó á Muley-el-Abbas que se apartase un poco de allí, pues ya
el enemigo se le echaba encima. Retiróse Muley-el-Abbas con su ejército al
sitio conocido por Meyaz-Al-Hasa, lo cual aumentó el ardimiento del enemigo
y le puso de manifiesto la poca práctica que los musulmanes tenían del arte
de la guerra. El jefe del ejército español se llamaba Aradnil- (O^DonneiW), y
su lugarteaiente era Prim. Reanudaron los musulmanes la lucha contra el ene-
migo atacándolo y combatiéndolo en la forma ya descrita. Se presentaban
ante él mientras estuvo en el Fnideq, y peleaban desde la mañana hasta la no-
che. En aquellas circunstancias se presentó al [Link]án, que se encontraba en
Mequínez, un grupo de tetuaníes, y le hicieron ver la gravedad déla situación
en que se encontraban y el temor que tenían á los daños que iba á oausarles

, (1) Alwctn: op. ott., n , piglnaa 110-118..


(í) Ibid., pi(, US.
(S) Creemoa que se trata d« la poslotAn de las lagnsás, annqne las S4ntes del país dan también el nombre de Fon-
daq i las rnlna* de los Castillejos! pero nos parece qne lo relativo á éstas preoede á la narracMn del pretendido em-
bargue de los «panoles, annqne no es absolutamente cierto. Es dilicll hacer pie en el relato de Es-Selaol, tan Heno dé
Inexactitudes y tan poco caidadoso de la precisldn.
- 4S9 -

el enemigo en sus haciendas y familias, pues se habían ya dado cuenta de la


grandeza de su poder (1).
»E1 Sultán les prometió que los auxiliaría y defendería, dioiéndoles que
no les habían de faltar ni víveres ni municiones, para tranquilizarlos á ellos y
á los demás. El enemigo levantó el campamento del Fnideq transcurridos que
fueron UTÍO« diez dias, y emprendió la marcha hacia Tetuán» (2).
Hay que subrayar esta última afirmación del autor. El ejército español,
según él, acampó durante diez días en el Fnideq, siendo asi que no se detuvo
sino una noche, y que aun de los Castillejos á Río Azmir no empleó más que
siete días. Pero la continuación no es menos curiosa:
«Hasta entonces la gente del país no sabía adonde se dirigía el enemigo;
pero cuando levantó el campamento del Fnideq conocieron que se dirigía á
Tetuán. Detúvose en un sitio que se llama El-Nikron (3), donde permaneció
por espacio de ocho días, continuapdo la lucha en la misma forma que hasta
entonces. A todo esto los espatioles aumentaban sin cesar sus fuerzas; por
tierra y por mar les llegaban continuamente desde Ceuta y otros sitios todo
lo que necesitaban: municiones, forrajes, arroz, cebada, galleta y otras cosas;
tanto, que cuando se trasladaban de un punto á otro dejaban siempre grandes
cantidades que le sobraban, y de las que se aprovecbaba la gente pobre de
aquellas inmediaciones. Todo esto era una estratagema con la que se proponían
hacer ostentaoi-ón de poder y bienestar» (4).
Sigue un relato más verídico de la situación crítica del ejército español en
Río Azmir:
«Cuando los españoles acamparon en Río Azmir se levantó un fuerte viento
del Este y se alteró el mar de tal modo, que los barcos, no pudiendo resistir
el temporal junto á la costa, tuvieron que apartarse de ella, y quedó el ejército
privado de los recursos que recibía por mar.
•Las olas penetraron en el río Nikron, por detrás del ejército, y lo inun-
daron por completo, lo cual impidió también que pudiesen llegar soborroá
desde Ceuta. Se elevaron igualmente las aguas del río Azmir, que estaba de--
lante del enemigo, y con esto se le cerraron todos los pasos y quedó aislado
entre los dos ríos por el frente y la espalda, y el mar por la izquierda; inte*
rrumpiéronse los aprovisionamientos hasta tal punto, que la galleta se vendí*
en las primeras horas del día por una peseta, después por un dnro, y ni aun
así se encontraba. Los españoles veían segura su pérdida si hubiese quien sé
aprovechase de la situación en que se hallaban; pero ¿dónde estaba la matid
valerosa? (6).
»Permanecieron de aquel modo dos ó tres días; después se calmó el mar;
volvieron los ríos á sus cauces, y pudieron aprovisionarse. Cuando los musul-
manes vieron que el enemigo había llegado hasta aquel sitio, retrocedieron y

(1) Miqi», IV, piglnu 314-216.


fflí IWd.,pág.2t7.
(S) Monte Negrón.
U) ittiqia,rr,pig.m.
<5) ídem, tma.
- 490 -

acamparon junto al aduar de Ei-Qttllaüii, 4ue dista do Tetuáu como una me-
dia hora. Los españoles pasaron el rio cuando estaba para terminar la noche,
y amanecieron en el sitio llamado El-Mediq (1). La mañana de su llegada á
El-Mediq el enemigo, apartándose del mar, se dirigió hacia Tetuán, pasando
por entre-doa-montes. A la terminación de la garganta por donde ati-avesó, y
ya del lado de Tetuán, había en el sitio llamado Fum-el-AHq (2) algunas tien-
das de gente de Fea y de otras partes: el enemigo se lanzó contra ellos y los
acometió de improviso, arrojándoles bombas al son de los tambores para ha-
cerles apresurar la huida ó impedir que se llevasen sus bagajes. Al llegar el
enemigo á este sitio se produjo una gran inquietud en Tetuán, y se empezaron
con actividad y precipitación los trabajos de defensa por los habitantes de la
plaza: los soldados musulmanes se animaban unos á otros. Llovía aquel día
muchísimo y se trabó un combate terrible, en el cual Abu-Riala peleó deno-
dadamente: le mataron dos caballos y le cedió Muley-el-Abbas el suyo, porque
se interesaba mucho por él; ensalzó hasta ías nubes su valor, y envió el tambor
á tocar á la puerta, de su tienda; en la refriega recibió Abu-Riala una herida
de poca consideración. Murieron gran número de combatientes cristianos y
moros: se dice que solamente de la gente de Tetuán murieron más de quinien-
tos. MI enemigo consiguió aquel Mala victoi'ia. Al día siguiente levantó el cam-
pamento de Fum-el-Aliq y se corrió hacia la izquierda, en dirección al puerto,
junto al cual acampó para poder recibir provisiones por mar. Se apoderó de
Ift torre de Río Martin y de la Aduana, que está próxima á ella, y como esta-
ba desmantelada cuando llegó, la fortificó con parapetos de arena, cañones,
etcétera; construyó allí barracas y almacenes de madera, y permaneció unos
días en reposo. Los barcos empezaron á proporcionarle por inar víveres, mu-
niciones y todo lo que necesitaba; ¡descansó por espacio de trece días, durante
los cuales no se trabó ningún combate» (3).
Los nombres árabes que cita Es-Selaui en esta parte de su relato son de
fácil identificación: Bin-Yebelin (entre-dos-monten) es la garganta que separa
la monta&a de Cabo Negro de la de Anyera; Fum-el-Aliq es uno de los barran-
cos de esta última, situado en dirección á la torre de Oefú, donde, como ya
hemos visto, se habían establecido los marroquíes: fueron desalojados por
O'Dounell así que pasó la garganta.
El Abu-Eiala de quien se habla en el pasaje citado era uno de los más
célebres guerreros marroquíes: ya tendremos ocasión de volver á hablar
de él.
De las obras hechas por los moros en Bío Martin para oponerse al desem-
barco de tropas por aquella parte, ya hemos señalado antes la principal: una
batería rasante establecida en las dunas, con algunas [Link] había hecho
para, yecíbir seis piezas; pero, probablemente, no hubo tiempo de armarla por
completo. La opinión general entre los españoles fué que los marroquíes solos

(J) i#«í#«, IV, piglEos 216-216.


(2) Uás exactamente Dequm-el-4U«. El autor irabe ha reemplazado la ezpreslAn vulgar Dequ» por la de Fmn,
desconocida en el país.
(8) /(M3M, IV, páetnaa 21fi>8ie.
- 491 -

no hubieran podido construir aquella fortificación sin que fuesen ayudados <5,
por lo menos, dirigidos por europeos.
La torre estaba armada con siete cañones de grueso calibre, montados al
descubierto en la plataforma que. corona el edificio; ni siquiera estaban des-
cargados: «hasta tal puntó temió el enemigo verse copado si no lograba defen-
der victoriosamente la torre».
«Sólo á última hora—dice Iriarte—ha,n debido resolverse los marroquíes á
abandonar este puesto, pues se ven en la playa, alrededor del fuerte, restos
de hogares, huellas de tiendas, barriles deshechos, animales muertos y mil
otras pruebas de que la ha ocupado una guarnición permanente. Junto al fuerte
se eleva un pequeño edificio cuadrado que servía de polvorín y de depósito de
municiones. Está bien aprovisionado, y ha debido ser repuesto después de las
dos últimas expediciones emprendidas contra el fuerte» (la del almirante Ro-
mán Desfossés y la de la escuadra española) (1).

CAPÍTUIiO V
OPERACIONES MIMTARBS EN I^A VEGA D E TETUÁN
1. TnteriupclÁn de IM operaciones. Campamento de BIo Martín.-8. Retaercoi marroquíes. Lleeada de Unle^-Ahmed.
8. Fuersas de los espaftoles.—i. Combate de I« Aduana.—6. Heconncimlento de los alrededores de Tetnán. - 6 . Com-
bate de Torre Jelell.^T. Batalla de t«tiián.-8. Consecnencias de la batalla. Saqneo de la dadad por los montafleses.
9. Entrada de los espafiolts en tetnán.-10. La toma de Tetnin, según los autores trabes.

1.—liitéri'upcidn de las operaciones.—Campaiuento de Rio Martin


(18 de enei'O-2 de febrero de 1860).

La llanura que se extiende desde el mar y la desembocadura de Bío Martín


hasta los muros de Tetuán no ofrece ningún punto de semejanza con el terre-
no que las tropas habían recorrido hasta entonces. Ya no faltaba espacio para
desplegar el ejército en grandes masas; las montañas quedaban bastante lejos
para que no hubiera que temer, como antes, las continuas sorpresas de un ene-
migo que no aparecía sino en el momento preciso del ataque. En adelante se
podría observar de día sus evoluciones, conocer dónde se reunía, y adivinar sus
planes de combate. El terreno era llano, descubierto, casi desnudo en una ex-
tensión inmensa, sin las rocas, sin los malos pasos de antes, tan penosos para
la artillería y la impedimenta; el soldado no tendría ya que gatear eñ la ma-
leza que ocultaba al enemigo, y que tan difíciles hacia sus movimientos ape-
nas se acercaba á la sierra. De .ahí la posibilidad de acabar la campaña en tina
sola gran batalla.
Sin embargo, en los alrededores del campamento había aún que contar con

(1) Iriarte: op. elt., páginas 91-92.


- 492 -

los paútanos, causa de tantas muiustiau eii la primera etapa de la guerra, y


que antes de la acción definitiva habían de desempeñar un papel imporianie
en los combates preliminares.
Además, O'Donnell no creyó que podía avanzaí' con los refuerzos recibi-
dos—^tropas jóvenes que no habían entrado nunca en fuego—sin aguerrirlos
un poco y habituarlos al terreno y al enemigo, par» que pudieran contribuir
eficazmente al golpe decisivo. Se necesitaba, en fin, tiempo material para
desembarcar víveres, municiones, el tren de sitio y provisiones de todas cla-
ses. De ahí un largo intervalo en el curso de las operaciones, que O'Donnell
aprovechó, como en Ceuta, para formar un campo atrincherado que le sirvie-
se dó base y que pudiese, en un caso adverso, proteger su retirada. Termina-
dos estos trabajos, el ejército reanudaría la o'fensiva á principios de febrero.
Sin embargo, este período de quince días que duró la suspensión de las
operaciones en grande escala, fué turbado por dos combates y por continuas
alarmas y escaramuzas (1).
Los dos ejércitos se preparaban activamente para un encuentro que veían
ya cercano y que había de ser decisivo. Los españoles reconocían el camino
de Tetuán, echaban puentes sobre un arroyo vecino á su campo y afluente del
Guad-el-Jelú, desembarcaban víveres y municiones y el tren de sitio, é insta-
laban almacenes, aunque frecuentemente molestados por el enemigo.
«Rara vez—dice Iriarte—los trabajos hechos durante el día por los inge-
nieros no son destruidos durante la noche; el reducto de la Estrella será difí-
cil de guardar mientras no esté acabado, pues las obras se ejecutan muy á la
ligera; y como no se puede sacar del campamento una fuerza bastante consi-
derable para resistir á un ataque formal, no hay que extrañarse de que á la
mañana se [Link] deshechas las trincheras levantadas la víspera. .
•Desde que hemos acampado en la playa—agrega el mismo a u t o r ^ , junto
á Fuerte Martín, e l r í o , que es bastante ancho y profundo, hace imposible
toda sorpresa importante por la izquierda del campo; pero no se pasa una no-
che sin que enemigos sueltos, agazapados en la otra Orilla ú ocultos entre la
maleza, no disparen contra nuestras tiendas, y tengan en constante alarma al
campamento. A veces no son disparos intermitentes, sino un vivo tiroteo que
no deja descansar; y el sueño, ahuyentado con estas alarmas continuas, ya
no vuelve á los ojos de los que lo esperan en un catre, empapados casi
siempre con las lluvias torrenciales, que aún no nos han dado una semana de
tregua» (2).
A pesar de estos continuos sobresaltos, se había instalado en la playa un
mercado, en el que cantineros de Gibraltar, de Algeoiras y de los puertos an-
daluces vendían de todo un poco: desdé el jamón y las conservas inglesas has-
ta el tabaco, indispensable para el soldado (8). En la Aduana se preparaba el

(1) Es-Selaul, al termlDar Ja narraclAn de los hecbOB ooorrldoa baata [Link] d« los espaBoleí á Rio Martin, dice
qiie, á partir de ese mnmento, hubo ana tregn» de trece días. Es un error: la Interrupclén del avance dnró qnlnce, y no
trece días (17 de enero-a de febrero).
(i) Irlarteíop. olt-1 páginas 99-100.
(3) ídem, Ibid., y Alarc6n, I, pig. 397.
^ 498 __

terreno para tender nri tranvía de sangré que facilitase los transportes, em-
pleándose entretanto carros y bestias de carga (1).
Llegaban á cada paso refuerzos para óilbrir las bajas causadas por la muerte
y las enfermedades: el 1'.° de enero desembarcó él tercio de voluntarios cata-
lanes con un refuerzo de 460 hombres; y pocos días antes, un huésped de dis-
tinción, el conde de Eu, hijo del duque de Nemours, agregóse al cuartel ge^
neral como ayudante de O'Donnell para seguir la oampafla (2).

2.—Refuerzos niaproquies.—Llegada de Muley-Ahmed.

Los marroquíes, por su parte, no permanecían inactivos. Muley-el-Abbas


había pedido refuerzos, que le fueron traídos por su hermano menor, Muley-
Ahmed-ben-Abdérramán. «Salió éste de Mequínez, donde á la sazón se halla-
ba el Sultán, con las tropas tie refresco, y el 29 de enero fué recibido en Te-
tuán como un libertador. Los principales personajes salieron hasta el puente
de Buceja (Uad Sfiha) á recibir al ansiado Príncipe. Penetró en Tetuán como
á las once de la mañana. La alcazaba y las puertas de la ciudad le saludaron
con cuarenta cañonazos. Las mezquitas, adornadas con arcos de verdura, la
muchedumbre corriendo por las calles ansiosa de verle y de besar sus rodi-
llas, los espingardazos disparados al aire, los gritos, las músicas, todas las
señales del más frenético entusiasmo indicaron á Muley-Ahmed la oportuni-
dad con que llegaba, haciéndole imaginarse que,él estaba llamado á salvar la
honra del Ejército y la integridad del territorio marroquí.
«Montado en una hermosísima yegua blanca y seguido de tres caballos de
mano, aoompaflado de once alcaides, llegó á las dos de la tarde al campamento
de Jeleli, donde le reoibieroh con salvas y aclamaciones. Los dos Muleyes se
abrazaron con efusión y cariño, y de la conferencia que tuvieron en seguida
resultó que dos días después atacarían juntos las posiciones españolas, con el
firme propósito de morir en las trincheras ó vencer. Sus efectos inmediatos
viéronse en el cottibate encarnizado del 31 de enero» (3).
Muley-Ahmed estableció 6u campamento en Fum-el-yezira—ó mejor, De-
qom-el-yezirá—'y mientras que Muley-el-Abbas quedóse junto á la torre de
Cefú (4), que los cronistas españoles llamaron torre de Jeleli (5).
Los españoles evaluaron las fuerzas traídas por Muley-Ahmed en 4.000 in-
fantes y 3.000 caballos, y las de Muley-el-Abbas en 12.000 infantes y 3.000
caballos. Schiagintweit considera estos datos aceptables, pues más tarde, en

(1) El transporte d« material y d« tropas sufría lamentables retrasos. I os lamosos tercios vascongados no acababan
de Uégar. «Us pontones—dice Lavigné- oonstrnidos por el Parque de Onadalajara están todavía en camino. Las barca-
sas para el desembarco del tren de sitio no se ban recibido aftn,> (O de Lavigne, pág. 88.)
(8) Bl conde de En era nieto de Lnls Felipe. Se embarcó en Cidiz -basta donde sn padre le habla acompaiiado—'á
b«Tdo del transporte Irancés ¡^hea$. (0. de Lavigne: op. cit., pég. 86. Irisrte, pág. 100. Alaredn, I, pág. S8S.)
• (8) AÍaro4n!op.«lt., II, páginas 117 y 181.
(4) itt<sta, IV, pág. 316.
., (S^ <l«iiá« este nombre de /«i«l< esjnna deformación d« QallaUn, aduar rKefio próximo á la torre; algunos autores
espafioles escriben tamHlán KtteU. Bcblaglntweit, por no comprender el sonido de la J española, transcribe Dehéleli,
y varios franceses, JthiU.
— 494 -

Tánger, los marroquíes daban un total de 15 á 18.000 hombres á las tropas re-
unidas en Tetuán (1).
El campamento de Muleyel-Abbas se hallaba protegido por una triple
línea de trincheras; las tiendas quedaban entre la primera y la segunda línea,
y la torre de OeM se apoyaba en la tercera. La primera trinchera, realzada
con espaldones, continuaba casi sin interrupción hasta el campamento de Mu-
ley-Ahmed, donde se había emplazado una batería. Según el almirante Jehen-
ne, que mandaba la escuadra francesa anclada en Algeciras, los marroquíes
tenían siete piezas de á 12 y 18, de bronce.
Delante del campo se extendían tierras de labrantío grasas y reblandecidas
por las lluvias; detrás, toda lá zona de huertas y jardines; obstáculo serio para
el asaltante, y magnífica línea de retirada para el defensor, en caso adverso.
La torre de Oefd y, consiguientemente, el Campamento de Muley'el-Abbas
se apoyaban en las primeras colinas y contrafuertes, cortados por huertas y
sembrados de aduares, que contendrían, seguramente, el empuje de las tropas
espafiolas, si salían victoriosas. Las posiciones, por tanto, estaban bien elegidas.
Estaban, además, resguardadas hasta muy adelante por los pantanos y lo-
dazale» formados por las lluvias, que cubrían toda la parte baja de la llanura
hasta las inmediaciones del campamento espafiol y Bío Martín, que marcaba
ellímite sur del futuro campo de operaciones.

3.~Fuerza8 españolas.
Los españoles disponían por eiptonces de las siguientes fuerzas*.
Segundo cuerpo (Prim); tercer cuerpo (Ros de Olano); división de reserva,
división Mackenna y división Bíos, reunidas bajo el mando del general Ríos;
división de caballería (Q-aUano); artillería, reforzada considerablemente con
un tren de sitio, é ingenieros.
Él contingente total era de 27.970 hombres y 2.586 caballos. La caballería
era, por tanto, inferior ála marroquí en un millar de jinetes.
Prim había vuelto á mandar dos días la división de reserva antes de en-
cargarse definitivamente del segundo cuerpo, pues el general Zabala llegó de
Ceuta, casi curado, el 20 de enero; pero recayó malo el 30, y se embarcó para
Alicante.
La disposición adoptada por las tropas durante su permanencia en la Adua-
na fué análoga á la del día 8 de febrero, cuando se reanudó la ofensiva, y que
expondremos en su lugw.

(1) SehlsglDtirelt: op. ctt., ptg. Ul>


Las tropas de Malejr-Ahmed se ésmpnnian de elementos distintos de los qne hablan tomado parte en los primeros
eouibates.
«Habla ayer, 38 de «ñero—dice Alaroin-, as! entre los Jinetes como entre los peones, gentes nuevas, i qne, i lo
menos, no recordábamos baber visto hasta entonces. Una pintoresca variedad de trajes habla sacedldoi laantlgna
uniformidad de sos blancas 6 pardas vestimentas, dulénes vestían largos repones encarnados; qnlénes, alqaloeles
Males i casquetes rojos; habla muchos con Jatqne negro, j no pocos con abultados turbantes y ancho calían amarillo
4 verde; pero todavía la generalidad llevaba la olislca y monnmental vestidura blanca, siquier en todos se notara mis
lujo y ostentaoltn que en los demás combates.»(I, pág. STT.)
^ 496

4.—Oonibate de la Aduana 6 de Alcántara (23 de enero de 18tt0) (1).

El 23 de enero, á, las nueve de la mañana, las tropas y loa trabajadores ocu-


pados en el reducto de la Estrella, al noroeste del campamento, se vieron sú-
bitamente atacados por el enemigo, que desde el amanecer evolucionaba por
el llano.
El ataque propiamente dicho fué tan brusco, que ninguna medida defi-
nitiva se había aún tomado para rechazarlo. El testimonio de Iriarte es con-
cluyente (2):
«Desde el amanecer—dice—reinaba en el campo moro la inquietud precur-
sora del combate. La caballería levantaba sus tiendas, bajaba d« las alturas,
y avanzaba por el llano. Sobre la orilla opuesta de Ouad-el-Jelú galopaban á
brida suelta blandiendo sus armas, y volvían de pronto grupas para reunirse
á los suyos. Numerosos peones se extendían por la llanura, sin rumbo deter-
minado. Hacía ya dos horas que observábamos estos manejos con los caballos
ensillados. O'Donnell, oon él anteojo en la mano, y acompañado del jefe de su
Estado Mayor, estudiaba atentamente aquel movimiento, hasta que se decidió
á ir al reducto de la Estrella, desde donde se podían juzgar mejor las inten-
ciones del enemigo.
«Después de haber tomado algunas medidas y haber observado más de cer-
ca á los marroquíes, el Estado Mayor volvió á su cuartel general, y cada uno
metióse en su tienda. Pero de pronto el general Eíos, que ocupa la Aduana, y
forma, por consiguiente, líuestra vanguardia, señala al general en jefe un nue-
vo movimiento agresivo. Esta vez, sin avisar á su Estado Mayor, el general
' en jefe, tsuyo caballo había quedado ensillado, sale al galope coii sus ayudan-
tes, atravesando el campamento y dando órdenes á su paso. Gomo había pre-
visto; la guaráición del reducto de la Estrella había entrado en fuego.»
Mandábala el brigadier Tíllate, y se componía de ^!>0 hombres de Beina
y 100 de Lleréna, aupados como obreros, á quienes protegían el batallón de
Baza, Tin escuadrón de lanceros, otro de húsares y una batería montada.
El brigadier Villáte había tomado algunas medidas para evitar una sor-
presa completa; pero desde el primer momento resultaron insuñcientes, pues
al mediodía él destacamento de caballería apostado delante del reducto para
tener despejado él llano, se rió muy comprometido por el fuego, cada vez más
vivo, del ehemi|{0, y por la dificultad de maniobrar en un terreno poco sólido
y cubierto de pantanos.
Yillate avisó inmediatamente al cuartel general, y O'Donnell salió para
el sitio amenazado, dando orden de seguirle á la caballería acampada detrás
del tercer cuerpo, á dos baterías de artillería montada y á una de posición
del tercero montado. Al mismo'tiempo el general Bíos recibía la orden de cu-
brir el flanco izquierdo con un batallón de su cuerpo.

