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Agroindustrialización en Países en Desarrollo

El capítulo analiza la agroindustrialización en países en desarrollo, destacando sus beneficios y desafíos, así como su impacto en la cadena de suministro agroalimentaria. Se define el sector agroindustrial y se exploran las tendencias que impulsan su evolución, incluyendo cambios en la demanda, avances tecnológicos y la coexistencia de sectores formales e informales. Además, se subraya la importancia de la calidad y la inocuidad alimentaria en un contexto de liberalización del comercio y competencia creciente.
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Agroindustrialización en Países en Desarrollo

El capítulo analiza la agroindustrialización en países en desarrollo, destacando sus beneficios y desafíos, así como su impacto en la cadena de suministro agroalimentaria. Se define el sector agroindustrial y se exploran las tendencias que impulsan su evolución, incluyendo cambios en la demanda, avances tecnológicos y la coexistencia de sectores formales e informales. Además, se subraya la importancia de la calidad y la inocuidad alimentaria en un contexto de liberalización del comercio y competencia creciente.
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Capítulo 2

Planteamiento de un caso político para las agroindustrias y


agronegocios en los países en desarrollo

INTRODUCCIÓN

Uno de los cambios más profundos que se han producido en la economía agroalimentaria de
los países en desarrollo es la aparición de empresas agroindustriales como parte de procesos
más amplios de desarrollo agroempresarial. A su vez, la transformación del agroprocesamiento
del sector informal al sector formal conlleva implicaciones clave para los participantes a lo largo
de toda la cadena de abastecimiento, desde los que participan en actividades agrícolas,
pesqueras y forestales, pasando por los comerciantes y minoristas de alimentos, hasta llegar al
consumidor final. La agroindustrialización presenta valiosas oportunidades y beneficios para los
países en desarrollo, en términos de procesos globales de industrialización y de desarrollo
económico, rendimiento de las exportaciones, inocuidad y calidad alimentarias. Al mismo
tiempo, sin embargo, existen efectos potencialmente adversos para quienes participan en las
empresas de agroprocesamiento del sector informal, puesto que los procesos de
agroindustrialización deben ir a la par con los procesos globales de reestructuración
económica. Es más, las agroindustrias están cambiando a nivel mundial por lo que no solo
presentan nuevas oportunidades, sino también nuevos desafíos para los países en desarrollo,
lo que sugiere que la futura trayectoria de la agroindustrialización será algo diferente a la del
pasado.

El objetivo de este capítulo es explorar el caso político para la agroindustrialización en los


países en desarrollo, destacando los posibles beneficios, las áreas en las que es necesario ir
con cuidado y aquellas en las que ciertas acciones fundamentales pueden conducir este
proceso por el camino más beneficioso. Para ello, el capítulo aborda cuatro preguntas clave:

ƒ ¿Cuáles son las características del sector agroindustrial?


ƒ ¿Cómo avanzan los procesos de agroindustrialización y qué impulsan?
ƒ ¿Qué impacto tiene la agroindustrialización en los países en desarrollo?
ƒ ¿Cuáles son los desafíos para los países en desarrollo en cuanto a la promoción de la
agroindustrialización con el fin de obtener el máximo beneficio?

Los puntos clave están ilustrados con ejemplos y datos. El capítulo concluye señalando las
áreas significativas donde se requieren medidas para garantizar que los procesos de
agroindustrialización avancen sin obstáculos en los países en desarrollo y de manera que se
logre una máxima contribución para los procesos globales de desarrollo económico e
industrialización.
NATURALEZA DEL SECTOR AGROINDUSTRIAL

El sector agroindustrial se define aquí como el subconjunto del sector manufacturero que
procesa materias primas y productos intermedios agrícolas, forestales y pesqueros. De este
modo, el sector agroindustrial incluye fabricantes de alimentos, bebidas y tabaco, textiles y
prendas de vestir, muebles y productos de madera, papel, productos de papel e impresión,
además de caucho y productos de caucho, como indica la FAO (1997). A su vez, la
agroindustria forma parte del concepto más amplio de agronegocio, que incluye proveedores de
insumos para los sectores agrícola, pesquero y forestal, además de distribuidores de alimentos
y de productos no alimentarios procedentes de la agroindustria.

La mayor parte de la producción agrícola, pesquera y forestal pasa por algún tipo de
transformación durante el tiempo que transcurre entre la salida de la explotación y su uso final.
Desde el comienzo, esta transformación destaca el papel clave que desempeña la
agroindustria en las cadenas de abastecimiento. Al mismo tiempo, los cometidos de la
agroindustria cambian con el tiempo y, dado que las tecnologías trascienden en las industrias
(por ejemplo, la biotecnología), la diferencia con otros sectores es cada vez menos clara. Por
otra parte, las agroindustrias utilizan cada vez más insumos que tradicionalmente no habían
utilizado, mientras que el resto de las industrias están comenzando a utilizar materias primas
procedentes de la agricultura, la pesca y la silvicultura.

La característica clave que define al sector agroindustrial es la naturaleza perecedera de las


materias primas que emplea, la oferta y calidad de las cuales pueden variar significativamente
con el tiempo. Dadas las condiciones de incertidumbre de la oferta de materias primas, puede
resultar difícil planificar los procesos de transformación y producción y lograr economías de
escala, especialmente cuando hay parámetros de calidad muy específicos (por ejemplo,
enlatado de frutas y hortalizas). De esta manera, las agroindustrias tienen una motivación para
participar en la producción primaria (como en los sistemas de plantación) o para desarrollar
relaciones de abastecimiento a largo plazo con los productores, con el objetivo de mejorar la
eficiencia en la producción, garantizar una oferta fiable, promover la adopción de variedades
que se adapten mejor a las operaciones de procesamiento, etc.

El procesamiento de productos alimentarios, especialmente en el contexto de los países en


desarrollo, implica generalmente una gama relativamente reducida de tecnologías que no
difieren demasiado por categoría de producto. En la mayoría de los casos, el nivel de valor
añadido es relativamente limitado, por lo que las materias primas representan una parte
significativa de los precios del producto final. Por el contrario, en la elaboración de productos
agroindustriales no alimentarios se utiliza una gran variedad de materias primas, aunque
existen diversos usos finales del producto. El nivel de transformación que se lleva a cabo en el
sector agroindustrial no alimentario suele ser considerable, por lo que el nivel de valor añadido
es alto y las materias primas representan una proporción menor del precio del producto final.
Es más, generalmente se emplea una gran variedad de tecnologías, tanto en las categorías de
productos agroindustriales no alimentarios como entre categorías. Sin embargo, en los
subsectores agroindustriales alimentarios y no alimentarios, existe una tendencia hacia
mayores niveles de transformación y adición de valor, además de hacia la utilización de
tecnologías más avanzadas.

Si bien se reconocen las amplias características de las agroindustrias alimentarias y no


alimentarias en los países en desarrollo mencionadas anteriormente, los procesos asociados
pueden ir desde la artesanía hasta procesos industriales, en sectores informales y formales. Es
más, dentro del subsector de cualquier producto (por ejemplo, la molienda de granos o la
fabricación de papel) es posible observar diversas tecnologías que operan a la par. Además,
puede haber interconexiones significativas entre las empresas que emplean bajos niveles de
tecnología, especialmente en el sector informal, y aquellas que emplean tecnologías más
avanzadas, especialmente en el sector formal. Ejemplos de ello son la subcontratación de
funciones particulares o la manipulación de subproductos y desechos procedentes de los
procesos de elaboración. Esto indica que se pueden producir relaciones potencialmente
significativas y complejas entre las diversas formas de negocio y en los sectores informal y
formal, lo que también vincula a las agroindustrias con otros sectores.

La coexistencia de los sectores informal y formal es quizás una de las características distintivas
clave del sector agroindustrial en los países en desarrollo. Si bien las cuentas nacionales de la
mayoría de los países ignoran en gran medida las actividades económicas del sector informal,
en la mayoría de los países ingresos bajos, el agroprocesamiento informal o local continúa
siendo importante. Es más, la «informalidad» puede considerarse la norma en el sector
agroindustrial, con algunas empresas en el sector formal que representan una fracción
relativamente pequeña de la utilización de materias primas agrícolas, pesqueras y forestales,
adición de valor y empleo (Sautier et al., 2006). Sin embargo, el sector informal representa por
sí mismo un conjunto altamente transitorio de empresas, con tasas de cierre que van de un 9 a
un 10 % anual (Mead, 1994; Mead y Liedholm, 1998). Es más, en muchos casos es difícil
incluso definir como empresas las actividades informales de agroprocesamiento; con frecuencia
las personas suelen participar en múltiples actividades de negocio que pueden cambiar de una
temporada a otra, e incluso en el mismo día. Como veremos, más que representar la creación
de nuevas empresas e industrias, el desarrollo del sector formal agroindustrial representa una
transición de la «informalidad» a la «formalidad», como forma de negocio predominante y modo
de organización de la industria. En este contexto, es necesario analizar las consecuencias
económicas de la evolución de las agroindustrias en los países en desarrollo.

EVOLUCIÓN DEL SECTOR AGROINDUSTRIAL

Desde principios de la década de 1990, muchos países en desarrollo han sufrido un rápido
proceso de agroindustrialización caracterizado por el establecimiento de empresas privadas y
del sector formal en una selección cada vez mayor de sectores alimentarios y no alimentarios.
Sin embargo, para comprender la naturaleza y las consecuencias de esta evolución, es
necesario efectuar un análisis en el contexto de una reestructuración más amplia del complejo
agroempresarial en su totalidad. Con respecto a este tema, podemos citar tres grandes
conjuntos de cambios (Reardon, 2007). En primer lugar, el aumento de las actividades de
agroprocesamiento, distribución y abastecimiento de insumos agrícolas fuera de la explotación
que realizan las empresas agroindustriales. En segundo lugar, cambios institucionales o de
organización en las relaciones entre empresas agroindustriales y productores primarios (por
ejemplo, mayores niveles de integración vertical). En tercer lugar, cambios en el sector de
producción primaria en términos de composición del producto, tecnología, estructuras
sectoriales y de mercado, etc. (Reardon y Barrett, 2000). De esta manera, podemos observar
que el crecimiento del sector agroindustrial ha sido parte esencial de los profundos cambios en
todo el trazado en que se estructura y organiza el complejo agroalimentarios. Esto indica, a su
vez, la existencia de impactos en los actores en todos los niveles de la cadena de
abastecimiento, desde la producción primaria hasta el consumo. La estructura desarrollada por
Reardon y Barrett (2000) ofrece una útil visión a través de la cual comprender estos procesos
de agroindustrialización en los países en desarrollo, los factores que impulsan estos procesos y
sus consecuencias (véase la Figura 1).

