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Fe y razón en la filosofía medieval

Durante la Edad Media, la filosofía buscó una armonía entre fe y razón, considerándolas complementarias, con la razón como apoyo de la fe. La Revolución Científica en los siglos XVI y XVII transformó la comprensión del universo, introduciendo el método científico y el heliocentrismo, lo que desafió las creencias tradicionales. La disputa entre empiristas y racionalistas en la filosofía moderna abordó los orígenes del conocimiento, destacando la importancia tanto de la experiencia como de la razón, mientras que la teoría política contractual redefinió la legitimidad del poder en la Edad Moderna a través del contrato social y la división de poderes.

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Fe y razón en la filosofía medieval

Durante la Edad Media, la filosofía buscó una armonía entre fe y razón, considerándolas complementarias, con la razón como apoyo de la fe. La Revolución Científica en los siglos XVI y XVII transformó la comprensión del universo, introduciendo el método científico y el heliocentrismo, lo que desafió las creencias tradicionales. La disputa entre empiristas y racionalistas en la filosofía moderna abordó los orígenes del conocimiento, destacando la importancia tanto de la experiencia como de la razón, mientras que la teoría política contractual redefinió la legitimidad del poder en la Edad Moderna a través del contrato social y la división de poderes.

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FE Y RAZÓN MEDIEVAL

Durante la Edad Media, la filosofía intentó lograr una concordia entre fe y razón,
considerándolas como complementarias y no opuestas. La razón no sólo facilitaba la
comprensión de las verdades de la fe, sino que también las aclaraba sin contradecirlas. Los
filósofos medievales crearon sistemas en los que teología y filosofía se fusionaron, dando lugar
a una visión unificada del conocimiento.

Un principio fundamental de este enfoque era la razón como sierva de la fe. Aunque la razón
podía alcanzar ciertos conocimientos por sí sola, su principal función era respaldar la fe y
demostrar la coherencia de las verdades religiosas. San Agustín defendía que la fe era
esencial para entender la realidad divina. Tomás de Aquino, por su parte, sostenía que la
razón podía demostrar la existencia de Dios, pero la fe era superior, pues solo a través de ella
se accedía a las verdades más profundas.

Filósofos como Tertuliano sostenían que la fe debía ser aceptada sin la necesidad de la razón.
Según él, las doctrinas cristianas iban más allá de la capacidad de la razón humana. En
cambio, pensadores como Averroes defendían que la razón era crucial para comprender las
verdades religiosas, y abogaban por la reconciliación entre la filosofía aristotélica y la doctrina
islámica. San Anselmo, con su prueba ontológica, mostró cómo la razón podía ser utilizada
para demostrar la existencia de Dios.

Los pensadores medievales también idearon una zona de confluencia y preámbulos de la fe,
en la que los argumentos racionales ayudaban a preparar la aceptación de la fe. Sin embargo,
el conocimiento supremo no provenía de la razón, sino de la revelación divina, considerada la
fuente última de la verdad. La razón tenía el papel de interpretar y defender la revelación sin
contradecirla.

En conclusión, la filosofía medieval buscó equilibrar fe y razón, dando a la razón un papel


subordinado a la fe, mientras que la revelación divina constituía el fundamento del
conocimiento teológico. Este enfoque dejó una huella importante en el pensamiento occidental.
REVOLUCIÓN CIENTÍFICA Y PASO DE LA EDAD MODERNA

La Revolución Científica, que tuvo lugar entre los siglos XVI y XVII, marcó un cambio radical en
la forma de entender el universo y el inicio de la ciencia moderna. Uno de los avances más
notables fue el paso del geocentrismo al heliocentrismo. El modelo geocéntrico, que
sostenía que la Tierra era el centro del universo, fue propuesto por Ptolomeo y defendido por la
Iglesia. Sin embargo, científicos como Nicolás Copérnico, Galileo Galilei y Johannes Kepler
introdujeron el modelo heliocéntrico, que ubicaba al Sol en el centro del Sistema Solar. Este
modelo no solo desafiaba las ideas astronómicas tradicionales, sino que también ponía en
duda la autoridad eclesiástica al contradecir la visión bíblica del cosmos.

Otro cambio fundamental fue la implementación del método científico, promovido por figuras
como Francis Bacon y René Descartes. Este enfoque sistemático se basaba en la observación,
la experimentación y la formulación de hipótesis, contrastando con la filosofía escolástica que
se centraba en la interpretación de textos antiguos. El método científico permitió verificar
teorías mediante pruebas empíricas, sentando las bases para el desarrollo de la ciencia
moderna.

A lo largo de este periodo, se produjo la matematización de las leyes físicas, lo que permitió
describir fenómenos naturales mediante un lenguaje preciso. La obra más destacada en este
sentido fue la de Isaac Newton, quien en su Principia Mathematica formuló las leyes del
movimiento y la gravitación universal. Estas leyes fueron expresadas matemáticamente,
proporcionando una herramienta poderosa para comprender y predecir los movimientos de los
cuerpos celestes y terrestres.

