HERRAMIENTAS PARA LA INTERPRETACIÓN DE LA
BIBLIA
Roberto Pereyra
Introducción
Cuando se trata de hacer afirmaciones sobre lo que
significa algún texto de la Biblia, a veces se
escuchan comentarios como los siguientes: “Bueno,
esa es solo tu interpretación”; “Se puede hacer
decir que la Biblia diga lo que quieras”; “Realmente
no puedes entender la Biblia. Está llena de
contradicciones”; “Nadie puede comprender el
verdadero significado de lo que se dice en ese
texto”; o, en un estudio bíblico alguno podría decir: “Esto es lo que la Biblia significa para
mí”.
Generalmente este tipo de declaraciones se debe a una de las siguientes razones, entre
otras: Estudiar la Biblia con ideas preconcebidas y desde un punto de vista puramente
humano; investigarla con una agenda pre-establecida, o con el propósito de armonizar
con un pensamiento cultural, filosófico o teológico predeterminado, o, talvez, estudiarla
fuera del contexto histórico, literario y teológico correspondiente.
Sin embargo, el propósito de la interpretación bíblica es el de hacer comprender a los
lectores de la Biblia el significado y el mensaje de sus escritos, lo que requiere el uso de
herramientas y técnicas de trabajo que los creyentes debemos usar con pericia, con
sabiduría y con humildad. Es más, debemos esforzarnos en desarrollar las destrezas
necesarias para usar nuestras herramientas de manera efectiva.
Este artículo introductorio pretende sintetizar lo que el adventismo entiende sobre cuatro
“herramientas”, o principios básicos, para la interpretación bíblica, tal como surgen del estudio de
pasajes bíblicos que tratan el tema.
Cuatro herramientas básicas para la interpretación bíblica
La Iglesia Adventista del Séptimo Día ha tenido siempre a la Biblia en gran estima. Una
característica distintiva de su identidad es su profundo compromiso con la autoridad de la
misma.
El adventismo la acepta como “dotada de autoridad absoluta y como revelación infalible”
de la voluntad de Dios (Elena de White, El conflicto de los siglos, 9). La considera
“autoridad suprema” (Elena de White, Los hechos de los apóstoles, 56); “la regla infalible
por la cual debe probarse toda opinión, doctrina y teoría” (Elena de White, El conflicto de
los siglos, 505); “la Palabra del Dios infinito […] el fin de toda controversia y el fundamento
de toda fe” (Elena de White, Palabras de vida del Gran Maestro, 21-22).
Si aceptamos su autoridad absoluta e incontestable, ¿no debiéramos encontrar en ella
también las herramientas básicas de cómo interpretarla? Notemos lo que ella misma
sugiere.
Sola Scriptura (Solo por la Escritura, la Escritura sola)
El principio Sola Scriptura enseña que solo la Escritura es la única autoridad absoluta e infalible,
más que toda autoridad eclesiástica, tradición o razón humana. Es accesible a todos y es capaz de
ser entendida con claridad. Puede auto interpretarse por sí misma.
Los adventistas construyen esta convicción sobre la base de lo que la misma Escritura revela y
enseña acerca de Dios, el Creador (Gn 1-2; Ex 20:11; Is 42:5; 45:18; Sal 33:6-9; 148:5; Ro 1:20; Ap
4:11; 14:7); el Sustentador (Nm 27:16; cf. Gn 2:7; Sal 104:29-30; 119:25, 40, 88, 107, 149, 154,
156, 159); el Redentor (Ex 14-15; Is 1:18; 33:22-24; 45:17; 46:13; 52:10; Ez 36:26-28; Mt 1:21;
10:22; 18:21-22; 19:25-29; Jn 3:16-17; 5:34; 10:9; 12:47; Hch 2:21; 4:12; 7:25; Heb 11:7; 1 P 3:20;
Ap 5:9; 7:9-15; 12:11; 14:1-5); único Dios (Ex 3:6; 20:3, 5; 1 R 18:39; Is 43:10-12); trascendente (Sal
139:7-12) y personal, revelándose como pastor solícito (Miq 4:6; Sof 3:19; Jer 31:10; Ez 34; Sal 23)
y hasta como esposo y marido (Os 2:16; Jer 2:2; Ez 16:8; Is 54:5).
