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El Matadero: Cuento de Echeverría

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El Matadero

A continuación, leerán “El Matadero”, considerado el primer cuento de


la literatura argentina. Fue escrito entre 1838 y 1840, pero recién se
publicó en 1874, cuando su autor ya había muerto. Por qué
Echeverría no lo publicó en vida dio lugar a varias conjeturas...

A pesar de que la mía es historia, no la empezaré por el arca de Noé y


la genealogía de sus ascendientes, como acostumbraban hacerlo los
antiguos historiadores españoles de América, que deben ser nuestros
prototipos.
Tengo muchas razones para no seguir ese ejemplo, las que callo por
no ser difuso. Diré solamente que los sucesos de mi narración,
pasaban por los años de Cristo de183... Estábamos, a más, en
cuaresma, época en que escasea la carne en Buenos Aires, porque la
iglesia adoptando el precepto de Epitecto, sustine abstine (sufre,
abstente), ordena vigilia y abstinencia a los estómagos de los fieles,a
causa de que la carne es pecaminosa, y, como dice el proverbio,
busca a la carne. Y como la iglesia tiene ab initio y por delegación
directa de Dios, el imperio inmaterial sobre las conciencias y los
estómagos, que en manera alguna pertenecen al individuo, nada más
justo y racional que vede lo malo.
Los abastecedores, por otra parte, buenos federales, y por lo mismo
buenos católicos, sabiendo que el pueblo de Buenos Aires atesora una
docilidad singular para someterse a toda especie de mandamiento,
solo traen en días cuaresmales al matadero los novillos necesarios
para el sustento de los niños y de los enfermos dispensados de la
abstinencia por la bula..., y no con el ánimo de que se harten algunos
herejotes, que no faltan, dispuestos siempre a violar los
mandamientos carnificinos de la iglesia, y a contaminar la sociedad
con el mal ejemplo.
Sucedió, pues, en aquel tiempo, una lluvia muy copiosa. Los caminos
se anegaron; los pantanos se pusieron a nado y las calles de entrada
y salida a la ciudad rebosaban en acuoso barro. Una tremenda
avenida se precipitó de repente por el Riachuelo de Barracas, y
extendió majestuosamente sus turbias aguas hasta el pie de las
barrancas del Alto. El Plata, creciendo embravecido, empujó esas
aguas que venían buscando su cauce y las hizo correr hinchadas por
sobre campos, terraplenes, arboledas, caseríos, y extenderse como
un lago inmenso por todas las bajas tierras. La ciudad circunvalada
del norte al este por una cintura de agua y barro, y al sur por un
piélago blanquecino en cuya superficie flotaban a la ventura algunos
barquichuelos y negreaban las chimeneas y las copas de los árboles,
echaba desde sus torres y barrancas atónitas miradas al horizonte
como implorando la protección del Altísimo. Parecía el amago de un
nuevo diluvio. Los beatos y beatas gimoteaban haciendo novenarios y
continuas plegarias. Los predicadores atronaban el templo y hacían
crujir el púlpito a puñetazos. “Es el día del juicio —decían—, el fin del
mundo está por venir. La cólera divina rebosando se derrama en
inundación. ¡Ay de vosotros, pecadores! ¡Ay de vosotros, unitarios
impíos que os mofáis de la Iglesia, de los santos, y no escucháis con
veneración la palabra de los ungidos del Señor! ¡Ay de vosotros si no
imploráis misericordia al pie de los altares! Llegará la hora tremenda
del vano crujir de dientes y de las frenéticas imprecaciones. Vuestra
impiedad, vuestras herejías, vuestras blasfemias, vuestros crímenes
horrendos, han traído sobre nuestra tierra las plagas del Señor. La
justicia del Dios de la Federación os declarará malditos”.
Las pobres mujeres salían sin aliento, anonadadas del templo,
echando, como era natural, la culpa de aquella calamidad a los
unitarios.
Continuaba, sin embargo, lloviendo a cántaros, y la inundación crecía
acreditando el pronóstico de los predicadores. Las campanas
comenzaron a tocar rogativas por orden del muy católico
Restaurador, quien parece no las tenía todas consigo. Los libertinos,
los incrédulos, es decir, los unitarios, empezaron a amedrentarse al
ver tanta cara compungida, oír tanta batahola de imprecaciones. Se
hablaba ya, como de cosa resuelta, de una procesiónen que debía ir
toda la población descalza y a cráneo descubierto, acompañando al
Altísimo, llevado bajo palio por el Obispo, hasta la barranca de
Balcarce, donde millares de voces, conjurando al demonio unitario de
la inundación, debían implorar la misericordia divina.
Feliz, o mejor, desgraciadamente, pues la cosa habría sido de verse,
no tuvo efecto la ceremonia, porque bajando el Plata, la inundación se
fue poco a poco escurriendo en su inmenso lecho sin necesidad de
conjuro ni plegarias.
Lo que hace principalmente a mi historia es que por causa de la
inundación estuvo quince días el Matadero de la Convalecencia sin
ver una sola cabeza vacuna, y que en uno o dos, todos los bueyes de
quinteros y aguateros se consumieron en el abasto de la ciudad. Los
pobres niños y enfermos se alimentaban con huevos y gallinas, y los
gringos y herejotes bramaban por el beefsteak y el asado. La
abstinencia de carne era general en el pueblo, que nunca se hizo más
digno de la bendición de la Iglesia, y así fue que llovieron sobre él
millones y millones de indulgencias plenarias. Las gallinas se pusieron
a seis pesos y los huevos a cuatro reales y el pescado carísimo. No
hubo en aquellos días cuaresmales promiscuaciones ni excesos de
gula; pero en cambio se fueron derechito al cielo innumerables
ánimas y acontecieron cosas que parecen soñadas.
No quedó en el Matadero ni un solo ratón vivo de muchos millares
que allí tenían albergue. Todos murieron de hambre o ahogados en
sus cuevas por la incesante lluvia. Multitud de negras rebusconas de
achuras, como los caranchos de presa, se desbandaron por la ciudad
como otras tantas arpías prontas a devorar cuanto hallaran comible.
Las gaviotas y los perros, inseparables rivales suyos en el Matadero,
emigraron en busca de alimento animal. Porción de viejos achacosos
cayeron en consunción por falta de nutritivo caldo; pero lo más
notable que sucedió fue el fallecimiento casi repentino de unos
cuantos gringos herejes que cometieron el desacato de darse un
hartazgo de chorizos de Extremadura, jamón y bacalao, y se fueron al
otro mundo a pagar el pecado cometido portan abominable
promiscuación.
Algunos médicos opinaron que si la carencia de carne continuaba,
medio pueblo caería en síncope por estar los estómagos
acostumbrados a su corroborante jugo; y era de notar el contraste
entre estos tristes pronósticos de la ciencia y los anatemas lanzados
desde el púlpito por los reverendos padres contra toda clase de
nutrición animal y de promiscuación en aquellos días destinados por
la Iglesia al ayuno y la penitencia. Se originó de aquí una especie de
guerra intestina entre los estómagos y las conciencias, atizada por el
inexorable apetito y las no menos inexorables vociferaciones de los
ministros de la iglesia, quienes, como es su deber, no transigen con
vicio alguno que tienda a relajar las costumbres católicas: a lo que se
agregaba el estado de flatulencia intestinal de los habitantes,
producido por el pescado y los porotos y otros alimentos algo
indigestos.
Esta guerra se manifestaba por sollozos y gritos descompasados en la
peroración de los sermones y por rumores y estruendos subitáneos en
