CAPÍTULO I
La casa en lo alto de la Colina
Nadie imaginaba que entre los altos muros blancos de
aquella casa antigua en lo más alto de la colina, donde
las sombras rodeaban los inmensos pinos que la
circundaban y ocultaban desdeñosamente parte de su
fachada, una figura solitaria se movía por su descuidado
y mohoso piso de madera, cuyas tablas crujían bajo un
peso inexistente como extrañando los pies que alguna
vez lo habían pisado. Silenciosa, sempiterna, casi sin
saber que sus piernas no se movían, la figura sin forma,
acechaba en los inmensos ventanales de cristal como si
de un vulgar fantasma se tratara.
Alguien caminaba aquellos largos pasillos ajeno al
tiempo y el abandono, alguien sin nombre, sin rostro, sin
recuerdos. Alguien merodeaba por aquella casa
abandonada, donde el eco de las antiguas pisadas aún
podía oírse, y el rumor del viento se mezclaba con el
ancestral silencio que parecía apoderarse de aquella
estructura. Por la noche aquella casa abandonada parecía
cobrar vida propia y con sus lamentos alejaba a
cualquiera que se atreviera a acercarse. Abajo, en el
pueblo, los pocos que conocían la historia la susurraban
entre murmullos como un secreto maldito que al
pronunciar muy alto pudiese atraparlos, ellos sabían lo
que vagaba entre las sombras de aquella extraña casa,
conocían la figura que se dibujaba en los cristales, la
niebla que llenaba el jardín en las noches más frías y que
traía con ella un presagio de muerte por donde pasaba.
La solitaria figura que habitaba la casa más alta no
buscaba compañía, pero la fortuna quiso que uno de esos
fríos días de invierno, cuando la niebla aún no bañaba los
viejos y altos pinos, las gruesas puertas de roble de la
entrada se abrieran de par en par, con sus viejas bisagras
rechinando en la vacía estancia, rompiendo la monotonía
a la que estaba acostumbrada, y cuatro pares de pies
finalmente la pisaran. Aquel día, la fría casa en la colina
se llenó con el calor de una chimenea encendida, con el
disturbante sonido de risas y pisadas, se llenó
nuevamente de vida… poco sabían sus nuevos habitantes
que a partir de ese instante, sus días en la colina estarían
contados, que la suerte estaba echada y la figura que
dominaba aquellos pasillos reclamaría nuevamente su
casa.
Muchos dicen que la muerte camina entre nosotros,
impávida, inmutable, sin saber que su tiempo ha pasado.
Muchos hablan de ella, sí, pero pocos llegan realmente a
conocerla. Mientras las nuevas voces llenaban el gran
comedor de la alta casa en la colina, la figura que
merodeaba los pasillos se detuvo por primera vez en lo
que parecía siglos, su silueta alta y delgada, se perfiló a
contraluz en una de las paredes. ¿Qué era aquello que
perturbaba su caminar? Se preguntó, sin darse cuenta de
que era la primera vez que pensaba. ¿Quién osaba
irrumpir en su hogar? La alta figura caminó hacia atrás
sin la necesidad de mover sus pies. Soltó un hálito olor
podredumbre mientras vislumbraba a los recién llegados.
Oculta tras las sombras de los altos pinos que crecían
frente a la ventana, que en tiempos pasados había sido
suya y solo suya.
****
–Es inmensa – dijo el pequeño Teo corriendo por la sala
arrastrando su vieja y arrugada manta, aquella que
nunca dejaba ir – parece una mansión.
Su voz aniñada tenía una nota de emoción en ella y sus
ojos brillaban con la típica chispa de la inocencia .
–Es tétrica – replicó Rebecca en cambio, pasando sus
manos por los brazos en un vano intento de entrar en
calor – cuánto tiempo se supone que debemos estar
aquí?
Rebecca era la mayor de los Bramson, sus dieciséis
primaveras habían llegado hacía apenas unos meses y
sus padres se percataban de la tendencia explosiva de su
actitud adolescente.
–Unos meses a lo sumo – respondió Sarah con un forzado
suspiro, dejando caer una pesada caja de cartón en el
suelo – ya hemos hablado de esto, Becca, no pienso
volver a repetirlo.
Sarah parecía una de esas mujeres con una belleza
atemporal, bien podía haber pertenecido a un cuadro en
un museo o a la misma realeza. Su cabello castaño
formaba exquisitas ondas naturales y parecía brillar con
destellos dorados bajo la luz del sol. Sus ojos, de un
ambar penetrante, cambiaban de color según su estado
de animo, a veces Victor, su esposo, era capaz de saber
cómo se sentia con solo una mirada.
–Familia Bramson – llamó él, dejando en el suelo una gran
caja de cartón que cayó con un sonido pesado –
Bienvenidos a la Casa de la Colina.
Sarah sonrió emocionada y abrazó a su esposo,
contemplando la inmensa casa que se extendía frente a
ellos. Les había tomado años conseguir un lugar como
aquel, una “Casa con historia” como le gustaba decir, a
pesar de que para ella, todas las casas contaban una
historia, incluso aquellas que eran nuevas tenían el
potencial para convertirse en algo más. La mujer sonrió
mientras observaba absorta la inmensa escalinata de
mármol y madera que daba la bienvenida en el medio de
la sala.
–Solo imagina todo lo que esconde esta casa – murmuró a
su esposo – Todos los secretos, los tesoros, las historias…
Poco sabía Sarah, que aquellas paredes escondían algo
más que solo eso.
–Podrás escribir durante todo el verano mientras se
hacen las renovaciones – concluyó él con una sonrisa de
oreja a oreja que hacía resaltar las arrugas finas que se
formaban en las esquinas de sus ojos marrones – este
será el proyecto más grande que haré en mi vida.
