Protocolo de Estambul
Protocolo de Estambul
ALTO
Manual para la investigaci n y documentaci n eficaces de COMISIONADO
DE LAS
la tortura y otros tratos o penas crueles, inhumanos NACIONES
o degradantes UNIDAS PARA
LOS DERECHOS
HUMANOS
PROTOCOLO DE ESTAMBUL
Derechos H
Serie de
Capacitacin NACIONES
Profesional N” UNIDAS
8 Rev.1
OFICINA DEL ALTO COMISIONADO DE LAS NACIONES UNIDAS PARA
LOS DERECHOS HUMANOS
Protocolo
de Estambul
Manual para la investigaci n y documentaci n eficaces de
la tortura y otros tratos o penas crueles,
inhumanos o degradantes
NACIONES UNIDAS
OFICINA DEL ALTO COMISIONADO DE LAS NACIONES UNIDAS PARA
LOS DERECHOS HUMANOS
Protocolo
de Estambul
Manual para la investigaci n y documentaci n eficaces de
la tortura y otros tratos o penas crueles,
inhumanos o degradantes
Las denominaciones empleadas en esta publicaci n y la forma en que aparecen presentados los
datos que contiene no implican, de parte de la Secretar a de las Naciones Unidas, juicio alguno
sobre la condici n jur dica de pa ses, territorios, ciudades o zonas, o de sus autoridades, ni
respecto de la delimitaci n de sus fronteras o l mites.
*
* *
El material contenido en esta serie puede citarse o reproducirse libremente, a condici n de que
se mencione su procedencia y se env e un ejemplar de la publicaci n que contenga el material
reproducido a las Naciones Unidas, Oficina del Alto Comisionado para los Derechos Humanos,
1211 Ginebra 10, Suiza.
HR/P/PT/8/Rev.1
-ii-
Protocolo de Estambul
Presentado a la
Alta Comisionada de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos
9 de agosto de 1999
Organizaciones participantes
-iii-
Cap tulo
˝NDICE
PÆrrafos PÆgina
INTRODUCCI N............................................................................................. 1
44 - 46 18 D. La Corte Penal
20
-iv-
1. Declaraciones de las Naciones Unidas en relaci n con
los profesionales de la salud............................................... 52 - 53 21
-v-
continuaci n)
˝NDICE (
II. (continuaci n)
C. Principios comunes a todos los c digos de Øtica de la
atenci n de salud....................................................................... 57 - 65 24
1. El deber de dar una asistencia compasiva.......................... 58 - 62 24
2. Consentimiento informado................................................. 63 - 64 26
3. Confidencialidad ................................................................ 65 27
D. Profesionales de la salud con doble obligaci n ........................ 66 - 73 27
1. Principios orientadores de todos los mØdicos con doble
obligaci n........................................................................... 67 28
2. Dilemas resultantes de la doble obligaci n........................ 68 - 73 28
III. INVESTIGACI N LEGAL DE LA TORTURA ............................ 74 - 119 31
A. Objetivos de la investigaci n de casos de tortura..................... 77 31
B. Principios relativos a la investigaci n y documentaci n
eficaces de la tortura y otros tratos o penas crueles,
inhumanos o degradantes.......................................................... 78 - 84 32
C. Procedimientos para la investigaci n de casos de tortura......... 85 - 106 34
1. Determinaci n del rgano investigador adecuado............. 85 - 87
34
2. Entrevistar a la presunta v ctima y a otros testigos............ 88 - 101
35
3. Asegurar y obtener pruebas f sicas .................................... 102 - 103 40
4. Indicios mØdicos................................................................. 104 - 105 41
5. Fotograf as.......................................................................... 106 42
-vi-
˝NDICE (continuaci n)
-vii-
˝NDICE (continuaci n)
-viii-
˝NDICE (continuaci n)
-ix-
˝NDICE (continuaci n)
Anexos
anat micos para documentar la tortura y los malos tratos................... 125 IV. Directrices para
-x-
AUTORES QUE HAN CONTRIBUIDO Y OTROS PARTICIPANTES
ComitØ editorial
Relatores
-xi-
Dr. Lis Danielsen, Consejo Internacional de Rehabilitaci n de V ctimas de la Tortura,
Copenhague
Dr. Hanan Diab, MØdicos para los Derechos Humanos Palestina, Gaza
Sr. Jean-Michel Diez, Asociaci n para la Prevenci n de la Tortura, Ginebra
Dr. Yusuf Doğar, Fundaci n de Derechos Humanos de Turqu a, Estambul
Dr. Morten Ekstrom, Consejo Internacional de Rehabilitaci n de V ctimas de la Tortura,
Copenhague
Profesor Ravindra Fernando, Departamento de Medicina Forense y Toxicolog a, Universidad de
Colombo, Colombo
Dr. John Fitzpatrick, Cook County Hospital, Chicago
Sra. Camile Giffard, Universidad de Essex, Inglaterra
Dr. Jill Glick, Hospital Infantil de la Universidad de Chicago, Chicago
Dr. Emel G kmen, Departamento de Neurolog a, Universidad de Estambul, Estambul
Dr. Norbert Gurris, Behandlungszentrumf r Folteropfer, Berl n
Dr. Hakan G rvit, Departamento de Neurolog a, Universidad de Estambul, Estambul
Dra. Karin Helweg-Larsen, Asociaci n MØdica Danesa, Copenhague
Dr. Gill Hinshelwood, The Medical Foundation for the Care of Victims of Torture, Londres
Dr. Uwe Jacobs, Survivors International, San Francisco
Dr. Jim Jaranson, The Center for Victims of Torture, Minneapolis
Sra. Cecilia Jimenez, Asociaci n para la Prevenci n de la Tortura, Ginebra
Sra. Karen Johansen Meeker, Escuela de Derecho de la Universidad de Minnesota, Minneapolis
Dr. Emre Kapkin, Fundaci n de Derechos Humanos de Turqu a, Esmirna
Dr. Cem Kaptanoğlu, Departamento de Psiquiatr a, Facultad de Medicina de la Universidad
Osmangazi, Eskişehir
Profesora Ioanna Ku uradi, Centro de Investigaciones y Aplicaci n de la Filosof a y los Derechos
Humanos, Universidad Hacettepe, Ankara
Sr. Basem Lafi, Programa de Salud Mental de la Comunidad de Gaza, Gaza
Dra. Elizabeth Lira, Instituto Latinoamericano de Salud Mental, Santiago
Dr. Veli L k, Fundaci n de Derechos Humanos de Turqu a, Esmirna
Dra. MichŁle Lorand, Cook County Hospital, Chicago
Dr. Ruchama Marton, MØdicos para los Derechos Humanos Israel, Tel Aviv
Sra. Elisa Massimino, Lawyers Committee for Human Rights, Nueva York
Sra. Carol Mottet, Consultora jur dica, Berna
Dr. Fikri ztop, Departamento de Patolog a, Facultad de Medicina de la Universidad Ege,
Esmirna
Sr. Alan Parra, Oficina del Relator Especial sobre la Tortura, Ginebra
Dra. Beatrice Patsalides, Survivors International, San Francisco
Dr. Jean Pierre Restellini, Unidad de Concienciaci n sobre Derechos Humanos, Direcci n de
Derechos Humanos, Consejo de Europa, Estrasburgo
Sr. Nigel Rodley, Relator Especial sobre la Tortura, Ginebra
Dr. F sun Sayek, Asociaci n MØdica Turca, Ankara
Dra. Fran oise Sironi, Centre Georges Devereux, Universidad de Par s VIII, Par s
-xii-
Dr. Bent Sorensen, Consejo Internacional de Rehabilitaci n de V ctimas de la Tortura,
Copenhague, y ComitØ contra la Tortura, Ginebra
Dr. Nezir Suyug l, Departamento de Medicina Forense, Estambul
Sra. Asmah Tareen, Escuela de Derecho de la Universidad de Minnesota, Minneapolis
Dr. Henrik Klem Thomsen, Departamento de Patolog a, Hospital Bispebjerg, Copenhague
Dr. Morris Tidball-Binz, Programa de Prevenci n de la Tortura, Instituto Interamericano de
Derechos Humanos, San JosØ, Costa Rica
Dr. Nuray T rksoy, Fundaci n de Derechos Humanos de Turqu a, Estambul
Sra. H lya pinar, Oficina de Derechos Humanos, Asociaci n de Juristas de Esmirna, Esmirna
Dr. Adriaan van Es, Fundaci n Johannes Wier, Amsterdam
Sr. Ralf Wiedemann, Escuela de Derecho de la Universidad de Minnesota, Minneapolis Dr.
Mark Williams, The Center for Victims of Torture, Minneapolis
Participantes
Este proyecto ha sido financiado con el generoso apoyo del Fondo de Contribuciones
Voluntarias de las Naciones Unidas para las V ctimas de la Tortura; la Divisi n de Derechos
Humanos y Pol tica Humanitaria del Departamento Federal de Asuntos Exteriores, Suiza; la
Oficina de Instituciones DemocrÆticas y Derechos Humanos de la Organizaci n para la
Seguridad y la Cooperaci n en Europa; la Cruz Roja Sueca; la Fundaci n de Derechos Humanos
de Turqu a y Physicians for Human Rights. Se ha obtenido apoyo suplementario del Centro para
las V ctimas de la Tortura; la Asociaci n MØdica Turca; el Consejo Internacional para la
Rehabilitaci n de las V ctimas de la Tortura; Amnist a Internacional Suiza y la Asociaci n
Cristiana para la Prohibici n de la Tortura, Suiza.
-xiii-
La publicaci n de la versi n revisada del Manual cont con el apoyo financiero de la Comisi
n Europea. La obra de arte que figura en su portada fue donada al Fondo de Contribuciones
Voluntarias de las Naciones Unidas para las V ctimas de la Tortura por el Centro de V ctimas de
la Tortura de Nepal.
-xiv-
INTRODUCCI N
A los efectos del presente Manual se define la tortura con las mismas palabras empleadas
en la Convenci n de las Naciones Unidas contra la Tortura y Otros Tratos o Penas Crueles,
Inhumanos o Degradantes, de 1984:
"Se entenderÆ por el tØrmino "tortura" todo acto por el cual se inflijan
intencionalmente a una persona dolores o sufrimientos graves, ya sean f sicos o mentales,
con el fin de obtener de ella o de un tercero informaci n o una confesi n, de castigarla por
un acto que haya cometido, o se sospeche que ha cometido, o de intimidar o coaccionar a
esa persona o a otras, o por cualquier raz n basada en cualquier tipo de discriminaci n,
cuando dichos dolores o sufrimientos sean infligidos por un funcionario pœblico u otra
persona en el ejercicio de funciones pœblicas, a instigaci n suya, o con su consentimiento o
aquiescencia. No se considerarÆn torturas los dolores o sufrimientos que sean
consecuencia œnicamente de sanciones leg timas, o que sean inherentes o incidentales a
Østas."1
4 M. Başoğlu, "Prevention of torture and care of survivors: an integrated approach", The Journal
of the American Medical Association (JAMA), vol. 270 (1993), pÆgs. 606 a 611.
-1-
hoy demuestra la necesidad de que los Estados identifiquen y pongan en prÆctica medidas
eficaces para proteger a las personas contra la tortura y los malos tratos. El presente manual se
ha preparado para contribuir a que los Estados utilicen uno de los medios fundamentales para la
protecci n de los individuos contra la tortura: una documentaci n eficaz. Esta documentaci n
saca a la luz las pruebas de torturas y malos tratos de manera que se pueda exigir a los
torturadores que den cuenta de sus actos y permitir que se haga justicia. Los mØtodos de
documentaci n que figuran en este manual son tambiØn aplicables en otros contextos como, por
ejemplo, las investigaciones y la vigilancia de los derechos humanos, las evaluaciones para
conceder asilo pol tico, la defensa de las personas que "han confesado" delitos durante la tortura
y la evaluaci n de las necesidades de atenci n de las v ctimas de la tortura. Respecto de los casos
de profesionales de la salud que han sido obligados a descuidar, interpretar incorrectamente o
falsificar las pruebas de tortura, este manual ofrece ademÆs un punto de referencia internacional
tanto para los profesionales de la salud como para los encargados de hacer justicia.
En el curso de los dos œltimos decenios se ha aprendido mucho sobre la tortura y sus
consecuencias, pero antes del presente manual no se contaba con directrices internacionales para
su documentaci n. Se pretende que el Manual para la investigaci n y documentaci n eficaces de
la tortura y otros tratos o penas crueles, inhumanos o degradantes (Protocolo de Estambul)
constituya las directrices internacionales para examinar a las personas que aleguen haber sufrido
tortura y malos tratos, para investigar los casos de presunta tortura y para comunicar los
resultados obtenidos a los rganos judiciales y otros rganos investigadores. El Manual incluye los
Principios relativos a la investigaci n y documentaci n eficaces de la tortura y otros tratos o
penas crueles, inhumanos o degradantes (vØase el anexo I). Estos principios esbozan unas
normas m nimas para que los Estados puedan asegurar una documentaci n eficaz de la tortura 5.
Las directrices que contiene este manual no se presentan como un protocolo fijo. MÆs bien
representan unas normas m nimas basadas en los principios y deben utilizarse teniendo en cuenta
los recursos disponibles. El manual y los principios son el resultado de tres aæos de anÆlisis,
investigaci n y redacci n a cargo de mÆs de 75 expertos en derecho, salud y derechos humanos
que representaban a 40 organizaciones o instituciones de 15 pa ses. La conceptualizaci n y
preparaci n del manual es producto de la colaboraci n entre expertos forenses, mØdicos, psic
logos, observadores de los derechos humanos y juristas de Alemania, Chile, Costa Rica,
Dinamarca, Estados Unidos de AmØrica, Francia, India, Israel, Pa ses Bajos, Reino Unido, Sri
Lanka, SudÆfrica, Suiza y Turqu a, as como de los Territorios Palestinos Ocupados.
-2-
instrumentos regionales establecen el derecho a no ser sometido a tortura. La Convenci n
Americana de Derechos Humanos, la Carta Africana de Derechos Humanos y de los Pueblos y el
Convenio para la Protecci n de los Derechos Humanos y de las Libertades Fundamentales
contienen prohibiciones expresas de la tortura.
2. Los tratados internacionales que rigen los conflictos armados establecen un derecho
internacional humanitario o las leyes de la guerra. La prohibici n de la tortura en el
derecho internacional humanitario no es mÆs que una pequeæa, aunque importante, parte
de la protecci n mÆs amplia que brindan esos tratados a todas las v ctimas de la guerra.
Los cuatro Convenios de Ginebra de 1949 han sido ratificados por 188 Estados. Fijan
normas para el desarrollo de los conflictos armados internacionales y, en particular, sobre
el trato a las personas que no toman parte o que han dejado de tomar parte en las
hostilidades, incluidos los heridos, los capturados y los civiles. Los cuatro Convenios proh
ben la prÆctica de la tortura y de otros malos tratos. Dos Protocolos de 1977, adicionales a
los Convenios de Ginebra, ampl an la protecci n y el Æmbito de esos Convenios. El
Protocolo I (ratificado hasta la fecha por 153 Estados) se refiere a los conflictos
internacionales. El Protocolo II (ratificado hasta la fecha por 145 Estados) se refiere a los
conflictos que no son de ndole internacional.
3. A este prop sito es mÆs importante el llamado "art culo 3 comœn", que se encuentra en los
cuatro Convenios. El art culo 3 comœn se aplica a los conflictos armados que "no sean de
ndole internacional", sin que se definan con mayor precisi n. Se considera que define las
obligaciones fundamentales que deben respetarse en todos los conflictos armados, no s lo
en las guerras internacionales entre distintos pa ses. En general se infiere de ello que sea
cual fuere la naturaleza de una guerra o conflicto existen ciertas normas bÆsicas que no
pueden soslayarse. La prohibici n de la tortura es una de ellas y representa un elemento
comœn al derecho internacional humanitario y a la normativa internacional de los derechos
humanos.
... se proh ben, en cualquier tiempo y lugar [...] atentados contra la vida y la integridad
corporal, especialmente el homicidio en todas sus formas, las mutilaciones, los tratos
crueles, la tortura [...] atentados contra la dignidad personal, especialmente los tratos
humillantes y degradantes...
-3-
ComitØ Internacional de la Cruz Roja (CICR), no queda el menor resquicio; no puede
haber ninguna excusa, no existen circunstancias atenuantes6.
7. Para asegurar la adecuada protecci n de todas las personas contra la tortura o tratos
crueles, inhumanos o degradantes, durante muchos aæos las Naciones Unidas han procurado
elaborar normas universalmente aplicables. Los convenios, declaraciones y resoluciones
adoptados por los Estados Miembros de las Naciones Unidas afirman claramente que no puede
haber excepciones a la prohibici n de la tortura y establecen distintas obligaciones para garantizar
la protecci n contra tales abusos. Entre los mÆs importantes de esos instrumentos figuran la
Declaraci n Universal de Derechos Humanos 8, el Pacto Internacional de Derechos Civiles y Pol
ticos9, las Reglas m nimas para el tratamiento de los reclusos 10, la Declaraci n de las Naciones
Unidas sobre la Protecci n de Todas las Personas contra la Tortura y Otros Tratos o Penas
Crueles, Inhumanos o Degradantes (Declaraci n sobre la Protecci n contra la Tortura) 11, el C digo
de conducta para funcionarios encargados de hacer cumplir la ley 12, los Principios de Øtica
mØdica aplicables a la funci n del personal de salud, especialmente los mØdicos, en la protecci n
de personas presas y detenidas contra la tortura y otros tratos o penas crueles, inhumanos o
degradantes (Principios de Øtica mØdica) 13, la Convenci n contra la Tortura y Otros Tratos o
6 N. Rodley, The Treatment of Prisoners under International Law, 2nd ed. (Oxford, Clarendon
Press, 1999), pÆg. 58.
7 Segundo pÆrrafo del preÆmbulo del Protocolo II (1977) adicional a los Convenios de Ginebra
de 1949.
10 Adoptadas el 30 de agosto de 1955 por el Primer Congreso de las Naciones Unidas sobre
Prevenci n del Delito y Tratamiento del Delincuente.
-4-
Penas Crueles, Inhumanos y Degradantes (Convenci n contra la Tortura) 12, el Conjunto de
Principios para la Protecci n de Todas las Personas Sometidas a Cualquier Forma de Detenci n o
Prisi n (Conjunto de Principios sobre la Detenci n) 13 y los Principios bÆsicos para el tratamiento
de los reclusos14.
12
Resoluci n 34/169 de la Asamblea General, de 17 de diciembre de 1979, anexo, art. 5;
vØase Documentos Oficiales de la Asamblea General, trigØsimo cuarto per odo de sesiones,
Suplemento N” 46 (A/34/46), pÆg. 216.
13
Resoluci n 37/194 de la Asamblea General, de 18 de diciembre de 1982, anexo, principios
2 a 5; vØase Documentos Oficiales de la Asamblea General, trigØsimo sØptimo per odo de
sesiones, Suplemento N” 51 (A/37/51), pÆg. 265.
15 Para una interpretaci n de lo que constituyen "sanciones leg timas", vØase el Informe del
Relator Especial sobre la tortura al 53” per odo de sesiones de la Comisi n de Derechos Humanos
(E/CN.4/1997/7, pÆrrs. 3 a 11), en que el Relator Especial expresa su opini n de que la imposici
n de castigos como la lapidaci n a muerte, los azotes y la amputaci n no pueden ser considerados
l citos s lo porque hayan sido autorizados en un procedimiento leg timo en su forma. La
interpretaci n defendida por el Relator Especial, que concuerda con la posici n del ComitØ de
Derechos Humanos y de otros mecanismos de las Naciones Unidas, fue ratificada por la resoluci
n 1998/38 de la Comisi n de Derechos Humanos, que "recuerda a los gobiernos que el castigo
corporal puede ser equivalente a un trato cruel, inhumano o degradante, o hasta a la tortura".
-5-
9. Otros rganos y mecanismos de derechos humanos de las Naciones Unidas han adoptado
medidas con el fin de elaborar normas para la prevenci n de la tortura y normas que obliguen a
los Estados a investigar toda denuncia de tortura. Entre estos rganos y mecanismos figuran el
ComitØ contra la Tortura, el ComitØ de Derechos Humanos, la Comisi n de Derechos Humanos,
el Relator Especial sobre la tortura, el Relator Especial sobre violencia contra la mujer y los
relatores especiales para los pa ses nombrados por la Comisi n de Derechos Humanos.
10. Los instrumentos internacionales citados establecen ciertas obligaciones que los Estados
deben respetar para asegurar la protecci n contra la tortura. Entre ellas figuran las siguientes:
-6-
g) Asegurar que ninguna declaraci n que se demuestre que ha sido hecha como
resultado de torturas pueda ser invocada como prueba en ningœn procedimiento,
salvo en contra de una persona acusada de tortura como prueba de que se formul
dicha declaraci n (art culo 15 de la Convenci n contra la Tortura, art culo 12 de la
Declaraci n sobre la Protecci n contra la Tortura).
12. De conformidad con el art culo 20 de la Convenci n contra la Tortura, si el ComitØ recibe
informaci n fiable que parezca indicar de forma fundamentada que se practica sistemÆticamente
la tortura en el territorio de un Estado Parte, invitarÆ a ese Estado Parte a cooperar en el examen
de la informaci n y a tal fin presentar observaciones con respecto a la informaci n de que se trate.
El ComitØ podrÆ, si decide que ello se justifica, designar a uno o varios de sus miembros para
que procedan a una investigaci n confidencial e informen urgentemente al ComitØ. En el
acuerdo de ese Estado Parte, tal investigaci n podrÆ incluir una visita a su territorio. DespuØs
-7-
de examinar las conclusiones presentadas por ese miembro o grupo, el ComitØ transmitirÆ las
conclusiones al Estado Parte de que se trate, junto con las observaciones o sugerencias que
estime pertinentes en vista de la situaci n. Todas las actuaciones del ComitØ en virtud del art
culo 20 son confidenciales y en todas sus etapas Øste procura recabar la cooperaci n del Estado
Parte. Una vez concluidas estas actuaciones, tras celebrar consultas con el Estado Parte
interesado, el ComitØ puede tomar la decisi n de incluir un resumen de los resultados de las
actuaciones en su informe anual a los otros Estados Partes y a la Asamblea General16.
13. De conformidad con el art culo 22 de la Convenci n contra la Tortura, un Estado Parte
puede en cualquier momento reconocer la competencia del ComitØ para recibir y examinar las
comunicaciones enviadas por personas sometidas a su jurisdicci n, o en su nombre, que aleguen
ser v ctimas de una violaci n por un Estado Parte de las disposiciones de la Convenci n contra la
Tortura. El ComitØ examinarÆ esas comunicaciones a puerta cerrada y comunicarÆ su parecer
al Estado Parte y a la persona de que se trate. S lo 39 de los 112 Estados Partes que han
ratificado la Convenci n han reconocido tambiØn la aplicabilidad del art culo 22.
14. Entre las inquietudes expresadas por el ComitØ en sus informes anuales a la Asamblea
General figura la necesidad de que los Estados Partes cumplan los art culos 12 y 13 de la
Convenci n contra la Tortura para conseguir que se emprendan investigaciones prontas e
imparciales sobre todas las quejas de tortura. Por ejemplo, el ComitØ ha seæalado que considera
que una demora de 15 meses en la investigaci n de una queja de tortura es excesiva y no satisface
las exigencias del art culo 1217. El ComitØ ha seæalado ademÆs que el art culo 13 no exige la
presentaci n formal de una denuncia de tortura sino que "basta la simple alegaci n por parte de la
v ctima para que surja la obligaci n del Estado de examinarla pronta e imparcialmente" 18.
15. El ComitØ de Derechos Humanos fue establecido de conformidad con el art culo 28 del
Pacto Internacional de Derechos Civiles y Pol ticos con la funci n de vigilar la aplicaci n del
Pacto por los Estados Partes. El ComitØ se compone de 18 expertos independientes que han de
ser personas de gran integridad moral y reconocida competencia en materia de derechos
humanos.
16. Los Estados Partes en el Pacto deben presentar cada cinco aæos informes sobre las
disposiciones que hayan adoptado para dar efecto a los derechos reconocidos en el Pacto y sobre
los progresos realizados en cuanto al goce de esos derechos. El ComitØ de Derechos Humanos
16 Debe advertirse, sin embargo, que la aplicaci n del art culo 20 puede limitarse en virtud de una
reserva presentada por un Estado Parte, en cuyo caso el art culo 20 no serÆ aplicable.
17 VØase la comunicaci n 8/1991, pÆrr. 185, Informe del ComitØ contra la Tortura a la
Asamblea General (A/49/44), 12 de junio de 1994.
18 VØase la comunicaci n 6/1990, pÆrr. 10.4, Informe del ComitØ contra la Tortura a la
Asamblea General (A/50/44), 26 de julio de 1995.
-8-
estudia los informes dialogando con representantes del Estado Parte cuyo informe se examina. A
continuaci n, el ComitØ adopta sus observaciones finales resumiendo sus principales motivos de
preocupaci n y formulando al Estado Parte sugerencias y recomendaciones apropiadas. El
ComitØ prepara ademÆs unas observaciones generales en las que interpreta art culos concretos
del Pacto para orientar a los Estados Partes en sus informes, as como en la aplicaci n de las
disposiciones del Pacto. En una de esas observaciones generales, el ComitØ se propuso aclarar
el art culo 7 del Pacto Internacional de Derechos Civiles y Pol ticos, que afirma que nadie
deberÆ ser sometido a tortura o a tratos o penas crueles, inhumanos o degradantes. En la
observaci n general sobre el art culo 7 del Pacto que figura en el informe del ComitØ se advierte
concretamente que para la aplicaci n del art culo 7 no basta con prohibir la tortura o con
declararla delito19. El ComitØ afirma que "... los Estados deben garantizar una protecci n eficaz
mediante algœn mecanismo de control. Las denuncias de malos tratos deben ser investigadas
eficazmente por las autoridades competentes".
17. El 10 de abril de 1992, el ComitØ adopt una nueva observaci n general acerca del art culo
7 en la que elaboraba sus observaciones anteriores. El ComitØ reforz su interpretaci n del art
culo 7 seæalando que "las denuncias deberÆn ser investigadas con celeridad e imparcialidad por
las autoridades competentes a fin de que el recurso sea eficaz". Cuando un Estado haya
ratificado el primer Protocolo Facultativo del Pacto Internacional de Derechos Civiles y Pol
ticos, cualquier persona puede presentar al ComitØ una comunicaci n en la que sostenga que se
han violado los derechos que le confiere el Pacto. Si se considera admisible la comunicaci n, el
ComitØ adopta una decisi n sobre el fondo de la cuesti n y la hace pœblica en su informe anual.
18. La Comisi n de Derechos Humanos es el principal rgano de las Naciones Unidas en materia
de derechos humanos. EstÆ compuesta por 53 Estados Miembros que son elegidos por el
Consejo Econ mico y Social con un mandato de tres aæos. La Comisi n se reœne todos los aæos
durante seis semanas en Ginebra para ocuparse de las cuestiones de derechos humanos. La
Comisi n puede dar inicio a estudios y misiones de investigaci n, redactar convenciones y
declaraciones para su aprobaci n por rganos superiores de las Naciones Unidas y examinar
violaciones concretas de los derechos humanos en reuniones pœblicas o privadas. El 6 de junio
de 1967, el Consejo Econ mico y Social, en su resoluci n 1235 (XLII), autoriz a la Comisi n a
examinar las denuncias de violaciones notorias de derechos humanos y a realizar un estudio a
fondo de las situaciones que revelasen un cuadro persistente de violaci n de los derechos
humanos20. De acuerdo con este mandato, la Comisi n, entre otros procedimientos, ha adoptado
resoluciones en las que expresa su inquietud por las violaciones de los derechos humanos y ha
nombrado relatores especiales para que se ocupen de violaciones de los derechos humanos en
distintos Æmbitos temÆticos. La Comisi n ha adoptado ademÆs resoluciones en relaci n con la
tortura y otros tratos o penas crueles, inhumanos o degradantes. En su resoluci n 1998/38, la
Comisi n subray que "toda denuncia de torturas o de otros tratos o penas crueles, inhumanos o
-9-
degradantes debe ser examinada oportuna e imparcialmente por la autoridad nacional
competente".
19. En 1985, en su resoluci n 1985/33 la Comisi n decidi nombrar a un Relator Especial sobre
la tortura. El Relator Especial estÆ encargado de solicitar y recibir informaci n cre ble y
fidedigna sobre cuestiones relativas a la tortura y de responder sin demora a esas informaciones.
En resoluciones ulteriores la Comisi n ha seguido renovando el mandato del Relator Especial.
20. El Relator Especial tiene autoridad para vigilar la situaci n en todos los Estados
Miembros de las Naciones Unidas y todos aquellos que tienen la condici n de observadores,
hayan o no ratificado la Convenci n contra la Tortura. El Relator Especial se comunica con los
diferentes gobiernos, les solicita informaci n sobre las medidas legislativas y administrativas
adoptadas para impedir la tortura y les pide que reparen las consecuencias en su caso, y ademÆs
les pide que respondan a toda informaci n que dØ cuenta de casos concretos de tortura. El
Relator Especial recibe asimismo solicitudes de intervenci n inmediata, que seæala a la atenci n
de los gobiernos interesados a fin de garantizar la protecci n del derecho de la persona a la
integridad f sica y mental. AdemÆs, celebra consultas con los representantes de los gobiernos
que deseen reunirse con Øl, y de conformidad con su mandato, realiza visitas in situ a
determinadas partes del mundo. El Relator Especial presenta informes a la Comisi n de
Derechos Humanos y a la Asamblea General. Estos informes describen las actividades
desarrolladas por el Relator Especial de acuerdo con su mandato y constantemente ponen de
relieve la importancia de la rÆpida investigaci n de las denuncias de tortura. En el informe del
Relator Especial sobre la cuesti n de la tortura del 12 de enero de 1995, el Relator Especial Nigel
Rodley formul una serie de recomendaciones. En el pÆrrafo 926 g) del informe observaba:
21. En su informe del 9 de enero de 1996, el Relator Especial insisti en esta recomendaci n 22.
Expresando su inquietud por las prÆcticas de tortura, puntualiz en el pÆrrafo 136 que "tanto
conforme al derecho internacional general como a la Convenci n contra la Tortura y Otros Tratos
o Penas Crueles, Inhumanos o Degradantes, los Estados estÆn obligados a investigar las
denuncias de tortura".
21 Ib d., E/CN.4/1995/34.
22 Ib d., E/CN.4/1996/35.
-10-
e) El Relator Especial sobre la violencia contra la mujer
22. El cargo del Relator Especial sobre la violencia contra la mujer fue establecido en 1994
por la Comisi n de Derechos Humanos en su resoluci n 1994/45, y el mandato fue renovado en la
resoluci n 1997/44. El Relator Especial ha establecido procedimientos para obtener
explicaciones e informaciones de los gobiernos, en un esp ritu humanitario, sobre casos
concretos de presunta violencia a fin de identificar e investigar situaciones y denuncias espec
ficas de violencia contra la mujer en cualquier pa s. Estas comunicaciones pueden referirse a una
o mÆs personas identificadas por sus nombres o a informaci n de carÆcter mÆs general sobre
una situaci n en la que se condonan o perpetran actos de violencia contra la mujer. La definici n
de violencia de gØnero contra la mujer utilizada por el Relator Especial estÆ tomada de la
Declaraci n de las Naciones Unidas sobre la eliminaci n de la violencia contra la mujer, adoptada
por la Asamblea General en su resoluci n 48/104 de 20 de diciembre de 1993. En casos de
violencia de gØnero contra la mujer que supongan o puedan suponer una amenaza o el temor de
una amenaza inminente al derecho a la vida o a la integridad f sica de una persona, el Relator
Especial podrÆ enviar un llamamiento urgente. El Relator Especial instarÆ a las autoridades
nacionales competentes no s lo a que faciliten informaci n completa sobre el caso sino tambiØn a
que realicen una investigaci n independiente e imparcial sobre el caso transmitido y a que
adopten medidas inmediatas para asegurar que no vuelvan a producirse violaciones de los
derechos humanos de las mujeres.
23. El Relator Especial informa anualmente a la Comisi n de Derechos Humanos sobre las
comunicaciones enviadas a los gobiernos y las respuestas recibidas por Øl. BasÆndose en la
informaci n recibida de los gobiernos y otras fuentes fidedignas, el Relator Especial formula
recomendaciones a los gobiernos interesados a fin de encontrar soluciones duraderas que
permitan eliminar la violencia contra la mujer en cualquier pa s. Cuando no recibe respuesta de
los gobiernos o cuando la informaci n recibida es insuficiente, el Relator Especial puede
enviarles comunicaciones suplementarias. Si se da el caso de que en un determinado pa s
persiste una situaci n particular de violencia contra la mujer y la informaci n recibida por el
Relator Especial indica que el gobierno en cuesti n no ha adoptado ni se propone adoptar
medidas para garantizar la protecci n de los derechos humanos de la mujer, el Relator Especial
puede considerar la posibilidad de pedir autorizaci n al gobierno en cuesti n para visitar el pa s y
realizar una misi n de investigaci n in situ de los hechos.
24. Las secuelas f sicas y psicol gicas de la tortura pueden ser devastadoras y perdurar durante
muchos aæos, afectando no s lo a las v ctimas sino tambiØn a sus familiares. Puede obtenerse
asistencia para la recuperaci n de las v ctimas de semejantes traumas de ciertas organizaciones
especializadas en la asistencia a las v ctimas de la tortura. En diciembre de 1981 la Asamblea
General estableci el Fondo de Contribuciones Voluntarias de las Naciones Unidas para la V
ctimas de la Tortura, para recibir tales contribuciones y distribuirlas a las organizaciones no
gubernamentales (ONG) que prestan asistencia psicol gica, mØdica, social, econ mica, jur dica y
otras formas de asistencia humanitaria a las v ctimas de la tortura y a sus familiares.
-11-
Dependiendo de las contribuciones voluntarias disponibles, el Fondo podrÆ financiar unos 200
proyectos de ONG que presten asistencia a unas 80.000 v ctimas y a sus familiares en unos 80 pa
ses del mundo entero. El Fondo ha financiado la redacci n y traducci n del presente manual y
recomendado que se publique en la Serie de Capacitaci n Profesional de la Oficina del Alto
Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, de conformidad con una
recomendaci n de su Junta de S ndicos, que subvenciona un determinado nœmero de proyectos
cuyo objetivo es formar a profesionales de la salud y a otras personas para la prestaci n de una
asistencia especializada a las v ctimas de la tortura.
25. TambiØn ciertos organismos regionales han contribuido a la preparaci n de normas para la
prevenci n de la tortura. Entre esos organismos figuran la Comisi n Interamericana de Derechos
Humanos, la Corte Interamericana de Derechos Humanos, el Tribunal Europeo de Derechos
Humanos, el ComitØ Europeo para la Prevenci n de la Tortura y la Comisi n Africana de
Derechos Humanos y de los Pueblos.
1. Toda persona tiene derecho a que se respete su integridad f sica, ps quica y moral.
23 Organizaci n de los Estados Americanos, Serie sobre Tratados N” 36, y Naciones Unidas,
Recueil des TraitØs, vol. 1144, pÆg. 124. Reimpreso en "Documentos bÆsicos relativos a los
derechos humanos en el sistema interamericano", OEA/Ser.L.V/II.82, documento 6, rev. 1, pÆg.
25 (1992).
24 Reglamento de la Comisi n Interamericana de Derechos Humanos, OEA/Ser.L.V/II.92,
documento 31, revisi n 3 del 3 de mayo de 1996, art. (1).
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el 9 de diciembre de 1985 y entr en vigor el 28 de febrero de 1987 26. El art culo 2 de la Convenci
n define la tortura como:
... todo acto realizado intencionalmente por el cual se inflijan a una persona penas o
sufrimientos f sicos o mentales, con fines de investigaci n criminal, como medio
intimidatorio, como castigo personal, como medida preventiva, como pena o con cualquier
otro fin. Se entenderÆ tambiØn como tortura la aplicaci n sobre una persona de mØtodos
tendientes a anular la personalidad de la v ctima o a disminuir su capacidad f sica o mental,
aunque no causen dolor f sico o angustia ps quica.
28. En su art culo 1, los Estados Partes en la Convenci n se obligan a prevenir y a sancionar
la tortura en los tØrminos de la Convenci n. Los Estados Partes en la Convenci n deben realizar
una investigaci n inmediata y adecuada sobre toda denuncia de casos de tortura, dentro de su
jurisdicci n.
29. El art culo 8 dispone que "los Estados Partes garantizarÆn a toda persona que denuncie
haber sido sometida a tortura en el Æmbito de su jurisdicci n el derecho a que el caso sea
examinado imparcialmente". Del mismo modo, si existe una acusaci n o alguna raz n fundada
para creer que se ha cometido un acto de tortura en el Æmbito de su jurisdicci n, los Estados
Partes garantizarÆn que sus respectivas autoridades procederÆn debidamente y de inmediato a
realizar una investigaci n sobre el caso y a iniciar, cuando corresponda, el respectivo proceso
penal.
30. En uno de sus informes de pa ses de 1998, la Comisi n seæal que el procesamiento
efectivo de los torturadores tropezaba con el obstÆculo que supon a la falta de independencia
existente en una investigaci n sobre denuncias de tortura, ya que se ped a que la investigaci n
estuviese a cargo de organismos federales que probablemente estaban en contacto con las partes
acusadas de cometer la tortura27. La Comisi n invoc el art culo 8 para encarecer la importancia
de que todos los casos fueran sometidos a un "examen imparcial"28.
El Estado estÆ, por otra parte, obligado a investigar toda situaci n en la que se hayan
violado los derechos humanos protegidos por la Convenci n. Si el aparato del Estado
-13-
actœa de modo que tal violaci n quede impune y no se restablezca, en cuanto sea posible, a
la v ctima en la plenitud de sus derechos, puede afirmarse que ha incumplido el deber de
garantizar su libre y pleno ejercicio a las personas sujetas a su jurisdicci n.
