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Wittkop Gabrielle - Serenisimo Asesinato

El documento presenta una narrativa ambientada en Venecia, entrelazando elementos visuales y literarios para explorar la decadencia de la ciudad y la complejidad de sus personajes, especialmente en el contexto de un asesinato. A través de un estilo evocador, se describen las interacciones de la familia Lanzi y sus relaciones, mientras se revela un trasfondo de misterio y fatalidad. La obra invita al lector a asistir a un drama cruel, donde las apariencias y las verdades ocultas juegan un papel crucial en el desarrollo de la trama.

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Wittkop Gabrielle - Serenisimo Asesinato

El documento presenta una narrativa ambientada en Venecia, entrelazando elementos visuales y literarios para explorar la decadencia de la ciudad y la complejidad de sus personajes, especialmente en el contexto de un asesinato. A través de un estilo evocador, se describen las interacciones de la familia Lanzi y sus relaciones, mientras se revela un trasfondo de misterio y fatalidad. La obra invita al lector a asistir a un drama cruel, donde las apariencias y las verdades ocultas juegan un papel crucial en el desarrollo de la trama.

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Gabrielle Wittkop

Serenísimo
asesinato
Al amigo Nikola Delescluse
Para la ciudad de los espejos, una escritura hecha como
de espejos rotos, cada uno de cuyos fragmentos ofrece
una nueva mirada sobre la corteza de las cosas. Dicha
corteza encierra un núcleo, constituye el vehículo que
conduce hasta él, pues sólo la percepción permite la
comprensión, y Condillac estuvo muy acertado al decirlo.
Por eso, al optar por una forma esencialmente visual,
recurro a la pintura, pues no sólo debo a los textos
documentales y los paseos a través de la ciudad mi
conocimiento del siglo XVIII veneciano, sino asimismo a
los maestros que han expresado el alma y el espíritu de
cierto lugar en un tiempo determinado. Del mismo modo
que la luz de La Tour o la de Vermeer van Deft han
incidido sobre el rostro de la Brinvilliers en Hemlock o
que, tal como indica su título, El sueño de la razón no
tardará en aparecer bajo el signo de Goya, son al
presente Pietro Longhi, Francesco Guardi y Tiépolo el
Joven quienes han prestado su suntuoso decorado a
Serenísimo asesinato. Así pues, sólo me restaba poner en
escena un drama extraño y cruel, al cual ruego al lector
que tenga a bien asistir.

G.W.
...tales horrores jamás deben suponerse
en una casa; creerlo implica
comprometer todo cuanto la habita.

D. DE SADE, Aline et Valcourt


Enmascarado con un pasamontañas y vestido de negro, el titiritero
de bunraku que manipula sus marionetas no deja de resultar visible
al público, que olvida su implacable injerencia como uno olvida la de
toda fatalidad. Las figuras respiran, caminan, se estremecen y
mienten, se aman o se matan unas a otras, ríen o gimen, pero nunca
comen salvo alguna ponzoña. Que así sea, pues: permanezco
presente, enmascarada por convención, mientras en una Venecia en
vísperas de su caída, mujeres ahítas de veneno reventarán como
odres. Me complazco en ofrecerlas como espectáculo, al tiempo que
a su vez constituyen el mío. Si se da el caso de que, contrariamente a
las reglas del bunraku, mis figuras coman o beban, es con el fin de
desbaratar mejor las conjeturas. En ningún momento sabrán si los
manjares son inocuos, en ocasiones pensarán, muy erróneamente,
que podrían no serlo, a menos que, por el contrario, no muestren
desconfianza cuando deberían ponerse en guardia. Del mismo modo
que en el bunraku el crimen de la mañana no se explica sino a la
caída de la tarde, tras sucesivos episodios dramáticos cuya única
relación con él discurre por vías ocultas y laberínticas, la acción se
desarrollará de acuerdo con los ritmos de dos temporalidades,
pasando de 1766 a 1797 según yo lo considere oportuno. Una de
dichas temporalidades es muy lenta, puesto que se extiende a lo
largo de gran número de años; la otra, por el contrario, muy rápida,
ya que se dirige con presteza de una fecha a la siguiente. Viene a ser
como un saltador de longitud que franquea de un salto anchos
precipicios, para luego coger carrerilla antes de saltar de nuevo y
atravesar vastos desiertos. Puesto que el recurso a la economía
universal en el espacio cóncavo, ese espacio-tiempo infrangible que
de manera pueril queremos ajustar a nuestras medidas, no permite
desarrollo alguno y, por lo demás, toda traducción de las nociones
temporales está destinada al fracaso, hay que conformarse con los
artificios de una cronología que sólo obedece a lo imaginario. Como
todo compendio, toda condensación, no consigue excluir la
pulverización, el estallido, tendremos conciencia de la deformidad
prestando atención a las dataciones. Con todo, en el crescendo hacia
la catástrofe, en el desgaste de la cuerda predestinada a romperse,
reside cierta progresión. En el doble régimen del relato, las escenas
no se superpondrán a la manera de un palimpsesto, sino más bien
como diapositivas netamente legibles y que juegan a concordar. Las
figuras lucen la indumentaria de su tiempo, de su ciudad, la más
asiática de Europa. En lugar de algún quimono magenta con una
mariposa estampada, aceptaremos, pues, el rigor de un tabarro color
tinta y una gredosa bauta colgados en el pretil de un puente. En esa
metrópoli de las supercherías, el chivatazo y la delación, las
sucesivas viudeces de Alvise Lanzi se intrincan misteriosamente. No
busquéis y podréis tener la certeza de encontrar. Ahora bien, puesto
que en el fondo toda conclusión silogística se halla desprovista de
interés, sólo las premisas y el ornamento que las rodea saben
divertir. Bello ornamento. Venecia malva y dorada, el cambiante
tafetán del cielo o el plomo celeste, grito de muerte en las tinieblas,
espanto de quien descubre una letal incandescencia en sus propias
entrañas.

—¿Acaso no puede uno leer sin que lo molesten a dada


momento?
De pie ante él, Rosetta se retuerce el delantal.
—Es que, Signor..., vuestra esposa ha muerto...
—¡¿Otra vez?!
Sí, otra vez, la cuarta en treinta años, serie obstinada,
sumamente penosa, que ya en tres ocasiones fue comentada en
Venecia y escrutada en vano por la justicia, con gran profusión de
interrogatorios y delaciones. Ahora se trata de Luisa Lanzi, nacida
Calmo, antigua actriz del Teatro San Samuele, quien, desposada por
pasión, según dicen, catapulta a Alvise al estado de viudez.
Alvise palidece. Ya se oye correr por los pasillos. También se
oye crujir suavemente el entarimado detrás de las puertas. Ocultad,
oh, ocultad bajo los encajes esas manchas negras y lívidas que
maculan el vientre. Había contraído matrimonio con ella por
capricho pasional, pues no tenía un solo cequí e incluso estaba
endeudada con las arrendadoras de vestidos y de máscaras. No
obstante, durante algún tiempo brilló en La Nina pazza per amore.
No, ella jamás se habría vuelto loca de amor, desde luego que no.
Por lo demás, era fea. Fea, pelirroja e infinitamente deseable. Como
había tenido por amante a un maestro vidriero de Murano, el
Consejo, que siempre teme la fuga de sus secretos artesanales, la
vigilaba sin que ella lo supiera. Tampoco Alvise sabía nada, por
supuesto. Ocultad esas manchas. Ha sufrido terriblemente. El joven
médico se siente desconcertado. Dice que muchos han tenido la
misma muerte por haber comido abalones, que la gente cree poder
consumir impunemente en invierno. No sería decoroso dejarle el
rostro al descubierto. ¿Recibirá cristiana sepultura o le negarán el
reposo en tierra bendita?
A decir verdad, también cabe plantearse otras preguntas.
Enero de 1796. Ha nevado toda la noche, y esa mañana los
copos siguen cayendo, verticales en el aire quieto. Procedente de la
Fondamenta Rezzonico, sólo el rascar de las palas, con las que
proceden a retirar la nieve que faquines medio desnudos arrojan al
rio San Barnaba, turba el silencio del salón Lanzi, en el que se han
reunido los íntimos a la espera de los funerales. Sentados bajo los
estucos blancos y grises, fijan alternativamente en los cristales,
donde lagrimea la nieve, en un leño rojeante del hogar, en Píramo y
Tisbe al estilo chinesco, la mirada que evitan dirigirse a sí mismos.
A la izquierda de la chimenea, Alvise Lanzi. Alto, todavía
bastante apuesto pese a sus cincuenta y tres años y un rostro
caballuno, tiene unos ojos grises que cambian con la luz y manos
finas como las de una mujer. Se niega a aceptar su calvicie, y
cuidando con esmero de que su peluca esté perfectamente ajustada,
le dedica sin cesar una tímida atención. Haría mejor en controlar sus
asuntos, pues la manufactura de hilados que posee al este de la
Giudecca no va demasiado bien. Ha confiado desde hace tiempo la
dirección de su empresa a Mario Martinelli, a la sazón sentado a su
izquierda.
Antiguo secretario de un proveedor de armamento naval,
Martinelli dirige las hilaturas como amo y señor absoluto, dado que
Alvise no se ocupa de ellas en modo alguno. Soltero dominado por la
pasión del juego, se entrega a él todas las noches, a cubierto bajo la
máscara que todos conservan puesta incluso en las mesas de baceta
y de faraón. Juega asimismo a las apuestas, como todo el mundo,
pues se apuesta sobre cualquier cosa e incluso en las iglesias,
siempre que pagues un diezmo al clero. Martinelli no tendría
necesidad alguna de llevar máscara, ya que pertenece a ese tipo de
personas a quienes uno olvida nada más verlas: estatura mediana,
rostro regular, nada notable salvo que se muerde las uñas y lleva
amuletos ocultos que en ocasiones se oye tintinear. No se le conoce
amante de uno u otro sexo. Arrellanada en una poltrona, Ottavia
Lanzi, mujer de setenta y un años y elevada estatura, todavía
delgada en su vestido a la francesa de raso de seda negro. Antaño
morena, se empolva el cabello con un matiz plateado que aviva el
fuego de su mirada. Viuda a los dieciocho años, pocas semanas antes
del nacimiento de Alvise, jamás volvió a casarse. Ha escrito poemas
burlescos y un ensayo bastante notable, Il canone principale della
poetica venexiana. Le gusta rodearse de personas instruidas, pero el
absolutismo de sus juicios ha alejado a los más divertidos de entre
ellos, sin que ella discierna la causa de sus deserciones. Nada le
complace tanto como desarrollar análisis que dejan de ser sutiles en
cuanto sus afectos o sus aversiones la dominan. Convencida de su
extrema franqueza, representa bien el papel mientras no necesite
ocultar algún secreto. Tiene varios. Rige su pensamiento con el
espíritu de la Ilustración, lo cual se contradice sobremanera con
cuanto en ella hay de oscuro, de crónica, de arcaica, con todos sus
arrebatos de vieja pitia.
Emilia Laumer, veintidós años, se halla sentada en un taburete,
a la derecha de la chimenea. Sobrina del librero Zamponi, que posee
un establecimiento junto al rio Terra degli Assassini, lo ayuda en su
comercio y lleva libros a casa de los Lanzi. Desde hace algún tiempo,
Ottavia, que tiene la vista débil, siente gran apego hacia ella como
lectora. Emilia tiene el cabello apagado y le gusta recogérselo a la
manera antigua, de una forma que no se usa en Venecia. Más
instruida de lo que suelen serlo las muchachas de la burguesía, habla
poco y tiende a la introspección.
Cerca de un velador, Giacomo Biri, antiguo chichisbeo de la
difunta, resultaría agradable de ver si no tuviera tan mala dentadura.
Decide en su fuero interno evitar en lo sucesivo el contacto con los
Lanzi y, por lo demás, volverá a aparecer una sola vez, a título
puramente decorativo.
La puerta se abre y he aquí a Rosetta Lupi, setenta y tres años,
que viene a servir el café. Lleva un pequeño fular anudado en forma
de turbante y un delantal ribeteado de encaje. Antigua aldeana de
Malamocco, está destinada al servicio personal de Ottavia desde la
adolescencia y le profesa la ciega adoración de una perra.
Otras figuras aparecerán a su debido tiempo, casi siempre en
un papel retrospectivo, como el de las esposas difuntas. Al presente,
alguien se felicita por una cosa lograda, en la amplia y sombría
estancia que las ventanas, que ocupan toda la anchura de la fachada,
y los dinteles de las puertas, donde Zucarelli pintó la Arcadia, no
consiguen alegrar.
Alvise se aburre, sobre todo, y se pregunta quién acudirá a las
exequias. Se ha pasado toda la velada de la víspera en la biblioteca.
Se trata de una hermosa habitación, no sólo porque, un tanto
advenedizo, se esfuerza por dotar a su vivienda de un estilo por
encima de sus verdaderas posibilidades, sino, en especial, porque la
pasión de los libros constituye para él el ancla de salvación.

Las marionetas no sólo hablan, sino que también escriben, de


modo que conviene exponer sus cartas a los espectadores.

Venecia, mayo de 1766


¿Qué deciros, mi querida sirena, sino que el arquitecto Massari
acaba de morir, que Guarana está dando los últimos toques a unos
hermosos frescos para la capilla del Senado y que se lleva mucho el
raso gris realzado con rosa oscuro? Exhibieron en el Campo San
Stefano a una mujer con dos cabezas, y jamás se vio nada tan
singular; sin embargo, como para que no escapara le habían roto las
piernas, no sobrevivió. Henos, pues, privados de un pequeño placer.
Aparte de eso, las noticias son bastante escasas. Los Lanzi han
comprado la casa Zolpan, en la Fondamenta Rezzonico, y Marcia
Zolpan, cuyo padre falleció, ha recuperado la vieja vivienda al otro
extremo del rio. Parece ser que en el transcurso de las transacciones
Alvise Lanzi, que tiene ya veintitrés años, se prendó de Marcia
Zolpan, de la misma edad. Como el rumor acerca de una común
escapada a Fusina corre ya por los cafés, todos creían que habría
boda, pero la Signora Lanzi no lo ha permitido. Es una pena, pues
Marcia es una hermosa joven, aunque no tiene mucho pecho. En
cuanto al bigote que le salió cuando era jovencita, ha desaparecido,
lo que permite concluir que se lo quita con cera. En cualquier caso,
Marcia tiene ingenio y firmeza de espíritu, lo cual no resulta muy
fácil de encontrar en nuestros días. Alvise se casa, pese a todo, y
mucho más ventajosamente. Contraerá matrimonio con Catarina
Pellegrini, muy dulce y opuesta en todo a Marcia. Naturalmente,
conocéis a los Pellegrini y os consta que el viejo Zanni se las ingenió,
por vías oscuras y laberínticas, para invertir en el extranjero en la
trata de esclavos. Catarina, que tiene posesiones en el Friul, ha
encargado su retrato a la mejor discípula de la difunta Rosalba
Carriera. ¿Y sabíais que Catarina es epiléptica?
Hasta pronto, querida mía, os beso tiernamente.

Aquí tenemos, pues, a Alvise a los veintitrés años. Todavía


conserva todo el cabello, y desde hace algún tiempo se esfuerza por
seguir la moda. Ottavia y él se hacen frente, ambos de pie en el
salón, cuyas persianas están cerradas contra el sol de mayo.
Ella no cederá con facilidad. Acaso no lo haga en absoluto.
Siempre se sale holgadamente con la suya. Su hijo no es hábil
retórico, su dialéctica resulta tan chata como rico su pensamiento.
Los libros le proporcionan lo que él no puede ofrecer. Un cristal se
yergue entre el argumento y su formulación. Menciona la escapada a
Fusina y lo que entraña de obligación moral. Ottavia prorrumpe en
carcajadas, esboza la imagen de una ciudad tolerante y disoluta. Él
evoca la elegancia y la distinción de Marcia Zolpan, factores nada
desdeñables en cuanto a crédito social. Ottavia se alza de hombros.
Por último, él hace el elogio de una inteligencia cuando menos
notable, y ése constituye el más torpe de sus argumentos, algo que
en verdad no hubiera debido decir.
En el momento en que Ottavia se dispone a lanzar una
fulminante objeción, Rosetta viene a anunciar al vendedor de
abanicos y la Signora sale, no sin antes dirigir una indescifrable
mirada a su hijo.
Objeción de Ottavia: Marcia Zolpan es lesbiana. En efecto,
Marcia Zolpan es lesbiana, inclinación a la que se entrega con tanta
regularidad como discreción. No se ata a nadie, si bien evita
asimismo cambios demasiado frecuentes o desconsiderados,
susceptibles de ponerla en evidencia. Lo cual demuestra prudencia,
mundo y disciplina, virtudes que precisamente forman la base de una
armoniosa unión. Ottavia debería comprenderlo, pero no puede.

