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PTEOPT

El documento detalla la metodología para la implementación del Plan Territorial Especial de Ordenación del Paisaje en Tenerife, que busca proteger el paisaje como recurso natural y cultural. Se analizan las fases de identificación, caracterización, evaluación y definición de objetivos paisajísticos, así como la importancia de la participación ciudadana en el proceso. Además, se revisan los cambios en el paisaje de Tenerife desde 1964, destacando la urbanización y sus impactos en la diversidad paisajística.

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El documento detalla la metodología para la implementación del Plan Territorial Especial de Ordenación del Paisaje en Tenerife, que busca proteger el paisaje como recurso natural y cultural. Se analizan las fases de identificación, caracterización, evaluación y definición de objetivos paisajísticos, así como la importancia de la participación ciudadana en el proceso. Además, se revisan los cambios en el paisaje de Tenerife desde 1964, destacando la urbanización y sus impactos en la diversidad paisajística.

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Aspectos varios de la implementación de la Convención Europea de Paisaje en

el Plan Territorial Especial de Ordenación del Paisaje de la isla de Tenerife

Different issues related with the European Landscape Convention


implementation in the Regional Landscape Plan of Tenerife island

Joaquín Sabaté Bel

Universidad Politécnica de Cataluña, [Link]@[Link]

José Ramón Vera Galván

Universidad de La Laguna, jrvera@[Link]

Resumen

Se expone el método seguido en la redacción del Plan Territorial Especial de


Paisaje de la isla de Tenerife, así como su instrumentación, y se revisan
algunos de los problemas clave encontrados.

Palabras clave: unidad de paisaje, tipo de paisaje, caracterización, valoración,


objetivos, seguimiento

Summary

This paper presents the methodology developed for the Regional Landscape
Plan of Tenerife island and its technical application. It discusses also some of
the clue problems found.

Key words: landscape unity, landscape tipology, character, value, goals,


monitoring.
1. Contexto

El Plan Territorial Especial de Ordenación del Paisaje de la isla de Tenerife (en


adelante PTEOPT) se promueve para implementar la Convención Europea del
Paisaje, y según las previsiones de las Directrices Generales de Ordenación de
la Comunidad Autónoma. Como referencia más próxima se ha considerado un
borrador de Directrices de Paisaje, en desarrollo de las anteriores. El PTEOPT
desarrolla a su vez el Plan Insular de Ordenación de Tenerife (PIOT). En los
documentos del PIOT se plantea desde finales de los ochenta, la necesidad de
incorporar el paisaje en el planeamiento territorial y urbanístico.

La implementación de la Convención mediante el PTEOPT se desarrolla en un


contexto en el que no están explícitamente planteada la participación pública
en el proceso. Entendemos aquí la participación como un proceso efectivo de
contraste, definición de objetivos e incluso de toma de decisiones por parte de
la población. Entendemos la conformidad como una correlación flexible entre
las características del paisaje, su funcionalidad y su cualificación, de una parte,
y las propuestas, consideradas en sus distintos escenarios.

La práctica habitual de la ordenación territorial, es bien sabido, suele substituir


participación por información pública. Como mucho, ésta se amplía con la
discusión de los documentos elaborados por los técnicos. Y la necesaria
conformidad se resuelve con la multiplicación de la normativa y la complicación
del procedimiento.

El PTEOPT se encuentra, en este momento, en la fase de elaboración del


documento que será sometido al trámite de aprobación Inicial. En el documento
de Avance se ha realizado un trabajo que trata de resolver las dos deficiencias
señaladas, siempre dentro del marco de condiciones determinadas por el
Cabildo Insular de Tenerife. En la solución que proponemos ocupa un lugar
central el método y su instrumentación técnica.
2. Método seguido en la redacción del PTEOPT
El objetivo principal de este Plan es la protección del paisaje de nuestra isla
como recurso natural y cultural, profundizando en el conocimiento de su estado
y de las posibilidades de intervención.

Su elaboración ha seguido hasta la fecha las siguientes fases:


1. Identificación y caracterización del paisaje
2. Evaluación del paisaje
3. Definición de los objetivos de calidad paisajística
4. Establecimiento de medidas y propuestas de actuación

En la primera de ellas se pretende identificar aquellas partes del territorio que


tienen un carácter similar, partiendo del estudio de los elementos naturales
(abióticos y bióticos) y culturales (provocados por la intervención humana). A
estas partes las denominamos tipos de paisaje, y a sus composiciones con un
cierto carácter homogéneo, unidades de paisaje. En esta fase corresponde
reconocer rasgos dominantes y dinámicas que han afectado o afectan su
transformación.

En la segunda fase corresponde estudiar las amenazas y oportunidades para la


protección, gestión y ordenación del paisaje, así como la valoración del mismo
por parte de la población.

A continuación se pretende traducir las aspiraciones de la colectividad en lo


que se refiere a las características de su paisaje, después de conocer su
estado, sus valores y los riesgos que le afectan. Siendo en todo momento
relevante, en esta etapa resulta imprescindible la más amplia participación de
la colectividad.

Una vez formulados a partir de dicha participación los objetivos de calidad


paisajística, se pretende concretar, para cada unidad y tipo de paisaje, criterios
y acciones específicas a aplicar por parte de la administración para alcanzarlos.

El Avance del Plan Territorial Especial de Ordenación del Paisaje de Tenerife


cubre estas cuatro primeras fases para continuar a continuación con un amplio
proceso de participación. Ello se hace, a tenor de lo establecido en el Convenio
Europeo del Paisaje, al objeto de incentivar la implicación ciudadana, dejando
un amplio margen a la población en la definición de objetivos de calidad
paisajística, medidas y propuestas de actuación.