Siendo el Soberano de todo lo creado, no solo reveló en la Escritura el relato auténtico de su
actividad creadora sino también “lo profundo y lo escondido […] misterios” (Dn 2:22, 47).
Revelación que es posible a través de “la palabra de Jehová” (1 S 3:21; cf. Is 22:14) a los profetas
(Neh 9:30; Am 3:7; Miq 3:8; Zac 7:12) y a los apóstoles (1 Co 2:9-13; 2 Ti 3:16; 2 P 1:20-21),
quienes la comunicaron con autoridad que no les era propia, sino derivada del Espíritu Santo de
Dios (Mt 28:18-20; Jn 14:15-17, 26; 16:13, 14; 20:21-23).
Cuando “los santos hombres de Dios hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo” (2 P 1:21) y
registraron por escrito el contenido recibido se dio origen a un depósito, alguna cosa concreta,
que en el Nuevo Testamento se interpreta como “conocimiento” (2 Co 4:6); “enseñanza” (Hch
2:42); “doctrina” (Ro 15:4); “palabra” de Dios (Jn 17:14); “palabra de verdad, el evangelio de
salvación” (Ef 1:13), la palabra histórica, normativa, final e incuestionable de Dios.
Así, la Escritura es el resultado de la revelación divina en la historia, revelación que fue
históricamente recibida, entendida y transcrita por los profetas y apóstoles.
El principio de Sola Scriptura implica también el concepto adicional de la suficiencia de la Escritura.
La Biblia es la única guía infalible hacia la verdad; nos hace sabios para la salvación (2 Ti 3:15). Es el
precepto por el cual toda doctrina debe ser probada (2 Ti 3:16-17; Sal 119:105; Pr 30:5, 6; Is 8:20;
Jn 17:17; Hch 17:11; 2 Ts 3:14; Heb 4:12). Por tanto, todo conocimiento y experiencia adicional, o
revelación, debe basarse en el fundamento suficiente de la Escritura y permanecer fiel a la misma.
Los adventistas mantienen el principio sola Scriptura, la Biblia y la Biblia solo como la norma final
de la verdad. Todas las demás fuentes de conocimiento y experiencia deben ser probadas por este
patrón infalible.
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Tota Scriptura (Toda Escritura)
Tota Scriptura enfatiza que la Biblia debe tomarse como un todo. El canon completo es la Palabra
de Dios, y no podemos elegir qué partes aceptar y qué partes rechazar (cf. Hch 20:25-26). Por
tanto, no es suficiente afirmar la primacía de la Escritura, vinculado al principio Sola Scriptura.
Aunque Martín Lutero profesaba un profundo respeto y reverencia por la Palabra de Dios,
evidenciado en la formulación del principio Sola Scriptura, arrancó de la Biblia la carta de Santiago
como una “epístola de paja”.
Además, Lutero menospreciaba otras porciones de la Escritura al presentar una clara distinción
entre Ley y Evangelio. Consideraba que la “Ley” era todo lo que aguijoneaba la conciencia de sus
propios pecados contra Dios y el prójimo, mientras que el “Evangelio” o la “Gracia” era todo lo que
comunicaba el amor y el perdón de Dios. La Ley exige obediencia a la voluntad ética de Dios y el
Evangelio promete el perdón de los pecados a la luz de la persona y obra de Jesucristo.
Sin embargo, el testimonio de la Escritura es claro en 2 Timoteo 3:16-17: “Toda la Escritura es
inspirada por Dios y útil para enseñar, para redargüir, para corregir y para instruir en justicia, a fin
de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra”.
