Robo de ganado en San Luis Potosí (1837-1902)
Robo de ganado en San Luis Potosí (1837-1902)
Proyecto de investigación
Entonces, los sujetos de los cuales me ocuparé, principalmente, son lo que extrajeron
ganado de propiedades privadas y comunales, así como de los diferentes caminos en donde
solían transitar recuas, y que pertenecían en su mayoría a las clases populares.1 Con base en
las fuentes hasta ahora consultadas, dichos sujetos tuvieron distintas ocupaciones,
destacando los labradores, vaqueros, carniceros y arrieros, mismos que incurrieron en el
abigeato de forma consciente mediante el robo ocasional, y otros inconscientemente al
adquirir animales no marcados. Por otro lado, están los abigeos profesionales, que actuaban
de manera grupal y que eran oriundos del lugar donde realizaban las actividades ilegales, o,
en su defecto, foráneos. Ahora bien, las fuentes no utilizan el término “profesional” para
referirse a estos infractores; sin embargo, los denomino así al retomar la “tipología
1
Se entienden a las clases populares del siglo XIX, siguiendo a Clara E. Lida, como un variado grupo
poblacional, integrado por quienes participaban en el mundo del trabajo y la producción, tanto en el campo
como en la ciudad. Así, este grupo estuvo conformado por los productores de la tierra, los artesanos, los
obreros, los pequeños comerciantes, los tenderos, los maestros de oficios, etc. Si bien las clases populares son
ajenas al mando del privilegio y de la hegemonía del poder, estas tuvieron la capacidad de forjar discursos y
acciones políticas, abiertas o clandestinas, que reclamaban las prerrogativas de la ciudadanía: el acceso a la
propiedad, la abierta participación política, la justicia equitativa. En LIDA, “¿Qué son las clases?”, pp. 3-9.
1
criminal” utilizada por Sara Ortelli en su estudio sobre el abigeato en Nueva Vizcaya
durante la segunda mitad del siglo XVIII. La historiadora concibe las bandas o grupos
criminales como el estadio último de la delincuencia profesional, cuya formación responde
a distintos estímulos y factores, como los lazos de carácter familiar, profesional, económico
y de origen geográfico de los integrantes.2
Ahora bien, los indígenas de las etnias que poblaban San Luis Potosí, la mayoría
labradores, forman parte del grupo de sujetos que estudiaré en la presente tesis, pues
participaron, circunstancial y profesionalmente, en el robo de animales en coordinación con
población no india. Esta aseveración rompe con la imagen de los nativos segregados en sus
comunidades,3 como si se tratase de gente incapaz de tender lazos de diferente naturaleza
con la denominada gente “de razón”. Todo lo contrario, se plantea, como hipótesis, que el
abigeato fue un polo de vinculación entre las distintas etnias indígenas con gente mestiza y
no india.
2
ORTELLI, “Parientes, compadres y allegados”, p. 178.
3
Idea presente en RAMÍREZ, Tanquián. El poder y su dinámica, pp. 31-36.
4
LOPES, “Circuitos comerciales”, p. 102.
5
Entiendo a la región “no solamente como un área geográfica, sino como un tejido de procesos y conexiones
creados por los hombres, a partir de los cuales se relacionan con su entorno a través del control, modificación
y aprovechamiento de sus recursos. Más que un territorio expresamente definido, la región resultaría ser un
enramado de acciones humanas estructuradas, relaciones sobre un área geográfica determinada, aunque a
veces ésta se encuentre poco definida”. ESCOBAR OHMSTEDE, “Las Huastecas”, p. 99. Del igual modo, el
constructo región no supone una necesaria relación entre un territorio homogéneo y una cultura común. No es
“una tipología de lo compartido o similar lo único que define a un espacio, o lo distingue de otros, por que
oscurece los matices de las múltiples combinaciones posibles en la naturaleza y la cultura”. RANGEL
SILVA, Capitanes a guerra, p. 36.
2
Oriente potosino. Cabe señalar que estas demarcaciones regionales condicionaron las
delimitaciones políticas internas durante todo el siglo XIX.
La región de San Luis tuvo como centro neurálgico a la ciudad de San Luis Potosí y
sus zonas aledañas, que contaron desde el siglo XVI con pueblos de indios de origen
tlaxcalteca y “chichimeca”. Fue en la capital potosina donde se establecieron, tras la
creación de la entidad, las instituciones políticas y judiciales que regirían el quehacer de los
vecinos durante el periodo de estudio. En esta región, la actividad pecuaria extensiva se
practicaba en las grandes haciendas, como la de Bocas y Bledos, pese a que los pastos no
eran los idóneos para alimentar a los animales. Así, Bledos, por citar un caso, tuvo más de
6
SÁNCHEZ MONTIEL, “De poblados”, p. 68.
7
GARCÍA MARTÍNEZ, Las regiones en México, 197.
8
FRANCO MAASS, CADENA INOSTROZA Y NAVA BERNAL, “Las norias”, p. 11.
3
10,000 cabezas de ganado a mitad del siglo XIX.9 Las unidades productivas se beneficiaban
económicamente de dos caminos fundamentales que atravesaban la región de San Luis, por
los cuales los propietarios hacían transitar animales y sus derivados: uno que conectaba a la
capital potosina con Zacatecas y con el Camino Real de Tierra Adentro, y otro que la
enlazaba con el Bajío y la ciudad de México.10
9
BAZANT, Cinco haciendas mexicanas, p. 99.
10
CAÑEDO GAMBOA, Comercio, Alcabalas y negocios, p. 29.
11
Los pames, los más reacios a la “occidentalización”, fueron reducidos a una serie de misiones en el
poniente de Valles, en una franja territorial (que se extendía desde Valle del Maíz hasta la Sierra Gorda)
denominada la Pamería. Los huastecos estuvieron ubicados en el norte y centro del la Huasteca, en tanto que
los nahuas y otomíes se asentaron al sur de esta. Por dichas circunstancias, el número de indios era muy
superior a los que no lo eran. ESCOBAR OHMSTEDE, “Violencia social”, p. 88.
12
RUVALCABA MERCADO Y PÉREZ ZEBALLOS, “Prólogo”, p. 29.
13
Los condueñazgos fueron propiedades colectivas presentes en el estado durante gran parte del siglo XIX.
En algunas de ellas, los condueños pertenecían a una sola familia. AGUILAR-ROBLEDO, “Los
condueñazgos del oriente”, p. 156.
14
AGUILAR-ROBLEDO, “Ganadería, tenencia de la tierra e impacto”, p. 14.
4
provocando a su vez una identificación de los trabajadores con el territorio.15 En el Oriente
potosino, era común que sectores de la población arrendaran pequeñas porciones de tierra
pertenecientes a las haciendas o condueñazgos para criar pocos animales. En 1850, por
ejemplo, en la Hacienda de Amoladeras, al oeste de Valles, hubo indios que pagaban por el
pastoreo de entre una a diez vacas, las cuales consumían en épocas de crisis agrícolas.16
Teniendo en cuenta que la ganadería fue una de las actividades económicas más
importantes en San Luis Potosí, practicada por la mayoría de los estratos sociales, se
mostrará en la presente tesis que el robo de bestias fue común en esta entidad. De igual
modo, se mostrara que las variables sociales, culturales y geográficas de las regiones que
conformaban el estado potosino concedieron al abigeato especificidades notables.
15
MENTZ, “Trabajo minero”, p. 599.
16
MÁRQUEZ, “Tierra, clanes y política”, p. 210.
17
PULIDO ESTEVA, ¡A su salud!, p. 12.
18
HNDM, El Contemporáneo, Bisemanal Independiente, septiembre 25 de 1902, núm. 1344, p. 3.
5
para el inicio del siglo XX las gavillas de ladrones estaban casi desarticuladas en el
territorio mexicano. 19
19
VANDERWOOD, Los rurales mexicanos, pp. 246-248.
20
CAIMARI y SOZZO, “La historia de la cuestión”, p. 13.
21
HERRERA GUEVARA, “Ladrones infames y su accionar”, p. 16.
6
de las normativas al momento de idearlas, y la forma en cómo la actividad criminal de
ciertas épocas obligaba la reformulación de los cuerpos jurídicos. 22
Por otro lado, está la línea de estudios que percibe al abigeato como una actividad que
no necesariamente respondía a fines políticos y a una estructura vandálica con un alto grado
de organización. Todo lo contrario, demuestra que en algunos estados, como en Chihuahua,
el robo de bestias lo realizaban personas sin antecedentes criminales, e incluso los índices
de delitos arrojaban que un significativo número de personas eran acusadas de abigeos por
ignorar las leyes, no cercar sus terrenos y no herrar a sus animales. Como lo ha sostenido
22
GARCÍA LEÓN, “Qué cosas deben catar”; YANGILEVICH, “Abigeato y administración de justicia”;
LÓPEZ LEDEZMA, “La administración de justicia penal”.
23
SLATTA, Bandidos; “Eric J. Hobsbawm’s Social Bandits”.
24
EMSLEY “La historia de la delincuencia”, p. 90.
7
María Aparecida Lopes, la figura del bandido-abigeo en aquella entidad norteña reflejaba
más un mito, que una realidad social imperante.25 Porfirio Sebastián Herrera llega a
conclusiones similares a las de Lopes, pues en su estudio sobre la práctica del robo en el
estado de Jalisco, menciona que el abigeato en esa entidad era cometida en su mayoría por
“ladrones infames”, hombres y mujeres que actuaban circunstancialmente, primerizos en la
delincuencia, sin ningún apoyo o protección política y alentados por su estado de
pauperización. En efecto, el robo de animales fue un crimen cometido por estos sujetos en
aras de mejorar sus condiciones materiales con el destace y la venta de las reses hurtadas, a
expensas de víctimas que compartían el mismo nivel de empobrecimiento.26
Los trabajos de Sara Ortelli, sin duda, pueden insertarse en la línea historiográfica
citada. Sin embargo, a diferencia de los estudios ya referidos, la historiadora ha demostrado
que el robo de bestias en algunos puntos de Nueva Vizcaya, durante el siglo XVIII, fue una
práctica coordinada por familias y sus allegados, no necesariamente oriundas de la región,
las cuales se identificaban con su territorio e incluso eran socialmente conocidas. En efecto,
a través del análisis de redes familiares, Ortelli también ha puesto en la palestra la imagen
de los bandidos desconocidos por los vecinos pero venerados por una supuesta protección
otorgada. Asimismo, pone en entredicho el ideal del robo con fines políticos y de “revancha
social”, pues exhibe que la extracción de ganado, en ocasiones acompañado de asesinatos,
tuvo como móvil el enriquecimiento individual.27 En esa misma dirección están los aportes
de Víctor Manuel Carlos Gómez, quien al estudiar el bandidaje en el Aguascalientes
decimonónico, descubrió a una serie de bandas delictivas que operaban bajo el estímulo del
lucro personal y que tenían como residencia el lugar donde cometían los robos.28
Cabe mencionar que dentro de esta historiografía que se aleja de la figura del bandido
social, se han desarrollado propuestas que ponen de relieve el tema de la resistencia frente a
los “poderosos” como causa del abigeato entre la población indígena en el sur de México y
su vecina Guatemala, dos territorios, debe señalarse, con un intercambio cultural y
comercial importante. Ejemplo de ello son los estudios pioneros de Arturo Güemez Pineda
25
APARECIDA LOPES, De leyes y costumbres.
