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Socialización de Género y sus Impactos

El documento aborda la construcción social del género y su diferenciación del sexo biológico, enfatizando el proceso de socialización de género que asigna roles y expectativas a hombres y mujeres. Se discuten las consecuencias de esta socialización en la salud y comportamiento de ambos géneros, así como la evolución de las teorías feministas que han cuestionado la masculinidad y la opresión de las mujeres. Además, se menciona el surgimiento de perspectivas que desafían el binario de género y la necesidad de considerar las intersecciones de género con otras jerarquías sociales.
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Socialización de Género y sus Impactos

El documento aborda la construcción social del género y su diferenciación del sexo biológico, enfatizando el proceso de socialización de género que asigna roles y expectativas a hombres y mujeres. Se discuten las consecuencias de esta socialización en la salud y comportamiento de ambos géneros, así como la evolución de las teorías feministas que han cuestionado la masculinidad y la opresión de las mujeres. Además, se menciona el surgimiento de perspectivas que desafían el binario de género y la necesidad de considerar las intersecciones de género con otras jerarquías sociales.
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TEMA 27. SEXO Y GÉNERO. EL PROCESO DE SOCIALIZACIÓN DE GÉNERO.

LA EVOLUCIÓN DE LAS TEORÍAS FEMINISTAS Y EL NUEVO ROL


MASCULINO. IDENTIDADES DE GÉNERO.

1. SEXO Y GÉNERO. EL PROCESO DE SOCIALIZACIÓN DE GÉNERO.


Según la RAE, el concepto género hace referencia a una «construcción social, dividiendo
a los seres humanos de cada sexo, desde un punto de vista sociocultural y no
exclusivamente biológico». De esta manera, engloba «las diferencias psicológicas,
sociales y culturales que existen entre hombre y mujer» (Giddens, 2000: 153). Frente a
este concepto, la sexualidad, se define como el «conjunto de condiciones anatómicas y
fisiológicas que caracterizan a cada sexo». De esta forma, el género es un «constructo
social que convierte a hombres y mujeres en seres sociales frente a su concepción como
meras entidades biológicas» (Osborne, 1995: 45).
Sexo: El sexo de una persona se determina al nacer, en función de la apariencia de sus
genitales. Suele referirse a una condición biológica, y viene determinado por la anatomía
interna (cromosomas, hormonas, etcétera) y externa (genitales).
Identidad de género: La identidad de género hace alusión a la conciencia de una
persona, de sentir pertenencia al sexo masculino o femenino. Aunque socialmente viene
condicionada por determinados factores, es independiente del sexo con el que nazca.
Género: El género se construye socialmente. Hace referencia a los roles socialmente
asignados a niños y hombres o niñas y mujeres, en cuanto a comportamientos, atributos,
físico, etcétera. Influyen en las formas de interacción con los demás y en la
autopercepción de los individuos, fruto del aprendizaje social del género.
La socialización de género es un proceso de aprendizaje por el que se transmiten las
creencias, los valores y los comportamientos dominantes de una determinada sociedad,
se construyen las relaciones de género y se asignan los papeles diferenciales.
A partir de este aprendizaje se interioriza por parte de los hombres y mujeres la división
de tareas en función del sexo y se construyen los roles de género que son en realidad
los que facilitan en la práctica la discriminación.

Consecuencias de la socialización de género


En el caso de la feminidad, existe una sobrevaloración de la dimensión afectiva que
determina distintas responsabilidades, bien sobre el cuidado de las otras personas o
sobre la necesidad de mantener los distintos vínculos afectivos. Estas responsabilidades
implican que, los propios deseos de las mujeres o sus necesidades, se posterguen.
Asimismo, la socialización de las mujeres en torno a un mandato social del “cuerpo
perfecto” o a una exigencia de “atraer o seducir al otro sexo”, implica un sometimiento
constante a dietas y productos “mágicos adelgazantes”, con el consiguiente coste físico
y psíquico de un cuerpo siempre en discordia.
Los contenidos de la socialización de las mujeres se traducen en resultados en salud,
manifestándose bien en comportamientos y hábitos de salud preventivos.
En el caso de la masculinidad, una de sus peculiaridades es la represión de los afectos y
de la empatía, rasgos como la competitividad se siguen valorando en los niños y,
penalizando en las niñas.
El efecto de la socialización de los hombres sobre su salud podemos centrarla en la
sobrevaloracion de los aspectos relacionados con la fortaleza, el control y el dominio,
dando lugar a determinadas conductas de riesgo y dificultad para adoptar conductas
preventivas.
Puntos Clave
La socialización de género es el proceso mediante el cual se enseña a los individuos a
comportarse socialmente de acuerdo con su género asignado, el cual se asigna al nacer
en función de su sexo biológico.
Hoy en día se cree en gran medida que la mayoría de las diferencias de género se
atribuyen a diferencias en la socialización, más que a factores genéticos y biológicos.
Los estereotipos de género pueden ser el resultado de la socialización de género: se
espera que las niñas y los niños actúen de ciertas formas que se socializan desde el
nacimiento. Los niños y adultos que no se ajustan a los estereotipos de género suelen
ser condenados al ostracismo por sus compañeros por ser diferentes.
Si bien los individuos son típicamente socializados para que vean el género como un
binario masculino-femenino, hay individuos que desafían y complican esta noción. Estos
individuos creen que el género es fluido y no un binario rígido.
Términos Clave
Socialización de género: El proceso de educar e instruir a hombres y mujeres sobre las
normas, comportamientos, valores y creencias de pertenencia al grupo como hombres
o mujeres.
Género: El fenómeno sociocultural de la división de las personas en diversas categorías
como masculino y femenino, teniendo cada uno roles asociados, expectativas,
estereotipos, etc.
Sexo: Cualquiera de dos divisiones principales (hembra o macho) en las que se pueden
colocar muchos organismos, de acuerdo con la función reproductiva u órganos.
Los sociólogos y otros científicos sociales generalmente atribuyen muchas de las
diferencias de comportamiento entre géneros a la socialización. La socialización es el
proceso de transferencia de normas, valores, creencias y comportamientos a los
miembros del grupo. El periodo más intenso de socialización es durante la infancia,
cuando los adultos que son miembros de un determinado grupo cultural instruyen a los
niños pequeños sobre cómo comportarse para cumplir con las normas sociales. El
género se incluye en este proceso; a los individuos se les enseña a comportarse
socialmente de acuerdo con su género asignado, el cual se asigna al nacer en función de
su sexo biológico (por ejemplo, a los bebés varones se les da el género de “niño”,
mientras que a las niñas se les da el género de “niña”). La socialización de género es así
el proceso de educar e instruir a hombres y mujeres sobre las normas,
comportamientos, valores y creencias de la pertenencia al grupo.
Los preparativos para la socialización de género comienzan incluso antes del nacimiento
del niño. Una de las primeras preguntas que la gente hace a los padres expectantes es
el sexo del niño. Este es el inicio de un proceso de categorización social que continúa a
lo largo de la vida. Los preparativos para el parto suelen tener en cuenta el sexo del bebé
(por ejemplo, pintar la habitación de azul si el niño es un niño, rosa para una niña). Hoy
en día se cree en gran medida que la mayoría de las diferencias de género se atribuyen
a diferencias en la socialización, más que a factores genéticos y biológicos.
Los estereotipos de género pueden ser resultado de la socialización de género. Se espera
que las niñas y los niños actúen de ciertas maneras, y estas formas son socializadas
desde el nacimiento por muchos padres (y la sociedad). Por ejemplo, se espera que las
niñas estén limpias y silenciosas, mientras que los chicos son desordenados y ruidosos.
