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Street Photography The Ilford Challenge 2nd Edition Strassenjäger

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Street Photography The Ilford Challenge 2nd


Edition Strassenjäger

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Street Core Photography November 2020 16th Edition Street


Core Photography

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Street Core Photography July 2020 14th Edition Street Core


Photography

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Street Core Photography January 2020 12th Edition Street


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Street Core Photography October 2019 11th Edition Street


Core Photography

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Street Core Photography nr 13 apr20 13th Edition Street
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Street Core Photography Nr 17 January 2021 17th Edition


Street Core Photography

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Street Portrait Photography How to make stunning street


portraits Street Photography Book 1 Priya Ranjan

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Street Photography Muslima 1st Edition Strassenjaeger

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Anti Manual On Street Photography Version 2 0 2nd Edition


Michail Moscholios

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malgastó nuestra vida, y sólo suenan como un recuerdo los acentos
de nuestra lengua», que dice el escritor andaluz señor Ledesma, les
fueron perjudiciales al reino conquistador. No porque sin la obra de
Colón hubiese completado el gran Cardenal su empresa africana,
sino porque aquel Klondike continental sería el cebo de aventureros
ambiciosos, y envenenaría de oro fácil las fuentes industriales de la
Península. El hidalgo, conquerant de l'or no tendrá sino que
procurarse «peluca y espada, desdeñando oficios y comercio», como
escribe en uno de sus libros Juan Agustín García, al citar a Gervasoni
y una Cédula real: «De las Indias he sido avisado que muchas
personas que de acá pasan, puesto que en ésta solían trabajar e
vivían e se mantenían con su trabajo, después que allá tienen algo,
no quieren trabajar, sino folgar el tiempo que tienen, de manera que
hay muchos: de cuya causa yo envío a mandar que el Gobernador
apremie a los de esta calidad para que trabajen en sus faciendas».
Eso hacía España una vez realizada la conquista del oro, folgar el
tiempo que tenía. Primero fué el tiempo del aumento del poderío, la
sujeción del sol en sus dominios; más ya con Felipe II empieza la
carcoma y el decaimiento. Esto a pesar de la riqueza natural, tan
copiosamente señalada por entusiastas como Mariana o Miñano.
Wiss se embelesa en repetir la enumeración de tantos elementos de
riqueza, en varios climas y en tierras fecundísimas. Al par que los
distintos productos ofrecen un copioso acervo para la exportación,
ésta está favorecida por la extensión de las costas y la buena
condición de los puertos mediterráneos y atlánticos. Todo esto era
aprovechado en el siglo XVI. El movimiento fabril y el desarrollo
comercial acrecían la riqueza. Los tejidos se fabricaban en
numerosos establecimientos.
Solamente en Segovia, cuyos paños se tenían por los más bellos
de Europa, trabajaban 34.000 obreros. Según de Jonnes, en 1519 se
contaban en Sevilla 6.000 telares de seda, y habría 130.000 obreros
en la fabricación de sedería y tejidos de lana. Hay que leer a este
respecto el estudio que sobre las industrias antiguas sevillanas ha
publicado el erudito señor Gestoso y Pérez—que tiene inédito un
«Ensayo de un Diccionario de artistas industriales que florecieron en
Sevilla desde el siglo XIII hasta el siglo XVIII, inclusive»—, para
darse cuenta del progreso alcanzado en aquella época y en aquella
provincia, en lo referente a la producción industrial. Las marinas
mercantes de Inglaterra y Francia eran inferiores a la española. El
inflado Moncada puede escribir del puerto sevillano: «es la capital de
todos los comerciantes del mundo. Poco ha que la Andalucía estaba
situada en las extremidades de la tierra, pero con el descubrimiento
de las Indias ha llegado a estar en el centro». La riqueza estaba en
fruto; diríase que España era la nación de las naciones; solamente el