Definitivamente hay mucho que hacer.
Victor tenía razón , la inmensa casa estaba casi en ruinas,
a pesar del tosco intento por parte de los antiguos
propietarios de mantenerla presentable, el viejo papel
tapiz que cubría sus paredes parecía caerse por trozos en
las esquinas superiores, la cerámica del piso, aunque
hermosa y elegante, tenía manchas de suciedad producto
de todos aquellos años de abandono, y las escaleras,
majestuosas y amplias, tenían uno que otro escalón de
madera casi podrido. Sabía que le tomaría meses
reconstruir aquella casa, pero una vez que lo lograra,
podrían venderla por el triple de su valor, algo que el
matrimonio no había pasado desapercibido.
–Voy a elegir mi habitación – gritó el más pequeño de los
Bramson corriendo hacia las escaleras.
–Con cuidado, cariño – advirtió su madre sin poder
detenerlo - Mira muy bien donde pisas.
Unas nuevas pisadas emocionadas hicieron eco entre las
cuatro paredes de aquel inmenso recibidor, rasgando con
sus uñas la madera del piso.
–No dejes de Max muerda nada, Becca – pidió Victor al
ver al inmenso labrador negro azabache correr por la
estancia – Tenemos que terminar de sacar las cajas. Los
de la inmobiliaria dejaron algunos cuartos vacíos y
algunas de vuestras cosas ya están en las habitaciones.
¿Por qué no subes a verla?
Becca echó un último vistazo al recibidor y un escalofrío
recorrió todo su cuerpo.
–Este lugar me pone los pelos de punta.
–Solo imaginalo cuando esté restaurado – murmuró su
madre a un lado rodeándola con un brazo – Tu padre hará
maravillas, y luego de venderla tendremos una fortuna.
La adolescente chistó y negó con la cabeza, había dejado
toda su vida atrás, sus planes de verano, sus amistades,
todo por seguir el estupido sueño de su padre.
–Supongo que estaré en mi habitación – replicó por lo
bajo – Vamos, Max.
El perro estaba inmovil viendo en dirección a uno de los
pasillos de la izquierda, ladeó su cabeza confundido,
como si algo en aquella oscuridad estuviese
devolviéndole la mirada. Becca volvió a llamar su nombre
y el labrador dejó escapar un solo ladrido antes de correr
hacia las escaleras junto a su dueña.
CAPÍTULO II
La primera noche
Un grito ahogado se formó en la pequeña boca de Teo,
uno de esos gritos que se atragantan en la garganta y
aparentan nunca terminar de escucharse. El mismo grito
de las pesadillas, donde la voz parece eludirte no importa
cuánto intentes hacerte oir.
Unos puños agarrotados se aferraron a las gruesas
mantas de algodón, presionando tan fuerte que las uñas
parecían quebrarse, la sangre acumulada llenaba las
mejillas del pequeño niño tornándolo de un color casi
escarlata, su corazón golpeaba contra el pecho de tal
manera que le costaba respirar, algo, alguien, parecía
cernirse sobre la garganta de la pequeña criatura
agonizante en la cama.
Finalmente el llanto se abrió camino en la oscuridad y
rompió el silencio que envolvía la habitación. Un llanto
como un lamento, camuflado por el estridente golpe de
un trueno en la noche de tormenta.
–Teo – la puerta se abrió y el rostro asustado de su madre
se perfiló a contraluz – Aquí estoy, cariño, todo está bien.
A aquellas palabras se unió otra voz masculina, rasposa y
un tanto fatigada.
–Hacía mucho que no tenía pesadillas – dijo Victor
acercándose a la cama junto a su esposa, que ya
acunaba al pequeño en sus manos – Puede ser el estrés
de la mudanza.
Su esposa asintió sin dejar de sobar tiernamente la
cabeza de su hijo.
–Solo fue un mal sueño – repitió por segunda vez
mientras lo mecía entre sus brazos – Solo un mal sueño.
El pequeño abrió los ojos llenos de lágrimas, la verdad es
que no recordaba el sueño, no sabía de qué se había
tratado, lo único que recordaba era estar acostado en su
cama, inerte, gritando un grito que jamás escapó de sus
labios.
–¿Qué sucede? – inquirió una nueva voz – ¿Por qué están
todos aquí? ¿Qué fue ese ruido?
Victor se puso de pie y se acercó a la adormilada Becca,
que acaba de entrar en la habitación con su fiel
acompañante Max.
–Terrores nocturnos nuevamente – explicó –
Posiblemente por la mudanza.
Entre el fragor de los truenos, la lluvia que caía a
borbotones sobre el techo y contra las ventanas, apenas
podían escucharse las voces, a eso se unió el coro de
ladridos del canino que estaba al pie de la puerta.
–Calla, Max – ordenó la chica, pero el animal parecía no
escucharla – Ya deja de ladrar.
Mientras los truenos aumentaban en la distancia también
lo hacían los ladridos del perro, su hocico se llenaba de
espuma a medida que sus gruñidos se intensificaban con
un gutural sonido.
–Saca a Max de aquí - pidió su madre, viendo que los
ladridos asustaban aún más al pequeño.
La joven llamó a su compañero nuevamente, pero éste
aparentaba estar demasiado abstraído, ladrando sin
control hacia la habitación de su hermano. Con una mano
lo tomó del collar y jaló de él con todas sus fuerzas, el
perro chilló en protesta y sus garras rasguñaron la
madera bajo ellos, dejando ocho largos arañazos a su
paso.
