EL JOVEN RICO. Marcos 10: 17-22.
I ANÁLISIS HISTÓRICO
El evangelio de Marcos no expone con claridad el lugar en que se hallaba Jesús
en el momento de su encuentro con el joven rico. El contexto geográfico e
histórico debe remontarse un poco antes, hasta Mc 10:1: “Levantándose de allí,
vino a la región de Judea y al otro lado del Jordán”. Judea se extendía
políticamente más allá (es decir, más al este) del Jordán. Marcos, posiblemente
quiso decir que Jesús fue a la región de Perea o Transjordania, limitada por
Judea. De este modo, hallamos al Señor, junto con sus discípulos (v. 10), viajando
hacia el sur a través de Perea, y concluimos que se trata del ministerio en Perea,
al este del río Jordán, que posteriormente vuelve a cruzar, para llegar a Jericó
(10:46). Debió ocurrir en su tercer año de ministerio público y cuando se
encaminaba hacia Jerusalén, para morir allí.
Un hecho que debe notarse, dentro del contexto inmediato del relato, es que
Marcos deja la sensación que la secuencia que narra, desde el capítulo 10, forma
una cadena natural: matrimonio, niños y bienes materiales. Seguramente Jesús y
los doce siguieron su camino desde la misma casa mencionada en Mc 10:10, en
donde ocurren algunos de estos eventos preliminares, y por lo tanto, podemos
pensar que este es el contexto en el que se presenta el encuentro con el joven
rico. Después de la escena del Señor, bendiciendo a los niños y ofreciéndoles el
reino de los cielos, sin que ellos se lo pidan y sin que tengan que hacer nada, el
joven rico se ve animado a preguntarle qué puede hacer para obtener lo mismo.
Marcos presenta el relato más amplio que los demás Evangelios Sinópticos y lo
hace en forma más gráfica aún. Muestra a un joven que corre jadeando y que se
humilla hasta postrarse en el suelo, igual que el leproso en Mc 1:40. Por estas
primeras manifestaciones, uno tiende a suponer que el joven está verdaderamente
interesado en el destino de su alma. Marcos también es el único de los tres
Sinópticos que presenta al joven yéndose triste y con el rostro apesadumbrado, en
gran manera, como si la vida se le hubiese vuelto una tormenta (στυγνάζω:
afligido) con las palabras de Jesús. Otro detalle que no aporta Marcos, pero sí
Lucas respecto del joven, es que era un dirigente o un hombre principal (Lc 18:18);
y los tres evangelistas coinciden en que tenía muchas riquezas. Que haya sido un
principal entre los judíos es significativo, pues caer de rodillas, en público y ante
un rabino, suponía superar el orgullo inicial, recordemos a Nicodemo yendo a
Jesús de noche, para no ser visto (Jn 3). El joven probablemente consideró que en
verdad Jesús era Dios y que bien merecía tal reverencia. Sin embargo, sus
palabras iniciales no calaron bien en Jesús, quien se muestra reflexivo; no
consideró la frase de «Maestro bueno» como algo sincero, sino como una
adulación molesta.
Otros elementos culturales son aportados por Kenneth Bayley en su comentario
sobre el relato del joven rico en Lucas 18, haciendo un parangón entre la antigua
obediencia mandada por Moisés en los diez mandamientos y la nueva obediencia
requerida por Jesús, que bien vale la pena reseñar como elementos destacados
de la cultura Oriental, para el resto del análisis que abordaremos:
En la antigua obediencia se les decía a los fieles que no robaran la propiedad de
otros. En la nueva obediencia, es posible que uno tenga que dejar atrás su
propiedad. En la antigua obediencia se decía que uno dejase sola a la mujer de
su vecino. En la nueva obediencia se puede esperar que el discípulo deje sola a
su propia mujer. En la antigua obediencia se les decía a los fieles que honraran a
su padre y madre, lo que significaba (y aún significa), claro está, quedarse en casa
con ellos y cuidarles hasta su muerte y entonces enterrarles respetuosamente. En
la nueva obediencia el discípulo puede tener que dejarles a ellos para responder a
una lealtad más alta. Es casi imposible comunicar lo que significa todo esto para
la cultura del Medio Oriente.