ojo visionario de Campanella advertía peligros en lo oscuro del
porvenir; y notaba que como hoy a Inglaterra, tenían ojeriza todos
los pueblos del mundo al pueblo fuerte y rico que dominaba.
Ciertamente habían de cumplirse los temores del autor de la
Monarquía Hispánica y con los sucesores de Felipe II vendría el
descenso a nación de segundo orden, la pérdida en los distintos
dominios, la decadencia militar y la mengua en el comercio. La
escasez de barcos se acentuó tanto, que ya bajo Carlos el Hechizado
se hacían servicios oficiales a Cuba y a las Canarias, por medio de
buques genoveses. Los productos escaseaban, pues los cultivos
fueron dejados, y los campos, un tiempo florecientes, estaban
despoblados de trabajadores, a punto de que no solamente en
ambas Castillas, sino también en la productiva región andaluza, el
abandono era absoluto. Disminuyó a una cantidad mínima la
exportación de la lana, en lugares como Cuenca. Los telares y
sederías quedaban reducidos a señalado número. El movimiento
comercial, con la renta de los productos del país, vino muy a menos;
la exportación a las colonias de América fué nula, y España tuvo que
empezar a proveerse en otros países manufactureros. De más está
decir que otras naciones aprovecharon el caso para colocar sus
mercaderías en las tierras americanas.
Con la funesta expulsión de los moros padecieron grandemente
la agricultura y la industria. Aquellas gentes laboriosas por religión y
por necesidad habían aumentado inmensamente la riqueza de la
península no solamente con sus labores fabriles, sino con el cultivo
de los campos, como esa maravillosa huerta de Valencia que les fué
pingüe y que tanto hermosearon y aprovecharon. Una vez realizada
la expulsión, claro es que el movimiento comercial e industrial,
sostenido por ellos, mermó y luego concluyó. Ya en el reinado de
Felipe III, a la decadencia en los trabajos del campo se juntó una
baja de población notabilísima. En Cataluña misma estaban
deshabitadas «las tres cuartas partes de los pueblos». En plenas
Cortes, y bajo Felipe IV, se clamó contra la amenaza de una ruina
segura. «Pues era llana y evidente, dice Céspedes y Meneses, que si
este estado se aumentase, al paso mismo que hasta allí, habría de
faltar a los lugares habitantes y vecinos, los labradores a los campos
y los pilotos a la mar... y desdeñando el casamiento, duraría el
mundo un siglo sólo». Weiss demuestra la decadencia de la
agricultura, entre otros motivos, por la disminución progresiva de la
población española desde el reinado de Felipe II hasta el
advenimiento de los Borbones—Miguel calcula, apoyado en Ustariz,
en cinco millones setecientas mil almas la población de España bajo
Carlos I—; la amortización eclesiástica—«los capitales quitados a la
agricultura y a la industria para sepultarse para siempre en los
conventos»—; los mayorazgos en las familias nobles y las
devastaciones anuales de las campiñas por los ganados
trashumantes. Muchos daños se debieron al «honrado Concejo de la
mesta».
El oro americano, como antes he apuntado, fué ponzoñoso para
el movimiento industrial peninsular. La baja de los metales fué de
cuatro quintas partes en un siglo; y el aumento de la mano de obra
causó el alza de valor en la producción fabril.
Se desdeñaron los productos naturales de las tierras americanas,
dejando que se aprovecharan de ellos mercaderes de Inglaterra y
Holanda, y fijos tan sólo en el codiciado producto de las minas. «A
poco, dice Weiss, dejaron las fábricas de la Metrópoli de abastecer
las necesidades de las colonias, porque eran pocos los obreros y
escaseaban las primeras materias». «Las colonias, agrega,
suministraban bastante oro para permitir a los fabricantes continuar
sus trabajos, aunque lo caro de los jornales les impidiese introducir
sus productos en Francia, Italia y otros puntos de Europa. Para esto
hubiera sido necesario que procurase España satisfacer las
demandas de las colonias e hiciese imposible el comercio de
contrabando, pero ¡quién había de creerlo! los españoles tuvieron
por una calamidad el trueque de los productos de la industria
nacional por el oro del nuevo mundo, y le atribuyeron la repentina
alza de todos los artículos de primera necesidad. Hubieran querido
que América les remitiese sus metales preciosos sin llevarles en
cambio los objetos fabricados en su país». El comercio con América
