Annotation
UN DRAMA EN LOS AIRES: En Alemania, un hombre planea llevar junto
con él, a algunas personas a pasear en su globo. Los invitados no llegan a tiempo
para el viaje. El globo comienza el ascenso, y es entonces cuando otro hombre
aparece rápidamente y salta hasta caer dentro de la barquilla. El único propósito
del inesperado pasajero es viajar en el aerostato, hasta que éste se eleve a su
altura máxima. Este es uno de los primeros relatos escritos por Julio Verne,
titulándose originalmente «Un viaje en globo». EL DOCTOR OX: El Doctor Ox
junto a su auxiliar Igeno viajan a la pequeña comunidad de Quiquendone en
Flandes. El doctor promete dar luz a las casas del pueblo por medio de una red
de tuberías de gas oxihídrico. Pero durante la construcción de la red, la apacible
comunidad parece tornarse bastante excitada, al punto de prepararse para una
guerra contra un pueblo vecino. ¿Cuál es la causa de este cambio en la
naturaleza de las personas buenas de Quiquendone? Quizá es algo en el aire, que
sólo el Doctor Ox y su asistente conocen.
Julio Verne
Un drama en los aires ; El doctor Ox
Título original: Un drame dans les airs. Une fantaisie du Docteur Ox
Julio Verne, 1851, 1872.
Ilustraciones: Emile Bayard, Lorenz Froelich
UN DRAMA EN LOS AIRES
En el mes de septiembre de 185... llegué a Francfort. Mi paso por las
principales ciudades de Alemania se había distinguido esplendorosamente por
varias ascensiones aerostáticas; pero hasta aquel día ningún habitante de la
confederación me había acompañado en mi barquilla, y las hermosas
experiencias hechas en París por los señores Green, Eugene Godard y Poitevin
no habían logrado decidir todavía a los serios alemanes a ensayar las rutas
aéreas.
Sin embargo, apenas se hubo difundido en Francfort la noticia de mi
próxima ascensión, tres notables solicitaron el favor de partir conmigo. Dos días
después debíamos elevarnos desde la plaza de la Comedia. Me ocupé, por tanto,
de preparar inmediatamente mi globo. Era de seda preparada con gutapercha,
sustancia inatacable por los ácidos y por los gases, pues es de una
impermeabilidad absoluta; su volumen —tres mil metros cúbicos —le permitía
elevarse a las mayores alturas.
El día señalado para la ascensión era el de la gran feria de septiembre, que
tanta gente lleva a Francfort. El gas de alumbrado, de calidad perfecta y de gran
fuerza ascensional, me había sido proporcionado en condiciones excelentes, y
hacia las once de la mañana el globo estaba lleno hasta sus tres cuartas partes.
Esto era una precaución indispensable porque, a medida que uno se eleva, las
capas atmosféricas disminuyen de densidad, y el fluido, encerrado bajo las cintas
del aerostato, al adquirir mayor elasticidad podría hacer estallar sus paredes. Mis
cálculos me habían proporcionado exactamente la cantidad de gas necesario para
cargar con mis compañeros y conmigo.
Debíamos partir a las doce. Constituía un paisaje magnífico el espectáculo
de aquella multitud impaciente que se apiñaba alrededor del recinto reservado,
inundaba la plaza entera, se desbordaba por las calles circundantes y tapizaba las
casas de la plaza desde la primera planta hasta los aguilones de pizarra. Los
fuertes vientos de los días pasados habían amainado. Ningún soplo animaba la
atmósfera. Con un tiempo semejante se podía descender en el lugar mismo del
que se había partido.
Llevaba trescientas libras de lastre, repartidas en sacos; la barquilla,
completamente redonda, de cuatro pies de diámetro por tres de profundidad,
estaba cómodamente instalada: la red de cáñamo que la sostenía se extendía de
forma simétrica sobre el hemisferio superior del aerostato; la brújula se hallaba
en su sitio, el barómetro colgaba en el círculo que reunía los cordajes de sostén y
el ancla aparecía cuidadosamente engalanada. Podíamos partir.
Entre las personas que se apiñaban alrededor del recinto, observé a un joven
de rostro pálido y rasgos agitados. Su vista me sorprendió. Era un espectador
asiduo de mis ascensiones, al que ya había encontrado en varias ciudades de
Alemania. Con aire inquieto, contemplaba ávidamente la curiosa máquina que
permanecía inmóvil a varios pies del suelo, y estaba callado entre todos sus
vecinos.
Sonaron las doce. Era el momento. Mis compañeros de viaje no aparecían.
Envié mensajeros al domicilio de cada uno de ellos, y supe que uno había
partido hacia Hamburgo, el otro hacia Viena y el tercero para Londres. Les había
faltado el ánimo en el momento de emprender una de esas excursiones que
gracias a la habilidad de los aeronautas actuales están desprovistas de cualquier
peligro. Como en cierto modo ellos formaban parte del programa de la fiesta, les
había dominado el temor de que les obligasen a cumplirlo con exactitud y
decidieron huir lejos del teatro en el instante en que el telón se levantaba. Su
valor se encontraba evidentemente en razón inversa del cuadrado de su
velocidad... para largarse.
Medio decepcionada, la multitud dio señales de muy mal humor. No vacilé
en partir solo.
A fin de restablecer el equilibrio entre la gravedad específica del globo y el
peso que hubiera debido llevar, reemplacé a mis compañeros por nuevos sacos
de arena y subí a la barquilla.
Los doce hombres que retenían el aerostato por doce cuerdas fijadas al
círculo ecuatorial las dejaron deslizarse un poco entre sus dedos, y el globo se
elevó varios pies más de tierra. No había ni un soplo de viento, y la atmósfera,
de una pesadez de plomo, parecía infranqueable.
—¿Está todo preparado? —grité.
Los hombres se dispusieron. Una última ojeada me indicó que podía partir.
—¡Atención!
Entre la multitud se produjo cierto movimiento y me pareció que invadían
el recinto reservado.
—¡Suelten todo!
El globo se elevó lentamente, pero sentí una conmoción que me derribó en
el fondo de la barquilla. Cuando me levanté, me encontré cara a cara con un
viajero imprevisto: el joven pálido.
—Caballero, le saludo —me dijo con la mayor flema.
—Con qué derecho?...
—¿Estoy aquí?... Con el derecho que me da la imposibilidad en que está
para despedirme.
Yo permanecía estupefacto. Aquel aplomo me desarmaba, y no tenía nada
que responder.
—¿Mi peso perjudica su equilibrio, señor? —preguntó él—. ¿Me permite
usted?...
Y sin aguardar mi consentimiento, deslastró el globo de dos sacos que
arrojó al espacio.
—Señor —dije yo entonces tomando el único partido posible—, ya que ha
venido..., puede quedarse... de acuerdo, pero sólo a mí me corresponde la
dirección del aerostato...
—Señor —respondió él—, su urbanidad es completamente francesa.
¡Pertenece usted al mismo país que yo! Le estrecho moralmente la mano que me
niega. ¡Tome sus medidas y actue como bien le parezca! Yo esperaré a que usted
haya terminado...
—¿Para qué?
—Para hablar con usted.
El barómetro había bajado hasta veintiséis pulgadas. Estábamos a unos
seiscientos metros de altura por encima de la ciudad; pero nada indicaba el
desplazamiento horizontal del globo, porque es la masa de aire en la que está
encerrado la que camina con él. Una especie de calor turbio bañaba los objetos
que se veían a nuestros pies y prestaba a sus contornos una indefinición
lamentable.
Examiné de nuevo a mi compañero.
Era un hombre de unos treintena de años, vestido con sencillez. La ruda
arista de sus rasgos dejaba al descubierto una energía indomable, y parecía muy
musculoso.
Completamente entregado al asombro que le procuraba aquella ascensión
silenciosa, permanecía inmóvil, tratando de distinguir los objetos que se
confundían en un vago conjunto.
—¡Maldita bruma! —exclamó al cabo de unos instantes.
Yo no respondí.
—Me guarda rencor, ¿verdad? —prosiguió—. ¡Bah! No podía pagarme el
viaje, tenía que subir por sorpresa.
—¿Nadie le pide que se baje, señor!
—¿No sabes acaso que algo parecido les ocurrió a los condes de Laurencin
y de Dampierre cuando se elevaron en Lyón el 15 de enero de 1784? ¡Un joven
comerciante, llamado Fonatine, escaló la barquilla con riesgo de hacer zozobrar
la máquina!... ¡Realizó el viaje y no murió nadie!
—Una vez en tierra ya tendremos una explicación —respondí yo picado por
el tono ligero con que me hablaba.
—¡Bah! No pensemos en la vuelta.
—¿Cree, pues, que tardaré en descender?
—¡Descender! —dijo sorprendido—. ¡Descender! Empecemos primero por
subir.
Y antes de que yo pudiese impedirlo, dos sacos de arena habían sido
arrojados por la borda de la barquilla, sin ser vaciados siquiera.
—¡Señor! —exclamé yo encolerizado.
—Conozco su habilidad —respondió tranquilamente el desconocido —y
sus hermosas ascensiones han sido sonadas. Pero si la experiencia es hermana de
la práctica, también es algo prima de la teoría, y yo he hecho largos estudios
sobre el arte aerostático. ¡Y se me han subido a la cabeza!-añadió él tristemente
cayendo en muda contemplación.
Tras haberse elevado de nuevo, el globo permanecía en situación
estacionaria.
El desconocido consultó el barómetro y dijo:
—¡Ya hemos llegado a los ochocientos metros! Los hombres parecen
insectos. ¡Mire! Creo que desde esta altura es de donde hay que considerarlos
siempre para juzgar correctamente sus proporciones. La plaza de la Comedia se
ha transformado en un inmenso hormiguero. Mire la multitud que se amontona
en los muelles y el Zeil que disminuye. Ya estamos encima de la iglesia del
Dom. El Main no es ya más que una línea blancuzca que corta la ciudad, y ese
puente, el Main Brucke, parece un hilo puesto entre las dos orillas del río.
La atmósfera había refrescado algo.
—No hay nada que yo no haga por usted, huésped mío —me dijo mi
compañero—. Si tiene frío, me quitaré mis ropas y se las prestaré.
—Gracias —respondí yo con sequedad.
—¡Bah! La necesidad hace ley. Deme la mano, soy su compatriota, lo
instruiré en mi compañía, y mi conversación le compensará del perjuicio que le
he causado.
Sin responder me senté en el extremo opuesto de la barquilla. El joven
había sacado de su hopalanda un voluminoso cuaderno. Era un trabajo sobre la
aerostación.
—Poseo —me dijo —la colección más curiosa de grabados y caricaturas
que se han hecho a propósito de nuestras manías aéreas. ¡Han admirado y
ultrajado a la vez este precioso descubrimiento! Por suerte ya no estamos en la
época en que los Montgolfier trataban de hacer nubes falsas con vapor de agua, y
fabricar un gas que tuviera propiedades eléctricas que producían mediante la
combustión de paja mojada y de lana picada.
—¿Quiere disminuir el mérito de los inventores acaso? —respondí yo,
porque había tomado una decisión sobre aquella aventura—.¿No ha sido
hermoso haber demostrado con experiencias la posibilidad de elevarse en el
aire?
—¡Eh!, señor, ¿quién niega la gloria de los primeros navegantes aéreos? ¡Se
necesitaba un valor inmenso para elevarse con estas envolturas tan frágiles, que
sólo contenían aire caliente! Pero quiero hacerle la siguiente pregunta: ¿la
ciencia aerostática ha dado algún gran paso desde las ascensiones de Blanchard,
es decir, desde hace casi un siglo? Mire señor.
El desconocido sacó un grabado de su cuaderno.
—Aquí tiene —me dijo —el primer viaje aéreo emprendido por Pilatre de
Rozier y el marqués de Arlandes, cuatro meses después del descubrimiento de
los globos. Luis XVI negaba su consentimiento a este viaje y dos condenados a
muerte debían intentar, los primeros, las rutas aéreas. Pilatre de Rozier se
indigna ante esta injusticia, y a fuerza de intrigas, obtiene el permiso. Aún no se
había inventado esta barquilla que hace fáciles las maniobras, y una galería
circular ocupaba la parte inferior y estrechada de la montgolfiera. Los dos
aeronautas tuvieron pues que permanecer sin moverse en cada extremo de
aquella galería, porque la paja mojada que la llenaba les impedía todo
movimiento. Un hornillo con fuego colgaba debajo del orificio del globo;
cuando los viajeros querían elevarse, arrojaban paja sobre aquel brasero, con
riesgo de incendiar la máquina, y el aire más caliente daba al globo nueva fuerza
ascensional. Los dos audaces navegantes partieron, el 21 de noviembre de 1783,
de los jardines de la Muette, que el delfín había puesto a su disposición. El
aerostato se elevó majestuosamente, bordeó la isla de los Cisnes, pasó el Sena
por la barrera de la Conference y, dirigiéndose entre el domo de los Inválidos y
la Escuela Militar, se acercó a San Sulpicio. Entonces los aeronautas forzaron el
fuego, franquearon el bulevar y descendieron al otro lado de la barrera de Enfer.
Al tocar el suelo, el globo se desinfló y sepultó algunos instantes bajo sus
pliegues a Pilatre de Rozier.
—¡Molesto presagio! —dije yo interesado por estos detalles que me
tocaban muy de cerca.
—Presagio de la catástrofe que más tarde debía costar la vida al infortunado
—respondió el desconocido con tristeza—. ¿No ha sufrido usted nada
semejante?
—Nunca.
—Bah, las desgracias ocurren a veces sin presagios —añadió mi
compañero.
Y se quedó en silencio.
Mientras tanto avanzábamos hacia el sur, y Francfort ya había huido bajo
nuestros pies.
—Tal vez tengamos tormenta —dijo el joven.
—Antes descenderemos —respondí.
—¡Eso sí que no! Es mejor subir. Escaparemos de ella con mayor
seguridad.
Y dos nuevos sacos de arena fueron al espacio.
El globo se elevó con rapidez y se detuvo a mil doscientos metros. Se dejó
sentir un frío bastante vivo, y sin embargo los rayos de sol que caían sobre la
envoltura dilataban el gas interior y le daban mayor fuerza ascensional.
—No tema nada —me dijo el desconocido—. Tenemos tres mil quinientas
toesas de aire respirable. Además, no se preocupe de lo que yo haga.
Quise levantarme, pero una mano vigorosa me clavó en mi banqueta.
—¿Cómo se llama? —pregunté.
—¿Cómo me llamo? ¿Qué le importa?
—Le exijo su nombre.
—Me llamo Eróstrato o Empédocles, como más le guste.
Esta respuesta no era nada tranquilizadora.
Por otra parte, el desconocido hablaba con una sangre fría tan singular que
no sin inquietud me pregunté con quién tenía que habérmelas.
—Señor —continuó él—, desde el físico Charles no se ha imaginado nada
nuevo. Cuatro meses después del descubrimiento de los aeróstatos, ese hábil
hombre había inventado la válvula, que deja escapar el gas cuando el globo está
demasiado lleno, o cuando se quiere descender; la barquilla, que facilita las
maniobras de la máquina; la red, que contiene la envoltura del globo y reparte la
carga sobre toda su superficie; el lastre, que permite subir y escoger el lugar de
aterrizaje; el revestimiento de caucho, que vuelve impermeable el tejido; el
barómetro, que indica la altura alcanzada. Por último, Charles empleaba el
hidrógeno que, catorce veces menos pesado que el aire, permite alcanzar las
capas atmosféricas más altas y no expone a los peligros de una combustión
aérea. El primero de diciembre de 1783, trescientos mil espectadores se apiñaban
alrededor de las Tullerías. Charles se elevó, y los soldados le presentaron armas.
Hizo nueve leguas en el aire, guiando su globo con una habilidad que no han
superado los aeronautas actuales. El rey le otorgó una pensión de dos mil libras,
porque entonces se alentaban las nuevas invenciones.
En ese momento el desconocido me pareció presa de cierta agitación.
—Yo, señor —continuó—, he estudiado y me he convencido de que los
primeros aeronautas dirigían sus globos. Para no hablar de Blanchard, cuyas
afirmaciones pueden ser dudosas, Guyton de Morveau, con la ayuda de remos y
de gobernalle, imprimió a su máquina movimientos sensibles y de una dirección
que podía notarse. Recientemente en París, un relojero, el señor Julien, hizo en el
Hipódromo experiencias convincentes, porque, gracias a un mecanismo
particular, su aparato aéreo, de forma oblonga, se dirigió de forma clara contra el
viento. El señor Petin ha ideado unir cuatro globos de hidrógeno, y por medio de
velas dispuestas horizontalmente y replegadas en parte espera obtener una
ruptura de equilibrio que, inclinando el aparato, ha de imprimirle una dirección
oblicua. Se habla también de motores destinados a superar la resistencia de las
corrientes, por ejemplo, la hélice; pero la hélice, moviéndose en un medio móvil,
no dará ningún resultado. ¡Yo, señor, he descubierto el único medio de dirigir los
globos, y ninguna academia ha venido en mi ayuda, ninguna ciudad ha cubierto
mis listas de suscripción, ningún gobierno ha querido escucharme! ¡Es infame!
El desconocido se debatía gesticulando, y la barquilla experimentaba violentas
oscilaciones. Me costó mucho contenerle.
Mientras tanto, el globo había encontrado una corriente más rápida, y
avanzábamos hacia el sur, a mil quinientos metros de altura.
—Ahí está Darmstadt —dijo mi compañero, asomándose por fuera de la
barquilla.
¿Divisa usted su castillo? Con poca nitidez, ¿no es cierto? ¿Qué quiere?
Este calor de tormenta hace oscilar la forma de los objetos y se necesita una vista
experta para reconocer las localidades.
—¿Esta seguro de que es Darmstadt? —pregunté yo.
—Sin duda, y estamos a seis leguas de Francfort.
—¡Entonces hay que bajar!
—¡Descender! No pretenderá descender sobre los campanarios —dijo el
desconocido burlándose.
—No, sino en los alrededores de la ciudad.
—Bueno, evitemos los campanarios.
Al hablar de este modo, mi compañero se apoderó de unos sacos de lastre.
Me precipité sobre él; pero con una mano me derribó, y el globo deslastrado
alcanzó los dos mil metros.
—Quédese tranquilo —dijo él —y no olvide que Brioschi, Biot, Gay-
Lussac, Bixio y Barral fueron a las mayores alturas para hacer sus experimentos
científicos.
—Señor, hay que descender —continué yo tratando de dominarle mediante
la dulzura.
La tormenta se está formando a nuestro alrededor. No sería prudente...
—¡Bah! ¡Subiremos encima de ella y ya no tendremos que temerla! —
exclamó mi compañero—. ¿Qué hay más hermoso que dominar esas nubes que
aplastan la tierra? ¿No es un reto navegar de esta forma sobre las olas aéreas?
Los mayores personajes han viajado como nosotros. La marquesa y la condesa
de Montalembert, la condesa de Podenas, la señorita de La Garde, el marqués de
Montalambert, partieron del barrio de Saint-Antoine hacia esas orillas
desconocidas, y el duque de Chartres desplegó mucha habilidad y presencia de
ánimo en su ascensión del 15 de julio de 1784. En Lyón, los condes de
Laurencin y de Dampierre; en Nantes, el señor de Luynes; en Burdeos, d'Arbelet
des Granges; en Italia, el caballero Andreani y en nuestros días el duque de
Bunswick, han dejado en los aires los rastros de su gloria. Para igualar a esos
grandes personajes hay que subir más alto que ellos en las profundidades
celestes. ¡Acercarse al infinito es comprenderlo!
La rarefacción del aire dilataba considerablemente el hidrógeno del globo, y
yo veía su parte inferior, dejada vacía a propósito, inflarse y hacer indispensable
la apertura de la válvula; pero mi compañero no parecía decidido a dejarme
maniobrar a mi gusto. Decidí, pues, tirar en secreto de la cuerda de la válvula
mientras él hablaba animado, porque yo temía adivinar con quién tenía que
habérmelas.
¡Hubiera sido demasiado horrible! Era aproximadamente la una menos
cuarto.
Habíamos dejado Francfort hacía cuarenta minutos y por el lado sur
llegaban espesas nubes dispuestas a chocar contra nosotros.
—¿Ha perdido usted toda esperanza de ver coronadas por el éxito sus
combinaciones? —pregunté yo con un interés... muy interesado.
—¡Toda esperanza! —respondió sordamente el desconocido—. ¡Herido por
las negativas y las caricaturas, las patadas en el trasero han acabado conmigo!
¡Es el eterno suplicio reservado a los innovadores! Vea estas caricaturas de todas
las épocas que llenan mi carpeta.
Mientras mi compañero hojeaba sus papeles, yo había agarrado la cuerda de
la válvula sin que él se hubiera dado cuenta. Podía temer, sin embargo, que
percibiera ese silbido semejante a una caída de agua que produce el gas al
escaparse.