las casas y calles de la ciudad o donde quiera concurrían gentes.
Alarmóse un tanto el gobierno, tan paternal como previsor, del
Restaurador creyendo aquellos tumultos de origen revolucionario y
atribuyéndolos a los mismos salvajes unitarios, cuyas impiedades,
según los predicadores federales, habían traído sobre el país la
inundación de la cólera divina; tomó activas providencias,
desparramó sus esbirros por la población y por último, bien
informado, promulgó un decreto tranquilizador de las conciencias y de
los estómagos, encabezado por un considerando muy sabio y piadoso
para que a todo trance y arremetiendo por agua y todo, se trajese
ganado a los corrales.
En efecto, el decimosexto día de la carestía, víspera del día de
Dolores, entró a nado por el paso de Burgos al Matadero del Alto una
tropa de cincuenta novillos gordos; cosa poca por cierto para una
población acostumbrada a consumir diariamente de doscientos
cincuenta a trescientos, y cuya tercera parte al menos gozaría del
fuero eclesiástico de alimentarse con carne. ¡Cosa extraña que haya
estómagos privilegiados y estómagos sujetos a leyes inviolables y
que la Iglesia tenga la llave de los estómagos!
Pero no es extraño, supuesto que el diablo con la carne suele meterse
en el cuerpo y que la Iglesia tiene el poder de conjurarlo: el caso es
reducir al hombre a una máquina cuyo móvil principal no sea su
voluntad sino la de la Iglesia y el gobierno. Quizá llegue el día en que
sea prohibido respirar aire libre, pasearse y hasta conversar con un
amigo, sin permiso de autoridad competente. Así era, poco más o
menos, en los felices tiempos de nuestros beatos abuelos que por
desgracia vino a turbar la revolución de Mayo.
Sea como fuera, a la noticia de la providencia gubernativa, los
corrales del Alto se llenaron, a pesar del barro, de carniceros, de
achuradores y de curiosos, quienes recibieron con grandes
vociferaciones y palmoteos los cincuenta novillos destinados al
Matadero.
–Chica, pero gorda –exclamaban–. ¡Viva la Federación! ¡Viva el
Restaurador!
Porque han de saber los lectores que en aquel tiempo la Federación
estaba en todas partes, hasta entre las inmundicias del Matadero y no
había fiesta sin Restaurador como no hay sermón sin San Agustín.
Cuentan que al oír tan desaforados gritos las últimas ratas que
agonizaban de hambre en sus cuevas, se reanimaron y echaron a
correr desatentadas conociendo que volvían a aquellos lugares la
acostumbrada alegría y la algazara precursora de abundancia.
El primer novillo que se mató fue todo entero de regalo al
Restaurador, hombre muy amigo del asado. Una comisión de
carniceros marchó a ofrecérselo a nombre de los federales del
Matadero, manifestándole in voce su agradecimiento por la acertada
providencia del gobierno, su adhesión ilimitada al Restaurador y su
odio entrañable a los salvajes unitarios, enemigos de Dios y de los
hombres. El Restaurador contestó a la arenga rinforzando sobre el
mismo tema y concluyó la ceremonia con los correspondientes vivas y
vociferaciones de los espectadores y actores. Es de creer que el
Restaurador tuviese permiso especial de Su Ilustrísima para no
abstenerse de carne, porque siendo tan buen observador de las leyes,
tan buen católico y tan acérrimo protector de la religión, no hubiera
dado mal ejemplo aceptando semejante regalo en día santo.
Siguió la matanza y en un cuarto de hora cuarenta y nueve novillos se
hallaban tendidos en la playa del Matadero, desollados unos, los otros
por desollar. El espectáculo que ofrecía entonces era animado y
pintoresco aunque reunía todo lo horriblemente feo, inmundo y
deforme de una pequeña clase proletaria peculiar del Río de la Plata.
Pero para que el lector pueda percibirlo a un golpe de ojo, preciso es
hacer un croquis de la localidad.
El Matadero de la Convalecencia o del Alto, sito en las quintas al sud
de la ciudad, es una gran playa en forma rectangular colocada al
extremo de dos calles, una de las cuales allí se termina y la otra se
prolonga hacia el este. Esta playa con declive al sud, está cortada por
un zanjón labrado por la corriente de las aguas pluviales en cuyos
bordes laterales se muestran innumerables cuevas de ratones y cuyo
cauce recoge, en tiempo de lluvia, toda la sangraza seca o reciente
del Matadero. En la junción del ángulo recto hacia el oeste está lo que
llaman la casilla, edificio bajo, de tres piezas de media agua con
corredor al frente que da a la calle y palenque para atar caballos, a
cuya espalda se notan varios corrales de palo a pique de ñandubay
con sus fornidas puertas para encerrar el ganado.
Estos corrales son en tiempo de invierno un verdadero lodazal en el
cual los animales apeñuscados se hunden hasta el encuentro y
quedan como pegados y casi sin movimiento. En la casilla se hace la
recaudación del impuesto de corrales, se cobran las multas por
violación de reglamentos y se sienta el Juez del Matadero, personaje
importante, caudillo de los carniceros y que ejerce la suma del poder
en aquella pequeña república, por delegación del Restaurador. Fácil es
calcular qué clase de hombre se requiere para el desempeño de
semejante cargo. La casilla, por otra parte, es un edificio tan ruin y
pequeño que nadie lo notaría en los corrales a no estar asociado su
nombre al del terrible Juez y a no resaltar sobre su blanca cintura los
siguientes letreros rojos: “Viva la Federación”, “Viva el Restaurador y
la heroína doña Encarnación Ezcurra”, “Mueran los salvajes unitarios”.
Letreros muy significativos, símbolo de la fe política y religiosa de la
gente del Matadero. Pero algunos lectores no sabrán que la tal
heroína es la difunta esposa del Restaurador, patrona muy querida de
los carniceros, quienes, ya muerta, la veneraban como viva por sus
virtudes cristianas y su federal heroísmo en la revolución contra
Balcarce. Es el caso que en un aniversario de aquella memorable
hazaña de la mazorca, los carniceros festejaron con un espléndido
banquete en la casilla a la heroína, banquete al que concurrió con su
hija y otras señoras federales, y que allí en presencia de un gran
concurso ofreció a los señores carniceros en un solemne brindis su
federal patrocinio,por cuyo motivo ellos la proclamaron
entusiasmados patrona del Matadero, estampando su nombre en las
paredes de la casilla, donde se estará hasta que lo borre la mano del
tiempo.
La perspectiva del Matadero a la distancia era grotesca, llena de
animación. Cuarenta y nueve reses estaban tendidas sobre sus cueros
y cerca de doscientas personas hollaban aquel suelo de lodo regado
con la sangre de sus arterias. En torno de cada res resaltaba un grupo
de figuras humanas de tez y raza distintas. La figura más prominente
de cada grupo era el carnicero con el cuchillo en mano, brazo y pecho
desnudos, cabello largo y revuelto, camisa y chiripá, y rostro
embadurnado de sangre. A sus espaldas se rebullían caracoleando y
siguiendo los movimientos, una comparsa de muchachos, de negras y
mulatas achuradoras, cuya fealdad trasuntaba las arpías de la fábula,
y entremezclados con ella algunos enormes mastines, olfateaban,
gruñían o se daban de tarascones por la presa. Cuarenta y tantas
carretas toldadas con negruzco y pelado cuero se escalonaban
irregularmente a lo largo de la playa y algunos jinetes con el poncho
calado y el lazo prendido al tiento cruzaban por entre ellas al tranco
