0% encontró este documento útil (0 votos)
105 vistas28 páginas

Texto Discurso Del Método

El 'Discurso del Método' de Descartes se estructura en seis partes que abordan consideraciones sobre las ciencias, reglas del método, moral, existencia de Dios y el alma, cuestiones de física y medicina, y la investigación de la naturaleza. Descartes enfatiza la importancia del buen sentido y la razón, argumentando que todos los hombres poseen la capacidad de juzgar, aunque sus opiniones pueden diferir debido a diferentes enfoques. Su objetivo es compartir su propio camino hacia la verdad, no como un precepto, sino como una historia que pueda ser útil para otros.

Cargado por

Elvis Macias
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
105 vistas28 páginas

Texto Discurso Del Método

El 'Discurso del Método' de Descartes se estructura en seis partes que abordan consideraciones sobre las ciencias, reglas del método, moral, existencia de Dios y el alma, cuestiones de física y medicina, y la investigación de la naturaleza. Descartes enfatiza la importancia del buen sentido y la razón, argumentando que todos los hombres poseen la capacidad de juzgar, aunque sus opiniones pueden diferir debido a diferentes enfoques. Su objetivo es compartir su propio camino hacia la verdad, no como un precepto, sino como una historia que pueda ser útil para otros.

Cargado por

Elvis Macias
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

DISCURSO DEL MÉTODO

PARA BIEN DIRIGIR LA RAZÓN Y


BUSCAR LA VERDAD EN LAS CIENCIAS12

Si este discurso parece demasiado largo para ser leído todo de una
sola vez, podrá dividirse en seis partes. En la primera se encontrarán
diversas consideraciones acerca de las ciencias. En la segunda, las
principales reglas del método que el autor ha buscado. En la tercera,
algunas otras reglas de la moral que ha extraído de ese método. En la
cuarta, las razones por fes que prueba la existencia de Dios y del alma
humana, que son los fundamentos de su metafísica. En la quinta, el
orden seguido en el tratamiento de las cuestiones de física que ha
investigado y, en particular, la explicación del movimiento del corazón y
de algunas otras dificultades que atañen a la medicina, y también la
diferencia que hay entre nuestra alma y la de las bestias. Y en la última,
las cosas que cree necesarias para avanzar en la investigación de la
naturaleza hasta más allá de donde ha llegado, y las razones que le han
impulsado a escribir.

PRIMERA PARTE
[1] El buen sentido2 es la cosa mejor repartida del mundo, pues cada
uno piensa estar tan bien provisto de él que aun los más difíciles de
contentar en cualquier otra cosa, no suelen desear más del que tie-
nen. Al respecto no es verosímil que todos se equivoquen, sino que
más bien esto testimonia que la capacidad de juzgar bien y de distin-
guir lo verdadero de lo falso, que es propiamente lo que se llama el
buen sentido o la razón, es naturalmente igual en todos los hombres;

1 D e s c a r tes, en carta a M erse n n e fech a d a en m arzo d e 1 6 3 7 , en L e y d e n , escrib e: “N o he


e scr ito ‘T ratado d el m é to d o ’ , sin o ‘D isc u r s o d el m é to d o ’ , lo q u e e s lo m is m o q u e ‘P r e fa c io ’
o “ A v is o acerc a d el m é to d o ’ para p o n er d e m a n ifies to q u e n o ten g o e l p r o p ó sito d e en se ñ a r -
lo , sin o so la m en te d e hablar. P u e s c o m o s e p u ed e ver por lo q u e d ig o , e stá co n stitu id o m ás
por práctica q u e por teoría y lla m o a lo s tratados s ig u ie n te s ‘E n s a y o s d e e s te m é to d o ’, p u es
p reten d o q u e las c o s a s q ue c o n tie n en n o han p o d id o en con tra rse sin él y p u ed e c o n o c e r s e a
trav és d e e llo s su valor; tam b ién h e in sertad o a lg u n a c o s a d e m e ta físic a , físic a y m ed icin a en
el prim er d iscu r s o para p o n er d e m a n ifie s to q u e abarca to da c la s e d e m a terias” ( A - T 1 , 3 4 9 ).
L os e n s a y o s so n “ D ió p tr ic a ” , “M e te o r o s” y “G eo m etr ía ” , q u e se g u ía n al p resen te D isc u r s o .

2 “ E l bu en s e n tid o ” ; p u ed en ap recia rse d o s s ig n ific a d o s d ife ren tes: a) la fa c u lta d natural


d e d istin g u ir lo verd a d ero d e lo fa ls o , y b ) la sa b id u ría. A q u í d e b e c o n sid e r a r se el p rim er
s ig n ific a d o , c o m o s in ó n im o d e “ ra zó n ” , e q u iv a le n te a “c a p a c id a d — o fa c u lta d — d e j u z -
g a r” y “ lu z natu ral” , en la m ed id a q u e q u iere se ñ a la r la c a p a cid a d d e d istin g u ir lo v erd a -
d ero d e lo f a ls o , sin adulterar. A lg u n a v e z ta m b ién “ s e n tid o ” e s e q u iv a le n te .
y así la diversidad de nuestras opiniones no proviene de que unos
sean más razonables que los otros, sino solamente de que conduci-
mos nuestros pensamientos por distintas vías y no consideramos las
mismas cosas. Pues no se trata de tener el ingenio bueno, sino que
lo principal es aplicarlo bien3. Las almas más grandes son capaces
de los mayores vicios, tanto como de las mayores virtudes; y los que
andan muy despacio pueden avanzar mucho más, si siguen el cami-
no recto, que los que corren pero se alejan de él.

[2] Por mi parte, nunca he considerado que mi ingenio fuese en nada


más perfecto que el del común de los mortales; hasta he deseado a
menudo tener el pensamiento tan pronto, o la imaginación tan nítida y
distinta, o la memoria tan amplia o presente, como algunos otros. Y no
conozco otras cualidades sino éstas que sirvan a la perfección del
ingenio; pues en cuanto a la razón, o al sentido4, en tanto que es la
única cosa que nos hace hombres y distingue de las bestias, quiero
creer que está entera, sin ninguna reserva, en cada uno de nosotros y
seguir en esto la opinión común de los filósofos5 que dicen que el más
y el menos se da sólo entre los accidentes y de ningún modo entre las
formas, o naturalezas de los individuos de una misma especie.

[3] Pero no temo decir que pienso haber tenido mucha fortuna al
haberme hallado desde mi juventud en algunos caminos que me han
conducido a consideraciones y máximas con las que he formado un
método, por el que me parece que tengo el medio para aumentar gra-
dualmente mi conocimiento y elevarlo poco a poco hasta el punto
más alto al que la mediocridad de mi ingenio y la corta duración de
mi vida podrán permitirle alcanzar. Pues he recogido ya tales frutos
de ese método que, aún cuando en los juicios que hago de mí mismo
intento siempre inclinarme del lado de la desconfianza más que del
de la presunción, y aún cuando al mirar con talante filosófico las
diversas acciones y empresas de todos los hombres no encuentro
casi ninguna que no me parezca vana e inútil, no dejo de reconocer
una extremada satisfacción por el progreso que pienso haber hecho
ya en la búsqueda de la verdad ni de concebir tales esperanzas para
el porvenir que si, entre las ocupaciones de los hombres, puramen-
te hombres6, hay una que sea sólidamente buena e importante, me
atrevo a creer que es la que yo he escogido.

3 La razón e s una fa cu lta d q u e p o s e e el h o m b re p or n a tu ra le za . E l u s o d e la r az ón e s un a


a c tiv id a d q u e p u ed e p er fe c c io n a r s e m ed ia n te el m é to d o a d e c u a d o . N o to d o s lo s h o m b r e s
p o s e e n e l m ism o gra d o d e sab er, e s te se ad q u iere m ed ia n te un c o rr e c to u s o d e la ra zó n .

4 “ E l s e n tid o ” ; tie n e a q u í e l m ism o s ig n ific a d o q u e “ b u en s e n tid o ” .

5 S e refiere a lo s f iló s o f o s e s c o lá s ti c o s .

6 L o s h o m b r e s q u e , c o m o dirá un p o c o m á s a d e la n te , c a rec e n d e “ a lg u n a e xtrao rd in aria


a yu d a d el c i e lo ” y n o so n “ a lg o m á s q u e h o m b re” .
[4] No obstante puede ocurrir que me equivoque, y que lo que no es
sino un poco de cobre y de vidrio lo tome por oro y diamantes. Yo sé
cuán expuestos estamos a equivocarnos en lo que nos atañe y cuán
sospechosos deben sernos los juicios de nuestros amigos cuando
son en favor nuestro. Pero me agradaría, en este discurso, mostrar
qué caminos son los que he seguido y representar en ellos mi vida
como en un cuadro, a fin de que cada uno pueda juzgar, y así, aten-
diendo, por el rumor público, a las opiniones, sea éste un nuevo medio
de instruirme, que añadiré a los que tengo la costumbre de servirme.

[5] Mi intención no es, pues, enseñar aquí el método que cada uno
debe seguir para conducir bien su razón, sino sólo mostrar de qué
manera he procurado conducir la mía. Los que se ocupan de dar pre-
ceptos7 deben considerarse más hábiles que aquellos a quienes se
los dan, y si yerran en la menor cosa, son reprobables. Pero al no pro-
poner este escrito sino como una historia, o si lo preferís, como una
fábula, en la que, entre algunos ejemplos que se pueden imitar, se
encontrarán tal vez otros que se tendrá razón en no seguir, espero
que sea útil para algunos, sin ser pernicioso para nadie, y que todos
agradecerán mi franqueza.

