DE LA INDUSTRIALIZACIÓN
A LA CONSOLIDACIÓN
LA INDUSTRIALIZACIÓN Y EL MILAGRO MEXICANO
La sustitución de importaciones
Desde los comienzos del mandato presidencial de Ávila Camacho se tuvo como
propósito crear un ambiente de concordancia con inversionistas tanto extranjeros
como nacionales para hacer prosperar al desarrollo industrial del país. A las
empresas privadas se les empezó a considerar como parte esencial del desarrollo
y se les prometió una pasividad del movimiento obrero y de la izquierda en amplios
términos. Aunado al desarrollo de políticas de estimulación a la inversión, mediante
financiamientos, exenciones fiscales, e inversiones directas provenientes del
Estado en renglones industriales básicos, tales como la siderurgia (como Altos
Hornos de México) y de insumos agrícolas (Guanos y Fertilizantes).
Era un gran momento que hacia factible este proyecto. Con el inicio de la guerra
mundial los países involucrados se vieron obligados a enfocarse en la producción
bélica, cosa que afectó a países como México por dos razones: la primera, es la
necesidad de producir internamente pues hasta ese momento se importaba del
exterior y por tanto su fabricación se vio suspendida o reducida, y dos, la demanda
externa de bienes de consumos y otros productos se vio creciente.
Es en este periodo donde se favoreció la creación de empresas pequeñas y
medianas dado el basto mercado para abastecer con sus productos y además, por
la intensión industrializadora del gobierno.
La inversión extranjera, normalmente de la industria extractiva y de servicios, se
mudó a las manufacturas. A lo anterior se le conoce como el periodo de “sustitución
de importaciones”.
Otro punto importante a mencionar es que dentro del ambiente de concordancia de
inversiones, la participación de Estados Unidos jugó un papel importante ya que sus
intenciones de tener un país aliado en su frontera sur hizo que ejecutara medidas
de apoyo económica que propiciaban un ambiente adecuado para la negociación
con el Estado mexicano.
En 1942 se dio fin a los problemas consecuentes de la expropiación petrolera y se
renegoció la deuda externa quedando favorecido México. De igual manera se
celebró un tratado comercial que en su momento se mostró como un fuerte estímulo
a las exportaciones que sin embargo, tiempo después resultaría en retroceso para
la economía mexicana.
El camino hacia la industrialización inicio con la constitución de la Ley de Industrias
de Transformación, expedida en 1941 y que hizo posible que muchas empresas se
vieran beneficiadas con exenciones de impuestos con periodos de hasta por cinco
o diez años con la condición de demostrar que eran nuevas o necesarias.
El siguiente paso, fue la modernización del Banco de México y el aumento en sus
alcances y capacidades como Nacional Financiera, fundada en 1934, que estimuló
el crédito y la creación de capital mediante una política oficial y de financiamiento
selectivo donde participaban empresas industriales y agrícolas.
Lo más importante fue el constante aumento de la consolidación de una tendencia
proteccionista para la producción nacional que, en un principio, dada la situación
económica que como consecuencia de la guerra no apresuró una protección radical,
después de 1945 y durante el mandato de Miguel Alemán, se formaron una serie de
tarifas arancelarias cuyo objetivo era reducir definitivamente la competencia injusta
que los productos manufacturados en el exterior hacían a los de fabricación
nacional. A lo anterior se le suma la llegada del sistema de los permisos previos de
importación. Estas medidas hicieron posible el crecimiento de la planta industrial del
país en la posguerra, que de otra forma, no hubiera sido posible ante el golpe de los
productos norteamericanos.
La industria manufacturera beneficiada por las medidas fiscales y proteccionistas,
aunado a un crecimiento inflacionario que jugó a su favor, creció a una velocidad
del 7.5%.
Con el paso del tiempo, el Estado se volvía cada vez más sólido, adoptando el
carácter de director del proceso económico, abriéndose como promotor del
desarrollo industrial, como parte de la conciliación de los conflictos obreros-
patronales, y como inversionista aquellos renglones prioritarios en los que las
empresas privadas no querían arriesgarse.
