Pestaña 1
Fe y Razón en la Edad Media
La Edad Media, que abarca del siglo V al XIV, se caracteriza por la influencia predominante
de la Iglesia y una economía estable sustentada en el feudalismo. Durante este periodo, la
filosofía se desarrolla en un marco profundamente religioso, buscando la armonía entre fe y
razón.
La patrística, impulsada por los primeros pensadores cristianos como San Agustín, propone
que la fe y la razón no están en conflicto, sino que se complementan en la búsqueda de la
verdad, habiendo concordancia entre fe y razón. Para esta corriente, la razón es sierva de la
fe, ya que su principal función es apoyar y explicar las verdades reveladas por Dios. San
Agustín destaca que la fe es algo indispensable para el conocimiento más elevado,
iluminando la razón humana para acceder al mundo de las ideas, concebido como un
ámbito divino e independiente del hombre.
Posteriormente, la escolástica profundiza esta relación al integrar de manera más
sistemática la razón y la fe. Averroes argumenta que las verdades sagradas pueden
expresarse alegóricamente, permitiendo que sean accesibles tanto para los eruditos como
para las masas iletradas. Santo Tomás de Aquino, su máximo representante, sostiene que
ambas provienen de Dios y no son contradictorias. La fe, fundamentada en la revelación
divina, ofrece certezas que trascienden la capacidad de la razón, mientras que esta última,
mediante el razonamiento lógico, actúa como un preámbulo a la fe, ayudando a comprender
y estructurar sus contenidos. Así, la escolástica se convierte en una zona de confluencia
entre fe y razón.
Finalmente, el nominalismo, liderado por Guillermo de Ockham, rechaza la existencia de
universales y enfatiza que sólo existen individuos particulares. Con su principio de la "navaja
de Ockham", aboga por explicaciones sencillas, limitando el alcance de la filosofía en temas
abstractos. Sin embargo, este pensamiento sigue dialogando con la fe, reconociendo su
importancia en cuestiones trascendentales.
En conclusión, la filosofía medieval refleja un esfuerzo por reconciliar fe y razón, destacando
la revelación divina como fuente última de conocimiento y la razón como un medio al
servicio de la fe en la búsqueda de la verdad.
Revolución científica y paso a Edad Media
La Modernidad (siglos XVI-XVIII) fue un periodo de transformación profunda caracterizado
por la laicización del pensamiento, el abandono del latín, el desarrollo de las ciencias
naturales y matemáticas, y la aparición de la idea de progreso. Durante este tiempo, el
Renacimiento actuó como puente entre la Edad Media y la Modernidad, exaltando la
naturaleza, la libertad de pensamiento y las capacidades humanas, con una transición del
teocentrismo al antropocentrismo.
En este marco, la Revolución Científica trajo un cambio de paradigma. En la Revolución
Cosmológica, se pasó del geocentrismo de Aristóteles y Ptolomeo, que situaba la Tierra en
el centro del universo, al heliocentrismo de Copérnico, quien postuló que el Sol era el centro
inmóvil del universo. Brahe señaló que las estrellas no eran inmutables, Kepler describió las
órbitas planetarias como elípticas, y Galileo, gracias al telescopio, realizó observaciones
clave. Finalmente, Newton consolidó estos avances al formular las leyes del movimiento y la
ley de gravitación universal, se convierte en un auténtico universo frente al diverso del
sistema aristotélico-ptolemaico.
El desarrollo del método científico fue importante. Francis Bacon destacó la importancia de
la observación y propuso que la ciencia debía servir para dominar la naturaleza,
identificando prejuicios que obstaculizan el conocimiento. Galileo propuso el método
hipotético-deductivo, que incluye la resolución, la formulación de hipótesis explicativas, y la
comprobación experimental.
La matematización de las leyes físicas alcanzó su máximo exponente con Newton, quien en
Principia Mathematica (1687) describió el movimiento de los cuerpos celestes y terrestres
mediante fórmulas matemáticas, consolidando la física como una ciencia predictiva y
cuantitativa.
Por último, el mecanicismo entendía el universo como una gran máquina regida por leyes
físicas y matemáticas. Rechazaba explicaciones místicas o finalistas, postulando que todos
los fenómenos naturales podían explicarse mediante interacciones mecánicas. Figuras
como Galileo y Newton aplicaron esta visión, impulsando el método científico y marcando la
transición hacia la ciencia moderna.
En resumen, la Modernidad transformó el pensamiento al promover el progreso científico y
la ciencia moderna. La Revolución Científica introdujo el heliocentrismo, el método científico
y la matematización de las leyes físicas, consolidando una visión mecanicista del universo
como una máquina regida por leyes matemáticas.