Aunque la frase “toda la Escritura es inspirada por Dios” era entones una referencia a los escritos
del AT (ver Lc 24:17, 32, 44-45; Ro 1:2; 3:2; 2 P 1:21), Pablo también incluye a los del NT. El uso
que hace de la palabra “escritura” (grafē; de grafō, “escribir”) en 1 Timoteo 5:18 apunta en esa
dirección. Introduce dos citas, una del AT (Dt 25:4) y otra del NT (Lc 10:7) con la expresión “la
Escritura dice”. Por tanto, pareciera que el apóstol usase dicha palabra en paralelo para referirse
tanto al AT como al NT en el sentido técnico de escritos sagrados, inspirados y autorizados.
El principio de Tota Scriptura involucra varios temas que se relacionan entre sí.
Primero, el principio Tota Scriptura y el Canon bíblico, es decir, la colección de libros inspirados.
Los adventistas afirman que el proceso de canonización del AT y del NT es producto del Espíritu
Santo, sin intervención de agencias humanas. Sostienen que los libros canónicos contienen
características internas de auto-autentificación y auto-validación que fueron reconocidas como
tales por la comunidad cristiana en general y en particular.
Por tanto, es posible afirmar que la Iglesia no es la que establece el canon de la Escritura. Lo
descubre, lo reconoce, lo atestigua y lo proclama bajo la acción del Espíritu Santo.
Segundo, la unión inseparable de lo divino y lo humano. Pablo afirma que “toda la Escritura”, el AT
y el NT, “es inspirada [insuflada] por Dios” (2 Ti 3:16). Es el resultado del poder creador de Dios (cf.
Gn 2:7; Sal 33:6). Es decir, su origen es divino. La imagen aquí es la del “viento” divino, o Espíritu
de Dios, que viene sobre el escritor, de modo que la Escritura es producto del aliento creativo
divino.
¿Cuál fue el papel del Espíritu Santo en el proceso de crear la Biblia como obra escrita? La
inspiración como intervención divina en el proceso de la escritura no produce los contenidos;
estos ya se han revelado antes. En cambio, la inspiración que sucede en la mente de los escritores
bíblicos garantiza la transmisión de contenidos revelados y asegura la confiabilidad de los
registros. Es decir, por un lado, la revelación de Dios “causa” los contenidos bíblicos; por otro, la
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inspiración del Espíritu de Dios hace que estos contenidos tengan una expresión literaria humana,
comprensible.
Mientras los escritores bíblicos realizaban la reproducción escrita de los mensajes revelados, Dios
estaba providencialmente presente, supervisando todo el proceso. Gracias a su omnisciencia y
omnipresencia, Dios estaba plenamente consciente de los procesos lingüísticos y de pensamientos
que actuaban en la mente de los escritores bíblicos mientras escribían.
Este aspecto de la inspiración no es intrusivo. Dios no produce pensamientos ni palabras, pero
supervisa el proceso de producción libre en la mente de los escritores, asegurándose de que los
contenidos se registraran de manera confiable.
Toda la Escritura es una unión indivisible e indistinguible de lo divino y lo humano. Un pasaje
bíblico clave que aclara la naturaleza divina de las Escrituras en relación con las dimensiones
humanas de los escritores bíblicos es 2 Pedro 1:19-21, el cual hace claro que las Escrituras no
vinieron directamente del cielo, sino que Dios utilizó las estructuras humanas.
En síntesis, la inspiración es el proceso mediante el cual los agentes humanos y divinos interactúan
para producir las Escrituras. Los escritores humanos, bajo la supervisión y asistencia del Espíritu
Santo, colocaron en forma escrita lo que Dios les revelara.
Siendo así, la Escritura tiene total autoridad: hace sabio para la salvación; es útil para enseñar,
redargüir, corregir, instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, preparado para
toda buena obra (2 Ti 3:15-16).
Tercero, la Biblia no solo contiene, sino que es Palabra de Dios.
