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EL CAMINO DE LA VERDADERA FELICIDAD-Por-Un-Cartujo

La colección 'Sabiduría de los Cartujos' ofrece reflexiones de monjes cartujos sobre la búsqueda de la felicidad y el sentido de la vida a través de la oración y la experiencia espiritual. El autor, un maestro de novicios anónimo, comparte enseñanzas centradas en la pureza del corazón y la acción del Espíritu Santo, enfatizando la importancia de la vigilancia y el discernimiento en la vida monástica. Este enfoque es relevante para cualquier persona que busque un camino hacia la verdadera felicidad y conexión con Dios.

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EL CAMINO DE LA VERDADERA FELICIDAD-Por-Un-Cartujo

La colección 'Sabiduría de los Cartujos' ofrece reflexiones de monjes cartujos sobre la búsqueda de la felicidad y el sentido de la vida a través de la oración y la experiencia espiritual. El autor, un maestro de novicios anónimo, comparte enseñanzas centradas en la pureza del corazón y la acción del Espíritu Santo, enfatizando la importancia de la vigilancia y el discernimiento en la vida monástica. Este enfoque es relevante para cualquier persona que busque un camino hacia la verdadera felicidad y conexión con Dios.

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por un

Cartujo
COLECCIÓN “SABIDURÍA DE
EOS CARTUJOS'

Monte Carmelo
Dirigida por THÍERRY PAILLARD

La colección "Sabiduría de los


Cartujos" pone a disposición del gran
público palabras salidas del silencio i,
de la oración y de la experiencia
personal de los monjes cartujos.

El hombre que busca el sentido a su


vida, el que busca a Dios encontrará
aquí el alimento para continuar su
camino.
MONTE CARMELO
Título original:
Le chemin du vrai bonheur
Ed. Presses de la Renaissance,
Paris.

Traducción:
Mario Ball

1a Edición: Noviembre 2005


1a Reimpresión: Diciembre
2007

© 2005 by Editorial Monte Carmelo


P. Silverio, 2; Apdo. 19 - 09080 -
Burgos Tfno.: 947 25 60 61; Fax:
947 25 60 62
http://www.montecarmelo.com
[email protected]
Impreso en España. Printed in Spain
I.S.B.N.: 978 -84-7239 -962-4
Depósito Legal: BU-386-2007
Impresión y Encuadernación:
"Monte Carmelo" - Burgos
¿/I todos aquellos y aquellas que tienen
sedL
Prólogo

EL DESEO DE SER FELIZ PARECE


ESTAR GRABADO EN LO MÁS
PROFUNDO DE NUESTRO CORAZÓN.
Todos aspiramos a la felicidad, no a una
felicidad efímera o lejana, sino a una
felicidad duradera, aquí y ahora. La
paradoja consiste en que tendemos a
buscáría donde no se puede encontrar.
Nos extraviamos y nos metemos en
callejones sin salida. ¿Cómo puedo
encontrar la paz si mi vida no tiene
sentido? ¿Cuál es el camino para llegar
a la verdadera felicidad? ¿Existe acaso?
¿Es posible? ¿Dónde hallar un maestro
que me ayude a crecer en la verdad, la
belleza y la bondad, sin quitarme la
libertad y responsabilidad de mi vida?
Como dice el salmista: "Muchos son los
que me dicen: ¿quién me mostrará la
dicha?" (Sal 4,7).
El azar -o la Providencia- me ha
hecho encontrar por fin a ese maestro
en lo escondido de un monasterio. Se
trata de un maestro de novicios, que
desde hace treinta años inicia a los
jóvenes cartujos en la vida de oración,
en la vida espiritual, en una vida
unificada, en una vida entregada.
El autor no escribe para que se
publique, ni para darse a conocer. Por
eso, se puede comprender que, según
su deseo y de acuerdo con la tradición
de su orden, se conserve el anonimato
de su persona.
Estas páginas son la quintaesencia
de sus enseñanzas espirituales, se
inspiran en las Bienaventuranzas, tal
como Mateo nos la trasmite en su
Evangelio. Pero no siguen el orden

7
clásico, por la perspectiva particular
del autor. Si comienza por la
bienaventuranza del corazón puro (y la
comenta más que a las otras), es
porque se trata, en su opinión, de
ilustrar y desarrollar el propósito
contemplativo de llegar a lá plenitud
del amor por la pureza del corazón.
Esta búsqueda de la felicidad por la
pureza de corazón es actual. Los
jóvenes que llaman a la puerta de una
cartuja llevan consigo los estigmas de
nuestro tiempo. Este padre maestro ve
realmente al hombre moderno ante el
abanico de sus aspiraciones y
contradicciones. Por eso sus inten-
ciones traspasan el espacio cerrado de
la cartuja y tienen un alcance universal.
Profundamente evangélica, el camino
propuesto es válido para cualquier
hombre, porque como afirma
Dostóievski por boca del starez Zósimo
en los Hermanos Karamazov: "Los
monjes no son seres aparte, sino
únicamente lo que debe ser todo
hombre". Que cada uno, pues, haga las
adaptaciones necesarias en función de
su situación particular.

THIERRY PAILLARD
Un sello en tu corazón

"Ponme como un sello en tu


corazón, como un sello en tu
brazo.
Porque el amor es fuerte como la
muerte, la pasión es inflexible
como el Shéol"
(Ct 8,61).

EL LUGAR PROPIO DE LA ACCIÓN DE


DIOS EN EL HOMBRE ES SU CORAZÓN,
en el sentido que la Biblia y los Padres
dan a esta palabra2. No designa para
ellos la afectividad sensible y superfi-
cial, sino el centro íntimo de donde
proceden
nuestras inclinaciones profundas, la
fuente de donde brota nuestra actividad
volitiva e intelectual, el centro vivo de la
persona.
Esta imprecisión de términos está
llena de sentido, porque nos sitúa en la
vida concreta, nos pone ante la persona
total, que es siempre mucho más que la
suma de los elementos con los que la
podemos analizar en abstracto. A ese
hombre concreto es al que nos dirigimos,
a ése es al que Dios busca también, y

1 Las traducciones de las citas


bíblicas se han dejado tal como están
en el manuscrito original (Nota del editor).
2 Los Padres de la Iglesia son los
escritores cristianos de los primeros
siglos, que por la pureza de su vida
y su doctrina gozan de una autoridad
particular en la Iglesia (N.d.E.).

9
sólo queda satisfecho con su corazón,
con todo su corazón.
La tradición monástica expresa esta
verdad señalando la pureza de corazón
como la meta de los esfuerzos del monje
(véase Casiano3), o invitando al monje a
buscar el lugar del corazón, a harer
descender la inteligencia al corazón, es
decir, á restaurar en el hombre la unidad
perdida entre la inteligencia y el corazón
(véase la tradición hesi- casta4), hacer
que se compenetren, con todos los
deseos anclados en Dios.
"Dichosos los corazones puros: ellos
verán a Dios" (Mt 5,8).
Todo el esfuerzo ascético del monje,
esfuerzo que no es otra cosa que la
visibilidad de la acción oculta del Espíritu
en nosotros, se dirige a la purificación
del corazón.. Esto es cierto de manera
particular para el solitario, cuya lucha
es, en gran parte, interior. Quien dice
pureza de corazón se refiere a una
cualidad de la vida profunda del hombre,
de su vida de conocimiento y de amor.
Dios nos ha mandado que le amemos
"con todo tu corazón, con toda tu alma y
con todo tu pensamiento" (Mt 22,37), y
nosotros queremos amarle de esta
manera total; ese es el sentido de
nuestra elección de la vida monástica.
Pero el drama consiste en que
nosotros no podemos. Lo queremos, pero
no lo queremos todavía plenamente.

3 Juan Casiano, monje del s. V.


(N.d.E).
4 Hesicasmo, del griego hesychazein,
“estar en paz". Tradición espiritual
que se remonta a los orígenes del
monacato oriental. El autor
profundizará el tema más adelante
(N.d.E.).
Somos tan débiles, nos apartamos tan
fácilmente del verdadero Bien, de la ver-
dadera Belleza, que somos como niños
que se distraen al instante con cualquier
bagatela.
Nuestro corazón está corrompido.. Es
nuestra herencia humana; es también el
fruto de nuestros actos personales. Se
impone una ascesis: un combate duro y
largo, y nosotros no podemos realizarlo
solos. Cristo cargó con nuestra
naturaleza y nuestra triste herencia; nos
rescató y nos comunicó su energía, la
fuerza de su Espíritu, que nos hace
entrar en la vida divina, nos hace hijos
de Dios y nos concede poder vivir en la
luz, como hijos del Padre, según el
modelo de Cristo. Pero no sin nosotros,
no sin nuestra libre cooperación, nuestra
respuesta personal a su amor.
La búsqueda monástica de la pureza
de corazón y la cooperación a la acción
del Espíritu en nosotros, la docilidad al
maestro interior, son las caras de una
misma realidad, Cristo en nosotros, el
camino hacia el Padre.
La acción divina precede, suscita y
sostiene nuestras acciones. Todo es
gracia. Pero la acción del Espíritu se
hace cada vez más dominante a medida
que se forma la imagen de Cristo, a
medida que Dios se acerca y el trabajo
se hace más delicado, mas "por encima"
de nuestra manera humana de obrar.
Para facilitar la acción dej. Espíritu,
Dios nos da una sensibilidad a esta
acción, una receptividad creciente, una
facilidad para seguir sus impulsos (lo
que llamamos normalmente los dones
del Espíritu), que nos permiten obrar
por encima de nuestras posibilidades,
según un modo divino, porque lo regula

1
1
la sabiduría de Dios. Eso implica una
cierta pasividad de nuestra parte,
pasividad que puede sentirse de
manera consciente (como sucede a
veces en la contemplación divina); y
puede no sentirse de manera clara (lo
cual no tiene ninguna relación con la
intensidad de la acción divina).
Solamente la acción del Espíritu puede
dar esa pureza de corazón, "ese ojo
cuya fiara mirada hiere al Esposo de
amor y cuya pureza límpida ve a Dios"
(SR 1.6.16)5/
Esto explica la importancia de una
docilidad extrema a la acción del Espíritu
Santo. Debemos estar siempre a la
escucha de la Palabra de Dios, libres de
toda traba y listos para volar hacia el
Padre al primer soplo del Espíritu.
La pureza de corazón acalla nuestras
pasiones desordenadas, nuestro egoísmo
receloso. La humildad nace de la verdad
sobre nosotros mismos, contemplados en
el espejo de la Palabra de Dios: la
humildad que no engendra desesperanza
sino esperanza, que espera en Dios, que
no hace nacer resentimiento sino el amor
del que nos lo da todo. Esa humildad nos
la da Él mismo. Nos concede incluso
recibir sus dones, su fuerza, sus inspi-
raciones, una participación en su
conocimiento y en su amor.
En la práctica, para adquirir la pureza
de corazón, la tradición monástica nos
enseña la necesidad de la guarda del
corazón.
Guarda exterior: huir las ocasiones
del mal, apartarse de los cuidados y de la
preocupación de las cosas de este

5 Las citas que siguen a la sigla SR


están sacadas de los Statuts de l'ordre des
Chartreux, ed. de 1991, fuera de
comercio. (N.d.E.).
mundo, en la medida de lo posible (sin
abandonar nuestros "deberes de esta-
do"6).
Guarda interior: es preciso velar
sobre nuestros pensamientos, nuestros
afectos, todo lo que procede del corazón,
es decir, de la vida profunda del hombre.
Es la vigilancia, la nepsis de la
tradición monástica: "Es preciso vigilar
perpetuamente a la puerta del corazón
[...], y preguntarse ante cada sugestión:
¿eres de los nuestros o del partido con-
trario?"7 Sabemos por experiencia que
muchas veces somos incapaces de
discernir al lobo del cordero -porque el
diablo se transfigura en ángel de Tuz. De
ahí la necesidad de un guía (Cf. SR
4,33.2.).
Esta vigilancia no tiene nada de
febril, no se detiene en análisis
interminable sobre uno mismo. Es una
mirada sobria y atenta, que lo escudriña
todo y toma nota de lo que parece
ambiguo para pedir consejo en eí
momento oportuno. Todo se hace en la
paz, sin largos discursos interiores, en.
virtud de un juicio simple e intuitivo,
que tiene más cíe connaturalidad que de
análisis. El corazón bueno rechaza
espontáneamente lo que es dudoso, o al
menos, no se siente a gusto.
Sin embargo, pueden darse casos
muy complejos, en los que lo que a largo
plazo va a perjudicar, de momento se
presenta bajo un aspecto atrayente y

6 Noción de la enseñanza moral


cristiana que evoca los deberes
cotidianos de cada uno, según su
lugar en el seno de la sociedad
(N.d.E.).
7 DSp. T.lll, Paris, Beauchesne, 1957,
art. "Direction spirituelle", col.
1036.

1
3
aparentemente bueno. Por eso se
aconseja al principio someter todos los
pensamientos al padre espiritual, ya que
si uno se reserva a sí mismo poner
orden entre lo que es bueno y lo que es
malo, puede equivocarse.
Entre los movimientos del corazón y
los pensamientos es preciso distinguir
los que sólo afloran a la superficie y
pasan (lo mejor es no prestarles
atención), y los que vuelven con cierta
insistencia o una cierta "carga"
emocional; éstos indican una pendiente
profunda del corazón, un deseo repri-
mido ( y por tanto poderoso), algo que
está mal integrado. Es muy interesante
manifestar esos movimientos al padre
espiritual, para que aporte remedio. Ese
espíritu de vigilancia está profunda-
mente inscrito en la tradición monástica.
Se halla, por ejemplo, en el evangelio de
la fiesta de san Bruno8:/
"Estad alerta y con las lámparas
encendidas. Sed como aquellos que
esperan a su amo cuando vuelve de la
boda, para abrirle en cuanto llegue y
llame a la puerta. Dichosos los siervos a
quienes el amo, cuando llegue, los
encuentre velando. En verdad os digo,
que los sentará a su mesa y él mismo les
servirá" (Le 12,35-37).

La vigilia de Maitines está en la


misma línea9. Esperando el retorno del
Señor, y acechando su visita a nuestros
corazones, estamos como centinelas a la
puerta de nuestros corazones y sobre los
8 San Bruno (m.1101) es el fundador
de la orden de los Cartujos.
(N.d.E.).
9 El cartujo corta el sueño en dos
partes. Se levanta a medianoche para
orar y cantar el oficio en la iglesia
(N.d.E.).
muros de la iglesia, para no sentirnos
sorprendidos por las fuerzas de las
tinieblas y abrir al Señor. Porque no
velamos sólo para nosotros, sino para
toda la Iglesia, con la mirada de nuestra
fe fija en la oscuridad. Debemos ser el
corazón vigilante de la Iglesia.
Tal vez la mejor manera de asegurar
esta vigilancia y este discernimiento es
cultivar el sentido de la presencia de
Dios, es decir, no preocuparnos de la
multitud de impresiones y pensamientos
que pasan por nuestra imaginación y
nuestro espíritu, sino dirigir la mirada
hacia Dios, tranquilamente, jin tensión
ni esfuerzos exagerados. Todo nos ayuda
en nuestra vida: la liturgia, la lectio
divina10, la Palabra de* Dios de la que
están entretejidás tantas de nuestras
lecturas, la ausencia voluntaria de
intereses profanos, el desprendimiento
de cuanto jpara nosotros es ajeno a
Dios.
De este modo, a un nivel práctico y
humilde, pero realista y eficaz, la
tradición monástica enseña el uso de
oraciones cortas, las jaculatorias, cuya
repetición no exige mucha atención
intelectual, pero que basta para
alimentar la llama de nuestro amor y
orientar nuestro corazón hacia Dios, en
medio de nuestras ocupaciones de la
jornada. Por eso, en el capítulo de los
Estatutos que trata sobre las
actividades en la celda, se lee: "Durante
el trabajo se nos ha aconsejado siempre
recurrir al menos con unos breves
impulsos a Dios"11. Esta práctica y una

10 La lectio divina consiste en la lectura


y meditación personal de la sagrada
Escritura, o Biblia (N.d.E.):
11 En la cartuja, la “celda"
corresponde de hecho a una ermita

1
5
actividad física que no acapara la
atención, nos permiten permanecer en
la presencia de Dios. Los Estatutos
continúan diciendo: "A veces, incluso el
peso del trabajo, como un ancla, detiene
el flujo de pensamientos y permite al
corazón [fijaos :al corazón] permanecer
mucho tiempo fijo en Dios, sin ninguna
tensión del espíritu” (SR 1.5.3.).
Más adelante (SR 1.5.5), los
Estatutos hablan de la libertad de
espíritu que debe conservar el monje
respecto a su trabajo en la celda:
"Trabajando a solas, más atento a
mantener su miradá en el fin que en la
obra, es preciso hacer lo posible para
conservar siempre el corazón en vela".
(Fijaos que se une la idea de "mirada" y
de "corazón": es evidente que corazón
debe entenderse en sentido bíblico).
De este modo nos es posible obrar
sin apartarnos de una unión habitual con
Dios, pero con la condición de que
nuestras obras sean el fruto de esa
unión y portadoras de la luz y del amor
de Dios.
"Dejemos que nuestra actividad brote
siempre de la fuente interior, a imagen
dé Cristo, que obra sin cesar en unión
con el Padre, de suerte que el Padre,
permaneciendo en él, es el autor de sus
obras. Acompañaremos de este modo a
Jesús en su vida humilde y escondida de
Nazareth, sea con nuestra oración
dirigida al Padre en lo secreto, como en
nuestro trabajo realizado en la obedien-
cia bajo la mirada del Padre (SR 1.5.7).
• El capítulo 33 (SR 4.33.3) resume
esta doctrina: "¿Cómo podremos cumplir
nuestra misión en el Pueblo de Dios
como hostias vivas, agradables al Señor,
si nos separamos del Hijo de Dios, que es
dotada de un huerto (N.d.E.).
la Vida y la Hostia perfecta? Sucedería
eso si nos dejamos llevar del
relajamiento, la falta de mortificación,
las divagaciones del espíritu, la
palabrería, los cuidados y ocupaciones
fútiles; o si, en la celda, el egoísmo nos
tifene encadenados a miserables
preocupaciones. Esforcémonos en fijar
en Dios nuestros pensamientos y
nuestros afectos, con un corazón simple
y un espíritu purificado. Que cada uno,
olvidado de sí mismo y de cuanto ha
dejado atrás tienda hacia la meta, hada
la corona de la vocación celeste a la que
Dios nos llama en Jesucristo”

Estas breves citas no son más que el


resultado de un simple sondeo. Bastan,
sin embargo, para indicar el interés que
nuestros Estatutos dan al trabajo
interior del corazón y a la unión íntima y
escondida con Dios, a la que está
ordenada.

Entrar en las profundidades


del corazón
■/

"He aquí que estoy a la puerta y llamo.


Si alguno escucha mi voz y abre la
puerta, entraré a su casa y cenaré
con él y él conmigo. [...] ¡El que
tenga oídos,
■que oiga lo que el Espíritu dice a las
Iglesias!"
(Ap 3.20 y 22).

DIOS ESTÁ CERCA DE NOSOTROS,


ALREDEDOR DE NOSOTROS, EN

1
7
NOSOTROS. El viento que nos acaricia el
rostro, el pájaro que canta, Ja montaña
que se eleva hacia el cielo, una flor deli-
ciosa en las rocas, una sonrisa, una
mirada de amor, todo habla del que los
ha creado, infundens esse\ dejando en
todas partes la huella de su paso. En
nosotros él es la fuente de nuestro ser,
más íntimo a nosotros que nosotros
mismos. Pero no es una fuerza
impersonal. Tiene un nombre. Se llama el
Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Es
comunión de conocimiento y de amor,
don infinito de sí mismo. Busca, nuestra
respuesta. Quiere nuestro libre amor,
porque no existe amor sin libertad.
"El que acoge mis mandamientos y
los cumple, ése me ama: y el que me
ama será amado por mi Padre, y yo le
amaré y me manifestaré a él" (Jn 14,21).

En el capítulo precedente hemos


hablado de mantener el sentido de la
presencia de Dios durante la jornada,
sobre' todo con la repetición de ora-
ciones jaculatorias, como un método
positivo para asegurar la guarda del
corazón, que es la puerta de la
contemplación. Esa es la herencia común
de toda espiritualidad monástica, pero
ha recibido un desarrollo particular a
impulsos de la tradición oriental, sobre
todo en la tradición hesicasta.
Hésychia es una palabra griega que
significa "tranquilidad, silencio,
quietud". En la tradición monástica
designa el complejo de la vida eremítica
cristiana, desde la huida exterior de los
hombres hasta la más mística
"eliminación de pensamientos",
considerada como un medio excelente
para
llegar al fin que es la unión j:on Dios, la
oración perenne12. Con palabras de
Casiano: "Hasta que toda su vida [del
alma], todo el movimiento del corazón
[omnis voluptatio cordis] se
convjertan en una plegaria única e
ininterrumpida"13.
Existe, pues, una hesiquía exterior y
otra interior; la primera está ordenada
a la segunda. La hesiquía exige de
manera tan esencial cierta práctica de
la soledad que las dos palabras
hesiquía- soledad son casi
intercambiables en la literatura
monástica. De hecho, la espiritualidad
hesicasta es la espiritualidad de aquel
cuya única preocupación es la unión
con Dios en el amor.
Esta espiritualidad no es para
nosotros una curiosidad oriental, o un
tema de interés para los eruditos, pero
sin importancia práctica. Es cierto que
fuera de los ambientes monásticos
nunca ha tenido una gran audiencia. Se
comprende: la vida eremítica sólo ha
sido en Occidente el hecho de un_
número muy reducido. Incluso en la
espiritualidad monástica, los aspectos
comunitarios y activos se_ han realzado
más que en Oriente. Sin embargo, con
un poco de atención y si nos fijamosen
la tras~ posición de los términos, debida
a la diferenciá de
las lenguas, hallamos en Occidente las
mismas grandes preocupaciones
espirituales, al menos allí donde se ha

12 Cf. Solitude et vie contemplative d'aprés


por Ireneo Hausherr, SJ.f
l'Hésychasme,
Étude de spiritualité oriental, 1962;
y otros escritos de este padre, muy
bien documentado en esta materia.
13 Juan Casiano, Colaciones, I.X, VII.
Rialp, Madrid, 1998, Vol. I, p. 478.'

1
9
mantenido vivo el ideal de la vida
contemplativa.
Para el hesicasmo14, la perfección del
hombre _ reside en la unión con Dios por
la oración continua. Orar siempre (Le
18,1), en todo tiempo (Ef.6,18), sin cesar
(1Tm 5,17); los orientales han tomado
estas recomendaciones de la Escritura al
pie de la letra. Pero como no se puede
estar haciendo actos explícitos de
oración sin interrupción, porque es
material y sicológicamente imposible,
.ellos se esforzaron generalmente en
alcanzar un estado o una disposición
permanente de corazón, que pueda
merecer en cierto modo el nombre de
oración, además de los actos que brotan
con más o menos frecuencia: el recuerdo
perpetuo de Dios, habitus misterioso del
corazón que aparece como una forma
virtual de oración y de contemplación
constante, la expresión de un amor que
tiende siempre hacia la persona amada,
incluso debe estar ocupada en otra cosa.
El camino que lleva a la oración
continua deja contemplación, es en
primer lugar lo que se llama la praxis, el
camino de los mandamientos, que Tleva
a cabo la reforma de la conducta,
purifica el corazón de sus vicios, y le
hace adquirir las virtudes; la
observancia regular del monje está
ordenada a eso, y también a la
eliminación de los pensamientos
(logisma): los pensamientos nocivos o
simplemente extraños, que nos apartan
del recuerdo de Dios, y nos sumergen
14 DSp, art. “Jésus (Priére á)r t.
VJII, col 1126-1150, especialmente
las col. 1127 y ss;'"Garde du Coeúr",
t. VI, col.100- 117, sobre todo la
col. 107; "Hésychasme", t.VII, col.
381-399; y "Éremitisme", t.lV, col.
936-982, especialmente la col. 937.
en el olvido de las cosas espirituales. La
fuente de esos pensamientos está en
las pasiones, en nuestros apegos y en la
acción de las fuerzas de las tinieblas.
Esa eliminación se hace con la guarda
del corazón, llamada también nepsis,
estado de un alma bien despierta,
sobria, presente a sí misma y a Dios,
vigilante y solícita de no dejarse
sorprender por los artificios del
enemigo. La guarda del corazón supone
el ejercicio clarividente del
.discernimiento de espíritus.
Uno de los mejores medios de
combatir los pensamientos y conservar
el recuerdo perpetuo de Dios, es la
meditación tal como la concebían los
antiguos, es decir, rumiar a base de
repetir una fórmula (con frecuencia un
texto de la Escritura), apta para afianzar
una idea espiritual o un sentimiento
saludable.\ .
Una forma especial de la meditación-
repetición es la práctica,de oraciones
breves y frecuentes. Arsenio15 decía sin
cesar: “Señor, guíame de tal modo que
me salve". Apolo repetía: "He pecado
como hombre;, tú ten piedad, como
Dios". Y otros:
"SeñorLHijo de Dios, ayúdame"; "Hijo de
Dios, ten piedad de mí". Casiano da la
fórmula secreta transmitida por alguno
de los más antiguos Padres del Desierto:
"Dios mío, ven en mi ayuda; Señor, date
prisa en socorrerme" (Sal 69,2) 16, que la
cantamos todavía al comienzo de todos
los oficios.
San Agustín inventó el nombre de
"oraciones jaculatorias" para describir
estas fórmulas. Los orientales hablan de

15 Un padre del desierto (s. iv-v).


16 Juan Casiano/ Colaciones, I. X,x.
Rialp, Madrid, 1998, Vol. I, p. 492.

2
1
oración monologista, es decir, una
oración de una sola palabra, o al menos
de un solo pensamiento.

A partir del siglo V comienza a darse


un lugar privilegiado a la invocación del
Señor Jesús y a su nombre. La oración de
Jesús es libre en cuanto a su
formulación, pero desde el siglo VII o el
VIII (las dos Centurias de Esiquio el
Sinaíta) la invocación tiende a tomar una
forma fija o un nombre restringido de
formas, que deben contener el nombre
de Jesús (desde, "Jesús" en su forma más
breve, hasta "Señor Jesucristo^ hijo de
Dios, ten piedad de mí [o de nosotros]
pecador [es]", que es la forma más
corriente dé la invocación). Además, esta
invocación estaba asociada en cierto
modo a la respiración, en el sentido de
que el recuerdo de Jesús debe ser tan
constante como el movimiento de
respirar; más tarde séJlegó a una técnica
que quisojisociar y pegar materialmente,
la invocación del nombre de Jesús con el
movimiento de la respiración-, pero eso
es una evolución más bien secundaria,
que puede tener un valor real aunque no
afecta a lo esencial de la práctica.
De momento podemos quedarnos con
las grandes líneas de la tradición
oriental. Creo que se adaptan muy bien a
nuestro ideal en general, aunque haya
que hacer algunas adaptaciones a cada
persona en concreto. Es frecuente hallar
algún autor cartujo que diga lo mismo17.
Esto parece que lo confirman los
nombres de Padres citados en los
Estatutos: Pacómio, Basilio, Apotegmas,
17 Cf. Dsp. t.VI, art. “Garde du
coeur", hablando de Dioniso el
Cartujano (m.1471), y de Juan
Lansperge (m. 1539), en las col. 111-
112.'
Evagrio, Nilo, Casiano, Seudo Macario,
Benito (que recjbió la tradición oriental a
través sobre todo de Casiano y de
Balisio), Juan Clímaco, Isaac de Nínive, y
otros muchos testigos de la tradición
hesícasta. Es evidente que existían
diversas corrientes dentro de esa
tradición, pero nosotros sólo nos fijamos
en sus principales orientaciones.
El resultado es que, al intentar
confirmar nuestros Estatutos con textos
de lo¡> antiguos monjes, que
corresponden con nuestra manera de
vivir, se ha llegado de manera necesaria
a la tradición eremítica de la que
hablamos, en primer lugar la oriental,
pero también por derivación la
occidental.
Recordad que hésychia se traduce
por quies, o paz, y también por
contemplatio en latín. Es imposible
delimitar estos conceptos, porque en la
realidad que se busca designan aspectos
diferentes pero inseparables. (Observad
la palabra quies en los Estatutos18', las
traducciones francesa e inglesa atenúan
la constante repetición de esta palabra,
que es un leitmotiv de los Estatutos19,
porque el traductor se ve obligado a
traducir con expresiones diferentes los
diversos aspectos de quies, poniendo
por ejemplo, reposo, paz contemplativa,
tranquilidad, contemplación, etc.).
Siempre se puede traducir hésychia por
quies, pues los dos términos incluyen la
misma riqueza concreta20.