–Pero qué pasa contigo hoy? – Lo regañó de camino a su
habitación, aún sosteniéndolo fuertemente del collar –
Vas a despertar a todo el maldito pueblo. Venga, vamos
al cuarto!
En la otra habitación, Teo lloraba desconsoladamente sin
poder explicar lo que había sucedido, la extraña
sensación que se había apoderado de su cuerpo.
–¿Por qué no duermes con nosotros esta noche? – sugirió
Sarah al ver que el llanto no se detenía – Solo fue un mal
sueño y la tormenta no está ayudando.
El pequeño de siete años asintió sorbiendo la nariz y se
aferró fuertemente al cuello de su madre con sus
pequeñas manos, quien cogiéndolo en brazos lo llevó
junto a su esposo a su habitación.
Afuera, la tormenta no tenía ninguna intención de
apaciguar su fuerza, el silbante sonido del viento
azotando los árboles golpeaba sin escrúpulo contra las
ventanas, la lluvia caía a raudales y las luces que
iluminaban el frío corredor titilaron con una débil fuerza
antes de apagarse.
–Es por la tormenta – aseguró su esposo inmediatamente
– Los circuitos probablemente sean demasiado viejos y
haya que cambiarlos, mañana bajaré al pueblo a por
repuestos.
Teo se aferró a las sábanas en la cama de sus padres, al
resguardo de los dos cuerpos que lo flanqueaban a los
costados, sin embargo, la sensación de que algo terrible
se acercaba no lo abandonaba, un sutil aura de completo
frío rozaba constantemente su cuello, como si alguien
estuviese respirando contra él.
En la otra habitación, Becca se había cubierto de pies a
cabeza con la manta más gruesa que tenía, la tormenta
parecía haber traído un frente frío con ella, y su cuerpo
tiritaba incluso bajo el calor de las sábanas.
-Max! - llamó desde la cama - ¡Ven acá , amigo!
El perro no se había movido de su posición desde que lo
hubiesen encerrado en la habitación, se mantenía
vigilante con la mirada clavada en la puerta, su cola
extendida advirtiendo peligro, ya no ladraba, pero
olfateaba desesperado bajo la ranura.
Después de un largo tiempo, Becca cayó en un profundo
sueño lleno de presagios, de figuras extrañas, de
advertencias, sin darse cuenta, su cuerpo se puso tan
rígido como el de su acompañante y finalmente se relajó
y lo que sea que había inundado su cabeza, desapareció
al instante.
Max, sin embargo, soltó un fuerte ladrido, cuando en la
oscuridad del pasillo, una sombra pasó lentamente frente
a la puerta cerrada, formando solo un leve movimiento
bajo la rendija.
CAPÍTULO III
El perro y el chico
Aquella había sido una primera noche un tanto ajetreada
para los nuevos habitantes de la casa de la colina. La
tormenta había hecho estragos ahí donde pasara,
dejando más de una ventana rota, uno que otro árbol
caído y ciertas goteras que salpicaba sobre el piso de
madera en el recibidor y la cocina.
Ninguno de los miembros de aquella familia recordaba los
extraños sueños que habían poblado su cabeza por horas
la noche anterior, ni habían sentido el frío glacial que se
había apoderado de todas las estancias, no vieron la
niebla que llenó por completo el jardín circundante con
sus altos pinos, o escucharon el murmullo que se
precipitaba sobre el oscuro lago. No, para la familia
Bramson, aquella había sido una noche de lo más normal.
Afuera el sol brillaba con fuerza, como si la tormenta
pasajera de la noche anterior hubiese quedado solo en el
olvido. Desde la parte exterior, la casa no resultaba tan
atemorizante como le había parecido a Becca el primer
día, sus altas columnas de piedra en la entrada y sus
muros llenos de un verde musgo, le daban un aspecto
casi atemporal. Sus inmensos ventanales, que llenaban la
parte superior de la estructura, dejaban entrar los rayos
del sol iluminando los largos y altos corredores. Antaño,
aquella casa debía de haber pertenecido a una familia
muy adinerada, pensó Becca para sí misma y la imaginó
con sus altas paredes de piedra relucientes, sus balcones
de un yeso blanco y pulcro con sus puertas de cristal
abiertas, cubiertos por el tejado de madera pulida más
grande que había visto en su vida.
Bajó las pequeñas escaleras de piedra en forma de
caracol que salían de una de las puertas laterales de la
casa hasta llegar al inmenso jardín poblado de pinos tan
verdes, que casi no se veía nada entre ellos. Abajo, junto
al pequeño lago frente a la casa, había otra estructura en
forma de cúpula completamente hecha de cristal y un
metal oxidado por los años, Becca la reconoció
enseguida, se trataba de un invernadero, en su antiguo
colegio había uno parecido, solo que no era tan elegante
y hermoso como ese.
–¡Vamos, Max! – llamó a medida que bajaba el camino
empinado hacia el lago –Tomemos un poco de sol.
El leal animal la siguió sin vacilación moviendo su cola de
un lado al otro, ladrando y olisqueando todo a su
alrededor. De vez en cuando se paraba para marcar su
respectivo territorio y luego volvía a su camino como si
nada.
Becca extendió una pequeña manta blanca sobre la
hierba, húmeda por la lluvia de la noche anterior, y se
sentó sobre ella extendiendo sus largas y bronceadas
piernas al sol. Extrañaba la playa, en especial en verano,
se había criado junto a la costa y solía ir todos los días
soleados a pasear por la orilla, nadar con sus amigas y de
vez en cuando montar en la moto acuática del padre de
uno de sus amigos. Eso era lo que iba a hacer ese
verano, en cambio ahora estaba atrapada en el medio de
la nada, en un pueblo completamente desconocido, sin
amistades, sin ningún tipo de entretenimiento más que
los libros que había traído con ella y su perro, que estaba
más interesado en explorar y lanzar ladridos al azar que
pasar el tiempo con ella.