El testimonio de la Escritura es sorprendente. El AT usa aproximadamente 1600 expresiones
diferentes, indicando explícitamente que Dios se ha comunicado. Por ejemplo, “la voz de Jehová”,
unas 360 veces (Dt 28:1, 2, 15); “así dice Jehová”, unas 425 veces (Zac 8; 2, 3, 4, 6, 7, 9, 11, 14, 20,
23); “habló Dios”, unas 420 veces (Ex 20:1-21; Sal 62:11); y “la palabra de Jehová”, unas 394 veces
(2 S 12:9; Ez 1:3; Os 1:1; Jl 1:1; Miq 1:1).
Muchas veces se registra la equivalencia entre el mensaje del profeta y el mensaje divino. Note, el
profeta habla por Dios (Ex 7:1, 2; cf. 4:15,16); Dios pone sus palabras en la boca del profeta (Dt 18:
18; Jer 1:9); la palabra del Señor viene al profeta (Os 1:1; Jl 1:1; Miq 1:1).
Jeremías amonesta a sus lectores por no escuchar a los profetas (25:4), lo que es no oír a Jehová
(27:7), “sus palabras” (25:8). Por tanto, el mensaje de los “profetas” es el mensaje de “Dios”.
Armonía de la Escritura
Posiblemente, la unidad y armonía esencial que se advierte en todo el AT y NT se deba a que el
mismo Espíritu haya inspirado tanto el proceso de escrituración como el de canonización de la
Escritura. Además, el hecho que los escritores del NT citen a los del AT sugiere que ambos están en
armonía y tienen la misma autoridad divina; la Escritura es “la Palabra de Dios”.
Según una estimación académica, el NT tiene más de 4.000 referencias al AT. Muchas de estas son
“conforme a las Escrituras”, o, “cumplen lo que las Escrituras dicen”. El nacimiento de Cristo, por
ejemplo, “aconteció para que se cumpliera lo que el Señor dijo por medio del profeta: ‘He aquí
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que la virgen concebirá y dará a luz un hijo’” (Mt 1: 22-23). En el marco de su crucifixión,
“sabiendo Jesús que ya todo estaba consumado, dijo, para que la Escritura se cumpliera: 'Tengo
sed […].'” (Jn 19:28-29; cf. Sal 69:21; Mt 27:34, 48; Mc 15:23, 36; Lc 23:36).
Es posible afirmar que para los lectores creyentes de la Escritura existe una relación
interdependiente y recíproca entre ambos Testamentos, como lo aprendieron los discípulos por
indicación del Jesús resurrecto. Les sugirió que se lo estudiase e interpretase a la luz del AT, lo que
resulta ineludible y elemental (Lc 24:25-27). En realidad, los orígenes de la fe cristiana se
encuentran en el AT, razón por la cual siempre debiera modelarse en el marco de ese supuesto (Lc
24:44-48).
Con certeza, lo que el AT predijo, el NT lo hace visible; lo que el primero anuncia implícitamente en
símbolos y códigos, el segundo lo proclama explícitamente como realidad presente. Por tanto, el
AT es una profecía del NT, siendo éste el mejor comentario del AT.
Como se advierte en la misma experiencia de los Bereanos (Hch 17:11), aunque la revelación
posterior del NT se aprueba por la revelación anterior del AT, ninguno de los Testamentos
sustituye al otro.
El principio de la armonía de las Escrituras abarca tres aspectos principales. El primero, la Escritura
es su propio intérprete.
El principio de que la misma Escritura es su mejor intérprete fue articulado durante la Reforma
como una reacción al concepto católico de que la iglesia era el intérprete final de la Escritura. Los
reformadores se opusieron a esta afirmación e insistieron en que “la Escritura es su propio
intérprete” (Scriptura sacra sui ipsius interpres). Lo que querían decir, en razón de la unidad de la
Escritura, es que una parte interpreta a la otra y se torna en la clave para comprender pasajes
relacionados entre sí. Por tanto, ninguna parte de la Escritura puede alterar la enseñanza de toda
la Escritura.
