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Reflexiones sobre la Destrucción Personal

El texto narra la experiencia de un individuo atrapado en un ciclo de angustia y desolación, enfrentándose a su propia identidad y a un entorno gris y monótono. A medida que lucha con su enfermedad y la indiferencia de quienes lo rodean, reflexiona sobre la inevitabilidad de la muerte y el olvido. Finalmente, se siente perdido en un espacio familiar, cuestionando su existencia y el tiempo que ha pasado vagando por las calles de la ciudad.

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Reflexiones sobre la Destrucción Personal

El texto narra la experiencia de un individuo atrapado en un ciclo de angustia y desolación, enfrentándose a su propia identidad y a un entorno gris y monótono. A medida que lucha con su enfermedad y la indiferencia de quienes lo rodean, reflexiona sobre la inevitabilidad de la muerte y el olvido. Finalmente, se siente perdido en un espacio familiar, cuestionando su existencia y el tiempo que ha pasado vagando por las calles de la ciudad.

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Perplejo.

“Se bajará a mis libros, ya amarillos,


Y alzándola en sus dedos, los carrillos
Ligeramente inflados, con un modo
De gran señor a quien lo aburre todo,
De un cansado soplido
Me aventará al olvido.“

Alfonsina Storni

Creo conocer este lugar, estas calles parecieran haber sido pisadas por mí antes...
Es todo tan insípido por acá... el color que brilla más es un gris tenue en las calles en las que estoy
vagando. No estoy seguro de lo que soy. Estoy seguro de que mis pasos por este espacio son
ligeros, a decir verdad, son más bien insulsos. Mis pasos insustanciales se apresuran al ritmo de
una ligera angustia por suponer lo que viene. No puedo asegurar que sea eso de lo que todos me
enseñaron a temer. No está vivo, ni muerto. Consume todo a su paso y se lleva todo lo pasajero
hacía la eternidad, donde no hay tiempo, nada cambia, y nada puede crecer. Soy consciente de que
viene por mi a su paso lento y seguro. Soy el siguiente. Frente a la ilusión de lo que soy se mostró y
me ve como a un error trágico, y ahora, la Forma Destructora que todo lo devora, borrará mi
figura. En algún lugar de esa nube de negrura, mi experiencia sensorial de verme como un
individuo único fue burlada, evidenciando mi presunción y voluntad descerebrada. Soy consumido
por esta nube; me desliza de lo oscuro a lo ausente. Es inútil aferrarme a este espacio, donde el
drama de mis miedos, recuerdos e inseguridades se desvanece, casi como si todo hubiera pasado al
mismo tiempo.

La primera bocanada de aire fue intensa, desesperada como la violencia con la que mis ojos se
abrieron al despertar de esa pesadilla. Tan abrupta fue mi experiencia al despertar, que así como
volvía a ser consciente del viaje circular de las agujas del reloj, el sueño se había esfumado de mi
memoria. Mi apetito, en un instante, se esfumó al sentir ese hedor en la mañana. El latente
remordimiento de no haberme entregado a la cama durante la temprana pasada noche, me decía con
certeza que no estaría tan irritado al ser despertado con esa pestilencia. No pude terminar de
maldecir las grietas de la puerta de mi habitación, por la cual se filtra el olor, que ahora también me
irritan esas voces. Desde el comedor se escuchan sus burlas, sus quejas, y sus comparaciones.

Entonces abro la puerta de mi habitación. Daba igual que estuviese abierta o cerrada. Por su vieja
madera, su utilidad se compara con la de una cortina. Sin éxito mis ojos quieren escapar del golpe
de la luz en el amanecer del sol, que ahora ilumina mi oscura habitación. Y así como se iluminó mi
intimidad, mi silencio se vistió de política, religión y rutina.
Busqué, sin encontrar, el tono de voz que me permitiera explicarme sin aterrorizar la liviandad con
la que parecen haber despertado, pero esta enfermedad que tengo limita mi aliento. Pasando sobre
sus discusiones sobre cómo se debe vivir una vida, me hago a un lado de ellas mientras prendo la
cafetera desde la otra esquina de la habitación. Aún los escucho, y sin despegar mi vista de las gotas
de café que caen en la cafetera, los interrumpo. - ¿Podrían dejar de fumar en la cocina? -digo,
luchando por adoptar un tono de petición en lugar de exigencia.- El humo se filtra por la puerta de
mi pieza y estoy enfermo.

