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Fast and Rekles

El documento narra el regreso de Miranda Wentworth a Lennox Motorsport como asistente ejecutiva, tres años después de un trágico accidente de Fórmula 1 que involucró a Will Hawley. A medida que se adapta a su nuevo entorno, Miranda se siente emocionada y nerviosa por su primer día, especialmente al encontrarse con Will, el nuevo piloto del equipo, quien despierta en ella una intensa atracción. La historia se centra en su deseo de tener éxito en su carrera mientras navega por sus sentimientos y el ambiente competitivo de la Fórmula 1.
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Fast and Rekles

El documento narra el regreso de Miranda Wentworth a Lennox Motorsport como asistente ejecutiva, tres años después de un trágico accidente de Fórmula 1 que involucró a Will Hawley. A medida que se adapta a su nuevo entorno, Miranda se siente emocionada y nerviosa por su primer día, especialmente al encontrarse con Will, el nuevo piloto del equipo, quien despierta en ella una intensa atracción. La historia se centra en su deseo de tener éxito en su carrera mientras navega por sus sentimientos y el ambiente competitivo de la Fórmula 1.
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Índice

PRÓLOGO
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EPÍLOGO
AGRADECIMIENTOS
Título original inglés: Fast & Reckless.

Publicado originalmente en Estados Unidos


por Slowburn, un sello de Zando.
[Link]

© del texto: Amanda Weaver, 2024.


© de la traducción: Ana Navalón, 2025.
© de esta edición: RBA Libros y Publicaciones, S. L. U., 2025.
Avda. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.
[Link]

Primera edición: febrero de 2025.

ISBN: 978-84-1098-088-4
OBDO430

Composición digital: [Link]

Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de
reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será
sometida a las sanciones establecidas por la ley. Pueden dirigirse a Cedro (Centro Español
de Derechos Reprográficos, [Link]) si necesitan fotocopiar o escanear algún
fragmento de esta obra ([Link]; 91 702 19 70 / 93 272 04 47). Todos los
derechos reservados.
Para Matt, siempre
Will Hawley bajó una marcha. Las leyes de la física se empeñaban en
sacarlo de la pista, así que se agarraba al volante con todas sus
fuerzas. Los neumáticos traseros daban sacudidas, lo cual no
auguraba nada bueno. Estaba perdiendo el control… notaba el
mareo y las náuseas.
Iba a pagar las consecuencias de sus malas decisiones a
trescientos kilómetros por hora. Temblando, cogió aire tres veces
para intentar tranquilizarse.
«Céntrate».
Pero era demasiado tarde.
La carga aerodinámica, la presión de los neumáticos, el peso del
combustible…, todo lo empujaba hacia el lateral. Perdió de vista el
horizonte, ya no sabía qué estaba arriba y qué abajo.
«Se acabó».
No había nada más que hacer. El coche acumulaba tal cantidad de
fallos que cruzó la pista haciendo un trompo totalmente fuera de
control. Cuando el monoplaza se estrelló contra el muro y se plegó
con él dentro, la existencia de Will quedó reducida a un borrón de
color, neumáticos ardiendo y un rugido de derrota.
Le pitaban los oídos y, por un segundo, lo vio todo negro. Estaba
aturdido, pero una cosa tenía clara: era la última vez que ponía un
pie en un circuito de Fórmula 1.
Estaba acabado.
TRES AÑOS DESPUÉS…
OFICINAS CENTRALES DE LENNOX, CHILTON-ON-STOUR, INGLATERRA

La joven corría por el vestíbulo de Lennox Motorsport, acariciando su


acreditación como si fuera un talismán. Volvió a mirar el título de su
puesto.

MIRANDA WENTWORTH
ASISTENTE EJECUTIVA, LENNOX MOTORSPORT

Era real. Había vuelto.


Se detuvo delante de la puerta abierta de la oficina de Penelope
Farnham.
—Lo he conseguido —susurró abrumada.
Una chica alta y delgada, que tendría más o menos su edad,
asomó la cabeza y la escaneó.
—¿Eres Miranda? ¿La nueva Pen?
—¿Supongo? Puedes llamarme Mira, por cierto.
—Yo soy Violet, de relaciones públicas —dijo la mujer sin volverse
a mirarla al pasar por su lado—. Y se supone que tienes que
seguirme.
Y eso es lo que hizo, corrió tras ella pasillo abajo.
—Pero tengo que buscar a Penelope…
—Ya, bueno, es que hoy el médico le ha dicho que no se mueva
de la cama hasta que salga de cuentas.
—Ah. ¿Entonces no va a venir?
Aunque le intimidaba la idea de conocer a Pen en persona, le
imponía muchísimo más que no estuviera allí para explicarle todo lo
que tenía que saber.
Aunque precisamente por eso la habían contratado a unas pocas
semanas de que empezara la temporada de Fórmula 1, porque a Pen
le habían dicho que guardara reposo. Sin embargo, esta, por decirlo
con delicadeza, se subía por las paredes ante la idea de dejar su
trabajo en manos de una novata total y, encima, estadounidense. La
había atosigado a mensajes mientras preparaba las maletas en Los
Ángeles para volar a Inglaterra y le había hecho llenar ya tres
cuadernos con notas. Y, una vez en la fábrica, parecía que el trabajo
estaba a punto de volverse un cien por cien más aterrador.
Por fin consiguió alcanzar a Violet, que avanzaba a grandes
zancadas con sus esbeltas piernas. Le echó un vistazo rápido: la
larga melena alborotada de color azabache, la piel pálida, la raya del
ojo afiladísima, los vaqueros rotos y la cazadora de cuero estilo
motorista. Irradiaba un aire de «tía guay» hasta en el sutil acento
británico. Mira intentó que eso no la intimidara nada.
—¿Simone ya no está en relaciones públicas?
Violet la miró de reojo.
—Cierto. Ya conocías Lennox, ¿verdad?
—Ha pasado mucho tiempo —admitió la chica; tenía el estómago
revuelto de los nervios. Pero, si alguien esperaba que siguiera siendo
el desastre con patas que era antes, iba a llevarse una decepción.
Esa niñata había desaparecido para siempre y la nueva versión no
iba a cometer ni un solo desliz.
—No te preocupes, Simone sigue aquí. Soy su ayudante. Está en
la pista de pruebas, es día de prensa. Ahora vamos para allá. —Abrió
una puerta con la cadera y guio a la sustituta hasta la calle, donde
un carrito de golf las esperaba aparcado de cualquier manera sobre
la hierba—. Sube.
Mira se montó en el asiento del copilo y Violet se colocó detrás del
volante. Pisó el acelerador a fondo y el vehículo salió disparado hacia
delante. Conforme se acercaban a la pista, se empezó a oír sobre el
asfalto el inconfundible rugido de la perfección hecha coche. Se le
aceleró el corazón y dejó la profesionalidad a un lado. Eso era lo que
echaba de menos: la pista, los coches, el ruido.
—¿Han hecho muchas mejoras esta temporada? —preguntó.
—Oh, sí. En realidad, es todo nuevecito. Hoy es la primera vez que
sale a pista, así que hay un poco de caos.
—No es el mejor momento para incorporarse al puesto, ¿no?
—Nunca lo es —respondió Violet con una sonrisa—. Bienvenida a
Lennox.
Al frenar, el carrito derrapó sobre la gravilla del borde de la pista.
Mira se tropezó al bajar, era incapaz de despegar los ojos del borrón
azul que salía de una curva cerrada.
—Es precioso.
Metió los dedos por la reja que la separaba del circuito. Cuando el
coche giró, pudo verlo bien por primera vez.
El año anterior, el diseño de la escudería había quedado
demasiado cuadriculado y no fluía, lo cual le quitaba estilo al resto
de la carrocería. Esta temporada habían hecho una mejora enorme.
Era todo de color azul real, el distintivo de Lennox, y solo tenía una
fina franja gris en el lateral. Ese detalle destacaba la perfección
aerodinámica del monoplaza, que casi rozaba el suelo y era afilado
como un cuchillo.
Corría veloz hacia la siguiente curva, y Mira sintió su potencia.
Nerviosa, encogió los dedos de los pies dentro de los elegantes
zapatos de tacón negro; el pecho le retumbaba al mismo tiempo que
el motor. Ahí venía el giro.
El bólido de carreras siguió acelerando, a pesar de que a ella sus
instintos le hubieran dicho que frenara. Parecía inevitable que se
pegase demasiado al muro, pero entonces el piloto bajó una marcha
y el zumbido del motor se acalló. Tomó la curva a una velocidad que
parecía físicamente imposible.
Cuando pasó como una flecha por delante de ella y siguió por la
recta, Mira soltó un grito ahogado, como si le hubiera arrancado el
aire de los pulmones.
—Joder… —murmuró soltándose de la verja—. Menudo piloto.
A Violet se le escapó una risilla.
—Tú espera y verás. Vamos, voy a presentarte a todo el mundo
antes de que salga de la pista.
La nueva corrió tras ella. Estaba nerviosa, era su primer encuentro
cara a cara con la Fórmula 1 después de siete años. Durante todo
ese tiempo, solo había podido ver las carreras en el portátil desde
Los Ángeles. Pero nada se podía comparar con estar en la pista,
verlo, sentirlo.
Volver iba a ser duro de narices, pero lo deseaba más que nada en
el mundo. Si conseguía sacar adelante una temporada en Lennox sin
morir en el intento, a lo mejor se atrevía a dedicarse a la gestión de
carreras.
—Hoy solo es día de prensa —le explicaba Violet de camino al pit
lane—. Es para sacar imágenes promocionales del coche. Ni siquiera
tiene aún unos neumáticos decentes.
Se acordaba de eso. La normativa de la FIA, la Federación
Internacional del Automóvil, prohibía hacer muchas cosas antes de
las pruebas oficiales en Bahrein. Sin embargo, incluso en un día
como aquel, que en un principio era para que la prensa hiciera fotos,
era posible sacar información sobre el monoplaza.
Ya en el garaje del pit lane, unos doce mecánicos con chaquetas
azules rodeaban el otro coche de Lennox, preparándolo para que
saliera a la pista. Cuando las jóvenes se acercaron, los demás se
detuvieron y observaron a la recién llegada.
—Mira, te presento al pit crew. Chicos, esta es Mira, la sustituta de
Pen.
—Tenemos nombre, Violet —se quejó un hombre con rasgos de
Oriente Medio, y le guiñó un ojo.
—Y nuestra nueva amiga será una chica aplicada y se los
aprenderá todos, Omar, pero hoy no tenemos tiempo para eso.
¿Dónde está el jefe?
El aludido se giró y gritó:
—¡Harry, Violet ha venido a tocarte las narices!
Harry… A Mira le dio un vuelco el corazón solo de escuchar el
nombre. No había nadie del personal que llevara allí el tiempo
suficiente como para acordarse de ella. Con ellos podría empezar de
cero, pero con él…
Una voz familiar gruñó desde detrás del extremo más alejado del
bólido.
—Hoy no tengo tiempo para las chorradas de la prensa.
Puede que el hombre tuviera pinta de enano gruñón, incluso
hablaba como tal, pero cuando ella era una niña curiosa a la que le
encantaban las carreras, la mimaba y la dejaba merodear por el
garaje y respondía paciente a sus interminables preguntas. No lo
había visto desde… Bueno, desde que pasó todo. Y en esos
momentos pensaba que, si la miraba diferente, se moriría ahí
mismo.
—Ven aquí, Harry —canturreó Violet—. Te prometo que no
muerdo. Venga, que te he traído a alguien nuevo a quien puedes
gruñir. Es Mira, la sustituta de Pen.
De repente, un pelo gris canoso asomó por detrás del coche.
—¿Mira?
Qué alivio sintió esta al ver la inconfundible expresión de alegría
en el rostro del hombre. Sonrió sincera y lo saludó con la mano.
—Hola, Harry.
El hombre salió de detrás del monoplaza con una agilidad y una
velocidad sorprendentes para su edad.
—Déjame que te mire bien, niña. —La agarró por los hombros y le
escudriñó el rostro con la mirada—. Ya eres toda una mujer, ¿eh?
Anda, ven a darme un abrazo.
Le dio un achuchón tan fuerte que le empezaron a escocer los
ojos por culpa de las lágrimas. Hasta ese momento, no sabía lo
importante que era que él la recibiera con los brazos abiertos.
—Me alegro muchísimo de volver a verte. ¿Qué tal va el coche
este año?
A él se le iluminaron los ojos del entusiasmo, pero, cuando fue a
abrir la boca para responder, una voz cortó el murmullo que recorría
el pit lane.
—Harry, me cago en todo, ¿qué ha pasado? ¿Tus mecánicos son
imbéciles o qué?
El hombre levantó la vista al cielo y soltó un suspiro muy sufrido.
Mira se giró hacia el lugar de donde provenía la voz y ahogó un
grito. El primer coche acaba de entrar en boxes, y el piloto, que se
acercaba hacia ellos, desprendía un aire amenazador, como una
tormenta inminente.
La joven se fijó en muchas cosas al mismo tiempo. Era más alto
de lo que se había esperado. Y estaba más bueno… Ay, estaba
tremendo. Llevaba la cremallera del mono de carreras bajada hasta
la cintura y las mangas atadas en las caderas, lo que revelaba una
fina camisa interior blanca de la marca Nomex. La prenda se le ceñía
al torso y no dejaba nada a la imaginación. Tenía alborotado el pelo
oscuro casi negro, pero demasiado bien estaba para haberlo llevado
aplastado debajo de un casco. Fruncía las pobladas cejas oscuras
para que quedara bien claro que estaba cabreado.
Pero sus ojos…, sus ojos eran eléctricos, flipantes. Incluso desde
lejos, se veía que eran de un penetrante color azul. La intensidad de
su mirada hizo que a Mira le entraran escalofríos, aunque el tipo ni
siquiera se hubiera fijado en ella. Y además estaban esos pómulos,
esa barbilla… Debería ser ilegal tener una estructura ósea tan
bonita, sobre todo cuando se combina con unas piernas largas, unos
hombros anchos y una cintura estrecha, y… Madre del amor
hermoso.
La chica bajó la mirada avergonzada al darse cuenta de que le
ardía la cara y le temblaba todo el cuerpo. No, no, no. Era su primer
día, no habían pasado ni cinco minutos, no podía sentir tremendo
calentón, y por un piloto, para más inri. ¡Anda que no había
alternativas! A lo mejor él solo hacía pruebas, sería alguien a quien
solo vería una vez y no volverían a cruzarse en la vida…
—¿Algún problema, Will? —le preguntó Harry mientras el piloto se
acercaba. A Mira le dio un vuelco el corazón.
Will. Era Will Hawley, el nuevo piloto de Lennox.
Lo cual significaba que estaba a punto de convertirse en una parte
central de su vida laboral.
Bueno, aquella explosión de atracción física no era más que un
estorbo, así que iba a guardarla en un baúl, que cerraría con llave y
lanzaría al fondo del mar. No podía darle alas a aquel sentimiento.
Nunca. Había como mil razones diferentes por las que ese chico le
estaba vetadísimo al tropecientos por ciento.
Para no mirarlo, buscó la página del cuaderno donde había
apuntado a toda prisa la información que había recopilado durante el
vuelo sobre los integrantes de la escudería. Will Hawley era casi tan
novato como ella. Lennox tenía pensado quedarse con los dos
pilotos de la temporada anterior, pero Phillipe Deschamps se lesionó
el hombro. Lo operaron después del campeonato, aunque la
recuperación no había ido bien. Justo unas semanas antes del
mundial, anunciaron que se retiraba y empezaron a buscarle un
sustituto.
Los medios de comunicación habían especulado muchísimo sobre
a quién elegirían y todo el mundo se volvió loco cuando anunciaron
que habían fichado a Will Hawley. El mundillo parecía tener
sentimientos encontrados respecto a él. La mitad de la afición
pensaba que tenía más talento en bruto que ningún otro piloto. La
otra mitad creía que era un liante, y las movidas que había tenido
fuera del asfalto habían matado todo lo que parecía prometer.
En cualquier caso, ese tío significaba peligro. Lo llevaba escrito
con mayúsculas en esa cara tan atractiva. Y si había algo que a Mira
se le diera bien últimamente, era mantenerse a raya de cualquier
cosa que supusiera un riesgo.
Cuando Hawley entró en el garaje como un vendaval, le quedó claro
que estaba interrumpiendo algo. Para empezar, el jefe de mecánicos
estaba abrazando a una chica, lo que ya era raro de por sí, pues el
hombre no era muy dado a las muestras de cariño. Violet, la de
relaciones públicas, estaba detrás de ellos sonriendo. Eso también
era extraño. A esa tía nada la ponía de buen humor, salvo quizás
arrancarles las alas a las moscas. Bueno, daba igual lo que
estuvieran haciendo, podría esperar. Él había ido allí a pilotar y, si no
podía hacerlo, les iban a dar a todos por el culo.
—Perdonad, ¿podríais hacer vuestro puto trabajo por un segundo?
—espetó. Harry suspiró y lo miró a los ojos—. Tenemos un
problema. Un problemón que te cagas. Ese no es el coche que yo
tenía en el simulador.
El otro apretó los labios y se metió las manos en los bolsillos,
luego se giró para encarar a Will.
—Lo sé.
El piloto parpadeó, intentaba entender lo que estaba pasando.
¿Era una broma? Llevaba semanas entrenando, memorizando hasta
el último centímetro del monoplaza, y ese tío iba y… ¿se olvidaba sin
más de decirle que iban a cambiarlo? Volvió a hervirle la sangre.
—¿Estás al tanto? ¿Lo has hecho a propósito? ¿Qué mierdas es
esto? ¿Me pones una cosa en el simulador y en la pista me das otra
que no se le parece ni por asomo? ¿Cómo cojones se supone que
me tengo que preparar para Bahrein si me dais esa tartana?
¿Cuándo vais a terminar con el que he estado entrenando en el
simulador?
—Es lo que hay. Queda mucho curro para que los dos coches
estén listos para Bahrein, y así es como nos hemos tenido que
organizar. Órdenes de arriba.
Entonces, había sido cosa del jefe de equipo. Aquello había sido
decisión suya.
—Menudo hijo de puta —gruñó Will.
Detrás del jefe de mecánicos, Violet se rio con disimulo y miró de
reojo a la chica que Harry había estado abrazando
inexplicablemente. Ella también agachó la cabeza para ahogar una
risa. El piloto la observó, intentaba deducir quién era y cuál era el
chiste que se había perdido. Era rubia, tenía el pelo recogido hacia
atrás en una cola de caballo alta. Llevaba un abrigo de lana negro,
unos pantalones oscuros, unos tacones discretos del mismo color…
¿Quizás acababan de contratarla para trabajos de oficina? Lennox
era una empresa enorme, estaba claro que todavía no conocía a
todo el mundo. Pero ¿qué hacía esa tía en el garaje abrazando al ser
más huraño del planeta?
Justo entonces la chica levantó la vista y él parpadeó sorprendido.
Era más guapa de lo que le había parecido en un primer momento.
Tenía cara de princesa Disney: unos pómulos altos, una nariz apenas
respingona, unos labios gruesos y unos ojos que le dominaban toda
la cara. Eran grandes y de color verde oscuro, rodeados de unas
pestañas densas y delicadas. Todo ello enmarcado por unas cejas
arqueadas varios tonos más oscuras que el cabello. Muy guapa. Y
mucho más joven de lo que dejaba ver ese aburrido atuendo de
oficina. Veintipocos, calculó a ojo.
Se moría de ganas por saber qué aspecto tendría fuera del curro.
A lo mejor se soltaba la melena rubia y se ponía mucha menos ropa.
Un calentón muy diferente al del enfado se apoderó entonces de él;
una sensación que solía dejar fuera de la pista. Pero tenía entre
manos un problema de trabajo muy serio, así que, por desgracia,
sus fantasías iban a tener que esperar.
—Verás, Will, no hay nada que hacer —dijo Harry; sus palabras lo
devolvieron al presente—. De momento, vas a tener lo mismo que
Matteo.
—¡No me lo puedo creer! ¿Para qué me ficháis si no me vais a
apoyar?
Al parecer, le habían dado un monoplaza diseñado y construido
para Matteo Gatone, el otro piloto de Lennox. Él era el veterano del
equipo y quien tenía prioridad.
Hawley entrelazó los dedos por detrás de la nuca, gruñó y echó la
cabeza hacia atrás para mirar fijamente al cielo gris invernal que se
cernía por encima de ellos. Menudo desastre. El mundo del motor
iba a darle una sola carrera para que pudiera demostrar de lo que
era capaz y encasillarlo, y ese coche lo iba a frenar. Maravilloso. Eso
sí que era volver a la Fórmula 1 por todo lo alto.
—Pero ¿qué pasa con todas las horas que he echado en el
simulador? Lo teníamos ajustado. Has visto mi telemetría.
Se había dejado el pellejo generando datos para los ingenieros.
¿De qué mierdas servía todo eso si, cuando se trataba del coche de
verdad, iban a pasarse toda esa información por el forro?
—Nos va a llevar tiempo, y eso es algo que ahora mismo no
tenemos. La telemetría de Matteo es buena tal y como está ahora el
coche, así que tenemos otras prioridades. Te cambiaremos los
conductos de freno en cuanto podamos —dijo el jefe de mecánicos.
—¿Cuándo? —preguntó Will. Por fin estaba a punto de tener otra
oportunidad de conducir en la Fórmula 1 y su escudería no estaba a
la altura. Tendría que luchar con un brazo atado a la espalda.
El hombre levantó las manos para tranquilizarlo.
—Lo tendrás en Melbourne.
El piloto parpadeó mientras encajaba aquel golpe bajo.
—Es la segunda carrera de la temporada.
—Will, lo siento —intervino Violet de repente—. Tengo que robarte
a tu persona favorita, es hora de sacar el coche de Matteo.
—Tenemos algo entre manos, Violet —replicó el piloto con los
dientes apretados—. ¿Sabes lo de las carreras que hacemos por
aquí? Es importante.
—Quedan varias semanas para Melbourne, lo tuyo puede esperar.
Hoy toca centrarse en las fotos —dijo, y le lanzó una sonrisa
engreída antes de pasarle un brazo a Harry por los hombros y
apartarlo.
—No os preocupéis, yo solo soy un puto piloto —le gritó Will a su
espalda—. Encantado de esperar.
Violet le enseñó los dedos corazón por encima del hombro
mientras se alejaba.
«Pues que te den por culo a ti también», pensó él.
—Perdone, ¿señor Hawley?
Era la nueva otra vez. Pasaba las hojas de un cuaderno, estaban
llenas de una letra apretujada y minúscula, así que se fijó mejor en
ella. Cuello largo, piel sedosa, un toque de rosa en los pómulos,
debajo del abrigo parecía que estaba en forma. A la mierda lo de
que era guapa, estaba buena. Quizás Will no debería darles alas a
esos pensamientos. Trabajaba para Lennox y le gustaba separar el
ocio y el trabajo. Pero a lo mejor hacía una excepción.
Se había esforzado mucho para dejar a un lado cualquier vicio
imprudente que pudiera afectar a su forma de conducir. Gracias a
Dios que el sexo no entraba en esa categoría.
Sonrió y se inclinó.
—¿En qué te puedo ayudar?
Ella levantó un dedo para callarlo sin despegar la vista del
cuaderno en ningún momento.
—Un segundo… —masculló. Estadounidense. Qué interesante. No
había muchas en la Fórmula 1—. Había apuntado algo sobre usted
en alguna parte, lo juro.
El piloto era consciente de que en el pasado había tenido
problemas con su, eh…, llamémoslo «exceso de confianza». Más de
un artículo de opinión había ido de mordaz y lo había descrito como
un engreído y vanidoso. Pero… ¿en serio? ¿Esta mujer trabajaba
para una escudería de Fórmula 1 y todavía no sabía a quién tenía
delante? Las groupies de las carreras se pisoteaban las unas a las
otras para que el guaperas de turno se fijara en ellas. ¿Es que esta
tía no podía ni mostrarse un tanto impresionada por conocerlo?
Tampoco le haría daño sonrojarse y tartamudear un poco.
Se acercó despacio a ella. Como estaba distraída, no parecía darse
cuenta.
—¿A lo mejor me has apuntado como «el piloto buenorro y
talentoso»? —la provocó, y fingió leer por encima de la libreta.
Ella levantó los ojos para mirarlo y a él se le borró la sonrisa de la
cara. De repente, se le olvidaron los comentarios que se le habían
ocurrido para flirtear con ella, así que se limitó a observarla. Esa
cara, esos ojos…
—Sé quién eres —dijo ella en voz baja. La frialdad de su tono
dejaba muy claro que no le importaba un pimiento quién fuera. De
acuerdo…
—Ah, veo que Will ya se ha presentado él solito.
Violet había terminado con Harry y se acercaba hacia ellos dando
grandes zancadas. Como norma general, el piloto intentaba evitarla,
ya que casi siempre estaba cabreada con él. Pero, bueno, parecía
que estaba enfadada con todo el mundo a todas horas.
—En realidad, no nos conocemos —dijo Will, y volvió a lanzarle
una sonrisa a la nueva. Pero ella no contestó, ni siquiera se molestó
en hacer algún gesto que se pareciera lo más mínimo a una sonrisa.
—Pues te presento a la nueva Pen. Mira, este es Will Hawley. —
Violet hizo un gesto despectivo con la mano—. Acaba de fichar como
piloto. Dicen que está para mojar pan y que tiene mucho talento.
Supongo que ya lo comprobaremos. —Dicho esto, le guiñó un ojo.
Mira. Era un nombre bonito, hacía juego con la cara. Y sustituía a
la asistente ejecutiva. Eso quería decir que la vería bastante, lo cual
no le parecía del todo mal.
—Sí —murmuró la chica; por fin levantó una comisura de la boca,
aunque fue un gesto leve—. Me había fijado en lo de piloto.
Estaba acostumbrado a que la de relaciones públicas lo tratara
como el culo, era parte de su personalidad estrafalaria, pero la
nueva no parecía nada impresionada. A lo mejor no entendía tanto
de carreras. Después de todo, era estadounidense.
—Bueno, como todavía estás aprendiendo los entresijos de la
Fórmula 1 —dijo él con toda la amabilidad que pudo reunir—, si
tienes alguna pregunta, estaré encantado de echarte una mano.
Ella carraspeó y volvió a bajar la mirada al cuaderno mientras
jugueteaba con el boli.
—De acuerdo, señor Hawley —dijo con frialdad—. Lo tendré en
cuenta.
La chica miró de soslayo a Violet, que ahogó una risilla. Will tenía
la incómoda sensación de que se estaban burlando de él, aunque no
conseguía entender por qué, lo cual le molestaba un huevo. Seguro
que Violet estaba disfrutando de ver que la recién llegada lo dejaba
por los suelos. Le encantaba ver sufrir a los demás.
—Vale, bueno, Mira —dijo Violet, y la cogió del brazo—, será
mejor que volvamos a las oficinas. Estoy segura de que Pen te ha
dejado una lista interminable de cosas que hacer.
Empezó a tirar de ella, pero la nueva se detuvo de repente y se
giró hacia el piloto.
—¡Cena esta noche!
Vaya, a lo mejor después de todo sí que le había salido bien la
jugada del flirteo.
—Suena genial —dijo él.
Ella seguía estudiando sus apuntes y pasó completamente por alto
la sonrisa triunfal del piloto.
—Esta noche hay una cena para los jefes de departamento, para
celebrar el principio de la temporada. En Vincenzo’s a las ocho.
Penelope dijo que ya conocías el restaurante.
Will cambió el peso de la punta de los pies a los talones y se le
borró la sonrisa de un plumazo. Sintió calor en la nuca mientras
intentaba recomponerse.
—Sí. ¿Te veré allí?
Ella frunció el ceño.
—Por supuesto. Es mi trabajo.
Luego le dio la espalda y desapareció con Violet.
Teniendo en cuenta que era la primera vez en tres años que Will
conducía un Fórmula 1, le desconcertaba no estar pensando en el
coche en absoluto. ¿Acaba de… darle calabazas? No estaba
acostumbrado a que las mujeres lo trataran así. Daba igual lo que
dijeran de él, era un tío difícil de ignorar. Pero esa noche la volvería a
ver. Y, por encima de todo, era cabezón.
Mira se tiró del bajo del vestido, era ajustado y de color gris oscuro.
¿Sería demasiado corto? A lo mejor debería haberse puesto
pantalones. Algo serio y profesional y…
La puerta del restaurante se abrió y Simone entró en el vestíbulo;
Violet iba justo detrás de ella.
—Hola de nuevo —saludó la joven.
Simone sonrió, con su pelo rubio parecía delicada como la seda e
iba vestida de color marfil de la cabeza a los pies.
—¿Ya estás trabajando duro, Mira?
—Quería empezar poniéndoles cara a los nombres. Pen me dijo
que debía asegurarme de conocer a todos los de la plantilla en
persona.
Simone entornó los ojos de manera sutil mientras avanzaba.
—Sí que suena a algo que diría ella.
—Por fin viene alguien a estas movidas con quien de verdad
quiero hablar —dijo Violet—. ¿Te guardo un sitio?
Aquella tarde la habían terminado paseado por el resto de la
fábrica y se lo habían pasado bien juntas. Mira se había tirado los
últimos años aislada por elección propia, pero todavía se sentía sola.
Era muy triste pasar todo el tiempo libre que tenía con su madre.
Podría ser divertido codearse con alguien de su misma edad.
—Por supuesto. Ahora mismo voy.
Después de que su nueva amiga se marchara, sacó la chuleta de
los invitados a la cena para ver quién faltaba por llegar. Justo
entonces se abrió la puerta principal y se coló una ráfaga de aire frío
nocturno.
—Hola otra vez.
Le dio un vuelco el corazón. Él.
Cuando levantó la mirada, la puerta se estaba cerrando tras el
hombre. Se estaba quitando con los dientes los guantes de cuero
para conducir y no le quitaba el ojo de encima.
Respiró hondo.
—Genial, por fin has llegado. Tenemos un reservado al fondo. Es
por aquí y luego a la derecha.
Él se desprendió de la cara chaqueta de cuero con una elegancia
sensual, casi felina. Debajo iba todo vestido de negro, con una
camisa de vestir abierta por el cuello y unos pantalones ajustados.
Uff… Hasta sin el uniforme estaba como un tren. Su pelo era un
cúmulo de ondas negras que seguro que siempre quedaban bien
haciendo el mínimo esfuerzo. Ella intentó con todas sus fuerzas no
mirarlo a la boca, pero esos labios eran de una belleza pecaminosa.
—Mira… Te llamas así, ¿verdad?
Ella levantó la vista y lo miró a los ojos.
—¿Sí? —dijo con cautela.
Will se colgó la chaqueta del brazo, se metió las manos en los
bolsillos y dejó caer el peso del cuerpo sobre los talones.
—Hoy, en el garaje, me has pillado con una movida entre manos.
No hemos tenido oportunidad de charlar.
—¿Para qué?
Él se acercó un paso más y una sonrisa lenta y perversa se le
dibujó en la cara.
—Para conocernos mejor.
Era devastador. Sí, era agresivo, arrogante y descarado, pero estar
cerca de alguien tan pasional resultaba un tanto excitante. La hacía
sentir… viva. Era una combinación de nervios y emoción que no
había experimentado en mucho tiempo. Y, siendo sincera consigo
misma, no habría sabido decir si se sentía así por su forma de
conducir o por… él, así de simple.
—No me había dado cuenta de que fuera necesario —dijo ella
despacio para tantear el terreno. Parecía que le estaba tirando la
caña, pero a lo mejor solo era su imaginación. Seguro que era así
con todo el mundo. Les pasaba a muchos chicos como él.
Tensó todo el cuerpo y se puso alerta cuando se le acercó un
paso. Bueno, era humana. Poca gente sería capaz de no responder a
la amenazadora presencia de alguien como Will Hawley. Parecía
ocuparlo todo, estaba tremendísimo y cerquísima, incluso podía
apreciar su perfume, y olía bien.
—Escucha —le dijo el piloto en voz baja. Su elegante acento
británico se deslizó sobre ella como chocolate derretido cayendo
sobre helado—. Estas cenas suelen ser un muermazo, pero nunca
duran hasta tarde. ¿Por qué no nos tomamos algo después? Deja
que te dé la bienvenida como te mereces.
Y ahí estaba. Sus instintos no se equivocaban. No le cabía ninguna
duda de que eso de «darle la bienvenida como se merecía»
implicaba muchísimo más que una copa. Se le tensó hasta la última
terminación nerviosa del cuerpo. Una parte de ella quería saber qué
pasaría si decía que sí y, por un breve segundo, se encontró a sí
misma inclinándose sobre él, acercándose más a esa cara tan
preciosa, a ese acento suave como la seda, a ese delicioso aroma…
No.
Esta vez no. Se apartó y consiguió mascullar:
—Tengo mucho trabajo que hacer.
—¿Esta noche? ¿En serio? —Bajó la voz hasta un timbre que la
hizo apretar los puños.
La chica no pretendía mirarle la boca, pero los ojos se le fueron
solos a esos labios, que se curvaban en una sonrisa, y se imaginó
cómo sería…
Dio un paso atrás a toda prisa.
—Será mejor que…, eh…, nos están esperando.
Se dio la vuelta, con la intención de entrar en el restaurante y
alejarse de él, pero entonces sintió… como la mano del piloto se
cerraba con suavidad alrededor de su muñeca.
—Ey, no huyas —murmuró.
Mira sintió que una corriente eléctrica la recorría de la cabeza a los
pies. Era insoportablemente consciente de que él se encontraba a su
espalda. Casi podía sentir el calor de su cuerpo. Se le erizaron los
pelos de la nuca y el escalofrío fue bajando a lo largo de la columna
vertebral, hasta las piernas, como si fuera oro fundido.
Apenas la estaba rozando, habría tardado un segundo en zafarse
de su flojo agarre. Sin embargo, se quedó helada en el sitio por
culpa del calor que irradiaba la palma de su mano y su caricia
eléctrica de sus dedos contra la piel sensible del interior de la
muñeca.
Se sentía como esos conejillos tontos que se quedan paralizados
delante de una serpiente. Salvo que ella no era un roedor estúpido,
ya no, y ningún reptil iba a apresarla.
Sacudió el brazo para liberarse y, como lo hizo con más
brusquedad de la necesaria, perdió el equilibrio. Se tambaleó. Will
también se apartó con las manos levantadas, aunque ella no estaba
segura de si era para alejarse o para sujetarla. ¿Qué más daba?
—Mire, señor Hawley —le espetó, aunque la voz no le salió tan
fuerte como le habría gustado. Se puso la mano contra el pecho
para tranquilizarse—. Estoy segura de que está acostumbrado a que
todas las mujeres que conoce se derritan en un charco a sus pies,
pero eso no va a suceder conmigo. Por muchas copas o cualquier
otra cosa que me ofrezca.
A él se le ensombreció la expresión y abrió la boca para replicar,
pero ella no tenía ningunas ganas de escucharlo. Cada segundo que
pasaba a solas con él era un segundo más de lo recomendado.
—Le están esperando. Más le vale entrar si no quiere llegar tarde.
Sin esperar respuesta, dio media vuelta y caminó hacia el
reservado con paso rápido. Esta vez, no se movió para detenerla. No
era de las que se enfrentaban a los demás y hacerlo la ponía de los
nervios, pero ya estaba hecho. Le había puesto los puntos sobre las
íes a Will Hawley y se cuidaría bien de mantenerse a más un
kilómetro de distancia a partir de ese momento. Lo cual era bueno.
Durante el resto de la noche, se recordaría que era lo mejor.
—¿Va todo bien? —le preguntó Violet a Mira cuando se dejó caer
en el asiento que le había guardado.
—¡Genial! —dijo alegre. Lo último que faltaba era que alguien se
enterara de que el nuevo piloto le estaba tirando los trastos.
Entonces sí que le darían una patada en el culo y la mandarían a Los
Ángeles en un periquete.
Soltó el aire temblando. Se negaba a mirar hacia la puerta, incluso
cuando oyó al piloto entrar en la sala y saludar a los demás. Cuando
su compañera le puso una copa de vino tinto delante, le dio un buen
trago. Vale, había empezado con el pie izquierdo, pero ya lo
arreglaría. Eso es lo que iba a hacer. Bajo ningún concepto iba a
dejar que Will Hawley se le metiera en la cabeza y la distrajera del
trabajo que había venido a hacer.
Will respondió ausente a los saludos amables y educados que los
empleados de Lennox pronunciaban mientras se abría paso en el
reservado hasta su sitio. Había sido el último en llegar.
No despegó los ojos de Mira en ningún momento. La joven estaba
en la otra punta de la mesa, entre Violet y Natalia, la novia del jefe
de equipo, que se inclinó y le comentó algo. ¿Cómo era posible que
la nueva ya conociera a todo el mundo? ¿Abrazaba a Harry,
cuchicheaba con Natalia…? Pero ¿no habían dicho que era su primer
día?
Y lo más importante, ¿qué había pasado en la puerta? Le había
pedido una cita y había sido de todo menos sutil, pero le había
sorprendido la ira con la que lo había rechazado. ¿Qué había hecho
mal? ¿La había ofendido o asustado en algún sentido? Cuantas más
vueltas le daba, peor se sentía. Se suponía que lo de pensar con la
polla formaba parte del pasado. Vale, lo admitía. A lo mejor la
sustituta de Pen era la tía más guapa que se le había cruzado por
delante en meses, pero estaba claro que ella misma se había
declarado coto vetado. Lo pillaba.
Al ir a coger la copa de vino, se acordó de que al día siguiente
volvería al simulador para meterle mano a los datos de hoy. Ayudar
a los ingenieros a averiguar qué había que ajustar antes de Bahrein
era una parte crítica de su trabajo.
No podía permitirse tener los reflejos por debajo del cien por cien
y, últimamente, se ceñía a unas reglas muy estrictas sobre el
consumo de alcohol antes de conducir, aunque el coche fuera virtual.
Deslizó la copa para apartarla y se pasó al agua.
En la cabecera de la mesa, Paul, el jefe de equipo, se puso en pie
para dar un discurso informal de bienvenida, así que Will apartó la
atención de Mira y la puso donde debía estar: en el tío que le
pagaba.
—No voy a enrollarme mucho. Solo quería agradeceros a todos el
duro trabajo que habéis hecho durante las temporadas anteriores,
que es lo que nos ha traído hasta aquí. También quiero daros las
gracias de antemano por el que vais a hacer en esta que acaba de
empezar. A pesar de las restricciones de la FIA, hoy ha sido un día
muy revelador y tenemos mucha fe en el coche de este año. Espero
que al final ganemos otro Mundial de Constructores o quizás incluso
el de pilotos.
»Antes de dejaros cenar, me gustaría darles la bienvenida a los
nuevos fichajes. —Pasó la mirada por la mesa y encontró a Will—.
Como todos sabéis, tenemos la suerte de contar con William Hawley,
que va a pilotar codo con codo junto con Matteo. Estoy seguro de
que esta temporada conseguirá grandes éxitos en nuestro nombre.
Su tono era medio tranquilo, medio amenazador, tal como era
Paul. Podía ser tu mejor amigo, fácil de tratar, agradable, simpático;
pero, cuando estaba en juego Lennox Motorsport, era un dragón.
Con el que no tenías ningunas ganas de cruzarte.
La mesa recibió la presentación del piloto con una ronda de
aplausos entusiasmados que este esperaba ganarse. En frente de él,
Matteo levantó la copa en su dirección.
—In bocca al lupo —dijo.
Will no hablaba italiano, pero reconoció la frase: «En la boca del
lobo». Era su versión de «mucha mierda», pues significaba lo
contrario. Sin embargo, el brillo que tenía Matteo en los ojos le hizo
pensar que a lo mejor sí que le estaba deseando que se metiera en
la boca de un lobo, literalmente.
Era su compañero de equipo, pero también su rival, y ambos lo
sabían. Aunque nunca había ganado un campeonato del mundo, el
italiano se había clasificado unas cuantas veces. Podía alardear de
todas las ocasiones en que había subido al pódium durante los diez
años que llevaba en la cima del deporte, la mayoría de los cuales
había pilotado para Lennox. Era la estrella. Siempre iban a poner sus
necesidades por delante de las de Will, a no ser que este demostrara
que se merecía los recursos y el apoyo.
—Algunos conocéis al otro fichaje desde hace años —continuó
Paul—. Otros la habéis conocido hoy, cuando ha visitado las
instalaciones. Estoy encantado de que mi hija, Miranda Wentworth,
se una a nosotros para sustituir a Penelope esta temporada. Cariño
—dijo, y se detuvo para sonreír a Mira—, bienvenida a bordo.
A este anuncio le siguieron más aplausos, pero Will apenas oía los
vítores. Miranda Wentworth. Mira Wentworth. La hija de Paul. La hija
del jefe de equipo.
«Joder».
«Hostia puta».
Ahora tenía todo el sentido del mundo esa broma interna que Mira
(Miranda) y Violet habían hecho. Se había ofrecido a ayudarla a
entender la Fórmula 1, cuando su padre era prácticamente una
leyenda con patas del deporte. Las dos se habían estado partiendo
el ojal a su costa. Y se lo merecía, vaya que sí.
Luego, como si menospreciar su conocimiento sobre carreras no
hubiera sido suficiente, le había pedido una cita. Su reacción tenía
sentido. Hostia puta, ¿quién cojones se pensaba que era metiéndole
ficha a la hija del jefe de equipo? No había duda de por qué estaba
tan cabreada.
Lo único que el piloto pudo hacer fue componer un gesto educado
mientras toda la mesa brindaba por los nuevos fichajes. Se le fueron
los ojos a la chica que, como si hubiera sentido su mirada, le lanzó
un vistazo rápido. Seguía sonriendo inmutable, pero había algo en
sus ojos y en la forma tan sutil que tuvo de levantar la ceja que le
dijo que era muy consciente de lo que se le estaba pasando a él por
la cabeza. La tía estaba disfrutando del momento. Como una enana,
además, porque acababa de demostrar que era el mayor gilipollas
del reino.
Quería largarse del restaurante y buscar un bar para beber hasta
que se le pasara la vergüenza y se le olvidara de todo lo que había
pasado aquel día. Pero eso no era una posibilidad.
Paul le había dado la oportunidad de pilotar, era la última que
tenía. Si la cagaba, nunca podría volver a aspirar a ganar un
Campeonato del Mundo de F1. Pasaría el resto de su carrera como
en los últimos tres años: dando tumbos de la Indy Car a la Fórmula
E… Donde fuese, pero no como piloto principal en una de las
mejores escuderías del sector.
Le echó un último vistazo a Mira. Las velas que había esparcidas
por toda la mesa le iluminaban el perfil dibujando un contorno
dorado. Le sonreía a su padre, era un gesto más amplio que el que
le había lanzado a él, y en la mejilla tenía un hoyuelo que no había
visto antes. Aquella atracción latente le caldeó un poco más el
pecho.
No. Era la hija del jefe de equipo. Cualquier cosa que implicara a
Miranda Wentworth sería un error. A partir de ese momento, no
volvería a meter la pata. Will Hawley sería un ciudadano modelo y
un piloto de ensueño. Nada podría hacer que volviera a perderlo
todo.
Cuando su padre terminó con las presentaciones, David Weber, el
ingeniero jefe, se puso en pie para hablar sobre el nuevo coche. Mira
se atrevió a lanzarle una mirada a Will. Estaba escuchando el
discurso con un interés más que profesional. No había ni rastro del
tipo seductor y con labia del principio de la noche. Hasta hacía unos
minutos, el tío no tenía ni idea de quién era la chica con la que había
intentado ligar, y era obvio que la noticia lo había dejado tocado,
pues había tardado unos segundos en recomponerse. Pues bien. A lo
mejor eso era lo que le hacía falta para asustarlo de una vez por
todas.
—Está para hacerle un favor, ¿a que sí?
Mira se asustó y miró a Violet.
—¿Qué?
Su compañera entornó los ojos.
—Venga, por favor. Está permitido mirarle, es lo que hace todo el
mundo. Aunque, bueno, no es mi tipo. A mí me gusta que vayan
hechos un despojo y que tengan más traumitas. Pero tengo que
admitir, de manera objetiva, que está para mojar pan.
—Bueno, ¿y cuál es su historia? —Aunque ella ya había
investigado por su cuenta, los de relaciones públicas siempre sabían
sacar los trapos sucios de verdad.
—¿Qué quieres decir?
—Lo he buscado. Los hashtags… hablan por sí solos.
La otra se rio con disimulo.
—Mi favorito es «empotreitor».
—Aparte de eso, parece que la gente piensa que es la persona con
más talento del mundo del motor de su generación… o un desastre
con patas.
—¿No te has planteado que a lo mejor es las dos cosas?
—Venga ya, Violet. Suelta el chisme.
—¿Nunca habías oído hablar de él?
—No he seguido mucho las carreras durante la universidad.
En realidad, era demasiado doloroso verlas desde el exilio. Por
mucha información que hubiera rebuscado sobre Will, esperaba que
su nueva amiga no indagara en sus razones para fisgonear. Su
madre se había gastado una fortuna para que un especialista
limpiara la mayoría de las menciones que había de ella en internet,
pero todavía quedaban cosas. Y la gente no olvida. Seguro que, si
preguntabas por ahí, alguien te acababa contando algún salseo,
fuera cierto o no.
—Pues me alegro de que hayas decidido salir de la cueva. —Violet
se rio—. Venga, vale. Hawley apareció hace tres años como piloto de
Hansbach. Lo ficharon de la cantera de juveniles. Su primer test fue
legendario. La gente se tiró meses hablando solo del chaval, decían
que posiblemente fuera el mejor piloto desde Senna. Pero se las
apañó para cagarla en una sola temporada.
—¿A qué le daba? ¿Drogas, fiestas y chicas?
—Mmm. A lo de meterse mierda no, que yo sepa. Pero lo de las
juergas y las tías ya te digo yo que sí. Ya sabes cómo son estos tíos.
—Sí, lo sé —masculló Mira para sí misma. Vaya si lo sabía.
—Era joven, con mucho talento y famoso.
—Y estúpido.
—Sí. —Violet le dio un sorbo al vino—. El resumen es que fue muy
gilipollas.
—¿Qué pasó en su primera temporada?
—Primera y única. Se estampó en un montón de carreras. En otras
los resultados fueron mediocres. Fue tan desastroso que Hansbach
lo largó a la mitad. Así es como pasó de ser el próximo gran talento
del mundo del motor a un niñato mimado que llegó donde llegó a
golpe de billetazo.
—Es rico —afirmó Mira.
—Por supuesto.
Debería de haberle quedado claro en cuanto abrió la boca. Ese
acento era demasiado relajado para los meros mortales.
Violet asintió.
—Su familia tiene un banco. Pero si Will solo hubiera sido eso, un
criajo ricachón comprando su destino, tu padre no le habría dado
una oportunidad.
Mira se giró hacia su padre. Estaba sentado a la cabecera de la
mesa, charlando con Natalia, se deshacía en sonrisas y le brillaban
los ojos azules. Nadie diría que debajo de esa superficie era puro
acero. Tenía muy poca paciencia para lidiar con gente que resultara
ser una carga para su empresa. Ella lo sabía por experiencia
personal.
—Entonces ¿cómo volvió a la Fórmula 1?
—Ha estado haciendo buenas carreras en la Indy y en la Fórmula
E. Y no ha montado ni un solo escándalo. El año pasado, hacia el
final de la Fórmula E, hizo una carrera fenomenal, de verdad. El
asfalto estaba mojado, con las peores condiciones del mundo para
pilotar. Media parrilla se salió en la primera mitad. Pero ¿Will? Hizo el
carrerón de su vida. No es que ganara, es que le sacó casi treinta
segundos al siguiente coche, a pesar de que casi patinó media
docena de veces. Era difícil pasar por alto lo que había conseguido.
Phillipe se acababa de retirar y había un puesto vacante. Y, desde el
punto de vista de relaciones públicas, no puedo negar que la historia
es oro puro. A todo el mundo le gusta un buen arco de redención.
—Entonces ¿tú crees que ha expiado sus pecados?
Violet se encogió de hombros otra vez.
—Hasta la fecha, lo ha estado haciendo bien, pero no hemos
salido del puto Essex. Aquí no hay muchas tentaciones.
Bueno, eso explicaba por qué se había interesado por ella tan de
repente. Estaba aburrido. Así que Mira decidió hacer todo lo posible
por serlo ella también. Él volvería pronto al centro del vórtice de la
Fórmula 1, y tendría muchas más distracciones atractivas con las
que mantenerse ocupado. No le cabía ninguna duda de que se
olvidaría de ella. Y eso sería lo mejor, se dijo a sí misma con mucha
convicción.
—Esperemos que no se le vaya la pinza.
—Por el bien de todos —convino Violet.
—¿Qué quieres decir?
—Tu padre ha corrido un buen riesgo al traerlo de vuelta a la
Fórmula 1. Si Will vuelve a cagarla en una temporada, Paul tampoco
va a quedar en buen lugar. Sobre todo en este punto de inflexión en
la historia de Lennox.
A lo mejor, los detalles del pasado de Mira en Lennox no eran de
dominio público, pero sí que lo eran los problemas que había tenido
la escudería durante los últimos años. Después de que todo
explotara, hubo unos cuantos años turbulentos y cambios de
personal. Hasta la fecha, la empresa no había empezado a coger el
ritmo de verdad, se estaba esforzando por reclamar el estatus que
tenían antes de que todo se fuera a pique.
Teniendo en cuenta todo lo que arriesgaba Lennox, ni siquiera
podía culpar a su padre por rechazarla la primera vez que lo llamó
para insistir en que le diera el puesto de Pen. Ni la segunda ni la
tercera. Pero aguantó hasta el final, porque ese trabajo era más que
una oportunidad laboral increíble. Era su ocasión de enmendar todo
lo que había estropeado siete años antes, incluida la relación con su
padre.
Volvió a mirar a Will. Estaba inclinado hacia delante. La camisa se
le ceñía a los hombros y los bíceps, y la sonrisa le brillaba bajo la luz
de las velas. Se reía de algo que había dicho Matteo.
—Estoy segura de que papá sabe lo que está haciendo —dijo con
más confianza de la que sentía.
—Esperemos que sí —repuso Violet—. Porque toda la escudería
depende de él.
Lennox se merecía volver por todo lo alto, lo cual significaba que
el encantador don Musculitos que se sentaba al otro lado de la mesa
tenía que portarse bien. Así que daba igual cuánto tonteara y cómo
se sintiera ella al respecto: iba a mantenerse bien lejos de él.