La demanda de lealtad al Maestro requería del joven total desprendimiento, a fin
de heredar no sólo la vida eterna sino una vida de servicio en el reino de Dios,
compartiendo con los necesitados. Esto implicaba una adhesión total al Maestro y
no sólo a la Ley, algo que parecía fuera de lugar dentro de su cultura y contexto
religioso. Los demás rabinos sólo pedían obediencia a la Ley, Jesús pedía que lo
siguieran. Obedecer la Ley significaba, en casi todos los casos, adhesión a su
persona, algo mucho más exigente, era una lealtad mayor, pero con una
recompensa también mayor.
II ÁNALISIS LITERARIO
Estudio de Términos:
ὁδὸν (jodón): Sustantivo común femenino, acusativo singular, proveniente de ὁδός
(camino). “Al salir Jesús siguió su camino”. Esto indica no sólo la ruta en su
itinerario a Jerusalén, sino, en otro sentido, el camino que el Señor había tomado
ya rumbo a la cruz. Era el tercer año de su ministerio y viajaba desde Perea (en
Galilea) rumbo a Jerusalén, a su cita con el destino, con el camino que
gustosamente había elegido.
προσδραμὼν (prosdramón): Verbo participio aoristo activo nominativo masculino
singular de προστρέχω (correr hacia; apresurarse para encontrar o unirse a). La
actitud del joven revela inicialmente un apremio sincero por relacionarse con el
Maestro. Vino corriendo a Jesús, pero el final mostrará que era superficial en su
vocación.
γονυπετήσας (gonupetésas): Verbo participio aoristo activo nominativo masculino
singular de γονυπετέω (denota arrodillarse, [de gonu, rodilla y pipto, caer
postrado], el acto de uno que implora ayuda (cf. Mat 17:14; Mar 1:40); de uno que
expresa reverencia y honor (Mar 10:17). La actitud del joven demuestra reverencia
hacia Jesús; algo inusual pues el joven es un principal, según el evangelio de
Lucas. Era probablemente uno de los oficiales a cargo de la sinagoga local. No
obstante considera que el Maestro es digno de tal reverencia, y no puede
pensarse que lo haya hecho por burla. El evento tiene lugar en un lugar público, lo
que lo hace más impactante aún. Esta confianza suya para postrarse ante Jesús,
seguramente viene aparejada por el hecho de que previamente habría oído o visto
la manera amorosa como Jesús se refiere a los niños y su favor especial para con
ellos al tocarlos y bendecirlos, ofreciéndoles el reino de los cielos (Mc 10: 13-16).
El joven ve en Jesús a alguien muy distinto a los demás rabinos, y no teme quedar
en ridículo ante la gente. Entiende que tiene a su alcance una excelente
oportunidad para pedirle a Jesús lo mismo que aquellos niños sin esfuerzo alguno
encontraron: la vida eterna, el reino de los cielos.
ἐπηρώτα (eperóta): Verbo en indicativo activo, tercera persona singular de
ἐπερωτάω (preguntar). Es una forma intensificada. Se utiliza frecuentemente en
los Evangelios Sinópticos, pero solo en dos ocasiones en el Evangelio de Juan. El
carácter más intensivo de esta acción de preguntar se puede observar en Lc 2:46;
3:14; 6:9; 17:20; 20:21, 20:27; 20:40; 22:64; 23:3; 23:6; 23:9. En Mt 16:1 significa,
virtualmente: «exigir, demandar» (su significado en griego posterior). El joven va a
Jesús corriendo, rostro en tierra, inclinado con reverencia, no con insultos; y
aparte, con gran ruego, queriendo obtener una respuesta del Maestro, algo que
llene su corazón pues ni aún haber guardado los mandamientos ―si es que en
verdad los guardó― logró llenar este vacío de Dios. Esta expresión de afán, de
desespero, de demanda, dan la impresión de su aparente sinceridad y deseo de
conocer a Jesús y heredar la vida eterna, pero el final demostrará que su intención
era débil.
