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Libertad de imprenta en Colombia (1810-1851)

El capítulo analiza la evolución de la libertad de imprenta en Colombia entre 1810 y 1851, destacando su importancia para el funcionamiento del Estado y la formación de la opinión pública. Se discute la primera ley de libertad de imprenta de 1821, que permitió la impresión sin censura previa, aunque mantuvo ciertas restricciones, y se examina la implementación del juicio por jurados como un mecanismo para los delitos de imprenta. Además, se explora la influencia de la literatura jurídica y los textos ilustrados en la promoción de este derecho fundamental.
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Libertad de imprenta en Colombia (1810-1851)

El capítulo analiza la evolución de la libertad de imprenta en Colombia entre 1810 y 1851, destacando su importancia para el funcionamiento del Estado y la formación de la opinión pública. Se discute la primera ley de libertad de imprenta de 1821, que permitió la impresión sin censura previa, aunque mantuvo ciertas restricciones, y se examina la implementación del juicio por jurados como un mecanismo para los delitos de imprenta. Además, se explora la influencia de la literatura jurídica y los textos ilustrados en la promoción de este derecho fundamental.
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Capítulo 4

Libertad de imprenta y ley penal


en los orígenes del Estado colombiano (1810-1851) 1

Alejandro Londoño

En la etapa temprana de la República de Colombia la libertad de imprenta


fue asumida por su elite política 2 como una práctica imprescindible para el ade-
cuado funcionamiento del Estado. Algunos de los fundamentos que respaldaban
su ejercicio según el discurso político de la época fueron: primero, el plantea-
miento liberal de autonomía del individuo frente al Estado, que exigía libertad
de pensamiento y expresión; segundo, la formación de la opinión pública que
era necesaria para el nuevo régimen democrático que se proyectaba; y, tercero,
la función de crítica al mal desempeño de los funcionarios del gobierno. Estos

1 Este texto se inscribe en el proyecto de investigación HAR2010-17580.


2 La elite política colombiana desde la Constitución política de 1821 hasta mediados
de siglo estuvo constituida de forma plural, y no actuó como una minoría cerrada y
dominante con una visión política homogénea. Los grupos mayoritarios que se fueron
estructurando como partidos, que se denominaron liberales y conservadores, fueron
dirigidos, fundamentalmente, por individuos que pertenecieron a las altas esferas
profesionales; debe resaltarse asimismo la dinámica de movilidad social que implicó el
ingreso de nuevos individuos en la conducción de los poderes públicos del naciente
Estado. La práctica de la libertad de imprenta fue defendida fundamentalmente por el
sector liberal, que fue el principal encargado de promover las condiciones jurídicas y
judiciales para que esta tuviera lugar. No obstante, el grupo conservador no se opuso
directamente a la defensa de dicho derecho –al menos desde lo que puede observarse en
los discursos emitidos en el Congreso por sus representantes–; su argumento más
retrogrado fue quizá la censura previa de los textos religiosos y su descrédito del juicio por
jurados para resolver los delitos de libertad de imprenta.

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elementos ayudaron a que la libertad de imprenta fuera concebida desde este


momento como un derecho individual que debía gozar de una preferencia cons-
titucional; ello explica la preponderancia que las nuevas elites políticas hispano-
americanas en general, para las que eran comunes estos principios, y en
particular la colombiana, dieron al establecimiento de una ley que regulase el
derecho de imprimir libremente.
La primera ley de libertad de imprenta sancionada por el Congreso co-
lombiano el 14 de septiembre de 1821 iba a resquebrajar la práctica del dere-
cho de impresión que rigió durante el periodo virreinal. Dicha ley otorgaba
derechos como: imprimir sin censura previa, excluyendo solo los libros reli-
giosos, e imputar a los funcionarios públicos por el mal desempeño de sus
funciones. Igualmente la ley plasmó un nuevo orden penal y procesal a seguir
con todos los transgresores de las disposiciones establecidas. Sin embargo,
también se observa que la elite política colombiana no cambió completamen-
te el sentido de la legislación virreinal sobre imprenta, sino que mantuvo su
doctrina de protección de las siguientes esferas: la religiosa, la estatal, la mo-
ral y la de la fama. El resguardo de estas obedecía a que la elite política colom-
biana las consideraba pilares fundamentales del Estado y de la sociedad, y no
debían ser expuestas a los posibles abusos que se hicieran de la imprenta. En
síntesis, se trataba de que el principio de libertad de imprenta fuera armóni-
co en un marco constitucional donde había otros principios de igual o supe-
rior jerarquía.
La Ley de Libertad de Imprenta del 14 de septiembre de 1821 fue una adap-
tación de la Ley de Libertad de Imprenta sancionada el 22 de octubre de 1820
por las Cortes constitucionales del trienio liberal. Esta última fue adaptada por
diferentes países hispanoamericanos debido a la identificación que tuvo la elite
de las nacientes repúblicas con la legislación y las instituciones del liberalismo
peninsular. Se habla de adaptación y no de copia de una ley extranjera –como se
ha planteado en algunos estudios 3–, debido a que el análisis de la labor desem-
peñada por el poder legislativo de la Gran Colombia encargado de sancionar la
ley cuestiona dicho concepto. A través de esta perspectiva se pretenden com-
prender y analizar de otra manera los procesos de influencias legislativas que se

3 Francisco BARBOSA DELGADO: Justicia: rupturas y continuidades: el aparato judicial


en el proceso de configuración del Estado-nación en Colombia, 1821-1853, Bogotá,
Universidad Javeriana, 2007, p. 189. En este estudio se defiende la idea de copia legislativa
y se citan algunos autores que comparten este planteamiento.

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Libertad de imprenta y ley penal en los orígenes del Estado colombiano

dieron en el marco de las revoluciones hispanoamericanas y el funcionamiento


del poder legislativo en los inicios del Estado colombiano.
Uno de los aspectos que se enfatizarán en este estudio es el de la práctica
jurídica que impuso la ley de imprenta colombiana de 1821 a través del esta-
blecimiento del juicio por jurados como mecanismo al que debían ser some-
tidas las causas por delitos de imprenta. Esta institución de origen inglés fue
trasladada por la corona británica a las colonias americanas en el siglo XVII,
en las que permaneció tras su independencia. Para el siglo XIX logró cautivar
diferentes escenarios políticos como fueron Francia, España y las nacientes re-
públicas hispanoamericanas. En el contexto colombiano, el juicio por jurados
fue comprendido por quienes lo defendieron en el Congreso de 1821 como un
mecanismo que influía positivamente en la reforma de la justicia penal, por
motivos como: ser juzgados por hombres de la misma clase, otorgar la facul-
tad de decisión a una pluralidad de voces y no a la única voz del juez, ofrecer
una estructura procesal más garante de los derechos de los inculpados, fomen-
tar conocimientos políticos y jurídicos en las poblaciones, etc. Los publicistas
liberales colombianos promovieron dicha estructura en sus gacetas y obras
políticas como un apoyo a la libertad civil y como una rueda esencial de la de-
mocracia representativa 4.
La aplicación del juicio por jurados en la primera mitad del siglo XIX im-
plicó una serie de prácticas que incidieron en la modificación de la práctica ju-
dicial del periodo virreinal que, a pesar de las reformas republicanas, siguió
vigente. Dicha estructura fue concebida como una escuela de aprendizaje en
materia de justicia criminal, cuya utilidad se reflejaría en la participación de la
población en cuestiones políticas, jurídicas y judiciales. Este argumento incidió
precisamente en que los juicios por jurados fueran regulados en la ley como
instituciones abiertas, de fácil acceso a la población; de ahí que se establecieran
menos requerimientos para ser jurado que para ser elector. El análisis de la
práctica del juicio por jurados permitirá observar la dinámica de una de las re-
formas en el derecho penal con la que la elite política colombiana pensaba po-
nerse en sintonía con las reformas ilustradas en la administración de justicia
penal que se estaban aplicando en Occidente en el mismo periodo.

4 Florentino GONZÁLEZ: El juicio por jurados breve noticia. Del origen y progresos del
jurado, del modo de practicar la prueba judicial en Inglaterra y los Estados Unidos.
Comparado con el de otras naciones y razones a favor de esta institución, Buenos Aires,
Imprenta, Litografía y fundición de tipos a Vapor, 1869, p. IX.

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Este estudio constituye, por tanto, una exploración en torno a la jurispru-


dencia y a la práctica jurídica que impuso el principio de la libertad de impren-
ta entre 1810 y 1851. Para ello se hará, en primer lugar, una indagación del
corpus legal sobre libertad de imprenta sancionada por el gobierno desde 1810
hasta 1851, y de las diferentes influencias jurídicas en materia de libertad de im-
prenta que incidieron en el pensamiento de los legisladores colombianos. En se-
gundo lugar, se reconstruirá el proceso de sanción de la ley de libertad de
imprenta desarrollado por el Congreso colombiano en 1821, y se realizará un
análisis comparativo con la ley de libertad de imprenta sancionada por las Cor-
tes del trienio liberal en 1820. En tercer lugar, y constituyendo el punto central
de esta exploración, serán examinados algunos juicios en los que se reflejan las
prácticas jurídicas y políticas que impuso el mecanismo del juicio por jurados,
el cual fue el centro del proceso penal de los delitos por libertad de imprenta.

1. LITERATURA JURÍDICA Y LEGISLACIÓN SOBRE LA LIBERTAD DE IMPRENTA

Este apartado estará centrado en realizar una descripción de las leyes co-
lombianas sobre libertad de imprenta desde 1810 a 1851 y del contexto litera-
rio que contribuyó a afianzar el concepto legislativo de libertad de imprenta.
Interesa hacer no solo un registro de las normas sobre la materia, sino también
un seguimiento de su evolución durante los diferentes gobiernos; también se
enfatizará la circulación de la literatura jurídica y su contribución a la cultura
política de la elite colombiana.

Influencia ideológica de la literatura jurídica


a finales del periodo virreinal y durante los inicios de la república

La circulación de la diversa literatura de corte ilustrado que contribuyó a la


divulgación del ideario de libertad de pensamiento y expresión empezó a to-
mar fuerza en el Virreinato de la Nueva Granada a finales del siglo XVIII 5. En

5 Los diferentes trabajos que se vienen realizando dentro de la historiografía


colombiana aportan cada vez más conocimientos sobre los libros y documentos que
circularon en la Nueva Granada a finales del siglo XVIII y principios del XIX y sobre su
influencia en la cultura política. Ver Renán SILVA: Los ilustrados en la Nueva Granada, 1760-
1808. Genealogía de una comunidad de interpretación, Medellín, Universidad EAFIT, 2002.

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este las elites locales hicieron circular una gran cantidad de textos portadores
de discursos prohibidos por el gobierno, dando lugar a la formación de una
especie de “libertad de hecho” 6. Esta formación, que estaba intrínsecamente
ligada con el avance occidental de la ilustración y su impulso de la producción
textual, supuso en la práctica que el aparato de control dispuesto por la mo-
narquía hispánica 7, que había sido sostenido en las provincias americanas du-
rante tres siglos, perdiera buena parte de su operatividad.
En diferentes documentos que circularon por el virreinato a finales del si-
glo XVIII se planteaba de forma explícita el derecho de la libertad de impren-
ta. Este fue el caso de los textos legales: la Constitución de Virginia de 1776, la
legislación francesa desde el artículo 17 de La declaración de los derechos del
hombre y del ciudadano hasta el artículo 10 de la Constitución monárquica de
1791, y el artículo 122 de la Constitución republicana de 1793. La legislación
sancionada en el marco de las Cortes de Cádiz, particularmente la Ley de li-
bertad política de imprenta del 10 de noviembre de 1810, se convertiría en una
de las leyes más divulgadas tanto a través de los bandos políticos que exigían
su aplicación, como a través de su inserción en diferentes números de perió-
dicos de la época. Esta ley tuvo una resonancia importante en las provincias
americanas, debido a que suponía una ruptura drástica respecto al derecho
anterior: la abolición de la censura y el otorgamiento de derechos a todos los
“particulares”, sin importar su condición, de escribir y publicar libremente 8.

