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Robo de ganado en San Luis Potosí (1837-1902)

Este documento presenta un proyecto de investigación sobre el abigeato en San Luis Potosí entre 1837 y 1902, analizando sus causas, ejecución y relación con otros delitos, así como las normativas y sistemas policiales implementados para combatirlo. Se examinan los actores involucrados, incluyendo labradores, vaqueros y comunidades indígenas, y se destaca la importancia de la ganadería en la economía local. La investigación también aborda la evolución de la criminalidad y la respuesta gubernamental a lo largo del periodo estudiado.
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Robo de ganado en San Luis Potosí (1837-1902)

Este documento presenta un proyecto de investigación sobre el abigeato en San Luis Potosí entre 1837 y 1902, analizando sus causas, ejecución y relación con otros delitos, así como las normativas y sistemas policiales implementados para combatirlo. Se examinan los actores involucrados, incluyendo labradores, vaqueros y comunidades indígenas, y se destaca la importancia de la ganadería en la economía local. La investigación también aborda la evolución de la criminalidad y la respuesta gubernamental a lo largo del periodo estudiado.
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El robo de ganado y su castigo en el estado de San Luis Potosí, 1837-1902

Julio César Martínez Velarde

Proyecto de investigación

En el presente documento, los lectores del Primer Seminario encontrarán el proyecto de


investigación de tesis doctoral (pp. 1-27) y el borrador de un capítulo (pp. 28-67).

Tema, espacio y periodo

Esta investigación propone analizar en perspectiva histórica la práctica del abigeato en el


estado de San Luis Potosí desde mediados del siglo XIX hasta los albores del XX.
Considero fundamental estudiar las causas de este delito, reconstruir cómo se llevó a cabo
en esta entidad y examinar sus posibles nexos con otro tipo de crímenes, como los asaltos
“en despoblado”. De igual forma, busco analizar las normas jurídicas que definieron al robo
de ganado y sus respectivos castigos, así como el sistema policial ideado por las
autoridades estatales para frenar esta transgresión, entre otros delitos contra la propiedad
privada.

Entonces, los sujetos de los cuales me ocuparé, principalmente, son lo que extrajeron
ganado de propiedades privadas y comunales, así como de los diferentes caminos en donde
solían transitar recuas, y que pertenecían en su mayoría a las clases populares.1 Con base en
las fuentes hasta ahora consultadas, dichos sujetos tuvieron distintas ocupaciones,
destacando los labradores, vaqueros, carniceros y arrieros, mismos que incurrieron en el
abigeato de forma consciente mediante el robo ocasional, y otros inconscientemente al
adquirir animales no marcados. Por otro lado, están los abigeos profesionales, que actuaban
de manera grupal y que eran oriundos del lugar donde realizaban las actividades ilegales, o,
en su defecto, foráneos. Ahora bien, las fuentes no utilizan el término “profesional” para
referirse a estos infractores; sin embargo, los denomino así al retomar la “tipología

1
Se entienden a las clases populares del siglo XIX, siguiendo a Clara E. Lida, como un variado grupo
poblacional, integrado por quienes participaban en el mundo del trabajo y la producción, tanto en el campo
como en la ciudad. Así, este grupo estuvo conformado por los productores de la tierra, los artesanos, los
obreros, los pequeños comerciantes, los tenderos, los maestros de oficios, etc. Si bien las clases populares son
ajenas al mando del privilegio y de la hegemonía del poder, estas tuvieron la capacidad de forjar discursos y
acciones políticas, abiertas o clandestinas, que reclamaban las prerrogativas de la ciudadanía: el acceso a la
propiedad, la abierta participación política, la justicia equitativa. En LIDA, “¿Qué son las clases?”, pp. 3-9.

1
criminal” utilizada por Sara Ortelli en su estudio sobre el abigeato en Nueva Vizcaya
durante la segunda mitad del siglo XVIII. La historiadora concibe las bandas o grupos
criminales como el estadio último de la delincuencia profesional, cuya formación responde
a distintos estímulos y factores, como los lazos de carácter familiar, profesional, económico
y de origen geográfico de los integrantes.2

Ahora bien, los indígenas de las etnias que poblaban San Luis Potosí, la mayoría
labradores, forman parte del grupo de sujetos que estudiaré en la presente tesis, pues
participaron, circunstancial y profesionalmente, en el robo de animales en coordinación con
población no india. Esta aseveración rompe con la imagen de los nativos segregados en sus
comunidades,3 como si se tratase de gente incapaz de tender lazos de diferente naturaleza
con la denominada gente “de razón”. Todo lo contrario, se plantea, como hipótesis, que el
abigeato fue un polo de vinculación entre las distintas etnias indígenas con gente mestiza y
no india.

El espacio de estudio de la presente investigación comprende el estado de San Luis


Potosí, donde la actividad ganadera ocupó un lugar preponderante en la economía local.
Para el último tercio del siglo XIX, la entidad se había especializado en la crianza de ovinos
para la producción de lana, y en los inicios del siglo XX había más de un millón de cabezas
de ganado (de todo tipo) para la exportación de pieles, cueros y lana. En ese sentido, era tal
la importancia de la producción pecuaria potosina, que se ubicaba, en 1902, solo por debajo
de la desarrollada en Zacatecas, Durango y Nuevo León.4 Ahora bien, el estado de San Luis
Potosí estaba conformado por tres regiones5 “históricas”, en las cuales la ganadería
imperaba como la actividad económica dominante: el Altiplano, la región de San Luis y el

2
ORTELLI, “Parientes, compadres y allegados”, p. 178.
3
Idea presente en RAMÍREZ, Tanquián. El poder y su dinámica, pp. 31-36.
4
LOPES, “Circuitos comerciales”, p. 102.
5
Entiendo a la región “no solamente como un área geográfica, sino como un tejido de procesos y conexiones
creados por los hombres, a partir de los cuales se relacionan con su entorno a través del control, modificación
y aprovechamiento de sus recursos. Más que un territorio expresamente definido, la región resultaría ser un
enramado de acciones humanas estructuradas, relaciones sobre un área geográfica determinada, aunque a
veces ésta se encuentre poco definida”. ESCOBAR OHMSTEDE, “Las Huastecas”, p. 99. Del igual modo, el
constructo región no supone una necesaria relación entre un territorio homogéneo y una cultura común. No es
“una tipología de lo compartido o similar lo único que define a un espacio, o lo distingue de otros, por que
oscurece los matices de las múltiples combinaciones posibles en la naturaleza y la cultura”. RANGEL
SILVA, Capitanes a guerra, p. 36.

2
Oriente potosino. Cabe señalar que estas demarcaciones regionales condicionaron las
delimitaciones políticas internas durante todo el siglo XIX.

En el Altiplano, ubicado al norte y norponiente de la capital estatal, los núcleos


poblacionales se formaron a partir de los reales mineros, como Charcas, Ramos, Salinas de
Peñón Blanco, Catorce y Cedral. Matehuala, antiguo pueblo de indios, fue absorbido por el
asentamiento español que se fundó en sus inmediaciones, el cual mantuvo el nombre
nativo, al descubrirse las vetas de Catorce a finales del siglo XVIII. 6 Acorde con Bernardo
García, en esta región se borraron tempranamente todos los rasgos de una geografía
prehispánica, pues las pocas poblaciones fueron integradas o aniquiladas durante la guerra
chichimeca (1547-1600).7 Consecuentemente, esta parte estuvo dominada territorialmente
por haciendas y sus pueblos sujetos, las que suministraban bienes básicos para sostener la
producción de minerales. Las haciendas del Altiplano se caracterizaron por su talante
ganadero, pese a estar establecidas sobre una zona semidesértica de clima seco templado.
La cría extensiva de miles de cabezas de ganado ovino y bovino en estas propiedades se
pudo llevar a cabo gracias al aprovechamiento de los recursos hídricos subsuperficiales y al
acaparamiento de extensas zonas de pastoreo. Ante la carencia de cuerpos de agua
superficiales, el abrevadero de los animales dependía de conjuntos de norias construidas en
lugares estratégicos. Ejemplo de lo anterior fue la hacienda de las Cruces, de 380,000
hectáreas, la cual pudo desarrollar una producción ganadera a gran escala debido a la
explotación de los mejores pastizales y a la utilización del agua subterránea. Se estima que
la hacienda tenía la capacidad de criar más de 200,000 animales.8

La región de San Luis tuvo como centro neurálgico a la ciudad de San Luis Potosí y
sus zonas aledañas, que contaron desde el siglo XVI con pueblos de indios de origen
tlaxcalteca y “chichimeca”. Fue en la capital potosina donde se establecieron, tras la
creación de la entidad, las instituciones políticas y judiciales que regirían el quehacer de los
vecinos durante el periodo de estudio. En esta región, la actividad pecuaria extensiva se
practicaba en las grandes haciendas, como la de Bocas y Bledos, pese a que los pastos no
eran los idóneos para alimentar a los animales. Así, Bledos, por citar un caso, tuvo más de

6
SÁNCHEZ MONTIEL, “De poblados”, p. 68.
7
GARCÍA MARTÍNEZ, Las regiones en México, 197.
8
FRANCO MAASS, CADENA INOSTROZA Y NAVA BERNAL, “Las norias”, p. 11.

3
10,000 cabezas de ganado a mitad del siglo XIX.9 Las unidades productivas se beneficiaban
económicamente de dos caminos fundamentales que atravesaban la región de San Luis, por
los cuales los propietarios hacían transitar animales y sus derivados: uno que conectaba a la
capital potosina con Zacatecas y con el Camino Real de Tierra Adentro, y otro que la
enlazaba con el Bajío y la ciudad de México.10

En el Oriente potosino, el clima cálido y húmedo, favorable para el crecimiento de


distintos tipos de cultivos y pastizales, permitió que los habitantes practicaran actividades
agrícolas y pecuarias. Además, la referida región albergaba a la Huasteca, territorio
histórico habitando en un 90 % por indígenas (pames, huastecos y nahuas) 11 y que, desde el
siglo XVI, fue convertido por los hacendados españoles en un “espacio ganadero” debido a
la fertilidad del suelo y a los extensos pastizales.12 Durante todo el siglo XIX, la cría de
animales, particularmente el ganado vacuno, ocupó las mejores tierras y fue la base
principal del sistema de acumulación de capital por parte de los propietarios de haciendas y
condueñazgos.13 Solo en la década de 1820, en el norte de la Huasteca se computaron
13,169 cabezas de ganado mayor y 978 de ganado menor. Asimismo, el suelo era
aprovechado no solo por los oriundos de la región, sino también por rancheros de
Tamaulipas y Nuevo León, quienes trasladaban a sus animales en los últimos meses del año
para pastar en las planicies de Santiago de los Valles.14

En San Luis Potosí, la ganadería no solo tuvo un carácter intensivo, también se


criaban bestias para el autoconsumo, dentro y fuera de las haciendas. Brigida Von Metz ha
encontrado que en algunos lugares del Altiplano, los mineros combinaban la labor
extractiva de metales con la producción de ganado, que les permitía subsistir en épocas de
borrascas. Asimismo, la cría de animales frenaba la migración de los centros mineros,

9
BAZANT, Cinco haciendas mexicanas, p. 99.
10
CAÑEDO GAMBOA, Comercio, Alcabalas y negocios, p. 29.
11
Los pames, los más reacios a la “occidentalización”, fueron reducidos a una serie de misiones en el
poniente de Valles, en una franja territorial (que se extendía desde Valle del Maíz hasta la Sierra Gorda)
denominada la Pamería. Los huastecos estuvieron ubicados en el norte y centro del la Huasteca, en tanto que
los nahuas y otomíes se asentaron al sur de esta. Por dichas circunstancias, el número de indios era muy
superior a los que no lo eran. ESCOBAR OHMSTEDE, “Violencia social”, p. 88.
12
RUVALCABA MERCADO Y PÉREZ ZEBALLOS, “Prólogo”, p. 29.
13
Los condueñazgos fueron propiedades colectivas presentes en el estado durante gran parte del siglo XIX.
En algunas de ellas, los condueños pertenecían a una sola familia. AGUILAR-ROBLEDO, “Los
condueñazgos del oriente”, p. 156.
14
AGUILAR-ROBLEDO, “Ganadería, tenencia de la tierra e impacto”, p. 14.

4
provocando a su vez una identificación de los trabajadores con el territorio.15 En el Oriente
potosino, era común que sectores de la población arrendaran pequeñas porciones de tierra
pertenecientes a las haciendas o condueñazgos para criar pocos animales. En 1850, por
ejemplo, en la Hacienda de Amoladeras, al oeste de Valles, hubo indios que pagaban por el
pastoreo de entre una a diez vacas, las cuales consumían en épocas de crisis agrícolas.16

Teniendo en cuenta que la ganadería fue una de las actividades económicas más
importantes en San Luis Potosí, practicada por la mayoría de los estratos sociales, se
mostrará en la presente tesis que el robo de bestias fue común en esta entidad. De igual
modo, se mostrara que las variables sociales, culturales y geográficas de las regiones que
conformaban el estado potosino concedieron al abigeato especificidades notables.

El arco temporal de esta investigación transcurre entre 1837 y 1903. La elección de


esta temporalidad responde en gran medida a la disponibilidad de fuentes que evidencian la
construcción de un aparato burocrático y, por ello, puede resultar arbitraria.17 Ponderando
lo anterior, la investigación inicia a partir de 1837, pues fue el momento en que el gobierno
potosino intentó reforzar la seguridad en el estado, sobre todo en los campos, con la
creación de cuerpos de celadores rurales, que tendrían como base las haciendas. Tal parece
que durante ese 1837 comenzó una serie de crímenes que alcanzarían su cenit en 1853, año
en que las autoridades de la entidad declararon que esta última sufría constantes embestidas
de gavillas que dañaban las propiedades de los vecinos, entre ellas sus ganados. Por ello,
ratificaron el papel de los celadores como garantes del orden. En cuanto al segundo corte,
debe señalarse que en 1902, desde la gubernatura, se difundía que San Luis Potosí gozaba
de una tranquilidad pública inédita debido al buen funcionamiento de la Policía Rural, la
que, a diferencia de los celadores, contaba con mejor armamento, entrenamiento y estaba
distribuida en todo el territorio potosino.18 Este discurso coincide con las premisas de Paul
Vanderwood, quien percibe un descenso de crímenes a finales del siglo XIX, por las
intervención de los Rurales, muchos de ellos antiguos criminales. Acorde al historiador,

15
MENTZ, “Trabajo minero”, p. 599.
16
MÁRQUEZ, “Tierra, clanes y política”, p. 210.
17
PULIDO ESTEVA, ¡A su salud!, p. 12.
18
HNDM, El Contemporáneo, Bisemanal Independiente, septiembre 25 de 1902, núm. 1344, p. 3.

5
para el inicio del siglo XX las gavillas de ladrones estaban casi desarticuladas en el
territorio mexicano. 19

Estado de la cuestión, categorías de análisis y fuentes

La criminalidad ha sido examinada desde diferentes disciplinas, destacando las perspectivas


jurídicas, antropológicas y sociológicas. A estos acercamientos deben sumarse, desde hace
más de 30 años, varias aportaciones de los historiadores dedicados al estudio de la
“cuestión criminal”. En los trabajos hasta ahora realizados, la investigación histórica se ha
beneficiado del uso de herramientas que provienen de otras ciencias sociales, como la teoría
sociológica del delito, la observación etnográfica de las policías y burocracias penales, así
como los escritos producidos dentro de diversos géneros periodísticos y literarios. 20 En los
últimos años, los estudios sobre las prácticas delictivas han privilegiado por enfoques
sociales y culturales. Esto sugiere que alrededor de tales prácticas hay “hombres, contextos,
pulsiones, imaginarios, privilegios, que inciden y abonan hacia explicaciones más
completas”.21

En cuanto al delito de abigeato en México, y en algunas partes de Latinoamérica,


pueden identificarse, con los riesgos que eso significa, algunas vertientes historiográficas
que lo han abordado. Una de ellas es la historia del derecho, desde una perspectiva
“tradicional”. Es decir, se ha estudiado el establecimiento, las contradicciones, las
terminologías y los constantes cambios legales que ha sufrido el delito de robo de ganado
en los distintos códigos normativos, tanto virreinales como nacionales. Asimismo, este
enfoque se ha preocupado por analizar el uso del arbitrio judicial de los juzgadores,
novohispanos y mexicanos, al imponer sanciones a los señalados por cometer abigeatos.
Estos estudios, además, ponen en evidencia las vicisitudes que encontraban los generadores

19
VANDERWOOD, Los rurales mexicanos, pp. 246-248.
20
CAIMARI y SOZZO, “La historia de la cuestión”, p. 13.
21
HERRERA GUEVARA, “Ladrones infames y su accionar”, p. 16.

