El Rey del Frío
Aleksandr Afanásiev
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Biblioteca digital abierta
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Texto núm. 1075
Título: El Rey del Frío
Autor: Aleksandr Afanásiev
Etiquetas: Cuento infantil
Editor: Edu Robsy
Fecha de creación: 15 de agosto de 2016
Edita [Link]
Maison Carrée
c/ Ramal, 48
07730 Alayor - Menorca
Islas Baleares
España
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El Rey del Frío
Érase que se era un viejo que vivía con su mujer, también anciana, y con
sus tres hijas, la mayor de las cuales era hijastra de aquélla. Como sucede
casi siempre, la madrastra no dejaba nunca en paz a la pobre muchacha y
la regañaba constantemente por cualquier pretexto.
—¡Qué perezosa y sucia eres! ¿Dónde pusiste la escoba? ¿Qué has
hecho de la badila? ¡Qué sucio está este suelo!
Y, sin embargo, Marfutka podía servir muy bien de modelo, pues, además
de linda, era muy trabajadora y modesta. Se levantaba al amanecer, iba en
busca de leña y de agua, encendía la lumbre, barría, daba de comer al
ganado y se esforzaba en agradar a su madrastra, soportando
pacientemente cuantos reproches, siempre injustos, le hacía. Sólo cuando
ya no podía más se sentaba en un rincón, donde se consolaba llorando.
Sus hermanas, con el ejemplo que recibían de su madre, le dirigían
frecuentes insultos y la mortificaban grandemente; acostumbraban a
levantarse tarde, se lavaban con el agua que Marfutka había preparado
para sí y se secaban con su toalla limpia. Después de haber comido es
cuando solían ponerse a trabajar.
El viejo se compadecía de su hija mayor, pero no sabía cómo intervenir en
su favor, pues su mujer, que era la que mandaba en aquella casa, no le
permitía nunca dar su opinión.
Las hijas fueron creciendo, llegaron a la edad de buscarles marido, y los
ancianos calculaban el modo de casarlas lo mejor posible. El padre
deseaba que las tres tuviesen acierto en la elección; pero la madre sólo
pensaba en sus dos hijas y no en la hijastra. Un día se le ocurrió una idea
perversa, y dijo a su marido:
—Oye, viejo, ya es hora de que casemos a Marfutka, pues pienso que
mientras ella no se case tal vez suceda que las niñas pierdan un buen
partido; así es que nos tenemos que deshacer de ella casándola lo antes
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posible.
—¡Bien! —dijo el marido, echándose sobre la estufa.
Entonces la vieja continuó:
—Yo ya le tengo elegido un novio; así es que mañana te levantarás al
amanecer, engancharás el caballo al trineo y partirás con Marfutka; pero
no te diré dónde debes ir hasta que llegue el momento de marchar.
Luego, dirigiéndose a su hijastra, le habló así:
—Y tú, hijita querida, meterás todas tus cosas en tu baulito y te vestirás
con tus mejores galas, pues tienes que acompañar a tu padre a una visita.
Al día siguiente Marfutka se levantó al amanecer, se lavó cuidadosamente,
recitó sus oraciones, saludó al padre y a la madre, puso lo poco que tenía
en el pequeño baúl y se engalanó con su mejor vestido. Resultaba una
novia hermosísima.
El viejo, cuando hubo enganchado el caballo al trineo, lo puso ante la
puerta de la cabaña y dijo:
—Ya está todo listo; y tú, Marfutka, ¿estás también preparada?
—Sí, estoy pronta, padre mío.
—Bien —dijo la madrastra—; ahora es preciso que coman.
El anciano padre, lleno de asombro, pensó: «¿Por qué se sentirá hoy tan
generosa la vieja?»
Cuando terminaba la colación, dijo la esposa al asombrado viejo y a su
hijastra:
—Te he desposado, Marfutka, con el Rey del Frío. No es un novio joven ni
apuesto, pero es, en cambio, riquísimo, y ¿qué más puedes desear? Con
el tiempo llegarás a quererlo.
El anciano dejó caer la cuchara, que aún tenía en la mano, y con los ojos
llenos de espanto miró suplicante a su mujer.
—Por Dios, mujer —lo dijo—. ¿Perdiste el juicio?