Acaso no resulte inútil examinar el retrato de Catarina


Pellegrini, imagen bajo cristal, de unos cuarenta y cinco por
veinticinco centímetros, en un marco de madera dorada. El nácar de
la tez sólo se debe al pastel y, como siempre en tales casos, fue sin
duda pagado a alto precio. Ramillete de rosas rosa sobre los pechos
planos y, coronado por la frente en forma de torre, un rostro
estrecho de ojos muy juntos, nariz aquilina, una cara de pájaro.
Debilidad y dureza. Debilidad y dureza, no es en absoluto aquí,
señora supuestamente tan dulce, donde para alegrar las miradas
festejaremos vuestras nupcias. Presentaos, pues, de otro modo que
con blancos merletti y calzada con terciopelo marfil. Presentaos,
Catarina, tres años después de la boda, mientras la Serenissima
prepara sus fastos para la visita de José II de Austria y toda la ciudad
se histeriza en un esplendoroso desorden. Presentaos en el lecho.
Batista de largas mangas pespunteadas, pero de las que sólo se
ve una, al igual que sólo se ve un pecho, plano, como ya he dicho, y
flácido. Bajo ese seno, pálidas jaretitas, y bajo las jaretitas, un
embrionario perrito de lanas, medio hundido en la marta cibelina de
una mañanita verde-celedón. Volantes húmedos de sábanas que
huelen a axila y a hembra, manta color de rosa seca y con rosas
perfumada. Mientras una cara de pájaro se inscribe hacia atrás bajo
una difusa aura de un rubio ceniciento, casi gris, y el chichisbeo lee
las gacetas en voz alta, el tío panzudo, que revienta de grasa
embutido en su vestidura roja, y el cura de hocico pederástico toman
asimismo el chocolate que sirve un libidinoso criado.
Catarina Lanzi se toma su chocolate matinal. Se espera que la
tripa se abra para otoño. Así pues, la señora aguardará hasta
entonces, mejilla seca y flácida, nariz aquilina, iris azulado y en el
aliento un persistente y rancio olor a vómito. El vientre, lleno de
viscosas ágatas, de calabazas azules y púrpuras, es una garrapata
enorme, un cascarón cargado de rojizo velamen, de líquidos
cloqueantes, de toda una asadura de sangrientos repliegues, de
aguas cenagosas, de cartílagos, de masas vítreas que se opalizan en
amarillo verdoso, de esponjosas proliferaciones amontonadas unas
sobre otras como desperdicios en una bolsa. Les gustaría que fuera
un chico.
Catarina Lanzi, nacida Pellegrini, se ha tomado el chocolate,
mezcla, entre otras cosas, de cacao, vainilla, canela, azúcar moreno y
un poco de anís para expulsar los gases. Debe de estar hinchada por
haber comido demasiadas cerezas y bebido agua helada. De pronto,
también ella se siente helada. Todo el mundo se ha ido, incluso el
perrito de lanas. No tiene fuerzas para levantarse. Suda y tiembla,
querría devolver pero no puede. El corazón se le sale del pecho, el
pulso cae y disminuye. El entarimado cruje detrás de la puerta del
pasillo. Alguien respira ruidosamente. Catarina agita una campanilla
cuyo badajo ha sido retirado. Catarina llama, llama. Tardan mucho
en aparecer. No aparece nadie en absoluto. Alguien cuchichea.
Finalmente, asoman. ¿Qué es lo que queréis?... No, el médico no
vendrá. Callad. ¡Callad, por el amor del cielo! Bebed un poco más de
agua helada. Vomitar no sirve de nada. Aguantaos. ¡Que os quedéis
quieta he dicho!
Espasmos. Las quemaduras son atroces. El coro de las palomas
resulta atroz. Catarina se dobla sobre sí misma, se crispa, se apoya,
se hunde, se resiste, se hace un ovillo y profiere alaridos como
durante sus crisis de gran mal. Esta vez el fruto se sobresalta,
patalea, da vueltas y revienta, bloqueado de través en la pelvis.
Entonces, ella vomita un cieno negro mezclado con sangre y que
despide un espantoso hedor. Plantada a los pies de la cama, Rosetta
mira sin decir nada. Alvise entra y le coge la mano a su mujer, el
ceño fruncido en un pliegue de preocupación.

... he olvidado escribiros que Catarina Lanzi murió este verano,


lo cual no armó demasiado ruido, pues fue justo antes de las fiestas,
que fueron magníficas. Supongo que nuestro amigo el caballero os
las habrá descrito. Empezaron con la llegada de los embajadores y, a
partir de ese momento, todo fueron festines, comitivas, fuegos
artificiales. Habían vuelto a dorar el Bucintoro. Toda la dársena
parecía un jardín encantado, con islas, bosquecillos de mirtos y
laureles, arenales de luz. Nuestras regatas siempre dan cien vueltas
en belleza a cualquier otra cosa. No obstante, no quiero fatigaros con
un exceso de esplendores, cuyos detalles deben de seros de sobra
conocidos. Permitidme tan sólo deciros que los bissone, que
representaban el monte Olimpo, o la Carroza de la Noche, con
veinticuatro estatuas que figuraban las horas, así como la luna, que
se alzó rodeada de estrellas, colmaron de asombro a nuestros
visitantes. Hasta el punto de que la pobre Catarina tuvo que
conformarse con unos funerales hechos deprisa y corriendo. Murió
sofocada por el gran mal mientras estaba encinta. En fin, tal es la
versión oficial. Me había hablado —y os lo confío sub rosa— de sus
sospechas en relación con ciertos abusos de confianza, mas no se lo
había mencionado a su marido por prudencia y ponderación. Para
cualquier cosa hacen falta pruebas, querida mía. Eso es lo que
también yo me digo, teniendo en cuenta el sorprendente cambio que
tal deceso imprime a los negocios de A. L. En efecto, ¿quién no
puede evitar decirse que is fecit cui prodest?... Mas no divulguéis
una sola palabra, os lo ruego...
En cuanto a mí, ya he dicho demasiado al respecto, a menos
que se trate de una finta. Tenemos de sobra donde escoger, ¿por
cuál optaremos?... Ciertamente, no por el arsénico, conveniente para
las esposas abandonadas o adúlteras, para cloróticas debutantes o
sirvientas despedidas, cuando los alcaloides vegetales, tan puros y
tan naturales, ofrecen suntuosos recursos. Sus efectos se desarrollan
en colores, y de pronto vemos un iris cerúleo virar al intenso púrpura
de los mataderos, una tez color camelia adoptar tonos malva
azulados, el coral rosa de los labios tornarse coral negro, que es
infinitamente más precioso, no cabe la menor duda. Ahora bien,
¿dónde crecen esas pictóricas hechiceras, al pie de qué helechos,
bajo qué musgos?... Tal vez lo diga. No debemos olvidar jamás las
lecciones de la Antigüedad, tan bien versada en la ciencia de las
hierbas.

Ciertamente nada descontento con el dinero que le llega,


Alvise experimenta, empero, una intensa y vaga inquietud, cierto
malestar, puesto que en su casa, al igual que en la de su madre, o en
la de mucha gente, todo es ambivalente, si no contradictorio. Ottavia
no entra en la biblioteca, donde por el momento se halla instalado
Alvise, salvo para buscar algo que leer, pero nunca se queda mucho
rato. La biblioteca está entarimada, la única estancia, además de los
pasillos, que se presta para seguir esa moda. En consecuencia, sólo
allí se pueden oír los crujidos del roble por efecto del cambio de
temperatura, las demás habitaciones de la casa están embaldosadas.
Esto acaso no sea intencionado, sino fortuito. (Por el contrario, en el
castillo de Nijyo, en las salas revestidas de ciprés donde el shogun
recibía el homenaje de sus vasallos, que se arrodillaban ante su
abanico plegado, las tablas del suelo cantaban como un pájaro a fin
de desbaratar toda aproximación clandestina.) La biblioteca Lanzi es
amplia, pero como las ventanas reducen sobremanera sus superficies
murales, ha sido necesario levantar estanterías, que componen un
laberinto en bustrófedon. En la larga pared, hornacinas que albergan
bustos de alabastro alternan a modo de jalones con las vitrinas de
caoba, disposición típica en numerosas bibliotecas privadas del
patriciado veneciano. Lo único que evidencia esta colección, en la
que las ediciones incompletas y desparejas dejan paso sin transición
al embrollo de gran número de materias, es una pasión ciega,
vehemente, descabellada y acaso autosugerida, al menos en sus
comienzos. Así, las Elegías de Tíbulo se codean con los poemas de
Catterina Dolfin, Platón en dialecto veneciano con antiguas obras
marítimas, la Historia natural de Buffon con los Raggionamenti de
Aretino. Para Alvise, los libros constituyen la puerta al mar abierto,
la escapada. Sean cuales fueren, le permiten respirar, pues en esa
casa uno se asfixia. Alvise conversa con sus libros, viaja con
Bougainville, juzga con Cicerón, fornica con Giorgio Baffo y ríe con
François Rabelais. Vive con ellos sin restricciones ni cadenas, sonríe
ante la perogrullada del librero Zamponi, que ve en los libros a sus
mejores amigos. Con perpetuo temor a los tentáculos de una mujer
absorbente, y luchando sordamente en todo momento por
salvaguardar un poco de libertad, a Alvise le encantaría, pese a todo,
poder compartir sus alegrías. Entonces, rodeada de una bruma
noble, lírica, argentina, como la que se cierne sobre la laguna en las
mañanas de otoño, pasa por su mente la imagen plana y recortada de
una esposa de dos dimensiones.

—No hay que beber agua helada en estos tiempos —dice el


cocinero.
—No hay que tomar chocolate si se sufre del gran mal —
sostiene el lacayo.
—Se trata de una muerte accidental que sobreviene a menudo
en esta ciudad —afirma el médico.
«Bien, ya está hecho», piensa alguien.
—No hay que comer cerezas cuando se está encinta —dice el
gondolero de los difuntos, mientras se aproxima por el rio San
Barnaba para conducir a Catarina hacia la Estigia.
Son unos funerales sin pompa ni esplendor. El cortejo fúnebre
se desliza por un agua verde y opaca como la hiedra, entre rojas
fachadas desconchadas. El sol que alumbra la cabeza de león en la
parte anterior del catafalco devora la llama de los cirios. La gente se
asoma a las ventanas a fin de oír mejor a las huérfanas de la Pietà,
de pie en una gran barca y medio ocultas bajo el ninzoletto, que
asciende desde su espalda hasta cubrirles la cabeza, cantar el
Miserere a doble coro, a la manera de Adriaen Willaert. Nada resulta
visible de los demás asistentes, agazapados bajo el secreto de la felze
y cuya embarcación fúnebre siguen las góndolas.
Miserere nobis, Domine, cantan las huérfanas, con florituras,
apoyaturas, arrullos, glissandi, mientras el agua chapotea, cloquea,
hace gárgaras con borborigmos de agonía y el remo asesta golpes
secos en la forcola. La canícula pesa sobre el musgo de los muros,
que brilla con la marea baja, pesa sobre la ciudad, dentada en forma
de corola de clavel y que a su vez pesa sobre las aguas grávidas,
sobre los fondos cenagosos de la laguna. Purificado por el horno de
una hoguera que parece irreversible y se diría que rechaza todo
límite, el espíritu se proyecta en el éter como un ave. Con su
inexorable lucidez, domina los cuerpos que yacen en su propia
gravedad y que un ardiente suplicio reduce al silencio. Mientras ya la
silueta de San Michele se perfila en papel gofrado color de alajú, en
la Giudecca un comisario retira treinta y cinco balas de seda cruda
secretamente preparadas para él. La pérdida es mínima en
comparación con lo que representan, por ejemplo, las propiedades
del Friul.
Sin embargo, Morello de Luigi, cómplice de Martinelli, ha
cometido la imprudencia de confiarse a su amante, cosa que jamás
se debe hacer. Esa mujer tiene por hermana a la camarista de
Catarina Pellegrini. En ocasiones, una mirada, una alusión, un gesto
apenas esbozado bastan, y Martinelli no lo ignora.

Largo rato después de que, al crepúsculo, el toque de la


Realtina haya señalado el cierre de los establecimientos, una
lámpara brilla en el primer piso de una manufactura de hilados,
despidiendo, a través de los pequeños cristales de la ventana, su
gualdo resplandor hacia un patio de ladrillos, mientras que en las
paredes del despacho, una sombra asciende al asalto del techo,
cortada por las de los registros que alguien abre y vuelve a cerrar.
Me he librado de una buena, pues ciertamente había penetrado
todo el asunto, todos los asuntos. No era tan estúpida como cabía
pensar, pero si hubiera hablado, algo habría llegado a mis oídos. Que
se vaya de la lengua en el infierno.
En el pequeño despacho, toma un registro negro, otro registro
rojo, sube la mecha de la lámpara. Sansopetro, diez balas y dos rollos
de cinco. Ferro, cuatro balas (pendientes de pago). Morello de Luigi,
cien libras de madejas de fibra cruda. Antaño secundó con suma
habilidad en sus estafas al amo que tenía, aun cuando el asunto
implicaba extremo peligro para ambos. A todo jugador le gusta el
riesgo. El proveedor se las arreglaba para hacer entrar por una
puerta del Arsenale los cordajes ya registrados una vez habían
franqueado otra. Se exponían a la tortura y la muerte, pero tuvieron
suerte.

Entretanto, los cafés iluminados a giorno rebosan de pedantes,


aventureros, espías, timadores, que ríen, charlan, escuchan, con el
tricornio en la cabeza y la máscara apartada sobre la oreja. Se hacen
visitas hasta medianoche, se juega en los garitos. Ocultas bajo la
bauta, las máscaras deambulan y se inclinan en el vaho rojizo, sin
sacar la mano del manguito sino ante las mesas donde los tahúres
echan raíces durante horas al quince, al ciento, a los dados, al
faraón, a la baceta, al bacarrá, al pároli, al bisbís, mientras las velas
lloran su cera amarilla sobre los sombreros. Asimismo
enmascaradas, las vendedoras de rosquillas, las ramilleteras de falda
corta, las muchachas galantes, mal disimuladas por su cendal,
circulan entre la multitud. El aire denso resulta terriblemente cálido
en esa caverna infernal, mezcla de todos los perfumes y todos los
hedores, que se depositan en capas grasientas sobre los espejos. La
gente se queda hasta la hora en que el Canal Grande toma un color
plomizo antes de desaparecer bajo las barcas de los hortelanos. No
obstante, en los recodos de jardines secretos donde sucumben
moscas de vientre blanco, en la esquina de palacios que flanquean
leones sarnosos, una Estigia sin sauces ni cañas, una marea de tinta
chapotea lúgubremente. Tal vez la ciudad esté a punto de ser
engullida en un instante. La noche siempre aporta algo cuando los
espejos se anegan en tinieblas. Unas linternas pasan veloces sobre
un puente. Cantos siniestros y obscenos llegan de no se sabe dónde.
Resuena un largo grito. Un fanal de galera arde en el patio de un
palacio. Es posible encontrarse en secreto en el Uomo Selvaggio,
albergue de mala fama donde las sirvientas hacen compañía a los
clientes y donde sirven un vinazo llamado Alfabeto, a cinco soldi el
cubilete. Se trata de un pérfido brebaje que vierte vitriolo en la
sangre y deposita salitre en la lengua, un filtro sucio y vigoroso que
impulsa a darle a la sin hueso. Ella y él se encuentran allí,
enmascarados. Con el índice, la mujer traza sobre la mesa figuras en
un charco de vino.

Pasemos ahora a lo que no sabríamos fechar, el intemporal


descubrimiento, la confusa toma de conciencia, las querellas
amorfas, las alusiones, pero asimismo una gran reserva, porque en lo
sucesivo nada carecerá ya de consecuencias.
Han visto algo. Han oído algo. Por eso, cabe proceder a
reforzar el código de las inhibiciones, establecer un ceremonial más
sutil que habrán de atravesar fintas agridulces, semisonrisas,
ternuras y perfidias.
Se encuentran frente a frente en el salón, de pie e idénticos en
estatura, similares en cierto modo. Acaso él prefiere el mal de la
inquietud a la herida de la huida. A ella le consta que el hombre lo ha
entendido todo. Una pálida cuerda viscosa, una sanguinolenta espiral
los une todavía. Se da el caso de sorprender la hoja acerada de una
mirada. Una sombría marea asciende entonces de las profundidades,
emergen monstruos, para desaparecer de repente en la brusca
absurdidad del sueño. Y al igual que en éste, hay cambio de luz,
cambio de decorado, mientras orquestas ocultas sollozan o rugen en
cavernosos dédalos.
La época es favorable a los fomentos. Lo único que hay que
hacer es reunir los ingredientes, el enante azafranado, que cuando
quiebras sus tallos derrama un jugo amarillo como el pus, la ruda
fétida y oleaginosa, la lúgubre digital y el ranúnculo malvado, el
ricino, que denominan palmacristi, el estramonio, también llamado
higuera loca, el telefio, conocido como matacallos, la hierba cana, o
suzón, la hierba mora y los bulbos de cebolla albarrana. Hay que
saber reconocer sus follajes oscuros y gofrados, dentados en forma
de cresta de gallo o recortados como cola de cangrejo, las bayas
lívidas, las máculas púrpura que ensangrentan los tallos de la cicuta,
el tufo pútrido de la mandrágora o la sombría elegancia del acónito.
El acónito, precisamente, provoca una cianosis que tifie de gris la
piel, cosa sumamente curiosa de ver, mientras que la cicuta ocasiona
espasmos semejantes a los de la epilepsia y que tan interesante
resulta observar. Mas eso no es nada en comparación con el euforbio
preparado según la receta de Catarina Sforza. Esta preparación,
denominada ad tempus porque sólo actúa a largo plazo y mediante
sucesivos accesos, es de las más sencillas de elaborar, ya se utilice la
leche de los tallos o el aceite de las semillas, o incluso ambos. Sus
efectos son tan indescifrables como espectaculares, sus huellas,
discutibles, y conociendo la receta, hasta un niño lograría realizarla
sin esfuerzo en un pequeño hornillo.
El coro terrible de las palomas que anidan en el cornisamento
comenta la acción. Alguien llora. Un zapatito de raso rosa, sucio y
como magullado, se aleja llevado por el curso del agua. A la caída de
la tarde, una vieja campesina se presentará con un cesto. Ya hay dos
gatos muertos, y se dice que alguna rata ha debido de morderlos. Por
la noche, las ratas corren de la planta baja al piano nobile.

