IMITADORAS DE DIOS
Imitando al Maestro
Cuando hablamos de imitar a alguien estamos refiriéndonos a hacer lo posible por parecernos a otra persona.
Es como si nos asomásemos a un espejo que refleja el físico, los movimientos y aún las expresiones
emocionales o sentimentales de otra persona.
Los seres humanos tendemos a hacer eso, a veces por admiración, por broma, etc. Esa imitación comienza
en el hogar. Es muy común que los hijos quieran parecerse a sus padres, a sus hermanos o a algún otro
miembro de la familia. Más tarde cuando nos vamos moviendo al ámbito escolar entran a nuestra vida otras
personas que en muchas ocasiones también queremos imitar. Y Así vamos desarrollando nuestras destrezas
y lo queramos o no, de alguna manera nos vamos pareciendo a alguien. A veces para bien y otras para mal.
No obstante, los que somos hijos de Dios por haber puesto nuestra fe en Jesucristo, hemos recibido el
mandato celestial de ser imitadores de Cristo. Si queremos parecernos a alguien, que sea a Cristo. Pablo nos
exhorta a que imitemos a Dios y por ende a su hijo amado,
“Sed, pues, imitadores de Dios como hijos amados y andad en amor, como también Cristo nos amó, y se
entregó a sí mismo por nosotros, ofrenda y sacrificio a Dios en olor fragante.” Ef. 5:1-2
En su vida personal, Pablo había alcanzado la bendita cualidad de parecerse a su Maestro. Él lo sabía, por
eso se atrevió decir a los cristianos de Corinto: “Sed imitadores de mí, así como yo de Cristo.” 1 Cor. 11:1.
El ejemplo de Pablo
Pablo no solo tenía una relación íntima y personal con Aquel que lo llamó, sino que estaba también
aprendiendo a ser como Él. Lo estaba mirando de cerca, le estaba conociendo, su vida y su carácter se
estaban pareciendo mucho a su Maestro. De manera que, también Pablo es una de esas personas a quien
debemos imitar, porque imitándole a Él estamos imitando a Cristo.
Pero, ¿Cómo es eso? ¿Cómo es posible que alguno de nosotros, pobres y débiles seres mortales, podamos
de alguna manera ser modelo para otros, de todo aquello que se encierra en la figura de nuestro gran Dios y
Salvador Jesucristo? ¿Podemos de verdad parecernos tanto a Jesús que reflejemos una vida que sea digna
de imitar y que dé gloria a Dios?
Jesús nos ha expresado en la palabra su deseo de que seamos semejantes a Él y nos ha dado ejemplo para
que sigamos sus pisadas. Cuando se ciñó de una toalla y se arrodillo a lavar los pies de los discípulos les dijo
unas palabras que se extienden a todos los que somos sus hijos.
“Vosotros me llamáis Maestro, y Señor; y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Señor y el Maestro, he
lavado vuestros pies, vosotros también debéis lavaros los pies los unos a los otros. Porque ejemplo os he
dado, para que como yo os he hecho, vosotros también hagáis. De cierto, de cierto os digo: El siervo no es
mayor que su señor, ni el enviado es mayor que el que le envió. Si sabéis estas cosas, bienaventurados
seréis si las hiciereis.”Jn. 13:13-17
El ejemplo que Jesús nos ha dado no se limita a su lección sobre el servicio, sino que abarca todo aquello en
lo cual Él quiere que le imitemos. Él es la luz, nosotros tenemos que ser luz; Él es humilde, nosotros debemos
también serlo. Jesús anduvo en amor, fue obediente, compasivo, misericordioso, y muchas cosas más que
podemos mencionar en una lista inacabable de virtudes y cualidades que somos llamados a imitar.
Esa es la voluntad del Padre, que seamos semejantes a su amado Hijo. La encomienda no es fácil, requiere
voluntad, diligencia, entrega y una total dependencia de su gracia. Dios no nos deja solos en nuestro deseo
de ser como su Hijo, y eso definitivamente es así porque solos jamás lo podremos lograr. Pero qué
maravilloso es saber que es su Espíritu Santo quien nos capacita y hace en nosotros lo necesario para que
podamos ser imitadores de Cristo.
“Y el Dios de paz que resucitó de los muertos a nuestro Señor Jesucristo, el gran pastor de las ovejas, por la
sangre del pacto eterno, os haga aptos en toda obra buena para que hagáis su voluntad, haciendo él en
vosotros lo que es agradable delante de él por Jesucristo; al cual sea la gloria por los siglos de los siglos.
Amén.” Heb. 13:20-21
Pareciéndonos a Jesús
Parecernos a Jesús va a depender de la libertad que damos al Espíritu de transformarnos a su imagen.
Querer ser como Él es ponernos en las manos de su Espíritu, para que vaya realizando en nosotros los
cambios necesarios para dejar de parecernos a nosotros mismos y ser cada vez más parecidos a Él.
