Biografía de Rubén Darío: Poeta Modernista
Biografía de Rubén Darío: Poeta Modernista
Nació el 18 de enero de 1867 en San Pedro de Metapa, hoy Ciudad Darío, Matagalpa, Nicaragua. Primer hijo de
Manuel García y Rosa Sarmiento. Fue criado por su abuela tras la separación de sus padres. A los 14 años se
trasladó a Managua donde trabajó como secretario en la Biblioteca Nacional. Por entonces ya es reconocido
llamándole el “poeta-niño”. Se hospeda en casa del doctor Modesto Barrios, quien le acompañó a fiestas y
tertulias literarias.
Con apenas 19 años de edad, en el año 1886, viaja a Santiago de Chile, donde publicó su primer gran título: Azul
(1888), libro que llamó la atención de la crítica. De regresó a Managua contrajo matrimonio con Rafaela
Contreras Cañas el 21 de junio de 1890; quince meses después nació su primer hijo, y en 1893, falleció su
esposa durante una operación quirúrgica. El 8 de marzo de 1893, se casa a la fuerza con Rosario Emelina.
Mientras el poeta reside en Buenos Aires ejerciendo el consulado de Colombia, nació su hijo Darío Darío, quien
murió de tétanos.
En el año 1892 viajó a España como representante del Gobierno nicaragüense para asistir a los actos de
celebración del IV Centenario del descubrimiento de América. Residió en Buenos Aires, donde trabajó para el
diario La Nación. En 1898 regresa a España como corresponsal y alterna su residencia entre París y Madrid,
donde en 1900, conoce a Francisca Sánchez, con la que se casó por lo civil y tuvo cuatro hijos, de los cuales
sólo uno sobrevivirá, Rubén Darío Sánchez, "Guincho". Con ella convivió hasta casi el final de sus días.
Convertido en poeta de éxito en Europa y América, es nombrado representante diplomático de Nicaragua en
Madrid en 1907.
Sus primeros poemas son una mezcla de tradicionalismo y romanticismo; Abrojos (1887) y Canto épico a las
glorias de Chile (1888). Este mismo año publica Azul (1888, revisado en 1890), dividido en cuatro partes:
'Primaveral', 'Estival', 'Autumnal' e 'Invernal'. A este libro debe que sea considerado como el creador del
modernismo; escritores como Ramón María del Valle-Inclán, Antonio Machado, Leopoldo Lugones o Julio
Herrera y Reissig le reconocieron como el creador e instaurador de una nueva época en la poesía en lengua
española. En Prosas profanas (1896 y 1901), obra simbolista, desarrolla de nuevo el tema del amor.
Formalmente creó una poesía elevada y refinada con muchos elementos decorativos y resonancias musicales;
Cantos de vida y esperanza (1905) es el mejor ejemplo de ello. El canto errante (1907), es su libro,
conceptualmente, más universal. En 1913 cae en un profundo misticismo y se retira a la isla de Mallorca. Allí
empieza a escribir una novela La isla de oro -que nunca llegó a concluir- en la que analiza el desastre hacia el
que está caminando Europa. También compone Canto a Argentina y otros poemas (1914), un libro dedicado a
este país en el año de la celebración de su centenario en que quiso seguir el modelo del Canto a mí mismo de
Walt Whitman.
En 1915 publica La vida de Rubén Darío, año en que regresó a América. Enfermo en la capital de Guatemala,
llegó Rosario para acompañarlo a su país, donde se dice que le atendió desde el 4 de julio de 1915, al 6 de
febrero de 1916, fecha en la que falleció en Managua.
OBRAS
POESÍA
Abrojos 1887 Rimas 1887
Azul.... 1888 Canto épico a las glorias de Chile 1887
Primeras notas 1888 Prosas profanas y otros poemas 1896
Cantos de vida y esperanza. Los cisnes y otros poemas 1905 Oda a Mitre 1906
El canto errante 1907 Poema del otoño y otros poemas 1910
Canto a la Argentina y otros poemas 1914 Lira póstuma 1919
PROSA
Los raros 1906 España contemporánea 1901
Peregrinaciones 1901 La caravana pasa 1902
Tierras solares 1904 Opiniones 1906
El viaje a Nicaragua e Intermezzo tropical 1909 Letras 1911
Todo al vuelo 1912 La vida de Rubén Darío escrita por él mismo 1913
La isla de oro 1915 (novela inconclusa) Historia de mis libros 1916
Prosa dispersa 1919
EL REY BURGUÉS (Rubén Darío)
¡Amigo! El cielo está opaco, el aire frío, el día triste. Un cuento alegre... así como para distraer las brumosas y grises
melancolías, helo aquí:
Había en una ciudad inmensa y brillante un rey muy poderoso, que tenía trajes caprichosos y ricos, esclavas desnudas,
blancas y negras, caballos de largas crines, armas flamantísimas, galgos rápidos, y monteros con cuernos de bronce que
llenaban el viento con sus fanfarrias. ¿Era un rey poeta? No, amigo mío: era el Rey Burgués.
Era muy aficionado a las artes el soberano, y favorecía con gran largueza a sus músicos, a sus hacedores de ditirambos,
pintores, escultores, boticarios, barberos y maestros de esgrima.
Cuando iba a la floresta, junto al corzo o jabalí herido y sangriento, hacía improvisar a sus profesores de retórica, canciones
alusivas; los criados llenaban las copas del vino de oro que hierve, y las mujeres batían palmas con movimientos rítmicos y
gallardos. Era un rey sol, en su Babilonia llena de músicas, de carcajadas y de ruido de festín. Cuando se hastiaba de la
ciudad bullente, iba de caza atronando el bosque con sus tropeles; y hacía salir de sus nidos a las aves asustadas, y el
vocerío repercutía en lo más escondido de las cavernas. Los perros de patas elásticas iban rompiendo la maleza en la
carrera, y los cazadores inclinados sobre el pescuezo de los caballos, hacían ondear los mantos purpúreos y llevaban las
caras encendidas y las cabelleras al viento.
El rey tenía un palacio soberbio donde había acumulado riquezas y objetos de arte maravillosos. Llegaba a él por entre
grupos de lilas y extensos estanques, siendo saludado por los cisnes de cuellos blancos, antes que por los lacayos estirados.
Buen gusto. Subía por una escalera llena de columnas de alabastro y de esmaragdina, que tenía a los lados leones de
mármol como los de los tronos salomónicos. Refinamiento. A más de los cisnes, tenía una vasta pajarera, como amante de
la armonía, del arrullo, del trino; y cerca de ella iba a ensanchar su espíritu, leyendo novelas de M. Ohnet, o bellos libros
sobre cuestiones gramaticales, o críticas hermosillescas. Eso sí: defensor acérrimo de la corrección académica en letras, y
del modo lamido en artes; ¡alma sublime amante de la lija y de la ortografía!
¡Japonerías!¡Chinerías! Por moda y nada más. Bien podía darse el placer de un salón digno del gusto de un Goncourt y de
los millones de un Creso: quimeras de bronce con las fauces abiertas y las colas enroscadas, en grupos fantásticos y
maravillosos; lacas de Kioto con incrustaciones de hojas y ramas de una flora monstruosa, y animales de una fauna
desconocida; mariposas de raros abanicos junto a las paredes; peces y gallos de colores; máscaras de gestos infernales y
con ojos como si fuesen vivos; partesanas de hojas antiquísimas y empuñaduras con dragones devorando flores de loto; y
en conchas de huevo, túnicas de seda amarilla, como tejidas con hilos de araña, sembradas de garzas rojas y de verdes
matas de arroz; y tibores, porcelanas de muchos siglos, de aquellas en que hay guerreros tártaros con una piel que les cubre
hasta los riñones, y que llevan arcos estirados y manojos de flechas.
Por lo demás, había el salón griego, lleno de mármoles: diosas, musas, ninfas y sátiros; el salón de los tiempos galantes, con
cuadros del gran Watteau y de Chardin; dos, tres, cuatro, ¿cuántos salones?
Y Mecenas se paseaba por todos, con la cara inundada de cierta majestad, el vientre feliz y la corona en la cabeza, como un
rey de naipe.
Un día le llevaron una rara especie de hombre ante su trono, donde se hallaba rodeado de cortesanos, de retóricos y de
maestros de equitación y de baile.
-¿Qué es eso? -preguntó.
-Señor, es un poeta.
El rey tenía cisnes en el estanque, canarios, gorriones, censotes en la pajarera: un poeta era algo nuevo y extraño.
-Dejadle aquí.
Y el poeta:
-Señor, no he comido.
Y el rey:
-Habla y comerás.
Comenzó:
-Señor, ha tiempo que yo canto el verbo del porvenir. He tendido mis alas al huracán; he nacido en el tiempo de la aurora;
busco la raza escogida que debe esperar con el himno en la boca y la lira en la mano, la salida del gran sol. He abandonado
la inspiración de la ciudad malsana, la alcoba llena de perfumes, la musa de carne que llena el alma de pequeñez y el rostro
de polvos de arroz. He roto el arpa adulona de las cuerdas débiles, contra las copas de Bohemia y las jarras donde espumea
el vino que embriaga sin dar fortaleza; he arrojado el manto que me hacía parecer histrión, o mujer, y he vestido de modo
salvaje y espléndido: mi harapo es de púrpura. He ido a la selva, donde he quedado vigoroso y ahíto de leche fecunda y licor
de nueva vida; y en la ribera del mar áspero, sacudiendo la cabeza bajo la fuerte y negra tempestad, como un ángel
soberbio, o como un semidiós olímpico, he ensayado el yambo dando al olvido el madrigal.
He acariciado a la gran naturaleza, y he buscado al calor del ideal, el verso que está en el astro en el fondo del cielo, y el que
está en la perla en lo profundo del océano. ¡He querido ser pujante! Porque viene el tiempo de las grandes revoluciones,
con un Mesías todo luz, todo agitación y potencia, y es preciso recibir su espíritu con el poema que sea arco triunfal, de
estrofas de acero, de estrofas de oro, de estrofas de amor.
¡Señor, el arte no está en los fríos envoltorios de mármol, ni en los cuadros lamidos, ni en el excelente señor Ohnet! ¡Señor!
El arte no viste pantalones, ni habla en burgués, ni pone los puntos en todas las íes. Él es augusto, tiene mantos de oro o de
llamas, o anda desnudo, y amasa la greda con fiebre, y pinta con luz, y es opulento, y da golpes de ala como las águilas, o
zarpazos como los leones. Señor, entre un Apolo y un ganso, preferid el Apolo, aunque el uno sea de tierra cocida y el otro
de marfil.
¡Oh, la Poesía!
¡Y bien! Los ritmos se prostituyen, se cantan los lunares de las mujeres, y se fabrican jarabes poéticos. Además, señor, el
zapatero critica mis endecasílabos, y el señor profesor de farmacia pone puntos y comas a mi inspiración. Señor, ¡y vos lo
autorizáis todo esto!... El ideal, el ideal...
El rey interrumpió:
-Ya habéis oído. ¿Qué hacer?