Venecia, mayo de 1772


Mi muy querida sirena:
Tras otorgarme el placer de su visita, sin que ello mitigue, no
obstante, la pena que me causan sus despedidas, el caballero tiene la
bondad de llevarse consigo esta carta, que sólo abandonará sus
efectos personales para pasar a vuestras bellas manos. La góndola se
encuentra ya ante mi puerta con el fin de llevar a nuestro amigo a
Mestre, donde le espera un asiento, pues allí siempre cabe encontrar
coches con destino a Alemania. Cada uno de nosotros siente envidia
del caballero. ¿Y se puede saber por qué, os preguntaréis, si
Alemania es un país frío y lúgubre, y su música tan bárbara?... Lo
cierto es que aquí no se puede toser ni estornudar sin que Messer
Grande sea informado en el acto por sus sicofantes. Las paredes
tienen oídos, las cerraduras están provistas de ojos, los espías llevan
la sotana del cura y el blusón del farandulero, incluso las propias
monjas ejercen tan despreciable oficio. Los espías más encarnizados
son los sirvientes, las cortesanas y, sobre todo, los gondoleros. Al
menos estos últimos sólo pueden informar de lo que ven, pues en
cuanto a lo que oyen, eso es harina de otro costal. La gente
cuchichea, se pasan un billete al abrigo de la felze...; de no ser así,
todos estaríamos muertos: con i Dieci c'e la tortura, con i Tre la
sepoltora. Con todo, sin los gondoleros, que tienen sus avenencias
con las camareras y las gobernantas, las aventuras amorosas
resultarían mucho más difíciles. Reís porque, con ocasión de vuestra
estancia, tan cruelmente breve para nuestro corazón, sólo visteis el
aspecto galante de una ciudad donde, según dicen, nada pesa ni
dura. Mas ¿qué decir, entonces, de esos rencores hereditarios, de
tan satánicos celos, de tantas ansias asesinas? ¿Qué significan los
puñales, los venenos, los sacos arrojados al Canal en las horas
nocturnas?...
Y no obstante, aquí todo son danzas, conciertos y salones de
baile. Muchos se contentan con ello, pero lo cierto es que a la puerta
de las iglesias, mujeres de buena familia ocultas bajo un cendal
negro y hombres honorables disimulados por la bauta permanecen
arrodillados durante horas ante su escudilla. Ah, querida mía, yo no
vertería ni una gota de vermut en un vino tan bueno, pues confieso
que si vuestra garganta no fuera la cosa más hermosa del mundo,
entonces lo sería Venecia. ¿Qué se comenta en ella en estos días?...
Tan sólo sucesos muy extraños. Sacaron de los pozzi a un sacerdote
cuya piel se había vuelto verde. Acaban de ejecutar a un tal Zuane
Sabino, padre de siete hijos y siempre con el rosario en la mano, que
fue pillado in fraganti mientras estrangulaba a una niña a la que
acababa de forzar. Era la décima en su haber. Le cortaron las manos
y el miembro, antes de ser descuartizado y luego colgado cabeza
abajo ante una gran concurrencia de público. Las salpicaduras de la
sangre llegaron hasta las dos columnas, tras de lo cual ya no hubo
manera de encontrar sitio en los cares de la Piazza. Ayer
representaron en San Samuele Il cavaliere di Ripafratta, una
comedia hilarante. En este momento nos ofrecen tantas buenas
comedias como buenos conciertos, y es preciso haber escuchado a la
Jomelli al clavicémbalo, interpretando la Follia de Corelli.
Os dejo, mi querida y muy amada sirena, sin deciros nada más;
ya conocéis lo que alberga mi corazón.

Esta carta sólo encierra verdades. Venecia, en la que, según


dicen, nada pesa ni dura, conoce desapacibles amoríos, pasiones
devastadoras, y cuando una mujer como Marcia Zolpan sucumbe a
ellas, su peso la aplasta, su duración la desgasta. No había
anticipado semejante cataclismo con ocasión de su escapada de
1766. En Fusina sólo tenían ansias de aventura. Querían comparar
con los amores sáficos y no seguir siendo vírgenes por siempre
jamás. Y tampoco esa vez querían atarse. Anhelaban provocar. Medir
sus fuerzas. Querían jugar al ganapierde. Pero uno queda atrapado
en el juego, pierde sin haber ganado nada. Alvise se mostró débil y
cobarde, un hombre que no sabe afirmarse aunque esté enamorado.
Humillada por siempre jamás, Marcia reanudó su vida, por lo demás
sumamente agradable, ya que, huérfana y heredera, sólo conoce de
la familia sus aspectos placenteros, siempre y cuando el destino los
conjugue a fin de garantizar el efecto apropiado. Por lo que respecta
a las mujeres, sólo le es posible amar su epidermis, y en todo lo
demás les profesa feroz desprecio.
En esta ciudad de espantosa pesadez, donde hasta los muertos
son más cargantes que en otros lugares, he aquí, por ejemplo, a
Marcia Zolpan, que, enmascarada y a bordo de una góndola de
alquiler, se hace conducir al cementerio San Michele, un lugar en el
que pululan las ratas, para visitar la tumba de Catarina Lanzi.
Permanece allí plantada, de pie, con las manos vacías y los ojos
brillantes, dos llamas debajo de la máscara. Al darse cuenta de
pronto de que la han seguido, su cuerpo se cubre de sudor.

Ottavia cierra el abanico y, tras inclinarse con una sonrisa, se


acomoda al doguillo en el regazo.
Piero Trapassi, su chichisbeo desde hace algunos meses, se
halla sentado cerca de ella. Tendrá unos cuarenta años. Bonitos
dientes, ojos expresivos y el don de la elocuencia se suman a una
elegancia extrema que se las arregla para que no le cueste nada. Con
el seudónimo de caballero Loizeau de Seilhac, escribe para las
gacetas noticias galantes un tanto escandalosas. Aparentemente
extravertido, tiene no obstante sumo cuidado de no revelar nada de
sí mismo, por eso se ignora todo respecto de sus costumbres,
probablemente nada ortodoxas. Antiguo empresario teatral, doble
agente a sueldo de Venecia y de Francia, intriga asimismo de modo
muy peligroso con Austria. La Inquisición le ha encargado que se
introduzca en casa de los Lanzi como confidente; sin embargo, al no
haber descubierto nada en concreto, y ya una vez en la casa,
sustituyó de forma absolutamente natural al difunto chichisbeo de
Ottavia.
Juntos comentan las comedias, los conciertos, las modas, las
intrigas galantes, se acaloran para luego interrumpirse bruscamente
si brillan con ardor sospechoso, por temor a adentrarse en vías que
puedan conducir a las cámaras secretas de la cancillería ducal. Un
lacayo aparece portando malvasía y baicoli en una fuente de plata.
En cuanto ha pasado el ángel, el coro de palomas se apresura a
colmar el silencio mediante horribles zureos. Ottavia se abanica sin
dejar de acariciar al doguillo. Hay ironía en la mirada que dirige a
Alvise, quien, de pie ante la ventana, da la espalda a los presentes,
mientras un sol oblicuo enciende sus arcos iris en el bisel de los
espejos y las girándulas de los entrepaños. Alguien se pregunta cómo
apaciguar a sus acreedores. Alguien se pregunta si Alvise volverá a
casarse. Alguien se pregunta si la persona a la que ha visto salir en
circunstancias especiales era sin duda la que cree. Alguien dice algo
inesperado. Un vaso cae de manera por completo singular. Efecto
quizá de esa progresión hacia la catástrofe, desgaste de la cuerda
que va a romperse. Chi la tira la strappa, como suele decirse.

—Sólo una vez cedí ante ti, pero jamás volveré a hacerlo.
Hoy, 25 de abril de 1775, festividad de San Marco, nada
sospechoso, doy fe. Bonito espectáculo de una excursión al campo en
un pequeño casin por el canal del Brenta, entre Dolo y Mira Vecchia.
No se trata de una villa como la Pisa decorada por Giandomenico
Tiepolo, o la Giovanelli detrás de su peristilo, sino tan sólo de un
pabellón rococó, castillete para polichinelas, en el centro de un
jardín enmarañado por el que corretean faisanes que no pertenecen
a nadie, un lugar de veraneo sin ceremonia que, a lo largo del agua
espesa y verde como una crema de verduras, despliega sus tiernos
colores de almendra y de hortensia. Como la casa de recreo sólo
tiene cuatro habitaciones, no es posible recibir a mucha gente, pero
resulta más que suficiente para refugiarse cuando la lluvia amenaza
un picnic.
No hay sirvientes, y sólo se llega por el Burchiello, entre
sonoras risas y portando cestas y botellas. Abren los postigos, dejan
que entre el aire para expulsar un tufillo a yeso y humedad. El
edificio data de tres años atrás, y fue Baldassare Bruni, proveedor
del Arsenale, quien lo hizo construir para su primogénita, Felicita,
poco antes de que se lo llevara una apoplejía. Baldassare había
prometido a su hija menor, Teresa, que le construiría un pabellón
similar, lo que demuestra que nunca hay que apresurarse a hablar.
Felicita es una muchacha alta de carnación pura y trigueña,
que sabe tocar el arpa y devolver un cumplido en latín. Dicen de ella
que es austera. Teresa es asimismo alta y delgada, pero de tez más
clara. Toca el clavicémbalo y nada le gusta tanto como brillar,
brillar...
Alvise Lanzi acaba de contraer matrimonio con Felicita Bruni
hace unas semanas, y como esa mañana hace buen tiempo, han ido a
almorzar sobre la hierba en reunión íntima.
El jardín desciende hasta el camino de sirga bordeado de
alisos, de sauces, de higueras. Las uñas de algunos árboles frutales
penden a modo de lluvia, grandes macizos de helechos han brotado
por sí solos, sembrados por el viento. Junto al último peldaño se han
dispuesto varios cojines cuadrados en torno a un extenso mantel.
Adosado al pedestal de la columna que remata la escalinata, Alvise,
con traje color tórtola, parece rejuvenecido. Felicita, que luce una
gorguera de tul color café con leche en torno al cuello, bajo una
capelina al estilo de las labradoras, no deja de mirarle. Mientras
procede a pelar sus camarones, Ottavia comenta maliciosamente en
griego clásico las historias escabrosas que le va relatando un cura,
hinchado como una esponja por los efluvios de las casas de baños.
Teresa se muestra excesivamente alegre y canta a voz en grito.
Invitados a acudir con atuendo informal, algunos vecinos se han
presentado disfrazados, y uno de ellos, con su copa de Conegliano en
la mano, canta un aire, de Galuppi:
—Quella zente che gà in bocca 'l riso...
Todos se atiborran de moleche, bueyes de mar que, una vez
han abandonado el caparazón durante la muda, son echados vivos en
aceite hirviendo. Hacen los honores a un Breganze bianco con
fragancia de heno joven y que exhibe el color del botón de oro. Piero
Trapassi narra la historia de una sirvienta que aseguraba ser víctima
de un trasgo que la habría dejado encinta. Alguien habla de
antiparras halladas en la sopa y de una monja escondida bajo una
cama. Mario Martinelli se sirve de nuevo chipirones, antes de que un
Mezzetin corte el pastel de asadura, del que, una vez despanzurrado,
brotan mollejas y riñones entre una densa vaharada de entrañas.
Abandonando alguna carroña a medio chupar, moscas verdes acuden
a libar el festín. Un Inferno gran reserva, domeñado por la edad
hasta conferirle una mórbida dulzura de nuez, acompaña a los
hortelanos con polenta, el cordero lechal y el arroz con queso.
Apoyado en un codo, un Dottore lanza un sofisma, pensado para
atraer la atención, y luego cuchichea al oído de una Colombina que,
tras levantarse la máscara, revela un bellísimo rostro de muchacho.
Alguien sentencia con voz de falsete que, se mire como se mire, el
hombre es mortal. Entonces, Alvise se pone la máscara, bajo la cual
sus ojos se encienden de repente como dos puntos de mercurio.
Las moscas verdes la emprenden ahora con los mostachones
color barro cocido que todos se disponen a mojar en vino de
Canarias, y con el mascarpone lombardo. Por el momento, los
presentes hacen los honores al rubí de Valpantena, al añejo
Cinqueterre, al ámbar pesado y cálido del Vino Santo toscano, al
Breganze rosso, cuya inicial caricia se torna melancólica amargura.
Se cantan galanterías. Todos se muestran muy alegres. Parecen muy
alegres. Están embotados por los vinos y por la llamada del cuclillo.
El frescor del suelo traspasa los cojines, la incomodidad del asiento
de terciopelo obliga a cambiar de postura sin cesar. Las hormigas
ennegrecen los platos de postre. Todos ríen cada vez más. Para
alguno, el mundo es un pozo de mina, mil águilas lo ciñen con su
batir de alas, los océanos se volatilizan en forma de vapor, ciudades
de osamentas se derrumban, cuyas cenizas inflamadas colman las
ventanas de su nariz. Su boca es una muela de piedra que moldea las
arenas; el reverso de su rostro, una úlcera verde con una capa de
pelos de cardo; su lengua, una guindilla ardiente; las avispas devoran
sus ojos; su corazón es un oso que va y viene por su guarida y cuya
cabeza se asfixia en una sima; cada uno de sus cabellos es una
cuerda de ahorcado; toros furiosos galopan por sus venas, y
entretanto, la naturaleza vocifera un perfecto silencio. Es posible que
no sea uno solo de ellos quien sienta así, sino varios. Puede que
incluso personas ausentes experimenten lo mismo.
El cuclillo llama, monomaniaco. Un invitado se quita la peluca.
El cielo adopta un color ceniciento, lejano. Repica una campana. Es
la hora en que riegan los jardines. Los jardines visibles y los jardines
ocultos bajo negros bosquecillos o agazapados en el secreto de
ruinas olvidadas.
Sin embargo, la narración corre por sí sola, como un ovillo de
hilo que se desovilla pendiente abajo.
Los tíos Pellegrini se hacen preguntas en relación con su
sobrina Catarina. Las sospechas del panzudo son vagas, mientras
que el cura, de natural fisgón, se esfuerza por poner las cosas en
claro. Está en buenas relaciones con el Consejo de los Tres, y es
asimismo muy amigo del confidente Bernardo Gabinotti, quien, por lo
demás, más bien está especializado en la corrupción de los lacayos
de embajada, pero ignora, no obstante, las actividades de Trapassi.

... con quien contrajo matrimonio la primavera pasada. Se dice


de ella que es erudita, y es bastante hermosa, pero no se la solicita
demasiado en sociedad. Corre el rumor de que el valor de la dote no
fue el que cabía esperar. Es cosa sabida que Felicita carece de
tierras, que en cambio sí poseía la Pellegrini, y su finquita de verano
junto al Brenta no representa ni la tercera parte de la casa
campestre que los Lanzi disfrutan en Torcelio, aunque apenas tenga
valor, según dicen.
Me regocija que preguntéis en qué consiste la «máscara
completamente redonda». Se trata de la moretta, y se sigue usando,
salvo las parlanchinas, que no pueden hacerse a la idea de sujetarla
con la boca por medio de un botón. Aparte de eso, mi querida sirena,
nuestras modas cambian a cada momento, y la de los vestidos
ondeantes ya ha durado demasiado. Desde el lunes la muñeca de la
Merceria se exhibe con polonesa de pana malva. Resulta soberbia,
pero ayer, sin ir más lejos, había tanta gente que era preciso
aguardar en la calle. ¿Y sabéis a quién encontré allí?... Pues ni más
ni menos que a Giacomo Casanova, procedente de Trieste. Iba muy
elegantemente vestido con un levitón marrón tabaco, y llevaba un
espléndido manguito de lince, pero lo encontré cambiado.

Las once de la noche. Rosetta va en busca de vino a la pequeña


bodega secreta donde están las botellas de la Signora, donde la
Signora guarda todos sus frascos. No hay noche en que no le lleve
una gran damajuana de Nebbiolo, cuyo rubí palidece con la edad
hasta adoptar el matiz casi dorado de las rosas secas, y todas las
mañanas devuelve a la bodega el frasco vacío; por lo demás, sabe
desplegar mil astucias para que el vinatero renueve la provisión sin
ser visto.
Las once de la noche. El cura Pellegrini se sube las medias de
seda hasta la parte superior de los pálidos y granujientos muslos,
mientras afirma que su sobrina Catarina fue envenenada. El otro lo
mira y lo escucha en silencio, desnudo bajo una túnica cinzolín.
Las once de la noche. Martinelli encuentra una carta anónima
prendida con un alfiler a su tabarro: «¿Sus negocios de Mestre
siguen yendo a pedir de boca?» Supone que la filtración se debe a
alguna imprudencia de Morello de Luigi, en lo cual no le falta razón.
A menos que él mismo... Se esfuerza por recordar, hurga y hurga en
su memoria una y otra vez como se rotura una landa y, tras
renunciar, no logrará conciliar el sueño hasta el amanecer, después
de haberse representado diversos suplicios durante toda la noche.
Las once de la noche. Marcia cena sentada a una mesita frente
al fuego. Acostumbra leer mientras come, y hoy se sume en un
curioso libro. «... Tiene el largo de una mano y una forma muy
claramente definida de hombrecillo rechoncho y velludo. Cuando se
la arranca en las condiciones adecuadas... raíz que se procede a
majar y luego cocer en vino, a menos que, cortada en rodajas...
preparación tan simple en apariencia pero que requiere cierta
habilidad manual. Se lleva a cabo en un cono de hierro forjado y,
gracias a la punta aguzada del utensilio, toda la mezcla se calienta a
la vez sin que tenga tiempo de hervir...» Cierra el libro, se lo mete en
el bolsillo de la enagua y permanece largo rato contemplando la
llama de las velas antes de volver en sí para comisquear un poco de
ensalada con aire soñador. No es casual que la sigan con tanta
frecuencia. ¿Acaso habrá también cartas?
Las once de la noche. Se oyen carreras, y luego ya nada.
Únicos guardianes de la ciudad, los esbirros de Messer Grande
recorren durante toda la noche el laberinto. Hay callejuelas tan
estrechas que sólo permiten el paso de un hombre. En ocasiones la
niebla oculta el pretil de un canal. Llega a darse el caso de que
encuentren a alguno en los cienos bazos de Torcello, con una piedra
al cuello. Siempre pasa algo en la ciudad donde los espejos devoran
la noche.

