Después de un tiempo
Después de un tiempo aprendes la sutil diferencia entre <<sostener
una mano» y «encadenar un alma», Y aprendes que «amar>> no
significa «apoyarte» y «compañía»
No significa <<seguridad», Y empiezas a aprender que los besos no
son contratos y que los obsequios no son promesas,
Y comienzas a aceptar tus derrotas con la cabeza en alto y los ojos
abiertos; con la gracia de un adulto, no con la congoja de un niño,
Y aprendes a construir todos tus senderos en el ahora porque el
terreno del mañana es demasiado incierto para hacer planes.
Después de un tiempo aprendes que hasta el sol quema si recibes
demasiado.
Así que siembra tu propio jardín y decora tu propia alma en lugar
desesperar a que alguien te traiga flores.
Y aprendes que en verdad puedes resistir… Que en verdad eres
fuerte,
Y que en verdad vales. Verónica A. Shoffstall, escrito a los 19 años
Almas gemelas
A menudo he narrado a mi hija Lauren la historia de cómo su padre y
yo nos conocimos y de nuestro enamoramiento. Ahora que tiene 16
años, está preocupada porque comprende que su alma gemela puede
estar sentado junto a ella en una clase o hasta puede invitarla a salir,
pero todavía no se siente preparada para hacer el mismo compromiso
que sus padres hicieron años atrás.
Conocí a Mike el 9 de octubre de 1964. En la fiesta de nuestra amiga
Andrea nuestros tímidos ojos se encontraron de extremo a extremo
del patio. Nos sonreímos y después de un rato nos encontramos
enfrascados en una conversación que duró toda la noche, excluidos
todos los demás. Yo tenía 11 años y él, 12. A los tres días ya
andábamos, lo que terminó después de un mes algo tumultuoso.
Meses después, Mike todavía me invitó a su suntuosa fiesta judía de
entrada en la adolescencia… incluso me sacó a bailar. (Años más
tarde me confesó que a pesar de mis frenos, mis piernas delgadas y
mi cabello suelto, pensaba que yo era bonita).
Mike y yo teníamos muchos amigos en común, y en la escuela
pertenecíamos al mismo grupo social, por lo que a lo largo de los
siguientes años nuestros caminos se cruzaron de continuo. Cada vez
que yo terminaba con un novio u otro me hacía sufrir, mi madre
exclamaba: «No te preocupes, vas a terminar con Mike Leb». Yo
gritaba: «Jamás! ¿Por qué piensas eso?». Ella me recordaba lo mucho
que aparecía su nombre en mis conversaciones y lo buen muchacho
Por fin llegué a la secundaria, que estaba llena de nuevos que era.
Muchachos agradables. Estaba lista. ¿Cómo reaccionaria si Mike
empezara a salir con mi mejor amiga? ¿Por qué, me preguntaba esto
me volvía loca poco a poco? ¿Por qué nos sorprendíamos platicando
mientras esperábamos nuestros autobuses? Jamás olvidaré los
mocasines de centavo azul marino que usaba. Nadie más que yo
conociera usaba unos zapatos tan extraordinarios. Las palabras de mi
madre resonaban a menudo en mi mente, pero yo todavía quería
borrarlas.
En el verano, después del décimo grado, Mike y yo pasamos más
tiempo juntos, en compañía de su novia, también conocida como mi
mejor amiga, y otros. Ese verano Mike partió hacia México en un
programa para aprender español. Me di cuenta que en verdad lo
extrañaba. Cuando regresó en agosto, me llamó y vino a casa. Se veía
tan atractivo con la piel bronceada y su porte mundano. Todavía no
hablaba una palabra de español, pero lucía muy guapo. Era el 19 de
agosto de 1968 cuando nos vimos fuera de casa y nos dimos cuenta
que necesitábamos estar juntos. Claro que teníamos que esperar
hasta después de la cita que yo tenía esa noche con otro muchacho.
Le dije a mi pretendiente que iba a empezar a salir con Mike, por lo
que tenía que regresar a casa temprano. Mike le dijo a su novia, con
quien terminaba y volvía una y otra vez, que terminaban una vez más
y para siempre.