26
HERRERA GUEVARA, “Ladrones infames y su accionar”.
27
ORTELLI, “Parientes, compadres y allegados”; “los circuitos del ganado”; “Roque Zubiate”.
28
GÓMEZ, “El perjuicio y la transgresión”;
8
sobre el robo de ganado vacuno, realizado por indígenas yucatecos en el siglo XIX, como
respuesta a la expansión de propiedades privadas y a la introducción informal de ungulados
por parte de los hacendados en terrenos cercanos a sementeras indias, actividad prohibida
por los desastres que causaban los animales en los sembradíos.29 Para el caso guatemalteco,
se explica que, ante el desarrollo de las grandes haciendas, los indios iniciaron acciones de
resistencia oculta (como el robo el asesinato de reses) y frontal (apelar a la “costumbre” en
los tribunales) para mantener sus derechos consuetudinarios relacionados a la propiedad
comunal.30
Los estudios anteriores han retomado algunas de las premisas de James Scott en torno
a la resistencia. De acuerdo con este autor, las elites tratan de imponer la idea de que el
orden social que gobiernan tiene una faceta “natural” y otra “hegemónica”, y que por tanto
el control y la dominación resultan “inevitables”. Cuestionando las visiones que niegan a
los individuos, sobre todo al campesinado, la capacidad de “desmitificar” el discurso
hegemónico, Scott menciona que los sectores carentes de poder y considerados “débiles”
despliegan un repertorio de acciones de rechazo al orden social establecido. Dicho
repertorio se nutre de expresiones religiosas heterodoxas, mitos, cuentos populares,
chismes, rumores, entre otras. Este tipo de resistencia, también llamada infrapolítica de los
grupos subalternos, no se aloja exclusivamente en el plano de la abstracción y el
simbolismo, en refunfuños y quejas tras bambalinas, sino que se hace visible en estrategias
que pueden tornarse discretas, o bien, violentas en la confrontación pública. Ejemplo de
ello, tal como lo menciona los autores citados, es el abigeato.31
29
GÜEMEZ PINEDA, “El abigeato como resistencia”; “Resistencia indígena en Yucatán”.
30
RODRIGUEZ DÍAZ, “Pobreza, hambre y abigeato”.
31
SCOTT, Los dominados, pp. 232-233.
32
ORTELLI, “los circuitos del ganado”.
9
colonial, donde se ha puesto en evidencia que en varios enclaves indios se rechazaba a los
criminales y a sus bandas, mostrando los nativos lealtad a las autoridades españolas. En
otras palabras, la resistencia no gozaba de la aprobación y la representación de todos los
habitantes de las comunidades.33
33
STAVIG, “Ladrones, cuatreros y salteadores”.
34
OLVERA CHARLES, “Política de frontera”.
35
ORTELLI, “Roque Zubiate”; “Crisis de subsistencia y robo”; SÁNCHEZ MACEDO, “Abigeato y
contrabando”.
36
NAVARRO SÁNCHEZ, “Criminalidad y justicia”; GARCÍA ROSAS, “Válgame la virgen de Guadalupe”;
LÓPEZ LEDESMA, “El árbitro judicial”.
37
AVALOS CALDERÓN, “Pecados públicos”; URIBE SOTO, Prostitutas, rateras y pulqueras.
10
El abigeato se ha abordado desde la perspectiva del derecho en San Luis Potosí,
poniéndose el foco en la transición del concepto “robo” al del “abigeato” en los códigos
penales, así como en las inconsistencias jurídicas en la regulación de este delito.38 Estas
obras se suman a las que abonan al conocimiento de la historia del derecho y de los
organismos de impartición de justicia durante los siglos XVIII y XIX, entre las que se
destacan las dedicadas a la aplicación de los códigos penales,39 el funcionamiento de los
juzgados de primera instancia40, del Supremo Tribunal de Justicia del Estado41 y de las
prefecturas.42 Tales investigaciones le han otorgado “rostro humano” y “voz” a las
instituciones judiciales locales.
La presente investigación toma distancia del modelo del bandidaje social y, por tanto,
pude ser ubicada en la vertiente historiográfica dedicada al estudio de los ladrones comunes
o circunstanciales. Sin embargo, entabla un diálogo con las premisas de Sara Ortelli, pues
considero que para el caso potosino, con base en las fuentes hasta ahora consultadas, el
abigeato tuvo carácter individual, pero también fue una práctica coordinada por grupos o
bandas de individuos que combinaban el hurto de animales con otro tipo de delitos, como
los asaltos violentos a comerciantes o arrieros que transitaban por los caminos internos del
estado.
Ahora bien, considero que la relevancia de esta tesis reside en varios factores: el
primero es su novedad, pues no hay estudios que desentrañen privativamente el abigeato en
San Luis Potosí, pese a que la cría y el hurto de animales fueron actividades presentes en la
vida de los potosinos durante todo el siglo XIX. El segundo, es que se pretende combinar el
análisis del robo de bestias con el de su contraparte, es decir, las leyes y los cuerpos de
seguridad que fueron creados para contener este delito, lo que permite tener una perspectiva
más amplia sobre el fenómeno estudiado y, por ende, generar una visión fundamentada
sobre su impacto en la entidad potosina. El tercer factor es que al analizar la extracción de
ungulados como una transgresión vinculada a otros tipos de crímenes, esta investigación
puede aportar conocimiento a otros campos historiográficos, como el dedicado al
38
DELGADO RAMÍREZ, “El delito de abigeato”.
39
MARTÍNEZ MÉNDEZ “La pena en San Luis Potosí”.
40
CARREGHA LAMADRID, “Entre alcaldes”.
41
CORRAL BUSTOS, “La organización”; CORRAL BUSTOS; “La edificación”.
42
SANCHEZ MONTIEL, “Prefectos y subprefectos”.
11
bandolerismo, el cual, debe decirse, no ha sido explorado con la profundidad debida en el
San Luis Potosí decimonónico. Es importante señalar que el presente trabajo se desarrollará
desde la perspectiva de la nueva historia social, la cual se interesa por el estudio de las
prácticas sociales y culturales de los grupos “carentes de poder”, dando cuenta de procesos
donde emergían solidaridades como rivalidades.43 Para Mónica Bolufer, este tipo de
historia puede arrojar luz sobre formas de control social y de pauperización, así como
concederle protagonismo a sectores sociales populares.44
43
CEJA ANDRADE, “La fragilidad de las armas”, p. 16.
44
BOLUFER, “Entre historia social e historia cultural”, pp. 105-106.
45
OLIVER OLMO, “El concepto de control social”, p. 14.
46
LEÓN LEÓN, Construyendo un sujeto, pp. 17.
12
“intelectuales” que tendieron a legitimar las acciones de los gobernantes y que trataron de
forjar una imagen de organización social cimentada en la representación y soberanía
popular, así como influir en sectores iletrados por medio de diversos instrumentos como la
educación moral, cívica nacional que enseñara los derechos y obligaciones a los ciudadanos
mexicanos.47
Las fuentes en las que se sustenta este trabajo tienen un carácter heterogéneo y
pueden organizarse en tres grupos: judiciales, políticas-administrativas y hemerográficas.
Las del primer grupo, que considero principales, son los procesos judiciales abiertos en
contra de presuntos abigeos, entre los que destacan sujetos indios y no indios. Esta
documentación permite consultar los perfiles sociales de los indiciados, sus declaraciones y
el desempeño de los jueces y las penas que impusieron. Igualmente, por su naturaleza
polifónica, los expedientes judiciales muestran cotidianidades, prácticas sociales,
argumentos, estrategias y desacatos. En efecto, este tipo de fuente otorga la posibilidad de
hacer una historia “desde abajo”.48
47
TERÁN FUENTES, “De nación española”, p. 252.
48
PULIDO ESTEVA, “Del poder”, p. 52.
13
que los ayuntamientos la toleraron en aras de mantener cierto orden en zonas donde su
influencia no tenía el impacto deseado.
Por otro lado, considero que se le ha conferido a los procesos judiciales una excesiva
capacidad de representación. Efectivamente, se tiende a proyectar el tipo de experiencias
históricas relatadas en los sumarios a estratos sociales completos, dando por sentada la
existencia de una mentalidad particular, casi inmutable, principalmente entre las clases
populares.49 Por tanto, en la presente investigación se evitará hacer generalizaciones en
torno a las formas de transgresión de la ley por parte de los señalados como abigeos.
Las fuentes del segundo grupo constan de leyes, decretos, bandos de buen gobierno,
discursos de funcionarios, memorias de gobierno, misivas entre autoridades estatales y
locales, entre otras. Esta documentación es la base para analizar las resoluciones y las
políticas públicas relacionadas a la criminalidad. Asimismo, las fuentes administrativas
permiten conocer la creación de los diferentes cuerpos de seguridad empleados para la
contención del crimen y el desorden público. Con los documentos precitados se busca
lograr un conocimiento profundo de los controles sociales y los mencionados imaginarios
empleados sobre el abigeato, e interpretar las particularidades de la “política del crimen” en
San Luis Potosí.
Como se ha insistido en líneas anteriores, el motivo principal para elaborar esta tesis es
subsanar, en la medida de lo posible, el vacío historiográfico existente en torno al abigeato
49
FERNÁNDEZ LABBÉ, “Sangre por sangre”, pp. 221-222.
14
del estado de San Luis Potosí. Considero pertinente esta tarea, pues incluso una parte de las
investigaciones que ponen su atención en conflictos sociales acaecidos en territorios
alejados de la capital potosina han desdeñado el análisis del robo de ganado, pese a que
constituía un problema que involucraba a gran parte de los estratos sociales del estado. En
ese sentido, es de igual importancia mostrar que los indígenas, a quienes se les ha
conceptuado como entes ajenos a la “vida estatal” e incapaces de integrase a las sociedades
por su negativa de cubrir los impuestos, simbólicos y monetarios, no fueron individuos
segregados, sino que participaron en actividades informales, como el abigeato, en distintos
niveles.
Ahora bien, la pregunta anterior, considero, está íntimamente ligada a otra: ¿cuáles
eran las causas por los que se robaban animales en la entidad potosina? Al tener en cuenta
las motivaciones de los vinculados al abigeato, se pude dilucidar sus fines y, a la vez,
interpretar si sus actos respondían a objetivos inmediatos o estrategias elaboradas de
resistencia frente a ciertas imposiciones estatales o a individuos mejor ubicados en el
escalafón social potosino. Empero, considero que esta pregunta no puede contestarse
únicamente con lo vertido en los procesos judiciales, sino que debe echarse mano de
trabajos de corte histórico que versen sobre las condiciones económicas, sociales y
ambientales de San Luis Potosí en el periodo de estudio. En efecto, esos factores se
ponderan como determinantes del robo en mi investigación.
Una tercera cuestión, en este caso compuesta, es saber cómo y dónde se realizaban
los hurtos de ungulados. Sin duda, el entender las dinámicas del abigeato y los lugares
donde se llevaban a cabo, me dará cuenta de patrones de comportamiento y de las distintas
15
maneras de cómo se burlaba o se negociaba con los encargados de evitar el crimen en el
estado, y de interpretar las razones del por qué ciertos territorios fueron escogidos para la
extracción de animales. Igualmente, la respuesta a esta inquietud permite discutir con otras
investigaciones afines, pues mostrará si los supuestos abigeos operaban circunstancial e
individualmente, o si se trataba de un crimen cometido por bandas organizadas.
