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Importancia de un planteo antropológico en la labor jurisdiccional.
Nolfi, Luis MaríaNolfi, Martín Miguel
Publicado en: LLBA 1998 , 925
Sumario: SUMARIO: I. Introducción. - II. Desarrollo. - III. Discusión. - IV. Aproximación a la cultura mapuche. - V. Distintas
posibilidades en la solución del caso. - VI. Colofón.
Cita Online: AR/DOC/12055/2001
Voces
I. Introducción
Nos proponemos demostrar la utilidad derivada de un planteo antropológico en el análisis y solución de un caso penal concreto.
Intentaremos con ello dar respuesta al siguiente interrogante: ¿deviene importante para la justicia un planteo antropológico?
II. Desarrollo
A) Análisis del caso: circunstancias de tiempo, lugar y modo; resolución del juez interviniente.
Los sucesos se inician en la comunidad mapuche asentada en La Pampa de Lonco Luán, provincia del Neuquén, del 24 al 27 del mes de
agosto del año 1978. Comienzan con una ceremonia religiosa, dirigida por R.P., con el objeto de lograr " una cura por la fe".
En dicho ritual se utilizan pautas básicas de la secta denominada "Unión Pentecostal", con el auxilio de textos bíblicos (que fueran incautados
posteriormente), y de conceptos proporcionados por C.M.. al difundir la ideología pentecostal, con sus limitaciones de conocimiento y las
propias del grupo receptor.
Durante ese lapso se mantuvieron en ayuno y en continua oración, y es en ese particular contexto donde resultan agredidos diversos
integrantes del grupo -cuatro menores de 2, 5, 11 y 14 años de edad, y una persona de sexo femenino de 25 años de edad-. La agresión
señalada se consuma mediante golpes con objetos contundentes (hachas, palos, hierros) y como consecuencia de la misma se produce la
muerte de tres de los menores aludidos, logrando sobrevivir sólo el de 14 años de edad, quien padece lesiones de carácter leves; asimismo,
fallece la mujer sindicada en último término. La tragedia se había consumado.
Esta trágica ceremonia fue abortada en su desarrollo por la intervención del personal policial que fuera alertado por vecinos del lugar,
procediéndose a la detención de los miembros del grupo reunido.
En el curso del proceso judicial sustanciado a partir de tal evento, los protagonistas dicen haber sufrido visiones y que el demonio habíase
apoderado de los espíritus de algunos de los participantes de la celebración, a los que veían como serpientes o ropa vacía. Aseguran
recordar sólo imágenes sensaciones, colores, delirios, pero no acciones.
En sus declaraciones indagatorias son contestes en afirmar la presencia del demonio, del brujo, de la magia negra. Tal concordancia genera
en el ánimo del juzgador un alto grado de versomilitud en lo que alegan.
Se hace hincapié en el estado de suma concentración y abstracción que presentaban los integrantes del grupo al momento de ser hallados,
como ajenos a todo lo que acontecía a su alrededor. También se percibe el fanatismo que embargaba a aquéllos al exclamar que se
acercaba el fin del mundo y que, por ende, resultaba necesario expulsar al demonio de las personas a las que habría poseído.
Sentados los hechos y sobre la base de los nuevos elementos arrimados a la causa, entre los que se destacan los valiosos dictámenes
periciales antropológicos a los que se hará referencia más adelante, se hace manifiesta la necesidad de encarar los sucesos desde un doble
enfoque: el objetivo, destacándose la realidad concreta en la que se encontraban inmersos los miembros del grupo;y el subjetivo, esto es,
desde los protagonistas según su propia versión de lo ocurrido.
Apoyándose en los dictámenes periciales corrientes en la causa (Nº 46.587) el juez a cargo del Juzgado Penal de Zapala, III Circunscripción,
de Neuquén, resolvió con fecha 11-XII-79:
1. Declarar la inimputabilidad de los procesados, pues en el momento de causar la muerte de cuatro personas y lesiones en una quinta,
familiares directos de los victimarios, se encontraban en un estado de éxtasis místico profundo que les impidió comprender y dirigir sus
acciones (art. 34 inc. 1º, del Cód. Penal);
2. En atención a la peligrosidad de los procesados, dada la agresividad y magnitud de los hechos, y la firme posibilidad de que se continuara
con el acto ritual que venían cumpliendo de no mediar la intervención policial, impúsose la internación de los imputados hasta tanto
desapareciesen las causales de peligrosidad para sí y para sus semejantes.
II.a. Análisis de las pericias
Se ingresará en este acápite al examen de los estudios periciales antropológicos efectuados en el proceso de marras, para posteriormente
intentar acreditar la hipótesis planteada en el introito del presente trabajo.