6 Ascensión MARTÍNEZ RIAZA: “Libertad de imprenta y periodismo político en el


Perú, 1811-1824”, Revista de la Universidad Católica 15-16 (1984), pp. 149-177.
7 Clarice NEAL: “Freedom of the Press in New Spain”, en Nettie Lee BENSON (ed.):
México and the Spanish Cortes, 1818-1822: Eight Essays, Texas, Texas University Press, 1966,
pp. 97-122. El dispositivo de control establecido por la monarquía estaba integrado por
examinadores que se encargaban de rastrear las ideas contra la religión, el gobierno, la
moral, la reputación, y por inspectores que se ocupaban de impedir que ingresaran al
territorio del imperio las obras prohibidas, para lo que se realizaba la inspección de los
puertos para controlar los textos que llegaban y los que salían: la conocida “visita de
navíos”. Para el caso de las provincias americanas la legislación prohibía además la
publicación de cualquier escrito que versara sobre estas si no tenía el permiso del Consejo
de Indias, independientemente de dónde hubiera sido publicado.
8 José Eugenio DE EGUIZÁBAL: Apuntes para una historia de la legislación española
sobre imprenta desde el año de 1480 al presente, Madrid, Imprenta de la Revista de
Legislación, 1879, pp. 82-84.

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Y, en última instancia, se encuentra la Ley de Libertad de Imprenta sanciona-


da por las Cortes del trienio liberal en 1820, que tuvo aún más resonancia en
la América hispana que la anterior si se considera su adaptación por algunos
países con la finalidad de ponerla en vigor en sus respectivos órdenes jurídi-
cos, tal fue el caso de Perú, México y Colombia 9.
Además de los textos estrictamente legales, también circularon otros escri-
tos centrados en el tema de la libertad de imprenta que tenían un carácter te-
órico. Tal fue el caso de los manuscritos de Jeremy Bentham que fueron
reunidos y publicados por José María Blanco White en su periódico El Espa-
ñol. Esta publicación fue reimpresa posteriormente por Antonio Nariño en el
número 23 de su periódico La Bagatela, bajo el título Artículo extractado de los
manuscritos ingleses de Bentham y publicado por Blanco White en El Español 10.
El argumento de este texto se reflejó en las intervenciones de los legisladores
liberales que participaron en la Asamblea Constituyente de Cúcuta de 1821.
Otro texto importante fue De la liberté de la presse de François René de Cha-
teaubriand 11, del que fue realizada una traducción por José del Valle en 1829.
A este tipo de obras se sumaron los textos publicados en periódicos naciona-
les y extranjeros que difundían la libertad de pensamiento y expresión, y la po-
nían en práctica a través de contenidos que desafiaban los márgenes
permitidos. Estos textos fueron los que más permearon a la mayoría de la po-
blación. Por ejemplo, en la Gaceta de La Gran Colombia, publicación oficial
que se imprimió desde 1821 hasta 1830, el gobierno se propuso difundir el

9 Para el caso del Perú ver A. MARTÍNEZ RIAZA: “Libertad de imprenta y periodismo
político en el Perú...”, op. cit., pp. 149-177; y para el caso de México, ver C. NEAL: “Freedom
of the Press in New Spain”, op. cit., p. 119.
10 Gonzalo RAMÍREZ: “Los artículos sobre ‘libertad de imprenta’ de Bentham y Miguel

Antonio Caro: Divergencias y eventuales correspondencias”, Revista de Derecho del Estado


22 (2009), pp. 2-19.
11 El texto de Chateaubriand surgió de la opinión que este emitió frente a un proyecto
de ley sobre libertad de imprenta en la Cámara de París en 1818. Este texto se incluyó en
las obras de este autor que empezaron a publicarse desde 1826. El guatemalteco José
Cecilio del Valle fue el encargado de traducirla al castellano. Ver François René DE
CHATEAUBRIAND: Discurso sobre la libertad de imprenta escrito en francés por el Visconde de
Chateaubriand y traducido al castellano por José del Valle, Guatemala, Imprenta de la Unión,
1829. Del Valle envió uno de estos ejemplares a Bentham que contiene una dedicatoria
especial, y que en la actualidad se halla en la British Library.

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Libertad de imprenta y ley penal en los orígenes del Estado colombiano

principio de libertad de imprenta y las virtudes de la Ley de Libertad de Im-


prenta del 14 de septiembre de 1821. Algunos editoriales de estas gacetas mos-
traban justamente que el gobierno pretendía adoctrinar a los ciudadanos en
un uso “adecuado” del derecho de libertad de imprenta:
Buen uso de la libertad de imprenta
El precioso derecho de publicar libremente nuestras opiniones, con solas
las reservas que la ley ha prescrito para evitar el abuso, está reconocido por
nuestra constitución, y nos ha colocado en la clase de ciudadanos de una
nación verdaderamente libre. Tantos bienes puede producir el buen uso de la
imprenta, como males producirá su abuso […] de pocos días a esta parte
nuestras imprentas se ocupan de resentimientos, y odiosidades que en vez de
ser útiles a la consolidación de la República deben minar poco a poco el
edificio social: un escritor acaso enemigo de Colombia puede hacer el mayor
mal redactando un folleto que siembre la desconfianza entre las familias,
entre los pueblos y los departamentos. […] Sería por tanto una necedad
pedir a nuestros escritores uniformidad en su manera de pensar y de creer,
mas no lo es exigirles una aversión a personas perjudiciales, y una
consagración a objetos verdaderamente útiles. La gran mayoría de nuestros
pueblos no se toma la pena de leer papeles contraídos a materias
importantes; lee aquellos folletos que seducen por un instante al hombre
frívolo, y que entretienen pasajeramente. Si el escrito es una invectiva contra
personas respetables, o contra los funcionarios públicos, la inocencia padece
indebidamente por el esfuerzo de un malvado.[…] Ningunos más expuestos
a las rivalidades e injurias que los agentes del poder supremo de la nación,
por que ningunos se encuentran menos árbitros de contentar las pasiones, de
conciliar intereses encontrados, y de dar gusto a todos los ciudadanos. Pero a
pesar de este convencimiento, es mejor habituarse a las intemperies del aire,
que vivir en un subterráneo.
Si en vez de personales y doctrinas perniciosas la imprenta se ocupa de
imparcialidad, de buenos y luminosos principios, de opiniones rectas, y de
denuncios moderados de la infracción de las leyes, la república recogerá a
manos llenas los frutos copiosos de la libertad de imprenta. Los abusos
pueden ser los mayores enemigos de esta misma libertad, dando armas a los
que la miran con ceño para que achaque ella los excesos que solamente son
del que los comete, a los que no se acomodan con ciertas instituciones
políticas, y a los enemigos de la República y de sus magistrados. La moral y
la equidad excluyen enteramente del número de los sabios y de los literatos a
todos esos críticos insolentes, malvados y envidiosos que declaran la guerra a
los grandes talentos que denigran y vituperan a los sabios y distinguidos, y

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que los sacrifican a la mofa y a la risa de un público envidioso, y maligno,


ofuscado y prevenido siempre contra el mérito. Los escritores de este horrible
carácter deben ser mirados como unos declarados enemigos de las ciencias,
de las letras y de los progresos del entendimiento humano. […] ¿Hay una
ocupación más infame que la de divertir al público a costa de los ciudadanos
que le ilustran, que le sirven útilmente, y que merecen todo su
reconocimiento? […] 12.

Legislación sobre libertad de imprenta


en los orígenes del Estado colombiano (1810-1851)

La primera legislación establecida por la elite política neogranadina en ma-


teria de libertad de imprenta fue plasmada en las primeras constituciones de
los estados regionales que declararon separarse de la Monarquía hispánica a
partir de 1810. Se trató de artículos cortos que fijaban básicamente la elimina-
ción de la censura previa y que estaban acompañados por breves introduccio-
nes que señalaban los beneficios producidos por dicha libertad. Menos
comunes dentro de las constituciones fueron los artículos que aludieron al
procedimiento judicial que se debía seguir con los autores e impresores res-
ponsables de delitos por abuso de la libertad de imprenta. Ninguna constitu-
ción se atrevió a abolir la censura previa de los textos religiosos 13. De hecho,

12 República de La Gran Colombia, Gaceta de Colombia 81, 4 de mayo de 1823, hoja


2. Otros números de esta gaceta en los que pueden hallarse editoriales similares son: 54, 27
de octubre de 1822, hoja 4; 68, 2 de febrero de 1823, hoja 2; 75, 23 de marzo de 1823, hoja
4; 128, 28 de marzo de 1824, hoja 4; 211, 30 de octubre de 1825, hojas 3-4; 298, suplemento
1 de julio de 1827, hoja 2.
13 Se trae a colación lo decretado en la Constitución de Cundinamarca para
ejemplificar la redacción de los artículos mencionados. Constitución de Cundinamarca, 30
de marzo de 1811, Art. 16:
“El gobierno garantiza a todos sus ciudadanos los sagrados derechos de la
Religión, propiedad y libertad individual, y la de la imprenta, siendo los autores los
únicos responsables de sus producciones y no los impresores, siempre que se cubran
con el manuscrito del autor bajo la firma de este y pongan en la obra el nombre del
impresor, el lugar y el año de la impresión; exceptuándose de estas reglas generales
los escritos obscenos y los que ofendan al dogma, los cuales, con todo eso y aunque
parezcan tener estas notas, no podrán recoger ni condenar, sin que sea oído el autor.
La libertad de imprenta no se extiende a la edición de los libros sagrados, cuya
impresión no podrá hacerse sino conforme a lo que dispone el Tridentino” (p. 310).

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Libertad de imprenta y ley penal en los orígenes del Estado colombiano

a pesar de su establecimiento en las mismas, estos artículos no pasaron de ser


una declaración de principios debido a que no incidieron en la práctica legis-
lativa del periodo. No fueron regulados a través de otras leyes, ni la inestabili-
dad política del momento hizo posible la creación y mantenimiento de una
estructura para el control de los impresos. La falta de una norma sobre im-
prenta sí afectó, en cambio, al crecimiento de las publicaciones de carácter po-
lítico que fueron promovidas por la elite de orientación patriótica en su tarea
de transmitir nuevos valores políticos republicanos; una de estas publicacio-
nes fue, por ejemplo, el ya mencionado periódico La Bagatela.
Posteriormente, en el Congreso Constituyente de Cúcuta de 1821, que in-
tegró el principio de libertad de imprenta en la Constitución de la Gran Co-
lombia 14, fue sancionada la primera ley reguladora del ejercicio de la libertad
de imprenta. Titulada originalmente “Ley de estensión de la libertad de im-
prenta, y sobre la calificación y castigo de sus abusos”, se mantuvo en vigor
durante treinta años, desde el 14 de septiembre de 1821 hasta su derogación el
31 de mayo de 1851. Su articulado apenas fue modificado a lo largo de su vi-
gencia. La protección brindada a las esferas del Estado, la moral, la iglesia y la
reputación frente a aquellos que las trasgredieran se mantuvo intacta pese a
ser considerada una medida problemática por la falta de detalle en la tipifica-
ción delictiva. Los elementos que se añadieron a dicha ley en lo penal y proce-
sal tampoco abolieron las disposiciones establecidas, sino que tendieron a
mejorar el mecanismo del juicio por jurados o a poner la ley de imprenta en

En las otras Constituciones regionales los artículos que sancionaron la libertad de


imprenta son los siguientes: Constitución de Antioquia, 21 de marzo de 1812, sec. II, art.
3, p. 423; Constitución del Estado de Cartagena, 15 de junio de 1812, art. 28, p. 478 y
Título II, art. 14, p. 482; Constitución de Cundinamarca, 23 de diciembre de 1811, art. 8,
p. 538; Constitución del Estado de Mariquita, 21 de junio de 1815, art. 9 y art. 10. Ver
Diego URIBE VARGAS: Las constituciones de Colombia, Madrid, Cultura Hispánica, 1977,
tomo I, p. 603.
14 Art. 156:
“Todos los colombianos tienen el derecho de escribir, imprimir y publicar
libremente sus pensamientos y opiniones, sin necesidad de examen, revisión o
censura alguna anterior a la publicación. Pero los que abusen de esta preciosa
facultad sufrirán los castigos a que se hagan acreedores conforme a las leyes” (D.
URIBE VARGAS: Las constituciones de Colombia, op. cit., tomo II, pp. 706-739).