Antes de inscribir la fecha de 1780, consignemos que el día fue


gris y rosado, de un gris de sombra plana y ulceroso. Ahora bien,
cada día es un árbol que cae, y ya hemos llegado a finales de mayo,
fecha ilusoria. Supongamos, pues, al sol en el tercer signo del
zodiaco, al cielo dominado por Cástor y Pólux, ambigüedad,
ambivalencia, duplicidad, mientras una lluvia verde picotea los
canales y Felicita Lanzi expulsa un mono desnudo, acompañado de
un hedor a matanza y de todos los horrores del parto. Ya llega, con el
cráneo atascado de través, púrpura y viscoso. Un moscardón no cesa
de golpearse contra los cristales. Ya es hora sobrada de airear. Se
percibe un husmo específico, puesto que inter faeces et urinam
nascimur. ¡Airead, airead! Ella, odiosamente empapada, odiosamente
manchada, levanta un brazo como en ademán de maldecir. Y ese olor
a sangre y a funerales... Hacen desaparecer con presteza la placenta,
hermano vergonzante y pariente pobre, rico no obstante en
sustancias hormonales y que, colocado en un cuenco, vaticinaba a los
Antiguos el destino del recién nacido. Sin embargo, en este caso,
ninguna mancia, ninguna profecía. La parturienta finge dormir. Un
frasco se rompe contra el embaldosado. Suena un reloj de péndulo.
Teñido de un castaño dorado, el moscardón deposita sus huevos en
un pliegue de las cortinas: fundación de una familia. Cuchichean que
el fruto ha causado grandes estragos.
Ella, inmóvil, lo mira. Es horroroso. Todos son horrorosos y
escarlata. Cuando Alvise nació, él no era rojizo, y desde el primer
momento tuvo bonitas manos. Éste, con su jeta de ano bajo una
naricita bulbosa, produce al salivar un ruido de pedo. Tiene los ojos
cerrados y abotargados. Envuelto en su pañal, parece una crisálida
de abejorro. A su olor agridulce y alcalino se superpone un tufillo
muy específico, repugnante. Todos son así, y uno experimentaría una
salvaje voluptuosidad al triturarles el cráneo. Ottavia abandona la
estancia por un largo pasillo entarimado y luego, una vez en sus
aposentos, abre un armarito de licores y se sirve sin interrupción
cuatro copas de aguardiente. No se puede respirar en esta casa. Uno
se asfixia en esta casa.
Se llamará Gaspare y será bautizado en San Barnaba, iglesia
en la que hombres viejos y sucios, que usan tabaquera de asta y
llevan guantes con los dedos cortados, exhiben su flacidez en la
penumbra. Uno de ellos, con una máscara de un blanco gredoso,
sería incapaz de renunciar, pese al peligro, a las delicias que le
produce deslizar dibujos obscenos entre las páginas de los misales.
No lo hace tanto por alterar los cuerpos como por turbar las
almas, por eso, tales imágenes, que su falta de trascendencia reviste
con el formidable poder de las máquinas, serán susceptibles, gracias
a sus violentos efectos, de abrir caminos contradictorios. Fascinación
vergonzante y no menos vergonzosa repulsión que se hacen de
espejo mutuo, acaso con el horror a la carne prevaleciendo sobre su
atracción, puede que esas imágenes contribuyan a la salvación de las
almas, y que la repugnancia hacia toda fornicación se transmute en
energía ascensional, no en vano un innoble envilecimiento revela a
los místicos el rostro de su dios. No tiene la menor importancia, sólo
la anécdota resulta divertida, una floritura.

Incluso cuando parece no ocurrir nada, no cabe concluir de ello


que nada ocurra. Siempre puede darse el caso de que algún impacto
físico inicie una cadena de reacciones, crescendo hacia la catástrofe.
Así, cada milésima de segundo posee un valor acumulativo que
contribuye al desgaste de la cuerda que debe romperse.
Pese a la presencia de los libros, allí uno se asfixia. Parecida a
Alvise pero ajena a él, Felicita es demasiado orgullosa para insistir.
Sabe leer, mas no sabe hablar. Imagina que la miran de manera
singular, sin que pueda explicarse por qué. Uno se da de narices con
alguien de forma por completo inopinada. Los entarimados crujen
detrás de las puertas, lo cual no significa que, al oír los crujidos, no
sea uno mismo quien los haga crujir. Gaspare está muy pálido,
abotargado, llora mucho y en vano intentan exterminar sus
helmintos. Felicita se preocupa. Ha encontrado en su polvera un
billete injurioso doblado en triángulo y que muestra una letra
falseada. Ha encontrado cabellos enredados en su crespina. Ha
encontrado una araña viva en el interior de un guante. Ha
encontrado una gran mancha de mierda en su abanico. En ocasiones
se siente mal, aunque no siempre; el malestar desaparece para luego
volver, náuseas, sensación de frío intenso, pulso irregular. Ha
adelgazado mucho. Dicen que las ostras no son buenas para la salud,
como tampoco los pequeños caracoles de Le Vignole, a los que
Felicita es muy aficionada. Se siente tan cansada que ya no sale casi
nunca, se queda tumbada con su salto de cama de tafetán. No
sabiendo qué hacer, se cura a sí misma con el elixir de los jesuitas de
Pusterla. Ningún médico logra explicar su estado. Cuando Alvise se
interesa por su salud, lo hace con aspecto más preocupado que
compasivo, se pasa una mano por la peluca y enseguida regresa a
sus libros. Ayer, ya estaba oscuro cuando una campesina con
bocassino de lana blanca trajo un paquetito. Es cierto que uno se
asfixia aquí.

Se da el caso de que los títeres se desplomen bruscamente con


estrépito de maquinaria sin que hayan acabado de representar su
papel, sujetos a esa caída en seco que denominan la muerte. Existen
muchas maneras de morir. Según la receta de Catarina Sforza, el
proceso conlleva varios meses, y la crisis final viene a durar unas dos
semanas. Tras disponer mis manos en el cuerpo de la marioneta, me
preparo para ofrecer una agonía cuando menos espectacular.
Vómitos y diarrea redoblan su intensidad, el cuerpo está helado,
rígido, sacudido por repentinos estremecimientos, el pulso se
dispara, las mejillas se tiñen de púrpura. Es lo que le ocurre a
Felicita el 2 de diciembre de 1780. Dos días más tarde, afectada de
una especie de fiebre, se queja de vivos dolores abdominales y no le
es posible retener alimentó alguno. El 6 de diciembre Felicita se
encuentra mejor, el estado febril da paso a cierta lasitud, a un acceso
de depresión. El 7, a Felicita le acomete una violenta jaqueca, y al
día siguiente se siente tan desorientada que es incapaz de encontrar
una puerta por la que acaba de pasar. Sufre una caída a causa del
vértigo. Por la noche la encuentran hecha un ovillo en su cama. Trata
de levantarse al día siguiente, pero de nuevo cae bruscamente al
suelo. La sangran. La respiración se vuelve difícil, los vértigos
aumentan, Felicita delira. La piel de los pómulos, de la nariz y de las
sienes adopta una singular coloración, como si manchas negras
resultaran visibles a través de la epidermis. Surge la imagen de una
pava trufada. El 12 de diciembre comienzan los estertores, al tiempo
que una espuma rojiza le sale de la nariz y de la boca. Al alba del 15,
muere con un tremendo grito.
Esta vez, el permiso para inhumar no se entregará sino una vez
practicada la autopsia. La sala, contigua a las cocinas, en la parte
trasera de los Mendicanti, aparece glauca como un ojo ciego. A
causa del olor, los patólogos se ponen la vieja máscara con pico de
los médicos que otrora fingían curar a los apestados. Cerca de la
mesa, un criado sostiene unas antorchas. De nuevo el husmo a
matanza, como con ocasión del nacimiento. Gruesa joya de laca azul
adornada con pieles, una mosca deambula por el brazo de Felicita.
El rostro se halla ausente, aplastado bajo la máscara macilenta
y pellejuda del cuero cabelludo, bordeado todavía de algunos
mechones y que el anatomista provisto de alicates ha bajado hasta el
mentón. Aserrada, la caja craneana es una caja como cualquier otra.
Las carnes aparecen a un tiempo flácidas y marmóreas,
singularmente compactas y coaguladas, como una grasa endurecida
por el frío. La epidermis, se diría que acuosa, enguanta las manos
con pesados pliegues, estasis lívidas vetean los pies y las piernas.
Toda muerte resulta opaca y anónima, con algo de mezquino, una
indigencia sin remedio. Gris escultura, el cerebro, liso pero
moldurado con profusión de astrágalos como una esteatita china,
descansa en un cuenco. Que aproveche. Húmedo, rosáceo, el tórax
está vacío, odre abierto, hendidura ensanchada, burlona réplica de la
vulva inexpresiva abierta por omisión y que bosteza mortalmente
bajo el pubis hinchado, relajación simultánea de dos fauces
verticales, estúpidas. He aquí, pues a Venus lipitinae, ponzoñosa,
atiborrada de ptomaínas, el interior de la cavidad torácica y de la
cavidad peritoneal colmado de un serrín que ha bombeado la sangre
rosada, el aguapié hemático. El serrín forma un tapiz de escaramujo,
un pelaje palo de rosa, serrín de madera que bebe la sangre rosada.
Ahí es donde reside el olor más intenso, ahí es donde la mosca
querría establecerse. Pero ¿por qué hablar con tamaña obstinación
de esas asaduras?... Sencillamente porque están en nosotros, día y
noche.
La autopsia revela derrames hemorrágicos entre la piamadre y
la duramadre, así como en la región del bulbo raquídeo. El estómago
aparece esponjoso, pútrido, mas en él no se distingue ninguna
materia tóxica. Sacan la conclusión de que las hemorragias son
resultado de las caídas. Una vez más, los médicos se muestran
desconcertados.
No obstante, la justicia estrecha su vigilancia. La peluca de
Piero Trapassi procede del Oiseau Royal, su traje color azulejo está
cortado a la inglesa.
Dos esbirros han examinado su manguito, escrutado sus
estuches y su tabaquera mientras, sumamente pálido, escucha las
instrucciones del hombre de negro. El informe debe ser entregado
cada dos días. (Sin embargo, los de otros, casi todas las semanas.)

Ninguna confesión escapa con mayor facilidad que la de un


amor que no es correspondido o que se ha dejado de sentir. Las
palabras brotan por sí solas como el agua de una esclusa mal
cerrada. Se ignora por qué son pronunciadas, y he aquí que, con un
tremendo «clic», se cierra la trampa de las actitudes
desconsideradas. A partir de ese momento sólo se pensará en la
fuga. Dos años después de la muerte de Felicita, Alvise contrae
matrimonio con su cuñada Teresa Bruni. Era de esperar.
Teresa está contenta, no porque Alvise le agrade demasiado,
sino porque representa una revancha de su vanidad herida. Contenta
y sin embargo inquieta, como cuando uno se adentra en un lugar
sombrío e insólito. De vez en cuando incluso siente cómo la angustia
le oprime el gaznate, dolorosa bola en su garganta. Entonces se
apresura a completar su ajuar, compra algunos perifollos más y se
engalana para recibir a numerosas visitas.
Llegados a este punto, el espectador habrá reparado en la
persistencia de la inquietud en cada una de mis marionetas, estado
muy peligroso en sí mismo y susceptible de conducir a la
imprudencia o la precipitación.
En casa de los Lanzi han tendido una extensa tela por encima
del patio, donde tiene lugar el baile, tras el festín, celebrado en el
piano nobile. Han dejado las ventanas abiertas a fin de oír a las
huérfanas de la Pietà, que, apostadas en un estrado del vestíbulo,
ofrecen un concierto vocal o acompañan las danzas. Los invitados
son poco numerosos, pues no es conveniente que si un viudo vuelve a
casarse, lo haga a bombo y platillos. Nadie va de dominó, pero todos
visten con mayor gracia que magnificencia. Dos pajes negros,
ataviados a la morisca, distribuyen los sorbetes, las bavaroises y los
«Licores de las Islas». En primer lugar ejecutan una contradanza en
cuadrilla a la manera francesa, y luego Alvise y Teresa abren el
minué con las figuras del «Amable Vencedor», aunque se trate de
una vieja danza, pasada de moda desde hace treinta años. Terminan
con una polonesa a través de la casa, durante la cual los pajes
acompañan a los bailarines portando antorchas que encienden
destellos en los espejos y los diamantes, mientras que las sombras
trazan duras aristas con su tinta en terciopelos y rostros. Aquí y allá,
el esmalte de un ojo queda aislado en las tinieblas, centrado en el
insigne destello de su propio fuego. El movimiento, el juego de luces,
el paso de una estancia a otra o bien el capricho de los peldaños, así
como el calor de los vinos y la exaltación de los oboes y las flautas,
provocan que los danzantes entren en una segunda dimensión, como
la que extiende la niebla sobre la Piazza, convertida entonces en
fantasmagórica sala de baile cuyos límites sólo define la guirlanda de
las lámparas. Nadie puede evitar pensar en Catarina y en Felicita, si
bien tienen sumo cuidado de no hablar de ellas en absoluto. Piero
Trapassi baila con Ottavia. «Tengo algo interesante que deciros», le
ha cuchicheado alguien.

En Venecia todo es diferente. ¿Diferente de qué, sino de


Venecia?... Una ciudad que sólo muestra la mitad de sí misma,
suspendida sobre millones de árboles talados, sobre los bosques de
Istria, los grandes troncos derribados, arrastrados, descortezados,
tallados en forma de estaca, plantados en el cieno, erguidos y
alquitranados como momias, robles atados con cadenas, ceñidos de
hierro, inmovilizados por la arena desde hace eras, doblemente
difuntos, largos cadáveres entorpecidos por depósitos calcáreos,
mejillones muertos, algas putrefactas, envueltos en residuos
innombrables, en harapos descompuestos, en osamentas. Ciudad
gemela bajo la ciudad, réplica invertida de los palacios, de las
cúpulas, en la que todo canal se convierte en el cielo del Hades,
respuesta mas no reflejo, pues ésta es la ciudad de las tinieblas,
aquella cuyos cielos siempre son negros, la ciudad de abajo, el otro
lado.
Tras una nueva ausencia, Giacomo Casanova realiza en mayo
de 1783 una breve estancia en Venecia. Por puro juego, desliza en el
correo de la embajada, en Viena, el anuncio de un temblor de tierras
cuya fuerza y horror superarán incluso al de Lisboa. No hay nada
que se abra con tanta facilidad como la valija diplomática; en pocas
horas, el espanto barre la ciudad como un simún. Los patricios y los
grandes burgueses se trasladan con precipitación a sus quintas de
recreo. Pánico.
En el colmo de la agitación, Alvise Lanzi recorre su biblioteca
sin poder decidir cuáles de sus libros llevará consigo. De pie junto a
dos grandes baúles, un criado aguarda sus órdenes y por primera vez
lo ve llorar. Las sirvientas corren por los pasillos acarreando ropa
blanca, canastos, cajas oblongas como catafalcos llenas de ropas
dormidas entre hierbas aromáticas. En el rio, ya los mozos de cuerda
proceden a amarrar embalajes y toneles en las barcas. Los criados
van delante en compañía de unos pocos repartidores, mientras que el
grupo se amontona a bordo de góndolas, entre estuches de
molesquina y baúles mundo de tafilete. Como tiene tanto que hacer,
Mario Martinelli ha rehusado la invitación y, en la ciudad
semidesierta, se muerde las uñas con melindres de hámster, cuando
no se emplea en más sustanciales actividades.
El 29 de mayo llegan a Torcello, la isla de sombríos
cañaverales.
En el Palazzo Ducale, una rinconera abre el laberinto de las
vías secretas que serpentean por la muralla como galerías
termiteras. Por ellas se accede a la cancillería del Consejo de los
Tres, pequeño gabinete revestido de roble. Tres siniestras
marionetas acaban de acomodarse en él, una con vestidura roja y las
otras dos de negro.
—Por desdicha, no tenemos con qué formular la menor base de
acusación. Todo resulta todavía demasiado impreciso. Las
indicaciones de Trapassi, un hombre que jamás sabrá discernir entre
el detalle revelador y el detalle intrascendente, apenas tienen valor.
—¿Acaso puede haber en este caso detalles intrascendentes? —
objeta la Vestidura Roja, con una boca mal amueblada y que apesta a
carroña.
—Esperaremos. In tempore opportuno...
—No obstante, si algún culpable escapara repentinamente, ¿no
nos constaría entonces que habíamos aguardado demasiado?... En
nuestro lugar, sin duda el Santo Oficio de los Estados Pontificios ya
habría intervenido.
—Bah, los Estados Pontificios...
—En el momento presente, quizá sólo habría algunos libros de
la biblioteca en cuestión que merecerían ser quemados en el Ponte
San Domenico.
—Y... ¿en cuanto a él?...
—Como casi todos, se ha visto implicado con cortesanas. No
nos han informado de nada especial.
—Así pues, ¿jamás se entregó a las costumbres de los
sodomitas, bribones y otros arcadianos, puesto que tal es la
abominable costumbre en esta ciudad, en la que nos resultaría
imposible prenderlos a todos? —dice uno de los Tres, quien, amigo
personal del cura Pellegrini, algo debe de saber al respecto.
—Hubo un tiempo en que tales individuos frecuentaban la casa
con asiduidad, mas no parece que él les prestase la menor atención.
—Entonces, ¿por qué los invitaba?
—Su madre los atraía.
—¿Su madre?... Eso sí que resulta sorprendente.
Vestidura Roja y Vestiduras Negras se agitan, salivan, vomitan
en latín que sólo los hijos de Santo Domingo están en posesión de la
verdad y que, por lo que respecta a todos los demás, es importante
confiar en el salmo CXV: omnis homo mendax...
En una estancia vecina, luminosa como un molino y provista de
pequeñas logias para la edificación de espectadores que se erigen
asimismo en futuros actores, un mecanismo de castillete desciende
del techo. Los tres títeres jamás bailan allí por sí solos, se limitan a
ordenar las maniobras de las poleas, de los cordajes que penden
delante de su mesa, de lo que se conoce como la estrapada.
La cosa ni nos va ni nos viene, ya que mis marionetas, como las
del bunraku, están accionadas desde el interior, más exactamente
desde abajo. Así pues, no hay riesgo alguno de embrollo, ni existe el
peligro de que los hilos se enmarañen, la acción permanece nítida en
su complejidad. «Es muy sencillo, todo está complicado», dice
Arlecchino. Mas también cabe parafrasear de otro modo a
Arlecchino: «Es muy complicado, todo resulta sencillo.» El asunto
más simple estriba en el violento deseo de matar, en la ocasión de
matar. Trapassi con el fin de escapar de los peligrosos callejones sin
salida en los que se ha extraviado. Martinelli por temor a ser
descubierto. Marcia Zolpan por despecho. Los Pellegrini por
venganza e interés. Alvise por motivos indescifrables hasta el
momento, y todos los demás por razones asimismo indescifrables, sin
contar a aquellos que, pese a no aparecer todavía en escena, pueden
responder a móviles decisivos. No busquéis y podréis tener la
certeza de encontrar, como ya he dicho.

