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Educación en Roma..

El documento analiza el pensamiento pedagógico romano a través de Cicerón, Séneca y Quintiliano, destacando el concepto de humanitas como base de su educación. Cada autor presenta una visión distinta sobre la formación del orador consumado, vinculando la educación a la moral y la acción política, con Cicerón y Quintiliano enfatizando la retórica, mientras que Séneca prioriza la filosofía y la virtud. A pesar de sus diferencias, todos coinciden en la importancia de la educación como un camino hacia la perfección humana.

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El documento analiza el pensamiento pedagógico romano a través de Cicerón, Séneca y Quintiliano, destacando el concepto de humanitas como base de su educación. Cada autor presenta una visión distinta sobre la formación del orador consumado, vinculando la educación a la moral y la acción política, con Cicerón y Quintiliano enfatizando la retórica, mientras que Séneca prioriza la filosofía y la virtud. A pesar de sus diferencias, todos coinciden en la importancia de la educación como un camino hacia la perfección humana.

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ÍNDICE

1.- Ensayo: El pensamiento pedagógico romano: similitudes y divergencias


entre sus principales autores 1

Bibliografía 5
1.- El pensamiento pedagógico romano: similitudes y divergencias entre sus principales autores

Antes de abordar el pensamiento pedagógico de los principales autores romanos, es preciso


advertir que el concepto ante el que gravita su entramado educativo es el de humanitas, un término
complejo y con un sentido que fue variando con el tiempo. En Grecia el concepto de areté
expresaba el objetivo de la educación en busca del ideal de perfección humana vigente en cada
momento. Así, evolucionó desde la idea de excelencia aristocrática del guerrero propia de la etapa
arcaica, a la virtud de la justicia que caracterizó al nacimiento de la polis, para llegar a la
vinculación con la ciencia y la sabiduría, tras el desarrollo de la filosofía. De este modo, se pasó de
un ideal educativo restrictivo con un fuerte componente físico a uno moral, para concluir en un
objetivo espiritual. En el caso de Roma, el significado de humanitas también varió a lo largo del
tiempo desde una original misericordia o filantropía hasta su acepción como condición humana
tanto en un sentido de superioridad frente al bárbaro, como el de ideal de perfección al que tiende la
naturaleza humana. Aparece, pues, vinculado a las virtudes con las que se identificaba la sociedad
romana: pietas, religio, fides, gravitas e integritas, reflejando, como se ha visto antes para el caso
heleno, el ideal de perfección humana de Roma. Así, la humanitas se identifica con el concepto
moderno de civilización, pero en su sentido pedagógico, se utiliza como término equivalente al de
la paideia griega: educación, formación y cultura, es decir, como punto de partida del pensamiento
pedagógico romano, que se va a describir a continuación con el análisis del pensamiento de
Cicerón, Séneca y Quintiliano.

Para el primero de ellos, la acción de los tres factores de perfeccionamiento humano (physis,
ethos y logos) era imprescindible en el proceso formativo, aunque su consideración de que el arte
había de seguir a la naturaleza jerarquizaba los factores en favor de esta última. El fin de la
educación no era otro que el de la formación del orador consumado, una figura inalcanzable, pero a
la que debe tender todo buen ciudadano. Su concepto de humanitas admitía, básicamente, los
ideales de la paideia, pero rechazaba algunos de sus principios, calificados por Cicerón como
errores: por un lado, fue crítico con el rechazo a lo profesional, y por otro, con la excesiva
valoración de lo teórico, ya que el saber práctico se situaba por encima porque la virtud se
alcanzaba en la acción que beneficiaba a la sociedad, mientras que lo teórico se alejaba de la acción
política, un campo con más consideración que el ético o el personal. El orador debía integrar tres
facetas que perdían valor si se asumían de manera parcial: el buen político, que asumía la figura del
hombre de estado con las virtudes de la retórica, superando la escisión de la cultura y la retórica; el
jurisconsulto, un experto en leyes y costumbres que alcanzaba la simbiosis del derecho con la
retórica; y el filósofo, que armado con las virtudes del orador superaría sus dos importantes
defectos: la falta de elocuencia y de tacto para los asuntos prácticos. El objetivo de la retórica era
alcanzar la elocuencia que presuponía una cultura general al servicio de la palabra y útil a la acción
política, recuperando el ideal isocrático de equilibrio entre el fondo y la forma. Para Cicerón y, más
tarde, Quintiliano era necesario vincular la formación intelectual con la moral, pues la retórica no
era un simple instrumento en el sentido sofista, sino que el buen decir se debía vincular con un uso
virtuoso del mismo. Así pues, el objetivo de la humanitas consistía en vincular la técnica retórica
con una cultura general sobre las cosas substanciales, que, de este modo, quedaría sustentada por el
lenguaje. Por ello, Cicerón criticó el desprecio del ejercicio del decir en autores como Sócrates, que
separó, a su juicio, el pensar del hablar, una escisión que impide llegar a la verdadera elocuencia,
que únicamente se alcanzaría cuando reflejase el fondo y la forma integrados. En cuanto a los