desde aquellos tiempos fué tratado con singular error; en los
comienzos hubo libertad de tráfico entre España y sus dependencias.
Carlos V puso algunas trabas y Felipe II ordenó un porcentaje de
salida, el 5, otro de llegada, el 10, a las mercancías para las Indias.
El aumento del llamado almojarifazgo fué un golpe más. En América
aumentaba el contrabando de otras naciones, y se dió el caso que
cita Humboldt, de que los mineros de América comprasen de tres a
cuatro mil quintales de pólvora anualmente, en los almacenes del
reino, en tanto que la sola mina Valenciana consumía de diez y
nueve mil quinientos a diez y nueve mil seiscientos. En tiempo de
Felipe III, hasta 1612, bajaron tanto las rentas, que el quinto de las
minas de Potosí, Perú y Nueva España, con otras entradas de
América—dos millones doscientos setenta y dos mil ducados, fuera
de gastos—, estuvieron empeñadas a los genoveses. Bajo el reinado
de Isabel se hizo algo por la agricultura y la industria en las colonias
americanas; pero luego los españoles que iban a establecerse no se
cuidaban sino de engordar la hucha. Por lo que toca al Río de la
Plata, basta leer las obras de J. A. García, hijo, para darse cuenta de
la obra de los virreyes, y de los hidalgos inmigrantes. Anualmente
iban dos escuadras, a Méjico y al Perú, con objetos de comercio.
Esos eran los galeones que volvían cargados de oro. Ulloa narra
pintorescamente la manera de comerciar entre los mercaderes
americanos y españoles. Los pobres indios eran inicuamente
engañados y explotados por la misma codicia de los corregidores. El
comercio disminuyó; y a mediados del siglo XVII ya España no podía
abastecer sus colonias. Los extranjeros, en cambio, aumentaban su
venta; de Portugal salían «doscientos buques de trescientas a
cuatrocientas toneladas con ricos cargamentos de telas, sedas,
paños, tejidos de lana, de oro y de plata, artículos que compraban
los portugueses a los flamencos franceses, ingleses y alemanes. Los
embarcaban en Lisboa, Oporto, Mondigo, Viana, y en los puertecillos
de Lagos, Villanova, Faro y Tavira, situados en el reino de los
Algarbes. Llegados al Brasil, sus navíos subían al Río de la Plata,
cuando cesaba de ser navegable, se desembarcaban las mercancías
y se las conducía por tierra, atravesando el Paraguay y el reino de
Tucumán, a Potosí y a Lima, de donde era fácil enviarlas a las
principales ciudades del Perú. Los comerciantes españoles
establecidos en aquellos puntos tenían sus corresponsales en el
Brasil, lo mismo que en Sevilla y Cádiz, y como los derechos
cobrados en Portugal de los géneros destinados al Brasil eran más
bajos que los que se percibían en aquellas dos ciudades, los
portugueses podían darlos más baratos que los españoles». Puede
verse a este respecto la Relación dirigida a Felipe III por Alonso de
Cianca. Los empleados de la Corona ya se sabe qué clase de obra
realizaban, y qué clase de gente eran en su mayor parte.
El consejo de Indias enviaba no varones de mérito, sino hábiles
sacadores de dinero. Fuera de los virreyes de Méjico y el Perú,
grandes de España favorecidos, los demás eran duchos expoliadores.
Los capitanes generales y demás enviados a Cuba, al engorde
proverbial, tenían sus antecesores entre los paniaguados de Indias.
Comercio descuidado con la Metrópoli, aumento por lo tanto del
contrabando extranjero. Los holandeses, ingleses y franceses
introducían largamente sus mercaderías. Hamburgo no se quedaba
atrás; y la China misma vendía manufacturas en puertos como
Guayaquil y Acapulco. El mal estado comercial entre la Península y
sus colonias continuó hasta el advenimiento de los Borbones. Algo
hizo por mejorar las relaciones Felipe V. Carlos III transformó en
1764 el sistema comercial que se había empleado desde la
conquista. De La Coruña salían fijamente una vez al mes para las
Antillas y dos veces al mes para el Río de la Plata barcos que
establecieron de modo regular el intercambio. La independencia
vino. Y desde la paz hasta la época actual el comercio español en
América ha pasado por diversas fluctuaciones, llegando por fin al
más lamentable descenso. Las Cámaras de Comercio poco han
hecho, y la diplomacia ha sido nula en sus gestiones. También es
cierto que la antigua Metrópoli no se ha acordado de que existíamos
unos cuantos millones de hombres de lengua castellana en ese
continente, hasta que las necesidades traídas por la pérdida de sus