o, reclinados sobre el pescuezo de los caballos, echaban ojo indolente
sobre uno de aquellos animados grupos, al paso que más arriba, en el
aire, un enjambre de gaviotas blanquiazules que habían vuelto de la
emigración al olor de carne, revoloteaban cubriendo con su disonante
graznido todos los ruidos y voces del Matadero y proyectando una
sombra clara sobre aquel campo de horrible carnicería. Esto se
notaba al principio de la matanza.
Pero a medida que adelantaba, la perspectiva variaba; los grupos se
deshacían, venían a formarse tomando diversas actitudes y se
desparramaban corriendo como si en medio de ellos cayese alguna
bala perdida o asomase la quijada de algún encolerizado mastín. Esto
era, que ínter el carnicero en un grupo descuartizaba a golpe de
hacha, colgaba en otro los cuartos en los ganchos a su carreta,
despellejaba en este, sacaba el sebo en aquel, de entre la chusma
que ojeaba y aguardaba la presa de achura, salía de cuando en
cuando una mugrienta mano a dar un tarazón con el cuchillo al sebo
o a los cuartos de la res, lo que originaba gritos y explosión de cólera
del carnicero y el continuo hervidero de los grupos, dichos y gritería
descompasada de los muchachos.
—Ahí se mete el sebo en las tetas, la tía —gritaba uno.
—Aquel lo escondió en el alzapón —replicaba la negra.
— ¡Che!, negra bruja, salí de aquí antes que te pegue un tajo —
exclamaba el carnicero.
—¿Qué le hago, ño Juan? ¡No sea malo! Yo no quiero sino la panza y
las tripas.
—Son para esa bruja: a la m...
—¡A la bruja! ¡A la bruja! —repitieron los muchachos—. ¡Se lleva la
riñonada y el tongorí! —y cayeron sobre su cabeza sendos cuajos de
sangre y tremendas pelotas de barro.
Hacia otra parte, entre tanto, dos africanas llevaban arrastrando las
entrañas de un animal; allá una mulata se alejaba con un ovillo de
tripas y resbalando de repente sobre un charco de sangre, caía a
plomo, cubriendo con su cuerpo la codiciada presa. Acullá se veían
acurrucadas en hilera cuatrocientas negras destejiendo sobre las
faldas el ovillo y arrancando uno a uno los sebitos que el avaro
cuchillo del carnicero había dejado en la tripa como rezagados, al
paso que otras vaciaban panzas y vejigas y las henchían de aire de
sus pulmones para depositar en ellas, luego de secas, la achura.
Varios muchachos gambeteando a pie y a caballo se daban de
vejigazos o se tiraban bolas de carne, desparramando con ellas y su
algazara la nube de gaviotas que columpiándose en el aire
celebraban chillando la matanza. Oíanse a menudo a pesar del veto
del Restaurador y de la santidad del día, palabras inmundas y
obscenas, vociferaciones preñadas de todo el cinismo bestial que
caracteriza a la chusma de nuestros mataderos, con las cuales no
quiero regalar a los lectores.
De repente caía un bofe sangriento sobre la cabeza de alguno, que de
allí pasaba a la de otro, hasta que algún deforme mastín lo hacía
buena presa, y una cuadrilla de otros, por si estrujo o no estrujo,
armaba una tremenda de gruñidos y mordiscones. Alguna tía vieja
salía furiosa en persecución de un muchacho que le había
embadurnado el rostro con sangre, y acudiendo a sus gritos y
puteadas los compañeros del rapaz, la rodeaban y azuzaban como los
perros al toro y llovían sobre ella zoquetes de carne, bolas de
estiércol, con groseras carcajadas y gritos frecuentes, hasta que el
Juez mandaba restablecer el orden y despejar el campo.
Por un lado dos muchachos se adiestraban en el manejo del cuchillo
tirándose horrendos tajos y reveses; por otro cuatro ya adolescentes
ventilaban a cuchilladas el derecho a una tripa gorda y un mondongo
que habían robado a un carnicero; y no de ellos distante, porción de
perros flacos ya de la forzosa abstinencia, empleaban el mismo medio
para saber quién se llevaría un hígado envuelto en barro. Simulacro
en pequeño era este del modo bárbaro con que se ventilan en nuestro
país las cuestiones y los derechos individuales y sociales. En fin, la
escena que se representaba en el Matadero era para vista, no para
escrita.
Un animal había quedado en los corrales de corta y ancha cerviz, de
mirar fiero, sobre cuyos órganos genitales no estaban conformes los
pareceres porque tenía apariencias de toro y de novillo. Llególe su
hora. Dos enlazadores a caballo penetraron al corral en cuyo contorno
hervía la chusma a pie, a caballo y horquetada sobre sus ñudosos
palos. Formaban en la puerta el más grotesco y sobresaliente grupo
varios pialadores y enlazadores de a pie con el brazo desnudo y
armados del certero lazo, la cabeza cubierta con un pañuelo punzó y
chaleco y chiripá colorado, teniendo a sus espaldas varios jinetes y
espectadores de ojo escrutador y anhelante.
El animal, prendido ya al lazo por las astas, bramaba echando
espuma, furibundo, y no había demonio que lo hiciera salir del
pegajoso barro donde estaba como clavado y era imposible pialarlo.
Gritábanle, lo azuzaban en vano con las mantas y pañuelos los
muchachos prendidos sobre las horquetas del corral, y era de oír la
disonante batahola de silbidos, palmadas y voces tiples y roncas que
se desprendía de aquella singular orquesta.
Los dicharachos, las exclamaciones chistosas y obscenas rodaban de
boca en boca y cada cual hacía alarde espontáneamente de su
ingenio y de su agudeza excitado por el espectáculo o picado por el
aguijón de alguna lengua locuaz.
—Hi de p... en el toro.
—Al diablo los torunos del Azul.
—Mal haya el tropero que nos da gato por liebre.
—Si es novillo.
—¿No está viendo que es toro viejo?
—Como toro le ha de quedar. ¡Muéstreme los c..., si le parece, c...o!
—Ahí los tiene entre las piernas. No los ve, amigo, más grandes que la
cabeza de su castaño; ¿o se ha quedado ciego en el camino?
—Su madre sería la ciega, pues que tal hijo ha parido. ¿No ve que
todo ese bulto es barro?
—Es emperrado y arisco como un unitario.
Y al oír esta mágica palabra todos a una voz exclamaron: —¡Mueran
los salvajes unitarios!
—Para el tuerto los h...
—Sí, para el tuerto, que es hombre de c... para pelear con los
unitarios.
—El matambre a Matasiete, degollador de unitarios.
¡Viva Matasiete!
—¡A Matasiete el matambre!
—Allá va —gritó una voz ronca interrumpiendo aquellos desahogos de
la cobardía feroz—. ¡Allá va el toro!
—¡Alerta! Guarda los de la puerta. ¡Allá va furioso como un demonio!
Y, en efecto, el animal acosado por los gritos y sobre todo por dos
picanas agudas que le espoleaban la cola, sintiendo flojo el lazo,
arremetió bufando a la puerta, lanzando a entrambos lados una rojiza
y fosfórica mirada. Diole el tirón el enlazador sentando su caballo,
desprendió el lazo de la asta, crujió por el aire un áspero zumbido y al
mismo tiempo se vio rodar desde lo alto de una horqueta del corral,
como si un golpe de hacha la hubiese dividido a cercén, una cabeza
de niño cuyo tronco permaneció inmóvil sobre su caballo de palo,
lanzando por cada arteria un largo chorro de sangre.
—Se cortó el lazo —gritaron unos—, allá va el toro.
Pero otros deslumbrados y atónitos guardaron silencio porque todo
fue como un relámpago.
Desparramóse un tanto el grupo de la puerta. Una parte se agolpó
sobre la cabeza y el cadáver palpitante del muchacho degollado por
el lazo, manifestando horror en su atónito semblante, y la otra parte,
compuesta de jinetes que no vieron la catástrofe, se escurrió en
distintas direcciones en pos del toro, vociferando y gritando: ¡Allá va
el toro! ¡Atajen! ¡Guarda! ¡Enlaza, Sietepelos! ¡Que te agarra, Botija!
