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Sócrates

Sócrates es presentado como un pensador antidemócrata y filoespartano que desprecia al demos y su participación política, lo que contradice su uso como símbolo de ética y valores democráticos en debates contemporáneos sobre educación. Su reinterpretación del 'Conócete a ti mismo' se utiliza para justificar la exclusión del demos de la política, promoviendo un retorno a formas aristocráticas de gobierno. La figura de Sócrates, lejos de ser un defensor de la democracia, representa una ideología que busca marginar al pueblo de los asuntos públicos.

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Sócrates

Sócrates es presentado como un pensador antidemócrata y filoespartano que desprecia al demos y su participación política, lo que contradice su uso como símbolo de ética y valores democráticos en debates contemporáneos sobre educación. Su reinterpretación del 'Conócete a ti mismo' se utiliza para justificar la exclusión del demos de la política, promoviendo un retorno a formas aristocráticas de gobierno. La figura de Sócrates, lejos de ser un defensor de la democracia, representa una ideología que busca marginar al pueblo de los asuntos públicos.

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Sócrates o el paradigma de la reacción

Sócrates no es, en absoluto, un pensador desvinculado


de su contexto social, sino un teórico filoespartano y
antidemócrata que no deja de manifestar su desprecio
por el 'demos' y su participación política.
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El discurso de Sócrates (Louis Joseph Lebrun, 1867) WIKIMEDIA COMMONS
Juan Manuel Aragüés Estragués
Profesor de Filosofía. Universidad de Zaragoza
6 ABR 2021 09:47

Hace unos meses asistimos al debate de una nueva ley de educación


promovida por el PSOE y en la que, a pesar del compromiso que este
partido había adquirido, la asignatura de Ética volvió a quedar fuera del
currículo de secundaria. Nada nuevo bajo el sol, ni que el PSOE no
cumpla sus promesas ni el ninguneo a la filosofía.

En ese contexto se produjo una amplia movilización en defensa de la


Ética que se sustanció en campañas en redes sociales y artículos de
opinión en diferentes medios de comunicación. En dicha campaña, la
figura de Sócrates aparecía de modo recurrente como modelo de
ciudadano y paladín de la ética, incluso, en ocasiones, de los valores
democráticos que quienes defendemos la presencia de la Ética en la
enseñanza secundaria tenemos a gala defender. A pesar de lo extendido
de esa opinión, de ese lugar común que hace de Sócrates defensor de
altos ideales, nada más alejado de la realidad, por lo que resulta
inadecuado, a mi modo de ver, emplear la figura del maestro de Platón
para cualquier reivindicación que tenga que ver con valores
democráticos o una ética ciudadana, pues Sócrates supone el paradigma
de la reacción.

Sócrates reinterpreta el “Conócete a ti


mismo” délfico, convirtiéndolo en una
consigna contra las pretensiones de
participación política del demos.
Contextualizar a Sócrates
Hay un ejercicio demasiado habitual en el campo de la filosofía que
resulta tremendamente inconveniente y peligroso a la hora de
interpretar a un autor: su descontextualización. Estamos acostumbrados
a que las aproximaciones a la filosofía se realicen como si sus
protagonistas vivieran al margen de su sociedad y su pensamiento poco
o nada tuviera que ver con los debates y conflictos que en ella se
producen. Nada más alejado de la realidad. Quien se acerca al papel en
blanco para colocar sobre él sus reflexiones lo hace, siempre,
condicionado, de una u otra manera, por el espacio vital que habita.
Grecia no es, en modo alguno, una excepción, tal como nos recuerda en
sus textos Antonio Capizzi, quien nos habla de las pasiones ciudadanas
que atravesaron a los principales filósofos, entre ellos Sócrates. Cómo no
iba a ser así, en el caso de éste, cuando le tocó vivir una época
enormemente convulsa en la que el conflicto entre aristocracia y
democracia se sustanció en unas guerras panhelénicas, las del
Peloponeso, y en las paralelas tensiones sociales que se producen en
Atenas y que nos hablan de una larvada guerra civil que llevó a una
violenta represión aristocrática en los años finales del siglo V a. de E. De
hecho, Protágoras, el más insigne de los sofistas, murió ahogado en 411
huyendo del golpe de Estado que la aristocracia ateniense promovió
contra el sistema democrático.