A medida que los niños envejecen, los estereotipos de género se hacen más evidentes
en los estilos de vestimenta y elección de actividades de ocio. Los niños y niñas que no
se ajustan a los estereotipos de género suelen ser excluidos por pares de la misma edad
por ser diferentes. Esto puede llevar a efectos negativos, como una baja autoestima.
En contextos occidentales, la socialización de género opera como un binario, o un
concepto que se compone exclusivamente de dos partes. En otras palabras, los
individuos son socializados para que conciben su género como masculino (masculino) o
femenino (femenino). Por tanto, las identidades se construyen normativamente a lo
largo de este único parámetro. Sin embargo, algunos individuos no sienten que caen en
el binario de género y optan por cuestionar o desafiar al binario hombre-masculino/
femenino-femenino. Por ejemplo, las personas que se identifican como transgénero
sienten que su identidad de género no coincide con su sexo biológico. Los individuos
que se identifican como genderqueer desafían las clasificaciones de masculino y
femenino, y pueden identificarse como en algún lugar que no sea masculino y femenino,
entre masculino y femenino, una combinación de género masculino y femenino, o un
tercer (o cuarto, o quinto, etc.) género en conjunto. Estas identidades demuestran la
fluidez del género, que con frecuencia se piensa que es biológica e inmutable. La fluidez
de género también muestra cómo las normas de género son aprendidas y aceptadas o
rechazadas por el individuo socializado.
2. LA EVOLUCIÓN DE LAS TEORÍAS FEMINISTAS Y EL NUEVO ROL
MASCULINO.
Las primeras teorías feministas y la masculinidad La misoginia expresada por teólogos,
filósofos, científicos y por los discursos populares a través del tiempo y en distintas
culturas generó serias objeciones de parte del feminismo desde sus inicios. Las primeras
teorías feministas fueron fundamentalmente defensivas y buscaron cuestionar la
apropiación masculina de la humanidad esencial. Para hacerlo mostraron a los hombres
como un género especifico definido de acuerdo con ciertos ideales culturales,
caracterizado por ciertas disposiciones sicológicas y modelado por ciertas instituciones
sociales al servicio de sus intereses. Sin embargo, pese a estos tempranos
cuestionamientos, los hombres continuaron pensándose y describiendo a la humanidad
a su imagen y semejanza, como lo señaló en 1948 Simone de Beauvoir en su libro «El
segundo sexo» En esta obra, de Beauvoir criticó la pretensión de los varones de
trascender sus experiencias inmediatas a través de la razón y el trato que acordaron a
las mujeres como encarnación de una alteridad misteriosa y complementaria. En la
década del sesenta, algunas representantes del feminismo liberal como la emblemática
Betty Friedan y las mujeres reunidas en la Organización Nacional para las mujeres en los
Estados Unidos lucharon para obtener cambios en las leyes y en los patrones de
socialización a fin de garantizar que hombres y mujeres fueran medidos con el mismo
patrón y que los bienes y las oportunidades sociales fueran distribuidos por igual entre
ellos (Gardiner, 2005). Estos objetivos no implicaban el cuestionamiento de las normas
de masculinidad que privilegiaban la razón abstracta y las leyes sobre los cuerpos y las
emociones que regulaban. Sin embargo, otras de las representantes de las corrientes
feministas liberales de esta década sí criticaron la pretendida racionalidad de la
masculinidad y buscaron incidir en la incorporación de una perspectiva de género en las
leyes, los medios de comunicación, el estado y las profesiones. En el período que va de
mediados de los setentas a mediados de los ochentas se desarrollaron otras corrientes
cuyo objetivo era la reevaluación de la feminidad. Para algunas de sus seguidoras, las
mujeres eran o bien moralmente superiores a los hombres o se expresaban con otra voz
como planteó Carol Gilligan en su trabajo «In a different voice; Psychological Theory and
Women’s developpment, editado en 1982. El trabajo de Gilligan fue muy importante
para cuestionar si podían considerarse como medida general de madurez o desarrollo
moral los criterios de racionalidad, autodeterminación y universalidad y si la escala de
desarrollo moral presentada de manera general para el ser humano no había sido
construida a partir del modelo masculino, establecido veladamente como canon (Heinz,
2004, p. 318-319). Para otras, que centraron su interés en la violencia masculina contra
las mujeres y en la alienación del cuerpo femenino por parte de los hombres, la
masculinidad fue caracterizada como algo intrínsecamente perjudicial para las mujeres
y los demás varones y fue injuriada sistemáticamente como algo abyecto. Estas
corrientes pretendían alcanzar la equidad de género aboliendo o transformado
radicalmente a los hombres y a la masculinidad. Una de las más conocidas exponentes
de este punto de vista feminista radical es la jurista Catharine MacKinnon. Para ella, la
opresión de las mujeres por parte de los hombres constituye la primera y la más
profunda de todas las opresiones, el modelo para el racismo y las injusticias sociales
(Gardiner, 2005). Igualmente, algunas prácticas sociales como la pornografía, la
violación y la prostitución institucionalizan «la sexualidad de la supremacía masculina,
que reúne la erotización de la violencia, la dominación y la sumisión con la construcción
social de lo masculino y lo femenino» (Gardiner, 2005, p.39). Algunas de las críticas que
se le han formulado a sus posiciones son la falta de discusión sobre el origen de este
sistema y su percepción de los hombres como seres intrínsecamente predispuestos a la
violación y a la realización de sus deseos heterosexuales con base en el poder que les
confiere su superioridad física. Para Mc Kinnon si bien lo masculino ha definido siempre
la humanidad, lo masculino es inhumano y la única posible solución radical para esta
terrible paradoja es la abolición tanto de la masculinidad como de la feminidad, es decir
la abolición del género. Las teóricas feministas no sólo se han interesado en las
relaciones entre la violencia sexual y la masculinidad sino también entre ésta y la
violencia étnica y nacional que se manifiesta en las situaciones de guerra o en las
torturas. Algunas de estas teóricas, como aquellas reunidas en torno al ecofeminismo
han descrito la guerra «como un culto militarizado de la masculinidad en el cual los
hombres conquistan la naturaleza y definen la seguridad nacional como la protección de
los privilegios masculinos» (Seager, 1999 citada por Gardiner, 2005, p.40). En contraste
con estas posiciones radicales, otras feministas como la socióloga Nancy Chodorow han
explorado los nexos entre masculinidad, nacionalismo y violencia atribuyendo la
violencia masculina a los ciclos de humillación y dominación vividos por los hombres
durante la primera infancia. En su libro «El ejercicio de la maternidad» escrito en 1978,
Chodorow sostiene que la agresividad masculina u otros atributos que tradicionalmente
se asocian a la masculinidad son el fruto de ciertas prácticas sociales como la crianza
infantil, asignada casi exclusivamente a las madres y de la cual han sido exceptuados los
padres. Desde su perspectiva, una crianza compartida podría producir estructuras de
personalidad más igualitarias en el futuro y aportar a todas las personas capacidades
positivas, limitadas hasta el momento a cada sexo de forma separada. Igualmente,
ambos sexos podrían ser más flexibles en la escogencia de sus objetos sexuales. Estos
planteamientos han sido muy criticados por no tomar suficientemente en cuenta que
las transformaciones de género buscadas requerirían importantes modificaciones en los
estilos de vida masculinos con el fin de permitir a los hombres compartir
equitativamente con las mujeres las responsabilidades del cuidado de los niños. En el
mismo sentido, se le ha reprochado subestimar el efecto de la dominación social, de las
diferencias culturales e históricas y de las diferencias entre los miembros de un mismo
sexo. Las interconexiones entre las diferencias de género y otras jerarquías sociales y
relaciones de poder Desde la mitad de los años ochenta el marco del debate se desplazó
de la diferencia de género a las diferencias entre mujeres. En este período se plantean
muchas de las críticas a los trabajos feministas más importantes publicados a mediados
de la década de los setenta. Las llamadas feministas de color y muchas feministas
influenciadas por las teorías marxista enfatizan las interconexiones entre las diferencias
de género y otras jerarquías sociales y relaciones de poder fundadas en la etnicidad, la
nacionalidad, la clase social, las identidades racializadas y las orientaciones sexuales. En
relación con la masculinidad y el lugar social de los varones es interesante señalar que
el llamado Black feminism ha buscado incesantemente comprender en forma
simultánea y equilibrada, las opresiones particulares vividas por las mujeres negras y las
vicisitudes experimentadas por los hombres de sus propias comunidades. Algunas de las
principales teóricas del black feminism, como Patricia Hill Collins, Patricia Williams,
Michelle Wallace, Angela Davis, bell hooks han examinado en forma crítica las
dificultades experimentadas por los hombres negros para alcanzar las metas que las
versiones hegemónicas de la masculinidad les han impuesto y han cuestionado estas
formas de masculinidad por sus características sexistas. Aunque una gran parte de ellas
se han proclamado como feministas o lesbianas o ambas cosas, no han admitido la
fragmentación ni el separatismo que, según ellas, cunde entre las feministas blancas.