Después de la cena, volvió a casa con su padre y Natalia, que la


había invitado a quedarse en su casa de invitados. Como la
temporada de Fórmula 1 empezaba en menos de tres meses, tenía
más sentido que buscar un sitio donde quedarse sola en el
pueblecito que había cerca de la fábrica de Lennox.
Desde el asiento trasero, miró a su progenitor a través del
retrovisor. Se sentaba tras el volante de su coche personal con la
misma intensidad con la que un día había conducido un monoplaza.
Así había empezado todo. Fue así como conoció a su madre. El
piloto británico y la supermodelo estadounidense tuvieron un
romance turbulento y se casaron, pero, poco después de que naciera
el bebé, se dieron cuenta de que eso era lo único que tenían en
común, una hija.
Había sido una separación amistosa, y se había producido cuando
la niña apenas andaba, así que ahora se llevaban muy bien. Su
madre y la novia de su padre se habían hecho amigas, lo cual tenía
sentido, teniendo en cuenta cuánto se parecían. A pesar de su
exuberante belleza italiana, Natalia no era una mujer florero. Era una
abogada respetada. Y quizás la primera esposa se hiciera famosa por
su físico, pero, cuando se retiró de las pasarelas, se dejó el pellejo
en levantar de la nada su exitosa marca de productos orgánicos de
cuidado facial. Sin duda alguna, ambas tenían mucho en común.
Hubo una época en la que a Mira le molestaba el lugar que
ocupaba Natalia en la vida de su padre, pero siete años antes,
cuando estaba desesperada y necesitaba ayuda, fue ella la que
estuvo ahí en todos los sentidos, así que ahora la adoraba. Además,
le daba en la nariz que su padre había acabado cediendo y le había
dado el puesto de Pen porque ella había insistido.
Como si sintiera que lo estaba mirando, el hombre levantó la vista
hacia el retrovisor y sonrió por un segundo. Tenía cincuenta y tantos,
el pelo canoso y arrugas en la comisura de los ojos, pero exudaba la
misma energía que alguien que tuviera la mitad de años.
—¿Qué tal tu primer día? —preguntó.
La joven se puso roja al acordarse de la escenita que había
montado con Will antes de la cena. Como su padre se enterara, la
metería en un avión de vuelta a Los Ángeles antes de medianoche.
Por suerte, parecía que había espantado al casanova. No se había
vuelto a acercar a ella durante el resto de la noche.
—Ha sido muy… intenso —dijo al fin.
—Es una pena que Pen no esté aquí para echarte una mano con el
traspaso.
—Me pondré al día enseguida, te lo prometo. Ya he empezado a
hacer las gestiones necesarias para los pasaportes y visados.
También he actualizado el calendario online de empleados con todas
las fechas de entrega pertinentes para los documentos, así que todo
el mundo debería haber recibido una notificación por correo esta
tarde y…
—Mira, no dejes que tu padre te asuste —la interrumpió Natalia, y
le tocó el brazo a su pareja—. Estoy segura de que te irá genial.
—Me queda mucho por aprender —admitió ella—. Conozco el
deporte, pero es diferente desde este lado. —Su padre volvió a
mirarla a los ojos a través del espejo y a ella no se le pasó por alto
su expresión de preocupación—. Pero estoy muy emocionada y
agradecida por esta oportunidad. No te defraudaré, papá.
—Mira… —empezó su padre. Luego se detuvo—. Estoy seguro de
que no —zanjó.
Ella tampoco se lo creía del todo, pero se lo demostraría, a él… y a
sí misma.
Aunque la había cagado con Mira la noche anterior, Will estaba
decidido a dejarlo todo a un lado cuando llegó a la fábrica de Lennox
a la mañana siguiente. Tenía reservado el simulador para repasar los
datos de las prácticas del día anterior y su único objetivo debía ser
trabajar para mejorar el rendimiento del coche.
Pero su resolución flaqueó cuando entró en la sala del simulador y
ella estaba ahí esperándolo. Siendo justos, era Paul quien lo
aguardaba y ella estaba ahí por… Bueno, es que era su trabajo. Y él
era su padre. Mira estaba entretenida, tomando notas con esmero
de todo lo que decían el jefe de equipo y David, así que aprovechó
su distracción para darle un repaso. Al fin y al cabo, era humano.
Los pantalones negros y el jersey azul eran igual de recatados que
el vestido gris de la noche anterior, pero eso no le había impedido
encontrarla atractiva, por mucho que le frustrara. Tampoco le
espantaba ese pelo repeinado hacia atrás sin piedad ninguna, lo
único que hacía era que se imaginara cómo le quedaría suelto. Igual
que esos discretos zapatos negros, que hacían que se preguntara si
se pintaba las uñas de los pies; o el jersey azul ceñido, que lo
llevaba a pensar en el sujetador que había debajo y…
—¿Will?
El chico se sobresaltó y se encontró a Paul y a David mirándolo
fijamente. Le dio la sensación de que habían dicho su nombre más
de una vez. Por eso tenía que dejar de obsesionarse por una chica
que no solo lo había rechazado una vez, sino dos, y que encima era
la hija de su jefe.
—¿Ya está preparado?
Sí, por favor, que lo metieran ya en el simulador, donde solo se
centraría en pilotar y se olvidaría de todo lo demás.
—Queremos comprobar una cosa más. ¿Nos das un minuto?
—Por supuesto.
David arrastró al jefe de equipo hasta unos monitores de
cronometraje. Mira echó a andar para seguirlos, pero Will la cogió
del codo. Era hora de romper la tensión.
—Oye, Mira, quiero disculparme. Siento si te hice sentir incómoda.
—No pasa nada —respondió ella enseguida, y se centró de nuevo
en su cuaderno para intentar no mirarlo. La página estaba toda
escrita con su letra, pequeña y precisa, con guiones y encabezados.
Sus apuntes parecían más bien una tesis doctoral. Por si ya le
aterrara poco de por sí.
—No me había dado cuenta de quién eras. Si no, nunca habría…
Ahora sí que lo miró, levantó la cabeza de repente y esos iris
verdes se clavaron en él.
—Ah, entonces ¿solo lo sientes porque mi padre es el jefe?
—No, es que…
—¿Que sería una presa fácil si fuera una becaria que no tiene ni
idea de nada?
—No he dicho que…
—Porque no puedes…
—He dicho que lo siento, ¿vale?
Habló tan fuerte que Paul y David se volvieron para mirarlos. Mira
cerró la boca y examinó nerviosa la sala.
—Tienes razón —continuó él—. Debería haber dado un paso atrás,
independientemente de quién fueras hija. Imagina que es mi castigo
divino que tu padre resulte ser Paul Wentworth.
A Mira le costó contener la sonrisa.
—Menuda cara se te quedó al enterarte.
—Sí, claro. Estoy seguro de que quedé como un idiota cuando me
ofrecí a explicarte cómo funcionaban las carreras. —Se rascó la
nuca.
—Puede que un poquito. —Levantó la mano y separó un poco el
índice y el pulgar, para enfatizar sus palabras.
—Vale, pues sí, quedé como el culo. Encima te pedí que salieras
conmigo y ahora vivo con miedo a tu padre. ¿Estamos en paz?
La chica sonreía con ganas, era la primera sonrisa de verdad que
le dirigía. Incluso los hoyuelos se dignaron a hacer acto de
presencia. Ay, joder, eso iba a ser muy duro.
—De acuerdo, estamos en paz —aceptó ella.
—Vamos a empezar de cero. —Le tendió la mano—. Hola, me
llamo Will Hawley. Bienvenida a Lennox Motorsport.
Mira le estrechó la mano poco convencida. Cálida. Dedos
delicados.
Sintió un cosquilleo agradable cuando sus palmas entraron en
contacto.
«Nop». Vetado.
—Encantada de conocerlo, señor Hawley. Miranda Wentworth. Es
un placer trabajar con usted.
Fue a apartar la mano, pero él la retuvo un segundo más.
—Llámame Will, y tutéame.
Se miraron a los ojos.
—Vale —susurró ella—. Will.
Estaba claro que ahí había saltado una chispa. No se lo estaba
imaginando. Pero tampoco iba a darle alas a esa idea.
Le soltó la mano.
—Más vale que acabe de prepararme.
Se desató las mangas del mono de carreras que llevaba anudadas
a la cintura y empezó a meter los brazos. No se le escapó que ella le
echó un vistazo rápido a la camiseta apretada que le cubría el
pecho. Vale, puede que, al darse cuenta de que ella miraba, lo
hiciera más despacio y flexionara un poco.
Ella carraspeó.
—¿Te pones el mono para el simulador?
Él sonrió.
—Es que aún estamos ajustando las especificaciones del traje.
Hoy voy a probar con otra talla. Es más estrecha.
—¿Más? —respondió Mira.
—¿Preparado, chico? —Paul lo llamó desde el otro lado de la sala
e interrumpió la posibilidad de que siguiera provocando a la
muchacha.
—Sip. Allá vamos.
Se alegraba de que hubieran dejado atrás el fiasco de la noche
anterior. Se veía capaz de ser amigo sin más de una persona tan
guapa como ella. Aquel era el nuevo Will Hawley, un profesional de
la cabeza a los pies.
«Vetada. Está vetada». Se lo repitió como un mantra mientras
subía el par de escalones de metal hacia la plataforma donde se
encontraba un coche incompleto elevado sobre unas patas
hidráulicas. Arriba había un par de técnicos, todavía toqueteando los
monitores envolventes en los que se vería el circuito. Era el
videojuego más inmersivo y caro de la historia.
Se puso los guantes mientras Paul le daba indicaciones:
—Hoy préstale atención a la carga aerodinámica.
—Ayer no era muy buena.
—Lo vimos. David cree que ha averiguado cómo volver a conectar
los conductos de aire traseros para que podamos optimizar el
difusor. Hemos añadido un monkey seat debajo del alerón trasero
para ayudar a conectar el flujo de aire. Deberías notar una gran
diferencia respecto a ayer, incluso con esos ladrillos que llevas en
lugar de neumáticos.
—Vale. ¿Dónde voy a correr?
—Te vamos a poner en Melbourne: es allí donde te instalaremos
los conductos de freno —gritó el hombre bajando por las escaleras.
Ignoró el arrebato de mala leche que le había provocado que se lo
recordara. Haría la primera carrera en el modelo del italiano. A tomar
por culo. Iba a conducir que te cagas. Pilotaría el coche de Matteo
mejor que el propio Matteo.
Omar le tendió el casco y Will bajó la mirada a la sala que se
encontraba a sus pies. Mira seguía ahí, observándolo mientras se
preparaba. Le lanzó otro vistazo rápido a Paul, David y el resto de
los técnicos que se arremolinaban alrededor de la sala. Todo el
mundo estaba ocupado con otras cosas. Así que volvió a mirar a la
chica, sonrió y se llevó dos dedos a la frente a modo de saludo. Ella
se mordió el labio y bajó la vista al cuaderno. Pero estaba sonriendo.
Así que se puso el casco y se encaramó al simulador.
Por lo general, eran las de relaciones públicas quienes se
encargaban de los eventos de prensa. Pero como Simone estaba
hasta arriba de videollamadas, Violet necesitaba que alguien le
echara una mano para gestionar un día de entrevistas a los pilotos
en Londres.
Así fue como Mira acabó en el asiento trasero de un sedán que
conducía un chófer rumbo a Londres, tan temprano que todavía no
habían puesto ni las calles. Aunque, en realidad, no le importaba
pasar el día con su nueva amiga. Durante las primeras semanas que
había pasado en Lennox se había dejado el pellejo, pero cuando se
topaba con su compañera, siempre acaban riéndose un rato.
—Eres una santa —murmuró Mira cuando Violet abrió la puerta
trasera y le tendió un vaso enorme de café para llevar.
Casi se atragantó con la bebida cuando la chica se metió en el
coche.
—¿Qué llevas puesto?
Nunca la había visto con otra cosa que no fueran vaqueros rotos,
camisetas de grupos de rock y chaquetas de cuero, pero aquel día
llevaba una falda de traje negra y el pelo negro peinado hacia atrás
en una coleta baja. Incluso llevaba unos pendientes de diamantes
muy elegantes.
—Es el modelito de los eventos públicos. Al parecer, los medios de
comunicación importantes no confían en ti cuando llevas una
camiseta en la que pone «abajo el patriarcado».
—Estás guapa.
Violet se encogió de hombros como si el traje estuviera lleno de
bichos.
—Parezco la madre de alguien.
Mira dedicó unos segundos a pensarse la siguiente pregunta. No
quería ser cotilla, pero ambas se estaban haciendo amigas. Y las
amigas se hacían preguntas personales, ¿no?
—La verdad… —se atrevió—, no pareces el tipo de persona a la
que le van las relaciones públicas…
A Violet se le escapó una carcajada.
—¿Quieres saber cómo ha acabado una chica como yo en un sitio
como este?
—Más o menos.
Su compañera dudó solo un segundo antes de responder:
—Salía con un chico, era el cantante de un grupo.
—Ahora todo tiene muchísimo más sentido.
—Sí, pero no estaba hecha para ser una groupie, ¿sabes? De esas
que pululaban por el estudio para decirles a los chicos lo brillantes
que son. —Entornó los ojos—. Así que empecé a hacer de relaciones
públicas de la banda casi por accidente, porque me aburría. Iba a
ver a los gerentes del club o a los representantes de páginas web de
música y hablaba con ellos mientras la banda se preparaba. Al final
resultó que se me daba bien.
—¿Y qué pasó con aquel chico?
Violet soltó una risilla irónica y, por primera vez, Mira vio un
destello de algo parecido a la vulnerabilidad en la expresión de su
compañera.
—Me dejó por una de esas groupies idiotas que sí pululaba por el
estudio y le decía lo brillante que era.
—Ay, lo siento.
—No lo hagas. Era todo muy cliché. —Ese destello desapareció tan
rápido como había aparecido y a Mira le dio la sensación de que era
mejor que no metiera el dedo en la llaga—. Sin duda me quedé con
la mejor parte del trato, me sirvió de prácticas. Decidí aprender
algunas técnicas de marketing… y les saqué partido. Respondí a un
anuncio para ser la asistente de Simone y la convencí de que me
contratara. Siempre me ha gustado la Fórmula 1, así que le vine de
perlas. Al final el trabajo es el mismo, solo que con otro tipo de
contactos y menos antros de mala muerte con el suelo pegajoso. Y
sin duda es más fácil tratar con los pilotos que a unos ególatras
aspirantes a estrellas del rock.
Una vez más, parecía que esa puerta volvía a estar cerrada, así
que Mira cambió de tema.
—¿Cuánto se tarda en llegar a Londres?
—Con tráfico, más o menos una hora.
—Creía que no empezábamos hasta las diez. ¿Por qué salimos tan
temprano?
—Porque tenemos que hacer otra parada. No confío en que Will
mueva el culo y vaya solito, así que le dije que nos pasaríamos a
recogerlo y lo llevaríamos.
—Estupendo —masculló Mira
Cada vez que se había cruzado con él durante las últimas
semanas, algo que había sucedido demasiadas veces para su gusto,
seguía sintiendo mariposas en el estómago, por mucho que intentara
aplastarlas. Y ahora se veía obligada a pasar un día entero con él. Se
había puesto nerviosa solo de pensarlo.
El coche se detuvo delante de una pintoresca casa de piedra. No
se la podría describir como cottage por lo grande que era, pero
incluso las paredes estaban desgastadas y tenía un tejado de paja.
Parecía recién sacada de The Holiday.
Mira abrió los ojos como platos mientras se fijaba en los detalles.
—¿Vive aquí?
Si hubiera tenido que adivinarlo, habría dicho que viviría en un
ático nuevo y elegante, en algún sitio con paredes de cristal y
muebles de cromo satinado, todo muy minimalista y masculino.
—Tiene una casa en Londres —respondió Violet, y bostezó—. Creo
que esta es de alquiler. Bueno, sal. Ve a por él.
—¿Yo? ¿Por qué yo?
—Tú eres la domadora. Yo, la de relaciones públicas.
—En la descripción de tu puesto pone literalmente «talento para
domar».
—Tú eres nueva, así que puedo jugar la baza de la antigüedad y
encasquetarte el muerto.
Mira frunció el ceño, pero no discutió. Se bajó del coche, caminó
por el sendero de piedra que llevaba hasta la entrada y llamó al
timbre. Silencio. Volvió a llamar. Y esperó. Más silencio.
Esta vez, levantó el puño y aporreó la madera. No se detuvo hasta
que no escuchó un golpe amortiguado y alguien que maldecía
dentro. La puerta se abrió y dejó ver a un Will muy despeinado y
casi desnudo.
«Ay, no».
Su cuerpo era tan impecable como se lo había imaginado…,
aunque tampoco es que se hubiera pasado mucho tiempo
fantaseando con cómo sería sin ropa. Por lo menos había intentado
no hacerlo con todas sus fuerzas. Sin embargo, la realidad era mejor
que cualquier cosa que se le hubiera ocurrido: unos pectorales bien
marcados se iban estrechando hasta la cintura delgada y las caderas
que, gracias al cielo, estaban tapadas con unos calzoncillos tipo
bóxer. Los músculos formaban una V deliciosa que se perdía al bajar
más y más y más hasta un bulto bastante destacable. El adonis
estaba con una mano apoyada en la cadera y la otra en el marco de
la puerta. Tenía los músculos y los tendones de los brazos
flexionados. Su tren superior era la personificación de la belleza
masculina. La miró entre la maraña de pelo negro, con los ojos
entrecerrados.
A Mira la cabeza le iba a mil por hora: empezó a fantasear con la
idea de pasarle las manos por la mandíbula para sentir la barba
incipiente que la cubría o recorrer esos abdominales para comprobar
si eran tan tersos como parecía. O quizás deslizarle la mano por la
cinturilla de los calzoncillos para ver si el bulto ese era tan grande y
duro como prometía.
—¿Qué cojones haces aquí a estas horas? —dijo él. Hasta ese
gruñido con la voz de recién levantado la ponía cachonda.
Ella volvió a subir por su cuerpo para mirarlo a los ojos y dejar de
pensar guarradas. Tenía que conseguir que se pusiera algo y se
metiera en el coche. Vestido, por supuesto. Esa parte era primordial.
—¿Evento de prensa? ¿En Londres? Violet estaba segura de que
se te habían pegado las sábanas. Y yo le he dicho: «¡Imposible! ¡Will
sabe lo importantes que son estos eventos! Estoy segura de que
llegará a tiempo y estará preparado». —Levantó las cejas para
enfatizar su descontento.
É
Él echó la cabeza hacia atrás y gruñó.
—Joooooooder. Vale, ¿cuál es la dirección?
—No, no. Ni hablar, no nos vamos a ir sin ti, Bella Durmiente. No
vas a llegar a la hora. Venga, ve a vestirte y nos largamos.
—Pero…
—¡Vamos!
Él abrió la boca para replicar, pero se rindió, se dio la vuelta y
empezó a alejarse. Dejó la puerta abierta, así que ella asumió que
era una invitación para entrar. Ya había desaparecido por el pasillo y,
unos segundos después, se oyeron las viejas cañerías de la casa
mientras Will se duchaba. Mira giró la esquina y entró en el salón,
donde la atacó una cegadora explosión de color rosa y tapizados de
flores, desde las cortinas con volantes hasta el sofá revestido. Las
muñecas de ganchillo y las figuritas de porcelana cubrían todas las
superficies horizontales que había disponibles.
—¡Bonita casa! —gritó.
Al fondo del pasillo, oyó el crujido de una puerta que se abría.
—¡No es mía! —le respondió él a voces por encima del ruido del
agua—. Era la única vivienda amueblada que quedaba en este
páramo.
—Es muy tú —contestó ella.
Lo oyó murmurar un juramento antes de que la puerta se cerrara
de un portazo. Ella se aguantó una sonrisa y se volvió hacia donde
supuso que estaría la cocina. Parecía que no la usaba mucho, pero
había dos copas de vino medio vacías sobre la encimera. ¿Dos? Se
acercó un paso y el misterio quedó resuelto cuando la punta del
zapato se le enganchó en un sujetador de encaje rosa que alguien
había tirado al suelo.
«Qué bien. Fiel a tu marca personal, Will».
No era asunto suyo lo que hubiera estado haciendo hasta tarde, al
menos eso se dijo. Aunque un estallido de envidia más que
inapropiado se apoderó de ella al pensar en el ligue anónimo de la
noche anterior. Alguien tenía que hacer realidad esas fantasías que
ella se había estado imaginando. Fuera quien fuera, al menos ya se
había ido. Eso sí que habría sido incómodo.
Will no tenía nada de comida de verdad en la cocina, pero
encontró una cafetera de cápsulas, así que hizo café y lo vertió en
un termo rosa y con flores de la tienda de regalos de la casa museo
Melford Hall. Diez minutos después, Will apareció en la puerta de la
cocina, recién afeitado y vestido con un jersey fino de color negro y
unos vaqueros oscuros. Tenía el pelo mojado, pero se pasó los
dedos por las densas ondas y se lo dejó perfectamente
desordenado. Qué mal repartido estaba el mundo…
—¿En serio? ¿Te das una ducha de diez minutos y sales así?
Menuda injusticia.
Él sonrió de oreja a oreja.
—¿Estás ligando conmigo, Mira? Creía que habíamos decidido que
nuestra relación sería solo profesional.
—Parece que no me necesitas para desplegar tus encantos. —
Señaló el sujetador que había en la esquina, donde lo había
mandado de una patada.
El piloto tuvo el detalle de parecer un tanto avergonzado.
—Es que ella solo… Espera, ¿acabas de decir que soy encantador?
—Se apoyó contra la encimera y dibujó una sonrisilla de engreído.
—Nop. Corta el rollo —dijo ella con brusquedad—. Coge tu café y
vámonos.
Miró el termo rosa y luego a ella.
—¿Esperas que beba de ahí?
—Si no te lo tomas tú, me lo tomo yo —le dijo, y se lo estampó en
el pecho de todos modos—. Venga, vamos. Violet debe de estar
afilando el cuchillo para degollarte.
Cuando llegaron al coche, Violet ya se había colocado en el
asiento delantero con el chófer y les había dejado la parte trasera a
ellos.
—Es todo un detalle que vengas con nosotras, Will —masculló
mientras subían al vehículo—. ¿Estamos todos listos? ¿Sí? Genial,
despertadme cuando lleguemos.
Durante varios minutos, se quedaron callados en silencio mientras
el automóvil avanzaba por el paisaje invernal. La niebla baja envolvía
las colinas. Incluso después de tanto tiempo fuera, a Mira aquello le
resultaba reconfortante y familiar. Apartó los ojos de los campos
para centrarse en su compañero, que la estaba observando. En
cuanto sus ojos se encontraron, él apartó la vista y le dio un trago a
su termo rosa.
—¿Cuál es tu rollo Miranda Wentworth? —le preguntó a bocajarro
—. Ya llevas aquí unas cuantas semanas y he caído en que en
realidad no sé nada de ti.
—No hay rollo —dijo, poniéndose su mejor máscara profesional—.
Soy tan aburrida como parezco.
Él sacudió la cabeza.
—Nop. Te has criado en la Fórmula 1. Eso no es aburrido para
nada.
—Solo en parte —lo corrigió—. Mi madre vive en Los Ángeles.
También me crie allí.
—Obvio.
—¿Qué se supone que significa eso?
Él le lanzó una mirada de hastío.
—Tu acento, querida. Es bastante evidente.
—En realidad, nací en Londres. Tengo doble nacionalidad. Pero sí,
donde más tiempo he pasado ha sido en Los Ángeles. Sabes que el
tuyo también te delata, ¿verdad?
Entonces fue el piloto el que se puso a la defensiva.
—¿Y qué te cuenta?
—¿A qué colegio fuiste? ¿A Eton? ¿O a lo mejor a Winchester o a
Harrow?
El color tiñó sus increíbles pómulos. Aunque ella no habría dicho
que se había sonrojado exactamente. Era más bien que sus
emociones lo habían traicionado y habían reclamado su cara por
unos momentos en contra de su voluntad.
—Harrow —dijo un minuto después—. ¿Cómo…?
—He dicho que donde más años he vivido ha sido en Estados
Unidos, pero no es el único lugar donde he estado.
—Cierto. Has pasado tiempo suficiente con tu padre como para
pillar los acentos de los colegios privados y enamorarte de la
Fórmula 1. Continúa.
—Eso es todo. Me gustan las carreras.
—No te has perdido ni una de las sesiones del simulador.
—Vale —accedió ella—. Me encantan las carreras.
—¿Y?
—¿Y qué?
—¿Qué pasó? Parece que los veteranos de Lennox te conocen de
cuando eras pequeña, pero nadie te ha visto en años. ¿Dónde has
estado metida?
Ella se encogió de hombros como si no importara. Quería ocultar
lo incómoda que se sentía y miró por la ventana.
—En la universidad y luego haciendo las prácticas.
—¿Dónde estudiaste? ¿Y dónde trabajaste?
Madre mía, era un perro con un hueso y no iba a soltarlo.
—UCLA, me licencié en Empresariales, summa cum laude.
Asistente júnior en una empresa de nóminas. ¿Ves? Nada de lo que
merezca la pena hablar.
Aquel puesto administrativo había sido como el purgatorio. Era
una chica organizada y eficiente por naturaleza, así que el trabajo
era fácil, pero, cuando su antiguo jefe le dijo que tenía un gran
futuro por delante en la compañía, le entraron ganas de llorar al
imaginarse que se tiraría treinta años ahí metida. Cuando se enteró
de que Pen se iba una semana después, le pareció que era cosa de
la divina providencia. Estaba desesperada por escapar, y hacerlo
para irse a la Fórmula 1 era un sueño hecho realidad. Pero ¿y si
volver también significaba enfrentarse a la pesadilla? Bueno, todos
los sueños tenían un precio, ¿no?
—¿Y es la primera vez que vienes a Inglaterra desde que eras
pequeña? ¿Por qué? Quiero decir que, si a mí me encantara la
Fórmula 1 y encima mi padre fuera el director de una de las mejores
escuderías, me costaría mucho mantenerme alejado de todo esto.
Los siete años que había pasado en el exilio habían sido
horrorosos. Aunque no iba a compartir con él las razones de su
destierro, daba igual con cuánto ahínco intentara sonsacárselo.
—Sí que lo he echado de menos —respondió serena, en un tono
de voz que no invitaba a hacer más preguntas. Pero, claro, Will no
era una de esas personas que respetan los límites.
—Pues cualquiera lo diría si no has vuelto hasta ahora.
—Oye —lo interpeló ella girándose hacia él—. Cuéntame tú cómo
un niño rico de Harrow acabó en la Fórmula 1. Esa historia sí que
tengo ganas de escucharla.
Él parpadeó y le lanzó una mirada prudente con esos ojos azul
oscuro.
—A muchos críos les gustan las carreras. Pero, por suerte para mí,
yo tenía talento y pude hacer algo al respecto. —Esta vez fue él
quien apartó la vista, se retorció y centró su atención en el soso
paisaje invernal que se deslizaba al otro lado del cristal—. Hasta que
la cagué, claro.
—Eso he oído.
Él resopló.
—Sí, a estas alturas ya lo sabe todo el mundo. Pero que sepas que
ya no soy ese tío.
—Bien, porque mi padre se ha arriesgado muchísimo contigo, así
que me alegra escuchar que no eres un pijo que va a mandar a la
mierda esta oportunidad en cuanto se le presente la ocasión.
Will volvió a mirarla; todo rastro de humor había desaparecido.
—Aprecio lo que está haciendo, que me deje volver así. Nunca le
haría eso a Paul. No sé qué imagen tienes de mí, Mira, pero no soy
tan gilipollas.
Ahora que lo conocía un poco mejor, había dejado de pensar que
fuera un capullo. Puede que sí un poco arrogante, pero no tenía
maldad. Estaba decidido a triunfar, eso era más que obvio. Además,
en ese sentido, lo entendía mejor que nadie.
—Por lo menos nos dan de comer.
Will, que tenía los ojos fijos en el café que estaba removiendo,
levantó la cabeza y vio a Matteo acercarse a la mesa del bufé y
sopesar las opciones.
—No hay comida suficiente para compensar esta mierda —se
quejó Will, y lanzó el palito a la papelera—. Odio estas movidas.
Su compañero tenía treinta años y probablemente iba ya de
camino al ocaso de su carrera deportiva, pero todavía exudaba esa
confianza de estrella del rock. Se encogió de hombros como si nada
y cogió un puñado de uvas de la bandeja de la fruta.
—A mí me da igual.
«A lo mejor es porque a ti solo te han hecho preguntas
inocentes», pensó Will, irritado.
Nunca le habían gustado las ruedas de prensa, pero antes se le
daban bien. Solo tenía que sonreír y ser encantador. Le resultaba
algo instintivo. Esta vez era diferente. Tenía ganas de hablar sobre el
nuevo coche, la estrategia para las carreras, la escudería de
Lennox…, pero los periodistas no querían que Hawley hablara de
eso. Querían que contara lo de su caída en desgracia y su
sorprendente reaparición para completar su arco de redención.
Simone y Violet le habían advertido que esa narrativa del chico malo
que se salva era un caramelo para la prensa, pero, al mismo tiempo,
él se sentía atacado y se ponía a la defensiva. Hasta la pausa,
estuvo respondiendo de manera brusca y sabía que no estaba
quedando tan bien como necesitaba.
—Es que odio las preguntas personales —se quejó.
Matteo lanzó una uva al aire y la atrapó con los dientes. Chulito.
Le dio unas palmaditas en el hombro y sonrió.
—Tú sé positivo y sonríe mucho, ya está —le aconsejó antes de
volver a encaminarse hacia su silla, que se encontraba bajo los
focos.
—Para ti es fácil decirlo —masculló Will para sí mismo.
Las preguntas personales que le hacían a su compañero se
limitaban a consultas educadas sobre esos dos hijos tan adorables
que tenía. Él era el foco maduro de la escudería, el profesional del
que dependían, y así era como lo trataban. El veterano respetado de
Lennox. Will era el comodín, el chico malo impulsivo, la parte
llamativa que usarían para vender sus historias. Daba igual que
pudiera hablar sobre las mejoras tecnológicas del nuevo monoplaza
hasta quedarse sin aire, porque nadie le preguntaba.
Cuando volvió a la silla eléctrica, vio que Violet estaba preparando
al siguiente reportero. Era una mujer muy rubia, llevaba un traje rojo
llamativo y dos dedos de maquillaje.
Detrás de ellas, vio a Mira, que pululaba fuera del resplandor de
los focos que bañaba a los pilotos. Se había puesto a responder
correos en la tablet, pero Will se fijó en que lo miraba más a él que
a la pantalla. Lo cual no era del todo malo. Si estaba interpretando
bien las señales, parecía que se había ablandado un poco con él
después de ese viaje en coche. A lo mejor no era el despojo humano
que ella se había imaginado y sentía la extraña necesidad de
demostrárselo.
Su expresión tuvo que ser un cuadro, pero ella le sonrió de oreja a
oreja, se señaló los labios y vocalizó: «Sonríe». Cierto. Por mucho
que esas entrevistas le tocaran las narices, tenía un trabajo que
hacer. Había muchísimas cosas en juego, tanto para él como para el
equipo. No se podía permitir dejarlos en la estacada. Y no quería
decepcionar a Mira.
Cuando Violet le indicó a la reportera de Glamazon que avanzara,
él dibujó una sonrisa educada.
—Will, te presento a Pippa Hollywell.
Podía con esto. Extendió el brazo para estrecharle la mano y le
ofreció su mejor sonrisa. A la periodista se le iluminaron los ojos.
—Encantada de conocerte. —Ella también le lanzó una sonrisa
coqueta.
Vale, bien, si tontear iba hacer que acabara esa entrevista con una
imagen medio respetable, entonces lo haría. Le dedicó una sonrisilla
íntima.
—Yo también estoy encantado de conocerla, señorita Hollywell.
—Por favor, llámame Pippa.
El piloto volvió a sonreír mientras ella tomaba asiento y cruzaba
sus largas piernas. La falda se le subió hasta la mitad del muslo. No
se movió para bajársela. Así que iban a jugar a eso. Will se recostó
en la silla.
—Vale, Pippa.
—Vamos a empezar, ¿te parece?
—Adelante —aceptó él.
«A por todas».
—Así que has vuelto a la Fórmula 1 después de dos temporadas
en Indy Car y Fórmula E.
«Qué observación tan brillante, Pippa. Nadie se había fijado en
eso hasta ahora, aunque lo ponga en mi página de Wikipedia».
—Correcto —respondió sin inmutarse. Se merecía una puta
medalla por no descojonarse.
—¿Te alegras de haber vuelto?
Era como preguntarle que si le hacía feliz respirar. Nadie en su
sano juicio habría respondido nada que no fuera un sí atronador.
—Estoy encantadísimo.
¿Y lo bien que se estaba comportando?
—Y has regresado con una nueva escudería.
Pero ¿es que esta mujer no iba a dejar de hacer observaciones
brillantes?
—Sí, así es.
—¿Y te gusta?
—Es genial. Creo que Lennox Motorsport es un sitio ideal para mí
como piloto. Nuestros objetivos están alineados, vamos en la misma
dirección. —Esa frase se la había metido Simone a presión en la
cabeza durante las sesiones de práctica para enfrentarse a la prensa.
Era capaz de decirla dormido.
—¿La organización te ha recibido con los brazos abiertos?
Se le fueron los ojos hacia Mira y no pudo evitar clavarle la mirada
cuando respondió:
—Muy abiertos. Todo el mundo en Lennox me ha acogido bien.
Una sonrisita tiró también de las comisuras de los labios de Mira, a
pesar de que estaba luchando contra ello con todas sus fuerzas. La
satisfacción de haber roto ese témpano de hielo lo distrajo tanto que
la siguiente pregunta de Pippa lo tomó completamente
desprevenido.
—¿Crees que les preocupa que vuelvas a desmadrarte a mitad de
temporada como te pasó hace tres años?
—¿Perdona?
La periodista se encogió de hombros, como diciendo: «Ups, yo
tampoco sé de dónde ha salido esa pregunta». Cruzó la otra pierna y
una vez más la falda se le quedó por los muslos. Si se pensaba que
un par de muslos bonitos y la tentación de ver un atisbo de
entrepierna iban a distraerlo, lo había subestimado muchísimo.
Siguió mirándola a la cara sin titubear.
—Bueno, es que hay mucho material del colapso público…
—Yo creo que llamarlo «colapso» es exagerar un poquito las
cosas…
—… que hizo que te despidieran de Hansbach de manera
repentina hace tres años. ¿Dirías que has conseguido domar tus
demonios?
¿Cómo hostias se suponía que iba a responder a eso? Se tomó
unos segundos para procesarlo. Mientras, Pippa se echó el pelo liso
y rubio por encima del hombro y sonrió. También se echó hacia
delante lo suficiente para ofrecerle una buena vista de su clavícula
en caso de que el piloto se inclinara.
No lo hizo. La miró fijamente desde arriba y respondió con los
dientes apretados:
—Creo que mi forma de pilotar habla por mí. Sin duda es lo que
convenció a Paul Wentworth.
Pippa soltó una risilla baja.
—Sí, estaba bastante enamorado de ti, ¿no?
—Estaba impresionado —espetó el entrevistado. Empezó a mover
la rodilla sin darse cuenta.
—Por supuesto que sí —canturreó la reportera—. Lo suficiente
para asumir un riesgo enorme y ficharte.
—Mi jefe de equipo confía en mis capacidades.
—Estoy segura de que así es —dijo la periodista con un pucherito
y una falsa expresión de comprensión—. Pero ¿confía en que vas a
controlar tus tendencias más que autodestructivas?
Will se removió en el asiento.
—Te voy a decir una cosa. Puede que en el pasado tomara algunas
decisiones cuestionables, pero ahora estoy aquí para pilotar.
—Ajá —repuso Pippa, y anotó algo en su cuaderno—. ¿Y también
para pegarte un par de fiestas?
Le tendió una foto, pero él se negó a aceptarla. Ya la había visto y
había reconocido el momento. Era de la Nochevieja anterior. Una
noche. Había salido a tomar algo una puta vez, nada más que una
en todas las semanas que había estado en Lennox. Solo había salido
a tomar unas cervezas con un par de compañeros de la escudería
para brindar por el año nuevo. Solo se tomó una y acabó llevando a
Omar y a Ian a casa, porque ellos sí se habían pillado un buen
pedal. En un momento de la noche, un par de forofas de las
carreras, borrachas, lo reconocieron. Le suplicaron que se hiciera
una foto con ellas. ¿Cómo iba a decirles que no? Se sorprendió un
poco cuando una de ellas se le encaramó al regazo. Quizás se asustó
un poco cuando la otra le dio un beso en la mejilla y levantó el móvil
para encuadrarlos a los tres. Le dieron las gracias entre risotadas y
se largaron a otro bar dando trompicones. No fue nada memorable.
Pero salía en la imagen, con los ojos entrecerrados por culpa del
flash. Parecía que iba puesto, con una chica sentada en el regazo y
la otra abrazándolo por el cuello y besándolo en la mejilla. Tenía una
pinta malísima, como en esas fotos que tres años antes le habían
sacado los paparazzis que salían como setas cada vez que ponía un
pie fuera de casa.
—¿Cómo hostias has…?
—Vale, ¡se nos ha acabado el tiempo! —gritó Violet todo lo que
pudo con un tono cantarín forzado, y se interpuso entre el piloto y la
periodista. Al darse la vuelta, le dio a Pippa en la mano con la
cadera, así que la foto se le cayó al suelo—. Ups, ya te la recojo yo.
Agarró el papel antes de que Pippa intentara recuperarlo y lo hizo
desaparecer; se lo había guardado en el bolsillo, en la carpeta o en
alguna parte. La reportera frunció el ceño.
—Si pudiera…
—Hoy vamos justísimos de tiempo. Seguro que lo comprendes. —
Violet le deslizó la mano por el brazo y la levantó de la silla sin
muchas ceremonias.
El piloto no se quedó para oír el resto de las protestas que Pippa
soltaba mientras su compañera se la llevaba a rastras. Se levantó de
la silla, se arrancó el micrófono y salió del estudio como un vendaval
en dirección contraria, hacia los vestuarios.
Cuando llegó, cerró de un portazo.
—¡Joder! Me cago en mi estampa siete veces.
Su voz rebotó en las paredes de la pequeña sala y resonó en el
silencio. Esa arpía solo había necesitado dos minutos para echar por
tierra todo lo que había estado reparando durante tres años. Se
sentía como si acabaran de despedirlo de Hansbach, como si tuviera
veintidós años, estuviera puesto hasta las cejas y fuera un puto
paria.
—¿Will?
—¿Es que nadie puede dejarme en paz un puto segundo?
Se dio la vuelta y se encontró a Mira plantada en la puerta del
camerino.
Mira cerró la puerta con cuidado y se apoyó contra ella. El piloto
caminaba de un lado a otro del diminuto camerino, como si fuera un
animal enjaulado, y se tiraba del pelo con los puños.
—¡Joder! —rugió de nuevo, y le dio un manotazo a la silla, que se
estrelló contra el tocador.
—Will, tienes que bajar la voz —le dijo ella con calma—. Te oyen
desde fuera.
—¡Eso ha sido una puta mierda! —gritó él señalando con el índice
hacia el estudio. Tenía los ojos desorbitados y la mandíbula tensa de
la rabia—. Fue en Nochevieja. Me tomé una puta cerveza y esas
crías me pidieron que me hiciera una foto con ellas. Antes de que
me diera cuenta de lo que estaba ocurriendo…
—No pasa nada.
—… que tampoco es que me pimplara una botella de whisky
entera…
—Lo sé.
—… y desde entonces es que no he bebido más que una puta
copa de vino.
—Will, que no pasa nada. Yo solo quería asegurarme de que
estabas bien.
Y así, sin más, la rabia pareció abandonarlo. Se quedó serio y se
desplomó sobre el tocador del vestuario.
Se tapó la cara con las manos.
—¿Bien? —masculló—. En dos minutos, una periodista de tres al
cuarto me ha dejado como el despojo de mierda que siempre he
sido. Como si los últimos tres años no hubieran existido.
Mira sintió una punzada de empatía. Ella también sabía de buena
tinta lo que es sentirse una mierda pinchada en un palo.
—Lo siento.
Él levantó la cabeza, parecía cansado y derrotadísimo.
—Es que ni siquiera importa. Que se vaya a tomar por culo, ya ves
tú. Están todos desesperados por dejarme como el niñato inmaduro
que era hace tres años. Porque a veces es difícil seguir con tu vida
después de ciertas cosas, da igual cuánto lo intentes. Y la tal Pippa
de los cojones se piensa que soy un chiste con patas. Igual que
todos. La prensa, el mundillo de las carreras, tú.
—Oye —lo increpó.
A lo mejor era porque había bajado la guardia después de la
cantidad de tiempo que habían pasado juntos ese día, o quizás era
por ver lo duro que era consigo mismo, pero se veía incapaz de
mantener las distancias con él cuando se encontraba así. Así que se
acercó y le puso las manos en los hombros.
—Escúchame. Hay muchísima gente que cree en ti. No estarías
aquí si no confiaran en ti.
Will resopló, así que ella continuó:
—Todos los que te vieron pilotar en la Fórmula E la temporada
pasada saben que tienes lo que hay que tener. Todas las personas
de esta escudería. Mi padre. Yo.
Al final, levantó la cabeza para mirarla.
—¿Tú? —dijo con una risa corta y sin alegría—. ¿Ahora tu trabajo
consiste en mentir?
Ella lo zarandeó un poco por los hombros, al menos todo lo que le
permitía ese cuerpo tallado en piedra.
—En serio, tú escúchame. He estado en todas las sesiones que
has hecho en el simulador. Estás esforzándote más que nadie. Y eres
el que más talento tiene.
Él soltó un largo suspiro, miraba al vacío como si intentara creerse
todo lo que le estaba diciendo.
—No te desmorones por esa tía —insistió Mira en voz baja.
Will se quedó callado, sin despegar los ojos de ella. Y ahí fue
cuando se dio cuenta de que todavía lo tenía agarrado por los
hombros y de que estaba casi entre sus piernas abiertas. Y de que él
había encontrado el camino hasta sus caderas y se las estaba
acariciando. Y de que entre ellos había menos de un palmo de
distancia. Por la expresión de él, también era consciente de la
posición en que se encontraban.
De repente, le dolía ser consciente de hasta el más mínimo detalle
de los rasgos del chico que tenía delante. Sus ojos azul oscuro, un
tanto sombríos bajo esas pobladas cejas negras. Las pestañas, que
parecían tener las puntas ámbar bajo el brillo difuso de las luces del
espejo que estaba a su espalda. Los altos pómulos que descendían
hasta la línea de la mandíbula.
Sus dedos tensos en las caderas de ella, cuyo cuerpo respondía
sin tener en cuenta las órdenes del cerebro. De algún modo, Mira se
había acercado más a él, quedando entre sus muslos. También se
dio cuenta de que le había clavado los dedos para agarrarlo mejor
de los hombros. Se le secó la garganta y se le paró el corazón al ser
consciente de su cercanía y la intensidad fiera de su mirada. Y
también se le tensaron unas partes mucho más bajas. Se pasó la
lengua por los labios. La mirada del chico bajó de sus ojos a la boca,
antes de volver a subir.
Y entonces el rostro de Will empezó a acercarse, sin dejar de
mirarla en ningún momento, ni siquiera cuando ladeó la cabeza, ni
siquiera cuando la ladeó ella. Iba a besarla. Mira era muy consciente
de ello y, a pesar de todo, era incapaz de hacer nada para detenerlo.
Él soltó el aire y le acarició la boca con su cálido aliento. Empezó a
deslizar la mano por su cuerpo, subiendo por la espalda, y le rodeó
la nuca para mantenerla en el sitio mientras él…
—Vale, arreglado —soltó Violet a bocajarro cuando irrumpió en la
estancia. Tenía los ojos clavados en la tablet, así que no se enteró
de que aquellos dos se habían alejado el uno de la otra como si
quemaran.
—He tenido una charlita con el productor de la tal Pippa… —
continuó mientras Mira respiraba hondo para despejar la niebla que
se había apoderado de su cerebro. ¿Qué coño acababa de pasar? O
casi acaba de pasar—. Le he hecho saber que, si esa tía insistía en
publicar esa patraña sobre el chaval juerguista, le íbamos a restringir
a la cadena el acceso a los eventos de Lennox que se hagan a
puerta cerrada. Yo creo que ha elegido la opción correcta.
Por fin levantó la cabeza y los miró, pasando la vista del uno al
otro.
—¿Va todo bien?
¿Bien? ¿Cómo que bien? Casi se habían comido la boca. Ella a él y
viceversa. Les había faltado un pelo para morrearse.
Intercambiaron una mirada, pero al ver a Will, nadie habría dicho
que treinta segundos antes sus labios habían estado a escasos
centímetros de los de ella. El piloto soltó el aire y se pasó una mano
por la cara.
—No pasa nada, Violet. Que digan lo que quieran. No puedo
impedírselo.
Mira seguía con el corazón desbocado, pero él parecía estar a sus
anchas.
Violet, con las manos en las caderas, lo miró.
—No, tú no, pero yo sí —le dijo—. Al menos tengo que intentarlo.
Es mi trabajo.
Él le lanzó una sonrisa débil.
—Te lo agradezco muchísimo.
—De nada —dijo ella con un tono demasiado empalagoso—.
Bueno, ¿hemos acabado aquí?
—Sí, por favor —le rogó él—. Larguémonos.
Por fin, Mira recuperó la voz y le sorprendió oírse hablar con
normalidad.
—No podemos irnos. Todavía quedan entrevistas.
Su compañera miró la tablet.
—Seis, para ser exactos.
—Violet… —Will parecía atormentado.
—Oye, ¿así es como me das las gracias por haberte salvado el
culo? Sal ahí fuera y compórtate.
—De acuerdo —gruñó él.
—Y sonríe —insistió ella, luego se giró y salió hacia el estudio de
sonido—. A las chicas les encanta cuando lo haces.
Mira recogió la poca cordura que le quedaba y empezó a seguir a
Violet para salir de la habitación. Oyó al piloto suspirar a su espalda,
pero ni siquiera se dio la vuelta para mirarlo.
Estaba molesto, solo era eso. La había tenido delante cuando se
encontraba en un momento vulnerable y él… Bueno, ellos… Bueno,
casi había pasado algo que no debería pasar. Pero lo importante era
que no había ocurrido. Así que podrían seguir con su vida como si
nada. Un desliz que apenas había durado treinta segundos tampoco
era el fin del mundo. Pronto se pondrían en marcha para recorrer los
circuitos, y seguro que Will pasaría de todo, incluida ella. A lo mejor
para entonces incluso Mira descubría cómo olvidarse de él.
Cuando acabaron las entrevistas, Violet y Will decidieron que
deberían cenar antes de volver a Chilton. Hacía años que la
estadounidense no pisaba Londres, así que dejó que eligieran ellos
el restaurante. Se enzarzaron en un debate acalorado que se zanjó
cuando el piloto dijo que pagaba él y, por lo tanto, también elegía él.
Acabaron en una pequeña brasserie que no estaba muy lejos del
estudio de televisión.
—Es muy acogedora —comentó Mira cuando les dieron mesa.
La iluminación principal provenía de las velas que había sobre las
mesas. Las paredes estaban cubiertas con una ecléctica selección de
cuadros y fotos antiguos, con marcos dorados desiguales. Sobre la
pequeña barra del fondo, había una pizarra donde se exhibían los
platos del día. Una camarera con el pelo corto y un piercing en la
nariz les dejó los menús mientras iba a atender a otros clientes. Era
raro imaginarse que ese local era uno de los restaurantes favoritos
de Will, pero, una vez más, el tío no hacía más que sorprenderla.
—No está lejos de mi casa. La comida es buena —dijo este por
toda explicación mientras se encogía de hombros.
—¿Dónde vives? —preguntó Mira, convenciéndose de que solo
estaba manteniendo una conversación educada. En realidad, se
moría de curiosidad por saber algo de su vida fuera de Lennox.
—Hackney, está al norte. La compré… —Dudó—. Hace tres años.
Cuando firmé el contrato con Hansbach.
—Ya veo —se burló Violet—. Es la ostentosa guarida donde haces
tus cosas perversas de piloto de Fórmula 1.
Él le lanzó una mirada asesina.
—En realidad, es muy sencilla. Solo es un piso que está en una
antigua fábrica.
Vale, no era la Estrella de la Muerte que ella se había imaginado.
—¿Qué nos recomiendas pedir? —preguntó Violet antes de que
Mira hubiese podido satisfacer su curiosidad sobre el piso de Will.
Él suspiró.
—Hacen una pasta maravillosa, pero el entrenador me arrancará
la cabeza si me la pido, así que disfrutadla por mí, por favor. Por lo
menos podré olerla.
—Suena bien —respondió Mira.
Violet seguía examinando el menú cuando le vibró el móvil. Miró la
pantalla y frunció el ceño.
—Pedidme una boloñesa y una copa enorme de vino tinto. Tengo
que responder.
Entonces se levantó del asiento y fue hasta la entrada. Podían
verla en la acera mientras hablaba por teléfono, parecía más
cabreada de lo normal.
—Me pregunto qué estará pasando.
—Estoy convencido de que es una asesina secreta de élite —dijo
el piloto.
—Tengo que reconocer que le pegaría muchísimo.
La camarera regresó para tomarles nota. Mira pidió lo suyo y lo de
Violet, y él se decantó, no con poca tristeza, por el salmón al vapor,
sin salsa. Ahora que lo había visto prácticamente en todo su
esplendor, le resultaba complicado imaginarse que el tío pudiera
ponerse más mazado, pero la presión de estar en plena forma era la
misma para los pilotos que para cualquier otro deportista de élite,
sobre todo cuando el principio de la temporada estaba a la vuelta de
la esquina.
Cuando la camarera les dejó las bebidas —vino para las chicas y
agua con gas para él—, Mira volvió a observar a su compañera, que
seguía fuera hablando por teléfono. No iba a recibir ninguna ayuda
por esa parte. Iba a tener que apañárselas solita para sacarle
conversación a Will. Aunque tampoco es que fuera complicado.
Resultaba muy fácil hablar con él, por sorprendente que pudiera
parecer. Intentaba olvidarse del aire enrarecido que notaba desde lo
que había ocurrido por la tarde, aunque él parecía estar bien. A lo
mejor es que para Will no era para tanto. Seguro que iba por ahí
besando a cualquier tía a todas horas y luego no volvía a pensar en
ello. Lo más probable era que ya se hubiera olvidado de lo que había
pasado. Ojalá pudiera borrarlo ella también.
—¿Crees que de verdad ha conseguido cargarse la historia de la
tal Pippa? —le preguntó él de repente. Tenía fruncidas las cejas
oscuras, lo que le ensombrecía los ojos. La incertidumbre del piloto
hizo mella en la joven, igual que había pasado unas horas antes. Le
entraban ganas de protegerlo, lo cual era absurdo. Will Hawley no
necesitaba que ella lo defendiera.
—¿Sigues dándole vueltas a eso? No te preocupes. Es solo un
cotilleo de mierda.
—Es que… —Se rascó la nuca.
—¿Qué?
—Que… a veces es agotador. Intentar seguir adelante y dejar esa
mierda atrás. Intentar demostrarle a todo el mundo que ya no soy
esa persona.
—¿Me lo dices o me lo cuentas? —suspiró ella antes de que
pudiera darse cuenta. Las palabras del piloto le habían calado
hondo.
Él la miró.
—Me cuesta imaginar que hayas hecho algo de lo que te
arrepientas, Mira. Eres demasiado… cuidadosa.
Casi le respondió que no tenía ni idea de a qué se refería, pero se
tragó las palabras en el último segundo. Aunque ya daba igual, pues
su silencio pareció alertar a Will de que había tocado una fibra
sensible.
—¿En serio? —El piloto se enderezó en la silla y se inclinó hacia
delante con los codos apoyados en la mesa. Era demasiado diminuta
y estaban demasiado cerca—. Sí que tienes un secreto. Cuéntamelo.
Ella se echó para atrás y se cruzó de brazos.
—No hay nada que contar.
—Mírate, pero si te has cerrado como una almeja. ¿Pretendes que
me lo crea?
Justo en ese momento, llegó la camarera con sus pedidos. La
chica esperaba que la comida fuera suficiente para distraerle, pero,
cuando levantó la vista, él seguía observándola desde el otro lado de
la mesa.
—¿Esa cosa de la que tanto te arrepientes tiene algo que ver con
que hayas estado desaparecida todos estos años?
Dios, de todas las personas del mundo, ¿tenía que ser
precisamente Will Hawley así de perspicaz? Ella echó un vistazo
hacia la puerta, estaba desesperada por que Violet volviera, pero
seguía fuera, caminando de un lado a otro de la acera, con el
teléfono pegado a la oreja.
—Eso no importa. De todos modos, ya es agua pasada.
Se llevó la pasta a la boca. Era excelente, como le había
prometido.
—No puede ser agua pasada si aún te reconcome. —Hablaba con
una voz baja e íntima. La sensación que transmitía era de que
estaban solos en el suave círculo dorado que desprendía la luz de la
vela que titilaba entre ellos. Quizás por eso había abierto el baúl de
los recuerdos, aunque solo hubiera sido un resquicio, y había dejado
que una parte se le escapara.
Mira giró la copa de vino antes de darle un trago.
—Cometí un error muy estúpido cuando era joven.
—Bueno, entonces estás en buena compañía, porque resulta que
soy un profesional de tomar decisiones estúpidas. Hubo una época
en la que podría haber ostentado el título de campeón del mundo.
A pesar del pavor que le daba hablar de su pasado, eso la hizo
reír.
—Estoy segura de que en algún punto de mi vida habríamos
estado los dos compitiendo por el primer premio.
—¿Mataste a un hombre solo para ver cómo moría? ¿O le vendiste
armas ilegales a un régimen fascista?
—¡¿Cómo lo sabes?! —exclamó ella con una mueca de sorpresa—.
No, no murió nadie. Es solo que… —Cerró los ojos y respiró hondo
—. La última vez que estuve en Lennox tenía dieciséis años, hacía el
circuito con mi padre.
El piloto asintió.
—Teniendo en cuenta de quién eres hija, me imaginaba que
habrías pasado mucho tiempo en el paddock.
—Sí. Lo que significaba que conocía las normas. Pero en cualquier
caso… era una adolescente atolondrada que se creía que lo sabía
todo.
—Oh, oh. Suena a que el universo te dio una lección.
—El universo no, un tío.
A Will se le iluminaron los ojos por el interés.
—Ah. Es una historia de amor.
Mira bufó del asco.
—No lo es.
—¿No? —Él levantó las cejas.
—Me junté con quien no debía. Me iba a hurtadillas y le mentía a
un montón de gente para salirme con la mía. Engañé a mi padre. La
cosa acabó mal, fatal, como ya habrás adivinado, y todo el mundo
se enteró. Decepcioné a mucha gente y me explotó en la cara. Y lo
que es aún peor, mi padre y la escudería pagaron las consecuencias.
—¿Qué?
Ella sacudió la cabeza.
—No quiero hablar de eso. Lo que importa es que metí la pata
hasta el fondo con mi padre. Y ahora tengo que compensarlo. Nunca
volveré a hacer nada que lo ponga de nuevo en una posición
comprometida.
—Oye. —Will extendió el brazo por encima de la mesa y puso la
mano encima de la suya, que se quedó helada, con los ojos clavados
en esos dedos largos y elegantes, doblados sobre los suyos sin
apretar, e intentó no pensar en el calor que le había recorrido hasta
el último rincón del cuerpo. Pero tan rápido como la había tocado, se
apartó—. Eras una cría. Todos cometemos errores cuando somos
adolescentes.
Mira parpadeó. Seguía mirando fijamente el punto donde unos
segundos antes había sentido su piel. Después de ese primer
desengaño amoroso, había habido otros chicos, pero ninguno de
ellos había conseguido encenderla con un roce casual como había
hecho Will instantes atrás. Había perdido del todo el hilo de la
conversación. Pero ahí estaba él, al otro lado de la mesa, tan guapo
e imperturbable como siempre. Tuvo que recordarse a sí misma que
era bastante obvio que a él no se le aceleraba el pulso con cada
mirada y roce que le dedicara, como sí le ocurría a ella. Más le valía
grabárselo a fuego antes de ponerse en ridículo.
—Sabía lo que hacía —confesó la joven al fin. Sonrió con ironía—.
O al menos creía que lo sabía.
—¿Y desde entonces te machacas?
—He aprendido de ello, es diferente.
—Ah… Ahora está todo claro.
—¿El qué?
Él la señaló con el tenedor.
—Que vayas de estirada.
—¿Qué? Yo no…
Will se inclinó hacia delante, como si fuera a contarle un secreto.
—Porque no te pega. Me da la sensación de que eres algo más
que la friki que hace esas listas tan bien organizadas. Por cierto,
¿dónde aprendiste a escribir así? Eso no es normal, Mira.
—No es… Mis listas no… Mi caligrafía no es…
—A veces, los errores nos hacen mejores. Yo soy mejor piloto
después de los errores que cometí el primer año.
Mira pinchó un rigatoni con más fuerza de la necesaria.
—Te propongo una cosa, vamos a hacer un trato: tú haces las
cosas a tu modo, y yo, al mío. Mientras ese método tuyo no ponga
en peligro a Lennox, yo no te molestaré.
El piloto se puso serio en cuestión de segundos.
—Nunca haría nada que pusiera en peligro la escudería. Espero
que lo sepas. Me he dejado el culo para volver.
Ella bajó la vista al plato y jugueteó con el tenedor.
—Lo sé.
—Supongo que tú también te has esforzado mucho para regresar,
¿a que sí?
—Es lo único que quiero —asintió.
—¿De verdad? —preguntó él. Se inclinó hacia delante y la golpeó
de nuevo con esa sonrisa perversa e irresistible; debería estar
prohibida—. ¿Es lo único que quieres?
Mira volvió a sentir el revoloteo de las mariposas en el estómago.
Tener la atención de ese chico era una droga potente y la iba a
echar de menos cuando inevitablemente se fijara en otras opciones
más atractivas y disponibles. Porque, por mucho que le apeteciera
darle alas a un sentimiento que no había experimentado en
muchísimo tiempo, no podía hacerlo sin más.
—Eres incansable —murmuró la chica.
—No tienes ni idea —dijo él con una voz baja y ronca que la
obligó a apretar los muslos—. Y, oye, ha funcionado.
—¿A qué te refieres?
—Has salido conmigo.
—Esto no cuenta.
Will miró a su alrededor fingiendo confusión.
—Estamos en un restaurante. Hay vino y velas. Estoy bastante
seguro de que sí que cuenta.
—Da igual. Ya sabes lo que quiero decir.
Al chico se le escapó una carcajada.
—Lo sé, soy consciente. Pero ¿Mira?
—¿Sí?
Volvió a echarse hacia delante, así que ella lo imitó. Se quedaron
con las caras a unos pocos centímetros y ella tuvo que esforzarse
por mirarlo a los ojos, no a los labios. Entonces él habló en voz baja:
—Solo quiero que sepas… que, si alguna vez quieres terminar lo
del beso, soy todo tuyo.
Se quedó helada, tenía el corazón acelerado y sentía que el calor
se apoderaba de todo su cuerpo. Así que él también lo había
sentido… En la expresión del joven no había ni un atisbo de humor y
el calor de su mirada penetrante le dijo que hablaba completamente
en serio. Ella abrió la boca para responder, aunque no tenía ni idea
de qué iba a decir…, de qué debería decir…, de qué quería decir.
Porque lo deseaba, no podía negar lo evidente. Pero es que no podía
estar con él.
—Eh…
—Por favor, decidme que este es mi vino.
Violet se dejó caer en su silla con pesadez, agarró la copa y le dio
un buen trago.
Mira se echó para atrás en el asiento.
—Ajá. —Se detuvo para aclararse la garganta—. ¿Va todo bien?
—¿El qué?
—¿La llamada?
Su amiga sacudió la cabeza.
—Nada. Espectros que me acechan. Qué te voy a contar a ti.
Ay, sí, a ella se lo iba a decir. Sus propios fantasmas eran solo el
recordatorio de que tenía que mantener la cabeza sobre los
hombros. Había estado bailando al borde de un precipicio con Will,
pero se negaba a permitir que la arrastrara al abismo.
Un año dedicado al diseño aerodinámico y mecánico, meses de
planificación, miles de trabajadores echando cientos de horas, y todo
se reducía a la prueba de Bahrein una semana antes del Gran
Premio que llevaba el mismo nombre. Por fin los planes y los
desarrollos de alto secreto salían a la luz.
No habría ganadores oficiales después de esos tres días en la
pista. El objetivo era probar los coches, verificar que eran seguros y
generar telemetría para los equipos de desarrollo de las fábricas;
que pudieran comprobar si los modelos que habían diseñado en los
ordenadores y en los túneles de viento funcionaban como habían
predicho. Sin embargo, de manera extraoficial, se podían pronosticar
muchas cosas en las pruebas. Pronto quedaría claro qué escuderías
tenían los monoplazas y los pilotos que iban a ganar la temporada y
a cuáles les iba a costar seguirles el ritmo.
Por si eso no fuera presión suficiente, faltaba solo una semana
para la primera carrera oficial. Si hubiera algún problema con el
coche, solo tendrían seis días para arreglarlo antes de volver a la
pista para la clasificación.
Paul Wentworth, que se encargaba de gestionar toda la logística,
estaba de los nervios. No era de extrañar, pero nadie lo diría al verlo.
Era la personificación de la calma en medio del caos. Su hija corría a
su lado bajo el sol cegador de camino al garaje.
—Mira, ¿puedes hablar con David para comprobar si llegan los
datos a la fábrica?
—Ya lo he hecho. El vídeo funciona y todos los departamentos han
confirmado que reciben la telemetría.
—¿Y puedes asegurarte de que Ravinder está conectado a la
radio? Quiero que escuche.
—Está en la oficina recibiendo la emisión y tomando notas. Subiré
las grabaciones al servidor después de la sesión.
—¿Y David ha enviado los números actualizados…?
—Ya está programado en el ordenador de a bordo.
El hombre la miró por un segundo sin dejar de caminar a paso
ligero.
—Bien hecho, Mira.
A ella le hubiera gustado regodearse en su felicitación, pero no
había tiempo. Cuando llegaron al garaje, Matteo ya estaba en el
coche, casi era la hora de empezar. Omar le tendió al italiano su
volante y lo observó mientras lo ponía en su sitio y comprobaba las
funciones. Cuando Tae, el ingeniero de carrera, dio el visto bueno,
Omar levantó los pulgares y el piloto arrancó el motor. El rugido era
descomunal. Mira lo sentía en el suelo, bajo los pies, aunque se
encontraba a varios metros de distancia. A pesar de los nervios de la
prueba, no pudo evitar emocionarse como si fuera la noche antes de
Navidad. Ya casi estaba.
Entonces los mecánicos que rodeaban el monoplaza se apartaron
y Matteo se dirigió hacia la pista. Paul se plantó delante de la
estación de trabajo de los ingenieros, con los auriculares puestos, los
pies separados, una mano debajo de la barbilla y otro brazo por
delante del pecho. Su tranquilidad externa era un farol. Irradiaba
energía acumulada e intensidad por los cuatro costados y no se
perdía ni un detalle de lo que ocurría con esa mirada de acero.
A su hija, de pequeña, le parecía un ser todopoderoso. No era
para nada uno de esos padres cariñosos y afectuosos que se
sentaban a su niña en el regazo y le leían cuentos para dormir. Ese
no era el estilo de Paul Wentworth. No estableció un vínculo genuino
hasta que la chiquilla no fue ya mayor y empezó a pasar los veranos
con él de viaje, pero aun así sus interacciones se centraban en el
deporte que Mira había acabado amando tanto como él. Había sido
ella misma quien se había cargado su complicidad y, desde
entonces, habían estado distanciados. Ahora que volvía a estar con
él en el circuito, la relación estaba sanando, aunque estaba segura
de que estarían más unidos si daba lo mejor de sí en el trabajo.
La primera vuelta de Matteo fue de instalación, mientras los
ingenieros del circuito y de la fábrica analizaban los cientos de datos
telemétricos en tiempo real para buscar cualquier anomalía. Volvió a
boxes y apagó el motor para comprobar los sistemas. Cuando el
equipo estuvo más que satisfecho y constató que todo estaba bien
atornillado, los mecánicos repostaron combustible para hacer un
stint de veinte vueltas y el italiano volvió a arrancar el coche.
—Vamos a adelantar en esta vuelta —dijo Paul por radio mientras
el piloto se acercaba al primer tramo de curvas.
—Nunca es lo bastante agresivo en las curvas —masculló Mira
para sí misma.
Su padre tapo el micrófono de los auriculares y murmuró:
—Por eso mismo se lo digo.
La miró por encima del hombro y le guiñó un ojo, y ella tuvo que
taparse la boca para ahogar la risa.
Todos contuvieron la respiración mientras Matteo tomaba la curva,
los neumáticos apenas se aferraban al asfalto. Cuando ya estaba
saliendo del tramo y tomaba la recta, Mira casi se mareó.
La telemetría empezó a aparecer en los monitores y ella respiró de
alivio y felicidad. Hasta el momento, los números eran buenos. En
realidad, a pesar de todos los diseños y cálculos que los ingenieros
hacían en papel y en ordenador, a pesar de los miles de horas de
fabricar y probar las piezas, a pesar de los cientos de horas en los
túneles de viento y en los simuladores, la escudería no sabía lo que
tenía entre manos hasta que no lo ensamblaban todo y lo sacaban a
la pista. El italiano tendría que dar muchas más vueltas y generar
muchos más datos antes de encontrarle el truco a todos los
entresijos del coche, pero, en ese momento, parecía prometer
mucho.
La joven le tocó el hombro a su padre y le tendió una botella de
agua.
Él se quitó los auriculares, dibujó la que debía de ser su primera
sonrisa del día y la aceptó.
—Natalia te estará agradecida, Mira. Dice que siempre me olvido
de hidratarme.
—Porque es cierto. Papá, esto es fenomenal.
Paul volvió a mirar los monitores, las imágenes de Matteo sobre el
asfalto y las pantallas llenas de datos.
—Parece que este año sí que tenemos un coche ganador.
—Por supuesto que sí. Mira todos esos tiempos de sector.
El hombre ensanchó la sonrisa mientras estudiaba la telemetría.
—No está nada mal. Ahora a ver qué puede hacer Will con él.
Ella también observó las primeras telemetrías del rendimiento de
Matteo.
—Lo hará mejor. Es mejor piloto.
Su padre levantó una ceja.
—Ah, ¿sí?
—Papá, solo tienes que echarle un ojo a las sesiones que ha
hecho en el simulador.
—Es rápido, eso lo admito.
—Y habéis construido el coche más resistente de la historia de
Lennox. Will ganará el campeonato del mundo.
—¿Eso crees?
—Sí. Y tú también. Por eso lo contrataste.
A pesar de la tensión del día, su padre se rio.
—Tienes razón, Mira. Parece que a lo mejor sí que tengo un
equipo ganador.
Se volvió a poner los auriculares y se giró hacia los monitores de
cronometraje. Entonces la joven vio que Will se encontraba de pie
detrás del jefe y entornó los ojos.
—Supongo que lo has oído todo —dijo ella.
Cuando él estaba cerca, intentaba mantener una actitud
profesional, pero le costaba bastante, ya que en su mente seguía
reviviendo lo que pasó cuando cenaron en Londres…, ese momento
en que sus rostros habían estado a tan solo unos centímetros y él se
había asegurado de que supiera que seguía dándole vueltas a la idea
de besarla.
—¿Que crees que soy el mejor piloto de la parrilla? Ojalá lo
hubiera grabado para poder ponértelo cuando intentes negarlo.
—Es mi opinión, no me escondo. Pero ahora lo que tienes que
hacer es salir ahí fuera y demostrárselo a todo el mundo.
—Eso es justo lo que pretendía hacer —dijo Will con una sonrisa.