32. El art culo 5 de la Convenci n prevØ el derecho de toda persona a no ser sometida a
tortura. Aunque el caso trataba concretamente de la cuesti n de las desapariciones, uno de los
derechos que el tribunal consider garantizados por la Convenci n Americana sobre Derechos
Humanos es el derecho de la persona a no ser sometida a tortura ni a otras formas de malos
tratos.
34. El primer fallo sobre esta cuesti n fue el del caso Aksoy c. Turqu a (100/1995/606/694),
emitido el 18 de diciembre de 199630. En ese caso, el Tribunal consider que:
Cuando una persona es detenida bajo custodia policial en buen estado de salud pero
en el momento de su puesta en libertad presenta lesiones, le corresponde al Estado dar una
explicaci n plausible en cuanto a la causa de las lesiones, y el incumplimiento de esta
obligaci n suscita claramente una cuesti n de violaci n del art culo 3 del Convenio 31.
35. El Tribunal dictamin que las lesiones infligidas al demandante eran consecuencia de
tortura y que se hab a violado el art culo 3 32. AdemÆs, el Tribunal interpret que el art culo 13
del Convenio, que prevØ el derecho a un recurso efectivo ante una instancia nacional, impone la
obligaci n de investigar con todo cuidado toda demanda por tortura. Considerando la
31 VØase Tribunal Europeo de Derechos Humanos, Recueil des arrØts et dØcisions 1996-VI,
pÆrr. 61.
-14-
"importancia fundamental de la prohibici n de la tortura" y la vulnerabilidad de las v ctimas de la
tortura, el Tribunal dictamin que "el art culo 13, sin perjuicio de cualquier otro recurso
disponible en la jurisdicci n interna, impone a los Estados la obligaci n de realizar una investigaci
n minuciosa y efectiva de los incidentes de tortura"33.
36. De acuerdo con la interpretaci n del Tribunal, la noci n de "recurso efectivo" del art culo
13 exige una cuidadosa investigaci n de toda denuncia plausible de tortura. El Tribunal observ
que aun cuando el Convenio no conten a una disposici n expresa, como el art culo 12 de la
Convenci n contra la Tortura y Otros Tratos o Penas Crueles, Inhumanos o Degradantes, esa
exigencia estaba impl cita en la noci n de "recurso efectivo" del art culo 13 34. El Tribunal
consider entonces que el Estado hab a violado el art culo 13 por el hecho de no investigar la
alegaci n de tortura del demandante35.
En estas circunstancias, cuando una persona presenta una denuncia plausible de que
ha sido severamente maltratada por la polic a o por otros agentes del Estado, en contra de
la ley y en violaci n del art culo 3, esta disposici n, le da juntamente con la del art culo 1
del Convenio, que impone al Estado la obligaci n de garantizar "a toda persona
dependiente de su jurisdicci n los derechos y libertades [...] del presente Convenio", exige
por implicaci n que se realice una investigaci n oficial efectiva. Esta investigaci n debe
poder conducir a la identificaci n y el castigo de los responsables. De no ser as , la
prohibici n legal general de la tortura y otros tratos y penas inhumanos y degradantes, pese
a su importancia fundamental, quedar a sin efecto en la prÆctica y en ciertos casos agentes
-15-
del Estado podr an violar con virtual impunidad los derechos de las personas que se
encuentran bajo su custodia38.
38. Por vez primera, el Tribunal dictamin que hab a habido violaci n del art culo 3, no por
malos tratos en s sino por no haberse realizado una investigaci n oficial efectiva de la denuncia
de malos tratos. AdemÆs, el Tribunal reiter la posici n que hab a adoptado en el caso Aksoy y
dictamin que tambiØn se hab a violado el art culo 13. El Tribunal concluy que:
Cuando una persona presenta una denuncia plausible de que ha sido maltratada en
violaci n del art culo 3, la noci n de recurso efectivo implica, ademÆs del tipo de
investigaci n exhaustiva y efectiva que se exige asimismo en el art culo 3, que el
demandante tenga un acceso efectivo al procedimiento de investigaci n y, en su caso, el
pago de una indemnizaci n39.
40. El ComitØ realiza visitas a los Estados miembros del Consejo de Europa, unas con
carÆcter peri dico y otras con fines espec ficos. La delegaci n visitante del ComitØ estÆ
constituida por miembros del ComitØ, acompaæados de expertos mØdicos, jur dicos y de otras
disciplinas, intØrpretes y miembros de la secretar a. Estas delegaciones visitan a las personas
privadas de su libertad por las autoridades del pa s visitado 41. Las atribuciones de la delegaci n
visitante son bastante extensas: puede visitar cualquier lugar donde se mantenga a personas
privadas de su libertad; hacer visitas no anunciadas a cualquiera de esos lugares; repetir esas
41 Se entiende por persona privada de libertad a la persona que ha sido privada de su libertad por
una autoridad pœblica como, aunque no exclusivamente, las personas arrestadas o en cualquier
forma de detenci n, los presos en espera de juicio, los presos condenados y las personas
involuntariamente internadas en hospitales psiquiÆtricos.
-16-
mismas visitas; hablar en privado con las personas privadas de libertad; visitar a todas las
personas que desee y se encuentren en esos lugares; y visitar todas las instalaciones (y no s lo las
celdas) sin ninguna restricci n. La delegaci n puede tener acceso a todos los documentos y
archivos relativos a las personas visitadas. Todo el trabajo del ComitØ se basa en la
confidencialidad y la cooperaci n.
41. DespuØs de cada visita el ComitØ escribe un informe. A partir de los hechos observados
durante la visita, el ComitØ comenta las condiciones halladas, formula recomendaciones
concretas y pide todas las explicaciones que necesite. El Estado Parte responde por escrito al
informe y as se establece un diÆlogo entre el ComitØ y el Estado Parte que continœa hasta la
siguiente visita. Los informes del ComitØ y las respuestas del Estado Parte son documentos
confidenciales, aunque el Estado Parte (no el ComitØ) puede decidir que se publiquen tanto los
informes como las respuestas. Hasta ahora casi todos los Estados Partes han hecho pœblicos los
informes y las respuestas.
42. En el curso de sus actividades a lo largo de los diez œltimos aæos, el ComitØ ha ido
estableciendo gradualmente una serie de criterios aplicables al tratamiento de las personas
detenidas que constituyen normas generales. Estas normas se refieren no s lo a las condiciones
materiales sino tambiØn a las salvaguardias de procedimiento. Por ejemplo, el ComitØ ha
propugnado las tres salvaguardias siguientes para las personas detenidas bajo custodia policial:
43. AdemÆs, el ComitØ ha insistido en que uno de los medios mÆs eficaces de prevenci n
de malos tratos de los agentes del orden consiste en que las autoridades competentes procedan
sin demora al examen de todas las quejas de malos tratos que se les sometan y, cuando
corresponda, a la imposici n de las sanciones. Esto tiene un poderoso efecto disuasivo.
44. En comparaci n con los sistemas europeo e interamericano, `frica no tiene una convenci n
sobre la tortura y su prevenci n. La cuesti n de la tortura se examina en el mismo nivel que otras
violaciones de los derechos humanos. De la cuesti n de la tortura se ocupa, en primer lugar, la
Carta Africana de Derechos Humanos y de los Pueblos, que fue adoptada por la Organizaci n de
-17-
la Unidad Africana el 27 de junio de 1981 y que entr en vigor el 21 de octubre de 1986 42. El art
culo 5 de la Carta Africana dispone que:
45. De conformidad con el art culo 30 de la Carta Africana, en junio de 1987 se estableci la
Comisi n Africana de Derechos Humanos y de los Pueblos con la misi n de "proteger los
derechos humanos y de los pueblos y asegurar su protecci n en `frica". En sus reuniones peri
dicas, la Comisi n ha aprobado varias resoluciones de pa ses sobre asuntos relativos a los
derechos humanos en `frica, algunas de las cuales se refieren a la tortura, entre otras violaciones.
En algunas de esas resoluciones sobre pa ses, la Comisi n ha expresado su inquietud por el
deterioro de la situaci n de los derechos humanos, incluida la prÆctica de la tortura.
46. La Comisi n ha establecido mecanismos nuevos como, por ejemplo, el Relator Especial
sobre las prisiones, el Relator Especial sobre las ejecuciones arbitrarias y sumarias, y el Relator
Especial sobre la mujer, con la misi n de informar a la Comisi n durante sus sesiones pœblicas.
Estos mecanismos han creado oportunidades para que las v ctimas y las ONG informen
directamente a los Relatores Especiales. Al mismo tiempo, una v ctima o una organizaci n no
gubernamental puede presentar a la Comisi n una denuncia de actos de tortura, segœn lo
establecido en el art culo 5 de la Carta Africana. Mientras una demanda individual se encuentra
pendiente ante la Comisi n, la v ctima o la ONG puede enviar la misma informaci n a los
Relatores Especiales para que la incluyan en sus informes pœblicos ante las sesiones de la
Comisi n. Con el fin de establecer una tribuna para el examen de las denuncias de violaci n de
los derechos garantizados por la Carta Africana, la Asamblea de la Organizaci n de la Unidad
Africana adopt un protocolo para el establecimiento del Tribunal Africano de Derechos
Humanos y de los Pueblos en junio de 1998.
47. El Estatuto de Roma de la Corte Penal Internacional, adoptado el 17 de julio de 1998, instituy
una Corte Penal Internacional con carÆcter permanente y con la misi n de juzgar a las personas
responsables de delitos de genocidio, cr menes de lesa humanidad y cr menes de guerra
(A/CONF.183/9). La Corte tiene jurisdicci n sobre los casos de presunta tortura si se trata de
actos cometidos en gran escala y de modo sistemÆtico como parte del delito de genocidio o
como crimen de lesa humanidad, o como crimen de guerra con arreglo a los Convenios de
Ginebra de 1949. En el Estatuto de Roma se define la tortura como el hecho de causar
intencionalmente dolor o sufrimientos graves, ya sean f sicos o mentales, a una persona que el
acusado tenga bajo su custodia o control. Hasta el 25 de septiembre de 2000, el Estatuto de la
Corte Penal Internacional hab a sido firmado por 113 pa ses y ratificado por 21 Estados. La
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Corte tendrÆ su sede en La Haya. Su jurisdicci n se limita a los casos en los que los Estados no
pueden o no desean procesar a las personas responsables de los delitos que se describen en el
Estatuto de Roma de la Corte Penal Internacional.
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Cap tulo II C DIGOS TICOS PERTINENTES
48. En todas las profesiones se trabaja de acuerdo con unos c digos Øticos en los que se
describen los valores comunes y deberes reconocidos de los profesionales y se establecen las
normas morales que se espera que cumplan. Las normas Øticas se establecen fundamentalmente
de dos maneras: mediante instrumentos internacionales preparados por organismos como las
Naciones Unidas y mediante c digos de principios preparados por los propios profesionales,
mediante sus asociaciones representativas, en el Æmbito nacional o en el internacional. Las
premisas fundamentales son siempre las mismas y se centran en las obligaciones que tienen los
profesionales ante sus clientes o pacientes individuales, ante la sociedad en su conjunto y ante
sus colegas, con miras siempre a mantener el honor de la profesi n. Estas obligaciones son
reflejo y complemento de los derechos consagrados para todas las personas en los instrumentos
internacionales.
49. Como Ærbitros œltimos de la justicia, a los jueces les incumbe una misi n especial en la
protecci n de los derechos de los ciudadanos. Las normas internacionales atribuyen a los jueces
el deber Øtico de asegurar la protecci n de los derechos de los individuos. El principio 6 de los
Principios bÆsicos de las Naciones Unidas relativos a la independencia de la judicatura, "el
principio de la independencia de la judicatura autoriza y obliga a la judicatura a garantizar que el
procedimiento judicial se desarrolle conforme a derecho, as como el respeto de los derechos de
las partes"43. Del mismo modo, los fiscales tienen el deber Øtico de investigar y procesar todo
delito de tortura cometido por funcionarios pœblicos. El art culo 15 de las Directrices de las
Naciones Unidas sobre la Funci n de los Fiscales seæala que "los fiscales prestarÆn la debida
atenci n al enjuiciamiento de los funcionarios pœblicos que hayan cometido delitos,
especialmente en los casos de corrupci n, abuso de poder, violaciones graves de derechos
humanos y otros delitos reconocidos por el derecho internacional y, cuando lo autoricen las leyes
o se ajuste a la prÆctica local, a la investigaci n de esos delitos"44.
50. Las normas internacionales tambiØn especifican los deberes de los abogados, en el
desempeæo de sus funciones profesionales, de promover y proteger los derechos humanos y las
libertades fundamentales. El principio 14 de los Principios BÆsicos de las Naciones Unidas
sobre la Funci n de los Abogados seæala: "Los abogados, al proteger los derechos de sus
clientes y defender la causa de la justicia, procurarÆn apoyar los derechos humanos y las
libertades fundamentales reconocidos por el derecho nacional e internacional, y en todo
43 Adoptados por el SØptimo Congreso de las Naciones Unidas sobre Prevenci n del Delito y
Tratamiento del Delincuente, celebrado en MilÆn del 26 de agosto al 6 de septiembre de 1985, y
confirmados por la Asamblea General en sus resoluciones 40/32 de 29 de noviembre de 1985 y
40/146 de 13 de diciembre de 1985.
44 Adoptadas por el Octavo Congreso de las Naciones Unidas sobre Prevenci n del Delito y
Tratamiento del Delincuente, celebrado en La Habana del 27 de agosto al 7 de septiembre de
1990.
-20-
momento actuarÆn con libertad y diligencia, de conformidad con la ley y las reglas y normas
Øticas reconocidas que rigen su profesi n"45.
51. Existen claros v nculos entre los conceptos de derechos humanos y el arraigado principio
de la Øtica en la atenci n de salud. Las obligaciones Øticas de los profesionales de la salud se
articulan en tres niveles que quedan reflejados en los documentos de las Naciones Unidas de la
misma forma que lo estÆn con respecto a la profesi n jur dica. Forman asimismo parte de las
declaraciones emitidas por organizaciones internacionales representativas de los profesionales de
la salud, como la Asociaci n MØdica Mundial, la Asociaci n PsiquiÆtrica Mundial y el Consejo
Internacional de Enfermeras46. Las asociaciones mØdicas nacionales y las organizaciones de
enfermeras tambiØn establecen c digos deontol gicos que sus miembros deben respetar. La
premisa fundamental de toda Øtica de atenci n de la salud, cualquiera que sea la forma en que se
enuncie, es el deber fundamental de actuar siempre en el interØs del paciente, sean cuales fueren
las limitaciones, presiones u obligaciones contractuales. En algunos pa ses ciertos principios de
Øtica mØdica, como el de la confidencialidad entre mØdico y paciente, estÆn incorporados en
la legislaci n nacional. Incluso cuando los principios de la Øtica no estÆn legalmente
establecidos de este modo, todos los profesionales de la salud estÆn moralmente obligados a
respetar las normas establecidas por sus rganos profesionales. Si se apartan de esas normas sin
una justificaci n razonable se los considera culpables de mala conducta profesional. 1.
Declaraciones de las Naciones Unidas en relaci n con los profesionales de la salud
52. El personal de salud que trabaja en los sistemas penitenciarios, como todas las demÆs
personas que trabajan en ellos, estÆn obligados a observar las Reglas m nimas para el
tratamiento de los reclusos, en las que se exige que todos los reclusos, sin discriminaci n, tengan
acceso a servicios mØdicos, incluidos servicios psiquiÆtricos, y que un mØdico visite
diariamente a todos los reclusos que estØn enfermos o soliciten tratamiento 47. Estas exigencias
vienen a reforzar la obligaci n Øtica de los mØdicos, que se expone a continuaci n de tratar a los
pacientes a los que tienen el deber de atender y actuar de acuerdo con sus mejores intereses.
AdemÆs, las Naciones Unidas se han ocupado espec ficamente de las obligaciones Øticas de los
mØdicos y otros profesionales de la salud en los Principios de tica MØdica aplicables a la funci
n del personal de salud, especialmente los mØdicos, en la protecci n de personas presas y
detenidas contra la tortura y otros tratos o penas crueles, inhumanos o degradantes 48. En estos
principios queda bien claro que los profesionales de la salud tienen el deber moral de proteger la
47 Reglas m nimas para el tratamiento de los reclusos y procedimientos para la aplicaci n efectiva
de las Reglas m nimas, adoptadas por las Naciones Unidas en 1955.
48 Adoptados por la Asamblea General en 1982.
-21-
salud f sica y mental de los detenidos. En particular, se les proh be utilizar sus conocimientos y
tØcnicas de medicina de modo alguno que sea contrario a las declaraciones internacionales de
derechos de la persona49. En particular, el participar activa o pasivamente en la tortura o
condonarla de cualquier forma que sea constituye una grave violaci n de la Øtica de atenci n de
la salud.
53. "Participar en la tortura" comprende actos como el evaluar la capacidad de un sujeto para
resistir a los malos tratos; el hallarse presente ante malos tratos, supervisarlos o infligirlos; el
reanimar a la persona de manera que se la pueda seguir maltratando o el dar un tratamiento
mØdico inmediatamente antes, durante o despuØs de la tortura por instrucciones de aquellos que
probablemente son responsables de ella; el transmitir a torturadores conocimientos profesionales
o informaci n acerca de la salud personal de la persona; el descartar pruebas intencionalmente y
falsificar documentos como informes de autopsia y certificados de defunci n 50. Los principios de
las Naciones Unidas incorporan ademÆs una de las normas fundamentales de la Øtica de atenci
n de la salud al seæalar que la œnica relaci n Øtica entre los reclusos y los profesionales de la
salud es la destinada a evaluar, proteger y mejorar la salud de los presos. As , pues, la evaluaci n
del estado de salud de un detenido con el fin de facilitar su castigo o tortura es manifiestamente
contraria a la Øtica profesional.
-22-
Internacional de Medicina IslÆmica insisti en ese mismo punto en su Declaraci n de Kuwait 53,
por la que proh be a los mØdicos permitir que sus conocimientos especializados se utilicen para
lesionar, destruir o daæar el cuerpo, la mente o el esp ritu, por cualquier raz n militar o pol tica
que sea. La directiva sobre el rol de la enfermera en la atenci n de detenidos y presos 54 contiene
disposiciones anÆlogas para las enfermeras.
55. Los profesionales de la salud tienen ademÆs el deber de apoyar a los colegas que se
oponen abiertamente a la violaci n de los derechos humanos. El no hacerlo supone no s lo
vulnerar los derechos de los pacientes y contradecir las declaraciones citadas sino ademÆs
desacreditar a las profesiones de la salud. La deshonra de la profesi n se considera un
comportamiento profesional de extrema gravedad. La resoluci n de la Asociaci n MØdica
Mundial sobre los derechos humanos55 pide a todas las asociaciones mØdicas nacionales que
examinen la situaci n de los derechos humanos en sus propios pa ses y se aseguren de que los
mØdicos no oculten pruebas de abusos por mucho que teman a las represalias. Pide a los rganos
nacionales que den claras instrucciones, en particular a los mØdicos que trabajan en el sistema
penitenciario, para que protesten contra las presuntas violaciones de derechos humanos y
establezcan un sistema eficaz para investigar las actividades inmorales de los mØdicos en la
esfera de los derechos humanos. Les pide asimismo que den apoyo a los mØdicos que llamen la
atenci n sobre las violaciones de los derechos humanos. La ulterior Declaraci n de Hamburgo 56
de la Asociaci n MØdica Mundial reafirma la responsabilidad que incumbe a los individuos y a
los grupos mØdicos organizados de todo el mundo de estimular a los mØdicos a que se resistan a
la tortura o a toda presi n para que actœen en contra de los principios Øticos. Pide que los
mØdicos se expresen en contra de los malos tratos e insta a las organizaciones mØdicas
nacionales e internacionales a que den su apoyo a los mØdicos que se resistan a tales presiones.
56. El tercer nivel de articulaci n de los principios Øticos es el de los c digos nacionales. Estos c
digos reflejan los mismos valores fundamentales ya mencionados, dado que toda Øtica mØdica
es expresi n de valores comunes a todos los facultativos. En prÆcticamente todas las culturas y
c digos, se parte de las mismas premisas respecto de los deberes de evitar el daæo, ayudar al
enfermo, proteger al vulnerable y no discriminar entre pacientes sobre base alguna que no sea la
urgencia de sus necesidades mØdicas. IdØnticos valores aparecen en los c digos relativos a la
profesi n de la enfermer a. Pero un aspecto problemÆtico de los principios Øticos es que no dan
unas normas definitivas para cada dilema sino que requieren un cierto grado de interpretaci n. Al
ponderar dilemas Øticos es esencial que los profesionales de la salud tengan en cuenta las
obligaciones morales fundamentales expresadas en sus valores profesionales comunes, pero
55 Adoptada en 1990.
56 Adoptada en 1997.
-23-
tambiØn que las pongan en prÆctica de una forma que refleje el deber bÆsico de evitar que se
haga daæo a sus pacientes.
58. El deber de dar asistencia se enuncia de diversas formas en los diferentes c digos y
declaraciones nacionales e internacionales. Un aspecto de este deber es la obligaci n mØdica de
atender a los necesitados de asistencia mØdica. Esto se refleja en el C digo de tica MØdica de la
Asociaci n MØdica Mundial57, que reconoce la obligaci n moral del mØdico de prestar sus
servicios en caso de urgencia como un deber humanitario. Del deber de responder a la necesidad
y el sufrimiento se hacen eco asimismo las declaraciones tradicionales hechas en casi todas las
culturas.
59. Gran parte de la Øtica mØdica moderna se sustenta en los principios establecidos en las
primeras declaraciones de valores profesionales que exigen a los mØdicos que presten sus
servicios incluso cuando ellos mismos se expongan a un cierto riesgo. Por ejemplo, el Caraka
Samhita, c digo hindœ que data del siglo primero de nuestra era, da al mØdico las siguientes
instrucciones: "EntrØgate de cuerpo y alma al alivio de tus pacientes, nunca abandones ni daæes
a tu paciente para salvar tu vida o tu forma de vivir". Instrucciones similares se dan en los
antiguos c digos islÆmicos y en la moderna Declaraci n de Kuwait, que exige a los mØdicos que
se ocupen de los necesitados, "estØn cerca o lejos, sean justos o pecadores, sean amigos o
enemigos".
60. Los valores mØdicos occidentales han estado dominados por la influencia del Juramento
de Hip crates y votos similares, como la Plegaria de Maim nides. El juramento hipocrÆtico
constituye una solemne promesa de solidaridad con los demÆs mØdicos y el compromiso de
beneficiar y atender a los pacientes evitÆndoles todo daæo. Contiene ademÆs la promesa de
mantener la confidencialidad. Estos cuatro conceptos se reflejan de diversas formas, en todos los
c digos deontol gicos modernos de la atenci n de salud. La Declaraci n de Ginebra de la Asociaci
n MØdica Mundial58 es una reafirmaci n moderna de los valores hipocrÆticos. Es una promesa
57 Adoptado en 1949.
58 Adoptada en 1948.
61
Adoptada en 1986.
-24-
que hacen los mØdicos de considerar que la salud de sus pacientes es su consideraci n primordial
y de consagrarse al servicio de la humanidad con conciencia y dignidad.
62. Otra forma como la Asociaci n MØdica Mundial expresa el deber asistencial es el
reconocimiento de los derechos de los pacientes. Su Declaraci n de Lisboa sobre los Derechos
del Paciente59 reconoce que toda persona tiene derecho, sin discriminaci n, a una atenci n mØdica
apropiada y reitera que el mØdico debe actuar siempre en el mejor interØs del paciente. Segœn
la Declaraci n, debe garantizarse la autonom a y la justicia con el paciente, y tanto los mØdicos
como otras personas que proporcionan atenci n mØdica deben respetar los derechos de los
pacientes. "Cuando la legislaci n, una medida del gobierno o cualquier otra administraci n o
instituci n niega estos derechos al paciente, los mØdicos deben buscar los medios apropiados
para asegurÆrselos o restablecerlos". Toda persona tiene derecho a una atenci n de salud
apropiada, independientemente de factores como origen Øtnico, ideas pol ticas, nacionalidad,
gØnero, religi n o mØritos individuales. Las personas acusadas o condenadas por delitos tienen
el mismo derecho moral a una atenci n mØdica y de enfermer a adecuada. La Declaraci n de
Lisboa de la Asociaci n MØdica Mundial pone de relieve que el œnico criterio aceptable para
discriminar entre los pacientes es el de la urgencia relativa de sus necesidades mØdicas.
2. Consentimiento informado
63. Todas las declaraciones relativas al deber asistencial ponen de relieve la obligaci n de
actuar en el mejor interØs del individuo que estÆ siendo examinado o tratado, lo cual presupone
que los profesionales de la salud saben quØ es lo mejor para el paciente. Un precepto
59 Adoptada por la Asociaci n MØdica Mundial en 1981; enmendada por la 47“ Asamblea
General de la Asociaci n en septiembre de 1995.
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absolutamente fundamental de la Øtica mØdica moderna es que son los propios pacientes
quienes mejor pueden determinar sus propios intereses. Esto requiere que los profesionales de la
salud den prioridad normalmente a los deseos de un paciente adulto y competente y no a la opini
n de cualquier persona con autoridad acerca de quØ ser a lo mejor para esa persona. Cuando el
paciente estØ inconsciente o por cualquier otra raz n sea incapaz de dar un consentimiento
vÆlido, el profesional de salud deberÆ atenerse a su propio juicio acerca de c mo proteger y
promover el mejor interØs de la persona. Se espera que enfermeras y mØdicos actœen en
defensa de sus pacientes y esta idea se expresa claramente en declaraciones como la Declaraci n
de Lisboa de la Asociaci n MØdica Mundial y la Declaraci n del Consejo Internacional de
Enfermeras sobre el papel de la enfermera en la salvaguardia de los derechos humanos60.
60 Adoptada en 1983.
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absoluto y se puede suspender Øticamente en circunstancias excepcionales cuando el no hacerlo
podr a previsiblemente provocar graves daæos a personas o graves perturbaciones a la justicia.
En general, el deber de confidencialidad respecto de la informaci n identificable sobre el estado
de salud de un paciente s lo puede suspenderse con la autorizaci n expresa de Øste 61. Una
informaci n no identificable sobre algœn paciente se puede utilizar libremente con otros fines, de
preferencia en situaciones en las que no sea esencial revelar la identidad del paciente. Este
puede ser el caso, por ejemplo, en el acopio de datos sobre las caracter sticas generales de la
tortura o los malos tratos. El dilema se plantea cuando el profesional de la salud se ve
presionado o requerido por la ley para que revele informaci n identificable que pueda poner en
peligro a un paciente. En esos casos prima la obligaci n Øtica fundamental de respetar la
autonom a y los mejores intereses del paciente, as como hacer el bien y evitar daæarle. Esta
obligaci n prima sobre todas las demÆs consideraciones. Los mØdicos deben dejar claro ante el
tribunal o ante la autoridad que exige informaci n que estÆ obligado por su deber profesional de
confidencialidad. Los profesionales de la salud que responden de esta forma tienen derecho a
obtener el apoyo de su asociaci n profesional y de sus colegas. AdemÆs, durante per odos de
conflicto armado, el derecho internacional humanitario protege espec ficamente la
confidencialidad entre mØdico y paciente, exigiendo a los mØdicos que no denuncien a las
personas que estÆn enfermas o heridas62. En tales situaciones, los profesionales de la salud
estÆn protegidos en el sentido de que no se les puede obligar a revelar informaci n sobre sus
pacientes.
66. Los profesionales de la salud tienen una doble obligaci n, una obligaci n principal ante el
paciente de promover sus mejores intereses, y una obligaci n general ante la sociedad de asegurar
que se haga justicia e impedir las violaciones de los derechos humanos. Los dilemas que plantea
esta doble obligaci n son particularmente agudos entre los profesionales de la salud que trabajan
para la polic a, el ejØrcito u otros servicios de seguridad, o para el sistema penitenciario. Los
intereses de su empleador y de sus colegas no mØdicos pueden entrar en colisi n con los mejores
intereses de los pacientes detenidos. Cualesquiera que sean las circunstancias de su empleo, todo
profesional de la salud tiene el deber fundamental de cuidar a las personas a las que se le pide
que examine o trate. No pueden ser obligados ni contractualmente ni por ninguna otra
consideraci n a comprometer su independencia profesional. Es preciso que realicen una evaluaci
n objetiva de los intereses de la salud de sus pacientes y actœen en consecuencia.
61 Salvo en caso de exigencias de salud pœblica, como la de notificar el nombre de las personas
que padecen enfermedades infecciosas, toxicoman a, trastornos mentales, etc.
62 Art culo 16 del Protocolo I (1977) y art culo 10 del Protocolo II (1977), adicionales a los
Convenios de Ginebra de 1949.
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1. Principios orientadores de todos los mØdicos con doble obligaci n
67. En todos los casos en los que los mØdicos actœan en nombre de otra parte, tienen la obligaci
n de asegurarse de que el paciente comprende la situaci n 63. El mØdico debe identificarse ante
los pacientes y explicarles el objetivo de su examen o tratamiento. Incluso si se trata de mØdicos
nombrados y pagados por un tercero, siguen teniendo la indiscutible obligaci n de cuidar a todo
paciente que examinen o traten. Deben negarse a seguir cualquier procedimiento que pueda
daæar al paciente o dejarle f sica o psicol gicamente vulnerable a cualquier daæo. Deben
asegurarse de que sus condiciones contractuales les dejan la independencia profesional necesaria
para sus juicios cl nicos. El mØdico debe asegurarse de que toda persona detenida tenga acceso
a todo examen y tratamiento mØdicos que necesite. Cuando el detenido es un menor o un adulto
vulnerable, el mØdico tiene el deber adicional de actuar como defensor. Los mØdicos
mantienen siempre su deber de confidencialidad de tal forma que no deben revelar informaci n
sin conocimiento del paciente. Deben asegurarse de que sus expedientes mØdicos se mantienen
confidenciales. Tienen el deber de vigilar los servicios en que participan y denunciarlos cuando
actœen de forma contraria a la Øtica, abusiva, inadecuada o peligrosa para la salud de los
pacientes. En estos casos tienen el deber Øtico de adoptar medidas en el acto ya que si no dan a
conocer de inmediato su posici n, mÆs tarde les puede resultar mÆs dif cil protestar. Deben
comunicar el asunto a las autoridades competentes o a organismos internacionales que puedan
realizar una investigaci n, pero sin exponer a los pacientes o a sus familias o exponerse a s
mismos a graves riesgos previsibles. Los mØdicos y las asociaciones profesionales deben dar su
apoyo a los colegas que adopten esas medidas sobre la base de pruebas razonables.
68. Cuando la Øtica y la ley estÆn en contradicci n pueden plantearse dilemas. Pueden darse
circunstancias en las que el deber Øtico obligue al profesional de la salud a desacatar una
determinada ley, como, por ejemplo, una obligaci n legal de revelar informaci n mØdica
confidencial acerca de un paciente. Las declaraciones internacionales y nacionales de preceptos
Øticos mantienen un consenso en el sentido de que otros imperativos, incluida la ley, no pueden
obligar al profesional de la salud a actuar en contra de la Øtica mØdica y de su conciencia. En
esos casos, el profesional de la salud deberÆ negarse a cumplir una ley o un reglamento para no
comprometer los preceptos Øticos bÆsicos o exponer a sus pacientes a un grave peligro.
69. Existen casos en los que dos obligaciones Øticas entran en conflicto. Los c digos
internacionales y los principios Øticos exigen que se notifique a un rgano responsable toda
informaci n relativa a torturas o malos tratos. En ciertas jurisdicciones, esto es tambiØn un
requisito legal. Pero en ciertos casos los pacientes pueden negarse a dar su consentimiento para
ser examinados con ese fin o para que se revele a otros la informaci n obtenida mediante su
examen. Pueden temer que haya represalias contra ellos mismos o sus familias. En tales
situaciones, el profesional de la salud se encuentra ante una doble responsabilidad: ante el
paciente y ante la sociedad en general, que tiene interØs por asegurar que se haga justicia y que
63 Estos principios estÆn tomados de Doctors with Dual Obligations, Londres, British Medical
Association, 1995.
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todo responsable de malos tratos sea sometido a juicio. El principio fundamental de evitar el
daæo debe figurar en primer plano cuando se plantean esos dilemas. El profesional de la salud
deberÆ buscar soluciones que promuevan la justicia sin violar el derecho de confidencialidad
que asiste al individuo. Se pedirÆ consejo a organismos de confianza; en ciertos casos, puede
tratarse de la asociaci n mØdica nacional o de organizaciones no gubernamentales. Otra
posibilidad es que, con apoyo y aliento, algunos pacientes reacios lleguen a acceder a que el
asunto se revele dentro de unos l mites acordados.
70. Las obligaciones Øticas de un mØdico pueden variar segœn el contexto del encuentro
entre mØdico y paciente y la posibilidad de que el paciente pueda libremente adoptar su decisi n
en cuanto a la revelaci n de informaciones. Por ejemplo, cuando el mØdico y el paciente se
encuentren en una situaci n claramente terapØutica, como la atenci n en el medio hospitalario, el
mØdico tiene el firme imperativo moral de preservar las normas habituales de confidencialidad
que normalmente prevalecen en la relaci n terapØutica. El revelar pruebas de tortura obtenidas
en tales encuentros es totalmente aceptable en la medida en que el paciente no lo proh ba. Los
mØdicos deben revelar esas pruebas si el paciente lo pide o da para ello su consentimiento
debidamente informado. El mØdico darÆ su apoyo al paciente en la adopci n de tales
decisiones.
71. Los mØdicos forenses tienen una relaci n distinta con las personas a las que examinan y,
en general, tienen la obligaci n de comunicar objetivamente sus observaciones. El paciente tiene
menos poder y capacidad de elecci n en tales situaciones y tambiØn es posible que no pueda
decir abiertamente quØ es lo que ha ocurrido. Antes de iniciar el examen, el mØdico forense
explicarÆ cuÆles son sus funciones al paciente y dejarÆ bien claro que normalmente la
confidencialidad mØdica no forma parte de ellas, como suceder a en un contexto terapØutico.
Es posible que la reglamentaci n no permita que el paciente se niegue a ser examinado, pero Øste
tiene la posibilidad de elegir si revela o no cuÆl ha sido la causa de cualquier lesi n que se
observe. Los mØdicos forenses no pueden falsificar sus informes pero deben exponer datos
imparciales, incluido el dejar bien claro en sus informes que hay pruebas de malos tratos 64.
72. Los mØdicos de las prisiones son en primer lugar proveedores de tratamiento, pero tienen
asimismo la funci n de examinar a los detenidos que llegan a la prisi n tras la custodia policial.
En esta funci n o en el tratamiento de personas recluidas pueden descubrir pruebas de violencia
inaceptable que los propios presos no estØn realmente en posici n de denunciar. En tales casos,
los mØdicos deben tomar en consideraci n cuÆles son los mejores intereses del paciente y su
deber de confidencialidad frente a esa persona, pero existen tambiØn fuertes argumentos morales
para que el mØdico denuncie la evidencia de malos tratos, ya que con frecuencia los propios
presos son incapaces de hacerlo efectivamente. Cuando los presos estÆn de acuerdo en la
revelaci n, no existe ningœn conflicto y hay una evidente obligaci n moral. Pero si el recluso se
niega a permitir que se revele el hecho, el mØdico debe ponderar el riesgo y el peligro potencial
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para ese paciente concreto contra los beneficios que para la poblaci n penitenciaria en general y
para los intereses de la sociedad puede reportar el prevenir que se perpetœen esos abusos.
73. AdemÆs, los profesionales de la salud deben tener en cuenta que notificar esos abusos a
las autoridades en cuya jurisdicci n se supone que han sucedido puede implicar riesgos de daæos
para el paciente o para otros, incluido "el chivato". Los mØdicos nunca deben poner
conscientemente a nadie en peligro de represalias. No estÆn exentos de adoptar medidas pero
deben hacerlo con discreci n y deben considerar la posibilidad de transmitir la informaci n a un
organismo responsable ajeno a la jurisdicci n inmediata o, si ello no implica riesgos previsibles
para los profesionales de la salud y sus pacientes, notificarlo de manera no identificable.
Evidentemente, si se adopta esta œltima soluci n, los profesionales de la salud deben tener en
cuenta la posibilidad de que se ejerzan presiones sobre ellos para que revelen los datos que
permitan una identificaci n o la posibilidad de que se les requisen por la fuerza los expedientes
mØdicos. Aunque no hay soluciones fÆciles, el profesional de la salud deberÆ guiarse siempre
por el mandamiento bÆsico de evitar el daæo por encima de todas las demÆs consideraciones y,
cuando sea posible, pedir consejo a organismos mØdicos nacionales o internacionales.
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Cap tulo III INVESTIGACI N LEGAL DE LA TORTURA
74. El derecho internacional obliga a los Estados a investigar con prontitud e imparcialidad
todo caso de tortura que se notifique. Cuando la informaci n disponible lo justifique, el Estado
en cuyo territorio se encuentra una persona que presuntamente haya cometido actos de tortura o
participado en ellos, deberÆ bien extraditar al sujeto a otro Estado que tenga la debida jurisdicci
n o bien someter el caso a sus propias autoridades competentes con fines de procesar al autor de
conformidad con el derecho penal nacional o local. Los principios fundamentales de toda
investigaci n viable sobre casos de tortura son competencia, imparcialidad, independencia,
prontitud y minuciosidad. Estos elementos pueden adaptarse a cualquier sistema jur dico y
deberÆn orientar todas las investigaciones de presuntos casos de tortura.
75. Cuando los procedimientos de investigaci n sean inadecuados por falta de recursos o de
pericia, falta de imparcialidad, un cuadro manifiesto de abusos u otras razones sustanciales, los
Estados procederÆn a las investigaciones valiØndose de una comisi n de indagaci n
independiente o algœn otro procedimiento similar. Los miembros de esa comisi n serÆn
seleccionados a t tulo personal por su imparcialidad, competencia e independencia reconocidas.