Mantuvimos nuestra relación en secreto hasta que pudiéramos
anunciarla orgullosamente en la siguiente fiesta. Llegamos tarde y,
sin ambages, anunciamos a todos nuestros amigos que oficialmente
éramos pareja. Nadie pareció sorprendido, pues todos dijeron: <<por
fin».
Después de graduarme de secundaria universidad. Pasaron 10
semanas hasta que pude hacer mi cambio a una fui a me la
universidad más próxima para estar cerca de Mike. El 18 de junio de
1972 nos casamos. Yo tenía 19 años y Mike, 20. Establecimos nuestro
nido de amor en la residencia para casados mientras ambos
terminábamos nuestra carrera. Yo me gradué como maestra de
educación especial, mientras que Mike continuó en la escuela de
medicina.
Ahora, 25 años después, sonrío a nuestra hermosa hija Lauren y a
nuestro guapo hijo Alex. Aunque el legado de sus padres hace que
ellos vean un poco diferentes las relaciones de secundaria, ellos
jamás tendrán que preocuparse de que sus padres les digan: «No lo
tomes tan en serio; es solo un amor de adolescencia».
Fran Leb
A veces, las inhibiciones dan lugar a frustraciones
“Jamás pierdes cuando amas. Siempre pierdes cuando te cohibes”
Barbara de Angelis
Nunca olvidaré el día en que vi por primera vez «un sueño hecho
realidad»: su nombre era Susie Summers (cambié el nombre para
protegerlo fantástico). Su sonrisa, que brillaba debajo de dos ojos que
centelleaban, era una descarga eléctrica y hacía que quienes la
recibían (en especial los muchachos) se sintieran muy especiales.
Aunque su belleza física era asombrosa, su belleza invisible es la que
siempre recordaré. En verdad mostraba interés por los demás y un
extraordinario talento para escuchar. Su sentido del humor iluminaba
todo tú día y sus sabias palabras eran siempre exactamente lo que
necesitabas escuchar. No solo era admirada por todos, sino
genuinamente respetada. Con todo en el mundo para ser vanidosa,
era sumamente modesta.
Huelga decir que era el sueño de todos los muchachos. En especial el
mío. Conseguí acompañarla a clase una vez al día, y en una ocasión
incluso llegué a comer solo con ella. Me sentí en la cumbre del
mundo.
Solía pensar que «si pudiera tener una novia como Susie Summers,
jamás volvería a poner mi vista en otra mujer»; pero consideraba que
alguien tan maravillosa solo podría salir con alguien mucho mejor que
yo. Y aunque yo era presidente del estudiantado, sabía que no tenía
ni la más remota posibilidad.
Así que, al graduarme, le dije adiós a mi primer gran amor.
Un año después encontré a su mejor amiga en un centro comercial y
comimos juntos. Con un nudo en la garganta, le pregunté por Susie.
—«Bueno, ya se recuperó de ti», fue la respuesta.
—«¿De qué hablas?», le pregunté.
—«Fuiste en verdad cruel con ella al hacerla pensar que la cortejabas:
siempre acompañándola a clase y haciéndola creer que te interesaba.
¿Recuerdas aquella ocasión en que comieron juntos? Bueno, estuvo
frente al teléfono todo el fin de semana: estaba segura de que la
llamarías y le pedirías que saliera contigo».
Temía tanto el rechazo, que nunca me arriesgué a que conociera mis
sentimientos. Supón que le hubiese pedido que saliera conmigo y que
me hubiese respondido que no. ¿Qué es lo peor que podría haber
sucedido? Que no hubiese salido con ella. Bueno, ¿sabes qué?
¡DE TODAS MANERAS NO SALÍ CON ELLA! Lo peor es que tal vez pude
haber salido con ella.
Jack Schlatter
Mi primer beso, y luego otros
Fui una adolescente muy tímida, igual que mi primer novio.
Estábamos en el segundo año de secundaria, en una ciudad pequeña.
Ya llevábamos seis meses saliendo juntos, siempre tomados de la
mano, viendo en verdad películas y hablando de nada en particular.
Muchas veces casi llegamos a besarnos (ambos sabíamos que
deseábamos besarnos), pero ninguno tenía el valor de tomar la
iniciativa.
Finalmente, sentados en el sofá de mi casa, él decidió intentarlo.