—¡Cuántas burlas contra el abate Miolan! —dijo—. Debía elevarse con
Janninet y Bredin. Durante la operación, se declaró fuego en su montgolfiera, y
un populacho ignorante la despedazó. Luego la caricatura de los animales
curiosos los llamó Miaulant, Jean Miné y Gredin. [1]
Tiré de la cuerda de la válvula y el barómetro empezó a subir. ¡Justo a
tiempo! Algunos truenos lejanos gruñían por el sur.
—Vea este otro grabado —continuó el desconocido sin sospechar mis
maniobras—. Es un inmenso globo elevando un navío, fortalezas, casas, etc. Los
caricaturistas no pensaban que un día sus estupideces se convertirían en
verdades. Este gran navío está completo; a la izquierda su gobernalle, con el
alojamiento para los pilotos; en la proa, casas de recreo, órgano gigantesco y
cañón para llamar la atención de los habitantes de la tierra o de la luna; encima
de la popa, el observatorio y el globo-chalupa; en el círculo ecuatorial, el
alojamiento del ejército; a la izquierda, el fanal, luego las galerías superiores
para los paseos, las velas, los alerones; debajo, los cafés y el almacén general de
víveres. Admire este magnífico anuncio:
“Inventado para la felicidad del género humano, este globo partirá sin cesar
a las Escalas del levante, y a su regreso anunciará sus viajes tanto a los dos polos
como a los extremos de Occidente. No hay que preocuparse por nada, todo está
previsto, todo irá bien. Habrá una tarifa exacta para cada lugar de paso, pero los
precios serán los mismos para las comarcas más alejadas de nuestro hemisferio;
a saber, mil luises para cualquiera de esos viajes. Y
puede decirse que esta suma es muy módica si tenemos en cuenta la
celeridad, la comodidad y los encantos que se gozarán en el citado aerostato,
encantos que no se encuentran en este suelo, dado que en ese globo cada cual
encontrará las cosas que imagine. Esto es tan cierto que, en el mismo lugar, unos
estarán bailando, otros descansando; los unos se darán opíparas comidas, otros
ayunarán; quien quiera hablar con personas de ingenio encontrará con quien
charlar; quien sea bruto no dejará de encontrar otros iguales. ¡De este modo, el
placer será el alma de la sociedad aérea!...”
Todos estos inventos producen risa... Pero dentro de poco, si mis días no
estuvieran contados, se vería que estos proyectos en el aire son realidades.
Estábamos descendiendo a ojos vista. El seguía sin darse cuenta.
Vea también esta especie de juego de globos —continuó extendiendo ante
mí algunos de aquellos grabados de los que tenía una importante colección—.
Este juego contiene toda la historia del arte aerostático. Es para uso de espíritus
elevados, y se juega con dados y fichas sobre cuyo valor se ponen previamente
de acuerdo, y que se pagan o se reciben según la casilla a la que se llega.
—Pero parece haber estudiado en profundidad la ciencia de la aerostación
—dije yo.
—Sí, señor, sí, desde Faetón, desde Icaro, desde Arquitas, he investigado
todo, he consultado todo, lo he aprendido todo. Gracias a mí el arte aerostático
rendiría inmensos servicios al mundo si Dios me diese vida. Pero no podrá ser.
—¿Por qué?
—Porque me llamo Empédocles o Eróstrato.
Mientras tanto, por fortuna, el globo se acercaba a tierra, pero cuando se
cae, el peligro es tan grave a cien pies como a cinco mil.
—¿Se acuerda de la batalla de Fleurus? —continuó mi compañero, cuyo
rostro se animaba cada vez más—. Fue en esa batalla donde Coutelle, por orden
del gobernador, organizó una compañía de aerostatistas. En el sitio de
Maubeuge, el general Jourdan sacó tales servicios de este nuevo modo de
observación que dos veces al día, y con el general mismo, Coutelle se elevaba en
el aire. La correspondencia entre el aeronauta y los aerostatistas que retenían el
globo se realizaba por medio de pequeñas banderas blancas, rojas y amarillas.
Con frecuencia se hicieron disparos de carabina y de cañón sobre el aparato en el
instante en que se elevaba, pero sin resultado. Cuando Jourdan se preparó para
invadir Charleroi, Coutelle se dirigió a las cercanías de esta última plaza, se
elevó desde la llanura de Jumet, y permaneció siete u ocho horas en observación
con el general Morlot, lo que contribuyó sin duda a darnos la victoria de Fleurus.
Y en efecto, el general Jourdan proclamó en voz alta la ayuda que había sacado
de las observaciones aeronáuticas. Pues bien, a pesar de los servicios rendidos en
esa ocasión y durante la campaña de Bélgica, el año que había visto comenzar la
carrera militar de los globos la vio terminar también. Y la escuela de Meudon,
fundada por el gobierno, fue cerrada por Bonaparte a su regreso de Egipto. Y sin
embargo, ¿qué esperar del niño que acaba de nacer?, había dicho Franklin. El
niño había nacido viable, no había que ahogarlo. El desconocido inclinó su
frente sobre las manos, se puso a reflexionar unos instantes. Luego, sin levantar
la cabeza me dijo:
—A pesar de mi prohibición, señor, ha abierto la válvula.
Yo solté la cuerda.
—Por suerte —continuó él—, todavía tenemos trescientas libras de lastre.
—Cuáles son sus proyectos? —pregunté yo entonces.
—¿No ha cruzado nunca los mares? —me preguntó a su vez.
Yo me sentí palidecer.
—Es desagradable —añadió-que nos veamos impulsados hacia el mar
Adriático. No es más que un riachuelo. Pero más arriba quizá encontremos otras
corrientes.
Y sin mirarme deslastró el globo de varios sacos de arena. Luego, con voz
amenazadora, dijo:
—Le he permitido abrir la válvula porque la dilatación del gas amenazaba
con hacer reventar el globo. Pero no se le ocurra volver a repetirlo.
Y continuó en estos términos:
—¿Conoce la travesía de Dover a Calais hecha por Blanchard y Jefferies?
¡Fue magnífica!
El 7 de enero de 1785, con viento del noroeste, su globo fue hinchado con
gas en la costa de Dover. Un error de equilibrio, apenas se hubieron elevado, les
obligó a echar su lastre para no caer, y no conservaron más que treinta libras. Era
demasiado poco porque el viento no refrescaba y avanzaban con mucha lentitud
hacia las costas de Francia. Además, la permeabilidad del tejido hacía que el
aerostato se fuera desinflando poco a poco, y al cabo de hora y media los
viajeros se dieron cuenta de que descendían.
—¿Qué hacer? —preguntó Jefferies.
—Sólo hemos cubierto tres cuartas partes del camino —respondió
Blanchard—, y estamos a poca altura. Subiendo quizá encontremos vientos más
favorables.
—Tiremos el resto de la arena.
El globo recuperó alguna fuerza ascensional, pero no tardó en descender de
nuevo.
Hacia la mitad del viaje, los aeronautas se desembarazaban de libros y
herramientas. Un cuarto de hora después, Blanchard le dijo a Jefferies:
—¿El barómetro?
—¡Está subiendo! ¡Estamos perdidos, y sin embargo ahí tiene usted las
costas de Francia!
Se dejó oír un gran ruido.
—¿Se ha desgarrado el globo? —preguntó Jefferies.
—¡No! ¡La pérdida del gas ha desinflado la parte inferior del globo! ¡Pero
seguimos descendiendo! ¡Estamos perdidos! Abajo con todas las cosas inútiles.
Las provisiones de boca, los remos y el gobernalle fueron arrojados al mar.
Los aeronautas sólo se encontraban ya a cien metros de altura.
—Estamos subiendo —dijo el doctor.
—¡No, es el impulso causado por la disminución del peso! Y no hay ningún
navío a la vista, ni una barca en el horizonte. ¡Arrojemos al mar nuestras ropas.
Los infortunados se despojaron de sus ropas, pero el globo seguía
descendiendo.
—Blanchard —dijo Jefferies—, usted debía hacer solo este viaje; ha
consentido en llevarme con usted; yo me sacrificaré. Voy a tirarme al agua y el
globo ascenderá.
—¡No, no! ¡Es horrible!
El globo se desinflaba cada vez más, y su concavidad, haciendo de
paracaídas, empujaba el gas contra las paredes y aumentaba su escape.
—¡Adiós, amigo mío! —dijo el doctor—. ¡Que Dios le conserve la vida!
Iba a lanzarse cuando Blanchard le retuvo.
—¡Todavía nos queda un recurso! —dijo—. ¡Podemos cortar las cuerdas
que retienen la barquilla y agarrarnos a la red! Tal vez el globo se eleve.
¡Preparémonos! ¡Pero... el barómetro sigue bajando! Estamos elevándonos... ¡El
viento refresca! Estamos salvados.
Los viajeros divisaban ya Calais. Su alegría llegó al delirio. Algunos
instantes más tarde, caían en el bosque de Guines.
—No dudo —añadió el desconocido —que en semejante circunstancia
usted seguiría el ejemplo del doctor Jefferies.
Las nubes se desplegaban bajo nuestros ojos en masas resplandecientes. El
globo lanzaba grandes sombras sobre aquel amontonamiento de nubes y se
envolvía como una aureola. El trueno rugía debajo de la barquilla. Todo aquello
era horroroso.
—¡Descendamos! —exclamé.
—¡Descender cuando el sol que nos espera está ahí! ¡Abajo con los sacos!
¡Y el globo fue deslastrado de más de cincuenta libras!
Permanecíamos a tres mil quinientos metros. El desconocido hablaba sin
cesar. Yo me hallaba en una postración completa mientras él parecía vivir en su
elemento.
—¡Con buen viento iríamos lejos! —exclamó—. En las Antillas hay
corrientes de aire que hacen cien leguas a la hora. Durante la coronación de
Napoleón, Garnerin lanzó un globo iluminado con cristales de color a las once
de la noche. El viento soplaba del noroeste. Al día siguiente, al alba, los
habitantes de Roma saludaban su paso por encima del domo de San Pedro.
¡Nosotros iríamos más lejos... y más alto!
Yo apenas oía. ¡Todo zumbaba a mi alrededor! Entre las nubes se hizo una
fisura.
—¡Ve esa ciudad! —dijo el desconocido—. ¡Es Spire!
Me asomé fuera de la barquilla y divisé un pequeño conjunto negruzco. Era
Spire. El Rhin, tan ancho, parecía una cinta desenrollada. Encima de nuestra
cabeza el cielo era de un azul profundo. Los pájaros nos habían abandonado
hacía tiempo porque en aquel aire rarificado su vuelo habría sido imposible.
Estábamos solos en el espacio, y yo en presencia de aquel desconocido.
—Es inútil que sepa dónde le llevo —me dijo entonces, y lanzó la brújula a
las nubes—.
¡Ah, qué cosa tan hermosa es una caída! ¿Sabe que son muy pocas las
víctimas de la aerostación desde Pilatre de Rozier hasta el teniente Gale, y que
todas las desgracias se han debido siempre a imprudencias? Pilatre de Rozier
partió con Romain, de Boulogne, el 13 de junio de 1785. De su globo a gas había
colgado una montgolfiera de aire caliente, sin duda para no tener necesidad de
perder gas o arrojar lastre. Aquello era poner un hornillo debajo de un barril de
pólvora. Los imprudentes llegaron a cuatrocientos metros y fueron arrastrados
por vientos opuestos que los lanzaron a alta mar. Para descender, Pilatre quiso
abrir la válvula del aerostato, pero la cuerda de la válvula se encontraba metida
en el globo y lo desgarró de tal forma que el globo se vació en un instante. Cayó
sobre la montgolfiera, la hizo girar y arrastró a los infortunados, que se
estrellaron en pocos segundos. ¿Es espantoso, verdad?
Yo no pude responder más que estas palabras:
—¡Por piedad, descendamos!
Las nubes nos oprimían por todas partes y espantosas detonaciones que
repercutían en la cavidad del aerostato se cruzaban a nuestro alrededor.
—¡Me está hartando! —exclamó el desconocido—. Ahora no sabrá si
subimos o bajamos.
Y el barómetro fue a reunirse con la brújula, a lo que unió también sacos de
tierra.
Debíamos estar a cinco mil metros de altura. Algunos hielos se pegaban ya
a las paredes de la barquilla y una especie de nieve fina me penetraba hasta los
huesos. Sin embargo, una espantosa tormenta estallaba a nuestros pies, porque
estábamos por encima.
—No tenga miedo —me dijo el desconocido—. Sólo los imprudentes se
convierten en víctimas. Olivari, que pereció en Orleáns, se elevaba en una
montgolfiera de papel: su barquilla, suspendida debajo del hornillo y lastrada
con materias combustibles, se convirtió en pasto de las llamas; Olivari cayó y se
mató. Mosment se elevaba en Lille sobre un tablado ligero: una oscilación le
hizo perder el equilibrio; Mosment cayó y se mató. Bittorf, en Mannheim, vio
incendiarse en el aire su globo de papel; Bittorf cayó y se mató. Harris se elevó
en un globo mal construido, cuya válvula demasiado grande no pudo cerrarse;
Harris cayó y se mató. Sadler, privado de lastre por su larga permanencia en el
aire, fue arrastrado sobre la ciudad de Boston y chocó contra las chimeneas;
Sadler cayó y se mató. Coking descendió con un paracaídas convexo que él
pretendía haber perfeccionado; Coking cayó y se mató. Pues bien, yo amo a esas
víctimas de su imprudencia y moriré como ellas. ¡Más arriba, más arriba!
¡Todos los fantasmas de esa necrología pasaban ante mis ojos! La
rarefacción del aire y los rayos de sol aumentaban la dilatación del gas, y el
globo continuaba subiendo. Intenté maquinalmente abrir la válvula, pero el
desconocido cortó la cuerda algunos pies por encima de mi cabeza... ¡Estaba
perdido!
—¿Vio usted caer a la señora Blanchard? —me dijo—. Yo sí la vi. Sí, yo la
vi. Estaba en el Tívoli el 6 de julio de 1819. La señora Blanchard se elevaba en
un globo de pequeño tamaño para ahorrarse los gastos del relleno, y se veía
obligada a inflarlo por completo. Pero el gas se escapaba por el apéndice
inferior, dejando en su ruta una auténtica estela de hidrógeno.
Colgada de la parte superior de su barquilla por un alambre, llevaba una
especie de aureola de artificio que tenía que encender. Había repetido muchas
veces la experiencia. Aquel día, llevaba además un pequeño paracaídas lastrado
por un artificio terminado en una bola de lluvia de plata. Debía lanzar aquel
aparato después de encenderlo con una lanza de fuego preparada a ese efecto.
Partió. La noche estaba sombría. En el momento de encender su artificio,
cometió la imprudencia de pasar la lanza de fuego por debajo de la columna de
hidrógeno que salía fuera del globo. Yo tenía los ojos fijos en ella. De pronto una
luminosidad inesperada alumbró las tinieblas. Creí en una sorpresa de la hábil
aeronauta. La luminosidad creció, desapareció de pronto y volvió a reaparecer en
la cima del aerostato en forma de un inmenso chorro de gas inflamado. Aquella
siniestra claridad se proyectaba en el bulevar y en todo el barrio de Montmartre.
Entonces vi a la desventurada levantarse, tratar por dos veces de comprimir el
apéndice del globo para apagar el fuego, luego sentarse en la barquilla y tratar de
dirigir su descenso, porque no caía. La combustión del gas duró varios minutos.
El globo se empequeñecía cada vez más; continuaba bajando, pero no era una
caída. El viento soplaba del noroeste y la lanzó sobre París. Entonces, en las
cercanías de la casa número 16 de la calle de Provence había unos jardines
inmensos. La aeronauta podía caer en ellos sin peligro. Pero,
¡qué fatalidad! El globo y la barquilla se precipitaron sobre el techo de la
casa. El golpe fue ligero: ¡Socorro!, grita la infortunada. Yo llegaba a la calle en
ese momento. La barquilla resbaló por el tejado y encontró una escarpia de
hierro. Con esta sacudida, la señora Blanchard fue lanzada fuera de la barquilla y
se estrelló contra la acera. La señora Blanchard se mató.
¡Estas historias me helaban de horror! El desconocido estaba de pie, con la
cabeza destocada, el pelo erizado, los ojos despavoridos.
¡No había equivocación posible! ¡Por fin veía yo la terrible verdad! ¡Tenía
frente a mí a un loco!
Lanzó el resto del lastre y debimos ser arrastrados por lo menos a nueve mil
metros de altura. Me salía sangre por la nariz y por la boca.
—¿Hay algo más hermoso que los mártires de la ciencia? —exclamaba
entonces el insensato—. Los canoniza la posteridad.
Pero yo ya no oía. El loco miró a su alrededor y se arrodilló para susurrar a
mi oído:
—¿Y la catástrofe de Zambecarri, se ha olvidado de ella? Escuche. El 7 de
octubre de 1804 el tiempo pareció mejorar un poco. El viento y la lluvia de los
días anteriores aún no había cesado, pero la ascensión anunciada por Zambecarri
no podía posponerse. Sus enemigos le criticaban ya. Tenía que partir para salvar
de la burla pública tanto a la ciencia como a él.
Estaba en Bolonia. Nadie le ayudó a llenar su globo.
Fue a medianoche cuando se elevó, acompañado por Andreoli y por
Grossetti. El globo subió lentamente, porque lo había agujereado la lluvia y el
gas se escapaba. Los tres intrépidos viajeros sólo podían observar el estado del
barómetro con la ayuda de una linterna sorda. Zambecarri no había comido hacía
veinticuatro horas. Grossetti también estaba en ayunas.
—Amigos míos —dijo Zambecarri—, el frío me mata. Estoy agotado. ¡Voy
a morir!
Cayó inanimado en el suelo de la barquilla. Ocurrió lo mismo con Grossetti.
Sólo Andreoli permanecía despierto. Después de largos esfuerzos consiguió
sacar a Zambecarri de su desvanecimiento.
—¿Qué hay de nuevo? ¿Dónde estamos? ¿De dónde viene el viento? ¿Qué
hora es?
—Son las dos.
—¿Dónde está la brújula?
—Se ha caído.
—¡Dios mío! ¡La bujía de la linterna se apaga!
—No puede seguir ardiendo en este aire rarificado —dijo Zambecarri.
La luna no se había levantando y la atmósfera estaba sumida en horribles
tinieblas.
—¡Tengo frío, tengo frío! Andreoli, ¿qué hacer?
Los infortunados bajaron lentamente a través de una capa de nubes
blancuzcas.
—¡Chist! —dijo Andreoli—. ¿Oyes?
—¿Qué? —respondió Zambecarri.
—¡Un ruido singular!
—¡Te equivocas!
—¡No!
Ve a esos viajeros en medio de la noche escuchando ese ruido
incomprensible. ¿Van a chocar contra una torre? ¿Van a precipitarse contra los
tejados?
—¿Oyes? Parece el ruido del mar.
—¡Imposible!
—¡Es el rugido de las olas!
—¡Es verdad!
—¡Luz, luz!
Después de cinco tentativas infructuosas, Andreoli lo consiguió. Eran las
tres. El ruido de las olas se dejó oír con violencia. ¡Casi tocaban la superficie del
mar!
—Estamos perdidos —gritó Zambecarri, y se apoderó de un grueso saco de
lastre.
—¡Ayuda! —gritó Andreoli.
La barquilla estaba tocando el agua y las olas les cubrían el pecho.
—¡Tiremos al mar las herramientas, las ropas, el dinero!
Los aeronautas se despojaron de toda su ropa. El globo deslastrado se elevó
con rapidez vertiginosa. Zambecarri se sintió dominado por un vómito
espantoso. Grossetti sangró en abundancia. Los desventurados no podían hablar
porque sus respiraciones se tornaban cada vez más dificultosas. El frío se
apoderó de ellos y al cabo de un momento los tres estaban cubiertos por una
capa de hielo. La luna les pareció de un color rojo como la sangre.
Después de haber recorrido aquellas altas regiones durante media hora, la
máquina volvió a caer al mar. Eran las cuatro de la mañana. Los náufragos tenían
la mitad del cuerpo en el agua, y el globo, sirviendo de vela, los arrastró durante
varias horas.
Cuando amaneció se encontraron frente a Pesaro, a cuatro millas de la
costa. Iban a atracar en ella cuando un golpe viento los lanzó a alta mar.
¡Estaban perdidos! Los barcos, asustados, huían cuando ellos se
acercaban... Por fortuna, un navegante más instruido los abordó, los izó a
cubierta y los desembarcó en Ferrada.
Viaje espantoso, ¿no le parece? Pero Zambecarri era un hombre enérgico y
valiente.
Apenas se repuso de sus sufrimientos, volvió a iniciar las ascensiones.
