Mentiras económicas en Argentina
Mentiras económicas en Argentina
Cuando en el debate parlamentario sobre las retenciones móviles escuché a uno de los diputados
oficialistas decir que los elevados porcentajes de las mismas promovían la inversión y el trabajo no
pude menos que sentir, primero, perplejidad, y luego, indignación. ¿Cómo era posible que un político se
animara a mentir así? ¿No sentía ningún atisbo de vergüenza al decir eso? Es que se supone que, por su
rol, no puede desconocer los elementos más básicos de la economía. Independientemente de la
posición ideológica en la que se esté (izquierda o derecha, socialista, liberal o conservador), se sabe que
hay una ecuación muy sencilla que se estudia en todas las facultades de economía del mundo: 1)
cuantos más impuestos, menos inversión y más desocupación; 2) cuanto menos cargas tributarias
existan, mayor inversión y más ocupación laboral. Justamente uno de los secretos de un buen gobierno
es establecer un nivel medio de presión impositiva para lograr un equilibrio entre sus obligaciones
administrativas y sociales, y las necesidades de desarrollo económico mediante las inversiones de capital
y la expansión del empleo privado.
Cincuenta años de experiencias muy diversas de la vida política y económica del país, me han dado la
capacidad de observar los acontecimientos desde diferentes puntos de vista, y la facultad de captar
cuando un gobierno ha iniciado su cuenta regresiva.
1) La pesificación asimétrica fue uno de los tantos inventos económicos argentinos. Como nunca
antes había sucedido, durante el gobierno de Duhalde, se produjo la más fenomenal transferencia de
riqueza de un sector a otro de la población. Los deudores obtuvieron enormes beneficios a expensas de
las enormes pérdidas de los acreedores nacionales y extranjeros. Por supuesto, el Estado logró disminuir
drásticamente sus gastos internos medidos en dólares pues la clase trabajadora, que había rechazado
duramente el intento del gobierno de Fernando De la Rúa de disminuir sus salarios en un 15%, vio
perder en pocos meses el 50% de sus ingresos por causa de los efectos inflacionarios reales de la
devaluación, y el abrupto freno del ahorro y las inversiones causado por la incertidumbre jurídica
ocasionada por esta ley.
Es que se sabe que sin ahorro no hay capital y sin capital no hay capitalismo. ¿Cómo se le pudo ocurrir a
un grupo de políticos, industriales y economistas implementar algo tan destructivo para el sistema
capitalista como fue la ley de pesificación asimétrica que destruyó masivamente todos los contratos
establecidos? En el proceso de la investigación que realizara para mi libro “Corazón de derecha, discurso
de izquierda” (2004), mis colaboradores del exterior me hicieron notar que la pesificación asimétrica era
un símbolo representativo del modo en que se hacían las cosas en la Argentina. La frase de uno de ellos
lo sintetizó así: “Lo que más sorprende no es la idea en sí, sino cómo el cerebro de un político o un
economista argentino puede llegar siquiera a evaluar su implementación. Una idea así jamás se le
ocurriría a un economista de otra nación pues es como intentar la solución a un grave problema
socioeconómico matando a quien puede lograrla”.
Los gobiernos de Duhalde y Kirchner implementaron una enorme maquinaria de propaganda para hacer
creer a la población “que no había otra solución”. En un país con la extensa experiencia en
devaluaciones como es el nuestro, argumentar que la pesificación asimétrica “era la única salida
posible” resultaba francamente ofensivo hacia el razonamiento humano. Esta ley generó tanto daño al
futuro del país como la cesación de pagos y el posterior manejo de la deuda externa.
2) Funcionarios, medios de comunicación y distinguidos profesionales se han encargado de
transmitir a la población que el canje de la deuda externa fue muy exitoso. Sin lugar a dudas, produce
una sensación de alivio el hecho de reducir drásticamente una deuda (que fuera justa o injusta no es
tema de esta nota) pero, si ésta fuera la clave del éxito no habría impedimento alguno para que todo el
mundo endeudado decidiera no pagar a sus acreedores. Si el desarrollo económico pasara por no pagar
las obligaciones contraídas en el pasado, ¿quién no quisiera tenerlo asegurado?
El entonces presidente argentino, Néstor Kirchner, popularizó, también, la creencia de que no se iban a
pagar los miles de millones de dólares pertenecientes a los que no aceptaran la propuesta argentina, ya
que las resoluciones judiciales terminarían siendo favorables al país y, en el caso de que no lo fueran,
igualmente los acreedores no podrían hacer efectivo el cobro.
En realidad, el solo enunciado de la posibilidad de que no cobren es, en sí, una mentira. La experiencia
indica que en los default de otros países, se cobraron el capital más los intereses mediante resoluciones
judiciales internacionales. Por otra parte, la cantidad de gente que no aceptó la propuesta argentina
corresponde a la mitad de todos los tenedores privados de bonos argentinos en el exterior y significa
que uno de cada dos acreedores pertenecientes a países poderosos peleará por embargar cuanta
propiedad argentina mueble e inmueble transite o exista en el mundo. Políticos oficialistas
argumentaron que si el país no tiene nada embargable fuera de sus fronteras, puede estar tranquilo.
¿Hasta cuándo será esto posible? Un particular o una empresa puede preparar la quiebra o su propio
“default” descapitalizándose artificialmente por largo tiempo pero, para una nación, esto es imposible
ya que no puede quebrar judicialmente ni transformarse en otra entidad política.