De manera provisoria, se pretende dividir la tesis en dos partes, que contarán con tres
capítulos cada una. La primera estará dedicada al escenario de estudio y al control social
impuesto desde el gobierno potosino para mermar la criminalidad. Por ello, el primer
capítulo se destinará a analizar el estado de San Luis Potosí en la temporalidad estudiada.
Se pondrá atención en el espacio geográfico, las actividades económicas, los grupos
sociales que lo poblaban y los hombres que dominaban las regiones.
La segunda parte de la tesis privilegia a los señalados como transgresores de las leyes.
Así, el cuarto capítulo intenta reconstruir el perfil y la forma de proceder de los supuestos
abigeos mediante el análisis de las fuentes judiciales En el quinto, haciendo uso de los
mismos documentos, se analizaran las distintas motivaciones que dieron paso al robo de
16
bestias. En la última sección de hará una revisión de los distintos tipos de castigos
impuestos a los sentenciados.
Índice tentativo
EL ROBO DE GANADO Y SU CASTIGO EN EL ESTADO DE SAN LUIS POTOSÍ,
1837-1902
INTRODUCCIÓN
Tema, espacio y periodo
Estado de la cuestión, categoría de análisis y fuentes
Justificación y preguntas de investigación
Estructura de la tesis
18
¿POR QUÉ SE COMETÍA EL ROBO DE ANIMALES? LOS ACUSADOS HABLAN
Pauperización
Abigeos por descuido
El abigeato, ¿una forma de resistencia cotidiana?
El negocio de la carne
CONCLUSIONES
CAPÍTULO 6. ¿SE CUMPLÍA LA LEY? CASTIGOS IMPUESTOS A LOS
ABIGEOS.
LAS SENTENCIAS DEL SUPREMO TRIBUNAL DE JUSTICIA
La prisión
El destierro
CONCLUSIONES
REFLEXIONES FINALES
19
Cronograma de actividades
Año
2023 2024 2025 2026
Actividades
Semestre
Jul-Dic Ene-Jun Jul-Dic Ene-Jun Jul-Dic Ene-Jun Jul-Dic
1 Revisión
historiográfica
2 Restructuración
del protocolo de
tesis
3 Finalización de
un capítulo de
tesis
5 Trabajo de
archivo y
escritura del
segundo
capítulo
6 Revisión de
fuentes y
escritura de un
tercer capítulo
7 Revisión de
fuentes y
escritura de un
cuarto capítulo
8 Consulta de
fuentes y
escritura de un
quinto capítulo
9 Finalización de
un sexto
capítulo
10 Conclusiones
11 Presentación del
borrador final
20
Fuentes primarias
Bibliografía
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(1600-1910), México, El Colegio de México, 1995.
21
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27
BORRADOR DEL CAPÍTULO 3
Este capítulo tiene el objetivo de examinar los cuerpos de vigilancia que dieron vida
al sistema policial de San Luis Potosí, el cual abarcó tanto la ciudad como el campo. Con
base en fuentes administrativas y hemerográficas, se describen sus tareas de vigilancia y
prevención del delito, así como algunas vicisitudes, omisiones, tendencias y
comportamientos durante la realización de dichas tareas. Por tanto, en este apartado se hace
un recuento de lo asentado en reglamentos y decretos relacionados a la policía, pero
también se trata de construir una visión grosso modo de la relación de los cuerpos de
seguridad con la sociedad potosina. Esto, a su vez, permite conocer de manera parcial cómo
los encargados del buen orden construyeron socialmente su autoridad, y percibir el
funcionamiento del sistema policial del que formaban parte.
28
la policía montada. En la tercera parte se profundiza en las labores de los hombres
encargados de vigilar los campos potosinos: los celadores rurales e indígenas, las guardias
privadas y la Policía Rural.
Los jefes de la policía en San Luis Potosí, es decir, los prefectos y jefes políticos,
gozaron de un lugar privilegiado en la burocracia del estado. En la cadena de mando solo
respondían a las órdenes emitidas por el gobernador y a las resoluciones del órgano
legislativo potosino.54 Cabe recalcar que, como en buena parte del país, sus
responsabilidades no se limitaron a la gestión de la vigilancia y el orden, sino que tenían
51
En 1828, un contingente de cívicos se unió a las fuerzas federales para apaciguar la rebelión de Tulancingo,
una secuela del levantamiento de Nicolás Bravo, que pugnaba por disolver las logias masónicas y expulsar del
país al ministro norteamericano Joel R. Poinsett, acusado de ser el ideólogo del partido yorkino en México.
Un año después, trataron de restaurar el orden público durante los motines acaecidos en Sombrerete
(Zacatecas), que exigían la instauración en el poder de Vicente Guerrero y la expulsión de españoles.
También estuvieron presentes en el intento de reconquista española a cargo de Isidro Barradas, defendiendo la
independencia de la nación mexicana. ZUÑIGA CAMPOS, “¿policía pueblerina”, p. 110
52
PULIDO ESTEVA, “Después de los alcaldes de barrio”, p. 9.
53
CAÑEDO GAMBOA, “La formación de la milicia”, p. 318.
54
Algunos autores conciben los antecedentes de los prefectos en los subdelegados coloniales, mismos que
surgieron al dividirse el territorio novohispano en intendencias (1782) durante el contexto de las Reformas
Borbónicas. Los subdelegados fungían como los intermediarios entre el Intendente y los pueblos. Véase a
DELGADO AGUILAR, “Orígenes e instalación del sistema”, pp. 7-10.
29
injerencia en la promoción de la educación, en el saneamiento de las finanzas municipales,
en la aplicación de medidas sanitarias, así como en la formulación de estadísticas y censos.
Al gozar de estas atribuciones, los perfectos y los jefes políticos encarnaban las dos
nociones del término policía que convivieron indisociablemente durante gran parte del siglo
XIX: la “tradicional”, asociada al orden, la urbanidad, la civilidad, el aseo y la limpieza; y
la “moderna”, vinculada a la seguridad pública y a la vigilancia. Esta última noción estaba
ya afianzada en el lenguaje político para la década de 1830. 55 Ahora bien, siendo los
intermediarios entre el gobierno y los municipios, a los prefectos y jefes políticos se les
concedió un amplio margen de acción para realizar sus tareas, particularmente las
policiales. Por tanto, eran fuente constante de disciplina pero también de conflictos y
rencillas. En la segunda mitad del siglo XIX, con la instauración de la dictadura porfirista,
los jefes políticos se convirtieron en los principales instrumentos de la centralización
política y militar en el estado.
55
PULIDO ESTEVA, “Policía: del buen gobierno”, p. 1625.
56
GUERRA, México, del antiguo régimen, pp. 245-246.
30
informales, amparados en una defensa institucional que no siempre estuvo asegurada, pues,
a diferencia de lo dicho por Guerra, Falcón argumenta que, en aras de mantener el orden
social, el ejecutivo nacional y el estatal podían retirar sin ningún tipo de escozor su apoyo a
las jefaturas políticas. 57
Las premisas de François Xavier Guerra, en todo caso, han abonado la idea de que
uno de los múltiples motivos del inicio de la Revolución Mexicana en 1910 fue el trato
hostil que los jefes políticos aplicaban (o dejaban aplicar por terceros) a los vecinos de su
demarcación. Sin embargo, el trabajo de Romana Falcón demuestra que en algunos lugares
del Estado de México, los pobladores no apoyaron las proclamas contra estos sujetos
durante el citado conflicto bélico, pues se habían creado redes de complicidad y beneficio
mutuo entre autoridades políticas y los pueblos.
En este apartado, cabe aclarar, no se busca profundizar en los diferentes roles que
cumplieron los jefes políticos en el estado de San Luis Potosí, sino más bien resaltar
algunas relaciones que fraguaron con los vecinos, así como ciertas decisiones que tomaron
en materia de policía.
La jefatura superior de policía, representada por los prefectos, fue uno de los primeros
puestos definidos por la legislación potosina. En 1827, el Congreso local dispuso que cada
departamento de la entidad contase con un prefecto, teniendo mayor jerarquía política el
establecido en la capital del estado.58 Sus labores policiacas consistían en “cuidar la
tranquilidad pública” y “perseguir ladrones, asesinos, contrabandistas, desertores y
vagos”.59 Bajo su mando estaban los subprefectos, quienes tenían las mismas
responsabilidades, pero con una jurisdicción ceñida a su partido. Se debe señalar que el
gobierno les exigía, a prefectos y subprefectos, no generar lealtades con las familias
57
FALCÓN, El jefe político, pp. 411-481.
58
Durante todo el siglo XIX, el departamento o partido de la capital del estado gozó con un peso político y
legal superior al resto de las jurisdicciones territoriales de la entidad. Por ende, los funcionarios que actuaban
en el ámbito capitalino tuvieron mayor influencia en el escalafón burocrático.
59
Legislación Potosina, p. 106.
31
acaudaladas debido a que este tipo de relaciones sociales podían influir en su toma de
decisiones y, de esa forma, favorecer los intereses de los grupos con poder político y
económico de las diferentes regiones potosinas.60
En su desempeño como jefes de policía, los prefectos podían imponer multas, juzgar
como jueces de primera instancia, destituir alcaldes ineficaces en la instauración del orden
público, promover la construcción de cárceles y en situaciones donde la seguridad de los
ciudadanos se encontrara en peligro, asumían el mando de la milicia cívica del estado,61 la
cual será analizada más adelante. Ahora bien, pese a que el prefecto era enunciado como un
cargo “moderno”, fue vinculado con una noción indisociable de los modelos de policía del
Antiguo Régimen, me refiero a la “vecindad”.62 El aspirante al puesto de prefecto tendría
que ser un “vecino” con amplio reconocimiento social en su departamento. Los prefectos en
San Luis Potosí no eran escogidos directamente por los gobernadores, sino a través de un
sufragio organizado por los ayuntamientos en los municipios. Al ser elegidos por los
vecinos, los prefectos adquirían una legitimidad electoral que los equiparaba con los
cuerpos edilicios.63
60
Legislación Potosina, p. 106.
61
Legislación Potosina, p. 107.
62
Véase a MARIN, “Los alcaldes de barrio”, p. 25; BIERSACK, “Las prácticas de control”, pp. 680-682.
63
GORTARI RABIELA, “La estructuración y delimitación del territorio”, p. 125.
64
AHESLP, SGG, “Aquismón. Varios documentos de quejas de indígenas”, 1830.1, exp. 45, f. 5.
65
Legislación Potosina, p. 106.
32
“recursos”, tan necesarios en lo que calificó como una “miserable clase”. Asimismo, los
“trabajos repartidos” tendrían dos repercusiones positivas e inmediatas: terminarían “con
las providencias que por lo regular protegen la holgazanería” y con “el menosprecio de esta
clase para con sus funcionarios, a quienes miran siempre con indiferencia”.66
Siendo uno de mis más principales deberes vigilar por cuantos medios estén a mi
alcance para conservar la tranquilidad pública, he librado al efecto hace tiempo mis
66
AHESLP, SGG, “Aquismón. Varios documentos de quejas de indígenas”, 1830.1, exp. 45, f. 7.
