CULTURA, COMUNICACIÓN Y EDUCACIÓN
Clase 4: "Formación subjetiva y poder en la cultura"
Como venimos viendo en la materia, no hay una sola manera de entender a la
cultura, es decir, existe una disputa por el sentido. Algo similar sucede con la
comunicación y la educación, conceptos muy implicados entre sí.
En esta clase intentaremos desarrollar algunos de esos sentidos posibles e
indagar en un concepto clave para comprender los procesos de
comunicación/educación, el universo vocabular. También dejaremos algunas
preguntas ¿qué concepciones de cultura, comunicación y educación han sido
negadas históricamente? ¿la cultura es una posesión?¿qué relación hay entre
cultura y política? ¿qué es la cultura popular?
Por último, nos aproximaremos a otro concepto clave: la hegemonía.
Empecemos recordando que en el último texto que vimos (Una experiencia de
radio comunitaria...) se narra una experiencia de radio comunitaria en las
comunidades Wichi de Formosa. Allí se produce un encuentro de
subjetividades. Cuando hablamos de subjetividad nos referimos a aquello
propio de cada sujeto, en tanto todos vivimos expuestos a diferentes
condicionamientos que influyen en nuestras valoraciones y formas de ver el
mundo. Cierto es que en ese encuentro entre docentes platenses y
comunidades Wichi no faltan los conflictos.
¿Es entonces esto un problema? Jorge Huergo plantea que los conflictos son
parte inevitable de la comunicación, ya que cada sujeto trae una mirada del
mundo que entra en juego con la de otros en ese encuentro. La mirada negativa
que solemos tener sobre el conflicto en nuestras sociedades es, para Huergo,
una de las más fuertes herencias del pensamiento moderno que sentó las
bases de la escolarización en Argentina y América Latina.
Sin embargo, el conflicto puede ser entendido también como un insumo, como
una posibilidad para destrabar procesos educativos, de hecho algo de eso
sucede en esta experiencia que narra el texto. Es que cuando producimos
propuestas pedagógicas tenemos -seguramente- claridad acerca de lo que
queremos comunicar: Un contenido, una problemática, una experiencia, toda
una materia, algunos saberes... Pero con eso no basta. Necesitamos conocer
al destinatario de esa acción estratégica, a nuestro interlocutor. Necesitamos
conocer y reconocer sus prácticas socioculturales. Nuestro interlocutor es un
ser de carne y hueso, un ser situado en una comunidad cultural, con una
historia, con determinados saberes y prácticas incorporados, con modalidades
particulares de expresar (a través del lenguaje) sus experiencias.
Entonces: desde el punto de vista de la comunicación/educación, producir
acciones estratégicas implica el reconocimiento del universo vocabular. El
concepto de universo vocabular surge de Freire, que en su obra propone partir
del reconocimiento del universo vocabular o del universo temático de los otros.
“El estudio del universo vocabular recoge no sólo los vocablos con sentido
existencial, y por tanto de mayor contenido emocional, sino también aquellos
típicos del pueblo: sus expresiones particulares, vocablos ligados a la
experiencia de los grupos, de los que el educador forma parte. (...) Las palabras
generadoras deberían salir de este estudio y no de una selección hecha por
nosotros en nuestro gabinete, por más técnicamente bien escogidas que
estuviesen” (Freire, 1967).
En síntesis, podemos decir, que cuando hablamos del universo vocabular del
otro nos referimos al conjunto de palabras o el lenguaje con que los sujetos
interpretan el mundo. Ese conjunto incluye también las inquietudes, las
reivindicaciones y los sueños de los sectores populares. El universo
vocabular está cargado de la significación de las experiencias
existenciales del interlocutor (no de las del comunicador/educador).
Ahora bien, como se planteaba en el texto de Romao, una de las concepciones
de cultura que se ha impuesto históricamente en nuestras sociedades es la que
suele asociarla con la idea de “civilización” y la “alta cultura” a cierta música,
cierta literatura, a las esculturas y pinturas consideradas más “bellas”. Pareciera
que algunos creen que tienen cultura y todos los otros no.