EL RUMOR DE LAS MULTITUDES


Filosofía y polis: la Grecia de Antonio
Capizzi
JUAN MANUEL ARAGÜÉS ESTRAGUÉS
3
Atenas venía viviendo, desde las reformas de Solón de 580 a. de E., un
proceso de democratización que va arrancando, poco a poco, privilegios
a la aristocracia y que culmina, como es bien sabido, con las reformas
de Pericles. Anteriormente a este, Efialtes, quien promovió la reforma
del Areópago, cámara tradicional del poder aristocrático, fue asesinado
(461 a. de E.), lo que nos habla de la virulencia del conflicto entre
el demos y la aristocracia. Atenas, a finales del siglo V a. de E., era una
verdadera olla a presión en la que los jóvenes aristócratas y demócratas
se juramentaban para confrontar a muerte entre ellos. El conflicto entre
los sofistas y Sócrates y sus discípulos, en especial Platón y Jenofonte, es
la expresión teórica de ese conflicto social.

Sócrates no es, en absoluto, un pensador desvinculado de su contexto


social, sino un teórico filoespartano y antidemócrata que no deja de
manifestar su desprecio por el demos y su participación política, tal
como sus propios discípulos se encargan de poner de manifiesto en
obras como el Politico de Platón y Recuerdos III y IV de Jenofonte. Es
cierto que estos dos autores, en sus obras apologéticas más cercanas a
la muerte de su maestro, se esfuerzan, tal como recuerda Solana en
su Más allá de la ciudad. El pensamiento político de Sócrates, por
presentar una imagen de éste menos crítica con la democracia, pero eso
puede tener que ver con el riesgo que ellos mismos corrían como
seguidores de quien había sido condenado por la ciudad. Sin embargo,
con el paso del tiempo, el verdadero perfil del maestro es puesto de
manifiesto por sus discípulos.

Hay en Sócrates una inteligentísima estrategia para retornar a formas


políticas aristocráticas en las que el demos recupere su añorada
condición de colectivo sometido y silencioso. Esa estrategia pasa por
una inversión de la sofrosyne, principio ético que la ciudad democrática
había hecho suyo frente a la hybris aristocrática. Para ello, Sócrates
reinterpreta el “Conócete a ti mismo” délfico, convirtiéndolo en una
consigna contra las pretensiones de participación política del demos.

En efecto, ese “Conócete a ti mismo”, que la tradición dominante se


empeña en presentarnos como si del título de un manual de
autoayuda avant la lettre se tratase, no es, en boca de Sócrates, sino el
modo de indicar al demos su incapacidad para la acción política, pues su
modo de ser le incapacita, como ya le ocurriera al Tersites de la Ilíada,
para ejercer el gobierno de la ciudad. Quien, perteneciente al demos, se
analice a sí mismo, deberá colegir su incapacidad política y, por tanto,
abandonar ese campo, reservado exclusivamente a los sabios. De no
hacerlo, contravendrá el ideal de sofrosyne y se dejará llevar por una
inconveniente hybris.

EL RUMOR DE LAS MULTITUDES


Tersites en el siglo XXI: el silencio
plebeyo en las sociedades mediáticas
JUAN MANUEL ARAGÜÉS ESTRAGUÉS
3
La sofrosyne, que había sido instrumento para poner límite a los excesos
de la aristocracia, se convierte en manos de Sócrates en argumento
contra la participación política del demos. En resumidas cuentas,
“zapatero a tus zapatos”. De este modo, el gobierno deberá quedar en
manos de los mejores, los aristoi, ahora entendidos como los más
sabios. Acaso no sea inapropiado recordar que Sócrates mismo indica,
en diferentes ocasiones, que el oráculo délfico le había señalado como el
más sabio entre los griegos. La conclusión se extrae sin excesivo
esfuerzo.