últimas posesiones americanas se lo han hecho percatar. El
Congreso proyectado hará algo, como no se vaya todo en discursos.
En lo social, se podrán crear nuevos y más estrechos vínculos, sobre
toda ahora que la producción intelectual americana empieza,
primeriza y todo, a imponerse. Pero hacen falta españoles de buena
voluntad que digan a su patria la verdad, y que no la vayan a
desacreditar en nuestras repúblicas. Una docena de españoles como
Carlos Malagarriga, en cada una de las repúblicas americanas, harían
más que los guitarristas de la prensa y bailaores de la tribuna que
van a América a hacer daño a su propia tierra. Sobran en España
talentos y entre nosotros buenas voluntades que pueden realizar
una unión proficua y mutuamente ventajosa. La influencia española,
perdida ya en lo literario, en lo social, en lo artístico, puede hacer
algo en lo comercial, y esto será a mi ver el alma del futuro
congreso.
«Es un hecho patente—dice un documento oficial—, traducido
además en cifras, que, a la infausta hora en que hubimos de
abandonar nuestra soberanía en Cuba, Puerto Rico y Filipinas,
representaba nuestro comercio de exportación a esas posesiones, en
los últimos tiempos en que pudo verificarse, de un modo regular, la
considerable suma de 241 millones de pesetas, o lo que es igual, el
25 por 100, aproximadamente, de la total exportación de la
Península». Y otro: «En el primer quinquenio de 1880 a 1884,
exportábamos un total de 62 millones a todos los mercados
americanos; en cambio, en 1896 nuestra exportación quedaba
reducida a 46 millones... Por ejemplo: En la República Argentina,
donde en aquel período nuestra cifra de exportación ascendía a 17
millones, ha bajado a 10. En la República del Uruguay, de 11
millones ha descendido a 6». Es decir, de 62.564.000 pesetas, del
año de 1890 al 1898, se ha reducido a unos cuarenta millones y
pico. En la Junta del Comercio de Exportación, del ministerio de
Estado, demostró la gravedad de tal situación el señor Rodríguez
Sampedro, «España, decía, señora al principio del presente siglo de
todos aquellos territorios poblados por su raza, con comunidad de
idioma, de hábitos y de costumbres, ha perdido casi por entero sus
mercados, de tal modo, que hoy se anteponen comúnmente a ella
Inglaterra, Alemania, Francia, Austria, Italia y Bélgica, figurando
nuestro comercio, al principio del postrer quinquenio, tanto en la
importación como en la exportación, el último de todos, y cifrando
para la República Argentina el 2,20 por 100 de su comercio, al de
exportación; para Méjico el 8 por 100 en la primera y el 11,60 en la
segunda; para el Perú, 2,50 por 100 y 0,60, respectivamente; y
todavía, con parecer esta situación imposible de empeorar, sigue
decreciendo manifiestamente, pues al concluir el quinquenio de
1897, los resultados son 1,40 por 100 para la importación, y 3 por
100 para la exportación respecto a la Argentina, 2 por 100 para la
primera y 10,30 para la segunda en Méjico; 0,08 y 0,90,
respectivamente, en cuanto al Brasil; y 0,10 y 0,50 en el comercio
con el Perú, pudiendo decirse que en muchas partes de los citados
países su comercio con España ha desaparecido, mientras el de
Inglaterra, promediando los datos de su importación y de su
exportación, es más del 33 por 100 del total; de un 20 por 100 el de
Alemania; de un 23 el de Francia y así sucesivamente». El Congreso,
pues, vendrá si se realiza, a tratar de ver cómo se mejoran las
transacciones comerciales entre España y las repúblicas americanas;
pero no tendrán poco que modificar en las leyes actuales los
legisladores, que quieren que el arreglo se lleve a buen término. ¿Ha
sido acaso poco lo que ha trabajado el ministro argentino señor
Quesada para la simple cuestión del tasajo y carnes conservadas? El
Gobierno español parece que apoyará la labor del Congreso y se
harán invitaciones oficiales a los Gobiernos hispanoamericanos. Si
los Gobiernos aceptan, es posible que una vez más se cometa el
error de elección cuando se trate de los representantes. Al saberse
la noticia del Congreso, en cada una de las pequeñas repúblicas de
América-Villabravas, que dice Eduardo Pardo, habrá un grupo de
compadres intrigantes que quieran venir a ver bailar el fandango, y a
conocer a la Reina; y en cuyos labios pugna por salir la gran palabra
«Señores»...
LA MUJER ESPAÑOLA