(1) BcUaglntwelt, pág. 307. Iriarte, pig. 101. AlarcAa, I, páftnu 887 y ligDlente».
(8) IriaTt«;op clt,pág. 101.
rr 496 -

Los marroquíes procuraban entretener á las tropas españolas junto al re-


ducto, mientras que por las alas su caballería trataba de envolverlas. La ma-
yor parte cargaba sobre el ala derecha, y, además, grupos importantes apa-
recían al otro lado del río Alcántara, arroyuelo entonces crecido que, bajando
de Qallalin, desemboca en Quad-el-Jelú, junto á la Aduana. Precisamente es-
tos grupos, contra lo que al principio se creía, eran los que más juego habían
de dar.
El enemigo estaba ya á un tiro de fusil de las trincheras cuando llegaron
los primeros refuerzos. Mientras que el tercer cuerpo y la división Ríos en-
traban en fuego, O'Donnell hizo que el general García, con dos escuadrones
y una compañía de infantería, despojase el ala derecha.
E l fuego de la infantería, que avanzaba en guerrillas á través de los pan-
tanos, bastó-para iniciar la retirada del enemigo, que la batería del reducto
acentuó con sus disparos. O'Donnell esperaba, haciendo intervenir á las de-
más baterías que había hecho avanzar, contener el empuje del enemigo, é im-
pedir que el combate empeñado adquiriese más importancia; pero un inciden-
te fortuito desbarató sus planes.
La división Bíos había quedado á la defensa de la Aduana, según las ins-
trucciones recibidas; pero, molestada por el fuego de la caballería enemiga,
que se arremolinaba sobre la orilla opuesta del río Alcántara, envió un bata-
llón de Cantabria formado en guerrillas, que la desembarazase de aquel tiro-
teo peligroso. Los soldados atravesaron el arroyo, ancho y lodoso, con el agua
á la cintura, y atacaron ál enemigo sobre la otra orilla. El batallón, como las
tropas todas de Ríos, se componía de jóvenes reclutas que entraban" en fuego
por vez primera; sus oficiales, sin experiencia aún, desconocían las artimañas
del enemigo; así que se dejaron arrastrar por su ardor tras los jinetes fugiti;
vos, sin notar que se alejaban demasiado de su punto de apoyo.
El general Ríos envióles un aviso," que no llegó á tiempo, y para desem-
peñarlos tuvo ¿1 mismo que atravesar el río con refuerzos; pero se vio obli-
gado á internarse, á su vez, más de lo que hubiera querido en pos de Canta-
bria, que seguía avanzando. El enemigo, habiendo atraído todas estas fuerzas
adonde él quería, se precipitó sobre ellas con furia; pero Cantabria formó el
cuadro, la caballería marroquí se detuvo, sorprendida, un momento antes de
volver á la carga, y la brigada Morales tuvo también que atravesar el río
para salvar la situación (1). Por fortuna, O'Donnell se apercibió del peligro
en que se encontraba toda la división. Tres veces había enviado á sus ayu-
dantes para detener á las tropas que tan imprudentemente avanzaban, sin
que sus órdenes llegasen á tiempo, á causa de los obstáculos que á su trans-
misión oponían los pantanos.
Viendo al centro y al ala derecha en condiciones ventajosas, reunió iümo-

(1) Sohlasintweit tilo habla del avance de Cantabria, y laego del socorro qne Inmediatamente le llevA O'Donnell,
tal como nosotros lo hemos expuesto; pero sin mencionar los estuerios inútiles hechos por la división Rios.
Sin embargo, si ésta no se hubiera visto comprometida, y hubiese, por oonsigaiente, podido socorrer por st sola al
batallan amenazado, la IntervenqlAn inmediata de O'Donnell no hubiera sido necesaria. Por eso hemos seguido la ver-
sión de Triarte y Alarcón, testigos oculares. Eñ lo demás, todos los autores est&n de acuerdo.
— 497 —

diatamente las fuerzas más próximas de que pudo echar mano para ir eii soco-
rro de> la división Bíos, Eran éstas dos escuadrones de lanceros de Farnesio,
mandados por el brigadier Francisco Bomero Palomeque, un destacamento de
Albuera (caballería), un batallón dé la Beina, los cazadores de Ciudad Bodrigo
y Segorbe, más cuatro compañías do Zamora. La operación fué difícil: había
que atravesar bndiales y charcas en que los soldados á duras penas pudieron
conservar secas sus armas. La caballería pasó con ellos por el mismo camino.
A su vez el general Galiano tenía orden de describir un gran arco de
círculo para pasar por más arriba «1 arroyo y cargar sobre el enemigo por la
izquierda con su división de caballería, á la que se habían unido la guardia
civil montada y la escolta de carabineros del general en jefe. Por último, Bos
de Olano, con el tercer cuerpo, avanzaba un poco más atrás para apoyar el
movimiento, seguido de la artillería. Una batería montada llegó al galope á
tomar posiciones en la líuea de batalla, donde se hallaban ya dos baterías de
mbntafia; sus proyectiles llegaban hasta el campamento marroquí.
Estos movimientos se hicieron con tanta precisión, qUe cuando las tropas
que conducía O'Donnell en persona hicieron pie en tierra firme frente al
enemigo, la división de caballería Galiano lo acometía por la izquierda y pro-
longaba la carga hasta corea del campamento marroquí, donde, por no expo-
nerse á BUS fuegos, se detuvo, aguardando á la infantería, no sin haber tenido
la suerte de ganar una bandera al enemigo.
Este, sorprendido, dióse á la fuga, aunque sus fuerzas eran bastante gran-
des para que hubiese podido resistir; sin duda, los proyectiles de la artillería,
que llegaban hasta su campamento, contribuyeron no poco á desordenarlo.
Era la segunda vez que se perseguía al ejército enemigo, desbandado, hasta
sus trincheras;' la segunda vez que, al chocar con tanteas fuerzas reunidas, se
sembraba entre ellas ese espanto que parece dar el vértigo á los jinetes moros,
y qUe les hace huir con tanta precipitación, después que se han mostrado tan
valientes en el ataque y tan audaces en sus evoluciones (1).
Entre el séquito del general en jefe se hablaba ya de continuar oí avance
y asaltar el campamento enemigo. Pero se hacía tarde: eran las cuatro, ape-
nas quedaba media hora de sol, y el camino de vuelta era difícil, pues había
que repasar los pantanos. La retirada, por tanto, comenzó en seguida, prote-
gida por el general García, y verificóse sin incidentes; era ya de noche cuan-
do las tropas entraron en sus campamentos. En la orilla izquierda de Río
Alcántara, por el lado del reducto de la Estrella, el triunfo había también
sido completo.
Las pérdidas consistían en un oficial y siete soldados muertos; cuatro
oficiales y 46 soldados heridos. No eran muy elevadas; pero la emoción había
sido muy viva: «el batallón en peligro, el paso de las lagunas, la derrota gene-
ral con que terminó la acción, dieron á la jornada cierta fisonomía que la dis-
tinguía de las otras» (2).

(1) Irlarto! D|>, olt., pá«. 107.


(8) [Link]. .
El combate de la Aduana había tenido lugar el día del cumpleaños del prín-
cipe de Asturias, ló cual hizo aún más grata la victoria; pero, además de
esta satisfacción del amor propio que procuraba al ejército, tuvo la ventaja
de aguerrir á los soldados bisónos de la división Ríos, haciéndoles recibir el
bautismo de fuego en una acción secundaria, pero gloriosa (1).
El general en jefe, al volver al campamento, felicitó en el mismo campo de
batalla al batallón de Cantabria por la sangre fría que había mostrado (2). El
conde de Eu, que tomó parte en la carga de los lanceros deFarnesio con todo
el ardor de la juventud, recibió la cruz de San Pernando (3).

5.—Reconociiuiento de los alrededores de Tetnán.

El 29 de enero, día de la llegada de Muley-Ahmed al campamento" marro-


quí, los españoles hicieron celebrar una misa de campaña en la Aduana. La
ceremonia fué realzada por un día tan espléndido como hacía tiempo no se
había tenido otro. «Hoy—dice Iriarte (4)—, misa de campaña: fiesta en ol cielo
y fiesta en la tierra; un sol radiante nos saluda al toque de diana. Todo el
mondo se acicala: vense cuellos planchados, botas brillantes. ¿Quién no ha de
sentirse renacer á esta espléndida luz después de las lluvias torrenciales y de
los vientos huracanados?
»E1 altar ha sido levantado en la plataforma de la Aduana: allí oficia el
sacerdote. El Estado Mayor asiste al santo sacrificio á caballo, espada en mano;
en el campo los soldados están en armas.
• O'Donnell mira de vez en cuando al campamento enemigo: el movimiento
continuo que en él sa nota llamk de tal modo su atención, que pide los ante-
ojos. Era que se celebraba con alocadas fantasías la llegada de Muley-Ahmed,
como se supo á la tarde por un mucliacho moro que se decía enviado por el
gobernador de Tetuán, pero que había perdido las cartas que le habían
confiado.
•Terminada la ceremonia religiosa, mandó O'Donnell al general García
hacer un reconocimiento tan avanzado como fuera posible, pero sin hacerse
escoltar por ninguna tuerza. Nosotros nos reunimos al reducido Estado Mayor
qué le acompañaba, y, atravesando las lagunas, nos metimos por el llano en
que tuvo lugar el cómbate del 23. El terreno es fangoso, lleno de charcos
grandes y profundos. No somos más que treinta; pero ya los centinelas marro-
quíes nos han denunciado, y algunos tiradores salen contra nosoti'os. Ocho
carabineros á caballo nos preceden; los oficiales del Estado Mayor estudian con

(1) «Los loldadw onevos, qne h<ui beoho frente al enemigo la prtmeta vez con la aangre fría de loa veteranos, eitte
orgaUosoB ele un combate qne el reonerdo de las pérdidas no ba logrado entristecer.» (Iriarte, 109.)
(8) Irl8rte:lbld.,10é.
;S) Atarodn, I, pág. 28S. «El oficial qae acompaBaba al conde Intente, en vano, impedirle qne tomase psrte en la
targa El brigadier Homero Palomeqne, cnyo valor contribuye tanto i la victoria, recibió una slngalsr recompensa:
una/lar de ofo ganada por el poeta Eugenio Qul}an« en nn certttiiien del Ateneo deOádix, y remitida al general en
Jete para un olicial qne se distinguiera por un brillante becho de nrmao en esta guerra.» (Alarcón, I, pág. 388, nota.)
C4) Op. oit., pig. 119. Alarcón, I, p4g. 300.
— 499 -

atención los accidentes del terreno, y al fin el general, adelantándose á todos,


galopa solo hasta llegar á un tiro de fusil de los moros que nos han salido al
paso. Una blanca humareda se destaca sobre los muros de Tetuán, un fogonazo
y una detonación se suceden, y una bala de cañón viene ¿ c a e r pesadamente
entre nuestros caballos, que hemos tenido buen cuidado de espaciar. Beitérase
la orden de dispersarse para no ofrecer blanco al enemigo, y pronto todos los
cañones de la puerta de Tetuán disparan sobre nosotros. Los proyectiles, cla-
vándose en la tierra reblandecida, hacen un ruido sordo y nos salpican de
barro; el general vuelve de su reconocimiento, y nos retiramos protegidos por
los carabineros.
»Ya sabemos dónde están los cañones de la puerta baja, y, en caso de un
ataque, no se expondrá el ejército al fuego de sus baterías.»

6.—Combate de la torre de Jelelí (31 de enei'o) (1).

Él día 31, hacia las seis de la mañana, notóse en el campo enemigo gran
animación. Poco después los marroquíes, saliendo por las dos alas de su campo,
bajaron eQ masa á la llanura y se dirigieron hacia la derecha del campamento
español, que no estaba fortificada, para envolver el reducto de la Estrella y
los pantanos.
La batalla llamada por los españoles de la torre de Jeleli iba á comenzar.
Sus fases fueron;
1." Encuentro á la izquierda entre la división Ríos y la caballería mora,
que qtiéría forzar el campamento por aquel lado. Carga del escuadrón de
Villavioiosa.
2,* A la derecha, barga general de la caballería española contra la
marroquí.
3 . ' En el centro y á la derecha, carga de la infantería, que rechaza al
enemigo hasta las puertas de su campamento.
El reducto de Ja Estrella fué durante toda la batalla el centro de las
posiciones españolas.
A) Plan del combate.—Dedúcese del modo cómo el enemigo inició sus mo-
vimientos, y del retraso con que avanzaron las fuerzas de su centro, que el
conjunto de las líneas enemigas formóse poco, antes del ataque, en media luna,
según el esquema ordinario de los marroquíes.
O'Donnell aguardó á que la marcasen con toda claridad para adoptar su
plan de batalla. El general Bios, en primer lugar, hizo tomar las armas á sus
tropas y reforzó con el batallón de Vergara á los cazadores de Luchaua, que
debían aquel día estar de guardia en el reducto.
El ala izquierda del campo se hallaba suficientemente protegida por sus

(1) Solilagliitwett, pég. 812. Triarte, p&ginas 919 y stgulentes. Alarcón: op. dt., I, páginas307 y siguientes. Algnnos
autores Uamab i este combate de 0«ad-et-i/«ltl.
trinokeras y por el puente de piedra de Bío Alcántara, en qtie 6e apoyaba la
división Ríos.
El ala derecha, por el contrario, quedaba un poco al aire, y Prim fuó á
reforzarla en segnuda línea con sü cuerpo, mientras la división Galiano, con
una batería montada, formaba en primera línea, con orden de atacar oblicua-
mente al enemigo para arrojarlo sobre el centro, á fin de que la artillería
locafionease.
La división adelantóse con tal rapidez á ocupar sus posiciones, qué mu-
chos marroquíes de la extrema izquierda, ante el peligro de verse aislados dé
su centro, huyeron hasta Cabo Negro, dando un enorme rodeo para reunirse
al grueso de sus tropas.
Pero entonces cambió el enemigo completamente de plan; previendo que
las dos alas del campo español no se dejarían cortar, hizo que sólo algunos ca-
ballos de la guardia negra se mantuviesen vis á vis de la división Ríos, y re-
unió todas sus fuerzas en el centro como para intentar un ataque sobre la de-
recha del reducto. El grueso de las fuerzas españolas se había también reuni-
do en aquel lado, para lo cual se hizo volver á toda prisa á la caballería, que
formó á la derecha del reducto la primera línea.
Distribuido en columnas y cuadros, el tercer cuerpo mantenía la unión en-
tre la reserva y el segundo cuerpo. En los intermedios de estas tropas no ocu-
pados por la caballería se enfilaron tres baterías contra el núcleo de la caba-
llería enemiga.
Ríos, con su división, quedaba á la izquierda, en la siguiente forma: en la
extrema izquierda, el Provincial de Málaga; junto á él, escalonado, el regimien-
to de Zaragoza; luego, un escuadrón de lanceros de Villa viciosa y una bate-
ría de montaña; á la derecha del puente, los demás batallones de la reserva y
una batería de montaña; en la extrema derecha, los batallones de Príncipe y
Cuenca, junto al reducto, en contacto con el resto del ejército; á la izquierda
del reducto, seis baterías, una de ellas de cohetes á la congréve. •
Entre los dos ejércitos se extendían las lagunas. El enemigo había recon-
centrado sü caballería en el centro.
B) Primera fase: Tiroteo de guerrillas.—Los primeros disparos sonaron
hacia la izquierda, y fueron como la señal convenida que generalizó ©1 ataque;
en un momento, desde la Aduana hasta la parte de la llanura bordeada por los
primeros cerros que conducen á Cabo Negro, no se vio más que un torbellino
de humo. Sin embargo, la acción se redujo al principio al fuego de las gue-
rrillas y á las evoluciones de los jinetes árabes, que galopaban ©n incesantes
fantasías. El combate de tiradores, á que se prestaba la configuración del te-
rreno, pantanoso y á trechos infranqueable, amenazaba prolongarse, con gran
daño de la división Ríos.
C) Ofensiva de los españoles.—Paía librarse de aquel fuego mortífero, el
general Ríos hizo avanzar á su infantería á través de los pantanos, y luego,
como casi todas las armas y municiones se habían mojado, mandóla cargar á
la bayoneta, hasta que, rodeada de una nube de caballos, tuvo qué formar el
cuadro. Después dé intentar romperlo por tres veces, la caballería enemiga
- BOl -
abandonó el campo, con lo cual, hasta una hora avanzada de la acción el ge-
neral Eíos sólo pudo hacer uso de su artillería, cuyos proyectiles llegaban
hasta el pie de la torre de Jeleli.
En el centro la acción no se decidía aun: reducíase á utt vivo tiroteo que
causaba muchas bajas á los españoles. Oumo la caballería enemiga se había
reunido en gran parte por aquel lado, O'DonnelI, aprovechando un momento
favorable, echó mano de los escuadrones del segundo cuerpo, que, habiendo
vuelto del ala derecha, esperaban órdenes junto al reducto, y, dejando en re-
serva al escuadrón del Rey, hizo que cargasen divididos en dos grupos.
Eranlas dos de la tarde. A la,izquierda se encontraba el brigadier Villa-
te, jefe de la primera brigada, con dos escuadrones de coraceros, Reina y
Príncipe: su misión era romper el ala derecha de la caballería marroquí. Para
entretener á los jinetes enemigos, que hacían caracolear & sus caballos, mien-
tras la división pasaba las lagunas envió delante del primer grupo Una sec-
ción de húsares. >
A la derecha, el brigadier conde de la Cimera mandaba la segunda briga-
da, en sustitución del brigadier Romero Palomeque, enfermo, con un escua^
drón en primera línea, otro un poco más attás, y los lanceros de Farnesio y
Villaviciosa en reserva; O'Donnell dirigía el movimiento en sü conjunto.
El brigadier Villate llegó sin resistencia al pie de una colina paralela &
las alturas de la torre de Jeleli. En su falda, cubierta de matorrales, la caba-
llería enemiga se había rehecho, aguardando á la espafiola en las condiciones
más ventajosas. Después dé haber ensayado tres veces ganar la colina en un
furioso combate cuerpo á cuerpo, los espafiples se vieron obligados á retirar-
se ante un fuerte grupo de jinetes de la guardia negra que acudía en auxilio
•de los suyos. Retiráronse, pites, pero en buen orden, con una precisión y un
sentido táctico qué honraba á su jefe, hasta que, apoyados por un destacamen-
to de infantería que llegaba en su socorro, y en contacto con la otra columna
de caballería, pudieron volver á la ofensiva.
En efecto; el conde de la Cimera, -viendo el giro que tomaban las cosas,
[Link] oportunidad de abandonar su dirección primera para ir en auxilio del
brigadier Villate. Los húsares, reforzados por Albuera, cargaron por segunda
vez y desalojaron sin dificultad al enemigo de sus posiciones. Los cazadores
de Baza y Ciudad Rodrigo y el segundo batallón de Albuera, precedidos por
una batería montada, llegaban por el centro al mismo tiempo; y la caballería,
una vez llenado su cometido, se replegó sobre estas fuerzas de refresco. La
artillería entró entonces en escena, y terminó la acción, que tan bien había
comenzado la caballería, cañoneando al enemigo y Obligándole á retirarse de-
finitivamente.
Los otros batallones de la primera división del tercer Cuerpo, á favor del
fuego de dicha batería y de una- parte de la de cohetes á la congréve^ persi-
guieron al enemigo aún más lejos, entre el llano y su campamento, no sin
viva resistencia, sobre todo en el ala izquierda marroquí. Trescientos jinetes
se parapetaron en unos matorrales, y los batallones de la primera y segunda
brigada del segando cuerpo, con los escuadrones de húsares, los ahuyentaron
_ 502 -

tras un corto, pero acalorado reencuentro. El enemigo, entonces, acometió dé-


bilmente el ala derecha de la columna de la segunda división del segundo
cuerpo; pero cedió pronto á un contra-ataque de las escoltas del cuartel gene-
ral y de Prim, sostenidas por un escuadróu de Albuera.
D) Persecución del enemigo.—Serian las treg de la tarde. El brigadier
Dolz acababa de paer herido; el grueso de los marroquíes huía; pero su caba-
llería se reorganizaba al píe dé las colinas, y los peones hacían alto en las la-
deras; luego, todos juntos dieron muestras de querer recomenzar el ataque, y
ya sus tiradores avanzaban de nuevo abrigándose en las huertas y en la ma-
leza: era, pues, preciso impedir esta tentativa de las tropas marroquíes, so
pena de tener que librar una segunda batalla. A la izquierda, el cuerpo de
reserva avanzó escalonado, y, sostenido por la artillería, se apoderó de las al-
turas más próximas; una vez en ellas, formóse en cuadros, emplazando la arti-
llería en los huecos.
En el centro, Ros de Olano apoyó el movimiento de la reserva con los ba-
tallones de la primera división de su cuerpo, al mismo tiempo que el general
Mackenna atacaba y perseguía al enemigo en la dirección de su campo.
A la derecha, el segundo cuerpo a, vanzaba también rápidamente hasta co-
ronar las alturas. Esta última parbe del combate fué la más brillante: el ata-
que, que hacían solemne la extensión de la linea de asalto y el entusiasmo
del primer triunfo, se llevó á cabo «con tanta valentía, que hubo que enviar
ayudantes á brida suelta para contener el ardor de los cazadores» (1). La ca-
ballería enemiga ni siquiera intentó cubrir la retirada ó, mejor dicbo, la huí-
da de su iafantería, y volvió grupas, abandonando gran número de muertos
y heridos.
En la extrema izquierda tuvo lugar un enojoso incidente. Un puñado de
enemigos oculto en el llano creyó encontrar en él avance de las fuerzas espa-
ñolas una ocasión favorable para arrojarse sobre su campamento. El escua-
drón de Villavioiosa, con el general Eubín á la cabeza, cargó sobre ellos; pero
el enemigo, huyendo, se aprovechó de su conocimiento del terreno para
atraer á los jinete» hasta un sitio pantanoso cubierto de hierbas que desde le-
jos parecía una pradera. Casi todo el escuadrón se atascó en él y quedó clava-
do, sirviendo de blanco al enemigo. El Provincial de Málaga, que formaba
la reserva junto al puente, acudió á salvarlo al apercibirse de su crítica si-
tuación; pasó la laguna apoyándose en lo,s fusiles, que se le mojaron hasta el
punto de no poder hacer fuego, y, dando una furiosa carga á la bayoneta, puso
en fuga al enemigo. Los lanceros se desembarazaron entre tanto, aunque con
grandes fatigas, y después de haber perdido bastantes hombres y caballos.
JE) Retirada al campamento.—A las cinco de la tarde, habiendo cesado
completamente el fuego en toda la Kuea de tiradores, comenzóse la retirada
por el segundo cuerpo, protegido por la brigada Cervino y dos escuadrones de
caballería, alas órdenes del brigadier Villate. La retaguardia se vio molestada
aún por el enemigo; pero una carga de caballería y otra á la bayoneta de la

(1) Iriu-tei op, olt,, pig. 189.