En el transcurso del proceso se han realizado tres estudios periciales:
1. el efectuado por el doctor Pagés Larraya y su equipo de colaboradores;
2. el presentado por el doctor Miguel Angel González, perito propuesto por la defensa;
3. el formulado por los doctores Ghigliani y Castellano, y el licenciado Jankovsky, originalmente designados por el tribunal.
Pericia Nº 1
El doctor Pagés Larraya explica que el grupo Mapuche asimiló algunos aspectos de la religión pentecostal, otros no fueron comprendidos por
completo y, finalmente, otros fueron readaptados a sus propias vivencias.
Destaca la participación del líder como característica del movimiento milenarista, así como la habitualidad de sus reuniones rituales. También
señala la presencia de los estados de éxtasis, sus causas y efectos.
Analiza posteriormente mediante estudios psiquiátricos a cada uno de los procesados, considerándolos como grupo social y refiriendo que
como tal y de acuerdo a la determinada situación étnico-social del mismo, resultan sumamente receptivos a mensajes salvadores que
provienen del extranjero. Indica que algunos sentimientos religiosos como el del "fin del mundo" son compartidos por estas culturas (mapuche
y pentecostal).
Resulta de tales estudios que los integrantes del grupo no padecen alteración mental alguna, pero que los hechos que relatan son para ellos
tan indudables como reales, en la firme convicción de que los actos realizados conducían a la salvación. Manifiesta el perito que al momento
del hecho vivieron un éxtasis místico que les impidió comprender y dirigir sus acciones. No se trata de una patología, sino de una situación de
trance que puede afectar a cualquier persona normal en determinadas situaciones y que durante ella el individuo pierde el dominio de su
razón.
Pericia Nº 2
En este segundo estudio se coincide con el informe anterior en cuanto a la similitud evidenciada entre los cultos milenaristas y las creencias
aborígenes. Demuestra la antigüedad y profundidad de las creencias aborígenes en cuanto a la existencia del demonio, y todo el ritual que
dicha convicción motivaba.
Concluye este examen pericial afirmando que el estado mental en que se encontraban al momento del hecho los hace inimputables en lo
términos del art. 34 inc. 1º del Cód. Penal.
Pericia Nº 3
Señala que los imputados no presentaban alteraciones patológicas de sus facultades mentales, y que al momento del hecho se encontraban
en trance colectivo -éxtasis- que los encuadraría en el "estado de inconciencia" prescripto en el art. 34 inc. 1º del Cód. Penal.
III. Discusión
¿Deviene aplicable al caso en análisis la norma contenida en el art. 34 inc. 1º del Cód. Penal?
La norma citada reza en lo pertinente que:
"No son punibles:
1. El que no haya podido en el momento del hecho, ya sea por insuficiencia de sus facultades, por alteraciones morbosas de las mismas o
por su estado de inconsciencia, error o ignorancia de hecho no imputable, comprender la criminalidad del acto o dirigir sus acciones.
En caso de enajenación, el tribunal podrá ordenar la reclusión del agente en un manicomio, del que no saldrá sino por resolución judicial, con
audiencia del ministerio público y previo dictamen de peritos que declaren desaparecido el peligro de que el enfermo se dañe a sí mismo o a
los demás.
En los demás casos en que se absolviere a un procesado por las causales del presente inciso, el tribunal ordenará la reclusión del mismo en
un establecimiento adecuado hasta que se comprobase la desaparición de las condiciones que le hicieren peligroso.
A la luz del interrogante planteado y a fin de hallar la respuesta adecuada, no puede restringirse el estudio solamente a la letra de la ley
citada. No debe soslayarse que en el caso particular encuéntrase involucrado un grupo étnico específico que carga con una ideología singular
de la ley, arrastrando asimismo todo un complejo de costumbres, usos, creencias religiosas y normas, es decir, todo el producto acumulado
de generaciones anteriores, que imponen una visión más amplia en el tratamiento de la cuestión, en pos de arribar a la solución
axiológicamente más justa y que aproxime a las culturas en lógica tensión; la del juzgador y la de los encausados, representantes de distintas
cosmovisiones.
Es sabido que además de las reglas de la ley hay varios tipos de normas y mandatos tradicionales que están respaldados por motivos o
fuerzas, principalmente psicológicos, o en todo caso, completamente diferentes de aquellos que son característicos de la ley en aquella
colectividad (B. Malinowski "Crimen y costumbre en la sociedad salvaje", p. 69, Ed. Ariel).