En la etapa siguiente, una vez los ciudadanos y la administración hayan


acordado objetivos y acciones, habrá que definir una serie de indicadores,
suficientemente comprensibles para la población, responsables políticos y
gestores públicos, que permitan medir el grado de cumplimiento de los
objetivos de calidad paisajística, con el objetivo de hacer un seguimiento del
estado del paisaje en Tenerife y de su evolución en el marco de un desarrollo
sostenible.

2.1. Primera fase: identificación y caracterización del


paisaje
En la primera fase se ha pretendido cubrir los siguientes objetivos:
a) Caracterizar cada pieza del territorio en función de sus componentes.
b) Delimitar distintos tipos de paisaje y facilitar a la población la delimitación de
las unidades de paisaje.
c) Analizar los cambios del paisaje desde 1964 hasta la actualidad.
d) Valorar la visibilidad de las diferentes partes del territorio.
e) Evaluar la calidad del paisaje desde una perspectiva tanto ambiental como
cultural.
f) Aproximar una medida de los impactos y riesgos, es decir fragilidades del
territorio.

Se empezó identificando aquellas áreas del territorio que tienen características


similares. Esto permitió reconocer tipos diversos de paisajes, y delimitar con
mayor precisión las grandes unidades. Para ello se elaboró un sistema de
información geográfico exhaustivo donde se describen los componentes
específicos de cada fragmento, lo que permite después un inventario de sus
valores paisajísticos, así como el análisis de su dinámica (factores naturales y
socioeconómicos que han intervenido, e intervienen, en la evolución y
transformación del paisaje).
El primer paso en este proceso ha sido la identificación de los principales
atributos que caracterizan cada paisaje, lo cual ha implicado determinar
aquellos elementos abióticos, bióticos y culturales que lo componen y cuya
predominancia hace que se distinga por ejemplo un determinado paisaje de
pinar respecto a otro de barrancos o de bancales agrícolas. Esta
caracterización del paisaje permite representar cartográficamente aquellas
partes del territorio que tienen un carácter propio, especificar sus
características internas, analizar su estado actual y describir las dinámicas que
le han llevado a tener su actual apariencia, especificando también los procesos
evolutivos que le afectan.

En la identificación y caracterización de la diversidad paisajística se han


utilizado las categorías de unidades y tipos de paisaje. Tanto las unidades, que
se delimitan con ayuda de la participación de la población, como los tipos de
paisaje, se proponen atendiendo a su utilidad para la ordenación territorial y
urbanística, y para las decisiones de intervención en el territorio derivadas de la
implementación de políticas sectoriales.

Se entiende como unidad de paisaje una parte del territorio caracterizada por
una combinación específica de componentes y de dinámicas claramente
reconocibles, que le confieren una fisonomía y una identidad diferenciada del
resto. La unidad de paisaje debe considerar también las relaciones particulares
(sociales, económicas, culturales) que se han establecido entre un territorio y
sus habitantes y que configuran parte de la identidad de las personas que lo
habitan. Cada unidad de paisaje debe ser única, singular, diferente a las
demás, atendiendo a criterios estructurales, funcionales e históricos diversos.
Esto no implica desconocer, ni menospreciar aquellos posibles elementos
afines entre dos o más unidades de paisaje.

Como resultado de la participación popular, se han delimitado unidades de


paisaje partiendo en primer lugar del componente abiótico, cuyas
características permiten reconocer una rica diversidad de ámbitos en el
conjunto insular. Muchos de los límites de estas unidades coinciden con los
bordes del relieve de los macizos y de los valles volcánicos, se han venido
reconociendo en cualesquiera divisiones de la isla, desde los menceyatos y las
datas tras la conquista; a los estudios geográficos o propuestas operativas de
planeamiento. Pero la participación pública ayudará a ajustarlos a partir de la
percepción que la población tiene del territorio.

Las unidades de paisaje se descomponen en fragmentos cada vez más


detallados, atendiendo a las formas del relieve (llanos, montañas, o barrancos),
niveles de altitud (cumbre, medianías y costa), y carácter dominante de cada
uno de los componentes, lo que da lugar a tipos de paisaje cuyas
características dependen de la orografía, de la vegetación y de la adaptación
cultural para el facilitar la residencia, el transporte o la actividad económica
(agricultura, industria, turismo).

En la rica diversidad de nuestro territorio hemos distinguido 18 tipos de paisaje.


Dentro del componente abiótico predominante tendremos: barrancos, riscos y
roques; jable y tosca; laderas, llanos y playas; lomadas y lomos; montañas y
malpaíses; y valles, mesas y morras. Si consideramos el componente biótico
reconoceremos: aulagas, barrillas, coscos y verodes; palmeras, dragos y
sabinas; cardonal-tabaibal; retamas, escobones y codesos; monteverde y pinar.
Finalmente dentro de los paisejes transformados por el hombre distinguimos:
agricultura de subsistencia; viñedos y asociados; agricultura de exportación;
edificación rural; núcleos urbanizados e infraestructuras y comunicaciones.

En la actualidad el tipo de paisaje con mayor predominio visible es de tipo


biótico. Las retamas, escobones y codesos ocupan cerca de un cuarto de la
superficie total de la isla (22%), seguidos del pinar (20%) y del cardonal-
tabaibal (13%). Dentro de los componentes de carácter cultural destaca la
agricultura de subsistencia (17%). Llama asimismo la atención el hecho de que
los tipos de paisaje con menor extensión sean las palmeras, dragos y sabinas
que tradicionalmente han sido tan valoradas por la población y por los viajeros.
Inmediatamente detrás está el paisaje de los núcleos urbanizados.