Durante una de ellas chocó contra un árbol, su lámpara de alcohol se derramó
sobre sus ropas; ¡se vio cubierto de fuego y su máquina empezaba a abrasarse
cuando él pudo volver a descender medio quemado!
Por último, el 21 de septiembre de 1812, hizo otra ascensión en Bolonia. Su
globo quedó enganchado en un árbol y su lámpara volvió a incendiarlo.
Zambecarri cayó y se mató.
—Y ante estos hechos, ¿todavía vacilamos? ¡No! ¡Cuanto más alto
vayamos, más gloriosa será la muerte!
Completamente deslastrado el globo de todos los objetos que contenía,
fuimos arrastrados a alturas que no pude apreciar. El aerostato vibraba en la
atmósfera. El menor ruido hacía estallar las bóvedas celestes. Nuestro globo, el
único objeto que sorprendía mi vista en la inmensidad, parecía estar a punto de
aniquilarse. Por encima de nosotros las alturas del cielo estrellado se perdían en
las tinieblas profundas.
¡Vi al individuo que se ponía en pie delante de mí!
—Ha llegado la hora —me dijo—. Hay que morir. Los hombres nos
rechazan. Nos desprecian. Aplastémoslos.
—Gracias —le dije.
—¡Cortemos estas cuerdas! ¡Abandonemos esta barquilla en el espacio! ¡La
fuerza de atracción cambiará de dirección, y nosotros llegaremos hasta el sol!
La desesperación me galvanizó. Me precipité sobre el loco. Comenzamos a
combatir cuerpo a cuerpo, en una lucha espantosa. Pero fui derribado, y mientras
mantenía la rodilla sobre mi pecho, el loco iba cortando las cuerdas de la
barquilla.
—¡Una! —dijo.
—¡Dios mío!
—¡Dos!... ¡Tres!...
Yo hice un esfuerzo sobrehumano, me levanté y empujé violentamente al
insensato.
—¡Cuatro! —dijo.
La barquilla cayó, pero instintivamente me aferré a los cordajes y trepé por
las mallas de la red.
El loco había desaparecido en el espacio.
El globo fue elevado a una altura inconmensurable. Se dejó oír un crujido
espantoso... El gas, demasiado dilatado, había reventado la envoltura. Yo cerré
los ojos.
Algunos instantes después, me sentí reanimado por un calor húmedo. Me
hallaba en medio de nubes que ardían. El globo daba vueltas produciéndome un
vértigo espantoso.
Impulsado por el viento, hacía cien leguas a la hora en una carrera
horizontal, y a su alrededor los relámpagos iban y venían.
Sin embargo, mi caída no era muy rápida. Cuando volví a abrir los ojos,
divisé tierra. Me encontraba a dos millas del mar, y el huracán me empujaba
hacia él con fuerza cuando una brusca sacudida me hizo soltarme. Mis manos se
abrieron, una cuerda se deslizó rápidamente entre mis dedos y me encontré en
tierra.
Era la cuerda del ancla que, barriendo la superficie del suelo, se había
enganchado en una grieta, y mi globo, deslastrado por última vez, iba a perderse
más allá de los mares.
Cuando recuperé el conocimiento estaba tumbado en casa de un campesino,
en Harderwick, pequeña aldea de la Gueldre, a quince leguas de Amsterdam, a
orillas del Zuyderzee.
Un milagro me había salvado la vida, pero mi viaje no fue más que una
serie de imprudencias efectuadas por un loco al que yo no conseguí detener.
Que este terrible relato, al instruir a los que me leen, no desaliente a los
exploradores de las rutas del aire.
FIN
EL DOCTOR OX
Capítulo I
De cómo es inútil buscar, aun en los mejores mapas, la pequeña población de
Quiquendone
SI buscan en un mapa de Flandes, antiguo o moderno, la pequeña población
de Quiquendone, es probable que no la encuentren. ¿Es acaso una ciudad
desaparecida? No. ¿Es una ciudad futura? Tampoco. Hace, sin embargo, que
existe, a pesar de las geografías, de ochocientos a novecientos años.
Y hasta cuenta dos mil trescientas noventa y tres almas, admitiendo un alma
por habitante. Se encuentra situada a trece kilómetros y medio al Noroeste de
Audenarde, y a quince kilómetros y cuarto al Suroeste de Brujas, en plena
Flandes. El Vaar, pequeño afluente del Escala, pasa por debajo de sus tres
puentes, cubiertos todavía por una antigua techumbre de la Edad Media, como
en Tournai. Se admira allí un vetusto castillo, cuya primera piedra fue colocada
en 1197 por el conde Balduino, futuro emperador de Constantinopla, y un
apuntamiento con semiventanas góticas, coronadas por un rosario de almenas a
las cuales domina un campanario de torrecillas que se eleva a trescientos
cincuenta y siete pies sobre el suelo. Tienen sus campanas un repique de música
de cinco octavas que suena todas las horas, verdadero piano aéreo que sobrepuja
en fama al célebre campanario armónico de Brujas. Los extranjeros, si es que
alguna vez han pasado por Quinquendone, no salen de esta curiosa población sin
haber visitado la sala de los estatuders [2] , adornada con el retrato de cuerpo
entero de Guillermo de Nassau, por Brandon; el antecoro de la iglesia de San
Maglori, obra maestra de la arquitectura del siglo XVI; el pozo de hierro forjado
cuyo admirable ornato es debido al pintor-herrero Quintín Metsys [3] ; el
sepulcro antiguamente erigido a María de Borgoña, hija de Carlos el Temerario,
que descansa ahora en la iglesia de Nuestra Señora de Brujas, etc. Por último, la
principal industria de Quinquendone es la fabricación de merengues y de
alfeñiques [4] , en grande escala. Es administrada de padre en hijo por la familia
van Tricasse. ¡Y sin embargo, Quinquendone no figura en el mapa de Flandes!
¿Es olvido de los geógrafos u omisión voluntaria? No lo puedo decir, pero
Quinquendone existe realmente con sus calles estrechas, su recinto fortificado,
sus casas españolas, su mercado y su burgomaestre [5] , y por más señas, ha sido
reciente teatro de fenómenos sorprendentes, extraordinarios, tan inverosímiles
como verídicos, y que van a ser fielmente consignados en la presente relación.
Ciertamente que nada hay de malo que decir ni pensar de los flamencos del
Flandes occidental. Son honrados, sensatos, parsimoniosos, sociales, de buen
humor, hospitalarios, tal vez algo pesados de habla y de entendimiento; pero esto
no explica por qué una de las más interesantes poblaciones de su territorio no
figura en la cartografía moderna.
Esta omisión es sensible seguramente. ¡Por fin, si la historia, o a falta de
ésta las crónicas, o a falta de éstas la tradición del país, hicieran mención de
Quiquendone! Más no; ni los atlas, ni las gulas, ni los itinerarios, hablan de ella.
El mismo señor Joanne, el perspicaz investigador de villorrios, no dice una sola
palabra de tal pueblo. Fácil es comprender cuánto debe de perjudicar este
silencio al comercio y a la industria de Quiquendone, pero carece de industria y
de comercio, y se pasa sin ello del mejor modo del mundo, bastándole sus
caramelos y merengues que se consumen allí mismo, sin exportarse.
Sus habitantes no necesitan de nadie. Tienen apetitos muy limitados y su
existencia es modestísima; son calmosos, moderados, fríos, flemáticos; en una
palabra, flamencos, como los que todavía se encuentran entre el Escalda y el mar
del Norte.
Capítulo II
En el que el burgomaestre van Tricasse y el consejero Niklausse se entretienen
con los asuntos de la villa
—¿LO cree usted así? —preguntó el burgomaestre.
—Así lo creo —respondió el consejero después de algunos minutos de
silencio.
—Es que no debe obrarse a la ligera —repuso aquél.
—Ya hace diez años que nos ocupamos de tan grave asunto —replicó el
consejero Niklausse—, y le declaro, mi buen van Tricasse, que todavía no me
atrevo a adoptar una resolución.
—Comprendo sus vacilaciones —repuso el burgomaestre después de un
largo cuarto de hora de meditación—, comprendo sus vacilaciones y participo de
ellas. Haremos muy bien en no decidir nada antes de un examen más amplio de
la cuestión.
—Cierto es —respondió Niklausse —que esa plaza de comisario civil es
inútil en una población tan pacífica como Quiquendone.
—Nuestro predecesor —respondió van van Tricasse con tono grave—,
nuestro predecesor nunca decía, ni se hubiera atrevido a decir, que una cosa era
cierta. Toda afirmación está sujeta a desagradables enmiendas.
El consejero hizo con la cabeza una señal de asentimiento, y luego
permaneció silencioso por media hora durante la cual el burgomaestre y el
consejero no movieron siquiera un dedo, y transcurrido ese tiempo, Niklausse
preguntó a van Tricasse si su predecesor, unos veinte años antes, no había tenido
también el pensamiento de suprimir el empleo de comisario civil que gravaba
todos los años el presupuesto de Quiquendone con la suma de mil trescientos
setenta y cinco francos y algunos céntimos.
—En efecto —respondió el burgomaestre, llevando con majestuosa lentitud
la mano a su limpia frente—, en efecto, pero aquel hombre digno se murió antes
de haberse atrevido a tomar una determinación, ni respecto de eso, ni respecto de
ninguna otra medida administrativa. Era todo un sabio. ¿Por qué no he de hacer
lo mismo que él?
El consejero Niklausse hubiera sido incapaz de imaginar una razón que
contradijera la opinión del burgomaestre.
—El hombre que se muere sin haberse decidido a nada en toda su vida —
añadió gravemente van Tricasse—, está muy cerca de haber alcanzado la
perfección en este mundo.
Dicho esto, el burgomaestre oprimió con la punta del dedo meñique un
timbre de toque velado, que dejó oír un sonido menor que un suspiro, y casi al
punto, unos pasos ligeros se deslizaron suavemente por las baldosas del corredor.
Un ratoncillo no hubiera hecho menos ruido al corretear sobre una tupida
moqueta [6] .
Apareció una joven rubia de largas trenzas. Era Suzel van Tricasse, hija
única del burgomaestre. Entregó a su padre, con la pipa henchida de tabaco, una
escalfeta de latón, no pronunció una sola palabra y desapareció al punto sin que
su salida hubiera producido más ruido que su entrada.
El honorable burgomaestre encendió el enorme hornillo de su instrumento,
y no tardó en cubrirse con una nube de humo azulado, dejando al consejero
Niklausse sumido en las más absortas reflexiones.
El aposento en que así departían esos dos notables personajes encargados de
la administración de Quiquendone, era un gabinete ricamente adornado de
esculturas en madera sombría. Una alta chimenea, vasto hogar en el cual se
hubiera podido quemar una encina o asar una vaca ocupaba todo un lienzo del
cuarto y daba frente a una ventana de enrejado, cuyos vidrios pintarrajeados
tamizaban apaciblemente la claridad del día. En un cuadro antiguo aparecía
sobre la chimenea el retrato de un personaje cualquiera, atribuido a Hemling, y
que debía representar un antepasado de los van Tricasse, cuya genealogía se
remonta auténticamente al siglo XIV, época en que los flamencos y Guy de
Dampierre tuvieron que luchar con el emperador Rodolfo de Habsburgo. [7]
Ese cuarto formaba parte de la casa del burgomaestre, una de las más
agradables de Quiquendone. Construida con gusto flamenco y con todo lo
improvisado, caprichoso, pintoresco y fantástico que encierra la arquitectura
ojival, se la citaba entre los demás curiosos monumentos de la población. Un
convento de cartujos o un establecimiento de sordomudos no hubieran sido más
silenciosos que aquella habitación.
Allí no existía el ruido. No se andaba, sino que se procedía por
deslizamiento; no se hablaba, sino que se susurraba. Y, sin embargo, no faltaban
mujeres en la casa, que sin contar al burgomaestre, abrigaba a su mujer Brígida
van Tricasse, a su hija Suzel van Tricasse y a su criada Lotche Janshen.
Conviene citar también a la hermana del burgomaestre, la tía Hemancia, vieja
solterona que aún respondía al nombre de Tatanemancia, que antiguamente le
daba su sobrina Suzel cuando era niña. Pues bien, a pesar de todos estos
elementos de discordia, ruido y charla, la casa del burgomaestre era tranquila
como el desierto.
El burgomaestre era un personaje de cincuenta años, ni gordo ni flaco, ni
bajo ni alto, ni viejo ni joven, ni subido de color ni pálido, ni alegre ni triste, ni
contento ni aburrido, ni enérgico ni blando, ni engreído ni humilde, ni bueno ni
malo, ni generoso ni avaro, ni valiente ni cobarde, ni mucho ni poco —ne quid
nimis,— hombre moderado en todo; mas por la invariable lentitud de sus
movimientos, por su mandíbula inferior algo colgante, su párpado superior
inmutablemente levantado, su frente, lisa como una chapa de latón y sin ninguna
arruga, sus músculos poco pronunciados, un fisonomista hubiera reconocido sin
esfuerzo que el burgomaestre van Tricasse era la apatía personificada. Nunca, ni
por la cólera ni por la pasión, habían acelerado las emociones los movimientos
del corazón de aquel hombre, ni encendido su rostro; nunca sus pupilas se habían
contraído bajo la influencia de un enfado, por pasajero que se pudiera suponer.
Iba vestido invariablemente con buena ropa ni holgada ni estrecha, y que no
conseguía deteriorar. Iba calzado con gruesos zapatos cuadrados, de triple suela
y hebillas de plata, que por su duración desesperaban al zapatero. Iba cubierto
con un estrecho sombrero que databa de la época en que Flandes quedó
decididamente separada de Holanda, lo cual atribuía a ese venerable
cubrecabezas una vida de cuarenta años. Pero, ¿qué quieren? Las pasiones son
las que gastan el cuerpo, y nuestro burgomaestre, apático, indolente e
indiferente, no se apasionaba por nada. Ni usaba ni se usaba, y por eso mismo
era precisamente el hombre necesario para administrar la vida de Quiquendone y
a sus tranquilos habitantes.
La población, en efecto, no era menos sosegada que la casa de van Tricasse
en cuya pacífica morada esperaba el burgomaestre alcanzar los límites más
lejanos de la existencia humana, después de ver a la buena Brígida van Tricasse,
su mujer, precederle al sepulcro donde no hallaría descanso más profundo que el
disfrutado por ella durante sesenta años en la tierra.
Esto merece explicación.
La familia van Tricasse bien pudiera llamarse con razón «la familia
Jeannot», y veamos por qué: Todos saben que la navaja de este personaje típico
es tan célebre como su propietario, y no menos perenne que él, gracias a esa
doble operación incesantemente renovada, que consiste en poner mango nuevo
cuando se gasta, y hoja nueva cuando ya no vale nada. Tal era la operación
absolutamente idéntica, practicada desde tiempo inmemorial en la familia van
Tricasse, y a la cual se había prestado la naturaleza con extraordinaria
complacencia. Desde 1340 se había visto invariablemente a un van Tricasse,
viudo, casarse con una van Tricasse más joven que él, la cual enviudando a su
vez, se unía a otro van Tricasse más joven que ella, quien al enviudar, etc., sin
solución de continuidad. Cada cual moría a su vez con una regularidad
mecánica. Ahora bien, la digna Brígida van Tricasse llevaba ya su segundo
marido, y a no faltar a sus deberes, debía preceder en el otro mundo a su esposo,
diez años más joven que ella, para hacer lugar a otra van Tricasse. Y con esto
contaba el honorable burgomaestre absolutamente, a fin de no romper las
tradiciones de la familia.
Tal era aquella casa, pacífica y silenciosa, cuyas puertas no sonaban, cuyas
vidrieras no retemblaban, cuyos suelos no crujían, cuyas chimeneas no
zumbaban, cuyas veletas no rechinaban, cuyos muebles no crepitaban, cuyas
cerraduras no cascabeleaban, y cuyos habitantes no hacían más ruido que su
propia sombra. El divino Harpócrates la hubiera seguramente escogido para
templo del silencio...
Capítulo III
Donde el comisario Passauf hace una entrada tan ruidosa como inesperada
CUANDO la interesante conversación que más arriba hemos referido entre
el consejero y el burgomaestre había comenzado, eran las tres menos cuarto de la
tarde. A las tres y cuarenta y cinco minutos fue cuando van Tricasse encendió su
ancha pipa que podía contener un cuarterón de tabaco y a las cinco y treinta y
cinco minutos cuando acabó de fumar.
Durante todo este tiempo, ambos interlocutores no hablaron una sola
palabra.
A las seis, el consejero, que siempre procedía por pretermisión [8] , o
aposiopesis, manifestó:
—¿Conque nos decidimos?
—A no decidir nada —replicó el burgomaestre.
—Creo, en suma, que tiene usted razón, van Tricasse.
—También lo creo, Niklausse. Tomaremos una resolución respecto del
comisario civil cuando estemos mejor enterados; más tarde... No llevamos un
mes apenas...
—Ni siquiera un año respondió Niklausse desdoblando su pañuelo del cual
se servía, por otra parte, con perfecta discreción.
Se estableció otro silencio que duró todavía una hora larga, sin que nada
turbase esta nueva parada en la conversación, ni aun la aparición del perro de la
casa, el honrado Lento, que, no menos flemático que su amo, vino a dar con
mucha suavidad una vuelta al aposento.
¡Digno perro! ¡Modelo para todos los de su especie! De cartón fuera, con
ruedecillas en las patas, que no hubiera hecho menos ruido en su visita.
A eso de las ocho, después que Lotche trajo la lámpara antigua de vidrio
deslustrado, el burgomaestre dijo al consejero:
—¿No tenemos otro asunto urgente que despachar, Niklausse?
—No, van Tricasse, ninguno que yo sepa.
—¿No me ha dicho, sin embargo —preguntó el burgomaestre —que la torre
de la puerta de Audenarde amenaza ruina?
—En efecto —respondió el consejero—, y ciertamente que no me llevaría
chasco si algún día aplastase a un transeúnte.
—¡Oh! Antes que suceda tal desgracia, espero que habremos tomado una
decisión respecto de esa torre.
—Así lo espero, van Tricasse.
—Hay cuestiones más urgentes que resolver.
—Sin duda —respondió el consejero—; por ejemplo, la cuestión del
mercado de cueros.
—¿Todavía sigue ardiendo? —preguntó el burgomaestre.
—Así sigue hace tres semanas.
—¿No hemos decidido en consejo dejarlo arder?
—Sí, van Tricasse, y eso a propuesta suya.
—¿No era el medio más seguro y sencillo de acabar con el incendio?
—Sin duda alguna.
—Pues bien, esperemos. ¿No hay más?
—No hay más —respondió el consejero, rascándose la frente, como para
asegurarse de que no olvidaba algún asunto importante.
—¡Ah! —dijo el burgomaestre—. ¿No ha oído hablar también de un escape
de agua que amenazaba inundar el barrio de Santiago?
—Efectivamente —respondió el consejero—. Y es de sentir que el escape
no se haya declarado encima del mercado de cueros, porque hubiera
naturalmente combatido el incendio, lo cual nos ahorraría los gastos de
discusión.
—¿Qué quiere usted, Niklausse? No hay cosa que menos lógica tenga que
los accidentes.
No tienen enlace alguno entre sí y no es posible, como se quisiera,
aprovechar el uno para atenuar el otro.
Esta aguda observación de van Tricasse exigió algún tiempo para que la
saborease plenamente su interlocutor y amigo.
—Pero —repuso algunos instantes después el consejero Niklausse—, ni
siquiera hablamos de nuestro gran negocio.
—¿Cuál? ¿Conque tenemos un gran negocio?
—¡Sin duda! Se trata del alumbrado de la población.
—¡Ah, sí! —respondió el burgomaestre—. Si mi memoria es fiel, me quiere
usted hablar del alumbrado del doctor Ox.
—Precisamente.
—¿Y bien?
—La cosa marcha, Niklausse. Se está procediendo a la colocación de los
tubos y la fábrica se encuentra del todo concluida.
—Quizá nos hemos precipitado mucho en ese negocio —dijo el consejero,
torciendo la cabeza.
—Quizá; pero nos sirve de excusa que el doctor Ox hace todos los gastos
del experimento y que no nos cuenta un céntimo.
—Esa es, en efecto, nuestra excusa. Además, es menester ir con el siglo. Si
el experimento sale bien, Quiquendone será la primera población de Flandes que
se alumbre con gas ox... ¿Cómo se llama ese gas?
—El gas oxhídrico.
—Vaya, pues, con el gas oxhídrico.
En aquel momento se abrió la puerta y Lotche vino a anunciar a su amo que
la cena estaba lista.
El consejero Niklausse se levantó para despedirse de van Tricasse, a quien
tantas decisiones adoptadas y tantos negocios tratados habían dado apetito.