18 El texto original de Estatutos


renovados está en latín. Se han hecho
traducciones a las lenguas del país
en que hay casas de la orden
(N.d.E.).
19 Cf, las Fontes statutorum - “Quies".

2
3
Citamos algunos textos para ilustrar
el parentesco entre el ideal que los
Estatutos nos proponen y el ideal de los
monjes orientales: el monje del claustro 21
"que persevera en la celda y se deja ins-
truir por ella, tiende a hacer de toda su
existencia una sola oración continua [...].
Purificado de este modo por la paciencia,
alimentado y fortalecido por la
meditación asidua de ja Escritura,
introducido por la gracia del
Espíritu_Santo en las profundidades de
su corazón, podrá no solamente Servir a
Dios sino adherirse a él" (SR 1.3.2).
Un poco más adelante se indica que
los padres dependen del servicio de los
hermanos "para poder ofrecer al Señor
una oración pura en el reposo (en latín
dice quies) y la soledad de la celda" (SR
1.3.5). Efectivamente, para nosotros el
oficio de María que "sentada a los pies
de Cristo, donde completamente libre y
disponible, contempla que es Dios.
Purifica su espíritu, repliega su plegaría
en su corazón (orationem in sinum
suum convertentem), escucha al Señor
que habla dentro; de este modo, según

20 Cf. el estudio de Dom Jean


Leclercq sobre la terminología de la
espiritualidad monástica de la Edad
Media. Las diferentes acepciones de
la palabra quies en nuestros Estatutos
dan materia para un estydio
apasionante, pero queda fuera de
nuestro propósito actual.
21 En la cartuja la comunidad
comprende a los padres (o "monjes del
claustro”), y a los hermanos
(hermanos conversos y donados). Los
monjes de claustro son sacerdotes o
llamados a serlo, y no los hermanos.
Sin embargo, todos llevan el mismo
esíiz lo de vida, aunque el tiempo
reservado al trabajo los padres lo
la débil medida posible a quien
contempla por reflejo y en enigma, ella
gusta y ve cuán bueno es el Señor" (SR
1.3.9).
Finalmente, tenemos la glosa sobre
la cita de Jeremías, que era uno de los
textos clave para expresar el ideal
contemplativo en la espiritualidad
monástica en la Edad Media en
Occidente: “El solitario permanecerá
sentado en el silencio, para elevarse por
encima de sí", indicando con esas
palabras casi todo cuanto nuestra vida
tiene de

pasan en las ermitas, y los hermanos en todo el


monasterio (N.d.E).
mejor: "el reposo [quies: hésichia] y la
soledad, el silencio y eL ardiente deseo
de las cosas de arriba" (SR 0.2.6).
"Nuestros Padres en la vida cartujana
han seguido [bien] una luz venida de
Oriente, la de los monjes antiguos,
dedicados a la soledad [se podría decir
probablemente hésychia] y a la pobreza
de espíritu, que llenaron los desiertos.

2
5
Dichosos los corazones
puros: pureza exterior y
pureza interior

"Dichosos los corazones


puros: verán a Dios".
(Mt 5.8)

YA HEMOS TRATADO DE LA PUREZA


DE CORAZÓN. Pero vale la pena intensar
determinar más exactamente el sentido
de esta expresión, porque corremos el
riesgo, tal vez, de entenderla en un
sentido demasiado negativo, el de tener
que amar sólo a Dios, o en un sentido
demasiado restrictivo con relación
exclusiva a la castidad.
Todos tenemos una idea espontánea
de la pureza: lo que está sin defecto, sin
mezcla, perfecto. A nuestra imaginación,
la palabra evoca tal vez la imagen de los
ojos inocentes del niño, la limpidez
misteriosa de la mirada de una joven
serena y pura, la gracia de una florecita
que manifiesta su belleza de un día, el
dulce sonido de una campana en el aire
tranquilo de la tarde.
Estas imágenes nos preparan para
comprender un poco la pureza de
corazón. Pero esta pureza es
completamente interior: es una cualidad
de lo que se halla en lo más profundo de
nosotros.

Desde tiempo inmemorial, los


hombres han comprendido que la
santidad de Dios exige cierta pureza 22
por parte del quiere acercarse a él. "Sed
santos, porque yo, el Señor vuestro
22 Se ve aquí que las nociones de
pureza y santidad son muy afines.^
Dios, soy santo" (Lv 19,2). Pero antes
estaban dominados por éi miedo, y
concebían esta pureza en los términos
de ritos exteriores, de tabús, de
prohibiciones, de todo lo que pudiera
provocar la cólera de Dios. Fue
necesario mucho tiempo y el genio reli-
giosos de los profetas, para comprender
que lo único que cuenta es la pureza de
corazón, y que esa pureza es una
exigencia del amor y no del miedo.
Cristo no deja lugar a ambigüedades:
"¿No sabéis que nada de lo que
penetra en el hombre desde el exterior
puede hacerle impuro? '[...] Lo que sale
del hombre es lo que le hace impuro. En
efecto, es del interior, es decir, del
corazón de los hombres de donde salen
los malos pensamientos, las
fornicaciones, los hurtos, homicidios, la
insensatez [...]. Todas esas maldades
proceden del hombre y manchan al
hombre" (Me 7,18-23).
"El hombre bueno, del buen tesoro
de su corazón, saca el bien; y el
malvado, de su mal tesoro, saca el mal;
porque lo que dice la boca es lo que
desborda del corazón". (Le 6,45).
"Quien mira a una mujer deseándola,
ya adulteró con ella en su corazón" (Mt
5,28).

La pureza que pide Jesús es


infinitamente exigente, se trata de
purificar el corazón oculto, conocido sólo
por Dios. Lo exterior sólo tiene valor en
función de la intención, del corazón, del
amor. La opinión de los hombres, que
sólo pueden juzgar desde el exterior, no
tiene importancia. Evitemos a toda costa
merecer la inventiva dirigida por Jesús a
los fariseos: " ¡Ay de vosotros, escribas y
fariseos, que purificáis el exterior de la
copa y del plato, mientras que el interior
está lleno de los frutos de la rapiña e
intemperancia. ¡Ciego!: purifica prime:
ro el interior de la copa, y también el
exterior quedará limpio" (Mt 23,25-26).

La pureza afectiva y moral

"Dichpsos los corazones


puros: verán a Dios".
(Mt 5,8).

¿CÓMO EVITAR LA INVECTIVA DE


JESÚS DESCRITA EN EL CAPÍTULO
PRECEDENTE? ¿Cómo alcanzar el fondo
de la pureza? El Evangelio nos presenta
un modelo para ello en la persona de
María Magdalena, la pecadora arre-
pentida. Porque nuestra pureza de
corazón es siempre la pureza de la
Magdalena. Como ella, todos nosotros
somos pecadores, y es la Palabra misma
de Dios la que nos condena si lo
negamos.
"Si decimos que no hemos pecado,
nos engañamos y la verdad no estaría en
nosotros" (1Jn 1,8).
"Hacemos de él [Dios] un mentiroso
y su palabra no está en nosotros" (1Jn
1,10).
v'
Porque Dios en la Escritura nos
declara pecadores a todos (cf. Rm 3,9-
20). Todos necesitamos "blanquear
nuestras túnicas en la sangre del
Cordero" (Ap. 7,14). Solo la sangre de
Cristo puede purificarnos (1Jn 1,7.9).
Comiendo la carne de Cristo somos
transformados en esa carne purísima.
El gran gozo de mi sacerdocio,
aunque soy indigno e impuro, consiste
en ofrecer a Dios el sacrificio puro de
Cristo: "Te presentamos, Dios de gloria y
majestad, esta ofrenda escogida de
entre los bienes que nos has dado, el
sacrificio perfecto, pan de vida eterna Y
cáliz de salvación”23. El pecado es tan
profundo en nosotros, que sólo podemos
liberarnos de él muriendo en la cruz de
Cristo, para vivir de la nueva vida del
Resucitado.
"Con él (Cristo) hemos sido
sepultados por el bautismo para
participar en su muerte, para que como
él resucitó de entre los muertos por la
gloria del Padre, así también nosotros
llevemos una vida nueva" (Rm 6,4).
"Estoy crucificado con Cristo; vivo yo,
mas no soy yo quien vive, sino que es
Cristo quien vive en mí" (Ga2,20).‘
Así se ha realizado esta prodigiosa
renovación que los profetas habían
anunciado: no es sólo ja ^ ley la que ha
cambiado, sino el corazón mismo dej
hombre. Recibe un corazón nuevo, el
corazón de Cristo, por el don del espíritu
de Cristo, el Espíritu de amor. En él nos
dirigimos al Padre: "Abba", en filial
confianza, en amor obediente, y por él
nos amamos unos a otros.
Ha nacido algo completamente
nuevo: se nos ha da<£o una nueva
vida. La pureza de corazón del cristiano
es la pureza de corazón de Cristo. Es
gracia, don gratuito. Viene de lejos. Ha
nacido dél costado abierto del
crucificado. Trasciende todos nuestros
pequeños esfuerzos, incluso nuestros
deseos, porque es santa, con la
santidad de Dios, y abrasa nuestros

23 Plegaria eucarística I.
corazones. Es un fuego infundido en
nosotros que no tolera el pecado, el
límite, el no-amor. Consume, abrasa,
purifica con el ardor de su luz: "Nuestro
Dios es un fuego devorador" .
Lo posee, sin duda, la Santísima
Virgen, a quien Dios preservó del
pecado en previsión de los méritos de
su Hijo. Es una excepción sólo en apa-
riencia. Todos necesitan ser rescatados
y purificados por Cristo. María forma
parte de la humanidad caída, y
necesitaba ser purificada; pero la
gracia ha obrado ,en ella de una
manera completamente diferente;* fue
preservada de toda mancha de pecado
en vistas a su dignidad de Madre del
Salvador.
A veces existe una cierta analogía
entre ciertas personas, llamadas a una
vida de unión íntima con Dios y
preservadas al menos de faltas graves
de una manera particular, y en la
atmósfera moral de nuestro tiempo, casi
extraordinaria. Presentan a Dios un
corazón inocente. Es evidente que si la.
inocencia se reduce a ignorancia o
miedo, no es todavía virtud. Pero la
inocencia que conoce la belleza y el valor
del amor humano y otros valores
creados, que es el fruto de una elección
lúcida y grave de un amor superior,
aunque no tenga la limpidez absoluta de
la de María inmaculada, tiene al menos
una cualidad, con frecuencia simple y
gozosa, que es una forma de pureza de
corazón muy atractiva y muy hermosa.
Incluso los qué han recibido esta
gracia deben reconocer sin ilusión que
es una gracia, un don gratuito el hecho
de que, aunque sean capaces de los
peores excesos, lo único que cuenta es
el amor; un pecador puede amar más
profundamente que ellos. El Evangelio
está ahí para probarlo:
"Un prestamista tenía dos deudores:
el uno le debía quinientos denarios, el
otro cincuenta. No teniendo ellos con
qué pagar, se lo condonó a ambos.
¿Quiérí le amará más? Respondió Simón:
Supongo que aquel a quien condonó
más. Jesús le dijo: Ha? respondido bien
[...] ¿Ves a esta mujer? Entré en tu casa
y'no me diste agua para los pies, pero
ella ha regado mis pies con sus lágrimas
y los ha enjugado con sus cabellos. No
me diste el ósculo, pero ella, desde que
entré, no ha césado de besarme los
pies. No ungiste mi cabeza con óleo, y
ésta ha ungido mis pies con ungüento.
Por lo cual te digo que le son
perdonados sus mucho§ pecados porque
amó mucho. Pero a quien poco_se le
perdona, poco ama". (Le 7,41-47).
Incluso el pecado entra en el
designio del amor de Dios; puede ser la
felix culpa (dichosa culpa) que la
liturgia celebra en la noche de Pascua,
porque por su causa se nos ha dado la
gracia sobreabundante de Cristo:
“Si por la transgresión de uno
mueren muchos, ¡cuánto más la gracia
de Dios y el dón gratuito conferido por
la gracia de un solo hombre, Jesucristo,
ha abundado en beneficio de muchos!"
(Rm 5,15). ’
Por otra parte, "sabemos que todo
concurre al bien de los que aman a
Dios" (Rm 8,28). Todo, incluso el
pecado, glosa san Agustín.

Lo mismo que hay una profundidad


humana, un corazón profundo, que los
dichosos no sóspe- chan, también
existe una cierta calidad, una cierta
intensidad de abandono y de amor
reconocido, que sólo los pecadores
perdonados pueden poseer. La pureza
de corazón recuperaba, la pureza de
corazón de la Magdalena tiene también
sus propias riquezas. Le puede
faltar^algo deja exquisita limpidez y
gozo espontáneo de la pureza inocente,
pero puede ganar en humildad, en
dulzura y eiv.
humanidad, porque comprende mejor la
debilidad del co'razón humano y no
reclama sus derechos ante Dios, ya que
no tiene nada y lo sabe muy bien. A
Cristo le gustaba rodearse de esos
pobres en virtud.
Pero en la práctica no existe una
pureza absolutamente inocente, como
no existe una inocencia; definitivamente
perdida. Entendedme bien. No me
refiero sólo a la castidad. Cuando la
castidad interior y exterior es el
fundamento y el fruto de la caridad, es
un canto maravilloso al amor de Dios.
Como dicen los Estatutos, es "un don
eminente de la gracia; confiere una
libertad incomparable de corazón para
unirse con Dios con un amor indiviso"
(SR 1.6.15). Pero cuando es únicamente
un negarse a amar, cuando se preocupa
sobre todo de una defensa fría e
implacable de su virtud exterior, puede
herir profundamente esa realidad sin la
cual ella nó tiene sentido, es decir, el
amor.

Para evitar semejante contrasentido,


que sólo puede proceder del aislamiento
artificial de la castidad, yo insisto en el
hecho de que es necesaria la pureza de
corazón en su acepción plena, la que
cualifica toda nuestra actividad
personal. Por eso digo que no existe una
pureza absolutamente inocente; porque,
¿quién de nosotros no ha pecado nunca,
quién no ha faltado a la caridad, no ha
faltado al amor en sus relaciones con
Dios o con el prójimo? ¿Y quién sabe si la
frialdad, la falta de compasión, un acto
de orgullo hiriente, un despre- ■ % '
cío desdeñoso, de egoísmo duro, no ha
herido el amor, no ha herido a Dios más
que los pécados de la carne de otro?
Cuando digo que no existe una
inocencia absolutamente perdida,
quiero expresar una intuición personal
que es muy difícil de formular. En
primer lugar, rara vez un acto humano
es tan íntegro que exprese y
comprometa a toda la persona, rara vez
un hombre compromete todo lo suyo en
su pecado o en su virtud. Ese
car^cter/deTinitjvo está tal vez
reservado al momento de nuestra
muerte; ahí está, tal vez, el sentido
profuhdo de la muerte, en cuanto que
es la palabra definitiva de toda nuestra
vida. De paso, se puede decir que uno
de los frutos de la guarda del corazón y
de la libertad gradualmente
conquistada, debe ser al menos el
dominio cada vez más profundo de su
propia acción y la capacidad de
comprometerse cada vez más
totalmente.
Pero existe también un sentido
donde el hombre a veces queda
inocente, incluso en su pecado. Ya sé
que esto es paradójico, y sin ir tan lejos
como esos rusos, sobre todo
Dostoíevski, a quienes les gusta
celebrar la santa prostituta, me parece
que corresponde a una realidad
humana. Se podría reducir la paradoja
distinguiendo los pecados de la. carne
que proceden de la vitalidad
indisciplinada de las pasiones y pueden
dejar intacta una cierta inocencia, de
los pecados que son el fruto de una
malicia más interior y fría, y que
manchan el corazón mucho más
profundamente. Pero los rusos, incluso
también el poeta Rimbaud, quieren ir
más lejos, según yo creo, y entrevén
una especie de inocencia que nace
precisamente de una experiencia
profunda y real de la miseria del
hombre caído, y que se abre a la gracia
redentora de Cristo. Para ellos, el
camino del cielo pasa por el infierno, al
menos en ciertos casos límites. No sé si
tienen razón. De todos modos, no nos
gloriemos demasiado fácilmente de
haber comprendido el misterio de la
cruz de Cristo, ni del poder que posee
de hacer nacer una vida nueva donde
hay algo menos que nada.
No se puede juzgar a nadie; no hay
que perder jamás ¡a esperanza; no se
puede medir pureza contra pureza: Nq
se puede apropiar la gracia de Dios por
el orgullo y la complacencia en sí mismo.
Al fin de cuentas todo es gracia, para la
Virgen -conservada pura-, y para
Magdalena -vuelta a ser pura-. En la
práctica, en cada uno de nosotros, se
hallan las dos a la vez.

La pureza del corazón es la pureza


del amor Somos puros en la medida en
que amamos. El amor es siempre puro.
Es la pureza misma, porque es Dios.
Todo acto que procede del amor es
bueno y divino. Todo acto que no
procede del amor no es bueno; pero
incluso en ese caso busca siempre tomar
el nombre de amor, y en efecto, existe
siempre un amor en la fuente de
nuestros actos. Lo que ocurre es que a
veces es un amor imperfecto, limitado,
desviado, un amor que contradice al
Amor, porque no quiere aceptar el orden
del amor en él, que cada amor particular
encuentra su verdadero lugar con
relación al Amor sustancial. Él es la fuen-
te de todo amor verdadero; cortado de
él, el amor no es más que un cuerpo sin
alma, un rostro apagado, un no-amor.
La pureza de corazón consiste en
amar según el amor, es decir, según Dios.
Fijaos bien: consiste en amar. Con
frecuencia se habla como si consistiera
en no amar tal o tal cosa; como si fuera
una especie de guarda fuegos. (Es el
peligro de tanto insistir en la "guarda del
corazón", al menos si se la comprende
mal).
Es cierto que somos muy débiles y
debemos defendernos de nuestra
flaqueza cortando las ocasiones de caer.
Se impone una vigilancia sobria y una
prudente desconfianza de nosotros
mismos, sobre las que ya hemos
insistido. Sin embargo, nuestro ideal
debe ser positivo. Nuestra vocación es
amar, no menos sino más. Ante todo a
Dios, como es evidente, porque
concentramos nuestra atención sobre él
con todas nuestras fuerzas. Pero
también a nuestros hermanos, a lá
humanidad, al universo entero, al que
debemos acoger y amar en su verdadera
realidad en las profundidades de Dios. Y
ese amor debe'irradiar sobre los
hombres que encontremos, con los que
debemos caminar codo a codo (Cf. SR
4.33.4).
"Puesto que obedientes a la verdad
habéis suprimido cuanto impide un
sincero amor fraterno, amaos de
corazón e intensamente unos a otros,
pues habéis vuelto a nacer, no de una
semilla mortal, sino de una inmortal, a
través de la palabra viva y eterna de
Dios" (1P 1,22-23).
A medida de nuestra pureza es
nuestro a.mor. Es preferible estar
desprovisto de toda virtud que carecer
de amor. El amor es un fuego que consu-
me todo el desecho de nuestros actos,
inevitable- jflénte imperfectos, y no deja
más que el oro de la paridad. “La
caridad cubre una multitud de pecados*
(1P 4,8). En el discurso que Casiano
pone en labios del abad Moisés sobre, la
pureza de corazón, me impresionó ver
cjue pone como ejemplo de un corazón
puro el himno magnífico de Pablo sobre
el amor, en 1 Corintios 13:
“El amor es
paciente, el amor es
servicial, no tiene
envidia, ni orgullo, ni
jactancia.
No es grosero, ni
egoísta, no se irrita,
no lleva cuentas del mal...
Todo lo cree, todo lo
espera, todo lo
aguanta".

Casiano dice, en efecto: "Si queréis


el retrato de un hombre de corazón
puro, leed ese capítulo"
Este himno se refiere al amor fraterno,
lo mismo que san Juan cuando nos dice:
"Queridos, amémonos unos a otros,
porque el amor viene de.Dios, y el que
ama ha nacido de Dios y llega al conoci-
miento de Dios. El que no ama no
descubre a Dios, porque Dios es amor"
(1Jn 4,7-8).
A veces se lee en los libros
espirituales que hay que amar sólo a
Dios. Eso no quiere decir que nosotros
debemos dejar de amar a nuestros
padres, hermanos y a todos los
hombres. Iría contra los mandamientos
explícitos de Dios. No quiere rdecír que
no podamos amar la belleza de las
múltiple? criaturas del Universo, que
llevan la huella de la divina Belleza que
las creó.
Parece que el verdadero sentido de
la expresión es que debemos amar a
nuestrds hermanos y al universo en
Dios, según el orden del Afnyr. Y
nosotros en particular, los monjes
contemplativos, podríamos leer en esa
expresión una indicación del camino de
nuestro amor, que busca alcanzar prin-
cipalmente, pero no exclusivamente, a
nuestros hermanos y al universo en el
corazón de Dios, donde ellos tienen su
realidad verdadera y su fin.
Hay algo más. Dios no es un objeto
de nuestro amor al lado ni al mismo
nivel que los demás objetos, que han
sido creados. No existe competencia
entre Dios y nuestro hermano. El amor
dado al prójimo no se sustrae al amor
dado a Dios. En sí. Es cierto que nuestra
energía de amor concreto es limitada.
Nuestro poder síquico de atención no
EL CAMINO DE LA VERDADERA
FELICIDAD

puede extenderse a demasiados


objetos a la vez. Esa es la justificación
ordinaria para retirar nuestra mirada
del prójimo, de lo creado, y fijarla solo
en Dios. Y en cierto modo es verdadera.
En ciertos momentos necesitamos fijar
nuestro corazón lo más directamente
posible en Dios. Es una exigencia del
amor entre personas, y una manera de
unión con Dios característica de
nuestra vocación solitaria.
Pero eso no significa que el amor y
la atención que debemos al prójimo se
toma del amor dado a pios. Dios es el
"no-otro", según la expresión de
Gregorio de Ñisa. No está ahí, delante de
mí, y como otro distinto de mí, o al lado
de mi hermano 1 y distinto de él. No es
un sujeto limitado a esto o aquello, como
yo' como mi hermano, como todo ser
creado. Es el Infinito, el Ser, la Existencia
subsistente, el Amor.,Está en todo y,todo
está en Él. ■< Yo sólo puedo pensar en
seres limitados, cada uno de los cuales
circunscribe su parcela de ser y es capaz
de oponerse al otro. No puedo pensar a
Dios. Él es. Es todo, realmente todo. Dios
no puede ... oponerse a nadie. No hay
nada fuera de él.
Y cuando amo a mi hermano en su
realidad concreta, limitada, amo a Dios,
EL CAMINO DE LA VERDADERA
FELICIDAD

el Ilimitado, el Infinito. Y si mi amor es


verdadero, amo con el $rhor de Dios. Mi
amor por él es la vida del Amor en mí,
su realización concreta. Toda la esencia
del Amor, todo Dios está presente en
ese amor, y ese amor alcanza a Dios
entero. Al amar a este ser
creado, limitado, precisamente en su
individualidad limitada, creada, amo y
alcanzo a Dios. El acto fugitivo y
perecedero de mi amor participa miste-
riosamente en la eternidad del Amor
divino.
Ese es el contenido del discurso de
despedida de Jesús en san Juan. El amor
con que el Padre le ha amado, Cristo nos
lo da, y se convierte en nosotros en
principio de unidad, de amor mutuo (cf
Jn 17), gracias al espíritu de Dios en
nosotros (cf. 1Jn 3,23-24). '

Intentemos, pues, amar más


profundamente, más sinceramente, sin
ningún interés particular, según Dios y
para gloria de Dios. Por amor a Cristo,
por fidelidad a su sangre derramada por
nuestros pecados y por la redención del
mundo, para no contristar al Espíritu de
Cristo que habita en nosotros y que
derrama su amor en nuestros
EL CAMINO DE LA VERDADERA
FELICIDAD

corazones; amemos con todo el corazón,


con
todas nuestras fuerzas, con todo
nuestro espíritu. Todo lo demás no es
nada. Esa es la verdadera pureza de
corazón.
"Abrazar la vida escondida no nos
hace desertar de la familia humana.[...]
La unión con Dios, si es verdadera, no
nos cierra sobre nosotros mismos, sino
que abre nuestro espíritu y dilata
nuestro corazón, hasta abrazar el mundo
entero y el misterio de la Redención por
Cristo. Separados de todos, estamos
unidos a todos^ (SR 4.34.1 y 2).
Que sea una realidad la grandeza de
nuestra solidaridad. En ella está inscrita
la cruz. El sufrimiento se halla en el
corazón del amor, es su rostro oculto. El
orden del amor puede pedirnos un día el
sacrificio de lo que parece ser lo más
grande de nuestro corazón. El amor tiene
un ritmo pascual, es su ley: sólo por la
muerte se pasa a la vida, y la vida sólo
nace de la muerte; y sólo se posee lo que
se ha perdido, realmente, inútilmente e
irrevocablemente, sólo se posee en la fe,
en la fe pura.
EL CAMINO DE LA VERDADERA
FELICIDAD

2ÂK
La pureza de la
inteligencia

"Dichosos los cofazones


puros: verán a Dios"
(Mt 5,8).

HASTA AHORA HEMOS HABLADO DE


UNA PUREZA AFECTIVA Y MORAL. Pero el
corazón, en la Biblia, es también la
fuente de la vida intelectual. ¿Cuál es la
pureza de la inteligencia?
Solemos hablar de un intelectualismo
puro, es decir, de alguien en quien el
entendimiento domina con detrimento
de las otras facultades del hombre.
"Puro", se toma en el sentido de "sin
mezcla". Digamos de paso que el
intelectualismo absolutamente "puro" no
existe. Buscar un momento en vuestra
"máquina de pensar", y
5. LA PUREZA DE LA
INTELIGENCIA

hallaréis im corazón, y a veces un


"animal".-La tradición religiosa
reconocen que la visión de Dios no se
promete a ese intelectualismo
químicamente puro.
Nadie puede elevarse al nivel de Dios
por la sola fuerza de su inteligencia. La
fuerza de la inte^ ligencia se mide por el
nivel del ser, y el hombre está
infinitamente por debajo de Dios. Sólo
podemos conocer a seres limitados,
contingentes, que reciben su existencia
de otro. Desciframos laboriosamente la
parcela de verdad encarnada en los seres
que caen bajo nuestros sentidos- e
incluso no somos capaces de percibir
hasta el fondo esa verdad fragmentaria.
Logramos elevarnos un poco más alto y
entrever de manera oscura los valores
espirituales, la bopdad, la sabiduría, la
belleza. Pero el ser que es la Bondad, la
Sabiduría, la Belleza, ipsum esse
subsistens\ en el que todas esas
perfecciones Son una e idéntica, Él, la
fuente y fundamento de todo, que Es por
sí mismo eternamente, Él, está
absolutamente fuera del alcance de
nuestra pequeña luz. Como djrá
lacónicamente santo Tomás, podemos
saber que es, pero no podemos saber lo
que es. Saber que no sabemos nada es la

5
0
EL CAMINO DE LA VERDADERA
FELICIDAD

más alta sabiduría para el hombre, es


conocer a Dios como desconocido.
El entendimiento solo no puede ver a
Dios. Sin embargo, tampoco debemos
caer en el agnosticis-

1 Subsistente por sí mismo (N.d.E.).


mo24. Gradas a las huellas de sí mismo
que el Creador ha dejado en sus
criaturas, podemos ver, si no la
divinidad sí al menos algunos reflejos. El
ser, la bondad, la sabiduría, la belleza se
hallan en Dios. Lo que ocurre es que
solamente vemos un ser limitado, una
belleza parcial, y no sabemos cómo es
esa belleza en su realización pura e
infinita en Dios, donde es idéntica con su
ser, su sabiduría y su amor. La doctrina
de la analogía nos asegura que existe
cierta semejanza entre la belleza creada
y la belleza increada, pero añade
inmediatamente que la desemejanza es
mayor.

