Adriana Rivas
Yoliehiny Beltrán
Orgullosos de mí
Tú eres el hombre que nos sacará de toda miseria –escucho a mamá decir mientras
estoy sentado en sus piernas–. Muevo mi cabeza para arriba y para abajo rapidito,
esperando que al asentir, no caigan más lágrimas a sus mejillas.
¿Será que está triste porque mis hermanitos y yo tenemos hambre? –pienso en mi
interior mientras continúa con el llanto.
No creo, hay días en los que tenemos menos para comer; el plátano de la mañana
debería ser suficiente.
¿Y si es porque abuela le habló muy fuerte hace rato? Posiblemente sea mentira que
quiera que nos vayamos de su casita, solo lo dice porque está enojada, mamá no
tiene por qué creerle.
Puede que sus ojos se mojen porque papá tiene muchos días sin volver a casa —No
estés triste, mami. Se tarda pues debe traer mucha comida, quizás algún caballito de
madera para jugar —le dije.
Un rato después, mamá parece dejar de estar triste. Bajo de sus piernas por un
momento para ir a ver dónde están mis hermanos. En el patio veo a Olinda andar
sobre sus manos y rodillas, seguro come arena de nuevo. Camino un poco más y
escucho a Rómulo correr detrás de un pollito, aún no camina tan bien como yo.
Para que mamá no esté triste de nuevo, voy a bañar a Olinda y Rómulo, siempre
están dañando y ensuciando la ropa que nos regalan; yo no hago desastres, tengo
siete años y soy el más grande de la casa –eso dice mi mami–.
Ya es de noche y mamá sigue sin hablar mucho. Por lo menos consiguió unas arepitas
de trigo para cenar, no tienen nada por dentro pero saben mejor desde la última vez
que las probé. Mis hermanos duermen en el medio de la colcha de nuestra pequeña
habitación, mamá y yo en las esquinas. Les dejo a ellos la sábana, yo puedo aguantar
el frío porque soy el mayor.
***
Hace unos días cumplí ocho años, a pesar de no tener pastel y que papá no volviera,
estoy feliz de comenzar a trabajar con mi tío.
El color amarillo del campo rodea el panorama. También persisten vientos fríos, así
que debemos subir abrigados. El oficio que debo hacer parece sencillo: separar los
granos del trigo y limpiarlos hasta quitarles toda impureza.
Quiero hacerlo lo mejor posible, tengo que llevar dinero a mi familia. Soy el más joven
del grupo y nadie habla entre sí. Quizás sientan tanta hambre como yo.
Al pasar las horas mis manos se ven un poco raspadas pero mi entusiasmo todavía
es más grande que el dolor de mis pies. No me quejo por la aflicción, mis
pensamientos están centrados en la sonrisa que se dibujaría en el rostro de mi mamá
cuando vea granos de arroz en los platos de mis hermanos.
Al caer la noche termina mi jornada de trabajo. En mi ropa desgastada puedo ver
más mugre que cuando solía jugar. Apenas me importa algo de lo anterior cuando
ahora 5 soles me pertenecen.
***
Después de tantos dolores corporales, trabajos con el mismo pago miserable y ropa
que aparenta no quedarme, concluí que luchando en Pomabamba –mi pueblo–, a la
familia no sacaré adelante.
Mi energía y mi cuerpo pasaron por cambios desde los ocho. Ahora con 14 años me
doy cuenta que no es suficiente para todo lo que he trabajado, y lo que me queda. Es
por ello que tomé la decisión de partir con tío a la amazonía de Perú.
Frente a la puerta de mi hogar con pocas de mis pertenencias dentro de una bolsa,
me despido de mi familia. Mi decisión se fortalece, sus rostros tristes solo me hacen
mantener la vigilia.
Salimos de Pomabamba a las 5:00 am; llevo puesto el único abrigo y zapatos que
tengo –espero que puedan soportar el camino–.
Cuando me hablan de la Selva Amazónica imagino solo árboles y monos
revoloteando, según yo, será una más de mis andanzas para bregar. En lo que llevo
con vida solo conozco las praderas de mi pueblo y el campo amarillo del trigo que
limpiaba.
La impresión al adentrarme en tal laberinto verde cambia totalmente mi percepción
de la selva. Mientras más caminamos, más frío siento en mis huesos. El abrigo que
poseo no hace función alguna ahora.
Continuamos caminando sin parar; la sed y el cansancio no son una prioridad en este
momento, queremos llegar a salvo.