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—No sirve ya que protestes; ¡está decidido, y basta! ¿No es acaso un
novio rico? Pues entonces, ¿de qué quejarse? Todos los abetos, pinos y
abedules los tiene cubiertos de plata. No tendrán que andar mucho; irán
directamente hasta la primera bifurcación del camino, luego tirarán hacia la
derecha, entrarán en el bosque, y cuando hayan corrido unas cuantas
leguas verán un pino altísimo y allí quedará depositada Marfutka. Fíjate
bien en el sitio que te digo para no olvidarlo, pues mañana volverás para
hacerle una visita a la recién casada. ¡Ánimo, pues! Es preciso que no
pierdan tiempo.
Era un invierno crudísimo el de aquel año; cubrían la tierra enormes
montones de nieve helada y los pájaros caían muertos de frío cuando
intentaban volar. El desesperado viejo abandonó el banco en que estaba
sentado, acomodó en el trineo el equipaje de su hija, mandando a ésta que
se abrigara bien con la pelliza, y al fin se pusieron los dos en camino.
Cuando llegaron al bosque se internaron en él. Era un bosque frondoso, y
tan espeso que parecía infranqueable. Al llegar bajo el altísimo pino
hicieron alto, y el viejo dijo a su hija:
—Baja, hija mía.
Marfutka lo obedeció y su padre descargó del trineo el baulito, que puso al
pie del árbol. Hizo que su hija se sentara sobre él y dijo:
—Espera aquí a tu prometido y acógelo cariñosamente.
Se despidieron y el padre volvió a tomar el camino de su casa.
La pobre niña, al quedar sola al pie del altísimo pino, sentada sobre su
baúl, sintió gran tristeza. Al poco rato empezó a tiritar, pues hacía un frío
intensísimo que la iba invadiendo poco a poco. De pronto oyó allá a lo
lejos al Rey del Frío, que hacía gemir al bosque saltando de un abeto a
otro. Por fin llegó hasta el pino altísimo, y al descubrir a Marfutka le dijo:
—Doncellita, ¿tienes frío? ¿Tienes frío, hermosa?
—No, no tengo frío, abuelito —contestó la infeliz muchacha, mientras daba
diente con diente.
El Rey del Frío fue descendiendo, haciendo gemir al pino más y más, y ya
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muy cerca de Marfutka volvió a preguntarle:
—Doncellita, ¿tienes frío? ¿Tienes frío, hermosa?
Y la pobrecita niña no le pudo responder porque ya empezaba a quedarse
helada.
Entonces el rey sintió gran compasión por ella y la arropó bien con abrigos
de pieles y le prodigó mil caricias. Luego le regaló un cofrecillo en el que
había mil prendas lujosas y de valor, un capote forrado de raso y
muchísimas piedras preciosas.
—Me conmoviste, niña, con tu docilidad y paciencia.
La perversa madrastra se levantó con el alba y se puso a freír buñuelos
para celebrar la muerte de Marfutka.
—Ahora —dijo a su marido— vete a felicitar a los recién casados.
El viejo, pacientemente, enganchó el caballo al trineo y se marchó.
Cuando llegó al pie del pino no daba crédito a sus ojos: Marfutka estaba
sentada sobre el baúl, como la dejó la víspera, sólo que muy contenta y
abrigada con un precioso abrigo de pieles; adornaba sus orejas con
magníficos pendientes y a su lado se veía un soberbio cofre de plata
repujada.
Cargó el viejo todo este tesoro en el trineo, hizo subir en él a su hija y,
sentándose a su vez, arreó al caballo camino de su cabaña.
Mientras tanto, la vieja, que seguía su tarea de freír buñuelos, sintió que el
Perrillo ladraba debajo del banco:
—¡Guau! ¡Guau! Marfutka viene cargada de tesoros.
Se incomodó la vieja al oírlo, y la rabia le hizo coger un leño, que tiró al
can.
—¡Mientes, maldito! El viejo trae solamente los huesecitos de Marfutka.
Al fin se sintió llegar al trineo y la vieja se apresuró a salir a la puerta.
Quedó asombrada. Marfutka venía más hermosa que nunca, sentada junto
a su padre y ataviada ricamente. Junto a sí traía el cofre de plata que
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encerraba los regalos del Rey del Frío.