En particular, deberÆn ser independientes de toda instituci n, agencia o persona que pueda ser
objeto de la indagaci n.
77. El objetivo general de la investigaci n consiste en aclarar los hechos en relaci n con presuntos
casos de tortura, con miras a identificar a los responsables de los hechos y facilitar su
procesamiento o a utilizar la informaci n en el contexto de otros procedimientos dirigidos a
obtener reparaci n para las v ctimas. Las cuestiones que aqu se tratan pueden asimismo ser de
interØs para otros tipos de investigaciones sobre torturas. Para que este objetivo se cumpla serÆ
preciso que las personas encargadas de la investigaci n puedan, por lo menos, tratar de obtener
declaraciones de las v ctimas de la presunta tortura; recuperar y preservar las pruebas, incluidas
pruebas mØdicas, en relaci n con las presuntas torturas para ayudar en el eventual procesamiento
de los responsables; identificar a posibles testigos y obtener sus declaraciones con respecto a la
presunta tortura; y determinar c mo, cuÆndo y d nde se han producido los presuntos hechos de
tortura, as como cualquier tipo de pauta o prÆctica que pueda haber dado lugar a la tortura.
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B. Principios relativos a la investigaci n y documentaci n eficaces
de la tortura y otros tratos o penas crueles, inhumanos o
degradantes
78. Los principios que a continuaci n se exponen representan un consenso entre individuos y
organizaciones especializados en la investigaci n de casos de tortura. Entre los objetivos de la
investigaci n y documentaci n eficaces de la tortura y otros tratos o penas crueles, inhumanos o
degradantes (en lo sucesivo "torturas u otros malos tratos") se cuentan los siguientes:
b) Determinar las medidas necesarias para impedir que se repitan estos actos;
79. Los Estados velarÆn por que se investiguen con prontitud y eficacia las quejas o
denuncias de torturas o malos tratos. Incluso cuando no exista denuncia expresa, deberÆ
iniciarse una investigaci n si existen otros indicios de eventuales torturas o malos tratos. Los
investigadores, que serÆn independientes de los presuntos autores y del organismo al que Østos
pertenezcan, serÆn competentes e imparciales. TendrÆn autoridad para encomendar
investigaciones a expertos imparciales, mØdicos o de otro tipo, y podrÆn acceder a sus
resultados. Los mØtodos utilizados para llevar a cabo estas investigaciones tendrÆn el mÆximo
nivel profesional, y sus conclusiones se harÆn pœblicas.
Los presuntos implicados en torturas o malos tratos serÆn apartados de todos los puestos que
entraæen un control o poder directo o indirecto sobre los querellantes, los testigos y sus familias,
as como sobre quienes practiquen las investigaciones.
65 En ciertas circunstancias, la Øtica profesional puede exigir que la informaci n tenga carÆcter
confidencial, lo cual debe respetarse.
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81. Las presuntas v ctimas de torturas o malos tratos y sus representantes legales serÆn
informados de las audiencias que se celebren, y tendrÆn acceso a ellas, as como a toda la
informaci n pertinente a la investigaci n, y tendrÆn derecho a presentar otras pruebas.
82. En los casos en que los procedimientos de investigaci n establecidos resulten insuficientes
debido a la falta de competencia tØcnica o a una posible falta de imparcialidad, o a indicios de la
existencia de una conducta abusiva habitual, o por otras razones fundadas, los Estados velarÆn
por que las investigaciones queden a cargo de una comisi n independiente u otro procedimiento
anÆlogo. Los miembros de esa comisi n serÆn elegidos en funci n de su acreditada
imparcialidad, competencia e independencia personales. En particular, deberÆn ser
independientes de cualquier presunto culpable y de las instituciones u organismos a que
pertenezcan. La comisi n estarÆ facultada para obtener toda la informaci n necesaria para la
investigaci n, que llevarÆ a cabo conforme a lo establecido en estos principios 66. Se redactarÆ,
en un plazo razonable, un informe en el que se expondrÆn el alcance de la investigaci n, los
procedimientos y mØtodos utilizados para evaluar las pruebas, as como conclusiones y
recomendaciones basadas en los hechos determinados y en la legislaci n aplicable. El informe se
publicarÆ de inmediato. En Øl se detallarÆn tambiØn los hechos concretos establecidos por la
investigaci n, as como las pruebas en que se basen las conclusiones, y se enumerarÆn los
nombres de los testigos que hayan prestado declaraci n, a excepci n de aquellos cuya identidad
no se haga pœblica para protegerlos. El Estado responderÆ en un plazo razonable al informe de
la investigaci n y, cuando proceda, indicarÆ las medidas que hayan de adoptar al respecto.
83. Los expertos mØdicos que participen en la investigaci n de torturas o malos tratos se
conducirÆn en todo momento conforme a las normas Øticas mÆs estrictas y, en particular,
obtendrÆn el libre consentimiento de la persona antes de examinarla. Los exÆmenes deberÆn
respetar las normas establecidas de la prÆctica mØdica. Concretamente, se llevarÆn a cabo en
privado bajo control del experto mØdico y nunca en presencia de agentes de seguridad u otros
funcionarios del gobierno. El experto mØdico redactarÆ lo antes posible un informe fiel que
deberÆ incluir al menos los siguientes elementos:
b) Los hechos expuestos. Exposici n detallada de los hechos relatados por el sujeto
durante la entrevista, incluidos los presuntos mØtodos de tortura o malos tratos, el
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momento en que se produjeron los actos de tortura o malos tratos y cualquier s ntoma
f sico o psicol gico que afirme padecer el sujeto.
c) Examen f sico y psicol gico. Descripci n de todas las observaciones f sicas y psicol
gicas del examen cl nico, incluidas las pruebas de diagn stico correspondientes y,
cuando sea posible, fotograf as en color de todas las lesiones.
d) Opini n. Una interpretaci n de la relaci n probable entre los s ntomas f sicos y psicol
gicos y las posibles torturas o malos tratos. Recomendaci n de un tratamiento
mØdico y psicol gico o de nuevos exÆmenes.
85. Cuando se sospeche que funcionarios pœblicos estÆn implicados en actos de tortura,
incluida la posibilidad de que hayan ordenado o tolerado el uso de la tortura, ministros, adjuntos
ministeriales, funcionarios que actœen con conocimiento de los ministros, funcionarios
superiores de ministerios estatales o altos jefes militares, no podrÆ realizarse una investigaci n
objetiva e imparcial a menos que se cree una comisi n especial de indagaci n. TambiØn puede
ser necesaria una comisi n de este tipo cuando se ponga en tela de juicio la experiencia o la
imparcialidad de los investigadores.
86. Entre los factores en que puede sustentarse la idea de que el Estado estÆ implicado en la
tortura o de que existen circunstancias especiales que justifican la creaci n de un mecanismo
especial imparcial de investigaci n figuran:
a) Cuando la v ctima haya sido vista por œltima vez en buenas condiciones de salud,
detenida o bajo custodia policial;
b) Cuando el modus operandi sea conocido e identificable con las prÆcticas de tortura
patrocinadas por el Estado;
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c) Cuando agentes del Estado o personas asociadas al Estado hayan tratado de obstruir o
retrasar la investigaci n de la tortura;
87. Cuando el Estado decida establecer una comisi n independiente de indagaci n deberÆn
tenerse en cuenta varias consideraciones. Primero, a las personas objeto de investigaci n se les
han de conceder las m nimas garant as procesales amparadas por el derecho internacional en
todas las fases de la investigaci n. Segundo, los investigadores deberÆn contar con el apoyo del
personal tØcnico y administrativo adecuado, ademÆs de tener acceso a un asesoramiento jur
dico objetivo e imparcial, a fin de asegurar que la investigaci n se materialice en pruebas que
sean admisibles en un procedimiento penal. Tercero, los investigadores deberÆn recibir el pleno
apoyo de los recursos y potestades del Estado. Por œltimo, los investigadores tendrÆn la
facultad de pedir ayuda a la comunidad internacional de expertos en derecho y medicina.
88. Dada la naturaleza de los casos de tortura y el trauma que la persona sufre como
consecuencia, que suele conllevar una devastadora sensaci n de impotencia, es particularmente
importante dar muestras de sensibilidad ante la presunta v ctima de tortura y demÆs testigos. El
Estado tiene la obligaci n de proteger a las v ctimas de la tortura, los testigos y sus familias
contra toda violencia, amenaza de violencia o cualquier otra forma de intimidaci n en el curso de
la investigaci n. Los investigadores informarÆn a los testigos sobre las consecuencias que puede
tener su participaci n en la investigaci n y tambiØn sobre cualquier nuevo elemento del caso que
podr a afectarlos.
89. Siempre que sea posible y desde el primer momento se informarÆ a la presunta v ctima de la
naturaleza del procedimiento, la raz n por la cual se solicita su testimonio, y si y c mo se
utilizarÆ la informaci n facilitada por la presunta v ctima. Los investigadores explicarÆn al
sujeto quØ partes de la investigaci n serÆn de dominio pœblico y cuÆles van a mantenerse
confidenciales. El sujeto tiene derecho a negarse a cooperar con la totalidad o con parte de la
investigaci n. Se harÆ todo lo posible por acomodar todo el proceso a su disponibilidad de
tiempo y a sus deseos. A la presunta v ctima de tortura se le mantendrÆ regularmente informada
sobre el progreso de la investigaci n. TambiØn se le notificarÆn todas las audiencias
importantes que se realicen en la investigaci n y el procesamiento del caso. Los investigadores
informarÆn a la presunta v ctima de la detenci n del presunto culpable. A las supuestas v ctimas
de tortura se les darÆ informaci n para que puedan ponerse en contacto con grupos de defensa y
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tratamiento que puedan ayudarlas. Los investigadores trabajarÆn junto con los grupos de
defensa de su jurisdicci n para asegurarse de que haya un intercambio mutuo de informaci n y de
formaci n con respecto a la tortura.
90. Las autoridades investigadoras del caso deberÆn designar al principal responsable de
interrogar a la presunta v ctima. Aunque Øste pueda necesitar examinar el caso junto con
profesionales jur dicos y tambiØn mØdicos, el equipo investigador deberÆ hacer todo lo posible
por evitar repeticiones innecesarias de la historia de la persona. Al seleccionar a una persona
como investigador principal encargado espec ficamente de la presunta v ctima y de torturas, se
prestarÆ atenci n particular a la preferencia de Østa por una persona del mismo sexo, del mismo
medio cultural o con la que pueda comunicarse en su idioma materno. El investigador principal
deberÆ tener formaci n o experiencia en documentaci n de la tortura y en el trabajo con v ctimas
de traumas, incluida la tortura. Cuando no se disponga de un investigador que tenga una formaci
n previa o experiencia, antes de entrevistar al sujeto el investigador principal deberÆ hacer todo
lo posible por informarse acerca de la tortura y sus consecuencias f sicas y psicol gicas. Puede
obtenerse informaci n sobre esta materia de diversas fuentes, como este manual, varias
publicaciones profesionales y didÆcticas, cursos de formaci n y conferencias profesionales.
AdemÆs, durante toda la investigaci n el investigador deberÆ tener acceso al asesoramiento y la
asistencia de expertos internacionales.
c) Contexto de la investigaci n
91. Los investigadores deberÆn estudiar con todo cuidado el contexto en el que actœan,
tomando las precauciones necesarias y, en consecuencia, ofreciendo las salvaguardias oportunas.
Si han de interrogar a personas que aœn se hallan en prisi n o en situaciones similares en las que
podr an sufrir represalias, los entrevistadores tendrÆn gran cuidado de no ponerlas en peligro.
Cuando el hecho de hablar con un investigador pueda poner en peligro a alguien, en lugar de una
entrevista individual se preferirÆ una "entrevista en grupo". En otros casos, el entrevistador
buscarÆ un lugar en el que pueda mantener una entrevista privada y donde el testigo se sienta
seguro para hablar con toda libertad.
92. Las evaluaciones pueden desarrollarse en muy diversos contextos pol ticos. Por ello
pueden ser muy diferentes las formas en que Østas deben realizarse. TambiØn las normas jur
dicas a que estÆ sujeto el desarrollo de la investigaci n se ven afectadas por el contexto. Por
ejemplo, una investigaci n que culmina en el juicio de un presunto culpable requerirÆ el
mÆximo nivel de prueba, mientras que un informe en apoyo de una solicitud de asilo pol tico en
un tercer pa s s lo requerirÆ un nivel de prueba de torturas relativamente bajo. El investigador
deberÆ adaptar las siguientes directrices a la situaci n y el objetivo particulares de la evaluaci n.
A continuaci n se dan ejemplos de diversos contextos, sin que esta relaci n pueda considerarse
exhaustiva:
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i) En prisi n o detenci n en el pa s de origen del sujeto; ii) En prisi n o
verdad.
93. El contexto pol tico puede ser hostil hacia la v ctima y el examinador, por ejemplo,
cuando se estÆ entrevistando a detenidos que son mantenidos en prisi n por sus gobiernos o que
se hallan detenidos por gobiernos extranjeros para su deportaci n. En pa ses donde se examina a
solicitantes de asilo para hallar signos de tortura, puede haber una resistencia pol ticamente
motivada a reconocer las declaraciones de trauma y tortura. La posibilidad de poner en mayor
peligro la seguridad del detenido, puede ser muy real y debe tenerse en cuenta en toda evaluaci n.
Los investigadores deben actuar con sumo cuidado al ponerse en contacto con presuntas v ctimas
de torturas, incluso en casos en los que Østas no se encuentren en peligro inminente. El lenguaje
y la actitud que adopte el investigador influirÆ en gran medida sobre la capacidad y voluntad de
la v ctima para la entrevista. El lugar que se elija para la entrevista serÆ tan seguro y c modo
como sea posible, con acceso a instalaciones sanitarias y la posibilidad de tomar algœn refresco.
Se le dedicarÆ el tiempo suficiente y el investigador no ha de esperar que en una primera
entrevista pueda recoger la historia completa. Las preguntas de carÆcter privado van a ser
traumatizantes para la presunta v ctima. El investigador mostrarÆ sensibilidad en el tono que
utilice y la forma y secuencia en que formule las preguntas, dado el carÆcter traumÆtico que
para la presunta v ctima tiene su testimonio. A los testigos se les advertirÆ que en cualquier
momento pueden interrumpir el interrogatorio, tomar un descanso si lo necesitan u optar por no
responder a cualquier pregunta.
94. Siempre que sea posible deberÆn ponerse a disposici n de la presunta v ctima, de los
testigos y de los miembros del equipo investigador servicios psic logos y de profesionales
capacitados para trabajar con v ctimas de torturas. La narraci n de los detalles de la tortura puede
hacer que la persona reviva la experiencia o sufra otros s ntomas relacionados con el trauma
(vØase cap. IV, sec. H). El escuchar detalles acerca de la tortura puede provocar a los
investigadores s ntomas de trauma secundario por lo que debe estimulÆrseles a que discutan sus
reacciones entre ellos, naturalmente respetando los requisitos profesionales Øticos de
confidencialidad. Siempre que sea posible, esto se harÆ con la ayuda de un facilitador con
experiencia. Es preciso estar conscientes de que existen dos riesgos: primero, hay el peligro de
que el entrevistador pueda identificarse con el sujeto presuntamente torturado y no ser
suficientemente cr tico ante la historia que relata y, segundo, el entrevistador puede
acostumbrarse tanto a escuchar historias de tortura que llegue a minimizar las experiencias de la
persona entrevistada.
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d) Seguridad de los testigos
95. El Estado tiene la responsabilidad de proteger a las presuntas v ctimas, a los testigos y a
sus familias contra toda violencia, amenaza de violencia o cualquier otra forma de intimidaci n
que pueda producirse a ra z de la investigaci n. Las personas que puedan estar implicadas en los
actos de tortura deberÆn ser apartadas de todo cargo que suponga control o poder directo o
indirecto sobre los demandantes, los testigos y sus familias y los investigadores. Los
investigadores deberÆn tener en cuenta en todo momento los efectos que su investigaci n podr a
tener sobre la seguridad de la presunta v ctima de torturas y los demÆs testigos.
96. Una tØcnica que se propone para conferir una cierta seguridad a los entrevistados,
incluidos los que se encuentren presos en pa ses que se hallan en situaci n de conflicto, consiste
en anotar y mantener en seguridad las identidades de las personas visitadas de manera que los
investigadores puedan comprobar la seguridad de esas personas en una futura visita. Los
investigadores podrÆn hablar con quien deseen de forma libre y en privado, y se les permitirÆ
repetir sus visitas a esas mismas personas (de ah la necesidad de identificar a los entrevistados)
siempre que sea necesario. No todos los pa ses aceptan estas condiciones y los investigadores
pueden tropezar con dificultades para obtener garant as similares. Cuando parezca probable que
los testigos vayan a verse en peligro a causa de su testimonio, el investigador tratarÆ de hallar
otras fuentes de informaci n.
97. Los reclusos corren un peligro mayor que las personas que no estÆn detenidas. Los
presos pueden reaccionar de forma distinta ante diferentes situaciones. En algunas situaciones
pueden inadvertidamente ponerse en peligro al expresarse con excesiva vehemencia, pensando
que estÆn protegidos por la mera presencia del investigador "externo", cosa que podr a no ser
as . En otras situaciones, el investigador puede tropezarse contra una "muralla de silencio", pues
los reclusos estÆn demasiado intimidados como para confiar en nadie, por mucho que se les
haya advertido que las conversaciones son en privado. En este œltimo caso, puede ser necesario
comenzar con "entrevistas en grupo", de manera que se pueda explicar claramente el objeto y
prop sito de la investigaci n y a continuaci n ofrecer entrevistas en privado con las personas que
deseen hablar. Si el temor a las represalias, justificado o no, es demasiado grande, puede ser
necesario entrevistar a todos los reclusos en un determinado lugar de custodia de manera que no
se pueda seæalar a ninguna persona en concreto. Cuando una investigaci n conduzca a un
procesamiento o a un foro pœblico de esclarecimiento de la verdad, el investigador deberÆ
recomendar las medidas adecuadas para evitar todo daæo a la presunta v ctima valiØndose de
medios como el de suprimir de las actas pœblicas su nombre y demÆs informaci n que le
identifique, o bien ofrecer a la persona la posibilidad de testimoniar a travØs de dispositivos que
alteren la imagen o la voz, o por televisi n en circuito cerrado. Estas medidas deberÆn ser
compatibles con los derechos del acusado.
e) Utilizaci n de intØrpretes
98. El trabajar con un intØrprete cuando se investiga la tortura no es nada fÆcil, ni siquiera
tratÆndose de profesionales. No siempre se tendrÆn a mano intØrpretes para todos los posibles
dialectos e idiomas, por lo que a veces serÆ necesario recurrir a algœn miembro de la familia de
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la persona o de su grupo cultural. Esto no es lo ideal, pues es posible que el sujeto no se sienta
bien hablando de su experiencia de tortura por medio de personas que conoce. Lo mejor ser a
que el intØrprete formara parte del equipo de investigaci n y que fuese conocedor de las
cuestiones relativas a la tortura (vØanse cap. IV, sec. I y cap. VI, sec. C.2).
99. El investigador tratarÆ de obtener tanta informaci n como sea posible del testimonio de la
presunta v ctima (vØase cap. IV, sec. E):
ii) Las fechas y horas aproximadas de la tortura, con menci n del momento del œltimo acto
de tortura. Puede que esta informaci n sea dif cil de obtener ya que la tortura se ha
podido practicar en diversos lugares y con intervenci n de diversos agentes (o grupos de
agentes). A veces serÆ necesario recoger historias diferentes para los distintos lugares.
Las cronolog as casi siempre son inexactas y a veces bastante confusas; alguien que ha
sido torturado dif cilmente mantiene la noci n del tiempo. El recoger historias distintas
para los diferentes lugares puede ser œtil para poder obtener un cuadro global de la
situaci n. Es frecuente que los supervivientes no sepan exactamente ad nde se les llev ,
pues llevaban los ojos tapados o no estaban plenamente conscientes. Reuniendo distintos
testimonios convergentes, se podrÆ establecer una imagen de los distintos lugares,
mØtodos e incluso agentes.
iii) Una descripci n detallada de las personas que intervinieron en el arresto, la detenci n y la
tortura, por ejemplo si el sujeto conoc a a alguno de ellos antes de los hechos
relacionados con la presunta tortura, c mo iban vestidos, si ten an cicatrices, seæales de
nacimiento o tatuajes, su estatura, peso (la persona puede ser capaz de describir al
torturador en relaci n con su propia estatura), algœn detalle particular en cuanto a la
anatom a, el habla y el acento de los torturadores y si Østos se hallaban bajo la influencia
del alcohol o de las drogas en cualquier momento.
iv) QuØ es lo que se dijo o se pregunt a la persona. As puede obtenerse informaci n œtil
para la identificaci n de lugares de detenci n secretos o desconocidos.
vi) Una descripci n de los hechos de tortura, incluidos los mØtodos utilizados. Por supuesto,
esto suele ser dif cil y es preciso que el investigador sepa que probablemente no va a
obtener la historia completa en una sola entrevista. Es importante conseguir una
informaci n precisa, pero toda pregunta sobre humillaciones y agresiones ntimas va a ser
traumÆtica, con frecuencia en grado sumo.
vii) Si el sujeto ha sufrido una agresi n sexual. Ante estas preguntas la mayor parte de las
personas suelen pensar en la violaci n o la sodom a. El investigador debe saber que con
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frecuencia la v ctima no considera agresi n sexual las agresiones verbales, el
desnudamiento, el toqueteo, los actos obscenos o humillantes o los golpes o choques
elØctricos en los genitales. Todos estos actos violan la intimidad del sujeto y deben ser
considerados como parte de la agresi n sexual. Es muy frecuente que las v ctimas de
agresi n sexual no digan nada o incluso nieguen haberla sufrido. Es asimismo corriente
que la historia no se empiece a contar hasta la segunda o incluso la tercera entrevista, y
eso si se ha logrado un contacto empÆtico y sensible a la cultura y la personalidad del
sujeto.
viii) Las lesiones f sicas sufridas en el curso de la tortura. ix) Una descripci n de las
100. El investigador deberÆ registrar en cinta magnetof nica y hacer transcribir una declaraci n
detallada de la persona. La declaraci n se basarÆ en las respuestas que el sujeto dØ a preguntas
neutras, no sugerentes. Las preguntas no sugerentes no contienen suposiciones o conclusiones y
facilitan el que la persona ofrezca el testimonio mÆs completo y objetivo. Por ejemplo, una
pregunta no sugerente ser a "¿quØ le sucedi y d nde?" en lugar de "¿lo torturaron mientras estaba
en prisi n?" Esta œltima pregunta presupone que lo que le sucedi al testigo es que lo torturaron y
limita el lugar de la acci n a una prisi n. Deben evitarse asimismo las preguntas a base de listas,
que pueden forzar al individuo a dar respuestas inexactas si lo que realmente sucedi no
corresponde con exactitud a ninguna de las opciones que se le brindan. Debe estimularse a la
persona a que utilice todos sus sentidos para describir lo sucedido. Pregœntele quØ es lo que
vio, oli , oy y sinti . Esto es importante, por ejemplo, cuando se le hayan tapado los ojos al sujeto
o Øste haya sido agredido en la oscuridad.
101. Siempre que sea posible, los investigadores deberÆn interrogar asimismo a los presuntos
agentes de la tortura. Es preciso que los investigadores les den todas las protecciones jur dicas
garantizadas en el derecho internacional y nacional.
102. El investigador deberÆ reunir todas las pruebas f sicas que pueda para documentar un
caso o un cuadro de tortura. El acopio y anÆlisis de las pruebas f sicas constituye uno de los
aspectos mÆs importantes de toda investigaci n cuidadosa e imparcial de casos de tortura. El
investigador deberÆ documentar toda la cadena de custodia que ha intervenido en la recuperaci
n y preservaci n de las pruebas f sicas de manera que pueda utilizarlas en procedimientos jur
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dicos futuros, incluido un posible procesamiento penal. La tortura se practica sobre todo en
lugares donde el sujeto se halla detenido, sitios donde la preservaci n de las pruebas f sicas o el
acceso sin restricciones puede ser inicialmente dif cil o incluso imposible. El Estado debe
otorgar a los investigadores suficiente autoridad para que tengan acceso sin restricciones a
cualquier lugar o instalaci n y puedan asegurar el sitio donde tuvo lugar la supuesta tortura. El
personal investigador y otros investigadores deben coordinar sus esfuerzos para realizar una
minuciosa investigaci n del lugar donde se supone que ocurri la tortura. Los investigadores
tendrÆn acceso sin restricciones al presunto escenario de la tortura. TendrÆn acceso, entre
otros lugares, a las zonas abiertas o cerradas, incluidos edificios, veh culos, oficinas, celdas de
prisi n u otras instalaciones, en las que presuntamente se haya torturado.
103. Cualquier edificio o lugar que estØ bajo investigaci n deberÆ clausurarse de manera que
no se pierda ninguna posible prueba. Una vez que el lugar haya sido designado como lugar en
investigaci n, s lo podrÆn entrar en Øl los investigadores y su personal. DeberÆ realizarse un
examen del lugar en busca de cualquier tipo de prueba material. Todas las pruebas se
recogerÆn, manejarÆn, empaquetarÆn y marcarÆn adecuadamente, guardÆndose en lugar
seguro para evitar contaminaciones, manipulaciones o pØrdidas. Si se supone que la tortura ha
sido tan reciente que esas pruebas vayan a ser importantes, toda muestra hallada de l quidos
orgÆnicos (como sangre o semen), pelo, fibras y hebras se deberÆ recoger, etiquetar y preservar
adecuadamente. Se deberÆ recoger y preservar todo instrumento que haya podido ser utilizado
para torturar, tanto si ha sido diseæado con ese fin como si ha sido utilizado circunstancialmente.
Si son tan recientes como para ser de utilidad, se tomarÆn y preservarÆn todas las huellas
dactilares encontradas. Se prepararÆ un plano a escala y debidamente seæalado de los locales o
el lugar donde presuntamente se ha practicado la tortura y en Øl se mostrarÆn todos los detalles
pertinentes, como la ubicaci n de los pisos del edificio, salas o habitaciones, entradas, ventanas,
muebles y los terrenos lim trofes. Se realizarÆn fotograf as en colores de los mismos elementos.
Se prepararÆ una lista con la identidad de todas las personas que se hallaban en el presunto
escenario de la tortura, con nombres completos, direcciones y nœmeros de telØfono, o cualquier
otra informaci n de contacto. Si la tortura es suficientemente reciente como para que pueda ser
importante, se harÆ un inventario de la ropa que llevaba la presunta v ctima, que, siempre que
sea posible, se analizarÆ en un laboratorio en busca de l quidos orgÆnicos y otras pruebas f
sicas. Se obtendrÆ informaci n de todos los que estuviesen presentes en los locales o en la zona
bajo investigaci n para determinar si fueron testigos o no de los presuntos hechos de tortura. Se
recogerÆn todos los escritos, registros o documentos importantes para su posible uso como
prueba y para anÆlisis grafol gicos.
4. Indicios mØdicos
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de la evaluaci n forense). Siempre es necesario realizar un examen psicol gico de la presunta v
ctima de la tortura, y que puede formar parte del examen f sico o, cuando no existen signos f
sicos, puede realizarse independientemente (vØase en el cap tulo VI una descripci n de la
evaluaci n psicol gica).
105. Para preparar una opini n cl nica con miras a informe de los signos f sicos y psicol gicos
de tortura, deben formularse seis preguntas importantes:
a) ¿Hay una relaci n entre los signos f sicos y psicol gicos observados y la denuncia de
tortura?
c) ¿Son los signos psicol gicos observados los que cabe esperar o las reacciones t picas
ante un estrØs extremo dentro del contexto cultural y social del individuo?
e) ¿QuØ otros factores de estrØs afectan al individuo (por ejemplo, una persecuci n
mantenida, migraci n forzada, exilio, pØrdida de su papel familiar y social, etc.)?
¿QuØ impacto tienen estos problemas en la v ctima?
5. Fotograf as
106. DeberÆn tomarse fotograf as en color de las lesiones de las personas que sostienen que han
sido torturadas, de los locales donde ha tenido lugar la presunta tortura (al interior y al exterior) y
de todos los demÆs indicios f sicos que puedan encontrarse. Es fundamental una cinta mØtrica
o cualquier otro medio que dØ una idea de la escala de la fotograf a. Las fotograf as deberÆn
tomarse lo antes posible, aunque s lo sea con una cÆmara elemental, pues algunos de los signos f
sicos desaparecen rÆpidamente y los locales pueden ser manipulados. Debe tenerse en cuenta
que las fotograf as de revelado instantÆneo pueden irse borrando con el tiempo. Se prefieren las
fotograf as profesionales, que deberÆn ser tomadas tan pronto se disponga del equipo necesario.
De ser posible, se tomarÆn las fotograf as con una cÆmara de 35 mm y que seæale
automÆticamente la fecha. Se documentarÆ con todo detalle la cadena de custodia de la pel
cula, los negativos y las impresiones.
107. Todo Estado u organizaci n que establezca una comisi n de indagaci n deberÆ determinar el
objeto de la investigaci n especificando el mandato en su autorizaci n. El definir el mandato de
la comisi n aumentarÆ en gran medida sus probabilidades de Øxito al dar legitimidad al proceso,
facilitar el consenso entre los miembros de la comisi n acerca del objeto de la investigaci n y
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establecer los parÆmetros para evaluar el informe final de la comisi n. Para determinar el
mandato de la comisi n se formulan las siguientes recomendaciones:
b) DeberÆn formularse con precisi n los hechos y problemas que se van a investigar y
los que se van a tratar en el informe final de la comisi n.
2. Facultades de la comisi n
108. Los principios deberÆn determinar de modo general cuÆles van a ser las facultades de la
comisi n. Concretamente, la comisi n necesita lo siguiente:
c) Autoridad para realizar visitas in situ, en particular a los locales donde se sospeche
que tuvo lugar la tortura;
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asociadas con organizaciones dedicadas al tratamiento y rehabilitaci n de las v ctimas
de la tortura.
4. El personal de la comisi n
111. Las comisiones de indagaci n deben contar con un abogado experto e imparcial. Cuando la
comisi n investigue denuncias de conducta indebida del Estado, convendrÆ nombrar a un
abogado que no forme parte del Ministerio de Justicia. El abogado principal de la comisi n
deberÆ estar al margen de toda influencia pol tica, como parte de la administraci n pœblica o
miembro totalmente independiente del colegio de abogados. La investigaci n requerirÆ con
frecuencia asesores expertos. La comisi n deberÆ tener a su disposici n los servicios de
especialistas en patolog a, ciencia forense, psiquiatr a, psicolog a, ginecolog a y pediatr a. Para
realizar una investigaci n totalmente imparcial y minuciosa, la comisi n necesitarÆ casi siempre
contar con sus propios investigadores que persigan las distintas pistas y obtengan las pruebas. La
credibilidad de una investigaci n se verÆ considerablemente incrementada en la medida en que
la comisi n pueda recurrir a sus propios investigadores.
112. El Estado deberÆ proteger a los demandantes, los testigos, los investigadores y a sus
familias de toda violencia, amenaza de violencia o cualquier otra forma de intimidaci n (vØase
sec. C.2.d) supra). Si la comisi n concluye que existe un temor razonable de persecuci n, acoso o
agresi n a cualquier testigo o posible testigo, puede considerar conveniente recibir las pruebas a
puerta cerrada, mantener confidencial la identidad del informante o del testigo, utilizar s lo
aquellas pruebas que no expongan la identidad del testigo y adoptar otras medidas adecuadas.
6. Procedimiento
113. De los principios generales del procedimiento penal se deduce que las audiencias deben
realizarse en pœblico, a menos que se necesiten procedimientos a puerta cerrada para proteger la
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seguridad de un testigo. El procedimiento a puerta cerrada deberÆ registrarse en acta, y el acta
sellada sin publicar debe mantenerse en lugar conocido. En ciertas ocasiones puede necesitarse
la confidencialidad absoluta para obtener un determinado testimonio, y en esos casos la comisi n
puede optar por escuchar al testigo en privado, de manera informal sin registrar su declaraci n.
7. Aviso de la investigaci n
8. Recepci n de pruebas
115. La comisi n de indagaci n deberÆ tener poder suficiente para exigir testimonio y presentar
documentos, mÆs la autoridad necesaria para obligar a testificar a los funcionarios
supuestamente implicados en la tortura. En la prÆctica, esta autoridad puede suponer la facultad
para imponer multas o sanciones si los funcionarios de gobierno u otras personas se niegan a
obedecer. La comisi n de indagaci n invitarÆ a las personas a prestar testimonio oral o por
escrito como primer paso en el acopio de informaci n. Las declaraciones escritas pueden llegar a
ser una importante fuente de pruebas si sus autores temen dar testimonio, no pueden viajar al
lugar del procedimiento o por alguna otra raz n no estÆn disponibles. La comisi n de indagaci n
deberÆ examinar cualquier otro procedimiento por el cual se pueda obtener la informaci n
pertinente.
116. Toda persona que afirme haber sido torturada y sus representantes legales deberÆn ser
informados de toda audiencia y toda informaci n que sea de interØs para la investigaci n y tener
acceso a ellas, y tendrÆn derecho a presentar sus pruebas. El acento particular que se pone en el
papel del superviviente como parte en el procedimiento refleja la particular importancia que se
atribuye a sus intereses en el desarrollo de la investigaci n. Pero tambiØn todas las demÆs
partes deben tener la oportunidad de hacerse o r. El rgano investigador podrÆ convocar a
testigos, incluidos los funcionarios presuntamente implicados, y exigir que se presenten pruebas.
Todos estos testigos tendrÆn derecho a los servicios de un abogado en caso de que la investigaci
n pueda perjudicarles, por ejemplo, cuando su testimonio pueda exponerlos a acusaciones
penales o responsabilidad civil. En ningœn caso se obligarÆ a un testigo a que dØ testimonio
contra s mismo. La comisi n deberÆ tener la oportunidad de interrogar eficazmente a los
testigos. A las partes en la investigaci n se les permitirÆ someter preguntas por escrito a la
comisi n.
117. La comisi n deberÆ evaluar todas las informaciones e indicios que reciba para determinar
su fiabilidad y probidad. La comisi n evaluarÆ los testimonios orales, teniendo en cuenta el
-45-
comportamiento y la credibilidad general del testigo. La comisi n serÆ sensible a las cuestiones
sociales, culturales y de gØnero que influyan en el comportamiento de la persona. La confirmaci
n de informaci n procedente de diversas fuentes aumentarÆ su valor probatorio y la fiabilidad
del testimonio de o das. La comisi n examinarÆ cuidadosamente la fiabilidad de este tipo de
informaci n antes de aceptarla como un hecho. Todo testimonio no comprobado mediante
interrogatorios se considerarÆ con la mÆxima precauci n. Los testimonios a puerta cerrada que
se consignan en actas confidenciales o no se registran en acta suelen no ser objeto de
interrogatorio y, por consiguiente, se les puede atribuir menos peso.
118. La comisi n emitirÆ un informe pœblico dentro de un plazo razonable. AdemÆs, cuando
no llegue a conclusiones unÆnimes, el grupo minoritario deberÆ expresar su opini n
discordante. Los informes de la comisi n de indagaci n deberÆn contener, por lo menos, la
siguiente informaci n:
c) Una lista de todos los testigos que hayan declarado, con indicaci n de la edad y el
sexo, excepto aquellos cuyas identidades se mantengan confidenciales para su
protecci n o los que hayan testimoniado a puerta cerrada, as como todo el material
recibido como prueba;
119. El Estado deberÆ dar respuesta pœblica al informe de la comisi n y, cuando corresponda,
indicar quØ medidas se propone adoptar en respuesta al informe.
120. Cuando se entreviste a una persona que afirme haber sido torturada, se tendrÆ en cuenta
una serie de cuestiones y factores prÆcticos. Las presentes consideraciones valen para todas las
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personas que realicen entrevistas, sean juristas, mØdicos, psic logos, psiquiatras, defensores de
los derechos humanos o miembros de cualquier otra profesi n. A continuaci n se describe este
"terreno comœn" y se trata de ponerlo en los distintos contextos que pueden hallarse cuando se
investiga la tortura y se entrevista a sus v ctimas.
121. El prop sito general de la investigaci n consiste en determinar los hechos en relaci n con
los presuntos casos de tortura (vØase cap. III, sec. D). Las evaluaciones mØdicas de la tortura
pueden aportar œtiles pruebas en contextos legales como:
122. El objetivo del testimonio escrito u oral del mØdico consiste en dar una opini n pericial
sobre el grado en el que los resultados del examen mØdico se correlacionan con la denuncia de
maltrato del paciente, y comunicar con eficacia las constataciones mØdicas del facultativo y sus
interpretaciones a las autoridades judiciales y otras autoridades competentes. AdemÆs, con
frecuencia el testimonio mØdico sirve para enseæar a los funcionarios judiciales y a otros
agentes gubernamentales y a las comunidades locales e internacionales cuÆles son las secuelas f
sicas y psicol gicas de la tortura. Es preciso que el examinador estØ en condiciones de hacer lo
siguiente:
-47-
e) Dar una interpretaci n pericial de los resultados de las evaluaciones medicolegales y
entregar una opini n pericial sobre posibles casos de malos tratos en audiencia de
solicitud de asilo, procesos penales y procedimientos civiles;
124. Todo detenido deberÆ ser examinado en privado. Nunca estarÆ presente en la sala de
examen un funcionario de polic a u otro agente de la ley. Esta salvaguardia de procedimiento s
lo podrÆ excluirse cuando, a juicio del mØdico examinador, haya signos fehacientes de que el
detenido plantea un grave riesgo de seguridad para el personal de salud. En tales circunstancias
y a petici n del mØdico examinador, se pondrÆ a su disposici n personal de seguridad del
servicio de salud de que se trate, pero no polic as u otros agentes de la ley. En tales casos, el
personal de seguridad estarÆ situado de tal manera que s lo pueda establecer contacto visual con
el paciente, pero no o r lo que dice. La evaluaci n mØdica de los detenidos se realizarÆ en el
lugar que el mØdico considere mÆs adecuado. En ciertos casos puede ser mejor insistir en que
la evaluaci n se haga en servicios mØdicos oficiales y no en la prisi n o en la celda. En otros
casos el preso puede preferir ser examinado en la relativa seguridad de su propia celda, si
supone, por ejemplo, que los servicios mØdicos estÆn vigilados. CuÆl ha de ser el mejor lugar
dependerÆ de numerosos factores, pero en todos los casos el investigador se asegurarÆ de que
los presos no se vean forzados a aceptar un lugar que no les satisfaga.