Jesús, en camino a Emaús, usó y demostró este principio: “comenzando desde Moisés y todos los
Profetas, les interpretaba en todas las Escrituras lo que decían de él” (Lc 24:27). Un poco más
tarde, reunido con los discípulos, afirmó “que era necesario que se cumplieran todas estas cosas
que están escritas de mí en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos. Entonces les abrió el
entendimiento para que comprendieran las Escrituras” (Lc 24:44-45).
Jesús mostró cómo debiera tomarse en cuenta todo lo que dice la Escritura sobre un asunto
particular en su interpretación. Lo mismo sugiere el apóstol Pablo (1 Co 2:13), lo que era parte de
su metodología interpretativa de la Escritura (Ro 3:10-18; Heb 1:5-13; 2:6, 8, 12, 13).
Si la Escritura no fuese su propio intérprete proporcionando la verdad absoluta, podría convertirse
en un escrito sujeto a “interpretaciones privadas” (2 P 1:20), lo que podría resultar solo en una
verdad relativa.
Segundo, la coherencia de la Escritura.
En el contexto de Juan 10:34-38, Jesús declara que es Hijo de Dios (9:35-37; 10:25-30), por lo cual
se lo acusa de blasfemia (10:33, 37). Sin embargo, citando el Salmo 82:6, Jesús argumenta que “la
Ley” (Jn 10:34), con referencia a la Escritura del AT, usa el vocablo “Dios” para referir a seres
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humanos, palabra que el AT utiliza exclusivamente para referirse al Dios Único y Verdadero, como
evidente en Salmos 82:1.
¿Cómo interpreta Jesús este pasaje, bien conocido por los oyentes, ya que su significado se
discutía con frecuencia? ¿Por qué lo usa?
Note, el Salmo 82:1 dice, “Dios (hebreo, elohim) se levanta en la reunión de los dioses (elohim); en
medio de los dioses (elohim) juzga.” Sin embargo, en los tres versos que siguen parece claro que la
palabra plural “dioses” (elohim) también refiere a magistrados, jueces y otras personas que
mantienen posiciones de autoridad y gobierno. El verso 6, Dios afirma:
“Yo dije: ´Vosotros sois dioses
Y todos vosotros sois hijos del Altísimo´”
De acuerdo a la argumentación de Jesús al citar el AT (Sal 82:6), en base al principio de que la
Escritura es coherente y su propio intérprete, resulta claro que la segunda línea en este
paralelismo se interpreta junto con la primera. Sólo una idea está clara en mente cuando Jesús cita
este texto: En “vuestra Ley” (Jn 10:34), el AT, la frase “vosotros sois dioses” no se aplica en sentido
real y literal, sino en referencia a los poderosos de la tierra [gobernantes, príncipes, jueces, etc.)
para significar “hijos del Altísimo”, como lo afirma el segundo miembro de la estructura paralela
del texto.
Jesús interpreta el Salmo 82:6 en su propio contexto, en base al principio de que la Escritura es
coherente y es su propio intérprete. Advierte que el verso 6 del salmo contiene un paralelismo de
sinónimo, característico de la poesía hebrea, el cual consta de dos líneas en las que la misma idea
se expresa dos veces, pero de dos formas diferentes.
En su defensa, Jesús hace una declaración que a veces, en una lectura ocasional, puede pasar
inadvertida. Sin embargo, refiere a un principio fundamental cuando se trata de entender la
Escritura. Afirma que “la Escritura no se puede romper” (Jn 10:35), lo que en otras versiones se lee
“la Escritura no puede ser quebrantada”, “no puede ponerse en duda”, “no puede ser anulada”,
“no puede rechazarse” por incoherencias.
En síntesis, Jesús cita el Salmo 82:6, recordándoles a los judíos que el AT se refiere a simples
hombres como “dioses”. Jesús argumenta: ustedes me acusan de blasfemia basándose en el uso
que hago del título “Hijo de Dios”; sin embargo, su propia Escritura aplica el mismo término a los
magistrados en general. Si aquellos que tienen un nombramiento por designación divina pueden
ser considerados “dioses,” lo que es decir “hijos del Altísimo” ¿cuánto más puede llamar así Aquel
a quien el Padre eligió y envió al mundo?