Las calificadoras de crédito internacional han sugerido mucha cautela en las inversiones futuras en la
Argentina ante los razonables temores de que vuelva a caer en default cuando la carencia de inversión,
el aumento de los impuestos para solventar el incremento del gasto público, y las causas judiciales que
deberá enfrentar, deterioren aún más sus perspectivas de crecimiento económico y su capacidad futura
de repago de los nuevos bonos.
Después del default se difundió la idea, poco probable, de que pronto volverían los créditos y las
inversiones. El hecho de seguir obteniendo ayuda de aquellos a los que dañamos quitándoles un dinero
que les pertenecía sin que mediara negociación de partes, dependía de la magnitud de la quita y de la
forma en la que se la obtuviera. El caso argentino mostró un recorte descomunal y una manera hostil en
la forma de obtenerla. Haber informado al acreedor que no se le iba a pagar entre aplausos y vítores,
además de insultarlo reiteradamente calificándolo como idiota útil, explotador, usurero o ladrón, no es
el mejor camino a seguir cuando, probablemente en poco tiempo más, se necesite recurrir nuevamente
a él.
La ironía más dolorosa de esta monumental ficción es que hoy la deuda real argentina ha alcanzado
similar monto que la que tenía antes del default. ¡Tanta destrucción generada para un resultado tan
pequeño!
3) Cuando Néstor Kirchner supo que los jueces de la anterior Corte Suprema iban a rechazar la
pesificación asimétrica, promovió su recambio. Eligió hacerlo de una manera inconstitucional
introduciendo la idea de que un fin justo justificaba el indebido medio utilizado. Una norma
constitucional, clara y concisa como la imposibilidad de juzgar a los jueces por sus fallos, fue avasallada
en el afán político de modificar la corte. A partir de ese momento, ya no existe estabilidad en el cargo
para aquellos jueces que se atrevan a dictar sentencias que perjudiquen los principales deseos del Poder
Ejecutivo. Ni tampoco hay seguridad jurídica para el derecho de base que sustenta el desarrollo
económico capitalista: el derecho de propiedad. En octubre de 2004, la Corte Suprema de Justicia de la
Nación convalidó el concepto de que, en un estado de necesidad, un gobierno nacional puede gobernar
por encima de las leyes y la Constitución. El argumento esencial que utilizaron los juristas en su
dictamen fue que, si bien hay medidas del gobierno que afectan el derecho de propiedad amparado por
la Constitución Nacional, éstas deben ser respaldadas judicialmente cuando son adoptadas para paliar
una profunda crisis política, económica y social.
En una nación como la Argentina, que vive de crisis en crisis, ese dictamen se convirtió en un peligro
contra la institucionalidad, pero casi nadie osó alzar la voz en contra de ese fallo. Sólo una Jueza en lo
Comercial, Julia Villanueva, rechazó la decisión de la Corte Suprema con el principal argumento de que:
“Las emergencias, las crisis, las necesidades del Estado, son el presupuesto implícito de las garantías
constitucionales. Sostener que éstas se desdibujan cuando se configuran las emergencias no es sólo un
contrasentido, sino que es también desconocer que en un Estado de Derecho no existe la posibilidad
de que las respuestas a los problemas puedan ser halladas por fuera de la Constitución ”. Impecable
frase que se perdió en el vacío legal amparado por la misma Corte Suprema de la Nación.
Aunque las encuestas indicaron que contó con la aceptación mayoritaria de la población, la
inconstitucional manera con la que se ejecutó el recambio de la mayoría de los jueces de la Corte,
sumado al avance del poder ejecutivo sobre el Consejo de la Magistratura, permitirá a todo gobierno
futuro que detente la mayoría legislativa, la posibilidad de cuestionar y echar a los jueces cuando no le
agraden las sentencias de los mismos. Con esta invención judicial, los sucesivos presidentes pueden
ejecutar políticas sociales y económicas que comprometan severamente el futuro de la nación sin que la
justicia se anime a impedirlo.
4) Con el dólar finalmente anclado en los tres pesos, y para evitar la inflación que se
desencadenaría en el país por los efectos devaluatorios de la moneda, el gobierno de Néstor Kirchner
utilizó los subsidios monetarios y la persecución y extorsión a las empresas formadoras de precios. El
inesperado aumento de los valores internacionales de los principales commodities exportables de la
Argentina generó cuantiosos ingresos que permitieron construir a través de los años una extensa red de
enredados subsidios. Los beneficios de las compañías prestadoras de servicios comenzaron a depender
del dinero que les daba el gobierno y no de su propia rentabilidad. Kirchner pagaba para que no
subieran los precios. En esto consistió la esencia del denominado “modelo de país” impulsado por el
matrimonio Kirchner.
Siempre asocié la inflación con el agua. Es imposible contener sus filtraciones cuando no tenemos una
buena canalización o sufrimos el deterioro del techo y paredes. Mientras el gobierno insistía, una y otra
vez, en que no había inflación, la población comenzó, durante el 2007, a darse cuenta de que les
estaban mintiendo, porque los precios internos no paraban de crecer. La inflación es el peor de los
males económicos para una nación, porque son los sectores carenciados los más castigados por ella.