Mediante las medidas proteccionistas, el Estado promovía el desarrollo de una
industria creciente vinculada al Estado.
Surge un joven sector industrial que optó por concentrarse en una nueva cámara:
la “CANACINTRA” que además, sería el principal protagonista en la sala de la
vinculación del Estado con el sector empresarial durante esta década y su siguiente.
Los empresarios nacionalistas
El gobierno de Ávila Camacho, con la intención de afrontar a la conservadora
burguesía norteña y además de fortalecer a una fracción industrial moderna y
cercana al Estado, incentivando su propio proyecto industrializador, se publicó una
nueva ley de Cámaras en 1941.
La anterior ley separaba los intereses industriales de los comerciales y dividía las
confederaciones de cámaras de industria y comercio que estaban unidas en la
Concanacomin desde el sexenio anterior.
Dicha ley permitía la creación de una cámara de industrias variado: la
CANACINTRA, perteneciente a la Concamin, acogería a diversas empresas,
principalmente a aquellas que no tenian cámaras especializadas en su rama de
actividad.
La Concamin se reconstituyó y creció velozmente: el número de cámaras agrupadas
en la confederación aumentó de 6 a 24 en tan solo tres años. Las ramas
manufactureras nacionales tenian un peso mayor y considerable. La Canacintra,
con expansión de la misma magnitud, en 1945 agrupaba a cerca de cinco mil
empresarios, equivalente a la mitad de todos los asociados a la Concamin.
Con el crecimiento de la Concamin y la formación de la Canacintra, la oposición y
su creciente amenaza de la burguesía norteña se hizo visible. La Coparmex y
Concanaco, amenazadas por las nacientes organizaciones de los industriales les
quitaban dominio y presencia y minimizaban sus aspiraciones a consolidarse como
los representantes únicos de toda clase empresarial del país.
El mandato de Ávila Camacho involucró a organizaciones empresariales en asuntos
oficiales que fuesen de su competencia y no descartó ofertas de colaboración con
el sector. La burguesía norteña continuó con sus denuncias a la reforma agraria, el
intervencionismo estatal y la ideología comunista del sindicalismo oficial; constante
en aceptar el dominio de la burocracia política e influenciando al Partido Acción
Nacional y al movimiento sinarquista.
En 1941 el gobierno presentó la firma de un pacto obrero-patronal pero la fracción
norteña se opuso a aportar. Fue hasta 1945 que Concamin y Canacintra firmaran
con aquellas importantes centrales obreras el Pacto Obrero-Industrial, acción que
Coparmex llamo “conjura comunista”
Es hasta mitad del mandato de Ávila Camacho que la actividad política de la
burguesía toma importancia con la llegada de José Domingo Lavín, quien asumió la
dirección de Canacintra e influencio a la Concamin. Los rasgos representativos de
este grupo eran sus posiciones nacionalistas y antiimperialistas, además de su
fuerte solicitud de protección contra los productos importados en contra el capital
extranjero invertido en México.
La Concamin, impulsada por el grupo de Lavín y la Canacintra, dio luz verde a una
política tendiente a asegurar los intereses económicos de la industria manufacturera
en la inevitable posguerra. En respuesta a este sector industrial, se creó el decreto
presidencial de 1944 que marcaba un límite de 49% de capital extranjero en
cualquier empresa que operara dentro de México.
Luego del fin de la guerra, los Estados Unidos predicaban por el mundo las tesis
librecambistas y exigían el cumplimiento del disparejo tratado comercial firmado con
México en 1942. La Canacintra asumió el liderazgo de los industriales mostrando
descontento por el libre comercio, el expansionismo del trust imperialistas y en favor
del derecho de los países atrasados a batallar por su industrialización.
En febrero de 1945, con el apoyo de las delegaciones latinoamericanas, los
industriales mexicanos lamentaron las tesis librecambistas norteamericanas.