Metatendencias esenciales

Existe un amplio conjunto de metatendencias subyacentes de la evolución del sector


agroindustrial, tanto a nivel nacional como internacional, que condicionan la manera en que se
estructura y opera el sector a lo largo del tiempo. En cuanto a los mercados nacionales para los
productos de las agroindustrias, el crecimiento de los ingresos y de la población están
provocando cambios en los patrones de consumo de los alimentos en un amplio abanico de
productos básicos, sustituyendo las féculas por carnes, productos lácteos, frutas y hortalizas,
aceites y granos procesados (véase Cranfield et al., 1998; Pingali y Khwaja, 2004), lo que
refleja los patrones pronosticados por la ley de Bennett (véase el Cuadro 1). El aumento de la
urbanización (véase la Figura 2), de la participación de las mujeres en la fuerza laboral
remunerada y del uso de electrodomésticos (por ejemplo, neveras y hornos microondas) ha
provocado el aumento de la demanda de productos alimentarios altamente procesados y de
mayor valor, con altas elasticidades de los ingresos (véanse la Figuras 3 y 4). Esta tendencia
está impulsando la evolución del sector de procesamiento de alimentos y suministrando un
mecanismo a través del cual las empresas pueden contrarrestar la caída del gasto relativo en
los alimentos ejercido por la ley de Engel. A su vez, esto conlleva una mayor demanda de
materias primas procedentes de la producción primaria, junto con cambios en los tipos y
calidades de las materias primas solicitadas, lo cual puede generar beneficios económicos para
la agricultura, la pesca y la silvicultura (Reardon y Barrett, 2000).
En las décadas de 1980 y 1990, la economía política en que operaban las agroindustrias
cambió de manera radical, tanto nacionalmente en los países en desarrollo, como
internacionalmente. Las agroindustrias cambiaron sus forma de funcionar desde un modelo
predominantemente estatista, pasando por un ajuste estructural y la liberalización del mercado,
hasta enfocarse en el sector privado y establecer condiciones que fomentan el comportamiento
empresarial privado. Se podría decir que este cambio mejoró las oportunidades para la
inversión privada en el sector agroindustrial y redujo los costes de los flujos transfronterizos
tanto de bienes como de capital (Reardon y Barrett, 2000).
También se observan avances tecnológicos a nivel general (en particular, en las tecnologías de
información y de la comunicación) y, en el sector agroindustrial, en la producción primaria (por
ejemplo, la aplicación de biotecnología) y los sectores manufactureros (por ejemplo, nuevos
métodos de procesamiento). Estos avances tecnológicos han contribuido a la creación de
nuevas oportunidades sin precedentes para las empresas agroindustriales, en términos de
innovaciones de productos y procesos, vínculos verticales y horizontales en las cadenas de
abastecimiento, funcionamiento de sistemas de distribución, etc. Sin embargo, también
aumenta el temor de que las empresas agroindustriales puedan quedarse atrás si no son
capaces de acceder a estas tecnologías de una manera oportuna y coste-efectiva.

Además de los cambios en los patrones de demanda interna en los países en desarrollo, los
cambios en los patrones de consumo en los países industrializados presentan oportunidades
potencialmente lucrativas para las agroindustrias de los países en desarrollo a través de
exportaciones de mayor valor. Por ejemplo, la demanda durante todo el año de frutas y
hortalizas frescas y semiprocesadas, para la que los países en desarrollo tienen una ventaja
agroclimática, y pescado y productos pesqueros congelados y refrigerados. Sin embargo, al
mismo tiempo, los consumidores en dichos mercados están demandando mayores garantías
en cuanto a la calidad y la inocuidad alimentaria, lo cual requiere inversiones en sistemas más
avanzados de control a lo largo de la cadena de abastecimiento.

Cambios en la economía agroalimentaria global

En conjunto, estas metatendencias están fomentando cambios fundamentales en los sistemas


agroalimentarios, mejoran la productividad, reducen costes de transacción y fomentan nuevos
modos de competitividad, tanto dentro de los sectores como entre ellos. Por ejemplo, la
liberalización del comercio global a través de la Organización Mundial del Comercio (OMC),
acuerdos comerciales bilaterales y el acceso a mercados preferenciales para los países de
ingresos bajos (en particular) han abierto los mercados de países industrializados de mayor
valor a las empresas agroindustriales de los países en desarrollo. Además, el crecimiento en la
demanda interna de alimentos procesados proporciona una vía alternativa hacia la adición de
valor para las empresas agroindustriales. Sin embargo, al mismo tiempo, un comercio más
liberal de los productos agroalimentarios también está haciendo que las empresas industriales
nacionales en los países en desarrollo se enfrenten a una competencia más fuerte, tanto a nivel
nacional como internacional. Asimismo, los desafíos asociados con esta nueva realidad, entre
los que se incluyen la innovación tecnológica, el aumento de las escalas de operaciones, la
coordinación de actividades de manera vertical y horizontal y las nuevas formas institucionales
de gobierno, como las normas de calidad e inocuidad alimentaria, los derechos de propiedad
intelectual y contratos (véase, por ejemplo, Reardon y Barrett, 2000; Henson y Reardon, 2005),
exigen cambios fundamentales en la organización y conducta de las empresas agroindustriales
y sus relaciones económicas con otras partes del sistema agroalimentario. No se sabe a
ciencia cierta si las empresas que tendrán éxito se convertirán en «ganadoras» por dichos
cambios; más bien, es posible que asistamos a la aparición de nuevas empresas con las
competencias necesarias para competir en este mundo cada vez más dinámico y liberal.

En el caso de los productos agroprocesados, podríamos afirmar que uno de los cambios
fundamentales en la gobernabilidad de las cadenas de abastecimiento es el papel creciente
que desempeñan las clases y normas de calidad. Las empresas dominantes están utilizando
atributos de calidad de los productos como medio de diferenciación y posicionamiento de
mercado (Raikes et al., 2000; Busch y Bain, 2004). De hecho, algunos sostienen que, cada vez
más, la competencia basada en la calidad define las diversas maneras en que se estructuran y
operan los mercados agroalimentarios, mientras que las disposiciones institucionales
asociadas, tanto dentro o fuera de la cadena de abastecimiento, son fundamentales para la
validez de los atributos de calidad propios de los productos agrícolas y de los alimentos (Allaire
y Boyer, 1995; Busch y Bain, 2004; Ponte y Gibbon, 2005; Busch y Bingen, 2006; Henson,
2007a). La naturaleza de confianza de muchos de estos atributos, incluido el impacto de los
procesos de producción en el medioambiente, bienestar de los trabajadores, etc., contrasta con
el enfoque predominante en las características de búsqueda en la mayoría de los mercados
tradicionales.

A su vez, el creciente enfoque en los atributos de inocuidad y calidad ha servido para mejorar el
cometido de las normas de productos y procesos formales. Las normas son ubicuas en las
economías de mercado y desempeñan una función fundamental en la organización de las
cadenas de abastecimiento de la mayoría de los productos y servicios (Busch, 2000; Henson y
Reardon, 2005), lo que incluye los sistemas de comercialización tradicionales. En mercados de
mayor valor, sin embargo, las normas formales se han ido convirtiendo cada vez más en el
mecanismo de gobernabilidad del mercado y de la cadena de abastecimiento, operando en una
plétora de requerimientos no codificados de los compradores (por ejemplo, normas
relacionadas con la logística). Es más, con frecuencia, las normas son un vehículo clave para la
diferenciación de los productos en dichos mercados (Henson y Reardon 2005; Henson, 2007b).
También funcionan como instrumento de gestión de riesgos al estandarizar los las necesidades
los productos entre los proveedores, actuando para reducir los costes de transacción y los
riesgos asociados con la adquisición, en particular, cuando se requieren altos niveles de
supervisión para garantizar que se cumplan los atributos de calidad e inocuidad alimentaria. De
esta manera, observamos compradores importantes en las cadenas de abastecimiento (como
son las cadenas de supermercado en países industrializados) que establecen normas tanto a
nivel individual (por ejemplo, la Nature’s Choice de los supermercados Tesco), como a nivel
colectivo (por ejemplo, GlobalGAP y la norma BRC), junto con otras normas nacionales e
internacionales públicas y semipúblicas, como la ISO 9000 (véase la Figura 5). Cada vez más,
la certificación respecto a una norma, o conjunto de normas, es el requisito de entrada mínimo
a mercados de mayor valor para los agroalimentos, no solo en los países industrializados, sino
también en los mercados de los países en desarrollo de mayores ingresos.

Restructuración de las agroindustrias en los países en desarrollo

La evolución del sector agroindustrial es tanto una respuesta como un agente de los cambios
tecnológicos e institucionales inducidos que se han descrito anteriormente (Reardon y Barrett,
2000). Esto se produce a través de cambios en los precios relativos de los factores y de los
productos, de mejores flujos de capital, de transferencias de tecnología y de la evolución de las
instituciones y estructuras organizativas entre empresas o entre sectores, etc. En términos
generales, si bien se mantienen características distintivas relacionadas con la naturaleza de los
productos agrícolas (por ejemplo, la naturaleza perecedera y los ciclos de producción

prolongados), globalmente, el sector agroindustrial en los países en desarrollo está


evolucionando de manera similar a las cadenas de materias primas (véase Busch, 2000;
Reardon et al., 2003; Busch y Bain, 2004; Fold y Pritchard, 2005; Banco Mundial, 2005). De
esta manera, las cadenas de abastecimiento se están extendiendo más allá de las fronteras
nacionales y regionales, en parte gracias a las nuevas tecnologías de alimentos, comunicación
y transporte, y de un entorno normativo que fomenta un comercio internacional más liberalizado
(Nadvi y Waltring, 2003; OCDE, 2004; Henson y Reardon, 2005). Esto ha ido acompañado de
una aglomeración espacial y una concentración de las empresas en el agroprocesamiento, con
lo cual un número cada vez menor de actores económicos clave tienen poder sobre los
mercados de alimentos y agrícolas globales (Cook y Chaddad, 2000; Reardon y Barrett, 2000;
Viciani et al., 2001; Regmi y Gehlhar, 2005), lo que genera un cambio hacia cadenas de
abastecimiento impulsadas por los compradores en muchos productos que se están
extendiendo internacionalmente, con abastecimiento global y la aparición de actores
multinacionales (Gereffi, 1999; Humphrey y Schmitz, 2001, 2003; Gereffi et al., 2003).

Quizás la tendencia más evidente en el sector agroindustrial en los países en desarrollo es el


cambio del sector informal al sector formal y, simultáneamente, un aumento en la
concentración. Se han observado tendencias similares en la producción primaria, en especial
en las materias primas para las cuales existen economías de escala significativas (por ejemplo,
cultivos de plantación y forestales). En muchos países en desarrollo, la agroindustria se
desarrolló en el marco de los entornos institucionales existentes, los sistemas de cultivo de
plantas y las disposiciones y normas de comercialización que con frecuencia tenían una
independencia anterior (Jaffee y Morton, 1995; Swinnen y Maertens, 2007). El sector público
impulsó la industria a gran escala y formal en forma de entidades paraestatales, algunas de las
cuales se formaron fuera de las empresas privadas nacionalizadas; por ejemplo, la molienda de
granos, el enlatado de hortalizas y el procesamiento de palmas de aceite operaban dentro de
un sistema de distribución de materias primas e insumos controlado por el estado. La intención
subyacente consistía en crear economías de escala en la producción, proteger a los
agricultores de las crisis de mercado, cubrir las lagunas percibidas en el espíritu empresarial y
forzar la transferencia de los recursos de la agricultura a los sectores industriales emergentes
(Jaffee y Morton, 1995), a menudo mediante donaciones. Esto significó que el sector
agroindustrial fuera protegido con frecuencia de las presiones competitivas que impulsaban la
consolidación en otras partes del mundo.