Han expresado su solidaridad con los hombres negros progresistas que luchan por sus
derechos señalando que luchan junto a ellos contra el racismo, pero que a la vez luchan
contra ellos por el sexismo. En muchas oportunidades han unido sus voces a las suyas
para combatir el mito del hombre negro violador y denunciar los estereotipos existentes
sobre los hombres negros como naturalmente violentos contra las mujeres. Han
señalado los nexos existentes entre las características de género de la población
afroamericana, el racismo estadounidense y el legado de la esclavización. Michelle
Wallace por ejemplo comienza su libro Black Macho and the Myth of the Superwoman
(1990) con la afirmación de que los hombres afroamericanos han sido despojados de su
masculinidad por la supremacía blanca. Por esta razón, cuando los recogedores de
basura movilizados por Martin Luther King en los años setenta desfilan portando un
letrero que decía «yo soy un hombre» no están incurriendo en una afirmación
tautológica sino formulando el reclamo de su derecho a la dignidad humana. Según
Wallace, durante el período del movimiento del Black Power, muchos hombres
afroamericanos llegaron a creer que la masculinidad y la autoridad masculina sobre las
mujeres eran parte esencial de su liberación. Aunque muchas mujeres negras feministas
cuestionaron esta concepción y lucharon contra ella, no apoyaron los análisis ni las
estrategias separatistas y rechazaron todo tipo de determinismo biológico para explicar
la opresión de las mujeres, por considerar que dicha explicación constituía una base
peligrosa y reaccionaria para construir su política. En Talking Back. Thinking Feminist,
Thinking Black, bell hooks (1989), enfatiza la necesidad de luchar contra el dominio
sexista que los varones negros ejercen sobre las mujeres negras en la familia y fuera de
ella, y que en algunas ocasiones parece perder importancia en los escritos de las mujeres
negras. Ve la necesidad de que el movimiento negro redefina de un modo no sexista y
revolucionario los términos de su liberación. Apunta que si las mujeres negras son tan
refractarias a unirse al movimiento feminista es porque su experiencia ha sido moldeada
por el racismo y oculta la ira que las mujeres negras sienten hacia las blancas, ira cuyas
raíces son históricas. También porque la palabra feminismo les aparece como sinónima
de lesbianismo y temen la homofobia de la comunidad negra. Hooks, que se autodefine
como una mujer negra comprometida con el feminismo, plantea la importancia de
conseguir que las mujeres jóvenes negras que empiezan a explorar los temas feministas
puedan hacerlo sin miedo a un tratamiento hostil por parte de su propia comunidad. Un
proceso similar emergió con la crítica postcolonial elaborada al inicio de los años
ochenta por las feministas provenientes del Tercer Mundo. Estas feministas globales
coinciden con el feminismo negro en su perspectiva analítica de la masculinidad como
una construcción históricamente y culturalmente específica. Un ejemplo de estas
críticas es el que plantea Chandra Talpade Mohanty, teórica de origen hindú, cuando
cuestiona el universalismo etnocéntrico de los análisis feministas occidentales que
describen a las mujeres del Tercer Mundo como víctimas sempiternas de la violencia
masculina. Según Mohanty (1988) hay que interpretar la violencia masculina contra las
mujeres dentro de los parámetros de cada sociedad. Al considerar a las mujeres del
Tercer Mundo como oprimidas, convertimos a las mujeres del Primer Mundo en sujetos
de una historia en la cual las mujeres tercermundistas sólo tienen el estatus de objeto.
Esto implica una forma de colonización y de apropiación de la pluralidad de las mujeres
situadas en diferentes clases sociales y étnicas. Como señala Mohanty, el universalismo
etnocéntrico feminista tiende a juzgar las estructuras económicas, legales, familiares y
religiosas de los países no occidentales con base en parámetros occidentales que
definen estas estructuras como subdesarrolladas o «en vías de desarrollo», como si el
único desarrollo posible fuera el del Primer Mundo y como si todas las experiencias de
resistencia no fueran sino marginales. La implicación simultánea de muchas de estas
teóricas en las luchas feministas, antirracistas y antiimperialistas y su interés en las
complejas interrelaciones entre estas luchas, han tenido efectos políticos sobre el
contenido de sus reivindicaciones y sobre la composición misma del movimiento. Esto
explica que buena parte de ellas haya adoptado una posición de colaboración y de
alianza con sus colegas varones envueltos en este mismo tipo de movimientos sociales.

La subversión de las identidades de género En la última década aparece un nuevo debate


al interior del feminismo en torno a la noción de género y sus relaciones con el sexo y la
sexualidad, promovido por activistas y universitarios bajo el nombre de teoría queer1 .
Esta tendencia, inspirada en algunos desarrollos postmodernos y postestructuralistas
reprocha a los movimientos precedentes feministas, y a los movimientos lesbianos y
gays, haberse centrado en la cuestión de las identidades colectivas constituidas sin
cuestionar las categorías de oposición binaria hombres/ mujeres,
homosexuales/heterosexuales. El objetivo de esta corriente es superar el género
subvirtiendo las categorías de sexo y sexualidad y su interés por el género se funda en
él como «representación» casi teatral («performatividad») cuyo sentido puede ser
asignado por el individuo. Para Butler reconocida por muchos como una de las
principales teóricas queer, aunque ella misma se define a sí misma simplemente como
feminista, el género es «una estilizada repetición de actos. El efecto del género se
produce a través de la estilización del cuerpo y, de ahí, debe entenderse como la forma
rutinaria en que los gestos corporales, movimientos y estilos de diverso tipo constituyen
la ilusión de un ser perdurable con un género». (cfr. Butler, 1990, p.179) Así pues, si el
«yo» es el efecto de la repetición, la que produce la apariencia de coherencia, entonces
no existe un «yo» que preceda al género que dice representar; la reiteración produce
una cadena de «representaciones» que constituyen y refutan la coherencia de ese «yo».
Esta autora sostiene igualmente que el discurso sobre la identidad de género es
inherente a las ficciones reguladoras de la heterosexualidad y de las mujeres y los
hombres como realidades coherentes y en el último caso, antagónicas (Butler, 2000). Si
bien el trabajo de Butler continúa la labor estratégica del feminismo, de desnaturalizar
el género, su mayor contribución reside en demostrar que la heterosexualidad
institucionalizada crea el género. Como ella lo plantea, la utilidad social de la
bicategorización hombre y mujer para el matrimonio, la división del trabajo y la
estructuración del parentesco es lo que explica la necesidad de dividir las personas en
estas categorías (Butler, 1997). Desde su perspectiva teórica, la masculinidad y la
feminidad son posiciones vacías, que no se corresponden con los hombres y las mujeres.
