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Clasificación de Trastornos Alimentarios

Los trastornos de la conducta alimentaria (TCA) son trastornos psíquicos que implican un comportamiento alterado hacia la ingesta de alimentos y una obsesión por el control del peso, afectando principalmente a mujeres jóvenes en sociedades occidentales. Estos trastornos son multifactoriales, influenciados por factores personales, familiares y sociales, y pueden resultar en graves problemas de salud física y mental. La detección y tratamiento temprano son cruciales para mejorar la recuperación, con estadísticas que indican que un 50% de los pacientes se recuperan completamente tras varios años.
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Clasificación de Trastornos Alimentarios

Los trastornos de la conducta alimentaria (TCA) son trastornos psíquicos que implican un comportamiento alterado hacia la ingesta de alimentos y una obsesión por el control del peso, afectando principalmente a mujeres jóvenes en sociedades occidentales. Estos trastornos son multifactoriales, influenciados por factores personales, familiares y sociales, y pueden resultar en graves problemas de salud física y mental. La detección y tratamiento temprano son cruciales para mejorar la recuperación, con estadísticas que indican que un 50% de los pacientes se recuperan completamente tras varios años.
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MÓDULO III

CLASIFICACIÓN DE LOS TRASTORNOS


DE LA CONDUCTA ALIMENTARIA

15
3.1. Introducción a los Trastornos de la Conducta Alimentaria (TCA)

Los TCA se definen como trastornos psíquicos caracterizados por un compor-


tamiento alterado frente a la ingesta alimentaria y una obsesión por controlar
el peso corporal, acompañado de acciones dirigidas a la pérdida de peso.
Estas conductas alteradas se deben a la insatisfacción que experimenta la per-
sona con su imagen corporal.

Habitualmente, quienes padecen algún trastorno de la conducta alimentaria,


presentan distorsiones en el pensamiento relacionadas con el peso y la salud
en general. A modo de ejemplo, pueden sentir que son menos aceptados o
queridos por el resto debido a su imagen física, pensar que realizar dietas res-
trictivas y mantener un bajo peso corporal es saludable o creer que la grasa
en los alimentos que ingieren es dañina, entre otros.

Así pues, podemos determinar que los TCA constituyen un problema emer-
gente, sobre todo en las sociedades occidentales. Y es que, estos cuadros han
alcanza- do relevancia en las últimas décadas. Tanto por su creciente inciden-
cia, como por la gravedad que entraña y la resistencia al tratamiento.

Actualmente, constituyen la tercera enfermedad crónica entre la población


femenina adolescente-juvenil en las sociedades desarrolladas y occidentales.
Además, son considerados por algunos investigadores como una epidemia,
debido al aumento de su prevalencia.

3.2. Principales características de los TCA

Los TCA se caracterizan por una serie de manifestaciones sintomáticas (con-


junto de signos y síntomas) que derivan de un elevado nivel de insatisfacción
corporal junto con la existencia de ideas distorsionadas referentes al comer,
peso e imagen corporal.

En lo que respecta al origen, son enfermedades multifactoriales. De esta for-


ma, inciden factores tanto personales, genéticos y metabólicos, como factores
ambientales, familiares, sociales y culturales. Entre aquellos relacionados con la
persona se destaca una baja autoestima, un alto nivel de autoexigencia, per-
feccionismo e inmadurez emocional, entre otros.

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En lo que refiere a la nocividad, no solo figuran trastornos orgánicos por la
ingesta o no ingesta de alimentos, sino también otros trastornos mentales. Un
claro ejemplo es la anorexia, una patología con alta incidencia que provoca
serias alteraciones emocionales, en conjunto con restricciones alimentarias se-
veras que generan diversos trastornos mentales y orgánicos.

Entre los factores familiares es probable que se encuentren conflictos por falta
de comunicación interna. Además, pueden existir antecedentes de autoexi-
gencia sobre el cuerpo, sobrepeso o un TCA, en alguno de los miembros di-
rectos de la familia.