Recordamos al joven Agustín en su


búsqueda apasionada del rostro divipo
entre los seres creados, y cuál fue la
24 Según san Buenaventura: "La fe es
llamada sombra de la contemplación
cara a cara deja eternidad: pero una
sombra que ofrece más luz que
oscuridad".

5
1
5. LA PUREZA DE LA
INTELIGENCIA

respuesta que recibió: "No, nosotros no


somos el Dios que tú buscas".
Pero Dios ha venido al encuentro del
hombre. Ha intervenido en la historia, ha
hablado por hombres inspirados. Sí, pero
con palabras humanas, y ál revelarse
permanece aún escondido, porque
ninguna palabra humana puede expresar
el misterio divino Jin el fondo, las
palabras inspiradas obedecen a la ley de
la analogía. Evocan el misterio del que
ellas hablan; no pueden revelarlo
plenamente.
La cumbre de la revelación de Dios es
Cristo. "Después de haber hablado Dios
antiguamente muchas veces y de muchas
maneras a nuestros antepasados por
medio de los profetas, ahora en este
momento final nos ha hablado por medio
del Hijo, a quien constituyó heredero de
todas las cosas y por quien hizo también
el universo. El Hijo que, siendo
resplandor de su gloria e imagen per-
fecta de su ser, sostiene todas las cosas
conjyj palabra" (Heb 1,1-3).
"El que me ve a mí ve al Padre" (Jn
14,9). ¡Pero atención! Los ojos que ven
no son los ojos de la inteligencia
humana, sino los de la fe. Para con-
templar la gloria divina en el rostro de

5
2
EL CAMINO DE LA VERDADERA
FELICIDAD

Cristo (cf 2Co 4,6), es necesario que


nuestros ojos reciban un suplemento de
poder, una facultad de ver proporcional
a su objeto. Así como nuestros ojos físi-
cos no pueden ver una verdad abstracta,
del mismo modo los ojos de nuestra
inteligencia sólo pueden ver a Dios si
reciben otra luz, una luz que es
participación én la luz divina; porque
nadie puede ver a Dios, sino Dios.
Ninguna imagen, ningún intermediario
pueden darlo a conocer. Es preciso que
Dios se una a nuestro espíritu, es
preciso qTje -en cierto sentido-
lleguemos a ser Dios, que veamos con
sus ojos, y sin embargo somos nosotros
quienes vemos, si debemos ver a Dios.

Esa es la felicidad que se nos ha


prometido;' pero sólo se realizará en el
cielo. Aquí abajo, caminamos en la fe.
Hemos recibido ya el poder radical de
ver, una participación en la naturaleza
divina (cf. 2P 1,4), Dios está presente en
nosotros, estamos unidos a él en la
esencia de nuestra alma, nuestros actos
de conocimiento y de amor le alcanzan
tal cuaTes en sí mismo, pero "en un
espejo y de manera confusa" (1Co
13,12), disimulada bajo el velo de la fe y
como envuelta en una nube, porque
nuestro conocimiento debe pasar por

5
3
5. LA PUREZA DE LA
INTELIGENCIA

intermediarios que no están a la altura


de la realidad divina, que no pueden
reflejar nada de su esplendor. Estos
intermediarios son los conceptos de la
fe, siempre sometidos a la ley férrea de
la analogía, es decir, de la desemejanza,
que sin embargo alcanza a Dios en la
noche. (San Agustín habla de las "manos
de la fe", que sujetan a Alguien en la
noche). El otro intermediario es nuestro
amor a Dios. Ese/mpulso de amor que el
Espíritu Santo nos infunde, rompe los
límites dé" nuestros conceptos y nos
sumerge directamente en Dios. En el
seno de los abismos divinos, de ese más
allá que permanece oculto a nuestros
ojos, acontece una cierta experiencia
sabrosa de Dios, que no se expresa pero
que va más allá de nuestro conocimiento
conceptual.

La fe es "la prueba de las realidades


que no se ven" (Hb 11,1). Nos habla de
un orden de realidades extraño y
trascendente con relación al orden
accesible a nuestros sentidos y a
nuestra razón, que se sitúa en un plano
infinitamente inferior.
Porque Dios es el Totalmente-Otro.
Su verdadera realidad nos es
completamente desconocida en lío que

5
4
EL CAMINO DE LA VERDADERA
FELICIDAD

tiene de específicamente divino. Es


necesario
consentir en meternos en una noche
completa, dejar nuestras maneras
habituales de conocer para hacer posible
el contacto con una realidad, un mundo,
del que literalmente no tenemos la
menor idea.
¿Esp es la pureza del entendimiento?
¿Caminar en la fe pura, rechazar todo
conocimiento claro (porque eso sólo
puede ser sobre algo creado), suprimir
toda imaginación, todo pensamiento^
para permanecer en una paciente espera,
en un vacío total sostenido únicamente
por la luz oscura de la fe y la fuerza del
amor? Ciertas escuelas místicas dicen
que sí. Por ejemplo, Evagrio25 y Dioniso el
Aeropagita26, cuya doctrina la tomó san

25 ‘Evagrio Póntico. Monje del siglo


IV. Tuvo una influencia determinante
en Oriente, y en Occidente a través
de Juan Casiano. Le debemos sobre
todo la lista de los pecados
capitales (N.d.E.).
26 Llamado igualmente el Seudo-
Dionisio. Nombre dado a un escritor
griego anónimo (s. iv-v) que intentó
hacer la síntesis de Platón y la fe
cristiana. Sus obras se han atribuido
durante mucho tiempo, y sin razón, a

5
5
5. LA PUREZA DE LA
INTELIGENCIA

Juan de la Cruz27. Es el camino de la


oración pura de los orientales. Pero np
nos precipitemos. Hay muchos escollos
en este camino embriagante y se nos
pide cierta prudencia. "El hombre no es
ni ángel ni bestia, y la desgracia'es que
quien intenta ser ángel se convierte en
bestia" (Blas Pascal). Y como nos lo
aseguran nuestros Estatutos: "La ruta
es larga, áridos y secos los caminos que
hay que recorrer hasta la fuente, el
país de la promesa" (SR 1.4.1).
Miremos alto, lo más alto posible:
es nuestra vocación; pero
asegurémonos de que nuestros pies
están bien sujetos en el suelo antes de
lanzarnos.

Queremos decir psto: la pureza de


la inteligencia, en sí misma, no puede
ser otra cosa que la verdad, esto es, la
conformidad de la inteligencia, con lo
real. Respecto a lo real sobrenatural,

Dionisio el Aeropagita (ateniense


convertido al cristianismo por san
Pablo) (N.d.E.).
271542-1591. Sacerdote y doctor de la
Iglesia,carmelita.Decepcionado por la falta de
fervor de su Orden, pensaba entrar en los Cartujos
cuando se encontró con Tresa de Avila. Ella le convenció
a trabajar más bien en la reforma del Carmelo (N.d.E.).

5
6
EL CAMINO DE LA VERDADERA
FELICIDAD

esta pureza se halla en la perfección de


la fe, porque sólo la fe alcanza el
mundo sobrenatural tal cuaj .es. El
espíritu puro es, pues, el espíritu
guiado en todo, juzga de todo y lo ve
todo a la luz de la fe.

La fe de un hombre
Pero se trata de la fe de un hombre.
Debe vivir su fe como hombre, espíritu
encarnado y muy débil, y como un
ángel. En momentos más o menos
estáticos de la oración más intensa,
siente a veces pasar más allá de todo
intermediario (o casi) para alcanzar
directamente a Dios.. Pero tales
momentos son cortos: son las cumbres
de un esfuerzo continuo hacia Dios. Ese
esfuerzo debe enfaizarse en la
naturaleza encarnada del hombre, y
estar sostenido por actividades
adaptadas a sus- dimensiones
humanas, es necesario que los
momentos intensos de oración pura
sean el fruto
de una vida orientada hacia un más allá
de ella misma, pero que asume al
hombre como él es, en la humildad de su
condición humana verdadera.

5
7
5. LA PUREZA DE LA
INTELIGENCIA

La vida monástica, con un sano


realismo, toma al hombre como él es y
asegura ese fundamento humano con la
lectio divina, el estudio, la liturgia, la
vida comunitaria, el esfuerzo hacia una
presencia habitual con Dios, es una vida,
y una vida humana.

El itinerario de la fe

La fe no alcanza de golpe su
perfección. El hombre recibe su ser
sucesivamente en el tiempo,
crece lentamente del estado de infancia
al de su
\

plena madurez. La pureza de su fe se


adquiere también por una evolución
gradual, y no se deben quemar las
etapas. ~
La pureza de la inteligencia será
diferente según el estado en que se halla
en la vida espiritual, y según el camino
por el que el Espíritu guía a cada uno.
Existe una purificación progresiva que
corresponde al itinerario de la fe.
Veamos cómo se presenta esto en líneas
generales y de ordinario.

El fundamento de la naturaleza

5
8
EL CAMINO DE LA VERDADERA
FELICIDAD

La gracia trabaja sobre la naturaleza.


Una inteligencia bien formada y dotada
de cierto poder
de percepción y de razonamiento, es
una materia prima muy valiosa que se
ofrece a la acción del íspídtu. Saber
organizar su pensamiento, habituarse a
colocarse por encima de lo sensible, en
el nivel de los conceptos intelectuales y
de los valores espirituales, haber sido
sensibilizado en el pasado por algún
contacto con la grandeza y el pensa-
miento humano en sus representantes
más ilustres, es ya una garantía enorme
para el hombre, y le permite una vida
más noble y un acceso más fácil al
mundo sobrenatural.
Entendámonos: por la palabra
"inteligencia" entiendo no sólo la razón,
el poder de razonar -instrumento muy
valioso, pero bastante imperfecto con
relación a los Valores superiores-, sinq
también la intuición. Gracias a ella,
poseemos Ja percepción inmediata de las
realidades, del ser, de los primeros
principios de la verdad, de nuestro
propio yo, de la vida de nuestra
conciencia, del corazón de otra persona
que se abre a nosotros en la confianza y
el amor, y de los valores estéticos y

5
9
5. LA PUREZA DE LA
INTELIGENCIA

espirituales. Los poderes intuitivos de la


inteligencia son infinitamente más
delicados, y van infinitamente más lejos
que la razón, que sólo sirve en >
definitiva para ordenar las adquisiciones
de la Intuición y sacar provecho de ellas.
Toda buena educación debe aspirar a
cultivar esas cualidades superiores, y
sobre todo la educación del contem-
plativo, porque es precisamente sobre
esas facultades intuitivas y sobre una
sensibilidad despierta donde la grada de
la contemplación se inserta de manera
preferente, elevándolas infinitamente,
sin duda, pero en su propia línea. **
Dios sabe prescindir a veces de esta
formación intelectual en personas
simples, pero parece que el trabajo de la
gracia está seriamente amenazado, al
menos en su acción para elevar el nivel
de vida, si no encuentra un espíritu que
tenga facultades sanas e íntegras,
-aunque estén subdesarrolla- das-, sobre
las cuales pueda injertarse la gracia. En
igualdad de circunstancias, cierta cultura
de espíritu ofrece casi siempre un
terreno más rico a la acción de la gracia.
Al menos un mínimo de cultura. Fuera de
un cierto grado, los efectos benéficos
decrecen, sobre todo, si por una
educación mal concebida, se está

6
0
EL CAMINO DE LA VERDADERA
FELICIDAD

demasiado alejado de las primeras


intuiciones de la inteligencia, y de un
cierto frescor y simplicidad en la mirada,
que sabe recibir lo real en su verdad
nativa sin interposición de categorías
sofisticadas.

El dominio de la fe

Un conocimiento exacto de las


verdades de la fe y de nuestras
obligaciones moráles, una comprensión
más profunda del misterio de nuestra
religión, que sabe englobar los datos de
nuestro conocimiento profano y deducir
el sentido de la historia, del mundo y de
nuestra historia personal, nos permite
una vida de fe más profunda, más ale-
jada del error y de la superstición, en
una palabra, más libre, porque el
conocimiento nos libera de muchos
miedos y necedades, J_a ignorancia, a
este nivel, es pocas veces santa, ni en
sus causas (porque despende de
nosotros) ni en sus resultados.
Los Estatutos son muy claros en este
punto: "Ante todo, para evitar
despilfarrar en la celda nuestra vida
dedicada a Dios, debemos aplicarnos con
ardor y discreción a los estudios que nos
convienen, no para satisfacer el gusto de

6
1
5. LA PUREZA DE LA
INTELIGENCIA

aprender ni el de publicar libros, sino


porque la lectura sabiamente ordenada
da al alma más fuerza y proporciona un
soporte a la contemplación. Es un error
creer que se puede abandonar el estudio
de la palabra divina, o incluso
ábandonarla, y a pesar de ello pretender
alcanzar fácilmente la unción con Dios.
Buscando, pues, el meollo del sentido
más bien que la escoria de las palabras,
escudriñemos los misterios divinos con la
sed de conocer que brota del amor y al
mismo tiempo lo aviva” (SR 1.5.2). .

El deseo del amor

La última frase toca un motivo que va


más allá de cualquier intento de utilidad.
La sed de conocer nace del amor. Cuando
se ama a alguien, no se cansa de
conocerle cada vez más. Y a medida que
percibimos con más claridad el rostro de
la Bondad infinita, nuestro amor se hace
más intenso y más verdadero, lo cual nos
impulsa a querer buscarle y conocer más
profundamente. Ese movimiento no
cesará jamás, porque el misterio de Dios
es infinito. Incluso en el cielo, en el cara
a cara con Dios, no cesaremos de
penetrar continuamente con más

6
2
EL CAMINO DE LA VERDADERA
FELICIDAD

profundidad el abismo infinito de su


misterio.

La economía de la fe
El deseo de conocer es también una
consecuencia de la economía de la fe. Es
cierto que el espíritu humano, hecho
para la luz, para conocer y para
comprender, por su propia naturaleza se
siente impulsado a buscar, y de hecho
busca siempre la luz, y en el saber busca
sin duda a Dios. Pero está tendencia se
ve incomparablemente fortalecida en
nosotros por la vitalidad contenida en
simiente de la gracia de la fe depositada
en nuestras almas. "Por su propia
voluntad, él [el Padre de las Luces] nos
ha engendrado por la palabra de la
verdad, para que seamos, por así decirlo,
las primicias de sus criaturas" (St.1,18).
La fe, en efecto, es una participación
oculta en el conocimiento que Dios tiene
de sí, es una luz que hace capaz de ver a
Dios en sí mismo, y que le toca
directamente, aunque bajo los velos de
fórmulas verbales que nuestro
entendimiento sólo puede penetrar
débilmente.

6
3
5. LA PUREZA DE LA
INTELIGENCIA

La fe es necesariamente deseo:
deseo alimentado por la profunda
presencia de Dios que se da

6
4
EL CAMINO DE LA VERDADERA
FELICIDAD

al alma. Ese deseo en cada uno de


nosotros llamados por Dios hacia Él,
libremente y por su nombre, busca la
unión personal con Dios por todos los
medios posibles: unión por el corazón,
sí y en pii- mer lugar, pero también
unión por el espíritu, Porque Dios es
espíritu: su vida es un intercambio de
conocimiento y de amor, la comunión de
vida con Él es de este modo un
intercambio de conocimiento y de amor.
Conocimiento personal: no
solamente de las obras "hechas por
Dios", sino un conocimiento que nace
del don recíproco de sí en el amor
entre PERSONAS. Compartir las
intenciones del otro es una parte <de
esa comunión. Y, Dios se ha revelado a
hosotros y nos ha revelado"sus
pensamientos, en la Escritura y en cada
uno de nosotros por la presencia activa
de su espíritu por la gracia.
Nuestrouestu- dio será una escucha
activa y amante de su Palabra^ en
nosotros y en las palabras inspiradas de
la Escritura. La enseñanza de la Iglesia
y las elaboraciones de la teología, son
únicamente la transmisión y la
meditación de lo que Dios nos dice de sí
mismo.

6
5
5. LA PUREZA DE LA
INTELIGENCIA

Cristo nos llama amigos


precisamente porque nos ha revelado
los secretos del Padre. Habló con
palabras humanas: se dirigió a nuestra
inteligencia. Aquello de lo que él habla
contiene un misterio que supera
nuestra capacidad de comprender. Pero
con toda evidencia desea que
compartamos con él su conocimiento
del Padre lo más que podamos: para
eso nos ha dado su Espíritu (cf. Jn 14).
Pero esas palabras y esos conceptos
son unos intermediarios muy espesos.
Nos quedamos muy lejos. Quisiéramos
pasar por encima de esa disciplina
laboriosa y parcelada de ideas; el novicio
contemplativo, en particular, quisiera
elevarse inmediatamente a la unión
mística con Dios, y en su entusiasmo
generoso no percibe tal vez la necesidad
de pasar por ellos. Sin embargo, tarde o
temprano se aplicará la "ley de la
encarnación'', y una naturaleza humana
que no ha sido armoniosamente
integrada con el espíritu, sino ignorada y
reprimida, se afirmará con una fuerza
que corre el riesgo de invertir el frágil
equilibrio espiritual y sicológico. Lo
mismo que es temerario aspirar a la
unión con Dios sin someterse a la
purificación del camino ascético, también

6
6
EL CAMINO DE LA VERDADERA
FELICIDAD

lo es desear sobrepasar la disciplina de


la doctrina. A este respecto, la gran
Teresa no se muerde la lengua: "Digo que
a los principios, si no tienen oración,
aprovechan poco las letras. No digo que
no traten con letrados, porque espíritu
que no vaya comenzado en verdad, yo
más le querría sin oración; y es gran cosa
letras, porque éstas nos enseñan a los
que poco sabemos, y nos dan luz, y
llegados a verdades de la Sagrada
Escritura, hacemos lo que debemos: de
devociones a bobas nos libre Dios”28.
. Ese esfuerzo doctrinal es un primer
paso hacia la conformación de nuestro
espíritu con el Espíritu
de Dios; pero hay tropiezos en el camino,
y purificaciones que soportar.

Lo esencial en la fe, como sabemos,


no son los enunciados, ni las verdades
fragmentarias, es la persona a la que se
tiende a través de ellas. Pero sucede que
el movimiento del alma se para, que su
ímpetu espiritual se materializa, que se
"habitúa" a un conjunto de ideas donde
encarna su fe29, y que corre el riesgo de
28 Santa Teresa de Ávila, Vida, c.
XIII.
29 Podemos aprender algo del rechazo
absoluto de algunas religiones

6
7
5. LA PUREZA DE LA
INTELIGENCIA

olvidar la insuficiencia radical de esos


elementos creados, y su terrible des-
proporción con la Realidad de Dios. Es un
gran progreso haber atravesado la
región de los pensamientos carnales y
haberse aclimatado a los pensamientos
divinos. Es un ^gran peligro creer que
con eso todo está acabado, y que la fe se
ha desarrollado plenamente. Nuestras
ideas no representan a Dios, y las ideas
de la fe menos aún que las demás,
porque se dirigen al misterio personal de
Dios.
A partir de un cierto punto, esas
ideas se convierten en obstáculo. Bajo su
forma humana, fija, endurecida y carnal,
son nuestras ideas, y por tanto un medio
de conocimiento sometido a límites
infranqueables, y con ello a barreras
para el alma a la que Dios llama a
penetrar más allá. Purificación subjetiva
-de esas "ideas impuras"- y purificación
objetiva-de esas "ideas" humanas-, Tal es
el trabajo que se impone.
No se trata de entrar en un sueño
vago, ni en ese adormecimiento en que
no pasa nada, no se quiere nada, ni se
pretende pensar nada. Se trata de unirse
orientales a “objetivar" a Dios en un
concepto, incluso el más purificado y
elevado.

6
8
EL CAMINO DE LA VERDADERA
FELICIDAD

verdaderamente a Dios y de encontrar


de verdad a Alguien. La señal más
segura de la contemplación es
precisamente el "conocimiento y la
atención amorosa" a Dios: "el alma se
complace en hallarse sola con Dios,
mirarle con amor, sin ocuparse de otra
consideración particular"30. Esta frase
traduce toda la paradoja de la
contemplación: no las virtudes, sino la
Persona, a un grado nunca jamás
alcanzado.

Poco a poco* oscuramente, entra en


el alma un conocimiento "general”, no
porque sea vago a nivel de nociones y de
conceptos, sino porque es una comunión
en un plan que ya no es nocional: es
conocimiento y presencia de Dios. Pone
en juego las "potencias espirituales"
puras, digamos las potencias de
intuición y de comunión. La razón
permanece vacía, privada de "formas
inteligibles", ante un "objeto" más
oscuro que nunca. Pero el espíritu
comulga con Dios, el espíritu que no es
más que un inmenso impulso de
atención amoro- saTy acogedora. Esta
comunión simplifica y purifica el alma; es

30 San Juan de la Cruz, Subida al Monte


Carmelo, 2, cap. XIII,4.

6
9
5. LA PUREZA DE LA
INTELIGENCIA

experiencia de la Persona. El impulso


espiritual que ella alimenta puede
levantar la persona hasta Dios a través
de conceptos insuficientes, cojos o
parcialmente erróneos (serán un freno y
ejercerán un influjo deformador).
Durante cierto tiempo, la
representación conceptual sostiene y
fortifica el impulso del alma hacia Dios.
Pero llega un momento en que el ele-
mento representativo de la fe revela
dolorosamente toda su insuficiencia y se
halla poco a poco dislocado y superado,
mientras que el impulso espiritual se
purifica y fortalece en una comunión
espiritual oscura, aunque de una
intimidad extraordi- naria.t No estoy
unido a una divinidad indistinta, sino a
las Personas divinas de la Santa Trinidad,
por Cristo en el Espíritu Santa al Padre.
"Si alguno me ama [...] mi Padre le
amará; vendremos a él y haremos
morada en él" (Jn 14,23).
"El Espíritu Santo permanece junto a
vosotros y está en vosotros" (Jn 14,27).

¿No será, pues, la dimensión


doctrinal una etapa provisional que se
supera más o menos pronto? ¿Dejará de
tener necesidad el monje en su celda de
este apoyo tan material? El número cita-

7
0
EL CAMINO DE LA VERDADERA
FELICIDAD

do de los Estatutos nos advierte que no


se puede descuidar sin error el estudio
de la palabra divina, "ni abandonarlo
más tarde". La tradición monástica y la
realidad que se nos impone dejan
todavía un lugar para un humilde
contacto con Dios, por medio de los
conceptos y de los símbolos en la lectio
divina, la liturgia, etc. Existe sin duda
una simplificación progresiva; baste
menos doctrina cuantitativamente
hablando, y su papel es menos de
informar que de evocar, aunque siempre
permanece posible y deseable un
ahondamiento benéfico. Además, se
puede distinguir (sin separar) los
momentos de oración intensa e interior,
donde el amor va derecho a la Persona
amada y a la vida en su conjunto, que
está necesariamente más próxima de la
condición humana en muchos de sus ele-
mentos. Para ver con claridad y situar
bien cada cosa, interrogaremos a la
tradición en el capítulo siguiente.
La pureza de la oración

"Dichbsos los corazones


puros: verán a Dios"
(Mt 5,8).

7
1
5. LA PUREZA DE LA
INTELIGENCIA

LECTURA, MEDITACIÓN, ORACIÓN,


CONTEMPLACIÓN SON LOS ACTOS
PRINCIPALES DE LA ORACIÓN. Los
encontramos ya en la Biblia, lo cual
indica que son muy "naturales" para el
hombre que quiere conocer la voluntad
de Dios y escrutar su designio.
Los Padres no han hecho otra cosa
que aportar a su meditación todas las
riquezas de los espíritus que recibieron
una formación filosófica y literaria, sin
desviarse un solo instante de la
búsqueda apasionada de Dios y de la
comunión íntima con
él. Esa unidad vital hace valiosos aun
hoy sus trabajos y les da un sabor
especial.

Los Padres del desierto, en general,


eran hombres simples, muchas veces
iletrados, pero se alimentaban de la
rumia incesante de la Sagrada Escritura,
sobre todo del Evangelio y de los
salmos, que Casi se sabían de memoria.
Su esfuerzo principal tendía a la oración
continua, sostenida por ora-, ciones
breves y frecuentes, a veces reducidas
a una simple fórmula. Su meta era la
pureza de corazón, que ellos
identificaban con la caridad y la oración
pura. Impulso espiritual de amor que

7
2
EL CAMINO DE LA VERDADERA
FELICIDAD

supera toda forma y palabra, para


sumergirse directamente en Dios, en la
contemplación de la Santa Trinidad.
Esos momentos de oración pura eran
normalmente muy breves; eran los
frutos más perfectos de su vida ascética
y de su vida de oración, en una palabra,
de su caridad.
Esta visión de las cosas corresponde
en realidad a la manera de ver de la
mayor parte de los Padres del Desierto.
Pero algunos, más eruditos y más
imbuidos de nociones filosóficas,
buscaron esa oración pura más
directamente, por ella misma, por así
decirlo, y la concebían en términos de
una pureza intelectual (es decir, la
exclusión de toda imagen, de todo
concepto, para arrojarse en el
desconocimiento divino), más bien que
en términos de una pureza moral y
espiritual (ésta tendía a pasar a
segundo plano). Es la escuela, por
ejemplo, de Evagrio. Según el P.
Hausherr, incluso
esas personas no siguieron
rigurosamente esa teoría; en la práctica
seguían también ellos el camino de la
compunción, de la pureza de corazón y
de las plegarias jaculatorias. Sin
embargo, esa aspiración que formularon

7
3
5. LA PUREZA DE LA
INTELIGENCIA

tuvo un gran influjo en toda una


corriente de la tradición mística en la
Iglesia.
Hallamos la misma aspiración y la
misma intransigencia intelectual en los
Renano-Flamen- cos31 y en san Juan de la
Cruz. El silencio interior buscado por los
hesicastas se halla en la misma tra-
dición. La tradición monástica ha seguido
la línea realista de los Padres del
Desierto. El alimento espiritual de base
era la meditación de la sagrada Escritura
en la lectio divina y en la liturgia, que
muy pronto toma una estructura fija y
ofrece un alimento bíblico muy
elaborado: textos escogidos en función
del tiempo litúrgico y según la manera
de la Iglesia de leer el texto sagrado.
Había, sin duda, tiempos de oración
privada, pero no estaban jurídicamente
fijados. La liturgia, un tiempo bastante
prolongado consagrado a la lectio

31 Se agrupa bajo este término a los


que estuvieron en el origen de una
renovación mística en la región
renano-flamenca, durante los siglos
XIII-XIV. Los más famosos son el
Maestro Eckhart (hacia 1261-1327),
Enrique Suso (hacia 1295-1366), Juan
Tauler (hacia 1300-1361) y Juan de
Ruysbroeck (1293-1381). (N.d.E.).

7
4
EL CAMINO DE LA VERDADERA
FELICIDAD

divina, y la libertad para entrar en la


iglesia para orar en privado cuando
inspirara el Espíritu, es la fórmula típica
entre los monjes de la Edad media (cf. la
Regla de san Benito, por ejemplo). Pero
lo esencial es
que para ellos meditación, oración y
contemplación no eran estados más o
menos exclusivos entre sí y repartidos
entre las diversas categorías de per-
sonas (principiantes, proficientes y
perfectos), sino momentos diferentes
en el interior de la misma hora de
oración. Hallamos muy bien descrita
esta unidad armoniosa en la Scala
Claustralium ("La escala de los
monjes") de Guigo il2.