El proyecto de Lavín consistía en la formación de una alianza con el gobierno y la
clase obrera organizada donde se reconocía implícitamente la dirección de la
burocracia política. Exponía los siguientes puntos.
1) Intervención del Estado para planear, promover y dirigir el desarrollo
económico.
2) Protección a la industria nacional contra los productos importados y, en
consecuencia, anular el tratado comercial firmado con Estados Unidos en 1942.
3) Limitación al capital extranjero invertido en la industria.
4) Expansión del mercado interno
5) Reconocimiento a la legitimidad del movimiento obrero oficial
6) Continuación del reparto agrario.
La Concamin y la Canacintra reafirmarían la alianza celebrada y, entre otras
acciones, se respaldó a la candidatura de Miguel Alemán; se reconoció por parte de
sus dirigentes que la industria y los industriales eran un producto absurdo de la
Revolución Mexicana; y un plan de industrialización que solicitaba la planeación y
la participación creciente del Estado en la economía, firmado con la CTM y la
Confederación de Trabajadores de América Latina durante agosto de ese año.
El proyecto alemanista
En la presencia de la guerra, Ávila Camacho comenzó con el cambio de rumbo hacia
la industrialización. El presidente Miguel Alemán lo consolidó y transformó la
industrialización como una puerta que da lugar a un futuro moderno y próspero.
Miguel Alemán, dada su principal característica que se le adjudicaba como civil, le
sirvió para recibir el apoyo de todos los sectores del partido, incluido el movimiento
obrero organizado y de grupos de izquierda. Comenzó su régimen con un gabinete
en el que figuraban personas destacas como Héctor Pérez Martínez y Jaime Torres
Bodet, reconocidos por su prestigio intelectual. También brillaba la presencia de dos
ex-dirigentes de los empresarios industriales: Antonio Ruiz Galindo y Agustín García
López.
En el transcurso de su mandato, el Estado se volvió motor de la industrialización del
país. Impresiona que la mitad del gasto público se destine a infraestructura de
transporte y carreteras y una cuarta parte en petróleo, electricidad y en la creación
de empresas de apoyo. Cuyas consecuencias fueron la reducción proporcional en
el gasto destinado a la educación, salud y servicios urbanos, cosas que se
postergaron en beneficio de la llegada de la modernidad.
En el gobierno de Miguel Alemán se consolidaron empresas clave, se
institucionalizaron mecanismos precisos para el otorgamiento de amplia protección
aduanera a las manufacturas nacionales, se devaluó el peso para limitar las
importaciones extranjeras y se continuó una política suavemente inflacionaria que
reducía el poder adquisitivo de los sectores populares y ello el mercado interno,
permitiendo una mayor y más rápida acumulación de capital. De igual manera,
apoyaba al capital nacional y es que, Miguel Alemán cedió lugar al capital extranjero
pues lo consideraba parte esencial del dinamismo de la economía nacional y para
acaparar dividas extranjeras que saldaran la alta presión de los saldos negativos en
la balanza comercial.
México se convirtió así en un lugar ideal para la inversión, contribuyendo
gradualmente al panorama de estabilidad política obtenido durante los años
recientes.
Para continuar demostrando su simpatía hacia el capital extranjero, Migue Alemán
concede uno de los puntos importantes del nacionalismo revolucionario: el petróleo.
Entre 1947 y 1951, según Lorenzo Meyer, la empresa PEMEX celebró cinco
contratos con diferentes empresas estadounidenses para la exploración,
perforación y rehabilitación de los pozos en el Golfo de México. En dichos contratos
PEMEX daba su palabra al vender a esas empresas un porcentaje o totalmente la
producción de los pozos que descubrieran.
Al término del mandato de Miguel Alemán, en 1958, una enmienda al artículo 27
impidió que se volvieran a consolidar contratos de ese tipo.
