En 1878, Taylor observó la industria del trabajo y los métodos que utilizaban los obreros en el área
de acero, así como los tiempos de ejecución y la remuneración. A partir de esto, definió una serie
de recomendaciones para optimizar el trabajo, las cuales se implementaron y se comprobó que se
llegaba a resultados positivos.
Taylor consideraba que sus conclusiones podían aplicarse a todo tipo de empresas, por lo que,
desarrolló varios métodos que facilitaban la productividad de las organizaciones en cuanto a
materiales, al equipo de trabajo y las destrezas de los colaboradores. De esta forma, Taylor
planteó cuatro principios, los cuales los publicó en su libro Principios de la Administración
Científica, en 1911, donde expuso las responsabilidades de los administradores:
1. Organización científica del trabajo, es decir, remplazar los métodos de trabajo ineficientes
para mejorar la productividad.
2. Selección y entrenamiento del personal en el lugar adecuado según sus capacidades.
3. Cooperación entre directivos y colaboradores a partir de una remuneración por eficiencia
y lograr así que el trabajador que produzca más, gane más y evite la simulación del
trabajo.
4. Responsabilidad y especialización de los directivos en la planeación del trabajo para lograr
una división de actividades más especializada y de mayor eficiencia.