Ana Ruíz tiene veinticinco años, es de Carlos Casares y estudia en la Universidad de La
Plata. Vive en una pensión, junto a otros estudiantes, ubicada en la calle 44 N° 553.
Pasado unos años se recibe de farmacéutica y decide radicarse en su ciudad natal. Al
efecto, alquila una casa ubicada en Avenida San Martín N° 333 de Carlos Casares y fija
nuevo domicilio en esta. En el contrato de alquiler decide establecer el domicilio de
sus padres para el ejercicio de todos sus derechos y el cumplimiento de todas sus
obligaciones derivadas de ese contrato. Estos se domicilian en Barrio Balbín casa 15.
Pasado un año, Ana comienza a tener problemas económicos, por lo que deja de pagar
el alquiler mensual de la casa en la que vive. Por esta razón, recibe una demanda de su
locador (dueño de la casa y persona que se la alquiló). Este entabla un juicio contra
Ana para que le pague los meses adeudados y desocupe el inmueble. Ana acude a un
abogado, quien le dice que dado a que fue demandada por su locador, debe constituir
un domicilio en la primera presentación para todos los efectos relacionados con ese
juicio. Este queda constituido en el estudio jurídico de su abogado, sito en calle Maipú
N° 56. Ana logra pagar su deuda y evita ser desalojada.
Luego de un tiempo Ana conoce a Santiago Deví con quien inicia una relación amorosa.
Fruto de esta, nace un bebé a quien deciden llamar Juan Deví Ruiz. Este se domicilia en
la casa de sus padres ubicada en Avenida San Martín N° 333. Cuando crece, Juan
decide incorporarse como soldado al Ejército Argentino y comienza a prestar servicio
en esta institución en el Cuartel Palermo, ubicado en Avenida Santa Fe y Bullrich, en el
barrio de Palermo, Buenos Aires.
José María Saravia y Roberto Solé forman una fundación (persona jurídica que se
constituyen con una finalidad de bien común, sin propósito de lucro, mediante el
aporte patrimonial de una o más personas, destinado a hacer posibles sus fines). La
fundación se constituye con el nombre de “Sonrisas” y obtiene la autorización del
Estado para funcionar. En el año 2016 sufre un robo. Por esto, se decide contratar a
Martín Lugano, para desempeñarse como seguridad. Este, trabaja para la fundación
prestando servicio bajo la dependencia de Fundación Sonrisas, realizando tareas de
seguridad, cumpliendo horario de lunes a viernes de 8:00 a 14:00 y percibiendo un
salario mensual de $10.000 pesos. Pasados dos años de trabajar allí es despedido sin
causa alguna. Por esto, Martín Lugano decide entablar un juicio laboral para que se le
abone la indemnización correspondiente por el despido.
CASO Nº1. Año 2000. Una mujer inglesa debe someterse a un tratamiento
contra el cáncer. Antes de quedar estéril, se le extraen sus óvulos y se fecundan
con esperma de su marido. Los embriones generados se guardan a la espera de
que la mujer se recupere, para poder implantárselos. No se les puede negar a
unos padres la posibilidad de disfrutar de la paternidad a consecuencia de una
enfermedad, sobre todo cuando existen técnicas médicas que permiten salvar
ese escollo. Los padres tienen derecho a ser padres, por encima de las
dificultades que les plantee la naturaleza.
Año 2002: La pareja se divorcia, y el ex - marido pide la destrucción de los
embriones: En las actuales circunstancias ya no desea ser padre. Con el mismo
argumento, pero usado en sentido contrario, se niega ahora a que los
embriones se implanten en el útero de su ex – mujer. "Quiero ser capaz de
elegir cuándo y con quién quiero ser padre", argumenta el hombre, con toda
lógica. La pareja entabla un contencioso judicial que acaba en el año 2007,
cuando el Tribunal Europeo de Derechos Humanos da la razón al ex – marido.
La legislación inglesa requiere el consentimiento de ambos padres para realizar
la implantación de los embriones congelados. Y obliga a su destrucción, una vez
trascurridos cinco años. Esto es lo que ha ocurrido finalmente, privando a la
mujer de la posibilidad de ser madre jamás. Y destruyendo de paso la vida de
todos los hijos que tenía en suspensión vital, en el ostracismo de un tanque de
nitrógeno líquido a -196º C.
CASO Nº 2. Un matrimonio americano, tras varios intentos fallidos de
embarazo por vía natural, recurren a técnicas de fecundación in vitro. Como
resultado surgen 9 embriones, y se le implantan dos a la mujer. Por desgracia,
no llegan a término y se produce un aborto espontáneo. Un par de años
después, el matrimonio se divorcia. Entre los bienes a repartir están sus siete
embriones tenidos en común, que se encuentran a la espera de destino. La
mujer quiere que se los implanten. El marido trata de impedirlo, con el
argumento de que son un simple material biológico, y que de ser implantados
en su ex – mujer le convertirían a él en padre sin desearlo (un cierto modo de
“violación a la inversa”). Por la misma razón que se puede recurrir a la técnica
cuando uno desea tener un hijo, aunque la naturaleza no lo permita, se puede
uno negar a la paternidad cuando cambian las circunstancias, y utilizar dicha
técnica en sentido contrario.
Un juez considera válido el criterio de que los embriones congelados son seres
humanos, y otorga la custodia de los mismos a la madre. Pero más al poco
tiempo, la mujer se casa de nuevo y decide que ya no quiere tener a esos hijos
fecundados con esperma de su ex - marido. Como es lógico, prefiere intentar
tener otros con su nuevo esposo. Por lo que como los embriones ya no le
sirven, decide donarlos a otras parejas estériles que los puedan aprovechar.
Mientras tanto, el ex – marido había recurrido la sentencia que le daba la
custodia de los embriones a la mujer, consiguiendo finalmente un fallo
favorable, sobre la base de que "sería repugnante" que el hombre tuviera que
soportar las consecuencias psicológicas de su paternidad forzada, fueran cuales
fueran las circunstancias. Ahora ambos son co-custodios del destino de sus
embriones congelados.