El entorno mexicano era aceptable a la inversión y las empresas extranjeras
miraban a México con aprobación: para 1952, según José Luis Ceceña, las
inversiones extranjeras muestran una parte de las inversiones totales. También se
habla de que la agricultura y minería se mudaron al sector manufacturero. Las
relaciones entre la burguesía y el estado se deterioraron cuando en 1950, el Estado
emitió la Ley de Atribuciones del Ejecutivo, en materia económica.
El objetivo principal para contener la inflación creciente, la ley delegaba en el
presidente amplias facultades para establecer precios máximos, determinar las
formas de distribución, decretar racionamiento, elegir planes de producción de
determinados artículos en las fábricas. Imponer restricciones a importaciones y
exportaciones, además de ocupar temporalmente las fábricas necesarias para
incrementar la producción. Esta ley solo entraría en vigor cuando para establecer
precios a tope a unos cuantos productos básicos para el consumo y la industria.
La Concamin y la Asociación de Banqueros hicieron el esfuerzo de trabajar juntos y
con inversionistas extranjeros para la fundación de un Comité Mexicano-
Norteamericano de capitalistas. Hace su primera aparición en 1951, presentándose
completamente propicio a las inversiones extranjeras que reconocía el derecho de
México a industrializarse y a establecer barreras proteccionistas para lograrlo.
Tiempo después la oposición nacionalista se desmoronaría ante la presión de la
tendencia a crear empresas asociadas para producir manufacturas más ocmplejas
con destino a los sectores medio y alto que, dado el aumento de la concentración
del ingreso, conformarían un mercado suficiente para la industria mexicana.
El milagro mexicano
A partir de 1948, el PNB creció a una tasa de 6% (cifra mayor que la de las demás
naciones latinoamericanas y comparable a la del crecimiento de países
industrializados. Tan solo la producción manufacturera se desarrolló a una
velocidad del 8% anual.
La expansión industrial trajo grandes cambios en la composición social del país. En
la medida en que crecía la población que trabajaba en la industria y sobre todo en
los servicios, disminuía la dedicada a la agricultura y creían las migraciones del
campo hacia las ciudades.
El crecimiento de la economía, la industrialización y la urbanización del país no trajo
mejores niveles de vida para los mexicanos.
Es importante mencionar que la capitalización del país en estos años se basa en
gran medida en la exportación de productos agrícolas provenientes de los distritos
de riego. Esto resultó en un radical cambio en las políticas agrarias.
La rectificación agraria
Por los años cuarenta, el ejido ya no es considerado como motor del proceso
agrícola de México y es reemplazada por sus fueros la pequeña propiedad que muy
frecuentemente cubre las extensiones agrarias y que adquiere todo el apoyo legal
y económico de los nuevos gobiernos.
La privatización del campo atrajo el crédito y la inversión a tierras del territorio
nacional y estimuló la producción agrícola, creciendo a una velocidad del 7.5%
anual, lo que afectó satisfactoriamente en la balanza comercial del país.
Las causas del vuelco en la política agraria son:
• La expectativa generalizada pero errada, de que la reforma agraria frenaba
el progreso agrícola del país.
• El pensamiento de los grupos conservadores, nacionales y extranjeros sobre
que los ejidos colectivos formaban parte de un experimento comunista y peligraba
la estabilidad del régimen manifestando la divulgación de sus interpretaciones.
• El surgimiento de corrupción y deficiente administración naciente en algunos
ejidos y en organismos encargados de aplicar la política agraria.
• El ambiente internacional que obligaba a un mayor vínculo con los Estados
Unidos, pues uno de estos lazos era la reforma agraria mexicana.
• La ideología conservadora del general Manuel Ávila Camacho.
• La mayor priorización de gobernantes y técnicos al problema de la
industrialización nacional.
• La sanación de la economía mundial después de la depresión,
rehabilitándose los mercados para los productos agrícolas mexicanos.
Esta última fue determinante en la decisión oficial de apoyar lo que parecía la forma
de tenencia de la tierra más eficiente.