5) El engaño de los índices. Las favorables estadísticas que mostraban el crecimiento económico
durante los últimos años, se mostraban como una evidencia del éxito del “modelo de país” kirchnerista,
pero los cálculos se hacían comparándolas con las del año 2002, etapa en la que el país había estado
virtualmente paralizado y en quiebra. Cuando los números, en realidad, comenzaron a revelar que no
eran tan buenos, se implementó una mentira tras otra para sostener el discurso exitista. Se nos decía
que los porcentajes de la desocupación habían bajado drásticamente para luego enterarnos de que las
personas que recibían los planes sociales (justamente por estar desocupados) eran considerados como
“ocupados”, lo que distorsionaba el índice. Se nos decía que bajaba la pobreza y la indigencia, que
subían las inversiones y el crecimiento económico, que implementaban créditos personales para facilitar
la compra de viviendas, y créditos para la pequeña y mediana industria. Que los industriales estaban
felices, los agricultores exultantes, y el mundo observaba asombrado cómo la Argentina renacía como el
Ave Fénix y se convertía, por fin, en la nación soberana y poderosa que merecía ser.
Pero un día nos enteramos de que ya no se podían comprar viviendas porque salían más costosas que
en la época del 1 a 1 y que no existía el crédito. Que los alquileres costaban el doble o el triple que antes
porque había muy poca oferta en razón de las pocas garantías judiciales que tenían los propietarios de
recuperar rápido sus bienes en el caso de que los inquilinos no pagaran los alquileres.
También un día nos enteramos de que se habían modificado los índices y las formas para evaluar las
estadísticas que marcaban el comportamiento social y económico del país. Que el organismo que las
controlaba, el INDEC, estaba siendo avasallado y cooptado por el gobierno para que divulgara las cifras
que éste necesitaba. Aquel que se resistía a aceptar estas estadísticas era castigado casi como un traidor
a la patria.
El discurso elogioso al “modelo de país kirchnerista” se sostenía con la propaganda de esas dudosas
cifras ocultando que el crecimiento anual del PBI argentino de los últimos años era similar al del resto de
los países latinoamericanos, gracias al conocido aumento de los valores de los commodities, una
circunstancia fortuita y ajena al modelo económico instrumentado por los Kirchner. Y cuando no había
nadie cercano a quien echarle la culpa por algún hecho que no se encuadrara dentro del “modelo
kirchnerista”, la culpa la tenían Menem, el neoliberalismo o los militares genocidas. No importaba si ya
habían transcurrido seis, diez o treinta años desde los acontecimientos referidos. Era (e intenta seguir
siéndolo) el clásico discurso manipulador.
Hoy el pueblo comenzó a ver que después de los 80.000 millones de pesos que el gobierno recaudó por
las retenciones aduaneras a las exportaciones, seguimos sin tener más hospitales o más escuelas,
contamos con escasas obras viales y públicas y limitada energía; estamos importando gas, electricidad y
en pocos años más, deberemos importar petróleo (por supuesto, a valor internacional, lo que plantea la
pregunta sobre quién pagará la diferencia). Los servicios esenciales son un desastre y la Argentina es la
nación de América Latina que recibe menos inversiones.
En el grupo G8, donde están las ocho naciones más ricas del mundo, ya se conversa sobre la posibilidad
de incluir a México y Brasil entre ellas. ¡Pensar que en 1940 nuestro PBI per cápita a valor constante era
el doble y el triple del de esos dos países!
Finalmente, toda la bonanza promovida por el gobierno entra en flagrante contradicción con su discurso
sobre la imprescindible necesidad de seguir contando con la ley de “emergencia económica”. No se
entiende. ¿Vamos bien o estamos en emergencia? Ya tuvimos un presidente que nos decía: “estamos
mal pero vamos bien”. Kirchner y Menem cada vez se parecen más cuando de mentiras se trata.
6) En las elecciones presidenciales del año pasado se nos dijo que el candidato peronista (Cristina
Fernández de Kirchner) significaba un cambio. Que no se trataba de una segunda presidencia. Se nos
mintió descaradamente. No sólo no hubo cambios sino que el ex presidente y marido, junto a sus
ministros más cercanos, siguieron siendo las caras visibles del poder. Por lo tanto, se profundizaron los
mecanismos autoritarios, el discurso airado, contradictorio, y comenzó a evidenciarse las profundas
grietas del promocionado “modelo de país”.
Cuando, en el conflicto actual entre el gobierno y el campo, los opositores intentaron resaltar la gran
importancia que había tenido el sector agropecuario en la salida al colapso del 2002, el poder ejecutivo
lo negó aduciendo que lo recaudado por las retenciones ni siquiera llegaba al 4% de los ingresos fiscales.
Luego, la presidente dijo que con ese dinero iba a construir decenas de hospitales, escuelas y obras
públicas. Días atrás, su marido, desbordado emocionalmente, presionó para que aprobaran las
retenciones en el Congreso de la Nación asegurando que sin ello no se iba a poder pagar la deuda
nacional. ¿Pero en qué quedamos? ¿Un monto tan “insignificante” alcanza para todo? Además, ¿Se va a
usar para construir hospitales o para pagar deudas?
Lo que muchos ya sabemos es que con ese dinero no se va a hacer nada de eso. Ni pagar las deudas, ni
construir escuelas, ni hospitales, ni obras significativas. La mayor parte de esa gran masa monetaria
contribuirá a alimentar “la mesa de dólares” de la Casa Rosada y se aplicará al control de las propias
huestes oficialistas y sus aliados.