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evaluaciones medicolegales de los detenidos deberÆn utilizar un formulario estÆndar de
informe mØdico (vØanse en el anexo IV las directrices para preparar un formulario estÆndar de
informe mØdico).
127. Las visitas a los reclusos no deben tomarse a la ligera. En ciertos casos puede ser
extremadamente dif cil realizarlas de forma objetiva y profesional, sobre todo en pa ses donde
aœn se practica la tortura. Una visita œnica, sin un seguimiento que garantice la seguridad
ulterior de los entrevistados, puede ser peligrosa. En ciertos casos, una visita no seguida de otra
puede ser peor que ninguna visita. Ciertos investigadores de buena voluntad pueden caer en la
trampa de visitar una cÆrcel o comisar a sin saber exactamente quØ es lo que estÆn haciendo.
Pueden obtener una visi n incompleta o falsa de la realidad. Inadvertidamente pueden poner en
peligro a unos presos que quizÆ nunca vuelvan a ver. Ello puede ademÆs dar una coartada a
los torturadores, que utilizarÆn el hecho de que personas del exterior hayan visitado su prisi n y
no se hayan percatado de nada.
128. Lo mejor serÆ que las visitas se conf en a investigadores que puedan realizarlas, visita y
seguimiento, de forma profesional y que por experiencia tengan ya establecidas ciertas
67 VØanse los Principios bÆsicos de las Naciones Unidas para el tratamiento de los reclusos
(cap. I, sec. B).
68 "Health care for prisoners: implications of Kalk s refusal", The Lancet, vol. 337 (1991),
pÆgs. 647 y 648.
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salvaguardias de procedimiento para su trabajo. La idea de que el poseer algœn conocimiento es
mejor que no tener ninguno no es vÆlida cuando se trabaja con reclusos que se han podido poner
en peligro al dar su testimonio. Las visitas a los lugares de detenci n por personas de buena
voluntad representantes de instituciones oficiales y no gubernamentales pueden ser dif ciles e
incluso resultar contraproducentes. En el presente contexto debe hacerse una distinci n entre una
visita de buena fe necesaria para la investigaci n, que no se pone en tela de juicio, y una visita no
indispensable que trasciende los fines de la indagaci n y que si es realizada por alguien que no es
especialista puede causar mÆs mal que bien en un pa s en que se practique la tortura. Las
comisiones independientes constituidas por juristas y mØdicos deberÆn tener garantizado un
acceso peri dico a los lugares de detenci n y las prisiones.
129. Las entrevistas con personas mantenidas en custodia y posiblemente incluso en manos de
los agentes de la tortura, evidentemente serÆn muy distintas de las que se hagan en privado y en
la seguridad de una instalaci n mØdica externa y segura. En estas situaciones es sumamente
importante poderse ganar la confianza de la persona. Pero aœn mÆs importante es no traicionar
esa confianza, ni siquiera involuntariamente. DeberÆn tomarse todas las precauciones para que
el detenido no se exponga a ningœn peligro. A los detenidos que hayan sido torturados se les
preguntarÆ si se puede utilizar la informaci n que faciliten y de quØ manera. Es muy posible
que tengan demasiado miedo para permitir que se utilicen sus nombres, por ejemplo, por temor a
represalias. Investigadores, profesionales mØdicos e intØrpretes estÆn obligados a respetar lo
que se haya prometido al detenido.
130. Puede plantearse un claro dilema, por ejemplo, cuando sea manifiesto que en un
determinado lugar se ha torturado a gran nœmero de reclusos pero por miedo todos ellos se
nieguen a permitir que los investigadores utilicen sus historias. Enfrentado con la opci n de
traicionar la confianza de los reclusos en un afÆn de poner fin a la tortura o de respetar esa
confianza y marcharse sin decir nada, habrÆ que encontrar alguna forma œtil de salir de ese
dilema. Confrontado con cierto nœmero de reclusos que presentan seæales evidentes en sus
cuerpos de latigazos, golpes, laceraciones causadas por garrotes, etc., todos los cuales rehœsan
que se mencionen sus casos por miedo a las represalias, serÆ conveniente organizar una
"inspecci n sanitaria" de todo el pabell n a plena vista en el patio. De esta forma, el investigador
mØdico visitante recorrerÆ las hileras de presos formados y podrÆ ver las seæales visibles de la
tortura en las espaldas de los sujetos, con lo cual estarÆ en condiciones de preparar un informe
de lo que ha visto sin necesidad de decir que los presos se han quejado de tortura. Este primer
paso asegurarÆ la confianza de los reclusos para futuras visitas de seguimiento.
131. Es evidente que otras formas mÆs sutiles de tortura, psicol gica o sexual, por ejemplo, no
pueden tratarse de la misma manera. En estos casos puede ser necesario que el investigador no
formule ningœn comentario durante una o varias visitas hasta que las circunstancias permitan
que los detenidos pierdan el temor y autoricen el uso de sus declaraciones. El mØdico y el
intØrprete darÆn sus nombres y explicarÆn cuÆl es su papel en la evaluaci n. La documentaci
n de las seæales mØdicas de tortura exige conocimientos espec ficos de profesionales calificados
de salud. AdemÆs, pueden obtenerse conocimientos sobre la tortura y sus consecuencias f sicas
y psicol gicas mediante publicaciones, cursos de formaci n, conferencias profesionales y
experiencia. AdemÆs, es importante conocer las prÆcticas regionales de torturas y malos tratos
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ya que esa informaci n puede corroborar el relato que la persona haga sobre Østos. Se debe
adquirir una experiencia en entrevistas y exÆmenes de personas en busca de seæales f sicas y
psicol gicas de tortura y en la documentaci n de los signos observados bajo la supervisi n de
personal mØdico experimentado.
132. Las personas que permanecen detenidas a veces pueden mostrarse excesivamente
confiadas en situaciones en las que un entrevistador simplemente no puede garantizar que no va
a haber represalias, si no se ha negociado la repetici n de las visitas y Østa ha sido aceptada sin
reservas por las autoridades o si la identidad de la persona no se ha registrado de manera que, por
ejemplo, quede asegurado un seguimiento. DeberÆn adoptarse todas las precauciones para
impedir que los reclusos se expongan a riesgos innecesarios, confiando ingenuamente en que la
persona del exterior podrÆ protegerlos.
133. Cuando se hacen visitas a personas que estÆn detenidas, lo mejor es que los intØrpretes
vengan del exterior y no estØn contratados localmente. Se trata sobre todo de evitar que ellos o
sus familias se vean sometidos a presiones por unas autoridades inquisitivas que deseen saber
quØ informaci n se ha facilitado a los investigadores. La cuesti n puede complicarse aœn mÆs
cuando los detenidos pertenecen a un grupo Øtnico distinto del de sus carceleros. Cabe
preguntarse si conviene que el intØrprete local pertenezca al mismo grupo Øtnico que el preso,
de manera que pueda ganarse su confianza, suscitando por otra parte la desconfianza de las
autoridades, que probablemente tratarÆn de intimidarlo. Es mÆs, el intØrprete puede mostrarse
reacio a trabajar en un ambiente hostil que podr a ponerle en peligro. Cabe preguntarse tambiØn
si no conviene que el intØrprete pertenezca al mismo grupo Øtnico que los captores, con lo que
ganarÆ su confianza a costa de perder la del preso, quedando igualmente vulnerable a la
intimidaci n de parte de las autoridades. La respuesta es evidentemente que ninguna de las dos
soluciones es el ideal. El intØrprete debe ser ajeno a la regi n y todos han de considerar que es
tan independiente como el propio investigador.
134. Una persona entrevistada a las 20.00 horas merece tanta atenci n como la entrevista de las
8.00 horas. Los investigadores deben disponer del tiempo necesario y evitar toda sobrecarga de
trabajo. No es justo que a la persona entrevistada a las 20.00 horas (que ademÆs ha estado
esperando todo el d a para contar su historia) se le corte la entrevista a causa del tiempo. Del
mismo modo, la 19“ sobre la falanga merece tanta atenci n como recibi la primera. Es posible
que los presos que no suelen encontrarse con gente del exterior no hayan tenido nunca la
posibilidad de hablar sobre su tortura. Es err neo suponer que los presos hablan continuamente
entre ellos sobre de la tortura. Los presos que no tienen nada nuevo que ofrecer a la investigaci n
merecen tanto tiempo como los demÆs.
D. TØcnicas de interrogaci n
135. DeberÆn respetarse ciertas reglas bÆsicas (vØase cap. III, sec. C.2.g)). La informaci n es
sin duda importante, pero aœn es mÆs importante la persona que estÆ siendo entrevistada y
escuchar es mÆs importante que preguntar. Si se limita a formular preguntas, no obtendrÆ
mÆs que respuestas. Para el detenido puede ser mÆs importante hablar sobre su familia que
sobre su tortura. Esto es algo que debe tenerse debidamente en cuenta y se dejarÆ tiempo
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suficiente para hablar de cuestiones personales. La tortura, y sobre todo la tortura sexual, es un
tema muy ntimo que bien podr a no tratarse antes de la primera visita de seguimiento o incluso
despuØs. No se exigirÆ a nadie que hable de ninguna forma de tortura si se siente inc modo al
hacerlo.
137. Antes de obtener una relaci n detallada de los hechos, obtenga informaci n resumida,
incluidas fechas, lugares, duraci n de la detenci n, frecuencia y duraci n de las sesiones de tortura.
Un resumen ayudarÆ a utilizar el tiempo con eficacia. En ciertos casos, cuando los
supervivientes han sido torturados en varias ocasiones, pueden ser capaces de recordar quØ es lo
que les ha sucedido, pero con frecuencia no recuerdan exactamente d nde y cuÆndo ha sucedido
cada cosa. En esas circunstancias, puede ser conveniente obtener una relaci n hist rica segœn los
mØtodos de maltrato mÆs que una relaci n de la serie de hechos ocurridos durante cada detenci
n. Del mismo modo, al escribir una historia con frecuencia puede ser œtil documentar al
mÆximo posible "quØ es lo que ha sucedido y d nde". Los diferentes lugares de detenci n
estÆn a cargo de distintos cuerpos de seguridad, de polic a o del ejØrcito, y lo que ha sucedido
en cada lugar puede ser œtil para obtener un cuadro completo del sistema de tortura. El obtener
un mapa de los lugares donde se ha torturado puede ser œtil para reconstruir las historias de
distintas personas. Esto resultarÆ con frecuencia muy œtil para la investigaci n en su conjunto.
3. Circunstancias de la detenci n
138. Pueden plantearse las siguientes preguntas: ¿QuØ hora era? ¿D nde estaba usted? ¿QuØ
estaba haciendo? ¿QuiØn estaba con usted? Describa el aspecto de los que le detuvieron. ¿Se
trata de militares o de civiles, en uniforme o en ropa de calle? ¿QuØ tipo de armas llevaban?
¿QuØ dijeron? ¿Hab a testigos? ¿Fue usted objeto de un arresto formal, de una detenci n
administrativa o de una desaparici n? ¿Hicieron uso de la violencia, le amenazaron? ¿Se
produjo alguna interacci n con miembros de la familia? Seæale si se utilizaron medios de
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restricci n o si le vendaron los ojos, los medios de transporte empleados, el destino y los nombres
de los funcionarios a cargo, de conocerse.
140. Para obtener una informaci n bÆsica sobre la tortura y los malos tratos, deberÆ actuarse
con prudencia en cuanto a sugerir modalidades de abuso a las que pueda haber sido sometida la
persona. Ello ayudarÆ a separar todo posible adorno de las verdaderas experiencias. De todas
formas, las respuestas negativas a preguntas relativas a las distintas modalidades de tortura
pueden contribuir a consolidar la credibilidad de la persona. Las preguntas deberÆn formularse
de manera que se obtenga una relaci n coherente. Considere, por ejemplo, hacer las siguientes
preguntas: ¿D nde le maltrataron, cuÆndo y durante cuÆnto tiempo? ¿Le vendaron los ojos?
Antes de examinar las distintas formas de abuso, tome nota de las personas que se hallaban
presentes (con sus nombres y cargos). Describa la sala o lugar. ¿QuØ objetos vio usted? Si es
posible, describa con detalle cada uno de los instrumentos de tortura; tratÆndose de torturas
elØctricas, la corriente, el dispositivo, el nœmero y la forma de los electrodos. Pregunte quØ
ropa llevaban, si se desvest an o si cambiaban de ropa. Tome nota de todo lo que se dijo durante
el interrogatorio, los insultos proferidos contra la v ctima, etc. ¿QuØ hablaban los torturadores
entre ellos?
141. Para cada forma de abuso, tome nota de los siguientes detalles: posici n del cuerpo,
medios de restricci n, naturaleza de todo contacto, duraci n, frecuencia, localizaci n anat mica y
lugar del cuerpo afectado. ¿Se produjeron hemorragias, traumatismos craneales o pØrdida de
conocimiento? Si hubo pØrdida de conocimiento, ¿se debi a traumatismo craneal, a asfixia o al
dolor? El investigador deberÆ asimismo preguntar c mo se encontraba la persona al terminar
cada "sesi n". ¿Pod a andar? ¿Hab a que ayudarla para que pudiera regresar a la celda? ¿Pod a
levantarse al d a siguiente? ¿Durante cuÆnto tiempo estuvieron hinchados sus pies? Todos
estos detalles facilitan una descripci n mÆs completa que la que se hubiera obtenido mediante
una lista de mØtodos de tortura. La historia deberÆ incluir la fecha de la tortura de posici n,
-53-
cuÆntas veces se practic o cuÆntos d as dur la tortura, per odo de cada episodio, estilo de
suspensi n (lineal inversa, cubierto con una manta gruesa o directamente atado con una cuerda,
con peso sobre los pies o con estiramiento hacia abajo) o posici n. En casos de tortura por
suspensi n, preguntar quØ clase de material se utiliz (cuerda, alambre o trapos pueden dejar
distintas marcas sobre la piel despuØs de la suspensi n). El examinador debe tener en cuenta que
lo que el superviviente de la tortura diga de la duraci n de las sesiones es subjetivo y puede no ser
correcto, ya que en general se ha observado que durante la tortura el sujeto suele sufrir una
desorientaci n temporal y espacial. ¿Sufri la persona algœn tipo de agresi n sexual? Pregunte
quØ es lo que se hablaba durante la sesi n de tortura. Por ejemplo, durante la aplicaci n de
choques elØctricos a los genitales los agentes suelen decir a las v ctimas que van a quedar
incapacitadas para todo tipo de relaci n sexual o cosas parecidas. Para una exposici n detallada
de la evaluaci n de una denuncia de tortura sexual, incluida la violaci n, vØase el cap tulo V, sec.
D.8.
142. Los supervivientes de la tortura pueden tropezar con dificultades para dar detalles
concretos sobre lo sucedido y ello por diversas razones importantes, como:
a) Factores circunstanciales de la tortura, por ejemplo los ojos vendados, las drogas, las
pØrdidas de conocimiento, etc.;
143. Cualquiera de estos factores o todos ellos pueden explicar las incoherencias que se
observen en la narraci n del caso de la persona. Siempre que sea posible el investigador pedirÆ
que se le aclaren las cosas. Pero cuando no sea posible, buscarÆ cualquier otro indicio que
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apoye o deniegue la historia. Una red de detalles coherentes de apoyo puede corroborar y aclarar
la historia de la persona. Aunque es posible que ella misma no sea capaz de dar los detalles que
desear a obtener el investigador, como fechas, momentos, frecuencias e identidades exactas de
los agentes, a lo largo del tiempo se irÆ configurando y estructurando un cuadro general de los
hechos traumÆticos y de la tortura.
144. Tras obtener una relaci n detallada de los hechos, convendrÆ examinar otros posibles
mØtodos de tortura. Es esencial aprender cuÆles son las prÆcticas regionales de tortura y
modificar en consecuencia las directrices locales. Es œtil interrogar sobre formas concretas de
tortura cuando:
145. La distinci n entre mØtodos de tortura f sica y psicol gica es artificial. Por ejemplo, la
tortura sexual casi siempre causa s ntomas f sicos y tambiØn psicol gicos, incluso cuando no se
ha producido una agresi n f sica. La lista que a continuaci n se da de mØtodos de tortura muestra
algunas de las categor as de posible maltrato. No se pretende que los investigadores la utilicen
como lista de comprobaci n o como modelo para preparar listas de mØtodos de tortura en sus
informes. El mØtodo de hacer listas puede ser contraproducente ya que el cuadro cl nico total
resultante de la tortura contiene mucho mÆs que la simple suma de las lesiones producidas por
los mØtodos enumerados en una lista. En efecto, la experiencia indica que los torturadores,
cuando se enfrentan con ese enfoque de la tortura en forma de "paquete" de tortura, suelen
concentrarse en uno u otro de los mØtodos y discutir que ese mØtodo particular constituya una
forma de tortura. Entre los mØtodos de tortura que deben tenerse en cuenta figuran los
siguientes:
d) Choques elØctricos;
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e) Asfixia, con mØtodos hœmedos y secos, ahogamiento, sofocaci n, estrangulamiento
o uso de sustancias qu micas;
l) Tortura farmacol gica con dosis t xicas de sedantes, neurolØpticos, paralizantes, etc.;
n) Privaci n de la estimulaci n sensorial normal, como sonidos, luz, sentido del tiempo,
aislamiento, manipulaci n de la luz de la celda, desatenci n de necesidades fisiol
gicas, restricci n del sueæo, alimentos, agua, instalaciones sanitarias, baæo,
actividades motrices, atenci n mØdica, contactos sociales, aislamiento en la prisi n,
pØrdida de contacto con el mundo exterior (con frecuencia se mantiene a las v ctimas
en aislamiento para evitar toda formaci n de v nculos o identificaci n mutua, y
fomentar una vinculaci n traumÆtica con el torturador);
s) Violaci n de tabœes;
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t) Forzamiento de la conducta, como realizaci n forzada de prÆcticas contra la propia
religi n (por ejemplo, forzar a los musulmanes a comer cerdo), inducci n forzada a
daæar a otras personas mediante tortura o cualquier otro maltrato, inducci n forzada a
destruir propiedades, inducci n forzada a traicionar a otra persona exponiØndola a
riesgos;
146. Teniendo en cuenta que los mØtodos de tortura utilizados pueden producir distintos tipos
y niveles de lesiones, los datos obtenidos mediante una historia mØdica completa y el examen f
sico deberÆn evaluarse conjuntamente con los exÆmenes de laboratorio y radiol gicos
apropiados. Es importante facilitar informaci n y dar explicaciones sobre cada proceso que se va
a aplicar durante el examen mØdico, as como dar a conocer en detalle los mØtodos de
laboratorio que se empleen (vØase cap. VI, sec. B.2.a)).
147. La presencia de secuelas psicol gicas en los supervivientes de la tortura, en particular las
diversas manifestaciones del trastorno de estrØs postraumÆtico, puede dar lugar a que el
superviviente tema revivir su experiencia de tortura en el curso de la entrevista, el examen f sico
o las pruebas de laboratorio. Una parte importante del proceso consiste en que antes del
reconocimiento mØdico se explique a la persona quØ es lo que le van a hacer. Los que
sobreviven a la tortura y siguen en sus pa ses pueden experimentar un intenso miedo y sospechar
que se les podr a arrestar de nuevo, y es cierto que con frecuencia se ven forzados a esconderse
para evitar una nueva detenci n. Por otra parte, los exiliados o refugiados han tenido que dejar
detrÆs su idioma nativo, cultura, familia, amigos, trabajo y todo lo que les era familiar.
148. Las reacciones personales del superviviente de la tortura ante el entrevistador (y, cuando
corresponda, ante el intØrprete) pueden influir sobre el proceso de la entrevista y mÆs adelante
sobre el resultado de la investigaci n. Del mismo modo, las reacciones personales del
investigador ante la persona tambiØn pueden afectar al proceso de la entrevista y al resultado de
la investigaci n. Es importante examinar quØ obstÆculos se oponen a una comunicaci n efectiva
y comprender que esas reacciones personales pueden afectar a una investigaci n. El investigador
deberÆ mantener una evoluci n constante del proceso de entrevista e investigaci n mediante
consultas y discusiones con colegas que estØn familiarizados con el campo de la evaluaci n y el
tratamiento psicol gico de los supervivientes de la tortura. Este tipo de supervisi n por colegas
puede constituir un eficaz medio de vigilar el proceso de entrevista e investigaci n con miras a
evitar sesgos y obstÆculos para una comunicaci n efectiva y a obtener informaciones precisas
(vØase cap. VI, sec. C.2).
149. Pese a todas las precauciones, los exÆmenes f sicos y psicol gicos, por su propia
naturaleza, pueden causar un nuevo traumatismo al paciente provocando o exacerbando los s
ntomas de estrØs postraumÆtico al resucitar efectos y recuerdos dolorosos (vØase cap. VI, sec.
B.2). En la mayor parte de las sociedades tradicionales hay un tabœ sobre las preguntas relativas
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a toda angustia psicol gica y, en particular, a las cuestiones sexuales, y el formular tal tipo de
pregunta se considera como poco respetuoso o insultante. Si la tortura sexual form parte de las
violaciones sufridas, el demandante puede sentirse irremediablemente estigmatizado y manchado
en su integridad moral, religiosa, social o psicol gica. Para que una entrevista estØ bien
realizada tiene importancia fundamental, por consiguiente, que se exprese un conocimiento
respetuoso de esas condiciones y que se explique el concepto de confidencialidad y sus l mites.
El evaluador deberÆ realizar una apreciaci n subjetiva de la medida en que sea necesario recabar
los detalles para que el informe sea eficaz en los tribunales, sobre todo cuando el demandante en
la entrevista da muestras evidentes de angustia.
I. Uso de intØrpretes
150. En ciertos casos es necesario recurrir a un intØrprete para que el entrevistador pueda
comprender quØ es lo que se estÆ diciendo. Aunque es posible que el entrevistador y el
entrevistado dominen en pequeæa medida un idioma comœn, con frecuencia la informaci n que
se trata de obtener es demasiado importante como para exponerse a errores por malos
entendidos. Al intØrprete se le deberÆ advertir que todo lo que escuche y diga en las entrevistas
es estrictamente confidencial. Es el intØrprete el que va a obtener toda la informaci n, de
primera mano y sin ninguna censura. A los entrevistados se les deberÆ asegurar que ni el
investigador ni el intØrprete van en ningœn sentido a hacer mal uso de la informaci n (vØase
cap. VI, sec. C.2).
152. El investigador no debe olvidar que es necesario que sea Øl mismo el que se dirige a la
persona manteniendo contacto visual con ella, aun cuando Østa tenga la tendencia natural a
dirigirse al intØrprete. Cuando se habla a travØs de un intØrprete es œtil emplear la segunda
persona y decir, por ejemplo, "quØ hizo usted despuØs", en lugar de la tercera, diciendo
"pregœntele quØ hizo despuØs". Con excesiva frecuencia los investigadores toman notas
mientras el intØrprete estÆ traduciendo la pregunta o el entrevistado la estÆ respondiendo.
Algunos investigadores parecen no estar escuchando mientras la entrevista se desarrolla en un
idioma que ellos no comprenden. Esto es un error, pues es fundamental que el investigador
observe no s lo las palabras que se pronuncian sino tambiØn la expresi n corporal, las
expresiones faciales, el tono de voz y los gestos del entrevistado, ya que s lo as podrÆ obtener
una imagen completa. Los investigadores deben familiarizarse con las palabras relacionadas con
la tortura en el idioma del entrevistado de manera que puedan mostrar que conocen la materia.
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El investigador adquirirÆ una mayor credibilidad si reacciona, en lugar de mostrarse impasible,
cuando se pronuncian palabras relacionadas con la tortura, como submarino o darmashakra.
J. Cuestiones de gØnero
154. Lo mejor es que en el equipo de investigaci n haya especialistas de ambos sexos, con lo
cual la propia persona que diga que ha sido torturada pueda elegir el sexo del investigador y, en
su caso, del intØrprete. Esto es particularmente importante cuando una mujer haya sido detenida
en una situaci n en que haya constancia de casos de violaci n sexual, aunque hasta el momento
ella no la haya denunciado. Pero incluso si no ha habido agresi n sexual, la mayor parte de las
torturas tienen aspectos sexuales (vØase cap. V, sec. D.8). VolverÆ a sentirse traumatizada,
incluso con mayor gravedad, si la mujer piensa que debe describir lo que le sucedi ante una
persona f sicamente similar a sus torturadores, que inevitablemente serÆn principal o
exclusivamente hombres. En ciertos medios culturales un investigador del sexo masculino no
podrÆ interrogar a una v ctima del sexo femenino, caracter stica cultural que debe respetarse.
Pero en la mayor parte de las culturas, si s lo hay un mØdico disponible, muchas mujeres
preferirÆn dirigirse a Øl antes que a una mujer de otra profesi n, con la esperanza de obtener de
esa manera la informaci n y consejos mØdicos que desean. En tales casos, es fundamental que,
si se usa un intØrprete, se trate de una mujer. AdemÆs, algunas entrevistadas pueden preferir
que el intØrprete no sea de su localidad inmediata, no tanto por el peligro de que se les haga
recordar su tortura sino tambiØn por la sensaci n de que peligra la confidencialidad (vØase cap.
IV, sec. I). Si no se necesita intØrprete, deberÆ recurrirse a un miembro femenino del equipo de
investigaci n para que estØ presente por lo menos durante el examen f sico y, si la paciente lo
desea, durante la totalidad de la entrevista.
155. Cuando la v ctima sea un hombre que haya sido v ctima de abuso sexual, la situaci n es
mÆs compleja pues tambiØn Øl habrÆ sido agredido sexualmente principal o exclusivamente
por hombres. Por consiguiente, algunos hombres prefieren describir su experiencia a mujeres a
causa del miedo que les suscitan los demÆs hombres, mientras que otros no desearÆn tratar
asuntos tan personales en presencia de una mujer.
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K. Indicaciones para la remisi n a otros especialistas
156. Siempre que sea posible, los exÆmenes destinados a documentar la tortura por razones
medicolegales deberÆn combinarse con la evaluaci n de otras necesidades, como la de enviar al
sujeto a otros mØdicos especializados, psic logos, fisioterapeutas o personas que puedan facilitar
asesoramiento y apoyo social. Es preciso que el investigador conozca los servicios locales de
rehabilitaci n y apoyo. Cuando en una evaluaci n mØdica el mØdico considere necesario algœn
tipo de consulta o examen, no vacilarÆ en insistir en que se haga. Mientras estÆn investigando
pruebas cl nicas de tortura y malos tratos los mØdicos no estÆn exentos de respetar sus
obligaciones Øticas. Toda persona que parezca necesitar una atenci n mØdica o psicol gica
adicional deberÆ ser remitida a los servicios correspondientes.
157. Las manifestaciones f sicas de la tortura pueden variar segœn la intensidad, frecuencia y
duraci n de los malos tratos, la capacidad de autoprotecci n que tenga el superviviente y su estado
f sico previo a la tortura. Ciertas formas de tortura pueden no dejar huellas f sicas, pero pueden
asociarse a otros trastornos. As , por ejemplo, los golpes en la cabeza que provocan pØrdida del
conocimiento pueden causar una epilepsia postraumÆtica o una disfunci n orgÆnica cerebral.
AdemÆs, una dieta y una higiene deficientes durante la detenci n pueden originar s ndromes de
carencias vitam nicas.
158. Ciertas formas de tortura se asocian estrechamente a determinadas secuelas. Por ejemplo,
los golpes en la cabeza que provocan pØrdida del conocimiento son particularmente importantes
para el diagn stico cl nico de una disfunci n orgÆnica cerebral. Los traumatismos genitales
suelen asociarse a ulteriores disfunciones sexuales.
159. Es importante darse cuenta de que los torturadores pueden tratar de ocultar sus actos.
Para evitar toda huella f sica de golpes, la tortura a menudo se practica con objetos anchos y
romos, y a veces a la v ctima de la tortura se la recubre con una alfombra, o con zapatos en el
caso de la falanga, de manera que se difumine la fuerza de cada golpe. El estiramiento y
aplastamiento y la asfixia tambiØn son formas de tortura con las que se trata de provocar un
mÆximo de dolor y sufrimiento dejando un m nimo de pruebas. Por la misma raz n se utilizan
toallas hœmedas cuando se administran choques elØctricos.
160. El informe deberÆ hacer menci n de las calificaciones y experiencia del investigador.
Siempre que sea posible se darÆn los nombres de los testigos o del paciente. Pero si de esta
forma se expone al sujeto a un riesgo importante, se puede utilizar un c digo que le permita al
equipo investigador saber quiØn es la persona a la que alude el informe pero que nadie mÆs
pueda identificarla. DeberÆ asimismo indicarse si en el momento de la entrevista o en
cualquiera de sus partes hab a alguien mÆs en la habitaci n. Se describirÆ con detalle el caso
correspondiente evitando todo testimonio de o das y, cuando corresponda, se especificarÆn las
constataciones. El informe se habrÆ de firmar y fechar, incluyendo cualquier declaraci n que
pueda ser exigida por la jurisdicci n a la que estØ destinado (vØase anexo IV).
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Cap tulo V SE ALES F˝SICAS DE TORTURA
162. La evaluaci n mØdica con fines legales deberÆ ser realizada de forma objetiva e
imparcial. La evaluaci n se basarÆ en la pericia cl nica del mØdico y su experiencia profesional.
La obligaci n Øtica de beneficencia exige una exactitud y una imparcialidad sin compromiso de
manera que se cree y mantenga la credibilidad profesional. Siempre que sea posible, los
mØdicos que realizan evaluaciones de detenidos deberÆn poseer una formaci n bÆsica
especializada en documentaci n forense de torturas y otras formas de maltrato f sico y psicol
gico. Es preciso que conozcan las condiciones de la prisi n y los mØtodos de tortura que se
utilizan en la regi n particular donde se encarcel al paciente, as como los mÆs frecuentes efectos
secundarios de la tortura. El informe mØdico deberÆ atenerse a los hechos y redactarse
cuidadosamente. Se evitarÆ la jerga profesional. Toda terminolog a mØdica deberÆ definirse
de manera que puedan comprenderla los legos. El mØdico no debe partir del supuesto de que
una petici n oficial de evaluaci n medicolegal haya revelado todos los datos materiales. Es
responsabilidad del mØdico descubrir y notificar todo hallazgo material que considere
pertinente, aun cuando pueda ser considerado trivial o adverso para el caso de la parte que haya
solicitado el examen mØdico. Sean cuales fueren las circunstancias, nunca deberÆn excluirse
del informe medicolegal los hallazgos que puedan ser indicativos de torturas u otras formas de
malos tratos. A. Estructura de la entrevista
163. Estos comentarios se aplican especialmente a las entrevistas realizadas con personas que
ya no estÆn detenidas. El lugar donde se realicen la entrevista y el examen deberÆ ser tan
seguro y c modo como sea posible. DeberÆ contarse con el tiempo necesario para realizar una
entrevista y un reconocimiento exhaustivos. Una entrevista de dos a cuatro horas podr a ser
insuficiente para evaluar las seæales f sicas o psicol gicas de torturas. AdemÆs, puede suceder
que en cualquier momento ciertas variables espec ficas de la situaci n, como la dinÆmica de la
entrevista, la sensaci n de impotencia de un paciente frente a la intromisi n en su intimidad
personal, el temor a futuras persecuciones, la verg enza ante lo sucedido y una sensaci n de
culpabilidad del superviviente puedan simular las circunstancias de una experiencia de tortura.
Esto puede aumentar la ansiedad del paciente y su resistencia a revelar la informaci n deseada.
Para completar la evaluaci n puede ser preciso prever una segunda y posiblemente una tercera
entrevista.
164. La confianza es un componente esencial para recabar una relaci n fidedigna de malos
tratos. El ganarse la confianza de alguien que ha experimentado tortura u otras formas de malos
tratos exige una escucha activa, una comunicaci n meticulosa, cortes a y empat a y honestidad
genuinas. Los mØdicos habrÆn de ser capaces de establecer un clima de confianza en el que
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puedan revelarse hechos cruciales, por dolorosos o vergonzantes que sean. Es importante tener
en cuenta que esos hechos son a veces secretos ntimos que la persona puede estar revelando por
vez primera en ese momento. AdemÆs de prever un medio ambiente c modo, un lapso de
tiempo adecuado para las entrevistas, refrescos y acceso a servicios sanitarios, serÆ preciso que
el mØdico explique al paciente quØ es lo que va a suceder durante la evaluaci n. Es preciso que
el mØdico sea consciente del tono que adopta, de las frases que pronuncia y de la secuencia de
las preguntas (las preguntas mÆs delicadas s lo deberÆn formularse cuando ya se haya
establecido un cierto grado de relaci n) y que seæale al paciente que puede descansar un
momento si lo necesita u optar por no responder a ninguna pregunta.
166. Es posible que el paciente tema que no pueda impedirse que los gobiernos persecutores
tengan acceso a la evaluaci n. El miedo y la desconfianza pueden ser especialmente intensos en
los casos en que mØdicos u otros agentes de salud hayan participado en la tortura. En muchas
circunstancias, el evaluador serÆ un miembro de la cultura y etnia mayoritaria, mientras que el
paciente, en la situaci n y lugar de la entrevista, probablemente pertenezca a un grupo o cultura
minoritaria. Esta dinÆmica de la desigualdad puede reforzar el desequilibrio de poder percibido
y real, y puede incrementar la posible sensaci n de miedo, desconfianza y sumisi n forzada en el
paciente.
167. La empat a y el contacto humano pueden ser lo mÆs importante que las personas
detenidas reciban del investigador. Puede que la investigaci n en s misma no contribuya en nada
a favorecer a la persona que estÆ siendo entrevistada, pues en la mayor a de los casos la tortura
ya habrÆ sucedido. Pero el mero consuelo de saber que la informaci n puede tener una utilidad
futura se verÆ en gran medida reforzado si el investigador muestra la debida empat a. Esto
puede parecer evidente, pero con demasiada frecuencia los investigadores en sus visitas a las
cÆrceles estÆn tan interesados en obtener informaci n que no atinan a establecer una relaci n de
empat a con el preso entrevistado.
B. Historial mØdico
168. Obtenga una historia mØdica completa, incluida informaci n sobre antecedentes
mØdicos, quirœrgicos o psiquiÆtricos. Asegœrese de dejar constancia de todas las lesiones
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sufridas antes del per odo de detenci n y de sus posibles efectos ulteriores. Evite las preguntas
capciosas. Organice las preguntas para obtener un relato abierto y cronol gico de las
experiencias vividas durante la detenci n.
169. Para establecer una correlaci n entre las prÆcticas regionales de tortura y las denuncias
individuales de maltrato puede ser œtil una informaci n hist rica espec fica. Son ejemplos de
informaci n œtil las descripciones de instrumentos de tortura, posiciones del cuerpo, mØtodos de
sujeci n, descripciones de heridas y discapacidades agudas o cr nicas y cualquier tipo de
informaci n que permita identificar a los autores y los lugares de detenci n. Aunque es esencial
obtener informaci n precisa sobre las experiencias de un superviviente de la tortura, los mØtodos
abiertos de interrogaci n exigen que el paciente revele estas experiencias con sus propias palabras
y en libre evocaci n. Una persona que ha sobrevivido a la tortura puede experimentar
dificultades para expresar en palabras sus propias experiencias y s ntomas. En ciertos casos
puede ser œtil utilizar listas de comprobaci n o cuestionarios sobre experiencias traumÆticas y s
ntomas. Si el entrevistador piensa que puede ser œtil utilizarlos, se dispone de numerosos
cuestionarios distintos, pero ninguno destinado espec ficamente a las v ctimas de la tortura.
Todas las quejas de un superviviente de la tortura son significativas. Todas deberÆn ser
notificadas, aunque no exista una correlaci n con las observaciones f sicas. DeberÆ dejarse
constancia documental de los s ntomas y discapacidades agudos o cr nicos asociados con formas
espec ficas de maltrato, as como los procesos ulteriores de curaci n.
1. S ntomas agudos
170. DeberÆ pedirse al sujeto que describa toda lesi n que pueda haber sido consecuencia de los
mØtodos espec ficos de los presuntos malos tratos. Por ejemplo, puede tratarse de hemorragias,
hematomas, inflamaciones, heridas abiertas, laceraciones, fracturas, luxaciones, elongaciones
tendinosas, hemopsisis, pneumot rax, perforaciones del t mpano, lesiones del sistema
genitourinario, quemaduras (coloraci n, ampollas o necrosis, segœn el grado de la quemadura),
lesiones por electricidad (tamaæo y nœmero de lesiones, coloraci n y caracter sticas de la
superficie), lesiones qu micas (coloraci n, signos de necrosis), dolor, adormecimiento,
estreæimiento y v mitos. DeberÆ anotarse la intensidad, frecuencia y duraci n de cada s ntoma.
Se describirÆ la evoluci n de cualquier lesi n cutÆnea ulterior indicando si ha dejado o no
cicatrices. Interrogar sobre el estado de salud en el momento de la puesta en libertad: ¿Estaba la
persona en condiciones de andar o hubo de permanecer en cama? En ese caso, ¿durante cuÆnto
tiempo? ¿CuÆnto tiempo tardaron en curarse las heridas? ¿Se infectaron? ¿QuØ tratamiento se
aplic ? ¿Se ocup de ello un mØdico o un sanador tradicional? TØngase presente que la propia
tortura o sus efectos ulteriores pueden comprometer la capacidad del detenido para hacer esas
observaciones, y en tal caso t mese nota de ello.