Mientras se subía la cremallera del mono, Will seguía sonriendo para


sí mismo al acordarse del modo en que Mira lo había defendido
cuando no sabía que estaba ahí. Entonces, Harry se le acercó.
—Hasta que podamos solucionar el problema de reconexión, ten
cuidado con los frenos en las curvas —le dijo el hombre sin ni
siquiera saludar—. Así, si se te va hacia los lados, podrás salir.
También te hemos puesto las pastillas de freno de carbono que te
gustan, pero no tendrás potencia de frenado hasta que se calienten,
así que estate atento a la temperatura de los frenos en la vuelta de
salida.
El jefe de mecánicos siguió hablando, especificando hasta el
último detalle del funcionamiento del monoplaza, del que a su vez
esperaba recibir información. El piloto lo escuchaba a medias, pues
el hombre solo hablaba para aplacar los nervios, aunque nunca lo
admitiría. Mientras tanto, Will se puso el balaclava de Nomex
resistente al fuego, se lo metió por la cabeza y se cubrió la barbilla,
hasta que solo se le vieron los ojos. De todos modos, esos sabios
consejos no le servirían de nada cuando entrara en la primera curva
a trescientos kilómetros por hora y se pusiera a gritar. Porque lo
único que lo impulsaría en ese momento sería su instinto.
Los mecánicos seguían pululando a su alrededor, comprobando el
equipamiento y haciendo ajustes microscópicos. Paul le dio unas
palmaditas en el hombro.
—Tómatelo con calma ahí fuera. Hoy solo vamos a ver lo que
tenemos entre manos.
—Lo haré, jefe.
—Disfruta de la conducción.
La típica sutileza de Paul. En realidad, esas cuatro palabras de
nada también significaban «buena suerte», «no la cagues» y «más
te vale que todos mis sueños se hagan realidad».
Luego, Will se dirigió hacia el coche de carreras. Beata, la
ayudante que les entregaba los kits a los pilotos, le hizo las últimas
comprobaciones al traje y se aseguró de que todos los cierres
estuvieran correctos. El mono era del mismo material ignífugo con el
que estaban hechos los guantes y el balaclava, y podría proteger al
piloto del fuego durante once valiosos segundos, que podrían
suponer la diferencia entre la vida y la muerte en caso de accidente.
—¿El HANS está bien? —le preguntó la chica.
—Está bien. Gracias. —Era lo que le protegería el cuello en caso
de un impacto grave.
Cuando la joven terminó de comprobarlo todo y le levantó los
pulgares, Will se tomó un segundo para respirar hondo e
inspeccionar el circuito una vez más.
Aquel día no se trataba de ganar. Como Paul le había dicho, lo
único que necesitaba era salir y conducir bien; el objetivo era
generar muchos datos para los ingenieros.
Pero él quería más. El coche ni siquiera era perfecto todavía, pero
aun así quería demostrarle al mundo que el monoplaza era el más
rápido del asfalto y que él era el conductor más veloz.
Saltó al cockpit y se deslizó para colocarse en posición; el asiento
hecho a medida lo abrazaba como un guante. Dos mecánicos se
apresuraron a ajustarlo todo tan bien que apenas podía moverse.
—Buena suerte ahí fuera —le deseó Omar al tenderle el volante.
—Gracias, tío. —Lo sujetó bien en su sitio y esperó a que el
mecánico le diera el OK levantando los pulgares.
—¡Hora de irse! —gritó Omar.
Will apretó el botón para arrancar el motor y sintió cómo cobraba
vida con un rugido; la potencia le latía por todo el cuerpo como si le
impulsara el corazón. Dios, era la mejor sensación del mundo.
Bueno, quizás se sentiría mejor cuando fuera a trescientos
kilómetros por hora.
Los miembros del pit crew que lo rodeaban chocaron los cinco
entre sí; estaban tan motivados por el funcionamiento del
monoplaza como él. Ahora estaban solos el coche y el piloto. Era el
momento de ver qué podían hacer juntos. Pisó el acelerador y salió
disparado hacia delante.
Dio cinco vueltas moderadas, que se le pasaron en un borrón.
Volvió a la pista después de repostar combustible, mientras oía a
Paul y a Tae parlotear por la radio. Este último le dio el visto bueno
cuando se acercó a la parrilla de salida y comprobaron que todo
seguía yendo bien.
Will cambió de marcha y se dejó llevar, tenía la adrenalina por las
nubes cuando el coche pasó zumbando por la parrilla de salida. Fue
ganando velocidad a un ritmo imposible, se sentía como sujeto a un
cohete. Cuando se acercó a la primera curva, notó que todo el
mundo contenía el aliento al mismo tiempo que él. Era el momento
decisivo. Estaba claro que el nuevo diseño adquiría mucha velocidad
en la recta, pero ¿podría controlarla en las zonas de frenado? Sí,
incluso más rápido que Matteo, joder.
Frenó en la curva, el neumático interior descendió y la rueda
delantera echó humo. Soltó el pedal lo suficiente para que esta
empezara a girar de nuevo. Tenía la sensación de que llevaba
demasiada velocidad de entrada, pero confiaba en su instinto.
Cuando parecía inevitable que no llegaría al ápex, de alguna forma
el coche se arqueó hacia el interior y los neumáticos rayaron la
pintura del borde del asfalto. Al salir de la zona de frenado, pisó el
acelerador y salió de la curva imparable.
¡Sí!
Sabiendo que lo tenía controlado, iba a divertirse mucho. Siguió
restando décimas de segundo y quemando combustible con ese
mismo baile entre el acelerador y el freno. El último set de curvas
complicadas lo obligaba a soportar una desaceleración de 6G que lo
empujó hacia las correas. Le dolían el cuello y los brazos de luchar
contra la fuerza de la gravedad.
Curva tras curva, vuelta tras vuelta, consiguió mantener el coche
bajo control, aunque estuvieran los dos al límite. Nunca se había
esforzado tanto por dominar un monoplaza, pero merecía la pena.
Se sentía imparable.
Will Hawley no solo había llegado para limpiar su nombre.
Después de tres años esforzándose para volver al asfalto, no se iba a
limitar a calentar el asiento. Había vuelto para ganarlo todo y no se
iba a conformar con menos.
Y ahora todo el mundillo de la Fórmula 1 lo sabía.
Mira se restregó los ojos mientras el ascensor bajaba hasta el
vestíbulo del hotel. Necesitaba cafeína en cantidades industriales lo
antes posible. Los test habían sido un éxito rotundo para Lennox,
pero quedaba una semana para la primera carrera de la temporada y
no había tiempo para regodearse. Aquella mañana, se despertó
temprano y se dirigía al circuito para resolver los millones de
problemas que la esperaban en la bandeja de entrada.
Las puertas del ascensor pitaron al abrirse y entrecerró los ojos
ante la luz cegadora del vestíbulo. Apenas había dado dos pasos
cuando las pupilas se le adaptaron a la luminosidad y se fijó en una
figura imponente que había delante del mostrador de recepción.
No. Ay, no. Había temido ese momento desde que habían salido
de Inglaterra para el test de Bahrein, pues sabía que era inevitable.
Habían pasado siete años. Eso era toda una vida, pero resultaba que
no estaba muerto, daba igual las veces que hubiera deseado que así
fuera. Todavía le seguía la pista, muy a su pesar, incluso después de
haber dejado de suspirar por él, de haber pasado el duelo.
Hasta el momento, se había andado con mucho ojo. Había
conseguido evitar estar en el mismo lugar al mismo tiempo que él, lo
cual no era moco de pavo, pues se movían en el mismo círculo de
gente dentro del circuito. Pero ¿el tío llevaba toda la semana en el
hotel?
Hubo una época en la que se le aceleraba el corazón solo de ver
esos hombros anchos y ese pelo rubio rojizo y despeinado. Ahora
también le latía a toda velocidad, pero era una combinación de
temor y pánico que le carcomía las entrañas. No tenía más remedio
que pasar por delante de él para llegar a la entrada del hotel. No,
por encima de su cadáver, pensó. Así que se escabulló por la
izquierda y entró al restaurante por la puerta que daba al vestíbulo.
Se escondería allí hasta que estuviera segura de que se había
largado.
—¿Necesita algo más, señor Hawley?
Al oír el apellido, Mira se giró. Vio a una camarera preciosa y con
curvas que le servía un café a Will mientras le sonreía. Le brillaban
tanto los dientes que destacaban contra la piel dorada y la elegante
melena oscura que llevaba recogida en la nuca. Incluso el vestido
negro del uniforme le quedaba mejor de lo que se supone que
debería quedar la ropa de trabajo.
Tenía pinta de que quería ofrecerle algo más que la taza, lo cual
no resultaba nada sorprendente. Ya estaban haciendo el circuito y
Will era… Bueno, era él. Solo tenía que pedir por esa boquita lo que
quisiera a quien quisiera. El beso que casi se habían dado en
Londres ya era casi un recuerdo lejano… al menos para él.
Para ella también tendría que serlo, y el motivo era el fantasma de
la recepción.
Se acercó a su compañero de escudería cuando este se quedó
solo.
—Buenos días.
A modo de saludo, le dio un golpecito en el pie con más fuerza de
la necesaria justo cuando él se estaba llevando el café a la boca;
tuvo que hacer malabares para no tirárselo encima.
—Me cago en todo —gruñó—. Casi me lo echo encima.
Ella se dejó caer en la silla que había en frente. Will estaba
encorvado en el asiento, llevaba las gafas de sol puestas y el pelo
despeinado. Tenía que volver a Londres para hacer una promoción
antes de la primera carrera, y a su lado estaba la maleta de mano
con ruedas, así que Mira asumió que tan solo estaba esperando a
que el chófer lo llevara al aeropuerto.
—Seguro que a la camarera no le hubiera importado traerte otro.
Tiene pinta de que no te pondrá ninguna pega, le pidas lo que le
pidas.
Él frunció las cejas tras las gafas de sol.
—Sabes que puedes dejar de hacer eso en cualquier momento,
¿verdad?
Ella lo estudió bajo la luz matutina. Pálido, sin afeitar, estaba claro
que no se encontraba en su mejor momento.
—¿Estás resacoso?
—No, no tengo resaca. Es solo que anoche me acosté muy tarde,
teniendo en cuenta lo temprano que sale el vuelo.
—No sé qué estarías haciendo, pero parece que te lo pasaste muy
bien.
¿Le estaba sonsacando información? Porque esa era la impresión
que daba.
—Voy a estar fuera toda la semana —respondió él, quitándose las
gafas de sol—. Un par de copas no me van a hacer daño. Ni me
emborraché ni participé en una orgía de drogas ni cualquier otra
cosa que te estés imaginando.
En realidad, Mira no podía culparlo por celebrarlo un poco. Will les
había lanzado un desafío que flipas al resto de los pilotos en
Bahrein. Más valía que Matteo se anduviera con ojo.
—Creo que mi imaginación no puede seguirte el ritmo.
—¿Quieres intentarlo? —Arqueó una ceja.
—No, gracias.
El piloto se recostó en la silla y se estiró.
—Te prometo que Matteo está mucho peor que yo. Y Rikkard se
bebió hasta el agua de los floreros. La resaca le va a durar una
semana. —Le dio un trago al café y soltó un gemidito de placer.
Al oírlo, ella carraspeó y apartó la mirada. Si solo con el café se
ponía así… No, mejor no terminar ese pensamiento.
—Seguro.
—Como si tú nunca te hubieras despertado como el culo a la
mañana siguiente.
—Hace tiempo que no.
«Una eternidad».
—En serio, ¿ayer no lo celebraste de ningún modo?
Ella sacudió la cabeza.
—Tengo demasiadas cosas que hacer.
Will levantó la taza y se terminó el café antes de recostarse de
nuevo en la silla.
—Mira, te has perdido la fiesta más legendaria del mundo. Fue en
una puta isla artificial privada que hay en la costa. Dinero del
petróleo, por supuesto. La mansión era una locura. Tenía una piscina
infinita que daba al golfo Pérsico. Trajeron a David Chang para que
diseñara el menú. Me juego el cuello a que también estaba Jay-Z.
—Suena divertido.
—Lo fue. Hasta tu padre y Natalia estaban allí. Deberías haber
venido. Seguro que no has llegado a salir del circuito.
—Pues sí —protestó ella.
—El hotel no cuenta.
La joven no respondió nada porque él tenía razón. Lo único que
había visto de Bahrein hasta la fecha era el hotel, el circuito y el
aeropuerto. El día anterior, mientras sus compañeros estaban de
fiesta en una isla privada, ella se había quedado en la oficina
actualizando los calendarios de la empresa y enviando correos para
recordarles a los demás las fechas límite de la semana siguiente.
Hasta su padre había salido más de fiesta que ella. Qué asco.
—Vas a tirarte varios meses dando tumbos por el mundo. ¿De
verdad te vas a pasar todo el tiempo currando? Bahrein tiene unas
playas increíbles y tiendas y…
—Vale, lo pillo. Te prometo que descansaré más.
Will le lanzó una larga mirada asesina. Ella lo miró a los ojos,
decidida a no ser la primera en apartarse.
—No te creo. Venga, haz algo divertido en cada una de las
ciudades. Conmigo.
Ya, ni en sueños iba a pasar eso, y quizás el motivo todavía
acechaba en el vestíbulo.
—No estoy segura…
Él levantó un dedo.
—Míralo de este modo. Si quedo contigo, habrá menos
posibilidades de que me meta en líos en otra parte, ¿no?
Pensó por un segundo en los problemas a los que era propenso el
piloto… Las tías buenas estaban en lo alto de la lista. Si dejar que la
arrastrara a un puñado de trampas para turistas en países
extranjeros impedía que se metiera en líos, a lo mejor merecía la
pena.
—Vale —accedió—. Si tengo tiempo. Si tú tienes tiempo.
Estaba segurísima de que el piloto estaría tan ocupado que ni
siquiera se acordaría de esa conversación. De hecho, contaba con
ello.
Él soltó una risilla.
—Te tomo la palabra. Y créeme, Mira, tengo tiempo para ti.
Mira gruñó al ver el nombre que apareció en la pantalla iluminada
del teléfono.
—¡Hola, Penelope! —respondió con un entusiasmo que no sentía;
iba de camino a la oficina móvil de Lennox. A Pen todavía le faltaban
unas cuantas semanas para salir de cuentas, y guardar reposo la
sacaba de quicio, así que llamaba a su sustituta casi todos los días.
Algunos, como ese, suponía una interrupción que la joven ni quería
ni necesitaba.
Penelope se saltó los saludos de cortesía y se lanzó de cabeza a
soltar su monólogo de preocupaciones.
—En Melbourne tienes que estar atenta, porque es un circuito
urbano y eso puede generar un montón de problemas nuevos…
Mira metía un «ajá» de vez en cuando para demostrarle que
estaba siguiendo su bombardeo de indicaciones y sujetó el teléfono
contra el hombro para sacar el cuaderno de entre la pila de carpetas
que llevaba en las manos. Ahí no había ningún sitio donde
acomodarse y trabajar. Cuando volvieran a Europa, tendrían sus
oficinas portátiles hechas a medida, unas obras maestras del diseño
modular que se construían en una sola noche. Pero Australia estaba
demasiado lejos como para llevarlas hasta allí, así que tenían que
conformarse con las instalaciones que ofrecía el circuito. Al menos
hacía buen tiempo.
Después de Bahrein, pensó que, a lo mejor, solo a lo mejor, le
había pillado el truco. Allí, la instalación era una especie de caos
organizado, pero el equipo de Lennox tenía experiencia y las cosas
fluyeron sin problema. El salto a Melbourne, el segundo circuito de la
temporada, estaba resultando algo completamente diferente.
En primer lugar, ya habían hecho todos los ajustes necesarios al
coche. El departamento de aerodinámica quería reconstruir una
parte del chasis, y el de mecánica pretendía revisar el inyector de
combustible… De modo que, entre los dos, todo el mundo había
tenido que trabajar contrarreloj para poder llegar a tiempo de cargar
las piezas en los contenedores que volarían hasta Melbourne.
En segundo lugar, Australia implicaba que todo el personal y el
equipo volara literalmente hasta la otra punta del mundo. Aunque
había gente que se encargaba de todo eso, habían aparecido
emergencias y se esperaba que fuera la asistente ejecutiva quien las
resolviera. Seguirle la pista a todo había sido una tarea descomunal.
—Ahora, lo otro —continuó Penelope sin ni siquiera detenerse ni
una vez—. Todavía me llegan los recordatorios del calendario y he
visto que casi se ha cumplido el plazo para firmar el contrato con
Hintabi para el montaje de frenos del año que viene. Paul ha leído el
contrato, ¿verdad?
Mira contuvo un gruñido.
—El departamento legal se lo envió la semana pasada para que lo
revisara, pero no lo ha devuelto todavía.
—¡Pues se lo pides! Recuerda que…
—Sí, lo sé. ¡Todos los problemas son siempre grandes y pequeños!
¡Estoy en ello, Penelope! Ahora mismo se lo comento. ¡Tú descansa
un poco!
Colgó antes de que la otra pudiera añadir una docena más de
cosas a su lista de tareas pendientes. Luego, salió para buscar a su
padre y conseguir el contrato firmado.
Dentro de la oficina, el aire vibraba con las charlas a media voz de
la media docena de ingenieros y expertos en estrategia que
comentaban los resultados de la clasificación del día. Paul estaba en
la otra punta de la sala, de pie delante de una estación de trabajo
llena de monitores. Mira le dio unos golpecitos en el hombro.
—Siento interrumpirte, papá, pero ¿has podido echarle un ojo al
contrato de Hintabi?
—Ah, cierto. Lo necesitas, ¿verdad? ¿Podemos…?
Justo entonces la puerta se abrió de repente. Primero entró Harry
corriendo y luego Will, pisándole los talones.
—Tenemos un problema, Paul. El conducto del freno delantero del
coche del chico está destrozado.
—¿Cómo hostias ha pasado?
—La pista estaba llena de escombros —espetó el piloto. Acaba de
salir del circuito tras las clasificaciones, todavía llevaba el mono y el
pelo mojado del sudor. No había vuelto a buscarla después de la
carrera de Bahrein para eso de ir a hacer «una cosa divertida». Las
exigencias de los medios de comunicación habían ocupado todo su
tiempo, justo lo que ella sabía que pasaría. Y, teniendo en cuenta la
punzada de decepción que sentía, quizás fuera algo bueno que
estuviera demasiado ocupado para ella. Así era más seguro.
—Circuitos urbanos —gruñó el jefe de mecánicos—. Son un
peligro.
A eso se refería Pen con lo del circuito urbano. Sí, era una intensa,
pero rara vez se equivocaba.
—¿No podemos repararlo aquí? —preguntó Paul.
Harry sacudió la cabeza.
—No. Está destrozado. Tenemos que remplazarlo.
Varios de los ingenieros que habían seguido la carrera desde sus
escritorios se levantaron para unirse a la conversación.
El jefe de equipo gruñó.
—Aquí no tenemos ninguno de repuesto, ¿verdad?
—No lo llegamos a terminar a tiempo para incluirlo en el envío de
Melbourne —intervino David—. Tenía una tara. Tuvimos que
descartarlo y empezar de nuevo.
El jefe de mecánicos se frotó la barba incipiente.
—A lo mejor puedo inventarme algo que sirva para remplazarlo,
pero…
—Ya he salido a clasificación —dijo Will—. Estoy en parc fermé. Si
cambiamos algo, me van a penalizar.
Eso era malo. Una vez se sale a clasificación, no está permitido
cambiar nada antes de la carrera del día siguiente. Cualquier pieza
de sustitución debe ser exactamente igual que la original; si no, se
puede penalizar a la escudería y obligar al coche a salir desde el pit
lane.
—¿Dónde está ahora la pieza?
—Todavía está en la fábrica —dijo David.
—Se tardan veinte horas de Heathrow a Melbourne —masculló
Paul—. No llegaría a tiempo para mañana.
—Joder —gruñó Will, y se giró para empezar a caminar de un lado
a otro de la pequeña oficina portátil—. Por fin tengo un coche que
está a la altura y voy a empezar el último en la parrilla de salida.
Esto no puede estar pasando.
A Mira el corazón empezó a latirle más rápido, la cabeza también
le iba a mil por hora. Esto acabaría con la temporada, tanto para Will
como para Lennox, antes siquiera de empezar.
La carrera en Bahrein había ido bien, había terminado décimo. No
es que fuera una vergüenza, pero ni siquiera se acercaba a lo que
podía conseguir. Sin embargo, en un coche que se había construido
para otra persona, lo que podía conseguir tenía un límite. Esta era la
carrera que se suponía que lo cambiaba todo. Pero no iba a ser así si
tenían que sustituir piezas mientras estaban en parc fermé.
La joven tenía la vista clavada en su cuaderno, intentaba
encontrar una solución a un problema imposible. Solo había dos
conductos de freno como el que necesitaban: el del coche de
Matteo, que no servía de nada, y el que estaba en la fábrica de
Lennox, en Inglaterra. Tampoco servía de nada. Era imposible traerlo
a tiempo.
A no ser que…
—¡Esperad! —Todos los ojos de la estancia se volvieron para
mirarla fijamente—. ¡Madre mía, no puede ser! No está en la fábrica.
¡Está en Singapur!
Paul frunció el ceño.
—¿Qué? ¿Estás segura?
Su hija asintió mientras buscaba algo en una de las carpetas.
—Juraría que lo vi en el manifiesto del envío a Singapur… ¡Ajá!
¡Aquí está! —Sacó la hoja a la que se refería y se la tendió a su
padre.
Mira estaba en copia en uno de los correos que había enviado uno
de los chicos del departamento de logística de Lennox. En él
explicaba que acaban de terminar el repuesto del conducto del
freno, pero, dado que no habían llegado a tiempo de incluirlo en el
último envío a Melbourne, lo pondrían en el contenedor que
adelantaban para Singapur.
Paul, Harry, David y Will se apelotonaron encima del papel.
—Sí que está ahí —masculló el primero—. ¿Cuánto se tarda en
llegar a Singapur en avión?
—Siete horas y media —respondió la chica—. Más o menos.
—¿Podemos enviarlo por mensajería? —preguntó David.
El jefe de equipo se miró el reloj.
—Tardaríamos mucho en enviar a alguien.
—Uno de los chicos de Singapur puede venir en el avión con él —
sugirió Harry—. No es tan grande. Cabe en una maleta de mano.
Paul sacudió la cabeza.
—La gente que está en Singapur no tiene visados para Australia…
Por fin, los millones de retazos de información se unieron en la
cabeza de Mira.
—¡Ollie está allí! O casi. Él ya lo tiene.
—¿Oliver Hayes tiene visado para Australia? —El jefe de
mecánicos frunció el ceño.
Frenética, ella siguió pasando más papeles hasta que encontró el
que estaba buscando.
—Sí, ¿no te acuerdas? Al principio querías que estuviera en el
equipo de Australia, pero era la boda de su hermana y no podía
marcharse hasta ayer. Así que lo sacaste de Melbourne y lo enviaste
de avanzadilla a Singapur. —Clavó el dedo en la chuleta donde se
había apuntado los viajes de todos los trabajadores y señaló el
nombre de Ollie—. Aquí. Aterriza en Singapur dentro de cuarenta y
cinco minutos. Ya tenía el visado de Australia. Si lo metemos en un
avión a Melbourne en la próxima… —comprobó el móvil— hora y
media, debería llegar por la mañana.
—A lo mejor si pasa aduanas… —dijo Paul.
Otro retazo de información que parecía que no tenía nada que ver
salió a la superficie.
—El gobernador general de Australia viene mañana a la carrera.
Nosotros le conseguimos los pases VIP.
—¿Quién es ahora? ¿Sigue siendo Charles Stapleton?
—Sí, el mismo. ¿Lo conoces? ¿Nos ayudaría?
—Sí y sí, a lo mejor. —El jefe de equipo asintió con la cabeza—.
Mira, llama a la oficina de viajes. Que reserven un vuelo chárter para
Ollie. Luego encárgate de que un helicóptero lo recoja directamente.
Si necesitas una pista de aterrizaje libre, habla con François Bernard,
está en seguimiento de logística. Quiero que Ollie suba a ese avión y
llegue al circuito mañana por la mañana antes de que le dé tiempo a
respirar.
—Hecho.
Paul se giró para consultarlo con Harry y la dejó a solas con Will,
que la estaba observando.
—Te comería la boca ahora mismo —le soltó lo suficientemente
bajo para que solo lo escuchara ella.
Era una forma de hablar, pero, por la cara que tenía, por el calor
que desprendían sus ojos, la joven supo que lo decía en serio. Tenía
la ligera sospecha de que, si no hubieran estado rodeados de gente,
la habría agarrado sin más y lo hubiera hecho.
Ignoró la sensación que esa imagen mental provocaba en ella y
soltó una risa trémula; todavía estaba temblando por culpa de la
adrenalina.
—Solo he hecho mi trabajo. Ahora sal ahí fuera y haz el tuyo.
—Mañana, cuando esté en ese pódium, será por ti. Y lo vas a
celebrar conmigo.
Ahí estaba el tío chulo que conocía y quería.
—Bueno, entonces más te vale ganar.
—Te veo después de la carrera, Mira. —Le lanzó una sonrisa
criminal.
Lo observó mientras se marchaba y se centró de nuevo en la crisis
que tenía entre manos. Buscó entre sus contactos el número de la
directora de viajes de Lennox en Inglaterra.
—Harry, llama al circuito de Singapur —estaba diciendo su padre
—. Que alguien desempaquete el conducto de freno y se lo lleve a
Ollie al aeropuerto. Voy a hablar con Sanderson, a ver qué puede
hacer para que no nos pongan trabas en aduanas.
Empezó a andar hacia la puerta, pero se detuvo cuando llegó y se
volvió para mirar a su hija. Ya estaba llamando a Jo y esperaba que
se levantara de la cama y cogiera el teléfono.
—Mira —dijo el hombre, sonriendo con una calidez en los ojos que
no le había visto en años—. Bien hecho, cariño.
Todavía se estaba regodeando en su alabanza cuando la voz
adormilada de Jo respondió al otro lado del teléfono y masculló un
«¿diga?».
—Vale, tres vueltas más de calentamiento y te colocas en posición.
—La voz de Tae resonaba en el oído de Will, que tomaba la curva de
la vuelta de calentamiento—. Y, como siempre, acelera en lugar de
frenar.
—Recibido —respondió el piloto mientras realizaba la maniobra
obligatoria. Luego se colocó en su lugar en la parrilla de salida para
esperar a que empezara la carrera. Los motores rugían a su
alrededor y el sudor le hacía cosquillas en la nuca. Era un día muy
caluroso en Melbourne.
Hacía una hora que Ollie Hayes se había bajado de un helicóptero
en el circuito. Los mecánicos habían instalado la pieza y el coche se
clasificó cuando faltaban treinta minutos para la carrera. No era
exactamente el tipo de ansiedad que necesitaba antes de colocarse
detrás del volante, pero al final todo había salido bien gracias a Mira.
Por si no tenía bastante con pensar en ella a todas horas, la tía
también le había salvado el culo. Tenía que cumplir su promesa y
salir con ella como Dios manda en Melbourne… si le dejaba.
La adrenalina era lo único que lo movía desde el día anterior, pero
ahora, mientras esperaba a que el resto de los pilotos se colocara
detrás, la calma se apoderó de él. Todo se reducía a ese momento.
Lo sentía en los huesos.
La mayoría de la gente suponía que lo peor de sentarse en el
coche eran los nervios, el motor acelerando mientras esperaba a que
se apagaran las luces y que empezara la carrera. Pero para él no era
así. Lo que lo atormentaba en el asfalto eran su ansiedad y sus
dudas. Cuando se sentaba tras el volante, cuando estaba a punto de
correr, el ruido se acallaba en su cabeza y las cosas parecían
aclararse. Estaba en el lugar correcto, cumpliendo con su misión en
la vida.
Mientras las luces se iban encendiendo una a una, comprobó los
retrovisores; mantenía una respiración lenta y constante. Cuando la
última bombilla se iluminó, pisó a fondo el embrague y subió las
revoluciones. Y entonces todas las luces se apagaron, era la hora, y
se dejó llevar. Salió disparado hacia la recta y la inercia lo sujetó al
asiento con una fuerza descomunal.
Tae le contó a toda velocidad en qué posición se encontraban los
demás pilotos. Una parte del cerebro de Will registró esa
información, veía los coches moviéndose detrás de él, mientras que
el resto de la cabeza se centraba en lo que tenía delante.
Cuando empezaba la carrera, era como si el tiempo se ralentizara,
pero él no. Era casi como si pudiera ver unos segundos del futuro.
Se imaginaba los huecos entre los monoplazas antes de que
aparecieran, sentía quién estaba a punto de perder el punto de
frenado, quién no iba a calibrar bien el ápex de la curva. En el
asfalto, encontraba su superpoder.
René Denis, el actual campeón del mundo, trazaba la curva desde
el interior para alcanzarlo. A medida que el agarre aumentaba, Will
se mantuvo contra el borde de hierba para cerrarle el paso al
francés. Luego aceleró con suavidad, sin derrapar para no delatar la
primera posición que se había ganado a conciencia, y enseguida
adelantó en la entrada de la primera curva. Esta era su parte
favorita, el primer par de vueltas, cuando los ingenieros y estrategas
le dejaban sacarle el máximo partido al monoplaza y correr todo lo
rápido que pudiera. Pronto le ordenarían que se centrara en el juego
estratégico para controlar el nivel de carburante y los neumáticos
durante el resto de la carrera. Pero en ese momento tan solo se
trataba de correr en estado puro. Estaban solos el coche y él para
ver qué podían hacer juntos.
El francés seguía más cerca de lo que le gustaría, pero a la vez
tenía que esforzarse por sacarle a su oponente décimas de segundo
haciendo una maniobra precisa. Cuando terminó la primera vuelta,
su contrincante seguía detrás, pero él era quien conservaba el
primer puesto.
El ingeniero de carrera le habló al oído.
—Necesito que controles un poco la temperatura de los frenos,
Will. Vamos a probar un lift and coast. ¿Puedes levantar un poco el
pie del freno y dejar que el coche desacelere en la curva trece antes
de pisarlo otra vez?
Will maldijo para sí mismo. Si tenía que estar pendiente de los
frenos, René tendría margen y buscaría adelantarle.
—Me estás matando, Tae —respondió.
—En realidad, lo que intento es que sigas vivo —lo rebatió el otro.
Will hizo lo que pudo para proteger los frenos sin perder
demasiado tiempo de la ventaja que le sacaba a René.
—¡Box, box, box! —ladró el ingeniero de carrera unos minutos
después.
El monoplaza entró como una flecha y se detuvo justo en las
marcas viales. El elevador rápido estaba perfectamente sincronizado
y los mecánicos de Lennox saltaron para cambiarle los neumáticos.
Un segundo, dos segundos, tres segundos.
Omar debería haberle levantado ya los pulgares.
—¿Qué pasa? —ladró por radio.
—La rueda trasera derecha se ha atascado al sacarla —explicó Tae
—. Ya casi está.
—¡Joder!
Todas las preciadas décimas de segundo que le debería estar
sacando a René empezaron a sumársele, estaba perdiendo la
ventaja que había ganado.
Por fin bajaron el coche, Omar le hizo la señal de que estaba todo
despejado y Will salió disparado del pit lane llevando el motor al
límite. Condujo a la máxima velocidad; si nada más iba mal, todavía
podía contener a su contrincante.
Sin embargo, Tae le dijo que cortara el rollo.
—Todavía vamos con los frenos bajo mínimos, tío. Vas a tener que
apañártelas así hasta el final.
—Y una mierda. Tengo que recuperar lo que he perdido.
Su interlocutor suspiró.
—No te digo que no vayas a por él, siempre y cuando la
temperatura de los frenos te lo permita. No vamos a quemarlos.
Con este beneplácito, fue a por su rival con todas sus fuerzas, solo
se contenía cuando el ingeniero le insistía en que lo hiciera. Sin
embargo, cuando entró a toda velocidad en la última recta, René
aún estaba dos agonizantes segundos por delante de él. Era
demasiado tiempo, pero al final, cuando la bandera de cuadros bajó,
Denis iba el primero, y Hawley, el segundo.
Cuando se detuvo en la pista después de la vuelta de
enfriamiento, todo el pit crew de Lennox corrió para rodearlo. El
mismísimo Paul le tendió una mano para ayudarlo a salir; tenía
dibujada la sonrisa más ancha que le había visto en la vida.
—Qué carrerón, Will. Cuando te arreglemos esos frenos, vas a ser
imparable, chico.
—Me alegro de oír eso, porque la próxima vez no pienso dejar que
nadie vaya por delante de mí.
—¡Eso es lo que quiero oír! —Paul le dio unas palmaditas en la
espalda.
Tae era el siguiente y lo estrechó fuerte con un solo brazo.
—¡Lo voy a gozar! ¡Mola ser el ingeniero de carrera del campeón
del mundo de Fórmula 1!
El piloto le tendió la mano para estrechársela.
—Esta noche te invito a una copa.
—Trato hecho. —El ingeniero aceptó la mano—. Ahora ve a subirte
a ese pódium.
«La Marseillaise» empezó a sonar por los altavoces mientras Will
inspeccionaba la multitud que se apelotonaba a sus pies.
René, a su izquierda y en un escalón un tanto más elevado,
saludaba a su equipo de boxes con los monos rojos de Allegri. Todos
gritaban y saludaban con las manos, celebrando que hubiera
conseguido el primer puesto. El piloto de Lennox esperaba que
disfrutaran del himno nacional de Francia, porque, a partir de ese
día, el único que quería escuchar en el pódium era el puto «God
Save the King».
Le molestaba saber que podría haber sido el primero si no hubiera
sido por los frenos, pero, para ser sincero, era genial estar en el
segundo puesto. En toda su trayectoria en la Fórmula 1, nunca había
conseguido un pódium. Era todo un milagro estar ahí cuando hacía
solo dos carreras que había empezado la temporada. También era
algo a lo que podría acostumbrarse.
Saludó al pit crew de su escudería, estaban apiñados juntos.
Todos estaban sonriendo, celebrando, sintiendo que eran un equipo
que competía por ganar el campeonato. Paul, que estaba de pie a
un lado con Tae y David, levantó las manos y le aplaudió. El jefe de
equipo se la había jugado muchísimo con él y sentaba de vicio
validar esa elección.
Mira también estaba ahí, al lado de su padre. Se metió dos dedos
en la boca y le silbó. Dios, qué guapa estaba. Un oficial de carreras
se acercó para estrecharle la mano y darle el trofeo del segundo
puesto. Lo levantó por encima de la cabeza en un gesto de triunfo y
luego la señaló. Era de ella tanto como de él. La joven echó la
cabeza hacia atrás y se rio; eso le hizo sentir mejor que terminar
entre los tres primeros. Luego René lo roció con una botella de
champán y se perdió en el caos de su primer pódium en la Fórmula
1. Tenía clarísimo que no sería el último.

No hubo mucho tiempo de gloria para recrearse en su éxito después


de la carrera. Lo lanzaron directamente a entrevistas, ruedas de
prensa, eventos corporativos y, por último, una fiesta tipo cóctel.
Llegados a ese punto, le dolía la cara de tanto sonreír.
Tras librarse de la esposa de uno de sus patrocinadores, se puso a
calcular cuándo podría marcharse. Pero entonces, dos manos
femeninas le taparon los ojos desde atrás y un cuerpo cálido se le
pegó a la espalda. Por un segundo deseó que fuera Mira, pero la
efímera esperanza se desvaneció cuando una voz ronca con un
ligero acento italiano le ronroneó al oído:
—Sorpresa.
Al girarse, la chica le apartó las manos de la cara y las descansó
en los hombros del piloto.
—Francesca. Sí que es una sorpresa.
Francesca trabajaba de azafata para varias marcas, era una de las
muchas mujeres guapas que pululaban por las carreras de Fórmula
1. Se había liado con ella una vez, durante su primera temporada.
No le sorprendía verla, pero sí que fuera ella quien lo buscara. Se
habían cruzado en unas cuantas carreras en los últimos tres años,
pero había decidido no acordarse de él cuando había pilotos más
exitosos a los que echarles el guante. Pero ahí estaba él, de vuelta
en la Fórmula 1, y ahí estaba la italiana, que de repente se alegraba
muchísimo de volver a verlo.
—Hoy has estado fantástico, Will —le dijo pasándole las puntas de
los dedos por las solapas de la chaqueta.
—Gracias.
Por encima del hombro de la modelo, el muchacho escaneó la
habitación para buscar a Mira. Esperaba encontrarse con ella en la
fiesta y convencerla para que se fueran a algún sitio divertido.
Tenían un trato. Si conseguía subir al pódium, lo celebrarían juntos,
pero no la veía por ninguna parte.
—Creo que he perdido mi copa en alguna parte. ¿No te parece
tristísimo?
Volvió a centrarse en Francesca. Después de todo, estaba
montando un numerito con ese puchero tan dramático. Era preciosa,
eso era innegable, tenía el pelo largo y negro y unos ojos oscuros
sexis. El ceñido vestido rojo que llevaba no dejaba lugar a dudas:
hasta el último centímetro de su cuerpo seguía siendo tan exquisito
como recordaba.
—Qué pena —convino él.
Había camareros por todas partes. Solo tuvo que levantar la mano
para que uno se acercara con una bandeja llena de flautas de
champán.
Francesca cogió una y le dio un sorbo sin apartar los ojos de su
objetivo en ningún momento.
—Mmm, delicioso —gimió y se lamió los labios con un gesto muy
estudiado. ¿La última vez había sido tan descarada?—. Will, ¿cómo
has estado?
—Bien. Genial, en realidad.
La italiana le pasó una mano por la nuca y le deslizó los dedos por
el pelo.
—Sí, estoy segura de que sí. ¿Por qué no vamos a un sitio más
tranquilo y nos ponemos al día?
Él parpadeó sorprendido. Así que esa puerta estaba abierta si
quería cruzarla. Aunque no le sorprendía que la modelo se le lanzara
a los brazos; una invitación así no era ninguna novedad. En la
Fórmula 1 «abundaban los coños», como decían los chicos de la
cantera júnior. Incluso después de haber caído en los rankings, había
tenido toda la compañía femenina que había querido. Pero ¿de
verdad le apetecía pasar la noche con esa tía? La miró fijamente:
esa cara preciosa, ese escote tentador, ese cuerpo arrebatador.
Sería muy fácil y también muy divertido, sin ninguna duda.
Digamos que el interés se avivó en su interior.
Aunque no con Francesca.
Sabía lo que quería y con quién lo quería, pero eso hacía que se
enfadara consigo mismo. ¿En serio iba a dejar pasar la oportunidad
de echar un polvo sin compromiso con una morenaza buenorra que
se pasaría toda la noche haciéndole sentir como un héroe para ir a
buscar a Mira, la única chica de toda la Fórmula 1 que le estaba
vetada explícitamente? Sí. Eso parecía. ¿Qué cojones estaba
haciendo?
—Eh… Francesca, me temo que no va a poner ser.
—¿Cómo que no?
Seguro que no la rechazaban muy a menudo. Will escaneó la
multitud por encima del hombro de la italiana, desesperado por
encontrar una vía de escape. Entonces vio a Violet.
—Estoy viendo a alguien del departamento de relaciones públicas
que me está haciendo gestos para que vaya enseguida. Ya sabes
cómo son estas cosas. Me juego el cuello a que hay alguien que
quiere hablar conmigo.
En realidad, Violet estaba charlando con un camarero, no le
estaba haciendo ni caso al piloto, pero eso Francesca no tenía por
qué saberlo.
—¿Por qué no te apuntas mi número y me llamas luego?
—Ya lo tengo. —Se dio unos golpecitos en el bolsillo del abrigo,
donde guardaba el móvil. Aunque, en realidad, ni lo tenía ni lo
quería.
—Entonces ¿nos vemos luego?
La italiana no había querido saber nada de él durante los tres años
en los que había caído en desgracia, así que tampoco se sentía mal
por dejarla plantada.
—Por supuesto.
Francesca se inclinó para besarlo, pero él no se dio cuenta a
tiempo. Aunque se apartó, la tía consiguió plantarle un pico en los
labios. Will no miró atrás mientras se alejaba de ella y se escabullía
entre la multitud.
—Violet, tienes que salvarme —la saludó cuando por fin llegó a su
lado—. Tú haz que parezca que estoy muy ocupado durante los
próximos diez minutos.
La chica lo miró con una expresión de aburrimiento.
—¿Por qué?
—Una modelo intensita que te cagas va detrás de mí.
—Vaya, pues me temo que vas a tener que salvarte tú solito,
compi. Yo estoy a puntito de largarme.
—¿Adónde vas?
—Me llevo a Mira a una discoteca. Vamos a celebrarlo.
Vale, entonces al parecer el trato no era un trato. La tía ya había
hecho planes con su amiga. No estaba acostumbrado a que se
olvidaran de él, vaya.
—¿Vais a celebrar lo de la carrera?
Violet entornó los ojos.
—Vamos a celebrar que es una puta genia, estúpido. Hoy habrías
estado el último en la parrilla de salida con esos conductos de freno
de mierda si no hubiera sido por ella.
—Cierto —respondió él, aceptando el reproche de buena gana—.
Entonces ¿vais a salir a bailar?
—Sí, aunque no hace más que protestar. Dice que está muy
ocupada, pero no voy a permitir que apalanque ese culito sin más.
¿Ese culito? Por Dios, ¿qué es lo que intentaba hacerle Violet?
—¿A qué discoteca vais? —Odiaba lo desesperado que sonaba.
—Un bareto que se llama The Slide. A veces iba por allí cuando mi
ex estaba de gira por Australia. Oye, si no estás demasiado ocupado
tirándote a tu modelo, puedes acoplarte.
«Acoplarse». Dicho así, quedaba por los suelos, pero no iba a
decir que no. Por lo menos, ella estaría allí.
—Venga, vale, voy.
Ella lo miró sin esconder en absoluto su expresión de duda.
—¿En serio?
Él señaló hacia donde se encontraba Francesca.
—Estoy desesperado, Violet. Y tengo que darle las gracias a Mira,
¿verdad? ¿Qué te parece si invito yo a las copas?
—Bueno, entonces, tienes una cita. Nos vemos en el vestíbulo a
las once.
Mira tenía clarísimo que iba a dejar tirada a Violet. En ese momento,
ir a una discoteca le parecía el peor plan del mundo.
Además, estaba para el arrastre. Llevaba yendo de un lado para
otro desde la crisis del día anterior. Se había despertado cuatro
veces por la noche para comprobar el estado del vuelo de Ollie y no
había respirado con normalidad hasta que Will se había colocado en
la parrilla de salida con el coche reparado. Como mínimo, había
perdido dos años de vida por culpa de la ansiedad.
Cuando por fin se permitió disfrutar de su momento de gloria,
entró en el cóctel de la fiesta y se encontró al piloto enredado con
una morena alta y preciosa. Sabía que eso acabaría pasando, así
que ya estaba.
Pero ser consciente de ello era muy distinto a verlo con sus
propios ojos. Y ver que la tía le metía los dedos por el pelo y él la
cogía de las caderas… Le frustraba admitirlo, pero era como si le
hubieran dado un puñetazo en el estómago. Estaba pillada. Había
intentado con todas sus fuerzas que no fuera así, pero sí. Y sabía
que a él también le gustaba, a su modo. Aunque la vida de Will
estaba a punto de convertirse en un torbellino de prensa, fiestas y
mujeres preciosas disponibles. Ni de coña se iba a quedar
revoloteando alrededor de Mira solo para darle alas a un tonteo y un
flirteo apto para todos los públicos cuando ahí fuera tenía un millón
de ofertas mejores. La promesa que le había hecho de que se lo
pasarían bien en todas las ciudades estaba a punto de convertirse en
un recuerdo lejano.
Sin embargo, se negaba a achacarle su malhumor a la situación.
Solo estaba cansada por el estrés. Por eso se dio la vuelta y se fue
del cóctel. Necesitaba descansar y quizás una buena serie de Netflix
que verse del tirón. Pero no porque no soportara verlo marcharse
con esa mujer. Por supuesto que no.
Cuando regresó al hotel, se quitó la ropa, la dejó hecha un
gurruño y se metió directa a la ducha. Subió la temperatura del agua
todo lo que podía soportar y se quedó debajo del chorro hasta que
se le arrugaron los dedos. Y luego se quedó mirando fijamente su
reflejo en el espejo del baño, consternada. El pelo se le había secado
al aire, lo que significaba que estaba en su estado natural: una masa
de rizos rubios alborotados, y no le daba tiempo a planchárselo.
Además, no tenía nada que ponerse. Solo tenía un puñado de
blusas y pantalones discretos, y un par de vestidos recatados para
eventos más formales. Ella no iba a discotecas. En plan, nunca.
Llamaron a la puerta y gruñó.
—Violet —saludó mientras la abría—. Lo siento, pero es que no…
La recién llegada hizo un gesto con la mano.
—Ni lo intentes. Ya sabía que me dirías que no.
Mira se señaló de arriba abajo con un gesto impotente.
—Pero es que estoy hecha un trapo.
—Es un bar, tía. Puedes ir así. No pasa nada. —Hizo un gesto de
desprecio con la mano, se metió en la habitación y agarró las botas
negras que estaban en el suelo—. Y ponte estas. Son brillantes…
Ojalá fueran de mi talla para robártelas. Cálzatelas y nos vamos.
Mira estudió su propio atuendo, llevaba unos vaqueros
desgastados y una camiseta corta.
—¿Estás de coña? Esta ropa no es para salir.
Violet la miró exasperada.
—¿Qué te ponías cuando salías de fiesta en Los Ángeles?
—No salía.
—Pues eso es muy triste. Oye, sé que esto te va a dejar con el
culo torcido, pero eres joven, tía. Salir, pasárselo bien… es más o
menos lo que se espera de ti, ¿sabes? Y después de lo de hoy, ¡te
mereces celebrarlo!
De acuerdo, iría. Se tomaría una copa, alegaría que estaba
exhausta y se pediría un taxi.
—Mi pel… —empezó a decir de camino al baño, pero su amiga la
cogió del brazo y tiró de ella.
—Es divino. Si te soy sincera, no sé por qué te lo planchas todos
los días. Esos rizos son una bendición.
La relación que tenía con su pelo era complicada. En primer lugar,
lo había heredado de su madre, era la melena de bucles platino que
hizo famosa a Cherie Delain. Pero el de Mira era un poco menos
dorado, un poco menos rizado, un poco… menos. En segundo lugar,
su pelo era…, bueno, fue lo primero que él había alabado de ella. Le
dijo que esos rizos alborotados le daban un aire indomable. Y, al
mismo tiempo, le pareció algo increíble. Cuando todo le explotó en
la cara, empezó a alisárselo y a recogérselo como un recordatorio de
lo que no quería ser. En realidad, estaba bien ser tranquila.
Mira le lanzó a su reflejo una mirada desesperada antes de que
Violet tirara de ella. Consiguió agarrar la chaqueta negra que había
dejado en el respaldo de la silla antes de que la otra la sacara a
rastras por la puerta.
—Tendrías que haber visto al chaval ese de la página web, Mira —
le contaba mientras esperaban el ascensor.
—¿El de Fórmula Fan?
—Se creía que era el puto Tom Hardy. —Entornó los ojos—. Ha
intentado engatusarme para conseguir una entrevista con Matteo. Te
lo juro, me estoy cansando de tener que ser maja con esos
gilipollas.
—A lo mejor deberías…
Las puertas del ascensor se abrieron delante de ellas, pero no
estaba vacío.
—Vaya, hola, señoritas.
Mira no lo conocía, pero llevaba escrito «piloto» en la frente.
Estaba tremendo, tenía el pelo y los ojos de color negro y un cuerpo
de infarto. Se apoyó contra la barandilla con esa confianza física
innata que tenían todos.
La de relaciones públicas suspiró, pero fue un sonido de profundo
desdén.
—Chase.
—Violet —respondió él sonriendo. Los dientes blancos le
destacaban contra la piel bronceada.
Violet cogió a su compañera del brazo y la metió en el ascensor, se
quedó mirando hacia el otro lado con descaro. Bufó del asco y
entornó los ojos cuando el chico, impávido, le tendió la mano a Mira.
—Chase Navarro.
Ella se retorció incómoda, dado que Violet no le soltaba el brazo, y
le estrechó la mano.
—Miranda Wentworth.
—La hija de Paul Wentworth, ¿verdad?
—También es una asistente ejecutiva de la hostia, ¡muchísimas
gracias! —espetó su amiga.
El piloto levantó las manos en un gesto defensivo.
—Seguro que sí. Enhorabuena por la carrera de hoy, por cierto.
Lennox lo está haciendo genial.
—Gracias. ¿Y tú…?
Pero las puertas del ascensor se abrieron en la segunda planta y la
interrumpieron. Chase se apartó de la pared de la cabina y las rozó
al pasar por su lado.
—Yo me bajo aquí. Miranda, encantado de conocerte. Violet… —Se
detuvo al salir del ascensor y le volvió a sonreír—. Siempre es un
placer.
—Serás… —Pero las puertas volvieron a cerrarse y la dejaron a
media frase.
—¿Quién coño es ese?
—¡Nadie! —escupió la joven.
—Bueno, está claro que es alguien.
Su compañera suspiró impaciente.
—Está en la escudería Hansbach. ¿Te puedes creer que tenga ese
nombre? ¿Un piloto que se llama «Chase»? Es tan falso como todo
él.
—¿De qué lo conoces?
—Ah, es de la Fórmula 2, así que siempre está en las fiestas. La
temporada pasada estaba yo tan tranquila currando, hablando con
una periodista, y el muy gilipollas se metió por medio, me la robó y
se puso a tirarle la caña. A ver, que todos los pilotos se tiran a todo
lo que se les pone por delante, pero es que Will no le llega a este ni
a la suela de los zapatos. Es lo peor.
Justo entonces, las puertas del ascensor se volvieron a abrir en el
vestíbulo con un ding y lo primero que Mira vio fue a Will, como si su
amiga lo hubiera invocado.
—¿Qué hace aquí?
La última vez que lo había visto estaba a punto de tirarse a esa
morena guapísima. Ahora caminaba despacio por la recepción, solo,
con la cabeza gacha y las manos metidas en los bolsillos de esos
vaqueros ajustados que tan bien le quedaban. La camiseta gris
oscuro que llevaba puesta podría haber pasado desapercibida en
otro cuerpo, pero no había nada común en la forma en la que se le
ceñía a esos hombros gloriosos y se le pegaba al ancho pecho.
Nadie debería estar tan bueno solo con una camiseta y unos
vaqueros.
—Ah —dijo Violet con falsa inocencia—, ¿no te lo había dicho? Se
ha acoplado. No te importa, ¿a que no?
La verdad, no estaba segura. Por un lado, le daba vergüenza
sentirse aliviada de ver que no estaba en cualquier parte dándole
como cajón que no cierra a la morena despampanante. Por otro
lado, salir con él podría significar verlo enrollándose con cualquier
otra desde muchísimo más cerca. Y seguía dándole vueltas a lo que
Violet había dicho sobre Chase Navarro.
Que todos los pilotos se tiran a todo lo que se les pone por
delante.
Will las oyó y se dio la vuelta. Cuando vio a Mira, se quedó helado
y abrió los ojos un poco. Si ya en la habitación no se había sentido
muy allá, ahora estaba incomodísima. Tenía el pelo hecho un
desastre. Llevaba la camiseta que se ponía cuando hacía la colada…
Estaba bastante segura de que incluso se le transparentaba el
sujetador, así que se puso la chaqueta a toda prisa.
—No pasa nada —respondió.
El chico seguía mirándola fijamente mientras se acercaban a él.
—¿Qué pasa? —Mira se abrochó la chaqueta, pero seguía
sintiéndose expuesta.
—Tu pelo —espetó él.
—Lo llevo fatal.
—Me gusta. Muchísimo.
Ella levantó la mano para tocárselo, algo cohibida, y luego se
maldijo a sí misma. ¿Qué más daba si le gustaba su pelo? ¿Por qué
iba a importarle?
Él bajo la mirada a su cuerpo por un segundo.
—Estás diferente. Bien. Muy bien, de verdad.
Ella entornó los ojos para ocultar lo alterada que estaba y se
colocó unos mechones por detrás de las orejas, aunque se negaban
a quedarse ahí.
—¿Nos vamos?
—Por supuesto —respondió Violet, que echó a andar hacia las
puertas giratorias que conducían al exterior—. Invita Will, por cierto.

El bar era un antro cochambroso. Estaba cerca del río, al final de


una callejuela sin salida, bajando un estrecho tramo de escaleras. A
seis metros de la puerta ya se oía a la banda tocar. Había gente
esparcida por el callejón, fumando y riendo; aquello era un mar de
camisetas de grupos descoloridas, piercings y tatuajes. Por supuesto
que Violet había encontrado un sitio como ese en la otra punta del
mundo. Al menos nadie reconocería al piloto. Esa gente no tenía
pinta de ser fan de la Fórmula 1.
Will pagó la entrada de los tres y se abrió paso con los hombros
entre la multitud que llenaba el bar; las chicas seguían su estela.
Cuando encontró un hueco libre, se apartó para que ellas pudieran
colocarse a su lado. De algún modo, Mira acabó pegada a él,
clavándole el hombro en los pectorales. Era demasiado íntimo estar
tan cerca de él, sintiendo el calor de su cuerpo rodeándola desde la
izquierda, con la cara a solo unos centímetros de la suya.
El camarero iba a tope, pero Violet consiguió llamar su atención
con una sola palabra. Se pidió un chupito de tequila, y Will, una
cerveza.
—Un agua con gas —dijo Mira cuando llegó su turno. Su amiga se
volvió hacia ella.
—¿En serio, tía?
—Vale. Vodka con zumo de arándanos. —A lo mejor una copa la
ayudaba a sentirse menos avergonzada.
—Mejor —aprobó la otra y le sonrió—. Es que, a ver, mira este
antro. Está petado de maromazos. Esta noche nos lo vamos a pasar
muy bien.
—Creo que por ahora me voy a limitar a escuchar al grupo.
Violet se encogió de hombros, ya estaba centrada en un chico
rubio y larguirucho que había al final de la barra.
—Allá tú. ¿Y tú qué, Will? ¿Alguna tía te ha entrado por esos ojitos
tan experimentados?
Mira le lanzó un vistazo rápido al piloto y luego volvió a centrarse
en su copa. Ay, madre, ¿iba a tener que escucharlo decidir a por
quién iba a ir y luego iba a mirar mientras se liaban? Cogió la pajita
y le dio un buen trago a la bebida. Fue una idea pésima.
Él carraspeó.
—Solo voy a, eh… Escuchar también al grupo. Por ahora.
La joven le lanzó una mirada, pero él tenía los ojos clavados en la
cerveza.
—Bueno, pues os dejo que echéis raíces aquí. Yo voy a comerle la
boca a ese australiano buenorro que hay al final de la barra.
Dicho esto, Violet se tomó el chupito de un trago, se dio la vuelta
y fue hacia su presa.
—¿En serio? —masculló Mira. Pero tan solo unos segundos
después de haberse acercado a él, el rubio ya estaba sonriendo a su
amiga e invitándola a otro chupito. Pues bien. La tía siempre
conseguía lo que quería. Supuso que Will y ella se habían quedado
solos.
El piloto se agachó para hablarle cerca del oído. Al pronunciar las
palabras, ella sintió el cálido aliento en el cuello.
—Creo que te debo un gracias.
Ella se giró para mirarlo, su cara quedó a tan solo unos
centímetros de la suya.
—Dijiste que tu victoria había sido para mí. Así que estamos en
paz, ¿no?
—Ni de lejos. Es mi primer pódium en la Fórmula 1 y has sido tú
quien lo ha conseguido. Así que… gracias. —Levantó la cerveza hacia
ella y brindó con su vaso.
—De nada.
Le sorprendería que hubiera oído la respuesta que había dado a
media voz.
Él la miró a los ojos unos segundos de más antes de que la vista
se le fuera a la boca. Así que ella enseguida se volvió hacia la banda
y le dio otro trago a su copa.
—Son bastante buenos —comentó, como si un grupo australiano
en un garito de mala muerte fuera el espectáculo más fascinante
que había presenciado en toda su vida.
—Sí.
Dio un par de tragos más. Ya casi se había terminado la bebida.
Seguro que el camarero le había puesto muchísimo hielo.
—¿Quieres otra? —le preguntó su acompañante. Lo tenía tan
cerca de la oreja que sentía las palabras casi tanto como las oía.
—Ah. Claro, supongo.
Hacía calor en el bar y la bebida estaba fría. Nada más terminarse
la primera copa, ya sentía que el vodka estaba empezando a cumplir
su cometido, la liberaba de la tensión que se le aferraba al cuello y
la espalda. Se quitó la chaqueta con un movimiento de hombros y la
tiró en un taburete que había a su espalda. Will le tendió otro vaso y
ella le dio un sorbo agradecida. El tío seguía estando muy cerca, la
camiseta gris le acariciaba el brazo descubierto, las caderas se
rozaban contra las suyas cuando se movía. Al ser consciente de ello,
un hormigueo le recorrió todo el cuerpo. Seguía con la vista clavada
en los músicos, aunque apenas procesaba lo que oía.
La pista de baile se encontraba entre la barra y el escenario,
estaba abarrotada de gente cubierta por una luz azul. Todo el
mundo parecía que se lo estaba pasando en grande. Mira recordaba
esa sensación, avivada por la música y el baile, de que todo era
posible, de que cualquier cosa podría pasar. De que cualquier cosa
pasaría si lo deseaba con suficientes ganas.
Su amiga estaba en lo cierto. Podía permitirse disfrutar un poco,
sobre todo esa noche. Había sido la puta ama en el trabajo; les
había salvado a todos el culo, de verdad. Eso se merecía celebrarlo
un poco, ¿no?
Antes de ser consciente de ello, se estaba moviendo al ritmo de la
música. ¿Cuánto tiempo hacía que no bailaba? Abandonó el vaso
vacío en la barra del bar y fue hacia la pista para meterse de lleno:
la oscuridad, el calor, la música. A lo mejor era cosa del vodka, pero
¿qué más daba? El calor del triunfo del día y la sensación de
posibilidades infinitas la embargaban. Hacía muchísimo tiempo que
no se sentía así. Era genial. Violet tenía razón. Era joven y, esa
noche, quería disfrutarlo.
Will solo podía observarla embelesado, quizás estaba borracha.
Bueno, a lo mejor no iba muy perjudicada, pero sí un poco
achispada. Era la única explicación posible. Estaba bailando. Mira. Se
movía entre la multitud que abarrotaba la pista de baile, con la
cabeza hacia atrás, los ojos cerrados, los brazos levantados,
completamente perdida en la música. Él no podía apartar los ojos ni
aunque lo intentara, cosa que no hacía.
Le sorprendía desearla con tal intensidad. Los latidos de la música,
de su sangre y de su necesidad se habían entremezclado en un solo
latido punzante.
Se imaginó esos brazos envolviéndole los hombros y esos muslos
alrededor de sus caderas. Se imaginó el sujetador de encaje negro
que la delgada camiseta blanca apenas cubría y los pechos que
ocultaba, también se imaginó que los tocaba y los besaba. Y se
imaginó enterrando los dedos en ese pelo increíble, joder, mientras
la besaba, se tiraban al suelo y cubría su cuerpo con el suyo. Nunca
se le habría ocurrido que, cuando por fin se soltara la coleta, luciría
esa larga melena de rizos rubios salvajes como si acabara de salir de
la cama después de echar un buen polvo.
Antes de ser consciente de lo que estaba haciendo, soltó la
cerveza y la siguió al amasijo de cuerpos. Enseguida estuvieron
rodeados, la gente se le pegaba por todas partes y lo empujó contra
ella.
Cuando la chica miró por encima del hombro y procesó que era él,
sonrió y cerró los párpados para dejarse llevar de nuevo por la
música. Alguien lo empujó por detrás y se agarró a ella, pues lo
único que sus dedos encontraron para sujetarse fueron sus caderas.
Y cuando recuperó el equilibrio, no apartó las manos. No la estaba
tocando, solo la agarraba, pero ella tampoco se apartó. Cada vez
que la multitud se movía, ella también lo hacía, con él, contra él,
hasta que quedó claro que la estaba envolviendo con sus brazos. Los
rizos de Mira le hacían cosquillas en la barbilla, su olor lo embriagaba
cada vez que inhalaba. Cuando bajó la cabeza y le apoyó la frente
en la coronilla, notó que la chica se detenía, se rendía, sintió todo su
cuerpo relajado contra el suyo. Ahí estaba la invitación que había
estado esperando.
La canción seguía sonando, el pesado latido del bajo se volvía
cada vez más intenso mientras ellos se balanceaban al unísono. Tiró
de ella con la máxima suavidad del mundo para darle la vuelta.
Quedaron frente a frente, solo unos pocos centímetros los
separaban. Ella tenía el rostro bañado en luz azul, su pelo parecía
tener un halo brillante alrededor. Entonces esos ojazos, enmarcados
en largas pestañas, destellaron y se clavaron en los suyos.
Todo lo que sucedió a continuación parecía inevitable, como un
cometa que orbitaba alrededor de Mira, atraído de manera
inexorable por su gravedad. Will levantó las manos para envolverle la
cara; era tan pequeña comparada con la envergadura de sus
dedos… Cuando bajó la cabeza, ella volvió a cerrar los párpados. Él
se detuvo, apenas durante un suspiro, para saborear el momento y
luego presionó su boca contra la suya. Sintió que aquel era el único
lugar de la Tierra donde se suponía que tenía que estar. En ese
instante y lugar, bajo la luz y la música, besando a esa mujer. Desde
la primera vez que se había puesto detrás de un volante para pilotar,
nada le había parecido más correcto que tenerla entre sus brazos.
Era como si algo por fin encajara en su corazón. Se estaba
enamorando de ella igual que de las carreras: con fuerza, rápido y
de manera irrevocable.
Cuando abrió la boca, ella le dejó entrar y se hundió en la
perfección de sus labios, en su lengua. Todas las fantasías que había
imaginado con ella palidecieron en comparación con la realidad.
Nunca había sentido que besar a alguien fuera tan bueno, tan
intenso. A lo mejor era porque la había deseado desde lo que le
parecía una eternidad.
Mira fue subiéndole las manos por los brazos, como si bailaran, las
deslizó por los hombros y encontró un sendero hasta su pelo. Le
arañó la nuca y él sintió una oleada de placer que le recorrió la
columna vertebral. Will bajó la mano por su espalda, amoldando sus
cuerpos el uno al otro. Encontró su cadera, la acercó más hacia él,
hasta que le pareció sentir que el corazón de ella latía contra su
pecho al mismo ritmo que la música. Cadera con cadera, mientras
sus lenguas se deslizaban la una contra la otra, Will sintió que se
empalmaba. A pesar de la vibración incansable de la música, la
respiración acelerada de la chica se mezclaba con el latido de su
corazón y le resonaba en los oídos.
Volvió a pasarle la mano por ese pelo increíble y lo agarró
cerrando el puño; lo sentía suave entre los dedos, tal y como se lo
había imaginado. Ella gimió contra su boca; fue un ruidito suave y
bajo, una rendición que casi le hizo perder la cabeza.
Cuando por fin se separaron, ella seguía agarrándolo por los
hombros y él todavía la abrazaba, sus frentes se tocaban.
Él levantó la mano para tocarle la mejilla y le acarició el pómulo
con el pulgar.
—Voy a pedir un taxi, ¿vale? —Necesitaba salir de ese bar caluroso
y abarrotado. Ladeó la cabeza, le dio un beso en la mejilla, en el
cuello, en el borde de la oreja, y le susurró al oído—: No sabes
cuánto te deseo. Ven al hotel conmigo.
Cuando se incorporó, ella tenía los ojos cerrados y el ceño
fruncido. Le soltó los hombros y, con cuidado, se apartó. Una brizna
de aire se coló entre ellos.
—No, es que yo…
—Mira…
Ella lo empujó con más fuerza y él la soltó.
—No puedo. Lo siento. No debería haber…
Cuando abrió los ojos y levantó la cabeza para mirarlo, parecía
que estaba a punto de llorar. El deseo de Will se convirtió en culpa.
¿Estaba más borracha de lo que había pensado? ¿Se había
aprovechado de ella cuando estaba demasiado perjudicada para
detenerlo?
—Oye, ¿qué pasa? Cuéntamelo.
Extendió el brazo, la cogió con cuidado por los hombros para
intentar acercarla a él de nuevo.
Pero ella lo apartó de un manotazo mientras se le caían las
lágrimas.
—Tengo que ir al baño.
Se apartó y se abrió paso a codazos entre la multitud. Él se quedó
ahí plantado, solo, en medio de una pista de baile. Se sentía el
mayor cabrón del reino.
Mira cerró la puerta del aseo con un portazo y apoyó la espalda
contra la madera, le costaba respirar. Aún le vibraba todo el cuerpo.
Tenía la cara empapada de las lágrimas y le dolía la garganta del
sollozo que se había tragado.
No, no, no, no, no.
¿Por qué había hecho esa estupidez?
Ni siquiera podía culparlo a él, aunque hubiera sido quien había
empezado. Sí, había bebido, pero no iba borracha, a no ser que
contara estar embriagada por la música y la situación. Embargada
por todo lo que sentía en la pista de baile, se había dado la vuelta
para mirarlo y entonces lo supo. Tuvo claras sus intenciones en
cuanto lo miró a los ojos. Ella sabía lo que iba a pasar y se quedó
ahí, permitió que sucediera. Lo recibió con los brazos abiertos.
Porque ella también quería aquello.
Y cuando lo había conseguido…
«No sabes cuánto te deseo».
Cerró los ojos y se le escapó un gemidito desamparado. Dios, ella
también lo deseaba. Las repercusiones de ese beso todavía le ardían
en el cuerpo. Todavía sentía sus dedos en la nuca, su mano en el
pelo… Todavía sentía el sabor de su boca en los labios. Tenía los
pezones duros y la entrepierna le dolía de la necesidad al acordarse
de las palabras que le había susurrado. ¿Qué le pasaba? ¿Acaso no
había aprendido nada? Apenas acababa de empezar la temporada y
ya se estaba enrollando con un tío en un bar. Y no con cualquiera,
sino con Will. Que pilotaba en la escudería de su padre. En quien
había empezado a pensar como un amigo de verdad. El único chico,
quizás en todo el mundo, capaz de arruinar todo por lo que había
estado luchando.
Parecía que estaba decidida a encontrar una forma de
autosabotearse.
Sacó unas cuantas servilletas del dispensador de papel que había
en la pared y se secó la cara. Bueno, la diferencia era que la última
vez tenía dieciséis años y era idiota. Ahora tenía veintitrés y era
mucho más lista. Lo suficiente como para dar un paso atrás y
recomponerse en lugar de lanzarse de cabeza y a ciegas directa
hacia el desastre. Daba igual cómo le hiciera sentir aquel hombre, lo
que había sucedido no volvería a ocurrir.
Cuando abrió la puerta del baño, Will la estaba esperando fuera,
apoyado contra la pared y con los brazos cruzados.
—¿Estás bien?
—Oye, de verdad que lo siento —se disculpó ella—. No debería
haberlo hecho. Ha estado mal por mi parte.
Él se apartó de la pared y se acercó un paso. La sonrisa que le
lanzó hizo que a Mira le diera un vuelco el corazón.
—Estoy bastante seguro de que he sido yo.
Estiró el brazo para tocarla, pero ella reculó y sacudió la cabeza,
estaba al borde de un ataque de pánico.
—No debería haberte dejado hacerlo. No puedo. Es…
—¿Por qué? —Se le borró la sonrisa.
—Esto no puede ser. Tú y yo.
Se quedó callado unos segundos, era un silencio tan pesado que
creía que podría aplastarla. La observaba fijamente, Mira lo sentía,
pero era incapaz de devolverle la mirada.
—Entonces ¿quieres olvidarte de esto sin más? —preguntó él al
fin.
—Creo que sería lo mejor.
Él resopló, se le escapó una carcajada sin gracia, pero no discutió.
—Vale, de acuerdo. Esto nunca ha sucedido.
—Me gustas, Will.
—¿Qué?
Ahora sí que consiguió levantar la cabeza para mirarlo. Él tenía el
ceño fruncido, intentaba descifrar lo que le estaba diciendo.
—Eres mi amigo y me gustas mucho.
—Amigo —repitió él.
—Eso es lo único que podemos ser.
Más silencio. El chico le daba vueltas a sus palabras con una
expresión indescifrable. Al final, asintió y soltó un suspiro cansado.
—Vale. Amigos.
—Creo que debería irme.
Él asintió tenso.
—Voy a pedir un taxi.
—No, no tienes que…
—Mira, no voy a dejar que vuelvas sola al hotel a estas horas.
—No voy a irme sola. Voy a buscar a Violet.
—Entonces os acompañaré a las dos.
—No hace falta que te vayas…
—No me voy a quedar aquí sin ti.
No tenía fuerzas para discutir con él, así que se deslizó por su lado
y fue a buscar a su amiga. La encontró en la barra, charlando con
un chico… que no era el de antes.
—Tía, siento interrumpirte, pero tengo que irme.
Ella se giró para mirarla, pasó los ojos de Mira a Will. Lo que sea
que vio en ellos le hizo tragarse las preguntas que era obvio que
quería hacer. En lugar de meter el dedo en la llaga, se limitó a
asentir.
—Claro. Vamos.

El Uber avanzaba por las oscuras calles de Melbourne hacia sus


respectivos hoteles. Will seguía pensando en la pista de baile, en el
recuerdo de su cuerpo pegado al de Mira. Se había puesto cachondo
y había estado dispuesto a cumplir todas las fantasías que se había
imaginado desde que la había conocido. Pero ahora ella estaba al
otro lado del taxi, sumida en un coma de miseria, con los ojos fijos
en la ventana y la mirada perdida, sin decir ni una palabra. Él le
había dicho que le haría caso y que haría como si aquello no hubiera
pasado. Pero era mentira, porque era imposible que se olvidara de lo
que esa mujer le había hecho sentir, de su sabor. Incluso entonces,
sentado en el tenso silencio de la parte trasera de un coche, la
sangre le ardía y la polla se le ponía durísima solo de acordarse de
ese beso.
Para Will estaba más que claro que ella se sentía igual de atraída
que él, pero, por lo que fuera, se negaba a permitirlo. Se sentía
frustrado, se le habían desbaratado los planes, pero no podía hacer
una puta mierda al respecto. Se había echado a llorar. La había
besado y ella se había deshecho en lágrimas. Solo de pensarlo, se le
pasaba el calentón. Durante una pequeñísima fracción de segundo.
El vehículo se detuvo delante del hotel donde se alojaba el piloto,
que casi se bajó de un salto.
—La segunda parada es vuestro hotel —dijo—. Así que debería
estar todo pagado.
—Gracias —dijo automáticamente la de relaciones públicas.
Antes de cerrar la puerta, Will dudó. Miró a Mira, que estaba
vuelta hacia el lado contrario a conciencia, centrada en la ventana.
Violet pasó los ojos del uno a la otra, luego lo miró de nuevo a él y
se encogió de hombros.
Vale. Esa noche no iba a conseguir respuestas. A lo mejor nunca
lo hacía, pero estaba en su derecho de guardar silencio. Lo había
rechazado, así que ahora no le quedaba más remedio que superarlo
y seguir con su vida. Como si fuera así de simple.
—Escribidme cuando lleguéis al hotel —se despidió al fin.
Mira no respondió, así que Violet salió al paso:
—Por supuesto. Gracias por las copichuelas.
Él se pasó una mano por el pelo, pero soltó un «mmm» de
frustración.
—No hay de qué.
Se quedó un rato plantado en la acera, observando el coche
mientras desaparecía al final de la calle, antes de encaminarse hacia
el hotel.
Casi de inmediato, vio a Rikkard, uno de los pilotos de reserva de
Lennox, que se dirigía al bar del vestíbulo.
—¡Pero, bueno, mira a quién tenemos aquí! ¡El puto número dos!
—Hola, Rikkard.
Era finlandés, tenía veintidós años y su carrera acaba de empezar.
Prometía mucho como piloto. En realidad, le recordaba mucho a sí
mismo cuando tenía su edad: un talento en bruto que necesitaba
experiencia y que tenía inclinación por las fiestas locas. En ese
momento, era más que obvio que iba bastante perjudicado.
—Will, vente conmigo. —Le pasó un brazo por los hombros—. Hay
un bar petado de tías desesperadas por felicitarte.
—No estoy seguro de que me apetezca —dijo él, y se detuvo.
Rikkard se tropezó y se paró también, luego se giró para mirarlo a
la cara.
—Will. —Cogió al otro piloto por el cuello—. ¡Te has subido al
pódium! ¡Has quedado segundo! ¿Qué hostias quiere decir que no te
apetece? ¡Es tu deber entrar ahí y celebrarlo! Bebe champán, fóllate
a alguna tía. Vamos. ¡Si esto es lo mejor de las carreras!
Tal vez no fuera la mejor parte de competir en la Fórmula 1, pero
Rikkard no se equivocaba del todo. Había acabado en el pódium.
Debería celebrarlo.
Las cosas con Mira le habían explotado en la cara, ¿y qué? Eso no
quería decir que tuviera que volver arrastrándose a su habitación a
lamerse las heridas.
El ruido de la música y de las risas llenaba el vestíbulo mientras se
lo pensaba. Justo entonces una figura se materializó en el bar mal
iluminado. Una silueta llena de curvas enfundada en un vestido rojo
ajustado.
—Hola otra vez, Will.
—Hola, Francesca.
El Uber dejó a las chicas delante de su hotel unos minutos después
de que se bajara Will.
—Gracias por haber vuelto conmigo tan pronto —dijo Mira cuando
cruzaron las puertas giratorias—. No sabes cuánto te lo agradezco.
—Tenía pinta de que era lo que necesitabas —dijo Violet con
suavidad.
—Sí.
A Mira todavía le temblaban las manos. Cada vez que cerraba los
ojos, se imaginaba la cara del piloto mirándola a los ojos en la pista
de baile y oía la urgencia rasgándole la voz cuando le suplicó al oído
que se fuera con él.
Violet exhaló con fuerza.
—Oye, estas cosas se me dan como el culo, pero si quieres
hablar…
—Tranqui, no pasa nada. Estoy bien, es solo que…
—¿Mira?
Era la única voz que no quería oír. Mucho menos esa noche. Muy
despacio, se dio la vuelta y se encontró con su padre. El hombre
acababa de entrar en el hotel, Natalia iba cogida de su brazo. Habían
estado en una fiesta que había dado uno de los patrocinadores,
recordó su hija vagamente. Debería haberse ido con él. Hacer su
trabajo, pegarse al jefe toda la noche… Ahí es donde debería haber
estado. Porque ya veía lo que pasaba cuando no lo hacía.
Como ella no dijo nada, su amiga salió al rescate.
—Hola, Paul. ¿Vosotros también acabáis de volver?
Este las estudió a las dos. Su hija quería morirse. ¿Por qué no se
resquebrajaba el mármol pulido que pisaba y se la tragaba entera?
Estaba hecha un cuadro: el pelo alborotado, el maquillaje corrido por
las lágrimas, y el pintalabios, por el beso.
—Parece que nuestra noche no ha sido tan movida como la
vuestra.
Violet se rio, pero Mira no. Por sus palabras sabía que la estaba
juzgando. Justo eso era lo que él se temía cuando su hija le pidió si
podía trabajar en la escudería… Justo eso era lo que él tenía miedo
que hiciera. Y allí estaba ella, demostrándole que todos sus miedos
eran fundados. Y eso que ni siquiera sabía lo de Will. A lo mejor no
volvía a hablarle en la vida si se enteraba de lo que había hecho con
él esa noche.
—He arrastrado a la pobre a un bareto para escuchar a un grupo.
Aunque se ha portado muy bien.
—No parece que sea muy de tu estilo, Miranda. —Paul frunció más
el ceño.
A ella le ardía la cara y tembló miserablemente al obligarse a
mirarlo a los ojos.
—La música estaba bien —murmuró—. Pero sí, no es lo mío.
El silencio era tan frágil que incluso Violet se sentía demasiado
intimidada para romperlo. Aunque el día anterior hubiese mirado a
su hija con orgullo por salvar la carrera y le hubiera dicho que había
hecho un buen trabajo, no era así como la veía ahora.
—Bueno, yo estoy agotada —dijo Natalia, siempre tan diplomática
—. Nos vamos a ir arriba a dormir un poco.
—Buenas noches —dijo Mira cuando pasaron por su lado.
Paul se detuvo.
—¿Te veo mañana en el avión, Miranda? Esperaba ponerme al día
con el papeleo que nos falta durante el vuelo.
—Por supuesto. Lo que necesites.
Al día siguiente, se subiría al avión con el portátil y todos los
documentos y carpetas que poseía. A la mierda lo de recuperar el
sueño. Trabajaría todos los minutos que estuvieran en el aire.
—Buenas noches, Miranda.
En silencio, las chicas se quedaron observando a la pareja que se
alejaba. Cuando las puertas del ascensor se cerraron a su espalda,
Violet la miró.
—¿Qué coño ha sido eso?
—Nada.
—¿Nada? Pues me siento como si tu padre nos hubiera pillado
escaqueándonos después del toque de queda. ¿Se ha cabreado
porque has salido de fiesta?
—No se ha enfadado. Está decepcionado. Lo cual es mucho peor.
No debería haber ido.
Echó a andar hacia el ascensor, pero su amiga la cogió del brazo.
—Mira, ¿por qué iba a molestarle que salieras y te divirtieras un
poco? Eres una persona adulta.
Entraron en el ascensor.
—Tiene sus buenas razones. Es lo único que puedo decir —
respondió cuando la otra la miró como si quisiera protestar. Cuando
el ascensor se detuvo, Violet puso una mano contra la puerta para
evitar que se cerrara mientras Mira se bajaba.
—Oye, las cosas ya no son como antes. Ya no eres la chica de
esos titulares. —Por cómo la miraba, Mira supo que lo sabía todo.
Por supuesto que había rebuscado en los trapos sucios que seguían
ahí fuera.
—Eh… —empezó a decir, pero fue incapaz de articular palabra.
—Mira, tranqui. Yo te cubro las espaldas. Ve a dormir. —Un
segundo después, soltó la puerta y esta se cerró.
El metal pulido le devolvió a Mira su reflejo, ahí tenía otra
acusación silenciosa. El pelo alborotado, el rostro pálido, los ojos
rojos y acuosos. Estaba claro que tenía el mismo aspecto que mucho
tiempo atrás; todavía era esa chiquilla que había jurado dejar atrás
definitivamente.
Al día siguiente, empezaría de cero y borraría a esa chica de la
historia de una vez por todas.
Dos días después de aquella noche en Melbourne, empezó a circular
por internet una foto de Will y la morena con la que Mira lo había
visto en la fiesta. Salvo que estaba en la recepción del hotel del
piloto y no había dudas de que se la habían sacado después de que
se bajara del taxi.
La joven se quedó sin aliento al ver la imagen, pero ahí tenía otro
recordatorio de que lo que había pasado entre ellos había sido un
error, por si necesitaba más. Sí, la había besado. Sí, le había pedido
que se fuera al hotel con él. Pero también estaba claro que
enseguida había encontrado una sustituta después de que ella lo
rechazara.
Que se hubiera librado por un pelo reforzó su resolución de
mantenerse alejada de Will todo lo posible. Resultó que era algo
bastante fácil de conseguir. Con todo lo que tenía entre manos con
el traslado a Singapur, no lo vio ni una sola vez. A lo mejor él
también la estaba evitando. A pesar de que le había asegurado que
la consideraba una amiga, se jugaba el cuello a que el besuqueo
interrumpido y su subsecuente ataque de pánico habían terminado
con sus ganas de mantener una amistad. Era obvio que él había
pasado página. Era hora de que ella hiciera lo mismo.
Por eso le sorprendió que el primer día completo que pasaban en
Singapur Will le enviara un mensaje una hora después de la rueda
de prensa.
Era un texto urgente y conciso:

Reúnete conmigo en el vestíbulo del hotel. Necesito ayuda.