' _ B03 -

infantería bastaron para contenerle, pues el general en jefe había tenido


esta vez la precaución de formarla con suficientes fuerzas de artillería y caba-
llería.
Las pérdidas fueron: el brigadier Dolz, cuatro oficiales y 42 soldados muer-
tos; 48 oficiales y 364 soldados heridos. Por vez primera en toda la campaña
se sirvieron los marroquíes de un pequeño cañón, puesto en batería junto á la
torre de Jeleli, pero que no produjo efecto alguno.
Los españoles calcularon en 16.000 infantes y 10.000 caballos las fuerzas
que el enemigo hizo entrar este día en fuego.
«Los críticos españoles—dice Mordacq—atribuyeron la. mayor parte del
triunfo á la artillería, que con sus fuegos había oonstantemónte preparado la
acción de la caballería y las cargas á la bayoneta de la infantería. Algunas
baterías avanzaron hasta á mil metros de l'as líneas enemigas.»
Oon el combate de la torre de Jeleli termina el período en que el ejército
se mantuvo á la expectativa frente á Tetuán: O'Donnell pensó que sus tropas
eran ya bastante fuertes para llevarlas á la toma de la. ciudad (1)..

T.^Batalla de Tetuán.—Asalto del campamento marroquí


(4 de febrero de 1860) (2).

El 2 de febrero, después de una misa celebrada en honor de la Virgen,


reunió CDonnell á sus generales en consejo de guerra sobre la terraza de la
Aduana, desde donde se descubría todo el llano y el campamento enemigo.
El 4 de febrero, al salir el sol, recogiéronse las tiendas: la mañana estaba
• sombría; la nieve cubría las cimas de las montañas. «El tiempo estaba brumo-
so—dice Iriarte—, y negras nubes cargadas de lluvia nos auguraban un día
poco propicio para un golpe de mano tan audaz como el quo se iba á intentar;
sin embargo, hacíanse todos los preparativos para la marcha con gran activi-
dad, y el ejército no esperaba más que la orden de avance.
»E1 general en jefe, inquieto, dirigióse á la playa con el jefe de su Estado
Mayor, é interrogaba, ya al cielo, ya al mar. El tiempo seguía indeciso, y tres
horas se pasaron en angustiosa incertidumbre, hasta que por fin, aprovechan-
do un rayo de sol, las tropas se pusieron en marcha para ir á ocupar las posi-
ciones que se les habían asignado.»
A) Fían <i«a<agtte.-^El terreno en que iba á librarse la batalla estaba
exactamente limitado: al Este, por la Aduana, el campo español y las dunas
que bdrdean el mar; al Sur, por los meandros de Eío Martín; y al Norte, por
las primeras ondulaciones y colinas en que se asentaba el campamento marro-
quí, á cihóo ó seis kilómetros de la Aduana.

(1) Él aiitor Intercala aqal nn extenso cnadro de las tnerzas qne componían el ejército después de la llegada de is
dlvlsidnltlds. Nos permitimos suprlwtrlo, remitiendo al lector que quiera consultarlo ÜÁOOB de la guetrá.—(Kaia
átltr*ka,neu>r.) ' ' '
(t) ilare4&,n,¥iglñus8 ystüalentes. Sehlajlntvelt, pig. 819. Iriarte, piglnas 144 yslgulüntes. Slordaoq, pági-
nas 76 y siguientes.
,.;••:• ':'.: ~ 5 0 4 — • • • - • , •

E n t r o ociio y media y nueve las tropas pasai'ou el río Alcántara por el


puente de piedra que existía do muy antiguo y por dos pontones echados la
víspera por los ingenieros; el paso se hizo sin incidentes y en buen orden. Más
adelante las tropas cruzaron las lagunas, y formáronse luego en orden de ba-
talla según las presori[)ciünes del general en jefe, que pueden resumirse así:
«El ejército se dividirá en dos alas, derecha é izquierda, y un cuerpo de

Llauü (le Totiiáu. Escala: '/iDouno


1, cmirtul giiiK'iiU (iel •¡-'i dr, fiibriiro.-l', tercer cuerpo del l-:i de febrero.—3, caliiilleriii. El
día (i pasa al eampameiito del tercer cuerpo.—4, segundo cuerpo el 4 de febrero.—,"), artille-
ría del 4-7 (le febrero.—(i, segundo cuerpo el t> do febrero. Algunas de sus bateríiis quedaron
en su primer lauípainento.—7, cuartel .general del (i de febrero al üii de marzo. —8, tercer
euer'po del (i de febrero al íiS de marzo. —I), primera división de reserva del 28 ih: lebrero al
•Jl) de nnirzo. Los tercios vascongados la recmpiazai'on luego. —lü, arlilleria montada del 7-"¿'t
de marzo.—yl, el ejército reunido en Rio uartin.—A', los [Link]. —/í, campa-
mento marroijui de irule,v-el..'\libas. -r', campamento marrorini de Muie.y-Alimcd.

reserva. El segundo cuerpo formará el ala derecha. El tercero, el ala izquier-


da. Cada cuerpo marchará en columnas cerradas por batallones. Dos brigadas
en forma de cuña irán al frente. Con la articulación de los ángulos poslerio-
res de la cabeza cuneiforme se onhizarán las columnas formadas á derecha é
izquierda por las otras dos brigadas. E n el intermedio do los dos cuerpos irá
la artillería, y lo mismo dentro de cada cuerpo entre las columnas que lo cons-
tituyen; en el segundo cuerpo habrá cuatro baterías; en el tercero, tres. A la
par con las últimas unidades avanzarán, los ingenieros, y detrás de ellos, tres
baterías de campaña (12 piezas).
»La división de caballería seguirá á las columnas en dos líneas: la primera
de coraceros, y la segunda de lanceros.
; • • ; • . • • • - 505 - [:. • *, ,,

»E1 cuerpo de reserva quedará en ol reducto de la Esti'ella para obscr\'ar


los movimientos del enemigo é impedir un ataque de flaneo.»
Las instrucciones complementarias dadas al cuerpo de reserva eran: ame-
nazar constantemente la extrema izquierda del campamento de Muley Ahmcd,
poro sin atacarlo de nu modo serio, á monos que el enemigo diese señales de
querer caer sobre el flanco do las tropas en marcha; con él quedaron una ba-
tería de montana y otra montada.
Las tiendas del cuerpo de reserva quedaban en pie en su campamento, guar-
dadas por algunas fuerza.s del tercer cuerpo. Era la primera vez que todas las
fuerzas españolas se reunían á la vista del enemigo: «ol espectáculo—dice
Schlagintweit—no podría menos de imponerle».
B) El avance.—El ej(írcito se puso en marcha lentamente á cansa de los
obstáculos naturales—charcos y lagunas—que obstruían el paso; pero con gran
precisión. Hallábase á 2.500 metros de las posiciones del enemigo cuando éste
rompió prematuramente el fuego de artillería, aunque sin efecto alguno.
O'Donnell juzgó inútil responder, pues no se creía todavía en condiciones de
obrar con eficacia. Pronto el cañón de la torre de Cefú (Jcleli) unió sus fuegos
á los del campamento de Muley-Ahmed; la batería de Bab-el-Oqla, de Tetuán,
hizo lo mismo; pero callóse pronto, porque, probablemente, amenazaba tanto á
la caballería marroquí de la extrema izquierda como á los españoles.
Al llegar á 1,700 ó 1,800 metros de las líneas enemigas, temeroso do que
el fuego de los marroquíes comenzase á hacer bajas entre sus tropas, agru-
padas en columnas, O'Donnell hizo avanzar á las tres baterías que marchaban
cutre los dos cuerpos para res[)ondor al fuego de las trincheras, maniobra que
fué apoyada por una línea de tiradores sacados de los dos cuerpos y desple-
gados en avanzada.
Pero el tiro do los marroquíes iba tan mal regulado, que los proyectiles
caían entro las columnas ó detrás, pues Iriarte dice que, «habiéndose separado
del Estado Mayor para recorrer toda la línea de batalla con los cronistas y
corresponsales á más de quinientos metros á retaguardia, se encontró preci-
samente en la zona peligrosa batida por la artillería enemiga: en dos horas
de tiro—añade—no dejó veinte españoles fuera de combate». Los marroquíes
a p u n t a b a n demasiado alto, y tiraban por elevación, en vez do disparar á
bala rasa.
P o r otra parte, el fuego de los tiradores españoles desplegados delante de
la artillería era también ineficaz contra un enemigo que se mantenía invisi-
ble detrás de sus trincheras, , i : , :
P a r a conseguir un efecto más inmediato, O'Donnell mandó á la artillería
del tercer cuerpo tomar po,?iciones á la izquierda de la columna, y á la del
segundo á la derecha, para combinar sus fuegos con las baterías del centro.
Además, una de las baterías del segundo cuerpo debía cañonear la extre-
ma izquierda del campamento de Muley-el-Abbas; luego, la brigada de lance-
ros avanzó por la derecha para observar al enemigo, que se dejaba ver en gru-
pos por aquel lado.
Bajo la protección de la artillería, los dos cuerpos continuaron su marcha
- 506 - •

sin tener necesidad de diaparar un uro de fusil iiasia unos quiuieutos pasos
del campamento marroquí.
C) Combate preliminar.—YÍÓBQ entonces Á numerosos grupos enemigos
íJirigirse sobre el flanco izquierdo del ejército, oomo para ejecutar un oontra-
{(.t^que.
Al darse cuenta de ello, dos batallones del tercer cuerpo, desplegados en
guerrillas, fueron á reforzar las tropas apostadas por aquel lado, y ahuyenta-
yon pronto á los asaltantes en dirección á Tetuán. La brigada de coraceros,
que había sostenido el ataque, prosiguió su marcha hasta la orilla del río, don-
d^ tomó posiciones para cubrir el ala izquierda; las lanchas cañoneras, que re-
montaban el río hasta cierta distancia de la Aduana, contribuyeron también
al éxito de este episodio de la batalla.
Iil ejército se encontraba así cubierto por el flanoo izquierdo, mientras que
la hfigada de lanceros lo protegía por el derecho. El tercer ouerpO, á partir
de este momento, tuvo que avanzar algo mis hacia la izquierda para amena-
zar la, extrema derecha del campo de Muley-Ahmed y obligarle á descubrir-
se. En efecto; el enemigo seguía obstinadamente oculto detrás de la larga linea
de sus fortificaciones, esperando el momento oportuno para romper el fuego
de fusilería.
«Esta táctica de los marroquíes—dice Sohlagint-weit—habría sido buena
dada la superioridad del asaltante y la naturaleza del terreno pantanoso que
se extendía delante de él hasta las trincheras, y que tenía que atravesará pe-
cho descubierto bajo el fu9go enemigo; pero con la condición de que los ma-
rroquíes hubiesen tenido bastante artillería y hubiesen sabido regular su tiro,
empleando al mismo tiempo la caballería, que disponía de un terreno propicio
á su derecha, todo lo largo del ríoi»
Entretanto el tiro de la artillería española parecía también insuficiente,
pues no lograba desmontar más que una de las piezas enemigas; y como era
necesario apagar el fuego de las trincheras marroquíes antes del asalto, que
de otro modo hubiese sido demasiado mortífero, la artillería avanzó aúa más,
y, tirando á 400 metros, 40 piezas unieron Sus fuegos contra las trincheras ene-
migas y oomenzaron á arrojar sobre ellas una verdadera lluvia de obuses y
granadas: el espectáculo era terrible.
«Imponente cuadro—dice O'Donnell dando á la Beina cuenta del combate—
el de los dos ejércitos frente á frente, y tan cerca el uno del otro: el marroquí,
completamente resguardado por sus obras de defensa; el nuestro, completa-
mente descubierto, pues en toda la llanura no se veía el más pequeño arbasto.
Pero la energía y la calma de los soldados, la puntualidad con que los gene-
rales ejecutaban mis órdenes, me daban la seguridad de que pronto la victoria
se declararía en nuestro favor» (1).
El combate de la artillería duró hora y media: cada vez que el fuego ene-
migo cedía un poco se reenganchaban las piezas y se avaüzítba un trecho más.
Así los españoles llegaron hasta corta distancia de las trincheras, y entonces

(t) JSchlagintvelt: op. olt,, pig. 888.


- 607 -

se vio en dos ocasiones distintas elevarse de entre las baterías marroquíes aii;i
inmensa columna de humo: era que dos depósitos de municiones hacían ex-
plosión.
, Entretanto el tercer cuerpo, á quien hemos visto acudir al flanco izquier-
do, se inclinaba aún más por aquel lado, como para amenazar más ostensible-
mente un ataque al campamento marroquí. Llegado á un recodo de Río Mar-
tín, se estableció con su artillería sobre los dos ángulos de un triángulo, uno
que hacía frente al campo de Muley-Ahmed, y el otro que amenazaba inva-
dirlo por detrás.
D) Ataque decisivo.—Juzgando que con este terrible fuego de artillería
quedaba bien preparado el ataque decisivo, O'Dortnell decidió no retrasar-
lo más.
Tin corto espacio, sembrado, es verdad, de charcas, lodazales y zanjas cu-
biertas de espinas, separaba tan sólo á los dos ejércitos. Las disposiciones para
el asalto fueron rápidamente gomadas: á la derecha, Saboya, León, los volun-
tarios catalanes, los cazadores de Alba de Tormes, Princesa y Córdoba pasa-
ron á la primera linea, mientras que la artillería moderaba su fuego para per-
mitir ejecutar el movimiento; á la izquierda repetíase la misma maniobra, y
Ciudad Rodrigo, Zamora, Albuera y Asturias formaban una cortina delante
de la artillería. Los pocos minutos que en estas evoluciones se gastaron fueron
los más penosos: los marroquíes, comprendiendo que llegaba el momento crí-
tico, disparaban con furor sobre un blanco seguro. La espera impacientaba á
las tropa«, y los gritos de: «¡Adelante, adelante!, ¡Al asalto, al asaltoí», reso-
naban por todas partes. Pero O'Donnell no quería precipitarse, y aguardaba
el instante preciso en que pudiera realizarse la acometida á la vez en todaia
línea.
Sonó por fin la señal. «Corto—dice Schlagintweit—, pero terrible, fué el
momento en que los espafioles se lanzaron al asaltó con la bayoneta calada.
Los marroquíes, agazapados hasta entonces tras sus fortificaciones, irguiéron-
se de súbito, y con salvaje gritería rompieron un fuego infernal contra los
asaltantes: la sola batería que no había sido desmontada, la del centro, vomitó
á bocajarro una espantosa lluvia de metralla sobre Saboya en el momento
en que iba á asaltar las trincheras. Al mismo tiempo que este regimiento, se
lanzaban á la carrera León y los voluntarios catalanes; pero la tierra les faltó
bajo los pies, y cayeron en un profundo charco, con agua á la cintura.
»üna vez más el arrojo temerario de Prim salvó la situación: precipitándose
á caballo en el pantano, y animando á los soldados con [Link] inflamada,
pónese á su cabeza y atraviesa el terraplén del campo enemigo par una aspi-
llera. Blandiendo su sable ^avanza seguido de los voluntarios catalanes y arras-
tra al resto de las tropas, que fascina con su valor extraordinario después de
haberlas sacado de tan peligroso, paso.
»Un terrible combate se entabla: alrededor de los generales Prim y Orozco
combaten Saboya, León y los voluntarios catalanes, de tienda en tienda, cuer-
po á cuerpo. Pero Bos de Olaao apareció por la izquierda, avanzando como
para envolver el campamento; este movimiento puso fin al combate: los ma-
- 608-
rroquíes Luyeron precipiúdauíeuLw, aUiidüuaudo muclios de bus muertas, des-
pués de haberse defendido con admirable valentía: los artilleros se habían
hecho matar sobre sus piezas, y los cadáveres se amontonaban á la entrada de
las tiendas.»
A la izquierda, los batallones del tercer cuerpo se precipitaron también
sobre las trincheras del enemigo, que se defendió con una tenacidad que no
había mostrado en los combates anteriores, Pero la resistencia era ya inútil y
no podía durar mucho. Cincuenta minutos después de sonar el toque de asal-
to, la bandera española ondeaba en los parapetos marroquíes.
Sin embargo, el ejército no era duefio más que del terreno en que había
combatido: del campamento, que, por su posición, hubiera costado mucho más
ganar si hubiese sido defendido con tanta pericia como valor. Todavía dentro
de las trincheras se disparaban algunos tiros sueltos, y los marroquíes más
tercos se hacían matar á la puerta de sus tiendas; en vano se trataba de ha-
cerlos prisioneros, pues se precipitaban sobre las bayonetas y se hacían dego-
llar. Otros, emboscados tras do los árboles y setos, disparaban sobre el Esta-
do Mayor, uno de cuyos oficiales cayó muerto de un balazo en la cabeza. Una
corta batida dio cuenta d« aquella obstinación desesperada.
«El campo había sido abandonado—dice Iriarte—y, sobre todo, sorprendi-
do, pues á la puerta de la» tiendas de los jefes estaban todavía preparadas las
pipas y las tazas de café en mesitas bajas. Su sola vista hacia evidente que
los moros ni siquiera habían concebido que el campamento pudiera ser asalta-
do. La huida había comenzado por el ¡Sálvese el que pueda! de los que esta-
ban en las trincheras invadidas, y ya nada ni nadie la pudo contener. Los
primeros asaltantes vieron todavía algunos jefes, ricamente vestidos, que apu-
ñalaban á los fugitivos y hacían vanos esfuerzos por volverlos á la línea de
fuego. Una vez desembarazados los alrededores del campamento de Muley-
Ahmed, mandó O'Donnell hacer una demostración contra el campamento de
la torre de Jeleli. Los guiones de Muley-el-Abbas no se dejaron ver en toda
la jornada: durante el ataque al campo de su hermano quedóse él ocioso eU sus
trincheras, sin comprender que su intervención sobre el flanco derecho de los
españoles hubiera podido influir radicalmente en el resultado de la batalla.»
Oasi sin resistencia fué á su vez desalojado de su campamento, sin inten-
tar prolongar la lucha, y, dando un gran rodeo, fué á situarse á cierta distan-
cia de los muros de Tetuán, en el valle de Eío Buceja (Uad-Bu-Sfiha). Mien-
tras estas escenas tenían lugar, el cuerpo de reserva se había alejado un poco
de sus posiciones junto al reducto de la Estrella, según las órdenes retiibi-
das, para oponerse á unos 3.000 caballos que amagaban el flaneo derecho, y
para cortarles el paso hacia el campo de batalla. Tampoco la flota permaneció,
inactiva en esta jornada, sino que cañoneó el ala izquieída del enemigo, y al-
gunas lanchas cañoneras, como ya hemos visto, reniOtttaron el rió Martín has-
ta más arriba de su confluencia con el río Alcándara, para unir su fuego al de
la artillería. Cuando, á consecuencia del movimiento de las tropas, tuvieron
q;ae apagar sus fuegos, los oficiales bajaron á tierra y pidieron al general en
jefe permiso para tomar parte en el combate-, pero O'Bonnell sé lo negó, ante
— cos-
ía posibilidacl de utilizar el fuego de las cáfioueras para proteger suflanooiz-
quierdo, si fuera preciso (1).
Las consecuencias de la victoria hacían contraste con las de los combates
precedentes. Se había cogido un botín considerable: dos estandartes, ocho ca-
ñones, muchas municiones, muebles y efectos de todas clases, y cerca de ocho-
cientas tiendas, entre ellas la de Muley-Ahmed.
Las pérdidas de los españoles eran, en cambio, insignificantes, si se las
compara con los resultados conseguidos. La mayor parte de las bajas tuvieron
lugar en el momento del asalto y en el combate cuerpo á cuerpo que se si-
guió. Las pérdidas del enemigo fueron evaluadas demasiado alto por los ven-
cedores. Es verdad que encontraron muchos cadáveres en el campamento, y
que vieron largas filas de heridos arrastrarse en dirección & Tetuin y á las
montañas; pero parece que hay algo de exageración en los 300 muertos y 900
heridos de que habla Alarcón. Sin embargo, el contralmirante francés Jehen-
ne dice que im millar de marroquíes quedaron fuera de combate.
Las tropas acamparon en las alturas qne habían conquistado, excepto el
cuerpo de reserva, que siguió en la Aduana y en el reducto de la Estrella.
Durante la noche las baterías de la cindadela de Tetuán lanzaron todavía
algunos proyectiles sobre el campamento español; pero sin causarle el menor
daño (2).*

8<—rConsecúenCias d« la batalla de Tetuán.-r-Saqueo de la ciudad


por los inontalieses (3).

Los primeros heridos que llegaron á Tetuán esparcieron la noticia de la


derrota de su ejército. Oran golpe de fugitivos llegó tras ellos: en vano los
jefes iban á sus alcances y los golpeaban y los maldecían, tratando do volver-
los al combate; el terror podía más. En todas partes se oían sollozos y lamen-
taciones, y en las mezquitas y sinagogas se hacían preces extraordinarias.
(1) «14 batalla d« Tetuin ofrece an Interés especial—dice Uordacq- por la Importancia de los contingentes qne en
ella tomaron parte y por el cnidadoeo mitodo eon qne la dirigid O'Donnell. Sns fases'faeron las mismas de una bata-
lla enropea, y por el plan, la rapidez de la acción y la manera de combatir de los marroquíes, tnvo pantos de semejan-
za con la batalla d« Igly, annqtie la tio^ca segatda W diferente.» 11 mismo autor Jotg» asi la tictloa de O'Donnell en
esta ocasidn: «Éempre qne tropas europeas aguerridas se ban encentrado frente i un enemigo que no posee mis que
una instmcoldii mllltar^adlmentaria, han preterido la táctica bien seucUla de amenazar nüo de los flancos, para lle-
gar |)or fin i rodeiti^to, pbr grande qne sea el valor Individual 4e l«s combatientes, tí no éstin muy dtsoipUnados y
tienen nn gran sentimiento de «olldaTIdad, es easi seguro que evacuarán sus posiciones.