Por eso mismo hay también masculinidades sin hombres, como demuestran muchas
subculturas lesbianas (drag-kings, butchs, camioneras, las garçonnes francesas de los
años 20, las lesbianas leather, etc.). Al respecto, la antropóloga Gayle Rubin (1992)
señala que si bien las categorías lesbianas de butch y de femme son creadas al interior
de una sociedad heterosexista, constituyen un sistema alternativo de género que puede
ser reaccionario o liberador para los individuos concernidos o para la sociedad como un
todo, pero que en ningún caso puede ser pensado como una simple imitación de la
división convencional de género entre masculinidad masculina y feminidad femenina
(Rubin, 1992, citada en Gardiner 2005, p. 46). Es importante señalar para terminar esta
sección algunas de las críticas que se han formulado a la teoría queer: en primer lugar,
se ha planteado que sus trabajos privilegian los aspectos simbólicos, discursivos y
paródicos en detrimento de la realidad material e histórica de las opresiones sufridas
por las mujeres. En este sentido, temas que han sido centrales en la reflexión feminista
como la división sexual del trabajo, las políticas estatales y la ciudadanía han sido
dejados de lado en sus reflexiones. En segundo lugar, se les atribuye una cierta
incomprensión del carácter social y arbitrario de los arreglos sociales y de sus efectos
concretos y materiales sobre los individuos, independientemente de sus acciones
individuales. En su libro La dominación masculina, Pierre Bourdieu (1990), cuestiona
cierto facilismo teórico subyacente en la invitación que hacen las teorías queer a «la
superación de los dualismos y las divisiones binarias» planteando que es «el orden de
los géneros el que funda la eficacia performativa de las palabras –y particularmente de
los insultos-, y es también él quien resiste a las redefiniciones falsamente revolucionarias
del voluntarismo subversivo». Judith Butler rechaza esa visión voluntarista del género
que se le atribuye en su libro Cuerpos que importan». En este trabajo, que continúa la
reflexión iniciada con El género en disputa sobre el heterosexismo como discurso
normativo que modela los cuerpos, esta autora aclara que el género es performativo
como efecto de un régimen que regula y jerarquiza las diferencias de género de forma
coer citiva. Y que las reglas sociales, tabúes, prohibiciones y amenazas punitivas actúan
a través de la repetición ritualizada de las normas (Butler, 2002). En cuanto a la relación
que ha tenido el feminismo postestructuralista y las teorías queer con el campo de los
estudios de masculinidad, podríamos decir que su mayor contribución ha sido introducir
en ellos las perspectivas teóricas que permiten abordar la flexibilidad y variabilidad de
las identidades de género y de los deseos y preferencias sexuales. Ahora bien, aunque
algunas de las teóricas de estas corrientes han criticado la focalización de los trabajos
realizados por sus colegas varones en las prácticas masculinas, podríamos decir que en
términos generales han acogido el trabajo de los académicos varones y han compartido
con ellos su crítica a la heteronormatividad que funda la dominación masculina.
Cuestionando un optimismo riesgoso A continuación, me gustaría tomar otro camino
para proseguir mi reflexión sobre los retos epistemológicos que plantean las mujeres y
el feminismo a los estudios sobre varones y masculinidad. Para hacerlo, me voy a inspirar
de las discusiones que ha suscitado en Francia el tema de los estudios de masculinidad.
De manera muy breve podría decir que desde finales de los años setenta han sido
publicados algunos trabajos relacionados con el tema, realizados casi siempre por
autores que buscaron comprender los efectos de los cuestionamientos feministas en la
identidad masculina. Una obra clásica en este sentido fue el trabajo académico y
militante escrito por Georges Falconnet y Nadine Lefaucheur, titulado La fabricación de
los machos fue publicado en 1975. Uno de sus principales méritos es el de haber dado
la palabra a algunos hombres que se cuestionaban sobre el contenido de una forma de
vida masculina (Welzer Lang, 2000). Durante la década del ochenta se multiplicaron los
números especiales de las revistas dedicados al tema de la masculinidad y a menudo de
las masculinidades, en plural. El tema de la relación de los hombres con la paternidad,
expresión privilegiada de una identidad «en crisis» y el de la sexualidad fueron el punto
de partida de muchos de los trabajos y de algunos grupos de hombres que surgieron en
este período, que al igual que los grupos feministas buscaron asignar un lugar
importante a la palabra y a la experiencia individual. Durante la década del 90 se
realizaron varios programas de investigación sobre las violencias masculinas y en ellos
jugó un papel muy importante el sociólogo Daniel Welzer-Lang.A él se le deben los
principales estados del arte sobre el tema y la mayoría de compilaciones académicas
sobre el tema. Sus trabajos sobre la construcción social de la masculinidad se han
apropiado de los cuestionamientos epistemológicos feministas de la especificación de
género únicamente para las mujeres y han postulado una cierta equivalencia heurística
entre el análisis de lo masculino y las investigaciones sobre las mujeres, equiparando las
especificidades femeninas a las especificidades masculinas (Welzer-Lang, 2000). Esta
equivalencia ha sido objeto de debate por parte de algunas corrientes feministas
francesas que han insistido en subrayar lo que la teoría feminista ha señalado a lo largo
de su existencia: que si los hombres constituyen una categoría social de sexo específica
es porque están colectivamente en posición de dominación en relación con las mujeres.
Para ellas, es fundamental conocer y reconocer que los hombres como grupo se han
beneficiado de la subordinación de la que han sido objeto las mujeres como grupo social,
pese a las grandes disparidades que existen en las ventajas atribuidas a ciertos hombres
o subgrupos de hombres en relación con otros hombres y con las mujeres. Igualmente,
es necesario recordar que las relaciones sociales de sexo jerarquizan y oponen dichas
categorías sociales de sexo. Las feministas francesas han sido muy críticas frente al
punto de vista adoptado en gran parte de los estudios sobre las masculinidades que
generalmente no da cuenta de las practicas y representaciones de los varones como
grupo social dominante que genera y reproduce una posición de dominación. Comparto
con ellas la idea de que los trabajos en este campo de estudio ganarían en profundidad
y alcance si se interrogaran no sólo sobre la construcción social de la masculinidad y la
virilidad sino también sobre el papel que desempeñan los varones en la reproducción
de la dominación masculina y en las resistencias al cambio. Si bien las resistencias
femeninas a la dominación masculina han sido objeto de recientes investigaciones que
buscan entender las relaciones entre las acciones individuales, las acciones colectivas,
las estructuras sociales y sus efectos en las transformaciones de las relaciones sociales
de sexo, por el contrario, las resistencias masculinas al cambio han sido poco
examinadas. Por esta razón voy a terminar esta ponencia haciendo referencia a una serie
de trabajos que ha documentado las luchas masculinas por mantener y consolidar su
dominación sobre las mujeres. Antes de hacerlo, es necesario precisar que parto del
supuesto de que las relaciones de género son relaciones de fuerza y que el estado
pasado, presente y futuro de dichas relaciones es el resultado de la acción y reacción de
las fuerzas presentes en estas relaciones. Desde esta perspectiva voy a cuestionar cierto
optimismo compartido en relación con los cambios que se han producido en los últimos
treinta años en las relaciones de género. El énfasis de muchos estudios sobre los
hombres y lo masculino en los cambios que están experimentando los varones al calor
de las transformaciones sociales de las mujeres puede ocultar el hecho de que la
equidad de género sigue estando ausente de las prácticas cotidianas. Si bien algunas de
las demandas de los movimientos feministas han sido adoptadas en los discursos
«oficiales» de algunos países es necesario señalar que el proceso de transformación de
las representaciones y prácticas de los varones no ha sido homogéneo ni desprovisto de
contradicciones. Es necesario seguir documentando a través de las investigaciones, las
desigualdades existentes en las relaciones de género a pesar de los cambios en las
representaciones masculinas, que algunas veces no constituyen sino adecuaciones a las
condiciones sociales contemporáneas. Hablar de resistencias masculinas al cambio
social nos permitirá referirnos a los diversos comportamientos cotidianos individuales y
colectivos que realizan los hombres con el fin de proteger sus privilegios y conservar los
beneficios que obtienen de su posición dominante en las relaciones de género. La puerta
giratoria era el término que designaba en algunos estudios escritos en la década del
sesenta, la hipótesis que sostenía que en la medida en que las mujeres salieran a trabajar
fuera del hogar, los varones, aliviados de las tensiones asociadas a su rol de proveedores
principales del hogar se involucrarían más en las tareas domésticas del hogar (Burín y
Meler, 1998). Sin embargo cuarenta años más tarde, los datos sobre la participación
masculina en las tareas domésticas, el cuidado de los niños y las personas mayores,
indican, en los países europeos que realizan estas mediciones, que esta suposición
pecaba de optimismo. La incorporación masiva de las mujeres al mercado de trabajo no
acarreó la tan deseada paridad en el trabajo doméstico y pese a los reclamos femeninos
de igualdad, los varones continúan aportando una escasa contribución al trabajo
doméstico, incluso en los hogares de los llamados países desarrollados (Sineau, 1999).