Desde el gobierno de Álvaro Obregón surgía la duda sobre el reparto ejidal. En 1925
Plutarco Elías había anunciado el fin del reparto de tierras. Con excepción de Portes
Gil, esta política se intentó adjudicar durante el Maximato pero sin detener todo el
reparto agrario.
Es en el régimen de Lázaro Cárdenas cuando el ejido y con él la explotación
colectiva de la tierra, renace como una oportunidad real de desarrollo campesino
del país.
El principal objetivo del gobierno de Ávila Camacho era estabilizar a los propietarios
ya existentes y dar paso a la inversión privada a nuevas tierras cultivables.
Esta política es aceptada por el Código Agrario de 1942, que determina las
condiciones de no afectación y reglamente la parcelización individual de los ejidos.
La disminución en el reparto estaba relacionada a la parcelación de los ejidos
colectivos y, por otro lado, a la titulación como pequeña propiedad de los distritos
de riego.
Manuel Ávila Camacho afirmaba que su principal objetivo era dar al campesino
seguridad en la tenencia de la tierra. Se trataba pues, de destruir la organización
colectiva de los campesinos y evitar brotes de carácter socialista que colocara en
peligro la tranquilidad política y el desarrollo industrial.
Durante el sexenio de Miguel Alemán, se reformó el artículo 27 de la Constitución
para dar validez legal a los puntos de las neo extensiones agrarios. Las reformas
del 27 incluyen además una deliberada ambigüedad en la limitación a la propiedad
ganadera y una breve referencia a que cuando un propietario realice obras que no
signifiquen mejoras en la calidad de sus tierras, estas no podrán ser objeto de
afectación agraria, aun cuando rebasen los límites máximos señalados por la
Constitución.
Lo anterior permite el final del sexenio de Miguel Alemán donde se consolida una
burguesía industrial, agraria y comercial, fuertemente vinculada al Estado.
LA CONSOLIDACION INSTITUCIONAL
El fin de las corporaciones
La formación del Estado posrevolucionario y la llegada a la vida institucional que
caracteriza a los años cuarenta, solicitaron al gobierno el cumplimiento de una tarea
de primer orden: el ajuste cuentas con la iglesia y el ejército.
Durante los comienzos del gobierno de Ávila Camacho se concluyó el labor
emprendido por los regímenes revolucionarios de encontrar un modus vivendi con
la iglesia y el ejército: las dos corporaciones más grandes del siglo XIX y la primera
década del XX, que pelearon el dominio político al Estado en formación.
La combinación que hizo posible el predominio político del Estado mexicano fue la
de la convivencia con los intereses eclesiásticos y militares. Al ejército se le
consideraría el manejo y control sobre las fuerzas armadas, en cuanto motor
indiscutible del Estado, orientado a colaborar con el poder civil para la realización
de las metas del desarrollo económico y del control político.
Del mismo modo, a la iglesia se le respetaría, en la práctica, su reclamo a intervenir
en la educación mediante una interpretación anormal de los postulados
constitucionales.
La inclusión del ejército en el partido del Estado mostro un avance decisivo en la
institucionalización del mismo, ya que si bien garantizaba la participación de los
militares en el panorama político, este quedaba aislado de los marcos de acción de
la organización partidaria y a la competencia con los otros sectores: el obrero, el
campesino y el popular.
La virtual burocratización de la oficialía militar significó la consolidación del largo
proceso de institucionalización del ejército. Cosa que hizo factible una de las
primeras medias del presidente Ávila Camacho fuera la eliminación del sector militar
del PRM en 1940.
Para el ejército, su salida del PRM significo la posibilidad de rescatar su distancia
frene a las instituciones políticas.
Los militares participarían en la lucha por las nominaciones a puestos de elección
popular en forma individual y a través del sector popular, sin comprometer al instituto
armado, con la responsabilidad exclusiva del partido del Estado.
Los avances en la profesionalización de la milicia mexicana fueron para resaltar las
cualidades políticas de los civiles que en el decenio de 1940 vendrían a sustituir a
los militares en las altas esferas del poder.