Marzo de 1900.

ace pocos días, el último de Carnaval, hubo en el palacio de


una distinguida señora, casada con un millonario y
diplomático mejicano, una improvisada y elegantísima
reunión de máscaras, que largamente han cantado los
habituales cronistas de salón, y entre todos, y sobre todos, mi
incansable y ameno amigo el marqués de Valdeiglesias. La
particularidad de la fiesta fué que a ella concurrieron aristocráticas y
bellas damas de esta corte, con el pintoresco mantón de Manila y
otros adornos no menos nacionales. Y el entusiasmo fué inmenso; y
hasta hubo quien dijese: ¡ole! con la disculpa de los días de locura.
Ese entusiasmo fué natural. ¡Es tan difícil en la aristocracia de
España encontrar una belleza puramente española! Como en todas
las altas clases de la tierra, el britanismo por un lado y el
parisienismo por otro han hecho su invasión. No deja de ser
lamentable. Una maja de Goya vestida por Chaplin es algo
encantador y desconcertante; pero me habrán de confesar que una
maja de Goya vestida por Goya es mucho mejor. No es que yo
pretenda que estas duquesas de ahora vuelvan al osado peinetón, a
mantilla perpetua y a los paseos por las arboledas de San Antonio de
la Florida, sino que está a la vista de los amantes de la viva
estatuaria humana la desaparición de uno de los más bellos tipos
que hayan halagado al arte: el tipo español, cuya línea propia se ha
bastardeado y confundido entre curvas francesas y restas anglo-
sajonas. La moda, ¡he ahí el enemigo! En esto estoy apoyado por un
talento que sobre ser certeramente estético, es una mujer: la señora
Pardo-Bazán. Doña Emilia considera como enemigos de la clásica
gracia española los vestidos pesados y de corte masculino del país
de las misses; los impermeables y abrigos largos, ciertos calzados, y
sobre todo, los formidables sombreros de París. La naturaleza
procede y enseña lógicamente; ha ordenado los seres y las cosas de
la tierra según las latitudes; y sabe por qué los escandinavos son
rubios y los abisinios negros; por qué las inglesas tienen cuellos de
cisne y las mujeres flamencas preponderantes asideros. A las
españolas las dió diversos modelos, según las distintas regiones
peninsulares, pero el tipo verdadero, el tipo generalizado por la
poesía y por el arte, es el de la morena de maravillosos y grandes
ojos oscuros, un tanto potelée, ondulada, y casqueada de ricos
cabellos negros; ni alta ni baja; todo esto animado por un producto
marino y venusino, que en este sentido no tiene nombre
correspondiente en ninguna otra lengua: sal. Ya en sus tiempos,
Gautier afirmaba que para ver la verdadera danza española había
que ir a París; hoy en pintura, los que hacen admirar al mundo la
gracia femenina de España, son extranjeros, como Sargent y
Engelhart, ¿nos conformaremos dentro de poco con buscar en viejas
telas y grabados la que fué tan original y graciosa belleza hispánica?
La moda ha comenzado a hacer su daño en la educación. Para toda
joven de buena familia que se vaya a educar al extranjero, se
importa la indispensable institutriz, casi siempre inglesa o tudesca, a
veces francesa. La gouvernante empieza su obra de moldeo y la
flexibilidad nativa entra en la jaula angular de una disciplina por lo
general very english. Los trajes, de corte igualmente angular,
contribuyen a la reformación del original encanto curvilíneo. Una vez
la niña crecida, sus gustos y sus costumbres tenderán a lo
extranjero. Hubo una elegancia española: apenas si se recuerda en
algún baile de trajes. Porque la moda lo requiere, los opulentos
cabellos negros se tiñen de rubio o de rojo; el airosísimo andar de
antaño se transforma, los gestos y maneras se aprenden. Se fué
primero chic, después vlan, después pschut, después smarl, después
swell. No se leen buenos libros castellanos; ¿pero qué señora no se
ruborizaría de no conocer a Ohnet en el original? Se viaja, se
veranea, se adora a Worth, a Laferrière, a Doucet. Visten con gran
lujo; pero rara vez se llegan a confundir con una parisiense;
desdeñando la riqueza propia, no consiguen el tesoro ajeno. Y son
encantadoras. Hace algunos años un embajador oriental, al
presenciar un desfile de altas damas en Palacio, expresó una frase
descontentadiza y poco galante para la nobleza femenina que
acompañaba a la Reina. Hoy, en igual caso, proclamaría la
hermosura y la gentileza de beldades como doña Sol Stuard, hija de
la duquesa de Alba y otras cuyos nombres constelan la crónica
social. Hay diversos tipos que se imponen; pues en la Corte se hallan
representadas las distintas provincias. Desde luego, la mujer
suavemente morena, de un moreno pálido, cara ovalada, cuello
columbino, boca sensual y mirada concentradamente ardiente,
cuerpo en que se ritman felinas ondulaciones; y la rosada y firme de
plasticidades, de cabellos dorados, un tanto gruesa; y la belleza
decadente y tradicional, de los retratos en cuyas manos puso
Pantoja tan preciadas gemas; rostros con algo de las figuras de los
primitivos; de un óvalo marcado, como se ve en la pequeña infanta
María Teresa, de Velázquez; y dotadas de un aire que si indica la
floración de razas crepusculares, impone su orgullo gentilicio y su