"La lectura es aplicación del


espíritu a las Santas Escrituras. La
meditación es la investigación solícita
de una verdad escondida con la ayuda
de la razón. La oración es la devota
tensión del corazón hacia Dios para
alejar el mal y obtener el bien. La
contemplación es la elevación en Dios
del alma que es arrebatada por el
gusto de los gozos eternos. [...].•
"La lecturq'investiga la dulzura de la
vida bienaventurada, la meditación la
encuentra, la oración la pide y la

7
5
5. LA PUREZA DE LA
INTELIGENCIA

contemplación la saborea. Así lo dice el


Señor 'Buscad y encontraréis, llamad y
se os abrirá' (Mt7,7). Buscad leyendo, y
encontraréis-* meditando; llamad
orando y entraréis por la con-
templación: La lectura lleva el alimento
a la boca, la meditación lo mastica1 y
tritura, la' oración perci-
be su sabor y la contemplación es ese
mismo sabor que agrada y conforta"32.
"Lectura, meditación, oración y
contemplación están de tal modo
concatenados y se prestan entre sí una
ayuda vicaria tal que los anteriores sin
los siguientes poco o nada aprovechan, y
los siguientes sin los anteriores jamás o
raramente pueden alcanzarse. En efecto,
¿qué aprovecha ocupar el tiempo con
lectura continua [...] a no ser que
masticándolos y rumiándolos saquemos
el jugo y tragándolos los trasmitamos a
lo profundo del corazón? [...] Así mismo,
¿qué aprovecha al hombre ver mediante
la meditación lo que hay que hacer, si no
obtiene fuerzas con el auxilio de la ora-
ción y con la gracia de Dios parajlevarlo
a cabo? [...] ¿Cuál es, pues, la meditación
fructuosa? La que se ejorcita en una

32 Guigo II, Scala claustralium, cc. II y


III.

7
6
EL CAMINO DE LA VERDADERA
FELICIDAD

oración ferviente, pues obtiene casi


siempre la suave contemplación [...] Es
una excepción muy rara y casi un milagro
obtener la contemplación sin la
oración" .
33

Hay algo muy sano y muy natural en


esta manera de vivir, porque el problema
está ahí: se trata de una vida, una vida
total que toma al hombre como él es y
que intenta, integrar todas sus
facultades de una manera que respete el
ritmo natural de su vida síquica. El lugar
que se da a un alimento sólido y a un
enraizamiento profundo de la fe en la
inteligencia es bastante grande. Pero la
inteligencia no está separada del
corazón, de la vida de oración, sino que
está más bien en tensión constante hacia
Aquel que le habla en su Palabra, que
ella entrevé oscuramente; pasa
naturalmente a la oración, y si Dios lo
quiere a la contemplación. Después
vuelve de nuevo al nivel terreno y torna
a comenzar dulcemente, por la lectura, la
meditación, etc., y todo eso dentro de un
solo ejercicio, la lectio divina.

En los siglos siguientes tuvo lugar un


cambio. En el siglo XII aparece un
espíritu reflexivo que hace mucho caso
33' 4 Ibid, cc.XII-XIV.

7
7
5. LA PUREZA DE LA
INTELIGENCIA

de la reflexión filosófica y científica, y


que analiza y quiere clasificarlo todo. Eso
culminó finalmente en el divorcio entre
una teología racionalizadá, seca, y una
espiritualidad privada de sus fuentes
intelectuales, pobre en contenido y
profundidad, cada vez más afectiva y
moral.
Más tarde aparece una nueva
concepción de la vida religiosa con las
Congregaciones dedicadas a_un fin
apostólico (como los Dominicos y
Jesuítas). Al mismo tiempo se comienza a
enseñar Jaoración a los laicos; de este
modo el tiempo de oración es un período
relativamente corto en una jomada
sobrecargada de cnversas actividades.
Se necesita un método de oración que
enseñe a concentrar el espíritu sin
perder un minuto y que anime a la
voluntad para toda la jornada. Se ocupa
de los defectos que hay que corregir, de
las virtudes que se deben adquirir, de las
buenas obras que hay que hacer. Es una
oración "práctica", como se la llamará en
el siglo XVI en la Compañía de Jesús, una
oración concebida en función de la vida
activa y no en función de la vida
contemplativa, inmediatamente
ordenada a la unión con Dios.

7
8
EL CAMINO DE LA VERDADERA
FELICIDAD

Además, las distinciones hechas


entre los diferentes actos de oración, y
entre la oración normal o adquirida y la
oración infusa, tienden a endurecerse en
separaciones efectivas. En lugar de con-
cebir la meditación, la oración y la
contemplación como actos sucesivos de
una misma oración, se les establece
como oraciones diferentes y separadas,
y se les atribuye a diversas categorías de
personas
(principiantes, proficientes y
"perfectos").
,/ . ’
La oración tradicional sobrevive bajo
el nombre de oración afectiva. Perq
mientras que la medicación discursiva
está aislada y progresivamente
esquematizada, la oración afectiva,
desgajada de sus fuentes intelectuales
se va simplificando cada vez más, hasta
el punto de convertirse en el siglo XVII
en la oración de simplicidad y de simple
mirada, que sigue siendo la oración de
tantas almas en nuestros días.
Se advierten inmediatamente
algunas diferencias con la oración de los
monjes. La oración moderna es un
tiempo fijo consagrado a la comunión
personal con Dios. En ella encuentran su
lugar el esfuerzo intelectual, y la rumia

7
9
5. LA PUREZA DE LA
INTELIGENCIA

de las verdades de la fe. Se busca más


bien hacer silencio en sí mismo y
estimular el amor de Dios, con actos pro-
longados y tranquilos que no rompen el
silencio interior; la meditación sobre un
tema sólo aparece a menudo como un
medio de socorro en caso de aridez o
aturdimiento. Esto es positivo porque
afirma y recoge la tradición hesicasta en
lo que tiene de válido, sobre todo si se
consideran los momentos consagrados a
la oración íntima y personal; es la óptica
normal de los autores modernos. Pero si
se aplica esa actitud a nuestra vida, sin
distinción -y a mi parecer eso es lo que
han comprendido mal la mayor parte de
los espirituales modernosse apoya
entonces sobre una base demasiado
estrecha, y no integra a todo el ser
humano con el •suficiente realismo.
La oración tradicional otorgaba una
parte muy amplia al esfuerzo intelectual,
pero también era muy grande la parte
de la oración y de la conversación
directa con Dios : hacer oración no era
solamente pensar en Dios, sino también
hablar a Dios. Pero se pensaba que para
estimular el amor era preciso alimentar
el espíritu, y eso tal vez se ha olvidado
demasiado.-

8
0
EL CAMINO DE LA VERDADERA
FELICIDAD

Esto es importante para nosotros,


cuya ocupación esencial es la intimidad
con Dios. Necesitamos una base
suficientemente amplia para llenar toda
l.ajomada, y no solamente media/hora o
una hora aTdía; para llenar toda una
vida y no solamente un fin de semana de
retiro, o un mes o incluso uno o dos
años. Necesitamos unos fundamentos
sufi-
* ..

cientemente énraízados en nuestra


naturaleza para resistir a las arideces
del desierto, y para permitirnos abrir
nuestro ser de hombre en la atmósfera
enrarecida de la fe pura. Finalmente, si
la esencia de la vida espiritual es la
relación personal de amor con Dios, se
trata de una relación con una Persona
ausente e invisible, y necesitamos
constantemente escudriñar los signos
de su presencia -uno de los principales
es su Palabra-, para dar sustancia al
vínculo que nos une con Él.
Otra diferencia entre el punto de
vista antiguo y el punto de vista
moderno es que los antiguos se
entregaban al estudio de la
contemplación mística, mientras que
los modernos toman como objeto los
diversos grados de la oración mística.

8
1
5. LA PUREZA DE LA
INTELIGENCIA

La contemplación mística no es por sí


misma un grado especial de oración: es
un acto, más o menos durable, un acto
sobre todo del don de sabiduría, una
especie de experiencia de Dios por el
amor que nos une a él, pero que no
está unida necesariamente a esa forma
de oración que es la oración mental.
Puede ser también infundida por Dios
durante esa otra forma de oración que
es el oficio divino, o incluso durante el
trabajo.
La oración mística,_al contrario, es
un grado sjjperior de oración mental,
durante el cual el alma está más o
menos en acto de contemplación rrfís-'“
tica. Evidentemente, los grados de
oración mística estarán medidos por la
mayor o menor perfección de la
contemplación mística; pero la
descripción de
las diversas oraciones místicas
comporta elementos sicológicos
accidentales a la naturaleza de la
contemplación mística -cómo los
consuelos, los sufrimientos, el-itinerario
del alma-, y es sobre todo en esos
elementos en los que se fijan los
autores modernos, por ejemplo Santa
Teresa o San Juan de la Cruz (s.XVI),

8
2
EL CAMINO DE LA VERDADERA
FELICIDAD

cuando describen los caracteres propios


de cada grado de oración.
Eso marca sin duda un progreso en
el discernimiento de las realidades
espirituales, pero las distinciones
corren el riesgo con frecuencia de
suscitar en el espíritu de los discípulos
separaciones irremediables. Eso
sucedería en el curso de los siglos
Siguientes: se llegó a hacer poco a poco
de la contemplación mística un grado de
oración mental, con el mrémo título que
la meditación discursiva y la oración
afectiva; y mientras que éstas eran
consideradas como los grados de la
"oración ordinaria", la oración mística
fue calificada como "oración
extraordinaria", y en los siglos XVIII y
XIX se la tuvo como más o menos
sospechosa, y' el que se apartaba de la
meditación discursiva o de una oración
afectiva era considerado como un
iluminado.
Prácticamente, la antigua y
armoniosa ordenación de la meditación
y de la oración a la contemplación y a la
unión con Dios, queda sensiblemente
disminuida. No se percibe la
contemplación como la profundidad de
la vida espiritual en su totalidad, la
dimensión oculta de todas sus activi-

8
3
5. LA PUREZA DE LA
INTELIGENCIA

dades, sino al contrario, como un


dominio extraordinario y alejado de la
vida normal. Quienes aspiran a ella
corren el riesgo de vivir en un estado
demasiado angélico, que no puede
asegurar un equilibrio humano ni
sobrenatural a largo plazo. Y los
escritos espirituales modernos, con su.
inclinación hacia la descripción
sicológica, peligran estimular
demasiado la introspección; la mirada
está demasiado fija en sí. Pensamos en
el dicho de los Padres: la oración sólo es
perfecta cuando no se tiene conciencia
de orar.

Parece, pues, que sin dejar de


aprovecharnos de cuanto representa un
verdadero progreso en los desarrollos
modernos, preferimos mantenernos
fieles a la tradición antigua. El cambio de
orientación moderna va unido a nuevas
formas de la vida religiosa, mientras que
la vida monástica, y én particular la vida
cartujana, ha conservado la estructura
de vida y la finalidad contemplativa
antiguas.
* El hombre no ha cambiado
esencialmente, al menos el hombre
monástico, es decir, el hombre en su
simplicidad y en la verdad de su

8
4
EL CAMINO DE LA VERDADERA
FELICIDAD

naturaleza ante Dios. El solitario es


necesariamente ese hombre, lo exige la
soledad. Nosotros, los cartujos, debemos
acoger con ciertas reticencias la tenden-
cia al análisis sicológico que caracteriza
el espíritu moderno, porque corre el
riesgo de ofuscar un poco la nitidez de
nuestras relaciones íntimas con Dios.
Pero sería poco realista pensar que
podemos prescindir totalmente de él. Ese
análisis sicológico aporta por otra parte
algo de positivo cuando se utiliza como
un instrumento, y cuando el ámbito
sicológico se sitúa con exactitud en su
relación con el espiritual.
Eh la práctica, es mu^ delicado hacer
el discernimiento por las influencias
íntimas entre el siquismo y lo espiritual.
Pero no se puede negar ni ahogar la
aspiración mística, ese ímpetu intransi-
gente que no quiere atarse a nada
creado (como tal). Al contrario, nuestra
vocación solitaria sólo tiene sentido si se
halla en una perspectiva hacia el
más”allá de lo creado: entre nosotros, la
palabra sólo encuentra su perfección en
el misterio pascual del silencio. Aunque
para hacer mejor el salto al "nada"
xfivino, el monje se asegura que sus pies
pisen firmes en el suelo, y que todo su
ser participe armoniosamente en su

8
5
5. LA PUREZA DE LA
INTELIGENCIA

esfuerzo. Hemos visto que es fatal


objetivar demasiado, y materializar
demasiado la fe en conceptos. El solitario
evita este escollo con un vivo sentido de
la trascendencia, del misterio inefable de
Dios, que la acción y el simbolismo
impregnados de adoración y de liturgia
inscriben en lo más profundo del
corazón.
Todo el ambiente de su vida, incluso
el material, va en este sentido: los
inmensos espacios de soledad viva que
impregna todo, el monasterio - oración
de piedra, la esbeltez de la nave de la
iglesia y la audacia del campanario que
quiere penetrar los cielos, el silencio
lleno de sombra y de una tenue luz, la
presencia invisible de las generaciones
pasadas cuya oración ha santificado cada
rincón, los monjes que se cruzan y se
sonríen sin decirse nada, las montañas
situadas como centinelas en torno al
hogar que parecen mirar con cierto
asombro, pero poniendo a disposición
todos sus recursos para proveerle de un
cuadro siempre hermoso y diferente.

"Coronas el año con tus bienes,


de tus surcos mana la
abundancia, rezuman los pastos
del desierto, los collados se
llenan de alegría; las campiñas se

8
6
EL CAMINO DE LA VERDADERA
FELICIDAD

cuajan de rebaños, los valles se


cubreiYde mieses que vitorean y
cantan".
, (Sal 64,12-14).

¡Perdonadme esta digresión! Lo que


intento decir es que nosotros
aseguramos lo específico de nuestra
vocación con un sentido profundo del
misterio de Dios, de eso infinitamente
grande que permanece escondido más
allá de todo cuando se pueda decir de
Dios, aunque sea legítimo hacerlo. Sólo
la adoración y el amor tienen la clave de
ese. reino en el que sólo pueden entrar
los pobres de, espíritu, los grandes
silenciosos, aquellos cuyo corazón está
puro de toda imagen, de toda forróa*. y
que están animados de un deseo sin
nombre hacia Aquel que está sobre todo
nombre.
Elsmisterio divino es personal. Eso es
lo que da su carácter especial a la
tensión apofática34 hacia Dios. La vida de
fe es un encuentro con una persona
-"unas manos que sujetan a Alguien en la
noche”. Todo encuentro con una persona

34 Apofático: del griego apophasía,


“negativo". Acercamiento a Dios por
negación, afirmando de Dios lo que no
es más bien que lo que es (N.d.E.).

8
7
5. LA PUREZA DE LA
INTELIGENCIA

es más » una cuestión de intuición, de


connaturalidad, de connivencia con el
ser descubierto, y de amor, que4 de
nociones claras (Incluso con Dios; es
preciso hacerse Dios para conocer a
Dios). Este encuentro se sitúa en un
plano#no discursivo, recordemos el
aforismo de san Teresa de Ávila sobre la
oración: "Lo importante no es pensar
mucho, sino amar mucho".,

De hecho, es la oración íntima y


personal, ese "comercio de amistad en
que se entretiene a solas con ese Dios
de quien se sabe amado", lo que
mantiene vivo el concepto personal con
Dios.
Pero ese sentimiento de estar en
presencia de una Persona debe
penetrar todo el esfuerzo intelectual.
Es preciso ser siempre conscientes de
que á través de los conceptos y las
palabras es una persona quien se
revela, que nos da signos. Se sigue el
principiojíeológico enunciado pro santo
Tomás: "El que cree asiente a las
palabras de otro [alguien que ve lo que
nosotros nos vemos]. Así, parece que lo
principal y como fin de cualquier acto
de

8
8
EL CAMINO DE LA VERDADERA
FELICIDAD

creer es aquel en cuya aserción se cree;


son, en cambio, secundarias las verdades
a las que se asiente creyendo6 en él".
. Esta intención personal es la que
debemos fomentar cuando estudiamos,
cuando leemos la Palabra de Dios,
cuando celebramos la liturgia, cuando
encontramos a los hermanos. Porque lo
que hacemos a los hermanos se lo
hacemos a Cristo (Mt 25).

El encuentro personal llena con la


presencia el alma vacía de conceptos.
Ante uno a quien se ama, y del que se
sabe amado, el misterio de su
personalidad no nos molesta. Al
contrario, el amor encuentra allí sus
delicias, porque presiente riquezas sin
fin, y se regocija cada vez más en la
medida que trascienden su poder de
comprensión. "Gloria a Dios en lo más
alto de los cielos". ■
En cierto sentido, el misterio es
necesario al amor personal. El atractivo
de la mujer es tanto más grande cuanto
que es misterioso en el don total de ella
misma. Existe siempre una comunión
más íntima que se desea*.
En el cielo el misterio de Dios,
precisamente como misterio, será
nuestra felicidad eterna. Y desde el

8
9
5. LA PUREZA DE LA
INTELIGENCIA

punto de vista de la inteligencia, será la


felicidad del pobre para siempre.
Una vez más, pureza y pobreza
dicen lo mismo,” porque ambas habían
el lenguaje del amor.
La pureza de corazón, bajo jel
aspecto de pureza de la inteligencia, es
la tensión del amor hacia la Persona
escondida tras el velo de palabras y
símbolos; es el deseo de comunión
personal que va siempre más allá, para
entrar en la pureza de una luz sin
forma, en la soledad de un silencio que
sobrepasa toda palabra. La pobreza del
espíritu, la receptividad pura ante la
Verdad pura es lo que hace que Dios
sea todo en todo, y que los dos sean
uno. .

"El abismo llama al abismo" (Sal


41,8).
"El Espíritu y la Esposa dicen: ¡Ven!
[...] Amén r ¡Ven, Señor Jesús!/' (Ap
22,17.20)
Dichosos los pobres de
corazón

"Dichosos los pobres de


corazón: suyóes el Reino
de los cielos".
(Mt 5.3)

9
0
EL CAMINO DE LA VERDADERA
FELICIDAD

LO QUE PRETENDEMOS PURIFICAR


ES TODO NUESTRO SER, pero no es
cierto que hayamos llegado al fondo de
la pureza. Debemos frecuentar la
escuela del Señor, aquella en la que
pronunció la felicidad de los corazones
puros en el Sermón de la montaña.
Para comprenderla bien es preciso
situarla en el contexto de las otras
bienaventuranzas, porque las
Bienaventuranzas forman un todo, no
en el sentido de un desarrollo lógico
sino como variantes de un mismo
tema, jjues es la misma realidad la que
se mira bajo numerosos aspectos. En
esa óptica abordamos las otras
bienaventuranzas.
El/hombre cuyo corazón es puro, es
también aquel cuyo espíritu es pobre. El
corazón, como sabemos,'designa el
centro mismo de la persona; el espíritu
en la primera bienaventuranza designa la
misma realidad; en la traducción de la
TOB, se lee: "Dichosos los pobres de
corazón".
En el fondo, ser puro de corazón es lo
mismo que ser pobre de corazón. El
pobre no posee nada, y sólo puede
contar con Dios para todo. Acepta su
pobreza como algo dado, como un hecho
del que tiene experiencia todos los días.

9
1
5. LA PUREZA DE LA
INTELIGENCIA

Somos esencial- mehte pobres: nuestros


cuerpos necesitan alimentarse cada día,
o casi todos los días; nuestra existencia
corporal va unida a un conjuntóle condi-
ciones ambientales tales que la ausencia
de una de ellas causaría la'muerte.
Recibimos nuestra vida corporal como
una gracia maravillosa en cada
momento. El hecho de existir es una
apuesta inverosímil.
Así es en cierto modo la imagen de
nuestra indigencia espiritual. Por
nosotros mismos no podemos nada ante
Dios. Jamás podemos dar algo a Dios que
no lo hayamos recibido antes de sus
manos. “Sin mí no podáis hacer nada”
(Jn 15,5). Nada. Cristo lo ha dicho
categóricamente. Recibimos nuéstra vida
de él, como el sarmiento recibe la vida
de la vid. Separados de él, morimos. Nos
conviene que cale profundamente en
nosotros esta verdad capital. La virtud
que a veces practicamos es pura gracia,
don de Cristo, la vitalidad de su Espíritu
en nosotros. "¿Qué tienes que no hayas
recibido? Y si lo has recibido, ¿por qué te
glorías como si no lo hubieras recibido?"
(1Co 4,7). Es ridículo enorgullecerse de
su'virtud o de sus méritos. Por eso
pobreza es sinónimo de humildad,

9
2
EL CAMINO DE LA VERDADERA
FELICIDAD

nuestra humildad no es otra cosa que la


verdad de nuestra pobreza..
“Andas diciendo que eres rico, que
tienes muchas riquezas y nada te falta.
¡Infeliz de ti!¿No sabes que eres
miserable, pobre, ciego y desnudo? Si
quieres hacerte rico, te aconsejo que me
compres oro acrisolado en el fuego,
vestidos blancos con que cubrir la
vergüenza de tu desnudez y colirio para
que unjas tus ojos y puedas ver" (Ap
3,1718). /

"Dichosos Jos pobres de corazón, nos


dice Cristo, porque suyo es el Reino de
los cielos" (Mt 5,3). El corazón pobre: de
manos abiertas hacia Dios. No pone
obstáculos. Presenta el vacío de su
pobreza ante la generosidad infinita de
su Padre. Su pobreza le hace igual que
Dios, porque su capacidad de recibir es
ilimitada. Su corazón puede recibir
siempre más amor, su espíritu más luz.
Dios rro puede rechazarle. La pobreza es
la puerta de la felicidad: es una
bienaventuranza desde que Cristo quiso
hacerse pobre para cambiar esa pobreza
en su riqueza divina. "Vosotros sabéis la
generosidad de nuestro Señor Jesucristo,
quien por vosotros, siendo rico se hizo

9
3
5. LA PUREZA DE LA
INTELIGENCIA

pobre, para enriqueceros con su


pobreza" (2Co 8,9).

9
4
EL CAMINO DE LA VERDADERA
FELICIDAD

Nuestra pobreza debe ser


lúcidamente aceptada y amada. Lo cual
no es tan fácil. No es fácil aceptar la
incapacidad de nuestro espíritu para
percibir a Dios, ía inmensa distancia
entre nuestros conceptos más elevados y
su misterio infinito de luz. No es fácil
renunciar a toda pretensión, a toda_
autosuficiencia, a un valor personal que
viniera de nosotros, a nuestros
"derechos" ante Dios. No estamos
incluso preparados para realizar grandes
esfuerzos con el fin de aparecer justos
ante Dios, con una justicia que proceda
sólo un poco de nosotros. Uno de los
aspectos más difíciles de la fe es
reconocer,que esa justicia nuestra no es
más que basura, según la enérgica
expresión de san Pablo (cf. Flp 3,8), y
que es Cristo el que es nuestra justicia y
nuestra santidad, solo Cristo.
"Dios ha escogido lo que el mundo
considera débil, para confundir a los
fuertes; ha escogido lo vil, lo
despreciable, lo que no es nada a los
ojos del mundo para anular a quienes
creen que son algo. De, este modo,
nadie puede presumir delante de Dios.
A él debéis vuestra existencia cristiana,
ya que Cristo se ha hecho para nosotros

9
5
5. LA PUREZA DE LA
INTELIGENCIA

sabiduría divina, salvación,1


santificación y redención. De esta
manera, como está escrito, el que
quiera presumir, que lo haga en el
Señor" (1Co 1,27-31.

9
6
EL CAMINO DE LA VERDADERA
FELICIDAD

¡Ojalá comprendamos la paradoja:


nuestra pobreza es nuestra riqueza.
Conocéis esa página magnífica en la que
san Pablo narra cómo a pesarde las
revelaciones que recibió, lera atacado
por una debilidad misteriosa.
Y continúa:
"He rogado tres veces al Señor para
que aparte esto de mí, y otras tantas
me ha dicho: 'Te basta_ mi gracia, ya
que la fuerza se pone de manifiesto en
la debilidad'. Gustosamente, pues,
seguiré presumiendo de mis
debilidades, para que habite en mí la
fuerza de Cristo. Y me complazco en
soportar por Cristo flaquezas, oprobios,
necesidades, persecuciones y
angustias, porque cuando me siento
débil entonces es cuando soy fuerte"
(2Co 12,8-10). > „ '
Tal vez comenzáis a entrever el
sentido en el que la pobreza y la pureza
de corazón son una misma cosá. La
pobreza, en la verdad de su desnudez,
no es otra cosa que la pureza que sólo
desea el TKmor; que no quiere oponer
nada, ni siquiera a sí mismo, ante la
munificencia infinita del amor divino;
que no quiere ser otra cosa que
trasparencia de ese amor, como un
cristal sin defecto, que deja pasar la luz

9
7
5. LA PUREZA DE LA
INTELIGENCIA

sin cambio ni disminución, sin desviar


el más pequeño rayo por ninguna
imperfección.

La pobreza, esa pobreza, es


verdaderamente una felicidad. Es una
liberación de la búsqueda ansiosa de
una perfección personal, que a veces
no es otra cosa que un refinamiento de
nuestro egoísmo, y nunca está a la
altura de Dios; una liberación también
del miedo demasiado lúcido
para reconocer nuestra miseria ante
Dios, pero que no lo ha superado por una
fe que fundamenta nuestra paz y nuestra
esperanza fuera de nosotros mismos, con
independencia de nuestros méritos,
sobre la roca de Cristo. ¡Él se siente bien
abandonándose al amor de Cristo!
Porque la pobreza que es felicidad es la
pobreza del amor, del que ama y se sabe
amado. ¿Quién es más pobre que el que
ama, y quién a la vez más rico? Lo recibe
todo gratuitamente, depende totalmente
del amado que es su gozo, no se apoya
para nada en sí mismo. Se reconoce
nada, pero ve con evidencia que el don
que ha hecho de sí misrrio hace al otro
feliz. Nuestra pobrera hace a Dios feliz,
porque permite el don de su amor, y él
sólo quiere darse.

9
8
EL CAMINO DE LA VERDADERA
FELICIDAD

En el fondo» esta pobreza de amor es


una bienaventuranza, porque es la
imagen lejana de la pobreza de las
personas divinas en eí interior de’la
Santa Trinidad Cada persona es ella por
el don que hace de sí a las otras. La
riqueza sustancial de las ,tres personas
divinas es su pobreza, no menos
sustancial.
Dichosos los que tienen
hambre y sed de justicia

"Dichosos los que tienen hambre y sed de


justicia:
porque serán saciados"
(Mt 5,6)

EL POBRE QUE SE RECONOCE POBRE


Y LO ACEPTA ES TAMBIÉN EL "QUE TIENE
HAMBRE Y SED DE JUSTICIA" (Mt 5,6). Es
un grito hada el Señor: "¡Oh Dios, crea
en mí un corazón puro" (Sal 50,12), un
corazón puro, recto, sincero, un corazón
de carne que sepa amar. Ese corazón no
puede venir de él; es necesario que Dios
lo creg. para nosotros; lo crea, es decir,
lo haga de la nada. Él nos ha prometido
ese corazón nuevo.