¡Va furioso; no se le pongan delante! ¡Ataja, ataja, morado! ¡Dele
espuela al mancarrón! ¡Ya se metió en la calle sola! ¡Que lo ataje el
diablo!
El tropel y vocería era infernal. Unas cuantas negras achuradoras,
sentadas en hilera al borde del zanjón, oyendo el tumulto se
acogieron y agazaparon entre las panzas y tripas que desenredaban y
devanaban con la paciencia de Penélope, lo que sin duda las salvó,
porque el animal lanzó al mirarlas un bufido aterrador, dio un brinco
sesgado y siguió adelante perseguido por los jinetes. Cuentan que
una de ellas se fue de cámaras; otra rezó diez salves en dos minutos,
y dos prometieron a San Benito no volver jamás a aquellos malditos
corrales y abandonar el oficio de achuradoras. No se sabe si
cumplieron la promesa.
El toro, entre tanto, tomó hacia la ciudad por una larga y angosta
calle que parte de la punta más aguda del rectángulo anteriormente
descripto, calle encerrada por una zanja y un cerco de tunas, que
llaman sola por no tener más de dos casas laterales y en cuyo
apozado centro había un profundo pantano que tomaba de zanja a
zanja. Cierto inglés, de vuelta de su saladero, vadeaba este pantano a
la sazón, paso a paso, en un caballo algo arisco, y sin duda iba tan
absorto en sus cálculos que no oyó el tropel de jinetes ni la gritería
sino cuando el toro arremetía al pantano. Azoróse de repente su
caballo dando un brinco al sesgo y echó a correr dejando al pobre
hombre hundido media vara en el fango. Este accidente, sin embargo,
no detuvo ni refrenó la carrera de los perseguidores del toro, antes al
contrario, soltando carcajadas sarcásticas: “Se amoló el gringo;
levántate, gringo”, exclamaron, y cruzando el pantano amasaron con
barro, bajo las patas de sus caballos, su miserable cuerpo. Salió el
gringo, como pudo, después a la orilla, más con la apariencia de un
demonio tostado por las llamas del infierno que de un hombre blanco
pelirrubio. Más adelante al grito de: ¡Al toro! ¡Al toro!, cuatro negras
achuradores que se retiraban con su presa se zambulleron en la zanja
llena de agua, único refugio que les quedaba.
El animal, entretanto, después de haber corrido unas veinte cuadras
en distintas direcciones, azorando con su presencia a todo viviente,
se metió por la tranquera de una quinta, donde halló su perdición.
Aunque cansado, manifestaba bríos y colérico ceño; pero rodeábalo
una zanja profunda y un tupido cerco de pitas, y no había escape.
Juntáronse luego sus perseguidores que se habían desbandado y
resolvieron llevarlo en un señuelo de bueyes para que expiase su
atentado en el lugar mismo donde lo había cometido. El animal,
entretanto, después de haber corrido unas veinte cuadras en distintas
direcciones, azorando con su presencia a todo viviente, se metió por
la tranquera de una quinta, donde halló su perdición. Aunque
cansado, manifestaba bríos y colérico ceño; pero rodeábalo una zanja
profunda y un tupido cerco de pitas, y no había escape. Juntáronse
luego sus perseguidores que se habían desbandado y resolvieron
llevarlo en un señuelo de bueyes para que expiase su atentado en el
lugar mismo donde lo había cometido.
Una hora después de su fuga el toro estaba otra vez en el matadero,
donde la poca chusma que había quedado no hablaba sino de sus
fechorías. La aventura del gringo en el pantano excitaba
principalmente la risa y el sarcasmo. Del niño degollado por el lazo no
quedaba sino un charco de sangre: su cadáver estaba en el
cementerio.
Enlazaron muy luego por las astas al animal que brincaba haciendo
hincapié y lanzando roncos bramidos. Echáronle, uno, dos, tres piales;
pero infructuosos: al cuarto quedó prendido de una pata; su brío y su
furia redoblaron; su lengua, estirándose convulsiva, arrojaba espuma,
su nariz, humo, sus ojos, miradas encendidas.
—¡Desgarreten ese animal! —exclamó una voz imperiosa. Matasiete
se tiró al punto del caballo, cortóle el garrón de una cuchillada y
gambeteando en torno de él con su enorme daga en mano, se la
hundió al cabo hasta el puño en la garganta, mostrándola en seguida
humeante y roja a los espectadores. Brotó un torrente de la herida,
exhaló algunos bramidos roncos, vaciló y cayó el soberbio animal
entre los gritos de la chusma que proclamaba a Matasiete vencedor y
le adjudicaba en premio el matambre. Matasiete extendió, como
orgulloso, por segunda vez el brazo y el cuchillo ensangrentado y se
agachó a desollarlo con otros compañeros.
Faltaba que resolver la duda sobre los órganos genita les del muerto,
clasificado provisoriamente de toro por su indomable fiereza; pero
estaban todos tan fatigados de la larga tarea que le echaron por lo
pronto en olvido. Mas de repente una voz ruda exclamó:
—Aquí están los huevos —sacando de la barriga del animal y
mostrando a los espectadores dos enormes testículos, signo
inequívoco de su dignidad de toro. La risa y la charla fue grande;
todos los incidentes desgraciados pudieron fácilmente explicarse. Un
toro en el Matadero era cosa muy rara, y aun vedada. Aquel, según
reglas de buena policía, debió arrojarse a los perros; pero había tanta
escasez de carne y tantos hambrientos en la población, que el señor
juez tuvo a bien hacer ojo lerdo.
En dos por tres estuvo desollado, descuartizado y colgado en la
carreta el maldito toro. Matasiete colocó el matambre bajo el pellón
de su recado y se preparaba a partir. La matanza estaba concluida a
las doce, y la poca chusma que había presenciado hasta el fin, se
retiraba en grupos de a pie y de a caballo, o tirando a la cincha
algunas carretas cargadas de carne.
Mas de repente la ronca voz de un carnicero gritó:
—¡Allí viene un unitario! —y al oír tan significativa palabra toda
aquella chusma se detuvo como herida de una impresión subitánea.
—¿No le ven la patilla en forma de U? No trae divisa en el fraque ni
luto en el sombrero.
—Perro unitario.
—Es un cajetilla.
—Monta en silla como los gringos.
—La Mazorca con él.
—¡La tijera!
—Es preciso sobarlo.
—Trae pistoleras por pintar.
—Todos estos cajetillas unitarios son pintores como el diablo.
—¿A que no te le animas, Matasiete?
—¿A qué no?
—A que sí.
Matasiete era hombre de pocas palabras y de mucha acción.
Tratándose de violencia, de agilidad, de destreza en el hacha, el
cuchillo o el caballo, no hablaba y obraba. Lo habían picado: prendió
la espuela a su caballo y se lanzó a brida suelta al encuentro del
unitario.
Era este un joven como de 25 años, de gallarda y bien apuesta
persona, que mientras salían en borbotón deaquellas desaforadas
bocas las anteriores exclamaciones, trotaba hacia Barracas, muy
ajeno por temer peligro alguno. Notando, empero, las significativas
miradas de aquel grupo de dogos de matadero, echa maquinalmente
la diestra sobre las pistoleras de su silla inglesa, cuando una pechada
al sesgo del caballo de Matasiete, lo arroja de los lomos del suyo
tendiéndolo a la distancia boca arriba y sin movimiento alguno.
—¡Viva Matasiete! —exclamó toda aquella chusma cayendo en tropel
sobre la víctima como los caranchos rapaces sobre la osamenta de un
buey devorado por el tigre.
Atolondrado todavía, el joven fue, lanzando una mirada de fuego
sobre aquellos hombres feroces, hacia su caballo que permanecía
inmóvil no muy distante, a buscar en sus pistolas el desagravio y la
venganza. Matasiete, dando un salto, le salió al encuentro y con
fornido brazo asiéndolo de la corbata lo tendió en el suelo tirando al