Cada día que pasa se asemeja a un ciclo de vida completo para mi: caminamos,
dormimos, comemos, amanece y caminamos de nuevo. Es un bucle que aparenta no
acabar.
***
Hoy se cumple el día número 15 desde que salimos de Pomabamba, mi tío dice que
mañana llegaremos –ya no le creo, vive parloteando desde hace una semana–.
Todos los días lloro y me arrepiento de haber emigrado de casa. Extraño a Olinda y
Rómulo, pero sobre todo a las manos calientitas de mi mamá. Mis llantos diarios se
normalizaron tanto que ni siquiera el grupo con el que vinimos les importa animarme
como lo solían hacer.
Anoche fue la peor jornada, la temperatura estuvo a -10 grados centígrados.
Agradezco que consiguiéramos una choza en la que refugiarnos. Pasaron al menos
unos minutos cuando empezamos a ver el lugar del que tanto habló mi tío, en el que
presuntamente nos tenderán la mano con un buen trabajo.
Mis esperanzas por fin vuelven, sé que todo mejorará.
***
La poca alegría que sentí al conocer este lugar ahora me parece absurda, mi fe ha
cesado. Desconozco muchos conceptos pero sé que lo que siento es decepción.
Ya pasó un año desde que llegamos aquí, arriesgué mi vida para llegar a un lugar
igual de mezquino, donde no gano lo suficiente para enviarle dinero a la familia.
En el tiempo que estuve trabajando no logré reunir ni pocos soles para comprar lo
necesario, es por ello que sin dudar empaco mis chanchadas y me voy a Lima apenas
amanezca.
***
La sensación de un insecto en medio del bullicio. Había escuchado hablar de la capital
pero ni en mis más remotos sueños la habría imaginado así.
Aquí las personas no son como las de mi pueblo, todos tienen rasgos y acentos
diversos. —Por supuesto, la mayoría son turistas —menciona el señor que acaba de
venderme un pan.
Paso horas buscando un pequeño espacio que se ajuste a mi presupuesto, no exijo
mucho. Mis prioridades son un techo, cálida temperatura y menguante polvo en la
colcha.
Camino al frente de un local grasiento, la fachada se adorna con muchas cajas de…—
¿Para qué esas cajas de metal? —la pregunta sale de mi boca sin previo aviso.
—Son neveras, lavadoras y cocinas, hijo —escucho decir a un hombre moreno con
más agujeros que tela encima, parece amigable. Estoy tratando de comprender dos
asuntos: uno, qué es una nevera; dos, por qué el muchacho está tan sucio si no limpia
trigos.
Me ofrece asilo, no tengo otra opción así que acepto. En su overol desgastado cuelga
una placa que dice Cirilio, ese debe ser su nombre. Me habla de qué es el lugar, qué
hace, cómo funciona y menciona que es técnico de refrigeración o algo así, todavía
no capto toda la información.
Cirilio me explica cómo puede ganar dinero arreglando los aparatos, —yo puedo
ayudar —le mencioné inmediatamente cuando escuché la palabra “dinero”.
Entre tanto tecnicismo que usa en su vocablo, no importa si no entiendo aún; es la
primera vez en mi vida que sé que alguien, que no es mi familia, tiende la mano por
mí.
Luego de pasar varias horas intentando aprender el funcionamiento de los artefactos
futuristas, Cirilio me mira compasivamente mientras le narro todas mis travesías hasta
el día de hoy.
—Tienes talento —expresó Cirilio después de remendar lo que ahora será mi primera
nevera.
***
Hace un mes cumplí la mayoría de edad. Estoy contento porque ya son tres años
enviándole dinero a mi familia. Todavía no es suficiente para el objetivo que tengo:
comprarle una casa a mamá.
Reparar electrodomésticos me fascina, pero se ha complicado luego del ataque en
Lima hace unas semanas por parte de la banda Sendero Luminoso, fenómeno que
generó contadas muertes.
Es un grupo terrorista, marxista —no lo sé pero se dicen comunistas— que se ha
encargado de invadir todo el Perú para derrocar el gobierno a punta de sangre de
inocentes.
Entre los alborotos que presencio aquí en la capital, internamente me preocupa cómo
se encuentra mi familia, ellos me dicen que están bien, pero igual quisiera
acompañarlos.