Muchas empresas estatales en el sector agroindustrial no florecieron debido a toda una serie
de razones. Entre estas se encuentran la interferencia política en la administración de dichas
empresas en la búsqueda de objetivos no comerciales, las cargas burocráticas, la aparición de
déficits estructurales en condiciones de gestión del abastecimiento de insumos y precios de los
productos, así como la inversión inadecuada y el acceso a nuevas tecnologías. En la década
de 1980, se produjo un cambio fundamental en el concepto de desarrollo respecto a las
principales funciones de los sectores público y privado que desencadenaron un proceso radical
de reformas estructurales. Estas reformas incluían esfuerzos por reestructurar los sistemas de
comercialización de los productos e insumos agrícolas. En la década de 1990, las reformas se
extendieron hacia la privatización de empresas de agroprocesamiento de propiedad del estado,
junto con la liberalización de los mercados de productos agrícolas y otros productos primarios.
La eficacia de estas reformas, sin embargo, ha sido bastante diversa. En muchos casos, las
empresas de propiedad del estado fueron privatizadas en un marco normativo débil (Jaffee y
Morton, 1995), mientras que la lenta evolución de los mercados financieros y de los
proveedores de servicios auxiliares limitó el acceso a la financiación y a los insumos y redujo
los esfuerzos para mejorar la eficiencia mediante inversiones en nuevas tecnologías. Es más,
los procesos de privatización fueron con frecuencia prolongados y muchas veces no sirvieron
para transferir la propiedad de acuerdo con criterios comerciales. En algunos casos, la
privatización de las entidades paraestatales ha significado su transferencia como entidades
individuales en el sector privado, mientras que en otros casos han sido desarticuladas en
unidades operativas más pequeñas antes de la venta o simplemente desechadas, dando lugar
a una estructura de mercado menos concentrada. No obstante, las empresas deben ahora
sobrevivir en un contexto más liberal donde existe un empuje definitivo hacia una concentración
de mercado cada vez mayor.

Junto con los cambios estructurales en el sector agroindustrial, las tendencias en la demanda
de los consumidores y la innovación tecnológica están provocando cambios en la composición
de los productos (Reardon y Barrett, 2000), tanto en las materias primas primarias como en los
productos procesados, hacia subsectores en que los países en desarrollo tienen una ventaja
competitiva nacional o internacional. Al mismo tiempo, la base de la competitividad en los
mercados de productos agroindustriales está cambiando, amenazando las áreas tradicionales
de ventajas comparativas controladas por los países en desarrollo pero, además, ofreciendo
nuevas oportunidades a las empresas que tienen acceso a las capacidades y los recursos
necesarios. Otros empujes más amplios radican en mayores niveles de adición de valor dentro
del sector agroindustrial, apartándose de las materias primas tradicionales y centrándose en
cultivos no tradicionales y productos pecuarios (por ejemplo, pescado, frutas y hortalizas
frescas, especias, etc.).

En términos generales, las agroindustrias en los países en desarrollo se habían basado


tradicionalmente en la utilización de insumos voluminosos con valores relativamente bajos por
unidad, pero que eran muy costosos de transportar. De esta manera, las empresas dentro de
las agroindustrias tendían a ubicarse cerca de las fuentes de materias primas. Esto contrasta
con las industrias que dependen menos de fuentes fiables de materiales biológicos no
procesados (como las que utilizan productos agrícolas, pesqueros y forestales procesados de
manera primaria como insumo para producir productos altamente procesados), las cuales, por
lo general, se ubican cerca de mercados importantes en los que la oferta de insumos y de
capital tiende a ser más eficiente, con una mejor infraestructura, etc. Es más, la mayoría de las
agroindustrias de los países en desarrollo han evolucionado sobre la base de fuentes
estratégicas de materias primas. El sector del aceite de palma en algunas zonas de Asia y del
África subsahariana es buen ejemplo de ello. Sin embargo, con el cambio hacia productos de
mayor valor para la exportación o para los mercados nacionales, donde el coste de las materias
primas representa una proporción menor del precio del producto final o para los que se
requieren insumos adicionales o una variedad más amplia de estos (por ejemplo, empaquetado
y aditivos sintéticos), algunos de los cuales es necesario importar, las ventajas de ubicarse
cerca de la oferta de materias primas no están tan claras. De esta manera, estamos
observando un nuevo modelo en términos de ubicación y posición competitiva de las
agroindustrias en los países en desarrollo que, en la mayoría de los casos, opera tanto en los
sectores agroindustriales alimentarios tradicionales como en los no alimentarios.

Otro de los factores clave en la competitividad histórica de las agroindustrias en los países en
desarrollo ha sido los costes de la mano de obra. El acceso a una oferta abundante de mano
de obra barata explica, al menos en parte, por qué las empresas de agroprocesamiento en los
países en desarrollo tienden a estar menos capitalizadas que sus homólogas de los países
industrializados. Si bien el coste de la mano de obra sigue siendo un elemento clave de la
competitividad de algunos subsectores como el de la producción de hortalizas frescas
semipreparadas en Kenya para exportarlas a la Unión Europea, en otros sectores, como el del
procesamiento de productos lácteos, la utilización de las capacidades y la capacidad de
satisfacer las demandas de los consumidores en cuanto a la inocuidad y calidad de los
productos son más importantes. De esta manera, en lugares como Kenya, hemos sido testigos
de la aparición de nuevas empresas del sector privado que fabrican productos lácteos con valor
añadido para llegar a nichos de mercado específicos, como yogures con probióticos. La
competitividad de estas empresas tiene poco que ver con los costes de la mano de obra.

En muchas agroindustrias tradicionales, especialmente en aquellas que emplean tecnologías


intensivas en capital, existen economías de escala significativas que necesitan funcionar a su
capacidad máxima (o casi) de manera continua. Esto requiere una oferta fiable de materias
primas, que puede verse obstaculizada fácilmente por fluctuaciones significativas en la
producción agrícola o por una débil infraestructura de transporte. Con frecuencia, dicha
funcionalidad a baja capacidad resulta ser la regla general. Existe, además, la necesidad de
acceder a mercados importantes que pueden exceder la demanda interna, especialmente en
los países en desarrollo en los que los ingresos per cápita son bajos y cuya demanda de
productos alimentarios altamente procesados empieza a emerger. De esta forma, las
agroindustrias en los países en desarrollo se enfrentan a una competencia cada vez mayor de
las empresas globales más que de sus homólogas regionales. Sin embargo, para contrarrestar
esta tendencia, la creación de grandes mercados para productos agroindustriales de mayor
valor a nivel nacional o regional, junto con las mejoras en la infraestructura básica ofrece
oportunidades para que las empresas agroindustriales en los países en desarrollo puedan
participar.

En muchos países en desarrollo, las empresas agroindustriales más avanzadas están


progresando gracias a una mejor infraestructura, el desarrollo de mercados internos para
productos alimentarios y no alimentarios de mayor valor a nivel nacional, el acceso a mejores
tecnologías y la mejora de la productividad de la mano de obra. Así, estamos observando un tal
aumento en la proporción capital/mano de obra que la posición competitiva de estas empresas
depende menos de la proximidad a los suministros de materias primas o bajos costes de mano
de obra que las empresas agroindustriales más tradicionales. Dichas empresas pueden estar
dirigidas hacia mercados nacionales o regionales en evolución o hacia mercados de
exportación en países industrializados, estimuladas por el acceso a preferencias comerciales y
procesos más amplios de liberalización del comercio.

En muchos países en desarrollo, la transformación del sector agroindustrial ha implicado,


siendo en algunos casos su principal impulsor, inversión extranjera directa (IED) de,
principalmente, empresas multinacionales. Dichas inversiones se han realizado mediante la
adquisición de (o fusión con) empresas nacionales existentes, la creación de empresas
conjuntas o de nuevas empresas. Si bien la inversión extranjera no es algo nuevo en muchos
países en desarrollo y es una característica común del sector de procesamiento-plantación
(como es el caso de Unilever y Del Monte), las multinacionales invierten ahora en operaciones
de procesamiento independientes, dirigiéndose con frecuencia a mercados nacionales y
regionales (Nestlé y Coca Cola) o al sector de distribución minorista de comestibles (Wal-Mart,
Carrefour y Tesco). En parte, dichas inversiones reflejan una tendencia global hacia mejores
flujos de IED (véase la Figura 6), puesto que las empresas en los países industrializados
buscan inversiones que generen mayor rendimiento. De esta manera, los flujos de IED hacia
los países en desarrollo, especialmente Asia, han aumentado rápidamente en los últimos 10 a
15 años (véase la Figura 7). Al mismo tiempo, los flujos de IED hacia el sector de la elaboración
de alimentos también han aumentado de manera sorprendente (véase la Figura 8), ya que las
multinacionales se han visto atraídas por las oportunidades que presentan los mercados de
productos alimentarios de mayor valor, en rápida expansión. Esto se aprecia en más detalle por
el número de fusiones y adquisiciones internacionales que se han producido en ciertos sectores
agroindustriales de las regiones en desarrollo (véase el Cuadro 2).
El aumento de flujos de IED hacia países en desarrollo no solo sirve para subsanar las
restricciones de capital en los procesos de industrialización (Reardon y Barrett, 2000), sino
también para facilitar el flujo de nuevas tecnologías y de prácticas de gestión, así como para
inducir vías más eficientes hacia un cambio institucional y de organización. Los flujos de
inversión por parte de las empresas agroindustriales en los países industrializados también
puede ser un mecanismo efectivo para atraer tecnologías y sistemas de gestión más
avanzados. Al mismo tiempo, la gran afluencia de capital procedente de empresas extranjeras
puede dar lugar a rápidos procesos de concentración en sectores agroindustriales y, en su
debido momento, salidas de capital significativas en forma de beneficios expatriados. Por
ejemplo, cuando Nestlé y Unilever se implantaron en China, con sus propias normas de calidad
e inocuidad alimentaria, las empresas nacionales tuvieron que implementar normas
equivalentes y adaptarse a sus sistemas de gestión y de comercialización (Wei y Cacho, 2001;
Reardon, 2007). A su vez, las empresas nacionales líderes pudieron aumentar su
competitividad en el mercado nacional y, de esa manera, captar una participación de mercado a
expensas de las multinacionales y de empresas nacionales más débiles, con lo cual aumentó la
concentración global del mercado. De manera más general, la entrada de competidores
extranjeros puede tener profundos impactos, no solo en el sector del agroprocesamiento, sino
también en toda la cadena de abastecimiento. El ejemplo del Recuadro 1 sobre el
procesamiento de productos lácteos en el Brasil es un buen ejemplo de ello.
Si bien los procesos de transformación del sector agroindustrial están bien consolidados en
muchos países en desarrollo, estos procesos se han producido recientemente en la
reestructuración de los mercados de distribución minorista de alimentos y, al mismo tiempo, han
sido inducidos por dicha reestructuración. En este punto el crecimiento del sector de
supermercados es un factor clave. Si bien los supermercados han operado durante mucho
tiempo en una serie de países en desarrollo, lo han hecho por lo general en grandes ciudades y
se han centrado en un segmento de consumidores ricos o de ingresos medianos a altos. Sin
embargo, existen pruebas de que, desde principios hasta mediados de la década de 1990, se
produjo una especie de «revolución de los supermercados» en ciertos países en desarrollo
(Reardon et al., 2007), aunque con diferencias significativas dependiendo de la región en
desarrollo. La incursión de los supermercados es mayor en los países de América del Sur,
África meridional y Asia oriental (excepto China). En estos países, el número de
supermercados empezó a aumentar a principios de la década de 1990 y su participación media
en las ventas minoristas de los alimentos creció entre un 10 y un 20 % en el año 1990 y entre
un 50 y un 60 % a comienzos de la década del 2000 (Reardon y Berdegué, 2002). En una
segunda ola de países, en la que se incluyó México y gran parte de Asia sudoriental y América
Central, el rápido aumento de supermercados no se produjo hasta finales de la década de 1990
y su actual participación de mercado en la región es de un 30 a un 50 %. Sin embargo, en
muchas otras regiones en desarrollo, como África oriental y meridional o los países más pobres
de Asia y América Central y del Sur, los supermercados empiezan ahora a aparecer en las
ciudades importantes, pero sus operaciones tienden a concentrarse en comestibles envasados.
Es más, existen dudas acerca del ritmo de reestructuración del mercado minorista de alimentos
en estas áreas (véase Humphrey, 2007) y se cree que, a corto o medio plazo, los
supermercados serán una excepción más que la regla.