5. διδάσκαλε ἀγαθέ (didáskale agáte): «Maestro bueno». Una frase difícilmente
atribuida a un rabino judío. Los rabinos sabían bien que el único bueno era Dios
(Sal 106:1), y no aceptaban tal distinción para un hombre. Sin embargo, el joven
adula a Jesús causando un cierto disgusto en él. Jesús reflexiona sobre el elogio
que le hace y lo confronta directamente, en otras palabras, le dice: «no me llames
bueno mientras no reconozcas que soy Dios, o de otro modo: ¿me estás llamando
Dios?». Al respecto, William Hendriksen interpreta la declaración como un reclamo
que hace Jesús de su propia deidad, o como un llamado a considerar la bondad
de Dios:
Siguiendo el propósito de Marcos en su evangelio, respecto de la deidad de Cristo,
podemos inferir la relevancia de las palabras de Jesús dirigidas al joven, cuando le
dice: «ninguno hay bueno, sino solo Uno: Dios» (Οὐδεὶς ἀγαθός, εἰ μὴ εἷς, ὁ θεός).
No obstante, esta revelación, el efecto de sus palabras no logró la misma
convicción en el joven, que al final rechaza la oferta del discipulado y sigue en pos
de su dios personal.
6. ζωὴν αἰώνιον (zoen aiónion): «Vida eterna». No podemos precisar si el
concepto que tenía el joven sobre la vida eterna es el mismo que Jesús comenzó
a usar en su ministerio. Es probable que el concepto de eternidad del joven tenía
asidero en la declaración de Daniel 12:2, que le fue enseñada por los escribas y
fariseos (máxime si era un joven principal): “Y muchos de los que duermen en el
polvo de la tierra serán despertados, unos para vida eterna, y otros para
vergüenza y confusión perpetua”. Independiente del concepto que haya tenido en
mente el joven rico, lo cierto es que quería darse una oportunidad para ver si
estaba marchando en la dirección correcta, hacia su destino final, o si podía
alcanzar la paz definitiva que por alguna extraña razón no encontró al cumplir los
mandamientos que, supuestamente, había obedecido desde niño. Extraño, pues
quien cumple la ley tiene mucha paz y no hay para él tropiezo (Sal 119:165),
¿pero con qué tropezaba este joven? ¿por qué su zozobra? Esto levanta
sospechas sobre su reputada condición de moralidad y espiritualidad, como
guardián de la ley.
7. τὰς ἐντολὰς οἶδας· (tas entolás oidás): «Los mandamientos sabes» (o
conoces). El uso de οἰ̂δα (oida) en lugar de γινώσκω (ginosko), según el
Diccionario Vine implica lo siguiente: ginosko sugiere frecuentemente origen o
progreso en conocimiento, en tanto que oida sugiere plenitud de conocimiento. Si
esto lo podemos aplicar a la situación del joven, podría pensarse que Jesús le
hace responsable de conocer la Ley en forma plena, por lo menos el decálogo. Sin
embargo, ese conocimiento no implica adhesión y obediencia total. Creo que esa
realidad merece ser tenida en cuenta, pues Jesús no está hablando con un
extranjero, sino con alguien que tenía conocimiento de la Ley o que había sido
instruido en algún grado por los escribas y fariseos. Sobre todo si pensamos que,
como dice el evangelio de Lucas, era un principal. Refiriéndose seguramente a un
dirigente religioso, como ya lo anotó Hendriksen en su comentario al Nuevo
Testamento. Esto, por supuesto, conduce a otros análisis de las circunstancias del
joven, por lo menos de su contexto social y religioso, que causan extrañeza de la
misma forma que Nicodemo (Jn 3) la causó con su desconocimiento de la nueva
relación a la que era invitado por Jesús.