Aunque estaban en pleno verano, la temperatura apenas
rebasaba los veinticuatro grados centígrados durante el
día y el agua del lago, a pesar de resultarle tentadora por
su añoranza, se le antojaba de alguna forma repulsiva, tal
vez se tratara del extraño olor a agua estancada que
provenía de él, o era el color verduzco oscuro de su
superficie que lo hacía lucir plagado de algas y alguna
cosa más.
Abrió su libro de Sthepen King, cementerio de mascotas,
hacía poco que lo había comenzado y a pesar de que su
madre era la fanática de las historias de terror, tenía que
admitir que aquel libro la había atrapado, le encantaba la
forma en la que el escritor jugaba con el terror
psicológico y los personajes. Mientras se adentraba en la
lectura, Max corría de un lado al otro, escarbando huecos
en los terrenos cercanos, ladrándole a las ardillas que
trepaban juguetonas entre los árboles. Becca perdió la
cuenta del tiempo por lo inmersa que estaba en la
historia, pero comenzaba a sentir la brisa fría que subía
poco a poco por la alta colina y se arrepintió de haberse
puesto los shorts aquel día, ahora sabía que el verano en
aquella casa, no sería igual de cálido que en su hogar, ahí
el tiempo podía cambiar de un momento al otro sin previo
aviso.
Soltó su libro al percatarse que hacía ya bastante no
escuchaba a Max ladrar, lo buscó con la mirada por unos
segundos, hasta que lo encontró parado frente al lago
con sus cuartos delanteros flexionados, con la típica pose
de quien va a atacar.
–Max! – llamó la chica, pero el animal continuaba con su
posicion, ajeno al llamado de su ama – Ahora qué haces,
perro tonto?
Dejó el libro sobre la manta y se quitó con las manos los
pedazos de hierba húmeda que habían logrado pegarse a
sus piernas sin darse cuenta. Caminó hacia su mascota,
atenta al extraño comportamiento que tenía.
–Max? – volvió a llamar, esta vez con la voz más floja y
nerviosa – Ven acá, amigo.
El perro no se inmutaba, tenía la mirada clavada en un
punto lejano en el centro del lago, sus colmillos
superiores sobresalían de su hocico encrespado, dejando
escapar un gruñido gutural que le puso los pelos de punta
a la chica, y tanto sus orejas como su cola permanecieron
inmóviles y alzadas. Becca se detuvo a escasos metros
del animal, tragó saliva, de pronto su garganta se había
secado por completo, y siguió con la mirada la dirección
en la que su amigo veía.
Las palmas de sus manos estaban sudadas y pegajosas y
ahora podía sentir todo el frío en su cuerpo semi
desnudo; temblorosa y con el corazón acelerado clavó su
mirada en la inmovil superficie del agua. La brisa apenas
lograba que se formaran pequeñas ondas en ella, no
había ningún animal, ni siquiera mosquitos
sobrevolándola. Becca observó la diferencia de color,
mientras la orilla era de un verde claro, el fondo parecia
hacerse cada vez más oscuro, más profundo, más
atrapante. Abstraída, comenzó a notar que una forma
negruzca se movía bajo el agua, una silueta tal vez, con
largas extremidades emulando una especie de cuerpo
marino que nunca antes había visto. Casi de inmediato,
los vellos de su cuello se erizaron y un escalofrío recorrió
su espina dorsal, quiso moverse, pero sus pies no
acataban órdenes, era como estar paralizada, ni siquiera
sus labios eran capaces de moverse unos milímetros, lo
único que podía mover eran sus ojos, y sin embargo, no
era capaz de apartar la mirada de la figura oscura que iba
creciendo poco a poco, acercándose, llenando el
ambiente de un olor putrefacto, a punto de reventar la
fina capa de agua de la superficie. Todo sonido parecía
haberse esfumado, ya no escuchaba el viento azotando
los árboles, ni el grillar de los grillos o el croar de las
ranas, era un inmenso y ensordecedor vacío que lo
llenaba todo, el único sonido que escuchaba era el
palpitar de su corazón en la garganta, que cada vez se
hacía más fuerte, el bombeo de la sangre a su cabeza y
un leve y casi silencioso murmullo que parecía llamar su
nombre. Becca… Becca…
Un grito ahogado escapó de sus labios cuando el animal a
su lado ladró con todas sus fuerzas, y la chica ganó
nuevamente el dominio de su cuerpo cayendo de espalda
sobre el húmedo césped, al mismo tiempo que una
solitaria lágrima rodaba por su mejilla.
Era como si el aire hubiese entrado de golpe a sus
pulmones y pudiese respirar de nuevo. Echada en el
suelo, las lágrimas comenzaron a brotar de sus ojos sin
piedad, se arrastró con las manos lo más lejos que pudo
del agua, alargando la distancia entre ella y el lago, hasta
que su espalda golpeó algo sólido y alargado y finalmente
gritó
–¡Wow! Lo siento – exclamó una voz masculina detrás de
ella – No era mi intención asustarte.
La chica giró la cabeza, con el grito aún colgando de sus
labios y una mano fuertemente aferrada al pecho,
arrugando la fina tela de lino blanco de su camisilla.
Salido de la nada, una desconocida figura se perfiló a
contraluz detrás de ella extendiendo una blanca y fuerte
mano.
–¿Estás bien? – preguntó el desconocido a la vez que
Becca tomaba su mano para ponerse de pie – Parece que
viste un fantasma.