mismo tiempo la daga de la cintura y llevándola a su garganta.
Una tremenda carcajada y un nuevo viva estentóreo volvió a
victoriarlo.
¡Qué nobleza de alma! ¡Qué bravura en los federales!, siempre en
pandilla cayendo como buitres sobre la víctima inerte.
—Degüéllalo, Matasiete: quiso sacar las pistolas. Degüéllalo como al
toro.
—Pícaro unitario. Es preciso tusarlo.
—Tiene buen pescuezo para el violín.
—Tócale el violín.
—Mejor es resbalosa.
—Probemos —dijo Matasiete, y empezó sonriendo a pasar el filo de su
daga por la garganta del caído, mientras con la rodilla izquierda le
comprimía el pecho y con la siniestra mano le sujetaba por los
cabellos.
—No, no le degüellen —exclamó de lejos la voz imponente del Juez
del Matadero que se acercaba a caballo.
—A la casilla con él, a la casilla. Preparen la mazorca y las tijeras.
¡Mueran los salvajes unitarios! ¡Viva el Restaurador de las leyes!
—¡Viva Matasiete!
—¡Mueran! ¡Vivan! —repitieron en coro los espectadores y atándole
codo con codo, entre moquetes y tirones, entre vociferaciones e
injurias, arrastraron al infeliz joven al banco del tormento como los
sayones al Cristo.
La sala de la casilla tenía en su centro una grande y fornida mesa de
la cual no salían los vasos de bebida y los naipes sino para dar lugar a
las ejecuciones y torturas de los sayones federales del Matadero.
Notábase, además, en un rincón otra mesa chica con recado de
escribir y un cuaderno de apuntes y porción de sillas entre las que
resaltaba un sillón de brazos destinado para el Juez. Un hombre,
soldado en apariencia, sentado en una de ellas, cantaba al son de la
guitarra la resbalosa, tonada de inmensa popularidad entre los
federales, cuando la chusma, llegando en tropel al corredor de la
casilla, lanzó a empellones al joven unitario hacia el centro de la sala.
—A ti te toca la resbalosa —gritó uno.
—Encomienda tu alma al diablo.
—Está furioso como toro montaraz.
—Ya le amansará el palo.
—Es preciso sobarlo.
—Por ahora verga y tijera.
—Si no, la vela.
—Mejor será la mazorca.
—Silencio y sentarse —exclamó el Juez dejándose caer sobre su sillón.
Todos obedecieron, mientras el joven de pie encarando al Juez,
exclamó con voz preñada de indignación:
—Infames sayones, ¿qué intentan hacer de mí?
—¡Calma! —dijo sonriendo el Juez— no hay que encolerizarse. Ya lo
verás.
El joven, en efecto, estaba fuera de sí de cólera. Todo su cuerpo
parecía estar en convulsión: su pálido y amoratado rostro, su voz, su
labio trémulo, mostraban el movimiento convulsivo de su corazón, la
agitación de sus nervios. Sus ojos de fuego parecían salirse de la
órbita, su negro y lacio cabello se levantaba erizado. Su cuello
desnudo y la pechera de su camisa dejaban entrever el latido violento
de sus arterias y la respiración anhelante de sus pulmones.
—¿Tiemblas? —le dijo el Juez.
—De rabia, porque no puedo sofocarte entre mis brazos.
—¿Tendrías fuerza y valor para eso?
—Tengo de sobra voluntad y coraje para ti, infame.
—A ver las tijeras de tusar mi caballo; túsenlo a la federala.
Dos hombres le asieron, uno de la ligadura del brazo, otro de la
cabeza, y en un minuto cortáronle la patilla que poblaba toda su
barba por bajo, con risa estrepitosa de sus espectadores.
—A ver —dijo el Juez—, un vaso de agua para que se refresque.
—Uno de hiel te haría yo beber, infame.
Un negro petiso púsosele al punto delante con un vaso de agua en la
mano. Diole el joven un puntapié en el brazo y el vaso fue a
estrellarse en el techo, salpicando el asombrado rostro de los
espectadores.
—Este es incorregible.
—Ya lo domaremos.
—Silencio —dijo el Juez—, ya estás afeitado a la federala, solo te falta
el bigote. Cuidado con olvidarlo. Ahora vamos a cuentas.
—¿Por qué no traes divisa?
—Porque no quiero.
—No sabes que lo manda el Restaurador.
—La librea es para vosotros, esclavos, no para los hombres libres.
—A los libres se les hace llevar a la fuerza.
—Sí, la fuerza y la violencia bestial. Esas son vuestras armas,
infames. El lobo, el tigre, la pantera también son fuertes como
vosotros. Deberíais andar como ellas en cuatro patas.
—¿No temes que el tigre te despedace?
—Lo prefiero a que, maniatado, me arranquen como el cuervo, una a
una las entrañas.
—¿Por qué no llevas luto en el sombrero por la heroína?
—¡Porque lo llevo en el corazón por la Patria, por la Patria que
vosotros habéis asesinado, infames!
—¿No sabes que así lo dispuso el Restaurador?
—Lo dispusisteis vosotros, esclavos, para lisonjear el orgullo de
vuestro señor y tributarle vasallaje infame.
—¡Insolente!, te has embravecido mucho. Te haré cortar la lengua si
chistas.
—Abajo los calzones a ese mentecato cajetilla y a nalga pelada denle
verga, bien atado sobre la mesa.
Apenas articuló esto el Juez, cuatro sayones salpicados de sangre,
suspendieron al joven y lo tendieron largo a largo sobre la mesa
comprimiéndole todos sus miembros.
—Primero degollarme que desnudarme, infame canalla.
Atáronle un pañuelo a la boca y empezaron a tironear sus vestidos.
Encogíase el joven, pateaba, hacía rechinar los dientes. Tomaban ora
sus miembros la flexibilidad del junco, ora la dureza del fierro y su
espina dorsal era el eje de un movimiento parecido al de la serpiente.
Gotas de sudor fluían por su rostro, grandes como perlas; echaban
fuego sus pupilas, su boca espuma, y las venas de su cuello y frente
negreaban en relieve sobre su blanco cutis como si estuvieran
repletas de sangre.
—Átenlo primero —exclamó el Juez.
—Está rugiendo de rabia —articuló un sayón.
En un momento liaron sus piernas en ángulo a los cuatro pies de la
mesa volcando su cuerpo boca abajo. Era preciso hacer igual
operación con las manos, para lo cual soltaron las ataduras que las
comprimían en la espalda. Sintiéndolas libres el joven, por un
movimiento brusco en el cual pareció agotarse toda su fuerza y
vitalidad, se incorporó primero sobre sus brazos, después sobre sus
rodillas y se desplomó al momento murmurando:
—Primero degollarme que desnudarme, infame canalla.
Sus fuerzas se habían agotado; inmediatamente quedó atado en cruz
y empezaron la obra de desnudarlo. Entonces un torrente de sangre
brotó borbolloneando de la boca y las narices del joven y
extendiéndose empezó a caer a chorros por entrambos lados de la
mesa. Los sayones quedaron inmóviles y los espectadores
estupefactos.
—Reventó de rabia el salvaje unitario —dijo uno.
—Tenía un río de sangre en las venas —articuló otro.
—Pobre diablo: queríamos únicamente divertirnos con él y tomó la
cosa demasiado a lo serio —exclamó el Juez frunciendo el ceño de
tigre—. Es preciso dar parte, desátenlo y vamos.
Verificaron la orden; echaron llave a la puerta y en un momento se
escurrió la chusma en pos del caballo del juez, cabizbajo y taciturno.
Los federales habían dado fin a una de sus innumerables proezas.
En aquel tiempo los carniceros degolladores del Matadero eran los
apóstoles que propagaban a verga y puñal la federación rosina, y no
es difícil imaginarse qué federación saldría de sus cabezas y cuchillas.
Llamaban ellos salvaje unitario, conforme a la jerga inventada por el
Restaurador, patrón de la cofradía, a todo el que no era degollador,
carnicero, ni salvaje, ni ladrón; a todo hombre decente y de corazón
bien puesto, a todo patriota ilustrado amigo de las luces y de la
libertad; y por el suceso anterior puede verse a las claras que el foco
de la federación estaba en el Matadero.