En cambio en 1964 la cuarta parte de la superficie de la isla estaba ocupada


por agricultura de subsistencia, siguiéndole en importancia los tipos de paisaje
retamas y escobones (21,4%); pinar (19,1%) y cardonal-tabaibal (11,9%). En
conjunto estos cuatro componentes suponían casi cuatro quintas partes de la
superficie de la isla, proporción que hoy ha disminuido, hasta un 71%. Cabe
destacar la notable disminución de la agricultura de subsistencia (del 25 al
16,9%) y, en menor medida, del pinar (del 19,8 al 19,1%). En cambio han
incrementado muy notablemente su extensión los núcleos urbanizados (del 1 al
6,4%), y algo menos la categoría aulagas, barrillas y coscos (del 1,9 al 3%);
monteverde (del 4,3 al 4,6%); cardonal-tabaibal (del 11,9 al 12,6%) y retamas y
escobones (del 21,37 al 21,7%).

Seguramente el cambio más notorio es el debido a la edificación en núcleos


urbanizados, ya que las ciudades, villas y pueblos han multiplicado por cinco la
superficie visible que ocupaban en 1964. En contrapartida, ha habido una
disminución muy notable de la agricultura de subsistencia, del pinar y de la
agricultura de exportación, y algo menor, de los viñedos. Curiosamente ha
aumentado la superficie de valles, mesas, morras, barrancos, riscos y roques,
seguramente debido a la erosión. El incremento de los núcleos urbanizados se
ha dado con mayor intensidad en el valle de La Laguna y en la franja al Sur del
macizo de Anaga. Asimismo, la costa Sur se ha visto afectada sensiblemente
en el componente visible de sus unidades paisajísticas: el valle de Adeje-Guía
y el macizo de Arona muestran un cambio impresionante en su superficie
visible debido a la edificación dispersa, pero sobre todo a la extensión de la
urbanización en Playa de las Américas y Los Cristianos, Costa del Silencio, Los
Abrigos y El Médano. Igualmente se han visto afectados los valles de Güímar,
La Orotava y Santiago ya que han sufrido el mismo fenómeno, aunque en
menores dimensiones. La sustitución de la agricultura de exportación por la
construcción a lo largo de la costa Norte y sobre todo en el valle de La Orotava,
es igualmente de notable magnitud.

Llama asimismo la atención la dimensión de los cambios debidos a la


sustitución de la agricultura de subsistencia (bancales, cadenas, canteras y
nateros) por el cardonal-tabaibal, afectando sensiblemente las franjas baja y
media de los macizos de Arona y Agache y de los valles de Adeje-Guía y Arico.
En cambio, en la costa Norte es notable la substitución del monteverde por
edificación urbana y rural en el valle de La Orotava, asociada al crecimiento de
Puerto de la Cruz, y en el macizo de Acentejo y valles valle de Icod y del
Palmar por edificación dispersa de características urbana y rural.

Si medimos los cambios en términos absolutos (superficie en hectáreas


que ha sufrido algún tipo de cambio), tenemos que los relacionados con la
edificación, ya sea rural o urbana, y la construcción de infraestructuras, son los
que suponen una mayor extensión (cerca de 44.000 hectáreas). La
urbanización de antiguas áreas de cultivo supone casi 21.000 hectáreas,
mientras que la construcción rural viene a representar cerca de 780 hectáreas
más. Resulta llamativo que la sustitución de áreas de cultivo por
infraestructuras haya afectado casi 22.000 hectáreas, y que las superficies que
han cambiado de clase de cultivo alcancen otras 40.000 hectáreas.

El paisaje está sometido a notables presiones como el acelerado


aumento de la superficie edificada, la apertura de nuevas carreteras, la erosión
del suelo, los incendios o la sequía. Pero a su vez, el paisaje nos muestra su
capacidad de resistencia: los pinos se recuperan con mayor o menor facilidad
después de un incendio, la vegetación natural reconquista su espacio cuando
se abandonan las tierras de cultivo. El paisaje cambia a cada golpe de arado,
con la urbanización o por la simple sucesión de las estaciones, pero lo
importante es considerar su adaptabilidad, su capacidad para cambiar sin
descomponerse. Por eso es importante tener en cuenta la persistencia de los
rasgos característicos de la diversidad natural y cultural, y del equilibrio
compositivo a lo largo del cambio, así como las tendencias en la evolución,
porque todo ello permite anticipar posibles escenarios de transformación.
Resulta por tanto imprescindible analizar los patrones de cambio en las
secuencias evolutivas del paisaje.

El análisis de las transformaciones del paisaje de Tenerife entre 1964 y


nuestros días ofrece una información bien relevante y constituye una base
imprescindible para su planificación y futura gestión. Para abordarlo hemos
reconstruido en primer lugar el soporte abiótico y la evolución de lo
predominantemente biótico entre 1964-1987-2002. Los cultivos, las
construcciones y trazados viarios existentes en cada uno de los tres momentos
permiten asimismo cartografiar aquellos ámbitos predominantemente culturales
al inicio y final del período considerado. Hemos medido la magnitud e
intensidad de los cambios acaecidos, totales, por categorías y para cada uno
de los componentes afectados (abiótico, biótico y cultural). Este análisis ofrece
conclusiones bien sorprendentes y significativas. Nos planteamos finalmente
ciertas hipótesis sobre la evolución potencial de la vegetación y de la
urbanización y valoramos las tensiones a las que está sometido nuestro
territorio.