IV. Aproximación a la cultura mapuche
Sin la pretensión de agotar aquí la historia de esta clase de habitantes de nuestro suelo, resulta de gran provecho para la acabada
comprensión de este trabajo, señalar algunas de las características esenciales que los identifica.
Etimológicamente la palabra mapuche viene de "Mapu", que significa tierra, y "Che", cuyo sentido es la de gente o persona. Por tanto, podría
sostenerse que la palabra analizada significa "gente de la tierra", o indígenas nativos.
En la literatura son más conocidos como "Araucanos", nombre que les fue asignado por los españoles y cuyo mote siempre se consideró
injurioso por parte de estos indígenas.
La mayoría de los mapuches hoy día viven igual que sus antepasados, reunidos en familias en grandes chozas. Deben soportar un medio
extremadamente riguroso, conviviendo con muy bajas temperaturas invernales y con calurosos veranos. Sus tierras son áridas producto de
las escasas precipitaciones.
La población posee un nivel de vida inferior al promedio de otras zonas de la región; es un área marginal con limitados recursos.
El aspecto dominante es el aislamiento al que se encuentran sometidos, teniendo como única actividad económica la cría de lanares y
caprinos, y un cultivo cuyo destino final es el consumo familiar.
La marginación aflora no sólo en lo social sino también en lo material, encontrándose el grupo en una situación de olvido que los incomunica
con el resto de la sociedad. Tal circunstancia implica un absoluto desconocimiento por parte del mapuche de pautas culturales ajenas.
La cultura mapuche se difundió y el asentamiento de sus parcialidades en nuestro país constituyó un importante fenómeno histórico-cultural.
El dato indirecto más antiguo publicado acerca de la difusión en nuestro territorio de rasgos culturales mapuche es una carta de Juan de
Garay en un viaje efectuado en el año 1581, a la altura de la actual Mar del Plata.
Pese a esta otrora poderosa expansión cultural, hoy no son más que un remedo de antiguas tribus, sumidos en una vida sin futuro ni
esperanzas, disminuidos físicamente por enfermedades y el alcohol. Ocupan espacios reducidos de tierra al haber perdido aquellas grandes
extensiones que sus antepasados dominaran. Se encuentran a mitad de camino entre los vestigios y restos de la herencia recibida de sus
ascendientes, y una civilización moderna que avanza vertiginosamente y en la que no terminan de incorporarse.
Según Gregorio Aguirre, el mapuche siente orgullo por lo que fue; ama su lengua y no quiere que se la olvide. Se vanagloria de su estirpe.
El designa como "pasado-pasado" aquella época en la que vivían los "verdaderos indios"; es el tiempo de los antiguos y del cual tiene
memoria a través de los recuerdos transmitidos por tradición oral. Mientras que llama "pasado-presente" a su infancia, esto es, a los tiempos
de la transculturación. Por último define como el "ahora" a los tiempos actuales, desde su madurez hasta hoy. En esta última etapa se
vislumbra la dificultosa adaptación a las normas vigentes en la cultura del hombre blanco, ejemplificando Aguirre tal situación de desarraigo
con experiencia adquirida al introducirse en la vida del hombre blanco, por ejemplo al cumplir con el servicio que prestara durante su
instrucción militar, o incluso al tomar contacto con el "mercachifle".
Hay un problema de identidad que lo sumerge en una constante lucha entre lo que llama "la mismidad" con "la otredad".
Explica asimismo Gregorio Aguirre que ese conflicto de identidad se trasunta en continuos encuentros y desencuentros entre dos culturas,
interactuando concientemente con el mundo de los blancos. La adaptación no es fácil, aunque hoy día pueden ubicarse mapuches en la
ciudad como personal de servicio y sanitario, soldados, policías, enfermeros, maestros y sacerdotes.
Todavía muchos hablan el antiguo idioma que, por otra parte, ha cambiado muy poco; además se atienen en caso de enfermedades a los
métodos curativos y rezos de la curandera (Machi). Celebran sus grandes fiestas colectivas (Nguillatun) y consideran a sus jefes de familias
amplias como "Loncos" (cabezas o cabecillas), y a nadie más como autoridad.
En cuanto a la religión araucana, punto que cobra primordial interés para el estudio, según Juan Benigar (Alvarez 1981), no se trata de una
religión codificada con su estructura dogmática que permita su enseñanza ordenada. Es un cúmulo de creencias que se aprenden desde
edad temprana y se hacen casi instinto bajo la influencia de lo oído, visto y vivido.
Todo descansa sobre un fondo que representa una unidad, quebrada solamente por las influencias de la religión cristiana las que, ajenas a la
mentalidad del indígena, se convierten en las más grotescas supersticiones.