Es una amplia casa de postigos verdes, de fachadas ocre donde


duermen leones roídos por un liquen que cubre de terciopelo su
hocico. Un tufo a hongo impregna toda la morada. Ante las tierras
cubiertas de viburnos y ortigas, se extiende un patio aterrazado, con
un pozo oculto tras unos laureles en un ángulo situado más abajo.
Las habitaciones, embaldosadas y enjalbegadas, son húmedas y
frescas. Encienden el fuego, se instalan, disponen ramos de peonías.
Comen muy bien. Por la noche queman hierbas aromáticas con la
esperanza de alejar a los mosquitos, pues aquí se trata de anofeles.
Existe asimismo una especie de mosca denominada Lucilia
hominivorax, que pertenece a la familia de los reznos. Aova en la
oreja o la nariz de los durmientes, de manera que las larvas perforan
el tímpano y llegan al laberinto, a menos que a través de las
ventanas de la nariz suban hasta el cerebro, que devastan mediante
un procedimiento relativamente lento.

Es apenas mayor que el doguillo, mas su cabeza evoca una


calabaza. Lleva un traje rojo que se tensa a la altura del grueso
vientre y blande un sable de madera. Tiene lombrices intestinales.
Mantiene la boca entreabierta.
—Cariño, ¿no te gustaría ver la linda ardillita de sombrero
dorado que vive en el fondo del pozo?... ¿Sí?... Ah, es que para verla
debes tener paciencia, y sobre todo no decirle a nadie, ¡pero a nadie,
eh!, que te he hablado de ella, si no, no vendrá. Hay que mirar a
menudo el fondo del pozo cuando uno está completamente solo e
inclinarse mucho. Inclinarse mucho hacia delante... Y en absoluta
soledad...

El tío panzudo dice que probablemente resulte inútil reunir a


un consejo de familia ante notario, pero el cura refuta sus dudas con
una alusión tan contundente como imprecisa a ciertas relaciones
favorables con Messer Grande. Siempre el mismo dilema, hay que
saber hablar sin no obstante irse demasiado de la lengua,
engolosinar sin descubrirse en exceso.
Un paje moro sabe algo. Un gondolero ha visto algo. Una
sirvienta ha encontrado algo. Un médico sospecha algo.

Las moscas de vientre descolorido y tenso se cepillan las


mangas de peletería y trazan negras particiones. El verano
transcurre entre el aburrimiento y la atmósfera bochornosa. En
Torcello, no son las palomas las que zurean, sino peregrinas tórtolas
con voz de risa y de sollozo. También hay en esta isla huertas que en
agosto aparecen exultantes, en el cénit de un delirante alborozo.
Perfume del cantalupo y fragancia de joven axila que despide un
aroma a albahaca, mas constituye ya un signo precursor de toda
defección. El júbilo se torna velozmente aullido de agonía. En el
crepúsculo, cabelleras negras, fúnebres plumajes se abaten sobre el
sol poniente, y por la noche, insidiosos aguaceros precipitan al suelo
las avellanas, albas todavía, y los blandos ericillos de castaña,
despiertan, con sus salpicaduras sobre las piedras, a los líquenes de
tonalidades ocre y crepitan sobre las efervescentes carroñas, teñidas
de un castaño dorado, que yacen al fondo de los zarzales. Aquenios
alados llueven de los tilos, donde las agallas alzan cornudas plicas,
tienden redes de plata, lacas y lepras. El verano se dispone a morir.
Después del drama, van a volver a la ciudad, y Alvise incluso se
pregunta si no debería vender la casa de Torcello.

... pues ya conocéis su reputación, querida sirena. De nuevo se


trataba en esta ocasión de una de esas mistificaciones tan habituales
en él. Ya no se producen seísmos salvo en mi mano, y desde el otoño
todo el mundo está de regreso. El asunto no hizo sino anticipar la
época del veraneo. ¿Y qué decir de semejantes veraneos?... En el
fondo, las residencias en el campo tienen multitud de defectos, y si
bien en ellas uno se siente más libre que en Venecia, distan mucho
de ofrecer las comodidades de que disfrutamos aquí. Algunas incluso
se hallan asaz deterioradas, lo cual me trae a la memoria el ejemplo
de esos pozos que las sirvientas holgazanas dejan todo el día
descubiertos, hasta el punto de que, por accidente, algún...

Alguien lee un billete que no le estaba destinado. Enjuagan


apresuradamente un vaso en el cuarto de aseo. Vierten cuchicheos
en un oído aguzado a tal efecto. Cuentan ducados. Cierran un sobre.
Alguien se mete con presteza en el bolsillo el abanico posado en un
velador. Espían el vaivén de la escalera. Estudian una oración
fúnebre. Queman un par de guantes. Entran en un salón. Salen
enmascarados. Desfiguran la voz para dar órdenes al gondolero.
Falsean la letra. Desfiguran la manera de andar. Ponen sumo
cuidado en dar a probar todo cuanto beben o comen. Formulan un
cumplido. Saben dónde procurarse lo necesario, el beleño negro que
crece entre las ruinas, la digital de los terrenos silíceos, la
mandrágora erguida a la sombra de las breñas. Resulta posible
administrar todos los elementos de origen vegetal junto con los
alimentos, los dulces, los brebajes y, con mayor facilidad todavía,
mediante la lavativa o incluso en la hostia.
Alguien destila algún preparado en el silencio de una cocina
nocturna. Alguien muestra un trocito de seda roída por las ratas y
afirma que por ese mismo procedimiento han devorado diez balas.
En un zaquizamí de las Fondamente Nuove, alguien escribe a la luz
de una vela.

... pero ninguno de ellos dice jamás nada al respecto. Ayer oí a


Alvise Lanzi quejarse a su madre de que sus negocios marchan muy
mal. Según parece, tampoco logra deshacerse de la casa que posee
en Torcello, por lo demás completamente echada a perder y por la
que pide una suma demasiado exorbitante. (Especifiqué la cifra a
vuestras señorías en mi anterior informe.) Ninguno de los Lanzi
juega en exceso, y muy rara vez se los ve dirigirse al garito de la
calle San Luca. Ayer tuve que acompañar allí a la Signora Ottavia,
que ganó cinco ducados a la erbette. (Juraría que reconocí en una de
las máscaras la voz de Mario Martinelli; en cualquier caso, esa
máscara perdió al faraón una suma que no me fue posible estimar
con exactitud, pero que se me antojó considerable.) Como no me
paso el día en casa de los Lanzi, ruego a vuestras señorías que me
perdonen si algo se me escapa y no imputen en absoluto tal
deficiencia a falta de atención. La Signora Ottavia es mujer de gran
autoridad, y cuando a medianoche nos despide, preciso es someterse
(aunque veamos que las lámparas del salón siguen ardiendo mucho
rato después). Ruego asimismo a vuestras señorías que tengan la
bondad de considerar que resulta difícil perseguir a dos liebres a la
vez, y que la vigilancia de los Lanzi me exige la mitad del tiempo que
me piden que consagre al secretario de embajada. En lo que
concierne a éste, acaso estaría bien que se le destinase algún joven
mancebo, pues el otro día oí en el café que son extraordinariamente
de su agrado los...

—¡Antiparras, anteojos, lupas!... Los médicos son unos


acémilas, y lo que veo con mayor claridad es, precisamente, que veo
muy mal. Como sin duda Teresa no se tomaría la molestia de leerme
algo, voy a pedirle a Zamponi que me deje a su sobrina como lectora.
Puede ayudarle por la mañana y venir a mi casa por la tarde; lo
cierto es que no me gusta en absoluto la manera rápida y como
entrecortada en que Trapassi enuncia las frases.

Me reprocha que nunca le lea nada. ¡Si ella tuviera mis dolores
de cabeza!... A veces no consigo soportarlo, aunque la triaca me
ayuda un tanto... Ya no puedo tocar el clavicémbalo... Ya no me
miran... Tal vez me esté volviendo fea... Estoy desesperada... Y por lo
demás, tampoco yo veo con claridad desde hace algún tiempo, y
siempre tengo frío...

Es otro tipo de frío el que el 28 de diciembre de 1788 se abate


sobre el doble meandro color ocre del Canal Grande, sobre los
caballos palmeados que tiran del carro de Neptuno y sobre los
tritones que vomitan cañas. Atrapada bajo una gruesa capa de hielo
marrón, rugosa en algunos puntos, en un abrir y cerrar de ojos la
laguna se convierte en un circo poblado de funámbulos, de
malabaristas, de domadores de osos y de maravillosos lisiados. Los
hay que comen estopa encendida y plomo fundido, otros se sacan de
la boca diez varas de cuerda, Arlecchino pone los cuernos a
Pantalone ante sus propias narices, la Fracischina baila enseñando
raídas enaguas y canta en falsete al son del tamboril. El vaho rojizo
de los asadores asciende en el aire helado, que huele a tocino, a
orina y a tonelería. Resonante con el estrépito de las cornamusas, la
laguna constituye asimismo la sala donde los patinadores desarrollan
su baile, y al verlos deslizarse de dos en dos, uno no puede evitar
pensar en el cortejo nupcial de algún escarabajo acuático. Unos
forman corros, otros bailan la zarabanda al son de los chirriantes
violines que unos rascatripas de pueblo, arrebujados en lana y piel
de cabra, tocan con presteza, sentados en estrados. Quienes no se
arriesgan a pisar el hielo, bordean la ribera con su felpilla oscura.
Todo queda olvidado. Antes de que la gruesa naranja suspendida en
el cielo desaparezca detrás de La Salute, se encienden antorchas,
cuyo reflejo recorre el hielo, rosa, furtivo y velado. La cosa durará
hasta el 10 de enero de 1789, mas como desde octubre ya es
Carnaval, el tumulto no cesa ni de día ni de noche. No obstante, bien
hay que dormir de vez en cuando, y durante un breve
adormecimiento, alguien tiene un sueño.
Alguien se ve en sueños cometiendo un asesinato que se
convertirá en la sensación más intensa de toda una vida, formidable
acción, sublimada por añadidura en las voluptuosidades de lo
imaginario. Con un casco de botella, degüellan en el pavimento a una
persona cuyo rostro no se distingue sino como una mancha brumosa.
Se sabe, empero, quién es esa persona, cuya identidad será olvidada
acto seguido, pero el calor pegajoso de la sangre en las manos, el
crujido de la carne sajada y del casco al resbalar sobre el granito
jamás se perderán, como tampoco la insigne plenitud que
proporciona la más violenta y la más antigua de las transgresiones.
También el Minotauro se agita en sueños, muge, gruñe, se
rasca ciegamente el prurito. Tendido en un rincón del laberinto,
siente en sus fuentes y sus venas la proximidad del despertar,
sombrío burbujeo de las lavas originales, plasma que habrá de
desparramarse, en forma de torrentes espumosos, entre rocas
melánicas y acantilados púrpura, sibilantes vapores, monstruosas
semillas pero también jaleas, que los niños rústicos obtienen tras
exprimir los viburnos reventados. Se acerca la época de los Atridas.
Hay signos por todas partes. Spina bifida, cretinismo,
mongolismo. Jamás habían aparecido tantos monstruos, los hay que
tienen el cráneo como aprisionado entre dos planchas, otros carecen
de ojos y de boca, a algunos la naturaleza no los ha provisto de
miembros, están aquellos cuya cabeza es más voluminosa que el
tronco, los que tienen un embrión en el ano, otros a quienes las
orejas les salen de la espalda a modo de alas, los hay que tienen los
dedos en los hombros, los que presentan piernas de más, otros con el
cuerpo recubierto por una espesa pelambre, algunos llevan un
hermano gemelo sin cabeza, cuyo cuerpo les sale del tórax, hasta el
punto de que sin cesar hay que sostenerles el busto, sujetarles las
piernas, y ayudarles en sus necesidades. Pasados los fríos invernales,
se produce la eclosión de insectos extraños, llega el tiempo de los
prodigios. Aparecen signos en el disco solar, la luna exhibe una
aureola de púrpura y fósforo, vuelos no identificables atraviesan el
cielo. Descubren en el fondo de los patios cadáveres resecos y como
conservados en betún. Todo sottoportego pasa a ser un sitio
peligroso. Encuentran en las escalinatas a niños despanzurrados, a
los que les han vaciado las entrañas. En los umbrales aparecen
paquetes que contienen pelos y sangre seca.
Ottavia se ha comprado un abanico muy bonito cuyo armazón
incluye una lupa y que representa a bacantes bailando.
—Uno podría creerse en la antigua Roma —dice con aire
soñador.
Con aire soñador, Trapassi mira de hito en hito su taza y se
pregunta qué hacer. Ha descubierto lo que jamás debería haber visto
y le consta que el hombre de negro es consciente de ello.
El hombre de negro conoce desde hace tiempo el papel de
agente doble, si no triple, que desempeña Trapassi, cuyas
informaciones son lo bastante mediocres para que resulte admisible
renunciar a ellas. Sin embargo, el hombre de negro experimentaba
hasta el momento una especie de indulgencia, muy ajena a su ser y a
su estado. Al presente, él, que siempre hiela de espanto a los demás,
siente a su vez el miedo de ser desenmascarado ante la Vestidura
Roja y la otra Vestidura Negra. No quiere decir nada al cura
Pellegrini. Le reconforta, no obstante, el pensamiento de que
Trapassi caería en desgracia tras la eventual traición del secreto. De
hecho, contempla la posibilidad de un ataque preventivo.
Trapassi se pregunta si no debería inventar algo decisivo y
extraordinario en relación con los Lanzi, por ejemplo, a fin de
asegurarse crédito. Sabe, por otra parte, que es incapaz de
suministrar pruebas. En cuanto al otro asunto, tampoco dispone de
prueba alguna, y tiene la casi absoluta certeza de que se condenaría
a sí mismo. No hay salida.

Con el fin de no enturbiar el Carnaval ni dar paso al duelo


público, en un primer momento se mantiene en secreto la muerte del
dux. Tocado como él con una gran empanadilla, le sucede Lodovico
Manin, un hombre débil y destinado a sufrir. Si bien la muerte del
antiguo dux es ocultada provisionalmente, ello no es óbice para que
con ocasión de la elección de Manin se gasten 189.192 libras
venecianas en velas, caramelos, propinas, tabaco, peines,
almanaques, barajas y otras bagatelas. El cambio provoca inmensos
desórdenes: desórdenes del secreto, desórdenes del duelo,
desórdenes de la sucesión, desórdenes del desorden y, por
añadidura, desórdenes del Carnaval, cuya confusión se opondrá a
toda tentativa de investigación o de indagación, a todo cuanto
pudiera recordar una diligencia lógica. Y es al nuevo asunto Lanzi a
lo que me refiero.
Prueban con febrífugos. Ensayan la quinina, algo
completamente nuevo que hace repicar campanas en la cabeza y
origina en las mujeres un inagotable flujo de sangre. Creen que van a
volverse locos. Dan vueltas en la cama, ciegos en un baño de sudor.
La música llega hasta el lecho y cada redoble de tambor despierta
dolorosos ecos. Vomitan largas flemas de plata saturadas de acritud.
Ya nadie comulga. Rechazan las lavativas. En menos de una hora,
pasan del fuego infernal a los hielos del Cocito. Se arrancan la
camisa sin dejar de proferir gruñidos, entrechocan los dientes al
tiempo que se arrebujan bajo pieles. Malaria.
Lo único que lamento es no haber visto cómo su gruesa cabeza
golpeaba contra las paredes del pozo, mientras el agua glacial, el
agua negra, invadía su boca de sapo y, con los ojos desorbitados, él
gorgoteaba el postrer hipido de su llamada. Si no vio a la ardillita de
sombrero dorado, al menos experimentó algo nuevo que, por lo
demás, no transcurre tan rápido como cabría pensar. Pero ¿los
helmintos saben nadar?...
Alguien compone de improviso una canción jocosa:

Piccolo scoialotto,
d'oro il tuo capelletto...

para presentarla entre una arieta de Lamberti y un scherzo de


Cimarosa. Supondrá un amable intermedio, pero todos evitarán
mirar el agua helada de los espejos, donde borbolla mortalmente una
gruesa cabeza.