Más del 20% de la superficie de la isla se ha visto afectada por cambios en las
componentes paisajísticas predominantes durante los últimos cuarenta años.
De la totalidad de los cambios, algo más de la mitad de ellos ha implicado el
predominio final de una componente diferente de la inicial. Destaca el paso de
elementos culturales a bióticos, seguido de los cambios de biótico a cultural.
Para la mayor parte de la población los cambios más evidentes y preocupantes
son los vinculados a los procesos de urbanización, a la dispersión de las
construcciones en el suelo rural, y, en menor medida, a la irrupción de
infraestructuras en parajes otrora no ocupados. Si lo medimos objetivamente, la
urbanización de terrenos que en 1964 estaban caracterizados como de
agricultura de subsistencia es, efectivamente, la transformación más relevante,
ya que supone un 3% de toda la superficie de la isla, un 15,3% de todos los
cambios, y prácticamente la mitad de las transformaciones dentro de la
categoría cultural.

2.2. Segunda fase: evaluación del paisaje


Para analizar las amenazas y oportunidades de nuestro paisaje se elaboraron
previamente mapas de valoración del mismo, intentando integrar toda la
información identificada y cubrir los siguientes objetivos:
a) Reconocer la visibilidad de cada parte del territorio.
b) Distinguir la valoración ambiental de la cultural.
c) Aproximarnos a una valoración paisajística subjetiva.
d Medir los impactos, riesgos y fragilidades en cada fragmento del territorio.
e) Valorar las oportunidades de los paisajes insulares.

Se elaboraron mapas de visibilidades desde quince de las principales vías de


comunicación, como desde el mar, aviones en ambos aeropuertos, o un
conjunto de catorce miradores, con la intención de definir aquellas zonas de
mayor o menor exposición visual en el conjunto de la isla, de tal modo que
permita alimentar decisiones de intervención atendiendo al impacto visual.
Se evaluaron asimismo los componentes abiótico y biótico (valoración
paisajística y ambiental). También en este caso se pretendió separar aquellas
consideraciones objetivas, de las que provienen de una valoración subjetiva.
Finalmente se elaboraron otro conjunto de mapas que recogen los impactos,
riesgos y fragilidades derivados tanto de las características del territorio, como
de la intervención humana.

La realización de una amplia encuesta para medir la valoración que merece a


los habitantes y visitantes de la isla su paisaje, y la celebración de varias
mesas de debate entre expertos, resultaron también instrumentos bien útiles en
la redacción de este Plan. Mediante cuestionarios diseñados por especialistas
en percepción ambiental, se recogieron y cuantificaron las menciones sobre el
paisaje de Tenerife y la calificación otorgada a cada uno de ellos. La muestra
fue amplia y suficientemente distribuida, tanto espacialmente, como en la
extensión de la población encuestada.

El análisis de las transformaciones del paisaje desde una perspectiva objetiva,


se complementó con una extensa encuesta (más de 1.500 residentes y
turistas). Se trató de valorar que paisajes son los que se reconocen. El Teide
es el paisaje más mencionado, lo que confirma la fuerza de su presencia en el
imaginario colectivo. Le siguen los núcleos de Santa Cruz, Puerto de la Cruz,
La Laguna, Los Cristianos, basílica de Candelaria y Los Gigantes, muchos de
ellos valorados, curiosamente, como paisajes de peor calidad. Más adelante
aparecen La Orotava y Las Américas, y después Anaga, Masca, Garachico,
Teno, El Médano e Icod de los Vinos. Curiosamente la gente menciona tanto
ámbitos bien extensos, como pequeños núcleos (Masca, Taganana) o hitos
puntuales (Acantilados de los Gigantes, Drago de Icod, Barranco del Infierno,
Malpais de Güímar o playa de Las Teresitas). Con mucha menor frecuencia se
mencionan asimismo paisajes tales como: Santiago del Teide, Tegueste, Los
Realejos, Granadilla y La Esperanza.

El análisis de amenazas y fragilidades atiende a cuestiones como las


actividades extractivas; los impactos del viario y las obras públicas; los riesgos
de incendios e inundación; los cultivos abandonados y los peligros de erosión;
la distribución de la población y las tensiones y conflictos sobre el territorio.
El abandono de cultivos está por desgracia muy generalizado en todo el
territorio insular. Durante las últimas décadas, este hecho ha estado ligado a la
mejora económica general y a la pérdida de rentabilidad de estos cultivos, pero
asimismo al fenómeno de la urbanización y de la construcción periurbana y
rural. Hoy en día constituye una fragilidad importante. También lo es en
términos subjetivos, ya que los resultados de la encuesta han mostrado que la
mayoría de la población valora negativamente el abandono de las terrazas
agrícolas. Este fenómeno adquiere tintes dramáticos, si tenemos en cuenta que
de la totalidad de tierras dedicadas al cultivo (que representan casi un 13% del
territorio insular) casi un 60% se encuentra abandonado, situación que
representa una fragilidad considerable sobre el paisaje.

Casi un 17% de la superficie de la isla está amenazada de erosión. Los


terrenos más afectados se concentran a lo largo de todas las medianías de la
vertiente Sur, con áreas de mayor intensidad en el valle de Adeje-Guía y en el
macizo de Agache.

La aproximación al riesgo de inundación se ha podido efectuar con el análisis


de las cuencas, las afectaciones sobre cauces de barrancos, y los efectos
barrera de construcciones y trazados para medir aquellos ámbitos sometidos a
un mayor riesgo potencial.