Y un filósofo al uso:
-Si lo permitís, señor, puede ganarse la comida con una caja de música; podemos colocarle en el jardín, cerca de los cisnes,
para cuando os paseéis.
-Sí, -dijo el rey,- y dirigiéndose al poeta:
-Daréis vueltas a un manubrio. Cerraréis la boca. Haréis sonar una caja de música que toca valses, cuadrillas y galopas, como
no prefiráis moriros de hambre. Pieza de música por pedazo de pan. Nada de jerigonzas, ni de ideales. Id.
Y desde aquel día pudo verse a la orilla del estanque de los cisnes, al poeta hambriento que daba vueltas al manubrio:
tiririrín, tiririrín... ¡avergonzado a las miradas del gran sol! ¿Pasaba el rey por las cercanías? ¡Tiririrín, tiririrín...! ¿Había que
llenar el estómago? ¡Tiririrín! Todo entre las burlas de los pájaros libres, que llegaban a beber rocío en las lilas floridas;
entre el zumbido de las abejas, que le picaban el rostro y le llenaban los ojos de lágrimas, ¡tiririrín...! ¡lágrimas amargas que
rodaban por sus mejillas y que caían a la tierra negra!
Y llegó el invierno, y el pobre sintió frío en el cuerpo y en el alma. Y su cerebro estaba como petrificado, y los grandes
himnos estaban en el olvido, y el poeta de la montaña coronada de águilas, no era sino un pobre diablo que daba vueltas al
manubrio, tiririrín.
Y cuando cayó la nieve se olvidaron de él, el rey y sus vasallos; a los pájaros se les abrigó, y a él se le dejó al aire glacial que
le mordía las carnes y le azotaba el rostro, ¡tiririrín!
Y una noche en que caía de lo alto la lluvia blanca de plumillas cristalizadas, en el palacio había festín, y la luz de las arañas
reía alegre sobre los mármoles, sobre el oro y sobre las túnicas de los mandarines de las viejas porcelanas. Y se aplaudían
hasta la locura los brindis del señor profesor de retórica, cuajados de dáctilos, de anapestos y de pirriquios, mientras en las
copas cristalinas hervía el champaña con su burbujeo luminoso y fugaz. ¡Noche de invierno, noche de fiesta! Y el infeliz
cubierto de nieve, cerca del estanque, daba vueltas al manubrio para calentarse ¡tiririrín, tiririrín! tembloroso y aterido,
insultado por el cierzo, bajo la blancura implacable y helada, en la noche sombría, haciendo resonar entre los árboles sin
hojas la música loca de las galopas y cuadrillas; y se quedó muerto, tiririrín... pensando en que nacería el sol del día
venidero, y con él el ideal, tiririrín..., y en que el arte no vestiría pantalones sino manto de llamas, o de oro... Hasta que al
día siguiente, lo hallaron el rey y sus cortesanos, al pobre diablo de poeta, como gorrión que mata el hielo, con una sonrisa
amarga en los labios, y todavía con la mano en el manubrio.
¡Oh, mi amigo! el cielo está opaco, el aire frío, el día triste. Flotan brumosas y grises melancolías...
Pero ¡cuánto calienta el alma una frase, un apretón de manos a tiempo! ¡Hasta la vista!
Abrojos 1887
Rimas 1887
Azul.... 1888
Canto épico a las glorias de Chile 1887
Primeras notas 1888
Prosas profanas y otros poemas 1896
Cantos de vida y esperanza. Los cisnes y otros poemas 1905
Oda a Mitre 1906
El canto errante 1907
Poema del otoño y otros poemas 1910
Canto a la Argentina y otros poemas 1914
Lira póstuma 1919
Prosa
En el mundo de los animales vivía una liebre muy orgullosa y vanidosa, que no cesaba de pregonar que
ella era la más veloz y se burlaba de ello ante la lentitud de la tortuga.
- ¡Eh, tortuga, no corras tanto que nunca vas a llegar a tu meta! Decía la liebre riéndose de la tortuga.
- Sí, sí, a ti, dijo la tortuga. Pongamos nuestras apuestas y veamos quién gana la carrera.
Así que todos los animales se reunieron para presenciar la carrera. El búho señaló los puntos de partida
y de llegada, y sin más preámbulos comenzó la carrera en medio de la incredulidad de los asistentes.
Astuta y muy confiada en si misma, la liebre dejó coger ventaja a la tortuga y se quedó haciendo burla
de ella. Luego, empezó a correr velozmente y sobrepasó a la tortuga que caminaba despacio, pero sin
parar. Sólo se detuvo a mitad del camino ante un prado verde y frondoso, donde se dispuso a
descansar antes de concluir la carrera. Allí se quedó dormida, mientras la tortuga siguió caminando,
paso tras paso, lentamente, pero sin detenerse.
Cuando la liebre se despertó, vio con pavor que la tortuga se encontraba a una corta distancia de la
meta. En un sobresalto, salió corriendo con todas sus fuerzas, pero ya era muy tarde: ¡la tortuga había
alcanzado la meta y ganado la carrera!
Ese día la liebre aprendió, en medio de una gran humillación, que no hay que burlarse jamás de los
demás. También aprendió que el exceso de confianza es un obstáculo para alcanzar nuestros objetivos.
Y que nadie, absolutamente nadie, es mejor que nadie
Esta fábula enseña a los niños que no hay que burlarse jamás de los demás y que el exceso de
confianza puede ser un obstáculo para alcanzar nuestros objetivos.
Si conoces alguna otra fábula para niños y quieres compartirla con nosotros y los demás padres,
estaremos encantados de recibirla.
EL FARDO
en AZUL...
por Rubén Darío
Allá lejos, en la línea como trazada con un lápiz azul, que separa las aguas y los cielos, se iba
hundiendo el sol, con sus polvos de oro y sus torbellinos de chispas purpuradas, como un gran disco de
hierro candente. Ya el muelle fiscal iba quedando en quietud; los guardas pasaban de un punto a otro,
las gorras metidas hasta las cejas dando aquí y allá sus vistazos. Inmóvil el enorme brazo de los
pescantes, los jornaleros se encaminaban a las casas. El agua murmuraba debajo del muelle, y el
húmedo viento salado que sopla de mar afuera a la hora en que la noche sube, mantenía las lanchas
cercanas en un continuo cabeceo.
Todos los lancheros se habían ido ya; solamente el viejo tío Lucas, que por la mañana se estropeara un
pie al subir una barrica a un carretón, y que, aunque cojín cojeando, había trabajado todo el día, estaba
sentado en una piedra, y, con la pipa en la boca, veía triste el mar.
Y empezó la charla, esa charla agradable y suelta que me place entabler con los bravos hombres
toscos que viven la vida del trabajo fortificante, la que da la buena salud y la fuerza del músculo, y se
nutre con el grano del poroto y la sangre hirviente de la viña.
Yo veía con cariño a aquel rudo viejo, y le oía con interés sus relaciones, así, todas cortadas, todas
como de hombre basto, pero de pecho ingenuo. ¡Ah, conque fue militar! ¡Conque de mozo fue soldado
de Bulnes! ¡Conque todavía tuvo resistencias para ir con su rifle hasta Miraflores! Y es casad, y tuvo un
hijo, y...
Aquellos ojos, chicos y relumbrantes bajo las cejas grises peludas, se humedecieron entonces:
-¿Que cómo se me murió? En el oficio, por darnos de comer a todos; a mi mujer, a los chiquitos y a mí,
patrón, que entonces me hallaba enfermo.
Y todo me lo refirió, al comenzar aquella noche, mientras las olas se cubrían de brumas y la ciudad
encendía sus luces; él en la piedra que le servía de asiento, después de apagar su negra pipa y de
colocársela en la oreja y de estirar y cruzar sus piernas flacas y musculosas, cubiertas por los sucios
pantalones arremangados hasta el tobillo.
El muchacho era muy honrado y muy de trabajo. Se quiso ponerlo a la escuela desde grandecito; pero
los miserables no deben aprender a leer cuando se llora de hambre en el cuartucho.
Su mujer llevaba la maldición del vientre de las pobres: la fecundidad. Había, pues, mucha boca abierta
que pedía pan, mucho chico sucio que se revolcaba en la basura, mucho cuerpo magro que temblaba
de frío; era preciso ir a llevar que comer, a buscar harapos, y, para eso, quedar sin alientos y trabajar
como un buey. Cuando el hijo creció, ayudó al padre. Un vecino, el herrero, quiso enseñarle su
industria; pero como entonces era tan débil, casi un armazón de huesos, y en el fuelle tenía que echar
el bofe, se puso enfermo, y volvió al conventillo. ¡Ah, estuvo muy enfermo! Pero no murió. ¡No murió! Y
eso que vivían en uno de esos hacinamientos humanos, entre cuatro paredes destartaladas, viejas,
feas, en la callejuela inmunda de las mujeres perdidas, hedionda a todas horas, alumbrada de noche
por escasos faroles, y donde resuenan en perpetua llamada a las zambras de echacorvería, las arpas y
los acordeones, y el ruido de los marineros que llegan al burdel, desesperados con la castidad de las
largas travesías, a emborracharse como cubas y a gritar y patalear como condenados. ¡Sí!, entre la
podredumbre, al estrépito de las fiestas tunantescas, el chico vivió y pronto estuvo sano y en pie.
El tío Lucas había logrado, tras mil privaciones, comprar una canoa. Se hizo pescador.
Al venir el alba, iba con su mocetón al agua, llevando los enseres de la pesca. El uno remaba, el otro
ponía en los anzuelos la carnada. Volvían a la costa con buena esperanza de vender lo hallado, entre la
brisa fría y las opacidades de la neblina, cantando en baja voz alguna triste canción, y enhiesto el remo
triunfante que chorreaba espuma.
Una de invierno había temporal. Padre e hijo, en la pequeña embarcación, sufrían en el mar la locura de
la ola y del viento. Difícil era llegar a tierra. Pesca y todo se fue al agua, y pensó en librar el pellejo.
Luchaban como desesperados por ganar la playa. Cerca de ella estaban; pero una racha maldita les
empujó contra una roca, y la canoa se hizo astillas. Ellos salieron sólo magullados, ¡gracias a Dios!,
como decía el tío Lucas al narrarlo. Después, ya son ambos lancheros.
¡Sí!, lancheros; sobre las grandes embarcaciones chatas y negras; colgándose de la cadena que
rechina pendiente como una sierpe de hierro del macizo pescante que semeja una horca; remando de
pie y a compás; yendo con la lancha del muelle al vapor y del vapor al muelle; gritando: ¡hiiooeep!,
cuando se empujaban los pesados bultos para engancharlos en la uña potente que los levanta
balanceándolos como un péndulo; ¡sí, lancheros!, el viejo y el muchacho, el padre y el hijo; ambos a
horcajadas sobre un cajón, ambos forcejeando, ambos ganando su jornal, para ellos y para sus
queridas sanguijuelas del conventillo.