67
AHESLP, [Link], “Contra José María Reyes por mandado del señor prefecto para saber qué objeto lo traer
por estos países”, 1829.9, exp. 3, ff. 1-21.
68
AHESLP, [Link], “Contra José María Reyes por mandado del señor prefecto para saber qué objeto lo
traer por estos países”, 1829.9, exp. 3, f. 19.
33
órdenes a fin de que se aprehendan por la policía todos los individuos desconocidos o
sospechosos que transiten por esta capital: de ellos había algún número en la cárcel,
pero yo he ido poniendo en libertad conforme me han presentado conocimiento y
fianzas a satisfacción de esta prefectura, quedando únicamente los que no han podido
hacerlo […]69
El proceder de Facha era equiparable al de Souza: se detiene, se encierra y después se
investiga al sospechoso. Lamentablemente, las fuentes no permiten conocer la opinión de
algunos contemporáneos en torno a este modo de operar. Lo que se sabe es que el
gobernador del estado estuvo de acuerdo con la determinación, pues le aconsejó a Facho
que pusiera en libertad solo a los reos que probaran sus “negocios e intenciones” en la
ciudad.70 Podría decirse, en forma de hipótesis, que las detenciones de carácter “informal”
se normalizaron en la ciudad de San Luis Potosí.
En la década de 1870, las prefecturas dieron paso a las jefaturas políticas. Desde la
gubernatura se decidió que cada uno de los catorce partidos en los que se dividía el estado
en esa época iba a contar con un jefe político, elegido por el propio gobernador y avalado
por el presidente de la república. Aunque sus obligaciones no estuvieron plasmadas en la
legislación, fueron muy semejantes a la de los antiguos prefectos: perseguir a todo tipo
criminales, verificar la obediencia a las leyes estatales y federales, aplicar multas e imponer
cárcel preventiva sin juicio previo.
69
AHESLP, SGG, “Prefectura de la capital de S.L.P”, 1853.10, exp. 2, f. 8.
70
AHESLP, SGG, “Prefectura de la capital de S.L.P”, 1853.10, exp. 2, f. 12.
34
Palacios recomendó nombrar jefes externos a esa región, que se comprometieran a actuar
con imparcialidad.71
En el Oriente potosino, por ejemplo, varios jefes políticos, en consonancia con los
propietarios locales, promovieron el despojo de tierras indígenas, usando la intimidación y
la violencia. Esta situación produjo descontentos profundos en la población, incitando
incluso levantamientos armados. Uno de ellos aconteció en la Huasteca potosina, cuando el
gobernador indígena Juan Santiago, junto a su séquito, se levantó en armas contra las
autoridades locales en 1879 debido al robo de tierras que padecían. En las negociaciones
con el gobierno federal, los indios solicitaron la inmediata remoción del jefe político del
partido de Tamazunchale, Juan Manuel Terrazas; lo acusaban de querer “exterminar a la
raza indígena” de su sección y de permitir todo tipo de despojo por parte de los
hacendados.72
Al igual que los prefectos, en la ciudad de San Luis Potosí los jefes políticos
“naturalizaron” las detenciones informales. Son varias las quejas que se hicieron públicas
en los diarios locales. La efectuada por Margarito Ramos es ilustrativa, pues muestra a
cabalidad el proceso de una detención “común” en la década de 1880:
El día 13 de mayo [de 1888] por la tarde fui aprehendido por orden del Sr. Jefe
político y puesto a disposición del juez primero de lo criminal, sin que me dijera el
motivo de mi prisión en la penitenciaría […] y en ella permanecí hasta el día 16; allí
se me ataron los brazos con una cuerda como el mayor de los criminales,
haciéndome salir a pie para Guanajuato, sin permitirme siquiera despedirme de mi
familia, ni tomar alimento […] todo esto pasaba sin que pudiera yo saber de que se
me acusaba y qué motivo había para tantos ultrajes.73
Este tipo de acciones fueron cuestionadas en la prensa. Una nota satírica publicada en 1899,
decía que Gustavo Alemán, el “jefecito político de la capital”, junto a sus “polizontes”,
actuaba fuera de la ley y se daba las “ínfulas de todos reyes de la Corte Celestial”. Se le
acusaba de solapar los desórdenes incitados por la gente de la “alta” sociedad, e imponer
toda su fuerza contra el pueblo.74 Sin duda, la jefatura de la capital era la más cuestionada
en los diferentes diarios de la capital; su proceder y el de sus subordinados estaban a la
71
AHESLP, SGG, “Visita”, 1875.1, exp. 1, f. 27.
72
CARREGHA, “En torno a los levantamientos”, pp. 171-174.
73
HNDM, El Correo de San Luis, agosto 5 de 1888, núm. 190, p. 3.
74
HNDM, El Contemporáneo, Diario Independiente, octubre 8 de 1899, núm. 948, p. 1.
35
vista de los encargados de las publicaciones, y las quejas “anónimas” les llegaban al por
mayor, no así con lo relativo a los funcionarios de los partidos alejados de la zona urbana,
de los cuales se sabía en gran medida por la información oficial del gobierno.
Los prefectos y jefes políticos, para llevar a la práctica sus disposiciones en materia
de policía, se apoyaron en subordinados que detentaban, a su vez, puestos menores de
vigilancia y prevención del delito en los ámbitos urbano y rural. Estos sujetos interactuaban
en mayor medida con los vecinos, pues la proximidad y la movilidad fueron tareas
obligatorias de su quehacer. Tal como lo hacían sus jefes inmediatos, llegaron a rozar e
incluso cruzar las fronteras de la formalidad, a consentir faltas o simplemente a negarse a
realizar sus deberes policiacos. En otras palabras, se dedicaron a la gestión cotidiana de los
límites del desorden.
VIGILANCIA EN LA CIUDAD
75
FALCÓN, “La desaparición de los jefes”, p. 429-430.
76
GÁMEZ, “Salud pública”, p. 98.
36
tiendas de mayoreo y menudeo, almacenes e industria extranjera que atrajo a migrantes de
estados circunvecinos e, incluso, de otras partes del mundo.
Serenos
La noción de la noche como el escenario de todos los vicios era un tema persistente
en representaciones de la cotidianidad urbana. Combatir la oscuridad, entonces, significaba
atacar el desorden y la inseguridad.77 Por ello, desde finales de la etapa novohispana y en
los primeros años de la vida independiente, los cabildos invirtieron en alumbrado público y
en sujetos encargados de hacerlo funcionar, los cuales también tendrían que actuar como
vigilantes nocturnos: los serenos. En la ciudad de San Luis Potosí, estos individuos
estuvieron a cargo de la iluminación y el patrullaje de las calles. La primera actividad
consistía en encender los faroles repartidos en la ciudad desde 1825, que llegaron a ser más
de 300 en los últimos años del siglo XIX, cuando los siete barrios aledaños a la capital,
integrados administrativamente a la ciudad desde 1867, empezaron a urbanizarse. 78 En lo
tocante a la segunda, debían hacer sus rondas los siete días de la semana, de diez de la
noche a cuatro de la madrugada, participando tres sujetos por jornada, los cuales cambiaban
de turno cada dos horas. En la década de 1820, en la capital potosina recorrían las calles
aproximadamente 25 serenos. No obstante, por el constante crecimiento poblacional de la
ciudad, se tiene registro de que en 1879 había poco más de 90 guardianes nocturnos.79
Los serenos estaban liderados por un teniente de serenos, encargado de elaborar una
lista de todos los individuos que participaban en las rondas diarias, así como un informe
basado en los reportes de sus subordinados. Estos documentos eran enviados a los prefectos
y jefes políticos para su revisión.80 En 1834, el ayuntamiento de la capital dictaminó que los
serenos harían sus recorridos de vigilancia evitando portar “bayonetas”, pues esa era una
práctica usual en el “tirano” régimen español. Consecuentemente, tenían que rondar
alentados por la “fuerza moral” que otorgaba el nuevo sistema político liberal.
77
PULIDO, “Policía: del buen gobierno”, pp. 1607-1608.
78
QUEZADA TORRES, París y su influencia, p. 60. Para conocer el proceso de urbanización de los
suburbios periféricos de la ciudad, consultar a QUEZADA TORRES, Estudio de los siete Barrios.
79
MONTALVO HERNÁNDEZ, “El proceso de electrificación”, p. 114.
80
AHESLP, SGG, “Partes diarios de ronda pertenecientes al mes de enero”, 1834.2, exp. 14, ff. 7-8.
37
Los reportes de los tenientes de serenos reflejan que los encargados de patrullar las
calles sometían a ebrios escandalosos, a pleitistas y a ladrones, trasladándolos, en el caso de
los hombres, a la cárcel municipal, y en el de las mujeres, a la “Casa de las Recogidas”.81
Además, los serenos entraban a “tabernas” y “pulquerías” para detener a los jugadores de
naipes. Durante estas labores, sufrían de forma continua agresiones físicas, destrucción de
sus elementos de trabajo y amenazas por parte de los infractores.82
Durante las décadas de 1820 y 1830, algunos regidores fungieron como serenos, lo
que nos lleva a pensar que se buscó integrar a los miembros de los ayuntamientos en los
rondines nocturnos por dos posibles razones. La primera, mostrar que las autoridades,
quienes se decían las máximas representantes del liberalismo, estaban involucradas en la
salvaguarda de los ciudadanos a través de los dispositivos de vigilancia en la ciudad. La
segunda, puede suponerse que ante el escaso personal, los regidores debieron cubrir los
puestos vacantes de centinelas.
Si bien no se sabe con exactitud el perfil socioeconómico de los serenos, más allá de
los “hombres públicos” que detentaron ese cargo, un escrito elaborado por la Comisión de
Alumbrado Público de la ciudad, fechado en 1853, arroja luz sobre las personas que
patrullaban las calles de noche. José Salazar, titular de la Comisión, aseguraba que los
serenos provenían del estrato más “pobre de la capital”, y que padecían maltratos de sus
superiores, así como toda clase de inclemencias en sus rondines. Además, paradójicamente,
arriesgaban su vida para proteger a los ciudadanos más acaudalados:
Esos infelices se presentan sin más abrigo que unos harapos, los cuales quizá hayan
quitado a sus pobres familias, y recibiendo ultrajes y mandatos del jefe de serenos,
van a cuidar de la seguridad de personas que por sus comodidades habitan en casas
menos accesibles a los malhechores. Dejan ellos a la infeliz esposa cubriendo a sus
hijos quizá con la ropa que tienen, sin ninguna seguridad en la choza en que habitan
y quizás por la escases de recursos que habrán tenido esos días, expuestos a los tiros
de la prostitución y el libertinaje, y esto mientras el esposo va a cuidar de la
81
La “Casa de las Recogidas” fue un edificio construido a finales del siglo XVIII para albergar a mujeres
viudas, desprotegidas o arrepentidas. Durante el siglo XIX y principios del XX, fue destinado a ser cárcel
exclusiva de mujeres. Ver a AVÁLOS CALDERÓN, “Corrigiendo excesos y enseñando prudencia”;
QUEZADA TORRES, Estudio de los siete Barrios, pp. 143-146.
82
AHESLP, SGG, “Partes diarios de ronda pertenecientes al mes de enero”, 1834.2, exp. 14, f.21.