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contenidos, el orador tenía que poseer un amplio repertorio de conocimientos y habilidades, para
cuya formación Cicerón dividió en dos categorías: los de carácter real, que incluían las Artes
Liberales, la Historia, el Derecho y la Filosofía, que alimentaban la cultura general; y los de sentido
metodológico, como son la Gramática, que aporta la tradición y el gusto literario, la Dialéctica, para
aprender a discutir y a pensar, y la Retórica, para hablar ante el público y escribir
convincentemente. En la formación del orador resultaban ineludibles dos elementos: la Filosofía,
que aportaba el carácter científico; y la Retórica, que abarcaba tanto el estilo como la asimilación de
los principios que aportaban la Filosofía y el Derecho. De hecho, era la Retórica la que coronaba el
ciclo de estudios, por ser la que más ayudaba a alcanzar la verdadera elocuencia, principal atributo
del orador. Por debajo de ella se situaba el Derecho, que resultaba menos formativo porque no
servía de mucho para la acción política, ni trataba de temas demasiado relevantes; y la Filosofía,
que Platón ubicó por encima de la elocuencia, convirtiendo la Retórica en una aplicación de lo
verdaderamente importante, la Dialéctica, algo a lo que Cicerón dio la vuelta otorgando primacía al
cultivo del lenguaje sobre la inteligencia, ya que sin aquel no se alcanzaría esta. El orador
consumado sabía dominar la Dialéctica y la Retórica, aquella por su relevancia en el plano teórico,
pero esta por su primacía en el práctico, pues era la que convertía en persuasivo al orador.

Por su parte, para Séneca la razón era propia de la condición humana y le atribuía la función
de perfeccionar al hombre y hacerlo feliz. El alma debía luchar para superar la condición de homo
victus. En este sentido, la educación tenía el cometido moral de rescatar al hombre, por lo que
además del aspecto intelectual, que otorgaba la sabiduría, lo esencial era la regeneración moral para
alcanzar la virtud. Según el autor hispano, la educación era accesible a todos, porque la natura les
capacita para perfeccionarse, aunque además dependía del esfuerzo y la diligencia. De este modo, el
ser humano tenía un dinamismo perfectivo innato que debía favorecerse a través de la educación. La
ayuda exterior del maestro y del entorno se encontraban en forma de preceptos, que a su vez
favorecían los principios, que instalaba en sí el alumno gracias al esfuerzo. Así que principios y
preceptos eran imprescindibles a la vez que complementarios en el proceso educativo, ya que
representaban las condiciones naturales de cada alumno y las de su entorno. Por otra parte, uno de
los peligros de la educación era el activismo, que volcaba al hombre hacia el exterior y no le
permitía el estado de calma espiritual (ocio) favorable al progreso. El equilibrio entre la actividad
intelectual y la política era una meta muy difícil, como vivió Séneca en su propia persona, por lo
que llegó al extremo de considerar que para el sabio era imposible dedicarse a la política, y solo así
asumiría su responsabilidad social y sería útil a los demás. Ya que alcanzar la felicidad era el fin de
la educación, aparecían, ligada a esta, elementos como la virtud, la perfección, la rectitud de vida y
la sabiduría, unos ingredientes indisociables del concepto pedagógico del autor. El proceso de
perfeccionamiento estaba ligado a dos elementos de orden moral, la libertad y la filosofía, que
determinaban el objetivo inmediato de la educación: la victoria contra las pasiones, evidenciando el
carácter estoico del autor. Este predominio de lo moral influía en que la educación tuviese una
naturaleza espiritual y poco corporal, rechazando el ideal de kalokagathia. La fuente de la libertad
(de la que dependía la felicidad) era la sabiduría y el camino hacia esta se hallaba en la filosofía,
concebida como un saber práctico que generaba una conducta virtuosa, por lo que esta se situaba en
la cúspide de los contenidos. Séneca rechazó las materias más intelectuales que solo ejercitaban la
agudeza, denunciando la excesiva sutileza y la educación aparente e ineficaz. De todos modos, no
resultó muy estricto a la hora de seleccionar contenidos, ya que combinó equilibradamente aquellos
que proporcionaban cultura con los de contenido moral. En el seno del estoicismo se generalizó la
idea de que la enseñanza media debía vincularse a las enseñanzas propedéuticas ligadas a la
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enkyklios paideia, posteriormente conocidas como las siete artes liberales. El plan formativo de
Séneca no se diferenció del propuesto por Cicerón y, posteriormente, Quintiliano, aunque sí lo hizo
el peso que cada disciplina tenía en la formación, perdiendo importancia la Retórica y culminando
los estudios con la Filosofía, demostrando la prioridad ética del pensamiento pedagógico de Séneca.