Después convinieron en reunir dentro de un plazo bastante largo el consejo de
notables, a fin de resolver si se tomaría una medida provisional sobre la cuestión
realmente urgente de la torre de Audenarde.
Los dos dignos administradores se dirigieron entonces hacia la puerta que
daba a la calle, acompañando el uno al otro. El consejero, al llegar al último
descansillo, encendió una pequeña linterna que debía guiarle por las calles
oscuras de Quiquendone, no alumbradas todavía por el sistema del doctor Ox. La
noche estaba oscura, era el mes de octubre, y una ligera neblina tendía su sombra
sobre la población.
Los preparativos de la salida del consejero Niklausse exigieron un buen
cuarto de hora, porque después de haber encendido la linterna, se calzó las
almadreñas articuladas de becerro y se puso los espesos guantes de piel de
carnero; después levantó el peludo cuello de su levita, abatió su visera sobre los
ojos, aseguró en las manos el enorme paraguas de puño encorvado y se dispuso a
salir.
En el momento en que Lotche, alumbrando a su amo, iba a retirar la barra
de la puerta, estalló por fuera un ruido inesperado. ¡Sí! Por inverosímil que esto
pareciera, un ruido, un verdadero ruido, tal como no lo había oído la villa desde
la toma del torreón por los españoles en 1513, un espantoso ruido despertó los
adormecidos ecos de la antigua casa van Tricasse.
Llamaban a la puerta, virgen hasta entonces de todo brutal tocamiento. Se
daban aldabonazos con un instrumento contundente que debía ser un palo
nudoso o manejado por robusta mano.
A los golpes se añadían gritos como llamando, y se oían claramente estas
palabras:
—Señor van Tricasse, señor burgomaestre, abran, abran pronto.
El burgomaestre y el consejero, absolutamente atolondrados, se miraron sin
decir palabra, porque lo que pasaba era superior a lo que su imaginación podía
concebir. Si se hubiese disparado la vieja culebrina del castillo, que no
funcionaba desde el año 1385, no quedarían más estropeados, permítasenos esta
palabra y sea excusable su trivialidad, en gracia de su expresión.
Entretanto, los golpes, los gritos, los llamamientos redoblaban, y Lotche,
recobrando su serenidad, se atrevió a hablar.
—¿Quién está ahí? —preguntó ella.
—Soy yo, yo, yo.
—¿Y quién es yo?
—El comisario Passauf.
¡El comisario Passauf! Aquel mismo cuyo cargo se trataba de suprimir
hacía diez años.
¿Qué sucedía, pues? ¿Habían invadido los borgoñeses a Quinquendone
como en el siglo XIV?
Nada menos que un acontecimiento de esa especie se necesitaba para
conmover hasta ese punto al comisario Passauf, que en nada cedía al mismo
burgomaestre en cuanto a calmoso y flemático.
A una seña de van Tricasse, porque el buen señor no hubiera podido
articular una sola palabra, el barrote se apartó y se abrió la puerta.
El comisario Passauf se precipitó en el recibimiento cual si fuera un
huracán.
—¿Qué hay, señor comisario? —preguntó Lotche, valiente chica que no
perdía la cabeza en las circunstancias más graves.
—¿Lo que hay? —dijo Passauf, cuyos ojos abultados expresaban una
emoción real—.
Hay, que vengo de casa del doctor Ox, donde había recepción y allí...
—¿Allí? —dijo el consejero.
Allí he sido testigo de un altercado tal que... señor burgomaestre, han
hablado de política.
—¡Política! —repitió van Tricasse mesándose la peluca hasta erizarla.
—¡Política! —repuso el comisario Passauf—. Lo cual no ha sucedido quizá
en cien años en Quiquendone. Entonces la discusión se acaloró. ¡El abogado
Andrés Schut y el médico Domingo Custos han tenido tan violenta discusión que
quizá se vean precisados a ir al terreno!
—¡Al terreno! —exclamó el consejero. ¡Un duelo en Quiquendone! ¿Pues
qué se han dicho el abogado Schut y el médico Custos?
—Esto textualmente, «Señor abogado —ha dicho el médico a su adversario
—, va usted un poco lejos me parece, y no piensa en modo alguno en medir sus
palabras.»
El burgomaestre van Tricasse juntó las manos. El consejero palideció y dejó
caer su linterna. El comisario movió la cabeza.
¡Una frase tan provocadora pronunciada por dos notables del país!
—Ese médico Custos —susurró van Tricasse —es decididamente hombre
peligroso, cabeza exaltada; ¡vengan, señores!
Y con esto, el consejero Niklausse y el comisario entraron en la casa con el
burgomaestre van Tricasse...
Capítulo IV
Donde el doctor Ox se revela como fisiólogo de primer orden y audaz
experimentador
¿QUIÉN es, pues, ese personaje conocido con el extraño nombre de doctor
Ox?
Seguramente que un ser original, pero al propio tiempo un sabio audaz, un
fisiólogo cuyos trabajos son conocidos y apreciados en toda la Europa científica,
un rival afortunado de Davy [9] , Dalton, Bostock, Menzies, Godwin, Vierordt,
ingenios todos que han elevado la fisiología al primer puesto entre las ciencias
modernas.
El doctor Ox era hombre medianamente grueso, de estatura regular, de edad
de..., no lo podemos precisar, como tampoco su nacionalidad; pero importa poco.
Basta saber que era un personaje extraño, de sangre caliente e impetuosa,
verdadero excéntrico escapado de un tomo de Hoffmann y que formaba singular
contraste con los habitantes de Quiquendone. Tenía imperturbable confianza en
sus doctrinas y en sí mismo. Siempre sonriendo y marchando con la cabeza
erguida fácil y libremente, de hombros bien marcados, las ventanas de la nariz
bien abiertas, gran boca que absorbía el aire con fuertes aspiraciones, su persona
era de complaciente aspecto. Revelaba mucha vida, muchísima; estaba bien
equilibrado en todas las partes de su máquina, andaba bien, cual si tuviera
azogue en las venas y cien agujas en los pies. Así es que nunca podía estarse
quieto, deshaciéndose en palabras precipitadas y en ademanes superabundantes.
¿Era rico aquel doctor Ox que emprendía a sus expensas la instalación del
alumbrado de una población entera?
Probablemente, puesto que se permitía semejantes gastos y es la única
respuesta que podemos dar a tan indiscreta pregunta.
Cinco meses hacía que el doctor Ox había llegado a Quiquendone en
compañía de su ayudante que respondía al nombre de Gedeón Igeno, grande,
seco, flaco, todo altura, pero no menos vivo que su amo.
¿Y por qué había tomado el doctor Ox por su cuenta el alumbrado de la
villa? ¿Por qué había escogido precisamente a los apacibles quiquendoneses,
flamencos entre los flamencos, y quería dotarlos con los beneficios de un
alumbrado excepcional? ¿No pretendería, bajo este pretexto, ensayar algún gran
experimento fisiológico, operando in anima vili ? En una palabra,
¿qué iba a intentar este ser original? No lo sabemos, puesto que el doctor
Ox no tenía otro confidente que su ayudante Igeno, que le obedecía ciegamente.
En apariencia al menos, el doctor Ox se había comprometido a alumbrar la
población, que bien lo necesitaba, sobre todo de noche, como decía con cierta
gracia el comisario Passauf. Así es que ya se había instalado una fábrica para la
producción del gas, los gasómetros estaban dispuestos para funcionar, y la
tubería, circulando debajo del empedrado de las calles, debía muy pronto
derramarse y abrirse en forma de mecheros [10] por los edificios públicos y por
las casas particulares de ciertos amigos del progreso.
En su calidad de burgomaestre, Tricasse, y en su calidad de consejero,
Niklausse, y además otros notables habían creído deber autorizar en sus
habitaciones la introducción del moderno alumbrado.
Si el lector no lo ha olvidado, durante la larga conversación del consejero y
del burgomaestre se dijo que el alumbrado debía conseguirse no por la
combustión del vulgar hidrógeno carbonado obtenido por la destilación del
carbón mineral, sino por el empleo de un gas más moderno y veinte veces más
brillante, el gas oxhídrico, que consiste en el oxígeno e hidrógeno mezclados.
Ahora bien, el doctor, químico hábil e ingeniero, sabía obtener ese gas en
gran cantidad y barato, no empleando el manganato de sosa, según el
procedimiento de Tessié de Motay, sino descomponiendo simplemente el agua
ligeramente acidulada por medio de una pila con elementos nuevos e inventada
por él. No se usaban sustancias costosas, ni platino, ni retortas, ni combustibles,
ni aparatos delicados para producir aisladamente los dos gases. Una corriente
eléctrica atravesaba unas vastas tinas de agua, y el elemento líquido se
descomponía en sus dos partes constitutivas, el oxigeno y el hidrógeno. El
oxígeno se iba por un lado, y el hidrógeno, en doble volumen que su asociado, se
marchaba por otro.
Los dos se recogían en receptáculos separados; precaución importante,
porque su mezcla hubiera producido una espantosa explosión encendiéndose. Y
luego los tubos debían conducirlos separadamente a los diversos mecheros,
dispuestos de modo que se precaviese esa explosión. Se produciría entonces una
llama cuyo brillo rivalizaría con la luz eléctrica, que según los experimentos de
Casselmann, es igual a la de mil ciento setenta y una bujías, ni una más ni una
menos.
Cierto es que la villa de Quiquendone obtendría con esta generosa
combinación un alumbrado espléndido, pero de esto era de lo que menos se
preocupaban el doctor Ox y su preparador, como más adelante lo veremos.
Precisamente, al día siguiente al del que el comisario Passauf había
aparecido ruidosamente en el gabinete del burgomaestre, Gedeón Igeno y el
doctor Ox hablaban ambos en el laboratorio que les era común en el piso bajo
del principal cuerpo de la fábrica.
—¿Y bien, Igeno, y bien? —exclamó el doctor Ox restregándose las manos
—. ¡Ya los ha visto ayer, a esos buenos quiquendoneses de sangre fría que
ocupan en cuanto a la viveza de pasiones el término medio entre las esponjas y
las excrecencias coralígenas! ¡Los ha visto disputando y provocándose con la
voz y el ademán! ¡Ya están metamorfoseados moral y químicamente! Y ahora no
hacemos más que empezar. Espere para contemplarlos cuando los tratemos a
altas dosis.
—En efecto, maestro —respondió Gedeón Igeno, rascándose su nariz
aguileña con la punta del índice—, el experimento comienza bien y si yo no
hubiese cerrado con prudencia la llave de salida, no sé lo que hubiera
acontecido.
—Ya ha oído usted a ese abogado Schut y al médico Custos. La frase en sí
misma no era maliciosa, pero en la boca de un quinquendonense vale todas las
series de injurias que los héroes de Homero se echan a la cara antes de
desenvainar. ¡Ah!, ¡qué flamencos! Ya verán qué haremos de ellos un día.
—Haremos de ellos unos ingratos —respondió Gedeón Igeno, con el tono
de un hombre que aprecia la especie humana en su justo valor.
—¡Bah! Poco importa que lo agradezcan o no, con tal de que salga bien el
experimento.
—Por otra parte —añadió el ayudante, sonriendo con malicia—, ¿no es de
temer que al producir semejante excitación en su aparato respiratorio
desorganicemos un poco los pulmones a esos honrados habitantes de
Quiquendone?
—Peor para ellos. Esto se hace en interés de la ciencia. ¿Qué diría usted si
los perros o las ranas se negasen a los experimentos de vivisección?
Es probable que si se consultase a las ranas y a los perros, estos animales
harían algunas objeciones a las prácticas de los vivisectores; pero el doctor Ox
creyó haber hallado un argumento irrefutable, porque exhaló un largo suspiro de
satisfacción.
—En suma, tiene usted razón, maestro —respondió Gedeón Igeno con tono
de convicción
—. No podemos hallar cosa más a propósito que los habitantes de
Quiquendone.
—Verdad es que no podíamos —dijo el doctor articulando cada sílaba.
—¿Les ha tomado el pulso a esos seres?
—Cien veces.
—¿Y cuál es el término medio de las pulsaciones observadas?
—Ni aun cincuenta por minuto. Fáciles comprenderlo. ¡Una población
donde no ha habido en un siglo una sombra de discusión; donde los carreteros no
blasfeman ni los cocheros se injurian, ni los caballos se desbocan, ni los perros
muerden, ni los gatos arañan! ¡Una población donde el simple tribunal de policía
descansa de un cabo al otro del año! ¡Una población donde nadie se apasiona por
nada, ni por las artes ni por los negocios! ¡Una población donde los gendarmes
se hallan en estado de mitos y en la cual no se ha formado sumario en cien años!
¡Una población, en fin, donde desde hace trescientos años no se ha dado un
puñetazo ni un bofetón! Ya comprenderá usted, Igeno, que eso no puede durar
más y que todo lo modificaremos.
—¡Perfectamente! ¡Perfectamente! —replicó el ayudante entusiasmado. ¿Y
el aire de ese pueblo, lo ha analizado?
—No he dejado de hacerlo. Setenta y nueve partes de nitrógeno y veintiuna
partes de oxígeno, ácido carbónico y vapor acuoso en cantidad variable. Son las
proporciones ordinarias.
—Bien, doctor, bien —respondió maese Igeno—. El experimento se hará en
grande y será sin duda decisivo.
—Y si es decisiva —añadió el doctor Ox con voz de triunfo—,
reformaremos el mundo.
Capítulo V
Donde el burgomaestre y el consejero van a hacer una visita al Doctor Ox, y lo
que sigue
EL consejero Niklausse y el burgomaestre van Tricasse supieron al fin lo
que es una noche agitada. El grave acontecimiento ocurrido en casa del doctor
Ox les causó un verdadero insomnio. ¿Qué consecuencia tendría la cosa? No
podían imaginarlo. ¿Habría que adoptar alguna decisión? ¿Tendría que intervenir
la autoridad municipal que ellos representaban? ¿Se publicarían edictos para que
semejante escándalo no se renovase?
Estas dudas no podían menos que perturbar a tan blandas naturalezas. Por
eso la víspera, antes de separarse, habían decidido volverse a ver al día siguiente.
Al día siguiente, pues, antes de comer, el burgomaestre van Tricasse se
dirigió en persona a casa del consejero Niklausse, a quien encontró más
tranquilizado. También él recobró la serenidad.
—¿No hay nada de nuevo? —preguntó van Tricasse.
—Nada de nuevo desde ayer —contestó Niklausse.
—¿Y el médico Domingo Custos?
—No he oído hablar de él ni más ni menos que del abogado Andrés Schut.
Después de una hora de conversación que ocuparía tres líneas y que es
inútil referir, el consejero y el burgomaestre habían resuelto visitar al doctor Ox,
a fin de obtener algunas aclaraciones, sin aparentarlo.
Tomada esta resolución contra sus hábitos, ambas notabilidades se
decidieron a ejecutarla rápidamente. Abandonaron la casa y se dirigieron a la
fábrica del doctor Ox, situada fuera de la población, cerca de la puerta de
Audenarde, la que amenazaba ruina.
El burgomaestre y el canciller no se daban el brazo pero andaban, passibus
oequis , con el paso lento y solemne, que no les hacía adelantar sino tres
pulgadas apenas por segundo.
Por lo demás, este era el paso mismo de sus administrados que desde
memoria de hombre no habían visto a nadie correr por las calles de
Quiquendone.
De vez en cuando, en una travesía sosegada y tranquila en la esquina de una
calle pacífica las dos notabilidades se paraban para saludar a la gente.
—Buenos días, señor burgomaestre —decía uno.
—Buenos días, amigo mío —respondía van Tricasse.
—¿No hay nada nuevo, señor consejero? —preguntaba otro.
—Nada nuevo —respondía Niklausse.
Mas por ciertas cataduras atónitas y por ciertas miradas indagadoras, podía
comprenderse que la reyerta de la víspera era conocida en la ciudad. Con sólo
ver la dirección seguida por van Tricasse, el más obtuso de los quiquendoneses
hubiera acertado que el burgomaestre iba a dar algún grave paso. El asunto de
Custos y de Schut preocupaba todos los ánimos, pero nadie tomaba todavía
partido por uno o por otro. El abogado y el médico eran, en suma, dos personas
muy estimadas. El primero no había tenido ocasión nunca de informar en una
ciudad donde los procuradores y alguaciles sólo existían por memoria, y, por
consiguiente, no había perdido pleito alguno. En cuanto al segundo, era un
práctico honroso que a ejemplo de sus colegas, curaba a los enfermos de todas
sus enfermedades, menos de la que morían, hábito desagradable adquirido
desgraciadamente por los miembros de todas las facultades en cualquier país que
ejerzan su profesión.
Al llegar a la puerta de Audenarde, el consejero y el burgomaestre dieron
prudentemente un ligero rodeo, a fin de no pasar por el radio de caída de la torre,
y luego la consideraron con atención.
—Creo que se caerá —dijo van Tricasse.
—También lo creo —respondió Niklausse.
—A no ser que la apuntalen —añadió van Tricasse—. ¿Pero debe
apuntalarse? Esa es la cuestión.
—Es, en efecto, la cuestión —respondió Niklausse.
Algunos instantes después se presentaban a la puerta de la fábrica.
—¿Está visible el doctor Ox? preguntaron.
El doctor Ox estaba siempre visible para las primeras autoridades de la
villa, y éstas fueron introducidas en el gabinete del célebre fisiólogo. Tal vez los
dos notables aguardaron una hora larga, antes que el doctor apareciese. Al menos
hay fundamento para creerlo, porque el burgomaestre, lo cual no le había
sucedido en toda su vida, manifestó cierta impaciencia, de la cual tampoco se
sintió exento su compañero.
El doctor Ox entró por fin y se excusó por haber hecho esperar a los
señores; pero había tenido que aprobar un plano de gasómetro, y que rectificar
una ramificación de tubería...
Por lo demás, todo marchaba bien. Los conductos destinados al oxígeno
estaban ya colocados. Antes de algunos meses, la población estaría dotada de un
espléndido alumbrado.
Las dos notabilidades podían ver ya los orificios de los tubos que daban
sobre el gabinete del doctor.
Después de estas explicaciones, el doctor se informó del motivo que le
proporcionaba la honra de recibir en su casa al burgomaestre y al consejero.
—Para verlo, doctor, para verlo —respondió van Tricasse—. Hace mucho
tiempo que no habíamos tenido ese gusto. Salimos poco en nuestra villa de
Quiquendone. Contamos nuestros pasos y nuestras andadas. Felices cuando nada
viene a interrumpir nuestra uniformidad...
Niklausse miraba a su amigo. Este no había hablado nunca tanto, al menos
sin tomarse tiempo ni espaciar sus frases con dilatadas pausas. Parecíale que van
Tricasse se expresaba con cierta volubilidad que no le era natural. El mismo
Niklausse sentía también como una irresistible comezón de hablar.
En cuanto al doctor Ox, miraba cuidadosamente al burgomaestre con cierta
malicia.
Van Tricasse, que nunca discutía sino después de haberse instalado a sus
anchas en un buen sillón, se había levantado esta vez. No sé qué sobreexcitación
nerviosa, enteramente contraria a su temperatura, se había apoderado de él.
Todavía no gesticulaba, pero esto no podía tardar. En cuanto al consejero, se
rascaba las pantorrillas y respiraba a lentas, pero anchas, bocanadas. Su mirada
se animaba poco a poco y estaba decidido a sostener contra todo, en caso
necesario, a su leal amigo el burgomaestre.
Van Tricasse se había levantado, y después de dar algunos pasos, vino a
colocarse de nuevo enfrente del doctor.
—¿Y dentro de cuántos meses —preguntó con tono algo acentuado—,
dentro de cuántos meses dice usted que estarán sus trabajos concluidos?
—Dentro de tres o cuatro meses, señor burgomaestre.
—¡Tres o cuatro meses! Muy largo es eso —dijo van Tricasse.
—¡Demasiado largo! —añadió Niklausse, que, no pudiendo aguantar más
en su sitio, se había levantado también.
—Necesitamos ese tiempo para acabar nuestra instalación —respondió el
doctor—. Los obreros que hemos escogido en la población de Quiquendone no
son muy activos.
—¡Cómo que no! —exclamó el burgomaestre, que tomaba, al parecer, esas
palabras como una ofensa personal.
—No, señor burgomaestre —respondió al doctor Ox insistiendo—. Un
obrero francés haría en un día el trabajo de diez de sus administrados. Ya lo sabe
usted, son flamencos puros.
—¡Flamencos! —exclamó el consejero Niklausse, cuyos puños se
crisparon. ¿Qué sentido quiere usted dar a esa palabra, caballero?
—El sentido... amable que todo el mundo le da —respondió, sonriendo, el
doctor.