Íbanse todos los días al trabajo, vestidos de viejo, fajadas las cinturas con sendas bandas coloradas, y
haciendo sonar a una sus zapatos groseros y pesados que se quitaban, al comenzar la tarea, tirándolos
en un rincón de la lancha. Empezaba el trajín, el cargar y el descargar. El padre era cuidadoso: -
¡Muchacho, que te rompes la cabeza! ¡Que te coge la mano el chicote! ¡Qué vas a perder una canilla! Y
enseñaba, adiestraba, dirigía al hijo, con su modo, con sus bruscas palabras de roto viejo y de padre
encariñado.
Hasta que un día el tío Lucas no pudo moverse de la cama, porque el reumatismo le hinchaba las
coyunturas y le taladraba los huesos.
Era un bello día de luz clara, de sol de oro. En el muelle rodaban los carros sobre sus rieles, crujían las
poleas, chocaban las cadenas. Era la gran confusión del trabajo que da vértigo, el son del hierro;
tranqueteos por doquiera; y el viento pasando por el bosque de árboles y jarcias de los navíos en grupo.
Debajo de uno de los pescantes del muelle estaba el hijo del tío Lucas con otros lancheros,
descargando a toda prisa. Había que vaciar la lancha repleta de fardos. De tiempo en tiempo bajaba la
larga cadena que remata en un garfío, sonando como una matraca al correr con la roldana; los mozos
amarraban los bultos con una cuerda doblada en dos, los enganchaban en el garfio, y entonces éstos
subían a la manera de un pez en un anzuelo, o del plomo de una sonda, ya quietos, ya agitándose de
un lado a otro, como un badajo, en el vacío.
Era algo como todos los prosaísmos de la importación envueltos en lona y fajados con correas de
hierro. Sobre sus costados, en medio de líneas y de triángulos negros, había letras que miraban como
ojos. Letras "en diamante", decía el tío Lucas. Sus cintas de hierro estaban apretadas con clavos
cabezudos y ásperos; y en las entrañas tendría el monstruo, cuando menos, limones y percalas.
Sólo él faltaba.
-¡Se va el bruto!- dijo uno de los lancheros.
-¡El barrigón!- agregó otro.
Y el hijo del tío Lucas, que estaba ansioso de acabar pronto, se alistaba para ir a cobrar y a
desayunarse, anudándose un pañuelo de cuadros al pescuezo.
Bajó la cadena danzando en el aire. Se amarró un gran lazo al fardo, se probó si estaba bien seguro, y
se gritó ¡Iza!, mientras la cadena tiraba de la masa chirriando y levantándola en vilo.
Los lancheros, de pie, miraban subir el enorme peso, y se preparaban para ir a tierra, cuando se vio una
cosa horrible. El fardo, el grueso fardo, se zafó del lazo como de un collar holgado saca un perro la
cabeza; y cayó sobre el hijo del tío Lucas, que entre el filo de la lancha y el gran bulto, quedó con los
riñones rotos, el espinazo desencajado y echando sangre negra por la boca.
Aquel día, no hubo pan ni medicinas en casa del tío Lucas, sino el muchacho destrozado al que se
abrazaba llorando el reumático, entre la gritería de la mujer y de los chicos, cuando llevaban el cadáver
a Playa Ancha.
Me despedí del viejo lanchero, y a pasos elásticos dejé el muelle, tomando el camino de la casa, y
haciendo filosofía con toda la cachaza de un poeta, en tanto que una brisa glacial que venía de mar
afuera pellizcaba tenazmente las narices y las orejas.
LA MUERTE DE LA EMPREATRIZ DE LA CHINA
en AZUL...
por Rubén Darío
Delicada y fina como una joya humana, vivía aquella muchachita de carne rosada, en la pequeña casa que tenía
un saloncito con los tapices de color azul desfalleciente. Era su estuche.
¿Quién era el dueño de aquel delicioso pájaro alegre, de ojos negros y boca roja? ¿Para quién cantaba su
canción divina, cuando la señorita Primavera mostraba en el triunfo del sol su bello rostro riente, y abría las flores
del campo, y alborotaba la nidada? Suzette se llamaba la avecita que había puesto en jaula de seda, peluches y
encajes, un soñador artista cazador, que la había cazado una mañana de mayo en que había mucha luz en el
aire y muchas rosas abiertas.
Recaredo -capricho paternal, él no tenía la culpa de llamarse Recaredo- se había casado hacía año y medio -
¿Me amas? -Te amo. ¿Y tú? -Con toda el alma. Hermoso el día dorado, después de lo del cura. Habían ido luego
al campo nuevo, a gozar libres del gozo del amor. Murmuraban allá en sus ventanas de hojas verdes, las
campanillas y las violetas silvestres que olían cerca del riachuelo, cuando pasaban los dos amantes el brazo de
él en la cintura de ella, el brazo de ella en la cintura de él, los rojos labios en flor dejando escapar los besos.
Después, fue la vuelta a la gran ciudad, al nido lleno de perfume, de juventud y de calor dichoso.
Era escultor. En la pequeña casa tenía su taller, con profusión de mármoles, yesos, bronces y terracotas. A
veces, los que pasaban oían a través de las rejas y persianas una voz que cantaba y un martilleo vibrante y
metálico. Suzette, Recaredo, la boca que emergía el cántico, y el polpe del cincel.
Luego el incesante idilio nupcial. En puntillas, llegar donde él trabajaba, e inundándole de cabellos la nuca,
besarle rápidamente. Quieto, quietecito, llegar donde ella duerme en su chaise longue, los piececitos calzados y
con medias negras, uno sobre otro, el libro abierto sobre el regazo, medio dormida; y allí el beso es en los labios,
beso que sorbe el aliento y hace que se abran los ojos inefablemente luminosos. Y a todo esto, las carcajadas
del mirlo, un mirlo enjaulado que cuando Suzette toca de Chopin, se pone triste y no canta. !Las carcajadas del
mirlo! No era poca cosa. -¿Me quieres? -¿No lo sabes? -¿Me amas? -¡Te adoro! Ya estaba el animalucho
echando toda la risa del pico. Se le sacaba de la jaula, revolaba por el saloncito azulado, se detenía en la cabeza
de un Apolo de yeso, o en la frámea de un viejo germano de bronce oscuro. Tiiiiiirit... rrrrrrich... fiii... ¡Vaya que a
veces era malcriado e insolente en su algarabía! Pero era lindo sobre la mano de Suzette, que le mimaba, le
apretaba el pico entre sus dientes hasta hacerlo desesperar, y le decía a veces con una voz severa que temblaba
de terneza: !Señor mirlo, es usted un picarón!
Cuando los dos amados estaban juntos, se arreglaban uno al otro el cabello. «Canta», decía él. Y ella cantaba
lentamente; y aunque no eran sino pobres muchachos enamorados, se veían hermosos, gloriosos y reales; él la
miraba como a una Elsa, y ella le miraba como a un Lohengrin. Porque el Amor, ¡oh jóvenes llenos de sangre y
de sueños!, pone un azul de cristal ante los ojos y da infinitas alegrías.
¡Cómo se amaban! Él la comtemplaba sobre las estrellas de Dios; su amor recorría toda la escala de la pasión, y
era ya contenido, ya tempestuoso en su querer, a veces casi místico. En ocasiones dijérase aquel artista un
teósofo que veía en la amada mujer algo supremo y extrahumano como la Ayesha de Ridder Hagard; la aspiraba
como una flor, le sonreía como a un astro y se sentía soberbiamente vencedor al estrechar contra su pecho
aquella adorable cabeza, que cuando estaba pensativa y quieta era comparable al perfil hierático de la medalla
de un emperatriz bizantina.
Recaredo amaba su arte. Tenía la pasión de la forma; hacía brotar del mármol gallardas diosas desnudas de ojos
blancos, serenos y sin pupilas; su taller estaba poblado de un pueblo de estatuas silenciosas, animales de metal,
gárgolas terroríficas, grifos de largas colas vegetales, creaciones góticas quizá inspiradas por el ocultismo. ¡Y,
sobre todo, la gran afición! Japonerías y chinerías. Recaredo era en esto un original.
No sé qué habría dado por hablar chino o japonés. Conocía los mejores álbumes; había leído buenos exotistas,
adoraba a Loti y a Judith Gautier, y hacía sacrificios por adquirir trabajos legítimos, de Yokohama, de Nagasaki,
de Kioto o de Nankín o Pekín: los cuchillos, las pipas, las máscaras feas y misteriosas como las caras de los
sueños hípnicos, los mandarinitos enanos con panzas de curbitáceos y ojos circunflejos, los monstruos de
grandes bocas de batracio, abiertas y dentadas, y diminutos soldados de Tartaria, con faces foscas.
-¡Oh -le decía Suzette-, aborrezco tu casa de brujo, ese terrible taller, arca extraña que te roba a mis caricias!
Él sonreía, dejaba su lugar de labor, su templo de raras chucherías y corría al pequeño salón azul, a ver y mimar
su gracioso dije vivo, y oír cantar y reír al loco mirlo jovial.
Aquella mañana cuando entró, vió que estaba su dulce Suzette, soñolienta y tendida, cerca de un tazón de rosas
que contenía un trípode. ¿Era la Bella durmiente del bosque? Medio dormida, el delicado cuerpo modelado bajo
una bata blanca, la cabellera castaña apelotonada sobre uno de los hombres, toda ella exhalando un suave olor
femenino, era como una deliciosa figura de los amables cuentos que empiezan: «Éste era un rey...»
La despertó:
-¡Suzette; mi bella!
Traía la cara alegre; le brillaban los ojos negros bajo su fez rojo de labor; llevaba una carta en la mano.
-Carta de Robert, Suzette. ¡El bribonazo está en China! «Hong Kong, 18 de enero...»-. Suzette, un tanto
amodorrada, se había sentado y le había quitado el papel. ¡Conque aquel andariego había llegado tan lejos!
«Hong Kong, 18 de enero...» Era gracioso. ¡Un excelente muchacho el tal Robert, con la manía de viajar!
Llegaría al fin del mundo. ¡Robert, un grande amigo! Se veían como de la familia. Había partido hacía dos años
para San Francisco de California. ¡Habríase visto loco igual!
Comenzó a leer.
»En San Francisco supe vuestro matrimonio y me alegré. Di un salto y caí en la China. He venido como agente
de una casa californiana, importadora de sedas, lacas, marfiles y demás chinerías. Junto con esta carta debes
recibir un regalo mío que, dada tu afición por las cosas de este país amarillo, te llegará de perlas. Ponme a los
pies de Suzette, y conserva el absequio en memoria de tu
Robert.»
Ni más, ni menos. Ambos soltaron la carcajada. El mirlo, a su vez, hizo estallar la jaula en una explosión de gritos
musicales.
La caja había llegado, una caja de regular tamaño, llena de marchamos, de números y de letras negras que
decían y daban a entender que el contenido era muy frágil. Cuando la caja se abrió, apareció el misterio. Era un
fino busto de porcelana, un admirable busto de mujer sonriente, pálido y encantador. En la base tenía tres
inscripciones, una en caracteres chinescos, otra en inglés y otra en francés. La emperatriz de la China. ¡La
emperatriz de la China! ¿Qué manos de artista asiático habían modelado aquellas formas atrayentes de misterio?