La Escritura, la Palabra de Dios escrita, es otra realidad de su obra creadora, y en sus palabras
inspiradas, se observa la misma previsión, consistencia y magnificencia que se manifiesta en todo
lo que Dios hace. Debido a que su carácter es verdadero y constante, la Escritura nunca puede ser
contradictoria. Cuando se encuentra algo que pareciera incoherente, la carencia se debe solo a la
comprensión del intérprete, no en lo que Dios ha inspirado y revelado en la Escritura.
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La tradición religiosa que echó raíces y ganó prominencia después de la muerte de los apóstoles
no mantuvo este principio inviolable y, como resultado, el cristianismo nominal de hoy sostiene
doctrinas que son una mezcla impía de porciones de la Escritura, junto con creencias y filosofías
paganas que se han ido recogiendo a lo largo de los siglos. En contraste, las verdaderas doctrinas
se articulan juntas en un todo unificado, cada una consolidando el cuerpo general de creencias.
Debido a esto, si una doctrina se cambia o se aplica incorrectamente, la consistencia del conjunto
comienza a desmoronarse.
Tercero, la claridad de la Escritura.
Dios ha hablado en su Palabra con suficiente claridad para ser leída, entendida, creída y
obedecida. La evidencia sobre la claridad de la Escritura se fundamenta tanto en el carácter de
Dios y en su actividad creadora, como en el mismo testimonio de la Escritura.
Dios es un comunicador eficaz. Sabe cómo utilizar palabras humanas para comunicar su
naturaleza, carácter y propósito. Él es quien nos dio el lenguaje en primer lugar y ha demostrado
ser experto en usarlo desde los primeros días de la historia humana.
Desde el principio hasta el final de la Biblia, Dios se presenta como alguien que habla. Dios habla y
el mundo nace (Gn 1). Dios habla y bendice su creación (Gn 2). Dios habla y pronuncia juicio ante
el pecado humano (Gn 3). Dios habla y hace un pacto con Abraham (Gn 12, 17). Dios habla y al
hablar hace promesas (por ejemplo, Gn 12; Ex 19; 2 S 7; Jer 31), que se cumplen en Cristo (2 Co
1:20). El autor a los Hebreos resume los hechos comunicativos de Dios a lo largo de la historia con
la expresión “Dios habiendo hablado […] nos habló" (Heb 1: 1-3). Sus palabras son una expresión
tan poderosa y perfecta de la intención de Dios que siempre logran lo que él les envía a hacer (Is
55:11).
La comunicación de Dios con su pueblo no es solo a través de la palabra oral, también lo es por la
palabra escrita. Los diez mandamientos fueron grabados en piedra “por el dedo de Dios” (Ex
31:18). Moisés “escribió todas las palabras de Jehová” (Ex 24:3-4). Los profetas no solo hablaron,
también escribieron las palabras que Dios les inspiró hablar (Jer 36:1-2, 4-6, 8, 27-32; Am 3:7-8).
Pedro escribió, “ninguna profecía de la Escritura es de interpretación privada, porque jamás fue
traída la profecía por voluntad humana; al contrario, los hombres hablaron de parte de
Dios siendo inspirados por el Espíritu Santo” (2 P 1:20-21). Es por eso que Jesús pudo apelar, no
solo a lo que dijeron los profetas en el pasado, sino también a lo que estaba escrito (Mt 4:4, 7, 10;
11:10; 21:13; 26:31).