Alvise, que no es chichisbeo ni amante de nadie, anima a


Teresa a salir en compañía de Beppo. Éste, sigisbeo a tempo, pues es
empleado de banca y no disfruta de todas sus horas, aconseja con
frecuencia a Teresa que tome un amante. Al hacerlo tiene en mente a
un primo suyo, apoderado de una vidriería y que dispone de tiempo
sobrado, mas la salud de Teresa excluye toda relación de ese tipo. Se
encuentra muy mal, lo que no impide a Beppo proponerle una salida
con el fin de distraerla. Es Carnaval. Casi siempre es Carnaval,
endémica epidemia.
Uno goza del privilegio de conservar puesta la máscara cuando
alguien le saluda y de no llamar a nadie por su nombre. En la Piazza,
unas campesinas venden sus buñuelos, griegos con falda se codean
con judíos barbudos, con armenios que lucen gorro de piel, con
ancianos cuyos ojos arden bajo la bauta y que apoyan gruesos
guantes en su bastón. Es Carnaval desde hace cinco meses, con sus
caras de yeso que jamás han imitado mejor a la muerte. Cabe
comparar la retirada de los residuos con el problema que plantea
hacer desaparecer un cadáver. Por eso las inmundicias rebosan de
canastos y cubos, vomitando efervescentes putrefacciones, mocos,
violáceas riquezas, defecaciones color cardenillo, papillas de un
marrón dorado que zumban. En las venas del laberinto, mozos de
cuerda barren tan fecales vestigios mientras intercambian bromas
insípidas, vagas e indecentes.
Beppo, que lleva el abanico y ofrece el brazo, propone ir a ver
a los polichinelas que día y noche permanecen en la Piazza. Calzada
con escarpines blancos adornados con borlitas, Teresa se ha echado
una capa de terciopelo gris sobre el amplio vestido rosa guarnecido
con trencilla de oro y da gracias a la bauta por ocultar su mísero
semblante.
La Piazza crepuscular está bañada por un fulgor malva y
tembloroso como ala de paloma. Blanco albar, blanco candeal,
blanco lanar, en un recinto los polichinelas de larga nariz dan
volteretas, mostrando sus chanclas de tacón gastado, sus medias
agujereadas. Y bajo la joroba de estopa, los pantalones demasiado
cortos, el cono truncado del gorro y la gorguera ajada sin remisión,
gruñe y ruge el hambre. La mujer polichinela amamanta con magro
jugo al niño enfermizo. Con una bolsa al hombro y rascándose el
culo, su macho pierde en vano el aliento en busca de algún chiste.
Disfrazados de viejos, la chiquillería polichinela mendiga con voz
lastimera. Dan brincos. Caminan sobre las manos, negras de polvo y
azuladas de frío. «Tengo frío», dice Teresa, remetiendo las manos
enguantadas en gris perla hacia el fondo del manguito cilíndrico,
«¡ah, qué frío tengo!» Dos polichinelas discuten con aspereza por
tres scudi. Otro, tumbado, duerme la mona. En cuanto tengan dinero
suficiente, se dirigirán veloces a buscar un poco de pan en la
Frezzeria. El niño polichinela grita porque tiene hambre. Ea, ea,
ángel mío, dice su madre, y tras subirse la falsa nariz de cartón,
descubre un rostro pálido y descompuesto de Mater dolorosa. En el
recinto, las cabriolas se suceden. Máscaras marrones que despiden
un olor apestoso lanzan con voz acerada chanzas que cortan como
cuchillos. Árboles bajo la tormenta, arañas epilépticas, cangrejos
invertidos, los polichinelas se yerguen, impactan con dureza en el
pavimento. Las risas eructan y atruenan, resuenan por grupos, se
tragan su baba para dejarla brotar de nuevo. Recogida sobre la
frente, una semimáscara revela un rostro crispado por el esfuerzo,
un rastrojo de barba gris. Voltereta de un anciano al que un hombre
rechoncho bombardea con naranjas pochas. Silenciosas, envueltas
con el tabarro, tres máscaras bordean la empalizada y lo tasan todo
con la mirada. Por un momento, la atención se vuelve hacia un grupo
de disfrazados que pasan al son de la cornamusa. Máscaras de largo
pico, un fantasma saltarín, una pareja de magos armenios, junto con
turcos y pescadores napolitanos preceden a un carro del que tiran
polichinelas tocados con jaulas en cuyo interior revolotean pájaros,
mientras que, bajo el baldaquino, una princesa tártara a la manera
de Turandot, y completamente ebria, profiere una sarta de
obscenidades. «Me ahogo», dice Teresa al tiempo que se arranca del
cuello la gorguera de tul. La noche cae sobre los tabarri negros, las
bauta espectrales, las capas escarlata y los tricornios con trencillas.
Se encienden farolillos de papel, que cuelgan de las vergas de los
navíos. Pasan barcas que acarrean orquestas enfrentadas a largas
banquetas donde las máscaras mueven el bigote y beben a morro.
Los canales se cubren de góndolas, negras carcomas, y en ese
paisaje de estaño y plata, una luz amarilla arde de pronto al pie de
los mascarones de las fachadas, mientras que, con una explosión, la
orca marina emprende el vuelo envuelta en llamas.

—Los síntomas dependen de las reacciones individuales —dice


el Dottore Sandretto—, y son en extremo diferentes según el enfermo
sea de temperamento sanguíneo, bilioso, flemático o melancólico.
Por eso se observan diversos tipos de crisis. Está, por ejemplo, la
quotidiana, que puede durar de seis a ocho horas, o incluso de
dieciocho a veinticuatro. Hay la tertia maligna y la quarta, por no
hablar de la perniciosa intermitente, que provoca espantosos
vómitos, tiñe la piel de un matiz amarillento y ocasiona
alucinaciones, pérdidas de conocimiento y vértigos. Ahora bien, no
es la perniciosa en sí la que lleva a la muerte, sino las
complicaciones que la acompañan, la congestión pulmonar, por
ejemplo, los trastornos cerebrales, el colapso. Sobre todo el
colapso...

Todas las mañanas Rosetta administra una lavativa a Teresa,


que siempre fue propensa al estreñimiento. Si bien ahora, por el
contrario, sufre de diarrea, continúan las lavativas. El domingo por la
noche, pese a la fiebre alta, insiste en tomar su baño, en el que se
queda dormida. El lunes se encuentra bastante bien, come sopa de
lechuga y medio pichón. En el curso de la noche es presa de fiebre
violenta, vomita, sufre de frío extremo alternando con un calor
ardiente. La fiebre remite hacia la mañana, para subir
vertiginosamente en las horas vespertinas, y lo mismo ocurre la
noche del martes al miércoles. Teresa, que no puede estar peor,
vomitará horriblemente durante todo el día, y el jueves su estado no
cambiará un ápice. El viernes la fiebre vuelve a subir y Teresa pierde
el uso de la palabra. Al día siguiente está bañada en sudor frío, el
pulso es débil e irregular, la respiración entrecortada. Colapso.
Teresa muere a primeras horas de la noche del octavo día.
La investigación —pues a investigar se procede— se ve
desbaratada por completo debido a la elección del nuevo dux, al
Carnaval, a una serie de asesinatos sexuales, a una tormenta que
causa terribles daños en todo el frente de las Fondamente Nuove.
Para simplificar las cosas, llegan a la conclusión de que Teresa pilló
el paludismo en Torcello.

Precisamente, las cosas no son tan sencillas. Vemos cómo la


obra se ramifica y se extiende a la manera de una tela de araña,
mientras que las marionetas fingen en vano evolucionar en
direcciones divergentes.
—Serían las complicaciones secundarias las que, según el
examen del Dottore Sandretto, podrían dar pie a la reflexión. ¿Por
qué no se examinaron las cosas más de cerca? ¿Cómo disculpar tales
desórdenes, semejantes negligencias?
Se inclina sobre un papel y busca la línea, que sigue con un
índice descarnado y de uña estriada: congestión pulmonar, por
ejemplo, trastornos cerebrales, colapso... Se quita las gafas y se topa
con la mirada mercurial que la Vestidura Roja deja deslizar hacia él
entre sus párpados semicerrados, pero posee una tez tan descolorida
que no es susceptible de palidecer.

... dijeron que había cogido la malaria en Torcelio, lo que no


sería imposible si los síntomas concordasen. Ahora bien, distan
mucho de hacerlo. Mi boticario, por su parte, está convencido de que
la mosca Lucilia debió de aovar en la nariz o el oído, lo cual
explicaría las espantosas jaquecas que Teresa padeció durante tanto
tiempo. Poco importa, pero ¿no es impresionante que esa desdichada
familia se vea acosada de tal modo por la fatalidad?... En fin, querida
sirena, no quiero importunaros más con tales fruslerías. Me limitaré
a añadir que es probable que Alvise no tarde mucho en volver a
casarse, ya que parece no poder vivir sin esposa, una asaz misteriosa
disposición. Ese hombre resulta más incomprensible que algunas
figuras de esas novelas inglesas tan en boga en la actualidad...

Como disfruta, entre otros, del privilegio tácito de entrar sin


ser anunciado, el chichisbeo puede asistir al arreglo personal de la
dama, ya sea joven o vieja. Ayuda entonces a la camarera a buscar el
vestido, a elegir el corpiño, cuyos cordones él mismo puede atar,
aconseja al peluquero, aprueba o condena los aires que el maestro
de danza rasca en su pequeño violín, examina las cintas que un
mercader presenta.
Así, Piero Trapassi ve a Ottavia, hermosa todavía pero ojerosa,
ajada, fatigada y lejana, tal como ella misma se ve en el espejo del
tocador, con los párpados abotargados por el vino solitario de la
noche. Piero Trapassi sujeta la caja de lunares postizos, de la que
Rosetta va cogiendo para su ama confeti de tafetán, lunas, estrellas,
rombos, destinados a realzar el color de la tez. Lunares como moscas
de seda. También otras moscas se esconden en las cortinas, en los
zócalos, detrás de los marcos, repletas, grávidas, y las que consiguen
aplastar se vengan con un estallido de lecha color de pus y una
sangre que se adivina hurtada a los hombres.
Rosetta se presenta con un cuenco de porcelana de China que
contiene un agua láctea con irisaciones opalinas. Sin decir nada,
Ottavia sumerge en ella las uñas, con la esperanza de que
desaparezcan las manchas pardas y verduscas. Ottavia se encuentra
con su propia mirada en el espejo, y luego se cruza por casualidad
con la de Piero Trapassi, que se le antoja curiosamente perspicaz. El
doguillo los observa con sus grandes ojos color vino de Madera y lo
guarda todo en su sutil almita de perro.

De la sala vacía, donde vacila la llama de las postreras velas,


sube un olor a terciopelo húmedo aplastado por las nalgas, a corteza
de naranja y a ese polvo que endulza hasta la muerte los bronquios,
fragancia de una inextinguible pasión. Harapientos, los barrenderos
surgen de detrás de los bastidores que representan Egipto. El
espectáculo está en otra parte. Está en el Canal, donde dos barcas
amarradas aguardan a virtuosi y virtuose a la turbia luz del
amanecer. Amontonan instrumentos de música, grandes cajas, cajas
pequeñas, baúles, cofres, estuches, portamanteos y todo cuanto es
susceptible de inventar el arte de transportar las cosas. Acto
seguido, van llegando reyes yesosos, gredosas princesas, coristas
restregadas por tristes viejas, bailarines, músicos, empresarios,
madres verdaderas o falsas, furiosamente atentas, ingenuas
cuarentonas que ríen para sus adentros mientras un loro defeca en
su hombro. Luisa Calmo, con la máscara subida hacia la frente y su
perrito de lanas tirado por Giacomo Biri, para entonces muy cubierto
de pústulas —de hecho, las malas lenguas incluso llegan a decir que,
en aras de la elegancia, ha pillado el mal que hace juego con sus
ropas francesas—, avanza balanceando sus semimiriñaques y sus
volantes de gasa negra sobre unos tobillos en extremo delgados.
Cada vez que su zapato asoma una punta de damasco color reseda,
se golpea con el abanico la delantera, adornada con pasamanería de
plata a la piamontesa.
Zapato de damasco color reseda. Rasgo de descoloridas
esperanzas, de perversas clorosis, un verde que se desvanece en
blancuras de osamentas, un matiz embrionario que no logra
decidirse a nacer, sino que se desliza a lo largo de un reflejo sedoso,
se expansiona en piel de culebra, palpita y zozobra en el húmedo
tornasol de los berros y las mentas. Y al igual que esas pepitas de oro
que el ocaso enciende con gotas del arroyo, exhibe el destello de un
diminuto bordado. Es un zapato con roseta, y la roseta es de tul
negro, ajado. El tacón se incurva, en réplica del ferro de las
góndolas, introduce su signo de interrogación para luego volver
sobre sí mismo, desmentir lo que había dicho e, iniciando una voluta
jesuítica pero sorprendentemente brusca, recuperar su asiento sobre
una losa. Y en el resplandor de perla muerta del amanecer, Luisa
Calmo, con un hombro alabeado a causa de la risa, una seca mano de
mono aferrada al armazón de concha y dándose golpecitos en la
delantera, adornada con pasamanería de plata. Mas también Luisa
Calmo en el oro del crepúsculo, con los pies desnudos embutidos en
chinelas a la morisca, el vestido arremangado hasta media
pantorrilla sobre una enagua de encaje de Binche muy remendada.
Luisa Calmo, repleta de vino y de semen, boca arriba en la palidez de
las sábanas. Luisa Calmo, que, vestida de oriental y tocada con falsa
nutria, encarna a una reina de Circasia. Por la noche se habla de ella
en las tabernas donde agoniza un cabo de vela, en los cafés
centelleantes, en los salones revestidos de laca, mientras apagan las
lámparas. No obstante, ha contraído deudas por doquier, y sus
amantes se apresuran a abandonarla. No tiene a nadie que ponga de
relieve sus encantos y organice para ella una de esas rifas que
prometen las zapatillas de la diva en una canastilla dorada o una
página de uno de sus papeles en una caja de cartón pintada de
flores. Ya ha dejado atrás los treinta años. En Venecia, donde los
casamientos desiguales entre burgueses y actrices no son raros,
confía en encontrar pronto a algún pánfilo. Piero Trapassi fue su
empresario y a menudo su proxeneta, pero es el esplendor con que
brilla en escena, la gracia de una enjuta pierna, un zapato de
damasco color reseda, una boca de vampira y una mirada de
ahogada lo que la hará granjearse el afecto de Alvise Lanzi. Ella
todavía no sabe nada, y en un cuartucho miserable que hiede a
almizcle, Luisa Calmo alinea cifras en un trozo de papel, calcula lo
que debe al guantero, al peluquero, al zapatero, al sastre de teatro, a
la ramilletera, al maestro de música, al portalinterna, lo que
prometió al apuntador, al copista, al arrendador de palcos, al
portero. Se pregunta si no haría mejor en desaparecer a cualquier
parte... Pero entonces, ¿de qué viviría?... Es una pobre muchacha
perdida.

Alvise Lanzi aparece solo en escena, vestido con una bata al


estilo indio. Se ha anudado un fular en torno a la calvicie. Tose,
refunfuña, eructa. Se inclina sobre un libro que jamás conoceremos,
pues allí no hay espejo alguno para ofrecer al menos la imagen de un
texto invertido como el Codex de Vinci. Ante él la mesa, microcosmos
desordenado, caos de libros, de páginas sueltas, de puntos de libro,
de bronces eróticos, de cartas, de sellos, de brújulas, de huellas
sospechosas, de reseñas, de recortes, de lápices, de medallas, de
cabezas de león, de pañuelos. La luz anaranjada de un cataclismo
gravita sobre la escena.
Cuando Alvise se halla entre tales cosas, se cree menos
vulnerable, menos amenazado. Sin embargo, debe tener cuidado de
que nadie sepa lo que acaba de encargar en el establecimiento del
librero Zamponi. Quizá debería procurarse un armario de roble que
cerrase bien. Incluso se pregunta si no debería cerrar la estancia
misma mediante una puerta reforzada con gruesos cerrojos, pero
supondría una provocación. Por lo demás, ¿acaso no ha perdido con
frecuencia sus llaves, todas sus llaves?... Se mira las manos como si
pudiera leer en ellas una respuesta.
Alvise se pasea por el laberinto de su biblioteca, que en sí
misma constituye una ciudad, un planeta. Se mueve por ese dédalo
como el fruto por las entrañas maternas. Una gaviota cruza por
delante de una de las ventanas y siente envidia de ella. La gaviota
acaba perchándose en una bricola y, tras haberla seguido con la
mirada, Alvise se pregunta cómo es que está sola. Le viene a la
memoria un viaje. Recuerda un acontecimiento sucedido en su
infancia. Se acuerda de su primer matrimonio y de los demás. Se
acuerda de una mano engarfiada como garra de arpía. Rememora
fiestas de petición de mano y funerales. Calcula al buen tuntún la
longevidad humana. Calcula de manera aproximada qué brecha
podría colmar la venta de sus posesiones en el campo. Sabe que se
equivoca. Siempre sabe equivocarse. En las obras históricas son los
reyes quienes yerran, y en los relatos de viajes los navegantes.
Delegaciones de un fracaso. Delegaciones de una biografía. La
gaviota emprende el vuelo bruscamente y Alvise se pasa una mano
por los ojos. Desearía vivir en otros lugares, en otro continente.
Cuando se cruzan por la calle, Marcia le dirige una mirada de
desprecio, él le devuelve una mirada de tristeza. Todo conlleva un
lastre en esta ciudad, la cual, consciente de que va a morir, se
esfuerza por hacer que todo perdure, e incluso en ocasiones lo
consigue.