»Abora bteni aiaeando i lo* marroquíes por el campamento de Huley-et-Abbas, i la izquierda, O'Donnell bubiera
. tenido que meter sus tropas en nn terreno accidentado en que no habrían podido maniobrar, mientras qne el enemigo
hubiera tenido toda dase de ventajas para empl«>ar con provecho sa táctica ordinaria.
»A la derecha todo era llano; la Intajtteria y caballería espaSolas darían fácilmente cuenta de las cargas desorde-
nadas de la caballería marroquí, y la artillería, en un terreno despejado, podría pretiarar y sostener constantemente
los movimiento* ofensivos de la* «tras dos arma6.»(l(ordacq! op. cit.. páginas 76-76)
(9) <E1 campo se levantaba á nytdla legu» de tetuán, entre lo* Jardines, ya Boridos, y bajo los fuegos de la fortaleza
que domlnfk la elndad. tos moros, que no hablan aún apreciado las consecuencia* de la toma de sn campamento, pen-
saban todavía en defenderse en la dudad; y los oafiones de la alcazaba nos enviaban sns próyeetiles, qne calan pesa-
damente entre las tiendas.» (Iriarte:op ott-,|>ág-lfi7.) '
(S) ItUqia, IV, páginas 216-817. AlarcOn, 11, páginas % y siguientes, 80 y siguientes, lai y siguientes. Bcblagint-
veit, páginas DSS-SilS. IriaHe, piglnas 168-168.
- 610 -

Una diputación de tetuaníes fué á ver á MuIey-el-Abbas en su nuevo campo


para pedirle el permiso de abandonar la ciudad con sus bienes muebles,
pues había prohibido antes hacerlo para mantener ñrme la moral de sus
tropas.
Ahora ya no tenía razón de ser la interdicción; así que gran número de
tetuaníes abandonaron sus casas, llevándose lo que podían: unos, la mayo-
ría, se refugiaron en Tánger; otros se aventuraron en las montañas, bus-
cando un asilo entre sus asociados agrícolas. Las casas de los funcionarios del
Majzen y de los habitantes más ricos fueron, pOr lo general, rápidamente
desamuebladas; pero algunas quedaron alhajadas como estaban, sin que hu-
biese habido tiempo de sacar el más pequeño objeto.
Entonces las tropas del Sultán, y más aún las bandas salvajes de monta-
ñeses y rifeños, aprovecháronse de la ausencia de las autoridades para dar
rienda suelta á sus instintos de pillaje: los que durante la noche venían á re-
fugiarse en la ciudad tomaban parte en estas hazañas contra una población
indefensa; una veintena de personas fueron degolladas, y el barrio de los judíos
fu¿ entregado al saqueo.
Ante tales excesos, cierto número de notables se reunieron en casa de El-
Haoh-Ahmed-ben-Ali-Abair para tratar de su remedio, y no encontraron otro
que el de implorar la protección de los venoedoij'es contra sus propios soldados
y los que les servían de auxiliares. A la mañana siguiente una diputación se
dirigió al campamento de O'Donnell; pero de vuelta á la ciudad encontraron
mtiy dudosos todavía á sus conciudadanos: algunos; disipadas las tiiiieblas de
la noche y pasado el terror del saqueo, hablaban de resistir al enemigo; los
diputados se esforzaban por vencer su repugnancia, y les representaban, con
razón, que, abandonados por su ejército, sin armas y sin fuerzas, no tenían
más remedio que rendirse. Llegó én tanto la noche del 3 al 4; los desórdenes
se reprodujeron con más violencia y declaróse el hambre, pues los saqueado-
res ló habían robado todo, malbaratando y echando á perder lo que no pudie-
roiinavanie consigo. Al fin, aguijoneados por la necesidad, oonvinieroti todos
en que la entrada de los españoles era su única salvación.

9;--ISnti*ada de los españoles en Tetuán (6 de febrero de 1860).


I*OF su parte O'Donnell, antes de recurrir al bombardeo de la ciudad, re-
solvió intimar á sus habitantes la rendición. IJn prisionero, acompañado del
intérprete Pedro Dejean, llevó á la ciudad un mensaje concebido én estos
términos:
V «Al gobernador de la plaza de Tetuání
»Biabéis visto vuestro ejéroito^mandado por los hermanos del Empera-
dor^batido, y su campamento, con la artillería, municiones, tiendas y cuan-
to contenía^ ocupado por e í ejército español, que está á vuestras puertas con
todos los medios para destruir vuestra ciudad en cortas horas.
»íío obstante^ un sentimiento de htimanidad me hace dirigirme á vos.
«Entregad la plaza, para lo que obtendréis oondioiónes razonables, entre
las que estarán el respeto de las personas, de vuestras mujeres, de las propie-
dades y de vuestras leyes y costumbres.
•Bebéis conoeer los horrores de una plaza bombardeada y tomada por asal-
to; evitadlos á Tetuán, ó, de otro modo, cargad con la responsabilidad de ver-
la convertida en ruinas, y desaparecer la población rica y laboriosa que la
ocupa.
»08 doy veinticuatro horas para resolver: después de ellas, no esperéis
otras condiciones que las que imponen la fuerza y la victoria.
»E1 capitán general y en jefe del ejército español,—Leopoldo O'DonneU.*
Al mismo tiempo se había leído á las tropas la siguiente Orden 4&\ día:
«Soldados: En el día de ayer habéis conseguido una completa victoria, to-
mando al enemigo sus reductos y atrincheramientos, su artillería y sus cuatro
campamentos^ con todas sus tiendas y bagajes. Habéis correspondido digna-
mente á lo que la Beina y la Patria esperaban de vosotros, y habéis elevado
á una grande altura la gloria y el nombre del Ejército español.
•Soldados: Continuad con la misma constancia con que habéis luchado du.
rante tres meses contra los elementos de un clima duro y en un país inhospi-
talario, hasta que obliguemos al enemigo i pedir gracia, dando á España sa-
tisfacción cumplida de sus agravios, é indemnización de los sacrificios que ha
hecho.
•Vuestro general en jefe,— O'DonneU.»
El parlamentario español, llevándose las miradas de todo el ejército, des-
apareció en el laberíntico camino cubierto de follaje; pero no tuvo necesidad
de llegar hasta las puertas de la ciudad: á poco trecho encontróse con una di-
putación de tetuaníes, presidida por El-Hach-Ahmed-ben-Ali-Abair, agente
consular de Austria y de Binamarca. Juntos volvieron al cuartel general, don-
de los moros refirieron las escenas de pillaje de que Tetuán había sido teatro,
y significaron que la población se hallaba dispuesta á rendirse.
La entrevista de los diputados con el general en jefe fué corta. Insistieron
en pedir que se respetasen vidas y haciendas, y como el general se lo prome-
tiese, obligáronse, por su parte, á hacer todo lo posible para conseguir que sus
conciudadanos entregasen la ciudad.
Convínose que, en caso de lograrlo, se arriaría la bandera marroquí de la
cindadela á la mañana siguiente.
Amaneció el 4 de febrero, y la bandera marroquí ya no ondeaba sobre Te-
tuán. A las ocho los mismos parlamentarios de la víspera reaparecieron antes
de expirar el plazo convenido.
Renovaron de nuevo sus demandas del día anterior, que fueron confirma-
das, y aseguraron en seguida al general en jefe que podía entrar en la ciudad
sin riesgo de encontrar resistencia. No obstante sus promesas, se habían he-
cho todos los preparativos para el bombardeo, y los mismos emisarios pudie-
ron ver el tren de sitio y los 14 morteros preparados para romper el fuego.
Antes de dar la señal de avance, O'DonneU advirtió á sus tropas que se
precaviesen contra los ardides del enemigo al entrar en la ciudad.
- 61S3 -

Bispúsosé la marcha en esta forma:


El general Bios, con la segunda división de reserva, un grupo de oñoiales
de artillería y de ingenieros, el Estado Mayor y el general Mackeuna, se di-
rigiría hacia la parte baja de la ciudad, mientras que Prim, acampado en
la torre de Jeleli, avanzaría hacia la cindadela, á través del cementerio, óoii
la segunda división de su cuerpo. Seguiriale el cuartel generalj y el teroef
cuerpo, con Bos de Olano, formaría la reserva.
A pesar del deseo que se tenía de que el ejército estuviese el menor tiem-
po posible fuera de los muros, la marcha fué lenta y hubo que hacer numero-
sas paradas, pues el terreno ofrecía pocas facilidades para el desñle, á causa
de los setos, huertas, jardines y barrancos que lo entrecortan en todas direc-
ciones.
Excepto un trozo de la parte baja, no se disponía más que de caminos
hundidos, que serpentean entre huertas y casas de campo, cubiertos de árbo-
les, y tan estrechos, que en muchos sitios los soldados no podían pasar de tres
en fondo.
Zaragoza fué el primero en llegar á las puertas. Venían luego el general
Maokenna y el Estado Mayor, con un batallón de la Beina, los ingenieros y
una batería de montaña. El general Eíos encontró la puerta cerrada, con gran
sorpresa suya, y, en su enojo, hizo adelantar una pieza de artillería para echar-
la abajo, mientras algunos hombres golpeaban las hojas á culatazos. Entre^
tanto, á través de una aspillera en la que se veía la boca de un cañón, enci-
ma de la clave del arco de entrada, apareció un moro que gesticulaba y daba
en árabe unas voces que los soldados no podían entender.
El gobernador se había llevado las llaves de la ciudad; pero todos los ha-
bitantes esperaban con ansia la llegada del ejército español. Los goznes de la
puerta saltaron por fin, y el batallón de Zaragoza entró el primero en Tetuán,
Los soldados de Prim entraron oast al mismo tiempo en la alcazaba, enca-
ramándose por sus mttros con escalas y garfios.
A las diez y. media la bandera española ondeaba en la cindadela. El ejér-
cito había tomado la ciudad sin necesidad de bombardearla; lo cual no ha obs-
tado para que autores como Osear Lenz, Durier y otros atribuyan la füiha de
ciertos barrios de Tetuán al bombardeo. Algunos, como Budgett Meakin, afeo-
tan creer que los españoles se entregaron al saqueo, y se apoyan en el testi-
monio puro y simple de los indígenas, según el cual, «el enemigo destruía todó
lo que encontraba en las casas, cegaba las fuentes, deshacía los mosaicos, pro-
fanaba las mezquitas, etc.»
Nada de esto es verdad. El saqueo tuvo lugar antes de la entrada de los
españoles, y los culpables de él fueróti los soldados del Sultán, los montañe-
ses y los rífenos. Más tarde, como veremos, los soldados españoles demolieron
algo; pero no con. un fin premeditado de depredación.
El aspecto de la ciudad (1) cuando las tropas entraron en ella era triste, á
causa de los desórdenes de la víspera y antevíspera. Por todas partes, escom-

(1) SchlaglntvMt: op. cit., p&gtnas 828-828. triarte, páginas 178-182.


- 518 —

bros é inmundicias, puertas desvencijadas, ventanas arrancadas; el suelo es-


taba cubierto de objetos de todas clases, de muebles hechos astillas, de telas,
y á trechos hasta de cadáveres de hombres y mujeres asesinados al tratar de
resistir á los saqueadores. En los primeros momentos la ciudad parecía un
desierto: barrios enteros estaban abandonados; los musulmanes que no habían
huido permanecían encerrados en sus casas; sólo los judíos oomenzaban á de-
jarse ver, y pronto, como no se les hacía ningún mal, cobraron ánimo y se
desbordaron por toda la ciudad exteriorizando su alegría por la entrada de
los espa&oles, y engalanando sus casas con colgaduras rojas y gualdas. La es-
peranza del comercio que podrían hacer con los vencedores entraba por mu-
cho en estas demostraciones; pero más aún la seguridad de verse ya al abrigo
de todo pillaje.
Auiique en España no se simpatiza con los judíos, los soldados pusieron
buena cara á los de Tetuán, pues querían ver renacer á su alrededor el movi-
miento y borrar la penosa impresión de frío producida por la soledad de los
primenos momentos; mostráronse generosos con los desgraciados, que hacía
muchas horas no habían comido á causa del saqueo, distribuyéndoles pan, ga-
lleta y hasta dinero, y no cometieron ningún desmán con los musulmanes que
quedaron en la ciudad.
Bumores alarmantes corrían entre las tropas: decíase que la ciudad estaba
minada, y que muchos tetuanies habían jurado hacerla volar y sepultarse con
los invasores entre sus ruinas. De pronto una explosión formidable se produjo
en un ángulo del Feddán, seguida de un pánico horrible. Sin embargo, no
era más sino que un fumador descuidado tiró una cerilla en utl sitio en que se
había distribuido pólvora los días anteriores. El ruido fué grande; pero las
• desgracias no pasaron de algunas contusiones y quemaduras entre los autores
del accidente. Oon todo, el general Bíos continuaba haciendo pesquisas, pre-
ocupado con la posibilidad de las minas, que tanto habían dado que hablar.
Al fin encontróse en un depósito de municiones, cuya puerta estaba atran-
cada y que se forzó á culatazos, un negro armado que trató de defender la
entrada; consiguióse hacerlo prisionero sin causarle mal alguno, pues el ge-
neral quería sondear sus intenciones y saber si, como se sospechaba, había
querido hacer volar el polvorín. Estos -fueron los únicos incidentes que ocu-
rrieron ala entrada de las tropas. El ejército cogió un rico botín: gran canti-
dad de pólvora y municiones cayó en sus manos, con 146 cañones, de los
cuales 84 eran de bronce; en la cindadela se encontraron algunas piezas car-
gadas, y otras oon las municiones dispuestas á su lado.
Desde el punto de vista político, la impresión del momento fué muy gran-
de, tanto en Europa como en Marruecos; pero cuando se pasó la embriaguez
del triunfo y se reflexionó fríamente, comprendióse que nada definitivo se ha-
bía conseguido todavía: el ejército marroquí eirá dueño de toda la región, y la
batalla de Tetuán, si le había hecho perder la ciudad, no había aniquilado sus
fuerzas, que aún podían resistir largo tiempo.
6U^

10.—La toma de Tetuán, según los autores árabes.


El Iw%«a cuenta así esta parte de la campaña (1):
«Después de descansar algún tiempo, cuando el ejército enemigo se encon-
tró [Link], comenzó de nuevo la lucha: salía, daba vueltas alrededor dé
los dos campamentos, tenía algunos choques con las fuerzas marroquíes, y se
volvía á su campo. Prim iba siempre á la cabeza de las tropas sobre un caba-
llo blanco, y se distinguía notablemente entre los suyos por su valentía y por
sus grandes dotes de inteligencia. Así estuvieron algún tiempo, hasta que el
enemigo se resolvió á acometer á los musulmanes y apoderarse dé Tetuán;
púsose en marcha su ejército el sábado 11 de Rayeb del año 1276; se atgrüpa-
ron todos los soldados y se formaron en orden de. batalla para emprender el
ataque.
»Un ala de caballería avanzó río arriba en dirección á la ciudad, y otra de
infantería partió á través de la campiña con el mismo objeto; O'Donnell, en-
tretanto, avanzó con el grueso del ejército, haciendo disparos de cañón y des-
cargas de fusilería. Los cañones eran conducidos por ínulas. Las dos alas
avanzaron y envolvieron el campamento de Muley-Ahmed; cuando ya estaban
próximas, y á punto de tomarlo, huyeron los que había en él, y abandonaron
sus tiendas y pertrechos en poder del enemigo, que se hizo dueño de todo y
se instaló y fortificó allí mismo.
»Muley-el-Abbas retrocedió con su gente y acampó detrás de Tetuán, que
quedó en medio de los dos ejércitos. Al retirarse pasó por el interior de la ciu-
dad, y cuando estaba en el centró de ella lloró con gran aflicción poí lo mal
que había cumplido con su deber y por el descrédito que esto le había oca-
sionado.» -
Por esta vez no se «ncuentran grandes inexactitudes en el autor árabe,
aunque el plan de ataque adoptado por O'Donnell se halle expuesto de un
modo erróneo, y todo el relato carezca de precisión.
Nótese que nó habla de un hecho mencionado por todos los autores euro-
peos, en especial por Schlagintweit é Iriarte. Según los rumores que entonces
corrían, Muley-el-Abbas, furioso por su derrota, se vengó por la noche en las
montañas haciendo cortar la cabeza á los jefes que primero habían cedido.
Todo el mundo hablaba de ello en Tetuán cuando la tomaron los españoles;
Schlagintweft, sin admitirlo como cierto, lo cree al menos muy posible; para
Iriarte [Link] más que una leyenda (2).

(1) /(ttgia, IV, pág. 816.


(2) SchlagtnC\r«U: op. olt., páginas 323-334. Iriarte: op. clt., piglnAs 16B-166.
- 515 -

CAPÍTÜIiO VI
EL EJÉRCITO ESPAÑOL, EN TETUÁN Y WAD-RÍ.S
1. Negociaciones de paz f racasadas.-3. Instalación de las tropas en Tetnán.—S. Agitación en los alrededores de la
clndad.-4. Ataque de los rifeflos contra Melilla.-S. Bombardeo de Larache y Arzila.—6. Llegada de refuerzos ai
ejército espafiot.—7. Combate de Semsa.-8. Marcha hada Tánger. Batalla de Wad-Rés.-9. La terminación de la
gnerra, según los antores árabes.—10. Tratado de paz.

1.—Negociaciones de paz fracasadas (1).


Tomada Tetuán, todo el mundo, lo mismo en España que en el ejército,
con muy raras excepciones, se persuadió de que la paz se seguiría necesaria-
mente; por eso O'Donnell se decidió á aguardar las proposiciones del enemigo.
Tuvieron éstas lugar el 11 [Link], cinco días después de la entrada de las
tropas en la ciudad. Las negociaciones continuaron hasta el 23 del mismo
mes; pero las exigencias de España las hicieron fracasar: la tregua implícita-
mente acordada durante aquel tiempo fué rota, y los dos ejércitos reanudaron
las hostilidades. Dejemos por ahora estas negociaciones, que después expon-
dremos detenidamente, y sigamos en este capítulo el curso de las operaciones
militares.
Durante el período que comprende desde la entrada de los españoles en
Tetnán hasta el ñn de las primeras conferencias sobre la paz, el tiempo fué
en parte consagrado á trabajos interiores, en parte al descanso de los soldados
y á algunos reconocimientos; los últimos días tuvo lugar lo que hoy llamaría-
mos una gran operación de policía para imponer respeto á los montañeses de
las cercanías, que se mostraban demasiado agresivos (Semsa; 11 de marzo).
Después de ella, en vista de que la paz se hacía por el momento imposible,
y de que era preciso avanzar, O'Donnell eligió á Tánger por objetivo, y el
23 de marzo las tropas salieron de la ciudad para emprender la última etapa
de la eampafia.

2.—Instalación de las ti'opas en Tetuán (febrero-niarzo de 1860).

Pasados los primeros momentos, y reconocida la plaza, las tropas ocupa-


ron la cindadela y los puntos estratégicos, y establecieron sus campamentos.
El segundo cuerpo (Prim) acampó junto á las puertas, al oeste de la ciudad,
en el camino de Tánger; el tercer cuerpo, al este, en las huertas; y el cuartel
general, junto al sitio llamado la Alameda por los españoles (2). El general

(1) Alarcón, ll, páginas 146 y siguientes. Bchlaglntirelt, páginas 829 y siguientes.
(2) El Iitiqía cuenta asi la entrada de los espafioles en Tetuán: «Los que fueron por el lado de la cindadela, al
llegar á la mnralla aplicaron escalas, echaron garfios, y se encaramaron con gran presteza. Al llegar á lo alto del
tuerte desplegaron sn bandera sobre elnástU, y dispararon nn'cañonazo para saludarla. Cuando los que se entre-
gaban al pillaje en Tetuán oyeron el estampido del caKón, volvieron la vista hacia la cindadela, y, al verflotarsobre
ella la ensefia enemiga, se dieron á la fuga come un rebaSo espantado.»
^ bié -

Hubín quedóse en la Aduana con una división, á la que pronto veremos unirse
los tercios vascongados. La caballería y parte de la artillería se colocaron
detrás del segundo cuerpo, junto á las murallas. El general Bíos quedóse en la
ciudad con la otra parte de la artillería y el resto de las tropas (1), y fué
nombrado gobernador civil y militar de la plaza. Ros de Olano, cuya salud
estaba muy quebrantada, se instaló también en la ciudad con su Estado Mayor.
El sitio de los campamentos había sido elegido de modo que permitiese
vigilar á la vez todos los alrededores de Tetuán. Prim inspeccionaba la parte
alta de la llanura y las colinas; O'Donnell, la parte baja y las alturas del Este,
quedando al mismo tiempo en comunicación con la Aduana y con la escuadra,
cuyas evoluciones en la bahía podía seguir. La elección había, además, sido
afortunada desde otros puntos de vista: las huertas que rodeaban los campa-
mentos daban sombra y frescura en los primeros días de sol, raros todavía,
pero ardorosos ya en las horas medias del día, y, al mismo tiempo, eran una
defensa contra la violencia del levante; la mayor parte de los árboles fru-
tales comenzaban entonces á florecer, y los naranjos exhalaban por todas
partes su penetrante aroma. La agradable impresión del conjunto contribuía
á que las tropas se repusiesen de las fatigas pasadas. El agua se encontraba
en abundancia en cisternas y en fuentes vivas, y los árboles del frente, que
fueron talados para despejar el horizonte y vigilar los alrededores, suminis-
traron combustible á las cocinas; pero se cometieron actos de inútil vandalis-
mo: se destrozaron las huertas, que hubieran podido servir al ejército y con-
tribuir al embellecimiento y á la riqueza del país si se hacía permanente la
ocupación. Schlagintweit cita el caso de un magnífico algarrobo del cuartel
general, á cuya sombra se reunían en las horas de calor muchos oficiales, que
fué abatido porque una noche eí ruido de su follaje turbó el sueño de un
general (2).
Una vez establecidos los campamentos, dictáronse diversas medidas admi-
nistrativas para urbanizar la ciudad; pero preferimos pasarlas ahora por alto
para exponerlas en el capítulo de La vida interior de Teiuán.
Con todo, no podemos menos de indicar ya desde ahora la falta de cuidado
que se advertía en todo lo relativo á la organización de la vida de las tropas (3).
Un día, «y nadie se preció de ello—tan grande era la imprudencia y desidia
que el hecho suponía—, el rebaño destinado á la alimentación del ejército fué
robado por los merodeadores, que se desembarazaron de los pastores con hacer
silbar algunas balas en sus oídos. El rebaño se componía de más de cien cabe-
zas, y en vez de enviar para protegerlo una escolta, se le dejó pacer á la ven-
tura, á más de una legua del campamento, bajo la guarda de dos hombres» (4).
Como los convoyes que iban de Tetuán á la Aduana no llevaban escolta,

(1) «Entró O'BoDnell con los prlnolpsles Jetes y se dirigid al paludo del Hajzen, donde se instaló. Los generales se
repartieron por la clndad provistos de volantes en los que constaba el nombre de las casas que hablan de habitar.
Todos tenían su casa designada en sn hoja: i nno se le sefialó el palfiolo de Br-Reztnl, ¿ otro el de El-Lebbadl, i otro el
de Aben-el-Menttt.> {Ittíqta, IV, pd¿. 217.) E9-Selaal«e equivoca al decir que O'Donnell se alojó dentro de la dudad,
(í) Op. dt., p4g. 8S8.
(8) Ibld., pág. 886.
(1) triarte; op. cit., pig. 248.
- 517 -

una tarde doce muías fueron robadas: por casualidad, el Estado Mayor lo vtó
desde su campamento, aunque muy de lejos; montaron á caballo escolta y
oficiales y se lanzaron tras los ladrones: tuvieron que internarse, del otro lado
del río, en los bosquecillos de verdura que cubren las laderas de Beni-Ma'aden
y de Beni-Salah. Los habitantes de los aduares y de las casas aisladas los re-
cibieron á tiros; al fin volvieron todos sanos y salvos con seis prisioneros, pero
sin haber encontrado ni rastro de las muías (1).
Durante su permanencia bajo los muros de Tetuán las tropas interrum-
pían su descanso con algunos trabajos, ó bien acompañaban los rebafios envia-
dos á pastar; pero ya hemos visto con qué negligencia lo hacían. Las bandas
tocaban á ratos para distraer á soldados y oficiales, romper la monotonía de
una existencia inactiva, y combatir la melancolía de los recuerdos y las año-
ranzas del suelo natal. Aun así, la vida he hacía pesada y más triste que la
vida activa y libre de preocupaciones de los meses pasados (2).
aguardábase, en tanto,^ el giro que tomarían los acontecimientos.
O'Donnell no podía obrar sin recibir instrucciones de su Gobierno; y mientras
que éste se ocupaba en examinar las primeras proposiciones hechas por Mu-
ley-el-Abbas, las tropas se encontraban en una situación falsa, expuestas á las
continuas alarmas de los indígenas, que las atacaban por su cuenta y riesgo,
como guerrillas sueltas, y sin poder, por su parte, acometer al enemigo, que
reorganizaba sus fuerzas.