2.3. Tercera fase: definición de objetivos de calidad


paisajística
Esta tercera fase pretende recoger las aspiraciones de la colectividad en lo que
se refiere a la calidad del paisaje, después de conocer sus atributos, dinámica,
valores y riesgos. En ella la participación pública adquiere una notable
relevancia. Los análisis realizados resultan ahora básicos para facilitar la
definición de objetivos, de aquellas características del paisaje que los
ciudadanos quieren que se reconozcan y cómo hacerlo.

En las experiencias abordadas hasta ahora en Europa los objetivos de calidad


paisajística se han formulado de acuerdo con los atributos y cualidades de los
paisajes caracterizados y evaluados. Intentan recoger las opiniones del máximo
número de agentes que intervienen sobre el paisaje y de la población en
general. Suelen combinar la percepción colectiva del paisaje, la de la sociedad
actual y la de las generaciones anteriores, con consideraciones éticas y
técnicas basadas en el interés general.

Ahora bien, resulta imprescindible formular de entrada unos objetivos genéricos


que sirvan de marco para encauzar los que se definirán con carácter más
específico por parte de los ciudadanos. Estos objetivos genéricos se suelen
construir a partir del Convenio Europeo del Paisaje y de la adaptación de los
principales acuerdos y normas sobre protección, gestión y ordenación del
paisaje derivados de la anterior y podrían ser de aplicación a cualquier
territorio. En este caso se propusieron los siguientes:
• Integrar el paisaje en la planificación territorial, urbanística y sectorial e
incrementar su peso en la evaluación ambiental de planes, programas y el
estudio de impacto ambiental de infraestructuras y actividades.
• Conservar y mejorar la calidad del paisaje y su armonía y equilibrio (es
decir, la proporción de superficie de cada componente respecto del total de
superficie de una unidad de referencia).
• Priorizar la heterogeneidad paisajística por delante de su homogeneidad.
• Preservar los paisajes a los cuales damos un alto valor estético, identitario y
ecológico (por su excepcionalidad, fragilidad o escasez).
• Atender de manera particular, a los espacios urbanos y peri-urbanos de
todo el territorio.
• Garantizar los asentamientos y tipologías constructivas propias de cada
lugar.
• Mantener las interfaces paisajísticas donde se producen combinaciones
armónicas, como la agricultura-naturaleza, costa-mar, espacio construido-
entorno, roca-bosque).
• Garantizar, mejorar y revalorizar los paisajes propios y recuperar paisajes
amenazados de desaparición.
• Proteger elementos característicos del paisaje rural (márgenes, terrazas,
canteros, muros, cercas, alineaciones arbóreas o tipologías constructivas).
• Proteger y promover el patrimonio intangible ligado a los paisajes
(artesanía, cuentos, canciones, pintura de paisaje).
• Posibilitar a los ciudadanos la admiración y disfrute del paisaje, con
racionalidad, incluyendo a las personas con problemas de movilidad.
• Mejorar la seguridad y el confort en los paisajes, respetando especialmente
aquellos paisajes identificados en la memoria colectiva y evitando la
contaminación acústica y lumínica.
• Garantizar la participación de los ciudadanos en las decisiones de futuro
que afectan al paisaje.
• Priorizar una gestión y ordenación del paisaje que mantenga sus valores
naturales, culturales y estéticos, equilibrando los cambios que originen los
procesos sociales y económicos.
• Educar en los valores del paisaje.

La definición de los objetivos de calidad paisajística comprende dos fases:


1. Un ejercicio inicial de predefinición por parte del equipo de trabajo en
coherencia con los objetivos genéricos, recogiendo a su vez lo dispuesto en la
normativa vigente y teniendo muy en cuenta el resultado de la primera
encuesta. Se han tenido a su vez muy en cuenta las opiniones de grupos de
expertos.
2. Esta definición previa y los trabajos de análisis y evaluación del paisaje, se
ofrecen como material de trabajo para la exposición y participación públicas, a
través, asimismo, de una nueva consulta pública y una segunda fase de
reuniones con expertos, con la intención de contrastar objetivos y acciones
posibles.

La primera consulta a la población residente y turística sobre sus preferencias


paisajísticas, a partir de la identificación y valoración espontánea de lugares
significativos del medio natural, rural y urbano de la isla, nos ha deparado
conclusiones relevantes e incluso sorprendentes. A partir de todo ello se
plantea una predefinición de un número inicialmente reducido de objetivos
específicos, aquellos más claramente fundamentados en los análisis,
encuestas y mesas de expertos. Esto debe facilitar un conjunto de programas o
acciones realistas, y realizables en un periodo acotado de tiempo y que
contribuyan a la mejora del paisaje insular.

Los objetivos se clasifican en tres grupos, según afecten esencialmente a


espacios abiertos (agrícolas, áreas de interés natural…); asentamientos
(urbanos o periurbanos y rurales); e infraestructuras. En el listado se recoge
entrecomillada alguna de las expresiones literales aparecidas en las encuestas.

El sistema de espacios abiertos incluye aquellas partes del territorio que


deberían ser preservadas de la urbanización y en general de los procesos que
pudieran afectarles negativamente. Comprende por ello todo el suelo
clasificado como no urbanizable por el planeamiento urbanístico. En este
sistema parece razonable esperar que el planeamiento territorial y urbanístico:
a) Evite la transformación y la degradación de aquellos terrenos no
urbanizados que reúnen especiales cualidades como espacios de interés
natural, social, productivo y/o cultural.
b) Asegure las conectividades ecológicas necesarias para el mantenimiento de
la biodiversidad y la salud de los ecosistemas.
c) Preserve aquellos terrenos necesarios para el ciclo hidrológico.
d) Evite los procesos de implantación urbana en áreas mal comunicadas, no
aptas topográficamente o sujetas a riesgos.
e) Dote de sentido morfológico y territorial a las delimitaciones de los suelos
integrantes del sistema de espacios abiertos.
f) Establezca una gradación de preferencias en relación a las alternativas de
urbanización y edificación.