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concordancia con otras normas 15. Una legislación que sí fue contraria a la ley
de libertad de imprenta fue la conformada por los decretos expedidos por el
rjecutivo que ordenaban la prohibición de libros 16 o la restricción de la ense-
ñanza de algunas doctrinas, como fue el caso de las de Bentham. Tales dispo-
siciones fueron promovidas en buena medida por los sectores conservadores.
Entre las leyes que se sancionaron posteriormente con el objeto de mejorar
el proceso penal de la “Ley de estensión de la libertad de imprenta” de 1821, o
con el interés de que persistiera su vigor en circunstancias de inestabilidad polí-
tica, se encuentran las siguientes. En primer lugar, destaca el Decreto de 24 de
febrero de 1829 17 expedido por Simón Bolívar en calidad de dictador y con la
asesoría del Consejo de Estado. En este se fijaba el nuevo modo como debían ha-
cerse las elecciones anuales de los veinticuatro jurados, de los que debía dispo-
ner cada municipio para organizar los juicios por libertad de imprenta. Se
trasladó la facultad de elección de las autoridades judiciales a nueve ciudadanos
que debían designar de entre la población a las personas más aptas para ejercer
como jurado. En segundo lugar, se encuentra la ley de 19 de mayo de 1838 18

15 El mecanismo del juicio por jurados fue ratificado para seguir las causas de
imprenta por la Constitución de 1832; art. 199: “Los juicios por abusos de libertad de
imprenta se decidirán siempre por jurados”. En la Constitución de 1853 se declaró su
utilización para diversas causas criminales: Capítulo I, artículo 5, inciso 11,
“El juicio por jurados, en todos los casos en que se proceda judicialmente por
delito o crimen que merezca pena corporal o la pérdida de la libertad del individuo,
por más de dos años, con la excepción que puede hacer la ley, de los casos de
responsabilidad de los funcionarios públicos, y de los procesos por delitos políticos”
(D. URIBE VARGAS: Las constituciones de Colombia, op. cit., tomo II, pp. 776-809).
16 En uno de los decretos que establecía la prohibición de libros se observa:
“[…] los libros obscenos e impúdicos corrompen la moral pública y ofenden
directamente la religión santa que el pueblo de Colombia ha proclamado por
medio de sus legítimos representantes […]” (José M. DE MIER: La Gran Colombia.
Decretos de la Secretaría del Estado y del Interior 1821-1824, Bogotá, Presidencia de
la República, 1983, tomo I, p. 89).
17 República de Colombia, Concejo de Estado, Decreto del 24 de febrero de 1829, en

Codificación nacional de todas las leyes de Colombia desde el año de 1821, hecha conforme a
la ley 13 de 1912, Bogotá, Imprenta Nacional, 1924-1930, tomo IV, p. 22.
18 Ley de 19 de mayo de 1838, Codificación nacional de todas las leyes de Colombia...,
op. cit., tomo VIII, p. 74.

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Libertad de imprenta y ley penal en los orígenes del Estado colombiano

que especificaba la preeminencia del Código Penal de 1837, por encima de la


Ley de Libertad de Imprenta de 1821. Esta estableció tres condiciones: los jue-
ces debían señalar en los autos de acusación de los textos denunciados los ar-
tículos del código penal que hubieran sido quebrantados; las penas dispuestas
en el código penal debían cumplirse por encima de las establecidas en la ley de
imprenta; y, en los casos en que por el código penal se hubieran designado los
grados máximo y mínimo para la pena, el jurado sería el encargado de seña-
larlo conforme al mismo.
Casi una década después fue sancionada la ley de 12 de mayo de 1849 19. Es-
ta se centró en regular más detalladamente la elección de los integrantes del ju-
rado. En esta disposición se enfatizó la idea de elegir personas “aptas” para ser
parte de los cuerpos de jurado. Se establecieron algunas normas tendentes a ha-
cer más transparente el procedimiento de su elección. Para ello se ordenaba la
publicación de una hoja con los nombres y apellidos del conjunto de individuos
que podían ejercer como jurados y que circularía en la jurisdicción. También se
establecía que ningún sujeto que estuviera fuera de la lista podía participar en los
sorteos para ser elegido como jurado y se fijaba el protocolo para sortear al azar
los miembros que lo conformarían, acto para el que se imponía la presencia de
varios testigos: escribano, acusador, impresor, autoridades, etc. Igualmente, se es-
tablecieron límites temporales de exigido cumplimiento para los jueces, tanto
para la formación de los jurados de hecho y de derecho, como para la presenta-
ción de notificaciones a los litigantes. Ello constituía un aspecto esencial que no
había sido regulado ampliamente por la ley de libertad de imprenta de 1821. Fi-
nalmente, la última disposición al respecto quedó establecida por el Congreso el
31 de mayo de 1851 20 durante el gobierno de José Hilario López. Con ella fue
sancionada la completa libertad de pensamiento y expresión y derogada toda la
legislación sobre imprenta que había sido aprobada anteriormente. Esta ley era
parte del programa de reformas defendidas por el sector liberal radical favorable
a liberalizar la ley de imprenta en su totalidad, lo que implicó posteriores recla-
maciones por el sector conservador y por los liberales más moderados. No obs-
tante, habría que anotar que el código penal contenía muchas disposiciones que
en la práctica reemplazaban las medidas de la ley de libertad de imprenta.

19 Codificación nacional de todas las leyes de Colombia..., op. cit., tomo XIII, p. 405.
20 Ley del 31 de mayo de 1851, Codificación nacional de todas las leyes de Colombia...,
op. cit., tomo XIV, p. 456.

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Alejandro Londoño

2. EL PROCESO DE ELABORACIÓN DE LA LEY DE LIBERTAD DE IMPRENTA DE 1821

La “Ley de estensión de la libertad de imprenta, y sobre la calificación y cas-


tigo de sus abusos” de 1821 21 se basó en la ley de libertad de imprenta sancio-
nada por las Cortes constitucionales españolas del trienio liberal el 22 de
octubre de 1820 22, titulada “Reglamento acerca de la libertad de imprenta”.
Tras un análisis comparativo puede concluirse que la ley colombiana conser-
va el contenido de la ley española. Sin embargo, se observan algunas modifi-
caciones realizadas por los legisladores colombianos como: la omisión de
artículos, supresión de palabras, transformación y construcción de nuevos ar-
tículos en función de las estructuras de gobierno republicano.
El proceso adaptativo empezó con el estudio de la ley peninsular por parte de
una comisión de juristas, denominada de Constitución y legislación 23, que se in-
tegró dentro del Congreso de Cúcuta. Entre sus miembros figuraron destacadas
figuras de la elite como Vicente Azuero y José Manuel Restrepo. El trámite siguió
las tres discusiones que habían sido establecidas constitucionalmente para san-
cionar una ley. Estas se desarrollaron durante diferentes sesiones desde el 17 de
julio hasta el 14 de septiembre y reflejaron el intenso conflicto ideológico que ha-
bía en el seno del Congreso y la naturaleza de los conocimientos legislativos de
los representantes 24. Asimismo, durante el trámite hubo tres temas centrales
de debate correlativos a las estructuras básicas de la ley: primero, la competen-
cia de la Iglesia en la censura de los textos concernientes al dogma; segundo, el

21 Carlos RESTREPO PIEDRAHITA (comp.): Actas del Congreso de Cúcuta de 1821,


Bogotá, Biblioteca de la Presidencia de la República, 1989, tomo III, pp. 48-57.
22 Colección de decretos y órdenes generales de la primera legislatura de las Cortes
ordinarias de 1820 y 1821, Madrid, Imprenta Nacional, 1821, tomo IV, pp. 234-244.
23 C. RESTREPO PIEDRAHITA (comp.): Actas del Congreso de Cúcuta..., op. cit., tomo I,

pp. 31-32.
24 El 17 de julio la comisión de legislación presenta el proyecto al Congreso y el
mismo día se admite someterlo a discusión. Las tres discusiones se realizaron por orden de
los títulos de la ley, la última estuvo dedicada a la aprobación de los artículos. La primera
discusión se inició el 21 de julio; la segunda, el 24 del mismo mes; y la tercera, el 15 de
agosto. Estas discusiones se encuentran en las actas de sesiones del Congreso, ver C.
RESTREPO PIEDRAHITA (comp.): Actas del Congreso de Cúcuta..., op. cit., tomo II, pp. 37,
70,71,72, 74, 81, 82, 83, 84, 85, 89, 91, 92, 252, 255, 256, 257, 258, 261 y 262, y tomo III, pp.
32, 48,49, 50, 51,52, 53, 54, 55, 56 y 57.

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Libertad de imprenta y ley penal en los orígenes del Estado colombiano

establecimiento de la tipificación delictiva y de las penas; y, tercero, la institución


del juicio por jurados como centro del procedimiento judicial. Además de estos
temas centrales, fueron discutidos brevemente otros principios elementales co-
mo el de nula poena sine lege 25 y el de crítica al gobierno 26. A continuación se ex-
plorarán las discusiones realizadas sobre los temas anotados y un breve análisis
comparativo entre la ley de libertad de imprenta colombiana y la española.

La competencia restrictiva de la Iglesia en materia de libertad de imprenta

En lo relativo a la competencia de la Iglesia en la censura de textos sobre el


dogma, hay que resaltar que la ley colombiana, a diferencia de la ley española,
estableció en materia religiosa que no todos los escritos que versaran sobre la
misma requerirían censura previa del eclesiástico, sino únicamente los libros 27.

25 Ley de extensión de libertad de imprenta, art. 3: “El abuso de la libertad de

imprenta es un delito que se jugará y castigará con arreglo a esta ley”, y artículo 6:
“No se podrá usar bajo ningún pretexto de otra calificación más que de las
expresadas en los artículos anteriores; y cuando los jueces no juzguen aplicable a la
obra ninguna de dichas calificadores, usará la formula siguiente: absuelto” (C.
RESTREPO PIEDRAHITA [comp.]: Actas del Congreso de Cúcuta..., op. cit., tomo I, p. 97).
26 Ley de extensión de libertad de imprenta, art. 8:
“No se calificará de líbelo infamatorio el escrito en que se tachen los defectos
de los empleados con respecto a su aptitud o falta de actividad y acierto en el
desempeño de sus funciones. Pero sí en el impreso que imputare delitos que
comprometan el honor y la probidad de alguna corporación, empleado, con
inculpaciones de hechos que estén sujetos a positivo castigo […]” (C. RESTREPO
PIEDRAHITA [comp.]: Actas del Congreso de Cúcuta..., op. cit., tomo III, p. 98).
27 Ley colombiana, art. 1:
“[…]Todo colombiano tiene derecho de imprimir y publicar libremente sus
pensamientos sin necesidad de previa censura” y art. 2, “Los libros sagrados, no
podrán imprimirse sin licencia del eclesiástico […]” (C. RESTREPO PIEDRAHITA
[comp.]: Actas del Congreso de Cúcuta..., op. cit., tomo III, p. 97).
Ley española, art. 1: “[…] Todo español tiene derecho de imprimir y publicar sus
pensamientos sin necesidad de previa censura […]”. Y seguidamente en el art. 2 se establece:
“[…] Se exceptúan solamente de esta disposición general los escritos que versen
sobre la sagrada escritura y sobre los dogmas de nuestra santa religión, los cuales
no podrán imprimirse sin licencia del eclesiástico […]” (Colección de decretos y
órdenes generales de la primera legislatura..., op. cit., tomo IV, p. 234).