6
de las normativas al momento de idearlas, y la forma en cómo la actividad criminal de
ciertas épocas obligaba la reformulación de los cuerpos jurídicos. 22

Otra vertiente historiográfica relacionada al abigeato es la que se ha interesado por


insertar este delito dentro del paradigma del bandidaje. Así, predomina la figura del
bandido-abigeo; es decir, un sujeto fuera de la ley, resultado de una debilidad estatal
provocada por conflictos intestinos en los diferentes países, líder o parte de una banda
complejamente organizada, reincidente en crimines y desarraigado completamente del lugar
donde cometía los robos. Algunas investigaciones afines a esta vertiente han privilegiado el
modelo hobsbawniano del bandido social, sujeto que además de saciar su intereses
personales, actuaba con la complicidad de una sociedad que lo protegía, pues esta obtenía
beneficios y protección. En ese sentido, las víctimas de los supuestos criminales eran
mayoritariamente los dueños de grandes propiedades y, por ende, poseedores de excedentes
en grano y animales, así como un reconocido poder político. Por ello, a los robos realizados
por este tipo de bandidos se le ha otorgado carices políticos. Para el caso latinoamericano,
Richard Slatta reunió una serie de investigaciones que pusieron a prueba el modelo del
bandido social, las que llegaron a la conclusión de que era inviable aplicarlo a realidades
americanas, pues los estudios de caso mostraban que el robo, entre ellos el de animales, era
realizado por sujetos “comunes” y sin objetivos sociales.23 En ese sentido, Clive Emsley
considera riesgoso que los historiadores traten de encontrar “demasiados Robin Hoods”
entre los supuestos delincuentes, pues no todo acto de transgresión tiene el objeto de
subvertir las estructuras sociales hegemónicas.24

Por otro lado, está la línea de estudios que percibe al abigeato como una actividad que
no necesariamente respondía a fines políticos y a una estructura vandálica con un alto grado
de organización. Todo lo contrario, demuestra que en algunos estados, como en Chihuahua,
el robo de bestias lo realizaban personas sin antecedentes criminales, e incluso los índices
de delitos arrojaban que un significativo número de personas eran acusadas de abigeos por
ignorar las leyes, no cercar sus terrenos y no herrar a sus animales. Como lo ha sostenido

22
GARCÍA LEÓN, “Qué cosas deben catar”; YANGILEVICH, “Abigeato y administración de justicia”;
LÓPEZ LEDEZMA, “La administración de justicia penal”.
23
SLATTA, Bandidos; “Eric J. Hobsbawm’s Social Bandits”.
24
EMSLEY “La historia de la delincuencia”, p. 90.

7
María Aparecida Lopes, la figura del bandido-abigeo en aquella entidad norteña reflejaba
más un mito, que una realidad social imperante.25 Porfirio Sebastián Herrera llega a
conclusiones similares a las de Lopes, pues en su estudio sobre la práctica del robo en el
estado de Jalisco, menciona que el abigeato en esa entidad era cometida en su mayoría por
“ladrones infames”, hombres y mujeres que actuaban circunstancialmente, primerizos en la
delincuencia, sin ningún apoyo o protección política y alentados por su estado de
pauperización. En efecto, el robo de animales fue un crimen cometido por estos sujetos en
aras de mejorar sus condiciones materiales con el destace y la venta de las reses hurtadas, a
expensas de víctimas que compartían el mismo nivel de empobrecimiento.26

Los trabajos de Sara Ortelli, sin duda, pueden insertarse en la línea historiográfica
citada. Sin embargo, a diferencia de los estudios ya referidos, la historiadora ha demostrado
que el robo de bestias en algunos puntos de Nueva Vizcaya, durante el siglo XVIII, fue una
práctica coordinada por familias y sus allegados, no necesariamente oriundas de la región,
las cuales se identificaban con su territorio e incluso eran socialmente conocidas. En efecto,
a través del análisis de redes familiares, Ortelli también ha puesto en la palestra la imagen
de los bandidos desconocidos por los vecinos pero venerados por una supuesta protección
otorgada. Asimismo, pone en entredicho el ideal del robo con fines políticos y de “revancha
social”, pues exhibe que la extracción de ganado, en ocasiones acompañado de asesinatos,
tuvo como móvil el enriquecimiento individual.27 En esa misma dirección están los aportes
de Víctor Manuel Carlos Gómez, quien al estudiar el bandidaje en el Aguascalientes
decimonónico, descubrió a una serie de bandas delictivas que operaban bajo el estímulo del
lucro personal y que tenían como residencia el lugar donde cometían los robos.28

Cabe mencionar que dentro de esta historiografía que se aleja de la figura del bandido
social, se han desarrollado propuestas que ponen de relieve el tema de la resistencia frente a
los “poderosos” como causa del abigeato entre la población indígena en el sur de México y
su vecina Guatemala, dos territorios, debe señalarse, con un intercambio cultural y
comercial importante. Ejemplo de ello son los estudios pioneros de Arturo Güemez Pineda

25
APARECIDA LOPES, De leyes y costumbres.
26
HERRERA GUEVARA, “Ladrones infames y su accionar”.
27
ORTELLI, “Parientes, compadres y allegados”; “los circuitos del ganado”; “Roque Zubiate”.
28
GÓMEZ, “El perjuicio y la transgresión”;

8
sobre el robo de ganado vacuno, realizado por indígenas yucatecos en el siglo XIX, como
respuesta a la expansión de propiedades privadas y a la introducción informal de ungulados
por parte de los hacendados en terrenos cercanos a sementeras indias, actividad prohibida
por los desastres que causaban los animales en los sembradíos.29 Para el caso guatemalteco,
se explica que, ante el desarrollo de las grandes haciendas, los indios iniciaron acciones de
resistencia oculta (como el robo el asesinato de reses) y frontal (apelar a la “costumbre” en
los tribunales) para mantener sus derechos consuetudinarios relacionados a la propiedad
comunal.30

Los estudios anteriores han retomado algunas de las premisas de James Scott en torno
a la resistencia. De acuerdo con este autor, las elites tratan de imponer la idea de que el
orden social que gobiernan tiene una faceta “natural” y otra “hegemónica”, y que por tanto
el control y la dominación resultan “inevitables”. Cuestionando las visiones que niegan a
los individuos, sobre todo al campesinado, la capacidad de “desmitificar” el discurso
hegemónico, Scott menciona que los sectores carentes de poder y considerados “débiles”
despliegan un repertorio de acciones de rechazo al orden social establecido. Dicho
repertorio se nutre de expresiones religiosas heterodoxas, mitos, cuentos populares,
chismes, rumores, entre otras. Este tipo de resistencia, también llamada infrapolítica de los
grupos subalternos, no se aloja exclusivamente en el plano de la abstracción y el
simbolismo, en refunfuños y quejas tras bambalinas, sino que se hace visible en estrategias
que pueden tornarse discretas, o bien, violentas en la confrontación pública. Ejemplo de
ello, tal como lo menciona los autores citados, es el abigeato.31

Ahora bien, las investigaciones en torno a la resistencia indígena en México


relacionados al robo de animales no han explorado la recepción de esta actividad en las
comunidades indias que albergaban a los presuntos abigeos. En efecto, no se sabe con
claridad, más allá de los estudios referentes al abigeato fronterizo en el norte
novohispano,32 si estos últimos contaban con el consenso de las autoridades tradicionales y
el de los vecinos. Sin embargo, este tema ha sido abordado para algunos lugares del Perú

29
GÜEMEZ PINEDA, “El abigeato como resistencia”; “Resistencia indígena en Yucatán”.
30
RODRIGUEZ DÍAZ, “Pobreza, hambre y abigeato”.
31
SCOTT, Los dominados, pp. 232-233.
32
ORTELLI, “los circuitos del ganado”.

9
colonial, donde se ha puesto en evidencia que en varios enclaves indios se rechazaba a los
criminales y a sus bandas, mostrando los nativos lealtad a las autoridades españolas. En
otras palabras, la resistencia no gozaba de la aprobación y la representación de todos los
habitantes de las comunidades.33

Conviene señalar que algunos historiadores han percibido atisbos de resistencia en el


abigeato cometido por los indígenas del norte novohispano del siglo XVIII, vislumbrado
esta actividad como señal de incapacidad de los nativos por someterse al orden español. Es
decir, el abigeato era una expresión que evidenciaba la imposibilidad de dos culturas por
encontrar puntos de acuerdo y convivencia pacífica.34 No es ocioso decir que dicha visión
ha sido ampliamente criticada por Sara Ortelli y Jaime Sánchez Macedo cuando
argumentan que algunos indios norteños, genéricamente conocidos como apaches y
comanches, formaron parte de bandas criminales pluriétnicas y fueron agentes activos en
los circuitos ilegales de comercio derivados del robo de reses, junto a población no india.35

En San Luis Potosí, la producción de conocimiento sobre la criminalidad es escasa.


Se ha privilegiado la etapa novohispana como periodo de estudio y los delitos de sangre
como fenómeno a examinar, principalmente en la alcaldía de San Luis Potosí, la que
abarcaba la ciudad que lleva el mismo nombre y sus zonas aledañas.36 Hay un profundo
desconocimiento sobre las transgresiones cometidas en el oriente del estado durante el
periodo mencionado, particularmente las realizadas por los indígenas en la zona de la
Huasteca. Para la etapa nacional, algunos historiadores se han preocupado por analizar
delitos como el incesto, la prostitución no regulada y el robo, investigaciones que hicieron
uso del género y la resistencia como variables de análisis.37 Este conjunto de obras
mantienen un común denominador: se complementan con análisis de los sistemas penales y
de las instituciones de control social encargadas de castigar y mermar la criminalidad.

33
STAVIG, “Ladrones, cuatreros y salteadores”.
34
OLVERA CHARLES, “Política de frontera”.
35
ORTELLI, “Roque Zubiate”; “Crisis de subsistencia y robo”; SÁNCHEZ MACEDO, “Abigeato y
contrabando”.
36
NAVARRO SÁNCHEZ, “Criminalidad y justicia”; GARCÍA ROSAS, “Válgame la virgen de Guadalupe”;
LÓPEZ LEDESMA, “El árbitro judicial”.
37
AVALOS CALDERÓN, “Pecados públicos”; URIBE SOTO, Prostitutas, rateras y pulqueras.

10
El abigeato se ha abordado desde la perspectiva del derecho en San Luis Potosí,
poniéndose el foco en la transición del concepto “robo” al del “abigeato” en los códigos
penales, así como en las inconsistencias jurídicas en la regulación de este delito.38 Estas
obras se suman a las que abonan al conocimiento de la historia del derecho y de los
organismos de impartición de justicia durante los siglos XVIII y XIX, entre las que se
destacan las dedicadas a la aplicación de los códigos penales,39 el funcionamiento de los
juzgados de primera instancia40, del Supremo Tribunal de Justicia del Estado41 y de las
prefecturas.42 Tales investigaciones le han otorgado “rostro humano” y “voz” a las
instituciones judiciales locales.

La presente investigación toma distancia del modelo del bandidaje social y, por tanto,
pude ser ubicada en la vertiente historiográfica dedicada al estudio de los ladrones comunes
o circunstanciales. Sin embargo, entabla un diálogo con las premisas de Sara Ortelli, pues
considero que para el caso potosino, con base en las fuentes hasta ahora consultadas, el
abigeato tuvo carácter individual, pero también fue una práctica coordinada por grupos o
bandas de individuos que combinaban el hurto de animales con otro tipo de delitos, como
los asaltos violentos a comerciantes o arrieros que transitaban por los caminos internos del
estado.

Ahora bien, considero que la relevancia de esta tesis reside en varios factores: el
primero es su novedad, pues no hay estudios que desentrañen privativamente el abigeato en
San Luis Potosí, pese a que la cría y el hurto de animales fueron actividades presentes en la
vida de los potosinos durante todo el siglo XIX. El segundo, es que se pretende combinar el
análisis del robo de bestias con el de su contraparte, es decir, las leyes y los cuerpos de
seguridad que fueron creados para contener este delito, lo que permite tener una perspectiva
más amplia sobre el fenómeno estudiado y, por ende, generar una visión fundamentada
sobre su impacto en la entidad potosina. El tercer factor es que al analizar la extracción de
ungulados como una transgresión vinculada a otros tipos de crímenes, esta investigación
puede aportar conocimiento a otros campos historiográficos, como el dedicado al

38
DELGADO RAMÍREZ, “El delito de abigeato”.
39
MARTÍNEZ MÉNDEZ “La pena en San Luis Potosí”.
40
CARREGHA LAMADRID, “Entre alcaldes”.
41
CORRAL BUSTOS, “La organización”; CORRAL BUSTOS; “La edificación”.
42
SANCHEZ MONTIEL, “Prefectos y subprefectos”.

11
bandolerismo, el cual, debe decirse, no ha sido explorado con la profundidad debida en el
San Luis Potosí decimonónico. Es importante señalar que el presente trabajo se desarrollará
desde la perspectiva de la nueva historia social, la cual se interesa por el estudio de las
prácticas sociales y culturales de los grupos “carentes de poder”, dando cuenta de procesos
donde emergían solidaridades como rivalidades.43 Para Mónica Bolufer, este tipo de
historia puede arrojar luz sobre formas de control social y de pauperización, así como
concederle protagonismo a sectores sociales populares.44

La categoría de análisis que estructura este trabajo descansa en un concepto


fundamental: control social. Este puede ser concebido como un concepto cargado de
indeterminación y, por ende, con un sentido “atrapalotodo”. Siguiendo a Olmo, en la
historiografía el control social ha sido radicalizado y tenido como un sinónimo de
mecanismos de opresión y dominación por parte del Estado y de los poderosos. Para
alejarse de este radicalismo, comenta el autor, es imprescindible delimitar temáticamente el
control social debido a su ambigüedad.45 En el presente trabajo utilizaré el concepto de
control social del delito, comprendido como una serie de respuestas a la criminalidad
articuladas a partir de un marco jurídico e institucional. Dichas respuestas se basan en
decisiones políticas-administrativas, las cuales estuvieron influidas por las relaciones
sociales y el medio cultural donde se ejercía este control. En ese sentido, el control social
del delito es susceptible a sufrir, por parte de los “controlados”, una resignificación del
ejercicio del poder y la dominación.

Considero que la construcción de imaginarios es parte del repertorio del control


social, pues estos ayudan a afianzar los mecanismos de control y buscan imponer una
hegemonía ideológica. Así, los discursos de las elites desempeñan un papel decisivo, sobre
todo los tocantes al “mundo popular”. Normalmente despectivos, eventualmente
moralizadores y fundamentalmente prejuiciosos,46 estos discursos marcan las pautas de la
política relacionada al crimen e influyen en los encargados de la impartición de justicia. En
busca de un consenso social, las elites se apoyan en la “opinión pública”, representada por

43
CEJA ANDRADE, “La fragilidad de las armas”, p. 16.
44
BOLUFER, “Entre historia social e historia cultural”, pp. 105-106.
45
OLIVER OLMO, “El concepto de control social”, p. 14.
46
LEÓN LEÓN, Construyendo un sujeto, pp. 17.

12
“intelectuales” que tendieron a legitimar las acciones de los gobernantes y que trataron de
forjar una imagen de organización social cimentada en la representación y soberanía
popular, así como influir en sectores iletrados por medio de diversos instrumentos como la
educación moral, cívica nacional que enseñara los derechos y obligaciones a los ciudadanos
mexicanos.47

Las fuentes en las que se sustenta este trabajo tienen un carácter heterogéneo y
pueden organizarse en tres grupos: judiciales, políticas-administrativas y hemerográficas.
Las del primer grupo, que considero principales, son los procesos judiciales abiertos en
contra de presuntos abigeos, entre los que destacan sujetos indios y no indios. Esta
documentación permite consultar los perfiles sociales de los indiciados, sus declaraciones y
el desempeño de los jueces y las penas que impusieron. Igualmente, por su naturaleza
polifónica, los expedientes judiciales muestran cotidianidades, prácticas sociales,
argumentos, estrategias y desacatos. En efecto, este tipo de fuente otorga la posibilidad de
hacer una historia “desde abajo”.48

Huelga decir que soy consciente de las limitaciones de la documentación judicial. Es


un hecho que los expedientes rara vez exponen el fenómeno de la criminalidad de manera
pormenorizada por dos razones inmediatas e íntimamente ligadas. La primera, que no todos
los delitos fueron denunciados ante los jueces de primera instancia. La segunda es que
muchos de los pleitos acaecidos en las comunidades indígenas eran “gestionados” por las
propias autoridades locales (el gobernador y su séquito), las que no produjeron una relación
escrita sobre el episodio ni su resolución. Esta “justicia interna”, tolerada por los cuerpos
municipales, se amparaba en la oralidad, la mediación y en la avenencia. En todo caso,
fueron los delitos considerados “graves” los que dejaron registros en papel y fueron
llevados al Supremo Tribunal de Justicia para su calificación. Importante es señalar que la
existencia de estos documentos estatales contradice algunas interpretaciones que ven en la
pervivencia de la “justicia indígena” un desdén absoluto de las autoridades municipales por
normar y castigar los delitos cometidos en los pueblos mayoritariamente indios. Considero
que la impartición de justicia paralela a la estatal no buscó segregar a los indígenas, sino

47
TERÁN FUENTES, “De nación española”, p. 252.
48
PULIDO ESTEVA, “Del poder”, p. 52.

13
que los ayuntamientos la toleraron en aras de mantener cierto orden en zonas donde su
influencia no tenía el impacto deseado.