[6] Yo he sido educado en las letras8 desde mi infancia, y como se me


persuadía de que, por medio de ellas, se podía adquirir un conoci-
miento claro y seguro de todo lo que es útil para la vida, tenía un
extremado deseo de aprenderlas. Pero tan pronto como hube acaba-
do esos estudios, al cabo de los cuales es costumbre ser admitido en
el rango de los doctos, cambié por completo de opinión. Pues me
encontraba tan perplejo por tantas dudas y errores, que me parecía
no haber hecho otra cosa de provecho, tratando de instruirme, sino
descubrir más y más mi ignorancia. Y sin embargo, estaba en una de
las más célebres escuelas de Europa, en donde pensaba que debía
haber hombres sabios, si es que los había en algún lugar de la Tierra.
Había aprendido allí todo lo que los demás aprendían; incluso, no
habiéndome contentado con las ciencias que se nos enseñaban,
había recorrido todos los libros que pudieron caer en mis manos y
que hablan de las que se estiman más curiosas y raras9. Con todo,
sabía los juicios que los otros hacían de mí, y no veía que se me esti-
mase en menos que a mis condiscípulos, aunque ya había entre ellos
algunos que estaban destinados a ocupar las plazas de nuestros

7 A q u í e n s e n tid o m oral c o n cará cter im p e ra tiv o .

8 L e tra s, e s to e s , h u m a n id a d es: g r a m á tica , h isto r ia , p o e s ía y retór ica .

9 L ib r os d e c ie n c i a s o cu lta s: la a s tr o lo g ia , la a lq u im ia y la m a g ia , y la s q u e p o c o s c o n o -
c e n p ero q u e e s c o n d e n s e c r e to s p ar ticu la r e s, c o m o la q u ím ic a , la ó p tic a , e tc . (la q u e h ace
v er c o s a s m a r a v illo s a s c o n e s p e jo s y le n te s ).
maestros. Y en fin, nuestro siglo me parecía tan floreciente y tan fér-
til en buenos ingenios como cualquiera de los precedentes. Por todo
lo cual me tomaba la libertad de juzgar por mí mismo a todos los
demás y de pensar que no había doctrina alguna en el mundo que
fuese tal como anteriormente se me había hecho esperar.

[7] Sin embargo no dejaba de reconocer el valor de los ejercicios que


se hacen en las escuelas. Sabía que las lenguas10 que allí se apren-
den son necesarias para comprender los libros antiguos; que el
encanto de las fábulas despierta el ingenio; que las acciones memo-
rables de las historias lo elevan, y que, leídas con discreción, ayu-
dan a formar el juicio; que la lectura de todos los buenos libros es
como una conversación con las más honestas gentes de los siglos
pasados, que han sido los autores, e incluso una conversación estu-
diada en la que ellos no nos descubren sino lo mejor de sus pensa-
mientos; que la elocuencia posee fuerzas y bellezas incomparables;
que la poesía tiene delicadezas y dulzuras muy embelesadoras; que
en las matemáticas hay invenciones muy sutiles y que pueden ser-
vir mucho, tanto para contentar a los curiosos como para facilitar
todas las artes y disminuir el trabajo de los hombres; que los escri-
tos que tratan acerca de las costumbres contienen muchas ense-
ñanzas y muchas exhortaciones a la virtud que son muy útiles; que
la teología enseña a ganar el cielo; que la filosofía proporciona
medios para hablar verosímilmente de todas las cosas y para hacer-
se admirar por los menos sabios; que la jurisprudencia, la medicina
y las otras ciencias aportan honores y riquezas a quienes las culti-
van; y en fin, que es bueno haberlas examinado todas, incluso las
más supersticiosas y las más falsas, para conocer su justo valor y
guardarse de ser engañado.

[8] Pero creía haber dedicado ya bastante tiempo a las lenguas y tam-
bién a la lectura de libros antiguos, a sus historias y a sus fábulas.
Pues es casi lo mismo conversar con las gentes de otros siglos que
viajar. Bueno es saber algo de las costumbres de otros pueblos para
juzgar las nuestras con más corrección, y que no pensemos que todo
aquello que va contra nuestras maneras de vivir es ridículo y opues-
to a la razón, como habitualmente hacen quienes no han visto nada.
Pero cuando se emplea demasiado tiempo en viajar, se llega a ser
finalmente extranjero en el propio país; y cuando se está demasiado
interesado por las cosas que se practicaban en los siglos pasados se
permanece de ordinario muy ignorante de las que se practican en
éste. Por otra parte, las fábulas hacen imaginar como posibles
muchos acontecimientos que no lo son; igualmente las historias más

10 L atín y g r ie g o .
fieles, si no cambian ni aumentan el valor de las cosas, para hacerlas
más dignas de ser leídas, al menos omiten casi siempre las circuns-
tancias más bajas y menos ilustres; de ahí que lo que resta no apare-
ce tal como es, y que quienes regulan sus costumbres por los ejem-
plos que sacan de ellas, están expuestos a caer en las extravagan-
cias de los paladines de nuestras novelas y a concebir designios que
rebasan sus fuerzas.

[9] Estimaba en mucho la elocuencia y era un enamorado de la poe-


sía; pero pensaba que la una y la otra eran dones del ingenio más que
frutos del estudio. Los que tienen el más vigoroso razonar y ponen en
orden mejor sus pensamientos con el fin de hacerlos claros e inteligi-
bles, pueden siempre persuadir mejor sobre lo que proponen, aunque
no hablen sino bajo bretón11 y no hayan aprendido jamás retórica. Y
los que tienen las inspiraciones más agradables y las saben expresar
con el máximo ornato y dulzura, no dejarán de ser los mejores poe-
tas aunque el arte poética les fuera desconocido.

[10] Me complacía sobre todo con las matemáticas a causa de la cer-


teza y la evidencia de sus razones; pero no advertía todavía su verda-
dero uso, y, pensando que no servían sino a las artes mecánicas, me
sorprendía que, siendo sus fundamentos tan firmes y tan sólidos, no
se hubiese levantado sobre ellos nada más noble12. En cambio, com-
paraba los escritos de los antiguos paganos13, que tratan de las cos-
tumbres, con palacios muy soberbios y magníficos, pero no levanta-
dos sino sobre arena y barro. Elevan muy en alto las virtudes y las
hacen parecer estimables por encima de todas las cosas del mundo;
pero no enseñan bastante a conocerlas, y a menudo lo que ellos lla-
man con tan bello nombre no es sino insensibilidad, orgullo, deses-
peración o parricidio.

[11] Trataba con reverencia a nuestra teología y pretendía, como cual-


quier otro, ganar el cielo; pero habiendo aprendido, como cosa muy
segura, que el camino no está menos abierto a los más ignorantes
que a los más doctos, y que las verdades reveladas, que allá condu-
cen, están por encima de nuestra inteligencia, nunca me hubiera atre-
vido a someterlas a la debilidad de mis razonamientos, y pensaba
que para emprender su examen y tener éxito era preciso alguna
extraordinaria ayuda del cielo y ser algo más que hombre.

11 D e s c a r te s u sa la e x p r e sió n “ ha blar b ajo b retón" para s ig n ific a r “ hab lar d e m o d o p o c o


litera rio y q u e p o c o s e n tie n d e n ” .

12 El e s tu d io d e la s m a tem á tic a s se d irig ía a su a p lic a c ió n práctica: m e c á n ic a e tc ..

13 S e refiere a lo s e s to ic o s .
[12] No diré nada de la filosofía sino que, viendo que ha sido cultivada
por los más excelentes ingenios que han vivido desde hace siglos, y
que, sin embargo, no se encuentra aún ninguna cosa de la que no se
dispute, y, por consiguiente, que no sea dudosa, no tenía yo la pre-
sunción de obtener un logro mejor que los demás; y que, consideran-
do cuán diversas opiniones puede haber tocantes a una misma mate-
ria, que sean sostenidas por gentes doctas, sin que pueda haber
jamás más de una que sea verdadera, yo tenía casi por falso todo lo
que no era más que verosímil14.

[13] Y en cuanto a las otras ciencias15, en tanto que toman sus principios
de la filosofía, juzgaba yo que no se podía haber levantado nada que
fuera sólido sobre fundamentos tan poco firmes. Y ni el honor ni las
ganancias que prometen eran suficientes para invitarme a aprenderlas;
pues no me veía, gracias a Dios, en condición tal que me obligase a
hacer de la ciencia un oficio con que desahogar mi fortuna; y aunque
yo no hiciese declaración pública de despreciar la gloria a lo cínico,
hacía poco caso de la que no esperaba poder adquirir sino con falsos
títulos. Y en fin, respecto de las malas doctrinas, pensaba conocer ya
bastante lo que valían para no estar expuesto a ser engañado ni por las
promesas de un alquimista, ni por las predicciones de un astrólogo, ni
por las imposturas de un mago, ni por los artificios o la presunción de
alguno de los que hacen profesión de saber más de lo que saben.

[14] Por ello, tan pronto como la edad me permitió salir de la sujeción
de mis preceptores, abandoné por entero el estudio de las letras. Y
resuelto a no buscar otra ciencia sino la que pudiera encontrar en mí
mismo o bien en el gran libro del mundo, empleé el resto de mi juven-
tud en viajar, en ver cortes y ejércitos16, en frecuentar gentes de diver-
sos temperamentos y condiciones, en recoger diversas experiencias,
en probarme a mí mismo en las circunstancias que la fortuna me
deparaba, y en todas partes hacer tal reflexión sobre las cosas que
se me presentaban que pudiera obtener algún provecho de ellas.
Pues me parecía que podía encontrar mucha más verdad en los razo-
namientos que cada uno hace en lo tocante a los asuntos que le inte-
resan, y cuyo resultado le debe castigar poco después si ha juzgado
mal, que en los que hace un hombre de letras en su despacho, en lo
tocante a especulaciones que no producen efecto alguno y que no le
reportan otra consecuencia, sino que tal vez aumentará tanto más la

14 V er o sím il e s to d o a q u e llo q u e tie n e a p a rien c ia d e v e rd ad .

15 S e refier e a M e d ic in a y D e r e c h o , q u e e s tu d ió en P o itie r s .

16 D es c a r te s s e a listó en 1 6 1 8 e n e l e jé r c ito d e l p r ín c ip e , p r o te sta n te, M a u r ic io d e


N a s sa u . En 1 6 1 9 a sis te a la c o r o n a c ió n d el e m p era d o r, c a tó l ic o , F e m a n d o II. D e s p u é s s e
a lis tó en e l e jé r cito d e M a x im ilia n o d e B a v ie r a , c a tó lic o .
vanidad cuanto más alejadas estén del sentido común, puesto que
habrá debido emplear más ingenio y artificio en procurar hacerlas
verosímiles. Y tenía siempre un extremado deseo de aprender a dis-
tinguir lo verdadero de lo falso, para ver claro en mis acciones y cami-
nar con seguridad por esta vida.