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En la discusión que se desarrolló relativa a la injerencia de la Iglesia en materia


de la ley de imprenta se plantearon tres argumentos divergentes. El primero de-
fendía la jurisdicción de la Iglesia y fue expresado principalmente por los sena-
dores Francisco Otero y el obispo Rafael Laso. Otero propuso que todo lo
relativo al dogma fuera de competencia estricta de la Iglesia, señalando que
eran las disposiciones ordenadas por el Concilio de Trento las que debían regir
sobre la materia, por encima de cualquier otra ley 28. Laso consideró que no se
podía anular la jurisdicción que hasta el momento había tenido la Iglesia, ya
que con ello se generaba un problema de competencias en la práctica, defen-
diendo en consecuencia que la Iglesia continuara aplicando su legislación 29.
El segundo argumento abogaba por la protección de la Iglesia por parte del
Estado, sin distinguir estrictamente entre ambos dominios, y fue sostenido por
Ignacio de Márquez y Diego Gómez. Para Márquez, permitir la censura de la
Iglesia era ir en contra del principio de libertad de imprenta. Según su perspec-
tiva, el Estado –como máxima expresión soberana– se erigía en protector de la
Iglesia y era el que debía establecer los castigos para quienes la ofendían, por lo
que debía quedar suprimida cualquier capacidad de castigo atribuida a la Igle-
sia, exceptuando las penas espirituales 30. Gómez planteaba que la función de la
Iglesia cuando se trataba de textos que transgredían el dogma debía consistir en
pedir la retractación y, en el caso en que los inculpados no lo hicieran, entre-
garlos al brazo seglar para su castigo 31. El tercer argumento rechazaba la inter-
vención de la Iglesia y proponía la secularización. Fue defendido por los

28 C. RESTREPO PIEDRAHITA (comp.): Actas del Congreso de Cúcuta..., op. cit., tomo II,
p. 85.
29 Ibidem, tomo III, p. 57.
30 Márquez utiliza en defensa de la libertad de imprenta la misma metáfora utilizada
por Bentham en su artículo sobre la libertad de imprenta:
“[…]expuso que el hombre abusa de sus miembros, y no por eso se puede privarle
del uso de ellos, así que la censura previa de las obras es dar la libertad y quitarla al
mismo tiempo […]” (Ibidem, tomo III, p. 73).
31 Diego Gómez realiza también algunas argumentaciones tendentes a establecer una
separación total entre la Iglesia y el Estado, por ejemplo, ante la argumentación sobre la
censura por parte de la Iglesia basándose en la legislación del Concilio de Trento, Gómez
planteaba que si los reyes europeos habían tenido facultad para rechazar la norma de dicho
Concilio, por qué no habría de hacerlo el Congreso Colombiano que era, según aducía
Gómez, “incomparablemente más legítimo que aquéllos” (Ibidem, tomo II, p. 83).

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Libertad de imprenta y ley penal en los orígenes del Estado colombiano

senadores Salvador Camacho, Domingo Briceño y Miguel Tobar. Camacho sos-


tenía que en el congreso ni siquiera debían discutirse asuntos religiosos, pues el
congreso no era “concilio” 32. Briceño planteaba que la jurisdicción de la Igle-
sia estaba en el plano estrictamente espiritual y que solo por un efecto de la co-
rrupción de su disciplina se había introducido en la jurisdicción civil 33. Y
Tobar decía que darle atribución a la Iglesia para censurar los escritos religio-
sos era retrasar el avance de las “luces adquiridas”, y que dicha atribución sería
rápidamente extendida por la Iglesia hacia otras materias que no versaban so-
bre religión y, en consecuencia, “no habría un solo representante en la nación a
quien le quede la menor libertad para hablar en defesa de sus derechos so pre-
texto de que son novedades contra la religión” 34.

Tipificación delictiva y sanciones penales por delitos de imprenta

En lo que respecta a la tipificación delictiva establecida, la ley colombiana


mantuvo los mismos objetos restrictivos estipulados por la ley española. Los
legisladores partieron de reconocer que la libertad de imprenta podía provo-
car muchos males, pero que era aún un mal peor para las luces del pueblo la
inexistencia de dicha ley; de ahí que el punto central fuera el establecimiento
de unas limitaciones razonables del ejercicio de libertad de imprenta. Los cua-
tro objetos definidos fueron planteados en el Título I correspondiéndose con
cuatro tipos de textos transgresores de la libertad de imprenta: los contrarios
a los dogmas de la religión, tipificados como “subversivos”; los contrarios al
gobierno y la tranquilidad pública, tipificados como “sediciosos”; los que
ofendieran a la moral y las buenas costumbres, tipificados como “obscenos”; y
los que afectaban a la reputación de una persona en su conducta privada, te-
nidos por “libelos infamatorios”. En la definición de estos objetos, el que resul-
tó más polémico fue el relativo a la Iglesia; los otros no fueron discutidos.
Asimismo, algunos senadores consideraron que los objetos restrictivos debían
estar mejor especificados, debido a que eran muy generales y no permitían
apreciar lo que estaba prohibido y lo que estaba permitido. Ésa fue la opinión

32 C. RESTREPO PIEDRAHITA (comp.): Actas del Congreso de Cúcuta..., op. cit., tomo II,
p. 81.
33 Ibidem, tomo II, p. 82.
34 Ibidem, tomo II, p. 86.

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del senador Quijano, para quien el proyecto “no expresaba como es debido
cuándo se atacan los abusos del gobierno, y cuándo es que se ataca al mismo
gobierno”. Pero esto fue rebatido por Gómez que esgrimió que no podía ha-
ber mejor ley sancionada por el Congreso que la que estaba en trámite, para
lo que adujo su claridad y brevedad en comparación con la legislación hispá-
nica 35. Igualmente, el argumento de la generalidad fue cuestionado por los
que defendieron el valor del juicio por jurados, quienes afirmaban que los ju-
rados eran los responsables de valorar los textos que transgredían los límites
de lo permitido.
Las penas aplicables a los autores de los textos impresos quedaron estable-
cidas en el Título II. Estas se fijaron según el tipo de objeto protegido por la
ley y el nivel de daño que causara sobre este, en aras de lo que se definieron co-
mo los tres grados que debían ser establecidos por el jurado durante el juicio.
En este punto se siguió la misma estructura de la ley peninsular sin polémica
alguna. Las penas más drásticas se destinaron para los impresos subversivos y
sediciosos, a las que se sumaron las otras disposiciones legislativas que el Es-
tado y la Iglesia podían imponer. Para los escritos infamatorios fue combina-
da la pena de cárcel con una pena pecuniaria, dejando abierta la posibilidad al
agraviado para continuar la causa por injuria. Y respecto a los escritos sobre la
moral se prescribió un castigo menos riguroso: pena pecuniaria que variaba
según la gravedad del delito, y que en caso de no poder ser pagada se conver-
tía en una pena de prisión de entre seis a dieciocho meses. Los senadores que
participaron en el debate sobre el establecimiento de las penas fueron Joaquín
Borrero, Alejandro Osorio y Gómez. Estos se encargaron de definir el costo de
las penas pecuniarias, para lo que tuvieron en cuenta la reducida capacidad
económica de la población, aunque no perdieron de vista que no podían re-
ducirlas al punto de estimular los delitos 36.

35 Pregunta Diego Gómez:


“[…] ¿será mejor y más fácil decidir por el pequeño número de 75 artículos claros
y precisos que por esa enorme multitud de leyes oscuras e indigestas y esa
inmensidad de exposiciones, adiciones y aclaraciones que ningún abogado, por
instruido que sea, puede ni podrá abarcar en toda su vida? […]” (C. RESTREPO
PIEDRAHITA [comp.]: Actas del Congreso de Cúcuta..., op. cit., tomo II, p. 73).
36 Propuesta de Diego Gómez:
“[…] que conforme a lo sancionado se suprimiesen las últimas palabras del artículo,
que dicen venda después alguno de ellos, y que la multa se reduzca a $100 en lugar del

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Libertad de imprenta y ley penal en los orígenes del Estado colombiano

Las penas establecidas para el caso de los impresores o de los libreros que
continuaran vendiendo textos previamente censurados fueron equiparadas a
las de los autores si no cumplían con el detallado procedimiento de registro de
datos de estos que tenían que aportar 37. Este consistía en anotar información
referente al lugar de residencia y al nombre completo de los autores, y en soli-
citarles un original firmado, teniendo que ser todo ello presentado a las auto-
ridades en caso de ser requerido 38. En comparación con la ley española, la ley
colombiana estableció, en general, penas menos rigurosas, debido a que los
gobernantes tuvieron en cuenta diferentes aspectos: la impopularidad de apli-
car penas drásticas, la insolvencia económica o el mal estado y la escasez de las
cárceles. Por ejemplo, en el artículo 9 de la ley española se establecía que el au-
tor o editor de un impreso calificado como subversivo en grado primero sería
castigado con seis años de prisión, aunque no en la cárcel pública; mientras
que en la ley colombiana se prescribía que sería castigado con seis meses y tres-
cientos pesos de multa, lo que se comprende si se atiende a la carencia de cár-
celes durante la época estudiada.

valor de los 1.000 que se establecían en el artículo, y fue apoyado por el señor
Obispo. Dijo el señor Osorio que la pena de 100 estimula el delito, porque en un
impresor interesado en la venta de 1.000 o más ejemplares que tenga de una obra,
y que importen una cantidad considerable, exhibirá los $100 creyendo con ellos
salvar $2.000 o 3.000, y que por lo mismo le parecía que en vez de una multa
sufriese una prisión de tres meses, pues un embustero merece bien esta pena. […]”
(C. RESTREPO PIEDRAHITA [comp.]: Actas del Congreso de Cúcuta..., op. cit., tomo II,
p. 259).
37 Para el aspecto relativo a los impresores tendrá peso la argumentación del senador
Ignacio Méndez:
“[…] que si para la averiguación del autor de un escrito anónimo basta conminar
al impresor para que lo declare a la multa de cierta cantidad, es muy factible que
este alguna vez no lo descubra, si el tal autor le contribuye con la cantidad en que
se le pena […]” (C. RESTREPO PIEDRAHITA [comp.]: Actas del Congreso de Cúcuta...,
op. cit., tomo II, p. 92).
38 Ver artículos 15, 16, 17, 18 y 19 (C. RESTREPO PIEDRAHITA [comp.]: Actas del
Congreso de Cúcuta..., op. cit., tomo III, p. 51).

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El juicio por jurados y la sanción penal por delitos de libertad de imprenta

Ciudadano,
Jurado de Hecho Fiscal,
Procurador.

Denuncia
Funcionarios:
eclesiásticos,
Alcalde o Juez civiles,
Mayor de 25,
Residir en militares,
Cantón, Oficio Restricciones Sortea secretarios de
o Propiedad despacho
Excluidos
dependientes
Siete Jurados
Impedidos
Juzgan complicidad, enemistad
conocida o parentesco
Pluralidad
por con acusado o acusador
de votos Dar lugar a
la causa

Jurado de Derecho Remiten


Acusado
Alcalde o Juez certifica prepara
Juicio público; defensa
elección de organiza
nuevo jurado Sortea

Siete Jurados

Juzgan

Unanimidad Calificación
por
de seis votos y graduación
del texto Pago de costas,
pena, publicación
Remiten de sentencia, etc.
Juez ejecuta
la pena

Apelación Penas mal


Procedía aplicadas o juicios
Corte mal tramitados
Apelación Suprema
de Justicia

En materia del procedimiento judicial, la ley colombiana adaptó el mode-


lo establecido por la ley española, que estaba constituido, esencialmente, por
el mecanismo del juicio por jurados. Según la discusión de la ley dicho juicio
se iniciaba con la acusación del escrito por parte de un ciudadano, un fiscal o
un procurador ante el alcalde ordinario del cantón. Seguidamente debía desig-
narse un juez encargado de la causa, quien debía realizar la elección mediante

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Libertad de imprenta y ley penal en los orígenes del Estado colombiano

“sorteo” 39 de los siete jueces de hecho que compondrían el jurado, y de obser-


var que estos no tuvieran impedimentos legales que los excluyera del juicio 40.
Estos jurados tenían que resolver “la cuestión de hecho”, es decir, si el texto po-
día considerarse delictivo por rebasar el umbral de la libertad de imprenta. En
ello debían coincidir todos los jurados.
Si el texto era considerado como delictivo la próxima acción del juez era
declarar prohibidos los impresos e iniciar una averiguación sobre la persona
sindicada, para lo que era requerido el impresor. Solo los inculpados de textos
subversivos podían ser detenidos en el acto por el juez, y en los otros casos el
acusado solo tenía que ofrecer un fiador que asegurara su presencia en el jui-
cio. El juez debía encargarse de dirigir una copia de la denuncia al acusado pa-
ra que preparara su defensa. Después el juez se encargaba de elegir por sorteo
los otros siete jurados de entre los 14 que quedaban, pues no se contaba con
los siete que participaron en la primera parte; sobre estos segundos jurados el
procesado tenía derecho a cambiar cuatro sin necesidad de argüir razones. A
continuación se celebraba el juicio en un acto público al que debían asistir los
implicados en el pleito con sus abogados, las autoridades judiciales y todas las
personas que pudieran contribuir al esclarecimiento de la causa. Los jueces de-
bían conferenciar sobre la calificación y grado del escrito conforme a lo esta-
blecido en el capítulo 1 de la ley, y si no había un consenso de seis votos el
incriminado era absuelto. Por último, el juez de la causa se encargaba de apli-
car la sentencia. La tercera y última parte se centraba en la apelación a la que

39 En dicho sorteo participaban 24 ciudadanos que era designados a comienzos del


año para ejercer dicha función; los requerimientos que estos debían cumplir eran según el
art. 25:
“Se necesita ser ciudadano en el ejercicio de sus derechos, mayor de 25 años,
residente en el cantón, y tener un oficio o una propiedad conocida que le dé lo
bastante para mantenerse por sí, sin necesidad de vivir a expensas de otros”.
Y art. 26:
“No podrán ser nombrados jueces de Hecho los que ejerzan jurisdicción civil o
eclesiástica, los comandantes generales de las armas, ni los secretarios del despacho
y sus dependientes” (C. RESTREPO PIEDRAHITA [comp.]: Actas del Congreso de
Cúcuta..., op. cit., tomo III, p. 52).
40 Según el artículo art. 31 los jurados se encontraban impedidos legalmente cuando
existía complicidad, enemistad conocida, o parentesco hasta el cuarto grado civil de
consanguinidad, o segundo de afinidad, bien con el acusador o con el autor o editor (C.
RESTREPO PIEDRAHITA [comp.]: Actas del Congreso de Cúcuta..., op. cit., tomo III, p. 52).