—¡Cuidado, caballero! —dijo el burgomaestre, recorriendo a grandes pasos
el gabinete de uno a otro lado—, no me gustan esas insinuaciones. Los obreros
de Quiquendone valen tanto como los de cualquiera otra ciudad del mundo,
entiende, y no es a París ni a Londres a donde iremos a buscar modelos. En
cuanto a los trabajos que le conciernen, le ruego que acelere su ejecución. Las
calles están desempedradas para la colocación de los tubos, y ésa es una traba de
la circulación. El comercio acabará por quejarse, y yo, administrador
responsable, no quiero incurrir en reconvenciones harto legítimas.
¡El bravo burgomaestre! ¡Había hablado de comercio y de circulación, y
estas palabras, a que no estaba acostumbrado, no le desollaban los labios! ¿Qué
le pasaba, pues?
—Por otra parte —añadió Niklausse, la población no puede estar por más
tiempo privada de luz.
—Sin embargo —dijo el doctor—, una población que lo espera hace
ochocientos o novecientos años...
—Razón de más, caballero —repuso el burgomaestre acentuando las sílabas
—. ¡Otro tiempo, otras costumbres! El progreso marcha y no queremos
quedarnos atrás. Antes de un mes entenderemos que nuestras calles han de estar
alumbradas, o bien pagará usted una indemnización considerable por cada día de
retraso. ¿Qué sucedería si en medio de las tinieblas ocurriese alguna riña?
—Efectivamente —exclamó Niklausse—, basta una chispa para inflamar a
un flamenco.
Flamenco, flama.
—Y a propósito —dijo el burgomaestre a las palabras de su amigo, el
comisario Passauf, jefe de la policía municipal, nos ha dado parte de que una
discusión se había entablado anoche en sus salones, señor doctor. ¿Se ha
equivocado al decir que se trataba de una discusión política?
—En efecto, señor burgomaestre —respondió el doctor, que reprimía, no
sin pena, un suspiro de satisfacción.
—¿Y no hubo un altercado entre el médico Domingo Custós y el abogado
Andrés Schut?
—Sí, señor consejero, pero las expresiones que se cruzaron no tenían nada
de grave.
—¡Nada de grave! —exclamó el burgomaestre.
—¿Nada grave cuando un hombre dice a otro que no mide el alcance de sus
palabras?
Entonces, ¿con qué barro está usted amasado, caballero? ¿No sabe usted
que en Quiquendone no se necesita más para acarrear consecuencias funestas? Y,
caballero, si usted o cualquier otro se permitiese hablarme así...
—Y a mí —añadió el consejero Niklausse.
Y al pronunciar estas palabras, con tono amenazador, ambas notabilidades,
cruzadas de brazos y con el pelo erizado, miraban de frente al doctor Ox, en
disposición de jugarle una mala pasada, si un gesto, menos que un gesto, una
mirada hubiera revelado en él la intención de contrariarles.
Pero el doctor no pestañeó.
—En todo caso, caballero —prosiguió el burgomaestre—, entiendo hacerle
responsables de lo que pase en su casa. Garantizo la tranquilidad de la población
y no quiero que se vea turbada. Los acontecimientos de anoche no se renovarán
o cumpliré con mi deber, caballero.
¿Lo ha entendido? Pero responda, caballero.
Al hablar así, el burgomaestre, bajo el imperio de una sobreexcitación
extraordinaria, elevaba la voz hasta el diapasón de la cólera. Estaba furioso aquel
digno van Tricasse, y ciertamente que debieron oírle desde fuera. Por último,
fuera de sí, y viendo que el doctor no respondía a sus provocaciones, dijo:
—Venga, Niklausse.
Y, cerrando la puerta con una violencia que conmovió la casa, el
burgomaestre arrastró al consejero en pos de sí. Poco a poco, y después de andar
unos veinte pasos por la campiña, los dignos notables se calmaron. Su marcha se
amortiguó y su andar se modificó. El enrojecimiento de su rostro se apagó y de
encarnado pasó a color de rosa. Y un cuarto de hora después de haber salido de
la fábrica, van Tricasse decía con apacible tono al consejero Niklausse:
—¡Qué hombre tan amable es el doctor Ox! Le veré siempre con el mayor
placer.
Capítulo VI
En donde Frantz Niklausse y Suzel van Tricasse forman algunos proyectos
para el porvenir
NUESTROS lectores saben que el burgomaestre tenía una hija, la señorita
Suzel; mas por perspicaces que sean no han podido adivinar que el consejero
Niklausse tenía un hijo, el señor Frantz. Y aun cuando lo hubiesen adivinado,
nada les permitiría imaginar que Frantz fuese el novio de Suzel. Añadiremos que
estos dos jóvenes estaban hechos el uno para el otro, y que se amaban como se
ama en Quiquendone.
No debemos creer que los corazones jóvenes dejasen de palpitar en aquella
población excepcional; sólo que latían con cierta lentitud. Se casaban como en
cualquiera otra ciudad del mundo, pero se tomaban tiempo para ello. Los
futuros, antes de enredarse en los terribles lazos, querían estudiarse, y los
estudios duraban lo menos diez años, como en el colegio.
Raras veces se recibía nadie antes de ese tiempo.
Sí. ¡diez años! ¡Durante diez años se cortejaban! ¿Es acaso demasiado
cuando se trata de ligarse por toda la vida? ¿Se estudia diez años para ser
ingeniero o médico, abogado o consejero de prefectura, y se pretende adquirir en
menos tiempo los conocimientos necesarios para marido? Esto es inadmisible, y
sea por temperamento o por razón, los quiquendoneses están, a nuestro parecer,
en lo cierto al prolongar así sus estudios. Cuando en otras poblaciones libres y
ardientes se ven efectuar los casamientos en pocos meses, hay que encogerse de
hombros y darse prisa en enviar a los muchachos al colegio y a las muchachas a
la enseñanza de Quiquendone.
No se citaba, en medio siglo, más que un matrimonio hecho en dos años y
aún así por poco paró en mal. Frantz Niklausse quería, pues, a Suzel van
Tricasse, pero apaciblemente, como se ama cuando se tienen diez años por
delante para adquirir el objeto amado. Todas las semanas, una sola vez, y a la
hora convenida, Frantz venía a buscar a Suzel y la conducía a la orilla del Vaar,
cuidando de llevarse la caña de pescar, mientras que su amada no olvidada el
cáñamo de tapicería, en el cual sus bonitos dedos casaban las flores más
inverosímiles.
Conviene decir aquí que Frantz era un joven de veintidós años, en cuyo
rostro apuntaba un ligero bozo de melocotón, y cuya voz apenas acababa de
descender de una octava a otra.
En cuanto a Suzel, era rubia y sonrosada. Contaba diecisiete años, y no
desdeñaba el pescar con caña. ¡Singular ocupación, sin embargo, que obliga a
luchar en astucia con un barbito! Pero a Frantz le gustaba esto, y semejante
pasatiempo cuadraba bien con su carácter.
Paciente cuanto se puede serlo, complaciéndose en seguir con meditabunda
vista el tapón de corcho que se mecía al hilo del agua, sabía esperar, y cuando
después de una sesión de seis horas un modesto barbo, compadeciéndose de él,
consentía en dejarse pescar, era feliz, aunque sabía contener su emoción.
Aquel día los dos futuros, puede decirse que los dos prometidos, estaban
sentados sobre la verde orilla. El límpido Vaar murmuraba a algunos pies debajo
de ellos. Suzel impelía indolentemente su aguja por entre el cañamazo.
Frantz arrastraba automáticamente su sedal de izquierda a derecha, y luego
le dejaba seguir la corriente de derecha a izquierda. Los barbitos trazaban en el
agua redondeles caprichosos que se entrecruzaban alrededor del corcho, mientras
que el anzuelo se paseaba vacío por las capas más inferiores.
De vez en cuando decía sin levantar siquiera los ojos sobre la niña:
—Creo que pica.
—¿Lo crees, Frantz? —respondía Suzel, que, abandonando un momento su
labor, seguía con vista conmovida el cordel de su prometido.
—Pero no —añadía Frantz—. Había creído sentir un pequeño movimiento.
Me he equivocado.
—Ya picará, Frantz —replicaba Suzel con pura y dulce voz—. Pero no
olvide de tirar a tiempo. Siempre se retarda algunos segundos y el pececillo los
aprovecha para escapar.
—¿Quiere usted tomar la caña, Suzel?
—Con mucho gusto, Frantz.
—Entonces deme el cañamazo. Veremos si soy más diestro con la aguja que
con el anzuelo.
Y la joven tomaba la caña con trémula mano, mientras que el mozo hacía
pasar la aguja por las mallas del cañamazo. Y durante horas enteras cruzaban así
tiernas palabras, y sus corazones palpitaban cuando el corcho se estremecía
sobre el agua. ¡Ah!, no olvidarán nunca aquellos encantadores momentos, en
que, sentados el uno junto al otro, escuchaban el susurro de las aguas. Aquel día
el sol estaba ya muy inclinado sobre el horizonte, y a pesar de los talentos
combinados de Suzel y Frantz, nada había mordido. Los barbitos no se habían
mostrado apiadados y se reían de los jóvenes, que eran demasiado buenos para
guardarles rencor por eso.
—Seremos más afortunados otra vez, Frantz —dijo Suzel, cuando el joven
pescador hincó su anzuelo, siempre virgen, en la planchuela de pino.
—Debemos esperarlo Suzel —respondió Frantz.
Y, después, caminando ambos uno junto a otro, emprendieron la vuelta a
casa, sin cruzar una sola palabra, tan mudos como sus sombras, que se
prolongaban delante de ellos.
Suzel se veía grande, muy grande, bajo los oblicuos rayos del sol poniente.
Frantz parecía flaco, muy flaco como el largo cordel que tenía en la mano.
Llegaron a casa del burgomaestre. Unas verdes matas de hierbas adornaban
las relucientes losas, y se hubieran guardado muy bien de arrancarlas, porque
sirviendo de mullido a la calle, apagaban el ruido de los pasos.
En el momento en que iba a abrirse la puerta, Frantz creyó deber decir a su
prometida;
—Ya lo sabe usted, Suzel, el gran día se acerca.
—Se acerca, en efecto, Frantz —respondió la niña entornando sus
párpados.
—Sí —dijo Frantz—, dentro de cinco o seis años.
—Hasta la vista, Frantz —dijo Suzel.
—Hasta la vista, Suzel —respondió el joven Frantz.
Y después que la puerta se cerró, el joven tomó con paso igual y sosegado
el camino de la casa del consejero Niklausse.
Capítulo VII
Donde los andante se convierten en allegro, y los allegro en vivace
LA emoción causada por el incidente del abogado Schut y del médico
Custos se había apaciguado, y el asunto no tuvo consecuencias. Podía, pues,
esperarse que Quiquendone volvería a su apatía habitual, momentáneamente
turbada por un acontecimiento inexplicable.
Entretanto, la colección de las tuberías destinadas a conducir el gas
oxhídrico por los principales edificios de la población, se verificaba
rápidamente. Los conductos y las ramificaciones se deslizaban poco a poco bajo
el empedrado de Quiquendone. Pero los mecheros faltaban todavía, porque
siendo su ejecución muy delicada, había sido necesario fabricarlos en el
extranjero. El doctor Ox se multiplicaba; su ayudante Igeno y él no perdían un
solo instante, dando prisa a los obreros, terminando los delicados órganos del
gasómetro, alimentando día y noche las gigantescas pilas que descomponían el
agua bajo la influencia de una poderosa corriente eléctrica. ¡Sí! El doctor
fabricaba ya su gas, aunque la canalización no se hallaba terminada todavía lo
cual, entre nosotros, hubiera parecido muy singular. Pero antes de poco tiempo,
podía esperarse al menos, antes de poco, que el doctor Ox inauguraría en el
teatro de la población los esplendores de su nuevo alumbrado.
Porque Quinquendone poseía un teatro, hermoso edificio a fe mía, cuya
disposición interior y exterior recordaba todos los estilos. Era a la vez bizantino,
románico, gótico, del renacimiento, con puertas de medio punto, ojivas,
rosetones flamígeros, cimbalillos fantásticos, en una palabra, modelo de todos
los géneros, mitad Partenón, mitad Gran Café de París, lo cual no debe causar
extrañeza, porque, comenzado en tiempo del burgomaestre Ludwig van Tricasse,
en 1175, no se terminó hasta 1837, bajo el burgomaestre Natalis van Tricasse. Se
habían empleado setecientos años en construirlo, y se había conformado
sucesivamente con la moda arquitectónica de todas las épocas.
¡No importa! Era un hermoso edificio, cuyas pilastras romanas y bóvedas
bizantinas no discreparían del alumbrado de gas oxhídrico.
Se representaba algo de todo en el teatro de Quiquendone, y especialmente
la ópera seria y cómica; pero hay que decir que los compositores no hubieran
podido reconocer sus obras, de tan cambiados como estaban los “movimientos”.
En efecto, como nada se hacía aprisa en Quiquendone, las obras tenían que
adaptarse al temperamento de los quiquendonenses. Aunque las puertas del
teatro se abrían habitualmente a las cuatro y se cerraban a las diez, no había
ejemplo de que durante esas seis horas se hubiesen representado más de dos
actos. Roberto el Diablo, Los Hugonotes o Guillermo Tell ocupaban
ordinariamente tres noches, de tan lenta como era la ejecución de estas óperas.
Los vivace , en el teatro de Quiquendone, se convertían en verdaderos adagios .
Los allegros se arrastraban larga, larguísimamente.
Las semifusas no valían las mínimas de cualquier otro país. Las tiradas más
rápidas, ejecutadas según el gusto de los quiquendonenses, tomaban el andar de
un himno de canto llano. Los indolentes trinos se prolongaban y acompasaban
para no herir los oídos de los dilettanti .
Para decirlo, tomo como ejemplo el aire rápido de Fígaro que, a su entrada
en el primer acto del Barbero de Sevilla, se llevaba al número treinta y tres del
metrónomo y duraba cincuenta y ocho minutos, cuando el actor era muy
vivaracho. Como es fácil colegirlo, los artistas que venían de fuera tenían que
conformarse con esa moda, pero como les pagaban bien no se quejaban y
obedecían fielmente la batuta del director de orquesta, que no marcaba nunca en
los allegros más de ocho compases por minuto.
¡Pero, en cambio, qué de aplausos llovían sobre aquellos artistas que
encantaban, sin fatigarlos nunca, a los espectadores de Quiquendone! Todas las
manos daban una contra otra en intervalos bastantes separados, lo cual traducían
los periódicos por “aplausos frenéticos”, y si una o dos veces el salón,
entusiasmado, no se hundía bajo los bravos, es porque en el siglo duodécimo no
se ahorraba en los cimientos ni el mortero ni la piedra.
Por otra parte, para no exaltar las entusiastas naturalezas de los flamencos,
el teatro sólo trabajaba una vez por semana, lo cual permitía a los actores
estudiar con más profundidad sus papeles, y a los espectadores digerir por más
tiempo las bellezas de las obras maestras del arte dramático.
Hacía mucho tiempo que las cosas marchaban así. Los artistas extranjeros
tenían la costumbre de contratarse con el empresario de Quiquendone, cuando
querían descansar de sus fatigas en otros teatros, y no parecía que nada debía
modificar este inveterado hábito, cuando, quince días después del suceso Schut-
Custos, un incidente inesperado vino a perturbar de nuevo la población.
Era sábado, día de ópera. No se trataba aún, como pudiera creerse, de
inaugurar el nuevo alumbrado. No; los tubos bien llegaban hasta la sala, mas por
el motivo arriba indicado, los mecheros no estaban todavía colocados y las
bujías de la araña seguían proyectando su apacible luz sobre los espectadores
que llenaban el teatro. Se habían abierto las puertas al público a la una de la
tarde, y a las tres el salón estaba a medio llenar. Durante un momento había
habido una cola que se desarrollaba hasta la extremidad de la plaza de San
Ernulfo, delante de la tienda del farmacéutico José Liefrinck. Esta concurrencia
permitía presagiar una buena representación.
—¿Irá esta noche al teatro? —había preguntado por la mañana el consejero
al burgomaestre.
—No faltaré —había respondido van Tricasse—, y llevaré a mi mujer, a
nuestra hija Suzel y a nuestra querida Tatanemancia, que se vuelven locas por la
buena música.
—¿Vendrá la señorita Suzel? —dijo el consejero.
—Sin duda, Niklausse.
—Entonces mi hijo Frantz será uno de los primeros que acudirán —
respondió Niklausse.
—¡Joven impulsivo, Niklausse! —repuso doctoralmente el burgomaestre—.
¡Cabeza atolondrada! Es necesario vigilar a ese muchacho.
—Ama, van Tricasse, ama a vuestra hermosa Suzel.
—Pues bien, Niklausse, se casará con ella. Una vez convenidos en ese
matrimonio, ¿qué puede pedir más?
—No pide nada, van Tricasse, no reclama nada ese querido hijo. Pero, en
fin, y no quiero decir más, no será el último en pedir su boleto en la taquilla.
—¡Ah! ¡Viva y ardiente juventud! —replicó el burgomaestre, sonriendo al
recuerdo de su pasado—. ¡Así hemos sido nosotros, mi digno consejero!
¡También nosotros hemos amado!
¡También hemos cortejado en nuestros tiempos! Hasta la tarde, pues, hasta
la tarde. A propósito, ¿sabe usted que ese Fioravanti es un gran artista? ¡Por eso
la acogida que ha tenido entre nosotros! ¡No olvidará en mucho tiempo los
aplausos de Quiquendone!
Se trataba, en efecto, del célebre tenor Fioravanti, que por su talento de
cantante, su método perfecto, su voz simpática, provocaba entre los aficionados
de la población un verdadero entusiasmo.
Tres semanas hacía que Fioravanti había obtenido, en Los Hugonotes , un
éxito inmenso.
El primer acto, interpretado a gusto de los quiquendonenses, había ocupado
una representación entera de la primera semana del mes. Otra función de la
segunda semana, prolongada con andante infinitos, había valido al celebre artista
una verdadera ovación. El triunfo se había acrecentado con el tercer acto de la
obra maestra de Meyerbeer. Pero era en el cuarto donde esperaban ver a
Fioravanti, y precisamente aquella tarde iba a ser cantado ante un público
impaciente. ¡Ah! ¡Aquel dúo de Raúl y Valentina, aquel himno de amor a dos
voces, tan suspirado, aquel momento en que se multiplican los crescendo , los
stringendo , los sforzando , los piu crescendo , todo cantado lenta, compendiosa,
interminablemente! ¡Oh! ¡Qué encanto!
Así que a las cuatro el teatro estaba lleno. Los palcos, la orquesta, el patio,
estaban atestados. En primer término se hallaban el burgomaestre van Tricasse,
la señorita van Tricasse, la señora de van Tricasse y la amable Tatanemancia, con
gorro verde manzana; después, no lejos, el consejero Niklausse y su familia, sin
olvidar al enamorado Frantz. Se veían también las familias del médico Custos,
del abogado Schut, de Honorato Syntax, el gran juez, y a Soutman (Norberto), el
director de la compañía de seguros, así como al grueso banquero Collaert, loco
por la música alemana, algo cantante él también, al preceptor Rupp, al director
de la Academia, Jerónimo Resh, al comisario civil y a otras muchas
notabilidades de la población que no pueden enumerarse sin abusar de la
paciencia del lector.
Ordinariamente, esperando que el telón se levantase, los quiquendonenses
tenían la costumbre de permanecer callados, leyendo los unos su periódico,
cruzando otros algunas palabras en voz baja, yendo éstos a su asiento sin ruido
ni atropelladamente, dirigiendo aquéllos una mirada semiapagada a las amables
beldades que guarnecían las galerías.
Pero aquella noche, un observador hubiera reconocido que aún antes de
alzarse el telón reinaba en el teatro una animación inusitada. Se estaban
moviendo personas que nunca se agitaban. Los abanicos de las damas oscilaban
con una rapidez anormal. Un aire más vivo parecía haber invadido todos los
pechos y se respiraba con más holgura. Algunas miradas brillaban, puede
decirse, tanto como las llamas de la lucerna, y parecían derramar un resplandor
insólito.
Ciertamente que se veía más claro que de costumbre, aunque el alumbrado
era el mismo. ¡Ah! ¡Si los nuevos aparatos del doctor Ox hubiesen funcionado!
Pero no funcionaban todavía.
Por último, la orquesta está completa en su puesto. El primer violín pasa
por entre los atriles para dar un modesto la a sus colegas. Los instrumentos de
cuerda, los de viento y los de percusión están acordes. El maestro de orquesta no
aguarda más que la campanilla para marcar el primer compás.
La campanilla suena y comienza el cuarto acto. El allegro apassionato de
entrada se toca, según costumbre, con una grave lentitud que hubiera hecho dar
un brinco al ilustre Meyerbeer, y cuya majestad toda sólo aprecian los diletantes
quiquendonenses.