3.—Agitación alrededor de TetnAn (3).


Durante su permanencia en Tetuán el ejército hizo varios reconocimien-
tos de mayor ó menor importancia, sostuvo algunas escaramuzas en las avan-
zadas, y jamás se vio libre, ni de día ni de noche, del tiroteo de los montañe-
ses contra los centinelas.
El 8 de febrero practicóse un reconocimiento á las órdenes de los generales
Prim y Enrique O'Donnell, quienes con todas sus tropas debían recorrer el
valle de Tetuán, al oeste de la ciudad, para enterarse de las posiciones pro-
bables del enemigo, que se había dispersado en todas direcciones después de
la batalla del 4 de febrero. Llegóse en el reconocimiento hasta diez kilómetros
de las murallas, sin encontrar rastro del ejército de Muley-el-Abbas: sólo por
informes particulares se supo que había reunido sus fuerzas y se había esta-
blecido á mitad de camino de Tánger, junto al desfiladero del Fondaq, sitio
salvaje y difícil de forzar; se preveía, por tanto, que, de nó firmarse la paz,
habría aún que librar combates importantes antes del fin de la campaña. Po-
cos días después de este reconocimiento comenzaron las negociaciones sobre
la paz, y luego la primera conferencia de los enviados de Muley-el-Abbas con

(1) IriRTte: op. clt., páglnu MT-SiS.


(!) Schltgintwelt: op. olt., pig. 838.
rS) Alarcta, II, piglnas 303 ; Bigalentes, 390-284. Bchlagintvelt: op. olt., pág.316. irUrte, páginas 317 y algalentes.
- 518 -
el general O'Ponnell, que á ningún resultado positivo condujo. Cuando los te-
tuaníes se apercibieron de que las negociaciones se habían roto, prodújose
cierta efervescencia aun dentro de la ciudad, hubo centinelas robados y sol-
dados desaparecidos, é hízose cada vez más peligroso aventurarse sin una
fuerte escolta por los caminos que iban de la ciudad á la Aduana. Era preciso
poner término á esta agitación, sobre todo hacia la parte de Bu Semlel, cuyos
habitantes se señalaban por su inquieta turbulencia.
«Si algún jinete se descuida en llevar sus caballos al abrevadero sin ha-
cerse acompañar—escribía Marte—, al punto es asaltado por una banda de
foragidos que se apoderan de las cabalgadurasj y, en la mayor parte de los ca-
sos, perece víctima de su temeridad.
«Desde que se celebró la conferencia estos atentados se multiplican, y no
pasa día sin que uno ó varios soldados desaparezcan. El 27 por la tarde tres
soldados lavaban su ropa en el río: dos fueron muertos, y el tercero, acome-
tido por cuatro moros, fué hecho prisionero.»
Por ñn, el general Prim decidióse á acabar con tal estado de cosas, y,* des-
pués de entrevistarse con el general en jefe, envió un batallón que trepó á
duras penas por los ásperos caminos de la sierra, y llegó hasta la entrada del
aduar sin encontrarse con un solo kabileño. El intérprete se adelantaba, ro-
deado de una escolta, para dirigirse al primer montañés que encontrase y
enviarlo á decir á sus compañeros que se prendería fuego al aduar á la menor
señal de hostilidad, cuando sonaron varios tiros, seguidos de una ligera esca-
ramuza que duró casi dos horas, y en la que se persiguió á los montañeses por
caminos accesibles solamente á las cabras y á los árabes, u n a vez que los
marroquíes quedaron fuera del alcance de los fusiles, los españoles tuvieron
que retirarse: hubieran podido, en justa guerra, arrasar el poblado y obligar
á sus habitantes á dispersarse; pero en toda la campaña los generales se han
abstenido de toda clase de medidas que pudieran dar ocasión para acusar á los
españoles de crueldad ó de barbarie.
De entre los varios prisioneros que cayeron en manos de los soldados, el
jefe de la columna hizo comparecer A uno y lo intimó que fuese de su parte
á exigir de los montañeses la sumisión inmediata, si no querían ver su aduar
entregado á las llamas y los árboles frutales talados. Los moros, suspendi-
dos en los picachos de la montaña ó asomando la cabeza por entre las ja-
ras, se levantaron al ver llegar al- enviado de los españoles, y cuando éste
les repitió las palabras del comandante, un salvaje alarido de imprecacio-
nes y risotadas oyóse por todas partes; algunos abandonaron sus posiciones,
pusiéronse de nuevo al alcance de los soldados, y recomenzaron el fuego de
tiradores.
Perdida ya la paciencia, y viendo que había que herir á aquellos salvajes
•en lo vivo, destacóse una compañía y pegó fuego á las primeras cabanas, cu-
biertas de cañizos.

Cuando las chozas fueron presa de las llamas, y la columna de humo llegó
hasta las crestas en que los montañeses se habían refugiado, el jefe que man-
- 519 -
daba el batallón reunió a su gente, y, organizando la retaguardia para el caso
de verse atacado en la retirada, bajó de la montafla, atravesó el río, y entró
en el campamento.
Dos días después un soldado que iba por agua fué asesinado; al otro día
un asistente que lavaba la ropa de su amo fué degollado, y algunas vacas des-
aparecieron.
Esta vez se mandó un batallón y un destacamento de ingenieros, con orden
de arrasar el aduar, deshacer los arcaduces de riego y talar todos los árboles
frutales. Después del incendio que había marcado el paso de las primeras
tropas, los montañeses comprendieron que este nuevo envío de fuerzas anun-
ciaba una terrible venganza, y, adelantándose al encuentro de los españoles,
pidieron perdón y alegairon que los últimos atentados se debían á kabileños
rebeldes á toda autoridad (1), y que los caídes de Bu-Semlel no habían perdo-
nado medio para castigar á los asesinos.
Exigióse á sus notables que fuesen á someterse al general en jefe, y ellos
lo hicieron, eludiendo así el castigo con promesas bien poco sinceras, pues to-
maron luego parte en los combates siguientes; pero, al menos, en ese intervalo
sé mantuvieron tranquilos.
Rompiéronse entretanto las negociaciones, y poco después la caballería
de la guardia negra recorrió la comarca, prohibiendo á los campesinos, que
hasta entonces habían aprovisionado, como de costumbre, á Tefcuán de huevos,
gallinas, legumbres, carbón, etc., vender nada en adelante, ni á los españo-
les, ni á los marroquíes que permanecían entre ellos (2).
«No hay más remedio que someterse al régimen de ración—dice Iriar-
te—, Al soldado nó le faltarán provisiones á pesar de la horrible tempes-
tad que reina hace cinco días, y que ha forzado á los almacenes flotantes
á ganar los fondeaderos de Oéuta y Algeciras; pero los depósitos instala-
dos en la Aduana y dentro de la ciudad no pueden subvenir más que á las
neóesidades del ejército, y no á las de los habitantes que han sido compren-
didos en la misma proscripción por el mero hecho de no haber abandonado
la ciudad.
»No es ésta la única medida tomada para hostigar al ejército y hacernos
imposible la vida en Tetuán: las tribus del Bif, los montañeses, los habitantes
del pequeño Atlas, cuantos reconocen ó detestan el poder del Sultán, se unen
hoy á impulsos del mismo odio al español, y á pesar de las órdenes terminan-
tes del Emperador, que quiere seir el arbitro supremo de la campaña, se
reúnen para recobrar á Tetuán y apoderarse de nuestros campamentos. Algu-
nos jefes de tribu tachan á Muley-el-Abbas de poca pericia en la dirección de
las operaciones, y quieren, á su vez, tentar la suerte de las armas; otros pro-
[Link] de batalla irrealizables, fundados en su ignorancia de la táctica
europea; la mayor parte, en fin, después de haber enviado emisarios al Prín-
cipe, á pesar de que éste los ha disuadido de tales proyectos de ataque y les

(1) triarte![Link].,pig.2fi0.
(í) ídem, ibid., pág. S61.
- 520 ~

ha aconsejado imitar el valor y el patriotismo del ejército regular, persisten


más que nunca en sus intentos y reorganizan sus fuerzas.
«Con una rapidez extraordinaria en un pueblo que no tiene más que sendas
mal trazadas y vericuetos de montaña, la orden de hostilizar á los españoles
se ha transmitido ya desde Ceuta á Tánger y desde Tetuán á Melilla.»

4.—Ataque de los rífenos á Melilla (6 de febrero de 1860) (1).

Los rifeños no esperaron á estas recomendaciones para entrar en escena.


El día mismo, ó al día siguiente de la entrada de los españoles en Tetuán,
ocurrió en Melilla un suceso que, aunque no formó parte de las operaciones
que estudiamos, merece, sin embargo, ser referido por el efecto que produjo en
el ejército marroquí, fortaleciendo el partido de los que opinaban por la con-
tinuación de la guerra.
La predicación de la guerra santa y las continuas excitaciones dd Muley-
el*Abbas hicieron que los rifeños atacaran el 6 de febrero á la guarnición de
Melilla; El gobernador, general Buceta, creyó que podría fácilmente des-
embarazarse de los indígenas reunidos en los alrededores con un ataque in-
opinado, para lo cual pasó al continente y se estableció en él, contra las órde-
nes que había recibido de [Link] de todo movimiento ofensivo.
La guarnición de Melilla ,era muy escasa, pues sólo constaba del segundo
batallón de infantería de Murcia, el segundo del Fijo (de Ceuta), 40 presidia-
rios armados y 18 indígenas. A pesar de la insignificancia de estos efectivosj
el primer día todo salió bien (7 de febrero).
La intención de Buceta era solamente de fortificarse en sus posiciones, y
comenzó á hacerlo el mismo día; el 8 y el 9 se continuaron los trabajos, á pesar
de algunas escaramuzas; pero én la noche del 9 presentóse de golpe el enemigo
con mayores fuerzas, sorprendió á los españoles, que se creían seguros, y les
obligó á pasar el puente que une el continente á la isla en que se asienta la
ciudad.
A la primera noticia, el general Buceta, enfermo de fiebre, se levantó, re-
unió los hombres que pudo, y acudió en socorro de las tropas acometidas; fué
inútil: la fuga era ya general, y la obscuridad hacía imposible un contra ataque.
El general Buceta fué relevado, sustituido por el brigadier Lemmy, y.
juzgado en Málaga por un Consejo de guerra.
Las pérdidas fnet-on: cinco oficiales y 49 soldados muertos; 13 oficiales y
143 soldados heridos (2).

(1) SohlaglntTelt: op. clt., pág. 840.


(8) fCon motivo de la agresión contra Melilla,ranchosperiódicos espafioles proclamaron la necesidad de activar la
guerra; era preciso, según ellos, una vez liécho un Tratado de paz ventajoso con Marruecos, limpiar de piratas ¡r.s
costas del Rlf, A este proposito recor dallan algunos perl6<iicos la acción de Francia en las costas argelinas, comenzada
en 18S0, y iconsejaiian algo parecido.» (Lavigne: op. cit., páginas S18-Ü14.)
- 521 --

5.—Bombardeo de Larache y Arzila (25-26 de febrero de 1860) (1).

Al romperse las negociaciones entabladas después de la toma de Tetuán,


la escuadra del contralmiratifciB Bustillo bombardeó á Larache y Arzila el 26
y 26 de febrero de 1860. El mal tiempo le obligó á refugiarse en Algeciras;
pero volvió luego A bombardear Eabat. Laracbe intentó hacer alguna resis-
tencia, y sus disparos mataron á un marino de la escuadra y cOntusioñaron á
otros varios.

6.—Llegada de refuerzos al ejército español (2).

Desde que la última conf,erenoia con Muley-el-Abbas hizo inminente la


continuación de la campaña, O'Doniíell mandó el 4 de marzo al general
Echagüe, que había quedado en Ceuta con 14 batallones, venir á Tetuin con
ocho de ellos. Eohagüd llegó el 5 de marzo; dos barcos protegieron su marcha
desde el mar.
El ejército de O'Donnell había eimpleado diez y seis días en trasladarse
de Ceuta á Eío Martín, y algo más de un mes de Ceuta á Tetuán.
La división Echagüe, día y medio después de su salida, se presentó en
nuestras avanzadas, sin haber encontrado en el camino más que algunos pas-
tores sin armas que conducían grandes rebáfios, labradores que sembraban
aquellos campos fecundados con sangre, y ocho bandoleros armados hasta los
dientes, que tuvieron la audacia de defenderse contra una avanzad» de más
de treinta caballos.
El general en jefe salió al encuentro del general Echagüe, ansioso de saber
cómo había hecho el trayecto (3).
Los refuerzos llegados se oomponían de ocho batallones, do<( baterías de
montafia, dos compafiías de ingenieros y un escuadrón de caballería; el restó
del primer cuerpo quedó con el general Gassét en el Serrallo para defender
á Ceuta. Pocos días antes (el 27 de febrero) llegaron lOs tercios vascongados^.
Eeclutados en diciembre, y después de haber esperado su armamento du-
rante más de un mes, se consumieron de impaciencia en los puertos del Can-
tábrico antes de puder ir á reunirse en Tetuán con el ejército, que los recibió
con grandes aclamaciones (4).

(l) Triarte: [Link].,pág. 857. Alarcin, II, piglnas930-848.


(9) Q. delAVlgne: op. dt., pig. 143.
(8) IrlaTU: op. dt., pig. 880.
(4) «La historia de los tercios vascongados es'un verdadero poema; las provincias vascas sAlo suministraban solda-
dos en tiempo de gaerra, j ann entonceü, proporclonatmente i la importancia de Ins operaciones.» (SChiagliitwelt, pi-
t;ina 98.} «taleglinvaloa sefomi al principio de la gnerrft; pero «u Jet«, él general La Torre, eorrii de Fariá i Lieja
sis poder encotttrar lais carabinas de precisión qve bascaba. LieJa liabia recibido nn pedido para Espaüa áe 8.000 tnsl-
lesi pero kin n« estaba prepai%do. La Torre tuvo qae volverse i San Sebastián y dar i sns toldados provlBionalmente
los {asilos Ordinarios y li(g ariRM antictiadali qne se conservaban en los arsenales del Norte.» (Lavtgne, pág. 66.)
«Los teretes M reaaieron fán diciembre en Sau Sebastián y otros pnertos del Cantibrio»; pero tuvieron que aguar-
-522^-

7.—Combate de Seiiisa (11 de marzo de 1860) (1).

La inmovilidad de los españoles debía envalentonar á los marroquíes, como


no tardó en demostrarse.
El 11 de marzo, á las diez de la mañana, celebróse una misa solemne, qne
las tropas oyeron en sus campamentos, y el Estado Mayor en la plaza de Te-
tuán. Al promediar la ceremonia oyóse el tiroteo de las avanzadas, más vivo
y rápido que de ordinario, y O'Donnell recibió aviso que el general Eohagüe
observaba en el fondo de la llanura de Bu-Sfiha (Buceja) un grupo numeroso de
enemigos, con grandes fuerzas de caballería, que parecía dispuesto á un ata-
que, pues avanzaba lentamente destacando batidores. La ceremonia religiosa
se acabó lo más pronto que se pudo, y O'Donnell, montando á caballo, dio las
instrucciones necesarias y se dirigió á las avanzadas. Prim reforzó la van-
guardia, mientras que el resto de las tropas se preparaba, y luego dos escua-
drones y dos baterías de montaña siguieron á los primeros refuerzos.
Las tropas se distribuyeron así: el general Echagüe, con su vanguardia,
formaba el ala derecha; Prim mandaba el centro; Enrique O'Donnell, la iz-
quierda; la divÍ8Í(5n Ríos, que guarnecía á Tetuán, había tomado posiciones
en las alturas más estratégicas que dominan la ciudad; el tercer cuerpo quedó
detrás de Tatúan, en observación: así que sólo entraron en combate los cuer-
pos de Eohagüe y Prim, ó sean 28 batallones, dos baterías y dos escuadrones,
con un total de 14.000 hombres. Sin embargo, al fin una parte de la guarni-
ción tomó parte en la persecución del enemigo.
En las primeras horas de la tarde el enemigo se movió con indecisión;
avanzaba lentamente, formando la media luna con la caballería en el centro,
mientras que los peones desfilaban á lo largo de los ribazos del río, por ambos
lados, pero sobre todo por la derecha, ocultos tras los jarales, ó ganaban las
alturas de la izquierda, en dirección á Semsa.
El tiroteo comenzó con vigor por la parte del río. Los marroquíes lo va-
dearon, y avanzaron, haciendo un fuego muy nutrido, hasta amenazar la iz-
quierda del campamento español. Entonces el escuadrón de Albuera, de orden

dar hasta el SO de enero para que se les distribuyesen luslles. Tres vapores, HéreuU», Cavurj Emperador, trniispur-
taron los cuatro batallones, con un efectivo de 8.000 hombres, á G¿diz, donde aAn aguardaron el tiempo bastante para
qne llegasen los fusiles. Porfin,i últimos de febrero, armados de carabinas Minié, se embarcaron para Tetuán. Apenas
saltó en tierra el general La Torre, qne los mandaba, montó i caballo y, con una escolta decincnenta gastadores, salió
al trote largo para el cuartel general de Tetnán.
•Los cincuenta vascos, con so traje pintoresco, la clisica boina, el cabello rapado por delante y echado en crespa
melena sobre la nuca, le seguían corriendo al pato va$co, y i las preguntas qne se lestaaciancontestaban en una len- x
gua desconocida del resto del ejército. Su llegada fué un acontecimiento: los batallones, al reconocerlos, formáronse i
en paso y los aclamaron. Asi llegaron, siempre corriendo, hasta la tienda del general en jefe, qne salló á verlos y les
prometió revistarlos al día siguiente. El genere 1 La Torre, recibidas instrucciones de O'Donnell, montó d« nuevo á
caballo y salló al trote, seguido siempre de aquellos andartne», atravesando Tetuán hasta el campamento en medio de
una triple fila de soldados qne los aplaadia y vitoreaba; su traje era el délos actuales mlqueletes, con boina blanca
para los vlscainos, azul para los alaveses y roja para los gulpnzcoanos. Las Diputaciones de las tres provincias récin-
taron los voluntarlos y pagaron sus gastos; los ofloiales fueron escogidos entre los vascongados del Ejército; su bandera,
según M Mundo militar, llevaba bordadas en medio las armas de Espafla, y debajo, en la franja roja, el emblema de
las Provincias: tres manos entrelazadas con la leyenda: Irurae-bat.* (O. de Lavtgne, pág. 76.)
(1) Scblaglntweit: op. clt, pág. 810. Iriarte, pág. S6». Alarcón, II, pág. iSÜ. V. Goeben: op. olt., II, pág. 103.
- 623 -

de O'Donnell, cargó sobre ellos y los desalojó; pero el jefe del escuadrón, que
iba á la cabeza, cayó con su caballo de lo alto del ribazo al fondo del río, y su
cadáver quedó en poder del enemigo. Se supuso que, herido por los tiradores
emboscados en la orilla derecha, no pudo detener sti caballo ál ver el obs-
táculo.
Este primer oontra-afcaque contuvo algo el avance del enemigo; pero como
ya comenzaba á hacerse tarde, O'Donnell optó por tomar vigorosamente la
ofensiva, sin aguardar á más, para terminar el combate antes de la noche.
El cuerpo de Eohagüe y una parte del de Prim—la otra parte quedaba
en el llano—debían acometer las alturas dé Semsa, y desalojar de ellas al
enemigo.
Los marroquíes opusieron la más Viva resistencia, favorecidos por su co-
nocimiento del terreno y por la importancia de las posiciones que ocupaban.
Pero al fin tuvieron que ceder ó,l empujé de la infantería, secundada por 1»
artillería, cuyas piezas se instalaban sobre todas las posiciones conquistadas
que ofrecían alguna ventaja. El asalto del aduar de Semsa por el primer ba-
tallón de Navarra y cuatro compañías de Chiclána decidió del éxito final. Un
destacamento del primer cuerpo y algunas tropas del general Bíos persiguie-
ron á los fugitivos hasta cerca de una legua.
Era ya muy tarde; la noche había cerrado, y la retirada se hizo al res-
plandor de grandes hogueras encendidas para que sirviesen de dirección á las
tropas. Podía haber sido peligrosa si el enemigo la hubiese hostilizado apro-
vechándose de lo escabroso del terreno, cortado de barrancos y sia caininos;
pero no ocurrió incidente alguno: sólo que, como se había ido muy lejos,
las tropas más avanzadas, que llegaron á dominar las últimas cumbres, no
pudieron entrar en sus campamentos hasta las once de la noche.
Las bajas se elevaron, según los informes oficiales, á 213, entre muertos y
heridos. De los marroquíes, el caid Er-Fal (?) murió á consecuencia de las he-
ridas, y 160 ó 200 hombres quedaron fuera de combate. Los combatientes ma-
rroquíes no llegaban á la mitad de los españoles.
Este niismo día, mientras que las tropas combatían al oeste de la ciudad,
un pelotón de marroquíes intentaba, al este, un golpe de mano sobre el cuar-
tel general, pero sin resultado (1),
La tregua concedida implícitamente para el tiempo que durasen las nego-
ciaciones no había expirado aún cuando se libró este combate. Al día siguiente
vióse llegar á Muley-el-Abbas, que venía á dar los últimos pasos en favor de
la paz, aunque inútilmente, pues O'Donnell tuvo que atenerse á las primeras
condiciones impuestas por el Q-obierno español. Convínose tan sólo eri que
se aguardaría al resultado de las nuevas instancias hechas para con este últi-
mo antes de reanudar las operaciones, y que si entonces no se llegaba á un
acuerdo, la guerra continuaría. Al mismo tiempo se excusó Muley-el-Abbas
del ataque de la víspera, «que no se debía—dijo—sino á los rífenos, que no

(1) 84lo o . de LBTigne (op. ctt,) pái;. tlM) habla i» este golpe de mano Intentado contra el campamento del general
en Jete, el día U, per una banda de rifefios luandadoa por un cald venido expresamente de Fez.
- 624 -
reconocían su autoridad, y que quisieron intentar un golpe de mano sobre los
campamentos españoles». Un jefe rifeño, El-Hach, fué á decirle que había re-
unido numerosas fuerzas, y á proponerle un ataque combinado. En vano
Muley-el-Abbas intentó disuadirle—pues comprendía su inutilidad por el
momento—; el rifeño no le escuchó, y salió del campamento exponiendo en
voz alta sus propósitos, llamando en pos de sí á los que quisieran'seguirle, y
basta acusando al Príncipe de cobardía. Al día siguiente recibió una bala en
el vientre, y murió en presencia de Muley-el-Abbas. Pero muchos no dieron
crédito á sus excusas, y pensaron que si el hermano del Sultán no había to-
mado parte efectiva en el combate—como parecía demostrarlo el pequeño
número de los asaltantes—, por lo menos, es bien probable que estuvo prepa-
rado para aprovecharse de la ocasión, si los montañeses lograban su intentoc
Viéronse^ en efecto, á lo que parece, desde el mediodía hasta las siete de
la tarde, grandes fuerzas de caballería formadas en batalla hacia la izquier-
da, en el fondo del valle, junto al puente del camino de Tánger. «No las per-
díamos de vista—dice Iriarte—, y esperábamos de un momento á otro verlas
tomar parte en la lucha y acudir al punto más débil, ó intentar un movimien-
to estratégico; nada de eso. Sólo cuando la huida de los rífenos atrajo á los
españoles en su dirección, volvieron grupas sin romper filas, con la regulari-
dad y exactitud de unas fuerzas que maniobran á la voz de mando de su
jefe» (1).