Cambios masculinos y resistencias masculinas al cambio Si bien en América Latina no
existen estadísticas sobre la participación masculina en el ámbito del hogar, algunas
investigaciones recientes han abordado el tema del reparto de las tareas domésticas y
el cuidado de los hijos pequeños entre hombres y mujeres, ya sea en forma implícita o
explícita. Sus resultados presentan unos hombres más implicados cotidianamente en los
quehaceres caseros y en la crianza de los hijos, aunque para muchos de ellos se trate de
una situación temporal y reversible (Nolasco, 1993, Valdés y Olavaria 1998, Pineda
2000). Numerosos autores (Gutmann, 2000; Henao 1997; Fuller, 1997 y 2000, Olavaria,
2000; De Keijzer, Viveros, 2000) han relacionado estas nuevas solicitudes (de diálogo
horizontal entre padres e hijos y de una mayor participación en la crianza de los hijos)
con las tensiones y transformaciones en el orden económico, social y cultural que
caracterizan el período actual en las sociedades latinoamericanas. En relación con el
caso colombiano, autores como de Suremain y Acevedo (1999), plantean, que
simultáneamente a las nuevas exigencias sociales y filiales sobre los padres se han
multiplicado los obstáculos objetivos que impiden el buen cumplimiento de las tareas
relativas a este papel. Estos impedimentos tienen que ver con las condiciones sociales
prevalecientes en los sectores populares colombianos, en particular el desempleo o la
precariedad del empleo y los desplazamientos generados por las distintas situaciones
de violencia. Es decir, existe una brecha bastante considerable entre el modelo ideal del
buen padre, cada vez más generalizado, y las posibilidades reales de ponerlo en práctica,
particularmente en los sectores populares. Este desfase tendría, según estos autores,
consecuencias negativas tanto sobre los varones mismos como sobre el grupo familiar
en su conjunto, aumentando los desencuentros entre géneros y generaciones. Otras
investigaciones como las realizadas recientemente por Puyana y Mosquera (2003) sobre
paternidad y maternidad en cinco ciudades colombianas, diferencian, a partir del
análisis detallado de las rutinas de padres y madres el tipo de participación de los
hombres en el trabajo doméstico, concluyendo que estos participan fundamentalmente
en la transmisión y adquisición del capital cultural de los hijos y un poco menos en el
cuidado físico y afectivo de las y los hijos. En conclusión, pese a que los distintos trabajos
subrayan la gran variabilidad en la participación de los varones en las tareas domésticas
y en el cuidado de los hijos según su inscripción socioeconómica, el monto de recursos
económicos y educativos de sus cónyuges, su pertenencia generacional, su momento de
vida y el sexo y la edad de sus hijos, todos coinciden en señalar los cambios que han
experimentado las representaciones y las prácticas de los varones latinoamericanos en
relación con el ámbito doméstico. Igualmente, aunque muchos de ellos reconocen la
escasa magnitud de estos cambios (Fuller, 1997; Gutmann, 1999; Viveros, 2001), la
mayoría intenta explicarla como resultado de las dificultades y obstáculos objetivos y
subjetivos que frenan una fuerte implicación masculina en las tareas cotidianas del
hogar y en el cuidado de los hijos. Sin embargo, otros estudios realizados en Brasil
muestran que pese a los avances constitucionales que equiparan el estatus jurídico de
los hijos nacidos dentro y fuera del matrimonio y de la existencia de leyes que alientan
el reconocimiento paterno, los padres continúan resistiendo a reconocer la paternidad
de los hijos tenidos fuera del matrimonio y las mujeres continúan teniendo a su cargo la
solicitud de la prueba de paternidad y de los exámenes de ADN, incluso cuando
conforman uniones estables no sancionadas por el matrimonio con dichos hombres.
Además, los padres que incumplen sus deberes se benefician algunas veces de la ayuda
objetiva de otros hombres que como los notarios han combatido las disposiciones
legislativas que buscan anular el costo de los exámenes tendientes a establecer la
filiación ya que estos se realizan en Brasil en sus oficinas.
Por otra parte, las estadísticas colombianas señalan la inoperancia de las leyes que
castigan la irresponsabilidad paterna. El Informe sobre los derechos Humanos de la
Niñez en Colombia muestra que en el año 2001 se reportaron 59.000 denuncias de
inasistencia alimentaria, delito que ocupa el segundo puesto entre los delitos que más
se presentan en el país. Dicho de otra manera, aunque la inasistencia alimentaria
constituye un delito sancionado por la ley, sigue siendo uno de los comportamientos
masculinos más frecuentes en el país. La situación es aún más dramática si se tiene en
cuenta que un gran porcentaje de los casos de inasistencia alimentaria no es reportado
por las mujeres, por causa de la dependencia económica o afectiva y la naturalización
social de la dominación masculina. Pero los hombres no siempre resisten al cambio en
forma individual. También lo pueden hacer a nivel colectivo como en el caso de los
grupos de presión masculinistas, o de algunos sindicatos o colectivos de trabajo, que
obstaculizan los avances sociales de los cuales podrían beneficiarse las mujeres. Igual
cosa sucede en el ámbito político. Ya sea en Francia en donde existe una ley de paridad
política o en Colombia, donde los partidos están obligados a acordar una tercera parte
de sus escaños a las mujeres, los candidatos masculinos desclasificados por las mujeres
de sus listas de candidaturas a las elecciones, optan por abandonar la lista y buscar
alternativas individuales para sus pretensiones electorales antes que aceptar estar
detrás de ellas en dichas listas. Y de igual forma, los partidos prefieren pagar una multa
antes que respetar dichas leyes. Un ejemplo de resistencias lideradas por grupos de
presión masculinistas es el que se manifestó después de la publicación de un informe de
investigación realizado por un equipo de Québec sobre los resultados escolares de
mujeres y hombres. Una vez publicado el informe, que mostraba un resultado ventajoso
para las mujeres, las autoras fueron objeto de ataques extremadamente virulentos de
parte de ciertos grupos masculinistas que calificaron el informe de panfleto feminista
que atacaba a los hombres. En un artículo que analiza más de seiscientos artículos sobre
el desempeño escolar comparado por sexo, publicados en diarios y revistas nacionales
de seis países (tres anglófonos -Reino Unido, Australia y Estados Unidosy tres
francófonos -Canadá; Francia y Bélgica), durante la década del 90, estas mismas autoras
demuestran la influencia que tiene en estas publicaciones el tipo de discurso producido
por los grupos de presión masculinistas. El análisis de contenido de los artículos revela
un discurso defensivo y victimizador de los niños que explicaría el menor desempeño
escolar de los niños en relación con las niñas como el efecto de la educación mixta.