3.2.1. Influencia de los modelos de belleza

Respecto a los factores sociales y culturales, se observa una gran influencia


por modelos sociales que favorecen el culto al cuerpo y la idealización de la
delgadez. Así como la influencia de la publicidad y la moda en contraposición
con el marketing alimentario y el sobrepeso. De esta forma, los modelos de
belleza son impuestos por la sociedad en la que la persona se encuentra.

Un ejemplo de lo anterior puede observarse en una tradición china llamada


pies de loto. Durante muchos años, se practicó esta técnica para reducir los
pies femeninos por motivos estéticos. Y es que, para dicha cultura, los pies pe-
queños en las mujeres suponían un atributo de belleza.

Técnica tradicional china para reducir los pies


femeninos por motivos estéticos

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Por otra parte, en la cultura tailandesa existe una etnia donde las mujeres son
reconocidas por llevar en su cuello anillos de metal (“las mujeres jirafa”). Aunque
se han tratado de buscar muchas explicaciones a esta costumbre, la razón por la
que portan tales collares radica en resaltar la belleza. De esta forma, cuanto más
largo el cuello, mayor es el atractivo hacia los hombres de la etnia. Además, este
accesorio es un signo de que la mujer proviene de una familia rica.

Siguiendo esta línea, en la cultura surma se realiza a las mujeres una incisión
denominada “plato labial”, únicamente con fines estéticos. Varias fuentes han
informado que el tamaño de la placa es una señal de la importancia social o
económica en algunas tribus, por ejemplo.

Cultura surma

Finalmente, en la era medieval, la belleza estaba asociada a la ostentación y el


sobrepeso. Como puede observarse, la historia está plagada de ejemplos muy
distintos sobre lo que se considera bello y su impacto en las costumbres. Por
esto es imprescindible cuestionarse, ¿cuáles son los modelos de belleza de la
época actual? En cuanto a la cultura occidental, la delgadez y el culto al cuerpo
representan un símbolo de belleza y poder.

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3.3. Datos estadísticos de los TCA

En lo que respecta a las estadísticas de afectados por género, 9 de cada 10


son mujeres. De modo que un 10 % de la población general que los padecen
son hombres. Por otro lado, estudios de seguimiento de la evolución de la en-
fermedad, una vez transcurridos entre 5 y 12 años desde su inicio, indican que
(Serra, 2015):

PACIENTES

Alrededor del 50% Completamente recuperados

Alrededor del 25% Mantienen síntomas como alteraciones menstruales,


oscilaciones excesivas de peso, etc.

Alrededor del 20% Siguen con el trastorno

Alrededor del 20% Suelen evolucionar hacia la bulimia nerviosa

Alrededor del 5% Mueren

Los datos expuestos se recopilaron de pacientes de todas las edades. Cuando


los TCA se detectan en la adolescencia, la evolución favorable aumenta alre-
dedor del 80%. Estos datos refuerzan posturas institucionales orientadas a la
detección y tratamiento temprano.

Con esto, también es necesario conocer con mayor exactitud la posible fre-
cuencia de los TCA en diferentes países. Y es que, la epidemiología en la
población general es imprescindible para la planificación y provisión de re-
cursos sanitarios. Así pues, la importancia en la precisión en los estudios epi-
demiológicos es necesaria para establecer programas preventivos eficaces.

Por otra parte, se requieren estudios epidemiológicos para planificar políticas


de prevención orientadas a las necesidades de poblaciones específicas. Estas
intervenciones, además de prevenir, buscan sensibilizar a la comunidad edu-
cativa del riesgo de los TCA. El objetivo tiene como prioridad realizar una de-
tección precoz y ofrecer herramientas pedagógicas útiles a los educadores.

19
3.4. Definición diagnóstica de los TCA

En lo que respecta la definición general de los TCA, nos basaremos en la otor-


gada por la quinta edición del Manual Diagnóstico y Estadístico de Trastornos
Mentales (en inglés, Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders, DSM-
5) (APA, 2014):

“Los trastornos de la conducta alimentaria y de la ingesta de alimentos se


caracterizan por una alteración persistente en la alimentación o en el com-
portamiento relacionado con la alimentación que lleva a una alteración en el
consumo o en la absorción de alimentos. Esta alteración causa un deterioro
significativo de la salud física y el funcionamiento psicosocial”.

