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Vida y obra de Horacio Quiroga

Horacio Quiroga fue un destacado escritor uruguayo, conocido por sus cuentos influenciados por la selva misionera y por su vida marcada por tragedias personales. Su obra, que incluye relatos como 'La gallina degollada' y 'El almohadón de plumas', refleja la brutalidad de la naturaleza y la condición humana. Quiroga se suicidó en 1937 tras una vida de sufrimiento y enfermedades, dejando un legado literario significativo en América Latina.

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Vida y obra de Horacio Quiroga

Horacio Quiroga fue un destacado escritor uruguayo, conocido por sus cuentos influenciados por la selva misionera y por su vida marcada por tragedias personales. Su obra, que incluye relatos como 'La gallina degollada' y 'El almohadón de plumas', refleja la brutalidad de la naturaleza y la condición humana. Quiroga se suicidó en 1937 tras una vida de sufrimiento y enfermedades, dejando un legado literario significativo en América Latina.

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Horacio

QUIROGA
BIOGRAFÍA
Horacio Quiroga fue un escritor, dramaturgo y poeta uruguayo, considerado como uno de los más
destacados cuentistas de América Latina, iniciador de una tradición que perdura hasta el
presente y heredero del también cuentista estadounidense Edgar Allan Poe (1809-1849). Durante
buena parte de su vida, Quiroga se desempeñó como periodista, docente y juez de paz, pero el
mayor reconocimiento que recibió provino de su obra cuentística. Son muy conocidos sus libros
de relatos de la selva, para los cuales hallaba inspiración en la selva misionera del norte
argentino, así como otros relatos siniestros y sangrientos como “La gallina degollada” y “El
almohadón de plumas”. La vida de Quiroga estuvo marcada por la depresión y la muerte, y tuvo
un final trágico a los 58 años de edad, cuando se suicidó ingiriendo cianuro. Había sido
diagnosticado con un cáncer intratable e inoperable. Horacio Quiroga nació el 31 de diciembre de
1878 en la ciudad uruguaya de Salto, próxima al río Uruguay, en el seno de una familia burguesa:
su padre era el cónsul argentino en Uruguay, emparentado con el caudillo Juan Facundo Quiroga
(1788-1835). Desde muy joven, su vida estuvo marcada por tragedias: su padre murió en un
accidente de caza cuando él tenía solo dos meses, y su padrastro se suicidó frente a él cuando
tenía 18 años. Estas experiencias difíciles influyeron profundamente en su obra literaria. Quiroga
comenzó a interesarse por la literatura desde joven y fundó la revista "Revista de Salto" en 1899.
Viajó a Europa, donde conoció a Rubén Darío, y escribió sobre sus experiencias en "Diario de
viaje a París" (1900). A su regreso, publicó "Los arrecifes de coral" (1901), una colección de
poemas y cuentos. En 1909, se trasladó a la provincia de Misiones en Argentina, donde trabajó
como juez de paz en San Ignacio. Esta región, con sus densas selvas, inspiró muchas de sus
historias, como "Cuentos de la selva" (1918) y "Anaconda" (1921). Estos relatos a menudo retratan
la naturaleza como una fuerza temible y enemiga del ser humano. Quiroga tuvo una vida
personal llena de tragedias. Su primera esposa, Ana María Cires, murió en 1915, y su segunda
esposa, María Bravo, se divorció de él en 1934. Además, Quiroga accidentalmente mató a su
amigo Federico Ferrando. Estas experiencias personales también se reflejan en su obra literaria.
En sus últimos años, Quiroga se sintió rechazado por las nuevas generaciones literarias y regresó
a Misiones para dedicarse a la floricultura. En 1935, publicó su último libro de cuentos, "Más
allá". Fue hospitalizado en Buenos Aires en 1937 debido a un cáncer gástrico y decidió poner fin a