Es importante reconocer que ni el pecado humano (Gn 3), ni su propio juicio en la forma de la
fragmentación de los lenguajes humanos (Gn 11), impidieron que Dios se comunicara eficazmente
con aquellos que había elegido. Dios habló y fue comprendido por el hombre y la mujer después
de la Caída (Gn 3) y por Abram después de Babel (Gn 11). Por supuesto, todavía es posible
rechazar la palabra que Dios ha hablado siguiendo el patrón del Jardín del Edén. Todavía es posible
distorsionar la palabra de Dios, abusar de ella como lo hizo Satanás en el desierto con Jesús (Mt 4).
Todavía es posible torcer las Escrituras para nuestra propia destrucción (2 P 3:16). Todavía es
posible no entender o confundirse con una parte de la Escritura (Hch 8:26-35). Sin embargo,
ninguna de estas cosas es un problema de la Escritura que se nos ha dado. Son nuestros
problemas.
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La claridad no es lo mismo que simplicidad, y no todos los textos son tan simples y directos como
otros. Sin embargo, en el contexto de toda la Escritura, con una mayor familiaridad con la
totalidad, y al comparar los textos difíciles con los textos más simples, podemos estar seguros de
que la Escritura habla con claridad. Aquellos que la estudian con fe en la bondad del Espíritu
Iluminador de Dios, con humilde oración y voluntad de arrepentirse y obedecerla, llegarán a
comprenderla con claridad. Esta convicción es obvia incluso en el mismo NT, donde Pedro podría
hablar de algunas cosas en las cartas de Pablo “que son difíciles de entender”, (no “imposibles”),
pero que se pueden abordar con confianza, siendo posible hasta discernir cuándo “los indoctos e
inconstantes” las tuercen (2 P 3:16).
El rol del Espíritu Santo en la interpretación bíblica
De acuerdo a la visión tradicional en el adventismo, heredada de los principios de interpretación
de la reforma, se necesita la ayuda del Espíritu Santo para comprender la Escritura. Estuvo activo
en el proceso de la revelación, inspiración y escrituración de la misma, guiando a los escritores
bíblicos en la elección de las palabras y de la gramática con las que intentaban expresar el
contenido inspirado y su significado. Con certeza, ese mismo Espíritu también se encuentra activo
en el presente, con la disposición de conceder “iluminación” y “convicción” al lector en la
interpretación del contenido escriturado.
Para el adventismo, “iluminación” refiere a la comprensión del significado de lo que se lee, y por
“convicción” se implica la concesión de un significado inequívoco al texto leído. Es decir, el Espíritu
ayuda al lector a que “entienda” el significado que el autor deseaba expresar y a “convencerlo” de
la verdad de tal significado. Efectivamente, es el Espíritu Santo el que auxilia al lector en su intento
de entender el significado de lo revelado en la Escritura.
Esta visión tradicional del adventismo pareciera tener el respaldado suficiente de la Escritura.
Pablo afirma que “el hombre natural no acepta las cosas que son del Espíritu de Dios, porque le
son locura; y no las puede comprender, porque se han de discernir espiritualmente” (1 Co 2:14).
El punto señalado en este versículo es crucial en nuestra comprensión de la espiritualidad y cómo
interactuar con el mundo no creyente. No se puede esperar que los no creyentes piensen o actúen
como creyentes. La persona sin el Espíritu de Dios no tendría las condiciones apropiadas para
aceptar lo hechos revelados por el Espíritu de Dios. Los considera tonterías y no los pueden
entender porque se disciernen solo por medio del Espíritu. Las verdades de Dios se entienden, se
creen y se aceptan a nivel espiritual. Pablo insiste que aquellos sin el Espíritu de Dios no tienen ese
nivel de compresión y convicción.
La diferencia clave es espiritual: aquellos que no son guiados por el Espíritu Santo, gracias a la fe
en Cristo, simplemente carecen de una visión espiritual virtuosa. La única manera de creer en las
verdades de Dios, incluido su plan de salvación a través de la fe en Cristo, es que Dios comunique
esas verdades a través de su Espíritu, generando comprensión y convicción.