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tenían derecho todos los incriminados ante la Corte Superior de Justicia y que
solo procedía cuando los jueces de las causas no hubieran impuesto las penas
aplicadas en la ley o cuando en el juicio no se hubieran observado los trámi-
tes o las formalidades necesarias.
Este tipo de juicio fue interpretado por los senadores que defendieron su
implantación como un mecanismo que contrarrestaba la parcialidad de los
jueces y que, por tanto, otorgaba garantías al ciudadano. Se percibía como el
mecanismo más adecuado en los juicios de libertad de imprenta, pues se ase-
guraban diversas opiniones en la calificación y graduación de los textos. Algu-
nos senadores argumentaron, además, que los juicios por jurados podían
servir para formar una escuela en la materia que permitiría el mejoramiento
práctico y la extensión de la misma ley, y que ejercitaría la participación polí-
tica de los ciudadanos 41. Aquellos en contra de dicho sistema expusieron tam-
bién sus argumentos. Manuel Baños señaló que su división en dos etapas, una
para dar lugar a la causa y otra para calificar y graduar el texto, constituía un
procedimiento “laberíntico” que no podía ser garantizado por la administra-
ción de justicia y que, por tanto, conllevaría la impunidad del delito o daría lu-
gar a que el agraviado o las autoridades dejaran pasar el crimen por no asumir
la multitud de trámites 42. Otros senadores, como Ignacio Méndez y Antonio
Yanes, lo consideraron impracticable debido a la “escasez de luces de nuestros
pueblos” y plantearon que para establecerlo debía hacerse el ensayo con críme-
nes más fáciles de juzgar. Otero y Laso lo consideraron ominoso para la Igle-
sia debido a que los jueces deberían juzgar materias relativas al dogma, una
actividad para la que no les consideraban capacitados. Briceño expuso que en
algunas parroquias no podrían ni siquiera encontrarse los suficientes indivi-
duos para completar la lista requerida para formar el jurado; una opinión que

41 Señala José Ignacio de Márquez:


“[…] donde se aprende el mecanismo del conocimiento de este juicio, porque cada
año habrá dos o tres causas de aquella clase, y he aquí que al cabo de este tiempo
habrá al pie de 100 individuos en cada población donde hay imprenta, que se
instruirán en este orden de proceder, ilustrarán a los demás, y cuando llegue el caso
de aumentarse el número de prensas, ya casi todos los ciudadanos habrán
adquirido los conocimientos que requiere este juicio […]” (C. RESTREPO
PIEDRAHITA [comp.]: Actas del Congreso de Cúcuta..., op. cit., tomo II, p. 74).
42 Ibidem, tomo III, p. 70.

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Libertad de imprenta y ley penal en los orígenes del Estado colombiano

fue contradicha por otros senadores que argumentaban que en caso de no po-
derse formar en las parroquias bastaba con su establecimiento en las capitales
cantonales.
En síntesis, puede observarse que el argumento de la copia mecánica de la
ley que suele ser utilizado para describir la legislación colombiana queda in-
validado cuando se observan los procesos legislativos del periodo desarrolla-
dos por el congreso. Estos muestran que se tomaron leyes foráneas con el
interés de adaptarlas y no para ponerlas íntegra y mecánicamente en vigor, sin
importar las consecuencias derivadas de tal acto. El proceso de adecuación an-
teriormente analizado muestra que las leyes que se perfilaban para ser adapta-
das eran elegidas de acuerdo a unos criterios de cercanía ideológica, y no por
su nivel de ilustración en materia jurídica. Por tal motivo la legislación del li-
beralismo español ejerció una influencia notable. La ley sancionada por las
Cortes del trienio liberal español, que fue la que tomaron y adaptaron los le-
gisladores colombianos, fue ampliamente modificada durante los tres trámi-
tes legislativos seguidos por el Congreso, en los que se dieron sendas
discusiones entre los diferentes sectores ideológicos que lo integraron.

3. JUICIOS POR LIBERTAD DE IMPRENTA


EN LA NUEVA GRANADA Y LA GRAN COLOMBIA

Las imprentas aumentaron en diferentes provincias del territorio colombia-


no a partir de 1821 y con ellas la producción y circulación de textos: prensa, li-
bros, manuales, hojas sueltas y catecismos, entre otros 43. La prensa periódica
fue el producto que más dinamizó la fundación de imprentas y que más publi-
có los escritos demandados por trasgredir la ley de libertad de imprenta. La pu-
blicación de libelos, de textos sediciosos y subversivos en los periódicos
obedecía a que estos eran los medios de divulgación más eficaces y a que eran
concebidos como los instrumentos dedicados a informar al público de todo lo
que pudiera ser importante para el desarrollo de la vida comunitaria.
Una revisión de los archivos judiciales colombianos refleja que en diferen-
tes ciudades fueron realizados juicios por jurados, sobre todo en las que hubo

43 Ver Antonio CACUA PRADA: Libertad de prensa en Colombia, Bogotá, Universidad


Católica Javeriana, 1958, pp. 237-275; María ARANGO DE TOBÓN: Publicaciones periódicas en
Antioquia 1814-1960. Del chibalete a la rotativa, Medellín, EAFIT, 2006, pp. 17-35.

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un movimiento literario más amplio. Ubicar estos juicios no resulta sencillo


debido al estado en el que se encuentran los fondos criminales de los archivos,
a lo que se suma que no siempre están completos y que, por tanto, es necesario
acudir a otras fuentes para organizar el hilo de los acontecimientos. Entre estas
figuran: noticias publicadas en las gacetas oficiales y no oficiales en las que se
ofrecían resúmenes de los desarrollos de los juicios; folletos escritos y sufraga-
dos por autores, que en calidad de acusados o de acusadores, sintieron la nece-
sidad de defender su honor ante el público; hojas sueltas mediante las que se
defendía la institución del jurado o se buscaba influir en sus decisiones; y obras
de historia del siglo XIX en las que se da noticia de algunos juicios. A partir de
estos recursos documentales, en este apartado, se analizarán algunas de las con-
troversias jurídicas que tuvo Vicente Azuero en su desempeño como periodis-
ta 44: el pleito con el representante de la Cámara, Manuel Baños, y los procesos
con el coronel José Bolívar y el periodista Leandro Miranda. Luego se presenta-
rán las causas seguidas al presbítero José María Botero en 1836 y al impresor y
escritor Antonio Belcazar en 1843, ambas en la ciudad de Medellín durante el
periodo de gobierno del Estado de la Nueva Granada. Las causas de Azuero per-
miten observar cómo fue aplicado el principio de imputación a los gobernantes
por el mal desempeño de sus funciones. Mientras la causa del presbítero Botero
refleja qué tipo de contenidos hacía que los textos pudieran ser transgresores de
la libertad de imprenta; el juicio de Balcazar servirá para mostrar las irregulari-
dades que podían presentarse en un juicio de libertad de imprenta.

Imputación de un funcionario del gobierno


por el mal desempeño de sus funciones públicas

El pleito sostenido entre Vicente Azuero y Manuel Baños en el año 1823,


siendo el primero fiscal de la Corte Suprema de Justicia y el segundo miembro

44 Vicente Azuero fue uno de los políticos liberales más destacados de su época, quien
llegó a ocupar diversos cargos: senador, ministro, fiscal de la Corte Suprema de Justicia. Sus
labores periodísticas las desempeñó en periódicos oficiales y de su propiedad, como La
Gaceta de Colombia (1821), La Indicación (1822), El Correo de Bogotá (1823), El Conductor
(1826), El Granadino (1827). También fue colaborador de otros periódicos, entre los que
interesa resaltar El Constitucional de Cundinamarca en el que destaca su defensa de la
teoría de la legislación de Bentham en el año 1836. Ver Guillermo HERNÁNDEZ DE ALBA y
Fabio LOZANO Y LOZANO (comps.): Documentos sobre el doctor Vicente Azuero, Bogotá,
Imprenta Nacional, 1944, pp. 5-35.

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Libertad de imprenta y ley penal en los orígenes del Estado colombiano

de la Cámara de Representantes, se inició con las imputaciones que Azuero hizo


de la actuación política de Baños en los números 19, 20 y 21 del periódico El co-
rreo de Bogotá. Entre estas se encuentran: la denuncia de que Baños había estado
impedido para participar en el Congreso de Cúcuta de 1821; su expulsión de di-
cho congreso por haberse negado a firmar la Constitución; la reputación de loco
que había adquirido en el Congreso por defender la idea de que Colombia debía
ser un estado teocrático, para lo que Baños había manifestado tener revelaciones
divinas 45. Azuero también imputó a Baños el haber solicitado una recompensa
militar por su participación en la guerra de independencia, que le había sido ne-
gada tras comprobarse que había desertado al campo enemigo. Las editoriales en
las que se encuentran estas imputaciones tienen un tono sarcástico tendente a la
ridiculización, que posiblemente aumentó el enojo y la indignación de Baños.
Baños, así como otros representantes de la Cámara 46, que se sintieron infa-
mados por El Correo de Bogotá, entre cuyos redactores se encontraba Azuero y
otros liberales que desempeñaban labores en el gobierno, promovieron el esta-
blecimiento de una comisión dentro de la misma Cámara para que revisara el
número 19 y determinara si esta podía juzgar y castigar a los autores de este dia-
rio. Esta comisión formada el 4 de mayo de 1823 resolvió dos días después que
los juicios por infamaciones a través de la prensa debían ser decididos conforme
a la Ley de libertad de imprenta del 14 de septiembre de 1821 47. Los represen-
tantes que promovieron dicha comisión pretendían que la Cámara se convirtie-
ra en tribunal porque sabían que era la única forma de intervenir jurídicamente

45 Dice Azuero en su escrito “Vindicación del Ciudadano Vicente Azuero, Ministro de la


Alta Corte de Justicia, contra un libelo infamatorio publicado por el doctor Manuel Baños”:
“[…] en conversaciones particulares Baños dijo haber tenido la revelación de que
su mujer estaba embarazada, y que el hijo que había de nacer había de ser el
príncipe teocrático de Colombia […]” (G. HERNÁNDEZ DE ALBA y F. LOZANO Y
LOZANO [comps.]: Documentos sobre el doctor Vicente Azuero, op. cit., pp. 236-260).
46 El secretario del Congreso registró:
“[…] Los honorables Caicedo, Baños, Manrique, Arvelo y Osío ofrecieron
igualmente separarse de este cuerpo, si él no toma en consideración este periódico
para corregir en tiempo su altanera mordacidad […]” (Javier OCAMPO LÓPEZ
[comp.]: Santander y el Congreso de 1823: Actas y correspondencia, tomo IV: Actas
de la Cámara de Representantes, Bogotá, Biblioteca de la Presidencia de la
República, 1989, p. 90).
47 J. OCAMPO LÓPEZ (comp.): Santander y el Congreso de 1823..., op. cit., [Link] IV, p. 104.