Según ellos, debido a la creciente feminización del cuerpo profesoral, se le estaría
impidiendo a los niños la expresión de las características de su personalidad que les
confiere su sexo, en particular una cierta violencia que les sería natural y esto estaría
afectando su rendimiento escolar. Como lo muestran las autoras, este tipo de
argumentos sobre las dificultades escolares de los muchachos, de corte masculinista, no
puede analizarse separadamente de otros discursos reaccionarios a propósito de la
custodia parental, el suicidio masculino ni de la denuncia de la transformación de los
padres «en simples genitores y monederos mecánicos, despojados de sus derechos a la
paternidad y a la reproducción por jueces vaginocratas o por grupos femininazies». En
los países latinoamericanos este tipo de reacciones masculinistas se han expresado con
particular agudeza en relación con dos temas: la despenalización del aborto y la
concesión de derechos patrimoniales y otras garantías sociales a las parejas del mismo
sexo. A través de las argumentaciones que se enfrentan tanto a la despenalización del
aborto como a la concesión de derechos a las uniones del mismo sexo, se perfila un
mismo tipo de defensa reaccionaria de un orden de género «natural» que se percibe
amenazado por la emancipación de las mujeres y el cuestionamiento de la
heteronormatividad. Uno de los peligros de este tipo de discursos reside en su capacidad
de manipular la idea de equivalencia de los sexos a su favor como lo hace cuando ubica
sus posiciones contra la despenalización del aborto bajo la bandera de la defensa de los
derechos a la reproducción o sus posturas contra los derechos de los homosexuales
como una defensa de los derechos de la familia. Por esta razón, quienes toman las
decisiones políticas no pueden ser insensibles a sus actuaciones ni a las
representaciones de la simetría entre los sexos que ponen en circulación. Además,
algunas investigaciones han evidenciado que los grupos de presión masculinistas,
presentes en todos los países occidentalizados están organizados en redes y actúan en
forma concertadas. Es importante analizar estos fenómenos como una nueva forma de
dominación masculina que ya no se cimienta únicamente sobre el antiguo presupuesto
de la desigualdad entre los sexos ni sobre la perpetuación de un orden patriarcal
inmemorial incuestionable. Por el contrario, estos grupos se definen en reacción al
cuestionamiento de este orden por parte de las demandas de libertad e igualdad
enarboladas por el feminismo y el movimiento social gay y lésbico (Fabre y Bassin, 2003).
En este sentido, estos grupos constituyen un fenómeno de resaca que pretende frenar
los logros adquiridos por las mujeres -garantizados en algunos países por leyes, políticas
y programas sociales en distintos dominios. Son una expresión de la dominación
masculina reaccionaria al cambio y no de la dominación conservadora (ibid). Si bien la
dominación masculina tradicional presupone el poder masculino, la dominación
reaccionaria traduce por el contrario un sentimiento de pérdida de poder y una reacción
defensiva frente a esta experiencia de menoscabo. Esto no quiere decir que un tipo de
dominación esté reemplazando a la otra; por el contrario, ambas coexisten. Sin
embargo, la distinción de estas dos formas de dominación masculina con base en su
relación con el poder puede ser útil para puntear la diversidad de prácticas de
dominación que pueden ejercer los varones. Porque no es lo mismo oponerse al trabajo
femenino fuera del hogar porque se considera que el lugar propio de la mujer es el
hogar, es decir porque se desea preservar un orden tradicional de género, que oponerse
a las actividades profesionales femeninas u obstaculizar la incorporación de las mujeres
a ciertas tareas profesionales porque se perciben como amenazantes para el
desempeño laboral masculino o para la permanencia de los hombres en ciertas
posiciones de poder y prestigio. En el primer caso, el hombre está expresando su poder
de definir la legitimidad de la presencia femenina en el espacio laboral mientras en el
segundo caso está manifestando su temor frente al poder creciente de las mujeres en
el ámbito laboral. En resumen, esta distinción nos permite abordar y analizar la
dominación masculina como una realidad plural, en toda la diversidad de las lógicas
políticas que la orientan….
A manera de conclusión Las mujeres han ocupado el lugar pionero en la investigación
sobre los hombres y lo masculino desde una perspectiva antisexista. Incluso, en los
Estados Unidos, donde existe una extensa producción sobre el tema realizada por
hombres, ésta no se efectuó sino después de la acumulación de una abundante
elaboración académica feminista y de la consolidación de los Women’s Studies en
numerosas universidades norteamericanas. La literatura de las ciencias sociales en
algunos países europeos como Francia y en América Latina (Brasil, República
Dominicana, Perú, Chile, Colombia, México etc.) así lo demuestra también. Una de las
características comunes a estos trabajos realizados por mujeres en América Latina y en
Francia es la de haber buscado abordar el tema de los hombres y lo masculino desde
una perspectiva crítica de género, y no para intentar aliviar el malestar masculino con
unos roles sociales obsoletos. Por otra parte han mostrado que la masculinidad no es un
asunto exclusivamente masculino, sino por el contrario una cuestión relacional. La
socióloga francesa Anne-Marie Devereux (1988) ha señalado con gran pertinencia que
una de las condiciones para avanzar en el estudio de las relaciones de género era
considerar que los hombres estaban en posición dominante al interior de las relaciones
de sexo no sólo porque las mujeres ocupaban una posición inferior sino porque ellos
eran producidos socialmente para ocupar esta posición y luchaban para mantenerse en
ella. Las teorías feministas han tenido una importancia muy grande para el surgimiento
y desarrollo de los estudios sobre hombres y masculinidades. Aunque no siempre el foco
de atención de estas teorías han sido los hombres o las prácticas masculinas, sus
desarrollos teóricos en relación con el género han permitido repensar y redefinir la
masculinidad, visibilizar a los varones como actores dotados de género y propiciar el
surgimiento de nuevos movimientos sociales en torno a estas reflexiones. La relación
entre el feminismo, en sus distintas vertientes, y los estudios de lo masculino no ha sido
sencilla, como lo muestran los trabajos sobre hombres y masculinidad de lengua inglesa.
Si bien, según Kenneth Clatterbaugh (1997), existen perspectivas de estudio de lo
masculino que recogen los logros de la producción académica y del movimiento
feminista y comparten su visión sobre el cambio social también existen tendencias como
la de los Men’s Rights que se opone al feminismo planteando que este movimiento no
ha generado para los varones las mismas opciones que ha logrado para las mujeres. Por
otra parte, a nivel de la literatura de amplia difusión que se ha escrito sobre el tema se
ha privilegiado el examen de lo que fragiliza el poder masculino y se ha buscado ofrecer
paliativos para aliviar el sentimiento de impotencia existencial que experimentan
muchos hombres (cf. Cardelle, 1992; Kreimer 1992). Aunque este objetivo puede
contener algunos elementos constructivos, el interés en reforzar el poder masculino
encubre en algunas ocasiones una postura reaccionaria antifeminista (Parker, 1997).