Se carece de evidencias que demuestren que los indios hayan tenido algunas ideas de una divinidad suprema antes de la llegada del
cristianismo. El mundo de las creencias, sin embargo, es riquísimo; superviven todo el universo de símbolos mitico-religiosos.
Creen en los "calcu" (brujos), en pactos con espíritus malignos, y también en un ser supremo al que denominan "Nguenechen", atribuyéndole
la calidad de ser el creador de todo, de dar vida y fecundidad a todos los seres, de disponer de las fuerzas naturales. Lo llaman Padre y
representa un paralelo con las creencias cristianas.
El marcado rasgo conservativo de los mapuche en su momento dificultó el trabajo de los jesuitas, franciscanos y capuchinos, de modo que la
fe cristiana penetró muy lentamente y sólo de un modo superficial en este pueblo . Lo que los ancestros creían, decían y hacían, todavía
determina entre muchos mapuches el pensamiento y la acción.
Por esta razón, hasta la actualidad, entre estos nativos -sobre todo en las partes más alejadas- se encuentra vivo algún uso e ideología que
se remonta a la época anterior a la llegada de los españoles. Ya Rodolfo Lenz escribió en 1896 "lo que se sabe sobre las creencias religiosas
de los araucanos es muy poco y no todo seguro, y casi sin excepción se debe a los autores de los primeros tiempos de la conquista.
Ha habido confusión en los conceptos, originando cierta inseguridad en el uso de algún término que designe o individualice algún símbolo
religioso.
Escribe el Padre Havestadt que los indígenas -en referencia a los mapuche- no tienen ninguna palabra que contenga el significado de la
palabra dios y la abarque. Por cierto tienen expresiones para señalar algunas voces comunes de uno y otro tipo, pero ninguna palabra para
una causa total.
Sigue diciendo el autor que el sistema de religión de los araucanos es simple y acomodado a su manera libre de pensar y vivir. Ellos
reconocen un ente supremo, autor de todas las cosas al cual le dan el nombre de "Pillán". Esta voz deriva de "pilli" (alma) y denota el espíritu
por excelencia.
No tienen templos ni ídolos, ni sacerdotes, ni acostumbran ofrecer algún sacrificio fuera del caso de cualquier enfermedad grave o cuando
hacen la paz : entonces sacrifican animales y queman tabaco.
Tomás Guevara cita de uno de los libros de Molina (Compendio-1788-I, 407), que el alma en tal estado de separación del cuerpo se llama
Pillán ; los buenos son las almas de los araucanos y los malos las de sus enemigos (los españoles).
En su "Historia de Chule" aparecida en 1780, Fray Antonio Sors dice que como misionero entre los mapuche verificó que estos tienen muchas
supersticiones y llaman al demonio:Pillán, al cual le tienen mucho miedo. Cuando está furioso se sacrifican muchos animales para calmarlo y
complacerlo, para "desenojarlo".
En el año 1793 Hipólito Ruiz dijo que los mapuche no observan ninguna religión ni culto, sin embargo reconocen un Ente Supremo : el Pillán,
además creen en la inmortalidad del alma.
En el año 1806 ya escribía el Padre Melchor Martínez que si bien no hay culto ni ídolos ni sacerdotes entre ellos, reconocen en el significado
de Pillán lo Sobrenatural (truenos, relámpagos, temblores de tierra y cualquier otro fenómeno pavoroso que no llegan a comprender), pero
ellos no le adoran ni tienen imágenes, culto ni templos, ni le reconocen por Hacedor del Universo.
Los textos hasta aquí analizados permiten descubrir el uso del término Pillán entre estos aborígenes y su más variada significación, a veces
hasta contradictoria, desde mediados del siglo XVI hasta nuestros días.
Como se hace notar, este término (Pillán) era usado frecuentemente y se refería tanto a personas como a cosas . Sóla o compuesta con otras
palabras, era nombre de numerosos cabecillas y familias . También llanos, montañas y volcanes eran compuestos por pillán. Tampoco se
ausentaba en los nombres de remedios y en la designación de ciertas personas y cosas relacionadas con la más grande fiesta de los
Mapuche: el Nguillatún o "ceremonia de ruego ".
Para Guillermo E. Cox (Viajes, 172) todos creen en la existencia de un ser superior, dueño absoluto del universo; en tanto reconocen al genio
del mal como el "Pillán".