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Alejandro Londoño

contra los autores de los artículos de El Correo, todos altos miembros del gobier-
no, debido a que los fueros judiciales que tenían por sus cargos los cubrían del
alcance de dicha ley 48.
Dada la limitación de la ley, Baños decidió hacer justicia por su propia cuen-
ta con su escrito El rifle a los autores de los números 19, 20 y 21 del Correo, que
publicó el domingo 23 de mayo de 1824, y en el que afirmó que Azuero era un
calumniador, un falso patriota y que había usurpado bienes durante su cargo
de auditor de bienes en 1819. Estos juicios enardecieron a Azuero hasta el pun-
to de agredir físicamente a Baños el mismo día por la noche 49, y de responder-
le a través del texto publicado el 28 de mayo de 1824, titulado Vindicación del
ciudadano Vicente Azuero, Ministro de la Alta Corte de Justicia, contra un libelo
infamatorio publicado por el doctor Manuel Baños. En este escrito Azuero enfa-
tizó que la ley de libertad de imprenta –de la que decía que era la más grande
garantía contra el mal gobierno–, le otorgaba el derecho de imputar la conduc-
ta pública de Baños y que sus acusaciones podían ser verificadas, para lo que
añadió una serie de documentos y certificados al final del escrito 50.

48 En el senado de 1823 se empezó la discusión de un proyecto de ley relativo al modo:


“[…] como debe celebrarse el juicio de jurados sobre abusos de libertad de
imprenta en los casos en que delincan el Vicepresidente de la República en
ejercicio, senadores y representantes, ministros de la Alta Corte y superiores de
justicia […]” (J. OCAMPO LÓPEZ [comp.]: Santander y el Congreso de 1823..., op. cit.,
tomo II: Actas del Senado, p. 262).
Este proyecto finalmente no llegó a ningún término con lo cual la ley de libertad de
imprenta no pudo ser aplicada a altos miembros del gobierno.
49 Por la agresión recibida Baños acusa a Azuero ante las autoridades de intento de
homicidio. El proceso que se siguió se compone de la denuncia del 24 de mayo, los autos
seguidos por la comisión establecida dentro de la Cámara de Representantes, y los
sumarios de los interrogatorios realizados a los testigos, los cuales se extendieron hasta el
final del proceso el 2 de junio. Este terminó con la siguiente sentencia:
“[…] la Comisión no se atreve a calificar este suceso, sino de un acaloramiento
ordinario o una injuria de hecho inferida de ambas partes, sin que conste quien fue
el primer ofensor […]” (G. HERNÁNDEZ DE ALBA y F. LOZANO Y LOZANO [comps.]:
Documentos sobre el doctor Vicente Azuero, op. cit., p. 124).
50 Azuero adjuntó en su escrito el acta de la sesión del Congreso del día 5 de
septiembre de 1821, una certificación de Estanislao Vergara y otra de Enrique Umaña que
daban cuenta de su actuación en la junta de secuestro organizada en 1819, y otra
certificación notarial que daba cuenta de su conducta (Ibidem, pp. 249-260).

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Libertad de imprenta y ley penal en los orígenes del Estado colombiano

Los otros dos pleitos de Azuero con el coronel José Bolívar y con el perio-
dista Leandro Miranda tuvieron lugar durante el mes de noviembre de 1827.
Ese año la ley de libertad de imprenta se encontraba confinada como parte del
programa de desestructuración de algunas de las leyes sancionadas desde el
Congreso de Cúcuta que venía realizando la dictadura de Simón Bolívar. La
agresión que recibió Azuero de parte del coronel el 5 de noviembre de 1827 te-
nía como fin incapacitarlo para que no continuara con su labor periodística
realizada en el periódico El Conductor, desde el que se había convertido en uno
de los oponentes más notables del gobierno. Azuero encabezaba este periódi-
co con la sentencia: “Los pueblos deben ser conducidos por la autoridad de las
leyes, siempre igual e impasible, y no por las voluntades pasajeras, expuestas a
todas las pasiones” 51.
El coronel Bolívar afirmaba tener como objetivo romper los dedos a todos
los escritores liberales y no había logrado cumplir plenamente su objetivo con
Azuero debido a que en medio de la golpiza los transeúntes lograron apartar-
lo de este 52. Para ejercer tal violencia contaba con la protección del gobierno
y ello se reflejaba en que las denuncias interpuestas por Azuero ante el presi-
dente de la República, ante el intendente del departamento, Pedro Alcántara
Herrán, y ante el comandante general del ejército, Rafael Urdaneta, no tuvie-
ron ningún efecto. Este hecho causó notable resonancia entre el sector liberal
cercano a Francisco de Paula Santander, hasta el punto de que de forma inme-
diata fueron publicados dos escritos para denunciarlo públicamente. El pri-
mero fue titulado Comentario periodístico publicado en Bogotá sobre la agresión
de que fue víctima el doctor Azuero, y el segundo, Espejo a los liberales. Este úl-
timo se publicó en Panamá y estuvo acompañado con la representación que

51 G. HERNÁNDEZ DE ALBA y F. LOZANO Y LOZANO (comps.): Documentos sobre el doctor


Vicente Azuero, op. cit., p. 32.
52 Azuero comenta a Simón Bolívar en la denuncia que le remite por la agresión del
Coronel que antes había tenido otras amenazas:
“[…]Yo me recelaba esta suerte de mucho tiempo atrás; y en mis escritos la
pronostiqué mil veces. En la anterior venida de vuestra excelencia, su Edecán
Arismendi se plantó un día con otros oficiales a mi establecimiento para dirigirme
insultos y amenazas, cuando se publicaba la bandera tricolor: las ofertas de palos,
foetazos, sablazos, etc., eran muy antiguas y habían tardado en realizarse […]” (G.
HERNÁNDEZ DE ALBA y F. LOZANO Y LOZANO [comps.]: Documentos sobre el doctor
Vicente Azuero, op. cit., p. 132).

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Azuero hizo en un primer momento a Simón Bolívar denunciando la agresión


sufrida por el coronel.
El pleito sostenido entre Azuero y Leandro Miranda, hijo de Francisco Mi-
randa, sucedió mientras el primero realizaba las denuncias por la agresión que
había recibido de parte del coronel Bolívar. Los hechos se iniciaron con una
hoja impresa y una carta que Miranda le había remitido a Azuero. La hoja en
la que se encontraba el nombre de su autor y de su impresor contenía un men-
saje infamante que decía: “Declaro públicamente que V. A., autor del artículo
Duelos, en el nº 79 del Conductor es un cobarde, un embustero y un canalla”.
Asimismo, en la carta Miranda le decía a Azuero que su motivo para infamar-
lo eran los insultos que había proferido a su hermano Francisco y le expresa-
ba sarcásticamente que si en un primer momento había tenido la intención de
“castigarlo del mismo modo que lo habían hecho los señores Baños y el Coro-
nel Bolívar”, había decidido finalmente no rebajar su grado de caballero. En la
denuncia que hace Azuero ante el juez letrado del cantón se observa que no
apeló a la aplicación de la ley de imprenta de 1821, posiblemente porque sabía
que las autoridades no iban a implementar una normativa garante de su dere-
cho; en cambio, sí acudió a las leyes de Partida para denunciar el delito de in-
famia 53. Ante la denuncia, el juez expidió citaciones a los responsables del
libelo infamatorio con la finalidad de interrogarlos pero no de iniciar un pro-
ceso. Su dictamen final fue en perjuicio de Azuero. Fundó su sentencia en la
Constitución de 1821 y en las Partidas: si mandaba a los acusados a la cárcel
también debía poner a Azuero en la misma, debido a que había cometido igual
delito contra el hermano de Miranda 54. Ante esta resolución, Azuero manifestó

53 En la denuncia puesta por Azuero ante el juez le refiere lo siguiente:


“[…] al intento propongo en debida forma acusación criminal contra ellos –contra
Leandro Miranda y el impresor Fox– como reos de ‘famoso libelo’, y pido que se les
aplique la pena corporal a que son acreedores, y que a su tiempo especificaré, en
conformidad de la terminante disposición de la Ley 3ª, título 9º, Partida 7.ª, que
castiga tanto a aquel que compuso la escritura, como a aquel que la escribió y que
pudiéndolo no la rompió […]” (G. HERNÁNDEZ DE ALBA y F. LOZANO Y LOZANO
[comps.]: Documentos sobre el doctor Vicente Azuero, op. cit., pp. 150-151).
54 Dice José María Hiniestrosa juez letrado del cantón:
“[…] como por el artículo 159 de la Constitución ninguno puede ser preso, sino es
que merezca pena corporal; y la que prescribe la Ley 3ª, título 9º, partida 7ª, sea la
misma que se impondría al infamado si le fuese probado el delito con que se le
infame; no ha lugar por ahora a la prisión que solicita […]” (Ibidem, pp. 153-154).

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Libertad de imprenta y ley penal en los orígenes del Estado colombiano

su desacuerdo en una representación que dirigió al juez, en la que expuso su


abandono de la ciudad por no sentir garantizada su seguridad.

Un clérigo sedicioso condenado por el jurado

El presbítero José María Botero fue acusado en la ciudad de Medellín en el


año de 1836 por su publicación del folleto titulado Acusación contra el Gobier-
no de la Nueva Granada, denunciado como sedicioso en primer grado siguien-
do la ley de libertad de imprenta. Este proceso tuvo un estricto seguimiento de
la ley por parte del juez segundo de primera instancia de Medellín. Los hechos
plasmados en el proceso permiten observar el problema que supuso para el
gobierno la contradicción entre una enseñanza universitaria liberal y la res-
tricción de textos impresos contrarios a la Iglesia católica. Del análisis del pro-
ceso pueden derivarse también algunos de los problemas de competencias que
se dieron entre las autoridades judiciales cuando se trataba de aplicar la ley de
imprenta.
La acusación de Botero la hizo el fiscal del juzgado de Medellín y profesor
del Colegio de Antioquia, Manuel Tiberio Gómez, el 7 de enero de 1836. Su
cargo principal fue que Botero, en su folleto publicado el 28 de septiembre de
1835, afirmaba que el gobierno había mandado a “[…] enseñar que no hay
dios, ni espíritu, ni religión, y de que Jesús es un impostor […]”; por ello so-
licitaba que el folleto se calificara como sedicioso en primer grado 55. El folle-
to escrito por Botero, hallado dentro del expediente judicial, poseía un tono
colérico y acusador, además de una pésima calidad literaria por la que se dis-
culpaba su autor. Se componía de dos partes: una introductoria, titulada “In-
vitación”, y una de desarrollo titulada “Acusación del Doctor José María
Botero contra el gobierno de la Nueva Granada”. La primera constituía un lla-
mamiento dogmático hacia la insurgencia de los católicos contra un gobierno
“impío”; llamado en el que el clérigo pedía colaboración de la comunidad:
[…] ayudadme avisándome las injurias, y los libros que nos perjudican,
ayudadme indicándome los libros que perjudican estos jóvenes y que
puedan encontrarse en esta provincia y entre las vuestras, ayudadme

55 Juicio criminal seguido contra José María Botero por delito de libertad de
imprenta, Denuncia de Manuel Tiberio Gómez contra José María Botero por publicación
de folleto sedicioso, interpuesta el 7 de enero de 1836, Archivo Histórico de Antioquia,
Medellín, Colección colonia, Sección criminal, Caja b-47, fol. 2.

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Alejandro Londoño

principalmente con vuestro dinero para unos escritos, y para pagar los
bienes y alimentos […] 56.
La parte de acusación se componía de un pliego de treinta cargos contra el
gobierno, mediante los que el autor pretendía mostrar, básicamente, que el go-
bierno al mandar a enseñar ideología y metafísica siguiendo la obra de Destuff
de Tracy, estaba abusando de la soberanía de los ciudadanos, quienes tenían el
derecho de que les fuese protegida la religión católica tal y como estaba esta-
blecido constitucionalmente. Algunos de los cargos más notables fueron: que
el gobierno era criminal por permitir la enseñanza de Tracy; que en la gaceta
del Estado aparecía solo la voz del gobierno; que los magistrados no eran fie-
les cristianos sino liberales impíos; y que las autoridades religiosas de Antio-
quia estaban condenándose por haber permitido la ley de enseñanza del
gobierno 57.
El proceso seguido tras la denuncia del fiscal se desarrolló de forma rápida
teniendo en cuenta las interferencias que lo retrasaron aproximadamente 15
días. Se realizó entre el 7 de enero, día en que fue denunciado el escrito, y el 11
de febrero de 1836, día en el que el jurado declaró la calificación y graduación
del mismo y el juez procedió a imponer la pena. Esta rapidez refleja que la ley
de imprenta se había convertido en una norma de fácil aplicación para las au-
toridades judiciales, y que la organización de los juicios por jurados no fue tan
compleja como en un primer momento plantearon los legisladores del Con-
greso de Cúcuta de 1821.
Tras la denuncia del fiscal Manuel Tiberio Gómez, en la que se solicitaba
prisión preventiva para Botero 58, el juez segundo de primera instancia de Me-
dellín, José María Barrientos, procedió a sortear inmediatamente los siete ju-
rados para determinar si había lugar a causa, recayendo en: Alejandro Zea,

56 José María BOTERO: Acusación contra el Gobierno de la Nueva Granada, Medellín,


1835.
57 Del cargo 5 al 25 Botero pretende hacer un análisis de la obra de Tracy y su

incidencia en la educación (Ibidem, pp. 11-20).