Pero muy pronto el director de orquesta comienza a perder el dominio sobre
los ejecutantes. Le cuesta algún trabajo contenerlos, a ellos, tan obedientes y tan
calmosos de ordinario. Los instrumentos de viento manifiestan tendencia a
acelerar los movimientos, y hay que frenarlos con mano firme, porque
adelantándose sobre los de cuerda producirían, desde el punto de vista armónico,
un efecto desagradable. El mismo bajo, tocado por el hijo del farmacéutico José
Liefrink, joven de muy buena educación, propende a acalorarse.
Entretanto, Valentina ha principiado su recitado:
Estoy sola, mi casa...
pero se acelera. El maestro de orquesta y todos los músicos la siguen, quizá
inconscientemente, en su cantabile , que debería ser medido con pausa, como un
doce por dieciocho que es.
Cuando Raúl aparece en la puerta del fondo, desde el momento en que
Valentina le sale al encuentro, hasta al de esconderle en el cuarto de al lado, no
se pasa un cuarto de hora, cuando antes, según la tradición del teatro de
Quiquendone, ese recitado de treinta y siete compases duraba hasta treinta y
siete minutos.
Saint Bris, Nevers, Cavannes y los señores católicos, han entrado en escena
con alguna precipitación quizá.
Allegro pomposo ha marcado el compositor en la partitura. La orquesta y
los señores andan efectivamente allegro, pero de ningún modo pomposo, y en el
tutti, en esa página magistral de la conjuración y de la bendición de puñales, no
se modera ya el allegro reglamentario. Cantores y músicos corren fogosamente.
El director de orquesta ya no piensa en contenerlos. Por otra parte, el público no
reclama, sino que, al contrario, se ve también arrastrado a un movimiento que
responde a las aspiraciones del alma:
De incesantes disturbios y de una guerra impía.
¿Quiere usted librar como yo, la patria mía?
Esto se promete y se jura. Apenas tiene Nevers el tiempo de protestar y de
cantar que
«entre sus abuelos cuenta soldados y no asesinos». Le prenden. Los
alguaciles y corchetes llegan y juran rápidamente «herir a todos a la vez». Saint
Bris recorre como un verdadero dos por cuatro callejero el recitado que llama a
los católicos a la venganza. Los tres frailes, llevando canastillos con fajas
blancas, se precipitan por la puerta del fondo de la habitación de Nevers, sin
tener presente la exigencia de la escena que les recomienda adelantarse
lentamente. Ya todos los asistentes han sacado sus espadas y sus puñales, los tres
monjes echan su bendición en un abrir y cerrar de ojos. Las sopranos, los tenores
y bajos atacan con gritos encarnizados el allegro furioso, y de un seis por ocho
dramático hacen un seis por ocho de rigodón.
Y luego salen aullando el canto de la cita a medianoche:
A medianoche
¡No hay ruido!
¡Dios lo quiera!
Sí
A medianoche
En aquel momento el público está de pie. Todos se agitan en los palcos, en
las lunetas y en las galerías. Parece que todos los espectadores van a arrojarse a
la escena con el burgomaestre van Tricasse a la cabeza, a fin de reunirse con los
conjurados y aniquilar a los hugonotes, de cuyas opiniones, sin embargo,
participan. Aplauden, llaman a la escena y aclaman. Tatanemancia agita con
mano febril su gorro verde manzana. Las lámparas del salón despiden un brillo
ardiente.
Raúl, en vez de levantar lentamente la colgadura, la rasga con ademán
soberbio y se encuentra frente a frente con Valentina.
Por último, ya ha llegado el gran dúo que se canta allegro vivace . Raúl no
aguarda las preguntas de Valentina, ni Valentina las respuestas de Raúl. El pasaje
adorable: El peligro se acerca
Y el tiempo vuela...
se convierte en uno de esos rápidos dos por cuatro que tanta fama han dado
a Offenbach cuando hace bailar a los conjurados. El andante amoroso :
¡Tú lo has dicho!
¡Sí, tú me amas!
ya no es más que un vivace furioso y el violonchelo de la orquesta no se
ocupa en imitar las inflexiones de voz del cantor, como lo indica la partitura del
maestro. En vano Raúl exclama:
¡Sigue hablando y prolonga
Del corazón el inefable sueño !
Valentina no puede prolongar, y se ve que a aquél le devora un fuego
insólito. Cada si y cada do que lanza fuera del alcance natural ostentan un brillo
tremendo. Se agita, gesticula y está abrasado.
Se oye la campana que resuena, pero ¡qué campana! El campanero no se
duerme. Es un toque a rebato espantoso que lucha con ímpetu con los furores de
la orquesta.
Por último, el movimiento que va a terminar tan magnífico acto:
¡No más amor sublime!
¡Oh pesar que me oprime!
que el compositor indica allegro con moto , se lleva con un prestissimo
desenfrenado, asemejándose a un tren que corre.
Vuelve la campana a sonar. Valentina cae desmayada y Raúl se tira por la
ventana.
Ya era tiempo. La orquesta, realmente embriagada, no hubiera podido
proseguir. La batuta del director ya no es más que un pedazo destrozado sobre la
concha del apuntador. Las cuerdas de los violines están rotas y los mangos
retorcidos. En su furor, el timbalero ha reventado los timbales. El contrabajo está
montado sobre su instrumento sonoro. El primer clarinete se ha tragado la
boquilla de su instrumento, y el segundo oboe mastica entre sus dientes la
lengüeta de caña. La corredera del trombón está falseada, y, por último, el
desgraciado trompa no puede retirar la mano, que ha hundido demasiado en el
pabellón de su instrumento.
¿Y el público? El público, jadeante, inflamado, gesticula y aúlla. Todos los
rostros están rojos, como si un incendio hubiera abrasado los cuerpos por dentro.
La gente se aglomera y amontona para salir, los hombres sin sombrero, las
mujeres sin manto. Se atropellan en los corredores, se estrellan en las puertas,
disputan y se pegan. Ya no hay autoridades. Ya no hay burgomaestre. Todos son
iguales ante la excitación infernal...
Y algunos instantes después, cuando cada cual está en la calle, todos
recobran su calma acostumbrada y entran pacíficamente en sus casas con el
recuerdo confuso de lo que han experimentado.
El cuarto acto de Los Hugonotes , que duraba otras veces seis horas,
principiado aquella tarde a las cuatro y media, estaba terminado a las cinco
menos doce. ¡Había durado dieciocho minutos!
Capítulo VIII
En que el antiguo y solemne vals alemán se vuelve torbellino
PERO si los espectadores, después de salir del teatro, recobraron su calma
acostumbrada; si se dirigieron pacíficamente a sus casas, sin conservar más que
una especie de atolondramiento pasajero, no habían dejado de sufrir una
exaltación extraordinaria; y anonadados, rendidos, como si hubieran cometido
algún exceso en la comida, cayeron pesadamente en sus camas.
Al día siguiente tuvieron todos una especie de recuerdo de lo ocurrido la
víspera. En efecto, al uno le faltaba el sombrero, perdido en la zambra, al otro un
faldón de la levita rasgado en la pelea, a esta su fino zapato de rusel [11] , a
aquella su manto de los días señalados.
Volvió la memoria a aquellos honrados ciudadanos y con la memoria cierto
pudor de su incalificable efervescencia. Les aparecía todo como una orgía de la
cual hubieran sido héroes inconscientes.
Ni lo mencionaban ni querían pensar en ello. Pero el personaje más
aturdido de la población era el burgomaestre van Tricasse. Cuando al día
siguiente se despertó, no pudo hallar su peluca. Lotche la había buscado por
todas partes. Nada. La peluca se había quedado en el campo de batalla. En
cuanto a hacerla reclamar por Juan Mistrol, el trompeta juramentado de la villa,
no. Valía más sacrificarla que exhibirse a la vergüenza, teniendo la honra de ser
el primer magistrado de la población.
El digno van Tricasse meditaba, tendido bajo sus mantas, molido el cuerpo,
pesada la cabeza, tumefacta la lengua, ardiente el pecho. No sentía gana alguna
de levantarse, al contrario, y su cerebro trabajó aquella mañana más que en
cuarenta años.
El honorable magistrado coordinaba en su mente todos los incidentes de tan
inexplicable representación. Los comparaba con los hechos acaecidos en casa
del doctor Ox y buscaba las razones de esta singular excitabilidad que por dos
veces acababa de declararse entre sus más recomendables administrados.
¿Pero qué ocurre? —decía para sí—. ¿Qué vértigo es ese que se ha
apoderado de mi pacífica villa de Quiquendone? ¿Es que vamos a volvernos
locos y habrá que convertir la población en un vasto manicomio? ¿Por qué, en
fin, ayer estábamos todos allí, notables, consejeros, jueces, abogados, médicos,
académicos, y todos, si la memoria me es fiel, hemos pasado por ese acceso de
furiosa demencia? ¿Pero qué había pues, en aquella música infernal?
Es inexplicable. Sin embargo, yo no había comido ni bebido nada que
pudiera producir en mí semejante excitación. No. Ayer en la comida, una tajada
de ternera muy hecha, alguna cucharada de espinacas con azúcar, huevos batidos
y dos vasos de cerveza floja cortada con agua pura, eso no puede subirse a la
cabeza. No. Algo hay que no puedo explicarme, y como, en suma, soy
responsable de los actos de mis administrados, mandaré instruir indagatoria.
Pero la indagatoria, decretada por el consejo municipal, no produjo
resultado alguno. Si los hechos eran patentes, la búsqueda de los magistrados no
dio con sus causas. Por otro lado, la calma se había restablecido en los ánimos y
con la calma vino el olvido de los excesos. Los periódicos de la localidad se
abstuvieron de hablar de ello, y la reseña de la representación, que apareció en el
Memorial de Quiquendone , no hizo alusión alguna al desenfrenado entusiasmo
de la concurrencia entera.
Pero si, entretanto, la población volvió a su habitual apatía, si tornó a ser, al
menos en apariencia, flamenca como antes, se experimentaba que en el fondo el
carácter y temperamento de sus habitantes se iba poco a poco modificando.
Hubiera podido decirse con verdad, según la expresión del médico Domingo
Custos, que les nacían los nervios.
Expliquémonos, sin embargo. Este cambio indudable, por nadie
contradicho, sólo se presentaba con ciertas condiciones. Cuando los
quiquendonenses iban por la calle, al aire libre, por las plazas y a lo largo del
Vaar, seguían siendo aquellas buenas gentes frías y metódicas, de antiguo
conocidas. Asimismo, cuando se confinaban en su morada, unos trabajando de
manos y otros de cabeza, ni los unos hacían nada, ni los otros discurrían en lo
más mínimo. Su vida privada era silenciosa, fuerte, vegetativa como siempre. Ni
había reyertas ni reconvenciones en las familias, ni aceleración de palpitaciones
en el corazón, ni excitación alguna de la medula encefálica. El promedio de las
pulsaciones seguía siendo el de los buenos tiempos, de cincuenta a cincuenta y
dos por minuto. [12]
Pero, fenómeno absolutamente inexplicable; que hubiera dejado burlada la
sagacidad de los fisiólogos más ingeniosos de la época, si los habitantes de
Quiquendone no se modificaban en su vida privada, se transformaban
visiblemente por el contrario en la vida común, con motivo de las relaciones que
entre los individuos se establecen.
Así es que si se reunían en un edificio público, ya no andaba la cosa bien,
como decía el comisario Passauf. En la Bolsa, en el Ayuntamiento, en el
anfiteatro de la Academia, en las sesiones del consejo, en las reuniones de los
doctos, se producía una especie de revivificación o sobreexcitación singular que
se apoderaba de los asistentes. Al cabo de una hora las relaciones ya eran agrias.
A las dos horas la discusión degeneraba en disputa. Las cabezas se calentaban y
se acudía a las personalidades. En la iglesia misma, durante el sermón, los fieles
no podían oír con sangre fría al ministro Stabel, que, agitándose en el púlpito, los
amonestaba con más severidad que de costumbre. En fin, este estado de cosas
trajo nuevos altercados,
¡ay!, más graves que el del médico Custos con el abogado Schut, y si no
necesitaron nunca la intervención de la autoridad fue porque los pendencieros,
una vez en su casa, hallaban allí con la calma el olvido de las ofensas hechas y
recibidas.
Sin embargo, esa particularidad no había podido llamar la atención de unos
entendimientos absolutamente impropios para reconocer lo que pasaba en ellos.
Sólo un personaje de la población, aquel mismo cuyo cargo pensaba el consejo
en suprimir, el comisario Miguel Passauf, había observado que la excitación,
nula en las casas particulares, se revelaba pronto en los edificios públicos, y
discurría no sin cierta ansiedad sobre lo que acontecería si algún día se
propagase ese frenesí por las habitaciones, y si la epidemia, así la llamaba, se
esparcía por las calles de Quiquendone. Entonces ya no habría olvido de injurias,
ni intermitencias de delirio, sino una excitación permanente que lanzaría
indudablemente a los quiquendonenses unos contra otros.
—¿Y qué sucedería? —decía para sí, con espanto, el comisario Passauf—.
¿Cómo contener tan salvajes furores? ¿Cómo tener a raya los temperamentos
aguijoneados? Entonces mi cargo ya no será una sinecura, y habría precisión de
que el consejo duplique mi sueldo, a no ser que tenga que ser yo mismo preso
por infracción y perturbación del orden público.
Ahora bien estos justísimos temores no tardaron en realizarse. De la Bolsa,
del templo, del teatro, de la casa municipal, de la Academia, del mercado, el mal
invadió las casas particulares, y esto menos de quince días después de la terrible
representación de Los Hugonotes .
Los primeros síntomas de la epidemia se declararon en casa del banquero
Collaert.
Este rico personaje daba un baile, o al menos un sarao a las notabilidades de
la población. Había emitido, algunos meses antes, un empréstito de treinta mil
francos, que se suscribió en sus tres cuartas partes, y satisfecho de este éxito
financiero había abierto sus salones y dado una fiesta a sus compatriotas.
Sabido es lo que son esas reuniones flamencas, puras y tranquilas, en las
cuales hacen todo el gasto la cerveza y los jarabes. Algunas conversaciones
sobre el tiempo que hace, el aspecto de la cosecha, el buen estado de los jardines,
el entretenimiento de las flores y, sobre todo, de los tulipanes; de cuando en
cuando una danza lenta y acompasada como un minué; a veces un vals, pero uno
de esos valses alemanes que no dan más de vuelta y media por minuto y durante
los cuales los que bailan se hallan tan lejos uno de otro como los brazos lo
permiten, tales eran las circunstancias ordinarias de los bailes a que concurría la
alta sociedad de Quiquendone. Se había intentado aclimatar la polka después de
ponerla a cuatro tiempos, pero las parejas siempre se quedaban atrás de la
orquesta, por lento que fuese el compás, de modo que hubo necesidad de
renunciar a ella.
Aquellas reuniones pacíficas en que los donceles y doncellas hallaban un
placer virtuoso y moderado, nunca habían producido escándalos funestos. ¿Por
qué, entonces, aquella noche, en casa del banquero Collaert, los jarabes
parecieron transformarse en vinos licorosos, en champaña chispeante y en
incendiario ponche? ¿Por qué a mitad de la fiesta se apoderó de todos los
convidados una especie de inexplicable embriaguez? ¿Por qué se convirtió el
minué en tarantela? ¿Por qué los músicos de la orquesta apresuraron la medida?
¿Por qué las bujías alumbraron como en el teatro con brillo insólito? ¿Qué
corriente eléctrica era la que invadía los salones del banquero? ¿De dónde
provino que las parejas se acercaron, que las manos se estrecharon con más
convulsivo apretón y que los caballeros en sus solos se distinguieron por algunos
pasos atrevidos, durante aquella pastorela antes tan grave, tan solemne, tan
modesta?
¡Ay! ¿Cuál seria el Edipo que pudiera responder a tan insolubles preguntas?
El comisario Passauf, presente en la función, veía muy bien que la borrasca
venía, más no podía dominarla sin huir, sintiendo como una embriaguez que le
subía al cerebro. Todas sus facultades físicas e impulsivas de la pasión se
desarrollaban y se le vio diferentes veces echarse sobre los dulces y desvalijar
los platos, como si hubiera salido de una larga dieta.
Entretanto, la animación del baile se aumentaba. Un largo murmullo, como
un zumbido sordo, se exhalaba de todos los pechos. Se bailaba de veras,
agitándose los pies con creciente frenesí. Los rostros se encendían cual si fueran
caras de Sileno. Los ojos brillaban como carbunclos. La fermentación general
llegaba a todo su colmo.
Y cuando la orquesta entonó el vals de Freyschütz, cuando este vals tan
alemán y de movimiento tan lento fue atacado con desenfrenado brazo por los
músicos, ¡ay!, ya no fue un vals sino un torbellino insensato, una rotación
vertiginosa, un giro digno de ser conducido por algún Mefistófeles, que llevase
el compás con un tizón ardiendo. Después un galop [13] , un galope infernal,
durante una hora, sin poder desviarlo ni suspenderlo, desatado en revueltas por
entre salas, salones, antecámaras y escaleras, desde el sótano hasta el desván de
la opulenta mansión, arrastró a los mozos y doncellas, padres, madres,
individuos de toda edad, de todo peso y de todo sexo, y al grueso banquero
Collaert y a la señora de Collaert, y a los consejeros y magistrados y al gran
Juez, y a Niklausse y a la señora van Tricasse, y al burgomaestre van Tricasse y
al mismo comisario Passauf, quien jamás pudo acordarse de quién fue su pareja
aquella noche.
Pero «ella» no lo olvidó. Y desde aquel día, «ella» vio en sueños al
avasallador comisario.
¡Y «ella» era la amable Tatanemancia!
Capítulo IX
Donde el doctor Ox y su ayudante Igeno cruzan algunas palabras
—¿Y bien, Igeno?
—Pues bien, maestro, todo está dispuesto. La colocación de los tubos se
halla completamente terminada.
—¡Por fin! Ahora vamos a proceder en grande y sobre las masas.
Capítulo X
En el cual se verá que la epidemia invade la población entera y el efecto que
produce
DURANTE los meses que siguieron, el mal, en vez de disiparse, no hizo
más que extenderse. De las casas particulares, pasó a las calles. La población de
Quiquendone no era ya la misma.
Y, fenómeno más extraño aún que los observados hasta entonces, no
solamente el reino animal, sino también el vegetal, estaban sometidos a esa
influencia. Según el curso ordinario de las cosas, las epidemias son especiales.
Las que atacan al hombre no se ceban en los animales, las que persiguen a éstos
dejan libres a los vegetales. Jamás se ha visto a un caballo atacado de viruela, ni
a un hombre de la peste bovina, así como los carneros no pescan la enfermedad
de las patatas. Pero en Quiquendone todas las leyes de la naturaleza parecían
trastornadas. No tan sólo se habían modificado el temperamento, el carácter y las
ideas de los quiquendoneses, sino que los animales domésticos, perros o gatos,
bueyes o caballos, asnos o cabras, sufrían aquella influencia epidémica, como si
su medio habitual se hubiera cambiado.
Las mismas plantas se emancipaban, si se quiere perdonarnos esta
expresión.
En efecto, en los jardines, en las huertas, en los vergeles, se manifestaban
síntomas sumamente curiosos. Las plantas enredaderas trepaban con más
audacia. Los arbustos se tornaban árboles. Las semillas apenas sembradas
ostentaban su verde brote y en igual transcurso de tiempo alcanzaban en
pulgadas lo que antes y en las circunstancias más favorables crecían en líneas.
Los espárragos llegaban a dos pies de altura; las alcachofas se hacían tan gruesas
como melones, y éstos como calabazones, los cuales llegaban al tamaño de la
campana mayor, que contaba nueve pies de diámetro. Las berzas se tornaban
arbustos y las setas en paraguas.
Las frutas no tardaron en seguir el ejemplo de las verduras. Se necesitaban
dos personas para comer una fresa y cuatro para una pera. Los racimos de uva
eran todos iguales al pintado tan admirablemente por Poussin en su «Regreso de
los enviados a la Tierra Prometida».
Lo mismo acontecía con las flores, las dilatadas violetas esparcían por el
aire penetrantes perfumes; las rosas exageradas brillaban con los colores más
vivos; las lilas formaban en pocos días impenetrables selvas; geranios,
margaritas, dalias, camelias y magnolias invadiendo los paseos, se ahogaban las
unas con las otras. Y los tulipanes, esas queridas liliáceas que son la delicia de
los flamencos, causaron a los aficionados intensas emociones. El digno van
Bistrom por poco cayó un día boca arriba al ver en su jardín una simple Tulipa
gesneriana enorme, monstruosa, gigantesca, cuyo cáliz servía de nido a toda una
familia de pitirrojos.
La población entera acudió para ver aquella flor fenomenal y le dio el
nombre de Tulipa quiquendonia .