¿Para qué tendría que echarle una mano? Si tenía algún problema
con la suite, el director del hotel se dejaría los cuernos por
arreglarlo. Todavía estaban cargando y preparando el garaje de
Lennox en el circuito, así que era un pésimo momento para que Mira
se ausentara. Pero le gustara o no, era parte de su trabajo echarle
un cable al piloto y, si decía que necesitaba algo, tenía que ir.
Sentir el aire frío del vestíbulo de mármol blanco fue un alivio
después de la implacable humedad del exterior. Se secó el sudor de
la frente mientras buscaba a Will con la mirada. Estaba encogido en
un sillón de cuero, mirando algo en el móvil. Cuando lo vio, él
levantó la vista y la divisó, luego sonrió de oreja a oreja. Desde
aquella noche en Melbourne, lo único que Mira había hecho había
sido trabajar. Estaba decidida a purgar el recuerdo a fuerza de
agotarse, pero solo hizo falta un vistazo a esa sonrisa devastadora
para echarlo todo por tierra.
No le respondió al gesto, sino que puso una expresión impasible.
También intentó apartar la vista mientras él levantaba su cuerpo de
adonis del asiento y avanzaba por el vestíbulo hacia ella. Estaba
acalorada y sudando después de la caminata que se había pegado
desde el circuito y él tenía pinta de acabar de salir de un anuncio de
calzoncillos de Calvin Klein. Pero con más ropa. Varias mujeres y un
par de hombres dejaron lo que estaban haciendo para mirarlo, era
un dios caminando entre mortales. Sin embargo, él parecía ajeno a
las reacciones que provocaba a su paso.
—¿Qué quieres? —preguntó Mira cuando lo tuvo lo
suficientemente cerca—. ¿Pasa algo?
—Necesito camisetas —dijo él con una expresión seria.
—¿Qué?
—Necesito camisetas nuevas, así que me voy a ir de compras y tú
te vienes conmigo.
Ella cerró los ojos y sacudió la cabeza confundida.
—¿Me has sacado de la preparación del garaje para que te
acompañe a comprar ropa? ¿Me lo dices en serio?
Él hizo un gesto con la mano como para quitarle importancia.
—Esa gente ha preparado el box de Lennox como un millón de
veces. Estarán bien.
—¿Y si algo sale mal? ¿Y si hay alguna duda? ¿Y si…?
—Pueden enviarte un mensaje. Como he hecho yo.
—Pero eso sí sería una emergencia de verdad, ¡no ir a reponer tu
armario!
—Mi situación es un contratiempo, sin duda alguna —dijo con
gravedad—. Además, te dije que me aseguraría de que te lo pasaras
bien en el viaje.
—¿No tienes a nadie más que te acompañe? —preguntó ella al fin,
exasperada. Como él parecía confundido, le explicó—: ¿La tía esa?
¿La de Melbourne? Hay fotos tuyas con ella en internet.
Él sonrió, era un gesto amplio y desvergonzado.
—¿Me estás espiando, Mira?
—Me las enseñó Violet.
Era mentira, pero él no tenía por qué saberlo.
—Solo era Francesca. —Se encogió de hombros—. Creo que está
liada con Rikkard. Da igual. Así que…
—¿No te acostaste con ella?
La sonrisilla de suficiencia regresó.
—No, Mira. No me acosté con Francesca.
A la chica le ardía la cara de la vergüenza y agachó la cabeza para
mirar el suelo. Era incapaz de soportar esa expresión que sin duda
alguna era de engreído.
—A ver, tampoco es que sea asunto mío…
—No.
—Vale.
—Entonces… ¿camisetas? Y luego una sorpresa divertida.
La joven seguía desconcertada. No se había acostado con la tía
esa. Aunque tampoco es que importara. Pero, aun así, una pequeña
parte de sí misma se alegraba, a pesar de lo mucho que intentó que
no fuera así. Si hubiera sido lista, le habría dicho que se comprara él
solito su estúpida ropa y que la dejara en paz. Pasar tiempo de ocio
con él ya había resultado ser algo peligroso. Había muchas cosas
que hacer en el circuito, aunque Will tenía razón y montar el garaje
no requería su estricta supervisión. Sin duda, debería haberse dado
la vuelta para marcharse.
Pero, dejando a un lado ese desafortunado beso, le gustaba ser su
amiga, y estaba luchando contra la oleada de alivio que sentía al
saber que no se había liado con nadie más esa noche.
Suspiró cansada y aceptó.
—Me debes una.
Él sonrió y ella tuvo que luchar con todas sus fuerzas para no
devolverle el gesto. Incluso hizo una actuación digna de un premio
al quejarse mientras él la arrastraba fuera del hotel.

—Me prometiste una sorpresa divertida. ¿Dónde está?


—Paciencia, Mira. ¿Acaso no he pagado yo el café?
—Eso no ha sido divertido, sino más bien una cuestión de
supervivencia.
Aspiró por la pajita los últimos restos del iced latte e ignoró la
sonrisilla petulante de Will. Gracias a Dios que había Starbucks en
todo el mundo. Los podrías encontrar en todas partes, incluso en un
centro comercial de Singapur.
—¿Siempre consumes cafeína con tanto entusiasmo?
—Mmm… Sí, siempre.
Era su comida favorita, por delante del queso y del helado. Le
encantaba.
—No me sorprende. Explica muchas cosas de ti.
—Bueno, ¿y adónde vamos ahora?
—Te he dicho que tengas paciencia.
—Dame una pista.
—Estás demostrando todo lo contrario de lo que te he pedido.
—No me gustan las sorpresas.
—Eso tampoco me extraña de ti.
—Will…
—Aquí lo tienes. —Dejó de caminar y señaló hacia delante con la
cabeza.
—¿Una noria?
—No, es la Singapore Flyer: ¡la noria mirador más grande de Asia!
Disfruta de las vistas panorámicas de toda la ciudad desde los
compartimentos con aire acondicionado.
—Parece que estés citando una página web.
—Así es —le dio la razón—. Vi que alguien publicó algo sobre las
mejores atracciones turísticas de la ciudad, y esta era la primera de
la lista.
—¿Lo dices en serio?
—Yo siempre cumplo mis promesas. Vamos.
Cuando el de la taquilla se dio cuenta de que habían ido hasta allí
por la carrera de Fórmula 1, enseguida les regaló unos pases VIP y
les dio un compartimento para ellos solos, a pesar de que habrían
entrado veinte personas sin ningún problema.
—¿Haces esto en todas partes? —le preguntó Mira mientras la
noria empezaba a ascender.
—¿Comprar camisetas? No, como te he dicho, era una
emergencia.
Ella se rio.
—No, no me refiero a las compras, sino a esto. Ya sabes, al
turisteo.
—Nah. Me paso la mayor parte del tiempo en la suite del hotel y
en el gimnasio.
—Y me dabas la brasa porque yo nunca salía.
—Verás, es que esto también me beneficia a mí. No seas tan tan
egoísta, mujer.
—Vale, está bien. —Se centró en las vistas mientras subían
despacio por encima del puerto—. Tengo que admitir que esto no
está tan mal.
Él le dio un golpe con el hombro.
—No, la verdad es que no.
¿Cuándo se había acercado tanto? Estaban sentados el uno al lado
del otro, en el banco que había en medio del compartimento. Tenían
los muslos tan cerca que Mira sentía el calor que emanaba del
cuerpo de Will. Estaba agarrado con la mano al borde del asiento,
justo al lado de la de ella. Tenían los dedos tan cerca que la joven
habría jurado que saltaban chispas entre el pequeño espacio que los
separaba.
¿Qué tenía ese chico? Se había pasado la última semana
evitándolo, recordándose a sí misma todas las razones por las que
era peligroso y casi lo había conseguido. Ahora, después de pasar
una hora en su compañía, se estaba convirtiendo en un amasijo de
puro nervio solo por estar sentada a su lado. Se había olvidado de
toda su fuerza de voluntad, se la había dejado en el suelo mientras
se elevaban en el aire. Haberse quedado a solas en el
compartimento había sido una idea horrorosa. No había nadie, ni
turistas parloteando ni críos gritando, que pudiera interponerse entre
ellos.
La chica respiró hondo, se puso de pie y lo dejó en el banco en el
centro de la cabina, luego avanzó hacia la barandilla que había en la
pared de cristal. El sol había empezado a ponerse. Más allá del
skyline, el puerto se extendía en la distancia, iluminado con tonos
dorados y naranjas.
—Las vistas son preciosas —dijo ella con una alegría forzada—. Se
ve a kilómetros de distancia.
Lo siguiente sería hacer comentarios sosos sobre el tiempo o
preguntarle qué tal el vuelo. Pero tenía que decir algo para disipar
esa necesidad acuciante que amenazaba con comérsela entera y, por
mucho que lo intentara, no se le ocurría nada más inteligente.
A su espalda, lo oyó levantarse y caminar hacia ella.
—Sí que lo es, sí.
«Amigos, amigos, amigos». Repitió la letanía en su cabeza para
recordarse a sí misma lo que era aquello. Se habían divertido
pasando el día juntos. Incluso había disfrutado comprando sus
estúpidas camisetas caras. No podía estropearlo teniendo algo más.
—Ey, mira, desde aquí se ve el circuito. Señaló la forma retorcida
del Marina Bay Street Circuit que se encontraba por debajo de ellos.
Estaba acordonado y habían despejado el tráfico porque lo estaban
preparando para las prácticas del día siguiente.
—Qué fácil parece desde aquí arriba —dijo él, apoyándose en la
barandilla a su lado.
—Solo tienes que dar sesenta y una vueltas muy deprisa. Si te soy
sincera, Will, no sé por qué os pagan tanto. Cualquiera podría
hacerlo.
El piloto soltó una risilla, estaban tan cerca que sus hombros
volvieron a tocarse. ¿Lo sabría él? Debía de haberse dado cuenta de
que, cada vez que la tocaba, el calor se apoderaba de su cuerpo. A
pesar de que el compartimento tenía aire acondicionado, notaba la
presión del ambiente cálido y húmedo de Singapur. Sentía el pecho
acalorado, y la nuca, sudorosa.
Tragó saliva con fuerza, escaneó el skyline de la ciudad buscando
algo en lo que centrarse, cualquier cosa.
—¿Qué isla es esa? —preguntó con un tono de desesperación en
la voz. Fue muy consciente del modo en que lo dijo y le dolió.
Él se encogió de hombros con esa gracia física envidiable que
desprendía. Parecía tranquilo y relajado.
—La isla Sentosa. ¿Has estado? Me imaginaba que tu padre te
habría llevado.
—Nunca tenía tiempo para cosas así.
«Venga, genial. Vamos a hablar de mi padre», pensó. Eso acallaría
el ridículo subidón de hormonas que había sufrido.
—Te habría gustado ir de pequeña. Está llena de parques
temáticos y tal.
—¿Tú sí has ido?
Él carraspeó.
—Eh, sí. El primer año que hice el circuito, pero no por los
parques temáticos.
Ella soltó una risilla.
—Vale. Si había un bar implicado, puedo imaginarme el resto.
—Pues ya sabes más que yo, porque tengo una laguna mental
increíble. Había una playa. Había algunas chicas. Después de eso, no
recuerdo nada. Tuve una resaca brutal. Y tenía que competir al día
siguiente.
—Vaya.
—Sí, fui un idiota.
Se quedaron callados durante un minuto, observando la ciudad,
que cada vez se iba haciendo más pequeña a sus pies. El sol se
hundía en el cielo y las luces habían empezado a encenderse por
toda la urbe. Por debajo de ellos, se reflejaba un arcoíris de colores
en las aguas de Marina Bay.
—¿Mira?
Lo supo. En cuanto lo oyó decir su nombre con ese murmullo bajo
tan particular, supo lo que venía a continuación. Cuando se giró para
mirarlo, tenía los ojos clavados en los suyos. El corazón le latía tan
fuerte que estaba segura de que Will podría oírlo, pues le martilleaba
contra las costillas. Entonces, él se inclinó para besarla. Pero el beso
nunca llegó. Se detuvo a tan solo unos centímetros de su boca.
Hasta entonces, ella no se había fijado en que el atardecer
derrochaba unos rayos de color ámbar que destacaban el pelo
oscuro del piloto y los ojos azules se le oscurecieron con un aire
dramático. Ella parpadeó, incapaz de apartarse o de respirar.
—¿Seguimos con eso de no besarnos? —murmuró él.
Cuando lo preguntó, ella sintió que un aliento cálido y seductor le
acariciaba la boca. Le hormigueaban los labios como si ya los tuviera
sobre los de él. Sabía exactamente cómo se sentía el hombre que
tenía delante, cuál era su sabor. Sería bueno, genial, porque ya lo
había besado antes. Sabía cómo eran sus besos y que eran difíciles
de olvidar. Se agarró con fuerza a la barandilla de metal, luchaba
contra el impulso de inclinarse hacia él.
—Sí —susurró cuando fue capaz de reunir suficiente sentido
común como para sacar la palabra a la fuerza—. Espera… Es decir,
no. No, no hacemos esas cosas.
Él bajó los ojos para mirarle la boca y se quedó ahí, a tan solo
unos centímetros de distancia. Luego, ladeó la cabeza y soltó un
suspiro que cubrió los labios de Mira; era una promesa cálida y
seductora de lo que podría tener si tan solo se inclinaba un poquitito
hacia delante. Los músculos se le tensaron y le entraron ganas de
dejarse llevar, como si fuera un imán y ella se sintiera atraída sin
remedio.
—Qué pena —dijo él.
Ella sintió que le acariciaba la cadera con la punta de los dedos y
pasaba a la espalda baja.
—¿Qué estás haciendo? —Las palabras le salieron en un susurro.
—No besarte.
Estiró la mano y la presionó contra la lumbar. A ella se le tensaron
los músculos y dejó de respirar al imaginarse el calor de esa palma
en cualquier otra parte, acariciando hasta el último centímetro de su
piel. A lo mejor, si la tocaba lo suficiente, podría dejar de pensar
tanto.
Will curvó los labios en una sonrisa perversa y siguió deslizando la
mano hacia abajo, por encima de la curva del culo y hasta la parte
trasera del muslo. Ella cogió aire y lo soltó en un suspiro lento y
tembloroso. A él se le oscurecieron los ojos, tensó los dedos y cerró
el puño alrededor de un trozo de tela de la falda. Mira se la había
puesto porque hacía demasiado calor y humedad, pero ahora se
sentía medio desnuda, como si en cualquier segundo aquel hombre
pudiera meterle la mano por debajo del dobladillo y entre los
muslos.
Ay, Dios, eso era lo que ella quería. Quería que le presionara la
espalda contra la barandilla y que le levantara la falda. Quería
deslizar las manos por debajo de esa estúpida y carísima camiseta
tan suave que llevaba puesta y sentir el calor de su piel.
—Esto es…
Él bajó la vista y le miró los labios.
—Sigue sin ser un beso, ¿verdad? —Volvió a levantar los ojos y
clavar la mirada en la suya—. A no ser que ahora quieras que lo sea.
«Sí, por favor, solo un beso para que pueda dejar de luchar
conmigo misma».
Pero no fue eso lo que respondió. No dijo nada en absoluto; pues
era incapaz de apartarlo o de darse permiso a sí misma para dejarse
llevar. Él siguió escudriñándole el rostro unos segundos más, como si
pudiera ver la batalla interior que estaba librando. Entonces suspiró
y apartó la mano.
Se apoyó en la barandilla con una expresión indescifrable.
—Pues dime tú cuándo, Mira —contestó con la voz ronca.
Ella estaba temblando cuando se giró hacia la barandilla y se
mordió el labio precisamente para no decirle «ahora».
Cuando bajaron de la noria, todavía quedaba mucha noche por
delante y Will estaba deseando mantener a Mira a su lado. Seguían
estando demasiado cerca del circuito, donde de repente ella podría
decidir que tenía que trabajar, así que siguió hablando para
distraerla. Cruzaron la bahía por el puente Helix, el acero retorcido
se curvaba por encima de sus cabezas y brillaba con focos azules y
morados. Desde ahí, el camino los llevó por la orilla del puerto
deportivo, las luces de la ciudad destellaban en el agua conforme iba
oscureciendo.
Cuando el sol se puso, la temperatura por fin bajó un poco,
aunque el aire nocturno seguía siendo tropical. La brisa cruzó el
agua y le apartó el pelo a Mira de la cara; el olor del champú de
mandarina y clavo embriagó a Will.
—Entonces la última vez que estuviste en Singapur… —empezó a
decir ella.
Él la miró.
—¿Sí?
—¿Estabas tan borracho que no te acuerdas? Pero si acababas de
fichar por un equipo de la Fórmula 1 —dijo Mira, incrédula—. No lo
entiendo.
—Ah, sí —respondió él, se encogió de hombros, incómodo. En
aquel entonces había sido muy idiota. No le había dado a todo
aquello la importancia necesaria y acabó perdiendo una oportunidad
única en la vida. Había sido un error que solo pretendía cometer una
vez—. No tenía la cabeza en su sitio.
Ella se limitó a quedárselo mirando en silencio y él suspiró. No iba
a dejar que se librara con tanta facilidad.
—Así que ya sabes que mi familia es… Bueno, son…
—¿Ricos?
Will soltó una carcajada.
—Bueno, sí, eso también. Pero me refería a que son… estirados.
No aprueban lo que hago.
Ella frunció el ceño de una forma que a él enseguida le pareció
adorable.
—Pero ¿por qué? No hay ni treinta personas en el mundo capaces
de hacer lo que haces tú.
—Ten cuidado, Mira, empiezas a hablar como si estuvieras
impresionada.
Ella soltó una risilla y le dio un golpe con el hombro. Él se lo
devolvió. Fuera consciente de ello o no, la chica no se avergonzaba
de tocarlo, como había pasado antes. Eso tenía que ser un avance.
Will todavía sentía la forma de la cadera femenina bajo la palma de
la mano. Se le había grabado en el cerebro y quería más.
El camino acababa en una plaza, así que siguieron andando,
bordeando el puerto deportivo y alejándose cada vez más y más del
circuito, el hotel y el resto de las cosas que les recordaban al mundo
real.
—Venga ya —dijo ella—. Cuéntame lo que pasó.
—Bueno, para empezar, a diferencia de ti, yo era un manta en el
cole. Y era todo aburridísimo, joder. Lo único que de verdad se me
daba bien, lo que de verdad quería hacer, era pilotar. Y a ellos les
parecía bien de pequeño, cuando solo eran karts. Pero se suponía
que tenía que dejar todo eso atrás cuando creciera… Ponerme serio,
ir a la universidad, trabajar en la empresa familiar.
—Supongo que eso no entraba en tus planes.
Él resopló.
—Ni siquiera intenté que me admitieran en la facultad. Soy el
primer miembro de mi familia desde la conquista normanda que no
tiene un título universitario.
—Estoy bastante segura de que en aquella época ni siquiera se
había inventado la universidad.
É
Él soltó una risilla.
—A lo mejor no, pero déjame que te diga que, en cuanto las
construyeron, los Hawley enviaron a sus vástagos. Mi familia es
dueña de un banco. ¿Eso lo sabías?
—Algo había escuchado. ¿En plan Citibank?
—No exactamente. Solo hay una sucursal de Hawley & Sons,
cerca de Temple Bar, y no admite nuevos clientes.
—Entonces ¿quién va allí?
Will volvió a resoplar.
—Las mismas familias rancias que han hecho negocios con la mía
desde tiempos inmemoriales. Lo importante en Hawley & Sons es la
tradición. Todo se hace tal y como se hacía en la época del puto
Jorge III.
—Y entonces llegaste tú.
—Y entonces llegué yo. Te juro que ni siquiera puedo respirar en
ese sitio. Huele a mausoleo. —Se sentía muy pequeño solo de
pensar en la madera de caoba y el interior de terciopelo del banco.
Se hubiera vuelto loco si hubiera tenido que pasarse toda la vida ahí
metido.
—Ya, no te imagino para nada en un sitio como ese.
—Yo tampoco, y menos mal que tenía opciones. Cuando conseguí
entrar en el programa de jóvenes pilotos de Hansbach, mis padres
estaban dispuestos a darme un año o así para que se me pasara la
tontería. La verdad es que la mayoría de la gente no lo consigue.
Pensaban que me daría un baño de masas y luego volvería al mundo
real.
—Pero no fue así.
—Nop. Conseguí un asiento en el equipo de Fórmula 1 de la
escudería. —Se detuvo unos segundos, se estaba acordando de
cuando fue a casa a contarles lo del contrato, había sido un estúpido
al pensar que se alegrarían. Eran las mejores noticias que había
recibido en su vida, lo mejor que le había pasado nunca. Por muy
crío tonto que fuera, había pensado que eso les demostraría que
estaba haciendo lo correcto, que estaba donde tenía que estar.
Nunca se le había pasado por la cabeza que ellos no lo considerarían
buenas noticias.
Respiró hondo y le dedicó a Mira una sonrisa forzada.
—Por decirlo de una forma suave, no les alegró mucho. Fue una
masacre que flipas. Se dijeron muchísimas cosas horribles. Te lo
puedes imaginar.
—¿Y todavía no han entrado en razón?
—No tengo ni idea. Me pasé años sin hablarles. Hace poco que
retomé el contacto y paso con ellos el menor tiempo posible.
Ella le puso la mano en el brazo.
—Lo siento muchísimo.
Él bajó la mirada sorprendido al ver esa mano tan pequeña en su
antebrazo. La gente lo había juzgado durante tanto tiempo por las
cosas malas que había hecho que no estaba acostumbrado a que
alguien se compadeciera de él.
—Oye, antes de que empieces a sentir demasiada simpatía hacia
mí, vamos a dejar algo claro. El único que tiene la culpa de todas las
mierdas que hice ese año soy yo. Pero… sí, estaba enfadado. Si no
podía ser bueno, entonces sería muy muy malo, ¿sabes? ¿Y ahora? A
tomar por culo. Saben dónde encontrarme si les importara y les da
igual.
—Eso es muy triste, Will.
—Ey, ¿qué acabo de decir? No sientas pena por mí. Estoy bien.
—Si tú lo dices.
Él levantó las manos exasperado.
—¡Sí!
—Will…
—¿Quieres comer algo? —le preguntó de repente, deteniéndose
en medio de la acera y girándose para mirarla—. Me muero de
hambre.
—Bueno… —Ella también se detuvo para sopesarlo—. Sí, la verdad
es que sí. ¿Crees que habrá algo abierto por aquí?
Habían deambulado hasta el centro. Estaban rodeados de
rascacielos de cristal vacíos desde hacía rato, dado que la jornada
laboral había terminado.
—Espera… —Él se sacó el móvil y se puso a buscar en el mapa.
Tenía los recuerdos borrosos, quizás porque la última vez que estuvo
allí iba borracho, pero recordaba un sitio increíble y pensaba que
estaba cerca. —¡Ajá! Tenía razón. Por aquí.
Solo tenían que andar un par de calles para llegar.
—¿Qué es este sitio?
—Es un mercadillo nocturno. Básicamente, son puestos de comida
callejera.
—¿A qué te refieres? —preguntó ella, indecisa—. ¿En plan carne
pinchada en un palo?
—Sí, pero es la mejor carne pinchada en un palo. Vamos.
Siguieron el olor de la carne asada hasta un montón de
puestecillos de satay que rodeaban el pabellón exterior. Will pidió en
el que más cola había y le pasó una brocheta.
—Dios, esto está increíble —gimió ella después de darle un
bocado al pollo chamuscado.
—¿Ves? La carne pinchada en un palo puede estar rica.
—Mucho.
A Will se le fueron los ojos a la boca de Mira, que se lamía la salsa
del pulgar. «No pienses en sus labios», se reprendió a sí mismo. «Y
por nada del mundo pienses en su lengua».
Dentro del mercado, vendían de todo, desde udon japonés hasta
curry indio pasando por arroz frito malayo.
—¿Qué quieres?
—No lo sé. Hay muchas cosas y todo huele muy rico.
Justo entonces alguien pasó por su lado haciendo equilibrios con
una bandeja de plástico, donde llevaba un bol enorme de sopa
humeante. El olor que dejaba a su paso era irreal.
—Eso —dijeron los dos al unísono.
Detrás del mostrador, había un hombre corpulento vestido con una
chaqueta de chef arrugada. Las mangas remangadas revelaban unos
antebrazos gruesos y llenos de músculos. Señaló a la pareja con la
barbilla.
—¿Sopa?
Will señaló al tío que acaba de pasar por su lado.
—Dos de eso.
—Marchando, jefe.
El chef se puso manos a la obra, echó noodles en dos boles, luego
añadió las verduras y un puñado de brotes verdes antes de verter un
caldo hirviendo por encima. Con un par de pinzas, sacó varias cosas
de diferentes cubos que tenía delante: un filete de pescado blanco,
un puñado de gambas, un poco de pulpo…
A su lado, Mira contuvo el aliento y agarró a su acompañante del
brazo.
—Nada de eso.
—¿A qué te refieres?
Ella cerró los ojos y se estremeció.
—Eso. Lo de las ventosas. Nop.
—¿El pulpo? ¿Eres alérgica?
—Le tengo fobia —espetó con los dientes apretados.
—¿En serio?, ¿tienes pulpifobia? O como se diga.
Ella seguía con los párpados apretados.
—A los tentáculos.
—¿Tienes fobia a los tentáculos?
Will se echó a reír, pero se contuvo cuando vio la cara que puso
Mira. Volvió a mirar al chef y se encogió de hombros.
—¿Sin pulpo?
El cocinero suspiró con pesar y sacudió la cabeza.
—Tú te lo pierdes.
El lugar estaba abarrotado, pero se abrieron paso entre el bosque
de mesitas que había en un lateral hasta encontrar una vacía. Will
empezó a echarse de los botes que había en la mesa.
—¿Qué es eso? —preguntó Mira.
—Ni idea.
—¿Pica? Me encanta el picante.
—Parece que sí.
Le pasó una botella y ella se echó un poco en el dedo para
probarlo. Él no despegaba los ojos la sopa, todo para no mirarla
fijamente mientras Mira volvía a lamerse el dedo.
—Así que fobia a los tentáculos. ¿En serio?
—Es el… —Movió los dedos—. Y esa cosita… —Hizo un ruido como
de succionar—. Es que… Nop.
—Vaya, algo intimida a Miranda Wentworth.
Levantó la vista y dejó de echarse cucharadas de pasta de chili en
el cuenco.
—Como te burles de mí, te estrangulo.
Él se mordió el labio para aguantarse la carcajada y sacudió la
cabeza.
—Por supuesto, por nada del mundo me reiría de ti.
—Ya, claro… Seguro que tú no tienes ninguna tara.
—Nada. —Will sonrió y le dio en el pie por debajo de la mesa—.
Sabes que soy perfecto.
—Muy gracioso. Todo el mundo tiene algo. Ahora conoces mi
kriptonita. Tienes que decirme la tuya.
—No tengo ninguna fobia.
—Vale. Otra cosa. Algo que te dé vergüenza.
El piloto se recolocó en aquella silla tan diminuta y levantó la vista
hacia los ventiladores del techo alto, que giraban con tal pereza que
apenas movían el aire húmedo.
—No hay nada, de verdad.
Desde el otro lado de la mesa, ella lo miró con los ojos
entrecerrados.
—Mientes. Lo sé.
Él resopló y cerró los ojos. No se podía creer que estuviera a
punto de hablarle de eso. Que se lo fuese a contar a Mira.
—Tengo un oído interno muy delicado.
Ella parpadeó.
—¿Qué?
Él sacudió la mano al lado de su cabeza.
—Los conductos del oído interno. Son demasiado sensibles a todo.
—¿En serio? ¿El oído?
—¿Ves? Por eso no quería contártelo. Soy piloto de Fórmula 1,
tengo unos nervios de acero y toda la pesca. Se supone que no
debería tener unos conductos auditivos frágiles.
—Te prometo que no me voy a reír de tus orejas. —En realidad, se
estaba descojonando de él, solo que luchaba con todas sus fuerzas
por contenerse—. ¿Y qué es lo que te pasa?
—Que reaccionan a todo, sobre todo a lo que como. Sal, alcohol.
Al día siguiente, tengo más tendencia a marearme. Por eso la cagué
tanto en la primera temporada con Hansbach. Lo de beber ya era
malo de por sí, pero al día siguiente tenía los oídos destrozados.
Cada vez que tomaba una curva cerrada, me mareaba.
—Oídos internos delicados —musitó Mira, pescó una gamba del
caldo con los palillos y señaló a Will—. Ya ves, sabía que tenías algo
más que lo que se percibe a simple vista.
—Si se lo cuentas a alguien, tendré que matarte.
Ella levantó la vista y lo miró a los ojos; una sonrisa le jugueteaba
en la comisura de los labios.
—Me lo llevaré a la tumba. Después de todo, tú también conoces
uno de mis secretos.
Él le devolvió la mirada hasta que el ambiente se llenó de una
tensión tan densa que podría cortarse con un cuchillo.
—Cuéntame otro —murmuró Will, fue casi un susurro entre los
cientos de conversaciones que los rodeaban.
Ella tragó y bajó la vista.
—A lo mejor deberíamos comer y ya.
—¿Sabes a dónde vamos? —preguntó Mira.
Habían estado charlando mientras caminaban y, en realidad, no le
había prestado mucha atención a dónde iban, así que ahora nada de
lo que los rodeaba les resultaba familiar. Ni siquiera se veía la noria,
y eso que era enorme.
Su acompañante sostuvo el móvil frente a ellos.
—No, pero Google sí. El hotel está hacia allá.
Ella frunció el ceño y miró a un lado y otro de la calle.
—¿Estás seguro? Porque esto es un templo, Will. En plan, un
templo de verdad. No recuerdo que hubiera uno cerca del hotel.
Mientras él estudiaba el mapa en el móvil, ella se maravilló con el
largo edificio ornamentado de una planta. Estaba oscuro, pero a
través de la entrada distinguía un patio rodeado de columnas
pintadas y arbustos con flores rosas. En el resto de la calle se
sucedían edificios de dos y tres plantas, con restaurantes y tiendas
en los bajos y ventanas coloridas cerradas en los pisos superiores.
La zona bullía de energía. Había gente cenando o disfrutando de la
noche templada, y, en medio de todo ese alboroto, se encontraba
aquel templo precioso.
—No tenía ni idea de que Singapur molaba tanto, aunque nos
hayamos extraviado.
—No nos hemos perdido. Tú confía en mí —insistió él—. Quiero
decir, confía en mi móvil. Por aquí.
—Eso no es una calle, es un callejón.
—¿Dónde está tu sentido de la aventura, Mira?
El pasadizo se abría a otra callejuela, aunque era algo más ancha.
En una acera, estaban todas las partes traseras de los restaurantes
que había en la vía principal. En la otra, solo había… una pared. Si
hubiera sido una chica lista, se habría vuelto a la calle principal,
habría pedido un Uber y se habría ido derechita al hotel. Pero, por
razones que ni ella misma entendía, no hacía más que seguir a Will.
En la pared de la derecha había un hueco que cobijaba una escalera.
Él dio un paso atrás y le hizo señas para que se acercara.
—Por aquí.
—¿Estás seguro?
—Sí. Más o menos.
Ella le lanzó una mirada de duda y empezó a subir los escalones
de madera. La escalera giraba a un lado y de repente se abría a un
parquecillo que estaba un piso por encima de la calle.
La joven se quedó sin aliento al verlo.
—Oh.
Era un jardín diminuto, un hueco tallado en la ladera. Tenía la
forma de la intersección irregular que formaban unas pocas calles,
pero era un vergel exuberante, con senderos serpenteantes que
desaparecían entre las explosiones de verdor y bancos de madera
cada pocos pasos. Se oía el tráfico cercano, pero la canopia baja que
formaban las ramas de los árboles filtraba el ruido, que parecía que
quedaba muy lejos. De entre los brazos leñosos colgaban bombillas;
ese era el único alumbrado que había, pero era mágico.
—Es precioso.
De repente, Mira fue consciente de que en realidad no había visto
mucho mundo, a pesar de todos los viajes que había hecho con su
padre a lo largo de los años. Su única experiencia en la mayoría de
los países había consistido en visitar aeropuertos, hoteles y circuitos
de carreras.
—Es divertido —soltó de pronto.
Will se volvió para mirarla.
—¿El qué?
Ella se encogió de hombros, de repente se sentía avergonzada,
como si hubiera hablado demasiado.
—Esto… sin más. Tenías razón. Nunca he visto ninguno de los
sitios que he visitado. Ni las norias ni los mercados ni los templos ni
los parques…
É
Él se pasó la mano por la nuca, le lanzó una sonrisa que ella
habría descrito como tímida y que bien podría haber venido de
cualquier otra persona menos del hombre que la acompañaba.
—Yo también me lo estoy pasando genial. Por primera vez desde
hace años.
—Entonces es la primera vez que los dos vemos Singapur de
verdad.
—Supongo que sí.
—Bueno, ahora que has vuelto a la Fórmula 1, puedes recuperar
las fiestas y todo eso. Sería divertido, ¿no?
Él se encogió de hombros y levantó la vista hacia los árboles.
—Supongo. ¿Y a ti? ¿Te gusta el glamour de la Fórmula 1?
—En realidad, no es mi rollo, ¿sabes? —dijo Mira. Se subió a un
banco de un salto y caminó por el borde como si fuera una cuerda
floja. El cálido aire nocturno que corría entre las copas de los árboles
sacudió las bombillas, lo que hizo que las sombras revolotearan a su
alrededor—. Supongo que soy demasiado estirada.
—No, no lo eres. —Resopló.
Mira se detuvo sorprendida y se giró para mirarlo.
—¿Y eso cómo lo sabes? Apenas me conoces.
Él también se detuvo y se volvió hacia ella. Subida en el banco,
era un poco más alta que él. Las sombras de las hojas bailoteaban
en el rostro de Will, por esos pómulos, por la afilada mandíbula. La
brisa le alborotaba el pelo oscuro, que bajo esa luz parecía tan negro
como la noche. Mira suspiró por dentro. Era guapísimo. Se pasaría
toda la vida mirando esa cara tan bonita.
Muy despacio, Will estiró el brazo, le apartó un rizo de la cara y se
lo colocó detrás de la oreja; a ella se le aceleró el corazón.
—Venga ya. Eso no es verdad. Claro que te conozco. Somos
amigos, ¿a que sí? —dijo él. Los dedos se le quedaron rezagados,
trazando el borde de la oreja y luego bajó la yema por el lateral del
cuello.
Mira cogió aire y contuvo el aliento. Sentía que le ardía la piel. No
sabía lo que era aquello, pero parecía mucho más que ser «amigos».
Era avidez, anhelo, y estaba segura de que para él también era
así. De repente, ambos se sentían muy solos y la vida real parecía
muy lejana, como si el mundo hubiera dejado de girar y se hubiera
detenido en su órbita solo para esperar a que él la besara. O a que
ella lo besara a él. Como si el siguiente tic del reloj, el siguiente
latido de su corazón, dependiera de que sus labios se encontraran.
El silencio volvió a cernirse sobre ellos como había sucedido en la
noria. Se miraban el uno al otro fijamente. Esta vez, Will no se
movió para cubrir el espacio que los separaba. Le subió las manos
por el cuello y luego le pasó los dedos por el pelo despacio.
—Me gusta más así —murmuró.
Ella batió las pestañas y volvió a mirarlo a los ojos.
—Lo sé.
—¿Te lo has soltado por mí?
—Puede. Un poco —confesó en un susurro, por fin se lo admitió a
sí misma.
Se rindió después de Melbourne. Era incapaz de reunir fuerza de
voluntad suficiente para plancharse el pelo todos los días. Era para
ahorrar tiempo, intentaba convencerse. No tenía nada que ver con la
cara que puso el chico cuando la vio así.
—¿Estás segura de que hacemos eso de no besarnos? Porque de
verdad que ahora mismo tengo muchísimas ganas de hacerlo.
Ella también, con más fervor que aspirar su próximo aliento. Soltó
el aire temblorosa.
—No, no estoy segura, y ese es el problema.
«Por favor, elige tú por mí para que no tenga que hacerlo yo», le
rogó en silencio.
Will le puso la mano libre en la cadera. Con pereza, la fue
subiendo por el costado, acariciándole el brazo hasta que se detuvo
en el hombro. Ella dobló los dedos para no ceder. Él le pasó la otra
mano por el pelo antes de descansarla en su mejilla. Con el pulgar,
siguió el borde del labio y ella se inclinó hacia su toque con los ojos
medio cerrados.
—A lo mejor deberías volver a intentarlo —le dijo él con suavidad
—. Para asegurarte.
La oscuridad, los árboles y las luces bailando a su alrededor le
daban a la situación un aire delirante. A Mira le costaba recordar su
propio nombre, así que mucho menos entendía por qué no había
cedido ya al impulso de besarlo. Por eso dejó de luchar y, de
repente, pareció que la gravedad hizo el resto. La fuerza de su deseo
atrajo su cuerpo contra el de él de manera inexorable.
Dejó que se le cerraran los ojos y acalló los últimos pensamientos
que le recordaban al mundo exterior. Un segundo después, sus
labios se tocaron. En los días que habían pasado desde lo de
Melbourne, casi había logrado convencerse a sí misma de que no
había sido algo tan mágico y tan eléctrico como había creído.
Se equivocaba. Aquel era, sin lugar a dudas, uno de los mejores
besos de su vida. Sentir esos labios en los suyos era casi tan
agradable como parecía. Cuando él le pasó la lengua por el labio
inferior, ella abrió la boca y le dejó entrar para que tocara la suya. El
gemido jadeante que se le escapó de la garganta sonó fuerte en el
silencio del parquecillo.
Entonces, él tensó la mano sobre la cadera de la muchacha, que
fue subiendo con una caricia hasta detenerse en la nuca. Quería
saltar del banco y encaramarse a él, sentir que aquel hombre la
envolvía entre sus brazos.
Los dedos de Will se colaron por debajo de la camiseta y posó la
palma contra la piel de su espalda.
Le mordisqueó el labio inferior con cuidado, ella gruñó y se acercó
un poco más. La mano en su cadera fue bajando hasta su muslo,
invitándola a pegarse más a él. Y surtió efecto. Mira se inclinó hacia
delante y dejó que arrastrara su cuerpo contra el suyo y que la
levantara. Despacio, la bajó al suelo.
La joven se deslizó a lo largo del cuerpo masculino, pero sin
romper la conexión de sus labios en ningún momento. Su pecho se
deslizó por el de él y sus muslos se pegaron a los suyos; se le
escapó un gemido que desapareció en la boca del piloto.
Este la besó más voraz, sus dientes acariciando el sensible labio
inferior. La agarró por las caderas, le subió las manos hasta la
cintura para colarse de nuevo por debajo de la camisa. Ella sentía el
calor que desprendía aquel hombre contra su piel. Todo era
demasiado…, demasiada pasión y necesidad y deseo. Lo único que
sentía eran los nervios a flor de piel, y cada parte del cuerpo que le
tocaba cobraba vida. Lo único que podía hacer era aferrarse a él y le
pasó los brazos por los hombros fornidos para sostenerse.
—Eres tan… —masculló Will contra sus labios cuando se apartó
por un segundo.
Pero ella no llegó a oír lo que le decía porque él giró la cabeza y la
volvió a besar desde un ángulo diferente, saboreando sus labios, su
lengua.
Le subió la mano hasta las costillas, su caricia era como un hierro
caliente en la piel femenina. Luego trepó hasta sus pechos y ella se
arqueó bajo su toque. Aquello era genial, pero no suficiente. Mira
quería más. Tenía los pezones tan duros que le dolían y, cuando él le
pasó el pulgar por el fino encaje del sujetador, sintió que estaba a
punto de explotar. Un dolor persistente le latía entre las piernas. El
duro cuerpo masculino presionado contra el suyo no era suficiente
para calmarlo, pues solo conseguía el efecto contrario.
Él cambió el peso de lado, le deslizó la rodilla entre los muslos y,
de repente, la estaba rozando donde más lo necesitaba. La joven
jadeó cuando él se apartó de su boca para besarla en la mejilla e ir
bajando por el cuello. Volvió a contener la respiración y se le
entrecortó la respiración cuando él metió el pulgar por el borde del
sujetador y se lo deslizó por el pezón, libre de la tela que se
interponía entre su piel.
Dios, sí, eso era lo que ella quería. Esas manos masculinas sobre
su cuerpo.
Por todas partes.
—Oh… —suspiró en el cálido aire nocturno. Él apretó el muslo
contra ella, que se estremeció.
—Mira… —gimió en su hombro.
En algún lugar lejano, algo vibraba. El sonido se detuvo y volvió a
empezar. Al principio, parecía uno de los ruidos lejanos de la urbe,
pero poco a poco el sonido penetró en la consciencia de la joven. No
era la ciudad. Era su teléfono, que sonaba amortiguado desde las
profundidades del bolso.
El muchacho le metió los dedos por el pelo para evitar que se
alejara de él.
—Ignóralo.
Volvió a besarla y ella casi se dejó llevar, le faltó un pelo, pero,
ahora que el teléfono le había recordado que existía algo más, el
mundo real la derribó como un maremoto. Trabajo. Will. Lo que se
suponía que no tenían que hacer.
—No puedo.
Se apartó y se desenredó de él. Fue a coger su bolso, pero Will
cerró la mano alrededor de la suya.
—Mira…
Ella se la apartó.
—Esto es demasiado complicado. No podemos.
—¿Por qué no?
—No puedo volver a ponerlo en esta situación.
—¿A quién?
—¡A mi padre! —gritó ella—. ¿Vale? No puedo hacerle esto a mi
padre otra vez.
—Pero ¿eso qué tiene que ver? —Will parpadeó confuso.
—Todo.
—Oye, sé que es complicado. —Frustrado, se pasó una mano por
el pelo—. Trabajas para tu padre y yo soy piloto en la escudería,
pero…
Ella sacudió la cabeza con energía, la magia del día se había
desvanecido por completo.
—No, no es complejo. Es imposible. Es inviable.
—Venga, los dos somos personas adultas. ¿Y qué si a tu padre no
le parece bien? Que le den.
—No lo entiendes.
—¡Pues explícamelo! —El grito sonó fuerte en la quietud del
parque.
Ella no respondió nada, porque no podía explicárselo, a no ser que
se lo contara todo.
—Voy a pedir un coche para volver —murmuró, y desbloqueó el
móvil. Este se iluminó con los mensajes y las llamadas perdidas que
no había visto. Se le hizo un nudo en el estómago. Harry, Omar, Ian,
Violet, papá…—. Joder.
—¿Qué pasa?
—Ha ocurrido algo en el circuito y yo no estaba ahí porque estaba
aquí, contigo, en el único lugar en el que se supone que no tengo
que estar.
Se volvió para salir corriendo, pero él la agarró por el brazo.
—Mira, para. Estoy seguro de que no es para tanto…
Ella tiró del brazo para liberarse.
—¡Sí lo es! Esto es lo que sucede cuando… —Se detuvo y tragó
saliva con fuerza—. Creo que no deberíamos volver a pasar tiempo
juntos.
—¿Qué? —Will parpadeó—. ¿Ahora tampoco puedes ser mi amiga?
Al acordarse de esos últimos minutos embriagadores, a ella se le
escapó una carcajada sin gracia que fue más bien un resoplido. Los
labios sobre los suyos, las manos en su cuerpo, la rodilla presionada
entre sus muslos.
—Venga ya, Will. Esto no es precisamente una amistad.
—No —espetó él—. Sería algo más si dejaras de mentirte a ti
misma.
—Por supuesto, porque solo se trata de echar un polvo, ¿verdad?
Él se echó para atrás como si acabara de darle una bofetada. Eso
era un golpe bajo, y ella lo sabía. Pero es que la joven estaba
entrando en pánico y solo necesitaba que él parara, que dejara de
perseguirla y de tentarla. Casi se había rendido del todo a él unos
segundos antes, y era lo único que no podía hacer.
—Por supuesto —dijo el piloto al fin, levantando las manos—.
Porque yo soy así, ¿verdad, Mira? No eres mejor que esos
periodistas de mierda. Ya me has juzgado incluso antes de
conocerme.
Aquella puñalada fue muy profunda. Pero tenía razón… Lo había
juzgado antes de llegar a conocerlo de verdad. La muchacha se dio
cuenta entonces de que se equivocaba, pero ya daba igual. Que
creyera lo que quisiera si eso era lo que hacía falta para acabar con
todo.
—De verdad que esto es lo mejor, Will. De todos modos, no
quieres tener nada que ver conmigo. Te lo aseguro.
Al decir esto, no podía soportar mirarlo a la cara, así que no lo
hizo. Le dio la espalda antes de que pudiera verla con los ojos llenos
de lágrimas. Recorrió sola el parque para salir a la calle, donde pudo
llamar a un taxi, volver al trabajo y desterrar las fantasías al
ostracismo, donde siempre deberían haber estado.
Mientras avanzaba por el paddock, Mira casi sentía que las suelas de
los zapatos se le iban a fundir. España se encontraba sumida en una
ola de calor sin precedentes. El sol atizaba el asfalto implacable y el
aire, tan caliente que parecía que alguien se había dejado la puerta
del horno abierta, hacía que el cordón de las credenciales que
llevaba al cuello se sacudiera. El pelo se le pegaba a la nuca como si
fuera una toalla húmeda y ardiente.
Al menos podían disfrutar de la comodidad de sus oficinas
portátiles hechas a medida. Viajaban con ellos por las carreras
europeas y, personalmente, la asistente ejecutiva creía que las de su
escudería eran las mejores del circuito. La impresionante estructura
azul de dos pisos de Lennox tenía un taller en la parte inferior y
oficinas arriba; el centro de mandos quedaba a un lado. A pesar de
su tamaño, todo aquel tinglado se desmontaba como piezas de Lego
para transportarlas a la siguiente carrera. La zona de recepción de
visitas era aún más grande, tenía un comedor con paredes de cristal
y una azotea.
Se deslizó en el edificio del centro de mandos intentando hacer el
menor ruido posible y exhaló cuando el aire fresco la golpeó. A pesar
de que había ido a buscar a su padre, el estómago se le revolvió de
la ansiedad cuando lo vio escudriñando un amasijo de datos en uno
de los monitores de cronometraje. Habían pasado tres semanas
desde el desastre de Singapur y todavía sentía que tenía que
compensarlo por haberla cagado tanto.
Mientras montaban el garaje en Singapur, uno de los enormes
carros de equipamiento se había soltado de la plataforma rodante y
uno de los chicos del pit crew había quedado atrapado entre la
máquina y la pared. Al final, Ben no acabó herido de gravedad, pero
tuvo que ir al hospital a que le hicieran una radiografía y le dieran
puntos. Fue un caos y nadie sabía cómo contactar con su esposa,
que estaba en Inglaterra. Ahí es cuando se dieron cuenta de que
Miranda no aparecía por ninguna parte. Debería haber estado ahí,
sacando la información de contacto de Ben y llamando ella misma a
la mujer. Sin embargo, estaba por ahí en un parque perdido,
besuqueándose con Will y olvidándose de todo lo demás, mientras
media docena de personas intentaban dar con ella, incluido Paul.
Se mortificaba tanto que se sentía fatal. Además, había vuelto a
encontrar aquella duda en la expresión de su padre. Verla ya era
bastante malo. Pero era peor saber que tenía toda la razón del
mundo para no fiarse de ella. La había cagado. Otra vez.
Durante el resto de la estancia en Singapur y en Shanghái, solo
dejó el circuito lo justo para dormir, pues estaba decidida a volver a
encarrilarse. Lo que había pasado con Will había sido un error. El
accidente con Ben lo había corroborado.
Al final, se obligó a sí misma a unirse a su padre.
—Hola, papá.
Apenas la miró unos segundos y volvió a centrarse en las
pantallas. Antes de Singapur, Mira creía que las cosas estaban
mejorando, que a lo mejor su relación volvía al punto en el que
había estado antes. Pero, desde aquella noche fatídica, el hombre se
comportaba de forma brusca y siempre estaba en modo negocios. A
ella esa actitud la mataba poco a poco.
—¿Qué estás mirando? —le preguntó su hija.
—Intento resolver el problema que tiene Will con la temperatura
del embrague al arrancar.
—Sube cuando lo deja demasiado tiempo en reposo, ¿no?
—Exacto. Necesito que Harry me ayude a echarle un vistazo a las
temperaturas y no me responde por radio.
—Puedo ir a buscarlo —se ofreció la chica.
—Le pediré a Omar que me lo mande…
—No, ya voy yo —insistió ella, y salió corriendo antes de que su
padre tuviera la oportunidad de volver a protestar. Creía que, si
agachaba la cabeza y seguía trabajando, podría borrar lo sucedido
tres semanas antes.
Cuando llegó a boxes, los dos coches estaban rodeados de
mecánicos, pero no encontraba por ninguna parte al que ella
buscaba.
—Omar, ¿has visto a Harry? Paul lo necesita.
—Está comiendo —dijo el mecánico sin ni siquiera levantar la
cabeza.
Cuando la joven salió de nuevo al paddock, el sol estaba en su
punto álgido y la franja de asfalto donde se encontraban las
instalaciones del equipo estaba abarrotada de gente. Al pasar por
delante de las oficinas de la escudería Deloux, lo vio. Durante las
últimas semanas del viaje, había conseguido esquivarlo siempre que
se lo había topado, así que, aunque lo hubiera visto varias veces, él
nunca la había visto a ella. Hasta entonces.
Salía de las oficinas de Deloux y se detuvo en lo alto del corto
tramo de escaleras de metal. En ese mismo instante, toda la gente
que la rodeaba desapareció de repente; un grupo de chicos se
apartó hacia la derecha y otro grupo se metió en las oficinas de
Hansbach. De pronto, estaba sola en medio del asfalto, demasiado
lejos de cualquier cosa que le permitiera esconderse.
El joven recorrió la multitud con la mirada, pasó por ella y luego
volvió. Se le cayó el alma a los pies, y Mira se quedó helada. Daba
igual que se hubiera vuelto una experta a la hora de evitarlo, sobre
todo desde que se habían topado en la recepción del hotel de
Bahrein, sabía que acabarían viéndose. Incluso había ensayado el
encontronazo y casi se había autoconvencido de que era capaz de
ponerle buena cara.
Pero practicar en su cabeza no le sirvió de nada cuando lo tuvo ahí
plantado a seis metros de distancia mirándola directamente.
No estaba segura de cómo iba a gestionar la situación si él se le
acercaba y le hablaba. El sudor le caía por la frente, aunque sentía la
piel fría. El corazón le latía tan fuerte que casi podía oírlo.
Entonces, el hombre levantó la comisura del labio. Casi como una
sonrisilla de suficiencia, si se hubiese molestado siquiera en hacer
ese gesto, y apartó la mirada, como si le pidiera que no le prestara
atención. Bajó los escalones a buen ritmo y desapareció entre la
multitud.
Lo perdió de vista, pero era incapaz de moverse. Los pulmones se
negaban a proporcionarle aire, le habían arrebatado la sangre del
resto del cuerpo hasta que las manos y los pies empezaron a
hormiguearle. La luz brillante del sol fue difuminando el mar de
gente en constante movimiento hasta que apenas pudo ver nada.
—¿Mira? —Aquella voz familiar resonó entre el rugido de su pulso
—. Oye, ¿qué pasa?
Parpadeó y un rostro masculino fue cobrando forma ante ella. Era
Will, que la miraba desde arriba. Había conseguido evitarlo desde
Singapur y ahora lo tenía delante, justo cuando no quería ni verlo.
—Eh… —intentó responder, pero seguía teniendo los pulmones
atrapados en el vacío. Aparte de todo lo que había sentido, el pánico
se apoderó de ella. Consiguió respirar mínimamente, lo cual solo
hizo que se sintiera más mareada. El sol intenso y el calor sofocante
la envolvían por todas partes como una manta que la asfixiaba.
—Mira, estás a punto de desmayarte.
El piloto tenía razón. La joven sentía que la cabeza se le había
desconectado del cuerpo y todo se había vuelto blanco, como una
foto sobreexpuesta.
—Ven, siéntate. —La guio hacia atrás y ella se tambaleó hasta que
las pantorrillas chocaron contra los escalones desplegables que
conducían a las oficinas portátiles de alguna escudería. Se dejó caer
en el metal ardiente—. Ponte la cabeza entre las rodillas —le indicó
mientras le ponía con suavidad una mano en la nuca.
Con la cara sumida en la penumbra de su propio regazo,
empezaron a aclarársele las cosas. Will le apartó el pelo con cuidado
y ella suspiró de alivio cuando el aire le dio en la nuca. El horrible
repiqueteo del corazón acelerado fue reduciendo velocidad y se
acalló. Recuperó la visión. Volvió a sentir las manos y los pies.
Cuando se le pasaron las ganas de vomitar, levantó la cabeza. Will
estaba acuclillado delante de ella con una expresión de
preocupación.
—Voy a buscar ayuda, ¿estarás bien mientras tanto?
Lo agarró del brazo antes de que pudiera levantarse.
—No necesito nada.
Él le apartó un mechón de pelo de la cara, estaba pegajoso del
sudor.
—Estás mala.
—No. Ha sido un ataque de pánico. Dame un minuto. Voy a estar
bien.
—¿Un ataque de pánico?
—Ya los he tenido antes. Un montón de veces. Durante años.
Estaba tan mortificada que le ardían las mejillas y cerró los ojos.
Dios, ¿es que solo tenía que mirar a ese gilipollas para reaccionar
así?
—Déjame que vaya a llamar a Paul.
—¡No! —Abrió los ojos de repente y volvió a agarrarse a él. Lo
último que necesitaba era que su padre se viera arrastrado a eso.
Mucho menos ahora, cuando estaba intentando salir del hoyo—. De
verdad que estoy bien. Solo necesito unos segundos para que se me
despeje la cabeza.
Will cambió el peso a la punta de los pies y la examinó escéptico.
—¿Por qué te has puesto así?
—Por nada. —Ella sacudió la cabeza.
—Venga ya, Mira. Eso no ha sido nada. Dime lo que está pasando.
—Solo un fantasma de mi pasado. Me ha pillado por sorpresa.
Él entrecerró los ojos mientras ataba los cabos.
—¿El tío ese? ¿Está aquí? —Se giró para mirar a su alrededor, pero
gracias a Dios no había nadie a quien ver. Hacía un buen rato que se
había marchado.
—Supongo que no estoy tan preparada para enfrentarme a él
como yo creía.
—¿Quién es? —Sonaba tenso y enfadado.
A ella todavía le temblaba la voz, pero se obligó a sonreír.
—Ni de coña te lo voy a decir, Hawley.
Él resopló frustrado.
—¿Estás segura de que no quieres que llame a tu padre?
—Por supuestísimo. Tengo que encontrar a Harry y…
—Y una mierda. Vas a volver a las oficinas de Lennox, vas a beber
algo y vas a sentarte debajo del aire acondicionado.
—Dios, eres un mandón.
Él volvió a ponerle la mano en la frente y le escudriñó el rostro,
como si un ataque de pánico pudiera provocar una conmoción
cerebral espontánea.
—Ahora mismo sí que lo soy. Porque no vas a salir a esa
muchedumbre cuando hace un minuto que casi te has desmayado.
Venga, te acompaño.
Con cuidado, ella le apartó la mano de la cara.
—¿Por qué eres tan amable conmigo?
—¿Por qué no iba a serlo? —La miraba con el ceño fruncido, con
esos ojos tan azules como el cielo abrasador que se extendía a su
espalda. La fina tela del polo azul de Lennox se le tensaba en los
hombros y en los bíceps. Tenía un par de mechones negros pegados
a la frente, y ella tuvo que cerrar los puños para luchar contra las
ganas de apartárselos.
—Porque te grité la última vez que te vi. Lo siento.
Él bajó la vista al asfalto y se mordió el labio.
—Estabas defendiendo tus límites. Nunca te disculpes por eso.
Ella suspiró.
—Will…
De repente, él levantó la cabeza y ella lo miró directamente a esos
ojos ribeteados de pestañas negras. Parpadeó, incapaz de apartar la
mirada.
—Oye, Mira —dijo, acariciándole el dorso de la mano con las
puntas de los dedos—. Me gustas, no es ningún secreto. Y parece
que no puedo mantenerme alejado de ti. Te deseo. Supongo que
eso tampoco te pilla de sorpresa. Sé que tienes tus razones para no
acercarte a mí, y las respeto, pero deberías saber cómo me siento.
Oh.
Podría quererlo. Podría quererlo muchísimo. Pero los últimos
quince minutos le habían recordado por qué no debería hacerlo. No
podía.
—Gracias. —Esa palabra se le hacía insuficiente, pero era lo único
que podría ofrecerle.
—Lo digo de verdad.
—¿De dónde venías? —preguntó ella. Estaba desesperada por
cambiar de tema antes de que su corazón dijera algo que el cerebro
no aprobara.
—Tenía un evento de prensa con Velocity. Ahora voy a ponerme el
mono.
Era uno de sus patrocinadores, una empresa de ropa de deporte
enorme. Un año antes, Will había hecho un anuncio para ellos (una
foto en blanco y negro en la que solo llevaba unos pantalones cortos
de baloncesto de la marca, nada más) que se hizo viral a pequeña
escala. Fue una sensación en internet antes de que empezara la
temporada actual. Puede que Mira lo tuviera guardado en los
marcadores del navegador, pero nunca lo confesaría.
—Por suerte para ti, te he visto antes de que te desmayaras.
—Soy una suertuda. —Su voz era demasiado débil, demasiado
anhelante para su gusto—. Más vale que te vayas. Papá querrá que
estés preparado a tiempo.
—Pues no me voy sin ti. —Will se levantó y le tendió una mano—.
Vamos. Tienes que resguardarte de este solazo.
Ella aceptó el ofrecimiento e hizo todo lo que pudo para ignorar la
calidez, las cosquillas, el deseo de sujetarlo y no soltarlo nunca. Will
tiró para ayudarla a que se pusiera de pie y ella se liberó de él tan
pronto como se mantuvo estable.
—¿Estás segura de que te encuentras bien?
Mira respiró hondo y levantó la barbilla, estaba decidida a exiliar a
ese incómodo fantasma de su pasado al rincón oscuro y polvoriento
de su memoria al que pertenecía. Y para mantener esa tentación de
carne y hueso de su presente a una distancia segura, también donde
le correspondía.
—Sí. Estoy bien.
Will sentía el cuerpo vibrar de pura energía. Conforme iba
cosechando éxitos, también aumentaban los nervios. Controlar el
monoplaza era complicadísimo, requería un análisis constante de los
datos y del más mínimo ajuste, todo ello mientras procesaba la
telemetría de las carreras y las instrucciones que Tae le indicaba por
radio y reaccionaba en consecuencia. Y ahora que tenía pódiums al
alcance de la mano, se jugaba todavía más. Arriesgaba muchísimo
más si tenía una mala carrera.
Gracias a que había acabado las anteriores en buena posición,
Lennox estaba más alto en el ranking que nunca. Hoy era la sexta,
no llevaban ni un tercio de la temporada. Conseguir una victoria
podría cambiar por fin la narrativa del «chico problemático que
busca redimirse» para que reconocieran su talento.
Por eso Mira era lo último en lo que debería estar pensando
mientras se ponía el mono para competir en el Gran Premio de
Japón. Pero, desde que la había pillado en Barcelona en medio de
aquel ataque de pánico, había sido incapaz de sacársela de la
cabeza. Esa era la desventaja de tener un hiperfoco patológico: era
incapaz de dejar de darle vueltas a las cosas.
Así que el tío de su pasado estaba en el circuito. ¿Lo conocería?
No hacía más que pensar en los cientos de personas que se
desplazaban por las carreras y se preguntaba quién podría ser, pero
había un sinfín de posibilidades. Si la chica hubiera querido que él lo
supiera, se lo habría dicho, ¿verdad? Por eso no le había cotilleado
las redes sociales para averiguarlo por sí mismo. Odiaba que la
gente se creyera que lo sabían todo de él solo por las pocas fotos
suyas que había en internet. Mira merecía privacidad. Lo cual
significaba que él tenía que dejar de darle vueltas al tema y seguir
con su vida.
De todos modos, ni siquiera era asunto suyo. La joven había
trazado una línea en la arena y lo había empujado al otro lado; eso
le dolía, pero, en realidad, ¿qué esperaba?
Sí, se sentía atraído por ella… Era una fascinación que rayaba la
obsesión, para ser sincero. Sí, era divertido hablar y pasar tiempo
con ella. Pero ¿qué pasaría si se acostaran? Era la hija del jefe. Si
echaban un polvo sin compromiso, aunque lo disfrutara, al día
siguiente sería incómodo de narices, incluso días después. ¿Y si ella
quería algo más que sexo? ¿De verdad estaba dispuesto a ser el
novio de alguien? ¿El de Mira? Era un tanto aterrador, sobre todo si
la relación no salía bien. La escudería, la temporada, incluso toda su
carrera podrían salir mal paradas si las cosas se torcían.
Aunque tampoco es que importara lo que él quisiera o no. Desde
aquel día en Barcelona, ella había vuelto a mantener las distancias.
Apenas la había visto en Japón, lo cual le parecía bien, porque se
suponía que tenía que estar centrado en otras cosas, como pilotar.
Cuando se subió al coche, una horda de mecánicos revoloteaba a
su alrededor. Decidió dejar todos esos pensamientos que no le
servían para nada, solo para distraerlo, fuera del paddock, donde
debían estar. Se jugaba mucho en el asfalto.
—Vale, Will —le dijo el ingeniero de carrera por radio—. Tienes la
pole position. No hace falta que lo des todo nada más empezar.
Mantente firme y no tendrás ningún problema.
El piloto no estaba para nada de acuerdo. A lo mejor no era
necesario que hiciera el carrerón de su vida para ganar, pero eso no
iba a impedir que lo hiciera. No se dejaría nada en la línea de salida,
nada en el depósito, nada en los neumáticos.
—Tae, ¿cuántas carreras hemos hecho juntos?
—Ya, sí. Tú asiente con la cabeza y di que sí para que el equipo de
ingenieros deje de tocarme las narices.
—Sí, señor. Haré lo que usted diga, señor.
El otro se rio a carcajadas mientras Will arrancaba el motor y
avanzaba hacia la parrilla de salida.
Se colocó en su posición, el resto de los coches se fueron situando
por detrás de él y se concentró. Llevaba en la sangre el rugido del
motor, lo mantenía con vida, le hacía respirar. El tiempo se ralentizó
cuando las luces se fueron encendiendo una a una, hasta que las
cinco estuvieron iluminadas. Ocupaban toda su visión mientras subía
las revoluciones, las mantenía y se preparaba para lanzarse.
Cuando las luces se apagaron, soltó el embrague y el bramido del
motor llegó a la estratosfera. La fuerza de la gravedad lo pegó al
asiento cuando salió disparado hacia el primer tramo de curvas.
Sentía que el resto de los pilotos le pisaban los talones, hizo bailar el
monoplaza al entrar en el giro y pisó el acelerador al salir de la curva
dos. Atravesó la pista hasta el borde para cerrarle el paso a quien
quisiera adelantarle. Hoy nadie lo iba a pillar. Al ver que la distancia
entre él y el resto de los competidores era cada vez mayor, sonrió
para sí mismo; le estaba sacando el máximo partido al coche. Había
hecho una salida perfecta. A los demás les costaría un montón
alcanzarlo.
Una hora después, cuando se acercaba a la última parada en
boxes, ya iba casi diez segundos por delante de los tres pilotos que
más cerca estaban. Tenía una victoria fácil al alcance de la mano.
—¡Box, box, box! —decía Tae en su oído para pedirle que parara.
Gracias al taladro implacable de Harry, la parada fue perfecta y
enseguida volvió a la pista para gritar en la recta. El ingeniero de
carrera le soltó una retahíla de datos, le informó de cómo se
presentaba exactamente el resto de la carrera. Todo iba de acuerdo
con el plan.
—Entonces lo tengo —le dijo Will al micrófono.
—No tan rápido. McKnight sigue ahí —respondió el otro.
—Pero vamos por delante en estrategia.
—Todavía no han entrado en boxes. Ahora mismo va el primero.
—Pero tiene que repostar.
—Creemos que van a intentar hacer solo dos paradas y que los
neumáticos duren. Solo ha entrado dos veces en boxes y los demás
lleváis tres. De momento, ha aguantado más que los demás.
El puto McKnight llevaba ahí toda la vida, tenía una trayectoria
similar a la suya: estuvo un tiempo en la Fórmula 1, Indy Car, Le
Mans y fue piloto de reserva de unos cuantos equipos. Que
consiguiese un asiento de nuevo en la Fórmula 1, a su edad, había
sido una sorpresa. Nunca había aspirado en serio al campeonato del
mundo. Solo se había posicionado entre los tres primeros un par de
veces y tenía toda la pinta de que no lo iba a volver a conseguir. Si
se saltaba la última parada en boxes, debía de ser porque tenía un
día especialmente bueno y veía que tenía el pódium al alcance de la
mano. Eso significaba correr las últimas vueltas con los neumáticos
desgastados, con la posibilidad de que uno le explotara en cualquier
momento. Era jugársela muchísimo, pero tampoco es que Brody
tuviera opciones de ganar de cualquier otro modo.
Vale, ¿el tío quería conducir con cuidado, conservar las ruedas y
ahorrarse el tiempo de la parada? Pues a ver cómo se las apañaba
con Will Hawley comiéndole el culo. Pisó a fondo el acelerador para
dejar que el rugido del motor y el chirrido de los neumáticos nuevos
avivaran la adrenalina.
Tras superar las curvas de la chicane, ahí estaba el coche de su
rival, por delante de él.
—Lo voy a adelantar —informó Will a Tae.
—Cómetelo con patatas. —Pero no fue el ingeniero de carrera
quien respondió, sino Paul. ¿Por qué se había puesto el jefazo en su
lugar?
Daba igual, porque no perdió ni un segundo en cumplir sus
órdenes. Pisó el acelerador hasta que fue uno con el monoplaza,
hasta que no tuvo ni manos ni pies ni latido, sino cuatro ruedas y un
motor potente. El mundo se desvaneció hasta que solo quedó Brody
por delante de él. Pensaba adelantarlo y dominarlo.
Sin embargo, cada vez que veía un hueco e intentaba meterse, su
contrincante se movía y le cortaba el paso. Al principio era algo sutil,
solo se alineaba para coger el mejor ápex en la curva. Aburrido, pero
predecible. Después, se cruzaba en medio de la pista en las rectas.
Con esa táctica perdía tiempo, y también evitaba que el otro le
adelantara.
—¡Me cago en todo! —le gritó el de Lennox al micrófono—. ¡El
muy hijo de puta me está bloqueando!
—Sí, así es —dijo Paul—. Intenta quedarte a la derecha en esta
curva.
Will la tomó por fuera y, justo cuando se le abría un hueco por
delante, el otro se deslizó para bloquearlo.
—¡Cabrón de mierda!
Mientras él estaba ahí atrapado, obligado a conducir al ritmo de
Brody, sus rivales cada vez acortaban más tiempo, lo que anulaba la
ventaja que tanto le había costado conseguir al principio de la
carrera.
—Tengo la velocidad, pero no puedo adelantarlo. No me deja —se
quejó el piloto.
—Está pidiendo a gritos una penalización —espetó la voz de Paul,
frío como el hielo de la rabia—. Y me aseguraré de que se la pongan
si no da el brazo a torcer.
Su conversación se estaba emitiendo en Race Radio para que todo
el mundo la oyera, así que Hawley sabía lo que estaba haciendo su
jefe. Era una amenaza no tan sutil de poner una queja formal si
Brody seguía haciendo gilipolleces. Pero una queja no era más que
eso, una queja, y en esos momentos no ayudaba en nada a Will si el
otro seguía interponiéndose en su camino cada vez que se movía.
—Lo que está haciendo es una infracción.
—Tae está hablando ahora mismo con Race Control —dijo el jefe
de equipo con un tono letal—. Estamos haciendo todo lo que
podemos. Tú busca un hueco y sácale décimas a ese cabrón.
Ahí había algo más que ese simple incidente en esa única carrera.
Por cómo hablaba su superior, parecía que quería sangre. Era algo
personal. Bueno, al piloto eso le venía de perlas, porque ahora
también era asunto suyo. Iba a destruir a ese gilipollas… por Paul y
por sí mismo.
Cuando Brody se desplazó hacia el exterior para coger el ápex de
la siguiente curva, Will se quedó atrás y le dejó espacio para que lo
hiciera. Y, cuando el otro ya salía de ella, el de Lennox se apartó a la
derecha con una velocidad firme para tomar la curva con fuerza
desde el interior. La cosa iba justa, pero se mantuvo en el asfalto
mientras adelantaba en la siguiente, a solo unos centímetros del
coche de su adversario.
Al tomar la primera por dentro, entró de lleno en la siguiente, esta
vez por fuera, y fue directo hacia el punto ideal, donde podría
alcanzar la máxima velocidad posible. Lo único que tenía que hacer
era llegar al ápex y acelerar para salir. Pero cuando giró las ruedas a
la izquierda, listo para pisar el acelerador, Brody estaba ahí. Se había
lanzado en picado hacia él y no le dio tiempo a apartarse.
—¿Qué hostias hace? —masculló Will cuando el coche se
estremeció. Su rival había conseguido lo que se había propuesto:
meterse solo para joder, pues no tenía ninguna posibilidad de
adelantarlo en esa curva.—. ¡Contacto! —le gritó a la radio—. Me ha
rajado el neumático.
La parte trasera del monoplaza dio una sacudida horrible. El
ordenador de a bordo tenía malas noticias: la presión de las ruedas
estaba cayendo en picado y, con ella, la velocidad.
—Estás casi en boxes —gritó Paul—. ¡Entra!
—Me cago en todo. Sería la cuarta parada.
—Brody tiene el alerón delantero destrozado. Él también va a
meterse. Los chicos te están esperando, dale.
Otra puta parada. Tendría que pilotar a las mil maravillas para
compensarlo. Y todo era culpa del puto Brody McKnight. Vale que él
también iba a entrar en boxes, pero solo era su tercera parada,
cuando Will ya iba por la cuarta. Iban a entrar al mismo tiempo.
Pero su rival había entrado más rápido, ya que sus neumáticos eran
más firmes, aunque estuvieran desgastados. Y el de Lennox
renqueaba porque se le había desinflado la rueda. En tiempo de
carrera en general, que era lo único que importaba, Hawley iba por
detrás y se quedaba más retrasado con cada segundo que pasaba.
Esperó con el pulso acelerado y el corazón martilleándole el pecho
mientras el pit crew le cambiaba los neumáticos. Tardaron menos de
treinta segundos, pero a él le parecieron tres horas. Paul había
dejado su habitual posición delante de la estación de trabajo de los
ingenieros, delante de los monitores de cronometraje, y estaba de
pie en el mismo pit lane, justo detrás de los mecánicos.
Su cara era una máscara de furia. Cuando habló, su voz resonó
por la radio.
—Quiero que salgas ahí fuera y lo machaques. No tengas piedad.
—No te preocupes, Paul —respondió Will con los dientes
apretados—. Lo haré.
Dio todo lo que tenían tanto él como el coche. Estaba dispuesto a
vengarse de Brody y de cualquiera que se interpusiera entre ellos.
Faltaban diez vueltas para terminar la carrera y cuatro pilotos le
habían sacado tiempo mientras reponía en boxes. Pero ahora tenía
neumáticos nuevos, los más blandos y rápidos. En tres vueltas
consiguió aventajar a tres de esos contrincantes. Pero Brody
también le había sacado tiempo, pues también contaba con unas
ruedas recién estrenadas. Implacable, Will forzó el motor, a pesar de
que veía que las revoluciones rozaban la línea roja.
Por delante de él, Brody adelantó al último de los monoplazas que
iban en cabeza y reclamó el liderazgo de la carrera. El de Lennox iba
un cuarto de vuelta por detrás de él, el tiempo que había perdido
con la rueda pinchada.
Por fin, casi a cámara lenta, adelantó al último piloto que se
interponía entre Brody y él, y se aferró con fuerzas al segundo
puesto. Una curva más y por fin vio el culo del coche de su rival.
Este entró en el siguiente giro como un rayo. Will lo perdió de
vista por un segundo y chilló mientras tomaba el doble ápex tras su
contrincante. Se estaba entregando al monoplaza en cuerpo y alma,
confiaba en que este soportara lo que le estaba pidiendo. Nunca
había tomado esa curva a tanta velocidad. El coche se sacudió,
amenazando con salirse la pista en cualquier momento, y pudo
sentir como el chasis trasero perdía agarre. Agarró el volante con
fuerza para girar rápidamente en dirección opuesta mientras jugaba
con el acelerador y el embrague, con el ángulo de deslizamiento y el
radio de giro. Guio al monoplaza por la curva solo con su propia
fuerza de voluntad y una confianza ciega en las leyes de la física.
Cuando salió disparado de ella, Brody estaba ahí, a una distancia de
tres coches por delante de él.
Will pisó a fondo el acelerador. Como respuesta, el motor rugió.
Dos coches de distancia. Uno. Paul le chillaba al oído. Estaba
prácticamente encima de su rival cuando salió de la última curva, así
que giró el volante a la derecha y se colocó a su lado para
adelantarlo.
Por el rabillo del ojo, vio que ondeaban la bandera de cuadros
blancos y negros, y Brody pasó por debajo de ella medio coche de
distancia antes que él.
Cuando el personal del pit crew lo ayudó a levantarse del asiento
unos minutos después, Will se arrancó el balaclava. Estaba dispuesto
a darle alas a toda la furia que sentía, pero se quedó mudo de la
sorpresa al escuchar a Paul soltar un torrente de improperios, pues
nunca lo había visto tan rabioso. Todo el mundo estaba allí: el
personal del pit crew, los mecánicos, Tae, Harry y el equipo de
estrategia. Estaban en silencio, cautelosos, de pie, formando un
semicírculo alrededor del jefe de equipo, que estaba explotando.
—¡Es que haré que le quiten la puta licencia! —gritaba, caminando
de un lado a otro de los límites del paddock de Lennox—. ¡Le ha
dado a Will a propósito! ¡Lo has visto, Tae!
—Sí. —El ingeniero de carrera asintió solemne, estaba de acuerdo.
—Quiero que lo penalicen. ¡Que empiece desde el último puesto
de la puta parrilla de salida durante las próximas cinco carreras!
Will tenía la incómoda sensación de que se había metido en medio
de algo que era mucho más grande que una estrategia de mierda en
una carrera. La rabia de Paul venía de lejos, pero estaba muy
reciente. Todo eso no iba de la competición ni de cómo había jodido
a su piloto… Aquello era por Brody.
Harry le puso una mano en el hombro al jefe de equipo con
cuidado, quizás fuera la única persona que pudiera hacer algo así en
un momento como ese.
—Estamos hablando con Race Control, Paul. Ya lo gestionan ellos.
—¿De qué iba todo eso? —se atrevió a preguntar el recién llegado
—. ¿Qué problema tiene ese tío conmigo?
El jefe de mecánicos parecía haber apaciguado un poco la rabia
del jefe, que cerró los ojos y respiró hondo. Cuando volvió a hablar,
estaba un poco más calmado, más cerca del hombre controlado que
Will había llegado a conocer.
—No lo ha hecho por ti, sino por mí —dijo—. Y me aseguraré de
que ese hijo de puta pague por esto, de un modo u otro. Lo van a
penalizar. Me da igual con quién tenga que hablar para que lo
hagan.
Hawley sabía lo complicado que era que la acusación siguiera
adelante. Quien tenía que decidirlo era Race Control y todo el
mundo vería lo que quisiera ver. Nadie podía predecir cómo se
acabaría resolviendo aquello.
—Y, si no, iremos a por él en la próxima carrera. —Harry miró al
piloto en busca de una confirmación.
—Joder, ya te digo yo que sí —corroboró este—. Voy a arruinar a
ese gilipollas.
Paul lo miró a los ojos, la rabia todavía le brillaba en las pupilas.
—Sí, sí que lo harás, porque, antes de que termine esta
temporada, vas a ser el puto campeón del mundo, le guste o no a
Brody McKnight.
Giró sobre los talones y se fue como un vendaval, llevándose
consigo a Harry y a la mayoría del personal del pit crew. Una vez
que se dispersó la multitud, Will encontró a Mira rezagada junto a
los monitores de cronometraje. Era la primera vez que la veía desde
Barcelona. Algo en el pecho le dio un vuelco; por extraño que
pareciera, estaba emocionado. De repente, se disipó la rabia que
casi lo había ahogado unos segundos antes y el ruido de su cabeza
se acalló.
Entonces, se fijó en la expresión de la chica. Estaba con las cejas
fruncidas y se mordía el labio mientras observaba a su padre salir de
allí de camino a las oficinas de la FIA. Will le entregó a Beata el
casco y los guantes.
—¿Me los sujetas?
—Por supuesto. Buen trabajo ahí fuera.
—Gracias, B.
Las pocas personas que quedaba en el pit estaban dispersas en
grupos de dos y de tres, mirando fijamente la figura de Paul, que se
alejaba mientras cuchicheaba sobre lo que acaba de suceder. Era él
el que había corrido la carrera, pero nadie le estaba prestando
atención.
Se acercó a la asistente ejecutiva.
—¿Pasa algo?
Ella levantó la cabeza para mirarlo, tenía cara de que lo estaba
pasando fatal.
—De verdad que lo siento, Will.
—¿Por qué? ¿Porque ese gilipollas arrastrado ha decidido
joderme? Da igual. Estoy bien.
—Podría haberte matado.
Él resopló.
—Para eso tendría que haberse esforzado muchísimo más.
—Pero…
—Oye, pase lo que pase, todo el mundo va a saber cómo ha
conseguido ese puesto en el pódium el muy cabrón. Y lo más
probable es que sea la última victoria de su carrera de mierda,
¿sabes? Nunca ha aspirado a ganar el campeonato del mundo, y me
juego el cuello a que este no va a ser su año.
—No puedo creerme que estés tan tranquilo.
Siendo sincero, a él también le sorprendía. Había salido del
circuito escupiendo fuego, pero ahora que estaba al lado de Mira,
hablando con ella por primera vez en dos semanas, era incapaz de
estar enfadado. Para él, era una sensación nueva y diferente.
Ninguna mujer había conseguido nunca que dejara de pensar en lo
que sucedía en el asfalto. Y quizás eso significaba que estaba metido
en un buen lío.
—Puedo lidiar con Brody y con cualquiera que venga a por mí.
Por fin consiguió que a la chica se le escapara una sonrisa.
—Lo sé —dijo ella en voz baja.
Ahora que la tenía, no quería que volviera a desaparecer.
—Oye, vamos a…
—Tengo que ir con mi padre —soltó de repente, y se alejó de Will,
que suspiró.
—Cierto. ¿Nos vemos en Austin?
Ella asintió.
—Austin.
Entonces se marchó y corrió por el paddock en la misma dirección
en que había desaparecido Paul. Él se quedó ahí plantado todo el
tiempo que pudo, viendo el brillo de su melena entre la multitud. Sí,
definitivamente estaba colgadísimo por esa chica.
—Es genial, la prensa te ha sacado unos fotones con el director de
Marchand Timepieces. —Violet tenía a Will cogido del brazo y tiraba
de él entre el mogollón de gente que se había congregado en la
fiesta poscarrera del Circuito de las Américas—. Y tu agente ha
invitado al asociado de relaciones públicas que se encarga de la
nueva línea que vas a sacar con Velocity. Se llama Ryan y es un
imbécil de cuidado, pero tenemos que ser majos con él, así que lo
traeré cuando llegue. A lo mejor no me parece tan gilipollas si para
entonces he bebido lo suficiente.
El piloto se paró y obligó a su compañera a que lo mirara.
—Violet, llevo horas hablando con gente. ¿No puedo descansar un
rato?
—Cariño, ¿te crees que David Beckham o Michael Jordan nunca
han tenido que aguantarse y tener conversaciones intrascendentes
con empresarios tarugos? Es parte del juego y tú acabas de subir de
nivel.
Violet siempre le hablaba como si fuera un crío, aunque
sospechaba que era mayor que ella. En cualquier caso, tenía razón.
Entre Suzuka y Austin tuvo que ir a Nueva York para reunirse con
Velocity. Ya era su mayor patrocinador de antes y, como la
temporada iba bien, querían sacar una colección entera de ropa
deportiva con su nombre: zapatillas, pantalones, de todo. Estaba a
punto de hacerse mundialmente famoso. El circo de relaciones
públicas que le acompañaba a la fama era bastante odioso, pero el
dinero valdría la pena, y no solo para él. La Fórmula 1 era cara, por
sorprendente que pueda parecer. Parte de su trabajo era hacer todo
lo que pudiera para compensar algunos de esos gastos. El dinero de
Velocity cubriría gran parte de la inversión.
Will vio a Mira, que se acercaba a ellos. Llevaba el pelo recogido,
pero se le habían escapado algunos rizos que le caían por la cara y
los hombros. Mientras se abría paso entre los invitados, vio lo que se
había puesto y se le secó la boca. Era un vestido negro sencillo,
apenas un trozo de tela sedosa, pero la abrazaba y le marcaba todas
las curvas que ocultaba debajo. Sospechaba que no se había puesto
sujetador, lo que hizo que una descarga de deseo le recorriera todo
el cuerpo. Joder. Quería bajarle esos tirantes diminutos por los
hombros y ver la tela deslizarle por su cuerpo y caerle a los pies.
Cuando los alcanzó, el piloto casi había conseguido controlar aquella
fantasía tan vívida.
—Violet, un periodista de NASCAR Nation se ha pegado a Simone
como una lapa. Están en la barra y le está comiendo la oreja. A lo
mejor quieres ir a echarle una mano.
—Esos tíos publicarán algo sobre Fórmula 1 cuando se hiele el
infierno. Simone está desperdiciando palabras para nada. Además,
yo estoy ocupada con la Misión Hawley.
—No necesito niñera, Violet —intervino Will.
—Siento diferir cuando se trata de tus compromisos de relaciones
públicas.
Mira le lanzó una mirada comprensiva. Él hizo todo lo que pudo
para mirarla a la cara, no a sus hombros descubiertos ni al pecho,
que se intuía por el escote, o el pezón que sobresalía bajo la seda.
Ese vestido debería ser ilegal.
—Oye —le dijo—, hemos estado en tres ciudades y no hemos
vivido ninguna aventura. Seguro que ni siquiera comiste sushi en
Japón.
—¡Pues sí!
—El que te llevé al escritorio no cuenta —intervino su amiga.
—Venga. Nos largamos de aquí. Es la hora de la aventura —
insistió el piloto.
—Ni de coña, Will —le dijo Violet—. Te quedan unos cuantos culos
por besar, y pienso asegurarme de que cumplas tu misión.
Él suspiró al pasar los ojos por el mar de señores mayores con
trajes conservadores y sus mujeres mejoradas y resaltadas gracias a
la cirugía y el dinero. Al otro lado de la estancia, vio un rostro
familiar, pero tardó un rato en ubicarlo.
—Ey, ¿no es la tía esa de los anuncios de vaqueros de los
noventa?
Las chicas se volvieron para mirar y hablaron al unísono: «Ah, es
la exmujer de Paul», dijo Violet al mismo tiempo que la otra gritaba:
«¡Mamá!».
—¿Es tu madre?
—¿No sabías que su padre había estado casado con Cherie
Delain? —dijo la de relaciones públicas.
Mira se puso de puntillas y sacudió la mano entre la gente para
llamar la atención de su madre.
—No, esa información no la tenía —dijo él.
Cherie Delain había sido muy famosa en los noventa. Aquellos
anuncios de vaqueros icónicos no eran de la época de Will, pero
formaban parte de la cultura pop del momento, igual que la propia
modelo. La mujer que la saludaba entre la multitud era mayor, sin
duda, pero no por eso había dejado de ser menos despampanante.
Reconocería aquellos tirabuzones rubio platino en cualquier parte. Su
hija era más delgada que ella, tenía un rostro más delicado y tenía el
pelo un tono más oscuro, pero, ahora que sabía el parentesco que
las unía, les sacaba el parecido.
Cherie Delain sonreía de oreja a oreja y abrió los brazos cuando
llegó a su lado.
—¡Mi niña! —Abrazó a su hija y la estrechó con fuerza.
Mira le devolvió el gesto y se apartó para mirarla.
—¿Por qué no me has avisado de que venías?
Quizás era porque conocía muy bien a Paul, pero a Will nunca se
le había ocurrido hacerse demasiadas preguntas sobre la madre de
Mira o su vida en Estados Unidos. La mujer era supermodelo, así que
Á
ahora veía todo eso de criarse en Los Ángeles desde un nuevo punto
de vista. No había ninguna duda de por qué no le fascinaba el
glamour de la Fórmula 1.
—Mi hijita querida por fin ha vuelto a Estados Unidos —dijo
Cherie, mirándola con una sonrisa resplandeciente—. ¿Cómo no iba
a querer verte? Le dije a tu padre que no contara nada porque
quería darte una sorpresa.
Era obvio que Mira se alegraba mucho de verla. Parecía que
estaban muy unidas, algo que al joven le resultaba extraño. Era
incapaz de imaginarse que alguien se alegrara de ver a sus padres.
—Ha sido una sorpresa muy agradable. ¿Cuánto tiempo te
quedas?
—Solo esta noche. A partir del martes tengo una muestra de
proveedores.
—Pero ¡vas a perderte la carrera!
Cherie se rio y entornó los ojos.
—Esa obsesión la has sacado de tu padre, no de mí. —Entonces
les lanzó una mirada rápida a los acompañantes de su hija—. No os
quiero interrumpir si estáis trabajando.
—No, tranquila. Esta es Violet, mi amiga, se encarga de las
relaciones públicas. Y este es Will Hawley, uno de los pilotos de
Lennox.
Cherie le estrechó la mano a la chica.
—Siento que ya te conozco, Violet, Mira me ha hablado mucho de
ti. Me alegro de conocerte al fin en persona. —Luego se giró hacia el
chico—. Encantada de conocerte a ti también, Will.
Ah, ¿que le había hablado a su madre mucho de Violet, pero a él
no lo había mencionado? Esta chica tenía un don para dejarlo
chafado.
La mujer se volvió hacia su hija.
—¿Puedo invitarte a cenar?
—Lo siento. —Sacudió la cabeza—. Tengo que quedarme con
papá.
—Estoy segura de que lo entenderá —intervino Violet—. Ve a
divertirte con tu madre.
—Pero tengo trabajo…
—Pues entonces invitamos también a tu padre y a Natalia —la
interrumpió su madre.
A Will le dio la impresión de que Paul no se atrevería a decirle que
no a Cherie.
—¡Vale! —aceptó Mira ensanchando la sonrisa.
—¡Genial! ¿A tus amigos les gustaría venir también? —preguntó
Cherie, señalando con la cabeza a los otros dos.
—Mamá —murmuró la chica—, estoy segura de que Will está
demasiado ocupado como para cenar con nosotros.
—Si cenar significa dejar de hablar sobre promociones, yo os sigo.
Violet lo agarró del brazo.
—Pero el tío de Velocity…
—Venga ya, Violet —gruñó—. ¿No he hecho ya suficiente?
—Vale, está bien —respondió ella con un resoplido—. Yo tampoco
quería hablar con ese gilipollas.
Cherie dio una palmada que atrajo de nuevo su atención.
—¡Genial, ya está decidido! Vamos a buscar a tu padre y nos
marchamos.
—Te veo estupenda, cariño. Hacía años que no llevabas el pelo así.
—Cherie estiró el brazo por el asiento trasero del taxi para ponerle
un rizo detrás de la oreja.
—Mamá. —Mira le apartó la mano. Lo siguiente era que se lamiera
el pulgar y le limpiara algo de la cara.
—Solo era un comentario. Te queda muy bien.
—Era demasiado trabajo planchármelo todos los días.
Y el modo en que a Will se le iluminaban los ojos cuando la veía
tampoco le hacía ningún daño.
—Y este vestido. Es nuevo, ¿verdad?
A Mira le daba vergüenza semejante escrutinio. Por supuesto que
su madre se había fijado hasta en el más mínimo cambio. El traje
era nuevo y no era de su estilo habitual. Lo había visto en el
escaparate de una tienda elegante en Barcelona y se quedó sin
aliento. Era tan suave y sexi, tan… todo lo que ella no era. La
delicada seda, los tirantes diminutos, toda la piel al descubierto… La
hacía sentirse segura, como no se sentía desde hacía años. Y no
segura rollo hojas de cálculo y trámites de aduanas, sino en plan…
que estaba buena. Hacía muchísimo tiempo que no se sentía guapa,
y es que hacía tiempo que no había querido sentirse así. Sin
embargo, en aquella ocasión, antes de darse cuenta, ya se había
comprado el vestido.
—Me cae bien Violet —dijo su madre.
—Es una tía estupenda. Me alegro muchísimo de que esté
haciendo el circuito con nosotros. Está bien tener a una amiga aquí.
—Y el tal…, ¿se llama Will?, también parece majo.
—Sí.
—Y guapo.
—Mamá… —Puso una mueca.
Cherie levantó las manos.
—Era una simple observación. Además, solo tiene ojos para ti y
ese vestido. No podía dejar de mirarte.
La joven no se esperaba que el corazón le diera un vuelco y se le
calentara el pecho ante esas palabras.
—Alucinas, mamá.
Por suerte, la mujer ya había saltado al siguiente tema de
conversación, como siempre.
—¿Qué tal va el trabajo?
—Bien. No tenía ni idea de lo complicado que podría llegar a ser,
pero creo que por fin le he cogido el truco.
—¿Y tu padre? ¿Cómo es trabajar con él?
Podría haber soltado un «bien» despreocupado, pero su madre
vería que había algo más. Sabía lo peliagudos que habían sido los
últimos años para los dos. Al menos, por fin sentía que había dejado
atrás el desastre de Singapur. Cuando su padre la necesitaba, ella
estaba ahí, preparada con todas las respuestas. Le daba la sensación
de que estaban recuperando su equilibrio.
—Va mejorando. Sé que no quería que yo volviera…
—No lo sabes.
—Pero tengo razón. Creo que fue Natalia quien acabó dando la
cara por mí. —El cambio sutil en la expresión de su madre, que
apartó la mirada, le hizo sospechar que quizás habían sido las dos,
tanto ella como la novia de su padre, quienes habían intervenido—.
Pero no pasa nada. Estoy decidida a demostrarle que puede contar
conmigo y creo que ya empieza a darse cuenta.
Cherie le puso una mano en la rodilla y se la apretó.
—Sabes que te quiere, ¿verdad, cariño? Trabajes para él o no.
Mira tragó saliva para aliviar la tensión incómoda que sentía en la
garganta.
—No es suficiente. Quiero que también me respete.
—Claro que te respeta.
—Y si no lo hace, lo hará. Anda, ya hemos llegado.
Estaban esperando fuera del restaurante. Incluso a las nueve de la
noche, el aire de Texas era húmedo y caluroso. Will se tiró del cuello
de la camisa, mientras que a su lado Violet se abanicaba con la
mano.
—Descubrí este sitio la última vez que estuvimos en Austin —
explicó la novia del jefe—. La comida es deliciosa y se aleja un poco
de lo que suele ser habitual por aquí.
—Natalia conoce todos los restaurantes buenos de todas las
ciudades del circuito de carreras —apostilló Paul sonriéndole—. Y
solo tiene que llamar para que le den mesa. No sé cómo lo hace.
—Yo solo espero que tenga aire acondicionado —gruñó Violet.
Entonces, un coche aparcó en la glorieta que había a su espalda y
Mira se bajó con su madre. Cada vez que Will la veía con ese
vestido, la cabeza se le iba por unos derroteros muy sucios en los
que era mejor no quedarse, sobre todo cuando estaba a punto de
sentarse a cenar con los padres de ella.
—¡Cherie! Estás estupenda. —Natalia y la recién llegada se
abrazaron y se besaron en las mejillas—. ¿Cómo va el negocio?
Estaba claro que no había mala sangre entre ellas, lo cual no le
sorprendía viniendo de la italiana. Era una mujer elegante y la
exmodelo también parecía serlo.
Mira le tiró a su amiga de la manga.
—Venga. Mamá se va a poner a hablar de negocios toda la noche
si la dejamos y hace calor. Vamos a esperar dentro.
—Por favor. Estoy desesperada.
Will las siguió, pero se tropezó con Violet, que a la vez se había
tropezado con Mira, que se había detenido en cuanto había puesto
un pie dentro.
—Mira —se quejó la chica—. ¿Qué coño pasa?
Pero esta seguía helada en el sitio, mirando fijamente el comedor
que se extendía delante de ella. El piloto escaneó la habitación para
ver qué la había pillado por sorpresa y, al encontrar al gilipollas de
Brody, soltó una palabrota en voz alta.
—Me cago en todo, ¿qué hace ese cabronazo aquí?
Su rival estaba sentado a una mesa, a unos seis metros de ellos,
contándole alguna historia a una audiencia cautivada y su irritante
acento australiano llenaba toda la estancia. Mientras, le pasaba el
brazo por los hombros a una chica joven, que lo miraba con una
expresión de adoración.
—Joder —masculló Violet—. Ey, Mira…
—¿Qué coño está haciendo aquí ese hijo de puta? —chilló Cherie,
y Will se dio la vuelta confundido. Sí, Brody era un cabrón, pero ¿por
qué Cherie Delain lo odiaba también? ¿Por qué de repente parecía
que allí había algo más que las tretas que le había hecho en Japón?
Mira se dio la vuelta para mirar a sus acompañantes y su
expresión lo dejó helado en el sitio. Estaba blanca como un
fantasma y tenía los ojos desorbitados del terror.
—Mamá, por favor… Vámonos.
—¿Lleva todo este tiempo en el circuito? —preguntó la mujer,
pasando la mirada de su hija a su exmarido.
—Es imposible evitarlo, Cherie —dijo Paul con los dientes
apretados—. Créeme, lo he intentado.
—Cariño, no puedes quedarte con ese trepa danzando por ahí.
Así, sin más, Will cayó en la cuenta. Se le fueron los ojos al
australiano, que seguía a lo suyo en su mesa, ajeno al drama que
había provocado en la puerta. Era él. Era Brody. El chico del pasado
de Mira. La historia de amor que no lo había sido. Pero…
—Mamá, puedo gestionarlo. He estado haciéndolo. Estoy bien. —
La joven hablaba en voz alta y tensa, parecía de todo menos estar
bien.
El piloto se esforzó por unir las piezas del puzle. ¿Brody McKnight
y Mira? Pero habían pasado años desde que ella había estado en el
circuito. Entonces era solo una cría. Y el australiano era… de todo
menos un crío.
—¿Cómo se atreve ese cabrón a sentarse ahí con tanta chulería?
—espetó Cherie—. Creo que voy a ir a hablar con él.
—¡No! Mamá, no lo hagas. Déjalo en paz. —La chica agarró a la
mujer del brazo para retenerla; era lo que parecía necesitar en ese
momento, porque Cherie Delain tenía una mirada asesina.
—Cherie —la interpeló Paul—. Es piloto de una de las escuderías
de la competición. Ya hemos tenido un encontronazo con él esta
temporada. Si tenemos otro, podríamos poner a nuestro equipo en
peligro. Ya sabes cuánto puede costarnos eso.
Le lanzó una mirada rápida a su hija. Si a Will le quedaba alguna
duda, la expresión de su jefe se lo confirmó. Parecía igual de
dispuesto a matar a Brody que su exmujer. Conforme iba asumiendo
la verdad, a él también le entraron ganas de desvivirlo. «¿Cómo se
atreve? ¿Cómo hostias tiene tanta cara?», pensaba.
—Bueno, yo no trabajo para el equipo —dijo Cherie y, antes de
que su hija o su exmarido pudieran detenerla, avanzó por el
restaurante hacia Brody.
Paul soltó el aire con fuerza. Mira gruñó y le dio la espalda.
—Disculpa —empezó Cherie inclinándose sobre la mesa del
australiano como una valquiria rubia vengativa—. Señor McKnight,
solo quiero que sepa que algún día el karma irá a por usted y,
cuando lo haga, voy a celebrarlo. —Toda la mesa la miró fijamente,
los comensales estaban confundidos. Brody abrió la boca para
responder, pero la mujer habló por encima de él—: Que aproveche la
cena.
Entonces volvió a recorrer el restaurante, y a Will le sorprendió
que el otro siguiera de una pieza. Aquello podría haber reducido a
cualquiera a cenizas.
—Se me ha quitado el hambre —masculló Cherie de camino a la
entrada.
Mira observó a su madre salir y luego miró a su padre. Natalia le
estaba susurrando algo apresurada, probablemente intentaba que
no montara un numerito aún mayor. Entonces a la chica se le fueron
los ojos hacia Will, que sintió que el alma se le caía a los pies. Qué
miserable parecía ella. Asustada y triste y avergonzada y… Dios. Él
también tendría que irse, si no iba a abrir en canal a Brody con sus
propias manos.
—Disculpadnos —masculló Paul antes de marcharse.
Natalia le lanzó una sonrisilla tensa a su hijastra antes de correr
tras él.
—Voy a ver si mi madre está bien —murmuró Mira—. Lo siento
muchísimo, chicos.
Will fue a retenerla y la llamó, pero ella ya había salido por la
puerta. Mientras la observaba marcharse, sintió que se le estrujaba
el pecho. A su lado, Violet carraspeó.
—Supongo que tengo que pedir un Uber para nosotros.
Mira tardó todo el trayecto de vuelta en taxi en calmar a Cherie,
pero, al final, después de prometerle que quedarían para desayunar,
consiguió sacarla del vehículo en la puerta del hotel. No culpaba a su
madre por lo que había pasado. Por muy despreocupada y dulce que
fuera, se convertía en mamá oso cuando herían a su niña y, sin duda
alguna, Brody McKnight le había hecho daño para rato.
Cuando por fin pudo regresar a su habitación de hotel, la dejó casi
a oscuras y solo encendió una de las lamparillas de noche. Acababa
de quitarse los zapatos y de soltarse el pelo cuando alguien llamó
con suavidad a la puerta. Gruñó. Seguro que era Natalia,
desesperada por comprobar si estaba bien. Abrió, preparada para
tranquilizarla y pedirle que se marchara con educación, pero se
quedó sin palabras. Al otro lado se encontraba Will. Se había quitado
la chaqueta del traje que llevaba antes. Tenía el pelo despeinado con
mucho arte, como si se hubiera pasado media hora pasándose los
dedos por él, y en la mandíbula empezaba a asomarle la sutil
sombra oscura de la barba.
Se lo quedó mirando y él levantó el whisky que llevaba en la
mano.
—He pensado que te vendría bien un trago —explicó.
Sin decir nada, Mira le quitó la botella y se giró para sacar dos
vasos del minibar. Vertió un par de dedos de líquido en ambos y le
tendió uno al piloto, que ya había entrado y cerrado la puerta. Ella le
dio un buen trago al suyo y dibujó una mueca.
—Puaj, sabe horrible.
—Cuesta trescientos pavos.
—Ajá. —Le tendió el vaso medio vacío—. Creo que es mejor que
te lo tomes tú.
Entonces se volvió hacia la ventana que daba a las luces del
centro de Austin.
—Entonces, el tío del que me hablaste… La historia de amor que
no lo había sido… Era Brody McKnight, ¿no?
—Creo que está bastante claro.
—Pero si él lleva aquí toda la vida. Debe de tener por lo menos…
—Ahora tiene treinta y siete años. Tenía treinta cuando nosotros…
Cuando lo conocí.
—¿Qué edad dijiste que tenías?
—No te lo dije. —Tragó saliva con fuerza, sin apartar los ojos de
las luces brillantes del paisaje nocturno que se encontraba más allá
del cristal—. Pero acababa de cumplir dieciséis.
A su espalda, lo oyó aspirar una fuerte bocanada de aire. Aunque
intentaba no acercarse a él ni con un palo, le dolía pensar que la
juzgaba igual que todo el mundo.
—Oye, sé que suena fatal. Era joven, estúpida, me sentía
rebelde… Fue por un montón de cosas.
—Oye, mírame. —Su voz era suave, una agradable vibración que
le recorría la columna vertebral. Cuando se volvió para mirarlo,
estaba de pie a menos de un metro de ella. Extendió el brazo y le
tocó la mejilla. Antes de apartarse, las puntas de los dedos bajaron
por el cuello sin apenas tocarlo—. Puede que fuera por muchas
cosas, Mira, pero una está clara: no fue culpa tuya. Solo eras una
cría.
—Te lo agradezco, Will. Más de lo que te imaginas. Pero no es tan
sencillo.
—¿Cómo…? —Se detuvo, se giró y se sentó en el borde de la
cama. Dio unas palmaditas en el colchón y dijo—: Siéntate. Empieza
por el principio.
Mira tenía en la punta de la lengua todas las negativas que soltaba
por acto reflejo, pero ya no servía de nada seguir enterrando
aquello. Al menos, no con él.
Se dejó caer en la cama a su lado. Will se inclinó hacia ella, le dio
un golpecito con el hombro en el suyo y le pasó el vaso de whisky
del que había bebido antes. El segundo sorbo que le dio no le supo
tan mal.
—Mi padre y yo no estábamos muy unidos cuando era pequeña.
De Londres a Los Ángeles hay un buen viaje, así que no lo veía a
menudo. Aunque eso no me impidió idealizarlo, y me encantaban las
carreras solo por él. Con diez años, le rogué a mi madre y a él que
me dejaran pasar las vacaciones de verano con él en el circuito. Fue
un sueño hecho realidad. Me pasaba todo el día en la pista y por fin
sentía que tenía un padre. Después de eso, empecé a pasar todos
los veranos con él. Durante esos años, sí que estuvimos muy unidos.
—Agh.
La chica lo miró.
—¿Qué?
—Es que… me da la impresión de que te andas con pies de plomo
cuando él está cerca, al menos la mayor parte del tiempo. Que lo
entiendo, intimida un huevo, pero creía que contigo se comportaría
de otra manera.
—Sí, antes lo era, intentaba contártelo. El año que cumplí los
dieciséis fue duro. Mi madre conoció a un tío con el que iba en serio.
Ella es un icono para un montón de gente, así que a veces las cosas
pueden enturbiarse. Por eso siempre ha tenido cuidado de elegir
bien con quién salía. Ese hombre fue el primero que superó sus
defensas. Esas Navidades se comprometieron. Yo lo odiaba.
—¿Por qué?
Se encogió de hombros.
—¿Malas vibras? Al final, yo tenía razón, por cierto. Mamá lo largó
seis meses después. Pero eso no es lo importante. Lo que quiero
decir es que ella había tenido cuidado de no dejar entrar a los
hombres en su vida, siempre habíamos estado solas ella y yo. Y, de
repente, ese tío estaba ahí a todas horas… Es que… Yo solo quería
recuperar a mi madre y no podía tenerla. Ese verano, me alegré más
que nunca de dejarlo todo atrás para irme de viaje con mi padre.
Aunque, la primera noche, me presentó a Natalia. Es una estupidez,
pero me sentía muy traicionada. Primero mamá y luego papá, y
encima hacía solo unos pocos años que había empezado a ser un
padre de verdad. Fue como perderlo otra vez.
—Pero si adoras a Natalia. Te he visto con ella.
—Ahora sí, pero ¿al principio?, solo quería que se largara. Bueno,
el caso es que ahí estaba, dando tumbos por los circuitos de varios
países extranjeros, enfadada con todo y buscando algo con lo que
distraerme.
—Y encontraste a Brody.
—Más bien él me encontró a mí. Me escabullí con una chica de
logística para ir a bailar a una discoteca en Barcelona. No pretendía
meterme en ningún lío, yo solo quería divertirme.
Por un segundo, el recuerdo de aquella noche en Melbourne la
atacó por sorpresa, cuando bailó con Will. Fue la primera vez que
había salido de fiesta desde Barcelona. Qué gracioso que también
hubiera acabado con un beso. Pero empezaba a darse cuenta de que
aquel momento mágico con él en la pista de baile de Melbourne
estaba a años luz de lo que había pasado con Brody. Porque no se
trataba de bailar y del beso, sino de con quién había sucedido.
Respiró hondo y siguió con su historia:
—El caso es que se me acercó, me invitó a una copa, me dijo que
me había visto por el circuito. Me hablaba como si yo no fuera una
niña. Me alagaba. Me dijo que era guapa…, sexi. Era agradable que
me trataran como a una persona adulta.
—De momento, nada de lo que me has contado parece que fuera
culpa tuya.
—Ya llegaremos a eso. Puede que me sintiera supermadura, pero
sabía lo que había y no dije nada. Papá se habría puesto como loco.
Incluso dejando a un lado la diferencia de edad, Brody pilotaba para
una escudería rival.
—Au.
Ella se estremeció.
—Lo sé. Fue una mierda.
—Ey, no, no era eso lo que quería decir. Me refería a que debiste
de pasarlo mal cuando alguien que debería haber tenido dos dedos
de frente te puso en una posición tan horrible.
—Yo también tenía dos dedos de frente. Le mentí a todo el mundo
por él. Y las mentiras ni siquiera fueron la peor parte. —Tragó saliva