De nuevo, la figura del orador consumado se convierte en el objetivo de la educación, esta


vez en el pensamiento pedagógico de Quintiliano, que no resultó original en su consideración sobre
las fuerzas de perfeccionamiento, ya que supuso a la naturaleza por encima del arte, que debía
seguirla para favorecer las tendencias positivas. Aun así, el ars y el excertitatio eran condiciones
necesarias para alcanzar la excelencia. Su pensamiento, cercano al estoicismo, como se aprecia en
su optimismo pedagógico, mostraba una gran fe en el poder de la naturaleza y en la existencia de
una tendencia innata a desplegar las capacidades en el ser humano, concluyendo en la idea de que
todo el mundo estaba capacitado para educarse moral e intelectualmente. El ideal formativo, al igual
que en Cicerón, lo encarnaba el orador consumado, considerado como un ideal a alcanzar. Su
cualidad, de inspiración catoniana, era la conjunción de una cultura depurada y el sentido de lo justo
y oportuno, en resumen: un hombre instruido en la elocuencia. Rechazó una educación meramente
intelectual o técnica, porque el orador debe ser sabio, diestro en el decir, consumado en las
costumbres y perito en derecho, cualidades que le convertían en el mejor para las labores de
gobierno. La primacía en la formación debía ostentarla el objetivo ético: el orador debía de ser un
hombre de bien que obrase con rectitud, sin olvidar el dominio del bien hablar, la erudición y la
actividad política. De este modo, como en Isócrates, la elocuencia estaba vinculada al bien y a la
verdad, ya que el mejor método para la persuasión era el ejemplo. Como en Cicerón, para llegar a
ser elocuente había que ser sabio, conciliando un fondo valioso con una forma brillante. El
problema que detectó Quintiliano es que el fondo y la forma, o lo que es lo mismo, la Filosofía y la
Retórica, se habían escindido. La misión de la oratoria era la de restaurar la simbiosis entre
pensamiento y palabra. La Retórica, de este modo, no era un instrumento técnico al modo de los
sofistas, sino una disciplina en la que se conjugaba algo significativo que decir y un
comportamiento virtuoso (palabras sinceras y oportunas). El orador dominaba frente al filósofo
porque atraía hacia la virtud a quienes estaban alejados de ella y porque el pensamiento era
inseparable del lenguaje, del mismo modo que el fondo lo era de la forma. Así pues, primaba el
sentido filológico, que era el medio que permitía adquirir el saber útil, la prudencia política y la
cultura integral. El plan de estudios que propuso continuaba la línea ciceroniana, ya que consideró
propio de la Retórica todo aquello de lo que se podía hablar. Como elementos enciclopédicos
destaca el Derecho, la Historia, la Música, Geometría, y todas las disciplinas que conformaban el
bene sapere; en el ámbito filológico y literario se encontraban la Gramática y la Retórica; y como
elemento ético, la Filosofía y la Religión. La Gramática introducía las normas del lenguaje escrito,
el gusto literario y las ideas y tradiciones que conformaban la cultura-sustrato de la elocuencia. El
resto de materia enciclopédicas no servían propiamente para forjar al orador, pero Quintiliano
destacó especialmente el valor instrumental de las matemáticas. La Historia ejercía una función
moralizante a través de los exempla maiorum y de sentencias autorizadas, y servía como garantía de
la pervivencia de la cultura latina. El Derecho estaba vinculado al foro y a la tribuna pública y
resultaba importante para el orador, que tenía que dominar el conocimiento de las leyes, las
costumbres y la religión del lugar donde desarrollase la acción política. La Filosofía, en la que el
orador debía apoyarse siempre que no perdiese su independencia se situaba jerárquicamente por
debajo de la Retórica, que coronaba el currículo, de modo que toda la cultura citada trazaba el
camino para llegar al fin último, la elocuencia, que se alcanzaba a través de la Retórica.
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Las dos vías de la educación romana que representaban estos autores tendían hacia una
misma meta: la vía filosófica que representó Séneca y la retórica que lo hicieron Cicerón y
Quintiliano situaban en lo más alto de la perfección humana al vir bonus, aunque esta fuese la única
coincidencia, más allá de algunos aspectos secundarios, como la idea de una educación
potencialmente accesible para todos. Las diferencias entre ambas concepciones se pueden sintetizar
en tres aspectos: el objetivo educativo, la orientación hacia la actividad política y el programa de
estudios. En primer lugar, lo que asoció el pensamiento pedagógico de Cicerón con el posterior de
Quintiliano fue el interés en formar al orador consumado, pero, advirtió Quintiliano, no solo diestro
en la elocuencia, sino como vir bonus, poseedor de una bondad vinculada a la acción política, que
no se quedase en el plano teórico, como sería propio de los filósofos, que se habían separado de la
oratoria, como había advertido Cicerón. En cambio, el autor cordobés abogó por identificar al vir
bonus con el sapiens, ya que el sabio tendía hacia el bien, identificado con la honestidad y la virtud,
haciendo de la educación un camino hacia la perfección moral. Como se aprecia, el vir bonus era el
núcleo de ambas concepciones, aunque en la vía retórica lo era en función de un objetivo mayor, del
que era condición sine qua non, la formación del orator, mientras que en Séneca suponía la meta
última de la formación, considerando la elocuencia como un fin menor comparado con la virtud del
alma. Otra diferencia se hallaba en la consideración sobre la preparación para la acción política y la
actividad pública. Cicerón y Quintiliano criticaron el alejamiento de los filósofos de la vida política
y la actividad oratoria, unas funciones indisociables de la figura del orator, algo que Cicerón
ejemplificó con su trayectoria, no así Marco Fabio. Para Séneca, el vir bonus descubría su grandeza
en la actividad práctica, pero comprendió que no todos los educandos podrían dedicarse a la gestión
pública, sino que se podía ser útil de otras maneras, paradójicamente un ejemplo de esta visión lo
encarnaba el propio Quintiliano, que no enfocó su actividad hacia la política, sino hacia la
enseñanza. Por último, las discrepancias entre los dos modelos se aprecian bien en lo relativo al
programa de estudios. Mientras para la vía filosófica de Séneca el currículo educativo tenía que
lograr objetivos que no estuviesen en lucha con el fin principal, por lo que predominaban los
contenidos filosóficos, incluso durante la adolescencia; para Quintiliano, que no se planteaba tanto
el fin pedagógico último como los objetivos escolares, continuó la línea retórica, iniciada en
Isócrates y confirmada por Cicerón, siempre que se iniciase habiendo adquirido como elemento
previo la virtud de la honestidad. Así, la línea pedagógica filosófica se preocupó más por los fines
que por los métodos, priorizando el vir bonus sobre otras figuras como el orador o el sabio; mientras
que para encontrar los fundamentos teóricos del pensamiento pedagógico del camino retórico ha de
remontarse a Cicerón, ya que Quintiliano ejerció una pedagogía esencialmente metodológica y
escolar, con escasa reflexión teórica, más allá de la necesaria para la redacción de su gran obra.