Otro hecho significativo es que como condición para alcanzar la vida eterna, Jesús
no le dice que crea, que tenga fe, sino que alude directamente a los
mandamientos. ¿Acaso, porque es por medio del cumplimiento de la Ley, como
pretende Jesús que se salve el joven? Sí y no, por cuanto la ley moral tiene
relevancia para la salvación del hombre (debe tenerse en cuenta los tres usos de
la Ley, a saber, moral, ceremonial, civil; y la vigencia de la primera en el plan
salvífico, no así las demás).
8. μὴ ἀποστερήσῃς (mé aposteréses): Verbo subjuntivo aoristo activo segunda
persona singular de ἀποστερέω (robar, despojar, defraudar). «No defraudarás».
Este era uno de los puntos a los que Jesús quería llegar. El mandamiento aquí
expresado no se encuentra en el decálogo, o por lo menos no se expresa de ese
modo. Más bien el decálogo contiene: «no codiciarás la casa de tu prójimo, ni la
mujer de tu prójimo», etc. En un sentido, codiciar algo que no es de uno es
defraudar. La sensación que deja el uso que Jesús hace de este mandamiento
tiene un propósito dirigido a atacar las posibles faltas cometidas por el joven para
hacerse de riquezas. No se puede inferir que haya obtenido sus bienes
defraudando a otros, pero tampoco se puede decir que los haya recibido como
herencia. Hay una nota de silencio aquí, pero por el giro que Jesús hace del
mandamiento (y, como conocedor que es, del corazón de los hombres), queda en
entredicho cómo consiguió el joven sus riquezas. En todo caso, por las propias
palabras del joven, parece que incluso ahí, sale bien librado.
Finalmente, otra cosa que Jesús hace es invertir el orden de algunos
mandamientos. Por ejemplo, el séptimo mandamiento lo pone antes que matar,
quizás para recordar que lo primero no es menos malo que segundo. Y el quinto
mandamiento lo pone al final, para ser recordado y guardado, quizás, pero tal vez
con el fin de mostrarle al joven, que lo que tanto anhela, como es la vida eterna, es
posible con el cumplimiento de este mandamiento y los demás, y que a la larga,
gozar de largos años de vida y que le vaya bien es cuestión de honrar a los padres
y no hacer daño al prójimo. Sin embargo, el joven se precia de haber guardado
todo esto desde su niñez. Parecía la lista más fácil de cumplir, y en un sentido
Jesús le allana el camino para exponerle al final la parte más demandante de la
primera tabla del decálogo, apenas el joven se preciara de haber cumplido todo lo
exigido. Siguiendo a Kenneth Bailey[6] en este punto,
Las dos lealtades más altas en Oriente, prácticamente requeridas de cualquier
persona ― consideradas aún más importantes que la vida misma, son familia y
aldea―. Cuando Jesús pone ambas en una lista, y después demanda una lealtad
que las sobrepasa a las dos […refiriéndose a la lealtad a la primera tabla del
decálogo], está requiriendo algo verdaderamente imposible para una persona del
Medio Oriente, según las presiones de su cultura.
ὁ δὲ Ἰησοῦς ἐμβλέψας αὐτῷ ἠγάπησεν αὐτὸν (jo de Iésus emblepsas auto
egápesen autón): «Pero Jesús mirándole, le amó): Para el uso del término
ἐμβλέψας (verbo participio aoristo activo nominativo masculino singular de
ἐμβλέπω: mirar) el Diccionario Vine lo traduce como: una mirada de intensa
contemplación, con total concentración. mirada de compasión, por un alma que se
cree capaz de alcanzar la vida eterna por medios humanos.