En cuanto a la iglesia, la disputa con el Estado quedo reducida al terreno de la
educación. Es aquí donde se evidencio el tránsito de una tolerancia religiosa con
Cárdenas a un liberalismo y tolerancia burguesa, iniciada por Ávila Camacho y
castigada por Miguel Alemán.
Ávila Camacho promovió la conciliación con la iglesia y durante su gobierno la
reafirmó con el motivo “soy creyente” y expandiendo la libertad de manifestación
católica.
Al tomar protesta, Ávila Camacho fijó una responsabilidad moral y social del
magisterio y prohibió la propaganda política en la enseñanza.
En 1945 se dieron las condiciones para reformar el artículo 30 constitucional, que
remplazaba la esencia socialista de la educación por el de nacional y democrática
acorde con un programa de desarrollo nacional que había mencionado en su
compromiso popular.
La política de unidad nacional
Otra condición necesaria para conformar el Estado mexicano posrevolucionario fue
la admisión del pacto social como fundamente principal. La institucionalización del
poder pide que se confirmara la integración de los distintos intereses sociales de
acuerdo al proyecto económico, político y social del Estado.
Es una política de conciliación entre los distintos intereses y grupos sociales
inclinados a expandir la hegemonía del Estado. Consistente en asignar y respetar
espacios y campos de acción a dichos intereses, a fin de mantener un equilibrio
entre ellos, minimizando sus desacuerdos y con ello generar márgenes de manioba
para el Estado.
La política de unidad nacional buscaba la determinación de demandas particulares
de clase, con intención de bienestar general para la nación. La respuesta de los
grupos sociales dependió del modo en que el incremento del ingreso nacional se
contrajo sobre cada uno de ellos, además de los alcances del Estado para recibirlos
y ofrecerles vías para expresar sus demandas.
La lógica de la acumulación capitalista, basada en la actividad industrial, exigió que
la clase obrera se aferrara a los designios económicos. Sin embargo, la política de
industrialización que llevaba al Estado a invertir en obras de infraestructura y a ceder
prerrogativas a la burguesía para incentivar su participación a la inversión, consiguió
fijar puntos de coincidencia entre la clase política y los empresarios, situación que
afectó desfavorablemente la relación del Estado con los trabajadores.
Durante el cardenismo el movimiento obrero había conquistado una posición
privilegiada en la orientación de las políticas públicas.
Para inmovilizar al movimiento obrero, el gobierno de Ávila Camacho ejecutó
acciones a dos grados: dentro del propio movimiento y fuera de este. Favoreció la
tendencia que dentro de la CTM privilegiaba el control y la manipulación de las
bases sindicales. También impulso la reorganización del sector popular para que
sirviera de contrapeso al sector obrero.
El problema central de la unidad nacional se encontraba en cuál de las tendencias
lideraría el apoyo a la política gubernamental.
De la creación de la Confederación Nacional de Organizaciones Populares (CNOP)
en 1943, se acató dos propósitos: recuperar a las capas medias de la población que
habían demostrado su sensibilidad a las tesis fascistas y también construir un
órgano del partido en dependencia de la burocracia política.
Haciendo a un lado al ejército como motor de la clase política posrevolucionaria, la
CNOP se volvió el agente por excelencia de la formación del personal político del
México moderno, personal que ya no surgía del empuje de las organizaciones de
masas, sino de la lealtad de las burocracias, tanto sindical como política.
Hacia la unanimidad institucional
Siguiendo la tradición de los regímenes posrevolucionarios, el mandato de Manuel
Ávila tuvo una esencia de transacción y colaboración con grupos y diversas
tendencias ideológicas que coincidían en el seno del régimen.
Para 1945, al acercarse el momento de la sucesión presidencial, afloró nuevamente
la disputa entre la izquierda y derecha oficiales retando la posición mediadora del
grupo avilacamachista.
Con la llegada de Miguel Alemán al poder, Lombardo propuso dos objetivos
precisos: 1) la industrialización para asegurar el desarrollo de las condiciones
materiales de los trabajadores y 2) el antiimperialismo.