En el presente manual se proporcionan los criterios diagnósticos para TCA


como la pica, el trastorno por rumiación, por evitación/restricción de la ingesta
de alimentos, la anorexia nerviosa, la bulimia nerviosa y el trastorno de atraco-
nes. Sin embargo, “trastornos” como la vigorexia o la ortorexia, entre otros, no
cuentan aún con el aval del manual. A continuación, revisaremos los criterios
diagnósticos de los principales TCA.

3.5. Criterios diagnósticos

Anorexia nerviosa
A. Restricción de la ingesta energética en relación con las necesidades que
conduce a un peso corporal significativamente bajo con relación a la edad,
el sexo, el curso del desarrollo y la salud física. Peso significativamente bajo
se define como un peso inferior al mínimo normal, o en niños y adolescentes,
inferior al mínimo esperado.

B. Miedo intenso a ganar peso o a engordar, o comportamiento persistente que


interfiere en el aumento de peso, incluso con un peso significativamente bajo.

C. Alteración en la forma en que uno percibe su propio peso o constitución,


influencia impropia del peso o la constitución corporal en la autoevaluación,
o falta persistente de reconocimiento de la gravedad del bajo peso corporal
bajo actual.

Bulimia nerviosa
A. Episodios recurrentes de atracones. Un episodio de atracón se caracteriza
por los dos hechos siguientes:
1) Ingestión en un período determinado (por ejemplo, dentro de un período
cualquiera de dos horas) de una cantidad de alimentos que es claramente su-
perior a la que la mayoría de las personas ingerirían en un periodo similar en
circunstancias parecidas.

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2) Sensación de falta de control sobre lo que se ingiere durante el episodio
(por ejemplo, sensación de que no se puede dejar de comer o controlar lo que
se ingiere o la cantidad de lo que se ingiere).

B. Comportamientos compensatorios inapropiados recurrentes para evitar el


aumento de peso, como el vómito autoprovocado, el uso incorrecto de laxan-
tes, diuréticos u otros medicamentos, el ayuno o el ejercicio excesivo.

C. Los atracones y los comportamientos compensatorios inapropiados se pro-


ducen, de promedio, al menos 1 vez a la semana durante 3 meses.

D. La autoevaluación se ve indebidamente influida por la constitución y el


peso corporal.

E. La alteración no se produce exclusivamente durante los episodios de anore-


xia nerviosa.

Trastorno de atracones
A. Episodio recurrente de atracones.

B. Los episodios de atracones se asocian a 3 (o más) de los hechos siguientes:


1) Comer mucho más rápidamente de lo normal.
2) Comer hasta sentirse desagradablemente lleno.
3) Comer grandes cantidades cuanto no se siente hambre físicamente.
4) Comer solo debido a la vergüenza que se siente por la cantidad que se ingiere.
5) Sentirse luego a disgusto con uno mismo, deprimido o muy avergonzado.

C. Malestar intenso respecto a los atracones.

D. Los atracones se producen de promedio al menos 1 vez a la semana durante


3 meses.

E. El atracón no se asocia a la presencia recurrente de un comportamiento re-


currente compensatorio inapropiado como en la bulimia nerviosa. Y no se pro-
duce exclusivamente en el curso de la bulimia nerviosa o la anorexia nerviosa.

El trastorno de atracones se define por primera vez en el DSM-5, como res-


puesta a aquellos pacientes que presentaban el criterio diagnóstico de atracón
para el trastorno de bulimia nerviosa, pero no realizaban conductas compensa-
torias. Ambos diagnósticos se diferencian por esta última característica.

21
3.5.1. Similitudes entre TCA y obesidad

El hecho de comer o no comer, lleva implícito consecuencias en el exceso, o


en la restricción, ocasionando enfermedades como la obesidad, la anorexia y
la bulimia nerviosa. Denominadas también patologías de la sociedad de abun-
dancia o del bienestar, que terminan siendo contradictorias y paradójicas.