El crecimiento del sector de supermercados en los países en desarrollo ha sido estimulado por
las mismas tendencias que han influido en la evolución del sector agroindustrial, es decir, el
cambio en los patrones de demanda, la liberalización de los mercados de alimentos nacionales
e internacionales y la IED (Reardon, 2007). A su vez, la transformación del sector de
distribución minorista de alimentos está sirviendo para ampliar estas tendencias y provocar
cambios en la estructura y organización de estas empresas agroindustriales y de sus relaciones
posteriores en las cadenas de abastecimiento. De esta manera, a medida que los sistemas de
compra de los supermercados se desarrollan y evolucionan (Reardon et al., 2007), existe una
demanda de mayores volúmenes de oferta y ventajas competitivas de la adquisición de
capacidades mejoradas en cuanto a normas de calidad e inocuidad alimentaria y gestión de la
cadena de abastecimiento, que tienden a favorecer a las empresas más grandes. Es más, dado
que los productos alimentarios procesados constituyen el 65 % de las ventas de alimentos de
los supermercados en los países en desarrollo y que los productos alimentarios
semiprocesados representan alrededor del 20 al 25 %, el desarrollo del sector de
supermercados depende de respuestas apropiadas por parte del sector de elaboración de
alimentos, lo que crea, al menos inicialmente, condiciones de dependencia mutua. Sin
embargo, a medida que los supermercados exigen una participación cada vez mayor en el
mercado minorista de alimentos y que sus sistemas de distribución empiezan a expandirse más
allá de las fronteras nacionales, existe un cambio definitivo de poder, de tal manera que las
cadenas de abastecimiento de alimentos procesados estarán cada vez más impulsadas por los
compradores (es decir, los distribuidores minoristas).

La evolución del sector agroindustrial, según lo analizado anteriormente, provoca cambios en el


conjunto de capacidades necesarias para competir. Los modos de administración que
predominan en los sectores agroindustriales se han transformado de la simple coordinación de
flujos de productos, gestión de operaciones de procesamiento y transferencia de propiedad, a
la implementación de sistemas de producción, procesamiento y distribución estrechamente
sintonizados, que se extienden cada vez más por toda la cadena de abastecimiento, no solo a
nivel nacional sino también a nivel internacional. Si bien dichos cambios han sido facilitados,
entre otros motivos, por los avances tecnológicos, también han sido impulsados por las
necesidades y demandas de los actores dominantes (Dolan et al., 1999; Dolan y Humphrey,
2000). Con el fin de prosperar, las empresas existentes deben adquirir las capacidades
relacionadas, si no corren el riesgo de ser eliminadas del mercado. Se da cada vez más
importancia a las capacidades de gestión (Reardon y Barrett, 2000) en todas las operaciones
de una empresa, desde la compra de materias primas, pasando por las operaciones de
procesamiento hasta la comercialización, además de la estrategia empresarial y las relaciones
con la mano de obra. Si bien las multinacionales son, por lo general, capaces de importar las
capacidades necesarias desde sus operaciones en cualquier parte del mundo, las empresas
nacionales deben desarrollar estas capacidades internamente o valerse de proveedores de
servicios externos. De esta manera, con los procesos de agroindustrialización han aparecido
proveedores de servicios empresariales de gestión, entre otros. Por ejemplo, en la zona costera
del Perú, hay empresas que ofrecen servicios de supervisión de la mano de obra para
pequeños agricultores de algodón a cambio de garantía de tierras con acuerdos que se
asemejan a los contratos de aparcería (Escobal et al., 2000). En otros casos, las
organizaciones no gubernamentales ofrecen dichos servicios, actuando como una subvención
implícita de apoyo a los procesos de agroindustrialización; por ejemplo, en los casos en los que
actúan como un «intermediario honesto» en el establecimiento de relaciones de oferta entre las
empresas de agroprocesamiento y los productores primarios.

El desarrollo del sector agroindustrial y los cambios relacionados en la estructura y conducta de


los mercados de productos alimentarios y no alimentarios puede impulsar cambios
considerables en las relaciones verticales de las cadenas de abastecimiento, especialmente
con los productores primarios. De esa manera, el predominio de mercados al contado, con
reglas informales de conducta para muchos productos agrícolas, pesqueros y forestales, está
dando paso a relaciones más formales y de largo plazo entre las empresas agroindustriales y
los proveedores de materias primas. En particular, el contrato se está convirtiendo en una
forma clave de gerencia en las cadenas de abastecimiento verticales, aunque las formas de
contratación están cambiando. Al principio, las empresas agroindustriales solían utilizar
contratos de comercialización relativamente informales o sin un instrumento escrito y
legalmente válido. Con el tiempo, sin embargo, los contratos han ido abarcando elementos de
todo el proceso de producción y cada vez más se codifican con normas escritas y términos de
oferta. Aunque dichos contratos actúan para mejorar la seguridad del abastecimiento de
materias primas para las agroindustrias, también son un mecanismo para reducir y redistribuir
el riesgo a lo largo de toda la cadena de abastecimiento. A su vez, también inducen cambios en
la naturaleza de la producción primaria ya que requieren un mayor uso de insumos no
agrícolas. De esta manera, los productores primarios están cada vez más integrados a la
cadena de abastecimiento comercial, tanto por la comercialización de los productos como por
la oferta de insumos, lo que conlleva la evolución de sectores de abastecimiento relacionados
(semillas, fertilizantes, etc.). Al mismo tiempo, existen presiones hacia la consolidación de la
producción primaria, ya sea a través de grandes explotaciones o de la acción colectiva por
parte de pequeños agricultores, aumentando el temor de que los pequeños agricultores sean
excluidos progresivamente de las cadenas de abastecimiento a medida que la
agroindustrialización avance.

Las normas de inocuidad y calidad que no solo estipulan las características del producto final,
sino que además definen los elementos de los procesos de producción (Henson y Reardon,
2005), están cada vez más ligadas a las relaciones contractuales con los proveedores de
materias primas. De esta manera, se convierten en un medio para garantizar el cumplimiento
de los parámetros de producción requeridos y para satisfacer las necesidades de los
compradores posteriores. Dado que estas normas se hacen más fuertes con el tiempo, existen
implicaciones profundas para la situación de los pequeños agricultores en la cadena de
abastecimiento, tanto por su capacidad para participar en las cadenas de abastecimiento para
empresas agroindustriales, como por el impacto en los ingresos rurales. Como veremos más
adelante, las pruebas son evidentes: además de los casos de exclusión en las cadenas de
abastecimiento, también hay ejemplos de pequeños productores que se adaptan a los cambios
necesarios y que, como resultado, obtienen mayores ingresos.

A pesar de las palpables y atractivas tendencias hacia la industrialización del sector del
agroprocesamiento descritas anteriormente, en muchos países en desarrollo (especialmente en
los países de ingresos bajos), el agroprocesamiento informal continúa siendo fuerte y el rasgo
predominante de las empresas de agroprocesamiento (Sautier et al., 2006). Esta situación
refleja el hecho de que los costes de entrada en el agroprocesamiento informal tienden a ser
bajos, considerando que los niveles de capitalización son generalmente limitados y que las
tecnologías tradicionales requieren únicamente bajos niveles de capital humano, habilidades
que pueden adquirirse de manera relativamente fácil a través del aprendizaje y otros medios
tradicionales. De esta manera, las empresas de agroprocesamiento informales suelen ser muy
sensibles a las demandas del mercado dentro de los mercados de ingresos bajos, donde
tienden a predominar, mientras que la capacidad innovadora suele ser mayor de lo que con
frecuencia se considera. Estas características, junto con las numerosas restricciones de capital,
gestión y tecnología a las que se enfrentan estas empresas, se reflejan en el hecho de que las
tasas de mortalidad de las empresas informales son altas (Mead, 1994; Mead y Liedholm,
1998).

El grado de transformación estructural y de organización del sector agroindustrial difiere de un


país a país e incluso entre regiones dentro de un mismo país. En términos generales, la
agroindustrialización ha avanzado principalmente en los países que han logrado el mejor nivel
de integración en cadenas globales de abastecimiento de productos alimentarios y no
alimentarios de mayor valor, o donde los mercados nacionales de alto valor han evolucionado
en respuesta a los cambios económicos, sociales y demográficos. En este último caso, esto
está relacionado con procesos más amplios de crecimiento y desarrollo económico y, por ende,
se encuentran generalmente en países con mayores ingresos per cápita. Sin embargo, incluso
en países muy pobres con bajos niveles de desarrollo económico general y donde las cadenas
de abastecimiento son principalmente tradicionales, es posible encontrar «enclaves» donde
existen sectores agroindustriales transformados y dinámicos. Kenya es un buen ejemplo: si
bien el sector informal predomina en el agroprocesamiento, existe un sector industrial de
procesamiento de productos lácteos bastante desarrollado dirigido a los mercados nacional y
regional, además de una serie de exportadores globalmente competitivos de hortalizas
semiprocesadas.

Entre los países más pobres, incluidos los países menos desarrollados del África subsahariana,
la agricultura aún representa una gran parte del valor añadido a lo largo de las cadenas de
abastecimiento agroalimentarias. Generalmente predominan las cadenas tradicionales de
abastecimiento agroalimentarias y los mercados nacionales de alto valor están poco
desarrollados. Un indicador de esto es la baja penetración de mercado de los supermercados
en la mayoría de los países del África subsahariana. Generalmente, el sector formal de
agroprocesamiento es pequeño y puede incluso estancarse; además, hay una integración muy
pequeña o inexistente a lo largo de la cadena de abastecimiento. Existen, sin embargo,
excepciones a esta regla general en países donde existen más mercados de alto valor (por
ejemplo, Zambia y Ghana) gracias a la inversión extranjera en el procesamiento de alimentos
ya los supermercados, a niveles importantes de remesas de fondos, a grupos florecientes de
ingresos altos y medianos, etc. Además, en numerosos países de ingresos bajos se han creado
cadenas de abastecimiento destinadas especialmente a abastecer mercados de alto valor en
Europa (como es el caso de las judías verdes en Kenya). Sin embargo, dichas cadenas de
abastecimiento siguen siendo una excepción y operan dentro de un «mar de mercados»
tradicionales fragmentados y con múltiples capas que están gobernados por el sector informal.