[15] Es verdad que, mientras no hacía sino considerar las costumbres


de los otros hombres, no encontraba apenas de qué estar seguro, y
advertía casi tanta diversidad como antes la había observado entre
las opiniones de los filósofos. De suerte que el mayor provecho que
obtenía era que, viendo muchas cosas que, aunque nos parezcan
muy extravagantes y ridiculas, no dejan de ser comúnmente admiti-
das y aprobadas por otros grandes pueblos, aprendía a no creer
demasiado firmemente nada de aquello de lo que no se me había per-
suadido sino por el ejemplo y la costumbre; y así me liberaba poco a
poco de muchos errores, que pueden ofuscar nuestra luz natural y
volvernos menos capaces de escuchar la razón. Pero después que
hube empleado algunos años en estudiar así en el libro del mundo y
en tratar de adquirir alguna experiencia, tomé un día la resolución de
estudiar también en mí mismo y emplear todas las fuerzas de mi inge-
nio en escoger los caminos que debía seguir. Lo cual me salió mucho
mejor, eso me parece, que si no me hubiese nunca alejado de mi país
y de mis libros.
SEGUNDA PARTE
[1] Estaba por entonces en Alemania17, adonde la ocasión de unas
guerras aún no acabadas18 me había llamado; y volviendo de la coro-
nación del emperador hacia el ejército, el comienzo del invierno me
detuvo en un lugar donde, no encontrando ninguna conversación que
me distrajese, y no teniendo por otra parte, afortunadamente, ningu-
na preocupación ni pasión que me turbaran, permanecía todo el día
encerrado y solo en una habitación con estufa, donde disponía de
todo el tiempo libre para cultivarme con mis pensamientos. Entre los
cuales, uno de los primeros fue caer en la cuenta que a menudo no
hay tanta perfección en las obras compuestas de varias piezas y rea-
lizadas por la mano de distintos hombres como en aquellas en que
uno solo ha trabajado. Así se ve que los edificios que un solo arqui-
tecto ha empezado y acabado son habitualmente más bellos y están
mejor dispuestos que aquellos otros que varios han tratado de com-
poner, utilizando viejos muros que habían sido levantados para otros
fines. Así esas antiguas ciudades, que no habiendo sido al principio
sino aldeas han llegado a ser, con el paso del tiempo, urbes, están
ordinariamente tan mal trazadas, comparadas con esas plazas19
regulares que un ingeniero traza según su fantasía en una llanura, que
aunque al considerar sus edificios cada uno por su parte se encuen-
tra a menudo tanto o más arte que en aquellas otras dibujadas por un
ingeniero, sin embargo, al ver como están dispuestos, aquí uno gran-
de, allí uno pequeño, y como hacen las calles curvas y desiguales, se
diría que es más bien la fortuna, que no la voluntad de algunos hom-
bres usando la razón, quien así la ha dispuesto. Y si se tiene en cuen-
ta que, a pesar de ello, ha habido siempre unos oficiales encargados
del cuidado de los edificios de los particulares para hacerlos servir al
ornato público, se reconocerá que es dificultoso, trabajando sobre lo
hecho por otro, hacer cosas perfectas. Así, me imaginaba que esos
pueblos, habiendo sido antaño medio salvajes y no habiéndose civi-
lizado sino poco a poco, que no han hecho sus leyes sino a medida
que la incomodidad de los crímenes y las disputas les iban apremian-
do, no pueden tener costumbres tan acomodadas como los que,
desde el comienzo en que se juntaron, han observado las constitu-
ciones20 de algún prudente legislador. De la misma manera es muy
cierto que el estado de la verdadera religión, cuyas ordenanzas Dios
solo ha hecho, debe estar incomparablemente mejor establecido que

17 En e l in v ie rn o d e 1 6 1 9 .

18 L a G uerra d e lo s T reinta A ñ o s , q u e fin a liz ó c o n la p a z d e W e s tfa lia e n 1 6 4 8 .

19 V illa s fo rtifica d a s.

20 L e y e s fu n d a m e n ta le s , e c le s iá s tic a s o c i v i le s , e tc .
todos los demás. Y para hablar de cosas humanas, creo que, si
Esparta fue en otro tiempo muy floreciente, no se debió a la bondad
de cada una de sus leyes en particular, visto que muchas eran muy
extrañas, e incluso contrarias a las buenas costumbres21, sino a
causa de que, habiendo sido inventadas por uno solo22, tendían
todas a un mismo fin. Y así yo pensé que las ciencias de los libros, al
menos aquellas cuyas razones son sólo probables y carecen de
demostraciones, habiéndose compuesto y aumentado poco a poco
con las opiniones de varias personas diferentes, no son tan próximas
a la verdad como los simples razonamientos que puede hacer natu-
ralmente un hombre de buen sentido en lo tocante a las cosas que se
presentan. Y así también pensé que como todos hemos sido niños
antes de ser hombres y hemos habido menester durante mucho tiem-
po de estar gobernados por nuestros apetitos y nuestros precepto-
res, que eran a menudo contrarios unos a otros, y, tal vez, ni los unos
ni los otros nos aconsejaban siempre lo mejor, es casi imposible que
nuestros juicios sean tan puros y tan sólidos como lo serían si hubié-
semos tenido el uso pleno de nuestra razón desde el momento de
nuestro nacimiento y no hubiésemos sido sino conducidos por ella.

[2] Es verdad que no vemos que se derriben todas las casas de una
ciudad con el único propósito de rehacerlas de otra manera y de tor-
nar las calles más bellas; pero vemos que muchos mandan echar por
tierra las suyas para reedificarlas y muchas veces son forzados a ello
cuando están en peligro de caer y los cimientos no son muy firmes.
Ante cuyo ejemplo me persuadí de que no sería en verdad plausible
que un particular tuviese el propósito de reformar un Estado, cam-
biándolo todo desde los fundamentos, y derribándolo para endere-
zarlo; ni tampoco reformar el cuerpo de las ciencias o el orden esta-
blecido en las escuelas para enseñarlas; pero en lo que atañe a todas
las opiniones a las que hasta el momento había dado crédito, no
podía hacer nada mejor que emprender, de una vez, el quehacer de
suprimirlas, a fin de sustituirlas después por otras mejores, o bien por
las mismas, cuando las hubiese ajustado al nivel de la razón. Y creí
firmemente que, por este medio, lograría conducir mi vida mucho
mejor que si construyese sobre viejos fundamentos y me apoyase en
principios en los que me había dejado persuadir en mi juventud, sin
haber jamás examinado si eran verdaderos. Pues aunque advirtiese
en esto diversas dificultades, no lo eran, empero, sin remedio, ni
comparables con las que hay en la reforma de las menores cosas
que atañen a lo público. Estos grandes cuerpos políticos son dema-

21 S e refiere a la co stu m b re d e ab and onar lo s n iñ o s d efo rm e s e n e l T a ig eto .

22 P o s ib le m e n te , s e r efiere a L ic u r g o , le g is la d o r m ític o d e E spa rta.


siado difíciles de levantar una vez derribados, o incluso de mantener
cuando son sacudidos, y sus caídas no pueden ser sino muy duras.
Además, en lo que concierne a sus imperfecciones, si las tienen, y la
sola diversidad que hay entre ellos es suficiente para asegurar que
muchos las tienen, el uso las ha, sin duda, moderado; e incluso ha
evitado o corregido gradualmente muchas, a las que por prudencia
no se podría atender de forma tan satisfactoria. Y en suma, son casi
siempre más soportables que lo sería su cambio, de la misma mane-
ra que los caminos reales, que serpentean entre montañas, llegan a
estar tan allanados y ser tan cómodos a fuerza de ser frecuentados
que es mucho mejor seguirlos que intentar ir mas recto, trepando por
encima de las rocas y descendiendo hasta el fondo de los precipicios.

[3] Es por esto por lo que yo no sabría dar mi aprobación a esos tem-
peramentos en efervescencia e inquietos, que no estando llamados
ni por nacimiento ni por su fortuna al manejo de los asuntos públicos,
no dejan de hacer siempre, en idea, alguna nueva reforma. Y si yo
pensase que hay la menor cosa en este escrito por la que de mí se
pueda sospechar esta locura, mucho me arrepentiría de que fuese
publicado. Jamás mi propósito ha ido más allá de tratar de reformar
mis propios pensamientos y edificar en un solar totalmente mío. Que
si, habiéndome complacido bastante en mi obra, os enseño aquí el
modelo, no es por eso que yo quiera aconsejar a nadie que lo imite.
Aquellos a quienes Dios haya dotado con mejores gracias, tendrán,
tal vez, propósitos más elevados; pero mucho me temo que éste sea
ya demasiado atrevido para muchos. La mera resolución de desha-
cerse de todas las opiniones admitidas anteriormente como creencia
no es un ejemplo que todos deban seguir; y el mundo no está com-
puesto sino, casi sólo, por dos tipos de hombres a quienes no con-
viene de ninguna manera. A saber, de los que, creyéndose más hábi-
les de lo que son, no pueden pasar sin contener la precipitación de
sus juicios ni tener bastante paciencia para conducir por orden todos
sus pensamientos: de ahí que, si una vez se hubiesen tomado la liber-
tad de dudar de los principios que han recibido y de apartarse del
camino común, jamás podrán mantenerse en el sendero que hay que
tomar para ir más en derechura, y permanecerían extraviados toda su
vida. Y de los que, teniendo bastante razón o modestia para juzgar
que son menos capaces de distinguir lo verdadero de lo falso que
algunos otros, por los que pueden ser instruidos, deben más bien
contentarse con seguir las opiniones de esos otros que buscar por sí
mismos otras mejores.

