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Gonza Castelo

Gonzalo Castelo es un artista que opera en los márgenes del mercado cultural, fusionando poesía y música en un estilo que se aleja de la sobreactuación típica de los años 90. Su próximo libro, 'El aire entre los dedos', recopila poemas escritos entre 1997 y 2003, reflejando su búsqueda poética y su conexión con el rock alternativo. Castelo considera que la poesía trabaja en las grietas de la realidad, sirviendo como un legado para la humanidad más allá de su masividad.
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Gonza Castelo

Gonzalo Castelo es un artista que opera en los márgenes del mercado cultural, fusionando poesía y música en un estilo que se aleja de la sobreactuación típica de los años 90. Su próximo libro, 'El aire entre los dedos', recopila poemas escritos entre 1997 y 2003, reflejando su búsqueda poética y su conexión con el rock alternativo. Castelo considera que la poesía trabaja en las grietas de la realidad, sirviendo como un legado para la humanidad más allá de su masividad.
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“La poesía trabaja en las grietas de la realidad”

Gonzalo Castelo es un artista de los márgenes. Lo cual no significa que sea marginal, ni
mucho menos marginado, sino que elige moverse y hacer circular su obra por entre los
resquicios que deja el gran mercado de lo cultural. Así, como tantos creadores ubicados
en esa zona ambigua delimitada por el cruce entre la poesía noventista y el rock-pop
alternativo, ha frecuentado los espacios de difusión que actúan desde lo micro, como la
práctica de la edición artesanal, los recitales de poesía y los shows minimalistas
autogestionados. Es decir, mecanismos que eligen trabajar con la profundidad y la
originalidad, sobre públicos restringidos y a despecho de lo masivo. Sin embargo,
Castelo posee un sello particular que escasea entre los jóvenes músicos y poetas
argentinos de la actualidad, y que por lo tanto lo diferencia: la creación de una voz que,
en comparación con los parámetros usuales de la poesía de los ’90 (a veces tan
recargada de esa sobreactuada desprolijidad, una supuesta suciedad vinculada con “lo
urbano”), recupera una tonalidad mucho más cercana a la lírica tradicional.
Actualmente ocupado en los últimos detalles de edición de El aire entre los dedos, una
selección de medio centenar de poemas escritos entre 1997 y 2003 que la editorial
santafesina Diatriba publicará en abril, Castelo sigue agitando las aguas del circuito
artístico alternativo de la capital provincial, repartiendo su tiempo entre la poesía y la
música. Y se define como un hacedor más que como un pensador. “Creo que empecé a
escribir en la adolescencia, en la primera mitad de la década del ’90. Y empiezo a
escribir aprovechando el descontrol extremo de las emociones que se da en ese período,
o quizás victimizado por ello, y animado también por la aparición en mi vida de
diversos íconos, como Bukowski, el “Cómo abandonar la tierra” de Roberto Pettinato
(un Pettinato recién salido de Sumo y pre-televisivo), y un mix de Megadeth y Luis
Alberto Spinetta que se batía en mi cerebro de manera particular. Esta es la síntesis de la
mezcla que gobernaba mi adolescencia, aunque en realidad debería mencionar que mi
infancia fue bastante lectora también: mucho Verne y Salgari. Los primeros textos,
escritos en esa época, eran muy deprimentes, casi suicidas. Escribía en tinta roja y no se
los leía a nadie, o quizás solamente a algún amigo. Eran como una respiración paralela.”

¿Cuándo y cómo empezaste a difundir tus creaciones?


El momento de difundir lo que hacía llegó después, cuando empecé a editar algunos
pequeños libritos de manufactura muy casera, que regalaba y distribuía entre un círculo
de amigos y conocidos. El primero que hice de esa serie se llamó “Yamila hay puertas”,
y reunía breves relatos y algunos poemas. El segundo, “Artaud, Liza, los cerros”, eran
solamente poemas, y ya desde el título se nota que había empezado a leer a las huestes
de Andre Breton. El tercero no tenía título, y era un derrotero agónico y surrealista,
escrito en prosa. Luego de esas experiencias llegué a armar varios libros, pero no tuve la
energía necesaria como para darles una organización interna y editarlos. En realidad,
creo que yo ingresé en una etapa más anárquica en la que me resultaba muy difícil parar
y sentarme. Ahí fue cuando me metí más de lleno con el rock, empecé a armar bandas y
a escribir canciones. Algunas de las bandas que fundé o integré fueron “La Membrana”,
“Varón B”, “La Ventosa”, “El Gonza y El Carlu”, “La Lunga”, “Imán”, “Celestito”, y la
última, “Limpiaisla”.