Hoy en día, la anorexia y la bulimia se agrupan dentro de los problemas men-


tales debido a que se han considerado principalmente de origen psicológico.
Por otro lado, la obesidad ha sido clasificada como una enfermedad de tipo
metabólico. Sin embargo, esta última se ha asociado de forma global con el
resto de los TCA por sus orígenes y consecuencias sociales similares.

Si bien la obesidad no es considerada una enfermedad de origen mental, el


DSM-V la relaciona a los TCA, como el trastorno por atracón o la bulimia. Estas
asociaciones surgen de similitudes funcionales alojadas en el sistema de re-
compensa cerebral que, a su vez, también comparten con las adicciones.

3.6. Conducta alimentaria esperable

Cuando hablamos de trastornos alimentarios, hacemos hincapié en alteracio-


nes de la conducta alimentaria. Por tanto, para comprender qué es un trastor-
no alimentario, es necesario conocer qué no es un trastorno alimentario. O, di-
cho de otro modo, qué no es un patrón de alimentación “normal” o esperable.

La alimentación esperable o saludable es aquella que aporta a cada individuo


todos los alimentos necesarios para cubrir sus necesidades nutricionales en las
diferentes etapas de la vida (infancia, adolescencia, edad adulta y envejecimien-
to). De este modo, cada persona tiene unos requerimientos nutricionales en
función de su edad, sexo, talla, actividad física y estado de salud o enfermedad.

Una dieta saludable tiene que ser completa y aportar todos los nutrientes que
necesita el organismo: hidratos de carbono, grasas, proteínas, vitaminas, mine-
rales y agua. Además, ha de ser equilibrada, de manera que los nutrientes estén
repartidos guardando una proporción entre sí.

Asimismo, la alimentación debe ser suficiente, de modo que la cantidad de


alimentos ha de ser la adecuada para mantener el peso dentro de los rangos
esperables (IMC entre 18,5 y 24.9). En los niños, ha de estar orientada a lograr
un crecimiento y desarrollo proporcional. Por tanto, tiene que ser variada y
contener diferentes alimentos de cada uno de los grupos (lácteos, frutas, ver-
duras y hortalizas, cereales, legumbres, carnes y aves, pescados, etc.). A mayor
variedad, mayor seguridad de garantizar todos los nutrientes necesarios.

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3.7. Objetivos dietéticos globales: ¿Estamos comiendo lo suficiente?

Recomendado Consumo (gramos por día)

Frutos secos y semillas Leche


Recomendado: 25g Recomendado: 443g
Consumo: 3g Consumo: 71g

Cereales integrales Carne roja


Recomendado: 126g Recomendado: 22g
Consumo: 29g Consumo: 27g

Sal Carne procesada


Recomendado: 3,2g Recomendado: 2,1g
Consumo: 6g Consumo: 4g

Fuente: The Lancet

23
3.8. Las dietas menos saludables de América Latina
(Muertes vinculadas a la dieta por cada 100.000 habitantes)

País Fallecimientos
Haití 425.3
Honduras 271.1
República Dominicana 256.4
Bolivia 249.3
Venezuela 239
Paraguay 233.4
El Salvador 214.1
Argentina 203.1
Guatemala 193.6
México 192.6
Uruguay 186.9
Brasil 183.1
Cuba 171.8
Nicaragua 171.8
Ecuador 167.2
Chile 158.3
Costa Rica 153.2
Colombia 143.1
Panamá 142.8
Puerto Rico 125.7
Perú 106.9

Fuente: Estudio de la Carga Global de las Enfermedades (2015)

24
3.9. Rol de las emociones en los TCA

Dado que las emociones forman parte de nuestra vida, tienen un rol en
la elección, calidad y cantidad de alimentos ingeridos, lo que lleva al au-
mento o disminución del peso corporal. La relación entre las emocines y la
conducta alimentaria es bidireccional y depende del contexto. Así también,
depende de la gradualidad de la emoción en cuanto a su valencia, excita-
ción e intensidad, y la variabilidad fisiológica del sujeto.