58 “ […] Otrosi. Pide desde ahora el fiscal, que en caso de que se declare haber lugar
a la formación de causa, se ponga inmediatamente en prisión al autor del escrito
denunciado, conforme al artículo 32 de la citada ley de imprenta […]” (Juicio
criminal, Denuncia de Manuel Tiberio Gómez contra José María Botero... Archivo
Histórico de Antioquia, Medellín, Colección colonia, Sección criminal, Caja b-47,
fol. 2).

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Libertad de imprenta y ley penal en los orígenes del Estado colombiano

Manuel Vélez Barrientos, José María Bernal, Francisco Ortega, Manuel Giral-
do, el presbítero Felipe Ortega y Norberto Bermúdez. Estos se presentaron an-
te el juez el 8 de enero para ser calificados y realizar el juramento, y, después
de examinar el texto, declararon lugar a causa ese mismo día. Tras ello, el juez
procedió, como lo indicaba la ley, a solicitar al impresor del escrito, Antonio
Balcazar, que remitiera la información del domicilio del autor. El impresor in-
dicó que el presbítero Botero residía en la parroquia de Envigado, por lo que
el juez Restrepo remitió una nota al juez parroquial de Envigado, Antonio Co-
rrea, para que le hiciera llegar la comparecencia a Botero. Este fue encarcelado
el 9 de enero y este mismo día el juez sorteó los nombres de los jurados encar-
gados de calificar y graduar la causa, quedando designados: Marcelino Restrepo,
Rafael Escobar Vélez Calle, Luís Uribe, Miguel Uribe Restrepo, José María Gó-
mez Restrepo, Joaquín Gómez Hoyos y Luís Arango Trujillo. En la calificación
del juez fue descartado José María Gómez por ser hermano del acusador 59, lo
que obligó al sorteo de otro jurado que se hizo en presencia del juez munici-
pal y del fiscal consejero de la causa Luís Restrepo. El puesto recayó en Alber-
to Ángel. Tras la conformación del jurado, el juez pasó el mismo día 9 de enero
una copia de la acusación a Botero para que preparara su defensa y una copia
de los siete jurados para que rechazara cuatro de los mismos en el término de
veinticuatro horas, según establecía la ley. Botero respondió el día 10 excluyen-
do a dos de los jurados: Miguel Uribe Restrepo y Joaquín Gómez. Estos fue-
ron reemplazados por Pedro Arando y José Muñoz.
La segunda parte de este proceso judicial se inició el 18 de enero en la sala
municipal. El juez comenzó en la mañana tomando los juramentos a los jura-
dos y dando instrucciones de procedimiento a las partes. Posteriormente se hi-
zo la acusación y luego vino la defensa, pero en vista de que se había sesionado
durante siete horas seguidas y que el acusado argumentaba que apenas inicia-
ba su defensa, el jurado decidió posponerlo para el día siguiente 60. En estas

59 Juicio criminal, Auto judicial de diligencia de cambio de jurado ordenada por el


juez José María Barrientos. Archivo Histórico de Antioquia, Medellín, Colección colonia,
Sección criminal, Caja b-47, fols. 27-28.
60 El juicio era un momento muy esperado por Botero que había dirigido una
petición al juez solicitándole un lugar espacioso al que pudiera asistir el mayor número de
público:
“[…] Por esto pido a U. Sr. Juez, que señale el más espacioso lugar que se encuentre
para que un pueblo innumerable decida si el Dr. José María Botero es un traidor a

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Alejandro Londoño

circunstancias, surgió un imprevisto con el que no contaba el juez Barrientos.


El juez primero subrogado de hacienda había iniciado un proceso criminal
por sedición contra Botero y habiéndolo encontrado preso se apoderó de él
dictando un acto de prisión que lo obligaba a permanecer incomunicado has-
ta que rindiera confesión. Este procedimiento fue apelado por Barrientos, que
solicitó al incriminado para terminar el juicio. Sin embargo, el juez primero se
negó a entregarlo argumentando que su causa primaba por encima de la de li-
bertad de imprenta 61. De esta negativa se desprendió un conflicto de compe-
tencias que fue llevado ante el Tribunal del Distrito Judicial de Antioquia, que
resolvió a favor del juez Barrientos 62. Dicho tribunal priorizó la causa iniciada

la patria, por haber publicado el impreso acusador, o el gobierno de la Nacional


General es un infame detractor del cristianismo, un detestable maestro de la
impiedad y un enseñable tirano de la nación granadina […]” (Juicio criminal,
Petición interpuesta por José María Botero el 18 de enero de 1836. Archivo Histórico
de Antioquia, Medellín, Colección colonia, Sección criminal, Caja b-47, fol. 33).
Esta petición fue denegada por el juez Barrientos: “No, siendo el pueblo granadino el que
lo ha de fallar en el impreso acusado, y si los jueces de hecho, con arreglo a la ley de 17 de
septiembre de 1821”.
61 Dice el juez subrogado de hacienda:
“[…] Le digo: que yo, en cumplimiento del deber que me impone la ley de 3 de junio
de 1833, tengo que arrestar al Sr. Botero, que después de le reciba la confesión, el debe
continuar arrestado, aunque podrá entonces comunicar, como los reos de causa
semejante a la que a él se le está siguiendo […]” (Juicio criminal, Carta del Juez
Subrogado de Hacienda del 19 de enero de 1836 al juez Barrientos. Archivo
Histórico de Antioquia, Medellín, Colección colonia, Sección criminal, Caja b-47,
fol. 39).
62 “[…] La ley de catorce de septiembre de mil ochocientos veinte uno da al juez ante
quien se presente la acusación de un papel el conocimiento en el juicio, adquiriendo
por ello toda competencia, jurisdicción sobre la persona responsable y por tanto,
aunque se le hubiese de largas, por otros delitos y con distintos tramites, no podrá el
juez primero apoderarse exclusivamente del preso, es una garantía de la constitución,
articulo ciento noventa y nueve, el que el juicio por abuso de libertad de imprenta se
decida siempre por jurado; la citada ley permite que el enjuiciado comparezca a
defender su impreso[…]” (Juicio criminal, Resolución del Tribunal del distrito
Judicial de Antioquia del 5 de febrero de 1840, compuesto por Estanislao Gómez,
Manuel Cañetes y José Antonio Plaza, en la que resuelven a favor de la solicitud del
juez Barrientos. Archivo Histórico de Antioquia, Medellín, Colección colonia,
Sección criminal, Caja b-47, fol. 40).

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Libertad de imprenta y ley penal en los orígenes del Estado colombiano

por delito de libertad de imprenta y fijó que cuando esta fuera resuelta podí-
an exigírsele otras responsabilidades a Botero. El juicio continuó el 11 de ene-
ro, y aunque en este día se presentaron algunas dificultades, como que el
incriminado se negaba a asistir al juicio y que el jurado presidente declaró que
había uno de los jurados que estaba impedido, el juicio logró resolverse tras
los dictámenes que el asesor del juez, José María Duque, dio en el acto. La sen-
tencia del jurado sobre el escrito de Botero fue “sedicioso en primer grado”,
siendo condenado a seis meses de prisión y al pago de trescientos pesos de
multa (las costas del juicio fueron de 74.5 pesos) 63.

El principal impresor de Medellín condenado por el jurado

En último lugar se encuentra la causa seguida a Manuel Antonio Balcazar


por su escrito titulado Un papel. Este texto fue denunciado por el presbítero
José María Botero –condenado en la causa antes analizada– como libelo infa-
matorio a principios del año 1843 en la ciudad de Medellín. Del proceso se-
guido se tiene conocimiento por un folleto publicado el 23 de abril por
Balcazar bajo el título Juicio de imprenta, con el que pretendía denunciar a las
autoridades judiciales de la ciudad por el proceso que le habían seguido y por
el que había sido condenado 64. Si bien en este folleto el mensaje estaba cons-
truido por Balcazar, el uso y la cita íntegra de documentos proferidos por su
acusador Botero y por las autoridades judiciales, permiten obtener datos esen-
ciales para reconstruir el desarrollo del proceso. Para este mismo fin fueron
consultados otros documentos relativos a Balcazar y a su entorno social y po-
lítico. El incriminado fue uno de los liberales que encontró a partir de la dé-
cada de 1830 una oportunidad de negocio en la imprenta dada la escasez de
este instrumento y de sus operarios en la región de Antioquia. En su taller se
imprimió la prensa liberal de la región desde 1830 hasta 1850 65, y además

63 Juicio criminal, Auto condenatorio firmado por el juez Barrientos conforme a la


calificación del escrito por parte de los jueces y al artículo 9 de la ley del catorce de
septiembre de 1821. Archivo Histórico de Antioquia, Medellín, Colección colonia,
Sección criminal, Caja b-47, fol. 45.
64 Antonio BALCAZAR: Juicio de imprenta, Medellín, 1843, Biblioteca Central de la

Universidad de Antioquia, Documento 6 de FM/273.


65 Algunos de dichos periódicos fueron: La Nueva Alianza, 1830; El Constitucional de
Antioquia, 1832; La Miscelánea de Antioquia, 1835; La Voz de Antioquia, 1840; El Antioqueño,

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Alejandro Londoño

buena parte de los textos que dinamizaron la actividad política e intelectual de


la región 66.
Como ya se ha dicho, el juicio seguido a Balcazar se inició con la denuncia
realizada por Botero a principios de enero de 1843 del escrito titulado Un Pa-
pel. Tras ella el juez José María Duque Pineda reunió al primer jurado que de-
claró haber lugar a la causa, y acto seguido el juez se dirigió a Balcazar
acusándolo de autor del escrito tal como lo había denunciado Botero. Balcazar,
al ser requerido, argumentó haber sido el impresor y no el autor, por lo que
apeló al artículo 16 inciso 2º 67 de la ley de imprenta y se dispuso a cumplir las

1840; Antioquia Libre, 1841; El Centinela de la Libertad, 1841; El Amigo del País, 1845; El
bobo, 1847; El Censor, 1847; El Burro del Alcalde, 1848; El Medellinense, etc. (M. ARANGO DE
TOBÓN: Publicaciones periódicas en Antioquia..., op. cit., pp. 17-34).
66 En la década de 1830 Balcazar imprime dos hojas sueltas. Una se titulaba Juicio de
imprenta y estaba firmada con el seudónimo “Un imparcial”; en ella se describe la tensión
existente en un pleito por libertad de imprenta y se llamaba a los jurados a la
imparcialidad:
“[…] Jurados: oid el grito de la justicia y el de vuestras conciencias, no temais al
poder del preponderante y alejaos del que os pueda corromper vuestra probidad y
rectitud. –sed puros jurados” (Juicio de imprenta, Antonio Balcazar [impresor],
Medellín, Biblioteca Central de la Universidad de Antioquia, Colección de
periódicos y hojas sueltas, HS1/D19/fol. 32).
La otra se titula El 2 de julio de 1835 y está firmada con el seudónimo “Un amigo celoso de
la libertad de imprenta”. En esta hoja se observa claramente que había un interés en incidir
en un juicio por jurados que se estaba celebrando; el autor refiere lo siguiente a los jurados:
“[…] Recordad os digo que la sangre se ha derramado por afianzar las garantías sin
distinción de personas. El menesteroso aquí debe ser igual al más opulento
capitalista, al jefe de administración, al gobernador de la provincia, a su secretario
y a todos sus dependientes […]” (El 2 de julio de 1835, Antonio Balcazar
[impresor], Medellín, Biblioteca Central de la Universidad de Antioquia, Colección
de periódicos y hojas sueltas, HS1/D19/fol. 31).
67 Dice el inciso:
“Cuando ignorándose el domicilio del autor o editor llamado a responder en
juicio, no diere el impresor razón fija del expresado domicilio, o no presentare a
alguna persona abonada que responda del conocimiento del autor o editor de la
obra: en cuyos dos casos el juicio se entenderá con el impresor, para que no quede
ilusoria (C. RESTREPO PIEDRAHITA [comp.]: Actas del Congreso de Cúcuta..., op. cit.,
tomo III p. 51).