9
9
5. LA PUREZA DE LA
INTELIGENCIA

"Os rociaré con agua pura y os purificaré


de todas vuestras impurezas e idolatrías.
Os daré un
corazón nuevo y os infundiré un espíritu
nuevo, os arrancaré el corazón de piedra
y os daré un corazón de carne. Infundiré
mi espíritu en vosotros, y haré que viváis
según mis mandamientos, observando y
guardando mis leyes [...] Vosotros seréis
mi pueblo y yo seré vuestro Dios" (Ez
36,25-28).
¿Cuándo tendremos ese corazón que
ama gozosamente, simplemente,
totalmente? ¿Cuándo estaremos tan
unidos a Dios, tan penetrados por su
Espíritu, por el Espíritu del Amor, que
seamos un Espíritu, un corazón con él,
que seamos también nosotros Amor?
El Amor sólo puede venir del Amor;
querer un corazón que ama es querer a
Dios, es tener sed del Dios vivo.
» ■%
“Como busca la cierva
comentes de agua, así,
Dios mío, te busca todo
mi ser.
Tengo sed de Dios,
del Dios vivo,
¡Cuándo entraré a ver el
rostro de Dios!” ,
' (Sal 41,2-3)

1
0
0
EL CAMINO DE LA VERDADERA
FELICIDAD

La felicidad de los corazones puros,


"que verán a Dios" es la respuesta divina
a ese grito:
"¡Oh Dios, tú eres mi Dios!,
, desde el alba te deseo;
estoy sediento de ti, por ti
desfallezco, como tierra
reseca, agostada, sin agua"
(Sal 62,2)

El realismo del deseo carnal del


hombre encuentra el realismo de la
sangre y de la carne de Cristo que se le
dan.
Esta oración de los pobres, de los
humildes, resuena a través de toda la
Biblia, sobre todo en los salmos. Su
poder ante Dios es tal que, cuando reci-
be su expresión perfecta en el corazón
de la Santísima Virgen, Dios responde
con ese don que supera todos los doñeé,
el don de Cristo, en el "que habita toda
la plenitud de la divinidad corpo-
ralmente" (Col 2,9). La pureza de María,
que ha atraído a Dios, es la pureza de su
humildad, de su pobreza, de su sed de
Dios. Entonces explota el gozo del pobre:
35

35 La palabra traducida por “humilde"


(tapeinósis) pertenece al vocabulario de

1
0
1
5. LA PUREZA DE LA
INTELIGENCIA

“Mi alma glorifica al Señor,


y mi espíritu se regocija en
Dios, mi Salvador, porque
ha mirado a su humilde1
sierva
[...]

los anawin (los pobres), y según


algunos exegetas estaría mejor
traducida por "pobreza".

1
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2
EL CAMINO DE LA VERDADERA
FELICIDAD
• Ensalzó a los humildes, colmó de
bienes a los hambrientos"
(Le 1,46-48a, 52b-53a).

Sí, "desde ahora todas las


generaciones me proclamarán dichosa"
(Le 1,48b). Ya está ahí la felicidad de los
pobres.
Tenemos trazado el camino, poseemos
la fuente de agua viva. "Venid a mí, dice
Jesús, todos los qüe estáis fatigados y
agobiados, y yo os aliviaré [...], porque
soy sencillo y humilde de corazón" (Mt
11,28-29). La fuente de agua viva, una
fuente interior, oculta y fecunda: "Si
alguien tiene sed, que venga a mí y beba.
Como dice la Escritura, de lo más
profundo de todo aquel que crea en mí
brotarán ríos de agua viva" (Jn 7,3738).
El agua viva es el Espíritu: el Espíritu
de Cristo que nos transforma a imagen de
Cristo (cf. 2Co 3,18), el espíritu de
adopción que nos hace hijos del Padre (cf.
3,17),el Espíritu de Dios que nos santifica
(cf. Ro 15,16; 1Co 6,11), el Espíritu de
verdad que nos ilumina (cf. Jn 14,17), el
Espíritu que habita en nosotros (cf Ro
8,26), que nos ha marcada con su escudo
(cf. Ef 4,30), que derrama en nosotros su
amor (cf. Ro 5,5); el amor de los hombres
(cf. 1Jn 3,24) y el amor de Dios, en la
EL CAMINO DE LA VERDADERA
FELICIDAD
intimidad del cual nos introduce el
Espíritu (cf. Jn 14,15-26).
8. DICHOSOS LOS QUE TIENEN HAMBRE Y SED DE
JUSTICIA

El Espíritu se da; lo hemos recibido,


hemos sido "abrevados" (1Co 12,13), y
por tanto, sólo debemos acogerle, dejarle
penetrar en todos los rincones de nuestro
corazón. Dios respeta nuestra libertad y
las leyes de nuestro ser. Nos permite cre-
cer lentamente en su Espíritu, según el
grado de nuestra acogida. Es el drama
incomprensible de nuestra vida, un
drama de amor, de amantes que se
buscan, muchas veces en la noche36.
Dios no necesita en modo alguno de
nuestras riquezas, pero necesita de
nuestra pobreza, la única que nos
permite acoger sus dones, su amor, a Él
mismo. Dios no puede ser él mismo, ser
el Amor, si no puede volcarse en nuestros
corazones con la loca generosidad de su
amor gratuito.
Permanece, pues, siempre la sed del
Dios vivo. Una de las más bellas
definiciones del monje es ser un hombre
de deseos. Esa inquietud que no le deja
descansar en lo creado, esa sed del
absoluto, esa hambre de amor, son la
fuente, el resorte de su búsqueda de
Dios. El día que se sienta plenamente
colmado cesará de ser monje y vivirá en
la ilusión. Porque Dios no nos sacia jamás
sin que ese mismo don cree en nosotros

36Cf. el Cantar de los Cantares.

9
3
una capacidad mayor de recibirle, y de
hecho, nos llena con un deseo y una sed
cada vez más ardientes. V así sucederá
en Dios por la eternidad sin fin, porque
Dios es infinito. Si se alcanzan sus
límites, eso no es Dios37.
Dichosos los que lloran

/ "Dichosos los que


lloran: serán
consolados"
(Mt 5,4).

DICHOSOS AQUELLOS A QUIENES LOS


PLACERES Y LOS HONORES DE ESTE
MUNDO NO PUEDEN SATISFACER.
Dichosos quienes sufren la violencia de
la sed del Dios del Amor. Se saciarán.
Dichosos los que lloran: serán consola-
dos. Los que lloran porque no poseen
aquello para lo que han sido hechos. A
quienes falta la única cosa que puede
realmente satisfacerles. Los que están
volcados por completo hacia Aquel que
da, que es ese consuelo en su propia
persona. "Ven, Señor Jesús" (Ap 22,20).
Ven pronto.

37Cf. Ex. 33.


EL CAMINO DE LA VERDADERA
FELICIDAD

Brotan las lágrimas por todo lo que


obstaculiza la venida de Cristo a nuestro
corazón, sobre todo a causa de nuestros
pecados, de nuestro egoísmo y de
nuestra falta de generosidad. Lloramos
porque esas lágrimas de arrepentimiento
lavan nuestro corazón de sus manchas y
le vuelven limpio para recibir al huésped
que no tardará. "Estoy a la puerta y
llamo" (Ap 3,20).
Hay "lágrimas de las coséis", -esa
cosita, ese perfume, ese sonido que
emana de nuestra vieja tierra
impregnada de tanto sufrimiento y
duelo-, que ha visto tanta belleza y tanta
fealdad, tanta inocencia y tanto vicio,
tanta bondad y tanta malicia. Grita su
dolor esperando el reino, y el que
escucha, el que se hace consciente de
sus profundas raíces en el humus de la
tierra, el que se pone en armonía con su
respiración profunda, no puede menos de
sentir cómo brotan en él lágrimas silen-
ciosas, pero lágrimas que son llevadas
por el soplo de esa esperanza que nunca
muere del todo, que el Espíritu de Cristo
mantiene secretamente y que a veces
explota en un gozo que es‘ el grito de la
vida.
Hay lágrimas de sufrirpiento personal,
en su realidad amarga y aplastante.

96

J
9. DICHOSOS LOS QUE
LLORAN

Sufrimiento real, físico y síquico.


Sufrimiento feo y desfigurador. Tocamos
aquí la paradoja evangélica fundamental.
Esas personas, de las que apartamos
voluntariamente la mirada, en las que no
queremos pensar mucho, son objeto de la
solicitud particular de

97
EL CAMINO DE LA VERDADERA
FELICIDAD

Dios. Todos esos Lázaros, con sus llagas


repugnantes, estarán en el reino de los
cielos cuando llegue el ajuste final, el
juicio de Dios y el reino de su justa
misericordia y de su amor eterno. Los
últimos serán los primeros.
Existen también las lágrimas que no
son amargas; son como el rocío de la
mañana, dulces, silenciosas, que brotan
del fondo del corazón, sin saber por qué.
No tienen nombre, ni lo necesitan. A
veces son lágrimas de gozo, de un gozo
sereno, profundo, más profundo que
nuestra sensibilidad superficial, lágrimas
nacidas en el silencio de la soledad
cuando a veces la vida inmóvil toma una
intensidad luminosa, o más bien cuando
se toma conciencia de la intensa realidad
de la vida en la que se está inmerso. ¿Por
qué se llora? No lo sé. Tal vez por la
gratuidad total de la vida, del ser, de lo
que experimentamos en ciertos
momentos; como cuando nos sabemos
amados, verdaderamente,
profundamente, por nosotros mismos: ¡es
eso tan hermoso, tan gratuito, tan
grande! Son lágrimas de gratitud, de
asombro, de amor. Esas lágrimas pueden
ser interiores, es el corazón escondido
que se funde; o bien, exteriores. Eso

98
9. DICHOSOS LOS QUE
LLORAN

depende mucho del temperamento y


condicionamiento cultural.
Para evitar un malentendido,
distinguimos entre lágrimas exteriores y
el sentimiento profundo del corazón, las
lagrimas interiores que ellas expresan. A
eso nos referimos ante todo cuando
hablamos de "lágrimas". En nuestra
cultura las manifestaciones exteriores
están extremadamente controladas. Esa
actitud es buena porque implica un
dominio de nuestras emociones
superficiales, pero es mala en cuanto que
tiende a sofocar el sentimiento profundo.
En este punto tenemos costumbres
diferentes a las de los antiguos. Las ideas
han cambiado más que la sicología. Los
antiguos lloraban más que nosotros. No
tenían el respeto humano que nos lo
impide a nosotros. Pedían a Dios sin
cesar el don de lágrimas. Más cerca de
nosotros, san Ignacio de Loyola, con una
fuerza de carácter extraordinario,
derramaba torrentes de lágrimas en la
oración. Y su contemporáneo, Felipe Neri,
el santo “alegre" por excelencia, se
deshacía en lágrimas al celebrar la santa
Misa.

No debemos tener vergüenza de


nuestras lágrimas, pero es preciso evitar

99
EL CAMINO DE LA VERDADERA
FELICIDAD

la sensiblería y la falta de control de las


emociones superficiales o malsanas,
dejarse llevar por lágrimas de cólera, de
decepción, de orgullo herido, de
susceptibilidad frustrada, de desánimo.
Se necesita un discernimiento de
lágrimas, lo mismo que un discernimiento
de espíritus. Hay que hallar un delicado
equilibrio. Por un lado, el solitario debe
apoyarse en la roca de la fe a un nivel
que supere la sensibilidad y emoción. De
otro modo será como una barquilla
zarandeada por todos los costados por
los vientos cambiantes de sus pasiones;
le faltará coherencia y perseverancia.
Corremos también el riesgo de buscarnos
y complacernos en nosotros mismos,
incluso por nuestro amor de Dios.
Citando al P. Lebretón: "En los
primeros tiempos de fervor, el cristiano a
quien Dios atrae hacia sí, se embriaga de
ese amor y cree que haciéndolo más
violento será más divino; es una gran
ilusión. Santa Teresa de Ávila nos
advierte: "Hanse de evitar estos
aceleramientos con procurar suavidad,
recogerlos dentro de sí y acallar el alma.
Que es esto como unos niños que tienen
un acelerado llorar, que parece van a
ahogarse, y, con darles de beber, cesa
aquel demasiado sentimiento... Que

10
0
9. DICHOSOS LOS QUE
LLORAN

recojan este amor dentro, y no como olla


que cuece demasiado, porque se pone la
leña sin discreción, y se vierte toda"38.
"Estas reglas son muy sabias; su
práctica es difícil; el hombre carnal es tan
débil que no puede hacer un gran
esfuerzo si no está estimulado por la
llama ardiente del sentimiento"39.
Es el otro lado del problema, según el
P. Libermann. "El hombre sólo puede
realizar grandes empresas si su voluntad
está sostenida por la pasión. Pero es
imposible, como consecuencia del pecado
original, que las pasiones sean a la vez
fuertes y plenamente sumisas a la razón.
Al domarlas ésta, las ahoga. Solo la
gracia, y una gracia muy fuerte, puede
dar al hombre esa integridad en la que
las pasiones recuperen su rectitud
conservando su fuerza"40.
Ese es, según san Juan de la Cruz, uno
de los fines de las purificaciones activas y
pasivas que jalonan el camino del
contemplativo. Pero para ese doctor
intransigente, ese ejercicio de
38 Santa Teresa, Vida, cap. XIX.
39 J. Lebreton, S.J. Tu solus sanctus, Jesus-
Christ vivant dans les saints, Etudes
de theologie mystique, Paris, Beauchesne,
1948, p. 75-76.
40 Citado por J. Lebratón, ibid, p. 76.

10
1
EL CAMINO DE LA VERDADERA
FELICIDAD

despojamien- to y de renuncia no es más


que una etapa hasta "que los sentidos
estén purificados y sometidos al
espíritu", es decir, hasta que el hombre
haya recuperado su inocencia perdida y
descubra "en todas las cosas sensibles,
desde el primer movimiento, el encanto
de una sabrosa presencia y
contemplación de Dios". Así pues, para el
alma pura todas las cosas, altas o bajás,
le aprovechan y le purifican sin cesar;
pero de unas y otras el alma impura, a
causa de su impureza, sólo saca mal. El
mal está en nosotros, no en la realidad
sensible, ni en nuestra sensibilidad. Una
vez purificada ésta, recupera la armonía
del Espíritu y puede ser su lira.
No hay que presumir demasiado
pronto de que esa purificación sea
perfecta, pero es bueno constatar desde
el principio quç el fin es esencialmente
positivo. Pero de hecho, el gran
purificador es el amor, y llega a ese
resultado sin parecer que se ocupa de
ello. Si se está totalmente preso del
amor, todo el impulso del corazón va
hacia el amado, sin que sea necesario
hacerle violencia para evitar que le
atraigan otros objetos, porque se ve a la
luz de ese amor y en todo encuentra al
amado.

10
2
9. DICHOSOS LOS QUE
LLORAN

No es preciso matar ni endurecer el


corazón del hombre. Ese corazón ha sido
rescatado por Cristo, transformado por
su Espíritu. Es el instrumento con el que
el Amor toca su melodía pascual. Somos
hombres. Un hombre cuyo corazón es
insensible no es hombre ni cristiano; es
menos. Cristo no era de madera. Lloró
por Lázaro, por Jerusalén, por la dureza
del corazón humano.

La tradición monástica antigua


atribuye una gran importancia a las
lágrimas. "Llorad, no hay otro camino",
dice abba Poimén. La compunción debe
manifestarse en las lágrimas, y la
compunción es una de las actitudes más
fundamentales del monje. Es una
dimensión de la espiritualidad del monje,
que es un hombre "de corazón
quebrantado" (Sal 108,16), que tiene una
conciencia aguda de su indignidad, de su
pecado, del pasado y siempre posible, de
su debilidad humana. Es el secreto de su
vigilancia, de su sobriedad y de su
humildad. Y Dios escucha las oraciones
de los humildes, de los pobres.
Las lágrimas de arrepentimiento
pueden ser en cierto modo superadas por
una experiencia de la misericordia divina,
si esas lágrimas procedían de un cierto
temor. Pero la compunción no pasa.

10
3
EL CAMINO DE LA VERDADERA
FELICIDAD

Permanece lancinante si es verdadera


compunción de amor, amor que llora al
ver perdida la intimidad con Dios, de ver
ofendido a Dios, desfigurada en nosotros
la imagen divina, sufrir la continua insa-
tisfacción de un corazón volcado sin
cesar hacia el más allá.
La Iglesia no duda poner en nuestros
labios oraciones especiales para pedir el
don de lágrimas. Hallamos, por ejemplo
en nuestro misal la misa Pro petitione
Lacrymarum41, con esta colecta42: "Dios
todopoderoso y clemente, que hiciste
brotar de la piedra para el pueblo
sediento una fuente de agua viva, saca
de la dureza de nuestro corazón lágrimas
de compunción, para que lloremos
nuestros pecados y merezcamos recibir el
perdón de tu misericordia".
Para la tradición estas lágrimas son
carismáticas, un don relacionado con las
gracias de la contemplación y el don de
ciencia del Espíritu Santo. Sobre todo en
la tradición oriental, no se concibe un
monje que no haya llorado nunca.
Gregorio Nacianceno, Juan Clímaco,

41 “Para pedir las lágrimas" (N.d.E.).


42 La colecta es una oración de la
misa, que se dice antes de la primera
lectura bíblica (N.d. E.).

10
4
9. DICHOSOS LOS QUE
LLORAN

Gregorio el Grande, Casiano, los


Apotegmas de los Padres, todos celebran
y analizan el don de lágrimas, y precisan
las reglas de discernimiento necesario
para distinguir las buenas de las malas.
Hay lágrimas que son siempre
buenas: las lágrimas de compasión del
que se siente solidario del sufrimiento y
del pecado de los hombres y de cada
hombre, lágrimas de amor, lágrimas de
oración: "Señor Jesús, Hijo de Dios, ten
piedad de nosotros pecadores".

Conocemos la vigorosa expresión,


marcada por el genio ruso, que
Dostóievski da a esta solidaridad en boca
del Starez Zósimo, en los Hermanos
Karamazov:
"Amaos los unos a los otros... amad al
pueblo cristiano. No somos más santos
que los seglares por el hecho de haber
venido a encerrarnos entre estas
paredes; por el contrario, todos los que
están aquí han reconocido por el solo
hecho de su presencia, ser peores que los
seglares y que todo el mundo...Cuanto
más retirado vive el monje, más
conciencia habrá de tener. De otra forma,
no vale la pena venir a vivir aquí. Cuando
comprenda que no solamente es peor que
todos los seglares, sino también que es

10
5
EL CAMINO DE LA VERDADERA
FELICIDAD

culpable de todo y para todos, de todos


los pecados colectivos e individuales,
solamente entonces habremos alcanzado
el fin de nuestra soledad. Pues sabed,
hermanos míos, que cada uno de
nosotros es seguramente culpable aquí
abajo de todo y hacia todos, no
solamente por la falta colectiva de la
humanidad, sino de cada uno
individualmente, para todos los demás y
sobre la tierra entera. Esta conciencia de
nuestra culpabilidad es la coronación de
la carrera monástica, así.como de cada
hombre sobre la tierra. Los monjes no
son hombres diferentes, sino únicamente
tal como debían de ser todas las
personas del mundo. Únicamente
entonces penetrará en vuestro corazón
un amor tan infinito, universal, jamás
satisfecho. Entonces cada uno de
vosotros será capaz de ganar el mundo
entero por amor y de lavar los pecados
con sus lágrimas...[...] Acordaos de ellos
en vuestras oraciones, decid: Salva,
Señor, a aquellos que no tienen a nadie
que ruegue por ellos; salva también a los
que no quieren orar; y añadid: yo no
hago esta oración con espíritu de orgullo,
Señor, porque soy el más indigno de
todos los hombres"43.
43 Fedor Dostoíevski, Los Hermanos
Karamazov, libro IV, cap. 1.

10
6
9. DICHOSOS LOS QUE
LLORAN

He aquí por qué la soledad, el silencio


y la oración, al llevárnosla la verdad de la
"imagen de Dios" que está en nosotros,
nos une con todos los hombres en su
realidad más verdadera -con tal de que
amemos con un corazón puro y tomemos
conciencia de la solidaridad que
tenemos con todos los hombres en
Cristo, del misterioso intercambio de
vida que eso implica, y de nuestra res-
ponsabilidad para con los hombres. Hay
que amar. El amor de Cristo en nosotros
hace estallar los límites de nuestro
individualismo.
Dichosos los dulces. Dichosos
los misericordiosos
/
"Dichosos los dulces:
ellos poseerán la
tierra"
(Mt 5,5).
"Dichosos los
misericordiosos: ellos
alcanzarán misericordia"
(Mt 5,7).

NO HAY QUE CONCEBIR NUNCA LA


SOLEDAD, LA PUREZA Y LA GUARDA DEL
CORAZÓN COMO EXCLUSIÓN DE LA

10
7
EL CAMINO DE LA VERDADERA
FELICIDAD

COMPASIÓN, en el sentido de una


apathéia, una insensibilidad estoica
respecto a los sufrimientos de los
hombres, la cual no es otra cosa que la
dureza egoísta de un corazón cerrado a
todo y a todos. Eso no es el Espíritu de
Cristo: "Si alguno dice: ‘Yo amo a Dios y
odia a su hermano, es un mentiroso. Pues
el que no ama a su hermano a quien ve
no puede amar a Dios a quien no ve" (1Jn
4,20).

No puede

"A Dios nadie le ha visto jamás. Si nos


amamos unos a otros, Dios permanece en
nosotros, y su amor en nosotros es
perfecto. En esto sabemos que
permanecemos en él y él en nosotros: en
que él nos ha dado del Espíritu" (1Jn
4,12-13).
"Este es el mandamiento que
tenemos de Dios: el que ama a Dios, ame
también a su hermano" (Un 4,21).

El pobre de corazón, que sabe lo que


es el sufrimiento, quq tiene verdadera
sed de amor, ¿cómo no va a ser dulce y
misericordioso con su hermano? Escucha
a su Señor que le dice:

10
8
9. DICHOSOS LOS QUE
LLORAN

"¿No debías tú también tener piedad


de tu compañero, como yo tuve piedad
de ti?" (Mt
18,33).
"Sed buenos unos con otros, tened
corazón; perdonaos mutuamente como
Dios os ha perdonado en Cristo" (Ef 4,32).
En caso contrario, nuestra oración es
vana:
“Y cuando estés orando, si tienes
algo contra cualquiera perdónale, para
que tu Padre que está en el cielo te
perdone también tus faltas" (Me 11,25).
Existe una especie de deformación
profesional, que puede acechar a la
persona que aspira a un ideal muy alto.
Dedicamos mucho tiempo en mirar ese
ideal en la Escritura y en los libros espiri-
tuales. Por una perversidad muy natural,
en el sentido peyorativo de la expresión,
en lugar de percibir cuánto faltamos
nosotros mismos a ese ideal nos
impresionan las deficiencias imaginarias
de nuestros hermanos; y en lugar de
perdonar y humillarnos, porque somos
peores que ellos, nos juzgamos y
condenamos.
Ante todo, no juzgues nunca a nadie
-a nadie- dentro o fuera del monasterio.
Te juzgas a ti mismo.

10
9
EL CAMINO DE LA VERDADERA
FELICIDAD

"Sed misericordiosos como vuestro


Padre es misericordioso; no juzguéis y no
seréis juzgados, no condenéis y no seréis
condenados, perdonad y seréis
perdonados, dad y se os dará. Os
verterán una buena medida, apretada,
rellena, rebosante, porque con la
mediada con que midáis se os medirá a
vosotros" (Le 6,36-38).
¡Así de simple!
Se puede encontrar la aplicación
práctica y positiva de esta actitud
evangélica en numerosos lugares de
nuestros Estatutos. He aquí algunos.
Discusiones
En las discusiones, "si acontece no
estar de acuerdo con un hermano,
sepamos escuchar y hagamos un
esfuerzo por comprender su punto de
vista, para que se estrechen entre
nosotros los lazos de la caridad" (SR
3,22.13).

Respeto a las personas


"Sin el mutuo respeto a las personas
no existe entre los hombres el diálogo
fraterno; nosotros, pues, que vivimos en
la casa de Dios, debemos ante todo dar
testimonio del amor que viene de él;

11
0
9. DICHOSOS LOS QUE
LLORAN

acojamos con amor a nuestros hermanos,


compañeros de nuestra, vida; por
diferentes que sean su carácter y su
forma de espíritu, intentemos com-
prenderle con el corazón y la inteligencia.
Las enemistades, en efecto, los conflictos
y otros males de ese género suelen venir
de la poca atención a la persona del otro.
Guardémonos de cuanto pueda dañar la
paz; sobre todo evitemos hablar mal de
nuestro hermano." (SR 4.33.4 y 5).

Admoniciones
"Si tu hermano ha cometido una falta,
nos dice el Señor, ve y habla con él a
solas y adviértele su pecado44. Pero hay
que usar una gran humildad y mucho
tacto; la corrección puede ser nociva si
no proviene de una caridad pura y
desinteresada" (SR 4,35.5).

La visita45

44 Mt 18,15.
45 Cada cartuja es objeto todos los
años de un “audit" espiritual, humano
y económico. Durante unos quince días
dos monjes extraños a la casa vienen a
compartir la vida común, escuchar a
cada uno, animar y corregir los abusos
si es necesario. Se trata de la

11
1
EL CAMINO DE LA VERDADERA
FELICIDAD

"Antes de hablar del otro se hará


oración. Nuestra disponibilidad al
Espíritu nos ayudará a practicar la verdad
en la caridad. Quien está en paz no
sospecha de nadie; más vale guardar
silencio que entregarse a hablar de cosas
imposibles de probar o de futilidades, o
incluso denunciar a los que ya se están
enmendando"... (SR 4,32.8).

El padre maestro

Aunque debe empeñarse en la


perfección espiritual de los monjes
jóvenes, sabrá excusar ante ellos los
defectos de los otros” (SR 1.9.1).
Dichosos los misericordiosos: el que
acoge en su corazón la miseria de su
hermano. Quien tiene compasión, es
decir, sufre con él. El silencio de la
soledad está henchido de esas olas de
sufrimiento y de miseria humana. La
oración profunda, la oración del corazón
nos pone en estado de simpatía, de
receptividad, y nos hace vibrar en
armonía con el sordo murmullo de la
humanidad que sufre. Como Jesús en la
cruz. Ahí nace el amor que quiere sufrir y
curar con sus heridas (cf. Is 53). Dichosos

“visita" (N.d.E.).

11
2
9. DICHOSOS LOS QUE
LLORAN

los misericordiosos: alcanzarán


misericordia. No porque no pequen ellos
mismos y muchas veces, sino porque sus
pecados les serán perdonados porque
han amado mucho (Cf. 7,47).

11
3
Dichosos los artífices de la
paz

"Dichosos los artífices de


la paz: serán llamados
hijos de Dios"
(Mt 5,9).