Mas, ¡ay!, si aquellas plantas, si aquellas frutas, si aquellas flores crecían a
la vista, si todos los vegetales afectaban tomar proporciones gigantescas, si la
viveza de sus colores y de los perfumes embriagaba la vista y el olfato, en
cambio, se marchitaban muy aprisa. Aquel aire que absorbían las quemaba
rápidamente y no tardaban en perecer agostadas, mustias y abrasadas.
Tal fue la suerte del famoso tulipán, que se marchitó después de algunos
días de esplendor.
Pronto sucedió lo mismo con los animales domésticos, desde el perro de la
casa, hasta el cerdo de la porquera, desde el canario enjaulado hasta el pavo del
corral. Conviene decir que estos animales, en época ordinaria, eran tan
flemáticos como sus amos. Perros o gatos vegetaban más bien que vivían, no
descubriéndose en ellos nunca ni un estremecimiento de placer, ni un
movimiento de cólera. Los rabos estaban tan quietos como si fuesen de bronce.
Desde tiempo inmemorial no se citaba ni mordedura ni arañazo. En cuanto
a los perros rabiosos eran tenidos por bestias imaginarias, dignas de figurar entre
los grifos y otros en la casa de fieras del Apocalipsis.
Mas durante aquellos sucesos cuyos menores accidentes tratamos de
reproducir, ¡qué cambio! Perros y gatos comenzaron a enseñar dientes y zarpas,
y hubo necesidad de algunas ejecuciones a consecuencia de ataques reiterados.
Por vez primera se vio que un caballo se desbocaba por las calles de
Quiquendone, que un buey acometía a uno de sus congéneres, que un asno se
caía patas arriba en la plaza de San Ernulfo dando rebuznos que ya no tenían
nada de animal, y que un carnero defendía valientemente contra la cuchilla del
carnicero, las costillas que llevaba dentro.
El burgomaestre van Tricasse tuvo que promulgar edictos de policía
concernientes a los animales domésticos, que, atacados de frenesí, daban poca
seguridad a las calles de Quiquendone.
¡Pero ay! Si locos estaban los animales, no se mostraban más cuerdos los
hombres.
Ninguna edad fue respetada por el azote.
Los niños se hicieron muy pronto insoportables, ellos, antes tan fáciles de
criar, y, por la vez primera, el gran juez Honorato Syntax tuvo que dar azotes a
su tierna primogénita.
En el colegio hubo una especie de motín, y los diccionarios trazaron
deplorables trayectorias en las clases. Ya no podía tenerse a los alumnos
encerrados, y, por otra parte, la sobreexcitación llegaba hasta los profesores
mismos, que los abrumaban de castigos.
¡Otro fenómeno! Todos los quiquendonenses, tan sobrios hasta entonces y
que hacían de las natillas y merengues su alimento principal, cometían
verdaderos excesos de comida y bebida. Su régimen ordinario no bastaba. Cada
estómago se cambiaba en sumidero, y era preciso llenarlo por los medios más
enérgicos. El consumo se triplicó, y en vez de tres comidas se hacían seis. Hubo,
por consiguiente, numerosas indigestiones. El consejero NIiklausse no podía
nunca acabar de saciar su hambre, ni el burgomaestre van Tricasse apagar de una
vez su sed no saliendo ya de una especie de semiembriaguez encarnizada.
En fin, los síntomas más alarmantes se manifestaron y multiplicaron de día
en día.
Se encontraron borrachos por las calles, y entre ellos, con frecuencia,
notabilidades.
Las gastralgias dieron enorme ocupación al médico Domingo Custos, así
como las neuritis y neuroflogosis, lo cual demostraba hasta qué grado de
irritabilidad habían llegado los nervios de la población.
Hubo reyertas y altercados diarios en las calles, antes desiertas, de
Quiquendone, hoy tan frecuentadas porque nadie se podía estar quieto en su
casa.
Fue necesario crear una policía nueva para contener a los perturbadores del
orden público.
Se instaló una prevención en el ayuntamiento, y se vio poblada día y noche.
El comisario Passauf ya no podía más.
Se arregló un matrimonio en menos de dos meses, lo cual jamás se había
visto. El hijo del preceptor Rupp se casó con la hija de la bella Agustina de
Rovere, y esto nada más que cincuenta y siete días después de haberle pedido su
mano.
Se decidieron otros casamientos que antiguamente hubieran estado en
proyecto años enteros. El burgomaestre no se reponía de su asombro, y estaba
viendo que su hija, la linda Suzel, se le iba a escapar de las manos.
En cuanto a la apreciable Tatanemancia, se había atrevido a pensar en el
comisario Passauf, como esperanza de un enlace que le parecía reunir todos los
elementos de felicidad,
¡fortuna, honra y juventud!
En fin, hubo, para colmo de abominación, un duelo. ¡Sí! ¡Un duelo! ¡Un
desafío a pistola de arzón a setenta y cinco pasos y balas libres! ¿Y entre
quienes? No lo creerán nuestros lectores.
Entre Frantz Niklausse, el apacible pescador, y el hijo del opulento
banquero, el joven Simón Collaert.
Y la causa de este duelo era la hija del burgomaestre, hacia quien se sentía
Simón perdido de amor, y que no quería ceder a las pretensiones de un rival
audaz.
Capítulo XI
Donde los quiquendonenses toman una resolución heróica
YA vemos en cuán deplorable estado se encontraba la población de
Quiquendone. Las fuerzas fermentaban. No se conocían ni reconocían unos a
otros. Las gentes más pacíficas se tornaron pendencieras. Cuidado con mirarlas
de reojo, porque pronto hubieran sido necesarios los padrinos. Algunos se
dejaron crecer el bigote, y los más revoltosos se los retorcieron a modo de
gancho.
En semejantes circunstancias, la administración de la villa y el
mantenimiento del orden en calles y edificios públicos ofrecían gran dificultad,
porque los servicios no se habían organizado para tal estado de cosas. El
burgomaestre, aquel digno van Tricasse, a quien hemos conocido tan apacible,
tan apocado, tan incapaz de adoptar decisiones, no cesaba de estar encolerizado.
Su casa retumbaba con los estallidos de su voz. Dictaba veinte bandos al día,
reconvenía a sus agentes y estaba siempre dispuesto a ejecutar por sí mismo los
actos de su administración.
¡Ah! ¡Qué transformación! Amable y tranquila casa del burgomaestre,
buena habitación flamenca, ¿dónde estaba su tranquila calma? ¡Qué escenas
domésticas ocurrían ahora! La señora de van Tricasse se había vuelto adusta,
caprichosa y gruñona. Su marido lograba cubrir su voz gritando más que ella,
pero no podía hacerla callar. El humor irascible de la buena señora se descargaba
sobre cuanto se le ponía delante. Nada iba bien. El servicio no se hacía.
Para todo se tardaba. Acusaba a Lotche y aun a su cuñada Tatanemancia,
quien con no menos malhumor le respondía agriamente. Era natural que el señor
van Tricasse defendiera a su criada Lotche, como sucede en muchas familias. De
aquí la exasperación permanente en la señora del burgomaestre, reprimendas y
discusiones.
—Pero, ¿qué es lo que tenemos? —exclamaba el desgraciado burgomaestre
—. ¿Cuál es ese fuego que nos devora? ¿Estamos acaso poseídos del demonio?
¡Ah! Señora van Tricasse, acabará por hacerme morir antes que usted, faltando
así a las tradiciones de familia.
Porque el lector no habrá olvidado esa extraña particularidad de tener que
enviudar el señor van Tricasse y volver a casarse para no romper el
encadenamiento de las conveniencias.
Esta disposición de los ánimos produjo efectos bastante curiosos que
importaba conocer.
Aquella sobreexcitación, cuya causa todavía desconocemos, ocasionó
aceleraciones fisiológicas que nadie hubiera esperado. Brotaron de la multitud
talentos hasta entonces ignorados. Se revelaron nuevas aptitudes. Aparecieron
hombres lo mismo en la política que en las letras. Se formaron oradores en
medio de las más arduas controversias, y en todas las cuestiones inflamaron a un
auditorio perfectamente dispuesto, por lo demás, a inflamarse. De las sesiones
del consejo, el movimiento se transmitió a las reuniones públicas, fundándose un
club en Quiquendone, mientras que veinte periódicos, entre ellos El Vigía de
Quiquendone, El Imparcial de Quiquendone, El Radical de Quiquendone, El
Extremado de Quiquendone , escritos con encarnizamiento, suscitaban las más
graves cuestiones sociales.
¿Pero a propósito de qué?, se dirá. A propósito de todo y de nada; a
propósito de la torre de Audenarde, y que los unos querían derribar y otros
enderezar; a propósito de los bandos de policía que promulgaba el consejo, y a
los cuales pretendían resistir las malas cabezas; a propósito del aseo, de los
arroyos y de las alcantarillas. ¡Y, por fin, si los fogosos oradores no la hubieran
emprendido más que con la administración interior de la ciudad! Mas no;
arrastrados por la corriente, debían ir más allá, y si la Providencia no intervenía,
arrastrar, impelar, precipitar a sus semejantes en los azares de la guerra.
En efecto, hacía ochocientos o novecientos años que Quiquendone se había
reservado un casus belli de suprema calidad, pero lo guardaba precisamente
como una reliquia y había probabilidades de que ya no sirviese para nada.
He aquí cómo se había producido ese casus belli .
Se ignora generalmente que Quiquendone está cerca, en aquel buen rincón
de Flandes, de la pequeña población de Virgamen. Los territorios de ambos
concejos confinan uno con otro.
Ahora bien, en 1185, algún tiempo antes de la partida del conde Balduino
para las Cruzadas, una vaca de Virgamen, no la de un habitante, sino una vaca
del concejo, fíjese bien la atención en ello, se fue a pastar al territorio de
Quiquendone. Apenas había el desgraciado animal rozado la hierba con su
lengua; pero el delito, el abuso quedó debidamente consignado por el sumario
que se formó verbalmente, porque en aquella época los magistrados comenzaban
apenas a saber escribir.
—Nos vengaremos cuando sea ocasión —dijo simplemente van Tricasse, el
trigésimo segundo predecesor del burgomaestre actual—, y los virgamenses nada
perderán por esperar.
Los virgamenses estaban prevenidos. Aguardaron, pensando, no sin razón,
que el recuerdo de la injuria se debilitaría con el tiempo; y, en efecto, durante
algunos siglos vivieron en buenas relaciones con sus semejantes de
Quiquendone.
Pero no contaban con la nueva huésped, o, por mejor decir, con esa extraña
epidemia que, cambiando radicalmente el carácter de sus vecinos, despertó en
los corazones la adormecida venganza.
En el club de la calle de Mostrelet fue donde el fogoso abogado Schut,
lanzando bruscamente la cuestión a la faz de sus oyentes, los apasionó
empleando las expresiones y metáforas de costumbre en estas circunstancias.
Recordó el delito y el agravio hecho a Quiquendone, y para el cual un pueblo
celoso de sus derechos no podía admitir prescripción.
Mostró la injuria siempre viva, la llaga siempre sangrienta; habló de ciertos
encogimientos de hombros peculiares de los habitantes de Virgamen, y que
indicaban el desprecio en que tenían a los de Quiquendone; suplicó a sus
compatriotas que, inconscientemente quizá, habían sufrido durante tantos siglos
el mortal ultraje; rogó a los hijos de la vieja ciudad que ya no tuviesen otro
objetivo que el de obtener una reparación solemne. En fin, hizo un llamamiento
a todas las fuerzas vivas de la nación.
El entusiasmo con que estas palabras, tan nuevas para los oídos
quiquendonenses, fueron acogidas, se siente, pero no se explica. Todos los
oyentes se levantaron, y con los brazos extendidos pedían la guerra a voz en
grito. Nunca había obtenido el abogado Schut tan notable triunfo, y es necesario
confesar que fue brillantísimo.
El burgomaestre, el consejero, todos los notables que asistían a esa
memorable sesión, hubieran inútilmente querido resistir al arrebato popular. Por
otra parte, ni deseos tenían de ello, y si no más, al menos tan alto como los otros
gritaban:.
—¡A la frontera! ¡A la frontera!
Y como la frontera no estaba más que a tres kilómetros de los muros de
Quiquendone, los virgamenses corrían verdadero peligro, puesto que podían ser
invadidos antes de haber tenido tiempo de prepararse.
Entretanto, el honorable farmacéutico José Liefrink, que era el único en
conservar su sangre fría en tan graves circunstancias, quiso hacer comprender
que se carecía de fusiles, cañones y generales.
Le respondieron, no sin algunas invectivas, que esos generales, cañones y
fusiles, se improvisarían; que el derecho y el amor patrio bastaban para hacer a
un pueblo irresistible.
Sobre esto mismo el burgomaestre tomó la palabra, y en una improvisación
sublime, increpó a esas gentes pusilámines que disfrazan el miedo bajo el velo
de la prudencia, velo que él rasgaba con patriótica mano.
En aquel momento se hubiera creído que el salón se iba a hundir bajo los
aplausos.
Se pidió la votación.
Se procedió por aclamación, y los gritos redoblaron.
—¡A Virgamen! ¡A Virgamen!
El burgomaestre se comprometió a poner los ejércitos en movimiento, y en
nombre de la villa prometió al futuro vencedor los honores del triunfo, como lo
verificaban los romanos.
Entretanto, el farmacéutico José Liefrink, que era algo testarudo, y que no
se daba por vencido, aunque ya lo estaba realmente, quiso presentar todavía una
observación. Hizo recordar que en Roma no se concedía el triunfo a los
generales vencedores sino después de haber matado a cinco mil enemigos.
—¡Y qué!, ¡Y qué! —gritó delirante la concurrencia.
—Es que la población de Virgamen no asciende más que a tres mil
quinientos setenta y cinco habitantes, y, por consiguiente, sería difícil, a no ser
que se matase muchas veces a la misma persona...
Pero no dejaron que el desgraciado argumentador concluyese y le echaron
del salón, confuso y completamente molido.
—Ciudadanos —dijo entonces el tendero de comestibles Pulmacher, que
generalmente vendía especias al por menor—, ciudadanos, a pesar de lo dicho
por ese cobarde boticario, me comprometo yo a matar cinco mil virgamenses, si
quieren aceptar mis servicios...
—¡Cinco mil quinientos! —gritó un patriota más resuelto.
—¡Seis mil seiscientos! —repuso el tendero.
—¡Siete mil! —gritó el confitero de la calle de Hemling, Juan Orbideck,
que estaba haciendo su fortuna con los merengues.
—¡Rematado! —exclamó el burgomaestre van Tricasse, viendo que nadie
pujaba más.
Y fue de este modo que el confitero Juan Orbideck se hizo general en jefe
de las tropas de Quiquendone.
Capítulo XII
En el cual el ayudante Igeno emite una opinión razonable que el doctor Ox
rechaza con viveza
—¡Y bien, maestro! —decía al día siguiente el ayudante Igeno, echando
cubos de ácido sulfúrico en la tina de sus enormes pilas.
—¡Y bien! —respondió el doctor Ox—. ¿No tenía yo razón? ¡Ve usted en
qué consiste, no tan sólo el desarrollo físico de toda una nación, sino también su
moralidad, su dignidad, sus talentos, su sentido político! ¡No es más que una
cuestión de moléculas...!
—Sin duda, pero...
—¿Pero qué?
—¿No le parece que las cosas han llegado muy lejos y que no conviene
excitar a esa pobre gente más de lo necesario?
—¡No! ¡No! —exclamó el doctor—. ¡No! Iré hasta el fin.
—Como guste, maestro; pero el experimento me parece concluyente, y creo
que ya es tiempo de...
—¿De qué?
—De cerrar la llave.
—¡Cómo! —gritó el doctor Ox—. ¡Si hace usted semejante cosa lo
estrangulo!
Capítulo XIII
Donde se prueba una vez más que desde un lugar elevado se dominan todas
las pequeñeces humanas
—¿CONQUE dice usted...? —preguntó el burgomaestre van Tricasse al
consejero Niklausse.
—Digo que esta guerra es necesaria —respondió el consejero con tono
firme—, y que ya ha llegado el tiempo de vengar nuestra injuria.
—Pues bien, yo le repito —dijo con acritud el burgomaestre—, le repito
que si la población de Quiquendone no se aprovecha de esta ocasión para
reivindicar sus derechos, será indigna de su nombre.
—¡Y yo le sostengo que debemos reunir sin tardanza nuestras huestes y
llevarlas adelante!
—¿De veras, de veras? ¿Y es a mí a quien usted habla así?
—A usted mismo, señor burgomaestre, y tiene que oír la verdad por dura
que le parezca.
—Usted es quien tendrá que escucharla, señor consejero, porque mejor
saldrá de mi boca que de la suya. Sí, señor, sí. Toda tardanza sería deshonrosa.
Hace novecientos años que la ciudad de Quiquendone aguarda el momento de
tomar su desquite, y por más que diga, y le convenga o no, marcharemos contra
el enemigo.
—¡Ah! ¿Lo toma usted por ses lado? —respondió irritado el consejero
Niklausse—. Pues bien, marcharemos sin usted, si no le place ir.
—El puesto del burgomaestre está en primera fila.
—Y el de un consejero también.
—Me está insultando al contrariar todas mis voluntades —exclamó el
burgomaestre, cuyos puños tenían la tendencia de cambiarse en proyectiles de
percusión.
—Y también me insulta usted al dudar de mi patriotismo —dijo Niklausse,
poniéndose también en guardia.
—Le digo, caballero, que el ejército quiquendonense se pondrá en marcha
antes de dos días.
—Y le repito, caballero, que no pasarán cuarenta y ocho horas antes que
marchemos sobre el enemigo.
Fácil es observar que ambos sostenían exactamente la misma idea. Ambos
querían la batalla, pero su excitación los inclinaba a disputar. Niklausse no
escuchaba a van Tricasse ni éste a aquél. No hubiera sido más violento el
altercado aun cuando opinando los dos en sentido contrario quisiera el uno la
guerra y el otro la paz. Se lanzaban miradas de furor. Por el movimiento
acelerado de su corazón, por su cara encendida, por sus pupilas contraídas, por el
temblor de sus músculos, por su voz, en la cual había hasta rugidos, se
comprendía que estaban dispuestos a lanzarse uno sobre otro.
Pero sonó el reloj de la torre, deteniendo esto a los adversarios en el
momento en que iban a irse a las manos.
—Ya es la hora —exclamó el burgomaestre.
—¿Qué hora? —preguntó el consejero.
—La de ir a la torre de las campanas.
—Es verdad, y que lo tome usted a bien o a mal, iré, caballero.
—Yo también.
—Salgamos.
—Salgamos.
Estas últimas palabras podían suponer que iba a tener lugar un encuentro y
que los adversarios se dirigían al terreno del desafío, pero no hubo nada de eso.
Se había convenido que el burgomaestre y el consejero, que eran las dos
principales autoridades, acudieran a la casa municipal para subir a la torre y
examinar el campo, a fin de tomar las mejores disposiciones estratégicas que
pudieran asegurar la marcha de sus tropas.
Aunque los dos estaban de acuerdo sobre esto, no cesaron de discutir por el
camino con la más vituperable vivacidad. Se oyeron sus gritos resonar en la
calle; pero como todos los transeúntes estaban subidos al mismo diapasón, su
acaloramiento parecía natural y no se les hacía caso. En estas circunstancias un
hombre tranquilo hubiera parecido un monstruo.
El burgomaestre y el consejero se hallaban en el paroxismo del furor
cuando llegaron al pórtico de la casa municipal. Ya no estaban encarnados, sino
pálidos. Aquella espantosa discusión había producido en sus vísceras algunos
movimientos espasmódicos, y sabido es que la palidez denota el último límite de
la cólera.
Al pie de la estrecha escalera de la torre, hubo una verdadera explosión.
¿Quién había de pasar primero? ¿Quién treparía antes los escalones de tal
escalera de caracol? La verdad nos obliga a decir que hubo atropello y que el
consejero Niklausse, olvidando todo lo que debía a su superior, al magistrado
supremo de la población, dio un violento empellón a van Tricasse y se lanzó el
primero por la oscura vía.
Ambos subieron, primero a gatas dirigiéndose epitetos malsonantes. Era de
temer que ocurriese un desenlace terrible en lo alto de la torre que se alzaba a
trescientos cincuenta y siete pies sobre el empedrado.
Pero los dos enemigos se cansaron pronto, y al cabo de un minuto, en el
octogésimo escalón ya no subían sino con pesadez, respirando ruidosamente.
Pero entonces, sería esto una consecuencia de su fatiga, si la cólera no
decayó, se tradujo al menos por una sucesión de calificativos inconvenientes. Se
callaban, y cosa extraña, parecía que su exaltación disminuía a medida que
subían, verificándose en su espíritu una especie de aplacamiento y descendiendo
los hervores de su cerebro como los de una cafetera que se aparta del fuego. ¿Por
qué?