2. S ntomas cr nicos
171. Obtener informaci n sobre dolencias f sicas que a juicio de la persona estØn asociadas a la
tortura o a los malos tratos. Se ha de tomar nota de la gravedad, frecuencia y duraci n de cada s
ntoma y de cualquier discapacidad asociada o de la necesidad de atenci n mØdica o psicol gica.
Incluso si durante meses o aæos no se observan efectos secundarios de las lesiones agudas, es
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posible que queden ciertas seæales f sicas como escaras de quemadura elØctrica o tØrmica,
deformidades esquelØticas, consolidaci n incorrecta de fracturas, lesiones dentales, pØrdidas de
cabello y miofibrosis. Entre las quejas somÆticas mÆs frecuentes figuran dolores de cabeza,
dolores de espalda, s ntomas gastrointestinales, disfunciones sexuales y dolores musculares.
Entre los mÆs frecuentes s ntomas psicol gicos figuran estados depresivos, angustia, insomnio,
pesadillas, rememoraciones sœbitas y dificultades de memoria (vØase cap. VI, sec. B.2).
3. Resumen de la entrevista
172. Las v ctimas de la tortura pueden presentar lesiones considerablemente distintas de otras
formas de traumatismos. Aunque las lesiones agudas pueden ser caracter sticas de los presuntos
traumatismos, la mayor parte de las veces se curan al cabo de seis semanas del acto de tortura,
sin dejar cicatrices o, a lo mÆs, dejando cicatrices indefinidas. ste suele ser el caso cuando los
torturadores utilizan tØcnicas que evitan o limitan las seæales detectables de lesiones. En estos
casos, el reconocimiento f sico puede no revelar anomal as, pero ello no contradice en modo
alguno la denuncia de tortura. Con frecuencia, la relaci n detallada de las observaciones del
paciente sobre lesiones agudas y su ulterior proceso de curaci n son una importante fuente de
informaci n que puede corroborar denuncias concretas de tortura o malos tratos.
C. El examen f sico
175. Ante denuncias de tortura reciente y cuando el superviviente de la tortura todav a lleve la
ropa que llev durante la tortura, Østa se recogerÆ para su examen sin previo lavado y al sujeto se
le facilitarÆ la nueva ropa que necesita. Siempre que sea posible, la sala de examen estarÆ
suficientemente iluminada y dotada del equipo mØdico necesario para el reconocimiento.
Cualquier carencia se seæalarÆ en el informe. El examinador tomarÆ nota de todos los
hallazgos positivos y negativos utilizando diagramas de un cuerpo en que inscribirÆn la ubicaci
n y naturaleza de todas las lesiones (vØase anexo III). Ciertas formas de tortura, como los
choques elØctricos o los traumatismos por golpes, pueden ser indetectables en un primer
momento pero se harÆn patentes durante un examen ulterior. Aunque raramente se podrÆ
-64-
hacer un registro fotogrÆfico de las lesiones de los presos aœn detenidos por sus torturadores, la
fotograf a deberÆ ser parte habitual de los exÆmenes. Si se dispone de una cÆmara, siempre
serÆ mejor tomar fotograf as de escasa calidad que no disponer despuØs de ninguna. Tan
pronto como sea posible deberÆ solicitarse la ayuda de fot grafos profesionales (vØase cap. III,
sec. C.5).
1. La piel
176. El examen deberÆ extenderse a toda la superficie del cuerpo para detectar signos de
enfermedad cutÆnea generalizada, por ejemplo de carencias de vitaminas A, B y C, lesiones
anteriores a la tortura o lesiones provocadas por Østa, como abrasiones, contusiones,
laceraciones, heridas punzantes, quemaduras de cigarrillos o de instrumentos calientes, lesiones
por electricidad, alopecia y extracci n de las uæas. Las lesiones por tortura se describirÆn
mencionando la ubicaci n, simetr a, forma, tamaæo, color y superficie (por ejemplo, escamosa,
con costra o ulcerada), as como su delimitaci n y nivel en relaci n con la piel circundante.
Siempre que sea posible se recurrirÆ a la fotograf a como elemento esencial. Por œltimo, el
examinador deberÆ exponer su opini n en cuanto al origen de las lesiones: provocadas o
autoprovocadas, accidentales o resultantes de un proceso morboso70, 71.
2. La cara
177. DeberÆn palparse los tejidos faciales en busca de signos de fractura, crepitaci n, inflamaci n
o dolor. DeberÆn examinarse los componentes motores y sensoriales, incluido el olfato y el
gusto, de todos los nervios craneales. La tomograf a computadorizada (TC) es el medio diagn
stico mÆs completo, mejor que la radiograf a rutinaria, y permite observar fracturas faciales,
determinar alineamientos y diagnosticar lesiones y complicaciones conexas de los tejidos
blandos. A los traumatismos faciales se asocian con frecuencia lesiones intracraneales y de la
columna cervical.
a) Los ojos
70 O.V. Rasmussen, "Medical aspects of torture", Danish Medical Bulletin, vol. 37, Suplemento
1 (1990), pÆgs. 1 a 88.
-65-
lesiones de tejidos blandos. El ultrasonido de alta resoluci n es otro mØtodo para evaluar los
traumatismos del globo ocular.
b) Los o dos
179. Los traumatismos del o do, en particular la perforaci n de la membrana timpÆnica, son
consecuencia frecuente de los golpes fuertes. Con un otoscopio se examinarÆn los canales
auditivos y las membranas timpÆnicas y se describirÆn las lesiones observadas. Una forma
frecuente de tortura, que en AmØrica Latina se conoce como el "telØfono", consiste en un fuerte
golpe con la palma de la mano sobre una o ambas orejas, lo que aumenta rÆpidamente la presi n
del canal auditivo y rompe el t mpano. Para detectar perforaciones de membrana de un
diÆmetro inferior a 2 mil metros es necesario que el examen se haga rÆpidamente, dado que
pueden curarse en un lapso de diez d as. Se puede observar la presencia de l quido en el o do
medio o en el externo. Si los anÆlisis de laboratorio confirman la otorrea, deberÆ recurrirse a la
resonancia magnØtica o a la tomograf a computadorizada para determinar el lugar de la fractura.
Se investigarÆ una posible pØrdida de audici n mediante mØtodos sencillos de detecci n. Si es
necesario, se recurrirÆ a un especialista en audiometr a para que realice las pruebas
audiomØtricas. Para realizar un examen radiogrÆfico de las fracturas del hueso temporal o de la
cadena osicular, lo mejor serÆ recurrir a la tomograf a computadorizada, despuØs la tomograf a
hipocicloidal y, por œltimo, la tomograf a lineal.
c) La nariz
181. Fracturas o luxaciones de la mand bula pueden ser consecuencia de golpes recibidos. El s
ndrome de la articulaci n temporomaxilar suele ser consecuencia de golpes propinados sobre la
parte inferior de la cara y la mand bula. Se buscarÆn signos de crepitaci n del hueso hioides o
del cart lago lar ngeo resultantes de golpes recibidos en el cuello. Todo hallazgo relativo a la
orofaringe deberÆ ser anotado con detalle, incluyendo toda lesi n que pudiera ser resultado de
quemaduras, choques elØctricos u otros traumatismos. TambiØn se seæalarÆ la existencia de
hemorragias gingivales y el estado de las enc as.
182. El examen de un dentista deberÆ considerarse parte del reconocimiento mØdico peri dico
durante la detenci n. Este examen se descuida con frecuencia y sin embargo es un importante
componente del reconocimiento f sico. Es posible que se impida deliberadamente la atenci n
dental de manera que caries, gingivitis y abscesos vayan empeorando. DeberÆ establecerse un
historial odontol gico detallado y se pedirÆn los expedientes odontol gicos que puedan existir.
-66-
Los golpes directos o la tortura a base de choques elØctricos pueden provocar avulsi n, fractura
de dientes, desplazamiento de rellenos y fractura de pr tesis. Se tomarÆ nota asimismo de caries
dentales y gingivitis. Una mala dentadura puede deberse a las condiciones de detenci n o haber
precedido a Østa. SerÆ preciso examinar con todo cuidado la cavidad bucal. Durante la aplicaci
n de la corriente elØctrica pueden producirse mordeduras de lengua, enc as o labios. TambiØn
puede haber lesiones que son consecuencia de la introducci n forzada de objetos o materiales en
la boca, as como de la aplicaci n de corrientes elØctricas. Para determinar la magnitud de los
traumatismos en los tejidos blandos, la mand bula y los dientes se puede recurrir a los rayos X y
a la resonancia magnØtica.
3. El t rax y el abdomen
183. AdemÆs de observar las lesiones cutÆneas, la exploraci n del tronco debe tener por objeto
detectar zonas dolorosas, sensibles o molestas que pudieran ser reflejo de lesiones subyacentes
de la musculatura, las costillas o los rganos abdominales. El examinador deberÆ ponderar la
posibilidad de hematomas intramusculares, retroperitoneales e intrabdominales, as como de
laceraciones o perforaciones de algœn rgano interno. Para confirmar estas lesiones, se recurrirÆ
a la ultrasonograf a, la tomograf a computadorizada y la escintigraf a sea, de estar estas tØcnicas
disponibles. Se procederÆ de la forma habitual a exÆmenes rutinarios del sistema
cardiovascular, los pulmones y el abdomen. Ciertos trastornos respiratorios preexistentes pueden
agravarse durante la detenci n, en la cual con frecuencia aparecen nuevos trastornos respiratorios.
4. El sistema musculoesquelØtico
73 D. Forrest, "Examination for the late physical after-effects of torture", Journal of Clinical
Forensic Medicine, vol. 6 (1999), pÆgs. 4 a 13.
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resultados negativos. Con la resonancia magnØtica y la tomograf a computadorizada los
mœsculos denervados y el s ndrome compartimental cr nico aparecerÆn como fibrosis
musculares. Las contusiones seas se pueden detectar mediante la resonancia magnØtica o la
escintigraf a. En general, estas contusiones se curan sin dejar seæales.
5. El sistema genitourinario
186. En el examen neurol gico se evaluarÆn los nervios craneales, los rganos sensoriales y el
sistema nervioso perifØrico, en busca de neuropat as motrices y sensoriales relacionadas con
posibles traumatismos, carencias vitam nicas o enfermedades. Se evaluarÆn asimismo la
capacidad cognitiva y el estado mental (vØase cap. VI, sec. C). Cuando el paciente comunique
que ha sido colocado en posici n suspendida, la exploraci n tratarÆ en particular de determinar
una posible plexopat a braquial (mÆs fuerza en una mano que en otra, ca da de la muæeca,
debilidad del brazo con reflejos sensoriales y tendinosos variables). Radiculopat as, otras
neuropat as, deficiencias de los nervios craneales, hiperalgesias, parestesias, hiperestesias y
cambios en la posici n, las sensaciones tØrmicas, las funciones motrices, el modo de andar y la
coordinaci n pueden ser consecuencia de traumatismos derivados de la tortura. Cuando el
paciente tenga antecedentes de mareos y v mitos deberÆ buscarse una exploraci n del aparato
vestibular y se consignarÆn las seæales de nistagmus. La evaluaci n radiol gica ha de incluir la
resonancia magnØtica o la tomograf a computadorizada. La imagen obtenida por resonancia
magnØtica es preferible a la tomograf a computadorizada para la evaluaci n radiol gica del
cerebro y la fosa posterior.
a) No hay relaci n: la lesi n no puede haber sido causada por el traumatismo que se
describe;
b) Hay una relaci n probable: la lesi n puede haber sido causada por el traumatismo que
se describe pero no es privativa de Øste y podr a obedecer a otras muchas causas;
c) Hay una firme relaci n: la lesi n puede haber sido causada por el traumatismo que se
describe y son pocas las otras causas posibles;
-68-
d) Es t pica de: este es el cuadro que normalmente se observa con este tipo de
traumatismo, aunque podr a haber otras causas;
e) Da un diagn stico de: el cuadro no puede haberse constituido de un modo distinto del
descrito.
188. En œltimo tØrmino, para evaluar una historia de tortura lo importante es la evaluaci n
general del conjunto de las lesiones y no la correlaci n de cada una de ellas con una forma
particular de tortura (vØase una lista de mØtodos de tortura en el cap tulo IV, sec. G).
189. Las lesiones agudas suelen ser caracter sticas de la tortura pues muestran un cuadro de
lesi n, infligida, que difiere de las no infligidas, por ejemplo, por su forma, repetici n o distribuci
n por el cuerpo. Como la mayor parte de las lesiones se curan al cabo de unas seis semanas del
acto de tortura, no dejan cicatrices o dejan cicatrices inespec ficas, una historia caracter stica de
lesiones agudas y su evoluci n hasta la curaci n podr a ser el œnico elemento de apoyo a una
denuncia de tortura. Los cambios permanentes en la piel causados por traumatismos contusos
son infrecuentes, inespec ficos y en general carecen de valor diagn stico. Una secuela de este
tipo de violencia que tiene valor para diagnosticar ataduras prolongadas con estrechas ligaduras,
es una zona lineal que se extiende circularmente alrededor del brazo o la pierna, en general en la
muæeca o en el tobillo. Esta zona estarÆ casi desprovista de vello o de fol culos pilosos y
representa probablemente una forma de alopecia cicatricial. No hay ningœn diagn stico
diferencial que pueda establecerse con alguna enfermedad espontÆnea de la piel, y es dif cil
imaginar que un traumatismo de esta naturaleza pueda darse como cosa normal en la vida
cotidiana.
190. Entre las lesiones agudas, las abrasiones resultantes de lesiones abrasivas superficiales de
la piel pueden aparecer como araæazos, lesiones como las producidas por un contacto quemante
o lesiones abrasivas de mayor superficie. Ciertas abrasiones pueden mostrar un cuadro que
refleje los contornos del instrumento o de la superficie que ha causado la lesi n. Abrasiones
repetidas y profundas pueden crear zonas de hipo o de hiperpigmentaci n, segœn el tipo de piel
de que se trate. Esto puede ocurrir en el interior de las muæecas si la persona ha sido
fuertemente maniatada.
191. Las contusiones y los hematomas corresponden a zonas de hemorragia en tejidos blandos
causadas por la rotura de vasos sangu neos a ra z de un golpe. La magnitud y gravedad de una
contusi n dependen no s lo de la fuerza aplicada sino tambiØn de la estructura y vascularidad del
tejido contuso. Las contusiones se producen con mÆs facilidad en los lugares donde la piel es
mÆs fina y recubre un hueso, o en lugares de tejido mÆs graso. Numerosos cuadros cl nicos,
entre ellos carencias vitam nicas o nutriciales de otros tipos, se pueden asociar a la propensi n a
los hematomas o pœrpuras. Las contusiones y las abrasiones indican que en una determinada
zona se ha aplicado una fuerza contundente. A su vez, la ausencia de hematomas o de abrasiones
no indica lo contrario. Las contusiones pueden adoptar una forma que refleje los contornos del
instrumento utilizado. Por ejemplo, cuando se utiliza una porra o un palo se pueden producir
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hematomas en forma de ra l. As pues, de la forma del hematoma puede deducirse la del objeto
utilizado. A medida que van reabsorbiØndose, las contusiones experimentan una serie de
cambios de coloraci n. En un primer momento muestran un color azul oscuro, pœrpura o rojo
vivo. A medida que la hemoglobina del hematoma se va descomponiendo el color va cambiando
a violeta, verde, amarillo oscuro o amarillo claro y despuØs desaparece. Pero es muy dif cil
determinar en quØ fecha precisa se produjo la contusi n. En ciertos tipos de piel Østa puede
provocar una hiperpigmentaci n que puede durar varios aæos. Es posible que las contusiones que
evolucionan en tejidos subcutÆneos mÆs profundos s lo aparezcan varios d as despuØs de la
lesi n cuando la sangre extravasada llega a la superficie. Cuando se produzca una denuncia sin
que haya contusi n, serÆ preciso volver a examinar a la v ctima varios d as despuØs. DeberÆ
tenerse en cuenta que la posici n final y la forma de los hematomas no guardan relaci n con el
trauma original y que es posible que ciertas lesiones hayan desaparecido en el momento del
nuevo examen75.
192. Las laceraciones, un desgarro o aplastamiento de la piel y tejidos blandos subyacentes por
la presi n de una fuerza contundente se dan sobre todo en las partes prominentes del cuerpo,
donde la piel se ve comprimida entre el objeto contundente y la superficie sea situada bajo los
tejidos subdØrmicos. Pero si la fuerza es suficiente la piel se puede desgarrar en cualquier parte
del cuerpo. Las cicatrices asimØtricas, cicatrices en lugares no habituales y una distribuci n
difusa de cicatrices son indicios de lesiones deliberadas76.
193. Las cicatrices que deja la flagelaci n representan laceraciones curadas. Estas cicatrices se
han despigmentado y con frecuencia son hipertr ficas y estÆn rodeadas de estr as angostas e
hiperpigmentadas. El diagn stico diferencial deberÆ establecerse œnicamente con las dermatitis
por plantas, pero en Østas domina la hiperpigmentaci n y las cicatrices son mÆs cortas. En
cambio, ciertas rayas simØtricas, atr ficas y despigmentadas en el abdomen, axilas y piernas que
a veces se toman como secuelas de tortura corresponden a estr as de distensi n y normalmente no
guardan relaci n con la tortura77.
194. Las quemaduras son la forma de tortura que con mÆs frecuencia deja cambios
permanentes en la piel. Estos cambios pueden a veces tener un valor de diagn stico. Las
quemaduras con cigarrillos suelen dejar unas cicatrices maculares de 5 a 10 mil metros de
longitud, circulares u ovoides, con un centro hiper o hipopigmentado y una periferia
hiperpigmentada y relativamente indistinta. TambiØn se han comunicado casos de tortura en
que se han quemado tatuajes con cigarrillos para hacerlos desaparecer. La forma caracter stica
77 L. Danielsen, "Skin changes after torture", Torture, Vol. 2, Suplemento N” 1 (1992), pÆgs. 27
y 28.
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de la cicatriz resultante y cualquier resto del tatuaje que quede facilitarÆn el diagn stico 78. Las
quemaduras con objetos calientes provocan cicatrices marcadamente atr ficas que reflejan la
forma del instrumento y que quedan claramente delimitadas, con zonas marginales estrechas
hipertr ficas o hiperpigmentadas que corresponden a una zona inicial de inflamaci n. Esto se
puede ver, por ejemplo, tras una quemadura con una varilla metÆlica elØctricamente calentada o
un encendedor de gas. Si hay mœltiples cicatrices el diagn stico diferencial es dif cil. Los
procesos inflamatorios espontÆneos no presentan la caracter stica zona marginal y s lo
raramente muestran una pØrdida pronunciada de tejido. La quemadura puede provocar
cicatrices hipertr ficas o queloides, como tambiØn sucede tras una quemadura de caucho
ardiendo.
195. Cuando se quema la matriz de la uæa, la que despuØs crece aparece rayada, fina y
deforme, partida a veces en segmentos longitudinales. Si se ha arrancado la uæa, a partir del
pliegue ongular proximal se puede producir una proliferaci n de tejidos que forma un pterigio. S
lo cabe establecer con diagn stico diferencial los cambios que puede causar en la uæa el lichen
planus, pero normalmente Østos van acompaæados de lesiones cutÆneas muy difundidas. Por
otra parte, las micosis se caracterizan por unas uæas engrosadas, amarillentas y quebradizas que
no se parecen a los cambios descritos.
196. Las heridas cortantes se producen cuando la piel es cortada por un objeto afilado como un
cuchillo, una bayoneta o vidrios rotos e incluye heridas profundas, heridas incisas o cortantes y
heridas punzantes. En general, su aspecto agudo es fÆcilmente distinguible del aspecto irregular
y desgarrado de las laceraciones, y las cicatrices que se encuentran en reconocimientos ulteriores
tambiØn pueden ser distintivas. Un cuadro regular de pequeæas cicatrices de incisiones pueden
estar causadas por sanadores tradicionales79. Si a la herida abierta se le aplica pimienta o
cualquier otra sustancia daæina, la cicatriz puede hacerse hipertr fica. Un cuadro asimØtrico y
cicatrices de distintos tamaæos pueden ser importantes en un diagn stico de torturas.
b) Fracturas
197. Las fracturas provocan una pØrdida de la integridad del hueso debido a la aplicaci n de una
fuerza mecÆnica contundente sobre varios planos vectoriales. La fractura directa se produce en
el punto de impacto o en el punto donde se aplica la fuerza. La situaci n, forma y otras caracter
sticas de la fractura reflejan la naturaleza y direcci n de la fuerza aplicada. A veces se puede
distinguir la fractura provocada de la accidental por su imagen radiol gica. Para determinar la
antig edad de fracturas relativamente recientes deberÆ recurrirse a un radi logo con experiencia
en traumatismos. En la evaluaci n de la naturaleza y antig edad de lesiones traumÆticas
contusas deberÆ evitarse todo juicio especulativo, ya que una lesi n puede variar segœn la edad,
el sexo, las caracter sticas tisulares, el estado y la salud del paciente y tambiØn segœn la
gravedad del traumatismo. As , por ejemplo, un sujeto en buenas condiciones, musculoso y
joven resistirÆ mejor a los hematomas que personas mÆs delicadas y de mayor edad.
78 Ib d.
-71-
c) Traumatismos craneales
198. Los golpes en la cabeza constituyen una de las formas mÆs frecuentes de tortura. En
casos de traumatismos craneales recurrentes, incluso si no siempre son de gran intensidad, puede
esperarse una atrofia cortical y un daæo axonal difuso. En los traumatismos causados por ca das,
pueden observarse lesiones cerebrales por contragolpe (en el lado opuesto al del choque). En
cambio, en casos de traumatismo directo se pueden observar contusiones cerebrales directamente
bajo la regi n donde se propin el golpe. Los hematomas del cuero cabelludo son con frecuencia
invisibles, a no ser que se acompaæen de inflamaci n. Los hematomas en individuos de piel
oscura pueden ser dif ciles de ver, pero se manifiestan sensibles a la palpaci n.
199. Un superviviente de la tortura que se haya visto expuesto a golpes en la cabeza puede
quejarse de cefaleas continuas. Estas cefaleas son con frecuencia somÆticas o pueden arrancar
desde el cuello (vØase sec. C supra). Es posible que la v ctima declare que la regi n le duele al
tacto y por medio de la palpaci n del cuero cabelludo puede apreciarse una inflamaci n difusa o
local o una mayor firmeza. Cuando se han producido laceraciones del cuero cabelludo se pueden
observar cicatrices. El dolor de cabeza puede ser el s ntoma inicial de un hematoma subdural en
expansi n. Puede asociarse al comienzo agudo de trastornos mentales y deberÆ realizarse con
toda urgencia una tomograf a computadorizada. La hinchaz n de tejidos blandos o las
hemorragias se detectan habitualmente mediante la tomograf a computadorizada o la resonancia
magnØtica. TambiØn puede ser conveniente solicitar consulta psicol gica o neuropsicol gica
(vØase cap. VI, sec. C.4).
200. Las sacudidas violentas como forma de tortura pueden provocar lesiones cerebrales sin
dejar ninguna seæal exterior, aunque a veces pueden observarse hematomas en la parte superior
del t rax o en los hombros, de donde se agarr a la v ctima o su ropa. En los casos mÆs extremos,
las sacudidas pueden provocar lesiones idØnticas a las que se observan en el s ndrome del bebØ
sacudido: edema cerebral, hematoma subdural y hemorragias retinianas. Comœnmente, las v
ctimas se quejan de cefaleas recurrentes, desorientaci n o alteraciones mentales. Los episodios
de sacudida suelen ser breves, de algunos minutos o menos, pero pueden repetirse muchas veces
a lo largo de un per odo de d as o de semanas.
201. Las fracturas de costillas son una consecuencia frecuente de los golpes en el t rax. Si los
fragmentos se desplazan, la fractura puede acompaæarse de laceraciones del pulm n y posible
pneumot rax. Los golpes directos pueden provocar fracturas de las ap fisis espinosas de las
vØrtebras.
202. Ante un traumatismo abdominal agudo la exploraci n f sica buscarÆ signos de lesiones
de los rganos abdominales y el tracto urinario. Sin embargo, este examen suele dar resultados
negativos. Una hematuria fresca es la seæal mÆs indicativa de contusi n renal. Un lavado
peritoneal puede detectar una hemorragia abdominal oculta. El l quido abdominal libre
detectado por tomograf a computadorizada tras el lavado peritoneal puede proceder del propio
lavado o de una hemorragia, lo cual invalida el hallazgo. En la tomograf a computadorizada la
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hemorragia abdominal aguda suele ser isointensa o revela una densidad de agua distinta de la que
se observa en la hemorragia aguda del sistema nervioso central, que es hiperintensa. Otras
lesiones de rganos pueden manifestarse como gas libre, l quido extraluminal o zonas de escasa
atenuaci n, y pueden representar edemas, contusiones, hemorragias o laceraciones. El edema
peripancreÆtico es una de las seæales de pancreatitis aguda, traumÆtica o no. Los ultrasonidos
son particularmente œtiles para detectar los hematomas subcapsulares del bazo. Tras severas
palizas puede aparecer una insuficiencia renal aguda debido al s ndrome de aplastamiento. Una
complicaci n tard a de la lesi n renal puede ser la hipertensi n renal.
203. Falanga es la denominaci n mÆs comœn de la aplicaci n repetida de golpes en los pies (o,
mÆs raramente, en las manos o las caderas), utilizando en general una porra, un trozo de
tuber a o un arma similar. La complicaci n mÆs grave de la falanga es el s ndrome de
compartimiento cerrado, que puede provocar necrosis muscular, obstrucci n vascular o
gangrena de la porci n distal de los pies o los dedos de los pies. Aunque no con mucha
frecuencia pueden producirse deformidades permanentes de los pies y tambiØn fracturas de
carpos, metacarpos y falanges. Como las lesiones suelen limitarse a los tejidos blandos, la
tomograf a computadorizada o la resonancia magnØtica son los mØtodos de elecci n para
la documentaci n radiogrÆfica de la lesi n, pero debe advertirse que en la fase aguda la
exploraci n f sica debe ser de diagn stico. La falanga puede producir una invalidez cr nica.
El andar puede hacerse doloroso y dif cil. Los huesos del tarso pueden quedar fijos
(espÆsticos) o exageradamente m viles. La presi n sobre la planta del pie y la dorsiflexi n
del dedo gordo pueden ser dolorosas. A la palpaci n la totalidad de la aponeurosis plantar
puede ser dolorosa y las fijaciones distales de la aponeurosis pueden estar desgarradas, en
parte en la base de las falanges proximales y en parte en la piel. La aponeurosis pierde su
flexibilidad normal, con lo cual la marcha se hace dif cil y la fatiga muscular rÆpida. La
extensi n pasiva del dedo gordo del pie puede revelar si hay desgarros de la aponeurosis.
Si Østa estÆ intacta, a la palpaci n se sentirÆ el comienzo de tensi n en la aponeurosis
cuando el dedo gordo se ponga en dorsiflexi n de 20 grados; la extensi n normal mÆxima
es de unos 70 grados. Valores mÆs elevados indicar an la existencia de lesiones en las
fijaciones de la aponeurosis80, 81, 82, 83. Por otra parte, una limitaci n de la dorsiflexi n y el
dolor en la hiperextensi n del dedo gordo del pie ser an indicios de Hallux rigidus,
80 G. Sklyv, "Physical sequelae of torture", Torture and Its Consequences: Current Treatment
Approaches, M. Başoğlu, ed. (Cambridge, Cambridge University Press, 1992), pÆgs. 38 a 55.
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resultante de un osteofito dorsal en la cabeza del primer metatarsiano o en la base de la
falange proximal.
e) Fascitis plantar. Esta puede ser una complicaci n mÆs de este tipo de lesiones. En
casos de falanga la inflamaci n se extiende con frecuencia a toda la aponeurosis,
provocando una aponeurositis cr nica. En estudios sobre este tema, se observaron
escÆners seos positivos de puntos hiperactivos del calcÆneo o de los metatarsianos
en presos salidos en libertad tras 15 aæos de encarcelamiento que dec an que hab an
sido sometidos a la falanga en los primeros d as de su detenci n84.
84 V. L k, M. Tunca et al., "Bone scintigraphy as clue to previous torture", The Lancet, vol. 337,
(N” 8745), (1991), pÆgs. 846 a 847. VØase tambiØn M. Tunca y V. L k, "Bone scintigraphy in
screening of torture survivors", The Lancet, vol. 352, (N” 9143), (1998), pÆg. 1859.
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elecci n cuando se trata de determinar lesiones de tejidos blandos. Las imÆgenes
obtenidas por resonancia magnØtica o por escintigraf a permiten detectar lesiones seas en
forma de hematomas, que no se detectar an en radiograf as rutinarias o mediante la
tomograf a computadorizada85.
3. Suspensi n
206. La suspensi n del individuo es una forma frecuente de tortura que puede producir
extraordinarios dolores pero que apenas deja seæales visibles de lesi n, si las deja. La
persona que sigue recluida puede ser reacio a admitir que estÆ siendo torturada, pero el
hallazgo de dØficit neurol gicos perifØricos que seæalar a un diagn stico de plexopat a
braquial prÆcticamente demuestra que ha habido tortura por suspensi n. La suspensi n se
puede aplicar de diversas maneras:
c) Suspensi n de carnicer a inversa. Se aplica por fijaci n de los pies hacia arriba, con la
cabeza abajo.
207. La suspensi n puede durar desde 15 20 minutos hasta varias horas. La suspensi n
"palestina" puede provocar en muy poco tiempo lesiones permanentes del plexo braqueal. La
"percha del loro" puede producir desgarros en los ligamentos cruzados de la rodilla. Con
frecuencia se propina a las v ctimas golpes u otros maltratos mientras estÆn suspendidas. En la
fase cr nica es frecuente que persistan los dolores y la sensibilidad en la regi n de las
articulaciones del hombro mientras que el levantamiento de pesos y la rotaci n, sobre todo
interna pueden causar intensos dolores incluso muchos aæos despuØs. Entre las complicaciones
del per odo agudo que sigue a la suspensi n figuran debilidad de los brazos o manos, dolores y
parestesias, adormecimiento, insensibilidad al tacto, dolor superficial y pØrdida del reflejo
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tendinoso. Un intenso dolor profundo puede enmascarar la debilidad muscular. En la fase cr
nica puede mantenerse la debilidad y progresar la pØrdida de musculatura. Se observa
adormecimiento y, mÆs frecuentemente, parestesias. La elevaci n de los brazos o el
levantamiento de pesos puede causar dolor, adormecimiento o debilidad. AdemÆs de la lesi n
neurol gica, puede haber rupturas de los ligamentos de las articulaciones del hombro, dislocaci n
de la escÆpula y lesiones musculares tambiØn en la regi n del hombro. A la inspecci n visual
del dorso, puede observarse una "escÆpula alada" (con el borde vertebral prominente) con lesi n
del nervio torÆcico largo o dislocaci n de la escÆpula.
208. Las lesiones neurol gicas de los brazos suelen ser asimØtricas. La lesi n del plexo braquial
se manifiesta en disfunciones motrices, sensoriales y reflejas:
209. Entre los tejidos de la regi n del hombro, el plexo braquial es la estructura mÆs sensible a
las lesiones por tracci n. La suspensi n "palestina" provoca una lesi n del plexo braquial
debido a la extensi n posterior forzada de los brazos. Como se observa en el tipo clÆsico
de suspensi n "palestina", cuando el cuerpo queda suspendido con los brazos en
hiperextensi n posterior, si la fuerza ejercida sobre el plexo es suficientemente fuerte,
normalmente se ven afectadas las fibras del plexo inferior, y luego las del plexo medio y
superior. Si se trata de una suspensi n de tipo "crucifixi n", pero sin hiperextensi n, lo mÆs
probable es que empiecen por afectarse las fibras del plexo medio a causa de la
hiperabducci n. Las lesiones del plexo braquial pueden clasificarse de la siguiente manera:
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a) Lesiones del plexo inferior. Las deficiencias se localizan en los mœsculos del
antebrazo y la mano. Pueden observarse deficiencias sensoriales en el antebrazo y en
el cuarto y quinto dedos en el lado medial de la mano en una distribuci n del nervio
ulnar.
b) Lesiones del plexo medio. Se ven afectados los mœsculos extensores del antebrazo,
el codo y los dedos. Debilidad en la pronaci n del antebrazo y la flexi n radial de la
mano. Se observa una deficiencia sensorial en el antebrazo y en las caras dorsales
del primer, segundo y tercer dedos de la mano en una distribuci n del nervio radial.
Pueden perderse los reflejos tricipitales.
c) Lesiones del plexo superior. Se afectan especialmente los mœsculos del hombro.
Pueden ser deficientes la abducci n del hombro, la rotaci n axial y la pronaci n-
supinaci n del antebrazo. Se observa deficiencia sensorial en la regi n deltoidea, que
puede extenderse al brazo y a las partes exteriores del antebrazo.
210. Existen muy diversas formas de torturas de posici n, consistentes todas ellas en atar o
sujetar a la v ctima en posiciones retorcidas, hiperextendidas o de cualquier otra manera
antinaturales, lo que causa grandes dolores y puede producir lesiones en los ligamentos,
tendones, nervios y vasos sangu neos. Es caracter stico de todas estas formas de tortura que
apenas dejan o no dejan seæales exteriores o signos que puedan detectarse por radiolog a, pese a
que despuØs son frecuentes las graves discapacidades cr nicas.
211. Todas las torturas de posici n atacan a tendones, articulaciones y mœsculos. Existen
varios mØtodos: la "suspensi n del loro", la "posici n de banana" o la clÆsica "atadura de
banana" sobre una silla o simplemente sobre el suelo, o sobre una motocicleta, el mantenimiento
de la posici n de pie forzada, esta misma posici n pero sobre un solo pie, de pie y con los brazos
y las manos estirados hacia lo alto de una pared, la posici n forzada y prolongada en cuclillas o la
inmovilidad forzada en una pequeæa jaula. En funci n de las caracter sticas de cada una de estas
posiciones, las quejas se refieren a dolores en una determinada regi n del cuerpo, limitaci n de los
movimientos articulares, dolor dorsal, dolor en las manos o en las partes cervicales del cuerpo e
hinchaz n de la parte inferior de las piernas. A estas formas de tortura de posici n se aplican los
mismos principios de exploraci n neurol gica y musculoesquelØtica que a la suspensi n. Para la
evaluaci n de las lesiones asociadas a todas estas formas de tortura de posici n la exploraci n
radiol gica de preferencia es la imagen por resonancia magnØtica.
212. La corriente elØctrica se transmite a travØs de electrodos colocados en cualquier parte del
cuerpo. Los lugares mÆs comunes son las manos, pies, dedos de las manos, dedos de los pies,
orejas, areolas mamarias, boca, labios y zona genital. La electricidad procede de un generador
accionado a mano o por combusti n, el tendido elØctrico domØstico, un arma aturdidora (stun
gun), una varilla elØctrica del ganado u otros dispositivos elØctricos. La corriente elØctrica
-77-
sigue el camino mÆs corto entre los dos electrodos. Los s ntomas que provoca la corriente
elØctrica respetan esta caracter stica. As , por ejemplo, si los electrodos se colocan en un dedo
del pie derecho y en la regi n genital, se producirÆ dolor, contracci n muscular y calambres en
los mœsculos del muslo y la pantorrilla derechos. Se sentirÆ un dolor irresistible en la regi n
genital. Como todos los mœsculos a lo largo de la corriente elØctrica estÆn tetÆnicamente
contra dos, si esta corriente es moderadamente alta pueden observarse dislocaci n del hombro y
radiculopat as lumbares y cervicales. Pero la exploraci n f sica de la v ctima no permite
determinar con certeza el tipo, el momento de aplicaci n, la intensidad y el voltaje de la energ a
utilizada. Los torturadores utilizan con frecuencia agua o geles para aumentar la eficiencia de la
tortura, ampliar el punto de entrada de la corriente elØctrica y prevenir quemaduras elØctricas
detectables. Las quemaduras elØctricas suelen dejar una lesi n circular pardo-rojiza de un
diÆmetro de 1 a 3 mil metros, en general sin inflamaci n, que puede dejar una cicatriz
hiperpigmentada. Es preciso examinar con todo cuidado la superficie de la piel pues estas
lesiones suelen ser dif ciles de detectar. Es discutible la conveniencia de realizar biopsias de las
lesiones recientes para determinar su origen. Las quemaduras elØctricas pueden producir
cambios histol gicos espec ficos, pero Østos no siempre se dan y su ausencia en ninguna forma
puede interpretarse como excluyente de la quemadura elØctrica. Por consiguiente, en cada caso
debe determinarse si los posibles resultados del procedimiento van a compensar el dolor y las
molestias que ocasiona una biopsia cutÆnea (vØase anexo II, sec. 2).
6. Tortura dental
213. La tortura dental puede consistir en rotura o extracci n de dientes o aplicaci n de corrientes
elØctricas a los dientes. El resultado puede ser pØrdidas o roturas de dientes, inflamaci n de las
enc as, hemorragias, dolor, gingivitis, estomatitis, fracturas de la mand bula o pØrdida de
empastes de dientes. El s ndrome de la articulaci n temporomaxilar se caracteriza por dolor en
esta articulaci n, limitaci n de los movimientos de la mand bula y, en ciertos casos, subluxaci n
de esta articulaci n causada por espasmos musculares resultantes de las corrientes elØctricas o de
golpes a la cara.
7. Asfixia
214. La sofocaci n hasta casi llegar a la asfixia es un mØtodo de tortura cada vez mÆs frecuente.
En general no deja huellas y la recuperaci n es rÆpida. Este mØtodo de tortura fue tan difundido
en la AmØrica Latina que su nombre en espaæol, el "submarino", ha pasado a formar parte del
vocabulario de los derechos humanos. Se puede impedir la respiraci n normal mediante distintos
mØtodos como recubrir la cabeza con una bolsa de plÆstico, obturar la boca y la nariz, ejercer
una presi n o aplicar una ligadura alrededor del cuello u obligar a la persona a aspirar polvo,
cemento, pimienta, etc. Estas œltimas modalidades se conocen como el "submarino seco".