Con el índice, la mujer traza sobre la mesa figuras en un


charco de vino. Ríe sin cesar. Él también ríe muy fuerte, y vuelve a
servirse una buena porción de Alfabeto, que vacía de un solo trago.
Ambos están ebrios. Ambos actúan en el mismo teatro, donde él
representa a los innamorati. Cuenta cómo vio a Trapassi entrar en el
armario rinconera, y ya se sabe lo que eso significa. Según parece, el
mismo Trapassi se lo confesó. Sabe muchas cosas sobre Trapassi,
con quien se ve a menudo. Ella sostiene que en cuanto empresario
Trapassi no vale nada. Él replica que tampoco tiene gran valor como
delator. La mujer ríe locamente. Hay que saber desenvolverse en la
vida, ¿no?... Es preciso dar con triquiñuelas. ¿Por ejemplo?... Ah,
pues por ejemplo las artimañas de Battista Peretti, Dios lo tenga en
su seno. Quien no se arriesga no pasa la mar. El canguelo de que te
pillen, claro está, pero ah... Golpean el culo del cubilete contra la
mesa. Eructan un poco. Ríen. Vuelven a pedir Alfabeto. ¡Mierda!...
¡Yuju!... Ah, sí, Battista Peretti, un tunante. Cuántos incautos le
llevaba ella, extranjeros que querían ver y oír cómo evocaban a los
muertos. Para ella se trataba de su mejor papel, vestida de blanco,
eh, y saliendo velada de detrás de la cortina...
De repente guarda silencio, envía un pensamiento tan
impreciso como amistoso a la memoria de Battista Peretti, oriundo
de Turín, que en un gran caserón chato y amarillo de la Misericordia,
ocupaba un cuchitril que rezumaba una humedad glacial. Antes de
que ella apareciese caracterizada de fantasma, daba a beber a los
clientes una infusión de vino en la que había dejado disolver unas
hierbas. La bolsa, el reloj, los botones de pedrería, las mejores
prendas desaparecían como por ensalmo. Los burlados no podían
decir nada, so pena de denunciarse a sí mismos. La morada del viejo
resultaba imposible de encontrar para un extranjero. Ella, más
expuesta, debía andarse con cuidado. En cierta ocasión, al salir del
teatro, había sido apaleada hasta quedar cubierta de cardenales. Él
le responde que también a él le ocurrió algunas veces esa pequeña
desgracia. La mujer mueve la cabeza con aire de entendida; en
efecto, por lo demás, Peretti sabía de veras invocar a los muertos,
hacerlos comparecer por medio de palabras. Afirmaba que lo había
aprendido en Turín, capital de la magia. ¿Que no?... ¡Desde luego
que sí!... Llegó a pasar un miedo tremendo, creyendo que ella misma
estaba a punto de fallecer. ¿Los muertos? Hablaban con su propia
voz, despedían el hedor de la tumba y decían cosas que resultaban
incomprensibles. Cierta vez, una mujer de fuego trazó signos en la
pared, afirma, al tiempo que describe espirales en el vino
derramado. Peretti necesitaba ayuda para que le sostuviesen los
cirios, para que le pasaran el espejo. Como contrapartida, le había
entregado elixires para agradar a los hombres... Él se inclina por
encima de la mesa y de pronto parece completamente sobrio.
—Os mostráis muy imprudente al contar esas cosas...
—¿Por qué?... También vos habéis contado...
—No he dicho nada de mí, me he limitado a hablar de Trapassi.
Os aconsejo que tengáis cuidado, eso es todo. Mozo...

... le oí encargar impropios libros franceses en el


establecimiento de Zamponi, donde asimismo adquirió un librito
toscano, cuyo título no conseguí ver pero que recordaba un manual
de cocina. Como no dispongo de mucho tiempo para leerle durante
toda la tarde a su madre, ésta ha contratado a la sobrina de
Zamponi, a la que asimismo habrá que...

El camarín huele fuertemente a almizcle, polvo, sudor. Al


levantar un brazo muy blanco pero cubierto de pequeñas manchas
como un huevo de pava, Luisa Calmo revela una axila barbada color
de sangre seca, vellón que se adivina similar al otro. La inaudible
percusión de un gong resuena en todo el ser, vibra y vibra y vibra en
las venas del sexo.
Unos zapatos yacen tirados en un rincón, como esas ratas
muertas que uno se encuentra en las esquinas de las calles. Chinelas
de punta áurea o del color de la reseda, terciopelo ajado, hebilla que
ha perdido el lustre y, oblicuamente destalonado, el tafilete
desgarrado de un tacón, relucientes desgastes, cueros ahumados por
el sudor, hundimientos, blandas defecciones.
Ella dice que un farandulero mostrará el panorama del Mondo
Nuovo en un barracón y que quiere ir a verlo. Dice que tiene sed.
Dice que quiere cambiarse las medias y, tras arremangarse falda y
enagua, deja al descubierto una pierna flaca enfundada en seda que
brilla como el mármol. Seda, sudor, batista arrugada, vellón
pelirrojo.
—¡Ninaaa!... ¡Ninaaa!... Zorra, ¿cuántas veces he de decirte
que cierres la puerta?... En cualquier caso, comería algo muy a
gusto. ¿Y vos, S'ior Maschera?...

Tres personas de paseo, no hay nada más cómodo. A la


izquierda, llevando el perrito de lanas, un hombre con sombrero
color arena, vestido de azul de Prusia, y, respetando toda
perspectiva, divisado hacia la zona de las marismas, en los
horizontes, un cielo verdoso que desciende, ensombrecido, sobre
fúnebres cipreses. Passegiata. A lo lejos algunos cuervos, a la
derecha, un galgo tímido y neurótico, que evoca las liebres
desolladas, depositadas en sus fuentes. En el centro, visto de
espaldas, lo que no es en absoluto usual en los teatros, el trío de
actores. Luisa Calmo con vestido color azufre provisto de crueles
ballenas, la cabellera suelta hasta la cintura, la cabeza cubierta con
una amplia capota de acordeón, adornada con un volante, que sujeta
en la nuca una voluminosa lazada color pizarra. A su izquierda, el
empresario Piero Trapassi..., ¿o se trata más bien del chichisbeo
Giacomo Biri?... No. La graciosa arrogancia con que se lleva al ojo el
catalejo, el brusco arqueo de la pantorrilla, el ángulo que adopta el
tricornio sobre el cabello empolvado, llevan a optar por Piero
Trapassi, por no hablar de que Biri no delegaría en nadie el cuidado
de llevar al perrito de lanas. A la derecha de la bella, que acaso no
sea necesariamente Luisa Calmo, un hombre con traje color de rosa
muerta y tocado con un sombrero a la inglesa explica las bellezas del
paisaje. El movimiento de las piernas, embutidas en medias grises, y
la cómoda exigüidad de los zapatos denotan el ritmo de su marcha.
No resulta imposible que el hombre sea Alvise Lanzi. Sólo una cosa
es segura: en esta escena de colores apagados como los del sueño,
algo decisivo está a punto de suceder. Alguien hablará de manera
desconsiderada. Alguien escuchará con extrema atención a fin de
sacar partido de ello, en tanto que la falda, que se arrastra por el
suelo, barre larvas, broza, insectos aplastados.

—Lo lamento, pero no cabe hablar de nuevos anticipos,


teniendo en cuenta que los que os he concedido distan mucho
todavía de haber sido satisfechos. Vuestras últimas entregas eran
insuficientes.
—No pude hacer otra cosa. También nosotros tenemos
dificultades con la llegada de las madejas y la insubordinación de los
obreros...
—Eso es asunto vuestro, el mío consiste en recuperar mi
dinero. ¿Cuándo contáis con saldar al fin vuestra deuda? ¿Qué
cantidad de damasco y de terciopelo puedo esperar?
—Tendré cuatro o cinco rollos de tafetán...
—¡Os burláis de mí!
—Quiero decir que dispondré de mucho más... si la ocasión...
Le asegura incluso que se tratará de un volumen mucho mayor,
enuncia enormes cantidades, suficiente para cargar toda una flotilla,
amontona las balas de un crespón imaginario, los rollos de un
problemático raso de seda.
—... pero, sólo una vez más, un mínimo anticipo, siquiera una
bagatela, un gesto de confianza, vamos...
El otro se cierra en banda sin remisión.
—Vuestra manufactura vive de espaldas a las tendencias
actuales, trabajáis como en tiempos de mi abuela, no os decidís a
fabricar nada al estilo de las Indias, parecéis ignorar los nuevos
sistemas de tornasolado y de briscado, no estáis equipados ni para
los rasos a la chinesca, ni para las gasas con felpilla...
—Paciencia, paciencia...
Le sudan las manos, se siente al cabo de sus fuerzas. Tiene
enormes deudas y, pese a las novenas y los amuletos, atraviesa un
período de pertinaz infortunio. Empieza a abandonar toda prudencia,
ni siquiera se toma la molestia de falsear con suficiente esmero los
registros. Sufre cada vez más a menudo de persistentes dolores de
garganta.

... Marcia Zolpan, a quien antaño conocisteis, elegante en


extremo con redingote de terciopelo liso bordado con lentejuelas. Ha
envejecido, cosa que vos jamás haréis aunque viváis cien años, pero
todavía tiene bastante buena presencia. ¿Qué deciros, mi querida
sirena, sino que el mundo está positivamente loco? Por ejemplo,
Alvise Lanzi, de quien os hablo con tanta frecuencia sólo porque es
mi vecino y conozco bien a su familia. ¿Podéis concebir que, viudo
por tres veces, quiera volver a contraer matrimonio? Desde hace
algún tiempo, la moda consiste en casarse con actrices, de modo que
ha puesto los ojos en la Calmo, a quien profesa una pasión de pésimo
gusto y de la que jamás lo habríamos creído capaz, pues pasa por ser
frío como un pescado. ¿Podéis explicaros tal furor conyugal? Se dice
que hay quien no puede estar sin una mujer. Una o dos amantes
tiene un pase, pero casarse sin cesar, y para quedarse viudo por
añadidura... Lanzi se comporta como si hubiera perdido la razón. ¡A
su edad!... Ignoro lo que piensa su madre al respecto, aun cuando
una curiosa reflexión por ella formulada haya llegado a mis oídos.
Sobre todo, no creáis que juzgo y condeno a la Calmo por los amoríos
de su vida pasada, que no es ni peor ni mejor que tantas otras.
Tampoco hablaré de la responsabilidad que pueda atribuírsele en las
rivalidades teatrales, en esas facciones, por ejemplo, la que opone al
padre Chiari y al abogado Goldoni, que dividen la ciudad en dos
bandos. Los actores que sólo en una ocasión representaron el papel
de fantasma, las bailarinas que hicieron tres battements à mi-jambe
a través del escenario, sus madres verdaderas o supuestas, sus
proxenetas, sus chichisbeos, sus protectores, todos ellos intrigan con
una energía que supera todo lo imaginable. Lo único es que corre el
rumor de que la Calmo habría estado mezclada en turbias historias,
asuntos oscuros que sólo cabe confiar de boca a oído. El caballero os
pondrá al corriente con más locuacidad de la que yo podría
desplegar, pero permitid tan sólo que os cuente, a título de aperitivo,
la manera en que ella...

Tiene senos piriformes pero muy duros, pequeñas nalgas de


efebo, caderas estrechas y, en cambio, unos hombros nobles y un
cuello grácil. Podríamos decir que sus manos son de vieja porque son
huesudas. Le gusta separarse las ninfas entre risas con el índice y el
dedo medio. Baila desnuda a través de la habitación. Le encanta
beber en la cama. Cuando ha sudado, su piel se cubre de una
película nacarada y empieza a despedir olor a caza. Le gusta hablar
mientras hace el amor, decir cosas duras y licenciosas como ella
misma. Sabe zurcirse los encajes. Tiene una gran polvera malva y
tres frascos de un elixir secreto. Sabe hacer que la gente se trague
sus mentiras con la misma destreza con que el sacamuelas impone su
labia. La luz de la lámpara está atenuada. Por alguna parte galopa
una rata. El agua gorgotea. Están acostados, inmóviles uno junto al
otro, con la vista clavada en el techo pintado. Se oye el deslizar de
una barca por el rio San Barnaba. Se oye crujir el entarimado del
pasillo.
Alguien sabe escuchar, observar, deducir, inducir, concluir.
Alguien de mente curiosa empieza a comprender el mecanismo de
toda la intriga. Alguien sabe al presente que las cosas no quedarán
así. Se trata de un conocimiento muy peligroso, por poco que uno
permita que se sospeche su posesión. Por no hablar de que tal vez
uno mismo se encuentre en situación difícil.
Y la luz de la lámpara está atenuada y por alguna parte galopa
una rata y el agua gorgotea, mientras Alvise escucha respirar a Luisa
a su lado. Habría podido tenerla fácilmente sin necesidad de
desposarla, ya que su pasión se reduce, en definitiva, a gestos muy
simples. Habría podido casarse con una mujer menos llamativa, que
supiera comportarse mejor y amase los libros. Amar los libros, en eso
reside todo, y a distancias siderales, entre brumas, en una de esas
milésimas de segundo que sólo el tuétano de nuestro ser conoce,
pasan por su mente un moño al estilo romano y un vestido de
chaconada. Habría podido alquilar para Luisa una pequeña vivienda,
ir a verla todos los días, y la esposa legítima, a quien no adjudica
rostro alguno o bien le atribuye varios, no se habría sentido
agraviada. En Venecia son cosas que a nadie preocupan. Ha
cometido un error y se pregunta qué cariz tomará tan absurda unión.
Sabe que su apetito amoroso se apaciguará tan deprisa como
violenta fue su aparición, que Luisa no sabe retener nada ni a nadie.
Capricho pasional. Ya experimenta la fatiga del sexo, la monotonía
de la saciedad. No obstante, la Calmo le confiere un oscuro prestigio,
un aura viciosa, tal vez incluso la imperial y dolorosa corona del
ridículo y, sobre todo, el nimbo de una fatalidad que, pese a sus
viudeces en serie, le faltaba todavía. El pensamiento de tan irregular
fama lo maravilla e inquieta. La angustia, insidiosa, le pone el
corazón en un puño. Ahora bien, en Venecia, la angustia va ligada a
la noción de Messer Grande, sin que uno sea siquiera consciente en
todo momento e incluso en el caso de aquellos, si los hay, que creen
no tener nada que reprocharse. A decir verdad, uno siempre tiene
algo que reprocharse. Le pueden convocar cada día. Messer Grande
sabe todo cuanto ocurre a la sombra de los pasillos, a la sombra de
las iglesias, a la sombra de las cortinas, ve la mano solitaria, conoce
el sueño secreto y lee en la mente. Por eso sin cesar siempre se tiene
algún motivo para temer, aun en sueños. Uno llega a desvanecerse
de miedo. Incluso en ocasiones se desvanece sin dejar huella, como
se disuelve un terrón de azúcar en agua.

Sobre todo, no comáis. No bebáis nada. No os volváis. Caminad


más deprisa. Articulad con nitidez. No digáis una sola palabra. La
gente se consuela al son del violín, se duerme escuchando el zurear
de las palomas. Cedí una vez ante ti, pero jamás volveré a hacerlo.
Cedí ante ti, mas no vuelvas a contar con ello. Alguien se mira las
manos. Alguien se sorprende de poder matar con tamaña facilidad,
lleno de júbilo y sin arrepentimiento. Se mata mucho en esta ciudad.
Asesinan sin tregua en el laberinto del Minotauro. Alguien aprieta el
paso. Alguien tiende una emboscada. Alguien cae. Alguien emprende
la huida. Hay restos de sangre. Es algo que ocurre todos los días.
Llegados a este punto, el espectador ya debe de haber comprendido.

—¿Dónde nos habíamos quedado? —En el capítulo cuatro,


Signora. —Seguid, niña mía.
—«El conde de Belflor, uno de los más ilustres señores de la
Corte, estaba perdidamente enamorado de la joven Leonor de
Céspedes. No tenía intención de casarse con ella; la hija de un
simple gentilhombre no le parecía un partido digno de consideración
para él; sólo se proponía convertirla en su amante..., su amante...»
—¿Y bien?
Emilia pide perdón por haber tenido que recuperar el aliento,
se ajusta los quevedos y prosigue. Rosetta entra portando dos
cubiletes y un jarro de horchata. La mirada de Ottavia se cruza con
la de la sirvienta en el espejo de la chimenea. Las palomas zurean
dolorosamente.
—«Sí, mi querida Francisca, dice mirándome con aire triste, sí,
me embarga una pesadumbre tanto más viva cuanto que me veo
obligada a encerrarla en lo más recóndito de mi alma...»
—Haced el favor de articular un poco mejor, niña mía, ya os lo
tengo dicho.

Tras haber descubierto algunos de sus encuentros secretos, y


adivinando sin lugar a dudas lo que significan, lo hace cantar con
dureza. Dispone de varias pruebas gracias a un secretario de
embajada a quien ha hecho objeto de diversas gentilezas, y la Bocca
del Leone sonríe de forma terrible.
—Sobre todo, dejad de intentarlo, hermosa mía, pues también
yo tengo armas contra vos.
—¡Bah!... Mi marido sabe muy bien que uno no se casa con una
actriz por su virtud.
—No es de eso de lo que hablo, sino de ciertas ceremonias que
interesarían a Messer Grande.
—No hay nada contra mí.
—Oh, los buenos padres interrogan con tal insistencia que
siempre acaban descubriendo algo... Me entendéis, ¿no es cierto?...
Ella palidece mientras recoge sus guantes y su abanico, que es
de lo más frívolo.
En esta ciudad, en la que se hacen apuestas sobre el tiempo
que hará, sobre el sexo de un niño que ha de nacer, sobre los
números de la lotería, sobre el día en que morirá el párroco y sobre
lo que se servirá en la correspondiente colación, cabría esperar
alguna apuesta en relación con la carrera que comienza. ¿Cuál de los
dos superará al otro en velocidad? Él se pregunta si resulta prudente
o, por el contrario, peligroso actuar en el momento presente. Ella se
plantea idénticas preguntas. Y opta por guardar silencio. En cuanto a
Piero Trapassi, tampoco él dirá nada, pero una noche de septiembre
de 1795 esperarán en vano su visita en casa de los Lanzi, su perfume
de lirio, sus anécdotas galantes, la gracia que pone a la hora de
ofrecer un pellizco de tabaco. No vendrá ni al día siguiente ni al otro.
Jamás se le volverá a ver. Sabía demasiado. Tendría que haber
contado con ello. Imaginando en parte dónde debe de hallarse y
temerosa de que hable de ella, Luisa pasa muy malos momentos. Los
pasaría peores todavía si supiera que desde hace tiempo las
autoridades la vigilan, y por la misma razón, tampoco el hecho de
que en lo sucesivo no tiene nada que temer salvo una muerte
apolítica y privada lograría tranquilizarla.