ESTA BIENAVENTURANZA NOS


MUESTRA OTRA DIMENSIÓN DE LA
PUREZA DE CORAZÓN, porque no existe
pureza de corazón sin paz. Pureza
significa transparencia, transparencia
significa tranquilidad, paz: como un
pequeño charco de agua inmóvil y pura,
que deja descubrir con una simple
mirada todos los tesoros que posee. Si
una mano revuelve el agua, todo queda
oscurecido, agitado y confuso.
La Paz

Reposo, calma, tranquilidad,


tranquilidad del orden (según san
Agustín). Todos deseamos la paz desde
lo más profundo de nuestro ser. Pero a
veces ignoramos la naturaleza de ese
bien que llamamos con todos nuestras
ansias, y los caminos que es preciso
seguir para obtenerla. Los falsos
profetas de todos los tiempos
"descarrían a mi pueblo diciendo 'paz',
mientras no hay paz” (Ez 13,10), paz
verdadera.
Existe una paz falsa que es una
mentira, una ceguera de sí mismo, más
o menos consciente, una instalación en
un egoísmo firme y confortable, una
huida. Se puede entrar en la vida
religiosa para huir los choques^e una
vida demasiado dura para una persona
inmadura. Pero es una ilusión, porque
rápidamente se encuentra la misma
lucha y la misma exigencia de
crecimiento en el claustro que en el
exterior. No se puede huir de uno
mismo.
Pero existe una huida que no es una
capitulación, sino más bien el resultado
de una mirada lúcida que mide con
exactitud el valor de lo que el mundo
puede dar, comparado con el único
Bien, y que quiere ser libre de todo
obstáculo para buscar a Dios. "Huye,
pues, hermano, de todas esas
inquietudes y miserias, y pasa de la
tempestad de este mundo al reposo
tranquilo y seguro del puerto. [...] Allí
Dios da a sus atletas, por el trabajo
del combate, la recompensa deseada:
una paz que el
mundo ignora y el gozo en el Espíritu
Santo"46. Esta huida no es otra cosa que
la aplicación absoluta de la invitación
evangélica: "El que no renuncia a todo
cuanto posee, no puede ser mi
discípulo" (Le
14,33) 47
.,

No se trata de rehuir el combate,


sino de entrar en lo más álgido de la
batalla. "No penséis que he venido a
traer paz a la tierra, no he venido a
traer paz, sino discordia. Porque he
venido a separar al hijo de su padre, a
la hija de su madre, a la nuera de su
suegra; los enemigos de cada uno
serán los de su casa" (Mt 10,34-36).
Lo que Cristo ofrece no es una paz
carnal y fácil, sino su paz. "Mi 7paz os

46 Carta de san Bruno a Raúl le


Verdr n. 9, después 6 en Lettres des
premiers chartreux, París, Cerf. “Sourc.
Chret." n. 88, 1962, p. 75 y 71.
47 Citado en ibid, n. 10
dejo, mi paz os doy. No os doy la paz
como el mundo. Que vuestro corazón
no se turbe ni se acobarde" (Jn 14,27).
Fijaos bien: nos da su paz en el
momento en que va a ser entregado.
No es, pues, una ausencia de
sufrimiento y de lucha. Es algo más
profundo: es la paz del corazón. “Que
vuestro corazón no se turbe ni se
acobarde". Es la paz de un corazón que
vive en Cristo. "Os he dico esto - dice
Cristo- para que tengáis la paz en mí.
En este mundo tendréis dificultades,
pero estad tranquilos, pues yo he ven-
cido al mundo" (Jn 16,33).
Según la magnífica expresión de
san Pablo: "Cristo es nuestra paz. El ha
hecho de los dos pueblos uno solo,
destruyendo el muro de enemistad que
los separaba. El ha creado en sí mismo
una nueva humanidad, restableciendo
la paz [...] por medio de la cruz... Su
venida ha traído la buena noticia de la
paz para todos" (Ef 2.14-17).
El evangelio de Cristo es "evangelio
de la paz" (Ef 6,15), "la buena nueva de
la paz por Jesucristo" (Hch 10,36).
"Estamos en paz con Dios" (Rm 5,1),
"porque Dios se ha dignado que
habitara en él [Cristo] toda la plenitud,
y reconciliar todo por él y para él, en la
tierra y en los cielos, estableciendo la
paz por la sangre de su cruz" (Col 1,19-
20).
Debemos set conscientes del
significado profundo de la paz que el
sacerdote nos desea en nombre de
Cristo, en la celebración del memorial
de su pasión, y que nosotros nos
damos. Recibimos esa paz del
sacerdote en el altar, porque el
sacrificio de Cristo es el instrumento de
nuestra paz con Dios y entre nosotros y
en nosotros. El hecho de hacer pasar
esa paz del sacerdote al diácono y
después a toda la comunidad, debe ser
un acto de fe en la eficacia del misterio
de Cristo, y un acto de amor. Recibimos
su paz y comunicamos esa paz a
nuestro hermano. Tal acción es una
oración; la oración que se halla tan
frecuente en los saludos de los
apóstoles: "Gracia y paz a vosotros de
parte de Dios, nuestro Padre, y del
Señor Jesucristo" (Rm 1,7). Pax Domini
sit semper vobiscum48, hermanos. Al
decir estas palabras desde el altar
donde se halla el cuerpo y la sangre
inmoladas de Cristo, el sacerdote
siente pasar a través de él la paz que
fluye a borbotones de su verdadera
fuente, el sacrificio de la cruz, el amor
del Hijo. Es uno de esos momentos de
la vida del sacerdote en que siente su
pobreza personal, y al mismo tiempo
las riquezas infinitas de la gracia de
Cristo. Si fuera puramente trasparente,
¡cuál sería la eficacia del sacramento
de la unidad y de la paz!
"La sangre de Cristo, que por el
Espíritu eterno se ofrece a Dios" jHebr
9,14). Esa es nuestra paz y se nos ha
dado por el Espíritu. "Los frutos del
Espíritu son: amor, gozo, paz,
paciencia, bondad, benevolencia, fe,
dulzura, dominio de sí" (Ga 5,22). "Bajo
el imperio de la carne se tiende a lo
que es carnal, pero bajo el dominio del
Espíritu se tiende a lo espiritual: la
carne lleva a la muerte, pero el Espíritu
tiende hacia la vida y la paz" (Rm 8,5-
6). "Si vivís de manera carnal, moriréis;
pero si por el Espíritu mortificáis
vuestra conducta carnal, viviréis.
48 La paz del Señor esté siempre con
vosotros. (N. d. E.).
Porque hijos de Dios son los que se
dejan llevar por el Espíritu de Dios" (Rm
8,13-14). "El Reino de Dios no consiste
en comer y beber, sino en la justicia, la
paz y el gozo en el Espíritu Santo" (Rm
14,17).
"Dios no es un Dios de desorden
sino de paz" (1Co 14,33), y "Dios nos ha
llamado a vivir en paz" (1Co 7,15).
"Estad de acuerdo, vivid en paz, y el
Dios del amor y de la paz estará con
vosotros" (2Co 13,11), nos promete la
Palabra de Dios. Seamos, pues,
artífices de la paz de que habla la
bienaventuranza.
El sentido de la palabra griega
(eirénopoios), que se traduce por
"artífice de la paz” es difícil de
concretar, porque no se halla más veces
en la Biblia. Las versiones palestinas la
traducen por "los que hacen la paz", o
"los que persiguen la paz". "Para los
rabinos, perseguir la paz es intentar
adquirirla para apropiársela y hacerla
reinar en torno a sí. Por eso no
conviene insistir demasiado en el papel
de pacificador, es decir, en el que está
encargado de reconciliar a los
enemigos" .49

Paz interior

Hagamos la paz, primero en


nosotros, porque si no estamos
interiormente en paz, no podemos dar
la paz a los otros. "Adquiere la paz
interior y una multitud de hombres
hallarán su salvación junto a ti", nos
asegura san Serafín de Sarov50. Es la

49 Denis Buzy, S.C.J., Évangile selon saint


Matthieu, París, Letouzey et Ané, 1935,
p. 35.
idea de la paternidad espiritual en la
tradición
monástica oriental. El starez es un
hombre que tiene la paz en su corazón,
la paz del Espíritu de Cristo, y que
puede irradiarla en los demás. Pero
podemos ir más lejos y decir que esa
irradiación no está limitada al contacto
físico. Somos un cuerpo, somos de tal
modo uno en Cristo que la paz del
corazón del solitario se comunica
misteriosamente, de una manera
oculta, a toda la Iglesia, a todos los
hombres.
Hay que advertir que san Pablo, al
hablar de esa paz del corazón añade la
idea del Cuerpo de Cristo y del amor. La
paz es el beso de un amor puro que no
se busca a sí mismo. "Como elegidos de
Dios, pueblo suyo y objeto de su amor,
revestios de sentimientos de
compasión, de bondad, de humildad, de
mansedumbre y de paciencia. [...] V por
encima de todo, revestios del amor que
es el vínculo de la perfección. Que la
paz de Cristo reine en vuestros
corazones: a ella os ha llamado Dios
para formar un solo cuerpo" (Col 3,12-
15). Ya veis: la paz nace del amor.

Despreocupación evangélica

No se puede estar en paz si se está


lleno de inquietudes, si se inquieta por
los pecados, las debilidades, el futuro,
los amigos, todo. Al contrario, el
Evangelio nos invita a una cierta
despreocupación, una despreocupación
propiamente escandalosa a nuestros
ojos de hombres prácticos, auto-

50 San Serafín de Sarov (1759-1833),


monje ortodoxo ruso. (N. d. E.).
suficientes, acostumbrados a preverlo
todo y a "planificarlo" todo.
"No os inquietéis [fijaos en la
palabra "inquietéis", perder la quies, la
paz, la hesiquía], diciendo: ¿qué vamos
a beber? ¿de qué nos vamos a vestir?
Vuestro Padre celestial sabe bien que
tenéis necesidad de todas esas cosas.
Buscad primero el reino y la Justicia de
Dios, y todo lo demás se os dará por
añadidura. No os inquietéis por el
mañana, pues el mañana tiene sus
propias inquietudes, a cada día le basta
su propio afán" (Mt 6,31-34). Sed como
los pájaros y las flores, que se
abandonan en manos de Dios que ella
los guía muy bien.
San Pablo se hace eco del
Evangelio: "Estad siempre alegres en el
Señor; os lo repito, estad alegres. Que
todo el mundo os conozca por vuestra
bondad. El Señor está cerca. Que nada
os angustie; al contrario, en cualquier
situación presentad vuestros deseos a
Dios orando, suplicando y dando
gracias. Y la paz de Dios, que supera
cualquier razonamiento, guardará
vuestros corazones y vuestros
pensamientos por medio de Cristo
Jesús" (Flp 4,4-7).
No perdáis tampoco el tiempo
mirando atrás. "Quien pone la mano en
el arado y mira atrás, no está hecho
para el Reino de Dios" (Le 9,62).
Es preciso olvidar el pasado, no
inquietarse por el futuro, vivir
únicamente el momento presente,
porque es lo único que existe de
verdad.
Corremos el riesgo de perder
fácilmente el presente real a cuenta de
reminiscencias de un pasado que ya no
existe, y de sueños o veleidades de un
futuro que tampoco existe. Estar en
Dios, vivir en Dios es ser y vivir en lo
real, en el momento presente, porque
en Dios no existe pasado ni futuro, sino
solo un presente eterno, plenitud de
ser y de gozo.

"Danos hoy nuestro pan de cada


día"
"Venga tu reino".
La paz: fruto de la fe en la
Providencia

"Dichosos los artífices de la


paz: serán llamados hijos de
Dios".
(Mt 5,9).

LA DESPREOCUPACIÓN EVANGÉLICA
DE QUE HEMOS HABLADO se fundamenta
al fin de cuentas sobre nuestra fe en la
providencia divina, todopoderosa y
paternal. Todo, el bien y el mal, está en
manos de nuestro Padre, el Padre
todopoderoso, el Padre de las
misericordias (cf 2Co 1,3). Nos ama y
cuida de nosotros:
"¿No se vende un par de pájaros por
muy poco dinero? Y sin embargo ni uno
de ellos cae en tierra sin que lo permita
vuestro Padre? En cuanto a vosotros,
hasta los cabellos de vuestra cabeza
están'contados. No temáis, vosotros
valéis más que todos los pájaros" (Mt 29-
31).
Hay que verlo todo con los ojos de la
fe, es decir, ver en todo las manos
bondadosas del Padre, que nos moldean
a la imagen del Hijo. Todo: nuestros
compañeros de camino, esa circunstancia
molesta, ese don, esa debilidad, esa
carga pesada, ese gozo exquisito, el
tiempo que hace, la lluvia que cae, esa
petición inoportuna, esa sonrisa que me
caldea. Sólo hace falta abrir los ojos.
La vida espiritual es como una danza
con una pareja que tiene mucha
imaginación y que lleva el ritmo. Hay que
estar despierto, acechando el menor
indicio de%sus intenciones, flexible,
dispuesto a adaptarse a sus movimientos
en cuanto se insinúan; por tanto,
disponible, libre de todo prejuicio,
abierto a lo imprevisto, libre de cualquier
traba, desprendido, listo a liberarnos sin
vacilación. No se debe parar el
movimiento instalándose. No hay que
instalarse en ningún sitio, ni en nada. El
monje es un peregrino, un expatriado, un
nómada cqmo Abrahán. Viaja ligero, sin
mucho equipaje, solo con lo esencial (cf.
SR 3,29.6). Se sirve de las cosas, por su
condición humana; pero con libertad, sin
agarrarse y sin preocuparse. Su Padre
sabe lo que necesita. Hoy tenemos la
costumbre de ir a los especialistas, a las
personas cualificadas. Dejemos todo en
manos de Dios. Busquemos el Reino.
"Fácil es el camino que lleva a Dios,
porque para avanzar por él no es preciso
cargarse, sino descargarse" (SR 4.33.7).
Descargarse: ése es el secreto de la
paz; sólo el pobre de corazón puede
gozar de la paz interior, porque sólo él es
puro de corazón. Hay que darlo todo, no
reservarse nada: tiempo, gustos, afectos
del corazón, pensamientos del espíritu -y
eso por caridad. Y es mucho mejor aún si
os lo toman, el don es más puro. No
rehusar al que te impone un trabajo
enojoso, te coge el libro que estabas
leyendo, necesita tu afecto, te impone su
voluntad y sus gustos, abusa de tu buena
voluntad, y otras cosas más.
"Al que quiera pleitear contigo para
quitarte la túnica, dale también el manto;
y al que te exija ir cargado mil pasos, ve
con él dos mil. Da a quien te pida, y no
vuelvas la espalda al que te pide pres-
tado" (Mt 5, 40-42).
Porque en todo vemos la mano del
Padre, y en nuestro prójimo el rostro de
Cristo (cf. Mt 25).
Volvemos a encontrar aquí la pobreza
de corazón; esa pobreza es la condición
de nuestra libertad, de nuestra
disponibilidad al menor toque del Padre,
que asegura la correspondencia de
nuestra voluntad con la suya, y así nos
enraíza en la paz interior.
"Mantengamos tenso el cuidado de
eliminar [de nuestra celda y de nuestra
vida] todo lo supérfluo y refinado" (SR
3,28.5).
"E( monje ha escogido seguir a Cristo
pobre para ser rico con su pobreza. Sin
apoyo terreno, cuenta con Dios y su
tesoro está en el cielo, a donde le llama
el deseo de su corazón. A sus ojos nada
le pertenece” (SR 3,28.1).
Por su profesión el monje "se
reconoce de tal modo extraño a todo lo
de este mundo que no tiene poder sobre
nada, ni sobre su persona, sin el permiso
del Prior" (SR 1.10..11), para que "libera-
do de los lazos del mundo, pueda en
adelante tender a la plenitud de la
caridad por un camino más directo" (SR
1.10.1).
La pobreza se orienta a la libertad,
que está al servicio de la caridad y nos
introduce en la paz de Dios.
\
Algunos santos tenían una conciencia
tan viva de estar en las manos del Padre,
que no se preocupaban en absoluto de
proveerse de nada. Esperaban todo de
Dios con una simplicidad, casi diríamos
con una especie de ingenuidad, que nos
desconcierta, en el sentido de que
prescindían de los medios humanos más
elementares. No sé si nuestra fe es
menor que la de ellos, tal vez sea el
espíritu de nuestro tiempo, pero nosotros
intentamos hacer lo que podemos a nivel
humano antes de pedir la ayuda de Dios.
El milagro procede de la economía de lo
extraordinario, y en el fondo es algo
bueno, al menos en ciertos aspectos. En
el pasado numerosos cristianos
descuidaron con frecuencia la acción
efectiva a nivel humano para combatir
las injusticias sociales y políticas, exhor-
tando a las víctimas de esos abusos a ver
en tales condiciones la expresión de la
voluntad de Dios y aceptarla
religiosamente. ¡Qué crímenes se han
cometido a cuenta de Dios! Se
comprende por qué tantas personas han
llegado a no ver en él nada más que un
tirano. Se comprende también por qué la
Iglesia ha perdido casi toda la clase
obrera.

Dios nos ha concedido inteligencia y


energía: empleémoslas para hacer lo que
está en nuestras manos: por ejemplo,
cuando yo era un joven religioso, se nos
proponía como modelo, por su espíritu
sobrenatural, a un monje que rehusó los
medicamentos e intervenciones
quirúrgicas, y murió de apendicitis. Ponía
su confianza solamente en Dios. Admito
de buen grado la fortaleza de su fe, pero
no estoy completamente edificado. A mi
humilde parecer, una fe profunda en
Dios, cuya acción puede sin duda
prescindir de nuestra cooperación si él lo
quiere y reírse del orden normal de las
cosas, no excluye que hagamos todo lo
que podemos como hombres. Se puede
decir que nos lo pide la fe en la
encarnación del Hijo de Dios, porque
Dios, visiblemente, acepta terriblemente
y en serio el orden creado; se sometió a
sus leyes, hasta morir. La redención de la
humanidad no se ha hecho por un golpe
de barita mágica, sino con el sudor y la
sangre de un hombre. Siempre se halla el
respeto de Dios hacia la libertad de su
criatura.
Pero más exactamente, la fe me
enseña a situarme en un nivel más
profundo que el de la salud o del éxito
humano. Según la perspectiva de la fe es
bueno lo que agrada a Dios y concurre a
la salvación eterna, y es malo lo que no
agrada a Dios y perjudica la salvación
eterna, la mía y la del otro. Es otro
criterio para juzgar, según el cual el
sufrimiento y la enfermedad pueden ser
contados como positivos. "Todo concurre
al bien de aquellos que aman a Dios”
(Rom 8,28).

No se debe perder jamás la paz. Nada


de cuanto pueda sucedemos vale la pena.
Si después de haber hecho todo lo
posible sigue el mal -existen muchas
cosas en nosotros y alrededor de nos-
otros que no podemos cambiar- ¿a qué
añadir otro mal perdiendo la paz? Y sobre
todo nosotros, contemplativos,
perderíamos un bien mucho más valioso,
porque la paz interior es la condición
indispensable para escuchar la voz de
Dios en nosotros. La claridad delicada y
tenue de luz íntima sólo puede percibirse
en la calma, el reposo, la quietud. Y esas
cosas que nos turban tienen tan poca
importancia a la luz del Eterno... Pasan.

Los sabios de este mundo han logrado


a veces adoptar una actitud de
aceptación, ante la fatalidad de los
acontecimientos y de las leyes que
gobiernan la vida de los hombres, sobre
los cuales no tienen ninguna influencia.
Es una sabiduría, pero el hombre
permanece a merced de un destino
impersonal y su libertad no encuentra allí
espacio.
El cristiano se somete a la voluntad
de una Persona, que lo gobierna todo y lo
ordena todo según su designio de amor a
los hombres. A veces el cristiano
tampoco comprende el sentido de cada
acto del drama en el que está implicado.
A veces se sorprende y sufre en su
sensibilidad por males que parecen
irreparables. Debe confiar en su Padre,
abandonarse a su voluntad, creer en una
salida final positiva.
"Padre, si es posible que pase de mi
este cáliz... Pero que no se haga mi
voluntad sino la tuya" (Le 22,42)./
Existen esos momentos pascuales; lo
importante es creer que esa muerte en
Cristo da la vida, la vida eterna sin
sombras.

El cristiano no vive como si fuera


llevado por un destino cruel y absurdo.
Fijaos en Cristo: la paz emana de él y la
fuente de su paz es la unión de su
voluntad con la del Padre. En todo lo que
hace, durante su vida pública, domina la
serenidad, la serenidad del Hijo que vive
en presencia de su Padre, que contempla
la obra de sus manos y hace siempre lo
que el Padre le manda. Nada puede tur-
bar esa fuente de paz viva. Para él todo
es amor, porque todo viene del Padre.
Su cáliz era amargo, su hora de
triunfo la hora de la cruz. Él lo sabía, lo
preveía, lo aceptaba por amor al Padre y
por amor a los hombres. No perdía su
"paz". Al contrario, la paz brotaba del
sufrimiento consentido, redentor,
desbordaba sobre nosotros; nos ha dado
"su paz”, su Espíritu de amor obediente,

¿Queréis caminar por el desierto de


esta vida sin sucumbir a los peligros y a
las fatigas de la ruta, sin ser víctimas de
las molestias y sufrimientos que conlleva
de manera inevitable? Ante todo y sobre
todo: "Corramos con constancia en la
carrera que se abre ante nosotros, fijos
los ojos en Jesús, autor y perfeccionador
de la fe, el cual, animado por el gozo que
le esperaba, soportó sin acobardarse la
cruz y ahora está sbntado a la derecha
del trono de Dios" (Hbr 12, 1-2).

Nuestra vida es una vida pascual;


corre por nuestras venas sangre
resucitada, corremos hacia el gozo
eterno, el amor ha triunfado de la
muerte.
Para nosotros eso está oculto bajo el
velo de la fe. ¡Que nuestra fe sea viva!
Vivamos como personas que ven lo
invisible, que son amadas por el Espíritu
de Dios. Pongamos nuestra confianza en
Dios, a quien hemos entregado nuestro
ser y nuestra vida, y vayamos al
encuentro de lo inesperado que nos
viene de Dios, de manos del Padre.
Dejémonos llevar por el gozo de Cristo
resucitado, vivo.
Es preciso creer, aceptar el don de la
vida, acoger la vida misma con la
confianza y la sencillez del niño.
"Dejad que nos niños se acerquen a
mí, no se lo impidáis, porque de los que
son como ellos es el Reino de los cielos.
En verdad os digo, quien no acoge el
Reino de Dios como un niño, no entrará
en él" (Lc18,16-17).
El niño, por la sencillez y gratitud
maravillada con que acoge el don de la
gracia, es el tipo del pobre de corazón de
las Bienaventuranzas.

Observad que la bienaventuranza del


artífice de la paz es ser llamado hijo de
Dios. Es una felicidad que se refiere al
Padre. Y nosotros somos ya sus hijos en
Cristo: “Ved qué amor nos ha mostrado
el Padre, que nos llamemos hijos de Dios
y lo seamos" (1Jn 3,1). Del fondo de
nuestro ser, grita el Espíritu: ¡Abba,
Padre! (Cf Rm 8,15) ¿Qué confianza
debemos tener!
"Pedid y se os dará. [...] ¿Acaso si a
alguno de vosotros su hijo le pide pan le
da una piedra?, o si le pide un pez, ¿le da
una serpiente? Pues si vosotros, que sois
malos, sabéis dar cosas buenas a
vuestros hijos, ¡cuánto más vuestro
Padre que está en los cielos dará cosas
buenas a los que se las pidan!”

Estamos invitados a la fiesta de la


vida. Entremos sin miedo. Ofrezcamos al
Señor el homenaje de nuestro gozo y de
nuestra confianza, la liturgia de nuestra
sonrisa, la vida es una gran aventura, la
oscuridad del mañana es el espacio
necesario para el ejercicio de nuestra
libertad y de nuestra fe. Vamos al Padre,
todos juntos, hijos del Padre, hermanos
de Cristo, la cabeza erguida, con una
confianza inquebrantable y una alegría
que nadie puede arrebatarnos (cf Jn
16,22). Junto a eso, nuestras pequeñas
inquietudes y penas tienen muy poca
importancia y son indignas de un cris-
tiano.
"¿Quién nos separará del amor de
Cristo? ¿La tribulación, la angustia, la
persecución, el hambre, la desnudez, el
peligro, la espada? [...] Dios que nos
ama, hará que salgamos victoriosos de
todas estas pruebas. Y e§toy seguro de
que ni muerte, ni vida, ni ángeles, ni
otras fuerzas sobrenaturales, ni lo
presente, ni lo futuro, ni poderes de
cualquier clase, ni lo de arriba, ni lo de
abajo, ni cualquier otra criatura podrá
separarnos del amor de Dios manifestado
en Cristo Jesús, Señor nuestro". (Rm
8,25-39).
" ¡Hombre de poca fe!". "¡Si
conocieras el don de Dios!" (Jn 4,10).
Tomar conciencia del milagro del
amor de Dios y de la grandeza de nuestra
herencia en Cristo, hace callar todos los
murmullos de nuestra vanidad, de
nuestro amor propio, de nuestras
ambiciones, de nuestros miedos, de
nuestras aversiones. Lo que mina nuestra
paz es la tirantez de nuestras pasiones.
¿Cómo orar sin silencio interior? ¿Cómo
tener silencio interior sin que cese la voz
de las pasiones? ¿Sin una santa
indiferencia a nuestro éxito en este
mundo, a nuestra reputación ante los
hombres, a nuestra apariencia, a nuestra
salud, a nuestro amor propio?
No hay paz sin desprendimiento. No
hay desprendimiento sin renuncia
efectiva.
¡Aquí está la palabra dura! Porque
nuestras pasiones nos llevan hacia lo
que nos resulta agradable, delicioso,
hacia lo que nos gusta. Nos aparcan de
lo que es desagradable o molesto, lo que
tememos u odiamos. El camino del
renunciamiento es el camino de la/
muerte, reajustar la vida, mortificar los
sentidos. Eso no se quiere, ni hoy ni
nunca. Pero escuchad a Cristo: "El que
quiera seguirme, que se niegue a sí
mismo, tome su cruz y me siga” (Mt
16,24). "Seguir desnudo a Cristo
desnudo", decían los monjes rudos. No
existe otro camino. No hay otra
alternativa. Pero yo quiero la vida y todo
lo que es hermoso y vital. ¡Estupendo!,
porque es un primer paso hacia el Amor,
es una fuerza que dirige bien, canaliza y
no asfixia. “La insensibilidad es la
muerte del alma y de la inteligencia,
antes de la muerte del cuerpo" 51. Dios es
Dios de vivos, no de muertos.
Para ser cristiano se impone la
renuncia a cuanto es contrario a la
voluntad de Dios y a su plan sobre
nosotros. Pero eso es un trabajo de vida
y no de muerte, porque nos abre a la
vida, a la vida desbordante de Cristo
resucitado, a la vitalidad del Espíritu.
Para ser hombre de oración es preciso
algo más. Se necesita la paz interior,
habituar los ojos a una luz distinta,
cerrándolos a la luz natural. Se precisa el
desprendimiento de todo lo que no es
Dios o no es transparente a Dios. Es
necesario el silencio para escuchar algo
que está más allá de la palabra. Es
preciso entrar en las profundidades del
ser, donde se unen el corazón y la
inteligencia en su raíz indiferenciada.
Donde Dios toca influye en la raíz del ser,
dando el esse, dando (por gracia) su
propia vida, dándose a sí mismo.
Si se habla mucho de
desprendimiento se corre el riesgo de
darle más importancia de lo que se
merece. Es indudable que el
desprendimiento de las cosas es un

51 San Juan Climaco, título del grado


17 de su obra La Escala santa.
elemento esencial de la vida espiritual.
Eso no quiere decir que haya que hacer
un esfuerzo continuo de la voluntad para
desprenderse. Una preocupación
constante de esa naturaleza tiene algo
de malsano, y suele culminar en una
actitud negativa y amarga que casi no
percibe el gozo y la simplicidad
cristianas. Y en el fondo da demasiada
importancia a cosas secundarias. Estar
constantemente preocupado de negarse
algo es suscitar el deseo de poseerlo y
darle importancia.
El reino de Dios no está hecho de eso,
"no consiste en comer o beber, sino en la
justicia, la paz y el gozo en el Espíritu
Santo" (Rm 14,17). El verdadero
contemplativo no necesita hacer un
esfuerzo continuo para mortificar sus
deseos. Por el solo hecho de su amor, su
corazón ya está orientado a Dios y a las
coséis de Dios; o más bien, constata que
las cosas le dejan y se alejan de él. Él las
olvida pronto porque está fascinado por
el descubrimiento del Misterio
maravilloso. No seamos como esos
miedosos que en la montaña no quitan
los ojos de los pies por miedo a tropezar,
y con ello no disfrutan de los grandes
horizontes e inmensos espacios.
Tengamos la audacia de ser alegres.
Cristo y el amor de Dio? lo merecen.

De momento me importa sobre todo


la renuncia interior. No olvido que se
traduce también en exigencias de la vida
concreta. Pero conviene establecer antes
la actitud y finalidad que deben dirigir
nuestros esfuerzos. Existen caminos
falsos. Ante todo hay que ver con
claridad. Voy a repetirme un poco,
porque quiero mirar el mismo problema
bajo aspectos diferentes, pero que en
parte se superponen. Mejor. Al final, lo
comprenderemos mejor. Pero eso será en
el próximo capítulo.
¿Qué desprendimiento a
qué precio?