En países con ingresos medianos (especialmente en países con ingresos medianos a altos), la
agricultura suele representar una pequeña proporción del valor añadido en las cadenas de
abastecimiento agroalimentarias. En estos casos, el proceso de agroindustrialización está
generalmente más marcado y extendido. Por lo general, los mercados de alto valor urbanos
están bien desarrollados, a veces con altos niveles de implantación en los supermercados
(Brasil, México, Malasia, Egipto y Tailandia). En muchos casos, existe un efervescente sector
de agroprocesamiento que ha evolucionado como respuesta al crecimiento de la demanda del
mercado interno o a las deficiencias competitivas en los mercados internacionales, por ejemplo,
para los alimentos procesados (como es el caso de la producción de atún en conserva en
Tailandia). Algunos de estos países también son importantes exportadores de productos
agroalimentarios de mayor valor y están integrados en las cadenas de abastecimiento globales
asociadas. Sin embargo, con frecuencia, las cadenas de abastecimiento, tanto nacionales
como internacionales, de mercados de alto valor coexisten y operan de manera independiente
entre sí. Es más, podemos observar un rasgo continuo en el nivel de transformación, con
sectores agroalimentarios tradicionales que predominan en mercados rurales mientras que, al
mismo tiempo, un completo espectro de subsectores formales e informales abastecen a los
mercados nacionales.

IMPACTOS DE LOS PROCESOS DE AGROINDUSTRIALIZACIÓN

Los procesos de agroindustrialización se han generalizado y han provocado profundos


impactos, tanto a nivel macro como a nivel micro (véase la Figura 1). Estos incluyen aportes al
desarrollo económico global, junto con cambios en las tasas de pobreza ligados a la magnitud y
la distribución de los cambios en el empleo y a los ingresos per cápita entre aquellos cuya
subsistencia está ligada a la economía agroalimentaria. Estos procesos también abarcan la
calidad, disponibilidad y precio de los productos alimentarios y no alimentarios, los impactos en
los recursos naturales y en el medioambiente, las implicaciones socioculturales, etc. Así pues,
es legítimo esperar que existan ganadores y perdedores de los procesos de
agroindustrialización, de tal forma que es probable que haya consecuencias de distribución
significativas debidas a la aparición de un sector agroindustrial. En este contexto, es
fundamental reconocer y promover las condiciones bajo las cuales las empresas
agroindustriales pueden hacer un aporte positivo y significativo a los procesos globales de
desarrollo económico y al mejoramiento de las vidas de los miembros más pobres de la
sociedad, al mismo tiempo que se minimiza cualquier tipo de factor externo negativo y otros
impactos.

Dado que la agroindustrialización es una de las múltiples transformaciones que se producen en


los sistemas agroalimentarios en los países en desarrollo, así como mundialmente, es difícil
atribuir per se cambios observados en el desarrollo de un sector agroindustrial. Es más, estos
impactos reflejan las dinámicas en curso de los procesos de desarrollo (por ejemplo, la
transformación de una economía predominantemente informal en una economía
predominantemente formal) y cualquier observación que se haga en cualquier momento
solamente ofrece una visión puntual de lo que pronto queda obsoleto.

Los impactos de la agroindustrialización en la adición de valor, las exportaciones y el empleo se


analizan en detalle en el Capítulo 3 de este libro. Nosotros, en cambio, llamaremos la atención
sobre los efectos de las agroindustrias en dos aspectos específicos: las relaciones de poder a
lo largo de las cadenas de abastecimiento y las consecuencias medioambientales de la
agroindustrialización.

Impactos en las relaciones de poder a lo largo de la cadena de abastecimiento

Una de las preocupaciones clave relacionada con los procesos de consolidación y de


globalización que acompañan a la agroindustrialización es el impacto en las relaciones de
poder a lo largo de las cadenas de abastecimiento y el grado en que los actores dominantes,
incluidas las empresas de agroprocesamiento y sus agentes de compra, operan en un
ambiente competitivo o son capaces de ejercer un poder desleal (Vorley y Fox, 2004). Es más,
algunos críticos sostienen que la agroindustrialización y los procesos relacionados de
concentración tienden a desarrollarse en un ciclo de refuerzo mutuo a lo largo de las cadenas
de abastecimiento agrícolas y de alimentos (Lang, 2003). De esta manera, a medida que se
desarrollan mercados de agroalimentos de mayor valor, tienden a emerger un número limitado
de empresas dominantes que rápidamente aplastan a sus competidores más pequeños en el
sector formal al mismo tiempo que exigen una parte cada vez mayor del mercado a medida que
el sector informal es excluido. En algunos casos, estas empresas dominantes son específicas
de mercados concretos, mientras que en otros casos, su influencia se propaga en otras
muchas regiones geográficas o sectores de productos. Existen problemas relacionados con la
distribución de las rentas a lo largo de las cadenas de abastecimiento que están bajo la
influencia de dichas entidades y con las posibilidades de los productores primarios
(especialmente los pequeños agricultores y pescadores) para influir en la conducta y en el
rendimiento de las cadenas de abastecimiento y mejorar así su participación en cuanto al valor
añadido a través un mejoramiento (Rabellotti y Schmitz, 1999; Kaplinsky, 2000; Humphrey y
Schmitz, 2001, 2003).

En muchos países en desarrollo, el alcance de la concentración de los mercados que conlleva


un abuso de poder de mercado se agrava dado que los controles reglamentarios tienden a ser
débiles. De esa manera, los marcos normativos de competencia (si es que los hay) suelen
estar poco desarrollados, con lo cual no existe una base legal a través de la cual el poder de
los actores dominantes pueda someterse. Es más, las desafiantes condiciones empresariales
suelen actuar como barreras de entrada, especialmente para las empresas más pequeñas que
carecen de un poder económico y político para contrarrestar la dilación burocrática en los
procedimientos legales y oficiales, como el cumplimiento de los contratos.

Al mismo tiempo, existe la necesidad de considerar lo «contrafactual» de estas tendencias


hacia la consolidación de los sectores agroindustriales, es decir, de preguntarse cuál sería la
situación a lo largo de las cadenas de abastecimiento agroalimentarias en las que no existe
ningún proceso de agroindustrialización. Es más, la evolución de las agroindustrias necesita
analizarse en un contexto de procesos más amplios de transformación en economías globales,
nacionales y rurales (Reardon y Timmer, 2005). Por un lado, las empresas agroindustriales
desempeñan una función clave en la evolución de los mercados de mayor valor para los
productos agroalimentarios, lo que sirve para estimular la demanda de productos de los
productores primarios. Por otro lado, si no existen agroindustrias que funcionen como
impulsores clave de las cadenas de abastecimiento de productos agroalimentarios de mayor
valor, el vacío de poder podría ser ocupado por grandes comerciantes multinacionales. El
emergente sector de los supermercados también puede aumentar su control sobre las cadenas
de abastecimiento de alimentos si no existen grandes agroindustrias que controlen su poder de
mercado.

Impactos medioambientales de la agroindustrialización

Si bien en los últimos años se ha comenzado a prestar atención al impacto de la


agroindustrialización en el medioambiente, existen pocas pruebas empíricas que lo avalen. En
términos generales, la agroindustrialización conlleva generalmente una expansión de
envergadura en varios niveles de la cadena de valor. Esta gran expansión puede producirse a
través de la consolidación de establecimientos existentes, nuevos acuerdos con empresas o
pequeños productores (por ejemplo, sistemas de subcontratación) o de nuevos entrantes (ya
sea dentro del país como multinacionales). Con frecuencia, sucede que una mayor escala de
operación trae consigo la adopción de nuevas tecnologías, formas de organización y enfoques
de gestión, lo cual puede producir efectos ambientales positivos. Sin embargo, estos efectos
positivos pueden verse contrarrestados por la degradación de la base de recursos naturales y
la producción de factores externos ambientales que las capacidades de control existentes son
incapaces de manejar. En términos generales, es importante reconocer que los impactos de los
procesos de agroindustrialización como un todo reflejan los procesos interconectados de
cambio en diferentes niveles de la agroindustria, desde la producción hasta la distribución. De
esta manera, Barrett et al. (2001) indican que deberíamos examinar los impactos ambientales
de la agroindustrialización a través de tres perspectivas diferentes: 1) efectos directos en la
agricultura y en las industrias de abastecimiento anteriores; 2) efectos posteriores directos en el
procesamiento, la distribución y las actividades comerciales relacionadas en las cadenas de
abastecimiento agroindustriales; 3) efectos indirectos, como el aumento de los ingresos y otros
cambios estructurales.

En cuanto a los efectos directos en la agricultura y las industrias de abastecimiento posteriores,


los aumentos y transformaciones de la producción agrícola que acompañan a la
agroindustrialización tienen profundas implicaciones en el uso de la tierra. Con frecuencia, un
aumento en la producción se produce utilizando para cultivo tierras más marginales y
potencialmente sensibles, lo que conlleva problemas en cuanto a la deforestación,
desertificación y pérdida de biodiversidad (entre otros), y los impactos de la intensificación a
través de la adopción de nuevas tecnologías en la tierra existente. Las pruebas indican que la
expansión e intensificación de la tierra produce efectos ambientales variados (véanse Barbier,
2000; Lee y Barrett, 2000) con impulsores heterogéneos del uso de la tierra (por ejemplo, otros
usos comerciales o la urbanización), lo cual hace difícil predecir los impactos de la
agroindustrialización. Por ejemplo, podemos ver resultados muy diferentes en escenarios en los
cuales los procesos más profundos de industrialización compiten por la tierra que en aquellos
casos en los que la agroindustrialización se produce en el contexto de suministro de tierra
relativamente abundante.

De la misma manera, los impactos ambientales de la agroindustrialización en relación con otros


insumos agrícolas pueden ser tanto positivos como negativos. La agroindustrialización puede
inducir a cambios en el tipo y el nivel de utilización de productos agroquímicos (véase Dasgupta
et al., 2000), lo que puede ser negativo si aumenta el uso generalizado, pero positivo si se
utilizan ingredientes activos más avanzados y más seguros, con impactos generales que
dependen de la magnitud relativa de estos dos efectos. Al mismo tiempo, la adopción de
nuevas tecnologías, que conlleven una sustitución de mano de obra por capital, puede reducir
el empleo y generar efectos negativos para algunos en los ingresos, lo cual puede hacer que
agricultores expuestos a la inseguridad alimentaria requieran el uso de prácticas de producción
que están lejos de ser sostenibles. Sin embargo, una mayor integración vertical a través de la
agroindustrialización también puede significar que estas señales, que nunca se hubieran
transmitido de otra manera, alcancen a ciertos productores. Por ejemplo, las multinacionales
que requieren productos agrícolas de los países en desarrollo pueden ser sensibles a las
preocupaciones de los consumidores sobre los impactos medioambientales y, de esta manera,
promover la adopción de prácticas de producción favorables para el medioambiente que, con
frecuencia, producirán un aumento del precio en mercados orgánicos de nicho (Banco Mundial,
2005).

Los procesos de agroindustrialización pueden tener efectos críticos en la disponibilidad y


calidad del agua en los países en desarrollo. Si bien el aumento de la producción puede
implicar un aumento en la demanda de agua, especialmente si se asocia con sistemas de
producción de regadío, Barrett et al. (2001) explican que la agroindustrialización provoca con
frecuencia la sustitución de cereales con un uso intensivo de agua por cultivos de mayor valor,
con un uso menos intensivo de agua, con lo cual se presenta una posibilidad de conservación
del agua. De manera inversa, algunas de las principales exportaciones de alimentos de mayor
valor procedentes de países en desarrollo (por ejemplo, fruta y hortalizas frescas) requieren
mayores volúmenes de agua para su producción. Este hecho ha ocasionado acusaciones que
afirman que, en realidad, estos países exportan «agua virtual» (Orr y Chapagain, 2007). La
contaminación de las aguas puede convertirse en un problema con respecto al uso de
pesticidas y, quizá aún más importante, la producción ganadera. Muchos países en desarrollo
carecen de las instituciones necesarias para desarrollar e implementar de manera adecuada
sistemas de gestión ambiental que mantengan dicha contaminación en regla. Por otro lado, la
producción ganadera desempeña un importante papel en la conversión de materia orgánica en
abono verde, cuyo uso conlleva una menor aplicación de agrofertilizantes y un mejoramiento de
los nutrientes del suelo y en su cubrimiento, lo que reduce las pérdidas de agua. Está claro que
los efectos netos de la agroindustrialización en el uso y calidad del agua son complejos e
inciertos y, desde luego, específicos del contexto.