Además, las soluciones que plantean este tipo de análisis y propuestas son
individualistas, descontextualizan las masculinidades de la experiencia real en las
relaciones mujer-varón (Kimmel, 1992). En el campo académico norteamericano,
algunos autores han discutido en torno a la pertinencia de la inclusión del punto de vista
femenino en los estudios sobre masculinidad. Jeff Hearn (2000) ha planteado que no es
deseable dejar los estudios sobre masculinidad exclusivamente a los hombres porque
esto sería una forma de perpetuación de la dominación masculina en el campo
académico, y que por el contrario, la multiplicidad de puntos de vista no puede sino
mejorar la calidad del conocimiento sobre fenómenos complejos como el de las
identidades de género. Por su parte, Matthew Gutmann (1997) ha señalado la
pertinencia de incluir descripciones y análisis de las mujeres como parte del estudio
sobre los hombres y la masculinidad. Siguiendo a este autor (1999) considero que la
inclusión del punto de vista de las mujeres en los estudios sobre masculinidad es
necesaria teniendo en cuenta que la masculinidad se construye en relación con las
identidades y prácticas femeninas. Muchos de los trabajos sobre masculinidad han
hecho énfasis en el aislamiento de los mundos de los varones y las mujeres, ignorando
la importancia de las interacciones cotidianas entre unos y otras y el efecto de estas
interacciones sobre las identidades masculinas. Resulta más acorde con la realidad
abordar la masculinidad desde una perspectiva que dé cuenta de las múltiples
interacciones de los varones con distintos tipos de mujeres y diferentes tipos de
hombres. En resumen, lo importante no es que los estudios de masculinidad sean
realizados por varones o por mujeres sino su capacidad de analizar las prácticas y
representaciones de los varones desde sus especificidades de género, como parte de
unas relaciones sociales que los colocan mayoritariamente en una posición de
dominación. De esta manera los estudios sobre hombres y masculinidades contribuirán
al fortalecimiento del campo de los estudios de género y al desarrollo de su capacidad
explicativa de la complejidad que caracteriza las relaciones de género en el mundo
contemporáneo.

3. IDENTIDADES DE GÉNERO.
La identidad de género —del inglés gender identity—1 alude a la percepción personal
que un individuo tiene sobre sí mismo en cuanto a su género, que podría o no coincidir
con sus características anatómicas sexuales.23 La identidad de género puede coincidir
con el sexo asignado a una persona o puede diferir de dicha clasificación.4 Según
la Asociación Estadounidense de Psicología, puede definirse como la concepción interna
que tiene una persona de sí misma como hombre, mujer, una mezcla de ambos, u otro.5
Este puede considerarse como el sexo psicológico o psíquico6 que a menudo se basa en
las percepciones y experiencias personales de un individuo sobre su
propia masculinidad o feminidad,7 constituyéndose en uno de los tres elementos de
la identidad sexual junto a la orientación sexual y el rol de género,89 relacionándose
«con el esquema ideoafectivo de pertenencia a un sexo»,10 por lo que sería la expresión
individual del género.11
Todas las sociedades tienen un conjunto de categorías de género que pueden servir
como base de la formación de la identidad social de un individuo en relación con otros
miembros.12 En la mayoría de ellas, existe una división básica entre los atributos de
género asignados a hombres y mujeres,13 un binarismo de género al que la mayoría de
las personas se adhieren y se acoplaría a los ideales de la masculinidad y la feminidad en
todos los aspectos del sexo y género: el sexo biológico, la identidad de género y la
expresión de género.14 Algunas sociedades tienen un tercer sexo también. Sin embargo,
también hay algunas personas que no se identifican con algunos (o todos) los aspectos
de género que están asignados a su sexo biológico, y se denominan transgénero o
de género no binario, cubriendo una amplia gama de identidades de género que vienen
dadas desde la subjetividad.15
La identidad de género suele formarse a los tres años.1617 Después de los tres años, es
extremadamente difícil cambiar la identidad de género.17
Etimología
El término surgió en Estados Unidos a mediados del siglo xx en los ambientes médicos y
psiquiátricos. En 1955, y en el marco del trabajo con hermafroditas, el psicólogo John
Money habla de gender roles en un intento de descubrir por qué el sexo cromosómico
no corresponde, en algunas personas, al sexo anatómico.18 Para el profesional y sus
colaboradores, la identidad de género es definida como «todas aquellas cosas que una
persona dice o hace para revelarse a sí mismo que tiene la condición de niño u hombre,
niña o mujer, respectivamente. Incluye, pero no se limita a, la sexualidad en el sentido
de erotismo».19
Robert Stoller, psicoanalista y psiquiatra, adopta el término gender de la obra de Money
y propone una diferenciación entre sexo (sex) y género (gender), siendo el primero
biológico y el segundo psicológico y social.202122 Años más tarde, el término gender
identity es introducido en el léxico profesional por este autor al estudiar a los
transexuales, que no se reconocen en su identidad sexual de nacimiento, sumándose a
dicha tendencia Evelyn Hooker en 1960 (aunque Money atribuye a Hooker como la
pionera).232122 Seis años más tarde, el término aparece en la prensa y se difunde
mundialmente al lenguaje común, así como a otros idiomas.2425
Orígenes
La identidad de género está estrechamente vinculada a los roles de género,
comportamientos y actitudes que una sociedad determinada considera aceptables y
apropiados para los individuos en función de su sexo.589 La observación de otras
personas de diferentes identidades de género o sexuales, como los padres, las madres
y los familiares, sirve de modelo para desarrollar una autoidentificación 26
[fuente cuestionable] y, con ello adscribirse a uno u otro género, lo cual puede verse influido

por factores biológicos y genéticos. Los niños y las niñas en sus primeros años aprenden
rápidamente a asociar determinados colores, juguetes, programas de televisión,
objetos, actividades, espacios y vestimentas con identidades psicosociales. Sin embargo,
existen estructuras cerebrales que influyen en la diferenciación sexual entre varones y
mujeres. El hipotálamo, que influye en la temperatura corporal, en la presión arterial,
en las sensaciones de hambre y de sueño, también tiene un papel decisivo en
el comportamiento sexual. De hecho, estadísticamente los hombres tienden a presentar
un mayor desarrollo del núcleo preóptico medial.27
Al considerar el género, ligado al deseo, como más determinante que el determinismo
genético del sexo genético, ligado a la anatomía, reactivó las controversias en la
comunidad científica acerca de lo innato o adquirido. En la década de 1950 este tema
era de fundamental importancia para los que bregaban por despatologizar
la homosexualidad.28
Relación con la identidad sexual
La identidad de género y la identidad sexual convergen en la construcción que hace el
sujeto de sí, sin embargo, la primera es más general e incluye aspectos no estrictamente
biológicos, en tanto que la segunda se relaciona principalmente con el reconocimiento
que los sujetos hacen respecto a sus órganos sexuales. La identidad de género por tanto
añade una dimensión psicológica de identificación que puede ser independiente de
los caracteres fenotípicos que todos los seres humanos poseen en función de
condicionantes biológicos; estos pueden ser independientes del ámbito psicosocial, a
pesar de que en la mayor parte de las personas existe una correlación entre ambos.
Cuando se hace referencia a la expresión de género se alude a la exteriorización de la
identidad de género de una persona (Ferreyra, Marcelo, IGLHRC).