También se ha escrito en este siglo XIX que tres son los dioses que reconocen estos indios: su primer Dios, al cual le dan el nombre de Ng
´nechen, siendo para ellos el gran Dios del Universo, hallándose en el sol y gobernando desde allí todo, la vida y la muerte. No le dan culto
alguno, pero sí le guardan todo el respeto. Su segundo Dios es el Pillán, es el Dios de ellos, el de la nación y de la tierra lo reconocen también
como a un dios bueno, respetándolo mucho. Finalmente, el último Dios es "Huecufu". Es el dios malo entre ellos. A él le ofrecen todos los
sacrificios, la mayor parte sangrientos y bárbaros.
Ya en el siglo XX el Padre franciscano Luis Mansilla (Las Misiones, 63), refiriéndose a la ceremonia de curación de los enfermos confiesa:
"Esas ceremonias, según le relata una Machi, las hacemos para espantar al diablo (Pillán) que dicen está en el cuerpo del enfermo, y con esa
gritería de hombres y mujeres que se forman al pie de éste, sale aquél...Una vez retirado ese pillán, los bizarros conas (guerreros) con lanza,
lo corren en todas direcciones para que no vuelva más a esa casa".
Asimismo, Tomás Guevara escribe en "Psicología", p.298, que el término Pillán se ha ido borrando de la memoria del indio como
individualización de fenómenos múltiples y poderosos.
Esta concepción antigua ha sido reemplazada por la del demonio del catolicismo, extendida por los misioneros...Hay que notar que en el
estado religioso contemporáneo el mapuche tiene una figura de potestad superior, de naturaleza múltiple, que denomina
Nguenechen...Asimilando Pillán y Ngúnechen como un espíritu idéntico, que ha cambiado de nombre en distintas épocas.
El mismo autor, acentuando los diversos usos de la denominación a que se viene aludiendo, expresa que ha quedado demostrado que los
indios miraban al Pillán como el espíritu de algún antepasado. El verdadero culto de Pillán no lo era entendido como deidad ni demonio, sino
el culto a sus antepasados, padre de la tribu o clan, de quien descendían todos los de la agrupación.
El doctor en medicina Carl Martin escribió que un juez chileno le dijo que un indio era capaz de hacer un juramento sobre la biblia y fórmula
católica, y también fácilmente lo rompiera; pero que de mala gana juraría por Pillán. que invocando al Pillán, siempre conseguía enterarse
mejor de la verdad por los araucanos.
De la investigación de campo llevada a cabo por Ewald Boning, de cuya obra se ha extraído las disímiles visiones sobre el concepto de Pillán
que han venido transcribiéndose, se desprende que sobre dicho vocablo los mapuche no tenían ningún concepto claro, unívoco. Algunos
incluso desconocían su significado, otros lo asimilaban al espíritu malo, al demonio; en tanto varios de ellos lo reconocían como una especie
de poder pero distinto a Dios.
En conclusión existe desconocimiento, inseguridad y confusión de los mapuche con el concepto de Pillán.
Podría resumirse que Pillán es un ser ("am") que posee una fuerza excepcional y una desacostumbrada fuerza misma, que se manifiesta
sobre él o en él ("pellu").
Ya se trate de espíritus, personas, cosas o fenómenos de la naturaleza, siempre es algo poderoso, extraordinario, sumamente fuerte,
inquietante.
Con lo expuesto hasta aquí quiere significarse que los mapuche, en el curso de su historia, no han tenido sino un sistema religioso poco
desarrollado, primitivo. Tampoco han acuñado conceptos firmes y claros sobre lo espiritual. Han confundido, como hemos visto, conceptos a
los que han echado mano a fin de conceptualizar a dios y al demonio indistintamente.
Sí puede afirmarse que este grupo étnico siempre ha creído en la fuerza espiritual de Dios, de lo cual provendría todo lo bueno, y en la fuerza
espiritual de lo malo, el demonio ("Huecufe" o "Wecufe") del cual se originaría todo lo malo, las enfermedades. Todo lo acontecido
respondería al obrar de aquellas fuerzas, determinismo que impregna a estas creencias.
No podemos obviar entonces en el tratamiento del aspecto religioso la notable influencia del maniqueísmo en las creencias de los mapuches.
En su origen -al menos para los maniqueos que predicaban en el norte de Africa en el siglo IV- el maniqueísmo concebía que el hombre tenía
dos almas. Una de ellas respondía al principio del bien, en tanto la otra obedecía al principio del mal; y en el interior del hombre también estas
dos fuerzas trabábanse en lucha, de manera que cuando el ser humano actuara éticamente bien sería porque habría triunfado el principio del
bien, y cuando actuara éticamente mal sería porque el triunfo le habría correspondido al principio del mal. Esto representa un determinismo
ético, ya que la interioridad humana es en todo caso un escenario, porque en definitiva el hombre no tiene una intervención eficiente, directa,
sobre sus actos morales, y por lo tanto se supone que no tiene culpa. En fin, se estaría negando la libertad o el libre albedrío humano.