Era una cabellera recogida y apretada, una faz enigmática, ojos bajos y extraños, de princesa celeste, sonrisa de
esfinge, cuello erguido sobre los hombros columbinos, cubiertos por una honda de seda bordada de dragones,
todo dando magia a la porcelana blanca, con tonos de cera, inmaculada y cándida. ¡La emperatiz de la China!
Suzette pasaba sus dedos de rosa sobre los ojos de aquella graciosa soberana, un tanto inclinados, con sus
curvos epicantus bajo los puros y nobles arcos de las cejas. Estaba contenta. Y Recaredo sentía orgullo de
poseer su porcelana. Le haría un gabinete especial, para que viviese y reinase sola, como en el Louvre la Venus
de Milo, triunfadora, cobijada imperialmente por el plafón de su recinto sagrado.
Así lo hizo. En un extremo del taller fromó un gabinete minúsculo, con biombos cubiertos de arrozales y de
grullas. Predominaba la nota amarilla. Toda la gama, oro, fuego, ocre de Oriente, hoja de otoño, hasta el pálido
que agoniza fundido en la blancura. En el centro, sobre un pedestal dorado y negro, se alzaba riendo la exótica
imperial. Alrededor de ella había colocado Recaredo todas sus japonerías y curiosidades chinas. Las cubría un
gran quitasol nipón, pintado de camelias y de anchas rosas sangrientas. Era cosa de risa, cuando el artista
soñador, después de dejar la pipa y los pinceles, llegaba frente a la emperatriz, con las manos cruzadas sobre el
pecho, a hacer zalemas. Una, dos, diez, veinte veces la visitaba. Era una pasión. En un plato de laca
yokohamesa le ponía flores frescas todos los días.
Tenía, en momentos, verdaderos arrobos delante del busto asiático que le conmovía en su deleitable e inmóvil
majestad. Estudiaba sus menores detalles, el caracol de la oreja, el arco del labio, la nariz pulida, el epicantus del
párpado. ¡Un ídolo, la famosa emperatriz! Suzette le llamaba de lejos: -¡Recaredo!
-¡Voy! -y seguía en la contemplación de su obra de arte. Hasta que Suzette llegaba a llevárselo a rastras y a
besos.
Un día, las flores del plato de laca desaparecieron como por encanto.
Era Suzette, que entreabría una cortina, toda sonrosada y haciendo relampaguear sus ojos negros.
Allá en lo hondo de su cerebro se decía el señor Recaredo, artista escultor: -¿Qué tendrá mi mujercita? No comía
casi. Aquellos buenos libros desflorados por su espátula de marfil estaban en el pequeño estante negro, con sus
hojas cerradas sufriendo la nostalgia de las blandas manos de rosa y del tibio regazo perfumado. El señor
Recaredo la veía teriste. ¿Qué tendrá mi mujercita? En la mesa no quería comer. Estaba seria. ¡Qué sería! La
mirada a veces con el rabo del ojo y el marido veía aquellas pupilas oscuras, húmedas, como si quisieran llorar.
Y ella al responder, hablaba como los niños a quienes se ha negado un dulce. ¿Qué tendrá mi mujercita? ¡Nada!
Aquel «nada» lo decía ella con voz de queja, y entre sílaba y sílaba había lágrimas.
¡Oh, señor Recaredo! Lo que tiene vuestra mujercita es que sois un hombre abominable. ¿No habéis notado que
desde que esa buena de la emperatriz de la China ha llegado a vuestra casa, el saloncito azul se ha entristecido,
y el mirlo no canta ni ríe con su risa perlada? Suzette despierta a Chopin, y lentamente hace brotar la melodía
enferma y melancólica del negro piano sonoro. ¡Tiene celos, señor Recaredo! Tiene el mal de los celos,
ahogador y quemante, como una serpiente encendida que aprieta el alma ¡Celos!
Quizá él lo comprendía, porque una tarde dijo a la muchachita de su corazón estas palabras, frente a frente, a
través del mundo de una taza de café:
-Eres demasiado injusta. ¿Acaso no te amo con toda mi alma? ¿Acaso no sabes leer en mis ojos lo que hay
dentro de mi corazón?
Suzette rompió a llorar. ¡Que la amaba! No, ya no la amaba. Habían huido las buenas y radiantes horas, y los
besos que chasqueaban también eran idos, como pájaros en fuga. Ya no la quería. Y a ella, a la que él veía su
religión, su delicia, su sueño, su rey, a ella, a Suzette, la había dejado por la otra.
¡La otra! Recaredo dio un salto. Estaba engañada. ¿Lo diría por la rubia Eulogia, a quien en un tiempo había
dirigido madrigales?
Ella movió la cabeza: -No. ¿Por la ricachona Gabriela, de largos cabellos negros, blanca como un alabastro y
cuyo busto había hecho? ¿O por aquella Luisa, la danzarina, que tenía una cintura de avispa, un seno de buena
nodriza y unos ojos incendiarios? ¿O por la viudita Andrea, que al reír sacaba la punta de la lengua, roja y felina,
entre sus dientes brillantes y marfilados?
No, no era ninguna de ésas. Recaredo se quedó con asombro. -Mira, chiquilla, dime la verdad. ¿Quién es alla?
Sabes cuánto te adoro, mi Elsa, mi Julieta, amor mío.
Temblaba tanta verdad de amor en aquellas palabras entrecortadas y trémulas, que Suzette, con los ojos
enrojecidos, secos ya de lágrimas, se levantó irguiendo su linda cabeza heráldica.
-¿Me amas?
-¡Bien lo sabes!
-Deja, pues, que me vengue de mi rival. Ella o yo, escoge. Si es cierto que me adoras, ¿querrás permitir que la
aparte para siempre de tu camino, que quede yo sola, confiada en tu pasión?
Y viendo irse a su avecita celosa y terca, prosiguió sorbiendo el café tan negro como la tinta.
No había tomado tres sorbos cuando oyó un gran ruido de fracaso en el recinto de su taller.
Fue: ¿Qué miraron sus ojos? El busto había desaparecido del pedestal de negro y oro, y entre minúsculos
mandarines caídos y descolgados abanicos, se veían por el suelo pedazos de porcelana que crujían bajo los
pequeños zapatos de Suzette, quien toda encendida y con el cabello suelto, aguardando los besos, decía entre
carcajadas argentinas al marido asustado:
Y cuando comenzó la ardiente reconciliación de los labios, en el saloncito azul, todo lleno de regocijo, el mirlo, en
su jaula, se moría de risa.
LA LARVA RUBÉN DARÍO [Cuento - Texto completo.]
Como se hablase de Benvenuto Cellini y alguien sonriera de la afirmación que hace el gran artífice en su Vida, de haber
visto una vez una salamandra, Isaac Codomano dijo:
-No sonriáis. Yo os juro que he visto, como os estoy viendo a vosotros, si no una salamandra, una larva o una ampusa.
Os contaré el caso en pocas palabras.
Yo nací en un país en donde, como en casi toda América, se practicaba la hechicería y los brujos se comunicaban con lo
invisible. Lo misterioso autóctono no desapareció con la llegada de los conquistadores. Antes bien, en la colonia aumentó,
con el catolicismo, el uso de evocar las fuerzas extrañas, el demonismo, el mal de ojo. En la ciudad en que pasé mis
primeros años se hablaba, lo recuerdo bien, como de cosa usual, de apariciones diabólicas, de fantasmas y de duendes. En
una familia pobre, que habitaba en la vecindad de mi casa, ocurrió, por ejemplo, que el espectro de un coronel peninsular se
apareció a un joven y le reveló un tesoro enterrado en el patio. El joven murió de la visita extraordinaria, pero la familia
quedó rica, como lo son hoy mismo los descendientes. Aparecióse un obispo a otro obispo, para indicarle un lugar en que se
encontraba un documento perdido en los archivos de la catedral. El diablo se llevó a una mujer por una ventana, en cierta
casa que tengo bien presente. Mi abuela me aseguró la existencia nocturna y pavorosa de un fraile sin cabeza y de una
mano peluda y enorme que se aparecía sola, como una infernal araña. Todo eso lo aprendí de oídas, de niño. Pero lo que yo
vi, lo que yo palpé, fue a los quince años; lo que yo vi y palpé del mundo de las sombras y de los arcanos tenebrosos.
En aquella ciudad, semejante a ciertas ciudades españolas de provincias, cerraban todos los vecinos las puertas a las ocho,
y a más tardar, a las nueve de la noche. Las calles quedaban solitarias y silenciosas. No se oía más ruido que el de las
lechuzas anidadas en los aleros, o el ladrido de los perros en la lejanía de los alrededores.
Quien saliese en busca de un médico, de un sacerdote, o para otra urgencia nocturna, tenía que ir por las calles mal
empedradas y llenas de baches, alumbrado a penas por los faroles a petróleo que daban su luz escasa colocados en sendos
postes.
Algunas veces se oían ecos de músicas o de cantos. Eran las serenatas a la manera española, las arias y romanzas que
decían, acompañadas por la guitarra, ternezas románticas del novio a la novia. Esto variaba desde la guitarra sola y el novio
cantor, de pocos posibles, hasta el cuarteto, septuor, y aun orquesta completa y un piano, que tal o cual señorete adinerado
hacía soñar bajo las ventanas de la dama de sus deseos.
Yo tenía quince años, una ansia grande de vida y de mundo. Y una de las cosas que más ambicionaba era poder salir a la
calle, e ir con la gente de una de esas serenatas. Pero ¿cómo hacerlo?
La tía abuela que me cuidó desde mi niñez, una vez rezado el rosario, tenía cuidado de recorrer toda la casa, cerrar bien
todas las puertas, llevarse las llaves y dejarme bien acostado bajo el pabellón de mi cama. Mas un día supe que por la
noche había una serenata. Más aún: uno de mis amigos, tan joven como yo, asistiría a la fiesta, cuyos encantos me pintaba
con las más tentadoras palabras. Todas las horas que precedieron a la noche las pasé inquieto, no sin pensar y preparar mi
plan de evasión. Así, cuando se fueron las visitas de mi tía abuela -entre ellas un cura y dos licenciados- que llegaban a
conversar de política o a jugar el tute o al tresillo, y una vez rezada las oraciones y todo el mundo acostado, no pensé sino
en poner en práctica mi proyecto de robar una llave a la venerable señora.