antigüedad heráldica. En el pueblo se encuentra conservado mucho
del antiguo donaire. La chula ostenta su ritmo natural, sus
impagables gestos; y va a los toros y a las fiestas con legítimas
prendas que alegran los ojos y marcan el color local tan deseado por
los viajeros que buscan arte y novedad. En la Ópera, la sala es igual
a todas las salas de capitales modernas; el patrón cosmopolita
impuesto por la elegancia francesa vence e iguala. Apenas los
rostros, la llama de los ojos, un movimiento atávico, denuncian la
sangre maternal, la originalidad patria.
El alemán Hans Parlow recientemente y todos los turistas y
observadores que visitan a España, notan que en estos últimos
tiempos la sociedad española, el alto mundo madrileño, se divierte
poco. No se vaya a creer que las damas vivan en una existencia
lúgubre—algo como en las páginas de madame Anloroy—dadas a la
soledad y al aislamiento, en contacto tan solamente con frailes y
monjas, y en plegarias y rezos, bajo una atmósfera de tiempos de
Felipe II. Ciertamente, las grandes familias actuales dan pocas
recepciones, raras fiestas; no hay en la Corte un ambiente como el
de comienzos de siglo o bajo Isabel II; y la mayor parte de los
bailes, banquetes y reuniones, son ofrecidos por el Cuerpo
diplomático. Por cierto que se distingue el ministro argentino doctor
Quesada en reunir de cuando en cuando en la Legación los más
bellos palmitos titulados. Mas la mujer española gusta de divertirse;
va a París, va a Londres, o a Italia, y en la temporada del veraneo,
convierte en ciudades de alegría y de hechizo San Sebastián y
Biarritz. La Corte es un tanto triste porque sobre ella se extiende la
sombra de la Reina. Ese viejo palacio, enorme, sombrío y fastuoso
que asustó al fino pájaro de Francia que se llama Réjane, es en
verdad una vasta basílica de tristeza, que necesita, para no
contagiar con su embrujamiento, reinas risueñas como doña Isabel,
y reyes barbianes como Alfonso. La Regente, que guarda aún la
gravedad conventual de sus funciones religiosas de soltera, cuya
vida de casada no fué muy agradable en lo íntimo del hogar, y cuya
vida ha sido cercada de tantos cuidados, penalidades y desventuras,
no tiene ciertamente motivos para estar vestida de color de rosa. La
única que pone una nota jubilosa en la mansión real es la infanta
Isabel, la infanta popular, amiga de los artistas, un poco virago,
aficionada a cazar, a cabalgar, valiente sportman, generosa,
caritativa, melómana, muy madrileña, y cuyo sans gene le atrae por
todas partes, y sobre todo en el pueblo, innegables simpatías. La
infanta en sus departamentos de Palacio tiene un teatro en que hace
trabajar a los actores que son de su preferencia y amistad: y allí
mismo representan comedias, aficionados pertenecientes a la
aristocracia. A esas representaciones no asisten más que la Familia
Real y la servidumbre de Palacio. En algunas casas suelen señoritas
y caballeros hacer piececitas francesas, con toda corrección y
propiedad. Algo lejanos están los tiempos en que damas de lo más
encumbrado representaban en el palacio de la de Montijo La bella
Helena de Blasco.
No existen salones literarios, en el sentido francés del vocablo.
Doña Emilia Pardo-Bazán suele invitar a algunas tertulias en que
priva el elemento intelectual; y don Juan Valera ha tenido sus
sábados en que, fuera de las señoras de su familia y las hijas del
duque de Rivas, no han asistido más que hombres. La duquesa de
Denia de cuando en cuando invita a su mesa a señalado número de
artistas y hombres de letras; lo propio hace el barón del Castillo de
Chirel. Pero el barómetro de intelectualidad está marcando sus
grados reveladores; el poeta preferido de la aristocracia es Grilo. Hay
damas inteligentes y cultas que, como he dicho, viajan y se
instruyen; pero son perlas negras o rosas azules las que sobresalen.
La duquesa de Alba se interesa en trabajos de erudición e historia y
pone a la disposición de los estudiosos el inagotable archivo de su
casa; la duquesa de mandas es muy entendida en ciencias; las
duquesas de Medinaceli y de Benavente son aficionadas a las letras;
la condesa de Pino Hermoso y la marquesa de la Laguna imponen su
espiritualidad en los salones. La hija de esta última, Gloria, tiene
fama de agregar a la herencia de la gracia materna nuevas
pimientas y sales.
La clase media, acomodada o no, sigue los rumbos de la clase
alta. Basta la más ligera observación para comprender que se ha
adelantado mucho en instrucción primaria, desde la época no muy
distante en que una señorita apenas sabía leer y escribir. Me refiero,
es claro, a lo común, pues antes y después de don Oliva Sabuco de
Nantes y de Santa Teresa, ha habido notadas españolas que hayan
competido con los varones en disciplinas mentales. Las preciosas no
dejaron a su tiempo de aparecer en las cultilatiniparlas. Quevedo
aquí hizo su caricatura como en Francia Molière su charge. En este
siglo las literatas y poetisas han sido un ejército, a punto de que
cierto autor ha publicado un tomo con el catálogo de ellas—¡y no las
nombra a todas!—Entre todo el inútil y espeso follaje, los grandes
árboles se levantan: la Coronado, la Pardo-Bazán, Concepción