Pueden producirse diversas complicaciones como petequias en la piel, hemorragias nasales o
auriculares, congesti n de la cara, infecciones de la boca y problemas respiratorios agudos o cr
nicos. La inmersi n forzada de la cabeza en agua, frecuentemente contaminada con orina, heces,
v mitos u otras impurezas, puede dar lugar a que el sujeto casi se ahogue o se ahogue. La
aspiraci n de agua al pulm n puede provocar una pulmon a. Esta forma de tortura se llama
"submarino hœmedo". En los casos de ahorcadura u otras formas de asfixia por ligadura suelen
-78-
observarse abrasiones o contusiones caracter sticas alrededor del cuello. El hueso hioides y el
cart lago lar ngeo pueden ser fracturados por una estrangulaci n parcial o por golpes
administrados al cuello.
215. La tortura sexual empieza por la desnudez forzada, que en muchos pa ses es un factor
constante en las situaciones de tortura. La persona nunca es tan vulnerable como cuando se
encuentra desnuda y desvalida. La desnudez aumenta el terror psicol gico de todos los aspectos
de la tortura pues abre siempre la posibilidad de malos tratos, violaci n o sodom a. AdemÆs, las
amenazas verbales, los insultos y las burlas sexuales forman parte de la tortura sexual pues
incrementan la humillaci n y sus aspectos degradantes, todo lo cual forma parte del
procedimiento. Para la mujer el toqueteo es traumÆtico en todos los casos y se considera
tortura.
216. Existen diferencias entre la tortura sexual del hombre y la de la mujer, si bien hay varios
aspectos que se aplican a ambos. La violaci n siempre va asociada al riesgo de las enfermedades
de transmisi n sexual, en particular la causada por el virus de la inmunodeficiencia humana
(VIH)86. En la actualidad, la œnica profilaxis eficaz contra el VIH debe aplicarse en las horas
que siguen al incidente y, en general, no estÆ disponible en los pa ses donde la tortura es
habitual. En la mayor parte de los casos interviene un elemento sexual perverso y en otros la
tortura se dirige a los genitales. En el hombre la mayor parte de las veces los choques elØctricos
y los golpes se dirigen a los genitales, con o sin tortura anal adicional. Al traumatismo f sico
resultante se le aæade el maltrato verbal. Son frecuentes las amenazas de pØrdida de la
masculinidad, con la consiguiente pØrdida de dignidad ante la sociedad. A los presos se les
puede colocar desnudos en celdas junto con miembros de sus familias, amigos o extraæos,
violando los tabœes culturales. Viene a empeorar la situaci n la falta de intimidad en el uso de
los servicios sanitarios. AdemÆs se puede obligar a los presos a que se fuercen sexualmente los
unos a los otros, algo que puede ser particularmente dif cil de encajar emocionalmente. En
cuanto a las mujeres, su traumatismo puede verse potenciado por el miedo a la violaci n, dado el
profundo estigma cultural que va vinculado a Østa. No hay que descuidar el trauma de un
posible embarazo (que l gicamente no afecta a los hombres) el temor a perder la virginidad y a
quedar infecundas (aun cuando la violaci n pueda despuØs ocultarse ante un posible marido y el
resto de la sociedad).
86 D. Lunde y J. Ortmann, "Sexual torture and the treatment of its consequences", Torture and
Its Consequences, Current Treatment Approaches, M. Başoğlu, ed. (Cambridge, Cambridge
University Press, 1992), pÆgs. 310 a 331.
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superviviente de la tortura. Antes de iniciar cualquier examen deberÆ obtenerse la autorizaci n
de la persona, que deberÆ ser confirmada por la v ctima antes de que se proceda a la exploraci n
de las partes mÆs ntimas. Con toda claridad y de la forma mÆs comprensible deberÆ
informarse a la persona acerca de la importancia que reviste ese examen y de sus posibles
resultados.
218. Tal como se ha descrito en pÆginas anteriores de este manual (vØase sec. B supra),
deberÆ consignarse una historia minuciosa de la presunta agresi n. Pero hay algunas preguntas
concretas que s lo guardan relaci n con esa denuncia de abuso sexual. Con ellas se trata de
determinar quØ s ntomas del momento pueden ser resultado de una agresi n reciente, por
ejemplo hemorragias, flujos vaginales o anales y localizaci n del dolor, hematomas o llagas. En
casos de antiguos abusos sexuales, las preguntas apuntarÆn a los s ntomas continuos que
siguieron a la agresi n, como frecuencia de la micci n, incontinencia o disuria, irregularidades
menstruales, historial ulterior de embarazos, abortos o hemorragias vaginales, problemas con la
actividad sexual, como dolor y hemorragias en la copulaci n, dolor y hemorragias anales,
estreæimiento o incontinencia.
219. Lo mejor ser a que se pudiera disponer de instalaciones f sicas y tØcnicas adecuadas para
poder examinar debidamente a los supervivientes de violaciones sexuales, con una dotaci n de
psiquiatras, psic logos, ginec logos y enfermeras experimentados y especializados en el
tratamiento de los supervivientes de la tortura sexual. Un objetivo adicional de la consulta
siguiente a la agresi n sexual es el de ofrecer apoyo, consejo y tranquilidad, cuando corresponda.
All se tratar an problemas como las enfermedades de transmisi n sexual, el VIH, el embarazo, si
la v ctima es una mujer, y cualquier daæo f sico permanente, pues con frecuencia los torturadores
dicen a sus v ctimas que ya nunca podrÆn volver a vivir una sexualidad normal, lo cual puede
transformarse en una profec a que se cumple por s misma.
220. Es raro que la v ctima de violaci n en el curso de la tortura sea puesta en libertad cuando
aœn se pueden hallar indicios patentes del acto. En estos casos, deberÆ tenerse en cuenta que
hay muchos factores que pueden dificultar la evaluaci n mØdica. Las v ctimas de una agresi n
reciente pueden sentirse aproblemadas y confusas en cuanto a la idea de solicitar ayuda mØdica
o jur dica a causa de sus temores, problemas socioculturales o la naturaleza destructiva de la
agresi n. En estos casos, el mØdico deberÆ explicar a la v ctima todas las posibles opciones
mØdicas y jur dicas, y actuar de acuerdo con los deseos expresados por la v ctima. Entre los
deberes del mØdico figura el de obtener el consentimiento informado y voluntario para proceder
al reconocimiento, el registro de los hallazgos mØdicos relacionados con el abuso y la obtenci n
de muestras para el estudio forense. Siempre que sea posible, este reconocimiento deberÆ ser
realizado por un experto en documentaci n de la agresi n sexual. Si no es as , el mØdico
examinador deberÆ hablar con un experto o consultar un texto estÆndar de medicina forense cl
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nica87. Cuando el mØdico sea de sexo distinto que la v ctima, ofrecerÆ a Østa la posibilidad de
solicitar que otra persona de su mismo sexo estØ presente en la sala. Si se utiliza un intØrprete,
Øste puede al mismo tiempo desempeæar el papel de acompaæante. Dado el carÆcter delicado
de la investigaci n de una agresi n sexual, normalmente los parientes de la v ctima no son las
personas ideales para desempeæar ese papel (vØase cap. IV, sec. I). Es preciso que el paciente
se sienta c modo y relajado antes del examen. DeberÆ realizarse una minuciosa exploraci n f
sica, junto con una meticulosa documentaci n de todos los signos f sicos observados, con
indicaciones de tamaæo, ubicaci n y color de los elementos pertinentes, y, siempre que sea
posible, se fotografiarÆn estos elementos y se tomarÆn muestras para su examen.
221. La exploraci n f sica no se iniciarÆ por la zona genital. Se tomarÆ nota de toda
deformidad observada. DeberÆ concederse particular atenci n a un examen minucioso de la piel
en busca de lesiones cutÆneas que puedan haber sido consecuencia de la agresi n: hematomas,
laceraciones, equimosis y petequias que podr an obedecer a succiones o mordiscos. Esto puede
contribuir a que el paciente se vaya relajando para un examen completo. Cuando las lesiones
genitales sean m nimas, las situadas en otras partes del organismo pueden constituir el s ntoma
mÆs significativo de la agresi n. Incluso cuando los genitales femeninos se exploran
inmediatamente despuØs de la violaci n, s lo en menos de la mitad de los casos se encuentran
daæos identificables. El examen anal de hombres y mujeres tras una violaci n anal apenas
muestra lesiones en un 30% de los casos. Evidentemente, cuando para penetrar la vagina o el
ano se hayan utilizado objetos relativamente grandes la probabilidad de lesiones identificables
serÆ muy superior.
222. Cuando se disponga de un laboratorio forense se establecerÆ contacto con Øste antes del
examen para averiguar quØ tipos de espec menes pueden analizarse y, por consiguiente, quØ
muestras han de tomarse y de quØ manera. Muchos laboratorios facilitan estuches con los que el
mØdico puede tomar todas las muestras necesarias de las personas que dicen haber sido violadas.
Aunque no se disponga de laboratorio, convendrÆ de todas formas obtener frotis que luego se
sequen al aire. Estas muestras pueden servir despuØs para las pruebas de ADN. El esperma
puede ser identificado hasta cinco d as despuØs mediante muestras tomadas con escobilla
vaginal profunda y hasta tres d as despuØs si se usa un muestreo rectal. Cuando se tomen
muestras de varias v ctimas, en particular si tambiØn se han tomado de los presuntos autores,
deberÆn adoptarse estrictas precauciones para evitar toda alegaci n de contaminaci n cruzada.
Todas las muestras forenses deberÆn estar plenamente protegidas y su cadena de custodia
perfectamente documentada.
223. Cuando la presunta agresi n haya tenido lugar mÆs de una semana antes y no queden
signos de hematomas o laceraciones, la exploraci n pØlvica serÆ menos urgente. Se puede dejar
tiempo para hallar a la persona mejor calificada para documentar los hallazgos y el medio
87 VØase J. Howitt y D. Rogers, "Adult sexual offenses and related matters", Journal of Clinical
Forensic Medicine, W. D. S. McLay, ed. (Londres, Greenwich Medical Media, 1996), pÆgs.
193 a 218.
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ambiente ptimo para entrevistar a la persona. Pero siempre que sea posible convendrÆ
fotografiar adecuadamente las lesiones residuales.
d) Seguimiento
226. En todos los casos de abuso sexual se prescribirÆn las pruebas de laboratorio y el
tratamiento adecuados. En casos de gonorrea y clamidiasis, en la exploraci n se considerarÆ la
posibilidad de que haya una infecci n concomitante del ano o de la orofaringe. En los casos de
agresi n sexual se obtendrÆn cultivos iniciales y se practicarÆn pruebas serol gicas y se
iniciarÆ la terapØutica correspondiente. La disfunci n sexual es comœn entre los supervivientes
de la tortura, en particular, aunque no exclusivamente, entre las v ctimas de tortura sexual o
violaci n. En su origen los s ntomas pueden ser f sicos o psicol gicos, o una combinaci n de
ambos, e incluyen:
i) Aversi n a los miembros del sexo opuesto o pØrdida de interØs por la actividad
sexual.
ii) Temor al acto sexual porque la pareja se enterarÆ de que la v ctima ha sido objeto
de una agresi n sexual o por temor de haber sufrido daæo sexual. Los torturadores
han podido formular esa amenaza o instalar un miedo a la homosexualidad en los
hombres que han sufrido abusos anales. Algunos hombres heterosexuales han
experimentado una erecci n e incluso a veces han eyaculado durante un coito anal
no consentido. Es preciso tranquilizarles advirtiØndoles que se trata œnicamente
de una respuesta fisiol gica.
-82-
iii) Incapacidad para confiar en la pareja sexual. iv) Dificultades para
227. En muchas culturas es totalmente inaceptable que en la vagina de una mujer virgen se
introduzca cualquier cosa, incluso un espØculo, un dedo o una torunda. Si la mujer muestra
claras seæales de violaci n a la inspecci n externa, puede ser innecesaria la exploraci n pØlvica
interna. Entre las seæales observadas en un examen genital pueden figurar:
ii) Abrasiones de los genitales femeninos. Las abrasiones pueden estar causadas por
el contacto con objetos duros como uæas o anillos.
iii) Laceraciones vaginales. Son raras, pero cuando existen se pueden asociar a una
atrofia de los tejidos o a una cirug a previa. No pueden diferenciarse de las
incisiones causadas por la introducci n de objetos cortantes.
228. Si la exploraci n f sica de los genitales femeninos se realiza mÆs de una semana despuØs
de la agresi n, es raro que se pueda hallar ningœn indicio f sico. MÆs adelante, cuando la mujer
haya reanudado su actividad sexual, consensual o no, o haya parido, puede ser casi imposible
atribuir al presunto abuso cualquier seæal que se detecte. Por consiguiente, el componente mÆs
importante de una evaluaci n mØdica puede ser la evaluaci n que haga el examinador de los
antecedentes (por ejemplo, la correlaci n existente entre las denuncias de agresi n y las lesiones
agudas observadas por el individuo) as como el comportamiento de la persona, teniendo en
cuenta el contexto cultural de la experiencia de la mujer.
229. Los hombres que han sido sometidos a tortura en la regi n genital, incluidos
aplastamientos, retorcimientos o tironeos del escroto o golpes directos a esa regi n, durante el per
odo agudo se quejan normalmente de dolor y de sensibilidad. Pueden observarse hiperemia,
marcada inflamaci n y equimosis. La orina puede contener gran nœmero de eritrocitos y
leucocitos. Si a la palpaci n se detecta una masa deberÆ determinarse si se trata de un hidrocele,
un hematocele o una hernia inguinal. En caso de hernia inguinal, el examinador no puede palpar
la cuerda espermÆtica sobre la masa. En cambio, si se trata de un hidrocele o de un hematocele,
en general por encima de la masa se palpan las normales estructuras del cord n espermÆtico. El
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hidrocele se produce por una acumulaci n excesiva de l quido en el interior de la tunica vaginalis,
debida a la inflamaci n de los test culos y sus anexos o a una disminuci n del drenaje por
obstrucci n linfÆtica o venosa en el cord n o en el espacio retroperitoneal. El hematocele
consiste en una acumulaci n de sangre dentro de la tunica vaginalis debido a un traumatismo. A
diferencia del hidrocele, Øste no se transilumina.
230. TambiØn la torsi n testicular puede ser resultado de un traumatismo en el escroto. As los
test culos se retuercen en su base obstruyendo el flujo sangu neo. Esto causa gran dolor e
inflamaci n y constituye una emergencia quirœrgica. Si la torsi n no se reduce inmediatamente
puede producirse un infarto testicular. En condiciones de detenci n en que suele negarse la
atenci n mØdica, cabe preverse las secuelas tard as de esta lesi n.
231. Las personas que fueron sometidas a tortura escrotal pueden sufrir infecciones cr nicas
del tracto urinario, disfunciones de la erecci n o atrofia testicular. No son infrecuentes los s
ntomas de trastorno de estrØs postraumÆtico. En la fase cr nica puede ser imposible distinguir
entre una patolog a escrotal causada por tortura y la resultante de otros procesos morbosos. Si en
una exploraci n urol gica completa no pueden descubrirse anormalidades f sicas habrÆ que
pensar que los s ntomas urinarios, la impotencia u otros trastornos sexuales tienen un origen
psicol gico. Las cicatrices en la piel del escroto y del pene pueden ser dif ciles de percibir. Por
esta raz n, la ausencia de cicatrices en esos lugares concretos no demuestra la ausencia de tortura.
Por otra parte, la presencia de cicatrices indica normalmente que el sujeto ha sufrido un
traumatismo considerable.
232. Tras la violaci n anal o la introducci n de objetos en el ano, sea cual fuere el sexo de la v
ctima, el dolor y la hemorragia pueden durar d as o semanas. Esto con frecuencia es causa de
estreæimiento, que puede exacerbarse con la dieta deficiente de muchos lugares de detenci n.
Pueden asimismo observarse s ntomas gastrointestinales y urinarios. En la fase aguda toda
exploraci n que vaya mÆs allÆ de la inspecci n visual exigirÆ una anestesia local o general y
deberÆ ser realizada por un especialista. En la fase cr nica pueden persistir varios s ntomas, que
deben ser investigados. Es posible que se observen cicatrices anales at picas por su tamaæo o
posici n, que deberÆn documentarse. Las fisuras anales pueden persistir durante muchos aæos,
pero normalmente es imposible establecer un diagn stico diferencial entre las causadas por la
tortura y las que obedecen a otros mecanismos. Al examinar el ano deberÆn buscarse y
documentarse las siguientes seæales:
i) Las fisuras tienden a representar seæales no espec ficas pues pueden darse en cierto
nœmero de situaciones "normales" (estreæimiento o higiene defectuosa). Pero cuando se
observan en situaci n aguda (es decir dentro de las primeras 72 horas), las fisuras
constituyen una seæal mÆs espec fica y se pueden considerar como prueba de penetraci
n.
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iii) La rotura del dispositivo rugal puede manifestarse en forma de cicatriz suave en abanico.
Cuando se vean estas cicatrices fuera de la l nea mediana (es decir, fuera de los puntos de
las 12 las 6 horas), puede ser indicio de traumatismo por penetraci n.
v) Exudaci n purulenta del ano. En todos los casos de presunta penetraci n rectal, se observe
o no una exudaci n, deberÆn realizarse cultivos por si existe gonorrea o clamidiasis.
233. Las pruebas de diagn stico no constituyen parte esencial de la evaluaci n cl nica de una
persona que dice haber sido torturada. En muchos casos basta con la historia mØdica y el
reconocimiento f sico. Pero en ciertas circunstancias, estas pruebas pueden aportar valiosa
informaci n auxiliar. Ello es as , por ejemplo, cuando se ha presentado una demanda judicial
contra miembros de la autoridad o una demanda de indemnizaci n. En estos casos, una prueba
positiva puede ser decisiva para que una demanda tenga Øxito o no. Por otra parte, si las pruebas
de diagn stico se realizan por razones terapØuticas, sus resultados deberÆn agregarse al informe
cl nico. Es preciso darse cuenta de que la ausencia de un resultado positivo en una prueba de
diagn stico, al igual que sucede con los resultados del examen f sico, no debe utilizarse como
indicativo de que no ha habido tortura. En muchas situaciones no se puede disponer de pruebas
de diagn stico por razones tØcnicas, pero en ningœn caso su ausencia invalidarÆ un informe que
por lo demÆs estØ correctamente preparado. No serÆ apropiado utilizar unos medios de diagn
stico limitados para documentar las lesiones por razones legales œnicamente cuando haya una
mayor necesidad de utilizar esos medios con fines cl nicos (vØanse mÆs detalles en el anexo II).
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Cap tulo VI INDICIOS PSICOL GICOS DE LA TORTURA A. Generalidades 1.
El papel central de la evaluación psicológica
234. EstÆ muy generalizada la idea de que la tortura constituye una experiencia vital
extraordinaria que puede dar origen a muy diversos sufrimientos f sicos y psicol gicos. La
mayor parte de los mØdicos e investigadores estÆn de acuerdo en que el carÆcter extremo de la
experiencia de tortura es suficientemente poderoso por s mismo como para surtir consecuencias
mentales y emocionales, sea cual fuere el estado psicol gico previo del individuo. Pero las
consecuencias psicol gicas de la tortura se dan en el contexto de la significaci n que
personalmente se le atribuya, del desarrollo de la personalidad y de factores sociales, pol ticos y
culturales. Por esta raz n, no cabe suponer que todas las formas de tortura dan el mismo
resultado. Por ejemplo, las consecuencias psicol gicas de una ejecuci n simulada no son las
mismas que las de una agresi n sexual, y el confinamiento en solitario y en aislamiento no va a
producir los mismos efectos que los actos f sicos de tortura. Del mismo modo, no puede
suponerse que los efectos de la detenci n y la tortura van a ser iguales en un adulto que en un
niæo. De todas formas, existen conjuntos de s ntomas y reacciones psicol gicas que se han
podido observar y documentar con bastante regularidad en los supervivientes de la tortura.
235. Los agentes de la tortura tratan con frecuencia de justificar sus actos de tortura y malos
tratos por la necesidad de obtener informaci n. Esa racionalizaci n viene a enmascarar cuÆl es el
objetivo de la tortura y sus consecuencias deseadas. Uno de los objetivos fundamentales de la
tortura es reducir a la persona a una situaci n de desvalimiento y angustia extremos que puede
producir un deterioro de las funciones cognitivas, emocionales y conductuales 89. As , por
ejemplo, la tortura constituye un ataque a los modos fundamentales de funcionamiento psicol
gico y social de la persona. En esas circunstancias, el torturador trata no s lo de incapacitar a la v
ctima f sicamente sino tambiØn de desintegrar su personalidad. El torturador aspira a destruir la
sensaci n de arraigo de la v ctima en una familia y una sociedad como ser humano con sus
sueæos, esperanzas y aspiraciones. Al deshumanizar y quebrar la voluntad de sus v ctimas, el
torturador sienta precedentes aterrorizadores para todos aquellos que despuØs se pongan en
contacto con la v ctima. De esta forma, la tortura puede quebrar o daæar la voluntad y la
coherencia de comunidades enteras. AdemÆs, la tortura puede infligir daæos profundos a las
relaciones ntimas entre c nyuges, padres e hijos y otros miembros de la familia, as como a las
relaciones entre las v ctimas y sus comunidades.
236. Es importante darse cuenta de que no todos los que han sido torturados llegan a padecer
una enfermedad mental diagnosticable. Pero muchas v ctimas experimentan profundas
reacciones emocionales y s ntomas psicol gicos. Los principales trastornos psiquiÆtricos
asociados a la tortura son el trastorno de estrØs postraumÆtico (TEPT) y la depresi n profunda.
Si bien estos trastornos se dan tambiØn en la poblaci n general, su prevalencia es mucho mÆs
elevada entre las poblaciones traumatizadas. Las repercusiones culturales, sociales y pol ticas
singulares que la tortura tiene para cada persona influyen en su capacidad para describirla y
-86-
hablar de ella. Estos son factores importantes que contribuyen al impacto psicol gico y social de
la tortura y que deben tomarse en consideraci n cuando se proceda a evaluar el caso de un
individuo procedente de otro medio cultural. La investigaci n transcultural revela que los
mØtodos fenomenol gicos o descriptivos son los mÆs indicados para tratar de evaluar los
trastornos psicol gicos o psiquiÆtricos. Lo que se considera comportamiento perturbado o patol
gico en una cultura puede no ser considerado patol gico en otra 90, 91, 92. Desde la segunda guerra
mundial se ha adelantado en la comprensi n de las consecuencias psicol gicas de la violencia.
Entre los supervivientes de la tortura y de otros tipos de violencia se han observado y
documentado ciertos s ntomas y s ndromes psicol gicos.
237. En estos œltimos aæos se ha aplicado el diagn stico de trastorno de estrØs postraumÆtico
a una diversidad cada vez mayor de personas que padecen las consecuencias de muy variados
tipos de violencia. De todas formas, aœn no se ha determinado la utilidad de este diagn stico en
medios culturales no occidentales. Pero todo indica que entre las poblaciones traumatizadas de
refugiados de muy distintos medios Øtnicos y culturales hay una elevada incidencia del trastorno
de estrØs postraumÆtico y de depresi n93, 94, 95. El estudio transcultural de la depresi n preparado
91 H. T. Engelhardt "The concepts of health and disease", Evaluation and Explanation in the
Biomedical Sciences, H. T. Engelhardt y S. F. Spicker, eds. (Dordrecht: D. Reidel Publishing
Co., 1975), pÆgs. 125 a 141.
93 R. F. Mollica, et al., "The effect of trauma and confinement on the functional health and
mental health status of Cambodians living in Thailand-Cambodia border camps", Journal of the
American Medical Association (JAMA), vol. 270 (1993), pÆgs. 581 a 586.
94 J. D. Kinzie et al., "The prevalence of posttraumatic stress disorder and its clinical
significance among Southeast Asian refugees", American Journal of Psychiatry, vol. 147 (N” 7)
(1990), pÆgs. 913 a 917.
95 K. Allden et al., "Burmese political dissidents in Thailand: trauma and survival among young
adults in exile", American Journal of Public Health, vol. 86 (1996), pÆgs. 1561 a 1569.
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por la Organizaci n Mundial de la Salud facilita œtil informaci n 96. Aunque ciertos s ntomas
pueden observarse en distintas culturas, Østos pueden no ser siempre los s ntomas que mÆs
preocupan a la persona.
238. Las evaluaciones se realizan en diversos contextos pol ticos. De ello resultan importantes
diferencias en la forma como ha de realizarse una evaluaci n. El mØdico o el psic logo deberÆ
adaptar las directrices que a continuaci n se dan a la situaci n y los objetivos particulares de la
evaluaci n (vØase cap. III, sec. C.2).
239. El que ciertas preguntas puedan o no formularse sin riesgo variarÆ en gran medida
dependiendo del grado de confidencialidad y seguridad que pueda garantizarse. Por ejemplo, un
examen hecho por un mØdico visitante en una prisi n que se limite a 15 minutos no podrÆ
seguir el mismo derrotero que un examen forense en un consultorio privado que pueda durar
varias horas. Se plantean problemas adicionales cuando se trata de determinar si los s ntomas
psicol gicos o el comportamiento son patol gicos o adaptativos. Cuando se examina a una
persona que estÆ detenida o que vive en un ambiente de amenaza o de opresi n considerable,
algunos s ntomas pueden ser adaptativos. As , por ejemplo, una disminuci n del interØs por
actividades y una sensaci n de despego y distanciamiento son comprensibles en una persona que
se halla en confinamiento solitario. Del mismo modo, las personas que viven en sociedades
represivas pueden encontrar necesario mantener actitudes de hipervigilancia y evitaci n 97. De
todas formas, las limitaciones que impongan ciertas condiciones a las entrevistas no impedirÆn
que traten de aplicarse las directrices que se establecen en este manual. En circunstancias dif
ciles es particularmente importante que los gobiernos y las autoridades implicados respeten esas
normas en la mayor medida posible.
97 M. A. Simpson, "What went wrong?: diagnostic and ethical problems in dealing with the
effects of torture and repression in South Africa", Beyond Trauma: Cultural and Societal
Dynamics, R. J. Kleber, C. R. Figley, B. P. R. Gersons, eds. (Nueva York, Plenum Press, 1995),
pÆgs. 188 a 210.
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diagnosticable que puede ser tratado tanto biol gica como psicol gicamente 98. El mØdico o psic
logo encargado de la evaluaci n deberÆ procurar establecer una relaci n entre el sufrimiento
mental y el contexto de las creencias y normas culturales del individuo. Ello incluye el respeto
por el contexto pol tico as como por la cultura y las creencias religiosas. Dada la gravedad de la
tortura y sus consecuencias, cuando se realice una evaluaci n psicol gica deberÆ adoptarse una
actitud de aprendizaje informado en lugar de precipitarse a establecer diagn sticos y
clasificaciones. Lo ideal ser a que esta actitud transmitiese a la v ctima la idea de que sus quejas
y su sufrimiento se reconocen como reales y previsibles dadas las circunstancias. En este
sentido, una actitud empÆtica y sensible puede dar a la v ctima algœn alivio de su experiencia de
alienaci n.
241. La v ctima puede tener sœbitas rememoraciones o recuerdos intrusivos en los que una vez y
otra vive el incidente traumÆtico, y esto incluso estando la persona despierta y consciente, o
puede sufrir pesadillas recurrentes que incluyen elementos del hecho traumÆtico en su forma
original o en forma simb lica. La angustia ante la exposici n a elementos que simbolizan o se
asemejan al trauma se manifiesta con frecuencia en desconfianza y miedo a las personas dotadas
de autoridad, incluidos mØdicos y psic logos. En pa ses o situaciones en los que las autoridades
participan en violaciones de los derechos humanos, no deben considerarse sistemÆticamente
patol gicos la desconfianza y el temor ante los representantes de la autoridad.
social; iv) Incapacidad para recordar algœn aspecto importante del trauma.
c) Hiperexcitaci n
generalizada;
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vi) Respiraci n superficial, sudoraci n, sequedad de boca o mareos y problemas
gastrointestinales.
d) S ntomas de depresi n
242. Pueden observarse los siguientes s ntomas de depresi n: estado de Ænimo depresivo,
anhedonia (clara disminuci n del interØs o del placer en cualquier actividad), alteraciones del
apetito o pØrdida de peso, insomnio o hipersomnio, agitaci n o lentificaci n psicomotriz,
cansancio y pØrdida de energ a, sensaci n de inutilidad y excesivo sentimiento de culpa,
dificultad de prestar atenci n, concentrarse o recordar algœn acontecimiento, pensamientos de
muerte, ideas de suicidio o intentos de suicidio.
243. La v ctima tiene la sensaci n de haber sufrido daæos irreparables y un cambio irreversible de
su personalidad99. El sujeto tiene la sensaci n de pØrdida de sentido del futuro, sin expectativas
de carrera, matrimonio, hijos o una duraci n normal de vida.
g) Quejas somÆticas
245. Entre las v ctimas de la tortura son frecuentes los s ntomas somÆticos como dolores,
cefaleas u otros s ntomas f sicos, que pueden o no tener una base objetiva. La œnica queja que se
manifieste puede ser el dolor, que puede variar tanto en ubicaci n como en intensidad. Los s
ntomas somÆticos pueden deberse directamente a las consecuencias f sicas de la tortura o tener
un origen psicol gico. Por ejemplo, todos los tipos de dolores pueden ser consecuencia f sica
directa de la tortura o tener un origen psicol gico. Entre las quejas somÆticas t picas figuran las
de dolor dorsal, dolores musculoesquelØticos y cefaleas, que obedecen con frecuencia a lesiones
craneales. Los dolores de cabeza son muy frecuentes entre los supervivientes de la tortura y
muchas veces se convierten en cefaleas cr nicas postraumÆticas. TambiØn pueden estar
causados o exacerbados por la tensi n y el estrØs.
-90-
h) Disfunciones sexuales
246. Las disfunciones sexuales son frecuentes entre los supervivientes de la tortura, en particular,
aunque no exclusivamente, entre los que han sufrido torturas sexuales o violaciones (vØase cap.
V, sec. D.8).
i) Psicosis
247. Las diferencias culturales y ling sticas se pueden confundir con s ntomas psic ticos. Antes
de diagnosticar a alguien como psic tico, serÆ preciso evaluar sus s ntomas dentro del contexto
cultural propio de la persona. Las reacciones psic ticas pueden ser breves o prolongadas, y los s
ntomas pueden aparecer mientras la persona estÆ detenida y torturada o despuØs. Pueden
hallarse los siguientes s ntomas:
olfativas.
vi) Las personas que tienen antecedentes de enfermedad mental pueden sufrir una recurrencia
de trastornos psic ticos o trastornos del humor con s ntomas psic ticos. Las personas con
antecedentes de trastorno bipolar, depresi n grave
249. La tortura puede causar un traumatismo f sico que dØ lugar a diversos grados de daæo
cerebral. Los golpes en la cabeza, la asfixia y la malnutrici n prolongada pueden tener
-91-
consecuencias neurol gicas y neuropsicol gicas a largo plazo que no sean fÆciles de detectar en
un reconocimiento mØdico. Como sucede en todos los casos de daæo cerebral que no puede
documentarse mediante tØcnicas de formaci n de imÆgenes u otros procedimientos mØdicos, la
evaluaci n y la realizaci n de pruebas neuropsicol gicas pueden ser la œnica forma segura de
documentar esos efectos. Frecuentemente los s ntomas que tratan de hallarse en esas
evaluaciones son muy similares a los que componen el trastorno de estrØs postraumÆtico y la
depresi n grave. Las fluctuaciones o deficiencias en el nivel de conciencia, orientaci n, atenci n,
concentraci n, memoria y funcionamiento ejecutivo pueden deberse a trastornos funcionales o a
causas orgÆnicas. Por consiguiente, para poder realizar un diagn stico diferencial se
necesitarÆn conocimientos especializados en evaluaci n neuropsicol gica y tambiØn
conocimiento de los problemas propios de la validaci n transcultural de los instrumentos
neuropsicol gicos (vØase sec. C.4 infra).
250. Aunque las principales quejas y los hallazgos mÆs importantes que se han hecho entre los
supervivientes de la tortura son muy diversos y estÆn relacionados con la experiencia vital
propia de cada persona y con su contexto cultural, social y pol tico, convendrÆ que los
evaluadores estØn familiarizados con los trastornos mÆs frecuentemente diagnosticados a los
supervivientes de traumatismos y torturas. AdemÆs, no es infrecuente la presencia de mÆs de
un trastorno mental y los trastornos mentales relacionados con traumatismos presentan una
comorbilidad considerable. Diversas manifestaciones de ansiedad y depresi n son los s ntomas
mÆs frecuentes derivados de la tortura. No es infrecuente que la sintomatolog a ya descrita se
clasifique dentro de las categor as de ansiedad y trastornos del humor. Los dos sistemas de
clasificaci n mÆs destacados son la clasificaci n de trastornos mentales y del comportamiento de
la Clasificaci n Internacional de las Enfermedades (CIE-10) 100, por una parte, y el manual de
diagn stico y estad stica de trastornos mentales de la Asociaci n PsiquiÆtrica Americana (DSM-
IV)101, por otra parte. VØase una descripci n completa de las categor as de diagn stico en CIE-10
y DSM-IV. El presente examen se centrarÆ en los diagn sticos mÆs frecuentes relacionados
con los traumatismos: el trastorno de estrØs postraumÆtico, la depresi n grave y los cambios
duraderos de la personalidad.
a) Trastornos depresivos
251. Los estados depresivos son casi universales entre los supervivientes de la tortura. En el
contexto de la evaluaci n de las consecuencias de la tortura, es problemÆtico dar por supuesto
que el TEPT y la depresi n grave son dos entidades morbosas distintas con etiolog as claramente
diferenciables. Entre los trastornos depresivos figuran la depresi n grave, el trastorno depresivo
grave de un solo episodio, y los trastornos depresivos recurrentes (mÆs de un episodio). Los
101 American Psychiatric Association, Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders:
DSM-IV-TR, 4.“ ed. (Washington D.C., 1994).
-92-
trastornos depresivos pueden presentarse con o sin s ntomas psic ticos, catat nicos, melanc licos o
at picos. Segœn el DSM-IV, para poder hacer un diagn stico del episodio de depresi n grave
serÆ preciso que en un mismo per odo de dos semanas se presenten cinco o mÆs de los s
ntomas que se mencionan a continuaci n y que representen un cambio del funcionamiento
anterior (por lo menos uno de los s ntomas deberÆ ser un estado de Ænimo depresivo o pØrdida
de interØs o de placer): 1) estado de Ænimo deprimido; 2) clara disminuci n del interØs o el
placer en toda o prÆcticamente toda actividad; 3) pØrdida de peso o alteraci n del apetito; 4)
insomnio o hipersomnio; 5) agitaci n o lentificaci n psicomotr z; 6) cansancio o pØrdida de
energ a; 7) sensaci n de inutilidad o de culpa excesiva o inadecuada; 8) disminuci n de la
capacidad de pensamiento o de concentraci n; y 9) ideas recurrentes de muerte o suicidio. Para
poder hacer este diagn stico es preciso que los s ntomas sean causa de una angustia considerable
o de grave perturbaci n del funcionamiento social o profesional, no obedezcan a un trastorno
fisiol gico y no se expliquen en el marco de otro diagn stico del DSM-IV.
252. El diagn stico que mÆs frecuentemente se asocia a las consecuencias psicol gicas de la
tortura es el trastorno de estrØs postraumÆtico (TEPT). La asociaci n entre la tortura y este
diagn stico estÆ bien arraigada entre los profesionales de la salud, los tribunales de inmigraci n y
los legos informados. As se ha creado la impresi n err nea y simplista de que el TEPT es la
principal consecuencia psicol gica de la tortura.
253. La definici n que da el DSM-IV del TEPT se basa sobre todo en la presencia de trastornos
de la memoria en relaci n con el trauma, como, por ejemplo, recuerdos intrusivos, pesadillas e
incapacidad de recordar aspectos importantes del trauma. El sujeto puede ser incapaz de
recordar con precisi n detalles espec ficos de los actos de tortura pero s podrÆ recordar los
principales aspectos de su experiencia de la tortura. Por ejemplo, la v ctima puede recordar que
fue violada en varias ocasiones pero no as las fechas exactas, los lugares donde sucedi y detalles
sobre el entorno o los torturadores. En esas circunstancias, la incapacidad de recordar detalles
precisos refuerza, en lugar de reducir, la credibilidad de la historia que narra el superviviente.
Los principales aspectos de la historia mantendrÆn su coherencia en las distintas entrevistas. El
diagn stico que la CIE-10 da del TEPT es muy similar al del DSM-IV. Segœn el DSM-IV, el
TEPT puede ser agudo, cr nico o diferido. Los s ntomas pueden durar mÆs de un mes y el
trastorno puede provocar considerable angustia o grave perturbaci n del funcionamiento de la
persona. Para diagnosticar un trastorno de estrØs postraumÆtico, es preciso que el sujeto haya
estado expuesto a un acontecimiento traumÆtico que haya entraæado experiencias amenazadoras
de su vida o de la vida de otros y causado sensaciones intensas de temor, desvalimiento u horror.
El acontecimiento habrÆ de ser revivido persistentemente de una o mÆs de las siguientes
maneras: rememoraci n angustiosa intrusiva del hecho, sueæos angustiosos recurrentes del
acontecimiento, actuaci n o sensaciones como si el hecho se repitiera, incluidas alucinaciones,
rememoraciones sœbitas e ilusiones, intensa angustia psicol gica ante la exposici n a elementos
que hacen recordar el acontecimiento y reactividad fisiol gica frente a aspectos que se asemejan
al acontecimiento o lo simbolicen.