Quiero comprender la indignación que me acompaña todas estas mañanas desde que estoy enfermo
y la indiferencia con la que estos adictos se arrancarían la piel de la cara antes que apagar un
cigarrillo. La misma indiferencia en la que se relacionan dentro de su ecosistema de alcohólicos,
arrastrando a sus crías al mismo. Borrando el pasado con tragos, entre el humo y carcajadas
forzadas, intentan evadir problemas o recuerdos incómodos mediante el uso del alcohol y
distracciones superficiales como la risa forzada y los chistes repetitivos. ¿Quién sabe cuántas veces
tuvieron esa conversación? En el destino terrible de la existencia, no cambiarán sus vidas, sólo por
no recordarlas.
Alguna vez les aparté la mirada, porque en sus ojos no encontré nada para leer, salvo el dolor del
olvido con el que nos angustiamos. Solo entiendo que a ninguno le gusta este lugar, estar acá, en
una dirección que parece nunca ir en un buen sentido. No les devolveré la vista. Nunca más.

Sin haber escuchado una respuesta, sintiendo aún la pestilencia en la habitación y, sin despegar la
vista del café, decido darles tiempo para apagar esos cigarrillos antes de volverme preso de la rabia.

Viendo como gota a gota la jarra de café se llena, me pierdo en las voces de mi cabeza. Todas las
palabras que acompañaron el malestar de mi amanecer, se reproducen todas y cada una a la misma
vez. Gota a gota me olvido de mi nombre, mi infancia, mi identidad, y por ese momento, me escapo
de la ira matutina. Pero no por eso me acerco hacía la serenidad, sino hacia un estado desconocido
que siempre ha estado presente, esperando a que le dé una oportunidad.
Al momento dejo de escuchar voces y sentir olores, mi ojos siguen en dirección a la cafetera, pero
ya nada observan. Al volver en mí, la jarra de café ya está llena, y en su vidrio puedo notar mi
reflejo, puedo ver mi cara desorientada y vulnerable.
Alzo la vista y observo la habitación a mi alrededor, pero ya no encuentro a nadie más. Las voces se
han callado y el comedor está vacío. Mi mirada se esconde en el cenicero sobre la mesa, donde el
filtro del vicio descansa, consumido por completo. Sirvo café y usurpo un lugar en la mesa.
También el ritual del cigarrillo se repite, un ritual en el que todos los elementos se consumen, sin mi
excepción.

¿Quién sabe cuántos cigarrillos habré fumado? Fumé tantos a lo largo de los años, fumé tantos hoy,
una cantidad indescifrable. Mis ojos vuelven a recorrer la habitación, la oscuridad de la noche me
apresa, pero ya no hay nadie de quien esconderme. Es un alivio, porque tenía miedo, y ahora sé, que
es fácil dejar ir el amor, el odio, y el dolor.
Voy hacia la cama con la intención de dormir, muy tarde en la noche una vez más. Pierdo la ilusión
de ser una persona, la de soñar con serlo en las calles o en una habitación. Siempre asustado por la
Forma Destructora que nos busca, y nos arrebata la memoria. Atrapándonos en esa pesadilla, de la
que siempre estamos despertando.
Caen mis ojos rendidos en la oscuridad de la noche.

El sabor desabrido de mi aliento me invita a tomar aire en las calles grises de la ciudad. Estoy
fatigado, también me siento desorientado. Cada paso que doy se siente más ligero que el anterior.
Finalmente estoy perdido, y me pregunto, ¿hace cuánto tiempo estaré vagando? Llego a percibir
cierta familiaridad en el ambiente. Creo conocer este lugar, estas calles parecieran haber sido
pisadas por mí antes...

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