8.—Fuerzas del ejército español al fin de su permanencia en Tetuán.

Durante su estancia en Tetuán el ejército español recibió de la metrópoli


los refuerzos necesarios para cubrir las-bajas causadas por el cólera y las ba-
las; la víspera de la batalla de Tetuán el ejército expedicionario se componía
de las siguientes fuerzas (2):
Guaítel general: 24 oficiales, B26 hombres y B4 caballos y mulos.
Primer cuerpo: 14 batallones, 2 escuadrones, 26 cañones, 457 oficiales,
8.661 soldados y 464 caballos y mulos.
Segundo cuerpo: 17 batallones, 18 cañones, 415 oficiales, 8.613 soldados y
355 caballos y mulos.
Tercer cuerpo: 15 batallones, 1 escuadrón, 18 cañones, 472 oficiales,
8.765 soldados y 546 caballos y mulos.
División de reserva: 19 batallones, 1 escuadrón, 6 cañones, 561 oficiales,
12.660 soldados y 154 caballos y mulos.
División de caballería: 10 escuadrones, 12 cañones, 136 oficiales, 1.954 sol-
dados y 1.460 caballos y muios.

(1) Irtarte; op. clt., páginas 176-876. Schlaglntirelt: loo. clt. V. Goeben, II, páginas ÍV) y sigolentes. Marcan, II,
páginas 241 y siguientes.
' (S) Para el cuadro detallado de laá fnerías de cada cnerpo que aqnl intercala el antor, véase el Aaa$ áe I» gue-
rra.—(If. délT.)
-525-

Brigada de artillería é ingenieros: 3 batallones, 66 oficiales y 1.990 sol-


dados.
Total: 64 batallones, 24 escuadrones, 80 cañones, 2.119 oñcíales, 4B.069 sol*
dados y 3.033 caballos y mulos.

9.—Marcha hacia Tánger. — Batalla de Wad-Rás


(23-24 de marzo de 1860) (1).

Viendo el giro que tomaban las negociaciones con MuleyelAbbas, y la


probabilidad de una ruptura, el general en jefe dio orden de embarcar el tren
de sitio con destino á Tánger, operación que comenzó el 2 de marzo y se con-
tinuó los días siguientes. Al saberlo, un terror pánico se apoderó de esta ciudad,
aunque, según parece, la defensa se había organizado seriamente; la mayor
parte de la población huyó, espantada, hacia el interior.
SI 17 llegó la respuesta definitiva del Gobierno español respecto á las con-
diciones de paz, y el 21 la de Muley-el-Abbas; y como éste declaraba que no
podía aceptar condiciones tan duras, ya no hubo más remedio que continuar la
guerra. Desgraciadamente para los españoles, las dificultades iban á ser mayo-
res que antes, pues los marroquíes habían tenido tiempo de reunir nuevas
fuerzas, y O'Donnell fué el priniero en comprenderlo; pero la responsabilidad
no^le incumbía por completo, como veremos después.
«La parte de la campaña que iba á comenzar difería esencialmente de las
anteriores (2): el terreno en que se había de desarrollar era tan accidentado y
difícil como el de las cercanías de Oeuta; además, el ejército tenía que tomar la
ofensiva; desconocía el terreno; no podía, como en la región costera y en el
llano de Tetuán, aprovecharse de las ventajas que le daban su organización, su
armamento, su artillería y su capacidad táctica. Tenía, por el contrario, que
aventurarse en un país montañoso, en el que los marroquíes le harían una gue-
rra de escaramuzas y sorpresas, es decir, la guerra por excelencia á la que
estaban habituados (3).
' »Sin la escuadra, que le ayudase á aprovisionarse, y que recogiese los en-
fermos y heridos, se veía obligado á formar un convoy y organizar el servicio
de evacuación, probleina delicado éñ un país montañoso.
• Después del combate de Semsa la importunidad de los marroquíes no había
hecho más que aumentar: las alarmas en las avanzadas eran cada día más fre-
cuentes y más graves, y á menudo las tropas tenían que coger las armas de
noche para evitar una sorpresa; así que la nueva de que se iba á reanudar la
ofensiva fué, en general, recibida con agrado, pues la vida de campamento en
la inacción se había hecho abprrecible á todos, y la salud del soldado dejaba

(1/ Schlagintireit! op. cit.,pág. 850. Irttrte: op. oit., pág. 883. Uordacq: op. olt, pig. 87. Alarcin: op. oit.. 11, p&gl-
nai aS8 y signientes, V. Ooeben, II, piglnai 160 y «Ignlentea.
(2) Mordacq! op. clt.| pig. 87.
(8) «Sobre todo, caand» et ejército ae encontrase i varias Jornadas de Teta&n—agrega Mordacq—. Sin embargo, no
hay más que dga iornadas entre Tánger jr Tetnin, cuando se hace el viaje en condiciones ordinarias (49 kildme-
troa).> (Ot. Mordacq! op. [Link]. 88.)
— 520 —

mucho que desear. Los montones de inmundicias tomaban proporciones colosa-


les en las cercanías del campamento, los arroyos y fuentes comenzaban á
secarse, la leña de cocina escaseaba 3'a en los alrededores, y cada vez había
que ir más lejos á buscarla, con una fuerte escolta.
»E1 22 por la tarde una orden del día advirtió á todo el ejército que se pre-
parase para salir al día siguiente, antes del amanecer. El 23, á las dos de la
madrugada, un cañonazo de la alcazaba despertó á los que habían dormido
aquella noche; las cornetas tocaron diana, é inmediatamente se dio la orden de
abatir las tiendas. Todos los preparativos se hicieron eu medio de una espesa
niebla, con un tiempo frío y un silencio y una sangre fría siniestros; dos horas
más tarde las muías estaban cargadas, y los soldados equipados y dispuestos á
marchar; como el día de la toma del campamento moro, O'Donnoll escudriña-
ba el cielo: el sol había salido hacía rato; pero la obscuridad en derredor
nuestro era profunda.
»A1 cabo de cuatro horas comenzó el desfile: atravesamos Tetuán, y encon-
ti-amos reunidas en la plaza las compañías de ingeniei'os de la división Ríos y
todas las fuerzas acuarteladas en la ciudad, excepto un pequeño niímero, dos-
tinado á su defensa; nos incorporamos á ellas, y salimos por la puerta de Fez,
donde se encontraban ya en armas la división de caballería y los cuerpos de
P r i m y Echagüe.
»Todos los judíos habían salido de la ciudad, y se agolpaban á nuestro paso;
pero la mayor parte, sin aguardar siquiera á que deslilason nuestras tropas,
fuese á escudriñar los sitios en que se levantaban las tiendas, para recoger los
desperdicios de todas clases dejados por nuesti:os soldados.
»En cuanto á los moros, creo que nadie pudo ver este día en la calle ni si-
quiera á uno: encerrados en sus casas, meditaban proyectos de venganza, piies
cada vez les éramos más odiosos, y esta salida les auguraba una nueva viola-
ción de su territorio: esperaban á que la ciudad fuese abandonada y no conta-
se más que con un millar de soldados para comenzar la guerra de emboscadas
callejeras y de asesinatos nocturnos á que se entregaron después.»
E r a n ya cerca de las ocho cuando comenzó la marcha. Los soldados lleva-
ban víveres para cinco días, 70 cartuchos, la tienda, la manta y el equipo or-
dinario. La artillería quedaba en Tetuán, excepto la de montaña (4.0 piezas).
El convoy—víveres, ambulancia, municiones y bagajes —se había reducido
al mínimum necesario: con todo, aiín sumaba 4.000 bestias de carga; entre
ellas, 800 á 900 camellos (1).
El ejército tenía víveres para quince días, contando con lo que llevaban
en sus mochilas los soldados. Tetuán constituiría la base de operaciones y
aseguraría las comunicaciones del ejército con el mar.
El orden de marcha era el siguiente: E l flanco derecho lo cubriría el gene-
ral Ríos hasta el puente de Uad-Bu-Sfiha, de donde volvería á T e t u á n con los

(1) «El 10 de iriarzo varios oliclalos llegaron á Ori'in para coiiipi'arlos; la niayor parte de los camellos ailijulridos
procedían do los nieliayas. La compra tuvo lagar antes del fin do las negociaciones, cuando se pensaba ya en atacar á
Tánger: idea iiue fue abandonada algunos (lias inás tarde, para ser al lin puesta en ejecución.» (Movdacq: obra ci-
tada, piig. Ht).) ' . •'
- 527 -

Wad-Eás. Escala: '/ii


1, arUllería montada y de montaña del 7 al 23 do marzo.—2, caballcria del 7 al 23 de marzo.—3, torcer cuerpo del
6 al 23 de marzo.—4, segunda división del primer cuerpo d(!l ,'j al 23 do marzo.-.'j, primera división de reserva el 23
de marzo.—U, parte de la segunda división, con el (1.° de marina y los tercios vascongados, del 23 al 2.') de marzo.
7, cuartel gemíral del 23 al 25 de marzo. - 8 , segundo cuerpo del 23 al 25 de marzo.- !), primer cuer|io del 23 al 25 de
marzol -10, tercer cuerpo del 23 al 25 de marzo.—11, caballei-ia del 23 al 25 de marzo.—12, artillería del 23 al 25 de
marzo.—13, ]irimera división do reserva del 24 al 25 do marzo.—14, tienda de la conferencia el 23 de tidirerii. —15, tien-
da de la coiiíerenpia i^l 25 de marzo.—/í. campamento marro(|iii.
- 528 -
heridos, caso de trabarse una acción. Sus fuerzas eran: cinco batallones de
infantería, un batallón de m^irina de la segunda división de reserva, dos ba«
tallones (Álava y Vizoaj-a) de los tercios vascongados y dos escuadrones de
lanceros de Villavioiosa. Su misión era flanquear las alturas de Semsa, dejan-
do el aduar un poco á la derecha,
El grueso del ejército avanzaba por el llano en el orden siguiente:
Vanguardia: primer cuerpo, con ocho batallones, dos baterías de montaña,
cuatro compañías de ingenieros y un escuadrón de Albuera.
Cuartel general, con todas las secciones de ingenieros.
Segundo cuerpo, con todos sus batallones, más cuatro baterías de montaña
y una de cohetes.
División de caballería, con tres escuadrones de coraceros y tres de lance-
ros,que protegían los bagajes,
Tercer cuerpo, completo, con una batería de montaña y un escuadrón de
Albuera.
Betaguardia: el cuerpo de reserva, con una batería de montaña y un es-
cuadrón.
La marcha comenzó sin incidentes, entorpecida solamente en los pirinoi-
pios por los bagajes y dificultada por la niebla, que ocultaba los movimientos
del enemigo. Creíase en el cuartel general que los marroquíes aguardarían ál
ejército en él paso del Fondaq, donde se defenderían para cubrir á Tánger, y
que hasta allí no habría que combatir. Juzgábase, por tanto, que por el mo<-
mentó la izquierda se hallaba bastante protegida por Bío Martín, y no se tomó
ninguna medida previa para el caso en que el combate comenzase junto á las
puertas de Tetuán; así que cuando, contra toda previsión, comenzó en seguida
iBf batalla, sólo la configuración del terreno y la manera de atacar del enemi"
go justificaron las disposiciones que se fueron tomando sucesivamente; dé ah^
cierto desbarajuste en todo el plan del general en jefe,
Un efecto; contra todo lo que se pensaba, poco después de la partida, i
cinco d seis kilómetros de los muros de Tetuán, tiradores sueltos aparecieroiíL
en gran número al otro lado del río, preludiando el ataque con descargas d^
fusilería. «Estos agresores, que salían no se sabe de dónde, sin orden ni conr
cierto, eran los habitantes de los aduares escondidos en la montaña que cerrar
ba el horizonte á nuestra izquierda, y que con esta señal se llamaban al comr
bate,.prevenidos, sin duda, por los enviados de Muley-el-Abbas» (1).
Trabaron con el primer cuerpo una ligera escaramuza de guerrillas, que
no impidió á la vanguardia avanzar á su arbitrio. Sin embargo, se progresa-
ba lentamente, en parte para dar tiempo á que la división Bíos ocupase las
alturas del flanco derecho, en parte para permitir á los ingenieros hacer los
trabajos que la artillería y loS bagajes reclamaban en los pasos de arroyos y
barrancos.
La división Bíos, al ganar las alturas, encontró una viva resistencia, pues
los marroquíes se envalentonaron al principio ante el pequeño ndmero de sus

' (1) Irtarte! op, d t , pág. 286.


-- 629 -

adversarios. Siguióse un encuentro que pudo ser sangriento sin la pronta lle-
gada de socorros, á cuya vista cedió el enemigo. La columna, continuando su
camino, llegó al aduar de Saddina, que entregó á las llamas. La misma suerte
corrieron todos los aduares que se encontraron este día.
Por otra parte, en el Hanco izquierdo el tiroteo de guerrillas empeñado á
la vera del río iba adquiriendo serias proporciones; tanto, que los diferentes
cuerpos tuvieron que abandonar el orden de marcha y tomar posiciones de
combate. Los montañeses esguazaban el río por todos sus vados, y atacaban
& las tropas en el valle mismo. Varios batallones del primer cuerpo los recha-
zaron hasta la otra orilla, y la brigada Hedíger, con el batallón de Cataluña
á la cabeza, tuvo que pasar el vado tras los fugitivos y perseguirlos á la ba-
yoneta para impedirles reorganizarse del lado allá del río.
El tercer cuerpo se vio poco después molestado de la misma manera.
Al frente el enemigo resistía también; pero la artillería, sobre todo la ba-
tería de cohetes, daba fácilmente cuenta de él, y la marcha se continuaba, á
pesar de estos incidentes, sin notable retraso. A eso del mediodía llegó el ejér-
cito al puente de Uad-Bu-Sfiha, Poco antes del puente el valle se estrecha y
el río hace un recodo que lo cierra por completo.
«Fuerzas considerables esperaban allí al ejército, y O'Donnell dio orden
al segando batallón dé Granada y á un escuadrón de Albuera de abrir el paso
atravesando el río. El enemigo no trató de defender el vado; pero, una vez en
la otra orilla, Albuera cargó á fondo, y siguióse un choque sangriento. Al
mismo tiempo que Albuera cargaba, el general Echagüe se disponía á tomar
una altura-contigua que había de ser luego de gran importancia» (1).
. Trátase, sin duda, de uno de los primeros contrafuertes próximos á la
montaña de Beni-Ider, en la que poco después se iba á librar un encuen-
tro tan encarnizado. El Atlas de la guerra no indica este movimiento; pero
el testimonio de Iriarte sobre el particular se ve confirmado por la for-
mación en que luego se distribuyeron las tropas, y que expondremos más ade-
lante (2).
Los marroquíes comprendieron al mismo tiempo que los españoles la ne-
cesidad de ocupar esta posición, todavía neutra, y mientras que los cazadores
de Cataluña ganaban la ladera que mira á Tetuán, la caballería marroquí,
mezclada con peones, subía por el lado opuesto; de modo que los dos enemigos
se encontraron en la cumbre.
Las fuerzas de los marroquíes eran muy superiores en número; pero, afor-
tunadamente, el general Lasaussaye envió los cazadores de Madrid para apo-
yar á los de Cataluña, y una c'arga vigorosa hizo á los españolea dueños del
terreno.
«Importaba mucho á los moros ño dejar al enemigo penetrar en la angos-
tura que conduce al puente de Buceja-Bu-Sfiha; así que se replegaron, y, con
nuevos refuerzos, volviei-on al mismo punto para cerrar el paso. El cuerpo

(1) Iriarte: [Link].,pig-288-


(!t) SohlagLlitTeit:[Link].,pá[Link].
— 580 —

del general Echagüe se encargó de rechazarlos, y parle del segundo cuerpo


avanzó para apoyarlo; pero ya el camino quedaba libre.
»E1 ejército avanzó durante algunos instantes sin encontrar obstáculos;
mas como el plan de los moros, alo que parece, era no abandonar á ningún
precio las posiciones de que el cuerpo del general Echagüe se habíq, apoderado,
volvieron á la refriega con fuerzas considerables, y resguardándose tras todos
los obstáculos naturales, y aprovechando todos los pliegues del terreno, obli-
garon á la primera brigada de Prim á pasar el río. Pronto estas fuerzas fueron
insuficientes para contener al enemigo, y los catalanes acudieron en auxilio
del segundo cuerpo.
»La llegada de los catalanes al sitio del combate fué seguida de un choque
horrible. Los voluntarios del Principado habían jurado no perder la fama de
valientes que ganaron en el asalto del campamento de Tetuán; así que, tras-
pasando las órdenes de sus jefes y adelantándose á la línea de tiradores, tra-
baron un terrible combate cuerpo á cuerpo, en el que los cadáveres marroquíes
se amontonaban sobre los cristianos. Cuando los catalanes volvieron á sus lí-
neas habían perdido la mitad de sus fuerzas» (1).
A la derecha, Ríos se veía también en aprieto para impedir que el enemigo
lo desbordase, y, cayendo sobre las tropas de Mackenna, cortase las comunica-
ciones entre el ejército y Tetuán. El general La Torre, con los tercios vascon-
gados, y el brigadier Lesea tuvieron que dar tres contra-ataques para conse-
guirlo. El ejército había llegado á la confluencia de los arroyos que, bajando de
Cheohauen y de Anyera, forman reunidos el río Martín (Üad-Tetuán). Sus dos
valles se alargan de Norte á Sur, uno á continuación de otro, perpendicular-
mente al que habla seguido el ejército desde su salida de la ciudad. Precisa-
mente en el punto de reunión se levanta, á la derecha del Uad-Bu-Sfiha, la
colina de Beni-Ider; al Norte, un valle más estrecho, orientado de Este á Oeste,
da paso á un pequeño afluente del Uad-Bu-Sfiha y conduce al Fondaq. Las
montañas alrededor de estos valles forman un anfiteatro perfecto.
Eran las dos; ei combate había cesado un momento, y el enemigo parecía
ceder. Tratábase ya, ganado este primer punto, de atacarlo en mejores con-
diciones tomando la ofensiva, después de haber sufrido la suya toda la ma-
ñana y sin la debida preparación.
El ejército se hallaba entonces distribuido de este modo: á la derecha, la
segunda división del cuerpo de reserva y un batallón vasco, bajados de las
alturas de Saddina para ponerse en contacto con el primer cuerpo, formaban
la vanguardia en el llano de Bu-Sfiha y al pie de Beni-Ider; la primera divi-
sión del segundo cuerpo, en comunicación con el primero, se apoyaba al pie
de las colinas que parten de Saddina; en el puente de piedra, la primera divi-
sión del tercer cuerpo. Formaban el ala izquierda: la segunda división del
segundo cuerpo, con el general Prim; la división de caballería y la mayor
parte de la artillería, ocupando el llano á la izquierda de Bu-Sfiha, en el án-
gulo que hace al confluir con el Uad-Echchayera ó Mohachera. El tercer

(í) Marte: op. oit., páginas 287-388.


- 631 -

cuerpo y la primera división del cuerpo de Ríos quedaban de reserva, ocupan*


do la orilla derecha y protegiendo el convoy (1).
El enemigo se había reconcentrado en las alturas de Beni-Ider, posición
importantísima, verdadera llave del valle, que era preciso ganar á todo tran-
ce. A su falda se encuentra el aduar de Amsal (2); más arriba, otros aduares,
casas, [Link] árboles, huertas y cambroneras formaban para los defenso-
res otros tantos puntos de apoyo inmejorables.
I*rim recibió la orden de pasar el río y ocupar la posición. El conde de
Reas, para más seguridad, se hizo reforzar por la primera brigada de su di-
visión, sostenida por una batería de cohetes á la congrévek El batallón de
Navarra se cubrió de gloria en este avance, secundado por la artillería y aun
por la caballería, que, guiada por el general Galiano, apoyó la operación
como pudo en terreno tan escabroso.
La caballería vadeó el río; cíasi toda la infantería hizo lo mismo, escalan^
do luego los ribazos, y sólo la artillería se aprovechó del puente, que le era
indispensable. El camino que conduce al paso de Bu-8fiha forma un valle;
pero inmediatamente después de la salida del puente extiéndese una llanura,
en la que el enemigo trató de reorganizarse. En efecto; las fuerzas marro-
quíes parecían ponerse en orden de batalla, dispuestas á tentar un ataque;
pero las tropas de Prim, inflamadas .aún con el ardor del combate, habían en-
contrado tantos cadáveres á su paso, que se consideraban ya vencedoras; así
que el general no tuvo que hacer sino dejarlas avanzar contra la caballería
escalonada en la llanura. Los jinetes moros no aguardaron siquiera al enemi-
go, y se retiraron á las alturas inaccesibles que se elevan á la izquierda del
puente de Bu-Sfiha.
# • • * * » • . . 4. « l i . . . • • • . . . . . é . . » • • • t . . . . • . * . « • * . . . .