Dentro del contexto de la obesidad, se ha descrito el concepto del “comer


emocional” como la acción de aquella persona que utiliza los alimentos
como mecanismo disfuncional para afrontar las emociones negativas
(como, por ejemplo, la ira, apatía o frustración, entre otras). Estas emocio-
nes negativas se encuentran más presentes en situaciones de alto estrés
percibido, lo que conlleva el aumento de la ingesta de alimentos llamados
“reconfortantes”, como lo son aquellos altos en azúcares y grasas.

3.9.1. Características del comer emocional

Así pues, la presencia del “comer emocional” se manifiesta mayormente en per-


sonas con obesidad, en comparación con aquellas con un estado nutricional
sano. A su vez, la prevalencia también aumenta en contextos de restricción ali-
mentaria. Las últimas investigaciones señalan que la forma en la que regulamos
nuestras emociones permitiría controlar la cantidad o calidad de los alimentos
que se ingieren, siendo una estrategia efectiva para el control alimentario.

Autores como Macht (2008), que diferencian entre comedores compulsivos y


emocionales, especifican que estos últimos incrementan la ingesta de dulces y
alimentos ricos en grasas a través de la emoción. Por otro lado, los comedores
compulsivos simplemente aumentan la ingesta sin distinguir entre los tipos de
alimentos seleccionados.

Ahora bien, no siempre se consumen alimentos como resultado de emociones


negativas. Esta situación también se produce en contextos de celebración, reu-
niones familiares y/o sociales, donde la comida es el medio para disfrutar de
emociones positivas. Al mismo tiempo, también existen emociones que no son
positivas o negativas en sí mismas, sino que dependen de la valoración personal,
como por ejemplo, el aburrimiento, que también se asocia al “comer emocional”.

25
3.10. Modelos de interacción entre emociones e ingesta

Macht (2008) plantea un modelo en el que, según distintos factores, la ingesta


se ve influida por las emociones de forma diferente. En el primero de sus pun-
tos señala que las características propias de los alimentos, pueden desenca-
denar una conducta de preferencia o rechazo. Por ejemplo, el sabor amargo
puede provocar rechazo debido a la alta sensibilidad de las papilas gustativas
a las sales inorgánicas de alto peso molecular que proporciona este sabor.

Un segundo factor de su modelo señala que, ante emociones intensas, se pro-


duce una disminución o supresión de la ingesta. Aspecto que no ocurre con
emociones moderadas. Un ejemplo de ello es la pérdida de hambre percibida
ante un evento de gravedad que produce un fuerte pico de estrés.

El tercer punto informa sobre las emociones moderadas en intensidad que


afectan a la ingesta según la motivación para comer. Podemos diferenciar
dos casos:
1) Cuando se restringe la alimentación y ocurre alguna circunstancia que re-
quiere atención. En dicho contexto, las personas son incapaces de mantener
el control cognitivo en la restricción por lo que esta desaparece y la ingesta
aumenta.
2) Lo constituye el “comer emocional” en sí mismo. Es decir, se come para ali-
viar una emoción, principalmente negativa, lo que lleva a incrementar el con-
sumo de grasas y azúcar. Por ejemplo, tras una discusión con un amigo y en un
estado de ánimo decaído, una persona acude al mercado a comprar choco-
late.

Y, por último, Macht describe una situación del “comer emocional” coherente
con las motivaciones personales, sin que sea percibido como algo negativo.
Por ejemplo, que se celebre un reencuentro con una cena especial. A esto se
lo denomina comer por beneficios exclusivamente sociales.

Ahora, ¿siempre que hablamos de ingesta emocional hacemos referencia a


aumentar la cantidad de comida? La respuesta es no. Las emociones pueden
impactar en la salud reduciendo el apetito y disminuyendo la ingesta. Del mis-
mo modo que el “comer emocional” no se produce siempre con alimentos
insanos, ya que puede ocurrir también con alimentos saludables. Lo que carac-
teriza el “comer emocional” no es tanto el alimento en sí, pues el motivo de la
ingesta tiene una causa (o busca una consecuencia) emocional no gestionada.

