Cómo orar bíblicamente
Serie “La Oración”
Introducción
Aprender a orar bíblicamente es esencial para que nuestra disciplina de oración
sea una verdadera experiencia de adoración y para que nuestras oraciones sean
atendidas por el Padre. El apóstol Juan explica que la manera en que
garantizamos que Dios responde nuestras oraciones es orando conforme a la
voluntad de Dios (1Jn. 5:14). Ya hemos visto la importancia de la oración para
la vida cristiana y cómo nuestro conocimiento de Dios influye en nuestras
oraciones. Hoy quiero que respondamos la pregunta ¿Cómo orar bíblicamente?
La Biblia misma nos da la respuesta sobre la manera y actitud correcta de elevar
nuestras oraciones al Señor.
¿De qué manera podemos orar bíblicamente?
Debemos orar en el nombre de Jesús
«Y todo lo que pidiereis al Padre en mi nombre, lo haré, para que el Padre sea
glorificado en el Hijo. Si algo pidiereis en mi nombre, yo lo haré.» (Jn. 14:13-
14)
¿Qué significa orar en el nombre de Jesús? Significa orar bajo la autoridad de
Cristo. Puesto que Jesús es el único mediador entre Dios y el hombre oramos al
Padre en completa dependencia de la mediación del Hijo porque sabemos que
intercede por nosotros al Padre. Orar en el nombre de Jesús es reconocer que
nuestras oraciones son recibidas ante Dios por medio de Cristo y no por mérito
personal alguno. Pero también significa orar en completa sumisión a su
autoridad. Esto implica que debemos orar de acuerdo a su voluntad y no la
nuestra.
Hoy muchos alegan tener la autoridad para decretar como Dios obrará en
determinado asunto. Pero la oración que Dios aprueba no es aquella que se
amolda según los caprichos del hombre, sino la que se alinea según la voluntad
de Dios.
• Orar conforme a la voluntad de Dios garantiza que nuestras
oraciones serán escuchadas y respondidas. «Y esta es la confianza que
tenemos en él, que si pedimos alguna cosa conforme a su voluntad, él nos
oye.» (1Jn. 5:14)
Debemos orar con sinceridad y corazón limpio
«Así que, hermanos, teniendo libertad para entrar en el Lugar Santísimo por la
sangre de Jesucristo, por el camino nuevo y vivo que él nos abrió a través del
velo, esto es, de su carne, y teniendo un gran sacerdote sobre la casa de Dios,
acerquémonos con corazón sincero, en plena certidumbre de fe, purificados los
corazones de mala conciencia, y lavados los cuerpos con agua pura.» (Heb.
10:19-22).
No solo debemos acercarnos al Señor con confianza sabiendo que tenemos en
Cristo un mejor sumo y gran sacerdote que está a la diestra del Padre
intercediendo por nosotros. También debemos acercarnos con plena sinceridad
de corazón. No con hipocresía, sino con corazones que sinceros cuyo
arrepentimiento es genuino y cuya alabanza es verdadera.
El autor a los Hebreos además dice purificados los corazones de mala
conciencia. Es decir, que nuestros corazones estén libres de rencor, odio, ira y
toda clase de apetito carnal. Debemos acercarnos al Señor con no fingiendo
piedad, sino más bien procurando la pureza de corazón.
«Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, Y renueva un espíritu recto dentro de
mí.» (Sal. 51:10)
Esto nos lleva a otro aspecto importante de la oración.
Debemos orar con arrepentimiento
«Ten piedad de mí, oh Dios, conforme a tu misericordia;
Conforme a la multitud de tus piedades borra mis rebeliones.» (Sal. 51:1)
Debemos orar a Dios con un profundo sentido de nuestra naturaleza caída y, por
tanto, de nuestra indignidad ante Dios. Una oración que agrada a Dios es aquella
que está acompañada de arrepentimiento y dolor por el pecado.
«Porque yo reconozco mis rebeliones, Y mi pecado está siempre delante de mí.»
(Sal. 51:3)
Debemos orar con fe
«Pero pida con fe, no dudando nada; porque el que duda es semejante a la onda
del mar, que es arrastrada por el viento y echada de una parte a otra.» (Stg.
1:6)
Pedir con fe es pedir creyendo a aquel a quien estamos orando. Es saber que nos
oye y es tanto poderoso como bondadoso para responder a nuestras súplicas.
Dudar de la capacidad de Dios para responder a nuestras oraciones o de que en
verdad este atento para responderlas es dudar del carácter de Dios. Orar con fe
no es manipular la voluntad de Dios ni coaccionarle. Es lo que el autor de
Hebreos expresa acertadamente: «Pero sin fe es imposible agradar a Dios;
porque es necesario que el que se acerca a Dios crea que le hay, y que es
galardonador de los que le buscan.» (Heb. 11:6). O como lo traduce la NTV
«De hecho, sin fe es imposible agradar a Dios. Todo el que desee acercarse a
Dios debe creer que él existe y que él recompensa a los que lo buscan con
sinceridad.»
Debemos orar con humildad
«...porque tuyo es el reino, y el poder, y la gloria, por todos los siglos. Amén.»
(Mt. 6:13).
Cuando oramos debemos recordar quien es Dios y quienes somos nosotros. Al
orar nos acercamos como criaturas finitas y caídas a la presencia del majestuoso
y trascendente Dios quien es tanto nuestro creador como nuestro redentor y
soberano Señor. Cuando oramos no debemos olvidar que no nos servimos a
nosotros mismos. La oración no es como ir al restaurante y pedir tu plato
favorito. Es rendir la gloria al que es santo y digno de toda adoración. Por lo
que aun las peticiones que hacemos a Dios cuales sean, deben ir adornadas por
una actitud y palabras reverentes, humildes, conscientes de nuestra indignidad
y admiradas por su grandeza incomparable.
Debemos orar constantemente
«orando en todo tiempo con toda oración y súplica en el Espíritu, y velando en
ello con toda perseverancia y súplica por todos los santos;» (Ef. 6:18)
Orar en todo tiempo implica mantener constante una actitud de oración y
aprovechar cada oportunidad para elevar nuestras súplicas al Señor.
Ejemplos de orar en todo tiempo:
1. Orar en horas específicas de manera consecuente (al levantarse, al comer,
al dormir). Esta debe ser una disciplina intencional y diaria.
2. Orar de manera espontánea en momentos oportunos ya sea por una
necesidad o urgencia personal, o en favor de alguien más. A veces alguien
nos dice ¡ora por mí, por...! y simplemente lo olvidamos.
Debemos orar con gratitud
«Por nada estéis afanosos, sino sean conocidas vuestras peticiones delante de
Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias.» (Flp. 4:6)
«Dad gracias en todo, porque esta es la voluntad de Dios para con vosotros en
Cristo Jesús.» (1Ts. 5:18)