Racionalismo vs Empirismo
La filosofía del siglo XVII enfrentó una crisis por su aparente estancamiento, mientras la
ciencia avanzaba significativamente. Este contraste generó una división entre dos corrientes
filosóficas: el racionalismo y el empirismo, que se diferencian en su concepción del
conocimiento y las ideas.
El racionalismo exalta la capacidad ilimitada de la razón humana, despreciando el
conocimiento sensible y defendiendo la existencia de ideas innatas, consideradas verdades
universales presentes desde el nacimiento. Descartes, su principal representante, formuló la
famosa frase “Pienso, luego existo”, para demostrar que el pensamiento y las ideas son la
base del conocimiento. Clasificó las ideas en tres tipos: adventicias, provenientes de la
experiencia externa; facticias, construidas por la mente a partir de otras ideas; e innatas,
presentes de manera natural en el ser humano. Además, Descartes defendió el método
deductivo, inspirado en la precisión de las matemáticas, para alcanzar una filosofía
universal. Sin embargo, el racionalismo falló al no poder explicar cómo verificar la verdad
fuera del ámbito puramente racional.
En contraste, el empirismo sostiene que todo conocimiento surge de la experiencia sensible,
enfatizando los límites de la razón. Esta corriente rechaza la existencia de ideas innatas y
subraya que las capacidades humanas no son infinitas. Hobbes, precursor del empirismo,
abogó por una investigación rigurosa de las capacidades humanas mediante la experiencia
y la observación. En el empirismo, el conocimiento se origina en la percepción, que genera
dos tipos de contenidos mentales: impresiones e ideas. Las impresiones son los datos
actuales de la experiencia, divididos en las provenientes de los sentidos externos
(sensación) y de los estados internos, como emociones y pensamientos (reflexión). Las
ideas son imágenes o recuerdos de estas impresiones cuando las pensamos o razonamos.
Aunque el empirismo aportó claridad al basarse en la experiencia, cayó en el escepticismo
al cuestionar la certeza del conocimiento. Así, mientras el racionalismo fracasa en conectar
la razón con la realidad, el empirismo limita excesivamente la capacidad humana para
alcanzar verdades absolutas. En resumen, el racionalismo defiende ideas innatas y la razón
ilimitada, mientras el empirismo prioriza la experiencia sensible y los límites de la razón,
aunque ambos fallaron al explicar la verdad absoluta.
Contractualismo
Entre los siglos XVII y XVIII surge el contractualismo, una corriente que habla sobre el
origen, la naturaleza y la legitimidad del poder político. Hay 3 autores que estructuran su
teoría en el estado de naturaleza, el contrato y el estado de sociedad.
Hobbes describe el estado de naturaleza como una condición de guerra constante, debido a
la competencia, desconfianza y deseo de reconocimiento entre los hombres. Sin un poder
común, la vida es violenta y breve, sin progreso ni moralidad. Para salir de este estado, los
individuos acuerdan un contrato social, transfiriendo sus derechos a un soberano absoluto
que garantiza el orden y la seguridad. El soberano no pacta con los ciudadanos y debe
tener poder absoluto para evitar el caos. Hobbes prefiere una monarquía absoluta.
Locke, en contraste, describe el estado de naturaleza como una armonía frágil donde rige
una ley moral natural basada en la razón y en la idea de Dios, que dicta que nadie debe
dañar a otros en su vida, libertad o bienes. Aunque las personas tienden al respeto mutuo,
las bajas pasiones humanas hacen inevitable la injusticia. Para proteger mejor los derechos
naturales, los individuos forman una sociedad con un gobierno encargado de resolver
disputas y garantizar la justicia. Locke propone un Estado que limite el poder
gubernamental, basado en la defensa de los derechos individuales, con una división de
poderes.
Rousseau considera al hombre en estado de naturaleza como bueno por naturaleza,
autosuficiente, libre y compasivo, aunque carente de moralidad, lenguaje y vínculos
sociales. La desigualdad y la injusticia surgen con la aparición de la propiedad privada, que
introduce la división entre ricos y pobres. La sociedad, en lugar de solucionar estos
problemas, los agrava, consolidando la desigualdad y la esclavitud. Para Rousseau, el
contrato social debe garantizar que el pueblo sea el único soberano y que los gobernantes
actúen como simples administradores de la voluntad colectiva. Aboga por una democracia
directa, donde los líderes sean destituidos si no respetan el bien común.
En resumen, Hobbes defiende un soberano absoluto, Locke un gobierno limitado para
proteger derechos, y Rousseau una democracia basada en la soberanía popular.