Los antiguos persas, en su mitología, tenían una religión dualista. Sostenían la existencia de dos dioses: uno de ellos era Arimán, que
representaba el principio del mal; el otro era Ormuz, dios del bien. Ambos coexistían trabados en lucha.
Esta precariedad en las bases religiosas ha permitido que sean fácilmente receptivos a mensajes salvadores provenientes de otros credos
distintos al catolicismo. En el presente caso ese mensaje, tal como categóricamente se señala en una de las pericias incorporadas, resultó
malinterpretado por los indígenas.
En el caso que nos ocupa nótase una fuerte creencia por parte de los mapuches en los dos polos a los que hemos aludido anteriormente: el
bien y el mal, esto es, dios y el demonio. Ellos combaten y tratan de destruír a cualquier precio -aún el de vidas humanas- a la fuerza del mal.
Asimismo el convencimiento de los partícipes en el ritual religioso de actuar guiados por la fuerza del bien para aniquilar el mal, trasluce el
determinismo de origen maniqueo. Así es que ellos entienden que han sido sólo objetos sin voluntad en el campo de batalla entre estas dos
fuerzas.
Los encartados han confesado el suceso investigado como si fuese un hecho cotidiano, con la seguridad íntima de no haber participado como
seres libres, sino como instrumentos de fuerzas superiores.
No puede ni debe pasarse por alto que todo ese contexto en el que desenvuelven sus vidas y que ha venido describiéndose, facilitó la
introducción dentro del grupo de doctrinas basadas en visiones apocalípticas, (lo inminente del fin del mundo ) y discursos esperanzadores,
garantizándoles la felicidad y vida eterna que, sumadas a sus propias concepciones y sentimientos religiosos, condujeron a los integrantes
del grupo a un estado de éxtasis místico. Habían decidido abandonar a su dios, Ngunechén, y entregarse a uno nuevo para ellos, Jehová.
El éxtasis así padecido podría ser explicado como la sensación de hallarse el alma fuera del cuerpo. Como un estado de rapto emocional y
exaltación mental a través del cual el sujeto ingresa en una especie de trance, mostrándose altamente insensible a los estímulos externos
ordinarios.
Se caracteriza por la unicidad de conciencia, la expulsión del mundo de los sentidos, intensidad de emoción gozosa y visiones. Muchas veces
se ha comprobado la utilización de drogas alucinógenas para alcanzar ese estado.
La soledad, pobreza, olvido y todo tipo de padecimientos constituyeron las bases donde se asentó la prédica religiosa de la "Unión
Pentecostal", ingresando el mensaje a la conciencia grupal sin los filtros convenientes.
Esa necesidad por hallar la felicidad que nadie hasta ese momento les había asegurado, los llevó a cometer actos de violencia hacia sus
propios familiares con la pretensión de lograr la purificación del grupo. Pensaron que sus acciones se ajustaban a esos principios que les
habían inculcado forzadamente, cuando en realidad era el resultado de una inoportuna presencia del predicador y de una inadecuada
hermenéutica de los aborígenes.
Entendieron que sólo triunfaría el bien sobre el demonio matando a aquellas personas a las que señalaban como poseídas. Estaban
convencidos plenamente de ello y lo siguieron afirmando a lo largo del juicio.
V. Distintas posibilidades en la solución del caso
Del análisis precedente surge en forma harto elocuente que los mapuche llevan a cuestas una realidad cultural distinta, en todo sentido, a la
que sustenta el modelo cultural hegemónico a ellos impuesto.
Esa realidad diferente difícilmente pueda ser atrapada por el derecho común. El desconocimiento de esas otras pautas culturales generaron,
y así ha sucedido, la consecuente violación de los derechos humanos más elementales.
Estos indígenas encuentran reglada su vida en común no sólo por la ley escrita que suministra el modelo cultural hegemónico, sino
principalmente por normas no escritas, derecho consuetudinario que en su ámbito actúa como medio de control social absolutamente más
eficaz que aquélla.
Si tenemos en cuenta que en el aspecto religioso, tal como se ha desarrollado en páginas anteriores, esta clase de indígenas no ha tenido
concepciones unívocas a lo largo de las generaciones acerca de como denominar a su Dios y al demonio, confundiendo incluso en el término
Pillán ambas figuras, no podemos sino concluir y aseverar la endeblez del sistema religioso que los agrupa. Su pobreza conceptual y la
existencia de límites no tan precisos -sino más bien vagos- entre lo religioso, lo mágico y lo mítico.