La fórmula para lograrlo era la creación de un nuevo partido capaz de depurar a las
organizaciones sociales y al gobierno en general.
El crecimiento industrial había propiciado una distinción entre las organizaciones
obreras. Por una parte estaban los sindicatos nacionales de industria, como
ferrocarrileros, petroleros, electricistas y mineros; caracterizados por una capacidad
de defensa de sus intereses y por la otra, los sindicatos pequeños alojados en
federaciones.
Los fidelistas quedaron como dueños y señores de una CTM escindida, pero sin
voces discordantes y despojadas de la militancia y combatividad que todavía la
caracterizarán al inicio del régimen alemanista.
En este contexto, el Partido Popular se vio obligado a caer en el terreno de la
oposición al gobierno. Ya no había espacio para la pluralidad expresa y activa dentro
de las instituciones oficiales y empezaba a enseñorearse la unanimidad como regla
de hierro de dichas instituciones.
La modernización del juego político
Con el término de la segunda guerra mundial, dando la victoria a las democracias,
se coincide con el ascenso de Miguel Alemán al poder que, desde su campaña
presidencial, prometió democratizar la vida política mexicana.
La postulación de Miguel Alemán a la presidencia se hizo al amparo de dos eventos
que trascendieron en la vía de la modernización del juego y los acomodos políticos,
a saber, la reforma a la ley electoral y reestructuración del partido oficial. Ambas
medidas establecieron las pautas del proyecto político de desarrollo democrático
que se proponía intervenir la participación política por vía electoral, lo que
necesitaba reglamentar las elecciones y las funciones de los partidos políticos.
A comienzos del año de 1946 se reformó la ley electoral para hacerla federal y
cumplir con dos objetivos fundamentales: 1) centralizar el proceso electoral para
fortalecer el control del gobierno sobre si mismos, y 2) propiciar la formación de
partidos políticos nacionales y permanentes, con el objetivo de romper con la
tradición de partidos personalistas y efímeros, organizados en coyunturas
electorales alrededor de un candidato y sin perspectivas de una vida permanente
ya que desaparecerían una vez terminadas las elecciones.
La ley electoral anterior data desde 1918 y muestra la compactación del poder del
momento, pues dejaba en manos de las autoridades estatales y municipales el
manejo y vigilancia de las elecciones, lo que beneficiaba la intervención de
caciques, mayormente militares en la distribución de los cargos públicos.
De este modo, la nueva ley electoral afectó intereses pero remarcó la tendencia del
Estado mexicano al establecimiento de funciones políticas al mismo tiempo que
reducía la influencia de organismos y asociaciones con relativa independencia del
poder público, como era el caso del movimiento obrero que había dominado
espacios para impulsar y sacar a sus candidatos de elección popular.
La reforma al partido era, una demanda en la que coincidían tanto la izquierda como
la derecha, que percibían el cambio en las condiciones políticas y la burocratización
del PRM.
La transformación del PRM en PRI planteó la vuelta a la afiliación individual, que ya
había sido contemplada en las reformas de 1932, aunque sin deshacer la colectiva.
La estructura piramidal del PRI hizo a un lado las asambleas como órganos de
decisión suprema, reduciéndolas a confirmadoras de las decisiones adoptadas en
el Comité ejecutivo del partido.
Las reformas tanto a la ley electoral como al partido del Estado no fueron actos de
voluntad política, sino resultado de los avances hasta entonces alcanzados en el
transcurso de la institucionalización del poder y que habían alterado la correlación
de fuerzas dentro del Estado y su partido.
El gabinete alemanista se distinguió claramente de sus antecesores porque estuvo
conformado por civiles egresados de las aulas universitarias, dejando las
secretarias de Defensa y Marina a cargo de militares.
El PRI quedó formado como partido multiclasista, agente legitimador del Estado y
defensor de la ambigua ideología revolucionaria, recogida en su lema de
democracia y justicia social, muy alejada de su antecesor, el PRM.