26
3.11. Adicciones y TCA

Algunas personas con TCA refieren síntomas similares a los que suelen atribuir-
se a aquellos con trastornos por consumo de sustancias, como el ansia y los
patrones de consumo compulsivo. Estas semejanzas permiten reflejar la impli-
cación de los mismos sistemas neuronales, como componentes principales en
la regulación del autocontrol y la recompensa.

3.11.1. Circuito de recompensa cerebral

Según Becoña e Iglesias (2010), la pérdida de control es el factor común y


principal de las conductas adictivas. Para el estudio de los TCA es necesario no
perder de vista tal aspecto, ya que está comprobado que dicho sistema está
involucrado.

Así pues, las personas con una conducta adictiva pierden el control sobre esta.
Además, la adicción produce dependencia, tolerancia, síndrome de absti-
nencia y una incidencia negativa muy importante. Según las investigaciones
científicas actuales, la adicción es un proceso unitario e independiente de la
sustancia o alimento objetivo. Es decir, los mecanismos neurológicos y psico-
lógicos implicados son los mismos, incluso cuando no existe ninguna droga
psicoactiva involucrada. Este es el caso de las denominadas adicciones socia-
les y comportamentales, como la adicción a la comida.

Es por esto último que, muchas veces, el trastorno por atracón o la bulimia son
considerados una adicción para muchos autores. Según otros estudios, cual-
quier actividad reforzadora puede ser contemplada como potencialmente
adictiva, siendo las actividades socialmente reprobadas por su “riesgo” las per-
cibidas como adicciones, más que como simples hábitos (de León y Pedre-
ro-Pérez, 2014).

Ahora, dado que el descontrol en el comportamiento alimentario no genera


un rechazo social, las alteraciones que puedan ser observadas en el vínculo
con los alimentos son más invisibles en comparación a las adicciones quími-
cas (por ejemplo, la cocaína o marihuana) y aceptadas. Un hecho que hace que
los TCA se propaguen socialmente.

27
3.12. Aportes de la neurociencia

Como mencionamos anteriormente, el circuito de recompensa involucrado en


los TCA, es el mismo implicado en trastornos relacionados a sustancias. Si bien
la evidencia marca similitudes innegables, no hay resultados concluyentes res-
pecto a los sustratos biológicos involucrados. Por este motivo, tendremos en
cuenta el aporte de las neurociencias en las adicciones, con el fin de compren-
der su funcionamiento.

En lo que refiere a la ubicación de dicho circuito, no tiene una localización


específica en el cerebro. Dado que sus características son exclusivamente fun-
cionales, no se ha reportado una ubicación precisa, ya que el mismo recorre
varias áreas del cerebro.

Pinel (2007) plantea que cualquier actividad que afecte el circuito de recom-
pensa del cerebro puede llevar a comportamientos compulsivos y autodes-
tructivos. Es decir, cuando las drogas llegan al sistema nervioso central (SNC),
todo el sistema que regula la conducta se ve afectado. Esto no ocurre única-
mente con las sustancias psicoactivas, ya que también aparece en los compor-
tamientos adictivos, por ejemplo, la ludopatía y otras acciones compulsivas,
como el comer vorazmente.

3.12.1. Circuitos neuronales y adicciones

La conducta impulsiva en las adicciones involucra a los circuitos neuronales


implicados en la toma de decisiones. Es por este motivo por el que las perso-
nas con TCA pueden presentar dificultades para mantener el control sobre su
comportamiento. Por tanto, el comportamiento impulsivo y la búsqueda de
sensaciones conviven en el contexto de la conducta adictiva, cualquiera que
sea la adicción. Sin duda, ambos poseen un valor fundamental para compren-
der la biología de las adicciones.