[4] Y, por lo que a mí respecta, yo habría estado sin duda entre el


número de estos últimos, si no hubiese tenido jamás sino un solo
maestro o no hubiese sido consciente de las diferencias que ha habi-
do, en todo tiempo, entre las opiniones de los más doctos. Pero
habiendo aprendido, desde el colegio, que no podría imaginarse nada
tan extraño y poco creíble que no haya sido dicho por alguno de los
filósofos; y más tarde, al viajar, habiendo reconocido que todos aque-
llos que tienen sentimientos muy contrarios a lo nuestros, no son por
ello bárbaros ni salvajes, sino que muchos hacen uso, tanto o más
que nosotros, de la razón; y habiendo considerado cuán diferente
llega a ser un hombre, con idéntico ingenio, educado desde su infan-
cia entre los franceses o los alemanes de lo que lo sería si hubiese
vivido siempre entre los chinos o los caníbales; y como hasta en las
modas de nuestros trajes, la misma cosa que nos ha gustado hace
diez años, y que tal vez vuelva a gustarnos antes de otros diez, nos
parece ahora extravagante y ridicula, de suerte que son mucho más
la costumbre y el ejemplo los que nos persuaden que algún conoci-
miento cierto, y que, sin embargo, la pluralidad de votos23 no es una
prueba que valga nada para las verdades un poco difíciles de descu-
brir, porque es mucho más verosímil que un hombre solo las encuen-
tre que no todo un pueblo: por todo ello, no podía escoger a alguien
cuyas opiniones me pareciesen que debían preferirse a las de los
demás, y me encontré como constreñido a emprender por mí mismo
la tarea de conducirme.

[5] Pero como un hombre que camina solo y entre tinieblas, resolví ir
tan lentamente y usar tanta circunspección en todas las cosas que, si
no avanzaba nada más que un poco, me guardaría al menos de caer.
Incluso no quise comenzar a desechar por completo ninguna de las
opiniones que hubiesen podido deslizarse en otro tiempo en mi cre-
encia sin haber sido introducidas por la razón, hasta en tanto no
hubiese empleado bastante tiempo en meditar el proyecto de la obra
que emprendía, y en buscar el verdadero método para llegar al cono-
cimiento de todas las cosas de que mi espíritu fuese capaz.

[6] Había estudiado un poco, siendo más joven, entre las partes de la
filosofía, la lógica24, y entre las de las matemáticas, el análisis de los
geómetras y el álgebra, tres artes o ciencias que, al parecer, debían
contribuir algo a mi propósito. Pero al examinarlas, advertí, en lo que
concierne a la lógica, que sus silogismos25 y la mayor parte de las
demás instrucciones, sirven más para explicar a otro las cosas que

23 E l c o n s e n s o g e n er a l n o tie n e v a lo r para D e s c a r te s , e l c o n o c im ie n to v erd a d er o n o


d e p e n d e d e v o ta c io n e s , sin o d e l m é to d o y la s d e m o s tr a c io n e s .

24 D uran te el p rim er cu rs o se estu d ia b a la ló g ic a aris to télica .

25 E l s ilo g i s m o e s un raz o n a m ie n to c o m p u e sto por tres p r o p o s ic io n e s , m a y o r, m en o r y


c o n c lu s ió n . D es c a rte s critica en e s te m o m e n to el silo g is m o : d a d o q u e la c o n c lu s ió n es tá ya
co n ten id a en las d o s p re m isa s a n te rio re s, n o a ñ ad e nada n u e v o .
se saben o incluso, como el arte de Lulio26, para hablar sin juicio de
aquellas que se ignoran, que para aprenderlas. Y aunque contiene,
en efecto, muchos preceptos muy verdaderos y muy buenos, hay,
sin embargo, mezclados con ellos, tantos otros que son o nocivos o
superfluos, que es casi tan difícil separarlos como sacar una Diana o
una Minerva de un bloque de mármol que no está todavía desbasta-
do. Luego, en lo que concierne al análisis de los antiguos27 y al álge-
bra de los modernos28, además de que no se refieren sino a mate-
rias muy abstractas, y que no parecen ser de ningún uso, el primero
está siempre tan obligado a la consideración de las figuras, que no
puede ejercitar el entendimiento sin fatigar mucho a la imaginación,
y, en la última, se ha estado tan sujeto a ciertas reglas y cifras, que
se ha hecho un arte confuso y oscuro, que estorba al ingenio, en
lugar de una ciencia que lo cultive. Lo cual fue la causa de que pen-
sase que había que buscar algún otro método, que, comprendiendo
las ventajas de esos tres, quedase exento de sus defectos. Y como
la multitud de leyes suministra a menudo excusas a los vicios, de
suerte que un Estado está mucho mejor regido cuando, no teniendo
sino muy pocas, son muy estrechamente observadas, así, en lugar
de ese gran número de preceptos de los que la lógica se compone,
creí que tendría bastante con los cuatro siguientes, con tal que
tomase una firme y constante resolución de no faltar ni una sola vez
a su observación.

[7] El primero era no admitir jamás cosa alguna como verdadera en


tanto no la conociese con evidencia que lo era; es decir, evitar cuida-
dosamente la precipitación y la prevención, y no comprender nada
más en mis juicios que lo que se presentase tan clara y distintamente
a mi espíritu, que no tuviese ninguna ocasión de ponerlo en duda.

[8] El segundo, dividir cada una de las dificultades29 que examinare en


tantas pequeñas partes como se pudiese y fuese necesario para
mejor resolverlas.

[9] El tercero, conducir con orden mis pensamientos, comenzando por


los objetos más simples y más fáciles de conocer, para ascender

26 S e refier e al A rs M a g n a d el f r a n c isca n o m allo rq u ín R . L u lio ( 1 2 3 5 - 1 3 1 5 ) q u e p ro p o -


nía una té c n ic a d e d es cu b rim ien to b asa da en e l s ilo g is m o y q u e u tiliza b a s ím b o lo s d isp u e s -
to s en fo rm a s g e o m é tric a s .

27 S e refiere al m éto d o u sad o por A r q u ím ed es (2 8 7 -2 1 2 a .C .) o A p o lo n io d e P érgam o (2 6 2 -


180 a.C .) c o n o c id o s por D esca rte s g ra cias a la obra de C la v iu s, jes u íta a lem á n , q u e estu d ió .

28 S e refiere a “ L o s trabajos m a te m á tic o s” d e C la v iu s y a lo s trab ajos d e lo s fr a n c es e s d el


X V I I, c a s o d e V iète ( 1 5 4 0 - 1 6 0 3 ) , tam b ién a lo s ita lia n o s d e l X V I .

29 “ D ifi c u lt a d e s ” , o “C u e s t io n e s ” s e g ú n la s R e g la s , e s to e s , c o m p le jo s d e c u e s tio n e s .
poco a poco, como por peldaños, hasta el conocimiento de los más
compuestos; e incluso suponiendo orden entre los que no se prece-
den naturalmente los unos a los otros.30

[10] Y el último, hacer en todos recuentos tan completos y revisiones


tan generales, que estuviese seguro de no omitir nada.

[11] Esas largas cadenas de razones, todas simples y fáciles, de las que
los geómetras tienen costumbre de servirse, para llegar a sus más
difíciles demostraciones, me habían dado ocasión de imaginar que
todas las cosas que pueden caer bajo el conocimiento de los hom-
bres se siguen unas a otras en la misma manera, y que, solamente
con tal de abstenerse de admitir alguna como verdadera sin que lo
sea y guardar siempre el orden necesario para deducir las unas de las
otras, no puede haberlas tan alejadas a las que finalmente no se lle-
gue, ni tan escondidas que no se descubran. No me costó mucho
reconocer por cuáles era menester comenzar, pues sabía ya que era
por las más simples y más fáciles de conocer; y considerando que,
entre todos los que anteriormente han buscado la verdad en las cien-
cias, sólo los matemáticos han podido encontrar algunas demostra-
ciones, es decir, algunas razones ciertas y evidentes, no dudaba de
que fuese por las mismas que ellos han examinado; aun cuando no
esperase ninguna otra utilidad sino que ellas acostumbrarían mi espí-
ritu a saciarse de verdades y a no contentarse con falsas razones.
Pero no tuve el propósito, por eso, de procurar aprender todas esas
ciencias particulares, que se denominan comúnmente matemáticas;
y viendo que aunque sus objetos sean diferentes, concuerdan todas
entre sí en que no consideran otra cosa sino las diversas relaciones o
proporciones que se encuentran en esos objetos31, pensé que más
valía que examinase solamente esas proporciones en general, supo-
niéndolas sólo en los asuntos que sirviesen para hacerme su conoci-
miento más fácil; es más, sin sujetarlas a ellos de ninguna manera, a
fin de poder después aplicarlas mejor a todos los demás a que pudie-
ran convenir. Luego, habiendo advertido que, para conocerlas, ten-
dría algunas veces necesidad de considerar cada una en particular, y
a veces sólo recordar o comprender varias a la vez, pensé que, para
considerarlas mejor en particular, debía suponerlas en líneas, porque
no encontraba nada más simple ni que pudiese más distintamente

30 Para lle v a r a c a b o una in v e s ti g a c ió n , d e b e su p o n ers e un o rd en au n q u e n o s e d e sc u b ra .

31 P r e sc in d en d e la m a teria y tan s ó lo c o n sid e r a n la s r e la c io n e s . L a e s c o lá s t ic a d iv id ía


la s m a tem á tic a s e n d iv e r sa s c ie n c ia s , s e g ú n su ob jeto : lo q u e ahora lla m a m o s m a te m á ti-
c a s p uras (a r itm é tic a y g e o m e tr ía ), m a te m á tica s m ix ta s (m ú s ic a , ó p tic a , p e r s p e c tiv a , e tc ),
m a tem á tic a s a p lic a d a s (m e c á n ic a , h id rá u lica , to p o g r a fía , e tc .) . E l m é to d o c a r te s ia n o b u sc a
u n ific a r las c ie n c ia s s e g ú n e l m é to d o n o se g ú n su o b je to d e e s tu d io .
representar en mi imaginación y en mis sentidos; pero para recordar
o comprender varias a la vez era necesario que las mostrase por
medio de algunas cifras, las más cortas que fuera posible32; y que,
por este medio, tomaría lo mejor del análisis geométrico y del álge-
bra, y corregiría todos los defectos del uno por la otra33.