38
seguridad de personas acomodadas o que tal vez no tengan sobresalto en las
diversiones y orgías a que se entregan.83
Salazar consideraba “inhumano” que los serenos, después de realizar sus trabajos diurnos,
rondaran por las calles sin descansos considerables, y le parecía injusto que los tenientes
impusieran prisión de ocho días a aquellos que no se presentaran cuando eran llamados para
realizar labores de patrullaje. Los maltratos que sufrían les impedían hacer su tarea de
vigilancia con el “compromiso requerido”. El comisionado juzgaba como un “sarcasmo y
un insulto continuo” el hecho de que los serenos, “hambrientos y cansados”, dejaran a sus
familias desprotegidas para velar por los intereses “de los poderosos”. Salazar terminaba su
alegato clamando al gobernador mejores condiciones de trabajo para los guardias
nocturnos.84
No se conocen con exactitud las mejoras materiales de los serenos en la ciudad. Sin
embargo, se puede decir que el número de vigilantes no mermó, pues su presencia en la
ciudad de San Luis Potosí se extendería durante todo el siglo XIX y parte del siguiente. Sus
labores sufrieron modificaciones con la introducción de la iluminación eléctrica en la
década de 1900, que les permitió enfocarse de manera privativa al patrullaje de las calles.
De igual modo, la fundación de la gendarmería, a finales del siglo XIX, asumió trabajos
que antes desempeñaban a los serenos, pues, como se verá más adelante, una de las
responsabilidades de esta nueva fuerza pública fue hacer recorridos nocturnos de vigilancia
y detenciones de ebrios, ladrones, pleitistas, entre otros transgresores de la ley. Ahora bien,
tal como lo han identificado en otros contextos, los serenos potosinos encarnaron la
transición hacia una policía especializada en el orden y la salvaguarda de la ciudadanía.
Así, dieron un viraje hacia una noción de policía fuertemente vinculada al binomio “orden
y seguridad”. 85
Empero, el viraje antes señalado no eximió que los guardias nocturnos cometieran
actos contrarios a su función principal, la vigilancia. Los reportes suscritos por los tenientes
dejan en claro que algunos serenos solían escabullirse de su turno de trabajo, ingerir
83
AHESLP, SGG, “Informe que rinde la Comisión sobre el estado que guarda el ramo de alumbrado público
en San Luis Potosí”, 1853.17, exp. 10, f. 5.
84
AHESLP, SGG, “Informe que rinde la Comisión sobre el estado que guarda el ramo de alumbrado público
en San Luis Potosí”, 1853.17, exp. 10, f. 6.
85
PALMA ALVARADO, “Del ‘favor a la ley’ al estado guardián”, p. 77.
39
bebidas alcohólicas y dormitar en las plazas que debían supervisar. 86 Asimismo, la prensa
de la capital potosina, a partir de la segunda mitad del siglo XIX, denunció algunos abusos
de los centinelas. En 1898, El contemporáneo informó que un sereno, en complicidad con
un gendarme, había golpeado a un “pobre e inofensivo borrachín” de nombre Bernardo
López, arrestado en una plaza pública. El responsable del texto aseguraba que los serenos,
con el permiso de los policías, solían “calentar” a los bebedores, es decir, propinarles
golpes en las “posaderas” y después acusarlos de ebrios escandalosos para trasladarlos a la
cárcel pública.87
tener conocimiento de todos los que habiten en ella y de su modo de vivir, así como
los que lleguen de fuera o se avecinen de nuevo, del objeto con que vienen, el lugar
de su residencia, los días que deben estar, el lugar para donde salen exigiéndoles el
respectivo pasaporte de sus persona y armas que porten, dando parte a las autoridades
respectivas cuando sea necesario; y presentando a la persona que parezca sospechosa
o no camine con los requisitos legales. 88
Otra atribución importante, era perseguir a los vagos y a los jugadores que se encontraban
en la calle, y entregarlos a la autoridad para sancionar su falta. Tan luego como los
manzaneros supieran que en su demarcación se había o se intentaba cometer un delito,
estaban obligados a solicitar auxilio a cualquier habitante e “impedir o terminar el
desorden” con la captura de “los delincuentes, las armas que porten o alhajas que hayan
robado, sacándolas de donde estuvieren”.89 Sin duda, estas competencias hacen eco de las
86
AHESLP, SGG, “Partes diarios de ronda pertenecientes al mes de enero”, 1834.2, exp. 14, f.21.
87
HNDM, El Contemporáneo, julio 7 de 1898, núm. 5, p. 1.
88
AHESLP, CLD, Decreto núm. 48, octubre 20 de 1848.
89
AHESLP, CLD, Decreto núm. 48, octubre 20 de 1848.
40
funciones que desempeñaron los alcaldes de barrio y los jefes de cuartel, modelos de
proximidad que detentaban agentes judiciales pedáneos en el Antiguo Régimen.
Observar que no se arrojen aguas sucias e infectas que produzcan daño a la población.
También cuidarán de observar si las alcantarillas en que se recoge el agua sucia, están
90
HNDM, El Correo de San Luis, marzo 11 de 1886, núm. 190, p. 3.
91
AHESLP, SGG, “Reglamento”, 1853.10, exp. 2, ff. 1-5.
41
cubiertas, ya sea con puertecilla de madera o loza. Igualmente observaran si las
piedras que cubren el caño maestro subterráneo se hayan útiles, dando parte de
cuando se advierta alguna quebrada que pueda causar daño al vecindario.92
De igual modo, se dispuso que el celador solo tuviera por autoridades máximas a los
prefectos y a los miembros del ayuntamiento. Por esta razón, bajo ninguna circunstancia
podía obedecer los mandatos u ordenanzas de ciudadanos ajenos al gobierno de la ciudad,
pues la creación de este grupo de vigilantes era exclusivamente para “labores de policía” y
no un organismo que respondía a intereses personales. Empero, internamente, el grupo de
celadores tendría un jefe denominado sargento, que era el responsable de llevar a cabo las
tareas de vigilancia de la mejor manera. Incluso, el sargento tenía que realizar, junto a dos
de sus subalternos, rondines nocturnos por las “zonas más sospechosas de la ciudad”, es
decir, aquellas que no contaban con alumbrado público. También debía presentarse, al
menos dos veces por semana, en las entradas principales de la ciudad.93
92
AHESLP, SGG, “Reglamento”, 1853.10, exp. 2, ff. 6.
93
AHESLP, SGG, “Reglamento”, 1853.10, exp. 2, ff. 1-5.
94
PULIDO ESTEVA, “Después de los alcaldes de barrio”, p. 6.
95
AHESLP, SGG, “Reglamento”, 1853.10, exp. 2, ff. 1-5.
42
Gendarmes y policía montada
Los gendarmes y los “montados” estuvieron bajo la supervisión inmediata del jefe
político de la capital. Hasta 1910, las dos fuerzas policiacas sumaban 260 elementos.
Durante la administración de Antonio Montero (1882-1898), se atavió a gendarmes y a
“montados” con un uniforme de paño azul para las recepciones, días de gala y fiestas
cívicas, y otro, menos “elegante”, del mismo color para uso diario.97 En 1888, una nota
periodística celebraba que la policía utilizara uniforme en sus labores cotidianas, pues era
un reflejo del “progreso” y la “modernidad” que imperaba en las urbes organizadas.
Asimismo, se decía que el uniforme imponía “respeto” frente a la ciudadanía.98
96
GANTÚS, “La inconformidad subversiva”, p. 60.
97
URIBE SOTO, Prostitutas, rateras y pulqueras, p. 53.
98
HNDM, El Correo de San Luis, abril 3 de 1888, núm. 295, p. 2.
43
ordenes de los jefes políticos, de maltratar a los críticos del régimen y a periodistas, y de
hacer detenciones masivas e injustificadas en la “Cochera”, tal como era conocida la sala de
detenciones correspondiente a la cárcel municipal.99 Este espacio de reclusión fue señalado
por la población como un lugar insalubre, centro de riñas entre los ebrios capturados, y
donde los gendarmes aplicaban distintos correctivos informales a los detenidos. Los
periódicos capitalinos reprodujeron quejas y denuncias anónimas al respecto. Por ejemplo,
en 1885, El Correo de San Luis informaba a los ciudadanos que, “abusando del poder que
dan la pistola y el garrote”, un policía había abofeteado y apaleado a un reo en la Cochera.
En el diario referido se afirmaba que ningún potosino “de bien” quería caer preso en ese
“lugar asqueroso”, pues les aseguraba vejaciones y la pérdida de reputación.100 De igual
modo, la “Cochera” fue objeto de burla e ironía en la prensa. Así, en 1897, en un espacio
titulado “Muy chusco”, se presentaba el siguiente texto:
Nuestros lectores deben conocer ciertas farolas que en el barrio de San Sebastián
sirven para adornar las calles próximas a la iglesia, en los días de fiesta religiosas, y
llevan en letreros pintados en sus caras la letanía común y corriente. Comienza la
farolada en una esquina y dice por ejemplo: Madre Amable, Madre admirable. Pues
bien; en la calle donde está situada la Cochera se lee en la primera de las farolas:
Puerta del Cielo y más adelante, precisamente a la altura de la puerta de la prisión
¡Casa de Oro! ¡Vaya chuscada casual¡101
Este tipo de escritos exhibe que el sistema de justicia era objeto de críticas abiertas y que,
para finales del siglo XIX, imperaba un imaginario negativo alrededor de las autoridades.
Igualmente, los periódicos expusieron las “faltas morales” de los policías capitalinos. En
1886, se aseguraba que los gendarmes satisfacían sus “necesidades urinarias en la calle a
cualquier hora del día, ellos, los encargados de evitar tales actos”. 102 Ese mismo año, se les
acusó también de tratar de “enamorar a la buenas mozas” que pasaban por “las aceras”,
“más que cumplir con su deber”.103
Por otro lado, la prensa también denunció el “abuso de autoridad” que los gendarmes
cometían durante sus jornadas de trabajo en las calles, pese a ser tipificado como un delito
en el código penal de 1871. A continuación cito algunos ejemplos. En 1885, se reportó que
99
URIBE SOTO, Prostitutas, rateras y pulqueras, pp. 52-53.
100
HNDM, El Correo de San Luis, febrero 8 de 1885, núm. 137, p. 3.
101
HDNM, El Contemporáneo, septiembre 7 de 1897, núm. 331, p. 3. Las cursivas son del texto original.
102
HNDM, El Correo de San Luis, febrero 25 de 1886, núm. 187, p. 3.
103
HNDM, El Correo de San Luis, marzo 11 de 1886, núm. 190, p. 3.