Becca asintió con la cabeza, aún incapaz de pronunciar
palabra, aquella sensación que acababa de experimentar
permanecía grabada a fuego en su memoria.
–Espero no estar interrumpiendo nada –agregó,
observando a la chica con curiosidad – Soy Adam. Mis
padres y yo vivimos a unos kilómetros de aquí.
Becca comenzaba a recuperar el habla, sus manos
habían dejado de temblar y el calor volvía a su cuerpo. El
chico frente a ella no podía ser mucho mayor, aparentaba
unos dieciocho años a lo sumo, su piel blanca era la tipica
de aquellos que crecen en climas frios, un poco veteada
de color rosa en las mejillas y la nariz. su cabello era de
un tono castaño claro y hacían juego con sus ojos. La
joven pensó que no lucía nada mal para ser un granjero,
ya que por esas zonas esa era la principal ocupación.
–¿Cómo llegaste aquí? – inquirió enseguida.
El chico se disculpó nuevamente y escondió sus manos
en los bolsillos del jean que llevaba puesto.
–Mi casa está a unos veinte minutos de aquí - respondió –
No sé si lo sabes, pero la llegada de los Bramson a la
casa de la colina es lo único de lo que habla todo el
pueblo. Es la novedad.
–Así que decidiste entrar en propiedad privada para verlo
con tus propios ojos? – aquello había sonado más fuerte y
maleducado de lo que había pretendido – Lo siento –
agregó inmediatamente – Solo… – el recuerdo de la figura
en el agua seguía invadiendo sus pensamientos – No
esperaba ninguna visita.
El chico se movió visiblemente incómodo y un rubor
profundo pintó sus mejillas.
–Escuché que el señor Bramson va a hacer
remodelaciones en la casa - dijo con la mirada clavada en
el piso y removiendo la tierra con uno de sus zapatos – Y
pensé que tal vez estaría buscando ayuda. No tengo nada
que hacer y dudo mucho que vaya a conseguir muchos
voluntarios en el pueblo para trabajar en la casa.
Aquello le pareció extraño a Becca, según su experiencia,
cada vez que su padre se metía con algún nuevo
proyecto de remodelación, los primeros en acercarse a
pedir por trabajo eran los mismos que vivían por la zona.
–¿Por qué dices que no va a conseguir muchos
voluntarios? – interrogó con curiosidad.
Adam movió la cabeza tratando de restarle importancia al
tema. La verdad era que ninguno de los pueblerinos se
atrevía a pisar aquellos suelos, creían que la casa estaba
maldita y que cualquiera que se atreviera a entrar en ella
correría la peor de las suertes.
–Superstición de los pueblos pequeños – respondió
encogiéndose de hombros –No importa cuanto tiempo
pase, las personas, especialmente los mayores, tienden a
creer todos los cuentos.
Aquello era nuevo para Becca, sabía que la casa era
antigua y que había estado deshabitada por muchos años
antes de que ellos la compraran, pero realmente no
conocía nada sobre aquel lugar.
-¿Qué tipo de supersticiones? – preguntó con genuina
curiosidad.
Adam volvió a sacudir la cabeza intentando restarle
importancia al asunto.
–Tonterías que habla la gente, si te pones a creer la
mitad de las cosas que cuentan, vas a terminar loca.
Algo le decía a Becca que había mucho más tras esas
palabras, algo que Adam no estaba dispuesto a compartir
con ella, algo que muy en el fondo le causaba una
sensación de pánico y desasosiego.
–¿Así que buscás trabajo? – inquirió cambiando de tema
una vez que comprendió que no sacaría más información
de él – Mi padre siempre está buscando personas para
que lo ayuden, estoy segura de que estará encantado de
darte un trabajo si eres bueno con las manos, en especial
después de la tormenta de anoche, la casa está
prácticamente destrozada.
-¿Tormenta? – repitió éste – No sabía que anoche había
llovido, debí estar profundamente dormido.
Becca se preguntó cómo alguien podría dormir
plácidamente con el ruido que se había escuchado toda la
noche, pero no dijo nada.
–Vamos – invitó – Mi padre aún está en la casa, estoy
segura de que tendrá algún trabajo para ti.
El chico asintió agradecido y la siguió por el largo camino
de vuelta a la casa. Max corrió tras ellos sin detenerse ni
una sola vez. Mientras subían la empinada colina, Becca
alzó la mirada hacia los ventanales del segundo piso, una
sombra se dibujó en uno de ellos, una figura que la chica
no supo reconocer, pero que volvió a erizarle cada vello
en el cuerpo.
CAPÍTULO IV
La huella en la pared
Para Victor Bramson aquella casa representaba el sueño
de toda una vida. Desde pequeño había visto a su padre
construir la pequeña vivienda donde había crecido,
colocando ladrillo sobre ladrillo, convirtiendo un terreno
abandonado en un pequeño santuario para su familia.
Nunca olvidaría aquellos meses de arduo trabajo en los
que su padre estableció los cimientos que darían fruto a
su carrera. Ahora era él el que convertía casas
abandonadas en hogares seguros, el que utilizaba sus
manos para crear segundas oportunidades y traer a la
realidad las imágenes que guardaba celosamente en su
cabeza. Aquella casa en la colina iba a transformarse en
la mejor reconstrucción de su vida, y siendo sincero,
esperaba poder sacar una buena cantidad de dinero al
venderla, sabía muy dentro de él que aquel lugar sería
perfecto, lo había sentido desde el primer momento en el
que puso un pie dentro, era como si algo lo llamara o le
susurrara al oído, no había sentido esa sensación con
ninguna otra casa antes.