Por ejemplo: alguien que logró sentenciar quienes estaban dentro y fuera o
quienes eran portadores o no de la cultura en nuestro país fue Sarmiento en su
obra Civilización o Barbarie. Sarmiento no reconoció el universo vocabular se
los sectores populares que habitaban este territorio, más bien lo descartó.
Sarmiento pensaba que el gran problema de la Argentina era el dilema entre la
civilización y la barbarie. Como muchos pensadores de su época, entendía que
la civilización se identificaba con la ciudad, con lo urbano, lo que estaba en
contacto con lo europeo, o sea lo que para ellos era el progreso. La barbarie,
por el contrario, era el campo, lo rural, el atraso, el indio y el gaucho. Este
dilema, según él, sólo podía resolverse con el triunfo de la «civilización» sobre
la «barbarie». Decía en un lenguaje ciertamente bárbaro: “Quisiéramos apartar
de toda cuestión social americana a los salvajes por quienes sentimos sin
poderlo remediar, una invencible repugnancia”. En una carta le aconsejaba a
Mitre: “…no trate de economizar sangre de gaucho. Éste es un abono que es
preciso hacer útil al país. La sangre es lo único que tienen de seres humanos
esos salvajes”.
Ahora bien, frente a esta manera de entender la cultura venimos planteando en
la materia una mirada más amplia. Tratando de ser específicos podríamos
definirla como: el conjunto de producciones materiales y no materiales
(símbolos, significados, normas, códigos, creencias y valores) que
caracterizan a un grupo social y/o una sociedad.
La opinión de Domingo Faustino Sarmiento data de más de un siglo y medio, en
un contexto muy diferente al actual. Sin embargo ¿esa mirada binaria
(civilizados vs. bárbaros) desapareció o sigue teniendo repercusiones hasta hoy
en discursos que circulan socialmente?.
Si bien la mirada de Sarmiento no era la única, fue la que logró imponerse a la
hora de pensar las bases de la educación pública. En las décadas siguientes
surgieron perspectivas críticas que cuestionaron este aspecto del pensamiento
sarmientino proponiendo una revalorización de lo local. Y Paulo Freire es sin
dudas una de las referencias más importantes de esa perspectiva crítica
latinoamericanas, reivindicando el caracter formativo de diversos espacios
sociales, más allá de la escuela.
En definitiva, desde la cultura los sujetos ordenan su existencia y sus
experiencias asumiendo su manera de relacionarse con los otros. Ya sea
individual o colectivamente, las personas van reteniendo y seleccionando
experiencias a la vez que van descartando aquellas que no consideran
importantes. ¿Cómo se define qué es lo “importante”? Justamente, esto
dependerá de las pautas culturales. Podríamos imaginar a la cultura como unos
lentes hechos desde nuestras creencias, desde lo que nos contaron y desde lo
que vivimos y fue formando a nuestra comunidad. Desde la cultura se miran las
cosas, se perciben, se sienten y estructuran las maneras en que nos
comunicamos.
Es también el lugar al que vamos a buscar los elementos con los que armamos
nuestras demandas o reclamos, el reservorio de nuestra memoria, y a donde
vamos a buscar experiencias para disputar los sentidos que nos representan.
Además de Freire, muchos otros pensadores latinoaméricanos problematizaron
la mirada binaria que asociaba lo autoctono con lo "salvaje". Podemos
constatarlo en la siguiente frase del escritor argentino Arturo Jauretche:
"La idea no fue desarrollar América según América, incorporando los elementos
de la civilización moderna; enriquecer la cultura propia con el aporte externo
asimilado, como quien abona el terreno donde crece el árbol. Se intentó crear
Europa en América trasplantando el árbol y destruyendo lo indígena que podía
ser obstáculo al mismo para su crecimiento, según Europa y no según
América... (…) La mentalidad colonial cree que todo lo autóctono es negativo y
todo lo ajeno positivo."
Al asociar determinadas palabras a significados negativos, se cancela la
posibilidad de un encuentro con el otro y se sientan las bases para la
dominación. Es decir, si bien pasaron siglos, esas ideas que justificaron
procesos como la colonización, continúan "encarnadas" actualmente. Hacerlas
visibles y revisarlas es un primer paso para dejar de reproducirlas como
docentes.
En este sentido, otro de los pensadores latinoamericanos que problematizaron
aquella mirada que reproducía Sarmiento fue Saúl Taborda. En este video Jorge
Huergo describe algunas de sus ideas.