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exigencias que establecía: entregarle al juez el original, los datos del domicilio
del autor y presentar una persona conocida que diera cuenta del autor. Sin em-
bargo, el original que entregó al igual que los datos del autor fueron considera-
dos como falsificaciones, y a su vez le fue desestimada la presentación del
presbítero Francisco A. Cárdenas como testigo. Balcazar, que consideraba la de-
claración de Cárdenas como una prueba valiosa para demostrar su inocencia,
al ver que esta era rechazada apeló ante el Tribunal del Distrito Judicial de An-
tioquia que tampoco dio trámite a su solicitud. Seguidamente fue realizado el
juicio de calificación y graduación del escrito para lo que fue seleccionado un
jurado del que Balcazar no recusó ningún miembro, confiando en que “obra-
rían rectamente”, lo que reconocería posteriormente como uno de sus graves
errores debido a que el jurado favoreció a su acusador.
La inclinación del jurado condujo a Balcazar a denunciar las siguientes irre-
gularidades respecto de la actuación del jurado: no haber tenido en cuenta su
alegación respecto a no ser el autor del texto; no haber conferenciado suficien-
te sobre el papel para decidir la cuestión de hecho; haberle dado margen al acu-
sador para decir “todo tipo de disgresiones y desbarros”, entre ellos “haberle
acusado cara a cara de falsificar la firma del texto original”; y, finalmente, el ri-
gor de la pena dictaminada 68. El veredicto final del jurado fue la calificación del
texto como “libelo infamatorio en primer grado”, imponiéndole la pena de seis
meses de arresto más cincuenta pesos de multa sin contar las costas del proce-
so que fueron de ciento ochenta pesos. Esta sentencia, de la que Balcazar resal-
tó su exceso, no se correspondía con la prescrita en la ley de libertad de
imprenta por libelo infamatorio, que era de doscientos pesos de multa y tres
meses de prisión. Ello indicaba que las penas ya no tenían que ceñirse a la ley
de libertad de imprenta, sino que podían fundarse en lo prescrito en el código
penal de 1837. De la actuación desempeñada por las autoridades se observaba

68 Balcazar consideró su juicio como un retroceso en materia de libertad de imprenta:


“[…] ¡O jurados! Con el fallo de vuestro leal saber y entender quizá pretendisteis
retrotraernos a los tiempos anteriores a la prensa, dándole un golpe a esta, y que
nuestras costumbres volviesen a ser tan bárbaras como lo son las que dimanan de
la ignorancia y la miseria que produce la opresión: quizá habéis querido coadyuvar
a que desaparezca el establecimiento de la imprenta en esta provincia que tanto se
anhelaba el año catorce, que no demolió Warleta y patrocinó Tolrá, y ha
contribuido para morigerar la condición de estos habitantes[…]” (A. BALCAZAR:
Juicio de imprenta, op. cit., p. 7).

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también que había empezado a fijarse una jurisprudencia que cambiaba deter-
minadas aplicaciones de la ley de libertad de imprenta de 1821; jurisprudencia
que no fue aplicada a favor de Balcazar. Según la correspondencia que este inte-
gró en su folleto, después del veredicto de sentencia dado el 21 de enero de 1843,
su acusador dirigió al día siguiente una carta al juez en la que afirmaba lamen-
tar que el autor del escrito hubiera eludido la pena de la ley y que esta tuviera
que descargarse sobre el impresor de la causa a quien tenía en gran estima. En
dicha carta el acusador solicitaba dos cosas: que Balcazar fuera absuelto de la pe-
na de cárcel y que pagara los gastos del pleito. Estas peticiones fueron aceptadas
íntegramente por el juez, que el 24 de enero emitió un fallo en el que libraba a
Balcazar de la pena de cárcel. Para ello se basó en un argumento esgrimido por
Botero sobre un precedente jurídico que se había sentado tras un fallo emitido
por un juzgado en Bogotá 69, siendo solicitado al inculpado el pago inmediato
de los gastos al clérigo Botero que había sido abogado de su propia causa. Sin
embargo, el anterior fallo no fue aceptado por las autoridades superiores del de-
partamento, que de inmediato le solicitaron al gobernador de la provincia de
Antioquia, Juan M. Gómez, intervenir en el proceso. Y este, que al parecer tam-
poco estaba de acuerdo con el fallo, envió de inmediato una diligencia al jefe po-
lítico de Medellín en la que exigía ratificar que Balcazar estaba privado de
libertad y había pagado la multa 70. Por estas circunstancias el juez de la causa,
Duque Pineda, cambió el decreto emitido el día 24. Ofreció las siguientes razo-
nes: primera, que la pena era la establecida en el juicio, y que se había equivoca-
do al alterarla, pues como autoridad judicial solo le tocaba su ejecución como lo
establecía el artículo 52 de la ley de 14 de septiembre de 1821; y segunda, que:
[…] el auto citado es interlocutorio y según la ley 2ª, Tít. 22, Part. 3ª en las
causas criminales no se ha fijado tiempo dentro del cual se deba reformar o
revocar un auto interlocutorio; práctica que se ha observado en tribunales y
juzgados […] 71.

69 El juicio en el que se sentó el precedente según Botero fue el ocurrido en la ciudad


de Bogotá entre Andrés Aguilar y Ezequiel Rojas. En este juicio Rojas remitió la pena a
Aguilar quien había sido el autor de un libelo infamatorio en su contra. La remisión de la
pena estaba basada en las Leyes de Partida que planteaban que en los delitos de injurias los
acusadores podían “condonar la pena” (A. BALCAZAR: Juicio de imprenta, op. cit., p. 11).
70 Carta del Gobernador de la Provincia de Antioquia al jefe político de Medellín, del

25 de enero de 1843 (Ibidem, p. 11).


71 Ibidem, p. 11.

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La condena de Balcazar no se hizo esperar pues tras el último fallo del juez
fue enviado a la prisión de Medellín. No solo quedó expuesto a la degradación
carcelaria, sino que también su reputación y su negocio de impresor quedaron
afectados. En su condición de preso gestionó la publicación del impreso en el
que se ha basado gran parte de este último relato y que finaliza con el ofreci-
miento de sus bienes a la venta y con el anuncio a las autoridades de su exilio
hacia un país donde: “[…] no se crea por alguno, que el establecimiento de la
imprenta es funesto al honor, al crédito, a la reputación de los ciudadanos,
[…]” 72. Un país donde no se le volviera “dominguillo de jurado”.

CONCLUSIONES

La Ley de Libertad de Imprenta de 1821 fijó tres aspectos que significaron


su mayor contribución al desarrollo del ideario de libertad de pensamiento y
expresión perseguido por los liberales colombianos: primero, la abolición de
la censura previa, a excepción de los libros religiosos, establecida en el artícu-
lo 1; segundo, el derecho de criticar el mal desempeño de los gobernantes, fi-
jado en el artículo 8; y, tercero, cambio radical en el derecho penal a aplicar a
los trasgresores de los delitos por libertad de imprenta, ya que los legisladores
dulcificaron las penas y reforzaron las garantías de los inculpados mediante el
juicio por jurados. Esto tuvo como consecuencia un aumento significativo de
publicaciones en la primera mitad del siglo XIX que, a su vez, impulsaron la
dinámica de construcción del Estado. No obstante, en la ley también se fijaron
aspectos que fueron criticados como, por ejemplo, la tipificación delictiva. De
ella se afirmó que no detallaba bien las prohibiciones que debían ser castiga-
das, lo que significaba un perjuicio para los autores. Otro elemento aún más
criticado –que a pesar de haber sido propuesto como ley en el Senado no fue
ratificado– fue la carencia de una regulación sobre el juicio que debía seguir-
se a los funcionarios de la alta jerarquía del poder público por la publicación
de escritos trasgresores de la ley de imprenta. El caso de Vicente Azuero mues-
tra que la clase política responsable de dinamizar la producción de textos tu-
vo un fuero especial que la eximió de las disposiciones penales de la ley de
libertad de imprenta.

72 Carta del Gobernador de la Provincia de Antioquia al jefe político de Medellín, del


25 de enero de 1843 (A. BALCAZAR: Juicio de imprenta, op. cit., p. 12).

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En lo tocante al proceso de construcción de la Ley de Libertad de Impren-


ta de 1821, se concluye que los diferentes discursos sostenidos por los legisla-
dores colombianos en el marco de su sanción permiten ver un proceso
adaptativo y no una copia mecánica de una ley foránea, encontrándose supe-
ditado dicho proceso a una iniciativa propia de construcción legislativa que
fue dirigida principalmente por el sector liberal del gobierno. Los legisladores
tenían que fijar una ley de imprenta acorde con otros principios constitucio-
nales de notable peso: la protección del Estado y la religión, la educación, las
garantías procesales y penales, la libertad individual, etc. Ello fue resuelto a
través de las discusiones y de los acuerdos a los que llegaron los congresistas
durante el proceso de sanción de la ley. Pero, con todo y esto, el análisis de la
diferente legislación sobre libertad de imprenta revela la determinante in-
fluencia legislativa que ejerció el Reglamento de libertad de imprenta sancio-
nado por las Cortes del trienio liberal de 1820 sobre los legisladores
colombianos. Miembros del gobierno como José Manuel Restrepo y Vicente
Azuero juzgaron este Reglamento como cercano a su ideología y de un nota-
ble sesgo ilustrado. Esto les hizo eludir los comentarios que hacían referencia
a las pretensiones de gobierno sobre América que los legisladores del trienio
liberal expresaban en dicho documento, y promover la adaptación de su con-
tenido liberal-ilustrado por parte del Congreso colombiano.
En materia procesal y penal la ley de libertad de imprenta planteó una mo-
dificación substancial respecto a la establecida durante el periodo virreinal a
través de mecanismos como el juicio por jurados y el cambio y la reducción
de las penas. Sobre el juicio por jurados, tan discutido por los legisladores an-
tes de la sanción de la ley debido a la desconfianza del adecuado funciona-
miento del mismo, y que finalmente ocupó dos terceras partes del articulado
de la ley, habría que anotar que su aplicación no siempre fue garante de justi-
cia debido tanto a las infracciones cometidas por las autoridades políticas y ju-
diciales, como por los vicios que fue adquiriendo la práctica judicial del
jurado. Los procesos judiciales analizados durante el gobierno de la Nueva
Granada en la ciudad de Medellín permiten observar que las autoridades lle-
garon a un punto en el que aplicaron con relativa facilidad el procedimiento
de juicio por jurados. Este se había convertido para la población en un impor-
tante mecanismo de participación política, tanto por las pocas restricciones
establecidas para ser nombrado como jurado, como porque los juicios eran de
carácter público. No obstante, tanto en el proceso de Antonio Balcazar como

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en el de José María Botero, se observaba que los jueces y las autoridades judi-
ciales podían incidir notablemente en la alteración de las disposiciones esta-
blecidas por los cuerpos de jurados. Ello sucedía a través de erróneas
interpretaciones de la ley de imprenta, la inadecuada aplicación de la legisla-
ción de las Partidas o los diversos intereses que podían surgir en determinados
juicios. El proceso de Balcazar incide en que la justicia no funcionó acorde a
lo planteado en la ley de imprenta, debido a los recursos que se le negaron, co-
mo fue la posibilidad de que su acusador le remitiera la pena; recurso que re-
flejaba, a su vez, que se habían sentado precedentes judiciales que modificaron
la ley sancionada por el Congreso en 1821. El proceso de Botero, por su parte,
expone las garantías que ofrecía el modelo de juicio por jurados a todos los in-
culpados, así como refleja el tipo de textos que no tenían ninguna oportuni-
dad de ser absueltos por el jurado.

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