[12] De la misma manera, en efecto, me atrevo a decir que la exacta


observación de estos pocos preceptos que había escogido, me dio tal
facilidad para desembrollar todas las cuestiones a las que estas dos
ciencias se refieren, que en dos o tres meses que empleé en exami-
narlas, habiendo comenzado por las más simples y generales, y sien-
do cada verdad que encontraba una regla que me servía después para
encontrar otras, no sólo conseguí resolver varias cuestiones que había
juzgado en otro tiempo muy difíciles, sino que me pareció también,
hacia el final, que podía determinar, incluso en las que ignoraba, por
qué medios y hasta dónde era posible resolverlas. En lo cual no os
pareceré tal vez demasiado vano, si consideráis que, no habiendo
más que una verdad de cada cosa, quienquiera que la encuentre sabe
todo lo que se puede saber; y que, por ejemplo, un niño instruido en
aritmética, habiendo hecho una suma siguiendo sus reglas, puede
estar seguro de haber encontrado, en lo tocante a la suma que exa-
minaba, todo lo que el ingenio humano pueda encontrar. Porque, al fin
y al cabo, el método que enseña a seguir el verdadero orden y a
recontar exactamente todas las circunstancias de lo que se busca
contiene todo lo que proporciona certeza a las reglas de la aritmética.

[13] Pero lo que más me satisfacía de este método, era que, gracias a
él, estaba seguro de servirme de mi razón en todo, si no perfectamen-
te, al menos lo mejor que me fuera posible; además sentía, aplicán-
dolo, que mi espíritu se acostumbraba poco a poco a concebir más
clara y distintamente sus objetos, y que, no habiéndolo sujetado a
ninguna materia particular, me prometía aplicarlo tan útilmente a las
dificultades de otras ciencias, como lo había hecho a las del álgebra.
No por eso me atreví a emprender en un primer momento el examen
de todas las que se presentaran; pues eso mismo habría sido contra-
rio al orden que prescribía34. Pero habiendo advertido que sus princi-
pios debían todos estar tomados de la filosofía, en la que no encon-
traba aún ninguno cierto, pensé que era menester, ante todo, que
intentara establecerlos; y que, siendo esto la cosa más importante del

32 S e trata d e la n u e v a n o ta c ió n a lg e b r a ic a p ro p u e sta y a en la “ g e o m etr ía ” .


33 L o m ejor d e l a n á lis is g e o m é tr ic o : la a y u d a q u e le p r o p o r cio n a la im a g in a c ió n ; y lo
m e jo r d e l álgeb ra: su s im b o lis m o .

34 “ P u e s e s o m is m o h ab ría s id o co n tra rio al o rd en q u e p res c r ib ía ” e l m é to d o , se g ú n su


tercer p recep to ; v e r m á s arriba.
mundo, y donde la precipitación y la prevención eran lo más de temer,
no debía emprender el llevarlo a cabo hasta no tener una edad mucho
más madura que la de veintitrés años, que tenía entonces, y hasta
que no hubiese dedicado mucho tiempo a prepararme, tanto desa-
rraigando de mi espíritu todas las malas opiniones que había admiti-
do antes de aquel tiempo, como haciendo acopio de experiencias
varias, para que fueran después la materia de mis razonamientos, y
ejercitándome continuamente en el método que me había prescrito, a
fin de afirmarme en él cada vez más.
TERCERA PARTE
[1] Y en fin, como no es bastante, antes de comenzar a reconstruir el
alojamiento que se habita, con derribarlo y hacer provisión de mate-
riales y arquitectos, o ejercitarse uno mismo en la arquitectura y ade-
más de esto haber trazado cuidadosamente el diseño, sino que tam-
bién hay que haberse provisto de alguna otra habitación, en donde se
pueda estar alojado cómodamente durante el tiempo en que se tra-
bajará; así, a fin de no permanecer irresoluto en mis acciones, mien-
tras la razón me obligara a serlo en mis juicios35, y no dejar de vivir
desde ese momento lo más felizmente que pudiese, hice mía una
moral provisional que no consistía sino en tres o cuatro máximas, de
la que quiero gustosamente haceros partícipes.

[2] La primera era obedecer las leyes y las costumbres de mi país,


conservando con constancia la religión en la que Dios me ha conce-
dido la gracia de ser instruido36 desde mi infancia, y rigiéndome en
todo lo demás con arreglo a las opiniones más moderadas y más ale-
jadas del exceso que fuesen comúnmente aprobadas en la práctica
por los más sensatos de aquellos con quienes tendría que vivir. Pues,
comenzando ya a no contar para nada con las mías propias, a causa
de que quería someterlas todas a nuevo examen, estaba seguro de
no poder hacer nada mejor que seguir las de los más sensatos. Y aun
cuando haya tal vez tan sensatos entre los persas o los chinos como
entre nosotros, me parecía que lo más útil era acomodarme a aque-
llos con quienes tendría que vivir; y que, para saber cuáles eran ver-
daderamente sus opiniones, debía estar atento más bien a lo que
practicaban que a lo que decían, no sólo porque dada la corrupción
de nuestras costumbres hay pocas personas que deseen decir todo
lo que creen, sino también porque muchas lo ignoran ellas mismas;
pues el acto del pensamiento por el cual uno cree una cosa, al ser
diferente de aquel por el cual uno conoce que se la cree, se halla a
menudo el uno sin el otro. Y entre varias opiniones igualmente apro-
badas, no escogía sino las más moderadas: tanto porque son siem-
pre las más cómodas para la práctica, y verosímilmente las mejores,
ya que todo exceso suele ser malo, como también a fin de desviarme
menos del verdadero camino, en caso de que fallase, si, habiendo
escogido uno de los extremos, hubiese sido el otro el que debiera
seguirse. Y en particular, colocaba entre los excesos todas las pro-

35 E l e n te n d im ie n to tie n e c o m o o b je tiv o la v e r d a d , m ien tra s q u e la v o lu n ta d p e r sig u e la


a c c ió n . Y m ien tras la ra zón p u e d e su s p en d e r lo s j u i c io s , e n la d u d a m e tó d ic a y p r o v is io -
n a l, h a sta en co n tra r un crite rio d e v erd ad fir m e , c o n la v o lu n ta d n o ocu rre lo m is m o , é sta
n o p u ed e d ejar d e actu ar.

36 L a r e lig ió n c a tó lic a .
mesas37 por las que se cercena algo de la propia libertad. No es que
yo desaprobase las leyes que, para remediar la inconstancia de los
espíritus débiles cuando se tiene algún designio bueno, o incluso
para la seguridad del comercio cuando el designio es indiferente, per-
miten que se hagan votos o contratos que obligan a perseverar, sino
que, porque no veía en el mundo ninguna cosa que permaneciera
siempre en el mismo estado, y porque, en lo que a mí se refiere en
particular, me proponía perfeccionar más y más mis juicios, y no
hacerlos peor, hubiera creído cometer una grave falta contra el buen
sentido si, al aprobar por entonces alguna cosa, me hubiese obliga-
do a tomarla por buena también después, cuando hubiese cesado de
serlo o cuando hubiese cesado de estimarla como tal.38

[3] Mi segunda máxima era ser en mis acciones lo más firme y lo más
resuelto que pudiese, y no seguir con menos constancia las opinio-
nes más dudosas, una vez que me hubiese determinado, que si
hubiesen sido muy seguras. Imitando en esto a los viajeros que,
encontrándose extraviados en algún bosque no deben vagar erran-
tes dando vueltas, de un lado para otro, ni aún menos detenerse en
un lugar, sino caminar siempre lo más recto que puedan hacia un
mismo lado, y no cambiar el rumbo por débiles razones, aún cuan-
do no haya sido tal vez sino sólo el azar el que les haya determina-
do a escogerlo, pues, de esa manera, si no llegan precisamente a
donde desean, al menos acabarán por llegar finalmente a alguna
parte, en donde probablemente estarán mejor que en medio de un
bosque. Y así, puesto que a menudo las acciones de la vida no
admiten ninguna demora, es una verdad muy cierta que, cuando no
está en nuestro poder discernir las mejores opiniones, debemos
seguir las más probables39; y también, que aunque no advirtamos
más probabilidad en unas que en otras, debemos, sin embargo,
decidirnos por algunas, y considerarlas después no como dudosas,
en cuanto que se refieren a la práctica, sino como muy verdaderas
y muy ciertas, porque la razón que nos ha determinado a seguirlas
se descubre como tal. Y esto tuvo el poder de librarme desde enton-
ces de todos los arrepentimientos y remordimientos que suelen agi-
tar las conciencias de esos espíritus débiles y vacilantes que, sin
constancia, se dejan arrastrar a practicar como buenas las cosas
que después juzgan malas.

37 P r o m es a s o v o to s r e lig io s o s , ta m b ién lo s c o n tr a to s g a ra n tiza d o s p or las l e y e s .

38 S e c o m e te r ía u na falta co n tra la r a z ó n , si s e to m a n c o m o d e fin itiv a las n o rm as y d e c i-


s io n e s q u e s ó l o p u e d en so n p r o v isio n a le s o tra n sito ria s, se refiere a lo s v o to s v ita lic io s .