Por otro lado, considero que se le ha conferido a los procesos judiciales una excesiva
capacidad de representación. Efectivamente, se tiende a proyectar el tipo de experiencias
históricas relatadas en los sumarios a estratos sociales completos, dando por sentada la
existencia de una mentalidad particular, casi inmutable, principalmente entre las clases
populares.49 Por tanto, en la presente investigación se evitará hacer generalizaciones en
torno a las formas de transgresión de la ley por parte de los señalados como abigeos.

Las fuentes del segundo grupo constan de leyes, decretos, bandos de buen gobierno,
discursos de funcionarios, memorias de gobierno, misivas entre autoridades estatales y
locales, entre otras. Esta documentación es la base para analizar las resoluciones y las
políticas públicas relacionadas a la criminalidad. Asimismo, las fuentes administrativas
permiten conocer la creación de los diferentes cuerpos de seguridad empleados para la
contención del crimen y el desorden público. Con los documentos precitados se busca
lograr un conocimiento profundo de los controles sociales y los mencionados imaginarios
empleados sobre el abigeato, e interpretar las particularidades de la “política del crimen” en
San Luis Potosí.

La documentación relativa al tercer grupo se conforma de algunas publicaciones


periódicas editadas en la capital potosina. Estos registros reprodujeron discursos de
diferentes actores políticos, opiniones sobre el proceder de los cuerpos de vigilancia del
estado, así como textos “científicos” elaborados por letrados de otras latitudes,
principalmente de la ciudad de México, sobre los indígenas y su quehacer cotidiano. La
utilización de la prensa periódica será de gran ayuda para dilucidar los imaginarios de las
elites locales y nacionales, así como examinar la opinión pública en torno al problema de la
criminalidad.

Justificación y preguntas de investigación

Como se ha insistido en líneas anteriores, el motivo principal para elaborar esta tesis es
subsanar, en la medida de lo posible, el vacío historiográfico existente en torno al abigeato
49
FERNÁNDEZ LABBÉ, “Sangre por sangre”, pp. 221-222.

14
del estado de San Luis Potosí. Considero pertinente esta tarea, pues incluso una parte de las
investigaciones que ponen su atención en conflictos sociales acaecidos en territorios
alejados de la capital potosina han desdeñado el análisis del robo de ganado, pese a que
constituía un problema que involucraba a gran parte de los estratos sociales del estado. En
ese sentido, es de igual importancia mostrar que los indígenas, a quienes se les ha
conceptuado como entes ajenos a la “vida estatal” e incapaces de integrase a las sociedades
por su negativa de cubrir los impuestos, simbólicos y monetarios, no fueron individuos
segregados, sino que participaron en actividades informales, como el abigeato, en distintos
niveles.

El objeto de estudio de la presente investigación se problematiza con base en una


serie de preguntas que considero esenciales. Una de ellas es conocer quiénes eran los que
cometían el robo de ganado en San Luis Potosí. Esta información me dará cuenta del origen
étnico y social de los implicados, así como su lugar de origen. Es decir, reconstruir el perfil
de los indiciados posibilita conocer, en primer lugar, si el ideal del bandido-abigeo era
encarnado por los que hurtaron animales en la entidad, si eran reconocidos por los vecinos
o si se trataban de sujetos externos a las regiones afectadas por este delito; y en segundo,
percibir posibles nexos familiares o vecinales involucrados en el hurto de animales.

Ahora bien, la pregunta anterior, considero, está íntimamente ligada a otra: ¿cuáles
eran las causas por los que se robaban animales en la entidad potosina? Al tener en cuenta
las motivaciones de los vinculados al abigeato, se pude dilucidar sus fines y, a la vez,
interpretar si sus actos respondían a objetivos inmediatos o estrategias elaboradas de
resistencia frente a ciertas imposiciones estatales o a individuos mejor ubicados en el
escalafón social potosino. Empero, considero que esta pregunta no puede contestarse
únicamente con lo vertido en los procesos judiciales, sino que debe echarse mano de
trabajos de corte histórico que versen sobre las condiciones económicas, sociales y
ambientales de San Luis Potosí en el periodo de estudio. En efecto, esos factores se
ponderan como determinantes del robo en mi investigación.

Una tercera cuestión, en este caso compuesta, es saber cómo y dónde se realizaban
los hurtos de ungulados. Sin duda, el entender las dinámicas del abigeato y los lugares
donde se llevaban a cabo, me dará cuenta de patrones de comportamiento y de las distintas

15
maneras de cómo se burlaba o se negociaba con los encargados de evitar el crimen en el
estado, y de interpretar las razones del por qué ciertos territorios fueron escogidos para la
extracción de animales. Igualmente, la respuesta a esta inquietud permite discutir con otras
investigaciones afines, pues mostrará si los supuestos abigeos operaban circunstancial e
individualmente, o si se trataba de un crimen cometido por bandas organizadas.

La última interrogante que se busca resolver en esta tesis es cómo se castigaba el


abigeato en el estado potosino. Se hará la comparación entre lo que dictaban las leyes sobre
esta transgresión y las sentencias establecidas por los magistrados locales al respecto.
Analizar la aplicación de penas ayuda a distinguir el funcionamiento y los cambios que
sufridos en la “máquina punitiva estatal”, los cuales, considero, iban de la mano del
incremento o la reducción del crimen en la entidad.

Estructura y cronograma de actividades

De manera provisoria, se pretende dividir la tesis en dos partes, que contarán con tres
capítulos cada una. La primera estará dedicada al escenario de estudio y al control social
impuesto desde el gobierno potosino para mermar la criminalidad. Por ello, el primer
capítulo se destinará a analizar el estado de San Luis Potosí en la temporalidad estudiada.
Se pondrá atención en el espacio geográfico, las actividades económicas, los grupos
sociales que lo poblaban y los hombres que dominaban las regiones.

El segundo capítulo tiene el objetivo de presentar el marco jurídico elaborado para


frenar el abigeato. El tercer capítulo versa sobre los cuerpos de policía encargados de la
vigilancia y el buen orden en el espacio social estudiado. Se busca examinar sus tareas de
seguridad, pero también su comportamiento en la realización de sus funciones, lo que
implica analizar la relación que tendieron con la ciudadanía. De igual modo, se insertarán
algunas opiniones de la prensa sobre el proceder de los dichos cuerpos de policía.

La segunda parte de la tesis privilegia a los señalados como transgresores de las leyes.
Así, el cuarto capítulo intenta reconstruir el perfil y la forma de proceder de los supuestos
abigeos mediante el análisis de las fuentes judiciales En el quinto, haciendo uso de los
mismos documentos, se analizaran las distintas motivaciones que dieron paso al robo de

16
bestias. En la última sección de hará una revisión de los distintos tipos de castigos
impuestos a los sentenciados.

Índice tentativo
EL ROBO DE GANADO Y SU CASTIGO EN EL ESTADO DE SAN LUIS POTOSÍ,
1837-1902
INTRODUCCIÓN
Tema, espacio y periodo
Estado de la cuestión, categoría de análisis y fuentes
Justificación y preguntas de investigación
Estructura de la tesis

PARTE I. ESCENARIO DE ESTUDIO Y CONTROL SOCIAL DEL ABIGEATO


CAPÍTULO 1. SAN LUIS POTOSÍ, SIGLO XIX Y PRINCIPIOS DEL XX
ESPACIO Y SOCIEDAD
Altiplano
Región de San Luis
Oriente potosino
LA GANADERÍA
Ganadería extensiva en las propiedades privadas
Ganadería de autoconsumo
CONCLUSIONES

CAPÍTULO 2. MARCO JURÍDICO DEL ABIGEATO


EL ROBO DE ANIMALES EN LOS CUERPOS NORMATIVOS POTOSINOS
Latrocino
Robo en descampado
Abigeato
17
Castigo al abigeato
CONCLUSIONES
CAPÍTULO 3 (borrador enviado). EL SISTEMA POLICIAL EN EL ESTADO DE
SAN LUIS POTOSÍ: ACTORES Y CUERPOS ENCARGADOS DE LA
VIGILANCIA Y EL BUEN ORDEN.
LOS DIRIGENTES DE LA POLICÍA: PREFECTOS Y JEFES POLÍTICOS
El prefecto y el jefe político
VIGILANCIA EN LA CIUDAD
Serenos
Manzaneros y celadores urbanos
Gendarmes y policía montada
VIGILANCIA EN EL CAMPO
Celadores rurales y celadores indígenas
Guardias privadas
Policía Rural
CONCLUSIONES

PARTE 2. ABIGEOS, ASALTANTES Y VIOLENCIA


CAPÍTULO 4. PERFIL Y ACCIONAR DE LOS ABIGEOS EN SAN LUIS POTOSI
¿QUIÉNES HURTABAN ANIMALES?
Ladrones ocasionales
Ladrones profesionales
El abigeato y el asalto en despoblado
¿CÓMO SE PRACTICABA EL ABIGEATO?
La noche, escenario del robo
Complicidades familiares
Complicidades con la autoridad
CONCLUSIONES
CAPÍTULO 5. MOTIVACIONES DEL ROBO DE GANADO

18
¿POR QUÉ SE COMETÍA EL ROBO DE ANIMALES? LOS ACUSADOS HABLAN
Pauperización
Abigeos por descuido
El abigeato, ¿una forma de resistencia cotidiana?
El negocio de la carne
CONCLUSIONES
CAPÍTULO 6. ¿SE CUMPLÍA LA LEY? CASTIGOS IMPUESTOS A LOS
ABIGEOS.
LAS SENTENCIAS DEL SUPREMO TRIBUNAL DE JUSTICIA
La prisión
El destierro
CONCLUSIONES

REFLEXIONES FINALES

19
Cronograma de actividades
Año
2023 2024 2025 2026
Actividades
Semestre
Jul-Dic Ene-Jun Jul-Dic Ene-Jun Jul-Dic Ene-Jun Jul-Dic
1 Revisión
historiográfica
2 Restructuración
del protocolo de
tesis
3 Finalización de
un capítulo de
tesis
5 Trabajo de
archivo y
escritura del
segundo
capítulo
6 Revisión de
fuentes y
escritura de un
tercer capítulo
7 Revisión de
fuentes y
escritura de un
cuarto capítulo
8 Consulta de
fuentes y
escritura de un
quinto capítulo
9 Finalización de
un sexto
capítulo
10 Conclusiones
11 Presentación del
borrador final

20
Fuentes primarias

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27
BORRADOR DEL CAPÍTULO 3

EL SISTEMA POLICIAL EN EL ESTADO DE SAN LUIS POTOSÍ: ACTORES Y


CUERPOS ENCARGADOS DE LA VIGILANCIA Y EL BUEN ORDEN

De manera paralela a la promulgación de leyes y decretos relacionados al robo de animales,


al desorden y a la impartición de justicia, el gobierno potosino formuló un sistema policial
mediante la creación y el perfeccionamiento de puestos públicos para vigilar y prevenir los
delitos y transgresiones del orden. Con diferentes rangos, jerarquías, potestades y
responsabilidades, y con distintas procedencias étnicas y sociales, los hombres que los
ocuparon fueron tenidos por las autoridades municipales y estatales, al menos en el discurso
oficial, como piezas clave en el mantenimiento del orden social y político de San Luis
Potosí, y, consecuentemente, como los encargados de fortalecer, desde sus ámbitos de
autoridad,50 la construcción del Estado-nación en el convulso siglo XIX mexicano.

Este capítulo tiene el objetivo de examinar los cuerpos de vigilancia que dieron vida
al sistema policial de San Luis Potosí, el cual abarcó tanto la ciudad como el campo. Con
base en fuentes administrativas y hemerográficas, se describen sus tareas de vigilancia y
prevención del delito, así como algunas vicisitudes, omisiones, tendencias y
comportamientos durante la realización de dichas tareas. Por tanto, en este apartado se hace
un recuento de lo asentado en reglamentos y decretos relacionados a la policía, pero
también se trata de construir una visión grosso modo de la relación de los cuerpos de
seguridad con la sociedad potosina. Esto, a su vez, permite conocer de manera parcial cómo
los encargados del buen orden construyeron socialmente su autoridad, y percibir el
funcionamiento del sistema policial del que formaban parte.

El capítulo se divide en tres secciones. En la primera se presentan las


responsabilidades y algunas acciones de los jefes de la policía en San Luis Potosí durante el
siglo XIX y principios del XX: los prefectos y los jefes políticos. La segunda parte se ocupa
de los vigilantes de la ciudad: los serenos, manzaneros, celadores urbanos, la gendarmería y
50
Concibo los ámbitos de autoridad, siguiendo a Andrés Lira, como circunscripciones de relaciones de
dominación que se dan en toda organización política, las cuales cobran especial relevancia por su visibilidad y
conflictividad. LIRA, “Escudo de armas de México”, p. 15.

28
la policía montada. En la tercera parte se profundiza en las labores de los hombres
encargados de vigilar los campos potosinos: los celadores rurales e indígenas, las guardias
privadas y la Policía Rural.

Conviene puntualizar que en este capítulo no se abordan las responsabilidades de la


milicia cívica potosina, pues al ser una fuerza intermedia entre la vida militar y doméstica,
estuvo diseñada para salvaguardar la soberanía estatal y en buena medida para colaborar, tal
como lo hizo,51 con el ejército nacional en determinadas emergencias. Por su naturaleza
castrense, este tipo de milicia difícilmente puede equipararse a los cuerpos de seguridad
creados para gestionar el orden urbano y rural.52 Incluso, cuando el ayuntamiento de la
capital solicitó, en 1825, que un cuerpo de milicianos realizara patrullaje en algunos
cuarteles de la ciudad de San Luis Potosí, el jefe de los cívicos, Mariano Borja, se negó
enfáticamente a suministrar hombres para dicha tarea debido a una supuesta carencia de
armamento.53 Resta decir que la milicia cívica tuvo una corta vida en la entidad, pues
cesaron sus funciones hacia 1835.

LOS DIRIGENTES DE LA POLICÍA: PREFECTOS Y JEFES POLÍTICOS

Los jefes de la policía en San Luis Potosí, es decir, los prefectos y jefes políticos,
gozaron de un lugar privilegiado en la burocracia del estado. En la cadena de mando solo
respondían a las órdenes emitidas por el gobernador y a las resoluciones del órgano
legislativo potosino.54 Cabe recalcar que, como en buena parte del país, sus
responsabilidades no se limitaron a la gestión de la vigilancia y el orden, sino que tenían

51
En 1828, un contingente de cívicos se unió a las fuerzas federales para apaciguar la rebelión de Tulancingo,
una secuela del levantamiento de Nicolás Bravo, que pugnaba por disolver las logias masónicas y expulsar del
país al ministro norteamericano Joel R. Poinsett, acusado de ser el ideólogo del partido yorkino en México.
Un año después, trataron de restaurar el orden público durante los motines acaecidos en Sombrerete
(Zacatecas), que exigían la instauración en el poder de Vicente Guerrero y la expulsión de españoles.
También estuvieron presentes en el intento de reconquista española a cargo de Isidro Barradas, defendiendo la
independencia de la nación mexicana. ZUÑIGA CAMPOS, “¿policía pueblerina”, p. 110
52
PULIDO ESTEVA, “Después de los alcaldes de barrio”, p. 9.
53
CAÑEDO GAMBOA, “La formación de la milicia”, p. 318.
54
Algunos autores conciben los antecedentes de los prefectos en los subdelegados coloniales, mismos que
surgieron al dividirse el territorio novohispano en intendencias (1782) durante el contexto de las Reformas
Borbónicas. Los subdelegados fungían como los intermediarios entre el Intendente y los pueblos. Véase a
DELGADO AGUILAR, “Orígenes e instalación del sistema”, pp. 7-10.

29
injerencia en la promoción de la educación, en el saneamiento de las finanzas municipales,
en la aplicación de medidas sanitarias, así como en la formulación de estadísticas y censos.
Al gozar de estas atribuciones, los perfectos y los jefes políticos encarnaban las dos
nociones del término policía que convivieron indisociablemente durante gran parte del siglo
XIX: la “tradicional”, asociada al orden, la urbanidad, la civilidad, el aseo y la limpieza; y
la “moderna”, vinculada a la seguridad pública y a la vigilancia. Esta última noción estaba
ya afianzada en el lenguaje político para la década de 1830. 55 Ahora bien, siendo los
intermediarios entre el gobierno y los municipios, a los prefectos y jefes políticos se les
concedió un amplio margen de acción para realizar sus tareas, particularmente las
policiales. Por tanto, eran fuente constante de disciplina pero también de conflictos y
rencillas. En la segunda mitad del siglo XIX, con la instauración de la dictadura porfirista,
los jefes políticos se convirtieron en los principales instrumentos de la centralización
política y militar en el estado.