Hay una rica paleta donde escoger. Aconitum lycoctonum,


Aconitum ferox, Helleborus niger, Colchicum automnale, Atropa
belladona, Taxus baccata, Conium maculatum, Solanum dulcamara,
Cystisus laburnum, Euphorbia venenifica, y tantas otras plantas, sólo
conocidas por los iniciados y cuya verdadera naturaleza escapará
siempre a los hombres de ciencia. Son de raza muy antigua,
delicadas princesas, hechiceras olvidadas. Hay que saber cuándo
recolectarlas y cómo tratarlas, según se quiera extraer de ellas
alcaloides, glucosas o aceites etéricos, aun cuando estas últimas
preparaciones resultan menos recomendables que otras, a causa de
un olor por lo general penetrante. Lo esencial es saber
administrarlas, ya que el mínimo error puede echarlo todo a perder.
Así pues, habrá que calcular con esmero la llegada de la crisis, a fin
de que coincida con algún acontecimiento público, festejos u otros
desórdenes, como se hizo en el caso de Catarina y de Teresa. No
obstante, resulta prudente desechar de vez en cuando ese sistema,
tal como ocurrió en el caso de Felicita, pues un plan en exceso rígido
corre el riesgo de despertar sospechas. Por eso Luisa morirá en
enero de 1796, cuando la agonía de la Serenissima se prolonga ya
desde hace tres siglos. En efecto, sus arcas están vacías, las armas
oxidadas, las posesiones se han perdido y la nobleza se adquiere por
cien mil ducados. La condesa Cataneo espera un hijo del nuncio
apostólico. El embajador de España abraza a su bardaje Campos en
público. Se saluda muy por lo bajini a las putas en la calle. Un
proxeneta vive de una monja profesa de setenta y siete años. Un
sacerdote juguetea en la ventana con una ramera que le atiza fuertes
golpes con el abanico en la nariz. Los pobres trafican con sus hijos
de temprana edad, mediante contrato redactado ante notario. Si uno
no se juega hasta sus propios guiñapos, a riesgo de tener que
regresar desnudo, siempre se puede jugar a la mujer. Los
expedientes de la Inquisición rebosan notificaciones y condenas por
«desenfrenos juveniles, violencias, seducciones, comercios
escandalosos, ofensas conyugales, disipaciones insensatas...». Las
mercancías están por las nubes, la miseria es extrema. Bonaparte
marcha sobre Italia.
En la iglesia, donde uno debe mostrarse de vez en cuando,
alguien desliza una bolsita de polvo blanquecino entre las ropas de
una persona que no repara en ello. Alguien susurra una denuncia en
la Bocca del Leone.

—Pero ¿qué es lo que tenéis? Estáis completamente pálida y


desencajada... Ah, eso no me gusta nada... ¡Y articulad de una vez
para siempre con mayor claridad, caramba!

Sufre desde hace semanas sin que los médicos sepan en modo
alguno a qué atenerse. Sus rojos cabellos se han convertido en sucias
greñas. Ya no tiene carne en las piernas y grandes llagas le
agujerean la piel. Grita y profiere numerosas indecencias en el
delirio que en ocasiones la acomete. Su vientre está tenso como un
odre y, tan pronto como posan en él la mano, le arrancan aullidos de
dolor. Le administran opio. ¿Qué otra cosa cabe hacer? Pero si bien
el opio le procura alivio, también le cierra las entrañas. Grita que no
quiere morir, ¡no quiere, no quiere! De vez en cuando llama como en
sueños a hombres desconocidos, entonces le tapan la boca con un
paño. Vomita una tinta pestilente, orina sangre y, de tanto en tanto,
la sangre le sale también por la nariz. En el curso de la última
semana, aparecen úlceras por todo el cuerpo, y el olor se vuelve tan
espantoso que resulta imposible permanecer en la habitación. Sobre
todo, oh, sobre todo, ocultad esas manchas lívidas y plomizas, esas
purulencias, esas estasis letales bajo unos polvos, bajo algún
ungüento. Es cierto, sí, mucha gente ha muerto por haber comido
abalones, pero su muerte fue muy distinta. Airead, oh, airead... Y
sobre todo, ocultadle el rostro.

Se ponen de acuerdo en voz queda bajo un techo del Veronese.


—Es cierto que ella lo había conquistado gracias a la magia...
—Encantamientos, maleficios...
—Existen algunos hechos que tienden a confirmar lo que
sospechamos...
—Las palabras más impías...
—Secreto artesanal de la mayor importancia...
—Brujería...
—Un hombre de Turín, actualmente fallecido...
—Hace ya al menos un año que deberíamos haberla llevado...
—La justicia divina se nos ha adelantado, lo cual no deja de ser
una pena. ¿Acaso no había aconsejado actuar con mayor prontitud?...
Al presente, corresponde a Satán tomar las riendas del asunto.
—¿Y él?...

Prórroga y reflexión. Entreacto.


Agente triple cuyo juego Luisa conocía, Piero Trapassi tenía un
motivo para eliminarla, mas no dispuso de la oportunidad, como
tampoco le asistían razones para suprimir a las otras esposas, ni se
le presentó la ocasión. No sólo Mario Martinelli tenía un motivo para
envenenar a Catarina, sino que también le asistían razones para
asesinar a las hermanas Bruni, sin duda al corriente del papel que
había desempeñado en el asunto del Arsenale. Tampoco le habrían
faltado las ocasiones. Sin embargo, ¿por qué a Luisa?... Examinemos
a Alvise. Las cuestiones de herencia sólo son relevantes en el caso de
la primera esposa, apenas en lo que concierne a la segunda y la
tercera y absolutamente inexistentes en lo referente a Luisa, pues
ésta tan sólo aportó deudas. Por añadidura, Alvise estaba prendado
de ella, lo cual, no obstante, no lo exonera necesariamente. ¿Y por
qué a Gaspare, el hidrocéfalo que, por lo demás, no merecía nada
mejor? Oh, es algo que suele ocurrirles a los críos que desagradan,
no tiene importancia. En suma, no vemos ni razón ni oportunidad
que se adapten de manera homogénea a todas las desapariciones.
Eliminemos toda injerencia por parte de los sirvientes, ya que los
rituales de defunción o de matrimonio sólo les aportan trastornos y
un incremento de las penalidades. Puede que existan varios asesinos,
cada uno obrando por un motivo particular pero viviendo todos ellos
en la órbita de los Lanzi. ¿Quién fue el imbécil que afirmó que el azar
era el dios de los imbéciles? Tampoco es en modo alguno imposible
que tales muertes en serie se deban a causas ordinarias. Un niño se
cae a un pozo. Combinadas con el agua helada, las cerezas inflan
mortalmente el vientre de una mujer embarazada y epiléptica. Las
fiebres de Torcello lixivian, emploman y deshacen las entrañas.
Lucilia hominivorax aova incluso en el cerebro. Hay que desconfiar
de comer abalones en invierno. Es muy posible que se sucumba a los
accesos de una vieja sífilis. Tan sólo elementos explicables, puesto
que ninguna lógica se opone a ello. Lo cual no impide que todo
resulte posible, incluso cuando la lógica se opone a ello. Según las
leyes aerodinámicas, su peso, cuatro gramos, y su insuficiente
envergadura impiden volar al abejorro. El abejorro se burla de las
leyes aerodinámicas y vuela. Y por otra parte, ¿acaso no nos dijo
Sade que un efecto no requiere necesariamente una causa?
Mas hasta aquí sólo se trataba de una excursión accesoria.
Volvamos al meollo del asunto, volvamos a Luisa, en enero de 1796,
rígida y con la boca abierta bajo un sudario, verde y llena de
manchas, hedionda y cubierta de coronas invernales, mientras el
grupo se halla reunido en el salón, nido de víboras, bola de hielo.
Crescendo. Crescendo. Crescendo.

Alguien se dice que ahora la necesidad es apremiante y, al no


poder ya recurrir a la persona que hasta el momento procuraba las
plantas, decide ir a solicitar la ayuda de la enana que, frente al
tablado del sacamuelas, hace los cuernos con la mano.
El mono se rasca. El paciente escupe la sangre en su pañuelo.
Los mirones escuchan el camelo y miran el diente que el charlatán
blande con la mano izquierda. Ante el vendedor de frutas, la enana
con collar de perlas falsas y delantal bordado hace, pues, los
cuernos. Desconfía, teme alguna celada. No, no conoce otras plantas
que la lechuga, la zanahoria, la albahaca, el apio. Pero esa noche,
cuando la enana hidrocéfala desnude en la privacidad de su cuarto
su cuerpo deforme como una calabaza reventada, se sacará de la
enagua un frasco que sólo se propone vender a un príncipe de la
Iglesia o un embajador.

Febrero de 1797. Bonaparte entra en Peschiera, Legnago,


Verona...
Por última vez, la Serenissima celebra el Carnaval como si
nada ocurriese. Por última vez hasta transcurrido mucho tiempo, sus
polvos y sus yesos, su confeti cubierto de miasmas, sus oropeles, sus
afeites, sus alopecias, sus terciopelos raídos, sus lepras, sus
máscaras macilentas, sus antifaces de encaje, sus chancros bajo la
media roja, sus derrames taponados con guata malva, aquí y allá el
breve relámpago del puñal antes del gorgoteo color geranio. En la
Piazza, cantan, berrean, meten mano a los culos. Los polichinelas se
arquean, se retuercen en sus piojosos, sus harinosos, sus merdosos
blusones. Los lisiados vociferan y ronronean en sordina. Como la
aurora boreal, una glauca claridad cae sobre el féretro de las
góndolas, sobre la palidez de las aguas y la mirada apagada de los
leones de piedra.
Hay que conseguir a toda costa la ayuda de la enana, pues
prevalece la convicción de que ella dispone de plantas. La enana
hace los cuernos y dice que no. La enana simula no entender,
mientras que cada día la necesidad se vuelve más apremiante. Así
pues, hay que actuar sin ayuda.
Bonaparte marcha sobre Venecia: «Io sarò un Attila per lo
stato veneto!»
Se lee un informe. Se hace la señal de la cruz. Se invoca a la
Santísima Trinidad, antes de expulsar una diarrea verbal, con un
espantoso hedor a mierda y a carroña. Descubierta en su casa una
bolsita en extremo sospechosa, costumbres sáficas como ocurre aquí
con casi todas las mujeres, también ella lee libros impropios, como
todos esos miserables, originaria probablemente de Morea o de
Polonia, madre judía no imposible, pese a nuestra intensa vigilancia,
fortuna considerablemente reducida desde hace cuarenta años, no
obstante, todavía interesante, Morea, matémoslos a todos, difícil en
la actualidad, demasiado tarde. ¡Demasiado tarde! ¡No, nunca
demasiado tarde, nunca!

Martes de Carnaval. Los criados de la casa Lanzi están todos


en las marionetas o en la corrida de toros en la Piazza. Silenciosa
morada, sin siquiera el trote de las ratas. Sólo se oye el horrible coro
de las palomas. Alguien pasa a lo largo del rio. De lejos llegan jirones
de voz, guiñapos de risa, hilas de pífanos, la llamada de un
gondolero. Un roce. Un silencio. Una gota de agua. Olor viciado a
moho y a polvo.
Emilia Laumer, a quien no gustan ni el ruido ni la multitud,
aprovecha la soledad para ordenar la biblioteca. Lleva su vestido de
chaconada gris y se ha recogido el cabello a la antigua. De pronto, el
entarimado cruje.
El entarimado cruje cerca de la puerta.
—¿Quién anda ahí?
El entarimado cruje.
—¿Quién anda ahí?
El entarimado cruje.
—¿Quién anda ahí?
El entarimado cruje.
Emilia tiene calor y siente que el color ha abandonado su tez.
No puede ver nada, pero oye cómo cruje el entarimado.
El entarimado cruje lentamente, regularmente, lógicamente, a
lo largo del laberinto en bustrófedon.
—Pero... ¿quién anda ahí?...
Entonces se acurruca en un rincón, con las manos sobre el
pecho y un lago de sudor en el hoyuelo umbilical. Ahora los pasos
suenan muy cerca, y cuando su atacante aparece ante ella con una
pistola en la mano, Emilia Laumer sabe que había dado en el clavo.
... y pese al horror general ante el cataclismo que se abate
sobre nuestra querida República, el asunto tuvo una resonancia
espantosa cuando todo salió bruscamente a la lux. ¿Podéis concebir,
bienamada sirena, la monomanía conyugal de Lanzi y los posesivos
celos de Ottavia? Uno no puede por menos que preguntarse cuál de
los dos, la madre o el hijo, era más obstinado. Imaginad la lucha de
dos locos: él se casaba al buen tuntún para escapar de las garras de
su madre —pues sólo había cedido ante ella en el caso de Marcia
Zolpan—, y ella mataba con el fin de volver a apoderarse de él, de
tenerlo para ella sola. Y no son tanto los crímenes lo que deja
estupefacto, sino las mezquinas villanías que, aun cuando no
condijeran en absoluto con su carácter, se supone que hubieron de
precederlos. Fue un largo combate, una guerra sin cuartel. ¿Acaso
no os escribí hace tiempo que esta ciudad encierra devastadoras
pasiones?... Tal es el caso de Ottavia. Tenía la fortaleza de una
bestia. ¿Y qué decir de él?... Jamás sabremos si conocía la verdad, se
llevará el enigma a la tumba. Dado que el corazón humano es todavía
más laberíntico que nuestra ciudad, tal vez incluso en su fuero
interno Alvise deseaba secretamente resultar vencido. En cualquier
caso, sospechando que la pequeña Laumer amaba a su hijo y
temerosa de que su común pasión por los libros los uniera algún día
—y esta vez muy sólidamente—, Ottavia no vaciló. Era el martes de
Carnaval, la casa se hallaba vacía y Venecia entregada al mayor de
los tumultos. Como a la anciana Rosetta, que siempre le había
suministrado las plantas venenosas, se la había llevado una
pulmonía, Ottavia quiso actuar por su propia cuenta. Perdió la
cabeza por completo, y como, por lo demás, no veía con demasiada
claridad, apuntó tan mal que apenas hirió a Emilia Laumer en el
brazo izquierdo. Acto seguido, ella misma se hizo justicia, y sin fallar
esta vez, podéis creerme. La ciudad hablará durante mucho tiempo
de tan tenebroso asunto. Dicen que al no hallar reposo en la tumba,
Ottavia regresa al crepúsculo para vagar a lo largo de la Fondamenta
Rezzonico, donde varias personas se han topado con ella, huraña, sin
sombrero, y luciendo una gran mancha de sangre en el pecho.
Ya que me solicitáis noticias de los demás, helas aquí. Mario
Martinelli murió de un chancro de garganta, justo antes de que la
quiebra de los talleres Lanzi dejara al descubierto sus tejemanejes.
Se ignora lo que hizo con el dinero, pero jugaba, y sabido es cuán
fácil resulta perder fortunas al faraón o al bisbís. Para satisfacer a
los acreedores, Alvise se vio obligado a vender la gran casa del rio
San Barnaba e incluso sus posesiones de Torcello, de las que casi no
sacó nada. Como las tropas francesas habían devastado la finca que
su primera esposa le había dejado en el Friul, sólo le queda el
pequeño pabellón del Brenta, donde, entre sus libros amontonados
hasta el techo, vive Dios sabe cómo, solo con el último viejo doguillo
de su madre. De hecho, aunque quisiera volver a casarse, sin duda
ya no encontraría a nadie. Emilia Laumer, que sin la menor duda se
está quedando para vestir santos, ayuda a su tío a llevar la librería
del rio Terra degli Assassini, tarea en la que se desempeña muy bien.
¿Os acordáis de Piero Trapassi, otrora siempre tan bellamente
ataviado? Desapareció sin dejar rastro en su momento, muy
probablemente en las mazmorras de Messer Grande. La semana
pasada divisé a Marcia Zolpan luciendo una amplia capa color
amaranto sobre una túnica ceñida, de esas que empiezan a ponerse
de moda, y el cabello cortado a lo Tito. Por el momento parece bien
instalada en su orgullo y su soledad, mas no pude por menos que
echarme a reír al recordar que antaño había sospechado que
encerraba una Medea en su interior. En cuanto a nuestros
sinsabores del presente, lo cierto es que rechazan hacia las sombras
todos los asuntos personales, y cabe decir que la tiranía de nuestros
antiguos amos no era nada en comparación con la que ejerce el
retaco. No concibe límite alguno a su voluntad. Serio y taciturno,
haciendo gala de gestos bruscos, perpetuo ceño fruncido y rudo
hablar —¡y con qué acento, Señor!—, exige cañones, fusiles,
caballos, víveres... Pero ya sabéis todo eso, mi amada Bella.
Confiamos tan sólo en que nuestro Purgatorio habrá de acabar algún
día, por eso nos hemos conformado. ¿Qué otra cosa podíamos
hacer?... Y, como dijo Gozzi, «No es posible reír siempre...».

Fin

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