Arenal. Estas dos últimas, particularmente, cerebros viriles, honran a
su patria. En cuanto a la mayoría innumerable de Corinas cursis y
Safos de hojaldre, entran a formar parte de la abominable sisterhood
internacional a que tanto ha contribuído la Gran Bretaña con sus
miles de authoresses. Para ir hacia el palacio de la mantenida Eva
futura, las falta a éstas cambiar el pegaso por la bicicleta.
El señor Sanz y Escartín, catalán, en una notable obra que ha
agregado Alcán en París a su biblioteca filosófica, dice que antes que
las leyes son los sentimientos y las ideas, los que están llamados a
reformar las costumbres actuales españolas, que tantos males han
causado; y que lo primero es educar a la mujer. Esto me hace
pensar en idéntica idea que la de madame Necker de Saussure, y su
comparación de la voz femenina en los coros cantantes. No admite
discusión la eficacia del procedimiento, y venimos a parar que en
este punto hay algo de aquello «en que consiste la superioridad de
los anglo-sajones». No se trata de implantar en España el cultivo del
«tercer sexo»; ni el espíritu nativo, ni la tradición lo permitirían; pero
sí de abrir a la mujer fuentes de trabajo, que la libertasen de la
miseria y de los padecimientos actuales. Puede asegurarse que en
raros países del mundo se presenta el espantoso dato estadístico
siguiente: en España, 6.700.000 mujeres carecen de toda ocupación,
y 51.000 se dedican a la mendicidad. Fuera de las fábricas de
tabacos, costuras y modas y el servicio doméstico, en que tan
míseros sueldos se ganan, la mujer española no halla otro refugio. El
señor Alba, en un notabilísimo estudio que muchas veces he citado,
asegura que conoce algunos casos en que grandes industriales y
almacenistas de tejidos o de novedades, no han vacilado en dar a
sus hijas un puesto en el negociado de correspondencia, en el de
contabilidad y en la alta dirección de la sección de confecciones para
señoras y niños. Estas empleadas, dice, tienen un sueldo asignado
en la casa, con arreglo al cual visten, gastan en diversiones y
caprichos y hasta abonan al fondo de familia una cantidad por su
manutención. Acostumbradas así a vivir por cuenta propia, no se
parecen en nada al resto de nuestras pobres mujeres, siempre
dependientes de la tacañería o la prodigalidad ajenas. Sobre todo,
en la vida íntima de las familias a que aludo, no existen las
preocupaciones que crea el temor al porvenir y, por ello, el afán de
un necesario casamiento de las hembras. Es este un buen ejemplo
que ojalá se propagase en la burguesía de este país, aunque ello
choque un poco con las costumbres arraigadas y sea bastante
yanqui. Eso quitaría la obsesión del novio rico en unas y en otras la
de «un príncipe italiano por lo menos», de que habla Campoamor. La
ociosidad y la miseria, en la clase media y en la baja, son un
admirable combustible para la prostitución. En París ya en 1847
había tres mil profesores de música, mujeres, profesoras de idiomas
y aun de historia. La Soborna había establecido un curso femenino,
con grados y diplomas. Hoy, ¿hasta dónde no se ha llegado? En
cuanto a los Estados Unidos, desde 1870 a la fecha, las arquitectas
han subido de 1 a 53; las pintoras y escultoras de 412 a 15.340; las
escritoras, de 159 a 3.174; las dentistas, de 24 a 417; las ingenieras,
de 0 a 201; las periodistas, de 35 a 1.536; las músicas, de 5.753 a
47.300; las empleadas públicas, de 414 a 6.712; las médicas y
cirujanas, de 527 a 6.882; las contables, de 0 a 43.071; las copistas
—a mano y máquina—y secretarias, de 8.016 a 92.834; las
taquígrafas y tipógrafas, de 7 a 58.633. Y esto sin contar las
actrices, que de 692 han llegado a 2.862; las clergy-ladies, de 67 a
1.522, y las directoras de teatro, de 100 a 943. Aquí, con la escasez
de trabajo y con las preocupaciones existentes, ¿qué hace una joven
que no tiene fortuna? Además de los trabajos que he señalado, no la
queda otro recurso que los coros del teatro, que ya se sabe para
dónde van; los puestos de horchateras y camareras de café,
limitados y peligrosos para la galería, pues para ejercerlos hay que
ser guapa; y el baile nacional, para el país, o para la exportación. Y
las Oteros son escasísimas. De aquí que un francés, en viendo a una
española, sólo piense en el petit air de guitare, ollé. ¡Las que quieren
ser honradas y trabajar, encuentran costura, por ejemplo, se
destrozan los pulmones, y por todo el día de labor sacan una pobre
peseta! Hay quienes lo soportan todo y, o se echan un novio
también pobre, y se van a vivir una vida de privaciones, o mueren
sacrificando vida y belleza. En la galantería tampoco pueden
encontrar un paraíso... La vida galante es aquí poco productiva, para
las tristes máquinas del amor. La cocotte no se encuentra aquí como
en París o Londres. La mayoría de infelices caídas va a parar a
horribles establecimientos. Como la gracia y la belleza abundan en el
pueblo, es esta una de las capitales en que el amor fácil tiene mayor
número de lamentables víctimas. Aun cruzan por las callejas
tortuosas las viejas dueñas. Y la mujer española, entre las mil y tres,
es la preferida de don Juan.
CERTÁMENES Y EXPOSICIONES