"Dichosos los artífices de la paz"


(Mt 5,9)

LA PAZ INTERIOR EXIGE


DESPRENDIMIENTO, un
desprendimiento que se expresa en el
silencio y la soledad, la pobreza y la
obediencia, la castidad y la oración. En
nuestra vida todo tiende a abrir de par
en par la puerta de nuestro corazón
hacia el Señor, a hacernos sentar
tranquilamente a sus pies para
escuchar su palabra, a dejarnos libres
para vivir en una íntima comunión con
él.
La gran diferencia entre un vacío
mental buscado por sí mismo y un vacío
cristiano es ésta: el uno cierra el
corazón a todo deseo y a toda pasión,
y por ende lo pone al abrigo de todo
sufrimiento; el otro pone todo el poder
del corazón al servicio del amor, controla
las pasiones del cuerpo y del alma y
canaliza su fuerza al servicio de la
caridad. El cristiano no está jamás al
abrigo del sufrimiento, porque su ley es
el amor: ante las miserias de la vida y el
dolor de los otros, el amor se hace com-
pasión, y por tanto sufre. Una apathéia
que excluya la compasión sólo puede ser
endurecimiento del egoísmo.

Pero veamos brevemente cómo se


realiza esta labor de ordenar nuestras
pasiones.
Nuestras pasiones tienen cierta
autonomía: están orientadas hacia su
propio objeto y se ponen en marcha
cuando ese objeto se presenta a los
sentidos o al espíritu. Pero depende de
nosotros controlarlas y someterlas a la
razón y a la ley de Dios. Lo cual sólo se
puede hacer con diplomacia, y poco a
poco, como se domestica un caballo sal-
vaje.
San Agustín define la paz como la
tranquilidad en el orden. Cuando nuestra
razón y nuestra voluntad están
sometidas a Dios, y nuestras pasiones a
la razón y a la voluntad, se dan las
condiciones fundamentales de la paz
interior. Eso supone ascesis a causa de
nuestra condición pecadora (la voluntad
se halla ante pasiones desordenadas,
rebeldes, que cada una busca su objeto
sin fijarse en lo demás); y también, en
cierto modo, a causa de nuestra
condición simplemente humana (la per-
sonalidad se construye poco a poco, ya
que las potencias superiores asumen el
control de las potencias inferiores al
ritmo del crecimiento humano). La
madurez humana, social y moral de un
hombre supone este orden. Una Regla
religiosa ayuda mucho a ello, con su
regularidad, sus medios sabiamente
escogidos, el apoyo del ejemplo y de la
fraternidad de los otros. La gracia trabaja
sin cesar en este sentido, porque Dios es
un Dos de orden y de paz.
El fin no es la destrucción de las
pasiones, sino su rehabilitación según la
verdadera jerarquía de valores. La gracia
construye sobre la naturaleza. Y como
esa meta no se ha alcanzado todavía, es
preciso cultivar la atención, la vigilancia
-nepsis- de que hemos hablado, que vela
a la puerta del corazón para rechazar los
malos deseos antes de que puedan
entrar en el corazón. La “apatéhia [impa-
sibilidad] no consiste en no sentir las
pasiones, sino en no acogerlas"52.
Mas esto a la larga resulta negativo.
Es más eficaz exorcizar el mal viviendo el
bien.. Es preciso valerse de las energías
de las pasiones y dirigirlas hacia el bien,
hacia Dios. Los sicólogos modernos nos
dirían que es preciso sublimar la fuerza
de las pasiones transfiriéndolas desde
los objetos más

bajos y .sensuales a los objetos más


altos, nobles y espirituales. Los antiguos
conocían muy bien esto. "El alma
perfecta, decía san Máximo hace mil qui-
nientos años, es aquella cuya energía

52 Filocalia, Centuria espiritual de Calisto e Ignacio


Xanthopuloi”, n. 856, citando a san Isaac el Sirio.
misma de las pasiones está orientada
hacia Dios"53. Eso es la paz, la hésychia.

En todas las religiones, los hombres


que han querido vivir su vida en
profundidad han reconocido la necesidad
de cierta ruptura con el mundo exterior
para entrar en sí mismos. Existe, sin
duda, la necesidad de impedir que la
atención se vaya a otros objetos y fijarla
en el único objeto que se quiere
examinar de cerca. Todo estudio exige
eso, toda oración lo supone en cierto
grado.
Pero lo que ríos interesa es otra cosa.
Se trata de la búsqueda de Dios, del
Absoluto. La experiencia mística se, halla
en todas las religiones desarrolladas;
todas son unánimes en decir que
semejante experiencia exige el
desprendimiento frente a las criaturas
(como tales),y la superación de toda
especie de representación. Dios es total-
menté Otro.
Ese es el sentido de la soledad; vale
la pena comprenderla un poco más
exactamente, porque hay soledades-paz
que no son posibles para un cristiano.
53 San Máximo el Confesor, Centurias sobre
la caridad, III,
Quiero hablar aquí del yoga. Mi propósito
no es emitir un juicio de valor sobre el
yoga como tal, como camino espiritual
-eso exigiría un tratamiento distinto, más
detallado y abierto a sus riquezas-, sino
más bien evocar sus riesgos cuando se
practica fuera de su contexto vivo
Nadie duda que el yoga es un camino
espiritual de desprendimiento que va
muy lejos. Aspira al desprendimiento de
los sentidos, de la imaginación, de la
razón discursiva, de las pasiones, del
egoísmo. Asegura, en cierta medida, el
dominio de las funciones fisiológicas y
sicológicas, y una integración de la
personalidad. Es una sabiduría, porque
eleva al hombre por encima de la tirantez
de los deseos y de lo contingente, y en
eso está su solución al problema del
dolor. Lo ilustra muy bien la inmovilidad
masiva y pasiva de la figura escultórica
de Buda. Busca la paz con todas sus
fuerzas.
Pero en el fondo este intento corre el
riesgo de acabar en un fracaso, en una
felicidad que se cierra en sí misma. Los
esfuerzos sólo consiguen aislar la
esencia de su propio ser personal, para
tener una experiencia directa e intuitiva
de él. El fin es el en- tasis (y no el ex-
tasis) del alma, que se contempla a sí
misma en su esencia a un nivel más
profundo del nivel síquico o sicológico.
Eso es ya mucho para un hombre, es
un retorno al estado de inocencia
infantil. Se cortan los lazos del deseo y,
por tanto, del pecado; pero allí no hay
espacio para el amor (porque es una
pasión más que hay que suprimir), ni
para una virtud positiva.^ La disciplina
del yoga puede procurar una de las más
altas formas de felicidad puramente
natural, pero no es visión de Dios. Crea
un vacío en el alma y una inclusión del
alma en sí misma, que pueden ser
condiciones negativas para la recepción
de dones místicos (cf. el rechazo total de
las "distintas aprehensiones" en la
mística de san Juan de la Cruz). Además,
si el yoga es lógico consigo mismo y
conforme a los principio filosóficos que la
sustentan, excluye la experiencia de Dios
en los sentidos, donde no existe nada de
Dios. O bien el alma es concebida como
un ser completamente independiente,
fuera del cual no existe nada, o el alma
es el Absoluto (Brahmán), Dios, y su
misión es liberarse no solo de todos sus
apegos a lo que sea distinto de ella (que
es pura ilusión -Maya), sino incluso de su
propia personalidad, para ser re-
absorbida en su fuente. No se trata de
unión de amor, porque sólo acaba en el
YO.

No olvidemos tampoco que el vacío


creado en el espíritu puede ser la puerta
abierta a toda clase de incursiones del
subconsciente y del demonio - recordad
la parábola evangélica del retorno del
espíritu impuro al alma "vacía, barrida y
en orden. [...] Y la última situación del
hombre fue peor que la primera" (Mt
12,43-45).
Todo depende de la motivación del
esfuerzo ascético que crea el vacío. Si se
busca la paz humana, el gozo de sí
mismo a través de la soledad y el
aislamiento, se puede encontrar la paz
sin ir más allá, o dejar vía libre a los
poderes destructores de la personalidad.
Pocos saben mantener el equilibrio
sicológico en la soledad.
El discernimiento de espíritus no
siempre es fácil, porque esa búsqueda de
paz egoísta puede expresarse bajo una
terminología religiosa. Cuando decimos
que buscamos a Dios, ¿es cierto que
buscamos a Dios?
Esto tiene una importancia práctica
para nosotros, monjes. Se puede estar en
la celda, en soledad, y muy contentos,
pero de hecho lejos de Dios. ¿Cómo
evitarlo?
Es preciso que la voluntad y el
espíritu, digamos el corazón, esté bien
fijo en Dios, el Ser absoluto que es la
Belleza y la Verdad, y del que todos
dependen. Es preciso que su esfuerzo
ascético para crear un espacio vacío, una
oreja que escuche, un corazón que
espere, no sea sino la respuesta a una
acción divina; que sea Dios quien
comience a hacer callar el corazón,
infundiendo en él un gusto secreto hacia
una presencia inmediata, haciéndole
entrever una luz oscura distinta de la que
aportan los conceptos y palabras,
dejando adivinar la presencia de una
persona que mira, que se comunica.

A veces, ciertos principiantes,


después de haber leído muchos libros
espirituales y asimilado la doctrina
filosófica sobre la trascendencia de Dios
sobre todo conocimiento discursivo,
llegan muy pronto a la convicción de que
no se puede conocer nada?de Dios, y que
es preciso estar ante él con el espíritu
vacío de imágenes e ¡deas. Pueden que-
darse de manera deliberada en un vacío
total, que se parece en ciertos aspectos
al vacío místico pero que no es lo mismo.
No es más que una ausencia, un silencio
impuesto por la voluntad tras un razo-
namiento (por tanto, por la razón) y que
no conlleva intuición oscura de la
inteligencia, informada por la fe, ni el
impulso del amor verdadero que se eleva
por encima de toda mediación para tocar
a la Persona amada, que asegura la
calidad de la presencia, esencial en el
"vacío" verdadero.
Es uno de los casos en que el
conocimiento conceptual de la vida
espiritual aleja el desarrollo de la vida
espiritual, y las verdaderas posibilidades
de la fe y sobre tódo del amor de la
persona. Es preciso tener la humildad de
seguir la acción del Espíritu y no querer
quemar etapas.
Ese falso vacío será amargo y sus
frutos serán la impaciencia consigo
mismo (y con Dios), el repliegue sobre sí,
el espíritu de crítica, el juicio de los
otros. La energía tan brutalmente
reprimida, sin ser asumida, buscará
salidas en la afirmación del yo agresivo,
explosiones de cólera, una excesiva
actividad, diversas compensaciones. Esto
de que hablamos no es la única causa de
esa impresión de energía reprimida y
frustrada que dan ciertos religiosos; es
sólo una aplicación del principio de
represión, de no-asumir la realidad
humana en la ascensión espiritual.
Existen otras.
Todos los grandes espirituales están
de acuerdo: no se debe dejar la
meditación, el camino "ordinario",
mientras sea fructuosa y nos ayude a
fijarnos en Dios, a conocerle y amarle.
Solamente cuando el alma se encuentra
en la imposibilidad de aprovecharse de
esos medios, entonces debe dejarlos. El
principio básico es seguir siempre la
gracia, dejarnos conducir por el Espíritu,
en lugar de querer imponer nuestra
manera de ver, fatalmente corta e
interesada. Muchos santos no han dejado
nunca el camino más o menos discursivo,
el uso de oraciones vocales, de imágenes
y conceptos, sin que eso haya
perjudicado en nada a su santidad.
Fuera de los momentos de la oración,
un elemento discursivo, en el sentido de
lectio divina, forma parte de la vida
espiritual. Cada uno tiene su nombre
escondido en Dios, cada uno tiene su
camino propio. En relación con el
individuo concreto, el único que existe,
no hay un camino más alto o más bajo.
Sólo existe el camino trazado por Dios
para cada uno, y la perfección personal
consiste en seguir ese camino con la
mayor fidelidad y la mayor docilidad
posible.

Es cierto que la vida espiritual y la


vida de oración tienden a simplificarse, al
menos a largo plazo, en la mayoría de las
personas; pero cada uno debe favorecer
eso de manera consciente buscando la
simplicidad y la unidad en su vida y en su
oración. Es muy recomendable guardar
momentos de silencio en la oración,
callarse para dejar hablar a Dios, si él
quiere. Pero que Dios actúe más direc-
tamente en el alma, introduciéndola en
otra forma de conocimiento y de
experiencia de naturaleza más pasiva
(que es la acción escondida de la gracia
"ordinaria" hecha consciente en cierto
modo), eso depende solo de Dios y de
sus designios sobre esa persona
particular. Cada uno escuche la voz del
Espíritu en él.
También en esta materia hay que ser
pobre, humilde y confiado. La mayoría de
nosotros no somos lo suficientemente
fuertes para que Dios nos inunde
visiblemente con su gracia. Nos volve-
ríamos orgullosos, propietarios; nos
quedaríamos en sus dones en vez de ir al
Donante; perderíamos el mérito de la fe
pura.

¿Y quién lo sabe? La luz de la fe es


tan traslúcida y tenue, que su presencia
en toda su pureza permanece oculta y a
veces imperceptible. Solamente se hace
visible pasando a través de nuestra
sensibilidad. Los místicos consideran el
éxtasis como una debilidad del cuerpo,
que todavía no está en armonía con el
espíritu. Hay personas para quienes todo
es "ordinario", simple, humilde. Pero
irradian una cierta paz y un gozo
especial. Se adivina un alma cuyo fondo
está de tal modo entregado a Dios, que
esa actitud es su realidad más profunda,
más tan "natural" que apenas se traduce
en actos distintos. Casi no es consciente
de ella misma.
¿Es eso para el cristiano "convertirse
en oración"? ¿Es eso "orar sin saber que
se ora"? ¿No consistiría la "oración pura"
más en ser que en "orar"? ¿Se trata de
una luz pura y totalmente incolora, o de
una gavilla de colores brillantes percibida
a través del prisma de experiencias más
sensibles de la gracia? En el fondo, ¿qué
es la oración?
Retengamos de estas
consideraciones que no se debe nunca
juzgar, comparar, y sobre todo despreciar
a nadie, ni creerse superior por haber
recibido algún don de la gracia. En
materia de fe, lo más seguro es el camino
humilde, escondido, desprendido. Dichos
los pobres de corazón.

Mis planes no son como vuestros planes,


ni vuestros caminos como los míos,
oráculo del Señor.
Como dista el cielo de la tierra,
así mis caminos de los vuestros,
mis pensamientos de vuestros
pensamientos.
(Is. 55,8-9).

Pero volvamos al camino de la luz.


Cuando una oscura atracción hace
imposible al alma alimentarse de los
medios ordinarios de la meditación, es
preciso callar, mirar, escuchar lo que Dios
quiere decir directamente al corazón. Es
el momento de ser un vacío para Dios,
una espera silenciosa de amor. Ese es el
buen vacío, excavado por Dios, creado
por el amor.
Es perfectamente normal que quien
vive constantemente en presencia de
Dios, hace su voluntad, le ama y se sabe
amado por él, tenga contactos familiares
y simples con él. No necesitará largas
consideraciones para volverse hacia él, ni
muchas palabras para expresar su fe y su
amor. Hablará sencillamente al Señor de
su cosas, sus penas, sus deseos. Sabe
permanecer tranquilamente en su
presencia, a veces en el silencio de una
simple mirada de amor y confianza.
Si Dios lo quiere, puede profundizar
su relación con el alma, invitarla a entrar
más dentro de su corazón, superar su
modo ordinario de actividad por otro más
oscuro, intuitivo y silencioso. A pesar de
una primera impresión de
empobrecimiento y desorientación, no
tiene miedo. Porque se trata
precisamente de una desorientación,
entrar en una nueva esfera de existencia.
He insistido demasiado sobre el carácter
personal de la relación con Dios, y puedo
permitirme por ello usar imágenes
impersonales. Como toda noción que
aplicamos a Dios, empleamos la noción
de persona en sentido analógico. Dios es
persona, pero según la persona humana,
la única que nosotros conocemos directa-
mente. Eso no significa que sea menos
persona que nosotros; al contrario, lo es
infinitamente más. Solo Dios es
verdaderamente persona. La persona
humana es un pálido reflejo, más una
tendencia hacia la verdadera
personalidad que una persona en el
sentido pleno de la palabra.
Así pues, para expresar otros
aspectos de la realidad de Dios-Persona,
debemos recurrir a veces a imágenes que
en nuestra experiencia son, o parecen
ser, impersonales.
En ese sentido me sirvo de la idea de
desorientación, de entrar en otra esfera
de existencia, para expresar la relación
más íntima con Dios.

Estamos familiarizados con un mundo


de tres dimensiones: largura, anchura y
altura. Suponed un ser que sólo tiene
conciencia de dos dimensiones, largura y
anchura. El mundo de ese ser estaría
enteramente concebido en términos de
largo y ancho, y no tendría la más
mínima idea de la altura de las
realidades, qúe están "ante sus ojos".
Supongamos que un ser superior, capaz
de ver y conocer la tercera dimensión de
los seres, revela al ser inferior la
existencia de la altura de las cosas - pero
solamente en el único lenguaje
comprensible a este ser, es decir, en un
lenguaje establecido sobre la experiencia
de solo dos dimensiones- y por tanto
intentando dar alguna idea de la altura
de las cosas a través de semejanzas con
la largura y anchura de las cosas, aunque
muy imperfectamente. El asombro de ese
ser sería muy grande, y tendría la
impresión de una desorientación muy
dolorosa. Se vería obligado a creer
ciegamente lo que le diría ese otro ser
superior, porque sus facultades serían
incapaces de percibir directamente la
tercera dimensión de las cosas. Se vería
obligado a renunciar a certezas, y
evidencias de su experiencia para entrar
en un mundo superior, pero extraño, y
sentirse totalmente perdido y
desorientado.
Pero supongamos que el ser superior
tiene el poder de darle nuevas facultades
de conocimiento, capaces de percibir la
altura de las cosas. Y que esas facultades
le hubiesen sido dadas en estado
embrionario, cuyo desarrollo debía
conseguirse con su ejercicio progresivo:
es el caso de las virtudes teologales de
fe, esperanza y caridad, que son
infundidas en nosotros con la gracia
santificante. Es el caso también de los
dones del Espíritu Santo, que aseguran la
operación de esas virtudes según un
modo más divino, más cercano al de
Dios.
El comienzo, la nueva visión de la fe,
tan diferente de la de nuestros ojos
corporales y de nuestra inteligencia, nos
parece ser pura tiniebla. No vemos nada.
Solamente al ejercitar la fe, juzgando y
viviendo según ella, nos habituamos a su
oscuro luminosidad y désarrollamos
nuestros nuevos ojos. La luz natural deja
de ser hasta tal punto accesible, que es
preciso cerrar nuestros ojos a su
resplandor para poder percibir la otra luz
tenue y completamente diferente.
Cuando los ojos de la fe son más fuertes
y finos por los dones del Espíritu Santo,
somos capaces de mirar el mundo
"natural", pero con una mirada
transformante que percibe en él una
nueva dimensión, su verdadera
identidad, que ve la gloria de Dios
resplandeciente en el rostro de Cristo y
en todo el cosmos, asumido en él y por
él.
¡No tengamos, pues, miedo a lo
negro! Lo que nos ciega es el exceso de
luz.
ESTA ENTRADA EN LAS DIMENSIONES
MÁS PROFUNDAS DE LA REALIDAD, está
en continuidad con las incursiones de la
intuición natural.
¿Pero qué es lo real? ¿Este mundo
plano, la percepción utilitaria de las
cosas y la visión estrecha del sujeto
consciente, que sólo existe para el
espíritu positivo de tantos hombres
modernos? ¿Ese mundo es lo real? ¿O es
una engañosa mutilación de lo real, como
dice por ejemplo el poeta? "La verdadera
vida está ausente. No estamos en el
mundo" (Rimbaud). "Me horroriza la
realidad. No veo nada real, sólo
fantasmagoría" (Nietzsche).
El mundo que llamamos "objetivo" no
es otra cosa que una convención cómoda,
una pobre convección, la menos real de
todas nuestras ficciones. La Naturaleza
es otra cosa, y nosotros formamos
parte.de ella. No la miramos desde el
exterior como espectadores. Un profundo
parentesco une la Naturaleza con nuestro
espíritu. Lo hemos desmerecido por una
caída histórica que ha dado la ventaja al
movimiento del individualismo y de la
separación, frente al intercambio
universal de simpatía en la unidad.
Llevamos cada más lejos de la plenitud
del mundo la vida marchita de una planta
cortada de su tronco. Pero conservamos
el recuerdo oscuro de la Unidad perdida;
un presentimiento, un rostro, una flor
nos la hacen entrever; se mezcla al
inmenso desarrollo de nuestra vida
inconsciente con sus dichas y sus
terrores, aparece en nuestros sueños,
bajo formas inciertas y enmascaradas.
Sin embargo, hemos perdido la clave
de esta vida integral con el Todo. Si
alguien la ve, sea poeta o místico, se
convierte en mago. Abre para nosotros
de vez en cuando la puerta misteriosa
que da al mundo en su profunda realidad,
y sobre cada ser en su vínculo con la
unidad del Todo.

La mirada hacia el interior no nos


aísla del mundo. "Todo descenso hacia
uno mismo, toda mirada hacia el interior
es al mismo tiempo ascensión -asunción-,
mirada hacia la verdadera realidad
exterior" (Novalis). Una mira de
ingenuidad, más allá de la conciencia y
de los sentidos, nos une con la realidad
total por caminos más seguros y más
enriquecedores que los de la percepción
cerrada y del concepto solitario. Interior
y exterior se funden. Esa mirada nos
repliega en el corazón de las cosas, nos
une al vasto universo, de tal modo que se
puede hablar de una visión, de un oír, de
un tacto que van del interior al exterior,
de un enraizamiento en el mundo, en la
realidad, la verdadera, por la eficacia
misma del recogimiento: "permaneced
con los ojos cerrados y veréis".
La conciencia que sólo está volcada
hacia fuera es una conciencia ciega y
chata. Al replegarse momentáneamente
más acá de los conocimientos
escalonados de los sentidos y del
entendimiento, el yo no se desprende de
la carne de este mundo ni de su propia
carne; al contrario, se identifica consigo
mismo para conocer, al mismo tiempo
que para ser y obrar con todo su ser. La
atención dada a otro distinto de mí debe
comenzar por un tiempo interior de
silencio, de recogimiento en la noche.
La atención no es crispación sino
presencia y calma, reposo y acogida,
presencia con..., amor. La atención se
aprende. Es posible estar sensibilizado a
la atención. Lo que acabamos de decir
indica que hay algo que ver. ¿Pero cómo
alcanzarlo? ¿Es evidente que sabemos
mirar, tener la atención conveniente para
descubrir el verdadero rostro de las
cosas y personas?

Miremos la atención en sí misma.


Normalmente implica la inmovilización
del cuerpo y soledad, la inhibición del
espíritu que se retira a otros objetos
para fijarse en una solo. Fijación e
inmovilidad. La atención es la oración
natural del espíritu a la verdad. Es
espera, pura receptividad. Ofrece una
acogida incondicional a la verdad sea
cual sea. No interpone sus propios
conceptos, sus intereses ni sus miedos.
Las condiciones duraderas de la atención
son un espíritu despierto que acecha la
verdad, la integridad y el coraje del
corazón, el silencio y la soledad.
Un objeto sólo adquiere para
nosotros fuerza real desde una cierta
intensidad de atención. De manera
paradójica, la que va en cabeza es la
atención, antes que el objeto. Esto
significa la importancia de cultivar la
facultad de la atención. La atención va
unida al consentimiento, es perpetua
docilidad y total consentimiento; se
siente fuertemente impulsado a escoger
el punto sobre el que se proyecta la
atención, sea bueno o malo. Es una ley
de nuestro espíritu y subraya la
importancia que existe en fijar nuestra
atención en lo que puede alimentar el
espíritu y no dañarle.
Los obstáculos que encontramos son
las fantasías (la atención se dirige a la
verdad, a lo real, es enemiga mortal de la
fantasía, que no es otra cosa que la
proyección y la satisfacción ilusoria de
nuestros deseos), la pereza, el egoísmo
que se ve reflejado por todas partes, el
miedo a la verdad y a sus exigencias.
Sabemos cuánto insiste la tradición
monástica en la necesidad de un espíritu
despierto, sobrio, vigilante, puro. El
contemplativo debe ser el hombre de lo
real, y si su mirada se detiene en
abstracciones y en sueños, si no
reflexiona para detectar la profundidad
de lo real y de lo concreto diario, no vive
su misión. El reino de Dios está entre
nosotros, aquí y ahora.

Age quod agis. Haz lo que haces. La


atención no debe procurarse sólo en
algunos momentos privilegiados, el
tiempo de oración por excelencia. Debe
ser una realidad en cada instante. No se
puede pasar la vida en plan de soñador.
Al contrario, hay que entregarse lo más
posible en lo que se hace, en cada
instante. Es el secreto de una vida plena,
intensa, rica, porque cada cosa, cada
acontecimiento, cada persona nos ofrece
una riqueza increíble si prestamos
atención. No hay nada pequeño, banal,
somos nosotros quienes banalizamos
todo porque sólo rozamos la piel con la
punta de los dedos. Es preciso ejercitarse
en hacerlo todo con atención, aplicación,
y hacerlo bien. Por otra parte, para una
mirada de fe, todo cuanto se hace por
amor de Dios y en él, es importante. Hay
que tomar conciencia de que cada
persona que encontramos es portadora
de un mundo interior maravilloso, y que
puede ser una puerta para entrar allí y
comulgar con ella. Y para la mirada de la
fe, mi hermano, mi hermana es Cristo.
¿No vale la pena prestarle atención?
¿Cuándo te hemos visto, Señor? (Cf.Mt
25).
Cuando andáis, andad, cuando oráis,
orad; cuando miráis, mirad; cuando
coméis, comed.
El secreto de la vida es vivirla, con
toda sencillez. El momento presente es
infinitamente rico, la atención es la clave
para vivirla en su profundidad. Esa
profundidad no se sitúa en un espacio
exotérico, sino en el corazón de lo
cotidiano, precisamente como cotidiano.

Hay muchos géneros de atención


según que la mirada se dirija a las cosas,
a las ideas y a las imágenes interiores,
sobre otro, sobre sí mismo y sobre Dios.
La mirada sobre las cosas. La casa, el
techo, un árbol, una flor, el cielo. ¿Cuál es
su verdadero rostro? ¿El que mira %
pasivamente el ojo distraído, como un
aparato fotográfico? ¿O ese rostro lleno
del misterio de las formas, de la danza de
la luz y de las tinieblas, del silencio de
una vida escondida, que los artistas
evocan en sus lienzos? ¿No consiste la
función del arte en despertarnos a la
verdad de las cosas? Y esa visión es una
comunión. Alcanza su perfección cuando
la sensibilidad interior se sumerge en la
fuente misma de donde vienen esos
seres, cuando la sensibilidad exterior
vibra en armonía con el ser que vive en
ellos, hasta el punto de sentirse uno con
ellos, con la flor, con el árbol, con el cielo
-¡hermano árbol, hermana flor!
Todos hemos tenido momentos
privilegiados de intuición, de comunión,
cuando el resplandor de la belleza de un
árbol inflamado por los rayos del sol
poniente, o la pudorosa sonrisa de una
flo- recilla azul entre las rocas y la nieve
nos han abierto los ojos. Unas veces más
y otras menos. La estética percepción de
la belleza, de la realidad de las cosas, y
la comunión que otorga son ya mucho, y
es bueno abrir los ojos y afinar la
sensibilidad. Pero existe otra mirada más
profunda, que procede de una comunión
y de una atención más profundas.
Pasando a través de la particularidad de
un ser, esa mirada le toca en su mismo
ser y se siente uno con él. Se hace todo
ojos, todo mirada, hasta el punto de que
el sujeto queda absorto en esa visión.
Eso tal vez no sea muy claro, pero
encontramos ya el oscurecimiento entre
el sujeto y el objeto, que se halla siempre
en las formas superiores del
conocimiento.