-93-
254. El sujeto darÆ muestra persistente de que evita todo est mulo asociado al hecho
traumÆtico o de un embotamiento general de la reactividad, segœn un m nimo de tres de los
siguientes indicios: 1) esfuerzos por evitar pensamientos, sensaciones o conversaciones
relacionados con el trauma; 2) esfuerzos por evitar actividades, lugares o personas que
recuerden el trauma a la v ctima; 3) incapacidad para recordar algœn aspecto importante del
acontecimiento; 4) disminuci n del interØs por actividades importantes; 5) desapego o
distanciamiento de otros; 6) constricci n afectiva; y 7) disminuci n del sentido del futuro. Otra
raz n para diagnosticar un TEPT segœn el DSM-IV es la persistencia de s ntomas de excitaci n
que no estaban presentes antes del trauma, segœn un m nimo de dos de los siguientes indicios:
dificultad para conciliar el sueæo o mantenerlo, irritabilidad o estallidos de c lera, dificultades
para la concentraci n, hipervigilancia y reacciones de sobresalto exagerado.
255. Los s ntomas del TEPT pueden ser cr nicos o fluctuar durante largos per odos de tiempo.
A lo largo de algunos intervalos el cuadro cl nico estÆ dominado por los s ntomas de
hiperexcitabilidad e irritabilidad. En esos momentos el superviviente suele experimentar un
aumento de los recuerdos intrusivos, las pesadillas y las rememoraciones sœbitas. En otros
momentos, puede parecer relativamente asintomÆtico o constreæido y retra do emocionalmente.
Debe recordarse que el hecho de que no se satisfagan los criterios de diagn stico del TEPT no
significa que no haya habido tortura. Segœn la CIE-10, en cierta proporci n de los casos el TEPT
puede evolucionar cr nicamente a lo largo de muchos aæos con transici n ulterior a un cambio de
personalidad duradero.
256. Tras un estrØs extremo catastr fico o de carÆcter prolongado, pueden aparecer trastornos
de la personalidad adulta en sujetos que antes no hab an padecido ningœn trastorno de la
personalidad. Entre los tipos de estrØs extremo que pueden alterar la personalidad figuran las
experiencias en campos de concentraci n, las catÆstrofes, una cautividad prolongada con la
posibilidad inminente de ser asesinado, la exposici n a situaciones amenazadoras de la vida,
como el ser v ctima del terrorismo, y la tortura. Segœn la CIE-10, el diagn stico de transformaci
n duradera de la personalidad s lo se formularÆ cuando haya seæales de un cambio claro,
significativo y persistente de la forma como el individuo percibe, relaciona o piensa
habitualmente sobre su entorno y sobre s mismo, asociado a comportamientos inflexibles y
maladaptativos que no se manifestaban antes de la experiencia traumÆtica. El diagn stico
excluye cambios que sean manifestaci n de otro trastorno mental o s ntoma residual de cualquier
trastorno mental previo, as como las alteraciones de la personalidad y el comportamiento
causadas por enfermedad, disfunci n o daæo cerebrales.
-94-
distanciamiento social, sensaciones de vac o o de desesperanza, una impresi n cr nica de
"hallarse al borde", como ante una amenaza constante, y extraæamiento.
258. Los especialistas han observado que los supervivientes de la tortura con frecuencia
desarrollan secundariamente un cuadro de alcoholismo y toxicoman a como forma de obliterar
los recuerdos traumÆticos, regular emociones desagradables y controlar la ansiedad. Aunque es
frecuente la presencia simultÆnea del TEPT y otros trastornos, apenas se han realizado estudios
sistemÆticos sobre el consumo excesivo de sustancias por supervivientes de la tortura. Las
publicaciones relativas a los grupos que sufren el TEPT pueden incluir a supervivientes de la
tortura, como refugiados, prisioneros de guerra y ex combatientes de conflictos armados, y
pueden aportar algunas ideas. Los estudios de estos grupos revelan que la prevalencia del abuso
de sustancias var a entre los distintos grupos Øtnicos o culturales. Los ex prisioneros de guerra
con TEPT estaban mÆs expuestos al consumo excesivo de sustancias, mientras que los ex
combatientes presentaban ndices elevados de coexistencia del trastorno de estrØs postraumÆtico
con el abuso de sustancias102, 103, 104, 105, 106, 110, 111, 112. En resumen, en otros grupos expuestos al
trastorno de estrØs postraumÆtico se han recogido pruebas importantes en el sentido de que el
abuso de sustancias puede acompaæar al TEPT en los supervivientes de la tortura.
259. Como se pone de manifiesto en el catÆlogo de s ntomas descrito en esta secci n, ademÆs
del trastorno de estrØs postraumÆtico debe considerarse la posibilidad de otros diagn sticos,
como el trastorno depresivo grave y la transformaci n duradera en la personalidad (vØase infra).
Entre los demÆs diagn sticos posibles figuran los siguientes:
102 P. J. Farias, "Emotional distress and its socio-political correlates in Salvadoran refugees:
analysis of a clinical sample", Culture, Medicine and Psychiatry, vol. 15 (1991), pÆgs. 167 a
192.
103 A. Dadfar, "The Afghans: bearing the scars of a forgotten war", Amidst Peril and Pain:
The Mental Health and Well-being of the World’s Refugees, A. Marsella et al., (Washington
D.C., American Psychological Association, 1994).
104 G. W. Beebe, "Follow-up studies of World War II and Korean war prisoners: II: Morbidity,
disability, and malajustments", American Journal of Epidemiology, vol. 101 (1975), pÆgs. 400 a
422.
-95-
i) El trastorno de la ansiedad generalizada, caracterizado por una ansiedad y preocupaci n
excesivas acerca de gran diversidad de distintos acontecimientos o actividades, la tensi n
motriz y un aumento de la actividad del sistema aut nomo;
iii) El trastorno de estrØs agudo presenta esencialmente los mismos s ntomas que el TEPT,
pero se diagnostica durante el primer mes despuØs de la exposici n a la vivencia
traumÆtica;
iv) Ciertos trastornos de aspecto somÆtico con s ntomas f sicos que no se explican por
ninguna dolencia;
v) Trastorno bipolar con episodios man acos o hipoman acos que se acompaæan de un
estado de Ænimo elevado, expansivo o irritable, ideas de grandeza, reducci n de la
necesidad de dormir, fuga de ideas, agitaci n psicomotriz y fen menos psic ticos
asociados;
vi) Trastornos causados por una dolencia general que suele consistir en daæo cerebral
con fluctuaciones o dØficit en el nivel de conciencia, orientaci n, atenci n,
concentraci n, memoria y funcionamiento excesivo;
110
R. A. Kulka et al., Trauma and the Vietnam War Generation: Report of Findings from
the National Vietnam Veterans Readjustment Study, (New York, Brunner/Mazel, 1990).
111
K. Jordan et al., "Lifetime and current prevalence of specific psychiatric disorders among
Vietnam veterans and controls", Archives of General Psychiatry, vol. 48 (N” 3), (1991), pÆgs.
207 a 215.
112
A. Y. Shalev, A. Bleich, R. J. Ursano, "Posttraumatic stress disorder: somatic
comorbidity and effort tolerance", Psychosomatics, vol. 31 (1990), pÆgs. 197 a 203.
260. Las evaluaciones psicol gicas pueden hallar indicios cr ticos de malos tratos entre las v
ctimas de la tortura por varias razones: con frecuencia la tortura provoca devastadores s ntomas
psicol gicos, los mØtodos de tortura suelen estar diseæados para no dejar lesiones f sicas y los
mØtodos f sicos de tortura pueden dejar huellas f sicas que desaparecen o son inespec ficas.
261. Las evaluaciones psicol gicas facilitan informaci n œtil para los exÆmenes
medicolegales, las solicitudes de asilo pol tico, la determinaci n de las condiciones en las que han
-96-
podido obtenerse falsas confesiones, el conocimiento de las prÆcticas regionales de tortura, la
identificaci n de las necesidades terapØuticas de las v ctimas y para dar testimonio en las
investigaciones relativas a los derechos humanos. El objetivo general de toda evaluaci n psicol
gica consiste en determinar el grado de coherencia que existe entre el relato que el individuo
hace de la tortura y las seæales psicol gicas que se observan en el curso de la evaluaci n. Con
este fin, la evaluaci n deberÆ dar una descripci n detallada de la historia del individuo, un
examen de su estado mental, una evaluaci n de su funcionamiento social y una formulaci n de las
impresiones cl nicas (vØanse cap. III, sec. C y cap. IV, sec. E). Siempre que estØ indicado se
harÆ un diagn stico psiquiÆtrico. Como los s ntomas psicol gicos son tan prevalentes entre los
supervivientes de la tortura, es muy de recomendar que toda evaluaci n de tortura incluya una
evaluaci n psicol gica.
262. Al proceder a una evaluaci n del estado psicol gico y a un diagn stico cl nico siempre se
tendrÆ en cuenta el contexto cultural. Para realizar la entrevista y formular una impresi n y
conclusi n cl nicas es fundamental conocer los s ndromes espec ficos de la cultura y las
expresiones de angustia vehiculadas por el idioma nativo con el que se comunican los s ntomas.
Si el entrevistador no tiene un buen conocimiento o no conoce en absoluto el medio cultural de la
v ctima, es esencial la ayuda de un intØrprete. Lo mejor es que el intØrprete sea nacional del pa
s de la v ctima y conozca el idioma, costumbres, tradiciones religiosas y otras creencias que
deben tenerse en cuenta en el curso de la investigaci n. La entrevista puede despertar temores y
desconfianza en la v ctima y es posible que le recuerde sus anteriores interrogatorios. Para
reducir los efectos de una traumatizaci n adicional, el especialista cl nico deberÆ dar la impresi n
de que comprende bien cuÆles son las experiencias y el medio cultural del sujeto. Aqu no
conviene observar la estricta "neutralidad cl nica" que se aplica en ciertas formas de psicoterapia,
durante las cuales el especialista adopta un papel pasivo y apenas abre la boca. El especialista
debe hacer ver que es aliado del sujeto y adoptar una actitud de apoyo exenta de todo juicio.
2. El proceso de la entrevista
263. El especialista cl nico debe comenzar la entrevista explicando con detalle quØ
procedimientos se van a seguir (y las preguntas que se han de hacer sobre los antecedentes
psicosociales, incluidos la relaci n del caso de tortura y el actual funcionamiento psicol gico), lo
que prepara al sujeto para las dif ciles reacciones emocionales que pueden provocar las
preguntas. Es preciso que en cualquier momento el entrevistado pueda pedir una pausa e
interrumpir la entrevista e incluso suspenderla si el estrØs llega a resultarle intolerable, con la
posibilidad de una cita ulterior. El especialista ha de ser sensible y empÆtico en la manera de
formular sus preguntas, pero permaneciendo siempre objetivo en su evaluaci n cl nica. Al
mismo tiempo, el entrevistador debe ser consciente de sus posibles reacciones personales ante el
superviviente y las descripciones de tortura que Øste haga, que pueden influir sobre sus
percepciones y juicios propios.
264. El proceso de la entrevista puede recordar al superviviente los interrogatorios a que fue
sometido bajo tortura. Por consiguiente, puede manifestar fuertes sentimientos negativos contra
el especialista a cargo como miedo, rabia, rechazo, desvalimiento, confusi n, pÆnico u odio. El
especialista debe permitir que se expresen y expliquen esos sentimientos y mostrarse
-97-
comprensivo ante la dif cil situaci n del sujeto. AdemÆs, no se debe descuidar la posibilidad de
que la persona aœn pueda ser perseguida u oprimida. Cuando sea necesario se evitarÆ toda
pregunta sobre actividades clandestinas. Es importante tomar en consideraci n las razones por
las cuales se procede a la evaluaci n psicol gica, pues son Østas las que van a determinar el nivel
de confidencialidad que debe respetar el experto. Si la evaluaci n de la fiabilidad de una
denuncia de tortura de un sujeto se ha solicitado en el marco de un proceso judicial iniciado por
una autoridad oficial, deberÆ advertirse a la persona objeto de la evaluaci n que ello implica el
levantamiento del secreto mØdico en lo que respecta a todas las informaciones presentadas en el
informe. Pero si la solicitud de evaluaci n psicol gica procede de la propia persona torturada, el
experto deberÆ respetar la confidencialidad mØdica.
265. Los especialistas que realicen evaluaciones f sicas o psicol gicas deben conocer las
reacciones emocionales que las evaluaciones de traumas graves pueden suscitar en el
entrevistado y en el entrevistador. Esas reacciones emocionales se denominan transferencia y
contratransferencia. Entre las t picas reacciones que experimentan los supervivientes de la
tortura, sobre todo si se les estÆ pidiendo que vuelvan a contar o recuerden detalles de su
vivencia traumÆtica, figuran la desconfianza, el miedo, la verg enza, la rabia y los sentimientos
de culpabilidad. Se denomina transferencia al conjunto de sentimientos que un superviviente
concibe hacia el especialista que guardan relaci n con sus pasadas experiencias pero se
consideran err neamente dirigidas hacia el especialista personalmente. Por otra parte, la reacci n
emocional del especialista hacia el superviviente de la tortura, conocida como
contratransferencia, puede influir en la evaluaci n psicol gica. Transferencia y
contratransferencia son mutuamente interdependientes e interactivas.
267. Las preguntas del evaluador pueden ser sentidas por el sujeto como una exposici n
forzada equivalente a un interrogatorio. ste puede sospechar que el evaluador tiene motivaciones
escoptof licas o sÆdicas, y el entrevistado puede preguntarse, por ejemplo: "¿Por quØ quiere
obligarme a describir, hasta el œltimo terrible detalle, lo que me ha sucedido? ¿C mo se explica
que una persona normal decida ganarse la vida escuchando historias como la m a? Es probable
que el evaluador obedezca a alguna motivaci n extraæa". Puede haber prejuicios contra el
evaluador, que nunca ha sido detenido y torturado. Esto puede hacer que el sujeto sienta que el
evaluador estÆ del lado del enemigo.
268. El evaluador es percibido como persona en posici n de autoridad, lo que suele ser el caso,
y por ello no se le pueden confiar ciertos aspectos de la historia traumÆtica. Otras veces, sobre
todo cuando el sujeto sigue detenido, Øste puede mostrarse demasiado confiado en
circunstancias en que el entrevistador no puede garantizarle que no va a haber represalias.
-98-
DeberÆn adoptarse todas las precauciones necesarias para impedir que los presos se expongan a
riesgos innecesarios confiando ingenuamente en que ese alguien del exterior va a protegerlos.
Las v ctimas de la tortura pueden temer que la informaci n que se revela en el contexto de una
evaluaci n no se pueda poner a salvo de gobiernos persecutores. El miedo y la desconfianza
pueden ser particularmente agudos en casos en los que mØdicos u otros agentes de salud han
sido participantes en el acto de tortura.
270. Si el evaluador y el torturador son del mismo sexo, es mÆs fÆcil que la entrevista le
aparezca a la v ctima como semejante a la situaci n de tortura que cuando son de sexos
diferentes. Por ejemplo, una mujer que ha sido violada o torturada en prisi n por un guardiÆn de
sexo masculino experimentarÆ probablemente mÆs angustia, desconfianza y miedo si se
enfrenta con un evaluador de ese mismo sexo que si ha de tratar con una entrevistadora. Distinto
es el caso de hombres que han sido agredidos sexualmente y que pueden avergonzarse de dar
detalles sobre su tortura a una evaluadora. La experiencia ha demostrado que, sobre todo cuando
las v ctimas siguen detenidas, en todas las sociedades salvo las mÆs tradicionalmente
fundamentalistas (donde estÆ excluido que un hombre entreviste y aœn menos examine a una
mujer), por ejemplo en un caso de violaci n, puede ser mÆs importante el hecho de que el
entrevistador sea un mØdico al que la v ctima pueda formular preguntas precisas que el sexo al
que pertenezca. Se han conocido casos de mujeres v ctimas de violaci n sexual que no revelan
nada a investigadoras no mØdicas pero s solicitan hablar con un mØdico aunque sea var n para
poder hacerle preguntas mØdicas concretas. Las preguntas t picas se refieren a posibles
secuelas, como un embarazo, la capacidad de concebir mÆs adelante o el futuro de las relaciones
sexuales en la pareja. En el contexto de las evaluaciones realizadas con fines legales, es fÆcil
que la atenci n que necesariamente se ha de conceder a los detalles y la precisi n de las preguntas
relativas a la historia se perciba como una seæal de desconfianza o de duda de parte del
examinador.
271. A causa de las presiones psicol gicas antes mencionadas, los supervivientes pueden sufrir
un nuevo traumatismo y verse abrumados por sus recuerdos y, en consecuencia, utilizar o
movilizar fuertes defensas que los suman en un profundo retraimiento e indiferencia afectiva en
el curso del examen o la entrevista. Para la preparaci n del informe, el retraimiento y la
indiferencia oponen especiales dificultades ya que la v ctima de la tortura puede verse en la
incapacidad de comunicar efectivamente su historia y sus sufrimientos actuales, por muy
beneficioso que ello pueda resultarle.
-99-
272. Las reacciones de contratransferencia suelen ser inconscientes y precisamente por serlo
pueden plantear problemas. Es absolutamente normal tener sentimientos cuando se escucha a
alguien que habla de su tortura. Esos sentimientos pueden atentar contra la eficacia del
especialista cl nico, pero si Øste los comprende pueden servirle de gu a. Los mØdicos y psic
logos que intervienen en la evaluaci n y el tratamiento de v ctimas de tortura estÆn de acuerdo
en que el conocimiento y la comprensi n de las reacciones t picas de contratransferencia son
fundamentales pues Østa puede limitar considerablemente la capacidad de evaluar y documentar
las consecuencias f sicas y psicol gicas de la tortura. Para bien documentar la tortura y otras
formas de malos tratos, es preciso que se lleguen a comprender bien las motivaciones personales
que inducen a trabajar en este sector. Hay consenso en que los profesionales que se dedican
habitualmente a realizar este tipo de exÆmenes deben obtener supervisi n y apoyo profesional de
colegas experimentados en este campo. Entre las mÆs frecuentes reacciones de
contratransferencia figuran:
pol tico pueden dar lugar a actitudes demasiado sentimentales o idealizadas hacia el
superviviente.
-100-
beneficiarse de una evaluaci n que documenta las consecuencias del presunto
incidente.
viii) Algunas diferencias importantes entre los sistemas de valores culturales del
especialista y los del individuo que sostiene haber sido torturado pueden ser la
creencia en mitos relativos a ciertos grupos Øtnicos, las actitudes de
condescendencia y la subestimaci n del grado de desarrollo del individuo o de su
perspicacia. En sentido contrario, cuando los especialistas son miembros del
mismo grupo Øtnico que la v ctima podr a formarse una alianza no verbalizada
que tambiØn vendr a a menoscabar la objetividad de la evaluaci n.
273. La mayor parte de los especialistas consideran que muchas de las reacciones de
contratransferencia no son meros ejemplos de distorsi n sino que son fuentes importantes de
informaci n acerca del estado psicol gico de la v ctima de la tortura. La eficacia del especialista
puede verse comprometida cuando la contratransferencia es objeto de acci n y no de reflexi n. Se
aconseja a los especialistas encargados de la evaluaci n y el tratamiento de las v ctimas de la
tortura que examinen sus reacciones de contratransferencia y, siempre que sea posible, obtengan
supervisi n y asesoramiento de un colega.
274. Las circunstancias pueden exigir que las entrevistas sean realizadas por un especialista
que no pertenezca al mismo grupo cultural o ling stico que el superviviente. Para esos casos
existen dos posibles estrategias, cada una de las cuales ofrece sus ventajas y sus inconvenientes.
El entrevistador puede utilizar la traducci n literal, palabra por palabra, que le da un intØrprete
(vØase cap. IV, sec. I). Otra posibilidad es que el entrevistador dØ un enfoque bicultural a la
entrevista. Este enfoque consiste en recurrir a un equipo entrevistador compuesto por el
especialista que investiga y un intØrprete, que facilita la interpretaci n ling stica y al mismo
tiempo explica el significado cultural de acontecimientos, vivencias, s ntomas y expresiones.
Con frecuencia el especialista no percibe los factores culturales, religiosos y sociales de interØs,
de forma que un buen intØrprete serÆ capaz de seæalar esos factores y explicar su importancia
al mØdico. Si el entrevistador se basa estrictamente en una interpretaci n literal, palabra por
palabra, no podrÆ disponer de este tipo de interpretaci n en profundidad de la informaci n. Por
otra parte, si se espera que los intØrpretes seæalen al especialista los factores culturales,
religiosos y sociales importantes, es fundamental que al mismo tiempo se abstengan de influir en
modo alguno sobre las respuestas que la persona torturada dØ a las preguntas del mØdico.
Cuando no se utilice una traducci n literal, el especialista se asegurarÆ de que las respuestas del
entrevistado, tal como se las comunica el intØrprete, representan exactamente lo que la persona
haya dicho, sin ninguna adici n o supresi n por el intØrprete. Sea cual fuere la estrategia
adoptada, en la elecci n de un intØrprete serÆn criterios importantes su identidad y su afiliaci n
Øtnica, cultural y pol tica. Es preciso que la v ctima de la tortura conf e en que el intØrprete
comprende bien lo que estÆ diciendo y puede comunicarlo con exactitud al especialista
investigador. En ningœn caso se permitirÆ que el intØrprete sea un agente de la ley ni un
funcionario pœblico. A fin de respetar la intimidad, tampoco se utilizarÆ como intØrprete a
ningœn miembro de la familia. El equipo investigador deberÆ elegir a un intØrprete
independiente.
-101-
3. Componentes de la evaluaci n psicol gica/psiquiÆtrica
276. Se harÆn esfuerzos por recoger la historia completa de las torturas, persecuciones y otras
experiencias traumÆticas importantes (vØanse cap. IV, sec. E). Esta parte de la evaluaci n suele
ser agotadora para la persona que estÆ siendo evaluada. Por consiguiente, puede ser necesario
proceder en varias sesiones. La entrevista comenzarÆ por un resumen general de los
acontecimientos para luego pasar a los detalles de las experiencias de tortura. Es preciso que el
entrevistador conozca las cuestiones jur dicas pertinentes ya que Østas determinarÆn la
naturaleza y la cantidad de informaci n necesaria para bien documentar los hechos.
277. La determinaci n del funcionamiento psicol gico actual constituye el nœcleo de la evaluaci
n. Como los prisioneros de guerra gravemente brutalizados y las v ctimas de violaci n sexual
muestran en un 80 a 90% de los casos una prevalencia de por vida del trastorno de estrØs
postraumÆtico, serÆ preciso formular preguntas concretas relativas a las tres categor as de
trastorno de estrØs postraumÆtico del DSM-IV (retorno de la experiencia del acontecimiento
traumÆtico, evitaci n, embotamiento de la reactividad, incluida la amnesia, y excitaci n) 107, 108.
Se describirÆn en detalle los s ntomas afectivos, cognitivos y conductuales, y se especificarÆ la
frecuencia, con ejemplos, de pesadillas, alucinaciones y reacciones de sobresalto. La ausencia de
s ntomas puede deberse a la naturaleza epis dica y con frecuencia diferida del trastorno de estrØs
postraumÆtico o a que se nieguen los s ntomas a causa de la verg enza.
278. En esta parte de la evaluaci n psicol gica se trata de obtener informaci n sobre las actuales
circunstancias de la vida del sujeto. Es importante investigar las fuentes actuales de estrØs
como, por ejemplo, separaci n o pØrdida de seres queridos, huida del pa s de origen o vida en el
exilio. AdemÆs, el entrevistador deberÆ investigar quØ capacidad tiene la persona de ser
productiva, ganarse la vida y ocuparse de su familia, as como con quØ apoyos sociales puede
contar.
107 B. O. Rothbaum et al., "A prospective examination of post-traumatic stress disorder in rape
victims", Journal of Traumatic Stress, vol. 5 (1992), pÆgs. 455 a 475.
108 P. B. Sutker et al., "Cognitive deficits and psychopathology among former prisoners of war
and combat veterans of the Korean conflict", American Journal of Psychiatry, vol. 148 (1991),
pÆgs. 62 a 72.
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d) Historia previa a la tortura
280. La descripci n de los traumatismos previos es importante para evaluar el estado de salud
mental y el nivel de funcionamiento psicosocial de la v ctima de la tortura antes de la experiencia
traumÆtica. De esta forma el entrevistador puede comparar el actual estado de salud mental con
el que presentaba el sujeto antes de la tortura. Para evaluar los antecedentes el entrevistador
deberÆ tener en cuenta que la duraci n y gravedad de las respuestas al trauma se ven afectadas
por mœltiples factores. Algunos de estos factores, no los œnicos, son las circunstancias de la
tortura, la percepci n e interpretaci n de la tortura por parte de la v ctima, el contexto social antes,
durante y despuØs de la tortura, los recursos de la comunidad y de las personas cercanas, y sus
valores y actitudes con respecto a las experiencias traumÆticas, as como diversos factores pol
ticos y culturales, la gravedad y la duraci n de los hechos traumÆticos, los factores de
vulnerabilidad genØtica y biol gica, la fase de desarrollo y edad de la v ctima, la historia previa
de traumas y la personalidad preexistente. En muchos casos, por falta de tiempo y otros
problemas, puede ser dif cil obtener toda esta informaci n en las entrevistas. De todas formas, es
importante conseguir datos suficientes acerca del estado mental y el funcionamiento psicosocial
anteriores del sujeto para hacerse una idea de la medida en que la tortura ha contribuido a los
problemas psicol gicos.
e) Historia cl nica
281. La historia cl nica resume las condiciones de salud antes del trauma, el estado actual, los
dolores corporales, las quejas de tipo somÆtico, las medicinas utilizadas y sus efectos
secundarios, aspectos importantes de la vida sexual, intervenciones quirœrgicas anteriores y otros
datos mØdicos (vØase cap. V, sec. B).
f) Historia psiquiÆtrica
282. DeberÆ interrogarse a la persona sobre sus antecedentes de trastornos mentales o psicol
gicos, la naturaleza de los problemas, y si ha recibido tratamiento o ha necesitado hospitalizaci n
psiquiÆtrica. TambiØn se le interrogarÆ acerca de su uso terapØutico anterior de medicinas
psicotr picas.
283. El mØdico deberÆ preguntar al sujeto si ha consumido sustancias psicotr picas antes y
despuØs de la tortura, si se han producido cambios en la modalidad de uso y si estÆ utilizando
sustancias para hacer frente al insomnio o a sus problemas psicol gicos/psiquiÆtricos. Las
sustancias en cuesti n son no s lo alcohol, cannabis y opio, sino tambiØn sustancias que se
utilizan abusivamente en las regiones como la nuez de betel y otras muchas.
-103-
h) Examen del estado mental
284. El examen del estado mental comienza en el momento en que el especialista se encuentra
con el sujeto. El entrevistador deberÆ tomar nota del aspecto de la persona, considerando, por
ejemplo, posibles signos de malnutrici n, falta de limpieza, cambios en la actividad motriz
durante la entrevista, uso del lenguaje, contacto ocular, capacidad de establecer una relaci n con
el entrevistador y medios que el sujeto utiliza para establecer comunicaci n. En el informe de la
evaluaci n psicol gica deberÆn incluirse todos los aspectos del examen del estado mental, con
los siguientes componentes: aspectos como apariencia general, actividad motriz, lenguaje,
estado de Ænimo y afectividad, contenido del pensamiento, proceso mental, ideas de suicidio y
homicidio, y examen cognitivo (orientaci n, memoria a largo plazo, rememoraci n intermedia y
rememoraci n inmediata).
286. Son escasos los datos que se han publicado sobre la utilizaci n de las pruebas psicol gicas
(pruebas proyectivas y objetivas de personalidad) en la evaluaci n de los supervivientes de la
tortura. AdemÆs, las pruebas psicol gicas de la personalidad carecen de validez transcultural.
Estos factores se combinan limitando gravemente la utilidad de las pruebas psicol gicas para la
evaluaci n de las v ctimas de la tortura. En cambio, las pruebas neuropsicol gicas pueden ser
œtiles para evaluar casos de lesiones cerebrales resultantes de la tortura (vØase sec. C.4 infra).
La persona que ha sobrevivido a la tortura puede tener dificultades para expresar en palabras sus
experiencias y s ntomas. En ciertos casos puede ser œtil utilizar listas de comprobaci n sobre
acontecimientos traumÆticos y s ntomas. Si el entrevistador estima que podr a ser œtil utilizar
estas listas, hay numerosos cuestionarios disponibles, aunque ninguno de ellos se refiere espec
ficamente a las v ctimas de la tortura.
k) Opini n cl nica
287. Para formular una opini n cl nica a fin de informar sobre signos psicol gicos de tortura,
deberÆn formularse las siguientes preguntas importantes:
i) ¿Hay una concordancia entre los signos psicol gicos y la denuncia de tortura?
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ii) ¿Se puede decir que los signos psicol gicos observados constituyen reacciones
esperables o t picas frente a un estrØs extremo dentro del contexto cultural y social
del individuo?
iv) ¿CuÆles son los factores de estrØs coexistentes que afectan al sujeto (por
ejemplo, una persecuci n que aœn dura, migraci n forzada, exilio, pØrdida de la
familia o pØrdida de la funci n social)? ¿QuØ repercusi n tienen estos factores
sobre el sujeto?
288. El especialista deberÆ dar su opini n sobre la coherencia de los signos psicol gicos y la
medida en que Østos guardan relaci n con los presuntos malos tratos. DeberÆn describirse el
estado emocional y la expresi n de la persona durante la entrevista, sus s ntomas, la historia de
detenci n y tortura y la historia personal anterior a la tortura. Se tomarÆ nota de factores como
la aparici n de s ntomas espec ficos relacionados con el trauma, la especificidad de todos los
signos psicol gicos y las modalidades de funcionamiento psicol gico. TambiØn se considerarÆn
factores adicionales como la migraci n forzada, el reasentamiento, dificultades de aculturaci n,
problemas de idioma, desempleo, pØrdida del hogar y situaci n familiar o social. Se evaluarÆ y
describirÆ la relaci n y la concordancia entre los acontecimientos y los s ntomas. Ciertas
condiciones f sicas, como los traumatismos craneales o las lesiones cerebrales, pueden requerir
una evaluaci n mÆs detallada. Tal vez sea recomendable proceder a evaluaciones neurol gicas o
neuropsicol gicas.
289. Si el superviviente presenta una sintomatolog a acorde con algœn diagn stico
psiquiÆtrico del DSM-IV o de la CIE-10, se especificarÆ el diagn stico. Puede ser aplicable
mÆs de un diagn stico. TambiØn en este caso debe advertirse que si bien un diagn stico de
trastorno mental relacionado con un trauma apoya una denuncia de tortura, el hecho de que no se
reœnan los criterios de diagn stico psiquiÆtrico no significa que el sujeto no haya sido torturado.
El superviviente de la tortura puede no reunir el conjunto de s ntomas necesario para satisfacer
plenamente los criterios de diagn stico de alguna entidad del DSM-IV o de la CIE-10. En estos
casos, como en otros, los s ntomas que presente el superviviente y la historia de la tortura que
afirme haber experimentado se considerarÆn como un todo. Se evaluarÆ y describirÆ en el
informe el grado de coherencia que exista entre la historia de tortura y los s ntomas que el sujeto
comunique.
-105-
290. Es importante tener en cuenta que ciertas personas hacen denuncias falsas de tortura por
muy diversas razones, mientras que otras pueden exagerar experiencias relativamente triviales
por razones personales o pol ticas. El investigador deberÆ tener siempre presentes esas
posibilidades y tratar de identificar posibles razones para la exageraci n o invenci n. De todas
formas, el especialista no debe olvidar que tal invenci n exige un conocimiento detallado de la
sintomatolog a relacionada con los traumas que muy poca gente posee. Todo testimonio puede
presentar incoherencias por diversas razones vÆlidas, como problemas de memoria resultantes
de una lesi n cerebral, confusi n, disociaci n, diferencias culturales en la percepci n del tiempo o
fragmentaci n y represi n de recuerdos traumÆticos. Para documentar con eficacia los indicios
psicol gicos de la tortura es necesario que el especialista tenga la capacidad necesaria para hacer
en su informe una evaluaci n de coherencias e incoherencias. Si el entrevistador sospecha que
hay invenci n, habrÆn de preverse entrevistas adicionales que permitan aclarar cualquier
incoherencia que figure en el informe. TambiØn familiares o amigos podrÆn tal vez corroborar
ciertos detalles de la historia. Si el especialista realiza exÆmenes adicionales y sigue
sospechando que hay invenci n, deberÆ remitir el sujeto a otro especialista y pedir la opini n de
su colega. La sospecha de invenci n se documentarÆ con la opini n de dos especialistas.
l) Recomendaciones
291. Las recomendaciones que resulten de la evaluaci n psicol gica dependerÆn de la cuesti n
planteada junto con la solicitud de evaluaci n. Puede tratarse de cuestiones de tipo legal y
judicial o de solicitudes de asilo o reasentamiento o de la necesidad de un tratamiento. Las
recomendaciones pueden ir en el sentido de que se realice una nueva evaluaci n, por ejemplo
pruebas neuropsicol gicas, o un tratamiento mØdico o psiquiÆtrico o de seæalar la necesidad de
seguridad o asilo.
292. La neuropsicolog a cl nica es una ciencia aplicada que se ocupa de las manifestaciones
conductuales de una disfunci n cerebral. La evaluaci n neuropsicol gica, en particular, se ocupa
de la medici n y clasificaci n de los trastornos del comportamiento asociados al daæo cerebral
orgÆnico. Desde hace mucho tiempo se reconoce que esta disciplina es œtil para poder
diferenciar entre los trastornos neurol gicos y psicol gicos, as como para orientar el tratamiento y
la rehabilitaci n de pacientes que sufren las consecuencias de daæos cerebrales de diversos
niveles. Las evaluaciones neuropsicol gicas de supervivientes de la tortura no son muy
frecuentes y hasta la fecha no se han publicado estudios al respecto. Por consiguiente, a
continuaci n s lo van a exponerse algunos principios generales para ayudar a los agentes de salud
a comprender la utilidad y las indicaciones de la evaluaci n neuropsicol gica de las personas que
presuntamente han sido torturadas. Antes de examinar los aspectos de la utilidad y las
indicaciones, es esencial reconocer las limitaciones que tiene la evaluaci n neuropsicol gica con
este grupo de sujetos.
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a) Limitaciones de la evaluaci n neuropsicol gica
293. Existen varios factores que suelen complicar la evaluaci n de los supervivientes de la
tortura en general, que ya se han seæalado en otra parte de este manual. Son factores que inciden
en la evaluaci n neuropsicol gica del mismo modo que en los exÆmenes mØdicos o psicol gicos.
La evaluaci n neuropsicol gica puede verse limitada por cierto nœmero de factores adicionales,
como la falta de estudios sobre los supervivientes de la tortura, la utilizaci n de normas basadas
en la poblaci n, las diferencias culturales y ling sticas y la traumatizaci n aæadida de aquellos que
ya han experimentado la tortura.
294. Como ya se mencion , son muy escasas las referencias que se hacen en los estudios
publicados a la evaluaci n neuropsicol gica de v ctimas de la tortura. Los estudios pertinentes se
refieren a diversos tipos de traumatismos craneales y a la evaluaci n neuropsicol gica de los casos
de trastorno de estrØs postraumÆtico en general. Por consiguiente, la exposici n que sigue y las
interpretaciones ulteriores de evaluaciones neuropsicol gicas se basan necesariamente en la
aplicaci n de principios generales utilizados con otros grupos de sujetos.
295. La evaluaci n neuropsicol gica tal como se ha desarrollado y practicado en los pa ses
occidentales sigue sobre todo una estrategia actuarial. Se trata normalmente de comparar los
resultados obtenidos con una bater a de pruebas estandarizadas con unas normas basadas en la
poblaci n. Aunque las interpretaciones con referencia a las normas de las evaluaciones
neuropsicol gicas pueden complementarse mediante la tØcnica de Lurian de anÆlisis
cuantitativos, sobre todo cuando la situaci n cl nica lo exige, predomina la utilizaci n de la
estrategia actuarial109, 110. Los resultados de las pruebas se utilizan en mayor medida cuando el
daæo cerebral es leve a moderado que cuando es grave, o cuando se piensa que las insuficiencias
neuropsicol gicas son secundarias a un trastorno psiquiÆtrico.
296. Las diferencias culturales y ling sticas pueden limitar considerablemente la utilidad y
aplicabilidad de la evaluaci n neuropsicol gica a las presuntas v ctimas de tortura. La validez de
las evaluaciones neuropsicol gicas es dudosa cuando no se dispone de traducciones estÆndar de
las pruebas y el examinador cl nico no domina el idioma del sujeto. Si no se dispone de
traducciones estÆndar de las pruebas y el examinador no domina el idioma del sujeto, la parte
verbal de las pruebas no puede aplicarse ni puede obtenerse de ella ninguna interpretaci n
significativa. Esto significa que s lo se pueden aplicar las pruebas no verbales, de manera que
tampoco pueden hacerse comparaciones entre facultades verbales y no verbales. AdemÆs,
resulta mÆs dif cil proceder al anÆlisis de las insuficiencias de lateralizaci n (o de localizaci n).
Sin embargo, este anÆlisis suele ser œtil debido a la organizaci n asimØtrica del cerebro, cuyo
hemisferio izquierdo es normalmente dominante en lo que se refiere a la palabra. Si no se
dispone de normas basadas en la poblaci n correspondientes al grupo cultural y ling stico del
109 A. R. Luria y L. V. Majovski, "Basic approaches used in American and Soviet clinical
neuropsychology", American Psychologist, vol. 32 (N” 11) (1977), pÆgs. 959 a 968.
-107-
sujeto, tambiØn serÆ dudosa la validez de la evaluaci n neuropsicol gica. El cÆlculo del
coeficiente intelectual constituye un punto de referencia central para que los examinadores
puedan dar la perspectiva adecuada a los resultados obtenidos en la prueba neuropsicol gica.