Resumen: El texto presenta una representación vívida y grotesca de


un matadero en Buenos Aires, donde se entrelazan escenas de
brutalidad y violencia política. A través de la captura y sacrificio de un
toro, así como el ataque a un joven unitario por parte de carniceros
federales, se refleja la deshumanización y la falta de compasión en un
contexto de tensiones sociales y religiosas. La narrativa, escrita por
Esteban Echeverría entre 1838 y 1840, critica la hipocresía de la
época, mostrando cómo la escasez de carne y las inundaciones
exacerban la lucha entre los valores católicos y las necesidades
humanas.

1. Resuelvan las siguientes consignas:

a. ¿Dónde transcurre la acción? Expliquen cómo es ese lugar y


debatan entre ustedes si la descripción tan minuciosa del
matadero se asocia a lo grotesco, lo desagradable y lo
extremadamente sangriento, o es justificadamente realista.
Justifiquen su opinión.

La acción transcurre en un matadero, donde se llevan a cabo


actividades de carnicería y se presenta un ambiente de violencia y
brutalidad.

El matadero es descrito como un lugar grotesco y violento, lleno de


sangre y brutalidad. Se menciona un ambiente de animación
macabra, con reses tendidas sobre el suelo cubierto de lodo y sangre,
y una multitud de personas de diversas razas y condiciones que
interactúan en un contexto de carnicería. Los carniceros, con sus
brazos y rostros ensangrentados, y la presencia de perros y niños que
participan en la violencia, contribuyen a una atmósfera de horror y
descontrol.

Debate sobre la descripción

Argumento a favor de lo grotesco: La descripción del matadero


puede considerarse grotesca debido a su enfoque en la brutalidad y el
sufrimiento. La imagen de los animales siendo desollados y la chusma
celebrando la violencia crean una sensación de repulsión. La mezcla
de risas y gritos en un entorno tan sangriento resalta la
deshumanización y la barbarie, lo que puede resultar chocante para
el lector. Este enfoque enfatiza la crueldad inherente al lugar y
sugiere una crítica social hacia la falta de empatía en la sociedad.

Argumento a favor de lo realista: Por otro lado, la descripción


puede ser vista como justificadamente realista, ya que refleja la dura
realidad de un matadero en una época y contexto específicos. La
minuciosidad en los detalles puede interpretarse como un intento de
retratar la vida cotidiana de los carniceros y la cultura de la época,
donde la violencia y la muerte eran parte integral de la subsistencia.
Este enfoque realista puede servir para resaltar las condiciones
sociales y políticas del momento, así como la brutalidad de la vida en
el campo.

En conclusión, la descripción del matadero puede ser vista tanto


como grotesca como realista, dependiendo de la interpretación del
lector. La riqueza de los detalles permite una reflexión profunda sobre
la naturaleza humana y la sociedad en la que se desarrolla la acción.

b. ¿Cuándo se desarrollan los hechos? Subrayen los


informantes (datos precisos) y los indicios de tiempo. ¿Por
qué el narrador omite la fecha completa del año de lo
sucedido?
Los hechos se desarrollan en una época de cuaresma, un período en
el que escasea la carne en Buenos Aires debido a las restricciones
impuestas por la iglesia. Esto se menciona en el texto, donde se
indica que la narración transcurre en los años de Cristo de 183...,
durante un tiempo en que la carne es considerada pecaminosa y se
ordena vigilia y abstinencia a los fieles.

Los informantes y los indicios de tiempo en el texto son los siguientes:


 Indicios de tiempo:
 "en los años de Cristo de 183...
 "en una época de cuaresma"
 Informantes (datos precisos):
 "la carne es considerada pecaminosa y se ordena vigilia y
abstinencia a los fieles"
 "escasea la carne en Buenos Aires debido a las restricciones
impuestas por la iglesia"
Estos elementos ayudan a situar la acción en un contexto histórico y
cultural específico.

c. ¿Quiénes son los personajes que aparecen en el lugar? ¿Cómo se


los describe? ¿A qué sector social pertenecen? Justifiquen con citas
textuales.

Los personajes que aparecen en el matadero y sus descripciones son


los siguientes:

El Juez del Matadero: Es un personaje importante, descrito como un


"caudillo de los carniceros" que ejerce el poder en el matadero. Se
menciona que su figura es temida y respetada, y que su autoridad
está asociada a la política de la época. Pertenece a un sector social
que ejerce poder y control sobre los demás.

Cita: "personaje importante, caudillo de los carniceros y que ejerce la


suma del poder en aquella pequeña república, por delegación del
Restaurador".

Carniceros: Son los hombres que realizan las actividades de


matanza. Se les describe con "brazos y rostros ensangrentados", lo
que refleja la brutalidad de su trabajo. Pertenecen a un sector social
que se beneficia de la violencia y la carnicería, y que está alineado
con la ideología del Restaurador.

Cita: "los carniceros degolladores del Matadero eran los apóstoles


que propagaban a verga y puñal la federación rosina".

Chusma: Este grupo está compuesto por personas de diversas razas


y condiciones, incluyendo niños y mujeres. Se les describe como una
multitud bulliciosa que observa y participa en el ambiente del
matadero, lo que sugiere una falta de educación y un
comportamiento salvaje. Pertenecen a un sector social marginal.

 Cita: "la chusma a pie, a caballo y codo, entre moquetes y tirones,


entre vociferaciones e injurias".

Muchachos: Son niños que se mezclan en la escena del matadero,


participando en la violencia y el bullicio. Su comportamiento refleja la
deshumanización y la normalización de la violencia en su entorno.

 Cita: "los muchachos se adiestraban en el manejo del cuchillo


tirándose horrendos tajos y reveses".

Mastines: Son perros que están presentes en el matadero,


olfateando y gruñendo en medio de la acción. Su presencia añade un
elemento de brutalidad y caos al ambiente.

 Cita: "porción de perros flacos ya de la forzosa abstinencia".

En resumen, los personajes del matadero representan diferentes


sectores sociales, desde aquellos que ejercen poder y control hasta
los que viven en la marginalidad, todos inmersos en un ambiente de
violencia y brutalidad.

2. Escriban la secuencia narrativa del relato.

1. Introducción: Se establece el contexto histórico y social,


mencionando que los hechos ocurren en los años de Cristo de
183... durante la cuaresma, un período de abstinencia de carne
en Buenos Aires.

2. Descripción del ambiente: Se describe el matadero como un


lugar de brutalidad y caos, donde los carniceros realizan su
trabajo en medio de una multitud bulliciosa, la chusma, que
observa y participa en la escena.

3. Presentación del conflicto: Un joven unitario es traído al


matadero, donde se convierte en víctima de la violencia de los
carniceros y la chusma. Se menciona cómo es arrastrado y
sometido a torturas.

4. Clímax: La tensión alcanza su punto máximo cuando el joven,


en un acto de desesperación, se resiste y expresa su rabia. Sin
embargo, es finalmente sometido y sacrificado, lo que provoca
una reacción de asombro y diversión entre los presentes.

5. Desenlace: La escena culmina con la muerte del joven, y la


chusma se dispersa, mientras el juez del matadero observa con
desdén. Se refleja la normalización de la violencia y la
brutalidad en este entorno.

Esta secuencia narrativa ilustra la crítica social y política que


Echeverría realiza a través de la representación del matadero como
un microcosmos de la sociedad argentina de su tiempo.

3. ¿Quién es el narrador? ¿Desde qué perspectiva narra los


hechos? ¿A qué sector político de la época se podría asociar?
Justifiquen con citas del texto.

El narrador de "El Matadero" es un narrador en tercera persona, que


adopta una perspectiva crítica y objetiva sobre los eventos y
personajes que describe. Este narrador se presenta como un
observador que no solo relata los hechos, sino que también emite
juicios sobre la brutalidad y la barbarie del ambiente del matadero,
así como sobre las ideologías políticas de la época.

La perspectiva del narrador se puede asociar con un sector político


opuesto al régimen de Juan Manuel de Rosas, ya que critica
abiertamente la violencia y la intolerancia de los federales. Esto se
evidencia en las descripciones de los carniceros y su relación con el
Restaurador, así como en la forma en que se refiere a los unitarios.

Justificaciones con citas del texto:

1. Crítica a la brutalidad: El narrador describe el ambiente del


matadero como un lugar de "brutalidad y caos", lo que refleja
su desaprobación hacia la violencia que allí se ejerce.

2. Juicio sobre los federales: Se menciona que "los carniceros


degolladores del Matadero eran los apóstoles que propagaban a
verga y puñal la federación rosina", lo que indica que el
narrador critica la ideología violenta y represiva de los
federales.

3. Desprecio hacia los unitarios: El narrador utiliza la jerga del


Restaurador para describir a los unitarios como "salvajes", lo
que evidencia la propaganda y la deshumanización que se
utilizaba en ese contexto político.

En resumen, el narrador se posiciona claramente en contra del


régimen de Rosas y su ideología, utilizando una voz crítica que
denuncia la barbarie y la opresión de la época.