Pasadas como tres horas, ello me costó poco pues sabía en dónde dejaba las llaves, y además, dormía como un
bienaventurado. Dueño de la que buscaba, y sabiendo a qué puerta correspondía, logré salir a la calle, en momentos en
que, a lo lejos, comenzaban a oírse los acordes de violines, flautas y violoncelos. Me consideré un hombre. Guiado por la
melodía, llegue pronto al punto donde se daba la serenata. Mientras los músicos tocaban, los concurrentes tomaban cerveza
y licores. Luego, un sastre, que hacía de tenorio, entonó primero A la luz de la pálida luna, y luego Recuerdas cuando la
aurora… Entro en tanto detalles para que veáis cómo se me ha quedado fijo en la memoria cuanto ocurrió esa noche para
mí extraordinaria. De las ventanas de aquella Dulcinea, se resolvió ir a las de otras. Pasamos por la plaza de la Catedral. Y
entonces…He dicho que tenía quince años, era en el trópico, en mí despertaban imperiosas todas las ansias de la
adolescencia…
Y en la prisión de mi casa, donde no salía sino para ir al colegio, y con aquella vigilancia, y con aquellas costumbres
primitivas… Ignoraba, pues, todos los misterios. Así, ¡cuál no sería mi gozo cuando, al pasar por la plaza de la Catedral, tras
la serenata, vi, sentada en una acera, arropada en su rebozo, como entregada al sueño, a una mujer! Me detuve.
¿Joven? ¿Vieja? ¿Mendiga? ¿Loca? ¡Qué me importaba! Yo iba en busca de la soñada revelación, de la aventurera
anhelada.
Los de la serenata se alejaban.
La claridad de los faroles de la plaza llegaba escasamente. Me acerqué. Hablé; no diré que con palabras dulces, mas con
palabras ardientes y urgidas. Como no obtuviese respuesta, me incliné y toqué la espalda de aquella mujer que ni quería
contestarme y hacía lo posible por que no viese su rostro. Fui insinuante y altivo. Y cuando ya creía lograda la victoria,
aquella figura se volvió hacia mí, descubrió su cara, y ¡oh espanto de los espantos! aquella cara estaba viscosa y deshecha;
un ojo colgaba sobre la mejilla huesona y saniosa; llegó a mí como un relente de putrefacción. De la boca horrible salió como
una risa ronca; y luego aquella «cosa», haciendo la más macabra de las muecas, produjo un ruido que se podría indicar así:
-¡Kgggggg!…
Con el cabello erizado, di un gran salto, lancé un gran grito. Llamé.
Cuando llegaron algunos de la serenata, la «cosa» había desaparecido.
Os doy mi palabra de honor, concluyó Isaac Codomano, que lo que os he contado es completamente cierto. FIN
SONATINA
Prosas Profanas y otros poemas
Rubén Darío
Dice Mía
-Mi pobre alma pálida
era una crisálida.
Luego mariposa
de color de rosa.
Un céfiro inquieto
dijo mi secreto…
-¿Has sabido tu secreto un día?
¡Oh Mía!
Tu secreto es una
melodía en un rayo de luna…
-¿Una melodía?
Y autores contemporáneos
Dicen que hay ojos que prenden
Ciertos chispazos que encienden
Pistolas que rompen cráneos.
DE INVIERNO
En invernales horas, mirad a Carolina.
Medio apelotonada, descansa en el sillón,
envuelta con su abrigo de marta cibelina
y no lejos del fuego que brilla en el salón.
Rubén Darío
GRATITUD A MASAYA
Por doquiera donde vaya,
el recuerdo irá conmigo,
Del corazón de Masaya,
Tan hidalgo y tan amigo.
Son retorno y despedida
Juntos en este momento;
Más de Masaya florida
El nombre de mi pensamiento
Irá por toda la vida.
A esta región hechicera
No quiero decir adiós
Que la vea antes que muera
Que esté siempre en primavera
y que la bendiga Dios.
Rubén Darío
PASA Y OLVIDA
Peregrino que vas buscando en vano
un camino mejor que tu camino,
¿cómo quieres que yo te dé la mano,
si mi signo es tu signo, Peregrino?
No llegarás jamás a tu destino;
llevas la muerte en ti como el gusano
que te roe lo que tienes de humano...
¡lo que tienes de humano y de divino!
Sigue tranquilamente, ¡oh, caminante!
Todavía te queda muy distante
ese país incógnito que sueñas...
Y soñar es un mal. Pasa y olvida,
pues si te empeñas en soñar, te empeñas
en aventar la llama de tu vida.
BOUQUET
Un poeta egregio del país de Francia,
que con versos áureos alabó el amor,
formó un ramo armónico, lleno de elegancia,
en su Sinfonía en Blanco Mayor.
I
Yo soy aquel que ayer no más decía
el verso azul y la canción profana,
en cuya noche un ruiseñor había
que era alondra de luz por la mañana
RUBEN DARIO
SALUTACIÓN DEL OPTIMISTA
Ínclitas razas ubérrimas, sangre de Hispania fecunda,
espíritus fratemos, luminosas almas, ¡salve!
Porque llega el momento en que habrán de cantar nuevos himnos
lenguas de gloria. Un vasto rumor llena los ámbitos;
mágicas ondas de vida van renaciendo de pronto;
retrocede el olvido, retrocede engañada la muerte;
se anuncia un reino nuevo, feliz sibila sueña
y en la caja pandórica, de que tantas desgracias surgieron
encontramos de súbito, talismánica, pura, rïente,
cual pudiera decirla en su verso Virgilio divino,
la divina reina de luz, ¡la celeste Esperanza!
A vosotras, madres de las muchachas anémicas, va esta historia, la historia de Berta, la niña de los ojos color de aceituna, fresca como
una rama de durazno en flor, luminosa como un alba, gentil como la princesa de un cuento azul.
Ya veréis, sana y respetables señoras, que hay algo mejor que el arsénico y el fierro, para encender la púrpura de las lindas mejillas
virginales; y que es preciso abrir la puerta de su jaula a vuestras avecitas encantadoras, sobre todo, cuando llega el tiempo de la
primavera y hay ardor en las venas y en las savias, y mil átomos de sol abejean, en los jardines, como un enjambre de oro sobre las rosas
entreabiertas.
Cumplidos sus quince años, Berta empezó a entristecer, en tanto que sus ojos llameantes se rodeaban de ojeras melancólicas.
-Entonces...
Y llegaron las antiparras de aros de carey, los guantes negros, la calva ilustre y el cruzado levitón.
Ello era natural. El desarrollo, la edad...síntomas claros, falta de apetito, algo como una opresión en el pecho... Ya sabéis; dad a vuestra
niña glóbulos de arseniato de hierro, luego, duchas. ¡El tratamiento!...
Y empezó a curar su melancolía, con glóbulos y duchas al comenzar la primavera, Berta, la niña de los ojos color de aceituna, que llegó a
estar fresca como una rama de durazno en flor, luminosa como un alba, gentil como la princesa de un cuento azul.
A pesar de todo las ojeras persistieron, la tristeza continuó, y Berta, pálida como un precioso marfil, llegó un día a las puertas de la
muerte. Todos lloraban por ella en el palacio, y la sana y sentimental mamá hubo de pensar en las palmas blancas del ataúd de las
doncellas. Hasta que una mañana la lánguida anémica bajó al jardín, sola, y siempre con su vaga atonía melancólica, a la hora en que el
alba ríe. Suspirando erraba sin rumbo, aquí, allá; y las flores estaban tristes de verla. Se apoyó en el zócalo de un fauno soberbio y
bizarro, cincelado por Plaza, que húmedos de rocío sus cabellos de mármol bañaba en luz su torso espléndido y desnudo. Vio un lirio que
erguía al azul la pureza de su cáliz blanco, y estiró la mano para cogerlo. No bien había... (Sí, un cuento de hadas, señoras mías, pero
que ya veréis sus aplicaciones en una querida realidad), no bien había tocado el cáliz de la flor, cuando de él surgió de súbito una hada,
en su carro áureo y diminuto, vestida de hilos brillantísimos e impalpables, son su aderezo de rocío, su diadema de perlas y su varita de
plata.
¿Creéis que Berta se amedrentó? Nada de eso. Batió palmas alegres, se reanimó como por encanto, y dijo al hada: -¿Tú eres la que me
quieres tanto en sueños? -Sube, respondió el hada. Y como si Berta se hubiese empequeñecido, de tal modo cupo en la concha del carro
de oro, que hubiera estado holgada sobre el ala corva de un cisne a flor de agua. Y las flores, el fauno orgulloso, la luz del día, vieron
cómo en el carro del hada iba por el viento, plácida y sonriendo al sol, Berta, la niña de los ojos color de aceituna, fresca como una rama
de durazno en flor, luminosa como un alba, gentil como la princesa de un cuento azul.
Cuando Berta, ya alto el divino cochero, subió a los salones, por las gradas del jardín que imitaban esmaragdita, todos, la mamá, la prima,
los criados, pusieron la boca en forma de O. Venía ella saltando como un pájaro, con el rostro lleno de vida y de púrpura, el seno hermoso
y henchido, recibiendo las caricias de un crencha castaña, libre y al desgaire, los brazos desnudos hasta el codo, medio mostrando la
malla de sus casi imperceptibles venas azules, los labios entreabiertos por una sonrisa, como para emitir una canción.
Todos exclamaron: -¡Aleluya! ¡Gloria! ¡Hosanna al rey de los Esculapios! ¡Fama eterna a los glóbulos de ácido arsenioso y a las duchas
triunfales. Y mientras Berta corrió a su retrete a vestir sus más ricos brocados, se enviaron presentes al viejo de las antiparras de aros de
carey, los guantes negros, la calva ilustre y del cruzado levitón. Y ahora, oíd vosotras, madres de las muchachas anémicas, cómo hay
algo mejor que el arsénico y el fierro, para eso de encender la púrpura de las lindas mejillas virginales. Y sabréis, ¿cómo no?, que no
fueran los glóbulos, no; no fueron las duchas, no; no fue el farmacéutico, quien devolvió salud y vida a Berta, la niña de los ojos color de
aceituna, alegre y fresca como una rama de durazno en flor, luminosa como un alba, gentil como la princesa de un cuento azul.
Así que Berta se vio en el carro del hada, le preguntó: -¿Y adónde me llevas? -Al palacio del sol. Y desde luego sintió la niña que sus
manos se tornaban ardientes, y que su corazoncito le saltaba como henchido de sangre impetuosa. -Oye- siguió el hada-, yo soy la buena
hada de los sueños de la niñas adolescentes; yo soy la que curo a las cloróticas con sólo llevarlas en mi carro de oro al palacio del sol,
adonde vas tú. Mira, chiquita, cuida de no beber tanto el néctar de la danza, y de no desvanecerte en las primeras rápidas alegrías. Ya
llegamos. Pronto volverás a tu morada. Un minuto en el palacio del sol deja en los cuerpos y en las almas años de fuego, niña mía.