39 En e l o rd en te ó r ic o s e e x i g e ce r te z a a b so lu ta , lo p ro b a b le e s c o n s id e r a d o f a ls o , p ero
en el ord en p r á ctico o m oral e s s u fic ie n te c o n lo p r ob a b le .
[4] Mi tercera máxima era procurar siempre vencerme a mí mismo
antes que a la fortuna, y modificar mis deseos antes que el orden del
mundo; y, generalmente, acostumbrarme a creer que no hay nada
que esté enteramente en nuestro poder sino nuestros pensamientos,
de suerte que después de haber obrado lo mejor que hemos podido,
en lo tocante a las cosas exteriores, todo lo que nos falta para con-
seguir el éxito es para nosotros absolutamente imposible. Y esto por
sí solo me parecía bastante para impedirme desear nada en lo porve-
nir que no pudiese conseguir y, de ese modo, lograr estar satisfecho.
Pues no tendiendo naturalmente nuestra voluntad a desear sino las
cosas que nuestro entendimiento le representa de alguna manera
como posibles, es seguro que, si consideramos todos los bienes que
están fuera de nosotros como igualmente alejados de nuestro poder,
no tendremos ningún pesar por carecer de los que parecen debidos
a nuestro nacimiento, cuando nos veamos privados de ellos sin culpa
nuestra, como no lo tenemos por no poseer los reinos de la China o
de Méjico; y haciendo, como suele decirse, de la necesidad virtud, no
sentiremos mayores deseos de estar sanos, estando enfermos, o de
estar libres, estando en prisión, de los que ahora sentimos de tener
cuerpos de una materia tan poco corruptible como los diamantes o
alas para volar como los pájaros. Pero confieso que es necesario un
largo ejercicio y una meditación frecuentemente reiterada para acos-
tumbrarse a mirar con este sesgo todas las cosas; y creo que es prin-
cipalmente en esto en lo que consistía el secreto de aquellos filóso-
fos40, que pudieron en otro tiempo sustraerse al imperio de la fortuna
y, a pesar de los sufrimientos y la pobreza, rivalizar en felicidad con
sus dioses41. Pues, ocupándose sin descanso en considerar los lími-
tes que les estaban prescritos por la naturaleza, se persuadían tan
perfectamente de que nada estaba en su poder sino sus pensamien-
tos, que esto sólo era suficiente para impedirles tener algún afecto
hacia otras cosas; y disponían de esos pensamientos tan absoluta-
mente, que tenían en esto alguna razón para considerarse más ricos
y más poderosos y más libres y más felices que cualquiera de los
otros hombres que, no teniendo esta filosofía, por mucho que les
haya favorecido la naturaleza y la fortuna, no disponen jamás, como
aquellos, de todo lo que quieren.

[5] En fin, como conclusión de esta moral, se me ocurrió examinar una


tras otra las diversas ocupaciones que tienen los hombres en esta
vida para procurar escoger la mejor; y sin que quiera decir nada de
las de los demás, pensé que no podía hacer nada mejor que conti-

40 F iló s o fo s e s to ic o s .

41 A lu sió n a una cr e e n c ia e s to ic a : “ D io s n o v e n c e al s a b io en fe lic id a d ” s e g ú n S é n e c a ,


‘C artas m o r a les a L u c ilio ” , L. V III , E p ís to la 7 3 .
nuar en la misma que tenía, es decir, emplear toda mi vida en cultivar
mi razón y avanzar, tanto cuanto pudiese, en el conocimiento de la
verdad siguiendo el método que me había prescrito. Había experi-
mentado tan extremadas satisfacciones desde que había comenzado
a servirme de este método, que no creía que pudieran recibirse más
gratas e inocentes en esta vida; y descubriendo todos los días por
medio de él algunas verdades que me parecían bastante importantes
y habitualmente ignoradas por los otros hombres, la satisfacción que
obtenía llenaba de tal manera mi espíritu que todo lo restante no me
afectaba. Además, las tres máximas precedentes no estaban funda-
das sino sobre el propósito que tenía de continuar instruyéndome;
pues habiéndonos dado Dios a cada uno alguna luz para distinguir lo
verdadero de lo falso, no hubiese creído que debía contentarme con
las opiniones de los demás un solo momento, de no haberme pro-
puesto emplear mi propio juicio para examinarlas cuando fuera el
tiempo; y no hubiese podido librarme de todo escrúpulo, al seguirlas,
si no hubiese esperado no perder por ello ninguna ocasión de encon-
trar mejores, caso de que las hubiese. Y por último, no habría sabido
limitar mis deseos ni estar contento si no hubiese seguido un camino
por el cual, pensando tener segura la adquisición de todos los cono-
cimientos de que fuera capaz, pensase al mismo tiempo adquirir, del
mismo modo, todos los verdaderos bienes que estuviesen en mi
poder; tanto más cuanto que, no determinándose nuestra voluntad a
seguir o evitar cosa alguna, sino porque nuestro entendimiento se la
representa como buena o mala, es suficiente juzgar bien para obrar
bien42, y juzgar lo mejor que se pueda, para obrar también todo lo
mejor que se pueda, es decir, para adquirir todas las virtudes y con-
juntamente todos los demás bienes que puedan lograrse; y cuando
se tiene la seguridad de que eso es así, no se puede por menos de
estar contento.

[6] Después de así haberme afirmado en estas máximas, y haberlas


puesto aparte con las verdades de la fe43, que siempre han sido las
primeras en mi creencia, juzgué que de todo el resto de mis opinio-
nes podía libremente comenzar a deshacerme. Y como esperaba
conseguirlo mejor conversando con los hombres que quedándome
por más tiempo encerrado en la habitación ante la estufa en donde
había tenido todos esos pensamientos, aún cuando el invierno no
hubiera acabado del todo, proseguí mi viaje. Y en los nueve años
siguientes44 no hice otra cosa sino ir de acá para allá por el mundo,

42 R e fe r e n c ia al in te le c tu a lis m o m oral d e S ó c r a te s.

43 D e s c a r te s n o so m e te a la c rítica d e la du d a m e tó d ic a las ve rd a d e s d e fe .

44 H a sta o c tu b r e d e 1 6 2 8 , fe c h a q u e r eg re sa a H o la n d a .
esforzándome por ser más espectador que actor en todas las come-
dias que se representan en él; y reflexionando de manera particular
en cada materia sobre aquello que podía volverla sospechosa y dar
ocasión a equivocarnos, desarraigaba de mi espíritu, durante ese
tiempo, todos los errores que habían podido deslizarse con anteriori-
dad. No es que imitara por esto a los escépticos45, que dudan por
sólo dudar y fingen ser siempre irresolutos; pues, al contrario, todo mi
propósito no tendía sino a asegurarme y arrojar a un lado la tierra
movediza y la arena para encontrar la roca o la arcilla. Lo que me per-
mitía obtener, a mi parecer, buenos resultados, considerado que,
intentando descubrir la falsedad o la incertidumbre de las proposicio-
nes que examinaba, no mediante débiles conjeturas, sino por medio
de razonamientos claros y seguros, no encontraba tan dudosas que
no extrajese alguna conclusión bastante cierta, aunque sólo fuera la
de que no contenía nada de cierto. Y así como al derribar una vieja
casa se guardan ordinariamente los materiales para que sirvan en la
construcción de una nueva, así también al destruir todas aquellas
opiniones mías que juzgaba mal fundadas, realizaba diversas obser-
vaciones y adquiría experiencias46 que me han servido después para
establecer otras más ciertas. Y, a más de esto, continuaba ejercitán-
dome en el método que me había prescrito; pues además de que
tenía cuidado de conducir generalmente todos mis pensamientos
según sus reglas, me reservaba de cuando en cuando algunas horas
que empleaba en aplicarlo, particularmente a dificultades matemáti-
cas, o también a algunas otras que podía considerar casi semejantes
a las de las matemáticas, desligándolas de todos los principios de las
otras ciencias, que no encontraba bastante firmes, como veréis que
he hecho en varias cuestiones que están explicadas en este volu-
men47. Y así, sin vivir de otro modo, en apariencia, sino como los que
no teniendo otra ocupación sino pasar una vida agradable e inocen-
te, se las ingenian para separar los placeres de los vicios y, para gozar
de su ocio sin molestar, usan todas las diversiones que son honestas,
yo no dejaba de perseverar en mi propósito y progresar en el conoci-
miento de la verdad, tal vez más que si no hubiese hecho sino leer
libros o frecuentar las gentes de letras.

45 P r o b a b lem e n te D e s c a r t es a lu d e a lo s g r ie g o s o a M o n ta ig n e y p r ec is a n u e v a m e n te q u e
su d u d a n o e s e s c é p tic a , sin o m e tó d ic a y p r o v is io n a l. L a d iv e r s id a d d e c o s tu m b r e s d e l ser
h u m a n o llev a n a M o n ta ig n e a la d u d a e s c é p tic a , a D e s c a r te s, p or e l co n tr a rio , a la p ru d en -
c ia y a la d u d a m e tó d ic a . Para lo s e s c é p tic o s la d u d a e s e l fin , m ien tra s q u e para D e s c a r te s
e s e l m e d io para o b te n e r la v erd a d .

46 En ó p tic a y a cú stica p rin cip a lm en te: o b s e r v a c ió n d el a rco iris , d e la v ib r a ció n d e las


c u erd a s , y otra s.

47 S e refier e a lo s e n s a y o s “ D ió p tr ic a ” , “ M e te o r o s” y “ G e o m e tr ía ” q u e s e p u b lic a r o n en
e l m ism o v o lu m e n q u e e l D isc u r so .
[7] Sin embargo, esos nueve años transcurrieron antes de que hubie-
se tomado alguna decisión tocante a las dificultades de que suelen
disputar los doctos, y comenzado a buscar los fundamentos de una
filosofía más cierta que la vulgar. Y el ejemplo de varios excelentes
ingenios que, habiendo tenido antes el propósito, me parecía que no
lo habían conseguido, me hacía imaginar tanta dificultad en ello, que
tal vez no me hubiese aún atrevido a emprenderlo si no hubiese
visto que algunos dejaban ya correr el rumor de que lo había lleva-
do a cabo. Yo no sabría decir sobre qué fundaban esa opinión; y si
en algo he contribuido a ella por mis discursos, debe haber sido al
confesar lo que ignoraba más ingenuamente de lo que suelen hacer-
lo los que han estudiado un poco, y tal vez también al hacer ver las
razones que tenía para dudar de muchas cosas que los demás esti-
man ciertas, antes que por jactarme de poseer doctrina alguna. Pero
teniendo el corazón bastante orgulloso para no querer que se me
tomase por otro distinto del que era, pensé que era necesario que
me esforzase, por todos los medios, en hacerme digno de la repu-
tación que se me daba; y hace precisamente ocho años, ese deseo
me hizo tomar la decisión de alejarme de todos los lugares en donde
podía tener relaciones, y retirarme aquí, a un país en el que la larga
duración de la guerra48 ha hecho establecer tales ordenanzas que
los ejércitos que se mantienen no parecen servir sino a hacer que se
goce de los frutos de la paz con otro tanto más de seguridad, y en
donde, en medio de la multitud de un gran pueblo muy activo, y más
cuidadoso de sus propios asuntos que curioso de los ajenos, sin
carecer de ninguna de las comodidades que hay en las ciudades
más concurridas, he podido vivir tan solitario y retirado como en los
desiertos más apartados.