Es importante puntualizar que la figura de los jefes políticos ha sido percibida de


distintas maneras. En uno de sus textos más reconocidos, François Xavier Guerra los
describió, desde una perspectiva general, como “señores de horca y cuchillo”, individuos
encargados de eliminar cualquier signo de desobediencia social y disidencia política
mediante la represión violenta; su proceder discrecional, legitimado por el presidente Díaz,
les permitía ejercer abusos de autoridad cotidianamente.56 Para Guerra, la dictadura
porfirista se sostuvo en gran parte debido a la presencia de los jefes políticos en todo el
territorio mexicano. Por otro lado, los hallazgos recientes de Romana Falcón permiten
matizar el proceder de los citados funcionarios. Partiendo de que ninguna sociedad alberga
dos bandos antagónicos absolutos, Falcón juzga que, al menos en el Estado de México, los
jefes políticos construyeron redes de apoyo y contención con los sectores populares
pueblerinos. Asimismo, fueron mediadores y conciliadores en las fricciones acaecidas entre
vecinos, pueblos, barrios, rancherías, así como entre corporaciones y particulares. Incluso,
varios de ellos interpusieron quejas y peticiones en busca de limitar, o remediar, los abusos
que los sectores populares solían padecer a manos de hacendados o dueños de fábricas. La
historiadora no obvia que, en ciertas coyunturas, los jefes políticos mostraron actitudes

55
PULIDO ESTEVA, “Policía: del buen gobierno”, p. 1625.
56
GUERRA, México, del antiguo régimen, pp. 245-246.

30
informales, amparados en una defensa institucional que no siempre estuvo asegurada, pues,
a diferencia de lo dicho por Guerra, Falcón argumenta que, en aras de mantener el orden
social, el ejecutivo nacional y el estatal podían retirar sin ningún tipo de escozor su apoyo a
las jefaturas políticas. 57

Las premisas de François Xavier Guerra, en todo caso, han abonado la idea de que
uno de los múltiples motivos del inicio de la Revolución Mexicana en 1910 fue el trato
hostil que los jefes políticos aplicaban (o dejaban aplicar por terceros) a los vecinos de su
demarcación. Sin embargo, el trabajo de Romana Falcón demuestra que en algunos lugares
del Estado de México, los pobladores no apoyaron las proclamas contra estos sujetos
durante el citado conflicto bélico, pues se habían creado redes de complicidad y beneficio
mutuo entre autoridades políticas y los pueblos.

En este apartado, cabe aclarar, no se busca profundizar en los diferentes roles que
cumplieron los jefes políticos en el estado de San Luis Potosí, sino más bien resaltar
algunas relaciones que fraguaron con los vecinos, así como ciertas decisiones que tomaron
en materia de policía.

El prefecto y el jefe político

La jefatura superior de policía, representada por los prefectos, fue uno de los primeros
puestos definidos por la legislación potosina. En 1827, el Congreso local dispuso que cada
departamento de la entidad contase con un prefecto, teniendo mayor jerarquía política el
establecido en la capital del estado.58 Sus labores policiacas consistían en “cuidar la
tranquilidad pública” y “perseguir ladrones, asesinos, contrabandistas, desertores y
vagos”.59 Bajo su mando estaban los subprefectos, quienes tenían las mismas
responsabilidades, pero con una jurisdicción ceñida a su partido. Se debe señalar que el
gobierno les exigía, a prefectos y subprefectos, no generar lealtades con las familias

57
FALCÓN, El jefe político, pp. 411-481.
58
Durante todo el siglo XIX, el departamento o partido de la capital del estado gozó con un peso político y
legal superior al resto de las jurisdicciones territoriales de la entidad. Por ende, los funcionarios que actuaban
en el ámbito capitalino tuvieron mayor influencia en el escalafón burocrático.
59
Legislación Potosina, p. 106.

31
acaudaladas debido a que este tipo de relaciones sociales podían influir en su toma de
decisiones y, de esa forma, favorecer los intereses de los grupos con poder político y
económico de las diferentes regiones potosinas.60

En su desempeño como jefes de policía, los prefectos podían imponer multas, juzgar
como jueces de primera instancia, destituir alcaldes ineficaces en la instauración del orden
público, promover la construcción de cárceles y en situaciones donde la seguridad de los
ciudadanos se encontrara en peligro, asumían el mando de la milicia cívica del estado,61 la
cual será analizada más adelante. Ahora bien, pese a que el prefecto era enunciado como un
cargo “moderno”, fue vinculado con una noción indisociable de los modelos de policía del
Antiguo Régimen, me refiero a la “vecindad”.62 El aspirante al puesto de prefecto tendría
que ser un “vecino” con amplio reconocimiento social en su departamento. Los prefectos en
San Luis Potosí no eran escogidos directamente por los gobernadores, sino a través de un
sufragio organizado por los ayuntamientos en los municipios. Al ser elegidos por los
vecinos, los prefectos adquirían una legitimidad electoral que los equiparaba con los
cuerpos edilicios.63

Se tiene registro de que, aprovechando la jerarquía del cargo, varios prefectos


llevaron a límite sus potestades como jefes de policía. Uno de ellos fue José Velarde,
prefecto de Tancanhuitz, quien al achacar el pésimo estado agrícola de su distrito a los
indígenas, los señalo como vagos, ya que, según el funcionario, estos no hacían otra cosa
que mantenerse “en los montes, buscando las ocasiones de viciarse é incurrir en delitos”.
Consecuentemente, ordenó que los alcaldes dejaran de “proteger la holgazanería entre los
indígenas” y pusieran “en acción sus facultades para sistemar [sic] trabajos y proteger los
sembradíos.” 64 Con esta resolución el prefecto desconoció abiertamente la legislación que
prohibía a los jefes de policía destinar población indígena a trabajos forzados.65 Velarde
argumentó que su orden no violaba la libertad de los individuos, sino que buscaba
beneficiar a los propios indios, pues “ganarían el jornal acostumbrado” y se preverían de

60
Legislación Potosina, p. 106.
61
Legislación Potosina, p. 107.
62
Véase a MARIN, “Los alcaldes de barrio”, p. 25; BIERSACK, “Las prácticas de control”, pp. 680-682.
63
GORTARI RABIELA, “La estructuración y delimitación del territorio”, p. 125.
64
AHESLP, SGG, “Aquismón. Varios documentos de quejas de indígenas”, 1830.1, exp. 45, f. 5.
65
Legislación Potosina, p. 106.

32
“recursos”, tan necesarios en lo que calificó como una “miserable clase”. Asimismo, los
“trabajos repartidos” tendrían dos repercusiones positivas e inmediatas: terminarían “con
las providencias que por lo regular protegen la holgazanería” y con “el menosprecio de esta
clase para con sus funcionarios, a quienes miran siempre con indiferencia”.66

Los prefectos capitalinos también aprovecharon el amplio respaldo institucional para


bordear los límites de sus obligaciones. José Souza ordenó que se llevaran a cabo
detenciones generalizadas a los fuereños “sospechosos”. Si bien esta era una orden común
entre los jefes de policía, el método de Souza caía en la “ilegalidad”: apresaba con violencia
y sin informar los motivos a los supuestos delincuentes. Tal fue el caso de José Reyes,
quien al ser preguntado si sabía por qué estaba en la cárcel pública, este respondió que lo
desconocía, que “habiendo acudido al prefecto para pedirle un pasaporte para la ciudad de
Aguascalientes, este señor [le] mandó arrestar sin objetarle palabra”. El Supremo Tribunal
de Justicia liberó al detenido en virtud de no existir queja en su contra por parte de la
población. Conociendo la sentencia, y tal vez inconforme con ella, el prefecto determinó
que el ayuntamiento debía ubicar a Reyes en “algún taller u obra pública” si lo que este
último quería era pertenecer en la ciudad.67 Los magistrados del Supremo Tribunal
recomendaron que Souza corrigiera los “defectos graves” de su proceder y lo reconvinieron
a presentar más respeto a la libertad y seguridad individual de los ciudadanos.68 La
deliberación de los magistrados permite pensar que había equilibrios y contrapesos para
sancionar los abusos de los prefectos. Es decir, el proceder discrecional encontraba límites
establecidos por el poder judicial.

Las detenciones antes mencionadas se volvieron comunes en la ciudad de San Luis


Potosí en los años posteriores. En 1853, el prefecto José María Facha informaba al
ayuntamiento de la capital, para evitar “malentendidos”, que había ordenado a sus
subordinados detener a todos los extraños que rondaran por la ciudad:

Siendo uno de mis más principales deberes vigilar por cuantos medios estén a mi
alcance para conservar la tranquilidad pública, he librado al efecto hace tiempo mis

66
AHESLP, SGG, “Aquismón. Varios documentos de quejas de indígenas”, 1830.1, exp. 45, f. 7.
67
AHESLP, [Link], “Contra José María Reyes por mandado del señor prefecto para saber qué objeto lo traer
por estos países”, 1829.9, exp. 3, ff. 1-21.
68
AHESLP, [Link], “Contra José María Reyes por mandado del señor prefecto para saber qué objeto lo
traer por estos países”, 1829.9, exp. 3, f. 19.

33
órdenes a fin de que se aprehendan por la policía todos los individuos desconocidos o
sospechosos que transiten por esta capital: de ellos había algún número en la cárcel,
pero yo he ido poniendo en libertad conforme me han presentado conocimiento y
fianzas a satisfacción de esta prefectura, quedando únicamente los que no han podido
hacerlo […]69
El proceder de Facha era equiparable al de Souza: se detiene, se encierra y después se
investiga al sospechoso. Lamentablemente, las fuentes no permiten conocer la opinión de
algunos contemporáneos en torno a este modo de operar. Lo que se sabe es que el
gobernador del estado estuvo de acuerdo con la determinación, pues le aconsejó a Facho
que pusiera en libertad solo a los reos que probaran sus “negocios e intenciones” en la
ciudad.70 Podría decirse, en forma de hipótesis, que las detenciones de carácter “informal”
se normalizaron en la ciudad de San Luis Potosí.

En la década de 1870, las prefecturas dieron paso a las jefaturas políticas. Desde la
gubernatura se decidió que cada uno de los catorce partidos en los que se dividía el estado
en esa época iba a contar con un jefe político, elegido por el propio gobernador y avalado
por el presidente de la república. Aunque sus obligaciones no estuvieron plasmadas en la
legislación, fueron muy semejantes a la de los antiguos prefectos: perseguir a todo tipo
criminales, verificar la obediencia a las leyes estatales y federales, aplicar multas e imponer
cárcel preventiva sin juicio previo.

Algunos jefes políticos potosinos propiciaron relaciones de conveniencia con los


vecinos “principales” de su jurisdicción. Al final de cuentas, varios de estos funcionarios
eran miembros de las familias más acaudaladas e influyentes de las diferentes regiones. Al
olvidarse de dirimir conflictos, y al privilegiar los intereses de ciertos sectores sociales,
resultó lógico que los jefes políticos gestaran tensiones entre los grupos de poder
económico y político, así como entre los indígenas. Los visitadores, puestos creados para
acotar en cierta medida el poder de decisión de los jefes políticos, dieron cuenta de este
problema a la gubernatura durante las últimas tres décadas del siglo XIX. En 1875, para
subsanar el desorden y evitar posibles levantamientos armados en la Huasteca, Manuel

69
AHESLP, SGG, “Prefectura de la capital de S.L.P”, 1853.10, exp. 2, f. 8.
70
AHESLP, SGG, “Prefectura de la capital de S.L.P”, 1853.10, exp. 2, f. 12.

34
Palacios recomendó nombrar jefes externos a esa región, que se comprometieran a actuar
con imparcialidad.71

En el Oriente potosino, por ejemplo, varios jefes políticos, en consonancia con los
propietarios locales, promovieron el despojo de tierras indígenas, usando la intimidación y
la violencia. Esta situación produjo descontentos profundos en la población, incitando
incluso levantamientos armados. Uno de ellos aconteció en la Huasteca potosina, cuando el
gobernador indígena Juan Santiago, junto a su séquito, se levantó en armas contra las
autoridades locales en 1879 debido al robo de tierras que padecían. En las negociaciones
con el gobierno federal, los indios solicitaron la inmediata remoción del jefe político del
partido de Tamazunchale, Juan Manuel Terrazas; lo acusaban de querer “exterminar a la
raza indígena” de su sección y de permitir todo tipo de despojo por parte de los
hacendados.72

Al igual que los prefectos, en la ciudad de San Luis Potosí los jefes políticos
“naturalizaron” las detenciones informales. Son varias las quejas que se hicieron públicas
en los diarios locales. La efectuada por Margarito Ramos es ilustrativa, pues muestra a
cabalidad el proceso de una detención “común” en la década de 1880:

El día 13 de mayo [de 1888] por la tarde fui aprehendido por orden del Sr. Jefe
político y puesto a disposición del juez primero de lo criminal, sin que me dijera el
motivo de mi prisión en la penitenciaría […] y en ella permanecí hasta el día 16; allí
se me ataron los brazos con una cuerda como el mayor de los criminales,
haciéndome salir a pie para Guanajuato, sin permitirme siquiera despedirme de mi
familia, ni tomar alimento […] todo esto pasaba sin que pudiera yo saber de que se
me acusaba y qué motivo había para tantos ultrajes.73
Este tipo de acciones fueron cuestionadas en la prensa. Una nota satírica publicada en 1899,
decía que Gustavo Alemán, el “jefecito político de la capital”, junto a sus “polizontes”,
actuaba fuera de la ley y se daba las “ínfulas de todos reyes de la Corte Celestial”. Se le
acusaba de solapar los desórdenes incitados por la gente de la “alta” sociedad, e imponer
toda su fuerza contra el pueblo.74 Sin duda, la jefatura de la capital era la más cuestionada
en los diferentes diarios de la capital; su proceder y el de sus subordinados estaban a la

71
AHESLP, SGG, “Visita”, 1875.1, exp. 1, f. 27.
72
CARREGHA, “En torno a los levantamientos”, pp. 171-174.
73
HNDM, El Correo de San Luis, agosto 5 de 1888, núm. 190, p. 3.
74
HNDM, El Contemporáneo, Diario Independiente, octubre 8 de 1899, núm. 948, p. 1.

35
vista de los encargados de las publicaciones, y las quejas “anónimas” les llegaban al por
mayor, no así con lo relativo a los funcionarios de los partidos alejados de la zona urbana,
de los cuales se sabía en gran medida por la información oficial del gobierno.

Las jefaturas políticas fueron abolidas con la promulgación de la Constitución de


1917, aunque en algunos estados, al representar un peligro a los intereses del régimen
porfirista, se descartaron con anterioridad.75 La nueva Carta magna trató de eliminar las
prácticas discrecionales y ambiguas de los funcionarios regionales de vigilancia, y buscó
hacer más operativos e independientes los ayuntamientos del país, que veían coartada su
autonomía por la intervención constante de las jefaturas políticas, las que tendían a imponer
directrices a los presidentes municipales.

Los prefectos y jefes políticos, para llevar a la práctica sus disposiciones en materia
de policía, se apoyaron en subordinados que detentaban, a su vez, puestos menores de
vigilancia y prevención del delito en los ámbitos urbano y rural. Estos sujetos interactuaban
en mayor medida con los vecinos, pues la proximidad y la movilidad fueron tareas
obligatorias de su quehacer. Tal como lo hacían sus jefes inmediatos, llegaron a rozar e
incluso cruzar las fronteras de la formalidad, a consentir faltas o simplemente a negarse a
realizar sus deberes policiacos. En otras palabras, se dedicaron a la gestión cotidiana de los
límites del desorden.

VIGILANCIA EN LA CIUDAD

La ciudad de San Luis Potosí fue el escenario de algunos cuerpos de seguridad


durante todo el siglo XIX y principios del XX. El ayuntamiento y la gubernatura insistieron
en imponer vigilantes capaces de promover el buen orden y de evitar ultrajes y delitos en
una ciudad que, durante el periodo mencionado, experimentó un crecimiento poblacional
continuo, llegando a alcanzar los 86,022 habitantes en la década de 1900. 76 Gran parte del
aumento demográfico se debió a la posición geográfica de la ciudad, que unía al sur con el
norte y el oriente con el poniente, pues provocó el asentamiento de casas comerciales,

75
FALCÓN, “La desaparición de los jefes”, p. 429-430.
76
GÁMEZ, “Salud pública”, p. 98.

36
tiendas de mayoreo y menudeo, almacenes e industria extranjera que atrajo a migrantes de
estados circunvecinos e, incluso, de otras partes del mundo.