Finalmente, el mecanicismo emergió como una nueva forma de concebir el universo. Se


interpretó el mundo como una máquina gigante, cuyos procesos podían ser explicados a través
de principios mecánicos y matemáticos. Este enfoque transformó disciplinas como la física y la
astronomía, estableciendo los cimientos para la ciencia moderna tal como la conocemos hoy.

En resumen, la Revolución Científica fue un proceso de cambio profundo que transformó la


manera de pensar sobre el mundo, gracias al rechazo de viejos modelos y la adopción de
nuevas metodologías científicas.
DISPUTA PROBLEMA CONOCIMIENTO RACIONALISTAS Y EMPIRISTAS

La disputa sobre el problema del conocimiento entre empiristas y racionalistas ha sido un tema
crucial en la filosofía moderna, que examina los alcances y límites de la razón del
conocimiento humano. Los empiristas, como John Locke y David Hume, afirman que todo
conocimiento se origina en la experiencia sensorial. Según esta postura, las impresiones e
ideas en el empirismo son las percepciones directas e inmediatas que obtenemos del mundo
exterior, mientras que las ideas son representaciones mentales derivadas de estas
impresiones. Para los empiristas, el valor de las ideas radica en su relación con la realidad, ya
que son construidas a partir de la experiencia acumulada. Estas ideas son fácticas, es decir,
verificables y basadas en datos sensibles, que pueden ser comprobados.

En contraste, los racionalistas, como René Descartes y Baruch Spinoza, defienden la


capacidad ilimitada de la razón para generar conocimiento. Argumentan que existen
verdades innatas que no dependen de la experiencia sensorial. En su visión, la razón es el
medio más fiable para alcanzar el conocimiento verdadero. Descartes distingue entre tres tipos
de ideas: adventicias (derivadas de la experiencia externa), ficticias (creadas por la mente
humana) e innatas (presentes desde el nacimiento). Las ideas innatas, para los racionalistas,
son esenciales para entender principios universales y no necesitan de la experiencia sensorial
para ser comprendidas.

Sin embargo, tanto los racionalistas como los empiristas reconocen los límites de la razón. Los
racionalistas admiten que, aunque la razón puede descubrir principios fundamentales, el
conocimiento humano no puede depender exclusivamente de ella, ya que la experiencia es
también crucial. En el caso del empirismo, las impresiones sensoriales pueden ser
engañosas o limitadas, lo que pone en duda la fiabilidad de un conocimiento basado
únicamente en la experiencia.

En conclusión, la tensión entre la experiencia y la razón sigue siendo un debate central en la


epistemología, ya que ambas corrientes han aportado enfoques complementarios sobre el valor
y los límites del conocimiento.
TEORÍA POLÍTICA CONTRACTUAL EDAD MODERNA

La teoría política contractual en la Edad Moderna fue crucial para redefinir la organización
política y la legitimidad del poder, basándose en la idea de un acuerdo entre los individuos y el
Estado. Esta corriente transformó la política, introduciendo conceptos clave como el contrato
social, el estado de naturaleza y la división de poderes, que siguen siendo fundamentales
hoy en día.

El contrato social es el acuerdo entre los individuos y el Estado en el que los primeros ceden
parte de su libertad para vivir en una sociedad organizada. Según Rousseau, este contrato
permite que las personas sigan una voluntad colectiva que favorece el bien común. Para
Hobbes, el contrato social es esencial para escapar del estado de naturaleza, un estado
hipotético en el que, sin la estructura del gobierno, los seres humanos viven en conflicto
constante, cada uno buscando satisfacer sus deseos sin restricciones. Según Hobbes, este
estado caótico solo se puede evitar mediante el contrato social, que crea un gobierno fuerte
para garantizar la paz y el orden.

En contraste, Locke ve el estado de naturaleza de manera más positiva, describiéndolo como


un estado en el que las personas son libres e iguales, pero carecen de un mecanismo eficaz
para resolver conflictos. A diferencia de Hobbes, Locke sostiene que los individuos retienen
ciertos derechos inalienables, como la propiedad y la libertad, y que el Estado debe protegerlos
mediante el contrato social. Su visión influyó en el concepto de derechos fundamentales y en
el desarrollo de las democracias modernas.

Un elemento crucial en la teoría política contractual es la división de poderes, defendida por


Montesquieu. Según este principio, para evitar el abuso de poder, la autoridad del Estado debe
dividirse en tres ramas: el poder ejecutivo, el poder legislativo y el poder judicial. Esta
separación busca garantizar que ninguna parte del gobierno pueda concentrar todo el poder,
estableciendo un sistema de controles y equilibrios que proteja las libertades individuales.

En resumen, la teoría política contractual de la Edad Moderna introdujo un enfoque


revolucionario de la política, basándose en el contrato social, el estado de naturaleza y la
división de poderes. Estos principios siguen siendo esenciales para el funcionamiento de las
democracias actuales, garantizando gobiernos legítimos, derechos individuales y límites al
poder.

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