No podemos responder, pero la verdad es que cuando llegaron a cierto
descansillo a doscientos setenta y seis pies sobre el nivel de su población, los dos
adversarios se sentaron y ya más sosegados se miraron sin rencor.
—¡Qué alto es esto! —exclamó el burgomaestre pasándose el pañuelo por
su rubicunda faz.
—¡Muy alto! —respondió el consejero—. Ya sabe usted que estamos
catorce pies más arriba que la torre de San Miguel de Hamburgo.
—Ya lo sé —respondió el burgomaestre, con un acento de vanidad
perdonable a la primera autoridad de Quiquendone.
Al cabo de unos instantes, los dos notables continuaban su marcha
ascensional, dirigiendo una mirada curiosa a través de las aspilleras abiertas en
la pared de la torre. El burgomaestre había pasado a la cabeza de la caravana sin
que el consejero pusiera reparo alguno. Aconteció que a los trescientos cuarenta
escalones, van Tricasse estaba completamente derrengado y Niklausse tuvo la
amabilidad de empujarle suavemente por detrás. El burgomaestre aceptó este
auxilio y cuando llegó a la plataforma de la torre dijo con agasajo:
—Gracias, Niklausse, ya le corresponderé.
Poco antes eran dos fieras dispuestas a despedazarse al comenzar a subir, y
ahora dos amigos al llegar a lo alto de la torre.
El tiempo era magnífico. Corría el mes de mayo y el sol había absorbido
todos los vapores. ¡Qué atmósfera tan pura y tan limpia! La mirada podía abarcar
los objetos más diminutos en un espacio considerable. A algunas millas se
divisaban los muros de Virgamen resplandecientes de blancura, sus tejados rojos
y campanarios salpicados de luz. ¡Y esa población era la predestinada a todos los
horrores del saqueo y del incendio!
El burgomaestre y el consejero se habían sentado uno junto a otro, sobre un
pequeño banco de piedra, como dos buenas personas cuyas almas se confunden
en estrecha simpatía.
Mientras alentaban para descansar, contemplaban las cercanías y después de
algunos momentos de silencio, el burgomaestre exclamó:
—¡Qué bello es esto!
—¡Oh! ¡Es admirable! —respondió el consejero—. ¿No le parece, amigo
van Tricasse, que la humanidad está más bien destinada a residir en estas alturas
que a arrastrarse por la corteza de la tierra?
—Pienso como usted, honrado Niklausse. Aquí se percibe mejor el
sentimiento que se desprende de la naturaleza. Se aspira por todos los sentidos.
En estas alturas es donde los filósofos deberían formarse y aquí es donde los
sabios deberían vivir alejados de las miserias mundanas.
—¿Damos la vuelta a la plataforma? —preguntó el consejero.
—Demos la vuelta a la plataforma —respondió el burgomaestre.
Y los dos amigos, del brazo y haciendo largos descansos entre sus
preguntas y respuestas, examinaron todos los puntos del horizonte.
—Hace por lo menos diecisiete años que no había subido a esta torre —dijo
van Tricasse.
—No creo haber subido nunca —respondió el consejero Niklausse—, y lo
siento porque éste es un espectáculo sublime. Vea ese bonito río cómo serpentea
entre los árboles.
—¡Y más lejos las alturas de Santa Hermandad! ¡Qué maravillosamente
cierran el horizonte! Vea aquel grupo de árboles verdes que la naturaleza ha
dispuesto tan pintorescamente. ¡Ah!, ¡la naturaleza, la naturaleza, Niklausse!
¿Puede jamás competir con ella la mano del hombre?
—Esto es encantador, mi excelente amigo. Repare en aquellos rebaños
pastando en las verdes praderas, aquellos bueyes, aquellas vacas, aquellas
ovejas...
—¡Y aquellos labradores que van al campo! Parecen pastores de la Arcadia
y no les falta más que la zampoña.
—Y sobre todo esa fértil campiña, el hermoso cielo azul, no turbado por
nube alguna.
¡Ah!, Niklausse aquí nos volveremos poetas. No comprendo cómo San
Simeón el Estilita no fue uno de los más grandes poetas del mundo.
—Tal vez porque su columna no fuese bastante alta —respondió el
consejero con apacible sonrisa.
En aquel momento, las campanas armónicas se pusieron en movimiento
soltando a los aires sus melodiosos sonidos. Los dos amigos se quedaron
estáticos, y después el burgomaestre dijo con voz sosegada:
—Pero, amigo Niklausse, ¿qué hemos venido a hacer en lo alto de esta
torre? En suma, nos estamos dejando llevar de nuestros ensueños...
—Hemos venido —respondió Niklausse—, a respirar este aire puro no
viciado por las flaquezas humanas.
—¿Pues entonces bajamos ya, amigo Niklausse?
—Bajemos, amigo van Tricasse.
Las dos notabilidades dirigieron la postrer mirada al espléndido panorama
que se desarrollaba a su vista, y, después, pasando primero el burgomaestre,
comenzó a bajar con paso lento y mesurado. El consejero le seguía algunos
escalones detrás. Ambos llegaron al descansillo donde se habían detenido al
subir. Ya sus mejillas principiaban a teñirse de púrpura. Se pararon un instante y
prosiguieron su interrumpido descenso.
Al cabo de un minuto, van Tricasse suplicó a Niklausse que moderase el
paso, porque lo tenía sobre los talones y esto le molestaba.
Aquello debió causarle más daño todavía que una simple molestia, porque
veinte escalones más abajo mandó al consejero que se detuviese para poder
tomar alguna delantera.
El consejero respondió que no tenía ganas de quedarse con una pierna al
aire esperando la buena voluntad del burgomaestre, y prosiguió bajando.
Van Tricasse respondió con una palabra bastante dura.
El consejero replicó con una alusión ofensiva sobre la edad del
burgomaestre, destinado por sus tradiciones de familia a segundas nupcias.
El burgomaestre bajó veinte escalones más, previniendo a Niklausse que las
cosas no quedarían así.
Niklausse contestó que él iba a pasar delante, y como la escalera era
estrecha, hubo colisión entre los dos notables, que se encontraban entonces en
profunda oscuridad.
Las palabras de estúpido y de mal educado fueron las más blandas que se
cruzaron.
—Ya veremos, so animal —gritaba el burgomaestre, ya veremos qué papel
hará usted en esa guerra y en qué puesto se encontrará.
—En el que preceda al suyo, so imbécil —respondía Niklausse.
Después dieron otros gritos y parecía que los cuerpos rodaban juntos.
¿Qué pasó? ¿Por qué aquellas disposiciones tan rápidamente mudadas?
¿Por qué los corderos de la plataforma se convirtieron en tigres doscientos pies
más abajo?
Sea lo que fuere, el guarda de la torre, al oír semejante alboroto, fue a abrir
la puerta inferior precisamente en el momento en que los adversarios,
aporreados, y saltándoseles los ojos de las órbitas, se arrancaban recíprocamente
el pelo, que estaba formado, afortunadamente, por una peluca.
—¡Me dará usted una satisfacción! —exclamó el hurgomaestre, poniendo el
puño debajo de las narices de su adversario.
—¡Cuando quiera! —aulló el consejero Niklausse, imprimiendo a su pie
derecho una amenazante oscilación.
El guarda, que también se había exasperado sin saber por qué, consideró
esta escena como natural. Yo no sé qué impulso personal le inclinaba a tomar
parte en la contienda, pero se contuvo y se fue a propalar por todo el barrio que
iba a haber un lance entre el burgomaestre van Tricasse y el consejero Niklausse.
Capítulo XIV
Donde las cosas han llegado a tal extremo que los habitantes de Quiquendone,
los lectores y hasta el autor, reclaman un desenlace inmediato
ESTE último incidente demuestra el grado de exaltación en que se hallaba
el pueblo quiquendonense. ¡Haber llegado a tal violencia los dos más antiguos y
más pacíficos amigos de la población! ¡Y esto sólo algunos minutos después que
su antigua simpatía, su amable carácter y su temperamento contemplativo
acababan de recobrar su imperio sobre lo alto de la torre!
Al saber lo que ocurría, no pudo el doctor Ox contener su gozo. Se resistía a
las observaciones de su ayudante que veía el mal giro que iban tomando las
cosas. Por otro lado, ambos participaban de la exaltación general, y aunque
menos excitados que el resto de la población, llegaron a reñir lo mismo que el
burgomaestre con el consejero.
Por lo demás, preciso es decir que la cuestión dominante había hecho
aplazar todos los lances personales para después de terminada la guerra con los
de Virgamen. Nadie tenía el derecho de verter su sangre inútilmente cuando
pertenecía hasta la última gota a la patria en peligro.
En efecto, las circunstancias eran graves y no era posible retroceder.
El burgomaestre van Tricasse, a pesar del ardor guerrero que le animaba, no
había creído deber atacar a su enemigo sin prevenirle. Por consiguiente, había
encargado al guardabosque Hottering que intimase a los virgamenses a que le
diesen una reparación por el desafuero cometido en 1185 sobre el territorio
quiquendonense.
Las autoridades de Virgamen no adivinaron al principio de lo que se trataba,
y el guardabosque, a pesar de su carácter oficial, fue descortésmente despedido.
Van Tricasse envió entonces a uno de los ayudantes del general confitero, el
ciudadano Hildeberto Shumman, fabricante de caramelos, hombre muy firme y
enérgico que llevara a los habitantes de Virgamen la minuta del acta levantada en
1185 por orden del burgomaestre van Tricasse.
Las autoridades de Virgamen prorrumpieron en carcajadas e hicieron con el
ayudante exactamente lo mismo que con el guardabosque.
El burgomaestre reunió entonces todas las notabilidades de la población, se
redactó admirable y vigorosamente una carta en forma de ultimátum en la cual
se formulaba el casus belli y se dio a la ciudad culpable el tiempo de veinticuatro
horas para reparar el ultraje inferido a Quiquendone.
La carta partió y volvió dos horas después, rasgada en trozos que
constituían otros tantos insultos nuevos. Los virgamenses conocían de muy
antaño la longanimidad de los quiquendonenses y se burlaban de ellos, de su
reclamación, de sus casus belli y de su ultimátum.
Ya no quedaba, pues, más remedio que apelar a la suerte de las armas,
invocar el dios de las batallas y según el procedimiento prusiano arrojarse sobre
los virgamenses antes que estuvieran preparados.
Esto fue lo que decidió el consejo en una sesión solemne, en que los gritos,
las invectivas, los ademanes de amenaza se cruzaron con violencia sin ejemplo.
Una asamblea de locos, una reunión de poseídos, un club de endemoniados no
hubieran ofrecido un tumulto mayor.
Conocida la declaración de guerra, el general Juan Orbideck reunió sus
tropas, en número de dos mil trescientos noventa y tres combatientes entre una
población de dos mil trescientas noventa y tres almas, Mujeres, chiquillos y
ancianos se reunieron con los hombres útiles. Todo objeto cortante y
contundente, se convirtió en arma. Se requisaron los fusiles de la casas y se
encontraron cinco, dos de ellos sin gatillo, que se repartieron a la vanguardia.
La artillería se componía de la vieja culebrina del castillo, tomada en 1339
en el ataque de Quesnoy, una de las primeras bocas de fuego que menciona la
historia y que llevaba cinco siglos sin usarse. Pero no había proyectiles que
meter en ella, por fortuna para los sirvientes de tal pieza; pero aun así era invento
que podía imponer al enemigo. En cuanto a las armas blancas, se habían sacado
del museo de antigüedades hachas de piedra, alabardas, mazas de armas,
franciscas, frámeas, guisarmas, partesanas, espadones, etcétera1, y también de
esos arsenales conocidos con el nombre de cocinas. Pero el valor, el derecho, el
odio al extranjero, el deseo de venganza debían suplir a los mecanismos más
perfeccionados y remplazar, al menos así lo esperaban, las ametralladoras
modernas y los cañones que se cargan por la culata.
Se pasó revista. Ni un ciudadano faltó a la lista. El general Ordibeck, poco
firme en su caballo, que era animal malicioso, se cayó tres veces al frente del
ejército, pero se levantó sin herida, lo cual se consideró como favorable augurio.
El burgomaestre, el consejero, el comisario civil, el gran juez, el preceptor, el
banquero, el rector, en fin, todas las notabilidades, marchaban a la cabeza. Ni
madres, ni hermanas, ni hijas vertían una sola lágrima. Al contrario, incitaban a
sus padres, hermanos y maridos al combate y los seguían formando la
retaguardia, a las órdenes de la valerosa van Tricasse.
La trompeta del pregonero Juan Mistrol resonó; el ejército se puso en
movimiento, salió de la plaza, y dando gritos feroces se dirigió hacia la puerta de
Audenarde.
Cuando la cabeza de la columna iba a salir de los muros de la población, un
hombre se precipitó delante de ella, exclamando:
—¡Deténganse! ¡Deténganse, locos! ¡Suspendan su ataque! Déjenme cerrar
la llave. No están ansiosos de sangre. Son unos buenos ciudadanos pacíficos y
tranquilos. Si están enardecidos, la culpa la tiene mi amo, el doctor Ox. Es un
experimento. Con pretexto de alumbrarlos con gas oxhídrico, ha saturado...
El ayudante estaba fuera de sí, pero no pudo acabar. En el mismo momento
en que el secreto del doctor iba a escapársele, el mismo Ox, poseído de un furor
indefinible, se arrojó sobre el desgraciado Igeno y le cerró la boca a puñetazos.
Aquello fue una batalla. El burgomaestre, el consejero, los notables que se
habían detenido a la vista de Igeno, arrebatados a su vez por la exasperación, se
arrojaron sobre los dos extranjeros, sin querer escuchar ni al uno ni al otro. El
doctor Ox y su ayudante, sacudidos, aporreados, iban a ser conducidos a la
Comisaría por orden de van Tricasse, cuando...
1. La guisarma era, en unos casos, una lanza corta, y en otros, una especie
de hacha usada en la Edad Media, y que se manejaba con ambas manos. La
francisca , arma ofensiva usada por los francos, consistía en su tipo más
frecuente, en un hacha cuya hoja se ensanchaba para formar el filo. Era arma
arrojadiza que se lanzaba con la intención de degollar al enemigo. La partesana,
arma usada por los antiguos germanos, consistía, según Tácito, en un asta con un
hierro en la punta, angosto y corto, pero muy agudo. La parresana era una
especie de alabarda, con el hierro ancho, cortante por ambos lados, adornado en
la base con dos aletas puntiagudas o en forma de media luna y encajado en un
asta de madera fuerte con regatón de hierro. Se usó en algunos ejércitos hasta el
siglo XVIII.
Capítulo XV
Donde estalla el desenlace
...CUANDO retumbó una formidable explosión. Toda la atmósfera que
rodeaba a Quiquendone pareció como inflamada. Una llama de intensidad y
viveza fenomenales, brotó cual meteoro, hasta las alturas del cielo. Si hubiese
sido de noche, este incendio se hubiera visto en diez leguas a la redonda.
Todo el ejército de Quiquendone cayó a tierra como una fila de naipes... Por
fortuna, no hubo víctima alguna..., algunos rasguños y chichones y nada más. El
confitero, que por casualidad no se cayó del caballo, salió con el plumero
tostado, sin más avería ni herida alguna.
¿Qué es lo que había ocurrido?
Una cosa muy sencilla, como se supo luego: la fábrica de gas acababa de
volar.
Probablemente se había cometido alguna imprudencia durante la ausencia
del doctor y de su ayudante. No se sabe cómo ni por qué se había establecido
una comunicación entre el depósito de oxígeno y el receptáculo de hidrógeno.
De la mezcla no controlada de ambos gases había resultado un combinado
explosivo que el fuego prendió por descuido.
Esto lo trastornó todo..., pero cuando el ejército se levantó, el doctor Ox y
el ayudante Igeno habían desaparecido.
Capítulo XVI
Donde el lector inteligente ve que todo lo había acertado a pesar de las
precauciones del autor
DESPUÉS de la explosión, Quiquendone había vuelto a ser la población
pacífica, flemática y alemana que antes era.
Después de la explosión, que no causó una emoción muy profunda, cada
cual, sin saber por qué, emprendió el camino de su casa, yendo el burgomaestre
apoyado en el brazo del consejero, el abogado Schut en el del médico Custos,
Frantz Niklausse en el de su rival Simón Collaert, todos tranquilos, sin ruido, sin
conciencia de lo que había pasado y olvidando el desquite contra Virgamen. El
general había vuelto a sus confites y el edecán a sus barritas de caramelo.
Todo había vuelto a la calma, todo había recobrado su vida habitual,
hombres y animales, bestias y plantas, y hasta la misma torre de la puerta de
Audenarde, que la explosión (esas explosiones son a veces bien extrañas) había
enderezado.
Y desde entonces no volvió a hablarse una palabra más alta que otra, ni
hubo más disensiones en la población de Quiquendone. ¡No más política, no más
clubs, no más pleitos, ni más agentes de orden público! El destino del comisario
Passauf, volvió a ser una sinecura, y si no le rebajaron el sueldo fue porque el
burgomaestre y el consejero, no pudieron atreverse a adoptar una resolución. Por
otra parte, seguía siendo objeto sin pensarlo de los ensueños de la inconsolable
Tatanemancia.
En cuanto al rival de Frantz, abandonó generosamente su amada Suzel a su
prometido, que se apresuró a casarse con ella, cinco o seis años después de estos
sucesos.
Y en cuanto a la señora van Tricasse, murió diez años más tarde, y después
de los plazos de ordenanza, el burgomaestre se casó con la señorita van Tricasse,
su prima.
Capítulo XVII
Donde se explica la teoría del doctor Ox
¿QUÉ es lo que había hecho ese misterioso doctor Ox? Un experimento
fantástico y nada más.
Después de haber establecido sus tuberías de gas, había saturado de oxígeno
puro, sin mezcla alguna de nitrógeno, los edificios públicos, luego las casas
particulares y, por último, las calles de Quiquendone.
Ese gas, que carece de olor y de sabor, esparcido en alta dosis por la
atmósfera, produce, después de aspirado, perturbaciones. Cuando se vive en un
ambiente saturado de oxígeno, se sienten excitaciones y enardecimiento.
Al entrar después en la atmósfera ordinaria se recobran las facultades
habituales, como aconteció con el consejero y el burgomaestre cuando, llegados
a lo alto de la torre, se encontraron con aire ordinario, porque el oxígeno, como
más pesado, se mantiene en las capas inferiores.
Pero también viviendo con tales condiciones, respirando el gas que
transforma fisiológicamente, no tan sólo el cuerpo sino el alma, se muere pronto,
como los insensatos que hacen excesos en la vida.
Fue, pues, una fortuna para los quiquendonenses, que la explosión
providencial diese fin al peligroso experimento, destruyendo la fábrica del
doctor Ox.
En resumen, y para concluir, la virtud, el valor, el talento, el ingenio, la
imaginación, todas esas cualidades o facultades, ¿serían tan sólo una cuestión de
oxígeno?
Tal es la teoría del doctor Ox, pero hay el derecho de no admitirla, y por
nuestra cuenta la rechazamos desde todos los puntos de vista, a pesar del
fantástico experimento de que fue teatro la honorable villa de Quiquendone.
FIN
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01/12/2012
notes
[1] Juego de palabras basado en los nombres: Maullando, Juan Minino,
Pícaro.‹‹
[2] Magistrado de la antigua republica de los países bajos. Esta magistratura
fue conferida por vez primera (1584) a Mauricio de Nassau.‹‹
[3] Quintin Metsys (1465-1539) solo fue pintor; se dedicó especialmente a
asuntos religiosos, retratos y cuadros de género.‹‹
[4] Pasta de azúcar presentada en forma de barras delgadas y retorcidas.‹‹
[5] Primer magistrado municipal de algunas ciudades de Alemania, Países
Bajos, etc.‹‹
[6] Tejido de lana, con trama de cáñamo, con el que se confeccionan
alfombras y tapices.‹‹
[7] Rodolfo I de Hasburgo murió en 1291.‹‹
[8] También preterición: acción y efecto de preterir. En retórica, es la figura
que consiste en aparentar que se quiere pasar por alto aquello que se dice
encarecidamente. La palabra aposiopesis significa reticencia.‹‹
[9] Davy fue famoso más como químico que como fisiólogo.‹‹
[10] Boca de combustión, sin mecha, de los aparatos de alumbrado por gas
de hulla, acetileno, etc. Regula la salida del fluido y le da forma favorable para
combinarse con el aire.‹‹
[11] Género de lana asargada.‹‹
[12] La frecuencia de las pulsaciones varia según la edad, siendo de 120 en
el recién nacido y 60 en el anciano. El término medio es de 70 a 80 por minuto.‹‹
[13] Danza antigua en compás de 2 por 4 y movimiento muy vivo.‹‹