En términos generales, poco se sabe acerca de los efectos ambientales de los elementos
posteriores directos de la agroindustrialización, a pesar de que existen tres áreas claras de
interés: 1) contaminación del aire y de las aguas debida al procesamiento y la distribución; 2)
niveles y naturaleza de los desechos sólidos a la salida de la explotación; 3) uso de la energía.
Si bien el agroprocesamiento es por lo general una de las industrias más contaminantes en los
países en desarrollo (Barrett et al., 2001), es posible que los procesos de agroindustrialización
puedan reducir ciertos aspectos de su carga ambiental. Esto se puede producir a través de la
nueva entrada de empresas con tecnologías de procesamiento más limpias o gracias al
mejoramiento tecnológico de las empresas existentes. Además, las economías de escala son
importantes en el sector del agroprocesamiento, y una mayor escala de operación con
frecuencia se asocia con una concentración industrial mayor. Una mayor escala y
concentración pueden facilitar la reglamentación de los impactos ambientales de las
operaciones de agroprocesamiento y, de esa manera, las grandes empresas serían más fáciles
de controlar y de emprender acciones de aplicación de la ley contra ellas (Lanjouw, 1997;
Jayaraman y Lanjouw, 2000). Sin embargo, el problema es que la escala de operación también
crea incentivos para que las empresas ejerzan presión para obtener controles normativos
menos estrictos o bien, de manera inversa, hace que las grandes empresas (con frecuencia
multinacionales) ejerzan presión para lograr normativas más estrictas que excluyan a las
empresas más pequeñas (con frecuencia nacionales).

Existe una serie de efectos ambientales potencialmente perjudiciales asociados con los
desechos procedentes del sector del agroprocesamiento, tanto en la fase preindustrial como
industrial. Por un lado, están los materiales de desecho procedentes de las operaciones de
procesamiento, algunos de los cuales pueden utilizarse como subproductos y otros que se
deben eliminar. Barrett et al. (2001) señalan que la industrialización del agroprocesamiento no
sólo crea un nuevo (y mayor) flujo de desechos, sino que también distribuye estos desechos
desde el punto de producción de materias primas hacia otros lugares. El alcance de la
utilización de los desperdicios cambia con el tiempo y puede ser específica del contexto. Por
ejemplo, las nuevas tecnologías y mercados pueden evolucionar de tal manera que permitan
que los materiales de desecho se utilicen de manera productiva. Un buen ejemplo es el
reciente desarrollo de las tecnologías de biocombustibles y las nuevas maneras de
transformación de los materiales para utilizarse como pienso para animales. Por otro lado, el
aumento de los ingresos y la transformación en paralelo de las agroindustrias tiende a
aumentar el consumo de productos alimentarios envasados. Muchos de estos materiales de
envase son exportados a países en desarrollo y, a la larga, deben ser eliminados de alguna
manera. En muchas áreas urbanas de los países en desarrollo, los materiales de envase de
alimentos se han transformado en un problema ambiental importante como, por ejemplo, el
bloqueo de cursos de agua y de sistemas de aguas residuales.

Los procesos de agroindustrialización han provocado profundos impactos tanto en los usos de
la energía como en la importancia relativa de las diferentes fuentes de energía, con a menudo
diferentes impactos ambientales. En términos generales, la agroindustrialización tiende a
sustituir la mano de obra por capital y, con ello, aumentar la demanda global por energía. Sin
embargo, pueden producirse ahorros netos de energía si el procesamiento a escala comercial,
con tecnologías energéticas más eficientes, reemplaza las tecnologías menos eficientes
energéticamente ya que, de no ser así, se produciría a una menor escala (a menudo informal).
Si bien la agroindustrialización tenderá a aumentar la demanda de transporte e inducirá a un
uso mayor de combustibles, especialmente cuando implique una especialización geográfica, la
adopción de medios de transportes que consuman poco combustible podría contrarrestar, en
parte, los efectos negativos. Además, dado que las instalaciones industrializadas de
procesamiento se ubican con frecuencia cerca de las fuentes de materias primas, podrían
lograrse ahorros energéticos transportando bienes terminados en vez de materias primas.

Si bien los impactos directos y heterogéneos de la industrialización del agroprocesamiento son


inciertos, es posible que los efectos indirectos y más generales sean más graves. En particular,
sería razonable esperar que los efectos ambientales de la agroindustrialización sigan los
postulados de la curva ambiental de Kuznets: a medida que los ingresos de los países en
desarrollo crecen, primero aumentará la degradación ambiental hasta alcanzar un máximo y
luego comenzará a disminuir, lo que reflejará la adopción de tecnologías más limpias para
mitigar o remediar los impactos ambientales negativos. Barrett et al. (2001) indican que
actualmente existe un aumento de la degradación ambiental, junto con procesos de desarrollo
económico y agroindustrialización, con pocas señales de cambio hacia las partes anteriores de
la curva de Kuznets. De esta manera, si bien los efectos de escala asociados con los procesos
de agroindustrialización desempeñan un papel en el aumento de la degradación ambiental,
bien podría ser que la adopción de tecnologías de procesamiento y prácticas de producción
más limpias no haya progresado lo suficiente como para lograr compensar los efectos
ambientales perjudiciales.

DESAFÍOS ENFRENTADOS CON PROCESOS ACTUALES DE AGROINDUSTRIALIZACIÓN

Los análisis que se han hecho anteriormente y algunos capítulos posteriores destacan algunos
de los impactos que la agroindustrialización puede provocar en los países en desarrollo,
describiendo las contribuciones positivas que pueden hacer las empresas agroindustriales,
pero también algunos de los efectos perjudiciales. El desafío para los países en desarrollo en el
desarrollo de los sectores agroindustriales consiste en despejar el camino para las inversiones
privadas que provocarán una rápida evolución de los sistemas agroalimentarios, además de
establecer las condiciones que permitirán minimizar las posibles consecuencias negativas. Esto
supone que estos desafíos no solo residen en el reducido ámbito del sector agroalimentario, y
en particular del agroprocesamiento, sino en un contexto económico e institucional más amplio
en el cual se produce la industrialización. A continuación consideraremos una serie de desafíos
clave.

Posicionamiento global

En el análisis anterior se ha subrayado cómo está cambiando el mundo. Los procesos de


agroindustrialización en los países en desarrollo están realizándose dentro del contexto de los
sistemas agroalimentarios que están cada vez más globalizados y que por sí mismos están
llevando a cabo una restructuración institucional y de organización. Si bien las tendencias
imperantes pueden presentar nuevas oportunidades para los países en desarrollo en forma de
adición de valor, también plantean desafíos. De esta manera, las bases sobre las cuales
compitieron generalmente en el pasado las empresas agroindustriales de los países en
desarrollo son cada vez más obsoletas, mientras que estas empresas se enfrentan a una
competencia cada vez mayor por parte de sus homólogos mundiales. Al mismo tiempo, las
oportunidades para la adición de valor en este nuevo mundo exigen nuevos enfoques de la
competitividad. Por consiguiente, es probable que veamos empresas agroindustriales
desarrollarse de formas muy diferentes en el futuro, mientras que las empresas existentes que
no sean capaces de competir en este nuevo mundo desaparecerán.

Quizás el mayor desafío para los países en desarrollo es identificar qué lugar ocupan sus
sectores agroindustriales en este nuevo orden mundial. Esto implica que el status quo no será
suficiente. Mejor dicho, las agroindustrias deben ser conducidas principalmente por las
demandas de los consumidores, dado que se cuelan entre los actores posteriores (por ejemplo,
las cadenas de supermercado y las empresas de procesamiento). En muchos casos esto
implica un cambio de pensamiento más radical incluso que el cambio que se necesitó para
abandonar el modelo estatista de desarrollo que prevaleció hasta mediados de los años 1980
(Jaffee et al., 2003). En efecto, en muchos casos, las agroindustrias, así como el sistema
agroalimentario en su conjunto, necesitarán una reorganización completa de la estimulación de
la oferta a la estimulación de la demanda, reconociendo la primacía de los consumidores y de
los compradores dominantes finales. Sin duda, esto plantea grandes desafíos y los procesos
asociados de reestructuración institucional y de organización son inmensos, sobre todo por las
limitaciones de recursos e infraestructura a las que se enfrentan los gobiernos y las empresas
agroindustriales en muchos países en desarrollo.

Es imprescindible que los países en desarrollo reconozcan las nuevas realidades de la


economía agroalimentaria global y que identifiquen cómo pueden posicionarse las
agroindustrias existentes o las nuevas dentro de esta realidad. Los desafíos presentados por la
economía agroalimentaria contemporánea son extremadamente desalentadores,
especialmente cuando se requieren procesos costosos de reestructuración y actualización con
el fin de competir en cadenas de valor nuevas y que evolucionan. Al mismo tiempo, sin
embargo, existen algunas pruebas que muestran que los desafíos a los que las agroempresas
se enfrentan (por ejemplo, para cumplir con las normas más estrictas de calidad e inocuidad
alimentaria en los mercados internacionales) pueden actuar como catalizadores fundamentales
de cambio y de reposicionamiento estratégico (Banco Mundial, 2005; Henson y Jaffee, 2008).
Es más, algunos sostienen que es más probable que los países en desarrollo triunfen cuando
el bajo rendimiento tiene poca o ninguna cabida, es decir, cuando se establecen
específicamente los requerimientos y cuando existe poca o ninguna tolerancia para desviarse
de estas normas (Crammer, 1999).

De manera más general, podemos observar las experiencias de una serie de países en
desarrollo que han accedido con éxito a mercados de mayor valor. Ciertos países han logrado
añadir valor a exportaciones de agroalimentos tradicionales a través del agroprocesamiento,
por ejemplo, Côte d’Ivoire, pesca y madera; el Senegal, pesca; y Ghana, madera (Crammer,
1999). Otros países se han diversificado diagonalmente, cambiando sus exportaciones
primarias tradicionales hacia el procesamiento de otros productos, como es el caso de Guinea
Ecuatorial (cacao a madera aserrada y láminas para chapa) y Kenya (té y café a productos
hortícolas y pesqueros). Se puede aprender mucho de estas experiencias y también de otros
esfuerzos similares que no han prosperado.