ὑστερεῖ (justerei): Un verbo en presente de indicativo activo, tercera persona
singular de ὑστερέω (llegar demasiado tarde, quedarse corto, carecer de). «Una
cosa te falta». Todo lo había cumplido y guardado el joven, pero una cosa le
faltaba, había llegado demasiado tarde, se había quedado corto en satisfacer las
demandas divinas para su salvación. Ningún mérito lo salvó, ni el cumplimiento de
la segunda tabla del decálogo. Jesús estaba a punto de revelarle su mayor
pecado: la idolatría. Algo que lo apartaba por completo de Dios y que lo ponía por
fuera del servicio en su reino. Cumplir con la segunda lista resultó fácil al joven,
pero desatender la primera, equivalía, de paso, quebrantar la segunda. La
exigencia era mayor. Sin embargo, la propuesta de Jesús, el Dios bueno, el
Maestro bueno, valía más que todos los sacrificios que le pedía; y era una
invitación que otros no recibieron tan directamente. Pero una invitación para la
cual el joven no estaba listo. Se había quedado corto…carecía de… ¿De qué
carecía? De renuncia, y verdadero amor a Dios y a su Ley. Toda la apariencia del
principio, su afán al correr, su ímpetu para buscar a Jesús, y aun su disposición a
ser «mal visto», de rodillas, en el piso, no eran más que sombras débiles, frente a
la luz que ahora recibía, pero que le había cegado en vez de abrirle el corazón
para continuar con mayor alegría el camino que el Maestro le señalaba: «ven,
sígueme, tomando tu cruz». Jesús le dijo: «vende todo lo que tienes (ἔχεις), dalo a
los pobres y tendrás (ἕξεις) tesoro en el reino de los cielos», pero el joven pensó
que lo que tenía (ἔχων) era mayor que lo que recibiría allí. Esta exigencia de
Jesús, no necesariamente se impuso a muchos otros que tuvieron bienes
materiales, cuando se encontraron con el Maestro, pero el caso particular del
joven así lo requería por cuanto estaba amando a sus riquezas y no a Dios.
στυγνάσα: Verbo en participio aoristo activo nominativo masculino singular de
στυγνάζω (stugnazo: afligir). Según el Diccionario Vine, es: presentar una
apariencia sombría. O como Robertson aclara: “es estar entenebrecido, como una
nube de tormenta”. El joven demudó su semblante. Había venido expectante,
quizás feliz de poder hablar con el Maestro, pero ahora se aflige, y se va triste. La
vida se le vuelve como un nubarrón, se siente impotente de poder cumplir las
demandas del Maestro, y se fue triste (λυπούμενος, de λυπέω:lupéo: lleno de
tristeza, con pena y dolor, pero sin arrepentimiento, y esto a pesar de que fue
amado por el Maestro.
III ANÁLISIS TEOLÓGICO
La decisión del joven rico para seguir a Cristo implicaba obedecer tres
instrucciones: ir y vender todo; dar lo vendido a los pobres; y, seguir a Cristo,
tomando la cruz. Pedirle que venda su hacienda y la dé a los pobres no significa
que Jesús está intentando presentar una nueva doctrina universal, es más bien
tratar un caso específico en que se requiere perfección y liberalidad. Algo para lo
cual el joven no estaba preparado. Cambiar su comodidad por las privaciones de
seguir a Cristo, aunque éste le ofreciera tesoros en el reino de los cielos, no
satisfizo sus expectativas. Quería la vida eterna y la paz para su alma, sin ninguna
renuncia personal. Ciertamente era una teología de la comodidad, no del
desprendimiento voluntario por amor a Cristo. Es un caso muy distinto al de la
mujer samaritana, en el evangelio de Juan (Jn 4). Ella es, quizás, una mujer pobre
y con problemas morales. El joven es rico, con solvencia moral y de buena
reputación entre los suyos. Sin embargo, a diferencia de la mujer, el joven
reconoce inicialmente su necesidad de salvación, y viene entusiasmado a Cristo,
cosa que no ocurre en el diálogo de Jesús y la samaritana, sino hasta el final,
cuando ella reconoce su necesidad de salvación. La historia de este joven nos
recuerda inicialmente a la de muchos que se emocionan con Jesús y dan
muestras de quererlo conocer y amar, pero es sólo emoción pasajera, les dura