“Por tanto, nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos
transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor.” 2Cor. 3:18
Mientras más clara veo la imagen de Jesús en el espejo en que me miro, más consciente estoy de las áreas
en las cuales aún no me parezco a Jesús y cuáles han estado mejorando para la gloria de Dios. Aun cuando
en ocasiones nos defraudemos de nosotros mismos no perdamos la fe, continuemos dependiendo de Cristo.
Dios nos ayudará porque su voluntad y su deseo es que seamos semejantes a su amado Hijo.
Hay circunstancias en las cuales se nos hace fácil actuar de la manera que lo haría el Señor. No obstante,
hay otras que se ponen delante de nosotros como un gran dilema en el que imitarle requiere negación y
quebranto. Nos resulta costoso humillar nuestro ego, escuchar en silencio, sufrir el agravio.
No nos desanimemos, contamos con la fidelidad de Dios, con su infinito amor y sus misericordias que son
nuevas cada mañana. Recordemos que “la senda de los justos es como la luz de la aurora, que va en
aumento hasta que el día es perfecto.” Prov. 4:18
Transformados
La diferencia que debe haber entre la persona que éramos antes de que Cristo llegara a nuestras vidas y la
que somos ahora que le tenemos debe ser totalmente notable. No se trata de fingir o aparentar, tampoco es
que se cierra el telón y volvemos a ser quienes éramos como ocurre con el actor cuando termina su
actuación. Es mucho más profundo y relevante, se trata de un viejo hombre que ha debido morir para ser
resucitado a una vida nueva en Cristo. Es una transformación total y genuina.
En Efesios 4:22 leemos: “En cuanto a la pasada manera de vivir, despojaos del viejo hombre.” Este es el
llamado a una transformación de nuestra persona que nos lleva a una nueva manera de pensar y de vivir. El
apóstol Pablo sigue diciendo: “Y renovaos en el espíritu de vuestra mente, y vestíos del nuevo hombre,
creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad.” 4:23-24
Para ser nuevas personas necesitamos la obra del Espíritu Santo en nosotros, una obra que comienza
abriendo nuestro entendimiento para que creamos en el sacrificio de Jesús por nosotros en la cruz y que se
va completando con la humildad y la sumisión de nuestras almas ante la obra transformadora del Espíritu en
nosotros. Sólo de esa forma podremos ser imitadores de Cristo.
La importancia de cambiar
Hay personas que son muy reacias al cambio. Esta actitud les impide alcanzar cosas nuevas porque
desprenderse de lo que tienen, sea que funcione o no, no es algo que estén dispuestos a hacer.
Sin embargo, cuando hablamos de nosotros como personas, refiriéndome a cómo somos, qué pensamos, no
hay duda alguna que cambiar para mejorar, para crecer, para madurar es algo que no podemos pasar por
alto.
Un cristiano tiene que cambiar, no es algo opcional. El Señor espera y requiere de sus hijos que seamos
como Él y para ello, no podemos seguir siendo los mismos que éramos antes de conocerle. Al venir a Jesús,
el Espíritu Santo comienza un proceso de transformación en nosotros que finalizará cuando llegue lo perfecto.
Por tanto, es bueno que de vez en cuando reflexionemos acerca de nosotros mismos y como el que se mira
en un espejo, observemos con toda sinceridad cuánto hemos avanzado en nuestro crecimiento espiritual, o
sea cuánto nos estamos pareciendo a Cristo. De hecho, el cambio principal que debe irse dando en nosotros
tiene su escenario principal en la mente, somos lo que pensamos. Es por ello que el apóstol Pablo nos
aconseja: “No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro
entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta.” Rom. 12:2
Esta renovación se va dando a medida que le vamos conociendo a través de su Palabra. En ella se nos
revela y se nos enseña hacia dónde deben dirigirse nuestros pasos para hacer lo que a Dios le agrada. La
Palabra de Dios es luz y según vamos siendo iluminados por ella, nuestro entendimiento se va ensanchando
y el cambio se va dando.
En Proverbios 4:18 se nos dice que: “La senda de los justos es como la luz de la aurora, que va en aumento
hasta que el día es perfecto.” Esa frase denota movimiento, cambio, transformación. Ir de lo menos a lo más,
de la niñez a la madurez, de la ignorancia al conocimiento, de los frutos de la carne a los frutos del Espíritu.
Es ser menos nosotros mismos y ser más como Cristo.
Seamos sumisos al Espíritu Santo de Dios, sometámonos a su voluntad, y dejémonos transformar con
humildad de corazón. “Por lo cual también nosotros, desde el día que lo oímos, no cesamos de orar por
vosotros, y de pedir que seáis llenos del conocimiento de su voluntad en toda sabiduría e inteligencia
espiritual, para que andéis como es digno del Señor, agradándole en todo, llevando fruto en toda buena obra,
y creciendo en el conocimiento de Dios.” Col.1:9-10
El Señor nos ayude a parecernos cada día más a su Amado Hijo Jesucristo.