44
un gendarme “golpeó cruelmente a un infeliz hasta romperle la cabeza, y sin que hubiera
para ello el más leve motivo”. Lo peor del caso, acorde a la nota, era que el policía seguía
en su puesto de trabajo, sin haber recibido ninguna sanción.104 Cuatro años después
aconteció un episodio similar: se acusó al gendarme Manuel Mendoza de golpear
brutalmente al ciudadano Zenón Martínez durante una detención, por lo que el segundo
sufrió heridas graves. El redactor solicitaba que el jefe político le impusiera a Mendoza un
correctivo ejemplar; “la policía” debía entender que “las armas que las sociedad le da son
para que la defiendan y no para que la ultrajen”.105 En ese sentido, un texto de 1898,
cargado de ironía, criticaba el uso que los gendarmes hacían del “garrote” como arma
predilecta del abuso policial:
¿Hasta cuándo dejara de ser el palo en manos de los gendarmes el garrote propio de
los antiguos salteadores de caminos? No han podido entender los señores policías que
el uso que deben hacer de ese leño tan peligroso puesto en sus manos, y cuando
menos se ha menester apalean sin piedad al infeliz que cae en sus garras. Ayer entre
nueve y diez de la mañana uno de esos señores respetables dejó sentir su bastón
lindamente en la espalda de un individuo a quien conducía preso, siendo el motivo de
la vapulación que el dicho preso se metió entre la gente que hacía compras en la calle
ancha del mercado Porfirio Díaz. Todas las puesteras se interesaron por él en vista de
la injusticia con que era golpeado, pero eso no obstó para que el gendarme se
desahogara dándole una tunda. Volvemos a repetir: que se les lea la cartilla a los
gendarmes 106
Resulta pertinente aducir, como contrapunto de los citados abusos policiales, que los
gendarmes sufrieron ultrajes a su autoridad, en diferentes escenarios y con distintos grados
de ahínco, al realizar sus labores cotidianas. Una nota periodística, publicada en 1898,
mencionaba que los jóvenes que se reunían en el Jardín Hidalgo por las tardes, solían lanzar
“improperios” contra los policías, poniendo en “entredicho su autoridad”.107 La misma
prensa tendía a ridiculizar a la gendarmería en algunas de sus secciones, llamando a sus
elementos “tontos”,108 “ignorantes”109, etc. Debe decirse que los ultrajes a la policía no se
ciñeron a ataques verbales y escritos, sino que alcanzaron la violencia física. En febrero de
1898, durante un fandango en el barrio de Tlaxcala, tres gendarmes resultaron “heridos de
104
HNDM, El Correo de San Luis, marzo 1 de 1885, núm. 142, p. 3.
105
HNDM, El Correo de San Luis, junio 12 de 1889, núm., 338, p. 3.
106
HNDM, El Contemporáneo, febrero 19 de 1898, núm. 464, p. 3. Las cursivas son del texto original.
107
HNDM, El Contemporáneo, enero 21 de 1899, núm. 738, p. 3.
108
HNDM, El Contemporáneo, febrero 19 de 1898, núm. 464, p. 3.
109
HNDM, El Contemporáneo, marzo 4 de 1899, núm. sn, p. 3.
45
muerte” al intentar “reducir al orden a unos vecinos escandalosos”.110 Era una constante
que, en este tipo de diversiones públicas, los representantes de la ley, al tratar de atenuar los
desordenes producidos por la ingesta de alcohol, terminaran con lesiones de distinta
gravedad, pues el número de asistentes rebasaba de sobremanera al de los elementos
policiacos. También fue común que los gendarmes recibieran agresiones físicas en el
intento de frenar peleas acaecidas en despachos de bebidas, así como en el traslado de los
reñidores a la cárcel municipal. Ejemplo de ello fueron las heridas que el gendarme
Macedonio Acacio recibió de parte de Alejandro Balderrain, quien había iniciado una
reyerta, en estado de ebriedad, en una cantina del centro de la ciudad. Así,
Balderrain sacó de su bolsa una botella y le pegó [al gendarme] con ella en la frente,
que hubiera roto más profunda y gravemente sino hubiera estado resguardada por el
kepí. Conducido a la detención el ebrio, continuó sus fechorías lanzando los más
graves cargos e insultos. En la presencia del jefe político insultó a los gendarmes,
frente al Hotel El Progreso se les echó encima, por San Francisco volvió a iniciar la
contienda.111
Considero fundamental señalar que la policía no solo se desempeñó como un instrumento
de control social al servicio del gobierno, sino que presentaba otras “caras” que insinúan
intereses personales y atisbos de “solidaridad”. 1898, en un periódico local se aseguraba
que los gendarmes cultivaban relaciones de amistad con “vagos y perdidos”, aceptaban en
la “taberna la copa que le obsequian los bebedores”, y se dejaban “cohechar de los
infractores de la ley y los bandos de policía”. Asimismo, el redactor recriminaba la supina
ignorancia de los policías, ya que supuestamente la mayoría no sabía “leer ni escribir”, y,
por ende, eran incapaces de analizar las órdenes con las que tenían que regirse. Si los
prefectos y jefes políticos tendían relaciones con los vecinos principales de las regiones, es
consecuente pensar que los gendarmes, “iletrados” y pertenecientes a las clases populares,
construyeron vínculos y relaciones de conveniencia con un sector social parecido al suyo en
la capital potosina.
110
HNDM, El Contemporáneo, febrero 22 de 1898, núm. 466, p. 3.
111
HNDM, El Contemporáneo, abril 20 de 1899, núm. sn, p. 3.
46
si el gendarme e infractor de la ley no recibe luego y de una vez por todas los
consiguientes correctivos, su audacia, su temeridad, su insensatez, no reconocerán
límites, pues la impunidad le hará cometer atropellos e infamias que colmen la
medida de los ciudadanos que se vean expuestos a semejantes vejaciones. Y de todos
estos vicios está plagada nuestra policía, y corresponde, como necesidad imperiosa, al
actual jefe político llevar a cabo una reorganización que de por resultado el
establecimiento en esta capital de un cuerpo de gendarmería moralizado, apto e
inteligente en el servicio.112
Al parecer la situación no cambió en los años subsecuentes. En 1902, se hizo pública una
columna titulada “Lo que no deben hacer los gendarmes”, la cual contiene elementos del
reglamento de gendarmes correspondiente al Distrito Federal, mismo que fue publicado en
1897.113Así, en primer lugar, se recomendaba que los policías no debían “platicar”; las
conversaciones los distraían del servicio. En segundo, “jugar de manos”. Si los gendarmes
se entregaban a “esos entretenimientos”, perdían inmediatamente “el respeto que tanto
necesita la policía”. En tercer lugar, “usar un lenguaje obsceno”. No podían demostrar ese
“lenguaje inmoral utilizado a los gritos”, pues otorgaba “terrible ejemplo” a la ciudadanía.
En cuarto lugar, “galantear mujeres”. Los que realizaban esta acción descuidaban sus
jurisdicciones y, peor aún, hacían del ejercicio de la autoridad “una caricatura”. En quinto
lugar, “aceptar obsequios y especialmente copas”. El policía debía “mostrase imparcial,
severo e incorruptible”. Finalmente, los gendarmes tenían que acudir cuando eran llamados,
pues se sabía que reinaba “la apatía” entre ellos cuando la población necesitaba de sus
servicios.114
112
HNDM, El Contemporáneo, septiembre 29 de 1898, núm. 642, p. 2.
113
Ver a DUBLÁN Y LOZANO, Legislación mexicana, p. 76.
114
HNDM, El Contemporáneo, junio 12 de 1902, núm. 1314, p. 2.
47
campaña defendiendo a la patria, y nosotros no encontramos diferencia entre aquellos
y Cruz, que todos se sacrificaron en cumplimiento del deber.115
Diego Galeano afirma, tras analizar casos semejantes en Buenos Aires, que la literatura
popular y la institucional de la policía, convertían a los agentes fenecidos en “mártires”,
pues solo la muerte, acaecida en la “guerra contra el crimen”, podía otorgar ese plus de
heroicidad policial.116 En la nota dedicada al sargento Cruz, se advierte este tipo de
“discurso heroico” con tintes religiosos, pues el redactor equipara la figura de policía con la
de aquellos que murieron “defendiendo a la patria”, y utiliza el término sacrificio,
indisociable de la figura del mártir en la retórica cristiana, para describir el fallecimiento
del policía caído en “el cumplimento del deber”.
VIGILANCIA EN EL CAMPO
115
HNDM, El Correo de San Luis, octubre 25 de 1885, núm. 169, p. 3.
116
GALEANO, “Caídos en el cumplimiento del deber”, pp. 198-199.
48
inveterada de ser gobernados por una especie de cacicazgos radicados en tal o cual persona,
familia o estirpe que por sus influencias han logrado dominar y lograr ser vistos como una
especie de oráculos”.117 Por este tipo autoridad entre la población, fue fundamental su
involucramiento en la promoción del orden público.
117
Citado en RAMÍREZ, Tanquián. El poder y su dinámica, p. 68.
118
AHESLP, SGG, “Huehuetlán”, 1826.5, leg.22, f. 11.
119
AHESLP, PO, Gaceta del Gobierno del Estado de San Luis Potosí, septiembre 23 de 1831, núm. 38, p. 3.
120
HNDM, El Contemporáneo, Diario de la Tarde, abril 14 de 1984, p. 3.
49
Celadores rurales y celadores indígenas
El Congreso local delegó, en 1837, la supervisión del campo potosino a los celadores
rurales, los cuales debían ser arrendatarios de las haciendas del estado y, por ello, estaban
subordinados a los hacendados. Debía haber al menos diez celadores en las propiedades que
superaran los 200 arrendatarios y sirvientes, y en las menores únicamente cinco.121 Su
trabajo consistía en vigilar el buen orden dentro de las haciendas, reportar a cualquier sujeto
desconocido que buscara asentarse en las inmediaciones de este tipo de propiedades,
patrullar los caminos que conectaban a los municipios, detener sospechosos, trasladar
presos y custodiar cárceles cuando la ocasión lo ameritaba. Los dueños de haciendas debían
nombrar por celadores a aquellos sujetos que tuvieran caballos y armamento propios,
fundamentales para realizar su labor, o, en su defecto, facilitarle armas y animales.
Las labores de vigilancia que desempeñaban los celadores rurales fueron ratificadas
por el gobernador interino Ramón Adame, en 1853, debido a las numerosas “gavillas de
facinerosos” que atacaban “con escándalo la propiedad y la vida de los potosinos”. Era una
realidad que, desde su fundación, en el estado potosino operaban bandas delincuenciales,
sobre todo en la ámbito rural. En 1831, por ejemplo, una gavilla de 80 hombres atacaron, a
media noche, a un grupo de arrieros en el Puerto de la Iglesia, poblado circunvecino de la
capital estatal, robándoles 33 “tercios de ropa”, y 10 caballos.122. Muy posiblemente, por
este tipo de asaltos se ordenó que los alcaldes y los propietarios de inmuebles debieran
poner todo su esfuerzo en organizar a grupos de celadores que protegieran las haciendas,
sin importar el tamaño de estas, y los caseríos asentados en sus alrededores. Los celadores
se volvieron tan necesarios que, un año después, el gobierno potosino decidió exentarlos
del servicio de las armas.123 Ahora bien, cabe advertir, que las correrías de agrupaciones
criminales y el robo de bestias continuaron en los años subsecuentes. En una misiva
enviada por un grupo de vecinos de Valles al gobernador, en enero de 1875, se informaba
que el Oriente del estado padecía “la insufrible plaga del vandalismo”, pues una gavilla de
10 individuos asesinaba y despojaba de sus animales a los vecinos de aquel municipio.124
121
MÁRQUEZ, “Tierra, clanes y política”, p. 212.
122
AHESLP, SGG, “Bestias robadas en el Puerto de la Iglesia”, 1831.4, exp. 12, ff. 1-6.
123
AHESLP, SGG, “Índice”, 1854. 1, exp. 3, f. 3.
124
AHESLP, SGG, “Visitador”, 1875. 1, exp. 1, f. 8.