hasta que escuchan las demandas del Maestro, luego todo cambia. Vino
corriendo, pero se fue triste. La alegría del comienzo no prevaleció ante las
exigencias del Maestro. El joven no tenía problemas morales, no era un ladrón, no
era un adúltero, ni menos un asesino. Al contrario, no defraudaba a nadie, y
además, honraba a sus padres. Todo eso lo había guardado desde niño. Jesús no
le imputa pecado alguno, parece estar de acuerdo en que todo lo que dice el joven
es verdad. Lo probó con seis mandamientos de la Ley. Aquellos que abarcaban el
trato con los demás: su relación horizontal; pero ninguno de ellos comprometió el
virtuosismo del joven. Sin embargo, Jesús aguardaba una sorpresa para él: los
mandamientos de índole vertical no fueron nombrados. Aquello que comprometía
el señorío de Cristo e implicaba consagración y seguimiento absoluto no había
sido considerado aún, le deja ver esta realidad cuando le refuta su saludo
lisonjero: ¿Por qué me llamas bueno? Ninguno hay bueno, sino sólo uno, Dios. En
otras palabras, Jesús le responde: ¿Me estás llamando Dios? Que aquí hay una
forma velada de la divinidad de Jesús, o que trata de llamar la atención del joven
hacia la bondad de Dios, ambas cosas son ciertas. Pero me identifico más con lo
primero. El joven parecía demostrar que conocía la Ley y amaba a Dios. Unas
líneas, más adelante, nos mostraría lo lejos que estaba de reconocer a Jesús
como Señor. Si bien había tenido éxito en guardar una parte del decálogo, la
ofensa de cualquiera de los otros le hacía culpable de quebrantar toda la Ley (Stg
2:10). La buena reputación moral en sociedad no excluye las prácticas privadas de
amor y devoción a Dios. ―Una cosa te falta―, dijo al joven. Quizás, pensemos,
que aquello que le faltaba era cumplir con el prójimo, como parte del evangelio
que Cristo pregonaba, pero me parece que hay más detrás de esto, y es la frase
final: ven y sígueme, tomando tu cruz. Ese era el punto crucial. Lo que en realidad
le faltaba y aquello a lo que Jesús quería llevarlo era a tener un encuentro con Él,
una decisión que implicaba grandes cambios en el joven, que no estuvo dispuesto
a aceptar; afligido por las palabras de Jesús se fue triste. Había buscado al
Maestro con afán, pero todo era superficial, su obediencia nunca se perfeccionó
más allá de su comodidad; tal vez guardó todas las cosas desde su niñez, para
impresionar, o porque así lo enseñaron; pero el camino de Jesús implicaba
aceptación de su señorío en áreas donde el joven nunca se dejó afectar por Dios:
en su codicia y en su amor a las riquezas. Vino corriendo, tal vez alegre de ver a
Jesús, pero se fue triste aunque fue invitado gustosamente a participar de la vida
del Maestro y de los propósitos del reino. ¡Qué efecto tan contrario tuvieron las
palabras de Jesús en la mujer samaritana! En ella causaron gozo, satisfacción y
vida eterna. Pero en el joven rico: aflicción, tristeza, tormento y finalmente,
rechazo. El texto no presenta más aspectos de este encuentro personal, salvo las
lecciones que se desprenden de este incidente, en el diálogo con los discípulos,
pero que no abordaremos.
Dureza de los corazones a pesar del mensaje, del mensajero y del método. Nos
hace pensar en cuanto al moralismo y el cumplimiento externo de la Ley, que
dejan carencias en quienes las practican con un espíritu equívoco. De hecho, el
término griego ὑστερέω referido a: “una cosa te falta”, implica que este
joven se había quedado corto en sus aspiraciones de alcanzar la salvación
por sus propios medios, al guardar la ley, y se quedaría corto en vivir con
propósito el resto de su vida, en su marginada soledad y egoísmo, fuera del
servicio en el reino de Dios. El camino de regreso al Dios verdadero implicaba
solo renuncia. Era lo más importante, pues representaba no sólo su relación con
Dios, sino su divisa dentro del reino de Dios, compartiendo con los necesitados de
este mundo.