su vida ingiriendo cianuro. Horacio Quiroga es recordado como uno de los grandes cuentistas de
América Latina, y su obra sigue siendo estudiada y admirada por su capacidad para capturar la
brutalidad y la belleza de la naturaleza y la condición humana.
El almohadón de Plumas
La luna de miel fue un largo escalofrío. Rubia, angelical y tímida, el carácter duro de su marido heló sus soñadas
niñerías de novia. Ella lo quería mucho, sin embargo, a veces con un ligero estremecimiento cuando volviendo de
noche juntos por la calle, echaba una furtiva mirada a la alta estatura de Jordán, mudo desde hacía una hora. Él,
por su parte, la amaba profundamente, sin darlo a conocer. Durante tres meses –se habían casado en abril–
vivieron una dicha especial. Sin duda hubiera ella deseado menos severidad en ese rígido cielo de amor, más
expansiva e incauta ternura; pero el impasible semblante de su marido la contenía siempre. La casa en que vivían
influía un poco en sus estremecimientos. La blancura del patio silencioso –frisos, columnas y estatuas de mármol–
producía una otoñal impresión de palacio encantado. Dentro, el brillo glacial del estuco, sin el más leve rasguño en
las altas paredes, afirmaba aquella sensación de desapacible frío. Al cruzar de una pieza a otra, los pasos hallaban
eco en toda la casa, como si un largo abandono hubiera sensibilizado su resonancia. En ese extraño nido de amor,
Alicia pasó todo el otoño. No obstante, había concluido por echar un velo sobre sus antiguos sueños, y aún vivía
dormida en la casa hostil, sin querer pensar en nada hasta que llegaba su marido. No es raro que adelgazara. Tuvo
un ligero ataque de influenza que se arrastró insidiosamente días y días; Alicia no se reponía nunca. Al fin una
tarde pudo salir al jardín apoyada en el brazo de él. Miraba indiferente a uno y otro lado. De pronto Jordán, con
honda ternura, le pasó la mano por la cabeza, y Alicia rompió en seguida en sollozos, echándole los brazos al
cuello. Lloró largamente todo su espanto callado, redoblando el llanto a la menor tentativa de caricia. Luego los
sollozos fueron retardándose, y aún quedó largo rato escondida en su cuello, sin moverse ni decir una palabra. Fue
ese el último día que Alicia estuvo levantada. Al día siguiente amaneció desvanecida. El médico de Jordán la
examinó con suma atención, ordenándole calma y descanso absolutos.
–No sé –le dijo a Jordán en la puerta de calle, con la voz todavía baja–. Tiene una gran debilidad que no me explico,
y sin vómitos, nada… Si mañana se despierta como hoy, llámeme enseguida.
Al otro día Alicia seguía peor. Hubo consulta. Constatóse una anemia de marcha agudísima, completamente
inexplicable. Alicia no tuvo más desmayos, pero se iba visiblemente a la muerte. Todo el día el dormitorio estaba
con las luces prendidas y en pleno silencio. Pasábanse horas sin oír el menor ruido. Alicia dormitaba. Jordán vivía
casi en la sala, también con toda la luz encendida. Paseábase sin cesar de un extremo a otro, con incansable
obstinación. La alfombra ahogaba sus pasos. A ratos entraba en el dormitorio y proseguía su mudo vaivén a lo
largo de la cama, mirando a su mujer cada vez que caminaba en su dirección. Pronto Alicia comenzó a tener
alucinaciones, confusas y flotantes al principio, y que descendieron luego a ras del suelo. La joven, con los ojos
desmesuradamente abiertos, no hacía sino mirar la alfombra a uno y otro lado del respaldo de la cama. Una noche
se quedó de repente mirando fijamente. Al rato abrió la boca para gritar, y sus narices y labios se perlaron de
sudor.

–¡Jordán! ¡Jordán! –clamó, rígida de espanto, sin dejar de mirar la alfombra.


Jordán corrió al dormitorio, y al verlo aparecer Alicia dio un alarido de horror.
–¡Soy yo, Alicia, soy yo!