El sexo genotípico está determinado por dos cromosomas sexuales, X e Y. Cromosomas
XX es para mujer y cromosomas XY es un varón. El sexo fenotípico está determinado por
el desarrollo de los genitales internos y externos. El genotipo XX conduce a una persona
con ovarios, oviductos, útero, cuello uterino, clítoris, labios genitales y vagina,
una hembra humana. El genotipo XY lleva a una persona con testículos, vesículas
seminales, pene y escroto a ser un macho humano. Pero la identidad autodesignada a
veces no coincide con el sexo asignado al nacer.29
Bases socioculturales
Sus articuladores son los «cánones vigentes de masculinidad y feminidad»,30 y «se
relaciona con el esquema ideoafectivo de pertenencia a un sexo»,31 y se trata, por
consiguiente, de la expresión individual del género.32
Toda sociedad tiene un conjunto de esquemas de género, una serie de «normas,
prescripciones sociales o estereotipos culturales relacionados con el género» 33 que
sirven de base para la formación de una identidad social en relación con otros miembros
de esa sociedad y que, en consecuencia, dan origen a la identidad de género. 33
La identidad de género es parte de una serie de círculos de pertenencia, como lo
menciona Gilberto Giménez (1996), a los que el sujeto se adscribe a partir del
reconocimiento que hace de sí y de los otros, durante las interacciones que se suscitan
en espacios y momentos específicos.[cita requerida]
Bases biológicas
El principal mecanismo responsable de la identidad de género y orientación sexual
implica un efecto directo de la testosterona en el cerebro humano en desarrollo, como
se muestra en los diferentes trastornos del tipo intersexual.34
El síndrome de insensibilidad completa a los andrógenos es causado por diferentes
mutaciones en el gen para el receptor de andrógenos (AR). Los afectados son varones
XY que se desarrollan como mujeres y tienen una apariencia fenotípica de mujer y
fantasías "heterosexuales", sin los problemas de incoherencia de género.22
Cuando un feto varón tiene una deficiencia de 5 alfa-reductasa-2 o 17 β hidroxi-
esteroides deshidrogenasa-3, ocurre que la testosterona periférica se transforma en
dihidrotestosterona. Esta deficiencia parece ser una anomalía genética, con una
distribución geográfica muy irregular.35 Al nacer, se presenta como una niña con un
clítoris grande. Estos niños XY son generalmente criados como niñas. Sin embargo,
cuando aumenta la producción de testosterona durante la pubertad, el 'clítoris' crece al
tamaño de un pene, los testículos descienden, y los niños comienzan a masculinizarse y
se hacen más musculosos.22 Una observación que hizo la investigadora Julianne
Imperato-McGinley —quien lo descubrió entre los niños en la república Dominicana,
donde la anomalía es más frecuente que la media— fue que todos estos chicos, a pesar
de ser educados como chicas, mostraron casi todos preferencias heterosexuales.21
Identidades de género
Bandera del orgullo trans: Las franjas superior e inferior son azules claro, el color
tradicional de los bebés niños. Las franjas anexas a estas son rosas, el color tradicional
de las bebés niñas. La franja central es blanca, en representación de quienes están
transicionando o se consideran a sí mismos de género neutral o indefinido.
Bandera de la identidad no binaria.
Mientras la heterosexualidad, la homosexualidad, la bisexualidad y el resto de variantes
sexuales hacen referencia a la orientación sexual, entendida como la capacidad de sentir
atracción sexual, emocional y afectiva por personas de un género distinto al propio y/o
de un mismo género,3637 los términos transgénero y transexualidad definen a aquellas
personas que se autoidentifican con una identidad de género que no se ajusta al sexo
biológico con el que estas fueron asignadas al nacer. Según esto, se considera que una
persona es cisgénero si su identidad de género coincide con su sexo biológico, mientras
que una persona será transgénero si su identidad de género difiere del sexo biológico
con el que fue asignada al nacer.
Una persona transgénero se reconoce como transexual o trans desde el momento en el
que modifica su cuerpo o tiene el deseo de hacerlo hacia el fenotipo sexual opuesto a
aquel que le fue asignado al nacer, bien sea mediante métodos hormonales, quirúrgicos
o ambos.38 Se denomina como hombre trans a aquella persona que, pese a haber sigo
asignada al sexo femenino al nacer, según las características físicas propias de su sexo
biológico, sitúa su identidad dentro del género masculino.39 Por contra, se denomina
como mujer trans a la que, pese a haber sido asignada al sexo masculino al nacer, según
las características físicas propias de su sexo biológico, sitúa su identidad dentro
del género femenino.
Dentro del colectivo trans suelen incluirse los llamados géneros no binarios40
o cuirgénero (genderqueer), personas con una identidad que no se ajusta al binarismo
de género, ya que su identidad no se percibe totalmente masculina o femenina.4142 Sin
embargo, existen personas no binarias que no se identifican dentro del colectivo trans
porque este sí se articula dentro del binarismo de género.434445 Esto ha hecho que en los
últimos años se añadan las acepciones queer (Q) y plus (+) al colectivo LGBTQ+,
abarcando así a aquellas identidades de género no binarias.
 Tercer género: concepto antropológico y sociológico que se usa para clasificar a
aquellos géneros totalmente alejados de los conceptos de hombre o mujer que
son reconocidos como válidos en ciertas culturas no occidentales. El término
designa a personas transgénero y/o intersexuales que se autoperciben con una
identidad de género opuesta a su sexo biológico, pero que al no ser masculina ni
femenina, es entendida como un tercer género, en un sentido sagrado. 46 Casos
concretos son las vírgenes juramentadas en los Balcanes, berdache y winkte en
América del Norte, muxe en México, hijra en la India, kathoey en
Tailandia, apwint en Birmania, akava'ine en Islas Cook, fa'afafine en
Samoa, mahu en Hawái o khanith en la cultura árabe.
 Maverique: género disidente o inconformista, concebido como la alternativa
occidental al tercer género, pues incluye a todas las personas occidentales que,
pese a autoidentificarse con un género concreto, lo hacen con uno que no tiene
ninguna relación con lo masculino, lo femenino u otro grado intermedio. Los
maverique son de un tercer género ajeno al binarismo.47
 Bigénero: personas que se autoidentifican simultáneamente con dos géneros
distintos, los cuales pueden ser el género masculino, el género femenino u otros
géneros no binarios.48
 Trigénero: personas que se autoidentifican simultáneamente con tres géneros
distintos, los cuales pueden ser el género masculino, el género femenino u otros
géneros no binarios.49
 Pangénero: personas que se autoidentifican simultáneamente con más de tres
géneros distintos o, en casos más amplios, con todos aquellos que existen en su
propio ámbito cultural.50
 Género fluido: personas que transicionan entre dos o más géneros de forma
permanente o esporádica, pudiendo ser bigénero, trigénero o pangénero según
sea el número de géneros que estén implicados en dicha fluctuación. Estas
pueden fluir de lo masculino a lo no binario, de lo femenino a lo no binario, sólo
entre géneros no binarios o entre todos los géneros.51
 Agénero: personas que presentan una ausencia total o parcial de género, bien
sea de forma permanente o esporádica.52 No hay que confundir a los agénero
con las personas asexuales.
Patologización relacionada con las identidades trans[editar]
La identidad transexual o transgénero por si sola no es considerada un trastorno mental.
Sin embargo, cuando un individuo siente un extremo e intenso malestar o depresión por
sus desesperados deseos de ser alguien del sexo o género opuesto, y todo ello afecta
negativa y significativamente sus actividades cotidianas, cae en un trastorno mental
llamado disforia de género. No todas las personas transgénero o transexuales
experimentan dicha situación, por tanto la disforia de género no puede confundirse con
el simple hecho de que una persona sea transexual o transgénero, según la Asociación
Estadounidense de Psicología. De hecho, según el DSM-5, autor del trastorno de disforia
de género, el tratamiento de dicho trastorno no es disuadir al individuo de su identidad
trans, sino ayudarlo a adecuarlo a ella.22535455
Identidad, ética y derecho
Identidad de género en la ética
En cuestión de la ética se puede considerar que la identidad de género esta
mencionando en el principio ético de igualdad el cual56 es un principio ético básico y un
ideal normativo, un mensaje prescrito dirigido a las normas, y, por tanto, a sus
creadores, relativo a cómo deben ser tratados los seres humanos.57

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