48 H o la n d a . G u erra d e lib e ra c ió n d e lo s P a ís e s B a jo s , con tra E sp a ñ a; q u e c o m e n z ó en


1 5 7 2 y fin a liz ó en 1 6 4 8 , a u n q u e e s tu v o d e in terru m p id a en tre 1 6 0 9 y 1 6 2 1 .
CUARTA PARTE
[1] No sé si debo hablaros de las primeras meditaciones que hice allí,
pues son tan metafísicas y tan poco comunes, que no serán tal vez
del gusto de todo el mundo. Sin embargo, a fin de que se pueda juz-
gar si los fundamentos que he considerado son bastante firmes, me
encuentro de alguna manera obligado a hablar de ellas. Hacía mucho
tiempo que había advertido que, respecto de las costumbres, es
necesario algunas veces seguir opiniones que se saben muy incier-
tas, como si fueran indudables, tal como ha sido dicho en la parte
anterior49; pero, como por entonces quería dedicarme solamente a
la búsqueda de la verdad50, pensé que era preciso que hiciese todo
lo contrario y que rechazase como absolutamente falso todo aquello
en que pudiese imaginar la menor duda, a fin de ver si no quedaría,
después de esto, algo en mi creencia que fuese enteramente indu-
dable. Así, puesto que nuestros sentidos nos engañan algunas
veces, quise suponer que no había cosa alguna tal como nos la
hacen imaginar. Y puesto que hay hombres que se equivocan al
razonar, incluso en lo tocante a los más simples asuntos de geome-
tría, e incurren en paralogismos51, juzgando que yo estaba sujeto a
equivocarme, tanto como cualquier otro, rechacé como falsas todas
las razones que había admitido con anterioridad como demostrati-
vas. Y en fin, considerando que todos los pensamientos que tene-
mos estando despiertos se nos pueden también aparecer cuando
dormimos, sin que haya ninguno entonces que sea verdadero, resol-
ví fingir que todas las cosas que en cualquier momento habían entra-
do en mi espíritu no eran más verdaderas que las ilusiones de mis
sueños. Pero, inmediatamente después, advertí que, mientras quería
de ese modo pensar que todo era falso, era preciso necesariamente
que yo, que lo pensaba, fuese alguna cosa. Y dándome cuenta de
que esta verdad: “yo pienso, luego soy”52, era tan firme y tan segu-
ra que las más extravagantes suposiciones de los escépticos no
eran capaces de hacerla tambalear, juzgué que podía admitirla, sin
escrúpulo, como el primer principio de la filosofía que buscaba.

[2] Después, examinando con atención lo que yo era, y viendo que


podía fingir que no tenía cuerpo alguno, y que no había mundo ni
lugar alguno en el que yo estuviese; pero que no podía fingir, por
ello, que no era; y que al contrario, por lo mismo que pensaba en
dudar de la verdad de las otras cosas, se seguía muy evidente y

49 H a ce r efe ren cia a la s e g u n d a m á x im a d e su m oral p r o v is io n a l.


50 I n v e s tig a c ió n te ó ric a d e la v er d ad q u e e x c lu y e lo p r o b a b le, v e r o s ím il y d u d o s o .
51 R a z o n a m ien to f a ls o .
52 E n latín: “Ego cogito, ergo sum, sive existo". (A -T - V I -5 5 8 )
muy ciertamente que yo era; mientras que, con sólo que hubiese
dejado de pensar, aunque todo el resto de lo que había en algún
momento imaginado hubiese sido verdad, no tenía razón alguna
para creer que yo era: conocí, por ello, que yo era una substancia53
cuya esencia toda o naturaleza54 no es sino pensar, y que, para ser,
no tiene necesidad de lugar alguno, ni depende de cosa material
alguna55. De suerte que este yo, es decir el alma56 por la cual yo soy
lo que soy, es enteramente distinta del cuerpo y hasta más fácil de
conocer que éste, y aunque el cuerpo no fuera, el alma no dejaría
de ser todo lo que es.

[3] Después de esto, consideré en general lo que se requiere en una


proposición para que sea verdadera y cierta; porque, puesto que aca-
baba de encontrar una que sabía que era tal, pensé que debía tam-
bién saber en qué consiste esa certeza. Y habiendo notado que en:
yo pienso, luego soy, no hay nada que me asegure que digo la ver-
dad, sino que veo muy claramente que para pensar es necesario ser:
juzgué que podía admitir como regla general que las cosas que con-
cebimos muy clara y muy distintamente son todas verdaderas; no
obstante sólo hay alguna dificultad en advertir satisfactoriamente
cuáles son las que concebimos distintamente.

[4] Después de lo cual, reflexionando sobre lo que dudaba, y que, por


consiguiente, mi ser no era enteramente perfecto, pues veía clara-
mente que había una mayor perfección en conocer que en dudar, se
me ocurrió indagar de dónde había aprendido a pensar en algo más
perfecto de lo que yo era; y conocí evidentemente que debía ser de
alguna naturaleza que fuese en efecto más perfecta. En lo que se
refiere a los pensamientos que tenía de varias cosas exteriores a mí,
tales como el cielo, la tierra, la luz, el calor, y otras mil, no estaba
tan preocupado por saber de dónde procedían, porque, no obser-
vando nada en esos pensamientos que me pareciese hacerlos
superiores a mí, podía creer que, si eran verdaderos, eran depen-
dientes de mi naturaleza, en cuanto que ésta tenía alguna perfec-
ción; y si no lo eran, procedían de la nada, es decir, estaban en mí

53 C u a n d o c o n c e b im o s la s u b sta n c ia , so la m e n te c o n c e b im o s un a c o s a q u e e x is t e en
fo rm a tal q u e n o tie n e n e c e s id a d s in o d e s í m ism a para e x is tir ” (P r in c ip io s , I, 5 1 ) .

54 A u n q u e “e s e n c ia ” e s a q u e llo por lo q u e una c o s a e s lo q u e e s y se d istin g u e d e las


d e m á s y “ n a tu ra leza ” e s un p rin c ip io e s e n c ia l d e ca rá cter a c tiv o , aq u í lo s u tiliza el autor
c o m o s in ó n im o s .

55 In siste e n la in d e p e n d e n c ia d e la su s ta n cia p en sa n te fren te a la e x te n s a .

56 S e refiere al a lm a ra c io n a l, al p e n s a m ie n to p u ro , por e s o en la e d ic ió n latin a u sa e l tér-


m in o mens. “Adeo ut, Ego, hoc est, mens" . (A .T . V I .5 5 8 ) .
porque había defecto en mí. Pero no podía suceder lo mismo con la
idea57 de un ser más perfecto que el mío, pues que procediese de
la nada era cosa manifiestamente imposible; y como no hay menos
repugnancia58 en que lo más perfecto sea una consecuencia y
dependencia de lo menos perfecto que la que hay en que de nada
provenga cualquier cosa, no podía proceder tampoco de mí mismo.
De suerte que sólo quedaba que ella hubiese sido puesta en mí por
una naturaleza que fuese verdaderamente más perfecta de lo que yo
era, e incluso que tuviese en sí todas las perfecciones de las que yo
podía tener alguna idea, es decir, para decirlo en una palabra, que
fuese por Dios. A esto añadí que, puesto que yo conocía algunas
perfecciones que no tenía, no era yo el único ser que existiese (aquí
si lo permitís, usaré libremente los términos de la Escuela), pero que
era preciso, por necesidad, que hubiese algún otro más perfecto de
quien yo dependiese y de quien yo hubiese obtenido todo cuanto
tenía. Pues, si hubiese sido solo e independiente de cualquier otro,
de suerte que hubiese tenido, de mí mismo, todo lo poco de que
participaba del ser perfecto, hubiese podido tener por mí, por la
misma razón, todo lo demás que sabía que me faltaba, y así ser yo
mismo infinito, eterno, inmutable, omnisciente, todopoderoso, y en
fin tener todas las perfecciones que podía advertir que estaban en
Dios. Pues, según los razonamientos que acabo de hacer, para
conocer la naturaleza de Dios, hasta donde la mía era capaz de
hacerlo, no tenía sino que considerar respecto de todas las cosas
de las que encontraba en mí alguna idea si era perfección, o no,
poseerlas, y estaba seguro de que ninguna de las que indicaban
alguna imperfección estaba en Él, pero todas las demás sí que esta-
ban. Así veía que la duda, la inconstancia, la tristeza, y cosas pare-
cidas, no podían estar en Él, puesto que a mí mismo me hubiese
gustado mucho verme libre de ellas. Además de esto, yo tenía ideas
de varias cosas sensibles y corporales, pues, aunque supusiese que
soñaba, y que todo lo que veía o imaginaba era falso, no podía
negar, sin embargo, que esas ideas estuviesen verdaderamente en
mi pensamiento; pero puesto que había ya conocido en mí muy cla-
ramente que la naturaleza inteligente es distinta de la corporal, con-
siderando que toda composición testimonia dependencia, y que la

57 C o n la palab ra id ea en tie n d o a q u ella fo rm a d e to d o s n u estro s p e n s a m ie n to s , p or c u y a


p e r c e p c ió n in m e d ia ta te n e m o s c o n c ie n c ia d e e l lo s . D e su e rte q u e , cu a n d o en tie n d o lo q u e
d ig o , nada p u ed e ex p r es a rse c o n pa lab ra s s in q u e s e a c ie r to , p o r e s o m is m o , q u e te n g o en
m i la id ea d e la s c o s a s q u e m is p alab ra s s ig n ifi c a n , (r esp u es ta s a la s e g u n d a s o b je c io n e s .
D e fin ic ió n 11, p á g . 1 29)

58 “ N o h ay m e n o s rep u g n a n cia en q u e lo m á s p e r fe c to e s to e s , n o h ay m e n o s c o n -
tra d icción en p en sar q u e lo m á s p e r fe c to ...
dependencia es manifiestamente un defecto, juzgaba por ello que
no podía ser una perfección de Dios el estar compuesto de esas dos
naturalezas, y que, por consiguiente, no lo estaba; pero que, si había
algunos cuerpos en el mundo, o bien algunas inteligencias u otras
naturalezas que no fuesen del todo perfectas, su ser debía depen-
der del poder divino, de tal suerte que éstas no podían subsistir sin
Él un solo instante.