7) En las últimas semanas se escuchó, a los funcionarios de los poderes ejecutivo y legislativo,
defender con ahínco las estructuras democráticas. Durante estos años, la palabra democracia fue
utilizada discursivamente una y otra vez por el gobierno pero sus acciones mostraron un constante
autoritarismo. Finalmente, en el artículo 2 de la ley oficialista votada en el Congreso el día 5 de julio, se
hace prevalecer un reglamento del Código Aduanero por encima de un artículo de la Constitución.
Veremos ahora que dice la Corte ante este avasallamiento democrático.
Se han interpretado tantas cosas increíbles para obviar nuestra Carta Magna, que todo es posible en
la dimensión desconocida de la Argentina.
Luz de Gas
En la década del 40, hubo una obra de Patrick Hamilton que fue un paradigma de la perversidad. Su
nombre: “Luz de Gas” (“Gaslight”). En ella, un marido hacía creer a su esposa y a la sociedad inglesa que
ella se estaba volviendo loca. Cuando se miente a sabiendas de que se está causando un grave perjuicio
al otro, pasa de ser una mentira para convertirse en un acto perverso.
El cúmulo de mentiras no podrá impedir que la realidad termine finalmente imponiéndose. El país tiene
mucha experiencia en estas lides. La inflación escalará cada vez más; el campo comprobará que el
gobierno lo engañó con la ley que aprobará el Congreso (las ventajas extras concedidas a los pequeños
productores caducarán el próximo 31 de octubre) y volverán las demandas, esta vez más violentas; las
inversiones privadas seguirán sin aparecer, y sin ellas no bajará la desocupación ni podrá aumentar la
riqueza; la inseguridad jurídica se mantendrá (salvo que la Corte decida independizarse del Ejecutivo), y
el dinero que recaudará el Estado con los mayores impuestos será cada día más insuficiente para calmar
los ánimos y cubrir la maraña de subsidios creados.
Aunque la crisis ya se ha instalado y proseguirá su curso hasta el desenlace final, podemos depositar
nuestra esperanza en la fortaleza de sus habitantes y en la evolución que nuestro país ha demostrado
desde el advenimiento de la democracia en 1983. En realidad, debemos hacer de cuenta que somos
parte de una nueva nación que tiene pocos años de tránsito, que ha comenzado a construir su destino
de la misma manera que lo hicieron los países desarrollados: a los tropezones y aprendiendo de los
constantes errores que se cometen.
Enrico Udenio
7 de julio 2008
→ No CommentsCategorías: Actualidad
¿MANIPULACIÓN O IGNORANCIA?
Julio 1, 2008 · 2 comentarios
En Tucumán, en la reunión XXXV Cumbre del Mercosur, la presidenta argentina Cristina Fernández de
Kirchner aseguró que la especulación financiera internacional es la principal responsable de las subas en
los precios de las cotizaciones de los alimentos y los combustibles en el mundo, y dijo: “Los señores de la
timba financiera han pasado a la timba de los alimentos”, sostuvo, tras lo cual rechazó que las alzas se
deban a la mayor demanda por el aumento del consumo en China y la India.
Además, Cristina habló frente a los países del Mercosur, los que en lugar de aplicar retenciones a sus
exportaciones primarias, la promueven.
Unas horas antes, en Madrid, el director de la Agencia Internacional de Energía, Nobuo Tanaka, decía en
relación a los aumentos del precio del petróleo: “Culpar a la especulación es una solución fácil que evita
tomar los pasos necesarios para mejorar el acceso y la inversión del lado de la oferta”.
Reconozco que me produce un poco de perplejidad que el presidente de una nación, el que debe contar,
seguramente, con buenos asesores económicos, pueda cometer errores tan profundos en la interpretación
de la realidad como la realizada por Cristina respecto de los aumentos en el mundo de los precios de las
materias primas. Omitir una de las variables fundamentales que inciden en este fenómeno, tal como es la
incorporación de los millones de nuevos consumidores de la India y la China, y también obviar la
devaluación monetaria del dólar, el aumento del petróleo y el acomodamiento del flujo del dinero
financiero por causa de esos mismos factores, sólo se me ocurre que puede explicarse de dos maneras: la
primera, que se trata de un discurso para consumo local por el problema político surgido con las
retenciones móviles, y en un intento de aprovechar la tendencia típica, de una parte de la población
argentina, en acusar al mercado financiero externo como el gran culpable de casi todas sus desgracias; la
segunda, que refleja una verdadera incapacidad de la presidenta en ver al mundo actual tal como es en
realidad: una gran aldea global.
No puedo definir cuál de estas dos posibilidades me preocupa más. Si la manipulación o la ignorancia.
El dinero es extremadamente sensible a estos cambios. Mirar para otro lado es verdaderamente ridículo.
¿A qué se refiere Cristina cuando habla de especulación o de timba? Supongo que habló sobre los
mercados a término, que es dónde las finanzas especulan con los “commodities” y las monedas. ¿Acaso
esto se inventó el año pasado? No. Desde hace décadas que gran parte de los negocios se hacen de esta
manera. Los precios suben y bajan en función del juego de la oferta y la demanda, el que, a su vez,
depende de eventos circunstanciales: Guerras, sequías, problemas de producción (como por ejemplo, el
que surje del conflicto actual entre los agroproductores argentinos y su gobierno), cosechas tardías,
déficit, devaluaciones, revaluaciones, leyes de fomento, niveles de producción, atentados guerrilleros,
inseguridades, etc. Hay un número muy elevado de circunstancias que condicionan los valores de los
commodities.