El budismo zen aspira a ver la


realidad de un ser desde el interior de
ese mismo ser. La verdadera atención a
una flor pide llegar a ser esa flor, porque
dicen los monjes zen que tú no eres otra
cosa. Eso supone el esfuerzo de superar
las pantallas que nuestros sentimientos y
conceptos interponen entre nosotros y la
realidad. El proceso tiende a adquirir una
mirada tan inocente e inmediata, que ya
no se experimenta como perteneciente a
la persona que mira, sino una mirada
pura, que se ha convertido, con un poco
de atrevimiento, en la "conciencia" de sí
de la flor. ¿No es acaso la ambición del
poeta llegar a ser la voz de la naturaleza,
su voz, desde el interior? Y tal vez existe
un cierto parentesco con la oración pura.
No despreciemos, pues, la parcela
más banal de ser. Prestémosle nuestra
sensibilidad y nuestra voz para alabar a
su creador. ¿No es acaso para eso por lo
que estamos en esta tierra? Somos res-
ponsables de la melodía de esa flor.
¡Vivimos en un mundo tan rico, que si
supiéramos mirarlo...!
"Veo su sangre sobre la rosa"54.

Atención a las imágenes y a las ideas.


Son las voces de lo real en nosotros, y
por tanto no pueden estar separadas de
las cosas. A veces, para ver en las
profundidades de lo real es preciso
abstraerse del contacto directo y
contemplar los esquemas con los que
54 Poema de Oliver Mary Plunkett.
nosotros lo representamos. Eso es bueno
e indispensable, pero sólo debe ser una
etapa, pues la mirada debe referirse
todavía a los efectos de esa meditación
interior sobre lo real para iluminarla, y
ser controlada por él. Pero si el
entendimiento queda fascinado por sus
representaciones, si la razón afanosa los
entreteje en conjuntos más o menos
grandes, y cada vez más alejados de las
fuentes de lo real, hay que temer que la
ganancia será pequeña en términos de
aprensión de lo verdadero.
No debemos olvidar que la razón, por
muy valiosa que sea, no es la única
facultad de lo verdadero que el hombre
posee. La experiencia concreta, la
intuición directa, la connaturalidad, y
también el amor son vías de acceso, tal
vez más altas, que no se pueden
despreciar, sobre todo cuando se trata de
los dominios más misteriosos del ser
(como las personas, la verdad sobre Dios,
u otros).
Las mejores condiciones para ese
género de atención son la calma, el
silencio, un esfuerzo personal de
comprensión que no se contenta con el
"se dice" o con palabras mal
comprendidas, una humildad que sigue el
ritmo de su propia comprensión y un
sentido del misterio de lo real.
/
En términos de comunión, la atención
a las ideas es la más pobre de todas,
pero no se debe olvidar que esas ideas,
en cuanto que son verdaderas,
conforman nuestro espíritu con la Verdad
divina, y son una comunión con su
Pensamiento, y por tanto con su Palabra.
Cristo está siempre oculto tras nuestras
construcciones desafortunadas, y la
pureza de su Espíritu sopla a veces a
través de sus balbuceos. La verdad es
una oración.
Sin embargo, conviene distinguir
entre saber y conocimiento. El saber
supone una adquisición ordenada de
conceptos, que se presentan como una
ciencia que puede permanecer exterior, y
de hecho no introduce ningún cambio en
la persona. El conocimiento exige la
unión del que conoce con lo conocido por
un proceso de penetración, de
acomodación de espíritu y de
transformación. En su término final
supera siempre el orden conceptual,
incluso cuando se sirve de conceptos, por
una conciencia directa de la Verdad: lo
Bello, el Ser, en sí, no objetivado.
Atención al otro. Toda atención
supone acogida, un acto previo de fe,
pero en la atención que prestamos al otro
toma su forma más humana: una sonrisa,
una actitud que dice que aquel que se
presenta ante nosotros es aceptado como
un posible amigo, y no como un enemigo
posible. No se trata de una ingenuidad
fundada en la ignorancia y que pronto
quedará desfasada. Es una mirada lúcida
puesta sobre el hombre. No ignora sus
límites y sus imperfecciones, pero
percibe más allá de todo eso, en el
torazón profundo que existe en cada
hombre, posibilidades de bondad y de
grandeza que sólo esperan el aliento de
la confianza y del amor para realizarse.
Lo que impide su realización es nuestra
falta de amor.
¿No es eso un dato de la experiencia?
En cada hombre, cuando se le conoce un
poco en profundidad, se encuentran
tesoros insospechados, y muchas veces
tenemos la impresión de que la culpa de
que estén escondidos no es suya sino
nuestra.
Acojamos a cada hombre como a
Cristo, porque en verdad es a Cristo a
quien acogemos. "A mí me lo hicisteis"
(Mt 25). Busquemos en él el rostro amado
de Cristo que es su verdadero rostro.
¿Qué es lo Real?

Extracto de The Velveteen Rabbit,


por Margery Williams, Nueva York, Avon,
1975.
¿Qué es lo "Real"?, preguntaba un día
el Conejo de Terciopelo. ¿Es tener en sí
cosas que ronronean y una maravilla que
nos supera?
-Lo Real no es la manera con que está
fabricado, respondió el Caballo de Cuero.
Es una cosa que te sucede: cuando un
niño te ama mucho, mucho, no sólo para
jugar, sino que te ama realmente,
entonces se llega a ser real.
-¿Duele eso?, preguntó el Conejo.
-Algunas veces, replicó el Caballo,
porque era siempre sincero. Pero cuando
es real, no se preocupa uno del dolor.
-¿Sucede todo eso de golpe, como ser
superado, insistió el Conejo, o poco a
poco?
-Eso no sucede de golpe, dice el
Caballo, se llega a . . . Necesita mucho
tiempo. Por eso no acontece con
personas que se cascan fácilmente, o
que tienen ribetes cortantes, o que
piden ser tratadas con cuidado... En
general, el tiempo de ser real apenas te
deja algunos pelos: es a fuerza de ser
amado... Los ojos se te caen de las
órbitas, las articulaciones son muy flojas,
te quedas feúcho. Pero eso no tiene
importancia, porque cuando se es real,
no se puede ser feo, salvo para
aquellos que no entienden55.

Atención al otro, a sí, a


Dios

"Diéhosos los artífices de la paz"


(Mt 5,9)

HEMOS HABLADO DE LA ATENCIÓN AL


OTRO en el capítulo anterior, y hemos
dicho ya lo esencial: saber detectar su
verdadero rostro, el rostro de Cristo que
se forma en él, con una mirada de
acogida y de amor. Mirada que sale de lo
profundo de un corazón anclado en Cristo
con una oración simple y continua.
Sin embargo todos tenemos que
olvidar en esta materia unas malas
costumbres egoístas y superficiales, y

55 Los subrayados son míos.


por eso no parece inútil dar algunas
indicaciones prácticas que ayuden a
cultivar la atención profunda al otro.. Hay
que decir que no es algo espontáneo; de
hecho, se encuentra muy raras veces.

Atención al otro (SR 3.23.13 y 4.33.4)

El mandamiento de Cristo es amar al


prójimo; estamos lejos de él, y para
conseguirlo hace falta aprender.
Comencemos humildemente por el prin-
cipio.
Aceptar que el otro sea precisamente
como es. Gozarse de que sea. Acercarse
al otro con una actitud de confianza, la fe
de que vale la pena, que tiene algo de
válido, de verdadero y de bello. La
experiencia muestra que eso es siempre
cierto.
"El amor del prójimo tiene como
sustancia la atención. Es una mirada
atenta en la que el alma se vacía de todo
contenido propio para recibir en ella el
ser que mira, tal como es, en toda su ver-
dad" (Simone Weil).
Interesarse por el otro por él mismo,
no sólo por esa parte mínima de él que
se refiere a mi mundo, es decir, en
cuanto que forma parte de mi mundo.
Por naturaleza, el mundo sicológico
de cada uno se agrupa en torno de su
propio yo, todo lo ve desde esa
perspectiva; por la gracia todo debe ser
centrado en Cristo, pero incluso entonces
el Cristo que vive dentro de él, es desde
su propio yo desde donde se mira el
resto.
Para comprender al otro es preciso
entrar en su universo, saber mirar con
sus ojos, sentir con sus sentimientos, ser
él por compenetración y por simpatía. Es
preciso deshacerse momentáneamente
de sus prejuicios, de sus inclinaciones
personales, de sus ideas a priori, de su
entorno familiar. Todo eso hace nuestra
atención selectiva, filtra lo que nos viene
del otro, lo reduce finalmente a su
imagen.

Abandonar la preocupación de
afirmarse a uno mismo, de curiosidad o
de crítica.
Ser pura atención, sin favorecer
ningún elemento, sin rechazar nada, sin
juzgar nada -pura acogida y
comprensiórí.
Tomar conciencia de que cada uno
posee la verdad de una manera limitada,
parcial, desde una cierta óptica. El otro
puede aportar siempre una iluminación
nueva, valiosa. Prestar atención a lo que
dice, sin rechazar a nadie. A veces, los
más simples ven más claro.

Pero la comunicación más importante


entre personas se sitúa a nivel infra-
verbal. Existe una comunicación directa
de yo a yo, de corazón a corazón, de
inconsciente a inconsciente, que no pasa
por palabras, y que puede decir lo
contrario de lo que dicen las palabras.
Saber escuchar a esos niveles
profundos. Percibimos una resonancia en
nosotros, en nuestro corazón, en nuestro
inconsciente, de lo que se contiene en
nuestro corazón y en el inconsciente del
otro. Resonancia de simpatía y de
comunión, o resonancia negativa de
defensa en un dominio en que nos falta la
seguridad personal, y hemos puesto
entredichos.
Para acoger la verdad del otro es
preciso tomar conciencia y dejar caer
esas defensas, esos rechazos íntimos; es
preciso saber vivirse a sí mismo en la
verdad.
La capacidad de acoger al otro está
en función de la capacidad de nuestro
corazón; capacidad ahondada por la vida,
el sufrimiento, y sobre todo por el amor.
Pero la atención al yo sicológico del
otro, a lo que es de hecho en este
momento, no basta, porque el otro es
más que eso. Es ante todo una persona:
un ser capaz de conocimiento y de amor
ilimitados, capax De/'56. Es una libertad
llamada a ser y a amar a imagen de Dios,
una realidad en devenir. La verdad de la
persona es esa persona tal como Dios la
ha creado, tal como la quiere en cada
instante. El verdadero yo suele
ignorarse, ocultarse, rechazarse. Y sin
embargo ahí está, tal vez enterrado, pero
mostrándose con indicios fugaces.
Prestar atención, dirigirse al germen
divino presente en el otro, es tomar en
serio su verdad profunda, ayudarle a
desarrollarla, incluso a veces
descubrírsela. Con frecuencia el otro se
dilata según los espacios de nuestra fe y
de nuestra esperanza. Si nuestro amor es
realmente amor de Cristo en nosotros,
hallará en el otro la imagen de Dios que
está llamado a ser. Nuestra atención
puede reflejarle su nobleza desconocida.

56 Capaz de Dios (N. d. E.)


Atención a sí mismo
Cada vez me convenzo más de que
este tema de atención es demasiado
amplio para ser tratado adecuadamente,
como un paréntesis, en estas páginas
sobre las bienaventuranzas. Eso es sobre
todo verdadero en la atención a sí mismo
y en la atención a Dios. Lo mejor sería
dejar estos temas para un desarrollo
independiente.
Baste decir aquí que la atención a
uno mismo no es narcisismo,
complacencia beata en sí, sino una
mirada valiente y lúcida sobre los
móviles de sus acciones y sobre lo que se
es; un contacto con ese ser único que
cada uno está llamado a ser en Cristo: el
lugar de ese nacimiento, el fondo del
corazón se abre al ser divino, por ser su
imagen; en esa imagen hecha
trasparente es donde Dios es conocido.

Atención a Dios
La atención al yo profundo conduce a
la superación de sí mismo; la imagen
hace buscar al
Arquetipo: Atención a sí y atención a Dios
son como dos movimientos implicados y
complementarios, la respiración de
nuestro ser profundo: Señor Jesús
(atención a Dios), ten piedad de mí
pecador (atención a sí).
La oración es entrar en el corazón
profundo y permanecer en paz en una
escucha disponible de ese misterio de fe
que se realiza en la unión de corazón con
Cristo. La atención a Dios es obra de la fe
y del amor; su fruto es la unión de amor y
el conocimiento que de allí nace. Dios no
es un objeto al que se mira. Tampoco es
el yo que se hace trasparente a sí mismo,
donde sujeto conocedor y objeto son los
mismos en entidad. Dios es algo distinto
de eso, y sólo puede ser conocido en su
propia luz. La atención a Dios es más la
disponibilidad a esa luz divina que ha
irradiado en el rostro de Cristo y que
irradia por la gracia en nuestros cora-
zones, que una actividad de nuestra
inteligencia. Es ante todo pobreza, fe,
espacio disponible, desnudez y libertad.
Es para los ojos abiertos en la oscuridad,
deseo de amor. Si Dios hace irradiar su
luz de paz en el corazón atento, no por
eso se disipan las tinieblas, -Dios es
misterio puro e inefable, y se da como
misterio-, pero esas tinieblas se hacen
luminosas. La ausencia se revela como
presencia trascendente, lo creado se
muestra en toda su realidad autónoma y
totalmente distinta, y sin embargo como
sacramento de Dios, del que Cristo es el
rostro humano. En este conocimiento no
es el sujeto quien se vuelve trasparente a
sí mismo, sino el Objeto conocido el que
engloba al sujeto que conoce en su
propio conocimiento de sí para el abrazo
de su amor. El Padre nos engendra hijos
en su Verbo por el Espíritu.
"Los que trabajan por la paz serán
llamados hijos de Dios". La obra de la paz
ordena todo en nosotros según el orden
del amor, nos hace disponibles y atentos
a lo que es de verdad, nos abre a la luz
transformante de Dios y nos hace entrar
en la vida divina.

" ¡Ved qué amor tan grande


nos ha mostrado el Padre:
llamarnos hijos de Dios, y lo
somds!"
(1Jn 3,1)

Los hijos son de la misma naturaleza


que su padre. He aquí el misterio
escondido en el fondo de nuestros
corazones, el nacimiento de Cristo en
nosotros.
"Dios con su poder y mediante el
conocimiento de aquel que nos llamó con
su propia gloria y potencia, nos ha
otorgado todo lo necesario para la vida y
la religión. Y también nos ha otorgado
valiosas y sublimes promesas, para que,
evitando la corrupción que las pasiones
han introducido en el mundo, os hagáis
partícipes de la naturaleza divina" (2P
1,3-4), en Cristo Jesús.
"Como sois hijos, Dios ha enviado a
vuestros corazones el Espíritu de su Hijo
que grita: Abba, Padre" (Ga4,6).
"Dichosos los perseguidos por causa
de la justicia, porque de ellos es el Reino
de los cielos" (Mt 5,10).
La bienaventuranza de los
perseguidos difiere bastante de las
precedentes, y hace pensar que no
pertenece al núcleo primitivo. Tiene en
cuenta la situación de la Iglesia
apostólica, más bien que a los oyentes de
Cristo. La recompensa de que habla
(vv.11 y 1257) es para el futuro y

57 "Dichosos cuando os injurien y os


persigan y digan contra vosotros toda
clase de calumnias por causa mía.
Alegraos y regocijaos, porque será
grande vuestra recompensa en los
cielos, pues así persiguieron a los
profetas anteriores a vosotros" (Cita
añadida por el E.).
pertenece a los perseguidos, no por el
hecho de ser perseguidos, sino porque
sufren a causa de Cristo; se trata de una
recompensa a su virtud.

En las primeras bienaventuranzas el


privilegio de los desheredados va unido a
su miseria como tal; por ella Dios, en su
liberalidad real, se debe a sí mismo
hacerse su defensor inaugurando su
reino efectivo en Cristo. El reino de Dios
está próximo, los pobres ya pueden
gozarse, han llegado al final de su
desgracia.
Sin embargo, la bienaventuranza de
los perseguidos, aunque su formulación
actual refleja la situación post-pascuai de
la Iglesia, no es sino la explicación de un
elemento presente en la predicación del
mismo Jesús: la importancia decisiva,
escatológica, de la decisión de la fe para
Jesús, y la lucha que le oponen las
potencias del mal en el mundo.
Detrás del hecho constante de la
persecución de los que siguen a Cristo,
se perfila el misterio de la guerra secular
que opone las potencias del mal con Dios
y sus servidores. Esta lucha se extiende a
toda la historia, y está más viva que
nunca en nuestros días. ¿En cuántos
países no se hallan personas
perseguidas, prisioneras, asesinadas
"por la justicia", es decir, por la religión,
la virtud o el bien? Cristo está en agonía
hasta el fin del mundo, decía Pascal.
"Alegraos porque compartís los
padecimientos de Cristo, para que
también os regocijéis alborozados
cuando se manifieste su gloria. Dichosos
si sois ultrajados por el nombre de
Cristo; eso indica que el Espíritu glorioso
de Dios reposa sobre vosotros" (1P 4,13-
14).

No podemos permanecer indiferentes


a los sufrimientos de los miembros de
Cristo. Debemos asumirlos en nuestra
oración, y deben relativizar nuestros
pequeños sufrimientos personales.
Podemos comprender en esta
bienaventuranza todo sufrimiento que
nos llega por Cristo. Por ejemplo, hay
personas que sufren oculta y profun-
damente por su fidelidad a la luz y al
amor de Cristo'en ellos, esfuerzo que
exige maneras de ver y de obrar que
chocan con las actitudes de su entorno y
no son comprendidos.
En todos los casos el deber del
cristiano está muy claro. Con los ojos
fijos en Cristo, no debe desanimarse (cf
Hch 11,1 y 12,3). Nada puede separarle
el amor de Cristo (Cf Rm 8,35), y desde
ese amor debe amar y orar por aquellos
que, voluntaria o involuntariamente, son
causa de su sufrimiento. Tendrá que
luchar tal vez durante mucho tiempo con
lágrimas, oración y humildad, antes de
que solo el amor irradie en su corazón, y
sepa que es a eso a lo que el Espíritu lo
llama. Y sea feliz: el Reino de los cielos
es suyo.
¿Dichosos!

Dichosos:7
Los pobres: suyo es el reino de los cielos.
Los dulces: poseerán la tierra.
Los que lloran: serán consolados.
Los que tienen hambre y sed: serán saciados.
Los misericordiosos: alcanzarán misericordia.
Los corazones puros: verán a Dios.
Los pacificadores: serán llamados hijos de Dios.
Los perseguidos: suyo es el reino de los cielos.
Vuestra recompensa será grande en los cielos.

PARA TERMINAR ESTAS PÁGINAS


SOBRE LAS BIENAVENTURANZAS, vamos
a meditar brevemente sobre la felicidad
prometida.
Parece cierto que las diferentes
expresiones utilizadas designan todas la
misma realidad fundamental, y que esa
realidad se describe con mayor
frecuencia en el Evangelio como el Reino
de los cielos. Tierra (prometida),
consuelo, saciedad, misericordia (en el
juicio), visión de Dios, hijo de Dios, no
son sino diversas imágenes del Reino.
Esas imágenes se relacionan con las pro-
mesas mesiánicas de los profetas, sobre
todo de Isaías.
El texto básico es Is 61,1-3), profecía
que Jesús se aplicó a sí mismo (cf. Le
4,18-19 y Mt 11,4-5).

“El Espíritu del Señor está sobre


mí, porque el Señor me ha
ungido.
Me ha enviado
para dar la buena nueva a los
pobres (anawirt),
para curar los corazones
desgarrados, y anunciar la
liberación a los cautivos, a los
prisioneros la libertad.
Para anunciar un año de gracia del
Señor, y un día de venganza para
nuestro Dios; para consolar a todos los
afligidos, para alegrar a los afligidos de
Sión; para cambiar su ceniza por una
corona, su traje de luto por perfume de
fiesta, y su abatimiento por cánticos".

El mensaje de consuelo se dirige a


toda clase de desgraciados. Is 61 nos ha
presentado a los pobres y afligidos, la
mención de quienes tienen hambre y
sed se refiere al conjunto de los
oráculos de consolación, del que Isaías
49 es un ejemplo.
"Así dice el Señor que rescató a Israel, su Santo:
[...] te he respondido en tiempo de gracia, te he
auxiliado en día de salvación. [...] .
Para pedir a los cautivos: "¡salid!", a los que están
en tinieblas: "¡dejaos ver!"
No pasarán hambre ni sed, el bochorno y el sol no
los dañarán, pues el que se compadece de ellos
los guiará, y los conducirá hacia manantiales de
agua. [...]
Montes, estallad de júbilo,
que el Señor consuela a su pueblo,
se apiada de los desvalidos".

Las Bienaventuranzas aparecen,


pues, como la proclamación de la
intervención divina anunciada por los
profetas. Jesús se presenta como el
Mesías (el Ungido), por el cual Dios
inaugura su reino definitivo de justicia y
de paz entre los hombres.
"¿Qué hermosos son sobre los montes
los pies del mensajero
que anuncia la paz,
que trae la buena nueva
y proclama la salvación,
que dice a Sión: ‘¡Ya reina tu Dios!'"
(Is 52,758).

El reino de Dios, el antiguo sueño de


los profetas, la esperanza más allá de la
58 Cf. también Is 40, 9.
desesperanza de los pobres. Dios mismo
intervendrá para poner fin a la injusticia
y al sufrimiento en el mundo. Los
profetas, y los orientales en general,
atribuían a Dios la misión de un gran
rey59 que debía ejercer su reino al
servicio de los pobres y desheredados,
tomarlos a su cargo, no por sus méritos
sino por las exigencias de su propia
justicia real, concebida de esta manera.
La venida de que se habla es la
venida escato- lógica de Dios, al final de
los tiempos, para el último juicio de la
humanidad. En ese mismo sentido habla
Cristo en su predicación. Su mensaje
consiste en que, en su persona, el reino
de Dios está cerca, ya está entre
nosotros; ha llegado la hora de decisión
y de salvación. Ha sonado la hora de
consuelo para los pobres. No en el
sentido de un consuelo material de Su
pobreza. Sigue habiendo pobres de
bienes de este mundo; pero deben ser
felices porque saben que el reino de
Dios está entre ellos y que serán los
beneficiarios de su venida. Su consuelo
en sentido material y pleno sólo tendrá
lugar en la Parusía, o en una
perspectiva individualista, en el cielo
después de la muerte.

Pero el reino de Dios no queda


relegado pura y simplemente a los
últimos tiempos. El reino existe ya
concretamente en la tierra. Remitirlo al
cielo es pasar de lado el misterio
esencial y escandaloso de la

59 Podíamos también decir que la


misión del rey terrestre era
concebida como una participación
delegada en la realeza de Dios, y por
tanto modelada por ella.
Encarnación, de la pobreza voluntaria y
del Amor en Cristo.
El ministerio de Jesús constituye el
preludio del advenimiento del Reino.
Poco importa que se parezca muy poco
a lo que los judíos esperaban de la
manifestación de la Realeza divina; poco
importa que se presente tan paradójico
e incluso escandaloso para nosotros, en
la cruz, en los defectos demasiado
humanos de la Iglesia, en la persistencia
e incluso en la presencia creciente del
mal, en la injusticia y en sufrimiento
sobre la tierra. Lo que cuenta es que
Dios, al enviar a su Hijo al mundo, ha
entablado un proceso que debe
culminar en la venida gloriosa de su
Reino, y que Jesús, al enviar desde el
Padre al Espíritu Santo, há introducido
en la historia la energía divina del Amor
que, secretamente, realiza ya y
realizará plenamente el reino de Dios.

El rostro humano del Espíritu es la


Iglesia y los sacramentos, la palabra y la
caridad activa; es todo cuanto hay de
amor y de verdad en el mundo, incluso
si éste ignora su fuente profunda y su
nombre.
Ya se han dado a los pobres las arras
de su herencia: las riquezas secretas de
la gracia de Cristo, su gozo, su dulzura,
su fuerza y, sobre todo, su amor en sus
corazones. El centro vivo de su corazón
está misteriosamente iluminado y trans-
formado por la luz divina que les hace
hijos en el Hijo, herederos de Dios,
partícipes ya de la plenitud de la vida y
del amor de la naturaleza divina.
Todo ha cambiado en el interior, todo
está iluminado por la luz viva de la
esperanza en la fe y en la caridad.
Se saciarán, se les hará misericordia,
verán a Dios, serán llamados hijos de
Dios, Dios mismo en Cristo es el
garante.

"Están ante el trono de Dios, le rinden culto


día y noche en su templo, y el que está
sentado en el trono habitará con ellos.
Ya nunca tendrán hambre ni sed,
ni caerá sobre ellos el calor agobiante del sol.
El Cordero que está en medio del trono los
apacentará,
y los conducirá a fuentes de aguas vivas, y
Dios enjugará las lágrimas de sus ojos"
(Ap 7,15-17).

Estoy tentado de escudriñar esta


bienaventuranza, hablar de ella...
prefiero invitaros a tomar contacto con
ella en vuestro corazón, para vivirla de
verdad. Como la Virgen María, guardad
todas las cosas en vuestro corazón (cf
Le 2,19.51), mantened en la fe y en la
esperanza lo que es más grande que
vuestro corazón.

“El ojo no vio,


ni oído oyó,
ni ha llegado al corazón humano
lo que Dios ha preparado para los que le aman".
(1Co 2,9).
ÍNDICE

Prólogo 7
1. Un sello en tu corazón ............... 11
2. Entrar en las profundidades del
corazón ..........................................
3. Dichosos los corazones puros: pureza
exterior y pureza interior. 31
4. La pureza afectiva y moral ............ 35
5. La pureza de la inteligencia............ 49
6. La pureza de la oración.................. 67
7. Dichosos los pobres de corazón ..... 83
8. Dichosos los que tienen hambre y
sed
de justicia....................... 89
9. Dichosos los que lloran ................. 95
10. Dichoso
s los dulces. Dichosos los mi-
sericordiosos 105
11. Dichosos los artífices de la paz 111
12. La paz: fruto de la fe en la
Providencia 121
13. ¿Qué desprendimiento, a qué
precio? 135
14. Encontrar lo real..................... 149
15. Atención al otro, a sí, a Dios . . . 161
16. ¡Dichosos! ............................. 171

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odo el mundo busca la
felicidad pero son pocos los
que la encuentran ¿Cómo
conseguirlo? Como
respuesta a tanta búsqueda a veces
angustiosa, un monje Cartujo nos
propone una lectura viva del Evangelio
y nos guía, partiendo de las
Bienaventuranzas, por el camino de la
serenidad y de la paz. Sabemos que
los cartujos son los hombres del
silencio. Seres humanos que miden
cada una de sus palabras. Hijos a la
vez de una multisecular tradición
cristiana y de una cultura contem-
poránea, nos enseñan a penetrar por
la puerta del corazón para que una vez
purificados nuestros afectos, actitudes
y valores, nos topemos con Dios.

Sabiduría de la
Cartuja

ISBN: 978-84-7239-962-4
1 Infundiendo el
9788472399624 ser. (N.d.E.).

Monte
Carmelo
2 Guigo ll[(m.1193), noveno
prior de la Gran cartuja. Se * puede
hallar el texto original con
traducción francesa en Guigues
II le cxhartreux, París, Cerf, 11
Sources Chrétiennes", n. 163,
1970 (N.d.E.). También existen
varias traducciones en castellano;
v.g. en Cistercium XLV (1993),
pp.15-36, y en Proyección n.195
(1999), pp.292-304. ,
6 Santo Tomás de Aquino, Suma de
Teología, 11-11, cuest.
11, art.1.

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