Serenos

La noción de la noche como el escenario de todos los vicios era un tema persistente
en representaciones de la cotidianidad urbana. Combatir la oscuridad, entonces, significaba
atacar el desorden y la inseguridad.77 Por ello, desde finales de la etapa novohispana y en
los primeros años de la vida independiente, los cabildos invirtieron en alumbrado público y
en sujetos encargados de hacerlo funcionar, los cuales también tendrían que actuar como
vigilantes nocturnos: los serenos. En la ciudad de San Luis Potosí, estos individuos
estuvieron a cargo de la iluminación y el patrullaje de las calles. La primera actividad
consistía en encender los faroles repartidos en la ciudad desde 1825, que llegaron a ser más
de 300 en los últimos años del siglo XIX, cuando los siete barrios aledaños a la capital,
integrados administrativamente a la ciudad desde 1867, empezaron a urbanizarse. 78 En lo
tocante a la segunda, debían hacer sus rondas los siete días de la semana, de diez de la
noche a cuatro de la madrugada, participando tres sujetos por jornada, los cuales cambiaban
de turno cada dos horas. En la década de 1820, en la capital potosina recorrían las calles
aproximadamente 25 serenos. No obstante, por el constante crecimiento poblacional de la
ciudad, se tiene registro de que en 1879 había poco más de 90 guardianes nocturnos.79

Los serenos estaban liderados por un teniente de serenos, encargado de elaborar una
lista de todos los individuos que participaban en las rondas diarias, así como un informe
basado en los reportes de sus subordinados. Estos documentos eran enviados a los prefectos
y jefes políticos para su revisión.80 En 1834, el ayuntamiento de la capital dictaminó que los
serenos harían sus recorridos de vigilancia evitando portar “bayonetas”, pues esa era una
práctica usual en el “tirano” régimen español. Consecuentemente, tenían que rondar
alentados por la “fuerza moral” que otorgaba el nuevo sistema político liberal.

77
PULIDO, “Policía: del buen gobierno”, pp. 1607-1608.
78
QUEZADA TORRES, París y su influencia, p. 60. Para conocer el proceso de urbanización de los
suburbios periféricos de la ciudad, consultar a QUEZADA TORRES, Estudio de los siete Barrios.
79
MONTALVO HERNÁNDEZ, “El proceso de electrificación”, p. 114.
80
AHESLP, SGG, “Partes diarios de ronda pertenecientes al mes de enero”, 1834.2, exp. 14, ff. 7-8.

37
Los reportes de los tenientes de serenos reflejan que los encargados de patrullar las
calles sometían a ebrios escandalosos, a pleitistas y a ladrones, trasladándolos, en el caso de
los hombres, a la cárcel municipal, y en el de las mujeres, a la “Casa de las Recogidas”.81
Además, los serenos entraban a “tabernas” y “pulquerías” para detener a los jugadores de
naipes. Durante estas labores, sufrían de forma continua agresiones físicas, destrucción de
sus elementos de trabajo y amenazas por parte de los infractores.82

Durante las décadas de 1820 y 1830, algunos regidores fungieron como serenos, lo
que nos lleva a pensar que se buscó integrar a los miembros de los ayuntamientos en los
rondines nocturnos por dos posibles razones. La primera, mostrar que las autoridades,
quienes se decían las máximas representantes del liberalismo, estaban involucradas en la
salvaguarda de los ciudadanos a través de los dispositivos de vigilancia en la ciudad. La
segunda, puede suponerse que ante el escaso personal, los regidores debieron cubrir los
puestos vacantes de centinelas.

Si bien no se sabe con exactitud el perfil socioeconómico de los serenos, más allá de
los “hombres públicos” que detentaron ese cargo, un escrito elaborado por la Comisión de
Alumbrado Público de la ciudad, fechado en 1853, arroja luz sobre las personas que
patrullaban las calles de noche. José Salazar, titular de la Comisión, aseguraba que los
serenos provenían del estrato más “pobre de la capital”, y que padecían maltratos de sus
superiores, así como toda clase de inclemencias en sus rondines. Además, paradójicamente,
arriesgaban su vida para proteger a los ciudadanos más acaudalados:

Esos infelices se presentan sin más abrigo que unos harapos, los cuales quizá hayan
quitado a sus pobres familias, y recibiendo ultrajes y mandatos del jefe de serenos,
van a cuidar de la seguridad de personas que por sus comodidades habitan en casas
menos accesibles a los malhechores. Dejan ellos a la infeliz esposa cubriendo a sus
hijos quizá con la ropa que tienen, sin ninguna seguridad en la choza en que habitan
y quizás por la escases de recursos que habrán tenido esos días, expuestos a los tiros
de la prostitución y el libertinaje, y esto mientras el esposo va a cuidar de la

81
La “Casa de las Recogidas” fue un edificio construido a finales del siglo XVIII para albergar a mujeres
viudas, desprotegidas o arrepentidas. Durante el siglo XIX y principios del XX, fue destinado a ser cárcel
exclusiva de mujeres. Ver a AVÁLOS CALDERÓN, “Corrigiendo excesos y enseñando prudencia”;
QUEZADA TORRES, Estudio de los siete Barrios, pp. 143-146.
82
AHESLP, SGG, “Partes diarios de ronda pertenecientes al mes de enero”, 1834.2, exp. 14, f.21.

38
seguridad de personas acomodadas o que tal vez no tengan sobresalto en las
diversiones y orgías a que se entregan.83
Salazar consideraba “inhumano” que los serenos, después de realizar sus trabajos diurnos,
rondaran por las calles sin descansos considerables, y le parecía injusto que los tenientes
impusieran prisión de ocho días a aquellos que no se presentaran cuando eran llamados para
realizar labores de patrullaje. Los maltratos que sufrían les impedían hacer su tarea de
vigilancia con el “compromiso requerido”. El comisionado juzgaba como un “sarcasmo y
un insulto continuo” el hecho de que los serenos, “hambrientos y cansados”, dejaran a sus
familias desprotegidas para velar por los intereses “de los poderosos”. Salazar terminaba su
alegato clamando al gobernador mejores condiciones de trabajo para los guardias
nocturnos.84

No se conocen con exactitud las mejoras materiales de los serenos en la ciudad. Sin
embargo, se puede decir que el número de vigilantes no mermó, pues su presencia en la
ciudad de San Luis Potosí se extendería durante todo el siglo XIX y parte del siguiente. Sus
labores sufrieron modificaciones con la introducción de la iluminación eléctrica en la
década de 1900, que les permitió enfocarse de manera privativa al patrullaje de las calles.
De igual modo, la fundación de la gendarmería, a finales del siglo XIX, asumió trabajos
que antes desempeñaban a los serenos, pues, como se verá más adelante, una de las
responsabilidades de esta nueva fuerza pública fue hacer recorridos nocturnos de vigilancia
y detenciones de ebrios, ladrones, pleitistas, entre otros transgresores de la ley. Ahora bien,
tal como lo han identificado en otros contextos, los serenos potosinos encarnaron la
transición hacia una policía especializada en el orden y la salvaguarda de la ciudadanía.
Así, dieron un viraje hacia una noción de policía fuertemente vinculada al binomio “orden
y seguridad”. 85

Empero, el viraje antes señalado no eximió que los guardias nocturnos cometieran
actos contrarios a su función principal, la vigilancia. Los reportes suscritos por los tenientes
dejan en claro que algunos serenos solían escabullirse de su turno de trabajo, ingerir

83
AHESLP, SGG, “Informe que rinde la Comisión sobre el estado que guarda el ramo de alumbrado público
en San Luis Potosí”, 1853.17, exp. 10, f. 5.
84
AHESLP, SGG, “Informe que rinde la Comisión sobre el estado que guarda el ramo de alumbrado público
en San Luis Potosí”, 1853.17, exp. 10, f. 6.
85
PALMA ALVARADO, “Del ‘favor a la ley’ al estado guardián”, p. 77.

39
bebidas alcohólicas y dormitar en las plazas que debían supervisar. 86 Asimismo, la prensa
de la capital potosina, a partir de la segunda mitad del siglo XIX, denunció algunos abusos
de los centinelas. En 1898, El contemporáneo informó que un sereno, en complicidad con
un gendarme, había golpeado a un “pobre e inofensivo borrachín” de nombre Bernardo
López, arrestado en una plaza pública. El responsable del texto aseguraba que los serenos,
con el permiso de los policías, solían “calentar” a los bebedores, es decir, propinarles
golpes en las “posaderas” y después acusarlos de ebrios escandalosos para trasladarlos a la
cárcel pública.87

Manzaneros y celadores urbanos

Para complementar la vigilancia en la ciudad, el vice gobernador José María Otahegui


oficializó, en 1848, un cargo de policía de carácter diurno, el manzanero, denominado así
en alusión a la manzana, espacio urbano denominado por calles. Establecidos en los doce
cuarteles de la capital, los manzaneros debían “cuidar la tranquilidad pública” en la fracción
a su cargo y

tener conocimiento de todos los que habiten en ella y de su modo de vivir, así como
los que lleguen de fuera o se avecinen de nuevo, del objeto con que vienen, el lugar
de su residencia, los días que deben estar, el lugar para donde salen exigiéndoles el
respectivo pasaporte de sus persona y armas que porten, dando parte a las autoridades
respectivas cuando sea necesario; y presentando a la persona que parezca sospechosa
o no camine con los requisitos legales. 88
Otra atribución importante, era perseguir a los vagos y a los jugadores que se encontraban
en la calle, y entregarlos a la autoridad para sancionar su falta. Tan luego como los
manzaneros supieran que en su demarcación se había o se intentaba cometer un delito,
estaban obligados a solicitar auxilio a cualquier habitante e “impedir o terminar el
desorden” con la captura de “los delincuentes, las armas que porten o alhajas que hayan
robado, sacándolas de donde estuvieren”.89 Sin duda, estas competencias hacen eco de las

86
AHESLP, SGG, “Partes diarios de ronda pertenecientes al mes de enero”, 1834.2, exp. 14, f.21.
87
HNDM, El Contemporáneo, julio 7 de 1898, núm. 5, p. 1.
88
AHESLP, CLD, Decreto núm. 48, octubre 20 de 1848.
89
AHESLP, CLD, Decreto núm. 48, octubre 20 de 1848.

40
funciones que desempeñaron los alcaldes de barrio y los jefes de cuartel, modelos de
proximidad que detentaban agentes judiciales pedáneos en el Antiguo Régimen.

El cargo de manzanero, con sus respectivas responsabilidades de policía, pervivió


durante el resto del siglo XIX. En las últimas décadas de esta centuria fue designado en los
documentos oficiales como “jefe de manzana”, al cual le sumaron tareas de vigilancia en
los procesos de sanitización, desinfección y prevención de enfermedades contagiosas
impulsados por el gobierno potosino a partir de 1880. El jefe de manzana debía conocer el
estado de salud de los habitantes de su jurisdicción e informar, con el objetivo de evitar
contagios, a los jefes políticos sobre los enfermos de viruela y tifus, fundamentalmente.90

En 1853, el ayuntamiento de la capital consideró que la presencia de los manzaneros


no era suficiente para la vigilancia de la ciudad. Por ello, el alcalde organizó un cuerpo de
celadores urbanos para reforzar el patrullaje diurno. Conformado por doce individuos (seis
peatonales y seis montados), dicho cuerpo tenía la obligación de evitar desordenes públicos,
aprehender delincuentes “infraganti” y trasladarlos a la cárcel municipal. Asimismo, debían
indagar la procedencia de cualquier desconocido, principalmente si estos eran posibles
vagos, y avisar inmediatamente al prefecto sobre la presencia de sujetos que consideraran
sospechosos. Su labor debía ser discreta, utilizando las armas solo en “en casos necesarios”.
A los celadores que montaban a caballo se les exigía realizar dos recorridos de vigilancia
diarios, con una duración de dos horas, por los cuarteles de la capital: el primero, de ocho a
diez de la mañana; el segundo, de cuatro a seis de la tarde. 91

A la par de sus labores de vigilancia, los celadores debían procurar el aseo de la


capital y de los barrios circunvecinos. Se debe puntualizar esto pues tras la fundación de
cuerpos de seguridad en la segunda mitad del siglo XIX, volcados a la salvaguarda del
individuo y sus bienes materiales, el celador fue identificado como un puesto de segundo
orden, vinculado al decoro de la ciudad. Así, el reglamento de celadores dictaba que estos
tenían que

Observar que no se arrojen aguas sucias e infectas que produzcan daño a la población.
También cuidarán de observar si las alcantarillas en que se recoge el agua sucia, están

90
HNDM, El Correo de San Luis, marzo 11 de 1886, núm. 190, p. 3.
91
AHESLP, SGG, “Reglamento”, 1853.10, exp. 2, ff. 1-5.

41
cubiertas, ya sea con puertecilla de madera o loza. Igualmente observaran si las
piedras que cubren el caño maestro subterráneo se hayan útiles, dando parte de
cuando se advierta alguna quebrada que pueda causar daño al vecindario.92
De igual modo, se dispuso que el celador solo tuviera por autoridades máximas a los
prefectos y a los miembros del ayuntamiento. Por esta razón, bajo ninguna circunstancia
podía obedecer los mandatos u ordenanzas de ciudadanos ajenos al gobierno de la ciudad,
pues la creación de este grupo de vigilantes era exclusivamente para “labores de policía” y
no un organismo que respondía a intereses personales. Empero, internamente, el grupo de
celadores tendría un jefe denominado sargento, que era el responsable de llevar a cabo las
tareas de vigilancia de la mejor manera. Incluso, el sargento tenía que realizar, junto a dos
de sus subalternos, rondines nocturnos por las “zonas más sospechosas de la ciudad”, es
decir, aquellas que no contaban con alumbrado público. También debía presentarse, al
menos dos veces por semana, en las entradas principales de la ciudad.93

Para diferenciarse de los manzaneros y serenos, los celadores de la ciudad fueron


ataviados con uniformes (que no se describe) y con armamento exclusivo. Así, los
peatonales cargaban consigo sable y pistola, en tanto que los montados utilizaban una lanza
y un escudo. Como lo ha aseverado Diego Pulido Esteva, la portación de uniforme fue
crucial para hacer visible la autoridad de los agentes policiales urbanos en las primeras
décadas del siglo XIX, pues se creía que el respeto y el reconocimiento por parte de la
sociedad comenzaba con el decoro de sus vestimentas.94 Así, en el pase semanal de revista,
organizado por el sargento, los celadores presentaban uniformes y armas limpias, so pena
de recibir una multa de cinco pesos. Ahora bien, los celadores no podían utilizar
indiscriminadamente los sables, las pistolas y las lanzas, pues se asentó que recibirían
prisiones temporales en los cuarteles militares, para luego ser juzgados por el poder
judicial, en caso de cometer delitos en contra de la población.95

92
AHESLP, SGG, “Reglamento”, 1853.10, exp. 2, ff. 6.
93
AHESLP, SGG, “Reglamento”, 1853.10, exp. 2, ff. 1-5.
94
PULIDO ESTEVA, “Después de los alcaldes de barrio”, p. 6.
95
AHESLP, SGG, “Reglamento”, 1853.10, exp. 2, ff. 1-5.

42
Gendarmes y policía montada

Para la década de 1880, en la cual el gobierno porfirista y las administraciones


estatales difundían la idea de que el país entraba paulatinamente en una época de paz y
progreso,96 el Congreso local decidió “modernizar” los organismos de la seguridad en la
capital potosina. Así, ordenó la fundación de un cuerpo de gendarmes y una policía
montada, corporaciones llamadas a velar por la seguridad pública y la prevención del
crimen en la urbe. Sus obligaciones y facultades no presentaban notables diferencias a los
cargos que los precedieron; era su deber hacer rondines por la ciudad (diurnos y nocturnos),
detener ebrios escandalosos, pleitistas, ladrones, sospechosos de crímenes, vagos, jugadores
callejeros, etc., y presentarlos ante las autoridades pertinentes. La principal diferencia entre
la gendarmería y los cuerpos de vigilancia que le precedieron, radicaba en la supuesta
especialidad en el orden y la seguridad que los nuevos policías debían demostrar, dejando a
los celadores urbanos y a los jefes de manzana las responsabilidades sobre la
ornamentación, la salubridad y la limpieza de la ciudad. Esto representa un cambio notorio
porque el gendarme fue concebido como un oficio y no como cargo concejil u honorifico,
como lo era el jefe de manzana. Por tanto, evocaría un servicio centralizado por un cuerpo
armado en lugar de un deber cívico.

Los gendarmes y los “montados” estuvieron bajo la supervisión inmediata del jefe
político de la capital. Hasta 1910, las dos fuerzas policiacas sumaban 260 elementos.
Durante la administración de Antonio Montero (1882-1898), se atavió a gendarmes y a
“montados” con un uniforme de paño azul para las recepciones, días de gala y fiestas
cívicas, y otro, menos “elegante”, del mismo color para uso diario.97 En 1888, una nota
periodística celebraba que la policía utilizara uniforme en sus labores cotidianas, pues era
un reflejo del “progreso” y la “modernidad” que imperaba en las urbes organizadas.
Asimismo, se decía que el uniforme imponía “respeto” frente a la ciudadanía.98

De acuerdo con María de Lourdes Uribe Soto, el cuerpo de gendarmes y la policía


montada actuaron como fuerzas represoras en la capital del estado, pues se encargaron, por

96
GANTÚS, “La inconformidad subversiva”, p. 60.
97
URIBE SOTO, Prostitutas, rateras y pulqueras, p. 53.
98
HNDM, El Correo de San Luis, abril 3 de 1888, núm. 295, p. 2.