Hemos sufrido durante décadas la mala relación entre los precios de nuestros productos primarios y semi-
elaborados con los industriales. Cuando, por fin, las circunstancias le son favorables a la Argentina, y se
presenta la ocasión de revertir una historia negativa para el país, parecería que en vez de ser una buena
noticia fuera una desgracia. Ahora resulta, que la misma comunidad internacional que durante un largo
tiempo nos impidió crecer porque manipulaba para abajo los valores de nuestros principales productos de
exportación sigue ahora impidiendo nuestro crecimiento porque los manipula para arriba.
Siempre he dicho que la inventiva argentina no tiene límites. O la manipulación. Pero lo que más me
entristece es que si la presidenta lo dice es porque debe saber que hay mucha gente que le va a creer.
Enrico Udenio
1 de julio 2008
→ 2 CommentsCategorías: Actualidad
LA EXPOLIACION
Junio 24, 2008 · 15 comentarios
Días atrás recibí un mail de Marcelo Risso, un abogado de la ciudad de Pergamino, en el que analizaba la
situación conflictiva entre el gobierno nacional y el campo. La nota era extensa y pensada desde una
perspectiva diferente a lo habitual.
Risso detallaba algo que, si bien es conocido gracias a la cobertura mediática del conflicto, es medular a
la lucha que existe entre el matrimonio Kirchner y los productores agropecuarios para obtener la
aceptación popular: “El gobierno sostiene que las retenciones móviles son necesarias para: mantener a
raya los precios internos de los alimentos y para que haya mayor equidad distributiva”. Agrega que “se
sostiene que el sector agropecuario ha sido el gran beneficiado… y que ese beneficio así obtenido debe
ser utilizado por el Estado con fines redistributivos arengando para que el sector agropecuario sea más
solidario con el conjunto de la población.” Risso también aclara las posiciones de las entidades
agropecuarias: “… entre otros argumentos políticos, se sostiene que las retenciones no se coparticipan y
por ende… se produce un flujo de dinero desde el interior hacia el Gobierno Central que es luego
distribuido de manera arbitraria beneficiando a los gobernadores e intendentes afines al proyecto
político gobernante y castigando a los opositores.”
Risso afirma: “En el conflicto desatado entre el gobierno y el campo, se esconden dos filosofías
políticas: La primera (impulsada por Ronald Coase y Richard Posner -sobre la tesis del utilitarismo de
Bentham y Stuart Mill)… sostiene que el sistema legal debe promover por todos los medios la creación
de la riqueza” Esta política hace hincapié en la maximización de la riqueza y no en la distribución de la
misma.
La segunda postura (sostenida por John Rawls en su obra “Teoria de la Justicia”) mantiene la idea
de que “la principal virtud del sistema socio-económico es la justicia, y no la eficiencia o la
maximización de la riqueza. Para ello se vale de la teoría del contrato social, sosteniendo que los
eventuales fundadores de una sociedad nunca aprobarían reglas por las cuales alguien tolerara una
pérdida de su beneficio en pos de un mayor beneficio disfrutado por otros.”…”Una idea que predomina
en el filosofo norteamericano es que nadie merece (desde el punto de vista moral) la posición que ocupa
en la sociedad, la cual es el producto de la “lotería natural”;… (por lo que) crea lo que él llama el
<principio de la diferencia> por medio del cual se establece que es licito que los mejor dotados en una
sociedad obtengan un mayor beneficio que el resto a condición que ese beneficio sea parcialmente
compartido con los menos favorecidos de la misma.
Ello se logra, según Rawls, aplicando impuestos progresivos con los cuales el gobierno efectúe una
política distributiva que permita mejorar la situación de los más pobres. La tesis de Rawls es un intento
por lograr una mayor igualdad dentro de un sistema de economía de mercado. No es socialista, ya que
no promueve la abolición del mercado ni de la propiedad privada, pero se distancia del capitalismo a
ultranza, ya que, permite -fundado en ideales distributivos- apropiarse de los beneficios obtenidos por el
capital o aún por el propio esfuerzo con el fin de mejorar a los menos favorecidos.”
Finalmente Marcelo Risso deja una conclusión: “Desde ya que ninguna fórmula obtendrá el cien por cien
de eficiencia ni el cien por cien de justicia, pero esto es así debido a que un sistema donde se busque el
cien por cien de justicia, implicaría adoptar un sistema social donde el intento por igualar a todos,
impediría la obtención de lucro como motor de la economía, y nadie tendría suficientes incentivos para
agrandar la torta si no se le permite apropiarse de una buena parte de la ganancia. Por el contrario, un
sistema social que busque únicamente la maximización de la riqueza, pero se desentienda totalmente de
cómo se distribuye esa riqueza, más tarde o más temprano podría generar tensiones sociales que
acabarían con el propio sistema.
En el conflicto Gobierno-Campo puede verse en líneas generales un enfrentamiento entre las tesis que
acabamos de reseñar. El Gobierno tolera cierto margen de utilidad empresaria, pero por encima de
cierto porcentaje interviene con regulaciones que implican una absorción de esas utilidades con el
declarado propósito de redistribuirla entre los menos favorecidos. A menudo el Gobierno ha suprimido
directamente la utilidad empresaria por un sistema de subsidios, donde el subsidio se transforma en la
verdadera utilidad empresaria, con lo cual el sistema deja de ser de riesgo empresario, para pasar a ser
un sistema de utilidad empresarial “administrada” por un burócrata, lo que a menudo termina
transformando esa área económica en un sistema susceptible de ser corrompido y totalmente ineficiente.