En verdad estaban en un lindo palacio encantado, donde parecía sentirse el sol en el ambiente. ¡Oh, qué luz! ¡qué incendios! - Sintió Berta
que se le llenaban los pulmones de aire de campo y de mar, y las venas de fuego; sintió en el cerebro esparcimiento de armonía, y cómo
que el alma se le ensanchaba, y como que se ponía más elástica y tersa su delicada carne de mujer. Luego vio, vio sueños reales, y oyó,
oyó músicas embriagantes. En vastas galerías deslumbradoras, llenas de claridades y de aromas, de sederías y de mármoles, vio un
torbellino de parejas, arrebatadas por las ondas invisibles y dominantes de un vals. Vio que otras tantas anémicas como ella, llegaban
pálidas y entristecidas, respiraban aquel aire, y luego se arrojaban en brazos de jóvenes vigorosos y esbeltos, cuyos bozos de oro y finos
cabellos brillaban a la luz; y danzaban, y danzaban, con ellos, en una ardiente estrechez, oyendo requiebros misteriosos que iban al alma,
respirando de tanto en tanto como hálitos impregnados de vainilla, de haba de Tonka, de violeta, de canela, hasta que con fiebre,
jadeantes, rendidas, como palomas fatigadas de un largo vuelo, caían sobre cojines de seda, los senos palpitantes, las gargantas
sonrosadas, y así soñando en cosas embriagadoras... -Y ella también cayó al remolino, al maelstrón atrayente, y bailó, giró, pasó, entre
los espasmos de un placer agitado; y recordaba entonces que no debía embriagarse tanto con el vino de la danza, aunque no cesaba de
mirar al hermoso compañero, con sus grandes ojos de mirada primaveral. Y él la arrastraba por las vastas galerías, ciñendo su talle, y
hablándole al oído, en la lengua amorosa y rítmica de los vocablos apacibles, de las frases irisadas, y olorosas, de los períodos cristalinos
y orientales.
Y entonces ella sintió que su cuerpo y su alma se llenaban de sol, de efluvios poderosos y de vida. ¡No, no esperéis más!
El hada la volvió al jardín de su palacio, al jardín donde cortaba flores envueltas en una oleada de perfumes, que subía místicamente a las
ramas trémulas, para flotar como el alma errante de los cálices muertos.
Así fue Berta a vestir sus más ricos brocados, para honra de los glóbulos y duchas triunfales, llevando rosas en las faldas y en las mejillas!
¡Madres de las muchachas anémicas! Os felicito por la victoria de los arseniatos e hipofosfitos del señor doctor. Pero, en verdad os digo:
es preciso, en provecho de las lindias mejillas virginales, abrir la puerta de su jaula a vuestras avecitas encantadoras, sobre todo, en el
tiempo de la primavera, cuando hay ardor en las venas y en las savias, y mil átomos de sol abejan en los jardines como un enjambre de
oro sobre las rosas entreabiertas. Para vuestras cloróticas, el sol en los cuerpos y en las almas. Sí, al palacio del sol, de donde vuelven
las niñas como Berta, la de los ojos color de aceituna, frescas como una rama de durazno en flor; luminosas como un alba, gentiles como
la princesa de un cuento azul
Aquel día un harapiento, por las trazas un mendigo, tal vez un peregrino, quizás un poeta, llegó, bajo la sombra de los altos álamos, a la
gran calle de los palacios, donde hay desafíos de soberbia entre el ónix y el pórfido, el ágata y el mármol; en donde las altas columnas, los
hermosos frisos, las cúpulas doradas, reciben la caricia pálida del sol moribundo.
Había tras los vidrios de las ventanas, en los vastos edificios de la riqueza, rostros de mujeres gallardas y de niños encantadores. Tras las
rejas se adivinaban extensos jardines, grandes verdores salpicados de rosas y ramas que se balanceaban acompasada y blandamente
como bajo la ley de un ritmo. Y allá en los grandes salones, debía de estar el tapiz purpurado y lleno de oro, la blanca estatua, el bronce
chino, el tibor cubierto de campos azules y de arrozales tupidos, la gran cortina recogida como una falda, ornada de flores opulentas,
donde el ocre orintal hace vibrar la luz en la seda que resplandece. Luego las lunas venecianas, los palisandros y los cedros, los nácares
y los ébanos, y el piano negro y abierto, que ríe mostrando sus teclas como una linda dentadura; y las arañas cristalinas, donde alzan las
velas profusas la aristocracia de su blanca cera. ¡Oh, y más allá! Más allá el cuadro valioso dorado por el tiempo, el retrato que firma
Durand o Bonnat, y las preciosas acuarelas en que el tono rosado parece que emerge de un cielo puro y envuelve en una onda dulce
desde el lejano horizonte hasta la yerba trémula y humilde. Y más allá...
( Muere la tarde.
Llega a las puertas del palacio un break flamante y charolado, negro y rojo. Baja una pareja y entra con tal soberbia en la mansión, que el
mendigo piensa: decididamente, el aguilucho y su hembra van al nido. El tronco, ruidoso y azogado, a un golpe de fusta arrastra el
carruaje haciendo relampaguear las piedras. Noche ).
Entonces, en aquel cerebro de loco, que ocultaba un sombrero raído, brotó como el germen de una idea que pasó al pecho y fue opresión
y llegó a la boca hecho himno que le encendía la lengua y hacía entrechocar los dientes. Fue la visión de todos los mendigos, de todos los
desamparados, de todos los miserables, de todos los suicidas, de todos los borrachos, del harapo y de la llega, de todos los que viven,
¡Dios mío! En perpetua noche, tanteando la sombra, cayendo al abismo, por no tener un mendrugo para llenar el estómago. Y después la
turba feliz, el lecho blando, la trufa y el áureo vino que hierve, el raso y el moiré que con su roce ríen; el novio rubio y la novia morena
cubierta de predería y blonda; y el gran reloj que la suerte tiene para medir la vida de los felices opulentos, que en vez de granos de
arena, deja caer escudos de oro.
Aquella especie de poeta sonrió; pero su faz tenía aire dantesco. Sacó de su bolsillo un pan moreno, comió, y dio viento su himno. Nada
más cruel que aquel canto tras el mordisco.
¡Cantemos el oro!
Cantemos el oro, rey del mundo, que lleva dicha y luz por donde va, como los fragmentos de un sol despedazado.
Cantemos el oro, que nace del vientre fecundo de la madre tierra; inmenso tesoro, leche rubia de esa ubre gigantesca.
Cantemos el oro, río caudaloso, fuente de la vida, que hace jóvenes y bellos a los que se bañan en sus corrientes maravillosas, y
envejece a aquellos que no gozan de sus raudales.
Cantemos el oro, porque de él se hacen las tiaras de los pontífices, las coronas de los reyes y los cetros imperiales: y porque se derrama
por los mantos como un fuego sólido, e inunda las capas de los arzobispos, y refulge en los altares y sostiene al Dios eterno en las
custodias radiantes.
Cantemos el oro, porque podemos ser unos perdidos, y él nos pone mamparas para cubrir las locuras abyectas de la taberna, y las
vergüenzas de las alcobas adúlteras.
Cantemos el oro, porque al saltar de cuño lleva en su disco el perfil soberbio de los césares; y va a repletar las cajas de sus vastos
templos, los bancos y mueve las máquinas y da la vida y hace engordar los tocinos privilegiados.
Cantemos el oro, porque él da los palacios y los carruajes, los vestidos a la moda, y los frescos senos de las mujeres garridas; y las
genuflexiones de espinazos aduladores y las muecas de los labios eternamente sonrientes.
Cantemos el oro, porque es en las orejas de las lindas damas sostenedor del rocío del diamante, al extremo de tan sonrosado y bello
caracol; porque en los pechos siente el latido de los corazones, y en las manos a veces es símbolo de amor y de santa promesa.
Cantemos el oro, porque tapa las bocas que nos insultan; detiene las manos que nos amenazan, y pone vendas a los pillos que nos
sirven.
Cantemos el oro, porque su voz es música encantada; porque es heroico y luce en las corazas de los héroes homéricos, y en las
sandalias de las diosas y en los coturnos trágicos y en las manzanas del jardín de las Hespérides.
Cantemos el oro, porque de él son las cuerdas de las grandes liras, la cabellera de la más tiernas amadas, los granos de la espiga y el
peplo que al levantarse viste la olímpica aurora.
Cantemos el oro, que cruza por el carnaval del mundo, disfrazado de papel, de plata, de cobre y hasta de plomo.
Cantemos el oro, en el arnés del cabello, en el carro de guerra, en el puño de la espada, en el lauro que ciñe cabezas luminosas, en la
copa del festín dionisíaco, en el alfiler que hiere el seno de la esclava, en el rayo del astro y en el champaña que burbujea, como una
disolución de topacios hirvientes.
Cantemos el oro, purificado por el fuego, como el hombre por el sufragio; mordido por la lima, como el hombre por la envidia; golpeado por
el martillo, como el hombre por la necesidad; realzado por el estuche de seda, como el hombre por el palacio de mármol.
Cantemos el oro, esclavo, despreciado por Jerónimo, arrojado por Antonio, vilipendiado por Macario, humillado por Hilarión, maldecido por
Pablo el Ermitaño, quien tenía por alcazár una cueva bronca y por amigos las estrellas de la noche, los pájaros del alba y las fieras
hirsutas y salvajes del yermo.
Cantemos el oro, dios becerro, tuétano de roca, misterioso y callado en su entraña, y bullicioso cuando brota a pleno sol y a toda vida,
sonante como un coro de tímpanos; feto de astros, residuo de luz, encarnación de éter.
Cantemos el oro, hecho sol, enamorado de la noche, cuya camisa de crespón riega de estrellas brillantes, después del último beso, como
una gran muchedumbre de libras esterlinas.
¡Eh, miserables, beodos, pobres de solemnidad, prostitutas, mendigos, vagos, rateros, bandidos, pordioseros, peregrinos, y vosotros los
desterrados, y vosotros los holgazanes, y sobre todo, vosotros, oh poetas!
¡Unámonos a los felices, a los poderosos, a los banqueros, a los semidioses de la tierra!
¡Cantemos el oro!
Y el eco se llevó aquel himno, mezcla de gemido, ditirambo y carcajada; y como ya la noche oscura y fría había entrado, el eco resonaba
en las tinieblas.
Y aquella especie de harapiento, por las trazas un mendigo, tal vez un peregrino, quizás un poeta, le dio su último mendrugo de pan
petrificado, y se marchó por la terrible sombra, rezongando entre dientes.
EL FARDO
Allá lejos, en la línea como trazada con un lápiz azul, que separa las aguas y los cielos, se iba hundiendo el sol, con sus polvos de oro y
sus torbellinos de chispas purpuradas, como un gran disco de hierro candente. Ya el muelle fiscal iba quedando en quietud; los guardas
pasaban de un punto a otro, las gorras metidas hasta las cejas dando aquí y allá sus vistazos. Inmóvil el enorme brazo de los pescantes,
los jornaleros se encaminaban a las casas. El agua murmuraba debajo del muelle, y el húmedo viento salado que sopla de mar afuera a la
hora en que la noche sube, mantenía las lanchas cercanas en un continuo cabeceo.
Todos los lancheros se habían ido ya; solamente el viejo tío Lucas, que por la mañana se estropeara un pie al subir una barrica a un
carretón, y que, aunque cojín cojeando, había trabajado todo el día, estaba sentado en una piedra, y, con la pipa en la boca, veía triste el
mar.