La historia ha mostrado que muchas veces en nombre de la cultura y la
civilización, se invaden países, se le quitan derechos a los pueblos, y hasta se
descalifica la elección democrática de autoridades. En la medida en que aquello
que se afirma como “la cultura” no se condice con los cuerpos, las prácticas y
las experiencias de los sujetos, se va produciendo una distancia, una brecha
entre la vida y la escuela.
La cultura popular
¿Cómo elegimos y qué cosas elegimos? ¿Cuáles creemos que están bien y
cuáles que están mal y por qué? ¿Cómo influyen la escuela, los medios de
comunicación, la Iglesia, la familia, etc. en esas decisiones privadas ?
Las propias creencias, los valores, los consumos y las prácticas de la vida
cotidiana, generan sentido, reproduciendo o resignificando aquello que se
considera “legítimo”, haciendo que las cosas sean de una manera y no de otra.
Los habitantes de la favela de Brasil, las comunidades Wichi de Formosa o los
pueblos originarios en Tilcara, la gente de cualquier barrio de Miramar, los
trabajadores de una fábrica, los jóvenes que se juntan en una plaza, entre
muchos otros colectivos sociales, todos y todas tienen su universo vocabular.
También tienen una postura a la hora de aceptar o resistir la explotación y el
maltrato (e incluso muchas veces y sin darse cuenta, de reproducirlos). En tanto
la cultura es una manera de ver el mundo, es inevitablemente política.
En definitiva, muchas de las situaciones que vivimos se presentan de manera
naturalizada. No las cuestionamos y en muchos casos aceptamos las
condiciones que nos tocan sin indagar por qué. Pero esas maneras de ver el
mundo, esas creencias y tradiciones son el resultado de un entramado
complejo.
Algunos grupos tienen el poder de fijar el sentido: construyen el saber “oficial”,
desde las escuelas y universidades, desde instituciones estatales y privadas y
también desde los medios masivos que tienen la capacidad de la persuasión.
Esa capacidad para imponer una mirada del mundo es una cuestión de poder.
La imposición y administración de una determinada visión del mundo frente a
otras posibles se logra mediante el consenso, resultado de la aceptación
general de la sociedad, sin necesidad de acudir a la violencia, y se expresa con
un concepto que, al igual que el de cultura, es central para esta materia: el
concepto de hegemonía.
La hegemonía sería la expresión de ese modo oficial de concebir el mundo,
un proceso de construcción cultural compuesto simultáneamente por consensos
y resistencias. El filósofo italiano Antonio Gramsci, considera hegemónica a “la
situación de una clase que alcanza una sólida unidad de ideología y de
política,que le permite establecer una ascendencia sobre otros grupos y clases
sociales”
Esa mirada del mundo es funcional a los intereses de alguien (y perjudicial para
otros), sin embargo termina siendo presentada como la única posible. Esto se
traduce básicamente en la capacidad de establecer lo “bueno” y lo “malo”, lo
“lindo” y lo “feo”. Podríamos pensar en situaciones más específicas como: qué
ropa comprar, qué cuerpo poseer, qué cosas se pueden y deben hacer y cuales
no de acuerdo al género, etc.
Ahora bien, cada día, cada sujeto en lo individual, y más aún en lo colectivo,
también tiene la posibilidad de hacer y rehacer, de volver a pensar desde sus
propias experiencias, desde las acciones para buscar transformar esa realidad
cuando se presenta injusta.
Ese conjunto, desordenado, disgregado e incluso incoherente de ideas,
creencias y experiencias en constante lucha y negociación con la cultura
“oficial” y “legítima” que intenta imponerse es lo que denominamos
cultura popular
Un modo de entender el mundo que se define en gran parte por oposición a lo
“oficial”, aunque no por ello se define como algo puro, coherente u organizado.
En definitiva, al incorporar conceptos como el de cultura popular, universo
vocabular y hegemonía en nuestras reflexiones, buscamos ponerle un nombre
a eso que está pero no suele verse. Hacer visibles las tensiones y
conflictividades del campo social como una manera de desnaturalizar procesos
de exclusión y estigmatización históricos, propios de nuestras sociedades
latinoamericanas.