También el Gobierno considera que la renta extraordinaria del campo no es fruto de su esfuerzo, sino
que es el fruto de un hecho fortuito como es el de mercado de comodities creciente que impulsa los
precios hacia arriba, y por lo tanto como los productores no han hecho nada para disfrutar de ese
beneficio extraordinario, que sería producto de la lotería natural, es justo confiscarlo en beneficio de los
menos favorecidos.”
Yo intentare ampliar lo dicho por Risso en su muy interesante reflexión haciendo referencia a lo
siguiente:
La renta extraordinaria
Escuchando a la mayoría de los defensores de las retenciones móviles, (y dejando de lado los insultos y
calificaciones agresivas que usualmente emiten), se puede inferir que la frase “renta extraordinaria” la
aplican a las ganancias adicionales que no estaban previstas al momento de la compra de un bien o del
inicio del proceso de una producción, las cuales consideran más que extraordinarias, excesivas. ¿Pero
quiénes son los que deciden si una ganancia es “excesiva”? Por lo que hemos visto, no son aquellos que
la producen. Parecería ser un tema delicado el juzgar y decidir sobre el destino de un dinero ajeno. Para
evitar conflictos imprevistos generados por un abuso de poder por parte de un gobierno, los sistemas
democráticos y republicanos establecen reglas claras y límites preestablecidos para fijar los gravámenes
impositivos y aduaneros. Por supuesto, éstas deben ser previamente negociadas con los sectores
involucrados.
Los valores de la soja, trigo, arroz, y otros bienes no aumentaron por consecuencia de una estrategia
maquiavélica del exterior capitalista en su afán de dañar al paraíso argentino, o por producto fortuito de la
“lotería natural de la vida”, sino que sus incrementos se debieron, fundamentalmente, a la relación que
existe entre la oferta y la demanda, que es la base del sistema económico que rige en gran parte del
mundo incluyendo a nuestro país.
Ahora bien, si consideramos a estos aumentos de los productos agropecuarios como una “renta
extraordinaria”, deberíamos plantearnos porque se grava con increíble rigor a su producción y no a la de
otros sectores. Por ejemplo, en el último año los valores de los automóviles cero km aumentaron 35% en
dólares (las terminales aducen aumento de costos pero el campo también sufrió un elevado incremento de
ellos). ¿Por qué no se aplican gravámenes adicionales a su venta?
Pero ingresemos en un terreno que involucra a mucha más gente: las propiedades inmobiliarias. Toda
la población (incluido el matrimonio Kirchner) vio elevado su patrimonio de una manera asombrosa.
Departamentos que en el año 2000 (cuando regía el 1=1) costaban, por ejemplo u$s 30.000, hoy se
venden entre 60 y 70 mil dólares. Ni hablemos si la comparación la realizamos con los años 2002/3, en el
pos colapso económico del país, cuando se podía comprar de todo por “centavos”. ¿No es esto pasible de
ser considerado “renta extraordinaria”?
Por supuesto, si el Estado implementara un sustancial aumento del porcentaje del impuesto a la venta de
sus bienes, no tengo demasiadas dudas de que todos los que apoyan el incremento de las retenciones
agropecuarias y que, adicionalmente, tuvieran propiedades –pequeñas, medianas o grandes- se
indignarían y saldrían en masa a la calle para resistir la expropiación.
¿Pero por qué se enojarían?? Es obvia la respuesta, a nadie le gusta que le metan la mano en el bolsillo.
Es fácil declamar y acusar a quienes se resisten a compartir su dinero más allá de lo que establece la ley.
Es que somos casi todos genios económicos o socialistas sensibles cuando se trata de apropiarse de la
riqueza de los otros, pero cobardes y egoístas cuando se trata de la propia. Para justificar o ocultarse a sí
mismos tamaña injusticia, señalan a aquellos otros de oligarcas, antipatrias, evade-impuestos, millonarios
insensibles, entre muchos epítetos, algunos de ellos irreproducibles en este blog.
Seguramente, cuando en uno de los últimos discursos de la presidenta argentina, los asistentes
aplaudieron la confirmación de las retenciones móviles, ninguno de ellos pondría la mano en su bolsillo
para ayudar a esa “redistribución de la riqueza”.
La redistribución de la riqueza
Son los impuestos coparticipables los que permiten una adecuada distribución de la riqueza generada por
la masa productiva y de consumo de un país. Esto se debe a que los gobiernos centrales son bastante
incapaces de conocer los detalles de las necesidades de sus estados o provincias. Creo haber sido bastante
claro en mi nota anterior (“La crisis del campo: una consecuencia inevitable de la macrocefalia
argentina”) sobre el tema de la coparticipación, por lo que haré sólo un sencillo agregado: A diferencia
del impuesto a la ganancia, donde el porcentaje se aplica sobre el beneficio neto, las retenciones
aduaneras a las exportaciones, se aplican en forma directa sobre el valor bruto de venta (similar al
esquema de los ingresos brutos). Es decir, no le interesan los gastos y costos del que produce ese bien.