As , por ejemplo, en la poblaci n de los Estados Unidos estos cÆlculos se obtienen con
frecuencia a partir de subseries verbales utilizando escalas de Wechsler, en particular la
subescala de informaci n, pues cuando hay daæo orgÆnico cerebral los conocimientos fÆcticos
adquiridos tienen menos probabilidades de sufrir deterioro que otras funciones, y serÆn mÆs
representativos de la anterior capacidad de aprendizaje que otras medidas. Las mediciones
pueden asimismo basarse en los antecedentes de escolaridad y trabajo, as como en los datos
demogrÆficos. Evidentemente, ninguna de estas dos consideraciones es aplicable a sujetos para
los que no se han establecido normas basadas en la poblaci n. Por consiguiente, en estos casos s
lo se podrÆ hacer un cÆlculo aproximado del funcionamiento intelectual anterior al trauma. En
consecuencia, puede resultar dif cil de interpretar un daæo neuropsicol gico que no llegue a ser
grave ni moderado.
297. La evaluaci n neuropsicol gica puede infligir un nuevo traumatismo al sujeto que ha sido
sometido a tortura. En cualquier forma de procedimiento de diagn stico serÆ preciso tener sumo
cuidado para reducir al m nimo una eventual traumatizaci n adicional del sujeto (vØase cap. IV,
sec. H). Por citar tan s lo un ejemplo evidente con respecto a las pruebas neuropsicol gicas, podr
a ser muy perjudicial para la persona el someterla a la tØcnica estÆndar de la bater a Halstead-
Reitan, en particular a la prueba de desempeæo tÆctil (Tactual Performance Test - TPT), y
vendarle rutinariamente la vista. Para la mayor parte de las v ctimas que durante su detenci n y
tortura fueron sometidas a esta prÆctica, e incluso para las que no lo fueron, ser a muy
traumatizante vivir la experiencia de desvalimiento inherente a este procedimiento. De hecho,
cualquier tipo de prueba neuropsicol gica puede por s mismo ser problemÆtico,
independientemente del instrumento que se utilice. El hecho de ser observado, de verse
cronometrado, de que se le exija el mÆximo esfuerzo para realizar una tarea desconocida,
ademÆs de que se le pida que actœe, en lugar de mantener un diÆlogo, puede resultar
excesivamente estresante para el sujeto o recordarle la experiencia de tortura.
298. Para evaluar cualquier insuficiencia del comportamiento en presuntas v ctimas de tortura,
la evaluaci n neuropsicol gica tiene dos indicaciones fundamentales: lesi n cerebral y trastorno
de estrØs postraumÆtico mÆs diagn sticos afines. Cuando ambas series de condiciones se
solapan en ciertos aspectos, y con frecuencia van a coincidir, s lo la primera ha de representar
una aplicaci n t pica y tradicional de la neuropsicolog a cl nica, mientras que la segunda es
relativamente nueva, no estÆ bien investigada y es un tanto problemÆtica.
299. Las lesiones cerebrales y el daæo cerebral resultante pueden ser consecuencia de diversos
tipos de traumatismos craneales y trastornos metab licos sufridos durante per odos de persecuci
n, detenci n y tortura. Puede tratarse de heridas de bala, envenenamientos, malnutrici n por falta
de alimentos o por ingesti n forzada de sustancias peligrosas, efectos de la hipoxia o anoxia
resultante de la asfixia o del casi ahogamiento y, mÆs frecuentemente, de golpes en la cabeza
recibidos con las palizas. Son frecuentes los golpes en la cabeza administrados durante per odos
-108-
de detenci n y tortura. Por ejemplo, en una muestra de supervivientes de la tortura, los golpes en
la cabeza representaban la segunda forma mÆs frecuentemente citada de maltrato corporal
(45%) despuØs de los golpes en el cuerpo (58%)111. La posibilidad de daæo cerebral es frecuente
entre las v ctimas de la tortura.
300. Las lesiones craneales cerradas que provocan daæo leve a moderado a largo plazo son
probablemente las causas mÆs frecuentes de anomal a neuropsicol gica. Aunque entre los
signos de traumatismo pueden figurar cicatrices en la cabeza, en general las lesiones cerebrales
no se pueden detectar mediante las tØcnicas de formaci n de imÆgenes del cerebro. Es posible
que los niveles medios a moderados de daæo cerebral pasen inadvertidos o sean subestimados
por los profesionales de salud mental porque es probable que los s ntomas de depresi n y de
trastorno de estrØs postraumÆtico figuraren en el primer plano del cuadro cl nico, por lo cual se
prestarÆ menos atenci n a los posibles efectos de los traumatismos craneales. En general, entre
las quejas subjetivas de los supervivientes figuran dificultades de atenci n, concentraci n y
memoria a corto plazo, que pueden ser el resultado bien de daæo cerebral o bien del trastorno de
estrØs postraumÆtico. Como estas quejas son frecuentes entre los supervivientes que padecen el
trastorno de estrØs postraumÆtico, ni siquiera se plantea la cuesti n de si no se deberÆn
realmente a una lesi n craneal.
301. En una fase inicial de la exploraci n, el diagn stico deberÆ basarse en la historia que el
sujeto comunique de traumatismos craneales y tambiØn en la evoluci n de la sintomatolog a.
Como suele suceder con los sujetos que padecen lesiones cerebrales, puede ser œtil la informaci
n obtenida de terceros, en particular de familiares. Debe recordarse que los sujetos con lesi n
cerebral tienen con frecuencia gran dificultad para expresar o incluso para apreciar sus
limitaciones, ya que se hallan, por as decirlo, en "el interior" del problema. Para recoger unas
primeras impresiones con respecto a la diferencia existente entre el daæo cerebral orgÆnico y el
trastorno de estrØs postraumÆtico, serÆ œtil como punto de partida la evaluaci n de la
cronicidad de los s ntomas. Si se observa que los s ntomas de reducci n de la atenci n, la
concentraci n y la memoria fluctœan a lo largo del tiempo y paralelamente var an los niveles de
ansiedad y depresi n, lo mÆs probable es que el cuadro se deba al carÆcter ondulatorio que
presenta el trastorno de estrØs postraumÆtico. Por otra parte, si la insuficiencia parece cr nica,
no fluctœa y lo confirman los miembros de la familia, deberÆ considerarse la posibilidad de
daæo cerebral, incluso si en un primer momento no se conoce una clara historia de traumatismo
craneal.
302. En el momento en que sospecha la existencia de daæo cerebral orgÆnico, lo primero que
debe hacer el profesional de salud mental es considerar la conveniencia de remitir al sujeto a un
mØdico para un examen neurol gico mÆs detallado. Segœn sean sus primeros hallazgos, el
mØdico consultarÆ despuØs a un neur logo o solicitarÆ pruebas de diagn stico. Entre las
posibilidades que deben considerarse figuran un reconocimiento mØdico exhaustivo, una
consulta neurol gica especializada y una evaluaci n neuropsicol gica. El uso de los
-109-
procedimientos de evaluaci n neuropsicol gica estÆ indicado en general cuando no existe una
grave perturbaci n neurol gica, cuando los s ntomas comunicados son predominantemente de
carÆcter cognitivo o cuando se debe hacer un diagn stico diferencial entre daæo cerebral y
trastorno de estrØs postraumÆtico.
303. La selecci n de pruebas y procedimientos neuropsicol gicos estÆ sujeta a las limitaciones
antes especificadas y, por consiguiente, no puede ceæirse al esquema de la bater a estÆndar de
pruebas sino que debe ser espec fica para cada caso y sensible a las caracter sticas individuales.
La flexibilidad que se requiere para la selecci n de las pruebas y procedimientos exige del
examinador considerable experiencia, conocimientos y prudencia. Como ya se ha dicho, la serie
de instrumentos que ha de utilizarse se limitarÆ con frecuencia a las pruebas no verbales, y las
caracter sticas psicomØtricas de todas las pruebas estÆndar se verÆn con frecuencia
menoscabadas cuando las normas basadas en la poblaci n no sean aplicables a un determinado
sujeto. La ausencia de mediciones verbales supone una limitaci n muy importante. Muchos de
los aspectos del funcionamiento cognitivo son mediados a travØs del lenguaje y normalmente se
utilizan comparaciones sistemÆticas entre diversas mediciones verbales y no verbales para
obtener conclusiones con respecto a la naturaleza de las insuficiencias.
304. Viene a complicar aœn mÆs el asunto el hecho de que entre los resultados de las pruebas
no verbales se han podido encontrar considerables diferencias entre grupos culturales
estrechamente relacionados. Por ejemplo, en una investigaci n se compar el rendimiento de
muestras aleatorias basadas en la comunidad de 118 personas de edad avanzada y de lengua
inglesa y de 118 personas de la misma edad y de lengua espaæola por medio de una breve bater a
de pruebas neuropsicol gicas112. Las muestras se hab an seleccionado al azar y equiparado desde
el punto de vista demogrÆfico. Pero aunque los resultados obtenidos con las mediciones
verbales fueron similares, los sujetos de lengua espaæola obtuvieron resultados
considerablemente inferiores en casi todas las mediciones no verbales. Estos resultados indican
la conveniencia de actuar con cautela a la hora de utilizar mediciones no verbales y verbales para
evaluar a personas que no son de lengua inglesa cuando se trate de pruebas preparadas para
sujetos de lengua inglesa.
-110-
c) Trastorno de estrØs postraumÆtico (TEPT)
306. De todo lo dicho cabe deducir que es preciso actuar con sumo cuidado cuando se proceda
a la evaluaci n neuropsicol gica del daæo cerebral de las presuntas v ctimas de la tortura. Ello
serÆ aœn mÆs necesario cuando se trate de diagnosticar mediante la evaluaci n neuropsicol gica
la presencia de TEPT en los presuntos supervivientes. Incluso cuando se trate de evaluar la
posibilidad de TEPT en sujetos para los cuales se disponga de normas basadas en la poblaci n,
habrÆ que tener en cuenta la existencia de considerables dificultades. El TEPT es un trastorno
psiquiÆtrico y tradicionalmente no ha sido el objetivo primordial de la evaluaci n neuropsicol
gica. AdemÆs, el TEPT no se conforma al clÆsico paradigma de un anÆlisis de lesiones
cerebrales identificables que pueda ser confirmado mediante tØcnicas mØdicas. Al haberse
concedido una mayor importancia y al haberse comprendido mejor los mecanismos biol gicos
que intervienen en los trastornos psiquiÆtricos en general, se ha ido recurriendo cada vez a los
paradigmas neuropsicol gicos. Pero, como se ha dicho, "hasta la fecha es poco lo que se ha
escrito sobre el TEPT desde una perspectiva neuropsicol gica"114.
307. Las muestras utilizadas para el estudio de mediciones neuropsicol gicas en el estrØs
postraumÆtico son muy variables. Esto puede explicar la variabilidad de los problemas
cognitivos notificados por esos estudios. Se ha seæalado que "las observaciones cl nicas indican
que los s ntomas de TEPT se solapan sobre todo con los campos neurocognitivos de la atenci n,
la memoria y el funcionamiento ejecutivo". Esto estar a de acuerdo con las quejas que suelen
tener los supervivientes de la tortura. Estas personas se quejan de dificultades de concentraci n y
de que se sienten incapaces de retener informaci n y realizar actividades planificadas y con
objetivos concretos.
308. Al parecer, con los mØtodos de evaluaci n neuropsicol gica pueden identificarse las
insuficiencias neurocognitivas presentes en el TEPT, pese a que resulta mÆs dif cil demostrar la
especificidad de esos dØficit. Algunos estudios han documentado la presencia de dØficit en
sujetos con TEPT por comparaci n con testigos normales, pero no han llegado a diferenciar a
estos sujetos de testigos psiquiÆtricos equiparados 115, 116. En otras palabras, es probable que los
dØficit neurocognitivos revelados por las pruebas sean evidentes en casos de TEPT, pero
insuficientes para su diagn stico. Como en otros muchos tipos de evaluaci n, la interpretaci n de
los resultados de las pruebas debe integrarse al contexto mÆs amplio de la informaci n obtenida
en la entrevista y posiblemente en pruebas de personalidad. En este sentido, los mØtodos espec
ficos de evaluaci n neuropsicol gica pueden contribuir a la documentaci n del TEPT de la misma
116 T. Gil et al., "Cognitive functioning in post-traumatic stress disorder", Journal of Traumatic
Stress, vol. 3 (N” 1) (1990), pÆgs. 29 a 45.
-111-
manera que pueden hacerlo con respecto a otros trastornos psiquiÆtricos asociados a dØficit
neurocognitivos conocidos.
309. Pese a sus considerables limitaciones, la evaluaci n neuropsicol gica puede ser œtil para
evaluar a personas sospechosas de padecer una lesi n cerebral y distinguir el daæo cerebral del
TEPT. La evaluaci n neuropsicol gica puede servir tambiØn para evaluar s ntomas espec ficos,
como los problemas de memoria que acompaæan al TEPT y otros trastornos afines.
310. La tortura puede afectar a un niæo directa o indirectamente. El impacto puede deberse a
que el niæo ha sido torturado o detenido, a la tortura infligida a sus padres o familiares pr ximos
o a que el niæo ha sido testigo de torturas y violencia. Cuando se tortura a personas del entorno
del niæo, el impacto sobre Øste es inevitable, aunque sea indirecto, pues la tortura afecta a toda
la familia y la comunidad de sus v ctimas. No entra dentro del Æmbito de este manual el hacer
una exposici n completa de los efectos psicol gicos que la tortura puede tener sobre los niæos, ni
dar orientaciones completas para la evaluaci n del niæo que ha sido torturado. De todas formas,
se pueden resumir algunos puntos importantes.
311. En primer lugar, cuando se evalœa a un niæo que se sospecha ha sufrido o presenciado
actos de tortura, el especialista debe asegurarse de que el niæo en cuesti n cuenta con el apoyo de
personas sol citas y que durante la evaluaci n se siente en seguridad. Puede ser necesario que
durante la evaluaci n estØ presente su padre, su madre o alguien de confianza que cuide de Øl.
En segundo lugar, el especialista debe tener en cuenta que con frecuencia el niæo no expresa sus
pensamientos y emociones verbalmente con respecto al trauma sino mÆs bien en su
comportamiento117. El grado en que los niæos puedan verbalizar sus pensamientos y afectos
depende de su edad, su grado de desarrollo y otros factores, como la dinÆmica familiar, las
caracter sticas de la personalidad y las normas culturales.
312. Si un niæo ha sido f sica o sexualmente agredido, es importante, siempre que sea posible,
que el niæo sea examinado por un experto en malos tratos infantiles. El examen genital de los
niæos, que probablemente serÆ una experiencia traumÆtica, deberÆ quedar a cargo de personal
mØdico especializado en la interpretaci n de los signos observados. A veces conviene tomar
grabaci n en v deo del examen de manera que otros expertos puedan dar su opini n acerca de los
signos f sicos hallados sin que el niæo tenga que ser sometido a una nueva exploraci n. Puede no
ser apropiado realizar exÆmenes genitales o anales completos sin anestesia general. AdemÆs,
el examinador deberÆ ser consciente de que la exploraci n en s misma puede hacer recordar la
agresi n a la v ctima y es posible que Østa se ponga a llorar sœbitamente o sufra una
descompensaci n psicol gica durante el examen.
-112-
a) Consideraciones relativas al desarrollo
313. Las reacciones del niæo a la tortura dependen de la edad, su grado de desarrollo y sus
aptitudes cognitivas. Cuanto mÆs pequeæo es el niæo, mÆs influirÆn sobre su experiencia y
comprensi n del acontecimiento traumÆtico las reacciones y actitudes que inmediatamente
despuØs del acontecimiento manifiesten las personas que cuidan de Øl 118. TratÆndose de niæos
de 3 aæos o menos que hayan experimentado o presenciado tortura, es fundamental el papel
protector y tranquilizador de las personas que cuidan de Øl 119. Las reacciones de los niæos muy
pequeæos a las experiencias traumÆticas suelen caracterizarse por la hiperexcitaci n, con
intranquilidad, trastornos del sueæo, irritabilidad, sobresaltos excesivos y evitaci n. Los niæos de
mÆs de 3 aæos tienden con frecuencia a retraerse y se niegan a hablar directamente de sus
experiencias traumÆticas. La capacidad de expresi n verbal va aumentado con el desarrollo. Se
produce un claro aumento al llegar al per odo de las operaciones concretas (8 a 9 aæos), cuando
el niæo es capaz de dar una cronolog a fidedigna de los acontecimientos. Durante esta fase se
desarrollan la capacidad de operaciones concretas y la capacidad temporal y espacial 120. Estas
nuevas aptitudes aœn son frÆgiles y en general hasta que no comienza la fase de las operaciones
formales (12 aæos) el niæo no puede construir una narrativa coherente. La adolescencia es un
per odo de desarrollo turbulento. Los efectos de la tortura pueden variar considerablemente. La
experiencia de la tortura puede provocar en el adolescente profundos cambios de personalidad de
los que resulte un comportamiento antisocial121. Por otra parte, los efectos de la tortura sobre los
adolescentes pueden ser semejantes a los observados en niæos menores.
b) Consideraciones cl nicas
314. En el niæo pueden aparecer los s ntomas del trastorno de estrØs postraumÆtico. Los s
ntomas pueden ser similares a los que se observan en el adulto, pero el especialista debe fiarse
mÆs de la observaci n del comportamiento del niæo que de su expresi n verbal 122, 123, 124, 125. Por
ejemplo, el niæo puede mostrar s ntomas de reexperimentaci n de la vivencia, que se manifiestan
por juegos mon tonos y repetitivos que simbolizan aspectos del acontecimiento traumÆtico,
118 S. von Overbeck Ottino, "Familles victimes de violences collectives et en exil: quelle
urgence, quel modŁle de soins? Le point de vue d’une pØdopsychiatre", Revue fran aise de
psychiatrie et de psychologie mØdicale, vol. 14 (1998), pÆgs. 35 a 39.
119 V. Grappe, "La guerre en ex-Yougoslavie: un regard sur les enfants rØfugiØs", Psychiatrie
humanitaire en ex-Yougoslavie et en ArmØnie. Face au traumatisme, M. R. Moro y S. Lebovici,
eds. (Par s, Presses universitaires de France, 1995).
120 J. Piaget, La naissance de l’intelligence chez l’enfant, (Neuch tel, Delachaux et NiestlØ,
1977).
123 National Center for Infants, Toddlers and Families, Zero to Three (1994).
-113-
rememoraci n visual de los hechos en el juego o al margen de Øl, preguntas o afirmaciones
repetidas sobre el hecho traumÆtico y pesadillas. El niæo puede tener problemas de enuresis
nocturna, pØrdida de control de los esf nteres, aislamiento social, constricci n afectiva, cambios
de actitud hacia s mismo y hacia los demÆs y disminuci n del sentido del futuro. Puede
experimentar hiperexcitaci n y terrores nocturnos, problemas para acostarse, trastornos del
sueæo, sobresaltos excesivos, irritabilidad y perturbaci n considerable de la atenci n y la
concentraci n. Pueden aparecer temores y comportamientos agresivos que no exist an antes del
acontecimiento traumÆtico en forma de agresividad hacia sus compaæeros, hacia los adultos o
hacia los animales, temor a la oscuridad, miedo a estar solo en el retrete y fobias. El niæo puede
mostrar un comportamiento sexual inadecuado para su edad, as como ciertas reacciones
somÆticas. TambiØn pueden aparecer s ntomas de ansiedad, como un miedo exagerado a los
extraæos, angustia de separaci n, pÆnico, agitaci n, rabietas y llanto incontrolado. Por œltimo,
tambiØn pueden aparecer problemas de alimentaci n.
c) Papel de la familia
125 L. Bailly, Les catastrophes et leurs consØquences psycho-traumatiques chez l enfant, (Par s,
ESF, 1996).
-114-
Anexo I PRINCIPIOS RELATIVOS A LA INVESTIGACI N Y DOCUMENTACI
N
EFICACES DE LA TORTURA Y OTROS TRATOS O PENAS CRUELES,
INHUMANOS O DEGRADANTES126
b) Determinar las medidas necesarias para impedir que se repitan estos actos;
2. Los Estados velarÆn por que se investiguen con prontitud y eficacia las quejas o
denuncias de torturas o malos tratos. Incluso cuando no exista denuncia expresa, deberÆ
iniciarse una investigaci n si existen otros indicios de eventuales torturas o malos tratos. Los
investigadores, que serÆn independientes de los presuntos autores y del organismo al que Østos
pertenezcan, serÆn competentes e imparciales. TendrÆn autoridad para encomendar
investigaciones a expertos imparciales, mØdicos o de otro tipo, y podrÆn acceder a sus
resultados. Los mØtodos utilizados para llevar a cabo estas investigaciones tendrÆn el mÆximo
nivel profesional y sus conclusiones se harÆn pœblicas.
-115-
b) Las presuntas v ctimas de torturas o malos tratos, los testigos, quienes realicen la
investigaci n, as como sus familias, serÆn protegidos de actos o amenazas de
violencia o de cualquier otra forma de intimidaci n que pueda surgir a resultas de la
investigaci n. Los presuntos implicados en torturas o malos tratos serÆn apartados
de todos los puestos que entraæen un control o poder directo o indirecto sobre los
querellantes, los testigos y sus familias, as como sobre quienes practiquen las
investigaciones.
4. Las presuntas v ctimas de torturas o malos tratos y sus representantes legales serÆn
informados de las audiencias que se celebren, a las que tendrÆn acceso, as como a toda la
informaci n pertinente a la investigaci n, y tendrÆn derecho a presentar otras pruebas.
b) El experto mØdico redactarÆ lo antes posible un informe fiel que deberÆ incluir al
menos los siguientes elementos:
-116-
i) Las circunstancias de la entrevista: el nombre del sujeto y la filiaci n de todos los
presentes en el examen; la fecha y hora exactas; la ubicaci n, carÆcter y domicilio
de
ii) Los hechos expuestos: una exposici n detallada de los hechos relatados por el
sujeto durante la entrevista, incluidos los presuntos mØtodos de tortura o malos
tratos, el momento en que se produjeron los actos de tortura o malos tratos y
cualquier s ntoma f sico o psicol gico que afirme padecer el sujeto;
iii) Examen f sico y psicol gico: una descripci n de todas las observaciones f sicas y
psicol gicas del examen cl nico, incluidas las pruebas de diagn stico correspondientes
y, cuando sea posible, fotograf as en color de todas las lesiones;
iv) Opini n: una interpretaci n de la relaci n probable entre los s ntomas f sicos y
psicol gicos y las posibles torturas o malos tratos. Recomendaci n de un tratamiento
mØdico y psicol gico o de nuevos exÆmenes;
-117-
1. ImÆgenes radiol gicas
En la fase aguda del traumatismo, diversas tØcnicas radiol gicas pueden facilitar œtil
informaci n adicional sobre lesiones del esqueleto y tejidos blandos. Pero una vez curadas las
lesiones f sicas producidas por la tortura, en general las secuelas dejan de ser detectables por esos
mismos mØtodos. ste es con frecuencia el caso aunque el superviviente siga sufriendo dolores o
invalideces considerables a causa de sus lesiones. En la parte relativa a la exploraci n del
paciente o en el contexto de las diversas formas de tortura ya se hizo referencia a diversos
estudios radiol gicos. A continuaci n se da un resumen de la aplicaci n de esos mØtodos. Sin
embargo, la tecnolog a mÆs moderna y costosa no siempre estÆ disponible o por lo menos no
para una persona que estØ detenida.
Entre las exploraciones radiol gicas y de formaci n de imÆgenes para el diagn stico figuran
la radiograf a tradicional (rayos X), la escintigraf a radioisot pica, la tomograf a computadorizada
(TC), las imÆgenes de resonancia magnØtica nuclear (RMN) y la ultrasonograf a (USG). Cada
una de ellas tiene sus ventajas y sus inconvenientes. Los rayos X, la escintigraf a y la tomograf a
computadorizada se basan en radiaciones ionizantes, lo que puede ser un problema en el caso de
las embarazadas y los niæos. Las imÆgenes de resonancia magnØtica se basan en un campo
magnØtico. En teor a podr a tener efectos sobre los fetos y los niæos pero se piensa que Østos
son m nimos. El ultrasonido utiliza ondas sonoras y no se sabe que tengan ningœn riesgo.
-118-
a) Aplicaci n de la escintigraf a sea al diagn stico de la falanga
Los barridos seos pueden realizarse bien con imÆgenes retardadas en unas tres horas o
bien con una exploraci n en tres fases. Las tres fases son el angiograma por radionœclido (fase
arterial), las imÆgenes de mezclas sangu neas (fase venosa, que es de tejidos blandos) y la fase
retardada (fase sea). Cuando se examine al paciente poco despuØs de la falanga, se realizarÆn
dos barridos seos a intervalos de una semana. Un primer barrido retardado negativo y un
segundo positivo indican que el sujeto ha estado expuesto a falanga algunos d as antes del primer
barrido. En los casos agudos, dos barridos seos negativos a intervalos de una semana no
demuestran que no haya ocurrido falanga, sino que la severidad de la falanga aplicada no alcanz
el nivel de sensibilidad de la escintigraf a. Cuando se realiza una exploraci n en tres fases, un
incremento inicial de captaci n en las imÆgenes correspondientes a la fase de angiograma por
radionœclido y de mezcla sangu nea y una captaci n no aumentada en la fase sea seæalar a la
existencia de una hiperemia compatible con una lesi n de tejidos blandos. Los traumatismos de
los huesos y de los tejidos blandos del pie tambiØn se pueden detectar mediante la resonancia
magnØtica128.
b) Ultrasonidos
c) Tomograf a computadorizada
128 VØanse las notas 76 y 83 supra; tambiØn puede obtenerse mÆs informaci n en los textos
habituales de radiolog a y medicina nuclear.
-119-
como la detecci n de anomal as en el alineamiento y del desplazamiento de fragmentos, en
particular tratÆndose de fracturas espinales, pØlvicas, del hombro y acetabulares. No permite
identificar contusiones seas. La tomograf a computadorizada, con y sin infusi n intravenosa de
un agente de contraste, deberÆ ser la exploraci n inicial en casos de lesiones agudas, subagudas
y cr nicas del sistema nervioso central (SNC). Si la exploraci n es negativa, dudosa o no explica
las quejas o los s ntomas del superviviente con relaci n al SNC, se procederÆ a la obtenci n de
imÆgenes por resonancia magnØtica. La tomograf a computadorizada con ventanas seas y un
examen anterior y posterior al contraste deberÆ ser la primera exploraci n en casos de fractura
del hueso temporal. Las ventanas seas pueden demostrar fracturas y disrupci n de los os culos.
El examen previo a la administraci n de contraste puede demostrar la existencia de l quido y
colesteatoma. Se recomienda el contraste porque en esta zona son frecuentes las anomal as
vasculares. En casos de rinorrea, la inyecci n de un agente de contraste en el canal espinal
seguirÆ a un hueso temporal. Las imÆgenes por resonancia magnØtica pueden asimismo poner
de manifiesto cualquier grieta responsable de la pØrdida de l quido. Cuando se sospecha una
rinorrea, debe realizarse una tomograf a computadorizada de la cara, con ventanas a los tejidos
blandos y a los huesos. A continuaci n se inyectarÆ un agente de contraste en el canal espinal y
se obtendrÆ una nueva tomograf a computadorizada.
d) La resonancia magnØtica
Las imÆgenes obtenidas por resonancia magnØtica son mÆs sensibles que la tomograf a
computadorizada para detectar anomal as en el sistema nervioso central. La evoluci n en el
tiempo de las hemorragias del sistema nervioso central se divide en fases inmediata, hiperaguda,
aguda, subaguda y cr nica, y las imÆgenes caracter sticas de cada una de estas fases estÆn
correlacionadas con la evoluci n de la hemorragia. As , por ejemplo, las caracter sticas de una
imagen permitirÆn determinar el momento del traumatismo craneal y la correlaci n con los
incidentes relatados. Las hemorragias del sistema nervioso central pueden resolverse totalmente
o dejar suficientes dep sitos de hemosiderina como para que aæos despuØs se puedan detectar
mediante la tomograf a computadorizada. Las hemorragias en tejidos blandos, en particular en el
mœsculo, en general se resuelven totalmente y sin dejar trazas pero, en raras ocasiones, se
pueden osificar. Este fen meno se denomina formaci n sea heterot pica o myositis ossificans y es
detectable con la tomograf a computadorizada.
Las lesiones por choques elØctricos pueden, aunque no siempre, mostrar cambios microsc
picos que son muy indicativos y espec ficos del traumatismo por corrientes elØctricas, de gran
valor diagn stico. La ausencia de estos cambios espec ficos en una muestra de biopsia no
excluye el diagn stico de tortura por choques elØctricos, y no debe permitirse que las autoridades
judiciales adopten ese criterio. Lamentablemente, cuando un tribunal solicita que un demandante
que sostiene haber sufrido tortura por choques elØctricos se someta a una biopsia para confirmar
sus alegaciones, el hecho de que el sujeto no dØ su consentimiento para el procedimiento o de
que se obtenga un resultado negativo con toda probabilidad ha de tener el efecto de predisponer
al tribunal. Por otra parte, es escasa la experiencia cl nica en el diagn stico de la tortura por
-120-
electricidad mediante biopsia y normalmente este diagn stico se puede hacer con bastante
seguridad basÆndose œnicamente en la historia y en la exploraci n f sica.
Se han realizado considerables estudios de laboratorio para medir los efectos de los
choques elØctricos sobre la piel de cerdos anestesiados 129, 130, 131, e, 132, 133. Estos trabajos han
mostrado que existen signos histol gicos espec ficos del traumatismo elØctrico que pueden
demostrarse mediante un examen microsc pico de biopsias por punci n. Sin embargo, el estudio
mÆs detallado de estas investigaciones, que pueden tener aplicaciones cl nicas considerables,
rebasa el Æmbito de la presente publicaci n. El lector que desee mÆs informaci n puede
consultar las referencias reciØn citadas.
Son pocos los casos de tortura de seres humanos por choques elØctricos que han sido
estudiados desde el punto de vista histol gico 134, 135, j, k. S lo en un caso, en el que se hizo una
129 H. K. Thomsen et al., "Early epidermal changes in heat and electrically injured pigskin: a
light microscopic study", Forensic Science International, vol. 17 (1981), pÆgs. 133 a 143.
130 Ib d., "The effect of direct current, sodium hydroxide and hydrochloric acid on pig
epidermis: a light microscopic and electron microscopic study", Acta Pathol. Microbiol.
Immunol. Scand, vol. 91 (1983), pÆgs. 307 a 316.
133 T. Karlsmark, "Electrically induced dermal changes: a morphological study of porcine skin
after transfer of low to moderate amounts of electrical energy", tesis, Universidad de Copenhage,
Danish Medical Bulletin, vol. 37 (1990), pÆgs. 507 a 520.
134 L. Danielsen et al., "Diagnosis of electrical skin injuries: a review and a description of a
case", American Journal of Forensic Medical Pathology, vol. 12 (1991), pÆgs. 222 a 226.
135 F. ztop et al., "Signs of electrical torture on the skin", Treatment and Rehabilitation Centers
Report 1994, publicaci n de la Human Rights Foundation of Turkey, vol. 11 (1994), pÆgs. 97 a
-121-
excisi n de las lesiones probablemente siete d as despuØs del traumatismo, se observaron
alteraciones de la piel que se consideraron de valor diagn stico de lesiones por electricidad (dep
sito de sales de calcio sobre las fibras dØrmicas en tejidos viables situados alrededor del tejido
necr tico). En otros casos las excisiones de lesiones tomadas algunos d as despuØs de la presunta
tortura por electricidad mostraron cambios segmentarios y dep sitos de sales de calcio sobre
estructuras celulares que correspond an bien a los efectos de una corriente elØctrica, pero no serv
an de diagn stico ya que no se observaron dep sitos de sales de calcio sobre fibras dØrmicas.
Una biopsia tomada un mes despuØs de la presunta tortura por electricidad mostraba una cicatriz
c nica de 1 a 2 mm de diÆmetro con un aumento de los fibroblastos y fibras colÆgenas finas
estrechamente hacinadas y dispuestas paralelamente a la superficie, lo cual era compatible con
una lesi n por electricidad pero no ten a valor diagn stico.
b) MØtodo
Tras recibir el consentimiento informado del paciente, y antes de realizar la biopsia, la lesi
n debe ser fotografiada mediante los mØtodos forenses aceptados. Bajo anestesia local se
obtiene una biopsia por punci n de 3 a 4 mm, que se coloca en formol amortiguado o en un
fijador semejante. La biopsia cutÆnea se realizarÆ tan pronto como sea posible despuØs de la
lesi n. Como el trauma elØctrico suele limitarse a la epidermis y dermis superficial, las lesiones
pueden desaparecer con rapidez. Se pueden tomar biopsias de mÆs de una lesi n, pero es preciso
tener en cuenta la posible perturbaci n del paciente 136. El material de la biopsia deberÆ ser
examinado por un pat logo con experiencia en dermatopatolog a.
Entre los signos diagn sticos de la lesi n por electricidad figuran nœcleos vesiculares en la
epidermis, glÆndulas sudor paras y paredes vasculares (lo que plantea un solo diagn stico
diferencial: las lesiones mediante soluciones alcalinas) y dep sitos de sales de calcio claramente
situados en el colÆgeno y las fibras de elastina (el diagn stico diferencial se plantea con la
Calcinosis cutis, trastorno raro hallado solamente en 75 de 220.000 biopsias cutÆneas humanas
consecutivas, y los dep sitos de calcio suelen ser masivos y sin una clara localizaci n en el
colÆgeno y las fibras de elastina)137.
j
104. L. Danielsen, T. Karlsmark, H. K. Thomsen, "Diagnosis of skin lesions following
electrical torture", Rom. J. Leg. Med., vol. 5 (1997), pÆgs. 15 a 20. k H. Jacobsen, "Electrically
induced deposition of metal on the human skin", Forensic Science International, vol. 90 (1997),
pÆgs. 85 a 92.
136 S. G rpinar y S. Korur Fincanci, "Insan Haklari Ihlalleri ve Hekim Sorumluluğu"
(Violaciones de los derechos humanos y responsabilidad del mØdico), Birinci Basamak I in Adli
Tip El Kitabi (Manual de medicina forense para mØdicos generalistas) (Ankara, Asociaci n
MØdica Turca, 1999).
-122-
Son signos t picos de lesi n por electricidad, aunque no tienen valor diagn stico, las lesiones que
aparecen en segmentos c nicos que suelen ser de 1 a 2 mm de diÆmetro, los dep sitos de hierro o
cobre sobre la epidermis (procedentes del electrodo) y citoplasmas homogØneos en la epidermis,
glÆndulas sudor paras y paredes vasculares. TambiØn pueden aparecer dep sitos de sales de
calcio en estructuras celulares de lesiones segmentales o pueden no apreciarse anomal as histol
gicas.
-123-
Anexo III
-124-
-126-
-127-
-128-
-129-
-130-
-131-
-132-
-133-
Anexo IV DIRECTRICES PARA LA EVALUACI N M DICA
DE LA TORTURA Y LOS MALOS TRATOS
Fecha del examen: ---------------------- Examen solicitado por (nombre/posici n): ---------
Razones para el examen: -------------- Nœmero del documento de identidad del sujeto: --
El sujeto fue sometido a restricci n f sica durante el examen: s /no; en caso afirmativo ¿c
mo/por quØ?: ------------------------
-------------------------------------------
Evaluaci n/investigaci n mØdica conducida sin restricciones (para los sujetos detenidos): s
/no
-134-
Formaci n psicol gica/psiquiÆtrica
vitae
Por ejemplo: "He tenido conocimiento personal de los hechos relatados, excepto los
correspondientes a informaci n y creencias, que considero ver dicos. Estoy dispuesto a
testimoniar sobre dichas declaraciones sobre la base de mi conocimiento y creencia personales".
IV. Antecedentes
Antecedentes mØdicos
1. Aspecto general
-135-
2. Piel
3. Cara y cabeza
7. Sistema genitourinario
8. Sistema musculoesquelØtico
1. MØtodos de evaluaci n
9. Pruebas psicol gicas (vØanse indicaciones y limitaciones en el cap tulo VI, sec. C.1)
10. Pruebas neuropsicol gicas (vØanse indicaciones y limitaciones en el cap tulo VI, sec.
C.4)
1. Signos f sicos
-136-
B. Correlacionar el grado de concordancia entre los hallazgos de la exploraci n f
sica con las quejas de malos tratos. (Nota: La ausencia de signos f sicos no
excluye la posibilidad de que se hayan infligido torturas o malos tratos.)
D. Identificar todo factor estresante coexistente que actœe sobre el sujeto (por
ejemplo, persecuci n mantenida, migraci n forzada, exilio, pØrdida del papel
familiar y social, etc.), as como el impacto que esos factores puedan tener
sobre el sujeto.
1. Exponer la opini n personal sobre la concordancia que existe entre todas las fuentes
de informaci n antes mencionadas (hallazgos f sicos y psicol gicos, informaci n hist
rica, datos fotogrÆficos, resultados de las pruebas de diagn stico, conocimiento de
las prÆcticas regionales de tortura, informes de consultas, etc.) y las quejas de
torturas y malos tratos.
-137-
XIV. Declaraci n de veracidad (para el testimonio judicial)
Por ejemplo, "Declaro bajo pena de perjurio, de conformidad con las leyes de ... (pa s), que la
presente descripci n es veraz y correcta y que esta declaraci n ha sido realizada el ... (fecha),
en ... (ciudad), ... (Estado o provincia)".
XV. Declaraci n sobre eventuales restricciones a la evaluaci n/investigaci n mØdica (para los
sujetos detenidos)
Por ejemplo, "Los especialistas abajo firmantes certifican personalmente que pudieron trabajar
con toda libertad e independencia y que se les permiti hablar con (el sujeto) y examinarle en
privado sin ninguna restricci n ni reserva, y sin que las autoridades de detenci n ejercieran
ninguna forma de coerci n"; o bien "Los especialistas abajo firmantes se vieron obligados a
realizar su evaluaci n con las siguientes restricciones: ...".
Una copia del curriculum vitae del especialista, dibujos anat micos para la identificaci n de la
tortura y los malos tratos, fotograf as, resultados de consultas y pruebas de diagn stico, entre
otros.
-138-