Victor apoyó la oreja contra la alta pared de yeso blanco
que daba al pasillo, tomó aire y cerró los ojos mientras
con una de sus manos libres tocaba la rugosa e irregular
superficie, casi esperando que alguien detrás de aquel
muro respondiera a su llamado. <Las casas en cierta
forma están vivas>, solía decirle su padre, sus columnas
son los huesos que la sostienen, las tuberías sus venas, el
cableado su sistema nervioso, y la familia que la habita
su corazón, si alguno de ellos fallaba, el cuerpo cedía y
terminaba sucumbiendo al deterioro. Aquella casa no era
ajena al abandono y él lo sabía, podía sentir las heridas,
los daños, las cicatrices… un solo toque de su mano
podía decirle tantas cosas.
Aquel hombre examinaba la casa con el mismo cuidado
que un doctor a su paciente. La rugosa superficie le decía
lo débil del yeso que la cubría, el cual se caía en
pequeños pedazos con el roce de su mano, el traqueteo
de las tuberías a lo lejos le aseguraba algún daño interno
que tendría que ser remediado pronto, y las luces, que no
dejaban de titilar en los momentos menos inesperados, le
confirmaban la magnitud del deterioro al que había sido
sometida durante los últimos cincuenta años, tal vez
más. Victor presionó con más fuerza su oreja contra la
pared y cerró fuertemente los ojos, había algo que se le
estaba escapando, un sonido proveniente del interior de
la casa, de sus huesos, un suave y continuo rasguñar
contra la madera. Presionó aún más la cabeza, tratando
de darle un nombre a aquel ruido, decidido a descubrir
dónde se encontraba la fuente de aquel extraño sonido.
Mientras aguzaba el oído se percató de un ruido que no le
era familiar, no se trataba de la madera contrayéndose y
expandiéndose dentro de los muros, ni el sonido metálico
del agua corriendo por las oxidadas tuberías, no, era una
especie de chirrido, de crepitar, como cuando alguien
arrastra las uñas por una pizarra. Comenzó tenue y
lejano, apenas audible, pero a medida que Victor
presionaba el oído contra la pared, el sonido se hacía
cada vez más fuerte, se acercaba, casi escarbando entre
las diversas capas de yeso que lo separaban de él. La
pared sobre la cual estaba apoyado se congeló al
instante, convirtiéndo en un frío vaho su agitada
respiración…y el crepitar seguía intensificándose a
medida que se acercaba, transformándose en una
especie de murmullo, casi como si algo o alguien
estuviese dentro de ella. Victor no podía separarse de
aquella pared, sus músculos estaban contraídos
involuntariamente, era incapaz de abrir los ojos o de
separar la mano que comenzaba a quemar con el frío que
emanaba de ella. Su corazón se aceleró y su respiración
entrecortada hizo que se mareara, por un segundo juró
haber escuchado algo, un sonido que era casi humano,
un llanto tal vez, un sollozo que provenía del interior de
aquella gran muralla. Incapaz de moverse, un escalofrío
recorrió su cuerpo y comenzó a temblar… Pum, pum,
pum… No era su corazón latiendo, era la pared… Pum,
pum, pum…El sollozo ahora parecía un latido distante…
Pum! Con un último golpe Victor reaccionó y su cuerpo se
alejó instintivamente de la pared. ¿Lo había imaginado?
¿O había algo dentro de aquellos muros? Algo que
parecía tener vida propia. Mientras daba un paso más
hacia atrás, notó una pequeña mancha oscura ahí donde
su mano había estado minutos antes, una mancha que
con el pasar de los segundos parecía oscurecerse aún
más formando la indiscutible silueta de una palma.
–Papá – llamó una voz que lo sacó de su
ensimismamiento – ¿Dónde estás?
El grito de Becca hizo eco en el largo corredor, el corazón
de Victor seguía acelerado, latiendo fuertemente contra
su pecho.
–Aquí – logró gritar de vuelta, incapaz de quitar la mirada
de la mancha negra que comenzaba a extenderse como
un virus sobre la pared – En el pasillo – dijo casi sin
fuerzas, viendo la mancha crecer y crecer.
Los pasos se hicieron más fuertes a medida que se
acercaban por el largo pasillo de la estancia, repicando
entre las paredes, rasguñando la madera del piso, pero él
seguía incapaz de apartar los ojos de aquella huella.
–Papá? – repitió la figura de Becca a su izquierda – Papá!
– Si – dijo finalmente apartando la mirada para
encontrarse con su hija y un joven que nunca antes había
visto – Dime.
Becca lo miró confundida, sin entender el extraño
comportamiento de su padre.
–Este es Adam – dijo finalmente –. Su familia vive a unos
kilómetros de aquí. Vino a hablar contigo.
Victor parecía desconcertado, todavía tratando de
recuperar la compostura. Asintió, sacudiéndose aquella
extraña sensación que lo embargaba y extendió la mano
hacia el chico.
–Victor Bramson – Se presentó.
El chico estrechó su mano de forma energética y con una
sonrisa en su rostro. <<Debe tener casi la misma edad
que Becca>> pensó Victor al mirarlo. Conteniendo las
ganas de volver su mirada a la pared, pregunto:
–¿Qué te trae por acá?
Adam sonrió un poco apenado y escondió sus manos en
los bolsillos del jean.
–Escuché que piensa remodelar la casa – dijo
inclinándose sobre sus talones – Me preguntaba si tal vez
necesitaba un par de manos extras.
Victor sonrió, y por un momento pareció él mismo.
–Siempre necesito un par de manos extras – replicó
sonriendo –¿Cuándo puedes comenzar?
Los ojos de Adam se iluminaron ante aquellas palabras,
necesitaba el dinero, había estado reuniendo durante
meses a escondidas, su sueño era largarse de aquel
pueblo lo más pronto posible, pero había muy poco
trabajo y la paga nunca era suficiente, esto era
exactamente lo que necesitaba.