Gana o pierda el productor le da lo mismo al Estado nacional porque si pierde (imponderables como el
clima, huelgas, pestes), el gobierno nacional no “coparticipa de esa pérdida”. Es un socio sin ningún
riesgo.
La mayor parte del dinero que se le saca a la producción generada en el interior del país mediante las
retenciones aduaneras, termina en Buenos Aires. Parecería que después de casi 200 años, el unitarismo
esta vivito y coleando, trasgrediendo el espíritu republicano y federal que determina el artículo primero de
nuestra constitución. Sería muy importante que los militantes kirchneristas explicaran a qué tipo de
democracia se refieren cuando hablan todo el tiempo de defenderla. O… ¿Qué entienden como
democracia?
Enrico Udenio
24 de junio de 2008
→ 15 CommentsCategorías: Actualidad
Durante las sesiones del congreso del 21 y 22 de abril de 1853, el Dr. Juan María Gutiérrez,
diputado por la provincia de Mendoza, pronunciaba “Todas nuestras guerras civiles de cuarenta años no
son más que la expresión de estos dos hechos: dominación o influencia unas veces justas y otras injustas
del poder de Buenos Aires sobre las demás provincias, y resistencia unas veces justas y otras injustas por
parte de éstas”.
Como si el tiempo no hubiera pasado, hoy el país está en vilo por causa del grave conflicto
suscitado entre los productores agropecuarios del interior del país y el gobierno nacional con sede en
Buenos Aires. Algunos insisten en que podría haber sido evitable. No lo creo. Por el contrario, pienso que
estamos viviendo una historia que titularía: crónica de una crisis anunciada e inevitable.
Cuando, a partir del colapso socio económico que se produjo a fines del 2001, los precios
internacionales y los términos del intercambio comercial externo favorecieron a los productos primarios,
el sector agropecuario tuvo un fuerte crecimiento. En 1992, se producían treinta millones de toneladas de
granos y se exportaban tres mil quinientos millones de dólares. Diez años después, la producción
sobrepasó los setenta millones de toneladas y las exportaciones alcanzaron los diez mil millones de
dólares. El gobierno nacional comenzó a gravarlas elevando los porcentajes de los impuestos en forma
paulatina hasta provocar la sublevación de los pueblos del interior del país dos meses atrás.
Además de considerar abusivos los porcentajes de retención a sus exportaciones, los productores
agropecuarios denunciaron que se trataba de impuestos que el gobierno nacional no repartirá entre las
provincias. Esta situación dejó en evidencia tres hechos significativos: el primero, la fuerte exposición
pública de que la Nación no coparticipa esa riqueza con las provincias que la producen; segundo, la
constante migración de sus pobladores hacia Buenos Aires por carecer de esperanzas de progreso para sus
pueblos; y el tercero, que después de 150 años el país se encuentra con factores de dominación económica
similares a las que utilizaba el gobierno de Buenos Aires para poder someter a las provincias en la
primera mitad del siglo XIX. Me refiero concretamente a la recaudación aduanera.
Es que durante aquella época, Buenos Aires (ciudad y provincia), detentaba un poder económico
que provenía, principalmente, de los ingresos aduaneros de su puerto. Para conservarlo, mantuvo un
constante conflicto bélico con aquellas provincias que le reclamaban su coparticipación. La indignación
de los federales por esta negativa porteña a compartirlos aumentaba debido a que las mercancías foráneas
que ingresaban al país a través de su puerto perjudicaban notablemente a las incipientes industrias
regionales. Para dar una idea de la magnitud económica de la situación, basta mencionar que, en aquel
entonces, estos recursos aduaneros generaban más del 85% de las rentas públicas de todo el país por lo
que, obviamente, Buenos Aires concentraba el poder económico de la nueva nación.
Cuando la Constitución Nacional de 1853 estableció el régimen de distribución de los ingresos
impositivos en base a un sistema de impuestos similar al actual, se pensó que las provincias iban a tener
mayor autonomía económica. Por un lado, había impuestos provinciales que le pertenecerían a la
provincia y, por otro lado, tributos nacionales que manejaría la Nación, entre ellos los aduaneros.
Lamentablemente la historia mostró que el gobierno nacional terminó acaparando los impuestos de mayor
recaudación y, con ello, fracasaron, en la práctica, las ideas de 1853 que intentaban hacer de la Argentina
una nación federal.
A partir de la pacificación del país en 1880, aún sobrellevando varias e importantes crisis, se
produjo un fuerte crecimiento económico impulsado por el desarrollo de la ganadería y la aparición de la
agricultura. Es bien conocida la frase “granero del mundo” que da cuenta de su ascenso en el contexto
internacional hasta llegar a ser el séptimo país más rico del planeta. En los años previos a la segunda
guerra mundial, los inmigrantes europeos veían, en la Argentina de aquel momento, a una nación con una
perspectiva de desarrollo económico comparable a la de los Estados Unidos, Canadá o Australia.
Es que, del mismo modo que el petróleo constituye hoy la principal riqueza para Venezuela, el
cobre para Chile, o el gas para Bolivia, en aquel momento la Argentina contaba con sus vastos campos
para ser la punta de lanza de un formidable desarrollo económico.
DE ESPALDAS AL CAMPO
En mi último ensayo, “La hipocresía argentina”, relato cómo, aunque resulte increíble, el país quiso
crecer de espaldas a su principal riqueza: la producción agropecuaria expandida en su extenso territorio.