É
con fuerza, se preparó para soltar el dato sórdido—: Él estaba
comprometido.
Casi que esperaba que Will se pusiera en su contra llegados a ese
punto. Bien sabe Dios que ella misma se había machacado bastante
al respecto. Pero él le apretó la mano con fuerza y no parecía
dispuesto a salir por patas, así que Mira no se derrumbó.
—En mi defensa, me dijo que quería dejarla, pero que ella era
muy voluble. Era Lulu Heatherington. ¿La conoces?
—¿La actriz? Sí, he oído hablar de ella.
—Me contó que la tía estaba fatal de la cabeza y que él quería
dejar la relación, pero tenía miedo de que eso la llevara al límite y se
suicidara. Me comí todo el cuento con patatas. La verdad era que
sentía pena por ella. Y me parecía que él era un tío genial, que
intentaba hacer lo correcto por Lulu, a pesar de que ya no la amaba.
Qué idiota fui.
—No lo fuiste. Él era un puto mentiroso.
El veneno de su voz sorprendió a la chica, que se giró para
mirarlo.
—Pero iba a casarse. Y yo lo jodí todo.
Su interlocutor cerró los ojos y resopló frustrado.
—Mira, eso no tuvo nada que ver contigo.
—Pero…
—No, él era una persona adulta con un compromiso. Tú eras una
cría. Y te mintió. Nada de eso fue culpa tuya.
Había tenido muchísimo miedo de que Will supiera la verdad, de
que pensara lo peor de ella. Tendría que haber sabido que no sería
así.
—Entonces ¿qué pasó? ¿Tu padre te encontró con él?
—Eso habría sido demasiado fácil. Un paparazzi nos pilló
enrollándonos en un bar. Brody es un mierdecilla en el mundillo de
las carreras, pero en Australia era bastante famoso. A la mañana
siguiente, la foto se había hecho viral en internet. ¿Alguna vez has
entrado en un sitio y has sabido que todo el mundo estaba hablando
de ti?
Él levantó una ceja.
—La verdad…
A la joven se le escapó una carcajada temblorosa. Solo él podía
hacerla reír en un momento como este. Le dio un golpe con el
hombro.
—Ya sé que sí, pero no es lo mismo. Es como…, como si todos
supieran algo terrible sobre ti y tú no tuvieras ni idea de lo que es.
Mira nunca olvidaría esa sensación. Era la peor pesadilla que
jamás había tenido, pero de ese sueño no podía despertarse. Aquella
mañana, cuando llegó al paddock, mirara donde mirara, la gente
tenía los ojos clavados en ella, la señalaba, cuchicheaba… sobre ella.
Incluso oyó que alguien murmuró «Brody» cuando pasó por delante
y entonces lo supo.
Buscó en internet con el teléfono y no hizo falta nada más para
que el castillo de naipes de mentiras se desmoronara sobre su
cabeza. La imagen era malísima, pero los periodistas habían
averiguado de quién se trataba: la hija adolescente del jefe de
equipo de Lennox, Paul Wentworth. Luchó contra las ganas de
vomitar al leer lo que decían de ella.
«Groupie de las carreras desesperada».
«Lolita de arcén».
«Adolescente de una familia desestructurada».
Y eso solo eran los artículos. Los comentarios a estos le enseñaron
por primera vez el corazón tan horrible que tenían algunas personas.
«Pedazo de puta».
«Zorra estúpida».
«Espero que se muera».
—¿Mira? ¿Qué pasó?
La voz de Will la trajo de nuevo al presente. Solo había visto una
fracción de lo que decían de ella, pero fue suficiente y todavía no lo
había olvidado. Incluso entonces, siete años después, sentía el frío,
el horror y la vergüenza trepándole por la piel como si hubiera sido
ayer.
—Corrí directa a la habitación de hotel de Brody. Él ya lo sabía,
por supuesto. Su publicista lo había llamado a primera hora de la
mañana. Cuando llegué, ya llevaba horas gestionando la crisis.
—¿Y al muy gilipollas no se le ocurrió avisarte?
—Yo ya no era su principal preocupación, pero estaba a punto de
descubrirlo. Le dije que era horrible que las cosas salieran a la luz de
ese modo, pero que quizás era lo mejor. Que cuando la gente viera
lo enamorados que estábamos, dejarían de decir tantas cosas feas
sobre mí.
Will soltó el aire y le apretó la mano.
—Me da miedo preguntarte qué te respondió.
Ella soltó un resoplido sin gracia y sacudió la cabeza.
—Me lanzó esa sonrisilla condescendiente tan suya y dijo que las
chicas siempre hacemos una montaña de un grano de arena.
Entonces, me dijo que tenía que superarlo, porque él se iba a casar
con Lulu y que sería muy incómodo para él que montara un
numerito por un rollo de nada.
—Espero que lo mandaras a tomar por culo.
Mira suspiró con tristeza.
—Eso habría estado bien. No sabes la de horas que me he pasado
imaginando el discurso épico de «que te jodan» que le habría
soltado. Lo practicaba en la ducha y en el coche durante los atascos.
—Ya, las respuestas buenas nunca se nos ocurren cuando las
necesitamos, ¿verdad?
—Sobre todo cuando el hombre al que querías acaba de
arrancarte el corazón del pecho y lo ha lanzado a una trituradora de
papel. Cuando se cansó de mi enfado, me dio un fajo de dinero y me
dijo que me fuera a comprarme algo bonito para alegrarme. Me pidió
que volviera a mi habitación y que me lavara la cara porque me
estaba dejando en ridículo a mí misma. Luego me puso de patitas en
la calle.
—Dios.
Will se terminó el resto del whisky de un trago.
—Ahí fue cuando tuve mi primer ataque de pánico, en el baño de
la recepción de su hotel. Estábamos en Budapest y estuve toda la
noche dando vueltas por la ciudad, llorando. Quería caminar hasta
que no pudiera pensar o recordar lo que acaba de suceder. Aunque
no funciona así, por supuesto, así que al final tuve que volver a mi
hotel, pero no contaba con que la prensa me estuviera esperando.
—Mierda. Mira… —El piloto le pasó una mano por el pelo.
—No pasa nada —añadió ella enseguida, apretándole la otra mano
—. Ahí es cuando apareció Natalia. Me metió dentro y me llevó a mi
habitación, nos quedamos las dos solas. Estaba segura de que
empezaría a gritarme y a decirme lo estúpida que había sido.
—¿Supongo que no lo hizo?
—Nop. Me miró y extendió los brazos. Eso es todo. Lloré durante
una eternidad mientras ella me sostenía. Es la mejor. Y se quedó a
mi lado mientras yo se lo contaba todo a mi padre. Él ya lo sabía,
por supuesto, estaba en todos los medios de comunicación. Dios, la
prensa… Las cosas que dijeron sobre mí…
—¿Nadie dijo nada de que el puto Brody sedujera a una cría?
—El tío es bueno. O al menos su equipo de relaciones públicas lo
es. Quedó como que había sido yo la que lo había estado acosando
para seducirlo.
—¿Crees que habló con los periodistas?
—No puedo demostrarlo, pero, después de que publicaran la foto,
estoy segura de que enseguida dio un paso al frente para hacerse la
víctima. Independientemente de cómo me hiciera quedar a mí.
—Gilipollas de los cojones. Sabía que era un mierda, pero no tenía
ni idea… Ahora entiendo lo enfadado que estaba Paul en Japón
después de la movida con Brody.
Ella levantó la cabeza para mirarlo.
—Siento que acabaras en medio de todo esto.
Will le sonrió y estiró el brazo para apartarle un mechón de pelo y
colocárselo detrás de la oreja.
—No te preocupes por mí. Yo me encargo de Brody. Supongo que
tu padre y él tuvieron una buena, ¿no?
—Papá fue a por él al día siguiente. Lo pilló por banda en el
paddock y se le echó encima mientras gritaba y vociferaba. Le dio
un puñetazo y todo. Lo amenazó con acabar con su carrera, con
matarlo con sus propias manos…
—Me parece correcto —masculló el piloto con dureza—. Bien por
Paul. Si hubiera estado yo, me habría encargado de sujetárselo.
Quiero decir, Mira… Eras una cría. ¿No podrían haber arrestado a ese
cabrón?
—Créeme, mi madre pidió su cabeza. Pero todos los…, todos los
encuentros… habían sucedido en un montón de países diferentes.
Era legal en la mayoría de los lugares. Brody se lo merecía, pero
papá era un jefe de equipo amenazando al piloto rival. Juró que lo
mataría. La escudería de Brody rellenó un formulario de queja ante
la FIA. No les importaba lo que hubiera habido entre nosotros, ya
que técnicamente era legal. Solo les importaba lo que había
sucedido luego, entre papá y Brody. Al final, penalizaron a mi padre
y a Lennox por la pelea. Suspendieron a papá, no pudo participar en
las carreras durante un año. El jefe de equipo, suspendido del
deporte.
—Sabía que Paul había estado un tiempo alejado del circuito, pero
no sabía por qué.
—Tardó un año más en convencer a la junta directiva de Lennox
de que le devolvieran la escudería. Al principio no querían hacerlo. Y,
durante ese tiempo, un montón de trabajadores que papá había
estado reclutando durante años se fueron a otras escuderías. Lennox
ganó el Mundial de Constructores un año antes de que todo esto
pasara. Cuando papá regresó a su puesto, Lennox era el duodécimo
en la parrilla de salida. Todo por mi culpa.
—No —intervino Will, los ojos le ardían de furia—. Por el puto
Brody McKnight. Él es el malo de la película.
—Pero yo soy la mentirosa que arrastró a todas las personas que
le importaban a este lío. Casi arruiné la carrera de mi padre. Casi
arruiné a la escudería.
—Y una mierda. Brody es quien debería pagar por todo eso. Que
fuera legal no significa que estuviera bien. Él era un adulto hecho y
derecho. ¿La gente no lo canceló por eso?
—Puede que sea un despojo humano y un piloto mediocre, pero
se le da genial crear su propia narrativa, eso tengo que
concedérselo. Se casó con Lulu un mes después. Los medios de
comunicación estaban saturados de las fotos de esa boda de cuento
de hadas en el lago de Como. Él era una estrella de las carreras y
guapo, ella era una actriz preciosa. Yo solo era una cría de Los
Ángeles que estaba desesperada por llamar la atención. Él se
encargó de decirle a todo el mundo que me había pasado toda la
temporada lanzándome al cuello de los pilotos y que él solo había
tenido «un momento de debilidad». Lulu me llamó «niña triste y
perturbada», dijo que esperaba que mis padres me controlaran
mejor en el futuro.
—Menuda zorra.
—Bueno, quizás se creyó las mentiras de su marido. Están
divorciados, así que supongo que al final acabó viéndole las
costuras.
Mira se pasó una mano por la nuca, estaba emocionalmente
agotada y exhausta.
Will se echó atrás en el colchón hasta apoyarse en el cabecero y
dio unos golpecitos en el sitio que había a su lado.
—Ven aquí.
Ella se subió a la cama, se dejó caer junto a él y se apoyó en su
hombro. Como si pudiera sentir lo cansada que estaba, él levantó el
brazo y se lo pasó por los hombros. Dejó que se acurrucara en su
pecho. Olía bien y tenerlo así era una sensación increíble, lo sentía
cálido y fuerte bajo la mejilla.
—¿Qué hiciste después de todo eso? —murmuró en voz baja,
acariciándole la mejilla con cuidado.
—No podía seguir en el circuito. Quería, pero…
De repente se le cerró la garganta de la emoción. Todavía le
ardían en la memoria todas las palabras de la última conversación
que había tenido con su padre antes de volverse a Los Ángeles.
Estaba tan enfadado, tan frustrado, tan decepcionado. Y eso que
todavía no le habían informado de la suspensión. No se quería ni
imaginar lo que habría dicho si hubiera estado allí cuando se lo
notificaron. Pero no estuvo. Cuando lo largaron del deporte por el
que vivía y respiraba, ella ya había regresado a casa y no volvería a
las carreras durante siete largos años.
—Todo el mundo estuvo de acuerdo en que era mejor que volviera
a Estados Unidos. La gente decía cosas repugnantes sobre mí y me
seguían dando unos ataques de pánico horribles. Así que mi madre
vino y me llevó a casa. El año siguiente fue durísimo. Me
desmoroné, así de simple. Ojalá no le hubiera dejado ganar.
Odiaba admitir lo débil que había sido, que se había hecho añicos
como un vaso de cristal sometido a presión.
Will le dio un beso en el pelo. Ella se agarró a su camisa y dejó
que la envolviera en ese abrazo firme y seguro. Después de unos
segundos, él le echó la cabeza hacia atrás para mirarla a los ojos.
—Mira, ese tío no ganó. Has vuelto, ¿no?
—Supongo. Las cosas mejoraron. Con el tiempo. Terminé el
instituto, me admitieron en la universidad y me esforcé un montón
para sacar la carrera adelante. Pero nunca volví aquí. —Parpadeó
porque le ardían los ojos—. Puede que esa fuera la peor parte.
—Pues la verdad es que me sorprende que quisieras regresar
después de todo eso.
—Supliqué que me dejaran volver. Me gustan demasiado las
carreras como para permitir que me las arrebate. Y mi padre… Ahí sí
que la cagué. Tenía que volver para arreglarlo.
—¿Por qué crees que la jodiste con él?
—Venga ya, Will. Le costé un año en la escudería.
—Es imposible que te culpe…
—Sí, lo hace. Él mismo dijo que había sido un error tenerme aquí
con él.
—Estoy seguro de que no hablaba en serio.
—Sí, lo decía de verdad. Por eso tuve que esforzarme tanto para
convencerlo de que me diera esta oportunidad.
—Ah. Ya entiendo.
Mira levantó un poco la cabeza, lo suficiente como para poder
mirarlo a la cara.
—¿El qué?
—Por eso te dejas el pellejo trabajando. Crees que tienes algo que
demostrar.
—Sí. Nunca más voy a volver a cometer ese error.
—Supongo que también por eso me odiaste tanto cuando me
conociste. Pensaste que era como él.
Ella se rio y le clavó el hombro en las costillas.
—No te odiaba, pero sí que te vi unas cuantas red flags.
Él tensó el brazo con el que la rodeaba y la acercó más a su lado.
—Espero que ahora sepas que nunca le haría una putada así a
nadie.
Ella volvió a apoyar la cabeza en su pecho.
—Lo sé, Will. Tú eres… —«Eres perfecto». Eso era lo que quería
decirle. Pero le pareció demasiado, sobre todo después de haber
estado llorando encima de él durante una hora. Así que apretó la
mejilla contra su pecho y, en cambio, susurró—: Eres un buen
hombre.
Sentía que le ardían los ojos y que los tenía hinchados por culpa
de las lágrimas. Parpadeó y suspiró satisfecha mientras el pecho de
él subía y se hundía bajo su mejilla. Le transmitía calor, seguridad
y…
Will giró la cabeza y rozó con la mejilla algo cálido y suave. Abrió los
ojos. El pelo de Mira. La habitación de Mira sumida en una tenue luz,
la cabeza de Mira en su pecho, el cuerpecillo de Mira respirando
despacio y firme a su lado mientras dormía. La pierna de Mira
enredada en la suya.
Rara vez dormía con otra persona, es decir, dormir de verdad, y
por supuesto que no se acurrucaba con nadie. Si se llevaba a la
cama a alguna chica, solía largarla en cuanto terminaban de
divertirse. Hacía tiempo que no lo hacía. Habían pasado años, ahora
que lo pensaba. Desde…
La chica suspiró en sueños. Desde que esto había empezado.
Fuera lo que fuera.
Se inclinó y se sacó el móvil del bolsillo para comprobar la hora,
luego lo dejó en la mesilla de noche. Las dos y media. Aquello
estaba… bien. Quería cerrar los ojos y volverse a dormir, pegarse al
cuerpo cálido que tenía al lado. Pero ¿y si ella se despertaba,
descubría que habían dormido juntos toda la noche y se acojonaba?
Justo entonces se movió. Contrajo la mano y lo agarró por la
cintura. Will sintió que se le estremecía todo el cuerpo, pues se
había imaginado que Mira le hacía eso mismo, pero estando
consciente. Entonces, la chica levantó la cabeza y lo miró entre el
amasijo de rizos rubios alborotados.
Estaba despeinada y adorable y buena que te cagas.
—Hola —murmuró él.
—Hola —respondió ella en un susurro.
Casi que esperaba que se levantara de la cama apabullada, que se
pusiera a balbucear excusas y que lo largara de la habitación. Pero
no lo hizo. Se limitó a devolverle la mirada con una expresión que él
no consiguió descifrar.
Will levantó las manos y le apartó el pelo de la cara, trazándole el
contorno de la mejilla al hacerlo.
—¿Quieres que me vaya?
Ella siguió con esos ojazos verdes clavados en los suyos durante
un buen rato mientras se lo pensaba. Algo cambió en su mirada.
Toda la miseria que había transmitido unas horas antes se había
disipado en el sueño y había sido remplazada por… algo que se
parecía al hambre. Despacio, sacudió la cabeza.
—No, no quiero que te vayas.
Entonces se levantó apoyada en el codo, se inclinó y lo besó.
Él se quedó helado por un segundo, le abrumaba sentir la boca
adormilada de la chica sobre la suya y la presión de sus tetas bajo la
fina tela del vestido contra su torso. Ella movió los labios, suaves
como una caricia. Entonces, todo en él se despertó de repente, se
puso en alerta. Movió la mano, que hasta entonces había estado
suspendida en el aire, para abrirse paso entre el pelo de la joven y le
devolvió el beso.
Justo antes de dormirse, le había dicho que era un buen hombre.
Y, como tal, no debería aprovecharse de su amiga cuando estaba en
un momento de bajón.
—Mira —susurró él contra su boca—, ¿estás segura?
Ella levantó la cabeza lo suficiente para mirarlo a los ojos.
—He intentado negarme a mí misma algo que deseo muchísimo —
dijo, antes de volver a apretar los labios contra los suyos.
Esta vez, Will no la paró ni se contuvo en ningún sentido. Le cogió
el rostro entre las manos y le devolvió el beso, dejándose llevar por
el calor de su boca. Cuando ella echó la cabeza hacia atrás para
coger aire, él se giró y la tumbó bocarriba, con la espalda contra el
colchón. Siguió besándola, dejó un beso en cada hoyuelo y unos
cuantos más a lo largo de la mandíbula y bajando por el cuello,
deleitándose en el grito que ahogó ella y en el modo en el que se le
agarraba al pelo. Dios, cuánto tiempo hacía que quería estar así con
ella. Tenía el pulso acelerado de la necesidad, pero no quería
precipitar las cosas. No ahora que por fin la tenía entre sus brazos.
Encontró el fino y sedoso tirante del vestido y se puso a juguetear
con él, lo tensaba contra el hombro y luego lo soltaba mientras le
metía la lengua en el hueco de la garganta.
Mira gimió. Era un sonido suave de deleite sensual. Entonces
movió el hombro y el tirante se le deslizó por el brazo. Fue un gesto
mínimo, pero a Will le latió la polla como respuesta al ver la piel al
descubierto; era una promesa de que habría más.
Se apoyó en el codo y extendió la mano hacia el otro tirante. La
miró a los ojos por un segundo, para comprobar que le parecía bien
que siguiera adelante. Ella bajó las pestañas mientras se mordía el
labio, que estaba hinchado por los besos, y asintió con la cabeza.
Muy despacio, él le deslizó el otro tirante por el hombro y siguió
bajándolo. Observó el modo en que la seda negra le cayó por los
pechos, se le enganchó en los pezones endurecidos y siguió su
camino por su vientre. Él se detuvo cuando no quedó nada más que
un amasijo de tela hecho un gurruño en la cintura.
Tenía razón. No llevaba sujetador. Joder.
Se le escapó un sonido estrangulado, a medio camino entre una
exhalación y un gruñido, cuando bajó la mirada y le vio esos pechos
pálidos, perfectos, con las puntas rosadas.
—Mira…
Sonriendo, ella lo cogió de la mano y se la levantó para ponérsela
encima de una teta. Él sintió el leve peso en la palma, era perfecta.
La apretó, retorció el pezón entre los dedos y a ella se le escapó otro
leve gemido de placer mientras arqueaba la espalda con los ojos
cerrados. Él estaba tan duro que creía que se iba a morir.
Bajó la cabeza y la boca tomó el relevo de los dedos. Durante
unos minutos interminables, se quedó ahí, a pesar de las punzadas
desesperadas que sentía en la polla. Lo único que rompía el silencio
de la habitación de hotel era el roce de su ropa y los ocasionales
suspiros de placer que se le escapaban a ella. No se detuvo, ni
siquiera cuando la chica empezó a retorcerse debajo de él.
—Will. —Pronunció su nombre como si exhalara, jadeando—. Por
favor —murmuró, agarrándose a sus hombros.
—Será un placer —respondió él.
Bajó la mano izquierda y al principio tan solo la dejó sobre la
rodilla de la muchacha. Muy despacio, le acarició con el pulgar una y
otra vez la suave piel de la corva. Ella abrió las piernas y relajó los
músculos de los muslos. Él arrastró la palma de la mano hasta la
cadera y le levantó el vestido mientras subía la cabeza por sus
pechos para volverla a besar.
Mira respondía frenética del deseo, con los labios y con las manos,
que le pasaba por el pelo, por los hombros, agarrándolo allá donde
podía.
Cuando él le tocó las bragas con la punta de los dedos, ella se
sacudió. Will se detuvo, acariciando la tela con suavidad,
escuchando los jadeos de Mira, que cada vez sonaban más
desesperados. Ella abrió más las piernas para permitirle meter la
mano por debajo de la prenda y que la tocara en aquel punto tan
resbaladizo y cálido. Esta vez fue él quien gimió. Quería penetrarla
hasta que explotara, pero también quería que durara para siempre.
Todo el tiempo que fuera posible. Toda la noche.
La exploró, acariciándola de arriba abajo, metiéndose y saliendo y,
por fin, subió hasta su punto más sensible.
Ella detuvo las manos y se aferró a sus bíceps mientras él adquiría
un ritmo firme dándole placer. Jadeó contra la boca de Will, que
cada vez la acercaba más al límite. Cerró los muslos y le atrapó la
mano, pero él no se detuvo. Mira dejó de besarlo y echó la cabeza
hacia atrás. Se arqueó, tensa, preparada para alzar el vuelo. Le
temblaban los muslos alrededor de la mano que le daba placer y
jadeó para coger aire. Cada pequeña bocanada acababa en un
gimoteo mientras se iba acercando cada vez más al orgasmo. Por fin
la hizo correrse y no salió hasta que ella se quedó inerte bajo él.