–Hoy mismo si quiere.
Becca sonrió a la vez que su padre, había algo en Adam
que le gustaba, tal vez se tratara de ese “encanto
pueblerino” del que todos hablaban, o era esa sonrisa
contagiosa que tenía, no estaba segura, pero se alegró al
ver que su padre lo contrataba.
–Mi padre también hace reparaciones – agregó el chico
con la voz temblorosa – y mi madre es buena con todo lo
que tenga que ver con la cocina.
Victor sonrió y asintió, cortando la conversación del chico.
–Diles que vengan cuando quieran – atajó – no he
terminado de contratar a los trabajadores, así que
cualquier ayuda será agradecida, la paga no es muy
grande, pero estoy seguro de que podemos llegar a un
acuerdo.
Adam asintió energéticamente y emocionado, estaba a
punto de hablar cuando Victor lo detuvo.
–¿Puedes venir aquí un momento? – inquirió, sin poder
dejar de pensar en la mancha en la pared – ¿Qué crees
que pueda ser esto?
El chico miró confundido hacia el lugar que apuntaba
Victor con la mano, no sabía exactamente a qué se
refería, era una pared, tal vez necesitara un poco de
pintura, pero no veía gran problema.
–Las paredes de yeso tienden a desconchar con el tiempo
– replicó encogiéndose de hombros – habría que quitar el
yeso, comenzar de nuevo y poner una buena capa de
pintura.
Victor negó, no se refería a los trozos faltantes de yeso.
–La mancha – replicó en cambio – Crees que se trate de
moho, tal vez?
Tanto Becca como Adam se quedaron en silencio
observando la blanca pared frente a ellos.
–Es como si se extendiera poco a poco – susurró tocando
la mancha negra con la punta de sus dedos mirando
absorto a la pared.
–No hay ninguna mancha, papá – replicó Becca – No sé de
qué hablas.
Víctor la miró confundido unos segundos antes de
devolver la mirada a la pared. La mancha había
desaparecido, como si nunca hubiese estado ahí desde
un principio. Se llevó la mano a la cabeza, un fuerte
puyazo le había comenzado a presionar la parte izquierda
de la sien. No lo habia imaginado, la habia visto, estaba
seguro de eso, el lugar donde su mano había tocado la
pared se había tornado de un oscuro color negro, pero
ahora no estaba, había desaparecido por completo.
Confundido y un poco aturdido, tomó asiento en un viejo
sofá que estaba cerca de él.
–Debió haber sido una sombra – respondió confuso,
tratando de convencerse a sí mismo – tal vez necesite
descansar un poco, la iluminación del pasillo no es muy
buena.
El joven lo observó por unos segundos sin decir nada,
alternando la mirada entre él y la pared.
–No me extrañaría conseguir moho en la casa - agregó -
hace mucho tiempo que nadie la pisa, el encierro y las
lluvias pueden causar grandes daños.
–Sí – coincidió el hombre, intentando sacudirse el
aturdimiento – no sería extraño.
–Mi padre puede ayudarlo con eso – aseguró Adam al
instante – hemos tratado con nuestra cuota de moho en
casas vecinas, tiene los productos que necesita y un
ventilador para evitar los gases tóxicos.
Víctor asintió sin decir nada, su cabeza parecía estarle
jugando trucos nada graciosos, y por mucho que
observara la blancura casi perfecta de la pared, no podía
evitar sentir la sensación de que algo se expandía por
ella.
–Aún nos quedan muchas cajas por sacar – anunció
retomando nuevamente la cordura – mis hijos no son de
mucha ayuda cuando se trata de levantar peso, pero
estoy seguro que entre los dos podemos terminar el
trabajo para esta tarde. ¿Qué dices? ¿Te parece bien tres
dólares la hora?
Adam asintió casi al instante, tres dólares era mucho más
de lo que ganaba en el pueblo haciendo de camarero o
chico de los recados.
Los dos se encaminaron hacia la sala, donde se
aglomeraban lo que parecía un sin fin de cajas de cartón
de diversos tamaños, charlaban y reían como si se
conocieran de hace años, esa era una de las cualidades
de Victor, sabía llevarse bien con la gente, era como un
don, nadie se resistía a su carismática sonrisa y su
constante optimismo. Becca en cambio, se quedó atrás,
parada frente a la pared que su padre había señalado
minutos antes. La observó detenidamente por un tiempo,
tratando de conseguir la mancha a la que su padre se
había referido, pero la blanca superficie solo reflejaba la
escasa luz del sol que se colaba por uno de sus largos
ventanales. Se acercó y con un reverencial cuidado posó
la punta de su dedo índice sobre el frío yeso de la pared,
no había nada, se acercó aún más, apoyando toda su
mano en la superficie. Una extraña vibración recorrió las
ñemas de sus dedos, curiosa, apoyó lentamente su oído
contra ella, esperando escuchar algo, un indicio que le
explicara de dónde provenía aquel movimiento… había
algo, algo rasgaba dentro de la pared, algo se movía y se
retorcía en su interior. Los vellos de su cuello se erizaron
cuando un murmullo ininteligible llegó a su oído, pero
antes de poder siquiera escuchar bien, el fuerte ladrido
de Max la alejó de la pared.
–¡Venga! – gritó molesta – vas a seguir ladrando así todo
el día? Casi me das un infarto.
El animal hizo caso omiso al regaño de su dueña, y entre
ladridos y sollozos comenzó a empujarla con su hocico
lejos de la pared.