A nivel creativo, ¿existe un diálogo entre la música y la escritura de poemas?


Particularmente, creo que la literatura, a simple vista, no necesita demasiado de la
música para ser. O sea, como elemento esencial de la dimensión que compartimos, la
música está siempre, de algún modo, presente en la poesía o en algún relato. Pero no
podría hablar de diálogo, sino más bien de presencia, del mismo modo en que el aire o
el fuego se presentan en el poema. En cambio, cuando compongo canciones siento que
los acordes sí necesitan de la poesía, para que los trascienda.

¿Cómo definirías tu búsqueda poética, el universo de tu obra?


No soy de hablar de mi poesía, ni de pensar demasiado en ella: trato de dejarla fluir. Me
interesa muy poco el “cómo” de mi poesía, es decir la forma, o la técnica. He escrito
muchísimos poemas de los que no tengo la más mínima idea de lo que quise decir; es
como si no hubiese sido yo el autor de esos versos. En esos casos siento que no puedo
hacerme cargo de una realidad que no manejo, la realidad de la poesía. Y es que me
parece que tanto el cuerpo como la razón se desconectan al escribirse el poema. Ese
momento, el instante de la escritura del poema, tiene un efecto canalizador. Desde hace
algunos meses vengo escribiendo una serie de poemas que podría llamarse Gemelo, en
los que siento que ocurre un efecto extraño, algo así como un desdoblamiento del yo:
como si una presencia ajena a mi ser, o, más bien, oculta o futura de mi propio ser,
iluminase el poema a medida que va apareciendo. Esas son las cosas que suceden en los
poemas. Es como si existiesen voluntades flotantes y vinieran durante el momento de
consumación del poema, para que todos, no sólo el autor, aprendamos algo.

Desde tu experiencia como músico de rock y poeta, ¿cómo es posible hoy sostener
un arte independiente?
Creo que la poesía es under por naturaleza, si es que pensamos que una poesía pudiese
gozar de masividad. Es como una especie de minería cósmica, y creo que la idea es que
sus hallazgos o balbuceos sean un legado para el ser humano en general y no sólo para
los lectores de poesía. Igualmente, creo que hay mucha poesía que irremediablemente se
filtra en muchos ámbitos. Es como una necesidad inconsciente, o mejor dicho,
superconsciente de la gente, de uno mismo. Y es que la poesía, me parece, es una pasta
que trabaja en las grietas de la realidad, atendiendo cuestiones irresueltas. Es una
búsqueda en la que, de un modo u otro, todos nos encontramos. Quizás esté tentado de
decir que la verdadera filosofía es la poesía, pero tal vez resulte un poco exagerado.
Creo que desde ahí debe encararse el trabajo artístico.

En recuadro:

el humo provee una galaxia que desarmo con el pie


sólo por jugar tan temprano…

este grito es la puesta en tiempo de alguna burbuja


árbol para el hacha te anhelarás…

hermosa fuerza de esta flor


¡la veo soltarse de la tierra y clavar su rostro en el agua!

darse la mano los enemigos y estornudar a dúo


dentro del revólver…
es todo recorrido en caminos de piel que ya no es
como lagarto que mira su cola moverse sin él…

Versos extraídos del libro El aire entre los dedos, de Gonzalo Castelo, de próxima
edición.

Tapa:
Un artista del margen
En una charla íntima, el santafesino Gonzalo Castelo expone su particular visión de la
poesía contracultural como artefacto propio del under actual. Además, un adelanto con
fragmentos de su libro “El aire entre los dedos”, que publicará en abril la editorial
Diatriba.

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