—Qué guapa estás cuando te corres —le susurró al oído, y ella


levantó la mano sin fuerzas para pasarle los dedos por el denso y
sedoso pelo. Todavía le latía el cuerpo, los pequeños espasmos de
placer le recorrían las extremidades. Él seguía besándola, por el
cuello, por los hombros, por la mejilla.
—Quiero follarte, Mira —murmuró Will contra su piel—. ¿Puedo?
Sus palabras fueron como lanzar una cerrilla a una pira de madera
y el cuerpo de la chica ardió en llamas. Qué ganas tenía de sentirlo
en su interior.
—Sí.
Le puso la mano en la nuca y se levantó para besarlo con fuerza.
Él volvió a pegarla contra el colchón y se dejó caer encima mientras
la chica gemía contra su boca. ¡Por fin! Menuda sensación la de su
peso anclándola a la cama.
Will la besaba con fuerza y hambre, le recorría la lengua con la
suya, le mordisqueaba los labios. Cambió el peso de lado y le deslizó
la rodilla entre los muslos hasta que se la apretó con fuerza contra el
coño. Ella seguía estando tan sensible que sentía que solo tenía que
frotarse contra él para correrse otra vez, pero no era eso lo que
quería hacer. Por fin había dejado a un lado aquella guerra que había
estado librando consigo misma. Esa noche iba a dejar que la
poseyera y quería sentir hasta el último centímetro de él.
Metió la mano entre sus cuerpos para poder desabrocharle la
camisa, pero no lo consiguió. Así que Will se incorporó, le apartó las
manos y se encargó de los botones. Ella ya había visto ese torso
desnudo en un momento u otro. Pero nunca así, bajo la luz tenue de
la habitación, enredados juntos en la cama, con esos ojos
hambrientos que la devoraban como si estuviera imaginándose lo
que estaba a punto de hacerle. Se estremeció solo de anticipar lo
que venía después.
El chico se abrió la camisa, se la quitó con un movimiento de
hombros y la lanzó al suelo. Mientras lo hacía, ella observó la luz
dorada que jugueteaba entre las ondas de sus músculos al moverse
y empezó a salivar, literalmente. Quería explorar hasta la última
pendiente y cordillera de su cuerpo, primero con las manos y luego
con la boca.
Will volvió a dejarse caer en la cama boca arriba y la invitó en
silencio a que cumpliera con sus deseos. Mira estiró la mano y dejó
la palma sobre el torso, justo sobre el esternón, y extendió los dedos
sobre su cálida piel. Mientras ella iba descendiendo, él sonreía y,
cuando le acarició el pezón, tensó los músculos del abdomen. Así
que ella se inclinó y también le dio un lametazo.
—Mira… —siseó mientras levantaba la mano para sostenerla por la
nuca.
Ella se incorporó y se sentó para subirse el vestido arrugado por el
cuerpo y sacárselo por la cabeza. Él la observó, con una mano se
agarraba a la colcha y con la otra la fue acariciando, primero el
hombro, el pecho y luego bajó por la cadera. Agarró con los dedos la
tirilla del tanga.
—Esto también —murmuró.
Ella le sonrió, se deslizó la prenda por los muslos y las pantorrillas
y la tiró al suelo. Entonces, le pasó la pierna por encima y se sentó a
horcajadas en su regazo. Él también se incorporó y el paisaje de
músculos que le recorrían el abdomen también se contrajeron
cuando extendió el brazo para rodearla.
Ahora que por fin se había dado permiso a sí misma para disfrutar
de este hombre, pretendía hacerlo a conciencia, así que empezó
pasándole las manos por los hombros y bajándoselas por los bíceps.
—Dios, eres guapísimo —susurró.
Él le envolvió la cara con las manos y le levantó la barbilla hasta
que lo miró a esos ojos ensombrecidos.
—Tú también.
Will volvió a deslizarle los dedos entre el pelo, cerró el puño y le
acercó la cara a la suya. La besó despacio, como si la vida le fuera
en ello. Lo hizo durante tanto tiempo que ella empezó a retorcerse
entre sus brazos, desesperada por acercarse más a él, por sentir su
piel desnuda sobre la suya. Se inclinó hacia delante, hasta que le
apretó las tetas contra el torso, disfrutando de la fricción contra sus
pezones duros y doloridos. Sentía la polla aprisionándole justo contra
el coño. Él gruñó, bajó un brazo para rodearle las caderas y la
acercó aún más a él.
Las caderas de Mira parecían moverse solas, ondulándose contra
él, haciéndole levantarlas también. Ella jadeó cuando un latigazo de
placer le recorrió todo el cuerpo. El tío estaba haciendo que se
deshiciera de placer y todavía estaba medio vestido.
La chica se apartó lo suficiente para meter las manos entre ellos.
Empezó a desabrocharle el cinturón a Will y luego le bajó la
cremallera de los pantalones. Este apoyó todo su peso en una mano
y la observó mientras lo desnudaba.
—Tócame —le susurró.
No apartó los ojos de su rostro mientras le deslizaba la mano
dentro de los pantalones y luego fue pasando la palma por el pene
erecto, que estaba atrapado en los calzoncillos. Él entreabrió los
labios, le brillaban y los tenía húmedos de los besos. También tenía
los párpados entrecerrados y las pestañas arrojaban sombras sobre
sus pómulos. Ella envolvió los dedos alrededor de su miembro y lo
apretó. Will frunció el ceño y de sus labios escapó un jadeo.
—Mira… —Cada vez que pronunciaba su nombre con aquel
gruñido estrangulado de placer, a ella se le endurecían los pezones.
—Túmbate —le ordenó, soltándole y empujándole con cuidado por
los hombros. Él obedeció y ella se puso manos a la obra para bajarle
los pantalones por las caderas, pero entonces él la agarró por la
muñeca.
—Espera.
—¿En serio? ¿Que espere? —dijo mientras le acariciaba el bulto de
la polla, que estaba a punto de liberarle.
—Solo un segundo. —Le lanzó una sonrisa apesadumbrada y le
pasó la mano por el brazo hasta el hombro. La soltó, pescó la
cartera que llevaba en el bolsillo trasero y sacó un condón.
A ella se le encogió el estómago de los nervios y la anticipación,
pero era una sensación agradable. Iba a pasar de verdad. Ahora que
por fin habían llegado hasta ese punto, estaba desesperada, ansiosa
por sentir aquella dureza deslizarse en su interior, por saber al fin
qué se sentía.
—Eres todo un boy scout —murmuró ella.
—Siempre hay que estar preparado.
—Tú póntelo —dijo, y se apartó un poco de su regazo.
Will se movió con la envidiable eficiencia de un deportista, se quitó
los zapatos de una patada, seguidos de los pantalones y los
calzoncillos. Cuando por fin se liberó la polla, Mira tuvo que
morderse la lengua para que no se le escapara ningún gemido. Se
había imaginado cómo sería, por supuesto que sí, por fin podía
admitirse a sí misma que había fantaseado un poco, aunque la
realidad superaba la ficción. Su mente iba a estar mucho tiempo
repitiendo una y otra vez aquella imagen de él agarrándose la polla y
poniéndose el condón. Cada segundo de aquella noche se le iba a
quedar grabado en la memoria durante el resto de su vida.
Cuando estuvo preparado, Mira empezó a tumbarse, pero él la
detuvo, tiró de ella para levantarla y la animó a que volviera a
sentársele en el regazo.
—No, así. Tú eres la que tiene el control de todo esto. Hacemos lo
que tú quieras.
Lo miró. Lo tenía desnudo, por fin era suyo. Por unos segundos,
se sintió abrumada.
—Quiero que me beses otra vez —susurró ella.
Will se incorporó, la cogió de nuevo de la cara y la besó,
tomándose su tiempo, con intensidad. Cuando lo hacía, a Mira se le
iba la cabeza. El sabor y la sensación de este hombre la abrumaban
tanto que no había espacio para nada más. Lo único en lo que podía
pensar era en que quería más. Así que le bajó las manos por los
surcos del abdomen hasta que encontró la erección, la envolvió para
colocarla en posición y él le gruñó en la boca. Muy despacio, se dejó
caer mientras se la iba introduciendo poco a poco. Will se apartó de
sus labios, jadeando.
—Joder. Ay, Dios. Mira.
La tenía muy dura y muy grande. El cuerpo de la chica se dilató a
su alrededor; era tan perfecto tenerlo dentro que se le enroscaron
los dedos de los pies y los espasmos le recorrieron toda la columna
vertebral. Le clavó los dedos en los duros hombros mientras iba
introduciéndose lentamente, más profundo.
De repente, él la agarró por las caderas y la embistió,
metiéndosela hasta el fondo con un solo movimiento que la hizo
jadear.
—¿Estás bien?
—Sí —suspiró ella, y se inclinó hacia delante hasta que se tocaron
la frente—. Joder, sí.
Se sentía más que llena, rodeada y consumida por ese hombre.
Bien. Eso estaba muy bien. Por un momento, los dos se quedaron
quietos, les costaba respirar.
—Haz lo que quieras, Mira —le susurró Will, acariciándole los
labios con la boca abierta—. Como tú quieras.
Ella lo notaba latir en su interior y gruñó mientras se restregaba
contra él.
—Dios, sí —murmuró él.
Le pasó el brazo por la lumbar y la ayudó a balancearse contra él.
Dejó caer la cabeza hacia delante y la apoyó en su hombro. Con
cada embestida, sus pezones doloridos rozaban contra el torso
masculino. Ella lo abrazó y se dejó llevar por la sensación de aquel
cuerpo duro empujando contra el suyo. Le agarró el pelo de la nuca
cuando empezó a sentir la presión dentro de su ser. Estaba a punto,
pero todavía no se iba a correr.
—Necesito que me toques —susurró ella contra su hombro.
Él se tumbó en la cama y la agarró de los muslos para ayudarla a
moverse contra él mientras ella jadeaba y cogía el ritmo. Era muy
fuerte, contraía los músculos abdominales y sacudía las caderas con
cada embestida.
—Más —gimió ella.
Will levantó una mano, la agarró de la teta, la apretó, giró el
pezón entre sus dedos. Aquello era genial, pero no era exactamente
donde necesitaba que la tocara. Así que Mira le cogió la mano y se la
deslizó por el cuerpo. Desde ahí, los dedos del piloto encontraron el
punto exacto, sin dudas. Las oleadas de placer se fueron
intensificando con cada segundo que pasaba.
—Oh… Will. —Pronunció su nombre en un jadeo.
—Estás a punto, ¿verdad? —dijo él.
Como respuesta, ella solo pudo gimotear. Estaba demasiado
abrumada por aquella sensación como para hablar. Entonces estalló,
como un cristal que se hizo añicos, una sensación brillante la
recorrió entera como una cascada. Se agarró a sus bíceps con fuerza
y se dejó llevar por el placer que se le extendía por todo el cuerpo.
Cuando se desvaneció, levantó la cabeza para sonreírle. Él levantó
la mano, se la puso en la mejilla y le acarició el labio inferior con el
pulgar. La expresión de su rostro, la ternura de su mirada, hizo que
la joven sintiera una nueva sensación que la inundaba. Le dolía el
corazón, estaba tan anegado de emociones que no podía ni hablar.
Se inclinó para besarlo, todavía lo sentía moviéndose en su
interior.
—Ahora quiero que seas tú el que se sienta bien —le susurró
contra la boca.
—Ya me has hecho sentir genial, Mira.
Ella meció las caderas y él gruñó.
—Entonces, que te sientas mejor.
—Ay, cariño. —Él suspiró.
Le pasó el brazo por la espalda para ponerla a su nivel y le dio la
vuelta para tumbarla. Para ella, la presión de aquel cuerpo masculino
que la anclaba a la cama era la sensación perfecta. Le subió las
manos por los brazos, vio que los músculos se le flexionaban
mientras él se colocaba encima de ella, luego lo agarró de los
hombros. Will tenía un cuerpo tan duro y fuerte que parecía
imposible.
Cuando por fin movió las caderas, ella gimió.
—Sí —susurró—. Así.
Era digno de contemplar, tan desesperado y desatado por alcanzar
su propio placer. Mira deseaba metérselo todo a presión en la
conciencia para no olvidarlo nunca. La luz dorada sobre su piel, el
brillo de su frente sudorosa, las cejas negras fruncidas, la forma en
que tensaba y relajaba los músculos mientras la embestía. Will
apretó los párpados y enseñó los dientes, fueron un destello blanco
en la luz tenue. Entonces, se quedó rígido y se enderezó. Un gruñido
le rasgó el pecho, desgarrado y desinhibido. Tensó todos los
músculos del cuerpo mientras aguantaba y al final jadeó al correrse.
Se derrumbó sobre ella y enterró la cara entre su pelo. Levantó la
mano para tocarle la cara y le envolvió la mejilla mientras le
acariciaba el pómulo con el pulgar. Ella le pasó los dedos por el pelo
de la nuca y él gimió a modo de aprobación.
—Por favor, dime que no me vas a echar a patadas y a obligarme
a volver a mi habitación —masculló él contra la almohada, al lado de
su cabeza.
El cuerpo de Mira se sacudía contra él mientras se reía, era algo
delicioso. No podía saciarse de él. Aunque estaba agotada, quería
volver a empezar.
—No voy a echarte. —Le pasó una mano por el cuello y por los
hombros y lo acercó más hacia sí—. Quiero que te quedes —dijo,
esta vez en voz más baja. Deseaba que se quedara así todo lo que
pudiera tenerlo, fuera el tiempo que fuera.
Will levantó la cabeza para mirarla.
—Quiero quedarme. —Se inclinó y la besó, con suavidad, despacio
—. Tú dame diez minutos —dijo él cuando salió de su interior—.
Entonces, podremos hacerlo otra vez. Si quieres.
Ella lo estrechó con más fuerzas.
—Oh, sí, vaya si quiero.
La alarma sonó como siempre a las seis y media de la mañana. Mira
se despertó aturdida y tanteó a ciegas la mesilla de noche mientras
todos los músculos de su cuerpo protestaban. Después de silenciar
el móvil, volvió a dejarse caer sobre la almohada. Sentía los brazos
débiles y el interior de los muslos escocía. Will estaba desnudo a su
lado, su cuerpo estaba duro y desprendía un calor increíble. Estaba
apretado contra su espalda, con un brazo rodeándole la cintura y la
cara contra su hombro.
Ella parpadeó para despejarse del sueño, se quedó observando la
luz brillante que entraba por las rendijas de las cortinas mientras
revivía la noche anterior. Primero el doloroso recorrido por los
recuerdos, pero después…
Anoche había cruzado una línea muy importante, una que había
intentado evitar con todas sus fuerzas, y ya no había vuelta atrás.
Aunque había sido una imprudencia, no se arrepentía de nada en
absoluto.
A lo mejor para él no había sido algo extraordinario, pero ella no
podía decir lo mismo. Nunca lo había disfrutado tanto. Ni de lejos.
Había sentido que todo era tierno, glorioso y nuevo, y estaba más
que decidida a disfrutarlo.
—¿Qué horas son estas de despertarse? —masculló él a su
espalda.
La joven sintió su cálido aliento contra el hombro y la caricia de su
mano por el costado. Dios, ¿cómo se las apañaba? Solo necesitaba
un par de palabras y un roce para ponerla cachonda. Tuvo que hacer
acopio de fuerzas para hablar con firmeza, no quería que supiera lo
desesperada que estaba por tenerlo dentro otra vez.
—Siempre me despierto a las seis y media.
—Pero hoy no hay carrera.
—Da igual, yo madrugo. Soy más productiva por las mañanas.
—Por supuesto que sí —masculló él. Luego le dio un beso
adormilado en el hombro y enterró la cara en la almohada para
ocultar su sonrisa.
—Bueno, supongo que no tengo que levantarme ahora mismo.
—No, no hace falta.
Él tensó el brazo alrededor de la cintura de la chica y la atrajo
hacia sí hasta que su polla, dura y preparada, le presionaba la
lumbar.
—No hace falta —suspiró ella, relajándose entre sus brazos. Ay,
Dios, así era imposible que saliera de la cama. Con la mano libre,
Will le apartó el pelo de la nuca para dejar un reguero de besos
sobre su piel. Mira arqueó la espalda y apretó el culo contra él.
El piloto le subió la mano por las costillas, le cubrió la teta y ella
suspiró. Cuando le retorció el pezón endurecido entre los dedos, el
suspiro se transformó en un gemido.
—A lo mejor hoy no hace falta que vayas a ninguna parte en todo
el día —dijo, cambiando el peso para que la erección se le colara
entre los muslos. Ya estaba muy húmeda por él.
—Pero en algún punto tendré que levantarme.
—Eso ya lo pensaremos mañana.
Aunque el día siguiente también llegaría. Y tenían que decidir qué
sucedería cuando salieran de esa cama. Una oleada de inseguridad
hizo que a ella se le cerrara la garganta. Si lo que él pretendía
después de aquello era escabullirse de su habitación y seguir con su
vida como si nada, le iba a doler muchísimo.
—Eh…, ¿necesitas que…? Quiero decir… ¿Tienes que… hacer algo
en alguna parte? —empezó a decir ella y se detuvo.
Will la cogió del hombro y la giró entre sus brazos hasta que
quedó tumbada bocarriba y mirándolo a la cara. Tenía el pelo
enredado, pero estaba adorable. Tenía los ojos entrecerrados y la
marca de la sábana en la mejilla. Mira nunca había visto nada que la
pusiera tan cachonda.
—¿Esa es tu forma de preguntarme si estoy a punto de salir por
patas y fingir que esto nunca ha pasado?
Quizás eso era lo que deberían hacer, pero a ella le entraron
náuseas solo de pensarlo. Independientemente de que estuviera
bien o mal, no era lo que quería que ocurriese.
—Eh…
—Porque no es lo que voy a hacer —añadió él. Tenía una
expresión que cada vez mostraba más cautela—. A no ser que eso
sea lo que tú quieras. ¿Es eso…?
El alivio inundó a la chica, le habrían cedido las rodillas si hubiera
estado de pie.
—No. Quiero decir, sí. A ver… —Soltó un suspiro de exasperación
—. No quiero olvidarme de que esto ha sucedido. A menos que tú
quieras.
Él dibujó una sonrisa lenta y devastadora y ella supo que se había
metido en un buen lío.
—No.
—Entonces, nosotros somos…
Will agachó la cabeza para empezar a besarla por el cuello y le
deslizó una rodilla entre las piernas.
—Somos lo que queramos llamarlo.
Volvió a agarrarle la teta, la masajeó y la pellizcó. Ella estaba a
punto de perder la cabeza, de tirar de él para que se le pusiera
encima y se olvidaran de que existía algo fuera de esas cuatro
paredes. Pero el resto del mundo sí existía y era complicado.
Mira se había pasado toda la noche contándole la pifia
monumental que había sido su principal relación y luego se había
metido en la cama con un tío que podría volver a sacar a la luz
aquella historia sórdida.
—No quiero que te lo tomes mal… —empezó a decir la muchacha.
Will levantó la cabeza para mirarla.
—Esa frase nunca acaba bien.
—No, la cosa es que… ya viste lo que pasó anoche en el
restaurante. Con mis padres. Y Brody.
—¿Sí?
—¿Esto? ¿Tú y yo?
Vio en los ojos del chico que lo había entendido, pues la expresión
se le enfrió ligeramente.
—Quieres que sea un secreto.
—Dicho así suena fatal.
Algo le cruzó el rostro y el músculo de la mandíbula se le tensó.
—Pero es cierto, ¿no?
—Will, no es por ti.
Él soltó el aire y empezó a apartarse de ella, que lo agarró por los
brazos para detenerlo.
—Escucha. Sabes todo lo que pasó con el último piloto con el que
me lie. Y tú no eres uno cualquiera. Estás en la escudería de mi
padre…
—Lo pillo. Soy otro cabrón en el que no se puede confiar.
—No he dicho eso. Confío en ti, sí. Pero tú no viviste aquello, así
que no sabes cómo fue para mí. Lo que dijeron de mí. Es que no
puedo…
Él dudó.
—Lo siento. No estaba pensando. Comprendo por qué te preocupa
lo que diga la gente.
—Llamarlo preocupación se queda corto. —Solo de pensarlo, el
pánico se le aferraba al pecho.
—Entiendo. —Asintió tenso—. Me quedaré callado.
Esas eran las palabras correctas, pero a ella no le gustó el tono en
el que las había dicho, como si lo hubiera ofendido de algún modo.
—Te prometo que también es lo mejor para ti. Lo último que
necesitas en este punto de la temporada es ese tipo de atención.
—Eso es algo que puedo gestionar, Mira. Ya lo he hecho antes.
—Sé que puedes, pero ahora mismo la gente solo debería hablar
de cómo pilotas. Todo lo demás es una distracción.
Él la miró con el ceño fruncido durante otro segundo más antes de
asentir tirante.
—Tienes razón… Siento haberme comportado como un imbécil.
—No lo has sido. Y siento haber sacado esta conversación, es una
mierda.
Él seguía apoyado sobre un codo, inclinado, mirándole todo el
cuerpo mientras lo consideraba. Entonces, estiró el brazo y le
acarició con la punta del dedo hasta el muslo. Cuando llegó a la
cadera, ella ya estaba ardiendo de la cabeza a los pies.
—Ahora mismo, creo que todo merece la pena.
—Ah, ¿sí? —Mira ya casi estaba jadeando.
—¿Pasarme un día entero contigo en la cama? Sí, merece la pena.
Para ella era un alivio que bromeara, pues tenía miedo de
asustarlo antes incluso de empezar. Creía que se levantaría de la
cama, saldría de la habitación como un rayo y quemaría a su paso
todo lo que habían compartido hasta el momento. Pero Will seguía
allí. Y todavía la deseaba, a pesar de todas las movidas. Estaba tan
aliviada que se habría echado a llorar.
—Pasarme un día entero contigo en la cama me parece el paraíso,
pero hoy no puedo —dijo ella—. He quedado con mi madre para
desayunar. Te invitaría, pero…
—Ya, no sería nada sospechoso aparecer juntos en el desayuno,
con pinta de recién…
Ella le tapó la boca con la mano.
—Cállate.
Él soltó una risilla y le dio un beso en la palma.
—Es coña. Yo también la vi anoche. Es aterradora. No voy a hacer
nada para que haga que escupa fuego en mi dirección.
—Chico listo.
Entonces él le deslizó una rodilla entre las de ella hasta que
presionó el muslo contra su centro. Ella se quedó sin aliento.
—Seguro que no has quedado con tu madre tan temprano. —
Movió la pierna contra ella, que cerró los ojos.
—Es su propia jefa —murmuró ella, intentando aferrarse a sus
pensamientos desesperadamente. Pero era muy complicado, porque
Will estaba entregado a recorrerle los pechos con la boca—. También
es madrugadora. Y necesito una ducha.
Él le deslizó la mano entre los muslos.
—¿Una ducha? No me importaría acompañarte. En un minuto.
—¿Un minuto?
—Muchos minutos. Cuando acabemos.
—Vale. Supongo que puedo llegar un poco tarde.
—Sí que puedes.
—Me voy a desmayar de inanición si no como —gruñó Violet de
camino a la zona de la recepción.
Las dos habían tenido una mañana horrible, pero por fin habían
conseguido liberarse cinco minutos para comer antes de la carrera
de la tarde.
Mira inspeccionó los restos del bufé y suspiró decepcionada.
—Parece que lo único que queda es curry de verduras y está
reseco.
—Me da igual. —Su compañera agarró un plato y se sirvió una
cucharada de curry solidificado—. Tengo que comer algo. Bueno,
¿qué vas a hacer durante el descanso?
La asistente ejecutiva también se echó un montón de curry
templado.
—Volver a Essex con mi padre, supongo.
El descanso de mitad de temporada estaba a la vuelta de la
esquina, justo después de la carrera de Silverstone. Las reglas de la
FIA dictaban que nadie podía trabajar, así que eran una especie de
vacaciones forzadas.
—Deberías venirte conmigo a Tailandia —le propuso Violet
mientras se sentaban a una mesa.
—¿Qué se te ha perdido ahí?
—He alquilado un bungaló en la playa. —Sonrió con suficiencia—.
Flipas con lo baratas que son las bebidas y hay maromazos que te
enseñan a hacer windsurf. Eso es lo que se me ha perdido. En serio,
deberías venir.
—No sé yo…
—Venga, Mira. No conozco a nadie que necesite más unas
vacaciones que tú. —Violet se detuvo y la miró—. Y necesitas echar
un polvo. Cuanto antes, mejor.
—Ajá.
—A no ser que ya te los estés echando y no me hayas dicho ni
mu. —Levantó las cejas.
Soltó una carcajada que le sonó falsa incluso a ella, pero Violet se
limitó a encogerse de hombros.
—Allá tú.
La patética verdad era que dudaba porque no sabía lo que iba a
hacer Will durante el descanso. ¿Lo vería? ¿Querría verla él? A lo
mejor ya había hecho planes y no se lo había dicho. A lo mejor se
iba a ver a otra persona. No había comentado nada sobre lo de
verse durante el parón. No habían decido que tuvieran exclusividad
exactamente, ni tampoco habían dicho que fueran algo más que un
secreto.
La joven solo quería algo de tiempo para averiguar de qué iba
aquello, pero, en las pocas semanas que llevaban acostándose, no
sentía que hubiera descubierto nada. Las noches que pasaban juntos
eran increíbles. No habría renunciado a ellas por nada del mundo.
Pero ¿solo eran eso? ¿Follamigos? ¿Acaso estaban saliendo cuando
no «salían» juntos, ni siquiera a escondidas?
Agh, ¿cuándo había empezado a importarle tanto? Molesta
consigo misma, removió el curry frío.
—Mira, ¿tienes un minuto?
Su padre acababa de aparecer detrás de ellas y le puso una mano
en el hombro. Esa era la otra parte del problema, por supuesto. Era
incapaz de imaginarse la cara que se le quedaría a su progenitor si
alguna vez se lo contaba.
Mira se puso de pie de un salto.
—Por supuesto, papá, ¿qué necesitas?
—Es una tarea un tanto desagradable, si te soy sincero.
—Es mi especialidad.
—Hay una chica joven que trabaja para Rally Fuel. Al parecer es
una vieja amiga de Will. —Tosió y levantó una ceja, lo cual explicaba
el tipo de amistad que tenían. Su hija sintió un nudo de temor en el
pecho, pero dibujó una expresión de desinterés—. Uno de los chicos
del pit crew la ha oído decir que iba de camino a su caravana para
saludarlo. Preferiría que el chaval no tuviera ese tipo de…, eh,
distracciones antes de la carrera, ya sabes a lo que me refiero.
—Así que quieres que los interrumpa por accidente —habló con
una voz firme, cosa destacable teniendo en cuenta lo revuelto que
tenía el estómago.
—Exacto. ¿Puedes inventarte alguna excusa?
—Ya se me ocurrirá algo.
—Gracias, Mira.
—No hay de qué.

La pista vibraba con la energía del día de la carrera, pero ella lo


ignoró todo de camino a la caravana de Will. Estúpidas caravanas.
Eran una de las ventajas de Lennox: para las carreras europeas, los
pilotos iban con la casa a cuestas. Pero en esos momentos para ella
solo significaba que el que tío que se follaba tenía a su disposición
un lugar privado en el circuito donde nadie podía ver a qué se
dedicaba.
¿Estaba a punto de interrumpirlos? A lo mejor sí que era una vieja
amiga de verdad que solo se había pasado a saludar. Pero
sospechaba que Will no conservaba ese tipo de amistades del
pasado.
Se detuvo al pie de la escalerilla y miró fijamente la puerta. Prestó
atención por si escuchaba algún sonido, algún golpe, repiqueteo o
gemido sospechoso. No había ningún ruido, aunque eso tampoco
quería decir nada. Ahí dentro había un sofá.
Furiosa, se sacudió para salir de su propio estupor. Estaba siendo
una paranoica. Era Will, por favor, nunca la trataría así, ¿verdad?
Subió los escalones pisando con fuerza y llamó a la puerta con
energía.
—Adelante —gritó él desde dentro, sin dudar ni vacilar.
Ella respiró hondo, abrió y entró. Lo vio apoyado en la barra con
un aire casual. La chica (mujer, en realidad) estaba sentada en uno
de los sillones con una cerveza. Ambos se reían de algo.
—Mira —dijo Will, que le lanzó una de esas sonrisas que le
paraban el corazón—, te presento a Roza. La conozco de mi primera
temporada. Estábamos poniéndonos al día.
La recién llegada lanzó una mirada rápida a Roza para evaluarla.
Era guapísima, alta y tenía un cuerpazo, el pelo negro largo y los
ojos azules. Le sonrió, abierta y amable, y levantó una mano para
saludarla.
—Hola.
—Roza, esta es Miranda. Es la asistente ejecutiva.
—Siento interrumpiros —dijo Mira. Se sentía estúpida, porque
estaba claro que no había interrumpido nada. Y ahora se sentía
tonta por partida doble, porque se había plantado allí con tantas
prisas para cortar la supuesta cita que no había pensado en una
buena excusa para molestarlos—. Paul necesita verte. Es… una
reunión de equipo de emergencia.
Por dentro, se encogió del horror. ¿Una reunión de equipo de
emergencia? ¿Eso era lo mejor que se le ocurría?
—Ah. —Will apretó los labios para contener la risa—. Una reunión
de equipo de emergencia. Parece muy importante.
—Sí. Lo siento.
—Ah, no, tranquila. —Roza descruzó sus largas piernas y se
levantó. Su suave voz tenía un leve acento húngaro—. Tengo que
irme. Solo quería decirte hola y desearte suerte antes de la carrera.
El piloto le sonrió.
—Me ha alegrado mucho verte, Roza. Y enhorabuena.
—¡Gracias!
Ella le lanzó una sonrisa resplandeciente mientras se apartaba el
pelo del hombro. Fue entonces cuando Mira se fijó en el destello que
soltó el enorme diamante que llevaba en la mano. Roza se inclinó
para darle a su amigo un besito en la mejilla, volvió a sonreírle a la
asistente ejecutiva y se encaminó hacia la puerta.
—Sziasztok! —se despidió alegre de los dos, y luego desapareció.
En el silencio que siguió a su partida, Mira era incapaz de levantar
la vista del suelo; estaba demasiado avergonzada para enfrentarse al
piloto.
—¿Una reunión de equipo de emergencia?
—Ay, cállate.
Él estalló en carcajadas, casi se cayó al suelo de la risa.
—¿En serio? ¿Una reunión de equipo de emergencia?
—Que ya lo sé, jo —protestó ella, cada vez le ardían más las
mejillas—. Mi padre me ha enviado para que interrumpiera lo que
estuvieras haciendo con tu invitada, pero estaba tan distraída por el
hecho de que hubiera una mujer guapísima en tu caravana que me
he olvidado de inventarme una excusa decente.
Él se tranquilizó y dijo:
—Nunca te haría eso.
El alivio se apoderó de ella. Por supuesto que no se lo haría.
—No sabía… A ver, es que nunca hemos hablado de eso…
Él la cogió de la mano y le pasó el pulgar por los nudillos.
—Nunca te haría eso —repitió.
Ella le lanzó una sonrisa débil.
—Ahora ya lo sé.
Él se enderezó incómodo y se pasó la mano por la nuca.
—Vale, para ser completamente sincero, Roza y yo sí que tuvimos
una cosilla. Hace años. Pero ha venido a contarme que está
comprometida con Andres Basilio. Es un viejo amigo mío, de cuando
empezamos a pilotar como júniors.
—Ya, me he fijado en el anillaco.
—Bueno, ¿qué es lo que se creía Paul que tenías que interrumpir?
Mira sonrió con suficiencia.
—Solo le preocupaba que tu amiga pudiera «distraerte» antes de
la carrera. —Dibujó las comillas en el aire al pronunciar la palabra.
Will recuperó su sonrisa, ancha y depredadora. Le brillaron los
ojos azul oscuro. Se apartó de la barra y avanzó hacia ella.
—Entonces no debería haberte enviado a ti, porque ahora sí que
estoy distraído.
Hizo que Mira reculara hasta que se quedó atrapada entre la
puerta y él. La cogió de las caderas, ladeó la cabeza y la besó por el
cuello.
Si era sincero, hasta que ella no se había presentado allí dando
traspiés, colorada y nerviosa, ni siquiera se le había pasado por la
cabeza cómo se podría interpretar que Roza estuviera en su
caravana. La idea de que se hubiera puesto celosa, incluso posesiva,
le provocaba cosas, le hacía sentir su propia posesividad. Bien sabía
Dios que se sentía celoso cada vez que la veía haciendo el bobo con
Omar, charlando con Ian, bromeando con Dom… No era consciente
de cómo la miraban todos, pero él sí. Era una mujer libre, podía
hablar con quien quisiera, pero Will deseaba que todos supieran que
estaba con él.
—Mmm, me encantan estas distracciones.
Le metió las manos por debajo de la camiseta y se la subió por las
costillas hasta las tetas. La polla enseguida se le puso en pie de
guerra y se apretó contra las caderas de la chica para buscar más
fricción y alivio.
—A mí también —susurró ella.
Le dio un mordisquito en la mandíbula y luego le lamió en el
mismo punto.
—Mi padre se va a cabrear muchísimo si soy yo la que te
entretiene antes de la carrera.
—Entonces no se lo digas, por favor —respondió él entre su
canalillo. De repente, estaba desesperado por correrse, por
penetrarla.
Ella le pasó los dedos por el pelo, de esa forma que tanto le
gustaba. Él cerró la boca alrededor del pezón y lo lamió por encima
del sujetador. Mira suspiró, echó la cabeza para atrás y se dio un
golpe sordo contra la puerta.
—Lo digo en serio, Will. —Le tiró con delicadeza del pelo—. No
hay tiempo. Tienes que pilotar.
É
Él gruñó y apretó la cabeza contra su pecho.
—Lo sé. Lo odio, pero lo sé.
Por mucho que quisiera arrancarle la ropa, tirarla al suelo y follarla
con ganas, iba a tener que esperar. En cualquier momento, llegaría
alguien para llamarlo a pista.
Ella volvió a pasarle los dedos por el pelo.
—Bueno… —dijo ella. Él se enderezó y la miró.
—¿Sí?
Lo observó fijamente durante un segundo, mordiéndose el labio.
Estaba sopesando algo. Fuera lo que fuera, se apuntaba, siempre y
cuando ella y su polla estuvieran implicadas.
De repente, Mira extendió los brazos para agarrarlo y le dio la
vuelta hasta que fue él quien se quedó contra la puerta.
—No hagas ruido —le advirtió—. Y sé rápido.
—¿Qué…?
Entonces se puso de rodillas delante de él.
Oh.
Oh. Iba a… Era imposible que se le pusiera más dura y empezó a
sudar solo de imaginárselo.
—Mira…
Pero, cuando ella empezó a bajarle la cremallera del mono, se le
olvidó lo que iba a decirle. Lo llevaba muy ceñido y también estaba
la puta ropa interior de Nomex, sola no iba a conseguir sacársela. Él
bajó las manos y sus dedos se rozaron. Entre las capas de tela, se
agarró la polla dolorida y se la sacó.
Entonces ella le apartó la mano y lo envolvió con los dedos.
Will la miró desde arriba. Los rizos rubios, los hombros
descubiertos, los labios abiertos y la punta de su polla justo delante
de ella. Joder.
—No puedo creerme que vayas a…
—Shhh —lo amonestó—. Recuerda: calladito y rápido.
Entonces se la metió en la boca. A él enseguida se le escapó un
gruñido gutural. Ella se la sacó y lo miró seria.
—Vale, de acuerdo —jadeó él—. Me callo. Pero no pares, por
favor.
«Por favor, no pares nunca».
—Y rápido.
Él soltó una risa estrangulada.
—Por eso no te preocupes. Ya estaba a punto de explotar. No voy
a tardar ni un segundo.
Cuando Mira volvió a metérsela en la boca, él siseó con los dientes
apretados y apretó los puños contra la puerta para aguantarse el
gemido que se le estaba formando en el pecho. Tenía la boca suave,
húmeda y cálida y él estaba tan duro que latía contra su lengua con
cada estocada.
—Me encanta —susurró. Con cuidado, extendió las manos hacia la
cabeza de la chica y entrelazó los dedos con sus rizos—. ¿Puedo…?
Ella asintió con un «mmm», lo notó vibrar por todo el cuerpo y
eso amplificó el placer. Quería agarrarla del pelo y tirar, pero se
contuvo y la guio con suavidad arriba y abajo, desesperado por
mantenerse en su sitio. Sin embargo, conforme la presión iba
acumulándose en el vientre, ya no podía aguantarse más. Empezó a
mover las caderas al mismo ritmo que ella y los dedos se le tensaron
entre sus cabellos por voluntad propia.
—Estoy a punto… —le advirtió, jadeando.
Ella respondió metiéndoselo más adentro y succionando con
fuerza. No hizo falta más. Will sintió que el orgasmo le recorría todo
el cuerpo, el placer iba a toda velocidad, lo dejó agotado y
temblando.
Echó la cabeza hacia atrás, contra la puerta mientras se llenaba de
aire los pulmones, apenas consciente de que Mira le había guardado
la polla y le estaba cerrando el mono de piloto.
—Me cago en todo —masculló él al fin, cuando ella se puso en
pie.
Entonces, lo agarró por la nuca y se puso de puntillas para
susurrarle al oído:
—Ahora ve y gana esa carrera. Esta noche me devolverás el favor.
La cabeza le empezó a ir a mil por hora al imaginarse todo lo que
quería hacerle cuando por fin la tuviera en la cama. La agarró por la
cintura y la estrechó contra sí.
—Esta noche te voy a reventar —le prometió.
—Will, tenemos que repasar el itinerario que vas a seguir durante el
descanso —dijo Violet mientras caminaba a su lado con largas
zancadas.
El paddock de Lennox estaba abarrotado de periodistas,
patrocinadores, fanáticos del deporte ricos, mecenas… y quizás fuera
culpa del piloto. El interés por Lennox iba aumentando conforme él
acumulaba victorias. Aunque era algo satisfactorio, no era la
atención de esa gente la que quería.
La de relaciones públicas seguía hablando:
—Sé que tienes mucho tiempo reservado con Velocity, pero hay
otros patrocinadores pidiendo que también les dediques un rato, así
que ayudaría mucho saber qué otros planes tienes.
Él se detuvo y la miró.
—¿Cómo que otros planes?
Violet se encogió de hombros.
—Tan solo me preguntaba si habrías… hecho planes. Con alguien.
El chico frunció el ceño y miró el móvil. ¿Planes? En ese momento
se conformaba con que Mira le respondiera a los mensajes. Se veían
muchísimas veces a lo largo del día, pero siempre como compañeros
de trabajo, nunca como… lo que sea que fueran el uno para el otro.
A ese ritmo, iba a tener que colarse en el hotel de la chica a
escondidas. Otra vez.
—No tengo planes —respondió enseguida.
—Entonces ¿puedo darles cita a los patrocinadores?
—Claro. Sí, hazlo. —Resopló molesto.
—Vale, genial. Ahora, lo de tus padres. ¿Despejo el salón VIP o
quieres recibirlos en tu caravana?
—¿Cómo que mis padres?
—Vienen hoy. —Violet comprobó el teléfono—. Dentro de diez
minutos, en realidad.
Will detuvo sus pasos, echó la cabeza hacia atrás y gruñó.
—¿Es hoy?
—Dijiste que…
—Sí, pero me había olvidado.
—Es día de carrera. En Silverstone.
—Lo sé.
¿Cómo podía haberse olvidado? El circuito de Fórmula 1 estaba en
suelo británico, para Lennox era casi como jugar en casa. Su
hermana le había dicho que iba a arrastrar a sus padres, pero se le
había ido de la cabeza. Quizás a propósito.
—Anda, por ahí viene Mira —canturreó su compañera—. Seguro
que te pone de buen humor y dejas de estar tan gruñón.
Él levantó la vista y ahí estaba ella, abriéndose paso entre la
gente, con su sempiterna libreta aferrada entre las manos y su
identificación revoloteando entre sus pechos. Unas noches antes él
mismo la había desnudado, dejándole tan solo las credenciales, y se
había agarrado esa misma cinta en un puño mientras él…
—Hola —saludó la chica cuando los alcanzó.
Will tuvo que hacer un esfuerzo hercúleo para poner una
expresión de desinterés. Lo único que quería era sonreírle y decirle
algo que la hiciera reír, o quizás estamparla contra la caravana más
cercana y besarla hasta que perdiera el conocimiento. Pero Violet
estaba demasiado alegre y cantarina como para andarse con
fantasías. Podía notar que algo había cambiado entre ellos, a pesar
de lo mucho que se habían esforzado por no dejar entrever nada.
—¿Qué tal? —saludó el piloto. No la miró directamente, sino a un
punto que había por encima de su hombro derecho.
—El de Rally Fuel esperaba hablar con Simone, pero está liada con
la prensa. ¿Tienes un minuto para atenderlo tú, Violet?
—Claro, si puedes encargarte de los padres de Will por mí.
La recién llegada lo miró sorprendida.
—¿Tus padres vienen hoy?
Él se encogió de hombros.
—Se me olvidó.
—Vale, voy a abrumar al tío de Rally con mi hospitalidad. Mira,
aquí tienes los pases de la sala VIP para la familia de aquí el amigo.
Luego mandaré a un fotógrafo a la caravana para que les saque
unas fotos familiares.
—Nada de eso —añadió Will enseguida—. A mi madre… no le
gusta participar en esto de las carreras.
—¿Por qué no? —preguntó Mira.
—Le parece bien salir en la prensa cuando tiene sus eventos
benéficos, pero los deportes no son lo suyo.
—¿Ni siquiera cuando su hijo está a punto de ganar el
campeonato del mundo? —respondió ella en tono afilado—. ¿Ni
siquiera cuando va a firmar el acuerdo de patrocinio más lucrativo de
la historia del deporte?
Era muy dulce que estuviera ofendida por él. Y entonces le
entraron ganas de volver a tocarla, pero no con su compañera de
trabajo delante y con los fotógrafos por todas partes. Quizás ni
siquiera debería estar tanto tiempo hablando con ella.
—Ni siquiera entonces.
—Lo siento muchísimo, Will. —La expresión se le dulcificó.
Violet los miraba interesada y paseaba la vista de uno a otro como
si fuera un partido de ping pong. Él carraspeó y apartó los ojos.
La de relaciones públicas suspiró decepcionada. No la estaban
engañando en absoluto.
—Vale, pues buena suerte hoy, machote.
—Gracias, Vi.
Ambos se quedaron de pie el uno al lado del otro observando a su
compañera que se alejaba.
—Hola —saludó él al final, y le lanzó la sonrisa más discreta que
pudo.
—Hola.
Ella mantuvo el rostro inexpresivo, pero se le retorcían los labios,
los hoyuelos aparecían y desaparecían. Él quería alargar los dedos y
seguir su contorno, o cogerla de la mano, o tocarle el pelo, pero
todo estaba vetado. Había ojos por todas partes y Will sentía que
siempre había alguien con una cámara preparada para registrar
cualquier movimiento que hiciera. La prensa omnipresente, otra de
las razones por las que todavía ocultaban lo que tenían. Después de
lo de Brody, se pondrían como locos cuando se enteraran de que
Mira estaba con otro piloto. ¿Encima con él? ¿El eterno rey de los
juerguistas? No se callarían ni debajo del agua.
—Así que vienen tus padres.
—Toda mi familia, en realidad. Toda la junta ejecutiva de Hawley &
Sons.
Ella parpadeó.
—¿Tienes hermanos?
¿De verdad que nunca le había hablado de Jem y Ed? A lo mejor
habría salido el tema si pasaran tiempo fuera de la cama.
—Un hermano y una hermana, Jemima y Edward.
—¿Y los dos trabajan para el banco?
—Todo el mundo menos yo. ¿Lo entiendes ahora? Lo de venir ha
sido idea de mi hermana. Intenta arreglar la relación que tengo con
mis padres. Yo creo que no sirve de nada, pero bueno.
Entonces, una voz familiar destacó entre el estruendo de la
muchedumbre.
—¡Ahí está! ¡Will!
Este escaneó la multitud y divisó a su hermana, que estaba de
puntillas, sacudiendo el brazo por encima de la cabeza para
saludarlo. A su lado estaba su madre, que le susurraba algo con
contundencia. Seguro que estaba amonestándola porque llamar la
atención era algo indecoroso. Jem la estaba ignorando de pleno,
como siempre.
Philomena Hawley, con su traje rosa y su collar de perlas, estaba
completamente fuera de lugar en el circuito. Su padre no tenía
mejor pinta. Solamente Edward Geoffrey Arthur Hawley III se
plantaría en una carrera de Fórmula 1 con un traje de franela gris de
Savile Row. Al menos Ed se había dejado el traje y la corbata en
casa. Y Jem, con su llamativo vestido de flores, parecía pertenecer a
otra especie diferente.
El piloto saludó a su hermana con la mano.
—Estás a punto de conocerlos a todos —le dijo a Mira en voz baja
—. Que Dios nos pille confesados.
Cuando llegaron a donde estaban, él se agachó para besar a su
madre en las suaves mejillas llenas de maquillaje. Tuvo cuidado de
no tocarla, pues ella lo odiaba.
—Mamá, papá.
—Hola, Will. —Jem le pasó el brazo por los hombros y le plantó un
beso sonoro en la mejilla.
Él abrazó a su hermana con fuerza.
—Estás genial, Jem.
—William, te veo bien —dijo su padre.
Las palabras eran amables, pero el tono no, igual que tampoco lo
fue la mirada de desaprobación que le lanzó al mono de carreras
azul, que estaba cubierto de los logos de los patrocinadores.
Extendió la mano para estrechársela con indiferencia, pues para él
era algo innato, como respirar. Los apretones de mano de su padre
eran tan contenidos que casi podrían servir de cronómetro. Siempre
ejercía la misma presión, siempre durante los dos segundos precisos
antes de soltarse.
Ed rodeó a su madre para tenderle también la mano a su
hermano.
—Will, esta temporada lo estás haciendo de lujo. Enhorabuena.
—¿Clarissa y las niñas no han podido venir? —preguntó el piloto.
Su cuñada era bastante seca y estirada. No verla no era lo peor
del mundo, pero sí que lamentaba de verdad no ver a sus sobrinas,
Sarah y Molly. Las adoraba, a pesar de que tuvieran los dedos
pegajosos.
—Molly tiene la gripe y Clarissa tiene miedo de que las dos sean
contagiosas. Te envía recuerdos.
—¿Quién es tu amiga? —preguntó Jem, que escaneaba a Mira con
interés.
Sería peor que un perro con un hueso si le daba la impresión de
que la chica tenía algo con su hermano. Lo cual significaba que este
tenía que actuar con normalidad.
—Ah, eh, esta es Miranda, la asistente del jefe de equipo. —Como
todos lo miraron fijamente, dio algo más de información—: El jefe de
equipo es como el CEO de Lennox Motorsport.
Sus padres asintieron con la cabeza, lo comprendían de una forma
vaga. Su hijo llevaba compitiendo de manera profesional desde que
era adolescente. Cualquiera habría pensado que llegados a ese
punto se habrían molestado en aprender algo sobre aquella
disciplina.
—Bueno —dijo la chica alegre—, yo solo he venido a entregarles
los pases VIP. Alguien se pasará por la caravana de Will antes de
que empiece la carrera para acompañarlos al palco.
—Gracias, querida —dijo su madre con tono indiferente.
Ese era el apelativo que usaba cuando no sabía el nombre de
alguien y le daba igual aprendérselo. En cuanto su hijo había
pronunciado la palabra «asistente», había borrado a la joven de su
cabeza y la había relegado a la categoría de personal de servicio y
limpieza. Era lo peor que podía pasar la primera vez que conociera a
su familia.
Por la expresión de Mira, el piloto se dio cuenta de que ella había
sentido esa punzada de rechazo y se quedó frustradísimo. Le
hubiera gustado presentársela como correspondía, pero, si lo hacía,
sacaría a la luz su relación de una forma bastante pública, y era ella
quien no quería que fuera así.
—Encantada de conocerlos a todos —se despidió Mira—. Disfruten
de la carrera.
Estaba siendo la profesional enérgica que era con todo el mundo
en el paddock, y eso a Will no le gustaba. Pero era demasiado tarde,
porque ya se había dado la vuelta y había desaparecido entre la
multitud. Hasta ese día, a él no le había importado mantener su
relación en secreto. Ambos se jugaban muchísimo. Si iban a caerse
con todo el equipo, era mejor hacerlo fuera del ojo público. Pero ya
no estaba cómodo ocultándolo. Si Jem se enteraba de que estaban
saliendo, se volvería loca. Le encantaría Mira, y esta habría adorado
a Jem. Ed se lo habría pasado como un niño contándole todos los
detalles a Clarissa. Si confesaban lo que tenían, podrían dejar de
mentirle a Violet, y Paul Wentworth no tendría que enviar a su hija
en misiones infructuosas para que él no sacara la polla a pasear.
¿Querría decir todo eso que estaba preparado para tener algo más
con ella, significara lo que significara? No lo sabía, pero una cosa era
cierta: no iba a averiguarlo echando un puñado de polvos a
escondidas en hoteles a altas horas de la noche, daba igual lo
divertido que fuera. Necesitaba pasar más tiempo con ella. Quería
más tiempo. Y solo eso ya quería decir mucho. Nunca había querido
tener más con alguien.
—¿Will? —dijo Jem en voz baja—. ¿Va todo bien?
Él le sonrió.
—Sí, todo estupendo. Venid por aquí.
Mientras se abrían paso entre el ligero caos del paddock, su madre
iba poniendo caras y el piloto sentía que ya estaba a la defensiva.
—Lleva de mal humor desde que hemos salido de Londres —
murmuró su hermana, que se puso a su lado—. En mi humilde
opinión, tiene ganas de bronca. Así que no le des razones para que
se salga con la suya.
—¿Por qué crees que haría eso, Jem?
—Porque te he visto la cara, hermanito. Ten cuidado, amigo.
—No te preocupes por mí. Es ella la que tiene que andarse con
ojo. Y papá también.
Los guio a todos, subieron los escalones de la caravana y, ya
dentro, sus padres miraron a su alrededor confusos.
—¿Queréis algo de beber? —les preguntó su hijo casi desesperado
—. ¿Ed? ¿Jem?
—Una cerveza estaría genial —respondió su hermano.
—¿Tienes algo con burbujas? —Jem cotilleó la nevera por encima
de su hombro.
—¿El champán tiene suficientes burbujas para ti?
—Oh, ¡es perfecto!
Le pasó una botella de Moët, regalo de un patrocinador.
—Jemima, ni siquiera es la hora de comer —la amonestó su
madre.
—Por eso bebo champán, mamá. Es mucho más apropiado para
un brunch que el whisky, ¿no te parece?
El piloto soltó una carcajada y su padre lo miró con el ceño
fruncido.
—Mamá, papá, ¿no queréis nada? —les ofreció.
—No, gracias —respondió su madre resoplando por los dos.
—Qué elegante es esto, Will —dijo Jem, pasando los dedos por la
brillante mesa de madera—. Sí que has subido de nivel este año.
Sus hermanos sí que habían ido a verlo un par de veces cuando
corría en la Fórmula E, pero sus padres no habían aparecido desde
aquella pelea que tuvieron tres años antes.
—Es una de las ventajas de Lennox, pero solo es para las carreras
de Europa. Aunque no me quejo. Está bien tener algo de privacidad
en el circuito.
—¿Vives aquí entonces? —preguntó su madre con recelo.
—Por supuesto que no, mamá. Tengo una suite en Buckingham.
También tengo mi piso en Londres, pero no paso mucho tiempo ahí
durante la temporada. Cuando estamos fuera del país, nos
quedamos en hoteles.
La mujer sacudió la cabeza.
—A tu edad, viviendo todavía con todo en la maleta, como si
fueras un refugiado.
—Mamá… —Jem suspiró, pero su hermano la interrumpió antes de
que pudiera continuar.
—No tengo toda mi vida metida en una maleta, mamá. Viajo por
mi trabajo, que es pilotar.
—Mamá —intervino Ed—, Will es uno de los mejores pilotos del
mundo. ¿Es que no has cogido un maldito periódico en toda la
temporada?
—Esto es un deporte. No un trabajo en condiciones —gruñó su
padre.
Su hijo, que apenas había conseguido aplacar el cabreo, volvió a
encenderse de nuevo.
—Es una industria multimillonaria. —Señaló un montón de
material promocional que Velocity acaba de enviarle—. Estoy a punto
de firmar uno de los acuerdos de patrocinio más lucrativos de la
historia de la Fórmula 1. Creo que incluso tú serías capaz de apreciar
el dinero que mueve esto, papá.
Por desgracia, la famosa foto en blanco y negro sin camiseta era
lo que estaba encima de la pila de artículos promocionales. No es
que mostrara su faceta más profesional, pero a él ya no le
importaba. Mira tenía razón: aquel acuerdo era enorme y era él
quien lo había conseguido. No tenía nada de lo que avergonzarse.
Su madre miró el anuncio y cerró los ojos.
—Dios bendito, qué foto tan horrorosa. No me puedo creer que
estés orgulloso de eso.
—Nueve generaciones de Hawley han llevado las finanzas de
algunas de las mejores familias de Inglaterra —dijo su padre, con
esa voz estúpida de la Cámara de los Lores—. Desde la época del
rey Jorge III. Pero ese legado no era suficiente para ti. Tenías que
echarlo todo a perder por esto. Tu nombre en todos los escándalos
de los periodicuchos, descamisado como si fueras una puta de la
revista Page Six, y usas el buen nombre de tu familia para vender
calzado deportivo.
—Esos anuncios van a financiar toda una temporada de
investigación y desarrollo, van a ayudar a pagar el salario de
cuatrocientos empleados. Sí, estoy muy orgulloso. Y, cuando no
vendo zapatillas para Velocity, estoy detrás del volante del coche
tecnológicamente más avanzado del mundo, lo piloto mejor que
nadie. No es el puto Banco Hawley & Sons para fósiles británicos,
pero no pienso disculparme por ello. Ni ante ti ni ante nadie.
—Ey… —Su hermana se acercó para tocarle el brazo, pero él se lo
apartó.
—Lo siento, Jem. Sé que lo haces con buena intención, pero esto
siempre va a acabar en desastre. Mirad, me encantan las carreras —
dijo de camino hacia la entrada—. Sé que a vosotros dos os importa
una mierda, pero para mí y para todas las personas que se están
dejando el pellejo ahí fuera es importante, así que no tengo tiempo
para que andéis juzgándome, joder.
—Will… —Su hermana volvió a intentarlo, pero él ya había salido
por la puerta.
La recepción que siguió a la carrera en Silverstone estaba
abarrotada. Lennox estaba en casa y Will había ganado, así que era
una noche de celebración. Natalia y Paul se recreaban en recorrer
toda la sala, estrechándole la mano a los patrocinadores, aceptando
las felicitaciones por el día de éxito y brindando por la escudería.
Como su padre no la necesitaba, Mira se retiró al balcón de la planta
superior, donde podría comerse la cabeza en paz.
Conocer a la familia Hawley la había alterado. Will había hecho
justo lo que ella le había pedido: no decirle nada a nadie de lo que
se traían entre manos. Sabía que no tenía ningún sentido que le
doliera que el encuentro hubiera sido breve e impersonal. Pero, aun
así, le había hecho daño.
No se había dado cuenta de que quería más hasta que la
despacharon como si hubiera sido alguien del servicio. Bueno, a lo
mejor no quería nada de sus padres, porque parecían unos gilipollas,
pero tanto su hermana como su hermano parecían majos. Ojalá los
hubiera podido conocer como su… ¿qué exactamente?
Al día siguiente empezaba el descanso de mitad de temporada. No
hacía más que decirse a sí misma que tenían que hablar, pero todas
las noches se acobardaba, pues tenía miedo de lo que pudiera
escuchar. Ahora él se iría a Nueva York y ella volvería a Essex, donde
daría tumbos, obsesionada con él y lo que estaría haciendo sin ella.
Agh, ¿cómo había acabado en esa situación?
Desde donde estaba, lo veía en la planta de abajo con su familia.
Sus padres tenían pinta de estar pasándolo mal. Debían de haberlo
tenido tarde, porque eran mayores de lo que se había imaginado.
Pero las diferencias generacionales no justificaban que tuvieran una
actitud de mierda.
Como era de suponer, él parecía destrozado. Mira se aferró a la
barandilla, deseaba estar ahí abajo con él para tranquilizarlo y
engatusarlo para que estuviera de mejor humor. Pero, aunque
hubiera podido hacerlo, a lo mejor él no quería que estuviera allí.
Después de todo, ahí abajo había un montón de mujeres que lo
miraban con interés, preparadas para acercársele en cuanto hubiera
un resquicio. Quizás a él le parecía bien que en esos momentos
fueran follamigos que quedan en secreto a horas intempestivas, pero
empezaba a plantearse que era a ella a quien ya no le daba igual.
—Por fin te encuentro.
Se dio la vuelta, y vio que Violet se acercaba.
—Ah, hola.
—Te estás perdiendo todos los brindis. —Llevaba dos copas de
champán y le pasó una.
—Gracias —dijo, y le dio un sorbo.
—¿Por qué estás aquí arriba espiando al personal? Parece que
estás tramando un asesinato. —Su amiga se apoyó a su lado en la
barandilla y miró al matrimonio Hawley, que estaba justo debajo—.
Aunque nadie te culparía si te cargaras a esos dos. Menudo par de
imbéciles engreídos. ¿Cómo es posible que unos pijos insufribles
hayan engendrado a Will?
—Es el típico hijo pequeño rebelde.
—Pues su hermana me cae de puta madre.
—La verdad es que no he llegado a conocerla.
Violet se giró para mirarla.
—¿Sabes? Si se está acostando contigo, lo mínimo que puede
hacer es presentarte a su familia.
Mira sintió un pánico familiar cuando su secreto quedó expuesto
de una forma tan descarada, pero mantuvo la mirada fija en la
fiesta.
—¿De qué hablas?
—Por favor. —Violet entornó los ojos—. No te atrevas a
negármelo.
Ella se mordió el labio, debatiendo consigo misma. Ahí estaba,
después de siete años, andándose con misterios y mintiendo por un
tío. Cómo odiaba que fuera así. Estaba desesperada por contárselo a
alguien, sobre todo después de lo que había pasado ese día.
—¿Cómo lo has adivinado?
—¿Aparte de por las ganas que teníais de comeros la boca desde
el momento en que os conocisteis?
—¡Yo no…!
—Que sí. Yo estaba ahí. Os estáis esforzando tanto por no miraros
que se os va a partir el cuello. Duele hasta verlo.
—¿Tan obvio es?
Violet se encogió de hombros.
—No para los demás, pero es que yo tengo un interés insano por
la vida sexual de otra gente. Bueno, fue en Melbourne, ¿a que sí?
—¿El qué?
—Cuando empezasteis a chuscar.
—¿Quieres bajar la voz? —Miró por encima del hombro aterrada,
pero en el balcón no había nadie aparte de ellas dos—. No. Bueno,
nos besamos, pero fue un error. Y luego estuvo lo de Singapur. Otro
error. Pero oficialmente pasó en Austin.
—Pero ¡eso fue hace solo un mes!
—Es muy reciente.
—Entonces ¿a qué viene tanto secretismo? Si te está obligando a
andar a hurtadillas como si fueras un trapo sucio que ocultar, te juro
que lo mato y escondo el cadáver donde nadie pueda encontrarlo.
—No, soy yo la que le pide que nos veamos a escondidas.
Dicho así sonaba fatal. Porque era horrible. Como toda la
situación. ¿Por qué había empezado algo que sabía que estaba mal?
¿Y para qué? ¿Para poder autoflagelarse a todas horas mientras se
preguntaba en qué punto estaban? ¿Por qué se estaba arriesgando
tanto? ¿Por qué estaba poniendo tantas cosas en peligro por algo
que podría no ser más que un polvo casual? ¿De verdad ese tío
merecía la pena?
—¿Por qué?
Miró a su amiga.
—Ya sabes por qué.
—Que le den. ¿A ti te gusta?
—Sí, claro —admitió en voz queda. Lo miró abajo, agachando la
cabeza para oír lo que le estaba diciendo su hermana. Estaba ahí
mismo, en la misma estancia, y ya lo echaba de menos, como si
estuviera en la luna.
Violet se le acercó y bajó el tono:
—Te voy a contar un secretillo: creo que tú también le molas.
—¿Eso crees?
Odiaba la nota desesperada de esperanza que se filtró en sus
palabras.
—Sí. Hace esa cosilla de fingir que está de tranquis, pero consigue
sacar tu nombre en casi todas las conversaciones: «¿Le has
preguntado a Mira no sé qué?», «¿Crees que deberíamos confirmarlo
con Mira antes de agendarlo?», «¿Has visto a Mira? Tengo que
preguntarle una cosa que no tiene nada que ver con su trabajo». Si
te soy sincera, da asco lo coladito que está por ti. A mí me da la
impresión de que todo el mundo se ha pispado ya a estas alturas del
cuento.
—No digas eso —gruñó la otra.
—Sabes que las mentiras tienen las patas cortas, ¿verdad? Al final
todo se sabe.
—Sí, lo sé.
Su compañera se bebió de un trago el champán que le quedaba.
—Necesito otra copa, porque me ofrezco como tributo para ser tu
tapadera esta noche. Me acoplaré a la familia de Will para que
puedas venir conmigo, así tendrás una excusa para hablar con él.
Eso significa que tendré que mantener una conversación con su
padre, el conservador insufrible, así que espero que sepas el enorme
sacrificio que estoy haciendo por ti.
—Violet, eres toda una heroína, pero no hace falta. Creo que voy a
volver al circuito y ya.
—¿Ahora? ¿En serio?
—Sí. Me preocupa que algunos de mis archivos hayan acabado en
el envío que hemos hecho a Monza y necesito asegurarme de que
vuelvan a Lennox.
—Pero creo que los Horribles Hawley se van a ir pronto. A lo mejor
Will te busca.
—No pasa nada. —Volvió a mirarlo en el piso de abajo—. Necesito
pensar en todo esto. Sola.
Will estaba de pie en la puerta del salón de eventos apretando los
dientes con fuerza mientras su madre se le quejaba a su padre de
algo.
—No entiendo por qué han venido —le dijo a Jem por lo bajini.
—Porque el plan era ir a la recepción después de la carrera y
madre no va a cambiar de plan, aunque el día se vaya a la mierda y
todo el mundo acabe lanzándose cuchillos.
La chica bebió lo que le quedaba en la copa de un trago. Su forma
de lidiar con los ataques de su madre había sido beberse su propio
peso en champán. Dios, Will la envidiaba muchísimo.
Siendo justos, ninguno de sus progenitores había dicho nada
especialmente ofensivo durante la fiesta. Había muchísima gente,
algunas personas incluso se podrían haber considerado importantes,
así que no iban a montar un numerito como el de la caravana.
El momento con Mira todavía le reconcomía. Le habría gustado
tenerla a su lado. Hubiera sido mucho más fácil capear las mierdas
de su familia si ella hubiera estado allí. De eso iban las relaciones,
¿no? Creía que intentaban tener una, pero había tenido que
enfrentarse solo a sus padres, así que ya no tenía ni idea de nada.
A lo mejor se equivocaba.
—De acuerdo, mamá —dijo Ed—. Nos acaban de traer el coche,
así que ¿por qué no nos largamos ya?
—Esa boquita, Edward —masculló la mujer en voz queda, y el
aludido entornó los ojos.
—Will, ¡buena suerte en Monza! —le dijo su hermano mayor por
encima del hombro mientras empujaba a su madre hacia la puerta.
—Gracias, tío.
—William. —Su padre se giró hacia él por unos segundos y volvió
a apartar la mirada—. Me he alegrado de verte.
Entonces se marchó también.
—Y se acabó el espectáculo… —suspiró el piloto.
Jem le apretó el brazo.
—Lo siento. Debería haberme imaginado que meterían la pata.
—No ha sido más de lo esperado.
Su hermana abrió la boca para decir algo, pero se detuvo, cosa
que no le pegaba nada. Por lo general, soltaba todo lo que se le
pasaba por la cabeza sin dudar. Era lo que más le gustaba de ella.
—¿Qué? —le dio pie.
—Sé que fueron horribles, pero ahora mismo no están en un buen
momento, si te sirve de algo. Sobre todo papá.
—¿Qué quieres decir? ¿Qué está pasando?
Ella sacudió la cabeza.
—Nada de lo que tengas que preocuparte.
—Jem, no me hagas eso. Ya no soy un bebé. Cuéntamelo.
—Siempre serás mi hermanito pequeño. Pero es que… —Soltó el
aire y se despeinó el flequillo oscuro—. El banco está en un punto
peliagudo ahora mismo —admitió al fin—. Y papá, por cómo es él,
prefiere culpar a cualquiera antes que a sí mismo. Tú eres el único
que no está en la empresa, así que me temo que ha decidido que
todo sería muy distinto si estuvieras.
—¿El banco tiene problemas? ¿Cuáles?
Ella sacudió la mano en el aire.
—El mundo bancario se ha modernizado. Hawley & Sons, no. Así
de simple.
Will entornó los ojos.
—Qué asco. Papá no aceptaría la modernidad ni aunque fuera lo
único que pudiera salvarlo de una muerte atroz.
—Ya, bueno, va a ir directo a la banca rota si no tiene cuidado.
—¿Tan mal están las cosas?
—No hago más que decirle que tenemos que diversificar. Quizás
aceptar algún cliente cuya familia no viniera en 1066, pero no me
escucha.
Se lo imaginaba. De los tres, Jem era la que tenía visión de
negocio. Pero era una mujer, no un hijo varón, así que sería la última
persona a la que su padre haría caso.
—Bueno, la diversidad, sea del tipo que sea, nunca ha sido el
fuerte de papá. —Su hermana soltó una carcajada. Él le agarró la
mano y se la apretó—. Oye, ¿tú vas a estar bien?
Ed asomó la cabeza.
—Jem, mamá quiere irse ya, y sabes que se pone de mal humor si
la haces esperar.
Ella entornó los ojos.
—Yo también me cabreo cuando ella se comporta como una zorra.
—Volvió a girarse hacia el pequeño de los hermanos—. No te
preocupes por nosotros. Todo va a salir bien. Cuídate, ¿vale?
A Jem le iría bien. Siempre caía de pie, no importaba lo que se le
presentase. Pero Ed había centrado toda su vida en Hawley & Sons.
Y Clarissa y las niñas también dependían de él. Pero su hermana le
estaba lanzando una sonrisa resplandeciente. Seguro que se
arrepentía de haberle dicho nada, así que lo dejó estar. Por el
momento.
—Si mi objetivo es ir con cuidado, me he equivocado de profesión.
—Ya sabes a lo que me refiero. Venga, lárgate y ve a buscarla.
Él se sorprendió.
—¿Qué quieres decir? ¿A quién?
Ella se encogió de hombros exagerando su inocencia.
—No lo sé. Pero no has dejado de mirar a tu alrededor en toda la
noche. Es obvio que estabas buscando a alguien. Y, como, por lo
general, no te molestas en mirar a las chicas, sueles dejar que ellas
te miren a ti, supongo que esta, sea quien sea, debe de ser especial.
Él se metió las manos en los bolsillos y se miró los pies.
—¿Quizás? No lo sé. Es complicado.
—Bueno, cualquier chica que te haga sentir un poquito inseguro
tiene mi aprobación. —Estiró la mano para pellizcarle la mejilla y él
se la apartó—. Esta carita tan bonita te ha puesto las cosas
demasiado fáciles. Tienes que currártelo un poco. Te vendrá bien.
—¡Jem! —Ed la llamó desesperado desde atrás—. ¡Cuanto más
espera, peor se pone!
—¡Ya voy! Nos vemos, Will.
Lo abrazó y él le devolvió el achuchón.
—Nos vemos.
Se quedó mirando cómo se marchaba su familia, pensando
todavía en lo que le había dicho su hermana. Tenía razón. En el
pasado, nunca había tenido que esforzarse mucho si quería estar
con alguien. Pero llevaba persiguiendo a esta chica desde el primer
día que la había visto, lo cual tenía que significar que ella, que esto,
era diferente. Importante. Si quería que la relación fuera más allá, y
así era, iba a tener que hacer de tripas corazón y ser valiente.
Sacó el móvil y le mandó un mensaje a Violet:
¿Sabes dónde está Mira? Tengo que preguntarle algo.

Ella le respondió enseguida.

Tu NOVIA ha vuelto al circuito. La próxima vez, escríbele a ella


directamente.