Como se ha visto más arriba, el programa educativo propuesto por los tres autores no difiere
en demasía. El aspecto discrepante más significativo es, precisamente, la materia que ocupa la
cúspide de la formación: la Retórica, a juicio de Cicerón y Quintiliano, y la Filosofía para el caso de
Séneca. Aun así, no representa un abismo tan grande como parece, ya que el concepto de Retórica
que manejan aquellos autores va encaminado a la formación de un orador en el que lo filológico
exige la virtud ética, en la misma medida que la Filosofía ensalzada por Séneca no se aleja de la
actividad pública, ni se convierte en un ejercicio intelectualista que desprecie el bene decire. En
ocasiones, más que diferencias esenciales, se trataba de puntos de vista diferentes sobre la
naturaleza de la educación: la preocupación por el hombre y su destino fue el punto de partida del
cordobés, y la búsqueda del orador consumado desde la actividad pública, el de Cicerón, y desde la
experiencia profesional educativa, en el caso del profesor calagurritano.
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5
BIBLIOGRAFÍA

General:

Marrou, Henry-Irenee, Historia de la educación en la Antigüedad, Akal Universitaria, Madrid,


2004.

Redondo, Emilio - Lasplanas, Javier, Historia de la educación, Dykinson, Madrid, 1997.

Artículo consultado:

García Garrido, José Luis, “Séneca y Quintiliano: dos enfoques diversos de la educación” en
Revista española de pedagogía, vol. XXVII, núm. 107, 1969 (pp. 229-250) y vol. XXVII, núm.
108, 1969 (pp. 337-357)

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