7 de abril de 1900.

n estos días cuatro exposiciones: la del Salón Amaré, la de


carteles de El Liberal, la del concurso del Blanco y Negro y
la de fotografías de La Ilustración Española y Americana.
Antes de que la Casa Amaré inaugurase su salón, la capital de
España no contaba con un local en que se expusiesen, con fines
comerciales, las obras de los buenos artistas. En uno que otro punto
solía verse, en promiscuidad inaudita, la obra de firmas notables y la
amontonada bazofia oleosa que riega en incontenido flujo un
ejército de cocineros del caballete. Barcelona tenía su Salón Parés,
en donde suele encontrarse bastante bueno. Madrid ofrece ya al
comprador un centro aceptable; los señores Amaré han querido
hacer algo como Le Barc Bouteville o Durand-Ruel, y por ello deben
estarles agradecidos los artistas peninsulares. He visitado la casa.—
Antes del salón en que se exhiben los cuadros, he visto la sección de
muebles. No he encontrado nada de particular. Inglaterra, Alemania,
Francia han tenido en estos últimos años un gran desarrollo en sus
artes aplicadas a la industria. Holgaría aquí toda comparación con
esos países.—Pero, aún Italia, cuenta con artistas que en la
fabricación del mueble sostienen un carácter propio, exteriorizan una
inventiva individual dentro de la tradición nacional: quiero nombrar,
por ejemplo, a Bugatti y a Eugenio Quarti. En la Casa Amaré no hay
una sola nota nueva a este respecto.—Todo es bonito; y es decir
esto, que el público queda encantado. Todo bien elaborado; más
inútil buscar nada de creación. Vi en los diarios que cierto inglés
había comprado en una regular cantidad un juego de dormitorio,
para llevarlo a Londres. Me mostraron el célebre juego—más o
menos modern style!—Y pensé: el caso es muy inglés: ¡Este sí que
importa naranjas al Paraguay!
La sala es pequeña, suficiente para el mercado; tiene muy buena
luz y está elegantemente puesta. Háse inaugurado con excelentes
firmas. Al entrar, halaga la vista un cuadrito de Cecilio Plá, La araña:
una mujer, por cierto encantadora de coquetería, sentada, y en
actitud de atraer la mosca masculina; la figura es preciosa y de
mucha gracia de factura; podría achacársele el ser muy «efecto de
salón», muy «cubierta de Figaro illustré»; ¿pero qué le puede
importar eso al señor Plá, cuya principal admiradora es en la Corte la
infanta doña Isabel?...
El señor Alcalá Galiano, creo que pariente de don Juan Valera, e
ilustrador de una reciente edición de Juanita la larga, expone una
pequeña tela, castigo de las pupilas, de una violencia de tintes que
no superarían todos los cromos del poeta andaluz Salvador Rueda.
Son unos gitanos en viaje, bajo el más fuerte de los soles; quizá sea
el cuadro espejo de la realidad; mas suponiendo que los gitanos se
vistiesen con el alma de las cochinillas, el jugo de las esmeraldas y el
espíritu esencial de los ocres, no llegarían jamás, me parece, a la
realización de esta escena bañada de una luz indecorosa y embijada
de colores insultantes.
Cuatro Benlliures exponen: don Blas, don José, don Juan Antonio
y don Mariano. Me parecen todos de condiciones plausibles, pero me
detengo en un cuadro de don Blas. Reproduce un interior de iglesia,
el de la Basílica de San Francisco de Asís. El pintor ha logrado, ante
todo, imponer la serenidad mística del recinto; ha tratado los planos
de admirable manera, y ha obtenido la sensación del ambiente. Se
revela al propio tiempo que entendido detallista, hábil imaginador de
sus tubos, en su justo y discreto colorido, y esto es ya bastante en
un medio artístico en que el virtuosismo impera en toda su potencia.
Digno de nota es también el trabajo de don José, Pobres de San
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