4. ¿Qué posición adopta el narrador respecto de la Iglesia


católica? Justifiquen con citas textuales.
 El narrador de "El Matadero" adopta una posición crítica y
despectiva respecto de la Iglesia católica. A lo largo del relato, se
evidencia un rechazo hacia la hipocresía y el control que la Iglesia
ejerce sobre la sociedad, así como su complicidad con el régimen
político de la época.
Justificaciones con citas textuales:
 Crítica a la manipulación de la Iglesia: El narrador menciona
que "la Iglesia tiene el poder de conjurarlo: el caso es reducir al
hombre a una máquina cuyo móvil principal no sea su voluntad
sino la de la Iglesia y el gobierno"[2]. Esto sugiere que la Iglesia es
vista como un instrumento de opresión que limita la libertad
individual.
 Desprecio hacia la moralidad impuesta: Se critica la idea de
que "los libertinos, los incrédulos, es decir, los unitarios,
empezaron a amedrentarse al ver tanta cara compungida"[1]. Aquí
se muestra cómo la Iglesia utiliza el miedo y la culpa para
controlar a la población, lo que refleja una postura negativa hacia
su influencia.
 Hipocresía de la Iglesia: El narrador señala que "no es extraño,
supuesto que el diablo con la carne suele medirse en el cuerpo y
que la Iglesia tiene la llave de los estómagos"[2]. Esta afirmación
pone de manifiesto la percepción de que la Iglesia se beneficia de
la situación de hambre y necesidad de la población, lo que resalta
su hipocresía.
En resumen, el narrador critica abiertamente a la Iglesia
católica, destacando su papel como opresora y manipuladora en
la sociedad de la época.

5. Identifiquen tres ironías que evidencien su postura


política.

Aquí hay tres ironías en "El Matadero" que evidencian la postura


política del narrador:

 La "paternidad" del gobierno: El narrador menciona que el


gobierno de Rosas es "tan paternal como previsor", lo que resulta
irónico dado que el régimen es conocido por su brutalidad y
represión. Esta descripción contrasta con la realidad de la violencia
que se ejerce en el matadero y la opresión de los unitarios.
 La "moral" de la Iglesia: Se critica la idea de que "la Iglesia
tiene la llave de los estómagos", sugiriendo que, a pesar de su
papel como guía moral, en realidad perpetúa la desigualdad y el
sufrimiento de los más necesitados. Esta ironía resalta la
hipocresía de la Iglesia al pretender ser una institución de
salvación mientras colabora con el régimen opresor.
 La "libertad" de los carniceros: Cuando el joven unitario se
refiere a la "librea" como algo que es para "vosotros, esclavos, no
para los hombres libres", se evidencia la ironía de que los
carniceros, que se consideran fuertes y libres, en realidad son
instrumentos de un sistema que los oprime y los utilizan para
perpetuar la violencia.

Estas ironías subrayan la crítica del narrador hacia la hipocresía y la


brutalidad del régimen de Rosas y la complicidad de la Iglesia en la
opresión social.

6. ¿De qué manera el narrador presenta al Restaurador?


Caracterícenlo y justifiquen con citas del texto.
El narrador presenta al Restaurador como una figura autoritaria, cruel
y profundamente hipócrita, que encarna la brutalidad del régimen
federal de la época. A través de descripciones y diálogos, se revela su
carácter opresor y su conexión con la violencia que se ejerce en el
matadero.
 Autoritarismo y crueldad: El Restaurador es descrito como un
líder que impone su voluntad de manera violenta. Se menciona
que "los carniceros degolladores del Matadero eran los apóstoles
que propagaban a verga y puñal la federación rosina". Esto sugiere
que él es el responsable de fomentar un ambiente de terror y
represión.
 Hipocresía religiosa: El narrador señala que el Restaurador, a
pesar de ser un "buen católico y tan acérrimo protector de la
religión", acepta un regalo de carne en un día santo, lo que pone
de manifiesto su falta de respeto por las normas religiosas. que
dice defensor. Esta contradicción resalta su hipocresía y su
desprecio por los valores que pretende representar.
 Culto a la personalidad: El Restaurador es visto como un líder
que exige lealtad ciega. Se menciona que "los carniceros
marcharon a ofrecérselo a nombre de los federales del Matadero,
manifestándole in voce su agradecimiento por la acertada
providencia del gobierno". Esto indica que su figura es venerada y
que se espera una devoción casi religiosa hacia él, a pesar de su
naturaleza tiránica.
En resumen, el narrador caracteriza al Restaurador como un símbolo
de la opresión y la barbarie del régimen, utilizando descripciones que
evidencian su autoritarismo, hipocresía y culto a la personalidad.

7. Identifiquen en el cuento las opiniones acerca de: los


federales, la chusma, la justicia y los unitarios.
 Los federales: El narrador presenta a los federales como una
fuerza brutal y opresora, que actúa con violencia y sin
compasión. Se les describe como "apóstoles que propagaban a
verga y puñal la federación rosina", lo que indica su papel en la
propagación del terror y la barbarie. Además, se menciona que
"los carniceros degolladores del Matadero" eran parte de esta
cofradía violenta, lo que refuerza la idea de que los federales
son responsables de la opresión.
 La chusma: La chusma es retratada como un grupo de
personas ignorantes y fanáticos, que se dejan llevar por la
violencia y el odio. Se menciona que "la chusma se detuvo
como herida de una impresión subitánea" al ver a un unitario, lo
que muestra su disposición a la violencia y su falta de reflexión.
Además, se describe su entusiasmo por la llegada de carne y su
celebración de la "Federación", lo que sugiere una falta de
criterio y una ceguera ante la realidad.
 La justicia: La justicia es presentada como un concepto
distorsionado y corrupto, al servicio del poder. El narrador
menciona que "el señor juez tuvo a bien hacer ojo lerdo"
respecto a la matanza de un toro, lo que indica que la justicia
está comprometida y no actúa de acuerdo con principios éticos.
Además, se observa que la justicia se utiliza como un
instrumento de control y represión, en lugar de proteger a los
inocentes.
 Los unitarios: Los unitarios son retratados como víctimas de la
opresión y la barbarie del régimen federal. Se les describe con
respeto y simpatía, como "todo hombre decente y de corazón
bien puesto" El narrador critica la forma en que los federales los
deshumanizan, llamándolos "salvajes" y "perros unitarios", lo
que resalta la injusticia que sufren a manos de un sistema
tiránico. Además, el joven unitario en el relato expresa su
desprecio por la violencia y la opresión, lo que lo posiciona
como un símbolo de resistencia.

Estas opiniones reflejan la crítica del narrador hacia la situación


política y social de la época, evidenciando la brutalidad del régimen y
la lucha por la libertad y la justicia.

8. Reconozcan las distintas tramas que aparecen en el


relato: narrativa, descriptiva, argumentativa y
conversacional, y debatan entre ustedes cuáles les
parece que predominan. Justifiquen esa presencia en
relación con el objetivo que persigue el narrador del
relato.

Trama narrativa
La trama narrativa se centra en el desarrollo de los eventos en
el matadero, donde se lleva a cabo la matanza de un toro y la
llegada de un joven unitario. Esta trama avanza a través de la
acción y los conflictos que surgen entre los personajes,
especialmente entre los carniceros y el unitario. La narrativa se
utiliza para mostrar la brutalidad del ambiente y la opresión del
régimen federal.
Trama descriptiva
La trama descriptiva se manifiesta en las detalladas
descripciones del matadero, los personajes y las escenas de
violencia. El narrador pinta un cuadro vívido de la barbarie y la
chusma que rodea la matanza, lo que permite al lector
visualizar la atmósfera opresiva y grotesca del lugar. Por
ejemplo, se describe cómo "la chusma se detuvo como herida
de una impresión subitánea" al ver al unitario, lo que enfatiza la
tensión del momento.