El conde de Beus, después de haber derrotado á la caballería en el llano,


quiso ocupar las primeras vertientes de la montaña. La lucha que se entabló
entonces entre los marroquíes, que no tenían ya más refugio que las arbole-
das de Beni-Ider, y los españoles, que veían que nada habían conseguido
mientras no tomasen aquellas posiciones, es imposible de contar. Varios bata-
llones avanzaron hasta cinco veces, y cinco veces tuvieron que retirarse ante
el encarnizamiento de los moros, que so batían como leones, y se lanzaban
sobre el enemigo esgrimiendo una gumía en cada mano y luchando cuerpo á
cuerpo. Las pérdidas fueron horribles de una y otra parte, y apenas se podía,
en un campo ele batalla tan accidentado, juzgar á qué parte se inclinaba la
victoria. . •"•'.-.• ^''•••'
FinalmerítéJ'iei'general iPrim aprovechóse del primer bpsquecillo que sí"
encuentra en lá colina para descansar un popo, reorganizar sus tropas, mez-
clarse con los soldados y animarlos con su fogosa palabra. Un aduar se eleva-
ba á pocos pasQs de allí, y el enemigo, al retirarse, aprovechó la tregua que
•le daba el general para instalarse en él. El conde do Reus dejó á la entrada

(1) Ct. AtlM di la guerra, hoja XVI.


(2) El aduar llsmado Amsal por los españoles podría muy bien no ser más que una paite-algo Bepárada-del
poblado de Bení-Ideri la llamada Msala, por el oratorio que en ella se encuentra.
- 682 -

del bosque al brigadier conde de la Cimera, con dos escuadrones; deshízose


también de la artillería, que desde allí dominaba el llano, y emprendió la su-
bida, á la cabeza de un batallón de Navarra y una compañía de zapadores;
cargó tres veces sobre el enemigo; penetró en el aduar; se apoderó de las ca-
sas, una en pos de otra, y las incendió. Amsal estaba en poder de los españoles.

Entretanto, más á la derecha, en la llanura de Bu-Sfiha, entre las tropas


de Prim y las de Ríos, Echagüe, que ahora formaba el centro con el primer
cuerpo, avanzaba batiéndose más flojamente y esperando de un momento &
otro la señal de un ataque general.
Bos de Olano, con el tercer cuerpo, se ocupaba á la izquierda en mantener
al enemigo al otro lado del río, y forzarle á repasarlo cada vez que aparecía
en bastante número sobre la orilla izquierda. «Suposición era difícil, pues
tenía orden de seguir avanzando hasta más allá del puente de Bu-Sfíha, y, al
mismo tiempo, no quería dejar al enemigo á sus espaldas, y obligar al general
Mackenna, que formaba la retaguardia, á extender su línea de batalla desde
Tetuán hasta el puente» (1).
Ríos, por su parte, tenía que dar, en las alturas de la derecha, frecuentes
cargas á la bayoneta, y Mackenna se veía atacado en su extrema izquierda
por los montañeses bajados de Bu-Semlel, muy cerca de Tetuán. Los cañones
no bastaron á rechazarlos, y un batallón tuvo que caer sobre ellos á la bayo-
neta. Mas no por eso la retaguardia se vio libre de sus ataques, que duraron
hasta la noche. El combate se había generalizado en toda la línea; pero se
continuaba sin unidad, en una werie de encuentros parciales. Prim, en la van-
guardia, había acabado por establecerse sólidamente en ^1 primer repecho de
Beni-Ider. Este movimiento permitió al resto de las tropas avanzar, distra-
yendo á los marroquíes con las fuerzas de Prim, que desde las alturas veían
el campamento enemigo, y ,pensaban ya, bien prematuramente, en la posibi-
lidad de asaltarlo.
Cuando Ros de Olano atravesó el puente, la caballería marroquí, con tro-
pas, al parecer, de refresco, salió del valle y se lanzó contra Prim; pero Ros de
Olano los cañoneó con su artillería, sostenida á derecha é izquierda por las
guerrillas, y recibió luego orden de avanzar hacia la colina para sostener á
Prim, que, continuando su ascensión, abordaba lo que Iriarte llama el segun-
do aduar, y que debe de ser el de Beni-Ider, situado más cerca de la cumbre
que el de Amsal. La dificultad en ganarlo iba á ser todavía mayor por persis-
tir el conde de Reus en su empeño de no aguardar á la artillería.
^ «El combate se renovaba sin cesar: no bien se tomaba y s© incendiaba un
aduar, los moros se atrincheraban en otro. El general tuvo que hacer avanzar á
la caballería, que se había retirado al primer bosquecillo, y seguido de Ohicla-
na, Navarra, León y Toledo, tan diezmados por la lucha que ya no contaban
con la mitad de sus efectivos» (2), continuó avanzando lenta y penosamente.

(t) Iriarte! op. oit, pág. S93.


m Ibld., pig. 891.
- 588 -
Mas no hubiera podido llegar á la cumbre sin la ayuda del cuerpo de ilos
de Olano, que en aquel momento llegó á hacer una diversión sobre otro punto
de la colina.
Las tropas de Prim, aunque extenuadas, no cedían, al ver que el general
Cervino, con los batallones de Baza, Albuera y Ciudad Rodrigo, se acercaba
á la carrera en su auxilio. El enemigo, viendo que un refuerzo serio venía á
tomar parte en la lucha, se arrojó con fuerza sobre él; Ciudad Rodrigo recibió
el choque, y empeñóse á su vez con tanta decisión en la refriega, que durante
un cuarto de hora no se oyó un tiro, excepto los disparos de revólver que los
oficiales hacían á boca de jarro sobre el enemigo.
Los marroquíes se batían como fieras, sirviéndose de sus espingardas como
de mazas, y haciendo llover sobre el enemigo una granizada de piedras y pro-
yectiles de todas clases (1). «Baza y Albuera se portaron con el mismo valor
que Ciudad Rodrigo; pero la posición de éste era más difícil. Para formarse
una idea de la lucha que sostuvo, baste decir que su coronel, 17 oficiales y casi
la mitad del batallón quedaron fuera de combate; un oficial de Estado Mayor
se puso á su frente, y, á pesar del furor creciente del enemigo, aquel puñado
de héroes, apretado en masa compacta alrededor de una bandera jironeada,
no cedió á los marroquíes un palmo de terreno» (2).
El enemigo cedió un momento; pero luego opuso nuevos refuerzos á los del
general Cervino, que los rechazó dando una carga, á la cabeza de sus tropas.
No obstante, las dificultades aumentaban á medida que se subía, pues los gru-
pos de árboles y de casas eran cada vez más numerosos. Cervino continuaba
avanzando en línea recta, mientras que el general García, jefe del Estado Ma-
yor, lo apoyaba haciendo una demostración más á la izquierda con los dos
batallones de Córdoba; un batallón de Albuera consiguió por fin, en un peque-
ño movimiento envolvente, apoderarse de la cumbre.
Entonces, temiendo, sin duda, por su campo, una parte de los marroquíes
dirigióse á defenderlo. Prim pudo ganar las últimas casas que tenía delante,
al mismo tiempo que Cervino vencía los últimos obstáculos; pero uno y otro
pasaron mil penas para conseguirlo: refuerzos sobre refuerzos, entraron en
combate sucesivamente; la brigada de caballería tuvo también que atacar el
aduar, aunque dicho se está que con poca fortuna y muchas bajas. Llegó por
fin el batallón de Navarra: Prim se puso á su cabeza, el brigadier Navazo lo
apoyó con el batallón de Toledo, y la colina de Benilder quedó por los espa-
ñoles; los marroquíes, al bajar por la ladera opuesta, quemaron ellos mismos
las chozas que abandonaban.
Una vez tomada la colina de Beui-Ider, la resistencia cedió en las alas, y
por todas partes el enemigo se replegó hacia su campamento, en dirección al
Pondaq. Todas las tropas españolas pudieron entonces rtvanzar á la vez.
Cuando ios marroquíes vieron aquel ejército, que los acometía en masa á los
acordes de las bandas y de las cornetas, que tocaban ataque, diéronse pre-

(1) Irlarte: op. éit., pigluaa 391-29&.


(8) Ibid., pig. 895.
•^ 53t -^

olpitadamente á la fuga, franquearon en desorden las trincheras de su cam-


po, y, obedeciendo probablemente á una orden de sus jefes, abatieron las tien-
das, cargáronlas sobre sus camellos, y se internaron en los desfiladeros del
Fondaq. La decepción de los españoles fué general: todo el ejército lanzó un
grito de rabia; mas hubo uti segundo movimiento que hizo reflexionar: parece
ser que el enemigo sólo había querido poner sus bagajes en salvo, y, una vez
que sus guardianes estuvieron seguros, intentaron un supremo esfuerzo. Aún
no estaban cansados con tan recio batallar; aún no habían perdido la esperanza
de detener al ejército español; pero éste no cejaba en su avance, y coronaba ya
las cumbres, de donde no tenía más que dejarse caer sobre el enemigo.
La bajada daba alas al ímpetu general: los españoles redoblaron su ardor,
y el ejército marroquí no esperó el choque; su caballería volvió grupas, y des-
apareció definitivamente en los desfiladeros que se abrían en el-horizonte (1).
A las cinco de la tarde las tropas hicieron alto en la colina de Beni-Ider.
Desde las cuatro de la mañana estaban en armáis; habían andado y combatido
todo el día sin tomar ningún alimento caliente y casi sin beber, aunque el
calor se había dejado sentir: así que estaban extenuadas.
Las pérdidas fueron: siete oficiales y 130 soldados muertos; 104 oficiales
y 1.027 soldados heridos. Prim dio pruebas de un arrojo exti'aordinario, expo-
niéndose á los mayores peligros; pero, según la opinión general; hubiera conse-
guido antes y con menos bajas el mismo resultado haciendo que la artillería le
preparase el terreno para el ataque, pues ya en los combates precedentes se
habla visto la influencia de los cañones sobre la moral de los marroquíes.
Es difícil evaluarlas pérdidas del enemigo y el número de hombres que
puso en línea de combate: los españoles hablan de 40.003 á 46.000; pero hay
bastantes motivos para creer que los mismos marroquíes no tenían datos preci-
sos. Todos en el campo español [Link] que jamás la resistencia, había
sido tan tenaz, ni el enemigo tan numeroso. Sohlagintweit pudo confirmarlo
opn el testimonio de un xerif, quien en diversas ocasiones, y con toda claridad,
le aseguró que el partido de la guerra—al cual él pertenecía—puso este día.
en juego todos sus recursos para conseguir una victoria, pues el Sultán, inde-
ciso, había hecho depender del resultado de la batalla la resolución de conti-
nuar ó no la campaña.
Aquella noche el campamento de los españoles pecó un poco contra las
reglas de la táctica: cada cuerpo acampó donde le había sorprendido el toque
de alto, preocupándose solamente de qiledar en contacto como mejor se podía
con sus vecinos.
Prim se encontraba en la cumbre; el cuartel general y Echagüe, á mitad
de la ladera; y Bos de Olano, con la vanguardia, en la llanura. La caballería
estaba diseminada en todas partes, y no sabía dónde había dejado su material
de campamento. Muchos soldados, y aun oficiales, tuvieron que pasar la noche
al raso, en medio de una niebla helada.
Por la noche un convoy de heridos ganó, aunque con trabajo, la ciudad, pro-

(1) Irlartei op. cU.,pág. 299.


— 585 —

tegido por Mackenna. Á. cada instante, y por todas partes, oíanse tiros sueltos,
disparados por los montañeses, que, apenas veían el resplandor de una hoguera
ó una tienda iluminada, la tomaban por blanco de sus espingardas (1).
La batalla de W a d R á s era, con la de Tetuán, la más importante de la cam-
paña: con ella quedaba abierto el Fondaq, de donde en pocas horas se podía
ganar la región, de colinas y mesetas que forman los alrededores de Tánger,
como con la anterior victoria quedaban abiertas las puertas de Tetuán; pero
su principal fruto fué la conclusión de la paz (2).
El 21 de marzo por la mañana todo el mundo hacía los cálculos más diver-
sos, cuando á las nueve llegó un mensajero de Muley-el-Ábbas pidiendo la
paz. O'Dounell no podía ofrecer otras condiciones que las anteriores, y sures-
puesta fué que aguardaría hasta el día siguiente, á las ocho de la mañana, la
decisión de Muley-el-Abbas sobre el particular.
El 2B de marzo se había yajdado la señal de partida, cuando un jinete ene-
migo llegó al galope, anunciando que Muley-el-Abbas venía en persona á con-
ferenciar con el general en jefe. La entrevista tuvo lugar á las once, en una
tienda levantada entre los dos ejércitos; concluyóse una tregua, firmáronse las
bases preliminares de la paz, y el ejército volvió á tomar el camino de Tetuán.

10.—El fln de la guerra, según los autores árabes.

Si no es posible conceder al Istiqsa verdadero valor documental por los


innumerables errores que contiene, por su ciega parcialidad y por las extra-
vagancias de que está lleno, es, por lo menos, de gran interés conocer el modo
cómo Es-Selaui, su autor, presenta los hechos y los juzga, por ser ésta la única
obra árabe que poseemos sobre la materia, ó, mejor dicho, la única que da por-
menores y hace observaciones importantes. Sólo que hemos de limitarnos á
presentar la narración del autor árabe tal como él la presenta, pues sería vana
toda tentativa para ponerla de acuerdo con el relato histórico de la campaña.
«Cuando los españoles entraron en Tetuán—dice Es-Selaui (3)—, una parte
del ejército se quedó dentro de la ciudad, y la otra, fuera, al Este y al Oeste;
el de Muley-el-Abbas estaba apartado de la ciudad, á media jornada de distan-
cia. Un día acordaron los musulmanes atacar de noche el campamento enemi-
go que se encontraba fuera de la plaza: sucedió esto á fines de Gha&bán de 1276.
•Asaltaron el [Link] de noche, en inedio de las tinieblas, cuando los
soldados estaban reposando, y los acometieron de improviso en un ataque im-
petuoso. Pasaron toda la noche luchando, y el día siguiente hasta el anochecer.

(l) Triarte; op. clt., pig. a04.


(9) La victoria de Wad-Ris abría el desfiladero del Fondaq únicamente á cansa del estada moral del ejército uarro-
qnii paes claro esti que si éste hubiese seguido dispuesto á resistir, la victoria no hubiera sido de grandes resultados.
La batalla se habla librado i la entrada de la reglón montaosa, mucho antes del Fondaq, sobre el cnal los Diarroqnies
podían replegarse sin peligro; el desfiladero, largo y estrecho, bordeado de escarpaduras y de rocas cortadas i pico,
dominado por crestas de 600 á 1.000 metros, se prestaba á una magnifica detensa si los marroquíes la hubiesen inten-
tado El ejérólto espafiol habría, probablemente, vencido el obstáculo, gracias i la superioridad de la artlUeria; pero
la acctéu hubiera sido difícil, y la victoria, muy cara.
(8) X*M3«a,IV, p&[Link].
- . 586 -

Los cristianos pelearon con arrojo, pero la victoria se decidió por los musul-
manes; y si no es por la fuerza que daba á los cristianos el apoyo de la ciudad,
en la que se había fortificado su jefe, seguramente habrían sufrido una derrota
vergonzosa. Los muertos que tuvieron los cristianos en este combate fueron
más de quinientos, y los heridos, más de mil; los musulmanes, por su parte,
tuvieron pocas bajas. Cuando amaneció y vio O'Donnell lo que había sucedido
á su ejército, se afligieron él y los suyos y mudó de proceder con los tetuaníes.
Se mostró duro, y cambió aquella afabilidad con que los trataba en aspereza,
y la complacencia en rigor. Fué á la mezquita del Hach Abul-Hasan Ali-Ba-
raka, la transformó en hospital de sangi'e, y obligó á los habitantes de Tetuán
á proporcionarle mantas y sábanas, que reunió en gran cantidad, y las distri-
buyó en la mezquita á los heridos.
»Los soldados del ejército cristiano, cuando encontraban á un musulmán, se
ponían á insultarlo y le echaban en cara su perfidia y su maldad. Después de
.esto esperó O'Donnell diez días para que descansara el ejército y curasen los
heridos; y así que pasaron, salió con todas sus fuerzas, dispuesto á atacar el
campamento marroquí.
»Dejando Tetuán á la espalda, avanzó hasta el río Bu-Sfiha; al apercibirlo,
los habitantes de los aduares vecinos y los guerrilleros acudieron de todas par-
tes, llenos de coraje y de odio. Trabóse el combate en el río Bu-Sflha, antes de
que los españoles llegasen al campamento de los musulmanes; la batalla fué
tan terrible, que su recuerdo hace olvidar el de todas las precedentes: el nú-
mero de muertos que tuvo el enemigo fué incalculable; en cuanto á los heridos,
todo lo que se diga es poco. Sus muertos cubrían el llano; así que cuando se
cansó de enterrar, reuniólos en montones de ocho ó diez y los recubría de tie-
rra, á pesar de lo cual quedaron muchos insepultos y se corrompió el aire con
la intensidad del mal olor de la carne putrefacta. Este día oonsiguieron los mu-
sulmanes un triunfo como no lo habían alcanzado jamás sobre los cristianos.
»E1 campamento de Muley-el-Abbas estaba bastante apartado del sitio del
Qombate. Al hacer Manuel (1) la relación de los sucesos de aquel día, confiesa
que se derramó mucha sangre cristiana, y que muchos soldados y caballos
fueron miiertos. Al llegar á Muley-el-Abbas la noticia de que el enemigo había
salido de Tetuán, y de que los musulmanes lo habían derrotado, se quedó pen-
sativo reflexionando acerca de todo aquello, y vio que, en efecto, los musul-
manes habían conseguido algunas ventajas y habían causado grandes bajas
al enemigo; pero el provecho alcanzado había sido escaso. Los perjuicios que
nosotros le causábamos consistían en herir y matar gente, mientras que él se
había apoderado de una gran extensión de terreno, donde había establecido su
dominación; por lo cual el Sultán creyó conveniente, ¡perdónelo Alá!, que se
arreglara la paz, considerándola preferible á la guerra, para el bien de los
inusulmanes.
•Refirióme mi amigo el insigne caid Abu Abd-Alla-Mohammed ben Idris

(1) Trátase del P. Castellanos, i qu[en ellttiqía ha copíalo cien veces déla manera más Infame sin citarlo,;
cuyas frases ha tortnra'lo con frecaencla, desfisarando sa sentido por satisfacer la necia vanidAd marroQnl.
- 587 -

ben Haman el-Yerrari, que cuando ya llevaban bastante tiempo guerreando


cristianos y musulmanes en los alrededores de Tetuán (1), le hizo llamar el
Sultán, Sidi Mohammed, le dio 60.000 mizcales, con encargo de llevarlos á
los musulmanes que combatían en Tetuán, para el pago de la muña y la com-
pra de forrajes, y le dijo: «Así que llegues al campamento, examina el estado
»en que se encuentran las tropas, observa si se someten á la disciplina y si es-
»tán provistas de todo lo necesario. Entérate bien de esto, y ven á contarme
»la8 cosas tal y como son.» El caid partió al punto, y llegó en jueves al campa-
mento; al día siguiente tuvo lugar el combate de Bu-Sfíha. El enviado del
Sultán fué en busca de Muley-el-Abbas, y le previno que los musulmanes ha-
bían batido al enemigo; luego montó á caballo, y, acompañado de unos pocos,
fué á enterarse de la situación de ambos ejércitos, según se lo había mandado
el Sultán. Llegó á tiempo que los musulmanes buscaban un sitio donde dejar
su impedimenta y plantar las^ tiendas para poder ocuparse de combatir al ene-
migo. Decidieron acampar en Üad-Akraz; pero el cañón enemigo los desalojó
de allí. Retirándose de aquel sitio, fueron á acampar á otro, en el que se esta-
blecieron con toda seguridad; dejaron allí sus tiendas y bagajes, se dirigie-
ron contra el enemigo, y sostuvieron con él un combate tan terrible, que lo
desbarataron en el sitio llamado Amsal por dos ó tres veces, y le causaron un
número incalculable de muertos. En el combate librado aquel día tomó parte
el gobernador de Sofián y de los Beni-Malek, Abu-Mohammed Abd Es-Salam
ben Abd-El-Kerim ben Anda el Haritsi. El enemigo pernoctó junto al Uad-
Akraz, donde habían querido acampar los musulmanes, y éstos en el Fondaq,
excepto la mayor parte de los guerrilleros, que se fueron adonde cada uno
tenía por costumbre. Era invierno, y hacía un frío intenso.
»A1 día siguiente, que fué sábado, amanecieron el enemigo y los musulma-
nes en la situación que ya hemos indicado; el propósito de estos últimos era
atacar de nuevo á los cristianos para introducir en ellos la confusión, aniqui-
lar sus fuerzas, y perseguirlos hasta que estuviesen cansados y hartos. Pero no
hicieron nada de esto, sino que aquel mismo día se practicaron gestiones para
la paz. Los dos Emires, el de los cristianos y el de los musulmanes, estaban
ya fatigados de tanto guerrear; al día siguiente, que era domingo, convinie-
ron en reunirse. El enemigo se formó y se presentó en orden de combate,
para, si no se arreglaba la paz, continuar la lucha inmediatamente.
»Por fin se adelantó Mnley-el-Abbas, acompañado de varios jefes de su ejér-
cito, y lo mismo hizo O'Donnell, seguido de un grupo de sus compañeros, des-
pués de haber mandado levantar una pequeña tienda, en la que ambos habían
de conferenciar. Pasó O'Donnell más allá de dicha tienda, con un lucido
acompañamiento, para salir al encuentro de Muley-el-Abbas y hacerle los ho-
nores. Al encontrarse, se volvieron juntos á la tienda: les acompañaron, mien-
tras duró la entrevista, el intérprete y otras dos personas. Finalmente, con-
certaron un tratado que firmaron las dos partes, y cada cual se volvió á su
campamento. Así terminóla guerra entre musulmanes y españoles.»

(1) IHifta, IV, pig.m.


- 538 —

11.—Conclusión de la paz (27 de abril de 1860) (1).

El 27 de abril fué ratificada la paz, y el general O'Donnell, con sus tro-


pas, se embarcó para España (2).
El general Ríos quedaba de gobernador de Tetuán, que seguiría en manos
de los españoles hasta que se pagase toda la indemnización do guerra.
-La guarnición de la ciudad se compondría de 20 batallones de infantería,
un batallón de artillería á pie, siete escuadrones de caballería, Itres baterías
de campaña y cuatro compañías de ingenieros.
En Ceuta quedaban, al mando del general Gasset, seis batallones de in-
fantería, un escuadrón de caballería, una batería de montaña y dos compa-
ñías de ingenieros.