Esta primitivez en sus creencias religiosas, sumada a las circunstancias fácticas que rodearon al hecho investigado, a saber, el prolongado
ayuno y la continua oración a la que se sometieron, los condujeron a una situación emocional límite, asimilable a un verdadero estado
demencial con obnubilación de sus condiciones activas y conscientes de la psíquis con alto grado de valor exculpatorio. Esa profunda
perturbación de la conciencia sufrida ha dominado todo el acontecer histórico, junto a una sensación de peligro y miedo ante la presencia
efectiva del demonio, sensación extremadamente fuerte entre ellos.
Si bien ese estado de éxtasis al que han arribado en una extraña combinación de factores internos y externos, como claramente lo dictaminan
los peritos intervinientes, no se halla contemplado por la jurisprudencia vernácula, al aplicar la norma contenida en el art. 34 inc. 1º del Cód.
Penal, sin hesitación alguna podemos asegurar, vistas las particularidades precedentemente apuntadas, que el cuadro emocional descripto
coloca a los procesados dentro de las previsiones contenidas en la normativa citada, conforme a las siguientes argumentaciones:
Se advierte la ausencia de daño patológico en los procesados. No obstante ello éstos, cabalgando sobre firmes creencias religiosas y
situados en un contexto de desesperanza, sumidos en el olvido, desconectados de todo un entramado cultural predominante e impuesto
desde el exterior, es decir, un modelo normativo homogéneo inserto en una realidad diferente y contrastante, jurídica y socialmente,
asimilaron rápidamente un mensaje de carácter salvador por parte de la secta pentecostal. Así comenzaron una ceremonia que los transportó
a un profundo estado de fanatismo religioso y en virtud del cual, ya sin poder dominar sus acciones ni llegar a comprenderlas, culminaron
privando de la vida a cuatro integrantes del grupo reunido, al identificarlos con el propio demonio por el que sienten un verdadero temor
reverente.
Señala Radcliffe Brown que "...las sanciones religiosas llevan en sí implícita la creencia de que las condiciones rituales o religiosas más
insatisfactorias(contaminación, impureza, pecado) pueden eliminarse o neutralizarse por procedimientos socialmente prescritos o reconocidos
como la limpieza, el sacrificio, la penitencia, la confesión y el arrepentimiento. Se considera que estos ritos expiatorios actúan también de
modo inmediato o mediatamente a través de los efectos que producen sobre los dioses o los espíritus, según se considere que el pecado
actúa en una u otra forma...En muchas sociedades simples una acción involuntaria puede estar incluida en la definición de pecado. La
enfermedad es mirada muchas veces de modo semejante a la contaminación ritual o religiosa y exige por tanto una purificación ritual. . .En
muchos casos un individuo ritualmente impuro se considera fuente de peligro no sólo para sí mismo sino también para toda la comunidad,
estando obligado a seguir ese proceso de purificación. Estas creencias y concepciones no pueden describirse de un modo simple.
Ingresando en el tratamiento del art. 34 inc. 1º del Cód. Penal, debe indicarse que su texto hace expresa alusión al "estado de inconsciencia".
¿Ese estado fue en el que realmente se sumergieron los aborígenes procesados?
Para responder a dicho interrogante conviene en forma preliminar responder a la siguiente pregunta:
¿Qué es la conciencia?. Ella importa un estado de percepción adecuada del mundo externo (la conciencia objetiva) y de percepción de uno
mismo (autoconciencia) en una escala llena de matices, que va desde la lúcida claridad hasta la profunda inconciencia (grados de
conciencia).
Por esto Sanchis Banus con motivo de la reforma penal española de 1932 expresó que no hay estados de inconciencia, sino grados de
conciencia. Para comprender qué es "perturbación de la conciencia" dice Mezger hay que partir del "yo conciente del fin", entendido como
aquella parte consciente de la personalidad adecuada a la realidad en contraste con las fuerzas elementales, instintivas e inconscientes.
En el estado normal de vigilia el hombre posee autoconciencia que abarca: el "yo conciente del fin" y las referencias del yo al mundo exterior
y con ello al mundo exterior mismo. En caso de perturbación de alto grado de la conciencia aparece interrumpida la relación de la
autoconciencia al yo y al mundo exterior; existe a lo sumo una conciencia parcial, el total yo no interviene ya en el proceso de formación de la
voluntad.
Es posible distinguir en la actuación conciente una conciencia puramente cognoscitiva (sentido intelectual o intelectivo) y otra judicativa
(valorativa, correspondiente a la aptitud de juzgar o enjuiciar), que supone capacidad para apreciar los valores y sus magnitudes.