Trama argumentativa
La trama argumentativa se presenta a través de las reflexiones
del narrador sobre la situación política y social de la época. Se
critica la hipocresía del régimen de Rosas y la complicidad de la
Iglesia, así como la brutalidad de los federales. Esta trama
busca persuadir al lector de la injusticia y la barbarie del
sistema, utilizando argumentos que evidencian la opresión de
los unitarios y la corrupción de la justicia.

Trama conversacional
La trama conversacional se manifiesta en los diálogos entre los
personajes, que revelan sus actitudes y creencias. Las
interacciones entre el joven unitario y los carniceros son
especialmente significativas, ya que muestran la tensión entre
la libertad y la opresión. Por ejemplo, el unitario expresa su
desprecio por la violencia, lo que contrasta con la brutalidad de
los carniceros.

Predominio de las tramas


Entre estas tramas, la trama descriptiva y la trama narrativa
parecen predominar. La descripción detallada del matadero y la
violencia que allí se ejerce son fundamentales para crear una
atmósfera de horror y barbarie, lo que refuerza el mensaje crítico del
narrador. La narrativa, por su parte, permite que el lector siga el
desarrollo de los eventos y comprenda la dinámica de poder entre los
personajes.

Justificación
El predominio de estas tramas está en línea con el objetivo del
narrador de criticar la opresión y la brutalidad del régimen de Rosas.
A través de la descripción vívida y la narración de los eventos, el
autor busca generar una fuerte reacción emocional en el lector,
evidenciando la injusticia y la barbarie que caracterizan a la sociedad
de su tiempo. Esto se logra al presentar un contraste entre la
violencia del matadero y la dignidad del joven unitario, lo que subraya
la lucha por la libertad y la justicia en un contexto de opresión.

9. El episodio de la muerte del niño y la caída del gringo


son dos acontecimientos que ocupan un lugar
secundario en la acción. Caractericen cómo es la
reacción de la multitud ante esos hechos. ¿Qué efecto
provoca el relato de estos episodios en el lector? ¿Cuál
es la opinión del narrador al respecto?
En "El Matadero", tanto la muerte del niño como la caída del gringo
son episodios que, aunque secundarios en la trama principal,
revelan la brutalidad y la deshumanización que caracterizan el
ambiente del matadero y la sociedad de la época.
Reacción de la multitud
La multitud reacciona con una mezcla de indiferencia y morbo
ante la muerte del niño y la caída del gringo. En el caso del
niño, su muerte es tratada con una falta de compasión, como si
fuera un evento trivial en medio de la barbarie cotidiana del
matadero. La chusma, en lugar de mostrar tristeza o
preocupación, se involucra en un comportamiento festivo y
grotesco, lo que refleja una desensibilización ante la violencia y
la muerte.[2].
En cuanto a la caída del gringo, la multitud también responde
con burla y desprecio. El gringo, que representa una figura
ajena y vulnerable, es objeto de risas y comentarios
despectivos, lo que subraya la crueldad del grupo y su falta de
empatía hacia aquellos que no pertenecen a su entorno.[1].
Efecto en el lector
El relato de estos episodios provoca en el lector una sensación
de horror y repulsión. La indiferencia de la multitud ante la
muerte y el sufrimiento resalta la barbarie de la sociedad, lo
que genera una crítica profunda hacia la deshumanización y la
violencia sistemática. El lector puede sentir una mezcla de
indignación y tristeza al observar cómo la vida humana está
desvalorizada en un contexto de opresión y brutalidad.
Opiniones del narrador
El narrador expresa una clara desaprobación hacia la actitud de
la multitud. A través de su descripción de los eventos y las
reacciones de los personajes, se evidencia una crítica a la falta
de moralidad y humanidad en la sociedad de su tiempo. El
narrador utiliza estos episodios para ilustrar la degradación de
los valores y la normalización de la violencia, lo que refuerza su
mensaje sobre la necesidad de una reflexión crítica sobre la
realidad social y política.[3].
10. ¿Cómo se presenta a Matasiete? Caracterícenlo.
Matasiete se presenta como un personaje brutal y temido, un
carnicero que encarna la violencia y la ferocidad del entorno del
matadero. Se le describe como un hombre de pocas palabras y
mucha acción, lo que sugiere que es alguien que prefiere actuar
en lugar de hablar. Su habilidad con el hacha y el cuchillo lo
convierte en un experto en la violencia, y su valentía se
manifiesta cuando se lanza al encuentro del unitario sin
dudarlo.[1].
Además, Matasiete es retratado como un líder entre la chusma,
recibiendo vítores y aplausos de sus compañeros cuando logra
someter a sus víctimas. Su carácter despiadado se evidencia en
su disposición a torturar y matar sin remordimientos, lo que lo
convierte en un símbolo de la barbarie del régimen federal. La
forma en que se ríe y se burla de sus víctimas, así como su
participación en actos de violencia colectiva, refuerza su
imagen como un personaje que disfruta de la crueldad y la
opresión.[2].

11. La escena del toro culmina cuando aparece el


unitario, ¿qué relación puede establecerse entre ambos?
La relación entre el toro y el unitario en "El Matadero" es
simbólica y refleja la brutalidad y la opresión del régimen
federal. Ambos representan fuerzas que son perseguidas y
sometidas por la chusma del matadero, que actúa como un
reflejo de la sociedad violenta y deshumanizada de la época.
Simbolismo de la opresión: El toro, que es un símbolo de
fuerza y resistencia, es finalmente dominado y sacrificado por
los carniceros. De manera similar, el unitario, que representa la
libertad y la oposición al régimen de Rosas, es también
capturado y sometido por la multitud. Ambos son víctimas de
un sistema que se alimenta de la violencia y la barbarie.[1].
Contraste de dignidad: Mientras que el toro es un ser que
lucha por su vida, el unitario se presenta como un personaje
que, a pesar de su situación, mantiene una cierta dignidad y
desprecio por la brutalidad que lo rodea. Este contraste resalta
la deshumanización de la chusma, que se regocija en la
violencia y la muerte, tanto del toro como del unitario.[2].
Culminación de la violencia: La llegada del unitario coincide
con el clímax de la violencia en el matadero, donde la
brutalidad del sacrificio del toro se ve reflejada en la inminente
captura y muerte del joven unitario. Esta relación establece un
paralelismo entre la violencia ejercida sobre el animal y la
violencia ejercida sobre los seres humanos que se oponen al
régimen.[3].
En resumen, la relación entre el toro y el unitario es una
representación de la lucha entre la barbarie y la dignidad,
donde ambos son víctimas de un sistema opresor que se
alimenta de la violencia y la deshumanización.

12. Se podría decir que en este cuento se plantean una serie


de correspondencias. Por ejemplo, existe una correspondencia
entre Matasiete y la figura del caudillo. Identifiquen las
correspondencias para: el matadero, el toro y el juez.
En "El Matadero", se pueden establecer varias correspondencias
que reflejan la brutalidad y la opresión del contexto social y
político de la época. A continuación, se identifican las
correspondencias para el matadero, el toro y el juez:
 El Matadero: El matadero en sí mismo representa el estado de
la sociedad argentina bajo el régimen de Rosas. Es un espacio
de violencia, deshumanización y barbarie, donde se llevan a
cabo actos crueles tanto contra los animales como contra los
seres humanos. El matadero simboliza la opresión y el control
que ejerce el régimen sobre aquellos que se consideran
diferentes o enemigos.[1].
 El Toro: El toro simboliza la resistencia y la dignidad frente a la
brutalidad. Su lucha por la vida y su indomable fiereza
representan la oposición a la tiranía. Sin embargo, al ser
finalmente sacrificado, el toro también refleja la inevitable
derrota de aquellos que se enfrentan al poder opresor. Su
sacrificio es un paralelo a la represión de los unitarios y otros
opositores al régimen.[2].
 El Juez: El juez encarna la figura del poder autoritario y la
justicia corrupta. Su presencia en el matadero y su papel en la
ejecución de los opositores muestran cómo la justicia está al
servicio de la barbarie y la opresión. El juez actúa como un
representante del régimen, legitimando la violencia y la tortura
en nombre del orden y la ley, lo que subraya la falta de
verdadera justicia en la sociedad.[3].

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