43
ordenes de los jefes políticos, de maltratar a los críticos del régimen y a periodistas, y de
hacer detenciones masivas e injustificadas en la “Cochera”, tal como era conocida la sala de
detenciones correspondiente a la cárcel municipal.99 Este espacio de reclusión fue señalado
por la población como un lugar insalubre, centro de riñas entre los ebrios capturados, y
donde los gendarmes aplicaban distintos correctivos informales a los detenidos. Los
periódicos capitalinos reprodujeron quejas y denuncias anónimas al respecto. Por ejemplo,
en 1885, El Correo de San Luis informaba a los ciudadanos que, “abusando del poder que
dan la pistola y el garrote”, un policía había abofeteado y apaleado a un reo en la Cochera.
En el diario referido se afirmaba que ningún potosino “de bien” quería caer preso en ese
“lugar asqueroso”, pues les aseguraba vejaciones y la pérdida de reputación.100 De igual
modo, la “Cochera” fue objeto de burla e ironía en la prensa. Así, en 1897, en un espacio
titulado “Muy chusco”, se presentaba el siguiente texto:

Nuestros lectores deben conocer ciertas farolas que en el barrio de San Sebastián
sirven para adornar las calles próximas a la iglesia, en los días de fiesta religiosas, y
llevan en letreros pintados en sus caras la letanía común y corriente. Comienza la
farolada en una esquina y dice por ejemplo: Madre Amable, Madre admirable. Pues
bien; en la calle donde está situada la Cochera se lee en la primera de las farolas:
Puerta del Cielo y más adelante, precisamente a la altura de la puerta de la prisión
¡Casa de Oro! ¡Vaya chuscada casual¡101
Este tipo de escritos exhibe que el sistema de justicia era objeto de críticas abiertas y que,
para finales del siglo XIX, imperaba un imaginario negativo alrededor de las autoridades.
Igualmente, los periódicos expusieron las “faltas morales” de los policías capitalinos. En
1886, se aseguraba que los gendarmes satisfacían sus “necesidades urinarias en la calle a
cualquier hora del día, ellos, los encargados de evitar tales actos”. 102 Ese mismo año, se les
acusó también de tratar de “enamorar a la buenas mozas” que pasaban por “las aceras”,
“más que cumplir con su deber”.103

Por otro lado, la prensa también denunció el “abuso de autoridad” que los gendarmes
cometían durante sus jornadas de trabajo en las calles, pese a ser tipificado como un delito
en el código penal de 1871. A continuación cito algunos ejemplos. En 1885, se reportó que

99
URIBE SOTO, Prostitutas, rateras y pulqueras, pp. 52-53.
100
HNDM, El Correo de San Luis, febrero 8 de 1885, núm. 137, p. 3.
101
HDNM, El Contemporáneo, septiembre 7 de 1897, núm. 331, p. 3. Las cursivas son del texto original.
102
HNDM, El Correo de San Luis, febrero 25 de 1886, núm. 187, p. 3.
103
HNDM, El Correo de San Luis, marzo 11 de 1886, núm. 190, p. 3.

44
un gendarme “golpeó cruelmente a un infeliz hasta romperle la cabeza, y sin que hubiera
para ello el más leve motivo”. Lo peor del caso, acorde a la nota, era que el policía seguía
en su puesto de trabajo, sin haber recibido ninguna sanción.104 Cuatro años después
aconteció un episodio similar: se acusó al gendarme Manuel Mendoza de golpear
brutalmente al ciudadano Zenón Martínez durante una detención, por lo que el segundo
sufrió heridas graves. El redactor solicitaba que el jefe político le impusiera a Mendoza un
correctivo ejemplar; “la policía” debía entender que “las armas que las sociedad le da son
para que la defiendan y no para que la ultrajen”.105 En ese sentido, un texto de 1898,
cargado de ironía, criticaba el uso que los gendarmes hacían del “garrote” como arma
predilecta del abuso policial:

¿Hasta cuándo dejara de ser el palo en manos de los gendarmes el garrote propio de
los antiguos salteadores de caminos? No han podido entender los señores policías que
el uso que deben hacer de ese leño tan peligroso puesto en sus manos, y cuando
menos se ha menester apalean sin piedad al infeliz que cae en sus garras. Ayer entre
nueve y diez de la mañana uno de esos señores respetables dejó sentir su bastón
lindamente en la espalda de un individuo a quien conducía preso, siendo el motivo de
la vapulación que el dicho preso se metió entre la gente que hacía compras en la calle
ancha del mercado Porfirio Díaz. Todas las puesteras se interesaron por él en vista de
la injusticia con que era golpeado, pero eso no obstó para que el gendarme se
desahogara dándole una tunda. Volvemos a repetir: que se les lea la cartilla a los
gendarmes 106
Resulta pertinente aducir, como contrapunto de los citados abusos policiales, que los
gendarmes sufrieron ultrajes a su autoridad, en diferentes escenarios y con distintos grados
de ahínco, al realizar sus labores cotidianas. Una nota periodística, publicada en 1898,
mencionaba que los jóvenes que se reunían en el Jardín Hidalgo por las tardes, solían lanzar
“improperios” contra los policías, poniendo en “entredicho su autoridad”.107 La misma
prensa tendía a ridiculizar a la gendarmería en algunas de sus secciones, llamando a sus
elementos “tontos”,108 “ignorantes”109, etc. Debe decirse que los ultrajes a la policía no se
ciñeron a ataques verbales y escritos, sino que alcanzaron la violencia física. En febrero de
1898, durante un fandango en el barrio de Tlaxcala, tres gendarmes resultaron “heridos de

104
HNDM, El Correo de San Luis, marzo 1 de 1885, núm. 142, p. 3.
105
HNDM, El Correo de San Luis, junio 12 de 1889, núm., 338, p. 3.
106
HNDM, El Contemporáneo, febrero 19 de 1898, núm. 464, p. 3. Las cursivas son del texto original.
107
HNDM, El Contemporáneo, enero 21 de 1899, núm. 738, p. 3.
108
HNDM, El Contemporáneo, febrero 19 de 1898, núm. 464, p. 3.
109
HNDM, El Contemporáneo, marzo 4 de 1899, núm. sn, p. 3.

45
muerte” al intentar “reducir al orden a unos vecinos escandalosos”.110 Era una constante
que, en este tipo de diversiones públicas, los representantes de la ley, al tratar de atenuar los
desordenes producidos por la ingesta de alcohol, terminaran con lesiones de distinta
gravedad, pues el número de asistentes rebasaba de sobremanera al de los elementos
policiacos. También fue común que los gendarmes recibieran agresiones físicas en el
intento de frenar peleas acaecidas en despachos de bebidas, así como en el traslado de los
reñidores a la cárcel municipal. Ejemplo de ello fueron las heridas que el gendarme
Macedonio Acacio recibió de parte de Alejandro Balderrain, quien había iniciado una
reyerta, en estado de ebriedad, en una cantina del centro de la ciudad. Así,

Balderrain sacó de su bolsa una botella y le pegó [al gendarme] con ella en la frente,
que hubiera roto más profunda y gravemente sino hubiera estado resguardada por el
kepí. Conducido a la detención el ebrio, continuó sus fechorías lanzando los más
graves cargos e insultos. En la presencia del jefe político insultó a los gendarmes,
frente al Hotel El Progreso se les echó encima, por San Francisco volvió a iniciar la
contienda.111
Considero fundamental señalar que la policía no solo se desempeñó como un instrumento
de control social al servicio del gobierno, sino que presentaba otras “caras” que insinúan
intereses personales y atisbos de “solidaridad”. 1898, en un periódico local se aseguraba
que los gendarmes cultivaban relaciones de amistad con “vagos y perdidos”, aceptaban en
la “taberna la copa que le obsequian los bebedores”, y se dejaban “cohechar de los
infractores de la ley y los bandos de policía”. Asimismo, el redactor recriminaba la supina
ignorancia de los policías, ya que supuestamente la mayoría no sabía “leer ni escribir”, y,
por ende, eran incapaces de analizar las órdenes con las que tenían que regirse. Si los
prefectos y jefes políticos tendían relaciones con los vecinos principales de las regiones, es
consecuente pensar que los gendarmes, “iletrados” y pertenecientes a las clases populares,
construyeron vínculos y relaciones de conveniencia con un sector social parecido al suyo en
la capital potosina.

Ante la falta de profesionalismo e instrucción de los policías, en 1898 se solicitaba al


jefe político, Gustavo Alemán, sanciones severas y un cambio radical en la forma de
moralizar a los cuerpos policiacos en San Luis Potosí:

110
HNDM, El Contemporáneo, febrero 22 de 1898, núm. 466, p. 3.
111
HNDM, El Contemporáneo, abril 20 de 1899, núm. sn, p. 3.

46
si el gendarme e infractor de la ley no recibe luego y de una vez por todas los
consiguientes correctivos, su audacia, su temeridad, su insensatez, no reconocerán
límites, pues la impunidad le hará cometer atropellos e infamias que colmen la
medida de los ciudadanos que se vean expuestos a semejantes vejaciones. Y de todos
estos vicios está plagada nuestra policía, y corresponde, como necesidad imperiosa, al
actual jefe político llevar a cabo una reorganización que de por resultado el
establecimiento en esta capital de un cuerpo de gendarmería moralizado, apto e
inteligente en el servicio.112
Al parecer la situación no cambió en los años subsecuentes. En 1902, se hizo pública una
columna titulada “Lo que no deben hacer los gendarmes”, la cual contiene elementos del
reglamento de gendarmes correspondiente al Distrito Federal, mismo que fue publicado en
1897.113Así, en primer lugar, se recomendaba que los policías no debían “platicar”; las
conversaciones los distraían del servicio. En segundo, “jugar de manos”. Si los gendarmes
se entregaban a “esos entretenimientos”, perdían inmediatamente “el respeto que tanto
necesita la policía”. En tercer lugar, “usar un lenguaje obsceno”. No podían demostrar ese
“lenguaje inmoral utilizado a los gritos”, pues otorgaba “terrible ejemplo” a la ciudadanía.
En cuarto lugar, “galantear mujeres”. Los que realizaban esta acción descuidaban sus
jurisdicciones y, peor aún, hacían del ejercicio de la autoridad “una caricatura”. En quinto
lugar, “aceptar obsequios y especialmente copas”. El policía debía “mostrase imparcial,
severo e incorruptible”. Finalmente, los gendarmes tenían que acudir cuando eran llamados,
pues se sabía que reinaba “la apatía” entre ellos cuando la población necesitaba de sus
servicios.114

En menor medida, los periódicos también reconocían la labor de algunos policías


capitalinos, particularmente la de aquellos que entregaban su vida al deber. Tal fue el caso
del gendarme Juan Cruz, quien murió en un enfrentamiento contra cinco soldados que
habían abandonado sus puestos en la cárcel. El redactor solicitaba que el gobierno se
hiciera cargo de la familia del occiso, pues este se comportó durante el altercado como un
“digno guardián del orden público”:

Ese gendarme ha muerto en su puesto, cumpliendo su deber como bueno, y el Estado


tiene a su vez la obligación de atender a los huérfanos que deja, si quiere ser bien
servido. El mismo Estado paga pensiones a las viudas de los que murieron en

112
HNDM, El Contemporáneo, septiembre 29 de 1898, núm. 642, p. 2.
113
Ver a DUBLÁN Y LOZANO, Legislación mexicana, p. 76.
114
HNDM, El Contemporáneo, junio 12 de 1902, núm. 1314, p. 2.

47
campaña defendiendo a la patria, y nosotros no encontramos diferencia entre aquellos
y Cruz, que todos se sacrificaron en cumplimiento del deber.115
Diego Galeano afirma, tras analizar casos semejantes en Buenos Aires, que la literatura
popular y la institucional de la policía, convertían a los agentes fenecidos en “mártires”,
pues solo la muerte, acaecida en la “guerra contra el crimen”, podía otorgar ese plus de
heroicidad policial.116 En la nota dedicada al sargento Cruz, se advierte este tipo de
“discurso heroico” con tintes religiosos, pues el redactor equipara la figura de policía con la
de aquellos que murieron “defendiendo a la patria”, y utiliza el término sacrificio,
indisociable de la figura del mártir en la retórica cristiana, para describir el fallecimiento
del policía caído en “el cumplimento del deber”.

Como se mencionó, al menos hasta 1910, el cuerpo de gendarmería y la policía


montada de la ciudad de San Luis Potosí no sufrieron modificaciones importantes. Por ello,
el número de efectivos y los roces con los vecinos persistieron.

VIGILANCIA EN EL CAMPO

Los cuerpos de seguridad correspondientes a la ruralidad potosina se adaptaron a las


especificidades socioétnicas de las regiones y, principalmente, al patrón de asentamiento
poblacional que imperó en el campo durante todo el siglo XIX. Repartidos los habitantes en
pueblos cabecera, barrios, haciendas y ranchos dispersos, las autoridades estatales
involucraron en las actividades de vigilancia a los ayuntamientos, que eran los encargados
de implementar las medidas generadas desde el Congreso local, la gubernatura, las
prefecturas y jefaturas políticas, pero también a los dueños de unidades productivas que
albergaban vecinos en sus propiedades. Las autoridades sabían que sin el apoyo de los
“hombres fuertes” de las regiones resultaba difícil establecer sistemas de prevención del
delito en territorios alejados de la capital del estado. Estos individuos imponían un dominio
social con base en el clientelismo y relaciones con las autoridades locales. En ese sentido,
Sixto Vega, juez de primera instancia del Partido de Tancanhuitz, describía así la influencia
que tenían varios hacendados sobre la población: “Otro vicio de las masas es la costumbre

115
HNDM, El Correo de San Luis, octubre 25 de 1885, núm. 169, p. 3.
116
GALEANO, “Caídos en el cumplimiento del deber”, pp. 198-199.

48
inveterada de ser gobernados por una especie de cacicazgos radicados en tal o cual persona,
familia o estirpe que por sus influencias han logrado dominar y lograr ser vistos como una
especie de oráculos”.117 Por este tipo autoridad entre la población, fue fundamental su
involucramiento en la promoción del orden público.

De igual manera, el gobierno potosino se preocupó por la vigilancia de las


poblaciones indígenas distantes de los pueblos cabecera, de las cuales, a diferencia de las
establecidas en las localidades aledañas a la ciudad de San Luis Potosí, no se tenía un
conocimiento cabal y, por ende, el dominio sobre estos territorios era limitado. Se puso
hincapié en el Oriente de la entidad, habitado casi en su totalidad por indígenas, desde
donde los alcaldes y prefectos solían enviar misivas al gobierno quejándose de que los
indios, en sus poblados, solían cometer trasgresiones a las leyes y reglamentos. Así, por
ejemplo, en 1826, el alcalde de Huehuetlán informaba que los huastecos hacían caso omiso
a los decretos del gobierno, pues vivían a “cuatro leguas de mal camino” y, por ello, ni las
autoridades municipales conocían “sus costumbres y modos de vivir”.118 En ese mismo
sentido, unos años después, el prefecto José María Terán mencionaba que, en el municipio
de Xilitla, le era imposible “corregir” el comportamiento delictivo de los “naturales”
debido a las “largas distancias en que se hayan sus habitaciones”. El funcionario se
mostraba pesimista al asegurar que resultaba difícil imponer orden en las localidades
indígenas si no se empezaba a vigilarlas y a determinar que sus habitantes se redujeran a
barrios contiguos a la cabecera.119 En la década de 1880, se aseguraba en un diario local,
que precisamente en Xilitla los indios eran tendientes al robo de bestias por la cercanía de
dicho municipio con el estado de Hidalgo, donde aparentemente proliferaba el abigeato.120
En efecto, este tipo de quejas y publicaciones fueron comunes y, podría plantearse,
operaron como alicientes para la imposición de agentes policiales en territorios indígenas.

117
Citado en RAMÍREZ, Tanquián. El poder y su dinámica, p. 68.
118
AHESLP, SGG, “Huehuetlán”, 1826.5, leg.22, f. 11.
119
AHESLP, PO, Gaceta del Gobierno del Estado de San Luis Potosí, septiembre 23 de 1831, núm. 38, p. 3.
120
HNDM, El Contemporáneo, Diario de la Tarde, abril 14 de 1984, p. 3.

49
Celadores rurales y celadores indígenas

El Congreso local delegó, en 1837, la supervisión del campo potosino a los celadores
rurales, los cuales debían ser arrendatarios de las haciendas del estado y, por ello, estaban
subordinados a los hacendados. Debía haber al menos diez celadores en las propiedades que
superaran los 200 arrendatarios y sirvientes, y en las menores únicamente cinco.121 Su
trabajo consistía en vigilar el buen orden dentro de las haciendas, reportar a cualquier sujeto
desconocido que buscara asentarse en las inmediaciones de este tipo de propiedades,
patrullar los caminos que conectaban a los municipios, detener sospechosos, trasladar
presos y custodiar cárceles cuando la ocasión lo ameritaba. Los dueños de haciendas debían
nombrar por celadores a aquellos sujetos que tuvieran caballos y armamento propios,
fundamentales para realizar su labor, o, en su defecto, facilitarle armas y animales.