Hablábamos del tiempo (de verdad); entonces él se inclinó hacia
delante y yo me puse un cojín en la cara para impedírselo. ¡Así que
besó el cojín!
Deseaba taaaanto que me besara, pero estaba demasiado nerviosa
como para permitir que se me acercara. Así que me retiré hasta el
extremo del sofá. Él se me acercó. Hablamos de la película (¡qué
importaba!), se inclinó de nuevo hacia mí, pero se lo volví a impedir.
Llegué al otro extremo del sillón. Él atrás de mí, y seguíamos…
Platicando. Él se inclinó… ¡yo me levanté! (Debe haberme dado un
calambre en las piernas). Me dirigí hacia la puerta principal y ahí me
quedé parada, recargada contra la pared con los brazos cruzados, y
exclamé impaciente: «Bueno, ¿vas a besarme o no?».
<<Sí», respondió. Así que me estiré, cerré los ojos, plegué los labios y
levanté la cara. Esperé… y esperé. (¿Por qué no me besaba?). Abrí los
ojos y justo venía hacia mí. Me reí.
¡ME BESÓ LOS DIENTES!
Pude haberme muerto ahí. Se fue.
Me preguntaba si le habría platicado a alguien mi torpe conducta.
Como yo era extremada y dolorosamente tímida, de hecho me
escondí durante los siguientes dos años, lo que hizo que no volviera a
tener otro pretendiente durante la secundaria. Por cierto, cuando
caminaba por el corredor de la escuela, si veía que él o algún otro
muchacho guapo venía hacia mí, de inmediato entraba al salón más
cercano hasta que pasaban. Y se trataba de muchachos que había
conocido desde el jardín de niños.
Durante el primer año de universidad decidí ya no ser tímida. Quería
aprender a besar con confianza y gracia. Y lo conseguí.
En la primavera regresé a casa. Visité mi último lugar de reunión
preferido y a quién crees que vi sentado en la barra: a mi viejo
compañero de beso. Fui directo a su banco y lo toqué en el hombro.
Sin vacilar, lo tomé entré mis brazos, lo incliné en su banco y le
planté mi beso más audaz. Lo acomodé en su asiento, lo miré
victoriosamente y exclamé: «¡Ahí tienes!».
Señaló a la dama sentada a su lado y respondió: «Mary Jane, me
gustaría presentarte a mi esposa».
Mary Jane West-Delgado
Cambios en la vida
Tenía yo 16 años, cursaba el penúltimo año de secundaria y lo peor
que podía sucederme sucedió. Mis padres decidieron que la familia se
mudaba de Texas a Arizona. Tenía dos semanas para arreglar todos
mis «asuntos>> y mudarme antes de que empezara la escuela.
Debía dejar mi primer trabajo, a mi novio y a mi mejor amiga, y tratar
de empezar una nueva vida. Detestaba a mis padres por arruinarme
la vida.
A todo el mundo le dije que no quería vivir en Arizona y que
regresaría a Texas a la primera oportunidad, Cuando llegué a Arizona,
me aseguré de que todos supieran que tenía un novio y una mejor
amiga esperándome en Texas. Estaba determinada a guardar mi
distancia de todos; de cualquier modo me iría pronto.
Llegó el primer día de clases y me sentí muy desdichada. Solo pensar
en mis amigos de Texas y en lo mucho que deseaba estar podíamos.
Durante una temporada sentí que mi vida no tenia Sentido. Sin
embargo, con el tiempo las cosas mejoraron un poco.
Fue durante el segundo periodo de mi clase de contabilidad cuando lo
vi por primera vez. Era alto, pulcro y realmente bien parecido. Nunca
había visto yo unos ojos azules tan hermosos como los suyos. Estaba
sentado a solo tres lugares de mi en la primera hilera de la clase.
Como consideraba que no tenía nada que perder, decidí hablarle.
<<Hola, mi nombre es Sheila, ¿y el tuyo?», pregunté con acento
tejano. El muchacho que estaba junto pensó que me dirigía a él.
<<Mike».
<<Ah, hola Mike», le respondí sonriente. «¿Cómo te llamas?»,
pregunté de nuevo, dirigiendo mi atención al muchacho de ojos
azules.