Atendiendo a la conservación y mejora de los espacios de interés natural; a las


pautas de ocupación del suelo rural; a la recuperación de los espacios agrarios
en desuso; a la corrección de determinados impactos (por extracciones,
extensiones excesivamente homogéneas de invernaderos...) se proponen los
siguientes objetivos:
1. Fomentar la recuperación de la vegetación potencial y potenciar el
mantenimiento y recuperación de las formaciones forestales autóctonas y de
mayor significación natural y paisajística en el medio insular y los
aprovechamientos forestales sostenibles (“Valoración muy positiva de las
zonas de paisaje arbolado, especialmente pinares y zonas de laurisilva, Las
Cañadas, Teno, Anaga”).
2. Identificar áreas prioritarias o emblemáticas para su ordenación paisajística
pormenorizada, en función de su interés turístico, significación cultural o
valores naturales y paisajísticos (“Reconocimiento del valor de zonas
emblemáticas -Teide, Anaga, Teno- y necesidad de su conservación”).
3. Conservar y recuperar el paisaje litoral, especialmente en relación a la
presión ejercida por los enclaves turísticos (“Baja valoración paisajística de los
enclaves turísticos, especialmente los de la costa sur o en primera línea de
costa Las Américas, El Médano, etc.”).
4. Mantener el espacio y actividades agrarias, atendiendo a su triple dimensión
económica, cultural y paisajística (“Recuperación espacios agrarios en
desuso”).
5. Adecuar la imagen, conservar o recuperar los escenarios de mayor interés
en el suelo rústico, incluyendo los caminos tradicionales de acceso, pautando
su uso público y/o turístico.
6. Ordenar y restaurar ámbitos sujetos a actividades extractivas (“Valoración
muy negativa de las zonas de extracciones, especialmente de picón en
cráteres volcánicos y barrancos”).
7. Conservar el patrimonio cultural, incluyendo los inmuebles y conjuntos
urbanos con interés histórico, arquitectónico, artístico o cultural en general, con
especial hincapié en su dimensión paisajística (“Conservación cascos urbanos
con elementos de valor arquitectónico y núcleos antiguos”).
8. Mejorar la imagen de los asentamientos, del paisaje urbano, turístico e
industrial; su calidad edificatoria, su integración paisajística en relación al
entorno (“Necesidad de embellecimiento de pueblos”).
9. Velar por la calidad del paisaje en los bordes urbanos (entorno de núcleos y
bordes de viario urbano) y zonas de transición (“Tratamiento o mejora y control
de los bordes urbanos, factor de degradación del paisaje”).
10. Adecuar los entornos de las carreteras y otras infraestructuras lineales y
pautar las condiciones de adecuada inserción de futuros proyectos
(“Tratamiento de los bordes de carreteras, como zonas degradadas y que
expanden la degradación a su alrededor”).
2.4. Cuarta fase: establecimiento de medidas y propuestas de
actuación

Uno de los objetivos finales del Plan Territorial Especial de Ordenación del
Paisaje de Tenerife, es el de traducir en medidas de diversa índole los objetivos
de calidad paisajística y trasladarlos al planeamiento territorial, urbanístico o
sectorial, a través de la normativa pertinente. El principal propósito de esta
cuarta fase, una vez establecidos los objetivos de calidad paisajística, es el de
precisar aquellos criterios sobre intervenciones que afecten el paisaje, y
aquellas acciones específicas que deberían emprender las administraciones
competentes (y esencialmente el Cabildo Insular), así como la sociedad en
general, para poder cumplir dichos objetivos.

Parece razonable establecer que los criterios y medidas paisajísticas cumplan


con los siguientes requisitos:
a) Debe existir una relación clara entre objetivos de calidad paisajística y
medidas que se consideren necesarias para alcanzarlos.
b) Las medidas propuestas deben definirse para todo el ámbito insular, en
función de cada una de las categorías en que se han dividido los objetivos.
En su caso podrán concretarse más adelante para las diferentes unidades
de paisaje.
c) Se establecerán medidas enfocadas a políticas territoriales, urbanísticas y
sectoriales. Las dirigidas a las políticas propiamente territoriales y
urbanísticas podrán clasificarse en forma de normas, directrices y
recomendaciones. Las medidas dirigidas a políticas sectoriales aportarán
criterios de actuación tan diversos y variados como se crea conveniente
(criterios de actuación y de ordenación).
d) En consonancia con lo expresado anteriormente convendría que las
medidas propuestas no contribuyeran a incrementar aún más una muy
extendida sensación de hartazgo de reglamentación, que se actuara más
por vía de incentivar y apoyar, mediante proyectos demostración y criterios
indicativos, en lugar de contribuir al ya considerable exceso de normativa.
Si acaso tendría sentido recordar, reunir o refundir la reglamentación
existente relativa al paisaje, al objeto de hacer más sencilla su consulta.
Este Plan Territorial Especial de Ordenación del Paisaje de Tenerife plantea
ordenar las medidas, criterios y acciones específicas en tres grandes
categorías, de contenido, complejidad e intencionalidad diversa.