Otros autores como Hyatt (2012) y Ersche (2011), advierten sobre alteraciones
estructurales en el área frontoestriatal del cerebro y menor volumen de la ma-
teria gris en individuos con comportamientos impulsivos y adictivos. Cabe des-
tacar que el área frontal del cerebro es la que se encarga del uso de la razón y
el control de impulsos.

En lo que refiere a la neuroquímica, la hipótesis que tiene más consideración y


en la que se apoyan la mayoría de las investigaciones, plantea la existencia de
un déficit en la transmisión de serotonina como elemento común en distintos
trastornos del control y adicciones.

28
[Link]. ¿Qué es la serotonina?

La serotonina es un importante químico neurotransmisor del cuerpo humano.


Contribuye a la regulación del estado de ánimo y el comportamiento social,
entre algunas de sus funciones. Además, se considera que existe un vínculo
entre el déficit de este elemento y la depresión.

[Link]. ¿Qué es la dopamina?

En la mayoría de las adicciones, el cerebro pierde la capacidad de sentir placer


por las recompensas naturales. Esto se produce ante actividades cotidianas,
sim- ples y disfrutables. El cerebro adicto se habitúa rápidamente a las dosis
masivas de dopamina (neurotransmisor que se libera cuando se experimenta
placer), y esto reduce su producción natural, o bien, disminuye la cantidad de
receptores que captan la señal de este neurotransmisor (Volkow et al., 2003).

Tras un tiempo prolongado presentando el comportamiento compulsivo, el


placer disminuye considerablemente. Esto desencadena la repetición del com-
portamiento, en una búsqueda del refuerzo que puede derivar en un aumento
de la “dosis”, por la falta de control. Tal acontecimiento se observa en la bulimia
y el trastorno por atracón, en los que, tras un tiempo de presentarse atracones
con frecuencia, la intensidad de los sabores se ve disminuidas.

Cerebro normal Cerebro adicto

Control Control

Motivación
Motivación (conducta
(se controla) de riesgo)
Recompensa Recompensa
Memoria Memoria

Figura 1 - Cambios en los circuitos cerebrales


(Volkom, 2003)

29
3.12.2. Sistema serotoninérgico y dopaminérgico

Como hemos podido apreciar, la función serotoninérgica es la encargada de


regular el inicio e inhibición de la conducta. Su déficit se observa en la resisten-
cia del comportamiento, dificultando la extinción del mismo. Esto obstaculiza la
capacidad del sujeto para postergar la conducta problemática o interrumpirla
una vez que la misma se ha iniciado.

El sistema dopaminérgico, por su parte, regula mecanismos de mantenimiento


y reforzamiento de la conducta alterada, alojados en el núcleo accumbens y
el hipotálamo. Este sistema es el encargado de la adquisición y mantenimiento
del comportamiento impulsivo-adictivo, cuyo conjunto ha sido denominado
“síndrome del déficit de recompensa” (Verdejo y Bechara, 2009).

Ahora bien, debemos considerar que estos mecanismos afectan la saciedad en


el vínculo de la persona con la comida. Los pacientes presentan sentimientos
de culpa y descontrol, al no poder detener la conducta, pese a ser conscientes
del daño generado. De hecho, este circuito es responsable de que las perso-
nas con una adicción aprendan conductas repetitivas adictivas.

A continuación, se muestran imágenes del cerebro de una persona con una


adicción a drogas psicoactivas, obtenidas mediante resonancia magnética fun-
cional. Puede apreciarse claramente la reducción en los receptores de dopa-
mina producida por la adicción.

Alteración de los receptores de dopamina

Control

Adicto

Cocaína Metanfetamina Alcohol Heroína

Figura 2 - El cerebro del adicto (Manes, 2016)

Los autores del estudio muestran cómo disminuye el número de receptores en


la adicción (Manes, 2016). Ahora, es importante tener en cuenta que para estu-
diar las adicciones, sean del tipo que sean, se deben considerar una patología
y no una debilidad moral o ausencia de voluntad.

30
3.12.3. El circuito de recompensa

NUCLEUS ACCUMBENS

La mayoría de las drogas producen un aumento en


la estimulación de los receptores de dopamina me-
diados por el núcleo accumbens

Figura 3 - Circuito de recompensa (del Castillo y Díez, 2009, p.57).