[5] Quise indagar, después de esto, otras verdades, y habiéndome


propuesto el objeto de los geómetras, que yo concebía como un
cuerpo continuo o un espacio indefinidamente extenso59 en longitud,
anchura y altura o profundidad, divisible en diversas partes que podí-
an tener diversas figuras y magnitudes y ser movidas o transpuestas
de todas las maneras, pues los geómetras suponen todo eso en su
objeto, repasé algunas de sus más simples demostraciones. Y
habiendo advertido que esa gran certeza que todo el mundo atribuye
a estas demostraciones no está fundada sino en que se las concibe
con evidencia, según la regla antes dicha60, advertí también que no
había nada en ellas que me asegurase de la existencia de su objeto.
Pues, por ejemplo, veía perfectamente que, suponiendo un triángulo,
era necesario que sus tres ángulos fuesen iguales a dos rectos; pero
en esto no veía nada que me asegurase que hubiera en el mundo
triángulo alguno. Mientras que, volviendo a examinar la idea que yo
tenía de un Ser perfecto, encontraba que la existencia estaba com-
prendida en ella del mismo modo que está comprendida en la de
triángulo que sus tres ángulos son iguales a dos rectos, o en la de una
esfera el que todas sus partes son igualmente distantes de su centro,
o incluso con más evidencia aún; y que, por consiguiente, es por lo
menos tan cierto que Dios, que es ese Ser perfecto, es o existe, como
lo pueda ser cualquier demostración de la geometría.

[6] Pero lo que hace que haya muchos que se persuadan de que hay
dificultad en conocerle, e incluso también en conocer lo que es el
alma, es que no elevan jamás su espíritu por encima de las cosas
sensibles, y que están tan acostumbrados a considerarlo todo imagi-
nando — que es un modo de pensar particular para las cosas mate-
riales— que todo lo que no es imaginable, les parece no ser inteligi-
ble. Lo cual está bastante manifiesto en lo que los mismos filósofos
tienen como máxima en las escuelas: que no hay nada en el entendi-

59 " C u er p o c o n tin u o o un e s p a c io in d e fin id a m e n te e x te n s o ” ; d iv is ib le e n p artes q u e so n


a su v e z d iv is ib le s ; d a d o q u e lo s c u e r p o s n o so n m á s q u e e x te n s ió n , la e x te n s ió n q u e s e p a -
ra d o s p a rtes d e la m ate ria será a su v e z un c u erp o . En c o n s e c u e n c ia n o e x is te e l v a c ío .

60 A lu d e al p rim er p r e ce p to q u e d ecla ra la e v id e n c ia c o m o criterio d e v e rd a d , p o stu la d o


en la se g u n d a parte d e e s te D isc u r so .
miento que no haya estado antes en el sentido61, en donde, sin
embargo, es cierto que las ideas de Dios y del alma no han estado
jamás. Y me parece que quienes quieren usar su imaginación para
comprender esas ideas, hacen lo mismo que si, para oír los sonidos
o sentir los olores, quisieran servirse de sus ojos; salvo que hay esta
diferencia: que el sentido de la vista no nos asegura menos de la ver-
dad de sus objetos que lo hacen los del olfato o del oído, mientras
que ni nuestra imaginación ni nuestros sentidos podrían asegurarnos
jamás de cosa alguna si nuestro entendimiento no interviniese.

[7] En fin, si todavía hay hombres que no están bastante persuadidos


por las razones que he aportado de la existencia de Dios y del alma,
quiero que sepan que todas las demás cosas, de las que piensan que
pueden estar más seguros, como son tener un cuerpo, que hay astros
y una Tierra, y cosas semejantes, son menos ciertas. Pues, aunque se
tenga una seguridad moral62 de esas cosas, que es tal que parece que,
a menos de ser extravagante, no se puede dudar de ellas, sin embargo,
cuando se trata de una cuestión de certeza metafísica, no se puede
negar, a no ser perdiendo la razón, que no sea suficiente motivo, para
no estar completamente seguro, el haber advertido que es posible de la
misma manera imaginar estando dormido que se tiene otro cuerpo y
que se ven otros astros y otra tierra, sin que ello sea así. Pues ¿cómo
se sabe que los pensamientos que nos vienen en sueños son más fal-
sos que los otros, considerando que a menudo no son menos vivos y
explícitos? Y aunque los mejores ingenios estudien este asunto tanto
cuanto les plazca, no creo que puedan dar razón alguna que sea sufi-
ciente para suprimir esa duda, si no presuponen la existencia de Dios.
Pues, en primer lugar, eso mismo que antes he tomado como una regla,
a saber, que las cosas que concebimos muy clara y muy distintamente
son todas verdaderas, no está asegurado sino porque Dios es o existe,
y porque es un ser perfecto, y porque todo lo que está en nosotros pro-
viene de Él. De donde se sigue que nuestras ideas o nociones, siendo
cosas reales y que provienen de Dios, en todo aquello en que son cla-
ras y distintas, no pueden ser, en ese respecto, sino verdaderas. De
suerte que, si tenemos muy a menudo ideas que contienen falsedad, no
puede tratarse sino de aquellas que tienen algo de confuso y oscuro,
porque en eso participan de la nada, es decir, que están en nosotros así

61 L a m á x im a e s c o lá stic a : “ N ih il e s t in ¡n telle ctu q u o d p rius n on fu erit in s e n s u ” q u e per-


m ite afirm ar q u e to d o c o n o c i m ie n to , h u m a n o , parte d e lo s se n tid o s ter m in a n d o en el e n te n -
d im ie n to o razó n .

62 S e g u rid a d m o ral, e s to e s c e r te z a s u fic ie n te en e l á m b ito d e la v id a práctica; “ a sí, c u a n -


to s n u n ca han v is ita d o R o m a n o p o n en en d uda q u e se a una v illa d e Ita lia , aun c u a n d o
p od ría a c o n te c e r q u e to d o s a q u e llo s d e q u ie n e s han a p ren d id o e s to , s e h u bieran e q u iv o c a -
d o ” (P r in c ip io s , IV, 2 0 5 ).
confusas porque no somos totalmente perfectos63. Y es evidente que
no hay menos repugnancia en que la falsedad o la imperfección, en
tanto que tal, proceda de Dios, que en que la verdad o la perfección
proceda de la nada. Mas si no supiésemos que todo lo que hay en
nosotros de real y verdadero proviene de un ser perfecto e infinito, por
claras y distintas que fuesen nuestras ideas, no tendríamos razón algu-
na que nos asegurase que tienen la perfección de ser verdaderas.

[8] Así, pues, después de que el conocimiento de Dios y del alma nos
ha proporcionado la certeza de esa regla, es muy fácil conocer que los
ensueños que imaginamos estando dormidos no deben, de ninguna
manera, hacernos dudar de la verdad de los pensamientos que tene-
mos estando despiertos. Pues, si sucediese, incluso durmiendo, que
una persona tuviera una idea muy distinta, como, por ejemplo, que un
geómetra inventase alguna nueva demostración, su sueño no le impe-
diría ser verdadera. Y en cuanto al error más corriente en nuestros sue-
ños, que consiste en que nos representan diversos objetos del mismo
modo que lo hacen nuestros sentidos exteriores, no importa que nos
dé ocasión de desconfiar de la verdad de tales ideas, porque ellas pue-
den también engañarnos con bastante frecuencia sin que estemos
durmiendo: como ocurre cuando los que tienen ictericia ven todo de
color amarillo, o cuando los astros u otros cuerpos muy alejados nos
parecen mucho más pequeños de lo que son. Pues, por último, sea
que estemos en vela, sea que durmamos, no debemos dejarnos per-
suadir nunca sino por la evidencia de nuestra razón. Y es de señalar
que digo de nuestra razón, y no de nuestra imaginación ni de nuestros
sentidos. De la misma manera, aunque veamos el Sol muy claramen-
te, no debemos juzgar por ello que sea del tamaño que le vemos; y
podemos muy bien imaginar distintamente una cabeza de león encaja-
da en el cuerpo de una cabra, sin que haya que concluir, por ello, que
exista en el mundo una quimera, pues la razón no nos dicta que lo que
nosotros así vemos o imaginamos sea verdadero. Pero nos dicta que
todas nuestras ideas o nociones deben tener algún fundamento de
verdad; pues no sería posible que Dios, que es todo perfecto y verda-
dero, las hubiese puesto en nosotros sin eso64. Y puesto que nuestros
razonamientos no son jamás tan evidentes ni tan completos durante el
sueño como durante la vigilia, aunque algunas veces nuestras imagi-
naciones sean tanto o más vivas y explícitas, la razón nos dicta igual-
mente que lo que nuestros pensamientos, no pudiendo ser todos ver-
daderos porque no somos totalmente perfectos, poseen de verdad
debe infaliblemente encontrarse en los que tenemos estando despier-
tos antes que en aquellos que tenemos en nuestros sueños.

63 El error p r o v ie n e d e n o so tr o s , d e n u estra im p e rfe c c ió n q u e to m a m o s id e a s c o n fu s a s


p or id e a s cla ra s y d istin ta s .

64 Discurso del método

También podría gustarte