Bueno. Parecía que Violet lo había averiguado por sí misma. Ya era


hora de que Mira también despejara la incógnita.
Por lo general, el personal se quedaba guardando y cargando el
equipo después de la carrera, así que a esas horas ya lo tendrían
gestionado si hubiera sido un día normal. Pero, como empezaba el
descanso de la temporada y estaban a solo un par de horas en
coche de la fábrica Lennox, su padre le había dado la noche libre a
todo el mundo. No había nadie en el box que se preguntara por qué
Mira se había plantado ahí a medianoche.
Ni siquiera le había mentido a Violet, al menos no del todo.
Aunque no se permitía que las escuderías trabajaran durante esas
semanas, ella sabía que se volvería loca de remate si no tenía
acceso al papeleo más importante. Recogió sus carpetas y fue hacia
el box para asegurarse de que todo lo que iba para el envío de
Monza estaba bien embalado. Al llegar, se quedó de pie entre los dos
coches, con los documentos en la mano, mirando al infinito, en lugar
de trabajar.
Tenía que hablar con Will, pero le aterraba hacerlo. ¿Y si le decía
que quería tener una relación y él… no quería? Le dolería
muchísimo. En realidad, la dejaría devastada. Porque daba igual las
ganas con las que intentara mantener a raya sus sentimientos, tenía
que admitir que estaba loca por él, al menos a sí misma. Y si él no la
correspondía…
—Hola.
Mira se asustó y se dio la vuelta.
El chico en el que había estado pensando estaba de pie justo en la
puerta del garaje, con las manos en los bolsillos.
Ella se llevó la mano al corazón acelerado.
—¿Qué estás haciendo aquí?
—Casi me matas del susto.
—Lo mismo digo. ¿Qué haces aquí sola a estas horas?
—Solo he venido a recoger unas cosas.
Señaló la lista que había ignorado. Él la miró de esa manera que
dejaba entrever que sabía que estaba mintiendo.
—¿En serio?
Ella bajó la vista, jugueteando con el borde desgastado del papel.
—Quería comprobar un par de cosas…
—Mira.
Levantó la cabeza para mirarlo.
—¿Sí?
—Hoy te he echado de menos.
Ella parpadeó sorprendida.
—¿De verdad?
Se sacó las manos de los bolsillos y se las frotó. Mira se dio cuenta
de que estaba intranquilo, así que había algo que lo ponía nervioso.
—Sí. Mis padres han sido unos gilipollas. Bueno, eso no es
ninguna sorpresa, pero a lo mejor no habría sido tan horrible si
hubieras estado conmigo. Seguirían siendo unos capullos, porque…
—Will.
—¿Sí?
—Yo también te he echado de menos.
Él soltó el aire y sonrió. Luego se pasó la mano por el pelo y cruzó
el box para colocarse delante de ella. Todavía llevaba el traje color
carbón hecho a medida y la camisa negra que se había puesto para
la recepción. Cuando estaba con ella, o llevaba el mono de piloto, o
estaba desnudo en la cama. Verlo vestido de punta en blanco y tan
guapo la hacía sentirse acalorada y nerviosa.
—Oye —dijo él—, siento lo que ha pasado con mi familia hoy. En
realidad, es que no hemos hablado…
—Tienes razón. No hemos tenido esa conversación. No pasa nada.
Ella era la única culpable de que le hubieran herido los
sentimientos.
—No ha estado bien, Mira. Ha sido una mierda, joder.
—Has hecho lo que te pedí que hicieras.
Él asintió despacio sin levantar la vista del suelo.
—Sí, pero creo que ya no quiero seguir haciéndolo.
A ella se le detuvo el corazón. ¿No quería seguir haciendo qué?
¿Se refería a ellos? ¿A lo que tenían? Había dicho que la echaba de
menos, pero a lo mejor no quería decir en plan…
—Les caerás bien a Jem y a Ed —continuó él—. Cuando tengas la
oportunidad de conocerlos como Dios manda.
Ella parpadeó, intentó detener la espiral de pánico por la que
había estado cayendo.
—¿Quieres presentármelos?
—Quería hacerlo hoy. Sí. Oye, Mira… —Se acercó un paso y estiró
la mano para atraparle los dedos entre los suyos—. Las próximas
semanas las tenemos libres, ¿no? Estaba pensando… que a lo mejor
deberíamos pasar algo de tiempo juntos fuera de una habitación de
hotel. Yo me voy a Nueva York. Me preguntaba si… A ver, quizás
querrías… ¿Te vienes conmigo?
El alivio que se apoderó de ella era tan intenso que casi la debilitó.
Pero por mucho que tuviera ganas de abrazarlo, de cubrirlo de besos
y de decir que sí, todavía necesitaba proceder con precaución.
Estaban en medio de un campo de minas y las cosas podían
explotarles en la cara en cualquier momento si la cagaban.
—Viajar juntos no es precisamente no llamar la atención —señaló
ella.
—Pero es Estados Unidos. Allí nadie sabe quién soy.
—¿Sabes que allí la gente también sigue las carreras?
Él le cogió la otra mano y le estrechó ambas entre las suyas. La
chica estaba temblando de los nervios, por eso se aferraba a él
como si fuera un ancla.
—Oye, no sé cómo van a salir las cosas. No puedo prometerte
nada, pero sé que quiero que estés ahí conmigo. ¿Vendrás?
Aun así, seguía aterrada. Por todo lo que había salido mal en el
pasado y por todo lo que podría salir mal en el futuro. Pero veía en
sus ojos que él también estaba asustado. Era un territorio nuevo
para los dos. Y, al final, deseaba estar con él. Eso era más poderoso
que el miedo.
—Sí —aceptó al fin—. Iré contigo, claro.
La sonrisa que se le dibujó en el rostro casi acabó con todas las
reservas que todavía tenía.
Will la abrazó con fuerza.
—Gracias.
—¿Por qué me las das? Tú me has invitado —murmuró contra el
hueco de su cuello.
La estrechó con más fuerza.
—Porque te tendré para mí solo durante dos semanas.
—Siempre me tienes para ti solito.
Podía tenerla, en cuerpo y alma, durante todo el tiempo que
quisiera, siempre y cuando ella también lo tuviera a él. Siempre y
cuando pudiera abrazarlo así.
—¿Siempre? —Llegados a ese punto, había oído tantas veces ese
ligero cambio en la voz de ese hombre que ya sabía cuándo estaba
pensando en cochinadas—. ¿Te refieres a ahora?
Mira levantó la cabeza lo suficiente para mirarlo a la cara.
—¿Estás de coña? Estamos en el box.
—No hay nadie.
—Podría entrar alguien.
—Son las doce de la noche. No va a llegar nadie. Salvo tú, si
quieres.
Entonces, le bajó las manos por la lumbar hasta el culo y se lo
apretó. Ella llevaba el vestido negro que se había comprado
recientemente en Barcelona, la delgada seda apenas era una barrera
entre el calor y su piel. A pesar de que el entorno no era nada
romántico y de que hacía frío, Mira sintió que el cuerpo se le
calentaba como respuesta. Era una facilona cuando se trataba de él.
—No me voy a tumbar en el suelo. Está sucio y helado.
Tenía ganas de tirárselo, pero no tantas.
El azul en los ojos de Will se iluminó; se le había ocurrido una
travesura.
—No estaba pensando en el suelo.
Ay, esa mirada ya se la conocía. Cuando la veía, sabía que estaba
a punto de hacerle algo escandaloso y delicioso.
—Entonces ¿dónde…?
Él señaló el coche con la cabeza, estaba justo detrás de ella.
—¿Estás loco? ¡Vale millones!
Lo empujó por el pecho, pero él no la soltó.
—Tendremos cuidado.
—Si ni siquiera entramos. Casi no cabes tú.
Él entornó los ojos.
—Dentro no.
—Entonces ¿qué es lo que sugieres?
Sin apartar la mirada de ella, llevó las manos a los tirantes del
vestido.
—Vamos a empezar por aquí.
Sintió que las finas tiras se le deslizaban por los hombros y, muy a
su pesar, se humedeció los labios. ¿De verdad iba a dejarle salirse
con la suya?
—Dios, me encanta cuando te pones este vestido —dijo él en voz
baja, comiéndosela con los ojos—. Y cuando te lo quitas.
Le bajó los tirantes por los brazos y ella sintió que la seda se le
deslizaba por los pechos. Se le enganchó en los pezones, porque los
tenía duros y en punta, ya estaban deseosos de que se los tocara.
—No voy a…
—No del todo.
Will se agachó y le atrapó la boca con los labios. Solo eso la
calentaba y embriagaba. Cuando la besó, ella se olvidó de todo.
—Solo hasta aquí —murmuró él contra su boca, tirándole de la
seda hasta la cintura. Ella tenía los brazos inmóviles a los lados,
todavía atrapados por los tirantes. Él la abrazó y bajó la boca hasta
su pecho.
Mira empezó a protestar, pero se le cortó la respiración cuando él
se metió el pezón en la boca. Se retorció entre sus brazos, cada
segundo que pasaba se ponía más cachonda y gemía mientras él
succionaba. Cuando él levantó la cabeza para volver a besarla en los
labios, estaba tan desesperada por él que le habría dejado hacer lo
que quisiera, aunque mirara todo el pit crew.
Consiguió sacar los brazos de los tirantes para poder agarrarlo y
clavarle los dedos en el pelo mientras se liaban.
—Siempre he querido hacer algo —dijo Will entre beso y beso, y
empezó a caminar hacia atrás—. Intentar esto…
—¿El qué? —susurró ella ansiosa. Ya estaba muy húmeda. Si la
tumbaba en la mesa más cercana, se correría en cuestión de
segundos.
Él volvió a besarla antes de hablar:
—Digamos que es una especie de fantasía. Desde que empecé a
conducir.
De repente, Mira se dio con las pantorrillas en el morro del coche,
justo delante de donde se sentaba para pilotar.
—Ya te lo he dicho —murmuró ella entre besos—. No cabemos.
—Tú confía en mí.
Will la agarró por las caderas y la guio hasta que quedó sentada y
se apoyó en las manos. Era incapaz de dejar de calcular cuánto
costaba la carrocería de fibra de carbono, a pesar de que tenía el
culo encima y estaba medio desnuda.
—¿Qué estás…? —Se tragó el resto de la pregunta cuando él
empezó a quitarse la chaqueta del traje. Se le quedó la boca seca
cuando lanzó la prenda a un lado y se puso de rodillas. Oh.
—Siempre he querido hacer esto —dijo Will por toda explicación.
Le puso las manos en las rodillas y se las abrió, luego se inclinó
entre sus piernas. Le subió las palmas por los muslos para apartar el
vestido y luego la agarró por la parte trasera de los muslos. Sin dejar
de besarla, la obligó a abrirse más. La tenía medio desnuda en mitad
del box y a ella le daba igual.
—Túmbate —le ordenó.
Ella hizo lo que le pedía, se echó para atrás y se reclinó en la
parte delantera del coche. Will la observaba embelesado. Le cogió
las tiras del tanga con la punta de los dedos.
—¿Te puedo quitar esto? —preguntó.
Mira se humedeció los labios y asintió.
Entonces, él le deslizó la prenda por las piernas para quitársela.
Luego se inclinó y la tocó con la boca. En cuanto la lengua la
acarició, ella se arqueó y jadeó. Lo agarró del pelo con una mano y,
con la otra, acarició la superficie brillante de la carrocería. Estaba
desesperada por agarrarse a algo mientras él se lo comía. Oyó el eco
de su propio gemido contra las paredes de acero del box, pero la
vergüenza se había convertido en un concepto extraño para ella. Lo
único que quería era a él, esa boca, ese momento.
Estaba a punto de correrse cuando deslizó dos dedos en su
interior.
—Will —dijo sin aliento.
—Aquí, en mi coche —susurró él contra ella.
No hacía falta más. Mira se arqueó sobre el morro del monoplaza,
aspirando una bocanada de aire, temblando de la cabeza a los pies,
consumida por el placer puro y anhelante.
NUEVA YORK, ESTADOS UNIDOS

—No me puedo creer lo que acabamos de hacer.


—¿El qué?
Mira perdió el hilo de pensamientos por un segundo y se quedó
mirando a Will, que lamía con cuidado el rastro de helado derretido
que le caía por el cono de barquillo antes de que le llegara a la
mano. A lo mejor, si se echaba helado derretido por encima, le
podría…
—¿Hacer qué? —repitió él.
Le dio otro lengüetazo al helado. La chica era incapaz de decidir si
se alegraba o no de que hubiera escogido un cono. Porque se había
tirado diez minutos mirando cómo se lo comía, cosa que solo la
había puesto cachonda, y todavía les quedaba un buen trecho para
llegar al hotel. Sus labios, su lengua.
—Ah. Cenar. Solo hemos ido a cenar. Juntos. En público.
Él se encogió de hombros.
—Podemos ir a todas horas, si quieres. Y no solo a un restaurante
anónimo de Brooklyn donde nadie vaya a reconocerme.
Ella le dio unos golpecitos a su propio helado con la cucharilla.
—Will…
—Solo era un comentario, todavía nos quedan dos noches más.
Deja que mañana te lleve a un sitio bonito. ¿Qué mierdas importa
quién nos vea?
—Will.
—Lo digo en serio, Mira. Durante toda la semana, en todos esos
almuerzos y recepciones que he tenido con los proveedores… De
verdad que ha sido un asco que no estuvieras conmigo.
—Lo sé.
Ese viaje no había sido precisamente la escapada romántica de
sus sueños. El piloto tenía reuniones con patrocinadores todos los
días y ella no podía ir a ninguna, así que se pasaba la mayor parte
del tiempo sola dando tumbos por la ciudad. Cada vez que tenía que
irse, él le había pedido que lo acompañara. Y cada vez ella le había
dicho que no.
Era muy feliz con Will. Cada minuto que habían conseguido robar
para estar juntos en Nueva York había sido una bendición. Pero,
cuando se imaginaba que el mundo se enteraba de lo suyo, un terror
innato se apoderaba de ella y no podía quitárselo de encima por
mucho que lo intentara.
Tiraron los envoltorios de los helados.
—Solo tienes que decirlo, Mira, para que mañana nos vayamos a
Jean-Georges. O a Per Se. O al restaurante que sea mejor ahora
mismo. Nos arreglaremos y lo haremos como Dios manda.
—Sabes que no necesito ese tipo de cosas para divertirme
contigo, ¿verdad? Esta noche… ha sido perfecta en el patio trasero
de un restaurante cualquiera de Brooklyn.
—Sí. —Él le sonrió, pero el gesto no le llegó a los ojos—. Venga.
La noche aún no se ha terminado. Vamos a pasear por el puente.
Ya se habían arriesgado muchísimo saliendo a cenar fuera. Si
hubieran sido listos, ya habrían cogido un taxi para volver al hotel.
Pero cuando estaba con él, Mira se sentía incapaz de pensar con
claridad. Era una preciosa y cálida noche de verano. Will estaba ahí,
delante ella, con unos vaqueros y una camiseta, y estaba para
comérselo. Mientras durara aquello, quería disfrutarlo todo lo que
fuera posible.
—Vamos.
El paso de peatones estaba abarrotado de gente, y el piloto, con
una gorra de béisbol que le cubría aquel precioso pelo negro, apenas
destacaba. El sol estaba bajo en el horizonte e incendiaba de colores
el puerto de Nueva York. Se pararon en el centro del puente, donde
encontraron un hueco junto a la barandilla y se quedaron mirando el
agua.
—Es precioso —suspiró ella.
Cuando levantó la vista hacia su acompañante, él estaba
observándola. La expresión de su cara hizo que a la chica se le
saliera el corazón. Él estiró la mano para colocarle un mechón de
pelo detrás de la oreja y detuvo los dedos un segundo de más en su
mejilla. Se le suavizó el rostro y se humedeció los labios. Mira sintió
una presión en el pecho, intuía que algo trascendental estaba a
punto de suceder, como si él estuviera a punto de pronunciar las
palabras que ella misma había estado conteniendo toda la semana.
—Mira…
—Ey, ¡tú eres Will Hawley! ¡No me lo puedo creer!
La joven se sobresaltó y se dio la vuelta. Era un chaval
adolescente, quizás tendría unos dieciséis años, y era británico.
Maldijo para sí misma en silencio. Salir a un restaurante anónimo de
Brooklyn era una cosa, pero el puente estaba abarrotado de turistas
extranjeros y seguro que muchos veían la Fórmula 1. Habían sido
muy tontos.
Por instinto, el piloto se tiró de la visera de la gorra.
—Eh, ah…
El crío levantó el móvil.
—¿Te puedo hacer una foto? ¡Mis colegas no se van a creer que te
he visto aquí!
Mira cogió a su acompañante del brazo, pues estaba aterrada.
—¡No!
De inmediato, el piloto se puso delante de ella y agarró el teléfono
del chico.
—Venga, nos hacemos un selfi —propuso.
—¿En serio?
Will giró al fan hacia el otro lado y colocó el móvil de tal forma que
el objetivo los cogiera a ellos, pero no a la chica. Esta por fin exhaló,
les dio la espalda y agachó la cabeza. El piloto intercambió un par de
palabras con el forofo de las carreras y luego se despidió de él. Se
reunió con Mira y apoyó los codos en la barandilla.
—Lo siento.
—No, yo sí que lo siento.
—¿Por qué?
—No tendrías por qué hacer esto. Escabullirte, poner excusas,
mentir. A ver, ¡que mi padre se cree que estoy en Tailandia con
Violet! —Tragó saliva con fuerza, sentía un nudo en la garganta—.
No tendrías que hacer nada de esto si estuvieras aquí con cualquier
otra persona.
Se quedó callado un minuto. Entonces se acercó a ella hasta que
sus hombros se tocaron. Muy despacio, extendió la mano para
tocarla y entrelazaron los dedos.
—Ya sabes que no quiero estar aquí con nadie más, Mira. Solo
contigo. Pero lo quiero todo de ti. También pasar contigo las horas
de luz. Estoy cansado de fingir que no existes cuando… —Exhaló con
fuerza y se quedó con la mirada completamente fija en el agua—.
Cuando pienso en ti todas las putas horas del día.
Era justo lo que ella quería escuchar, pero el modo en que lo había
dicho, derrotado y enfadado, hizo que se sintiera fatal.
—Ya sabes lo complicado que es esto para mí.
—Lo entiendo. Has pasado por movidas que ni siquiera puedo
imaginarme. Pero…
—Lo sé. Esconderse no hará que todo vaya mejor por arte de
magia.
—Oye, ¿y si empezamos contándoselo a tu padre?
A ella se le escapó una carcajada al imaginarse a Will yendo a
reunirse con su padre antes de tener una cita con ella, como si fuera
una serie de los años cincuenta. Era como empezar la casa por el
tejado.
—¿Estás dispuesto a enfrentarte a él? ¿En serio?
—Totalmente. —Se detuvo y la miró inseguro—. A menos que tú
no lo estés. Si no crees que…
—No. —Lo agarró por los antebrazos—. No es solo mi padre, Will.
Es todo el mundo. En cuanto asocien mi nombre al tuyo, van a
remover un montón de mierda. ¿Estás preparado para eso?
Él resopló.
—La mierda de la prensa es mi especialidad, ¿recuerdas?
Ella le apretó la mano más fuerte.
—Pero tú no tienes por qué enfrentarte a eso. No es justo para ti.

É
—Oye. —Él le cogió la cara con las manos, ajeno a quién pudiera
verlos—. Tampoco fue justo para ti que tuvieras que lidiar con todo
eso, sobre todo porque solo tenías dieciséis años. Yo soy una
persona adulta. Puedo gestionarlo. Quiero hacerlo, por ti.
¿Cómo iba a seguir negándolo cuando aquel hombre la miraba
así? ¿Cuando le estaba diciendo cuánto significaba para él? Ella
tampoco quería seguir escondiéndose. Quería decirle al mundo que
estaba enamorada de Will, porque así era. Hasta las trancas. Lo que
tenía con él merecía la pena, daba igual a lo que tuviera que
enfrentarse. Se había acabado el tiempo de pasar miedo.
—De acuerdo, cuando volvamos, se lo diré a mi padre.
Él sonrió, sacó el móvil y la apuntó.
—Espera. Repítelo, quiero grabarlo para tenerlo como prueba.
—Puedo sacaros una foto, si queréis.
Se giraron y se encontraron a una mujer mayor que pasaba por
ahí. Les sonrió.
Will miró a su compañera, era una pregunta.
Ella respiró hondo.
—Sería genial. Gracias.
Así que él le pasó el teléfono a la señora y le pasó un brazo a Mira
por los hombros. Cuando la fotógrafa espontánea se marchó, Will le
enseñó la foto. En la pantalla brillaban sus caras pegadas y sus
sonrisas de oreja a oreja. Él le pasaba el brazo por los hombros, y,
detrás de ellos, estaba el atardecer, el puerto y el skyline de
Manhattan. Ambos parecían muy felices. Solo eran un chico y una
chica divirtiéndose. Solo un chico y una chica enamorándose.
—Mira, ¿qué es esta cena que me has agendado para el domingo
por la noche?
Su padre miraba fijamente el calendario en el teléfono. Tenía pinta
de estar confuso.
Su hija se quedó helada y se giró para quedar frente a él.
—Eh, en realidad es conmigo.
—¿Contigo? —Frunció las cejas.
—Hay algo de lo que me gustaría que habláramos.
De Will. Iba a contarle todo lo que había pasado.
Había vuelto de Nueva York enamorada de él hasta las trancas y
estaba preparada para que su padre lo supiera. Pero, con todo el
caos de hacer las maletas y viajar a Italia después del descanso, no
había surgido el momento adecuado. No era justo distraer a ninguno
de los dos con un montón de drama personal en la fase previa de
una carrera.
Pero el domingo por la noche, cuando la competición hubiera
terminado, se lo contaría todo. Se había planteado incluir al piloto en
la invitación, pero quizás fuera demasiado, era ir muy rápido. Ella
misma se lo contaría a su padre, así este podría hacerse a la idea
antes de volver a toparse con su empleado. Estaba segura de que le
parecería bien, una vez que hubiera tenido tiempo para procesarlo.
Después de todo, el tío estaba a punto de ganar el campeonato del
mundo, así que su padre lo adoraba.
—Te pasas todo el día pegada a mí, Mira. ¿De qué necesitas
hablar?
—No quiero hacerlo antes de la carrera. No quiero distraerte.
—Me estás preocupando.
Ella se inclinó para darle un beso en la mejilla.
—No es nada de lo que preocuparse, te lo prometo. Son buenas
noticias, pero puede esperar a después de la competición, ¿de
acuerdo?
Él sonrió y sacudió la cabeza.
—Como quieras. La verdad es que tengo que acercarme al box…
Ella se rio.
—¿Ves como tienes mil cosas que hacer? Vete. Me reuniré contigo
en el pit lane.
Cuando se marchó, ella comprobó el teléfono. Si se daba prisa,
podía pasar por la caravana de Will y desearle buena suerte antes de
que tuviera que prepararse.
Pero, cuando entró, no lo vio por ninguna parte. Ya no lo vería
hasta después de que saliera a la clasificación y de la reunión de
estrategia con Tae, Harry y su padre. Le envió un mensaje para
desearle buena suerte y volvió a bajar por la escalerilla de metal, así
que no vio quién la estaba esperando a los pies de esta hasta que
casi se chocó de morros con él.
—Me imaginaba que eras tú.
Brody. Llevaba su mono verde de piloto. Tenía los brazos cruzados
con un aire casual y estaba apoyado en la caravana de Will. Le
sonreía de un modo que a Mira le dio miedo. Siempre había
desplegado ese gesto infantil con una eficacia despiadada. El paso
de los años se había portado bien con él, seguro que siempre sería
así. Esas líneas de expresión junto a los ojos que se le formaban de
reírse le daban a su rostro cierta simpatía, seguro que le sacaba
partido. Llevaba el pelo rubio cobrizo un poco largo, le daba un aire
de surfero despeinado por el viento que todavía se podía permitir
lucir. En conjunto, parecía más joven de lo que era, pero nunca
había aparentado la edad que tenía ni había actuado acorde a ella.
Mira había intentado con todas sus fuerzas evitar ese momento,
evitarlo a él. Pero ahí estaba, mirándola de esa forma que hacía que
se le dispararan todas las alarmas. ¿Por qué, por qué, por qué la
buscaba ahora? ¿Por qué no podía desaparecer de la faz de la tierra,
aunque fuera solo para ella? ¿No podía bloquearlo como si fuera un
contacto del móvil para no volver a verlo o a saber nada de él? Pero
eso no se podía hacer con una persona real y, después de siete
años, Brody McKnight estaba delante de ella en carne y hueso,
exigiendo atención.
—Te he visto de pasada. ¿Cómo has estado, guapísima?
Ese familiar acento australiano, tan dejado, le provocó una oleada
de asco que le recorrió toda la columna. ¿Y ese «guapísima»? Se
jugaba el cuello a que no se acordaba ni de su nombre. Lo cual era
tan insultante después de todo lo que había pasado que le entraron
ganas de gritar.
¿Cómo había dejado que ese gilipollas le hubiera destrozado la
vida de ese modo? No era nadie. Solo un gilipollas arrogante con
poco talento. Mira estaba temblando de los nervios, pero se negó a
dejarle ver que estaba molesta. Por nada del mundo le daría la
satisfacción de reaccionar exageradamente.
—Brody.
Nada en su lenguaje corporal o su tono de voz daba pie a nada.
Pero ¿cuándo le había importado a ese tío lo que ella deseara?
Siempre había cogido lo que le había dado la gana cuando le había
dado la gana.
—Me alegra ver que has vuelto a las carreras, muñeca. Te veo
genial.
—¿Qué quieres?
El muy caradura se mostró sorprendido ante el tono helado con el
que le habló, como si no tuviera ni idea de por qué podría estar
enfadada con él. Levantó las cejas doradas y soltó una risilla.
—Solo quería que nos pusiéramos al día, bonita. Ver qué has
estado haciendo.
Mira se puso roja de la rabia, de la cabeza a los pies. Ardía de
furia, le bullía como un volcán en el pecho.
—¡Me llamo Miranda! ¡Y no soy ni tu guapísima ni tu muñeca ni tu
puto nada! Creo que sabes muy bien qué he estado haciendo con mi
vida, Brody. La he estado recomponiendo después de que tú la
hicieras pedazos.
El piloto se detuvo, vaciló por un segundo en su hábil juego de
seducción. La miró de arriba abajo, estudiándola con aquellos ojos
verdes centelleantes, esos que una vez pensó que eran
transparentes, ventanas abiertas de par en par a su alma generosa.
La expresión de príncipe encantador flaqueó por un segundo antes
de recuperarse y dibujar una sonrisa aún más ancha. ¿Cómo pudo
caer en esa actuación de mierda?
—¿Sigues enfadada por eso? —dijo burlón.
Como si lo único que hubiera hecho hubiera sido robarle la plaza
de aparcamiento, no seducirla cuando era adolescente, convencerla
de que estaba enamorada de él y luego lanzarla a la basura cuando
el juego dejó de divertirle. A la chica le temblaban las manos del
esfuerzo que requería no darle una bofetada.
—¿Enfadada? —Suspiró y lo miró con desprecio—. Para eso
tendrías que importarme, y me la sudas. Si estoy enfadada con
alguien es conmigo misma por dejar que ocupes tanto espacio en mi
vida. No te lo mereces. Nunca te lo mereciste. Eres un triste fraude
de la cabeza a los pies, aunque creo que eso ya lo sabes.
Él se enderezó, se le había borrado del todo la sonrisa de galán.
Parecía furioso, lo cual era bueno, porque era justo así como se
sentía ella y, por una vez, la iba a oír.
—Por eso siempre necesitas a una chica nueva, que cada vez sea
más joven, porque así es más fácil engañarlas, ¿no? No pueden
verte las costuras y saber cómo eres en realidad. No eres más que la
cáscara de ser humano, y dentro solo está tu ego desesperado y
necesitado.
Brody tensó la mandíbula mientras la observaba fijamente. Ella se
obligó a devolverle la mirada.
—Parece que alguien sigue estando despechada, corazón.
Mira pensó que iba a echarse a llorar como se quedara un
segundo más ahí, y no pensaba dejar que él la viera de ese modo
por nada del mundo.
—No soy tu puto corazón —espetó, y se giró para largarse.
—Oye. —Él la agarró del brazo con tanta fuerza que tiró de ella y
le dio la vuelta.

—McKnight, más te vale quitarle las putas manos de encima antes


de que te las arranque.
Brody la soltó despacio. Will casi había explotado de la rabia al ver
que la agarraba del brazo y se giró para examinárselo. El piloto de
Lennox se había puesto furioso al doblar la esquina y ver al
australiano hablando con Mira, alterándola. Pero no pensaba
intervenir. Quería dejar que manejara la situación por sí sola… hasta
que el muy cabrón la había tocado.
—¿Tienes algún problema, Hawley?
—Sí, porque estás presionando a una mujer que claramente no
quiere nada contigo.
—Es que somos viejos amigos, así que ¿por qué no te haces a un
lado, colega? —El acento australiano era pronunciado y espeso, casi
tan molesto como esa sonrisilla de engreído comemierda.
—¿Y por qué no sacas tú el puto culo de nuestro paddock…,
colega?
A Brody le flaqueó el gesto zalamero, la rabia le ardía en las
pupilas.
—Oye, Hawley, déjate lo de las normas para el asfalto. Fuera de la
pista, la veda está abierta.
Ahí fue cuando Will perdió el control. Estiró los brazos y agarró a
Brody por la pechera del mono.
—¡No es un trofeo, gilipollas!
McKnight le empujó los brazos, obligándolo a soltarle; le costaba
respirar y tenía los dientes apretados de la furia. Sintió que Mira le
tocaba el hombro.
—Will, no. Déjalo.
Entonces, a Brody se le fueron los ojos hacia la chica, hacia la
caravana que tenía a su espalda y de nuevo hacia su rival.
—Ah, ya veo. Me he metido en el coto de caza de otro tío. No te
culpo. Yo mismo la he probado. Merece la pena.
Era imposible saber si el rugido que oyó Will era su sangre que
había alcanzado el punto de ebullición o si era su propio grito de
rabia. Solo fue consciente de que se abalanzó hacia delante y le dio
un puñetazo a Brody en la mandíbula, menuda satisfacción. También
sintió una punzada de dolor que le subió por la mano y por el brazo,
pero le daba igual. Volvió a agarrarle por el mono y tiró de él. El
australiano le soltó un golpe e intentó esquivarlo, aunque no lo
bastante rápido, porque le rozó el pómulo y la cabeza se le fue para
atrás. Antes de que pudiera volver a golpearlo, el de Lennox se echó
para adelante y le clavó el codo en el pecho para impulsarlo contra
la caravana.
Mira chilló y, a su alrededor, la gente empezó a gritar y acercarse
corriendo de todos los rincones del paddock. Varias manos agarraron
a Will por los brazos y los hombros y lo apartaron de su rival. Un par
de mecánicos de Deloux también habían aparecido y se habían
interpuesto entre los dos hombres. También sujetaron a su piloto
cuando intentó abalanzarse de nuevo sobre su contrincante. Hawley
no pensaba con claridad, intentaba zafarse de las manos que lo
retenían, desesperado por desquitarse con Brody y partirle la cara
para borrarle esa sonrisilla de engreído de una vez por todas.
—¡Will! ¡Will, para! Aquí no, ahora no. —Ese era Omar, que le
estaba gritando al oído. Tae también estaba ahí, a su otro lado.
—¡Déjalo! —le pidió Mira, que le plantó una mano en el pecho y
se colocó delante de él, en su línea de visión.
Cuando la miró a los ojos, la rabia se aplacó. Seguía temblando
por culpa de la adrenalina que no había liberado, pero volvía a
pensar. Y la situación no era ideal.
Un grupo de mecánicos de Deloux rodeaban a su piloto. Unos
cuantos chicos de Lennox se habían acercado, igual que Violet, que
había salido de la nada.
—Madre mía —estaba mascullando—. Todo el mundo lo está
grabando con el puto móvil.
—¡Sacad a vuestro chaval de aquí! —les gritó Omar a los de la
escudería rival, sin soltar al suyo, al cual sujetaba por los hombros.
—Pero ¿quién te crees que eres para llamarme «chaval», chaval?
—gritó Brody.
Ahora era Will quien sujetaba a Omar, que se había lanzado hacia
el piloto de Deloux, pero sus muchachos ya lo estaban empujando y
se lo llevaban a rastras del paddock antes de que el mecánico
pudiera detenerlos.
—¡Para! —le dijo Will a Omar—. Ya la he cagado yo bastante. No
lo empeores.
—Ha empezado Brody —intervino Mira.
—Sí, y el primer puñetazo lo ha soltado Will —espetó Violet. Luego
miró al piloto—. Lo siento, pero es verdad.
—Tienes que irte —le dijo Tae, que lo cogió por el hombro y echó
a andar con él—. Ya casi es tu turno.
Joder. La clasificación. Tenía que salir ahí fuera y pilotar como un
loco. Ya. Pero todavía le temblaban las manos.
El ingeniero se lo estaba llevando a rastras, pero él se detuvo y se
volvió para mirar a Mira. Todas las cabezas del paddock se giraron y
lo vieron acercarse a ella. Pues nada, a tomar por culo. De todos
modos, ya se había descubierto el pastel… No había forma de
arreglarlo, pero no pensaba irse sin comprobar cómo estaba.
La cogió por los hombros y se agachó un poquito para mirarla a
los ojos.
—¿Estás bien?
Estaba pálida, pero asintió rápidamente.
—Sí. Lo siento. Es que él…
—Para. La única persona que debería disculparse es el puto Brody
McKnight.
Ella extendió los brazos y le tocó la cara, en el punto en el que el
otro le había dado el puñetazo.
—Te ha dado.
—No pasa nada. ¿Estás segura de que estás bien?
—Ya me encargo yo de ella —intervino Violet, que se puso al lado
de su amiga—. Tú sal a clasificación. Ya hablaremos luego.
Ese «luego» quería decir que aquello tendría consecuencias. No
sabía cuáles serían, pero estaba seguro de que las habría. Sin
embargo, en ese momento no había tiempo para pensar en eso.
Tenía que meterse en el coche y pilotar.
—¿Nos vemos después? —le dijo a Mira. Con una caricia, le apartó
un par de rizos de la cara y se los metió detrás de la oreja.
Ella asintió.
—Tú ve. Buena suerte.
Flanqueado por Omar y Tae, Will regresó al box. Sacudió las
manos para intentar relajar los músculos que se le habían tensado.
Todavía sentía todo el cuerpo cargado de adrenalina.
—El gilipollas de los cojones —masculló Omar.
—Seguro que ya está en las oficinas de la FIA rellenando el puto
formulario de queja —dijo el piloto entre dientes, ya iba asimilando
la enorme cagada que había cometido. Una pelea. Una pelea física.
Le había dado un puto puñetazo a Brody McKnight.
—Olvídalo —le ordenó el ingeniero de carrera—. Donde tienes que
darle una paliza es en el asfalto. Lo demás no importa.
Él asintió, pero era más fácil decirlo que hacerlo. Se esforzó todo
lo que pudo por poner el piloto automático mientras los empleados
de Lennox, coordinados hasta el último segundo, lo preparaban y lo
metían en el coche.
Unos minutos después, la voz de Tae resonó en la radio.
—Vale, tienes que dejar todo eso a un lado, tío. Ahora no importa.
Está todo listo para que arranques el motor.
De algún modo, puso el monoplaza en marcha y salió al circuito.
Siguió con sus rutinas habituales para calentar los neumáticos y
comprobar los sistemas, a pesar de que tenía la cabeza en otra
parte. Todavía oía la voz de Violet diciendo: «Todo el mundo lo está
grabando con el puto móvil». Así que a esas horas ya estaría
publicado en todas partes, y se le encogió el estómago solo de
pensarlo. Era la misma sensación de pavor apremiante que había
sentido tres años antes, cuando se había despertado con resaca y, al
mirar el teléfono, había visto las terribles noticias de la noche
anterior. Nada de eso había sido tan malo como lo sería esto.
Pero entonces pensó en la cara de Mira. Se acordó de la mano de
Brody en su brazo y la rabia volvió a avivarse con todo su candor.
Por un momento, lo único que lamentaba era no haberle reventado
la cara contra el suelo a aquel gilipollas.
—Denis se está quedando atrás. Comprueba el tráfico con él. No
lleva a nadie detrás. —La voz de Tae lo trajo de nuevo al presente.
Era un momento muy importante.
Hasta entonces, la vuelta de salida la estaba corriendo más bien
por instinto. Zigzagueaba, frenaba, aceleraba poco a poco, dejaba
que los neumáticos se calentaran hasta que los ingenieros
estuvieran satisfechos con las especificaciones. Pero las salidas de
clasificación eran escalonadas y el resto de los pilotos ya estaban
sobre el asfalto corriendo a toda velocidad o dando ya la vuelta de
enfriamiento. Lo último que necesitaba en ese momento era
interponerse en el recorrido de alguien y acumular otra penalización,
aparte de la que ya estaba a punto de caerle.
Dejó de moverse de un lado para otro para dejar que René Denis
pasara como un trueno por su lado. En cuanto los ingenieros le
dieran el visto bueno, ese sería él y no podría permitirse dar menos
del cien por cien. Al entrar en la última curva, lo sintió. El agarre de
los neumáticos era perfecto. Ni siquiera necesitaba que el ingeniero
de carrera le confirmara que estaban en el punto óptimo de la
ventana de objetivos de los técnicos.
—Todo despejado para la push lap —dijo Tae.
Will pisó el acelerador con suavidad mientras se desviaba hacia la
salida de la curva once y empezaba la vuelta.
En la recta, se abrió con el coche todo lo posible, moviéndose por
encima de los trescientos kilómetros por hora. Se permitió relajarse
un poco ahora que volvía a estar en su salsa. No había nadie por
delante de él en la primera vuelta. Pisó con fuerza el freno y bajó de
marcha para sortear la chicane. Aceleró despacio en la salida y luego
le metió caña mientras se encaminaba a la siguiente curva.
Esa era de las fáciles y llegó al límite absoluto en la salida al
intentar maximizar el tiempo de acelerado mientras comprobaba el
tráfico que lo rodeaba en el asfalto; el resto de los monoplazas
estaban dando las vueltas de enfriamiento. Algunos de los pilotos
tenían un juego: esperaban hasta el último segundo para quitarse de
en medio o estrechar la entrada y las salidas para los que estaban
haciendo push laps. No era suficiente para ganarse una penalización,
pero sí para robarle una décima o dos a un rival, y a veces eso era
suficiente.
Antes de darse cuenta, Will ya estaba volando por la recta
flanqueada por árboles y llegando a la chicane de alta velocidad. Tae
le ladraba datos al oído, lo cual solo le confirmaba lo que ya sentía
en los huesos. A pesar de que la salida a clasificación había sido una
mierda, lo estaba dando todo y estaba consiguiendo un tiempo que
le aseguraría la pole position en la carrera del día siguiente.
Por delante y a la derecha había un coche lento; estaba dando la
vuelta de enfriamiento, pero consiguió adelantarlo sin ningún
problema antes de tener que girar para acercarse a la última curva.
Al aproximarse a ella, vio el destello del livery de color verde. Era
Brody, por supuesto.
Pero el espacio que los separaba no se estaba acortando al ritmo
que él esperaba. ¿De verdad que ese cabronazo estaba gastando su
vuelta de enfriamiento en interponerse en su camino? Vale. ¿Así
quería jugar? Pensaba adelantarlo y aprovechar el rebufo hasta la
curva, así lo usaría para sumar un par de décimas de segundo más.
Con los doscientos metros a la vista, Will se apartó de él y
entonces, unos milisegundos antes de que empezara a adelantarlo,
su contrincante giró las ruedas hacia la derecha mínimamente. Fue
un movimiento casi imperceptible, era imposible saber si lo había
hecho o no. Pero él sintió la sacudida en el estómago con la misma
certeza que si el otro le hubiera soltado un puñetazo. Su cuerpo
registró el movimiento del australiano antes incluso que su cabeza y
se movió al borde exterior de la pista para evitar la colisión. Hijo de
la gran puta. Pero ya estaba hecho, lo había adelantado. Todavía
podía salvar la situación. Empezó a visualizar cómo tomar la curva
desde su posición actual, aunque fuera menos que ideal, y colocó el
coche en el ángulo adecuado para hacerlo, mientras todavía volaba
a trescientos kilómetros por hora.
Fue entonces cuando lo sintió.
Tink.
El sonido de la rueda trasera al engancharse en el morro de Brody,
porque el muy cabronazo seguía acelerando.
Todo ocurrió muy rápido. Un estremecimiento. El chirrido de la
goma sobre el asfalto. Un destello de luces del panel de control.
Tiempo suficiente para registrar que se le había reventado un
neumático y, entonces, empezó a dar vueltas, directo hacia el muro.
El ruido era ensordecedor: el chirrido de las ruedas, Tae gritándole
por Race Radio y luego la colisión, el impacto, que le sacudió todo el
cuerpo al estrellarse contra la carrocería, el metal y las fibras de
cristal desmoronándose a su alrededor. Se dio un fuerte cabezazo
contra el HANS mientras el coche seguía girando y se estampó
contra el muro otra vez. Por fin, se detuvo. Y luego solo quedó el
silencio.
—¿Por qué están tardando tanto?
Mira se agarró a los brazos de la butaca para evitar explotar de la
histeria.
Violet y ella estaban sentadas la una al lado de la otra en duras las
sillas de plástico que había en la sala de espera del centro médico.
Will se encontraba dentro de la consulta, todavía lo tenían en
observación.
Mira pensaba que jamás se recuperaría del horror del momento en
el que vio el coche estrellarse contra el muro. Ni tampoco las
chispas, los restos volando, el humo, las llamas y la horrible quietud
que había seguido a todo eso. Sentía que había pasado una hora,
pero solo había tardado unos segundos en ver que algo se movía
dentro del monoplaza. Todavía estaba vivo. En ese momento, era lo
único que importaba.
Él solo había salido del coche, lo cual era una buena señal, pero el
acelerómetro que llevaba en la oreja se había apagado, y eso
significaba que había recibido un impacto importante y era
obligatorio que lo revisara un médico.
Ahora estaba en la parte de atrás y su padre estaba ahí dentro
con él. Era imposible que aquello fuera a acabar bien.
—Estoy segura de que está bien —dijo Violet—. Ya sabes que
tienen que comprobar lo que pasa si el acelerómetro se apaga.
—Lo sé —masculló ella, aturdida.
Al principio, le había entrado tal ataque de pánico por lo del
accidente que se había olvidado por completo de la pelea con Brody
y de cómo vería su padre aquello. Cómo lo verían los demás. Ahora
se estaba acordando de todo y el miedo a una amenaza muy distinta
se apoderó de ella. Pero hasta que no supiera que Will estaba bien,
no había tiempo para eso.
—Estoy segura de que solo están siendo superprecavidos —volvió
a decir su compañera—. Le estarán haciendo radiografías y TAC y
toda la pesca. Ya sabes que esas movidas tardan una eternidad.
—Sí, lo sé.
Se quedaron sentadas en silencio durante unos minutos más.
Violet estaba entretenida con algo en el iPad, y Mira no despegaba
los ojos de una muesca que había en la pared mientras intentaba no
llorar.
—Mierda —masculló la de relaciones públicas.
—¿Qué?
—Me cago en todo.
—Violet, ¿qué pasa?
Sin decir nada, su compañera le tendió el iPad. Era un artículo de
una página web de cotilleos británica; siempre eran los peores. Justo
en la parte superior, había una foto un tanto borrosa en la que salían
los dos pilotos. El de Deloux estaba contra la caravana y el de
Lennox lo tenía agarrado por el mono de carreras.
Debajo, el titular chillaba: «¡El campeón de los chicos malos de la
Fórmula 1 aplasta a los rivales dentro y fuera del circuito!».
En cuanto se había encontrado cara a cara con Brody, una parte
de ella supo que se había acabado lo de ocultarse. El pasado iba a
volver al presente dando voces. Y Will estaba en medio de todo eso.
Casi lo había matado. Iba a vomitar… Tenía frío y temblaba del
miedo. No quería leer el artículo, pero los ojos se le deslizaron por el
texto en contra de su voluntad, cada palabra la golpeaba como si
fuera algo físico.

La sensación de esta temporada de la Fórmula 1, Will Hawley, parece ser igual de


agresivo fuera de la pista como dentro del circuito. Unos momentos antes de salir a
clasificación, Hawley le dio un puñetazo al también piloto Brody McKnight cuando pilló a
su amiguita charlando con el de Deloux en el paddock. Miembros de las escuderías de
ambos detuvieron la pelea, pero no antes de que Hawley desatara su rabia y le diera
varios golpes a McKnight.
La dama en cuestión, Miranda Wentworth, no solo es la hija del jefe de equipo de
Lennox Motorsport, Paul Wentworth, sino que también tuvo algo en el pasado con Brody
McKnight. Hace varios años sedujo al australiano y lo arrastró a una tórrida aventura a
unas pocas semanas de casarse con la actriz Lulu Heatherington.
Wentworth regresó a Estados Unidos cuando se desató el escándalo, pero, al parecer,
con su vuelta al deporte del motor, no ha perdido tiempo en echarle el lazo a otro piloto.
¿O a lo mejor a dos?

Mira luchó contra las náuseas y le devolvió el iPad a Violet, pero el


artículo de las narices todavía brillaba en la pantalla. Ahora sí que no
había forma de librarse. Al parecer, nunca la había habido.
Violet se puso de pie y empezó a andar de un lado a otro de la
diminuta sala de espera.
—Van a volverse locos con esto. Encaja que no veas con la
narrativa de chico malo de Will, y ya sabes cómo les gusta darle
bombo.
—¡Es todo mentira! Le dije a Brody que me dejara en paz y no lo
hizo. Me estaba acosando y Will solo…
—Will fue el que soltó el primer puñetazo —dijo su amiga en voz
baja.
—Brody lo provocó.
—Eso da igual en este tipo de historias. Tiene todos los puntos
necesarios para venderse como churros. Dos deportistas de élite
buenorros se pelean en el asfalto y ahora también se disputan a una
mujer.
—Yo no estaba tonteando con Brody. Dios, si me da asco.
La de relaciones públicas dejó de caminar y fue a sentarse a su
lado.
—Mira, sabes que estoy de tu lado, pero sí que estuviste liada con
él.
Mira tragó saliva con fuerza y bajó la vista al suelo.
—Ya, sí.
—Eso es lo único que les va a importar a estas sanguijuelas. Se
van a poner las botas con todo esto. Contigo. Siempre intentan
pintar a la mujer como la mala del cuento cuando pasan estas cosas.
Sé que no es justo y lo siento, pero hay muchas papeletas de que la
cosa empeore.
En esos momentos, era difícil imaginarse que las cosas pudieran
degenerar más. Se iban al garete los últimos siete años de su vida:
sus notas perfectas en UCLA, su inexistente vida personal, todo el
trabajo duro que había hecho esa temporada con Lennox. Todo era
irrelevante porque en el pasado fue lo bastante estúpida como para
acostarse con Brody McKnight y ahora se había atrevido a tener algo
con Will Hawley. Nada de eso era culpa suya, pero aun así no podía
evitar que la vergüenza la paralizara.
A Violet le sonó el teléfono, lo que la sacó de su ensimismamiento.
La chica miró la pantalla y se le dibujó una expresión de desolación
total.
—Es Ryan, el de Velocity. Esto no puede significar nada bueno.
A Mira se le cayó el alma a los pies. Will tenía un acuerdo
importantísimo con la marca, se suponía que iban a sacar con él una
nueva línea de ropa… Las cosas acababan de empeorar muchísimo.
Podría perder su acuerdo de patrocinio. Acababa de tener un
accidente que podría haberle costado la vida, podría haber supuesto
el final de toda su temporada. Seguro que llevaban a su padre ante
la FIA para que respondiera por otro escándalo y, una vez más, ella
estaba en medio de todo.
Su compañera se apartó y aceptó la llamada mientras ella cerraba
los ojos y se hacía un ovillo; luego apretó la frente contra las
rodillas. Todo era horrible. Seguro que había algo que pudiera hacer
para arreglar todo eso, para evitar que las cosas fueran de mal en
peor.
Levantó la cabeza y parpadeó. Por supuesto que sí. Había algo
que podía hacer. Solo de pensarlo sentía que se le estaba rajando el
corazón, pero en realidad no tenía otra elección, ¿verdad? Quizás
nunca la tuvo.