En un primer grupo se trataría de seleccionar un número reducido de acciones


de dimensión ajustada y posible aplicación inmediata, que podrían tomar la
forma de proyectos piloto. Su sentido es el de hacer frente a situaciones que
requieren una actuación urgente y/o tener un efecto demostración, en el
sentido de resultar claramente visibles, de mostrar una decidida voluntad de la
administración en la mejora del paisaje y de ofrecer pautas a otras futuras
intervenciones en esa misma línea. Características claves son por tanto, su
realización a corto plazo, su valor ejemplarizante de una política de paisaje y la
posibilidad de constituir un referente para futuras intervenciones. Una vez
suficientemente contrastadas las características de estas acciones piloto,
podrían empezar a aplicarse a todas aquellas situaciones de características
similares. En la selección de las intervenciones cabe atribuir un protagonismo
importante a municipios y a colectivos implicados en la conservación y mejora
del paisaje. Establecida por ejemplo una fuente de financiación para un
determinado tipo de intervenciones, fuera interesante abrir concursos de
selección del lugar de la intervención y de colaboración desde otras
administraciones o colectivos. Por ejemplo la administración insular podría
promover, anualmente, una convocatoria de proyectos de mejora del paisaje, a
presentar por municipios o asociaciones, que cubrieran primordialmente
algunos de los objetivos de calidad planteados y a los que se destinarían
fondos reservados a tal fin y el soporte administrativo suficiente, en función de
las disponibilidades presupuestarias y materiales.

En un segundo grupo se reunirían aquellas intervenciones o medidas que se


dirijan fundamentalmente a incentivar el aprecio por los valores de nuestro
paisaje, que estén directamente vinculadas al objetivo de educar en los valores
del paisaje, de posibilitar a los ciudadanos su admiración y disfrute; de
involucrarlos en cualesquiera decisiones que lo afectan. Se trataría por tanto de
medidas con efecto a medio plazo, a veces indirectas, que se dirigen a mejorar
la estima hacia nuestro paisaje, y por tanto el nivel de implicación y exigencia
de los ciudadanos en su cuidado. No tienen necesariamente que implicar
intervenciones directas sobre el territorio. Por ejemplo, una campaña de
divulgación de los valores de determinado paisaje entraría dentro de esta
categoría; o un concurso de limpieza, o de embellecimiento de pueblos; o la
institución de un crédito curricular (transversal) dedicado al Paisaje, a su
reconocimiento y aprecio dentro de la formación escolar. Se trataría de
acciones transversales, que resultaría difícil atribuir a un único objetivo.

En un tercer grupo incluiríamos aquellas disposiciones de carácter normativo y


las directrices a los diferentes tipos de planeamiento, territorial, urbanístico y
sectorial. Su efecto se producirá por lo general a medio o largo plazo, en la
medida que vayan instrumentándose a través de sucesivas figuras de
planeamiento. Con la voluntad de no contribuir al marasmo normativo, o a la
sensación de hartazgo, se propone, en términos generales, abordar por un lado
una refundición o recordatorio de las normativas existentes y en lo posible tan
solo sugerir a las futuras intervenciones, instrucciones, criterios, pautas de
diseño, o la adopción consensuada de un código de buenas prácticas.

El Cabildo y de otras administraciones públicas han abordado diversos


proyectos o programas integrados (aprobados y vigentes, o no), que inciden de
manera muy directa en el paisaje. Entre éstos tenemos por ejemplo: Tenerife
Verde, Tenerife y el mar; los planes de reforestación, de campamentos de
turismo, de infraestructuras de comunicación, de carreteras, senderos, áreas
recreativas, escombros, infraestructuras turísticas, miradores, actividades
extractivas, huertos escolares; queserías y bodegas insulares o las campañas
de fachadas y de arbolado urbano. Aprovechando esta rica experiencia previa
parece oportuno recomendar encarecidamente el impulsar programas
comprehensivos, o en tantos otros casos, complementar, actualizar o finalizar,
aquellos planes o programas integrados que permitan dotar de mayor
coherencia al conjunto de acciones y medidas (proyectos piloto, de
incentivación, normativas…), encaminadas a afrontar la consecución de cada
uno de los principales objetivos. Sin duda esta sería la intervención o propuesta
fundamental, la de elaborar, vinculables en principio a cada uno de los grandes
objetivos que se decidan, programas específicos, con una vocación de integrar
acciones diversas y concatenadas que se concretarían en proyectos en
distintas unidades paisajísticas o municipios. Su particularidad estriba en su
carácter global e integrador y en el papel en cierta medida coordinador del
Cabildo, trabajando junto con la administración autonómica y en estrecha
colaboración con los municipios concernidos. Dentro de cada programa se
deberían priorizar aquellas acciones que fomentaran la implicación o
participación ciudadana y que, en general, generaran sinergias positivas en el
sentido de incentivar el aprecio por los valores de nuestro paisaje (educación
ambiental o paisajística). En aras a la viabilidad técnica y material se procurará
vincular cada objetivo de calidad a un único programa (aunque en algunos
casos un mismo programa podría cubrir dos o más objetivos).

Se abre ahora una etapa crucial, aquella en la que se deben recoger, de la


forma más amplia posible, las aspiraciones de la colectividad en lo que se
refiere a su paisaje, aquello que nuestros conciudadanos quieren que se
reconozca y valore.

3. Instrumentación: definición de unidades de paisaje


Se definen como combinaciones singulares, aunque agrupables en familias y
asociaciones, de componentes temáticas, espaciales y temporales. Tales
combinaciones son entendidas como totalidades autónomas (el todo es más
que la suma de las partes). Las LA pueden y deben ser definidas en múltiples
niveles, de modo que unidades de un nivel podrían anidar o contener
parcialmente unidades de otros niveles.