[Link]. El rol del Núcleo Accumbens

La activación del núcleo accumbens (ver figura 3) se produce por la liberación


de dopamina a causa de la estimulación de la propia adicción, generando el
deseo de repetir la conducta adictiva (del Castillo y Díez, 2009; Verdejo y Be-
chara, 2009). Por tanto, lo que en un principio genera placer, posteriormente
se continúa para evitar el displacer o malestar.

Así mismo, es importante tener en cuenta que el fenómeno de las adicciones


trasciende la dependencia a las drogas, mezclando variables psicológicas, fa-
miliares, sociales y culturales. De esta forma, nos encontramos ante un fenóme-
no multicausal y complejo que no puede ser definido únicamente por el abuso
de drogas o de comportamientos repetitivos.

31
3.13. Comorbilidad

La definición de comorbilidad refiere a la ocurrencia conjunta de dos trastor-


nos mentales o condiciones médicas. Esta condición es aplicable a trastornos
o enfermedades, pero no a síntomas. El concepto de comorbilidad aparece
por primera vez en la década de los años 80 en un discurso de Klerman (1990),
médico psiquiatra reconocido como precursor en dicha área.

3.13.1. Comorbilidad en los TCA

En primer lugar, se observa una comorbilidad familiar para pacientes con diag-
nóstico de anorexia y bulimia. Lilenfeld (1998) define que:

Los familiares directos (primer grado) de personas con anorexia o bu-


limia, tienen un mayor riesgo de presentar trastornos alimentarios, de-
presión mayor y trastorno obsesivo compulsivo.

Mayor riesgo de adquirir trastornos de ansiedad en entornos familiares,


aunque el modo de transmisión familiar no está claramente definido.

El riesgo de abuso de sustancias es elevado entre familiares de pacien-


tes con bulimia nerviosa.

El riesgo de trastorno de personalidad obsesivo-compulsiva es elevado


entre familiares de pacientes con anorexia nerviosa y existen evidencias
de que ambos trastornos pueden compartir factores de riesgo familiar.

Como conclusión general de este trabajo, los autores argumentan que parece
existir una vulnerabilidad familiar para la anorexia y la bulimia. Así mismo, existe
poca probabilidad de que la depresión mayor, el trastorno obsesivo-compul-
sivo y el abuso de sustancias compartan una causa común con los trastornos
alimentarios. Sin embargo, los rasgos de personalidad obsesiva pueden cons-
tituir un factor de riesgo familiar para la anorexia.

3.13.2. Alteraciones de la conducta alimentaria y trastornos


de personalidad

En algunos casos se han estudiado, de forma principal, las alteraciones de


la conducta alimentaria y, de forma complementaria, los trastornos de per-
sonalidad presentes en ellos. En otros, por el contrario, se han analizado los
trastornos de personalidad y observado la comorbilidad existente con otros
trastornos mentales.

32
En general, se observa que la personalidad de las personas con anorexia ha
sido descrita como obsesiva, introvertida, socialmente insegura y dependien-
te. Por el contrario, las personas con bulimia tienden a ser más multiimpulsivas
con escasa capacidad de autocontrol.

Según Bulik y colaboradores (1995), el 63% de los pacientes con bulimia cuen-
tan con algún trastorno de personalidad, sobre todo el trastorno límite. Por
otro lado, aunque en menor medida, también se presentan correlaciones con
patologías del grupo C (evitador, obsesivo o dependiente) o del grupo A (pa-
ranoide, esquizoide o esquizotípico).

Por otro lado, la comorbilidad de la bulimia varía también según el sexo. Así,
en los hombres con bulimia suelen aparecer rasgos de perfeccionismo y sus-
ceptibilidad con mayor frecuencia (Herzog et al., 1987). En las mujeres, por el
contrario, predomina fundamentalmente una preocupación por el peso e in-
cluso una obsesión por la delgadez (Joiner, Katz y Heatherton, 2000).

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