Problemas de infraestructura

Una condición previa y necesaria para el desarrollo de las agroindustrias es disponer de


transporte, tecnologías de información y comunicación (TIC) y acceso a suministros fiables de
servicios clave, especialmente electricidad y agua. A su vez, los problemas de infraestructura
bajo los cuales opera el sector agroindustrial influyen en el coste y la fiabilidad del movimiento
físico de las materias primas y de los productos finales, la eficiencia de las operaciones de
procesamiento, la respuesta a las demandas de los clientes, etc. Es más, junto con las
condiciones empresariales y macroeconómicas imperantes, el nivel, la calidad y la fiabilidad de
la infraestructura han demostrado ser un determinante crítico de la competitividad en la
exportación de agroalimentos procesados (Crammer, 1999). Cuando existen problemas de
infraestructura particularmente agudos, las complejidades adicionales de las operaciones de
procesamiento pueden ser mayores que los beneficios de la diversificación, apartándose de la
exportación de materias primas primarias y hacia la agregación de valor (Love, 1983).

En muchos países en desarrollo (especialmente en países de ingresos bajos), la infraestructura


suele ser débil. Intrínsecamente, esto hace que las empresas agroindustriales estén en
desventaja competitiva en relación con sus competidores de países industrializados, al mismo
tiempo que se distorsiona la competitividad de los países en desarrollo entre sí según la calidad
de su infraestructura básica. De esta manera, las empresas agroindustriales pueden estar
confrontadas a sistemas de transporte no fiables y costosos que impiden el acceso a posibles
mercados de valor. Bajo dichas condiciones, podríamos encontrar empresas de
agroprocesamiento potencialmente competitivas que no son capaces de acceder a mercados
clave debido a la debilidad de los sistemas de transporte. De la misma manera, la oferta poco
fiable y costosa de los servicios básicos puede impedir que las empresas de
agroprocesamiento funcionen a su capacidad máxima (o casi).

La existencia de una infraestructura débil puede influir en la velocidad a la que el sector del
agroprocesamiento pasa de informal a formal y en la evolución de la estructura del sector
conforme avanza el tiempo. De esta manera, la adopción de tecnologías más avanzadas, que
es una dimensión en la cual el sector formal de agroprocesamiento compite con empresas
informales que frecuentemente son de menor coste, depende de un acceso fiable a la
electricidad y el agua. Sin el acceso a insumos y servicios esenciales, el sector del
agroprocesamiento puede caer en una trampa informal. Es más, una infraestructura débil suele
favorecer a las empresas más grandes que disponen de capital para instalar sus propias
instalaciones y así generar electricidad, proporcionar agua potable y operar a unos niveles de
capacidad adecuados para repartir estos costes en un amplio volumen de productos. A largo
plazo, a medida que los procesos de agroindustrialización avancen, esto puede conducir la
estructura del sector hacia mayores niveles de concentración.

Además de la infraestructura básica como caminos, electricidad, Internet y teléfono, siguen


desarrollándose otras necesidades de infraestructura más específicas del sector agroindustrial.
Por ejemplo, el acceso a pruebas de laboratorio y servicios de certificación, proveedores de
servicios de reparación e instalaciones para el desarrollo de nuevos productos. En muchos
países en desarrollo dicha infraestructura es débil, de tal manera que incluso el cumplimiento
de normas básicas de calidad e inocuidad alimentaria puede ser un problema. Sin duda, esto
obstaculiza la competitividad en relación con las empresas agroindustriales que tienen un mejor
acceso a dichos servicios o bien, como mínimo, aumenta los costes porque las empresas se
ven obligadas a hacer uso de proveedores de servicios de países vecinos (o incluso distantes).
También puede forzar a los sectores hacia modos reactivos de valorización de sus capacidades
cuando los problemas «atacan» en vez de tener enfoques más proactivos que maximicen la
competitividad de mercado.

Para ejemplificar el papel fundamental que desempeña la infraestructura general y específica


para el agroprocesamiento en la evolución del sector agroindustrial, Jaffee y Morton (1995)
subrayan que el fracaso de muchas industrias de procesamiento paraestatal de gran escala en
el África subsahariana pueden explicarse, al menos en parte, por su incapacidad para acceder
a servicios esenciales de apoyo (por ejemplo, reparación de maquinaria), por su inestable
acceso a los servicios básicos, etc. Es más, muchas de estas empresas han operado muy por
debajo de su nivel de capacidad instalada o han cesado totalmente sus operaciones debido a
factores que estaban fuera de su control. Podría decirse que muchas de estas empresas
habrían caído en bancarrota si sus gobiernos no las hubiesen protegido o si no hubieran
recibido soporte financiero procedente de donaciones.

Acceso al capital físico y humano

El acceso al capital físico y humano necesarios es cada vez más crítico con el progresivo
cambio desde el sector informal al formal y a medida que las empresas de agroprocesamiento
intenten añadir valor y competir con sus homólogos de países industrializados. En efecto, los
procesos de agroindustrialización están relacionados con, y provocan al mismo tiempo,
cambios tecnológicos en la cadena de abastecimiento; algunos ejemplos son el mejoramiento
de cultivos y de ganado, las nuevas formas de procesamiento y los mejores sistemas de
distribución. Dichos cambios son fundamentales para mejorar la eficiencia, satisfacer las
variables demandas de los compradores y consumidores y mejorar la capacidad de
almacenamiento y de transporte. Simultáneamente, la naturaleza real de estas tecnologías está
cambiando, como demuestran los avances en TIC y el aumento del uso de biotecnología.

Las agroindustrias de los países en desarrollo se enfrentan con frecuencia a problemas


significativos para lograr el acceso a las tecnologías y habilidades que necesitan para
evolucionar y competir en la economía agroalimentaria actual, ya sea porque no se encuentran
disponibles a nivel nacional o porque son costosas. En muchos casos, estas tecnologías se
importan, aunque los sistemas tributarios de las importaciones, el acceso a divisas y el tipo de
cambio pueden actuar como impedimentos significativos. Esto explica por qué el gasto en
investigación y desarrollo en muchos países en desarrollo es bajo. Como alternativa, la
transferencia de capital físico y humano puede producirse internacionalmente, a través de
vínculos con empresas multinacionales, asistencia técnica ofrecida por donantes bilaterales o
multilaterales, etc. Efectivamente, existen cada vez más pruebas de que las empresas de los
países en desarrollo pueden adquirir conocimientos clave a través de su interacción con
compradores internacionales (Schmitz y Knorringa, 2000). Lo importante aquí es que las
tecnologías y habilidades sean apropiadas al contexto específico del país en desarrollo en
cuestión y al lugar que una industria o empresa particular ocupa en los mercados nacionales o
internacionales. Por ejemplo, es posible que una tecnología muy sofisticada y costosa no sea
apropiada para una empresa o industria que persigue una estrategia de liderazgo en función de
los costes. Es más, cuando las tecnologías son muy específicas al producto, los altos niveles
de especificación de los activos pueden hacer que dichas inversiones sean arriesgadas y que
disuadan a posibles inversores.

Si bien los bajos niveles de intensidad de capital que resultan de las dificultades de acceso a
las tecnologías, junto con la dotación de personal, suelen citarse como razones para una falta
de competitividad internacional de los países en desarrollo en la exportación de productos
manufacturados (Crammer, 1999), existen cada vez más pruebas de que el nivel de
capacidades por trabajador (capital humano) y la dotación de tierras son más críticos para los
productos agrícolas primarios procesados (Wood y Berge, 1997; Wood y Owens, 1997). Esto
indica que los activos competitivos basados en el conocimiento (como se representa en la
fuerza laboral) son clave para los procesos de agroindustrialización en los países en desarrollo.
Esto, a su vez, plantea la necesidad de hacer inversiones en educación general y capacidades
específicas. Es lógico: si bien el acceso a las tecnologías es clave, no se puede ocupar ningún
tipo de tecnología a menos que exista una fuerza de trabajo capacitada para operarla.

Entorno macroeconómico y político

Además de los desafíos específicos a los que se enfrenta el sector agroindustrial, todas las
empresas tienen que operar en un entorno macroeconómico, legal y normativo más general. En
condiciones de inestabilidad macroeconómica, las inversiones de capital con costes
irrecuperables significativos, como tecnologías muy específicas del producto, son desechadas
a causa de su importan riesgo inherentemente. Esta situación puede agravarse todavía más
con la falta de alineamiento del tipo de cambio que fomenta la incertidumbre. Cuando las
tecnologías y los insumos clave deben ser importados, la escasez de divisas ligado a las
licencias de importación y a los sistemas de asignación de divisas pueden demorar las
inversiones o imponer costes adicionales a los empresarios (por ejemplo, ejerciendo presión en
la divisa).

En muchos países en desarrollo las normativas gubernamentales se han adaptado muy


despacio a la nueva realidad de la empresa privada. Por ejemplo, a pesar de que la mayoría de
los países han pasado por algún proceso de ajuste estructural, la liberalización de los controles
en la inversión y el comercio es irregular. Es más, la concesión de licencias de negocio sigue
siendo algo común. Los cambios en la interpretación e implementación de estas políticas sirven
para crear incertidumbre y añadir costes (por ejemplo, en forma de sobornos) y dilación en los
negocios. Estas condiciones están lejos de ser propicias para la inversión privada y pueden
actuar de tal forma que las empresas extranjeras dejen de invertir, desalentando inversiones
más arriesgadas (pero también con un rendimiento mayor) tales como las que se asocian con
tecnologías más avanzadas. Estos aspectos se analizan con mayor detalle en el Capítulo 5 de
este libro.

Condiciones empresariales

A pesar de estar relacionadas con un entorno normativo más amplio, las condiciones generales
de negocio son un factor específico que determina la velocidad y la trayectoria del desarrollo
del sector agroindustrial. De esta manera, los largos y costosos procedimientos para registrar
una empresa y el cumplimiento de los contratos pueden actuar como una barrera para la
transición de las empresas desde el sector informal al formal (De Soto, 1989) y desalentar la
inversión privada en nuevas empresas. Esto ocurre particularmente cuando las agroindustrias
son de gran densidad de capital y requieren grandes inversiones iniciales. Bajo dichas
condiciones, el inicio oportuno de un negocio puede ser clave para la viabilidad comercial.

El Cuadro 3 presenta algunas medidas seleccionadas de las condiciones empresariales en los


países en desarrollo e industrializados. Queda claro enseguida que, aunque existen diferencias
significativas entre los países dentro de cualquier grupo de ingresos, los procedimientos y el
tiempo requeridos para iniciar un negocio así como el tiempo necesario para hacer cumplir un
contrato son significativamente mayores en los países en desarrollo y, especialmente, en los
países de ingresos bajos. Si bien se han hecho esfuerzos para establecer marcos normativos
más propicios para los negocios en muchos países en desarrollo, la inercia burocrática y la falta
de esfuerzo para acabar con la corrupción han servido para mantener condiciones que
desafían a la empresa privada.