Las labores de vigilancia que desempeñaban los celadores rurales fueron ratificadas
por el gobernador interino Ramón Adame, en 1853, debido a las numerosas “gavillas de
facinerosos” que atacaban “con escándalo la propiedad y la vida de los potosinos”. Era una
realidad que, desde su fundación, en el estado potosino operaban bandas delincuenciales,
sobre todo en la ámbito rural. En 1831, por ejemplo, una gavilla de 80 hombres atacaron, a
media noche, a un grupo de arrieros en el Puerto de la Iglesia, poblado circunvecino de la
capital estatal, robándoles 33 “tercios de ropa”, y 10 caballos.122. Muy posiblemente, por
este tipo de asaltos se ordenó que los alcaldes y los propietarios de inmuebles debieran
poner todo su esfuerzo en organizar a grupos de celadores que protegieran las haciendas,
sin importar el tamaño de estas, y los caseríos asentados en sus alrededores. Los celadores
se volvieron tan necesarios que, un año después, el gobierno potosino decidió exentarlos
del servicio de las armas.123 Ahora bien, cabe advertir, que las correrías de agrupaciones
criminales y el robo de bestias continuaron en los años subsecuentes. En una misiva
enviada por un grupo de vecinos de Valles al gobernador, en enero de 1875, se informaba
que el Oriente del estado padecía “la insufrible plaga del vandalismo”, pues una gavilla de
10 individuos asesinaba y despojaba de sus animales a los vecinos de aquel municipio.124

121
MÁRQUEZ, “Tierra, clanes y política”, p. 212.
122
AHESLP, SGG, “Bestias robadas en el Puerto de la Iglesia”, 1831.4, exp. 12, ff. 1-6.
123
AHESLP, SGG, “Índice”, 1854. 1, exp. 3, f. 3.
124
AHESLP, SGG, “Visitador”, 1875. 1, exp. 1, f. 8.

50
Las fuentes consultadas no arrojan suficiente información sobre el número de
celadores rurales en la entidad antes de 1853. En 1845 el prefecto del distrito de
Tancanhuitz notificó que en las propiedades del municipio de Tampamolón había 22
celadores “con armas blancas y sin municiones”; en las de Tancanhuitz, rondaban por las
noches 180 personas; en las de Ciudad Valles, eran 30 hombres desarmados; y que en el
resto del partido de Valles había 95 celadores “sin armas ni municiones”. El prefecto
aseguraba que en los demás pueblos de la región no existían celadores rurales, pues sus
antecesores no hicieron el debido esfuerzo por formar cuerpos de vigilancia, y que en varias
propiedades era casi imposible este trabajo debido a la poca vecindad, a la nula
disponibilidad de los habitantes y a la carencia de reos en las cárceles municipales para su
supervisión.125

Para 1853, gracias a una disposición que obligó a los prefectos a enviar al gobernador
las listas de ciudadanos que fungirían como celadores en sus jurisdicciones, se tiene noticia
que en el partido de la capital había 154;126 en el de Guadalcazar; 228;127 en el de Rioverde,
60; y en el Salinas de Peñón Blanco, 50 vigilantes.128 Tal parece que las propiedades
cercanas a la capital contaron con el mayor número de celadores rurales en el estado. Esto
resulta comprensible si se tiene en cuenta que el altiplano potosino fue el escenario de
latifundios de gran extensión. Ejemplo de ello fue la hacienda de Bocas, con una superficie
de 73,000 hectáreas, la cual albergaba a 5,500 habitantes a mediados del siglo XIX. 129 Por
esa razón, en 1853, el gobierno potosino, a petición de las autoridades nacionales, organizó
un contingente de cien celadores provenientes de las haciendas periféricas a la capital con
el objetivo de realizar una expedición de vigilancia en el estado de Durango.130

Ahora bien, la documentación antes citada pone de manifiesto vicisitudes similares a


las acaecidas en Valles para la formación y el buen funcionamiento de los cuerpos de
celadores rurales. Por ejemplo, el prefecto de Rioverde, Vicente Hernández, afirmaba, en
1854, que su sección carecía de personas con los conocimientos necesarios para instruir a

125
AHESLP, SGG, “Prefectura de Tancanhuitz”, 1845.1, exp. 8. f. 26.
126
AHESLP, SGG, “Listas de policía rural de varios puntos del partido de esta capital”, 1853.7, exp. 24, ff.
127
AHESLP, SGG, “Listas de celadores de policía del partido de Guadalcazar, y nombramiento de sus
comandantes”, 1853.7, exp. 25.
128
AHESLP, SGG, “Ofrece nombrar 50 hombres para la policía rural y dar cuenta”, 1853.7, exp. 23, f. 9.
129
BAZANT, Cinco haciendas mexicanas, pp. 108-115.
130
AHESLP, SGG, “sobre alistar una fuerza de rurales que marchen a Durango”, 1853. 12, exp. 2.

51
los celadores. Asimismo, los vigilantes no contaban con el armamento adecuado, pues solo
portaban “lanzas”.131 Otro problema fue el rechazo a al cargo de celador, tal como sucedió
con 18 vecinos del barrio de San Pablo, perteneciente al municipio de Ciudad de
Fernández, los cuales solicitaron a la prefectura ser removidos de sus puestos en la
hacienda Ojo de Agua de Solano. Argumentaron que al custodiar presos a la cabecera
municipal, dejaban por dos días a sus “familias y cementeras”. Los solicitantes creían que
ausencia no perjudicaría la vigilancia de la hacienda, ya que había nueve barrios más que
podían facilitar centinelas. El prefecto, apoyado por el ayuntamiento de Ciudad Fernández,
negó la petición debido a la supuesta proliferación de “malhechores” en la entidad y a que
el barrio de San Pablo había prestado sus servicios de forma “inmemorial” en materia de
seguridad.132

Otra estrategia de los arrendatarios para negarse a prestar servicio como celadores era
vender o esconder sus caballos y su armamento. Consecuentemente, argüían que no estaban
en condiciones de hacer los rondines y mucho menos de defenderse ante alguna agresión.
Esto provocaba, según el alcalde de Rioverde, una “variación continua en el personal”. Era
necesario entonces que los hacendados dispusieran de hombres “útiles y comprometidos”, y
que los prefectos se involucraran en el nombramiento de los celadores rurales. De igual
modo, se debía prohibir que los propietarios removieran a sus subordinados sin “causa legal
justificada”.133

Al parecer, los celadores también cometían indisciplinas durante sus jornadas de


trabajo. Hacían caso omiso al “llamado de revista” con el pretexto de no tener los caballos a
disposición o que estos estaban desperdigados por el campo. Acorde al alcalde citado, esto
acaecía por la inexistencia de penalizaciones; por ende, era importante que las autoridades
impusieran una multa de cinco pesos o una prisión de quince días a los vigilantes que no
desempeñaran de buena manera sus obligaciones, incluyendo a los que desacataban los
llamamientos, y otra multa de doscientos pesos a los hacendados que toleraran y
promovieran el desorden en sus “piquetes de celadores”. En fin, resultaba imperiosa

131
AHESLP, SGG, “Señor general, gobernador D. Anastasio Parrodi”, 1853. 6, exp. 19, f. 14.
132
AHESLP, SGG, “Sor. Prefecto del Departamento”, 1853. 6, exp. 19, f. 6.
133
AHESLP, SGG, “Observaciones al reglamento de celadores rurales dado en 31 de marzo de 1853”,
1853.7, exp. 24, f. 2.

52
La intervención de las autoridades civiles en esta clase de milicia. En sus puntos, los
celadores no pueden ser vigilados por sus jefes, deben serlo por los agentes de policía
[prefectos] a quienes se hacen indispensable que estén subordinados en cierta manera
para que les presten los auxilios que sean necesarios y reciban por su conducto las
ordenes que se les comuniquen.134
Las fuentes consultadas sugieren que la propuesta anterior fue desechada, pues los
propietarios de las haciendas se mantuvieron como los jefes directos de los celadores
rurales. El gobernador Adame, en una misiva enviada a los prefectos, reiteró que la
formación de cuerpos de celadores era una “carga” exclusiva de los hacendados, pues esta
no tenía otra “tendencia que la de cuidar su propia seguridad y la de sus intereses”. Adame
aceptaba que las fuerzas del estado no eran suficientes para detener a los transgresores de
las leyes, sino que se necesitaba de la cooperación de los hombres que tenían “una fortuna
por defender”. Sin su apoyo, el gobierno daría muestras de debilidad e inoperancia ante los
criminales.135

Junto a las resistencias y rechazos al cargo se denunciaron “excesos de autoridad” por


parte de algunos celadores rurales. En 1853, Valente Martínez, vecino de Cerro de San
Pedro, denunció ante el gobernador a Nieves Reyes, pues este supuestamente lo golpeó en
el intento de trasladarlo al juzgado del municipio. Martínez mencionó que el actuar del
celador respondía a “antiguos resentimientos” que existían entre ellos y que no era la
primera vez que Reyes trataba de perjudicarlo, pues este ya había ingresado violentamente
al denunciante en la cárcel sin motivos aparentes. La situación provocó que Valente
Martínez saliera del poblado para refugiarse en el municipio de Armadillo.136
Lamentablemente, no se conoce el desenlace de este altercado; sin embargo, su existencia
resulta útil para conocer el supuesto “abuso de autoridad” utilizado por un celador rural
durante sus labores.

Por otro lado, para que la vigilancia se extendiera más allá de los pueblos cabeceras y
las haciendas, el gobierno potosino ratificó un cargo ya existente, el de “celador indígena”,
representante de las autoridades municipales en los barrios integrados en su mayoría por
indios. Este puesto tuvo una repercusión superior en el Oriente potosino, donde, como ya se
134
AHESLP, SGG, “Observaciones al reglamento de celadores rurales dado en 31 de marzo de 1853”,
1853.7, exp. 24, f. 2.
135
AHESLP, SGG, “Prefecturas”, 1853.7, exp. 23, f. 8.
136
AHESLP, SGG, “Prefectura de Cerro de San Pedro”, 1853.12, exp. 25, f. 7.

53
advirtió, gran parte de la población era indígena y residía en barrios asentados en terrenos
de difícil acceso. Las funciones principales de los celadores indígenas eran “cuidar la
tranquilidad y avisar de los excesos que cometen [los indios] en sus serranías”.137 También
estaban obligados a identificar a los “vagos y perezosos”, y reportarlos con los
ayuntamientos. En las décadas de 1830 y 1840, se les asignó investigar y dar aviso a las
autoridades sobre cualquier indicio de contrabando y siembras clandestinas de tabaco,
producto monopolizado por el gobierno estatal durante ese lapso.

Si bien los indígenas, por “costumbre”, escogían a sus propias autoridades


comunales, esto no sucedió con los celadores indios, ya que eran seleccionados y
nombrados por los ayuntamientos, bajo la supervisión de los prefectos. Las autoridades
municipales necesitaban indígenas de confianza en territorios casi desconocidos, que
pudieran informar de manera pormenorizada sobre la conducta cotidiana de los indígenas.
Esta situación desencadenó conflictos en algunas poblaciones, pues los celadores,
respaldados plenamente por la denominada “gente de razón”, utilizaban el castigo corporal
a la menor provocación, pese a estar prohibida esta práctica por las leyes estatales.

Siguiendo a Barbara Corbette, los celadores indígenas, desde la década de 1820,


tuvieron el permiso de las autoridades municipales para aplicar la violencia física entre su
población, no solo para fines de vigilancia y castigo, sino para el provecho de los ediles.
Reclutaban de manera forzosa cuadrillas de trabajadores que eran enviadas a las cabeceras
municipales para realizar diversas actividades. De acuerdo al testimonio de un celador
indígena, la violencia era necesaria, pues significaba “el único modo que hay para
conseguir que el resto de nuestros compañeros presten sus brazos para beneficiar nuestros
campos”.138 Podría suponerse que, sabedores de que el uso del azote era una costumbre de
raigambre indígena, los ayuntamientos la promovieron a su favor.

Fuentes indican que algunos celadores utilizaron la política permisiva de los


ayuntamientos para el beneficio personal. En 1829 se acusó al celador del barrio de Santa
Bárbara, Agustín Pérez, de aprovechar la jerarquía de su puesto y hacer que los indios le
prestaran servicios gratuitos. Según un vecino del barrio, ordenó que le “sembraran una

137
Citado en CORBETT, “Comercio y violencia”, p. 264.
138
Citado en CORBETT, “Comercio y violencia”, p. 265.

54
milpa de cinco cuartillos sin pagarles un medio real por su trabajo, diciendo que lo tenían
que hacer por obligación de servirle por ser celador de dicho barrio, amenazándolos con
multas y castigos”, pues él había sido asignado como el encargado del “orden y la quietud
pública”. Se aseveró que Pérez, quien también se desempeñaba como el tesorero de la
comunidad, no había entregado “el dinero que tiene en su poder perteneciente a varios
vecinos que lo han cedido con beneficio de la iglesia que tratan de hacer en su misma
congregación”. Al parecer, el celador disponía de un séquito de indígenas que apoyaban su
proceder y que, incluso, se opusieron a la autoridad del alcalde de Aquismón cuando
Agustín Pérez fue destituido de su cargo. En ese sentido, otro indígena alegó que el celador
en cuestión era “un mal hombre que siempre anda aconsejando no obedecer a los
alcaldes”.139

En efecto, las declaraciones de los vecinos de Santa Bárbara ponen de manifiesto que,
además de utilizar el respaldo de los ayuntamientos, Agustín Pérez contaba con cierta
“autonomía”, precedida por un reconocimiento social, que le permitía renegar del alcalde
de Aquismón, su jefe inmediato, y negar su autoridad frente a los vecinos de su barrio. De
acuerdo a un testigo, Pérez exhortaba a desobedecer al alcalde Pedro Acosta, pues, decía,
este no era más que un “monigote”.140 Sin duda, el caso de Agustín Pérez muestra en gran
medida el peso que tenían los celadores rurales dentro de sus comunidades, la
reinterpretación de su puesto frente a sus símiles indígenas y las resistencias que podían
presentar frente a los ayuntamientos.

Guardias privadas

El complemento de los celadores rurales e indígenas fueron las guardias o “guerrilla


privadas” de los hacendados, tal como las identifica Enrique Márquez. Formadas en su
mayoría por arrendatarios y foráneos, estos grupos, completamente armados, cuidaban los
intereses de sus “patronos” al supervisar el trabajo en los campos de cultivo y los caminos
adyacentes a las haciendas. Acostumbrados a montar a caballo y manejar la espada,
utilizaban la intimidación y la agresión física, principalmente contra los indios, para el
139
AHESLP, [Link], “Causa instruida contra Agustín Pérez por delito de revolucionario”, 1829.8, f. 12.
140
AHESLP, [Link], “Causa instruida contra Agustín Pérez por delito de revolucionario”, 1829.8, f. 12.

55
beneficio de los grupos de poder económico.141 El visitador Manuel Palacios, en uno de sus
informes, aseguró que algunos propietarios de tierras contrataban como guardias a sujetos
que se caracterizaban por hacer tropelías en los municipios, algunos de ellos “acusados de
criminales y asesinos”.142 En el mismo tenor, un grupo de vecinos del pueblo de Axtla
informaban al gobierno que la familia Santos, latifundistas de municipio de Tampamolón,
daba asilo en su guardia a “varios salteadores para inspirar terror o para que nadie se atreva
a censurar sus actos”.143

La presencia de las guardias privadas se hizo aun más notoria en las coyunturas de
guerra, cuando los hacendados, al percibir sus intereses económicos y políticos en riesgo,
prestaban sus servicios al gobierno o, en su defecto, cuando se declaraban en contra de este
último. En esos casos era común que los propietarios organizaran a sus subordinados,
prometiendo diferentes recompensas. Hay múltiples experiencias en ese sentido; no
obstante, me gustaría resaltar una, que refleja la política permisiva del gobierno en torno a
las “guerrillas privadas”, así como algunos argumentos de los hacendados para convencer a
sus grupos armados. En 1847, en el contexto de la guerra contra los Estados Unidos, el
congreso local “legalizó” la organización de las “guerrillas” privadas para repeler una
posible invasión norteamericana en territorio potosino. Paulo Verástegui de la Vara,
empresario de Rioverde y propietario de una de las haciendas más importantes de San Luis
Potosí,144 reunió a su guardia y le propuso participar en el conflicto armado en caso de ser
necesario. Los arengó diciendo que “todos y cada uno de los mexicanos” estaban
“obligados a defender la nacionalidad tomando las armas personalmente”, ya que había
“llegado el caso de que la nación toda se levante a tomar venganza y reparación de los
agravios que ha recibido”. Era un “deber moral” acabar con “la infame horda de salvajes”
que soñaban con “la conquista y la esclavitud de la raza mexicana”145 Prometió a sus
guerrilleros perdonar la renta de su casa, proveer de alimentos a las familias de los
combatientes, pensión a los heridos que perdieran una extremidad, retribución económica a

141
MÁRQUEZ, “Tierra, clanes y política”, p. 212.
142
AHESLP, SGG, “Visita”, 1875.1, exp. 1, f. 27.
143
Citado en RAMÍREZ, Tanquián. El poder y su dinámica, p. 48.
144
Paulo Verástegui fue propietario de la Hacienda San Diego, ubicada en Rioverde. Véase a BAZANT,
Cinco haciendas mexicanas, pp. 71-76.
145
MURO, Historia de San Luis Potosí, p. 535.

