LA ESPERA
A lo lejos se oían los gritos preocupantes que en mi imaginación eran torturas
propias de monstruos. En las hileras de asientos que se tornaban infinitas se
divisaban gigantes cargando criaturas minúsculas semejantes a mí. Los podía
ver entreteniéndose rusticamente con sus manos.
Me dolía cada extremidad y sabía que alguna peste había sucumbido mis
fuerzas y mi típica alegría. No sabía si ese lugar al que había arribado era seguro
o si era un matadero; pero estaba en una desesperada búsqueda por un remedio
infalible y nada me detendría: no me quedaría a la deriva. Debía resistir.
Este estado enfermizo me consumía desde hace días. Las únicas personas que
he logrado reconocer me habían cuidado muy bien y habían tratado de
mantenerme integro; no obstante, no pudieron erradicar mi malestar y tuvieron
que traerme aquí.
Los gigantes que se ocupaban de mí eran más aburridos que los que estaban
sentados, expectantes de ser conducidos a la masacre de sus niños. Mis amargos
tutores me imploraban continuamente que callara; me impedían abroncar
ahogados alaridos de auxilio. Las maleducadas criaturas que jugueteaban no me
dirigieron ni la mirada; duro se sentía; áspero era mi sentido de sociabilidad. La
soledad dedicada por los mocosos y el sentimiento agrio hacia mí de los
gigantes se tornaban en la cereza del pastel de mi sufrimiento.
Pensé en distraerme observando más que atentamente la sala de espera.
Además de los asientos y las irritables personas, había una pantallita que
mostraba números rojos y una ventana que daba hacia el crepúsculo. El sol se
hallaba en lo más alto cuando llegué y ahora le otorgaba al piso sucio y frío de
cemento rudo un color dorado que deleitaba mi iris. ¿Cuánto tiempo había
pasado? Pues, supongo, suficiente para hastiarme. Y eso que no me aburro tan
sencillamente como la mayoría de mi edad.
Me había regojizado suficiente, sin embargo mi malestar que se agravaba y mi
condenada espera no me permitían hacer mucho más. Aún escuchaba gritos
desde la pieza de al lado. Durante este tiempo, había relacionado los números de
la pantalla con la entrada y salida de los niños de la temible sala de tortura. Era
una masacre organizada. Lo más impactante era el cambio de ánimo de los
pequeños al entrar felices y enfermos y salir entre sollozos y una lista ilustrada
con símbolos desconocidos.
De repente en la sala solo quedamos mis familiares y yo. Una señora de bata
blanca pulcra aunque siniestra cargando artilugios médicos de tortura o
hechicería, se asomó por un pequeño pasillo y nos hizo la seña para avanzar
hacia el consultorio.