Jiménez de Asúa, refirió la diferencia idiomáticamente posible entre "consciencia" y "conciencia". Consciencia -decía- es la mera presencia
del yo en el acto; lo contrario de "inconsciencia", pero aún no se llega al rango valorativo del juicio. Al someter el acto al tribunal de la
instancia valorativa interviene la "conciencia".
Vicente P. Cabello describió tres categorías psicológicas de la conciencia:
A) La conciencia perceptiva o lúcida: claro y nítido conocimiento de los acontecimientos internos y externos en cuya virtud percibimos
correctamente, nos orientamos en tiempo y espacio respondiendo adecuadamente a los estímulos ambientales y los evocamos
cronológicamente.
B) La conciencia discriminativa: situado en un plano más elevado de la inteligencia, nos faculta para distinguir lo justo de lo injusto, lo bueno
de lo malo, la ilicitud de los hechos delictivos y sus consecuencias. Lleva implícita el juicio de reproche, la estimación de los valores y la
capacidad de previsión.
C) La conciencia moral: tribunal instalado en el fuero interno ante el que rendimos cuenta de nuestros actos; no es más que la conciencia
discriminativa aplicada al cumplimiento de las normas éticas que rigen la vida del hombre.
Llevada esta distinción a la fórmula mixta del Cód. Penal argentino dice Cabello que el "estado de inconsciencia" de la primera parte de la
fórmula refiere a la conciencia perceptiva o lúcida (simple captación de fenómenos o comportamientos que se desarrollan dentro o fuera de
nosotros: oir una conversación, agredir a un hombre, ver una casa, etc.); en cambio, al mencionar la imposibilidad de "comprender la
criminalidad del acto" (segunda parte de la fórmula), juega en el Código la conciencia discriminativa y la moral, que por supuesto no alude al
conocimiento de la materialidad de los hechos (funciones perceptivas)sino que atañe a los errores del juicio valorativo.
Cabría añadir que la inimputabilidad, en estos casos que afectan la conciencia, se satisfacen con una simple perturbación profunda de la
conciencia intelectiva, "perceptiva o lúcida". Con ello están ya dadas las bases fáctico-psicológicas de la incapacidad de culpa. Pero ello no
basta. Todavía es imprescindible que la perturbación haya alcanzado un nivel o intensidad suficientes para suprimir o aniquilar, esta vez de
manera radical, la conciencia valorativa, "discriminativa y moral" esto último afecta el núcleo personal de la imputabilidad: excluida la
capacidad de participar, como persona, en la realización de los valores suprapersonales de carácter ético-social, el sujeto deviene
inimputable.
Los mapuches, tal como lo dijéramos en páginas anteriores, creen hondamente en el conflicto eterno entre dos fuerza o espíritus, el bien y el
mal. La intervención de la voluntad -según tal pensamiento- en los actos juzgados es nulo; por tanto, no serían "conscientes" de lo que
hacían. Se habrían visto privados de realizar cualquier tipo de juicio valorativo respecto del propio obrar.
Entendemos entonces que su comportamiento debe ser encuadrado en los márgenes del artículo citado por haber padecido al momento del
hecho un cuadro de inconciencia que no les habría permitido comprender la criminalidad del acto que ejecutaban ni de dirigir sus acciones.
Lo hasta aquí expuesto marca un ensamble entre la realidad legal y la realidad cultural del procesado.
Pero cabe advertir que no es "cualquier" persona la del procesado sino que representa en definitiva un sujeto que, inserto en un determinado
contexto, demanda soluciones legales que se correspondan con sus formas de vida, contemplándose íntegramente ese complejo cultural al
momento de juzgarlos.
Así también cabe exigir de parte de los jueces una visión que no se limite a la subsunción cuasi mecánica de los hechos acaecidos a la ley
formal. Deberá eliminarse toda posición que por su rigidez no permita desentrañar toda la gama de factores que se combinan en un caso
particular, concreto.
Una segunda solución que podría adoptarse sería la lisa y llana condena por entender que voluntariamente se situaron en tal posición
emocional, fruto de la ingestión de bebidas alcohólicas y que evidencia un desprecio por la vida humana que no puede sino conducir a una
condena por homicidio calificado por el vínculo.
VI. Colofón
Ciertamente que la temática conductal en materia criminal se expande en un sinfín de gradaciones en donde emerge la voluntad como
fenómeno paradigmático.
En tipologías rígidas, las ciencias penales aún hoy, en tiempos finiseculares, no ha podido dar respuesta a innúmeras situaciones.
Para el caso analizado las conclusiones son y serán abiertas y opinables, aun en el cuadrante de la ciencia antropológica.
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