Miró hacia atrás, no creía que le estuviera preguntando yo a él su
nombre. «Chris», respondió impasible.
<<Hola, Chris», sonreí. Y me puse a trabajar.
Chris y yo nos hicimos amigos. Nos gustaba platicar en clase. Chris
era caballista y yo estaba en la banda de la escuela; en secundaria la
presión de los compañeros demandaba que no se mezclaran
socialmente los dos grupos. Nuestros caminos se cruzaban de cuando
en cuando en ocupaciones escolares; pero en general nuestra
amistad se limitó a las cuatro paredes del salón de contabilidad. Chris
se graduó ese año y por algún tiempo se separaron nuestros caminos.
Después, un día llegó a verme a la tienda de la plaza comercial donde
trabajaba. Me dio mucho gusto verlo. Tomó la costumbre de visitarme
en mis descansos y reanudamos nuestras charlas. La presión de sus
compañeros caballistas había disminuido y nos hicimos muy buenos
amigos. Mi relación con mi novio de Texas ya no me parecía tan
importante. Sentía que mi relación con Chris se hacía más
Sólida, que tomaba el lugar de mi otra relación. Había pasado un año
desde que salí de Texas, y Arizona empezaba a parecer mi hogar.
Chris fue mi acompañante en mi baile de gala cuando Salí de
secundaria; fuimos tres parejas juntas: nosotros y dos de sus amigos
caballistas con sus respectivas parejas. La noche de mi baile de gala
cambió nuestra relación para siempre: sus amigos me aceptaron y
eso hizo que Chris se sintiera mejor. Finalmente nuestra relación fue
abierta.
Chris fue una persona muy importante para mi durante esa época tan
difícil de mi vida. Con el tiempo, de nuestra relación surgió un amor
muy fuerte. Ahora comprendo que mis padres no mudaron a la familia
a Arizona para lastimarme, aunque en aquellos momentos eso sentí.
Ahora creo firmemente que todo sucede por alguna razón pues si no
me hubiera mudado a Arizona, jamás habría conocido al hombre de
mis sueños.
Sheila K. Reyman
Un amor de secundaria que no olvido
Cuando lo vieron caminar a través del campus de nuestra secundaria,
casi para ningún estudiante pasó inadvertido Bruce. Alto y flaco, era
una réplica más delgada de James Dean: el cabello echado hacia
atrás, arriba de la frente, y las cejas siempre levantadas cuando se
enfrascaba en una conversación profunda. Era tierno, considerado y
profundo. Jamás lastimaría a nadie.
Me asustaba.
Acababa yo de romper con mi novio, el cual no era muy inteligente
(uno de esos con quien uno anda y regresa 30 veces por puro mal
hábito), cuando Bruce me desvió en un pasaje del campus una
mañana para caminar conmigo. Me ayudó a cargar mis libros y me
hizo reír varias veces. Me gustaba. En verdad me gustaba.
Me asustaba porque era brillante; pero al final comprendí que estaba
más asustada de mí misma que de él.
Empezamos a caminar más tiempo juntos en la escuela. Yo lo
observaba desde mi atiborrado casillero, con el corazón latiendo muy
rápido, preguntándome si algún día me besaría. Habíamos estado
viéndonos ya durante varias semanas y aún no intentaba besarme.
Sin embargo, me tomaba de la mano, me rodeaba con su brazo y me
enviaba con uno de mis libros a clase. Cuando lo abría, aparecía una
nota hecha a mano con su escritura estilizada, en la que hablaba de
amor y pasión en un sentido más profundo de lo que yo podía
comprender a los 17 años.
Me enviaba libros, tarjetas y notas, y se sentaba conmigo en mi casa
Mrante horas escuchando música. Le gustaba que yo escuchara en
auricular la canción «Tú trajiste alegría a mis lágrimas», de Stevie
Wonder. Un día en el trabajo recibí una tarjeta de él que decía: «Te
extraño cuando estoy triste. Te extraño cuando estoy solo. Pero sobre
todo, te extraño cuando me siento feliz».
Recuerdo que caminaba por la calle de nuestro pueblo, que las
bocinas de los autos sonaban, que las cálidas luces de las tiendas
invitaban a los paseantes a entrar y protegerse del frío, y en todo lo
que yo podía pensar era: «Bruce me extraña sobre todo cuando se
siente feliz. Qué extraño».