Y empezó la charla, esa charla agradable y suelta que me place entabler con los bravos hombres toscos que viven la vida del trabajo
fortificante, la que da la buena salud y la fuerza del músculo, y se nutre con el grano del poroto y la sangre hirviente de la viña.
Yo veía con cariño a aquel rudo viejo, y le oía con interés sus relaciones, así, todas cortadas, todas como de hombre basto, pero de pecho
ingenuo. ¡Ah, conque fue militar! ¡Conque de mozo fue soldado de Bulnes! ¡Conque todavía tuvo resistencias para ir con su rifle hasta
Miraflores! Y es casad, y tuvo un hijo, y...
Aquellos ojos, chicos y relumbrantes bajo las cejas grises peludas, se humedecieron entonces:
-¿Que cómo se me murió? En el oficio, por darnos de comer a todos; a mi mujer, a los chiquitos y a mí, patrón, que entonces me hallaba
enfermo.
Y todo me lo refirió, al comenzar aquella noche, mientras las olas se cubrían de brumas y la ciudad encendía sus luces; él en la piedra
que le servía de asiento, después de apagar su negra pipa y de colocársela en la oreja y de estirar y cruzar sus piernas flacas y
musculosas, cubiertas por los sucios pantalones arremangados hasta el tobillo.
El muchacho era muy honrado y muy de trabajo. Se quiso ponerlo a la escuela desde grandecito; pero los miserables no deben aprender
a leer cuando se llora de hambre en el cuartucho.
Su mujer llevaba la maldición del vientre de las pobres: la fecundidad. Había, pues, mucha boca abierta que pedía pan, mucho chico sucio
que se revolcaba en la basura, mucho cuerpo magro que temblaba de frío; era preciso ir a llevar que comer, a buscar harapos, y, para
eso, quedar sin alientos y trabajar como un buey. Cuando el hijo creció, ayudó al padre. Un vecino, el herrero, quiso enseñarle su
industria; pero como entonces era tan débil, casi un armazón de huesos, y en el fuelle tenía que echar el bofe, se puso enfermo, y volvió
al conventillo. ¡Ah, estuvo muy enfermo! Pero no murió. ¡No murió! Y eso que vivían en uno de esos hacinamientos humanos, entre cuatro
paredes destartaladas, viejas, feas, en la callejuela inmunda de las mujeres perdidas, hedionda a todas horas, alumbrada de noche por
escasos faroles, y donde resuenan en perpetua llamada a las zambras de echacorvería, las arpas y los acordeones, y el ruido de los
marineros que llegan al burdel, desesperados con la castidad de las largas travesías, a emborracharse como cubas y a gritar y patalear
como condenados. ¡Sí!, entre la podredumbre, al estrépito de las fiestas tunantescas, el chico vivió y pronto estuvo sano y en pie.
Al venir el alba, iba con su mocetón al agua, llevando los enseres de la pesca. El uno remaba, el otro ponía en los anzuelos la carnada.
Volvían a la costa con buena esperanza de vender lo hallado, entre la brisa fría y las opacidades de la neblina, cantando en baja voz
alguna triste canción, y enhiesto el remo triunfante que chorreaba espuma.
Una de invierno había temporal. Padre e hijo, en la pequeña embarcación, sufrían en el mar la locura de la ola y del viento. Difícil era
llegar a tierra. Pesca y todo se fue al agua, y pensó en librar el pellejo. Luchaban como desesperados por ganar la playa. Cerca de ella
estaban; pero una racha maldita les empujó contra una roca, y la canoa se hizo astillas. Ellos salieron sólo magullados, ¡gracias a Dios!,
como decia el tío Lucas al narrarlo. Después, ya son ambos lancheros.
¡Sí!, lancheros; sobre las grandes embarcaciones chatas y negras; colgándose de la cadena que rechina pendiente como una sierpe de
hierro del macizo pescante que semeja una horea; remando de pie y a compás; yendo con la lancha del muelle al vapor y del vapor al
muelle; gritando: ¡hiiooeep!, cuando se empujaban los pesados bultos para engancharlos en la uña potente que los levanta
balanceándolos como un péndulo; ¡sí, lancheros!, el viejo y el muchacho, el padre y el hijo; ambos a horcajadas sobre un cajón, ambos
forcejeando, ambos ganando su jornal, para ellos y para sus queridas sanguijuelas del conventillo.
Íbanse todos los días al trabajo, vestidos de viejo, fajadas las cinturas con sendas bandas coloradas, y haciendo sonar a una sus zapatos
groseros y pesados que se quitaban, al comenzar la tarea, tirándolos en un rincón de la lancha. Empezaba el trajín, el cargar y el
descargar. El padre era cuidadoso: -¡Muchacho, que te rompes la cabeza! ¡Que te coge la mano el chicote! ¡Que vas a perder una canilla!
Y enseñaba, adiestraba, dirigía al hijo, con su modo, con sus bruscas palabras de roto viejo y de padre encariñado.
Hasta que un día el tío Lucas no pudo moverse de la cama, porque el reumatismo le hinchaba las coyunturas y le taladraba los huesos.
Era un bello día de luz clara, de sol de oro. En el muelle rodaban los carros sobre sus rieles, crujían las poleas, chocaban las cadenas.
Era la gran confusión del trabajo que da vértigo, el son del hierro; tranqueteos por doquiera; y el viento pasando por el bosque de árboles
y jarcias de los navíos en grupo.
Debajo de uno de los pescantes del muelle estaba el hijo del tío Lucas con otros lancheros, descargando a toda prisa. Había que vaciar la
lancha repleta de fardos. De tiempo en tiempo bajaba la larga cadena que remata en un garfío, sonando como una matraca al correr con
la roldana; los mozos amarraban los bultos con una cuerda doblada en dos, los enganchaban en el garfio, y entonces éstos subían a la
manera de un pez en un anzuelo, o del plomo de una sonda, ya quietos, ya agitándose de un lado a otro, como un badajo, en el vacío.
La carga estaba amontonada. La ola movía pausadamente de cuando en cuando la embarcación colmada de fardos. Estos formaban una
a modo de pirámide en el centro. Había uno muy pesado, muy pesado. Era el más grande de todos, ancho, gordo y oloroso a brea. Venía
en el fondo de la lancha. Un hombre de pie sobre él era pequeña figura para el grueso zócalo.
Era algo como todos los prosaísmos de la importación envueltos en lona y fajados con correas de hierro. Sobre sus costados, en medio
de líneas y de triángulos negros, había letras que miraban como ojos. Letras "en diamante", decía el tío Lucas. Sus cintas de hierro
estaban apretadas con clavos cabezudos y ásperos; y en las entrañas tendría el monstruo, cuando menos, limones y percalas.
Sólo él faltaba.
Y el hijo del tío Lucas, que estaba ansioso de acabar pronto, se alistaba para ir a cobrar y a desayunarse, anudándose un pañuelo de
cuadros al pescuezo.
Bajó la cadena danzando en el aire. Se amarró un gran lazo al fardo, se probó si estaba bien seguro, y se gritó ¡Iza!, mientras la cadena
tiraba de la masa chirriando y levantándola en vilo.
Los lancheros, de pie, miraban subir el enorme peso, y se preparaban para ir a tierra, cuando se vio una cosa horrible. El fardo, el grueso
fardo, se zafó del lazo como de un collar holgado saca un perro la cabeza; y cayó sobre el hijo del tío Lucas, que entre el filo de la lancha
y el gran bulto, quedó con los riñones rotos, el espinazo desencajado y echando sangre negra por la boca.
Aquel día, no hubo pan ni medicinas en casa del tío Lucas, sino el muchacho destrozado al que se abrazaba llorando el reumático, entre
la gritería de la mujer y de los chicos, cuando llevaban el cadáver a Playa Ancha.
Me despedí del viejo lanchero, y a pasos elásticos dejé el muelle, tomando el camino de la casa, y haciendo filosofía con toda la cachaza
de un poeta, en tanto que una brisa glacial que venía de mar afuera pellizcaba tenazmente las narices y las orejas.
A MARGARITA DEBAYLE
El Señor se va a enojar».
Y ella dice: —«No hubo intento;
yo me fui no sé por qué.
Por las olas por el viento
fui a la estrella y la corté».
Y el papá dice enojado:
—«Un castigo has de tener:
vuelve al cielo y lo robado
vas ahora a devolver».
La princesa se entristece
por su dulce flor de luz,
cuando entonces aparece
sonriendo el Buen Jesús.
en automóvil en Lutecia;
en negra góndola en Venecia;
O en el silencio de cristal
que ama la aurora boreal.
La reina Mab, en su carro hecho de una sola perla, tirado por cuatro coleópteros de petos dorados y
alas de pedrería, caminando sobre un rayo de sol, se coló por la ventana de una buhardilla donde
estaban cuatro hombres flacos, barbudos e impertinentes, lamentándose como unos desdichados.
Por aquel tiempo, las hadas habían repartido sus dones a los mortales. A unos habían dado las
varitas misteriosas que llenan de oro las pesadas cajas del comercio; a otros unas espigas
maravillosas que al desgranarlas colmaban las trojes de riqueza; a otros unos cristales que hacían
ver en el riñón de la madre tierra, oro y piedras preciosas; a quiénes cabelleras espesas y músculos
de Goliat, y mazas enormes para machacar el hierro encendido; y a quiénes talones fuertes y
piernas ágiles para montar en las rápidas caballerías que se beben el viento y que tienen las crines
en la carrera.
Los cuatro hombres se quejaban. Al uno le había tocado en suerte una cantera, al otro el iris, al
otro el ritmo, al otro el cielo azul.
***
La reina Mab oyó sus palabras. Decía el primero:
-¡Y bien! ¡Heme aquí en la gran lucha de mis sueños de mármol! Yo he arrancado el bloque y
tengo el cincel. Todos tenéis, unos el oro, otros la armonía, otros la luz; yo pienso en la blanca y
divina Venus que muestra su desnudez bajo el plafond color de cielo. Yo quiero dar a la masa la
línea y la hermosura plástica; y que circule por las venas de la estatua una sangre incolora como la
de los dioses. Yo tengo el espíritu de Grecia en el cerebro, y amo los desnudos en que la ninfa
huye y el fauno tiende los brazos. ¡Oh Fidias! Tú eres para mí soberbio y augusto como un semi-
dios, en el recinto de la eterna belleza, rey ante un ejército de hermosuras que a tus ojos arrojan el
magnífico chitón, mostrando la esplendidez de la forma, en sus cuerpos de rosa y de nieve. Tú
golpeas, hieres y domas el mármol, y suena el golpe armónico como un verso, y te adula la cigarra,
amante del sol, oculta entre los pámpanos de la viña virgen. Para ti son los Apolos rubios y
luminosos, las Minervas severas y soberanas. Tú, como un mago, conviertes la roca en simulacro y
el colmillo del elefante en copa del festín. Y al ver tu grandeza siento el martirio de mi pequeñez.