50
Las fuentes consultadas no arrojan suficiente información sobre el número de
celadores rurales en la entidad antes de 1853. En 1845 el prefecto del distrito de
Tancanhuitz notificó que en las propiedades del municipio de Tampamolón había 22
celadores “con armas blancas y sin municiones”; en las de Tancanhuitz, rondaban por las
noches 180 personas; en las de Ciudad Valles, eran 30 hombres desarmados; y que en el
resto del partido de Valles había 95 celadores “sin armas ni municiones”. El prefecto
aseguraba que en los demás pueblos de la región no existían celadores rurales, pues sus
antecesores no hicieron el debido esfuerzo por formar cuerpos de vigilancia, y que en varias
propiedades era casi imposible este trabajo debido a la poca vecindad, a la nula
disponibilidad de los habitantes y a la carencia de reos en las cárceles municipales para su
supervisión.125
Para 1853, gracias a una disposición que obligó a los prefectos a enviar al gobernador
las listas de ciudadanos que fungirían como celadores en sus jurisdicciones, se tiene noticia
que en el partido de la capital había 154;126 en el de Guadalcazar; 228;127 en el de Rioverde,
60; y en el Salinas de Peñón Blanco, 50 vigilantes.128 Tal parece que las propiedades
cercanas a la capital contaron con el mayor número de celadores rurales en el estado. Esto
resulta comprensible si se tiene en cuenta que el altiplano potosino fue el escenario de
latifundios de gran extensión. Ejemplo de ello fue la hacienda de Bocas, con una superficie
de 73,000 hectáreas, la cual albergaba a 5,500 habitantes a mediados del siglo XIX. 129 Por
esa razón, en 1853, el gobierno potosino, a petición de las autoridades nacionales, organizó
un contingente de cien celadores provenientes de las haciendas periféricas a la capital con
el objetivo de realizar una expedición de vigilancia en el estado de Durango.130
125
AHESLP, SGG, “Prefectura de Tancanhuitz”, 1845.1, exp. 8. f. 26.
126
AHESLP, SGG, “Listas de policía rural de varios puntos del partido de esta capital”, 1853.7, exp. 24, ff.
127
AHESLP, SGG, “Listas de celadores de policía del partido de Guadalcazar, y nombramiento de sus
comandantes”, 1853.7, exp. 25.
128
AHESLP, SGG, “Ofrece nombrar 50 hombres para la policía rural y dar cuenta”, 1853.7, exp. 23, f. 9.
129
BAZANT, Cinco haciendas mexicanas, pp. 108-115.
130
AHESLP, SGG, “sobre alistar una fuerza de rurales que marchen a Durango”, 1853. 12, exp. 2.
51
los celadores. Asimismo, los vigilantes no contaban con el armamento adecuado, pues solo
portaban “lanzas”.131 Otro problema fue el rechazo a al cargo de celador, tal como sucedió
con 18 vecinos del barrio de San Pablo, perteneciente al municipio de Ciudad de
Fernández, los cuales solicitaron a la prefectura ser removidos de sus puestos en la
hacienda Ojo de Agua de Solano. Argumentaron que al custodiar presos a la cabecera
municipal, dejaban por dos días a sus “familias y cementeras”. Los solicitantes creían que
ausencia no perjudicaría la vigilancia de la hacienda, ya que había nueve barrios más que
podían facilitar centinelas. El prefecto, apoyado por el ayuntamiento de Ciudad Fernández,
negó la petición debido a la supuesta proliferación de “malhechores” en la entidad y a que
el barrio de San Pablo había prestado sus servicios de forma “inmemorial” en materia de
seguridad.132
Otra estrategia de los arrendatarios para negarse a prestar servicio como celadores era
vender o esconder sus caballos y su armamento. Consecuentemente, argüían que no estaban
en condiciones de hacer los rondines y mucho menos de defenderse ante alguna agresión.
Esto provocaba, según el alcalde de Rioverde, una “variación continua en el personal”. Era
necesario entonces que los hacendados dispusieran de hombres “útiles y comprometidos”, y
que los prefectos se involucraran en el nombramiento de los celadores rurales. De igual
modo, se debía prohibir que los propietarios removieran a sus subordinados sin “causa legal
justificada”.133
131
AHESLP, SGG, “Señor general, gobernador D. Anastasio Parrodi”, 1853. 6, exp. 19, f. 14.
132
AHESLP, SGG, “Sor. Prefecto del Departamento”, 1853. 6, exp. 19, f. 6.
133
AHESLP, SGG, “Observaciones al reglamento de celadores rurales dado en 31 de marzo de 1853”,
1853.7, exp. 24, f. 2.
52
La intervención de las autoridades civiles en esta clase de milicia. En sus puntos, los
celadores no pueden ser vigilados por sus jefes, deben serlo por los agentes de policía
[prefectos] a quienes se hacen indispensable que estén subordinados en cierta manera
para que les presten los auxilios que sean necesarios y reciban por su conducto las
ordenes que se les comuniquen.134
Las fuentes consultadas sugieren que la propuesta anterior fue desechada, pues los
propietarios de las haciendas se mantuvieron como los jefes directos de los celadores
rurales. El gobernador Adame, en una misiva enviada a los prefectos, reiteró que la
formación de cuerpos de celadores era una “carga” exclusiva de los hacendados, pues esta
no tenía otra “tendencia que la de cuidar su propia seguridad y la de sus intereses”. Adame
aceptaba que las fuerzas del estado no eran suficientes para detener a los transgresores de
las leyes, sino que se necesitaba de la cooperación de los hombres que tenían “una fortuna
por defender”. Sin su apoyo, el gobierno daría muestras de debilidad e inoperancia ante los
criminales.135
Por otro lado, para que la vigilancia se extendiera más allá de los pueblos cabeceras y
las haciendas, el gobierno potosino ratificó un cargo ya existente, el de “celador indígena”,
representante de las autoridades municipales en los barrios integrados en su mayoría por
indios. Este puesto tuvo una repercusión superior en el Oriente potosino, donde, como ya se
134
AHESLP, SGG, “Observaciones al reglamento de celadores rurales dado en 31 de marzo de 1853”,
1853.7, exp. 24, f. 2.
135
AHESLP, SGG, “Prefecturas”, 1853.7, exp. 23, f. 8.
136
AHESLP, SGG, “Prefectura de Cerro de San Pedro”, 1853.12, exp. 25, f. 7.
53
advirtió, gran parte de la población era indígena y residía en barrios asentados en terrenos
de difícil acceso. Las funciones principales de los celadores indígenas eran “cuidar la
tranquilidad y avisar de los excesos que cometen [los indios] en sus serranías”.137 También
estaban obligados a identificar a los “vagos y perezosos”, y reportarlos con los
ayuntamientos. En las décadas de 1830 y 1840, se les asignó investigar y dar aviso a las
autoridades sobre cualquier indicio de contrabando y siembras clandestinas de tabaco,
producto monopolizado por el gobierno estatal durante ese lapso.
137
Citado en CORBETT, “Comercio y violencia”, p. 264.
138
Citado en CORBETT, “Comercio y violencia”, p. 265.
54
milpa de cinco cuartillos sin pagarles un medio real por su trabajo, diciendo que lo tenían
que hacer por obligación de servirle por ser celador de dicho barrio, amenazándolos con
multas y castigos”, pues él había sido asignado como el encargado del “orden y la quietud
pública”. Se aseveró que Pérez, quien también se desempeñaba como el tesorero de la
comunidad, no había entregado “el dinero que tiene en su poder perteneciente a varios
vecinos que lo han cedido con beneficio de la iglesia que tratan de hacer en su misma
congregación”. Al parecer, el celador disponía de un séquito de indígenas que apoyaban su
proceder y que, incluso, se opusieron a la autoridad del alcalde de Aquismón cuando
Agustín Pérez fue destituido de su cargo. En ese sentido, otro indígena alegó que el celador
en cuestión era “un mal hombre que siempre anda aconsejando no obedecer a los
alcaldes”.139
En efecto, las declaraciones de los vecinos de Santa Bárbara ponen de manifiesto que,
además de utilizar el respaldo de los ayuntamientos, Agustín Pérez contaba con cierta
“autonomía”, precedida por un reconocimiento social, que le permitía renegar del alcalde
de Aquismón, su jefe inmediato, y negar su autoridad frente a los vecinos de su barrio. De
acuerdo a un testigo, Pérez exhortaba a desobedecer al alcalde Pedro Acosta, pues, decía,
este no era más que un “monigote”.140 Sin duda, el caso de Agustín Pérez muestra en gran
medida el peso que tenían los celadores rurales dentro de sus comunidades, la
reinterpretación de su puesto frente a sus símiles indígenas y las resistencias que podían
presentar frente a los ayuntamientos.
Guardias privadas
55
beneficio de los grupos de poder económico.141 El visitador Manuel Palacios, en uno de sus
informes, aseguró que algunos propietarios de tierras contrataban como guardias a sujetos
que se caracterizaban por hacer tropelías en los municipios, algunos de ellos “acusados de
criminales y asesinos”.142 En el mismo tenor, un grupo de vecinos del pueblo de Axtla
informaban al gobierno que la familia Santos, latifundistas de municipio de Tampamolón,
daba asilo en su guardia a “varios salteadores para inspirar terror o para que nadie se atreva
a censurar sus actos”.143
La presencia de las guardias privadas se hizo aun más notoria en las coyunturas de
guerra, cuando los hacendados, al percibir sus intereses económicos y políticos en riesgo,
prestaban sus servicios al gobierno o, en su defecto, cuando se declaraban en contra de este
último. En esos casos era común que los propietarios organizaran a sus subordinados,
prometiendo diferentes recompensas. Hay múltiples experiencias en ese sentido; no
obstante, me gustaría resaltar una, que refleja la política permisiva del gobierno en torno a
las “guerrillas privadas”, así como algunos argumentos de los hacendados para convencer a
sus grupos armados. En 1847, en el contexto de la guerra contra los Estados Unidos, el
congreso local “legalizó” la organización de las “guerrillas” privadas para repeler una
posible invasión norteamericana en territorio potosino. Paulo Verástegui de la Vara,
empresario de Rioverde y propietario de una de las haciendas más importantes de San Luis
Potosí,144 reunió a su guardia y le propuso participar en el conflicto armado en caso de ser
necesario. Los arengó diciendo que “todos y cada uno de los mexicanos” estaban
“obligados a defender la nacionalidad tomando las armas personalmente”, ya que había
“llegado el caso de que la nación toda se levante a tomar venganza y reparación de los
agravios que ha recibido”. Era un “deber moral” acabar con “la infame horda de salvajes”
que soñaban con “la conquista y la esclavitud de la raza mexicana”145 Prometió a sus
guerrilleros perdonar la renta de su casa, proveer de alimentos a las familias de los
combatientes, pensión a los heridos que perdieran una extremidad, retribución económica a
141
MÁRQUEZ, “Tierra, clanes y política”, p. 212.
142
AHESLP, SGG, “Visita”, 1875.1, exp. 1, f. 27.
143
Citado en RAMÍREZ, Tanquián. El poder y su dinámica, p. 48.
144
Paulo Verástegui fue propietario de la Hacienda San Diego, ubicada en Rioverde. Véase a BAZANT,
Cinco haciendas mexicanas, pp. 71-76.