La madrastra disimuló su rabia, acogiendo con muestras de alegría y
cariño a la muchacha, y la invitó a entrar en la cabaña, haciéndola sentar
en el sitio de honor, debajo de las imágenes.
Sus dos hermanas sintieron gran envidia al ver los ricos presentes que le
había hecho el Rey del Frío, y pidieron a su madre que las llevara al
bosque para hacer una visita a tan espléndido señor.
—También nos regalará a nosotras —dijeron—, pues somos tan hermosas
o más que Marfutka.
A la siguiente mañana la madre dio de comer a sus hijas, hizo que se
vistieran con sus mejores vestidos y preparó todas las cosas necesarias
para el viaje. Se despidieron ellas de su madre y, acompañadas del viejo,
partieron hacia el mismo sitio donde quedara la víspera su hermana
mayor. Y allí, bajo el pino altísimo, las dejó su padre.
Sentáronse las dos jóvenes una junto a otra, decididas a esperar y
entretenidas en calcular las enormes riquezas del Rey del Frío. Llevaban
bonísimos abrigos; pero, no obstante, empezaron a sentir mucho frío.
—¿Dónde se habrá metido ese rey? —dijo una de ellas—. Si continuamos
así mucho rato llegaremos a helarnos.
—¿Y qué vamos a hacer? —dijo la otra—. ¿Te figuras tú que novios del
rango del Rey del Frío se apresuran por ir a ver a sus prometidas? Y a
propósito: ¿a quién crees tú que elegirá, a ti o a mí?
—Desde luego creo que a mí, porque soy la mayor.
—No, te engañas; me escogerá a mí.
—¡Serás tonta!
Se enzarzaron de palabras y concluyeron por reñir seriamente. Y riñeron,
riñeron, hasta que de repente oyeron al Rey del Frío, que hacía gemir al
bosque saltando de un abeto a otro.
Enmudecieron las jóvenes y sintieron al fin sobre el pino altísimo a su
presunto prometido, que les decía:
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—Doncellitas, doncellitas, ¿tienen frío? ¿Tienen frío, hermosas?
—¡Oh, sí, abuelo! Sentimos demasiado frío. ¡Un frío enorme! Esperándote,
casi nos hemos quedado heladas. ¿Dónde te metiste para no llegar hasta
ahora?
Descendió un tanto el Rey del Frío, haciendo gemir más y más al pino, y
volvió a preguntarles:
—Doncellitas, doncellitas, ¿tienen frío? ¿Tienen frío, hermosas?
—¡Vete allá, viejo estúpido! Nos tienes medio heladas y todavía nos
preguntas si tenemos frío. ¡Vaya! ¡Mira que venir encima con burlas!
Danos de una vez los regalos o nos marcharemos inmediatamente de aquí.
Bajó entonces el Rey del Frío hasta el mismo suelo e insistió en la
pregunta:
—Doncellitas, doncellitas, ¿tienen frío? ¿Tienen frío, hermosas?
Sintieron tal ira las hijas de la vieja, que ni siquiera se dignaron contestarle,
y entonces el rey sintió también enojo y las aventó de tal modo que las
jóvenes quedaron yertas en la misma actitud violenta que tenían; y todavía
el Rey del Frío esparció sobre ellas gran cantidad de escarcha, alejándose
por fin del bosque, saltando de un abeto a otro y haciendo gemir las ramas
de los árboles bajo su agudo soplo…
Al día siguiente dijo la mujer a su esposo:
—¡Anda, hombre! Engancha de una vez el trineo, pon gran cantidad de
heno y lleva contigo la mejor manta, pues con seguridad que mis hijitas
tendrán mucho frío. ¿No ves el tiempo que está haciendo? ¡Anda! ¡Ve de
prisa!
El anciano hizo todo lo que le decía su mujer y marchó en busca de las
hijas. Al llegar al sitio del bosque donde quedaron las doncellas levantó las
manos al cielo con gesto desesperado y lleno de estupor; sus dos hijas
estaban muertas, sentadas al pie del altísimo pino. Fue preciso levantarlas
para depositarlas en el trineo y dirigirse a casa.
Entretanto la vieja preparaba una comida suculenta para regalar a sus
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hijas; pero el Perrito ladró esta vez de nuevo bajo el banco de este modo:
—¡Guau! ¡Guau! Viene el viejo, pero sólo trae los huesecitos de tus hijas.
