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Texto 1
Desde la época colonial y hasta hace algunas décadas, existió un sector laboral dedicado a lavar
ropa. La tarea no era nada fácil, para lavar había que descender hasta los cuerpos de agua cargando
la ropa que se recolectaba en las distintas casas. Aunque se tratara de la ropa de un solo hogar, la
tarea no era menos compleja, pues había que transitar por los caminos agrestes hasta llegar al río.
Una vez allí, las mujeres se hincaban a las orillas del río y comenzaban a tallar las prendas en las
piedras lizas y largas. Algunas usaban palos para golpear las prendas y sacar la mugre acumulada.
Finalmente, enjuagaban la prenda con el agua del río. Por supuesto, la actividad solía hacerse en
compañía de otras mujeres, quienes también acudían a lavar. Por ello, era común que fuera un
momento para socializar y compartir los alimentos, pues era una actividad que llevaba varias horas.
Un cronista de la época escribió: “Se ven a muchas de las lavanderas entregarse a sus trabajos
habituales a la orilla del río, a los tres o cuatro días después del parto, teniendo las criaturas
acostadas sobre un pedazo de cuero frío, cerca de ellas, sobre el húmedo suelo.”
Hasta el siglo XVIII, incluso en los hogares ricos, se lavaba la ropa cada cuatro o seis semanas. El
mal olor de las ropas se paliaba con perfumes y colonias, esto no significaba suciedad, dejadez o
falta de higiene, pues las clases socialmente altas, tenían suficiente ropa como para poder cambiarse
tan a menudo como quisieran.
Texto 2
Vestimenta de las lavanderas
Las lavanderas en 1810 vestían de forma sencilla y práctica para poder llevar a cabo su trabajo de
manera eficiente. Generalmente, utilizaban vestidos de algodón o lino, que eran cómodos y frescos
para trabajar al aire libre. Estos vestidos solían ser de colores claros, como el blanco o el beige, para
evitar que se notaran las manchas de la ropa sucia.
Además del vestido, las lavanderas llevaban un delantal para proteger su ropa de posibles
salpicaduras de agua o jabón. Este delantal solía ser de tela resistente, como el algodón o el lino, y
se ataba a la cintura con un lazo o una cinta.
Para proteger su cabeza del sol y el calor, las lavanderas utilizaban pañuelos o toallas que se
colocaban sobre la cabeza. Estos pañuelos solían ser de algodón o lino, y se ataban de manera
segura para evitar que se cayeran mientras trabajaban.
En cuanto al calzado, las lavanderas utilizaban zapatos cerrados y resistentes, como alpargatas o
zapatillas de cuero. Estos zapatos les proporcionaban comodidad y protección mientras caminaban
por las orillas de los ríos o se movían por los lavaderos públicos.
La ropa estaba mucho más sucia que la actual, porque la higiene personal era menor al no haber
agua corriente. Acarrear el agua para los distintos usos incluso el de dar de beber al ganado
consumía mucho tiempo debido a la distancia a la que se encontraba la fuente de agua y la
frecuencia del uso cotidiano para cocinar, limpiar, beber, etc.
Texto 3
La mayoría de las mujeres acudían al río para lavar la ropa, pero era parte de un proceso largo y
muchas veces de más de un día.
Debía tenerse cuidado del sitio donde se dejaba la ropa sucia para ser lavada con posterioridad,
porque podía ser comida de las ratas. Así es como se colgaba de unas varas para estar ventilada o se
guardaba en un arca de madera.
Cuando hacía buen tiempo se sacaban “los trapos sucios”, separándolos por el nivel de suciedad y el
tipo de tela. El primer día se restregaban las prendas y se remojaban. El remojo con cenizas y agua
caliente debía hacerse en las casas y era llamado “la Colada” (separar las impurezas de las cenizas
mediante un saco colador). Este procedimiento podía repetirse hasta unas 6 veces y con los restos
resultantes, la lejía, se aprovechaba para fregar los enseres de metal. Este largo procedimiento era
aconsejado no sólo para blanquear la ropa sino para quitar la grasa corporal.
Al día siguiente de colada la ropa, aún húmeda se llevaba al lugar donde se le quitarían las
impurezas. Es decir, pasarla por agua limpia. Para ello e transportaba la ropa en la cabeza sobre el
rodete – Rosca de lienzo, paño u otra materia que se pone en la cabeza para cargar y llevar sobre
ella un peso – teniendo que tomar descansos, sobre todo cuando la caminata era de algunos
kilómetros.
Con el progreso aparecieron los jabones y lejías químicos que hicieron que este proceso de dos o
tres días quedara en uno y se llevara la ropa directamente al río buscando una piedra plana o la tabla
de lavar que favorecía la operación del fregado, estregado o refregado como era llamado
comúnmente.
Para el secado de ropa, según la zona, o bien se colocaban las piezas directamente sobre el césped,
dándole el sol directamente, apisonado con algunas piedras.
Texto 4
El lavado de ropa era la ocupación más penosa por estar todo el tiempo al aire libre, se realizaban
grandes esfuerzos físicos y las enfermedades desarrolladas ya sea porque se sumergían las piernas
hasta las rodillas, la posición de la espalda y el frío del agua invernal (muchas veces debía romperse
el hielo con una piedra para poder lavar).
Tener las ropas empapadas durante largas horas producía desde catarros, reuma, pulmonía,
bronquitis y también afecciones a la piel. Las manos a menudo sangraban, y estaban sembradas de
sabañones provocados por el frío y la humedad.
A muy temprana edad, las niñas eran retiradas de la escuela para ayudar a sus madres en la labor de
lavar la ropa, lo que hacía que no llegaran a aprender mas que algunas letras y números.
Texto 5
A la orilla de ríos y riachuelos se las ve sufriendo las inclemencias del tiempo durante largas horas
golpeando la ropa contra una piedra abrupta, padeciendo el frío de la humedad en manos y brazos,
en contacto los miembros inferiores con el suelo. Las manos de las lavadoras tienen un aspecto
característico: deformadas, hinchadas y rojas; la piel macerada por el frío del agua y por las lejías
alcalinas o por el jabón, se caracteriza por arrugas mientras está húmeda y al secarse se torna dura,
apergaminada, y frecuentemente se erosiona y agrieta y llena de callos.
Las dos mujeres que ocupan los dos primeros sitios del lavadero, en una y otra orilla del río, hacen
uso de aguas limpias, lo que no ocurre en los puestos sucesivos, ya que la suciedad de las ropas
sucias van aumentando la contaminación de las aguas; de manera que la persona que lava en
segundo término lo hace con las aguas limpias que usa la primera, con lo cual sucede que al llegar
al lavadero décimo quinto o vigésimo, por ejemplo, ya las aguas son completamente inaceptables,
pues están indudablemente contaminadas, sirviendo de medio de transmisión de variadas
enfermedades.