La impaciencia aumenta cuando escucho a Cirilio leer el periódico —La brutalidad
violenta recae sobre los campesinos. Pomabamba y los pueblos vecinos son los más
afectados en los últimos días —termina de pronunciar.
El desespero se apodera de mí, empiezo a tomar pocas de mis pertenencias para
volver a mi pueblo y proteger a mi familia. Mi amigo técnico me detiene —No podrás
hacer mucho, si te vas para allá solo, no llegarás vivo.
Sé que no tiene la certeza de que mi mamá y hermanos permanezcan sanos, pero
tiene razón, no podré hacer mucho ya que solo soy un joven flacucho.
Termino de acomodar la ropa con impotencia; enseguida, gotas recorren mis mejillas
a causa de la frustración por no poder cuidar a mamá. Inundado en mis pensamientos
me doy cuenta que llega un desconocido al taller.
—Tengo la nevera dañada, supongo que aquí me pueden ayudar —menciona el
extraño sujeto.
Bajamos la nevera de la camioneta, y minuciosamente comienzo a revisarla. El señor
parece adinerado, de ciudad. También me pregunta por mi acento extraño—¿Eres de
la Sierra? —Si, si, de Pomabamba —le comento.
—Yo conozco muchos que se han ido de allá los últimos días a consecuencia de la
guerrilla, tienen acosados a los campesinos —expresa. Con los nervios desbordados,
le menciono que eso he escuchado, pues no he podido hablar pacientemente con mi
familia.
—Deben estar pasando piña, con la situación no van a llegar camiones con comida
ni nada. Lo mejor sería que los sacaras del pueblo —afirma.
El sujeto continúa hablando del Sendero y la mala economía de Perú mientras veo
que el ventilador de su nevera se encuentra averiado. Luego enfatiza que un joven
trabajador como yo, podría salir del país a buscar más oportunidades.
Menciona que el próximo fin de semana se van con él otros jóvenes a un país que se
llama Venezuela –no tengo idea– en el que asegura que hay muchas comodidades,
parece convincente.
—Solo necesitas mil dolaritos y yo te resuelvo todo, hasta les consigo chamba cuando
lleguemos. Allá vas a triplicar esa cantidad facilito —asegura.
Intento no prestarle atención a sus insinuaciones, entonces le comento sobre lo que
necesita la nevera para volver a su funcionamiento.
—Creo que es buena idea—me susurra Cirilio al oído. Prosigue murmurando sobre
lo difícil que andan las cosas en el país y sugiere que debo arriesgarme. Comienzo a
cuestionarme si realmente con la situación precaria en Lima podría algún día
comprarle la casa a mamá.
El sujeto extraño prosigue hablando maravillas de Venezuela, hasta que poco a poco
empiezo a imaginarlo. Desde pequeño trabajo muy duro y si realmente quiero mejorar
mi vida y la de mi familia, tengo que arriesgarme.
–¡Voy a Venezuela!— dije en voz alta con euforia.
***
Creí que después de mi extenso recorrido por la selva, nada podría ser más nefasto.
Luego de pasar días, ya no sé exactamente cuántos, recorriendo fronteras como
invicto me doy cuenta que no había vivido lo peor…
Llegamos a la frontera venezolana, nos tiran de carro en carro como si fuéramos
canastas. A escondidas nos adentramos en —Maracaibo —reitera el sujeto que nos
trajo.
Entramos en un edificio, dicen que se llama Hotel Carilago. Emocionado por mi
grandioso descanso, considero que por fin todo acabó.
Gloria hasta escuchar…—Bueno, muchachos, suerte —dice el hombre que nos
prometió techo, comida y trabajo.
Entre el cansancio que cargo, no logro entender muy bien. El sujeto se desaparece
del hotel y entra a la habitación una señora de servicio para decirnos que dejemos el
lugar porque debemos pagar la noche.
—No puede dejarme solo —pienso. Suplicio es lo que existe en mi cuerpo ahora; mis
pies contactan el suelo por los agujeros del zapato; la suciedad de la ropa aparenta
protegerme de las distintas temperaturas por las que hemos pasado.
Aun así, nada se compara con el dolor de mis recuerdos. Apartarme de mi familia y
no recordar cómo se siente un beso de mi mamá en la frente.
Espero que el sacrificio de quedarme solo, sin familia ni amigos, en medio de una
calle, de una ciudad, un país y un castellano –totalmente inexplorados– signifique que
mamá, Olinda y Rómulo se sentirán orgullosos de mí algún día.