Un segundo elemento de las condiciones requeridas para los negocios es contar con un sector
financiero y de otros servicios empresariales bien desarrollado y fiable. Por ejemplo, en
aquellos lugares en los que el sector bancario es débil, la movilización de recursos es más
difícil debido a las bajas tasas de reembolso de créditos, lo que a su vez se refleja en tasas de
interés más altas, altos costes de transacción o interferencia política. Los problemas para lograr
acceso a capital fijo o de trabajo, entre los que se incluyen los créditos comerciales, son más
importantes para las empresas pequeñas que tienden a carecer de los recursos financieros
requeridos internamente, lo que significa que sistemas bancarios no fiables pueden impedir la
transición desde el sector informal hasta el sector formal.
Sistemas de comercio mundial

Si bien es probable que la expansión de la demanda interna para productos alimentarios de


mayor valor sea cada vez más un catalizador de los procesos de agroindustrialización, la
capacidad de los países en desarrollo para abastecer a los mercados globales seguirá siendo
un tema clave (Díaz Bonilla y Reca, 2000). Es más, desde hace mucho se sostiene la idea de
que una estrategia viable para los países en desarrollo hacia la industrialización es el
procesamiento de productos básicos, cosa que ya han comenzado a hacer la mayoría de estos
países (Crammer, 1999). Aunque hemos analizado una serie de desafíos a los que se
enfrentan los países en desarrollo para abastecer los mercados de exportación, especialmente
en vista de la rápida evolución de la economía agroalimentaria mundial, las restricciones
tradicionales del comercio (en forma de aranceles o restricciones cuantitativas, por ejemplo)
son todavía un problema. De hecho, la progresividad arancelaria según el nivel de
procesamiento sigue siendo una realidad en muchos países industrializados, lo que actúa
frustrando las ambiciones de los países en desarrollo de avanzar en la cadena de valor, dado
que los mismos países industrializados son los que les recomiendan hacerlo. Al mismo tiempo,
las medidas no arancelarias, que incluyen normas de calidad e inocuidad alimentaria están
planteando nuevos desafíos, especialmente para los países en desarrollo ya que carecen de
las infraestructuras necesarias de gestión de calidad e inocuidad alimentaria (Banco Mundial,
2005; Henson, 2007a), lo que puede suponer un obstáculo para explotar el acceso a mercados
preferenciales como países de ingresos bajos. No cabe duda de que las negociaciones
comerciales globales actuales tienen algo que decir al respecto.

Un impedimento secundario para los países en desarrollo que intentan acceder a mercados de
productos agroindustriales de países industrializados (y también en desarrollo) es la
considerable ventaja de la que gozan las empresas que ya están presentes en el mercado, por
ejemplo, a través de redes de información y vínculos de mercado. En efecto, las empresas
agroindustriales de los países en desarrollo pueden luchar por integrarse en cadenas de
abastecimientos globales cada vez más sofisticadas e integradas. Esto puede significar que las
agroindustrias de los países en desarrollo requieran un tiempo considerable para explotar
oportunidades comerciales. No obstante, no es sorprendente que haya habido algún tipo de
cambio en los países del África subsahariana que dominan las exportaciones de productos
alimentarios y agrícolas no tradicionales, lo que refleja que ha habido pocos nuevos entrantes
importantes (Henson, 2007b). Observamos patrones similares en la comercialización de
productos alimentarios y agrícolas de alto valor en otras partes del mundo, lo que hace pensar
en las significativas ventajas de los primeros entrantes.

Pensamiento estratégico

En la historia reciente, la agroindustrialización ha pasado por dos grandes etapas de desarrollo


en los países en desarrollo. Antes de la era del ajuste estructural, el sector público
desempeñaba una función dominante en la dirección de la creación de empresas de gran
escala y, a menudo, de propiedad pública, con la que perseguía objetivos más bien dudosos
entre los que se incluía impulsar procesos más amplios de industrialización. Aunque muchos de
estos esfuerzos han fracasado, se podría decir que la siguiente fase ha sido un poco mejor.
Así, en la su búsqueda de inversión privada, muchos países han dejado que el sector
agroindustrial evolucione de un modo liberal, sin ninguna o muy poca dirección estratégica a
nivel sectorial o subsectorial. En realidad, el programa liberal que esperan alcanzar muchos
países en desarrollo ha provocado incertidumbre y confusión acerca de la función legítima del
gobierno.

Con mucha frecuencia, el gobierno ha preferido quedarse en un segundo plano, observando


simplemente la evolución de las agroindustrias, sin definir ni conducir el sector hacia objetivos
estratégicos. Es más, existe una necesidad por parte de los países en desarrollo de identificar
la vía más apropiada para los procesos de agroindustrialización en el contexto particular del
país. Deben determinar las áreas en las que pueden o no pueden competir en los mercados
nacionales y globales y establecer cómo el crecimiento de las agroindustrias puede contribuir al
desarrollo económico a través de la creación de empleo, la reducción de la pobreza, la
reducción de los precios de mercado, el mejoramiento de la calidad e inocuidad alimentaria, la
protección ambiental, etc. Si no se adopta un enfoque estratégico de la agroindustrialización,
cualquier aporte a estos objetivos de desarrollo es, en gran parte, una mera coincidencia. Al
mismo tiempo, existe un temor, y algunas pruebas, de que las agroindustrias se están
volviendo altamente concentradas, expulsando a las empresas nacionales con bajo capital y a
los pequeños productores, sustituyendo las importaciones por equipos nacionales y
enriqueciendo a las élites urbanas a costa de la pobreza rural (Jaffee et al., 2003).

El desafío de los países en desarrollo consiste en establecer relaciones de trabajo efectivas


entre los sectores público y privado, con el fin de definir una vía para el desarrollo del sector
agroindustrial que no reprima los incentivos privados, que permita un crecimiento sostenible y
sólido que cree más riqueza y un mejor bienestar humano. Esto indica que el gobierno tiene un
cometido legítimo, no en la dirección de las inversiones del sector privado, sino más bien en la
creación de condiciones propicias para la inversión privada y la innovación, además de guiar el
desarrollo del sector en la dirección correcta. A su vez, esto requiere que se desarrollen
relaciones fructíferas entre el gobierno y las empresas privadas, tanto a nivel colectivo como a
nivel individual de cada empresa, basadas en la confianza y la comprensión mutua.

Los desafíos señalados anteriormente indican que es probable que una estrategia nacional
para el desarrollo de las agroindustrias abarque un ámbito mayor. Sin embargo, algunos de los
temas clave que debería contener una estrategia como esta son los siguientes:

ƒ Trabajar con las agroindustrias en subsectores y sectores para definir los planes para mejorar
la competitividad en los mercados nacionales y globales.
ƒ Trabajar con grandes agroindustrias para ayudar a pequeñas industrias y productores a
cumplir con sus requisitos.
ƒ Trabajar para eliminar las barreras institucionales de entrada que inhiben el dinamismo
empresarial.
ƒ Asegurar una competencia efectiva entre las empresas en el sector agroindustrial que
garantice la elección de productores y consumidores primarios y precios justos. ƒ Trabajar
hacia el mejoramiento de la infraestructura general y específica por sectores, trabajando con el
sector privado cuando sea necesario.
ƒ Establecer un marco normativo que facilite la inversión, promueva la competencia entre las
empresas agroindustriales y asegure un trato justo de los consumidores y productores
primarios.
ƒ Efectuar inversiones estratégicas en investigación y desarrollo que, en vez de ser generales,
se enfoquen en áreas identificadas de ventaja competitiva.
ƒ Negociar con los socios comerciales internacionales el acceso a ciertos mercados y una
asistencia técnica enfocada a competir en mercados en que se ha identificado una ventaja
competitiva.

Al desarrollar dichas estrategias no es necesario que los países en desarrollo comiencen de


cero y tengan que «inventar la pólvora». Se debe fomentar que los países en desarrollo, y los
sectores y empresas dentro de estos, compartan sus experiencias. Las donaciones bilaterales
y multilaterales, además de las organizaciones de desarrollo, pueden tener una función que
desempeñar al permitir que se compartan experiencias y se apoyen procesos de transferencia
tecnológica, si bien la IED y las relaciones comerciales de las empresas de los países en
desarrollo con los compradores internacionales son cada vez más importantes para el
desarrollo de capacidades a nivel empresarial.

CONCLUSIONES

Este capítulo ha intentado describir la naturaleza del proceso de agroindustrialización de los


países en desarrollo y los desafíos a los que estos se enfrentan, sobre todo a medida que la
economía agroalimentaria mundial cambia en respuesta a una serie de megatendencias
dominantes. Es evidente que la futura trayectoria de las agroindustrias será bastante diferente
a la del pasado y, si bien los países en desarrollo están haciendo esfuerzos para crear
prósperas agroindustrias, el mundo que les rodea está cambiando rápidamente. Es probable
que la base de la competitividad de las agroindustrias en los países en desarrollo en el futuro
sea algo diferente al pasado, lo cual exigirá la transición de las empresas existentes y la
adopción de nuevas normativas y enfoques para la creación de empresas. Al mismo tiempo,
este nuevo mundo está creando oportunidades significativas para los países en desarrollo que
son capaces de responder de manera adecuada.

Es evidente que las agroindustrias pueden (y lo hacen) desempeñar una función fundamental
en los procesos globales de industrialización y desarrollo económico, a pesar de que existan
externalidades y microimpactos significativos (no siempre positivos). Por ejemplo, si bien las
agroindustrias presentan nuevas oportunidades para un empleo mejor pagado y seguro, la
transición desde el sector informal al formal implica inevitablemente cambios drásticos en la
estructura de las cadenas de valor y de las relaciones de poder vertical y horizontal asociadas.
De esta manera, las agroindustrias pueden evolucionar de tal forma que actúen excluyendo a
las empresas más pequeñas del sector formal y a los pequeños productores primarios, con
impactos perjudiciales a nivel estructural y de subsistencia. De igual forma, si bien la
agroindustrialización puede conllevar beneficios ambientales, también existe un ámbito
significativo de externalidades ambientales negativas. Esto destaca la necesidad de que los
procesos de agroindustrialización sigan el camino apropiado», guiados por normativas y
estrategias apropiadas.

La visión global descrita en este capítulo se resume en el hecho de que el desarrollo de las
agroindustrias en el contexto actual proporciona oportunidades de ganancias significativas para
los países en desarrollo, aunque estas ganancias todavía están lejos de superar las pérdidas.
Existe un caso político para promover la agroindustrialización en los países en desarrollo, a
pesar de que al mismo tiempo el desarrollo de las agroindustrias debe seguir una vía
claramente definida que evite los múltiples riesgos que inevitablemente van asociados a dichos
procesos fundamentales de cambio económico y social. Esto sugiere que la promoción del
sector agroindustrial debe realizarse de manera gradual y no de golpe (Jaffee y Morton, 1995).
A su vez, se requieren estrategias a nivel nacional e internacional para asegurar que los países
en desarrollo tengan acceso al conocimiento y a las tecnologías necesarias para cambiar sus
sectores agroalimentarios desde el sector informal al sector formal. Los países en desarrollo
deben compartir experiencias de manera tal que no se repitan una y otra vez los mismos
errores. La comunidad internacional tiene, sin ningún duda, una función que desempeñar aquí,
facilitando la colaboración entre fronteras y el acceso a los mercados, junto con los esfuerzos
de los gobiernos nacionales para establecer condiciones que sean propicias para la empresa
privada, al mismo tiempo que se establecen marcos normativos y políticas que guíen la
evolución del sector por el buen camino.

La futura trayectoria de las agroindustrias en los países en desarrollo es incierta. Sin embargo,
existe una serie de oportunidades y muchos beneficios procedentes de la agroindustrialización.
No obstante, al mismo tiempo, si los procesos de agroindustrialización no se guían de manera
adecuada, los efectos negativos podrían ser considerables tanto a corto plazo, a través de la
exclusión de pequeños agricultores y empresas informales, como a largo plazo, a través de la
concentración vertical y horizontal de las cadenas de abastecimiento y las externalidades
ambientales. Existe un imperativo político de determinar una manera positiva de seguir
adelante, observando las experiencias positivas y negativas, además de los éxitos y fracasos
vividos hasta el día de hoy, estableciendo una dirección estratégica que satisfaga las
necesidades de los países en desarrollo y a los consumidores a nivel mundial.

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