Este pasaje nos coloca sobre la pista del enorme esfuerzo desarrollado
por Sócrates para colocar la religión como fundamento de lo político, en
una estrategia de retranscendentalización del discurso. Si la filosofía
nace en Grecia con una vocación de inmanencia, es decir,
desvinculándose de cualquier explicación teológica, Sócrates recupera la
teología que había sido la base del poder aristocrático. Sócrates
entiende, según narra Jenofonte, que las leyes tradicionales no escritas
tienen un origen divino y son superiores a las leyes de la ciudad. La
primera de esas leyes, la obligación de venerar a los dioses. Sócrates se
considera comisionado por la divinidad para llevar a cabo un plan que
consiste en examinar el modo de vida de sus conciudadanos, tal como
señala José Solana. Como si de una reedición de la Antígona de Sófocles
se tratara, Sócrates se envuelve en la ley divina y se convierte en sabio
juez de la razón ciudadana, a la que, sin ninguna duda, condena. Como
bien señaló Castoriadis en referencia a la mencionada tragedia, es
la hybris, la soberbia, lo que se halla detrás del conflicto. Una soberbia
de la que Sócrates, en sus propias palabras el más sabio de los griegos,
rezuma por los cuatro costados.

No es dignidad ni respeto a la ley lo que


guía la actuación de Sócrates, es la
enorme soberbia de quien se cree por
encima de la ley, al margen de la ciudad;
de quien no soporta ser juzgado por otros
a los que no considera sus iguales.
Sócrates contra la democracia
Si a lo dicho hasta ahora unimos las reiteradas críticas tanto a la
elección como al sorteo, se nos revela un perfil de Sócrates en abierta
oposición a los usos y costumbres de la democracia ateniense. Perfil que
también será cultivado por Platón. En ese turbulento final del siglo V a.
de E., Sócrates y Platón son, de modo evidente, la expresión teórica de
las posiciones políticas de la aristocracia. Es decir, toman partido,
teórico y práctico, contra la democracia ateniense. Una democracia,
seguro, con sus defectos y miserias, pero que, por primera vez, había
promovido la participación del demos en los asuntos públicos. El odio de
Platón a la democracia ateniense no es consecuencia de la muerte de su
maestro, viene de antes, de su formación filoespartana y de su condición
aristocrática. Viene de tan lejos como el de su propio maestro.

Por ello, convertir a Sócrates en argumento ético resulta improcedente,


por cuanto atribuye al personaje unas virtudes completamente alejadas
de su real orientación política y social. Quien despreció al demos, quien
pretendió privarle de la participación política, quien restituyó los poderes
de la religión y la superstición, quien, en suma, abominó de la
democracia no puede presentarse como referente de inquietudes
sociales que se encuentran en las antípodas de su pensamiento.

Sócrates da inicio a un potente conglomerado teórico cuyo objetivo


fundamental es la restitución de la ideología aristocrática, con la
consiguiente marginación del demos del ámbito político. Platón
culminará su desarrollo y le proporcionará fundamento ontológico con su
delirante dualismo, sustento de una concepción teológica de la filosofía
que se hará dominante hasta el siglo XIX y que será aplaudida por todas
las religiones monoteístas. No es dignidad ni respeto a la ley lo que guía
la actuación de Sócrates, es la enorme soberbia de quien se cree por
encima de la ley, al margen de la ciudad; de quien no soporta ser
juzgado por otros a los que no considera sus iguales. El Oráculo de
Delfos ya lo había advertido.

Juan Manuel Aragüés es autor de numerosas obras, entre las que


podemos destacar Deleuze (1998), Sartre en la encrucijada (2004), El
dispositivo de Karl Marx (2018), Deseo de multitud. Diferencia,
antagonismo y política materialista (2019), De la vanguardia al cyborg
(2020) o De idiotas a koinotas. Para una política de la multitud
(2020). Su libro más reciente es Ochenta sombras de Marx, Nietzsche y
Freud. Diccionario de filósofos y filósofas en la senda de la sospecha
(2021).

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