La persona natural rechaza lo que proviene del Espíritu de Dios. Aquellos que solo confían en sus
sentidos y en su razón humana nunca podrán comprender las verdades espirituales de la
revelación de Dios sobre el pecado y la salvación en Cristo. No es razonable esperar que los no
creyentes procesen los problemas espirituales de la misma manera que los creyentes. “Sin el
Espíritu de Dios”, pareciera imposible esperar que tengan la “mente de Cristo” (1 Co 2:16).
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Si bien la Escritura se ha escrito de tal manera que se la puede entender claramente, aquellos que
no están dispuestos a aceptar su verdad no apreciarán la importancia total de lo que dice. Jesús
dijo que la gente puede saber si su enseñanza viene de Dios o no: “El que quiera hacer la voluntad
de Dios, conocerá si la doctrina es de Dios” (Jn 7:17).
Además, Jesús explicó que habló en parábolas, para que aquellos que querían saber la verdad
pudieran conocerla: “Por eso les hablo por parábolas; porque viendo no ven, y oyendo no oyen ni
tampoco entienden. Además, se cumple en ellos la profecía de Isaías, que dice: ´De oído oirán, y
nunca entenderán; y mirando mirarán, y nunca verán. Porque el corazón de este pueblo se ha
vuelto insensible, y con los oídos han oído torpemente. Han cerrado sus ojos para que no vean con
los ojos ni oigan con los oídos ni entiendan con el corazón ni se conviertan. Y yo los sanaré.´ Pero
bienaventurados sus ojos, porque ven; y sus oídos, porque oyen. Porque de cierto les digo que
muchos profetas y justos desearon ver lo que ustedes ven y no lo vieron, y oír lo que ustedes oyen
y no lo oyeron” (Mt 13:13-17).
Por supuesto, Jesús enseñó de tal manera que aquellos que quieran escuchar su verdad puedan
entenderla claramente. Por otro lado, aquellos que han cerrado sus ojos y oídos a la verdad de
Dios no la entenderán. Las Escrituras les parecerán una tontería.
Por tanto, al abrir la Escritura, busquemos el auxilio de la iluminación del Espíritu Santo. No puede
haber mejor ayuda en comprender un libro que el privilegio de preguntar su sentido a quien lo
inspiró y lo generó. El Espíritu Santo de Dios es el Inspirador de toda la Escritura; pues si lo
tenemos a él con nosotros siempre será posible pedir su ayuda en oración ferviente para saber
cuáles son las verdades especiales a entender y cuáles son sus significados.
Sin embargo, cuando se trata de interpretación bíblica, tener el Espíritu Santo no significa que el
Espíritu es todo lo que necesitamos, ya que él no hará que la interpretación bíblica sea
automática. Él espera que usemos nuestras mentes, métodos interpretativos válidos y buenas
herramientas para el estudio e interpretación. El Espíritu no crea un nuevo significado ni
proporciona nueva información. Sin embargo, nos permite aceptar la Biblia como la Palabra de
Dios y captar su significado. El Espíritu no cambiará la Biblia para que se adapte a nuestros
propósitos ni a nuestras circunstancias, pero obrará en nuestras vidas como intérpretes. Él nos
devuelve los sentidos y nos ayuda a crecer espiritualmente para que podamos escuchar su voz en
la Escritura con mayor claridad.
El Espíritu se revela tan sólo al alma obediente que tiene la disposición de poner en práctica todo
lo que aprende. Usemos siempre estas oraciones cuando acudamos a la Escritura: “Abre mis ojos,
y miraré a las maravillas de tu Ley” (Sal 119:18). “¿Qué dice mi Señor a su siervo?” (Jos 5:14).
Entonces, “Haced todo lo que él os diga” (Jn 2:5).
Consideraciones finales
Estas cuatro herramientas, o principios de interpretación, serán de gran ayuda para quienes
deseen estudiar, entender e interpretar la Biblia de manera permanente y sistemática.
En el encuentro del día 17 de octubre concentraremos nuestra atención en aspectos más prácticos
del proceso. Es decir, en los “procedimientos” apropiados para la interpretación bíblica.