Alicia lo miró con extravió, miró la alfombra, volvió a mirarlo, y después de largo rato de estupefacta
confrontación, se serenó. Sonrió y tomó entre las suyas la mano de su marido, acariciándola temblando.
Entre sus alucinaciones más porfiadas, hubo un antropoide, apoyado en la alfombra sobre los dedos, que tenía
fijos en ella los ojos.
Alicia lo miró con extravió, miró la Los médicos volvieron inútilmente. Había allí delante de ellos una vida que se
acababa, desangrándose día a día, hora a hora, sin saber absolutamente cómo. En la última consulta Alicia yacía
en estupor mientras ellos la pulsaban, pasándose de uno a otro la muñeca inerte. La observaron largo rato en
silencio y siguieron al comedor.
–Pst… –se encogió de hombros desalentado su médico–. Es un caso serio… poco hay que hacer…
–¡Sólo eso me faltaba! –resopló Jordán. Y tamborileó bruscamente sobre la mesa.
Alicia fue extinguiéndose en su delirio de anemia, agravado de tarde, pero que remitía siempre en las primeras
horas. Durante el día no avanzaba su enfermedad, pero cada mañana amanecía lívida, en síncope casi. Parecía que
únicamente de noche se le fuera la vida en nuevas alas de sangre. Tenía siempre al despertar la sensación de estar
desplomada en la cama con un millón de kilos encima. Desde el tercer día este hundimiento no la abandonó más.
Apenas podía mover la cabeza. No quiso que le tocaran la cama, ni aún que le arreglaran el almohadón. Sus
terrores crepusculares avanzaron en forma de monstruos que se arrastraban hasta la cama y trepaban
dificultosamente por la colcha.
Perdió luego el conocimiento. Los dos días finales deliró sin cesar a media voz. Las luces continuaban
fúnebremente encendidas en el dormitorio y la sala. En el silencio agónico de la casa, no se oía más que el delirio
monótono que salía de la cama, y el rumor ahogado de los eternos pasos de Jordán.
Alicia murió, por fin. La sirvienta, que entró después a deshacer la cama, sola ya, miró un rato extrañada el
almohadón.
–¡Señor! –llamó a Jordán en voz baja–. En el almohadón hay manchas que parecen de sangre.
Jordán se acercó rápidamente Y se dobló a su vez. Efectivamente, sobre la funda, a ambos lados del hueco que
había dejado la cabeza de Alicia, se veían manchitas oscuras.
–Parecen picaduras –murmuró la sirvienta después de un rato de inmóvil observación.
–Levántelo a la luz –le dijo Jordán.
La sirvienta lo levantó, pero enseguida lo dejó caer, y se quedó mirando a aquél, lívida y temblando. Sin saber por
qué, Jordán sintió que los cabellos se le erizaban.
–¿Qué hay? –murmuró con la voz ronca.
–Pesa mucho –articuló la sirvienta, sin dejar de temblar.
Jordán lo levantó; pesaba extraordinariamente. Salieron con él, y sobre la mesa del comedor Jordán cortó funda y
envoltura de un tajo. Las plumas superiores volaron, y la sirvienta dio un grito de horror con toda la boca abierta,
llevándose las manos crispadas a los bandós. Sobre el fondo, entre las plumas, moviendo lentamente las patas
velludas, había un animal monstruoso, una bola viviente y viscosa. Estaba tan hinchado que apenas se le
pronunciaba la boca. Noche a noche, desde que Alicia había caído en cama, había aplicado sigilosamente su boca –
su trompa, mejor dicho– a las sienes de aquélla, chupándole la sangre. La picadura era casi imperceptible. La
remoción diaria del almohadón había impedido sin duda su desarrollo, pero desde que la joven no pudo moverse,
la succión fue vertiginosa. En cinco días, en cinco noches, había vaciado a Alicia. Estos parásitos de las aves,
diminutos en el medio habitual, llegan a adquirir en ciertas condiciones proporciones enormes. La sangre humana
parece serles particularmente favorable, y no es raro hallarlos en los almohadones de pluma.

Fin AMÉRICA XCARET NEGRÓN RODRÍGUEZ


12, FEB, 2025
GRADO: 2.º
GRUPO: 408

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