3.1. Visión general o nomotética: el paisaje como sistema

3.1.1. Aspecto natural

En las u1, la cuenca hidrográfica actúa como componente equivalente de las


demás que puedan concurrir. La cuenca hidrográfica es la componente más
extensa y comprensiva, después de la componente tierra y banda. La cuenca
hidrográfica es coherente en toda su extensión respecto del ciclo del agua, y
por tanto de erosión y modelado. Entendemos las u1 como agregaciones de
cuencas hidrográficas (CH) contiguas, con semejantes caracteres de
modelado. La red de barrancos determina la fragmentación del terreno,
conforme a su jerarquía, longitud y pendiente, entre otros rasgos. La red de
barrancos define sub-cuencas en cada una de las cuencas particulares, con
densidades diferenciadas.

3.1.2. Aspecto cultural

Nateros, heridos, charcas y otros similares, destacan entre las construcciones


de pequeña dimensión que materializan las componentes culturales. La división
y elaboración de las cuencas en tierras de sequero y de riego constituyen
ejemplos de entidades culturales de grandes dimensiones. La división
sequero/riego es un buen ejemplo de la relación indisoluble entre los aspectos
naturales y culturales, en una visión general del paisaje. Tierras de riego son
las que se encuentran por debajo de la línea de los nacientes o del umbral de
los cursos corrientes aprovechables. Las tierras de sequero, obviamente, se
asocian mejor a las bandas en las que son aprovechables únicamente las
aguas de lluvia. La división sequero/riego determina la transformación, por su
incidencia en la división en lotes o parcelas, aprovechamientos y mosaico. Por
supuesto, la división sequero/riego es una lectura de los recursos naturales, y
también una división social de las cuencas. Cada una de las porciones
resultantes está asociada en el acto jurídico de reparto a un grupo social
diferenciado: financiadores, conquistadores, etcétera.

3.2. Visión corológica o regional: el paisaje como lugar

La definición de las unidades u1 como lugar se concreta en los nombres


propios de los lugares o topónimos, ordenados con acuerdo a su extensión.
Las unidades u1 son agrupaciones de cuencas hidrográficas que se aproximan
a la extensión de los topónimos del mismo nivel. El topónimo de nivel cero es
Tenerife, que determina la extensión de la unidad paisaje de nivel cero, que es
la isla entera, y al mismo tiempo el ámbito del plan. Los topónimos de primer
nivel, que se corresponden con las unidades u1, se ajustan a las más grandes
unidades territoriales reconocidas y documentadas por la Datas. En el contexto
de las Datas, los topónimos de primer nivel hacen de referencia para la
inscripción de los repartimientos de tierra entre los colonos. El topónimo es
también la percepción secular, tamizada por sucesivos y eficaces procesos de
construcción, consumo y reconstrucción. Se puede considerar al topónimo
como la más destilada expresión del acuerdo intersubjetivo y objetivo respecto
de un paisaje. El lenguaje es social, y por tanto el acuerdo que significa el
topónimo es un convenio estable y probado, que identifica un reconocimiento.
Probablemente no haya materialización más lograda de la definición de paisaje
del Convenio Europeo que la que el topónimo aporta. Los topónimos pueden
interpretarse como líneas, puntos, polígonos, regiones, redes, superficies y
matrices, alternativa y simultáneamente.

3.3. Visión transaccional: el paisaje como proyecto

Puesto que el proceso de transformación que progresivamente materializa una


unidad de paisaje está culturalmente orientado, y naturalmente contrarrestado,
la unidad lo es de proyecto. Un topónimo es así la identificación de un proyecto,
no siempre enteramente realizado o cumplido; pero en todo caso previsto,
preparado, diseñado y convenido. Un proyecto no puede realizarse sobre una
capa temática, sin más, o sobre un tipo de paisaje: obligatoriamente necesita
de un lugar, esto es, un objeto. La imposibilidad de definir un proyecto sobre un
tipo de paisaje guarda estrecha relación con la concreción esencial de todo
proyecto, que reclama límites de todo tipo. Un proyecto es y debe ser limitado
en los aspectos espacial, temporal, financiero, funcional, generacional, ideal,
etc., y referenciado a escalas culturales. Puede plantearse como objetivo una
determinada modificación (restauración, mejora, realce, etcétera) de un tipo de
paisaje; pero las actuaciones concretas han de estar limitadas y vinculadas, si
han de tener eficacia y sentido, a una unidad o lugar. Proyectar un paisaje es
como hacer un traje por encargo, a medida del usuario, único en la
combinación de modelo, materiales, corte, técnicas de hechura y detalles. Por
otra parte, aunque el proyecto presupone un lugar, ha de manipular aspectos
generales, tales como las componentes materiales, los procesos de trabajo y
las utilidades.
Conclusiones
Respecto de la participación pública se puede decir que está pendiente su
desarrollo con la amplitud e implicaciones que se deriva de la lectura de la
Convención. Cierto que la implementación práctica no siempre es fácil. El
recurso a la “encuesta secular” que son los topónimos facilita sin duda la
comprensión de lo que son las unidades de paisaje.

La conformidad entre el carácter, que emerge del análisis, y la propuesta se


sostiene gracias la continuidad de la secuencia caracterización-valoración-
objetivos-medidas y seguimiento. En principio, unidades y tipos de paisaje se
contemplan como ámbitos de referencia para la concreción de directrices,
recomendaciones y otras fórmulas normativas.

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