Porque pasaron los tiempos gloriosos. Porque tiemblo ante las miradas de hoy. Porque contemplo
el ideal inmenso y las fuerzas exhaustas. Porque a medida que cincelo el bloque me ataraza el
desaliento.
***
Y decía el otro:
-Lo que es hoy romperé mis pinceles. ¿Para qué quiero el iris, y esta gran paleta del campo florido,
si a la postre mi cuadro no será admitido en el salón? ¿Qué abordaré? He recorrido todas las
escuelas, todas las inspiraciones artísticas. He pintado el torso de Diana y el rostro de la Madona.
He pedido a las campiñas sus colores, sus matices; he adulado a la luz como a una amada, y la he
abrazado como a una querida. He sido adorador del desnudo, con sus magnificencias, con los
tonos de sus carnaciones y con sus fugaces medias tintas. He trazado en mis lienzos los nimbos de
los santos y las alas de los querubines. ¡Ah, pero siempre el terrible desencanto! ¡El porvenir!
¡Vender una Cleopatra en dos pesetas para poder almorzar!
¡Y yo, que podría en el estremecimiento de mi inspiración, trazar el gran cuadro que tengo aquí
adentro…!
***
Y decía el otro:
-Perdida mi alma en la gran ilusión de mis sinfonías, temo todas las decepciones. Yo escucho
todas las armonías, desde la lira de Terpandro hasta las fantasías orquestales de Wagner. Mis
ideales, brillan en medio de mis audacias de inspirado. Yo tengo la percepción del filósofo que oyó
la música de los astros. Todos los ruidos pueden aprisionarse, todos los ecos son susceptibles de
combinaciones. Todo cabe en la línea de mis escalas cromáticas.
La luz vibrante es himno, y la melodía de la selva halla un eco en mi corazón. Desde el ruido de la
tempestad hasta el canto del pájaro, todo se confunde y enlaza en la infinita cadencia. Entre tanto,
no diviso sino la muchedumbre que befa y la celda del manicomio.
***
Y el último:
-Todos bebemos del agua clara de la fuente de Jonia. Pero el ideal flota en el azul; y para que los
espíritus gocen de su luz suprema, es preciso que asciendan. Yo tengo el verso que es de miel y el
que es de oro, y el que es de hierro candente. Yo soy el ánfora del celeste perfume: tengo el amor.
Paloma, estrella, nido, lirio, vosotros conocéis mi morada. Para los vuelos inconmensurables tengo
alas de águila que parten a golpes mágicos el huracán. Y para hallar consonantes, los busco en dos
bocas que se juntan; y estalla el beso, y escribo la estrofa, y entonces si veis mi alma, conoceréis a
mi Musa. Amo las epopeyas, porque de ellas brota el soplo heroico que agita las banderas que
ondean sobre las lanzas y los penachos que tiemblan sobre los cascos; los cantos líricos, porque
hablan de las diosas y de los amores; y las églogas, porque son olorosas a verbena y a tomillo, y al
sano aliento del buey coronado de rosas. Yo escribiría algo inmortal; más me abruma un porvenir
de miseria y de hambre…
***
Entonces la reina Mab, del fondo de su carro hecho de una sola perla, tomó un velo azul, casi
impalpable, como formado de suspiros, o de miradas de ángeles rubios y pensativos. Y aquel velo
era el velo de los sueños, de los dulces sueños que hacen ver la vida de color de rosa. Y con él
envolvió a los cuatro hombres flacos, barbudos e impertinentes. Los cuales cesaron de estar tristes,
porque penetró en su pecho la esperanza, y en su cabeza el sol alegre, con el diablillo de la
vanidad, que consuela en sus profundas decepciones a los pobres artistas.
Y desde entonces, en las buhardillas de los brillantes infelices, donde flota el sueño azul, se piensa
en el porvenir como en la aurora, y se oyen risas que quitan la tristeza, y se bailan extrañas
farándolas alrededor de un blanco Apolo, de un lindo paisaje, de un violín viejo, de un amarillento
manuscrito.
FIN
Rubén Darío, cuyo verdadero nombre era Félix Rubén García Sarmiento, nació el 18 de Enero de 1867
en Metapa, Nicaragua. Hijo de Manuel García Darío y Rosa Sarmiento Darío.
Estudió con los Jesuitas en 1878 y escribió en 1879 sus primeros poemas. Poesías y artículos en prosa
fue un trabajo que realizó en 1881 y nunca llegó a publicar. Suspende sus estudios y luego se emplea
en la Biblioteca Nacional de Managua en 1885.
En 1886 llegó a Valparaíso, tenía diecinueve años, allí realizó colaboraciones periodísticas en diarios de
Valparaíso y Santiago. En 1888 aparecen sus Rimas y Azul. En Febrero del año siguiente parte a
Centroamérica pocos días después de haber enviado su primera colaboración al diario La Nación de
Buenos Aires.
El 21 de junio de 1890 contrajo matrimonio con Rafaela Contreras, mujer con la que compartía aficiones
literarias. Tuvieron un hijo, al que llamaron Rubén, nacido en Costa Rica en 1891. Un año más tarde,
Rafaela falleció súbitamente, lo que llevó al poeta al alcoholismo.
El 8 de marzo de 1893, el Rubén Darío fue obligado a casarse con la chica a quien adoró cuando era
adolescente, Rosario Murillo con quien tuvo un hijo llamado Darío Darío quien murió al poco tiempo de
nacido. El matrimonio no fuese exitoso, Rubén buscó amor y refugio en Francisca Sánchez, una criada
del poeta Francisco Villaespesa, con la que tuvo cuatro hijos, tres murieron durante infancia y otro en la
madurez.
En los años siguientes desempeña diversos cargos diplomáticos y publica en Madrid Cantos de vida y
esperanza (1905) y El canto errante (1907). México, La Habana, París, Barcelona, son las escalas del
viaje final de Darío. En Nueva York cae enfermo y se retira a una hacienda de Nicaragua.
A las 10 de la noche del 6 de febrero de 1916 murió Darío a los 49 años de edad en León, la ciudad de
su infancia. Frente a su distinguido cadáver de poeta desfilaron durante cinco días miles de personas.
SUS OBRAS:
Escribió prosa y poesía. Entre toda su producción se destacan tres obras que ayudan a comprender la
evolución del Modernismo: Azul, Prosas profanas y Cantos de vida y esperanza. Los raros, en prosa, y
El Canto Errante son otras de sus obras.
Azul (1888): fue su primera obra importante. Publicada en Valparaíso, está constituida por relatos
breves y algunos poemas. Significó para su autor el reconocimiento en América y en España. Sus
rasgos son: sensualidad, erotismo y musicalidad. En los sonetos que cierran la obra, Darío revela sus
preferencias y su cosmopolitismo.
Prosas profanas: fue publicado en Buenos Aires, en 1896. Las variaciones temáticas y las audacias
métricas, son tantas que provocaron en América y en España grandes polémicas. Predomina el tema
erótico, envuelto en un arte cromático y perfecto.
Cantos de vida y esperanza (1903): Los temas del libro son, entre otros: el paso del tiempo, la misión
del poeta, la búsqueda de la fe, la preocupación por el futuro de América, etc. El libro termina con una
expresión de temor y duda sobre el misterio de la vida. De contenido diferente, este volumen presenta
el mismo cuidado formal y la notable variedad de metros y riqueza de lenguaje que caracterizan al gran
poeta.
Mía: así te llamas.
¿Qué más
harmonía?
Mía: luz del día;
mía: rosas, llamas.
¡Qué aroma
derramas
en el alma mía
si sé que me amas!
¡Oh Mía! ¡Oh Mía!
BIOGRAFIA DE RUBÉN DARÍO
Félix Rubén García Sarmiento
18/01/1857-06/02/1916
Nació el 18 de enero de 1867 en San Pedro de Metapa, hoy Ciudad Darío, Matagalpa, Nicaragua.
Primer hijo de Manuel García y Rosa Sarmiento. Fue criado por su abuela tras la separación de sus
padres. A los 14 años se trasladó a Managua donde trabajó como secretario en la Biblioteca Nacional.
Por entonces ya es reconocido llamándole el “poeta-niño”. Se hospeda en casa del doctor Modesto
Barrios, quien le acompañó a fiestas y tertulias literarias.
Con apenas 19 años de edad, en el año 1886, viaja a Santiago de Chile, donde publicó su primer gran
título: Azul (1888), libro que llamó la atención de la crítica. De regresó a Managua contrajo matrimonio
con Rafaela Contreras Cañas el 21 de junio de 1890; quince meses después nació su primer hijo, y en
1893, falleció su esposa durante una operación quirúrgica. El 8 de marzo de 1893, se casa a la fuerza
con Rosario Emelina. Mientras el poeta reside en Buenos Aires ejerciendo el consulado de Colombia,
nació su hijo Darío Darío, quien murió de tétanos.
En el año 1892 viajó a España como representante del Gobierno nicaragüense para asistir a los actos
de celebración del IV Centenario del descubrimiento de América. Residió en Buenos Aires, donde
trabajó para el diario La Nación. En 1898 regresa a España como corresponsal y alterna su residencia
entre París y Madrid, donde en 1900, conoce a Francisca Sánchez, con la que se casó por lo civil y tuvo
cuatro hijos, de los cuales sólo uno sobrevivirá, Rubén Darío Sánchez, "Guincho". Con ella convivió
hasta casi el final de sus días.
Sus primeros poemas son una mezcla de tradicionalismo y romanticismo; Abrojos (1887) y Canto épico
a las glorias de Chile (1888). Este mismo año publica Azul (1888, revisado en 1890), dividido en cuatro
partes: 'Primaveral', 'Estival', 'Autumnal' e 'Invernal'. A este libro debe que sea considerado como el
creador del modernismo; escritores como Ramón María del Valle-Inclán, Antonio Machado, Leopoldo
Lugones o Julio Herrera y Reissig le reconocieron como el creador e instaurador de una nueva época
en la poesía en lengua española. En Prosas profanas (1896 y 1901), obra simbolista, desarrolla de
nuevo el tema del amor. Formalmente creó una poesía elevada y refinada con muchos elementos
decorativos y resonancias musicales; Cantos de vida y esperanza (1905) es el mejor ejemplo de ello. El
canto errante (1907), es su libro, conceptualmente, más universal. En 1913 cae en un profundo
misticismo y se retira a la isla de Mallorca. Allí empieza a escribir una novela La isla de oro -que nunca
llegó a concluir- en la que analiza el desastre hacia el que está caminando Europa. También compone
Canto a Argentina y otros poemas (1914), un libro dedicado a este país en el año de la celebración de
su centenario en que quiso seguir el modelo del Canto a mí mismo de Walt Whitman.
En 1915 publica La vida de Rubén Darío, año en que regresó a América. Enfermo en la capital de
Guatemala, llegó Rosario para acompañarlo a su país, donde se dice que le atendió desde el 4 de julio
de 1915, al 6 de febrero de 1916, fecha en la que falleció en Managua.