La mujer, encolerizada, le tiró un leño.
—¡Mientes, maldito! El viejo viene con nuestras hijas y traen además el
trineo cargado de tesoros.
Por fin llegó el anciano, y salió la esposa a recibirle; pero quedó como
petrificada: sus dos hijas venían yertas tendidas sobre el trineo.
—¿Qué hiciste, viejo idiota? —le dijo—. ¿Qué hiciste con mis hijas, con
nuestras niñas adoradas? ¿Es que quieres que te golpee con el hurgón?
—¡Qué quieres que le hagamos, mujer! —contestó el viejo con
desesperado acento—. Todos hemos tenido la culpa: ellas, las infelices,
por haber sentido envidia y deseo de riquezas; tú, por no haberlas
disuadido, y yo he pecado siempre dejándote hacer cuanto te vino en
gana. Ahora ya no tiene remedio.
Se desesperó y lloró la mujer con lágrimas de amargura y se rebeló contra
el marido; pero el tiempo mitigó penas y rencores y al final hicieron las
paces. Y desde entonces fue menos despiadada con Marfutka, la que
pasado algún tiempo se casó con un buen mozo, bailando los dos
ancianos el día del desposorio.
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Aleksandr Afanásiev
Aleksandr Nikoláyevich Afanásiev (????????? ?????????? ?????????;
Boguchar, Vorónezh, 29 de junio - Moscú, 11 de octubre) fue el mayor de
los folcloristas rusos de la época, y el primero en editar volúmenes de
cuentos de tradición eslava que se habían perdido a lo largo de los siglos.
Afanásiev tuvo que realizar un duro trabajo de recopilación, ya que los
cuentos eslavos, al igual que los celtas irlandeses, no se dejaron por
escrito, eran exclusivamente de tradición oral. Hecho agravado por las
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reformas del zar Pedro I el Grande, que dejó de lado la Rusia tradicional
ortodoxo-eslava para introducir en las frías estepas el código de vida
europeo. Los boyardos fueron sustituidos por los duques y marqueses y el
lenguaje ruso se vio reducido a las clases media-baja de la sociedad rusa,
pasando la nobleza a hablar en francés.
Fue educado en Vorónezh y cursó estudios de derecho en la Universidad
de Moscú, donde descubrió a los escritores Konstantín Kavelin y Timoféi
Granovski. Su primer trabajo fue el de profesor de historia antigua, pero
fue despedido por una falsa acusación de Sergéi Uvárov, otro escritor de
la época.
Fue entonces cuando dedicó su vida al periodismo, escribiendo sus
artículos sobre los principales escritores rusos del siglo pasado, algunos
nombres tan célebres como Nikolái Novikov, Denís Fonvizin y Antioj
Kantemir.
Fue en 1850 cuando Afanásiev se dedicó enteramente a su pasión de
folclorista de la llamada Vieja Rusia, recorrió provincias enteras obteniendo
relatos de todas partes de Moscovia. Sus primeros artículos causaron gran
impresión en la escuela mitológica rusa de aquella época. Sus principales
fuentes fueron los cuentos de la Sociedad Geográfica de Rusia y algunas
contribuciones de Vladímir Dal.
Afanásiev murió pobre, desahauciado en Rusia. Sus obras no fueron
publicadas allí debido a su amistad con Herzen. Murió de tuberculosis,
obligado a vender su librería personal a la edad de 45 años.
La obra de Afanásiev consta de un total de 680 cuentos tradicionales rusos
recogidos en ocho volúmenes que realizó de 1855 a 1863, algunos tan
conocidos como Basilisa la Hermosa, La leyenda de Márya Morevna o El
soldado y la muerte.
Sus principales artículos periodísticos mitológicos fueron "Los brujos y las
brujas", "Exorcismo eslavo" (Sortilegio eslavo) y "Leyendas paganas
acerca de la isla Buyán".
Realizó importantes estudios como historiador e investigador literario como
el Domovói (1850), Concepciones poéticas de los eslavos sobre la
naturaleza,su trabajo fundamental en 3 volúmenes que realizó de 1865 a
1869, e Historia de los cosacos (1871).
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Fue miembro de la Academia de Geografía rusa desde 1852. Esta
organización fue la impulsora de la publicación de sus volúmenes de
cuentos.
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