Sus políticos se hicieron cargo de renegar de ese sector y desvalorizarlo con los conocidos argumentos, no
exentos de cierta validez, del “injusto intercambio de nuestros productos primarios por los productos
industriales extranjeros”, o de la necesidad de frenar los abusos de poder de la oligarquía terrateniente.
Con su acción política, los funcionarios desalentaron constantemente las inversiones en el sector y no
supieron aprovechar los excedentes de riqueza, que el campo producía, para construir una industria de
excelente tecnología, como sí lo hizo Australia, una nación con grandes extensiones territoriales y
similares características climáticas y productivas que la Argentina.
Los resultados fueron devastadores.
Con la finalización de la segunda guerra mundial, gran parte del mundo experimentó, gracias a la
notable expansión del comercio internacional, el más grande desarrollo económico de la historia.
Mientras esto sucedía, la Argentina fue la única nación del mundo que en sólo veinticinco años (1935 a
1960) pasó de ser un país desarrollado a ser uno subdesarrollado y, desde el año 1950 hasta el 2000, fue el
país de menor crecimiento de su Producto Bruto Interno (PBI) a valores constantes, en toda América
Latina, excluyendo a Uruguay.
La composición del poder político en la Argentina se mantuvo inamovible a través del tiempo:
Buenos Aires sigue siendo la aspiradora económica y demográfica de la nación como lo era en el siglo
XIX.
Durante décadas los jóvenes de los pueblos y ciudades de nuestro interior huyeron hacia la
esperanza porteña dejando a las provincias cada vez más pobres y más despobladas mientras que el centro
urbano de Buenos Aires se agigantaba al punto de consolidar una Argentina macrocéfala.
EL FALSO FEDERALISMO
Mientras Buenos Aires no tenga competencia interna, seguirá siendo un imán migratorio
insoslayable. Año tras año en lugar de disminuir, el flujo poblacional que arriba a la ciudad y al
conurbano bonaerense aumenta considerablemente. La cabeza del país se agiganta cada vez más en
proporción al resto del cuerpo.
Creo que, entre todos los males históricos que la Argentina ha padecido, esta situación se ha
convertido en el peor obstáculo para su desarrollo, por todas las implicancias políticas, sociales y
económicas que conlleva. Hasta que no se inicien intensas acciones enfocadas a un cambio en este
sentido, será muy difícil encontrar soluciones duraderas a los graves problemas que padece el país.
Esta dificultad se acrecienta significativamente al analizar las encuestas que evidencian que, para
gran parte de los argentinos, no tiene singular importancia el hecho de que el gobierno respete o no el
federalismo republicano determinado por su Constitución. Siempre preocupados por la falta de dinero, la
desocupación, la miseria, la seguridad, la corrupción y otros males endémicos, no relacionan al estado
republicano y federal con el desarrollo socio-económico del país, por lo que, para una amplia fracción de
la población, la agresión por parte del gobernante ejecutivo nacional de turno hacia sectores regionales,
sociales y económicos, no resulta ser un motivo válido para retirarle el apoyo electoral.
Este desinterés por la forma federal y republicana de gobierno es uno de los más graves errores
éticos y económicos en que se incurre pues permite que los gobiernos nacionales sigan controlando
políticamente a la mayoría de las provincias del interior del país a través del flujo de dinero. Aunque
existe una ley de coparticipación federal, la misma perpetúa la dependencia económica de las provincias
pues no corrige adecuadamente las distorsiones productivas de cada región. Además, el mismo gobierno
nacional recauda cuantiosos fondos que pone fuera del alcance federal, como es el caso de las ya famosas
retenciones aduaneras y el impuesto al cheque, y regula su uso a través de obras públicas o subsidios
adicionales, sometiendo, a voluntad, a los gobernantes e intendentes provinciales.
Por ello, en la crisis actual que vive el país, los productores se resisten a aceptar el sistema de
compensaciones por la aplicación de las retenciones aduaneras móviles pues significaría que, en el futuro,
los resultados de sus negocios dependerán del gobierno nacional o funcionario de turno, que es el que
autorizará, demorará o rechazará los fondos compensatorios prometidos, según su criterio político y las
necesidades mayores o menores que tenga en ese momento. La historia argentina demuestra que hoy se
otorgan y mañana se quitan según sean las circunstancias políticas.
Las provincias y los municipios del interior de la nación necesitan, con extrema urgencia, políticas
de crecimiento y desarrollo económico que atiendan la desocupación, la seguridad, la salud, y la
educación para que los jóvenes y demás ciudadanos no sigan migrando a la ya hipertrofiada cabeza que es
Buenos Aires. Un plan económico, cualquiera que sea, necesita de un buen federalismo en el cual
apoyarse para generar una riqueza equilibrada en todo el territorio de una nación.
Al igual que las personas, una nación logra curar sus mayores males cuando cambia su propia
historia, pues es la compulsión a la repetición la que la lleva a caer, una y otra vez, en los mismos errores
del pasado. Si la Argentina no logra corregir la deformación distributiva de los recursos humanos y
productivos que heredó de sus antecesores, le será muy difícil lograr un progreso firme en un futuro
próximo o siquiera lejano.
Enrico Udenio
31 mayo 2008
(Extracto de la disertación que realizó el miercoles 29 de mayo de 2008 en el Club Del progreso).