"La sombra del espejo”
Nadie en el quería hablar de la antigua
mansión Blackwood. Muchos la evitaban y
quienes se atrevían a mencionar su nombre
solo lo hacían en susurros. La mansión,
desmoronada y oscura, se encontraba en lo
alto de la colina, rodeada por un espeso
bosque. Se decía que quienes vivían allí, los
Blackwood, desaparecieron de forma extraña
una noche de tormenta, dejando atrás una
mansión vacía y un misterio sin resolver.
Sophie, una joven periodista intrigada por las leyendas urbanas, decidió investigar la
mansión Blackwood. Su intención era escribir un artículo sobre las historias paranormales
que circulaban por la región, y qué mejor lugar para comenzar que la famosa mansión.
Nadie había osado entrar desde que los Blackwood desaparecieron, pero Sophie, armada
con su cámara y su cuaderno, subió hasta la casa al anochecer.
Al llegar, una extraña sensación la envolvió. La mansión parecía observarla con sus
ventanas rotas, como ojos vacíos que la juzgaban. La puerta principal, aunque
aparentemente cerrada, cedió ante su empuje, abriéndose lentamente con un quejido
estridente. Sophie entró, saludada por el eco de sus propios pasos. Todo estaba cubierto de
polvo y telarañas, y el aire olía a moho y abandono.
Decidió comenzar su exploración por el vestíbulo, donde una enorme escalera ascendía
hacia el segundo piso. En la pared, un gran espejo enmarcado en madera oscura le llamó la
atención. Su superficie, aunque algo sucia, reflejaba el brillo de la lámpara de su linterna.
Pero mientras observaba el reflejo, algo extraño ocurrió. En el espejo, una figura apareció
detrás de ella, una sombra que no pertenecía a la oscuridad que la rodeaba.
Sophie dio un paso atrás, su corazón se aceleró, pero cuando se giró, no había nada.
Pensó que podría ser su mente jugando trucos, tal vez debido al cansancio, así que
continuó su camino. Pero no pudo quitarse la sensación de que algo la estaba observando,
acechando en las sombras.
Avanzó por el pasillo, cada vez más nerviosa. La mansión parecía estar viva, susurros
indistintos flotaban en el aire. A medida que se adentraba más en la casa, los ruidos
extraños aumentaban. Puertas que crujían, un viento que no provenía de ningún lado, y un
susurro bajo que parecía llamarla por su nombre.
Finalmente, llegó a una habitación que, a diferencia del resto de la casa, no estaba tan
deteriorada. Un mueble de madera maciza, cubierto con una tela blanca, ocupaba el centro
de la habitación. Sophie levantó la tela con cautela, y debajo encontró un retrato
enmarcado: los Blackwood, una familia que parecía feliz. Sin embargo, lo que le llamó la
atención fue que en el fondo del cuadro, reflejada en un espejo, estaba la misma sombra
que había visto antes. Esta vez, la figura parecía más definida, como si estuviera
observando a la familia.
Un estremecimiento recorrió su espalda. Decidió irse, pero algo la detuvo. Al mirar hacia el
espejo del retrato, vio que la sombra ya no estaba en el fondo, sino en el mismo cuarto, de
pie junto a ella, en el reflejo.
La figura era alta y delgada, con una capa negra que ondeaba como si flotara en el aire. La
sombra no tenía rostro, pero Sophie sintió el peso de sus ojos invisibles sobre ella. Sin
pensarlo, Sophie salió corriendo de la habitación, pero al girar la esquina del pasillo, chocó
contra algo invisible. Al mirarlo, vio con horror que la sombra se había materializado,
extendiendo su brazo hacia ella, como si quisiera arrastrarla hacia el espejo.
Sophie luchó, intentando alejarse, pero el aire se volvía más denso y frío. Su visión
comenzó a nublarse, y el reflejo del espejo comenzó a moverse independientemente de sus
propios movimientos. Las sombras en las paredes se alargaban, tomando formas extrañas,
como si la casa misma estuviera viva y atrapando a todo aquel que se atreviera a entrar.
En su desesperación, Sophie corrió hacia la salida, pero cuando alcanzó la puerta principal,
la mansión pareció cerrarse sobre ella. Las puertas se golpearon con fuerza, el aire se
volvió pesado, y una risa gutural resonó en su oído, como si algo la estuviera burlando.
“Te quedas con nosotros”, susurró una voz, profunda y resonante.
De repente, el frío la envolvió completamente, y la última imagen que vio fue su propio
reflejo en el espejo roto de la entrada. Sophie estaba atrapada, condenada a vivir como una
sombra más en la mansión Blackwood.
A la mañana siguiente, la policía encontró la puerta de la mansión abierta. Sin embargo,
dentro no había rastros de Sophie, solo un viejo espejo roto, que reflejaba, en su opaca
superficie, la figura de una mujer asustada, atrapada para siempre en el reflejo de un oscuro
pasado.