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El Siglo Prealejandrino

Las guerras entre ciudades griegas se intensificaron, culminando en la devastadora guerra del Peloponeso que destruyó ciudades y alteró profundamente la cultura griega. Tras la caída de la tiranía espartana, se restableció la democracia en Atenas, pero la intervención persa debilitó aún más la política griega al imponer la Paz de Antálcidas. Eventualmente, la hegemonía de Tebas fue breve, y las divisiones internas facilitaron la llegada de los macedonios al poder.

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El Siglo Prealejandrino

Las guerras entre ciudades griegas se intensificaron, culminando en la devastadora guerra del Peloponeso que destruyó ciudades y alteró profundamente la cultura griega. Tras la caída de la tiranía espartana, se restableció la democracia en Atenas, pero la intervención persa debilitó aún más la política griega al imponer la Paz de Antálcidas. Eventualmente, la hegemonía de Tebas fue breve, y las divisiones internas facilitaron la llegada de los macedonios al poder.

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Mientras tanto, las guerras entre ciudades, que originariamente eran una forma de conflicto

limitado y formal, se convirtieron en luchas sin cuartel entre ciudades estado que incluían
atrocidades a gran escala. La guerra del Peloponeso, que destrozó tabúes religiosos y
culturales, devastó extensos territorios y destruyó ciudades enteras, marcando el dramático
final del dorado siglo V a. C. de Grecia.6

El siglo prealejandrino

Las ciudades griegas sometidas antes a Atenas vieron que la tiranía impuesta ahora por
Esparta resultaba más dura. Por ello, en 403 a. C. estalló un alzamiento general, que
derrocó el régimen de los Treinta Tiranos y restableció la democracia en Atenas. El
movimiento antiespartano era capitaneado por Tebas, que contaba con el apoyo de Atenas,
Argos y Corinto (guerra de Corinto, 394 a. C. a 387 a. C.). Pese a que los aliados fueron
derrotados en la batalla terrestre de Coronea (394 a. C.), la decisión estratégica de la lucha
se solventó en el mar, donde aquéllos destruyeron la flota espartana en Cnido (394 a. C.).
Esparta, que veía peligrar su hegemonía, pidió ayuda a los persas, y la intervención de estos
obligó a los aliados a aceptar la Paz de Antálcidas (386 a. C.). A consecuencia de esta paz,
Persia se anexó las colonias griegas de Asia Menor y cerró a Atenas toda posibilidad de
rehacer su antiguo Imperio marítimo, mientras que reconocía a Esparta su papel de rectora
de la Liga del Peloponeso. De hecho, este tratado impuesto atestiguaba la debilidad política
del mundo griego, que se sometía a las directrices persas.

Más tarde Esparta pretendió imponer gobiernos oligárquicos en diversos estados, lo que
provocó un nuevo levantamiento de Tebas, que esta vez fue coronado con el éxito. Persia, a
causa de sus problemas interiores, no pudo acudir en auxilio de los espartanos, los cuales
fueron vencidos en Leuctra y, definitivamente, en Batalla de Mantinea (362 a. C.) La
hegemonía de Tebas fue efímera, tras la cual la pobreza causada por las guerras y la
división de los helenos abrió el camino para la dominación de los macedonios.

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