Will había intentado sin ningún éxito convencer al personal médico


de que estaba bien, pero parecía que nadie lo escuchaba. Aunque
no estaba seguro de si se debía a lo comprometidísimos que estaban
con su bienestar o al italiano tan terrible que chapurreaba.
El doctor y la enfermera seguían examinándolo, apuntándolo con
una luz a los ojos y tomando notas en la carpeta, cuando la cortina
de la consulta se apartó hacia un lado y aparecieron Paul, Tae y
Mitchell, el médico del equipo. La expresión del jefe era insondable,
entre el pánico y la rabia.
—Hola, Paul —saludó. Miró por encima del hombro del jefe de
equipo, pero no vio ningún rastro de Mira.
Paul miró al piloto de arriba abajo e interrumpió al doctor.
—¿Cómo se encuentra? —preguntó en un italiano perfecto. Will no
entendía lo que decía, pero no se le pasó por alto que lo había
señalado.
—¿Estás bien? —le preguntó Tae mientras el médico, el jefe y
Mitchell se pusieron a hablar en italiano. ¿Él era el único que había
suspendido idiomas en el colegio?
—Estoy bien. Solo están siendo precavidos —respondió—. ¿Mira
está fuera?
El ingeniero de carrera le lanzó una mirada de precaución a Paul
antes de responder:
—Sí.
—¿Puedes pedirle que entre? Necesito decirle que…
—¿Cómo tienes la cabeza? —le preguntó el jefe de equipo.
—Bien. No hago más que decírselo a esta gente. El estúpido
sensor se activó, pero estoy bien. —Mira debía de estar muy
alterada. Necesitaba verla.
—Dicen que no hay traumatismo craneoencefálico —intervino
Mitchell—. Lo cual son buenas noticias.
—Ya lo sé. En serio, estoy bien. ¿Podéis hacer que me firmen el
alta y…?
—¿Y la mano? —Mitchell tenía los ojos clavados en su mano
derecha, que tenía oculta bajo una bolsa de hielo—. El doctor dice
que la tienes dañada.
Will luchó contra las ganas de escondérsela a la espalda. Se había
estrellado contra un muro a trescientos kilómetros por hora y había
conseguido salir indemne, pero al parecer darle un puñetazo en la
cara a Brody sí que le había causado una lesión. No había notado
nada cuando se había subido al coche, pero entonces todavía estaba
hasta arriba de adrenalina. Y luego llegó el shock del accidente. Con
todo eso encima, era imposible sentir nada. Sin embargo, cuanto
más tiempo pasaba ahí sentado, peor pintaba.
—No es nada —dijo. Levantó la mano y Mitchell y Paul se
inclinaron para examinarle los nudillos enrojecidos—. Solo me
escuece un poco. Mañana estará bien.
El médico del equipo frunció el ceño, era un gesto de lo más
intimidante.
—Esa hinchazón no tiene buena pinta.
—No pasa nada.
Para demostrárselo, dobló el pulgar, pero tuvo que detenerse
cuando un latigazo de dolor le recorrió todo el brazo. Siseó con los
dientes apretados y ambos lo miraron fijamente.
—No me parece que eso sea nada —masculló Paul.
Mitchell le pasó los dedos por el pulgar y presionó la inflamación,
que era más que obvia.
—¿Te duele?
—Un poco —admitió el piloto.
—¿Un poco?
Cuando Mitchell le giró el pulgar, Will volvió a hacer una mueca.
—Mucho.
—Ajá. —El médico seguía con el ceño fruncido—. Te has hecho un
esguince.
—No, estoy seguro de que solo está un poco hinchado. Si me
ponéis un pinchazo para que me baje la inflamación y alguna cosilla
para el dolor, estaré como nuevo.
El doctor volvió a flexionarle el pulgar y el paciente arrugó la cara.
Aparte de dolerle como mil demonios, había perdido el rango de
movimiento. Bueno, era inexistente.
—Joder. Mitchell, tienes que arreglármelo.
El aludido se enderezó y se pasó la mano por la canosa barba
recortada.
—Tienes dañado el tejido blando, Will. Yo contra eso no puedo
hacer nada.
Paul exhaló cansado y casi se le cerraron los ojos.
—Me cago en la puta… Pues entonces ya está.
—¿Qué quieres decir?
Mitchell lo miró fijamente.
—Will, ya sabes lo que eso significa.
Sí, lo sabía. Para manejar un coche de Fórmula 1, se necesitaban
un millón de ajustes constantes y casi todos los controles estaban en
el mando… y para tocarlos hacían falta los pulgares. Un esguince en
el pulgar. Era una lesión absurda. Pero era la peor herida que podía
hacerse un piloto. Había salido ileso de un accidente por su propio
pie, aunque esto… el puto pulgar de los cojones iba a ser lo que lo
sacara de la carrera.
—Entonces ¿no va a poder conducir? —preguntó el jefe de equipo.
Lo dijo como si ya supiera la respuesta.
El piloto se puso enfermo solo de escuchar las palabras. El médico
sacudió la cabeza.
—En Monza no, eso está claro.
—¿Y en Spielberg? —insistió el jefazo—. Es dentro de una
semana.
Mitchell soltó un suspiro pesado.
—Hielo y calor para bajar la hinchazón, antinflamatorios… Lo
vigilaremos de cerca. Y ya veremos. Es lo único que podemos hacer.
—Paul, venga —le suplicó Will—. Puede ponerme un pinchazo de
cortisona. Me pondré hielo toda la noche. Seguro que mañana estoy
bien.
Paul sacudió la cabeza y se cruzó de brazos. Tenía un aspecto frío
y amenazador, como un glaciar.
—No puedo arriesgarme, Will. Sabes que no puedo. Te quedas
fuera de Monza.
En Harrow, cuando tenía catorce años, había estado jugando al
fútbol con unos amigos. Había pisado mal sobre un terrón de hierba
y se había torcido el tobillo. Acabó llevando muletas durante seis
semanas. Mitchell tenía razón…, esas cosas no se podían predecir.
En el mejor de los casos, volvería a sentarse detrás del volante en
Austria. ¿En el peor? Esa temporada se había acabado, al igual que
su lucha por el campeonato del mundo.
Mira se puso en pie en cuanto los tres hombres salieron de la
consulta.
—¿Cómo está? —preguntó.
Estaba preocupada y su padre la miró con una expresión de acero.
Tuvo que luchar contra el impulso de encogerse o esconderse. Tenía
pendiente una conversación de pesadilla con él, pero no la tendría
hasta que no supiera que Will estaba a salvo.
—No hay traumatismo —dijo Paul al fin—. Pero se ha hecho un
esguince en el pulgar. Esta semana no va a competir.
—Mierda —masculló Violet.
La asistente gruñó y se abrazó a sí misma. Parecía que el pozo de
las malas noticias en el que se habían caído no tenía fondo. La
carrera de esa semana, quizás incluso toda la temporada, estaba en
peligro. Will se había esforzado muchísimo, había conseguido tantas
cosas, y todo podría quedar arruinado por su culpa.
—Pero ¿volverá para Spielberg? —preguntó Violet con clara
preocupación.
El jefe de equipo sacudió la cabeza.
—No lo sabemos.
Su hija cerró los ojos y tragó saliva con fuerza para luchar contra
las náuseas que le entraban al obligarse a hablar.
—¿Cuándo le darán el alta?
—Ya la tiene, se está preparando para irse. Ya lo acercaremos
nosotros. Vosotras id al hotel.
Ella sacudió la cabeza.
—No, tengo que hablar con él. Esperaré.
A esta afirmación le siguió el silencio. Ni siquiera se atrevía a mirar
a su padre para ver su reacción.
—Violet —dijo él en voz baja—, voy a dejar mi coche y mi chófer
para Will. ¿Puedes llamarnos un taxi? Me voy ya.
La de relaciones públicas pasó la mirada de su amiga a su padre,
luego asintió con la cabeza y se marchó de la habitación con Mitchell
y Tae.
—Mira —dijo Paul despacio.
A ella se le empezaron a llenar los ojos de lágrimas. Era la carga
emocional del día más el alivio de saber que el piloto estaba bien y
su necesidad de verlo. Se le cerró la garganta y no pudo pronunciar
palabra.
—Mira —dijo su padre una vez más—, ¿sabes por qué Will se le
echó encima a Brody McKnight?
Tragó saliva con fuerza, era incapaz de mirarlo. Seguía con la cara
apartada, con los ojos clavados en el suelo, y asintió. Él suspiró con
pesadez y ella se rompió, las lágrimas le caían por la cara.
—¿La cena del domingo era por esto? —Ella asintió de nuevo—.
Supongo que debería de estar agradecido de que esta vez pensaras
contármelo. —El tono amargo era inconfundible.
—Papá, yo…
—Miranda, ¿cómo has podido? —La rabia y la decepción de su voz
casi la partieron en dos—. Después de todo lo que hemos pasado.
—Lo sé, papá, soy consciente. Esto es horrible. Lo siento
muchísimo.
—Deberías marcharte con Violet. Yo me encargaré de esto.
Esta sugerencia fue lo que la activó. No iba a dejar que su padre
se encargara una vez más de limpiar el estropicio.
—No, lo he hecho yo. Yo lo arreglaré. Por favor, papá.
—Ya has hecho suficiente, Miranda.
Esas palabras fueron como un puñetazo en el pecho, pero respiró
hondo para aguantarlo.
—Tengo que intentarlo. Déjame hacerlo.
—Bueno, está claro que no puede ir a peor.
Soltó otro suspiro pesado, se giró y se marchó. La dejó sola en la
sala de espera, devastada y aterrada.
Después de lo que le parecieron horas, unas pisadas resonaron
por el pasillo exterior. Por la cadencia, sabía que era Will. Respiró
hondo, levantó la cabeza y lo miró.
Se detuvo en el quicio de la puerta, desaliñado y exhausto. Tenía
una marca roja en el pómulo y llevaba la mano derecha envuelta y
con una férula.
—Gracias a Dios, joder —dijo el piloto al exhalar el aire—. ¿Estás
bien?
Que lo primero que hiciera fuera preocuparse por ella hizo que a
la chica se le saltaran las lágrimas.
—Debería ser yo quien te preguntara eso. —Tenía la voz ronca de
la emoción contenida—. Has tenido un accidente.
Él se encogió de hombros.
—Estoy bien.
—Podrías haber muerto, Will.
—Mira, no pasa nada. No tengo lesiones en la cabeza. Estoy bien.
—Te has quedado fuera de la carrera. Eso sí es un problema.
—Solo es una.
—Pero podría acabar costándote el campeonato. Y a Lennox
podría costarle el de constructores… Dios. —Se detuvo, le temblaban
las manos y volvió a respirar hondo—. Lo siento, Will. No sabes
cuánto. Parece que es lo único que puedo decir y no es suficiente.
Para nadie.
—Oye. —En un segundo, se puso a su lado y la cogió de la mano
—. Esto no es culpa tuya. Ya lo sabes.
Ella no soportaba que le brindara su afecto ante un desastre como
aquel. Se apartó y cruzó la sala; necesitaba poner un poco de
distancia entre ellos mientras decía lo siguiente:
—Will, ya ves lo que ha pasado por mi culpa. La semana pasada,
nadie tenía la oportunidad de arrebatarte el campeonato del mundo.
Ahora te has quedado fuera de una carrera, a lo mejor de dos. Todo
lo que has conseguido esta temporada está a punto de
desmoronarse por mí.
—Mira…
Se giró para mirarlo a la cara.
—Ryan, el de Velocity, ha llamado a Violet.
É
Él frunció el ceño.
—¿Ryan? ¿Por qué?
—Han visto la pelea en internet. Podrían cargarse tu patrocinio,
Will.
Él sacudió la cabeza y movió la mano buena para quitarle peso.
—¿Crees que me importa una mierda?
Se acercó a ella y fue a cogerla de las manos, pero la chica se
apartó. No podía soportar que la tocara con esos dedos tan suaves,
que la arrastrara a ese cálido abrazo. Tenía la certeza de que,
cuando se marchara de la habitación, dejaría tras de sí un trozo de
su corazón que no podría remplazar. Que él le ofreciera su ternura
solo empeoraría las cosas.
—Tienes que salvar ese contrato.
—¿Me estás escuchando? Que no me importa.
—¡Pues a mí sí! Will, ¿te acuerdas de lo que me dijiste después de
aquella rueda de prensa en Londres? Me contaste, me juraste, que
nunca harías nada que dañara a Lennox.
—Por supuesto, pero…
—¿Es que no lo entiendes? ¡Soy yo! Tú y yo somos lo que está
poniendo a Lennox en peligro. Y no voy a permitirlo. No os haré
daño ni a ti ni a la escudería ni a mi padre. Otra vez no.
El piloto tenía la misma pinta que si le hubiera dado un puñetazo,
tenía una expresión afligida y la boca entreabierta.
—Entonces ¿estás cortando conmigo?
Ella bajó la cabeza. Era incapaz de mirarlo en ese momento. Como
le empezaron a temblar las manos involuntariamente, cerró los
puños.
—Sí —dijo—. Si me sacas de la ecuación, solo es una rivalidad que
tuvisteis en el asfalto y que se os fue de las manos. Me voy a quitar
de en medio de esta puñetera historia para que tú tengas la
oportunidad de reescribir tu propio final.
—No me digas que haces esto por mí. Lo haces porque estás
asustada. —Will la miró, como si la viera por primera vez con
claridad. Era una sensación horrible, Mira sentía que la habían
desnudado y habían dejado al descubierto sus peores rasgos—. Van
a volver a hablar de ti y, en lugar de quedarte a mi lado, vas a correr
y a esconderte.
La rabia de aquel hombre le dolía más que nada en el mundo.
—Eso no es justo —susurró ella.
—Ah, ya sé de qué tienes miedo. Te aterra decepcionar a tu
padre. Me dejas solo para ahorrarle la gestión emocional.
La propia rabia se le encendió en el pecho. Se negaba a permitir
que una persona más pagara por lo que ella había hecho, encima
cuando tenía la oportunidad de arreglarlo.
—¡No lo hago por no herir sus sentimientos! ¡Lo hago por su vida!
Por la tuya. ¡Por esta escudería! ¿Es que no lo entiendes?
Will no despegaba la vista del suelo, se le movieron los hombros al
respirar hondo un par de veces. Cuando habló, su voz sonaba dura y
fría, temblaba de la rabia.
—Lo pillo. Estoy bien para andar a hurtadillas y follar, un poco de
diversión prohibida, pero cuando las cosas se vuelven reales, me das
una patada en el culo. «Tú conduce, Will, que es lo único que sabes
hacer», ¿no?
—Eso no… —El piloto levantó la barbilla, y la mirada que le lanzó
hizo que Mira se quedara sin palabras.
—¿Sabes? Me hiciste pensar que creías en mí, y yo, como un
tonto, empezaba a hacerlo también.
Ella fue a protestar, pero él siguió:
—Deberías irte. Puede que alguien te vea conmigo y eso es algo
que no podemos permitirnos.
Mira sabía que iba a doler, pero nunca pensó que se sentiría así,
como si acabaran de arrancarle el corazón del pecho cuando aún
latía. Quería rogarle que no la odiara, pero dejarlo ir significaba
romper lazos del todo, daba igual lo implacable que tuviera que ser
para ello. No podía reprocharle que se enfadara, aunque eso la
estuviese matando.
Al final, no dijo nada más. Will la estaba despachando, así que
salió de la sala antes de que alguien la viera y se marchó.
Will pensaba que un esguince de pulgar era lo peor que le podía
pasar.
Cuánto se equivocaba.
Resultó que perder a Mira dolía muchísimo más que quedarse sin
competir en Monza.
Esa mañana, el jefe de equipo lo había llamado a una hora
intempestiva. Aunque tampoco importaba. No había pegado ojo en
toda la noche, era incapaz de sacarse de la cabeza aquella
conversación con Mira. Así que, después de eso, no le molestaba
que le ordenaran que asistiera a una reunión de equipo de
emergencia, esta vez de verdad.
Habían convocado a todo el mundo: Paul, Simone, Violet, Mitchell,
Matteo, los dos pilotos de reserva, Connor Meade, el jefe de
comunicación de Lennox y media docena de tíos trajeados del
departamento legal. La ausencia de la asistente ejecutiva era más
que obvia. No se atrevió a preguntar por ella y el jefe de equipo
tampoco comentó nada al respecto. De hecho, el hombre ni siquiera
lo miraba. Ese era un problema al que tendría que enfrentarse
luego.
—¿Estás seguro de que Will no puede correr en Monza por el
esguince? —le preguntó Connor a Mitchell—. ¿Y después qué?
El médico asintió.
—Monza, sin duda. Luego, no sabría decir. No se puede predecir lo
rápido que se curan estas cosas.
Paul soltó una palabrota por lo bajo, pero Connor levantó la mano.
—Puede que esto sea lo mejor.
—Vamos a perder una puta carrera. ¿Cómo va a ser algo bueno?
Connor, que tenía unos cincuenta y tantos, era alto y guapo en un
sentido corporativo y caro, se inclinó hacia delante apoyado en los
codos. Miró por encima de las gafas con montura de titanio a todos
los que estaban sentados alrededor de la mesa antes de centrarse
en Will.
—Deloux la está montando gorda con la FIA por esto. Están
pidiendo que te prohíban competir durante el resto de la temporada.
—¿Qué? ¡Y una mierda!
El hombre le hizo un gesto para que se callara.
—Están tirando por lo alto a ver si cuela. Saben que la FIA no va a
hacer algo así por una pelea que al parecer iba de algo personal.
—¿Y qué pasa con el accidente? —insistió el piloto—. ¿Pueden ir a
por él por eso?
Se sentiría mejor si penalizaban a Brody, aunque estaba tan bajo
en la clasificación que no le afectaría en nada.
—No podemos demostrar que lo hiciera a propósito —intervino
Paul.
—Pero todo sabemos que fue así —añadió Matteo, tranquilo. Will
lo miró. El italiano se encogió de hombros—. Lo vi. Giró la rueda y
aceleró contra ti. Todos los pilotos que estaban en el asfalto estarían
de acuerdo.
Aunque estaba agradecido de que su compañero lo apoyara, al
final daba igual. Paul tenía razón. Sería complicadísimo demostrar sin
lugar a dudas que el australiano había provocado el accidente.
—Tu lesión acallará cualquier especulación de que no participas en
la carrera porque te han prohibido conducir —dijo Mitchell—. De
momento, eso son buenas noticias.
Will entornó los ojos. Era una definición muy generosa de «buenas
noticias».
Entonces Simone tomó la palabra.
—Bueno, las malas noticias son que Deloux no solo está hablando
con la FIA, sino con los medios de comunicación… con cualquiera
que quiera escucharlos. Y, por desgracia, esto se nos ha ido un poco
de las manos. ¿Violet? ¿Qué dicen en las redes sociales?
—Los grandes medios de la Fórmula 1 ya estaban hablando de
ello a los quince minutos de que pasara —dijo la asistente, mientras
lanzaba artículos desde el iPad a la pantalla plana que había en la
esquina de la sala—. Está todo amañado para favorecer a Brody, no
a Will. Y no ayuda mucho que fuera él quien soltara el primer
puñetazo.
Por supuesto que era Deloux quien le estaba filtrando la historia a
la prensa. Seguro que lo había hecho el imbécil de Brody en
persona. Tenía muchísima experiencia en ese tipo de jugarretas.
—Violet —protestó el piloto—. Tú estabas ahí. Viste que…
—Will, lo que yo viera da igual. Yo solo digo cómo se percibe la
historia. Y ahora mismo parece que todo el mundo piensa que estás
enseñando tu verdadera cara.
Él resopló.
—Nunca, en toda mi vida, me he peleado con otro rival.
Antes del día anterior, ni siquiera había dado un puñetazo desde
que tenía trece años. Y, al igual que Brody, aquel gilipollas se lo
había ganado a pulso.
—La buena noticia, si es que la hay, es que la afición está
debatiendo en los comentarios y parece que las reacciones están
bastante divididas. Muchos de los seguidores de Lennox y los tuyos
propios han salido a defenderte, pero de momento nadie ha
cambiado de opinión. Si antes no les gustabas, ahora mucho menos.
—¿Qué pasa con los patrocinadores? —Paul miró a Simone.
Esta apretó las palmas de las manos contra la mesa de reuniones.
—Creo que he aplacado a Rally Fuel y Archer Autoparts. No están
demasiado asustados. Esta tarde me reúno con Compendium
Banking, Marchand Timepieces y Helix. A ver qué puedo hacer para
tranquilizarlos. —Se le fueron los ojos a Will por un segundo, pero
enseguida los apartó—. Velocity ya es otro tema.
El piloto contuvo un gruñido. Ya sabía las malas noticias de
Velocity. Esa tarde tenían una reunión de emergencia en Nueva York
para hablar sobre la cancelación de la nueva colección de ropa y la
posibilidad de dejar de patrocinarlo del todo. Personalmente, a él le
importaba una mierda que no volvieran a poner su nombre en unos
pantalones de chándal. Pero, una vez calmada su furia inicial, tenía
que reconocer que esa pérdida sería un golpe financiero fatal para
Lennox. Mira no se equivocaba en eso.
—¿Han echado el freno? —preguntó Connor.
—Eso aún está por ver. Es un acuerdo muy importante y lucrativo
para todos los implicados, así que tampoco quieren tirarlo todo por
la borda hasta que no decidan si Will será un lastre o no.
—Hasta ayer, todo lo que les ofrecía les parecía poco.
—Y entonces le diste una paliza a un compañero y estampaste el
coche contra un muro —dijo Simone—. Empezaste la temporada con
una reputación —el piloto empezó a protestar, pero ella habló por
encima de él—, merecida o no. Y sé que has ido por el buen camino
durante todos estos meses, pero no hace falta mucho para remover
viejas habladurías. En muchos frentes.
Se hizo un silencio tenso durante unos segundos mientras calaba
lo que quería decir en realidad. Se refería a Mira y a lo que ese
cabrón de McKnight le había hecho unos años antes. Pero así no era
como se estaba reflejando en la prensa. Violet le había enseñado
algunos de los artículos antes de la reunión y se había puesto
enfermo. A la pobre la retrataban como si fuera una groupie de la
Fórmula 1, una sirena que atraía a los incautos pilotos hasta su
guarida. Insinuaban que había flirteado con Brody, su examante,
hasta que Will, su rollo actual, se volvió loco de celos. Nadie había
mencionado el hecho de que el otro tenía treinta años y ella dieciséis
cuando estuvieron liados, o que él estaba comprometido y había
mentido al respecto. Sin embargo, como ya había vivido en sus
propias carnes, los hechos no importaban demasiado cuando los
medios de comunicación querían contar su propia historia.
Ya la habían arrastrado por el fango antes y estaba claro que no
tenía ninguna intención de volver a pasar por aquello, ni siquiera por
él. Al ver lo que ya estaban diciendo de ella, no podía culparla.
¿Quién tendría fuerza de voluntad para quedarse y enfrentarse a
todo ello de nuevo? Quizás Mira tuviera razón. Necesitaba alejarse
de aquel barullo y mantenerse al margen. Ya no por el bien de Will,
sino por el suyo.
—Vale —dijo el piloto, y golpeó la mesa con la mano buena—. Lo
entiendo. La he cagado. Decidme qué tengo que hacer para
arreglarlo. Sea lo que sea, lo haré.
—No es tan fácil, Will —respondió Simone—. No queremos
meternos en una guerra de difamación con Deloux.
—¿Y vamos a dejarles que digan lo que quieran de mí sin más, sin
que se echen atrás?
—No, vamos a contraatacar, con cuidado, con estrategia. Estamos
buscando un medio de comunicación que te haga una entrevista,
alguien que te sea favorable. Seremos cautos y discretos sobre lo
que dices y cómo lo dices. Dar demasiados detalles podría acabar
siendo algo desagradable o escabroso.
El chico leyó entre líneas. Había una forma de jugar a ese juego y
salir sin mancharse las manos. Podría lanzar a Mira a los leones,
como había hecho Brody, dejar que la prensa pensara que lo habían
seducido para que se metiera en líos por una mujer que no era de
fiar. Pero, a pesar de que esa era la salida fácil, ninguna de las
personas que estaban en esa sala querían eso, él menos que nadie.
Nunca le daría la espalda, aunque ella acabara de dejarlo. Puede
que McKnight les diera su cabeza en bandeja a los periodistas, pero
él nunca le haría eso. Jamás.
—Vale, me parece bien lo de la entrevista. Dime qué tengo que
decir y lo diré. Seré perfecto.
—Bien. —Aunque era una palabra afirmativa, Simone todavía tenía
una expresión adusta—. Hasta que se nos ocurra una estrategia,
tienes que pasar desapercibido. No le des a nadie ninguna razón
para hablar sobre ti. Que ni siquiera te pillen pidiendo un café.
¿Entendido?
La advertencia no era necesaria. Quizás en el pasado Will hubiera
gestionado las cosas corriéndose la juerga del año, pero aquellos
días habían quedado atrás. Ahora lo único que quería era arreglar la
situación.
—Hecho.
—A lo mejor te enviamos a Londres hasta que puedas volver a
pilotar, solo para evitar el escrutinio de la prensa que haya en el
circuito. —Simone lo miró desde el otro lado de la mesa—. ¿Eso te
supone un problema?
Volverse a Londres con el rabo entre las piernas le parecía mal,
era como si tuviera algo que esconder. Igual que dejar a Mira atrás
para que capeara sola el temporal. Pero ella había sido la primera
que se había alejado, ¿no? Lo único que él quería hacer desde el
principio era protegerla. Pero cuando había intentado hacerlo a su
modo, había provocado una reacción en cadena de desastres que los
había llevado a este punto. Así que a lo mejor necesitaba intentarlo
como ella quisiera. A lo mejor lo correcto era dejarla marchar. Por el
bien de Mira. Por el bien de todo el mundo. Se ponía enfermo solo
de imaginarlo, pero iba a tener que acostumbrarse, porque ella ya se
había ido, ¿verdad?
Simone lo miraba fijamente, esperando una respuesta.
Will tampoco tenía mucha elección. Él había empezado todo eso.
Tenía la responsabilidad de hacer lo que estuviera en su mano para
arreglarlo, por el bien de todos los que estaban en esa sala… Qué
demonios, por los cientos de empleados de Lennox que estaban allí
y en Inglaterra. Así que sí, se marcharía.
El primer impulso de Mira fue volver a Los Ángeles. Sabía que Violet
tenía razón y que todo el drama que la rodeaba solo empeoraría,
incluso si se mantenía alejada de Will. Pero ya le había hecho
bastante daño a su padre. No podía dejarlo en la estacada sin
asistente en medio de la temporada, como si no tuviese ya suficiente
encima.
Le ardían los ojos y se sentía mareada. Después de la ruptura de
la noche anterior, volvió a su habitación de hotel, cerró la puerta y
se desmoronó en el suelo. Lloró hasta que se quedó sin lágrimas. Y,
al día siguiente, lo único que quería era esconderse en la oscuridad y
seguir deshaciéndose en lágrimas. Pero le gustara o no, tenía un
trabajo con el que cumplir, así que había ido al circuito. Si se limitaba
a agachar la cabeza y dejarse el pellejo, todo pasaría. Ya lo había
conseguido una vez. Le funcionaría de nuevo. A lo mejor, si se
mantenía lo suficiente entretenida, no se vendría abajo, no iría a
buscar a Will y no le rogaría que la perdonara por lo que le había
hecho.
Aunque, de todos modos, él ya no estaba en Monza. Violet le
había dicho esa misma mañana que lo habían metido en un avión de
camino a Londres mientras esperaban a que se le curara la lesión y
pasara la tormenta mediática. Se había ido. Así, sin más. El dolor era
incesante. Tenía la terrible sensación de que lo había hecho mal, de
que estaba en un sueño retorcido, no en la realidad. Quizás el sueño
había sido la relación y aquella cosa horrible era con lo que se
quedaba ahora que se había despertado.
Fue al centro de recepción de visitas, con los ojos clavados en la
libreta, fingiendo que estaba centradísima en el trabajo. Si la gente
la miraba o cuchicheaba, ella no lo veía. No quería hacerlo.
Protegida entre la multitud, se deslizó dentro del edificio y fue hasta
la parte trasera, donde estaban las oficinas de recepción de
visitantes.
—Hola, Dom. Sé que es a última hora, pero me acaban de avisar
de que el jefe de Marchand Timepieces y su esposa han cogido un
avión para venir a la carrera. ¿Puedes conseguir unos pases VIP?
Dom, el asistente de recepción de visitantes, se retrepó en la silla
y sonrió.
—Pero bueno, si es Mira. ¿Dónde te has estado escondiendo?
Suponía que había sido demasiado ingenua al esperar que la
gente con la que trabajaba tuviera la suficiente delicadeza como
para no mencionar los rumores que hubieran escuchado.
—Tengo mucho lío hoy —respondió ella con una sonrisa falsa—.
¿Lo de los pases supone algún problema?
El otro se la quedó mirando unos segundos más, luego se giró
hacia el ordenador y tecleó un par de cosas. Cuando terminó, le
deslizó por encima del mostrador dos tarjetas con sus respectivos
cordeles. Ella fue a cogerlas, pero entonces él las retuvo.
—Te pediría uno de tus favorcillos, pero parece que solo se los
haces a los pilotos.
Se quedó helada y boquiabierta. Se puso roja de la rabia, la
mortificación o una mezcla de las dos. Conocía a ese tío. Llevaba
toda la temporada trabajando con él. Se habían hecho bromas y
habían charlado. ¿Y se creía que podía soltarle algo así?
Violet apareció de repente, le dio un manotazo a Dom en la mano
y se la apartó.
—Uno, no te debe ningún puto favor porque hagas tu trabajo, y
dos, ser piloto no tiene nada que ver. El problema es que eres un
puto gilipollas desgraciado. Y follas de pena, por lo que me han
contado.
El interpelado se puso rojo como un tomate, pero no dijo nada. La
de relaciones públicas sacó a su compañera de la oficina a rastras
mientras esta caminaba a trompicones detrás de ella, todavía
aturdida.
—No me puedo creer que me haya dicho eso.
—Es un idiota —gruñó su amiga.
—Dios, si la gente que me conoce va a creerse toda esa mierda…
—Mira cerró los ojos y sacudió la cabeza—. Nunca voy a salir de
esta. Debería volverme a Los Ángeles y ya. Al quedarme, estoy
empeorando las cosas.
Se le partía el corazón solo de pensar en irse, pero a lo mejor su
nombre estaba demasiado mancillado en el mundillo de la Fórmula
1. Quizás siempre llevaría la etiqueta de «esa zorra a la que le ponen
los pilotos malotes».
—Oye. —Violet se detuvo y se dio la vuelta para mirarla a la cara
—. No es culpa de nadie.
—No lo sé, tía. Si pasan cosas por ti, aunque no sean tu culpa,
quizás sigan siendo tu responsabilidad.
—Por eso has roto con él, ¿verdad? —dijo parpadeando—. Te
crees que lo estás salvando o algo.
—Es que es lo que estoy haciendo. Estar conmigo solo iba a
hacerle daño.
—Puede gestionarlo él solito. Ya lo ha hecho antes.
Ella sacudió la cabeza.
—No. Se ha esforzado muchísimo esta temporada como para
mandarlo todo a la mierda por mí. —La otra abrió la boca para
protestar, pero ella la interrumpió—. Lo único que estaba en mi
mano era quitarme de en medio, así que eso es lo que he hecho.
—Ten cuidado, Mira. No dejes que los demás decidan quién eres.
—No es eso lo que estoy haciendo. Solo intento…
—Hacer lo correcto. Ya, lo pillo. Pero no estoy del todo segura de
que sea esto. Escucha, tengo que irme. ¿Estás bien?
—Sí, no te preocupes. Gracias por salvarme de las garras de Dom.
Violet le dio un puñetazo flojo en el brazo.
—Cuando quieras, yo te ayudo a acabar con el patriarcado,
¿recuerdas?
Cuando Mira abrió la puerta del centro de mandos unos minutos
después, oyó la voz de su padre. No lo había visto desde la noche
anterior. Cuando llegó al circuito por la mañana, él estaba ocupado
apagando fuegos en esa reunión de emergencia en la que habían
decidido meter a Will en un avión para que volviera a Londres.
Ella también había estado evitando al jefe de equipo a propósito.
Sin embargo, sabía que se tendría que enfrentar a él en algún
momento y, al parecer, había llegado la hora.
Se armó de valor y echó un vistazo por la puerta abierta. Harry y
él estaban estudiando los monitores que grababan el circuito y
sumidos en un debate.
—Tae cree que Rikkard está en buena forma —dijo su padre—.
Tiene buenos tiempos en el simulador y también en las prácticas. A
lo mejor podríamos terminar la temporada con él si hiciera falta.
—Hawley va a volver antes del final de la temporada —refunfuñó
Harry—. Paul, el chaval es un portento y lo sabes.
Ay, Dios, estaban hablando de Will. Mira se encogió, pretendía irse
por donde había venido y esperar hasta que se hubieran marchado.
Pero el estallido de rabia de su padre hizo que se quedara clavada
en el sitio.
—Ya no estoy seguro de saber nada sobre él, Harry. Creía que
todas esas payasadas de hace tres años habían quedado atrás.
Confié en él. Y resulta que el cabrón sedujo a mi propia hija a mis
espaldas. Podría haber tenido a cualquier mujer y fue a por ella. ¿En
qué estaba pensando?
—Es una pena que sea un liante. Es el mejor piloto que he visto
en mi vida.
—Quizás nos arriesgamos demasiado con él, da igual todo el puto
talento que tenga. Tengo que pensar lo que es mejor para la
escudería, y a lo mejor ese chico ya no lo es.
Mira sintió el sudor frío que le caía por la nuca y se agarró al
marco de la puerta hasta que los nudillos se le pusieron blancos.
—Tú haz lo que te parezca correcto, Paul —dijo Harry con un
suspiro cansado—. Más vale que me vuelva al box. Los chicos están
hasta arriba ensamblando de nuevo el coche de Hawley.
Sin hacer ruido, Mira se apartó de la oficina y se escondió en la
esquina para esperar mientras el jefe de mecánicos se marchaba.
Sentía que no podía ni respirar. Alejarse del chico que le gustaba no
había solucionado nada. La gente había rellenado los huecos que
ella había dejado en su propia historia, sobre los dos, y todos se
equivocan. Unos años antes, se equivocaron con ella, y ahora se
equivocaban con Will. Su padre estaba a punto de abandonarlo,
pensaba lo peor de él.
Entró en la oficina sin hacer ruido. No había nadie más, solo Paul,
que miraba uno de los monitores, pensativo. La cámara mostraba el
garaje, donde los mecánicos estaban trabajando duro para reparar el
daño que había sufrido el monoplaza en el accidente. Pronto sería el
coche de Rikkard si no arreglaba aquello rápido.
—No fue a por mí.
Paul se dio la vuelta, sorprendido por encontrarla allí.
—¿Mira? ¿De qué estás hablando?
—Que Will no fue a por mí. Y no me sedujo. No es un depredador.
Se ha portado muy bien conmigo, ha sido amable y me ha apoyado.
Creo… —Tuvo que detenerse para coger aire, para que la voz dejara
de temblarle y para hacer acopio de fuerzas antes de soltar el resto
del discurso—: Creo que me quiere. Tienes una idea equivocada de
él.
Aquella situación no era como lo de Brody. No se había liado con
él por temeridad, por rebelarse. Se había enamorado de él por las
razones correctas. El único error que de verdad había cometido
había sido intentar ocultarlo, y todo porque no quería decepcionar a
su padre con chismes desagradables.
Y ahí estaba, destruyendo su propia felicidad por tranquilizarlo y,
en cierto modo, destruyendo el futuro del piloto. Todo porque tenía
miedo de perder definitivamente al hombre que le dio la vida.
Bueno, si querer a Will significaba perder a su padre, entonces iba a
tener que correr ese riesgo. Porque ya era hora de ponerse del lado
del hombre al que quería, y del suyo también.
Paul se la quedó mirando, primero escéptico y luego con cierta
tristeza.
—Si le importaras, no habría ocultado vuestra relación. Tú
deberías saberlo mejor que nadie llegados a este punto.
—Sí, ¡lo sé mejor que nadie! Y eso no es lo que pasó. Fui yo la
que no quería que se lo dijéramos a nadie y le pedí que
guardáramos el secreto porque me aterraba decepcionarte. Otra vez.
Paul dejó caer la cabeza hacia delante y se pellizcó el puente de la
nariz.
—Estoy decepcionado, Miranda. Creía que habías madurado y que
habías dejado esas tonterías atrás, pero aquí estás, liada con el peor
hombre que podrías haber elegido. Y mira el resultado. Después de
todos estos años, te ves arrastrada de nuevo a esta pesadilla,
después de haber conseguido dejarlo todo atrás.
Ella sacudió la cabeza firmemente.
—No. Él se ha visto arrastrado a esta pesadilla por mi culpa. ¡Ya
ves! Aquí estás, a punto de echarlo del equipo y ¡es por mí!
La voz del hombre resonó como un trueno en los pequeños
confines de la sala.
—¡Lo voy a echar porque es un lastre y un temerario! Se ha
peleado con McKnight por mi propia hija.
—¡Se lo tenía merecido! Si quieres enfadarte con alguien, que sea
con Brody. O conmigo por haberte mentido. Pero Will no ha hecho
nada para merecer tu rabia. Se ha dejado la piel durante tres años
para demostrar que vale, y lo sabes.
—Sí, es bueno, pero eso no es suficiente…
—¡Si quieres despedir a alguien, que sea a mí! Me lo he ganado,
¿no? Sé que te arrepientes de haberme contratado, porque, ¿ves?,
he demostrado que tenías razón. No puedes confiar en mí.
Paul echó la cabeza hacia atrás como si le hubiera golpeado y
abrió los ojos.
—Mira… Por supuesto que confío en ti.
—No, eso es mentira. No has confiado en mí desde que la cagué
hace siete años. ¿Crees que no lo veo cada vez que me miras? Lo
entiendo, de verdad que sí. Te arruiné la vida y tenías todas las
razones del mundo para enviarme de vuelta a casa…
—Yo no quería que te fueras. Pero parecía que lo mejor era que
estuvieras en casa, con tu madre…
—Yo quería estar aquí, contigo. Pero dijiste que debería volver a
Estados Unidos. Así que me fui. Y nunca volví porque tú nunca me
pediste que lo hiciera.
Con cada palabra, el rostro del hombre iba reflejando más
confusión y dolor.
—No pensé que quisieras volver y enfrentarte a todo esto de
nuevo. Verlo a él. Intentaba protegerte. ¿Creías que yo no quería
que estuvieras aquí?
—Dijiste que lamentabas haberme traído, papá. Créeme, eso es
algo que nunca olvidaré.
—Estaba enfadado, sí, pero no contigo. Lo estaba conmigo mismo.
No estaba… No iba a… —Paul se detuvo y respiró hondo—. Mira,
tienes que entender que… la paternidad no es algo que me salga de
manera natural. Y, como estabas tan lejos, no tenía mucha práctica.
Te estabas criando en Los Ángeles con tu madre y sentía que apenas
te conocía. Cuando empecé a traerte al circuito conmigo, por fin
sentí que era tu padre, como tenía que ser.
La rabia que había impulsado a su hija empezó a apagarse.
Después solo quedaban unas lágrimas temblorosas en los ojos por
culpa del torbellino emocional.
—Yo también sentía que era así. Me encantaba estar aquí contigo.
—Y a mí que estuvieras. Pero cuando pasó todo… el desastre con
McKnight… Dios, Mira. ¿Qué tipo de padre deja que su hija
adolescente merodee por ahí sola? Ese cabrón ni siquiera debería
haber podido acercarse a ti.
Parpadeó, confusa. Según lo que él decía, estaba clara la
verdadera razón que se ocultaba detrás de la rabia.
—Papá, no fue tu culpa. Fui yo la que se lio con Brody.
—Tú solo eras una cría. Y, además, te habían dejado sola
demasiado tiempo. Y eso sí que fue culpa mía. No debería haberte
traído al circuito, porque era yo quien no estaba preparado para
cuidar de ti como hacía falta.
—¿Por eso me enviaste de vuelta a casa?
—No fui un buen padre.
—Papá…, no era un bebé. Tenía dieciséis. Fui yo quien tomó esas
decisiones. A quien hay que culpar por eso es a mí, no a ti.
Su padre tenía una expresión de horror.
—Mira, dime que no te culpas a ti misma por lo que pasó con ese
bastardo.
—Había que pagar el precio de lo que hice. Lo entiendo. No pasa
nada. Comprendo por qué no podía quedarme. Siento que al fin me
dieras otra oportunidad y también te haya explotado en la cara, pero
yo…
—Vamos a dejar clara una cosa. Nunca te he culpado. Ni una sola
vez. Y no estaba enfadado contigo, sino con ese cabrón de Brody.
Esa era una rabia que nunca había sentido y dejé que se apoderara
de mí. No tuvo nada que ver contigo.
—Papá, sí.
—Yo decidí actuar como lo hice y, por tanto, eran mis propias
consecuencias. Y si te ha parecido que tenía recelos… Bueno, es que
estaba preocupado, eso es todo. No quería que te volviera a pasar lo
mismo. Y así ha sido…
Su hija sacudió la cabeza con energía y lo interrumpió:
—No es lo mismo, para nada. Ahora soy una persona adulta,
papá. Yo elegí a Will. Y no me arrepiento. Ni siquiera un poquito.
Puede que ahora mismo dudes de él, pero yo no. Es el mejor
hombre que conozco. Y eres tú quien le está haciendo pagar por
algo que no es culpa suya.
Paul suspiró y sacudió la cabeza.
—¿Y qué es lo correcto ahora, Mira? Estoy perdido. Creía que lo
había hecho bien hace siete años cuando te envié a casa con tu
madre, pero está claro que no. Pero si Hawley sigue en la escudería
va a ser problemático, para ti y para nosotros.
—No lo eches. El problema no es él.
El hombre le lanzó una mirada severa.
—Tú tampoco, así que ni te atrevas a insinuarlo.
—No, a lo mejor no, pero sí que soy la solución.
Todo el dolor y la rabia que había sentido durante las últimas
veinticuatro horas, durante los últimos siete años, por fin empezaron
a fusionarse en su mente para crear algo nuevo. Una resolución.
Algo que podría hacer para sentirse bien, para sentirse fuerte al fin.
—¿Qué quieres decir?
—Hace siete años, no manejé bien la situación. Dejé que las
mentiras que Brody había contado sobre mí parecieran verdad y,
desde entonces, llevo un ancla al cuello. He intentado vivir bajo una
historia que otra persona contó sobre mí. Esta vez no voy a hacer lo
mismo. Voy a contar la verdad. Siento si eso complica las cosas para
Lennox y para ti más de lo que ya están de por sí, pero tengo que
hacerlo. Si necesitas que me vaya de la escudería, lo entiendo, papá.
De verdad que sí.
Su padre la miró como si en realidad no la hubiera visto bien
desde hacía mucho tiempo, cosa que quizás fuera cierta. Ambos
habían estado empeñados en ver lo que no era. Él suspiró con
fuerza.
—No vas a irte a ninguna parte, Mira, ni tampoco Will.
La joven sintió tanto alivio que casi se le aflojaron las rodillas.
—Gracias, papá.
El hombre la estrechó contra sí para darle un abrazo fiero y
envolvente. La muchacha sintió que una parte de ella que había
estado herida, una que había estado años ocultando en la oscuridad,
por fin empezaba a sanar.
Después de la tan esperada conversación con su padre, Mira fue a
buscar a Violet. La carrera ya estaba en marcha, pero no le dio
tiempo de verla.
Su compañera estaba a las puertas del centro de prensa, mirando
el iPad con el ceño fruncido mientras pasaba páginas web.
—Violet, necesito otro favor.
—¿Llevo cerillas o una pala? —respondió la otra sin levantar la
cabeza.
—Ninguna de las dos cosas, espero. Tengo que contar una historia
y necesito a la persona adecuada para hacerlo.
Entonces su amiga se detuvo y sí que la miró.
—Eso suena serio.
—Sí. Voy a ser mala, así que a lo mejor no quieres ayudarme. No
pasa nada si decides mantenerte al margen.
La otra se apoyó contra la pared.
—Creo que lo mejor es que primero me cuentes el chisme y luego
ya decido qué hacemos.
Mira respiró hondo y tragó saliva con fuerza.
—Para eso quizás necesitamos una copa. ¿Sirven alcohol en el
centro de prensa?
La de relaciones públicas resopló y dijo:
—Esto es Italia.
Luego entró en el edificio y salió unos minutos después
sacudiendo una botella de vino.
—La he gorroneado de una caja que había al fondo. Lo siento, no
hay copas. Tendremos que beber a morro. Venga. Vamos a
sentarnos aquí atrás. Lo último que necesitamos ahora mismo es
más gente.
Se encaramó a unos escalones bajos de metal que había en la
parte trasera y bebió directamente de la botella.
—Una de las ventajas de Italia es que hasta estos vinos de mierda
que dan gratis son bastante buenos.
Le pasó la botella a su compañera, que le dio un buen trago.
—Bueno —empezó a decir Violet—, creo que ya he averiguado por
mí misma algunos de los puntos principales del cuento, pero me
imagino que no lo sé todo, ¿no?
Mira volvió a beber.
—Nop.
Entonces, por segunda vez en su vida, confió en alguien y se lo
contó todo, desde el principio hasta el amargo final.
—Me cago en todo —masculló su amiga cuando hubo terminado
su versión de los hechos. Entre las dos ya se habían pimplado media
botella—. Voy a castrar a ese hijo de la gran puta.
—Creo que tienes que ponerte a la cola.
—¿Sabes que ahora ni siquiera tiene al mismo equipo de
relaciones públicas? —comentó dibujando una expresión astuta.
—¿Quién? ¿Brody? ¿Y qué más da?
—A donde quiero llegar es que despidió al anterior. Y es
importante porque conozco al que lo llevaba. P. J. Anders. Me lo tiré.
—¿Qué?
Violet hizo un gesto de aburrimiento con la mano.
—No estamos hablando de eso.
—Entonces ¿de qué hablamos?
—Si Brody le ordenó a propósito que dejara por los suelos la
reputación de una cría de dieciséis años a la que había seducido, a
lo mejor está lo bastante resentido para rajar. O al menos para
ayudarme a sacar trapos sucios que lo dejen en peor lugar.
Mira sacudió la cabeza.
—No busco venganza.
—Habla por ti.
—Da igual. Yo solo quiero contar mi versión de la historia… en
algún sitio donde la gente la vea.
—Ya sabes que eso no va a cambiar la opinión de todo el mundo.
—Lo sé, pero estoy cansada de esconderme, de rezar para que
pase. Ya no es él quien domina la narrativa.
Violet asintió con un aire sabio.
—Conozco a la persona que necesitas. Escribe sobre Fórmula 1. Es
lista y la puta ama. Se asegurará de hacerlo bien.
—Es lo único que quiero.
—Espera. —Sacó el móvil y empezó a escribir un mensaje—.
Agárrate, que vienen curvas.

Unas horas después, ya estaba todo listo. Justo a la hora indicada,


alguien llamó a la puerta de la habitación de hotel de Mira.
—Aquí está. —Violet se levantó para abrirle la puerta a Alison
Rodgers mientras Mira se tragaba su propio miedo. Años. Llevaba
años escondiéndolo. Hasta ahora.
La de relaciones públicas acompañó a la periodista al interior e
hizo las presentaciones. Tenía treinta y pocos, llevaba unos vaqueros
y una chaqueta de cuero ajustada. Tenía un mechón plateado en el
pelo oscuro que la hacía parecer una estrella del rock de los años
setenta. A Mira le cayó bien desde el minuto uno. Durante un rato,
tuvieron una charla intrascendente y luego Alison se puso manos a
la obra.
—¿Estás segura de esto? —preguntó Violet.
Su amiga la miró y soltó una risa nerviosa.
—¿No? Pero lo voy a hacer de todos modos.
Sin duda, todavía estaba asustada, pero una vez que superó el
miedo, se sintió… empoderada. Por primera en vez en la vida, iba a
contar su versión de los hechos y todo el mundo iba a escucharla.
—Es una tía guay. Te lo prometo.
Mira asintió con la cabeza.
—¿Quieres que me quede?
La chica volvió a asentir. ¿Qué habría hecho sin Violet esa
temporada? Era incapaz de expresar lo agradecida que estaba por
tenerla de amiga. La cogió de la mano y se la apretó.
—Gracias.
—No hay de qué. Voy a disfrutar como una enana acabando con
ese gilipollas.
—No lo digo por Brody. Gracias por todo lo que has hecho por mí.
A lo mejor, si hubiera tenido a una persona como tú a mi lado hace
siete años, no habría sido tan estúpida de elegir a alguien como ese
idiota, para empezar. Gracias por ser mi amiga.
La otra hizo una mueca de incomodidad y sacudió las manos
delante de ella.
—Ya sabes que no se me dan bien las emociones humanas.
—Te prometo que no lo volveré a hacer.
Violet se encogió de hombros, incómoda, y le volvió a apretar la
mano.
—De nada.
—De acuerdo, Miranda —dijo Alison cuando empezó a grabar—,
¿por dónde quieres empezar?
La joven respiró hondo y lo repasó todo mentalmente.
—Bueno, supongo que todo empezó después de cumplir los
dieciséis…
Will iba en el asiento trasero del sedán negro. Miraba a través de los
cristales tintados mientras las escuderías se preparaban en el race
bay para la carrera. Era el día anterior al entrenamiento. Las cosas
parecían relativamente tranquilas, tan solo estaban los trabajadores
de la escudería y la prensa. Hawley no hacía más que escanearlo
todo en busca de Mira. Tae le había dicho que no se había vuelto a
Estados Unidos, lo cual era un gran alivio, a pesar de que eso
tampoco cambiaba nada entre ellos. Aun así, ella estaba en alguna
parte. Y eso era lo único que importaba. No se había ido para
siempre. Aún.
No la había visto ni había sabido nada de ella desde la noche en el
hospital. Ni por llamada ni por mensaje. Cuando cortaba, cortaba de
verdad. Por lo menos todavía le quedaban las carreras. El pulgar se
le había curado enseguida, a tiempo para llegar a Austria. Había
perdido muchísimos puntos al saltarse la carrera de Monza, pero
todavía quedaba suficiente temporada por delante. Podía aspirar al
campeonato si todo iba bien. Aún podía ganar.
Pero aquello ya no le aceleraba el corazón como tres meses antes.
¿Quién iba a saber que enamorarse cambiaría tanto todo lo demás?
Al estar con ella, todas las victorias le habían sabido más dulces.
Ahora, en el mejor de los casos, el campeonato del mundo sería el
premio de consolación, ya que lo que quería de verdad estaba fuera
de su alcance.
La última mañana que pasaron juntos, aunque no supiera que lo
sería, le había dado un beso de despedida al marcharse de su
habitación. Pero las palabras se le habían quedado en la punta de la
lengua. «Te quiero».
No se lo había dicho, y ahora imaginaba que nunca se lo diría.
Aunque no importaba que nunca se lo hubiera confesado. Su
corazón le seguía perteneciendo a ella, daba igual que lo hubiera
dejado. Eso no se lo había esperado. Al parecer, cuando te
enamoras, te quedas ahí, aunque la otra persona se haya marchado.
Un agente de seguridad con un traje negro le tocó la ventanilla y
le abrió la puerta.
—La rueda de prensa es por aquí, señor Hawley.
Las conferencias con los periodistas eran obligatorias antes de
cada carrera, pero le daba la impresión de que esa era como
enfrentarse al pelotón de fusilamiento. Le resultaría imposible
ignorar la tormenta de mierda mediática que había conseguido
esquivar del todo durante la última semana. Simone les habría
indicado a los periodistas que se ciñeran a la carrera, pero era
inevitable que alguien preguntara por Brody… o por Mira. Suspiró
para sacar paciencia, energía y una sonrisa de donde fuera. Solo
tenía que dar una rueda de prensa, luego podría esconderse de
nuevo hasta las prácticas del día siguiente.
Cuando bajó del vehículo, Violet lo estaba esperando. Llevaba un
traje negro y parecía tan adusta como una ministra de luto.
—¿Te has metido en internet desde que has llegado? —le
preguntó sin preámbulos.
Antes de que despegara hacia Londres, Simone le había
recomendado que se mantuviera al margen de las páginas de los
periódicos y de las redes sociales, ya que las cosas estaban «en su
punto más volátil», según dijo. Él había acatado sus órdenes más
que feliz, así que se había pasado la última semana entrenando en el
gimnasio que tenía montado en casa y viendo carreras antiguas en
internet.
—Hola, Will. Bienvenido de nuevo. ¿Cómo estás? —preguntó él
con tono sarcástico—. Bien, Violet. ¿Qué tal estás tú?
La chica entornó los ojos y le tendió el iPad.
—Tienes que leer esto antes de meterte ahí dentro.
—De verdad, no me hace falta ver otra historia sobre que soy un
imbécil cachondo, gracias.
Ella le pegó la tablet al pecho.
—Que lo leas.
Suspiró, aceptó el dispositivo y le echó un ojo al artículo que
aparecía en pantalla. Se le paró el corazón. No llegó a leerlo todo,
pero no le hacía falta. Las partes importantes saltaron de la pantalla.

… una tenía dieciséis, y el otro, treinta. Te preguntaría cuál de los dos debería haber sido
más sensato. Puedo asegurarte que no era yo…
… a quien acabaron sancionando fue a mi padre. Nunca me lo perdonaré, pero
tampoco lo culpo por haber ido a por Brody…

Mira había hablado con la prensa. Ay, Dios. Bueno, había hecho algo
más. Había sacado a la luz la historia truculenta que había ocurrido
siete años antes y lo había contado todo con pelos y señales. Había
aireado sus secretos, su pasado, su corazón y su alma para que esa
periodista se lo contara a todo el mundo.
Entonces llegó al último párrafo.

… esta vez, las acciones de Brody han afectado al hombre al que quiero, por eso estoy
contando mi versión de los hechos…

Aturdido, lo leyó y lo releyó hasta que las palabras se le


emborronaron en la pantalla por culpa de las lágrimas.
—¿Por qué lo ha hecho?
—No lo sé. A lo mejor porque estaba harta de que la prensa dijera
que es una guarra. O quizás porque sigue siendo una persona noble
e intenta limpiar tu nombre. O las dos cosas. En cualquier caso, se
ha publicado esta mañana. Así que, como puedes imaginarte, esa
manada de lobos que te espera ahí dentro está frenética y…
—¿Dónde está?
—Evitando a las bestias, sin duda.
—Violet.
—Creo que está en el box, pero…
—Tengo que irme.
—Pero ¡tienes una rueda de prensa!
—No puedo. Diles que se lean el artículo y que vayan a hacerle las
putas preguntas a Brody por una vez en su vida.
—¡Will!
Sin embargo, no oyó el resto de la protesta que la de relaciones
públicas soltó a gritos. Ya estaba empujando al personal de
seguridad, esquivando los camiones, saltando por montones de
cables y escalando la barricada de vallas de acero para llegar al box
de Lennox.
Los trabajadores se detuvieron para mirarlo sin pestañear cuando
pasó corriendo. Algunos lo llamaron preocupados, pero no se
entretuvo a dar explicaciones. Tampoco podía darlas, porque no
sabía exactamente qué estaba pasando, aunque estaba decidido a
averiguarlo.
La encontró en el box, de pie entre los coches de Lennox, con
Harry. Estaba garabateando algo en la libreta mientras el hombre le
daba instrucciones. Pero se quedó callado al ver al piloto, que por fin
se detuvo con la respiración entrecortada.
—¿Will? ¿Pasa algo? —preguntó.
Todos los mecánicos también dejaron lo que estaban haciendo
para ver lo que pasaba.
La asistente ejecutiva también se dio la vuelta y abrió los ojos
como platos al verlo. Volver a encontrarse después de haber pasado
una semana miserable sin ella era como coger aire tras haber estado
demasiado tiempo bajo el agua.
—No estoy seguro —le respondió el piloto al hombre sin apartar la
vista del rostro de la chica—. ¿Me das un minuto, Harry?
—Claro, Will. ¿Cuál es el problema?
Ahora sí que lo miró y le lanzó una mirada que esperaba que
supiera interpretar.
—Quiero decir con Mira. A solas.
El jefe de mecánicos frunció el ceño y pasó la mirada de la
muchacha al piloto, como si se planteara discutírselo. Entonces se
giró para dirigirse a los demás:
—¡Dejad de mirar embobados y poneos a currar! —les ladró antes
de salir del garaje como un vendaval.
Todos los ojos se centraron en otra cosa de inmediato.
—He leído la entrevista —dijo el chico, no se andaba por las
ramas.
—Oh.
—Mira, ¿por qué lo has hecho?
Ella suspiró y se pasó la mano por el pelo suelto. Dios, cómo había
echado de menos ese pelo. De ella, lo había echado todo de menos.
Desde los hoyuelos hasta los tobillos, desde el modo en que se
mordía el labio cuando estaba nerviosa a la forma en que susurraba
su nombre cuando estaba a punto de correrse.
—Estaba cansada de ocultarlo, así que lo he sacado todo a la luz.
Si van a juzgarme, al menos que sepan la verdad. Mi versión, por
una vez.
A Will le dolía el pecho con una mezcla de orgullo y dolor. Había
que ser muy valiente para hacerlo. Temeraria, quizás, pero valiente
al fin y al cabo.
—Sabes que alguna gente va a seguir pensando lo peor, da igual
lo que hagas, ¿no? Lo digo por experiencia.
A ella se le escapó una carcajada.
—Ah, ya lo sé. Lee los comentarios si quieres echarle un vistazo a
lo peor de la humanidad. Pero también ha habido personas que han
sido muy amables. Unas cuantas se han puesto en contacto conmigo
para asegurarse de que estoy bien, y hay muchas que piensan que
Brody es un saco de mierda. Y todavía hay más que creen que está
más que justificado que le dieras una patada en el culo. Así que
misión cumplida, supongo.
Él sacudió la cabeza.
—No, Mira. Nunca habría querido que te expusieras de este modo
por mí. No está bien.
En realidad, se sentía fatal al pensar que lo había hecho por él.
Desde que le había contado toda la historia en Austin, había querido
protegerla para que nadie le hiciera más daño. Y ahora, por su
culpa, ella se había ofrecido a la prensa en bandeja como si fuera
alguna especie de sacrificio.
—No lo he hecho por ti. Bueno, no solo por ti. Al fin y al cabo, se
trataba de mí. Me he pasado toda la vida avergonzada, actuando
como si fuera verdad todo lo que dijeron de mí hace siete años. Pero
ya estoy harta de creer que soy así y de disculparme por algo que
no hice.
—Nunca debería haber sido así.
Ella bajó la mirada al suelo de cemento, a un parche que estaba
por delante de sus pies, y se colocó el pelo detrás de la oreja.
—¿Has leído toda la entrevista?
—Sí.
—Entonces, sabes lo que digo al final. Sobre ti.
A Will le dolía el corazón, pero esta vez no era de pena. Unos
meses antes, ese sentimiento le habría asustado, pero ya no. Había
aprendido que merecía la pena arriesgarse por amor…, que merecía
la pena arriesgarse por Mira.
Avanzó hacia delante, hasta que sus pies quedaron a unos
centímetros de los de ella.
—¿La parte en la que decías que me querías?
Ella levantó la cabeza y asintió, los ojos le brillaban por culpa de
las lágrimas.
—Creía que estaba haciendo lo correcto, que te estaba
protegiendo. Pero ahora sé que solo estaba huyendo, como siempre
he hecho. Siento haberte dejado.
Will sentía que se le había hecho un nudo en la garganta. Hasta
ese momento, no se había dado cuenta de lo desesperado que
estaba por escucharla decir esas palabras.
—Ya no estoy asustada —añadió ella.
Parpadeó y una lágrima se le escapó de entre las pestañas
húmedas y se le deslizó por la mejilla. Él se la secó y extendió la
palma por su mejilla.
—Bien. Porque no había tenido la oportunidad de decirte que yo
también te quiero. —Le envolvió el rostro con las manos y dio otro
paso al frente para eliminar el espacio que los separaba—. Parece
que ya no puedo vivir sin ti.
Mira le sonrió y Will pensó que se pasaría el resto de su vida
mirando a esos ojos azules.
—Dios, sí que hay algo peor que tú siendo un idiota arrogante: tú
siendo un romántico empedernido.
Él sonrió.
—Sabes que te encanta.
—Sí —murmuró ella.
—Ahora voy a besarte.
—Estamos en medio del box. Alguien podría vernos.
Él se inclinó, hasta que sus labios quedaron a un suspiro de
distancia de los suyos.
—¿A quién le importa? Que miren. Porque este va a ser de los
buenos.
Hacía una hora que se había puesto el sol. Todavía hacía un calor
infernal, pero Mira no se habría refugiado en el confort del aire
acondicionado de las oficinas ni aunque su vida hubiera dependido
de ello. Se quedó detrás de su padre, junto al circuito, viendo la
carrera por encima de su hombro en el montón de pantallas que
había dispuestas. A su espalda, casi todos los integrantes de la
escudería Lennox observaban los monitores sin despegar los ojos,
embelesados, sumidos en un silencio ansioso.
Al lado de su padre, Harry mordisqueaba uno de esos palitos de
plásticos para remover el café. De vez en cuando, Paul hablaba por
radio para consultar algo con los dos ingenieros de carrera o con el
equipo de estrategia, pero sobre todo miraba fijamente la telemetría,
sin moverse, como si deseara meterse dentro de la pantalla.
Fuera, en el asfalto, cuando llevaban una hora de carrera, el
campeonato de Will todavía pendía de un hilo. A pesar de los puntos
que había perdido en Monza, había vuelto con fuerza en las
siguientes pruebas, pero seguía atascado en el segundo puesto.
Había sido el primero en la clasificación, consiguió la pole position.
Pero la caja de cambios le falló al final del día, así que tuvieron que
cambiársela de improviso. Eso le había costado una penalización que
lo relegó al quinto puesto, lo que suponía una desventaja desde el
principio. Pilotaba con maestría, luchando como un animal, igual que
todos sus contrincantes, pues era la última carrera de la temporada.
Al final, quizás dar lo mejor de sí mismo no era suficiente para ser el
mejor.
Incluso si no ganaba el campeonato del mundo, esta temporada
ya había sido un éxito sin precedentes para Lennox. Hacía dos
carreras que se había asegurado los puntos suficientes para
conseguir el mundial de constructores por tener el mejor coche. Era
un triunfo para todos. Aquella carrera había empezado con Matteo
en el séptimo puesto, y Will, en el segundo. Nadie podría discutírselo
con esos resultados.
Pero Mira se moría de ganas de que consiguiera el campeonato
del mundo. Se lo merecía. Después del incidente con Brody, que casi
había puesto en peligro toda su temporada, se había abierto camino
a lo más alto con uñas y dientes. Casi lo tenía. Solo le faltaban cinco
puntos.
Violet se detuvo a su lado.
—Bueno, ya he preparado champán suficiente para llenar una
piscina. O celebramos una victoria o ahogamos las penas. ¿Qué
parece que va a ser?
Su amiga, nerviosa, se dio unos golpecitos en el labio inferior con
dos dedos. Estaba viendo el elegante coche azul tomar una curva de
una forma muy brusca, iba justo detrás de otro monoplaza.
—Quedan siete vueltas. Acaba de pillar a René Denis, pero Liam
O’Neill sigue por delante de él.
El francés, el actual campeón del mundo, había empezado la
temporada con fuerza, pero Liam había sido toda una sorpresa.
Había subido en la clasificación y lo había adelantado mientras todo
el mundo estaba pendiente de Will. Y, cuando este no pudo competir
en Monza, se alzó como líder de la temporada.
—Ajá.
La intervención poco elocuente de Violet reflejaba el estado de
ánimo de todos los presentes. Por culpa de la penalización, su piloto
favorito había empezado en sexto lugar. Incluso aunque hubiera
conseguido ponerse tercero, necesitaba ganar la carrera para
llevarse el campeonato. Tenían que pedirle lo imposible para
adelantar a René y a Liam.
Daba igual, se dijo Mira. Will era joven. Le quedaban muchos años
por delante, así que tendría muchas más oportunidades de ganar. Si
no era ese año, sería al siguiente. Le habría demostrado a todo el
mundo del motor que ya era un campeón, consiguiera o no esa
victoria.
Pero esos pensamientos no le impedían querer que ganara. Lo
deseaba con todas sus fuerzas.

Will estaba tan cerca de la victoria que casi podía saborearla. A


pesar de la penalización, había empezado muy bien. Había sido
implacable y se había hecho hueco en el pódium. Tenía el
campeonato del mundo al alcance de la mano, estaba cerquísima y,
sin embargo, sentía que se le escapaba. Había adelantado a René y
ahora era Liam O’Neill el único que se interponía entre el triunfo y él.
Por delante, la caja de cambios de su contrincante se burlaba de
él conforme iban cubriendo las vueltas. Cuando se acercaba a la
quinta curva, Tae le dio las buenas noticias:
—Quedan cuatro vueltas. Recuerda: tienes el camino despejado,
puedes adelantarlo en cualquier momento de aquí hasta el final de
la carrera.
Genial. Pero ¿cuándo iba a hacerlo? Porque la ventaja que tenía
no era ilimitada. Si le hacía un divebomb clásico en la curva seis, le
podría dar a Liam la oportunidad de adelantarlo en la salida de la
vuelta siete. Y, aunque lograra mantenerlo a raya, el DRS en la curva
nueve sería fatal para las posibilidades de Will. Aún peor, le drenaría
la batería y perdería tiempo mientras se recargaba. Así que, en el
mejor de los casos, tenía dos oportunidades de conseguirlo antes de
quedarse sin tiempo. Mientras trazaba la curva cinco, tan despacio
que dolía, vio que el coche de su rival ya estaba saliendo; era una
señal clara de que estaba dándolo todo por llegar al límite. Era hora
de tenderle una trampa.
—Creo que me estoy quedando sin neumáticos. Estoy empezando
a perder la parte posterior —dijo por radio.
—Afirmativo —respondió Tae, que había pillado la mentirijilla al
vuelo—. Vamos a intentar un lift and coast en la vuelta seis, levanta
el pie del acelerador y deja que el coche desacelere antes de pisar el
freno.
Todos los que estaban en el circuito seguían las transmisiones de
radio, así que Liam y su equipo acababan de escuchar aquello. Pero,
en realidad, no había ninguna regla que impidiera tirarse un farol.
Activó el DRS en la larga bajada hacia la curva seis. Cuando se
acercaron a la zona de frenado, O’Neill frenó un par de metros antes
de lo que se esperaría. Estaba claro que su escudería había picado el
anzuelo y estaban en modo «llegar a casa de una pieza». Habían
caído en la trampa.
Will se dirigió hacia la curva a toda la velocidad que el coche podía
aguantar, usando el agarre que acababa de decirle a su ingeniero de
carrera que sus neumáticos no tenían. Liam, que contaba con los
neumáticos gastados de su contrincante, se quedó atascado. Se vio
forzado a salirse del trazado al entrar en la curva seis y comprometió
su salida de la curva siete. Pero, como iba por dentro, pudo
mantener la ventaja, que era justo lo que el piloto de Lennox quería.
De momento.
—¿Te parece bien que adelante ya? —Sabía la respuesta, pero
rezó por que Tae siguiera entendiendo lo que intentaba hacer.
—Mejor esperar hasta que falten dos vueltas para el final, motor
once, posición seis —dijo el otro, que estaba metidísimo en el farol.
Era hora de jugársela.
Cuando Will empezó a acortar la distancia que lo separaba de
O’Neill, se movió ligeramente hacia el interior. Una vez más, su rival
picó el anzuelo y se movió al interior para defender su posición. El
de Lennox fingió que lo seguía para que el anzuelo se le clavara más
y, cuando estaba entrando en la curva a toda velocidad, cambió al
exterior rápido y lo adelantó como un rayo. No le dio tiempo a Liam
para que se saliera un poco y lo bloqueara.
Pero el espectáculo todavía no había terminado. Aunque había
encerrado a su rival en el exterior, estaba luchando por su vida en el
exterior, esforzándose por mantenerse sobre el asfalto. Liam seguía
ahí, a su izquierda. Pero si podía aguantar esa vuelta, lo tendría.
Cuando empezaba a temer que le había pedido demasiado al coche,
ya estaba hecho. La recta se extendía delante de él y solo tenía que
acelerar, apretar el botón de adelantar que había estado reservando
para ese momento y pisar a fondo el pedal.
—¡Lo tienes! —le gritó Tae al oído mientras empezaba a sacarle el
morro a su contrincante.
Era una sensación maravillosa, pero no había terminado. Tenía
que retener a O’Neill y aumentar la ventaja todo lo que pudiera en
las próximas vueltas. Se la había colado al otro piloto, pero el truco
no le volvería a funcionar. Y contaba con que el coche de Liam
estuviera destrozado, a no ser que este también se la estuviera
colando.
—Quedan tres vueltas —dijo el ingeniero de carrera—. Creo que
les debes un par de gayumbos nuevos a todos los que están en el
muro de boxes.
—Que me pasen una lista de su color favorito. ¿Cómo voy para lo
que falta?
—Vas bien de combustible para acabar.
—¿Cuánto le saco?
—Uno punto cuatro.
Poco más de un segundo y todavía quedaban tres vueltas.
El otro estaba demasiado cerca como para relajarse.
De repente, el jefe de equipo los interrumpió en el canal.
—Un trabajo estelar, hijo, pero vamos a volver a casa de una
pieza.
Oh, ¿ahora lo llamaba «hijo»? Paul se había relajado mucho desde
la pesadilla que había sido Monza, pero seguía incómodo cuando
algo le recordaba que su piloto tenía una relación con su hija. A lo
mejor, si ganaba hoy, sus últimas reservas desaparecían por arte de
magia.
—Que manden champán a mi habitación.
—Eso es lo que yo quería escuchar de mi campeón del mundo.
A duras penas, Will contuvo a Liam durante otra vuelta. El cabrón
seguía pisándole los talones y aún podría adelantarlo en la última
vuelta. Era hora de hacer que eso fuera imposible.
—¿Distancia? —le preguntó a Tae.
—Uno punto siete.
Eso estaba mejor, pero no era lo suficientemente bueno para él. Al
entrar en la recta, se abrió con el coche y lo dio todo. Tenía el mejor
monoplaza que había sobre el asfalto, sin duda alguna, y lo iba a
demostrar. Se centró en controlar la velocidad mientras el ingeniero
de carrera le ladraba tiempos al oído.
—Te voy a recordar una cosa, tío —dijo Tae—. No necesitamos el
punto de la vuelta más rápida.
—Sí lo necesitamos —contestó él con los dientes apretados.
Ese día pensaba dejárselo todo en el asfalto. Todo lo que los
neumáticos pudieran darle, hasta la última gota de combustible, el
último retazo de fuerza que le quedara en el cuerpo. Entonces,
mientras apretaba la mandíbula para superar el último complejo de
curvas, con la cabeza todavía pensando en la presión de los
neumáticos, en la temperatura de los frenos y en la presión
hidráulica, salió de la curva seis y, de repente, ahí estaba, ondeando
delante de él, cubriendo todo su campo de visión: la bandera de
cuadros.
Victoria.
Acababa de ganar el campeonato del mundo.

Mira apenas era consciente de los gritos, de que Natalia la besó en


la mejilla antes de que Paul la estrechara entre sus brazos, de que
Violet le chillaba al oído y que le pasó los brazos por el cuello. El
paddock de Lennox era un gallinero.
Primero, Will tenía que dar las vueltas obligatorias de la victoria.
Quemar las ruedas y lanzar una cortina de humo mientras los
fanáticos de las carreras gritaban a modo de enhorabuena. Pero, al
final, el personal apartó las barricadas y el elegante monoplaza azul
se acercó a la multitud que lo esperaba. Lo rodearon como un
enjambre. Un ejército de mecánicos y personal del pit crew corrió
para sacarlo del coche. Todo el mundo gritaba y se reía. Al final, el
piloto sacó la cabeza entre la multitud. Tenía el pelo empapado de
sudor y despeinado de haberse arrancado el balaclava de un tirón.
Como si no hubiera nadie más en el paddock, fue directo a buscar a
su chica. Sonrió de oreja a oreja, triunfante, cuando sus ojos se
encontraron.
—Ve —le dijo Violet a su amiga, y la empujó entre la
muchedumbre hacia él—. Toda esa gente se la trae al pairo, solo
quiere verte a ti.
Entonces ella se abrió paso entre los trabajadores, hasta que
parecieron darse cuenta de que estaba ahí y se echaron atrás para
dejarla pasar. Will estaba de pie en el asiento del monoplaza, con el
casco todavía colgado de la mano derecha. Estiró el otro brazo hacia
ella, que plantó un pie en el borde del coche y dejó que la levantara,
hasta que se quedó a su lado y él le rodeó la cintura con el brazo.
Mira le tocó la cara enrojecida.
—Estoy muy orgullosa de ti, Will. Has ganado. —Su voz apenas se
oía por culpa del escándalo, que cada vez era más intenso.
Él resplandecía por el triunfo y ella sentía que el corazón estaba a
punto de entrarle en combustión espontánea. Le lanzó una sonrisa
privada, algo íntimo que no tenía nada que ver con hacerse con el
pódium ganador. Él le apretó las mejillas y dijo:
—Sí, he ganado… Hemos ganado.
Y ella supo que no estaba hablando ni de la escudería ni de la
carrera. Ella tampoco se refería a eso cuando le contestó:
—Sí, hemos ganado.
ONETAHI, TAHITÍ

Mira tenía los ojos cerrados, pero sentía la luz moteada del sol
bailoteando sobre sus párpados. En la distancia, oía el suave
murmullo de las olas del mar. La brisa cálida olía a salobre y a las
flores típicas de la zona, que florecían en la jungla que rodeaba la
villa privada. El agua fría le cubrió los hombros y el pecho cuando
apoyó la cabeza contra el borde de la piscina. Perfecto. Ese lugar, ahí
mismo, era el más perfecto de la tierra. Bueno, lo sería si Will lo
estuviera disfrutando con ella.
—Lo digo en serio, Jem. Si no eres tú, me largo… Ajá… Bueno,
pues que se ponga. Yo mismo se lo diré al viejo…
La joven abrió un ojo y se giró en el agua. Su chico caminaba de
un extremo a otro, justo al otro lado de la puerta corrediza del
edificio. Tenía el móvil pegado a la oreja y solo llevaba puestos unos
pantalones cortos anchos. En realidad, aquello sí que era perfecto.
—Ed está de acuerdo conmigo, Jem —continuó—. Tú eres la que
tiene coco.
Tras la victoria en el campeonato del mundo, el acuerdo con
Velocity resultó ser más lucrativo que antes, así que el piloto había
decidido invertir una parte del dinero en Hawley & Sons para
mantener el negocio a flote.
Pero aquella financiación implicaba unas condiciones. A saber, que
su padre dejara que Jemima se encargara de la expansión y de la
diversificación necesarias para seguir siendo competitivos. Hacía
poco que Mira había pasado un par de noches en Londres con ella y
sin duda creía que era una jugada inteligente.
Will se adentró en la villa, ahora las olas amortiguaban su voz.
Mira cerró los ojos y se dejó bañar por la gloriosa sensación del sol
en sus hombros. Entonces, lo oyó despedirse de Jem.
—¿Vas a venir? —lo llamó—. El agua no puede estar más perfecta.
—Ya voy —respondió él a gritos.
Salió unos segundos después con una botella de Moët y dos
flautas de champán.
—¿Y eso?
—No estoy del todo seguro si es algo digno de celebrar, pero,
después de toda mi vida evitándolo, oficialmente soy socio de
Hawley & Sons.
—Pues claro que es para brindar, como mínimo, porque lo haces
con tus propias condiciones.
Will sonrió mientras descorchaba la botella
—El viejo está que se sube por las paredes, pero sí, acepta mis
condiciones.
Sirvió el champán, le pasó una copa a su chica y brindaron.
—Enhorabuena por entrar en el mundo de las finanzas
internacionales, señor Hawley. Ahora ven a la piscina para que
pueda hacerte cochinadas.
—Soy todo tuyo.
Se metió en el agua a su lado, ella se movió hasta colocarse en su
regazo y le pasó las manos por el cuello.
Él le metió los dedos por el pelo mojado.
—Ven aquí y bésame. Hace una hora que no te toco y estoy
desesperado.
Mira se inclinó e hizo lo que le pidió. Fue un beso lento y
exquisito, porque les quedaban cuatro días en el paraíso sin nada
más que hacer, salvo disfrutar el uno del otro. Pensaba tirárselo en
la piscina. Quizás luego bajarían a la playa privada y, por la noche, lo
harían de nuevo en esa cama con dosel envuelta en tul que le daba
un aire tan romántico.
Will se movió bajo ella, y sintió que se le ponía dura. Él solo tuvo
que deslizarle una mano por la espalda y empezó a deshacerle las
tiras del bikini. Entonces, sonó el teléfono que Mira había dejado a
los pies de la chaise longue, junto a la piscina.
Él gruñó y apoyó la cabeza en el hombro de la chica.
—Seré rápida —le susurró esta al oído.
Sí, la temporada había terminado, pero había que empezar la
siguiente. En la fábrica de Lennox llevaban trabajando en el coche
del año siguiente desde mediados de año. Y, como solo faltaban
cuatro meses para las pruebas, iban a toda máquina para terminarlo
cuanto antes. No era el mejor momento para haberse marchado,
pero si no se cogían vacaciones entonces, no podrían volver a
hacerlo hasta el siguiente invierno.
Mira salió de la piscina, cogió el teléfono del borde del cojín de la
tumbona y respondió sin ni siquiera mirar la pantalla.
—Escucha, esta semana me mudo a la nueva oficina, pero van a
empezar a pintar la antigua justo después de las vacaciones. Así que
vas a tener que trabajar en el despacho de tu padre hasta que
acaben.
—Hola, Pen. —Miró a Will, que entornó los ojos y se sumergió en
el agua.
Tras dar a luz, la anterior asistente ejecutiva decidió que no podía
estar fuera de casa durante tantos meses seguidos, así que pidió el
traslado a otro departamento, lo cual le permitía trabajar a jornada
completa en la fábrica. Mira estaba emocionadísima, ya que su padre
le había ofrecido el puesto permanente de asistente.
Fue entonces cuando Natalia organizó una cena con ellos y con
Will para que su padre pudiera empezar a hacerse a la idea de que
era el novio de su hija. Al principio, no le había gustado un pelo,
pues seguía teniendo miedo de que su niña acabara herida, pero,
cuando el joven le declaró que estaba enamorado de ella mientras
tomaban los aperitivos, Paul se ablandó. Quizás también tenía algo
que ver que el trofeo del campeonato del mundo estuviera en un
lugar honorífico en la fábrica de Lennox.
Mira se evadió un poco mientras Pen divagaba sobre todo lo que
tenía que pasar durante la transición. Entonces sintió que su novio
se colocaba detrás de ella, aún sumergido en el agua. Se mordió el
labio cuando él le subió la mano por las costillas hasta la teta.
Entonces, sacó la cabeza del agua y se apoyó contra su espalda.
—No hagas ruido —le susurró al oído. Con la otra mano, le bajó la
braga del bikini—. Voy a hacerte…
—Oye, Pen, ¡tengo que irme! —le soltó ella atropellada al teléfono
—. Envíame esa lista por correo y mañana te llamo. ¡Dale a Toby un
beso de mi parte!
Colgó la llamada y se agarró al borde de la piscina con la mano
libre mientras Will la acariciaba entre los labios húmedos.
El teléfono volvió a sonar.
—Dámelo —dijo él—. Le diré a Pen que te has ahogado.
Ella miró la pantalla y respondió:
—Hola, mamá.
En menos de un segundo, Will se apartó hasta el otro borde de la
piscina infinita.
—¡Hola, mi niña! —saludó su madre—. Una cosa, venís el día
veinte, ¿verdad?
—Sip. Aterrizamos en Los Ángeles a las seis.
El chico cogió agua con las manos y se la salpicó a la cara. Luego
se recostó en el borde de la piscina y se quedó mirando el cielo azul.
—Genial. Iré yo a recogeros.
—No, no hace falta. Will va a coger un coche de alquiler.
—Bueno, avísame si necesitas algo antes de que vengáis. Ah, oye,
¿lo has visto?
—¿El qué?
—Deloux por fin ha largado a ese mierdecilla.
Después de ignorar las carreras durante veinte años, ahora su
madre seguía las noticias de la Fórmula 1 de manera obsesiva.
Bueno, seguía una historia en concreto: la destrucción de la carrera
de Brody McKnight. Mira no había pretendido que su entrevista fuera
un arma, pero al parecer ese era el efecto que había provocado.
Cuando la noticia salió a la luz, los patrocinadores de Brody también
salieron, pero por patas, uno a uno. A nadie le sorprendía que sin
ellos Deloux hubiera cortado lazos con el piloto. Y sin
patrocinadores, le resultaría imposible volver a hacerse un hueco en
el mundo de la Fórmula 1. Era tóxico y ahora todo el mundo lo
sabía. Violet se había dejado el pellejo para que todas las cosas
turbias que ese tío había hecho tuvieran la máxima atención de la
prensa, y había unas cuantas…
—A mí ya no me preocupa lo que le pase.
—Para eso están las madres, cariño. Ahora me interesa a mí.
Estoy disfrutando hasta el último segundo.
Su hija se rio.
—Violet también. Llámala, así podréis rajar juntas. Oye, mamá,
¿puedo llamarte más tarde? Estábamos saliendo a comer.
—Por supuesto, cariño. ¡Te quiero!
Mira volvió a lanzar el móvil a la tumbona y se giró hacia Will.
—Bueno, ¿por dónde íbamos?
Cuando se fueran de Tahití, volarían directos a Los Ángeles para
pasar las Navidades con su madre. Aprovecharía para recoger el
resto de sus cosas y mudarse de manera permanente a Chilton-on-
Stour. Su novio acababa de firmar un nuevo contrato con Lennox, así
que también quería comprarse una casa. Durante el vuelo a Tahití,
no hacía más que enseñarle anuncios para dejar caer con muy poca
sutileza que esperaba que se fuera a vivir con él. Ella también lo
esperaba.
Mira se inclinó y le besó la comisura de la boca.
—Ya he acabado —le susurró.
Él entrecerró los ojos y le puso las manos en las caderas.
—Bien, porque pensaba tirarme al mar si el siguiente era tu padre.
Ella le dio un beso en el cuello, luego le mordisqueó el lóbulo de la
oreja.
—Se acabaron las llamadas. Estamos solos tú y yo.
—Me gusta cómo suena.
La chica levantó la cabeza y lo miró a la cara. Sus ojos se
encontraron y ella volvió a sentir aquella estampida de amor que la
sobrecogía: amor por su paciencia, por lidiar con su pasado y con las
complejidades que acarreaba estar con ella; amor por su
generosidad, por hacer que las personas que eran importantes para
ella lo fueran, además para él; amor por su pasión, porque
despertaba la de ella también, una pasión que casi había ahogado. Y
lo quería porque él la quería a ella, por estrecharla con tanta fuerza
contra su corazón mientras la abrazaba.
Le puso las manos en las mejillas y miró esos ojos azules que la
habían poseído desde la primera vez que se cruzaron con los suyos.
—Te quiero, Will. Te quiero muchísimo.
Esa sonrisa dulce y maravillosa que se le dibujó en el rostro era un
gesto que solo ella veía. Era la sonrisa que ponía cuando la miraba.
—Yo también te quiero. No sabía que podía querer tanto a alguien
hasta que te conocí.
Había momentos en los que a Mira le parecía que todo era
demasiado bueno para ser verdad; sentía más felicidad de la que
nunca se había atrevido a esperar. Pero quizás ya no hacía falta que
siguiera deseando nada. A lo mejor, su futuro feliz ya se estaba
entremezclando con aquel presente maravilloso. Lo único que tenía
que hacer era seguir viviendo y ver hacia dónde la llevaba. Hacia
dónde los llevaba, a los dos, porque Will iba a estar a su lado en
todo momento.
Mi marido, Matthew Ragsdale, siempre ha sido mi mayor apoyo, mi
animador personal y mi asistente de investigación sin sueldo, pero
literalmente no podría haber escrito este libro sin él. Se encargó de
informarse sobre accidentes en las carreras, me explicó los
pormenores de la ingeniería automovilística con palabras que
pudiera entender y ni una sola vez perdió los nervios cuando lo
interrumpí una y otra vez para preguntarle sobre pequeños detalles
de la Fórmula 1. Este libro es tan suyo como mío. Gracias, Matt.
Estoy agradecidísima por la ayuda de Bradley Philpot, piloto de
carreras profesional, que se aseguró de que la jerga fuera correcta.
Si hay algún error es mío, no de él.
Muchísimas gracias a todo el equipo del pódcast Missed Apex,
sobre todo a Richard «Spanners» Ready, Chris Stevens, Kyle Power,
Alex «Jeansy» Vangeen, Steve Amey y también a Matthew
Somerfield de [Link], Dan Drury aka «Engine Mode 11»,
Scott Tuffey, Jules Seegers, Hannah Hassall y Antonia Rankin.
Gracias a todos vosotros, la Fórmula 1 se ha convertido en una parte
muy importante de nuestra vida y la razón por la que decidí escribir
al respecto.
Anne Forlines es desde hace doce años la primera en leer mis
libros y su papel fue crucial para que este saliera a la luz. ¡Gracias
por la amistad y el apoyo, Anne!
La fobia a los tentáculos de Mira es cortesía de mi buen amigo
Rocky Cataudella. El miedo es real. Te lo aseguro.
Dedicarse a escribir puede ser un largo camino pedregoso, pero
ayuda tener amigos con los que desahogarse cuando la cosa se
pone difícil. Gracias a Micki Knop, Sara Dariotis, Lucy Smythe,
Jennifer Pickard, Sue Bartelt, Jennifer DiMaio y Adele Buck por estar
ahí para apoyarme durante este viaje.
Gracias a Hayley Wagreich, Sierra Stovall, Nicole Otto y a todo el
equipo de Zando Projects por elegir este libro para inaugurar
Slowburn. Es un honor ser parte de esto.
Y le debo también un gracias enorme a mi agente, Rebecca
Strauss. Este libro jamás habría existido sin ese correo que me envió
justo a tiempo al pensar en mi carrera cuando yo no pensaba en mí
misma. ¡Gracias por tu guía profesional y por todo el apoyo que me
has dado a lo largo de este viaje!
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