145
MURO, Historia de San Luis Potosí, p. 535.
56
los parientes de los fallecidos y la dotación de tierras y animales a los que se destacasen en
el campo de batalla.146
Policía Rural
En 1894, el Congreso local decidió dejar sin efecto las potestades de los celadores y,
al menos en papel, las de las guardias personales. Los diputados decretaron la formación de
la “Policía Rural”, cuerpo armado que tenía “por único objeto cuidar la seguridad de los
campos y perseguir a los ladrones”. Cada municipio contaría con un jefe de policía, siendo
este preferentemente un hacendado o administrador de hacienda. Para la elaboración de los
cuadros, los jefes de policía tenían que nombrar “subalternos de confianza”, los cuales
estarían dos años en el cargo. Los jefes de policía de cada municipio estaban obligados a
trabajar coordinadamente entre sí, prestándose las atenciones requeridas sin invadir
jurisdicciones. Al atrapar a los infractores, debían presentarlos al juez correspondiente para
abrir su respectiva causa.147
146
MURO, Historia de San Luis Potosí, p. 536.
147
AHESLP, CLD, Decreto núm. 28, mayo 31 de 1894.
57
posiblemente los señalados como criminales, asesinos y salteadores por el visitador
Palacios y los vecinos de Axtla, se convirtieron en representantes de la ley.
Para 1904, según lo declarado por el gobernador Blas Escontría, la Policía Rural se
componía de “368 secciones repartidas en San Luis Potosí, con un total de 5,195 hombres”.
Los Rurales estaban “armados y montados por su cuenta”, causando solo un “ligero
gravamen al erario”.148 Cada pueblo estaba custodiado por una fuerza de al menos cien
hombres; no obstante, los municipios con mayor población y los que gozaban de una
posición socioeconómica notoria llegaron a contar con más de 200 elementos, tal fue el
caso de Rioverde y Matehuala.149 Revisando algunas listas de Rurales enviadas a la
gubernatura, en las cuales solo aparecen apellidos “mestizos”, Carlos Arturo Ramírez
infiere que, al menos en el Oriente Potosino, los indígenas no participaron en esta
organización armada.150
No es ocioso enfatizar que, por su papel de protectores del orden municipal, los
policías rurales ocuparon un lugar importante en los actos cívicos y en las celebraciones de
148
HNDM, El Contemporáneo, Diario de la Tarde, septiembre 20 de 1904, núm. 1796, p. 1.
149
HNDM, El Contemporáneo, Diario de la Tarde, Mayo 10 de 1900, núm. 1099, p. 2.
150
RAMÍREZ, Tanquián. El poder y su dinámica, p. 48.
151
HNDM, El Contemporáneo, Periódico Independiente, septiembre 19 de 1897, núm. 338, p. 3.
152
HNDM, El Contemporáneo, Bisemanal Independiente, septiembre 25 de 1902, núm. 1344, p. 3.
58
los pueblos, particularmente en aquellas que rememoraban el inicio del proceso
independentista. Después de ser reconocidos en los discursos patrióticos y de ser
nombrados individualmente por los alcaldes, los Rurales hacían gala de sus caballos y
armamentos en desfiles por los poblados. De igual forma, escoltaban al gobernador cuando
este se presentaba en algún municipio para presidir eventos públicos.
Ahora bien, un sector de la prensa discutió la visión oficial en torno a los rurales; se
denunciaba que estos actuaban con un criterio diferente a lo establecido en las leyes, pues
las autoridades estatales les conferían “carta blanca” en la toma de decisiones, solapando
todo tipo de tropelías. Una situación que profundizó el debate en torno a las “libertades
asumidas por los rurales”, y que puso de manifiesto el respaldo institucional que
disfrutaban, fue la aplicación de la “ley fuga” a cinco detenidos en la cárcel de Coxcatlán,
señalados de asesinar a un diputado de nombre Rómulo Vidales. Acosados por las balas de
una gavilla que buscaba liberar a los reos, y ante la inminente fuga, los Rurales decidieron
acabar con la vida de estos últimos. El visitador de los Partidos de Oriente, José Vega, trató
de aclarar el episodio en El Contemporáneo y aseguró que si bien algunos policías habían
huido del enfrentamiento, otros soportaron los embates de los “criminales” y, para evitar
disturbios mayores en el pueblo, aplicaron un “violento pero justo castigo” a los asesinos
del diputado Vidales. Vega declaró que esta acción no sería castigada, pues respondió a “las
apremiantes circunstancias en que se encontró la autoridad”. 153
¿Cómo entender la protección que recibían los Rurales por parte del gobierno
potosino? Era claro que a la cúpula política del estado le convenía mantener la lealtad de
los oficiales de los cuerpos armados, pues le aseguraban cierto orden sociopolítico en sus
zonas de dominio. El gobierno era sabedor de que los miembros de la Policía Rural eran
agentes dobles, de orden y desorden, y que, ante una posible insatisfacción, estos podían
generar brotes de disconformidad. Tal como lo sugiere Paul Vanderwood, en la segunda
mitad del siglo XIX existía una línea muy tenue entre ser bandido y ser un policía rural, y
las autoridades eran concientes de ello.154 En todo caso, lo que acontecía con los rurales de
San Luis Potosí era un reflejo de lo que imperaba con las fuerzas rurales federales, las que
al contribuir a la conservación de la paz interior y, por ello, a la relativa estabilidad política
153
HNDM, El Contemporáneo, Periódico Independiente, junio 16 de 1897, núm. 263, p. 1.
154
VANDERWOOD, Desorden y progreso, p. 91.
59
de la dictadura, se les permitía un amplio margen en la interpretación de lo que se
consideraba el cumplimiento de sus deberes.155
Se debe señalar que la Policía Rural en San Luis Potosí estuvo en funciones hasta la
segunda década del siglo XX, cuando el país se encontraba en plena reconstrucción
institucional después del movimiento revolucionado iniciado en 1910.
CONCLUSIONES
¿Cómo se conformó el sistema policial en San Luis Potosí? Durante el siglo XIX y
principios del XX, las autoridades estatales y municipales, ponderando las especificidades
sociales y geográficas de la entidad, se preocuparon por la creación de cuerpos de seguridad
eficaces para salvaguardar el orden público y evitar todo tipo de crímenes en su territorio.
En la capital potosina, núcleo urbano en franco crecimiento y con una división
administrativa por cuarteles se fomentaron patrullajes nocturnos y diurnos por medio de
serenos, celadores y jefes de manzana. A diferencia de otras partes del estado, estos agentes
policiacos coincidieron y actuaron de forma simultánea y no siempre coordinada. Para
finales del siglo XIX, debido al crecimiento demográfico que experimentaba la ciudad, se
buscó modernizar la vigilancia urbana con la creación de la gendarmería y policía montada,
esfuerzo que trajo consigo el aumento considerable de vigilantes en la capital.
60
Policía Rural les permitió a los “hombres fuertes” de las regiones consolidar, a fines del
siglo XIX y principios del XX, su liderazgo sobre la vigilancia en el agro potosino,
oficialmente supeditados a prefectos y jefes políticos.
Ahora bien, las prácticas de los cuerpos de vigilancia, muchas de ellas realizadas para
visibilizar su autoridad, rayaron en procedimientos arbitrarios, abusivos y violentos. Los
prefectos y jefes políticos, en su calidad de jefes de policía, impusieron un sistema
detenciones que, a decir del Supremo Tribunal de Justicia, atentaba contra los derechos
individuales de los ciudadanos. En ese mismo sentido, se pudo constatar que los jefes de
serenos mantenían una rígida disciplina con sus subalternos, y los castigaban con prisión si
se ausentaban en los rondines. Sin embargo, cabe decir, los guardias que ocupaban los
rangos más bajos aplicaron castigos corporales, en coordinación con los gendarmes, en
contra de bebedores asiduos en las calles capitalinas. En la segunda mitad del siglo XIX, la
prensa local exhibió el proceder de la gendarmería, la que empleaban una violencia
excesiva durante las aprehensiones y en la cárcel municipal. Igualmente, se evidenciaron
61
sus faltas al orden público y las supuestas complicidades que tenían con infractores de la
ley.
Los vigilantes del campo potosino también utilizaron la violencia física para hacer
notoria su autoridad. Los celadores indígenas, con el respaldo que les concedían los
ayuntamientos, empleaban el azote para mantener un sistema de trabajos forzados en
algunas comunidades, en tanto que las guardias privadas de las haciendas, al menos en el
Oriente de la entidad, hacían uso de la intimidación y los castigos para mantener una
relativa armonía dentro de las unidades productivas. Podría pensarse que la Policía Rural
continuó con estos patrones de comportamiento, pues su conformación fue muy similar a la
que tuvieron las guerrillas personales.
Conviene advertir que la autoridad que trataron de proyectar los encargados del orden
no tuvo rasgos hegemónicos. Los gendarmes y los Rurales fueron constantemente
criticados e insultados por la prensa. Asimismo, los policías capitalinos se convirtieron en
objetos de agresiones físicas y verbales en escenarios públicos, como calles, jardines y
156
CEJA ANDRADE, “Escandalosos, ebrios, malos”, p. 603.
62
fandangos, y en semipúblicos, como despachos de bebidas.157 Ahora bien, en estos últimos
espacios, la presencia de los gendarmes no siempre fue vista como una intromisión, pues
las fuentes consultadas muestran que los policías solían frecuentar y beber en pulquerías y
cantinas durante su turno de trabajo.
Pese a los reclamos y denuncias hechas por los vecinos y la prensa capitalina, fue un
hecho que el gobierno potosino dotó de soporte institucional a los grupos policiales
fundados durante el periodo de estudio. Se toleraron sus prácticas, particularmente la de los
agentes rurales, y fueron removidos solo cuando el descontento provocado por sus acciones
amenazaba el orden o resultaba en una rebelión, tal como sucedió en Tamazunchale en
1879. ¿A qué se debió esta lenidad? Sin duda, a la falta de recursos económicos del
gobierno estatal y, por ende, a la incapacidad de proyectar su presencia en territorios ajenos
a su control. Es por ello que los hacendados, ya como intermediarios o como jefes de
rurales, reitero, fueron los protagonistas en la articulación de cuerpos de vigilancia en el
campo potosino, a pesar de que algunas voces políticas denunciaron su mal proceder en la
gestión de seguridad social. Tal como lo describe Fernando Escalante Gonzalbo, los estados
federados, carentes de capital, dependieron en materia de seguridad de los “hombres
fuertes” de sus regiones, pues eran sabedores de que a estos últimos les convenía mantener
un grado de orden para conseguir sus ingresos.158 En otras palabras, las autoridades
estatales pergeñaron un sistema de policía montado en estructuras clientelares que
respondían en gran medida a prácticas de Antiguo Régimen.
157
Acorde a Diego Pulido, los despachos de bebidas embriagantes pueden ser considerados espacios
semipúblicos debido a que su objetivo principal es comerciar, pero al mismo tiempo incitan a la gente a entrar
en ellos, permitiendo que en su interior se desarrollen “densas relaciones interpersonales”. PULIDO
ESTEVA, ¡A su salud!, p. 24.
158
ESCALANTE GONZALBO, Ciudadanos imaginarios, p. 121.
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Fuentes primarias
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Fondo Periódico Oficial, Fondo Leyes y Decretos, Fondo Supremo Tribual de Justicia
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