OAPlTUIiO VII
OBSERVACIONES S O B R E L,A CAMPAÑA D E 18fS9-60

1, Manera de combatir de los marroquíes.—3. TActlca de los espaSoles.-S. Armamento de los beligerantes.-i. Material
de guerra, transportes, aprovisionamientos.—5. Condiciones ollmatolCglcas.—6. Sltnaciin sanitaria.—7. Muertos T
heridos.-8. Moral de los beligerantes. -9. Los prisioneros.-10. Botín y pres«8.-ll. Recompensas al ejército expedi-
cionario.—18. Tropas y personajes que más se distinguieron entre los beligerantes.-13. Corresponsales, cronistas,
agregados mllltures y cariosos.—ll. Los beligerantes, Juzgados por un marroquí.—15. Criticas formnladas en Europa
i propósito de la campafia.

1.—Manera de combatir de los marroquíes (3).

No hay que decir que la- táctica seguida por los marroquíes en la guerra
de 1859-60 fué esencialmente distinta de la de un ejército europeo. En cambio,
presentó grandes analogías con la que por la misma época empleaban los ar-
gelinos; su originalidad se redujo á ligeros pormenores, debidos á la natura-

(1) SchlaglntHreit: op. dt., pág. 860.


(S) Q. de Lavigne, páginas t74-177r «O'Donnell salit de Tetuán el 39 de abril. Desembarco en Alicante, y nna hora
después pnrtlA para Aranjuez, adonde llegó el 30 de abril. Un ayudante del Bey, los ministros y algunos amigos parti-
culares lé aguardaban. Los días siguientes se repatriaron las tropas, en medio de ovaciones estruendosas, con nn en-
tusiasmo igual al que se produjo en París á la vuelta de las tropas de Italia y Crimea.

»Los 16 batallones encargados de representar al ejército y de recoger las aclamaciones del pueblo de Madrid acam-
paban hacia dias en el llano de Amanlel. El 11 de mayo engalanóse la capital con toda la pompa de las olndkdes espa-
ñolas,, cubriendo de colgaduras y tapices los balcones. La entrada se hizo tumultuosamentei no se podo impedir qne el
pueblo se mezclase con los soldados. Las mujeres de todas las clases cocíales estaban en la calle saludando á los bata-
llones qne desfilaban, abrazando á los vencedores, y distribuyendo las coronas. O'Donnell ha sido en todas partes acla-
mado; Prlm ha oido vivas delirantes.

»Los 16 batallones han saltdc de Madrid, después de desfilar ante los balcones de Palacio, para ir i guarnecer las
ciudades próximas. Los heridos se ban paseado en los coches de la Oraudeza, y se han dirigido ¿ sus hogares después
de haber recibido espléndidas gratlfloadones.»
(8) Schlagintrelt: op. clt., pág. S31.
- 639 -

leza del terreno en que se desarrollaba la aoísión y de los contingentes que en


ella tomaban parte.
A primera vista era imposible descubrir, en la manera de luchar de los
marroquíes, ninguna idea dominante; el desorden era completo, y el que lo
contemplaba por primera vez se extraftaba sin poderlo comprender.
«Los moros—dice Iriarte—ejecutan estos ataques sin idea preconcebida,
ni orden ni concierto: parece que un centenar de tiradores vienen á hostigar
al ejército por distraerse, mientras que sobre otro punto otros doscientos llaman
su^it^nción.»
Sin embargo, examinando las cosas más de cerca, se llega á distinguir en
este desorden, más aparente que real, ciertos hábitos que marcaban las lineas
generales del combate,
Los marroquíes combatían siempre, ó en pequeños grupos, ó aislados. Apo-
yándose en su gran oonocin\iento del terreno y en la habilidad con que saben
aprovecharlo las guerrillas, preludiaban con un tiroteo suelto y aguardaban
el ataque del enemigo ocultas en la maleza, diseminadas, invisibles. Desde le-
jos, en toda la línea, generalmente muy extensa, que ocupaban no se distinguía
más que matas de hierba, jaras y peñascos rojizos, sobre los cuales se apoyaban
los cañones de las espingardas como sobre las almenas de un muro (1). Si al-
gunos preferían quedar al descubierto—pues cada uno combatía á su antojo—,
por lo menos, casi todos apoyaban sus armas para disparar. El combate
continuaba así durante más ó menos tiempo, fatigoso generalmente para los
españolesj que no podían castigar mucho al enemigo, pues no ofrecía sino un
blanco muy reducido. Para acabar con él había que lanzar las tropas á la
bayoneta: al iniciarse la carga los marroquíes se erguían como si brotasen de
la tierra y recibían á sus adversarios con un fuego vivísimo, ó bien s^ precipi-
taban sobre ellos con increíble arrojo, y trababan un combate cuerpo á cuerpo,
en el que daban pruebas de una energía feroz.
Desconocían por completo la formación en masas compactas: sus jinetes se
precipitaban aislados contra el enemigo á todo el correr de sus caballos, des-
cargaban sus armas una vez á tiro, y, volviendo grupas rápidamente, huían
con la misma velocidad con que habían venido; sólo en algunas ocasiones hubo
personajes importantes que parecían dar cierta unidad á sus evoluciones. La
hipótesis de que oficiales ingleses los dirigían carece de fundamento para
Schlagintweit,
No hay duda que de este modo los marroquíes hacían poco daño, pero fati-
gaban al enemigo; y si lograban obligarlo á empeñarse imprudentemente,
llegaban á ser eii extremo peligrosos. Testigo, el episodio de los húsares en los
Castillejos (2).

(1) Irlarte; ep. olt., pAg. 67.


(3) Schlaglntirelt: loe. clt. Sobre el modo de combatir de la osballerla marroquí, el mismo qie el de la argelina,
cónfrúntese el signlente pasaje de Irlarte: «El becho tiene lugar en los Castillejos, darante nna de las acciones que antes
de la gran batalla se libraron, al emprenderse los trabajos del camino de letuán.
vBeha árerlgaado (ine el campamento marroquí se encuentra en un bftrranco que desemboca en la llanura de los
CastíiteJOB, y espétase que, haciendo avanz.i^r bacía él la caballería, los marroquíes desplegarán todas sn.s fuerzas.
»Los biisares de la Princesa avanzan en buen orden, d« espaldas al mar. en dlreccliSn al barranco, Elenemlgo perma-
- 540 -

Por otra parte, nada tan molesto para un ejército regular como este ene-
migo, todo movilidad, que se agita en torno suyo: cuando los marroquíes apa-
recen, [Link] sitios á la vez; cuando huyen, se dispersan en todas di-
recciones. Avanzan y retroceden con extraña agilidad; se retiran ante el iiíva-
sor, y le dejan ocupar todo el terreno que quiere; pero cuando se repliega, las
posiciones que había tomado vense invadidas de nuevo: así, on el Serrallo,
cuarenta ó cincuenta marroquíes bastaron á veces para tener en jaque á todo
un batallón. Cuando se levantaba el campamento los rezagados se veían aco-
metidos por los merodeadores, y apenas la retaguardia se alejaba unos cien-
tos de metros, los marroquíes robaban los bagajes y las tiendas retrasadas.
Infatigables en aprovecharse de todos los obstáculos, hostigaban sin cesar
á los españoles,.sobre todo en la obscuridad: nunca hubo, es verdad, impor-
tantes sorpresas nocturnas; pero fué preciso tomar las más serias precaucio-
nes para evitarlas, pues á cada instante centinelas aislados, y aun puestos de
guardia y avanzadas, se veían sorprendidos por enemigos ocultos en las som-
bras, que se deslizaban sin ser notados hasta tirotear el cuartel general (l)v
En Tetuán, apenas anochecía, se interrumpían las comunicaciones éntrelos
campamentos, y, á la larga, tales molestias resultaban mucho más graves de lo
que á primera vista parece (2).
Este enjambre de enemigos que, en frase de Sohlagintweit, se arreiüolina-
ba alrededor de las tropas, fué, sobre todo, importuno durante la marcha y el
combate del 23 de marzo; porque mientras la cabeza de la columna combatía
oon el grueso de las fuerzas marroquíes, una nube de montañeses inquietaba
las alas y la retaguardia, envolviendo casi por completo la ciudad y cortando
las comunicaciones. El convoy de heridos vióse en grave aprieto para llegar
á Tetuán. Dos días más tarde, cuando el ejército volvió á sus campamentos
junto á la ciudad, después del acuerdo eptre O'Donnell y Muley-el-Abbas
sobre los preliminares de la paz, se pudo apreciar ©1 número y las posiciones
de todos aquellos guerrilleros, y se contaron más de dos mil que, advertidos

neoe Invisible: apenas los húsares han avanzado hasta el medio de la llanura, un grupo de Jinetes moros se dirige
lentamente contra el escuadrón; otros salen de detrás de los árboles y matorrales y se extienden á derecha ¿ izquierda,
dejando entre si un gran espacio.
•Las figuras se destacan admirablemente sobre un fondo verde obscuro, y aquel pufiado de Jinetes, que no llega
á un centenar, llena con susflotantesalbornoces, sus sillas de escarlata y sus armas resplandecientes, la inmensa lla-
nura de 08 Castillejos. Parece que no vienen á un combate, sino á una cabalgata, á un paso de armas, á un torneo: los
heraldos avanzan los primeros,fieramenteencastillados en sus caballos, blandiendo por encima de la cabeza sus largas
espingardas y dejando Sotar la brida sobre el cuello de sus montaras, que obedecen i la presión de las rodillas. Los
húsares estremécense de impaciencia con la esperanza de poder porfinentrar en liza. A una voz de sn Jefe el escuadrón
carga al galope; pero, con una habilidad desconocida de los Jinetes europeos, cada moro da media vuelta y describe in-
mensas curvas, que dan al movimiento el aspecto de una tantasia más bien que de una retirada.
>E1 escuadrón frena para no entregarse sin defensa al enemigo, que, sin duda, ha emboscado sus tiradores en la es-
pesura. Tres veces los húsares intentan caer sobre aqne 1 enemigo, que se guarda bien de presentar una masa compacta;
tres veces los moros se dispersan para volver más audaces y provocantes. Algunos de ellos, de pie sobre sns estribos,
avanzan hasta den pasos de los Jinetes españoles y los desafían, llamándolos eoiardu en el mis puro castellano.
: >Pero Prlm ha adivinadi sus proyectos: quieren que los húsares se internen tras ellos en el barranco desconocido,
para entregarlos al fuego de sus tiradores.» (triarte: op. cit., páginas 81-38.)
(1) Ta hemos visto anteriormente, con motivo del paso de Bio Azmir, que la creencia en genios malignos que vue-
lan en la obscuridad impide á los indígenas del norte de África preparar verdaderas sorpresas noctnrnas. Un poco
antes del alba, al romper el día, es cuando sus acometidas son más de temer.
(8) Sohlagintweit: op. cit., pág. 931.
* — 541 —

de la suspensión de las hostilidades por emisarios de El-Abbas, salían dé sus


escondrijos para volver á sus aduares.
Ahora bien; si los marroquíes eran tan molestos, cortapdo las comunicacio-
nes y causando continuas alarmas cuando sus tropas se veían constantemente
vencidas por los españoles, ¿qué habría pasado si éstos hubieran sufrido el
menor descalabro? Atacados por todas partes, no hubieran podido batirse en
retirada sino á costa de los mayores esfuerzos y sufriendo enormes pérdidas.
Aun después de la conclusión de los preliminares de la paz, no se podía ir de
Ceuta á Tetuán sino con una fuerte escolta: de ordinario, cuando un destaca-
mento salía de Tetuán, otro desde Ceuta se adelantaba hasta mitad de camino
para reforzarlo.
La verdad es que los marroquíes eran temibles mientras combatían de este
modo: esa especie de desorden suyo no dejaba de ser un sistema estratégico, y
para ellos no era el peor, dado su conocimiento del terreno y su falta de ins-
trucción militar y de unidad, consecuencia natural de su falta de unión polí-
tica y administrativa.
Quizá—como dice Iriarte—^comprendían la superioridad de la táctica euro-
pea, y veían que, para hacerle perder su unidad y, por consiguiente, su fuer-
za, no disponían de más arma que la irregularidad de la defensa.
No hay duda que así hacían harto difícil el papel del general en jefe, que
nunca estaba cierto del número del enemigo y su distribución, y carecía casi
en absoluto de medios para conocerlo.
No creemos, sin embargo, que de las reflexiones precedentes se debe dedu-
cir que jamáu ninguna idea de táctica preconcebida guió en el combate á los
marroquíes.
Parece ser, por el contrario, que en varias ocasiones se propusieron un
objetivo bien determinado: la obstinación con que defendieron en la batalla
de Wad-Rás la colina de Beni-Ider prueba claramente que tenían conciencia
de su importancia estratégica.
Justo es, pues, que, habiendo señalado el desorden con que ée desarrollaba
la acción, nos fijemos en la idea directriz que, al menos cuando tropas xerifia-
nas entraban en juego, presidía á sus movimientos.
«Como táctica general—dice Iriarte—, el comandante en jefe indica una
maniobra y su objetivo; pero cada jefe subalterno, conforme auna estrategia
invariable, lo mismo en Marruecos que en Argelia, es dueño de obrar á su
talante, volviendo al ataque cuando se le presenta ocasión, y batiéndose en
retirada cuando lo cree necesario.»
Dedúcese también fácilmente que los marroquíes trataban generalmente
en sus ataques de formar una media luna lo más extensa posible; organizaban
la resistencia sólidamente e n e l centro, contra *1 cual venía á estrellarse la
vanguardia enemiga (1), mientras que las alas se espaciaban, y, deslizándose
encubiertas, si podían, procuraban atacar de flanco al enemigo, cortar sus oo-

(1) «Esta taé BU táctica, sobre todo en la batalla de Tetu&n; la artillería era sa e]e de resistencia, contra el cnal de-
bían ser impotentes todos los esfaerzos de los españoles.» (Uordacq, pig. 103.)
— 5i2 — . • ,, ,

municacioues y envolverlo por la espalda. Cuando llegaba á unos 500 paisos,


la caballería se lanzaba á toda brida: & 200 pasos disparaba sus armas, y
luego, volviendo grupas, iba á ponerse bajo la protección de la infantería
para cargar de nuevo; la infantería, resistiendo en el centro, ó bien repartida
en las alas, se aprestaba á aprovechar la primera ocasión contra la caballería
enemiga, y aun contra la infantería, si su propia caballería lograba hacer
brecha (1).
Mientras los marroquíes eran superiores, la media luna se iba cerrando y
tendía al círculo perfecto; cuando eran rechazados, al contrario, veíase al
arco abrirse, aplanarse ía curva, y disiparse por fin en las alas.
Esta concepción de la táctica ó, si se quiere, de la maniobra en el campo
de batalla, tenía suraüón de ser en la topografía del terreno, en la constitu-
ción orgánica de los contingentes marroquíes, y se prestaba para sacar el ma-
yor partido posible de las cualidades psicológicas de los combatientes indíge-
nas, dejando un gran campo de acción á la iniciativa y aun á la fantasía
privada; pero, en cambio, el empleo invariable y casi automático que de ella
hacían los jefes motos, con manifiesta incapacidad, permitía al adversario, al
Cabo de dos ó tres acciones, saber á qué atenerse y adoptar las precauciones
necesarias.
Jilas aún: aunque al principio de la campaña esta táctica hubiese sido al-
guna vez oportuna, su ejecución deplorable le privaba de toda eficacia desde
que, saliendo de Jas montañas las tropas, tenían que luchar en la llanura. En-
tonces la unidad del mando y la ciencia militar recobraban todo su valor, y el
resultado no podía ser dudoso.
Desde este último punto de vista, es no sólo interesante observar los pro-
gresos hechos por los marroquíes en sus evoluciones durante esta guerra,
sino hasta necesario, para que sirva de correctivo al juicio demasiado abso-
luto que las ideas antes expuestas podrían sugerir al lector.
Vióse varias veces, por ejemplo, á la caballería cargar en líneas por gru-
pos de 200 á 300. A 300 ó 400 metros una veintena de jinetes se adelantaba,
hacía fuego, y lusgo se retiraba reemplazada por otros; es decir, la carga es-
calonada, como observa Moi'dacq. En cuanto á los peones, vióse á los moros
de rey, formados generalmente en grupos de 400 á 500 hombres, desplegarse
en tres filas, un poco alejadas una de otra: la primera tiroteaba al abrigo de
los árboles y de las rocas; la segunda, desarmada, recogía los muertos y heri-
dos y tomaba luego las arflias para reemplazar á los que caían; la tercera for-
maba la reserva.
Pero este embrión de ciencia militar no podía, en tesis general, neutrali-
zar los efectos del desorden que al principio señalábamos, y las tropas marro-
quíes eran, en fin de cuenta, más bien una turbamulta que un ejército. La mis-
ma falta de experiencia y de instrucción se notaba en materia de fortificacio-
nes. En el paso de Cabo Negro los marroquíes tuvieron la peregrina idea de
levantar trincheras sobre la ladera oriental del monte, en una posición com-

fl) MordAcii: op. clt., pág. 18,


- 548 -

pletamente independiente del paso, es decir, que lo defendían después de


atravesado por los españoles (1).
Parece que al fin de la eampafia acabaron por reconocer su inferioridad en
la llanura; pero es evidente que en la montaña hubiesen podido resistir du-
rante bastante tiempo al ejército español, y fatigarlo mucho antes de darse por
vencidos; además de que con enemigos de esta clase jamás es posible saber
á ciencia cierta si han sido deshechos, pues cuando no consiguen su intento
en una posición, se retiran y van á reorganizarse más lejos, sin sufrir nunca
grandes daños. Do este modo la campaña hubiera podido prolongarse indefini-
damente si hubiesen contado con un jefe resuelto á no emplear otra táctica
de combate; así también se explica que á veces se atribuyesen la victoria al
mismo tiempo que sus adversarios: se trata, sencillamente, de que no habían
sido aplastados por completo (2).
Schlaginlveit nos cuenta la manera cómo los marroquíes establecían sus
campamentos en esta guerra. Este oficial pudo ver bastante de cerca el campo
de Muley-el-Abbas, situado junto al Fondaq. Q-racias á la recomendación de
ios cónsules europeos en Tánger, el bajá de la ciudad le concedió dos soldados
para acompañarle por los suburbios; luego, sobornando á su escolta y aprove-
chándose de las horas de calor, en que los indígenas apenas salen de sus cho-
zas, llegó sin ser molestado á un punto bastante alto, desde donde se domi*
haba el campamento.
Estaba éste dividido en dos partes, la mayor de las cuales rodeaba la tien*
da de Muley el-Abbas¡ la otra formaba un círculo alrededor de la de Muley-
Ahmed. No había ningiin orden en la disposición de las tiendas: al lado de
cada una estaban en fila, trabados por los pies, según la costumbre árabe, los
animales, caballos y mulos de los que la ocupaban; lo mismo sucedía con las
monturas de los Príncipes, cuyas tiendas formaban el núcleo de las dos aglo-
meraciones en que se dividía el campamento; las tiendas del resto del ejército
se espaciaban cada vez más, dejando claros mayores á medida que se aleja-
ban del centro.
Las dos partes del campamento no quedaban separadas por completo, pues
en el intervalo entre una y otra había algunas tiendas dispersas de trecho en
trecho; alrededor del campamento veíase pacer muías y caballos.
Durante las horas de calor los soldados permanecían en sus tiendas, y no
hacían guardias; al menos, Schlagintweit no las vio, y lo más probable es que
no las hubiese. Las tiendas eran de formas muy diferentes: unas apiñoiia-

(1) Iriarte: op uit., pig. 79.


(S) Hooker andBall (Journal ofa Tour, etc., pág. 52)han podido decir, con nn poco de exageración, pero con nn
gran (ondo de verdad, i propósito de la manera de combatir de los marroquíes:
«Lüs moros, aanqne hayan dado pruebas de un gran valor Individual, no han demostrado tener las mis elemen-
tales cualidades tácticas que poseen numerosos pueblos salvajes. No han sabido aprovecharse de las dlflcultadeg natu-
rales, y se ban comprometido en ataques Infractuosoa y sin método alguno cuando las fuerzas españolas ocupaban sóli-
das posiciones. La mayor dificultad con c|nc tropeüaba el general en Jefe estribaba en que habla de conducir sus tro-
pasi lo largo de la playa, por un terreno cubierto durant't muchas millas do lagunas, cortado por arroyos y próximo
á las montanas roquetas del interior: un enemigo activo y conocedor del país hubiera podido causar grandes bajas á
las tropas en marcha; pero, contra toda jirevisión, los moros aparecían rara vez en el momento critico, y los espadóles
no tuvieron que luchar sino contra los obstáculos naturales.»
, ; •- .544 — •

das; otras más altas y estrechas, con franjas azules, Hachos soldados estaban
tendidos á la sombra dé los árboles más cércanos, en la falda de una colina:
según dijeron i Schlágintweit en un aduar próximo, eran los qué no tenían
tiendas y vivían al aire libre. El número de tiendas del campamento sería
de 400 á 450; eran jnuy pequeñas, y no podían alojar á todos los 8óidadós,que
serían de 5.000 á 6.000.
El campamento distaba de tres á tres leguas y media de Tánger; su émpla^
zamieuto había sido muy acertado: extendido en la suave pendiente de una
colina, bordeábalo un arroyo; cerca había dos fuentesque, al decir de los cOm'
pañeros de Sohlagiutweit, manaban muy abundantes; delante se extendía un
llano fértil y dilatado; detrás se destacaba el Fondaq y los desfiladeros que
conducen á Wad^Rás. Según Schlágintweit, los marroquíes habían elegido este
sitio para su campo, no tanto con el ñn de vigilar al enemigo, como paya im-
pedir que se aprúvisiouai&e en el país, pues así podía apoderarse fácilmente de
los convoyes que hubiera comprado á precio de oro en el Garb.
Notábase alguna actividad en el campamento todas las tardes á las cinco,
cuando las tropas salían á hacer el ejercicio, dirigidas por dos renegados es-
pañoles; pero Schlágintweit no pudo presenciarlo, pues, para evitar peroinces,
tuvo que volverse, dando un rodeo, antes de que cesase el calor y mientras IpS
caminos estaban todavía desiertos.
Muley-Mohammed conocía bien la insuficiencia de su ejército, é hieo lo que
pudo, en las criticas circunstancias en que se hallaba, por remediarla; pero cla-
ro está que ningún resultado importante se podía conseguir en tan corto eS'
pació de tiempo. Sus relaciones con los franceses le movieron á llamar á su
lado á extranjeros para instruir á sns tropas; además de los dos españoles
mencionados, figuraban en su ejército tres franceses que habían servido en
Argelia como militares ó en las oficinas .árabes, pero que habían sido ya licen^
ciados, y un ex oficial húngaro, comprometido en las revueltias de su país
de 1847 á 1849. Todos se habían convertido al islamismo.

* (Se continuará.)

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