Becca se alejó, tratando de calmar a su mascota y
olvidándose del ruido que acababa de escuchar, era una
casa vieja después de todo, las tuberías sonaban, las
luces no funcionaban, y estaba casi segura de que
debería de haber montones de ratas escondidas tras las
paredes. Aquel pensamiento no la hizo sentir mejor, pero
al menos logró calmar el repentino pánico que la había
embargado.
CAPÍTULO IV
Las letras sobre la nevera
En la cocina, el batir de los cubiertos sobre el vidrio llenó
la habitación. Sarah estaba preparando unas ricas
panquecas para Teo, quien jugaba en el suelo recién
limpiado con letras magnéticas que pegaba de vez en
cuando en la puerta de la nevera.
–¿Vas a querer chispas de chocolate en tus panquecas? –
preguntó la mujer en tono divertido, sabiendo de
antemano cuál sería la respuesta.
–Muchas! – exclamó el pequeño, emocionado – y mucho
sirope también.
–No vas a parar de brincar en todo el día con tanta azúcar
– fue su respuesta. Después de la noche que había
pasado, el pobre se merecía un buen desayuno – Tal vez
puedas ayudar a papá con las cajas más tarde.
El niño asintió enérgicamente sin parar de escribir
garabatos en una hoja de papel mientras movía las letras
plásticas de colores que tenía al lado.
–¿Cómo se escribe “perecer”? – inquirió el chico con el
ceño fruncido, tratando de buscar las letras correctas.
Sarah lo miró confundida por unos segundos.
–No querrás decir “parecer”? – preguntó en cambio.
Pero el niño negó rápidamente con la cabeza.
–La señora dijo perecer – agregó sin dejar de jugar con
sus letras.
Su madre lo observó nuevamente dejando de batir la
masa que tenía en sus manos.
–Que señora? – interrogó con curiosidad.
Teo levantó la mirada de sus letras y clavó los ojos
castaños en los de su madre.
–La señora del pasillo, mamá – explicó como si se tratara
de algo normal – dijo perecer.
Sarah frunció el ceño más confundida que nunca. No
recordaba haber pronunciado nunca esa palabra cerca de
su hijo, y estaba segura de que no había nadie más en la
casa salvo ellos, Victor aún no había comenzado a
contratar personal para la reforma. Con cuidado dejó el
bowl lleno de mezcla de panqueca en la repisa de la
cocina y se acercó a Teo. Sus pies descalzos se
deslizaban suavemente sobre el piso de madera que
acababa de limpiar. Se agachó junto al niño y tomó una
de las letras de plástico.
–Perecer – dijo suavemente tomando la letra P – P. E. R. E.
C. E. R – deletreó lentamente mientras el niño unía las
letras restantes – Que señora del pasillo, Teo?
El niño estaba tan concentrado con las letras, que apenas
escuchaba a su madre.
-Teo… - llamó ella - que señora en el pasillo?
Una especie de escalofrío le recorrió el cuerpo, recordaba
la noche anterior, la pesadilla del niño, la tormenta, pero
había algo más que la atormentaba incluso peor que todo
aquello… Sarah había escuchado una voz, un susurro en
su oído cuando estaba apenas conciliando el sueño, al
principio pensó que se trataba de Teo hablando dormido
o incluso los sonidos que hacían las casa viejas, pero
ahora recordaba con claridad las palabras que había
escuchado. <van a perecer>. Se había parado de la
cama casi al instante, con una extraña opresión en el
pecho, sin embargo, al comprobar que todos dormían
plácidamente, Sarah había vuelto a acostarse, ahora se
preguntaba si aquello había sido una pesadilla, o si la voz
que había susurrado en su oído era real.
-Por qué no terminamos la comida? - Inquirió tratando de
sacudirse aquella sensación del cuerpo - ¿Me ayudas a
darles la vuelta?
el pequeño dejo la ultima R sobre la puerta de la nevera y
se levantó a ayudar a su madre. entre los dos terminaron
de preparar el desayuno y sarah trato de olvidarse de
todo, concentrandose solo en su hijo y la comida que
estaban preparando. tal vez habia tenido una pesadilla o
uno de esos deja vu de los que tanto se hablaban, aquella
palabra pudo haberla escuchado en cualquier parte,
despues de todo, a los ninos les ensenan esas cosas en
las escuelas, tal vez dberia dejar de leer tantas historias
de terror, al final terminaban pasando factura.
mientras sarah colocaba los platos sobre la mesa, Teo
corrio a la sala a avisar a su padre y su hermna que el
desayuno estba listo. no sabia por que, pero su cabeza se
sentia u poco nublada, como si una migrana estuviese a
punto de estalar en cualquier momento, tal vez era el
estres de la mudanza, apens llevaban un dia en aquella
casa y tenian millones de cosas por hacer para dejarla
lista. sabia que victor se ocuparia de casi todo mientras
ella aprovechaba el resto del verano para terminar su
novela, tenia una fech limite para entregarla y su esposo
la habia convencido de que podria escribirla mientras el
hacia la reforma. se trataba de su cuarto libro, una
historia sobre un asesinato en una antigua ciudad y una
familiia a la que habian acusao de haber protegido al
asesino, mientras el fantasma les dejaba pistas para
resolver su propio homicidio. siempre le habia gustado el
misterio y el terror, y a pesar de que su novela tenia
ciertos aspectos paranormales, ella trabajaba mas el
terror psicologico, para dar mas tension a la trama. su
agente le habia dado tres meses para terminarla y
apenas la estaba comenzando, iba a necesitar cada dia
de aquel verano para terminar su cuota, el primer
capitulo habia convencido a la editorial de continuar con
el contrato, ahora era el momento de terminar lo que
habia comenzado.