56
los parientes de los fallecidos y la dotación de tierras y animales a los que se destacasen en
el campo de batalla.146

La guardia personal de Verástegui no entabló acciones bélicas contra los


norteamericanos, pues estos no atacaron el altiplano potosino. No obstante, resulta claro
que la organización de dicha organización respondía, más allá del discurso nacionalista del
empresario, a una preocupación real por el dominio económico del estado; el comercio, su
principal actividad empresarial, se vería afectado, tal como sucedía en otras latitudes del
país. La utilización de su grupo armado, entonces, puede ser entendida como una medida
para salvaguardar la soberanía nacional, pero también como un medio para seguir
detentando su estatus en la entidad.

Policía Rural

En 1894, el Congreso local decidió dejar sin efecto las potestades de los celadores y,
al menos en papel, las de las guardias personales. Los diputados decretaron la formación de
la “Policía Rural”, cuerpo armado que tenía “por único objeto cuidar la seguridad de los
campos y perseguir a los ladrones”. Cada municipio contaría con un jefe de policía, siendo
este preferentemente un hacendado o administrador de hacienda. Para la elaboración de los
cuadros, los jefes de policía tenían que nombrar “subalternos de confianza”, los cuales
estarían dos años en el cargo. Los jefes de policía de cada municipio estaban obligados a
trabajar coordinadamente entre sí, prestándose las atenciones requeridas sin invadir
jurisdicciones. Al atrapar a los infractores, debían presentarlos al juez correspondiente para
abrir su respectiva causa.147

Ponderando el escalafón de la Policía Rural, podría decirse que el Congreso potosino


legalizó las guardias privadas. Constituyéndose los propietarios de haciendas o sus
administradores como jefes de policía, con la capacidad de designar puestos entre sus
hombres de confianza, resulta inteligible que la composición de estos cuerpos armados
fuera muy similar a la que presentaban las referidas guardias. En ese sentido, muy

146
MURO, Historia de San Luis Potosí, p. 536.
147
AHESLP, CLD, Decreto núm. 28, mayo 31 de 1894.

57
posiblemente los señalados como criminales, asesinos y salteadores por el visitador
Palacios y los vecinos de Axtla, se convirtieron en representantes de la ley.

Para 1904, según lo declarado por el gobernador Blas Escontría, la Policía Rural se
componía de “368 secciones repartidas en San Luis Potosí, con un total de 5,195 hombres”.
Los Rurales estaban “armados y montados por su cuenta”, causando solo un “ligero
gravamen al erario”.148 Cada pueblo estaba custodiado por una fuerza de al menos cien
hombres; no obstante, los municipios con mayor población y los que gozaban de una
posición socioeconómica notoria llegaron a contar con más de 200 elementos, tal fue el
caso de Rioverde y Matehuala.149 Revisando algunas listas de Rurales enviadas a la
gubernatura, en las cuales solo aparecen apellidos “mestizos”, Carlos Arturo Ramírez
infiere que, al menos en el Oriente Potosino, los indígenas no participaron en esta
organización armada.150

Desde su fundación, la Policía Rural mantuvo una actividad de vigilancia constante


en San Luis Potosí. En su informe de 1897, Juan Flores Ayala, gobernador de estado,
declaró que las fuerzas rurales se ocupaban arduamente del “resguardo de los caminos y de
las fincas rústicas, y en la tenaz persecución del abigeato y el robo de esquilmos en
haciendas y ranchos, que son los delitos que con más frecuencia se cometen en
despoblado”.151 Años después, su sucesor, el ya citado Blas Escontría, mencionó que la
relativa tranquilidad en el estado a finales del siglo XIX respondía a las acciones de los
Rurales, quienes trabajaba en conjunto, cuando la ocasión lo requería, con la Policía Rural
Federal. 152 Esta ultima fuerza, conviene decir, se encontraba acantonada mayoritariamente
en el Valle de México. Pese a que no era su función principal, los Rurales potosinos se
presentaban, a petición de los alcaldes municipales, en los “bailes” y los “fandangos” para
evitar las continuas riñas que acontecían en estas diversiones públicas.

No es ocioso enfatizar que, por su papel de protectores del orden municipal, los
policías rurales ocuparon un lugar importante en los actos cívicos y en las celebraciones de

148
HNDM, El Contemporáneo, Diario de la Tarde, septiembre 20 de 1904, núm. 1796, p. 1.
149
HNDM, El Contemporáneo, Diario de la Tarde, Mayo 10 de 1900, núm. 1099, p. 2.
150
RAMÍREZ, Tanquián. El poder y su dinámica, p. 48.
151
HNDM, El Contemporáneo, Periódico Independiente, septiembre 19 de 1897, núm. 338, p. 3.
152
HNDM, El Contemporáneo, Bisemanal Independiente, septiembre 25 de 1902, núm. 1344, p. 3.

58
los pueblos, particularmente en aquellas que rememoraban el inicio del proceso
independentista. Después de ser reconocidos en los discursos patrióticos y de ser
nombrados individualmente por los alcaldes, los Rurales hacían gala de sus caballos y
armamentos en desfiles por los poblados. De igual forma, escoltaban al gobernador cuando
este se presentaba en algún municipio para presidir eventos públicos.

Ahora bien, un sector de la prensa discutió la visión oficial en torno a los rurales; se
denunciaba que estos actuaban con un criterio diferente a lo establecido en las leyes, pues
las autoridades estatales les conferían “carta blanca” en la toma de decisiones, solapando
todo tipo de tropelías. Una situación que profundizó el debate en torno a las “libertades
asumidas por los rurales”, y que puso de manifiesto el respaldo institucional que
disfrutaban, fue la aplicación de la “ley fuga” a cinco detenidos en la cárcel de Coxcatlán,
señalados de asesinar a un diputado de nombre Rómulo Vidales. Acosados por las balas de
una gavilla que buscaba liberar a los reos, y ante la inminente fuga, los Rurales decidieron
acabar con la vida de estos últimos. El visitador de los Partidos de Oriente, José Vega, trató
de aclarar el episodio en El Contemporáneo y aseguró que si bien algunos policías habían
huido del enfrentamiento, otros soportaron los embates de los “criminales” y, para evitar
disturbios mayores en el pueblo, aplicaron un “violento pero justo castigo” a los asesinos
del diputado Vidales. Vega declaró que esta acción no sería castigada, pues respondió a “las
apremiantes circunstancias en que se encontró la autoridad”. 153

¿Cómo entender la protección que recibían los Rurales por parte del gobierno
potosino? Era claro que a la cúpula política del estado le convenía mantener la lealtad de
los oficiales de los cuerpos armados, pues le aseguraban cierto orden sociopolítico en sus
zonas de dominio. El gobierno era sabedor de que los miembros de la Policía Rural eran
agentes dobles, de orden y desorden, y que, ante una posible insatisfacción, estos podían
generar brotes de disconformidad. Tal como lo sugiere Paul Vanderwood, en la segunda
mitad del siglo XIX existía una línea muy tenue entre ser bandido y ser un policía rural, y
las autoridades eran concientes de ello.154 En todo caso, lo que acontecía con los rurales de
San Luis Potosí era un reflejo de lo que imperaba con las fuerzas rurales federales, las que
al contribuir a la conservación de la paz interior y, por ello, a la relativa estabilidad política
153
HNDM, El Contemporáneo, Periódico Independiente, junio 16 de 1897, núm. 263, p. 1.
154
VANDERWOOD, Desorden y progreso, p. 91.

59
de la dictadura, se les permitía un amplio margen en la interpretación de lo que se
consideraba el cumplimiento de sus deberes.155

Se debe señalar que la Policía Rural en San Luis Potosí estuvo en funciones hasta la
segunda década del siglo XX, cuando el país se encontraba en plena reconstrucción
institucional después del movimiento revolucionado iniciado en 1910.

CONCLUSIONES

¿Cómo se conformó el sistema policial en San Luis Potosí? Durante el siglo XIX y
principios del XX, las autoridades estatales y municipales, ponderando las especificidades
sociales y geográficas de la entidad, se preocuparon por la creación de cuerpos de seguridad
eficaces para salvaguardar el orden público y evitar todo tipo de crímenes en su territorio.
En la capital potosina, núcleo urbano en franco crecimiento y con una división
administrativa por cuarteles se fomentaron patrullajes nocturnos y diurnos por medio de
serenos, celadores y jefes de manzana. A diferencia de otras partes del estado, estos agentes
policiacos coincidieron y actuaron de forma simultánea y no siempre coordinada. Para
finales del siglo XIX, debido al crecimiento demográfico que experimentaba la ciudad, se
buscó modernizar la vigilancia urbana con la creación de la gendarmería y policía montada,
esfuerzo que trajo consigo el aumento considerable de vigilantes en la capital.

En la esfera rural, donde los habitantes estaban asentados en pueblos, barrios,


haciendas y ranchos dispersos, el orden dependió en buena medida de la intervención de los
ayuntamientos, pero también de los dueños de unidades productivas, los cuales estaban
obligados a subsidiar grupos de seguridad para la supervisión de sus propiedades y terrenos
aledaños. Las autoridades estatales eran concientes de que los hacendados tendían redes
clientelares que los investían de una autoridad casi paternal en sus respectivas zonas de
influencia. Por tanto, sin su cooperación era nula la posibilidad de implementar una
vigilancia continua y articulada. Entonces, resulta comprensible que, como complemento
de los celadores rurales, el gobierno tolerara, y hasta legalizara en 1847, la existencia de
guardias o guerrillas privadas. Como se mencionó en líneas anteriores, la fundación de la
155
VANDERWOOD, Los rurales mexicanos, p. 56.

60
Policía Rural les permitió a los “hombres fuertes” de las regiones consolidar, a fines del
siglo XIX y principios del XX, su liderazgo sobre la vigilancia en el agro potosino,
oficialmente supeditados a prefectos y jefes políticos.

El gobierno local también se preocupó por vigilar los pueblos habitados


mayoritariamente por indígenas, donde supuestamente imperaba el desorden y el abigeato.
Así, reafirmó el papel de los celadores indios, los que fueron subordinados a los
ayuntamientos y no a los gobernadores de naturales, quienes hasta bien entrado el siglo
XIX aun contaban con ciertas prerrogativas para la imposición de autoridades comunales.
Impedir que los mandones de los barrios escogieran a sus celadores, muestra el deseo de los
cuerpos políticos municipales por colocar vecinos de confianza en las poblaciones alejadas
de los pueblos cabeceras.

El sistema de policía potosino no careció de vicisitudes para su formación. En


algunos municipios, los celadores estaban mal armados y peor entrenados; en otros, los
alcaldes no fomentaron la creación de grupos de vigilancia entre los hacendados, y algunos
celadores ya asignados generaron resistencias cotidianas, veladas y abiertas, para no
detentar dicho cargo. Del mismo modo, en varios lugares era imposible organizar cuadros
de vigilancia debido al poco número de habitantes y la nula disponibilidad de los vecinos.
En los barrios indígenas, hay indicios de que los celadores desconocieron la autoridad de
los alcaldes.

Ahora bien, las prácticas de los cuerpos de vigilancia, muchas de ellas realizadas para
visibilizar su autoridad, rayaron en procedimientos arbitrarios, abusivos y violentos. Los
prefectos y jefes políticos, en su calidad de jefes de policía, impusieron un sistema
detenciones que, a decir del Supremo Tribunal de Justicia, atentaba contra los derechos
individuales de los ciudadanos. En ese mismo sentido, se pudo constatar que los jefes de
serenos mantenían una rígida disciplina con sus subalternos, y los castigaban con prisión si
se ausentaban en los rondines. Sin embargo, cabe decir, los guardias que ocupaban los
rangos más bajos aplicaron castigos corporales, en coordinación con los gendarmes, en
contra de bebedores asiduos en las calles capitalinas. En la segunda mitad del siglo XIX, la
prensa local exhibió el proceder de la gendarmería, la que empleaban una violencia
excesiva durante las aprehensiones y en la cárcel municipal. Igualmente, se evidenciaron

61
sus faltas al orden público y las supuestas complicidades que tenían con infractores de la
ley.

Los vigilantes del campo potosino también utilizaron la violencia física para hacer
notoria su autoridad. Los celadores indígenas, con el respaldo que les concedían los
ayuntamientos, empleaban el azote para mantener un sistema de trabajos forzados en
algunas comunidades, en tanto que las guardias privadas de las haciendas, al menos en el
Oriente de la entidad, hacían uso de la intimidación y los castigos para mantener una
relativa armonía dentro de las unidades productivas. Podría pensarse que la Policía Rural
continuó con estos patrones de comportamiento, pues su conformación fue muy similar a la
que tuvieron las guerrillas personales.

¿Cómo entender esta construcción de la autoridad mediante de la violencia? Podría


aseverarse que los abusos físicos y verbales de los cuerpos de seguridad potosinos fueron
una continuación de expresiones con anclaje en el Antiguo Régimen, donde la violencia
corporal era parte fundamental en la corrección de las personas. Como lo asegura Claudia
Ceja Andrade, las sanciones físicas que aplicaban los grupos de vigilantes erigidos en el
siglo XIX formaron parte de la dinámica social de dicha centuria, pues este tipo de
maltratos se observaban frecuentemente entre maestros y sus aprendices de oficio, los
padres y sus hijos, entre marido y cónyuge, profesores y alumnos, ejercito y sociedad civil,
entre curas e indígenas, autoridades indias y sus gobernados, etc.156 Así, es posible pensar
que ataviados con uniformes (seminales en la visualización de autoridad) o sin ellos, los
grupos de seguridad de San Luis Potosí percibieron la violencia como un elemento tácito y
“natural” de su investidura de representes de la ley, aunque los reglamentos y las mismas
leyes dictaran lo contrario.

Conviene advertir que la autoridad que trataron de proyectar los encargados del orden
no tuvo rasgos hegemónicos. Los gendarmes y los Rurales fueron constantemente
criticados e insultados por la prensa. Asimismo, los policías capitalinos se convirtieron en
objetos de agresiones físicas y verbales en escenarios públicos, como calles, jardines y

156
CEJA ANDRADE, “Escandalosos, ebrios, malos”, p. 603.

62
fandangos, y en semipúblicos, como despachos de bebidas.157 Ahora bien, en estos últimos
espacios, la presencia de los gendarmes no siempre fue vista como una intromisión, pues
las fuentes consultadas muestran que los policías solían frecuentar y beber en pulquerías y
cantinas durante su turno de trabajo.

Pese a los reclamos y denuncias hechas por los vecinos y la prensa capitalina, fue un
hecho que el gobierno potosino dotó de soporte institucional a los grupos policiales
fundados durante el periodo de estudio. Se toleraron sus prácticas, particularmente la de los
agentes rurales, y fueron removidos solo cuando el descontento provocado por sus acciones
amenazaba el orden o resultaba en una rebelión, tal como sucedió en Tamazunchale en
1879. ¿A qué se debió esta lenidad? Sin duda, a la falta de recursos económicos del
gobierno estatal y, por ende, a la incapacidad de proyectar su presencia en territorios ajenos
a su control. Es por ello que los hacendados, ya como intermediarios o como jefes de
rurales, reitero, fueron los protagonistas en la articulación de cuerpos de vigilancia en el
campo potosino, a pesar de que algunas voces políticas denunciaron su mal proceder en la
gestión de seguridad social. Tal como lo describe Fernando Escalante Gonzalbo, los estados
federados, carentes de capital, dependieron en materia de seguridad de los “hombres
fuertes” de sus regiones, pues eran sabedores de que a estos últimos les convenía mantener
un grado de orden para conseguir sus ingresos.158 En otras palabras, las autoridades
estatales pergeñaron un sistema de policía montado en estructuras clientelares que
respondían en gran medida a prácticas de Antiguo Régimen.

157
Acorde a Diego Pulido, los despachos de bebidas embriagantes pueden ser considerados espacios
semipúblicos debido a que su objetivo principal es comerciar, pero al mismo tiempo incitan a la gente a entrar
en ellos, permitiendo que en su interior se desarrollen “densas relaciones interpersonales”. PULIDO
ESTEVA, ¡A su salud!, p. 24.
158
ESCALANTE GONZALBO, Ciudadanos imaginarios, p. 121.

63
Fuentes primarias

AHESLP, Archivo Histórico del Estado de San Luis Potosí, Fondo Secretaría General,
Fondo Periódico Oficial, Fondo Leyes y Decretos, Fondo Supremo Tribual de Justicia
Ramo Criminal.

HNDM, Hemeroteca Nacional de México, Fondo Periódico Oficial, El Correo de San Luis,
El Contemporáneo.

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