Me sentía muy incómoda de tener un espíritu tan romántico a mi lado,
un muchacho (de hecho un hombre a los 17 años), que formulaba
sabios pensamientos, escuchaba todos los aspectos de una discusión,
leía poesía en lo profundo de la noche y sopesaba con cuidado sus
decisiones. Sentía en él una profunda tristeza pero no podía
comprenderla. Mirando atrás, ahora pienso que su tristeza provenía
de ser una persona que no encuadraba en el contexto de la
secundaria.
Esta relación era tan diferente de la que había tenido con mi novio
anterior (nuestra vida había sido en gran parte películas, palomitas de
maíz chismorreo). Terminábamos a menudo y salíamos con otras
personas. A veces parecía que el campus entero estaba enfocado en
el drama de nuestras rupturas, las cuales siempre eran intensas y
resultaban un gran espectáculo para que nuestros amigos discutieran.
Una buena telenovela.
Yo comentaba todo ello con Bruce y, después de cada historia, me
rodeaba con su brazo y me decía que él esperaría hasta que yo
pusiera todo en orden. Luego me leía algo. Me regaló el libro El
principito, subrayadas las palabras: «Solo con los ojos de la mente
podemos ver con claridad».
En respuesta, de la única manera que sabía hacerlo, yo le escribía
cartas apasionadas de amor y poesía con una intensidad que nunca
antes había conocido; pero seguía con mi muro levantado,
manteniéndolo a la distancia porque siempre temía que descubriera
que yo no valía la pena, que me faltaba mucho para ser tan
inteligente como lo consideraba yo a él o para pensar tan
profundamente como él lo hacía.
Yo quería regresar a mis viejos hábitos de palomitas, películas y
chismorreo. Era mucho más sencillo. Recuerdo muy bien el día en que
estábamos Bruce y yo parados afuera, en el frío, y le dije que iba a
regresar con mi antiguo novio. «El me necesita más», le dije con voz
de niña. «Noes fácil que mueran los viejos hábitos».
Bruce me miró con tristeza, más por mí que por él. Él lo sabía, y yo lo
supe después, que cometía un error.
Los años pasaron. Bruce se fue primero a la universidad; después yo.
Cada vez que regresaba a casa para Navidad, iba a visitarlo a él y a
su familia a su casa. Siempre me agrado su familia, sus cálidos
saludos cuando me invitaban a pasar, contentos de verme. Yo sabía,
por la manera como su familia se comportaba, que Bruce me había
perdonado por mi error.
Una Navidad me dijo Bruce: «Siempre fuiste una buena escritora. Eras
excelente».
<<Sí». Su madre estuvo de acuerdo. «Escribías muy hermoso. Espero
que nunca dejes de hacerlo».
«Pero ¿cómo sabe cómo escribo?», pregunté a la mamá.
<<Bueno, Bruce compartía conmigo todas las cartas que le
escribías», respondió. <<Nunca pudimos, ni él ni yo, olvidar lo
hermoso que escribías».
Entonces vi que el papá también afirmaba con la cabeza. Me hundí en
mi asiento y me sonrojé. ¿Qué había escrito exactamente en aquellas
cartas?
Nunca supe que Bruce hubiera admirado mi manera de escribir, tanto
como yo admiraba su inteligencia.
Con los años dejamos de vernos. Lo último que escuché de su padre
fue que Bruce se había ido a San Francisco y pensaba llegar a ser
cocinero en jefe. Experimenté varias relaciones malas hasta que
finalmente me casé con un hombre maravilloso, también muy
inteligente. Para entonces era yo más madura y podía arreglármelas
con la inteligencia de mi marido, sobre todo cuando me hacia
recordar que yo tenía la mía.
No hay otro novio en el que piense con interés, excepto en Bruce.
Ante todo, espero que sea feliz. Se lo merece. De muchas maneras
pienso que él me ayudó a formarme, me ayudó a que aprendiera a
aceptar el lado de mi que me rehusaba a ver entre películas,
palomitas y chismorreo. Me enseñó a contemplar mi espíritu y a la
escritora que había en mí.
Diana L. Chapman